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Beashley, W. G., Historia Contemporánea de Japón. Alianza, Madrid, 1995.

Capítulo 2
El desafío de Occidente y la respuesta de Japón
Hay una expresión china que vertida al japonés dice naiyu-gaikan, significando
«problemas en casa, peligros de fuera», y que describe la situación que puede acarrear el
derrumbamiento de una dinastía. Los japoneses recibieron un toque de atención al respecto a
mediados del siglo xix. Los reformadores feudales habían mostrado su creciente
preocupación por los «problemas en casa» en guisa de crisis financieras o de revueltas
campesinas. Los intelectuales samurais, principalmente los eruditos confucianos empleados
por el Bakufu y por los señoríos, escribían libros y panfletos, cada uno apuntando el remedio
a la enfermedad. Sería erróneo afirmar que el país se encontraba en fermentación por esto,
pero había una sensación de inquietud cada vez mayor, una sensación que se agudizó al
materializarse los «peligros de fuera», señalados primero por informes de lo que estaba
pasando en China y luego por visitas de buques de guerra extranjeros a puertos japoneses.
Este capítulo y el siguiente están dedicados a examinar la manera en que reaccionaron los
japoneses cuando su forma de vida parecía estar amenazada por lo que estaba sucediendo.
Muchos vieron la amenaza extranjera como un problema que sólo podía ser resuelto
introduciendo en el país importantes cambios políticos o adoptando métodos, como el empleo
de la ciencia militar y la tecnología industrial de Occidente, que tendrían hondas implicacio-
nes en la naturaleza de la sociedad y cultura japonesas. Las consignas de la época reflejan
esas inquietudes: sonno-joi, «honor al emperador-expulsión al bárbaro», y fukokukyohei,
«enriquecer al país-fortalecer al ejército». Una y otra implicaban una relación causal segiin la
cual la medida a adoptar en casa era condicionante para el éxito en el exterior. Por ello no se
puede desenredar fácilmente la historia de las relaciones exteriores de la historia de la política
interna.
Un país cerrado
Entre 1620 y 1639 los gobernantes japoneses habían llegado a la conclusión de que las
relaciones existentes con los europeos se debían cortar en parte porque ofrecían a los
disidentes del país la posibilidad de una alianza con fuerzas militares fuera del control del
Bakufu y en parte porque exponían a Japón a la «corrupción» de la doctrina cristiana. El
cristianismo fue salvajemente perseguido y, una vez eliminado, se dictaron leyes destinadas a
que no resurgiera más. También al comercio exterior pronto se le puso fin a no ser a pequeña
escala por mediación de los juncos chinos a los que se permitía atracar en la ciudad de
Nagasaki y de un despacho comercial holandés que operaba en Deshima, en el puerto de la
misma Nagasaki. Estas decisiones inauguraron la politica de «país cerrado» (sakoku) que
habría de prolongarse hasta 1854. El comercio de Nagasaki era supervisado muy de cerca por
los funcionarios del Bakufu; a los comerciantes holandeses solamente se les permitía viajar
por Japón con escolta y por razones que habían de ser aprobadas; a los japoneses, por otra
parte, les estaba prohibido bajo pena de muerte el salir del país. Por todo ello el contacto con
el mundo exterior era muy limitado. De vez en cuando se les exigía a los holandeses y chinos
que informaran —información por lo general estrictamente limitada al gobierno de Edo—
sobre lo que estaba sucediendo en Europa y Asia. Además, se importaban libros
(meticulosamente escudriñados en busca de influencia cristiana) y algunos artefactos, como
relojes, que les daban a los japoneses nociones de los cambios en la ciencia y la tecnología de

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Occidente. La casa comercial holandesa de Deshima funcionaba también como un centro de
interés público al representar la vida de Europa y, en efecto, existen grabados japoneses de
los residentes de Deshima sentados en sillas, comiendo con cuchillos y tenedores, jugando al
billar. Posteriormente, los médicos apostados en Deshima pudieron impartir los rudimentos
de su profesión a médicos japoneses. Pero aún así, el aislamiento nacional, como se lo llama
en la historiografía japonesa, significó que Japón estaba sustancialmente desconectado de lo
que estaba ocurriendo fuera del Lejano Oriente.
Y así fue por lo menos durante más o menos los primeros cien años. Después empezó a
disminuir lentamente la hostilidad hacia Occidente al sobreponerse la curiosidad a la
suspicacia, quedando con el tiempo adormecidos los sentimientos anticristianos.
Naturalmente la censura no desapareció, pero se suavizó en asuntos politicamente inocuos,
como el arte, o útiles, como la medicina y la cartografía. De esa forma, a fines del siglo xviii,
Ino Tadakata, con el patrocinio del Bakufu, fue el autor de un preciso mapa de las islas
japonesas sirviéndose de técnicas e instrumentos occidentales. Su contemporáneo, Shiba
Kokan, realizó experimentos con pintura al óleo y aguafuertes en placas de cobre.
Estas tendencias fueron presentándose al tiempo que los países occidentales mostraban
señales de renovar su interés por Japón. Durante las guerras napoleónicas una fragata
británica había visitado Nagasaki en una misión medio comercial medio depredadora y
capturado rehenes que sólo entregaba si se le proveía de mercancías. En 1813 y 1814, al ser
ocupada Java por Gran Bretaña, su teniente general, Thomas Stamford Raffles, intentó sin
éxito el comercio británico con Nagasaki bajo bandera holandesa. Más siniestra fue la
aparición de los rusos por el norte, que desde sus territorios alrededor de Ojotsk establecieron
centros de pesca y caza en las islas Curiles. En 1792 y otra vez en 1804 habían enviado
representantes en busca de acceso a los puertos japoneses. Al ser rechazado sin mucho
miramiento el segundo de estos ofrecimientos, los rusos emprendieron una serie de correrías
por los asentamientos japoneses en esas islas. El Bakufu respondió apresando en 1811 al
capitán de un barco de reconocimiento.
El acercamiento de británicos y rusos era el producto de iniciativas locales, no de una
política formulada desde Londres o San Petersburgo, detalle que los funcionarios japoneses
no estaban en posición de distinguir. Por lo tanto, a principios del siglo xix hubo un
endurecimiento de la actitud del Bakufu hacia Occidente. También un cambio en el estudio de
lo occidental: el inglés y el ruso fueron añadidos a las lenguas que los intérpretes del Bakufu
tenían que dominar; la tecnología y la ciencia militar empezaron a figurar con más
prominencia en los escritos de los «eruditos holandeses» japoneses —así llamados por basar
sus obras en libros importados por Deshima, residencia de los holandeses— estableciéndose
en Edo una oficina de traducciones con esas disciplinas en cabeza de lista. En 1823-1827, un
funcionario que había en Nagasaki, Takahashi Shuhan, había estado aprendiendo artillería de
los holandeses convirtiéndose en un abogado de la instrucción militar occidental. Otro,
Egawa Tarozaemon, discípulo del anterior, se puso a construir un horno de reverberación en
1853, consiguiendo fundir cañones. Hoy pueden verse los restos de este horno cerca de la
aldea de Nirayama, en la península de Izu. Hubo iniciativas similares en algunos de los
señoríos grandes, como el de Saga (Hizen) y Kagoshima (Satsuma).
Al mismo tiempo iban convirtiéndose en temas de discusión pública entre los samurais la
amenaza exterior y lo que había que hacer al respecto. El tono dominante —y en gran parte la
terminología del debate— quedó plasmado en un libro titulado Shinron (Nuevas Propuestas),
escrito en 1825 por Aizawa Seishisai, erudito de Mito. Su argumento era éste: para defender
Japón, es decir, para expulsar al bárbaro (joi), era necesario que la clase dirigente del país

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estuviera unida mediante una estructura de fidelidad cuyo máximo nivel se cifraría en la
lealtad al emperador (sonno). La unidad era también un requisito para promover con éxito la
fortaleza y la riqueza del país. Esta unidad se llevaría a cabo primero restaurando la salud a la
agricultura y así enriquecer al país (fukoku); segundo, haciendo resurgir la disciplina y la
moral de los samurais con objeto de aumentar el potencial militar (kyoheí).
A estas consignas les había llegado la hora de recibir un nuevo significado relacionado con
la industria y la ciencia militar de Occidente, pero Aizawa se mantuvo en estos asuntos
tradicionalista. Afirmaba, en efecto, que en Occidente «todos los países siguen la ley de Jesús
e intentan con ella subyugar a otros» empleando la religión para «embelecar y engañar a la
gente» como un primer paso para atacarlos. Por, lo tanto, era necesario que Japón se guardara
de insurrecciones internas a la vista sobre todo de lo que los eruditos holandeses estaban
haciendo, muchos de los cuales «habían sido conquistados por las cacareadas teorías de los
extranjeros occidentales» y escribían libros «con la esperanza de transformar nuestra
civilizada forma de vivir en la forma de los bárbaros». Al final, si tales engaños se
propagaran, los japoneses serian sobornados por los «nuevos artilugios y medicinas raras que
complacen el ojo y cautivan el corazón» hasta tal punto de que ya no podrían resistir el
ataque.
Muchos otros eruditos confucianos se hicieron eco de esta manera de expresarse, pero sus
colegas sintoístas adoptaron una línea bastante distinta. En primer lugar, identificaban las
cualidades especiales de Japón con una descendencia divina y no con una civilización
confuciana. Como lo indicaba Hirata Atsutane en 1811, por «ser Japón la tierra de los dioses
y nosotros sus descendientes..., los japoneses somos completamente distintos y superiores a
los pueblos de China, India, Rusia, Holanda, Siam, Cambodia y todos los otros países del
mundo»8. Igualmente, la ciencia japonesa abarcaba todo lo demás induyendo al
confucianismo y al budismo. Esto daba cabida a los estudios holandeses, especialmente los
científicos, que podían ser asimilados y no rechazados.
Estas ideas nos acercan a la postura de hombres como Takahashi y Egawa cuyo interés en
Occidente era adquirir una capacidad tecnológica que pudiera ser usada en beneficio del país.
Sakuma Shozan, experto en temas militares y funcionario de Edo, fue su más célebre
portavoz. Como samurai que era, y con un señor que había sido nombrado miembro del
consejo de los Tokugawa en la época de Mizuno Tadakuni y encargado de la defensa costera,
Sakuma fue llevado por las circunstancias a estudiar holandés y artillería occidental. En la
década de 1840-1850 aprovechó estos conocimientos para escribir varios memoriales. Argüía
en ellos que Japón debía prepararse para un ataque comprando armamentos modernos y
también aprendiendo a hacerlos. El mismo estudió la técnica de fundición de cañones. En
1849 buscó la ayuda de su señorío para preparar un diccionario holandés-japonés y para
traducir libros holandeses; y ello en razón de que era necesario «conocer al enemigo». Al año
siguiente planteó el caso al Bakufu en términos aún más enérgicos. Los países de Occidente,
afirmaba Sakuma, habían sido capaces de lograr una fuerza material abrumadora «porque la
ciencia extranjera es racional y la china no lo es»9. China no reconoció este hecho que fue
responsable de su derrota ante Gran Bretaña en la guerra del Opio. Por lo tanto, si Japón
quería evitar el destino de China, su pueblo debía estudiar lo que Occidente tenía que enseñar
en las diversas disciplinas y no solamente en las aplicables directamente a la guerra.
Los esfuerzos de Sakuma fueron recompensados siendo asesinado en 1864 por un
xenófobo fanático, no sin haber dejado tras sí un buen número de discípulos que continuaron
con sus ideas en el Japón de la era Meiji. Legó también Sakuma a la posteridad otra consigna:
«ética oriental, ciencia occidental» (Toyo no ciotoku, Sezyo no gakugei). En su forma más

