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Ki-Zerbo, Joseph, Historia del África Negra. Alianza, Madrid, 1980.

Capítulo 10
LA EDAD DE ORO DE LOS EXTRANJEROS
1. LAS POSESIONES FRANCESAS
A. La economía
Francia había obtenido una parte inmensa de Africa, pero estaba mediocremente dotada
de recursos naturales. Se trataba de un vasto hínterland, con frecuencia sin salidas al mar. El
sistema económico colonial francés no se diferencia esencialmente del de los demás países
colonizadores; y las numerosas observaciones que siguen, en especial en materia de
explotación económica, y que ya no repetiremos, sirven para las demás colonias europeas.
Pues bien, se trata de extraer el máximo beneficio de las tierras sometidas, de obtener amplios
resarcimientos. ¿Acaso no existe un determinado anticolonialismo de derechas que se basa en
la escasa rentabilidad de las colonias? La primera «doctrina» colonial coherente, después de
la de Jules Ferry, es la de Albert Sarraut, hacia 1923. Este autor presenta las colonias como el
recurso decisivo que levantará a Francia de las miserias de la Gran Guerra. En principio, la
colonia debe autoabastecerse, gracias a la autonomía financiera. Este principio fue aplicado
en el Africa Occidental Francesa (A.O.F.), donde las cajas de reserva, abundantemente
dotadas, sirvieron como garantía a los préstamos concedidos por Francia para la realización
de trabajos demasiado poco rentables para el sector privado. Este tomó en sus manos lo
esencial de la actividad económica, basada en la trata de
productos africanos y europeos. El remate del sistema era una red bancaria muy
integrada y casi monopolista, con el B.A.O.’ y el Crédito Financiero del Oeste Africano. El
B.C.A. 2 y el Banco Francés de Africa, menos sólidos, sufrieron cracks durante la gran crisis
de 1929. A tales organismos de crédito no podían acercarse los indígenas, entre otras razones
porque debido a la ausencia de propiedad privada, no podían proporcionar garantías
hipotecarias. Por otro lado, los bancos mencionados, del mismo modo que los holdings
especializados, sostenían sobre todo casas bordelesas (Peyrissac, Maurel y Prom) o
marsellesas (C.F.A.O. , C.I.C.A.) Las tres grandes firmas que controlan el mercado son la
C.F.A.O., la S.C.O.A. y la Unilever —que domina la mayor parte, pero que posee filiales en
muchos otros sectores, y que dispone por otra parte de un imperio pluricontinental—. La
mayoría de las veces tales sociedades se hallan ligadas entre sí, y poseen ramificaciones más
allá de las fronteras coloniales francesas.
Las empresas disponen de factorías en los principales centros, que envían a su vez los
productos africanos de exportación y venden los productos manufacturados europeos. El
control total sobre estas dos corrientes comerciales permitía que las compañías tuvieran már-
genes de beneficio muy amplios, en especial debido a la ausencia de un control de precios.
Los libaneses y sirios, que tenían gastos generales mínimos, conseguían generalmente
hacerse un sitio en el comercio al detalle e incluso a veces en el intermedio. Los comerciantes
africanos, completamente dominados por las compañías en el campo del mercado, solían
convertirse en intermediarios, operando en las zonas periféricas de la red comercial. Esta
sufre la fuerte influencia de las recientemente instaladas vías férreas o de las carreteras que
permiten el drenaje de los productos. Por ejemplo, y en particular, la sal ya no llega del
desierto, sino de los puertos costeros. Y lo mismo sucede con el oro, que ya no se dirige hacia
el norte, hacia el desierto, sino hacia el mar. Con todo, el antiguo intercambio norte-sur entre
la kola, por un lado, y el ganado y el pescado seco por el otro, proseguirá como siempre. En
términos generales, las compañías invierten y reinvierten poco. Al haber sido encargadas de
supervisar económicamente las colonias y de extraer de ellas el máximo beneficio, chocan
con la pobreza de la red de comunicaciones, con la desgana profunda de los africanos para
dedicarse a los cultivos de exportación y con el bajo nivel de entradas.

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Sin embargo, en cada uno de estos campos la administración va a aportar su poderoso
apoyo. La estructura que va a instalarse estará fuertemente condicionada por la trata. El único
puerto utilizable es Dakar; en otros lugares existen tan sólo embarcaderos y muelles. Los
ferrocarriles penetran en el interior, como antenas aisladas, y apoyándose en los ejes de los
ríos. El ferrocarril Dakar-Níger (hasta Bamako y Kulikoro) es prolongado hasta Thies-Kayes
en 1923. El Conakry-Kankán, vía Kurusa, en el Níger, está terminado en 1914. La vía férrea
de Dahomey-Níger queda parada en el camino... Lo mismo que la Abidyán-Níger, que no
alcanza el Alto Volta, en Bobo Diulaso, hasta 1934. En lo que respecta al ferrocarril Congo-
Océano, iniciado en 1921, terminado en 1934, para asegurar una salida francesa desde el
Congo hasta Pointe-Noire, su construcción moviliza a más de veinte mil hombres. Los ríos, a
menudo cortados por obstáculos naturales, serán de escasa utilidad. La red de carreteras es
importante en Africa Occidental, donde se alcanzan los cien mil kilómetros en 1940, de los
que treinta y dos mil son permanentes; pero es muy débil en el Africa Ecuatorial Francesa,
donde, por ejemplo, Gabón sólo dispone de cien kilómetros de carreteras en 1936.
Además del establecimiento de una infraestructura muy útil para el comercio, la
administración va a ayudar a las compañías a asegurarse la posesión de su situación de
monopolio, imponiendo pref eren-cias aduaneras, por medio de derechos de aduanas
draconianos, salvo en la «cuenca convencional del Congo». El decreto del 14 de abril de
1905, que hace general la sobretasa de Senegal. consolida el comercio francés y acaba con la
preponderancia, hasta entonces grande, de las casas británicas. Asimismo, las grandes
compañías van a verse beneficiadas con concesiones territoriales de envergadura, especial-
mente en Africa Ecuatorial. En 1889, un setenta por ciento, aproximadamente, de la
superficie del Africa Ecuatorial Francesa (A.E.F.), es decir, seiscientos cincuenta mil
kilómetros cuadrados, una extensión mayor que Francia, será atribuida por treinta años a
algunas grandes compañías: la Société des Sultanats du Haut-Oubangui (Sociedad de los
Sultanatos del Alto Ubangui) se adjudicará ciento cuarenta mil kilómetros cuadrados para ella
sola. Las compañías francesas aprovecharán su monopolio para alejar a las compañías
británicas, como la John Holt, la cual, tras pedir justicia repetidas veces, obtendrá por fin
alguna compensación. Y el monopolio será utilizado también contra el productor africano
que, si vende un producto valorado en tres francos, verá cómo se le da a cambio una
mercancía que vale un franco, y aún así, estropeada o de dudosa calidad, pretextando que el
producto que ofrece, al provenir de la concesión, pertenece a la compañía, que sólo ha de
pagar el trabajo. Por otro lado, las aldeas situadas en tierras de las compañías ven cómo se les
arrebata las mejores tierras. Posteriormente, cuando las compañías vayan a la bancarrota,
obtendrán del Estado amplias compensaciones, a cambio de una reducción de sus dominios.
Asimismo, la mano de obra que utilizan las compañías es proporcionada, la mayor parte de
las veces, por la administración, que se encarga de esta actividad, o bien proviene de las
masas de trabajadores forzados. La solución más elegante consistía en llegar a un acuerdo por
el cual la administración se comprometía a proporcionar cierta cantidad de algodón a la com-
pañía que lo desgranaba.
Para terminar, digamos que el gobierno francés practicó una política de precios que
protegía a las compañías. Por ejemplo, después de la gran crisis, cuando los precios de los
productos exportados sufrieron bajas gravísimas, se crearon cajas de estabilización y com-
pensación, por parte del Estado, para desencallar a las compañías que dependían de tales
exportaciones. Por razones políticas, las ayudas se extendieron parcialmente a los productores
africanos, a fines del período considerado. Pero, en términos generales, las bajas de precios
solían repercutir duramente en el productor.
Los principales episodios de la evolución económica se desarrollan en los años 20 y 30.
En los 20, el ministro de Colonias, Albert Sarraut, trató de lanzar la política llamada de la
«valorización». Pero el capital privado no se mostró interesado, y algunos grandiosos planes,

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que iban a establecer polos económicos directores, fracasaron. Así pues, la Offic edu Niger
—que, según el ingeniero Bélime, en 1920, debía irrigar 1.750.000 hectáreas en la curva del
Níger, que a su vez iban a ser cultivadas por 1.500.000 voltaicos desplazados al efecto, y que
debía producir 300.000 toneladas de algodón— se encogió como una piel de zapa, no
contando en 1953 más que con 13.000 colonos y 25.000 hectáreas irrigadas, lo que impidió
que la producción superase las 4.000 toneladas. Pese a todo, se habían gastado importantes
sumas, para la época, en investigación y estudios previos, sumas ampliamente concedidas a
las sociedades que se encargaban de ellos. Sin embargo, la investigación fundamental (de
carácter pedológíco y sociológico) no se llevó a cabo. La crisis mundial de 1929, con su
terrible descenso de precios en los productos importados y exportados, produjo un marasmo
económico general, que se expresó en la caída inmediata de los ingresos presupuestarios
provenientes de los derechos de aduana.
Hacia 1934-1935, sin embargo, aparecieron claros signos de recuperación económica,
sobre todo en el A.O.F. La producción de cacahuete había vuelto, en 1934, a su nivel de 1930,
alcanzando las 722.600 toneladas en 1937. Con la Segunda Guerra Mundial la situación
declina, al suprimirse las subvenciones presupuestarias de la metrópoli. En 1942 la
producción de cacahuete desciende, en A.O.F., a 231.000 toneladas. Por el contrario, la
ruptura de relaciones con la metrópoli a causa del conflicto bélico va a dar lugar a un primer
intento industrializador en Senegal, gracias a la creación
de almazaras. En conjunto, con todo, la economía seguirá siendo típicamente colonial
en su estructura: en un 95 por 100 se basa en la agricultura y en la comercialización de
materias primas provenientes de plantaciones o de minas. El caucho silvestre, muy
importante en un principio, sobre todo en Guinea, va a la ruina en 1911, por la competencia
del caucho de plantación asiático. Lo releva el cacahuete, sobre todo en Senegal y en Mali; en
tercer lugar vendrá la palmera oleaginosa. Los tres productos constituyen, en 1909, el 87 por
100 de las exportaciones. El éxito del cacahuete va a ser apagado un poco por la competencia
del cacao, introducido en 1908 de manera autoritaria en Costa de Marfil, en Indenié; más
tarde lo será también por el café (Costa de Marfil, Guinea). En la sabana, el algodón y el sisal
seguirán siendo producciones secundarias (7.400 toneladas en 1929, 16.500 en 1938). Antes
de la Segunda Guerra Mundal el plátano inciará su «marcha» en Guinea. La madera adquirirá
gran importancia especialmente en Costa de Marfil.
En el A.E.F. los primeros pasos son más tardíos, y se basan sobre todo en el caucho
silvestre y en la madera de los grandes bosques (Gabón, Congo francés), mientras que en las
zonas de sabana se insiste en el cacahuete y el algodón. Pronto decae el marfil, después de las
matanzas de elefantes perpetradas a causa del aumento del número de las armas modernas.
Uno de los signos de esta economía de recolección de productos silvestres y de
punción, que consistía sobre todo en acaparar lo más posible, sin invertir un céntimo —los
observadores de la época deploraban la miopía de tal política—, es que, pese al precio
elevado de los productos de importación, la balanza comercial del Congo francés acusa, entre
1902 y 1906, un excedente de las exportaciones en valor. Por otro lado, el carácter mercantil
de las inversiones aparece en el hecho de que, el 4 de junio de 1945, el valor en bolsa de las
sociedades estable7cídas en Africa Negra francesa y cotizadas en la Bolsa de Paris, es como
sigue: 63 por 100, para el comercio; 16 por 100, para plantaciones y bosques; 7 por 100, para
minas, y sólo un 4 por 100 para la industria. Las minas (oro, cobre) siguen en manos de los
autóctonos, que las explotan según los sistemas tradicionales. Los intentos de apartar a los
africanos no se basaban en ningún deseo real de modernizar el sector, ya que las inversiones
habrían sido demasiado altas. Las escasas sociedades que actuaban en este campo —por
ejemplo, ‘la Compañía de Minas de Siguiri, la Faiemé Golden Valley— tendían sobre todo a
explotar la liquidez de ciertos capitalistas ingenuos. Otro aspecto de la estructura colonial es
el carácter «insular» del crecimiento económico, que se concentra en las costas, a lo largo de

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los ejes de comunicación con el exterior
y alrededor de algunos centros del interior. Y si la gama de productos se reduce sólo a
las materias primas en bruto, del mismo modo regiones inmensas permanecen prácticamente
fuera del circuito económico general. No existe, pues, ningún tipo de integración económica
africana. Por el contrario, la integración en la economía metropolitana es acusada, y
aumentará con el tiempo. Así, en 1912, los porcentajes de los intercambios del A.O.F. con la
zona del franco son, con relación al total del comercio, de un 66 por 100 para las
exportaciones y de un 44,5 por 100 para las importaciones. En 1932 estas cifras pasan,
respectivamente, a 82 por 100 y a 69 por 100. Y ello es debido al estatuto aduanero, que es
estrictamente proteccionista.
Las consecuencias de toda esta actividad son sumamente onerosas para los africanos,
que acabarán siendo despojados de todo por un conjunto de mecanismos económicos. El
impuesto de capitación constituye, después de los derechos de aduana, el segundo capítulo
(en ocasiones el primero) de los ingresos presupuestarios. Solía establecerse de modo
arbitrario, por un aumento artificial de las estadísticas de empadronamiento. Este impuesto
debía pagarse en dinero contante, lo que tendía a obligar a los campesinos a vender productos
de exportación. Si era necesario, podía servir el pretexto de que los africanos no tenían
suficiente dinero contante, con el fin de imponerles el trabajo forzado en los «campos de
algodón del Comandante»; esto sin tener en cuenta las prestaciones ordinarias de trabajo para
obras de infraestructura. Los caminos y carreteras, los puertos, los ferrocarriles se construían,
en ausencia de material (se limitaba al máximo la adquisición de maquinaria), «a mano» por
hombres y mujeres, que pasaban semanas enteras, y meses, apisonando las carreteras, como
hacían con el suelo de sus casas. Nadie ha podido contar las horas de trabajo obtenidas por la
fuerza, sistemáticamente. El ferrocarril Congo-Océano y el de Thies-Kayes están jalonados
de cementerios. Si faltaban los «donantes» de mano de obra, que a veces huían, se recurría a
sus mujeres e hijos que, en Africa Ecuatorial, eran amontonados como rehenes en campos de
muerte, pues los rehenes no recibían alimento alguno. A todo esto hay que añadir el expolio
de las mejores tierras, legalizado en A.O.F. por el decreto de 1935, y que se refería a las
tierras pretendidamente vacantes. Muchas tierras robadas de esta manera, fueron asignadas a
compañías privadas. Lo mismo ocurría con los bosques clasificados, y con los terrenos
urbanos acaparados para su parcelación, que provocará la resistencia de los habitantes
originarios, como sucedió en el caso de los lebu, en Dakar.
Otro método de expolio, muy sutil, fue la creación de graneros de simientes para las
sociedades indígenas de previsión, las cuales, nacidas de un aceptable principio
cooperativista, se transformaron paulatinamente en un instrumento de fraude. El sistema se
generalizó en los años 1930-1933. Las simientes que los campesinos cedían les eran
devueltas en contadas ocasiones. Asimismo, el jefe de la circunscripción, que era a la vez
presidente de la asamblea general de la sociedad de previsión, no tenía ningún reparo en
utilizarlas cuando así lo creía conveniente. Y si consideramos que los cultivos de exportación
se realizaban tan sólo con fines especulativos, sin tener suficientemente en cuenta la
protección de los suelos; si añadimos que el alza de precios significaba casi exclusivamente,
para el campesino, el alza de precios de los productos importados, en tanto que la de los
precios de sus propios productos era absorbida por el margen de beneficio de la sociedad
monopolista, comprenderemos fácilmente que el campesino, acorralado en sus fuerzas de
trabajo, sus escasas disponibilidades monetarias e incluso, a veces, en sus mismas tierras,
haya preferido con frecuencia emigrar. La emigración va a aumentar el tamaño de las
ciudades, en especial en las zonas costeras, donde la economía había evolucionado en mayor
grado, y requería mano de obra en condiciones menos arbitrarias que en el interior. Así, los
trabajadores del Sudán francés (hoy Mali), llamados navétanes, partían hacia Senegal como
obreros contratados para trabajar en el cultivo del cacahuete; los habitantes de Alto Volta y de

