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Beashley, W. G., Historia Contemporánea de Japón. Alianza, Madrid, 1995.

Capítulo 1
El legado de Tokugawa

Hoy día es un hecho generalmente admitido que, de los países situados fuera de Europa y
de América del Norte, Japón ha sido con mucho el que mayor éxito ha logrado en su
modernización. Gran parte de este libro estará dedicado a explicarlo y a enmarcarlo, entre
otras cosas, en un contexto de relación entre tradición y modernidad. Al igual que otros
pueblos, el japonés ha tenido problemas al ajustar sus valores y sus instituciones sociales a la
era industrial, experiencia que para los japoneses ha sido especialmente perturbadora a causa
de los bruscos cambios culturales y también sociales que ha provocado. Los japoneses
dejaban atrás lo tradicional y asiático y lo que perseguían era lo moderno y occidental. La
transformación, por lo tanto, les obligaba no sólo a abandonar viejas maneras de pensar y de
hacer las cosas, sino también a sacrificar una parte de su identidad cultural. La cuestión
planteada era: ¿se puede ser al mismo tiempo «moderno» y japonés?
Esto explica que un relato sobre el Japón de aproximadamente los últimos cien años deba
iniciarse hablando del país tal como era antes de la modernidad. Es necesario identificar los
puntos de partida, necesidad justificada, además, porque tales puntos han influido en los
procesos del cambio en sí. Era natural que una clase dirigente a la que en el tercer cuarto del
siglo xix se habían incorporado varios cientos de miles de familias de samurais no pudiese
desarrollar unas estructuras sociales y políticas idénticas a las de Gran Bretaña, Francia o
Alemania de la época, y menos aún a las de Estados Unidos. Una economía que en poco más
de una generación saltó de las formas tardías de organización feudal a las primeras
industriales difícilmente podía ajustarse estrictamente a las doctrinas de la economía
occidental. Era previsible que una tradición religiosa y filosófica basada en el sintoísmo, el
budismo y la ética confuciana reaccionara frente al reto impuesto por el pensamiento
cientifista y por el nacionalismo de manera distinta a la de los países cristianos. En otras
palabras, en lo ocurrido en el Japón moderno existe un elemento de «japoneidad», así como
de universalidad.
En su interpretación surge inevitablemente la polémica, lo cual no ha impedido que exista
un amplio acuerdo respecto al punto de partida: el Japón gobernado por los lokugawa (1600-
1868). Se trata de un periodo de formación de las instituciones que tanto contribuirían en
años posteriores a la estabilidad social, y también a la opresión de la población. Asimismo,
dicha época vio surgir un capitalismo embrionario, requisito previo del crecimiento industrial
al estilo occidental. Se configuraron también entonces de manera definitiva las tradiciones
nacionales de la cultura y de las ideas, tradiciones de las que habrían de depender o bien
distanciarse las generaciones futuras. Por añadidura, la caída de la dinastía Tokugawa y los
sucesos que se produjeron en torno a ella abarcan, según la opinión general, la primera fase
de la transición de la historia premoderna a la historia moderna de Japón. La sociedad en el
periodo Tokugawa y el modo en que terminó constituirán, así pues, el tema de los primeros
tres capítulos de este libro.

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Sociedad política
Cuando Rutherford Alcock —el primer representante diplomático de Gran Bretaña en
Japón— escribe en 1863, después de tres años en el país, describe el gobierno japonés en
términos del medievo europeo. En Japón podía hallarse, escribía, un feudalismo «anacrónico
y fuera de lugar cuyos principales aspectos presentan una identidad y una analogía suficientes
para hacer la coincidencia llamativa». La afirmación del diplomático británico todavía puede
considerarse válida hasta cierto punto para los estudiosos. En 1850, los miembros de la clase
dirigente de Japón, los señores y sus samurais, se relacionaban entre sí por medio de lazos de
vasallaje y casi siempre exigían como tributo feudal del campesinado un porcentaje de sus
cosechas. Por otro lado, hoy en día pueden encontrarse con más frecuencia otros aspectos en
los que Japón estaba dejando de ser feudal, puesto que había desarrollado formas que no
guardaban paralelismo alguno con la Europa medieval. La autoridad central era más fuerte
que en Inglaterra o en Francia antes de 1450; los señoríos o territorios de los señores eran —
tanto en dimensiones, como en organización— más principados que feudos; la mayoría de los
samurais no poseían tierras a cambio de sus servicios, ni vivían en las aldeas como señores de
un feudo; de hecho, el ejercicio del poder, tanto a nivel nacional como regional, era
sustancialmente burocrático.
Este sistema se derivaba de un periodo de guerras civiles acaecidas en los siglos xv y xvi,
cuando algunos hombres dotados de capacidad militar y administrativa se habían procurado
grandes territorios, así como el reconocimiento formal de su autoridad dentro de los mismos.
El más grande y el último de esos hombres fue Ieyasu, el fundador de la casa de los
lokugawa, quien se hizo con la hegemonía nacional en el año 1600 al triunfar sobre los se-
ñores de Japón occidental. En 1603, ocupó el puesto de shogun, teóricamente el representante
militar del emperador, pero en la práctica, y como habían de serlo durante siglos sus
descendientes, el gobernante del país. El shogunato le dio a Ieyasu una autoridad que se
extendía a todos los hombres y lugares, incluida la corte imperial. En Kioto, la capital del
emperador, el shogun estaba representado por un gobernador elegido entre los parientes o
vasallos del mismo shogun. Estos nobles cortesanos nombrados como agentes del shogun
tenían que prestar un juramento especial de fidelidad. Los cortesanos de posición más alta,
pese a que sus títulos evocaban la época en que el emperador gobernaba y reinaba, se
limitaban a desempeñar funciones puramente ceremoniales apenas relacionadas con el
gobierno; como recompensa, gozaban del nada generoso favor del shogun. Incluso los que
disfrutaban de las más altas posiciones en provincias tenían unos ingresos —medidos en
arroz— inferiores a los de muchos de los funcionarios de la casa del shogun. Además, en de-
talles tan nimios como el vestido, matrimonio, código de conducta, incluso pasatiempos y
actividades literarias, esos señores de provincia seguían un reglamento dictado por el propio
shogun. El mismo emperador no era mas que un pensionista de los Tokugawa, un prisionero
virtual en su palacio.
A diferencia de los anteriores, los hombres de la capital del shogun, Edo (después llamada
Tokio), constituían los verdaderos gobernantes de Japón. El más poderoso, el shogun, poseía
como señor feudal unas tierras cuya producción se calculaba en alrededor del 15 por ciento
del total producido en Japón. Sus samurais, excluyendo sus vasallos directos, poseían otro 10
por ciento. Para administrar esos vastos dominios se requerían miles de funcionarios, tanto de
niveles superiores como inferiores, cuyo trabajo estribaba en reunir todas las rentas de la casa
del shogun con las que se pagaban los salarios y emolumentos de los funcionarios sin tierras
y las ocasionales ayudas que se prestaban a vasallos leales empobrecidos. De la misma fuente
procedían los fondos para gobernar el país, siempre y cuando éstos no fueran sufragados por
las propias arcas de los señores feudales.

