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Ki-Zerbo, Joseph, Historia del África Negra. Alianza, Madrid, 1980.

Capítulo 8
LOS INTENTOS DE INTEGRACION DEL SIGLO XIX
El robo de Africa: éste es el gran negocio que ocupa a los europeos en el último cuarto del
siglo XIX. Africa, agotada por los siglos de la trata, no se había convertido, pese a todo, en
tierra de colonización fácil. Y en el siglo xix va a presenciar el surgimiento —precisamente
un poco antes de la conquista europea— de líderes de una calidad excepcional, que van a
tratar de enderezar el curso implacable del destino, aun cuando no siempre serán
explícitamente conscientes de ello. Y van a intentar reconstituir los grandes conjuntos
políticos supratribales, como existían durante los «Grandes Siglos». Este es el sentido de la
epopeya de Chaka. Y lo será también de la pléyade de africanos que surgen ahora en todas las
zonas de Africa Negra: Usmán dan Fodio, El-Hadch ‘Ómar, Samori, el Mahdi y Menelík de
Etiopía.
1. CHAKA
Si hubiésemos de elegir cinco nombres tan sólo entre las individualidades que más han
influido sobre el destino histórico de regiones enteras de Africa, Chaka sería uno de ellos.
Cabría preguntarse cómo este pastor despreciado y maltratado pudo convertirse en pocos
años en un forjador —y, desgraciadamente, en un desmenuzador. . .— de pueblos. Venerado
como un dios por miles de hombres y mujeres,
era temido como un diablo por millones de personas, a miles de kilómetros a la redonda.
Como acabamos de ver, hacia el siglo xv, o incluso antes 1, los nguni se establecen en el
sudeste de Africa. Estaban formados por diversas etnias, y rodeados por los sotho al este, por
pueblos emparentados con ellos, como los swazi y los xhosa, al norte y al sur, y separados de
los bóers por el «Great Fish River», declarado frontera (1778) entre blancos y negros. Pero
los bóers habían iniciado ya un proceso de expansión hacia el norte.

A. Los origenes y la conquista del poder


Los jóvenes bóers, para paliar los inconvenientes de la regla del reparto de tierras entre
todos los hijos, se habían lanzado a la aventura para establecerse por su cuenta. Así,
rechazaron a tiros a los xhosa, que retrocedieron, empujando a otras tribus, que se pusieron en
marcha a su vez. Estamos pues en un período de lucha por el espacio vital. Los abatetwa eran
una de las tribus nguni, gobernados por un jefe superior llamado Dchobe [o Jobe 1. Eran
ganaderos, comerciantes en tabaco y en instrumentos de madera esculpida. Uno de los clanes
de los abatetwa se hallaba bajo el mando de Senza Ngakona, que tenía cuatro mujeres pero
ningún hijo varón. En ocasión de una fiesta popular organizada por él, observó la presencia
de Nandi (que significa «la deliciosa»), incomparable danzarina de mochosho. Al día
siguiente se las ingenió para cruzarse con ella en el camino de vuelta a su aldea. Poco después
Nandi quedaba encinta; cuando el jefe lo supo, se casó con ella. Nació un niño, su primer
hijo, Chaka.
Después las demás mujeres tendrían también hijos varones, pero Nandi siguió siendo la

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favorita de Senza Ngakona, y Chaka, el preferido. Pronto la coalición de sus coesposas se
convirtió en un chantaje odioso. Amenazaron al jefe con desvelar que Nandi había llegado
hasta ¿1 «como una perra... ya preñada», si no la abandonaba, y con ella a su hijo, presunto
heredero. Senza Ngakona terminó por ceder y envió a su aldea a Nandi y a su hijo. Para este
último comenzaba una especie de martirio, una vida de bromas excesivamente pesadas, de
humillaciones y opresiones. Siendo pastor, era maltratado por sus camaradas, que lo trataban
como a un bastardo, le pegaban y en una ocasión lo dejaron tumbado en el suelo, creyéndolo
muerto. Un muchacho normal habría quedado malparado, pero Chaka estaba hecho de un
metal especial: ante la desgracia, se introvirtió. Reflexionó yse endureció. Se forjó una
energía terrible y salvaje, con el fin de superar al destino. Ahora bien, Chaka estaba dotado de
una fuerza física considerable, y pronto comenzó a tener algunos éxitos, a atraer-se a algunos
amigos que lo apoyaban, amigos vencidos o convencidos, y finalmente, en este mundo
estrecho de pastores, logró imponerse como jefe (mam pali), permitiéndose incluso el lujo de
matar a un león y arrebatar a una niña de los dientes de una hiena que trataba de llevársela. La
leyenda atribuye tales hazañas a la posesión de remedios mágicos; y pronto su fama superó
los límites del clan. En lugares remotos, las muchachas mostraban su admiración por Chaka
en canciones apasionadas dedicadas a su gloria, desencadenando una envidia venenosa a sus
medio-hermanos.
Temiendo por su vida, Chaka se refugió en la corte del soberano de su padre,
Dinguiswayo. Allí, exilado, privado de afecto y de familia, harto de persecuciones,
endurecido por toda suerte de penalidades, Chaka se transformó en un guerrero de coraje
extraordinario, de energía implacable, sin piedad: algo así como un hombre de presa.
Arrebata a todos los guerreros nguni sus condecoraciones, que consistían en cuentas fijadas al
cabello. Se convierte en el brazo derecho de Dinguiswayo, y en su portavoz. Al morir su
padre Senza Ngakona, Dinguiswayo le ayuda a recuperar su herencia, que le estaba reservada
desde antes de que su madre cayera en desgracia. Chaka asesina a una parte de sus medio-
hermanos y se convierte en jefe de su clan. Lanza incursiones contra los pueblos vecinos,
acaba con los ngoana, y se le promete la mano de la hermana preferida del jefe. Este último,
que también llevaba a cabo guerras de conquista, comete la imprudencia de desmovilizar su
ejército demasiado pronto. Atacado inesperadamente por su enemigo Zwide, es capturado y
muerto. Chaka llega inmediatamente, triste y lleno de ansia, para ver la cabeza del soberano
empalada, en la punta de un poste en plena plaza pública, ante la sede del consejo. El miedo
se apodera de todo el mundo. Y como Zwide continúa en campaña, los regimientos eligen
como comandante en jefe a Chaka, que sobre la marcha derrota a las tropas de Zwide, quien
huye y muere poco después. Chaka se convierte así en jefe de la mayor parte de las tribus del
pueblo nguni.
B. El Imperio zulu
1. El ejército y la guerra
Chaka empieza por cambiar el nombre de su pueblo: nguni resultaba mediocre. El elige
un nombre que suena como un tambor de guerra y cuyo fragor es como el del agua de una
tormenta: Zulu, es decir, «el cielo»; amazulu, es decir, «los del cielo». Se le atribuye, por
estas fechas, la siguiente afirmación: «Me parezco a esa gran nube donde retumba el trueno.
Nadie puede impedirle hacer lo que quiera. Yo también, cuando miro a los pueblos, los hago
temblar.» Chaka comienza por organizar un ejército nuevo. Los regimientos (im pi) estaban
compuestos de un millar de hombres o de mujeres cada uno, todos aproximadamente de la
misma edad. Su jefe es el induna. En épocas de paz permanecen acantonados en
campamentos especiales y sometidos a ejercicios intensivos y diarios. Cada regimiento posee

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su uniforme propio y lleva una insignia particular: en la frente, una cinta de colores
diferentes; escudos con colores propios, plumas de avestruz en el cabello, etc. De est emodo
Chaka podía distinguir a cada uno de sus regimientos en pleno combate. Cada uno poseía su
grito de guerra. Los regimientos de mujeres servían casi exclusivamente en la intendencia
(cocinas, transporte, etc.). Chaka suprime las sandalias de los soldados, pues estima que les
impide moverse adecuadamente. La comida de los soldados se compone casi exclusivamente
de carne. No pueden beber leche. En el combate se mantiene una disciplina de hierro.
Retroceder, volver sin el arma, significa la ejecución capital. Un induna que vuelve sin botín
puede ser condenado a la eliminación físicamente («tragado», como decía Chaka), en
ocasiones con todos sus hombres. No sólo había que ser valiente; era necesario ser eficaz.
Una revolución en el armamento proporcionó mayor vigor al ejército: hasta ese momento los
soldados nguni llevaban dos armas ofensivas, la jabalina para lanzar y la azagaya para el
cuerpo a cuerpo, ambas de larga asta. Chaka hace suprimir la jabalina, conserva la azagaya,
pero la transforma, dejándole un asta más corta y una hoja más ancha. La convierte así en un
arma para herir de estoque. Las demás armas son el hacha y el escudo de piel de buey. Así
pues, el soldado zulu no tiene ningún arma para lanzar. Psicológicamente esto es importante:
el arma larga, en efecto, desarrolla el miedo, el reflejo de alejamiento y de huida, mientras
que el portador de un arma corta, si no quiere hallarse en situación desfavorable, se ve
obligado a forzar a su enemigo a entablar el cuerpo a cuerpo, en el que éste, en cambio, se ve
incomodado por la excesiva longitud de su arma. De este modo la azagaya corta —como la
espada corta de los romanos— incita al guerrero a la ofensiva permanente.
En cuanto a la estrategia y a la táctica, parece ser que en este campo Chaka aprendió
mucho de su señor Dinguiswayo. Renuncia a la costumbre tradicional de atacar en orden
disperso, útil sólo para hazañas individuales. El impi se convierte en un cuerpo bien ensam-
blado y sólido, que avanza de forma compacta, con la intención de llegar, cueste lo que
cueste, al cuerpo a cuerpo. A veces se llevan a cabo operaciones sorpresa. Pero en términos
generales la formación de ataque toma el aspecto de semicírculo, como la «cabeza de bú-
falo», según expresión del propio Chaka. En efecto, las tropas se dividen en general en cuatro
cuerpos: dos alas que forman los cuernos del búfalo, y dos cuerpos centrales, colocados uno
detrás del otro, formando el cráneo. Operan en movimiento envolvente; una de las alas ataca,
en tanto que la otra se oculta y sólo interviene cuando el combate ya se ha iniciado. Las alas
están formadas por guerreros jóvenes y ardientes, y su tarea es impedir que el enemigo se
retire, empujándolo hacia el centro. Una vez allí, los soldados veteranos, que esperan
emboscados, se adelantan para coger al enemigo en una tenaza. Es el momento crucial del
combate, cuando la llegada de fuerzas de refresco suele acelerar la victoria. Pero si no se
logra decidir la victoria en seguida, entonces la retaguardia, compuesta de veteranos, y que
hasta ese momento había permanecido en reserva, sentados de espaldas al campo de batalla,
interviene a su vez.
Podemos hacer aquí numerosas comparaciones: la reforma del armamento nos hace
pensar en Gustavo Adolfo de Suecia en la Guerra de los Treinta Años; la formación compacta
erizada de lanzas evoca la falange macedonia de Filipo, padre de Alejandro. La hábil
estrategia nos recuerda a la de César o la de Aníbal. En realidad, todos los genios militares
han tenido las mismas ideas luminosas. Pero no olvidemos que Chaka es un antiguo pastor y
cazador. Es probable que la táctica de grandes batidas para la caza de antílopes, búfalos y
fieras, le haya sugerido ideas para esa caza de hombres que es la guerra.

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2. La sociedad
Especializando, por decirlo así, a todo su pueblo para la guerra, Chaka trastocaba
automáticamente las estructuras sociales. Hasta ese momento era una sociedad patriarcal,
donde cada familia importante poseía su kraal (concesión) con las casas de las familias
restringidas, en las que los hijos casados debían de obedecer al patriarca. Este, polígamo,
tenía una casa por mujer. La primera mujer ocupaba la casa mayor; la segunda, la casa de la
derecha; la tercera, la de la izquierda. Cada casa disponía de bienes y tierras, heredados por el
hijo mayor, pero el principal heredero era el hijo de la casa mayor. Desde el punto de vista
económico los hombres practicaban La cría de ganado, actividad prohibida a las mujeres.
Uno de los principales cultivos era el maíz.
Pero desde el instante en que los zulu se convierten en una máquina militar, en la que todo
el mundo quedaba integrado, acaecieron importantes cambios sociales. La circuncisión y las
ceremonias adicionales fueron abolidas, como pérdida de tiempo. El período de la iniciación
fue consagrado al entrenamiento militar. Las clases de edad fueron incorporadas como
regimientos. El servicio duraba desde los dieciséis a los sesenta años.
El casamiento se producía tan sólo entre los treinta y cuarenta años, y era como una
concesión a los regimientos más valerosos, que recibían, en bloque, permiso para buscar
mujer en un regimiento femenino que se les designaba. Los guerreros casados formaban un
conjunto aparte dentro del ejército. El mismo Chaka no se casó nunca. Así pues, la idea de
familia, tan fundamental en la sociedad africana, se utilizaba en beneficio de la eficacia
militar. A mayor violencia en el combate, más pronto llegaba la hora de las deseadas bodas.
Por otro lado, se creía que era mejor estar libre de lazos familiares, pues así se podía combatir
con mayor decisión, y llegar a ser soldados valerosos; los cabezas de familia, se pensaba,
tenían el problema del dulce recuerdo del hogar. Asimismo, por una especie de transferencia
subconsciente, el instinto sexual reprimido podía dar lugar a un estado de ferocidad útil para
el combate.
Desde el punto de vista político, las conquistas zulu produjeron una profunda integración
de los pueblos de la región del Limpopo y del Zambeze. Todos los jóvenes de los países
vencidos podían salvar su vida si se enrolaban en los impi zulu, si cambiaban su nombre,
abandonaban su lengua y se convertían, de corazón, en zulu.
El marco tribal había saltado hecho pedazos y había sido superado por una colectividad
más amplia con un destino común, a cuya cabeza se hallaba Chaka como jefe supremo,
propietario de la tierra, supremo en los delitos de sangre. En cambio, los casos menos graves
dependían de los jefes subalternos, que imponían multas a pagar en ganado, o penas
corporales. Hubo incluso tendencia a considerar a Chaka como un semidiós, emanación del
soberano (Nkulunkulu). Su título (.Bayete) designaba a aquel que está situado entre Dios y
los hombres; el pueblo lo invocaba de esta manera: « ¡Bayete, oh, padre! ¡ Señor de los
señores! ¡ Tú, el gran león, elefante al que nadie puede hacer frente! ¡Oh, Zulu; oh, celeste!
¡Guíanos con clemencia! ¡Oh, Chaka, tiemblo porque eres tú, Chaka! » Con todo, el poder no
era tan sólo personal ni ilimitado, sino que estaba controlado por los induna más importantes,
con los cuales Chaka había de ponerse de acuerdo sobre sus decisiones y sus actos.
La capital llevaba un nombre simbólico: Umgungundlovu, es decir, «semejante al
elefante». Era una ciudad de Llanura, situada en una confluencia de ríos. Formaba un círculo
inmenso, cruzado en su totalidad por dos vías perpendiculares orientadas en dirección a los
cuatro puntos cardinales, que eran utilizadas como accesos de las tropas y de los rebaños
tomados como botín. En el cruce de las vías se hallaba una plaza gigantesca, utilizada para las

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maniobras, los desfiles, la instrucción y las proclamas al ejército. Junto a la plaza se
encontraban las viviendas de los consejeros y de los notables, así como el consejo real y la
corte de justicia (Kgotla), vigilada por una guardia. No lejos de allí se hallaba la corte de
Chaka, rodeada por un muro tan ancho que cuatro hombres podían caminar de frente sobre él.
Allí se encontraban también las insignias reales. Fuera del sector real existían otros dos
barrios, destinados a los «civiles» y un gran barrio destinado a los regimientos de guarnición
en la capital. En cada puerta había guardias que vigilaban las entradas y salidas. Si se quería
acceder de noche a este inmenso campamento, era necesario hacer señales luminosas con
antorchas.
Con un instrumento tan poderoso como su ejército —que llegará a tener cien regimientos,
es decir, cien mil soldados— Chaka orientará la expansión en dos direcciones: hacia el oeste,
más allá de los montes Drakensberg, donde los sotho (basuto) y los bechuana serán
dispersados y empujados aún más allá. Y hacia el sur, contra Los tembu, pondo y xhosa. Los
métodos de guerra eran extremadamente duros; se hizo famoso el m!ecane, o sea, la oleada
arrolladora de pueblos en busca de un lugar y de bienes: la Vólkerwanderung. Los viejos de
los pueblos vencidos solían ser suprimidos. Las mujeres y los jóvenes, incorporados a los
zulu. Los mejores consejeros del rey eran colocados como administradores de las provincias
conquistadas. Por otro lado, existía todo un «ritual» de guerra, que hacía de ella no solamente
una operación económica, sino un acto de orgullo
nacional, una razón de vivir. Había una temporada para las conquistas, poco después de las
grandes lluvias y de la luna llena, precedida por un período de recogimiento, de amnistía
general, de reconciliación y preparación. En ese tiempo no podía derramarse ni una sola gota
de sangre, ni se toleraba violencia alguna. Se prohibían incluso los colores rojo sangre en la
ropa y en los adornos. Tras esto se llevaba a cabo la ceremonia de La inauguración de la
temporada de combates: el rey, desde lo alto de su majestad, se colocaba frente a sus
soldados, dispuestos en semicírculo. El momento culminante de la ceremonia llegaba cuando
el monarca se levantaba y comenzaba a danzar solo delante de todo el pueblo reunido; luego
lanzaba su azagaya enérgicamente en una determinada dirección para señalar la orientación
que debería tomar el próximo contingente. En cuanto el arma tocaba el suelo, los guerreros
rompían filas y se precipitaban en la dirección indicada, clavando sus armas en el suelo
alrededor de la del rey, como muestra de obediencia, queriendo significar de este modo que
se hallaban dispuestos a «dar de beber a sus azagayas».
3. El declive y la dispersión
El declive de Chaka se inicia al mismo tiempo que su tendencia a la tiranía. Al retorno de
una expedición hizo aniquilar en la gran plaza a todos los guerreros que habían retrocedido o
que habían perdido sus armas. Fue el día de la «matanza de los cobardes». Todos gritaron:
«¡Qué sabiduría la suya!», y un proverbio nguni expresó pronto la suerte tremenda reservada
a los jóvenes zulu: «Un niño varón es un buey destinado al buitre.» A este acto siguieron
secesiones importantes, que dislocaron paulatinamente al pueblo que había sido amalgamado
gracias a las conquistas y a la asimilación militar. Zwide condujo a los ngoni a refugiarse al
norte del actual Transvaal (1820-1821). Posteriormente, su hijo Zwangendaba (Zwan-
gendaba) toma de nuevo el camino del norte después de dispersar a los sotho. En 1834 los
ngoni franquean el Limpopo, apartan a los rozwi, rama del pueblo shona que ocupaba
Zimbabwe y el Monomotapa. Luego se dirigen sin más hacia el lago Victoria, donde chocan
con los reinos interlacustres y deben dar media vuelta e instalarse junto al lago Nyassa,
tomando el nombre de angoni; asimismo abandonan algunos usos zulu, tales como la
incorporación de los muchachos de los pueblos derrotados, que ahora se convierten en

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esclavos, en tanto que los propios angoni siguen siendo guerreros y cazadores hasta el día en
que, tras su estabilización, vuelven a hacer suya su tradicional asociación agricultura-
ganadería. Aunque, a falta de ganado vacuno, se dedicarán a la cría de cabras y se convertirán
en agricultores expertos que utilizaban abonos y practicaban la rotación de cultivos: es decir,
habían vuelto a sus fuentes ganaderas tras el episodio volcánico del militarismo zulu.
Otro grupo secesionista, dirigido por Mzilikazi, se separa de Chaka. Estos ngoni se
habían rebelado contra el celibato forzado y por ello convencieron a numerosas muchachas
de que partieran con ellos; por el camino integraron a otras tribus, formando finalmente el
pueblo de los ndebele, o matabele. Cruzan los Drakensberg, rechazan más allá aún a los
basuto y a los bechuana, chocan con los bosquimanos y con los mestizos griqua, armados de
fusiles. Presionados por estos pueblos y por los bóers, cruzan el Limpopo e intentan pasar al
otro lado del Zambeze, sin éxito. Aacabarán instalándose como dominadores entre los dos
ríos, en la región de Bulawayo, donde controlarán el antiguo imperio shona de Monomotapa.
Después de una serie de incursiones contra los shona, los matabele acabarán estableciendo
con ellos una simbiosis étnica y relaciones sociales de señores a siervos.
Como vemos, no se produjo exterminio sistemático de los shona, como han pretendido
ciertos autores europeos para justificar sus agresiones contra los ndebele después del
descubrimiento de los yacimientos auríferos en Matabeleland (en lo que luego será Rhode-
sia). Mzilikazi no fue tampoco el tirano sanguinario de los relatos europeos, evidentemente
interesados y parciales. El reverendo Mackenzie expresa su sorpresa ante la dulzura de este
pretendido déspota: «Le horrorizaba —dice— todo tipo de sufrimiento, y no sólo el de los
hombres, sino también el de los animales. Aconsejaba que no se pegase a las bestias, sino que
se les incitase con moderación, usando solamente ramas secas.» Tras treinta años de reinado
Mzilikazi muere, en 1870. Su hijo Lobengula, a la cabeza de veinticinco mil hombres, deberá
defender su país contra los buscadores de oro.
Pero Chaka había desaparecido desde hacía mucho tiempo, en fecha y circunstancias
poco conocidas. Se cree que fue asesinado, a consecuencia de un complot urdido por sus
medio-hermanos. Y parece ser que en el momento de su muerte predijo a sus asesinos que no
gozarían durante mucho tiempo de su victoria, pues los blancos se hallaban ya en camino
para expulsarlos. ¿Es auténtica la predicción? Sea como sea, no parece que responda a la
mentalidad y a la política de un gran gobernante como él, que llegó a forjar una gran nación,
de la que se sentía extremadamente orgulloso. Chaka fue un organizador genial, un forjador
de pueblos, un revolucionario brutal con frecuencia; fue la refutación viva del mito del
«negro incapaz de innovar y cambiar el curso estereotipado de la tradición». Chaka, después
de todo, no es quizá más que el producto de su época. En medio del hundimiento de etnias
enteras, en constante estado de querella y antagonismos internos y alterados por las llamadas
«guerras cafres», provocadas por la expansión europea, surge un individuo excepcional, y
este individuo no podía ser más que un dictador. En términos generales, Chaka es uno de los
mayores conquistadores de la historia de Africa, y su nombre merece ser recordado por la
historia universal.