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simple este lema podría interpretarse como la conservación de los valores tradicionales y, a la
vez, la introducción en Japón de innovaciones tecnológicas. La realidad, sin embargo, es que
había bastante más en la idea de Sakuma: se estaba alejando del concepto de defender una
cultura y se estaba acercando al de defender un país (igual como, por lo demás, estaban
haciendo los eruditos sintoístas, con la diferencia que éstos definían el mismo concepto en
términos de raza). Sakuma, en fin, vio en la política de Pedro el Grande de Rusia un modelo
de lo que necesitaba hacerse en Japón, esto es, asegurar la unidad política, introducir
tecnología occidental, construir una flota y ganar así el reconocimiento internacional.
Hubo otros a principios del siglo xix que formularon una crítica mucho más fundamental
de la sociedad existente. Por ejemplo, Sato Nobuhiro, oriundo de una familia no samurai del
norte del país, había estudiado holandés al tiempo que trabajaba como asesor de varios
señores feudales en temas de agricultura, silvicultura y minería. Esto le había permitido leer
libros de geografía, historia, política y ciencia militar de Occidente. Gracias a sus lecturas y
experiencia fue capaz de elaborar un proyecto mercantilista encaminado a reforzar el poderío
japonés y que contemplaba la expansión del comercio con el extranjero y la adquisición de
colonias en el continente asiático. La derrota de China en la guerra del Opio de 1842 le
convenció de que a corto plazo esto no era realista, pero siguió creyendo en la preparación
económica y militar como objetivo nacional. En uno de sus libros describió al Japón que
desearía ver creado: un gobierno manejado por seis departamentos especializados, dos para el
ejército y la marina y los otros para la economía; una población dividida en clases
hereditarias, definidas por sus funciones y sujetas a los ministerios correspondientes; un
servicio de educación en donde se enseñara a los niños desde los ocho años de edad a estar al
servico del Estado, y una universidad nacional que proporcionara a los educandos pri-
vilegiados y con talento un nivel superior de conocimientos de Derecho, lenguas extranjeras y
ciencia occidental así como religión y filosofía japonesa. El programa tenía más en común
con la politica seguida después de la fecha de 1860 que con la seguida por el Bakufu de los
Tokugawa.
Los tratados desiguales
La alarma levantada por las actividades británicas y rusas al comienzo del siglo xix se
mantuvo viva en Japón gracias a incidentes esporádicos posteriores casi siempre
protagonizados por barcos balleneros. Así y todo, en el lapso de una generación acabó por
resultar infundado el temor a que ocurriera algo a mayor escala. De hecho, no fue hasta que
Gran Bretaña estuvo en guerra con China en 1840 cuando se hizo real la posibilidad de una
acción contra Japón. La guerra del Opio, al abrir al comercio extranjero los puertos chinos,
incluso los situados en la costa norte hasta el río Yangtsé, aumentó el número de barcos
mercantes y el tamaño de las flotillas enviadas para protegerlos. De esa forma, las potencias
con más intereses en la región —Gran Bretaña, Francia, Rusia y Estados Unidos— se vieron
con los medios para intervenir en Japón si así lo deseaban. En 1844, el representante holandés
en Deshima advirtió al Bakufu que en las nuevas circunstancias el gobierno no tardaría en
verse incapacitado para mantener su aislamiento y que seria prudente tomar la iniciativa de
poner fin a la politica aislacionista. Su consejo fue rechazado: sakoku (politica de
aislamiento) era una «ley ancestral».
En la década iniciada en 1840 fueron varios los extranjeros que llegaron a Japón a título
oficial. Por ejemplo, barcos de reconocimiento británicos fueron a Nagasaki en 1845 y a la
bahía de Edo cuatro años después. Las islas Ryukyu (Okinawa) fueron visitadas por navíos
franceses.

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Una corbeta estadounidense atracó en Nagasaki en 1849 para repatriar a los náufragos de un
ballenero. Todos eran incidentes de rutina que, si bien tal vez pusieron a prueba la
determinación japonesa, estaban desprovistos de objetivos diplomáticos serios. Tampoco los
sondeos diplomáticos constituyeron apremio alguno para Japón. Sir John Davis, máximo
representante británico en China, realizó planes para llevar a cabo un tratado con Japón en
1845, pero abandonó la idea al no ser capaz de contar con una respectable force que
respaldara sus negociaciones. Londres aceptó su decisión sin poner reparos. El comodoro
James Biddle, al mando de la flota del Pacífico de Estados Unidos, navegó a la bahía de Edo
en 1846 sólo para retirarse al serle denegada sin ceremonias su petición de comercio. En la
costa china se pensaba que su aceptación de este rechazo, en lugar de arreglar las cosas, las
iba a empeorar.
Pero el interés de Estados Unidos en Japón tenía más enjundia que el de ingleses o rusos.
Inglaterra deseaba el comercio con Japón pero estaba dispuesta a dejar que otros corrieran el
riesgo de concertarlo. A Rusia, por su parte, le interesaba sobre todo consolidar su posición en
el Amur y no el tener acceso a Japón ni resolver la cuestión de la soberanía de las islas al
norte. En cambio, Estados Unidos estaba en el proceso de convertirse en una potencia del
Pacífico. Oregón y California habían sido agregados a su territorio. Se hablaba también de un
ferrocarril transcontinental unido a China por una ruta transpacffica de vapores que
englobaría a las aguas japonesas dentro de un corredor marítimo surcado por barcos
americanos. Japón en sí era una potencial estación de aprovisionamiento de carbón. Eran
todos ellos factores que pesaban probablemente más que la notoria falta de hospitalidad
japonesa.
En consecuencia, el acercamiento siguiente de Estados Unidos se llevó a cabo con más
empeño. En 1850, Washington anunció el envío de una expedición. Su mando se confió al
comodoro Matthew C. Perry que contaría con una fuerza naval considerable a fin de negociar
un acuerdo. Todo el mundo, incluyendo al gobierno de los Tokugawa, lo supo, estando bien
claro esta vez que a Perry no se le podría despedir así como así. La verdad es que, de creer a
los periódicos europeos y americanos, se pensaba que esta vez las puertas habrían de ser
abiertas o serían derribadas. En el Edinburgh Review se comentaba:
“El aislamiento preceptivo de los japoneses es equivocado no sólo para ellos, sino también
para el mundo civilizado... Y, si bien poseen indudablemente derecho exclusivo a la posesión
de su territorio, no deben abusar del mismo al punto de prohibir a las demás naciones
participar de sus riquezas y virtudes.”
Perry, que llegó a Uraga, en Japón, en 1853, mostró tanto esmero por la dignidad de su país
como la prensa había esperado, pero bastante menos por el comercio. Cierto que en la misiva
que traía del presidente de Estados Unidos, entregada con gran pompa en la ciudad de
Kurihama bajo una salva de cañones, había referencias al comercio y también al tratamiento
de los náufragos, así como al suministro de carbón y de vituallas para los barcos que lo nece-
sitaran, pero el mensaje particular de Perry, entregado al mismo tiempo, era de extensión más
limitada. Y también más amenazador. Estados Unidos, se decía en él, deseaba vivir en paz y
amistad con Japón, pero «la amistad no podrá existir mucho tiempo a menos que Japón deje
de tratar a los estadounidenses como enemigos». En consecuencia, era de esperar que el
gobierno japonés respondiera favorablemente a la carta del presidente cuando el comodoro
volviera a por la respuesta al año siguiente. En esa ocasión, añadía Perry regresaría trayendo
«una fuerza mucho mayor»”. Y así lo hizo. Ocho barcos en lugar de cuatro entraron en la
bahía de Edo en febrero de 1854. El Bakufu, al reconocer que sus defensas eran inadecuadas,
ordenó a sus negociadores que persuadieran a Perry para que se fuera sin darle una respuesta