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En teoría, el puesto de shogun era a la vez hereditario y autocrático, pero desde 1650 de la
dinastía Tokugawa raramente salía un hombre capaz de mantener el gobierno absoluto. Las
decisiones eran así tomadas mayormente por quienes ocupaban los cargos de la
administración central conocida con el nombre de «Bakufu». A la cabeza de este cuerpo
estaban los consejeros (Roju), normalmente cuatro o cinco, responsables de la politica general
y de la supervisión a los demás señores. Estos consejeros eran siempre secuaces de los
Tokugawa, especie de vasallos en jefe. Por debajo había otros vasallos que administraban, en
rango descendente, santuarios y templos, las finanzas, las dos capitales —Edo y Kioto—, los
otros centros urbanos importantes, como Osaka y Nagasaki, y las fincas de los Tokugawa.
En todo el país, los señores feudales (daimyo) estaban clasificados en términos de su
relación con los Tokugawa.
Los que tenían sangre Tokugawa (la mayoría llevaban el apellido más antiguo de Matsudaira)
estaban en general excluidos del gobierno, pero ejercían una influencia considerable por su
riqueza y cuna. Por debajo estaban los fudai, en número de casi 150 al final del periodo.
Habían sido éstos vasallos de los Tokugawa durante mucho tiempo y de entre sus filas se
llenaban los principales puestos del Bakufti. Los restantes daimyo estaban constituidos por el
centenar aproximado de tozama o «señores de fuera», que eran independientes excepto por
los poderes que el shogun ejercía sobre ellos en virtud de la comisión imperial y a quienes se
les excluía de los cargos del gobierno central. La totalidad de los daimyos estaban libres en
cierto grado de interferencias de Edo, y dentro de los limites de sus territorios —que podían
abarcar desde una docena más o menos de aldeas hasta una provincia entera y a veces más—,
el señor era el amo absoluto. Su administración solía seguir las pautas de la de los Tokugawa,
con consejeros de alto rango elegidos de entre las ramas colaterales a la propia casa del señor
o de entre las familias de los principales partidarios; otros cargos los ocupaban los samurais
de posición media o inferior que actuaban de burócratas en la ciudad-castillo o de intendentes
a cargo de los distritos rurales. Estos señores no daban cuenta directa de ninguno de sus
deberes ni al shogun ni a sus representantes. Sus señoríos tampoco devengaban tributo al
Bakufu. Sin embargo, el señor como persona carecía de libertad. Así, el shogun podía
cambiarle de un feudo a otro, reducir la extensión de sus propiedades o incluso confiscárselas
si existía alguna razón para ello. En el lapso de más o menos una generación, al señor se le
exigía la realización de costosas obras públicas, como controles de inundación, construcción
de caminos o reparaciones en algunos de los castillos del shogun. También estaban sujetas a
la aprobación del Bakufu las alianzas matrimoniales de los señores y sus fuerzas militares. Y,
lo que era más importante, todos estos señores estaban obligados a pasar largas temporadas
—seis o doce meses seguidos— en Edo dejando como rehenes cuando regresaban a sus
señoríos a miembros de su familia. Este sistema de «asistencia alterna» (sankin-kotaí) era
fundamental para el mantenimiento de la autoridad política y su coste constituía una carga
regular para las finanzas del señor.
Como último recurso estaba la distribución de tierras que permitía a los Tokugawa hacer
cumplir esas reglas. En efecto, la tierra era la base del ejército feudal. Se medía la tierra no
por superficie sino por su producción aproximada calculada en koku de arroz (1 koku equivale
a 181,80 litros, es decir, algo más de 3 fanegas). Los autores de la época establecen una
equivalencia aproximada entre el cálculo de koku de una tierra y el número de habitantes,
según la cual un señorío de 100.000 «kokus» estaría habitado por unas 100.000 personas. Los
primeros tres gobernantes lokugawa habían llevado a cabo una redistribución capital de los
feudos, mediante la cual ellos y sus partidarios adquirieron no sólo la parte de león del botin,
sino también una posición dominante en las regiones estratégicas. Además del 25 por ciento
del total nacional de las tierras pertenecientes al shogun y a sus secuaces directos, las familias

