El hacedor de milagros.

Un día, caminando Jesús con sus discípulos, se le acercaron un grupo de personas ansiosas de oír las maravillas que de su boca salían. Esperaban incluso que curase a algunos enfermos que con ellos iban. Jesús se apiadó de ellos y les empezó a hablar, en parábolas, del Reino de los cielos. Había veces en las que había tanta gente que, para darles de comer, también hacía milagros. Podemos decir que Jesús en su camino hacia la muerte, siempre tenía tiempo para enseñar a quien quería aprender. Abrirle los ojos a quienes querían ver. Alimentar espiritualmente a quien estaba hambriento. Curar a los enfermos. Dar vida a los muertos. Siempre dispuesto a pastorear su rebaño. Durante el camino, aún siendo largo, siempre encontraba tiempo para atender las necesidades de las personas y para orar al Padre. La oración es el medio por el que Jesús tenía un encuentro fraterno con Dios en los que, seguramente, no sólo rezaba, sino que además le contaba sus quehaceres, sus ilusiones, problemas. Le hablaría como cualquier hijo con su padre y padre con su hijo, con sencillez, respeto y convicción. No podemos concebir esos diálogos sin la estrecha unión de Dios a su hijo. Es más, no podemos hablar con Dios si no nos consideramos hijos suyos. De la oración con su Padre salía con fuerzas y ganas de cumplir la misión para la que vino al mundo. Nuestra vida también la podemos parabolizar como un camino. Como el camino que realizó Jesús desde Nazaret a Jerusalén. Caminamos junto a nuestros amigos, familia, trabajo. Hacemos nuestras paradas para atender a quienes nos necesitan. Asistimos a la Iglesia para tener el encuentro con ese otro amigo y compañero de viaje que se llama Jesús. Y lo que es más importante, hacemos nuestros “milagros” cada vez que sonreímos a alguien; cuando desde dentro de nosotros sentimos la llamada de asistir y/o ayudar a esa persona que, sin pedírnoslo, lo necesita; cuando hacemos, en definitiva, de este mundo un lugar mejor en el que convivir no signifique hacer lo posible por fastidiar al que me rodea. Nosotros también somos hacedores de milagros. Es una fuerza que se alimenta en la oración y que brilla en nuestro ser. Al hablar con Dios, hablamos con nuestro padre, y como tal le contamos nuestras experiencias diarias con los éxitos o fracasos, las alegrías las penas, nuestros secretos, nuestras debilidades. Estoy convencido que de cada cosa que le contamos se alegra, si es bueno para nosotros, y se entristece si no es tan bueno. Nos perdona si cometemos errores y nos alienta si le necesitamos como ayuda. De esos encuentros que tenemos con Él, salimos fortalecidos espiritualmente y, por qué no decirlo, físicamente también. Con ganas de hacer cosas, de ayudar, de convencer con nuestra actitud, en convertirnos en HACEDORES DE MILAGROS.

Manuel Jesús Almonte Hijón Hermano Mayor

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