II. USMAN DAN FODIO


A. Los origenes
Desde siglos atrás, el Islam había sido fermento de integración política en el Blad as-
Sudan. Pero eran escasos los países en los que había penetrado profundamente cii las masas.

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En general, el Islam era un asunto limitado a los faquíes o letrados o, todo lo más, a los
gobernantes, que lo utilizaban como elemento de prestigio para uso externo, del mismo modo
que los reyes convertidos de la costa usaban el cristianismo. La fidelidad de los monarcas
seguía estando dirigida hacia las prácticas religiosas africanas. Así eran los sultanes de las
ciudades hausa. «El rico se enriquecía mucho más, y el pobre empobrecía», nos dicen. Pero
habría que matizar tal afirmación, pues nos viene de los informadores opuestos a los sultanes
hausa. Ahora bien, para los verdaderos musulmanes que vivían en estos reinos, gobernados
por no musulmanes o por seudomusulmanes, surgían contradicciones graves entre su lealtad
religiosa y sus obligaciones como ciudadanos, en lo que se refiere al fisco y al servicio
militar, sobre todo en los casos de guerra contra otros países musulmanes. La tensión moral y
social; padecida en su día por los primeros cristianos del imperio romano, se irá haciendo
cada vez más aguda entre los intelectuales que eran testigos de la actitud de los
seudomusulmanes. Así, muchos de aquellos serán tentados por la guerra santa (dchihád)
contra los tiranos (zdhmin).
Es el esquema que hemos visto al estudiar la evolución del Futa Toro, del Futa Dchalón y
de Masina, que va a desarrollarse también aquí, pero a escala mucho más amplia, a la medida
del Sud&n central y del genio del iniciador de la cruzada: Usmán dan Fodio (1754-1817), del
clan de los Toróbé.
Pertenecía al pueblo de los tukulor, uno de los primeros, en el Africa Sudánica, en recibir
el mensaje de Mahoma y en asimilarlo íntimamente. Suelen ser confundidos con los fula, de
los que entonces existían dos categorías en tierras hausa: los fula borodchi —que se
dedicaban al nomadeo, con sus rebaños, y que, aún no musulmanes, practicaban la
endogamia, que conservaba la pureza de sus rasgos físicos— y los fula dchidda, o ciudadanos
-que eran musulmanes y se habían mezclado considerablemente con los autóctonos—. Usmán
dan Fodio era un sabio y un santo según el rito malekita y según la Qadriya. Gracias a su
piedad y a su prestigio personal, pronto se vio rodeado por toda una comunidad de discípulos
(zhma’a [la yemaa de la transcripción castellanizada]). Extraordinariamente dotado para el
estudio y las lenguas pudo, sin abandonar el Africa Sudánica, instruirse perfectamente con
maestros como Al-Hadch Dchibril, de Agades, y con sus propios tíos. Supo de la sublevación
fula que, en el Futa, había dado el poder a los musulmanes. Por su lado, se consideraba herido
por el desprecio que padecían los letrados musulmanes por parte de los gobernantes, y por el
compromiso escandaloso del Islam con las prácticas religiosas locales. Así, Nafata, sarkin
(rey) de Gobir, se había convertido prácticamente en un restaurador del «paganismo», y no
toleraba a los musulmanes a menos que hubiesen nacido dentro de esa religión. Sancionaba a
los que se tocaban con turbantes y prohibía el velo a las mujeres. Su hijo Yunfa -que había
sido alumno de Usmán dan Fodio— vio en la actitud de este último una fuerza explosiva
sumamente peligrosa, pues ¿ no se hallaba acaso en correspondencia regular con una red de
letrados fula los cuales un día podían tratar de poner en práctica su prestigio en todo el país
hausa, en favor de la subversión? Por ello trató, sin éxito de hacerlo asesinar, logrando tan
sólo aumentar el prestigio de Usmán. Un día el jeque (sheíj) se encontró con una hilera de
esclavos de guerra, entre los que reconoció a algunos musulmanes, incluso a algunos de sus
discípulos, y rompió sus cadenas. Era un acto público de rebelión, y Yunfa lo expulsó. Desde
este momento pudo dedicarse a formar a sus discípulos para luchar contra el «paganismo»,
escribiendo contra éste una serie de panfletos y manifiestos en árabe, para informar a la
opinión ilustrada sobre su programa de acción renovadora. Estas «cartas abiertas» tuvieron
gran impacto. Yunfa marchó contra la residencia del jeque, en Dezbel, pero Usmán pudo huir
hacia Gudu (21 de febrero de 1804), en una especie de hégira que fue comparada a la del
Profeta por el gran número de discípulos que fueron a colocarse a su lado, bajo su mando,
con sus armas y, sobre todo, con su poderosa determinación de creyentes. También se

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hallaban con él su hermano ‘Abdalláh y su hijo Bello, con los contingentes fula, con sus
pequeños y nerviosos caballos piafando de impaciencia, en espera de lanzarse contra el país
hausa y acabar con el yugo de los infieles.

B. La espada de Alláh
Pero no se trataba de una cruzada fula o tukulor contra los hausa. En las filas del jeque
había también bausa, y en las del sarkin había fula. Era más bien un llamamiento a la
resistencia a un poder considerado opresor en un plano religioso y social. En presencia de las
masas que le rodeaban en Gudu, Usmán tenía la sensación de haber sido elegido para ser la
espada de Alá, y de que era necesario «desenvainar el estoque de la verdad». ‘Abdalláh
dispersó a las fuerzas del sarkun de Gobir, y los discípulos de Usman le nombraron
comandante de los creyentes (amir al-muminín). Este aceptó el título humildemente. Pero el
Gobir había alertado ya a los demás soberanos y les había aconsejado una alianza para hacer
frente a la guerra santa, y una represión general, antes de que fuese demasiado tarde. Como
medida preventiva, todos los musulmanes sospechosos fueron asesinados, y como la
sospecha se dirigía sobre todo contra los fula, la represión tomó el sesgo de una represión
étnica, que echó en brazos del jeque a la mayor parte de los tukulor y de los fula, incluso a
aquellos que no simpatizaban con el Islam. El ejército del jeque fracasó ante la capital de
Gobir, Alkalawa, e incluso fue derrotado en varias ocasiones. Sin embargo, sus soldados
volvían a la carga cada vez con mayor entusiasmo, convencidos de que tenían una cita con la
victoria o con el paraíso. Así pues, en tales condiciones, la victoria no podía tardar en llegar.
En efecto, fueron conquistadas sucesivamente Zaria (1804) y Katsina. Y Kano, pese a
haber alineado en el campo de batalla a diez mil lanceros a caballo, cubiertos con cotas de
malla, fue derrotada por los caballeros de la Fe, que penetraron en la ciudad; éste,
comerciante ante todo, se sometió sin pestañear. Pero van a producirse otras resistencias: el
Kebbi y los tuaregh se aliaron durante un tiempo a Gobir y estuvieron a punto de cambiar las
tornas. Sólo en 1808 el hijo de Usmán, Bello, se apoderaba de la capital de Gobir y ordenaba
ejecutar a Yunf a, erigiendo así, definitivamente, el poderío del jeque. Poco después, éste
recibía el juramento de fidelidad del jefe de los tuaregh del Air, que había llegado de Agades.
En 1809 surgía una nueva ciudad, que representaba el nuevo orden político-social: Sokoto.
Sólo quedaba Bonnú, cuyo poderío en las regiones orientales parecía desafiar todo
peligro, aunque sólo fuese por su antigüedad. Cuando las tropas de Usmán decidieron
lanzarse contra ese reino, el sultán, en realidad muy débil, llamó a su «alcalde de palacio», el
hombre fuerte de Kánem, El-Kanemi, un musulmán como Usmán dan Fodio, aunque menos
místico y más soldado, que pudo rechazar las oleadas de Sokoto, que hubieron de dispersarse
hacia el sur y el sudoeste. Algunos jefes de guerra, y sobre todo algunos letrados morabitos,
dotados de estandartes recibidos de Usmán dan Fodio, propugnaban la conquista santa: en
1811 Nupe es sumergido por las tropas de Malam Musa Dendo, cuyo hijo Usman Zaki se
convertirá en el primer etsu (rey) fula. Y en Ilorin, en Nikki, en tierras bula, en la región de
Bauchi, Adama, que ha recibido una bandera, va a instaurar el poder fula en todas las tierras
del Benué, que pronto se denominarán por su nombre, Adamawa. Asimismo Yola, centro
secundario de dispersión, y los lamidatos menos importantes, como Garwa, Marwa,
Ngawnderé, Re Buba, etc., servirán como glacis orientales al imperio de Usmán dan Fodio,
hasta el Logone. Solamente algunos puntos montañosos, donde, como en islotes, se han
refugiado ciertos pueblos como los kirdi, escaparán al proceso de islamización, aunque sin
conseguir, con todo, zafarse de la profunda alteración provocada por los fula, como sucedió

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en el Futa Dchalón y que en este caso tenía su epicentro en Sokoto. Algo semejante había
sucedido o iba a suceder en otras regiones de Africa, en el Alto Nilo o en tierras zulu, a causa
también de los expasionismos locales.
«Los fulani siguieron su camino y fueron hasta Bornú, dejando pocos hombres en tierras
bausa, con algunos esclavos y personas que estaban fatigadas por el viaje», así se expresa la
crónica de Kano a propósito de los fula provenientes de Mali bajo ‘las órdenes de Yakubu.
Otros fula habían continuado su camino hasta regiones mucho más lejanas, hasta las tierras
altas del actual Camerún central, en busca de pastos y para sustraerse a los tributos impuestos
por los agentes del sultán, estableciéndose en simbiosis con los autóctonos «paganos», a los
que pagarán incluso impuestos. Los mejores de ellos se mostraron suficientemente
agradables, como para casarse con gente del lugar. Aunque no todo iba a marchar tan bien, y
si las inevitables querellas terminaban con la victoria de los fula, conllevaban la creación de
lamidatos, como los de Garwa, Re y Bandu, instaurados a fines del siglo xvii.

C. Adamawa
En tiempos de la dchihád de Usmán dan Fodio no faltaron candidatos para llevar a estas
regiones la doctrina y el poder del maestro. Adama fue designado en 1805 y se estableció en
un primer momento en Gurin, y luego en Yola. Consiguió imponerse a todos y orquestó la
ofensiva generalizada contra los «paganos», poniendo en práctica la verdadera dchihád, en el
sentido estricto de la palabra. Los fula que se mostraron refractarios y prefirieron la
coexistencia pacífica (que venía de antiguo) con los autóctonos, fueron eliminados. En
cambio los señores (lamibé) fula, ya establecidos o que se disponían a establecerse, y aun
habiendo. reconocido como soberano a Adama, por orden de Usmán dan Fodio, le causaron
grandes problemas. Algunos fula no musulmanes se sometieron de buena gana, pero otros,
tanto en las regiones escarpadas de Mandara y de la Atlantika, como en las regiones de
llanura de los mundang, por ejemplo, opusieron una resistencia feroz.
La conversión y el sometimiento eran las soluciones más prácticas, ya que, así, las
incursiones sistemáticas cesaban inmediatamente. Los tributos en esclavos y el diezmo se
consideraban pérdidas menos arbitrarias que las de las incursiones. Los trabajos agrícolas
eran menos arriesgados y más fructíferos, y permitían la venta de unos cuantos excedentes, a
cambio de carne, sal y tejidos.
Las casas, en un período de mayor seguridad, se construían más sólidamente, y las
muchachas, que los señores fula no desdeñaban como acompañantes, y los esclavos
domésticos constituían en las residencias señoriales otras tantas inteligencias, hasta el punto
de matizar la relación de fuerzas. En cambio los rebeldes estaban destinados a errar medio
desnudos y hambrientos, inseguros, por las montañas, aunque, como el lobo de la fábula, no
llevaban collar... La primera oleada fula barrió con éxito el norte de la región, y Marwa cayó
en 1810. También el sur de la región de Marwa acabará siendo conquistado. Pero mientras en
el norte los wandala y los banana se mostraban invencibles, en el sur los golpes de ariete de
los arqueros tapuri y mundang no dejaron en paz las fronteras de las posesiones fula. En
realidad, las rivalidades entre los diversos lamibé —que en ocasiones llegaron a enrolar entre
sus tropas a los «paganos»— hundían al país en una inestabilidad crónica.
En la región de Gela,. en el curso inferior del Mayo Ulo, fula mestizados con fali se
dispersaron rápidamente, tomando Golombe en 1825; Abdu se estableció allí en 1863, siendo
atacado inmediatamente por los mundang.

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En la cuenca superior del Benué las cosas marcharon mejor gracias a la existencia, desde
tiempo atrás, de los lamidatos de Garwa, Re Buba y otros, que reconocieron la soberanía de
Adama, y a los que se unieron otras posesiones. Pero en tanto que el lamidato de Re
amalgamaba a los principados del este, la balcanización será mucho más acusada en la
cuenca del Benué, en el oeste. Aquí los fula llegaron hasta el Hosere, que aún no había sido
tocado por ellos, infiltrándose en la meseta por los valles: el de Faro fue conquistado por el
Nzhobdi, jefe de los borongo, que más tarde se establecerá definitivamente en Ngawnderé,
mientras que el ardo de Kin, Haman Sambo, se apoderaba de Tibati. Se iniciaba así una
amplia expansión que no excluirá las guerras entre los propios lamidatos, ni los «puyazos»
contra el emir de Yola, que pagaba los platos rotos por los demás. El sultán de Ngawnderé
llevó a cabo sus guerras santas incluso con la ayuda de los «paganos», que le enviaban una
parte del botín. En los primeros años de la conquista colonial, su territorio se extendía desde
el borde norteño del Hosere al río Sanaga. Por el contrario, el sultán de Banyo, durante su
avance hacia el sur, fue detenido por los bamúm, que disponían de armas de fuego, infli-
giéndole pérdidas importantes.
En términos generales, el norte y el centro del Adamawa conocieron una expansión
conquistadora más lenta, posiblemente porque los lamidatos no eran contiguos y los enclaves
no musulmanes se consideraban territorios disputados, donde los musulmanes chocaban entre
sí a causa de la guerra santa. Los kirdi aprovechaban las rivalidades fula para darse ánimos y
desafiar, desde lo alto de sus roquedales, a los temerarios que se aventuraban hasta su país.
En cambio, en la meseta, los territorios de los lamidatos se tocaban, gracias a la rápida
sumisión de los grupos humanos no musulmanes; por este motivo se evitaban las querellas
eventuales sobre las zonas intermedias.
Los lamidatos se caracterizaban por una vida económica extremadamente sobria. Los
siervos de los fula y los autóctonos sometidos se dedicaban, como en el Futa Dchalón, a la
agricultura extensiva, pero las cosechas quedaban comprometidas en general por los ataques,
la sequía o la langosta. La cría de ganado era más un rito sociológico que una actividad
económica.
La inexistencia de una artesanía se suplía por la actividad de los tintoreros hornuanos, los
tejedores bausa y los herreros locales.
Pero no había nada que recordase a las ferias, extraordinariamente concurridas, de las
corporaciones de Sokoto o de Kano.
Con todo, una vez establecidos los lamibé, fueron apareciendo nuevas necesidades cii el
marco de las cortes principescas. Pero las corrientes comerciales que iban de Tripolitania a
Kano, pasando por Bornú y Gobir, alargaban ramales insignificantes hacia el Adamawa. Los
riesgos eran demasiado grandes y las primas para paliar-los se añadían a los precios del
transporte, lo que encarecía enormemente los productos, por lo que sólo comerciantes
aislados, hausa o kanuri, se aventuraban hasta allí. Ya Barth notó una diferencia de precio de
uno a tres entre Kuka (Bornú) y Sokoto. Pero los esclavos que podían comprarse localmente
a precios de por mayor y venderse a precios muy elevados, hacían que, como suele decirse, se
pudiera perdonar el bollo por el coscorrón.
Los mercaderes bornuanos, árabes, hausa, tripolitanos o egipcios vendían, pues, telas de
algodón, cuentas de vidrio, albornoces y ropa bordada, perfumes, etc., y se llevaban esclavos;
cinco mil cautivos, más o menos, eran cedidos anualmente como tributo por los lamibé a su
soberano, el emir de Yola. Y su precio por unidad, que equivalía al de una cabra en tierras
mbum, es decir, donde eran «producidos», igualaba al de un caballo en Sokoto.

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Las tierras donde se habían refugiado los pueblos autóctonos se habían convertido en un
inmenso vivero de esclavos. La punción se efectuaba por dos lados: por uno que miraba hacia
al costa atlántica, en el sur, y por otro en dirección al Mediterráneo, en ei norte. En el extremo
occidental de este vasto conjunto los songhai y los zerma, situados más allá del Níger, en
Dendi, nunca aceptarán completamente el nuevo poder, como tampoco lo aceptarán los kebbi,
que resistirán en Argungu. Masina recibirá banderas, lo mismo que el emir de Liptako, que se
apoyaba en Sokoto, pero que dependía de Gwandu. En conjunto, el imperio, que se extendía
del desierto al Benué y del Níger al lago Chad, cubría todo el Sudán central, y su propia
desmesurada extensión iba a ser la causa de su debilidad orgánica. Usmán dan Fodio no era
en realidad un político, sino más bien un santo varón, que se contentará con escindir sus
posesiones en dos, entre su hijo Mohánimed Bello (que gobernaba todo el este desde Sokoto),
y su hermano ‘Abdalláh que, desde Gwandu, en el Kebbi, controlaba la porción occidental
del imperio, la cual, teniendo en cuenta la actitud hostil de tales regiones, se transformó
rápidamente en una simple esfera de influencia. En efecto, ya desde 1850 el sarkun del oeste
no controlaba más que la región de Gwandu. El extremo este, más sólido, estaba compuesto
por una amalgama de proconsulados fula, algunos de los cuales estaban unidos directamente
a Sokoto, y con frecuencia utilizaron los sistemas administrativos preexistentes, aunque
sometidos a las exigencias coránicas. Estas provincias eran feudos que no solían coincidir
exactamente con las fronteras de los reinos precedentes. Cada uno de aquéllos poseía sus
reglas de sucesión, en las que se incluía, generalmente, la intervención previa o posterior del
sarkun teócrata de Sokoto. Asimismo, cada uno de ellos estaba obligado a porporcionar un
tributo anual en especie y en esclavos, y en caso de necesidad, un contingente armado. Pese a
todo, a medida que nos alejamos de los años de reinado de Usmán dan Podio, la provincia irá
convirtiéndose en una entidad política soberana. Y a medida que nos alejamos de Sokoto, las
obligaciones respecto al centro irán «olvidándose». En resumen, la simple cualidad de tukulor
o de fula, o de musulmán, parecía dar derecho, gracias a las conquistas de Usmán, a poseer
vocación de mando, aunque no fuese más que sobre un pequeno dominio dentro de una
provincia. En ciertos casos, sin embargo, se permitió permanecer en el poder a algunos jefes
locales poderosos. La unidad del sistema real pero políticamente débil residía en la
conciencia de llevar a cabo una misma revolución político-espiritual. Pero tal conciencia fue
perdiéndose, y parece ser que numerosos emires terminaron utilizando el cambio de régimen
como un derecho de explotación o como cobertura...
Tras el paréntesis de seis años escasos, Usmán dan Podio siguió con su vida de austeridad
y misticismo, dedicada al estudio y a la contemplación. Murió en 1817; su tumba —en
Sokoto— es todavía lugar de peregrinación. Su hijo, Mohammed Bello, se apoderó del poder,
pero lo repartió con ‘Abdalláh, instaurando una especie de duunvirato.
Ya durante su reinado las fuerzas centrífugas tenían una importancia considerable.
Cuando muere, en 1837, su hermano Usmán le sucede hasta 1842, teniendo que enfrentarse a
su sabruno Sa’íd, que no había conseguido acceder al poder. Y entre 1842 y 1859 ‘Ah hubo
de emplear toda su habilidad para conservar el control político sobre los gobernadores de
provincia, ocupados por su lado en salvaguardar la integridad de su región contra los ataques
exteriores o interiores.