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directa y sin precipitar una confrontación. Pero esto era contradictorio, como pronto se echó
de ver en la reacción del comodoro. Por otro lado, la renuencia del mismo Perry a hacer del
comercio una condición sine qua non permitía hacer maniobras. Después de minuciosas
conversaciones que necesitaron consultas constantes con el gobierno de Edo, el 31 de marzo
se firmó un acuerdo en Kanagawa. En virtud del mismo, se abría Shimoda y Hakodate como
puertos de abastecimiento para las naves de Estados Unidos y se autorizaba en fecha posterior
el nombramiento de cónsules. No se estipulaba nada concreto acerca de comercio. Para el
Bakufu era lo mejor de un mal trabajo. Para Peri-y los cimientos sobre los que otros podrían
edificar.
El logro de Peri-y aunque rechazado como insustancial por los comerciantes de Europa,
Estados Unidos y la costa china, fue prestamente emulado por almirantes británicos y rusos
interesados no tanto en el comercio como en el hecho de que sus respectivos países acababan
de declararse la guerra en Crimea. Sir James Stirling fue a Nagasaki en septiembre de 1854
con el intento de obtener una declaración que prohibiese el acceso de barcos rusos a puertos
japoneses, salvo en condiciones similares a las de Europa en tiempo de hostilidades. Pero no
logró ni siquiera hacerse entender por no disponer de un buen intérprete y porque a los
funcionarios japoneses sin conocimiento de derecho internacional les resultaba
incomprensible la petición del británico. Pero cuando aquellos, desesperados, le ofrecieron
las mismas condiciones otorgadas a Perry Stirling aceptó creyendo que ganar un asidero en
Japón, por débil que fuera, valía la pena. A su rival ruso, Putiatin, se le dio bastante mejor.
Después de haber estado varios meses jugando al escondite con Stirling arriba y abajo de las
costas del este de Asia, llegó a Shimoda en diciembre dispuesto a iniciar conversaciones con
los japoneses. Allí, pese a la destrucción de su nave capitana por un maremoto el mes
siguiente, fue capaz de conseguir un convenio que le daba más que a Perry: se incluía una
cláusula que dividía las islas Curiles entre Rusia y Japón en un punto situado entre Uruppu y
Etorofu.
Perry y Stirling tenían razón en afirmar que habían puesto los cimientos, porque los
gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, tras haber logrado acuerdos que los
comerciantes de estos países criticaban, no iban a dejar que las cosas quedaran ahí. Pero
tampoco dieron muestras de actuar con entusiasmo o rapidez. Gran Bretaña (en alianza con
Francia) estuvo en guerra contra Rusia hasta 1856 y casi enseguida contra China por el
incidente del Arrow; estaba, por lo tanto, inclinada todavía en esos años a dejar la iniciativa a
Estados Unidos, a no ser por incursiones esporádicas en la diplomacia naval. Estados Unidos,
aunque con las manos libres, no tenía muchas ganas de comprometerse demasiado en un país
remoto y carente de valor comercial inmediato. En consecuencia, Townsend Harris, que llegó
a Shimoda como cónsul de Estados Unidos en agosto de 1856 y con instrucciones de firmar
un tratado comercial en regla, recibió muy poca ayuda para llevar a cabo las órdenes
recibidas. En mayo de 1857, anotó en su diario que desde su llegada a Japón todavía no había
visto un barco de guerra de su país. Esta circunstancia no sólo le privaba de instrucciones de
Washington, sino que además le quitaba un medio para estar a la altura de unos japoneses que
«no cedían más que ante el temor».
Pero el cónsul norteamericano tuvo la habilidad de encontrar otro medio para ello y fue la
guerra que en China libraban Gran Bretaña y Francia. A fines de 1856, los funcionarios del
Bakufu, presididos por un nuevo consejero, Hotta Masayoshi, empezaron a reconsiderar la
postura de Japón a la luz de lo que estaba sucediendo en el continente asiático. Muy pronto
llegaron a la conclusión de que seria necesario un acuerdo comercial de algún tipo para im-
pedir que las potencias atacaran Japón. La cuestión que en estos momentos estudiaban
primordialmente era identificar el mínimo número de concesiones necesarias para llegar a

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dicho acuerdo.
En octubre de 1857, se llegó en Nagasaki, en el curso de la negociación de tratados con
holandeses y rusos, a lo que pareció un compromiso aceptable. En virtud de estos tratados se
eliminaban las restricciones antes impuestas sobre el total del valor anual del comercio
holandés, aunque se mantenía la supervisión oficial del mismo aparte del disfrute de
sustanciosas tarifas arancelarias. Se estipulaba que los puertos de Nagasaki y Hakodate
quedarían abiertos, además de otro en lugar del de Shimoda (juzgado inaderuado
comercialmente), y se imponía un elevado número de minuciosas reglas sobre el desempeño
del comercio y sobre las personas que en él participarían. En otras palabras, se ponía al
descubierto que Edo contemplaba no un empezar de nuevo, sino una modesta liberalización
de la antigua situación en Deshima.
Por esta razón, al serle ofrecido algo similar a Townsend Harris, éste lo rechazó
categóricamente afirmando que tales condiciones «eran deshonrosas para todas las partes que
las habían elaborado» y que de ningún modo podían ser consideradas para el ti-atado que él
buscaba. Tampoco para Gran Bretaña iban a ser aceptables. En el contexto de la reanudación
de hostilidades entre este país y China, el comentario de Harris resultó ser persuasivo, con el
resultado de que se le permitió viajar a Edo para volver a plantear el tema. Llegó a primeros
de diciembre, tuvo una audiencia con el shogun el 7 del mismo mes y empezó sus contactos
diplomáticos cinco días después. En una larga reunión con Hotta, Harris señaló las ventajas
de hacer concesiones mediante convenios con un embajador norteamericano que «estaría sin
escolta militar» mejor que con un británico que «vendría a estas costas con cincuenta
hombres de guerra»’.
Los funcionarios japoneses, por haber conferenciado previamente entre ellos y estar
predispuestos a aceptar algo en esa misma línea (predisposición confirmada casi
inmediatamente al saber que los ingleses habían capturado Cantón), dieron su aceptación a
los principales puntos de las proposiciones del cónsul norteamericano. Pero ti-aducir esa
aceptación en un tratado resultó más difícil. Los negociadores japoneses, teniendo poco con
qué regatear, resistían con obstinación en los detalles, de modo que asuntos como el número y
la selección de puertos a abrir, el derecho a viajar por el interior del país, el lugar de resi-
dencia del representante norteamericano, llegaron a ser temas de interminables debates.
Harris llegó a exasperar-se con frecuencia. Sin embargo, acabó consiguiendo lo que quería en
todo lo más importante. Según lo acordado
a mediados de febrero de 1858, en el borrador de su tratado se estipulaba que el ministro de
Estados Unidos estaría en Edo, y no lejos del centro de los acontecimientos, Kanagawa o
Shimoda, como a los japoneses les hubiera gustado; que las actividades comerciales estarían
completamente libres de intervención oficial y sujetas a aranceles bajos (a especificar en el
tratado); que los estadounidenses que vivieran en Japón estarían bajo la ley de Estados Uni-
dos administrada en juzgados consulares (privilegio conocido con el nombre de
extraterritorialidad), y que quedarían abiertos cinco puertos: Nagasaki y Kanagawa (Yoko-
hama) desde 1859, Niigata desde 1869 y Hyogo (Kobe) desde 1863, además de los ya
abiertos de Shimoda y Hakodate. Aparte, se permitiría la entrada de extranjeros en las
ciudades de Edo desde 1862 y de Osaka desde 1863.
Bien pudiera haber pensado Harris que su misión había llegado por fin a feliz término. Sin
embargo, el 17 de febrero, cuando no quedaba ya nada de importancia por discutir, le dijeron
que el Bakufu todavía no estaba listo para firmar. Se le explicó que las propuestas estaban
causando un gran conflicto entre los señores feudales, tanto que Edo había determinado

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buscar la aprobación del emperador. Una vez se hubiera conseguido ésta —de lo cual no
habría duda, le aseguraron— todas las objeciones se desvanecerían. No se trataba más que de
esperar un poco.
La explicación no pasaba de ser muy poco sincera. Lo que había pasado era que los
artífices de la política del Bakufu, mucho mejor informados que otros japoneses de la
verdadera posición de su país, habían llegado a estar cada vez más divorciados de la opinión
pública japonesa. Fuera de su círculo había profundas divisiones sobre lo que había que
hacer, escisión que databa nada menos que de la llegada de Perry en 1853. Uno de los
principales consejeros de entonces, Abe Masahiro, consciente de que los señores feudales
estaban indispuestos entre sí sobre el asunto de los extranjeros, había decidido hacer circular
la carta de Estados Unidos y pedir comentarios con la esperanza de formalizar un consenso.
En la práctica lo que había conseguido era agudizar la discordia. La inmensa mayoría de los
señores respondieron limitándose a repetir los viejos clichés y criticas sobre el cristianismo y
el comercio, y pedían —ilusoriamente— que se mantuviera al mismo tiempo la paz y el
aislamiento. Una minoría estaba claramente dividida en una manera que al Bakufu le parecía
turbadora. Así, Tokugawa Nariaki, de Mito, jefe de una de las tres principales ramas de la
dinastía gobernante, recapitulando los argumentos enunciados treinta años antes por su
secuaz, Aizawa Seishisai, concluía que Edo tenía que hacer un llamamiento enérgico de
guerra, aunque no tuviera intención de obrar de acuerdo con el mismo. Sólo así, sostenía,
sería posible conservar la moral y ofrecer resistencia a Occidente. Otros señores poderosos
estaban de acuerdo con él. En cambio, Ii Naosoku, un señor fudai líder, también con un
respaldo importante, mantenía que lo que hacía falta era aumentar la verdadera fuerza de Ja-
pón por medio del comercio extranjero y de una marina de estilo occidental (era el argumento
de Sato Nobuhiro, pero sin sus concomitancias sociales). Esto implicaba que había que
empezar por firmar un acuerdo a fin de ganar tiempo para poner en marcha el resto de las
medidas.
Entre el invierno de 1853-1854 y el de 1857-1858, cuando Hotta consultó a los señores
sobre las negociaciones con Harris, había dos cambios de opinión. La mayoría se había
convencido de que permitir el comercio era inevitable, convencimiento que ya tenían los
funcionarios del Bakufu (aunque sólo como un medio para rehuir el conflicto con las
potencias). Una minoría políticamente activa —es decir, posiblemente diez o doce daimyo de
un total de casi trescientos— empezó a dirigir sus críticas a la dirección del Bakufu y no tanto
a su política exterior
como tal. Un caso típico fue Matsudaira Shungaku, de Echizen, otro pariente de los
Tokugawa, que reconcilió las recomendaciones de li Naosuke en favor del comercio con los
planes de los de Mito favorables a reformas en el país: «se deben contratar los servicios de
los hombres capaces de todo el país; hay que eliminar el derroche en tiempos de paz y revisar
el sistema militar; debe ponerse fin a los malos hábitos que han empobrecido a los daimyo y a
los otros señores; hay que prepararse en mar y tierra y no sólo en las islas principales sino
también en Ezo (Hokkaido); debe favorecerse el sustento diario de todo el pueblo; deben
establecerse escuelas de diferentes artes y artesanías». Aunado todo esto a las peticiones de
nuevos nombramientos en Edo y a la selección de un hombre de valía como heredero del
shogun, que no tenía hijos —el candidato que Shungaku y sus aliados tenían en mente era
Hitotsubashi Keiki (Yoshinobu), uno de los hijos de Tokugawa Nariaki—, se trataba de un
programa mucho más fundamental que el contemplado por el más osado de los funcionarios
del Bakufu.
La optimista idea de Hotta de que podría recurrirse al prestigio de la Corte Imperial para