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del linaje de los lokugawa poseían otro 10 por ciento y sus vasallos en jefe, los fudai, dos
veces más. La mayoría de estas fincas se concentraba en la región del centro de Japón
formando así una «fortaleza central» que le daba al Bakufu el control de los territorios en
torno a Edo y Kioto, además de las rutas que conectaban a ambas ciudades. Los señores
tozama se quedaban con el 40 por ciento aproximadamente del territorio del país, repartido
sobre todo entre el sur, el oeste o el noreste del país; los más poderosos de ellos, los llamados
«propietarios de la provincia», se hallaban sujetos a la atención vigilante de algún fudai
establecido en las fronteras de la provincia en cuestión.
Teniendo en cuenta que los señoríos jugaron un papel de primer orden en el periodo de
turbulencia política de que se ocuparán los primeros capítulos de este libro, no estará demás
identificar a algunos de ellos. Sólo un fudai poseía una propiedad superior a los 200.000
koku. Se trataba de Ii de Hikone, cuyas tierras se extendían hasta las proximidades de Kioto
por el este. De las casas del tronco de los Tokugawa, el señorío de Mito tenía territorios
equiparables a los de Hikone, mientras que ios de Wakayama (Kii) y de Nagoya (Owari)
superaban el medio millón de koku. De los tozama, el mayor señorío era el de Kanazawa
(Kaga), en la costa del mar deJapón, valorado en poco más del millón de koku. Le seguía el
de Kagoshima (Satsuma), con casi 800.000. Había otros 14 con 200.000 koku o más, de los
cuales Saga (Hizen), en el norte de la isla de Kiushu, Yamaguchi (Choshu), en los estrechos
entre Kiushu y Honshu, y Kochi (Tosa), en el sur de la isla de Shikoku, habrían de ser
especialmente importantes en el siglo xix.
Dentro de las ciudades y pueblos de esos territorios, el primer puesto lo ocupaba siempre
el samurai. Originalmente, el samurai había sido con frecuencia un campesino-guerrero que
cultivaba la tierra en tiempos de paz y que marchaba con su señor al combate en tiempos de
guerra, pero al aumentar la complejidad y la envergadura del arte militar en los siglos xv y
xvi, el combate pasó a manos de especialistas, de modo que las funciones del campesino y del
samurai quedaron diferenciadas. Finalmente —el cambio adquirió carta de naturaleza en
1588—, al campesino se le prohibió llevar armas, mientras que el samurai se incorporaba a
una especie de guarnición, pasando a residir en castillos bien defendidos, desde donde se
gobernaba la tierra circundante. Fue así como tomó forma el señorío típico del periodo
Tokugawa. Eran grandes y normalmente compactos. Dentro de sus límites, el señor no
toleraba ningún desafío a su autoridad sobre hombres y tierras, fuera de los santuarios y
templos, otrora poderosos, o de sus propios partidarios. Sólo a algunos de estos últimos se les
permitía conservar feudos propios sujetos, por lo demás, a un sistema de control que era una
réplica en miniatura del impuesto por Edo a los señores. La mayoría de los samurais
perdieron por completo sus tierras. A cambio, recibieron estipendios de las arcas del señorío
pagaderos en arroz o en algunos casos en moneda.
La transformación de los samurais evolucionó aún más gracias al éxito de los Tokugawa
en restaurar y mantener la ley y el orden después de siglos de guerras civiles. El samurai ya
no era necesitado tanto como soldado cuanto —dado el carácter de los nuevos señoríos—
como fundo-nado. En todas las ciudades-castillo existía una multitud de puestos que había
que ocupar y cuyos deberes iban desde la elaboración de una política, a la administración de
un distrito rural; desde la supervisión de las finanzas y los archivos, a servir de asistentes y
mensajeros. Todos estos puestos se hallaban ocupados por samurais y, en la mayoría de los
casos, de un determinado rango. El hincapié que se hacía en el requisito del rango para los
nombramientos conducía a que el sistema fuera rígido y engorroso, pero permitió que muchos
miles de hombres —había 400.000 familias samurais— entraran en la era moderna con
conocimientos de la rutina administrativa y cierta experiencia en materia de ordenanzas. Esto
les haría miembros apropiados para la burocracia moderna. Como se verá en este mismo

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capítulo, habían desarrollado además una ideología adecuada pata desempeñar tales
funciones.
Esto no quiere decir que Japón dispusiera antes de la caída de los Tokugawa de un cuerpo
eficaz de funcionarios al servicio del gobierno. Muchos samurais no desempeñaban más que
tareas castrenses, y la mayoría estaban subempleados, siendo común la queja por parte de los
reformadores de que había más puestos que tareas. En realidad, para la mayoría el
nombramiento era sobre todo un medio de suplementar unos estipendios hereditarios insu-
ficientes. Dichos nombramientos solían conllevar pagas modestas, pero el salario, en forma
de un suplemento temporal al estipendio, se pagaba solamente a los pocos cuya promoción
los colocaba por encima del nivel del cargo identificado con su rango. Por eso, un aumento
importante de los ingresos venía a depender de conseguir una posición más alta, algo que
podía ocurrir por matrimonio o adopción o bien por favoritismo, pero pocas veces por
meritos.
La relación entre los samurais y el resto de la población era también en gran parte un
asunto de posición social. La descripción clásica de la sociedad Tokugawa es de una es-
tratificación fija: una jerarquía descendente de samurais, campesinos, artesanos y
comerciantes, con subdivisiones en cada capa social y con rígidas diferencias entre ellas. En
realidad esto es engañoso: la distinción social más importante era, con abrumadora diferencia,
la existente entre los samurais y el resto de la población.
La clave de la relación estaba en que los samurais vivían en ciudades desde las que
gobernaban las aldeas. Si bien es cierto que en algunas regiones había «samurais rurales»
(goshí) a quienes se les permitía retener sus tierras originales y que vivían en el campo, a
cambio de ello habían sacrificado la mayor parte de los privilegios de su clase, como el de
ocupar un cargo administrativo; por lo cual, en ningún caso eran equiparables a los señores
feudales europeos. Tampoco formaban parte de la comunidad regular de la aldea consistente
idealmente —desde el punto de vista del señor— en labriegos vinculados a la tierra que
cultivaban una parcela lo bastante grande para mantener a sus familias respectivas y para
pagar cualquier excedente de su cosecha como tributo feudal. Se trataba de un sistema de
igualdad en la miseria. El representante de la autoridad era un hombre principal del lugar,
siempre un campesino, aunque en general de más medios que el resto de sus convecinos. Su
obligación era asignar las contribuciones individuales de la carga tributaria que el señorío
imponía a la comunidad. Respondía también ante el señor del orden en la aldea, dirimía las
disputas civiles de los aldeanos, distribuía el agua de riego y organizaba los festejos. El
samurai del centro administrativo del señorío, con el cargo de mayordomo o de magistrado
local, acudía sólo a resolver situaciones críticas (desastres naturales y disturbios) o cuando la
producción agrícola tenía que ser valorada con fines tributados. Como forastero que era, la
presencia del samurai imponía gran temor.
Como consecuencia de ello, los samurais pese a gobernar no estaban al tanto de la rutina
de la administración agrícola, un hecho que habría de ser crucial para su posición económica.
Su situación en las ciudades era, por otro lado mucho más fuerte. Con pocas excepciones, las
ciudades del periodo Tokugawa eran ciudades-castillo, o sea, el producto de haber separado al
samurai de la gleba y de haberlos agrupado en torno a la fortaleza del daimyo durante los
siglos xvi y xvii. Los comerciantes y artesanos que allí se reunían para servir a aquellos
suministrándoles artículos para su uso y conocimientos financieros para la recaudación de
tributos tenían muchas menos posibilidades de escapar a la supervisión que los campesinos.
Vivían a la sombra del castillo y ocupaban barrios aparte de los samurais, cada uno de los
cuales contaba con un responsable principal ante los funcionados del castillo. Y aunque se