D. Un Ideal de poder justo e Ihuninado


Al menos, la supremacía espiritual de Sokoto no se discutió. Y aun suponiendo —como
hacen algunos autores— que el imperio de Usmán dan Podio haya degenerado en un

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conglomerado de principados anárquicos y esclavistas ~, no deja de ser cierto que esta
empresa supratribal unificadora (aun aceptando que estuviese dirigida sobre todo por ‘los
fula) de una amplitud gigantesca tuvo éxito evidentemente durante algún tiempo. Se trataba
de una empresa religiosa y progresista: perseguía el ideal del califato justo e iluminado, pues
estaba inspirado por Dios; sus protagonistas eran hombres de una erudición asombrosa, y no
sólo en las disciplinas coránicas clásicas, sino en poesía e incluso en materias profanas.
Clapperton nos describe a Bello tal como lo vio sentado en una alfombra: «un aire noble e
imponente, una frente alta». Hizo gala ante su huésped de sus conocimientos teológicos y le
instruyó sobre las controversias entre cristianos, lo que obligó al inglés a confesar que él no
estaba muy versado en los misterios de la fe. Manejando lentes y planisferios nombró a todos
los planetas y a algunas constelaciones por su nombre árabe. Preguntó a Clapperton sobre la
conquista de ‘la India por Gran Bretaña y sobre ha toma de Argel por los franceses.
El viajero británico le regaló un ejemplar en árabe de la geometría de Euclides; Bello se lo
agradeció vivamente, pero le hizo saber que tiempo atrás él mismo tenía un ejemplar traído
de La Meca por un pariente, pero que había desaparecido el año anterior en un incendio.
Debemos doscientos cincuenta libros y opúsculos a los tres dirigentes de la revolución, sin
contar la correspondencia oficial. No dudaban en tomar la pluma a la menor ocasión para dar
explicaciones suplementarias o confundir a un oponente.
Como muchos otros revolucionarios, éstos trataron de justificar su actividad, que en este
caso, para ellos, representaba un renacimiento del Islam, destinado a crear un poder digno de
la pureza original de ‘la fe, una sociedad regida por un soberano justo (Al-Imam al-Adl ) El
mismo Usmán dan Fodio lo ha dicho: «Y yo digo (¡y la ayuda viene de Dios!) que un
gobierno debe basarse en cinco cosas: la primera es que el poder no debe darse a quien lo
busca; la segunda —sigue escribiendo—, es la necesidad de la consulta; la tercera, la
abstención de ‘la violencia; la cuarta, es la justicia; la quinta, la beneficencia (...). Los
ministros —añade— deben ser cuatro: el primero es un visir íntegro encarga’do de despertar
al soberano si éste se duerme, de abrirle los ojos si se muestra ciego, de refrescarle la
memoria si es olvidadizo. El peor de los males para un pueblo es tener un visir poco honrado.
Y una de las cualidades de un visir es ser compasivo y misericordioso hacia la gente. Los
otros tres ministros son el de justicia, el de la policía y el de los impuestos. »
Estos revolucionarios trataron de aproximarse lo más posible a su ideal. Mohammed Bello
—escribe Sa’íd— gastaba de sus propios fondos y de los del Estado. Y trabajaba con sus
propias manos. En cuanto a Usmán dan Podio, su única preocupación era mostrarse digno de
su tarea. Antes de salir de su vivienda para dirigirse al pueblo, guardaba unos minutos de
recogimiento para, como él decía, «reavivar su entusiasmo y renovar a Dios el juramento de
sinceridad». Para él el Islam no era en absoluto una convicción abstracta o decorativa, sino un
mensaje vivo y que había que vivir en cada detalle de la vida diaria. Ataca a los comerciantes
musulmanes que utilizan medidas falsas, y critica a aquellos que, en lugar de instruir a sus
mujeres en la fe y en el temor de Dios, se contentan con repetirles que la felicidad de una
mujer se halla en obedecer al marido. Es evidente que tal programa social, integrado en un
Islam renovado, puesto que se remonta a los orígenes, ha jugado un importante papel en el
éxito de la revolución de Usmán el torodo, que no aspiraba tan sólo a derribar algunos tronos,
sino a operar una regeneración social global del Blad as-Sudán.

III. EL-HADCH ‘OMAR TALL

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A. Los comienzos
En el caso de la fulgurante conquista del Sudán occidental por parte del tukulor El-Hadch
‘Ómar el carácter religioso queda más oculto, en favor del proyecto político. ‘Ómar Tall, hijo
de Saidu Tall y de Adama Cissé (o Sisé), nació hacia 1797 en Aloar, más allá de Podor, en
Senegal. Este tukulor estaba ligado a ‘la casta clerical de los Torodo. De su madre ha
conservado un recuerdo penetrante, cuya piedad y sumisión le impresionaron profundamente.
«He dejado en el Futa a muchos hombres parecidos a mi padre —decía—, pero no he dejado
mujeres comparables a mi madre.» Ya desde su infancia gozó, pues, de una instrucción
religiosa sólida, ampliada tras algunos viajes a tierras mauritanas y a Walatta, donde existían
algunas zawiá Qadriya célebres. Pero el acontecimiento decisivo de su vida fue la
peregrinación a La Meca y una estancia prolongada en las teocracias tukulor y fula del Africa
Sudánica. No se conocen con exactitud las fechas de tales estancias; en todo caso, se puso en
camino a los veintitrés años; llegó a Bonnú, donde visita a El-Kanemi; a Egipto, donde asistió
a las clases de los profesores de la universidad Al-Azhar, y a los lugares santos donde el
rígido movimiento de los wahhabitas se encontraba entonces en plena lucha contra los turcos.
El califa Tidchani de Hedcház lo atrajo a su secta y le designó delegado suyo en Sudán
occidental. Así, El-Hadch ‘Omar TaU residió durante doce años -quizá en varias veces ‘— en
Sokoto, donde escribió su principal libro, Suyiá/ as-Sa’íd, junto a Mohammed Bello, que lo
colmó de presentes y le dio por esposas a dos princesas, una de las cuales era su propia hija.
En Hamdallahi el sheiku Amadu, más austero, quedó sorprendido por el fasto del tukulor,
que fue recibido con dignidad pero sin entusiasmo. Si, como se cree, fue objeto de un intento
de asesinato, ello mostraría que el gobernante fula veía en él a un futuro adversario, a menos
que los tukulor no hayan difundido este rumor deliberadamente para justificar su conquista de
Masina. En todo caso la acogida que le dispensó el rey no musulmán de Segu fue
francamente hostil. Pero El-Hadch ‘Omar fue bien recibido, por el contrario, por el heredero
de los Keita y por el almamy del Futa Dchalón, que le permitió fundar una zawiá que pronto
atrajo a su alrededor a todo un ejército de talibé, casi ‘todos originarios de su país natal, Puta
Toro, donde El-Hadch ‘Omar había llevado a cabo algunas giras de propaganda y
reclutamiento (1847).
Paulatinamente fue consolidándose en él la voluntad de intervencionismo religioso y
político, que se tradujo, en 1850, en su establecimiento en Dinguirai. Esta fue su hégira. Se
erigió una fortaleza de grandes proporciones (tata), que sería empleada como cuartel general.
¿A qué se debió este éxito? Quedaba claro que a mediados del siglo xix Africa occidental
estaba madura para un acontecimiento de este tipo. En efecto, en términos generales, la trata
había exacerbado la tendencia a la dispersión étnico-política y a la inestabilidad.
Aprovechando la ocasión algunas jefaturas efímeras superaban a veces el marco étnico para
adaptarse al nuevo curso de las cosas. Pero el Islam, como ‘Omar había constatado en el este,
era el marco en el que la voluntad de superación podía concretarse más fácilmente. Y la
cofradía más extendida hasta ese momento, incluso en el Futa Toro, era la Qadriya, con sus
numerosos escalones místicos entre los adeptos y sus morabitos. Sólo algunos escasos talibé,
en general provenientes de familias aristocráticas, podían alcanzar la intimidad del jefe
religioso. Por el contrario, la Tidchaniya, debido a la inexistencia de penitencias rigurosas, a
la disminución del número de plegarias, por su liberalismo y su carácter «democrático»,
permitía a cada individuo acceder a la intimidad y a la baraka del morabito, formando así una
especie de comunidad, de hermandad político-religiosa superior, que los pueblos del Sudán,
más o menos conscientemente, esperaban en ese momento. Por su sencillez se hallaba mejor
adaptada a estos hombres de acción. Y para las mujeres, los jóvenes y los miembros de las
castas inferiores representaba el marco ideal en el que el éxito quedaba asegurado por medio

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del talento y del valor.
B. La guerra santa
Una vez que El-Hadch pidió cierta cantidad de fusiles a los mercaderes británicos de
Sierra Leona, la tensión fue creciendo con sus vecinos, incluso con los musulmanes, como los
de Jasso (o Khasso) y el almamy del Futa, que llegará incluso a llamar a los franceses. Tras
un retiro de cuarenta días para meditar, permaneciendo en vela incluso «cuando hay una
oscuridad de hiena», El-Hadch ‘Omar se dispuso en primer lugar a atacar a las regiones de
mayoría o de gobierno no musulmán. Se apodera de la región aurífera de Bambuk y, tras
tomar Nioro (1854), se apodera del Kaarta de los Kulibali Massasi. Después de esto se vuelve
hacia el oeste, hacia su patria de Toro, de donde le habían llegado tantos jóvenes entusiastas.
- Los tukulor formaban tres de los cinco cuerpos de ejército, cada uno de ‘los cuales
estaba dividido en tres «brazos». Sus efectivos alcanzaban la cifra de 30.000 hombres, entre
los que se contaban soldados de infantería, fusileros y lanceros fula a caballo.
Pero los morabitos de la Qadriya le eran hostiles, y lo eran en especial ‘los franceses,
establecidos en Senegal, con Faidherbe, que habían elegido el río como eje de penetración
hacia el Níger, jalonándolo con una serie de fortines, como Medina, la capital del reino
musulmán de Jassi. Faidherbe, nombrado gobernador en 1854, estaba dispuesto a dar algún
empuje a las factorías francesas, expulsar a los mauros hacia el norte de Senegal, y poner pie
de manera sólida en el Continente, fundando Dakar en 1857. En Medina, bloqueada y
abocada al desastre, los talibé, fanatizados, se lanzaron en oleadas furiosas contra las
murallas del fortín francés, defendido por el mestizo Paul Holle. El-Hadch ‘Omar había
ordenado al comandante de la formación de asalto: « ¡Dirígete allí donde veas mayor dificul-
tad! ». Sus hazañas nunca vistas anteriormente y su desprecio por la muerte se mostraron
vanos, por la que el fuerte fue rodeado y reducido a una situación desesperada. Pero al llegar
la estación de las lluvias, Faidherbe pudo remontar el río Senegal, situarse con sus cañoneras
junto al fuerte y dispersar a los asaltantes. Pero ‘Omar se había establecido río arriba, en
Guemu, desde donde tratará de aliarse con los mauros, también adversarios de la presencia
francesa. Una vez aplastado el tata de Guemu, pese a su heroísmo, por los cañones franceses
(1859), y cuando, en el mismo año, El-Hadch fracasa ante Matam, comprende que la
desorganización senegalesa y la hostilidad religiosa, y en especial la cobertura colonial que
Francia había echado sobre ella, le impediría alcanzar el mar, esencial para el
aprovisionamiento de armamento, cambia sus planes y se dirige hacia el este.
‘Omar irá pasando cada vez más de sus proyectos religiosos a las ambiciones políticas.
Unificó la curva del Níger y quizá pensó poder volverse contra el invasor europeo del oeste y
cerrarle el paso e incluso empujarlo al mar. El-Hadch ‘Omar era un estratega excepcional. En
1860 protegió ‘su retaguardia firmando un tratado con Faidherbe, por el que renunciaba al
Senegal, volvía a Nioro y desde Sáhel lanzaba un ataque que barrió la curva del Níger en toda
su ‘longitud, apoderándose de Nyamina, Sansanding y, finalmente, de Segu, donde hizo
ejecutar al último rey de los bámbara (1861). Y pretextando que el rey fula de Masuna,
musulmán como él, se había negado a ayudarle en el asedio de Medina y había acogido al rey
Amadu de Segu, convertido sólo formalmente al Islam, e influido por las teorías de
Mohammed Bello sobre ‘la legitimidad de la dchihád contra los gobernante musulmanes
«hipócritas» (munafiq), invade Masina, destruye Hamdallahi y lanza una incursión hasta
Tombuktu (1862).

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C. Las consecuencias
Se había formado un imperio vasto que se extendía a lo largo de mil kilómetros, de este a
oeste, y tenía por principales puntos de apoyo Dinguirai, Nioro, Segu, y, en las fronteras
orientales, Bandiagara. Pero El-Hadch tenía ya más de sesenta y cinco años; por otro lado, las
contradicciones internas permanecían en pie en este conjunto construido tan deprisa gracias a
la actividad de los talibé tukulor movidos por una fe volcánica. Estos, sin embargo, creyeron
que todo les estaría permitido en los países conquistados, que fueron exprimidos al máximo.
Así, la guerrilla se hizo permanente, alimentada por el patriotismo y ‘la religión de los
bámbara, paradójicos aliados de los fula del Masina, con sus convicciones de la Qadriya, y de
los Kunta de Kebbi. El-Hadch ‘Omar se consideraba instrumento de la voz divina, que le
había exhortado de la siguiente manera: «¡Barre a los países!».
El viejo profeta empleaba ya la mayor parte del tiempo en apagar las chispas de las
erupciones políticas y precisamente halló la muerte, en condiciones misteriosas, durante una
de estas expediciones de castigo, en 1864, quizá en la gruta de Dchiguimberé, cerca de
Bandiagara.
La carrera de El-Hadch ‘Omar, ingente oleada épica que acabó destrozándose en los
contrafuertes salvajes del país de los dogon, no podrá ser continuada por su hijo Amadu,
designado como su sucesor, a causa de las disensiones familiares, de la agitación fula y
bámbara, y en especial a causa del avance francés.
Su empresa que, por sus éxitos vertiginosos, parecía marcada por el destino y haber
llegado oportunamente, fracasó quizá porque el fundador careció del tiempo necesario para
organizar su imperio. Y quizá también porque menospreció y subestimó a las fuerzas
preexistentes, en lugar de integrarlas para utilizarlas; y quizá también por los métodos
implacables empleados contra los no musulmanes e inclusive contra los tukulor para
obligarles a ponerse en marcha junto a él: «A aquellos que se habían negado a partir, fue el
fuego quien les hizo emigrar.» Los graneros de mijo eran incendiados. En cuanto a «‘los
paganos, su cabeza fue cortada de un solo golpe. Nadie se atrevió a toser. Otros treparon a los
árboles. Se les hizo bajar; otros fueron quemados en la espesura» ~. Pero su significado para
la historia es que un líder africano haya intentado resucitar en la curva del Níger, tan fértil en
imperios, un conjunto político tan amplio como para hacer frente a las fuerzas extranjeras que
había visto actuar en Senegal. Le faltó el tiempo y los medios. Con todo, su cultura, su gran
inteligencia de estratega político y militar hicieron de este proyecto una de las últimas y
grandes tentativas del Africa occidental precolonial, tentativa que tiene algo de instinto
colectivo de conservación.

IV. SAMORI TURE: UN DESTINO


A. ¿Dónde y por qué?
Samori no se yergue sobre una tabula rasa. Su empresa está relacionada con ciertos
factores de tiempo y de lugar, y lleva en sí un proceso del que aquélla es el resultado normal.
Pero hacía falta que el hombre tuviera suficientes cualidades para extraer de las
circunstancias su energía potencial. Nada permitía presagiar que se impondría en tan poco
tiempo sobre esta tierra que fue cuna del antiguo Mali. Existían otros hombres mucho más
poderosos, pero parecía que todos se hubiesen puesto de acuerdo para preparar el terreno a
Samori, por sus errores, por su eliminación recíproca y por sus mismas realizaciones.

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Aquí se cruzaban influencias convergentes, políticas sobre todo en el norte, y económicas
en el sur. En el norte, los bámbara de Segu, con Da Diarra, habían extendido su hegemonía
hasta las minas de Bure, y eran soberanos de Kankán y de Kurussa. Aunque desde 1820
aproximadamente, el conjunto bámbara había comenzado a decaer lentamente. Y el imperio
de El-Hadch ‘Omar, roído por el odio sordo de los no musulmanes y por las querellas
familiares de sus sucesores, no tenía tampoco gran dinamismo.
En el oeste, los dirigentes del Puta Dchalón estaban paralizados por el duelo sin fin entre
los Alfaya y Soriya. Al ser adeptos de la tidchaniya omariana, chocaron contra el
levantamiento socio-religioso de los Hubbu, afiliados a la Qadriya y catalizadores, además,
del descontento de los fula desarraigados o de los campesinos reducidos a una condición
inferior.
En el este surgía el reino de Kenedugu. Y entre las potencias decadentes o en germen se
hallaban los países del Alto Níger: Mau, Konyan, Toma, Kisi y Nafana, en el sur; Sankarán,
Toron y Bate (Kankán), en el centro; y Wasulu, Bure y Mandfng, en el norte. Era el cruce de
caminos de la kola, del oro, de la sal marina, de la sal gema, de los esclavos y de los caballos,
y de los cada vez más numerosos productos manufacturados, incluidas las armas. Entre la
Costa de los Ríos y la costa del golfo de Guinea por un lado, y las tierras claras de la sabana y
del Sáhel por otro, existía una zona de baja presión política que parecía estar esperando el
puño creador de un líder. Esta era, desde siglos atrás, la región elegida por los diula, que se
infiltraban de norte a sur, llevando a cabo su colonización mercantil y, en ocasiones, militar.
Algunos de éstos se habían convertido, en el norte, en reyes del comercio, como Nana-
Pali Kamara, un dialonké que había llegado a ser el hombre fuerte del Bure, jugando con
virtuosismo con las fluctuaciones de precios de los productos, al poseer, en Didi, enormes
almacenes con ingentes stocks, y disponiendo de una cadena de corresponsables escalonados
hasta la costa —como, por ejemplo, en Kankán.
Más hacia el sur, los diula se movían en un medio de mayoría no musulmana. El relieve
más accidentado, el bosque y la dispersión étnica limitaban en aquel entonces su radio de
acción, pero la confianza adquirida por ellos debido a su prolongado arraigo les garantizaba
con frecuencia una posición de monopolio en el seno de ciertas jefaturas, posición que solía
ser mejorada y reforzada por medio de casamientos.
Pero por debajo de los grandes comerciantes estabilizados, existe la masa de los diula que,
por su movilidad continua y su ubicuidad constituían la base de esta especie de imperio
fantasma que, de vez en cuando, se materializaba de manera brillante por medio de for-
maciones estatales fulgurantes. Así es la carrera de Samori.
Aunque otros le habían precedido, como Moriulé Sisé (o Cissé), de la región de Kankán,
que llevó a cabo sólidos estudios islámicos en el Instituto de Tuba (Puta Dchalón), y tras una
serie de peregrinajes a Konyan, se estableció en una especie de tierra de nadie que denominó
Madina, de la que hizo un punto de partida para la guerra santa (dchihád, o dyaadi). Cuando
ésta estalló, la tardía reacción de Man Kuruma, aniftrión no musulmán del morabito, le costó
ser derrotado y ejecutado. Así, después de haber organizado un consejo de jefes religiosos y
militares, se adjudicó el título de ¡aama (soberano) y envió a sus delegados (dugukunasigui)
a las tierras sometidas, ligadas a él por medio del ritual, islamizado, del degué “. Formó un
pequeño ejército bien organizado, armado de fusiles y equipado con caballos, pero pronto
hubo de hacer frente a ‘la enérgica oposición de los Kamara, Kuruma y Konate, que
controlaban la ruta de Kankán. Y cuando, al dirigirse hacia el sur, atacó Worodugu, fue
capturado en el combate de Kurukoro, y nunca más se le volvió a ver.