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Níger se dirigían hacia la Costa de Oro (hoy Ghana) y hacia la Costa de Marfil, colaborando
así al esfuerzo industrial ya iniciado en estos dos países. Pero, paralelamente, privaban a sus
propios países de valiosas fuerzas de trabajo; además, devolvían a sus casas ahorros in-
significantes, extraídos de sus pobres salarios. Por otro lado, buena parte de los salarios solían
ser guardados por el patrono o por el administrador, en principio como ahorro forzado en
beneficio del trabajador, pero en realidad, mientras tanto, como fondos destinados a gastos
corrientes, o como medios de chantaje por parte de las autoridades.
Las dos guerras mundiales y la crisis de 1930 agravaron ulteriormente las condiciones
generales, ya muy míseras, debido al esfuerzo de guerra suplementario exigido a las
poblaciones, por ejemplo en A.E.F., para paliar la inexistencia de subvenciones
metropolitanas, o bien a causa del mercado negro, que aumentaba los precios de forma
exorbitante, o de las confiscaciones masivas de productos alimenticios y «estratégicos».
Motivado por la escasez de arroz, de petróleo, de telas de algodón, se produjo una vuelta
parcial a la economía de subsistencia. Durante las guerras y la crisis de 1930 hubo hambre,
cuyo recuerdo sigue vivo en Wadai, Kanem, Ubangui, en Gabón, en tierras dogon, en Alto
Volta, en Níger, donde murieron de hambre quince mil personas en 1931. En ocasiones se
produjeron revueltas campesinas y rebeliones políticas; pero éstas tuvieron menor alcance
que la organización en las ciudades en favor del surgimiento de una clase obrera, de
sindicatos, que comenzaron ya en esta época a mostrar su oposición con los hechos. En 1925,
tres dirigentes de una huelga parcial de trabajadores del ferrocarril Dakar-Níger fueron
detenidos y azotados. A este hecho siguió una huelga general; la tropa, formada por bámbara,
se niega a disparar contra los huelguistas, y las autoridades se ven obligadas a liberar a lo~
detenidos. El decreto de 1937, que regulaba los sindicatos, era desgraciadamente, muy
restrictivo, pues para poder sindicarse había que saber hablar, leer y escribir correctamente
francés. En 1938 se produce una nueva huelga: la tropa interviene, dispara, mueren seis
huelguistas, y ‘los trabajadores decretan la huelga general, que fina-liza tan sólo cuando se
llega a la negociación con el Gobierno general de Dakar.
¿ Puede decirse que esta etapa de la colonización ha sido sólo negativa? Con seguridad,
no. Es cierto que las carreteras apenas eran utilizadas por los africanos, que iban a pie, y que
usaban los caminos. Pero con todo facilitaron los contactos con el mundo exterior, como
sucede todavía hoy. Las vías férreas servían sobre todo para enviar al exterior las materias
primas, pero al mismo tiempo hacían posible que, paulatinamente, fueran surgiendo otras
actividades económicas. Asimismo, los africanos que se dedicaron a los cultivos de exporta-
ción, acumularon pronto capitales suficientes como para constituir, tanto en Senegal como en
Costa de Marfil o en la costa de Benín, una categoría social privilegiada, que empleará a su
vez a mano de obra proveniente del interior, e iniciando de este modo un proceso capitalista
de transformación. En 1938, en Costa de Marfil, las dos terceras partes de los plantadores de
café eran africanos. Por otro lado, en el campo sanitario, se llevó a cabo una gran obra. Los
cuidados médicos eran gratuitos. Las epidemias y endemias, tropicales o no, como la malaria,
la amebiasis, la fiebre cerebro-espinal, la enfermedad del sueño, la lepra, el pian, etc., y las
enfermedades de importación, minaban literalmente a la población. en 1905 aparece la A.M.I.
6 con el fin de promover la acción sanitaria. En Brazzaville se funda el Instituto Pasteur,
hacia 1910; luego en Dakar, en 1924, y en Conakry; mientras, se crea en Bamako un Instituto
de la Lepra (1934). Contra la enfermedad del sueño, el doctor Jamot, que se apoya de buena
gana en la fuerza administrativa, organiza equipos móviles de intervención, realizando una
importante labor profiláctica. También los misioneros, y en particular las religiosas, han
llevado a cabo, en este campo, una labor inestimable y valiosa, casi siempre con pleno
desinterés.
Sin embargo, no hay que dejar de constatar que la colonización, debido a la
subalimentación y al agotamiento físico que provoca, es una de las causas del nuevo vigor de

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ciertas enfermedades, difundidas además por las aglomeraciones de trabajadores, pues las
«medidas» de las ciudades coloniales eran, en este sentido, un caldo de cultivo especialmente
favorable. En un plano demográfico, es evidente que la separación prolongada de las parejas
ha tenido efectos negativos, sin contar las matanzas represivas. El trabajo forzado ha hecho
disminuir la población en numerosos territorios, especialmente en Gabón. Ahora bien, si se
carece de una población sana y sin aumento demográfico positivo, no hay mano de obra. Se
comprende así la alarma de Albert Sarraut en los años veinte, cuando pedía «conservar y
aumentar el capital humano, para poder hacer trabajar y fructificar el capital monetario». El
director de la C.F.A.O., Julien Le Cesne, afirmaba, más crudamente: «Tenemos que fabricar
negros.» En general, la colonización puso en marcha un proceso de transformación interior.
Algunas sociedades cerradas y replegadas sobre sí mismas hasta ese momento, se animarán
extraordinariamente gracias al dinero y a ‘las ideas nuevas. La propiedad privada, apenas
conocida hasta estas fechas, se implanta por doquier, pero sobre todo en las regiones costeras
y en las ciudades. La dote que se ofrece a la novia, que hasta entonces era tan sólo un símbolo
de la unión, se convierte ahora, sobre todo en las ciudades, en un mero precio, como
cualquier otro.
B. Estructuras políticas
¿Cuál era la estructura político-jurídica del sistema? En el Africa occidental Francia
controlaba un territorio sin solución de continuidad, cuya superficie era nueve veces la de la
metrópoli, es decir, era de unos cinco millones de kilómetros cuadrados. Estos territorios,
muy diferentes entre sí, se extendían desde los espacios desérticos del Hodh, hasta las oscuras
selvas de las tierras guerzé y del Mayombe. Quizá fue esta dispersión la que llevó a los
franceses a erigir un sistema cuya rigidez pudiera mantener en pie y unido a un conjunto tan
variado. Aunque también existen razones históricas propiamente dichas. En efecto, el imperio
francés de Africa Negra había heredado, a través de la III República; el régimen autocrático
de Napoleón III. El pequeño territorio senegalés que estaba realmente sometido a Francia, en
torno a los centros de Saint-Louis, Gorea, Dakar y Rufisque (los cuatro ayuntamientos), podía
haber sido asimilado fácilmente —y, efectivamente, comenzaba a ser así—. Y Senegal fue la
base de partida para la conquista de todo e1 oeste africano. Se entiende, pues, por qué los
franceses estuvieron tentados de extrapolar pura y simplemente el estatuto de su dominio
senegalés a todas las demás colonias. Pero en las colinas del país lobi y los acantilados del
país dogon las condiciones eran tan diferentes de las existentes en la sociedad biológica y
culturalmente mestizada de Saint-Louis, que tal empresa era casi una fantasía. De ello deriva
‘la ambigüedad de la política colonial francesa, que oscilará, hasta el final, entre la utopía de
la asimilación y el espejismo de la asociación.
Debemos subrayar también que la conquista se caracterizó por la organización militar, y
que regiones enteras ya conquistadas permanecieron largo tiempo bajo administración militar.
Las secuelas de la situación se manifestaron en el uniforme, cargado de condecoraciones, de
los comandantes, y en todo el aparato del ritual militar que rodeaba al representante de la
autoridad.
Es cierto que el espíritu cartesiano y el sentimiento jacobino que subyacían, en mayor o
menor medida, jugaron también su papel, al establecerse un sistema piramidal, en cuya
cúspide se hallaba el ministro de Colonias, y en cuya base tenemos a los súbditos en vías de
asimilación más o menos avanzada.
Pero entre los principios y las realidades se produjeron numerosos compromisos. Los
territorios franceses fueron agrupados, primero, en dos conjuntos: el A.O.F., compuesto de
siete, luego de diez territorios, cuando en 1919 el Alto Senegal-Níger fue escindido para
formar dos colonias, Sudán francés y Alto Volta. Los demás eran: Senegal, Mauritania,
Guinea, Níger, Costa de Marfil y Dahomey. Los territorios del A.E.F. se formaron con más
dificultad (Congo francés, Gabón, Ubangui-Shari y Chad), quedando incluidos, al principio,

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en una sola colonia. Pero la decisión se mostró impracticable. A la cabeza del aparato colonial
se hallaba, pues, el ministro de Colonias, responsable de la administración colonial ante la
Asamblea Nacional. Esta, en principio, puede legislar para las colonias, pero la falta de
interés o la ignorancia de la situación la condujeron a descargar su tarea sobre los hombros
del ministro, que guiaba la marcha de las colonias por decretos. Pero el ministro residía
demasiado lejos, y estaba demasiado ocupado, pues administraba, además de las colonias del
Africa Negra, Madagascar y los dominios norteafricanos, asiáticos y americanos de Francia.
Así, el personaje clave era, de modo natural, quien en cada federación de colonias se
encontraba a la cabeza de la administración: el Gobernador general. Detentaba y representaba
los poderes de la República, siendo el administrador del presupuesto federal, jefe de las
fuarzas armadas y jefe de los servicios administrativos centrales de la federación. Ninguna
ley ni decreto proveniente de la metrópoli podía ser aplicado en su sector si no eran
promulgados por él. Tal disposición le permitiría gozar de una especie de derecho de veto
suspensivo respecto de las medidas que no le agradan, aunque debía tomar en consideración
los intereses económicos poderosamente representados en el Parlamento y en el Gobierno. El
Consejo de Gobierno que lo asistía, formado por el secretario general de la administración,
por el general en jefe, el procurador general, y otros, era sólo un órgano consultivo. El
principio se basaba en que el Gobernador general gobierna y el Gobernador administra. Pero
también en este caso la distancia disminuía la rigidez del principio. Las autoridades y
funcionarios de la capital del territorio recibían órdenes de Dakar, y más tarde de Libreville y
Brazzaville. Aunque las órdenes del gobernador territorial solían ser las más apremiantes.
El gobernador desarrollaba su trabajo por medio de una red de comandantes de
circunscripción, secundados a su vez por los jefes de subdivisión. El comandante de
circunscripción era realmente la bisagra de todo el sistema, el hombre-orquesta, el factótum
encargado de preparar las decisiones y de llevarlas a la práctica. Debe ser al mismo tiempo
juez, financiero, ingeniero de obras públicas, agente de policía y de seguridad, jefe militar,
gerente de los graneros públicos, inspector de enseñanza, agente sanitario, contratista, etc.
Resumiendo, en todo y para todo, era él quien mandaba. Aquí también jugaba su papel la
distancia, pues él era el «rey del interior». Y lo era hasta el extremo de que, si se le permitía
permanecer largo tiempo en su destino, un comandante medio podía, a la larga, hacer frente a
las tareas polivalentes para las que había sido investido. Conocía suficientemente las cosas y
la gente como para tomar las decisiones más importantes. Algunos de ellos nos han dejado
incluso excelentes monografías sobre su sector. Pero cuando se decidió que era mejor
cambiarlos con mayor frecuencia, el comandante se convirtió en una especie de «chica para
todo» del sistema colonial. Además, las condiciones de aislamiento en que vivía y la amplitud
de poderes eran tan grandes que demasiados sucumbían a la embriaguez del poder. Y si no
todos morían de colonialismo, la enfermedad invadía a todos ellos. Los que pudieron
dominarse y escapar a la comisión de abusos fueron sencillamente almas superiores o héroes.
Pero la masa de los comandantes no siempre pudo zafarse de esta versión tropical del derecho
de pernada (versión deformada de la hospitalidad africana), que consistía en presentar al
comandante que se hallaba de gira, a veces por petición suya, a las muchachas más bellas de
la región, previamente bañadas y arregladas, para que eligiese a su gusto: algunas de estas
muchachas, parece ser, temblaban como hojas, pues creían que aproximarse al blanco era
morir y marchar al más allá (pues el color blanco era, en la religión y en las leyendas
africanas, un color funerario...). Algunos hombres selectos pudieron quedar fuera de la
tendencia a imponer su voluntad de poder, sólo para demostrar que eran los más fuertes.
Otros, desgraciadamente, llegaron demasiado lejos, y ‘las narraciones siniestras abundan en
los informes y actas de los procesos. Todavía hoy en día, en el campo africano, hay
individuos, testigos o víctimas, que cuentan demasiadas cosas, moviendo la canosa cabeza de
un lado a otro...

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Tal era la estructura de la autoridad. Por lo que respecta a los africanos, éstos se
hallaban divididos en dos categorías: los ciudadanos nativos de los cuatro ayuntamientos de
Senegal, y los demás. Los ciudadanos tenían los mismos derechos políticos que los franceses.
Disponían de un consejo general y enviaban a un parlamentario a la Asamblea Nacional de
París. Sin embargo, conservaban su status personal (por ejemplo, la poligamia).
Teóricamente, todos los súbditos podían acceder a la ciudadanía. Después de la Primera
Guerra Mundal se afirmó intensamente una doctrina contraria, que preconizaba una política
de asociación y no de integración, respetando los usos y costumbres africanos; una política
que apenas podía ocultar su negativa de llegar un día a la igualdad. Respecto a la segunda
categoría de africanos, que eran calificados, muy siginificativamente, como súbditos, su
estatuto es el de indigenato. Un decreto de 1924 concede a los agentes de la autoridad el
derecho de decisión sobre penas disciplinarias (prisión, multas) por toda una serie de causas,
como, por ejemplo, olvidarse de saludar al comandante o a la bandera. Un medio de
reclutamiento de mano de obra gratuita fue el internamiento administrativo. Los súbditos no
tenían derecho a los mismos hospitales que los ciudadanos franceses, sino a dispensarios
indígenas. Y cuando eran reclutados, tampoco tenían derecho a llevar brodequines, y muy
pocas veces alcanzaban el grado de oficial; en principio, nunca podían superar el de capitán.
En primer grado dependían del tribunal del jefe de cantón o del jefe de subdivisión, y en
segundo grado, del tribunal del comandante. En general, éste no comprendía las lenguas del
país, y su intérprete debía de instruir todo el proceso, cuyo resultado podía haber sido
decidido la noche antes, gracias a los regalos traídos por la parte litigante más generosa...
En 1937, un decreto relativo a la admisión de africanos a la ciudadanía francesa
enumera once condiciones necesarias, y refuerza ulteriormente las disposiciones anteriores.
En 1937, exceptuados los nacidos en los cuatro ayuntamientos, sólo unos dos mil quinientos
africanos habían conseguido entrar en la «familia», sobre quince millones de habitantes. Se
había llegado a un callejón sin salida, y no existía una perspectiva bien definida.
El problema de los gobernantes africanos precoloniales fue resuelto de manera más
clara. Desde el punto de vista jurídico se resolvió brutalmente, con un decreto unilateral del
23 de octubre de 1904 que acababa con los protectorados, el problema de las decenas de
protectorados establecidos por Francia por la firma de tratados con los gobernantes africanos.
Se produjeron entonces diversas purgas, que eliminaron a los jefes africanos recalcitrantes.
Alfa Yaya, pese a que había apoyado a los franceses durante la conquista de las tierras de los
koniagui, fue secuestrado en Conakry y enviado a Dahomey. Vuelve al poco, pero es
capturado de nuevo y enviado a Port-Etienne, donde muere. Mientras, el Futa había sido
dividido entre Alfaya y Soriya. El wali de Gumba, Tierno Aliu, será detenido y llevado a los
campos de las islas Los, donde muere en 1912. En un comienzo, en efecto, al carecer de
suficientes cuadros administrativos, los franceses hubieron de apoyarse en las autoridades
locales. Pero desde 1910 el gobernador general, William Ponty, declaró que formaban una
inútil pantalla que había que suprimir: de ahí, la creación de la jefatura tradicional. «Sólo el
comandante es responsable —declarará el gobernador Van Vollenhoven—. El jefe indígena
no es más que un instrumento, un auxiliar.» Pero numerosos jefes tradicionales se
convirtieron en jefes administrativos. En el país mosi, por ejemplo, el mogho naba, jefe
supremo, fue privado del derecho de percibir impuestos, de reclutar, de ejercer como juez de
paz, etc. Todo el sistema tradicional quedaba decapitado, no utilizándose más que sus
miembros. Pero la medida muestra a las claras la ambigüedad del así llamado sistema de
administración directa, atribuido a los franceses; pues si para el gobierno general el jefe de
cantón era solamente un engranaje de la nueva administración, para el súbdito africano el jefe
seguía siendo «su» jefe, con su poder confirmado por los blancos, y la naturaleza de su
lealtad no había cambiado necesariamente. Por el lado africano al menos existía, pues, y de
una manera subjetiva, una indirect rule, o gobierno indirecto. Los jefes de cantón que vivían a

