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Comodoro Matthew Perry

Cuando desembarcamos en Japón, 1854

Nota: La expedición a Japón, que concluyó en un tratado de paz entre ese país y
los Estados Unidos, fue organizada y comandada por el Comodoro Perry. La siguiente
selección fue compilada por Francis L. Hawks a partir de las notas y diarios del
Comodoro Perry.

Mientras el paisaje se aclaraba y las costas comenzaban a distinguirse, se revelaba


de manera espectacular el diligente trabajo efectuado por los japoneses a lo largo de la
noche en la costa de Uraga. Pantallas ornamentales de tela habían sido dispuestas para
dar un aspecto más imponente y a la vez de mayor tamaño a los bastiones y fuertes; y
dos tiendas de campaña estaban dispuestas entre los árboles. Las pantallas estaban
extendidas, tensas, en la forma usual sobre postes de madera, y cada intervalo entre las
huestes estaba así señalado claramente, teniendo, a la distancia, la apariencia de
paneles. Sobre estos aparentes paneles estaban los blasones de las armas imperiales,
alternando con el emblema de una flor escarlata de grandes hojas con forma de corazón.
Banderas y gallardetes, con diversos dibujos de alegres colores, colgaban de los ángulos
de las pantallas, detrás de las cuales multitudes de soldados, ataviados de una manera
anteriormente no observada, y que se suponía era propia sólo de importantes ocasiones.
La mayor parte de las vestimentas eran una especie de hábito oscuro, con faldas cortas,
la cintura ceñida por una faja, y sin mangas, dejando al desnudo los brazos.
Todos a bordo de las naves estaban alerta desde temprana hora, efectuando los
preparativos necesarios. Las máquinas estaban en funcionamiento y las anclas estaban
levantadas para que las embarcaciones pudieran ser movidas a una posición donde sus
cañones pudieran controlar el lugar de recepción. Las naves a vela, sin embargo, a causa
de la calma del viento, eran incapaces de colocarse en posición. Fueron seleccionados
los oficiales, la tripulación y los marines que debían acompañar al Comodoro. Todos,
por supuesto, ansiaban participar en las ceremonias de ese día, pero no podían ir todos,
pues un cierto número debía permanecer abordo para desarrollar las tareas necesarias.
Muchos oficiales y marines fueron seleccionados por sorteo, y cuando todos estuvieron
designados, en una cantidad cercana a los trescientos, cada uno se preparó lo mejor
posible para la ocasión. Los oficiales, tal como se había ordenado, estaban ataviados
con atuendo de ceremonia, mientras que la tripulación y los marines vestían sus
uniformes navales y militares de color azul y blanco.
Antes de que las ocho campanadas matutinas hubieran sonado, el Susquehanna y
el Mississippi se dirigieron lentamente hacia la bahía. Simultáneamente con este
movimiento de las cuatro naves, seis botes japoneses tomaban la misma dirección, pero
más cerca de tierra. La bandera gubernamental con bandas distinguía a dos de ellos,
mostrando la presencia a bordo de algunos altos oficiales, en tanto que el resto portaba
banderas rojas, suponiéndose que también iba a bordo una comitiva o guardia de
soldados. Doblando el promontorio que separaba el lugar donde habíamos estado
anclados de la bahía, se observaban los preparativos de los japoneses en la costa. La
zona que bordeaba el extremo de la bahía tenía un aspecto alegre con una larga

