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FUENTES SOBRE LA TRATA NEGRERA

La vida de Gustavus Vassa


Nota: La vida de Gustavus Vassa, por Olaudah Equiano fue la primera
autobiografía de un esclavo africano, escrita y publicada en Inglaterra, a fines del
siglo XVIII, luego de su manumisión.

El viaje por el Atlántico


Lo primero que vieron mis ojos cuando arribé a la costa fue el mar y un barco
negrero, que estaba entonces anclado y esperando por su carga. Esto me llenó de
asombro, que pronto se convirtió en terror cuando fui transportado a bordo.
Inmediatamente, fui palpado y sacudido por alguien para ver si estaba sano; y entonces
me persuadí de que había entrado en un mundo de malos espíritus, y de que ellos iban a
matarme. También sus apariencias, tan distintas a las nuestras, sus largos cabellos, y el
lenguaje que hablaban (que era muy distinto a todo lo que ya había oído hasta entonces)
se unieron para confirmarme en esta creencia. De hecho, eran tales los horrores que veía
y los temores que tenía en ese momento que, si hubiera tenido diez mil mundos los
hubiera cambiado por ser el más humilde esclavo en mi propio país. Cuando observé
dentro del barco, y vi una gran olla de cobre hirviendo, y una multitud de negros de
todo tipo encadenados uno a otro, expresando cada uno de sus semblantes desaliento y
pena, no dudé más sobre mi destino; y, totalmente poseído por el horror y la angustia,
me tumbé en la cubierta y me desvanecí. Cuando me recobré un poco, encontré algunos
negros cerca mío, que creo que eran algunos de los que me habían traído a bordo y
habían estado recibiendo su paga, ellos me hablaban para animarme, pero en vano. Les
pregunté si no íbamos a ser comidos por esos blancos de horrible apariencia, rojas caras
y largo cabello. Me dijeron que no, y uno de ellos me ofreció una pequeña porción de
un licor espirituoso en una copa de vino, pero no lo tomé de sus manos por el miedo
que tenía. Uno de los negros, entonces, lo tomó y me lo dio, y yo bebí, pero, en lugar de
revivirme como ellos pensaban, me arrojó en la mayor consternación ante la extraña
sensación que producía, nunca antes había probado ningún licor así. Inmediatamente
después de esto, los negros que me habían traído a bordo se fueron y me dejaron
abandonado a la desesperanza.
Me vi entonces privado de toda chance de retornar a mi país natal, o aún del
último atisbo de esperanza de ganar la playa, a la que ahora consideraba amigable; y
aún deseé mi anterior esclavitud antes que mi situación presente, llena de horrores de
toda clase, y magnificada por mi ignorancia sobre lo que iba a ocurrir después. No me
fue permitido padecer tranquilo mi pena, fui puesto rápidamente bajo la cubierta, y allí
recibí tal saludo en mis narices como nunca había experimentado en mi vida: así, con la
repugnancia del hedor, y llorando en compañía, me enfermé tan gravemente que en era
capaz de comer, ni tenía deseos de probar bocado. Ahora deseaba que la última amiga,
la muerte, me liberara; pero pronto, para mi pesar, dos de los hombres blancos me
ofrecieron comestibles; y, ante mi negativa a comer, uno de ellos me tomó rápidamente
por las manos, y me llevó creo que al cabrestante y me ató los pies, en tanto el otro me
azotaba severamente. Nunca antes había experimentado nada igual, y aunque no estaba
acostumbrado al mar, y naturalmente le temía la primera vez que lo vi, podría haberme
tirado por la borda pero no tuve oportunidad de hacerlo, porque nos vigilaban muy de
cerca cuando no estábamos encadenados bajo la cubierta, no fuera que saltáramos al
agua, y yo vi a algunos de estos pobres prisioneros africanos severamente cortados por

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intentar hacerlo, y frecuentemente azotados por no comer. De hecho este fue mi propio
caso. Un breve tiempo más tarde, entre los pobres hombres encadenados, encontré
algunos de mi propia nación, lo que en un pequeño grado alivió mi mente. Les pregunté
qué iba a pasar con nosotros, y me dieron a entender que íbamos a ser llevados al país
de esos hombres blancos para trabajar para ellos. Entonces reviví un poco y pensé, si no
era nada peor que trabajar, mi situación no era tan desesperada; pero todavía temía que
me llevaran a la muerte, los blancos actuaban de una manera, a mi parecer, tan salvaje;
yo nunca había visto entre ningún pueblo tales instancias de crueldad brutal; y esto no
solamente en su relación con nosotros los negros, sino también hacia algunos de los
mismos blancos. Un hombre blanco en particular yo vi, cuando nos estuvo permitido
estar en la cubierta, que era azotado en forma inmisericorde con una gran soga cerca del
palo de trinquete, que murió a consecuencia de ello; y lo tiraron por la borda como
hubieran hecho con una bestia. Esto me hizo temer al máximo de esta gente; y no
esperaba menos que ser tratado de la misma manera. No pude ayudarme expresando
mis miedos y aprensiones a algunos de mis paisanos; les pregunté si esa gente no tenía
país, de manera que vivía en este sórdido lugar (el barco), ellos me contestaron que no,
que venían de un país distante. “Entonces, dije, ¿cómo es que en nuestro país nunca
oímos hablar de ellos?” Me contestaron que era porque vivían tan extremadamente
lejos. Luego pregunté ¿dónde estaban sus mujeres? ¿tenían algo como ellas? Me dijeron
que las tenían. “¿Y por qué, dije, no las vemos?” Me contestaron que porque las habían
dejado atrás. Pregunté cómo era que el velero podía navegar. Me contestaron que no lo
podían decir, pero que había paños puestos sobre los mástiles con la ayuda de las sogas
que había visto, y que entonces el velero navegaba, y que los hombres blancos tenían
algún hechizo o magia que ponían en el agua cuando querían detener el velero. Yo
estaba excesivamente asombrado con este relato, y realmente creía que ellos eran
espíritus. Yo entonces deseaba mucho irme lejos de ellos, porque pensaba que podían
sacrificarme; pero mis deseos eran vanos, porque estábamos tan aprisionados que era
imposible escapar para cualquiera de nosotros.
Mientras estábamos en la costa yo estaba mayormente en la cubierta; y un día,
para mi mayor asombro, vi uno de estos veleros viniendo con las velas desplegadas. Tan
pronto como los blancos lo vieron, dieron un gran grito, con el que fuimos
sorprendidos; y mucho más cuando el velero apareció a lo largo aproximándose más
cerca. Finalmente, ancló a mi vista, y cuando se dejó caer el ancla yo y mis paisanos
que vimos eso quedamos atónitos al observar que el velero se detenía, y ahora
estábamos convencidos que eso se hacía mediante magia. Poco después, este otro barco
dejó caer los botes, y vinieron hacia nosotros, y la gente de ambos barcos pareció muy
contenta de encontrarse. Varios de los extranjeros también estrecharon las manos con
nosotros los negros, e hicieron señales con sus manos, yo supuse que significando que
nosotros íbamos a ir a su país, pero no los entendimos.
Finalmente, cuando el barco completó su carga, lo aprestaron haciendo muchos
ruidos atemorizadores, y fuimos todos puestos bajo cubierta, de manera que no pudimos
ver como maniobraban el velero. Pero esta decepción era la menos de mis penas. El
hedor en el hueco en que estábamos era tan intolerablemente pestilente mientras
permanecíamos en la costa, que era peligroso permanecer allí para en cualquier
momento, y habían permitido a algunos de nosotros permanecer en la cubierta para
tomar aire fresco; pero ahora que el cargamento de la nave en su conjunto fue
confinado, llegó a ser absolutamente pestífero. La estrechez del lugar, y el calor del
clima, agregado al número de gente dentro de la nave, que era tan apretado que cada
uno tenía apenas sitio para darse vuelta, casi nos sofocaron. Esto produjo