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costa del presupuesto del Estado solían estar muy mal pagados, y hubo de reajustar su
jerarquía para consolidar su prestigio. Las únicas instituciones representativas del sistema
eran los consejos de notables indígenas, autorizados por el decreto de 1919, y que tenían tan
sólo un papel consultivo. En 1939 sólo existían veintitrés ayuntamientos mixtos, de los cuales
catorce en Senegal. Los intereses económicos de las sociedades privadas solían ser
defendidos, con frecuencia sin éxito, en el seno de los consejos de gobierno.
Uno de los elementos más importantes de la autoridad era el ejército. Los tiradores,
llamados «senegaleses» porque los primeros provenían de este país, se reclutaban gracias a
los jefes de cantón. Los rechazados se destinaban de oficio a la «segunda porción», utilizable,
por ejemplo, en los trabajos públicos. Numerosos jóvenes trataron de no ser enrolados, sobre
todo cuando tras la primera guerra mundial comenzaron a llegar los mutilados, desfigurados,
disminuidos físicos que habían padecido el infierno de Verdun o del Somme. Se produjeron
incluso algunas revueltas, duramente reprimidas, como la de Beledugu, dirigida por Dioré
Traoré, o como la de los somba. Otros pueblos, tradicionalmente guerreros, hallaron en el
servicio militar la posibilidad de hacer una excelente carrera. En 1918 había 211.000 tiradores
en Africa Negra. Se trataba de la flor y nata de la juventud de los distintos países. Fueron
utilizados ampliamente como tropas de choque contra los alemanes.
De vuelta a casa, los tiradores o antiguos combatientes constituyeron una categoría
social original: gozaban de una pensión, que resultaba suficiente cuando no eran manirrotos,
podían ser más cultivados que sus hermanos del pueblo, pero con frecuencia no sabían hallar
de nuevo su sitio en la sociedad que habían abandonado durante quince años (el servicio
propiamente dicho duraba tres años). Los tiradores formaban, pues, un factor de inquietud, un
elemento de fermentación, un grupo po’lítico decisivo. Muchos comandantes se quejaban de
las ideas explosivas que ciertos tiradoras traían consigo a su vuelta a casa, y ello sin contar
con lo que habían visto de los blancos, que, si los inclinaba a respetar su podería material, no
les empujaba en cambio a reconocer su superioridad moral. Por medio de diversas
organizaciones y distinciones honoríficas, los ex combatientes fueron canalizados hábilmente
por la administración.
C. Las misiones cristianas
Otro factor colonial importante estaba representado por las misiones religiosas. Aunque
jugaron un papel menor que en el Congo belga o en las colonias portuguesas, las misiones
religiosas francesas llevaron a cabo una actividad multiforme en Africa Negra. En efecto,
tanto aquí como en otras partes, los misioneros solían ser de la misma nacionalidad que los
demás agentes coloniales, y en pleno medio rural el aislamiento los llevaba obviamente a
entablar contactos personales que la Iglesia, para vivir y prosperar, explotó con frecuencia
desde un punto de vista financiero y material. Los consejos de administración de las misiones
obtuvieron bienes inmuebles y terrenos, y subvenciones para sus actividades sociales. Si a
ello añadimos la práctica de la segregación en el seno de ciertas iglesias, se comprenderá
fácilmente el carácter ambiguo de la colaboración entre las misiones y la autoridad colonial.
Asimismo, debido a una presentación plenamente occidental de la religión, a la lucha contra
sanas tradiciones africanas consideradas diabólicas, a los autos de fe de obras religiosas y
artísticas «animistas», los misioneros hicieron creer a más de uno que la religión cristiana era
un asunto de blancos, propagado por ellos en provecho propio.
Aún así, numerosos misioneros, que vivían en condiciones particularmente míseras (por
ejemplo, soli’an tener vacaciones una vez cada diez años), retrocedieron con su actividad a la
época heroica de la Iglesia primitiva. Además, las misiones cumplieron, en este período,
sobre todo en el A.E.F., donde el gobierno había dejado en sus manos todo el sector social,
una obra que la administración colonial, quizá, no habría podido cumplir debido a razones de
orienración y por falta de cuadros. Este es el caso de los Hermanos de Ploermel y de las
Hermanas de San José de Cluny en Senegal, y el de los Padres Blancos en el interior. Se

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crearon innumerables dispensarios, poblados de religiosas, que, en ocasiones, llevaron su
abnegación hasta el último sacrificio. La mayoría de las escuelas primarias fueron abiertas
por los misioneros primero para sus necesidades, luego para las necesidades generales del
país. Limitándonos a este punto de vista, jugaron, pues, un papel notable en el campo
político, en la medida en que, una vez adquirida, sea cual sea su presentación, la instrucción
es una fuerza autónoma incoercible. Sin embargo, en ocasiones los misioneros jugaron un
papel político directo, chocando con la administración local, sobre todo en el terreno social.
Por ejemplo, preconizaban la liberación de las jovencitas, y utilizaron al máximo el decreto
Mandel sobre la libertad de consentimiento de la novia, creando incluso campamentos (muy
criticados por algunos), donde las muchachas podían ser defendidas contra las iniciativas de
pretendientes indeseables. De ahí numerosos problemas que las autoridades locales habrían
preferido no tener. Otros administradores, transportando las querellas laicistas de Francia a
las colonias, veían en los misioneros a gentes que había que controlar, antes de que
difundieran su gangrena por todo el cuerpo social. A ello se mezclaron cuestiones personales,
y la colaboración habitual entre el comandante y el misionero conoció espectaculares
tempestades. En conjunto, podemos decir que las misiones cristianas han sido uno de los
principales factores de la evolución social, intelectual y moral de estos países.
D. El Islam
Por lo que respecta al Islam, éste fue considerado en un comienzo, y por ciertos
gobernadores, como la etapa necesaria que los negros debían superar para acceder a la
civilización. Pero más tarde perdió el apoyo oficial, al menos en los territorios del sur, donde
su influjo era menor. Las innumerables escuelas coránicas del período precolonial, pese a su
nivel generalmente bajo, constituían verdaderos focos de cultura. Pero la administración
colonial las dejó morir, y sólo prosiguieron sus enseñanzas coránicas muy pocas medersas y
algunas mediocres escuelas de barrio en Mauritania, Senegal, Guinea francesa, Sudán
francés, etc. En términos generales, el morabito debía estar, según las autoridades,
íntimamente integrado en la política colonial. Aquellos que daban muestras de independencia,
eran considerados ‘subversivos. Por ejemplo, el sheij (jeque) Hamallah, era un místico lleno
de fe que atrajo numerosos discípulos entusiastas. Algunos colegas morabitos, más o menos
«funcionarizados», vieron en él un peligroso rival, y lanzaron contra él sus ataques. Y
después del asunto de Assaba, donde se produjeron cuatrocientos muertos (aunque su
participación nunca ha podido ser probada), fue exilado a Argelia y más tarde trasladado a
Francia, donde murió.
La carrera de Amadu Bamba fue menos trágica. Se ha calculado que el número de
adeptos (talibé) adultos varones de la Cofradía de los Muridas fue de medio millón, lo que
representa un wolof de cada tres. El fundador de la cofradía fue Amadu Bamba, nacido hacia
1850, sobrino de Lat-Dyor por alianza —su padre, morabito, estaba ligado a aquél—. Una
vez muerto Lat-Dyor, Amadu llega a Baol, donde funda la ciudad de Tuba8 que sigue siendo
aún hoy la Meca de los muridas. Aliado, protegido y protector del teñ (rey) de Baol, atrajo a
verdaderas masas de fieles, lo que atemorizó a la administración colonial, obsesionada
todavía por los precedentes de El-Hadch ‘Omar, de Mamadu Lamín, de Ma-Ba y otros.
Amadu Bamba emigra a Dcholof, donde se le persigue bajo las mismas acusaciones. En
1895 es exilado a Gabón por «exacerbar» descontentos y por alterar el orden público. Su
exilio es su hégira, de siete años, durante los cuales pasó el tiempo leyendo el Corán y
componiendo poemas a la gloria del profeta Mahoma. «Los meses y los días —escribe— se
han convertido para mí en personas que me hacen compañía.» De vuelta a Senegal, es
recibido con tanto entusiasmo por sus fieles que la administración colonial pensó en detenerlo
de nuevo (1903). Pero el wali ~ Amadu toma la delantera a los franceses y se entrega. En
1907 se le concede un régimen de residencia vigilada. Posteriormente se mostrará leal al
gobierno colonial. Muere en 1927.

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Amadu Bamba era objeto de un verdadero culto religioso. El agua de sus abluciones era
píamente recogida, mientras que ‘la arena embebida con ella se vendía a los talibé. El era el
jeque, el guía espiritual (murshid). En un principio siguió el ritual qadirí, pero posteriormente
introdujo un nuevo wird (una liturgia) que consistía en invocaciones (dwa) y letanías (dhikr)
particulares. El Maagal o Gran Peregrinación reunía cada año a unos 200.000 talibé alrededor
de la Gran Mezquita de Tuba, que es además el mausoleo de Amadu Bamba. Las donaciones
de los fieles llegaban, en ocasiones como éstas, a un total de doscientos millones de francos
CFA (cuatro millones de francos franceses). La solidaridad confesional, que se concretaba en
donaciones, ha sido siempre notable entre los muridas.
Los muridas se lanzaron, desde fines del pasado siglo, al cultivo en gran escala del
cacahuete, animando un frente de colonización pionera en el que el trabajo era acompañado
rítmicamente por cánticos religiosos ~ Una vez por semana, los campos colectivos de la
cofradía requerían el trabajo de los talibé (el miércoles), que, a veces, se llevaba a cabo hasta
altas horas de la noche. Por otro lado, los fieles deben dar una limosna legal (assaka), que
durante un tiempo se fijó en 140 francos CFA por cabeza y año.
Una organización comunitaria del trabajo como ésta, tachada de peligrosa por algunos,
debido a que agota las tierras, y considerada una forma de explotación agrícola social por
otros, proporciona a la cofradía murida y a su jeque una potencia considerable y constituye,
para determinados autores, un motor de desarrollo agrícola, sino ideal, por lo menos práctico.
Amadu Bamba, figura señera del Islam negro, era un fanático, no de la guerra santa y
de la violencia, sino de la «guerra santa de las almas contra las pasiones». Sus sucesores
gozan de gran influencia sociopolítica en Senegal.
En términos generales, la evolución política carece de historia bajo el espléndido sol del
colonialismo. Con la excepción, quizá, de Senegal, que conoce reuniones durante las
campañas electorales que, en 1914, llevan por primera vez a la Diputación a un negro, Blaise
Diagne [Diañ], hombre sagaz que dominará la escena política hasta su muerte, en 1934,
cuando es sustituido por Galandu Diuf, que habiéndose «ablandado» después de su elección,
será atacado por el S.F.I.O., creado en 1938, cuyo líder es el maestro Lamine Gu~ye [Lamín
Guei]. En el Congo francés, Matswa, ex combatiente de vuelta a Brazzaville, trata de formar
un sindicato, intento que lo conduce a prisión. Tras este hecho hay disturbios y detenciones
(unas quinientas). En la costa de Benín estallan disturbios en 1923 y 1933, debido a las
patentes de mercado y a las cargas fiscales demasiado onerosas. Las tropas traídas de Costa
de Marfil (siempre se utilizarán tropas extranjeras para reprimir) llevan a cabo devastaciones
terribles en Lomé, capital de Togo (1933), denunciadas por L’Etoile du Dahomey (La Estrella
de Dahomey), de la vecina colonia francesa. Digamos que Dahomey era una de las regiones
más avanzadas gracias a las escuelas misioneras y públicas.
E. La enseñanza
La enseñanza laica había sido instaurada en 1854 por Faidherbe. Se organizó, en 1903,
por una ley que preveía escuelas de aldea, escuelas regionales para la preparación del
C.E.P.E., y escuelas urbanas para los hijos de los ciudadanos. La enseñanza profesional se
impartía en la escuela Pinet-Laprade, de Gorea (Senegal). La escuela normal y la primaria
superior de Saint-Louis (Escuela Faidherbe) se convertirá en el primer liceo (enseñanza
media y superior) del Africa Negra. Le seguirá la secundaria Van Vollenhoven, de Dakar. En
1912 se crea el Servicio de Enseñanza, en Dakar, y la Escuela Normal William Ponty, en
Gorea, para enseñantes, luego la Escuela de Medicina de Dakar (1918) y la normal femenina
de Rufisque (1939). La escuela normal de Katihugu se abrirá más tarde. Las escuelas se
convertirán en un semillero de cuadros para el A.O.F. Digamos, no obstante, que el contenido
de la enseñanza forma parte integrante del sistema colonial; se trata de evitar que la
enseñanza de los indígenas se convierta en factor de perturbación social (G. Hardy). De ahí,
el maltusianismo cultural, los programas truncados, que sacrifican la cultura general y la

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historia africana auténtica. Los pequeños wolof aprenden a conocer a «sus antepasados
galos», y los tukulor recitan sus lecciones presentado a El-Hadch ‘Omar como un siniestro
agitador. Se prohiben las lenguas africanas en las escuelas, y si alguien osa hablar en ellas, se
le castiga a ponerse de rodillas en un rincón, con orejas de burro... La enseñanza agrícola, por
el contrario, goza de mayor desarrollo, pero aporta muy pocas novedades, pues en ella apenas
hay nada moderno. En realidad, se trata, generalmente, de la versión escolar del trabajo
forzado. ¿Por qué extrañarnos, pues, cuando sabemos que los jefes africanos, a quienes se
pedía que enviaran a sus hijos a las escuelas, preferían substituirlos por pequeños esclavos?
Quizá más tarde se arrepintieran, pero era una reacción instintiva de defensa. En realidad, las
escuelas francesas de Africa fueron el semillero de una élite, generalmente distanciada del
pueblo, que se convertía así en el piso inferior de la pirámide administrativa.
Durante la Segunda Guerra Mundal, el Africa Negra francesa proporcionará una
contribución aún más extraordinaria a la lucha de los aliados. Además de los doscientos mil
hombres de tropa enviados a los campos de batalla, y de las confiscaciones de todo tipo, el
Africa francesa se unirá a la Francia Libre gaullista, primero Chad, con el gobernador
guayanés Félix Eboué, luego Camerún, Congo francés, Ubangui y Gabón. Fracasa un intento
contra Dakar, presente el general De Gaulle, y la represión (con amplio uso de la guillotina)
contra los gaullistas verdaderos o supuestos, africanos o europeos, se lleva a cabo
implacablemente en nombre del gobierno de Vichy, por el gobernador general Boisson, que
no caerá hasta septiembre de 1943. Se producen levantamientos en Bobo, en Porto Novo, en
el Kasamanza —donde el gran tambor de guerra es confiscado por la autoridad colonial tras
e1 saqueo de la aldea de Effok “—. Mientras tanto, los africanos, en gran número, combatían
en la división de Leclerc contra el Afrika Korps y participaban en la invasión de Italia, en el
desembarco en Provenza, y en el de Normandía; más tarde lucharían en Alemania contra las
tropas nazis.
II. LOS TERRITORIOS BRITANICOS
A. Los métodos políticos
Entre las colonizaciones británicas y francesa existe una diferencia mucho menor de lo
que se cree 12 La mayor parte de las divergencias derivan de las distintas costumbres
políticas y sociales que se constatan en cada uno de estos dos países europeos.
Ya hablamos antes de cierta forma de indirect rule y de separación entre súbditos y
ciudadanos por el lado francés. La porción de Africa de la que se apropió Gran Bretaña estaba
bien dotada, en términos generales, desde un punto de vista económico. Los países englo-
bados en el Africa británica solían tener acceso a la costa. Los británicos no se preocuparán
de dotarse de una doctrina general o preconcebida: los británicos pondrán a punto sus
fórmulas coloniales a fuerza de precedentes y adaptaciones sucesivas. Pero, como se ha
dicho, los precedentes acaban por tener fuerza de ley. Asimismo, existen dos principios que
han guiado la política británica en sus colonias, que son parte de los postulados más sagrados
del derecho público británico: el principio de autonomía financiera, en primer lugar,
condición y medida de la autonomía política. «Si vuestras finanzas públicas están
equilibradas, significa que tenéis vocación de responsabilidad política.» Al parecer, podría
decirse que los británicos han extraído, de su amarga experiencia con la revolución de las
colonias de América, una lección importante. Sin embargo, hay que destacar que ya bastante
antes de la guerra de independencia norteamericana la vieja tradición británica ha favorecido
siempre la autonomía local y ha sentindo repugnancia por la centralización. Tales son las
ideas generales que forman una filigrana sobre el magma de decisiones o de actitudes
eminentemente pragmáticas, que han dado su carácter al gobierno indirecto (indirect rule).
Ya entre 1830 y 1843, ese hombre notable que fue G. Mac Lean, intentó trasplantar las
reglas administrativas y jurídicas inglesas a un ambiente africano, por medio de la
cooperación con los gobernantes locales. Pero debido a razones propias a cada una de estas

