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DELITOS MENORES
Relatos homoeróticos de este y otros mundos

Estudio Third Kind

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Cumplimos tres años. Gracias a todos los que nos habéis seguido y apoyado desde entonces. Vosotros formáis parte de esto. Así que… esta pequeña recopilación de relatos antiguos (algunos demasiado antiguos) va dedicada a: Raion, Marién , Teresa Pérez, María de Mendoza, Lexadian Syrx, Esther, Madelin, Elvira, África, Sandra, Martí, Freya Karstein, Loup Rivia, Aeren, Atenea, Sascha Lemoine, Nisa Arce, Kubota Takara, Yuuki-chan, Anne Crosv, Nut Chan, Pablo Pascual, Blanca Castañeda, Cristina Casu, Sofía Olguín, Kozi, María Yvette Díaz, Tamara Pastor, Alia Dama, Jennifer Al Thana, Sabrina Cámara, Lucero Manchola, Bea Durán, Irene Stern, Sabe, Bella MP, Evelt, Raquel Amanda Pohlman, Jenny (Greedy Imp), Xime Angelita, Victoria Nanjo, Mabel Fernández, Agnes San, Mariposa, Marina, Rosa María Rodríguez, Jeremy Noise, Izumi Hatake, Ariadna Romero, Giselle Santos, Glad Nadruz, Itzel Velasco, Mer González, Dreamspinner Press Spanish, Dulce Elegida, Leonela, Jessica Pérez, Galadriel Santana, Heiko García, Paty Vera, Pescadora de Estigia, Cristy Herrera Negrín, Macarena Rodríguez, el staff de Intruders Slashzine, Alexandra Taipe, Zoe Pataky, Ro Hoshi, Meliza Malfoy, Roni Green, N.J. Nielsen, Ashaliim Luna, Mari Ripio, Ricky Rami, José E. Rodríguez, Chris Yke, Hamish Holmes, Jade Duvain, Bea (Marilyn Morbo), Jocelyn Castro, Anne Scarlet, Laliviqui Morisot, Akane Malfoy, Maill Jeevas, Hermione Drake, Belén Bueno, Paqui Ripoll, Chelo Vela, JazOm DL, Genesis Carvajal, Elena Diego Marcote, Drella Le Fay, Cristina Charneco Rosales, Wendy Scream, Rowena Prince, Hachiko Ichinose, Rosa Valkiria, Paty, Dulce C. López, Clau Felton Black, Carol Flores, Verónica Nelie, Mikaria J. Karter, Dimarbet, La Cuna de Eros, Caell McLeod, Gareus, Floor Landriel, Lluís Belatrix, Carla Castro, Moni Lagos, Nayra Ginory, Maria Luisa Hortigüela, Cris Luneburg, Yesi Torres, Kari Tatsumi, Marisú, Julieta Figueira, Luis Valdés Francés, Cristina García, Alexo S. Solano, Jair Ortiz, Bella Silva, Matilda Rosette, Moonchild Rache, Vilous Pal, Eric Salamero, Juan Manuel Novelo, Iván Js, Andrea Casanova, Sandra Cristina Salas, Pablo Rodríguez, Manuel Pantoja, Brianna Wild, Isa Calderón, David (Dave Brush), Lucy Amador, Andrea Antivar, José Luis Artavia, D. W. Nichols, Kath Osorio, Claudia (Kayle Solanian), Félix Esquite, AnyT Grandchester, Aya Athalia, Yumi Hosaka, Carolina Devell, Mohammed Nouar, Sandra Frade, Noe Arnau, Gabriela Serrano, Yue Yaoi, Francisco David Alba, Karla Huerta, Hana Miyoshi, Kenia Vázquez, Endrick Jpo, Meroly Blue, Traducciones Oesed, Cristina Puig, Malkav Okabe, Lucy McNeill, Alessandro Ferrer, Olga Lucía Plata, Sara Moreno Martínez, Calypso Snape, Morgana Celtic, Rut Jiménez Alonso, Silvia Castro, Visi Frade, Alba Millán Castillo, Alba Robsessed, Tyrone Bale, Tsuki Dos, Pilarín, Annie Moneth, Ruth Molano, JC Küdell, Aurora Eos, Letras Enlazadas, Francisca Sandoval, Janendra Janeb, Aintzane Landeta, Irvine, Alicia González, Dimas Asuryan, Kamil Lobo, Vanesa Vázquez, Margot, Marta Fernández, ELAY, Kart Tesa, Sioban Marie

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Keegan, Nathaniel Gray, Sam Makenzi, Narcotic Doll, Lorena Gimeno, Beatriz Gallardo, Pilar Rubio, Jessi Katze Estrada, Yohanna Peña, el grupo Novela Romántica, Jess Jackie Haupt, Mª Ángeles Astrid, Solmar, Rossana Estades, Diana Quispe, Visión Masurao, Aldara Ríos, Victoria Alcayaga, Sandra Valdez, Ishild (Larry Christmas), Sonia Camps Giménez, Valentina Alfaro Vega, Lidia Frutos, Laura (Hybris de las Comadrejas), Rox, Nady Maguiña, Juan Carlos Luis Rojas, Fabiana Plaza, Diana Muniz, María José Rodríguez Alonso, Ignace Craithe, Cristina, Natsu Athalia, Yomara Higueros, Eme San, Agapay, Pumkin Zu, Adrián Castrillo, Rocío Ro, YM García, Pamela Caballero, Sergio Plaza, Aurora Seldon, Mer González, Ana Jordá, Judith… y todos los que se nos olvidan, que esperamos que sean pocos. Que sigamos juntos por muchos años más. ¡Mil gracias! Hendelie & Neith

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LA MARIPOSA DE CRISTAL
Un relato de Flores de Asfalto: La Salamandra. Cuenta la historia de cómo se conocieron Liam y Lot Anders (Elliot), dos de los protagonistas. Lo utilizamos como introducción para «La Salamandra».

 30 de Diciembre de 1890 — Minneconjou Está saliendo el sol al fin. Se refleja sobre la nieve, haciéndola brillar allá por el este. Ayer todo eso era un campo de batalla. Hoy todavía están quemando a los muertos. Ayer también nevó, mientras los fusiles escupían fuego y los cuerpos caían a tierra. La nieve se manchó de rojo. Al final todo el suelo estaba rosa. Parecía un enorme algodón de azúcar. Han muerto indios y han muerto blancos. Una tragedia. Hoy todo ha terminado. Están encendiendo las piras, nada puede hacerse por los que ya se han ido y, desde luego, no hay manera de evitar la desgracia que ha tenido lugar. Por fin se acabó, eso es lo importante. Y Liam quiere irse a casa. No le gusta este lugar. Demasiado al norte, demasiado salvaje. Aunque… no, no es justo decir eso. Sí le gusta. En realidad lo que detesta es su presencia aquí, la suya, la del ejército. Íntimamente opina que nunca deberían haber venido, pero eso, como tantas otras cosas, se lo guarda para sí. Liam tiene treinta y tantos años y los ojos verdes como la tierra de sus orígenes. Tiene una mata de cabello castaño y rizado que no se corta salvo lo estrictamente necesario, lo justo para no parecer un salvaje. Es guapo y elegante. Liam se limpia los botones del uniforme todos los días. Mantiene el amarillo bien brillante y el azul sin una mota de polvo, sin un rastro de pelusa. Siempre lleva las botas impecables. Conoce el himno a la perfección. Podría cantar Garryowen en cuatro idiomas e interpretarla en seis instrumentos, es capaz de acertar a una lata a una distancia más que aceptable y es un jinete excepcional. Sureño, patriota y cumplidor de órdenes. Liam es un soldado estricto y rígido, es un hombre severo y serio. Liam podría ser el soldado perfecto si le gustara la guerra. Pero ha luchado ya unas cuantas, y si está aquí es sólo por una casualidad del destino. Por suerte para el chico. El chico está sentado enfrente suya, sobre uno de esos tocones mal cortados. Está mojando un trozo de pan duro en el chocolate caliente. Lo hunde dentro de la taza de metal con dos dedos largos y finos. El pelo le cae sobre el rostro, y detrás de esa cortina de cabellos oscuros, los ojos color ámbar del muchacho le observan con una expresión curiosa. Curiosa pero también burlona. Liam finge no darse cuenta, mientras se saca brillo a la abotonadura por décima vez. El chico lleva el uniforme reglamentario. Liam se pregunta si lo ha robado o, simplemente, mintió al unirse al regimiento. Liam reconoce a un mentiroso cuando lo

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tiene delante. Él es un mentiroso fuera de serie, y en cuanto ha visto a ese chaval, ha sabido de inmediato que tampoco se queda atrás. Se pregunta si es mejor mentiroso que él. Pero sobre todo se pregunta qué le resulta tan gracioso, porque no deja de sonreírle con ese gesto travieso cada vez que sus ojos se encuentran. —¿Estás mejor? —pregunta al fin. El chico se lame los restos de cacao de los labios y se aparta el pelo de la cara. El movimiento de sus dedos es elegante, como un revoloteo. —Sí, gracias. Luego le mira directamente con esos ojos de color extraño. Es la primera vez que se hablan. El día anterior, Liam lo sacó a rastras del campo de batalla. Le descubrió de pie, con el arma en la mano, en medio del caos. Tenía la mirada perdida. Parecía que se hubiera vuelto loco, pero él sabía que en realidad, sólo estaba asustado. Por eso disparaba a todo el que se acercase, amigo o enemigo. Liam se acercó por detrás, le quitó el rifle y prácticamente se lo llevó a rastras al campamento. El chico pataleaba y gritaba como un animal salvaje. Una vez entraron a las tiendas, rompió a llorar y tuvo una crisis de ansiedad. No fue el único. Lo que se había visto en aquel combate, en aquella batalla que no debía haber tenido lugar, fue algo que ningunos ojos querrían ver. Una masacre absoluta. Liam tenía la sensación de que el nombre de aquel lugar, Wounded Knee, no se olvidaría fácilmente. Desde luego los indios no lo olvidarían. Pero ellos tampoco. —¿Cuántos años tienes? —pregunta Liam, otra vez. El chico sonríe con aire misterioso y arquea ambas cejas. El uniforme le sienta bien, a pesar de que no es muy alto y está bastante delgado. —Veintiuno. Liam reprime la risa. Esa respuesta, con esa expresión socarrona en el rostro sólo le confirma que está mintiendo como un bellaco. —¿De verdad se lo tragaron los reclutadores? El muy sinvergüenza se sacude el polvo de la pechera y se hace el inocente, sobreactuando. —Pero si estoy diciendo la verdad, señor. —Apuesto mis guantes a que no pasas de los dieciséis. El muchacho inclina la cabeza hacia abajo, con una risita, y le mira entre los cabellos, que de nuevo le caen sobre el rostro. Marea otro trozo de pan dentro del chocolate. —¿Usted cree? Acepto la apuesta. Liam entrecierra los ojos. Lleva muchos años sobre este mundo y nunca le han mirado así. Le hace sentirse desafiado. ¿El chico le está provocando? Sospecha que sí. Una provocación ambigua, que le ha hecho sentir un punto de calor en la nuca que le desciende por la espalda. Como si alguien la recorriera con su aliento.

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Aparta esos pensamientos de su cabeza y se centra en la curiosidad. Sí, la curiosidad. Liam no es la clase de persona que se queda con preguntas en el tintero: ha aprendido que la mayoría de la gente tiende a morir antes que él, así que no suele perder el tiempo ni la energía en fingimientos inútiles. Y si tiene curiosidad, hace preguntas. Que es lo que hace ahora. —¿Te has escapado de casa? —Soy un espíritu libre —responde el muchacho, masticando. Mantiene la sonrisa, perpetua, ahora delineada con el color brillante y oscuro del chocolate. Le acerca el picatoste amablemente —¿Usted no desayuna, señor? —Ya lo he hecho. —Oh. Se encoge de hombros y da otro mordisco. Liam suspira y se cruza de brazos, intrigado. El chico no parece traumatizado por lo sucedido el día anterior. Quizá lo ha olvidado. Se da cuenta de que no mira a nadie a pesar de que hay bastante movimiento en el campamento. Cuando una camilla con un herido pasa junto a ellos, inundando su trocito de paraíso nevado con los alaridos de dolor y el aroma intenso y metálico de la sangre, el chico se limita a actuar como si eso no existiera. «No importa que no lo parezca», se recuerda Liam. Él sabe muy bien que las cosas, rara vez son lo que parecen. Y este individuo que tiene delante no deja de ser un chico joven que probablemente está enfrentándose al miedo, la soledad y el dolor con sus armas. Sean las que sean. En su caso, al parecer, su rifle se llama frivolidad. Se da cuenta de que los ojos color ámbar están observando las iniciales bordadas en su uniforme. Alarga la mano y se decide a presentarse. —Soldado Liam McKenzie. Para servirte. El chico mira la mano y carraspea, dejando la taza y el pan sobre el taburete destartalado que les sirve de mesa. Se sacude las migas y le estrecha la mano con un apretón decidido. —Elliot Salamander. Y no me he escapado —añade, levantando la barbilla con rebeldía. Liam reprime la sonrisa. Acaba de decidir que este chico le gusta. Quizá sea por el nombre. No, no solo por eso. Le gusta sin más. Es guapo. Pero tampoco es solo eso. —Como tú digas. De todos modos, deberías marcharte en cuanto puedas. Este no es sitio para alguien como tú. Liam se da cuenta de que ha dado en el clavo al observar el relampagueo furioso en la mirada del muchacho, aunque su expresión facial no cambia. —¿Alguien como yo? ¿Qué quiere decir con eso, señor? —Que si estás buscando aventuras, vayas a jugar a las cartas o te labres una carrera como estafador. Va más con tu estilo. Pero la guerra no te combina bien con esas manos de dedos ágiles. Está lanzando disparos por mero instinto, pero ha dado en el clavo. El chico se ha quedado de piedra. Después se echa a reír, con una risa suave y disimulada, mirando a ambos lados. Como si temiera que alguien le descubriera divirtiéndose allí. Es algo bastante amoral, divertirse en el escenario de una matanza. 8

Liam también lo sabe. Pero ya ha sufrido un poco por las víctimas, su moral ya ha estado a la altura de las circunstancias. —¿Es usted adivino, señor McKenzie? —pregunta el chico. Ahora también hay curiosidad en sus ojos. —Si me preguntas eso es porque he acertado en todo. —También puede que se lo pregunte para recomendarle que cambie de profesión. —Soy soldado. —Liam sonríe, siguiéndole el juego de las apariencias. —Y yo. —Elliot sonríe también. —La cuestión es si quieres seguir siéndolo mañana. Elliot deja de sonreír. Levanta la mirada hacia el cielo y se rasca la barbilla, cruzando las piernas. Y se lo piensa. Liam le observa entretanto. Por supuesto que este chico no tiene nada que hacer en el ejército, maldita sea. No porque no fuera a ser útil, no porque no fuera a estar a la altura… es que sería un terrible desperdicio. Sólo hay que fijarse un poco en él para verle el potencial: la manera de moverse, la manera de hablar, ese ingenio oculto que brilla en sus ojos de ámbar… el joven tiene clase. No el tipo de clase que se mama desde la cuna, no. Es evidente que este elemento es un pícaro, alguna clase de pillo que ya está acercándose a la edad en la que los pillos cuyas trastadas todo el mundo ríe pasan a convertirse en delincuentes. Seguramente se haya dedicado al robo o sea un timador asociado que trabaja para alguien más mayor. No, el chico tiene otra cosa, algo innato, una elegancia natural, un aura estilosa y refinada de la que seguramente no es consciente. —¿Y usted, señor McKenzie? —Elliot ladea la cabeza, el cabello se descuelga sobre sus hombros cuando se inclina hacia delante. Los ojos del joven parecen atravesarle, brillantes y curiosos—. ¿Lo seguirá siendo mañana? Liam le sostiene la mirada. Hay algo de complicidad en ella. No entiende bien qué es pero existe entre los dos una suerte de reconocimiento mutuo, como el de dos animales de la misma especie al encontrarse. Es extraño, porque Liam no ha sentido ese reconocimiento hacia ningún otro ser humano desde que él mismo cambió. Observa al chico. Es joven, y muy atractivo. Le gusta la expresión de su mirada, ambiciosa y magnetizada. Atrae y se ve atraída con facilidad. La detiene en los copos de nieve sueltos de vez en cuando, como si fueran algo fascinante. La detiene en él. La detiene en sus ojos, en sus labios. Y Liam se da cuenta de que el chico, definitivamente, está flirteando. —No —responde, inclinándose hacia delante también—. Mañana ya no lo seré. —¿Y qué será? Liam entrecierra los ojos y medita unos segundos. Ambos han bajado la voz. Finalmente se decide y alarga los dedos hacia el rostro de Elliot, que no se aparta, sino que esboza una sonrisa suave y traviesa. Liam le roza el cabello y le tiende una diminuta mariposa de cristal, azul, que parece salir de la nada. No se sorprende tanto como hubiera esperado. Sin embargo, algo cambia en su expresión. Cierra la mano sobre la mariposa de cristal y cuando la abre, ya no hay nada.

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Liam arquea las cejas. Cuando le mira a los ojos, el chico abre la otra mano y le devuelve la mariposa. Sus dedos se tocan. Es Liam el que rompe el contacto. Se guarda la mariposa en el bolsillo. —¿Ilusionista? —pregunta, aun sabiendo la respuesta. —Estoy aprendiendo —admite Elliot—. ¿Usted ya es maestro? —Lo soy —asiente Liam—. Hace bastante tiempo. Aún no ha reaccionado. No es sólo la sorpresa al descubrir que el joven de los ojos extraños es prestidigitador. Es ese magnetismo que le está atrapando lentamente, a medida que la fascinación de Elliot va en aumento. Nunca le han mirado así. El chico le contempla como si fuera un misterio insondable, una caja repleta de secretos. Como si quisiera descubrirlos todos. Y Liam está empezando a sentir una tentación demasiado fuerte. El chico le está seduciendo, es evidente… pero lo cierto es que él se deja provocar. Y está seguro, segurísimo de que si le tendiera la mano y le… Mira alrededor y se recompone de inmediato. Demonios. Lo que está pensando no está bien. Sólo es un chiquillo. Seguro que no tiene ni los dieciséis. Ha apostado sus guantes, y no los habría apostado si no estuviera seguro. Presa de unas repentinas ganas de escapar, se pone de pie y se sacude el polvo invisible de los pantalones. Se despide con naturalidad. —Bien, chico. Me ha gustado conocerte. Ya que mañana ninguno seremos soldados, espero que volvamos a encontrarnos en el futuro. En mejores circunstancias. El joven Elliot Salamander le sigue mirando como hechizado, y al final, esboza una sonrisa. —Yo también lo espero, señor McKenzie. —Te deseo todo lo mejor. Quedo a tu disposición. Mientras camina hacia su tienda, está sintiendo esos ojos brillantes fijos en su espalda. Se mete la mano en el bolsillo y busca la mariposa de cristal. No la encuentra. Y la sola idea de volver atrás y comprobar si la tiene el chico es peligrosa. Liam está cansado. Realmente, quiere irse a casa. No le gusta su presencia en este lugar. Vinieron a llevarse las armas de los indios y lo que van a llevarse en realidad es un puñado de malos recuerdos. Eso los que todavía pueden salir de aquí. Sabe que en el fondo tiene mucha suerte. Hoy hará el petate, se montará en el caballo, entregará al Coronel su carta de renuncia y se marchará a coger el tren en la población más cercana. Quiere volver a Nueva York cuanto antes. En Nueva York, la nieve sólo se mancha de sangre en algunas calles concretas. 

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Ciudad de Nueva York, tres años después A pesar de todo lo que dicen sobre el Ear Inn, Liam nunca ha visto aquí ningún fantasma. Marineros, muchos. Pero fantasmas ninguno. Se está bebiendo la pinta, sentado en una de las mesas del fondo, junto a la escalera que sube a las habitaciones. Liam no bebe mucho, pero sí lo suficiente como para seguir considerándose a sí mismo irlandés. No se perdonaría perder sus raíces. No se perdonaría perderse a sí mismo. El propietario le ha pagado ya por su actuación de esta noche. No ha sido nada demasiado espectacular: desapariciones, una buena narración y mariposas de cristal. Ahora empieza a aburrirse de ver a la gente ir y venir, charlar a voces y tragar alcohol como si no existiera un mañana. Se marchará en cuanto termine la pinta. Acaba de decidirlo. O al menos, lo había decidido. Hasta que le ha visto por el rabillo del ojo: una sonrisa divertida y una mirada burlona que le escruta desde lo alto de la escalera. Entrecierra los párpados: conoce esos ojos, los ha visto antes. Son del color de la cerveza turbia, del whisky añejo. Un par de murciélagos surcan el aire, trazan un arco y caen sobre su mesa. Liam se echa un poco hacia atrás. Los mira. No son murciélagos, son dos guantes negros de lana. —Tenía usted razón —dice una voz desde el rellano—. Sólo tenía quince. A Liam le da un vuelco el corazón cuando reconoce al propietario de esa voz, de esos mitones roídos. Se ríe entre dientes, guardándose los guantes de lana en el abrigo. Vuelve un poco el rostro hacia arriba para hablarle. —Un trato es un trato, así que me los quedo. Espero que no se te estropeen esos dedos de prestidigitador. Hace mucho frío en esta ciudad, sobre todo en febrero. Los escalones chirrían cuando el chico baja un par de ellos y sale de las sombras para mirarle. Está más alto que entonces, un poco más corpulento. Se le ha esculpido el rostro, endureciendo muy levemente sus rasgos y anunciando su entrada en el mundo adulto, pero a pesar de esos sutiles cambios, aún mantiene un aspecto descaradamente juvenil. Y no parece que su carácter haya cambiado. Está apoyado en la barandilla de la escalera, observándole con descaro y una sonrisa pícara. Sigue llevando el pelo largo. Liam también. Él no ha cambiado nada, ni lo hará. Elliot Salamander le muestra sus manos y mueve los dedos. —De momento están bien… pero si me convierto en un artrítico inútil será culpa suya, señor McKenzie. —Podré vivir con ello. ¿Has visto el espectáculo? Elliot se encoge de hombros. —Me ha gustado. Pero tengo la sensación de que se reprime y sólo nos da las migas de su talento. Es usted una persona malvada y cruel que tortura a su público.

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Liam se ríe entre dientes otra vez. —¿Y por qué piensas eso? Elliot se mete la mano en el bolsillo y deja la mariposa de cristal sobre la barandilla. Liam frunce el ceño y luego levanta una ceja, mirando el pequeño juguete y luego a él. —Aún no he sido capaz de hacerla volar. —¿Quieres aprender? El joven hace un gesto casi desdeñoso. —¿A usted qué le parece? A Liam, en realidad, le parecen muchas cosas. Le parece que el brillo en los ojos de Elliot sigue siendo igual de fascinante y fascinado al mirarle, le parece que esa manera de ladear la cabeza y observarle, de sonreír y hacer un mohín disimulado, de tocarse el pelo y empujar la mariposa hacia el abismo con un dedo son provocaciones. Provocaciones descaradas dirigidas hacia él. Las mismas provocaciones de hace tres años. Solo que ahora ya no tiene quince. Tiene dieciocho. Liam lo reconoce con resignación: ha hecho la cuenta en el preciso momento en que él ha tirado los guantes sobre su mesa. —Me parece que eres un joven muy comprometedor. Elliot vuelve a reírse entre dientes. La mariposa de cristal cae. Liam extiende la mano y la coge al vuelo, haciéndola elevarse y revolotear sólo un momento para después guardársela en el bolsillo. —¿Le he puesto en un compromiso, señor McKenzie? ¿Cuándo? No lo recuerdo. —Aún no lo has hecho, Edgar. Pero tengo la sensación de que lo estás intentando. Liam reprime la sonrisa. —¿Ah si? Pues yo tengo la sensación de que acaba usted de confundir mi nombre a propósito para ver mi reacción y hacerse el interesante. Liam no puede aguantarse más y termina por sonreír abiertamente. Tiene que reconocer que el jovencito se lo está trabajando, y desde luego no es lo mismo dejarse seducir por un chiquillo de quince que por un casi chiquillo de dieciocho. La moralidad y la legalidad son muy estrictas con las edades, y para Liam ambas cosas, moralidad y legalidad, siguen siendo importantes. Se le escapa una risa suave y se levanta de la silla, dejando la pinta a medias y las monedas precisas para pagarla. —¿Ya se marcha? —pregunta el chico, desde su atalaya. Liam levanta el rostro y finge pensárselo. —¿Tengo algún motivo para quedarme? Quiere que le convenza, y aunque es posible que Elliot sepa perfectamente a qué juega, le sigue el hilo con naturalidad, con el brillito en los ojos y su expresión presumida.

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—Dicen que hay un fantasma aquí arriba. De un marinero. ¿No quiere subir y ayudarme a buscarlo? Al muy truhán se le escapa una risita y le centellean los ojos anaranjados. Ni siquiera se ha tomado la molestia de buscar una excusa mejor. Ahí arriba, asomado a la barandilla, parece alguna clase de duende malicioso, uno de esos diablillos menores invocado por algún cabalista despistado. Liam recoge el bastón y sube los escalones uno a uno. Observa cómo se crispan los dedos de Elliot en la barandilla, luego los cierra con fuerza y los aparta. Le está observando casi con avidez, siguiendo cada uno de sus pasos, y aunque la expresión de su rostro no cambia, Liam se está dando perfecta cuenta de la potencia de su deseo. En lugar de envanecerle, ese descubrimiento le despierta ternura. Supone que el joven le desea porque es guapo, porque le salvó la vida en Wounded Knee y porque admira sus capacidades como ilusionista y prestidigitador. Eso quiere creer. —Se llama Mickey —dice, al llegar a la altura de Elliot. El joven tiene que levantar la cabeza para mirarle. Liam es mucho más alto que él, aunque no tanto como hace tres años. —¿Quién? —El fantasma. Salvan juntos los dos últimos escalones que conducen al pasillo de las habitaciones. Liam le ha cedido el paso. Elliot va delante, mirando por encima de su hombro de vez en cuando, como si quisiera cerciorarse de que sigue ahí. —¿Qué clase de animal es el de la empuñadura? En tu bastón. Elliot le tutea por primera vez, y esa es la clase de cosas que a Liam no le pasan desapercibidas. Pero tampoco le molesta. Al fin y al cabo, están en el preámbulo de tener sexo. No cree que sea apropiado un trato demasiado formal en determinadas situaciones, podría romper la emoción del momento. —Es una quimera. Qué observador. —Es cierto, lo soy. Han pasado delante de siete puertas. Al llegar a la octava, Elliot saca una llave y la introduce en la cerradura. La gira y la puerta chirría. La figura del joven se funde en las sombras del aposento. Liam entra en la habitación y cierra a su espalda. Espera a que Elliot encienda las velas, una detrás de otra. Es un cuarto de pensión, no tiene cuadros ni adornos, ni ventanas. Sólo una cama de aspecto envejecido y un arcón, una mesa y una silla de madera. Se ha quedado en la puerta, mirando al joven. Él sopla la cerilla y la tira al suelo, dándose la vuelta para encararle. Levanta la barbilla y sonríe. —Quiero aprender a hacer volar mariposas de cristal —dice Elliot Salamander, en un susurro—. Quiero aprender todo lo que puedas enseñarme. —No tienes que acostarte conmigo para eso —replica Liam. Ha sonado un poco tajante. Pero tiene una explicación. A Liam le gusta el chico, claro que le gusta. Y claro que quiere yacer con él; el muy bribón lleva intentando embaucarle un buen rato y él no es de piedra todavía. Ni

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lo es, ni quiere serlo. Nunca le habían seducido así y es agradable. Es más, es de agradecer. Elliot le está haciendo sentirse hermoso, apreciado y deseado, está despertando su ego y una suerte de euforia soterrada. Le está haciendo sentir, y con eso es suficiente. Pero si lo está haciendo como una especie de pago a cambio de su instrucción, entonces no quiere saber nada. Ajeno a su hilo de pensamiento, el joven de los ojos extraños se echa a reír otra vez. —Eres demasiado serio —le reprocha, quitándose la chaqueta y dejándola en el respaldo de la silla—. Quiero que me enseñes todo lo que sabes. Y quiero acostarme contigo. Pero ambas cosas no están relacionadas. —Gracias por aclararlo —replica Liam, levantando una ceja. Es un alivio despejar esa duda. Cuando la barrera ha caído, se acerca a él en pocas zancadas y le rodea la cintura con un brazo. Le pasa una mano por la mejilla, llenándose los dedos con el tacto de su piel. Elliot le lanza los brazos al cuello y se pone de puntillas para buscar sus labios, tirando de su cuello hacia abajo. El primer beso es como morder una fruta henchida y jugosa, que estalla en su boca con un sabor ácido. Cítricos y frutas tropicales. Es un largo instante de respiraciones sincronizadas, lenguas explorándose con arrebatado descaro y calor compartido. Se acoplan en una armonía que a Liam le resulta casi emocionante, y cuando siente los dedos de su joven compañero tirando de su ropa con ademanes gentiles, le imita. Le desabrocha la chaqueta, abre los botones de su camisa. Le roza la piel caliente del pecho. Pronto, el suelo de madera se cubre con las prendas arrancadas de uno y otro, cada vez con más urgencia, a medida que los besos se vuelven más apasionados y sus manos ya no saben dónde tocarse. Los dedos se hunden en el cabello, se deslizan sobre los hombros, buscan paso a través de las abotonaduras. Liam tiene la respiración acelerada y la sangre se le ha subido a las mejillas. Hasta para eso es irlandés. Elliot le está sorprendiendo con su entrega apasionada, con los gemidos entrecortados que se le escapan entre los besos y con la repentina calidez que ha cubierto sus ojos extraños. Cuando le guía sutilmente hacia el colchón, Elliot está peleándose para sacarse los zapatos sin desatarlos, con la camisa abierta y los tirantes colgando del pantalón. El cabello largo le cubre la mitad del rostro, las hebras se le pegan a los labios húmedos cuando se separan para respirar. Tiene los dedos enredados en la mata de cabello castaño de Liam, y tira de él hacia sí cuando se hunde en la cama. —Me gusta como hueles —le dice—, me gusta tu sabor, y el tacto de tus manos. Debiste llevarme a tu cama hace tres años, cuando los dos éramos soldados. Debiste hacerlo entonces. Me has hecho esperar mucho. Liam no responde. Le mira, con los ojos verdes muy abiertos. Elliot le parece más hermoso aún ahora, después de haber dicho esas palabras, aquí tendido sobre las sábanas amarillentas. La luz de las velas convierte sus iris en dos amatistas líquidas, en pozos de oro fundido y piedras preciosas. Luego vuelve a besarle, con el corazón retumbando en su pecho. Le ha despertado una emoción pura, que nace en los restos de su alma como una flor y que se quedará ahí, pase lo que pase después.

