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-1REPERTORIO DE FUENTES SOBRE ISRAEL

Cátedra de Historia de Asia y África II


Facultad de Humanidades y Artes - UNR

TEODOR HERZL

Las causas del antisemitismo

No hablaremos ya de las causas sentimentales, prejuicios arraigados y estupideces, sino de


las causas políticas y económicas. No hay que confundir el antisemitismo de hoy con el odio
religioso que se tenía a los judíos en tiempos pasados, aunque el odio a los judíos tenga aún hoy
en ciertos países un tinte religioso. Es muy distinta la tendencia principal del movimiento
antisemita moderno. En los países donde reina el antisemitismo, éste es consecuencia de la
emancipación de los judíos. Cuando los pueblos civilizados se dieron cuenta de ir inhumano de las
leyes de excepción, nos pusieron en libertad; pero la liberación vino tarde. Ya no era posible
emanciparnos legalmente en donde habíamos residido hasta entonces. En el ghetto, cosa extraña,
habíamos llegado a ser un pueblo formado por individuos de la clase media, y salimos de aquél.
obligados a hacer una terrible competencia a la clase media. De suerte que, poco después de la
emancipación, nos encontramos de repente en el circulo de la burguesía, teniendo que soportar
una doble presión, interna y externa. La burguesía cristiana no pondría, ciertamente, reparos en
inmolarnos en aras del socialismo; pero esto tampoco remediaría la situación.
Sin embargo, ya no se puede anular la igualdad de los judíos ante la ley donde ésta existe.
No solamente porque ello seria contrario a la conciencia moderna, sino también porque empujaría
a todos los judíos, ricos y pobres, hacia los partidos subversivos. En realidad, todos los medios
empleados contra nosotros son ineficaces. En épocas pasadas, se les quitaban a los judíos sus
joyas. ¿Cómo se incautarían hoy día de los bienes muebles? Estos se hallan depositados, en forma
de papeles impresos, en alguna parte del mundo, tal vez en poder de los cristianos. Cierto que se
pueden gravar con impuestos las acciones y obligaciones de ferrocarriles, bancos y empresas
industriales de toda clase, y donde se cobran impuestos progresivos sobre la renta es posible echar
mano de todo el conjunto de bienes muebles. Pero todas estas tentativas no pueden ser dirigidas
exclusivamente contra los judíos, y donde, a pesar de ello, se llega a adoptar tales medidas, surgen
inmediatamente graves crisis económicas, de cuyos efectos no se resienten, en ningún caso, sola-
mente los judíos, si bien éstos son los primeros en ser perjudicados. Debido a esta imposibilidad
de emprender acción decisiva contra los judíos, va aumentando y cebándose el odio. En las
poblaciones aumenta el antisemitismo de día en día, de hora en hora, y tiene que seguir

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aumentando porque las causas siguen existiendo y no pueden ser eliminadas. La causa remota es
la pérdida, sufrida en la Edad Media, de nuestra capacidad de asimilación: la causa próxima es la
superproducción de intelectuales medios, que no encuentran salida abajo y tampoco pueden
elevarse sobre su nivel, es decir, que no hay salida ni ascenso normales. Los componentes de
nuestras capas inferiores se vuelven proletarios, se afilian a los partidos subversivos y llegan a ser
los funcionarios subalternos de éstos, mientras que aumenta el tremendo poder del dinero en
nuestras capas superiores.

TEODOR HERZL
Efectos del antisemitismo
(Del libro El Estado Judío)

La presión ejercida sobre nosotros no nos hace mejores. No somos diferentes de los demás
hombres. Es cierto que no amamos a nuestros enemigos. Pero sólo quien es capaz de dominarse a
sí mismo tiene el derecho de reprochárnoslo. La presión provoca en nosotros, naturalmente,
sentimientos de hostilidad contra nuestros opresores, y nuestra hostilidad aumenta, su vez, la
presión. Es imposible salir de este circulo vicioso.
“¡Y sin embargo es posible!” “Eso se puede conseguir infundiendo a los hombres
sentimientos de bondad.”
¿He de demostrar el sentimentalismo pueril que se revela con tales palabras? El que para
remediar la situación contara con la bondad de todos los hombres, escribiría, ciertamente, una
utopía.
Ya he hablado de nuestra “asimilación”. No digo que la desee. La personalidad de nuestro
pueblo se destaca demasiado gloriosa en la historia y se halla, a pesar de todas las humillaciones,
a demasiada altura como para hacer deseable su destrucción. Pero podríamos, quizás, ser
totalmente absorbidos por los pueblos en cuyo seno vivimos, si se nos dejara en paz durante sólo
dos generaciones. ¡No se nos dejará en paz! Después de breves períodos de tolerancia surge
siempre de nuevo la hostilidad. Nuestro bienestar parece irritar al mundo que, desde hace siglos,
está acostumbrado a considerarnos como los más despreciables entre los pobres. Y los hombres
son demasiado ignorantes y demasiado mezquinos para ver que la prosperidad nos debilita como
judíos y borra nuestros rasgos peculiares. Sólo la opresión hace que volvamos a adherirnos al
viejo tronco, sólo el odio en torno nuestro nos convierte en extranjeros una vez más.
Por eso somos y seguimos siendo, querámoslo o no, un grupo histórico de evidente
coherencia.
Somos un pueblo: los enemigos hacen que lo seamos aun contra nuestra voluntad, como ha
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sucedido siempre en la historia. Acosados, nos erguimos juntos, y de pronto descubrimos nuestra
fuerza. Sí, tenemos la fuerza para crear un Estado, y un Estado modelo. Tenemos todos los
medios humanos y materiales necesarios para ello.
Sería éste el lugar para hablar del “material humano” aunque es el término, un tanto grosero,
que se usa. Pero antes tienen que ser conocidas las líneas generales del plan al que todo se ha de
referir.

TEODOR HERZL
EL PLAN
(Del libro El Estado Judío)

El plan es, en su forma original, extremadamente sencillo y debe serlo si se pretende que lo
comprendan todos.
Se nos debe conceder la soberanía sobre una porción de la superficie de la tierra adecuada a
nuestras necesidades y a nuestras justas ambiciones de pueblo: a todo lo demás ya proveeremos
nosotros mismos.
La aparición de una nueva soberanía no es ridícula ni imposible. Hemos podido presenciar
en nuestros días el otorgamiento de tales derechos a pueblos que son más pobres y menos cultos y,
por consiguiente, más débiles que nosotros. Los gobiernos de los países afectados por el
antisemitismo tienen sumo interés en ayudarnos a obtener la soberanía.
Para esta tarea, sencilla en principio, pero complicada en su realización, se crean dos
grandes órganos: la Society of Jews y la Jewish Companv.
Lo que la Society of Jews ha preparado científica y políticamente, lo pone en práctica la
Jewish Company.
La Jewish Company se encarga de la liquidación de todas las fortunas de los judíos
emigrantes y organiza la vida económica en el nuevo país.
Como ya se ha dicho, la emigración de los judíos no debe concebirse como repentina, sino
que será un proceso gradual, que durará decenios. Primero irán los más pobres y roturarán la
tierra. De acuerdo a un plan preestablecido, construirán caminos, puentes, ferrocarriles y una red
telegráfica, regularán los cursos de los ríos y establecerán ellos mismos sus hogares. Su labor
creará, inevitablemente posibilidades de comercio; el comerció hará surgir mercados, y los
mercados atraerán nuevos inmigrantes hacia el país. Todos llegarán por propia voluntad, por
propia cuenta y riesgo. El trabajo que invertimos en la tierra hace subir el valor de la misma. Los
judíos no tardarán en darse cuenta de que se ha abierto ante ellos un campo nuevo y duradero,
donde pueden desplegar su espíritu emprendedor, que hasta entonces había sido odiado y des-

