EL SIMÚN

Diara creía que la culpa la tenía el viento. Ese viento que, de tanto en tanto, teñía el cielo de rojo y trataba de penetrar en la casa de adobe que compartía con su familia. No se trataba del harmatán, no; ella estaba acostumbrada a aquel otro viento del invierno que tantas veces ocultaba el sol como con un velo hasta convertirlo en un disco pálido y titilante; pero no, no era el harmatán. Para Diara, el causante de toda desgracia era el simún, que soplaba, a veces, en verano y convertía el azul intenso del cielo en una informe masa rojiza capaz de matar al ganado si no se hallaba a cubierto. El simún se había llevado a su hermano, el pequeño Sirhan, una mañana, poco tiempo después de nacer. Y también había soplado aquella tarde en que los gritos de su madre no alcanzaron a tapar su violento silbido antes de apagarse para siempre, dejando tras de sí sólo el persistente aullido del aire y el llanto desconsolado de un bebé arrugado al que su padre llamó Daren, el nacido en la noche. Sí, Diara estaba convencida de que la culpa de todo mal la tenía el viento. Por eso, cuando aquel día de junio, volviendo del pozo sobre su asno, observó una nube de polvo y arena en el horizonte, supo que algo malo iba a pasar. A sus doce años ya sabía leer las señales no escritas, olisquear el aire, escuchar las arenas. Y cuando la línea que unía el suelo con el cielo se borraba y enrojecía, sólo podía significar una cosa. Diara lo sabía bien. Por eso, cuando entró en su casa y vio a su padre hablando con un hombre alto que se cubría la cabeza con un paño oscuro, tuvo miedo. Luego, casi en seguida, llegó el simún y trajo su desgracia. Dos días después tuvo que despedirse de todo cuanto había conocido hasta entonces, abrazar al pequeño Daren, que sollozaba sin consuelo, y emprender un largo viaje hacia las erg, las grandes extensiones de dunas en las que jamás había estado pero donde esperaba quien habría de ser su marido. El viaje fue cansado y largo. Su acompañante sólo le dirigió la palabra durante una breve pausa. Explicó entonces que llegarían al campamento dos horas antes del atardecer, en el mejor momento del día, cuando baja el calor pero el frío no es aún intenso, cuando los hombres regresan con sus rebaños y el cielo se tiñe de todos los colores, desde el rosa al amarillo, pasando por el verde. Que en la haima estaría hirviendo el té y podrían descansar mientras conocía a su nueva familia. Que pronto aprendería a mirar las estrellas y leer las ondas de la arena. Que le darían un

pañuelo añil para enmarcarse el rostro y podría maquillarse con polvo de piedra rojiza de las montañas para engalanarse. Cuando llegaron, Diara comprobó que su acompañante tenía razón. Las siluetas de los hombres del campamento y su ganado, volviendo lentamente al hogar, se recortaban contra el cielo más hermoso que jamás había visto. Pero tanta belleza solo logró aumentar su nostalgia. En la haima le presentaron a Bem, su futuro esposo, un hombre alto, callado y serio, de unos treinta y tantos años, casi tan viejo como su padre. Tras comer unos dátiles, entre el silencio de todos, y mientras escuchaba el hervor del agua, tomó una decisión. Horas antes del alba se escabulló de la haima y buscó un camello, sobre cuyo lomo colocó una manta. No sabía hacia dónde dirigirse, pero sí que su casa no era un destino posible. Sólo se tranquilizaba pensando que, si se dejaba llevar por el animal, éste encontraría la manera de mantenerla con vida. Un camello siempre te lleva donde hay agua y eso era lo importante. En el silencio de la fría noche, bajo las brillantes estrellas, sólo podía oír las pisadas blandas del camello y los latidos de su corazón, pero no sintió miedo. El amanecer fue tiñendo la arena de distintas tonalidades hasta que todo cuanto podía ver se volvió azul o dorado, como si el mundo se hubiese reducido a sólo dos colores que la persiguieron durante horas y horas. Diara trató de concentrarse, de buscar un propósito para mantenerse despierta. Se acordó del día en que su madre le explicó que Diara, su nombre, significaba regalo, porque para ella eso había significado tener una hija tras cuatro varones. Se cantó las melodías que le había enseñado, para ocultar el martilleo, cada vez más insistente, de su sangre contra sus sienes. Se abrazó al cuello del animal para no sentirse sola y le susurró las mismas palabras con que acostumbraba a tranquilizar a su hermano Daren, las mismas que su madre había repetido en su oído de niña. Con gran prudencia, cada vez que se mojaba los labios, se permitía apenas unas gotas de agua del odre que había cogido en el campamento. Y cuando el intenso azul del cielo comenzó a enturbiarse, se quiso convencer de que su cansancio estaba engañando sus sentidos. Pero el camello comenzó a trotar mientras un suave viento anticipaba el inminente vendaval. Diara a duras penas lograba mantenerse entre sus jorobas cuando comenzó a sentir cómo la arena traspasaba sus ropas y le clavaba miles de agujas contra la piel; pronto comprendió lo inútil de tratar de distinguir algo más allá de ellos mismos y, ante la imposibilidad de respirar bajo su tenue melhfa, deseó poseer uno de aquellos pañuelos oscuros que todos llevaban en el campamento del que debía haber sido su futuro esposo. Agotada, segura de que no podría resistir por mucho tiempo, se recostó contra el camello para pedirle perdón por haber puesto en peligro su vida. Luego, sonrió al pensar que siempre había tenido razón, que la culpa de toda desgracia la tenía el simún. Al despertar, no entendía dónde se hallaba. La haima era grande y se oían rumores de voces cercanas. Una mujer se aproximó a su rostro y, tras comprobar que tenía los ojos abiertos, llamó a alguien que resultó ser un occidental de pelo y barba rubios.

