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Moira Rogers

Moira Rogers La compañera de Wilder Sabuesos 1

La compañera de Wilder

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Moira Rogers La compañera de Wilder Sabuesos 1 oira rogers ~1~ m

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1 Sabuesos

Moira Rogers La compañera de Wilder Sabuesos 1 la compañera de wilder 1 Sabuesos ~2~

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Argumento

Wilder es un “sabueso”, creado por el Gremio de cazadores, y su misión en la vida es la de matar a los vampiros que habitan en la frontera de Estados Unidos.

Sus capacidades sobrehumanas vienen con un precio muy alto: En la luna llena, es capaz de salvajismo más extremo, mientras que la luna nueva trae un apetito sexual que raya en la locura.

La misión actual le trae al rescate de un inventor de armas secuestrado por vampiros, aunque con una complicación añadida mantener las manos fuera de su joven compañera de viaje es una dulce tortura.

Satira, que la única constante en su vida ha sido el inventor de armas que la trata como a una hija, no va a confiar en Wilder con la vida de Nathaniel, no cuando el Gremio podría decidir que su viejo amigo no vale la pena ser salvado. Además, si hay una cosa que ha aprendido en la vida es que el cerebro es más importante que la fuerza bruta.

A medida que la búsqueda se extiende, mucho más de lo previsto, Wilder se encuentra luchando contra el tiempo. Si Satira todavía está a su alrededor, cuando la luna nueva venga, nada lo detendrá de reclamarla. Si su pasión libera la bestia interior, nadie estará a salvo. Ni siquiera el hombre que está luchando por salvar.

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Capítulo 1

A estas alturas Satira debería haber estado sobre un caballo y a mitad de camino

en la puesta de sol si el ascensor del laboratorio no se hubiera estropeado.

El vapor de una tubería rota se elevaba desde debajo de la cabina del ascensor, calentando las paredes de metal hasta que el sudor le cubrió la piel y los mechones se le rizaron salvajemente. El horno que alimentaba el ascensor quemaría el combustible antes de que anocheciera, pero eso no la ayudaba ahora. No con el aumento de la temperatura y el nuevo sabueso a menos de una hora.

Al menos tenía su cinturón de herramientas. Satira hizo palanca en el último rincón libre del panel que cubría los controles del ascensor y lo envió al suelo ruidosamente. El suelo estaba lo suficientemente caliente como para ser incómodo, incluso a través de las gruesas suelas de sus botas. Se clavó los dientes en el labio inferior y miró la maraña de cables de cobre, deseando haber prestado más atención la última vez que Nathaniel trató de enseñarle cómo funcionaba su ascensor.

Hay más vida que las armas, mi niña. ¿Cuántas veces había dicho esas palabras, su suave voz vieja reprendiendo y amable al mismo tiempo? Nathaniel no estaba contento con la vida como inventor del Gremio. Quería llevar las comodidades modernas a las llanuras salvajes, como si la gente que se atrevía a vivir a lo largo de la frontera tuviera tiempo para preocuparse de coches a vapor y máquinas voladoras cuando los vampiros robaban toda la noche.

Podría no importarles, pero a Nathaniel sí. Se preocupaba mucho sobre casi todo el maldito mundo, y hacía que fuera muy difícil no preocuparse también. Especialmente cuando movió a un lado la mayor parte de los conductores y encontró un diagrama diminuto, grabado por la mano precisa de Nathaniel.

Una frase saltó. Puertas presurizadas. Satira siguió el diagrama de vuelta a la bobina que mantenía las puertas cerradas mientras el ascensor estaba en movimiento. Un poco más de trabajo con su destornillador reveló una palanca pequeña, y le susurró su agradecimiento a su siempre organizado mentor mientras accionaba el interruptor.

Con la presión liberada, las puertas respondieron a la fuente situada entre ellas y se abrieron, dejando entrar una bienvenida ráfaga de aire frío. Satira inhaló una

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bocanada profunda y agradecida, a continuación soltó una maldición cuando se dio cuenta de que las puertas se habían abierto con el ascensor atrapado entre dos pisos.

Peor, estaba mirando un par caro y delicado de zapatillas de raso de tacón.

—Oh, maldita sea.

Ophelia era demasiado señora para arrodillarse, pero se dobló por la cintura, mechones de su largo cabello rubio se derramaron sobre sus hombros.

—Seguramente no estás haciendo lo que creo que estás haciendo, Satira.

El piso estaba justo debajo del nivel de los ojos. Satira recogió la alforja que había llenado de armas y municiones y la levantó, los brazos tensos por el considerable peso.

—¿Me puedes ayudar con esto?

Su amiga tomó la bolsa.

—No voy a devolvértela.

—Ophelia. —Satira se metió el destornillador en el cinturón y levantó el pie, balanceándose precariamente en la barandilla baja del interior de la cabina del ascensor—. ¿Me ayudarás a salir por lo menos? El suelo se está calentando a causa del vapor.

—Razón de más para limitarse a las escaleras, ¿no?

Ophelia nunca había considerado las invenciones de Nathaniel particularmente fiables. Tal vez sus preocupaciones tenían mérito si una tubería rota podía provocar tanto terror. Satira se agarró al borde del suelo y luchó por levantarse sin tocar las paredes demasiado calientes.

—La próxima vez seguro que lo haré. Por favor, ¿Ophelia?

No fue la mano suave de su amiga la que se agachó y se apoderó de ella. Fue una mano fuerte, curtida y dura, seguida de una voz aún más dura.

—Usted debe ser la pequeña de Nate.

Maldita sea. El sabueso llegaba pronto.

La arrastró hasta el piso como si no pesara nada, maniobrando hábilmente su cuerpo para que no se golpeara la cabeza o se raspara la piel con el metal caliente. Después de dejarla en el suelo, dio un paso atrás y la estudió con ojos entrecerrados.

—¿Por qué está vestida como un chico?

Si hubiera tenido algo de orgullo femenino, se habría marchitado bajo esa mirada evaluadora. Él era oscuro y amenazante, un hombre grande envuelto en el salvajismo de un sabueso. Algunos ocultaban bien sus otras naturalezas, pero éste Satira le

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miró a los ojos, y una bestia le devolvió la mirada.

No era un hombre con el que jugar, lo que hizo que la respuesta que salió fuera imprudente.

—¿Por qué está vestido como un hombre?

Pero él sólo levantó una ceja en un arco lento.

—No vamos a engañar a nadie con ese atuendo. Tiene tetas.

Ophelia ahogó un ruido que tenía que ser una risa, por lo que Satira cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su traidora amiga.

—Me podrías haber advertido que había llegado.

—No lo pediste exactamente, ¿verdad?

No, no lo había hecho, no es que pedirlo hubiera hecho algún bien. Ophelia se complacería por la llegada del único hombre que podría suponer el fin del desesperado plan de Satira, si ella le dejaba.

No lo haría. No podía. Cuadrando los hombros, se encontró con la mirada del hombre de nuevo.

—¿Está aquí para ir tras Nathaniel?

Por alguna razón, la esquina de su boca se torció.

—Déjeme adivinar. ¿Quiere venir conmigo?

El lamentable bastardo se estaba riendo de ella. El orgullo le convirtió la espalda en acero mientras dejaba caer los brazos. Que le mirara los pechos hasta que sus ojos se le cayeran.

—Sí. Sé más acerca de las armas de Nathaniel que cualquier otra persona viva. Y puedo usar cada una de ellas.

—Eso creo. —Asintió con la cabeza rápidamente, sólo un poco, casi como si el gesto hubiera sido destinado sólo para sí mismo—. Haga lo que le diga cuando lo diga. ¿Entiende?

Había esperado más discusión. Bravatas, tal vez, o que le dijera que se pusiera un vestido y que se mordiera la lengua. Un error fatal, porque significaba que todavía lo consideraba como un hombre. Sabía que no debía atribuir motivos masculinos a un sabueso.

Acceder a obedecer las órdenes de uno de forma implícita era otro error, pero uno no tan fácilmente evitable. Transcurrieron unos segundos tensos mientras escuchaba la sangre latiendo en sus oídos y se preguntaba si era lo suficientemente fuerte para cruzar esa línea, para desencadenar ese instinto salvaje que la pondría completamente a merced de una bestia.

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Tal vez no, si no le debiera todo a Nathaniel. Por el hombre que la había criado arriesgaría toda su vida.

—Lo que diga, cuando lo diga.

Él la miraba como si pudiera leer sus pensamientos. Por un momento pensó que todavía podría decir que no, pero él le tendió la mano una vez más.

—Mi nombre es Wilder.

Ophelia los miraba con las cejas levantadas y una incredulidad que seguramente se rompería en cualquier momento. Antes de que su amiga pudiera protestar, Satira agarró la mano del sabueso, cualquier timidez sobre la aspereza de sus manos por el trabajo fue tragada por el firme apretón de sus dedos callosos.

—Satira —susurró—. Soy aprendiz de Nathaniel.

Wilder la soltó.

—Sé quién eres. Tienes diez minutos para recoger todo lo que necesites, o me voy sin ti. —Se quitó el sombrero ante Ophelia mientras se giraba—. Señora.

Ella se lo quedó mirando.

—Te deja ir con él.

No había tiempo. Satira cerró los dedos alrededor de la muñeca de Ophelia y la arrastró hacia la ancha escalera que conducía al segundo piso y a su suite.

—Porque voy a ser útil. Nathaniel es famoso. Tristemente célebre. Tenemos las mejores herramientas para luchar contra los vampiros.

—Ese hombre es la mejor herramienta para luchar contra los vampiros —argumentó ella—. No estarás de vuelta antes de la luna nueva. ¿Tienes alguna idea de lo que eso significa, Tira?

Satira tropezó con el primer escalón, pero recuperó el equilibrio agarrándose con una mano a la barandilla.

—Viví bajo el techo de un sabueso. Levi podría haber sido viejo… —La tensión del pasado la atrapó por un momento, la barrió en una ola de dolor, pero se forzó a no caer. Levi había sido viejo, para un sabueso. Su muerte fue triste, pero no inesperada.

—Sé lo de las lunas llenas y las lunas nuevas. No soy tonta.

—Entonces, ¿qué vas a hacer cuando empiece a follar tu pierna?

—¡Ophelia!

Su amiga lanzó un bufido.

—Es una pregunta perfectamente válida.

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Alcanzaron el rellano, pero no había tiempo para detenerse y discutir la cuestión. Wilder se iría sin ella, y la misión que había recibido del Gremio tenía que ser evitar que su nueva tecnología cayera en manos de vampiros. Ella era la única persona que realmente necesitaba a Nathaniel vivo.

Giró hacia sus habitaciones, arrastrando a Ophelia detrás de ella.

—No soy virgen y no soy puritana. Me he acostado con sabuesos antes.

—No durante la luna nueva. —Ophelia tiró de la mano de Satira, obligándola a detenerse—. Ten cuidado, eso es todo lo que digo.

Los ojos azules de su amiga no contenían nada excepto preocupación desesperada y demasiada experiencia para su corta edad.

Ophelia nunca fingía que la vida como prostituta fuera cualquier cosa menos peligrosa, una profesión poco atractiva con la que ganabas las monedas suficientes para hacerte una vida por ti misma, si podías soportarlo.

La madre de Satira lo había soportado. Lo bastante para atraer la mirada de un sabueso que se había acostado con ella cada luna nueva, más regular que cualquier reloj. La bestia que tenían dentro convertía a los hombres en monstruos con la luna llena, pero un tipo diferente de barbarie salía a la luz cuando la luna caía en la oscuridad. El hambre sexual. Una necesidad animal.

Ophelia sabría la respuesta a la única pregunta que Satira se atrevió a hacerle.

—¿Es violento? —Desde luego que no.

Imposible imaginar a Levi poniendo una mano violenta encima a su madre. Y sin embargo

—No, no exactamente. No como… —Ophelia se mordió el labio—. Las demandas físicas son casi lo de menos. ¿Entiendes lo que quiero decir?

El calor llenó sus mejillas al recordar al último sabueso que la había llevado a la cama. Un joven arrogante, nuevo en su poder y lleno de sí mismo y vida. Todavía había tenido un borde, una intensidad que se expresaba con miradas oscuras y juegos. La manejó con dominio y control hasta que estuvo dispuesta a llorar por el placer del alivio.

Sus rodillas no habían funcionado bien durante días y él había sido poco más que un niño. El hombre que esperaba abajo era todo lo contrario.

—Y-Yo creo que sí.

Espero que sí.

—Supongo que ya lo veremos. —Cuando estuvieran lo suficientemente lejos de la ciudad, simplemente se lo preguntaría. No era como si él se hubiera mostrado

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deseoso de reducir el lenguaje soez en su presencia. Si permitir a un hombre guapo entre sus muslos era la única manera de salvar al hombre que la había criado, lo consideraría un precio justo.

Incluso podría disfrutar de él. Si eso la convertía en una puta como su madre u Ophelia, su mejor amiga Bueno, la habían llamado cosas peores.

Por lo menos no la podrían llamar cobarde.

*

cosas peores. Por lo menos no la podrían llamar cobarde. * * La chica salió corriendo

*

La chica salió corriendo de la casa de Nate con dos bolsas y una mirada de prisa en su rostro. Le había llevado más tiempo del que le había asignado, y se habría marchado si no hubiera elegido y preparado ya una montura para ella.

Hizo un gesto con la cabeza hacia el caballo.

—He ensillado uno para ti. ¿Qué es todo eso?

El rosa manchó sus mejillas pálidas.

—Las cosas que necesito para mantenerme viva contra un vampiro.

—Dejarás lisiado a tu caballo antes de que encontremos a Nate y no importará —sentenció—. No lo cargues mucho.

Ella apretó la mandíbula pero no se acobardó, sólo le dio la espalda para mirar sus bolsas mientras murmuraba algo que probablemente tenía la intención de que fuera demasiado bajo como para que él lo oyera.

—No todos llevamos veinte kilos de músculo y siete de ego.

Él no estaba dispuesto a dejarla salirse con la suya.

—Es por eso que tienes que hacer lo que te digo. Todo depende de mí y mis músculos para mantenerte viva. Toda esa mierda moderna de la bolsa no va a hacer el trabajo.

—Así que tú eres uno de esos sabuesos. —De las palabras goteaba desaprobación, pero arrastró una bolsa, la abrió y empezó a descartar cosas. Uno o dos artículos que sujetó al ancho cinturón que le rodeaba las caderas.

—¿No estás interesado en nada de lo que tenemos?

—¿Qué? —Las palabras lo sorprendieron, porque se había estado preguntando cómo demonios había esperado ella que alguien la mirara y viera a un chico sólo porque se había puesto un par de pantalones—. ¿Las armas, quieres decir?

El orgullo llenó sus ojos mientras sacaba una pesada arma de la bolsa, sopesándola con las dos manos.

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—Nathaniel es lo mejor que hay. He traído esto para mostrártelo, pero si no lo quieres…

Se veía como un rifle de disparo automático, el enorme cilindro de la recámara con balas de vidrio que brillaban intensamente, incluso al sol de la tarde. Wilder llevó su caballo más cerca de ella y cogió el arma de fuego.

—¿Qué hay en las balas?

Ella la elevó más alto y se le formó un ceño entre las cejas cuando él la cogió con una mano.

—Un compuesto químico. Hay dos cámaras, y los productos químicos se mezclan cuando el cristal se rompe para crear una explosión de luz concentrada. Si golpeas a un vampiro en el lugar correcto, lo eliminará.

—¿Qué lugar es el correcto?

—La cabeza. Tal vez el cuello o los intestinos. El pecho, si el corazón ya está al descubierto.

Él asintió con la cabeza y le ofreció una sonrisa.

—Está bien. Esta mierda moderna puede mantenerte viva.

Ella balanceó las bolsas para colgarlas sobre el lomo del caballo y una pequeña mano cayó sobre la pistola enfundada en su cadera, los dedos la rozaron por un instante antes de montar a su caballo.

—La mía es una versión modificada de seis tiros, pero la munición funciona de la misma manera y soy buena tiradora. No estaba pensando conseguir que me mataran.

Él estaba empezando a verlo y le hizo sentir como un imbécil por suponer que ella no podía cuidar de sí misma.

—Lo siento.

La sorpresa hizo que ella abriera los ojos verdes de par en par, como si no pudiera creer las palabras que habían cruzado sus labios. Apretó los dedos alrededor de las riendas y asintió.

—Nate y Levi me enseñaron. Levi no era tierno con los sentimientos de nadie, sobre todo si pensaba que la adulación podía poner a alguien en peligro, así que soy bastante consciente de mis limitaciones físicas.

Desde donde él estaba sentado, no parecía que tuviera ninguna.

—No tienes que estar en desventaja cuando se trata de la lucha. Más grande significa generalmente más lento. Úsalo.

—Nathaniel siempre me dijo que usara mi cabeza. —Guió el caballo hacia

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adelante, montaba como si fuera una segunda naturaleza—. Haré lo que digas cuando se trate de una pelea. Sólo quiero traerlo a casa.

—Entonces, podríamos tener una oportunidad. —Le dio un golpecito al caballo y se dirigió a las afueras del pueblo—. ¿De dónde eres? Nate nunca me lo dijo.

Algo de eso la hizo reír.

—Por supuesto que no. He vivido en esta ciudad toda mi vida.

—Una chica local, ¿eh?

—Algo por el estilo. ¿Cómo conoces a Nathaniel? Sé que los sabuesos vienen a visitarlo a veces, pero no creo haberte visto.

Nathaniel fue una de las primeras personas que había conocido cuando empezó a cazar.

—Levi me entrenó. Antes, cuando aún vivía en el norte. Hace casi once años. —El número vino tan rápido que tenía que haber estado grabado en su memoria.

—Levi fue cariñoso con mi madre. Fuimos a vivir con él no mucho tiempo después de su llegada.

Solo había una mujer a la que Levi hubiera valorado lo suficiente para mantenerla cerca.

—¿Ada era tu madre?

Satira se tensó tan rápidamente que su caballo se retorció inquieto antes de que apretara las manos sobre las riendas.

—Sí.

Otra cosa que Nate nunca había mencionado.

—Levi hablaba de ella a veces. Él —Él la había amado, tanto como era capaz—. Sí, estaba encariñado con ella.

—Sí, lo estaba. —Su voz contenía tensión y pérdida—. No tenía que habernos acogido. No tenía que haberme dado un hogar cuando ella murió.

El viejo no había hablado a menudo de cosas como los sentimientos.

—Eras familia.

Sus labios temblaban.

—Era la chica de Ada, y tan bienvenida todos los días como una piedra en su zapato.

Levi no había sido un hombre particularmente cálido, pero era brutalmente práctico.

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—Puede no haber entregado palabras bonitas y abrazos, pero proveyó para ti. Con un hombre así, es lo mismo.

—Nunca le vio mucho uso a las palabras bonitas y a los abrazos. —Una breve vacilación y Wilder captó el rápido latido de su corazón, acelerado y lo bastante nervioso como para desmentir su expresión tranquila—. Si me has traído contigo con la intención de tener un cuerpo caliente durante la luna nueva, no estoy dispuesta.

Wilder apretó la mandíbula. Ella no tenía muy buena opinión de él si pensaba que tenía previsto tomarse ese tipo de libertad sin pedir permiso.

—Necesito algo más que un “no dispuesta” para calentar mi sangre, chica. —Sonrió porque sabía que la haría ruborizarse—. Me gustan las mujeres entusiastas.

El rosa coloreó sus mejillas, pero sus ojos brillaban con un desafío testarudo.

—Es un milagro que encuentres alguna, a menos que te preocupes de no hablar con ellas primero.

—Es curioso —murmuró—. Nunca he tenido problemas, discusión o no.

—Estaba equivocada. Once kilos de ego, me compadezco de tu pobre caballo.

Wilder se echó a reír.

—Está acostumbrado a mis insufribles gilipolleces.

—Supongo que tendrá que estarlo. ¿Crees que serás capaz de rescatar a Nathaniel y regresar antes de la luna nueva, entonces?

A pesar de su tono ligero, lo estaba mirando con un interés inconfundible. Tal vez sus preguntas acerca de la fase de la luna tenían menos que ver con su mala opinión sobre él y más con su propia curiosidad.

—Si no, haré los arreglos necesarios —le respondió.

—Ya veo. —Se frotó la palma de una mano contra sus pantalones polvorientos, un gesto nervioso que hizo juego con la rapidez con que apartó la mirada de él y la dirigió a la oreja de su caballo—. Nunca he cruzado la frontera antes. Nathaniel me llevó a las Tierras Muertas un par de veces cuando era más joven

—¿Pero no después de que… floreciste? —Fue la manera más amable que se le ocurrió para referirse a sus considerables curvas.

Parecía como si Satira quisiera cruzar los brazos sobre el pecho de nuevo, pero se encogió de hombros.