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extensión de pantallas de tela pintadas, sobre las mismas se veían engalanadas
(dibujadas de manera llamativa) las armas del Emperador. Nueve altos estandartes se
alzaban en medio de una gran cantidad de banderas de diversos y vívidos colores,
dispuestas en ambos lados, de forma tal que el conjunto formaba un crescendo de
variadas y coloridas enseñas, que ondeaban brillantemente bajo los rayos del sol
matutino. De los altos estandartes pendían anchos pendones escarlatas que barrían el
suelo con sus ondulantes movimientos. Sobre la playa frente a este despliegue se
desplegaban regimientos de soldados, rígidos en su formación, evidentemente así
dispuestos para dar una apariencia de fuerza marcial, de manera tal que los americanos
se vieran impresionados ante poder militar de los japoneses.
Cuando el observador enfrentaba la bahía, veía a la izquierda de la población de
Gori-Hama un desordenado grupo de casas con techos puntiagudos, construidos entre la
playa y la base del terreno alto que corría detrás a lo largo de verdes pendientes,
ascendiendo hacia las distantes montañas. Un valle exuberante o cañón, encajonado
entre colinas boscosas, se abría a las puertas de la bahía, rompiendo la uniformidad de
la curva de la costa brindaba una hermosa variedad al paisaje. Sobre la derecha varios
centenares, o más, de botes japoneses se desplegaban en líneas paralelas a lo largo de la
costa, con una bandera roja en la popa de cada uno. El efecto total, aunque no
asombroso, era novedoso y alegre, y todo combinado daba un placentero aspecto al
cuadro. Era un día brillante, con una clara luz solar que parecía otorgar vitalidad, de la
misma manera que las verdes colinas, y las alegres banderas, y la brillante formación de
soldados. Detrás de la playa, frente al centro de la curvada costa de la bahía, se erigía
un edificio con tres techos colocados de manera piramidal, recién construido para la
recepción, destacándose sobre las casas circundantes. Su frente estaba cubierto por una
tela rayada, que se extendía a la manera de una pantalla sobre ambos lados. Tenía un
aspecto nuevo, indicativo de su reciente construcción, y con sus techos puntiagudos se
asemejaba, en la distancia, a un grupo de grandes almiares de trigo.
Dos botes se aproximaban mientras los vapores entraban en la bahía, y cuando se
echaron las anclas se ubicaron junto al Susquehanna. Kayama Yezaiman, con sus dos
intérpretes, subió a bordo, seguido por Nagazima Saboroske y un oficial asistente, que
había llegado en el segundo bote. Fueron debidamente recibidos en la escalerilla y
conducidos al castillo de la nave para que tomaran asiento. Estaban vestidos con
atuendo oficial, algo diferente a su vestimenta ordinaria. Sus vestimentas, aunque de
tipo usual, estaban mucho más adornadas. El material era de brocado de seda de colores
vivos, con dobladillos de terciopelo amarillo, bordado con encaje de oro de diversas
figuras. Sobre esta vestimenta se desplegaban, en la espalda, mangas y pecho, las armas
de su portador.
Una señal fue izada desde el Susquehanna dirigida a los botes de los otros barcos,
y en el curso de media hora todos ellos se dispusieron en formación con sus oficiales y
tripulación, preparados para las ceremonias del día. Las lanchas y guardacostas
ascendían a no menos de quince, presentando una imponente formación; y con todo el
personal sobre ellos, con el uniforme adecuado, no se buscaba un efecto pintoresco. El
Capitán Buchanan, habiendo tomado su lugar en su barcaza, lideró la marcha,
flanqueado en ambos lados por los dos botes japoneses que llevaban al gobernador y
vice-gobernador de Uraga con sus respectivas comitivas. Estos dignatarios actuaban
como maestros de ceremonia y señalaban el curso a la flotilla americana. El resto de los
botes seguían el cortejo, con los guardacostas transportando las dos bandas de los
vapores, que animaban la ocasión con su música alegre.