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dos categorías, los misioneros y los comerciantes presionaron contra este método. Con todo,
la experiencia volverá a ser tomada en cuenta más adelante, pero con otros ropajes. Por otro
lado, las colonias del Africa occidental van a iniciar en este período su «camino»
socioeconómico de manera mucho más neta que las posesiones británicas del Africa oriental
y central.
Efectivamente, en Africa occidental las colonias británicas constituían enclaves que
gozaban de un amplio frente costero y, en varios casos, disponían de los cursos inferiores de
ríos importantes: Gambia, Volta, Níger. En 1901, Ashanti era anexionado como colonia, en
tanto que sir Goldie se veía obligado a ceder los poderes administrativos de la Compañía Real
del Níger al Colonial Office (Departamento de Colonias), en 1900. Las relaciones de los
países costeros con Europa se remontaban a varios siglos atrás. La explotación económica
será confiada a compañías de carta, en tanto que la dirección administrativa será
responsabilidad de un gobernador, que debe rendir cuentas ante un secretario de Estado de
Colonias, al tiempo que se gobernaba el país por medio de los jefes de distrito. En 1900,
Frederic Lugard, que tenía un cargo dirigente en Nigeria septentrional, se halló ante una
grave escasez de cuadros. Una vez sometidos los emires fulas, trató de llegar a un acuerdo
con ellos, para dejar en manos de éstos una gran parte de la rutina administrativa, a condición
de que renunciaran a la práctica del esclavismo y aceptasen la supervisión de un residente,
que sólo intervendría en los casos de abusos. Los emires continuarían administrando justicia
y percibiendo impuestos, cuyo monto y asiento fueron simplificados, por ‘lo que un
determinado porcentaje (primero un cuarto, luego la mitad) de las sumas percibidas debían
llegar obligatoriamente a la administración central británica, para dedicarla a los servicios pú-
blicos. Así pues, una vez impuestas sus reglas de juego, Gran Bretaña se limitará a ejercer de
árbitro, sin intervenir directa ni habitualmente, salvo en ciertos sectores técnicos (sanidad,
agricultura, transportes). Lugard se afanaba en reunir en un solo conjunto las tres porciones
de Nigeria (la Colonia de Lagos, el Protectorado del Sur y el Territorio del Norte), lo que
lograría en 1914. Posteriormente, Lugard tratará de dar una formulación teórica a los
principios de la administración indirecta en su libro El doble mandato eir el Africa tropical
británica. En él recuerda el doble mandato que las grandes potencias se habían dado a sí
mismas en la Conferencia de Berlín, esto es, llevar a los africanos los beneficios de la
civilización material y moral, y, al mismo tiempo, explotar las riquezas de Africa. Acabó
diciendo primero que la presencia europea nunca es puramente altruista. Pero, añadía, el
mandato de explotación corre el riesgo de obliterar completamente el mandato de
civilización, si los europeos no adoptan la indirect rule apoyándose en los gobernantes
tradicionales reconocidos por los africanos, aunque se forme a tales gobernantes para que
sean eficaces en su nueva responsabilidad. La doctrina que, en sus principios, no carece de
aspectos positivos, es en la práctica demasiado ambigua. Efectivamente, debemos tener en
cuenta, en primer lugar, que numerosos jefes tradicionales africanos habían sido depuestos y
exilados, cuando no ejecutados, por los británicos en ciertos casos, es verdad, bajo acusación
de esclavismo, que a veces habían aprendido, por otro lado, de sus colegas europeos.
Además, si la indirect rule satisfaría a la aristocracia de los emires y sultanes, la experiencia
mostró que apenas satisfacía a sus súbditos. Asimismo, el troceo de pueblos entre las
potencias coloniales, a causa de las fronteras artificiales, arrebataba con frecuencia a los
gobernantes tradicionales la base material y territorial de su autoridad. Finalmente, la labor de
promoción social y de educación, que se llevaba a cabo de una manera o de otra, hacía vacilar
de antemano el principio mismo de la autoridad tradicional, y esto sin tener en cuenta que esa
autoridad no se presentaba del mismo modo en todas las regiones de Africa. Todo ello se hizo
evidente cuando se intentó generalizar el sistema colonial del norte de Nigeria y aplicarlo al
sur. En la región del Delta (Calabar, Port Harcourt) y en la de Lagos, una parte de la
población, destribalizada, se había habituado y adaptado a las instituciones municipales

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europeas. En cambio, los pueblos del este presentaban una estructura político-administrativa
poco clara, y los Estados Yoruba padecían todavía el desmembramiento causado por las crisis
políticas del siglo XIX. Entre 1920 y 1930 los británicos trataron de introducir el mismo
sistema en la Costa de Oro, donde la poderosa originalidad política de los ashanti, aplastada
por los británicos desde la marcha de Mac Lean, se mostraba refractaria a la administración
directa. En 1926, vuelve del exilio el rey Prempeh. En 1935 se reconoce al Consejo
confederal de los jefes ashanti, que es además legalizado. Un esfuerzo semejante se llevó a
cabo con los jefes dagomba y mampursi, en los territorios del norte, pero surgieron
dificultades cuando se quiso determinar la extensión de sus poderes sobre las pequeñas etnias
de los alrededores. En conjunto, la experiencia dio resultados bastante menos satisfactorios
que en la Nigeria septentrional. En la Colonia de Ghana Meridional incluso fracasó
totalmente. En efecto, ya desde 1874, cuadros británicos practicaban la administración
directa. Y pese a la existencia de consejos de jefes, los africanos instruidos a la europea van a
gozar de una creciente influencia, al estar dotados ya de instituciones representativas, como
las que darían origen, más tarde, a la constitución mankesim, y van a bloquear el proceso.
Existía ya una opinión pública, que considerará todo fortalecimiento de la autoridad de los
gobernantes tradicionales —la mayoría de los cuales habían participado en el comercio de
esclavos— como una política reaccionaria intolerable. Finalmente, la indirect rule que, a
nivel local, podía ser un expediente práctico para hacer frente a la penuria de cuadros,
mostraba su inadecuación para servir de principio general y dinámico de administración.
Por el contrario, existía otro tipo de institución que parecía más prometedor de cara al
futuro: los consejos ejecutivos y legislativos. Los primeros estaban compuestos por altos
funcionarios que tenían por misión asistir al gobernador, en tanto que el Consejo Legislativo
era una asamblea local competente, que elaboraba las leyes de la colonia. Existen en Gambia
desde 1843; en 1850, en la Costa de Oro, y en 1852, en Lagos. Entre 1922 y 1925 se tomaron
disposiciones para regular la elección de ‘los miembros, a elegir por un electorado africano.
Pero sólo después de 1948 los miembros elegidos serán mayoría en los consejos, a costa de
los nombrados. En realidad, se trataba de un régimen democrático restringido, y no de un
régimen parlamentario, pues el ejecutivo, en manos del gobernador, no era responsable ante
el consejo legislativo, sino ante el secretario de Estado para las colonias. Y en ciertos casos el
gobernador gozaba del derecho de veto. De todos modos, es necesario destacar la precocidad
de los embriones de autogobierno en el Africa occidental británica. Y cuando en 1940 se
llama a algunos africanos —obviamente, cribados con cuidado— para que forman parte de
los consejos ejecutivos, da comienzo un tímido control, por parte de los africanos, sobre los
asuntos económicos, y en especial sobre los impuestos. Lo que Blaise Diagne había hecho en
el marco institucional instaurado por París, unos cuantos africanos, en los consejos ejecutivos
y legislativos, trataban de hacerlo en un contexto local. Con todo, el sistema británico, que
había partido de postulados no asimilacionistas, se acercó de alguna manera al
asimilacionismo en el momento en que las colonias se organizaron, en su sector moderno,
sobre el modelo británico. Además, es cierto que las instituciones democráticas locales
permitían a los africanos una acción más eficaz, reduciendo así la explotación fiscal de los
africanos, al menos respecto a los territorios franceses vecinos. Pero su carácter provincial y
exótico limitado, hacía de esto una experiencia menos completa que la de los parlamentarios
africanos admitidos aún con cuentagotas en el templo del Parlamento francés.
El sistema educativo erigido por los británicos iba a jugar su papel en el mismo sentido.
Aquí también, y quizá en mayor medida, la actividad de los misioneros fue importante. La
Church Missionary Society (Sociedad Misionera de la Iglesia) funda, en 1827, el primer
colegio universitario de Fourah Bay (Freetown), donde se formarán numerosos cuadros y
especialistas para toda el Africa occidental británica. Un siglo más tarde, se funda el colegio
de Achimota (Ghana), bajo el patrocinio del famoso doctor africano James Aggrey. Achimota

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producirá numerosas generaciones de cuadros y hombres de Estado ghaneses. La estructura
de la enseñanza era la misma que en Gran Bretaña (Grammar School, High School, College,
etc.), pero el contenido era, según los mismos principios generales, una adaptación a Africa.
En particular, los rudimentos de lectura y de escritura se adquirían en y por la lengua
materna. El sistema, si limitaba en ocasiones las perspectivas de los alumnos, poseía la
ventaja incomparable de no desarraigarlos de su medio. Además; en términos generales, el
sistema británico, que procedía de postulados menos «generosos» y «humanistas» que el
sistema francés, era en realidad más «generoso», al ofrecer la ventaja de no dividir la
sociedad africana, pues no se estableció separación alguna entre ciudadanos y no ciudadanos.
B. La economía y la evolución en los distintos territorios
Desde un punto de vista económico los principios enunciados antes condujeron a la
gestión prudente y estricta de las colonias. Las subvenciones equilibradoras se consideraron
siempre como graves anomalías. Este fue uno de los argumentos que Lugard utilizó para
exigir la unigficación del protectorado del Norte Nigeriano (entonces deficitario) y de ‘la
región meridional, más favorecida económicamente. Hizo valer la complementaridad
económica de ambos territorios, la necesidad de una salida marítima para el comercio nor-
teño, y de una red ferroviaria común. En 1927 se creaban dos ferrocarriles que iban de la
costa al norte, uno desde Lagos, hacia Kano, el otro desde Port Harcourt, con lo que se
desbloquearon tanto las tierras yorubas que atravesaban, como el Bornú, tradicionalmente
muy activo comercialmente, reanimando ‘los cultivos de exportación, como el algodón y el
cacahuete. Las minas de Jos, lo mismo que las de Enugu, fueron alcanzadas fácilmente. El
aceite de palma, que había sustituido a la madera de ébano, seguirá siendo el primer producto
de exportación aún en el sur, constituyendo un cuarto del valor total de las exportaciones en
1950 y con el cacao un tercio. Pero, por esas mismas fechas, el cacahuete forma un sexto del
total de las exportaciones. Más tarde, se les añadirán los productos mineros: estaño (Jos) y
colombita, en el norte; carbón, en Enugu, y petróleo, en Port Harcourt, en el sur.
La actual Ghana, entonces Costa de Oro, menos extensa que Nigeria, más recogida,
conoció un éxito económico precoz, en parte gracias al cacao que, importado de Fernando
Poo por Teteh Kwasi, pronto superará las exportaciones de oro, constituyendo, en 1913, el
cincuenta por ciento del valor de las exportaciones. Pese a las enfermedades criptogámicas
del cacaotero, ese árbol providencial, Ghana se colocaba en el primer puesto de la producción
mundial, con un porcentaje del 60 por 100 del total, aproximadamente. El sistema de los
marketing boards, que se aplicó también en Nigeria, permitió extraer del cacao enormes
reservas de capitales. Consistía en comprar el cacao a ‘los productores locales, a un precio
algo por debajo del precio mundial, cada vez que éste se elevaba un poco. Por el contrario,
con las reservas así constituidas, podía comprarse a un precio superior en el mercado mundial
cuando éste era menos favorable para el productor local. Sin embargo, al sucederse varios
años de precios altos, permitió disponer de una masa financiera considerable, de la que el
gobierno extraía capitales para edificar la infraestructura técnica y social del país. El primer
ferrocarril unió el puerto de Sekondi, y luego el de Takoradi, a las minas de oro de Tarkwa y a
Kumasi. Posteriormente se construirán otros ramales. El oro lo explotaban principalmente los
africanos. La Gold Coast o Costa de Oro, se convirtió en el país con la renta per cápita más
elevada de Africa occidental. Comprendemos así cómo el gran mercado de Kumasi podía
ejercer esa fascinación sobre los jóvenes territorios del norte, e incluso sobre las colonias
francesas: era un verdadero Eldorado. Era el país del cacao y de las minas de oro, no lejos de
las minas de manganeso, y, poco después, de bauxita.
En Sierra Leona, la construcción de una vía férrea desde Freetown (colonia) hasta la
región del protectorado del Norte, entre 1896 y 1908, no cambió demasiado las cosas por lo
que respecta a la pobreza del país, por lo menos hasta 1930, cuando el hierro y los diamantes
comenzaron a ser explotados. Pero los africanos, aquí como en otros ‘lugares, sólo

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participaban como mano de obra a las actividades, tan lucrativas, de las compañías. Existía,
además, un importante problema de integración social: los criollos mulatos, que habían sido
los mayores beneficiarios de la instrucción, formaban los cuadros, gracias a su gran número,
del país, que se vio obligado incluso a exportar a algunos de ellos. Pero la mayoría africana
del interior se encontraba en una situación de inferioridad, soportando además el peso del
sistema.
Gambia, metida como un plátano entre los dientes de Senegal, era el caso típico del
trozo de territorio anexionado sin tener en cuenta el equilibrio precolonial. Era un país pobre,
con una mezquina producción de cacahuete, que componía nueve décimos del total de las
exportaciones.
En Africa oriental unos principios de colonización semejantes a los descritos van a dar
como resultado experiencias muy contrastadas. En Uganda había quedado establecido el
protectorado británico en 1894. Las luchas entre los grupos religiosos cristianos, que se
habían transformado, a veces, en batallas campales entre católicos y protestantes,
disminuyeron gracias al nombramiento de un obispo inglés a la cabeza de la misión católica.
Las rebeliones del Kabaka, en 1897, y luego la de los spahi sudaneses en 1898, pudieron ser
reprimidas, comenzando la valorización del territorio con la construcción de una vía férrea
entre Uganda y Mombasa (Kenya), pese a la oposición del ala reaccionaria del gobierno
británico. Iniciado desde la costa, en 1896, la vía alcanzó las cercanías de Nairobi (en
Kenya), en 1898, y tras cruzar el Rift Valley, llegaba al lago Victoria, por la localidad de
Kisumu (1901), desde donde, por barco, quedaba asegurada la unión con Kampala. La vía
férrea será incrementada después de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando las minas de
cobre de Kilembe, descubiertas en 1927. El ferrocarril, muy importante para Uganda, lo fue
todavía más para Kenya. En efecto, fueron pocos los colonos europeos que lo aprovecharon
para ir a instalarse a Uganda. Con todo, desde 1900, sir Harry Johnson, cónsul general
británico, firmaba un acuerdo con el Kabaka de Buganda, por el cual éste instauraba el
régimen de propiedad privada, innovación revolucionaria que introducía de golpe al país en el
sistema capitalista. Como contrapartida, el acuerdo reconocía al Kabaka y a su Consejo
(Lukiko) el derecho a gobernar el país con el consentimiento del consejo general. La misma
fórmula del gobierno indirecto fue establecida también en los demás reinos vecinos. En 1921
se instauraban consejos ejecutivos y legislativos que creaban dos administraciones casi
paralelas, situación que provocará, después de 1945, una grave crisis política. Uganda era un
país relativamente rico: el principal cultivo alimenticio era el plátano, pero el algodón (desde
1903) y el café fueron cultivados por los africanos en suelos fértiles. En relación con sus
vecinos, Uganda apenas sufrió la colonización europea. Sin embargo, los hindúes tomaban en
sus manos el comercio. En 1939, se funda el Colegio Makerere (universitario), en Kampala,
que jugará en el este de Africa el mismo papel que el de Fourah Bay (Sierra Leona) o el
William Ponty (Senegal) en Africa occidental.
En Kenya, por el contrario, la evolución es diferente. Aún a comienzos del siglo xx este
país se hallaba en manos de la Compañía Británica del Africa oriental, con algunos centros
misioneros. El ferrocarril del lago Victoria acabará con el aislamiento, al transportar oleadas
de comerciantes y colonos. El alto comisario británico, al contrario de lo que sucedía en
Uganda, apoyaba aquí el establecimiento de colonos, con el fin —como él decía— de lanzar
una producción comercializable y hacer rentable la vía férrea, y al mismo tiempo, hacer callar
a los escépticos del Parlamento británico. Y como el aire ligero y sano de las altas mesetas
parecía invitar a los blancos a quedarse, pronto fueron numerosos en esas tierras volcánicas,
acaparando las mejores porciones, a costa de los kikuyu (o gikuyu) y de los masai. Así, la
expoliación masiva establecía las bases de futuros conflictos. En 1905 existía ya un consejo
ejecutivo. En 1907 se instauraba un consejo legislativo de miembros nombrados, entre los
que se hallaba lord Delamere, aristócrata inglés, que se convertiría en un pionero truculento y