—Dijo que no era un buen lugar para una mujer joven.

Wilder había visto a las mujeres compradas y vendidas allí, como prostitutas o como comida, y bastantes de ellas no habían estado muy dispuestas a participar en

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las transacciones.

—Tenía razón.

—Lo sé. Haré lo que tenga que hacer, como cualquiera.

Habría escapado, sin compañía. Lo había planeado. Saberlo hizo que Wilder tensara los dedos enguantados alrededor de las riendas del caballo.

—Recuerda lo que acordaste, cariño. Lo que diga, cuando lo diga.

—Lo recuerdo. —Y sonó malhumorada también.

El sol de la tarde doraba su piel pálida y la ligera brisa agitaba las hebras de oro que se curvaban alrededor de su cara. Se quemaría sin una gorra o sombrero, pero algo le dijo que no le gustaría que lo señalara.

Salieron de la ciudad antes de que dijera algo más, mirándolo fijamente con las cejas levantadas.

—El plan no es caminar durante todo el camino, ¿verdad? Soy capaz de manejar una dura cabalgada.

Palabras importantes, unas que había tenido la intención de que le hicieran pensar a Wilder en follar. Sudor, piel desnuda y el agarre delicioso y húmedo de un coño ansioso alrededor de su polla.

—Espero que sea cierto, cariño.

Urgió su caballo a galopar sin girarse o esperar a ver si ella podía mantener el ritmo. Si ella quería jugar sucio, él podía hacerlo.

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Capítulo 2

Wilder no mantuvo el galope mucho tiempo, pero los empujó con tanta fuerza

que Satira supo que su farol había sido registrado.

No es que no fuera una jinete decente. Levi se había asegurado de que pudiera montar un caballo y mantenerse en la silla sin importar lo difícil que fuera el viaje, pero no estaba acostumbrada a ello.

Cuando se detuvieron para acampar, no fue en una ciudad donde pudiera disfrutar del lujo de un baño caliente…

Satira pensó que podría ser una bendición si moría en el acto. Casi mejor que enfrentarse a la humillación de tratar de desmontar y acabar en el suelo.

—¿Problemas? —Wilder se deslizó de su caballo con una facilidad envidiable.

—No. —Mentirosa. Acarició el cuello de su caballo y reunió cada parte de testaruda voluntad que poseía, todo lo que la mantenía entera.

Luego pasó la pierna sobre el lomo del caballo y casi gritó.

Él la atrapó antes de que sus pies tocaran el suelo.

—No sabes admitir cuándo has tenido suficiente, ¿verdad, pequeña?

Si hubiera pensado que podía sostenerse por sí misma, habría impulsado su talón contra sus pelotas.

—No me llames así. No soy una niña.

El sonido que salió de los labios masculinos era mitad risa, mitad gemido.

—Lo sé. Estás frotando tu culo contra mí.

Sus muslos doloridos habían proporcionado una distracción adecuada de sus posiciones relativas, hasta que él le llamó la atención sobre ello y el poder absoluto que residía en él. Manos fuertes extendidas sobre su caja torácica que la sostenían sin esfuerzo. Movió un pie, tratando de llegar al suelo y dejó escapar un ruido frustrado cuando él la sostuvo.

Era cálido. Y duro. Duro por todas partes y se volvía más duro por segundos

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donde sus caderas chocaban contra su culo.

—Parece que te gustan mucho nuestras respectivas posiciones.

—Estoy respirando, ¿no?

—Hasta ahora. —La amenaza carecía de calor, ella no quería que la bajara.

Wilder se echó a reír y la ayudó a bajar con cuidado hasta que un poco de su peso descansó sobre sus pies.

—Tómatelo con calma. Lo necesitarás.

—Lo sé. —Una mujer mejor podría haberse apartado y mantener así una pizca de dignidad, pero su cuerpo no estaba interesado en el estado de su orgullo. Pocos hombres decentes estaban dispuestos a ser capturados retozando con la hija de una notoria prostituta, y pocos hombres indecentes habrían estado dispuestos a desafiar la ira de Levi, no cuando podrían pagar unas cuantas monedas por follar sin complicaciones con una mujer mucho más experimentada.

No, su cama había estado fría durante mucho tiempo. Su vida había sido fría desde la última vez que un sabueso llegó a la ciudad y se acostó con ella con el entusiasmo de cualquier criatura salvaje. Tal vez había desarrollado un gusto por los hombres salvajes e inapropiados. Eso explicaría su locura actual.

—¿Lista?

Si decía que no, podría seguir sosteniéndola. Si decía que no, parecería una tonta.

—Sí.

Wilder la soltó, aunque dejó sus manos, que se deslizaron por su caja torácica hasta las caderas.

—¿Te sostienes en pie? —preguntó, su voz baja era ronca.

Suficiente era suficiente.

—Es difícil ponerme de pie contigo agarrándome por las caderas como si estuvieras preparado para llevarme a un tipo diferente de cabalgada.

—Mis disculpas. —Sonó de todo menos arrepentido cuando apartó las manos.

La pérdida de su toque dolió más que su cuerpo dolorido, y fue sólo entonces que se dio cuenta de que el sexo no la guiaba. Sería una distracción agradable, sin duda, pero la sujeción caliente de su cuerpo había sido algo totalmente distinto: la prueba de que no estaba sola.

Apretó los dedos alrededor de la silla y tragó saliva.

—Debería atender a mi caballo.

Él la agarró del brazo.

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—¿Estás bien, Satira?

La debilidad era inaceptable. ¿Cuántas veces la había empujado Levi hasta el borde de las lágrimas y suspirado con decepción? Los sabuesos eran fuertes. Inquebrantables. Para ganarse el respeto de Wilder, tenía que convencerle de que lo era.

—Simplemente estoy cansada. Ha sido un día difícil y estoy preocupada por Nathaniel.

La expresión de Wilder era imposible de leer a la luz menguante.

—No has respondido a la pregunta, sólo parecen un montón de razones por las que no deberías estar bien.

—Supongo que lo he hecho. —Se apartó, tratando de soltarse de su agarre antes de derrumbarse y aferrarse a él como una loca desesperada—. Te estaría muy agradecida si pudieras ayudarme con mi bolsa. Puedo admitir que no estoy preparada para manejarla por el momento.

Wilder la soltó con un corto asentimiento.

—Yo me encargo de todo.

Por supuesto que lo haría. Los sabuesos siempre lo hacían.

Ella trató de ayudarlo, pero ni siquiera manteniéndose ocupada podía ocultar su miseria. Finalmente, después de ver su lucha durante demasiado tiempo, Wilder la sentó sobre un tronco caído al lado del fuego que había preparado.

—Espera aquí. Tengo algo para ti.

Su fachada impetuosa se rompió en una mueca de dolor mientras se abrazaba las rodillas.

—Mañana estaré más fuerte.

—Shhh. —Una excavación rápida en una de las alforjas arrojó el paquete envuelto en papel que buscaba—. Pondré un poco de agua en la tetera y te haré este té. Ayudará.

—Gracias. —Descansó la barbilla sobre los brazos y lo miró, esa curiosidad natural llenó sus ojos de nuevo—. No te pareces mucho a Levi.

Y no lo había esperado. Wilder se mordió la lengua mientras colocaba la tela y llenaba la tetera con agua de su mochila.

—¿Quieres decir porque no tengo cien años y no soy tan malo como una serpiente de cascabel?

Satira curvó la comisura de su boca.

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—Él llamaría a lo que estás haciendo en este momento mimarme. Tampoco pensaría mucho en ello.

—Hay una diferencia entre mimar a alguien y tener un poco de compasión —argumentó—. Además, si no te recuperas, no podremos cabalgar mañana por la mañana.

—Podrías enviarme de vuelta a casa. Eso es lo que Levi haría.

—Creí que habíamos establecido que no soy Levi.

Ella inclinó la cabeza, provocando que mechones de pelo rubio cayeran sobre su mejilla quemada por el sol.

—¿Por qué me dejas ir contigo?

Ella seguía mirándolo como si medio esperara que la abandonara por el camino.

—Porque Nate es mucho más importante para ti que para mí —respondió con honestidad—. Si alguna vez desaparezco, ése es quién quiero que me busque. Alguien a quien le importe.

—Ya veo. Y lo hago. Que me importa, me refiero. —Cerró los ojos—. No me queda mucha gente, solo Nathaniel y Ophelia. Ahora que Levi se ha ido, la casa y todas sus cosas le pertenecerán a cualquier sabueso que lo reemplace. Y puede que sea alguien que no quiera que una chica atienda sus armas.

Él no podía discutir eso, aunque quisiera.

—¿A dónde irás?

Ella no respondió. No directamente.

—Estoy en casa de Nathaniel. A dondequiera que vaya, me llevará con él.

Si Nathaniel volvía a casa.

—Es justo.

El silencio duró veinte segundos antes de que a ella se le ocurriera una nueva pregunta.

—Yo asumí, pero no pregunté. ¿Vamos a las Tierras Muertas? No tengo ni idea de lo lejos que están a caballo. Nathaniel siempre tomó el tren en la medida que pudo, a pesar de que nos alejaba del camino.

—Estaremos allí mañana por la tarde.

—¿Tienes contactos allí?

Todo buen sabueso los tenía.

—Conozco gente.

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Ella asintió con la cabeza hacia sus bolsas.

—He traído unos cuantos souvenirs para comerciar. Sabía que tendría que comprar información de alguna manera.

Las baratijas no comprarían mucho en las Tierras Muertas.

—Podrías haber terminado teniendo que ofrecer tu cuello a un vampiro. Tienes mucha suerte de que llegara yo.

—Tal vez. —Sus ojos verdes se volvieron duros. Viejos—. Lo habría hecho si hubiera tenido que hacerlo. Todavía lo haré. No tengo mucho que perder.

Él se congeló.

—Bien, frena ese comportamiento irresponsable de mierda, porque me gusta la vida y quiero seguir viviendo.

Ella le sostuvo la mirada durante un segundo antes de mirar al suelo otra vez.

—No estaba siendo irresponsable porque quisiera o porque no conozca nada mejor. No soy una niña tonta. Soy una desesperada. Levi murió a causa de alguna horrible complicación de la luna llena y nadie me lo explica, y Nathaniel podría estar sufriendo o muriendo. Si se tratara de mí, él sabría cómo salvarme. Encontraría un modo.

Así que nadie le había dicho la verdad.

—¿Quieres saber qué le sucedió a Levi?

Ella levantó la cabeza.

—Por supuesto que sí.

Wilder vertió agua caliente de la tetera en una taza de lata y dejó caer el té.

—¿Cuándo murió tu madre?

—Hace unos cuatro años. —Vaciló—. Levi era más amable antes de eso. O por lo menos más paciente conmigo. Creo que le dolía verme.

—Tal vez. —Le entregó la taza—. Es importante que entiendas algo. Si tu madre murió hace cuatro años, también lo hizo Levi, a su manera.

Ella curvó los dedos alrededor de la lata golpeada y tomó un sorbo con cuidado. Arrugó la nariz ante el gusto, pero cerró los ojos con fuerza y ​​volvió a beber.

—Levi estaba encariñado con ella —dijo después de un momento—. Nunca fue más. Perderla le dolió, pero no podría haberlo matado.

—Ella era su compañera, Satira, y no la dejó ir, ni siquiera cuando murió. Eso es lo que le mató.

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La confusión le hizo fruncir el ceño y juntar las cejas.

—No lo entiendo. Mi madre fue a la casa como su ama de llaves, ya que iba contra las reglas —comprensión—. Oh. ¿Es por eso que va contra las reglas?

Una pregunta indecisa, vacilante e insegura.

Ella era tan descarada en algunos aspectos y tan inocente en otros.

—La mayoría de los sabuesos no se alejan, ni siquiera después de la muerte de una compañera. La pérdida puede matarlos rápidamente o volverlos locos, pero el trabajo está hecho. Se unen a su mujer muy pronto.

—Ya veo. Pero, ¿cómo… —Sus mejillas eran de color rosa por el resplandor del sol, pero su repentino rubor iluminó toda su cara—. Esas son preguntas personales. No debería estar haciéndolas.

—Haz lo que quieras. Sin embargo, te contaría lo que quisieras saber. —Mejor para sus ojos estar incómodamente abiertos.

Ella frunció los labios mientras ladeaba la cabeza.

—No es sólo sexo. —Ella parecía segura de eso—. Pero decir que es amor parece más… bueno, poco probable, para ser honesta. El sexo, por lo menos, podría tener una explicación biológica.

—Se trata de —Wilder buscó la palabra correcta—. Necesidad, creo yo.

Ella se mordió el labio inferior y miró hacia la taza.

—Ya veo. Gracias por la explicación.

Su expresión era de pérdida y soledad.

—¿Nate nunca te lo dijo?

—Eso hubiera requerido hablar de sexo. —Terminó el resto de su té de un trago—. Fingíamos que no sabía por qué tenía que salir a hurtadillas algunas noches para visitar a la viuda agradable del otro lado del pueblo.

—¿Y qué hay de tus propios visitantes?

Ella se estremeció, y fue difícil saber si se trataba de una respuesta al viento fresco de la noche o a su pregunta.

—Nunca fueron mis visitantes. Los sabuesos venían a visitar a Levi y a Nathaniel a menudo. Algunos eran amables. Levi fingió no notarlos y Nathaniel nunca hablaba de ello.

Una cosa peligrosa para pensar, que ella podría haber disfrutado de esos retozos. Eso podría haberla llevado a preguntarle si estarían juntos durante la luna nueva.

—¿Y tú?

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—¿Y yo qué?

—Los sabuesos. ¿Sabías dónde buscarlos o fueron convenientes?

—Las dos cosas. —Ella lo miró con ojos cautelosos—. ¿Te molesta? ¿Preferirías que abriera los ojos de par en par y estuviera a punto de desmayarme ante la visión de un hombre desnudo?

El mismo pensamiento le hizo reír.

—No. Eso excita a algunas mujeres, eso es todo. Me lo preguntaba.

—Por qué… —Cerró la boca, pero se estremeció como si se supusiera un gran esfuerzo evitar que las palabras salieran a borbotones. Unos segundos más tarde, la presa estalló—. ¿Es tan diferente, entonces? Quiero decir, ¿los hombres humanos hacen las cosas de manera diferente?

—A veces. —Wilder se encogió de hombros. No estaba dispuesto a decirle todo lo que sus amantes le habían contado, porque entonces querría saber dónde lo había oído.

—Interesante. —La mirada de ella se detuvo en ese rostro durante un segundo antes de bajar por su cuerpo, una curiosidad especulativa le llenaba los ojos—. Creo que debería acostarme.

Pisa con cuidado, muchacho.

—Es el té. Te provoca sueño.

La diversión chispeó en esos ojos mientras se ponía lentamente en pie.

—Descansa tranquilo, sabueso. No tengo ninguna intención de meterme en tu saco de dormir como un cachorro perdido.

—Bien. —Él le sonrió—. Muerdo.

Ella se quedó sin aliento, ya fuera por su sonrisa o sus palabras. Se giró demasiado rápido, se tambaleó, luego recuperó el equilibrio y se trasladó a la pequeña manta áspera que él había extendido al lado opuesto del fuego.

Ella se estremeció con el aire de la noche. Wilder se dijo que estaba mirando por su comodidad, y no por su propia curiosidad carnal, cuando se acurrucó detrás de ella.

—Hace demasiado frío para dormir solo.

—No muerdas —murmuró ella dormida, pero se acurrucó contra él con un suspiro de satisfacción.

—Los sabuesos tienen una temperatura corporal varios grados más caliente que la de los seres humanos, ya lo sabes.

—Tal vez a las mujeres que te persiguen simplemente no les gusta una cama fría.

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Wilder se alegró de que no pudiera ver su sonrisa.

—Tal vez.

—Mmm. Deberías contarme el plan para mañana.

—¿El plan? En primer lugar tenemos que conseguirte un disfraz. —Si cualquier persona involucrada con la desaparición de Nate la reconocía, nunca llegarían a las Tierras Muertas.

—Si tenemos que hacerlo. —Era evidente que estaba demasiado cansada como para preocuparse por lo que podría significar—. Ya se me ocurrirá algo mañana.

—Conozco a alguien que puede ayudar. Ahora duerme.

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Capítulo 3

Llegaron al asentamiento al borde de la frontera poco después del mediodía, y

Wilder los llevó directamente a una casa de putas.

No es que se anunciara como tal. No, el edificio parecía lo suficientemente aburrido en el exterior, como para ser un hotel destartalado que había empezado a vender licor para llenar su sala común todas las noches. Las pistas estaban en las cosas pequeñas, como la forma en que el daño y las pobres reparaciones eran meramente estéticas y una mirada más de cerca revelaba que debajo de los tableros erosionados había muros recios que protegían del calor y del frío. Era un truco para ocultar la riqueza con la miseria, una habilidad que las madames de la frontera habían elevado a la altura de arte. La pintura vieja, las señales torcidas, las tablas tambaleantes, comprensible ya que no era prudente que las mujeres parecieran demasiado prósperas en estos tiempos.

La mayoría de la gente no se daría cuenta de las señales sutiles de un burdel. Por otra parte, la mayoría de la gente no había crecido en uno.

Satira desmontó, luchando por ocultar una mueca de dolor cuando tuvo los pies en tierra firme. El malestar era mejor y peor hoy, mejor porque por lo menos podía moverse un poco, pero moverse sin duda dolía más que estar sentada y quieta. Subrepticiamente estiró las piernas y casi sonrió al pensar en lo que Levi le diría ahora, su voz ronca exasperada más allá de medida. Si no puedes marcharte, no te levantes para empezar.

Wilder, por supuesto, parecía estar perfectamente bien. Aplastó la oleada irracional de envidia mientras ataba el caballo al lado del suyo.

—¿Uno de tus contactos trabaja aquí? —supuso que no era inconcebible. Su propia madre no hablaba de esas cosas, pero si había que creer a Ophelia, las putas oían más secretos que cualquier predicador.

Él le dirigió una media sonrisa enloquecedora que ya empezaba a reconocer.

—Se podría decir que sí.

La puerta principal se abrió de golpe y Satira se estremeció ante el ruido, ya que

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rebotó contra la pared. Salió una mujer voluptuosa, las botas hicieron crujir el porche mientras se llevaba al hombro una escopeta y les miraba.

Era salvaje. Indomable. Unos tirabuzones se asentaban sobre su cabeza, sostenidos en su lugar por quién sabía qué tipo de alquimia. Parecía lo bastante mayor para ser la madre de Satira, pero el cuerpo que mostraba con el corsé bajo tenía curvas, del tipo de las que los hombres nunca parecían capaces de apartar sus ojos.

Su mirada sagaz y evaluadora se detuvo sobre Satira, demasiado tiempo para su comodidad. Luego cambió su atención a Wilder con una risa gutural.

—Wilder, cariño, ¿dónde te has escondido? Las chicas han estado llorando sobre sus almohadas todas las noches, sin duda pensando que te habías olvidado de nosotras.

—Juliet, el día que me olvide de ti será el día en que me echen a la tierra. —Se quitó el sombrero y le ofreció a la mujer una reverencia juguetona—. He venido a pedirte un favor.

Una sonrisa sin lugar a dudas cariñosa curvó los labios pintados de la mujer, y Satira sintió los primeros indicios de una emoción extraña, casi ajena.

Celos.

Luchó por mantener su expresión educadamente en blanco, pero Juliet entrecerró esos ojos demasiado agudos. Afortunadamente, no hizo ningún comentario sobre lo que podría haber captado y se limitó a asentir.

—¿Por qué no traes a esa pobre chica adentro? Parece como si le fuera a gustar sentarse un rato sobre algo que no se esté moviendo.

Juliet se giró y se retiró al interior, Satira echó un vistazo a Wilder.

—¿Es seguro dejar nuestras cosas aquí?

Él se encogió de hombros.

—Lo bastante seguro. Si estás preocupada, puedo llevar tus bolsas.

Combinados incorrectamente, algunos de los contenidos de la bolsa podían desencadenar una violenta explosión que podría nivelar una buena parte de este asentamiento. Después de pensarlo un momento, abrió una de las mochilas y rebuscó entre los contenidos hasta que encontró su juego envuelto en unas enaguas. Cada producto químico estaba sellado de forma segura en un recipiente casi irrompible, pero eso no evitaría que un humano curioso abriera las tapas y provocara una catástrofe.

—Esto debería estar conmigo.

Wilder arqueó una ceja.

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—¿Qué demonios es?

Se pasó la estrecha correa de cuero de la pequeña bolsa acolchada sobre la cabeza.

—Tú podrás ser capaz de abrirte camino luchando entre una horda de vampiros, pero yo planeaba matarlos de una manera un poco más indirecta, si es posible.

—No vamos a volar la casa de Juliet, ¿verdad?