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Su reino (Moriuledugu) sobrevivió. Aunque tras una pausa fatal. En efecto, su hijo Sere
Burlai propondrá una alianza al adversario de ayer, un joven porteador que había combatido a
las órdenes de Moriulé antes de crearse un grupo autónomo: Vakaba Turé. Pronto, éste fue
llamado para. arbitrar las querellas del Toron y del Nafana. Allí, desde mediados del siglo
xviii los diarasuba habían eliminado el dominio de los diomandé e instauraron un poderoso
Estado ligado a Kong y a Segu a través del Wasulu. Pero, al hasarse en la región montañosa,
la resistencia de los senufo de Noolu en el este, y la de los diomandé de Gbe en el sur,
prosiguió. Establecidos en las cercanías de Odienné, los diarasuba controlaban cada vez
menos a sus vasallos. De ahí la intervención de Vakaba, que fue laboriosa a pesar de todo, ya
que los diarasuba, provistos de fusiles, que les llegaban desde Kong, seguirán siendo un
peligro para el recién creado reino de Vakaba, denominado Kabasarana, como su madre.
Reino que estructuró según el modelo de Moriu’ledugu. Los capturados después de la huida
de los diarasuba constituían una milicia selecta y mano de obra agrícola, instalada en vastos
terrenos cerca de Odienné, en tanto que las tropas de los vasallos acampaban en las fronteras
siempre en peligro. Así pues, un jefe musulmán, escasamente culto, se había instaurado como
gobernante en las altas tierras, en las que hasta ese momento los diula habían estado en
situación de inferioridad.
Sere Burlai conservará una fidelidad ejemplar al reino de Kabasarana, aún después de la
muerte de Vakaba. Liberado por este último, con todos los honores debidos a un valeroso
capitán, trató de reconstituir el Estado de su padre Moriulé. Aprovechando las disensiones de
los konaté de Alto Toron, se impuso a ellos después de dominar difícilmente su resistencia,
dirigida por Saransware Mori y Teré Yará, destruyendo varias aldeas, y entre ellas
Manyanbaladugu, donde la madre de Samori fue hecha prisionera (hacia 1853).
Sin embargo, cuando Sere Burlai sedirigía, hacia 1858, a apoyar las campañas de
Vabrema (sucesor de Vakaba) contra los fula, iba ya hacia el desastre: el rey de Kabasarana
muere, y su muerte da la señal del levantamiento general de Moriuledugu, encabezado por
Seriko Koné, atrincherado en las alturas salvajes de Kobobi Kuru, donde Sere Burlai murió
mientras lanzaba un ataque desesperado.
Su hermano y sucesor, Sere Brema, consiguió restablecer la situación apoderándose de
Kobobi Kuru y recuperando los territorios perdidos hasta las alturas de Gbe, sobre la frontera
de Kabasarana. El nuevo gobernante flexibilizó la dominación diula, antes centrada en los
dugukunasigui, adoptando un sistema de amplia autónoma.
Sin embargo, la rebelión permanecía en pie, alimentada por Dyente, establecido en
Gbankundo y luego en el Gundo, donde Saransware Mori, del clan Berete, volvía a la carga
tras su alianza con el jefe Konaté Teré Yará, del que Samori era sobrino.
Y Samori, que acababa de alejarse de las tropas de los Sisé (Moriuledugu), ingresó en el
ejército de Saransware Berete, que logró imponerse en toda la cuenca del Milo. Pero cuando,
pese al juramento que lo unía a Teré Yará, lo hizo ejecutar con el pretexto de que había
cometido traición, Samori fue abandonado inmediatamente por el clan de los Konaté y quedó
aislado; pero había obtenido también su libertad, y se apoderó del Alto Milo, en tanto que los
Sisé eliminaban a Saransware (1865).
A partir de 1866 los Sisé aumentaron su ventaja y se apoderaron de Lenko, donde los
Kamara, parientes de Samori, se hallaban aterrorizados, mientras que Samori se refugiaba en
tierras de los toma.
Sere Brema (Sisé) avanzó hasta el límite del bosque, en tierras guerzé, donde se reconoció

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su autoridad. Para consolidar su obra, se reconcilió con el jefe no musulmán Nantene
Famudu. Pero los años que siguen verán por un lado a Samori, de nuevo en auge y en acción
entre los ríos Dion y Milo, y por otro, el declive de los Sisé, que inician estériles campañas
contra Wasulu.
Y Va Muktar, sucesor de Vabrema (o Va Brema), en su esfuerzo por alcanzar, en el
noreste, el -mercado de Tengrela, aceptó enviar a su primo Bintu Mamadu, con el fin de que
se inmiscuyese en el avispero de las querellas internas de Wasulu. Bintu tendrá éxito al
principio, pero los Sisé, temiendo ver cerrada la ruta de Bamako, intervienen inmediatamente,
y Sere Brema arrebata sus conquistas a Bintu, que apenas tiene tiempo de saborear su
victoria.
Por ello, en 1873, Bintu vuelve a la carga y se apodera de gran parte del país, a fuerza de
matanzas, pero con igual rapidez es perseguido por un jefe local, Adyigbé... Sin relación con
sus bases de partida, huye hacia adelante, hasta el momento en que Amadu, de Segu, lo
acoge, mientras que Van Muktar, que había salido de Odienné con ánimo de socorrerle,
muere a causa de una herida (1874). Su sucesor, Van Madu, se dedicará ya tan sólo a tratar de
detener las oleadas crecientes de sus vecinos, enardecidos por los recientes desastres.
En tierras kissi, convertidas en vivero de esclavos, fruto de las guerras entre aldeas, Mori
Suleimán Savane —cuya dinastía era originaria del Puta Toro y del Bundu— impuso el
monopolio comercial por medio de matrimonios, de actividad diplomática y de incursiones
armadas. Pero la complejidad de los arbitrajes, que a veces terminaban con arreglos de
cuentas, le forzarán a pedir la protección de Samori.
En lo que respecta a Podé Dramé, morabito sarajolé de Bundu, éste pudo imponerse por
medio de engaños y astucias, sin descartar la fuerza, a costa de los ulare del Sankarán. En su
fortaleza de Bereburiya será sometido a una presión tan poderosa por parte de las poblaciones
no mulsulmanas, exasperadas por sus excesos, que acabará uniendo su causa a la de los Sisé.
Tanta efervescencia y tantos problemas eran la señal del crepúsculo de un mundo y, al
mismo tiempo, del nacimiento doloroso de otro nuevo. Kankán, la capital religiosa y
comercial, habría podido aprovechar el agotamiento de los protagonistas para intentar contro-
lar el comercio de la región. Pero la ciudad, sometida durante breve tiempo por Kondé
Brema, y liberada bajo la autoridad de Alfa Kaabiné, patriarca de los Kaba (1878), se replegó
pues sobre sí misma, como movida por una prudencia pusilánime frente a los no musulmanes
de Sankarán y de Toron, y tanto más cuanto que los musulmanes no estaban unidos. Algunos
de ellos, como los Kaba, se habían unido a -la Tidchaniya, en tanto que los sharíf, llegados
del Níger Medio en el siglo xviii, pertenecían a la Qadriya. Con todo, la idea de guerra santa
reaparece con Alfa Mamadu, nieto de Alfa Sanusi. Aunque la «guerra de los Hijos del Sueño»
12, que estalló a causa de la actividad de los adeptos del «pagano» Dyeri Sidibé (que estuvo a
punto de conquistar Kankán, como estuvieron a punto de hacerlo Nantené Famudu y los jefes
no musulmanes kone, de Wasulu), reducirán a la nada las veleidades conquistadoras de una
ciudad fundamentalmente intelectual y comerciante.
Así, aquí, como en la Costa de Oro o en la de Benín, una fase de reajuste, caracterizada
por una nueva estructura en las transacciones comerciales, traía consigo que un hombre o un
pueblo, decidiesen dominar por su cuenta la nueva relación de fuerzas.
Sin embargo, debemos señalar la existencia de otro factor decisivo: la influencia de la
dispersión y difusión islámicas, cuyo epicentro se hallaba indudablemente en el impulso
político-religioso de Usmán dan Podio, continuado por Sheiku Amadu y El-Hadch ‘Omar. De

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esta manera el Islam ofrecía a los diula y a otros pueblos emparentados, la inspiración y la
voluntad. Con todo, los medios de acción y el poder provenían del comercio, que transformó
la región y proporcionó armas. Pero los líderes extranjeros no tendrán aquí la misma suerte
que en las amplias regiones abiertas del Sáhel, donde existía ya, además, una tradición estatal
secular. Como por un fenómeno de rechazo sociológico, los no musulmanes se desprendían,
antes o después, de todo diula extraño a su medio y que se negaba a ser asimilado aun en
pequeña medida: estos fueron los casos de Moriulé y de Fodé Dramé~ Digamos, sin
embargo, que los gobernantes no musulmanes no tenían los medios ni la inspiración adecuada
para llevar a cabo el reajuste global necesario, especialmente por medio de la integración. El
desmigajamiento geográfico, muy acentuado sobre todo en el sur, era por sí solo un obstáculo
decisivo. Aunque, por el contrario, sí aceptaban la iniciativa de los diula nacidos en sus
propios clanes y cuyo prestigio militar y de poder era, por tanto, también suyo, a condición de
que quedase garantizado un mínimo de tolerancia. Este será el caso de Samori.
Con todo, hay que tener cuidado con los análisis demasiado deterministas, que no dejarían
espacio para el genio creador del almamy Turé: éste no estaba condenado a convertirse en lo
que fue, sino que, para imponerse, será capaz de sacar todo el provecho posible de tres
factores fundamentales, el Islam, el comercio y el parentesco étnico.

B. El difícil camino hacia el poder (1853-1875)


Este camino pasa por el comercio, por las armas y el Islam.
Samori nace hacia 1830, en Manyambalandugu, de Laafiya Turé y de Masorona Kamara.
Primero fue buhonero, como su padre, comprando el oro de Bure con la kola y los esclavos
de las tierras toma, que cambiaba por armas y bueyes ambicionados por los forestales toma.
La existencia de parientes maternos no musulmanes en las rutas que recorría, le favorecía en
gran medida. Por otro lado, el trato obligado con los diula musulmanes iba encaminándolo
hacia el Islam, ligado al comercio desde siglos atrás en estas mismas rutas. Su inclinación
hacia el Islam creció cuando visitó Madina para enrolarse en las tropas de los Sisé, con el fin
de obtener la liberación de su madre, capturada en un ataque esclavista.
En seguida le fue reconocido cierto valor militar, en especial por Sere Burlai, entonces en
el poder, en tanto que el hermano de éste, Sere Brema, sospechaba de él. Tras la muerte de
Sere Burlai se vio obligado a abandonar a los Sisé, y atraído por las actividades de los menos
fanáticos Bereté contra los no musulmanes, ofreció sus servicios a Saransware, hasta su
asesinato por Teré Yará, por lo que Samori hubo de alejarse de nuevo. Poco después los
Bereté lo detienen, por haber percibido un tributo en su nombre indebidamente, y lo someten
al cepo. Se hallaba en esa incómoda postura cuando una noche uno de sus amigos denda-
soghoma lo liberó y le hizo llegar un fusil. Este será el punto de arranque de su carrera militar
autónoma.
Y mientras que los Sisé iban agotándose en su estéril empuje hacia el norte y hacia
Kankán, y en tanto que los Bereté se debatían en el odio sordo suscitado por el asesinato de
Teré Yará, Samori, por medio de acciones inaccesibles al desánimo, fue ampliando sus
dominios, aldea tras aldea, ka/u tras ka/u por medio de actos conciliares o bien por medio de
la liquidación de sus adversarios. Cuando sus fuerzas se presentaron ante Sanankoro, los
habitantes de la ciudad enviaron a su encuentro a su propio padre, con el fin de parlamentar.
Samori retuvo a su padre, no como rehén, sino para evitar que se convirtiera en rehén de una
ciudad que estaba dispuesto a conquistar. En Komodugu aprovechó una noche lluviosa y

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oscura para, con la complicidad de un vigilante, introducirse en la ciudad, cuyos habitantes,
despertados por el hecho, se mostraron primero irritados, pero más tarde aterrorizados al ver
la enorme cantidad de pólvora y municiones que, con el pretexto de secarla al sol, Samori
había hecho disponer en el suelo... Las negociaciones comenzaron. Cuando se oyeron algunos
disparos, que indicaban que la pólvora se había secado, los notables de Komodugu
compredieron que sólo les quedaba «beber el degué» de la sumisión.
Samori montaba también «representaciones» en diversos actos, y en el último acto una
nueva plaza se añadía a sus dominios en continuo crecimiento. Gracias a una diplomacia
desbordante de imaginación, punteada de terribles zarpazos, llevaba a cabo su actividad entre
los reinos musulmanes de los Sisé y de los Bereté por un lado, y por otro en medio de las
desesperadas resistencias de los no musulmanes, como Nantené Famadu, Adyigbé y
Sagadyigui. Pronto los Bereté se verán reducidos a su más mínima expresión, y los Sisé, muy
debilitados. Reconciliado breve y provisionalmente con los Sisé,, esto ‘ie permtirá acabar con
los Bereté. Adyigbé, hábilmente «corrompido», traicionará a su aliado Nantené Famadu —
que acaba de fracasar ante los muros de Bisandugu—, será ejecutado en 1874. Pero el mismo
Adyigbé caerá también poco después en su lucha contra el ejército perdido de Bintu
Mamadu, en el asedio de Siratogo (Wasulu). Al parecer, Samori dijo en esa ocasión:
«Adyigbé ha muerto. El único bonçte que cubría Wasulu ha caído; yo debo recogerlo.» En
este momento, y exceptuado el no musulmán Sagadyigui, a quien los Sisé, impotentes, habían
abandonado el Alto Konyan, sólo le quedaban como competidores serios Kankán en el norte,
y los Sisé en el este.
Mientras tanto, la base geográfica de su poderío había ido trasladándose primero a
Sanankoro (llanura del Milo). Subrayando la importancia de los ejercicios de su caballería,
declaró, según parece: «Vayamos a Sanankoro, allí el terreno es llano.» Más tarde, retro-
cediendo con respecto a sus relaciones familiares, se estableció en Bisandugu, a caballo de la
pista caravanera que lleva de Kankán a tierras toma. Y no le faltaron fracasos, como en el
caso de la batalla de Narena, en la que sólo la fuga salvó su vida. Sin embargo, paula-
tinamente, su organización fue perfeccionándose, así como su- armamento, gracias a los
fusiles modernos y a su movilidad. Paralelamente a las conquistas, que hacían caer en sus
manos el Bajo Konyan y el Toron, región estratégica entre Bate, Wasulu, Sankarán y Kaba-
sarana, Samori se adjudicó títiulos que son a un tiempo una rememoración del pasado y un
programa para el futuro: keletigui (jefe de guerra), primero, luego murutigui (dueño del sable)
y finalmente Faama (soberano).
C. Los años de auge (1875-1881)
Impresionado por sus hazañas, Kankán pidió los servicios de Samori para reducir a los
«paganos» del Sankarán. Para ello se llevó a cabo una alianza solemne, según el ritual
islámico, aunque ambas partes no pertenecían a la misma cofradía. El botín de las campañas
futuras debía recaer en los Kaba de Kankán, pero las tierras serían adjudicadas al
conquistador. Así, Samori inició una vigorosa campana que, victoria tras victoria, se
transformó en una gira triunfal. Los Kondé fueron reducidos, pero tratados con indulgencia,
con el fin de separarlos de los Kaba de Kankán y facilitar el reclutamiento de los jóvenes. La
toma de Kurussa y ci acceso a Baleya da a Samori finalmente una posibilidad de acceder a la
ruta que lleva al mar cruzando el Puta Dchalón. Kankán, que no pedía tanto, comenzo a
inquietarse, y trató de convencer a Aguibu, de Dinguirai, para que cortara el paso a Samori,
pero después de ser informado sobre las fuerzas de que disponía aquél, decidió resignarse. El
Uladán y el Bure (Siguiri) se sometieron y aceptaron entregar un tributo en oro.