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brutal, y en portavoz de los colonos. Opinando que el consejo legislativo era tan sólo una
fachada sin contenido, se marchó dando un portazo. El incidente revela lo que debían ser en
realidad los consejos legislativos, sobre todo para los escasos africanos que se hallaban en él,
enfrentados a blancos socialmente pudientes e influyentes. En realidad, el problema no existía
para los africanos de Kenya, ya que, pretextando que su nivel de instrucción era mediocre, se
les proporcionaba de oficio representantes blancos en el consejo. Los asiáticos (indios y
pakistaníes) habían reclamado una representación, y en 1923 un informe, conocido por Libro
Blanco Devonshi re, concluía que en todas las ocasiones había que considerar preponderante
el interés de los africanos. Pero sólo veinte años después, en 1944, el primer representante
africano cruzará el umbral del consejo legislativo.
En Zanzíbar los colonos británicos se dedicaban al cultivo de trigo, café, té y sisal, y a
la ganadería. Por el Tratado de Heligoland (1890), Zanzíbar había pasado a ser protectorado
británico. La ciudad, que antaño había dominado las costas occidentales del océano Indico,
cedía terreno ante los nuevos puertos de la costa continental. La política británica respecto al
sultán, caracterizada por su minuciosidad, ponía en aprietos a aquél, que no sabía cómo
apartar de sí las sospechas de esclavismo, llevándolo incluso a la rebelión, rápidamente
reprimida (1895). El hecho fue aprovechado por Gran Bretana para expulsar, con el apoyo de
sus cañones, al sultán, sustituyéndolo por un hombre de paja, el sultán Hamúd, que acabó
oficialmente con la trata de negros en 1897. En 1913, el control de la administración feudal
zanzibarita pasó del Foreign Office al Colonial Office. En 1925 se creaban consejos
ejecutivos y legislativos. Pero sólo en 1960 se decidió conceder la mayoría en el consejo
legislativo a los miembros elegidos. Por otro lado, la decisión iba a poner de manifiesto el
antagonismo latente entre la mayoría negra (unos dos millones y medio) y las minorías árabe
(unos cincuenta mil) y asiática (veinte mil). Mientras, el clavo y la nuez de coco seguían
siendo los principales recursos de la isla.
En las Rhodesias, la Compañía de Africa del Sur se establecía, no sin dificultades, en
1890, en Salisbury. En 1895, Rhodes veía con orgullo cómo su nombre recaía sobre esos dos
países situados a ambos lados del Zambeze, Rhodesia del Norte y Rhodesia del Sur. Esta
última estaba formada por Mashonaland (norte) y por Matabeland (sur). La Compañía dirigía
los asuntos administrativos y económicos, con el doctor Jameson, hasta el famoso raid que
provocó su destitución. En 1914 existía una mayoría electa, en un consejo legislativo
compuesto únicamente por blancos. Pero en 1914 caducaba la validez de la carta acordada a
la Compañía; aunque, a causa del temor de ser unidas en un solo conjunto con Africa del Sur
—pese a las ventajas económicas, sobre todo cuando estaba comenzando la guerra—, la carta
fue prorrogada por diez años. Asimismo, se rechazó la unión con Rhodesia del Norte, pues,
en opinión de los colonos, era un peso muerto sin porvenir económico. En 1922 los
interesados optaron por el estatuto de colonia británica, lo que representaba el fin del régimen
de la Compañía, aunque ésta conservó su monopolio sobre los minerales, hasta 1933, y sobre
los ferrocarriles hasta 1945. Habrá que esperar hasta 1961 para que exista una representación
africana en los consejos. El hándicap de las Rhodesias era su continentalidad, aunque Rhodes
había conseguido que una prolongación del ferrocarril de El Cabo pasase por Bechuanaland,
evitando Natal, y alcanzase Salisbury. Luego será prolongada también hacia el Congo, vía
Rhodesia del Norte, y en 1899, un ramal llegará al puerto portugués de Beira, en Mozambi-
que. El dominio blanco es absoluto en Rhodesia del Sur en estas fechas: en efecto, los
colonos, que han acaparado las mejores tierras y empujado a los africanos a las reservas, son
ya unos doscientos mil. El racismo es moneda corriente; y la segregación, si es menos brutal
que en Africa del Sur, no deja por ello de ser menos real. Existe una enseñanza normal para
los blancos y una enseñanza indígena. A nivel universitario —la Universidad se fundó en
1950— la separación, oficialmente, no existe. Rhodesia del Norte, dos veces más extensa que
su vecina del sur, tiene, en cambio, un número mucho menor de colonos blancos, en parte

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porque entonces era mucho menos rica. Hasta 1924 permanecerá bajo el control de la
Compañía de Africa del Sur; en ese año será transformada en colonia, y será dotada de los
órganos legislativo y ejecutivo habituales. En 1927, el descubrimiento del cobre y su
explotación colocan a Rhodesia del Norte en el tercer puesto mundial en la producción de ese
mineral, después de Estados Unidos y Chile. Más de la mitad de los europeos se convertirán
en empleados en las minas de cobre. Pero habrá que esperar hasta 1960 para que la presa de
Kariba, en el río Zambeze, proporcione la energía necesaria para los hornos.
La región del lago Nyassa se había convertido en el Protectorado británico del Africa
Central (1891). En 1907 se le da el nombre de Nyassalana’, con un gobierno asistido por los
consejos habituales. El gran problema de este país era su aislamiento continental, aunque un
ferrocarril unirá, salvando los escarpamientos del río Shire, las mesetas y la orilla norte del
Zambeze. En 1922, la línea que parte de la orilla sur, tocará el puerto portugués de Beira. En
1935, un puente sobre el Zambeze une los dos trozos de vía, cuya porción septentrional
llegará hasta el lago Nyassa.
Las compañías han recibido un cinco por ciento del país, bajo régimen de concesión,
pero no son muchos ‘los colonos que se instalan en Nyassaland, pues la densidad
demográfica de los yao y ngoni es tal que gran número de estos pueblos deberá buscar trabajo
en las regiones mineras o industriales de Rhodesia o de la Unión Sudafricana.
En Africa del Sur existían algunos enclaves de cuya administración se encargaba Gran
Bretaña, que recibían la denominación de Territorios del Alto Comisariado. En realidad, ante
la política más bien inquietante de la Unión Sudafricana, los británicos rehusaron integrar a
estos territorios en el bloque político sudafricano.
El comisario residente practicaba una política de indirect rule, y admitía la autoridad de
los gobernantes locales de primera y segunda fila. Sólo a partir de 1930 el territorio conocerá
cierto despertar socíopolítico. Basutoland, pintoresco país de colinas, es la tierra de Moshésh,
cuyo sucesor, Bereng Seeiso, estudió en Oxford. Sus habitantes son campesinos y mineros
ocasionales en las empresas sudafricanas.
En Swaziland, los swazi, por su oposición a los zulu, habían decidido finalmente pedir
el protectorado británico. Su gobernante era asistido por un consejo restringido y otro amplio,
y el país poseía algunas minas de asbesto.
Bechuanaland, vasta llanura esteparia, habitada por los bamangwato, pidió el
protectorado británico en 1885, por mediación de su monarca, el rey cristianísimo Jama III.
Su sucesor, Seretse Jama, promovió un escándalo cuando, en 1949, se casó con una joven
inglesa; pero en 1961 —los tiempos habían cambiado- la cosa se aceptó sin más.
Por lo que respecta a Sudáfrica, hemos dejado a este país en el momento en que, tras la
última guerra anglo-bóer, había quedado englobado en ‘la Comunidad británica. En 1910, el
general Botha era nombrado primer ministro, como líder del partido sudafricano. Pronto
decidía asociar como colaborador al general Smuts, burócrata que compensaba
admirablemente su temperamento expansivo y dinámico, más apto para las relaciones
humanas. Pero en su go. bierno se hallaba también Hertzog, un ultra, portavoz de los afrika-
ners de Orange. En 1912, este último funda el Partido nacionalista, cuyo programa incluye la
secesión de Gran Bretaña. Durante la Primera Guerra Mundial el general Botha hizo causa
común con Gran Bretaña, poniéndose incluso a la cabeza de las tropas que conquistaron el
Sudoeste Africano alemán, forzando a los alemanes a la rendición incondicional. Esto
permitió a la Unión Sudafricana —que había participado también en los combates del Africa
oriental y de Europa— recibir de la Sociedad de Naciones, a guisa de mandato, el Sudoeste
Africano. Muerto Botha, en 1919, Smuts, menos popular, hubo de enfrentarse a alteraciones y
disturbios graves, como la huelga general de los mineros europeos, que ocuparon
completamente la región aurífera. Smuts se introdujo secretamente en Johannesburgo, tomó
la dirección de las operaciones y aplastó a los revoltosos, que perdieron a muchos de los

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suyos. Recordemos que numerosos africanos habían sido linchados por éstos. Pese a todo,
Smuts fue denominado «el sanguinario», y a partir de este momento el partido racista inició
una marcha irresistible. En las elecciones de 1924 Smuts perdió el poder y Hertzog instaló un
gobierno nacionalista, cuyos partidarios más radicales exigían la secesión. Con todo, Hertzog,
aun logrando que se votaran leyes que establecían una bandera nacional y al afrikaans como
segunda ‘lengua nacional (1925), aceptó formar parte de la Commonwealth, en la
Conferencia imperial de 1926. Así pues, un gobernador británico se instaló en Sudáfrica en
nombre del rey, y un alto comisario representó al gobierno británico. Este pondrá las bases de
la industria pesada, para satisfacer a sus aliados laboristas.
Durante la crisis económica de 1930 Hertzog hubo de constituir un gobierno de unión
con Smuts. El acercamiento trajo consigo la separación de las alas extremas de los dos
partidos, que constituirán dos nuevas agrupaciones políticas: el Partido del Dominion y el
Partido nacionalista puro del doctor Malan. Y quizá debido a la propaganda de este último,
Hertzog acentuó su política racista: arrebató a los negros instruidos el derecho de voto, y la
población negra será representada en el Parlamento por los blancos. Durante la Segunda
Guerra Mundial, Smuts se unió a los Aliados; por su lado, Hertzog se abstuvo. El Parlamento
se pronunció, gracias a una ínfima mayoría, por la guerra, y Smuts volvió al poder para poner
la posición estratégica y las inmensas reservas de la Unión Sudafricana a disposición de los
Aliados. Se vio obligado a depurar los cuadros del Sudoeste Africano, donde un partido nazi
tendía su mano a los racistas del Partido nacionalista. Este, por su lado, bajo el liderazgo del
doctor Malan, doctor en teología, logró, aún así, tomar el poder en 1946. Malan acentuó el
racismo apartando a los mestizos (coloured) de las listas electorales de los blancos. En 1954
fue sustituido por Strijdom, y en 1958, por el doctor Verwoerd, ex profesor de psicología.
La prosperidad de la Unión Sudafricana en este período se basa fundamentalmente en la
ganadería (lana) y en la agricultura, pero sobre todo en la minería (oro y diamantes), que
proporcionaban una media de trescientos mil millones de francos CFA al año. En 1911, fue
prohibida la inmigración de asiáticos (de la India), para trabajar en las plantaciones de caña
de azúcar de Natal y en el comercio. Y las medidas restrictivas contra ellos provocaron los
actos de desobediencia civil llevados a cabo por el joven abogado Gandhi, que ejercía a la
sazón en Africa del Sur. Por otra parte, la Unión Sudafricana, despreciando el derecho
internacional, se negó a proporcionar a la O.N.U. los informes que se le exigían por su
mandato sobre el Sudoeste Africano“. Terminará por anexionarse el territorio, que enviará
diputados al Parlamento sudafricano.

III. LOS TERRITORIOS ALEMANES


Entre los territorios que Alemania había logrado reunir de un solo golpe durante su
carrera colonial por Africa (Sudoeste Africano, Tanganyika, Camerún, Togo), el primero no
era precisamente el mejor, debido a su clima desértico. Hasta el momento de su anexión a la
Unió Sudafricana sólo se explotaban algunas minas de oro.
En cuanto al Togo alemán, éste era un territorio que poseía un presupuesto equilibrado
y propio. Además, el colonizador se preocupó de crear cuadros técnicos. Después de la
Primera Guerra Mundial Togo se vio sometido a partición, en dos porciones: el este quedó
bajo mandato británico, el oeste, en manos de Francia. Quedó planteado así un grave
problema de reconversión y casi inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial,
como luego veremos, la tribuna de la O.N.U. recibirá la visita de peticionarios togoleses.

A. El Kamerun alemán
Según el método bismarckiano, en un comienzo Camerún había sido confiado a
comerciantes. Pero su incapacidad obligó a transferir el territorio a manos militares y a las de
la administración alemana. El país había sido conquistado y sometido con grandes

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dificultades. En la región del monte Camerún, los pueblos de Sofo y Gbea, que habían
aniquilado a un pequeño destacamento alemán, fueron reducidos gracias a una fuerte
expedición, en 1894. En tierras ewondo -donde se hallaba el lugar en que será edificada la
futura capital, Yaundé, en 1887— los habitantes habían ofrecido a los alemanes y a sus tropas
de dahomeyanos un recibimiento caluroso, que acabó incluso con una boda entre el
comandante alemán Dormik con una muchacha del país. Pero el jefe alemán no se mostraba
nada indeciso en reprimir a todos aquellos que daban muestras de la menor veleidad de
resistencia. En tierras bulu, en territorio rnaka, entre los ndchem la resistencia durará hasta
1907, y sólo en 1911 algunos jefes (como Sorno) y determinadas regiones, como el país
bafia, depondrán las armas. En lo que respecta al Camerún del norte, los alemanes chocaron
con los lamibé fula, mucho mejor organizados y armados que los habitantes del sur; utilizarán
además medios mucho más importantes. El lámido Mahama se defendió rabiosamente en
Tibati, hasta que, en 1909, fue hecho prisionero, torturado y destituido, siendo sustituido por
Shiroma, gobernante títere, que se había amoldado de antemano a las condiciones de los
vencedores. Pero Ngaunderé fue conquistada y su jefe, Abo, asesinado. El lámido de Re fue
derrotado; Subeiru, emir de Yola, y Amadu, lámido de Marwa, serán derrotados en Garwa y
en Marwa, respectivamente, pese a sus proezas militares, y poco después, asesinados; sus
hermanos fueron colocados en el poder en su lugar (1902). En Mora se construyó una gran
fortaleza, en la punta norteña del país, situada entre Nigeria y Chad.
En las cuatro residencias del norte y del centro (Mora, Adamawa, Banyo y Bamum) se
instauró la administración indirecta, una vez efectuada una prudente purga de jefes. Los más
perjudicados por la nueva situación fueron los pueblos refugiados, que habían desafiado con
frecuencia la autoridad de los lamibé fula: ellos fueron los mayores perdedores a causa de la
colaboración entre los conquistadores y los jefes dóciles. Después de la revuelta de los
soldados dahomeyanos al servicio de Alemania, y tras un intento abortado de enrolar a
soldados mercenarios sudánicos, los alemanes iniciaron a los hijos de los jefes cameruneses
en la dura tradición del ejército alemán. Un intento de instaurar una tímida gestión autónoma
a nivel de ayuntamientos y de distritos, fue rechazado por la Cámara de Comercio de Kribi
(1908). Aquí, por medio del consejo territorial, y como sucedía en otros lugares, las
compañías locales ejercían una presión, o mejor dicho, una opresión casi soberana. La Nord-
West Kamerun Gesellschaft (Compañía del Noroeste del Camerún) había recibido, en 1890,
una concesión de cien mil kilómetros cuadrados; una vez de haber explotado el caucho de
recolección, la Compañía —como la Sociedad Bidundschi [Bidundchi ]— se dedica a las
plantaciones de plátanos, de café, de cacao, de hevea y de palmeras oleaginosas. Se abren
algunas carreteras. El ferrocarril del Norte, que une Dwala a Nkongsamba y a las
plantaciones del país bamileké, se inaugura en 1911. El ferrocarril Dwala-Yaundé le sigue
poco después. En el río Benué, en el Ogowe, Logone y Shari el transporte fluvial es activo.
Acaparan el comercio grandes compañías como la Graf von Schlippenbach, que emplea a
trescientos europeos y a setecientos africanos. Las necesidades de las compañías obligaban a
emplear unos ochenta mil porteadores y unos doscientos cincuenta mil braceros negros, que
recorrían permanentemente ‘las pistas o frecuentaban los talleres y obras. Pero, en 1896, una
ordenanza imperial de Guillermo II creaba tierras de la corona (Kronland), que reunían a
todas las tierras llamadas vacantes. En 1904 se crearon comisiones de tierras
(Landkommissionen) para fundar reservas indígenas protegidas contra la voracidad de las
compañías. Se iniciaba una actividad multiforme y minuciosa, con la instalación de una re-
monta para la mejora de las razas locales, pesaje de los trabajadores y visitas médicas en ‘las
plantaciones, investigaciones geológicas, huertos de experimentación para la mejora de
especies, etc. Todo ello estará marcado por el sello del espíritu metódico alemán, que no deja
nada al azar.
Por el acuerdo de 1907, la enseñanza se dejó en manos de las misiones, pero