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preciado.
Ahora bien: si se quiere fundar hoy día una nación, no hay que hacerlo de la manera que
hace mil años fuera la única posible. Seria una insensatez regresar a estados de cultura ya
superados, cosa que querrían algunos sionistas. Por ejemplo. si tuviéramos que exterminar a las
fieras en determinado país, no lo haríamos a la manera de los europeos del siglo. No atacaríamos
aisladamente a los osos, armados de jabalinas y lanzas, sino que organizaríamos una grande y
alegre cacería, dando batida a las bestias hasta tenerlas reunidas y entonces les arrojaríamos una
bomba de melinita.
Si queremos edificar no construiremos unas desoladas habitaciones lacustres, sino que
edificaremos de la manera que se estila actualmente. Levantaremos construcciones más atrevidas
y más confortables que las conocidas hasta ahora. Porque disponemos de medios que todavía no
han existido en la historia.
Nuestras capas económicamente interiores serán seguidas a aquella tierra por las inmediatas
superiores. Los que se hallan más cerca de la desesperación irán primero. Sus conductores serán
nuestros intelectuales medios, que son perseguidos en todas partes y que producimos en exceso.
Este escrito tiene por finalidad someter el problema de la migración de los judíos a una
discusión general. Pero esto no quiere decir que habría de ser resuelto por medio de una votación.
De proceder así, el asunto estaría perdido de antemano El que no quiere adherirse a nuestro
movimiento puede quedar donde está. La oposición individual nos es indiferente.
El que quiera marchar con nosotros, que jure nuestra bandera y luche por ella por medio de
la palabra, hablada o escrita, y mediante la acción.
Los judíos que aceptan nuestra idea del Estado se agrupan en torno de la Society of Jews.
Esta obtiene, de tal mundo, la autoridad necesaria para hablar y negociar ante los gobiernos en
nombre de lo judíos. La Society será reconocida -—para decirlo con una analogía tomada del
derecho internacional— corno autoridad capaz de constituir un Estado. Y al declarar esto, el
Estado ya estaría constituido.
Entonces. si los gobiernos se muestran dispuestos a conceder al pueblo judío la soberanía de
algún territorio neutral, la Soctety entablará discusión sobre el territorio que ha de ser tomado en
posesión. Dos países tienen que ser tomados en cuenta: Palestina y la Argentina. En ambos países
se han hecho notables tentativas de colonización, basadas en el principio equivocado de la
infiltración paulatina de los judíos. La infiltración tiene que acabar siempre mal, pues llega
inevitablemente cl instante en que el gobierno, bajo la presión ejercida por la población que se
siente amenazada, prohibe la inmigración de judíos. Por consiguiente, la emigración sólo tiene
sentido cuando su base es nuestra soberanía garantizada.

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La Society of Jews entablará negociaciones con las actuales autoridades supremas del país, y
bajo el protectorado de las potencias europeas si a éstas les parece plausible el asunto. Podemos
proporcionar enormes beneficios al actual gobierno, cargando con una parte de las deudas
públicas, construyendo vías de comunicación, que nosotros mismos precisamos, y muchas cosas
más, Pero el solo nacimiento del Estado judío resultará provechoso para los países vecinos, puesto
que, en grande como en pequeño, la cultura de una región eleva el valor de las regiones que la
rodean.

¿Palestina o la Argentina?
¿A cuál de las dos hay que dar preferencia? La Society tomará lo que se le dé y hacia lo cual
se incline la opinión general del pueblo judío. La Society averiguará ambas cosas.
La Argentina es por naturaleza uno de los países más ricos de la tierra, de inmensa
superficie, población escasa y clima templado. La República Argentina tendría el mayor interés en
cedernos una porción de tierra. La actual infiltración de los judíos ha provocado disgusto: habría
que explicar a la Argentina la diferencia radical de la nueva emigración judía.
Palestina es nuestra inolvidable patria histórica. El sólo oírla nombrar es para nuestro pueblo
un llamamiento poderosamente conmovedor. Si Su Majestad el Sultán nos diera Palestina, nos
comprometeríamos a sanear las finanzas de Turquía. Para Europa formaríamos allí parte
integrante del baluarte contra el Asia: constituiríamos la vanguardia de la cultura en su lucha
contra la barbarle. Como Estado neutral mantendríamos relaciones con toda Europa que, a su vez,
tendría que garantizar nuestra existencia. En cuanto a los Santos Lugares de la cristiandad, se
podría encontrar una forma de extraterritorialidad, de acuerdo al derecho internacional.
Montaríamos una guardia de honor alrededor de los Santos Lugares, respondiendo con nuestra
existencia del cumplimiento de este deber. Tal guardia de honor seria el gran símbolo de la
solución del problema judío, después de dieciocho siglos, llenos de sufrimiento para nosotros.

MAX NORDAU

La situación de los judíos en el siglo XIX

(Del discurso pronunciado en el Primer Congreso Sionista)

En todas partes donde los judíos se encuentran entre las otras naciones, en concentraciones
numerosas, impera la miseria judía. No es la miseria común, inexorable destino del género
humano sobre la tierra. Es una miseria especifica que los judíos sufren no como hombres sino
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como judíos, y de la que estarían a cubierto si no fueran judíos.
Esta miseria judía presenta dos formas: una práctica y otra ética. En Europa Oriental, en
Africa del Norte, en el Medio Oriente, precisamente en los países que alojan a la inmensa
mayoría, probablemente a nueve décimos de la población judía mundial, existe la miseria judía en
su sentido llano y literal. Es una indigencia física cotidiana; es la preocupación y zozobra por el
día de mañana; la angustiosa lucha por la mera existencia.
Los países mencionados determinan el destino de más de siete millones de judíos. Todos
ellos, con excepción de Hungría, oprimen a los judíos mediante restricciones de sus derechos
cívicos y mediante la inquina oficial o social, los rebajan a la situación de proletarios y
pordioseros, sin dejarles siquiera la esperanza de poder emerger de estos profundos abismos de
depresión económica merced a los redoblados esfuerzos del. individuo y de la sociedad.
En Europa Occidental se ha aliviado algo para los judíos la lucha por la existencia, si bien
en los últimos tiempos se hace evidente también aquí la tendencia a volver a hacerla más dura y
cruel. La cuestión del pan y del techo, la cuestión de la seguridad de la vida, no les mortifica
tanto. Aquí, la miseria es moral. Se expresa en agravios cotidianos que humillan el amor propio y
la dignidad de la persona; consiste en la ruda represión de sus impulsos hacia las satisfacciones
espirituales de las que ningún otro pueblo se ve forzado a privarse.
Los judíos de Europa Occidental no están sometidos a restricción de sus derechos. Disfrutan
de la libertad de movimiento y de desarrollo en el mismo grado que sus compatriotas cristianos.
Las consecuencias económicas de esta libertad de movimiento han sido notables. Las cualidades
raciales judías, tales como la diligencia, la perseverancia, la inteligencia y la economía,
condujeron a una rápida reducción del proletariado judío, que en ciertos países hasta habría
desaparecido del todo si no fuera por el flujo de inmigrantes judíos de Europa Oriental. Los judíos
occidentales, que lograron la igualdad de derechos, alcanzaron en un plazo relativamente breve un
mediano bienestar. De cualquier manera, la lucha por el pan cotidiano no adquiere entre ellos los
rasgos dramáticos que se observan en Rusia, Rumania y Galitzia.
Pero entre estos judíos va creciendo la otra miseria judía: la miseria moral.
El judío occidental no ve amenazada su vida por el odio del populacho; pero no sólo las
heridas corporales duelen y sangran. El judío del Oeste consideró la emancipación como una
verdadera liberación y se apresuró a deducir de ella todas las conclusiones. Los pueblos le
demostraron que no había razón de ser tan cándidamente lógico. La ley estableció con toda
generosidad la teoría de la igualdad de derechos. Pero el gobierno y la sociedad han reglamentado
la práctica de la igualdad de derechos hasta convertirla en burla y escarnio. En su ingenuidad dice
el judío: “Soy un hombre, y nada de lo humano me es extraño”. Y tropieza con la respuesta: “Tus

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derechos humanos han de ser utilizados con cautela; careces del verdadero concepto del honor, del
sentido del deber; te faltan prendas morales, amor a la patria, idealismo, y por lo tanto debemos
separarte de todas las posiciones en las que se requieren tales cualidades”.
Nadie ha tratado jamás de fundamentar con hechos estas acusaciones. A lo sumo se cita
alguna vez, con triunfal regocijo, el caso aislado de algún judío, vergüenza de su pueblo y desecho
de la humanidad entera. Y contra todos los principios de la lógica y de la inducción se atreven a
erigirlo en premisa básica de la cual se desprenden toda clase de conclusiones. Debo decir aquí
algo penoso: los pueblos que acordaron a los judíos la igualdad de derechos se engañaron a sí
mismos y se equivocaron respecto a la índole de sus propios sentimientos. Para alcanzar su pleno
efecto, debieron haber realizado la emancipación primeramente en sus propios sentimientos, antes
de darle vigencia legal. Empero no fue éste el caso, sino todo lo contrario. La emancipación de los
judíos no es consecuencia del reconocimiento del pecado cometido contra todo un pueblo, de los
tormentos infligidos a los judíos, ni de la conciencia de que ha llegado el momento de reparar esta
injusticia milenaria; no es más que la resultante del modo de pensar geométrico y rectilíneo del
racionalismo francés del siglo XVIII. Basándose meramente en la lógica, sin prestar atención a los
sentimientos vivos, estableció este racionalismo una serie de principios con firmeza de axiomas
matemáticos, y quiso a toda costa imponer estos productos de la razón pura en el mundo de las
realidades. La emancipación de los judíos constituye un ejemplo más de aplicación automática del
método racionalista. La filosofía de Rousseau y de los Enciclopedistas condujo a la Declaración
de los Derechos del Hombre. La lógica inflexible de los gestores de la Gran Revolución llevóles
de la Declaración de los Derechos del Hombre a la emancipación de los judíos. Propusieron un
silogismo regular: todo hombre tiene por naturaleza determinados derechos; los judíos son
hombres, por consiguiente tienen los derechos naturales del hombre. Y así fue proclamada en
Francia la igualdad de los derechos de los judíos, no por un sentimiento de fraternidad para con
ellos, sino sencillamente porque la lógica lo exigía. Es verdad que el sentimiento popular se
oponía a esto, pero la Filosofía de la Revolución ordenaba anteponer los principios a los
sentimientos. Perdóneseme, pues, la expresión, que no es modo alguno prueba de ingratitud; pero
los hombres en 1792 nos emanciparon por puro dogmatismo.
El resto de Europa Occidental siguió el ejemplo de Francia, no a impulso de los
sentimientos, sino porque los pueblos civilizados sentían una especie de deber moral de adoptar
las conquistas de la Gran Revolución. Todo país que pretendiera ubicarse en el pináculo de la
civilización, se veía obligado a establecer determinadas instituciones y disposiciones, creadas,
adoptadas o perfeccionadas por la Gran Revolución, tales como la representación del pueblo en el
gobierno, la libertad de prensa, el establecimiento de tribunales y jurados, la separación de