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transpiraciones copiosas, de modo que el aire pronto llegó a ser impropio para la
respiración, de una variedad de olores pestíferos, y produjo la enfermedad entre los
esclavos, de los cuales muchos murieron, víctimas así de la avaricia imprevisora, como
puedo llamarla, de sus compradores. Esta situación desgraciada fue agravada además
por la irritación de las cadenas, llegó a ser insoportable ahora; y la inmundicia de las
tinas necesarias, en las cuales los niños cayeron a menudo, y casi fueron sofocados.
Los chillidos de las mujeres, y los gemidos muerte, hicieron del conjunto una escena de
horror casi inconcebible. Felizmente quizás, para mí, tan bajo cayó mi salud que era
necesario tenerme casi siempre en cubierta; y por mi juventud extrema me no pusieron
grillos. En esta situación esperé cada hora compartir el sino de mis compañeros,
algunos de los cuales fueron traídos casi diariamente sobre cubierta en punto de muerte,
de la cual comencé a esperar que pronto pusiera fin a mis miserias. Pensé a menudo
que muchos de los habitantes de la cubierta eran más felices que yo. Les envidié la
libertad que gozaban, y deseaba a menudo poder cambiar mi suerte por la de ellos.
Cada circunstancia en que me enfrenté a ellos, sirvió solamente para hacer mi estado
más doloroso, y aumentó mis aprehensiones, y mi opinión sobre la crueldad de los
blancos.
Un día ellos habían obtenido muchos pescados; y cuando habían los matado y se
habían satisfecho comiendo hasta que se sintieron llenos, para el asombro de los que
estábamos en la cubierta, antes que darnos algunos de ellos para comer, como
esperamos, tiraron los pescados restantes en el mar, aunque pedimos y rogamos tan bien
como podíamos por alguno de ellos, pero en vano; y algunos de mis paisanos,
presionados por el hambre, intentaron, cuando pensaron que nadie los veía, conseguir
un poco por sí mismos; pero los descubrieron, y la tentativa les procuró algunos
latigazos muy severos. Un día, cuando teníamos un mar liso y un viento moderado, dos
de mis decaídos paisanos que fueron encadenados juntos, (estaba cerca de ellos en ese
momento) prefiriendo la muerte a tal vida de miseria, de alguna manera pasaron a
través de las redes y saltaron en el mar: inmediatamente, otro desanimado compañero,
que, a causa de su enfermedad, fue puesto fuera de los hierros, también siguió su
ejemplo; y creo que muchos más muy pronto habrían hecho igual, si no hubieran sido
detenidos prevenidas por los tripulantes de la nave, que fueron alertados
inmediatamente. Los de nosotros que estábamos más vigorosos, fuimos en un momento
colocado debajo de la cubierta, y había tal ruido y confusión entre la gente de la nave
como nunca oí antes, para detenerla, y bajar un bote para ir tras los esclavos. Sin
embargo, dos de los infelices se ahogaron, pero atraparon al otro, y lo azotaron luego
sin misericordia, procurando así que prefiriera la muerte a la esclavitud. De este modo
continuamos experimentando más dificultades de las que puedo ahora relatar, las
dificultades que son inseparables de este comercio maldito. Muy a menudo estábamos
cerca de la asfixia por el deseo de aire fresco, del que estábamos privados por días
enteros. Esto, y el hedor de las tinas para las necesidades, llevó a muchos al fin.
Durante nuestro viaje, primero vi los peces voladores, que me sorprendieron
mucho; solían con frecuencia volar a través de la nave, y muchos de ellos se caían en la
cubierta. También vi por primera vez el uso del cuadrante; veía con asombro como a
menudo los marinos hacían hacer observaciones con él, y no podría imaginar lo que
significaba. Finalmente se dieron cuenta de mi sorpresa; y uno de ellas, queriendo
aumentarla, así como para agradar mi curiosidad, me hizo mirar a través de él. Las
nubes me parecían ser la tierra, que desaparecieron así como pasaron de largo. Esto
aumentó mi maravilla; y estaba ahora más persuadido que nunca de que estaba en otro
mundo, y que cada cosa sobre era mágica. Finalmente, estuvimos a la vista de la isla de

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Barbados, entonces los blancos a bordo dieron un gran grito, e hicieron muchas
muestras de alegría hacia nosotros. No sabíamos qué pensar de esto; pero así como el
velero se acercó, vimos plenamente el puerto, y otras naves de diversas clases y
tamaños, y pronto anclamos entre ellos, en Bridgetown. Muchos comerciantes y
plantadores entonces vinieron a bordo, aunque era por la tarde. Nos pusieron en lotes
separados, y nos examinaron atentos. También nos hicieron saltar, y señalaron a la
tierra, significando nosotros debíamos ir hasta allí. Por esto pensamos que íbamos a ser
comidos por estos hombres feos, tal como nos parecieron a nosotros; y, cuando pronto
después de esto nos colocaron a todos debajo de la cubierta otra vez, había mucho pavor
y estremecimiento entre nosotros, y nada se oía sino gritos amargos que duraron toda la
noche, tanto era así, que finalmente los blancos trajeron algunos viejos esclavos de
tierra para tranquilizarnos. Nos dijeron que íbamos a ser comidos, sino a trabajar, y que
pronto iríamos a tierra, en donde veríamos a mucha gente de nuestro país. Este informe
nos tranquilizó mucho. Y más seguros, pronto después de que fuimos desembarcados,
vinieron a nosotros africanos de todos los idiomas.
Nos condujeron inmediatamente al mercado, donde fuimos encerrados todos
juntos, como muchas ovejas en un rebaño, sin consideración alguna hacia el sexo o
edad. Así como cada objeto era nuevo a mí, cada cosa que vi me llenó de sorpresa. Lo
que me chocó primero, fue que las casas estaban construidas con los ladrillos y los pisos
altos, en cada aspecto diferentes de los que había visto en África; pero todavía estaba
más asombrado al ver a gente montada a caballo. No sabía lo que podría significar esto;
y, de hecho, pensé que esta gente era llena de artes mágicos. Mientras que estaba en
este asombro, uno de mis compañero-presos habló a un paisano el suyo, acerca de los
caballos, que dijo que eran de la misma clase que tenían en su país. Los entendí,
aunque eran de una parte distante de África; y pensé que yo no había visto nunca
caballos allí; pero luego, cuando vine conversar con diversos africanos, encontré que
tenían muchos caballos entre ellos, y muchos más que ésos yo entonces veía.
No estuvimos muchos días en custodia por el comerciante, antes de que nos
vendieran de la manera usual, que es ésta: Dada una señal, (como el golpe de un
tambor) los compradores acometen inmediatamente en el patio donde se confinan los
esclavos, y hacen la elección del lote que más les gusta. El ruido y el clamor con el cual
se hace esto, y la impaciencia visible en las caras de los compradores, sirven no poco
para aumentar la aprehensión de los africanos aterrorizados, que pueden bien
suponerlos como los emisarios de esa destrucción a quienes se piensan determinados.
De este modo, sin escrúpulos, son separados parientes y amigos, la mayoría de ellos
para no volverse a ver nuevamente. Recuerdo, en el velero en el cual me trajeron, en el
apartamento de los hombres, allí había varios hermanos, que, en la venta, fueron
vendidos en diferentes lotes; y era muy conmovedor en esta ocasión, ver y oír sus
gritos en la partida. ¡O, cristianos nominales! ¿no puede un africano pediros lo que
aprendió de vuestro Dios, que dice que lo hagáis a otros hombres lo haréis a vosotros?
¿No es bastante que nos arrancan de nuestro país y amigos, a trabajar para el aumento
de su lujo y lujuria? ¿Debe todo tierno sentimiento sacrificarse a vuestra avaricia?
¿Deben los amigos y parientes más queridos, ahora más queridos por su separación,
todavía ser divididos de uno en uno, y para así no animar la lobreguez de la esclavitud,
con la comodidad pequeña de estar juntos; y compartir sus sufrimientos y dolores?
¿Por qué deben los padres perder a sus niños, los hermanos a sus hermanas, los maridos
sus esposas? Seguramente, esto es un nuevo refinamiento en la crueldad, que, mientras
que no tiene ninguna ventaja que expiar, agrava la angustia; y agrega aún nuevos
horrores a la miseria de la esclavitud.