Como si estuviera lo bastante loca o suicida para montar con la bolsa detrás de ella si fuera susceptible de explotar en cualquier momento.

—No, a menos que alguien me quite la bolsa, abra todo lo de dentro y empiece a combinar los productos químicos al azar.

—Quiero decir a propósito. —Una vez más, esa sonrisa malvada—. No has visto lo que tengo planeado para ti.

Las piezas cayeron en su lugar un momento demasiado tarde. Una casa de putas. Un favor.

Un disfraz.

Juliet gritó desde el interior del burdel.

—Wilder, te dije que trajeras a esa chica dentro.

Satira se estremeció.

—Creo que podría odiarte un poco.

—No, cariño. Sólo desearías hacerlo.

Una mujer les salió al encuentro junto a la puerta.

—Wilder Smith, ¿cómo supe que…? —Se detuvo en seco cuando vio a Satira—. Hola.

Era hermosa. Unos perfectos rizos morenos apartados de un rostro en forma de corazón para enmarcar un elegante cuello. Juliet podría estar ocultando su riqueza en el exterior, pero estaba claro que no escatimaba en gastos con las chicas si el corte y la calidad del corsé y la falda de la morena indicaban algo.

Satira fue dolorosamente consciente de su propia apariencia, la nariz quemada por el sol, el cabello despeinado y las ropas polvorientas y mal ajustadas que había usado durante más de un día. Se sintió como una niña tonta cuando desvió la mirada.

—Hola.

La mujer le tendió la mano con una sonrisa amistosa.

—Soy Polly.

—Satira. —Su propia mano estaba sucia y estaba lejos de ser elegante, marcada

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por las quemaduras químicas, con las uñas astilladas, incluso Ophelia había renunciado a tratar de mantenerlas pulcras. Estrechó la mano de Polly con cautela y deseó que Wilder estuviera lejos, muy lejos antes de que su toma de conciencia sobre él se convirtiera en locura insensata. Por lo menos aún podía recordar sus modales—. Es un placer conocerte.

Polly lanzó una mirada de reojo a Wilder.

—Seguramente no has traído a la niña aquí sólo para escandalizarla, hombre terrible.

—Al contrario. Tengo el permiso de tu jefa y planeo usarlo.

—¿Qué tienes en mente?

Wilder deslizó la mano por la espalda de Satira para jugar con su pelo. El cuerpo de ella reaccionó con vergonzosa velocidad, un escalofrío la reclamó mientras esos dedos se entrelazaban entre los mechones que caían contra la sensible nuca.

Las puntas de los dedos le rozaron la garganta, y sus pezones se tensaron con los primeros susurros de verdadera excitación, tan inoportunos que apenas escuchó el resto de sus palabras.

—Un disfraz. Nos dirigimos a las Tierras Muertas.

La prostituta abrió los ojos de par en par.

—Ella tiene un cuello bastante bonito para ese tipo de destino.

—Ten un poco de fe en mí, Polly Ann.

Ésta puso los ojos en blanco.

—Ven conmigo, Satira. Si has estado viajando con este canalla, sin duda querrás descansar.

Satira se apartó de la mano de Wilder, aplastando la pequeña sacudida de la pérdida bajo la bota con su brutal práctica.

—Te lo agradecería.

—Sé que lo harías, cariño. —La mujer la condujo por el pasillo hasta las escaleras—. ¿Alguna vez imaginaste tener otro color de pelo?

Se odiaba por preguntárselo, aunque fuera por un momento, si Wilder prefería a sus mujeres con el pelo oscuro.

—No en particular. Aunque imagino que sería un disfraz útil.

—Es por eso que pregunté. —Se detuvo fuera de un conjunto cerrado de puertas dobles y miró a Satira—. Serías una bonita pelirroja. Nada estridente, como Juliet, sino algo más oscuro.

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Su cabello nunca había sido lo suficientemente importante como para mostrarse reacia a ello.

—Voy a confiar en tu juicio.

—Mmm. —Polly le tocó la barbilla—. Y la ropa…

Sólo había dos tipos de mujeres humanas en las Tierras Muertas: aquellas cuyo tiempo se alquilaba y aquellas que eran propiedad pura y simple. Una mujer libre que pusiera un pie en la frontera estaba pidiendo convertirse en la segunda.

—Creo que podría matarlo mientras duerme.

—Apuesto a que no serás la primera mujer en intentarlo. —Polly se giró y abrió las puertas dobles—. Aunque creo que tengo una idea que podría poner al señor Harding en su lugar.

—Qué idea… oh. —Se quedó boquiabierta cuando cruzó el umbral y entró en la habitación más gloriosa que jamás había visto.

El calor irradiaba de la pared del fondo, donde una brillante hilera de bidones debían contener suficiente agua caliente para que todas las personas del asentamiento tomaran un baño. Elegantes tuberías de cobre que se habían adaptado al diseño de la habitación, enmarcaban espejos grandes y hermosos, donde colgaban a lo largo de la pared antes de curvarse para alimentar tres amplias bañeras.

Unas plantas crecían en macetas de cobre en las esquinas de la habitación, con flores salvajes y exóticas, que se reflejaban y multiplicaban en más espejos plateados. Parecía un pequeño trozo de paraíso en medio de una tierra dura y estéril, y su fascinación duró dos segundos antes de que su mente comenzara a desentrañar los enigmas. El que había diseñado la habitación había sido brillante y había dirigido ese agudo intelecto hacia la fabricación de un lugar hermoso y cómodo para las mujeres que necesitaban un poco de paz en sus difíciles vidas.

Todo lo que ella había construido con sus conocimientos eran armas.

—Esto es es hermoso.

—El hijo de Juliet lo diseñó. —Polly abrió un armario y sacó una túnica de algodón blanco—. Ha vuelto al este, está estudiando con algún inventor de Nueva York.

Como debería ser. El más pequeño tirón de envidia se revolvió, pero reprimirlo se había convertido en hábito. El mejor aprendizaje que una niña podía esperar era el que ella tuvo, informal e indulgente.

—Juliet tiene que estar orgullosa. Debe tener mucho éxito.

—Va a volverte sorda cuando le preguntes por él. —Polly hizo un gesto hacia una de las bañeras—. ¿Necesitas ayuda con los grifos? Algunas de las chicas nunca han

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visto grifos de agua caliente y fría antes, pero supongo que no eres una de ellas.

Satira casi se había olvidado la promesa de un baño.

—No, puedo arreglármelas. —Aceptó la túnica y fue al suave banco de madera, se sentó con cautela mientras sus músculos maltratados protestaban—. Espero.

—Parece que Wilder te ha hecho cabalgar muy duro.

Si tan sólo fuera un poco más inocente, las palabras no habrían provocado ese fuego en sus mejillas. Si tan solo hubiera alguna manera de convencerse a sí misma que no quería cabalgar a Wilder hasta que sus rodillas cedieran, hasta que él tomara el control y usara toda esa fuerza sobrenatural y salvaje instinto animal para follarla hasta dejarla sin sentido.

Murmuró una negación convincente y volvió su atención a sus botas, demasiado avergonzada para mirar a Polly a los ojos. Tenía que haber algo aberrante en una chica a la que le gustaban las bestias en vez de los hombres decentes, pero al menos ofrecía una tranquilidad reconfortante que Wilder no fuera nada especial, incluso si su ego no estaba de acuerdo.

Polly dudó al lado del banco.

—Lo siento, ¿quieres que me vaya o que me quede para charlar? Lo confieso, no estoy muy segura de qué podría preferir una mujer de la sociedad educada.

Era la primera vez en su vida que alguien la había confundido con algo de ese tipo y burbujeó una risa sobresaltada.

—Yo tampoco puedo decir qué prefieren. No me importa hablar en absoluto, pero no conozco a Wilder tan bien como tú. Lo conocí ayer. Estoy un poco… —Se calló sin poder hacer nada, sin querer decir la palabra que parecía encajar. Tonta.

Polly sonrió.

—¿Atónita?

—Sí. —Satira dejó caer la bota y curvó los dedos del pie con un suspiro—. Necesito un disfraz que nos haga más fácil mezclarnos con los vampiros y sus representantes, sin que parezcamos sospechosos.

—Por supuesto. Vais a las Tierras Muertas.

—¿Tienes alguna idea?

—Sí, diría que sí. —Un toque de sonrisa se dibujó en sus labios—. Hay pocas opciones. Lo mejor, creo yo, es que te vistas y actúes como si hubieras contratado a Wilder para que te escolte a la frontera en busca de un mecenas vampiro.

Fue imposible evitar el horror en su rostro.

—¿La gente hace eso?

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—Oh, sí. Más de lo que cabría esperar, la verdad.

Tal vez la influencia de Levi le había inculcado prejuicios que nunca superaría, porque el pensamiento la ponía enferma. Bastante difícil había sido pensar que podría tener que ofrecer su cuello para salvar a Nathaniel, pero era imposible imaginarse hacerlo de buena gana. Regularmente.

—Creo que soy más ingenua de lo que imaginaba.

Polly se encogió de hombros.

—Se necesita todo tipo de personas para componer el mundo. Hay quienes estarían igualmente disgustados por la idea de aceptar a alguien como Wilder en la cama.

Había un montón de ellos. A menudo había oído los insultos lanzados contra su madre.

—El mentor de Wilder llevó a mi madre a su casa como su compañera de la luna nueva. He pasado la mayor parte de mi vida en torno a los sabuesos. Es posible que no se comporten como hombres, pero están entrenados para protegernos. Luchan y mueren por nosotros. No es lo mismo.

—No para ti —respondió Polly con otro encogimiento de hombros—. Pero tal vez para otros sí. En cualquier caso, será el disfraz perfecto.

Satira se aflojó la otra bota y las puso a un lado.

—Entonces imagino que tenemos mucho trabajo por delante.

—Eso depende de qué tipo de actriz seas.

Nunca había tenido ocasión para descubrirlo.

—Creo que debemos asumir que lo haré lo mejor que pueda, pero podríamos no querer depender demasiado de mi capacidad de sortear las mentiras bajo presión.

Polly sonrió ampliamente y comenzó a reunir artículos de cosmética en el tocador.

—Entonces diremos que no hablas ni una palabra de inglés, así que todo lo que tienes que hacer es parecer confusa. ¿De dónde quieres ser?

Satira dejó su equipo sobre el banco y se acercó a una de las bañeras, deslizó una mano por el borde de latón reluciente antes de alcanzar el grifo del agua caliente.

—Puedo hablar unas pocas palabras de alemán, si ayuda. No muchas… por favor, gracias y lo que supongo que son unas cuantas maldiciones descorteses. Nathaniel siempre las utilizaba cuando se le caía algo delicado o se aplastaba el pulgar con un martillo, en cualquier caso.

—Prusia es una zona devastada por la guerra —reflexionó Polly—. Funcionará.

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—Si tú lo dices. —El agua caliente fluyó sin problemas del grifo, y Satira perdió el interés en cualquier otra cosa más que en la promesa de la inmersión de su cuerpo sucio y dolorido en un lujoso baño caliente.

Polly continuó hablando, charlando sobre vestidos y corsés y una docena de otras trivialidades que, probablemente, serían muy importantes más adelante.

Ahora no. No mientras Satira se quitaba la ropa cubierta de polvo y se metía en un pedazo de paraíso más mágico que cualquier arma que jamás hubiera arreglado.

Tal vez podría permanecer en la bañera para siempre. Olvidar el mundo, donde tenía que salvar a Nathaniel, donde su futuro dependía de un hombre atrapado a merced de un vampiro. Sin su mentor, ella quedaría libre.

Abandonada. Podría esbozar una vida fea y brutal tratando de vender sus habilidades a los hombres que la desacreditarían, o sufrir una vida aún peor vendiendo su cuerpo. Ni siquiera tenía la belleza y las habilidades necesarias para aspirar a la clase de Ophelia.

Una prostituta común. Como su madre.

A menos que Wilder…

No. Satira obligó al pensamiento a alejarse. Tales fantasías debilitarían su determinación. Su desesperación era una herramienta para ser utilizada, una que podría mezclarse con su testarudez y su ingenio, lo mismo que cualquiera de los productos químicos de su equipo. Ella se había convertirse en un arma y la soltaría sobre cualquiera que se interpusiera entre ella y su meta.

Incluso sobre Wilder Harding.

*

entre ella y su meta. Incluso sobre Wilder Harding. * * Las mujeres habían estado arriba

*

Las mujeres habían estado arriba durante casi una hora, y Wilder no tenía idea de cuánto tiempo más tendría que esperar.

—Juliet, ¿qué diablos está haciendo Polly ahí arriba?

Juliet levantó una jarra de cristal que se había demostrado llena del más fino whisky y volvió a llenar su vaso.

—Creo que está soñando con maneras de torturarte con corsés de corte bajo y un bonito cuello todo desnudo para morderlo.

El pensamiento provocó que le hormigueara la piel y sus pantalones se apretaran.

—Polly lo haría, ¿verdad? Perniciosa muchacha.

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—Mmm. —Juliet deslizó el vaso sobre la barra, unió las cejas mientras lo observaba—. Espero que sepas a qué tipo de juego estás jugando, al aventurarte en las Tierras Muertas con una corderita perdida y mirarla como un lobo que no puede esperar a hincarle el diente. Tal vez deberías subir las escaleras y montar a alguien a quien puedas manejar.

Y Satira sabría exactamente dónde estaba y qué estaba haciendo.

—No tengo tiempo, Juliet. Sin embargo, volveré antes de la luna nueva. Ten a una de las chicas preparada para mí entonces.

A Juliet la diversión le arrugó las comisuras de los ojos.

—¿Sólo una? Debes estar frenando.

—Envejeciendo, tal vez —reconoció.

—¿Es eso? —Juliet se sirvió un whisky y le estudió, sus agudos ojos veían demasiado—. Llevas luchando mucho tiempo, de una manera u otra. No hay modo de deshacer lo que te hicieron para convertirte en sabueso, pero siempre puedes sentar la cabeza.

—¿Como Levi? —resopló—. No, gracias. No le haría eso a una mujer.

—Yo no he dicho que tengas que repetir los errores de Levi. —Tomó un sorbo de la bebida y ladeó la cabeza—. Aunque me parece que esa chica te dejaría. ¿Ya le has explicado la dura realidad? Tiene los ojos más abiertos que he visto nunca tan cerca de la frontera.

—No es tan ingenua como parece. —Sin embargo, la culpa le apuñaló.

—Es la hija, ¿no? ¿La chica de Ada? La última vez que Levi vino fue hace seis meses. Me preguntó si necesitaba a alguien para revisar las calderas y todos los pequeños lujos que Anthony nos construyó antes de irse a Nueva York. No pensé mucho en ello en aquel momento, pero después de que me enteré que había muerto

Por supuesto que él había hecho los arreglos para ella. No los abrazos y palabras cálidas que Satira parecían esperar, pero exactamente lo que Levi veía como cuidar de ella. Una opción que no incluía terminar en la cuneta o vendiéndose por las calles.

Una irreconocible opresión en el pecho se le alivió y Wilder exhaló lentamente.

—Bueno, eso es bueno. Me alegro.

Juliet dejó escapar un suspiro.

—Claro que sí, cariño. Si no estás follando a esa chica por la luna llena, me sorprendería mucho. Ya tiene los dedos alrededor de tus pelotas.

Él casi se ahogó con el whisky.

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—Jesucristo, Juliet.

—Buen momento para convertirte en un mojigato. Si no quieres repetir los errores de Levi, déjala aquí con nosotras. Cuidaremos de ella.

Realmente se sintió tentado, pero…

—No la conoces. No se quedará. Si me marcho sin ella, actuará por su cuenta.

Pareció como si Juliet quisiera discutir, pero resonaron unos pasos suaves detrás de él y ella apartó la mirada. Un momento después abrió los ojos como platos.

—Oh, Dios te salve.

Bueno, mierda. Polly había vestido a Satira con raso carmesí. La falda a capas se balanceaba de manera atractiva mientras caminaba, pero Wilder no podía apartar la vista del corsé y del modo en que se amoldaba a sus pechos.

Y esos pechos eran perfectos, llenos, pálidos y casi se derramaban por la parte superior del corpiño. Con el más diminuto de los estímulos un hombre podría tener ese peso de terciopelo en sus manos. Unas pocas caricias suaves y cuidadosas y sus pezones se pondrían duros. Preparados para la boca de un hombre.

Satira carraspeó. En voz alta.

—Si no recuerdo mal, notar que tenía tetas fue casi la primera maldita cosa que me dijiste, por lo que me cuesta imaginar que no hayas notado que estaban ahí.

No hay nada como la verdad para desequilibrar a alguien.

—Bueno, cariño. Hay tetas y hay tetas.

Juliet se rió con ganas.

—Eso es un hombre viendo algo que desea, cariño. Mejor que te acostumbres a la expresión, si te diriges a las Tierras Muertas.

Satira apoyó las manos en las caderas y se las arregló para parecer recatada.

—Mi madre siempre me dijo que no hay nada halagador en el deseo de un hombre, ya que posee un suministro ilimitado.

—Así es, cariño. —Mejor si ella no tomaba su admiración demasiado personalmente.

Parecía que no podía decidir si sentirse aliviada o decepcionada. Se acarició las faldas con un gesto cohibido y apartó la mirada.

—Espero que alquilemos un carruaje.

—No puedes montar a caballo con ese atuendo. —De todos modos no parecía una prostituta. Parecía…

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—¿Cuál es la historia que habéis cocinado? ¿Vas camino de una sanguijuela? ¿Un consorte?

El color le oscureció las mejillas.

—A Polly se le ocurrió lo mejor. Dudo que sea una actriz superdotada, pero ella pensó que podía fingir no hablar mucho inglés. O cualquier otro idioma, la verdad. Nunca, nunca he sido hábil mintiendo.

—Bueno, yo soy muy bueno en ello. Tú quédate ahí con aspecto bonito y yo charlaré.

Juliet rodeó la barra y miró a Satira de arriba y abajo.

—Lo harás, hija. Wilder, haré que el mozo vaya a buscar tus bolsas y transfiera tus pertenencias a algo más apropiado para una dama adinerada. Puede llevarlas a la estación de diligencias mientras te aseguras el pasaje.

—Gracias, Juliet.

—Te lo debía. Iros, los dos.

Wilder le tendió el brazo a Satira.

—¿Señora?

Ella dudó antes de curvar los dedos alrededor de su brazo, claramente insegura.

—Nadie espera que actúe como una dama, ¿verdad?

—Cariño, no sabrán a qué atenerse. —Le dio unas palmaditas en la mano y trató de explicar—. Por todo lo que saben, podrías haberte vuelto rica la semana pasada y no tendrían ni idea de cómo actuar, o bien podrías ser de la realeza europea y no importarles. De cualquier manera, todo irá bien, incluso si la cagas.

Satira asintió y se dejó llevar por los escalones que crujían.

—Me siento estúpida —admitió en voz baja tan pronto como la puerta se cerró detrás de ellos—. Parezco estúpida.

Era la última palabra que a Wilder le venía a la mente mientras la miraba. De hecho, las palabras no le venían a la mente.

—Estás bien. Deja de mortificarte.

Ella torció la boca en una sonrisa irónica.

—Estos no son los activos que planeaba utilizar en mi audaz rescate.

Wilder le dirigió una sonrisa lasciva y miró a su escote.

—Si me preguntas a mí, deberías utilizar esos abundantes activos con más frecuencia.

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Ella puso los ojos en blanco, a pesar de que parecía haber superado la necesidad de ruborizarse.

—Esperemos que los hombres que queremos distraer se muestren tan prendados como tú.

—No hay hombre vivo o muerto que no lo haga, Satira. Puedo prometértelo.

Un tiro de caballos y una calesa pasaron traqueteando, levantando polvo mientras Wilder la guiaba lejos del burdel. La estación de diligencias estaba situada al final de la calle, un edificio elegante con diligencias a vapor de aspecto extraño alineadas junto a él.

Satira se animó a medida que se acercaban, apretó los dedos sobre el brazo de Wilder con emoción.

—La de la derecha es el nuevo modelo. Lo sé por las ruedas más anchas. Ayudan a adaptarse a los amortiguadores.

—Si tú lo dices, cariño. —Asintió con la cabeza al cochero y ayudó a subir a Satira los escalones alfombrados—. Lo único que sé es que se supone que estas cosas proporcionan una cabalgada tremendamente suave.

—Cómo te las arreglas para hacer que todo suene obsce… oh.

El exterior era feo y sencillo, pero el interior era de un lujo ostentoso. Profundos bancos densamente acolchados se alineaban a cada lado, tan largos que Satira podría haberse tendido en uno. Todo era brillante y dorado mucho más allá de los límites del buen gusto, y Satira parecía haberse quedado sin palabras.

—Esto es…

—¿Pretencioso?