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Los botes surcaban rápidamente las plácidas aguas; tal era la destreza y rapidez de
los remeros japoneses que nuestros vigorosos remeros fueron picados en su amor propio
para mantener el ritmo de sus guías. Cuando los botes estaban a mitad de camino de la
costa, los trece cañones del Susquehanna comenzaron a disparar y el eco se propagó
entre las colinas. Esto anunció la partida del Comodoro, quien, tras subir a su lancha,
fue conducido hacia tierra.
Los guías japoneses dirigieron los botes hacia un lugar de desembarco ubicado en
el centro de la costa curvada, donde se había construido un muelle provisorio mediante
bolsas de arena y paja. El bote de avanzada pronto tocó el lugar, y el Capitán Buchanan,
que comandaba el grupo, saltó hacia la costa, siendo el primero de los americanos que
desembarcó en el Reino de Japón. Fue seguido inmediatamente por el Mayor Zeilin, del
cuerpo de Marines. El resto de los botes fueron llegando y desembarcaron sus
respectivas cargas. Los marines (un centenar) marcharon hacia el muelle y formaron en
línea, enfrentando al mar; luego llegaron los cien marineros, que también formaron fila
mientras avanzaban, a la par que las dos bandas iban en la retaguardia. El número total
de americanos, incluyendo marineros, marines, músicos, y oficiales, ascendía a unos
trescientos; una formación para nada formidable, pero suficiente para una ocasión
pacífica, y compuesta de hombres vigorosos, robustos, que contrastaban fuertemente
con los pequeños y delicados japoneses. Estos últimos se habían reunido en gran
cantidad, unos cinco mil de acuerdo a lo establecido por el Gobernador de Uraga,
aunque parecían ser más. Su formación se extendía a lo largo del circuito completo de la
playa, desde la extremidad más lejana de la población hasta la abrupta pendiente de la
colina que limitaba la bahía en el lado norte; mientras una inmensa cantidad de soldados
se apiñaba delante, detrás y debajo de las pantallas de tela que se extendían a través de
la retaguardia. El orden suelto de este ejército japonés no presagiaba un grado muy alto
de disciplina. Los soldados estaban tolerablemente bien armados y equipados. Sus
uniformes eran parecidos a la vestimenta japonesa ordinaria. Sus armas eran espadas,
lanzas y mosquetes. Los que estaban delante eran infantes, arqueros y lanceros; pero
gran cantidad de cuerpos de caballería se veían detrás, a la distancia, como si estuvieran
en reserva. Los caballos de éstos parecían de buena raza, fuertes, de buenas grupas y
enérgicos. Estos soldados de caballería, con sus ricas gualdrapas, presentaban al menos
una vistosa cabalgata. Junto a la base del terreno elevado que se hallaba detrás del
poblado, en la retaguardia de los soldados, había una gran cantidad de lugareños, entre
los cuales se destacaba un conjunto de mujeres, que miraban con intensa curiosidad, a
través de los claros de las formaciones militares, a los extraños visitantes del otro
hemisferio.
A la llegada del Comodoro, su séquito de oficiales formó en doble fila junto al
lugar de desembarco, y tras pasar entre ellos, siguieron detrás de él en formación. La
procesión se dirigió hacia la casa de recepción, siendo indicado el camino por Kayama
Yezaiman y su intérprete, que precedían al grupo. Los marines iban delante,
siguiéndoles los marineros. El Comodoro fue debidamente escoltado hasta la playa. La
bandera de los Estados Unidos y el ancho pendón eran llevados por dos atléticos
marinos, seleccionados entre los miembros de la tripulación en base a su robusta
constitución. Dos jóvenes, vestidos para la ceremonia, precedían al Comodoro, llevando
en un envoltorio de paño escarlata las cajas que contenían su credencial y la carta del
Presidente. Estos documentos, en forma de libro, estaban bellamente escritos sobre
vitela, unidos por terciopelo de seda azul. Cada precinto, sujetado por cordones
entretejidos de oro y seda con borlas de oro, estaba encerrado en una caja circular de
seis pulgadas de diámetro y tres de profundidad, confeccionada en oro puro. Cada uno

