Animula vagula, blandula hospes comesque corporis...

El entierro de mi jefa fue todo un acontecimiento. Baste con decir que allí estuvieron las cámaras de telecinco y que Sálvame de Luxe, le dedicó varios programas completos en los que proliferaron los suspiros y alguna que otra lagrimita. Y es que a decir de los hombres Araceli Gil de Santivañez y de la Lastra era una mujer de bandera. Yo, que era su secretaria y la conocía bastante bien lo garantizo , aunque debo puntualizar que era una bandera preconstitucional. A sus 28 años atesoraba muchas mas virtudes espirituales de las que puede entender una mujer proletaria como yo. Era pródiga en excelencia, bondad, moderación, paciencia, moralidad, ética, decencia, pudor, caridad, modestia, honradez e integridad. Todo ello sin parecer pedante, pues sabia escuchar y sonreír al mismo tiempo. Su palmito también era singular. Un pelo negro y sedoso que le caía sobre los hombros, unos ojos almendrados grandes y expresivos, cataños con pestañas larguísimas, su boca sensual y bien dibujada, generosa pero no excesiva, terminaba en risueñas comisuras que parecían volutas volanderas. Era ciertamente una chica preciosa. Cintura exigua y caderas suficientes y redondeadas, piernas largas y finas, y una manera de andar, ni provocativa ni temerosa, hacían que cualquier hombre de bien que se cruzaba con ella, tratara de retener su imagen en la retina durante mucho tiempo. Bastantes viandantes masculinos se habían llevado mas de un pescozón de su acompañante femenino al cruzarse con ella, por la excesiva flexibilidad en sus pescuezos. Colleja y zas en toda la boca, mirón. Licenciada en Ciencias Exactas, había hecho su doctorado en Economía Post-keynesiana, obteniendo un altísimo “Cum Laude”. Y para rematar, sobrina lejana de la Marquesa del Vado de las Carretas, disponía de un peculio privado, herencia de su abuela materna que le permitía sin apreciable merma, tanto disfrutar del lujo que representan las mas exclusivas marcas en calidad y precio, como lanzarse desenfrenadamente a obras de caridad y

redención de los castos menesterosos que lo merecieran. Sin embargo, y como todas, tenía un punto oscuro. Porque la contradicción de A. G. de S. se basaba en un cerval pánico al sexo. Pánico que no quería reconocer y había sublimado gracias a la religión Católica, disfrazándolo de pureza. El pánico le venía desde los siete años cuando tuvo que compartir habitación de hotel con su priápico primo Juan de quince, al que inopinadamente sorprendió desnudo mientras se masturbaba en el cuarto de baño. El descomunal miembro de su primo y el aspecto estrábico que su agraciada cara mostraba en aquel momento, la horrorizó mas de lo tolerable. Hay que añadir que ella estaba platónicamente enamorada de su primo, que la había tratado siempre con cariño y al que creía hasta entonces, su alma gemela. Algo se rompió entonces en el alma de Araceli, algo que encalleció su vientre para siempre jamás. A mi me parecía una cretina. Sin embargo tal vez no sea objetiva, al fin y al cabo era mi jefa. A pesar de todo no se merecía una muerte tan vulgar. Morir estrellada contra un árbol en una carretera secundaria, a las once de la noche y sin una gota de alcohol o droga en sus venas, era, aunque fuera en un coche de alta gama, cualquier cosa menos “chic”. Afortunadamente, a decir de los doctores, murió en el acto y no se enteró de nada. Laus tibi Domine.

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Aquella noche la “ex-presidenta” del “Comité femenino para el matrimonio célibe” volvía muy enfadada de la reunión. Estaba indignada. Por fin se había dado cuenta de que sus amigas no lo eran de verdad. No tenía ni una. La habían desposeído de la presidencia por unanimidad para dársela a esa avinagrada mujer catalana. Sin embargo pretendían que ella siguiera financiando sus gastos. ¡Qué cinismo! Pisaba el acelerador con frenesí, olvidando que era de noche y sin embargo llovía. Obsesionada no podía pensar en otra cosa. La de Puigcerdá iba a deshacer todo su eficaz trabajo de años. Cómo podía hablar de

apertura una nacionalista hortera vinculada a un partido político burgués. Y todas estaban de acuerdo con ella. ¡Pero que estaba pasando! No se dio cuenta de que la curva era muy cerrada y la carretera estrecha. No se dio cuenta de que iba a ciento cincuenta, no pensó en el inevitable “aquaplaning”, y no se dio cuenta de que el coche sobreviraba y ella estaba pisando el freno a tope...