Brotó una risa pero ella se clavó los dientes en el labio inferior.

—¿Supongo que esperaré aquí mientras nos aseguras un billete?

—Sólo llevará un minuto. —Wilder se inclinó contra el borde de la puerta y apartó una borla de seda de su cara con un soplido—. ¿Tienes algún nombre que quieras que les dé? ¿Algo impresionante?

Ella se dejó caer en uno de los asientos y sacudió la cabeza.

—Inventa algo. Apuesto a que sabes lo que funciona.

—Tengo una idea. —Algo que limitaría las preguntas, pero generaría un montón de chismes que les precederían.

—Entonces voy a confiar en tu buen juicio. En esto. —Su mirada cayó a su vestido—. Podría indicar que mi juicio se ha vuelto cuestionable.

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Sólo una cosa la pondría de nuevo en cómodo equilibrio, una irritación clara y sincera.

—¿Quién necesita buen juicio cuando tienes esas tetas? —Entonces, silbando, se dirigió a la ventanilla.

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Capítulo 4

Iba a clavarle una estaca a Wilder Harding mientras dormía.

Habían esperado una hora en el carruaje antes de que el conductor les dijera que eran los únicos pasajeros. Entonces se había subido al extraño recinto que contenía los controles y dejó a Satira atrapada en una jaula absurdamente dorada con el hombre más ordinario y enervante que había conocido en su vida.

Y si él hacía un sólo comentario más sobre sus pechos, iba a

¿Qué? ¿Golpearle? Oh, ella quería fingir que tenía violencia en la cabeza, pero unos nervios demasiado tensos la habían llevado más allá de la estabilidad mental. Perder su frágil autodominio podría acabar desembocando en actos más carnales que violentos.

Aquel autodominio llegó a nuevas marcas cuando miró por la ventana y se encontró que la mirada de él estaba fija en la piel desnuda expuesta por su corsé. Qué injusto que la atención le provocara calor y anhelo, cuando él había dejado tan claro que su apreciación significaba tanto como la admiración masculina por una mesa elegante o un licor caro. Ella era un lindo objeto para ser usado y dejado de lado. No había nada halagador en aquello.

Nada personal en ello, sin importar cómo la soledad y su propia atracción inadecuada podían hacerla fingir otra cosa. El enfado consigo misma hizo que su voz sonara afilada.

—¿Ayudaría a nuestra situación si me desnudara y te dejara mirar? ¿Satisfaría eso tu curiosidad?

Durante un momento pareció como si Wilder se hubiera espantado, pero se recuperó rápidamente.

—Si la necesidad te corroe, corazón, adelante por favor.

Tal vez él pensara que era demasiado cobarde. Demasiado modesta. Ella era demasiado práctica, así que debió ser la locura lo que la obligó a forzar la mano. Levantó la barbilla, le miró a los ojos (un desafío peligroso para un sabueso) y deliberadamente empujó los tensos bordes del corsé para juntarlos, lo suficiente para

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que el primer gancho se soltara.

Él no se movió, sino que la observó cuidadosamente.

—¿Te apetece jugar con fuego, Satira?

Sí. Su capacidad para auto-engañarse debía de ser ilimitada, porque incluso había sido capaz de racionalizar, por endeble que fuera.

—Podría ayudarte a mantener la mente en el trabajo en vez de en mis pechos. ¿O es que todavía dudas de mi entusiasmo? Ningún otro sabueso se quejó.

—¿Ah, sí? —Él meneó la cabeza y apartó la mirada—. Primero, no dudo nada sobre ti. Segundo, tengo la mente en el trabajo, así que no tienes que hacerme ningún favor especial.

Cualquier fantasía sobre que sus ropas bonitas y su lindo peinado pudieran capturar su atención se marchitó bajo su marcada falta de interés. Inspirar lujuria en un hombre por lo visto era algo bien diferente a ganar su interés, pero suponía que debería saberlo mejor que nadie.

Sus dedos temblaron cuando se abrochó cuidadosamente el corsé. Necesidad. Tres sabuesos la habían llevado a la cama y la habían dejado sin volver la vista atrás. Lo que fuera que hubiera en aquel hambre por emparejarse de los sabuesos, ella claramente no lo había heredado.

—Satira.

La humillación fue una emoción no bienvenida. La hacía poco amable. La hacía mentir.

—Probablemente no habría sido lo suficientemente entusiasta para tus gustos, en cualquier caso. No eres el tipo de hombre que prefiero.

—No lo dudo. —Sus oscuros ojos se habían enfriado, y se reclinó contra el asiento—. Pareces estar acostumbrada a un tipo de hombre diferente. Uno que no se ofendería si realmente no quisieras follarlo, pero que lo harías para que él pudiera pensar en condiciones.

Él no lo sabía.

El alivio atravesó a Satira, dejándola medio mareada. De alguna manera el idiota estaba a oscuras sobre el doloroso ansia que la retorcía de arriba abajo, y no tenía intención de lanzarle un arma capaz de devastar su orgullo.

—Estoy acostumbrada al tipo de hombre normal —dijo tensamente—. El tipo que no parece preocuparse por qué una mujer se abre de piernas con tal de que él pueda acomodarse entre ellas.

Wilder bufó.

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—Qué encantador, querida, pero no soy yo. Si una mujer no me quiere allí más de lo que quiere su siguiente aliento, el viaje no merece la pena.

Arrogante bastardo.

—¿Y eso es justo? ¿Que una mujer desee tanto a un hombre, que lo necesite, y que él no la necesite a ella? ¿Cuando él se la llevará a la cama y la dejará allí, ansiosa y sola? ¿Romperle el corazón sí vale la pena?

—No estoy hablando de esa clase de necesidad —respondió—. El sexo no tiene que ser amor eterno, pero maldita sea, es mucho mejor que haya hambre.

Ella nunca había confundido las dos cosas con anterioridad. Tal vez simplemente nunca había sabido que la mismísima capacidad de sus amantes para marcharse significaba que la habían encontrado deficiente. Qué idiota sentir la falta de algo que no había pensado posible, el fantasma del rechazo después del hecho.

Satira cruzó los brazos sobre su cuerpo como si se protegiera del desagradable giro de sus pensamientos.

—No tienes ni idea de por qué cosa siento yo hambre.

—Una verdad incuestionable. —Él giró la mirada de nuevo hacia la ventana.

Toda su calidez y afecto se habían desvanecido, dejando a un hombre duro. No, no un hombre, un sabueso que había mostrado una tolerancia innatural por ella hasta entonces. Haría bien en recordarlo, en recordar que esa tolerancia podía desvanecerse y dejarla a merced de una bestia.

O peor, su imprudencia podía poner en peligro más que su bienestar. La vida de Nathaniel estaba en manos de Wilder, y ella se había pasado el último cuarto de hora discutiendo con él. Se aclaró la garganta y fijó la mirada a sus pies, un ligero cambio en su lenguaje corporal que normalmente funcionaba con Levi.

—Lo siento si…

—No te culpo —la interrumpió, su voz acerada—. Tienes peor opinión de mí que del barro de tus botas, y me parece bien. No hay necesidad de fingir lo contrario. Pero si empiezas a hablarme como si quisieras llevarte bien conmigo para que yo no deje a Nate ahí fuera, te azotaré el trasero.

Contener la lengua jamás fue su especialidad.

—¿Eso es una amenaza o una promesa?

Su respuesta fue plana. Dura.

—Una amenaza.

El enfado y la culpa formaron un apretado nudo en su estómago mientras curvaba los dedos en el borde del asiento.

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—Eres un sabueso. Fui criada para respetar tu temperamento y sé que no siempre está bajo tu control. Haces que sea demasiado fácil que lo olvide.

—Quieres decir que te hago enfadar. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas—. Estás tan cabreada que podrías escupir.

—Sí —concordó prontamente, todavía mirando a sus piernas—. Porque me tratas como a uno de ellos. Creo que eres un maldito bastardo arrogante, pero nunca ni un momento he pensado que fueras inferior a mí.

—No, tú crees que soy un mercenario y un idiota que no razona, lo que es todavía peor.

El mal humor de ella se desató.

—Tú no razonas, si es que no puedes ver que cuando te miro a ti veo a lo único seguro que queda en mi vida. ¡No es culpa mía que seas un idiota!

Él se movió por el carruaje tan rápidamente que éste se meció. Una fuerte mano le rodeó la nuca y su aliento le sopló sobre la mejilla.

—Debería besarte ahora, mostrarte lo realmente idiota que soy.

El calor de él ardía a través de ella, dejando tras de sí necesidad. Satira presionó una mano contra su pecho, con los dedos extendidos como esperando poder contenerlo.

—Y yo seré la que te lo permita, si eres tan burro sobre las mujeres que te crees que no te deseo.

—Eres del tipo quisquilloso. Difícil de comprender.

Tan fuerte. Tan cerca. Satira cerró los ojos y restregó su mejilla contra la suya, aunque su ligera barba le rozara la piel.

—Me siento sola.

Y simplemente así, su toque se suavizó.

—Shh, estás bien. A salvo.

—Sé un idiota —susurró—. Bésame.

Los dedos de él se tensaron durante un mero segundo, pero entonces la soltó y se retiró a su propio asiento en el carruaje.

—Esa sería una maldita mala idea y lo sabes.

La calidez de su mano permanecía en su piel, pero el resto de ella estaba frío. Doliendo, aunque sabía que él tenía razón.

—Entonces sólo uno de nosotros ha probado ser una idiota.

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—Eres demasiado dura contigo misma.

Palabras simples, pero la hicieron sentir incómoda.

—No puedo permitirme mis propios errores cuando pueden costarle la vida a Nathaniel.

Sus ojos se ensombrecieron.

—¿Volvemos a eso? ¿No confías en mí a menos que me des lo que quiero?

—No —dijo Satira rápidamente, sin permitirse considerar el cambio sutil de enfoque. Lo que yo quiero—. No, simplemente quiero decir que quiero ayudar. Necesito ayudar, así que no puedo cometer errores.

Wilder se volvió hacia la ventana una vez más.

—Todo el mundo comete errores. Convencerte de que eres diferente no va a ayudar a nadie.

—Supongo que no. —Dejó caer las manos para alisarse la tela de sus faldas y cerró los ojos—. ¿Qué haremos cuando lleguemos a la frontera?

—Si he jugado bien mis cartas, alguien vendrá a por nosotros.

—¿Alguien que nos llevará a donde sea que están reteniendo a Nathaniel?

Wilder tensó la mandíbula, como anticipando la pelea que estaba por llegar.

—Alguien que nos llevará donde alguien importante. Ahí es por donde empezaremos. Si también resulta ser el que tiene prisionero a Nate, mucho mejor.

Era un tipo listo. Habilidoso. Por primera vez comprendió lo raro que era que alguien tan valioso hubiera sido enviado a una misión de rescate. Su disposición para arriesgar su propia vida por Nathaniel tenía sentido. Tal vez la de él también, si habían forjado amistad durante su entrenamiento.

Pero los sabuesos no eran dueños de sí mismos y el Gremio tenía mejores usos para ellos que misiones de rescate que podían salvar a un único hombre, sin importar lo brillante que dicho hombre fuera.

—¿Es a esto a lo que te dedicas? ¿A salvar a gente que ha sido secuestrada y llevada a las Tierras Muertas?

—Yo resuelvo problemas —respondió simplemente—. Sin importar dónde se encuentren.

—Y Nathaniel —Era casi una traición incluso dar a entender que no valía la pena rescatarlo, pero era él quien le había enseñado a asumir que el Gremio siempre buscaba sus propios intereses—. ¿Es porque es bueno en su trabajo? ¿O por el proyecto secreto que guardaba bajo llave donde yo no pudiera verlo?

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Wilder le echó un vistazo, sólo un poquito demasiado afilado.

—¿Qué clase de proyecto?

Ella sólo lo había divisado dentro de su habitación de trabajo privada una sola vez, un accidente que Nathaniel había sido cuidadoso de que no se repitiera. La curiosidad podría haberla llevado a curiosear una vez, o dos, pero cuando su mentor quería asegurar una sala, conocía modos de hacerlo.

—No estoy segura. Pensé que era uno de sus proyectos personales.

Él la miró, su mirada era intensa.

—¿Qué sabes? Podría ser importante, Satira.

—Nada —repitió, el pavor desatándose en su interior—. Pero estoy empezando a sospechar que sabes más de lo que has dicho.

—Todo lo que sé es que Nate estaba trabajando en algo grande. Algo importante para el Gremio.

Por lo visto también para los vampiros. La muerte de Levi durante la última luna nueva les había dado la oportunidad perfecta. Un ataque bien planeado, aprovechando la oscuridad

—¿Y por eso me dejaron en paz? ¿Porque fueron sólo a por Nate?

Sus manos se cerraron en puños.

—No lo sé.

Satira se rodeó el cuerpo con sus brazos, y se esforzó por no temblar.

—Él se las apañó para activar nuestra alarma antes de que se lo llevaran. Yo todavía estaba medio dormida cuando llegaron a mi cuarto, pero ya había —la culpa casi la ahogó—. Tengo una habitación segura. Levi me enseñó a cerrarme dentro si alguien atacaba. Tal vez no valía la pena forzar la entrada una vez tuvieron a quien habían ido a buscar.

La voz de Wilder bajó hasta volverse ronca y tensa.

—Eso significa que entraron con un objetivo muy específico. Tenían una tarea que completar.

—Y la completaron. —Cerró los ojos y soltó un aliento lento y cuidadoso, desesperada por dominar sus nervios—. Así que lo más probable es que esté vivo, ¿no?

—Eso es lo que parece pensar el Gremio.

Mirarlo esa vez fue más difícil, pero se obligó a hacerlo. Para reasegurar lo que había visto en él y las conclusiones a las que había llegado. Había sido fácil creer que

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el Gremio no malgastaría un activo competente en rescatar a un hombre solitario que probablemente ya estaba muerto. Pero con un proyecto importante en la cuerda floja oh, sí. Enviarían a su mejor hombre.

Tal vez era el momento de asumir que Wilder tal vez se merecía algo de su ego.

—Entonces te debo una disculpa. Asumí ciertas cosas sobre tu cualificación como rescatador.

Y Wilder se echó a reír.

—Sí. Sí, lo hiciste.

Satira apretó los labios y entrecerró los ojos.

—Yo no he sido la única.

Él reconoció la verdad de sus palabras con un pequeño asentimiento de cabeza.

—Así que ahora estamos en paz, ¿no?

Tan en paz como podían estar sin mencionar lo muy cerca que habían estado de besarse. O que ella había dormido en sus brazos la noche anterior, a salvo y caliente y más en paz de lo que había estado en semanas.

—Creo que sí.

De nuevo, él asintió, esa vez como si sus palabras acabaran con el asunto.

—Entonces podemos continuar con lo que hay que hacerse.

Salvar a Nathaniel. Por primera vez desde que se lo habían llevado, Satira creyó de verdad que tal vez lo lograrían.

Llegaron a la frontera justo después del anochecer y la calle principal del desordenado asentamiento brillaba con las lámparas y linternas que colgaban de las ventanas. Más de la mitad eran rojas, aunque nada indicara si anunciaban sexo en venta

O sangre.

Wilder saltó del carruaje y le tendió una mano a Satira.

—Sé a qué hotel deberíamos ir. Yo hablaré, tú sólo quédate ahí y parece molesta si tardo mucho tiempo.

Ella deslizó su mano en la suya y bajó, todavía un poco insegura sobre los zapatos de tacón que le había dado Polly. Su mirada barrió la calle, notando los detalles de una manera lenta y metódica hasta que el primer silbido penetrante sonó en la noche.

Un pistolero sucio y drogado la miraba lasciva y apreciativamente desde el lado opuesto de la calle y Wilder estaba lo suficientemente cerca para escuchar el tono nervioso en su respiración antes de que ella tensara la mano alrededor de la suya y

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levantara la barbilla.

Él desnudó los dientes y el borracho se burló pero se retiró.

—Sigue caminando —le susurró Wilder a Satira—. No te fijes en los de su tipo, eso es trabajo mío.

Ella asintió, apenas un susurro de movimiento.

—Estoy lista.

Wilder hizo un gesto con la cabeza hacia el salón, un edifico de tres plantas que seguramente tendría habitaciones arriba para toda clase de cosas en las que ella jamás había pensado.

—¿Incluso lista para eso?

—Los hombres no harán nada más que mirarme, ¿verdad?

Sobre su cadáver.

—Imposible.

Si ella se apretaba un poco más a su costado estaría subiéndosele encima.

—Entonces puedo soportar lo que sea.

Ambos debían mantenerse calmados y con la mente fría porque lo último que ella necesitaba era verlo luchar para defenderla. Así que Wilder respiró profundamente y subió los amplios escalones hacia las puertas abatibles.

No es que cuando entraran cayera un silencio ensordecedor, pero los de las mesas más cercanas a las puertas se giraron para mirar, sobre todo a Satira. Más de unas cuantas miradas codiciosas, de hombres y mujeres, la siguieron mientras caminaban hacia la pequeña mesa cercana al bar y se sentaban.

En el espacio de tres latidos la táctica con su alias funcionó. El camarero apareció a la altura de su codo, inclinándose tan bajo que pareció obsequioso.

—Si se me permite preguntar ¿Podría ser esta hermosa flor en mi humilde establecimiento la encantadora Lady Rothschild? El anuncio de su llegada la precede. Ya muchos han dejado mensajes, requiriendo el honor de una entrevista.

Satira miró a Wilder, sus asombrados ojos hablando más alto que las palabras, diciéndole que pensaba que había perdido la cabeza.

—La dama está cansada de su viaje —le dijo al hombre toscamente—. Sólo considerará entrevistas y ofertas una vez haya descansado algo, pero le gustaría refrescarse.

El hombre cambió su atención hacia Satira, quien se las arregló para plasmar una mirada altanera en su rostro, aunque la mandíbula la tenía tan tensa que tenía

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aspecto de doler. Cuando quedó claro que no tenía intención de decir ni una palabra, el camarero volvió a mirarle a él.

—Por supuesto. Sólo lo mejor para nuestra distinguida visitante.

Wilder hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y volvió a estudiar la sala. Cuando el camarero se hubo ido, se inclinó, acercándose a Satira.

—¿Lo lograrás?

Sus labios casi ni se movieron al susurrar su respuesta.

—Estoy perfectamente ocupada planeando mi venganza.

—Captó su atención, ¿no? —La mirada que ella le dio fue digna de cualquier heredera indignada, y él puso los ojos en blanco—. Funcionó. Ahora sólo tenemos que seguir con el juego.

Ella separó los labios, miró por el bar a las docenas de ojos que los miraban fijamente con abyecta curiosidad y cerró la boca. El color le fue subiendo por el cuello y las mejillas, pero se asió a su pose distante hasta que el camarero regresó con pan, un guiso y un vino agriado que un verdadero aristócrata no habría acercado a sus labios ni a un kilómetro.

Satira ignoró a todos los demás en el salón mientras comía. Aunque su incomodidad era clara para él, dudaba de que cualquier otro lo notara. Cuando acabó su comida, él soltó unos cuantos billetes crujientes sobre la mesa y se levantó para ofrecerle el brazo.

Medio bar la observó deslizar su manos bajo el ángulo de su codo y levantarse, su espalda mantenida rígidamente recta y la barbilla en alto. Wilder obtuvo más que unas pocas miradas irritadas de hombres y un par de miraditas de mujeres cuyos ojos prometían que le harían pasar un rato mejor que cualquier estirada de sangre azul.

No era raro para los guardas y escoltas extender sus deberes al dormitorio, y muchos probablemente creían que se subiría a la cama de Satira aquella noche. Su polla se le puso dura al pensarlo, y no tuvo que fingir una expresión adusta mientras salían.

Si supieran la verdad.

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Capítulo 5

Casi había logrado llegar a la cama cuando sonó un tímido golpe en la puerta que

llevaba a la habitación contigua de Satira.

—¿Wilder?

Combatió el impulso de darse en la cara con la almohada.

—¿Sí?

Ella debía haberse tomado su respuesta como un permiso para entrar, porque la puerta se abrió poco a poco y se coló, una ligera sombra envuelta en una sábana. Las tablas del suelo crujieron mientras ella se acercaba a la cama.

—¿Te importa…?

Parecía pensar que él le gruñiría hasta que huyera gritando de la habitación.

—Vamos entra.

—No puedo dormir. —Su voz contenía algo más que un poco de vergüenza ante la confesión—. Si la gente se imagina que te acuestas conmigo, no puede dañar a nuestro disfraz si dormimos en la misma habitación ¿no?

Ahora quería darse en el regazo con la almohada.

—No puede dañar nuestro disfraz. —Solo podía hacerle daño a él si tenía que controlarse al estar con ella. La mujer agarró con fuerza la sábana en torno a sus hombros pero la gasa de pura seda color carne rozaba el suelo mientras caminaba.