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La rabia impotente de los Kaba de Kankán aumentaba ante cada nueva victoria de Samori.
Pero fueron los Sisé, en la persona del joven Morlai, quienes reaccionaron más
vigorosamente: aprovechando que Samori se hallaba lejos, en el norte, ocupó Sankarán y
Ularedu, terminando por contactar con Fodé Dramé, que había pedido su ayuda. La reacción
de los animistas kuranko no se hizo esperar, pero fueron reprimidos y el engranaje de la
represión, lo mismo que la atracción ejercida por la ruta meridional hacia el mar, alejaron
peligrosamente a Morlai de sus bases.
Este era el momento esperado por Samori. Efectuadas algunas intimaciones enérgicas a
los Sisé, se abalanzó fulminantemente contra el campamento de Sininkoro, débilmente
defendido. Morlai volvió rápidamente sobre sus pasos, y se halló frente a frente con un
adversario que se había apropiado ya del botín capturado por él mismo y que había dejado
imprudentemente en la retaguardia; es más, con un adversario que había comenzado ya a
desmoralizar a la tropa enemiga. Ante las deserciones masivas, Morlai hubo de capitular y
rendirse al más poderoso ejército de la región (1880), lo que permitió a Samori presentarse
como heredero del gran designio de integración por el Islam y de reajuste global, exigido
por la evolución en curso.
Pretensión normal, si vemos que al año siguiente Kankán, que estaba organizándose
para tratar de acabar con el conquistador, fue inmediatamente asediada y tomada. La ciudad
no fue destruida. Sólo los dirigentes religiosos de la Tidchaniya fueron sustituidos por los
de la Qadriya, y Waramogho Sidiki se convertía en el morabito personal del /aama.
En ese mismo año el ya anciano Sere Brema, desprovisto de la mayor parte de las
tropas de Madina por la derrota de Morlai, se aproximó al gobernante no musulmán
Sagadyigui con el fin de acabar de una vez con Samori, una de cuyas unidades fue atacada
por sorpresa y aniquilada. Esta efímera victoria tuvo una contrapartida extraordinariamente
dura, cuando el viejo Sisé se vio obligado a capitular en la ciudad de Worokoro,
abandonada precipitadamente por sus aliados, atemorizados por el imponente ejército de
Samori. Los consejeros de Sere Brema fueron ejecutados, pero éste fue perdonado, en aras
del pasado común. Samori hizo arrasar Madina y. consiguió recuperar el poderío de los
Sisé, incluidos sus siervos rurales y sus poetas. Ahora, entre los numerosos competidores de
los primeros años, sólo quedaba en pie Sagadyigui, el «pagano» refractario, refugiado en
las alturas del sur.
Todo parecía estar permitido a Samori, que podía medir sus fuerzas con ventaja con sus
vecinos del Puta Dchalón o de Segu. Quizá con esta perspectiva volvió al norte para
consolidarse. En efecto, y pese a la alianza de Mambi Keita, descendiente de los cm-
peradores de Mali, y conservador del santuario real (Kama Blo) de Kangaba, chocaba con la
resisténcia del Dai Kaba de Kudian y con la de los Kulibali del importante mercado de
Kenieran. La osadía de estos últimos se explicaba tan sólo porque detrás de ellos aparecía ya
la sombra amenazadora del colonizador.
La doctrina colonial de Francia en este período dependía del cambio de personas en el
Ministerio de Marina y, en especial, de oficiales responsables en misión. Pero, en 1880,
Jauréguiberry había autorizado la ocupación de Kita, y había creado un gobierno auto- -nomo
del Alto Río, habilitado para relacionarse directamente con el Ministerio. El jefe de escuadrón
Borgnis-Desbordes había decidido llevar la presencia francesa hasta el río Níger, costara lo
que costara. Así pues, el teniente senegalés Alkamesa fue enviado a Samori para ponerle en
guardia. Como respuesta, el /aama lo colocó en residencia vigilada y activó el asedio de
Kenieran, que acabaría cayendo en sus manos en 1882. Fueron ejecutados numerosos

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notables considerados traidores.
Borgnis-Desbordes, estimando que el honor de Francia había sido puesto en ridículo,
decidió intervenir: logró dispersar a las tropas de Samori por medio de salvas y disparos de
cañón, pero quedó aislado, y hubo de retornar a Kita, perseguido por los so/a.
Samori comprendió que debía darse prisa y marchar en dirección a Bamako. La alianza de
Mambi Keita le permitía consolidar su autoridad en el Níger. Para guardarse las espaldas,
completó su control sobre todo el Wasulu, y encargó a su hermano Keme Brema que redujese
a los opositores del Manding y que ocupase Bamayo, situada en un lugar en que, a causa del
obstáculo representado por los montes Manding, la totalidad de las numerosas vías
procedentes del sur convergían necesariamente sobre el río. Sin embargo, el debilitamiento
del poder de los herederos de El-Hadch ‘Omar había comprometido al seguridad de las rutas;
por lo que, desde ahora, el ascendiente de Samori pareció que podría garantizar, al menos, la
seguridad de las del sur. Los comerciantes diula de Bamako y, en especial, los tres hermanos
Turé se unieron a Samori, con la esperanza quizá de derrocar a los jefes locales apartando a
su clan, el de Niaré. Pero Borgnis-Desbordes se adelantó súbitament al /aama, llegando hasta
Bamako, que logró ocupar en 1883, pese a la heroica resistencia del viejo jefe Namba, en
Daban, en la región de Beledugu.
Kemé Brema, sorprendió, no logró recuperar Bamako. Su campamento fue destruido y
dos de los comerciantes de la familia Turé, tomados como rehenes, fueron ejecutados.
El plan de Borgnis-Desbordes comprendía una acción sobre la derecha, destinada a
expulsar a las fuerzas de Samori del Alto Río, antes de volverse contra los tuku’lor. Por su
lado, Samori había decidido replegarse hacia el sur para acabar de una vez con su enemigo
Sagadyigui, antes de volver a imponer sus derechos en el Alto Níger. Sin embargo,
Sagadyigui había fortificado poderosamente el macizo de Gbankundo con enormes bloques,
ayudado por los herreros. Desde ella extendió su dominio sobre los grupos toma y guerzé, y
sobre los barrancos de Gbe. Sólo por medio de una traición Samori pudo escalar los muros de
la fortaleza y apoderarse de este nido de águilas del que, pese a todo, Sagadyigui consiguió
escapar, aunque fue capturado poco después y decapitado. Y como los Turé de Odienné se le
habían unido, a Samori no le quedaba ya ningún enemigo de su calibre.
El /aama, percatándose de la importancia de las vías costeras en el caso de un
enfrentamiento con los franceses, encargó al jefe militar Langaman Pali de la apertura de esta
ruta. En pocos meses éste se desembarazaba de los hubbu, los cuales desde tiempo atrás se
burlaban de la impotencia de los dirigentes del Puta; luego tomaba pleno contacto con las
tierras de la actual Sierra Leona, que proporcionaban productos europeos. Si hacían falta
armas, también hacían falta caballos. Pero el norte, donde éstos se vendían, se hallaba cada
vez más «taponado» por los franceses, produciéndose escaramuzas entre el tukulor Kemé
Brema y los europeos, pues aquél se había adelantado hasta pocos kilómetros de Segu, como
si tuviera la intención de llegar antes que Francia, después de haber quedado atrás él mismo,
río arriba de Bamako.
Así pues, Samori se dirigió hacia las tierras de la curva del Níger, hacia Mosi, tanto más
cuanto que sólo lo separaba de él el país bámbara, fragmentado políticamente. Pero en
Kenedugu, Tieba, rey de Sikasso, permanecía vigilante y aspiraba por su lado a apoderarse de
la vía hacia Kong y el golfo de Guinea, que corría el riesgo de ser interceptada por Samori.
Este fue el punto de partida de un engranaje fatal. Pues, la guerra entre los países del
Bagoé y del Tudugu, y luego la represión contra los levantamientos provocados por las

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exacciones o por el fanatismo religioso de la gente de Samori, exacerbaron a los pueblos no
musulmanes reacios y abrieron el camino del primer desmembramiento precoz y espectacular
del Imperio.
Entre tanto, el espíritu estratégico de Samori se percató de que el inevitable choque con
los franceses exigía la obtención de «escapes» hacia todos los ejes comerciales por los que
pasaban los caballos y las armas: es decir, la vía que va de Bamako a Kong y a Ashanti
pasando por las tierras del Alto Volta; la vía que va de Bisandugu a Liberia, pasando por
tierras kissi y toma; y la ruta del Futa hacia la Región de los Ríos y Sierra Leona.
D. Entre la diplomacia y la guerra
Entre 1881 y 1890, aproximadamente, Samori va a vivir entre la diplomacia y la guerra
con los europeos. Es fácil comprender por qué Samori, cogido entre dos fuegos de manera
creciente, por la actividad —especialmente militar— de los franceses en dirección al Níger, y
por las actividades —sobre todo comerciales— de los británicos también hacia ese río, hubo
de apoyarse en estos últimos para detener a los primeros. Pero al final este intento fracasaría.
En efecto, la política colonial británica, contrariamente a los sueños nigerianos de los
notables krio de Sierra Leona, había adoptado como principio básico en esa época, no
cargarse con responsabilidades territoriales costosas en el hínterland, y apoyarse en acuerdo
comerciales con gobernantes africanos sólidos, para ir sustituyendo la trata por el comercio
«legítimo». Ahora bien, los gobernantes del interior, entre otras cosas, poseían cautivos como
medio de intercambio. Además, tanto aquí como en Ashanti, la ambigüedad de tal política
salta a la vista por el hecho de que Gran Bretaña deseaba seres fuertes en el interior para
proteger las rutas comerciales, pero no excesivamente fuertes, como para poner en peligro a
la colonia. Por ello, el poderío de Samori los atemorizaba, lo mismo que a los franceses, que
temían una incursión rápida de los contingentes de Samori hacia Saint-Louis, en Senegal.
Samori había jurado que Sikasso debía ser destruida, pero no podía permitirse el lujo de
combatir en dos frentes. De ahí la necesidad de tratar con los franceses, que a su vez
necesitaban llegar a un trato con él, al menos mientras la hipoteca tukulor de El-Hadch ‘Omar
no hubiese desaparecido. Pero al tratar ya con Francia, Samori se negaba a comprometerse
políticamente a fondo con los británicos. De esto derivó un período de incertidumbre, de
medidas dubitativas, de malentendidos recíprocos, de hipocresía y de mala fe, sobre todo por
parte de ciertos oficiales franceses, para los que todos los medios eran buenos con tal de
hacer caer en sus manos el mayor número de tierras.
Sin embargo, Samori había tomado la delantera y envió a un comerciante de Kankán,
Dande Kaba, a negociar con los británicos de Sierra Leona. Pero pese a los recibimientos con
desfiles militares, no hubo resultado jurídico concreto. Aunque fue a partir de este hecho
cuando Karamogho Lansana Turé pudo organizar, hasta 1893, la red comercial para los
pedidos de armamento de Samori.
La misión del mayor Festing y su espera resignada y yana al pie de las murallas de
Sikasso, para que Samori aceptara firmar un tratado con los británicos son reveladoras de la
existencia de todo un nudo de contradicciones. Cuando la rebelión de las tierras del sur, que
siguió al frasaco de Sikasso, comprometió la seguridad de las vías comerciales, y cuando por
el acuerdo franco-británico del 10 de agosto de 1889 reconoció a Francia la posesión del Puta
Dchalón y el protectorado sobre Samori, se acababa de dar fin virtualmente al diálogo de este
último con Francia.
Aunque en un comienzo, en 1881, el modus vivendi entre Samori y Francia en el Níger
pareció viable. Boiléve se había mostrado asequible, y Samori ordenó a sus hombres que no

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tomaran iniciativa alguna por ese lado. Pero poco después, en 1885, el comandante Combes
se permitía lanzar un ataque armado contra Siguiri, en el Níger, y castigar a los partidarios de
Samori en la orilla izquierda e incluso en la derecha. Inmediatamente recibió la respuesta de
‘las tropas de Samori, que lo persigulieron hasta Niagasola.
El frente volvía a animarse pues, por acciones y reacciones de represalia, en las cuencas
del Bafing y del Bakoi. Sin embargo, el tratado de paz y otro de comercio, firmados en
Kenieba Kura en 1886, delimitó las fronteras, prohibió las migraciones y los movimientos de
tropas —difíciles de controlar, por otro lado, por parte de Samori— en tierras de sus vasallos
o de sus protegidos de la orilla izquierda del Níger, que había quedado bajo influencia
francesa.
Al menos «no podrá imputársele seriamente ninguna violación voluntaria, en tanto que
podrán constatarse las violaciones del espíritu y la letra del texto por los franceses, pese a ser
los autores del mismo»
Para dar fe de su buena voluntad, Samori envió a Francia a su propio hijo Dyaulé
Karamogho, que fue recibido por el presidente de la República y por el ministro de la Guerra,
general Boulanger. Pero a causa del compromiso político mayor que implicaba, Samori se
mostró mucho más reticente a la hora de firmar el tratado de Bisandugu (1887). Galliéni, para
que se conociese adecuadamente el punto de vista de Francia, no dudó en escribir ese mismo
año, que se trataba de «acciones diplomáticas establecidas por las potencias extranjeras y
destinadas a instaurar nuestros derechos en regiones sobre las que Gran Bretaña podría poner
su mirada. La única politica a seguir respecto de este jefe (Samori) es hacerlo desaparecer»~
Podemos comprender así, la observación de Y. Person: «.. .Es difícil negar que Francia ha
violado de manera flagrante el tratado de Bisandugu. Galliéni no ignoraba que Samori lo
respetaba escrupulosamente, aunque se consideraba con derecho a romperlo según su
conveniencia, ya que trabajaba en beneficio del interés superior de la civilización francesa.»
El mismo Galliéni lo confiesa así: «Después de haberle impedido, por el tratado de
Bisandugu, dirigirse contra los ingleses, yo me dediqué, desde el momento en que tomé el
mando, a minar el poderío de este soberano negro.» ~ Y prosigue: «Apoyado y animado por
mí, Tieba a infligido serias derrotas a Samori, que ahora se encuentra reducido a una
situación extrema.»
E. El giro Silcasso-Kelé o la guerra fratricida

Sikasso, foco de expansión de otro pueblo mandé, el de los samogho, se había convertido,
en tierras senufo, en una base militar de Kong, como lo era Gwiriko entierras bobo. Esto
ocurría a fines del siglo xviii, durante el gobierno de Daula-Ba. Posteriormente, Daula
extendió su dominio hacia Tengrela, Banfora y Korogho, en contra de las aspiraciones de los
Wattara de Bobo. Así, su hijo Tieba había heredado un reino bien organizado, al que añadió
territorios militares que rodeaban a los cantones semiautónomos de los habitantes autóctonos
mandé y senufo. Solamente algunos morabitos representaban a la Tidchaniya de Segu, a la
que Tieha se afiliará. Pero el «paganismo» persistía en la masa de la población y en la casta
militar, lo que dará lugar a la «justificación» islámica de la agresión de Samori.
A fines del siglo xix la región intermedia entre el Kenedugu y Segu se hallaba bajo
control de mercenarios separados de la guerra santa de El-Hadch ‘Omar, que habían formado
el Estado de Fafadugu, en las proximidades de Kinian, cuyo dinamismo estuvo a punto de

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neutralizar el de Kenedugu, en cuyos asuntos intervino enseguida hasta tal punto que
comprometió el acceso al poder del propio Tieba. Este acabó imponiéndose y estableció su
cuartel general en Sugoka, que posteriormente se convertirá en Sikasso.
Restablecido el poderío de sus padres, se extendió incluso hacia tierras tusan y turka. El
poder militar, la prosperidad agrícola y la adhesión política de las etnias englobadas en este
conjunto, llevaron a Tieba a otorgarse el título augusto de /aama (que, como vimos antes,
significa «soberano»).
Por el suroeste, sin embargo, avanzaba de forma irresistible la sombra amenazadora del
imperio samoriano. Cuando supo la muerte de Sagadyigui, en la ‘localidad de Gbankundo, y
los arreglos diplomáticos de Keniebakura y Bisandugu, Tieba —que había reforzado las
murallas de Sikasso con un sólido banco (arcilla) entremezclado con cantos rodados— sintió
que la lógica de la coyuntura política y la mirada de águila del emperador de Bisandugu lo
designaban como la próxima víctima.
Pero Samori perdió tiempo esperando la vuelta de su hijo de Francia y discutiendo ‘los
términos del acuerdo de Bisandugu, que tomaba más en serio que sus interlocutores
franceses. Cuando por fin se decidió a atacar Sikasso, una vez reunidas todas las fuerzas de su
ejército (/oroba), quedó sorprendido (¿quizá sus servicios de información, en general tan
eficaces, habían funcionado mal esta vez?) por el aspecto colosal de las fortificaciones: cuatro
metros de espesor en la base y cuatro metros de altura. Un primer asalto masivo y directo fue
rechazado violentamente por Tieba. Samori, refugiado en las marismas de Banankoni,
comprendió que el asunto iba a ser -serio. Comenzaba así la guerra de posición, que iba a
durar quince meses. Desde los sanye (fortificaciones) construidos en las colinas que
dominaban la ciudad se lanzaron numerosos ataque contra ésta. Las posiciones de Samori
formaban una amenazadora media luna periférica, de cinco kilómetros de longitud, alrededor
de Sikasso, a la que se dio el nombre-programa de Here Makono («espera la felicidad»). En
efecto, se esperaba la solución de las tierras del Volta, que en el este debían liberarlo de la
asfixia. Pero desgraciadamente los partidarios de Tieba comenzaron enseguida a atacar sus
bases logísticas y los convoyes de avituallamiento que recorrían el Wasulu: el sitiador estaba
a punto de convertirse en asediado. Samori se vio obligado a llamar, como refuerzo, a su
poderoso ejército del oeste, mandado por Langaman Pali. Aunque haciendo esto debilitaba la
región de origen de sus aprovisionamientos. Por otro lado, nunca consiguió rodear
completamente la ciudad que, gracias a la fidelidad de los senufo y samogho de la llanura,
continuaba recibiendo armas y víveres; asimismo, su posición central confería a Tieba un
débil radio de acción que facilitaba la rapidez de acceso hacia todos los puntos amenazados.
En dos ocasiones Samori trató de encerrar a Sikasso en un abrazo fatal: Langaman Pali,
en un avance heroico «en salto de canguro» cortó sucesivamente las rutas sur y este, por
medio de fortificaciones, pero, por su misma situación, resultaba un saliente fácil de
conquistar si quedaba entre dos fuegos. Langaman morirá durante la defensa de esta frágil
base, en tanto que en el norte, el propio hijo de Samori, Masé Mamadi, moría durante una
maniobra de distracción.
En junio de 1888 Kemé Brema (Fabu Turé) lleva a cabo un segundo intento contra el
puesto avanzado de Babemba, hermano de Tieba, que cubría la ruta del norte: en el mes de
julio el intento parecía cosa hecha cuando a dos dedos del éxito, durante una escaramuza,
Kemé Brema, el gran general, murió, mientras que otro hermano de Samori, Manigbé Mori,
era capturado y ejecutado por Tieba.
Por otro lado, la escasez de víveres comenzaba a ser un problema en Heremakono. Samori

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creyó poder remediarlo reduciendo la leche en polvo por evaporación; el producto así
obtenido era mezclado con harina de neré (ParJeja biglobosa), y se transportaba al mismo
tiempo que las municiones. Por si fuera poco, Fafadugu, país de reciente adquisición, daba
señales de protesta. Los franceses, tras construir un fuerte en Siguiri, habían entrado en tratos
con Tieba. Los habitantes de Wasulu se habían sublevado, poco antes de que se vieran
obligados, por tercer ano consecutivo, a someterse a los excesos del monopolio de Samori
sobre las requisas de víveres y el transporte. La rebelión se extendía por todas partes, y el
imperio comenzaba a arder como una antorcha.
Samori pidió ayuda en vano a su yerno Amadu Turé, de Odienné: éste llegó a marchas
forzadas con el tiempo justo para desencadenar un último asalto contra Sikasso, pero supo
que Samori había tomado la vía del oeste y~iabía ordenado una retirada general (agosto de
1888). El espejismo de Sikasso había sido como una trampa. Samori fracasó en su «Drang
nach Osten» 21 Por primera vez el destino, hasta ese momento dócil, ‘le fallaba. Al pie de las
murallas de Sikasso el alm’amy había desperdiciado la flor y nata de su ejército. Los cráneos
momificados y decorados de Kemé Brema, de Managbé Mori y de Langaman Pali serán
regalados por el /aama de Sikasso a Archinard, el cual, en principio, estaba encargado de
proteger a ambos reinos africanos, el de Samori y el de Tieba...
A partir de ahora, el león de Bisandugu deberá dirigir su actividad contra los franceses, pero
ya con los dientes resquebrajados contra las murallas de Sikasso.
La grandeza de Samori se mostrará en todo su esplendor en el modo en que va a hacer
frente a la oleada de peligros.
Ban K~lé («la guerra del rechazo») y Murutiba («la gran rebelión»): tales son los nombres
dados por los pueblos involucrados a esta protesta masiva contra la autoridad de Samori. Las
únicas regiones que quedaban a salvo eran las tierras del Milo, controladas por sus parientes
Kamara, la región del Baulé, donde los bámbara habían sido tratados con flexibilidad por
Keme Brema, las zonas meridionales autónomas (kissi y toma) y los sectores islamizados del
Udalán y del Bate (Kankán).
Las causas del levantamiento -general residía en las requisas, el reclutamiento, el
transporte por porteadores, el hambre crónica y el sentimiento de libertad, ahora que ésta
podía ser reconquistada, tanto más que los rumores sobre la muerte del soberano eran cada
vez más insistentes.
En Wasulu, la insurrección fue ahogada en sangre en la localidad de Samamurula. En el
oeste, los rebeldes del Sankarán y del Kuranko habían colocado a Sidi Bamba a pocos pasos
del exterminio, por lo que la región será reprimida duramente, para aflojar la presión sobre
Kankán. La lucha fue más prolongada en Konyan y en Simandugu. Por medio de represiones
el jefe militar Bilali reducía las tierras dialonké a un semidesierto, con el fin de abrir la vía,
ahora más vital que nunca, de Sierra Leona; Bilali bautizó el campamento en el que se
estableció para vigilar la vía de acceso, con un nombre ya célebre y que sonaba, en este caso,
como un desafío al destino: Heremakono. Así, los kissi del este, que se habían unido a la
causa de sus soberanos kuranko, cedieron pronto ante la acción de Bilali, en tanto que los
kissi del oeste se mantenían bajo la autn ridad de Mori Sulemani.
Sin embargo, uno de los hijos de Samori, Managbé Mamadi, 9ue había logrado llevar a
cabo una difícil retiracL bajo los ataques de Tieba, cuando se dio cuenta de que Samori se
disponía a ceder el poder a uno de sus hermanos más jóvenes, Sarankeñi Mori, concibió el
plan de ponerse de acuerdo con otro hijo frustrado, Dyaule Karamogho, para desmembrar el