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No es consciente del momento en que ambos quedan desnudos, pero cuando sucede, sus manos se convierten en pinceles que se deslizan una y otra vez sobre él. Le gusta el roce de su cuerpo, la calidez de su piel. Elliot tiene la piel muy suave y no tiene vello, apenas una pelusilla oscura en las piernas y entre los muslos. Su cuerpo es juvenil, pero masculino. Tiene los músculos marcados y es fuerte, aunque no tanto como él. Le gusta su olor, como a resina. Y su lengua inquieta dentro de su boca, sus manos que le tiran del pelo y a veces le arañan, y su sonrisa que despierta a veces mientras se devoran. Cuando le toca entre las piernas, él da un respingo y se tensa, sólo un momento. Luego se relaja. Luchando contra su propia hambre, mantiene los labios ocupados en su pecho y una mano cerrada sobre su sexo, moviéndola con caricias hábiles y medidas. El joven prestidigitador se está retorciendo bajo ellas; sus gemidos han roto el silencio un par de veces. —Nunca has estado con un hombre —afirma Liam en voz baja, cuando se aparta un momento para besarle en los labios. Elliot abre los ojos. Niega con la cabeza. —¿Es un problema? —replica, precipitadamente—. Si lo es, fingiré que sí. —No es ningún problema. Y nada de simulaciones —responde Liam, hablando con un tono suave—. Relájate. No haremos nada que no quieras. No le importa lo bien que sepa fingir. No le importa que pretenda ser descarado y atrevido cuando le seduce: si es la primera vez que está con un hombre, estará un poco asustado, o al menos inseguro. Eso cree él. Así que va con cuidado. Se prepara a conciencia y se encarga de prepararle también, regalándole sus mejores caricias. Cuando le toma entre los labios, con los dedos impregnados de saliva hundiéndose en su entrada, Elliot ya está fuera de sí. La respiración se le ha roto en gemidos entrecortados, en jadeos descosidos que apenas puede aguantar en la garganta. Se arquea y se estremece, se muerde los labios, araña las sábanas, las golpea, tira de ellas. Su rostro tan pronto es una máscara sufrida como un poema a la lascivia. Al final parece rendirse, dejando caer la cabeza hacia un lado y clavándole los dedos en los hombros, dejando que los gemidos quebrados, dolientes, se encadenen sobre su lengua. Su sexo sabe a vainilla. Liam empieza a tener problemas para controlar su propia excitación. Sabía que este chico le gustaba. Sabía que le gustaría estar con él. No se imaginaba cuánto. Liam ha tenido muchos amantes. Hombres y mujeres por igual. Han sido raras las ocasiones en las que se ha encontrado una entrega tan espontánea, tan apasionada, tan auténtica. Liam es un mentiroso. Mentir es su trabajo, su vocación y su arte, al fin y al cabo es ilusionista. Sabe reconocer a otro mentiroso cuando lo ve. Y desde luego sabe reconocer a otro mentiroso cuando intenta fingir. Por eso puede jurar ante Dios que Elliot no está fingiendo. No solo porque esté sonrojado, con los labios hinchados, despeinado, cubierto de sudor y con una erección imposible de disimular. Es evidente que no está fingiendo su excitación, pero hay más detrás de todo eso, hay algo que es auténtico y verdadero en la manera en la que le retuerce los rizos y le araña los hombros. Hay una necesidad que Liam no puede identificar aún, pero que trasciende lo físico. Le llama poderosamente. Y él desea responder, más que nada en este mundo. —Ven. —Es un susurro apagado—.Ven.

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—No tenemos por qué llegar hasta el final —le dice Liam, reptando sobre su cuerpo, acariciándole los labios—. Es la primera vez, no tienes por qué… Le cuesta respirar. Está matándose con tanta contención. Elliot ha resultado ser peor que la dinamita pura. —Quiero llegar hasta el final —insiste el joven, casi con desesperación. No puede negarse. La irrupción es complicada y dolorosa. Liam intenta hacerlo bien. Va despacio, sujetándole, mirándole a los ojos y cubriéndole de besos para intentar relajarle. Elliot se le agarra, le mira, respira en su boca. En ese momento, Liam lo sabe: no hay nada más para él en el mundo. Se le aferra y aguanta el dolor. Se le saltan las lágrimas, pero él mismo se aprieta contra sus caderas, buscando mayor profundidad. Cuando está dentro, necesita cerrar los ojos y contar hasta diez. Ambos están bañados en sudor. Liam cree que va a reventar. Respira profundamente y se mantiene quieto hasta que puede empezar a moverse. Y entonces abre los párpados, porque no quiere perderse nada. Se encuentra con los ojos color ámbar de su amante, también abiertos de par en par. Mirándole con la misma fascinación. Reflejando el hechizo de su propio hechizo. Encandilándose el uno al otro. Se mueven al unísono por primera vez. Ondulan y se impulsan con suavidad, yendo al encuentro del otro, al principio muy despacio. Y en el tercer encuentro, Elliot entrecierra los ojos, echando la cabeza hacia atrás, suspira, se relaja, y vuelve a llenar el aire con la leve sinfonía de su garganta: jadeos apagados, gemidos contenidos. Durante el resto de la noche, Liam se deshace, se funde poco a poco en esa aleación recién descubierta que ambos componen. Se deja llevar, se entrega y recibe lo que le es entregado. Se baña en su sudor y en su saliva, le degusta hasta aprenderse de memoria su sabor. Le devora hasta dejarle la marca de sus dientes. Al amanecer, las velas se han apagado. Las sábanas están empapadas. Aún está lamiendo su espalda, recuperándose del último clímax salvaje, intentando llevar el aire a sus pulmones. Mareado, agotado, y satisfecho. Ha sido la noche más intensa que recuerda. Y ha tenido muchas noches. Muy intensas. Cuando rueda sobre el colchón para no aplastarle, tratando de recuperar el aliento, Elliot se arquea y se estira, con el gruñido de una pantera perezosa. Le mira de reojo y le sonríe traviesamente. Liam levanta la ceja, rascándose el pecho, mirándole también. Está volviendo a excitarse. Condenado chaval. —Quiero preguntarte algo. Lo dice al cabo de un rato, cuando Elliot ha apoyado la cabeza en su brazo y camina con dos dedos sobre su torso desnudo. La respuesta le llega en forma de gruñido interrogante. —¿Qué quieres exactamente de mí? —dice al fin. Elliot suspira. Su voz suena un poco ronca, adormilada. —Quiero que me enseñes lo que sabes… algo así como maestro y aprendiz. Quiero acostarme contigo más veces… —sonríe de nuevo— y eso es todo. Por ahora. ¿Por qué lo preguntas? 16

Liam niega con la cabeza, entrecerrando los ojos. Ahora se siente bastante más tranquilo. Era la respuesta perfecta. Solo espera que sea verdad. —No me gustaría dar lugar a confusiones —responde—. Mucha gente busca cosas diferentes. Alguien que le quiera. Elliot se ríe entre dientes con esa risa suave, de felino aletargado. —Algunos, sí. La mayoría solo busca alguien a quien querer y que no se vaya con otro. Ninguno es mi caso. Mis necesidades de amor están plenamente cubiertas. Liam se ríe también, por lo bajo. En realidad, no le importaría en absoluto que Elliot llegara a amarle algún día. Dada su situación, es lo mejor que podría pasarle. —Bien, si vas a ser mi aprendiz, tienes que comprometerte solemnemente a hacer lo que yo te diga. Y no hacer lo que te diga que no hagas. Elliot levanta una mano al aire para prestar juramento. —Lo intentaré con todas mis fuerzas. —Con eso me basta —replica Liam—. Empezaremos hoy mismo. Iremos a cortarte el pelo. Elliot se echa a reír, abrazándole con un gesto no meditado. Liam siente que el corazón le da un vuelco otra vez. —Vale… pero déjame dormir un poco antes, o me pondré de mal humor. Y no quieres conocerme de mal humor, te lo aseguro. Le deja dormir, claro. No puede negarse. Y mientras Elliot duerme sobre su brazo, con los ojos ámbar, extraños e inquietantes, ocultos bajo las pestañas y el cabello oscuro y revuelto, Liam se pregunta si está siendo egoísta. Se pregunta si no se está aprovechando. Si no ha sido él, en realidad, el que ha enredado al joven Elliot Salamander en un doble juego de seducción y espejos contrapuestos porque, simplemente, está cansado de estar solo. Se ha comprometido a enseñarle todo lo que sabe. Eso implica que Elliot también reciba el don, que él también cambie… que alcance la inmortalidad y que pierda una parte de su alma, de su humanidad. Pero Liam no puede hacer eso. No, no lo hará. Dejará que sea él mismo quien elija. Y hasta que llegue ese momento, pasado ese momento, nada podrá impedir que disfrute con la compañía deslumbrante de su nuevo aprendiz. —Aprendiz —repite, en voz baja—. Suena bien. Luego cierra los ojos y se deja llevar por el sueño, arropado por el calor de los brazos de su amante.

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MILAGROS DE NAVIDAD
Pequeña historia de La Salamandra.Un relato navideño contado desde el punto de vista de Liam, un elegante caballero irlandés criado en el sur de Estados Unidos, mentor, mejor amigo y gran amor de Lot Anders.

 Yo le estaba esperando cuando la nieve comenzó a caer. Sí. Junto al Café Francés. La calle se encontraba muy vacía a pesar de las fechas navideñas. Apenas había nadie, pasaban sólo algunos coches y una mujer con una estola de piel que inclinaba el rostro contra el viento. Yo miraba el reloj disimuladamente de vez en cuando, quizá cada dos minutos, y esperaba. El Café Francés había sido antaño una vieja panadería. La conocíamos bien: cada torneada curva de la madera que enmarcaba sus lunas, los pulidos ornamentos del pomo de bronce. La conocíamos al detalle, porque la habíamos hecho nosotros. Desde los cimientos hasta el tejado, desde el interior de las paredes hasta las doradas letras del exterior. El tiempo y la creatividad de los hombres la habían hecho cambiar y ahora era un café bastante bonito —él lo calificaría de imitación pretenciosa—, concurrido principalmente por hombres de aspecto triste y trascendente y mujeres de mediana edad con la piel del rostro descolgada, carmín en los labios y mirada nostálgica. Allí todas las conversaciones tenían lugar a media voz y la música seguía siendo agradable. Algo muy valioso en estos tiempos. Muy valioso. Como decía, yo le estaba esperando allí, donde nos habíamos citado, cuando empezó a nevar. Copos finos y ligeros que se enredaban en el aire. Lo interpreté como un anuncio de su presencia y se me aligeró el corazón, porque lo cierto es que no confiaba en que viniera. Me encontraba allí, ciertamente. Esperarle constituía en sí mismo un hecho placentero; eran momentos en los que me perdía en mis recuerdos y jugueteaba con ellos, dejándome llevar en ocasiones por una melancolía un poco autocompasiva. Pero no era tan ingenuo como para creer ni por asomo que él tuviera algún motivo para aparecer. Su conducta siempre había sido caótica y azarosa, y uno aprende. O cree aprender. En realidad es casi lo mismo. Uno siempre actúa en consonancia con aquello que cree saber; es la única manera de no sentirse indeciso, inseguro y tan desprotegido como un bebé. Así que llegó la nieve, y exactamente seis minutos y cuarenta segundos después, apareció, contra todo pronóstico, él. Un milagro de Navidad: Elliot cumpliendo casi puntualmente con una cita establecida. En realidad llegaba dieciocho minutos tarde, pero eso era una minucia tratándose de su persona. Era algo digno de alabanza. Y probablemente él también lo creía así, pues caminaba por la acera con el aire de estar esperando un agradecimiento. Elliot tiene la dudosa cualidad de ser alguien totalmente imprevisible . Por el contrario, yo soy una persona absolutamente predecible. En los escasos minutos que transcurrieron hasta que él llegó frente a mí, compartimos una mirada cómplice y una media sonrisa; la mía casi resignada, la suya burlona. Por supuesto, él sí sabía que yo acudiría esa tarde, y el hecho de encontrarme allí plantado, aguardando desde hacía 18

más de veinte minutos, exactamente tal y como él había esperado y planeado, le provocaba un regocijo infantil. Para ser honestos, a mi también me alegraba verle, aunque en los últimos tiempos todas las alegrías que tenían que ver con Elliot se me hacían un poco amargas. Hay quien diría que la nuestra es una relación complicada. Negarlo sería ridículo, dadas las circunstancias. Sin embargo, ese día no me lo parecía. La Navidad es una época que dispara mi optimismo. Al detenerse, Elliot apoyó el bastón en el suelo y me saludó con una inclinación de cabeza. Llevaba las manos enfundadas en guantes negros, el abrigo del mismo color bien abrochado y debajo de la tela oscura, la brillante corbata color naranja parecía atraer la atención como un foco de luz. Se había engominado el cabello como era habitual y tenía uno de esos cigarritos con aroma perfumado entre los labios. Le devolví el saludo con más sobriedad y él miró alrededor con la actitud de quien ha tenido una gran deferencia hacia el mundo al nacer en él. —¿Llego tarde? Sus primeras palabras hicieron que mi sonrisa se curvara aun más y meneé la cabeza. No tenía arreglo. Y me parecía encantador, como siempre. Igual que cuando era apenas un muchacho, provocador y descarado. —Apenas unos minutos. No mucho más de lo que observan las normas de la cortesía. Él alzó las cejas e hizo girar el bastón, colocándoselo bajo el brazo. —Dios santo, ya había olvidado tu forma de hablar. Pasó a mi lado y empujó la puerta del Café Francés. El repiqueteo de unas campanillas nos dio la bienvenida. —No se debe nombrar a Dios en vano —repliqué, de manera casi mecánica mientras le seguía al interior del local—. ¿Y qué le ocurre a mi modo de hablar? —Eres muy pedante. Me miró por encima del hombro y luego dedicó su atención a escoger mesa. —No creo que lo sea. No he dicho ninguna palabra de cuatro sílabas. —Claro, eso te exime. —Chasqueó la lengua—. El mundo avanza, el tiempo pasa. Estamos en la era moderna, querido. ¿Por qué te empeñas en hablar como si te hubieras caído de un libro de Oscar Wilde? El camarero y la escasa clientela nos miraban con extrañeza, cosa que a Elliot no parecía importarle. A mi sí. La gente como nosotros no debe llamar la atención bajo ningún concepto, de modo que, cuando él hubo decidido en qué lugar deseaba sentarse, di un suave toque con mi bastón en la pata de una silla y removí la realidad lo suficiente como para apartar sus miradas inquisitivas de nosotros. Sí, dicho así parece difícil. Pero no es para tanto. Es como sacudir un poco una caja de galletas para recolocarlas. —Exageras. —Sabes que no. ¿Y por qué has hecho eso? Aguafiestas. —Elliot adora llamar la atención, por si aún queda alguna duda sobre ello. Se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo del asiento, apoyando el bastón en el rincón entre la cristalera y la mesa que

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había elegido. Luego se ajustó la chaqueta por las solapas antes de sentarse con un ademán elegante y sobrio—. ¿Café? —Por favor —concedí, tomando asiento frente a él. Cuando dejé el sombrero en la mesa, me miró los cabellos para después dirigir la vista hacia la prenda y reír con suavidad, alzando los dedos para llamar al camarero. Probablemente le parecía un anacronismo. Seguramente, todo yo se lo parecía. No sé si era consciente de que él no tenía un aspecto muy actual tampoco, con aquellos trajes sastre de corte años treinta y los modales de un galán del cine negro. —Un té rojo para mí, por favor. —Aquello también era típico de él. En las cafeterías siempre pide té. En las teterías, café—. Y para mi compañero, un café irlandés. Me miró con guasa al decir esto, pero no le hice el menor caso. —La misma broma de siempre. Estás perdiendo originalidad, Elliot. Se le tensó la sonrisa y fingió indiferencia, desviando el rostro hacia el ventanal al tiempo que dejaba la pitillera sobre la mesa y se acercaba el cenicero. Seguramente se había molestado. Y lo disfruté, sin duda. —No estoy perdiendo nada, paleto irlandés. Algunas tradiciones hay que mantenerlas. —¿Es esta una de ellas? —Supongo que no te refieres al chiste —dedujo. —No. Me refiero a la cita. Tal vez expresé mi pregunta en un tono más grave de lo que la situación requería, pues tardó unos segundos en responder y cuando lo hizo la ligereza de su voz se había vuelto sutilmente forzada. —Podría empezar a serlo. —¿Una cita o una tradición? —Ambas cosas. Alguien que le conociera menos quizá no lo notaría, la ligera inflexión en las últimas sílabas, las palabras que sonaban romas, pulidas, algo frías. Cualquier otra persona no habría captado esos matices tan delicados ni su significado, pero no era mi caso. No, desde luego que no. Seguramente yo era la persona que mejor le conocía entonces, o eso quería creer. —Tomar un café todos los años el día de Navidad. Sí, parece algo apropiado para instaurarse de manera permanente. El camarero llegó entonces con la bandeja y dejó las tazas humeantes sobre la mesa. Ambos dimos las gracias a nuestra manera y siguió un silencio en el que Elliot se dedicó a mirarme fijamente mientras se servía azúcar y agitaba la cuchara en el interior de su té. Nunca ha sido alguien dado al disimulo, al menos no de forma visible. En cuanto a mí, una vez más mi carácter se inclina hacia lo opuesto. Aunque él había propuesto aquel encuentro, yo también quería verle. Habían pasado varios meses y le había echado de menos más de lo que estaba dispuesto a admitir por entonces, de modo que le atisbaba en el reflejo de mi propia cucharilla, en el pálido espectro que proyectaba en el cristal de la ventana y, sólo cuando la ocasión lo hacía oportuno, le

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miraba directamente. Aunque nunca durante demasiado tiempo ni de forma seguida. No sólo por una cuestión puramente formal —es de muy poca educación mirar fijamente a la gente sin un motivo, o al menos eso me enseñaron a mí cuando era niño— sino también para no alimentar su ego en demasía. —¿Y bien? —dije al fin, tras un primer sorbo al café irlandés. No era mi favorito, pero no estaba mal. Descubrí que el whisky era escocés, lo cual constituía una curiosa ironía—. ¿Qué tal te ha estado yendo? Se encogió de hombros, como si le hubiera preguntado algo de escaso interés. Reprimí otra sonrisa ante su fingida indiferencia. Elliot adora hablar de él, por supuesto. —He estado haciendo vida social —respondió, dando un trago a la taza—. He conocido a mujeres maravillosas y a hombres terribles. Todas guapísimos y ellos también, claro. Me he acostado con ellos, he comido con sus maridos y con sus esposas y me he bebido sus botellas de licor. Me he dejado invitar a restaurantes caros y luego he invitado yo. He ganado dinero, he gastado el doble, me he metido en líos y he salido de ellos con mucha clase—. Se encogió de hombros otra vez, agitando la mano en la que sostenía el cigarrillo y sacudiendo la ceniza en el cenicero—. Lo de siempre. —No pareces muy excitado al respecto. —Mi vida es tan excitante que empieza a aburrirme. —Eso no tiene el menor sentido —repliqué, con la voz tranquila y apacible de quien está seguro de lo que dice. Como he referido antes, yo creía conocer a Elliot mejor que nadie. Sabía cuánto le gustaba hablar de sí mismo y escucharse a sí mismo, y sabía que rara vez había algo debajo de la palabrería ingeniosa. Él hizo una mueca de desagrado. —Oh, vamos. Hoy estás especialmente aguafiestas. ¿Qué ocurre? ¿La Navidad es especialmente amargante para los católicos? Creía que os gustaba. —¿Por qué nos hemos citado en realidad, Elliot? —pregunté. Él volvió a hacer un gesto de incomodidad. Nunca le ha gustado mi modo de abordar los asuntos que me interesan de forma directa y sin rodeos, es algo que le molesta profundamente. Se echó un poco hacia delante. —Ya veo. No me crees. —¿Qué? —Dejé la taza en el platillo y me limpié los labios—. ¿Que si no me creo que tu vida es tan maravillosamente estimulante que te has cansado de ella y has decidido volver a ver al viejo Liam? No, la verdad. Soltó una risa seca. Esa carcajada cortante y la mirada fría me hizo dudar un momento. Elliot también sabe hacerse el ofendido como nadie, hasta el punto de que a veces no sé si es teatro o no. Los límites nunca están claros con él. —Supongo que no puedo culparte. Siempre he mentido mejor que tú. —No lo negaré —admití. —Me halagas. No era un halago en absoluto. En realidad, ambos sabemos mentir de un modo muy profesional, aunque nuestros estilos en eso, como en todo, difieren por completo. Suspiré y volví a menear el café con la cucharilla, echando un vistazo al exterior. La

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nevada se había vuelto más intensa fuera. Como Elliot no parecía muy dispuesto a continuar con la conversación, al menos no en esa dirección, me vi obligado a insistir. —Aún espero que me respondas. —Te has respondido tú solo —replicó, con tono hastiado—. Al parecer tienes muy claro que no existe la posibilidad de que me haya cansado de mi estimulante vida de divorciado sin compromiso. La mención al divorcio me tensó un poco. Se me agriaron las palabras en los labios y mi actitud, tranquila hasta el momento se volvió un tanto defensiva. —Yo no he dicho eso —repuse—. He dicho que no me creo que hayas decidido volver a verme porque estés harto de vivir fascinantes aventuras. —Pues así es. Me he aburrido de dar vueltas por la ciudad asaltando camas ajenas. No me creía una palabra, así que empecé a acosarle. Me estaba empezando a ofender su persistencia a la hora de ocultar sus sentimientos. —¿Estás hastiado de la superficialidad? ¿Me echabas de menos? ¿O es que simplemente te sientes solo? —le provoqué—. Vamos, dime algo que valga la pena ser escuchado por una vez en la vida. En aquel momento me repetía a mí mismo que Elliot no había dejado de ser nunca el mismo jovencito caprichoso que fuera en el pasado y que yo me merecía al menos tres frases sinceras, honestas y completas después de todo lo que habíamos pasado juntos. Elliot se echó hacia atrás en la silla y me observó con expresión de gato arisco por un momento. Luego volvió a su ligereza habitual. —Por el amor de Dios, Liam. En serio, no entiendo por qué te empeñas en convertirlo todo en algo tan serio y melodramático. Bebió un trago de té. Yo entrecerré los ojos, sintiendo que me quemaban un poco. A veces, Elliot me sacaba de quicio. —Podría darte algunos buenos motivos —espeté, apartando el platillo con la taza hacia un lado. Ya no me apetecía más café—. Honestamente, me intriga tu comportamiento durante los últimos meses. —¿Ah sí? —Alzó las cejas con desinterés—. ¿Qué es lo que te intriga en concreto? —Déjame ver. Te casaste con mi prometida, la hiciste infeliz y después de divorciarte desapareciste de nuestras vidas para ir de hotel en hotel como un dandy trasnochado. Compuso una mueca ofendida. —¿Dandy trasnochado? Disculpa… —No, no voy a disculparte —le atajé, apuntándole con la cucharilla—. Lo cierto es que no estaría de más que, tras tantos eventos catastróficos para las personas que te rodean y te aprecian, prescindieras de tu frivolidad por un maldito día. ¿Qué quieres de mi? ¿Para qué me has citado? —Estaba aburrido. —Respuesta incorrecta.

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Aparté la silla y me levanté, dispuesto a marcharme. No estaba de humor para navegar entre sus ambigüedades durante más tiempo. Ahora era yo quien se había cansado. Las heridas del pasado me habían vuelto menos paciente y aunque una parte de mí deseaba quedarse allí con él, darle el gusto y seguirle el juego, ver cómo desplegaba todo su encanto y su retórica para llevarme exactamente donde él quería… a pesar de eso, una voz en mi conciencia (que quizá se había vuelto un poco orgullosa) seguía diciéndome que me merecía algo más de esfuerzo por su parte. Al verme en pie, algo cambió en el rostro de Elliot. Se incorporó a su vez casi con precipitación y alargó la mano para agarrarme de la muñeca. —Por todos los… siéntate, Liam —dijo él, bajando la voz como si estuviera poniéndole en un compromiso delante de todo el mundo. En realidad, apenas había seis clientes en el local y ahora nadie nos prestaba atención—. No puedes estar haciendo esto en serio. No te pega nada el aire de caballero ofendido. De santurrón estás más guapo. —Le miré un momento a los ojos. Había algo en ellos, bajo el hastío. Un brillo de incertidumbre que tal vez no era más que producto de mi imaginación o de mi anhelo. No obstante, aparté el brazo, me coloqué el puño de la camisa y me senté. —Gracias —prosiguió él, sentándose a su vez—. Bueno, ¿qué quieres que te diga? No te he mentido. Es cierto que me he aburrido—. Hizo una pausa, desvió la mirada, como buscando las palabras—. Quería volver a verte. Tú eres bastante aburrido a veces, pero tu forma de aburrirme no me da náuseas. Es incluso entrañable. Suspiré y meneé la cabeza, mirándole con resignación. —Elliot, no sé si vas bien por ahí. —Vamos, vamos, querido. No me lo pongas tan difícil —demandó—. Es Navidad. Se supone que la gente en Navidad se reúne con sus más allegados. Y no tengo a nadie más allegado que tú. Aquel argumento me sonó a embuste tanto o más que lo demás. —Tú odias estas fiestas. Siempre lo has dicho. —¿Yo? ¿Cuándo? —Todos los años —reprimí la sonrisa al ver cómo se hacía el sorprendido. Como ya he dicho, una parte de mí disfrutaba con el espectáculo. Elliot siempre ha sabido cómo ser fascinante—. Cada vez que se acercaba esta época, refunfuñabas. —Yo no refunfuñaba. —Oh, sí lo hacías. Se lo pensó un poco. —Ah, es cierto —concedió—. Bueno, debes admitir que tú te ofendías bastante y era divertido. —Me ofendían tus blasfemias, no el hecho de que refunfuñaras. —Lo que sea. De todos modos, ¿no crees que una Navidad sin mis blasfemias se te hará muy pesada? —No es la primera que paso sin ellas. No me molesté en ocultar el reproche implícito en mis palabras. —Entonces sabes por experiencia que se te hará muy pesada. 23

Sonrió, con aquella sonrisa de vendedor que le había abierto tantas puertas. Ahí estaba, su forma de dar la vuelta a las situaciones. Era casi circense, el modo en que hacía cabriolas con las conversaciones para intentar que pensaras lo que él quería que pensases, llevarte a su terreno y conseguir lo que quería sin tener que pedirlo. Me reí entre dientes, con suavidad, y toda mi beligerancia desapareció. En el fondo siempre ha sido el mismo muchacho. Sigue estando ahí, joven, astuto y sagaz, pero muy solo. —Dilo con claridad —le exhorté, con tono suave. —¿El qué? —Lo que me estás pidiendo. Borró la sonrisa al instante y luego se quedó callado unos segundos, mirando hacia el ventanal con fastidio. Seguía nevando. —No voy a hacerlo. Me incliné hacia delante en la mesa, apoyando los codos. —Elliot, a veces necesito que seas claro conmigo. Ahora mismo no sé si quieres que pasemos las fiestas juntos porque te sientes solo y simplemente quieres estar con alguien conocido, en un puerto seguro… o porque quieres volver. —¿Volver adónde? Me miró en el reflejo del cristal. Se habían encendido las farolas en la calle para facilitar la visibilidad. —A lo de antes. Recuperar lo nuestro. Ya no había sonrisas. La mirada de Elliot se había vuelto opaca, distante, pero su pose y sus ademanes seguían siendo los mismos. Sujetaba el cigarrillo entre dos dedos y tenía una pierna cruzada, el otro brazo sobre el respaldo de la silla componiendo una imagen desenfadada y llena de estilo al mismo tiempo. —¿Qué nuestro? ¿Qué era lo nuestro exactamente, Liam? Nunca me he encontrado con nada mas difícil de definir que lo que nosotros compartíamos, salvo tal vez, el Espíritu Santo. Negué con la cabeza. —Lo que fuera. —Nunca pensé que tuviéramos algo. Esbocé media sonrisa. —Te creía más perspicaz. Por lo general, las personas no se acuestan juntas sin que haya algo de por medio. —Yo lo hago —replicó, mirándome directamente, como si quisiera ofenderme con ello. Pero yo creía conocerle bien y sólo negué con la cabeza. —No conmigo. —No sé que estás tratando de insinuar. —Entonces olvídalo —hice un gesto con la mano—. ¿Quieres que pasemos la Navidad juntos? Muy bien. Pero será con condiciones. Elliot se irritó visiblemente. —¿Me estás poniendo condiciones? Un momento, un momento. ¿Qué me he perdido?