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de los documentos, junto con su precinto, estaba colocado en una caja de palo de rosa
de un pie de largo, con cerradura, goznes, y montajes, todo de oro. A cada lado del
Comodoro marchaba un alto y bien proporcionado negro, que, armado hasta los dientes,
actuaba como su guardia personal. Estos negros, seleccionados para la ocasión, eran los
de mejor aspecto entre los de su color que la escuadra podía ofrecer. Todo esto, por
supuesto, tenía una intención efectista.
La procesión fue obligada a efectuar un movimiento circular para alcanzar el
ingreso a la casa de recepción. Esto dio una buena oportunidad para el despliegue de la
escolta. El edificio, situado a poca distancia del lugar de desembarco, fue alcanzado
rápidamente. Frente a la entrada había dos pequeños cañones de manufactura antigua y
aparentemente europea; una compañía de guardianes japoneses más bien desordenada
esta dispuesta a ambos lados, cuya vestimenta era diferente de la de los otros soldados.
Los de la derecha vestían túnicas, ceñidas en la cintura con anchas fajas, y pantalones
de color gris, cuya gran anchura disminuía en las rodillas, mientras sus cabezas estaban
cubiertas con una tela blanca a la manera de un turbante. Estaban armados de mosquetes
con bayonetas y se veían fusiles a chispa. Los guardianes del lado izquierdo estaban
vestidos con un uniforme más bien oscuro, de color marrón mezclado con amarillo, y
portaban anticuados mosquetes.
El Comodoro, habiendo sido escoltado hasta la puerta de la casa de recepción,
ingresó con su séquito. El edificio mostraba señales de la apresurada construcción, los
maderos y tablones de pino estaban numerados, como si hubiesen sido armados
previamente y luego transportados al lugar ya listos para ser ensamblados. La primera
parte de la estructura era una especie de tienda, construida principalmente con lonas
coloreadas, sobre las cuales estaban pintadas en varios lugares las armas imperiales. Su
área incluía un espacio de casi cuarenta pies cuadrados. Tras este hall de ingreso había
un departamento interior al cual conducía un sendero alfombrado. El piso de la
habitación exterior estaba cubierto mayormente por tela blanca, pero a través de su
centro pasaba una alfombra roja, que mostraba el camino hacia el interior de la cámara.
Esta última estaba completamente alfombrada con tela roja, y fue el sitio donde tuvo
lugar la recepción. El nivel del piso estaba algo elevado, como un estrado, y la sala
estaba bellamente adornada para la ocasión. Tapices de seda y fino algodón de color
violeta, con las armas imperiales bordadas en blanco, colgaban de las paredes que
encerraban la sala interior, sobre tres lados, mientras que el frente estaba abierto hacia la
antecámara o sala exterior.
Cuando el Comodoro y su comitiva subieron a la sala de recepción, los dos
dignatarios que estaban sentados a la izquierda se levantaron e inclinaron, y el
Comodoro y su gente fueron conducidos a los sillones que habían sido dispuestos para
ellos en el lado derecho. Los intérpretes anunciaron los nombres y títulos de los altos
dignatarios japoneses como Toda-Idzu-no-kami, Toda, Príncipe de Idzu, y Ido-Owami-
no-kami, Ido, Príncipe de Iwami. Eran hombres de avanzada edad, el primero
aparentemente en torno a los cincuenta, y el último unos diez o quince años mayor. El
Príncipe Toda era el mejor parecido de los dos, la expresión intelectual de su ancha
frente y el aspecto agradable de sus rasgos regulares contrastaba muy favorablemente
con el rostro más arrugado, sumido y menos inteligente de su par, el Príncipe de Iwami.
Ambos estaban lujosamente vestidos, sus atuendos eran brocados de seda con
elaboradas figuras de oro y plata.
Desde el principio los dos príncipes habían asumido un aire de estatuaria