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protegían lo mejor que podían contra la opresión y las deudas incobrables formando gremios,
que pagaban pequeñas tarifas a cambio de derechos y monopolios mercantiles, jamás
pudieron sustraerse a la autoridad de los samurais junto a los que vivían. En cambio, la
proximidad
les daba a estos citadinos cierta ventaja de cara a sus amos. Como los conservadores señalan
acertadamente en la actualidad, los samurais, al vivir en ciudades, eran vulnerables a la
corrupción a que invitaba el lujo de la vida urbana. El resultado fue que mucho antes del siglo
xix la deuda feudal se había convertido en un distintivo de la economía política de Japón.
La economía
Hay dos maneras de considerar la importancia que tuvo la economía del periodo
Tokugawa para la historia posterior. Se la puede describir como una causa del colapso del
Bakufu si atendemos a factores como los cambios en la distribución social y regional de la
riqueza, el fracaso del gobierno, a nivel nacional y local, en adaptarse al cambio económico,
y la proliferación del descontento por la situación económica. O bien se la puede tratar como
una fase en el desarrollo del capitalismo japonés para el cual el destino de la dinastía
Tokugawa es casi irrelevante: un asunto de motivación económica, de conocimientos y de
instituciones. Los dos planteamientos son, cada uno por separado, objetos de controversia.
Como también lo es el precisar cuál de los dos es prioritario.
El siglo xviii fue un periodo de rápido crecimiento económicoo. Los funcionarios de la
época no solían recoger el tipo de información que necesitan las estadísticas modernas. Aun
así, por las pruebas que poseemos, las directrices de lo que ocurrió resultan suficientemente
claras. Una vez que se recuperó la estabilidad tras largos años de guerra civil, se produjo un
rápido aumento de la población y de las tierras en cultivo, lo cual vino acompañado de un in-
cremento en la producción agrícola que estimuló el comercio interno. A su vez, el comercio
se tradujo en más y mayores ciudades. La mayoría de estas ciudades, como ha quedado dicho,
eran ciudades-castillo vinculadas a las tierras vecinas por su necesidad de proveerse de
alimentos y de recaudar tributos. También estaban ligadas a Edo por la ordenanza de
«asistencia alterna». La obligación de que cada señor y miembros de su familia,
acompañados de un considerable séquito de criados y seguidores, tuvieran que vivir la mitad
del año en la capital del shogunato imponía la necesidad no sólo de una transferencia regular
de recursos del señorío respectivo, sino de instalaciones adecuadas para el movimiento de
mercancías y personas. La ciudad de Osaka se convirtió en el centro comercial y financiero
del sistema, Edo en un enorme mercado de consumidores, que en cualquier época del año
albergaba una gran proporción de la clase dirigente. Como consecuencia, se produjo un
elevado grado de diferenciación funcional entre los comerciantes de Edo y Osaka, se fomentó
la red vial que enlazaba las dos ciudades entre sí y con el resto del país y se creó un mercado
nacional de determinados productos.
Estos cambios influyeron de forma notable en la agricultura. Hubo aldeas de algunas
regiones de Japón que empezaron a alejarse de una agricultura de subsistencia y a acercarse a
una agricultura de producción destinada al mercado. Ciertos sectores de la producción se
especializaron en determinadas regiones: la seda en las montañas al norte de la ruta entre Edo
y Nagoya; el algodón al oeste de Nagoya y hasta la región de Osaka; el azúcar alrededor de
Kagoshima y en las islas del sur. Los campesinos empezaron a utilizar métodos de
producción más eficaces y un concurso mayor de fertilizantes y animales de uso agrícola. Así,
una vez iniciado el proceso de desarrollo, prosiguió a un ritmo cambiante a lo largo del
periodo Tokugawa. Thomas Smith escribe que antes del siglo xix los campesinos, a

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excepción de los que vivían en regiones más atrasadas, «cultivaban en general lo que
favorecía la tierra, el clima y el precio, independientemente de lo que ellos mismos pudieran
necesitar»2.
Es imposible calcular con precisión, claro está, la producción del país, pero basándose en
principios malthusianos la demografía es un indicador: de unos 18 millones de habitantes en
1600 se pasó a alrededor de 30 millones en 1850. Lo propio ocurrió con la urbanización.
Rozman estima que al principio del periodo un 7 por ciento aproximadamente de los
japoneses vivía en ciudades, porcentaje que subió al 16 por ciento al final del periodo,
dándose la mayor concentración urbana en las llanuras que rodean Edo y Osaka. A principios
del siglo xviii, Edo tenía una población de un millón de almas (la mitad eran samurais). Kioto
tenía 400.000 y Osaka, ciudad sobre todo comercial, contaba con 300.000 habitantes.
Estas rápidas pinceladas dejan, no obstante, suficientemente claro que bastante antes de la
presencia de cualquier estímulo del capitalismo occidental, Japón había llegado a una etapa
de desarrollo desde la cual el crecimiento económico moderno se hallaba a su alcance. La
economía nacional poseía un alto grado de integración. En las regiones más avanzadas, los
aldeanos ya utilizaban dinero para realizar sus compras y no subsistían tanto a base de sus
propios cultivos o manufacturas. Algunos de ellos se iban convirtiendo en propietarios y
empresarios y comercializaban cosechas y fertilizantes, producían saké o textiles. En las
ciudades había comerciantes capaces de hacer transacciones al por mayor, de organizar rutas
regulares de transporte, de ofrecer préstamos y de transferir créditos de sumas importantes.
Hay algunos puntos sobre los que resulta imposible ser tan claro, aunque por su
importancia vale la pena especular. Uno es la relación entre el crecimiento urbano y el rural.
A partir más o menos del 1720, el incremento general de la población fue lento. Hubo
expansión en las regiones que los estudiosos clasifican ahora como «intermedias» —sobre
todo en el sur y oeste del país— que se compensaba con las cifras estáticas o incluso en
descenso relativas a las zonas urbanas del centro del país. Thomas Smith ha propuesto una
explicación en términos de la transferencia de las actividades manufactureras de las ciudades
—donde se estaba bajo una vigilancia fiscal más estrecha y bajo las competencias
monopolistas de los gremios- al campo circundante, en donde se disfrutaba de mayor libertad
y podían beneficiarse del empleo de mano de obra rural a tiempo parcial. Al estar ocupada
esta mano de obra en épocas del año en que era precisa en las faenas agrícolas, no había
necesidad de ampliar la población para que pudieran mantenerse o incluso incrementarse los
niveles existentes de producción. El resultado lógico habría sido un aumento de los ingresos
del campesino y de su poder adquisitivo. Hanley y Yamamura afirman que existen pruebas de
que en algunas regiones la producción aventajó al crecimiento demográfico, lo cual implica
una mejora regular en el nivel de vida y en la riqueza personal (aunque siga vigente el
problema de la distribución de ésta).
Estos razonamientos son de gran relevancia para una comprensión cabal de cómo Japón
pudo industrializarse a partir de 1870. Se apoyan, no obstante, en bases estadísticas inciertas,
circunstancia inevitable cuando gran parte del material está disperso y es anecdótico.
Tampoco hay que pasar por alto los factores que seguían frenando cualquier impulso hacia el
capitalismo industrial: la estrechez de un mercado nacional fragmentado por el separatismo
feudal, las limitaciones en el movimiento de la mano de obra derivadas de la determinación
de los señores a mantener a los hombres en el terruño, el atraso de la tecnología
manufacturera, que aún no había avanzado más allá del uso de agua como energía, y los
estrechos vínculos entre el capital comercial, los gremios monopolistas y la autoridad política
urbana. Todo ello habría de ser modificado o liquidado antes de que la economía pudiera