Se detuvo al lado de la cama.

—Si no me quieres aquí, me iré. Lo entenderé.

—¿Sí?

—Creo que sí. —Mirando al suelo—. Los hombres tienen necesidades, pero no estás interesado en complicar tu ya difícil situación cediendo a ellas.

Si fuera un Judas…

—¿Viniste aquí por el sexo o porque dormirías mejor si no estabas sola?

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—Lo último. —Se estremeció y agarró la sábana cuando empezó a resbalar—. Sé que podrías llegar a mi habitación a tiempo si algo pasara, pero la manera en que me miraban algunos de esos hombres…

Estaba asustada y él se sintió incluso peor por su lujuria mientras daba una palmadita sobre la manta a su lado.

—Sube. No tienes ni que estar sola ni preocuparte por mí.

—Gracias. —La sábana se abrió de par en par cuando se subió a la cama, revelando aquel finísimo camisón que Juliet le había puesto en la maleta, era transparente por todas partes. Ella se estremeció y tiró de la manta hasta la barbilla.

Wilder sacudió la cabeza.

—Este trocito de nada no calienta lo suficiente.

Satira se ahogó de la risa, un poco histérica pero auténtica.

—Lo sé. Si esta noche hace más frío tendrás que echarme a patadas de tu cama para evitar que me acurruque tan cerca como pueda.

La risa era mejor que el modo en que ella lo miró antes, vacilante, precavida y casi avergonzada por su miedo.

—Si me pones encima tus pies fríos, gritaré como una niña.

Dedos helados le dieron en la pierna, él se rió y la apartó de un empujón.

Ella se retorció de inmediato y esta vez Wilder tuvo todo el pie presionando contra su rodilla. La risa femenina sin aliento se interrumpió con un pequeño gemido de placer.

—Estás tan caliente.

—No por mucho tiempo —fingió un gruñido, uno que arruinó al reír de nuevo—. Jesús, mujer. ¿Qué has estado haciendo, estar con las piernas colgando por la ventana?

Satira resopló, pero aquello no la detuvo de empujar el otro pie contra la espinilla masculina.

—Tengo los pies fríos.

—Eres un congelador con patas.

Ella le devolvió las palabras, con una puntilla de satisfacción soñolienta.

—No por mucho tiempo.

Rápido como el mordisco de una cascabel se desvaneció su escudo protector de humor, dejándolo en la cama con una mujer soñolienta y ligera de ropa cuyo cuerpo le aflojaba las rodillas.

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—Entonces será mi turno de enfriarme.

Una pequeña mano se arrastro de nuevo a través de las mantas hasta que lo acarició con los dedos.

—Yo te mantendría caliente.

Le dolían las pelotas.

—Mejor que vigiles lo que prometes, cariño. No soy un hombre noble, sin importar lo que pienses.

Satira se retorció hasta que estuvieron de cara, con los ojos bien abiertos pero sin miedo.

—Han pasado once meses desde que un hombre me llevó a la cama. No quiero nobleza.

Su primer pensamiento fue ponerla sobre sus rodillas y zurrarle. Aquello llevó directamente hacia su segundo pensamiento, una imagen mental de ella inclinada frente a él, con el pálido culo rojo por su mano, el coño brillante y húmedo.

—Satira.

Esta cerró los ojos con fuerza y se quedó quieta, su respiración ligeramente entrecortada y un latido demasiado rápido fueron los únicos sonidos durante un buen rato. Luego ella soltó un suspiro minúsculo.

—Me haces sentir tan tonta, arrojándome sobre un hombre que no quiere tenerme. Una y otra vez, y se supone que soy inteligente.

En un impulso él le bajó una de las tiras del camisón del hombro.

—Te preocupas demasiado.

—Lo sé. —Con los ojos todavía cerrados falló en darle en la boca la primera vez, su beso con la boca abierta aterrizó en la mejilla de Wilder.

Su polla se sacudió como si se la hubiera lamido y él giró la cabeza lo bastante para encontrarse con su segundo beso de frente, abriendo la boca debajo de la de ella. Se tragó el diminuto gemido femenino y por un instante pareció tímida. La lengua de Satira se lanzó a lamerle a lo largo del labio inferior y luego volvió a acariciarlo más profundo, atormentando la de él.

Wilder se movió antes de darse cuenta, rodando y clavándola a la cama.

—No soy un niño. ¿Lo sabes, no?

Con un asentimiento seco y entrecortado ella se humedeció los labios.

—Tampoco eres solo un hombre. También lo sé.

Ningún temor, y él tembló ante el pensamiento de ser capaz de soltarlo. Soltarlo

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en serio.

—No, tampoco soy un hombre.

Satira estiró la cabeza y lo besó en la barbilla, luego en la comisura de los labios.

—Disfrutaré de tus atenciones. Aunque desees atarme, ordenarme que me ponga de rodillas o ponerme sobre las tuyas.

—Shh. —Ahora mismo solo había una cosa que quisiera hacer. Deslizó una mano en su cabello y le inclinó la cabeza hacia atrás abriéndole la boca aún más para poder besarla profundamente.

Esta vez no hubo nada de silencioso en su gemido. Los dedos femeninos encontraron su nuca y se agarró a él como si pudiera atraerlo más cerca. Ella reaccionó más rápido de lo que Wilder pensaba que haría, se derritió debajo de él.

Trazó una senda con su boca desde el cuello hasta clavícula de la mujer.

—¿Y si hago otra cosa completamente distinta? ¿Te gustaría?

—No lo sabré hasta que lo hagas. —Los dedos de ella le acariciaron hombro abajo, explorando con una curiosidad sin reparos—. Me gusta la aventura y aprender nuevas cosas.

—Si lo que he planeado para ti es nuevo, te estás acostando con el hombre equivocado.

Su hombro desnudo se levantó como quitándole importancia pero su voz contenía una suave vulnerabilidad.

—Me encontraron lo suficientemente agradable para un revolcón. Tal vez no les inspiré. Después de todo ninguno de ellos me había visto con el cabello emperifollado y un vestido caro.

—Lo que digo… —Bajó la mano por el costado rozando y le subió el camisón transparente a lo alto de la pierna—. Te has estado acostando con los hombres equivocados.

Ella se rió y dobló una rodilla, deslizándole el pie a lo largo de la pantorrilla.

—Quizás. ¿Y cómo tienes la intención de probar que tú eres el hombre adecuado?

—Podría. —Le hizo cosquillas con la yema de los dedos en la parte superior del muslo—. Abre las piernas.

Sin ninguna duda. Ella se abrió para él con un sonido callado y ansioso, levantando las caderas hacia su mano.

—Y yo que estaba segura de que querrías ver primero mis pechos. Pareces muy encariñado de ellos.

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—Sé como tomarme mi tiempo.

La voz de ella cayó a un susurro.

—¿Vas a tomarme?

Wilder deslizó la mano bajo el camisón, entre sus piernas.

—¿Quieres decir si voy a follarte?

—Sí, tú… —Un jadeo y le aferró la parte posterior de la cabeza hasta que le clavó las uñas en el cuero cabelludo—. Yo no… yo no he traído nada…

Por supuesto estaba preocupada por un bebé.

—No pondré mi pene dentro de ti. —En vez de eso frotó dos dedos contra ella y gruñó ante su humedad resbaladiza.

A Satira se le entrecortó la respiración y salió como un gemido acallado, tan dulce

e inocente que convirtieron las siguientes palabras en inconcebiblemente lascivas.

—Puedes poner tu polla en cualquier lugar que quieras siempre y cuando no te corras en mi coño.

Él profundizó más deslizando un dedo dentro de ella.

—¿Y mi lengua?

—¿Dónde quieres ponerla?

Wilder sonrió.

—¿Dónde me dejarás?

Los ojos de Satira se cerraron en un revoloteo. Con un talón clavado en la cama empujó las caderas hacia arriba obligando a los dedos a ir más hondo.

—Si sigues haciendo eso, te dejaré ponerla en cualquier parte.

Se inclinó sobre ella para acercarle la boca al oído.

—¿Quieres que te folle con mis dedos mientras te torturo con la lengua?

Ella giró la cabeza tan rápido que sus frentes chocaron, lo besó, ansiosa y desesperada, y Wilder no necesitó una respuesta.

Le gustaba besarlo y él sabía que podía darse el lote con ella muy rápido. Guió la lengua de Satira dentro de su boca y empujó un segundo dedo en su interior. Húmeda como estaba, también estaba apretada, agarraba sus dedos mientras hacía ruidos bajos y satisfechos contra su boca.

Se obligó a levantar la cabeza.

—Agradable y suave ¿no?

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El gemido se convirtió en un quejido de protesta mientras lo arrastraba de vuelta.

—No seas cuidadoso conmigo. Deséame.

Y aquello era el quid de la cuestión, simple. Primitivo. Todo lo que a él le excitaba también se le ocurriría a ella porque lo que realmente necesitaba era ser necesitada.

Wilder apartó la mano de un tirón y se incorporó.

—¿Quieres saber lo que veo cuando te miro?

El salvaje cabello teñido de rojo le caía en torno al rostro en un lío alborotado mientras se incorporaba sobre los hombros, tenía un aspecto ruborizado y libertino con el camisón cayéndole del hombro y sus pechos prácticamente a la vista a través de la fina tela ceñida.

—Dime. —No era una orden sino un ruego.

Le apartó el cabello del rostro.

—Veo a una mujer preciosa que piensa que es del montón. Pero no lo eres, Satira. Eres atractiva y tu cuerpo podría derretir a un hombre en sus botas.

—No quiero derretir a un hombre —le contestó con nada más que un susurro—. Quiero derretirte a ti.

Lo había hecho desde el momento en que la había sacado a rastras del ascensor estropeado.

—Entonces bésame otra vez.

La oscuridad no podía ocultar su temblor mientras se levantaba de rodillas y le rodeaba el cuello con un brazo. El cuerpo apretado bien cerca, frotando la seda contra la desnuda piel masculina mientras lo besaba.

Él la besó hasta que la sangre le retumbó en las orejas y ella trató de agarrarse a él con ansias. Entonces la inclinó de espaldas a la cama y la distrajo con un rápido mordisco en la garganta y la atormentó con los dedos mientras se deslizaba bajando por su cuerpo.

La excitación la hizo ser descarada. Enroscó los dedos en su fino camisón y lentamente se lo subió hasta que quedó en las caderas. Wilder la animó a que abriera las piernas y se acostó en la cama entre ellas.

—Relájate.

Satira levantó las caderas, estirándose hacia él con un anhelo silencioso y él la empujó hacia la cama. Para cuando la dejara correrse, ella estaría suplicando.

—Tócate los pechos.

Los ojos de la mujer se abrieron de par en par pero obedeció haciendo que ambas

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manos acariciaran las curvas apenas ocultas por el camisón, haciendo círculos más y más cerca de los pezones ya de punta sin ni siquiera tocarlos.

Él envolvió con la mano la parte interior de su muslo y la observó.

—Tus pezones, pellízcatelos, solo un poco.

Esta vez ella se bajó un poquito más el camisón, sacándolo de un hombro hasta que la tira se enredó en el codo y nada protegía su pálida piel. Ni de su mirada ni de sus dedos. Ella jadeó cuando sus dedos se cerraron sobre el tenso pezón, luego le sostuvo la mirada.

—¿Cómo quieres que me los toque? ¿Más fuerte?

Wilder negó con la cabeza y le lamió la cadera, decidido a seducirla tanto con sus palabras como con su toque.

—Los humedeceré con la lengua.

Sin apartar la mirada de la suya, ella bajó la mano hasta que rozó con la punta de los dedos los labios masculinos. Él cerró la boca en torno a ellos, observándola mientras chupaba sus dedos con delicadeza.

A Satira le gustaba aquello, sin duda alguna. Se mordió el labio inferior pero no

pudo contener el pequeño dulce gemido de ansia. Tras un instante las caderas

femeninas se retorcieron poniendo a prueba su agarre.

Wilder la mantuvo quieta y le soltó los dedos.

—Ahora voy a ponerte la boca encima.

—Oh —Esta vez los dedos femeninos le acariciaron el cabello, enredándose en la corta longitud mientras susurraba una única y temblorosa palabra—. Por favor.

La abrió con los dedos. Ya estaba mojada, resbaladiza por la pasión y la torturó lentamente con la punta de la lengua sobre sus pliegues.

—Grita si tienes que hacerlo, no te reprimas.

—Por favor, Wilder —Su voz había enronquecido, bajado de tono y su cuerpo se movía inquieto como si no pudiera quedarse quieto—. Ha pasado tanto tiempo desde que un hombre me tocó. Esperar es una tortura. Ayúdame a correrme, por favor ayúdame

Rápido no era su estilo, no en esto, pero pasó la lengua plana sobre ella en una lamida lenta y firme.

—¿Ahora mismo?

—¡Sí! —No tanto un grito si no una exclamación de satisfacción.

Wilder gruñó, ansioso de más, así que hundió un dedo en su interior mientras

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concentraba sus atenciones en el clítoris. En unos momentos sus movimientos inquietos cambiaron, ganaron una fuerte impaciencia que creció junto con sus gemidos. Luego jadeó y su coño resbaladizo se apretó con fuerza en torno a su dedo mientras le temblaba el cuerpo.

—¿Más? —Deslizó el dedo hacia su culo, tanteando la carne tensa y apretada—. Tranquila, cariño.

Los hombros de ella se separaron de la cama y apoyada en un codo lo miró con ojos vidriosos por el placer.

—¿Quieres tenerme de esa manera?

Su polla brincó ante el pensamiento.

—Tal vez algún día, pero esta noche no.

Asintió nerviosa mientras se humedecía los labios.

—Yo yo he oído que puede ser placentero, pero nunca

—Puede haber placer en muchas cosas. —Presionó un poquito más y la punta del dedo se deslizó al interior de su culo.

Por un instante ella flotó con los labios abiertos en un gemido silencioso. Sus ojos se cerraron en un revoloteo y echó la cabeza hacia atrás.

—Quiero sentirlos todos.

—Primero tú —le prometió en voz baja—, luego yo. —Inclinó la boca hacia ella una vez más, decidido a saborear su orgasmo una y otra vez antes de permitir que lo tocara.

Satira perdió la cuenta después del tercer orgasmo.

Estaba enfebrecida. Salvaje. El placer giraba en su interior, engulléndola y zarandeándola hasta que se vio aferrada al cabezal de hierro para no salir volando.

Wilder era insaciable y perverso. El sonido de sus ruegos rotos debería haber sido increíblemente placentero porque estaba sin fuerzas y temblando antes de que él por fin apartara las manos y la boca de su cuerpo y subiera a su lado.

—¿Todo bien? —preguntó, apartándole el cabello de la frente húmeda.

¿Cómo podía ser tan tierno cuando la excitación debía ser una tortura? Satira trazó con su mano temblorosa el pecho hasta que encontró la dura longitud de su erección, caliente y lista bajo sus dedos.

—Estaré mejor cuando tú hayas sentido una fracción del placer que me has dado.

Él siseó en un aliento y empujó contra la mano femenina.

—Eres tan ansiosa.

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—Siempre fui ansiosa. —Lo soltó y balanceándose se puso de rodillas. La longitud transparente de su camisón quedó enredada en su cuerpo, atrapado en sus caderas y cayéndole desde un hombro. Sin apartar la mirada de la suya agarró la tela con los dedos y lentamente se lo quitó por la cabeza—. Tú me vuelves desvergonzada.

Él apretó los puños en las sábanas.

—¿Cómo de desvergonzada?

Tan desvergonzada que estaba tentada a arriesgarse a concebir. Tentada, pero no dispuesta a aventurarse. En vez de eso dejó caer la mano hacia el duro músculo del muslo masculino.

—¿Qué te gustaría más?

La comisura de la boca de Wilder apuntó hacia arriba.

—No intentar dormir con esta erección.

Ella frunció la nariz.

—¿Ahora eres tímido, Wilder? ¿Demasiado tímido para decirme dónde quieres mis manos o mi boca o cualquier otra parte de mí que te resulte atractiva?

—¿Quieres oír palabras picantes, eh? —Deslizó la mano subiendo por la mejilla femenina hasta el cabello, luego la cerró con fuerza y tiró—. Pon esa dulce boca en mi polla y haz que me corra.

No muy rudo pero su agarre todavía era exigente. Le dejó instarla a bajar la cabeza, inclinándose sobre él aunque el ángulo fuera difícil. Mover las caderas hacia el cabezal de la cama ayudó pero todavía se encontraba sin equilibrio, con una mano apoyada contra la cama entre las rodillas de él y la otra posada en el estómago de Wilder.

Su postura podía ser vulnerable pero había poder en tomarlo entre sus labios. Wilder se puso rígido, susurrándole palabras de ánimo mientras ella paladeaba su sabor con lentas y prolongadas lamidas.

Demasiado pronto su agarre en el cabello se hizo casi doloroso.

—Te dije que hicieras que me corriera —dijo en tono áspero—. Para de torturarme.

El hilo de desesperación en su voz fue mejor que el placer que le había dado a ella. Necesidad. En aquel momento él la necesitaba tanto como ella le necesitaba a él, su satisfacción mutua asegurada.

Bueno, casi asegurada. En el pasado le habían hecho el amor a conciencia y con destreza pero jamás reiteradamente.

Como mucho la mayoría de las aventuras habían durado días y una amplia variedad de experiencias no se traducían precisamente en ser experimentada.

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Aún así, tenía entusiasmo. Abriendo los labios tomó tanto de su polla como pudo controlar. Él se arqueó hacia arriba gimiendo su nombre, y ella se estremeció ante el placer aturdido de ver a un hombre duro deshacerse bajo su toque.

Se aplicó en él hasta que su propia excitación se formó de nuevo, luego levantó la cabeza y lo miró a la cara mientras intentaba alcanzar la mano libre de Wilder.

—Ayúdame —susurró mientras movía sus dedos entrelazados hacia la polla—. Dime lo que te gusta. Muéstrame cómo tocarte.

Wilder envolvió ambas manos en torno a la rígida longitud de su erección y empujó hacia arriba en su agarre compartido.

—Más fuerte.

Con la mano apretada en torno a las de ella, le mostró lo que quería. Un contacto firme y rudo, sus caderas moviéndose con la suficiente fuerza para debilitarle el cuerpo a ella. Era demasiado fácil imaginárselo tomándola de esta manera, la manera en que la llenaría con tanta plenitud que ninguna cantidad de excitación reduciría la dulce fricción de una reclamación exigente.

El suplicio entre los muslos de Satira se transformó en un dolor punzante. Cambió el cuerpo de posición y tiró levemente del agarre en su cabello. Cuando los dedos masculinos la soltaron, ella se incorporó y se sentó a horcajadas en uno de los muslos del hombre, con una mano todavía atrapada bajo la de él y con la otra acariciándose el cuerpo.

—¿Te gustaría decirme cómo debería tocarme, o debo hacer lo que me gusta a mí?

Él sonrió, con ferocidad y hambre, y los músculos de su muslo se flexionaron debajo de ella.

—Puedo hacerte correrte justo así.

Tal vez pudiera, justo así. Un poco de contorsión fue todo lo que necesitó antes de que con su siguiente empuje frotara la pierna contra ella de manera tan caliente y perfecta que Satira se quedó con la boca abierta. Era difícil decidir dónde posar la mirada, en la grande y ruda mano que envolvía la suya o en el rostro de Wilder mientras la observaba, ansioso y seguro.

Las caderas masculinas se sacudieron contra sus manos y él gimió de nuevo.

—Joder.

El ritmo acelerado y la fuerte presión de su muslo fueron demasiado. La tensión temblando en su interior se enroscó en un nudo intolerable, tan tenso y grueso que pensó que se volvería loca. Soltó la mitad de su nombre en un jadeo sin aliento antes de que el calor se convirtiera en fuego.

Entonces se corrió, tan fuerte y rápido que se le encogieron los dedos de los pies y

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su cuerpo se movió con violencia. Estrelló la mano libre contra la cama al lado de la cadera de Wilder mientras se esforzaba por mantener el equilibrio.

El gemido ronco de Wilder se alzó a la vez que su propio grito ahogado y aferró sus dedos con fuerza, masturbándose con ambas manos la longitud de la polla con una urgencia frenética. Otro estremecimiento sacudió el cuerpo femenino cuando el muslo del hombre se contrajo. Ella cerró el puño de su mano libre en la colcha y susurró su nombre, y él la recompensó con un grito y el caliente derramamiento de su simiente por todo el pecho de Satira.

Wilder estrelló su boca en la de ella con un beso casi lacerante por su intensidad. Hundiendo los dientes en el labio inferior de la mujer.

—Satira.

Ella sonrió contra su boca.

—Wilder.