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formalidad, que preservaron durante toda la entrevista, pues no pronunciaron una
palabra, y se levantaron de sus asientos sólo al ingresar y salir el Comodoro, cuando
efectuaron una grave y formal inclinación. Yezaiman y sus intérpretes actuaron como
maestros de ceremonia. Al ingresar, se situaron en el extremo superior de la sala,
arrodillándose junto a una ancha caja lacrada de color escarlata, sostenida por patas,
amarillas o bronceadas.
Después de que el Comodoro y su comitiva hubieran tomado asiento hubo una
pausa de algunos minutos, no pronunciándose ni una palabra por parte de ambos lados.
Tatznoske, el intérprete principal, fue el primero en romper el silencio, preguntando al
Sr. Portman, el intérprete holandés, si las cartas estaban listas para ser entregadas,
afirmando que el Príncipe Toda estaba preparado para recibirlas y que la caja escarlata
en el extremo superior de la sala estaba dispuesta para ser el receptáculo de las mismas.
El comodoro, hizo señas a los jóvenes que permanecían en la sala inferior para que
avanzaran. Estos obedecieron inmediatamente, trayendo las hermosas cajas que
contenían la carta del Presidente y otros documentos. Los dos negros marchaban detrás.
Una vez junto al receptáculo escarlata recibieron las cajas de las manos de los
portadores, las abrieron, tomaron las cartas, y, tras desplegar el escrito y los sellos los
depositaron sobre la tapa de la caja japonesa, todo en perfecto silencio.
[Esta carta del Presidente, Millard Fillmore, expresaba el sentimiento amistoso de
los Estados Unidos hacia Japón y el deseo de que existieran lazos de amistad y
comerciales entre ambos países. Los documentos estaban depositados en una caja
escarlata y un recibo formal fue entregado al ser recibidos.]
Yezaiman y Tatznoske se inclinaron, e, incorporándose quitaron el cierre de la caja
escarlata, e informando al intérprete del Comodoro que no había nada más por hacer,
salió del lugar, inclinándose hacia ambos lados al hacerlo. El Comodoro se levantó para
partir, y, cuando salía, los dos príncipes, manteniendo aún absoluto silencio, también se
incorporaron y permanecieron allí hasta que los extranjeros se ausentaron.
El Comodoro y su comitiva se detuvieron durante un breve lapso en la entrada del
edificio aguardando su lancha. Yezaiman y sus intérpretes retornaron y preguntaron qué
estaban esperando; recibiendo la réplica “El bote del Comodoro”. Nada más se dijo. La
entrevista no había durado más de veinte o treinta minutos, y se había conducido con la
mayor formalidad y con la más perfecta cortesía.
La procesión volvió a formarse como antes, el Comodoro fue escoltado hasta su
lancha, embarcó y fue transportado hasta su nave, seguido por los otros americanos y
los dos botes japoneses que llevaban al Gobernador de Uraga y sus acompañantes,
mientras las bandas interpretaban nuestros aires nacionales.
Fuente: Eva March Tappan, ed., The World's Story: A History of the World in
Story, Song and Art, (Boston: Houghton Mifflin, 1914), Vol. I: China, Japan, and the
Islands of the Pacific, pp. 427-437. Traducción Vicente Accurso

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Townsend Harris:
Entrega de la carta del Presidente (1855)

Townsend Harris fue el primer embajador estadounidense en el Japón,


inmediatamente tras la apertura del país producida por el Comodoro Perry. Aquí
describe el momento de la entrega de sus credenciales y de la carta del presidente de
EE. UU. al gobernante Tokugawa.

Inicié mi audiencia a las 10 horas con la misma escolta de mi visita al Ministerio,