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reformar la autoridad de Edo resultó equivocada. El emperador en persona y la mayoría de
sus cortesanos estaban en favor de la política aislacionista. Induso se mostraron dispuestos a
insistir al respecto a la vista del «consejo» del Bakufu (la valentía de la Corte fue alentada por
los mensajes secretos de Nariaki y de otros señores). Así, cuando Hotta fue a Kioto en marzo
de 1858, lo más que pudo conseguir al cabo de un mes de reñidos regateos fue un proyecto de
decreto que reconocía que las decisiones sobre política exterior eran de la competencia del
Bakufu y no de la Corte; induso este compromiso se vino abajo cuando el emperador, Komei,
hizo saber confidencialmente que para aprobarlo había sido apremiado contra su voluntad. En
la ola de protestas que siguió, el decreto fue revisado y Hotta tuvo que ii-se con lo que en
realidad era una orden para que reconsiderara sus planes.
Edo tomó la afrenta en serio. Casi al punto se decidió nombrar un regente (Tairo) con
categoría superior a la de los consejeros regulares. El cargo cayó en Ii Naosuke que, como
alto fudai, se suponía que sería leal primero a los Tokugawa con independencia de lo que
pensara sobre política exterior.
Pasaron varias semanas antes que Townsend Harris recibiera noticias de un acuerdo de paz
en China (Tratado de Tientsin) por el que ingleses y franceses tendrían las manos libres para
organizar, si quisieran, una expedición contra Japón. Viajó entonces sin perder tiempo a
Kanagawa para instar a que le firmaran su propio proyecto de tratado. En una asamblea en
Edo convocada en unas horas, Ii Naosuke aceptó la recomendación, confiando en que se
trataba de la única manera de evitar las condiciones más severas que Inglaterra exigiría. Los
documentos fueron firmados el 29 de julio. En agosto, los representantes de Holanda y Rusia
establecieron convenios similares. Lo pi-opio hizo lord Elgin, de Gran Bretaña (que se
presento sin la temida flota, pero significando el superior vuelo de sus pretensiones al
navegar a lo largo de Kanagawa y anclar frente a Edo). Con la ayuda del secretario de Hai-ris
como intérprete, sus conversaciones sólo duraron dos días. El enviado francés, barón Gros,
llegó en septiembre y ultimó un tratado a primeros de octubre.
En un punto Elgin agrandó lo que Harris había conseguido. Fue en agregar la cláusula de
país más favorecido para garantizar que Gran Bretaña compartiera automáticaaamente
cualquier privilegio obtenido en fecha posterior por otra potencia. Con el tiempo, las demás
potencias hicieron lo mismo. A Japón se le aplicó con esto la misma configuración que
Occidente había labrado en China por medio de tratados. Así, el nuevo sistema portuario
acordado en esos tratado, al entrar en vigor en 1859, no se parecía en nada al que había
permitido a los holandeses hacer comercio en Nagasaki durante más de doscientos años. A los
extranjeros ahora se les autorizaba a comerciar en determinados puertos sin interferencia
oficial, a no ser por el pago de unos aranceles bajos fijados en los tratados; podían establecer
recintos comerciales y residenciales en las zonas para extranjeros designadas al efecto en los
puertos, donde vivirían acogidos a las leyes de sus respectivos países administradas por
juzgados consulares. De esa forma y a pesar de la táctica diplomática del Bakufu de cubrirse
en retirada y de las fuertes críticas de muchos japoneses influyentes, Japón había sido traído
—en condición de subordinado— al seno de un mundo que los estudiosos de ahora
denominan imperialismo del libre comercio.
Terrorismo
Ii Naosuke sabía bien que, al haber firmado los ti-atados en contravención directa de los
deseos del emperador, estaba corriendo un riesgo político. Se movió rápidamente, por tanto,
para reprimir la oposición. Ya en agosto destituyó a Hotta y a otros funcionarios que pudieran
poner en cuestión lo que había hecho. Al mismo tiempo, anunció una decisión sobre la

9
sucesión del shogun eligiendo a un candidato de la rama Kii de los Tokugawa, el pariente más
cercano al titular, Iesada, pero todavía de sólo doce años de edad. Diez días después el niño
se convirtió en shogun con el nombre de Iemochi. A los señores que habían apoyado las
pretensiones de Hitotsubashi y expresado en público quejas sobre la calidad del liderazgo del
Bakufu, incluyendo a Tokugawa Nariaki, se les ordenó vivir en retiro o quedaron sujetos a
arresto domiciliario. Varios de sus secuaces, que habían actuado como agentes, sobre todo en
las intrigas de la Corte, fueron encarcelados, exiliados o ejecutados. La purga llegó incluso a
algunos cortesanos de Kioto.
Una vez asegurada la sumisión en donde le importaba, el regente se propuso conseguir la
aprobación imperial de los ti-atados. Para ello en el mes de octubre envió a Kioto a uno de los
consejeros de Edo, Manabe Akikatsu, con órdenes de regularizar la posición del Bakufu. Des-
pués de haber fracasado en largas discusiones para cambiar la opinión personal del
emperador, Manabe recurrió a las amenazas: una insinuación sobre el riesgo corrido por los
consejeros imperiales opuestos a su misión y una declaración oficial de que Edo se vería
forzado por razones de interés nacional a desconsiderar las objeciones de la Corte si éstas no
se modificaban. Esto provocó el compromiso tal como quedó formulado en el decreto del 2
de febrero de 1859. El emperador prometía «paciencia»; el Bakufu se obligaba de alguna
manera a impedir la apertura de Hyogo y Osaka pese a haber sido incluidos en los tratados
con los extranjeros, y ambas partes se comprometían a revocar todos los tratados en una fecha
futura no especificada, es decir, a «volver a la sabia política de aislamiento, como estaba
establecido antes en nuestras leyes ancestrales».
El resultado, sin embargo, no sirvió para acallar a los críticos del Bakufu, sino para
alienarlos aún más a causa de la presión que Manabe, según se supo, había ejercido sobre la
Corte. Muchos samurais de los señoríos ya antes políticamente activos eran hostiles y estaban
indignados por los castigos que el Bakufu había impuesto a señores o amigos. Muchos otros
resentían la forma en que se habían firmado los tratados que, alegaban, manifestaba una acti-
tud de servidumbre al extranjero. Al añadirse a esto el intento del Bakufu de intimidar a la
Corte para que aceptara lo que había hecho, Ii Naosuke se sintió puesto en la picota por uno
de los peores pecados de un samurai: ser complaciente con el fuerte y tiránico con el débil.
En consecuencia, las consignas de «honra al emperador» y de «expulsión al bárbaro»
tomaron ahora un nuevo significado conviniéndose en lemas radicales lanzados contra el
gobierno del shogun.
Y no sólo eso. Eran consignas con atractivo para un círculo de samurais mucho más amplio
que el que había participado en debates anteriores sobre la apertura del país o la elección del
heredero del shogun. Muchos de quienes irían a servirse de esas consignas después de 1858
eran hombres de posición media o baja, llevados a la política por sus compañeros de más alto
rango o picados por el aguijón del peligro y de la excitación ocasionada por la venida de
navíos y de representantes extranjeros. Muchos eran estudiantes de artillería y de esgrima de
Edo, estudiantes que rivalizaban entre sí por labrarse un nombre como fanáticos xenófobos o
monarquistas. En Kioto, que otra vez estaba convirtiéndose en un centro político como hacía
siglos no lo había sido, estos activistas autodidactas hallaban un refugio y una ocasión. El pa-
tronazgo de los nobles de la Corte les brindaba cierta protección. Estaba además la
posibilidad de ejercer influencia en las decisiones políticas, algo difícilmente esperable en
Edo o en los señoríos para hombres de baja posición. A Edo empezaba a afluir un número
considerable de samurais que abandonaban sus familias y feudo o estipendios sin el
consentimiento de sus señores feudales, incurriendo así en el riesgo de perder su rango o de
castigos más severos. Algunos eran revolucionarios y se dedicaban a intentar derrocar al
régimen. La mayoría no eran más que fanáticos, sinceros pero mal organizados, o simples

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jóvenes atraídos por la esperanza de aventuras. Todos, por haber renunciado a su posición y
roto su vínculo de lealtad, estaban maduros para la violencia. La política, por lo tanto, entró
en una nueva fase en Japón caracterizada ahora más por la acción que por memoriales, y
funcionaba tanto en las calles de la ciudad y en los puertos abiertos al extranjero como en las
salas de juntas del shogun o de los señores. Su principal instrumento era el terror.
Frecuentemente los hombres involucrados en el terrorismo buscaban inspiración en un
joven maestro y samurai de Yamaguchi (Choshu) llamado Yoshida Shoin. Nacido en 1830,
había estudiado bajo Sakuma Shozan y establecido relaciones con los eruditos de Mito. En
1854 había intentado viajar de polizón en uno de los barcos de Peri-y con la intención de
estudiar en el extranjero a fin de adquirir el conocimiento necesario para defender Japón, pero
Peri-y lo entregó a los funcionarios del Bakufu, siendo encarcelado por breve tiempo. Fue
devuelto a Choshu para ser castigado y después sentenciado a arresto domiciliario aunque se
le permitía seguir enseñando. En los años siguientes expuso a sus discípulos (entre ellos
varios futuros líderes de la era Meiji) una doctrina basada en la premisa de que los
gobernantes actuales de Japón, tanto los señores como el shogun, habían sacrificado su dei-
echo a la autoridad por la debilidad e incompetencia mostradas ante las amenazas extranjeras.
La única vía de salvación para Japón, creía Yoshida, estaba en un levantamiento de hombres
no manchados por la riqueza o el cargo oficial, encabezados por una minoría resuelta
perteneciente a la clase de los samurais y unida por su lealtad al emperador. Con esto no
parecía referirse a una intentona coordinada de toma de poder ni a la sustitución del sistema
del Baku
fu y de señoríos por un nuevo orden social. Más bien, pretendía una acción ejemplar llevada a
cabo por «hombres de espíritu» (shishi) que antepusieran la conciencia al cálculo, hombres
que debían estar preparados para sacnficarse a sí mismos a fin de implantar una situación que
obligara a sus superiores a replantearse las cosas, hombres dispuestos incluso a poner a su
país en un peligro evidente a fin de aglutinar a la población del país para que lo defendiera
(según el principio del Sun Tzu de que un ejército en posición de «muerte inevitable»
combatirá con desesperación y éxito).
Yoshida decidió demostrar lo que pensaba que hacía falta. Y lo hizo planeando el asesinato
de Manabe Akikatsu, simbolo del desprecio del Bakufu por la Corte Imperial. Pero el hecho
de que fuera descubierto, juzgado y ejecutado no hizo más que realzar su fama entre los
disidentes. Su ejemplo cundió. El 24 de marzo de 1860, un grupo de samurais, casi todos de
Mito, asesinó a Ii Naosuke enfrente de una de las puertas del castillo de Edo declarándolo
públicamente responsable de la «deshonra de nuestro país divino». Así quedó eliminado el
hombre fuerte del Bakufu. También de esa forma se inauguró una década en que el asesinato
era moneda corriente en la politica japonesa. Pronto los señores y altos funcionarios tuvieron
que ir mejor guardados, lo cual no impidió que otro miembro del Consejo de Edo fuera
herido a principios de 1862. Quienes corrían más peligro eran sus subordinados. Los
activistas se convencieron fácilmente de que los que decidían la política, si ésta era hostil a la
causa, podrían ser influenciados al recibir la cabeza o las orejas de alguno de sus secuaces. Y,
lo que es más, se pensaba que los ataques a los extranjeros obedecían a una doble finalidad:
estorbarlos en la puesta en vigor de los tratados firmados, y provocarlos para que tomaran
medidas que Edo tendría que resistir. De esa manera, el Bakufu inició la última década de su
existencia encarando disturbios en casa y todavía más amenazas en el extranjero. La
sentencia china sobre la caída de las dinastías empezó a tener inquietantes visos de ser
apropiada.