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Alexander Falconbridge
“LOS NEGROS ERAN AMARRADOS JUNTOS MEDIANTE ESPOSAS”
Nota: Alexander Falconbridge, cirujano a bordo de barcos negreros y luego
gobernador de la colonia británica de Sierra Leona, ofrece un vivo relato del” pasaje
medio”, nombre que recibía la travesía en alta mar..
Desde el momento del arribo de los barcos hasta su partida, que son usualmente
cerca de tres meses, escasamente pasa un día sin que sean comprados algunos negros y
llevados a bordo; a veces en pequeña cantidad y otras en gran número. El número total
llevado a bordo depende de las circunstancias. En un viaje que hice una vez, nuestro
stock de mercaderías se agotó con la compra de 380 negros, cuando se esperaba que
hubiera procurado 500.
Los miserables infelices así arrojados eran comprados por los mercaderes negros
en ferias, que se abrían con ese propósito, a una distancia de arriba de doscientas millas
de la costa del mar; y se decía que estas ferias eran abastecidas desde una parte interior
del país. Muchos negros, siendo interrogados con relación a los lugares de sus
nacimientos, han afirmado que ellos habían viajado durante el lapso de varias lunas (su
método usual de calcular el tiempo) antes de llegar a los lugares donde fueron
adquiridos por los mercaderes negros.
En estas ferias, que eran realizadas sin mucha regularidad, pero generalmente cada
seis semanas, eran frecuentemente expuestos para la venta varios miles que habían sido
reunidos desde todos los lugares del país a una distancia muy considerable a la
redonda... Durante uno de mis viajes, los mercaderes negros bajaron, en diferentes
canoas, desde veinte a quince centenares de negros que habían sido adquiridos en una
feria. Estos eran principalmente hombres y muchachos, no excediendo las mujeres de la
tercera parte del total. Generalmente eran adquiridos por los mercaderes negros entre
cuarenta y doscientos negros a un tiempo, de acuerdo a la opulencia del comprador, y de
todas las edades, desde un mes a sesenta años y más. Raramente cualquier edad o
condición son consideradas una excepción, siendo el precio proporcional. Las mujeres
algunas veces forman una parte de ellos, las que ocurre que están tan avanzadas en su
embarazo como para parir durante la jornada desde las ferias hasta la costa, y yo
frecuentemente he visto instancias de parto a bordo del barco.
Cuando los negros, a los que los mercaderes negros tienen para deshacerse, son
mostrados a los compradores europeos, ellos primero los examinan en relación a su
edad. Luego inspeccionan minuciosamente sus personas e investigan el estado se su
salud; si están aquejados por cualquier enfermedad o son deformes o tienen malos ojos
o dientes; si son rengos o débiles en las articulaciones o deformes en la espalda o
menudos o estrechos de pecho; en resumen, si están en mala forma o están de alguna
manera afectados como para volverlos incapaces de mucho trabajo. Si alguno de los
defectos precedentes son descubiertos en ellos son rechazados. Pero si son aprobados,
son tomados a bordo del barco en la misma tarde. El comprador tiene el derecho de
retornarlos a la mañana siguiente, pero no más tarde, tal re-examen es considerado
censurable...
Es construida una división de tablas cerca del mástil mayor que divide al barco.
Esta división es llamada barricada. Es de cerca de ocho pies de alto y se la hace

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proyectar unos dos pies sobre los lados del barco. En esta barricada hay una puerta en la
cual es apostado un centinela durante el tiempo en que les está permitido a los negros
subir a cubierta. Sirve para mantener apartados a los dos sexos; y hay pequeños
agujeros en ella, donde son colocados trabucos y a veces un cañón, se ha encontrado
esto muy conveniente para reprimir las insurrecciones que ocurren de vez en cuando...
Los hombres negros, siendo traídos a bordo del barco, son inmediatamente
amarrados juntos, de dos en dos, mediante esposas en sus muñecas y mediante hierros
remachados en sus piernas. Ellos son luego enviados abajo entre las cubiertas y
ubicados en un departamento dividido para tal propósito. Las mujeres también son
ubicadas en un departamento separado entre las cubiertas, pero sin ser herradas. Un
cuarto adjunto en la misma cubierta es destinado a los chicos. Así todos ellos son
ubicados en departamentos distintos.
Pero al mismo tiempo, sin embargo, son frecuentemente estibados tan juntos,
como para no admitir otra posición que acostados sobre sus costados. Ni tampoco la
altura entre las cubiertas, excepto directamente bajo el enjaretado de proa, permite una
postura erecta; especialmente cuando se trata de plataformas, como es generalmente el
caso. Estas plataformas son una especie de estantes, de ocho o nueve pies de ancho,
extendidos desde los costados hacia el centro del barco. Están ubicados cerca del medio
entre las cubiertas, a la distancia de dos o tres pies de cada cubierta. Sobre ellos son
estibados los negros de la misma manera que lo son en la cubierta oculta.
En cada uno de los departamentos están ubicados tres o cuatro grandes cubos, de
forma cónica, de cerca de dos pies de diámetro en el fondo y sólo un pie en la parte
superior y de una profundidad de unas veintiocho pulgadas, cuando es necesario, los
negros recurren a ellos. Frecuentemente ocurre que aquellos que están ubicados a cierta
distancia de los cubos, en el esfuerzo por llegar a ellos, se caen sobre sus compañeros, a
consecuencia de estar aherrojados. Estos accidentes, siendo inevitables, son productores
de frecuentes riñas en las que algunos de ellos son siempre magullados. En esta
angustiosa situación, incapaces de proseguir e impedidos de llegar hasta los cubos, ellos
desisten del intento, y como las necesidades de la naturaleza no pueden ser resistidas, se
desahogan en el mismo lugar en que yacen. Esto se convierte en una nueva fuente de
ebullición y disturbios y tiende a convertir la condición de los pobres infelices cautivos
todavía más incomoda. La molestia proveniente de estas circunstancias es incrementada
no infrecuentemente por los cubos demasiado pequeños para su propósito y que son
vaciados solamente una vez al día. La regla para hacer esto, sin embargo, varía en los
diferentes barcos de acuerdo a la atención puesta por el capitán en la salud y comodidad
de los esclavos.
A eso de las ocho de la mañana los negros generalmente son traídos sobre la
cubierta. Siendo examinados sus hierros, una larga cadena, que es fijada en un cerrojo
fijado en la cubierta, es pasada a través de los anillos de los grilletes de los hombres y
luego fijada a otro cerrojo fijado también en la cubierta. De esta manera, cincuenta o
sesenta y a veces más son asegurados a una cadena en orden de prevenirlos de rebelarse
o intentar escapar. Si el tiempo se muestra favorable se les permite permanecer en tal
situación hasta las cuatro o cinco de la tarde cuando son desenganchados de la cadena y
enviados abajo.
La dieta de los negros, mientras están a bordo, consiste principalmente de habas
cocinadas hasta la consistencia de una pulpa; de batatas y arroz cocido y a veces una
pequeña cantidad de carne de vaca o cerdo. Lo último es frecuentemente tomado de las