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—Me lo debes —dije sin más. —¿Es por lo de Mara? Asentí. La mención a mi antigua novia y su actual ex mujer tenía la facultad de amargarme hasta la saliva. Había sido un episodio muy difícil y aún no lo habíamos superado, ninguno de los tres. —También por mí. Por un momento pensé que iba a replicar algo, pero luego dejó caer el peso en el respaldo de la silla y abrió las manos, mostrándome las palmas en un gesto de rendición. —De acuerdo. ¿Cuáles son tus estúpidas condiciones? Escúpelas y me lo pensaré. Sonreí. Sabía que ya había ganado la partida. —Será en tu casa —enumeré—. Harás la cena tú mismo. Y eso es todo. Elliot pareció decepcionarse. —¿Eso es todo? ¿Quieres que cocine para ti? —Básicamente, sí. —¿Y por qué maldito motivo quieres eso? No hay quien te entienda. —Porque es una manera de demostrar que esto es importante para ti —expliqué, pacientemente—. En eso consiste la Navidad, entre otras cosas. En hacer ver a tus allegados que son importantes para ti. En agasajarles. —Pues no es justo. Tú no vas a agasajarme a mí. —No he dicho que no lo vaya a hacer. Levantó una ceja y fingió pensárselo mientras fumaba. Luego se acercó mi taza abandonada con el dedo meñique, arrastrándola sobre la mesa y se bebió el contenido restante de un trago. —Me parece una tontería, pero de acuerdo —aceptó, limpiándose los labios—. Si eso es lo que quieres, lo tendrás, irlandés testarudo. —Bien. ¿A qué hora? —¿Qué? —La cena. ¿A qué hora? —No sé. ¿A las diez? Negué con la cabeza. —Es muy tarde. A las ocho. —Pues a las ocho —concedió. Me levanté y me puse el abrigo, esta vez con ademanes satisfechos. Elliot me miró con extrañeza una vez más—. ¿Dónde vas? ¿Ya te marchas? —Sí. Y tú deberías imitarme. Tienes cuatro horas para preparar una cena de Navidad, y te advierto que no es cosa sencilla. Sonreí divertido y Elliot respondió con una mueca desdeñosa.

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—Eres un tirano. Como ese diablo de Santa Claus. Los dos os disfrazáis de tipos amables, pero seguro que tenéis el congelador de casa lleno de cabezas cortadas. Me reí entre dientes, cerrándome la bufanda y agarrando el bastón. —Sí, y una carpeta con los recortes de periódico de todos nuestros crímenes. Hasta luego, Elliot. —Hasta luego, hasta luego. Le escuchaba murmurar mientras caminaba hacia la salida, resistiendo la tentación de pagar yo las dos consumiciones. Al fin y al cabo, era él quien me había invitado aquella tarde. Pero a pesar de todo, me sentí de verdad un poco tirano cuando salí a la calle nevada. Mientras me dirigía a mi casa esperaba tener la oportunidad de devolverle la invitación más pronto que tarde. A las ocho en punto, llamé a su puerta. Elliot vivía en el Barrio Viejo, en una casa de piedra del siglo XVI ubicada en un callejón retorcido en el que las paredes se unían entre sí mediante arcadas de piedra que servían de vigas de sujeción. Seguía nevando y las luces de los faroles tras la neblina conformaban una penumbra amarillenta que no llegaba a iluminar del todo. Cuando él abrió la puerta, una vaharada de aire cálido y de perfume a carne asada me dio la bienvenida. —Maldita sea, ni treinta segundos. ¿Cómo lo haces? —dijo, consultando su reloj de bolsillo mientras me franqueaba la entrada—. ¿Seguro que no eres una bruja? —La puntualidad es una cuestión de práctica. Siempre te lo he dicho. —Y nunca te escucho cuando lo haces. Ahora tampoco. Ponte cómodo. Dejé el abrigo, el sombrero y el bastón en el perchero de seis brazos que tenía en el recibidor, consciente de su mirada sobre mí. Me había puesto un traje que hacía años que no usaba. Y con años me refiero a más de treinta. Una de las peculiaridades de la gente como nosotros es que, una vez entramos al servicio de la Organización, el proceso de transformación al que nos someten (optimización, como ellos lo llaman) incluye una excelente resistencia al paso del tiempo sin crecimiento ni deterioro de nuestros cuerpos. Puede parecer algo muy deseable, pero el precio a pagar no es fácil de asumir. Una de las ventajas es que si cuidas la ropa, te sirve durante muchos, muchos años. Aquella prenda la había utilizado en escasas ocasiones y consistía en un traje de tweed de tres piezas en color gris oscuro. Debajo llevaba una camisa blanca y me había puesto una corbata de color turquesa oscuro. —Hace juego con tus ojos —dijo Elliot, que la estaba evaluando en ese momento—. Últimamente habías perdido esa sana costumbre. —¿Usar corbatas a juego con mis ojos? —Sí. Me sorprendí un poco. —No sabía que lo hiciera con tanta frecuencia. —¿De quién crees que lo aprendí yo? —Me miró con una media sonrisa ambigua y me quitó una mota de polvo invisible de la chaqueta con los dedos—. Estás muy elegante. —Gracias. Tu también. —Como siempre.

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Él había escogido un traje de seda negro con corbata italiana en color granate y camisa y chaleco también negros. Le sentaba como un guante, lo cual no era extraño. —¿Qué tal se te ha dado la tarde? ¿Has superado el desafío? Elliot esbozó una sonrisa pícara y me hizo un gesto con la mano, invitándome a pasar al salón. Se accedía a través de un arco con cortinas que se ubicaba a la izquierda. —Míralo tú mismo. Aparté las cortinas y entré. Cuando vi lo que Elliot había hecho, mi primera reacción fue soltar una risotada de puro asombro. Meneé la cabeza, paseando la mirada por la amplia estancia mientras una sensación cálida y difícil de definir me iba embargando poco a poco. El salón comedor de la casa de Elliot era muy grande, pero ahora casi parecía pequeño. El fuego ardía en la chimenea, en cuyo frontal colgaban siete calcetines coloridos llenos de bastones de caramelo. Uno de ellos se había quemado y su cadáver calcinado yacía en el suelo sobre un charco de azúcar derretida. Al lado, un enorme árbol de Navidad aparecía decorado tan profusamente que pensé que iba a venirse abajo en cualquier momento. Bolas de cristal coloreado y cintas en tono dorado y rojo, y la enorme estrella en la punta competían por retener mi atención. Caramelos y dulces se amontonaban en bandejas en cada mesita y aparador. Coronas de acebo adornadas con piñas y nueces colgaban de las paredes. Había puesto una vela en cada ventana y un enorme Niño Jesús de porcelana me miraba desde su lecho de algodón en uno de los muebles. No faltaba absolutamente nada. —Estás loco —fue lo único que se me ocurrió decir. —Si me dieran un dólar cada vez que escucho eso sería rico. Más rico. Me acerqué a la mesa, donde un candelabro con velas rojas iluminaba la vajilla de porcelana y los cubiertos de plata. En el centro, una serie de fuentes cubiertas ocultaban la cena, pero capté el aroma del pavo y de algo que ya sospechaba. Empecé a levantar las tapaderas y encontré patatas preparadas de todas las maneras posibles: patatas fritas, asadas, rellenas, puré de patatas, patatas hervidas, patatas cocidas, patatas con mantequilla, patatas a la parrilla, braseadas y tortitas de patata. Me eché a reír de nuevo. —Esto no lo has cocinado tú. —No, pero lo he pagado. Esperaba que no te dieras cuenta. —Fingiremos que no lo he hecho. Eso se nos da bien—. Me apartó la silla con un ademán teatral, cosa que me hizo sentir algo incómodo de repente. Lo cierto era que no había esperado tanto—. No es necesario que hagas eso. —¿No querías ser agasajado? —En realidad… —me interrumpí para no decir lo que se me estaba pasando por la cabeza. Elliot no soportaba las cursilerías—. En realidad creo que ya me siento suficientemente agasajado. Se encogió de hombros y se apartó de la silla, sirviendo el vino y sentándose en su lugar con aire desenfadado. La cena transcurrió mucho mejor de lo que podía haber imaginado. Él no había cocinado, así que todo estaba delicioso. Bebimos vino, champagne y cerveza negra, comimos pavo asado y patatas, puré de rábanos, queso francés y canapés de salmón y

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caviar. La conversación fue tan deliciosa como los alimentos, y curiosamente Elliot no se mostró excesivo. Él acostumbraba a acaparar la charla, pero me di cuenta de que se comedía, hasta el punto que empezó a preocuparme el estar hablando demasiado yo solo. Sin embargo, él me escuchaba con un brillo cálido en la mirada y la media sonrisa perpetua, haciendo preguntas de vez en cuando y adornando mis palabras con comentarios agudos que, para qué negarlo, enriquecían mis austeros parloteos y los embellecían maravillosamente. Al terminar el segundo plato empezamos a recordar viejas anécdotas y las risas se volvieron cada vez más frecuentes. La música sonaba en el antiguo tocadiscos de Elliot, desgranando viejos temas de jazz y swing. Al final, a una hora escasa de la medianoche, la charla comenzó a decaer hasta que desapareció y nos quedamos en silencio, fumando cigarros con aroma a arándanos mientras Ella Fitzgerald cantaba «Cry me a river», algo que pareció hacernos cierta gracia a los dos. Esbozamos sendas sonrisas mientras escuchábamos, pensativos. El fuego chisporroteaba, las velas se habían consumido hasta la mitad y la voz del ángel negro nos envolvía poco a poco. Finalmente, Elliot alzó la mirada a mis ojos. —¿Y ahora? Encogí ligeramente un hombro. —No hay nada establecido. —¿No deberíamos intercambiar regalos o cantar el Auld Lang Syne? Volví a reír. Me sentía satisfecho, relajado y algo somnoliento a causa del alcohol y la copiosa cena. Negué con la cabeza. —El Auld Lang Syne se canta el día de fin de año. Respecto a lo otro, ¿acaso tienes algún regalo para mi? —Tal vez —replicó, haciéndose el misterioso. —Pues espero que no, porque no te he traído nada. —Qué más da. Esta noche se trataba de ti. Volví a sentirme incómodo, como si hubiera recibido un halago inesperado, si bien la actitud de Elliot no me era del todo desconocida. Al principio de nuestra vida juntos, de nuestra relación si puede llamarse así, Elliot también tenía estos momentos de… bueno, momentos en los que no era absolutamente egocéntrico. Entonces le raptaba una especie de generosidad desbordante como en aquella noche de Navidad, en la que había engalanado hasta las lámparas con espumillón y bolas de cristal. Al alzar la mirada al techo me percaté de ese detalle, y descubrí el muérdago. Parpadeé, sorprendido. ¿Cómo era posible que no me hubiera fijado antes? Había decenas de ramitas de muérdago colgando del techo, sobre las puertas, diseminadas por toda la habitación. Volví a reír entre dientes. —¿Qué diablos has hecho con el muérdago? En el tocadiscos había empezado a sonar «Cheek to cheek», y Elliot se levantó y se acercó a mí con la elegancia de un felino. —Asegurarme de que no te vas esta noche sin besarme —respondió tranquilamente—. No hay nada establecido, ¿no? Entonces bailemos. El rubor que se me subió a las mejillas era casi tan intenso como mi sorpresa. —¿Que bailemos?

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—Eso he dicho. Me agarró de la mano y tiró de ella. Me levanté enseguida, desde luego, pues por muy azorado que me sintiera, nunca lo estaría tanto como para ser descortés. Me encontraba muy confuso. Una cosa es acostarte con un hombre y otra muy diferente, bailar con él. De manera que cuando nos detuvimos en el centro del salón me limité a mirarle inquisitivamente como si quisiera asegurarme de que él sabía lo que hacía. —Yo seré la chica —dijo, batiendo teatralmente las pestañas—. Para no variar. —Elliot —le reprendí, escandalizado—. No digas esas cosas. Tú no eres ninguna chica, ni mucho menos. En ninguna circunstancia. Él se reía. —Eres tan mojigato… —Y tú un lascivo. —Y tú un pedante meapilas comepatatas y abrazacrucifijos. Me puso una mano en el hombro y esperó a que le tomara de la otra. Lo hice inmediatamente, y antes de darme cuenta, lo estábamos haciendo, por imposible y extraño que hubiera resultado en mi mente. Estábamos bailando, dos hombres hechos y derechos como nosotros… y no es que se nos diera mal. —Había pensado que sería más raro —admití. —Siempre hemos sido los mejores bailarines de la Organización —respondió él. Cuando estábamos tan cerca se notaban más nuestras diferencias. Yo era diez centímetros más alto que él y bastante más corpulento. Elliot estaba bien formado y tenía una anatomía atlética, pero más ligera que la mía—. Es un crimen que no hayamos bailado juntos nunca hasta ahora. —No creo que sea apropiado. —Y yo creo que hemos hecho cosas mucho más inapropiadas. Esbozó una sonrisa pícara. —Elliot. No digas esas cosas. —Liam, deja de escandalizarte y compórtate como un buen caballero sureño medio irlandés o lo que demonios seas —replicó él, imitando mi tono de voz—. Estamos debajo del muérdago. Llevamos estándolo horas. ¿Cuándo piensas actuar en consecuencia? Le estreché un poco más y desvié la mirada. Seguro que él estaba notando el violento palpitar de mi corazón, pero aquello no era algo que yo pudiera disimular de ninguna de las maneras. Para Elliot, la situación era emocionante, divertida y estimulante, o eso creía yo. Para mí también había inquietud y angustia. Ya he dicho antes que nuestra relación era muy complicada. Yo era su mentor y su amigo, fui su llave para entrar a la Organización y también éramos algo así como amantes. O lo habíamos sido. No estaba muy seguro. Pero habían pasado demasiadas cosas. Lo de Mara había sido una traición en toda regla. Algo que yo aún no conseguía entender. —¿Por qué te casaste con ella? Detuve mis pies, mirándole a los ojos, consciente de que estaba estropeando el momento. Él me soltó. De pronto el salón se volvió muy frío.

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—Si no lo hubiera hecho yo, lo habrías hecho tú —repuso, distante—. ¿Qué más da? —Está destrozada, Elliot. Él me señaló con el dedo, serio y algo pálido. —Lo hice lo mejor que supe. No creas ni por asomo que no fue así. Pero las cosas no funcionaron, maldita sea. Es algo que sucede a diario, ¿vas a culparme eternamente? —Desvié la mirada y los dos quedamos en silencio un largo instante—. Es por eso, ¿verdad? Es por lealtad hacia ella. Jamás vas a perdonarme. —Elliot… —No. Ella nunca nos separó, pero va a hacerlo ahora. Ahora que no está con ninguno de los dos todo se ha ido al infierno y ya es imposible arreglarlo. ¿Es eso? Me alarmó la aspereza y el veneno de su voz. Volví a mirarle y negué con la cabeza, llevado por una repentina necesidad de consolarle. No es que pareciera frágil precisamente, y lo más seguro era que todo aquello fuera sólo teatro, pero aun así… hay cosas que no puedo evitar. —Te equivocas. Nadie nos separa salvo nosotros mismos, como siempre. Hace tiempo que te perdoné. Si no te hubiera perdonado, no habría acudido al Café Francés, no estaría aquí esta noche—. Bajé la voz, arrancándole el estúpido cigarrillo de entre los dedos, tirándolo en su parquet carísimo y aplastándolo con la suela—. Y en cuanto a lo demás, ¿es que has olvidado lo más importante? Miró la mancha negra y la colilla en su suelo con los dientes apretados y luego a mí, haciendo una mueca desdeñosa. —¿Qué es lo más importante, según tú? Volví a agarrarle entre los brazos, testarudamente, dispuesto a brindarle uno de esos momentos cinematográficos que tanto adoraba. —Que todo es posible. Luego le besé. No tuve que forzarme en absoluto a ello, porque la verdad es que lo estaba deseando. Sus labios se abrieron para mí y el frío desapareció cuando sentí la presión de su boca contra la mía en respuesta, reclamándome con un anhelo intenso y muy real, que hablaba con más locuacidad que sus falsas palabras. Le estreché contra mi cuerpo y me dejé llevar, acariciando su lengua con la mía y volcándome en los besos con un apasionamiento que me hubiera avergonzado si hubiera sido consciente. Elliot hundió los dedos en mis cabellos y los estrechó, tirando de mí hacia él. Su aliento ardía sobre mi boca y su lengua quemaba alrededor de la mía. Nos besamos hasta que no pudimos respirar y tuve que apartarme para tomar aire, enmarcando su rostro entre los dedos, mareado y con el aliento acelerado. —No te vayas —me dijo, en un susurro tan íntimo y arrebatado que no podía ser mentira. Sus palabras vibraron en mi interior—. No te vayas. Trae tus cosas y quédate aquí, conmigo. Tragué saliva y le abracé. Entonces fue cuando tuve miedo. Alguien que conocí una vez solía decir que cada persona viene al mundo con una cantidad límite de esperanza. Por cada decepción, perdemos algo de esa esperanza. Y cuando ya no queda nada, entonces nos convertimos en unos cínicos. Elliot es un cínico. Se le da bien eso.

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Pero yo no, yo necesito tener fe. Pero en lo que respectaba a Elliot, mis esperanzas eran ya muy escasas. Habían sido demasiadas decepciones. —Dilo con claridad —murmuré por segunda vez aquel día—. Di con claridad lo que me estás pidiendo. —No sé como podría ser más claro, maldita sea, Liam —refunfuñó él, sin separarse. Entonces pensé que tal vez aquello fuera un milagro de navidad. A lo mejor Elliot podía cambiar, podía dejar a un lado la frivolidad y ser honesto con sus sentimientos para que yo pudiera serlo con los míos. —Si esto resulta ser otro de tus juegos… —Nunca he jugado contigo —replicó, con un tono más hastiado que herido—. Y lo sabes. Quizá aquel momento era uno de esos milagros de Navidad de los que hablaban las dudosas películas actuales, en los que las chicas encontraban a hombres perfectos o los niños recibían la visita de su padre desaparecido. En nuestro caso, quizá ese milagro navideño hiciera posible que, al fin, pudiéramos estar juntos sin ocultarnos nada, sin mentirnos ni hacernos daño. —¿No te aburrirás? —susurré, rozándole la nuca con los dedos—. Soy un pedante meapilas pasado de moda. —Tienes una forma encantadora de aburrirme. —Percibí su sonrisa pícara en el tono de su voz—. Y yo también estoy pasado de moda. Es una de las mejores cosas que he aprendido de ti. Tuve que sonreír ante semejante comentario. —Bien. Intentémoslo, entonces. Creo que iba a decir algo más, pero entonces sus labios sellaron los míos y sus manos empezaron a tirar de mi chaqueta frenéticamente. Dejé de pensar y me entregué a aquella otra cosa que se nos daba bien hacer juntos. Afuera, seguía nevando. En las casas normales, la gente estaría cantando, o bebiendo los últimos licores, abriendo los regalos y atizando el fuego. Las glamourosas fiestas de los hoteles se encontrarían atestadas de mujeres con vestidos largos, brillantes, de bajos con vuelo que se abrirían como flores a cada vuelta de sus diminutos pies; de hombres con esmoquin que dejarían caer la ceniza de sus puros disimuladamente en las macetas. Si yo tuviera que elegir, me quedaría con lo primero, siempre. En mi opinión, todo el mundo necesita un hogar en Navidad. En aquella ocasión, igual que en muchas otras antes de ésa, nosotros dos lo tuvimos. Elliot se pasó los días siguientes burlándose de mi religión, molestándome constantemente, cambiando de opinión al respecto de la comida, la cena, el café de la tarde y los planes de la semana. No dejó de refunfuñar acerca de la decoración —que según él deberíamos haber quemado el día veintiséis de Diciembre, porque ya que yo estaba allí y me iba a quedar, no tenía sentido alguno seguir “agasajándome”—, se negó en redondo a tomar ponche de huevo y fingió quedarse dormido para no cantar el Auld Lang Syne. Se comportó, en suma, como un verdadero cretino. Y fueron unas Navidades maravillosas.

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TIPOS DUROS
Relato de La Salamandra. Narra el momento en que Lot y Liam se vuelven a encontrar tras su última ruptura en una cena de empresa de la Organización. Estos hechos tienen lugar justo antes de que empiece la historia narrada en La Salamandra, apenas una semana antes.

 Mi madre contaba que el día que nací, cayó una nevada sobre la ciudad como no se había visto nunca. Era el mes de Enero y las ventanas se escarcharon. Siempre pienso en eso cuando me tomo un white lady. Esas ventanas debieron parecerse mucho a la superficie de mi copa, cubierta de vaho y con una extensión blanca al otro lado. Dentro del vaso, la ginebra, el cointreau y el zumo de limón se funden, y eso me hace pensar en otra clase de cosas. El modo en el que un cóctel se mezcla siempre me ha parecido algo casi erótico. Quiero decir que cuando echas todo eso junto en un vaso o una coctelera no puedes pensar que van a unirse porque tú se lo pidas. No, tienes que sacudirlos, agitarlos y marearlos para que terminen retozando juntos. Y es el hielo el que amalgama los componentes, al derretirse lentamente. Los suaviza, los desnuda despacio, les tienta y les convence para que se abracen los tres. Sin hielo no es lo mismo. Nunca es lo mismo sin hielo. Paladeo el licor, con la mano en el bolsillo, observando a los asistentes. La música suena suave, jazz y bossanova (loor y gloria al encargado de la música este año) y los invitados se pasean alrededor de las mesas. Hablan entre ellos, fuman, engullen los canapés y se tragan las bebidas. No es difícil identificar la posición de cada uno a golpe de vista, y sobre todo, mirando cómo comen. Estudio sus vestimentas, comprobando que sus sastres deben seguir ofendidos: este año, para variar, esperaba un poco más de clase por parte de los caballeros, pero vuelven a decepcionarme. Las damas en cambio suelen estar a la altura. Especialmente mi ex mujer. No es por inmodestia, pero es la más guapa. El vestido azul le llega hasta los tobillos y el palabra de honor siempre le ha sentado maravillosamente. Su mirada asesina me llega desde lejos y sonrío, halagado. Ella es el máximo exponente de ese tipo de mujer, el que con sólo un roce o una mirada te roba el corazón. Solo que en el caso de Mara, ella lo haría literalmente, hundiendo las uñas en mi esternón y arrancándome las vísceras. Siempre ha sido muy romántica. Le saludo con la mano desde lejos y suspiro al recibir esa corriente de odio, violenta y trémula, que corta el ambiente entre nosotros. Aun estando separados por metros de baldosas de gres y de esmoquines de alquiler, puedo sentir su furia. Pero es excitante y eso es bueno, porque aparte de ella y un par de personajes más, aquí todo el mundo es aburrido, anodino y vulgar. Nada inesperado. Las reuniones de empresa son tan fascinantes como sentarse a mirar una pared. —Vaya, Anders, cuánto tiempo. ¿Qué decía? Maravilloso, conversación casual. Sonrío afectadamente a Zael y estrecho la mano que me tiende. Zael es una especie de monstruo de dos metros de altura, con la boca grande como un buzón y ojos de lobo. No me molesta que sea feo, su función es intimidar, y 32

los guapos solemos provocar sentimientos más variados en ese sentido. No hay nada más halagador e inadecuado que estar amenazando a alguien y darte cuenta de que le resulta afrodisíaco. Por eso es política de empresa desde hace ya varios años que los intimidadores deben carecer completamente de atractivo. —Me alegro de verte. Bonita corbata. El monstruo sonríe con los dientes torcidos y se tironea de ella. En realidad su corbata es horrorosa, pero Zael no está preparado para identificar la ironía. No es Asperger, es falta de intelecto. —Si, ¿eh? Tú vas hecho un pincel, como siempre. —Gracias. Quizá es que le da envidia mi traje de Armani o que no termina de confiar del todo en mi sonrisa maliciosa (¿quién lo haría?) y empieza a pensar, acertadamente esta vez, que le considero un ser prescindible en este planeta, pero el caso es que su gesto se vuelve un poco provocador. Se me acerca con una amenaza velada en los ojos. —¿Sabes? Los jefes van a encargarte un trabajito después de la cena. Le miro con falso afecto. —¿Ah, sí? Asiente, y se acentúa ese brillo no del todo amistoso en su mirada. —Ya sabes cómo es la gente. —¿Idiota? Doy un largo sorbo a mi copa, mirando alrededor con hastío. Sí, la organización en la que trabajo no es el lugar más seguro del mundo. Ni para nuestros clientes, ni para nuestras víctimas, ni para nosotros. —No, no… claro que no. Bueno, quizá idiota también. Pero me refiero a que todo el mundo habla demasiado. Ladeo la cabeza inquisitivamente, animándole a hablar más. —¿Y qué dicen, Zael? —Dicen que andas por ahí haciendo cosas por tu cuenta, ¿comprendes? Infringiendo las reglas. No tienen ninguna prueba, claro, por eso los jefes quieren darte una oportunidad de demostrar tu lealtad. —Oh. Ya veo. El siguiente trago me sabe un poco menos dulce. No estoy demasiado contento con esta noticia, como es natural. Mis jefes desconfían de mí, y por lógico que sea, eso me pone en un aprieto. Me van a encargar un trabajo. Bien. Supongo que resolviéndolo dejarán de molestar durante un tiempo. El idiota de Zael quiere seguir pegando la hebra, pero yo ya no tengo ganas de hablar con él, así que me disculpo educadamente y camino en dirección a la mesa de enfrente, donde acabo de divisar, para regocijo de mi corazón, al bueno de Liam McKenzie. Liam es… un viejo amigo. Es guapo, elegante, mayor que yo y trabaja en mi departamento, el de relaciones públicas. Suena mejor que extorsión, ¿no?

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Liam y yo tenemos una relación bastante estrecha. Estrecha hasta el punto de que él se tensa cuando me sitúo a su lado para coger uno de esos infames trozos de comida aleatoria a la que tienen la indecencia de llamar canapés. —Hola, Liam. Me lanza una mirada de soslayo, ofendida. Ofendidísima. Tiene los ojos verdes y un precioso cabello rizado de color castaño oscuro, cálido. Sus ojos siempre me han recordado a las uvas jóvenes. —Hola, Elliot —escupe, con un relampagueo en la mirada. Se ladea y escapa de mi presencia con donaire. Por Dios, hacía tiempo que no escuchaba a nadie pronunciar mi nombre con tanta rabia contenida. Un escalofrío de excitación me recorre la espalda. ¿Me odiará? Eso me gusta. Resultarle indiferente a tus ex amantes significa que algo no estás haciendo bien, pero todo lo que sean emociones fuertes son bienvenidas. Le sigo, con la copa y el aperitivo. No sé por qué. En realidad no quiero disculparme con él, ni tampoco tengo especial interés en una reconciliación. Tampoco sabría exactamente de qué arrepentirme en este caso. Pero con Liam tengo muchas opciones: fastidiarle, seducirle, o simplemente hablar con él puede ser divertido. Y esta cena es horriblemente aburrida. —Me gusta tu traje. Le he seguido hasta la barra. Ha pedido un whisky solo, no ha vuelto a mirarme mientras atravesábamos la sala. Saco la pitillera y le ofrezco un cigarro. El camarero pone el hielo en su copa. Vierte el licor. Liam la coge y sólo después de beber un trago y agitar el vaso en su mano, de mirar hacia las botellas largamente y tenerme esperando el tiempo que él considera suficiente y justo para el nivel de ofensa que siente, se vuelve hacia mí y me arrebata el cigarro de los dedos. Se lo pone entre los labios con un suspiro. Yo sonrío y prendo el mechero para encendérselo. —Es de la sastrería de la cincuenta y seis —confiesa a regañadientes. Me apoyo en la barra, sin dejar de mirarle, mientras me sube una corriente de satisfacción por dentro. Aunque me esté hablando con desprecio, me está hablando. Sé que está enfadado, aunque no estoy muy seguro de la causa. Estábamos muy bien, y un día, de repente, se volvió arisco y no quiso que volviéramos a vernos. Me dejó una melodramática nota que no conservo, pero sí recuerdo. Al fin y al cabo no fue hace tanto tiempo. Mi memoria no es tan horrible. —¿Qué tal estás? —le pregunto. —¿Que qué tal estoy? —repite, con incredulidad. Sí que está enfadado, sí—. Muy bien, gracias. Mejor de lo que estaba en mucho tiempo. Se traga la mitad de su copa, mirando alrededor. —No tendrá que ver conmigo, supongo. —Por supuesto que tiene que ver contigo. —Vamos, no fue tan malo —le recuerdo, conciliador—. No me lo parecía, y creo que a ti tampoco. ¿Dirás que no hemos tenido buenos ratos, querido?