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iniciar el despegue.
En cuanto a las consecuencias a corto plazo del cambio económico del periodo Tokugawa,
no existen tantas incertidumbres: fue evidente el efecto que produjo en las finanzas del
gobierno. Tanto el Bakufu como los señoríos obtenían la mayor parte con diferencia de sus
ingresos del arroz. Aparte de los estipendios que pagaban a los samurais, sus gastos se
centraban principalmente en la economía monetaria de las ciudades, en donde los precios no
sólo iban subiendo constantemente en el curso de los años, sino que además fluctuaban
ampliamente a intervalos bastante cortos. En tales circunstancias, igualar gastos e ingresos
estaba más allá de la capacidad de la mayoría de los funcionarios feudales, que acudían a los
comerciantes en busca de consejos y de préstamos para tapar algún que otro descubierto.
Antes de acabar el siglo xvii, sobre la mayoría de las administraciones recaían fuertes deudas.
De vez en cuando se intentaba resolver la situación con planteamientos económicos de
diversa indole, pero la solución preferida generalmente era incrementar los ingresos. Aunque
se llevaban a cabo, los intentos de elevar los impuestos que pesaban sobre los campesinos
tenían un efecto limitado porque la carga tributaria era ya lo bastante onerosa como para
provocar resistencia. Gravar a los comerciantes —aparte de algunos impuestos por gremio y
vivienda urbana— estaba al parecer fuera de la competencia del régimen. Con esto, sólo
quedaban dos mecanismos fiscales: uno consistía en manipular la moneda —la alteración
monetaria, varías veces emprendida por el Bakufu a partir de 1695—, el otro era la emisión
de papel moneda por parte de los señoríos. En definitiva, no se trataba más que de paliativos,
habida cuenta de la tendencia de tales medidas a aumentar la inestabilidad de los precios
urbanos. Lo mismo pasaba con el segundo recurso de que disponía la administración:
presionar a los comerciantes para que suscribieran «préstamos» (goyokin). La esperanza de
que los abonados a estos préstamos recobraran su dinero era escasa, pero a fin de fomentar la
generosidad los funcionarios recurrían a incentivos en forma de la concesión de dignidades
sociales, como el rango menor de samurai. La práctica estaba tan extendida al finalizar el
periodo Tokugawa que estuvo a punto de merecer un impuesto por riqueza comercial.
Mayor importancia para el futuro tuvo la creación de monopolios, en especial los
establecidos por los señoríos y con los cuales el gobierno no sólo proporcionaba un mar-co de
autoridad, sino que también se apropiaba de una parte de los beneficios. Su base era una
alianza comercial entre la hacienda del señor y los comerciantes más privilegiados de la
ciudad-castillo con el fin de comprar algún producto especializado de la región -que no era
raro que se pagara a precio fijo y en el papel moneda del señorío— y después «exportarlo» a
Osaka o a otra ciudad comercial. Había casos, como la cosecha azucarera de Kagoshima, en
que las ganancias aumentaban merced a leyes draconianas que prohibían la venta fuera del
monopolio y a la apropiación parcial de la producción por medio de impuestos.
Uno de los resultados de este proceso, que culminó en las primeras décadas del siglo xix,
fue que el Japón posterior al periodo Tokugawa contara con el legado de unos funcionarios
samurais con un mínimo de conocimientos comerciales, además del hábito de intervenir en la
economía. Por ejemplo, Mizuno Takakuni, un alto consejero del Bakufu de 1841 a 1843,
llevó a cabo un programa de reformas que comprendían leyes suntuarias, limitación de los
tipos de interés por préstamos, y controles de los precios de mercancías (reforzados por la
abolición de los monopolios comerciales de Edo, que según el reformador estaban
manteniendo altos los precios). Sus medidas resultaron ser excesivamente ambiciosas para el
aparato administrativo encargado de ponerlas en práctica. Otros, con miras más modestas,
lograron más. Entre 1833 y 1848, Zusho Hiromichi restableció las finanzas del señorío de
Satsuma reduciendo el despilfarro y reorganizando el monopolio del azúcar. Murata Seifu