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provisiones cargadas por los marineros. Ellos a veces hacen uso de una salsa compuesta
de aceite de palma mezclado con harina, agua y pimienta, la que los marineros llaman
“salsa apetitosa”. Las batatas son la comida preferida de los ibos o “negro de la
ensenada”, y el arroz o maíz de aquellos de la Costa de Oro o de Barlovento;
prefiriendo cada uno el producto de su suelo nativo...
Comúnmente ellos son alimentados dos veces al día, cerca de a las ocho a la
mañana y a las cuatro por la tarde. En la mayoría de los barcos son alimentados solo
una vez al día con su propia comida. Su comida les es servida en cubos de una medida
como la de un pequeño balde de agua. Son ubicados alrededor de estos cubos, en grupos
de diez por cada cubo, del cual se alimentan por si mismos con cucharas de madera.
Estas pronto las extravían y cuando no hay más se alimentan con las manos. Con
tiempo favorable son alimentados sobre la cubierta pero con mal tiempo se les da su
comida debajo. Numerosos altercados se producen entre ellos durante sus comidas; más
especialmente cuando son puestos ante raciones pequeñas, lo que ocurre frecuentemente
si el pasaje desde la costa de Guinea hacia las Indias Occidentales se muestra
inusualmente largo. En ese caso, los débiles son obligados a contentarse con una
porción muy escasa. Su ración de agua es de cerca de media pinta para cada uno con
cada comida. Es transportada en un cubo y dada a cada negro en un “pannekin” un
pequeño utensilio con un asa recta, similar a una salsera. Sin embargo, cuando los
barcos llegan a las islas con brisa favorable, los esclavos no son restringidos más.
Para los negros rehusando tomar alimentos, he visto brasas ardientes, puestas en
una pala, y acercadas tanto a sus labios como para quemarlos y achicharrarlos. Y esto ha
sido acompañado con amenazas de forzarlos a tragarse las brasas si persistían en
rehusarse a comer. Estos medios tienen generalmente el efecto deseado. También he
sido informado que un cierto capitán tratante de esclavos, vertía plomo derretido sobre
de sus negros así como rehusaban obstinadamente su comida.
Siendo el ejercicio profundamente necesario para la preservación de su salud
algunas veces son obligados a danzar cuando el tiempo permite su subida a cubierta. Si
muestran reluctancia o no se mueven con agilidad, son azotados; para esto una persona
permanece todo el tiempo con un “gato de nueve colas” en sus manos. Su música, en
estas ocasiones, consiste de un tambor, a veces con solo una cabeza; y cuando esto no
está disponible hacen uso del fondo de uno de los cubos antes descritos. Los pobres
infelices son frecuentemente compelidos también a cantar; pero cuando lo hacen, sus
canciones son generalmente, como puede naturalmente esperarse, lamentaciones
melancólicas de su exilio del país nativo.
Las mujeres son provistas con abalorios con el propósito de proveerles alguna
diversión. Pero este fin generalmente fracasa por las peleas que se ocasionan a
consecuencia de que se los roban unas a otras.
A bordo de algunos barcos los marineros comunes son autorizados a tener
relaciones con aquellas mujeres negras cuyo consentimiento pueden procurarse. Y
algunos de ellos ha habido que tomaron la inconstancia de sus amantes tan a pecho
como para saltar por la borda y ahogarse. Los oficiales están autorizados a entregarse a
sus pasiones entre ellas a placer y algunas veces son culpables de tales excesos como
para deshonrar la naturaleza humana.
Las penalidades e inconvenientes sufridos por los negros durante el pasaje son
difícilmente enumerables o concebibles. Ellos son mucho más violentamente afectados

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por el mareo que los europeos. Este frecuentemente termina en la muerte, especialmente
entre las mujeres. Pero la privación de aire fresco es entre todo lo más intolerable. Con
el propósito de dejar entrar este refresco necesario, la mayoría de los barcos en la trata
de esclavos están provistos, entre las cubiertas, con cinco o seis aberturas a cada lado
del barco de unas cinco pulgadas de largo por cuatro de ancho. En adición, algunos
barcos, pero no más de uno entre veinte, tienen lo que ellos denominan “ventana
marina”. Pero siempre que el mar está picado y la lluvia fuerte se vuelve necesario
cerrar estas y cualquier otra abertura por donde es admitido el aire. Entonces el aire
fresco es excluido, y las habitaciones de los negros pronto se vuelven intolerablemente
cálidas. El aire confinado, vuelto nocivo por los efluvios exhalados por sus cuerpos y
respirado repetidamente, pronto produce fiebres y flujos que generalmente se llevan a
gran número de ellos.
Durante los viajes que hice, frecuentemente fui testigo de los efectos fatales de
esta exclusión de aire fresco. Daré un ejemplo, para que sirva para transmitir alguna
idea, a pesar de que se trata de uno muy débil, de sus terribles sufrimientos... Habiendo
el tiempo húmedo y ventoso provocado que fueran cerradas las ventanillas y cubierto el
enrejado, sobrevinieron los flujos y fiebres entre los negros. Mientras estaban en esta
situación, yo bajaba frecuentemente entre ellos hasta que finalmente su habitación se
volvió tan extremadamente caliente como para ser tolerable solo por un tiempo muy
corto. Pero el excesivo calor no era la única cosa que volvía intolerable su situación. La
cubierta que es el piso de sus cuartos, estaba tan cubierta con sangre y flema que había
salido de ellos a consecuencia del flujo, que parecía un matadero. No está en poder de la
imaginación humana pintar una situación más horrible o detestable. Habiendo
desfallecido numerosos esclavos, fueron llevados sobre la cubierta donde muchos de
ellos murieron y el resto fue rehabilitado con gran dificultad...
Como muy pocos de los negros pueden soportar la pérdida de su libertad y las
dificultades que sobrellevan, están siempre a la espera de tomar ventaja de la menor
negligencia de sus opresores. La consecuencia frecuente son las insurrecciones; que rara
vez son saldadas sin mucho derramamiento de sangre. Algunas veces estas son exitosas
y la tripulación entera del barco es eliminada. Igualmente ellos están siempre listos para
aprovechar todas las oportunidades para cometer algunos actos desesperados para
liberarlos de su miserable estado y no obstante los controles que son impuestos,
frecuentemente tienen éxito.
Fuente: Alexander Falconbridge, An Account of the Slave Trade on the Coast of
Africa (London, 1788).