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—Claro que sí. Sí… supongo. No me llames querido. Y no me gusta que nos vean hablando juntos. Estás en entredicho, ¿sabes? ¿Ah sí? Vaya, vaya. Suficiente para mí. Si quiere evitarme, yo no tengo más remedio que llevarle la contraria. Liam ya se está marchando hacia las mesas, alejándose de la barra, de nuevo huyendo. Doy un par de zancadas, pegándome casi a su espalda. —Entonces vamos a hablar a otra parte, donde no nos vean—le susurro al oído, más exigente que seductor. Él se remueve para apartarse de mí. —Ni lo sueñes. Tsk. Es un poco frustrante. Le veo marchar, sin disimularme a mí mismo cuánto le admiro. Siempre me ha encantado cómo camina. Tiene mucha gracia al moverse; es más alto que yo y también un poco más corpulento, pero esa gallardía celta la lleva en la sangre, el maldito. Le envidio, pero sólo un poco. Me pregunto si merece la pena seguir molestándole, y decido que sí. Vuelvo a ir tras él, como quien no quiere la cosa. Los invitados ya están sentándose en las largas mesas dispuestas para la cena. Busco mi nombre y cojo el cartelito doblado del puesto que se me ha designado. Luego miro alrededor y me dirijo hacia el lugar donde Liam acaba de sentarse. Quito el cartel de un tal Jonathan Nosequé y lo tiro por encima de mi hombro, colocando el mío delante del plato. Me siento y sonrío a Liam, que está en el asiento de al lado y no se ha perdido nada de todo esto. —Estás completamente loco —replica, tras mirarme escandalizado unos segundos. Me encanta esa expresión. Me quedo sonriéndole con descaro hasta que los jefes se unen a los comensales y desvío la mirada hacia las copas. Liam, eres tan atractivo… con ese porte de buen chico, de caballero intachable y severo. Quedábamos muy bien juntos. Como dos galanes de película, el truhán y el noble, el tramposo y el justo, el fiel esposo y el indomable seductor. Sólo faltaba pelearnos por una mujer… aunque eso ya lo hicimos. Después de ser amantes y también antes de seguir siéndolo. ¿Alguna vez no hemos sido amantes? Tengo la impresión de que es algo constante, un hilo que sólo se interrumpe de vez en cuando de manera circunstancial. Siempre regresamos, ¿no es cierto? Se me ensancha la sonrisa al recordarlo y me sumerjo en esos espacios privados de mi memoria para revivir épocas pasadas. Eran buenos tiempos. Cuando vuelvo en mí, los jefes terminan de dar el discurso de apertura. Los discursos son ese tipo de cosas que detesto siempre que no estén hechas por mí, como la salsa boloñesa. Y en este caso es algo especialmente molesto, porque retrasa el momento en el que comienzan a servir los platos. Pero al fin ha acabado, y el ejército de camareros sale por las puertas abatibles del salón, cargados de bandejas, botellas, carritos… las suelas de sus zapatos repican en el suelo con redoble marcial. —¿Por qué te fuiste? —pregunto en voz baja, cuando nos ponen el primer plato. El vino no está mal del todo. Pero el consomé de setas en pleno mes de mayo es un error, desde mi punto de vista.

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—No quiero hablar de eso, Elliot. En realidad, preferiría no hablar contigo de nada en absoluto. Esta vez su respuesta no es tan rabiosa. Parece sólo cansado y molesto. ¿Cansado de mi? No puede ser. Empieza a picarme la curiosidad. —Al menos tengo derecho a esa respuesta. Los cubiertos de plata entrechocan con la porcelana. Él se lleva una cucharada a los labios, se pasa la lengua por ellos, se limpia con la servilleta, dándose unos toques muy suaves. Estoy viéndole en el reflejo de mi copa para no mirarle directamente. —No te hagas la víctima, por amor de Dios —murmura—. No hagas que parezca que te rompí el corazón. Ambos sabemos que no es así. La manera cruda de decirlo me molesta un poco. No me agrada la desnudez verbal, siempre he considerado que en todo proceso de comunicación importa más cómo se dicen las cosas que lo que se dice. Liam acaba de perder mucho encanto con esta declaración, pero me adapto a sus maneras. —¿Acaso ha sido al revés? Él sonríe a medias y remueve el consomé. Tiene la vista fija en el centro floral que tenemos delante. A nuestro alrededor, los excelsos compañeros de trabajo que nos honran con su presencia están enfrascados en emocionantes conversaciones acerca de perros, casas o familias. Ninguno parece requerir nuestra atención. —No, puedes estar tranquilo. Fui capaz de parar antes de llegar a ese punto. Oh, vaya. Qué emocionante. Así que le di fuerte a Liam… pero eso es bueno, es agradable tener esos sentimientos, ¿no? A él no parece que le sea grato. ¿Estará diciendo la verdad? —Lo siento. —No mientas. No te sientes culpable. Otra vez la desnudez verbal. Demonios, Liam, me gustas y me gusta que me gustes. Pero si sigues reventando todas mis tentativas de aportar algo de elegancia y clase a este drama primaveral empezaré a aborrecerte. —Tienes razón, no me siento culpable —admito, tras tomar otra cucharada—. Pero sí que lo siento. Lamento que te hayas marchado… y lamento que algo haya provocado que lo hicieras. Me mira de reojo, como si estuviera evaluando la credibilidad de mis palabras. Luego sonríe a medias otra vez y deja oír una risa suave, seca. —Tampoco creo que lo lamentes demasiado. Sólo te apena que se haya terminado el juego, tal vez. Y dudo que te entristezca seriamente. —En ningún momento he dicho lo contrario —admito, una vez más—, pero no veo por qué tenía que terminar. Funcionaba muy bien. —No puede funcionar llegado cierto punto, Elliot. —De nuevo me habla con amargura y reproche—. No puedes pretender que alguien se quede a tu lado en esas condiciones. Tu juego es cruel. Es difícil no terminar involucrándose contigo, ¿sabes?, y tú nunca lo harás. Eres frívolo, superficial y veleidoso. —¿Qué?

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Ahora le escucho con renovado interés, mirándole directamente. En parte me sorprenden sus palabras, pero también creo que es un gran discurso; este sí. Directo, con algo de rencor y adjetivos tan pedantes como todo él. Y aunque aún exhibe una franqueza casi insultante, me gusta más cómo habla ahora. —Aún sabiendo cómo eres, es imposible no terminar enredándose en tus artimañas, implicarse emocionalmente, esperar algo de ti que nunca darás —prosigue, haciéndose a un lado cuando regresan los camareros para retirar los platos—. Nadie tiene tanto aguante. Al final, empecé a mojarme los pies con todo esto. Por eso, cuando las cosas se pusieron confusas para mi, me fui. A veces no entiendo a la gente. Se pasan media vida reclamando atención y alguien en su cama, en su corazón. Y cuando se lo das, todo son pegas. Es maravilloso. Que si no me correspondes, que si no te implicas tanto como yo, que si no estoy seguro o segura de mis sentimientos, que si no eres sincero… Sobre todo eso. —No sabía que te sentías así. Y no era mi intención. —No eres sincero. ¿Ves? Sobre todo eso. Exhalo un suspiro suave, levantando una ceja. —Disculpa esta vulgaridad, querido, pero, en primer lugar, ¿tú que coño sabes? Quizá, por una vez, estoy diciendo la maldita verdad —respondo. No quiero sonar tenso o molesto, pero quizá lo estoy—. Y en segundo lugar, ¿de qué árbol te has caído? Mira dónde estamos, mira quienes somos. Mira lo que somos. Somos delincuentes. Mentirosos, estafadores, asesinos, la escoria de la sociedad enfundada en trajes de raya diplomática. Y me reprochas que no soy sincero. Pues claro que no soy sincero, pero no tiene ningún sentido que eso te ofenda. Es como echarle en cara a un gato que no tenga plumas. —Ya estás haciéndolo otra vez. Dios mío, no has cambiado nada. —Ahora me he dejado las patillas un poco más largas. Y, por otro lado, ¿Qué estoy haciendo? —Primero me insinúas que no sé nada, que puedes estar siendo honesto. Y después reiteras que no lo eres. —Su mirada incisiva me atraviesa de nuevo—. Es increíble, después de tanto tiempo, de toda una vida, que todavía me resulte imposible conocerte. Estaba separando la espina del pescado, pero he dejado de hacerlo. Las palabras de Liam, mi viejo amigo, camarada y compañero, mi amante, me despiertan una nostalgia muy real. Yo le conozco muy bien. A él y, en realidad, a muchos de los que están aquí. Pero a nadie como a él. —No puedo evitar ser como soy —le digo, mirándole con fijeza. Quiero que me crea, esta vez sí que lo deseo, aunque no albergo demasiadas esperanzas—. No te engañes. Sí que me conoces, Liam. Mara y tú sois las únicas dos personas que me conocen de verdad. Sus ojos verdes están fijos en los míos. Toma otro bocado y suspira, arqueando la ceja levemente en ese gesto de admisión que tanto me ha fascinado siempre, hasta el punto de que terminé por copiárselo sin darme cuenta.

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—Tal vez tengas razón. —No dejes que te confundan las palabras, ni siquiera las mías —insisto—. Las palabras no son un instrumento para comunicarse mejor, esa afirmación es uno de los grandes errores universales. Las palabras son un hermoso ornamento, o un arma afilada, pero no son nada más. Y no significan nada en absoluto. Tú sabes lo que hemos vivido juntos. Y eso es lo que cuenta, ¿no? —Es un modo de verlo. —Es mi modo de verlo. ¿Por qué no te sirve a ti? No me responde, y durante un rato, nos limitamos a comer en silencio. Luego sonríe a medias. —Cuando me quitaste a Mara, no creí que fuera capaz de perdonarte nunca. Nos relajamos un poco con el cambio de tema. Su voz suena más suave, su mirada está más limpia ahora. Todo lo limpia que puede estar. Liam tampoco es un santo, trabaja en mi gremio y ninguno lo somos. Pero a pesar de todo, conserva una especie de integridad, de honradez dentro de la delincuencia inherente a nuestra situación, que me resulta admirable. No lo puedo evitar y acerco mi pierna a la suya por debajo de la mesa hasta que nuestras rodillas se rozan. —¿Y lo has hecho? —A estas alturas, no estoy muy seguro —responde, repitiendo ese mohín encantador—. Ahora ella es tan diferente… quizá me hiciste un favor. O quizá ella es así ahora por tu culpa. Supongo que ya no me importa. —Yo sí te perdoné por el puñetazo. Pero no te quité a Mara, ella simplemente… —Entró en nuestra vida como un equipo de demolición, ¿eh? Ahora los dos estamos mirando en la misma dirección: a la mujer del vestido azul que disfruta de su comida con ademanes elegantes y altivos. Sus ojos son crueles y fríos ahora, pero antaño eran llamas. Nos hizo arder a los dos en ellas. Eran buenos tiempos. —Equipo de demolición. Eso es bastante exacto. Liam no ha apartado la pierna. Percibo cómo se relaja su postura poco a poco, su semblante severo se ha ido distendiendo. Ahora es otra vez el joven caballero sureño de ojos verdes y graves que aparece en las viejas fotografías, siempre conmigo. A veces con Mara, pero siempre conmigo. —Elliot…—algo en su tono de voz, en el modo en que deja el tenedor en el plato, en el nuevo brillo de sus ojos, me hace prestarle el doble de mi atención—. Tengo que ir al excusado. Se me queda mirando, como si esperase una respuesta. Ah, claro. No soy tan idiota como para haberme olvidado de esto. Esa frase siempre ha sido una especie de código para reunirnos en privado. Liam es tan esnob a veces que no puede evitar referirse al baño como lo acaba de hacer. El excusado. ¿Se puede ser más pedante? Asiento con la cabeza, él asiente a su vez, se levanta y se aleja, desapareciendo por la puerta que tenemos justo detrás, sin volverse. Un poco después, soy yo quien está bajando las escaleras. Este hotel no está mal, aunque hubiera preferido menos alfombra roja y más ventanales, pero no está mal del

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todo. Me enciendo un cigarro mientras camino por los pasillos, sobre los tapetes que hacen sordas mis pisadas. No sé que quiere Liam de mi, pero espero que los cuartos de baño sean espaciosos y huelan bien. Si nos reconciliamos me gustaría que estuviéramos cómodos. No me decepcionan. Colores pastel en el alicatado, toallas de papel (de acuerdo, higiénicamente mejores, pero terribles para la decoración) y espejos relucientes. Y pastillas de limón en los inodoros. Liam está fumando, apoyado en la repisa de mármol en la que están instalados los lavamanos. El humo de su cigarro huele a frutos secos y miel tostada. Sus ojos verdes me observan cuando entro, y yo también le miro a él. Será por el romanticismo inherente a los cuartos de baño, pero de repente me parece más guapo aún, y tengo unas ganas irresistibles de acercarme a sus labios. Se establece una súbita y profunda intimidad entre nosotros ahí abajo. Es porque estamos solos, sin nadie alrededor, por primera vez en meses. —Así que frívolo, superficial y veleidoso —le digo al fin, tras largos segundos de silencio y miradas intensas. Me cruzo de brazos y los ojos verdes de mi mentor centellean. Cambia de postura, aspirando el humo y soltándolo por la nariz. Sigue enfadado. Bah, el que tiene derecho a estar enfadado soy yo. Eso creo. Da igual, no lo estoy, pero me gusta fingirlo a veces. —Ahórrate el melodrama, Elliot. No tengo ganas de jugar. Me gusta fingirlo a veces, pero no me gusta que no se lo traguen, como es el caso. —¿Las has tenido alguna vez? El show debe continuar, no importa que se haya dado cuenta. —El jefe de nuestra zona sabe lo que estás haciendo. Van a darte un último trabajo y luego te van a … despedir. Y así es como se destroza una atmósfera. A bocajarro. Suspiro y me paso la mano por el pelo, apoyándola después en el mármol y mirándome al espejo. Liam tiene un defecto, uno que yo terminé adorando, como todo lo que tenía que ver con él. Cuando está de buen humor, es cuidadoso y atento con el vocabulario. Es maravillosamente irlandés, sobre todo a la hora de expresarse, de esa clase de hombres altamente indicados para comunicarte que tienes una enfermedad terminal. Lo haría de tal manera que, cuando acabara, le darías las gracias, un abrazo y una bandeja de galletas horneadas por tu abuelita. Ese no es el defecto, claro, el defecto es que cuando está de mal humor, se pasa al otro extremo. Y a mi no me gusta nada que me hablen así, con brusquedad. Soy un hombre sensible. —Muy bien. ¿Eso es lo que querías decirme? —Te he sacado un billete a París.

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¿Pero qué coño dice? Levanto la cabeza para mirarle con reproche. Mi héroe. Mi soldado confederado, salvándome del peligro. ¿O quitándose de en medio a un ex amante? En todo caso, decidiendo por mí y sin ningún derecho. Es muy romántico, pero completamente fuera de lugar. ¿Quiere mandarme lejos? ¿Pero qué se ha creído? —Te lo agradezco, pero no voy a irme a ninguna parte, Liam. Frunce el ceño, suspira. El espejo me ofrece su imagen por partida doble. Todos sus gestos son elegantes, contenidos. Incluso ahora, que parece repentinamente aquejado por un dolor de cabeza que seguramente lleva mi nombre. Está preocupado. Detecto cómo está conteniendo esa intención de hacerme entrar en razón a toda costa. Los católicos son tan insistentes… no importa que sea un gángster, es un gángster católico, irlandés y sureño de adopción. Puede ser un verdadero plasta si se lo propone. Y muy cursi. —¿Por qué? —pregunta, volviéndose hacia mí para mirarme directamente. —Quiero ver en qué consiste el trabajo. Quizá terminarlo. Ya encontraré una manera de escurrir el bulto después. Me inclino hacia el espejo para peinarme una vez más, aunque no me haga falta. Estoy mintiendo. Soy un embustero profesional. Y además, un frívolo, un superficial y un veleidoso, así que no necesita saber mis verdaderos motivos. De todos modos, si se los dijera, él me reprocharía que no soy sincero o que siempre estoy jugando. De todos modos, él debería saberlos. No quiero una escena heroica con ojos empañados, no hay necesidad de eso. Somos tipos duros, qué demonios. Chaquetas negras y Colt en el bolsillo, coches metalizados. Estas conversaciones no existen en nuestro mundo, así que no se lo diré. No le diré que me quedo por él. Porque, seguramente, si alguna vez he amado a alguien de una manera profunda, ha sido a Liam. Y la sola idea de no volver a verle, de enterrar la menor oportunidad de que nuestros caminos se crucen otra vez, me resulta inaceptable. Pero explicar estas cosas es impropio y da lugar a momentos embarazosos, así que no lo haré. Él debería saberlo. Cuando vuelvo a erguirme, ya no me está mirando. Está fumando en silencio, con esa expresión suya, tan grave y cargada de emociones. Un mechón de cabello rizado está recostado sobre su pómulo y se descuelga para enmarcarle el rostro como una hiedra de otoño. Levanta los dedos y se los pasa sobre los párpados. Luego suspira. Al bajar la mano, una pulsera de cáñamo trenzado asoma por debajo de la manga de su camisa. —Ten cuidado —dice al fin, con resignación—. Esto no es cosa de broma, Elliot. Intenta ser prudente. Por favor. Asiento con la cabeza al escucharle. Tengo un ligero malestar, creo que es ardor de estómago. No debería haber comido alcaparras. Me he quedado mirando la pulsera. Fue un regalo mío… un estúpido regalo, cuando aún era un adolescente y él era aquello a lo que quería parecerme en pocos años. Liam me está pidiendo que sea prudente. Él sabe que yo no suelo pensar mucho antes de hacer las cosas, que soy caótico y extravagante. Me conoce bien, aunque crea que no me conoce nada.

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Si no me conociera bien, se habría sorprendido cuando me he abalanzado sobre él para besarle por fin, salvando la distancia que nos separa en pasos precipitados y cerrando los dedos en sus mejillas, poniéndome de puntillas porque es más alto que yo y no las tengo todas conmigo acerca de que me vaya a corresponder. Pero no se sorprende, es como si lo hubiera estado esperando. Y además, me corresponde. Sus labios se acoplan a los míos y su lengua acepta mi irrupción repentina, sus brazos se cierran alrededor de mi cuerpo. Soy frívolo, superficial y veleidoso. Ojalá no lo fuese. Ojalá él no lo pensara. Estas son las tonterías que se me pasan por la cabeza mientras me estrecha, cuando su boca toma el control del beso apasionado y esa aura cálida y poderosa que desprende su presencia me envuelve como una manta. —Si te sucediera algo… —murmura entrecortadamente, con los labios sobre mis labios y una mano entre mis cabellos—. Piénsalo, al menos. Sus palabras me provocan más dolor de estómago. Me incomoda lo que dice y el tono en que lo hace. Cierro los dedos en las solapas de su chaqueta y las estrujo, arañándole los labios con los dientes y dejando un respiro, una pausa dramática entre los dos. —He dicho que no. Ha sonado a orden tajante, y después le cierro la boca con otro beso más exigente aún. Por un momento parecemos dos estudiantes de instituto resolviendo una tensión sexual de años, buscándonos con esos gestos casi torpes, resultado de la urgencia. Nosotros, a nuestra edad. Pero es emocionante volver a tener esa sensación como de caída libre, nosotros a nuestra edad y después de todo lo que hemos pasado. Me sumerjo en el calor compartido, me enredo entre sus dedos sin pudor. No me importa que me despeine, ni que ahora el reflejo del espejo capte resplandores en mi mirada que siempre negaré. Por suerte, mi héroe confederado me aleja de esas tribulaciones empujando con la espalda la puerta de uno de los retretes (excusados, según él) para meternos dentro del estrecho pero limpio cubículo. Y es allí, como los borrachos de discoteca y los adolescentes chabacanos, donde nos reencontramos. Nos reconciliamos. O nos despedimos. No sé muy bien lo que es esto, pero me entrego a ello con todas mis fuerzas. Intento guardarlo todo, ser consciente de todo, bebérmelo todo. El sonido de nuestras respiraciones atropelladas, que reverbera en el cuarto de baño. El olor de su pelo. El sabor a tabaco y miel de su boca, tan cálida, suave, acogedora, como siempre. El tacto rudo de sus manos. Sus dedos tibios y carnales. El relieve de su cuerpo imprimiéndose sobre el mío, primero desde detrás de las prendas de tela, después sin ninguna barrera. Su perfume me envuelve, se mezcla con mi propia esencia. Sus caricias son dulces, vibran sobre mi piel, me despiertan. Le tiro del pelo sin querer, él me muerde en el hombro con suavidad. Le araño la espalda y devoro sus labios, él me marca a fuego con sus dedos, pone su mano sobre mi corazón como si quisiera recoger mis latidos. Cada vez que mis ojos encuentran los suyos, el resplandor verde de su mirada se desliza hacia mi interior, cargado con sus mil significados. Una llama auténtica, un reducto de pureza. También guardo eso como un tesoro. —Elliot… 41

Dice mi nombre cuando nos abrazamos, desnudos. Estoy apoyado en la puerta, con las piernas enredadas en su cintura y los brazos en su cuello. Él me sostiene. La presión de su cuerpo contra el mío es lo único sólido a mi alrededor. Cierro los ojos, me agarro a su piel, a su presencia. Liam es todo cuanto ha sido seguro durante años. Sigue siendo seguro ahora. Sé que no me va a fallar jamás, no importa lo que suceda. Puede que en otro momento menos íntimo, menos comprometido, piense todo lo contrario, pero ahora no tengo ninguna duda. Ni de eso ni de todo lo demás. Cuando entra en mí, le recibo con un gemido apagado. Después nos quedamos así, inmóviles, durante unos segundos demasiado largos. Cuando levanto el rostro hacia él, busco sus ojos. Él empieza a moverse, regándome los labios con sus besos de rayos de sol destilados. Levanto los dedos hacia su mejilla. Le miro, no quiero dejar de hacerlo. Quiero que él también lo haga. Quiero que vea, que me vea a mi, pero no sé si puede hacerlo. No sé si yo mismo le he dejado ciego. No sé si los dos hemos terminado creyendo nuestras propias mentiras, las mentiras del otro. Pero esto, el ahora… esto es real. —Es real… Los recuerdos se precipitan sobre mí como una lluvia descontrolada, al ritmo de sus embestidas, de su aliento sobre mi boca, sobre mi rostro. Él los extiende sobre mi cuerpo con las caricias de sus manos. Los funde a mi piel, los hunde en mi garganta con su lengua. No me deja huir de ellos, no me deja olvidarlos. Recuerdos de él, de él y Mara, de él y del mundo, pero sobre todo él, siempre presente, siempre él. Siempre ha sido mi lugar más seguro. Mi hogar. Pero soy frívolo, soy superficial. Y veleidoso. Y no existe ninguna razón verdadera, ninguna razón de peso por la que eso tenga que dejar de ser así. Le abrazo con fuerza cuando me asalta el orgasmo, violento y repentino, una liberación salvaje que me hace apuntalarme en la puerta para hundirle más en mí. Al hacerlo, él se deshace en mi interior con latidos apresurados, llenándome y derramándose en una explosión líquida y caliente que parece reconfortarme por dentro. Y los segundos gotean, lentos. Se escurren con el sudor, con los restos de lágrimas nunca derramadas. Los recolectamos como abejas, enredados todavía el uno en el otro, recuperando el aliento, y una caricia tierna, de barro cocido, se abre en mi cuello como una flor de verano. Una caricia amarilla, de luz pura, que me hace daño y me redime. Esto es real. ¿Por qué no le sirve a él, a pesar de cualquier cosa que diga? La caricia se desliza sobre mis párpados, sobre mi cuello. Y de repente, un pellizco potente en el punto exacto, que pinza los nervios… y mis fuerzas se desvanecen. Maldito tramposo. Ni siquiera me da tiempo a decir nada más, a hacer nada más. Me quedo inconsciente, y apenas atino a maldecirle en silencio. Cuando despierto, estoy solo aquí. Solo, desnudo, con la única compañía de una mariposa azul de cristal que me aguarda en el pomo de la puerta. Tengo una sensación amarga en el paladar, y el ardor de estómago se ha vuelto insoportable. Podría pensar que no ha sucedido nada, que todo ha sido un sueño, una alucinación, mi imaginación. Pero mi cuerpo aún tiene las marcas de lo que hemos compartido, y me duele el músculo del cuello en el punto donde presionó para desvanecerme.

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Me pongo la ropa a mi ritmo, dejándome lamer por los restos de recuerdos que han despertado y ahora se pasean sin pudor a lo largo y ancho de mi mente. Recojo la mariposa de cristal y la guardo en la chaqueta. Veinte minutos después, estoy de nuevo en la fiesta, vestido e impecablemente peinado. Nadie puede imaginarse siquiera lo que ha sucedido hace un rato. Liam no está. Se ha marchado. No sé cuando volveré a verle… no sé si volveré a hacerlo. Espero que sí. Me estoy bebiendo un Rob Roy en su honor, pensando en el hielo, en las facultades que tiene la temperatura, sea por alta o por baja, para unir cosas que en otras circunstancias nunca se habrían encontrado. No en vano, conocí a Liam en la nieve. Y el día que nací, cayó una nevada sobre la ciudad como no se había visto nunca. Era el mes de Enero y las ventanas se escarcharon. Me pregunto si todos los momentos importantes de mi vida están marcados por ese fenómeno atmosférico, y comienzo a hacer un recuento. Entonces me interrumpe el capo de mi zona. Viene caminando hacia mí, con su sonrisa falsa y las manos a la espalda. Le sonrío del mismo modo. —Señor Anders, ¿tiene un momento? —me aborda, directo pero cortés—. Nos gustaría hablar con usted acerca de un trabajo. Agito el vaso, haciendo tintinear el hielo. Todos los momentos importantes de mi vida … si eso es así, este no debe serlo. A menos que el hielo también cuente. Le miro y asiento con la cabeza, levantando la barbilla muy levemente. —Por supuesto, señor. Soy todo oídos. Esbozo una sonrisa perfecta. Mientras le sigo hacia la gran mesa redonda donde me aguardan los directivos de mi sector, me meto una mano en el bolsillo para acariciar la mariposa de cristal. He vuelto a elegir quedarme. Esta vez tampoco me arrepiento. Veamos de qué se trata esta misión con la que pretenden poner mi cabeza en una pica. Puede ser divertido, esquivar el hacha del verdugo ahora que saben que soy un traidor. Además, París en esta época del año… no es tan bonito.

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MANOS BLANCAS
Relato de fantasía-suspense ambientado en París, en el siglo XIX. Un pintor y un escritor descubren a una ambigua e hipnótica criatura en un extraño café. Quizá continúe con esta historia en el futuro.