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Capítulo :3
El derrocamiento de los Tokugawa (1860-1868)

Hasta 1858 la política japonesa era esencialmente feudal. Es decir, las luchas por el poder
tenían lugar dentro de una estructura que comprendía al Bakufu y a los señoríos, y que no era
de esperar que sufriese ningún cambio fundamental por éxitos o fracasos. Sus participantes
eran funcionarios de Edo, señores feudales y sus secuaces de posición más alta, los cuales
concedían sólo un papel menor a los samurais de rango inferior. Los asuntos internos que
dirimían tocaban a la hegemonía del Bakufu y a los derechos señoriales. Las primeras
disputas sobre la apertura de los puertos no alteraron de forma material esta situación.
Pero la crisis del verano de 1858 prepararía el camino a una clase diferente de politica. Al
solicitar a la Corte Imperial que sancionara sus respectivas posiciones en los tratados y en el
asunto de la sucesión de los Tokugawa, Hotta Masayoshi y los señores del partido de
Hitotsubashi metieron al emperador en la polémica del momento. Ii Naosuke, cuando firmó
los tratados sin la autorización imperial, había provocado una explosión de ira que extendió la
actividad política hasta las filas últimas de la clase de los samurais. Los dos cambios
resultaron ii-reversibles. Y no sólo eso, pues los nuevos participantes en la política estaban
menos ligados que sus predecesores al marco feudal existente. Por ejemplo, Yoshida Shoin
escribía poco antes de ser ejecutado que no sólo el Bakufu y los señores habían demostrado
su incapacidad de estar al tanto de los tiempos dejando las tareas a hombres de posición más
humilde, sino que Japón únicamente podía ser salvado por una transformación de la sociedad
«sustituyendo los pilares podridos, retirando las vigas carcomidas y añadiendo madera
nueva»17. No está del todo claro lo que con eso quería decir. El, como otros «hombres de
espíritu» que vinieron después, nunca expuso una filosofía social coherente, pero sus
enseñanzas y su ejemplo contribuyeron indudablemente a introducir una nueva variable en la
política japonesa. Gran parte de lo que ocurrió en la década iniciada en 1860 se refiere a la
manera en que el Bakufu y los señores respondieron a esa novedad.
Política exterior y oposición interna
En los primeros años que siguieron a la apertura de los puertos hubo una buena dosis de
violencia dirigida a los extranjeros que vivían en Japón. En 1859 se asesinó a dos rusos en
Yokohama y en 1860 a un holandés, capitán de
un barco mercante. En enero de 1861 fue asesinado el secretario de Townsend Harris y en
julio del mismo año se organizó un ataque nocturno contra la legación británica de Tozenji,
seguido de otro menor el año siguiente. Estos incidentes llevaron a protestas diplomáticas —
con niveles de indignación crecientes— y al desplazamiento de una parte de la escuadra
inglesa de China a aguas japonesas.
Pero no solamente eran los extranjeros las víctimas de tales ataques. También lo fueron los
japoneses empleados por extranjeros y los funcionarios bajo sospecha de haber contribuido a
la presencia prolongada de los extranjeros. En algunos casos los ataques tenían objetivos que
iban mucho más allá del mero deseo de provocar el conflicto o la subversión. Por ejemplo, e 1
asesinato de li Naosuke en 1860 formaba parte de una conspiración a gran escala en la que se
incluía el plan de asaltar la colonia extranjera de Yokohama y de capturar Kioto con un
destacamento militar del señorío de Satsuma; una conspiración que apuntaba a que el Bakufu
revocara los tratados y a que cediera a sus oponentes el control de la Corte Imperial. Ninguno

12
de esos objetivos se logró. Los conspiradores demostraron ser incapaces de llevar a cabo una
operación tan compleja, y los de Satsuma no pudieron cumplir sus promesas. Pero la idea
perduró. En la primavera de 1862 hubo otra intentona de enfrentar abiertamente a Satsuma
contra los Tokugawa. Esta vez el golpe lo habrían de ejecutar los shishi u «hombres de
espíritu» sublevados, que asesinarían a altos funcionarios de la Corte y del Bakufu de Kioto.
Pero los de Satsuma tampoco esta vez reaccionaron. Algunos activistas fueron asesinados en
una espeluznante reyerta nocturna cuando un daimyo envió guardas para llamarlos al orden.
En 1863 y 1864 se repetirían planes del mismo orden. Todos estaban cortados por el mismo
patrón: primero, los desafectos trataban de dominar la Corte Imperial en parte por medio de
actos terroristas, en parte contando con la conocida xenofobia del emperador; segundo,
utilizaban a la Corte para convencer a uno o a varios señores feudales a que cooperasen con
ellos; tercero, amenazaban con acciones militares para que Edo abandonara los tratados y
mostrara mayor deferencia a los deseos del emperador. En suma, no parece que en esta etapa
hubiera habido intentos de ir más allá de una simple sustitución del shogun por un feudalismo
centrado en torno al emperador y en el cual el primero de los Tokugawa no pasaría de ser uno
más de los grandes del imperio. Pero aun así, la idea bastó para sembrar la alarma entre los
daimyo y el Bakufu. Los señores de Satsuma, Choshu y de unos pocos más señoríos estaban
bien dispuestos a hallar forma de debilitar el dominio que sobre ellos ejercía el shogun, pero
reconocían no obstante que la existencia del Bakufu les había servido en el pasado para
confirmar sus posiciones en sus respectivos territorios feudales. Tampoco obstaba esto a que
contemplaran con desconfianza lo que estaba ocurriendo en la capital del emperador en el
sentido de que ello suponía una amenaza al orden social y no simplemente a la autoridad del
Bakufu.
Estas conspiraciones y la violencia que las acompañaba hicieron estallar una compleja
batalla por el poder que duró varios años y que vino librada por una multiplicidad de grupos
con objetivos muy diversos. En un extremo estaban los miembros del movimiento xenófobo,
un grupo cuya organización y fines eran demasiado difusos para que pudiera ser llamado
partido pero que en general compartía los mismos puntos de vista sobre los sucesos recientes.
Una lista de algunos de sus líderes declarados dará una idea del carácter social del
movimiento. Uno de sus más veteranos miembros era Maki Jzumi, de Kurume, un
funcionario sintoísta con posición de samurai, nacido en 1813. Ai-ima Shinshichi, de
Satsuma, nacido en 1825, era un samurai cabal por adopción, pero por su cuna era un samurai
rural de posición baja (goshi). Hirano Kuniomi, de Chikuzen, nacido en 1828, era otro
samurai cabal, mientras que Takechi Zuizan, de Tosa, un año más joven, era otro goshi. El
más joven de los famosos de este grupo era Kusaka Genzui, de Choshu, médico samurai y
cuñado de Yoshida Shoin, nacido en 1840. Los cinco serian asesinados por sus actividades
politicas entre 1862 y 1865.
Sus seguidores pertenecían igual que ellos a las capas más bajas de la clase de los samurai,
o bien estaban fuera de esta clase —con la inclusión de miembros de familias caciques de las
aldeas—, y procedían de los señoríos del oeste y suroeste de Japón. También por su edad se
acercaban a sus lideres, aunque andaban más cerca de la edad del mencionado Kusaka. Por
otra parte, contaban con simpatizantes, y a veces aliados, entre los samurais de da-se media y
superior, a través de los cuales podían esperar que sus señores aprobaran sus proyectos. De
éstos algunos eran samurais por cuyos antecedentes y opiniones bien pudieran haber sido
rebeldes también ellos, si por tal condición hubiesen optado. Así, Saigo Takamori (1827-
1877) y Okubo Toshimichi (1830-1878), los dos de Satsuma, y Kido Koin (1833-1877), de
Choshu, pertenecientes a la misma generación de los extremistas mencionados, se decidieron
por carreras en el seno de la burocracia local. Desde esa ventajosa posición podían jugar un