Venture Smith
YO TENÍA PUESTA UNA CUERDA ALREDEDOR DE MI CUELLO
Capturado a la edad de seis años, Venture Smith fue vendido al sobrecargo de un
barco negrero y transportado a Connecticut. A la edad de 31 años, luego de varios
cambios de dueño, compró su libertad con dinero que él había ganado arrendando su
trabajo y “limpiando ratas almizcleras y visones, cultivando papas y zanahorias, y
pescando por la noche, aprendiendo a deletrear clandestinamente” Para comprar a su
mujer e hijos, él hizo de pescador, navegó en un ballenero, transportó madera desde
Long Island a Rhode Island, y cultivó sandías. Luego, el se convirtió en un verdadero

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propietario de esclavos, comprando al menos tres. En el momento de su muerte a la
edad de 77 años en 1805 en East Haddam, Connecticut, dejó una granja de cien acres
y tres casas.
Yo nací en Dukandarra, en Guinea, por el año 1729. El nombre de mi padre era
Saungm Furro, príncipe de la tribu de Dunkandara. Mi padre tenía tres esposas. La
poligamia no era extraña en ese país, especialmente entre los ricos, a cada hombre le
estaba permitido tener tantas mujeres como pudiera mantener...
La primera cosa digna de reparar que recuerdo es, una disputa entre mi padre y mi
madre, respecto al matrimonio de mi padre con su tercera esposa sin el consentimiento
de la primera y más antigua, que era contraria a la costumbre generalmente observada
entre mis compatriotas. Como consecuencia de esta ruptura, mi madre dejó a su esposo
y el país, y viajó lejos hacia el este con sus tres hijos. Yo tenía entonces cinco años...
Luego de cinco días de viaje...mi madre decidió detenerse y buscar un refugio para mí.
Ella me dejó en la casa de un granjero muy rico. Yo estaba entonces, según juzgué, a no
menos de ciento cincuenta millas de mi lugar natal, separado de todos mis parientes y
conocidos...
Mi padre envió a un hombre y un caballo tras mí. Después de acordar con mi
guardián la cuestión de mi tenencia, me llevó de vuelta a casa. Había pasado entonces
un año desde que mi madre me llevó allí. No nos ocurrió nada remarcable en nuestro
viaje hasta que arribamos a casa a salvo.
Encontré entonces que se había saldado la diferencia entre mis padres previamente
a enviar a buscarme. A mi retorno, fui recibido por ambos mi padre y mi madre con
gran alegría y afecto, y fui retornado nuevamente a mi casa paterna en paz y alegría. Yo
tenía entonces como seis años de edad.
No habían pasado más de seis semanas de mi retorno antes de que fuera traído un
mensaje a mi padre por un habitante del lugar donde yo había vivido el año precedente,
decía que ese lugar había sido invadido por un numeroso ejército de una nación no muy
distante, provisto con instrumentos musicales, y toda clase de armas entonces en uso;
que ellos eran instigados por alguna nación blanca que los equipaba y enviaba a
sojuzgar y poseer el país; que su nación no había hecho ningún preparativo para la
guerra, habiendo estado por largo tiempo en profunda paz; que ellos no podían
defenderse por si mismos contra tan formidable séquito de invasores, y por lo tanto
deberían evacuar sus tierras dejándolas al feroz enemigo, y ponerse bajo la protección
de algún jefe; y que si él lo permitía ellos vendrían a ponerse bajo su gobierno y
protección cuando tuvieran que retirarse de sus propias posesiones. Mi padre era un
príncipe benévolo y misericordioso, y entonces consintió a estas propuestas...
Él les dio todos los privilegios y la protección que su gobierno podía ofrecer. Pero
no habían estado allí más de cuatro días cuando llegaron noticias de que los invasores
habían desbastado su país, y estaban viniendo rápidamente para destruirlos en los
territorios de mi padre. Esto los aterró, y por lo tanto huyeron inmediatamente hacia el
sur, hacia los países desconocidos de allí, y nunca más oímos de ellos.
Dos días después de su retirada, la noticia demostró ser muy verdadera. Un
destacamento enemigo llegó hasta mi padre y le informó, que el ejército todo estaba
acampado no lejos de sus dominios, e invadiría el territorio y privaría a su pueblo de sus
libertades y derechos, si él no cumplía con los términos siguientes. Estos eran pagarles

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una gran suma de dinero, trescientas cabezas de ganado gordo, y un gran número de
cabras, ovejas, asnos, etc.
Mi padre dijo al mensajero que el cumpliría esto antes de que sus súbditos fueran
privados de sus derechos y privilegios, los que él no estaba en condiciones de defender
ante una invasión tan repentina. Habiéndose llevado estos artículos, el enemigo
prometió por su honor que no lo atacaría. En esto mi padre creyó y por lo tanto pensó
que era innecesario estar en guardia contra el enemigo. Pero sus promesas de honor
mostraron no ser mejores que aquellas de otras naciones hostiles y sin principios; unos
pocos días después un cierto pariente del rey vino y le informó, que el enemigo que
había establecido términos de paz con él y recibido tributo a su satisfacción, a pesar de
eso pensaba atacar a sus súbditos por sorpresa y que probablemente ellos comenzarían
su ataque en menos de un día, y concluyó advirtiéndole, que como él no estaba
preparado para la guerra, ordenara rápida la retirada de su familia y súbditos. Él
obedeció esta advertencia.
La misma noche que estaba fijada para la retirada, mi padre y su familia partieron
hacia el amanecer. El rey y sus dos esposas más jóvenes iban en un grupo, y mi madre y
sus hijos en otro. Dejamos nuestras casas sucesivamente, y el grupo de mi padre partió
primero. Conducimos nuestro camino por una gran planicie achaparrada, a alguna
distancia, donde intentamos escondernos del cercano enemigo, hasta que pudimos
refrescarnos un poco. Pero pronto vimos que nuestra retirada no era segura. Habiendo
prendido un pequeño fuego con el propósito de cocinar algunas vituallas, el enemigo
que estaba acampado a poca distancia, había enviado una partida de exploradores que
nos descubrió por el humo del fuego, justo cuando estábamos apagándolo, y por comer.
Tan pronto como habíamos terminado de comer, mi padre descubrió la partida, e
inmediatamente comenzó a descargar flechas sobre ella. Esto fue lo primero que vi, y
me alarmó tanto a mi como a las mujeres, que eran incapaces de oponer ninguna
resistencia, inmediatamente nos dirigimos hacia el alto y espeso cañaveral no lejos de
allí, y dejamos al viejo rey luchando solo. Por algún tiempo lo contemplé desde el
cañaveral defendiéndose con gran coraje y firmeza, hasta que finalmente fue obligado a
rendirse y caer en sus manos.
Ellos luego vinieron hacia nosotros al cañaveral, y el primer saludo que tuve de
ellos fue un violento golpe en la parte trasera de la cabeza con la culata de un arma, y al
mismo tiempo un apretón alrededor del cuello. Yo tenía puesta una cuerda alrededor mi
cuello, al igual que todas las mujeres que estaban conmigo en la maleza, y donde
inmediatamente condujeron a mi padre, que estaba igualmente maniatado e
incapacitado para liderarnos. En esta condición fuimos conducidos todos al
campamento. Las mujeres y yo siendo bastante sumisos, tuvimos un tratamiento
tolerable por parte del enemigo, en tanto mi padre era interrogado estrechamente
respecto al dinero que ellos sabían que él podía tener. Pero como él no les dio cuenta del
mismo, fue instantáneamente cortado y golpeado en su cuerpo con gran inhumanidad,
para inducirlo por la tortura que sufría a revelar el secreto. Todo esto era con el objetivo
de hacer que él les diera su dinero, pero él despreció todas las torturas de que era
víctima, hasta que el continuo ejercicio e incremento del tormento, lo obligó a hundirse
y expirar. Así él murió sin informar a sus enemigos donde estaba su dinero. Yo lo vi en
tanto él era torturado hasta la muerte. La chocante escena está hasta hoy fresca en mi
mente, y a menudo quedo anonadado pensando en ella...
El ejército del enemigo era grande. Supongo que consistía de cerca de seis mil