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disminuyendo el espacio de las lenguas africanas en beneficio de una cultura más general.
Desde un comienzo, los alemanes abrieron sus escuelas metropolitanas a los estudiantes
cameruneses. Y se presenció cómo, desde 1911, algunos cameruneses enseñaban el ewondo y
el dwala en la Universidad de Hamburg. Poco antes de la Primera Guerra Mundial, el affaire
Rudolf Duala Manga se unió al problema de las tierras arrebatadas a los dwala, de los que
aquél era el jefe supremo: al tomar partido por los suyos, el jefe fue sustituido, y los dweala,
lejos de rebelarse, fueron en busca de abogados alemanes. Pero el emisario de Duala, de
camino hacia Alemania, fue detenido y, junto a su jefe, acusado de complot contra la seguri-
dad del Estado camerunés; serán ahorcados en 1914. El nerviosismo alemán —los alemanes
se sentían rodeados por franceses y británicos, que dominaban los territorios vecinos—
provocó otras numerosas ejecuciones sumarias. Durante la Gran Guerra, mientras que la
fortaleza de Mora en el norte, resistía, el resto del país caía en manos de los anglo-franceses,
ya en 1916. Después de la guerra, Camerún fue dividido en varias porciones: el occidental y
el meridional fueron entregados al Africa Ecuatorial francesa. El resto del país quedaba
dividido en dos mandatos internacionales, confiados respectivamente a Francia y a Gran
Bretaña. A causa de la reconversión consiguiente, toda la ¿lite instruida en alemán fue
condenada al paro y, por el lado francés, se produjeron severas represiones. Por centenares,
los condenados alcanzaron a pie el campamento de Mokolo (Camerún del norte). Sin
embargo, los franceses, al menos al principio, liberaron a los braceros de las plantaciones
alemanas, aunque el trabajo forzado y el indigenato se implantaron también aquí, como en
otros lugares. Las obras del ferrocarril del Centro se resolvieron por una verdadera
hecatombe: «Los treinta y ocho kilómetros que separan Ndchok de Makak costaron la vida a
miles de personas, y las condiciones de trabajo fueron, en ocasiones, horriblemente
inhumanas» 16• El puerto de Dwala fue ampliado para hacer frente al aumento de la
producción de cacao, café, aceite de palma, a la hevea, etc., que conocieron gran desarrollo
sobre todo en ‘las ricas tierras bamileké, que se convierten en un verdadero hormiguero
humano, con gentes laboriosas y volcadas al beneficio, animadas por los plantadores, más o
menos en las mismas latitudes que el país yoruba, el ashanti y el Indenié.
Los primeros pasos de la enseñanza pública se remontan a 1939, con la fundación de
una escuela primaria superior en Yaundé; la labor sanitaria conocerá la actividad de médicos
como Jamot y Aujoulat. En 1940 el coronel Leclerc se apodera de Dwala, que se convierte en
una base de Gabón y Chad, que luchan con las Fuerzas Francesas Libres.
B. Tanganyika
Los métodos empleados para administrar las posesiones alemanas del Africa del este
fueron sensiblemente análogos. Pero mientras que Rwanda y Urundi (Burundi) eran
administradas según los esquemas del gobierno indirecto, a través del mwami de turno,
Tanganyika se hallaba sometida a una administración directa altamente asimiladora, cuyos
cuadros administrativos estaban formados por árabes, swahilis y otros, con niveles mediocres
y que, para colmo, no eran autóctonos. Numerosos colonos alemanes se apoderaron de las
tierras fértiles de las mesetas norteñas, en los alrededores de Moshi, y de las de la costa,
recibiendo amplias concesiones y beneficiándose con el trabajo forzado, al que se unían
impuestos severos. Esta situación conducirá a las revueltas de las que antes hemos hablado, y
que fueron ahogadas en sangre.
En 1893, los alemanes inician la producción de sisal, luego de café, algodón y
cacahuete. En 1914 existían ya dos vías férreas, en el norte (la línea Ujumbura [Uzhumbura])
y en el sur. A lo largo de la Primera Guerra Mundial los ataque británicos chocaron con la
ciencia militar del general alemán von Lettow-Vorbeck, que logró mantenerse hasta el final
de la guerra. Pero las campañas militares habían transformado vastas regiones en desierto. Al
tomar posesión del mandato sobre el territorio, los británicos cambiaron su nombre de Africa
Oriental alemana por el de Tanganyika. Pronto el país se halló de nuevo en marcha: ya en

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1923 no necesitaba subvenciones, y en 1925 fue reorganizado administrativamente por el ex
colaborador de Lugard, sir Donald Cameron, que reafirmó la autoridad de los jefes
-debidamente seleccionados, como es obvio—, confiándoles responsabilidades judiciales y
fiscales. En 1926 se crea un consejo legislativo, pero hasta 1958 sus miembros serán
nombrados, en vez de elegidos. La colonia de origen asiático era aquí, como en Kenya, muy
numerosa (ochenta mil personas). Los recursos del país serán el sisal, el cacahuete, el café y
el algodón. En 1940 se abrieron minas de diamantes en Shinyanga.

IV. LAS COLONIAS PORTUGUESAS


Portugal, además de las islas de Cabo Verde, de Guinea-Bissau y de Santo Tomé y
Príncipe, controlaba dos enormes países africanos: Mozambique y Angola.
La política africana de Portugal se halla íntimamente ligada a la evolución
metropolitana. Cuando, en 1910, se proclama la república, nadie podía imaginar que
comenzaría una era de reformas, consistentes en ampliar los poderes locales. En 1920 se
concede la autonomía financiera a Mozambique y a Angola, con posibilidades de conceder
préstamos para financiar sus propios planes de desarrollo económico. Ahora bien, por lo
menos el cincuenta por ciento de los ingresos presupuestarios consistían en un impuesto de
capitación, llamado «tasa de choza». Los préstamos eran demasiado elevados con relación a
los escasos ingresos, por ‘lo que la moneda local perdió todo su valor y el fracaso fue total,
salvándose los territorios sólo gracias a subvenciones metropolitanas. Como contrapartida, en
1926, Portugal volvía a controlar estrictamente las finanzas coloniales. El acta colonial de
1930, debida a Salazar, entonces Ministro de Colonias, consagraba la nueva situación de
supeditación a la metrópoli, en el campo político y económico, pero prohibiendo e1 trabajo
forzado en provecho de las compañías. Los principios básicos del acta fueron reconsiderados
posteriormente en la constitución de 1933 y, tras algunas enmiendas, en la de 1951. Al
parecer, tras la gran crisis mundial de 1929, Portugal aspiraba a unirse más estrechamente a
sus reservas africanas, que consideraba como un «‘legado de la historia». La nueva política
hubo de flexibilizarse a causa de las quejas de los plantadores portugueses. El Ministro de
Colonias era responsable de la administración. Ayudado por un consejo consultivo se hallaba
en contacto, sin embargo, con cada territorio, a través de inspectores. En Angola y en
Mozambique su representante era el Gobernador general, asistido por un consejo de gobierno
desde 1926, y, mucho más tarde, en 1955, por un consejo consultivo electo, pero basado en
listas cuidadosamente preparadas, en las que, en realidad, sólo las misiones, los negocios y
los trabajadores portugueses tenían representación. Por debajo de todo esto, en los distritos el
poder se hallaba en manos de un gobernador que dirigía a los administradores de las
circunscripciones y a los jefes de puesto (che fe de pasto). Estas dos últimas categorías de
funcionarios eran, sin duda, las más importantes, pues solían estar en permanente contacto
con los indígenas. Jugaban un papel polivalente semejante al del comandante en el sistema
colonial francés. Completan la analogía el intérprete, la policía indígena (sepoy) y los jefes de
poblado (régulo). El jefe de puesto juzgaba a los indígenas, asistido por guardias e in-
térpretes. Aplicaba sanciones que iban desde la baqueta a la flagelación, la expulsión y la
ejecución —que solia ser, en general, discretamente cumplida.
En 1951 las colonias se convirtieron, de la noche a la mañana, en «provincias de
ultramar», y la ficción de un Portugal multicontinental, igualitario y fraternal llegó a ser el
alfa y el omega de la propaganda de Lisboa. Los portugueses —y en eso se parecían a los
belgas— veían el ascenso de ‘los indígenas hacia la civilización como un proceso muy lento,
casi a escala geológica. La unidad de medida era, como mínimo, el siglo. Por ello, pese a la
espectacular acta de 1951, la triste realidad no había cambiado: atraso económico, social y
cultural, explotación y racismo, bajo la apariencia cínica de la asimilación. Desde una
perspectiva económica, la colonización se caracterizó por un desarrollo muy lento, sobre todo

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en el campo rural. En 1901, un decreto extendía la propiedad del Estado a todas las tierras
«vacantes», pero otros decretos posteriores intentaron reservar espacios para la población
africana. Así, las compañías se vieron atribuir vastas concesiones para el cultivo del café
(Angola) y de la caña de azúcar (Mozambique). Pero los africanos no fueron despojados de
todo, como en Africa del Sur, pese a la furiosa presión en esa dirección de los colonos
portugueses.
Para Salazar, era aberrante hacer salir al negro del marco tribal para proyectarlo al
mundo industrial moderno, sin que mediara una especie de transición agraria, para iniciarlo
en la civilización, según los criterios portugueses. De ahí la importancia concedida a la im-
plantación de pequeños colonos portugueses, encargados de dar el primer paso con las
granjas modelo, en los planes de desarrollo; los africanos serían asociados al proceso
paulatinamente. Era evidente la finalidad política conservadora o, más bien, reaccionaria. De
este modo, se crearon «pueblos modelo» —sobre todo desde un punto de vista politico— en
el sur de Angola. Pero las dificultades derivadas de la carencia de expertos y de la entrega de
material y semillas, hicieron de tales intentos algo muy costoso, que quedó siempre a una
escala microscópica. En Mozambique, se crearon cooperativas (en los años 50), por iniciativa
de la administración, pero éstas involucraron tan sólo a unos doce mil africanos, en un país de
seis millones de habitantes. Faltaban los productos de exportación (maíz, mandioca, judías,
arroz constituían el grueso de los principales cultivos alimenticios), por lo que los
portugueses, como sucedió en otros lugares, encargaron a doce compañías monopolistas que
promovieran el desarrollo de estos productos. El algodón era cultivado por los africanos, pero
estaban limitados a sus plantaciones, y su trabajo lo dirigía la administración, que les imponía
tonelajes establecidos y la obligación de vender la producción a las compañías a precios fijos,
por debajo del precio mundial. En 1956, el número de campesinos africanos enrolados en la
«batalla del algodón» era de quinientos diecinueve mil. En realidad, el trabajo forzado es el
principal motor de la economía de los territorios portugueses.
En 1943, un ministro de Salazar, Vieira Machado, exponía los siguientes principios: «Si
queremos civilizar a los indígenas, debemos inculcarles, como precepto moral elemental, la
idea de que no tienen derecho a la vida si no trabajan. Una sociedad productiva está fundada
sobre el duro trabajo, que es obligatorio incluso para los vagabundos, y no podemos hacer
excepciones en este principio por razones de raza». Así pues, y pese a algunas protestas
platónicas referidas a la libertad de ‘los africanos, éstos se vieron sometidos a penas que
comportaban el trabajo forzado, si no eran capaces de demostrar que estaban trabajando para
alguien o por su cuenta, que no se hallaban retrasados en el pago de sus impuestos o incluso
en los trabajos juzgados de interés colectivo. Aquí, como en otros lugares, de nuevo la mano
de obra suplía la escasez de inversiones. Se empleaban todos los métodos posibles para
obtener trabajadores, conservarlos y extraer de ellos el máximo provecho. Lo escandaloso de
tal situación fue puesto de manifiesto espectacularmente ante el mundo por un informe de
1947, redactado por un antiguo inspector general caído en desgracia y encarcelado por
subversión en 1952, Henrique Galvao. En 1960, las estadísticas oficiales, que tienen
tendencia a reducir el número de «reclutados» y elevar el de «voluntarios», hablaba de ciento
veinticinco mil reclutados. Pero los salarios son tan bajos que sólo utilizando la fuerza ‘se
puede obtener la mano de obra (mao de obra) necesaria. Y para garantizar el control de ésta,
se impuso a todo africano que se desplazase, incluso en su propio distrito, la conservación de
un salvoconducto en el que se reseñan todos sus movimientos. Se trata, digámoslo así, de un
pasaporte para viajar por el propio país.
En el campo industrial, Portugal hizo participar a sus colonias africanas en su plan de
desarrollo de seis años. Pero los recursos portugueses eran escasos y el capital extranjero
dominaba todas ‘las empresas. Portugal deseaba alentar las inversiones extranjeras para
apoyar el despegue de sus territorios, pero también para involucrar políticamente a los