pero mis guardias vestían todos kami-shimos y calzones que solo cubrían la mitad del
muslo, dejando el resto de la pierna desnudo. Mi vestimenta era una chaqueta (un saco)
bordada con oro de acuerdo al modelo provisto por el Departamento de Estado,
pantalones azules con una ancha banda dorada a lo largo de cada pierna, sombrero de
tres picos con borlas doradas, y una espada de ceremonia con mango de perlas.
La vestimenta del Sr. Heusken era el uniforme naval diario, la espada
reglamentaria y el sombrero de tres picos. Cruzamos el foso por un puente que estaba a
media milla de mi casa. Cuando llegamos al segundo foso, se nos requirió dejar sus
norimonos (una especie de silla de manos usada en Japón) excepto al Príncipe de
Shinano y a mi. Cuando arribamos a unas 300 yardas [medida inglesa de longitud, una
yarda equivale a 91 cm. aproximadamente] del último puente, Shinano también dejó su
norimono; y nuestros caballos, sus lanzas, etc., etc., con sus sirvientes. Fue transportado
hasta el mismo puente; y, como ellos dicen, más allá de lo que ningún japonés fuera
nunca llevado antes, y aquí descendí, entregando la carta del Presidente, que yo había
llevado en mi norimono, al Sr. Heusken. Cruzamos este puente, y a unas 150 o 200
yardas de la entrada ingresé al salón de audiencia. Antes de ingresar allí, sin embargo,
me saqué los zapatos nuevos que había calzado para visitar al Ministro.
Cuando pasé al vestíbulo, fui recibido por dos servidores domésticos. Se pusieron
uno frente al otro y se inclinaron ante mí; luego me condujeron a una habitación donde,
al entrar, hallé dos sillas y un confortable brasero. Debo advertir que el tabaco no es
servido en el palacio. Nuevamente bebí el "te de gachas”.
Las calzas son la principal característica de la vestimenta; están hechas de seda
amarilla, y las piernas tienen 6 o 7 pies de largo! En consecuencia, cuando quien las
lleva camina, se aprietan en la parte posterior, y da la apariencia de que él camina sobre
sus rodillas, una ilusión que se ve favorecida por la corta estatura de los japoneses y la
gran anchura, sobre los hombros, de sus kami-shimos.
El gorro es también una gran curiosidad, y desafía la descripción. Está hecho de
un material negro barnizado, y se parece al gorro escocés Kilmarnock, teniendo una
abertura de sólo tres pulgadas [equivale a 2,54 cm]. Está fantásticamente colocado en la
punta de la cabeza; la parte delantera llega justo hasta el borde superior de la frente y la
trasera se extiende un poco detrás de la cabeza. Este peculiar objeto se sujeta por una
cuerda de seda de color claro que, atravesando el extremo superior de la “Coronilla”,
pasa sobre las sienes y es atada debajo del mentón. Una atadura corre horizontalmente a
lo largo de la frente, y ligada a la cuerda perpendicular, pasa por detrás de la cabeza,
donde es atada.

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Mi amigo Shinano estaba muy ansioso por hacerme ingresar a la sala de audiencia
y ensayar mi parte. Decliné gentilmente de hacer esto, diciéndole que las costumbres
generales de todas las cortes eran tan similares que no temía cometer errores,
particularmente debido a que él me había explicado bondadosamente la parte de la
ceremonia que le correspondía a ellos, mientras que la mía debía efectuarse según
nuestra manera occidental. Realmente creo que él estaba ansioso de que yo hiciera mi
parte de tal manera que causara una impresión favorable en aquellos que me vieran por
primera vez. Descubrí también que yo había sido conducido a propósito al palacio una
hora antes de manera que él pudiera ensayar antes de la audiencia. Al rechazar la
propuesta, fui llevado nuevamente a la sala donde había entrado en primera instancia,
confortablemente calefaccionada y con sillas. Otra vez me sirvieron té.
Al final me informaron que había llegado la hora de mi audiencia. Pasé junto a los
pobres daimios (nobles territoriales japoneses), que aún estaban sentados como estatuas
en el mismo lugar, pero cuando llegué a su hilera delantera, me ubiqué ante ellos y me
detuve sobre su flanco derecho. Shinano se arrodilló y apoyó sus manos sobre el piso.
Yo permanecí detrás de él, y Mr. Heusken detrás mío.
La sala de audiencia estaba orientada de la misma manera que la sala donde tenía
su sitio la gran audiencia, y estaba separada de ella por las usuales puertas corredizas;
de forma que aunque ellos podían verme pasar y escuchar todo lo que se decía en la
audiencia, no podían verme en la sala. Finalmente, tras una señal, el Príncipe de
Shinano comenzó a deslizarse sobre sus manos y rodillas, y cuando yo estaba medio
inclinado hacia la derecha y había entrado a la sala de audiencia, un chambelán expresó
con voz grave "¡Embajador Mericano!". Me detuve a unos seis pies de la puerta y me
incliné, luego seguí hasta casi el centro de la habitación, donde nuevamente me detuve e
incliné. Otra vez retomé mi marcha, me detuve a unos diez pies del final de la sala,
justo enfrente del Príncipe de Bitchiu sobre mi derecha, donde él y los otros cinco
miembros del Gran Consejo estaban postrados. A mi izquierda estaban tres hermanos
del Tai-kun postrados de la misma manera, y todos estando espaldas a mí. Tras una
pausa de algunos segundos me dirigí al Tai-kun de la siguiente manera: "Pueda esto
agradar a vuestra Majestad: Al presentar mis cartas credenciales otorgadas por el
Presidente de los Estados Unidos, me dirijo a vuestra Majestad para expresarle los
sinceros deseos del Presidente en pro de vuestra salud y felicidad y augurando
prosperidad para vuestros dominios. Considero un gran honor que haya sido
seleccionado para ejercer el alto e importante rango de Plenipotenciario de los Estados
Unidos ante la corte de vuestra Majestad, y dado que mi mayor deseo es unir más
estrechamente a ambos países en una duradera amistad, mis mayores esfuerzos se
dirigirán hacia el logro de ese fin."
Aquí me detuve e incliné:
Tras un breve silencio el Tai-kun comenzó a mover su cabeza hacia atrás sobre su
hombro izquierdo, al mismo tiempo que pateaba el piso con su pie derecho. Esto fue
repetido tres o cuatro veces. Tras esto, habló de manera audible y con una voz firme y
placentera siendo traducido así: "Encantado de recibir la carta remitida con el
Embajador desde un remoto país, y también encantado con su discurso. Las mutuas
relaciones continuarán por siempre”. El Sr. Heusken, quien había estado parado ante la
puerta de la sala de audiencia, avanzó con la carta del Presidente, inclinándose tres
veces. Mientras se aproximaba, el Ministro de Asuntos Exteriores se levantó y se ubicó
junto a mí. Saqué la cubierta de seda, abrí la caja y también abrí el sobre de manera que