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hombres. Su jefe era llamado Baukurre. Luego del destruir al viejo príncipe, ellos
levantaron campamento y marcharon inmediatamente hacia el mar, en dirección al
oeste, llevándome a mi y a las mujeres prisioneras. Sobre la marcha fue destacada una
partida de exploradores del ejército principal. Yo fui convertido en el sirviente del jefe
de esta partida, teniendo que cargar sus armas, etc. Mientras estábamos explorando
cruzamos una manada de ganado gordo, consistente de treinta cabezas. Estas fueron
arreadas, e inmediatamente arrebatadas a sus dueños, y luego convertidas en comida
para el ejército. El enemigo tenía un éxito remarcable en destruir el país por cualquier
lugar que pasara. Tan lejos como había penetrado, dejaban las viviendas desbastadas y
la gente capturada. La distancia a la que ahora me habían traído era de cerca de
cuatrocientas millas. Durante toda la marcha me impusieron duras tareas, que yo cumplí
ante el pánico al castigo. Fui obligado a llevar sobre mi cabeza una gran piedra usada
para moler el grano, que pesaba como pude suponer, tanto como veinticinco libras;
además de vituallas, y utensilios de cocina y esteras. A pesar de que era muy alto y
corpulento para mi edad, esta carga era muy penosa para mi, teniendo solo seis años de
edad.
Llegamos luego a un lugar llamado Malagasco. Cuando entramos en el lugar no
pudimos ver la menor traza de habitantes u hogares, pero con una búsqueda estricta
encontramos, que en lugar de casas sobre la tierra ellos tenían cuevas en los costados de
las barrancas, contiguas a estanques y corrientes de agua. En estas percibimos que todos
ellos se habían escondido, como supuse que hacían usualmente en tales ocasiones. En
orden a compelerlos a rendirse, el enemigo se las ingenió para ahumarlos con haces de
leña. Pusieron estos en las entradas de las cavernas y les prendieron fuego. En tanto
estaban ocupados en este asunto, para su gran sorpresa algunos fueron angustiosamente
heridos con flechas que cayeron desde arriba de ellos. Pronto descubrieron este
misterio. Percibieron que el enemigo descargaba estas flechas a través de agujeros en la
cima de las cuevas, directamente al aire. Ellos intentaron hacerlos retroceder, apuntando
hacia abajo sobre las cabezas de sus enemigos, mientras estos estaban intentando
hacerlos salir con humo. Las puntas de sus flechas estaban envenenadas, pero su
enemigo tenía un antídoto para el veneno, que ellos inmediatamente aplicaron en la
parte herida. El humo finalmente obligó a la gente a salir. Ellos salieron de sus
cavernas, primero poniendo las palmas de sus manos juntas, e inmediatamente después
extendieron sus brazos, cruzados en sus muñecas, listos para ser maniatados...
Los invasores ataron entonces a los prisioneros sin discriminación de sexo o edad,
tomaron sus rebaños y todas sus pertenencias, y siguieron su camino hacia el mar. En la
marcha los prisioneros fueron tratados con clemencia, como consecuencia de su
temperamento sumiso y humilde. Habiendo llegado a la tribu siguiente, el enemigo la
sitió e inmediatamente tomó a los hombres, mujeres, niños, rebaños, y todos sus objetos
de valor. Entonces se dirigieron al próximo distrito que era contiguo al mar, llamado en
África, Anamabu. Las provisiones del enemigo estaban entonces casi agotadas, así
como su fuerza. Los habitantes sabiendo que conducta habían tenido, y cuales eran sus
actuales intenciones, buscando la oportunidad favorable, los atacaban, y tomaban
enemigos, prisioneros, ganados y todos sus efectos. Yo fui entonces tomado prisionero
por segunda vez. Todos nosotros fuimos puestos en el castillo [una factoría europea], y
guardados para el intercambio comercial. En cierto momento yo y otros prisioneros
fuimos puestos en una canoa, bajo nuestro amo, y remaron hacia un velero
perteneciente a Rhode Island, comandado por el capitán Collingwood, y su socio
Thomas Mumford. Mientras estábamos yendo hacia el velero, nuestro amo nos dijo
todo lo necesario para parecer de la forma más ventajosa posible para la venta. Yo fui

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comprado a bordo por un tal Robert Munford, sobrecargo de dicho barco, por cuatro
galones de ron, y una pieza de calicó, y llamado Venture, porque me había comprado a
su propio riesgo [venture]. De allí vino mi nombre. Todos los esclavos que fueron
adquiridos para el cargamento de ese velero, eran un total de doscientos siete.
Fuente: A Narrative of the Life and Adventures of Venture, A Native of Africa
(New London, Conn., 1798; expanded ed., Hamden, Conn., 1896).

James Barbot, Jr.


UNA REVUELTA PREMEDITADA
Nota: James Barbot, Jr., marino a bordo del negrero inglés Don Carlos, describe
un levantamiento de esclavos que tuvo lugar a bordo de la nave.
Cerca de la una de la tarde, después de la comida, nosotros, de acuerdo a la
costumbre uno por uno, fuimos entre las cubiertas, para tener cada uno su pinta de
agua; la mayoría de ellos estaba entonces sobre la cubierta, muchos de ellos provistos
con cuchillos, que indiscretamente les habíamos dado dos o tres días antes, cuando no
sospechábamos el menor intento de esta naturaleza de su parte; otros tenían barras de
hierro que habían sacado de la puerta del castillo de proa, como habiendo premeditado
una revuelta, y habiendo visto toda la compañía que tenían en el barco, en el mejor de
los casos solamente débil y muchos muy enfermos, ellos también habían roto los
grilletes de los pies de varios de sus compañeros, los que les servían de armas, así como
leños de los que se habían provisto, y todas las otras cosas que ellos pudieron obtener,
que ellos imaginaron que podían ser de uso para esta empresa. Así armados, ellos
cayeron en multitudes y grupos sobre nuestros hombres, desprevenidos sobre la
cubierta, y apuñalaron a uno de los más fornidos de todos nosotros, quien recibió
catorce o quince heridas de sus cuchillos, y por lo tanto expiró. Seguidamente asaltaron
a nuestro contramaestre, y cortaron una de sus piernas tan alrededor del hueso, que él no
se pudo mover, habiendo sido cortados los nervios completamente; otros cortaron la
garganta de nuestro cocinero hasta la tráquea, y otros hirieron a tres de los marineros, y
tiraron a uno por la borda en esa condición, desde el castillo de proa al mar; quien, sin
embargo, por la divina providencia, consiguió asirse a la bolina del trinquete, y se
salvó... Nosotros tomamos las armas, disparando sobre los esclavos rebeldes, de los
cuales matamos algunos, y herimos muchos: lo cual aterrorizó al resto de tal forma, que
ellos huyeron, dispersándose unos hacia un lado y algunos otros entre las cubiertas, y
bajo el castillo de proa; y muchos de los más rebeldes, saltaron por la borda, y se
ahogaron en el océano con mucha resolución, demostrando no tener ninguna
consideración por su propia vida. Así perdimos veintisiete o veintiocho esclavos, sea
muertos por nosotros, o ahogados, y habiéndolos domesticado, enviado a todos a las
cubiertas inferiores, diciéndoles buenas palabras. Al día siguiente teníamos a todos de
nuevo sobre la cubierta, donde ellos unánimemente declararon, que los esclavos
menbombe habían sido los incitadores del motín, y como ejemplo hicimos que cerca de
treinta de los cabecillas fueran azotados muy severamente por todos nuestros hombres
que eran capaces de hacer tal tarea.
He observado que la mayor mortalidad, cuando esta ocurre en barcos de esclavos,
procede tanto de cargar demasiados, como de la falta de conocimiento sobre como
manejarlos a bordo...