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Despertó muy relajada. Una luz difusa bañaba la espaciosa habitación donde estaba. No recordaba nada pero no se sentía mal. Quiso mover los brazos y no pudo. Quiso mover las piernas y no pudo. Apenas podía levantar la cabeza. Hizo varias respiraciones profundas y trató de entender su situación. Se concentró en sus tobillos y sintió un ligero aleteo en ellos. Estaban vivos y la sangre circulaba por las venas. Fue subiendo despacio hasta la coronilla y todo lo encontró aceptable y confortable. Pero no podía mover brazos ni piernas. Le pesaban mucho. Se volvió a dormir. De nuevo despertó muy relajada. Estaba en el mismo sitio y se sentía estupendamente. No sabía por qué lo sabía, pero sabía que estaba en un altar de mármol inmaculadamente blanco. No estaba ni frío ni incómodamente duro. También sabía que estaba completamente desnuda y tumbada boca arriba. Sus brazos y piernas estaban atados a la piedra con ataduras suaves e indoloras pero firmes. Estaban separados de su cuerpo que desde arriba parecía una X mayúscula. No sentía ninguna vergüenza porque estaba sola. Tan absolutamente sola que no sentía el paso del tiempo. Se volvió a dormir. Un ligero zumbido la despertó. Supo que ya no estaba sola y le entró pánico. Su primer impulso fue taparse pecho y genitales con un gesto estudiado de brazos y rodillas, pero no pudo mover ni brazos ni pies. El altar se estaba inclinando elevándose una pequeña cantidad de grados, escasa, pero que le permitía ver donde se hallaba. Era una sala enorme totalmente desnuda de muebles, no conseguía ver las paredes, ni delante ni a los lados a pesar de que la iluminación no cesaba en ninguna dirección. Al no ver a nadie se relajó un poco y pensó ingenuamente que seguía estando sola, pero enseguida desechó esa idea. No tenía

sentido. .- ¿Quien anda por ahí?, quiso decir, pero tampoco pudo hablar. Las palabras no pasaban de su pecho. Salían de su cerebro, pero se quedaban dentro de ella. Fue un momento angustioso que enseguida controló. Estaba acostumbrada a hacer esas pausas para frenar la ansiedad que frecuentemente la invadía. Y los vio deambular. Eran cuatro animalillos sonrosados que se deslizaban lentamente por el suelo, segregando una especie de baba brillante como la de los caracoles. Si tuvieran patas parecerían extraños lechoncillos. La cara de los cuatro era idéntica con los ojos turquesa, su color preferido, grandes y redondos pero ligeramente tristones. La boca apenas esbozada pero sonriente y animosa. La nariz estaba formada por dos breves orificios bajo los ojos y no tenían orejas. De frente parecían iguales, porque se diferenciaban únicamente en la cola. La de uno parecía una trompa peluda y palposita. La de otro era una bayetita humeda y carnosa. Un tercero esbozaba unos tentáculos flexibles de aspecto acariciador. Se movían alrededor del altar observando y calculando si habría riesgo en acercarse. A Araceli le produjeron una repugnancia inmediata e instintiva. Cerró los ojos para no verlos y se quedo dormida plácidamente. Cuando despertó las cuatro alimañitas estaban trepando por el altar marmóreo, y una de ellas, aquella cuya cola parecía un abanico plumoso olisqueaba su axila derecha. Quiso gritar pero no pudo, deseo que se fueran, pero cosa curiosa, cuanto mas lo deseaba mas se le acercaban llegando alguna a restregarse contra sus muslos y caderas. Cuando se cercioraron de que su presa estaba inmóvil, perdieron el respeto y la vergüenza y treparon por su cuerpo, olisqueándolo todo, hasta las partes mas privadas del cuerpo humano. Asco, horror, vergüenza, culpabilidad; no se puede describir la cantidad de sensaciones odiosas y desagradables que Araceli estaba experimentando en su cabeza, pero no sin reprobable desconcierto descubrió que su cuerpo reaccionaba placenteramente a las investigaciones de los nuevos inquilinos. Se odió por ello. Se estaban instalando sobre su cuerpo. Uno se apoltronó en su frente e introduciendo la cola entre sus sedosos cabellos empezó a