13
papel decisivo en el derrocamiento del Bakufu.
Otro núcleo de oposición al régimen estaba localizado en la reaparición en la política, en
1862, de los señores del partido de Hitotsubashi o de los que quedaban. Por esa fecha,
Tokugawa Nariaki había muerto y su hijo I-Iitotsubashi Keild (Yoshinobu) era el jefe y no
una figura decorativa. Satsuma estaba representado por Shimazu 1-lisa-mitsu, hermano del
señor feudal fallecido en 1858 y padre de su sucesor. Yamauchi Yodo, de Tosa, y Matsudaira
Shungaku, de Echizen, seguían siendo también ahora los otros miembros líderes. En algunos
asuntos contaban con el apoyo de otro pariente de los Tokugawa, Matsudaira Katamori, de
Aizu. El daimyo de Choshu, Mori Yoshichika, estaba dispuesto a oponerse también a Edo de
vez en cuando, si bien una vieja rivalidad con Satsuma le impedía prestar al grupo su plena
cooperación. Todos estos nobles representaban los privilegios de su clase. Por otro lado,
tampoco deseaban cambiar el tejido de la sociedad ni precipitar un conflicto con Occidente.
Esto les impedía llegar a un acuerdo con los «hombres de espíritu». Los tres colaterales de los
Tokugawa que había entre ellos, Hitotsubashi y los dos Matsudaira, eran igualmente
ambivalentes en el tema de la autoridad del shogun. Cuando, después de 1864, la situación
por fin se despejó en una disputa abierta entre el Bakufu y todos los demás, serian vistos más
al lado de Edo que de Satsuma o Choshu.
Eran dos amenazas muy distintas de las cuales los consejeros del Bakufu y sus
subordinados, conmovidos por el asesinato de Ii Naosuke, se ocuparon al principio con cau-
tela. Los «señores reformadores» eran con mucho de categoría superior a la suya y tenían
acceso a la Corte Imperial. Había que ocuparse de ellos, por lo tanto, con mucho tiento. Por
otro lado, los «hombres de espíritu», en tanto representaban una simple amenaza a la ley y el
orden, en otro tiempo habrían sido suprimidos con mano dura; pero en el ambiente de crisis
imperante en el país no estaba cierto cómo responderían los señoríos al uso de la fuerza. En
consecuencia, Edo temporizaba buscando un arreglo con los daimyo y con la Corte antes de
tomar medidas más incisivas. En 1860 se concertó el matrimonio entre el joven shogun,
Jemochi, y la hermana del emperador, Kazunomiya. En junio de 1862, estando Shimazu en la
escolta de un enviado imperial a Edo, el Consejo accedió a su petición de que Hitotsubashi y
Echizen (Matsudaira Shungaku) fueran nombrados para un alto cargo en Edo. En octubre del
mismo año se flexibilizó el sistema de «asistencia alterna», otorgándoseles a los grandes del
imperio el derecho a «aconsejar» al shogun cada vez que visitaran su castillo.
Estos esfuerzos por conseguir una armonía en las altas esferas fueron, empero, frustrados
por el hecho de ser el Bakufu responsable de la relación con las potencias extranjeras. Los
representantes extranjeros en Japón, por su parte, no sólo insistían en los derechos de sus
respectivos países en virtud de ti-atados desiguales, sino que también disponían de unos
recursos militares capaces de resistir cualquier medida que pretendiera socavar tales tratados.
Edo reconoció, como lo hizo en 1858, que esta force majeure le dejaba muy escaso margen
de elección. Por su lado, la Corte había exigido como precio por el matrimonio de
Kazunomiya la promesa de que los ti-atados habrían de ser revocados en el plazo de diez
años, con lo cual se reflejaba el temor a los «hombres de espfritu» que a gritos pedían la
expulsión de los extranjeros. Para complicar la situación todavía más, los grandes del imperio
se habían dividido en este tema. Shimazu estaba en contra de la expulsión y aprobaba, en
caso necesario, el uso de la fuerza contra los radicales que exigían la expulsión. En cambio,
Hitotsubashi y Echizen creían que la unidad nacional requería a cualquier precio un
acercamiento entre la Corte y el Bakufu imposible sin que Edo tuviera el gesto de cerrar los
puertos.
Estas consideraciones hicieron que entre 1862 y 1864 la política exterior fuera el foco

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principal de la política del país. En 1862, el Bakufu intentó sacar provecho de la turbulencia
creciente, utilizándola como una razón para ganar concesiones de las potencias y así poder
reducir la hostilidad a que se enfrentaba en el país. El comercio, explicaba Edo a Occidente,
había hecho subir los precios
afectando esto especialmente a las familias de los samurais que dependían de pensiones fijas.
El descontento consiguiente podía ser disipado, pero había que disponer de tiempo. Sería
exacerbado, sin embargo, si se abrieran los puertos de Edo, Osaka y Hyogo (Kobe) en 1862 y
1863, como establecían los tratados. Estos, por lo tanto, convenía que fueran corregidos.
Rutherford Alcock, el ministro británico, cuya respuesta era central al respecto, se mostraba
escéptico, pero al final quedó convencido por la lógica de la razón —hubo un intento fallido
de asesinar a otro miembro del Consejo del shogun— y prestó su apoyo a la misión japonesa
enviada a Londres en 1862. El 6 de junio de ese año, se firmó un protocolo por ci cual se pos-
ponía la apertura de otros puertos o ciudades hasta el año 1868, sujeto a que los ti-atados
entraran en pleno vigor en los puertos ya abiertos. Las demás potencias hicieron concesiones
similares en los meses siguientes.
La noticia del acuerdo de Londres apenas llegó a Japón cuando se registró otro caso de
xenofobia. En septiembre de 1862 un grupo de ingleses de Yokohama, ~ue cabalgaba por el
poblado cercano de Namamugi, no cedió el paso a una comitiva de Shimazu Hisamitsu que
volvía a Kioto de Edo. Un samurai de la escolta mató a Charles Richardson, un visitante
inglés de Shanghai, e hirió a dos de sus compañeros. Los residentes británicos exigieron el
desembarco de tropas para tomar venganza. El encargado de negocios británico —pues
Alcock estaba en Inglaterra— presentó enérgicas protestas, que impulsaron al gobierno de
Edo a pedir a los de Satsuma que entregaran a los agresores. Los de Satsuma se negaron
alegando haber actuado de acuerdo con una tradición feudal y no merecer castigo alguno. En
realidad, del incidente tuvo la culpa el Bakufu por firmar tratados que pi-estaban tan escasa
atención a la tradición japonesa.
La polémica puso claramente en peligro las recientes ventajas diplomáticas del Bakufu,
aunque no fue hasta la primavera siguiente cuando los efectos se hicieron totalmente
evidentes, debido al largo tiempo que tardó en llegar la noticia a Londres y en conocerse las
instrucciones al respecto. Mientras, Shimazu se había retirado a su señorío en previsión de un
ataque británico mientras que Hitotsubashi y Echizen partieron a Kioto para mejorar las
relaciones. Llegaron a principios de 1863 sólo para encontrar que la situación era mucho peor
de lo que se pensaba. Al estallar nuevos brotes de terrorismo —y sin la tirantez que la pi-
esencia de Shimazu les hubiera supuesto— aceptaron una fórmula de «compromiso» que
puso en total desorden la situación de las relaciones exteriores de Japón. En nombre de la
«unidad de la Corte y del Bakufu» acordaron decidir una fecha —fijada finalmente en el 25
de junio- en la que se había de pasar a la acción para «excluir» a los extranjeros de Japón. A
tal efecto se promulgó un decreto. En opinión de los que hablaban por el Bakufu, la medida
fue interpretada como un precepto para abrir negociaciones con las potencias, a fin de cerrar
los puertos del tratado o al menos el más importante de todos, el de Yokohama. Sin embargo,
en Choshu, los legitimistas lo interpretaron como la señal largamente esperada para barrer del
país a los extranjeros. Y como sus señores feudales lo vieron como una ocasión para
convenirse en los aliados favoritos del emperador en lugar de los de Satsuma, buques de
vapor de Choshu, al llegar el día señalado, atacaron un navío de Estados Unidos en los
estrechos de Shimonoseki, entre las dos grandes islas de Honshu y Kiushu. A primeros de
julio, las baterías situadas en la misma costa abrieron fuego contra barcos franceses y ho-
landeses, ocasionando daños y bajas. A fines del mismo mes y a pesar de la intervención de
las fuerzas navales de Francia y Estados Unidos estacionadas en Japón, los Estrechos, vía de

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acceso a la ruta más corta entre Yokohama y Shanghai, quedaron cerrados a navíos
extranjeros. Las reacciones de Gran Bretaña al incidente de Namamugi contribuyeron a
aumentar la confusión. En diciembre de 1862, el secretario de Exteriores británico, Earl
Russell, dio instrucciones —que habrían de llegar en marzo del año siguiente— para que se le
exigiera al Bakufu una disculpa oficial, más una indemnización de 100.000 hbtas esterlinas. A
los de Satsuma se les exigía la ejecución del samurai agresor y el pago de 25.000 libras como
compensación. Si estas instrucciones no se cumplían, la marina inglesa emprendería medidas
de «represalia o de bloqueo, o las dos cosas», según se juzgara adecuado. El encargado de
negocios británico transmitió con presteza al Bakufu el despacho de Londres empleando un
lenguaje marcadamente inmoderado: Japón había cometido «un ultraje bárbaro», «se exigía
imperiosamente» una reparación y si ésta no se hacía y era necesario recurrir a las armas, «el
castigo impuesto... que ahora se calculaba en miles tendría que aumentar a millones».
Como Hitotsubashi y Echizen estaban todavía en Kioto negociando con la Corte, los
funcionarios de Edo intentaron por todos los medios retrasar la respuesta al comunicado
inglés. Lo lograron por espacio de unas semanas, pero las noticias de la capital acabaron por
llevarles a concluir que no había posibilidad de discutir la clausura del puerto de Yokohama,
interpretación prioritaria del lema «expulsión al bárbaro», hasta que este otro tema quedara
resuelto. En junio de 1863, sólo un día o dos antes del inicio de los ataques de Choshu contra
los navíos extranjeros en Shimonoseki, fue abonada la primera entrega de la indemnización.
Faltaba por ver qué se podía hacer con los de Satsuma, aunque el prolongado silencio de
éstos hacía poco menos que inevitable la intervención naval británica. Se tardó varias
semanas en completar los preparativos, pero por fin en agosto una escuadra inglesa,
organizada en Yokohama, zarpó hacia la bahía de Kagoshima con órdenes de hacer cumplir el
ultimátum de Londres. Al llegar, el comandante de la escuadra, al comprobar la escasa
disposición de Satsuma a acceder a las condiciones, decidió apresar tres vapores que había en
el puerto como prenda de compensación exigida. La consecuencia fue el intercambio de
cañonazos con las baterías de la costa de Kagoshima, provocándose la destrucción de gran
parte de la ciudad (destrucción casi seguramente deliberada, aunque Londres después lo
negara). También la escuadra sufrió daños considerables, especialmente la nave capitana que
estuvo a la deriva y a merced de los cañones de Satsuma. Cuando la artillería cesó y las naves
inglesas se retiraron, ambas partes pudieron cantar victoria. El mismo año, en fecha posterior,
se llegó a un arreglo en Yokohama. Satsuma pagó una compensación (o, más bien, el Bakufu
dispuso que así se hiciera en nombre de Satsuma) y al mismo tiempo prometió castigar a los
asesinos cuando fueran apresados. Nada más volvió a decirse de éstos, aunque casi todo el
mundo conocía su identidad y paradero.
Estos sucesos volvieron a dejar a Shimazu I-lisamitsu con las manos libres para ocuparse
de la política interna. El «decreto de expulsión», como era llamado, y los ataques de Choshu
a los navíos extranjeros, habían dado un enorme estimulo a los activistas de Kioto cuyas
ambiciones alcanzaron nuevas cimas en el verano de 1863. Había entre ellos varios samurais
que habían recibido nombramientos de la Corte. En septiembre planearon que el emperador
en persona se pusiera a la cabeza del movimiento xenófobo en una marcha oficial a los
santuarios de Ise, con el objeto ostensible de manifestar su intención a sus antepasados, pero
en realidad para que los «hombres de espíritu» tuvieran la ocasión de constituirse en un
ejército legitimista en torno al trono. Al enterarse de esta iniciativa, Shimazu se movilizó con
rapidez y con los contingentes de Aizu que formaban la guardia del shogun en la ciudad, las
unidades de Satsuma capturaron las puertas del palacio impci-ial el 30 de septiembre y
desalojaron a la guarnición de Choshu. Varios nobles cortesanos, asociados al grupo legi-
timista de samurais, huyeron con sus aliados a Choshu. Un puñado de otros supervivientes
izaron la bandera de una fugaz rebelión en la vecina región de Yamato.