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poderes, etcétera. También la emancipación de los judíos vino a ser uno de estos hermosos
implementos imprescindibles para equipar un Estado altamente civilizado. Así, pues, los judíos de
Europa Occidental fueron emancipados, no por un impulso interno, sino por seguir una moda
política en boga; no porque los pueblos hubieran decidido extender a los judíos una mano fraterna,
sino porque los dirigentes de aquella generación habían adoptado un ideal de cultura europea que
exigía, entre otras cosas, que en el código figurase también la emancipación de los judíos.
La emancipación transformó totalmente la naturaleza del judío y lo convirtió en una criatura
distinta. El judío desprovisto de derechos de la época anterior a la emancipación era un extranjero
entre los pueblos, pero en ningún momento pensó en rebelarse contra tal situación. Se sentía
miembro de una raza totalmente diferente que nada tenía de común con sus coterráneos. Todas las
costumbres y modalidades judías tendían inconscientemente a un solo y único propósito: el de
conservar el judaísmo merced al aislamiento del resto de las naciones, fomentar la unidad del
pueblo judío y reiterar incansablemente al individuo judío la necesidad de preservar sus
características a fin de no verse extraviado y perdido.
Esta era la psicología de los judíos del ghetto. Luego vino la emancipación. La ley aseguró a
los judíos que ellos eran ciudadanos cabales de sus respectivos países natales. La ley también
ejerció cierta sugestión sobre quienes la habían promulgado, y durante su luna de miel provocó en
el sector cristiano estados de ánimo que tuvieron su expresión en un enfoque cálido y cordial de la
misma. El judío, ebrio de gozo, se apresuró a quemar sus naves. A partir de allí tenía una patria y
no necesitaba más del ghetto; estaba ligado a otra sociedad y ya no necesitaba vincularse
exclusivamente a sus correligionarios. Su instinto de conservación adaptóse rápida y totalmente a
las nuevas condiciones de existencia. Si antes le impulsaba ese instinto al más severo aislamiento,
ahora movíale al extremo acercamiento e imitación. El lugar de la resistencia defensiva fue
ocupado por la adaptación ventajosa. Durante una o dos generaciones, según el país, continuó este
proceso con notable éxito. El judío se inclinaba a creer que no era más que alemán, francés,
italiano, etcétera.
Pero he aquí que de pronto, hace unos veinte años, estalló en Europa Occidental el
antisemitismo que había permanecido adormecido en las profundidades del alma popular durante
treinta o sesenta años, y reveló ante los ojos espantados del judío la verdadera situación que él
había dejado de ver. Todavía se le permitía votar en las elecciones a los representantes del pueblo,
pero se vio aparado y expulsado, de buenos o malos modos, de todas las asociaciones y reuniones
de sus compatriotas cristianos. Todavía seguía teniendo libertad de movimiento, pero por doquier
topábase don inscripciones que rezaban: “Prohibida la entrada a judíos”. Disfrutaba aún del
derecho de cumplir con todos los deberes del ciudadano, pero con la sola excepción del derecho

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general del voto, veíase rudamente desposeído de los otros derechos, de aquellos derechos
elevados que acompañan al talento y a la laboriosidad.
Esta es la situación actual del judío emancipado en la Europa Occidental. Ha abandonado su
personalidad judía, pero los pueblos le hacen sentir que no ha adquirido la personalidad de ellos.
Se separa de sus correligionarios porque el antisemitismo se los ha hecho aborrecibles, pero sus
propios compatriotas lo rechazan cuando trata de acercarse a ellos. Ha perdido la patria del ghetto,
y su tierra natal se le niega como patria. No tiene terreno bajo sus pies, y no está ligado a un grupo
al cual pueda incorporarse como miembro bien recibido con plenitud de los derechos. Ni sus
cualidades ni sus actos son considerados con justicia y menos aún con buena voluntad por sus
compatriotas cristianos; por otra parte, ha perdido todo nexo con sus compatriotas judíos. Tiene la
sensación de que todo el mundo le aborrece, y no hay lugar donde pueda hallar la actitud cálida y
cordial que tanto anhela.
Esta es la miseria moral de los judíos, mucho peor que la física porque castiga a personas
más desarrolladas, más orgullosas y más sensibles.
Los mejores judíos de Europa Occidental gimen desoladamente bajo esta miseria, y buscan
alivio y escape.
Muchos procuran salvarse huyendo del judaísmo e ingresan fingidamente en la grey
cristiana. Estos nuevos marranos abandonan el judaísmo con amargura y aborrecimiento, pero en
lo más íntimo de su corazón guardan rencor al cristianismo.
Otros esperan el remedio del sionismo, que no es para ellos el cumplimiento de una mística
promesa de las Sagradas Escrituras, sino el camino hacia una existencia en la cual el judío habrá
de hallar finalmente las simples y primarias condiciones de vida, que resultan sobreentendidas a
todo no-judío, a saber: un apoyo social seguro, buena voluntad en la sociedad, posibilidad de
utilizar sus condiciones para el desarrollo de su verdadera personalidad, en vez de malgastarlas en
la represión, tergiversación u ocultamiento de sus cualidades.
Y finalmente están aquellos otros, cuya conciencia se rebela contra la argucia del
marranismo, pero que están demasiado ligados a sus patrias y consideran demasiado duro el
renunciamiento que en última instancia impone el sionismo. Se arrojan a los brazos de la
revolución más cruel, alimentando la secreta esperanza de que con la destrucción del régimen
actual y la erección de una nueva sociedad, el odio a los judíos no pasará de las ruinas del viejo
mundo al mundo nuevo que pretenden construir.
Esta es la fisonomía que presenta el pueblo judío al concluir el siglo XIX. Para decirlo en
pocas palabras: Los judíos son en su mayoría un pueblo de mendigos proscritos. Más activo y
diligente que el término medio de los hombres europeos, sin hablar de los indolentes, asiáticos y

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africanos, está condenado el judío a la más extrema indigencia proletaria porque se ve impedido
de utilizar libremente sus fuerzas. Presa de insaciable hambre de cultura, se ve rechazado y
expulsado de las fuentes del saber; su cráneo se estrella contra la espesa capa helada de odio y
desprecio extendida sobre su cabeza. Es excluido de la sociedad normal, la de sus coterráneos, y
condenado a trágica soledad. Se le acusa de intruso; pero si aspira a la superioridad es porque se le
rehusa la igualdad. Se le echa en cara el sentimiento de solidaridad con todos los judíos del orbe;
empero su verdadera desdicha es, que ante la primera palabra amable de la emancipación, arrancó
de su corazón hasta el último rastro de su solidaridad judía, a fin de dejar lugar al imperio
exclusivo del amor a sus compatriotas.
La miseria judía ha de ser motivo de preocupación de los pueblos cristianos, no menos que
del propio pueblo judío.

DOV BER BOROJOV

EL NACIONALISMO DEL PROLETARIADO JUDÍO


(Capítulo V del libro “Nuestra Plataforma, Bases del Sionismo Proletario)

El sionismo proletario es un producto complejo de la prolongada historia del desarrollo


ideológico del proletariado judío. Pero si separamos de él todo lo que tiene de casual, de local, y
de transitorio, todos los sacudimientos que obstaculizan inevitablemente el desarrollo normal de
los procesos sociales trascendentes, hallaremos una línea de consecuencia inalterable, en
concordancia directa con la ley de la economía de fuerzas.