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imperio, llegando incluso a proclamarse ¡aama. Pero abandonado por los jefes militares de su
propio ejército —que se dirigieron a Nyako a esperar a Samori, para renovarle el juramento
de fidelidad—, Managbé Mori, aterrorizado, salvó la vida gracias a la intervención del
morabito de Samatiguila. La actitud descabellada de su hijo mayor debió de hacer reflexionar
a Samori. Efectivamente, poco después, reunido en Sanankoro, en el lugar de origen de su
poder, trataba de obtener la ayuda de todos sus oficiales y gobernadores para la circuncisión
de Sarankeñi Mori (es decir, su mayoría política), al que luego designó como sucesor y a
quien hizo jurar lealtad el 27 de agosto de 1890. Con ello pensaba garantizar la continuidad
de su obra.
Luego, se preparó febrilmente al enfrentamiento con Francia.
F. La prórroga (1890-1893)
Por este lado, los acontecimientos se precipitaban con la llegada de Archinard, que
impuso a Samori el tratado de Nyako, por el que el almamy renunciaba a la orilla izquierda
del Níger pero con reservas que formuló directamente al plenipotenciario francés; y como
éste callase en ese momento, Samori consideró que sus reservas quedaban ratificadas.
Cuando por fin Archinard desencadenó su campaña de conquistas en el Alto Níger, tomando
Kudyan y echando así a Aguibu en brazos de Samori, la orilla francesa del Níger se transfor-
mó en base de los ataques contra la orilla izquierda de Samori, los partidarios de Samori de la
orilla derecha fueron perseguidos, y uno de ellos fusilado, Samori rechazó el tratado de
Nyako y se lo envió de nuevo a Archinard «que no concebía cómo un soberano africano
pudiese estar preocupado por el honor y la dignidad» .
La separación definitiva entre Samori y los franceses data de esta época, ya que todo lo
que había sido «organizado con intención de rebajar su orgullo, sólo había servido para
aumentar su desprecio por ‘los blancos a causa de su mala fe» .
Entre tanto, Aguibu había escrito a su hermano Amadu, de Segu, pidiéndole que
renunciara a seguir combatiendo a Samori, y llevar a cabo una unión segrada contra los
europeos. También Samori le escribió, y por fin, en 1890, Amadu aceptó poner término al
enfrentamiento entre la Tidchaniya tukulor y la Qadniya malinké. Pero ya era demasiado
tarde. En efecto, el tratado de Nyako y los brutales ataques que le siguieron sólo perseguían
adormecer e impresionar a Samori, con el fin de liquidar en primer lugar el imperio tukulor
de Segu. De este modo Samori quedó solo frente a los franceses.
Apenas supo la caída de Segu (1890) firmó con Garrett un tratado que colocaba a sus
Estados bajo el protectorado británico, pero después de algunos aplazamientos, Salisbury,
primer ministro británico —cuyo interés se centraba sobre todo en Asia—, confirmaba que
Gran Bretaña se atendría al acuerdo franco-británico en 1889, el cual estipulaba que Francia
debía dejar libertad al comercio británico por debajo del paralelo 10°, pero que Gran Bretaña
no debía interferir al norte de este paralelo, donde el protectorado francés había sido
reconocido por Samori.
La defección británica provocó una oleada de descontento entre las autoridades de
Freetown, y enfureció a miles de comerciantes. Bilali, en efecto, desde la localidad de
Heremakono, y con órdenes expresas de Samori, evitaba toda ingerencia por su lado, y hacía
todo lo posible para ampliar el tráfico comercial. Numerosas caravanas se dirigían al sur con
centenares de cautivos y de colmillos de elefante, pues el marfil estaba sustituyendo al oro,
cuyos yacimientos se agotaban. Otras se dirigían hacia el norte cargadas de armas modernas;
en este período se compraron 6.000 armas de fuego, y fueron enviadas hacia Kerwane, en el

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Alto Milo, donde se había replegado Samori antes de la retirada. Se comprende así que la
cláusula del Acta de Bruselas (1890)- que limitaba la venta de armas perfeccionadas y de
alcohol tuvo que crear descontento en los medios comerciales de la colonia británica, tanto
más si sabemos que el principal proveedor de armas era la casa francesa Bolling.
Las autoridades de Freetown, impotentes a la política de la metrópoli, no podían
permitirse más que propósitos platónicos y promesas tímidas respecto a Bilaii y su jefe,
aunque insistiendo siempre en que era necesario mantener las rutas comerciales abiertas y
seguras. Era una actitud equívoca pero -simpatizante con respecto de Samoni, que irritará a
los pueblos mantenidos a raya o reprimidos crónicamente por las tropas de Bilali y de Sidi
Banba.
Por su lado, los franceses propugnaron la rebelión contra las So/a y contra el imperio
británico, y por medio del gobernador Ballay, instalado en Conakry, llevaron a cabo una
política de penetración dinámica hacia el Puta Dchalón. Y los británicos, para complacer a los
descontentos y adelantar sus propias bases, pidieron a Bilali que se replegase con sus tropas
detrás del Níger. Cuando Lewis Jones, decidido a poner fin a los descalabros británicos en la
región, obtuvo, por medio de una misión privada, que Samori le cediese (1892) derechos
reales sobre un determinado territorio, el gobierno británico no aceptó garantizar la
concesión, estimando que se hallaba fuera de territorio británico.
Por lo que respecta a la carta de Samori a Kenney, en la que pedía al Reino Unido que
arbitrara en el conflicto entre él y Francia, aquélla quedó sin valor, al no aceptarse tampoco
este procedimiento tan africano. Y en el momento en que Bilali se vio obligado, cada vez en
mayor medida, , a desamparar una frontera tan vital para el imperio, pues había tenido que
volver al norte, al Africa Sudánica, donde los combates habían comenzado de nuevo, los
franceses se apoderaron de Heremakono.
Cortado el cordón umbilical con la costa, el almamy, en plena deriva, fundará un imperio
errante, que constituirá el segundo contexto de su destino excepcional.
G. Organización del Imperio
1. El hombre
Quienes se aproximaban a Samori quedaban sorprendidos por la salud de hierro de este
hombre de elevada estatura, de gran nariz, de voz fuerte e inteligencia clara, profunda y rica,
dotado de un magnetismo que inmovilizaba a la gente. «Este hombre de voluntad inflexible
—dice Binger— se irritaba muy pocas veces. Generalmente hablaba con medida, pero su
fuerza de convicción era irresistible.» No le disgustaban las bromas. Siempre por encima de
los acontecimientos, avanzaba como una fuerza de la naturaleza, pero dirigida por una
lucidez implacable.
Se ha dicho de Samori que era un sanguinario: «Samoni el sangriento»; pero, como
escribe Y. Person: «las matanzas de las que se ha hecho responsable no han sido ordenadas
nunca por el gusto de matar, sino para llegar a un resultado político concreto» Su método
consistía en asociar la magnificencia y el rigor, la más humanitaria justicia y el castigo más
terrible, incluso contra sus propios hijos.
Sus propios matrimonios acabarán siendo actos políticos, como en el caso de las hijas de
los Sisé y de los Turé de Odienné. Además, las favoritas, como la famosa Sarankeíii Konaté,
que servía el agua a los visitantes de importancia, y que se mostraba en público en ocasión de
alguna fiesta con sus coesposas cargadas de joyas, no preparaban la comida del soberano; la

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preparaba una muchacha que penas se mostraba en público y que vivía en las estancias
privadas del rey; era el ama de casa (gbatigui). Pero cuando la necesidad lo ‘requiera
Sarankeñi sabrá tener en sus manos los asuntos del Estado, como en Bísandugu, durante la
ausencia del /aama, que se hallaba en el asedio de Sikasso.
Samori se empeñó en dar a sus hijos una educación coránica superior a la que él mismo
había recibido, pero en un marco colectivo, con el fin de crear en ellos un profundo sentido
de solidaridad.
La preparación a la vida de soldado se llevaba a cabo a través de constantes ejercicios de
equitación, y muchos de ellos se convertían luego en los cuadros selectos de la caballería,
realizando brillantes ejercicios los días de fiesta, y ejecutando acciones igualmente brillantes
en el campo de batalla.
Samori era un diula guerrero y como tal mostró siempre una pronunciada inclinación
hacia las explotaciones agrícolas, indispensables al mantenimiento de la Casa Real. Tanto en
Bisandugu como en Kenieran, o en Dabakala, el terreno húmedo próximo a las residencias
serán revalorizados por grupos de cautivos dirigidos por jefes de equipo, a las órdenes de una
especie de ministro de agricultura (seneke kuntigui); otro ministro supervisaba ios rebaños
reales, y se regulaba minuciosamente la manutención, la estabulación y ‘la distribución de
considerables cantidades de productos.
2. La corte
El propio Samoni vestía y se comportaba de manera sencilla, pero la pompa subrayaba los
atributos reales. Su presencia era indicada por una serie de insignias y símbolos: un tambor de
honor (tabala) de tamaño excepcional, que un caballo transportaba cuando era necesario; una
soberbia hacha de gala, una espada de justicia llamada «el ejecutor de los malvados» (dyugu
/agha) —y que cuando le era presentada a alguien ello quería significar, tácitamente, que
había sido condenado a muerte—; finalmente, un turbante negro.
Se le denominaba «Padre mío» —como al monarca de Dahomé—, en diula nr/a, pues
después de su acceso al título de almamy, su nombre ya no podía ser pronunciado.
Samori, surgido del pueblo, gustaba de las fiestas populares, a las que asistía desde su
estrado (bembé), como los antiguos emperadores de Mali, rodeado por una corte abigarrada
de morabitos, militares, mujeres, niños, músicos, poetas (el más famoso era el a’yeli-ba
Kinyan Mori Dyubaté). En Bisandugu era especialmente espléndida la fiesta del año nuevo:
se caracterizaba por el desfile de los gobernadores de provincia, llegados para traer sus
informes periódicos, con sus presentes o botines de guerra. Entonces Samori enardecía de
nuevo a los cuadros del Imperio, por medio de discursos vibrantes y, bajando del estrado,
danzaba al frente de los grandes del reino y de los príncipes; otras veces montaba a caballo,
para dirigir los juegos ecuestres, gritando «~Koi, koi!».
Con frecuencia, a los festejos se asociaba la justicia, pues era también el día en que tenían
lugar los juicios, y en ocasiones la sentencia se dictaba en plena sesión, asociando
ulteriormente al regocijo general a los desgraciados que habían sido oprimidos.
En torno al soberano vigilaba una guardia selecta de unos doscientos hombres, armados
con fusiles modernos de fabricación local; la guardia debía abstenerse de relaciones sexuales,
hasta el momento en que se les agregaba al ejército como un cuerpo más; a la misma
abstinencia debían someterse los miembros de la milicia local (bilakoro). Los bilakoro tenían
por misión servir a las necesidades de ‘los verdugos, y como agentes de información, lo

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mismo que los poetas ambulantes, que ejercían también como negociadores.
3. El gobierno
Como sucede con gran frecuencia en Africa, el poder, bajo apariencia de autocracia,
reviste un profundo carácter colegial. Aquí, como en otros lugares, el consejo del soberano no
es un organismo familiar, pues los parientes suelen ser alejados en beneficio de los
«campesinos» o de los hombres de las castas. Además, el consejo de Samori va a ser influido
por los hábitos musulmanes. Cada vez en mayor medida, incluirá a especialistas, encargados
de resolver y desenredar «informes» cada vez más complejos.
En este caso, la rendición de Kankán marca un giro de gran importancia, pues desde este
momento entran a forman parte del consejo cierto número de letrados. Algunos de ellos eran
grandes administradores, que dieron a la corte de Samori instituciones más estructuradas que,
por ejemplo, las de la corte de Madina (aunque el secretario de Samori, Ansumana Kuyaté,
dejó unos archivos bastante mediocres).
Morifíng-Dyan era el hombre de confianza, consejero y colaborador más importante de
Samori; Kokisi era el superintendente de las finanzas y de los almacenes; el estratega y
especialista militar era Nyamakala Amara; el jurista era Amara Kandé, muy versado en
derecho; Tasilimangán estaba especializado en las relaciones con los europeos; y Karamogho
Mamadi Sisé, llamado Dagboloba, era el encargado de la policía política.
Después de escuchar a todos, el almamy decidía, y todos, salvo excepciones, aceptaban la
decisión.
Uno de los servicios más elaborados era el de las finanzas. El principal impuesto era el
diezmo en especie sobre el producto del trabajo, que más tarde adquirirá forma comunitaria al
crearse en cada aldea un campo colectivo perteneciente al almamy. Un segundo impuesto, el
mude, se dedicaba a mantener a los morabitos destinados a las aldeas. En cuanto a los
derechos de peaje y de mercado, serán suprimidos en beneficio de los diula.
Mientras las multas (no las indemnizaciones) de la justicia revertían al soberano, éste sólo
percibía, por regla general, un tercio del botín de guerra, a menos que no renunciara por
voluntad propia.
Los encargados de los almacenes, que debían cuidar de la conservación de los productos,
eran los responsables de sus locales, de los que llevaban una contabilidad rudimentaria, por
medio de saquitos de piedrecitas o de bastoncillos en los que se hacían muescas.
La enseñanza coránica era una de las máximas preocupaciones del almamy, en el plan de
islamización del imperio. Los morabitos residentes en cada aldea eran sometidos a
inspecciones periódicas, y recompensados o castigados con rigor. En ocasiones jugaban un
papel de eminencias grises al lado de los gobernadores o de los comandantes militares, y a
veces en algunas regiones ostentarán poderes de carácter clerical, especialmente en materia
de justicia.
En este campo, la condena capital es responsabilidad del rey, aun cuando este derecho
será reconocido posteriormente a los jefes militares (keletigui); determinadas categorías
sociales privilegiadas, como los morabitos y los vasallos que habían optado por este tipo de
estatuto en presencia del almamy, debían ser conducidos obligatoriamente a la corte, para que
la sentencia fuese confirmada y, eventualmente, ejecutada.

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4. El ejército
El ejército de Samori constituía el pilar y el escudo del imperio. Era el imperio en acción.
En un comienzo se formó con una base de voluntarios, pero paulatinamente fue
transformándose en una verdadera máquina de guerra, equipada de manera moderna y dotada
de cuerpos permanentes de soldados profesionales. Su núcleo y la oficialidad eran diula
fundamentalmente, pero el valor personal era el criterio permanente para el ascenso.
El reclutamiento se efectuaba según el sistema de uno de cada diez, en las aldeas. Sólo en
caso de invasión se llevaba a cabo la leva masiva. Los ejércitos vasallos no intervenían más
que por indicación del soberano. El número de soldados de Samori se elevaba a unos cuarenta
mil. El uniforme se componía de un bonete, una blusa ligera de manga corta, un pantalón de
tiro alto y sandalias de cuero. Aunque sobre este tema común, las variaciones eran
numerosas.
Desde el comienzo el armamento trató de basarse en las armas de fuego. Los jinetes
llevaban además la larga lanza (tamba) heredada de los siglos pasados, y una especie de
arpón para destrozar al enemigo. Los fusiles modernos serán introducidos poco a poco, con
considerable retraso respecto al armamento de las columnas europeas. Las características de
los fusiles de chispa representaban un verdadero problema, pues su carga tardaba seis veces
más tiempo que los fusiles más modernos, y por lo tanto desorganizaba la línea de fuego; esto
sin tener en cuenta que una simple llovizna los convertía en un estorbo. En 1897 Sarankeñi
Mori arrebatará un cañón de montaña a los británicos en el encuentro de Wa; con él se
bombardeará la ciudad de Kong.
Así se comprende el enorme interés en proveerse de fusiles modernos. Samori obtendrá
más de seis mil, de los cuales sólo una pequeña parte serán de repetición (¿un catorce por
ciento?). Así, se organizará a los grupos de cazadores de elefantes, para la obtención del
marfil, la recolección de la kola y del caucho, para la extracción del oro y el almacenamiento
de cautivos.
El ejército del oeste y el encargado de misiones especiales, se dedicarán a crear un
circuito comercial muy eficaz. En lo que respecta a los caballos, éstos provenían sobre todo
del norte; Samori había creado, en el Alto Konyan, algunos acaballaderos para la cría de
sementales y la reproducción, que darán muy buenos resultados. En los últimos años traerá
también caballos de Mosi. La caballería se desarrolla en especial a partir de la guerra de
Kankán, hasta llegar a los tres mil caballos, pero constituirá siempre una fuerza marginal,
aunque decisiva en ocasiones.
El almamy y los jefes del ejército vigilaban minuciosamente la conservación del
armamento; cada soldado era directamente responsable de su arma, aunque los fusiles eran
propiedad del soberano.
Para paliar los altibajos del aprovisionamiento exterior Samoni crea una verdadera fábrica
de armas y municiones en Teré, a las órdenes del orfebre Karfa’la Kuruma. En ella, los
herreros y orfebres, divididos en equipos según una juiciosa división del trabajo, manu-
facturaban, por la técnica de la cera perdida, las más complicadas piezas de los fusiles
europeos, incluidos los cañones rayados. El orfebre Syagha Musa recibirá el sobrenombre
famoso de Datan Musa («Musa el del fusil de diez tiros»).
Como es obvio, será necesario vender esclavos para erigir un ejército así. Pero el
esclavismo negrero había comenzado en Africa siglos atrás. «Samori —escribe Y. Person—

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no es un cazador de esclavos, sino un soberano africano del siglo xix.»
Además de los golpes de mano y de las incursiones, los ejércitos de Samori tenían que
tomar frecuentemente plazas fuertes, bien del tipo norteño (tata) —de muros espesos y
macizos, como los de Sikasso—, bien del tipo sanye (cercados dobles o triples, formados por
troncos de gran tamaño, o por estacas), o, finalmente, del tipo dyasa (construcciones
fortificadas, con estacas).
Samori fue lo suficientemente hábil para no abolir, pero sí transformar, el sistema rígido
de las clases de edad. Desde abajo hacia arriba, las unidades comprendían una sección de diez
a veinte hombres, llamada kun (cabeza); luego, la unidad normal operativa, llamada bolo
(mano). En ocasiones, un grupo compuesto de varios bolo estaba a las órdenes de un jefe
militar (keletigui). Según el dispositivo tradicional, se distinguían cinco partes en un ejército
en campaña, cuyos nombres derivaban de las partes del cuerpo: vanguardia (nyan, cara);
retaguardia (kokisi, defensa de la espalda); derecha (kinibolo, mano derecha); izquierda
(numanbolo, mano izquierda), y el centro (disi, pecho). En combate, todos ellos maniobraban
dirigidos por el sonido del tambor de guerra o tabala.
Samori preparaba cuidadosamente sus campañas, gracias a la información y a la
propaganda para desmoralizar o intimidar al enemigo. Era un táctico notable, destacaba en las
fintas, emboscadas y ataques sorpresa fulminantes. También lo eran sus jefes militares. En
cuanto a los soldados, eran hombres muy entrenados, capaces de atravesar ríos en todo
momento, de marchar días enteros a buen paso, de servir como «provocadores» (keletiguela),
con riesgo de su vida, para atraer al enemigo a una emboscada.
Cuando se capturaba una aldea, los viejos solían ser ejecutados, como miembros de los
consejos aldeanos, que habían decidido resistir.
Pero Samori -se distinguió sobre todo en la utilización de la caballería para hostigar,
rodear o perseguir al enemigo, y en la organización de la intendencia y de -la logística; en
realidad, la carencia de vehículos hacía que estos problemas fuesen casi insolubles en el caso
de grandes distancias, por lo que el número de soldados se elevaba al doble por la masa de los
porteadores.
La inferioridad tecnológica en cuestión de armamento le obligó a emplear tácticas
especiales, para no ser aniquilados por las descargas de fusiles de largo alcance: utilización de
macizos vegetales y galerías forestales como línea de defensa fortificada; determinación
previa de un lugar de repliegue para recomponer, en tiempo récord, las unidades, y sorprender
al enemigo convencido de que se había efectuado una desbandada general; finalmente,
Samori poseía una extraordinaria movilidad en la ofensiva. En resumen, se trata de las
técnicas habituales en la guerrilla. Algunas unidades de élite, mandadas por desertores de las
tropas francesas, que percibían un sueldo elevado, habían sido organizadas del mismo modo
que las tropas europeas, con su música, sus ejercicios, etc.
Sa’mori, que también había sido soldado raso, tenía el cuerpo lleno de heridas de guerra y
mostraba su preocupación constante por la vida y las necesidades de sus hombres. Durante
las campañas las familias de los reclutas percibían una ayuda; los mutilados eran alojados y
alimentados; con frecuencia, Samori compartía con la tropa los riesgos del combate. Esto
explica la valentía extremada de sus guerreros, que lo seguirán en la desgracia, incluso hasta
la muerte; pues además del valor físico, la tropa veía en él una ágil inteligencia de táctico y la
profunda percepción del estratega, por lo que salía estar animada por una sólida voluntad y la
conciencia de estar realizando una gran obra con energía y generosidad.