El pecho masculino subiendo y bajando con una ronca carcajada.

—Eso fue una pasada.

—Mm. —Ella se movió con cuidado de costado hasta que estuvo de rodillas a su lado, luego se estiró lentamente.

—Supongo que debería estar aliviada de que consiguieras una suite con bañera para mí.

—Correcto. —Con la cabeza en la almohada—. Jesús.

Satira trazó círculos ociosos en su torso con el dedo, sintiéndose curiosamente tímida considerando la clase de cosas que acababan de hacer.

—Podrías venir conmigo. Si quieres.

—¿Al baño?

Sin las mantas, la habitación estaba demasiado fría. Ella se estiró de espaldas a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y su costado metido firmemente contra la calidez de su cuerpo.

—A menos que te guste de esta manera.

—Tiene su atractivo. —Alargó la mano y le acarició el brazo con los nudillos—. Vamos. Te prepararé ese baño.

La experiencia le provocó un débil recuerdo, de un joven sabueso gallito que se había vuelto loco ante su propio olor sobre el cuerpo de ella. Atrapó su mirada, levantó los dedos y se frotó su semilla en los pechos.

Wilder le cogió la muñeca, guiando las puntas de los dedos femeninos hacia los

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labios abiertos de ella. —La próxima vez que me corra quiero estar dentro de ti. Sus buenas intenciones debían estar condenadas porque ella también lo deseaba.

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Capítulo 6

Pasaron setenta y dos horas en una nebulosa de tensión incómoda y pasión

desenfrenada.

Durante el día Wilder rondaba por la sala común de la posada como su guardia armado y su gerente de negocios.

Él le llevaba sus libros para pasar las largas horas en medio preocupándose por Nathaniel, y ella hacía la cortesía de fingir que la ayudaban. Nada podía detenerla de considerar todas las maneras en las que Nathaniel podía estar padeciendo ahora. Sufriendo. Muriendo.

En sus peores momentos se preguntaba si Wilder tenía algún plan, pero la impotencia la tenía atrapada.

Incluso en sus mejores momentos, continuaba siendo una científica. No una luchadora. Ir por su cuenta haría que la mataran con más seguridad que esperar y Nathaniel difícilmente podría ser ayudado con su muerte.

Por lo que esperaba. Reunía el valor cada día, hasta que Wilder la escoltaba escaleras abajo por las noches para desfilar como una joya preciada para ser ganada. Cenaban en un establecimiento diferente cada noche mientras los hombres hacían ofertas cada vez más elaboradas que Wilder fingía considerar antes de llevarla escaleras arriba.

A la cama.

Siempre la cama de él, aunque la de ella era tal vez más lujosa. Pero había algo significativo en el momento en el que ella pasaba a través de la puerta divisoria, algo que le convertía de un acompañante protector a un hombre hambriento de poseerla.

Y lo hizo. La primera noche que acarició cada centímetro de ella y la atormentó

hasta que estuvo rogando. Ella se corrió alrededor de sus dedos y gimió sin poder contenerse cuando él deslizó el pulgar dentro de su ano e hizo que se corriera de nuevo. Pero no utilizó su polla, ni entonces ni la segunda noche cuando se puso a horcajadas sobre su cara y se empujó dentro de su boca mientras la llevaba a cuatro orgasmos dolorosamente agudos.

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Para la tercera noche ella estaba rezando para que él dirigiera su atención a procurarse un condón y contaba frenéticamente los días con los dedos. En vez de eso él utilizó los dedos, dos tan gruesos que ampliaron la estrecha línea entre el placer y el dolor hasta que añadió su hábil lengua e hizo que viera las estrellas. Ella rogó para que la follara y él se rió y la hizo correrse de nuevo. Entonces la puso de rodillas y le susurró sucias promesas mientras ella trabajaba en él con su boca, palabras ilícitas sobre la manera en la que empujaría su polla profundamente hasta que estuviera húmeda y escurridiza, entonces tomaría su culo.

Eso hizo tortuosa su cuarta cena. Se odiaba a sí misma por esperar a escapar de los empalagosos límites de la última sala común y refugiarse en la oscuridad de una habitación y un colchón normal. Una mujer mejor estaría centrada en su misión. El hombre al que había venido a rescatar y cualquiera que fuera la misteriosa información que Wilder juraba que pronto tendría a su alcance. Pero aunque sus días eran largos y problemáticos, tan pronto como él la guiaba hacia el interior de su habitación por la noche ella no podía pensar en nada más que en el momento en que la llevaría de vuelta escaleras arriba y ahogaría su preocupación en dicha.

Tal vez el verdadero e injustificable comportamiento de la raza.

―Estás distraída ―murmuró Wilder, con la boca cerca de su oreja―. Estás empezando a parecer ansiosa en vez de aburrida.

Ella se estremeció cuando su aliento bailó sobre su piel. Distraída era una palabra leve e ineficaz. Estaba frenética. Era tonta. Movió la silla a un lado e intentó lanzar una mirada feroz.

No lo hagas peor.

―Ahora solo pareces enfadada.

Probablemente porque estaba enfadada, con ella misma. Alcanzó la golpeada copa de metal que contenía un vino tan agrio que no le fue difícil dejar los labios fruncidos y la nariz arrugada con desprecio.

―Esa es mi chica. ―Él se echó hacia atrás, paseando la mirada por la sala―. Estoy empezando a preguntarme si esto va a funcionar.

Por lo menos las palabras la preocuparon lo suficiente como para desterrar sus pensamientos sobre el sexo. Ella esperó hasta que un pistolero particularmente amoroso se quedó boquiabierto mirándola, entonces arriesgó una réplica, moviendo los labios tan poco como fue posible.

―¿Entonces qué es lo siguiente?

Wilder se encogió de hombros.

―Probaremos otra cosa.

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Tenían recursos. Sus ingenios. La fortaleza de Wilder. La obstinación de ella. Tomó otro pequeño sorbo de vino e hizo un pequeño asentimiento con la cabeza.

Pocos momentos después, Wilder se tensó al lado de ella cuando un hombre rubio se aproximó a la mesa, con el sombrero en la mano.

Era alto. Su pelo desgreñado y la barba incipiente le daban un aire salvaje y oscuro, los ojos feroces hicieron que cada instinto que Satira poseía se afilara con reconocimiento. Había visto suficientes sabuesos como para reconocer algo en la forma que caminaban, como si el mundo les perteneciera y no tuvieran miedo de nada.

El hombre se detuvo cerca de la mesa e hizo una profunda reverencia antes de levantar la vista. Le lanzó un guiño, uno disimulado, una sonrisa divertida curvó sus labios como si compartieran un secreto, entonces se puso derecho y volvió su atención hacia Wilder.

―Tengo una oferta por tu dama.

Wilder apartó una silla de una patada.

―Mi dama va a escuchar.

Se suponía que su dama no entendía inglés, lo que quería decir que Satira debía mantener su expresión en blanco y no mostrar que sabía que había algo diferente en este hombre en particular, aparte de la voluntad de su protector de dejar que se sentara.

El nuevo sabueso hizo girar la silla y se sentó a horcajadas, cruzando los fuertes brazos en el respaldo.

―Cien dólares por semana ―dijo sin preámbulos―. Su propia suite. Dos doncellas, tres sirvientes. Dos noches para ella de cada siete.

Por primera vez, Satira entendió por qué una mujer podría ofrecer su cuello a un vampiro.

―Ciento veinte. ―Contrarrestó Wilder―. Dos doncellas, tres sirvientes y un coche para ella sola.

―¿De caballos o a vapor?

―A la discreción de su amo.

El extraño miró a Satira, su mirada se deslizó sobre ella de una forma muy familiar.

―¿Es tu continua presencia una condición o este es un trabajo a corto plazo?

Él levantó un hombro con un encogimiento casual.

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―Ese punto está abierto a negociación.

Satira luchó con la urgencia de retorcerse mientras el hombre continuaba estudiándola. En vez de eso miró hacia otro lado, cultivando su mirada más aburrida mientras sus dedos se curvaban sobre sus faldas bajo la mesa. Después de un largo silencio, la silla arañó el suelo.

―¿Por qué no llevamos nuestras negociaciones a algún lugar un poco más privado y vemos que podemos establecer?

Wilder se giró hacia ella y asintió con la cabeza.

―La elección es tuya.

Si le estaba dando la opción después de todo, quería que ella estuviera de acuerdo. Satira asintió con la cabeza y le tendió la mano.

Antes de que Wilder pudiera tomarla, el hombre rubio se levantó de la silla y cerró sus dedos enguantados alrededor de los de ella con otra de esas perversas sonrisas que seguramente agitaba los corazones de las mujeres cuando escogía esgrimirla. Unos labios frescos y firmes frotaron sus nudillos, su bigote le hizo cosquillas en el dorso de la mano antes de él levantara la mirada.

―Archer, a su servicio, mi señora.

La expresión de Wilder no cambió, pero le pegó otra vez una patada a la silla, lanzándola contra la rodilla del hombre.

Satira estaba lo suficientemente cerca como para ver el minúsculo retroceso y el extraño pequeño destello de satisfacción en la cara de Archer mientras soltaba su mano y se enderezaba.

―Me he tomado la libertad de obtener el comedor privado. ¿Quieres acompañar a tu señora?

Wilder se levantó y apartó su silla antes de ofrecer su brazo, su mirada afilada continuaba sobre el hombre rubio.

―Si te complace.

Parecía que como si todos los ojos les siguieran mientras Wilder la guiaba hacia el lado más alejado de la sala común. Una pesada puerta de madera se abría para mostrar un pequeño comedor decorado en oro y ricos colores burdeos, desde la tela drapeada sobre las paredes hasta el mantel demasiado largo que arrastraba sobre el suelo.

Satira se apartó de Wilder en el momento en que se cerró la puerta y se puso las manos sobre las caderas, clavando al hombre con su mejor mirada feroz.

Eso hizo que Archer riera.

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―Bueno viejo, todavía puedes sacar de quicio a las mujeres, como siempre hiciste.

Wilder le dio un puñetazo en el brazo.

―Tal vez deberías mantener tus miradas lascivas para ti mismo, Archer.

La ira de ella se elevó otro punto.

―Me alegro de que vosotros dos encontréis esto divertido.

―Yo no estoy divertido ―replicó Wilder―. Estoy a punto de patear el culo de este pedazo de mierda.

Satira apretó los dientes hasta que su voz salió por una rendija de su mandíbula.

¿Por qué?

―Los sabuesos somos territoriales, cosita dulce ―puso su sombrero sobre la mesa―. Mejor recuerda eso si decides escapar con uno.

Wilder le dio la vuelta a una silla y se sentó.

―De cualquier manera ¿Qué demonios estás haciendo tú aquí, Arch?

―De encubierto. ―Archer se arrellanó en la silla de enfrente y puso los pies sobre la mesa, sin prestar atención al daño que las botas probablemente harían al precioso mantel―. He estado en lo profundo de las Tierras Muertas durante seis meses.

―¿Haciendo qué?

―Incitando a los bastardos chupasangres a que se maten unos a otros. Muchos de ellos están mortalmente enemistados con al menos media docena de los otros. Mantenerlos agitados no es tan difícil.

Wilder se rió entre dientes.

―Suena divertido.

Parecía conveniente. Satira dio un paso adelante y se plantó firmemente entre los dos hombres, intentando atrapar la completa atención de Archer.

―¿Has escuchado algo sobre un inventor del Gremio que ha sido tomado cautivo?

El humor del hombre se desvaneció y se le tensó un músculo en la mandíbula.

―He escuchado rumores. Estoy esperando confirmación.

Demasiadas noches en la cama de Wilder habían embotado su sentido de auto- conservación. Dio un paso adelante antes de recordar que el hombre repantingado tan casualmente frente a ella no era del todo un hombre. La urgencia de curvar sus dedos sobre el chaleco del sabueso y sacudirlo hasta que cayeran las respuestas estaba cerca del suicidio.

Sus manos temblaron por el esfuerzo de controlarse.

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―¿Qué rumores?

Él la miró agudamente.

―El que uno de los jóvenes chupasangres está planeando un golpe, pero necesitaba un arma. Necesitaba un inventor del Gremio.

―¿Cuál?

Archer soltó una carcajada y Wilder dijo:

―Planeamos ir, Arch, así que nos lo puedes contar.

Él sacudió la cabeza.

―¿Te diriges a una pelea con una dama a remolque? Estás más loco de lo que pensaba.

―La dama puede cuidar de sí misma.

Eso la calentó un poco. Lo suficiente como para retroceder un paso. Hacia Wilder.

―Por favor cuéntanoslo.

Archer no se relajó, aunque su expresión se despejó.

―Su nombre es Thaddeus Lowe. ¿Has oído hablar de él?

Wilder se volvió a tensar.

―Algo.

―¿Algo? ―preguntó Satira con el pánico aumentando. La reacción de Wilder era suficiente como para asustarla y de paso quitarle media vida―. ¿Es peor de lo que esperabas?

Fue Archer quien respondió.

―Lowe es un hábil hijo de puta. Mezquino. No será fácil acercarse, pero… yo podría ser capaz de conseguirlo.

―Yo haré cualquier cosa ―susurró ella―. Cualquier cosa.

―Satira. ―Wilder se levantó y dio un paso frente a ella―. Estaría muy agradecido, Arch. Tenemos que sacar a Nate de allí.

El otro sabueso asintió con la cabeza y se puso el sombrero en la cabeza mientras se levantaba.

―Estaremos en contacto. Mañana a esta hora a más tardar.

Archer salió, dejando a Satira mirando la espalda rígida de Wilder mientras la puerta se cerraba de nuevo.

―¿Wilder?

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Él se giró lentamente, soltando un soplo entrecortado.

―No me gusta tenerle tan cerca, eso es todo.

Le llevó a ella un momento entender, e incluso cuando lo hizo, no se lo acababa de creer.

―¿Tan cerca de mí?

Él no la miró a los ojos.

―Lo siento. Generalmente soy mucho más razonable.

Tal vez eso no era apropiado sentir un calor encendiendo su vientre. Extendió una mano para tocarle el hombro.

―Nunca antes tuve un hombre irrazonable cerca de mí.

Wilder rió un poco.

―Suenas complacida.

―Esto es… ―Emocionante. Excitante. Tranquilizador, pensar que alguien tenía suficientes emociones fuertes con respecto a ella como para comportarse irracionalmente. Tranquilizador importarle a alguien.

―Es agradable. Con moderación.

Las manos de él enmarcaron sus caderas, acercándola.

―Lo tendré en cuenta.

Satira volvió la cabeza y apoyó la cabeza contra su hombro con un suspiro suave.

―Entonces mañana, sabremos cómo encontrar a Nate.

Él se puso serio.

―Mañana. Debes descansar un poco esta noche.

No fue la pérdida de su prometida perversidad lo que dolía sino la calidez y el confort de tener su fuerte cuerpo enroscado alrededor del suyo.

―¿Sola?

―Puedes dormir conmigo ―dijo―. Pero me refiero a dormir.

Ella trató de ocultar su sonrisa contra el hombro de él.

―Siempre y cuanto mantengas mis pies calientes.

―Esa es la única cosa para la que los sabuesos somos buenos, cariño.

Sonaba como una advertencia. Tal vez a él no le importaba la forma en la que ella le agarraba, la manera en la que se acurrucaba contra él. Demasiado íntima, demasiado expectante. Satira retrocedió y se recordó a sí misma que sentir lujuria

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por un hombre podría estar lejos de tener su consideración. Sus palabras debían ser alegres. Divertidas.

―Tú eres experto en mantenerme toda caliente.

Los ojos de él estaban oscuros y cerró las manos alrededor de sus brazos.

―No imaginé que estarías de acuerdo en estar aquí mañana.

Si se hubiera acostado con ella las últimas noches con la esperanza de volverla más conforme en quedarse atrás, seguramente estaría muy decepcionado.

―No creíste que lo haría.

Él suspiró.

―Pensé que sí.

Ella tenía un punto en el que tenía toda la intención de clavar los talones.

―Y llevaré algo razonable. Por lo que si quieres pasar un momento admirando mis tetas, es mejor que lo hagas ahora.

Finalmente, él se relajó lo suficiente como para sonreír.

―Esta noche, tal vez, antes de dormir.

Entonces esta sería una noche más de toques furtivos y placer desesperado.

―Llévame a la cama, Wilder Harding. Anhelo tu admiración.

Él la besó, una caricia de sus labios sobre los de ella.

―¿Aquí?

Su corazón saltó. El hambre en su voz, en su agarre… Era todo lo que ella había anhelado sin saberlo. No un sabueso interesado en una conquista. Un hombre que la quería a ella.

Oh, estaba loca. Terriblemente loca, porque no podía reunir la voluntad de construir un muro alrededor de su corazón. En vez de eso deslizó los dedos hacia arriba por los brazos de él y los enroscó alrededor de su cuello, arrastrándole hacia abajo para otro beso.

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Capítulo 7

El sol estaba bajo, muy bajo, y Wilder maldijo entre dientes. De acuerdo con el

mensaje de Archer, éste era el punto de encuentro, pero no aparecía por ningún lado.

Y la oscuridad se acercaba rápidamente.

—¿Wilder? —Satira montaba a caballo más fácilmente hoy, con las riendas firmes en las manos enguantadas. Parecía más relajada con unos pantalones y una chaqueta, a pesar de que la tensión llenaba su voz.

Ocultarle sus emociones y pensamientos se estaba volviendo más difícil cada día que pasaba.

—Archer llega tarde.

—¿Entiendo que no es propio de él?

—No. —Como no lo era que cualquier sabueso dejara a un compañero varado en la frontera del desierto con un atardecer acercándose rápidamente.

A Wilder se le retorció el estómago con un presentimiento de aprensión.

Satira se quitó los guantes y los metió detrás de su cinturón, luego cogió la pistola de la cadera.

—¿Piensas que le ha pasado algo?

—Podría ser. —Si hubiera tratado de arreglar las cosas para ellos, podría haber conseguido…

¿De verdad, Harding? ¿No lo viste en sus ojos? ¿Lo ignoraste cuando trató de llamarte?

Tensó una mano alrededor del rifle y giró el caballo.

—Cabalga, Satira. Regresa a la ciudad, ahora.

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Por un interminable momento ella lo miró fijamente, vacilando. Luego agarró las riendas.

—Mejor que estés detrás de mí, Wilder, o me daré la vuelta.

Él empezó a hablar, pero el sonido de un disparo acalló su lengua. Wilder arrastró a Satira más cerca, haciendo caso omiso de la forma en que su montura relinchó en señal de protesta.

El corazón de ella latía tan fuerte que Wilder podía escucharlo con claridad, pero ella encontró el arma con los dedos.

—Dime qué hacer y lo haré.

No había nada que hacer hasta que su enemigo se mostrara. Ocurrió un segundo más tarde, cuando un hombre pálido de aspecto enfermo salió de detrás de un poco de maleza.

Satira se estremeció y bajó la voz.

—¿Vampiro?

Peor. Mucho peor.

—Demonio necrófago, si no me equivoco.

—Hechizado por los vampiros, probablemente contra su voluntad. —Ella lo recitó tan rápido que parecía estar repitiendo algo que le habían contado cientos de veces—. Levi decía que había que matarlos rápidamente.

Lo que haría, si no fuera por una cosa.

—Un necrófago nunca se enfrentaría a un sabueso. Hay más.

—¿Balas normales o modificadas?

La sangre del vampiro les hacía rápidos, pero sus cuerpos

—Son bastante humanos. Las balas normales funcionan bien. —Escudriñó la penumbra y divisó dos más—. Apunta al de delante y yo me encargaré del resto.

Satira estiró la mano para sacar su segundo revólver, el no modificado.

—Puedo hacerlo.

No había tiempo para garantías, pero le dio una de todos modos.

—Tú puedes. —Y luego giró y disparó dos veces, tan rápido como pudo, acertando a uno de los necrófagos. El otro huyó, tan rápido que fue casi un borrón—. Mierda.

Sonaron disparos detrás de él. Satira se tragó una maldición aún más feroz que la suya, y volvió a disparar. Wilder giró a tiempo de ver al pálido necrófago caer detrás

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del matorral.

—¡Cabalga, Satira!

Ella obedeció, enredó las riendas en una mano y con la otra empuñó el arma. El viento le quitó el sombrero de la cabeza antes de que se inclinara, manteniéndose apenas sobre la silla.

El necrófago que quedaba se disparó desde de las sombras y se estiró hacia ella, su cara era una caricatura de lo que alguna vez debía haber sido. Wilder balanceó el rifle y le golpeó a un lado de la cabeza con la culata. Sonó un crujido y la criatura cayó al suelo.

—Wilder —Satira levantó su revólver. Cuatro figuras más aparecieron delante de ellos, sus movimientos espasmódicos, como si estuvieran luchando contra la compulsión. Luchando por huir.