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Para el manejo de nuestros esclavos a bordo, pusimos separados a los dos sexos,
por medio de una fuerte separación a la altura del mástil mayor; la parte delantera es
para los hombres, la otra detrás del mástil para las mujeres. Si se trata de grandes barcos
transportando quinientos o seiscientos esclavos, la cubierta en tales barcos debe tener al
menos cinco y medio o seis pies de alto, lo cual es el principal requisito para llevar
adelante un transporte continuo de esclavos: cuanta mayor altura tenga, más aireada y
conveniente es para un número tan considerable de criaturas humanas; y
consecuentemente mucho más saludable para ellos, y apta para vigilarlos. Nosotros
construimos una suerte de media-cubierta a los largo de los lados con tablas y tirantes
provistos para ese propósito en Europa, esa media-cubierta se extendía nada más que a
los lados de nuestras escotillas y así los esclavos yacían en dos hileras, una encima de la
otra, y tan cerca uno de otro como podían ser apiñados...
Las tablas, o tablones, contraen alguna humedad, sea porque la cubierta es lavada
muy a menudo para mantenerla limpia, o por la lluvia que entra por las escotillas u otras
aberturas, y aun por el propio sudor de los esclavos; los que estando tan apiñados en un
lugar pequeño, permanentemente, y en ocasiones muchos perturbados, en el mejor de
los casos las grandes incomodidades hacen peligrar su salud...
Se ha observado antes, que algunos esclavos imaginan que son transportados para
ser comidos, lo que los desespera; y otros están tan preocupados por su cautiverio: que
si no se tiene el debido cuidado, se amotinarán y destruirán el barco entero en la
esperanza de escapar.
Para prevenir tales infortunios, nosotros acostumbrábamos visitarlos diariamente,
buscando cuidadosamente cada rincón entre las cubiertas, para ver que ellos no
hubieran encontrado forma, de obtener ninguna pieza de hierro, o madera, o cuchillos,
del barco, a pesar del gran cuidado que tomábamos de no dejar ninguna herramienta o
clavo, u otras cosas a su alcance: lo cual, sin embargo, no siempre podía ser observado
tan exactamente, cuando tanta gente está en el restringido radio de un barco.
Nosotros tratamos que tantos de nuestros hombres como fuera conveniente
durmieran en la habitación depósito de las armas, y nuestros principales oficiales en la
cabina grande, donde teníamos todas nuestras armas pequeñas prontas, con centinelas
constantemente en las puertas y pasillos que conducían a ellos, estando así listos para
frustrar cualquier intento que imprevistamente pudieran hacer nuestros esclavos.
Estas precauciones contribuyeron mucho a mantenerlos atemorizados; y si todos
aquellos que transportan esclavos las observaran debidamente, no oiríamos hablar de
tantas revueltas como las que han ocurrido. Donde yo estaba a cargo, siempre
mantuvimos a nuestros esclavos en tal orden, que no percibimos la menor inclinación
de ninguno de ellos a la rebelión, o el motín, y perdimos muy pocos de nuestra cantidad
en el viaje.
Es verdad que, les permitíamos mucha más libertad, y los tratábamos con más
suavidad de la que la mayoría de los otros europeos podían considerar prudente; como,
tenerlos a todos sobre la cubierta todo el día durante el buen tiempo; darles sus comidas
dos veces al día, a horas fijas, o sea, a las diez de la mañana, y a las cinco de la tarde;
cuando terminaban estas, hacíamos volver a los hombres abajo entre las cubiertas, por
lo que hace a las mujeres estaba enteramente a su propia discreción, estar sobre la
cubierta todo el tiempo que quisieran, aún muchos de los varones tenían por turnos la
misma libertad, exitosamente; siendo pocos o ninguno encadenado o puesto con

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grilletes, y eso solamente en respuesta a algunos disturbios, o injurias, provocadas a sus
compañeros cautivos, como ocurrirá siempre entre un grupo numeroso de gente salvaje.
Además, permitíamos a cada uno de ellos entre sus comidas un puñado de maíz y
mandioca, y entonces y después pipas cortas y tabaco para fumar sobre la cubierta por
turnos, y algunos cocos; y a las mujeres una pieza de ropa rústica para cubrirlas, y lo
mismo para muchos de los hombres, de quienes teníamos cuidado de que se bañaran de
tiempo en tiempo, para prevenir los parásitos, a los que son muy sujetos; y a causa de
esto parecían más dulces y condescendientes. Hacia la tarde ellos se divertían sobre la
cubierta, como lo creían apropiado, algunos conversando entre ellos, otros danzando,
cantando, y haciendo deportes a su manera, lo que les complacía mucho, y también nos
hacía pasar el tiempo a nosotros; especialmente el sexo femenino, que estaba aparte de
los varones, en el castillo, y muchas de ellas eran doncellas jóvenes y florecientes,
plenas de alegría y buen humor, nos ofrecían una abundancia de recreación; así como
varios muchachos delicados, a los que mayormente teníamos para atendernos a bordo
del barco.
Como observé antes, dábamos el rancho a los esclavos dos veces al día; la primera
comida era de nuestros frijoles grandes cocidos, con una cierta cantidad manteca de
ganso... La otra comida era de guisantes o maíz, y a veces mandioca... cocida con
tocino, o grasa, o sebo por turnos: y algunas veces con aceite de palma y malagueta o
pimienta de Guinea yo encontré que ellos tienen mejores estómagos para los guisantes,
y esta es una comida propiamente de engorde para los cautivos...
Con cada comida le dábamos a cada esclavo una cáscara de coco llena de agua, y
de tiempo en tiempo una medida de brandy, para fortalecer sus estómagos...
Puede decirse mucho más en relación a la preservación y mantenimiento de los
esclavos en tales viajes, de lo que yo dejé a la prudencia de los oficiales que mandaban
a bordo, si ellos valoraban su propia reputación y el beneficio de sus patrones; y debo
solo añadir estos pocos detalles, que aunque nosotros debíamos estar circunscriptos a
vigilar estrechamente a los esclavos, para prevenir o desalentar sus malos designios para
su propia conservación, sin embargo no debíamos ser demasiado severos y arrogantes
con ellos, sino por el contrario, cuidados y complacerlos en toda cosa razonable.
Algunos comandantes, de temperamento malhumorado y terco están perpetuamente
azotándolos y reprimiéndolos, sin la más mínima ofensa, y no soportan nada sobre la
cubierta excepto cuando es inevitable para que se alivianen el vientre; con el pretexto de
que esto impide el trabajo del barco y de los marinos y de que son problemáticos por su
olor asqueroso y nauseabundo, o su bullicio; lo cual hace desesperar a esos pobres
infelices, y además los hace caer en el desorden y la melancolía, y buscan la ocasión de
destruirse a si mismos.
Tales oficiales deben considerar, que esas criaturas infortunadas son hombres
igual que ellos, a pesar de ser de diferente color, y paganos; y que hacen lo mismo que
harían ellos en iguales circunstancias...
Fuente: James Barbot, Jr., "A Supplement to the Description of the Coasts of
North and South Guinea," in Awnsham and John Churchill, Collection of Voyages and
Travels (London, 1732).

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John Barbot
“DA LA IMPRESIÓN... DE QUE LOS EUROPEOS ESTÁN AFICIONADOS A
SU CARNE"
John Barbot, un agente de la Real Compañía Africana francesa, hizo por lo
menos dos viajes a la costa del oeste de África, en 1678 y 1682.