 Al abrir la puerta, el vapor especiado del local golpeó en el rostro de Armand. En el exterior quedaría el perfume de la primavera parisina, el aroma de la brisa nocturna preñada de flores abiertas y estrellas que tanto le inspiraba. Se le empañaron las lentes y se las quitó para limpiarlas con la solapa de la chaqueta, exhalando un suspiro de resignación. David le tiraba de la manga con insistencia, señalando una mesa vacía que se podía divisar a duras penas entre el humo de los cigarros. —Sentémonos ahí —le instó—. ¿Qué vas a querer beber? Cierra, hombre. Estos lugares siempre tienen la puerta cerrada, ¿o es que quieres que se revelen sus secretos a la calle? Armand obedeció en silencio y se dejó guiar por su amigo, escuchando su incesante parloteo con una pequeña parte de su atención y dedicando el resto a observar el tugurio en el que le había metido. No era un establecimiento a su gusto: las mesitas de cristal lacado se amontonaban en los rincones del local, dominado por un escenario con cortinajes de terciopelo raído. El suelo de madera estaba manchado y carcomido; los tablones se levantaban y crujían bajo sus pasos. Una barra con grifos de cerveza se extendía en un lateral, y en el otro, entre divanes con pipas de agua y cojines esparcidos por el suelo, algunos caballeros vestidos invariablemente con traje negro, pintaban en sus caballetes o mojaban la pluma para garrapatear sus versos en cuartillas ajadas. Todo tenía un aspecto polvoriento y descuidado. —¿Cómo pueden pintar con tan poca luz? —preguntó, interrumpiendo a su amigo. —Son expresionistas —explicó David, regalándole su sonrisa de media luna. Al parecer estaba entusiasmado de estar allí—. Su pintura sale directamente del alma, pintan sus sentimientos. No necesitan luz para eso. —Necesitan luz para ver —apostilló Armand, pragmático. —Bah. David movió la mano, restándole importancia. Iba a embarcarse en una nueva perorata cuando una mujer vestida con un escotado corpiño y falda azul se acercó a tomar nota de sus pedidos, contemplándoles con mal disimulada admiración. Los dos amigos estaban acostumbrados a despertar ese tipo de sentimientos con frecuencia y ambos eran conscientes de su atractivo. Sin embargo, mientras que David lo disfrutaba, aprovechando al máximo su acento británico, su mirada pícara y su labia insurgente para coleccionar amantes, Armand solía mostrar desdén hacia quien se dejaba cautivar por su belleza exterior. A pesar de la disconformidad de Armand, el dúo levantaba pasiones en los cabarets y los cafés de Montmartre y Montparnasse, pues gustaba a los habituales de aquellas zonas el contraste entre el elegante inglés de

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ojos azules y pelo castaño y el alto y espigado Armand, con su rubia cabellera de bucles largos recogida en la nuca y los ojos verdes, hechiceros. Pintor y escritor, alegre y serio, hablador y silencioso, ambos conformaban un conjunto complementario que solía llamar la atención. —El expresionismo no necesita de una técnica tan depurada, es la pintura del alma de cada artista, Armand —continuó David, en cuanto la camarera se hubo marchado—. La deformidad, la perversión, lo que hay más allá de lo visible, eso es lo que acude al pincel: visceral, estomacal, un torrente sanguíneo lleno de subjetividad, que deforma la realidad para plasmarla tal y como la ven los ojos de cada uno, la mirada personal de cada pintor. Hay que dejar las almas a oscuras para pintar así. Por eso no importa la luz, ni siquiera importa que se vea mal bajo estos quinqués moribundos. —Me estás describiendo malos pintores —insistió Armand, gélido. David arqueó la ceja y le dedicó una mueca desdeñosa. —Te estoy describiendo un movimiento artístico actual. Desde luego eres duro como una piedra, ¿eh? Te pones muy desagradable siempre que te llevo a ver sitios nuevos. ¿Por qué no intentas divertirte? —Divertirme. —Armand se inclinó hacia delante, volvió a limpiarse las lentes, se las colocó y le miró fijamente a los ojos—. Se me han pegado los codos a la mesa de lo sucia que está. Esa mujer que está cantando en el escenario parece una gallina, y no solo por el color de su pelo: me está destrozando los oídos. La gente de ahí al lado está drogándose en los divanes. Veo bastante difícil que pueda llegar a divertirme aquí, David. El pintor se echó hacia atrás en la silla, volviendo la vista hacia el escenario. Allí, una mujer rechoncha en ropa interior agitaba una boa de plumas mientras destrozaba una canción intentando seguir la melodía del acordeonista. Meneaba el trasero y los muslos extendiendo los brazos fofos, intentando seducir a su público. Extrañamente, cuando terminó su espectáculo, varios clientes le metieron arrugados billetes de veinte francos en las tiras de la lencería. La camarera regresó y depositó el pedido en la mesa con una sonrisa espléndida: Una botella llena de un líquido glauco, una jarrita de cristal con agua fresca, dos copas, dos cucharillas de metal y un azucarero de cerámica desportillada. —Que aproveche, caballeros. La chica les guiñó el ojo y se marchó, contoneando las caderas. —Con esto te será mas fácil entretenerte mientras esperamos al número estrella —dijo David—. Quién sabe. Quizá te alegre la noche. Armand observó la botella verde y las copas dispuestas. Luego miró a su compañero con suspicacia. —¿Absenta? —La fée verte, amigo mío. ¿No me digas que tienes reparos? Armand hizo una mueca desafiante y destapó la botella, llenando las dos copas en una tercera parte. Después, tomó una de las cucharillas metálicas con agujeros, abrió el azucarero y cogió un terrón con los dedos. Lo colocó sobre la cucharilla y la dispuso en la parte superior de su vaso. A continuación, tomó la jarrita de cristal y la inclinó

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para verter el agua lentamente. El chorrito empapó el terrón y cayó, goteante, sobre la absenta, convirtiéndola en una mezcla blanquecina y lechosa. David observó con una media sonrisa. —Precioso. Veo que tienes experiencia. —No creo que exista ningún escritor francés de nuestro tiempo que no sepa servir la absenta. —¿Tienes la misma maestría a la hora de beberla? Armand sonrió con malicia y se llevó la copa a los labios, tragándose el contenido de un solo gesto. A continuación, se metió el terrón medio disuelto en la boca y lo masticó. El inglés se echó a reír y él respondió con una risa lenta y suave. Era muy difícil aburrirse con David; a pesar suyo siempre conseguía sustraerle de todo lo que le incomodaba, como el olor cargante de aquel antro, la sordidez de sus inquilinos y el calor pegajoso que comenzaba a sentir allí. —Ahora te toca a ti. El licor aún le quemaba en el esófago y el estómago. Le había calentado la piel y la sangre. Preparó la copa de su compañero con la misma habilidad que da la práctica, y David la alzó para brindar. —Por el expresionismo. Brindaron sucesivamente. Primero fue el expresionismo, después el impresionismo, más tarde por Byron, por Shelley, por Keats… todos los poetas románticos de los que David era ferviente seguidor y los preferidos de Armand tuvieron su momento en aquel continuo subir y bajar de copas, con el cristal entrechocando y el fuego deslizándose por sus gargantas una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Y la absenta limpió la fealdad de aquel local, convirtiéndolo en un lugar extraño y sobrenatural que ya no parecía el mismo; despejó la mirada prisionera de Armand, que dejó de estar tenso y malhumorado y empezó a aplaudir rabiosamente a las bailarinas y las piezas musicales, revistió de encanto y hechizo la miseria y la mugre, abrió el corazón del escritor y le llenó el alma, los ojos y la mente de imágenes fantásticas y brillantes, de colores imposibles. Se encontraban conversando sobre algo indefinido, embriagados por los vapores del alcohol y recostados en sus sillas, cuando las luces se redujeron y un juego de espejos proyectó destellos azules en las paredes. Los dos amigos volvieron la mirada hacia el escenario al escuchar el mágico canto de una chirimía, vibrante y cristalina. —¡Des mains blanches! —exclamó alguien entre el público. Armand entrecerró los ojos, tratando de enfocar su mirada en el escenario. Las cortinas carmesíes se alzaron con un bamboleo irregular entre los murmullos de expectación de la concurrencia. Fuera lo que fuese lo que ahora iba a tener lugar, Armand tuvo la sensación de que era lo que llevaban esperando toda la noche. —David… —murmuró— ¿Qué viene ahora? —No lo sé —respondió el inglés, en el mismo tono—. ¿No dicen algo de «manos blancas» por ahí? Armand asintió, con la vista fija en el escenario. La chirimía seguía tejiendo su melodía hipnótica y las luces de pantalla azul apuntaban hacia el centro de la tarima de madera, donde había una bañera de bronce con patas de león. Del borde de la misma

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colgaba un brazo blanco, delicado, lánguido, que apuntaba hacia el suelo en diagonal. Las líneas perfectas de aquel antebrazo nacarado terminaban en una muñeca fina, de huesos frágiles, y estaba rematado por una mano de dedos largos, curvados suavemente, de uñas cuidadas y cortas. Era un brazo precioso. Armand sintió deseos de tocarlo, y se inclinó hacia delante para verlo mejor. Estaban bastante retirados del escenario y no podía apreciar los detalles como le hubiera gustado, pero a la luz fantástica de aquel juego de espejos y a través de la pátina de la absenta, ese brazo blanco parecía hecho de rayos de luna y polvo de estrellas. Iba a abrir la boca para proponerle a David acercarse más cuando, al compás de la música, los dedos pálidos se movieron. El brazo se levantó y su gemelo apareció, igual de grácil y pálido, goteando lágrimas cristalinas. La figura sumergida en la bañera se puso de pie, con el sinuoso ondular de una serpiente encantada y se mostró de perfil al público, empapada en agua, con los labios entreabiertos. Y al hacerlo, Armand dio un respingo y se le paró el corazón en el pecho, la respiración se le cortó en seco y un hormigueo de emoción revelada se extendió por la punta de sus dedos. Nunca había visto nada igual. Al principio creyó que era una niña, una chica joven y sin desarrollar. El largo cabello, negro como la pez, colgaba sobre sus hombros y su espalda, chorreante de agua cristalina. Los brazos de cisne se habían elevado sobre su cabeza y se movían con la sutilidad de los juncos mecidos por el viento, en una danza lenta. La prenda de gasa blanca que le cubría el cuerpo se pegaba a su figura rectilínea, esbelta y sin formas. A través de la tela transparente, los pezones rosados, erguidos, brillaban en un pecho plano como una tabla. El ombligo se hundía en un vientre liso de cintura estrecha y el trasero se curvaba en una línea apenas pronunciada que hacía pensar en una pubertad poco generosa. El rostro de la muchacha podría haber sido el de una muñeca de porcelana: blanco como toda su piel, de labios rojos y mejillas suavemente coloreadas, tenía las formas de una madonna o de un ángel niño. La nariz respingona se levantaba con un desafío infantil, las cejas negras y finas se elevaban en arco como las alas de un pájaro en vuelo y las orejas mostraban una extraña forma puntiaguda en la parte superior. Pero los ojos… ah, aquellos ojos. Aquellos ojos se clavaron en el alma de Armand cuando el muchacho se dio la vuelta para quedar de frente hacia los espectadores y la transparencia de la túnica reveló entre sus piernas que era un chico, y no una niña. Aquellos ojos azules y luminosos como fuegos fatuos, enmarcados en un broche de pestañas negrísimas y curvadas golpearon en su corazón como puñales de zafiro. Aquellos ojos rasgados, fantásticos, resplandecientes, que reinaban en un rostro que era la expresión más sublime de la inocencia y la pureza, que parecían cuajados de estrellas, que miraban sin ver a la concurrencia mientras el joven, húmedo y hechizado por un embrujo aparente, bailaba al son de la chirimía. —Un ángel… —murmuró Armand, subyugado por la imagen que tenía ante sí—. Es un ángel… Si David respondió, él no pudo escucharle. El chico había salido de la bañera y ahora se cimbreaba en una danza calmada y sensual, las manos blancas como palomas abiertas sobre su cabeza, la cintura ondulante, los diminutos pies dejando huellas de agua en la tarima de madera del escenario. Todos sus movimientos eran gráciles y delicados.

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Una sed violenta golpeó contra las sienes de Armand. Él, que tanto despreciaba a quienes le juzgaban por su belleza exterior, él que se jactaba de ser un escritor realista, de ser capaz de plasmar en palabras sin ninguna concesión lo terrible y lo antiestético, lo repugnante y lo deforme, él, que veía en el mundo todos los defectos, se encontraba ahora ante una criatura en la que no podía hallar ninguno. Sus ojos habían sido secuestrados por su imagen divina, su aliento robado, su cordura arrebatada. Sólo podía pensar en acercarse, en tocarle, en rozar con los dedos aquellos brazos perfectos, esa piel tersa y suave, los labios rojos. Se levantó muy despacio, subyugado, y avanzó lentamente. Mientras caminaba, su mente empezó a tejer por sí misma figuraciones y fantasías. Se imaginó la frescura de sus labios mojados bajo su boca. Su cuerpo, frío, pegado al suyo. El sonido de su voz. Cosas que nunca había pensado, las pensó entonces, deseos que jamás se había permitido se los permitió entonces, mientras caminaba hacia el bailarín, cuyas pestañas al batirse marcaban cada inspiración y expiración de su aliento. Sin desviar la mirada de él, empujó a un tipo grande que le gruñó, haciéndose sitio entre los espectadores de la primera fila. Se abrió paso a codazos, como buenamente pudo, hasta que la madera del escenario le detuvo. «Un ángel. Es un ángel que ha descendido a la tierra, o un sueño de absenta… ¿Estoy soñando? Tengo que tocarle, tengo que saber que es real«, se dijo. Y cuando alzó la mano, aún con los ojos fijos en los suyos, cuando sus dedos temblorosos estuvieron a punto de rozar el tobillo luminoso y opalescente del chico, el bajo de su toga le acarició los nudillos, hubo un revoloteo de gasas y velos y los ropajes vacíos cayeron al suelo. Sorprendido, Armand jadeó, al igual que todos los espectadores. Buscó con la mirada al misterioso danzante, que había desaparecido delante mismo de sus narices. Encontró una pierna desnuda y el brazo perfecto asomando de la bañera de bronce, los ojos azules, intensos, fosfóricos, que le miraban a él. Con la garganta seca, Armand quiso apoyar las manos para encaramarse al escenario y correr hacia su objeto de deseo, pero se encontró incapaz de hacer el menor movimiento. —¿Cómo lo ha hecho? —dijo alguien en un susurro. —Es un mago. A diferencia de la algarabía y los silbidos que habían llenado el ambiente cuando actuaban las vedettes, ahora las voces hablaban en murmullos inaudibles y la fascinación convertía al público en una masa de hombres y mujeres de ojos fijos y bocas entreabiertas, embrujados por la belleza imposible de aquel joven. —No es un mago, es un duende. —Es el manos blancas. El chico alzó el rostro en la bañera, se apartó la larga cabellera hacia los hombros y sonrió. Su expresión angelical desapareció, sustituida por una mueca traviesa y seductora, incitante. Aquella sonrisa, esa mirada que Armand interpretó como dirigida hacia él, y solo a él, provocó una descarga de excitación en la espalda del escritor, le tensó los nervios y convirtió la sed abrasadora en un anticipo de la demencia. Y entonces, moviendo la pierna arriba y abajo con languidez y ondulando en el interior de la bañera, invitador y sugestivo, aquel demonio con cara de ángel empezó a cantar con una voz suave y escurridiza, de contralto.

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Las luces azuladas arrancaban destellos perlados a la deliciosa piel del joven y la canción parecía adormecer y prometer al mismo tiempo: Una promesa de caricias íntimas, de entrega, de delicias celestiales y gemidos apagados, de sabor a carne tierna y labios escurridizos. El idioma era imposible de identificar, a veces parecía francés, un francés antiguo y ancestral, otras latín, otras griego… y sin embargo, el significado de las palabras llegaba al alma de alguna manera, la estimulaba y la preparaba para un paraíso de tentación. Pero antes, dormir. Antes, dormir. Y lentamente, el hechizo cayó sobre él. Le rozó los párpados con dedos suaves y todo se volvió negro. Después se sintió flotar en la sala, entre los efluvios de la absenta y un aroma arcano, extraño. Estaba soñando, o eso creía, y en su sueño, los ojos azules del ángel permanecían sobre él, brillando como estrellas. Salía de la bañera, desnudo como una ninfa, y le tendía la mano. Armand la cogía y el ángel le llevaba detrás del escenario, a lo largo de pasillos oscuros, guiándole en la tiniebla con el murmullo de sus pasos húmedos como único sonido y la mano blanca, fresca, prendida a sus dedos. Por último, le franqueaba el paso hacia una habitación estrecha, cubierta de alfombras y cojines, donde una única vela titilaba en una hornacina, y le hacía un gesto a Armand para que se recostase. Tendidos ambos en el suelo, se encaramaba sobre él y se apretaba contra su cuerpo, hablándole con aquella voz ambigua, mirándole a él, sólo a él. —¿Quieres tenerme? —le preguntaba, rozándole los labios con su boca—. Puedes poseerme. Seré para ti, si me llevas contigo. —¿Cómo te llamas? —respondía Armand, embriagado y rendido, volviéndose loco de hambre y de deseo—. Sí, sí. ¿Cómo te llamas? Sus manos se llenaban de la piel suave y mojada, sus pulmones estaban a punto de estallar, anegados con el perfume indefinido del joven, que también flotaba en la estancia. —Si te lo digo, ¿me llevarás contigo? Armand asintió con la cabeza. Estaba comenzando a marearse y le temblaba el aire en los labios mientras le acariciaba. Su piel parecía hecha de crema, su aliento era dulce, su boca tan suave como los pétalos. Los ojos azules parecieron encenderse con una llama renovada y el chico estrechó los labios contra los suyos en un beso que Armand consumió con avidez desesperada, abriéndose paso a la fuerza para buscar su lengua, devorándole mientras cerraba los brazos a su alrededor y los dedos, como garras, sobre su piel. —Danava —susurró el muchacho, en un gemido desvaído. Después, Armand ya no pudo ver, ni oír, ni sentir nada más. Cuando despertó, lo hizo dando un respingo. Estaba tirado en el suelo, cerca del escenario, y una camarera pasaba la escoba en alguna parte, haciendo un sonido rasposo y desagradable. Las lámparas se habían apagado y el feo establecimiento se pintaba con la gris penumbra del amanecer, que se filtraba por la única ventana abierta. Recolocándose la chaqueta y tratando de recuperar toda la dignidad perdida, Armand se incorporó y se sacudió el polvo de las rodillas y las manos. Se peinó con los dedos y caminó a duras penas entre las mesas. Comprobó que no era el único que había echado una siesta en aquella extraña taberna: había cuerpos tirados aquí y allá, algunos con las

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boquillas de las pipas de agua entre los dedos, otros dormitando encima de las mesas con la postura de quien cae redondo a causa del exceso de bebida. En este último grupo se contaba David, a quien Armand localizó finalmente, derrumbado en la mesa que habían compartido. Con un suspiro de alivio, le puso la mano en el hombro y le zarandeó. —David —llamó, con voz enronquecida—. David, despierta. El inglés gruñó, le dio un manotazo y le ignoró flagrantemente. «Estúpido borracho«. —David, vámonos de una maldita vez —insistió, en esta ocasión con más energía—. Ya casi es de día. Esta última afirmación hizo reaccionar al pintor, que levantó la cabeza con un sobresalto. Inmediatamente, tuvo que llevarse las manos a las sienes con un gesto de dolor. —Por todos los… tengo el infierno aquí dentro. —Dímelo a mí. Con lentitud geriátrica, ambos compañeros se afanaron en recuperar una decente verticalidad, repasaron sus indumentarias, se volvieron a peinar y se ayudaron, mareados y con náuseas, a salir del establecimiento. Las calles de París les recibieron con un amanecer frío, brisa cortante y una temprana llovizna primaveral. —¿Tanto bebimos? —se quejó David, con los ojos entrecerrados como un gato al sol—. No recuerdo que fuera para tanto. —Yo tampoco… pero al parecer, lo fue. ¿Nos vamos a casa? —Sí, por favor —dijo entonces una voz desconocida, sutil, ambigua, de contralto. Ambos se sobresaltaron. Al mirar a su izquierda, repararon en un muchacho que les observaba a pocos pasos, amparado bajo las cornisas del edificio. Sus ojos azules resplandecían, brillantes, en un nido de pestañas negras. Llevaba un abrigo rojo de mujer que le llegaba a los tobillos, abrochado hasta arriba, y el pelo recogido en la nuca metido por dentro del cuello levantado de la prenda. Los diminutos pies, blancos como perlas, estaban descalzos sobre el suelo sucio de aquella callejuela de Montparnasse. David arqueó las cejas. —¿Y tú quien eres? Armand le hizo a un lado con el brazo, los ojos clavados en el joven. Ahogó una exclamación, sobrecogido por la sorpresa. Al instante, extendió la mano hacia él y el chico la cogió, con una sonrisa de felino complacido. —¿Armand? David esperaba una explicación. —Es… su nombre es… —balbuceó el escritor, incapaz de hallar palabras en el torbellino en el que se había convertido su mente. El corazón le brincaba en el pecho. Su vientre se abrió, rugiendo en silencio, con un hambre renovada al rozar las yemas blancas de sus dedos, mientras la confusión se apoderaba de sus razonamientos. ¿Qué había sido real, qué parte fue soñada? ¿Acaso la absenta había distorsionado su memoria? ¿Había vivido realmente el momento en el 50

que Danava salió al escenario, precioso y perfecto como una figura de porcelana? ¿Era un ángel venido a la tierra o un joven de compañía al que habían invitado a unas copas para divertirse un rato? ¿Cuáles eran los verdaderos recuerdos? —Su nombre es Dan… —Dorian —interrumpió el chico—. Mi nombre es Dorian. Armand asintió. David ladeó la cabeza y sonrió, dirigiendo una mirada de extrañeza a su compañero. —Ah… bien. Claro. ¿Vienes con nosotros, entonces? Los ojos azules del inglés iban de uno a otro. Armand no estaba en condiciones de responder nada coherente, así que recurrió a la mentira, apretando los dedos del muchacho con su mano. —Sí, anoche acordamos que se quedaría con nosotros unos días. Para hacerte de modelo. ¿No lo recuerdas? David negó con la cabeza. Les observaba con curiosidad y quizá con algo de desconfianza, pero no puso ningún impedimento. Dorian le volvió a sonreír, y finalmente, los tres se pusieron en marcha a través de las calles de Montparnasse. Un cuervo, posado en lo alto de una farola, fue el único espectador de su partida. Ladeó la cabeza, curioso, mientras sus ojos anaranjados observaban las huellas de humedad que los pies de Dorian dejaban en el suelo ya de por sí mojado. El resplandor plateado, estelar y sobrenatural que desprendían durante apenas un segundo después de que el muchacho levantara el pie atrajo su atención. Pero los cuervos, a diferencia de los humanos, son criaturas mucho más prudentes, y saben reconocer a los Manos Blancas cuando los ven. Por eso, el ave se limitó a erizar las plumas y graznar un par de veces antes de emprender el vuelo. Las campanas de Saint Sulpice repicaron seis veces.

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EL PRÍNCIPE
Pequeña historieta ligera y fantástica que versa sobre un príncipe elfo y su protector y guardián.

 Al fin, algo de calma. Pensaba que no podría escapar nunca. El lago está desierto y las murallas de la urbe han quedado atrás, por fin. Sobre el agua se reflejan las estrellas. Agito las orejas al escuchar que aún llegan ecos de la música que suena en la ciudad, y hago una mueca amarga. Malditas fiestas, malditas. Camino sobre la hierba tierna hasta sentarme en una raíz y apoyar la espalda en el tronco de un árbol, observando la superficie pulida del lago y las sombras verdeazuladas del bosque. Suspiro con alivio. Malditas fiestas. No soy un gruñón, no. No soy un amargado, es sólo … que no me gustan nada estas celebraciones. No me importan los bailes ni que corra el licor de flores y el hidromiel de plata, no me importan las canciones y los espectáculos. Pero no me está permitido disfrutarlas como a los demás. Mientras todos beben, bailan, cantan y se abrazan, yo tengo que saludar, sonreír, escanciar, saludar, sonreír, escanciar, y mantenerme en una sobria contención, que es lo que se espera de mí. Lo que para algunos es diversión, para mí es obligación. Y sé que cuando mi padre se dé cuenta de mi ausencia, montará en cólera. Pero no lo soportaba más. Tenía que irme. Mi nombre es Luadan Estelion, y soy un elfo de una familia antigua y distinguida. Los Estelion tenemos uno de esos árboles genealógicos que se remontan casi hasta los principios del mundo. Mis ancestros fueron grandes personalidades, influyentes en la ciudad de Atria desde su fundación, aquí en los escondidos bosques del sur, lejos de los ojos indiscretos y de los humanos salvajes. Mi padre se llama Akor Estelion, y me va a reprender severamente cuando se entere de mi escapada. Y éste, el elfo alto de pelo negro que acaba de saltar desde una rama y me ha dado un susto de muerte al plantarse frente a mí es Nimh, uno de los guardianes de mi casa, asignado para ser mi sombra desde hace ya unos cuantos años. Suspiro, agachando las orejas. Su presencia me molesta, se las arregla para resultar siempre irritante y sabelotodo, metiéndose en lo que no le importa y… en general, incordiándome. —¿Qué haces aquí? Él sonríe y hace una reverencia. Nimh siempre sonríe, siempre es correcto y educado, pero tiene una mirada altiva. Demasiado altiva para ser un plebeyo. Sus ojos azules suelen mostrar un brillo burlón que me hace pensar que se ríe de mí, y su actitud desenfadada siempre me incomoda. Es como si supiera cosas que yo no sé y se divirtiera a mi costa. Por eso soy brusco con él. Porque no me cae bien. —Señor, vuestro padre me envió a buscaros. Aprieto los dientes y me levanto de la raíz, agitando las mangas de mi larga toga para recogerlas y que no arrastren. Yo estoy intentando mostrarme regio y digno. Nimh, el maldito, parece a punto de echarse a reír precisamente por eso.

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—Sí que se ha dado cuenta rápido. —Le miro de arriba abajo y entrecierro los ojos, haciéndole un gesto condescendiente con la mano—. Bien, no pienso regresar. Vete, y le das la noticia. Total, va a enfadarse de todos modos. Y no quiero que me obliguen a entrar ahí otra vez, a sonreír y saludar, a brindar, a escuchar a los sacerdotes y a los señores de la guerra y fingir que me interesan sus conversaciones. —Señor, vuestro padre me ha ordenado que no regrese sin vos. Alzo las cejas y me paseo por la orilla del lago, sin mirarle. —¿Y qué piensas hacer? —suelto con brusquedad— ¿Llevarme a la fuerza? —No —responde él, caminando detrás de mí—. Por supuesto que no. Pero ¿por qué habéis huido? Curiosa pregunta. ¿Desde cuándo le importa a Nimh nada que tenga que ver conmigo? —No es asunto tuyo. —Si no estabais cómodo en las celebraciones, podíais haber inventado una excusa —añade, mientras sus pasos elásticos me dan alcance, y de pronto se encuentra junto a mí—. No seríais el primero, ni el único, que alega un dolor de cabeza en situaciones como esta. —No se me ocurrió. Me dirige una mirada divertida. Otra vez parece que se ríe de mí, y eso me pone furioso. Soy un Estelion, la sociedad me respeta. Y este plebeyo se burla en mi cara. Aprieto los puños y acelero mis pasos para alejarme de él. Su presencia me molesta. —Deja de seguirme. Lárgate. Me interno entre los helechos y los juncos de la ribera, intentando dejarle atrás. No estoy corriendo, pero casi. ¿Por qué no pueden dejarme en paz? ¿Por qué no puede dejarme en paz todo el mundo? Escucho crujir las hojas detrás mía, le oigo murmurar algo para sí con tono hastiado, pero no me detengo. —Os estáis comportando como un crío, señor —me dice entonces, alzando la voz con severidad. ¿Pero cómo se atreve? Me doy la vuelta, indignado, para espetarle algún reproche amargo, cuando de repente algo se cierra en mi tobillo y me siento vencer hacia atrás. He debido enredarme con una raíz y ahora voy a caerme de espaldas como un idiota, perdiendo toda mi digna altivez y manchándome de verdín. Y Nimh se va a reír y… me da tiempo a pensar todas estas cosas mientras voy al encuentro del suelo, agitando los brazos como un bobo. Pero entonces, algo cálido se cierra en mis muñecas y tira de mí hacia delante. Choco contra algo duro y caliente y un perfume a eucalipto me cosquillea en la nariz. Alzo la mirada, presa del asombro, y me encuentro con los ojos de Nimh, igual de sorprendidos. Miro mis manos y veo sus dedos alrededor de mis muñecas. Él parece darse cuenta también, al mismo tiempo. Inmóviles y confusos, ninguno de nosotros es capaz de pronunciar una palabra. Un plebeyo no puede tocar a un noble. Es sacrilegio.