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El cambio ocasionado por estos sucesos en el equilibrio de fuerzas en Kioto fue obra
principalmente de Shimazu, el cual no perdió tiempo en demostrar que era consciente de ello.
En noviembre llegó de Kagoshima con 15.000 hombres. Tras haberse asegurado una posición
indiscutible en la Corte —se rumoreaba incluso que uno de sus partidarios redactaba la
correspondencia imperial— sentía ahora justificada su aspiración a decidir la política. Por
eso, cuando unos meses después trajeron al shogun a Kioto para consolidar así el éxito de la
unión Bakufu-Satsuma, Shimazu dejó bien patente que los temas de la expulsión de los
extranjeros o el de la clausura de las puertos ya pertenecían al pasado. 1-litotsubashi, que
estaba tomando cada vez más partido por el Bakufu, no estaba de acuerdo. En su opinión, que
el gobierno del shogun se jactara en política exterior a expensas de quien acertara a dominar
la Corte Imperial, equivalía a destruir el poco prestigio que le quedaba a la Corte. Proponía,
por tanto, que Edo reanudara sus esfuerzos para negociar la clausura de Yokohama como una
demostración de la sinceridad con que se había sometido a la voluntad imperial. Shimazu, de
mayor edad que Hitotsubashi, mostró desdén por una propuesta en la que no veía más que
vacilaciones. Flitotsubashi se indignó por la idea de los de Satsuma y en una emocional
escena ocurrida el 23 de marzo de 1864 los dos rivales riñeron violentamente. 1-litotsubashi
salió ganando, pero a costa de quebrar, la coalición de los daimyo.
La riña marcó el comienzo de una realineación política. En los meses siguientes
Hitotsubashi y Shimazu se hicieron los portavoces regulares del punto de vista en favor y en
contra del Bakufu, respectivamente. Al mismo tiempo se produjo un cambio en la actitud del
señorío de Choshu y de sus amigos, los samurais legitimistas, cambio directamente atribuible
a las medidas tomadas por las potencias occidentales. En 1864, los representantes extranjeros
en Japón habían recibido instrucciones de sus gobiernos para emprender medidas que
aseguraran la reapertura de los estrechos de Shimonoseki, silo estimaban apropiado. Con el
impulso de Rutherford Alcock, de vuelta en su cargo, se decidió que esto significaba dar un
escarmiento a Choshu que sirviera para poner fin a las demostraciones xenófobas de Japón.
Hubo, sin embargo, retraso en llevar a efecto la decisión: primero, conversaciones con el
Bakufu que no surtieron ningún efecto; luego, dos samurais de Choshu, Ito Hirobumi y Inoue
Kaoru, que, habiendo regresado de Londres en donde habían estado estudiando y donde se
enteraron por el rotativo Times del peligro que corría su señorío, se ofrecieron como
mediadores; finalmente, al resultar baldíos los esfuerzos de éstos, una misión del Bakufu
regresó de París habiendo firmado (sin autoridad para hacerlo) una convención por la que
Edo se comprometía a abrir los Estrechos por su cuenta aceptando si fuera necesario ayuda
naval francesa. No fue hasta que este acuerdo quedara anulado el 24 de agosto, cuando los
representantes extranjeros se sintieron por fin libres para tomar cartas en el asunto.
Una flotilla occidental compuesta de 17 navíos (nueve ingleses, tres franceses, cuatro
holandeses y uno norteamericano) llevaron a cabo el 5 de septiembre de 1864 un bombardeo
sobre las baterías de tierra situadas en los estrechos de Shimonoseki. En los dos días
siguientes, se realizó el desembarco para apoderarse de los emplazamientos militares y
desmantelar sus equipos capturando y destruyendo cañones. Choshu se rindió. Se acordó una
tregua garantizando en principio el tránsito ininterrumpido por los Estrechos y el pago de una
indemnización. Las conversaciones fueron entonces trasladadas a Yokohama y a Edo, donde
el Bakufu aceptó la responsabilidad del costo de la expedición (ti-es millones de dólares
pagaderos en seis entregas) y se firmó una convención en donde se establecían las
disposiciones.
A nivel de política interna estos sucesos tuvieron el efecto de transformar el tema de la
expulsión de una aspiración genuina a un recurso táctico. Lo ocurrido en Kagoshima en
agosto de 1863 y en Shimonoseki en septiembre de 1864, por mucho que se hiciera aparecer

17
como un triunfo del patriotismo y del valor, convenció a la mayoría de los samurais de que
para la defensa del país hacía falta mucho más que ataques alocados a extranjeros. Así empe-
zaron a surgir nuevos líderes —Saigo y Okubo, en Satsuma, Kido y Takasugi Shinsaku, en
Choshu— comprometidos en una definición diferente del eslogan de Mito sobre «riqueza y
fuerza». La riqueza había que perseguí-la a través del comercio, no de la agricultura; la fuerza
había que encontrarla en los barcos, cañones y organización militar de tipo occidental. El
corolario fue que las medidas las tenía que tomar la burocracia, es decir, los señoríos, y no
mediante actos individuales de fanatismo ni mediante bandas de guerreros intentando
aterrorizar Kioto. El «hombre de espíritu», de hecho, tenía que deponer su orgullo y ceder el
paso al burócrata y al político.
Unificar a los samurais en torno a esa idea resultó más fácil a raíz del fracaso de la
desesperada intentona de los radicales en Kioto. En agosto de 1864, cuando la flotilla
extranjera se preparaba para zarpar rumbo a Shimonoseki, unos 2.000 hombres de Choshu,
apoyados por rebeldes de otros señoríos, intentaron apoderarse del palacio imperial para así
recuperar la posición perdida un año antes. Las fuerzas del Bakufu y de Satsuma los
rechazaron al cabo de encarnizadas luchas callejeras en las que perdieron sus vidas muchos
de los más famosos legitimistas, como Maki Jzumi y Kusaka Genzui. Otros fueron encar-
celados o ejecutados en las semanas que siguieron, pues el Bakufu y los señores
aprovecharon la ocasión para castigar la indisciplina. Los que escaparon, aparte de los pocos
que siguieron constituyendo un peligro para los extranjeros por las calles, fueron
convenciéndose poco a poco de que la lealtad a sus respectivos señoríos, siempre que con-
taran con líderes comprensivos hacia la causa antiextranjera, era la única forma eficaz que les
quedaba de defender a Japón contra las potencias.
El fin del Bakufu
Los sucesos de 1863 y 1864 habían contribuido mucho para simplificar la lucha por el
poder dentro de Japón, pues habían eliminado a los samurais disidentes como una variable
independiente. En Satsuma, Choshu y Tosa, en donde siempre había sido fuerte la influencia
legitimista, los samurais de posición media iban empezando a asumir la dirección de los
asuntos como líderes de la más formidable alianza anti-Tokugawa que había existido. Se in-
cluían en ésta los «hombres de espíritu» supervivientes y un puñado de aliados refugiados de
la Corte, además de los miembros tozama del viejo partido de Hitotsubashi, junto con sus
propios partidarios: daimyo, funcionarios de señoríos, nobles cortesanos, samurais renegados,
incluso algunos plebeyos. Su objetivo era desafiar no los tratados, sino al Bakufu. El asunto
en cuestión no era lo que debía ser hecho, sino quién debería hacerlo. En otras palabras, una
vez que el tema de la expulsión había quedado relegado vista la demostración del poderío de
Occidente, lo que faltaba por ver era si el shogun podría sobrevivir como una figura
dominante de ámbito nacional.
En Edo había gente que pensaba que sí. Acababan ya los años de precauciones e
indecisiones, pues Hitotsubashi, en efecto, había reunido a su alrededor a un grupo capaz de
funcionarios decididos a preservar las prerrogativas del Bakufu. Con ese fin en mente
decidieron, como los manchúes en China, llegar a un acuerdo con quienes representaban
«peligros de fuera» para consagrarse a reprimir los «desórdenes de casa».
La primera demostración pública al respecto sobrevino en el otoño de 1865, cuando el
Bakufu experimentó dificultades en cumplir el plazo de la segunda entrega de la indem-
nización por lo de Shimonoseki. El sucesor de Alcock al frente de la representación británica,
Hany Parkes, aprovechó la ocasión para presentar nuevas exigencias. En noviembre pi-opuso