Aquellos vendidos por los negros son en su mayor parte prisioneros de guerra,
tomados ya sea en lucha, o en el acoso, o en las incursiones hacen en los territorios
enemigos; otros robados y enviados lejos por sus propios paisanos; y algunos hay, que
venderán a sus propios niños, parientes, o vecinos. Esto se ha visto a menudo, y para
conseguirlo, ellos piden a la persona que se preponen vender, que les ayude a llevar algo
a la factoría para comerciarlo, y cuando allí llegan, la persona así engañada, no
entendiendo la lengua, es entregada como esclavo, a pesar de toda su resistencia, y de
clamar contra la traición...
Los reyes son tan absolutos, que sobre cualquier pretexto leve de ofensas
cometidas por sus súbditos, ordenan que sean vendidos como esclavos, sin
consideración alguna hacia el rango o propiedad...
Abundantes niños negros de ambos sexos también son robados por sus vecinos,
cuando los encuentran en los caminos, o en los bosques; o bien en los campos de maíz,
en la época del año cuando sus padres les tienen allí todo el día para espantar a los
voraces pájaros pequeños, que vienen a alimentarse del mijo, en enjambres, como se ha
dicho arriba.
En épocas de penuria y hambre, mucha de esa gente se venderá a sí misma, para
que los mantengan, y evitar morir de hambre. Cuando arribé por primera vez a Gorea,
en diciembre de 1681, yo habría podido comprar un gran número, a precios muy
reducidos, si hubiera podido encontrar provisiones para mantenerlos; tan grande
entonces era la penuria, en esa parte de Nigritia.
Para concluir, traen a estos negros, desde países interiores muy alejados, por
comercio, y se venden a cambio de cosas de valor muy insignificante; pero estos
esclavos son generalmente pobres y débiles, por causa de la bárbara costumbre que
tienen de viajar desde tan lejos, siendo continuamente azotados, y casi famélicos; tan
inhumanos son los negros a otros...
El comercio de esclavos es de la manera más peculiar el negocio de los reyes,
hombres ricos, y los comerciantes principales, excluyente para la clase inferior de los
negros.
Estos esclavos son tratados severa y bárbaramente por sus amos, que los
mantienen pobremente, y los azotan inhumanamente, como puede verse por las
cicatrices y heridas en los cuerpos de muchos de ellos cuando son vendidos a nosotros.
Escasamente les proporcionan el último de los trapos para cubrir su desnudez, que
también les sacan cuando los venden a los europeos; y van siempre con la cabeza
descubierta. Las esposas y los hijos de esclavos, son también esclavos del amo que los
casa; y cuando mueren, nunca los entierran, sino que tiran los cuerpos en cualquier
lugar, para ser devorado por los pájaros, o las bestias de presa.

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Esta bárbara costumbre de esos desafortunados, hace parecer, que el destino de los
que son comprados y transportados desde la costa hacia América, u otras partes del
mundo, por europeos, es menos deplorable, que el de los que terminen sus días en su
país nativo; para embarcarlos se toma todo el cuidado posible para preservarlos y
mantenerlos en interés de los propietarios, y cuando son vendidos en América, el mismo
motivo parece prevalecer en sus amos para utilizarlos bien, para que puedan vivir lo
más posible, y hacerles el mayor servicio. Para no mencionar la ventaja inestimable
que pueden cosechar, de convertirse en cristianos, y de salvar sus almas, si hacen un uso
apropiado de su condición...
Muchos de esos esclavos que transportamos de Guinea hacia América tienen
como prejuicio la opinión, de que los llevan como ovejas al matadero, y que los
europeos están aficionados a su carne; esta noción prevalece tanto en algunos, como
para hacerlos caer en una melancolía y desesperación profundas, y rechazar todo
sustento, estos son compelidos e incluso azotados para obligarlos a tomar algo de
alimento: a pesar de todo lo cual, se dejan morir de hambre; de lo cual tuve varios
ejemplos en mis propios esclavos tanto a bordo como en Guadalupe. Y aunque debo
decir que soy compasivo por naturaleza, sin embargo me vi obligado a romper los
dientes de esos infelices, porque no abrían sus bocas, sin ser convencidos por ninguna
súplica en el sentido de que se alimentaran; y así forzar la entrada de algo de sustento
dentro de sus gargantas...
Así como los esclavos bajaban a Fida desde el interior, eran puestos dentro de una
cabina o prisión, construida para ese propósito, cerca de la playa, todos ellos juntos, y
cuando los europeos estaban para recibirlos, era revisada cada parte de cada uno de
ellos, hasta el menor de los miembros, estando hombres y mujeres totalmente desnudos.
Aquellos que eran encontrados buenos y sanos, eran puestos a un lado, y los otros
dejados; los esclavos así rechazados eran denominados mackrons, teniendo más de
treinta y cinco años de edad, o siendo defectuosos en sus miembros, ojos o dientes; o
cabellos grises, o enfermedad venérea, o cualquier otra imperfección. Esos puestos
aparte, que habían pasado como buenos, son marcados en el pecho, un hierro al rojo,
imprimiendo la marca de las compañías francesa, inglesa u holandesa, de manera que
cada nación pueda distinguir lo propio, y para prevenir que fueran cambiados por otros
peores, como los nativos eran capaces de hacer. En este particular, se tiene el cuidado de
que las mujeres, como más tiernas, no sean quemadas demasiado.
Los esclavos marcados, luego de esto, son retornados a sus celdas, donde el encargado
de la factoría los alimenta hasta su carga, con un monto de aproximadamente dos
peniques al día por cada uno, con pan y agua, que es toda su ración. Allí ellos continúan
a veces diez o quince días, hasta que el mar esté calmo como para enviarlos a bordo;
muy frecuentemente éste continúa muy tumultuoso por tan largo tiempo, excepto en
enero, febrero y marzo, que es comúnmente la estación más calma: y cuando es así, los
esclavos son acarreados por lotes, en canoas de troncos, y puestos a bordo de los buques
en marcha. Antes de que entren en las canoas, o salgan de su celda, sus antiguos amos
negros los despojan de todo harapo que ellos tengan, sin distinción de hombres o
mujeres; para suplir lo cual, en los barcos bien ordenados, se le da a cada uno de ellos a
medida que llega a bordo una pieza de lienzo, para enrollar alrededor de la cintura, lo
que es muy aceptable para esos pobres infelices...
Si ocurre que no hay una cantidad suficiente de esclavos en Fida, el encargado de la
factoría debe adelantar a los negros sus bienes, hasta el valor de ciento cincuenta o

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doscientos esclavos; bienes que ellos transportan hacia el interior para comprar esclavos
en todos los mercados, por arriba de doscientas leguas dentro del país, donde ellos son
guardados como el ganado en Europa; los esclavos vendidos allí son generalmente
prisioneros de guerra, tomados a sus enemigos, como botín, y quizá algunos pocos
vendidos por sus propios compatriotas, en extremo estado de necesidad o durante una
hambruna; así como en el caso de algunos como castigo por crímenes infamantes: A
pesar de que muchos europeos creen que los padres venden a sus propios hijos, los
hombres a sus mujeres y parientes, cuando esto ocurre, si es que ocurre, esto es tan raro
que no puede justamente cargarse a la nación entera, como una costumbre y práctica
habitual.
Una cosa es para ser tomada en cuenta por los hombres que viajan por el mar, es que los
esclavos de Fida y Ardra son de entre todos los otros, los más capaces de una revuelta a
bordo de los buques, mediante una conspiración llevada adelante entre ellos mismos;
especialmente aquellos que son traídos a Fida desde muy lejanos países del interior,
quienes fácilmente atraen a otros a su complot: por haber visto comer carne humana en
su propio país, y mercados que la venden, están muy llenos de la idea de que nosotros
los compramos y transportamos para ese mismo propósito; y entonces acecharán todas
las oportunidades de escaparse, asaltando a la tripulación de los barcos, y matándolos a
todos, si pueden: de lo cual tenemos casi todos los años algunos ejemplos, en un barco
europeo u otro, cuando están llenos con esclavos.
Fuente: John Barbot, "A Description of the Coasts of North and South Guinea," in
Thomas Astley and John Churchill, eds., Collection of Voyages and Travels (London,
1732).
Traducción: Luis César Bou

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