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5. La organización territorial
La organización de las provincias del imperio será menos compleja que en otros casos,
debido a la homogeneidad cultural.
En la subdivisión tradicional en cantones (ka/u) y en aldeas, Samori introducirá diversos
elementos de integración.
En primer lugar, los comisarios o delegados (dugukunasigui), establecidos en ‘los
cantones y pagados por éstos, cuya misión era informativa, de control de ‘la lealtad política y
de ejecución de decisiones del gobierno. En caso de problemas importantes, los delegados en-
viaban a los interesados al keletigui.
Este último era, en ocasiones, quien se hallaba a la cabeza del gobierno militar. En efecto,
el imperio había sido dividido, después del asedio de Kankán, en territorios que dependían
directa o indirectamente de Samori: dependían de forma directa los territorios ocupados por
el ejército principal, el /oroba (bien de la colectividad), el cual, tras la atribución de las
regiones a los demás ejércitos autónomos y periféricos, será utilizado como gran unidad de
reserva para los casos graves y para las campañas excepcionales. Su base territorial variará
según las necesidades, pero permanecerá centrado en las vastas regiones que constituyen el
núcleo del imperio, incluida Kankán. Algunas de las regiones englobadas en él, gozaban de
privilegios especiales que no caían bajo la ley común, como era el caso de los dominios de
los parientes maternos del soberano, en el Bajo Konyan, y los territorios kissi de Mori
Sulemani. Y como lo era el del reino de Odienné. Tales territorios no tenían dugukunasigui, y
no se hallaban sometidos a la conscripción ordinaria, aunque proporcionaban contingentes en
caso de necesidad.
Los ejércitos territoriales eran como Estados militares formados en las regiones
fronterizas con funciones específicas. El ejército del oeste, mandado por Langaman Pali, y
luego por Bilali, tras el ínterin de Sidi Banba, se extendía desde e1 Níger, por el norte, hasta
las tierras de Sierra Leona. Se trataba de la unidad más poderosa, ampliamente dotada de
armas modernas; su misión consistía en proteger las rutas del comercio de armamento, por lo
que había distribuido puestos militares a lo largo de este cordón umbilical del Imperio. El
resto del país, montañoso y boscoso, era difícil de controlar: con ocasión de la gran rebelión,
sus habitantes rechazaron a Sidi Banba hasta el corazón del Imperio.
El ejército del norte estaba confiado a Masarán Mamadi, luego a Amínata Diara
Diomandé; controlaba la ruta norteña hacia el mar, vía el Puta Dchalón, y los placci’es
auríferos de Bure.
El ejército del noreste, situado al sur de Bamako, perderá el Mandíng de Narena por el
tratado de Keniebakura, y las tierras de Kangaba, por el de Bisandugu. T~’rritorio mandé por
excelencia (estaba situado entre el Malinké, Bámbara y Wasulu), era el territorio adscrito al
hermano del almamy, Fabu Turé (Kemé Brema). Como en el caso precedente, su papel
defensivo respecto a las columnas francesas le hará caer muy pronto. El ejército del este será
mandado sucesivamente por Tanmori, ejecutado después de su derrota ante Tieba, y luego por
Bolu Mamadu; posteriormente el mando recaerá sobre Managbé Mamadi, el hijo rebelde,
dirigente de un pronunciamiento de opereta. Finalmente, volverá a manos de Bolu Mamadu.
Se trataba, pues, de grandes territorios que vivían constantemente en pie de guerra; eran
también los órganos más dinámicos del imperio, los que garantizaban su vitalidad expansiva

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y su protección, llevando a cabo asimismo una labor de amalgama y de integración.
6. El régimen
Por el hecho de crear un imperio cuya organización era rigurosa, pese a su extensión,
Samori se creyó en la obligación de completar su edificación y evitar la acción de fuerzas
disgregadoras, uniendo todas sus partes con el cemento de la.fe. Los consejos de los letrados
de Kankán, la eliminación del último defensor de los no musulmanes, Sagadyigui, y quizá
también la convicción de que sólo el empuje unánime de la fe podía servir de barrera a la
aplastante fuerza de los extranjeros, le llevaron, en 1884 y en 1886, a afirmar solemnemente
frente a sus allegados «paganos» una serie de principios y de ordenanzas nuevas, inspiradas
en el Islam:
— Habiendo obtenido el título de almamy, tras una especie de examen para convertirse en
morabito, prohibió desde ese momento el uso de su nombre; había que llamarlo Padre (M/a).
— La transmisión de sus bienes se llevaría a cabo por vía patrilineal, lo mismo que el
trono.
— La admisión de un territorio dentro del imperio quedaría subordinada a la conversión
de sus habitantes; los hijos de los gobernantes vencidos, desarraigados de su medio y
educados religiosamente.
— Los parientes próximos del rey debían convertirse y renunciar a las prácticas
«paganas».
Las primeras resistencias contra tales medidas fueron pronto organizadas por su propio
padre y sus hermanos; esto, y sobre todo la Gran Revuelta, obligaron al almamy a mostrarse
flexible y a implantar en la práctica un régimen de tolerancia.
Samori había llevado a cabo la tarea de ajuste e integración que desde el siglo xvi al xix
realizaron también otros líderes africanos en ese período de violencia y agitación, provocado
en gran medida por la trata de negros. Quizá Samori puede parangonarse más bien a
Mirambo, que en Africa oriental y en la misma época intentó controlar las rutas entre las
tierras nyamwezi y el océano Indico. Ciertamente, Samori llevó a cabo una «revolución
diula», realizando en gran parte su sueño de mezclar bienes y pueblos entre el mar y el Sáhel,
reformando la sociedad para adaptarla a las nuevas necesidades. Aunque no es demasiado
lícito aplicar un calificativo étnico a una empresa histórica del tal envergadura; además, Y.
Person admite que el intento fundamental de su reforma sociopolítica (la teocracia),
«desviación sin futuro, apenas duró veinte meses y no volvió a ser tomada en consideración».
Pero no es lícito reducir sin más la personalidad de Samori a la de un simple reformador del
mundo diula. Es cierto que el «imperio de Samoni no fue fundado para oponerse a la
irrupción de los blancos»: esto es posible, pero luego él lo utilizó para esto objetivamente.
Samori jugó así el papel de campeón de la integridad africana; y esta labor, que fue
cumpliéndose a lo largo de dieciocho años, influyó de manera decisiva en el primer intento de
reajuste de estructuras, hasta tal punto que es difícil separarlos. Con todo, expulsado por la
invasión imperialista de su contexto geográfico originario, el segundo imperio, que fue
errante, es tan sólo un imperio de supervivencia, que, por una trágica ironía del destino,
deberá destruir para sobrevivir.
H. El segundo Imperio
El traslado en el espacio de un imperio es quizá un caso único en la historia.

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Es cierto que Samori había establecido una alianza con Babemba, pero era ya demasiado
tarde. Percatándose de que, aislado como estaba, no podría mantener en pie su reino durante
mucho tiempo, dio a su resistencia un carácter elástico; es ahora cuando adopta la táctica de
la tierra quemada, que iba a terrorizar a los habitantes de las tierras por donde pasaba. Dividió
a sus fuerzas en tres grupos: los que poseían fusiles de tiro rápido, que tenían por misión
contener a los franceses defendiendo la tierra centímetro a centímetro; otro grupo, provisto de
fusiles de pistón, ocupaba y administraba las tierras conquistadas, mientras que el tercer
grupo conquistaba, en dirección este, nuevos territorios destinados a servir de recambio en
caso de traslado.
Este reino errante ha sido presentado por los historiadores europeos como una máquina
infernal que arrasaba todo a su paso. Olvidan, sin embargo, que fue precisamente la
intervención europea la que había producido el desarraigo de esta entidad política —cuyo
carácter pacífico fue reconocido incluso por los oficiales franceses—, y que convirtió a
Samori en un rayo destructor. Para subsistir estaba obligado a conquistar, y para defenderse, a
destruir. Lo que no significaba que sus soldados no hayan cometido excesos.
Ya en diciembre de 1891 la columna Humbert arrasa los Estados de Samori. Bisandugu,
la capital, y Sanankoro, su tierra natal, son defendidos con verdadera rabia, y los so-/a
combaten durante todo un mes, con frecuencia cuerpo a cuerpo. La campaña de 1892-1893,
lanzada por Combes, que mandaba una columna sumamente poderosa, trata sobre todo de
cortar el nexo de Samori con su jefe militar Bilali, encargado de hacer llegar los convoyes de
armas desde Sierra Leona.
Cuando Combes y Archinard son retirados, Samori intenta reorganizarse; pero el teniente
coronel Bonnier, no acatando las órdenes de París, inicia de nuevo la ofensiva. Esto obliga a
Samori a abandonar el primer foco de su poderío y a trasladar sus bases a la Alta Costa de
Marfil, en la región de Kong. En vano pedirá a las fuerzas francesas que se le reconozca su
soberanía sobre esta región; se le contesta que debe aceptar el protectorado. Entonces Samori,
establecido en Da’bakala (1894), organiza nuevas relaciones con la costa, a través de Liberia
y de lo que hoy es Ghana. Se verá obligado a vender esclavos cada vez en mayor cantidad,
para obtener a cambio caballos y armas. Cualquier peligro exterior podía convertirse en
mortal. Pero la ciudad de Kong se inclina hacia el doble juego,, y toma contacto con los
franceses; éstos, con Monteil, lanzan una incursión con el fin de coger al almamy por la
espalda, aunque ante la hostilidad de las poblaciones deberán retirarse hacia la costa, en tanto
que Samoni arrasaba la célebre ciudad mercantil. Sin embargo, la toma de Bobo (Alto Volta)
por Francia le corta toda escapatoria hacia el este. En ‘la región, algunos pueblos habían
opuesto una resistencia heroica, como los tiefo, dirigidos por su intrépido rey Amono; pero
otros habían preferido doblegarse. El hijo del almamy, Sanankeñi Mori se pone en contacto,
en el norte de Ghana y en Alto Volta, con el rey de Gurunsi, Amaria; con el jefe de los
aventureros dcherm-abé y con los primeros destacamentos británicos estacionados en Dokita.
Los británicos envían un ultimátum al almamy, instándole a la evacuación inmediata, «pues
hasta este momento, usted se ha enfrentado tan sólo a los franceses que, como las hienas,
persiguen a su presa hasta el agotamiento. En cuanto a nosotros, preferimos la reacción
fulminante del león». Pero en este caso, el asunto terminó bastante mal para el pequeño
contingente británico, que fue asediado y dispersado.
Para Samoni, sin embargo, como para otros gobernantes africanos, las consecuencias de
la Conferencia de Berlín van a ser fatales. Para impedir que los británicos ocupen la Alta
Costa de Marfil, lo que habría dividido en dos trozos las posesiones de Francia, este país va a
acelerar la ocupación. En Buna el capitán Braulot es asesinado por sus tropas, en

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circunstancias trágicas, que el alma-my fue de los primeros en deplorar (1897). Era ya el
último combate. Samoni lo había comprendido así, también él, cuando erigió un formidable
tata, que fue llamado Boribana («la lucha terminó»). Los franceses, además, van a poner en
práctica un nuevo método para exterminar a su irreductible enemigo: de ahora en adelante, y
durante el invierno, ya no habrá pausas que permitan al almamy rehacer sus fuerzas;
asimismo, para doblegarlo por hambre, se pone en práctica a su alrededor el sistema de la
tierra quemada. Samoni pedirá parlamentar; pero Lartigue exige la rendición incondicional y
la entrega de los hijos de Samoni. Este entonces se introduce en el bosque denso, en dirección
a Liberia, pero le son hostiles los pueblos locales, mientras que el hambre arrecia. Algunos
so/a desertan, aunque la mayor parte de sus unidades se mantendrán junto a él con lealtad.
El 29 de septiembre de 1898 Samoni se hallaba sentado, muy de mañana, en su
campamento de Guelemu, absorbido por sus lecturas pías, cuando vio aparecer a una parte de
los tiradores senegaleses, conducidos por un sargento francés: éstos habían aprovechado
audazmente la desorganización del campamento y de la residencia del almamy, cuando las
mujeres se encontraban ocupadas alrededor de los morteros moliendo granos o preparando
los desayunos. Sorprendido, el almamy se lanzó hacia los establos para huir a caballo y no
caer en manos de los franceses, pero era ya sexagenario, y pronto fue alcanzado y capturado.
Entonces se sentó y pidió que lo mataran. Pero fue detenido y llevado a Senegal; luego será
deportado a Ndchole (Gabón), donde morirá dos años después.
Samoni, por su carrera excepcional, es a un tiempo creador de imperios y resistente.
Mucho menos culto que El-Hadch ‘Ómar, no poseía la amplitud de visión de éste; pero
Samori Turé, que había permanecido muy unido a su pueblo malinké, que «nunca había visto
el mar», era mucho más auténtico en su rechazo de la dominación extranjera

V. EL MAHDI
A. La conquista del poder
Sudán, incluidos el Darfur y el Kordofán, se había convertido en un apéndice de Egipto,
sobre todo después de Mehemet ‘Ali (1769-1849). Este albanés, enviado por los turcos para
volver a tomar el contacto de la situación en Egipto, había liquidado el poder de los
mamelucos y, tras liberarse de Turquía, se dedicó posteriormente a la modernización del país,
rodeándose de técnicos europeos. Organizó la infraestructura, desarrolló el cultivo del
algodón, creó industrias, un ejército y una flota de guerra. Hacia el sur, Mehemet inició su
actividad a ‘lo largo y ancho del macizo etíope. Por el este, se apodera de los puertos de
Swakim y Massawa, en el mar Rojo. A partir de 1820 ocupa Sennar y Kordofán,
estableciendo en Jartúm la capital de Nubia, integrada de nuevo en Egipto como en tiempos
de los faraones. Pero la principal actividad comercial era ya el tráfico negrero, a costa de las
poblaciones negras no musulmanas del Alto Nilo, del Bahr al-Ghazal, e incluso del Wellé.
Representa un giro el hecho de que, tras la muerte de Mehemet ‘Ali, sus débiles
-sucesores, ‘Abbás (1849-1854), Mohammed Sa’íd (1854-1863) e Isma’íl (1863-1879), dejen
caer al país en el caos financiero, lo que significa abandonarlo al control políticoeconómico
de los europeos, en especial después de la apertura del canal de Suez por Ferdinand de
Lesseps, en 1869. Gran Bretaña había aplastado la revuelta nacionalista xenófoba dirigida por
el coronel ‘Arabi Pachá, para evitar que la ruta de la India quedase desprotegida; así Londres
había podido sacar ventaja a las demás potencias en la cuenca del Nilo. Pero Gran Bretaña
era entonces antiesclavista; el sistema de captura de esclavos negros, organizado en Sudán

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por el jedive, representado localmente por sus gobernadores, era terrible. Aquí, Zubeir Pachá
jugaba el mismo papel que Tippu Tip al otro lado del bosque tropical. Los esclavos eran
enviados hacia Arabia, por la ruta de El-’Obeid, Bérbera y Swakim, hacia Trípoli y El Cairo,
y hacia Turquía, rodeando por Kuka y el Fezzán. Zubeir acumuló tanto poder que el jedive le
mandó llamar y lo retuvo en Egipto, confiando la defensa de las fronteras del imperio a
viajeros y aventureros europeos: la provincia de Ecuatoria, al norte de los Grandes Lagos, fue
confiada a Samuel Baker, y más tarde al alemán Schnítzer (Emín Pachá); el austríaco Slatin
obtuvo Darfur. Tales individuos llevaban a cabo la política de Egipto, y salvo veleidades, eran
continuadores de las exacciones egipcias contra los autóctonos sudaneses, ahogando las
revueltas locales en mares de sangre.
En este contexto —en el que la caída del jedive Isma’íl dejaba un vacío po-lítico incluso
en las regiones marginales del imperio egipcio— surge, de las profundidades desoladas del
Alto Nilo, el sorprendente espectro de El-Mahdi, Mohammed Ahmed, que tenía entonces
unos cuarenta años, y era, como Usmán dan Podio, un austero místico. Iniciado en el
sufismo, estaba considerado en la región como un santo varón. Ahora bien, ciertas personas
esperaban la llegada de un mahdi de manera inminente, y Mohammed Áhmed había podido
constatar por sí mismo, durante un viaje a El-’Obeid (Kordofán), la existencia de
sentimientos hostiles de la administración local contra el dominio egipcio. Así un día, desde
la isla de Aba, en el Alto Nilo, Mohammed envió circulares a los notables sudaneses
anunciando que él era el Mahdi esperado que instauraría el reinado de la justicia.
De este modo se había iniciado la epopeya almohade, en el AntiAtlas, con Mohammed
Ibn Tumert. En 1881 el gobernador egipcio envió un contingente para capturar al agitador,
pero fue aplastado en un choque, en que los partidarios del Mahdi sólo disponían de lanzas y
de garrotes: el «milagro» electrizó a las masas y permitió engrosar rápidamente las fuerzas
del profeta. En mayo de 1882 el gobernador alemán Giegler es derrotado a su vez. El Mahdi,
además de los talibé, fanáticos pero mal instruidos, además de los nómadas báqqara, de los
autóctonos esquilmados por el fisco egipcio, pronto dispuso del apoyo de los sudaneses del
sur, mulatos o negroides, que anteriormente habían participado en la trata y que estaban
acostumbrados a las incursiones organizadas. Estos olfatearon el éxito de la Mahdiya, y
esperaban poder continuar con sus negocios bajo la protección de un gobierno islámico; por
otro ‘lado, eran los únicos que poseían fusiles.
El Mahdi, pues, pasó a la ofensiva. Llevó a sus tropas ante la capital de Kordofán,
El-’Obeid, que cae en enero de 1883. El gobierno británico no deseaba enfangar a la
administración egipcia en problemas financieros suplementarios, ni acabar con una revuelta
que, a fin de cuentas, era, para Gladstone, una guerra de liberación, por lo que se mostraba
reticente a. intervenir. Sin embargo, para realzar el prestigio de su hombre de paja egipcio,
Tewfiq, que entonces gobernaba en El Cairo, dejaron que éste organizara un cuerpo
expedicionario mandado por un antiguo oficial británico. La tropa penetró en las estepas
quemadas por el sol y regada de octavillas mahdistas, que proclamaban que no había
esperanza para quienes atacaran a los soldados de Dios. Efectivamente, en noviembre de
1883 la fuerza de intervención era aniquilada. Entonces los británicos decidieron evacuar el
Sudán, excepto Jartúm, a orillas del Nilo, y Swakim, en el mar Rojo. Los europeos que
gobernaban las provincias meridionales por orden de Egipto se apresuraron a alejarse o a su-
marse a los mahdistas. Slatin, de Darfur, se convirtió en el consejero técnico forzado del
Mahdi. Lupton, de Bahr al-Ghazal, se hizo musulmán. Emín Pachá, de Ecuatonia, penetró
más hacia el sur, hasta el lago Victoria. Y en ha medida en que el gobierno británico se decía
resuelto a defender el puerto de Swakim, fundamental para la ruta de la India, el Mahdi se
hallaba decidido, también, a abandonar eventualmente Jartúni.