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condonar todos los pagos que faltaban a cambio de estas concesiones: un acuerdo arancelario
más favorable, la apertura inmediata del puerto de Hyogo y el reconocimiento del emperador
de que aprobaba los tratados. Las negociaciones tuvieron lugar en Osaka (en presencia de un
considerable escuadrón extranjero), ya que el shogun y la mayor parte de su Consejo se
hallaban ahora en esta ciudad. El Bakufu recomendó a la Corte que aceptara la propuesta. La
Corte, fiel a las formas, se negó. El shogun, entonces, amenazó con dimitir dándole a
entender claramente al emperador que era hora de que la política del Bakufu abandonara el
aislacionismo y de emplear los beneficios del comercio extranjero para «fabricar muchos
barcos y cañones» a fin de «usar al bárbaro para someter al bárbaro». Con tan contundente
argumento Hitotsubashi venció las objeciones de Kioto y obtuvo la sanción de los tratados de
1858 (pero no de la pronta apertura de Hyogo). Con esto los disidentes ya no podían alegar
que la expulsión era un deseo personal del emperador.
Entre las implicaciones de lo que se había decidido se incluyó no sólo una nueva
convención sobre aranceles (junio de 1866), sino también el complemento a la insinuación
hecha por Francia a la misión del Bakufu en 1864 relativa a la posibilidad de ayuda extranjera
contra los enemigos internos. Para Edo estaba claro que una intervención militar directa de
Francia en la política japonesa seria un desastre. Sin embargo, el ministro francés en Japón,
Léon Roches, estaba ofreciendo en realidad algo más aceptable. En 1865, dispuso la
asistencia técnica francesa para establecer unos pequeños astilleros y un taller de fundición en
Yokohama, después un arsenal en Yokosuka, financiado todo por la compañía franco-
japonesa de comercio (comercio sobre todo de la seda). Otro acuerdo, en noviembre de 1866,
estipulé el envío de una misión militar francesa para asesorar en la modernización del ejército
del shogun.
En enero de 1867, Hitotsubashi sucedió a Iemochi como shogun tomando el nombre de
Yoshinobu. Y, en calidad de nuevo shogun, mantuvo una reunión con Roches en marzo para
discutir el proyecto de una reorganización completa del Bakufu según patrones occidentales.
Se contempló una remodelación de la burocracia central que constaría de departamentos
especializados del ejército, marina, economía y asuntos exteriores; una reforma militar,
especialmente un aumento de las unidades de artillería bajo instrucción francesa; la
imposición de controles más estrictos en los señoríos a los que se les exigiría contribuir con
dinero en metálico en lugar de hacerlo con otras formas de servicio; y una serie de medidas
para fomentar la industria, minería y comercio. Se trataba, pues, del anteproyecto de la
consigna «riqueza y fuerza» que poco después habría de seguir el futuro gobierno de Meiji.
Incluso los puntos que el Bakufu fue capaz de llevar inmediatamente a cabo —
principalmente los realizados en sus propias tierras y que afectaban a sus propios vasallos—
fueron pensados con el fin de restaurar su dominio dentro de Japón.
El problema principal estaba en el largo tiempo que se necesitaba para ver los resultados. A
raíz del fallido ataque sobre Kioto, llevado a cabo por los extremistas en agosto de 1864, se
había decidido que la primera medida para reafirmar la autoridad del shogun iría dirigida
contra Choshu. A requerimiento del Bakufu, la Corte autorizó una expedición punitiva contra
ese señorío en la que habían de tomar parte numerosos señores. A ese fin se reunieron durante
el otoño tropas en Osaka, sólo para dispersarse en enero de 1865 sin haber entrado en
combate al acceder el Consejo de Choshu a aceptar un castigo ejemplar. Pero antes de que
cumplieran los términos de la tregua, Takasugi Shinsaku y Kido Koin, ayudados por las
unidades irregulares que habían movilizado contra los extranjeros en Shimonoseki, de-
rrocaron al por ellos denominado partido «pro-Bakufu» de Choshu haciendo prisionero al
daimyo. Edo, en consecuencia, anunció una segunda expedición en mayo de 1865, esta vez al
mando del shogun en persona.

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Pero, mientras se preparaba la expedición, estaban teniendo lugar importantes cambios en
el señorío de Satsuma, donde Okubo Toshimichi y Saigo Takamori iban asumiendo el control.
La política de Satsuma no se diferenciaba en esos años de la del Bakufu: buscaba mejores
relaciones con las potencias, sobre todo con Inglaterra, enviaba estudiantes y una misión
diplomática a Europa, en donde se negocié con intereses belgas un tratado de comercio de
armamento, y aceleraba la occidentalización de sus fuerzas militares. Sin embargo, al mismo
tiempo, se estaba acercando a Choshu, y ni mucho menos sólo sirviendo a éste de
intermediario en la compra de armamento extranjero. En marzo de 1866, esta cooperación
condujo a una alianza secreta concertada entre Kido y Saigo en Osaka y encaminada a
derrocar a los Tokugawa. Por primera vez se daba así al movimiento anti-Bakufu la base só-
lida de una fuerza militar organizada.
Esta alianza además les dio seguridad a los de Choshu para hacerse sordos al ultimátum del
Bakufu. Las operaciones militares empezaron en julio. Los ataques por tierra contra Choshu
venían del norte (por la costa del mar de Japón) y del este (desde Hiroshima), y la invasión
por mar fue ensayada por el oeste (a través de los Estrechos desde el norte de Kiushu). Los
asaltos iniciales siempre eran aguantados o rechazados. Contra la superioridad numérica del
Bakufu —pese a la negativa del Satsuma y de otros señoríos a enviar tropas—, los de Choshu
contaban con mayor eficacia militar, gracias sobre todo a la pericia de Takasugi en organizar
y adiestrar a sus tropas. Al final del verano, los ejércitos del Bakufu habían sido rechazados
en todos los frentes, y en septiembre, al llegar la noticia de la muerte del shogun, Jemochi,
Edo la recibió aliviado y la usó como pretexto para poner fin a la campaña.
La derrota infundió mayor apremio a las negociaciones de Yoshinobu, el nuevo shogun,
con Roches; confirmó a Parkes que su país, Gran Bretaña, debía acercarse más a Satsuma y a
Choshu en previsión de un cambio de régimen, y de momento prestó al movimiento anti-
Tokugawa una mayor confianza. Pero en mayo y junio de 1867, el shogun demostró que
seguía controlando firmemente la Corte Imperial al impedir que Satsuma lograra conseguir el
perdón para Choshu a cambio de la aprobación de la apertura del puerto de Hyogo. Esto hizo
pensar a Saigo, Okubo y Kido en la oganización de un golpe de estado, especialmente porque
estaba claro que —Ernest Satow, el intérprete de Parkes, se salió de sus atribuciones para
advertírselo— que cuanto más esperaran, más fuerte se haría el Bakufu.
El señorío de Tosa, al lado de otros menos comprometidos, como Echizen y Owari, juzgó
atemorizadora la posibilidad de un golpe de estado, ya que, de ganar o perder, el poder
quedaría en manos de grupos irreconciliables. Así, los líderes de Tosa redactaron en julio una
serie de propuestas, obra sobre todo de uno de sus legitimistas, Sakamoto Ryoma, destinadas
a dar a los moderados una voz constante en los asuntos. Según éstas, el shogun debía dimitir
pasando a engrosar las filas de los grandes señores y ser sustituido por una asamblea
responsable ante el emperador. Este organismo, que seria bicameral y que consistiría en una
cámara alta de daimyo y de determinados nobles de la Corte, y en una baja de samurais e
incluso de plebeyos, «llevaría los asuntos en línea con los deseos del pueblo» y negociaría
nuevos tratados con Occidente «teniendo a la razón y a la justicia manifiesta como criterio».
Por otro lado, los usos e instituciones de la Corte Imperial que no se hallaran «ya apropiados»
a las necesidades actuales serian revisados «a la luz de las costumbres que hay en otras partes
del mundo».
Estas iniciativas, que preludiaban la política inicial de Meiji, fueron enunciadas
originalmente como la base de una alianza entre Tosa y Satsuma. Sin embargo, en sep-
tiembre, Yamauchi Yodo se sirvió de sus recomendaciones en un memorial por el que
apremiaba a Yoshinobu a que dimitiera. La idea no era enteramente anatema para un hombre

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que durante la mayor parte de su vida de adulto había sido un defensor de los privilegios
señoriales. Después de todo, aunque la dimisión lo desposeyera de un cargo heriditario y de
los derechos anejos, le dejaría con las tierras de, Tokugawa, es decir, con la mayor fuerza
militar del país y quizá con el papel de alto ejecutivo. A Yoshinobu esto le pareció un precio
razonable que pagar para evitar la guerra civil en un momento en que Japón estaba bajo la
amenaza del imperialismo occidental. Por tanto, el 9 de noviembre de 1867, puso sus
prerrogativas a disposición del emperador. Diez días después dimitió de shogun.
Precisamente el argumento que hacía este gesto aceptable a los partidarios de Yoshinobu,
esto es, que se trataba de una estratagema para conservar la sustancia del poder, alimentaba la
fuente de suspicacias de Satsuma y Choshu. Concretamente, Saigo y Okubo estaban
dispuestos a constituir una asamblea de señores, pero sin que la presidiera Yoshinobu, sobre
todo si además iba a conservar sus vastos dominios. Así, mientras en la Corte proseguía el tira
y afloja, decidieron hacer saber a los representantes de los otros cuatro señoríos (Owari,
Echizen, Tosa y Hiroshima) que tenían el plan de hacerse con el palacio en los próximos días.
Todos comprendieron que no tenían más remedio y accedieron a participar en la iniciativa,
aunque Echizen mandó un aviso al shogun. De esa forma, la mañana del 3 de enero de 1868
vio cómo las tropas al mando de Saigo Takamori tomaban las puertas del palacio. De in-
mediato se convocó una asamblea imperial de la que fueron excluidos los hombres conocidos
como opuestos al reciente golpe de estado, y se promulgó un decreto despojando a Yoshinobu
de su poder. En el texto se establecía claramente que la responsabilidad de gobernar el país
revertía al emperador. Por este suceso, conocido en la historia mundial con el nombre de
«Restauración de Meiji», se restauraba en la persona del joven emperador Meiji (Mutsuhito),
que ese mismo año había sucedido a su padre, Komei, la autoridad administrativa de un
puesto ejercido durante varios siglos por los jefes de la casa de Tokugawa. El golpe de estado
no resolvió de inmediato todas las cuestiones. Yoshinobu se retiró a Osaka, pero sus parien-
tes, los de Owan y Echizen, siguieron urgiendo para que se le hiciera miembro de la nueva
asamblea y que se le permitiera conservar la mayoría de sus tierras. Hacia fines de enero,
algunos de sus colaterales y fudai, en concreto Matsudaira, de Aizu, movilizaron una fuerza
militar considerable en dirección a la capital con el fin aparente de dar más consistencia a su
petición. Pero en los enfrentamientos que sostuvieron fuera de la ciudad con unidades
«imperiales» fueron rechazados en reñidos combates próximos a Toba y Fushimi. El ex
shogun huyó a Edo y la Corte esta vez lo declaró rebelde, tal como había hecho con los de
Choshu sólo tres años antes en circunstancias parecidas.
En las semanas que siguieron, un ejército imperial formado por contingentes de diversos
señoríos «leales» se puso en marcha hacia el este en lo que parecía más un desfile que una
campaña. La mayoría de los daimyo de los lugares por donde iba a pasar acudían a someterse.
Por fin Yoshinobu dio órdenes prohibiendo toda resistencia, con lo cual la ciudad de Edo
quedó ocupada a primeros de abril. Poco después se negociaron las condiciones de la
rendición y el ex shogun se retiró. Su sucesor, como cabeza de la casa Tokugawa, podría
conservar 700.000 koku en la región de Shizuoka, es decir, un poco menos que los dominios
de Satsuma. Aizu rechazó el acuerdo y siguió combatiendo obstinadamente otros seis meses
en las montañas que rodean Wakamatsu; pero, cuando su señor se entregó con su castillo y la
guarnición a primeros de noviembre, el resto del norte se rindió también. Tras eso, los únicos
partidarios de los Tokugawa que seguían resistiendo, en número aproximado de un millar,
escaparon en barco a Hokkaido donde aguantaron hasta el mes de junio de 1869.

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