Comprendió que querían saber quién era, de dónde era, pero Diara no sabía qué responder; y tampoco le importaba. Sólo deseaba conocer el estado del camello aunque sus intentos de preguntar por el animal no tuvieron ningún éxito. Su boca no parecía pertenecerle. Y así, con el murmullo de las palabras de aquellos desconocidos, que le provocaban un extraño vaivén entre el desasosiego y la serenidad, volvió a dormirse. Era de noche cuando despertó de nuevo y tardó un tiempo en acostumbrarse a la penumbra. Cerca de ella, recostada sobre una estera, se encontraba una figura femenina que, tras mucho esfuerzo, logró reconocer como la de la persona que la había cuidado y procuró grabarse en la memoria cada uno de sus rasgos para no olvidar nunca a su salvadora. Volvió a acunarse con las canciones de su infancia que aún resonaban en sus oídos. Pasaron varios días antes de que la hinchazón de sus labios y el abatimiento permitiesen que hablara de nuevo. Mientras tanto, Amira, su benefactora, quien pasaba a su lado muchas de las horas del día y todas las noches, le fue contando cómo había llegado con su montura a las cercanías del poblado y cómo los berridos del camello llamaron la atención de los hombres, que salieron en medio de la tormenta seguros de que alguien necesitaba ayuda. Supo que el animal que había salvado su vida estaba bien, aunque había sido preciso hacerle algunas curas, pero que ella era quien verdaderamente les había preocupado. Que había sido muy afortunada. Que ella, Amira, se sentía muy feliz de que se hubiese recuperado. Que no tenía que tener prisa, que la cura siempre era lenta. Que durmiera, que con el sueño se le iría el dolor. Diara escuchaba en silencio. Sospechaba que era la causa de muchos de los susurros que en ocasiones distinguía entre Amira y el hombre rubio. Sospechaba que él quería saber, mientras ella se negaba a interrogar a Diara. Hasta que una noche logró pronunciar su nombre y Amira se incorporó de su estera y se sentó a su lado. Aunque no le escuchó palabra alguna, Diara contestó a sus mudas preguntas y habló de su pueblo y de su casa, de sus hermanos y la madre muerta, de su padre y del largo viaje que había de acabar en matrimonio, de su huida y de su miedo. Amira le ordenó que callase, que dijera que no recordaba, que jamás repitiese su historia. Por su madre, le hizo jurar silencio. Poco después aparecieron varios hombres en la hayma. Uno de ellos, el más anciano, se presentó como el imán Abdul Hamîd, el siervo del Digno de Alabanza, y se sentó cerca de Diara, mirándola fijamente, mientras los demás la interrogaban. Querían saber su nombre, el de su padre, el de su pueblo, qué había sucedido, a dónde se dirigía, de dónde venía, por qué estaba sola. Diara sólo repetía que no recordaba, que no sabía, que por más que lo intentaba, no parecía haber ningún pasado más allá de esa hayma en que había despertado. Cuando se sentía flaquear buscaba a Amira con la mirada y en sus ojos siempre encontraba la fuerza para seguir negando, para continuar ocultando. Durante varios días se repitieron los interrogatorios hasta que el imán, quizá cansado de no obtener resultados, habló con el occidental rubio. Ambos se acercaron a Diara y explicaron que, en vista de que nadie había reclamado a una joven y que ella no recordaba nada, podría quedarse a vivir allí mientras recuperaba la memoria. Amira se

acercó entonces y comentó que, como no recordaba su nombre, habría que ponerle uno; que por qué no el de Diara, porque había llegado como un regalo en la tormenta. Varias semanas después, el hombre rubio y alguno de sus compañeros tuvieron que emprender un viaje. Amira quiso acompañarlos y ofreció a Diara ir con ellos, quien, sin dudarlo siquiera, se dispuso a seguirlos, pese a sentir un poco de miedo de viajar en coche por primera vez. Cuando salieron del poblado, Diara miró hacia atrás. En la lejanía, la línea del horizonte comenzaba a borrarse y a tornarse rojiza. Diara sonrió, segura de que esta vez no tendría razón. De que el simún nunca le traería desgracias.

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