Como todo otro movimiento social, así también el desarrollo del pensamiento proletario es
un producto del conflicto entre la necesidad de las amplias masas y la imposibilidad de
satisfacerla. Los factores que determinan el conflicto operan en dos direcciones fundamentales: en
la del conflicto social directo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el estado de las
relaciones de producción en que viven; y en la del conflicto nacional directo entre el desarrollo de
las fuerzas productivas y el conjunto de las condiciones de producción en las que actúan. Estos
conflictos plantean ante el proletariado judío dos problemas fundamentales: el problema social y
el problema nacional; y le Imponen dos tareas básicas: la eliminación de las antiguas formas de
producción que obstaculizan el desarrollo normal de sus fuerzas productivas, y la anulación de la
presión nacional, que constituye un obstáculo no menor a su libre desarrollo.
El conflicto social es siempre más claro y más cercano al obrero, que el conflicto nacional.
El primero se libra dentro de la esfera de las relaciones personales entre el obrero y el patrón; y el

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régimen capitalista, al entregar al obrero el control sobre el movimiento de los instrumentos de
producción, lo coloca, de facto, en posición ventajosa para la lucha La explotación económica del
asalariado, por un lado, y la posibilidad de éste de recurrir a la huelga por el otro, confieren al
conflicto social un carácter claramente económico. Para captarlo, el obrero no tiene necesidad de
un desarrollo prolongado del mismo. Mucho más complejo es, en cambio, el carácter político del
conflicto social. Aquí los factores determinantes se hallan más alejados de la esfera directa del
obrero, y su choque con ellos no se produce Sino en una etapa más avanzada de la lucha
económica.
Regulado por la ley de la economía de fuerzas —el gran principio que actúa en la mecánica
social, y que es, a su vez, fruto del principio más general de la reserva de energías— cada
conflicto entre la necesidad de las amplias masas y la mposibilidad de satisfacerla, tiende,
primero, a encontrar su solución en el seno de las condiciones que lo originaron, y sólo
gradualmente madura la necesidad de modificarlas. En esta forma, el proletariado tiende primero
a la liberación económica, y sólo más tarde adquiere su lucha un carácter político. El proletariado
judío atravesó, rápidamente, por estas dos etapas de desarrollo principales del conflicto social: su
lucha económica devino en lucha política, debido a las condiciones excepcionalmente duras del
régimen zarista ruso.
El conflicto nacional es, siempre, mucho más complejo que el conflicto social. Aquí las
relaciones personales entre el opresor y el oprimido no juegan un papel tan importante y, junto al
carácter personal de los choques nacionales, se destaca también el carácter Impersonal de la
presión nacional. Este carácter impersonal, inmanente, de la explotación de clase, se revela en una
etapa relativamente avanzada de la evolución ideológica del proletariado, mientras que la opresión
nacional manifiesta, de inmediato, sus rasgos super-individuales. El judío oprimido no se enfrenta
con un “gentil” particular, sobre quien recae la culpa por sus sufrimientos. Es evidente que lo
oprime todo un grupo social y que para modificar su relación social con este grupo, no posee en la
primera etapa energías suficientes. Para poder plantear el problema en sus términos exactos, es
necesaria una agudización manifiesta del conflicto nacional, y la inversión de una suma ingente de
energías.
El pensamiento progresista no ha abarcado todavía en toda su magnitud la cuestión
nacional, en tanto que la cuestión social ya fue objeto de estudios profundos y prolongados. Se
puede afirmar, sin temor a la exageración, que la cuestión nacional está aún a la espera de su
intérprete, y que se encuentra actualmente tan a oscuras como algunos decenios atrás.
De ahí que las etapas de desarrollo del conflicto nacional sean mucho más numerosas que
las del conflicto social, Y aquí entra en función la ley de la economía de fuerzas. El proletariado

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judío busca, en un principio, resolver su problema nacional dentro del marco de las condiciones
que le dieron origen, y sólo gradualmente se orienta por el camino de la verdadera solución
revolucionaria: el de la necesidad de transformar radicalmente las condiciones mismas de su
existencia nacional.
Las adaptaciones primitivas y elementales están condenadas a la desaparición, para ser
reemplazadas por otras más complejas y más orgánicas. En los conflictos prolongados, el futuro
jamás pertenece a las adaptaciones simples y primitivas. Pero mientras hacen su aparición las
adaptaciones más complejas, se extienden y se difunden las reacciones primitivas. El futuro
pertenece, sin embargo, a las formas de adaptación complejas, por más que, momentáneamente,
aparentan imponerse las formas primitivas
Estas diferencias entre el conflicto social y el conflicto nacional encuentran, a veces, su
expresión ideológica en el marco de un mismo programa proletario, al incluir junto a una
adaptación superior al conflicto social, una reacción primitiva frente a la presión nacional.
Semejante programa, que es progresista en su concepción de las tareas de clase y de las relaciones
de producción, puede resultar reaccionario en su concepción del problema nacional y de las
condiciones de producción. Analizados desde este punto de vista, los programas políticos de los
diferentes partidos proletarios judíos —excluyendo el partido de los Poalei Sionistas de la vieja
ciudad de Minsk, que nada tiene de proletario— comprobaremos que todos ellos —el programa
del “Bund”, el de los “Sionistas Socalistas” (S.S.), y el de los “Poalei Sionistas”— son de carácter
progresista en cuanto a las relaciones de producción, a la lucha de clases y a la cuestión social;
pero difieren en cuanto a la cuestión nacional. Mientras que el programa nacional de: los “Poalei
Sionistas” es de carácter progresista y proletario, el de los “S.S.”, en cambio, denota los síntomas
de un desarrollo incompleto, y el del “Bund” es francamente primitivo y reaccionario. El hecho de
que las amplias masas del proletariado judío siguen manteniendo su fidelidad al “Bund”,
demuestra que aún no han madurado los conflictos nacionales y que se hallan ampliamente
difundidas las adaptaciones primitivas y elementales.
El futuro pertenece siempre al programa progresista. Los programas retrógrados están
condenados a desaparecer en el curso del desarrollo de los conflictos nacionales, por más
prósperos que sean en la actualidad los partidos que los formulan. El éxito momentáneo de un
programa no significa, todavía, que el mismo exprese fielmente los intereses y la ideología
verdadera de la clase obrera, como tal.
La misión histórica de la clase proletaria está perfectamente definida, y es de carácter
específicamente clasista. Pero los obreros que la integran no están cortados todos por la misma
tijera, y a menudo presentan desviaciones básicas del tipo de proletario militante. En los primeros

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tiempos de su aparición social, los obreros no consiguen liberarse de muchas supervivencias
reaccionarias de la época en que, como individuos, militaron en las filas de capas sociales más
rezagadas. El proletario de hoy en día, abanderado de la lucha anticapitalista, pertenecía antes a la
pequeña burguesía y era un pequeño propietario, que, una vez arruinado y “liberado de la
propiedad”, permaneció hasta su ingreso a las filas del proletariado en la capa intermedia de las
masas proletarizantes.
En esta forma, se confunden en la psicología de clase del obrero las supervivencias de la
ideología pequeño burguesa y de la ideología de las masas proletarizantes, y sólo gradualmente y
con la agudización de los conflictos sociales, la ideología proletaria de la lucha de clases logra
expulsar, definitivamente, las antiguas supervivencias reaccionarias. Ello explica el por qué del
éxito tan frecuente, pero pasajero, de corrientes antiproletarias y reaccionarias, como las del
socialismo-cristiano, del anarquismo, etc.
Y aquí tropezamos, nuevamente, con las consecuencias de las diferencias fundamentales
existentes entre la simplicidad relativa del conflicto social y la complejidad del problema
nacional. Muchas veces se afirma, con razón, que tal o cual interpretación o propaganda oscurece
la conciencia proletaria. Este “oscurecimiento” es posible gracias al dualismo existente en la
psicología del obrero y a las supervivencias de su anterior militancia clasista. En la mayoría de los
casos, el mismo se produce en el terreno de los conflictos nacionales. Es cierto que a veces se
manifiesta también en el terreno social, como en el caso de la demagogia anarquista. Pero el
anarquismo tiene mayor éxito entre los elementos desocupados y entre los obreros aislados de
mejor calificación de trabajo. Entre las masas compactas de las grandes fábricas, la agitación
anarquista se estrella contra la oposición de la conciencia de clase proletaria, formada,
inmanentemente, bajo la presión de los conflictos sociales prolongados. La demagogia chauvinista
se impone, en cambio, con mayor facilidad entre los obreros en quienes el odio nacional se
desarrolla junto a la aversión contra el explotador, y junto a conceptos bastante nebulosos del
socialismo.
No es de extrañar, pues, que en el marco de un mismo programa obrero encontremos, junto
a elementos proletarios progresistas, en el terreno social, elementos reaccionarios y pequeño
burgueses, en el termo nacional. Y ello con mayor razón todavía, tratándose del problema judío —
el problema nacional más complejo y difícil del mundo. La solución acertada del mismo exigiría
la inversión de una cantidad demasiado grande de energías: por ello las formas de reacción
iniciales, son, en los partidos proletarios judíos, primitivas y reaccionarias, y no se basan sobre
fundamentos progresistas, sino sobre e1ementos anacrónicos y pequeño burgueses, propios del
período de transición de la pequeña burguesía a las filas del proletariado.