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hizo lo propio en Choshu entre 1838 y 1844, si bien adoptando una línea diferente: puso fin a
los monopolios del señorío —al parecer por la hostilidad que éstos habrían provocado entre
los campesinos— y trató de fomentar la producción agrícola.
Pese a la existencia de reformadores y monopolistas, eran minoría los samurais con
conocimientos cualesquiera de índole comercial o financiera. Eran, en cambio, numerosos los
samurais cuya hacienda estaba en completo desorden por su incapacidad de enfrentarse a la
economía urbana en la que vivían. Los que percibían estipendios en arroz —la gran mayoría
— tenían que trocarlos en dinero para pagar sus gastos. Solían hacer esto por medio de
transacciones regulares con comerciantes que actuaban de agentes y que también les
proporcionaban algún anticipo cuando lo necesitaban. Ahora bien, estos anticipos eran
difíciles de devolver, y ello por innumerables razones: intereses elevados, el hecho de que los
samurais siempre llevaban las de perder (al vender todos en gran número y al mismo tiempo,
hacían bajar los precios), y expectativas crecientes, es decir: las tentaciones ofrecidas a las
familias con ingresos fijos ante la disponibilidad cada vez mayor de productos en el mercado.
A diferencia de sus señores, los samurais endeudados no podían usar de la autoridad
del señorío para exonerarse de la deuda. Así, las opciones que les quedaban eran pocas.
Podían comerciar con su rango estableciendo lazos de matrimonio o de adopción en el seno
de alguna familia de comerciantes acomodados. Podían también abandonar su condición de
samurais, dejar sus obligaciones en la ciudad-castillo y pasar a dedicarse a la agricultura o al
comercio. O, como hicieron muchos, podían descender a una pobreza de buen tono.
Sin embargo, el desorden social a que dio lugar esta situación de los samurais no fue de
ningún modo mayor que el que reinaba en el campo. La agricultura comercial y la expansión
en las aldeas de una economía monetaria ofrecían oportunidades indistintamente para la
pobreza y la riqueza. Los que tenían ya parcelas mayores que la medía podían enriquecerse
más simplemente porque disponían de medios para explotar nuevas tierras y pagar las
mejoras tecnológicas agrícolas. Además, al desarrollarse los mercados urbanos, algunos
campesinos más pequeños emprendieron cultivos comerciales, para los cuales el creciente
nivel de vida de la ciudad había hecho surgir la demanda: seda, algodón, papel, cera, semilla
de colza y añil. Estos cultivos se hicieron secundarios para muchos y principales para
algunos. Para los que tuvieron éxito resultaron muy lucrativos. Por otro lado, a los que les fue
mal en este nuevo ambiente económico, oprimidos entre un gravoso sistema fiscal y un coste
de la vida en alza, les quedaba el recurso de acudir al prestamista y de así perder a menudo
sus tierras. Muchos campesinos, antes independientes, pasaron a ser aparceros, o incluso
labriegos desposeídos. Algunos se aventuraron en la ciudad. Otros se quedaron formando una
fuente de mano de obra para la industria que empezaba a despuntar en las zonas rurales,
como la del hilado y el tejido de algodón, el teñido, la producción de saké o la manufactura
de papel.
Este proceso culminó en el último cuarto del siglo xviii y el primero del xix, un periodo
que presenció el surgimiento de una clase de empresarios rurales cuya riqueza no estaba
solamente basada en la tierra. Eran agricultores que habían aprovechado las ocasiones
presentadas por el comercio y habían sido capaces de ampliar sus actividades a la venta al por
menor, al préstamo de dinero o a la manufactura —o incluso a todas ellas sin dejar de man-
tener intereses en la tierra, como propietarios que eran, aunque dedicándola relativamente
poco tiempo. A estos hombres se los podía hallar en casi cualquier aldea de las regiones
económicamente más avanzadas del centro y oeste de Japón. En la comida, vestido, cultura y
diversión, vivían como samurais de rango medio, o incluso mejor. Pese a ello, no les
resultaba fácil romper las barreras formales de la posición social, a no ser a través de enlaces

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matrimoniales con familias de pequeños funcionarios o suscribiendo importantes préstamos
al señorío para adquirir el derecho de tener un nombre de familia y llevar las dos espadas que
portaban los samurais.
Si la naturaleza del gobierno de los Tokugawa legó al Japón moderno los ingredientes de
una burocracia, el cambio social acaecido en las aldeas facilitó los elementos de una mano de
obra no agrícola y el núcleo de una élite ocupado en el comercio y en la industria. Hizo
surgir, asimismo, formas de intranquilidad social que seguirán siendo importantes a lo largo
de toda la historia contemporánea. Siempre ha habido casos en que señores tiránicos o
funcionados injustos han empujado a los campesinos al borde de la desesperación. Pero
después de 1800, aparecieron dos nuevas causas de descontento. Una era la explotación de
los campesinos pobres por los campesinos ricos, concretamente por los que actuaban como
prestamistas. La otra era la entrada de la autoridad feudal en el negocio de los monopolios,
haciendo menguar los beneficios de los campesinos que más podían ganar con los cultivos
comerciales. Se ha debatido mucho entre los estudiosos cuál de estos factores fue
«característico» de la revuelta campesina ocurrida al final del periodo Tokugawa; pero el
hecho es que todos ellos estaban presentes —a veces en la misma región y al mismo tiempo-
contribuyendo a estallidos que crecieron rápidamente en escala y frecuencia. Así, en enero de
1823 una turba compuesta al parecer de 70.000 personas armadas irrumpió en la ciudad de
Miyazu, al noroeste de Kioto, en protesta por un nuevo tributo impuesto por el señor. En el
verano de 1831, las manifestaciones en contra de los monopolios cerca de la ciudad de
Mitajiri, en Choshu, hicieron estallar disturbios que se extendieron a las regiones montañosas
del señorío donde asumieron la forma de protestas contra la usuta y la opresión fiscal. Este
levantamiento fue uno más de una serie ocurrida en Choshu y que se prolongaría hasta 1837.
Se calcula que entre 1813 y 1868 tuvieron lugar en Japón unos cuatrocientos incidentes
semejantes (aunque muchos podrían describirse mejor como manifestaciones o asambleas
tumultuosas que como rebeliones en el pleno sentido de la palabra).
Al igual que ocurre con otros fenómenos provocados por el cambio económico, las
implicaciones políticas de esos incidentes tuvieron consecuencias duraderas. Las tensiones en
el seno de la sociedad aldeana, exacerbadas por la política de modernización del periodo
Meiji, seguirían siendo un problema para Japón hasta bien entrado el siglo xx: las revueltas
campesinas serían sucedidas por conflictos entre señores y arrendatarios. Pero de forma más
inmediata levantó entre los señores y samurais del periodo Tokugawa un sentido de
inestabilidad y crisis, una duda sobre la durabilidad de su modo de vida que cada vez se
reflejaba más en los debates de la época.
La cultura y las ideas
Gran parte de la cultura tradicional japonesa derivaba de China. El budismo había llegado
por primera vez a Japón en forma china; el confucianismo era la única filosofía del país
plenamente desarrollada, mientras que una buena parte del arte era de estilo específicamente
chino, como también lo eran los más elegantes pasatiempos de la clase alta. El chino era la
lengua clásica de Japón. Sin embargo, con el paso de los siglos la mayoría de estos rasgos
habían quedado tan profundamente adaptados, a veces en simbiosis con ideas y usos
indígenas, que hacia 1850 los japoneses habían llegado a aceptarlos como propios.
Hasta el año 1550, el budismo había sido en el plano temporal y espiritual la religión más
poderosa de Japón, pero en los cien años siguientes los nuevos daimyo, en el proceso de
imponer su autoridad dentro de sus respectivos señoríos, habían desposeído a las instituciones
budistas de muchas tierras y de casi toda su independencia. No obstante, numerosas sectas,