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el Ministro pudiera ver el escrito. Luego cerré la caja, volví a colocar la cobertura de
seda (hecha de bandas rojas y blancas, seis y siete respectivamente), y entregué la
misma al Ministro, que la recibió con ambas manos, y la colocó sobre una hermosa
repisa barnizada que estaba ubicada apenas por encima de él. Después se tendió
nuevamente, y yo me dirigí hacia el Tai-kun, quien me dio a entender que la audiencia
había concluido efectuando una cortés inclinación. Me incliné, retrocedí, me detuve, me
incliné de nuevo y por última vez.
Así concluyó mi audiencia. Fui conducido otra vez a mi cuarto original y se me
sirvió más té de gachas. Los japoneses querían que cenara en el palacio, solo, o con el
Sr. Heusken. Decliné esta invitación. Propuse compartir la cena, previendo que alguien
de la familia real o el Primer Ministro comería conmigo. Me dijeron que sus costumbres
prohibían eso. Repliqué que las costumbres de mi país prohibían que alguien comiera
en una casa donde el anfitrión, o su representante, no se sentaran a la mesa con él.
Finalmente se arregló la cuestión disponiéndose que cenara en mi hospedaje.

Fuente: Eva March Tappan, ed., The World's Story: A History of the World in
Story, Song and Art, (Boston: Houghton Mifflin, 1914), Vol. I: China, Japan, and the
Islands of the Pacific, pp. 438-442.
Traducción Vicente Accurso.

Constitución Meiji (1889)

La aristocracia que llevó adelante la Restauración Meiji de 1868 demoró veintiún


años en plasmar en una constitución el nuevo sistema político del Japón. El principal
artífice de esta constitución fue Ito Hirobumi, quien estuvo asesorado por especialistas
extranjeros. En el primer capítulo se determina el rol del emperador en el nuevo estado
japonés.

Capítulo I. El Emperador

Artículo 1. El Imperio de Japón estará bajo la corona y el gobierno de una línea de


Emperadores mantenida sin solución de continuidad por los tiempos de los tiempos
(eternamente).

Artículo 2. El Trono Imperial será heredado por descendientes masculinos del


Emperador, de acuerdo a lo previsto por la Ley de la Casa Imperial.

Artículo 3. El Emperador es sagrado e inviolable.

Artículo 4. El Emperador es la cabeza del Imperio, combinando en su persona los


derechos de soberanía, y ejerciéndolos, de acuerdo a las previsiones de la presente
Constitución.

Artículo 5: El Emperador ejerce el poder legislativo con el consentimiento de la


Dieta Imperial.