13
¿En qué consiste, pues, el problema nacional para el proletariado en general? ¿Cómo se
plantea para él, el conflicto prolongado entre el desarrollo de sus fuerzas productivas y entre las
condiciones de producción del grupo nacional al que pertenece?
El proletariado debe ser considerado desde dos ángulos diferentes: de un lado, como una
suma de obreros que elaboran, en conjunto, la riqueza social; y, del otro, como una clase que
desarrolla una política propia, y que lucha contra las demás clases de la sociedad. El obrero, como
tal, está Interesado en la elevación de su salario y en el mejoramiento de sus condiciones de
trabajo. Para conseguirlo debe proveerse, en primer término, de un lugar de trabajo, entrando en
competencia con otros individuos carentes de ocupación. En la medida en que el obrero debe
competir por un lugar de trabajo, continúa perteneciendo a las masas proletarizantes, careciendo
todavía de una fisonomía proletaria definida. Esta fisonomía sólo es adquirida después de haberse
asegurado un lugar de trabajo, y de haber iniciado la lucha contra el capital por el mejoramiento
de sus condiciones de vida. Desde ese momento, el lugar de trabajo se convierte en una base
estratégica, y la solidaridad de clase reemplaza a la antigua competencia y lucha inter-obrera. Sin
embargo, esta solidaridad no constituye una garantía contra el retorno de la competencia: siempre
amenaza al obrero el peligro de la pérdida de su lugar de trabajo, induciéndole a una actitud
defensiva frente a sus propios hermanos de clase. El obrero vuelve a aparecer como miembro
potencial del “ejército de reserva”, aflorando nuevamente los intereses que lo impulsan a aferrarse
a su lugar de trabajo. En esta forma, en medio de altibajos pronunciados, va cristalizándose,
gradualmente, el espíritu proletario, purificado por los sufrimientos, y templado en el yunque de la
lucha por el pan y el trabajo. Lentamente y con dificultad, se va forjando la conciencia de clase
proletaria.
El obrero que, por su inseguridad económica. se halla encadenado a su lugar de trabajo, sin
haber logrado elevarlo a la categoría de una base estratégica, no está en condiciones de desarrollar
una acción política independiente ni de desempeñar una función histórica importante. Se convierte
en un mero protagonista de los procesos inmanentes, pero no en dueño de su propio destino. El
proletariado como clase, excluye, en cambio, la competencia entre los obreros por el lugar de
trabajo, e impone la solidaridad de clase en la lucha contra el capital. Los intereses del obrero
coinciden con los intereses del lugar de trabajo sólo en la medida en que el primero aún no ha
logrado liberarse de la capa de las masas proletarizantes, a cuyas filas ha pertenecido y en las
cuales está en peligro de volver a caer. Los intereses del proletariado como clase social, coinciden,
en cambio, con los intereses de la base estratégica, o sea, con los intereses del conjunto de las
condiciones en las que libra su lucha. En resumen: el desarrollo de las fueras productivas de las
masas proletarizantes, impulsa a éstas a la búsqueda de un lugar de trabajo; el desarrollo de las

14
fuerzas productivas del proletariado, exige la existencia de una base estratégica normal para la
conducción de una lucha de clase efectiva. Los intereses de la base estratégica no son menos
materialistas ni más idealistas que los intereses del lugar de trabajo, pero mientras que los
primeros representan los intereses de toda una capa social, los segundos lo son únicamente de
individuos o de grupos. En la esfera de los intereses del lugar de trabajo, Se produce no sólo una
competencia individual, sino, también, una competencia nacional entre los obreros. El desarrollo
de la base estratégica elimina tanto a la una como a la otra. Pero es imposible luchar sin trabajo; y
mientras un grupo de obreros continúe sujeto a la competencia nacional, no podrá librar
exitosamente su lucha de clase, con la consiguiente repercusión negativa sobre su base estratégica.
El proletariado como clase está, pues, alejado de la competencia nacional, aun cuando ésta
puede influir indirectamente sobre sus intereses. Mientras que en la pequeña burguesía y en las
masas proletarizantes, los conflictos nacionales hallan su expresión concreta en la lucha nacional,
en el proletariado asumen, en cambio, la forma de una cuestión nacional. Esto no significa,
empero, que la cuestión nacional se plantea ante el proletariado en forma menos aguda que ante
las demás clases de la nación. Para él, el problema nacional es un resultado del conflicto entre el
desarrollo de sus fueras productivas y las condiciones anormales de su base estratégica —
conflicto que conduce hacia la profundización de la conciencia nacional del proletariado.
Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre la conciencia nacional del
proletariado y la de las demás clases sociales. En algunas clases que conservaron un carácter de
casta, la conciencia nacional está separada de la conciencia social, actuando ambas en forma
independiente. Este fenómeno puede ser observado en los países económicamente atrasados. Así,
por ejemplo, los ricos terratenientes feudales de Rusia son, por un lado, “genuinos patriotas
rusos”; y, por el otro, miembros de la nobleza. Como rusos se “preocupan” por el bienestar de
todo el pueblo, pero como “nobles” están dispuestos a explotar al pueblo todo. La burguesía
media, la pequeña burguesía y las masas proletarizantes, carecen por lo general de conciencia de
clase propia, la que se halla diluida en la conciencia nacional. La conciencia de clase es
anatemizada como un peligro para la “unidad nacional”. Todas estas clases son nacionalistas. Sólo
el proletariado vincula el problema nacional a las necesidades de la base estratégica y de la lucha
de clase. En el proletariado de los pueblos oprimidos, la opresión nacional afecta a las condiciones
de la base estratégica, estableciéndose una vinculación estrecha entre la conciencia nacional y la
conciencia social.
Es importante señalar una característica peculiar de esta vinculación. Al no tener los
intereses nacionales del proletariado nada en común con la lucha nacional, el nacionalismo
proletario no asume un carácter agresivo. Este nacionalismo es, en esencia, negativo: desaparece

15
con la normalización de la base estratégica se nutre de raíces negativas: de las anomalías sociales
y económicas. Esto no significa que carezca de un contenido nacional positivo. Todo lo contrario:
al nutrirse objetivamente de raíces negativas, el nacionalismo proletario adquiere un contenido
positivo. Y ninguna clase ofrece ni puede ofrecer un programa nacional tan real como éste que
presenta el proletariado. Pero, el carácter y la procedencia negativas del mismo, dificultan su
comprensión acertada. Sin mencionar ya a los ideólogos burgueses que jamás han comprendido el
espíritu nacional del proletariado, son todavía muchos los pensadores proletarios —y entre ellos la
gran mayoría de los “Iskritas” judíos— que no encuentran bases positivas en el nacionalismo
proletario, resolviendo en tal forma, con ligereza que es simplemente reaccionario.
Este acercamiento errado al nacionalismo proletario, asume, en otros grupos, caracteres
deformados y anormales. Dado que las bases del nacionalismo proletario son, objetivamente,
negativas, y al no comprender que lo negativo se transforma en el proletariado, subjetivamente, en
un programa concreto y positivo, hay quienes se hallan inclinados a justificar su nacionalismo con
frases lastimeras e inseguras: “Desgraciadamente nos vemos obligados a realizar un programa
nacional. Hubiéramos deseado asimilarnos, pero fuimos obligados a seguir siendo judíos”. Estas
justificaciones y excusas hallan, frecuentemente, su expresión en la propaganda y en la literatura
de los “Sionistas Socialistas” (S.S.).
Pero estas curiosidades aisladas no son sino fruto del pensamiento inmaduro. El proletariado
tiene necesidad de todo cuanto tiende a estimular el desarrollo de sus fuerzas productivas,
siéndole perjudicial todo cuanto lo obstaculice. Por ello, le resulta ajeno y dañino, tanto el
oscurecimiento de la conciencia de clase cómo el de la conciencia nacional. El no se avergüenza
de su misión social ni de su misión nacional. Con idéntico orgullo declara: “Somos social-
demócratas y somos judíos”. Nuestra conciencia nacional es, esencialmente, negativa, y de
carácter emancipador. Si fuéramos el proletariado de una nación libre —que no oprime ni es
oprimida— no nos interesarían, en absoluto, los problemas de la vida nacional. Y, aún hoy en día,
nos preocupan menos los problemas de la cultura espiritual, que los de la vida socio-económica:
el nuestro es un nacionalismo realista, libre de toda injerencia “culturalista”.
Para el proletariado judío, el problema nacional es un producto del conflicto entre las
necesidades planteadas por el desarrollo de sus fuerzas productivas, es decir la lucha de clases, y
las condiciones de su base estratégica. La base estratégica del obrero judío es insatisfactoria, tanto
desde el punto de vista económico como desde el punto de vista político. La lucha económica del
proletario judío sólo es exitosa durante los períodos de apremio, cuando los empleadores se ven
obligados a hacer ciertas concesiones, para no malograr la temporada de trabajo. Pero una vez
finalizada ésta, vuelven a resarcirse de sus “pérdidas”. Los frutos de la lucha económica del