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B. El apogeo
Con el fin de estudiar el problema, el gobierno británico envió al Sudán al general
Gordon. Este era un hombre de salud de hierro, habituado a la dura vida del desierto. Por
desgracia aunaba en sí mismo las más rígidas convicciones morales y un espíritu muy voluble
y fantasioso, pero como ya había sido gobernador general del Sudán, fue considerado el
hombre idóneo para desempeñar el cometido, pese a la opinión en contra del cónsul general
de Gran Bretaña en El Cairo, Baning. Después de abandonar Londres con la misión de
redactar un informe sobre la situación en el Sudán y de llevar a cabo la evacuación de las
guarniciones, fue elevado al rango de gobernador general, y tras haber sumergido a Baring
bajo una montaña de telegramas contradictorios (llegó a enviarle hasta treinta en un solo día),
hizo su entrada en Jartúm, donde constató que la retirada de las tropas hundiría al Sudán en el
caos. En efecto, él había imaginado que el Mahdi era sólo uno de tantos pequeños agitadores,
con el que podría dialogar y al que convencería con facilidad para que dispersara a sus
partidarios. Pero el Sudán había sido «transportado» por el mahdismo. Gordon hizo saber a
Baning en esta circunstancia que sólo el esclavista Zubeir Pachá —el mismo Gordon había
contribuido a su destitución— era capaz de tomar en sus manos la situación del país y poner
coto al mahdismo. Gordon había ido a Jartúm para evacuar las guarniciones, y así lo anunció
a los jefes locales, pero acabó prometiendo la llegada de refuerzos. Cuando las líneas
telegráficas con el El Cairo fueron cortadas por los mahdistas, Gordon se halló prisionero en
Jartúm, bloqueado además por la unión de las tribus situadas río arriba a la causa del profeta
(marzo 1884), y negándose además a abandonar a sus soldados. Para salvarlo, la opinión
pública británica se alzó indignada contra el gobierno Gladstone, que acabaría por enviar un
contingente militar para tratar de liberarlo. Sin embargo, el Mahdi se hallaba ya ante las
murallas de Jartúm: la ciudad, atenazada por el hambre, fue asaltada y conquistada el 26 de
enero de 1885. Gordon, que jugó hasta el final el papel que él mismo se había atribuido, tenía
el cabello blanco, no por el miedo, sin duda —pues él mismo decía a un amigo jartumés:
«Cuando Dios distribuyó el miedo, yo venía el último y ya no quedaba para mí»—, sino por
la sensación constante de ser arrastrado hacia el fracaso.
Una masa ingente y vociferante de talibé se lanzó contra el palacio, y el primer individuo
que llegó hasta Gordon le clavó su arma en el cuerpo, gritando: «¡Maldito! ¡Tu hora ha
llegado!» Su cabeza fue cortada y llevada al Mahdi, que habría preferido conservarlo como
rehén. La cabeza fue expuesta al público, en tanto que el cuerpo, expuesto en el patio del
palacio, era acribillado a lanzazos por los transeúntes. Jartúm fue saqueada. Las mujeres, que
se habían vestido de hombres para escapar a los conquistadores, fueron las peor tratadas: una
vez desnudas, muchas fueron violentadas antes de ser enviadas a tres campamentos
diferentes, según la edad. Las cañoneras que debían de salvar a Gordon, llegaron dos días
más tarde.
La caída de Jartúm, que consternó a los londinenses, mancó el apogeo del Mahdi. Este se
estableció en la orilla izquierda del Nilo, frente a Jartúm, en Omdurmán.
El Mahdi fue imponiéndose por medio de terribles represiones, aplastando uno tras otro al
jefe de los kababísh y dispersando a su pueblo, al jefe de los nizaiqat, y al emir Yúsuf, que
trataba de colocar de nuevo a su familia en el poder en Darfur. El Mahdi designó a cuatro
califas, según el régimen político islámico, para que le asistieran en el gobierno del país.
Cada uno de ellos mandaba un cuerpo de ejército, y estaba en posesión de su tambor de
guerra y de su bandera-insignia: negra para ‘Abdalláh, roja para ‘Ali, verde para Mohammed
Sharíf; Mohammed al-Ma’adi ibn as-Sanusi, jefe de la cofradía de los senusitas, rechazó el
nombramiento de califa, por lo que no recibió bandera alguna.

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Los impuestos englobaban el botín de guerra (ghanina), el diezmo (usuri), la limosna al
término del ayuno del Ramadán (sadaqat alFitr), la tasa sobre el grano y el ganado (zaka) y
las multas administrativas. El Bait al-Mal acuñaba moneda de oro y plata.
El profeta muere súbitamente en 1885; su magnífico mausoleo se levanta hoy en
Omdurmán, construido con gran refinamiento y cuidado por albañiles y arquitectos que
incorporaron ciertos elementos procedentes del saqueo de Jartúm. La ciudad de Omdurmán,
gemela de Jartúm, creció enormemente; Slatin estimó que su población se elevaba a
cuatrocientas mil almas.
El califa ‘Abdalláh perfeccionó ulteriormente la organización del servicio financiero, que
acabó denominándose Bait al-Mal al-Amín, o Tesorería General, y se estableció a orillas del
río, para que fuese más accesible a las contribuciones en especie transportadas fluvial-mente.
Una de sus secciones efectuaba la acuñación de moneda; la caja central proveía los gastos
administrativos generales (familia del Mahdi, servicio de los califas, ejército, etc.). Los
impuestos provenientes de la Guezira se destinaban a la guardia personal del califa. Los
talleres de armamento se mantenían gracias a los impuestos sobre los huertos y a la venta de
marfil obtenido en las provincias de Ecuatonia y de Bahr al-Ghazal. Finalmente, el Bait al-
Mal al-Jams se engrosaba con las entradas provenientes de los peajes de las postas fluviales
asignadas a este efecto. Con sus departamentos especializados, el Bait al-Mal se convirtió en
el eje de la administración de toda la Mahdiya.
El ejército del Mahdi se dividía en dos cuerpos principales, los regulares y la milicia. Los
primeros, o mulazimín’, formaban una tropa de profesión, compuesta de negros y árabes, bajo
el mando de Shah ad-Din, hijo del califa. Estaban dotados de armas de fuego, de un
campamento y disponían de guarniciones en los principales centros del país. Por su lado, la
milicia se componía sobre todo de negros, soldados no reclutados, armados de lanzas y
espadas. Se presentaban en Omdurmán sólo en la época de la recolección y después de la de
las lluvias. Las secciones y las compañías estaban estrictamente jerarquizadas,
comprendiendo grupos de veinte, cien y varios centenares de soldados (de a caballo), bajo las
órdenes de un magaddim, de un ras miya y de emires. Sólo el Sudán central, entre Jartúm y
Fashoda, era gobernado directamente por el califa. Las otras grandes provincias (Dóngola,
Bérbera, Sudán oriental, Sudán occidental) se hallaban directamente bajo el mando de los
emires.
Los recaudadores de impuestos (humal amil) jugaban un papel importante.
C. El declive y la represión
Como sucedió tras la muerte de Usmán dan Podio, después de la del Mahdi surgen
fuerzas centrífugas que alteran el mahdismo. De los tres califas nombrados por el Enviado, el
principal y sucesor era ‘Abdalláh (1885-1898). Este era un hombre astuto, que supo hacer
frente a las tentativas de rebelión que se multiplicaron inmediatamente por razones personales
o étnicas. ‘Abdalláh supo aunar de forma maquiavélica las negociaciones y las detenciones
con ejecuciones sumarias y deportaciones. Exteriormente, logró importantes éxitos contra
Etiopía, que fue invadida: Gondar fue saqueada y Yohannés, casi vencedor, fue asesinado y
su cabeza enviada a Omdurmán en 1898. ‘Abdalláh trató de iniciar de nuevo la guerra santa
contra Egipto: había enviado en su día una circular a Tewfiq y a la reina Victoria invitándoles
a presentarse en Omdurmán para sorne-terse al mahdismo, aunque poco después (1898) su
ejército, falto de entusiasmo, fue aplastado mientras bajaba por el Nilo, hacia Egipto. A todo
ello se añadieron la sequía y las epidemias, que duraron dos años, y la situación se agravó aún
más con la llegada de los báqqara. En efecto, los líderes de la Mahdiya habían deseado

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siempre fijar la residencia de esta tribu nómada del Darfur junto a Orndurmán, para hacer de
ella uno de los más sólidos pilares del régimen. Finalmente lo había conseguido, pero el
hecho coincidió con una terrible carestía, y fue difícil retener allí a los recién llegados. Con
todo, habían tenido tiempo suficiente para desequilibrar el tesoro (Bait al-Mal).
Pero el mahdismo se hallaba ya amenazado por todos lados por las potencias europeas.
Británicos e italianos reanudaban la ofensiva en el mar Rojo, mientras que los franceses y los
belgas, una vez firmado un acuerdo que delimitaba sus esferas de influencia en el Congo, se
mostraban muy agresivos en la región del Bahr ah-Ghazal y del Alto Nilo. Ahora es cuando
los británicos deciden remontar el río Nilo, no sólo para adelantarse al francés Marchand en
el Alto Nilo, sino para apoyar a Italia después de su derrota a manos de Menelík, en Ádowa, y
para consolidar la Triple alianza con Alemania.
Entonces el califa reunió en Omdurmán a sesenta mil hombres para la guerra santa,
sometiéndolos a un entrenamiento intensivo, en tanto que iba aproximándose el ejército de
veinticinco mil hombres levantado por Kitchener para llevar a cabo su revancha. En abril de
1898, tras un período de tensa espera, dio comienzo la batalla, que se desarrolló furiosamente,
y dos horas y media después, tras un cuerpo a cuerpo sumamente violento, el ejército sudanés
fue aplastado y Mahmúd, hecho prisionero, fue enviado a Egipto. Osman Digna pudo
replegarse hacia el sur. Una vez que Kitchener bombardeó Omdurmán, tratando en especial
de dar a la tumba del Mahdi, se produjo el choque definitivo en el sur, en las colinas de
Karani. Con todas las banderas desplegadas, rodeando a todos sus jefes, presentes en esta
ocasión, las tropas mahdis’tas salieron de Omdurmán y se acercaron a Jartúm, para el gran
enfrentamiento, que para ellos acabaría en holocausto: tras varias horas de combates rabiosos,
las armas modernas tomaron la iniciativa, y veintisiete mil discípulos, de los cuales once mil
muertos, quedaron en el campo de batalla. Kitchener ordenó extraer los restos del Mahdi del
mausoleo y los hizo arrojar al río.
El califa Shah ad-Din y Osman Digna pudieron huir hacia el sur, hacia Kordofán. Pero
todos los jefes mahdistas morirán en choques posteriores, en 1899. La captura de Osman
Digna significó el golpe de gracia para la Mahdiya.

VI. MENELIK II DE ETIOPIA


Tras el reinado del desafortunado Yohannés, sube al trono etíope una de las
personalidades más grandes del siglo xix africano: Menelík 11(1889-1913). Ya en su
provincia de Shoá había iniciado una política de modernización y de consolidación, gracias a
la compra masiva de armas modernas que le proporcionaba un comercio basado en el
contrabando, en el que tomó parte el poeta Rimbaud.
Aprovechando los disturbios provocados en las orillas del mar Rojo por el levantamiento
mahdista, los europeos se habían apoderado de los puertos de este mar: los italianos de
Massawa, los británicos de Zeila y los franceses de Obók y luego de Dchibuti. Yohannés
había hecho frente a los intentos italianos en el Tigré aniquilando una columna italiana en
Dógali (en 1887). Los italianos habían apoyado siempre a Menelík, y estimaron que había
llegado el momento de tratar de sacar ventaja de este hecho. Creyeron haberlo conseguido
por medio de la firma del Tratado de Uchalli (1889) en el que (al menos según la versión
italiana) se afirmaba que el negus se comprometía a recurrir al gobierno italiano para sus
relaciones exteriores, en tanto que en la versión amhánica se decía solamente que el negus
«consentía en recurrir...». Se trataba de un matiz diplomático, pero en todo caso Menelík

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comenzó por aceptar un préstamo de cuatro millones de francos, garantizado por medio del
control italiano sobre las aduanas de Harar y por la anexión de esta provincia en caso de que
no fuese restituido. Menelík recibió incluso del rey de Italia -treinta y ocho mil fusiles y
veintiocho cañones. Ya desde 1890 Menelík, una vez llegado a un acuerdo con este vecino
europeo tan ambicioso, se volvió hacia los demás, declarando con firmeza y altanería: «No
tengo la intención de esperar con los brazos cruzados a las potencias europeas llegadas de
ultramar para repartirse Africa.» En ese mismo año, sin embargo, los italianos fundan la
colonia de Eritrea, y para atraerse a Menelík e inducirlo a aceptar la anexión, le envían como
presente dos millones de balas; Menelík aceptó las municiones, restituyó el préstamo y luego
denunció el Tratado de Uchalli, lanzando al pueblo etíope un llamamiento para que se
levantara en masa, atrayéndose incluso al ras Mangashá de Tigré, que durante un tiempo
había flirteado con los italianos. Cuando el general Baratieri volvió de Roma con el
consentimiento del gobierno italiano, en el último momento recibió un cable del ministro de
Asuntos Exteriores, Cnispi, pidiéndole «una victoria auténtica, es decir, sin equívocos».
Baratieri ataca a los etíopes en Adowa, el 1 de marzo de 1896. Era día festivo para la
Iglesia etíope, y el mando italiano pensó que gran número de soldados enemigos estarían
ocupados en Aksurn en los ritos religiosos. En realidad, se halló frente a un ejército nacional
de setenta mil hombres, armados hasta los dientes y llenos de entusiasmo patriótico. En el
último instante Baratieni quedó embarullado entre sus mapas (que eran falsos) y las
indicaciones de sus guías; cuando por fin pudo tomar posiciones, fue rodeado
inmediatamente por una verdadera marea humana. El general italiano murió, y el ala
izquierda, formada por somalíes, retrocedió hacia el centro, sembrando el pánico. Murieron
ocho mil italianos y cuatro mil auxiliares africanos. Fue un desastre. Ádowa resonó en
Europa como un tremendo trueno y colocó definitivamente a Etiopía entre las naciones
reconocidas. Los italianos tuvieron que firmar un tratado humillante que anulaba el de
Uchalli y que reconocía la soberanía etíope. En seguida las delegaciones extranjeras se
multiplicaron en Addís Abebá («la nueva flor»). La capital había sido fundada por Menehík
en 1887, aunando las ventajas de su posición central a un cielo luminoso y a las delicias de
cercanos bosques de eucaliptus. Francia tomó el control del ferrocarril Dchibuti-Addís
Abebá, no sin que Menelík decidiera bloquear el proyecto cuando supo, con gran irritación,
que la compañía privada a la que había vendido la concesión, la había revendido a su vez, a
un gobierno extranjero. Posteriormente las relaciones mejoraron, cuando un contingente
etíope fue encargado de alcanzar el Nilo Blanco para combinar sus esfuerzos con los del
coronel Marchand. Las conquistas realizadas durante el reinado de Menelík fueron
cuidadosamente reflejadas en los mapas y, en su mayoría, sancionadas por tratados con las
potencias vecinas: Gran Bretaña, Francia e Italia. Había nacido la Etiopía moderna.
En 1906 Menelík se ve afectado por una semiparálisis; en 1909 designa como sucesor a
Lidch-Iyasu, su nieto, pero hasta 1911 el poder pasa al regente, el ras Tessemma. Menelík
muere en 1913.
Fue un gran líder -moderno, que comprendió profundamente cuál era el curso de la
historia y que logró garantizar ha existencia del más antiguo reino africano. Menelík actuó
siempre con la mirada fija en el progreso de Etiopía: abolió la esclavitud, decidió instaurar la
enseñanza obligatoria y proyectó el establecimiento de un código de derecho moderno.
Aunque sus campañas militares y sus enfermedades le impidieron llevar a cabo tan amplios
planes. Iyasu era un enano, al lado de este gigante. Era un incapaz. Además, se atrajo la
irritación de sus súbditos profesando abiertamente el Islam, y pretendiendo que no descendía
de Salomón, sino de Mahoma; hizo bordar en su bandera la profesión de fe islámica «No hay
más Dios que Alá». La nobleza lo hizo deponer y proclamó emperatriz a la hija de Menelík,

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Zeuditú, teniendo como regente y heredero al ras Tafani, el futuro Hailé Sellassié 1, que
tomaría el poder en 1930.
Conclusión
Estas son las grandes figuras que, en el siglo xix, dominaron la escena del Africa Negra.
Fueron todos ellos hombres superiores, del temple de los que crean imperios o de los que
imprimen una nueva dirección a todo un pueblo. Todos ellos desencadenaron entusiasmos
colectivos, como sólo lo hacen los individuos excepcionales. Musulmanes, cristianos o
«animistas», príncipes o advenedizos, cualquiera que haya sido el contexto histórico
particular en que realizaron su carrera, todos ellos se impusieron una tarea análoga: erigir
vastos conjuntos políticos que superaran los particularismos y que impusieran el
reconocimiento de sus naciones por las potencias europeas, que ellos sentían ya merodear y
contra las cuales hubieron de combatir. Ciertamente, ni Usmán dan Fodio, ni Chaka hubieron
de vérselas directamente con los europeos; pero sus sucesores inmediatos, continuadores del
impulso que ellos habían sabido imprimir, se hallaron frente a los nuevos invasores. Amadu
Bello, en Sokoto, preguntaba insistentemente a Clapperton qué habla venido a hacer a su
país, al tiempo que se lamentaba de la presencia de Denham en el ejército de Bornú que, con
Bu Jalhúm, había sido desviado contra los fula. En lo que respecta a Dingane, tuvo que
vérselas con los blancos más «preparados» que la «gran agua» haya llevado nunca a Africa.
Los sistemas empleados por los líderes se parecen entre sí, y no difieren esencialmente de
los demás fundadores de imperios o de los revolucionarios a lo largo del mundo. Pero su
objetivo final, para todos aquellos que previeron o hallaron ya la penetración extranjera en
Africa, está claro. Aprovechando determinadas circunstancias, esperaban apoderarse, ante
todo, y antes de que fuese demasiado tarde, de la iniciativa política y conservarla en manos
africanas. Y los resultados fueron, obviamente, muy variados. La Mahdiya llegó a pedir
incluso el sometimiento británico, y desencadenó una de las descargas religiosas más
fulgurantes, aunque basada en una integración, en unos ‘medios y una organización muy
precarios. La excepcional cabalgada de los discípulos de Usmán dan Podio, aun habiendo
sembrado entusiasmos que perviven todavía y fundado Estados, como el de Sokoto que aún
ejercen una influencia política enorme, no había sabido fundar en el Sudan central, su ansiado
reino del califa, inspirado por la justicia divina, que era el sueño del fundador. Las
preexistentes fuerzas centrífugas continuaban siendo muy poderosas, y ni la piedad, ni el
prestigio cultural de sus líderes podían sustituir la falta de medios técnicos de integración. La
epopeya torrencial de Chaka, pese a su terrible grandeza, y a su éxito en el intento de
amalgama nacional de las tribus dispersas e impotentes, conoció una rápida degradación, por
la excesiva amplitud territorial y por la multiplicación de incursiones inútiles. En el Africa
Sudánica occidental, Samori, menos culto pero mejor organizador que El-Hadch ‘Omar —
quizá porque su actividad se centró sobre un medio físico más homogéneo—, fracasó
esencialmente porque los franceses lo eligieron como blanco de sus ataques. Pero es
indudable que estos dos grandes generales carecieron sobre todo de medios técnicos que les
hubieran permitido imponerse; su destino dependió siempre del número de fusiles modernos
de que disponían. Se comprende, pues, por qué a veces mostraron una rabia tan profunda en
sus cacerías de esclavos, con los que llenar los huecos de su caballería y almacenar «pólvora
y municiones». Era una cuestión de vida o muerte.
Y se comprende también por qué uno de los principales factores del fracaso de estos
grandes imperios fue su continentalidad: carecían de ventanas sobre el mar; los grandes
imperios de la Antigüedad, Mali sobre todo, habían ejercido al menos algún tipo de dominio
sobre amplias fajas costeras. Pero para estos otros, la costa real era la orilla sur del Sáhara,

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por la que pasaba todo el comercio básico. La costa atlántica, por donde llegaban las armas,
fue la meta de Samoni y de El-Hadch ‘Omar sólo en un sentido: como brecha por la que
podían respirar sus Estados asfixiados. Las salidas, sin embargo, estaban controladas ya por
potencias que habían decidido acabar con ellos. Decir que si Samoni y El-Hadch ‘Omar
hubieran dispuesto de suficientes fusiles y cañones, el curso de la historia africana habría sido
diferente, no es en absoluto una cuestión académica. El caso de los ashanti, más favorecidos
en este sentido (pero sólo después de luchas encarnizadas para alcanzar el mar), y que
lograron mantenerse en la costa durante largo tiempo, está ahí para probarlo. Sin embargo, el
caso de Menelík es una asombrosa prueba contraria: provisto de suficientes medios
materiales y de una antigua tradición nacional, y de una costa que precisamente los invasores
europeos ambicionaban, Etiopía consiguió entrar a formar parte del concierto internacional.
Si hay pues alguna lección a extraer de la gloriosa historia de tales gigantes africanos del
siglo XIX, es la de la doble necesidad de integración en amplios conjuntos, y la del dominio
de medios técnicos.

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