masajear suavemente su cuero cabelludo. Era grato, muy grato, pero eso mismo le produjo indignación contra ella misma. Se avergonzaba de su disfrute. La cola plumosa de otro, le recorría el pecho suave y lentamente. Notó como todo su pecho se endurecía en una semiesfera turgente y los pezones , enhiestos y erguidos, casi pétreos, se mostraban desafiantes. Las plumas cambiaron su textura volviéndose casi oleosas y empezaron a exhalar un tenue perfume a geranio. Era algo que nunca había experimentado y no lo llegaba a entender. Era una abominación que la hacía odiarse a si misma, pero que por extraño que pareciera deseaba intensamente que no cesara. La bestiezuela de la trompa peluda trasteaba entre sus piernas rozando su vagina. Sentía como iba cambiando su rigidez de algodonosa a nervuda segregando un húmedo almibar. Parecía mas gruesa. De manera inesperada le vinieron a la mente aquellas escobillas de alambre forradas de felpa que su padre impregnaba de sustancia jabonosa para limpiar la vieja cachimba a la que daba algunas chupadas después de cenar. Recordó la nausea que le entró la vez que ella dio una chupada a escondidas y hubiera soltado una carcajada si hubiera podido. De repente sintió una marea de algo indescriptible que le subía por el interior de su cuerpo. Se iniciaba entre los muslos, se abría paso por el rizado vello púbico y se adentraba por toda ella hasta puntos que ni ella misma sabía que existían. No era dolor, no parecía placer, pero deseaba que continuara hasta llenarla. Fue inundando poco a poco su bajo vientre en pulsiones de luz y de oscuridad cíclicas. Deseó mas aun, por ejemplo que la trompa la atravesara de parte a parte desde el Nadir hasta el Zenit, y quizás aun mas allá. Oh Dios que horrible era ese placer que no debía terminar nunca. Sentía que su boca se prolongaba hacia arriba y que buscaba besos inexistentes. Entonces notó aquella bayetita húmeda y carnosa que se introducía por su boca. La chupó, la acarició con los labios, y la mordió con todas sus fuerzas. Y un rayo ardiente de gozo culpable la iluminó por dentro llenándola de lujuria. Su cuerpo explotó de placer y de odio. ¿Qué era aquello? Quería morir pero también quería que eso nunca se acabara. Sabía que eso era indigno y pecado, Dios la estaba castigando, pero ¿Por qué?.¿Por qué? .- Oh Dios, Dios, aparta de mi este cáliz... pero no..., sigue, sigue,...

si..., si..., oh Señor, que me penetre hasta rasgarme por dentro,... quiero morir... que horror soy una puta... Libérame Dios mío... Ah, Si, Ah, Siiiiiiiiiiiiiiiiiii … No, por favor ... Y eso no paraba, un motor de movimiento continuo se había instalado en sus adentros y mandaba inacabables oleadas de placer intenso, lúbrico y feroz a todos sus sentidos. Aumentaba el placer, aumentaba el auto-odio. Sintió que un enorme agujero negro la engullía y que el tiempo se detenía en esa explosión de luz y oscuridad. De orgullo y menosprecio.

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Don Juan de la Lastra, notario de Móstoles pensaba en su bella prima recientemente fallecida. Siempre había estado enamorado de ella, pero, no sabía por qué, ella siempre le había rehuido y despreciado. Descanse en Paz.

“Escrito en Colmenar de Oreja en Agosto de 2013 por Virgulilla Centenaria. Basado en un hecho real, aunque se han cambiado los nombres.”

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