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obrero judío desaparecen hasta la temporada próxima, en la que vuelve a repetirse el mismo
proceso, con idénticos resultados.
Pero menos satisfactoria aún es la base estratégica, desde el punto de vista político. Dado
que el obrero judío se halla empleado casi exclusivamente en la producción de los bienes de
consumo y no desempeña ninguna función Importante en ninguno de los estadios superiores del
proceso productivo, tampoco conserva en sus manos ningún hilo fundamental de la economía del
país, en el cual vive y trabaja. El proletario judío no se halla en condiciones de detener la marcha
del aparato económico del país, como pueden hacerlo los obreros ferroviarios y otros obreros
mejor colocados. No es explotado por el gran capital, sino por el capital medio, cuyo rol en la
producción también carece de importancia. Cuando el proletario judío paraliza con su lucha la
actividad del capital que lo explota, no alcanza a producir perturbaciones serias en el país. El
obrero judío no posee la fuerza suficiente para luchar por sus propias demandas, sin el apoyo de
obreros más afortunados de los pueblos periféricos, y es incapaz de conseguir las mejoras más
insignificantes si sus necesidades nacionales no son compartidas por los obreros de otra
nacionalidad. Esta situación de desamparo fortalece en él los sentimientos de la solidaridad
proletaria, acercándolo a los ideales revolucionarios. Por otra .parte, los antagonismos de clase en
el seno de la sociedad judía son, relativamente, menores que en otros pueblos: en primer lugar, por
la concentración insuficiente de capitales; y, en segundo término, porque la clase media judía,
mucho más oprimida que la de otros pueblos dependientes (lituano, armenio, etc.) es por
naturaleza de carácter opositor, proporcionando al proletariado determinada ayuda política. Hasta
hace poco tiempo atrás soportó tranquilamente los ataques de los agitadores proletarios, ayudando
financieramente al “Bund” y a otros partidos obreros. Ahora calcula sacar mejor provecho de una
alianza con los “Kadetes”, “traicionando” definitivamente a los partidos proletarios judíos. En
estas circunstancias, el proletariado judío está condenado a arrastrarse detrás de los poderosos
movimientos políticos obreros del país, reemplazando con una fraseología inflamada, la falta de
una fuerza de clase verdadera. En este terreno, crecen las exageraciones más ridículas, cuya mera
enunciación rebela a todo socialdemócrata consciente y responsable.
En esta ironía dolorosa se esconden contradicciones trágicas. Por una parte, la revolución le
es necesaria al proletariado judío más que a ninguno otro y, por la otra, la implacable presión
nacional, la explotación del insignificante, pero por lo mismo codicioso capital judío, y la
nerviosidad y el alto nivel cultural del obrero judío, morador urbano e hijo del “pueblo del libro”,
generan una poderosa reserva de energía revolucionaria y un exaltado espíritu de autosacrificio. Y
esta hipertrofia revolucionaria, encadenada a los moldes estrechos de su base estratégica, asume
frecuentemente formas grotescas. Una enfermedad de exceso de energía, tal es la tragedia y la

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fuente de los sufrimientos del proletariado judío.
Un Prometeo encadenado que, en ira impotente, arranca las plumas del ave de rapiña que
picotea su corazón: tal es el símbolo del proletariado judío.

Vladimir Jabotinski
La Muralla de Hierro, Nosotros y los árabes (1923)
Nota: Jabotinski fue el principal ideólogo del revisionismo sionista, opuesto tanto al
laborismo como al sionismo burgués de los seguidores de Teodor Herzl. En este artículo presenta
sus ideas respecto a lo que debe ser la relación con los árabes.

Contrariamente a la excelente regla de ir al grano directamente, debo comenzar este artículo


con una introducción personal. El autor de estas líneas es considerado un enemigo de los árabes,
alguien que propone su expulsión, etc. Esto no es verdad. Mi relación emocional con los árabes es
la misma que con los otros pueblos – una educada indiferencia. Mi actitud política hacia ellos se
caracteriza por dos principios. Primero: la expulsión de los árabes de Palestina es absolutamente
imposible. Existirán siempre dos naciones en Palestina – lo cual para mí es bueno, en tanto los
judíos sean mayoría. Segundo: estoy orgulloso de haber sido miembro del grupo que formuló el
Programa de Helsingfors. Lo formulamos, no sólo para los judíos, sino para todos los pueblos, y
su base es la igualdad de todas las naciones. Estoy dispuesto a jurar, por nosotros y nuestros
descendientes, que nunca destruiremos esta igualdad y nunca intentaremos expulsar u oprimir a
los árabes. Nuestro credo, como el lector puede ver, es completamente pacífico. Pero es
absolutamente otro asunto si será posible lograr nuestros propósitos pacíficos a través de medios
pacíficos. Esto depende, no de nuestra actitud hacia los árabes, sino exclusivamente de la actitud
de los árabes hacia el sionismo.
Tras esta introducción podemos pasar al asunto principal. Que los árabes de la tierra de
Israel voluntariamente lleguen a un acuerdo con nosotros está más allá de toda esperanza en el
presente, y en el futuro inmediato. Esta convicción íntima la expreso de manera tan categórica no
para consternar a la facción sionista moderada, sino por el contrario para salvarlos de la
decepción. Aparte de aquellos que han sido virtualmente “ciegos” desde la niñez, todos los otros
sionistas moderados han comprendido desde hace tiempo que no existe ni siquiera la menor
esperanza de obtener el acuerdo con los árabes de la tierra de Israel para que “Palestina” se
convierta en un país con mayoría judía.
Todo lector tiene alguna idea de la historia temprana de otros países que han sido
colonizados. Sugiero que recuerde todas las instancias conocidas. Si intentara buscar siquiera un
ejemplo de un país colonizado con el consentimiento de aquellos nacidos allí, fracasaría. Los
habitantes nativos (no importa si son civilizados o salvajes) siempre han opuesto una obstinada
resistencia. Además, la manera en que actúa el colonizador no ha importado en absoluto. Los
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españoles que conquistaron México y Perú, o nuestros propios ancestros en la época de Joshua
ben Nun se comportaron, podría decirse, como saqueadores. Pero aquellos “grandes
exploradores”, los ingleses, escoceses y holandeses que fueron los reales primeros pioneros de
Norteamérica eran gente que poseían un elevado nivel ético; hombres que no sólo deseaban dejar
a los pieles rojas en paz sino que les daba lástima hasta una mosca; gente que con toda sinceridad
e inocencia creía que en esos bosques vírgenes y vastas praderas existía espacio disponible para
ambos, los blancos y los pieles rojas. Sin embargo, el nativo resistió ante los bárbaros y ante los
civilizados con el mismo grado de crueldad.
Otra cuestión que no ha tenido importancia fue si existió o no sospecha de que el
conquistador deseaba remover a los nativos de su tierra. La vasta extensión de los Estados Unidos
nunca contuvo más que uno o dos millones de indios. Los aborígenes combatieron a los colonos
blancos no por temor a ser expropiados, sino simplemente porque nunca existió un habitante
indígena que haya aceptado el establecimiento de otros en su país. Cualquier población nativa –
no importa si es civilizada o salvaje– ve a su país como su hogar nacional, del cual desean
siempre ser los dueños absolutos. Ellos no permitirán voluntariamente, no sólo un nuevo dueño,
sino incluso un nuevo vecino. Y esto sucede con los árabes. Los partidarios del compromiso en
nuestro campo intentan convencernos de que los árabes son unos tontos que pueden ser engañados
por una edulcorada formulación de nuestros propósitos, o una tribu de buscadores de dinero que
abandonarán el derecho a su tierra nativa de Palestina por beneficios económicos y culturales.
Rechazo de plano esa afirmación. Culturalmente los árabes palestinos están 500 años detrás
nuestro, espiritualmente no tienen nuestra resistencia o nuestra fuerza de voluntad. Podemos
hablar tanto como queramos acerca de nuestras buenas intenciones; pero ellos saben como
nosotros lo que no es bueno para ellos. Sienten hacia Palestina el mismo amor instintivo y el
fervor que un azteca sentía respecto de su México o un sioux hacia su pradera. Pensar que los
árabes consentirán voluntariamente la realización del sionismo a cambio de beneficios culturales y
económicos resulta infantil. Tal pueril fantasía de nuestros “arabófilos” proviene de algún tipo de
menosprecio del pueblo árabe, de una apreciación infundada de esta raza como una chusma pronta
a dejarse sobornar para que compremos su tierra patria a cambio de una red ferroviaria.
Esta visión no tiene fundamento en absoluto. Árabes individuales pueden quizá ser
comprados pero esto difícilmente significa que todos los árabes en Eretz Israel tienen la voluntad
de vender un patriotismo que ni siquiera los papúes negociarían. Todo pueblo indígena resistirá a
los colonizadores.
Esto es lo que los árabes en Palestina están haciendo, y persistirán en hacer mientras
conserven una sola chispa de esperanza de que serán capaces de prevenir la transformación de
“Palestina” en la “Tierra de Israel”.
Algunos de nosotros pensaba que se había producido un malentendido, que por esa razón
los árabes no comprendían nuestras intenciones, ellos se oponían a nosotros, pero, si aclarábamos