23
proveedores extranjeros.
En Mozambique, el gobierno recuperó la poderosa Compañía de Mozambique, que
dominaba la región de Sofala (1912). Pero el único mineral de alguna importancia es el
carbón de Moatisse, en el Zambeze (doscientas mil toneladas al año). El mayor esfuerzo
económico se hace en el campo de las plantaciones de algodón, té, sisal, caña de azúcar, etc.,
en el de la creación de fábricas de trans. formación o de acondicionamiento, y en el de la
energía eléctrica (presa del río Rebue). Con todo, la prosperidad depende principalmente del
tráfico comercial, que ha de alcanzar Beira y Lourenço Marques, y que proviene de
Johannesburgo y del Transvaal. Ambos puertos crecerán notablemente. Otra fuente de
entradas la componen los salarios de los numerosos africanos que, para huir del trabajo
forzado o mal pagado, se marchan a las minas sudafricanas, con el fin de conseguir el dinero
de la dote o para comprarse una casa. En Mozambique había unos cincuenta mil portugueses.
En Angola, el ferrocarril de Benguela, que se une a la red de Shaba (Katanga) y a Beira, a
través de Rhodesia, es un ramal de una de las escasas vías férreas transafricanas. Iniciadas las
obras en 1903, finalizaban en 1929, drenando inmediatamente el cobre de Shaba hacia el
exterior; mientras tanto, a lo largo de su recorrido se erigía la nueva capital angolana, Nova
Lisboa, situada en una región más central. Pero Luanda, en la costa, seguirá siendo la ciudad
más importante y la capital económica del país. La Compañía de Diamantes Angolana
(Diamang) estaba dominada por el capital exterior: anglosajón, belga y alemán, en el caso del
hierro y del manganeso. Se apoyaba activamente el establecimiento de colonos.
Pese a la explotación económica y social de los africanos, a través del trabajo forzado y
del régimen de indigenato, Portugal reafirmó siempre la inexistencia de racismo en sus
colonias, como si la propensión al mestizaje y las declaraciones de intenciones bastaran por sí
solas para cambiar la realidad. En realidad, el principio básico de tal doctrina colonial, era
que la vía estaba abierta a todos los que quieran acceder al status de portugués de forma
completa. Hasta 1953 se distinguen tres categorías en el seno de la población: los
portugueses, automáticamente ciudadanos; los asimilados, y la masa africana. Los asimilados
tenían que satisfacer numerosos requisitos —entre ellos una declaración de lealtad y dos
juramentos de buena conducta y de nivel de vida «europeo»— para ser admitidos con el
certificado de «civilizados». Sin ser enteramente iguales a los portugueses, los asimilados
estaban dispensados de pase para poder circular, del trabajo forzado, etc. Gozaban del
derecho de voto y de igualdad de salarios con los portugueses por el mismo trabajo. Pero en
1950 en Angola había noventa mil asimilados, por una población de cuatro millones de
habitantes, después de cuatro siglos de dominación portuguesa... En Mozambique la
proporción era de cuatro mil trescientos cincuenta y tres asimilados por cinco millones
setecientos treinta y cinco mil habitantes. En las islas de Santo Tomé y de Príncipe, en las que
el mestizaje era casi general, la población de sesenta mil habitantes apenas poseía un
cincuenta por ciento de asimilados. En términos generales, podemos decir que más del no-
venta y nueve por ciento de la población de las colonias portuguesas permanecía a nivel de
indigenato. Y todavía había hipócritas que afirmaban que no se trataba de una cuestión de
raza, sino de cultura...
Efectivamente, en los territorios portugueses la educación se concebía como el
principal medio de asimilación, cuya meta oficial era la de «nacionalizar» y «civilizar» a los
negros. En este campo, los misioneros, y en especial los católicos, fueron investidos de gran-
des responsabilidades, como sucedía en el propio Portugal. Se hace distinción entre la
enseñanza oficial, destinada a los portugueses, y también a los asimilados, y la enseñanza
adaptada (ensino de adaptaçao), anteriormente denominada «enseñanza rudimentaria» para
hijos de indígenas. Este último consiste en una enseñanza basada en elementos de lectura, de
escritura y de cálculo, completado con nociones de trabajos manuales y de agricultura, todo
ello en lengua portuguesa. La enseñanza queda confiada sobre todo a las misiones. Existen

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además una media docena de colegios para personal cualificado, a los que de todos modos
llegan muy pocos indígenas. Los estudios universitarios se realizan en Lisboa. Cuando se
piensa que en el propio Portugal hay un cuarenta por ciento de analfabetos, un esfuerzo se-
mejante puede parecer considerable. Pero es necesario decir que en la enseñanza elemental,
entre 1959 y 1960, los portugueses constituían el sesenta por ciento del número total de
alumnos, en tanto que los portugueses representaban sólo el tres por ciento de la población.
Por otro lado, incluso en los servicios sanitarios, se llevó a cabo algún esfuerzo en el estudio
y erradicación de enfermedades tropicales; pero también en los centros médicos existía la
discriminación. En los hospitales de Luanda existían salas de operación diferentes para
blancos y para negros. En tales condiciones de poco le valía a Portugal aclararse la garganta
con alocuciones imperiales extraídas de Os lusiadas de Camoes... La triste y pronto dura
realidad seguía presente.

V. LOS TERRITORIOS BELGAS


A. El Congo

1. La evolución
Casi a su pesar, Bélgica se convirtió en potencia colonial. Pero cuando ya lo fue... No
es éste un caso demasiado especial, pues en casi todos los países europeos se dieron
movimientos de oposición a la política colonial, desde la izquierda y en ocasiones desde ‘la
derecha, aunque por razones diferentes: unos, como protesta contra las atrocidades; otros, por
oponerse a la política colonial del gobierno. En nuestro caso, el hombre clave es Leopoldo II,
rey de los belgas, que para crearse un imperio africano daría muestras de una extrana
ambición febril y senil, trazando, por ejemplo, algunas rayas sobre el mapa de Africa, lo que
le permitió apoderarse de Katanga (Shaba) en plena Conferencia de Berlín. Su furor
anexionista lo enfrentará a Francia en la región del Ubangui y del Bahr al-Ghazal. Pretenderá
además, ávidamente, comprar un barco a los británicos para ir a bombardear Lisboa. Y poco
faltó para que no controlara toda la cuenca del Nilo hasta Fashoda. Una vez fundada la
Asociación Internacional del Congo, de la que fue pronto el único asociado, se aseguró los
servicios de Stanley, en 1879, para ensanchar sus dominios hasta el máximo. Como ya se dijo
antes, la Conferencia de Berlín (1885) le dio entera satisfacción. Pero ahora se trataba de
ocupar y controlar este inmenso territorio, en cuyo centro se alzaba la gigantesca barrera
opaca del bosque ecuatorial, y que se hallaba a la sazón gangrenado totalmente por la trata de
negros.
Entre 1886 y 1894, feçha del tratado de delimitación de fronteras con Gran Bretaña, se
lleva a cabo un minucioso reconocimiento del territorio, sobre todo en sus porciones
periféricas, objeto de disputas continuas. El geólogo Jules Cornet visita y estudia con detalle
las riquezas de la cuenca cuprífera de Shaba (Katanga), recorriendo tinos seis mil kilómetros.
Por estas fechas, el cardenal Lavigene llevaba a cabo una encendida campaña contra ‘la trata;
e incluso soldados pontificios, a las órdenes del capitán Joubert, participaron en los combates
contra los negreros de la costa. La mcta era acabar con los tratantes árabes. El más importante
de ellos era Tippu Tip que, con todo, había sido nombrado gobernador de la Región de los
Rápidos, con un sueldo magnífico pagado por Leopoldo II. Pero los negreros comenzaban a
mostrarse descontentos a causa de las excesivas tasas sobre la exportación de marfil, y
cuando llegaron al Congo las nuevas de los levantamientos de Tanganyika contra los
alemanes, también en este país hubo rebeliones, en 1892. Los belba’s, con tropas negras,
destruyeron sistemáticamente, y no sin pérdidas severas, los fuertes (goma), muy bien
defendidos, de los árabes y mestizos árabo-negros, que utilizaban, asimismo, tropas negras:
así sucedió en Niangure y en Kasonga o Bena Kalunga, reducto del poderoso jefe Rumaliza.
Las campañas permitirán reducir a los soldados batetela amotinados, y dispersar a base de

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metralla a los rebeldes del Wellé, que resistieron hasta 1900.
2. El régimen leopoldiano
Así pues, el territorio fue conquistado. Pero habían sido aniquilados diez millones, a
expensas del tesoro privado del rey, que se hallaba en pleno déficit. Es la época en que
confiaba a sus familiares que se había visto obligado «a suprimir algunos platos». En estas
circunstancias el rey trató de poner en pie una sociedad de financiación de empresas de
explotación: la Compañía del Congo para el Comercio y la Industria, creada en 1887. Aún
así, los bancos se mostraban reticentes, y Albert Thys, nombrado director de la Compañía y
portavoz del monarca, se las vio y deseó para mantener alejados los intereses británicos en las
inversiones del primer momento. La mayor de las inversiones provenía de la Compañía del
Ferrocarril del Congo (1889), que fue ayudada ampliamente por el gobierno belga. Sobre
esto, Stanley había dicho: «Sin el ferrocarril de las cataratas, el Congo no vale ni un
penique.» Las obras, en una naturaleza hostil, llevaron el ferrocarril de Léopoldville a
Matadi; fue inaugurado tras nueve años de trabajos. Había costado la vida a ciento treinta y
dos blancos y a mil ochocientos trabajadores negros -esta última cifra es sin duda inferior a la
realidad—. «La construcción del ferrocarril Matadi-Léo —dice Cornevin— fue sin duda una
epopeya, pero sobre un fondo de cementerios y con un ritmo de marcha fúnebre.» El monarca
belga publicó una parte de su testamento, en el que cedía a Bélgica el Estado Independiente
del Congo, llevando de este modo, al Monte de Piedad, y por primera vez en la historia, a un
Estado entero. El Parlamento belga cedió algún dinero, pero aclaró que este acto no le
comprometía a tomar en sus manos el Congo, considerado como una pesada carga. Sin
embargo, cuando en 1894 la balanza comercial del Congo se mostró equilibrada, el
Parlamento belga hizo confirmar sus derechos de anexión, en tanto que el rey hacía todo lo
posible para retrasarla.
¿De qué manera se había conseguido hacer del Congo un territorio rentable?
Simplemente, por la puesta a punto del país a través de restricciones de gastos y dispendios.
En efecto, Leopoldo II había contraído deudas con el sindicato de banqueros. Por otro lado,
deseaba obtener de la forma más rápida algunos beneficios. El proceso de saqueo del Congo
fue llevado a cabo de manera rotunda. En la Conferencia de Berlín Leopoldo, para obtener el
apoyo de las demás potencias, había aceptado la internacionalización de la cuenca del Congo,
que comprendía libertad de establecimiento y de comercio para todos; pero en 1889 el rey
decretó que las tierras vacantes debían pertenecer al Estado. Este acto iba contra el
compromiso internacional, pero también contra las leyes y reglas africanas, según las cuales
no existen tierras vacantes. Esta fue ‘la opinión de monseñor Augouard, y era asimismo la del
padre Vermesch. «En el Congo -escribe este último— es falso suponer que la tierra está
vacante. ¿A quién pertenece el caucho que crece en las tierras ocupadas por los autóctonos
del Congo? A los autóctonos y a nadie mas, a menos que den su consentimiento, y tras una
compensación justa. La apropiación de las tierras llamadas vacantes nos coloca ante una
gigantesca expropiación» Pero, frente a estas posturas, apareció la de otro jesuita, A.
Castelain, basada en la lealtad de Stanley, que concluyó tratados con los africanos, que llegó a
decir que «la aceptación de la nueva soberanía por parte de los indígenas» era un hecho. El
mismo jesuita justificaba al trabajo forzado a través de la ley divina del trabajo: «El pueblo
bárbaro que se niega a aceptar esta ley no se civilizará nunca. Por ello se le debe obligar a
aceptarlo, y como él sólo puede ofrecernos su trabajo en compensación de los servicios que
se le ofrecen para mejorar su suerte, tenemos doble razón para imponer y exigir dicho
trabajo.» Recuerda también la supresión de la trata, «perpetrada por los árabes» Y reconoce
que ha habido abusos, pero que ahora tienden a desaparecer... Si la opinión se hallaba tan
dividida es debido a que, desde 1891, los productos de las tierras patrimoniales, que habían
sido acaparados de la manera descrita anteriormente, estaban reservados al Estado. En otras
palabras, el rey Leopoldo y la sociedad de la que era el principal accionista poseían el suelo,

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el producto de este suelo, y, por el monopolio de reclutamiento, también los indígenas que
vivían en él. De 2.450.000 kilómetros cuadrados, hay 2.420.000 que quedan de esta manera
en manos del Estado o de las sociedades en las que aquél es beneficiario: la Compagnie du
Katanga (Compañía de Katanga), la Société Anversoise (Sociedad de Amberes) y la
Compagnie du Lomami (Compañía del Lomami), la Abrir, etc. Eran compañías dedicadas a
la recolección y recogida de productos silvestres, cuya única función era llevar hasta la costa,
gracias a las confiscaciones, todo el marfil y todo el caucho existente en sus dominios.
El régimen leopoldiano representó, sin lugar a dudas, uno de los momentos más
trágicos de la historia del Africa Central. Algunos apologistas de la actividad de Leopoldo
han rechazado los testimonios de misioneros protestantes, pero la comisión de encuesta
designada por el mismo rey, si salva al monarca, pone de manifiesto los abusos cometidos por
las compañías, y los admite. Con todo, la comisión permaneció en el Congo solamente dos
meses y medio, en tanto que los misioneros habían sido testigos oculares a lo largo de años
enteros. Es cierto que los intereses anglosajones, que deseaban el fin del régimen de puertas
abiertas, orquestaron la campaña con otros fines, más materialistas. Pero de todos modos la
comisión de encuesta oficial no osó publicar detalladamente las declaraciones recogidas.
Los casos narrados por los misioneros son realmente alucinantes: cada aldea debía de
proporcionar un determinado tonelaje de caucho, por el que el jefe recibía una brazada de
telas de algodón, o un puñado de sal por cesta de caucho, o, simplemente, un pequeño espejo.
Los testimonios de los misioneros Weeks, Padfield, Gauman y Harris son espeluznantes: para
evitar la huida de los indígenas, cada aldea estaba vigilada por una escuadra de milicianos
(capita), y la falta de hombres o de caucho traía consigo expediciones punitivas que
terminaban con asesinatos públicos de los jefes o de sus gentes, a manos de agentes europeos
de las sociedades, con violaciones y raptos de mujeres, con mutilaciones de ‘brazos, piernas,
genitales, empalamiento de mujeres y muchachas, escenas de canibalismo, escenas de
incesto, ofrecidas por los refractarios, obligados a actuar en público, etc. El jefe Bolima,
rodeado por veinte testigos, depositó en una mesa, ante la comisión de encuesta, ciento diez
varitas, cada una de ‘las cuales representaba una vida humana sacrificada por el caucho. Las
varitas más cortas eran niños, y las medianas, mujeres. «Confiesa que su gente mató a
lanzazos a tres esclavos y a un centinela. Luego cuenta cómo un blanco le había declarado la
‘guerra y, después de la batalla, le, había mostrado los cadáveres de sus hombres, diciendo:
‘Ahora me traerás caucho, ¿no?’. A lo que él había respondido: ‘Sí’.» En otro lugar, un agente
de la Sociedad obliga a marcharse al hijo de un jefe que le traía el cadáver de su padre,
asesinado por los milicianos, por no proporcionar caucho. Y mientras el hijo se alejaba, lanzó
contra él a su perro, que le mordió en una pierna mientras, junto a otra persona, llevaba el
cadáver de su padre. El caucho que se amontonaba en los muelles de Amberes estaba
literalmente empapado de sudor y sangre.
Evidentemente, Leopoldo II, acostumbrado a pasearse sobre alfombras de alto pelo,
nunca había puesto los pies en Africa. Y es también verdad que los agentes de las compañías
no eran todos belgas, sino aventureros y legionarios europeos, reclutados aquí y allá, para
quienes la histeria de la violencia se había convertido en algo completamente normal. En el
Congo, el director de las compañías emanaba circulares periódicas en las que exigía que le
fuesen enviadas las estadísticas del trabajo forzado por persona por partida doble, y añadía
que: «Recuerdo a ustedes que los rehenes deben ser tratados convenientemente.» Tres meses
después reconocía, en otra circular: «Yo constato que, pese a todas las recomendaciones, en
muchos puestos no se tienen en cuenta las prescripciones relativas a la obligatoriedad
personal. Os confirmo la circular número 93 y 98, etcétera»
En 1903 la Abir vendía en el mercado de Amberes 812.525 kilogramos de caucho, y se
estima que la producción necesitó el trabajo permanente de 30.000 recolectores, por lo
menos, durante todo el año, más 3.000 remeros, porteadores, etc., pagados con un salario