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una vez que se habían resignado a lo inevitable, recibieron cierta dosis de patronazgo político
que les permitió reclamar la fidelidad formal de la mayoría de la población. Pero esta lealtad
no era su derecho exclusivo. A un nivel popular, en todas las aldeas y hogares las ceremonias
del sintoísmo, especialmente las relacionadas con las cosechas y el matrimonio, seguían
observándose al lado de las budistas, formando una especie de eclecticismo que explicaba a
las deidades sintoístas como manifestaciones del Buda y que ponía al santuario sintoísta
dentro del recinto del templo budista. Las ideas confucianas, que habían entrado junto con las
budistas desde China, ofrecían por su lado un simple código de conducta que aplicado a este
mundo casaba bien con la preocupación budista por el más allá.
Aunque variara el énfasis de una generación a otra, esta situación aplicada a la masa de la
población ha persistido en casi toda la época moderna. Pero en cuanto ala élite intelectual y
política, la composición de este eclecticismo ha cambiado considerablemente. En el periodo
Tokugawa, el confucianismo fue en gran parte y más que de ningún otra persona la filosofía
del samurai instruido. Su forma prevalente fue el denominado neoconfucianismo elaborado
por Chu Hsi y por otros eruditos chinos de la dinastía Sung: una doctrina que al interés ético
confuciano en la conducta del hombre dentro de la sociedad añadía un énfasis en el
mantenimiento del orden y de la autoridad. Era el resultado de la definición de las relaciones
interhumanas, es decir, lo que Hayashi Razan, erudito del siglo xvii, describía como «las
obligaciones morales entre soberano y súbdito, padre e hijo, esposa y esposo, hermano mayor
y hermano menor, y amigo y amigo». Excepto la última, eran éstas relaciones de desigualdad
que reflejaban la naturaleza del universo: «el cielo permanece arriba y la tierra permanece
abajo». En China se usaban para justificar la posición dominante que en la sociedad tenía el
erudito-funcionario. En Japón había que hacer algunos ajustes ya que el samurai tenía una
posición determinada por su nacimiento, pero por su trabajo como burócrata la doctrina se le
podía aplicar. En consecuencia, a las generaciones de los samurais se les formaba con los
clásicos del confucianismo.
Parte de lo que aprendían era simplemente una modificación de lo chino. Por ejemplo,
había un sentido etnocéntrico de superioridad cultural afirmado no contra China, la
civilización madre, sino contra todos los otros pueblos del orbe: todos eran «bárbaros». Se
daba, asimismo, una idealización de la agricultura, en parte implicando la primacía ética de la
producción sobre la ganancia, en parte implicando la dependencia que para su hacienda te-
nían los gobernantes —en Japón como en China— del trabajo de los campesinos. Ambos
aspectos habían de ser elementos perdurables en el sistema japonés de valores. Para ser más
concreto, el confucianismo tenía su lugar en una reformulación del código del samurai, el
«bushido». Según este código y tal como lo consignan los escritores medievales, las virtudes
del guerrero eran obediencia al señor y a los padres, respeto a los dioses (del sintoísmo y del
budismo), valentía y auto-disciplina, aparte de otras cualidades propias de un magistrado y
hombre de educación. En el siglo xvii, Yamaga Soko, uno de los discípulos de Hayashi
Razan, lo formuló en el contexto de la ética confuciana recurriendo para ello a la época del
mismo Confucio, época también de feudalismo y no del absolutismo posterior. Para Yamaga
las obligaciones centrales eran las de lealtad y piedad filial. El samurai, sin embargo, no sólo
tenía que observarlas, sino además ser mentor y ejemplo para los demás y asumir el «cultivo
de su persona, la guía de los demás, el mantenimiento de la paz y el orden en el mundo, y la
consecución de honra y fama..
En otras palabras, al cambiar de soldado a funcionado el samurai fue estimulado a pensar en
sí mismo en términos de lo ideado por el mandarín-funcionario chino.
Yamaga Soko fue aún más lejos. A una edad avanzada, cuando los ataques de los rivales