19
cuán modestas y limitadas eran nuestras aspiraciones, estrecharían nuestras manos en paz. Esto
también es una falacia comprobada una y otra vez. Es suficiente recordar sólo un incidente. Tres
años atrás, durante una visita aquí, Sokolow desplegó un gran discurso sobre esa verdadera
“incomprensión”, empleando un lenguaje engañoso para probar cuan groseramente equivocados
estaban los árabes al suponer que nosotros pretendíamos arrebatar sus propiedades o expulsarlos
de su país, o suprimirlos. Esto definitivamente no era así. Ni siquiera queríamos un estado judío.
Todo lo que deseábamos era un régimen representativo de la Liga de las Naciones. Una réplica a
este discurso se publicó en el periódico árabe Al Carmel en un artículo cuyo contenido brindo de
memoria, pero estoy seguro de que es un relato fiel.
Nuestros grandes sionistas se perturban innecesariamente, escribió su autor. No hay
malentendidos. Lo que Sokolow plantea respecto del sionismo es verdad. Pero los árabes ya
conocen esto. Obviamente, hoy los sionistas no pueden soñar con expulsar o eliminar a los árabes,
o incluso establecer un estado judío. Claramente, en este período están interesados sólo en una
cosa – que los árabes no obstaculicen la inmigración judía. Además, los sionistas han prometido
controlar la inmigración de acuerdo con la capacidad de absorción económica del país.
El editor de esta publicación quiere creer que la capacidad de absorción de Eretz Israel es
muy grande, y que resulta posible radicar gran cantidad de judíos sin afectar a un solo árabe. “Es
justamente eso lo que los sionistas quieren, y lo que los árabes no desean. De esta manera los
judíos se convertirán, paulatinamente, en mayoría e, ipso facto, se constituirá un estado judío y el
destino de la minoría árabe dependerá de la buena voluntad de los judíos. ¿Pero no son los
mismos judíos quienes nos plantean cuán ‘agradable’ era ser una minoría? No existe ningún
malentendido. Los sionistas desean una cosa – libertad de inmigración – y es la inmigración judía
lo que nosotros no queremos.”
La lógica empleada por este editor es tan simple y clara que deberíamos aprenderla de
memoria y convertirse en una parte esencial de nuestra noción de la cuestión árabe. No tiene
importancia si citamos a Herzl o a Herbert Samuel para justificar nuestras actividades. La misma
colonización tiene su propia explicación, integral, ineludible, y comprendida por cualquier árabe
y cualquier judío. La colonización puede tener solamente una meta. Para los árabes palestinos la
misma resulta inadmisible. Está en la naturaleza de las cosas. Cambiar esa naturaleza es
imposible.
Un plan que parece atraer a muchos sionistas es el siguiente: si es imposible obtener el
aval para las aspiraciones sionistas por parte de los árabes palestinos, entonces debe ser obtenido
de los árabes de Siria, Irak, Arabia Saudita y quizá de Egipto. Incluso si esto fuera posible, no
modificaría la raíz de la situación. No modificaría la actitud de los árabes del territorio israelí
hacia nosotros. Hace setenta años, la unificación de Italia se logró, con la retención por parte de
Austria de Trento y Trieste. Sin embargo, los habitantes de esas ciudades no solo rechazaron
aceptar la situación, sino que lucharon contra Austria con renovado vigor. Si fuera posible (lo cual

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dudo) discutir sobre Palestina con los árabes de Bagdad y La Meca como si ella fuera una especie
de reducida, inmaterial tierra fronteriza, Palestina seguiría siendo para los palestinos no una tierra
fronteriza, sino su tierra nativa, el centro y base de su propia existencia nacional. Por ende sería
necesario llevar a cabo la colonización contra la voluntad de los árabes palestinos, que es la
misma condición que existe hoy.
Un acuerdo con los árabes que están fuera de la Tierra de Israel es también una ilusión. Para
que los nacionalistas de Bagdad, La Meca y Damasco acepten una contribución tan onerosa
(acordando renunciar a la preservación del carácter árabe de un país ubicado en el centro de su
futura “federación”) deberíamos ofrecerles algo sumamente valioso. Podemos ofrecerles sólo dos
cosas: dinero o asistencia política o ambas cosas. No podemos ofrecerles nada más. Respecto del
dinero, resulta ridículo pensar que podríamos financiar el desarrollo de Irak o Arabia Saudita,
cuando no tenemos lo suficiente para la Tierra de Israel. Diez veces más ilusoria es la asistencia
política para las aspiraciones políticas de los árabes. El nacionalismo árabe se propone los mismos
objetivos que el nacionalismo italiano antes de 1870 y que el nacionalismo polaco antes de 1918:
unidad e independencia. Estas aspiraciones significan la erradicación de toda traza de influencia
británica en Egipto e Irak, la expulsión de los italianos de Libia, la eliminación de la dominación
francesa de Siria, Túnez, Argelia y Marruecos. Para nosotros apoyar tal movimiento sería suicida
y desleal. Si omitimos el hecho de que la Declaración Balfour fue firmada por Gran Bretaña, no
podemos olvidar que Francia e Italia también la firmaron. No podemos intrigar para remover a
Gran Bretaña del Canal de Suez y del Golfo Pérsico y para eliminar el gobierno colonial francés e
italiano sobre el territorio árabe. No podemos tener en cuenta ese doble juego de ninguna manera.
Así concluimos que no podemos prometer nada a los árabes de la Tierra de Israel o a los
países árabes. Su acuerdo voluntario está fuera de cuestión. Por esa razón, a quienes sostienen que
un acuerdo con los nativos resulta condición esencial para el sionismo podemos ahora decirles
“no” y exigir su salida del sionismo. La colonización sionista, incluso la más restringida, debe ser
concluida o llevada adelante sin tener en cuenta la voluntad de la población nativa. Esta
colonización puede, por ende, continuar y desarrollarse sólo bajo la protección de una fuerza
independiente de la población local – una muralla de hierro que la población nativa no pueda
romper. Esta es, in toto, nuestra política hacia los árabes. Formularla de otra manera sólo sería
hipocresía.
No sólo esto debe ser así, es así lo admitamos o no. ¿Qué significan para nosotros la
Declaración Balfour y el Mandato? Es de hecho un poder imparcial que se propone crear tales
condiciones de seguridad de manera tal que la población local pueda ser disuadida de interferir
nuestros esfuerzos.
Todos nosotros, sin excepción, demandamos constantemente que este poder cumpla
estrictamente sus obligaciones. En este sentido, no hay diferencias sustanciales entre nuestros
“militaristas” y nuestros “vegetarianos.” Unos prefieren una muralla de hierro de bayonetas

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judías, los otros proponen una muralla de hierro de bayonetas británicas, unos terceros postulan un
acuerdo con Bagdad, y parecen estar satisfechos con las bayonetas de Bagdad – un gusto algo
extraño y peligroso- pero todos aplaudimos, día y noche, la muralla de hierro. Destruiríamos
nuestra causa si proclamamos la necesidad de un acuerdo, y hacemos creer a los titulares del
Mandato que no necesitamos una muralla de hierro, sino más bien conversaciones sin fin. Tal
planteo sólo puede perjudicarnos. Por ende es nuestro deber sagrado poner a la vista tal
conversación y probar que es una trampa y un engaño.
Dos breves observaciones: en primer lugar, si alguien sostiene que este punto de vista es
inmoral, respondo: no es verdad; el sionismo es moral y justo o es inmoral e injusto. Pero esta es
una cuestión que deberíamos haber establecido antes de convertirnos en sionistas. Nosotros ya
hemos definido esa cuestión, y en el sentido afirmativo.
Consideramos que el sionismo es moral y justo. Y dado que es moral y justo, debe hacerse
justicia, no importa si Joseph, Simon, Ivan o Achmet acuerden con eso o no.
No hay otra moralidad.
Todo esto no significa que algún tipo de acuerdo no sea posible, sólo un acuerdo voluntario
es imposible. Mientras exista una mínima esperanza de que puedan expulsarnos, no negociarán
esas esperanzas, ni por dulces palabras ni por apetitosos bocados, porque ellos no son bandidos
sino una nación, quizá debilitada pero aún viviente. Un pueblo efectúa tales enormes concesiones
sólo cuando ya no tiene esperanzas. Sólo cuando no se percibe ni una sola hendidura en la muralla
de hierro, sólo entonces los grupos extremos pierden su poder, y el liderazgo pasa a los grupos
moderados. Sólo entonces estos grupos moderados se acercarán a nosotros proponiendo
concesiones mutuas. Y sólo entonces los moderados sugerirán propuestas para comprometerse en
cuestiones prácticas como ser darnos garantía contra la expulsión, o igualdad y autonomía
nacional.
Soy optimista de que ellos terminarán brindándonos tales garantías y que ambos pueblos,
como buenos vecinos, podrán entonces vivir en paz. Pero el único camino para llegar a ese
acuerdo es la muralla de hierro, es decir, el fortalecimiento en Palestina de un gobierno sin ningún
tipo de influencia árabe, es decir, un gobierno que combatirán los árabes. En otras palabras, para
nosotros la única senda que conduce hacia un acuerdo en el futuro es el rechazo absoluto de
cualquier intento de un acuerdo presente.
Publicado por primera vez en ruso bajo el título O Zheleznoi Stene en Rassvyet, 4 de
noviembre de 1923.
Publicado en inglés en Jewish Herald (Sudáfrica), 26 de noviembre de 1937.
Traducción: Ricardo Accurso