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simbólico, sin contar los 10.500 trabajadores, y los 43.500 indígenas movilizados. No puede
calcularse cuántos muertos supone este movimiento de personas. Pero las atrocidades fueron
tan evidentes que el periódico belga Le Patriote (El Patriota), monárquico y católico, escribía
en su editorial del 28 de febrero de 1907, indignado: «Nada ha cambiado en el Congo.. . » Y
tras recordarnos el terrorismo de los milicianos de la Abir, el diario concluía: «El recuerdo de
estos hechos perdurará grabado en la memoria de los hombres y en la venganza de Dios.
Tarde o temprano, los ejecutores deberán rendir cuentas a Dios y a la Historia.» El beneficio
medio anual de la Abir era de tres millones aproximadamente. Así, el rey Leopoldo pudo
recuperar el dinero perdido e incluso hacer construir casinos y monumentos suntuosos. Un
número cada vez mayor de belgas afectados por el fracaso trágico de la «misión
civilizadora», y alentados por las posibilidades del Congo, pedían la anexión. El rey —que
había escrito «Mis derechos sobre el Congo no se comparten. Son producto de mis penas y de
mis gastos»— trataría de extraer el máximo beneficio de la colonia, aunque en 1906 legó el
Congo, como bien inalienable, a los belgas. Pero la presión fue de tal envergadura, que hubo
de convertir este acto en incondicional, y en 1908 el Parlamento belga procedía a la anexión
del territorio. Sin embargo, el sistema leopoldiano, con sus tarifas ferroviarias exageradas y
su destrucción de los recursos naturales en las inmensas concesiones, ponía trabas al
desarrollo colonial.
3. Reformas
En 1908 la administración liberalizaba el comercio. En 1910 sustituía el principio del
trabajo forzado por el impuesto en metálico.
Sólo después de la Primera Geurra Mundial pudo iniciarse una explotación más
racional (hacia 1920). En este momento, las sociedades nuevas, como la Union Miniére du
Haut-Katanga (Unión Minera del Alto Katanga), la Forminiére, la Unilever, que reunía capi-
tales belgas y anglosajones, con la cobertura de la Société Générale de Banque (Sociedad
General de Banca) y el holding de la Compagnie du Congo pour le Commerce et l’Industrie
(Compañía del Congo para el Comercio y la Industria), todas ellas llevaron al Congo, sin
transición, de la economía de recolección a la capitalista basada en las minas, plantaciones y
trusts. En 1911 la Union Miniére du Haut Katanga (U.M.H.K.) construía la primera
fundición, sobre las gigantescas reservas de cobre y estaño, obteniendo beneficios anuales del
orden de los 2.500 a 4.500 millones de francos belgas. Con todo, en 1913 la Forminiere abría
las primeras minas de oro y diamantes. Unilever dispuso de 5.650.000 hectáreas (una
superficie doble a la de Bélgica). El total de las tierras expropiadas (en general, buenas
tierras) se elevaba a 1.440.000 hectáreas en 1957. El Comité del Kivu disponía de 300.000
hectáreas, en principio hasta el año 2011... En 1927 el comercio congoleño acusaba
excedentes de exportación de mil millones, y a Bélgica se transferían ingentes dividendos.
La gran crisis económica mundial tardó mucho en reabsorberse, entre 1929 y 1939. Es
ahora cuando los cultivos obligatorios, llamados «educativos», constriñeron a un millón de
familias a proporcionar algodón, palmiste, cacahuete, etc. La Segunda Guerra Mundial acele-
ró, si cabe, el boom económico gracias a la valorización de metales necesarios a la
electrónica (germanio y berilio) ,y de otros de valor estratégico, como el cobalto, cobre,
uranio, estaño, y el lanzamiento de industrias de transformación. La explotación del Congo
trajo consigo un claro despoblamiento del país. En 1928 una comisión gubernamental tuvo
que prohibir el reclutamiento de más del 25 por 100 de los hombres adultos y válidos de una
colectividad. Efectivamente, los hombres solían ser requeridos durante años enteros para
trabajar a cientos de kilómetros del hogar: «Somos nosotros los que damos a luz los niños,
pero sois vosotros quien os los coméis», decía una mujer, durante una encuesta médica. En
general, las poblaciones rehuían las misiones médicas; los traslados de poblaciones fueron
faci‘litados además por las mejoras en los transportes, que se hicieron necesarias a causa de la
perentoriedad de hallar salidas.

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En el campo social, sin embargo, la colonización ‘belga podía mostrar realizaciones
positivas importantes, aunque alteradas por el espíritu paternalista que las inspiraba. Así,
hasta 1945 no se habló de sindicatos para los africanos; pero se construyeron cantinas patro-
nales y viviendas discretas por mérito de las compañías. Se llevó a cabo un gran esfuerzo en
el terreno sanitario y profiláctico, tanto por parte de las compañías como por parte del Estado.
Leopoldo II había confiado a las misiones católicas el cuidado de la enseñanza; en 1908 el
gobierno belga introdujo la enseñanza oficial, que no tenía por qué ser necesariamente laica,
con el fin de formar auxiliares de la administración. Pero en 1920 sólo había 1.861 alumnos,
pese a que los escolares que frecuentaban los establecimientos de los misioneros católicos
sumaban 100.000, y los que lo hacían en los protestantes, 85.000. La enseñanza misionera era
muy elemental. En cuanto al contenido, la enseñanza se iniciaba en lenguas locales y en la
lengua más difundida de la región (kiswahili, chiluba, kikongo). El francés o el flamenco,
lenguas metropolitanas, se enseñaban sólo a título excepcional, como ‘lenguas extranjeras, en
tanto que en ciertos seminarios las lecciones se impartían en latín...
Debido a que, oficialmente, la segregación racial estaba prohibida, en los hábitats
urbanos era extremadamente estricta allí donde se abría una escuela para europeos, se
permitió a algunos africanos seguir programas diferentes y con un nivel más elevado. Pero la
escuela laica no comenzó a funcionar hasta 1940. En 1954 se fundaba la universidad católica
de Lovanium, y la de Elisabethville abría sus puertas en 1956. Resumiendo, los belgas
pretendían, de manera mucho más sistemática que los británicos, hacer evolucionar a los
africanos en su propio círculo. La enseñanza profesional fue dejada en manos de las
compañías privadas. La contribución de las numerosas misiones protestantes fue
considerable; se abrirá también una universidad protestante, en Stanleyville, en 1958. El
Islam sólo tenía importancia en Manyema. Otro aspecto positivo de la colonización belga en
el Congo ha sido la actividad en el campo de la investigación científica, llevado a cabo por
varios institutos, como el 1 .N.E.A.C. ~, que seleccionaban plantas, como por ejemplo una
variedad de café Robusta, que tendría éxito más tarde en Costa de Marfil.
El paternalismo belga, como el de los portugueses, preveía una evolución de los
africanos a ritmo de ‘siglos. Aquél transformó lentamente el Congo, en parte debido a las
reinversiones de beneficios adquiridos en el país. Reinversiones que, como decía el
gobernador Ryckmans, «se incorporan al capital inicial y reclaman su remuneración».
Numerosos colonos belgas habían llegado al Congo para establecerse en él, en especial en la
meseta salubre de Shaba (Katanga).
Después del Rand y del Transvaal sudafricanos, Katanga se había convertido en la
segunda región de Africa por su poderío industrial y por la importancia de la urbanización;
más ¿e dos tercios de la población vivía en las ciudades. Se estimaba en 3.500.000 el número
de africanos que vivían asalariados. Algunas regiones de tierras fértiles de Kivu y de Shaba
(Katanga), con su red de carreteras modernas y la «humanización» del paisaje, formaban
verdaderos islotes modernos. Pero el africano, más o menos favorecido en cuanto hombre, no
‘lo era en cuanto ciudadano.
El estatuto político y administrativo del Congo quedó fijado en la Carta Colonial de
1908. Se acerca algo al sistema francés. Es el rey quien, con la colaboración del ministro de
Colonias, legisla para el Congo, asistido por el consejo colonial, a título consultivo. El
gobernador general dispone de poder local por medio de ordenanzas-leyes que sólo tienen
vigor durante cinco meses, y siempre que sean aprobadas por decreto. Además, una comisión
de protección de indígenas, presidida por el procurador general, con sede en Léopoldville,
goza de independencia respecto al gobernador general. La administración de la justicia
ejecutiva local era más independiente en el sistema belga que en el francés; y en los juicios de
los tribunales indígenas se tenía más en cuenta el derecho consuetudinario africano.
El país fue dividido en seis provincias, a las órdenes de un comisario provincial. La

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provincia se subdividía a su vez en distritos, a cuya cabeza se hallaban los comisarios. La
célula administrativa era el territorio, con un administrador a su cabeza.
B. Ruanda-Urundi
En el Ruanda-Urundi ex alemán, recibido como mandato en 1918, existía,
aproximadamente, el mismo tipo de administración, aunque la tendencia al gobierno indirecto
se debía aquí a la existencia de dos mwami (reyes), asistidos por sus jefes y subjefes,
supervisados por un consejero residente. Un gobernador belga coordenaba el conjunto, y en
su consejo consultivo había algunos africanos.
La fuerza pública, organizada ya en 1886, comprendía dos contingentes móviles, a
disposición, permanentemente, de las autoridades civiles, que se vieron obligadas a reprimir
numerosos levantamientos, como el de Kasongo Niembe, en el distrito de Lomami, en 1957,
o durante la Segunda Guerra Mundial, para reprimir una huelga, matando a sesenta personas,
y un amotinamiento, en el que hubo cien muertos. La fuerza pública ejerció una gran
influencia, debido a una notable red de escuelas técnicas y profesionales, y por sus obras
sociales.

VI. ETIOPIA
La llegada al poder de Hailé Sellassié iba a dar a Etiopía una política dinámica
destinada a extraer al país de su mísera situación. En 1924 y 1931 promulga leyes sobre la
liberación de los esclavos, estableciendo por todo el país una red de oficinas para ocuparse
con detalle de los casos de litigios. Pero la aristocracia se opuso en general de manera sorda a
las medidas, que eran revolucionarias. Por otro lado, la moneda etíope se había visto
seriamente afectada por la crisis económica de 1930. Asimismo, el país, de relieve
accidentado, necesitaba urgentemente una mayor cohesión e integración nacionales. La
victoria de Ádowa sobre los europeos había jugado un papel positivo en este sentido. Por
añadidura, los etíopes que habían efectuado sus estudios en Europa y que, a su vuelta al país,
habían obtenido cargos de gobernadores y de alto funcionariado, constituían un elemento
unificador notable, por encima de somalíes, pueblos del Amhara, falashá, galla y pueblos del
sur, cuyas religiones eran, por si fuera poco, diferentes («animistas», musulmanes, cristianos).
Pero pronto el principal factor de fusión será la agresión italiana.
En efecto, los italianos no habían digerido el desastre de Ádowa, pese al Tratado de
Amistad de 1928. Primero, acusaron a Etiopía de mala voluntad, por ejemplo en el asunto de
la unión por ferrocarril del puerto italiano de Assáb (Eritrea) y el territorio Etíope.
Posteriormente, hablaron de incursiones etíopes a través de la frontera de la Somalia italiana,
cuando en realidad se trataba de traslados, apoyados en mayor o menor medida por la fuerza,
de clanes de pastores nómadas, por zonas fronterizas, pero de límites no fijados, donde
existían pozos de agua que solían ser objeto de disputa. En las Somalias -francesa y británica,
los conflictos de este tipo se arreglaban casi siempre de manera amistosa; pero el régimen
fascista de Italia neecsitaba cosechar un poco de gloria... Por otro lado, los italianos habían
ocupado los pozos de Wal-Wal, que una misión anglo-etíope declaró fuera de las posesiones
italianas; la actuación de la misión recibió la visita de aviones italianos, que más tarde
pretendieron haber estado tomando fotografías solamente. Pronto se produjeron-choques en
tomo a Wal-Wal. Italia exigió que Etiopía se excusara, y que para ello fuese a rendir honores
a la bandera italiana en la localidad de Wal-W’al. Etiopía se negó, al menos hasta que no
quedase demostrado que Italia había cometido un error. Por fin, el gobierno etíope hizo un
llamamiento a la Sociedad de Naciones. Esta designó una comisión de arbitraje que no llegó a
ningún resultado. En agosto de 1935 las dos potencias europeas con mayores intereses en el
litigio, Gran Bretaña y Francia, se reunieron con Italia en París y trataron de apaciguarla
proponiéndole la reconsideración de la cuestión en su totalidad y, prácticamente, que se
efectuara un reparto de influencias sobre el país africano, pero sin tocar su soberanía politica,

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aunque teniendo en cuenta «los intereses particulares» de Italia. Italia tampoco aceptó esta
vez. En el consejo de la Sociedad de Naciones Italia rompió públicamente con Etiopía y pasó
seguidamente a preparar la conquista del país africano.
Etiopía, abandonada por la Sociedad de Naciones y por las potencias, y aunque gozó de
las simpatías de algunas de ellas, vio cómo su resistencia era barrida por un enorme ejército
fascista de 400.000 hombres, que tomó fácilmente Tigré, cuyo ras, Gugsa, había sido
comprado. En 1936 cae Addis Abebá, después de intensos bombardeos que destruyeron
ciudades, aldeas, ejércitos y ganado. El negus se refugió en Gran Bretaña y desde ese
momento se ocupó, con dignidad, de la acción diplomática para recuperar el trono.
En cuanto a los italianos, no tuvieron demasiado tiempo para ocuparse de sus colonias,
donde llevaron a cabo tan sólo algunas obras y se desarrollaron sólo algunos sectores
coloniales. En 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, Etiopía era liberada por los bri-
tánicos, y el negus, lejos de ligarse únicamente a Gran Bretaña, pedirá ayuda a todos los
países técnicamente avanzados.

VII. LIBERIA
Liberia, que como país independiente había recibido muy pocas inversiones extranjeras,
no gozaba, a escala interna, de las condiciones para llevar a cabo su desarrollo económico.
Los negros americanos, que formaban una especie de burguesía que dirigía al país,
nunca habían pensado en la integración nacional de los pueblos del país. Se limitaban a
administrar su independencia como si fuera su propio problema de casta vuelta aún hacia el
país que los había liberado: Estados Unidos. La enseñanza era mediocre y la ya débil
economía fue destruida por la guerra de 1914-1918, pues Liberia había sacrificado su
comercio con Alemania para seguir a Estados Unidos en el conflicto, y ello a cambio de una
ayuda financiera que nunca llegó. Pero desde 1930 el trust norteamericano Firestone obtenía
una enorme concesión para la explotación de la hevea, concediendo como contrapartida un
préstamo al gobierno liberiano. Firestone se convirtió en un Estado dentro del Estado liberia-
no, explotando la mano de obra africana de manera abusiva, enviando incluso trabajadores
liberianos a las plantaciones españolas de Fernando Poo. Una encuesta reveló que el propio
presidente King no se hallaba a salvo de acusaciones.
La crisis de 1930 precipitó el caos financiero liberiano, hasta tal punto que ni siquiera
se pagaba a los funcionarios. La Sociedad de Naciones hubo de intervenir, creando un Comité
de Recuperación, a cuya cabeza Estados Unidos propuso que fuera colocado un consejero
general: se trataba del mismo proceso por el que se había suprimido la independencia de
Egipto en 1876. En 1931 la Cámara de Representantes, reaccionando por última vez, se
opuso a tales medidas, anuló la deuda exterior y prometió que pagaría los intereses de ‘la
deuda a’penas mejorase la situación presupuestada. La república siguió viviendo de mala
manera hasta que, después de la Segunda Guerra Mundial, se descubrieron y explotaron
(1945) algunas minas de hierro en Bomi Hills, lo que permitió obtener divisas apreciadas y
recursos. El desarrollo económico será controlado por las compañías estadounidenses Liberia
Mining Company (Compañía Minera de Liberia), en 1945; por la Liberia Company
(Compañía de Liberia), en 1947, y por la Liberia Product Company (Compañía de Productos
de Liberia), en 1948. La subida al poder del presidente Tubman representa un giro: por su
madre, nativa de Liberia, perteneciente a la etnia kru, y casada con un pastor de almas
norteamericano, el nuevo presidente estaba relacionado con las poblaciones del hínterland,
que hasta ese momento habían sido consideradas prácticamente como uno más de los
recursos del país. Tubman se preocupó de integrarlos ulteriormente, asociándolos a las
responsabilidades políticas, y tratando de que las transformaciones económicas en curso
beneficiaran también al interior. Sin embargo, el país seguirá subordinado al capital
extranjero (estadounidense).

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Elegido presidente en 1975 para un mandato de ocho años, William R. Tolbert continúa
la política del presidente Tubman, aunque con una apertura mayor hacia los países vecinos y
los del Este europeo. En octubre de 1973 se firmaba la Declaración del Río Mano, referida al
régimen de libre intercambio, entre Sierra Leona y Liberia. Se han llevado a cabo ciertas
‘reformas en los textos constitucionales para borrar las huellas del espíritu «pionero» y
«colonialista», sustituyéndolas por el eslogan «Compromiso total». Se han puesto en práctica
un plan decenal (1972-1982) sobre el empleo y otro de ocho años (1976-1984) para ei
desarrollo socioeconómico, con el fin de corregir las distorsiones crecientes entre las
diferentes regiones y clases sociales. Las minas constituyen el 73 por 100 del valor de las
exportaciones del país. El mineral de hierro, explotado por la Liberian-American-Swedjsh
Minerals Company (Sociedad Minera Liberiano-Sueco-Norteamericana), la L.A.M.C.O., en
el proyecto Nimba, que es una de las mayores empresas privadas de Africa, ha convertido a
Liberia en uno de los productores más importantes y en uno de los tres mayores exportadores
de mineral de hierro del mundo. La agricultura de gran escala está dominada todavía por la
gigantesca Compañía de Plantaciones Firestone, que emplea a 15.000 trabajadores de los
40.000 dedicados al caucho en el país.

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