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En Atria es un delito penado con la muerte. El sistema de castas es rígido y severo, y yo debería sentirme mancillado con su tacto, debería sentirme ofendido, debería darme asco. Porque soy Luadan Estelion, tengo el cabello blanco y los ojos plateados, soy puro y estoy bendecido por las estrellas, mi árbol genealógico es extenso… debería sentirme mal. Pero es agradable. Cuando estaba cayendo, las manos de Nimh me sujetaron con fuerza. Tiró de mí hacia su cuerpo y sé que eso tan duro era su pecho desnudo, surcado por las correas de cuerda con las que sujeta el arco y el carcaj a su espalda. Sé que el olor agradable era su propio aroma, el de su piel, sus cabellos y su aliento. Y sus dedos no se han separado de mi, aunque han aflojado la presa y ahora los percibo suaves y cálidos en las muñecas, con los pulgares rozándome la palma de las manos. —Ha sido un accidente —dice él, repentinamente. Habla en un susurro. Aún tiene la misma expresión de sorpresa. —Sí —replico yo, en el mismo tono—. Es… ha sido…está siendo un accidente. Bajo los brazos lentamente, manteniendo la mirada sobre sus ojos, intentando no romper el hechizo, cualquiera que sea. No quiero que se aparte. El corazón me golpea en el pecho con violencia. No quiero que se aparte. Es la primera vez que una persona me toca en toda mi vida, sin contar a mi madre, y creo que nunca hasta ahora me había dado cuenta de cuánto necesito esto. Estoy confundido, y algo está temblando dentro de mí. Me siento muy vulnerable. Creo que tengo miedo. Pero no quiero que se aparte. No quiero que se aparte. No quiero que se aparte. Estúpido Nimh. —¿Voy a morir? —pregunta él entonces. Ha seguido el movimiento de mis brazos, no me ha soltado. Yo no sé que responderle, no puedo decir nada. Las yemas de sus dedos han despertado una emoción profunda que me era desconocida, y ahora estoy contemplando sus ojos azules, su cabello negro, suelto, la piel morena de su rostro y sus hombros. Él ya no parece reírse, su mirada es seria y grave. Intento hablar, y sin darme cuenta, doy un paso hacia él. En vez de palabras, de mis labios brota un suspiro entrecortado. Cuando sus manos se mueven para retirarse, soy yo quien las sujeta, con un pánico atroz anudándose en mi garganta como una soga. —No te vayas. Los ojos de Nimh se abren como platos. Me mira y mira nuestros dedos entrelazados, los míos presionando en sus manos. ¿Cómo podría explicárselo? Quiero hacerlo, pero no encuentro las palabras. La frustración me obliga a apretar los dientes de nuevo. —Tócame —espeto, alzando el rostro hacia él. Y luego añado—. Es una orden. Estoy asustado, por eso me tiembla la voz cada vez que hablo. No sé si Nimh se da cuenta, pero por algún motivo, su tono se vuelve suave y tranquilizador; me habla despacio, como a un niño. —Obedeciendo esa orden me juego la vida, señor —me explica, como si yo no lo supiera. Lo sé perfectamente. Pero en este momento siento que la mía depende de su respuesta. —¿Eso significa que no lo harás? 54

Me arden el corazón y el rostro, este último de vergüenza por lo que estoy haciendo, por ponerme en evidencia así. Por favor, un elegido besado por las estrellas, necesitando, anhelando, el tacto de los dedos impuros de un plebeyo. Es una deshonra. Pero hay algo que pesa más que todo eso: no entiendo lo que siento, pero tengo ganas de llorar y una angustia profunda me atenaza solo de pensar que se alejará. El frío que tendré si me suelta ahora. No, no sé que está pasando. Una parte de mí quiere huir, pero hay algo, un instinto primitivo, una sed ancestral, que no me deja dar un solo paso atrás. Espero su respuesta con el alma en un puño, sin apartar la mirada de sus ojos. Ya no son burlones, ahora hay algo diferente en esa mirada tan solemne: la nostalgia de un secreto ahogado, obligado a permanecer oculto, que se está revelando a la fuerza por vez primera. —Claro que lo haré —dice él, al fin, como si le costara mucho hablar—. Creía que no ibais a pedírmelo nunca. El alivio se mezcla con la emoción al escucharle. Estúpido de mí. Qué tonto he sido. La brisa nocturna me despeina los cabellos, y él me abraza de repente, sin pedir permiso, con un gesto tan natural y tierno que me hace daño en el alma. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede estar pasando esto? Mis brazos se enlazan en su cintura y aprieto los párpados con fuerza, apoyando la mejilla sobre su pecho. Su cuerpo me acoge como un abrigo, cálido y perfumado. Tiene la piel suave, tersa sobre los músculos fibrosos que se dibujan con claridad, cuyos surcos y colinas puedo percibir claramente contra mi anatomía. Sus manos desprenden calor sobre la toga cuando las desliza por mi espalda, luego sobre mis mejillas, instándome a alzar la barbilla con una presión delicada. Le miro de nuevo. Nunca me había fijado en lo atractivo que es Nimh, con su rostro varonil y un poco rudo, de elfo plebeyo y… No, no es verdad. Sí que me había fijado. Claro que me había fijado en lo guapo que es, en su sonrisa espléndida y la nariz recta, en los preciosos ojos rasgados. Por eso no soporto que se ría de mí, por eso me irrita tanto su sonrisa y su actitud orgullosa e independiente, como si no se supiera inferior a mí, como si no me respetara o yo no le importara… claro que me había fijado en él, tanto que he sabido ignorarle a la perfección. Ahora, en su expresión solo hay dulzura, y cuando sus labios se acercan a los míos aún estoy demasiado aturdido como para darme cuenta de que me está besando. Suave, lentamente, me besa, sin apremiar. Me tenso por un momento y pienso si debería oponer resistencia o no. Dejo de pensarlo cuando mi propio instinto hace su elección por mí, rindiéndose al beso, que me sabe a miel templada, y abriendo los labios. Me estoy ofreciendo, dejando paso a su lengua caliente y mojada. Una sensación eléctrica me recorre la espalda, como si me golpeara el rayo. Todo mi cuerpo reacciona y una llama se alza en mis entrañas. Empieza a hacer demasiado calor, y no entiendo bien qué está sucediendo, pero no puedo dar un paso atrás. Mientras su boca conquista la mía, más decidida ahora que puede saborear mi abdicación, mis manos se adueñan de su piel con el mismo descaro. Nunca he acariciado a nadie, y descubro que me gusta. Me cosquillean los dedos y el estómago al percibir el tacto templado y pulido de sus hombros, la energía contenida que irradian sus músculos, el calor compartido que nos prende. Sus labios me roban la respiración, y

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cuando se apartan para depositar besos suaves en la curva de mi mandíbula y en el cuello, me encuentro con que estoy respirando entrecortadamente, casi jadeando. —Nimh… —¿Qué? —No te he dicho que me beses —le reprendo, frunciendo el ceño. —Esto no es besar. —¿Cómo que…? —intento apartarle sin mucho éxito, porque mi tentativa carece de convicción. Solo me remuevo un poco, pero su boca aún cosquillea en mi cuello y sus manos en mi cintura—. ¿Te estás burlando de mí? —¿Acaso habéis besado a alguien alguna vez para saber como es? —Lo he leído en … —tengo que callarme para ahogar una exclamación poco apropiada. Sus dientes tiran del lóbulo de mi oreja— En libros. Lo he visto. —Tonterías, señor. ¿Tonterías? Cielos. ¿Y qué hacemos teniendo una conversación ahora? Sin embargo, siento un impulso irracional de dejar las cosas claras, con un miedo extraño de que Nimh no se tome en serio mis sentimientos. Que su vida esté en juego es un buen motivo para tomárselos más que en serio, pero es que nunca he considerado a Nimh muy inteligente. —Entonces, si esto no es besar… —de nuevo tengo que callarme. Eso que hace con los dientes me está provocando oleadas de calor intenso en la parte interior de los brazos y en el vientre —si… esto no lo es, bésame. —¿Es una orden? Sus palabras suenan desafiantes, casi cortantes. Temo que si digo que sí, me prive de ello solo para demostrarme que no tengo ningún control en esto. —No —respondo finalmente, en un susurro—. Sólo… que puedes hacerlo si quieres. Sus dedos vuelven a enmarcar mi rostro, y puedo contemplar otra vez su semblante. Me arrepiento al momento de haber dudado de sus intenciones. Por todos los dioses, si tiene los ojos casi empañados. Mi cuerpo grita sin palabras, con una necesidad violenta que ha despertado con su cercanía. Nimh, estúpido Nimh, estúpido yo. ¿Cuántos años hace que él guarda mis pasos? No lo sé, no recuerdo cuándo comenzó a servir a mi casa, ni siquiera sé de donde vino. ¿Cuánto tiempo hemos permitido que mi ceguera nos separe, que mi ignorancia nos aleje, que una ley que ahora no importa nada, mantenga la fría distancia entre nuestros labios? Él siempre ha estado cerca de mí y nunca he sabido darle otro trato que el desdén y el veneno de la indiferencia. Y ahora sus gestos, su mirada y sus besos que no son besos me confiesan que le importo. Al menos lo suficiente como para ser cálido y dulce. Al menos lo suficiente… no me atrevo a pensar lo que estoy pensando. ¿Será que me quiere? ¿Acaso le quiero yo? ¿Así, sin más? Y entonces sus labios regresan a mí, pero esta vez me abraza con un gesto casi posesivo. Su boca se estrella contra la mía y la deshace con una invasión apasionada, hasta que me mareo y pierdo la noción de todo salvo de su respiración ardiente, de su lengua enloquecedora, de sus labios y sus manos, que me sostienen y me retienen.

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Cuando me empuja, me dejo llevar y nos tendemos en la hierba, enredados, con el aliento desacompasado fundiéndose en uno. Sus dedos me acarician los cabellos con un gesto sentido que me hace temblar, luego tiran de los cordones de mi toga. Al percibir esto, me vuelvo a estremecer. —¿Qué estás haciendo? —le pregunto casi sin voz. —Lo que me has pedido —responde. Me besa los párpados, las mejillas. Racimos de besos delicados. —No… no estoy seguro de esto —replico, deteniendo sus dedos. —¿Confías en mí? Trago saliva. Es sorprendente que tenga tan clara la respuesta a una pregunta que nunca me había hecho con anterioridad. Durante todos estos años, jamás me había planteado si confiaba o no en Nimh. Él, simplemente, siempre estaba ahí. Si yo tenía que salir de la ciudad, él venía detrás. Si tenía que ir a la Asamblea, él estaba ahí. Si tenía que hacer ofrendas en el Templo del Mar, él caminaba cerca, siempre con el arco a la espalda y sin hacer ruido. —Sí —respondo al fin, cerrando los ojos y apartando las manos, sintiéndome como si algo se fundiera en mi interior—. Sí, confío en ti. Debería estar asqueado. Debería estar indignado. Ahí mismo, sobre la hierba. Bajo las estrellas, junto al lago. Como los plebeyos, por todo lo sagrado, si mi padre se entera de esto… Y sin embargo, cuando me abre la toga y la brisa acaricia mi piel desnuda, erizándome los poros, sólo puedo pensar en lo agradable que es el contraste con sus labios ardientes, que descienden hacia mi torso, con sus manos tibias. Doy un respingo cuando los dientes se cierran en uno de los rosados botones de mi pecho y otro rayo más poderoso me relampaguea en la espalda con una descarga de placer punzante. —¡Nimh! Me tapo la boca al escuchar mi propia exclamación escandalizada. —¿Te he hecho daño? —pregunta él, en un susurro. Su aliento me quema. Niego con la cabeza. Tengo que cerrar los ojos con fuerza mientras él dibuja sus senderos sobre mi cuerpo. Cada nueva caricia de su lengua, cada mordisco leve, cada beso, húmedo o sutil, me produce un temblor en las rodillas y una quemazón, como si una llamarada me lamiera y se apagase después. Cada uno de sus gestos alimenta un fuego cuya humareda me va nublando poco a poco la razón. Y así, sin darme cuenta, me convierto en agua. Agua que se destila lenta, que se deshace y fluye. La tensión desaparece y me dejo llevar, embriagado. Escucho sus jadeos contenidos y mis propios suspiros. Los gemidos brotan espontáneos de mi garganta cuando cierra su mano entre mis muslos y me agarra, curvando los dedos sobre mi sexo erguido y caliente para acariciarlo con una ligera presión. Arqueo la espalda y me retuerzo como una culebra, azotado por los látigos de las sensaciones gozosas. Es como si el hielo y el fuego se disputaran mi cuerpo, empujándome más lejos, llevándome al borde de un precipicio hacia el cual me llama una gravedad misteriosa. Mis manos le buscan a tientas, se enredan en su cabello. Entonces vuelvo a abrir los párpados y le veo. Él me mira, los ojos brillantes de deseo y emociones

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indescifrables, fijos en mí como si estuviera viendo algo maravilloso. Y los cierra, estremecido, cuando rozo sus mejillas. —¿Me quieres, Nimh? —le pregunto, en un susurro ahogado y jadeante. Voy a caer en cualquier momento. Él lo sabe, me está empujando cada vez más con esas caricias, que ahora son más rápidas, más rítmicas y completas. —Pues claro que te quiero, Luadan, mi señor. ¿Acaso estás ciego? Su voz suena altiva, indignada, casi dominante. Pero bueno, ¿cómo puede ser tan atrevido? Me niego a creer que sea ese atrevimiento el que me da el último impulso antes de que todo mi cuerpo parezca contraerse y tensarse, pero seguramente sea así. Le araño los hombros sin querer cuando me libero, y la violencia de las sensaciones me sorprende. Caen sobre mí con tanta fuerza que no soy consciente de mi reacción. He escuchado mi propia voz alzándose más de lo decente en un quejido ambiguo y melodioso. Los estremecimientos me muerden, azotan mis nervios, parecen devorarme. La llama me consume y la sangre, agolpándose en mis venas, palpita con furia. La semilla se derrama y yo sigo agitándome como un pez atrapado en una red, transportado por ese éxtasis liberador que me sabe a gloria. Un fogonazo blanco me deja ausente un instante. Después, es como si toda la energía me abandonase y caigo sobre la hierba, deshinchándome, tragando aire a bocanadas. Suspendido en el tiempo, casi no puedo ver. La silueta de Nimh se recorta, cercana. Reconozco sus dedos en mi cabello. Se está mirando la otra mano. Me sube el rubor a las mejillas y me cubro a duras penas con la toga abierta. —¿Qué estás mirando? —murmuro, en un tono más perezoso de lo que me gustaría. Parezco un gato enfurruñado más que un noble queriendo ser severo. Qué vergüenza de mí. Así es normal que Nimh se tome estas libertades, tocándome y hablándome con ese tono. Es que no sé imponerme. —No sé que hacer con esto —responde él. Y lo hace con tanta candidez que me resulta imposible enfadarme. Incluso me arranca una sonrisa. No tardo en comprender a qué se refiere, claro. Se me borra la sonrisa de inmediato. —Limpiarte en la hierba, tonto. Me estás abochornando, así que deja de mirarlo como si nunca hubieras… como si… en fin, ya me entiendes. —Vale, vale —Nimh vuelve los ojos al cielo y restriega los dedos contra las briznas, haciendo un ruido de cepillado que por algún motivo me desagrada—. Mira que eres quisquilloso. —¿En qué momento has dejado de estar al servicio de mi casa? Nimh me observa con perplejidad. Luego frunce el ceño. —En ninguno. Quiero decir… en ninguno, señor. Asiento con la cabeza. Después, le empujo sin contemplaciones, me levanto con mucha dignidad y me abrocho la toga, dándole la espalda. Me peino el cabello con los dedos y me acerco al lago a mirarme, para cerciorarme de que toda mi indumentaria está perfecta y nadie puede ni siquiera sospechar que acabo de…

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Sí. Revolcarme en la hierba con Nimh. El sonrojo vuelve a mis mejillas y espero un rato a que se disipe. Luego me giro. Nimh está recogiendo el arco y el carcaj, y parece molesto. —Tenemos que volver. Pero no olvides lo que eres tú, y lo que soy yo —le digo, con tono severo—. Nuestras diferencias son muchas, la distancia que nos separa, insalvable. Si vamos a ser amantes, más te vale no cometer el error de obviar estos asuntos tan importantes para la discreción mientras no estemos en una estricta privacidad. ¿Lo has entendido? Desde su mayor altura, mi adorado guardián me observa con confusión. Poco a poco, la comprensión ilumina su mirada y su semblante. Una ancha sonrisa se abre paso en su gesto, rivalizando en esplendor con la luna y provocándome una oleada de calidez tan estúpida como avergonzante. —Claro. No lo olvidaré, señor. —Bien. Pero deja de sonreír como un idiota. No estoy seguro de que vayas a ser capaz de disimular adecuadamente. Nimh se pone serio tan repentinamente que casi me da risa. Nos ponemos en camino hacia las murallas de la ciudad, con las manos unidas hasta que la cercanía de las puertas nos hacen poner distancia. Antes de soltarme, Nimh se detiene y me besa fugazmente en una oreja, y me susurra. —Si vamos a ser amantes —me dice— tendremos que hacer el amor. —¿No acabamos de hacerlo? —replico yo, barbilla alta, porte regio. Nimh se aguanta la risa. Vuelven a mí los deseos de estrangularle. —No, mi señor. Pero no es problema. Puedo enseñaros. Vamos a tener tiempo. Quiero responderle, pero ya hemos llegado hasta la entrada y los centinelas apartan sus lanzas para franquearnos el paso. En el interior de las murallas, la ciudad élfica de Atria disfruta de los festejos anuales de Beltaine. Detesto las fiestas. Sonreír, escanciar, saludar… pero esta vez, al mirar fugazmente sobre mi hombro, veo a Nimh ahí. Cercano y silencioso, con los ojos azules, el negro cabello y la sonrisa divertida, mirándome con complicidad. Como si siempre hubiera conocido el secreto que ahora compartimos: que somos amantes, y que en realidad, hace tiempo que somos el uno del otro. Solo que yo no me había dado cuenta. Creo que a partir de ahora, las fiestas se me harán menos tediosas.

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UN ASUNTO PRIVADO
Breve relato acerca de un par de estudiantes universitarios que mantienen una relación un tanto peculiar.

 —No es nada personal. No se por qué, sabía que iba a decir eso. Supongo que es influencia de las películas, pero estaba seguro de que iba a soltar exactamente esas palabras. Y lo odio. Es una de las frases que más detesto. Incluso ahora, en esta situación tan inapropiada para la reflexión, me siento muy indignado, además de acojonado. Es un asco, ¿no te parece?, que cuando alguien está a punto de hacerte algo horrible te diga que no es nada personal. Porque entonces, ¿qué maldito motivo hay? Un motivo válido, quiero decir, uno con el que no te estés comiendo la cabeza durante todo el proceso preguntándote qué coño has hecho para merecer esto. Todo debería ser personal en estos casos, para que uno pueda entender por qué le están jodiendo. Pero en realidad, al decirme que no lo es, sólo está dejándome claro que yo no le importo nada. —Vete a la mierda. —Se lo digo en voz baja, incapaz de callarme pero sin atreverme a alzar el tono. Me tiemblan las palabras en los labios. Hace calor, es el mes de mayo y la residencia estudiantil está casi vacía. Somos pocos los que nos quedamos aquí los fines de semana. Solamente los que tienen trabajos que preparar en la biblioteca o los que no tenemos mejores lugares a donde ir y preferimos el encierro en la residencia antes que volver a una casa que no es más que un montón de ladrillos con molestos desconocidos dentro. Él no está en ninguno de esos grupos. Sus padres tienen una mansión de tres plantas con piscina en las afueras de la ciudad. Es hijo de un científico y una empresaria, uno de esos tíos que nacen con estrella. Y la verdad es que no sé por qué está aquí. No sé como ha entrado a mi habitación y, sobre todo, no sé qué intenciones tiene. Aunque la navaja debería darme alguna pista. Si, la navaja. La navaja que tiene en la mano y ha puesto sobre mi cuello me provoca sudores fríos. Es como un pez diminuto, todo de plata, muy brillante. Está niquelada, por eso destella cada vez que él la ladea. Y lo hace, segundo tras segundo, en el silencio sólo roto por nuestras respiraciones, la suya suave y tranquila, la mía nerviosa, agitada. No deja de moverla, como si le resultara entretenidísimo. —Vaya humos. —Me sonríe. Es una sonrisa siniestra. ¿Te preguntas cómo me encuentro en esta situación? Pues yo también me lo pregunto, la verdad. Ha sido todo muy rápido. Llegué de la biblioteca, solté la mochila en el suelo y me tumbé en el colchón. Entonces, sin previo aviso, él apareció desde detrás de la puerta y saltó encima mía, agitando los cabellos oscuros y mirándome con esos ojos tan espantosamente parecidos a los míos. Me puso el arma bajo la barbilla y dejé de lado cualquier idea de forcejear o intentar defenderme. Fue como si se me congelara el 60

pecho. Y no sé cuanto tiempo llevo así, tumbado en mi cama, con ese metal frío sobre la garganta y con él sentado a horcajadas encima de mí. Tiene las rodillas abiertas a ambos lados de mis caderas y la otra mano apoyada en el colchón. Su melena negra se balancea en oscilaciones lentas, enmarcando su rostro. —¿Por qué ese mal humor? —dice él. Tiene la voz suave y habla en un tono bajo, insidioso. Sonríe y me muestra los colmillos. A veces parece un lobo, otras un ave de presa. Por la mirada, ya sabes. Es uno de esos tipos elegantes, altivos, que te miran sin abrir los ojos del todo como si no mereciera la pena el esfuerzo. Dios, estoy histérico. —¿Qué quieres? —le pregunto. La voz casi no me sale del cuerpo. Él sonríe más, ladeando la cabeza igual que un gato que juega con un ratón. Parece divertirle la situación. A mi me ha recorrido un escalofrío cuando él ha apretado un poco más el filo de la navaja contra mi cuello, aunque lo ha hecho por la parte plana. Así no puedo moverme si no quiero sangrar. Y no quiero sangrar, porque soy hemofóbico y me pongo literalmente enfermo cuando veo sangre. Más aún cuando sé que es la mía. De modo que me quedo muy quieto. Él se inclina hacia mí. Vuelve a susurrarme con esa voz almibarada, venenosa. Las cortinas de la habitación están cerradas y la luz del sol primaveral se convierte en una penumbra perezosa aquí en mi cuarto. —Quiero muchas cosas —responde. Su aliento huele un poco a tabaco, puedo olerlo ahora que está cerca—. ¿Tienes interés en saberlas? Porque puedo enumerártelas todas. Una a una. Trago saliva. De pronto se me ha enredado un ovillo en el estómago, quizá por lo cerca que está, por el peligro inminente, o por el frío de la hoja sobre mi nuez. O por todo a la vez. No puedo apartar los ojos de los suyos. Son hipnóticos. Se parecen a los míos, es cierto. Tienen el mismo color, castaño oxidado, rojizo. Me di cuenta del parecido una tarde, en clase. Fue la primera vez que nos miramos. Y fue como mirar un reflejo, solo que los suyos parecen tan cortantes como el arma con la que me amenaza y los míos… bueno, los míos son más aburridos. —¿No contestas? —insiste él. Se apoya en una mano para incorporarse. Mantiene una rodilla sobre el colchón. Desliza el filo plateado hacia abajo, hacia mi pecho y su mirada sigue el movimiento. La hoja susurra al rozar sobre mi camisa—. Bueno, el que calla otorga. Te lo explicaré de todos modos. Claro que lo hará. Él siempre hace lo que le viene en gana. Nos conocemos desde hace tres años. Estudiamos juntos una carrera sin futuro en una universidad con muy buena reputación. No somos compañeros de cuarto, por si es lo que pensabas. No nos sentamos juntos en clase. Él va con un grupo de gente distinto al que yo frecuento y sólo hemos coincidido un par de veces en la Universidad, para hacer trabajos en algunas asignaturas. Sus camisas son muy caras, no sé de qué clase de tela están hechas pero siempre le sientan estupendamente. No se arrugan, jamás se manchan y tienen un aspecto siempre perfecto. Él está en el club de ajedrez y practica artes marciales. Yo juego al fútbol y tengo más camisetas que camisas. Nos conocemos desde hace tres años así que sé algunas cosas sobre él: que su familia tiene mucho dinero y que siempre hace lo que le viene en gana. Esto último lo sé porque le he visto hacerlo. Lo hace continuamente. Es uno de esos tipos, un líder nato. Una 61

especie de depredador social. Y yo soy un pasota. Dicen que los depredadores sociales no soportan a los pasotas. Y aunque me ha dicho que va a explicar lo que quiere, yo intento hacerle cambiar de idea, como si pudiera convencerle. No me lo creo ni yo. —No quiero saberlo —replico, de nuevo con un hilo de voz, desviando la mirada. Estoy temblando por dentro. Por fuera también, un poco. Es la primera vez que me amenazan con un cuchillo, y me asusta bastante, lo admito. Él mueve el arma más abajo, sobre la línea de mi vientre, hacia el ombligo. La hoja está fría. Puedo sentirla a través de la fina tela de mi camisa, porque aunque tengo más camisetas que camisas, hoy llevo una estúpida camisa de algodón. Estoy en el equipo de fútbol, debemos ser más o menos igual de fuertes, así que podría defenderme. Quizá debería defenderme. Pero no lo hago. Y él se pone a hablar, inclinándose más hacia mí y crispando el semblante, como si me estuviera sentenciando, como si me odiara. Y sus palabras caen dentro de mis oídos, más cortantes que la navaja. Llenas de rencor. —Quiero desnudarte. —El filo en mis costillas, acariciándome—. Quiero arrancarte los botones uno a uno y escuchar cómo rebotan en el suelo. —Sus ojos, clavándose en mí como el filo que no me está clavando—. Quiero agarrarte de los rizos y hundirte la cara en la almohada mientras te toco y te muerdo por todas partes. —Me estremezco y su voz se vuelve más ronca, su sonrisa más tensa—. Y cuando haya acabado con eso, quiero follarte hasta que supliques por más, y ver si soy capaz de arrancar así alguna maldita expresión a tu rostro y a tu voz. Durante unos segundos sólo me quedo mirándole, con los ojos desencajados y una repentina sequedad en el paladar. Es impresionante el efecto que causa en mi lo que acabo de escuchar. Se me ha cortado el aliento en la garganta, el corazón me late demasiado rápido y él está tan rígido que parece a punto de saltar, igual que los felinos de la selva. Maldita sea. Sé que se me ha subido el color a las mejillas porque noto cómo me arden. Y durante unos minutos, nadie dice nada. Cortinas cerradas, penumbra, silencio e inmovilidad. Y el aire, pesado, entre los dos. Cargado de estática. —Vale… ¿qué es lo que te he hecho? —acierto a balbucear. Él está hablando de cosas muy serias. Y estoy más asustado que antes, asustado y expectante. Podría moverme. Podría gritar, pedir ayuda. —Estoy empezando a hartarme de tu indiferencia. Así que he venido a reclamar lo que me pertenece. No parece que esté esperando una respuesta (tampoco es que haya preguntado nada), sigue deslizando la punta brillante y afilada por mi camisa, dibujando las líneas de los músculos y la hendidura del ombligo hasta detenerse en el bajo vientre. Sus ojos permanecen fijos en los míos. En un documental vi una vez a un tigre cazando un antílope. El tigre le miraba fijamente, con intensidad, completamente inmóvil, y el antílope le aguantaba la mirada. Bueno, pues ahora nosotros estamos exactamente igual, observándonos en medio de una violenta tensión que parece enviar ondas sísmicas desde él hacia mí, desde mí hacia él. Aguardando el momento en que salte sobre mí para devorarme. Así que ahí estamos, vibrando en sintonía, cuando sucede algo espantoso: suena un teléfono móvil. 62

La aberrante melodía parece fuera de lugar en la habitación en penumbra, interrumpe nuestras respiraciones que se habían acompasado y amenaza con desmoronar esa intimidad que se había creado entre los dos. El teléfono está vibrando en su bolsillo, y sus ojos, cargados de deseo y de magia negra parecen tamizarse, limpiarse un poco. Ese maldito timbre nos está despertando de un embrujo, y me doy cuenta de manera clara y meridiana de que no quiero despertar. —No lo cojas… Pero él se ha llevado la mano al bolsillo, saca el teléfono y descuelga. Sí, lo hace. Con todo el aplomo del mundo. Se lleva el auricular a la oreja y le escucho hablar con quien sea. —¿Sí?… no, ahora estoy ocupado. No. Es un asunto privado. Odio la sangre. La odio. Me pongo enfermo cuando veo sangre, sobre todo si sé que es la mía. Pero ni siquiera dudo. El dolor es punzante y vidrioso, tal y como lo imaginaba. Me sacude por dentro, haciendo hervir mis nervios y me arranca un jadeo. Noto la humedad cálida extenderse en mi vientre, mojando la camisa y pegándola a mi cuerpo en una zona del tamaño de la yema de mi meñique. Solo es un rasguño pero no quiero mirar. Me he incorporado bruscamente y he levantado una mano para llevarla a su nuca, en un intento por retenerle, por mantener su mirada en mis ojos (son tan parecidos…) y su atención sobre mí. Y funciona. Pincharme con la navaja ha merecido la pena, aunque él la ha retirado en cuanto ha notado mi cuerpo haciendo presión sobre ella; la hoja ni siquiera se ha manchado, aunque sí lo haya hecho mi camisa. Él se queda observándome, deja de prestar atención a su llamada. Después sostiene el teléfono entre la mejilla y el hombro y me acerca la mano ahora libre para pasar los dedos entre mis rizos, acariciándome el pelo. Vuelve a esbozar esa expresión de felino satisfecho que me hace temblar por dentro, mientras quien quiera que está al otro lado del auricular parlotea con una voz femenina, aguda y molesta. —Cuelga —le digo, susurrando pero con una voz mucho más segura. Levanta una ceja. No le gusta ese tono imperativo ahora. Pero mira, a mi me da igual. Al infierno. Puede que me haya salido un poco de mi papel, pero quiero que cuelgue de inmediato el maldito teléfono. Quiero que cuelgue y que me preste atención a mí. Quiero sus amenazas, su dominación y esa maldita manera que tiene de volverme gilipollas sólo con su forma de hablarme. Quiero su filo y que me arranque los botones, y que me hunda el rostro en la almohada mientras me muerde y me toca por todas partes. Y sí, quiero que me folle hasta hacerme suplicar más. Así que levanto la mano y le arranco el teléfono del oído, tirándolo contra la pared. Él también se sale un poco del papel, porque arquea las cejas y me mira con sorpresa. —¿Se te va la olla? No hacía falta que hicieras eso. —Frunce el ceño, me mira la camisa—. Y te has hecho sangre, tío. —Cállate —le interrumpo, ansioso. No me gusta que nos hayan cortado. ¡Quiero volver a retomarlo donde lo dejamos!