No era una batalla para librar a caballo, no para él. Se bajó de un salto y alzó la voz para Satira.

—¡Sal de aquí!, y por amor de Dios, sigue cabalgando si es necesario. Puedes volver con Juliet.

No. —Frenó con tanta fuerza que los cascos del caballo resbalaron, luego estabilizó su pistola y disparó con fría deliberación, acertando al hombro de uno de los necrófagos—. Hay demasiados para ti.

—No los hay. —Podía con todos, pero no con ella disparándoles, y también a él—. Quédate si es necesario, pero protégete. Puedo manejar esto.

No esperó su respuesta. Echó el rifle sobre su alforja y se dirigió hacia los necrófagos.

Caminando en primer lugar, sintió la magia manar en su interior. La luna nueva estaba demasiado cerca, pero tenía algo para sustituir al poder animal.

Satira.

Vencer. Matar. Proteger. Las palabras resonaron en los instintos que el peligro había despertado. Satira miró a los demonios y le vio ampliamente superado en número, pero para esto estaba hecho.

Esto era lo que hacía un sabueso.

Wilder echó a correr, rugiendo mientras liberaba su rabia, la dejaba fluir a través de él. Golpeó al primer necrófago, lanzándolo contra otros dos mientras el cuarto llegaba donde él. Manos desnudas y puños, pero la ira le guiaba.

Le impulsaba.

Otra ola de atacantes apareció por la pequeña loma y Wilder dejó que la rabia

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tomara el control.

Fue gracias al entrenamiento de Levi que Satira evitó que el revólver se le resbalara de sus repentinamente nerviosos dedos.

Había visto pelear a sabuesos. Había visto a Levi luchando con sus jóvenes visitantes, golpeándolos en el patio polvoriento de prácticas detrás de la mansión. Una vez lo vio pelear en serio, cuando una banda de forajidos agredió a la dueña del prostíbulo donde la madre de Satira trabajaba. Levi había guiado a los supervivientes fuera de la ciudad con pesar en sus ojos y terror en sus corazones.

No parecía que Wilder pudiera dejar supervivientes. Había una belleza salvaje en sus movimientos precisos y mortales, en la forma en que se convirtió en luchador. Ningún pensamiento, ninguna duda.

Este era un sabueso, despojado de su esencia. Violencia y muerte.

Cualquier persona que tuviera la menor pizca de sentido estaría aterrada. Ella había pensado que cuatro demonios necrófagos eran demasiados para él, pero enseguida estuvieron a sus pies, un mar de extremidades y cuerpos destrozados. Todas muertes rápidas.

Nada de sadismo, nada de placer en ello.

Y sucedió tan rápido que apenas se había bajado del caballo antes de que le

pusiera las manos encima al último.

—¡Wilder, detente!

Al principio, pensó que no la había oído. Entonces vaciló, con una mano grande alrededor de la garganta del demonio necrófago.

—Matarlos rápidamente, ¿correcto? —Tenía la voz ronca.

El caballo de Wilder había desaparecido hacia el atardecer a un galope temerario.

Ella no podía permitirse el lujo de dejar escapar a su única montura, por lo que envolvió las riendas alrededor de su mano y se le acercó lentamente, sin saber si eso podría asustarlo y volverle violento.

—Podría tener información. Por lo menos sabrá desde donde fue enviado. Dónde vive su maestro.

Wilder sonrió de repente, salvaje, frío.

—¿Qué tienes en esa bolsa, Satira?

Había terror, un miedo enfermo que le provocaba nudos en el estómago. Ahora Wilder no era su compañero gruñón o su amante salvaje, era un sabueso.

Era un asesino.

Tal vez algo peor, porque no tenía ninguna excusa para responderle excepto su

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necesidad desesperada de salvar a Nathaniel.

—La mezcla de sustancias químicas en mis balas modificadas probablemente quemará la piel de cualquiera que esté bajo el hechizo de un vampiro.

Wilder estudió el necrófago.

—¿Tenemos que recurrir a eso?

El demonio era un hombre pálido y demacrado, con el pelo oscuro y los ojos inyectados en sangre. Hubo un tiempo en que podría haber habido inteligencia en su mirada, pero ahora parecía salvaje. Sin mente. Sus uñas arañaron al tierra y gruñó.

—Pásame una de las balas —murmuró Wilder—. Quizá el producto químico rompa el hechizo.

Necesitó dos intentos para enfundar el arma normal. Las balas especiales brillaron bajo el sol poniente cuando sacó una y se la tendió.

Él la rompió en una roca y dejó que algunos de los compuestos del interior gotearan sobre el pecho del necrófago. Tan pronto como penetró en su camisa, gritó y se arqueó hacia atrás, los tacones de las botas escarbaron contra el suelo.

Se le formaron ampollas en su piel pálida, graves quemaduras rojas que Satira juró que podía olerlas en el aire.

Sus nervios se sentían crispados, deshechos mientras se hundía los dedos en la palma.

—Habla —susurró ella.

Suplicó.

—Dinos dónde está tu señor.

Wilder miró al demonio en silencio durante unos momentos, luego le tendió la mano a Satira.

—Dame otra.

No fingió que no era cómplice de la tortura. Fijó la cara de Nathaniel en su mente mientras presionaba otra bala en la palma de la mano enguantada.

Wilder la abrió la mandíbula al demonio necrófago y empujó la bala en su boca. El cristal se rompió sobre sus dientes y Wilder cerró los labios en una línea sombría mientras colocaba la mano con firmeza bajo la barbilla del vampiro.

—Habla, o la aplastaré y dolerá mucho más que antes.

Unos ojos inyectados de sangre giraron hasta que Satira apenas pudo ver nada más que blanco. El demonio necrófago tembló durante un momento interminable, y luego señaló con la cabeza arriba y abajo, golpeando sus puños contra el suelo.

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Wilder arrancó la bala y se sentó.

—Habla.

—Clear Springs. —Las palabras temblaron—. A ochenta kilómetros más allá de la frontera. Se ha hecho cargo de toda la ciudad. Ha reconstruido el hotel, convirtiéndolo en su mansión. Hay un laboratorio en el sótano. Mantiene a la gente allí. Inventores. Sabuesos. — Un estremecimiento—. Nosotros.

—Inventores. —Wilder ladró la palabra, los ojos desorbitados—. ¿Es Nathaniel Powell uno de ellos?

El demonio dejó escapar el aliento, pero su respuesta en voz baja hizo que el corazón de Satira saltara.

—Sí.

Una respiración áspera y luego otra, y Wilder se levantó.

—Vuélvete, Satira.

No era un tono que invitara a las preguntas o las discusiones. Obedeció y cruzó los brazos sobre el pecho en un vano intento por reprimir un escalofrío.

—¿Vas a dejarle libre?

En un abrir y cerrar, él sacó su pistola y disparó dos tiros.

—Ellos no pueden recuperarse —dijo ásperamente—. Por eso Levi decía que había que matarlos rápido. Es compasivo.

—Compasivo —repitió ella. Su corazón golpeó—. ¿Estás bien?

—No —le temblaba la mano y enfundó el arma.

El mundo se inclinó un poco cuando ella se dio cuenta de que él se sentía tan enfermo como ella. Los sabuesos eran violencia, rabia y venganza, pero tal vez Wilder también era un hombre. Uno con un trabajo que no le gustaba, pero que haría de todos modos.

No era tan diferente a ella después de todo. Se adelantó y levantó una mano a la línea rígida de su hombro.

—Lo siento.

—Clear Springs. —Wilder tocó su mano, sólo por un momento—. Sé dónde está. No lo lograremos desde aquí antes… —Se dio la vuelta—. Tendremos que detenernos para la luna nueva.

A pesar del seguimiento de los días que había estado haciendo, esa era una fecha que ella no había considerado.

—¿Cuándo es?

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—Mañana. Después de que encuentre mi caballo, podemos retroceder un poco esta noche, acampar. Conozco un lugar donde podemos detenernos mañana por la noche.

También podría haberla tirado a un lago helado en medio del invierno. Un lugar. Un burdel. Donde mujeres hábiles le darían todo lo que necesitaba, todas las cosas que ella no.

Era una tonta, porque una pequeña parte de ella esperaba haber entendido mal.

—¿Un hotel?

Wilder negó con la cabeza.

—Nada tan lujoso. Es un antiguo campamento del ferrocarril abandonado cuando trataron de colocar las vías a través de estas zonas. Se largaron tan rápido que ni siquiera demolieron las chabolas.

Él no tenía intención de hacérselo más fácil. Satira se humedeció los labios y clavó la mirada en sus botas.

—¿Soy lo bastante caliente para calentarte la sangre, o estás esperando buscar compañía?

Unos dedos enguantados pero suaves le levantaron la barbilla hasta que miró a Wilder a los ojos.

—No hay nadie más, Satira. —Las palabras tenían una ligera advertencia.

No fue tan difícil sonreír.

—No es un deber o una obligación. No estoy simplemente dispuesta. Estoy ansiosa.

Su pulgar le rozó su mejilla, su propia sonrisa repentina y aliviada.

—Deberíamos volver. No llegaremos a la ciudad, pero podemos encontrar un lugar seguro donde acampar.

—Estará bien, Wilder. —Cerró los ojos por un momento y se permitió apoyarse en él—. Vamos a salir de esto. Encontraremos a Nate.

—Sí. —Pero su voz sonaba triste.

—Lo haremos. —Insistió ella—. Juntos, Wilder.

Cerró los brazos alrededor de ella, atrayéndola.

—Lo haremos.

Si ella seguía con los ojos cerrados, no tendría que ver los cuerpos esparcidos, los cadáveres rotos de hombres cuyas vidas habían sido destruidas mucho antes de que Wilder hubiera terminado con su miserable existencia. Los vampiros eran el

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enemigo, los monstruos que robaban padres y hermanos y los convertían en esclavos sin mente. Quienes robaban hermanas e hijas y se alimentaban de ellas, en cuerpo y alma.

Los vampiros eran los malos, pero sabía, con algo más allá de su mente, con un instinto nacido de preocuparse demasiado, que Wilder se sentía como un sádico brutal. Como una pesadilla.

Tal vez se necesitaba al mal para luchar contra el mal, pero eso no aligeraría la carga de su alma, o la de ella. Así que abrió los ojos y no rehuyó la carnicería, fijándola en su mente como el precio que nunca debería ser olvidado. Mientras doliera, significaría que todavía estaban en el lado correcto. Wilder no merecía ser excluido a la oscuridad porque hiciera lo que tenía que hacer.

Si tenía que recordarle ese hecho, lo haría. Con mucho gusto. Con impaciencia.

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Capítulo 8

El anochecer estaba cerca, demasiado cerca, cuando el campamento abandonado

del ferrocarril apareció a la vista la noche siguiente.

Las piernas de Wilder temblaban, haciendo resonar sus botas en los estribos. Al menos el lugar todavía estaba desierto, dado el aspecto del mismo. El último vampiro que se había establecido aquí se cansó de tener que procurarse sus comidas en otro lugar y se trasladó a una zona más poblada.

Echó un vistazo a Satira, que parecía más curiosa que cualquier otra cosa, entrecerrando los ojos a través de la penumbra para estudiar los diferentes edificios.

—Debería estar bien —jadeó él, inaceptablemente distraído por la delgada línea de su garganta—. Voy a echar un vistazo.

—Mmm. —Satira detuvo su caballo delante de una choza de aspecto relativamente robusto—. ¿Qué tal esta? Podría limpiar un poco mientras tú revisas el resto del campamento. ¿Hacer las cosas un poco más cómodas?

—Está bien, es… —tenía que alejarse o no lo haría, no hasta que hubiera embestido en ella y apagado su lujuria

Satira lo miró, luego apartó la mirada mientras se deslizaba hasta el suelo.

—Si me dejas tu caballo, me encargaré de todo.

Él se bajó de la montura con un gruñido.

—Regresaré pronto.

Su cuerpo palpitaba, insistente y exigente, mientras se marchaba a zancadas. Dejar a Satira, aunque fuera para comprobar el campamento, convirtió el calor de la anticipación en cólera hirviente.

Pero no había nada que hacer.

Se obligó a cubrir cada edificio, cada carro abandonado y cada pajar mohoso, antes de volver a la choza que ella había elegido. Ya era totalmente de noche y una luz ardía en la ventana abierta.

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En el interior encontró a Satira alisando las mantas de su saco de dormir sobre un colchón grueso. El suelo de madera estaba barrido, y la mayoría de las superficies parecían limpiadas a toda prisa. Ella se giró al abrirse la puerta, su rostro iluminado por la nerviosa anticipación.

—El mobiliario es bastante agradable, bajo el polvo. Estaremos bastante cómodos durante unos pocos días.

La sangre le latía en los oídos, pero se encontró asintiendo con la cabeza.

—Sí.

Las botas de ella estaban junto a la puerta. Su cinturón enrollado sobre la mesa. Ella lo miró fijamente con esos ojos increíblemente grandes mientras se soltaba el pelo.

—Dime cómo ayudarte, Wilder. Dime lo que necesitas.

Uno de los botones saltó de su chaleco cuando lo tiró.

—Ayúdame a quitarme la ropa.

Ella fue, tranquila y tímida. Sus dedos estaban estables mientras desabrochaba los botones del chaleco uno a la vez.

—El colchón podría ser mejor que el que tengo en casa, aunque el polvo no le ha hecho ningún favor. Parece que alguien hizo que este lugar fuera muy bonito, luego lo abandonó. Es casi triste.

Él apenas encontró su voz a través de la bruma del hambre que nublaba su conciencia.

—Debió ser la casa del jefe del campamento. Ninguna de las chabolas de los trabajadores habría sido tan agradable.

—Necesita un poco de cuidado, eso es todo. —Le quitó el chaleco despacio y fue a por el cinturón—. Alguien que cuide de ella.

Él le sujetó las manos, manos que eran demasiado pequeñas y delicadas.

—¿Te estoy asustando? —Sabía que tenía que estar con los ojos desorbitados, aterradores.

Satira sonrió y negó con la cabeza, los rizos rojos cayeron desenfrenadamente sobre sus hombros.

—Tú también necesitas un poco de cuidado. Déjame.

Si luchaba contra ello podría hacerle daño, cuando su control finalmente se rompiera… y lo haría.

—Sí. Te necesito.

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Ella dio un paso atrás. Su mirada nunca se apartó de la suya mientras se desabrochaba los bastos pantalones y salía de ellos. La camisa de hombre extra grande los siguió. Se desnudó en silencio, luego se quedó temblando frente a él, pálida y suavemente femenina, con un desesperado anhelo en los ojos.

—Necesítame. Tómame.

—Tienes frío. —Palabras tontas que nada tenían que ver con la forma violenta con que su cuerpo reaccionaba al de ella, pero tenía que distraerse. Tenía que…

Wilder la levantó en brazos y aplastó la boca sobre la suya.

Sus labios no pudieran amortiguar el gemido femenino. Los dedos temblorosos de Satira se hundieron en su pelo, agarrándose a los cortos mechones mientras lo besaba con la misma avidez hambrienta que él había llegado a esperar. Pero había un borde esta vez, una vulnerabilidad que prestaba voz a sus gemidos silenciosos y quejidos.

Ella le tomaría, a él y el placer que podía darle y se lo devolvería.

Wilder la tumbó sobre la cama, le sujetó las muñecas con una mano y le mordió la garganta. Ella se retorció con otro ruidito desesperado y luego hundió la cabeza en la cama, ofreciéndole el cuello en la más básica de las sumisiones.

Le pasó la lengua por la línea pálida de piel al descubierto y mordisqueó ligeramente.

—No sé cuánto tiempo más podré ser amable.

—Dime lo que necesito saber —susurró ella, frotando un pie contra su pantorrilla—. Si hay algo que no debo hacer. Si hay algo que quieres que haga.

Sólo había una cosa que decir, una cosa que tenía que saber.

—Si tengo que parar, dímelo y haz que lo oiga. No… no me rechaces.

—Nunca. —Deslizó el pie más arriba, hasta que su pierna prácticamente lo envolvió—. No soy una inocente, no tengo miedo ni soy delicada.

—No. —Se mordió la lengua. Ella había estado con sabuesos antes y tenía que reconocer que eso provocaba que su piel ardiera con celos primitivos—. No se trata de eso. ¿Sabes por qué no debes huir de mí?

—Lo sé. —La ternura llenó su mirada cuando lo miró a los ojos. Las quemaduras de sus mejillas por el sol se habían desvanecido, pero desde tan cerca podía ver las pecas que espolvoreaban su piel pálida. Se mordió el labio inferior, sólo por un momento y luego le sonrió—. Yo deseo hacerlo. Sólo quise decir que no debes preocuparte de que vaya a querer huir de ti. Las cosas que me gustaría que me hicieras… no hay nada correcto o respetable en ellas.

—Te tomaré. —Sus encuentros hasta el momento habían sido apasionados,

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salvajes pero controlados—. ¿Lo sabes? ¿Verdad?

Ella no mintió.

—No. Pero confío en ti. Y te deseo.

Quizás un hombre mejor podría haber permanecido controlado. Wilder gruñó, lo último de su cordura se deslizó en la oscuridad de la noche.

Él quería su dulzura, su placer. Sus gritos.

Los tendría.

Satira esperaba que cayera sobre ella como una bestia. En cambio, la miró fijamente con salvajismo en sus ojos, pero la mano que agarraba las suyas seguía siendo suave. Firme, imaginó que podía luchar con todo lo que tenía y no liberarse, pero cuidadosa.

El sabueso temblaba sobre ella, no le haría daño. Esa verdad podría estar grabada en su alma.

Primero la tocó con la lengua, lamiendo el borde delicado de la clavícula. Saboreó su piel. Ella no luchó contra el temblor o su gemido en voz baja. Hizo que Wilder no tuviera dudas sobre su voluntad o el modo en que su cuerpo cantaba cuando la tocaba.

Él le separó las piernas con la rodilla y acomodó las caderas con más fuerza contra las de ella.

—¿Qué es lo que quieres? —Jadeó.

Ella no podía negarle nada, incluso si eso significaba que podría verse obligada a lidiar con las consecuencias más tarde.

—A ti. Dentro de mí.

Los dedos alrededor de sus muñecas se tensaron y él empujó contra ella, duro a través de su ropa.

—¿Ahora? ¿Ya?

Satira no sabía qué la guiaba, no sabía si era una locura intentarlo.

—Quiero escuchar tus deseos. Conocer las formas en las que me tomarás.

Él se echó hacia atrás de rodillas, se quitó el cinturón mientras se cernía sobre ella.

—Primero te voy a probar. Excitaré tu coño con mi lengua y mis dedos.

El saco de dormir rechinó bajo las uñas cuando ella cerró los dedos en un desesperado intento de no tocarle.

—¿Quieres decir para que me corra? ¿O sólo para excitarme?

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—Para que te corras. —La comisura de los labios se elevó en una sonrisa maliciosa—. Con el tiempo.

El tiempo no tendría ningún sentido para él. Esta noche no, o durante las dos noches venideras. En un burdel podría haber tenido varias mujeres para velar por sus necesidades. Aquí sólo estaría ella. No lo suficiente para darle alivio si luchaba por contenerse. Si temía hacerle daño aterrarla.

Ella podría demostrarle que no tenía nada que temer. Comenzó a estirar la mano hacia él, deslizando los dedos sobre los suyos.

—¿Puedo ayudarte?

Wilder le agarró las manos, entrelazó los dedos con los de ella y los apretó contra la cama.

—Dijiste que confiabas en mí —le recordó—. Confía en mí ahora, Satira.

—Con todo. —Eso era sencillo. Más difícil era admitir la verdad—. No confío en mí misma lo suficiente.

Algo se suavizó en su mirada implacable y bajó la boca a su oído.

—Lo haces, créeme. Pero si empujas podría hacerte daño, cariño.

Una tarea más difícil que a las que se había enfrentado nunca. Sentir en lugar de pensar, dejarse ir en lugar de aferrarse al control. Giró la cabeza y le besó la mejilla sin afeitar.

—Puede que tengas que recordármelo. Siempre he sido un poco agresiva.

Su risa sonó caliente en la oreja.

—Me gusta eso de ti. Por lo general.

Ella apretó sus manos donde estaban apoyadas en el colchón.

—¿Quieres que mantenga las manos así?

Él devolvió el apretón.

—Justo ahí. Justo así.

Una petición tan simple y pequeña. Debería ser capaz de obedecer, incluso si la creciente excitación hacía que permanecer inmóvil fuera difícil cuando quería arquearse contra él.

Cuando la liberó, pasó los dedos por los brazos hasta los pechos.

—¿Es esto lo que quieres? —Cogió los pezones entre los dedos y los apretó ligeramente.