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neoconfucianos le condujeron al exilio político, Yamaga empezó a postular que las
enseñanzas de Confucio habían sido originalmente reveladas por inspiración divina a los
emperadores-sabios de Japón, de forma que históricamente fue Japón y no China el país que
había sido el verdadero depositario de la sabiduría confuciana. Esto fue el principio no sólo
de una cadena de debates que llevó a algunos de sus sucesores a identificar a Japón y no a
China como el «reino central», es decir, como el corazón de la cultura asiática, sino también
como un arreglo entre el sintoísmo y el confucianismo que había de caracterizar gran parte
del pensamiento del periodo Tokugawa posterior.
Un aspecto de esta corriente fue un resurgir religioso encaminado a liberar al sintoísmo del
dominio budista. Otro fue un rechazo del confucianismo como verdad universal. El mayor de
los eruditos sintoístas, Motoori Nonnaga, que escribía en el siglo xviii, propuso un punto de
vista del bien y el mal específicamente japonés que procedía no de creencias importadas, sino
de la experiencia y tradición de Japón. Se basaba en la revelación divina transmitida por la
diosa del sol, Amaterasu, a través de sus descendientes, la estirpe de emperadores japoneses:
«Nuestro País Imperial.., es superior al resto del mundo en la posesión de la correcta
transmisión del antiguo Camino, el de nuestra gran diosa que ilumina todo el mundo».
Aunque todo esto puede desecharse como chovinismo cultural, muy parecido al chino, fue
colocado en un marco conceptual diferente del confucianismo. Los elementos concretos de
las directrices éticas de Motoori eran casi los mismos que los del confucianismo (el sintoísmo
no tenía nada propio con qué sustituirlos) pero había recibido una convalidación
característicamente japonesa.
El resurgir del sintoísmo realizó un servicio similar en el campo de las ideas sobre
autoridad política. En términos chinos, el derecho de un gobernante a exigir la obediencia de
sus súbditos dependía, al menos en parte, de su propia observancia de la ética confuciana. El
principio era superior al simple poder. En Japón, esas doctrinas habían sido aplicadas a veces
al shogun; pero el emperador, tal como lo veía Motoori y sus colegas, gobernaba en virtud de
un derecho prescriptivo y en «perfecta armonía de pensamiento y sentimiento» con su
antecesora, la diosa del sol, hecho que le facultaba a exigir una obediencia ciega. Esto hacía a
la autoridad imperial independiente de la virtud o no virtud del emperador.
Hasta el año 1900 esas ideas serían ortodoxas en Japón, pero en el periodo Tokugawa eran
plenamente subversivas. Motooni evitó la censura del Bakufu afirmando que las cosas
estaban como estaban por voluntad de los dioses, por lo cual había que aceptarlas aunque las
prerrogativas imperiales estuvieran siendo ejercidas en teoría, impropiamente, pon un
shogun. Los eruditos confucianos de la generaciónn siguiente, que servían a los Tokugawa,
concretamente a la línea secundaria de Mito, y de los cuales Alzawa Seishisai era el más
famoso, adoptaron un método diferente para llegar a una conclusión muy semejante. Re-
conciliaron el deber feudal con el absolutismo imperial por medio del argumento de que la
lealtad era jerárquica: el samurai se la debía al señor, el señor al shogun, el shogun al
emperador. Esta idea les permitía reunir diferentes elementos y constituir una nueva filosofía
política. Uno era el concepto sintoísta de la divinidad imperial que utilizaron para dar validez
al orden feudal. Otro elemento era el agrarismo confuciano formulado con el argumento de
que eran condenables todos los sucesos del campo y de la ciudad que estaban poniendo en
peligro la forma de vida del samurai. Un tercer elemento era una ética confuciana separada de
la cosmogonía china y convertida así en un simple código de conducta personal encaminada a
la disciplina social. Todos eran elementos esenciales de los que se llamó «enseñanza
nacional» (kokugaku).
Se trataba de una doctrina de ninguna manera aceptable para todo el mundo en el Japón de

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las postrimerías del periodo Tokugawa. Al margen de cualquier objeción que pudiera hacerse
desde el punto de vista religioso o filosófico, un orden social —cualquier justificación que
tuviera— que empinaba al samurai al lugar más alto y rebajaba a los comerciantes al más
bajo no podía menos de ser mal visto por estos últimos. Fueron muchos los comerciantes que,
viendo el resurgir del sintoísmo como un ataque indirecto a la ideología del samurai, se
aliaron a Motoon y a su sucesor, Hirata Atsutane, y no a la escuela de Mito. Así ocurrió en la
ciudad y también en el campo. Sin embargo, la mayoría de los que estaban pon debajo de la
línea crucial que separaba al samurai del plebeyo preferían, a no ser impulsados por quejas
concretas, evitar un compromiso político que pudiera atraerles la hostilidad de la policía y de
la censura del Bakufu. Pon ejemplo, Ishida Baigan, que en el siglo xviii había afirmado que
los comerciantes merecían más respeto, basaba su argumento en que el comercio era una
manera de servir al Estado, siendo digna y acreedora de un reconocimiento. Era una
afirmación, no un rechazo, de los valores dominantes de la sociedad y podía coexistir con el
código de la lealtad, frugalidad y piedad filial de los samurais.
El hecho era que en la vida citadina del periodo Tokugawa, al menos para la gente
acomodada, había vestidos lujosos, comidas exóticas y refinados pasatiempos, todo lo cual
para el pensamiento político constituía una evasión y no un estímulo. Se puso así una
pincelada nueva en el cuadro de la cultura japonesa de la época, una pincelada de bullicio,
desorden y colon bastante ajena a la contención tan estimada en la tradición clásica y
aristocrática establecida por el budismo y la corte imperial. Para atender a los caprichos de
los comerciantes y de todos los que podían permitirse lujos, y de alguno que no podía, surgió
por entonces lo que los coetáneos denominaron el ukiyo, «el mundo flotante». Citando a un
historiador moderno, era un mundo de «placeres fugaces, de teatro y de restaurantes, de
palcos para presencian la lucha libre japonesa y de casas de cita, con toda su población
permanente de actores, bailarines, cantantes, narradores, bufones, cortesanos, muchachas de
baño y buhoneros entre los que se codeaban hijos libertinos de comerciantes ricos, samurais
disolutos y aprendices pícaros». Evidentemente era un ambiente poco inspirador para una
revolución política, peno constituyó el tema y la materia de un arte y de una literatura de
hechura social. Grabados policromos describían a famosos actores y «geishas», escenas
callejeras de los bulliciosos barrios comerciales. El teatro, especialmente el de títeres, contaba
con un rico temario del gusto de los ciudadanos: el conflicto entre la lealtad feudal o familiar
y la inclinación personal, el destino, bueno y adverso, de comerciantes ricos y de artesanos
pobres, de sus amantes y esposas. Las novelas y las historias, a menudo escabrosas, seguían
la misma línea. No era una literatura para el mojigato, era una literatura pletórica de vida.
De todo esto se pueden deducir dos conclusiones. Una, que el cambio económico estaba
creando una sociedad «alterna» al lado de la feudal, peno que todavía no tenía su
correspondiente filosofía política. La otra, que Japón estaba alejándose de lo chino en sentido
clásico y encaminándose a algo evidentemente más autóctono y menos completamente
exclusivo de una élite. Ambas conclusiones tienen sustancia. Hay que tener en cuenta, de
todos modos, que los samurais o los de origen samurai habían de proporcionan el liderazgo
político del país al menos hasta el fin del reinado del emperador Meiji (1912); y, en tanto lo
hicieron así, sus preferencias culturales seguían determinando las normas. Los valores del
samurai siguen desempeñando un importante papel en la vida moderna japonesa.

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