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Quizá ha percibido la necesidad, el desespero en mis palabras, porque vuelve a cambiar la expresión de su rostro. Mi mano le roza la nuca. Él vuelve a acariciarme el pelo. —No. —Su voz, otra vez peligrosa—. Cállate tú. Me agarra de las raíces del cabello y me tira sobre la cama, y ahora el filo de la navaja empieza a cortar la tela de la camisa. Mi respiración se desboca y el calor de mi cuerpo responde al calor del suyo. —Parece que se te olvida cual es tu lugar —me dice—. Tendré que recordártelo. Y lo hace. Y cuando empieza a recordármelo me mareo, y no es por la sangre. Apenas ha sido un rasguño. Es que siento transportado, aturdido y jadeante, siento dolor y siento placer, no sé donde empieza uno y termina el otro, y no tengo que utilizar la palabra ni una sola vez, porque ya nos conocemos bien y él sabe como darme lo que quiero, y yo sé como responder a sus esfuerzos. Me desnuda, como dijo que haría. Me muerde y me toca por todas partes, exactamente como anunció. Sus dientes me arrancan estremecimientos, sus manos me hacen enloquecer. Entonces, en medio de esa catarsis que a ambos nos hace más libres, le miro a los ojos y veo el reflejo de los míos: entrega y dominio, control y abandono, poder y servicio, amalgamados cuando nuestras miradas se funden. No puedo mirarle durante mucho rato. Finalmente, su mano aplasta mi rostro contra la almohada y me penetra, se hunde en mi interior y me hace suyo sobre el colchón, con violentas estocadas que terminan de arrasar mi autocontrol, haciéndome gemir, haciéndome sollozar de gozo. Así es como ocurre. ¿Te sorprendes? Bueno, ya sabes lo que dicen. Las cosas no siempre son lo que parecen. La verdad es que él y yo no somos desconocidos, te he engañado un poco. De hecho hace dos años que estamos juntos. Pero si nos ves por la calle no te imaginarías todo esto; sólo verás un par de amigos o dos chicos que parecen pareja, si es que nos vieras tomados de la mano. No te imaginarías que la pulsera de plata que llevo tiene su nombre grabado dentro. No podrías ni sospechar que tiene una mordaza para mí dentro del cajón de su escritorio, debajo de los apuntes. Ni que los mensajes de amor que me envía incluyen órdenes precisas sobre qué comer ese día o qué ropa ponerme. No sé que opinas de todo esto. Quizá que estoy loco o que soy un enfermo, además de un marica. En fin, qué quieres que te diga. A lo mejor resulta que esto me gusta. A lo mejor resulta que, además, me gusta él. No espero que lo entiendas. Tampoco que me aceptes. Todo eso es posible que no lo llegues a hacer nunca. En cuanto a mí, me siento afortunado por haber encontrado a alguien perfecto. Alguien a quien quiero, que me quiere y con quien puedo compartir lo que deseo en una armonía absoluta y total. Ambos nos reconocimos desde el principio, sin saberlo. Cuando nos miramos por primera vez, algo se prendió entre los dos. No sé. Tal vez es porque tenemos los ojos del mismo color. La cuestión es que nos encontramos, y el resto… bueno, el resto es nuestra extraña y compleja historia de amor. Y diga lo que diga él, eso sí es algo personal.

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NOCHE DE WALPURGIS
Relato fantástico y de terror con temática de ángeles y demonios. Escrita para el especial de Halloween de Elay.

 La noche aún no se decidía a extender su manto estrellado. Retazos de un sol diluido, anaranjado y pálido, teñían el firmamento en pinceladas largas. El crepúsculo se abría camino desde el oeste, trayendo consigo la luna y su resplandor lechoso. En el monasterio, sin embargo, las campanas no tocaban a vísperas como deberían hacerlo a esa hora. Sólo el revoloteo de pájaros de alas negras rompió el silencio cuando salieron en desbandada del torreón, graznando y surcando el firmamento como una sola flecha oscura. ¿Por qué aquella quietud callada? ¿Por qué no se agitaban los rosales del claustro con la brisa cálida de la última noche de abril, ni se escuchaba el suave susurro de las zapatillas de los monjes bajo las arcadas? Nada se movía ya en el monasterio, perdido en un valle a su vez perdido entre las montañas. Entre los setos espinosos del huerto, una mano blanca asomaba con un rosario entre los dedos, cubierto de perlas de sangre. ¡Noche de Walpurgis, noche de brujas! ¿Qué condena había traído aquel atardecer rojo sobre el monasterio, qué clase de desgracia se había abatido sobre las almas de los fieles monjes, que vivían y morían en la Gracia de Dios? La sombra se había cernido, lenta y sinuosa, sin que ellos se apercibieran. Transportado por un soplo de viento, acunado por el último aliento de abril, él había entrado en aquella tierra sagrada. Oculto en los rincones oscuros, fundiéndose con las sombras, había correteado alegremente por sus salas y capillas, divirtiéndose con los preámbulos y segando sus vidas una a una. En los pasillos, los monjes yacían sobre las baldosas, inmóviles, con una suave niebla púrpura envolviendo sus cuerpos. Sus ojos abiertos miraban fijamente hacia delante sin ver, sus rostros mostraban expresiones de tristeza y de pánico. Y ahora, sentado en la alta silla del abad, Yadarel degustaba el último regusto de miedo que aún flotaba en el ambiente, satisfecho y goloso, acariciando con una mano de dedos largos y uñas cuidadas la cabeza del abad. Éste reposaba, muerto, sobre la mesa. El crucifijo al cual se había aferrado con tanto ahínco aún estaba entre sus dedos crispados. El demonio observó su propio reflejo en una vitrina en la que se guardaban los cálices y sonrió. Su toga negra y ceñida arrastraba hasta el suelo, cerrada en el frente hasta el cuello pero abierta por detrás, donde las alas purpúreas, irisadas, se abrían en su espalda completamente desnuda. El cabello negro le caía hasta la cintura en ondas serpentinas, los cuernos enjoyados se retorcían en su frente. Yadarel había sido hecho hermoso para seducir, para confundir y para engatusar a los hombres y a las mujeres. Se alimentaba de sus almas y de su deseo… pero aquellos monjes, su miedo, su desesperación … había sido tan delicioso como la adoración. —Con un gusto… diferente —le dijo al abad muerto, apoyando el rostro en la otra mano mientras le observaba distraídamente—. Tan puros, tan inocentes. ¿De verdad creías que con ese crucifijo conseguirías algo más que emocionarme? Pero eso lo lograste: me has emocionado. Tengo que admitirlo.

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¡Noche de Walpurgis, noche de brujas! El demonio había cruzado los muros de la casa de Dios, se había alimentado del terror de quienes allí habitaban y se había hecho dueño del lugar consagrado. Las almas divinas de aquellos frailes estaban retenidas bajo sus hechizos, y se las llevaría. Ahora todo era suyo. —Ahora todo es mío —dijo en alto, sonriendo con una sonrisa traviesa. Sus ojos púrpuras destellaron, y el sol, al fin, se puso. Entonces escuchó sonar las campanas. Alzó el rostro, como un animal al captar un rastro, con la alerta pintada en el bello semblante. «¿Campanas? ¿Cómo es posible?». Se levantó del sillón con un revuelo de plumas y ropajes y se dispersó en el aire, de nuevo convertido en una sombra. Se escurrió a lo largo de los corredores, flotó hasta el patio y se elevó en el viento, buscando, rastreando, persiguiendo. En su vuelo, descubrió que algunos de los sellos mágicos que había colocado en el monasterio habían sido neutralizados. La rabia le sacudió. «¿Cómo es posible? ¿Quién se ha atrevido? ¿Y cómo ha sido capaz de contrarrestar mi magia demoníaca?». Iba a materializarse sobre el suelo, cerca de la entrada de la torre, cuando escuchó movimiento. Instintivamente, huyó, refugiándose en un rincón oscuro del claustro. Un fuerte aroma a incienso empezó a expandirse, lento, al tiempo que la noche caía como un telón repentino. Las estrellas se encendieron en el firmamento y la luna, como un solo ojo pálido y acusador, salió de su escondite tras una nube para apuntar directamente a Yadarel. De nuevo sobresaltado, se movió hacia el rincón contiguo. «Maldita sea, pero ¿qué me pasa? Soy Yadarel, el Tejedor de Sombras, el que Camina en los Sueños. Soy antiguo y mi poder es grande, ¿de qué estoy asustado? No hay nada que pueda…» Y sin embargo, sentía su energía palpitar como un corazón enfebrecido, estaba tenso y alerta. Una silueta alta y fornida se dibujó en la arcada del campanario y se internó en el patio, caminando con pasos silenciosos pero decididos. Yadarel, entrecerrando los ojos, trató de verle mejor. Sólo distinguió el ondear de la capa, un resplandor bajo la capucha cerrada y el brillo de la espada que llevaba en la mano. ¿Una espada? Los monjes no tenían espada. Con la inquietud y la rabia vibrando a su alrededor, se deslizó de nuevo como un jirón de humo hacia el interior, dispuesto a interceptar a aquel invasor y poner las cosas en su lugar. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo había osado? Mientras viajaba en la brisa, pasó cerca del hombre extraño. Una sensación electrificante parecía circundarle como un aura, y por un momento le pareció que los ojos brillantes le seguían aún sin poder verle. —Te estoy oliendo desde aquí —pronunció entonces el encapuchado, con voz grave y seca, henchida de desprecio. Yadarel estuvo a punto de congelarse en su vuelo. Se precipitó hacia el interior, con cien pensamientos confusos zumbándole en la mente. Los pasos del encapuchado le siguieron, más aprisa ahora. «Viene a por mí. ¿Está loco acaso? No sabe a lo que se enfrenta». Cruzó un arco y estableció un nuevo sello, ocultándose detrás de una pared y tomando forma nuevamente. Se preparó por si tenía que combatir, aguantándose la cólera y la indignación. Y aquella inquietud que no entendía. Se encendieron las velas, una a una, en el pasillo, iluminándolo con un resplandor dorado sucio. El ruido de las botas al caminar resonó en el corredor: Tap, tap, tap. Ahora eran pasos lentos, discretos. La respiración del desconocido era 66

inaudible, pero su presencia era como una sombra alargada, densa y pesada que llegaba a cubrirle y asfixiarle. Le parecía sentir los ojos brillantes fijos en él desde todas partes. Yadarel se lamió los labios, con el corazón palpitándole con fuerza en el pecho, sintiéndose asediado y deseoso de saltar de su escondrijo y neutralizar a aquel… aquel…hombre extraño. Los pasos se detuvieron delante de su sello. Yadarel cerró los ojos y se mordió el labio. Una vaharada de perfume a incienso le llegó como un bofetón desde el otro lado de la esquina. «Vamos, entra en el sello, entra de una vez. Cae en la trampa». La sensación de estar siendo observado era demasiado real. No recordaba haber sentido nunca nada parecido, ese hostigamiento salvaje, un acoso tan claro. Normalmente era él quien acosaba, ¿no era así? Aquel hombre debía ser muy estúpido para perseguir de aquel modo a un demonio sin ser consciente de las consecuencias que tendría. —Da la cara si tienes agallas, demonio del abismo. La voz poderosa le sacudió de nuevo. Era una voz como un golpe: tajante, firme, serena e imperativa. Después, una oleada de aquella energía electrificada serpenteó a lo largo de las baldosas, dibujando relámpagos blancos y dorados. Yadarel abrió los ojos desmesuradamente y sus labios exhalaron una exclamación ahogada al percibir el cambio en el ambiente: Su sello había ardido, se había volatilizado al contacto con aquel poder. Y el suelo empezó a quemarle los pies con aquella sensación conocida: tierra sagrada, nuevamente consagrada, que le rechazaba. «¿Qué es esto? ¿Qué es esto?», se preguntó, alarmado y tenso. —¡Este lugar es mío! —exclamó al fin, rabioso. —Esta es la casa de Dios. Tú eres el intruso aquí. Yadarel salió al fin, enfrentando al hombre de la capucha. El tipo parecía estar esperándole, porque una sonrisa sesgada y cruel se dibujó en sus labios, sobre el rostro ensombrecido por la caperuza. Aguardaba, con las piernas separadas y la espada en una mano. Se había despojado de la capa y por primera vez, el demonio pudo verle con claridad. La capucha le cubría las facciones, dejando sólo al descubierto la nariz recta y la mandíbula cuadrada, esa sonrisa malévola y unos mechones de largos cabellos del color del trigo joven. Llevaba el pecho y los brazos al aire, con algunas correas cruzadas sobre el torso y nada más, pantalones de cuero flexible, botas, y la hoja bien empuñada, una pieza de acero vieja y de aspecto mugriento pero que emanaba una suerte de luz pálida y parecía cantar en tono bajo. Aquella figura que se mostraba ante él no tenía el aspecto, el porte ni la actitud de un monje, eso era evidente. Yadarel empezó a pensar que su inquietud estaba justificada. Miró la espada, luego miró al hombre. De nuevo el aura vibrante le acarició, escociéndole en la piel y los ojos. Los del encapuchado estaban clavados en él, y su mirada le provocaba una sensación casi física. Le parecía que le estuviera tocando. Tocándole con su presencia, con su mirada y con su energía. Y no era precisamente un tacto amable. De nuevo la sensación de acoso le asaltó, acelerándole la respiración. —¿Quién eres tú? —preguntó al fin. La sonrisa sesgada se pronunció aun más. El hombre se agazapó, adelantando un tanto la espada y cambiando de postura, como si estuviera preparándose para pelear.

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—No, ¿quién eres tú? Dame tu nombre —ordenó. Le miró de arriba abajo, con una expresión extraña, casi hambrienta—. Después, puede que yo te dé el mío. Yadarel frunció el ceño y sus ojos violáceos relampaguearon con furia. El encapuchado no era ningún estúpido. —¿Para qué quieres saber mi nombre? —preguntó, aun así —¿Qué pretendes? ¿Destruirme? Como toda respuesta, el desconocido avanzó en una finta y le puso la espada en el cuello. Yadarel le miró a los ojos, aquel destello luminoso al fondo de la capucha, y se contuvo para no reaccionar violentamente. “No aún. No todavía.”, se repitió. Sin embargo, su movimiento, rápido y preciso como el de un depredador, le había hecho saltar el corazón en el pecho de nuevo. La sensación de peligro aumentaba por momentos. —¿De verdad crees que si quisiera destruirte no lo habría hecho ya? —preguntó entonces el encapuchado, con una voz que erizó todos los sentidos del demonio. Era áspera y grave, dominante y poderosa, amenazante, pero con un efecto más allá del natural. Le provocaba una asfixia agónica en el pecho y un temor esencial, reptiliano– Te he olido desde que llegaste. Llevo cazándote un buen rato. ¿Cazándole? Maldición, entonces era uno de los suyos. Eso explicaba que pudiera destejer sus sortilegios. Yadarel se alejó un paso de la espada y se arrinconó contra la pared, desplegando las alas oscuras a su espalda y concentrando su energía, preparándose para el inevitable enfrentamiento. —¿A qué casa perteneces? —le espetó, tratando de averiguar qué clase de demonio era y evaluar su peligrosidad. La pregunta pareció desconcertar al desconocido. Acto seguido, su mandíbula se tensó y la energía de su aura comenzó a vibrar en una frecuencia rápida e intensa, como si se anticipara un terremoto. Apretó los puños y los músculos de su cuerpo se marcaron uno a uno, ondulantes. Yadarel le vio mostrar los dientes en un gesto fiero. Se disparó su adrenalina y se preparó, pero no lo estaba para lo que sucedió a continuación. Un destello de luz blanca y dorada se elevó a los pies del encapuchado como una columna, emitiendo un sonido que era al mismo tiempo música y el bramido terrible de un seísmo, de una tormenta, de un cataclismo estelar. Yadarel quedó sin respiración, con los ojos desorbitados. Se precipitó hacia la pared, cubriéndose el rostro con las manos pero incapaz de dejar de mirar, sobrecogido y aterrado, con un pánico que le inmovilizó por completo. La figura de su enemigo pareció crecer. —¿Cómo te atreves a confundirme con alguien de tu calaña, necio traidor? —bramó el encapuchado—. ¡Yo pertenezco a la casa de Dios! Su voz era el trueno y el rugido del dragón. A su espalda, dos alas blancas como la nieve se desplegaron, alzándose hacia el techo y dejando caer algunas plumas. Yadarel se sentía como si todo su ser hubiera quedado reducido a un hilo fino que se dispersaba cada vez más, a punto de desaparecer, evaporarse sin dejar rastro ni recuerdo. «Un ángel. Es un ángel. Tengo que huir. Tengo que matarle. Esto es terrible». Los pensamientos confusos parecían piedras rebotando en las paredes de su conciencia mientras contemplaba la sobrecogedora imagen de su perseguidor. El rostro tras la

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capucha se dibujaba ahora con más claridad: Los dos ojos que le miraban eran llamas de fuego puro, clavándose en él, en su alma maldita. Parecían abrirle en dos, desnudarle y exponer todos y cada uno de sus pecados, juzgarlos y condenarle de nuevo por ellos. Sobre la piel bronceada de su cuerpo destellaban de cuando en cuando los sellos de la divinidad, los símbolos de los Siervos del Padre Celestial. La espada que llevaba en la mano se había encendido con una llamarada de fuego áureo, y en la otra… Una cadena de eslabones brillantes, con vocablos grabados. —¡Has venido a encerrarme! ¡Quieres llevarme de vuelta al infierno! —chilló Yadarel, alzándose también. Dejó caer las protecciones con las que retenía su propio poder y desató toda su energía. Un campo de fuerza púrpura y pulsante enredó sus tentáculos en el aire, como una anémona hambrienta cuyo centro era su propio corazón. Mostró los dientes, dejando que aquel miedo ancestral que ahora sentía guiara su violencia. Le pitaban los oídos; su alma se convirtió en furia desatada, y aquella furia se arrojó sobre el ángel, un remolino de cabellos negros y dientes apretados. Vio el destello de sus ojos de fuego. Y las palabras divinas golpearon su conciencia, desmadejándole, aturdiéndole, sometiendo su mente y derrumbando su estabilidad. Cayó al suelo, medio inconsciente. Lo último que escuchó antes de perder el sentido por completo fue el chasquido de los grilletes cerrándose en su cuello.  —Despierta. No. No. Despertar, ¿para qué? Estaba acabado. El infierno. ¡El infierno! ¡Regresar allí de nuevo, a la soledad eterna, a la tortura inagotable del vacío, de la nada! No, despertar para eso no valía la pena…mejor dormir, morir, desaparecer. —Despierta —insistió el susurro en su oído. Unos dedos le acariciaban la mejilla. El aroma a incienso le llenó los pulmones, recordándole algo que había amado y que ya le estaba vedado para siempre, azuzando su rencor. Cuando al fin recuperó la consciencia, tenía las muñecas atadas a la espalda y una cadena en el cuello. El ángel estaba acuclillado junto a él, inclinado sobre su rostro. Eran sus dedos los que le tocaban. Yadarel abrió los ojos y le escupió. —Bastardo —balbuceó. Sentía una presión intensa en las sienes. El ángel se limpió el salivajo con una mano y tiró de la cadena con la que le mantenía sujeto. La argolla se incrustó en el cuello de Yadarel, abrasándole, como si estuviera punteada con diminutos dientes de fuego. Apretó los dientes para no gritar y trató de revolverse. «Seguro que el bastardo ha consagrado los grilletes». Al volver la cabeza, vio sus ropas, un montón de trapos oscuros en un rincón. Entonces se dio cuenta de que estaba desnudo… desnudo y atrapado: sentía la presión de correas y arneses estrujándole las alas contra la espalda, comprimiendo sus costillas, su pecho, su sexo, hasta hacerle daño. Trató de enfocar la vista y ubicarse; el resplandor dorado de las velas envolvía la estancia en una luminosidad fantasmagórica y primitiva y dibujaba los contornos del ángel encapuchado.

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—Suéltame. ¿Qué estamos haciendo aquí? —resolló. Le costaba hablar. Los cinturones oprimían sus pulmones y no podía desvanecerse ni huir, no mientras esas cadenas bendecidas estuvieran en torno a su cuello y sus muñecas—. Esto aún es la tierra. Acábalo. Arrójame de vuelta al abismo. —No voy a mandarte al infierno —respondió el ángel. Estaba ahí, agazapado, mirándole desde el fondo de la capucha oscura, con los ojos brillantes como ascuas—. Tengo mejores planes para ti. —¿Qué? ¿De qué hablas? La sonrisa cruel volvió a dibujarse en el semblante del ángel. Se acercó, apartándole las piernas e inclinándose sobre él hasta que su aliento perfumado le golpeó en el rostro. Yadarel se dio cuenta entonces de que tenía las piernas libres, e intentó patearle. Lo consiguió, pero el maldito parecía no inmutarse. Yadarel contuvo la respiración. De nuevo, la sensación de acoso, de acorralamiento. —Tú no eres un demonio de la guerra, ¿no es cierto? —preguntó, acercando la nariz a sus labios, a su cuello, como si estuviera tratando de identificar su aroma. Yadarel estaba inmóvil, con los ojos muy abiertos, tenso como una cuerda. El corazón se le había desbocado en el pecho. Los mechones de cabello dorado, larguísimo, se derramaban alrededor de su rostro y sobre su pecho. Sentía la amenaza con claridad. —Debes ser un seductor —prosiguió el ángel, con voz sosegada, indiferente—. Un íncubo. Y has venido aquí, a molestar a los protegidos de Dios… —Del tirano al que sirves —espetó Yadarel, entrecortadamente. La mirada del ángel destelló. —El verdadero tirano es tu señor. —Yo no tengo señor. —Y por eso sirves al peor de los señores: tú mismo. —El ángel hizo una pausa, alejándose unos milímetros de su rostro, pero aún con la mirada fija en sus ojos, las manos a ambos lados de sus hombros. Yadarel empezó a notar que le faltaba el aire. La rabia volvió a acumulársele en la punta de los dedos, pero ya nada podía hacer—. Nosotros fuimos creados para servir, y sin nadie ni nada a quien servir… sólo sirves a tus apetitos y a tu hambre, a tu vanidad y a tus pecados. Hasta te aburres. Por eso has venido aquí a devorar a los monjes, ¿no es cierto? —No sabes nada —replicó el demonio. Pero la voz le salió débil y poco convencida. El aroma a incienso le estaba mareando, la cercanía del ángel y su aura de fuego y tormenta le habían despertado un hambre famélica en algún lugar de su negra alma. Ésta se había abierto, rugiente, ávida y desesperada, clamando por algún elixir misterioso que la saciara. Yadarel no conseguía volver a recuperar el control sobre sí mismo, no desde que él se le había revelado. —Silencio —la voz de la criatura, imperativa y tajante—. No estoy aquí para escucharte. Ahora recibirás tu castigo. —Déjame ir de u…

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Se revolvió cuando sintió los dedos clavarse en su piel, debajo de las costillas. Su tacto quemaba, como la llama de una vela. Los labios del ángel se cerraron sobre los suyos y los dientes le mordieron la boca en un ataque que nada tenía de gentil. El cuerpo pesado cayó sobre él. Yadarel tensó la espalda y saltó sobre la superficie en la que estaba tendido, tratando de sacárselo de encima a patadas, retorciéndose sin cesar. De nuevo un temor antinatural le sobrecogió. «Quiero salir de aquí, quiero salir de aquí», se repetía, desesperado, ahogándose con la presión de las correas, con la sangre que manaba de sus labios escurriéndose hacia su garganta y el peso del ángel sobre él. Intentó responder al mordisco. El aura de su enemigo se inflamó y estalló como un relámpago, abrasándole y haciéndole convulsionar. Yadarel gimió, las lágrimas se le saltaron de dolor. Era como tener millones de parásitos corriéndole por las venas, devorándole por dentro. Cuando el ángel se apartó de sus labios, relamiéndose la sonrisa cruel, Yadarel volvió a escupirle. —¡Bastardo! Una bofetada le volvió la cara, estrellándole la otra mejilla contra la superficie dura. —No vuelvas a hacer eso —la voz indiferente, fría, aséptica—. Dime tu nombre. —¡Nunca! ¿Me oyes? —Yadarel volvió a levantar la mirada para enfrentarle—. ¡Nunca! ¡No seré un esclavo! El ángel soltó una risa seca y lenta. Colocó los dedos sobre su vientre, alrededor del ombligo. Brillaron con un resplandor suave y la piel del demonio, blanca como la leche, se oscureció y comenzó a humear. —Pero si ya lo eres. Sólo se trata de cambiar de dueño. Yadarel había apretado los dientes para no gritar. Tenía los ojos entrecerrados y el sudor perlaba su frente, brotaba como rocío de los poros abiertos. El dolor era demasiado intenso, y en el fondo de aquel dolor había algo más… algo que se parecía demasiado al placer, algo físico pero también místico. Algo que necesitaba. —¿Quieres que vuelva a … servir a Dios? —jadeó, mirándole a los ojos, con los labios entreabiertos. Su voz sonó más lánguida de lo esperado. El ángel apartó una mano y tiró de la cadena de su cuello con brusquedad. Yadarel vio su rostro precipitarse hacia delante, hasta que sus bocas volvieron a estar casi tocándose. Elevó el labio superior para mostrarle los colmillos a su enemigo. Y su enemigo sonrió de nuevo, observándole como si fuera un manjar. —No. Quiero que me sirvas a mí. El ángel le lamió los labios y los dientes con un gesto lujurioso. Yadarel se estremeció, con una mezcla de inquietud y algo más. No recordaba que los ángeles hicieran eso. Al menos, no así. La confusión se unió al resto de sus turbulentas emociones. —¿Y por qué iba a servirte? —acertó a decir, en un susurro. —Porque quieres. Los dedos del ángel se habían cerrado en uno de sus pezones adornados con un aro de metal. Lo retorcieron sin piedad hasta hacerle morderse los labios. El gemido contenido se estrelló contra su paladar; se negó a cederle ni una sola rendición. Quería responderle que no, que no quería… pero solo fue capaz de negar con la cabeza. Un

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latigazo de fuego le cruzó el pecho y le hizo caer hacia atrás cuando el encapuchado soltó la cadena. Su cabeza se descolgó por el borde de la mesa. ¿Con qué le había pegado? Intentó meter el aire en sus pulmones a la fuerza, removiéndose, mareado, tratando de defenderse de nuevo con las piernas. Pero esta vez, su tentativa no resultó tan convincente. —Deja… déjame… déjame ir —ordenó. O eso pretendía. Una mano se cerró en su rodilla, la otra tiró de los eslabones para levantarle la cabeza de nuevo con un ademán brusco. El ángel se había colocado entre sus piernas y había pegado las caderas a su pelvis sin el menor pudor. Yadarel sintió náuseas y ganas de gritar, pero se lo tragó todo. No exhibiría aquellas muestras de debilidad, él no era un estúpido humano. Era un ... —Eres un demonio, ¿no? —dijo la voz. El ángel arqueó las caderas, presionándole con un roce lascivo y perverso. Yadarel no sabía en qué momento había dejado de oponer una verdadera resistencia, y tampoco sabía en qué momento su sexo se había despertado de tal manera. Sólo ahora era consciente de que el dolor en su miembro aprisionado bajo las correas era más a causa de la tremenda erección que de lo apretadas que éstas pudieran estar—. Pues haz cosas malas. ¿No eres un íncubo, no te alimentas del deseo de los demás? Vamos, chico. Cumple con tu cometido. —Estás loco —gimoteó. —No seas grosero —la cadena volvió a tensarse—. Sólo quiero hacer cosas malas contigo. Antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, el ángel le despojó de las correas que cruzaban sus caderas y su erección se liberó. Ahora, el encapuchado se daría cuenta de su excitación, si es que no lo había hecho todavía. Aquello ya era bastante humillante, así que volvió el rostro, estremecido y desorientado ante la lluvia de estímulos y apretó los dientes. Las cadenas le escocían, los dedos del ángel le quemaban, su voz era hipnótica y terrible a la vez, y ahora además le estaba abriendo las piernas con rudeza. Algo caliente y duro se apretó contra su entrada. Yadarel cerró los ojos, respirando apresuradamente entre los colmillos que rechinaban. Echó la cabeza hacia atrás, arqueándose y provocando que el grillete en su cuello le estrangulara aún más. Su aliento era un jadeo entrecortado y todo su cuerpo se había erizado, preparándose para la invasión. Pero no llegaba. Los segundos pasaban y no llegaba. Abrió los ojos para mirarle entre las pestañas. El ángel estaba erguido, de hinojos entre sus piernas, sujetando los eslabones con una mano y su rodilla con la otra. Parecía estar esperando algo, con el sexo caliente y firme entre sus muslos, listo y a punto. Entonces, la mirada llameante capturó la suya y él le miró, estudiando su semblante. —¿Ves como sí querías? —susurró el encapuchado finalmente. «Te odio, te devoraré», pensó Yadarel por un momento fugaz. Después, una lanzada ardiente le atravesó por la mitad y pareció partirle en dos. El dolor le desgarró, le cortó la respiración e hizo que todo diera vueltas. Tuvo que morderse los labios para no gritar y la sangre se escurrió por sus comisuras. El ángel echó la cabeza hacia atrás al impulsarse y hundirse del todo en sus entrañas, exhalando un gruñido placentero. El demonio aguantó, inmóvil y silencioso, todo lo que pudo, temblando por la tensión. Finalmente, su voz se deslizó en un gemido lánguido y abandonado. Elevó las caderas, yendo a su encuentro para enterrarle más.