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Artículo 6. El Emperador da sanción a leyes y ordena que sean promulgadas y
ejecutadas.

Artículo 7. El Emperador convoca a la Dieta Imperial, la abre, cierra y prorroga, y


disuelve la Casa de Representantes.

Artículo 8. El Emperador, como consecuencia de una necesidad urgente de


mantener la seguridad pública o para prevenir calamidades públicas, emite (dicta),
cuando la Dieta Imperial no está sesionando, ordenanzas (decretos) en lugar de leyes.
(2) Tales Ordenanzas (Decretos) Imperiales deben ser presentadas ante la Dieta Imperial
cuando reanude sus sesiones. Cuando la Dieta no apruebe tales Ordenanzas, el
Gobierno las declarará inválidas para el futuro.

Artículo 9. El Emperador emite o promueve la emisión de Ordenanzas (Decretos)


necesarios para el cumplimiento de las leyes, o para el mantenimiento de la paz y el
orden públicos, y para la promoción del bienestar de los súbditos. Pero ninguna
Ordenanza (Decreto) podrá alterar de ninguna manera ninguna de las leyes existentes.

Artículo 10. El Emperador determina la organización de las diferentes ramas de la


administración pública, los salarios de los empleados civiles y de los militares, nombra
y destituye a los mismos. Las excepciones previstas en esta Constitución o en otras
leyes deberán concordar con las respectivas estipulaciones.

Artículo 11. El Emperador es el jefe supremo del Ejército y la Marina.

Artículo 12. El Emperador determina la organización y reglamentos del Ejército y


la Marina.

Artículo 13. El Emperador declara la guerra, hace la paz y concluye tratados.

Artículo 14. El Emperador declara el estado de sitio (2). Las condiciones y efectos
del estado de sitio se determinarán por ley.

Artículo 15. El Emperador confiere títulos nobiliarios, rangos, órdenes y otros


signos honoríficos.

Artículo 16. El Emperador dictamina amnistías, perdones, conmutaciones de


penas y rehabilitaciones.

Artículo 17. Una Regencia deberá ser instituida en conformidad con lo previsto
por la Ley de la Casa Imperial. (2) El Regente ejercerá los poderes correspondientes al
Emperador en nombre de Él.
Traducción Vicente Accurso

CONSTITUCIÓN DE JAPÓN
3 de noviembre de 1946

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Esta constitución fue aprobada por la Dieta bajo la presión de las potencias de
ocupación. Es notorio el contraste, en cuanto al rol del emperador, con la constitución
anterior. Además, aquí Japón renuncia a la guerra como forma de resolución de
conflictos y, en consecuencia, al mantenimiento de cualquier tipo de fuerzas armadas.

Artículo 1:
El emperador será el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, derivando su
posición de la voluntad del pueblo en quien reside el poder soberano.
Artículo 2:
El trono imperial será dinástico y la sucesión de acuerdo con la Ley de la Casa Imperial
aprobada por la Dieta.
Artículo 3:
El Emperador tendrá funciones de consejo y aprobación en cuestiones de estado, y el
Gabinete será responsable ante él.
Artículo 4:
El Emperador llevará adelante solamente los actos en cuestiones de estado tal como
están previstos en esta Constitución y no tendrá poderes relativos al gobierno. 2) El
Emperador podrá delegar el cumplimiento de sus actos en cuestiones de estado tal como
sea previsto por ley.
Artículo 8:
Ninguna propiedad podrá ser dada a, o recibida por, la Casa Imperial, ni se le podrán
hacer ningún tipo de obsequios, sin la autorización de la Dieta.
Artículo 9:
Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el
pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y
a la amenaza o al uso de la fuerza como medios de resolución de las disputas
internacionales. 2) En orden a cumplimentar el espíritu del párrafo precedente, nunca
serán mantenidas fuerzas de tierra, mar y aire, así como otros potenciales de guerra. No
será reconocido el derecho de beligerancia del estado.
Artículo 88:
Toda propiedad de la Casa Imperial pertenecerá al estado. Todos los gastos de la Casa
Imperial serán determinados por la Dieta en el presupuesto.
Traducción: Luis César Bou

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