ARTHUR BALFOUR
LA DECLARACIÓN DE BALFOUR
22
Nota: Esta carta enviada por el Secretario de Estado de Relaciones exteriores, Arthur James
Balfour, a Lord Rothschild, estaba dirigida a lograr el apoyo de la comunidad judía al esfuerzo
bélico en la Primera Guerra Mundial. Conocida como la “Declaración de Balfour” se convirtió
en una de las bases legales para crear un estado judío en Palestina. La carta fue publicada en el
“Times” de Londres una semana más tarde.

Foreign Office, 2 de noviembre de 1917


Estimado Lord Rothschild:Tengo sumo placer en comunicarle en nombre del Gobierno de Su
Majestad, la siguiente declaración de simpatía con las aspiraciones judías sionistas, declaración
que ha sido sometida a la consideración del gabinete y aprobada por el mismo:
El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar
nacional para el pueblo judío, y empleará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de
este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los
derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos
y estatus político de que gozan los judíos en cualquier otro país.
Le agradeceré que lleve esta declaración a conocimiento de la Federación Sionista.
Suyo
Arthur James Balfour

ARTHUR JAMES BALFOUR


DEFENSA DEL MANDATO EN PALESTINA, 1922
Nota: Arthur Balfour (1848-1930) fue Primer Ministro británico entre 1902 y 1905 y luego
como Secretario de Asuntos Exteriores responsable de la “Declaración de Balfour”. En 1922
respondió en este discurso a un ataque a la promesa hecha en esa declaración al pueblo judío.
Mi noble amigo nos dijo en su discurso, y yo le creo absolutamente, que él no tiene
prejuicios contra los judíos. Pienso que debo decir que yo no tengo prejuicios en su favor. Pero su
posición y su historia, su conexión con la religión mundial y con la política mundial es
absolutamente única. No hay paralelo a ella, no hay nada que se aproxime a igualarla, en
cualquier otro aspecto de la historia humana. Aquí tienen ustedes a una pequeña raza habitando
originariamente un pequeño país, pienso que del tamaño de Gales o Bélgica, en todo sentido de
tamaño comparable a estos dos, no teniendo en ningún momento de su historia nada que pueda ser
descrito como poder material, a veces aplastado entre grandes monarquías orientales, deportados
sus habitantes, luego dispersados, luego deportados del país hacia casi todas partes del mundo, y
sin embargo manteniendo una continuidad de tradición religiosa y racial que no tiene paralelo en
ninguna parte.
Esto en sí mismo, es suficientemente remarcable, pero considerarlo no es una consideración
23
placentera, pero hay otra que no podemos olvidar: Cómo han sido tratados durante largos siglos,
durante siglos que en algunas partes del mundo se extienden hasta la hora y minuto en la que
estoy hablando; considerar cómo han sido sometidos a persecución y tiranía; considerar hasta qué
punto la entera cultura de Europa, la entera organización religiosa de Europa, no se ha probado de
tiempo en tiempo culpable de grandes crímenes contra esta raza. Entiendo bien que algunos
miembros de esta raza puedan haber dado ocasión, sin duda lo hicieron, para esta aversión, y no sé
cómo de otra manera podrían ser tratados como lo son; pero, si van a hacer hincapié en eso, no
olviden qué rol han jugado en el desarrollo intelectual, artístico, filosófico y científico del mundo.
No digo nada del aspecto económico de sus energías, porque sobre él siempre estuvo concentrada
la atención de los cristianos.
Les pido Señorías considerar el otro lado de sus actividades. Nadie que sepa de qué está
hablando negará que al menos han --y lo estoy señalando lo más moderadamente que puedo--
remado con todas sus fuerzas en la nave del progreso científico, intelectual y artístico, y que lo
están haciendo hasta el día de hoy. Los encontrarán en cada Universidad, en cada centro de
aprendizaje; y en el mismo momento en que estaban siendo perseguidos, cuando algunos de ellos,
por todos los medios, estaban siendo perseguidos por la Iglesia, sus filósofos estaban
desarrollando pensamientos que los grandes doctores de la Iglesia incorporaron en su sistema
religioso. Así fue en la Edad Media, así fue en los tiempos antiguos, así es ahora. Y además, ¿hay
alguien aquí que se sienta contento con la posición de los judíos? Ellos han sido capaces, por esta
extraordinaria tenacidad de su raza, de mantener esta continuidad, y la han mantenido sin tener
ningún Hogar Judío.
¿Cuál ha sido el resultado? El resultado ha sido que ellos han sido descritos como parásitos
sobre cada civilización en cuyos asuntos se han mezclado, parásitos muy útiles me aventuro a
decir. Pero¿ hasta cuándo será esto, no piensan Sus Señorías que si la Cristiandad, sin olvidar todo
lo erróneo que ha hecho, puede dar una oportunidad, sin perjudicar a otros, a esta raza de mostrar
hasta dónde puede organizar una cultura en un Hogar donde esté a salvo de la opresión, que no
está bien decir, si podemos hacerlo, que debemos hacerlo. Y, si podemos hacerlo, no debe hacerse
algo material para lavar una antigua mancha sobre nuestra propia civilización si absorbemos a la
raza judía de una manera amistosa y efectiva en estos países en los que son ciudadanos? Les
habremos dado entonces lo que tienen todas las naciones, algún lugar, alguna morada, donde
puedan desarrollar la cultura y tradiciones que les son peculiarmente propias.
Puedo defender --me he esforzado, y espero que no infructuosamente, en defender este
esquema del Mandato en Palestina de la perspectiva más material, y de ese punto de vista que es
capaz de defensa. Me he esforzado por defenderlo desde el punto de vista de la población
existente, y he mostrado, espero que con algún efecto, que su prosperidad también está
íntimamente ligada al éxito del sionismo. Pero habiéndome esforzado hasta lo mejor de mi
capacidad para mantener estas dos proposiciones, daría, en consecuencia, una visión inadecuada

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de mis opiniones a Sus Señorías si me sentara sin insistir hasta lo último de mi capacidad en que,
más allá y por encima de todo esto, hay un gran ideal al que aquellos que piensan como yo están
aspirando, y que, creo, está dentro de su poder alcanzar.
Puede fracasar. No niego que es una aventura. ¿No hemos nunca tenido aventuras? No hemos
nunca intentado nuevos experimentos? Espero que Sus Señorías nunca desciendan a esa depresión
poco imaginativa, y que experimento y aventura sean justificados si hay algún caso o causa para
su justificación. Seguramente, es correcto que podamos enviar un mensaje hacia todos los lugares
donde ha sido dispersada la raza judía, un mensaje que les dirá que la Cristiandad no ignora su fe,
no está indiferente al servicio que han rendido a las grandes religiones del mundo, y, lo principal
de todo, a la religión que profesan la mayoría de Sus Señorías, y que deseamos hasta lo mejor de
muestra capacidad darles esa oportunidad de desarrollar, en paz y quietud bajo el gobierno
británico, esos grandes dones que hasta ahora han sido compelidos por la misma naturaleza del
caso a brindar con fruición en aquellos países que no conocen su lenguaje, y no pertenecen a su
raza. Este es el ideal que deseo ver realizado, este es el propósito que yace en las raíces de la
política que estoy tratando de defender; y, porque es defendible en todos sus aspectos, es el
argumento que principalmente me anima.
Fuente:
Penguin Book of Twentieth Century Speeches (London: Viking Penguin, 1992), pp. 88-90.
Traducción: Luis César Bou

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