La sensación la atravesó, como si hubiera chocado contra uno de sus propios

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inventos. Sólo que esta vez el placer remontó el borde y un gemido se le quedó atrapado en la garganta, el sonido salió en voz baja y necesitada.

Trató de hablar y sólo logró un susurro.

—Sí.

Él pellizcó con más fuerza.

Ella no podía decir si arqueó la espalda por placer o dolor. Ambas cosas tal vez, en una reacción química más impresionante que su mejor ronda de explosivos. Demasiado tarde se dio cuenta de que estaba estirando las manos hacia él y se apresuró a agarrarse al saco de dormir de nuevo.

—Buena chica. —Entonces le dio su boca, la lengua rodeó el pezón, excitándolo.

Su cuerpo cobró vida para él. Wilder ya lo había aprendido, incluso en el poco tiempo que habían estado juntos, y ahora parecía dispuesto a utilizar ese conocimiento para liberarla de lo que le quedaba de cordura. Se sentía tan bien que entrelazó los dedos en sus mechones antes de darse cuenta de que se había movido

Él murmuró, aunque su voz se había reducido a un gruñido.

—Casi lista para mí, ¿no? —Movió la mano entre sus muslos—. Tan jodidamente lista.

—Toda yo. —Ella puso la mano encima de su cabeza de nuevo, con miedo de empujar demasiado lejos si no lo hacía—. Siempre estoy mojada para ti, tan pronto como me tocas.

Él envolvió las manos alrededor de los muslos y tiró de ellos para abrirlos.

—¿Toda tú?

Él la había tomado de muchas maneras, y nunca de la más básica y fundamental. Un montón de mujeres profesionales juraban que un sabueso no podía embarazar a una mujer durante la luna nueva.

Podría incluso ser cierto, parecía improbable que nunca hubiera oído hablar de si había sucedido, pero Satira siempre había sido demasiado lógica como para esconderse detrás de una excusa. No se creía a salvo. Simplemente pensaba que el riesgo valía la pena.

Él valía el riesgo y si ocurría lo peor

Satira alejó el pensamiento y se entregó al momento. A él. Wilder la sostuvo abierta, desnuda a su mirada, y el poder erótico de la escena le robó el aliento. Lo mismo hizo las palabras que cayeron sucesivamente, crudas e ilícitas.

—¿Qué quieres, Wilder? ¿Mi coño, apretado alrededor de tu polla?

Su mirada ardió mientras tensaba las manos sobre sus piernas.

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—¿Quieres eso?

Mucho. La mano femenina tembló cuando la bajó, esta vez sobre su propio cuerpo en vez del de él. Reprimió un gemido cuando dos dedos se deslizaron entre sus suaves pliegues, evitando por poco la tentación de dejar que los dedos permanecieran donde podría darle el alivio de la tensión abrumadora.

En su lugar, abrió los dedos.

—¿Puedes ver cuánto?

Varias respiraciones rápidas susurraron dentro y fuera de Wilder, pero no respondió. En su lugar se deslizó hacia abajo, colocando la boca cerca de su mano. Luego le lamió los dedos, la lamió, probando con su lengua.

Incluso salvaje, con solo la mitad de su mente funcionando, era inteligente. Atento. Satira cerró los ojos y gimió con cada lamida, con cada golpe malvado. Apretó los talones de forma impotente contra las mantas mientras curvaba los dedos y temblaba al borde del precipicio de algo inmenso y hermoso.

Dos de sus gruesos dedos la penetraron mientras la lengua jugaba con su clítoris.

—Oh. —Tenía las dos manos enredadas en la manta y no podía recordar cómo habían llegado hasta allí, sólo sabía que iba a salir volando si se dejaba ir.

Él la acarició y trabajó en ella, y el calor se convirtió en fuego, un infierno centrado en cada una de esas malvadas lamidas. Cada una la conducía más alto, hasta que se retorció y empujó contra su mano, con punzantes pequeñas sacudidas de sus caderas, acompañadas cada una con sollozos suplicantes.

—Por favor, por favor…

Wilder levantó la cabeza, aunque continuó follándola con los dedos, añadiendo un tercero antes de curvarlos y frotar su interior.

—Justo así. Tanto placer, cariño. Constante, hasta que no puedas más.

Fue su voz lo que lo provocó, las palabras de cariño en voz baja, roncas y hambrientas. Él la deseaba, la necesitaba, y ese lugar vacío dentro de ella se desvaneció. La tensión se quebró, y cada músculo de su cuerpo se tensó al mismo tiempo, antes de que un absoluto alivio la inundara como una ola de placer tempestuoso.

. —Él siguió murmurando mientras se movía sobre ella. Cerró las manos sobre sus muñecas de nuevo, empujándolos por encima de su cabeza. Un empujón y se deslizó en casa, por completo en su interior.

El clímax se desvaneció en una tensa presión, su cuerpo luchó por ajustarse al tamaño de él. Satira jadeó en busca de aliento otra vez, todavía temblando mientras sus nervios hipersensibles registraban el débil dolor del estiramiento como algo

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placentero.

O tal vez él era placentero. Tan cerca, podía sentir su calor, su respiración le

agitaba el pelo.

—Wilder he querido esto tanto.

—Lo sé. —Las palabras fueron un gruñido y tomó su boca, besándola profundamente y con fuerza.

El impulso implacable de su lengua hizo que su hambre buscara otro tipo de

reclamación. Sus manos estaban atrapadas, pero era libre para levantar las piernas y doblar las rodillas hasta que su polla profundizó más, provocándole un gemido.

—Satira. —Él le hizo subir las piernas más arriba, que las apretara más—. Sujétame, cariño. Eso es.

Ella le clavó un talón en la espalda, instándolo a que se moviera. Se sentía más tensa que la cuerda de una ballesta, pero él era implacable. El único recurso que tenía eran las palabras.

—Por favor, es mejor que cualquier otra cosa. N-necesito más. Por favor, dame más.

Por fin lo hizo. Se apartó un poco y empujó contra ella con un gemido.

—Joder, sí.

Ahora no había dolor, sólo deliciosa fricción. Apretó la boca abierta contra su mejilla y mandíbula, besándolo en cualquier lugar que pudiera alcanzar mientras encajaba en él.

—Más de ti. Necesito todo de ti.

Algo se liberó en él, desató una oleada de deseo que dejó caer sobre ella con embates largos y con sus labios sobre su piel. Feroz. Salvaje.

Pero aún así con cuidado. Satira, con su pulso latiendo con fuerza en sus oídos y la reclamación de Wilder resonando por su cuerpo, era dolorosamente consciente de con cuánta facilidad podría hacerle daño. Que su agarre podría romperle los huesos, que su necesidad interior era tan grande que podía romperla.

No estaba asustada. Él la rodeaba, la llenaba, la llevaba más alto a cada momento, y cuando el placer coronó con una intensidad cercana al dolor, se sintió a salvo de partirse. A salvo para gritar, dejó que el nombre de él saliera de sus labios una y otra vez mientras le hundía las uñas en el hombro y se aferró a lo único sólido en su mundo.

Él susurró unas palabras demasiado bajas y entrecortadas para escucharlas. Sus

caderas bombearon más rápido, y la besó una vez, luego le sostuvo la mirada.

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—Otra vez.

Oscuro. Él era tan oscuro, sus ojos tragados por la bestia. Tal vez otra mujer le habría temido, pero Satira cerró los dedos alrededor de sus bíceps rígidos y sintió su propio poder. Él estaba desesperado por su placer, obsesionado con ella.

Por mucho que ella le necesitara, él la necesitaba mucho más.

Satira levantó la barbilla, ofreciéndole la garganta.

—Ayúdame.

Él la mordió con fuerza, con un gruñido casi salvaje. Su ritmo vaciló y lo reanudó, más rápido. Frenético.

—Satira…

—Y-yo te necesito a … —Ahí. Un pequeño movimiento de sus caderas y todo se ladeó—. Ti —jadeó, mientras el clímax la consumía.

Él aulló con el triunfo, pero no se detuvo. En cambio, la siguió a través del orgasmo con embates lentos y firmes, y sonrió cuando ella gimió su incredulidad al sentirlo todavía duro y listo en su interior.

—Esto es un comienzo, cariño.

Un comienzo.

Por un momento, el miedo apretó el puño alrededor de su corazón y ella cerró los ojos para evitar que él lo viera. Había sido una tonta al pensar que entendía, al imaginar que un sabueso en las garras de la luna nueva no era más que un hombre particularmente vigoroso. Esto era magia, pura y simple, del tipo que su mente analítica siempre había evitado.

No seré suficiente… El traicionero pensamiento luchó por levantarse y ella lo rechazó. Magia o no, sabueso o no, quien estaba sobre ella era Wilder, el hombre que anhelaba con todo su ser.

Ella no necesitaba ser suficiente y abriendo los ojos lo confirmó. El hambre estaba allí, y la necesidad, pero algo más profundo asomaba desde esa mirada salvaje. Algo que le hacía saltar el corazón. En este momento, ella no solo era más que suficiente.

Lo era todo.

Moviéndose lentamente, levantó las manos hasta sus hombros y le rozó los músculos con los dedos mientras le devolvía la sonrisa.

—Llévame más alto.

Lo hizo.

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Moira Rogers La compañera de Wilder Sabuesos 1 * * Las horas eran una mancha de

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Las horas eran una mancha de piel y sexo.

Wilder trazó la curva de la cadera de Satira con la mano y la acercó, hasta que tuvo su culo acurrucado contra él.

—¿Así?

Ella se estremeció con la respiración entrecortada, emitiendo pequeños jadeos.

—Oh-oh, sí. Es-es

Él apretó los dientes y se hundió más profundamente, hasta que la punta de su polla se abrió paso por el increíblemente tenso anillo de músculos. Tenía que ir despacio, introducirla con cuidado en esta nueva sensación.

Wilder… —Tensa, pero también ansiosa, malditamente cerca de vibrar con indecisión mientras sus caderas se movían en pequeñas sacudidas, primero alejándose, como si fuera demasiado, luego hacia atrás, llevándole más profundo, como si no pudiera conseguir lo suficiente.

Presionó con más fuerza, tirando de ella para que se encontrara con su lento y cuidadoso empuje.

—¿Lo ves, cariño? —El único modo de poder manejarlo sería conseguir que tuviera un orgasmo rápidamente, así que deslizó sus dedos alrededor del clítoris.

El gemido comenzó en el interior de ella y se convirtió en un grito ronco mientras la acariciaba. Ella estaba tan cerca que no tardó mucho, unos pocos círculos firmes en el lugar correcto y se volvió loca por él.

Entonces fue imposible retenerse, mantener el control un sueño lejano, pero Wilder sabía en lo más profundo que no le haría daño. Antes cogería una de sus armas de fantasía y la giraría sobre sí mismo.

No, no le provocaría dolor. Le daría dolor, éxtasis.

—Satira.

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provocaría dolor. Le daría dolor, éxtasis. —Satira. * * Ella arrastró la lengua sobre su polla

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Ella arrastró la lengua sobre su polla con golpes lentos y provocativos, pero a través de la lujuria él podía ver la travesura en sus ojos. Cuando ella levantó la cabeza, las manos de él le alcanzaron los pechos. Los apretaron. Ella se arqueó y sonrió, no quedaba nada tímido o retraído en su comportamiento.

—Te gusta mirar. ¿Te gustaría follarlos?

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Un estremecimiento de lujuria atravesó a Wilder mientras la miraba, a la carne suave y pálida que le mostraba.

—¿Y renunciar a tu boca?

—Parece como si fueras capaz de disfrutar de ambas cosas, aunque es sólo una teoría. —Sus ojos oscuros contenían sólo excitación y anticipación—. Demostrar una teoría requiere una experimentación rigurosa.

—Sí, la requiere. —Embistió contra ella, siseando cuando su carne suave abrazó su miembro—. ¡Joder!

Ella rodeó la punta de su erección con la lengua con un ruido satisfecho.

—¿Lo ves?

Wilder gimió.

—Hazlo otra vez.

Ella se quedó sin aliento, como si su reacción fuera suficiente para hacerla temblar. Esta vez lo lamió lentamente, deteniéndose cuando lo miró con esos ojos grandes y hambrientos. Él podía imaginar cómo deslizaba esa lengua para atrapar una gota errante mientras los delicados dedos masajeaban su semilla en su piel.

Sus caderas se sacudieron por propia voluntad y estirando la mano hacia ella le acarició los pezones con los pulgares.

—Más.

Tan rápida para obedecer, tan ansiosa. Cada forma en que la tocaba parecía encantarla. Su confianza era abierta e interminable, incluso ahora que se retorcía y jadeaba con sus atenciones, se centraba en complacerle.

—Sí —jadeó él—. Haz que me corra, sabes que te devolveré el favor.

Ella tarareó su acuerdo.

—Dime cómo.

Oh, se lo diría.

—Puedo hacer eso.

Y él lo hizo.

*

Oh, se lo diría. —Puedo hacer eso. Y él lo hizo. * * Él tomó el

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Él tomó el agua en sus manos y dejó que cayera por los hombros de Satira, sobre sus pechos.

—¿Por qué no has ido al Este a estudiar, como el hijo de Juliet?

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—Porque él es un hijo. —Levantó las rodillas hacia su pecho y pareció como si se curvara sobre sí misma—. No permiten que las mujeres se unan al Gremio oficial o sirvan como inventores en cualquiera de los otros, como el Gremio de los Sabuesos. Ni siquiera me dejan asistir a ninguna de las escuelas.

Él soltó un bufido.

—Así que son estúpidos.

Satira se encogió de hombros y apartó la mirada.

—Muchas personas lo son. No es importante. Todos hacemos lo que podemos con la vida que tenemos.

Las palabras desmentían su evidente dolor. Wilder quería arrastrarla fuera de la bañera para sentarla en su regazo, pero se conformó con presionar un beso a un lado de su cuello.

—Tal vez el Gremio tenga una opinión diferente de ti cuando traigas de vuelta a Nathaniel.

—Tal vez. —Ella trató de forzar una sonrisa—. No se arriesgarán a que Nathaniel se niegue a trabajar, en cualquier caso. Tal vez el nuevo sabueso al que le asignen será tolerante con que me tenga como aprendiz.

—¿No lo crees?

Al principio Satira no respondió. Sus dedos arrastraron la toallita arriba y abajo por su brazo como si no estuviera prestando mucha atención a lo que estaba haciendo. Finalmente suspiró.

—Creo que ya estoy bastante limpia. Si te sientes tranquilo, tal vez deberíamos acostarnos para que puedas descansar mientras la necesidad no te domina con tanta fuerza.

—Eh. —Le levantó el rostro con los dedos bajo la barbilla—. Habla conmigo, cariño.

—No quiero arruinar esto —susurró—. No quiero pensar más allá de hoy. Déjame estar a salvo en tus brazos esta noche. Déjame ser tu mujer.

Lo dijo como si fuera a llegar un momento en el que no lo sería, y por supuesto llegaría.

Cuando todo terminara y ella y Nathaniel estuvieran a salvo, y el Gremio de los Sabuesos asumiera la tarea de decidir dónde era más necesario Wilder.

Por un momento, la conmoción de darse cuenta de eso le robó el aliento. Entonces se estiró a por ella.

—Ven aquí.

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El agua resbaló por su cuerpo cuando ella se levantó, mojada y desnuda, pero cayó sobre él de todas formas. Se aferró con ambas manos, los labios encontraron el cuello masculino pero ella no hizo otra cosa que temblar y aferrarse a sus hombros.

Wilder la envolvió con sus brazos, haciendo caso omiso del agua.

—Ellos nunca me envían demasiado lejos —susurró. Una promesa, o tal vez una excusa, no estaba seguro.

Ella hizo un ruidito y se apretó más. La tensión la abandonó y su temblor se calmó.

—Soy tuya, por ahora.

—Mía. —Él se negó a matizarlo, a darle un final inevitable. Sintió su sonrisa.

*

a darle un final inevitable. Sintió su sonrisa. * * Satira jadeó su nombre con cada

*

Satira jadeó su nombre con cada embate lento, un estribillo familiar con una voz ronca por las tres noches de amor decidido.

Él había aprendido lo suficiente como para convencer a sus piernas de subir más arriba, alrededor de su espalda, por lo que el embate siguiente hizo que su coño se apretara a su alrededor, el cuerpo preparado para el placer. Ella mostró su agradecimiento con un gemido roto, clavando la cabeza en las almohadas para revelar su pálida garganta.

Ya tenía marcas de sus dientes, por lo que le mordió la mandíbula con un gemido.

—Córrete, cariño.

Una mano temblorosa le acarició la mejilla.

—Sólo una —un jadeo—. Una vez más. No puedo córrete conmigo, Wilder. Esta vez, córrete conmigo.

El placer tenso se arremolinó en la base de su espina dorsal, listo para golpear.

—¿Sólo una, nada más?

—Sólo… sólo… —Le clavó las uñas en la mejilla mientras se apresuraba a aferrarse a su hombro—. Wilder

El cuerpo se tensó a su alrededor, sus músculos internos ondularon y él casi se perdió. Se introdujo más profundamente y se corrió, los estremecimientos le atravesaron cuando se unió a ella en el éxtasis.

Cuando pudo volver a respirar, apoyó la cara contra su cuello.

—Cristo.

—Mmm. —Ella le acarició los hombros con la punta de los dedos—. Pareces…

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más tranquilo. ¿Eso significa que el poder de la luna nueva casi ha desaparecido?

—Eso, o has conseguido agotarme.

La risa de Satira sonó encantada.

—El primer día que te conocí, te dije que podría manejar una dura cabalgada.

Él no la creyó, pero debería haberlo hecho.

—Voy a darte la razón en eso. Soy un idiota con mal juicio.

—Pero una persona agradable. Y voy a confesar que yo también me siento un poco agotada. —Debajo de él, su cuerpo se sentía líquido. Sin huesos—. Podría necesitar un poco de descanso.

Wilder rodó y la abrazó.

—¿Significa que mantenga mis pantalones puestos en el futuro inmediato?

Satira arrugó la nariz y acomodó la mejilla sobre su hombro.

—Tal vez unos pocos días. No es que no haya disfrutado de cada momento pero me alegro de que sólo ocurra una vez al mes.

No importa lo cerca que el Gremio lo mantuviera, Wilder dudaba que lo hiciera volver a ella cada mes.

El pensamiento heló a Wilder.

—Necesitas descansar.

Estoy descansando. —Las palabras salieron somnolientas y contentas—. Me siento exhausta. Y maravillosa. Y viva.

Viva. Tantos planes que hacer, cosas que discutir y ahora habían perdido los últimos días.

—Tenemos que hablar sobre a qué nos enfrentaremos cuando asaltemos el complejo.

Ella cerró los dedos en un puño contra su pecho.

—Siempre y cuando entiendas que somos nosotros y no solo tú.

Aunque él había pensado que ella podría quedarse atrás, no podía dejarla sola.

—Lo sé.

Después de un momento, ella volvió a relajarse.

—No tengo el tiempo y las herramientas necesarias para hacer algo particularmente elaborado, pero puedo hacer un agujero en una pared, o derribar un edificio si es necesario.

—No sabré lo que necesitamos planificar hasta que no vea dónde mantienen a

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Nathaniel.

—Voy a seguir tu liderazgo, Wilder. No me quedaré atrás… sino que te seguiré. Te lo prometo.

—Eso es todo lo que te he pedido, cariño.

—Mmm. —Ella volvió la cabeza y lo besó en el hombro—. ¿A qué crees que vamos a enfrentarnos al llegar a la casa del vampiro?

Podrían encontrarse con una ligera resistencia o un ejército de necrófagos y vampiros, pero Wilder tenía sus sospechas.

—Si este vampiro necesitó a Archer para tendernos una trampa, lo más probable es que no esté encerrado en una fortaleza. Hay puntos débiles en sus defensas.

—¿Crees que Archer estará allí?

Él intentó no tensarse y fracasó.

—Probablemente. Si yo fuera ese chupasangre, le querría cerca de mí para hacerme frente en caso de que no cayéramos en la trampa.

—Nunca he oído hablar de un sabueso que se volviera contra el Gremio. —Empezó a acariciarle el pecho, trazando círculos interminables y calmantes—. Siempre he pensado que tenían medios para garantizar que eso no sucediera.

—No tienen representantes tan lejos. Cuando lo averigüen, se ocuparán de él. Hasta entonces

Ella terminó la frase en un susurro.

—¿Te vas a ocupar de él?

En un tiempo, Archer había sido un compañero de trabajo. Un amigo. Ahora, era un riesgo y un peligro para Satira.

—Me ocuparé de él.

—Lo siento, Wilder. —Se acurrucó más como si quisiera protegerlo—. Esto no ha sido un trabajo sencillo para ti, ¿verdad?

—No pretendía serlo —admitió él—. En realidad no es vida para nadie, pero tiene que hacerse.