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Ya no había control que perder. Sólo existía aquel olor maravilloso, la reminiscencia de lo que una vez fue y ya no era, envolviéndole de nuevo. Sólo el calor de la piel del ángel, que le quemaba, y su carne palpitante hundida profundamente en su interior, abrasándole, inflamándole, castigándole, condenándole… pero al menos le tocaba. —Dime tu nombre —dijo el ángel. Sólo fue un susurro. Y esta vez también su aliento estaba entrecortado. Tampoco él parecía indiferente ante lo que estaba haciendo—. Dime tu nombre. Tu nombre. —No… —el encapuchado se movió dentro de él, se retiró y volvió a embestir. Percibió el brillo de las velas lamiendo sus músculos bruñidos, el ondular de su poderosa anatomía. Los cabellos rubios se balanceaban, descolgándose de la capucha, rozándole el torso a Yadarel cada vez que se movía—. Nunca… no te… daré mi nombre. De nuevo la sonrisa sesgada. El ángel se removió, oscilando las caderas en una rotación que estuvo a punto de hacer romperse a Yadarel, pero esta vez no de dolor. Después embistió de nuevo, encontrando poco a poco el ritmo y llevándolo más allá en cada paso, acelerando las pulsaciones en una danza ondulante y calculada. —Te haré mío… ya eres mío —murmuraba. —Nunc… ¡AH! —se le escapó el gemido y de nuevo apretó los dientes. Era demasiado. Cada vez que empujaba en su interior, parecía estallar y volver a reagruparse, alzarse hasta las puertas celestiales y volver a descender. En el torbellino, el placer y el dolor le mordían, una y otra vez. Y su presencia densa, pesada, rebosante de deseo, le aplastaba. El ángel le estaba mirando. El ángel quería hacerle suyo. Y él quería…¿quería que lo hiciera? Tal vez. La nostalgia y el hambre de su alma estaban atisbando su único alimento. —Tu nombre… Le miró, hipnotizado. Él se había echado hacia atrás de nuevo, con la mandíbula tensa. Cuando volvió a inclinarse sobre él, la capucha se le había escurrido hacia la espalda y la larga melena rubia oscilaba en libertad. Observó su semblante, los rasgos hermosos y viriles de aquel enviado del Cielo, aquel rostro cincelado en una perfección inimaginable… tan hermoso como él, pero una belleza diferente, más ruda, menos delicada. Los ojos se le llenaron de lágrimas al ver lo que él había sido un día. “Quiero volver”. El pensamiento se le enredó entre las oleadas violentas del clímax. Antes de quedarse sin aliento, su voz se rompió en un gemido. —Yadarel…—gritó— ¡Yadarel! ¡Mi nombre es Yadarel! El latigazo les estremeció. La espalda del demonio se arqueó, su rostro se volvió hacia el cielo y las lágrimas le corrieron por las mejillas, mientras su vientre se contraía y su sexo vomitaba la semilla, en un estallido expansivo que a punto estuvo de arrasar su conciencia. El ángel ahogó un resuello y se arqueó sobre él, apoyando una mano en la madera y hundiéndose como si quisiera traspasarle, en un envite desesperado. Los latidos le golpearon por dentro, su simiente le inundó como una ola de lava abrasadora que despertaba cada nervio y parecía multiplicar las sensaciones. Era demasiado. Le miró una última vez. Quería decir algo, pero no fue capaz. Los ojos dorados de llamas danzantes seguían abiertos, fijos en él con una expresión indescifrable. Luego se desdibujaron y desaparecieron.  73

Cuando volvió en sí, estaba solo en el monasterio. Abrió los ojos, dolorido, estremecido. Descubrió sus ropas en el rincón, y se tocó las muñecas. Ya no había cadenas. Atisbó alrededor en busca de alguna otra presencia, del rastro leve de un alma en aquel lugar ahora oscuro y vacío, pero no halló nada. El ángel había desaparecido. Se había ido. Todo estaba frío. La realidad cayó sobre él como un gélido soplo. —No… maldito seas…—susurró, enfundándose la toga entre traspiés y tambaleos. Se peinó con los dedos—. No puedes hacerme esto. Se enderezó a toda prisa, tratando de mantenerse erguido, con el corazón acelerado en el pecho y el aliento entrecortado. Cuanto le rodeaba era vacío y exangüe, como un día se lo había parecido el infierno, pero no estaba en él, sino en la Tierra. Y sin embargo, su carne, su alma y su mente se encontraban sometidas a una tortura nueva: el abandono, la humillación, y sobre todo la soledad. La presencia del ángel, su contacto, las reminiscencias de memoria que había despertado en él, sólo había servido para consolarle un instante, recordarle cuanto ya era irrecuperable y después arrojarle de nuevo a una existencia sin sentido: vacío, expulsado. Le había hecho revivir todo el rechazo que había superado, al que se había acostumbrado. Y aquello dolía tanto como el peor de los tormentos. Temblando, empujó la puerta del patio, rechinando los dientes y conteniendo las lágrimas. Se sentía como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Miró al cielo, temeroso de la cólera de un Dios al que hasta hacía poco había llegado a olvidar. El perfume a incienso del ángel rubio aún le cosquilleaba en las fosas nasales, aún tenía su sabor en la lengua. Un sollozo le rompió en la garganta. —Te encontraré —balbuceó, con un tartamudeo demente—. Te encontraré. Te odio. Te quiero. ¡Te encontraré! Desesperado, cruzó el claustro a trompicones, con la mirada desquiciada. Su aullido de furia resonó en las paredes del monasterio, y una familia de cuervos huyó en desbandada del campanario, alertada por su grito.  ¿Qué es mas terrible que la cólera de Dios? Acaso su rechazo. ¿Qué castigo es mayor que el castigo divino? No es el demonio quien condena las almas, sino Dios, al apartarlas de sí, rechazarlas de su dorada cohorte cuando éstas no son dignas de entrar en Su Reino. Él es juez y verdugo, rey y carcelero, fue Él y no otro quien abatió el Diluvio sobre los hombres, quien con su poderosa voz hace retumbar los Cielos, aquel cuyo solo Nombre puede causar muerte al ser escuchado. Es Él aquel de quien se han de proteger serafines y arcángeles cubriéndose los ojos. Su cólera destruyó Sodoma y Gomorra, hizo arder a Sus enemigos, Su dictamen llevó al padre a levantar el arma contra el hijo, y sobre todo, fue Él quien arrojó de su lado a los indignos que, tras haberle conocido, no encontraron consuelo en ningún otro lugar. ¿Cómo enfrentarse al mundo tras haber contemplado lo sublime, lo divino? Así pues, hermanos monjes, tomad la enseñanza de esta vieja leyenda. Hoy es la noche de Walpurgis, mas no es a brujas ni a sátiros a quienes hemos de temer. Sólo Dios puede salvarnos de su propia ira. Por eso rogamos: Que el Señor sea misericordioso.

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La canción de las olas
Relato corto que primero surgió jugando al rol y después lo retocamos para conformar un relato independiente que fue publicado en la revista Yaoi Niwa de Estudio LAY. Es uno de mis preferidos.

 El vacío es como una tumba de algodones. Es un sudario frío que me envuelve, cerrándose a mi alrededor y acristalando mi percepción, dejando que todo se vea ondulante y brumoso al otro lado, lejano y ausente. La ciudad, las siluetas que caminan por las calles. Es como caminar en un sueño, con la consciencia oprimida por la resaca o embotada por un sedante demasiado potente que me hace andar a tientas entre dos mundos superpuestos, uno sobre el otro, donde lo real y lo irreal podría ser cualquier cosa. Antaño esa confusión me asustaba y me causaba rechazo. Hoy sé que es mi sendero éste, inquietante y hueco, y que es aquí donde debo prevalecer, aunque mi corazón se haga pequeño y tenue entre este asfixiante manto de silencio y sombras pálidas. Mis pasos se mueven así por instinto hasta ese local conocido, buscando una algarabía que haga menos sordos mis oídos, un movimiento que haga más tenue el velo de mis ojos, presencias rientes que traspasen con su existencia estos muros esponjosos. Sin embargo, cuando aparto las cortinas, el lugar está vacío. El desconsuelo no me alcanza, porque cuando paseo la mirada alrededor sin encontrar rastro de vida, un cosquilleo en el estómago me advierte y me guía al piso superior, con el magnetismo instintivo que lleva las raíces hacia el agua y dirige el vuelo de los pájaros. Entro en la habitación, que no está cerrada con llave. Yo sí la giro en la cerradura, una vez dentro. Me siento en el escabel de la estancia, el suave aroma a incienso impregnando los cortinajes, y observo al hombre que yace sobre la cama de brocado y terciopelo. Da la sensación al mirarle de que cayó aquí desde un lugar ajeno, tumbado boca abajo en diagonal, con el pelo desordenado que cuelga hasta el mármol de las baldosas y el brazo apuntando hacia el suelo, los dedos abiertos. Como si algún genio bromista le hubiera arrancado de una leyenda y le hubiera soltado, inconsciente, en un mundo que no es el suyo. Sonrío sesgadamente, con cierta melancolía, cuando entrecierro los ojos para poder distinguir sus rasgos a través de la tenue luminosidad que le envuelve. Hasta en brazos del profundo sueño que le acuna, su semblante es serio y tiene el ceño fruncido. Los retazos de vello pálido despuntan en sus mejillas, mas allá de la barba recortada. El perfume cálido de su cuerpo se vuelve más penetrante cuando me escurro silencioso hasta el colchón y me siento a su lado. El pálpito en mi estómago crece en su cercanía, y el vacío que me destina a una vida de asfixia constante se abre para acoger la vibración que desprende su naturaleza intensa, su presencia imperativa, imposible de ser ignorada ni siquiera por la nada más profunda. Le miro porque no hay nada que pueda ver mejor. Mi estómago, o lo que sea que hay en su interior, pulsa y se desenreda, y acerco los dedos a los cabellos. No es mi intención despertarle, y no creo que sean mis dedos los que provocan que abra los ojos al detenerse en un roce sutil que no llega a ser tal sobre el mechón dorado que reposa en un almohadón. Su mirada de ámbar se encuentra con la mía, 75

reluciendo entre los párpados entrecerrados, con esa expresión de extrañeza y confusión propia del regreso a la vigilia. Le sonrío. Él gruñe y se frota el ojo, murmurando a saber qué con voz ronca y somnolienta. Mi vientre se agita de nuevo y reconozco el hambre, mientras observo el movimiento de sus labios cuando habla, su contorno dibujado por una mano habilidosa. Resaltan tenuemente en la superficie de su rostro, redondeados, ligeros sin llegar a ser voluptuosos, como no podían ser de otra manera. —¿No estabas fuera? —pregunta. Asiento, sin apartar la mirada. Su voz me llega completa y plena, con cada uno de los matices que la componen, más clara que cualquier sonido. Atraviesa el vacío y resuena en él, repitiéndose su eco en las eternidades infinitas. El eco de una frase estúpida, apenas murmurada, pero que igualmente me consuela. —Me ha dado hambre —respondo, y mi propia voz es un susurro resbaladizo. Me observa, parpadea un par de veces y mira alrededor, vuelve a mirarme. Cada vez que se mueve, por leve que sea el gesto, alguno de sus músculos ondula o se marca. Al girar la cabeza, el cabello le cae sobre el rostro y sus ojos se enganchan a los míos a través de las hebras pálidas, incapaces de romper el contacto visual. Más allá de sus pestañas, puedo ver las nubes arremolinadas, bramantes, que golpean las paredes de su interior. El, con su continua tempestad. —¿Qué clase de hambre? —pregunta de nuevo, mientras se incorpora sobre los codos, acercándose un tanto y rascándose la cabeza. Me encojo de hombros mientras deslizo una caricia bajo su camisa, con dedos ágiles y acostumbrados. Se pasa la mano por el rostro, bosteza y me ayuda a quitarle la prenda, frotándose la nariz y manteniendo su peso en un solo brazo. —¿De verdad quieres una respuesta? Me río entre dientes cuando me mira de soslayo y resopla por la nariz, como si le indignara mi descaro. Se estira para desperezar los músculos, está diciendo algo pero no le escucho, y se incorpora hasta sentarse, recogiéndose el pelo hacia atrás y soltándolo después. —¿Theron? —Tengo hambre —repito, y se me pega la lengua al paladar reseco, asfixiándome. No le escucho, le necesito. La pulsación es más violenta, y cuando acerca los dedos para tocarme, los aparto de un manotazo, acercando mi boca a la suya con precipitación y hundiendo los dedos en sus cabellos. Mis labios se cierran sobre los suyos, sellándolos con vehemencia, y empiezo a besarle con avidez. Él gruñe y los brazos se cierran en torno a mi cuerpo, rodeándome en una presa firme. Nuestras lenguas se enredan y nos devoramos, como si hiciera años desde la última vez. Estrecho las manos en sus sienes, tirándole del pelo, y al cernirme sobre él con un gemido y casi temblando de satisfacción, crecido y revitalizado, él se cierne sobre mi a su vez y nos apretamos uno contra el otro. Al fin, henchido de saliva y deseo, me detengo, con la nariz aplastada contra la mejilla áspera. Suspiro satisfecho. Su aliento restalla contra el mío; cuando parpadea aturdido roza mi piel con sus pestañas. Deslizo los dedos entre los cabellos de tacto sedoso, dejando que su frente repose en mi hombro mientras se recupera. Le he asaltado casi mientras dormía, le he vuelto loco con un beso, tiene derecho a un respiro… pero no demasiado largo. Siento bullir la sangre en mis venas con la energía 76

renovada, y le peino con las manos, con el aliento caliente en mi cuello. Los brazos aun no me han liberado, se estrechan en mi cintura con languidez. —Siempre he deseado devorarte, y parece que eres tú quien se alimenta de mí —susurra. Sonrío un poco. Es cierto que lo parece. —No creo que ambas cosas sean incompatibles —le susurro al oído, dejando que mis labios se escurran en la punta de su oreja. —No lo son. Siento el cosquilleo de la excitación en él, que se enciende en mi instantáneamente. Quizá es su propia hambre lo que le hace reponerse lo suficiente para levantar la cabeza, y ahora es él quien me atrapa en su boca, enredamos las lenguas en el aliento espeso y ardiente que se convierte en uno solo al fundirnos en el beso lento y sinuoso. Esta vez, la pulsación no se desata en mi vientre, sino algo más abajo, encontrando su eco en las paredes de mis venas. Desliza las manos, rodeando mi talle y me desata el cinturón, mientras se aleja de mi rostro, mordiéndome la boca y tirando suavemente del labio inferior. Tiene los párpados entrecerrados y su mirada es turbia y violenta. Me arqueo hacia atrás y abre las mandíbulas para soltar su presa, después sonríe con malicia. Le devuelvo la sonrisa, dándome cuenta tarde de que me está tirando de la camiseta y me ha abierto el pantalón. —También eres tú el que me rompe la ropa, ¿verdad? —le digo con un destello malicioso. —Eso tampoco es incompatible —responde con voz grave y contenida, un murmullo tentador y peligroso. El tirón es fuerte, me hace daño en la piel cuando saltan las costuras, y luego arrastra los jirones de la camiseta hasta mi cintura, en un revoloteo de hilos sueltos y tela rasgada. Nos miramos con un desafío y volvemos a colisionar. Un escalofrío que no tiene nada de gélido me recorre la espalda y extiendo los dedos, ahondando en su boca con tanta avidez como él en la mía, dejando que la saliva se escurra por las comisuras. Su piel está caliente, casi me quema. Vuelvo a tirarle del pelo hacia mi, me aprieto de nuevo contra su pecho musculoso, clavándole mis huesos, ronroneo y él gruñe, con un sonido profundo, animal, que hace vibrar su piel y mis sentidos. Uno de sus brazos me rodea, se extiende en diagonal por mi espalda y me sujeta por la nuca, la mano izquierda se desliza por mi rostro en una caricia posesiva, baja por mi cuello e introduce un dedo en una de las argollas metálicas que llevo prendidas a los pezones. Cuando me muerde los labios sin delicadeza alguna, la retuerce repentinamente, haciéndome gemir de dolor, arañarle las sienes en venganza y morderle a mi vez. El pálpito en mis venas se precipita, galopante, y la excitación rompe mi conciencia, derramándose, inundándome. —Hoy no estás en forma, y lo sabes —le espeto al descender con los labios ensangrentados hasta su mentón. —Como si eso importase. —La respuesta altiva me obliga a castigarle por su insolencia y le muerdo de nuevo, esta vez en el cuello. El aroma intenso me embriaga los sentidos y percibo la sangre chispeante en la lengua. Él clava los dedos en mi espalda y me araña con sutileza, se ríe quedamente. Con suficiencia y desdén.

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—Me harás enfadar. —Y aun así, mi voz suena seductora, casi juguetona, con el leve tono enronquecido del deseo despierto y tenso. Descienden mis manos por el torso, deslizándose por los músculos marcados y las señales de las cicatrices. Las conozco todas. Desabrocho el cinturón y lo arrojo a un lado, lamiéndole los hombros. —Mejor, enfádate —me suelta en un susurro, con un estremecimiento contenido, echándose hacia adelante con impetuosidad en un movimiento dirigido y estudiado, que acaba con sus dientes en mi cuello. Aprieto los labios y el gemido me golpea el interior de las mejillas cuando me resisto a dejarlo escapar. Una oleada de fuego intenso me recorre hasta las raíces del cabello con el dolor punzante, y me estremezco al tiempo que él lo hace, tratando en el torpor del violento estímulo, desabrocharle el pantalón. Sus músculos se tensan repentinamente y siento la presión de su cuerpo contra el mío, contorsionándome para escapar. Se ha reanimado del todo, o eso parece, y sus brazos se mueven para atraparme, me empuja con su anatomía poderosa, está buscando su lugar. Pero hoy no está en forma… creo. Combatimos por tomar posiciones mientras me muerde y yo le muerdo allá donde queda carne a nuestro alcance, acechándonos, mirándonos de soslayo de cuando en cuando, con los cabellos revueltos sobre nuestro rostro, la mirada encendida y la respiración acelerada. Se debate con violencia hasta sujetarme por los hombros, y casi me levanta de la cama cuando consigue cerrar los dedos en mi cuerpo y me empuja contra el colchón, boca arriba. Mi espalda rebota en la mullida superficie y pataleo, mostrando los dientes con ira. En el forcejeo, la camisa ha desaparecido y los pantalones se me han bajado hasta los muslos y él se da cuenta cuando, sujetándome las muñecas contra las sábanas con sus manos como grilletes inamovibles, pasa una pierna sobre mí y clava las rodillas a mis costados. Sonríe sesgadamente cuando le escupo en el rostro, y lame la saliva que le he regalado, recorriéndome con la mirada teñida de perversión. Mirando su plato. —Eres un hijo de puta. No estabas tan aturdido. —Tengo mis reservas de emergencia. —Estafador, cabrón. —Cállate. Me saca los pantalones de un fuerte tirón y se inclina sobre mi, con la risa maligna vibrándole en la garganta. Percibo en su mirada el pensamiento ególatra, narcisista y engreído: cree que soy suyo ahora. Me dan ganas de destrozarle cuando se crece, pero al aplastarse sobre mi cuerpo, mi sexo ahora desnudo es oprimido contra su abdomen y el roce me hace jadear. Así que le insulto, que es todo cuanto sale de mi boca en ese momento, con la lengua sobre mi pecho, los cabellos cosquilleando en mi piel cuando se mueve y el ardor del fuego de mis venas a flor de piel. —Que te jodan —siseo, forcejeando, tratando de liberarme fútilmente. —Ya te gustaría. La saliva impregna las argollas y los dientes tiran de ellas, me muerden los pezones, me arañan el esternón. Vuelvo a jadear, agitándome, y la palpitación en mi virilidad se vuelve angustiosa, se me duermen las manos por la presión agresiva en mis muñecas. Levanto una rodilla y la paseo entre sus muslos, el roce suave del vello y el calor intenso de su entrepierna me abrasan la piel, y le escucho gruñir al recibir la caricia. Se me escapa un gemido cuando su pelvis se pega de nuevo a la mía y nuestras erecciones entran en contacto. ¿Cuándo se quitó los pantalones? 78

Flexiona la espalda y se mueve contra mi cuerpo, el roce duro y caliente vuelve a diluir mi razón y me aprieto contra su silueta perlada de sudor, casi humeante. —Basta. Le miro con los ojos empañados, arqueándome. No soporto este calor. Ha vuelto a ascender hasta mi rostro y pasea la lengua por mis labios, retirándola para que no pueda morderla. Inconscientemente, extiendo la mía hacia el exterior y dejo que la succione y la acaricie, que su saliva se escurra hasta mi boca, mirando a través de las pestañas las facciones transidas por el deseo más voluptuoso e inconfesable de mi compañero. Entre la respiración que no me da tregua y mis propios movimientos para liberarme, que solo hacen que me estreche más contra él y que nuestros sexos se rocen una y otra vez, creciendo y endureciéndose, adivino en sus pensamientos, y sonrío. —Si quieres tocarme sólo tienes que soltarme —le tiento, con un susurro quedo. —Puedo pasar sin eso. —Que absurdo eres. Me mira con la ira orgullosa de un rey ofendido. Gatea sobre mi cuerpo, furioso, murmurando insultos entre dientes y me suelta una mano para sujetarme del pelo sin un atisbo de dulzura o suavidad, clava las rodillas en mis hombros y apoya la otra mano en la pared. —Mira lo que me obligas a hacerte —resuella con la mirada perdida fija en mi rostro, y deja que la carne palpitante repose sobre mis labios. También ahí huele a incienso. Gruñendo, giro la cabeza, huyendo de él, debatiéndome esta vez con descontento, pero los dedos que me sostienen el cabello me impiden escapar. Trata de abrirse paso y cierro la boca con vehemencia, sin querer permitirlo. —Solo tenías que pedirlo. Aparto el rostro para esquivarle. —Yo no pido nada. Su mandíbula se tensa e intenta forzarme a abrirle paso, aplastándome la mejilla con la mano. Me río entre dientes y saco la lengua un instante para regalarle una caricia húmeda que le hace jadear, y su semblante se descompone. —¡Hazlo de una vez! —exclama, desesperado. Aún le hago sufrir un poco. Sé que es su forma de pedir las cosas. No puedo esperar un "por favor" de sus labios, pero sé cuánto lo suplica en su interior, y aunque preferiría verlo plasmado más allá de eso, le doy lo que quiere espoleado por mi propio deseo. Entreabro los labios y dejo que se escurra en mi boca húmeda, regodeándome en el gruñido de alivio que brota de su garganta. Los pensamientos se diluyen en las oleadas de placer, mientras la carne tensa se hincha entre mis labios, palpita y se endurece con las caricias. Mueve las caderas con suavidad, deleitándose en su propia tortura y revolcándose en la excitación, exhalando sordos gemidos, roncos y graves, con la espalda tensa. Le baño con mi saliva y le acojo hasta la garganta, cerrando el paladar, empapándole y exprimiéndole con la fricción de mis labios y la lengua, clavando suavemente los dientes y estremeciéndome de goce al ser consciente de lo que provoco en él. Da un respingo al ser mordido y golpea la pared con un puño, soltando un taco y un jadeo más violento. Se impulsa con más 79

intensidad. Apenas puedo moverme, pero levanto la cabeza para recibirle con plenitud, acompasándome a sus embestidas, martirizándole sin piedad. Saber que le hago perder la razón me inflama con una violencia mayor que la de los propios estímulos físicos, le estoy llevando al límite y me cuesta respirar, una gota de su sudor cae sobre mi frente cuando se mueve para apartarse. Aún succiono la carne con fuerza cuando quiere alejarla de mi, arrancándole una exclamación ronca, rasposa, acerada. —¿Ya has tenido bastante? —sonrío, cuando mi boca queda libre, relamiéndome. Niega con la cabeza, y no necesito leer su mente, me tenso de inmediato cuando se escurre a los pies de la cama y deja las manos en el colchón, junto a mis caderas. Le miro por un instante, porque él también lo hace. A pesar de la mirada agresiva que me dedica, puedo saber lo que piensa. Me encuentra hermoso, apetecible y quiere hacerme aun más suyo. Y yo también le encuentro hermoso y apetecible, y quiero hacerle aun más mío. Pero me debato y me resisto, obligándole a ser brusco cuando me voltea sobre el colchón, y lo hago porque de alguna manera así es como tiene que ser, el territorio conocido, el arenal extenso donde jugamos. Cuando se tiende sobre mi espalda, aplastándome con su peso, su rostro junto al mío, está casi temblando de tensión, pugnando por estallar. Ambos respiramos agitadamente, nuestros pulmones no dan abasto, y toda mi piel está erizada. Siento en él un poso de tristeza cuando me acaricia los cabellos. Sé que necesita oír tres palabras para sentirse libre. Y sé que me da a mi el poder de pronunciarlas, y eso es una entrega. Estoy seguro de que si no las digo, sería capaz de levantarse y marcharse, sólo porque no se siente con derecho a hacer lo que va a hacer, aunque sabe que los dos queremos, aunque sabe que los dos lo sabemos. Es nuestra necesidad. La mía y la suya. Esa necesidad, que bien podía parecerme estúpida, me resulta trágica cuando la mirada me esquiva, los dedos se cierran en mis caderas y se contiene, se contiene, aguardando. Es su manera de mostrar respeto. Es su manera, innecesaria, de expresar que mi voluntad y mi libertad son intocables para él, aunque lo haga de un modo tan jodidamente retorcido. Es idiota. Pero también me gusta. Me conmueven sus cadenas, me conmueve su actitud, y las palabras me salen con una suavidad casi solemne. —Hazlo, no lo evites. El suspiro de alivio se abre paso por sus labios y en sus ojos luminosos hay liberación. Afianza las rodillas en el colchón y el contacto que se dispone a abrirse paso me hace estremecer con un poso de rechazo y un ansia desbordante al mismo tiempo. Empuja, empuja en mí aun con gesto contenido, y llega el dolor y el placer intenso al verse invadidas mis entrañas. Le muerdo la muñeca para ahogar el gemido, entierra el rostro en mi nuca para ahogar el suyo. Con los nervios crispados y presa de un leve temblor, siento la carne lacerante abrirse paso, sumergirse en mi con fuego y dolor, lenta e inexorable en su avance, que aunque ya no me desgarra por dentro, aun llama al sudor y al sufrimiento inevitable. Y también al alivio absoluto cuando se entierra finalmente y me atrevo a apretarme contra él. El ansia de ser colmados es mayor que el rechazo que pudiéramos haber sentido alguna vez. Es nuestra necesidad.

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Mi cuerpo, tenso y trémulo, se pega al suyo, aplasto la espalda contra su pecho y me incorporo sobre los codos, sus manos están sobre las mías y acerco los labios para escurrir la lengua sobre los dedos crispados. El rostro pegado a mi mejilla mantiene los dientes apretados, los ojos cerrados con fuerza y la frente perlada de sudor, respirando ahogadamente. Se mueve al fin, dentro de mí, lento y ondulante como un animal aplacado, respirando entre los dientes con un sonido susurrante. Besa mis hombros con una dulzura que en este punto está siempre presente y nunca deja de ser inesperada, escurre la lengua sobre ellos mientras se retira para volver a sumergirse en mi interior, y se yergue, abrazándome por la cintura, aferrándose a mi mientras se impulsa, arrancándome gemidos que derramo en el colchón, apretando el rostro en él. El deseo nos devora, y mi vacío abraza su tormenta, acogiéndola al tiempo que mi interior acoge su miembro tenso, me perfora y yo me arrojo sobre la lanza que me atraviesa, instándole aun más. La suavidad de la danza se disipa cuando nos dejamos llevar por el rumor atronador de los ecos, por los aromas intensos de la excitación, y el dolor se confunde con la avidez, con el sublime placer de sentir las pulsaciones dentro de mi y entre mis piernas, reflejándose una y otra vez; todo crece con violencia. Levanta el rostro y hundo el mío en la almohada, al unísono. Me aferra de las caderas irrumpiendo salvajemente, desatado y libre, y aprieto los puños en las sábanas para arremeter contra él a la vez, desesperado y hambriento. El sudor se entremezcla, él me acaricia entre las piernas, hunde una mano en mis riñones, exhala gruñidos guturales que no puede retener en su garganta, el cabello ondula sobre mi columna vertebral cuando se mueve impetuoso, y sus manos posesivas recorren mi cuerpo con avidez, los dedos me queman. Muerdo la tela para evitar que se eleven mis jadeos arrebatados. La excitación crece y se enrosca a nuestro alrededor, se me escapan los gemidos entrecortados y un sollozo me sobrecoge, el corazón parece querer romperme el pecho y el latido del suyo retumba dentro de mis venas cuando me rompen las lágrimas. Le escucho respirar como si el aire no fuera suficiente, y sé que no lo es. Se derrumba sobre mi, que apenas mantengo la conciencia y la cordura, anegado por el deseo y el dolor, con la tempestad bramando sobre las llanuras devastadas. El trueno ruge y, aplastándome, me abraza, conteniendo el rugido cuando llegan las embestidas palpitantes que liberan la simiente. Entra en mí con furia, sobrecogido por los latigazos del clímax y resollando como un animal salvaje, mientras su esencia me riega las entrañas. Tiemblo y me convulsiono cuando la mía se derrama en el colchón, y se me para el corazón en un instante. Sé que he gritado. Y ahora estoy flotando. Las nubes se abren y la lluvia cae sobre la tierra reseca del vacío, anegándola, alimentándola y empapándola hasta nutrirla, todo gira y desaparece y me quedo solo, elevado más allá de las cumbres, con las olas y la arena y un cuerpo caliente sobre el mío, abrazándome como si fuera lo único real. La canción de las olas me arrulla. «No te vayas ... nunca... me gusta ... también me gusta ... lo queremos ... no lo entiendo... no hace falta ... duérmete... quédate... siempre... estoy aquí... estoy en ti... no me sueltes... jamás... jamás...jamás...» Y estoy completo.  81

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Madrid, Septiembre de 2013 ©Estudio Third Kind

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