Azorín Escritos sobre Mallorca

Sobre un retrato
Sr. Pintor Ulbricht: ¿Qué es lo más expresivo del rostro? ¿Los ojos, los labios, el entrecejo, la frente? ¿Y en qué momento? ¿En la alegría, en la tristeza, en el desdén, en la ira. en la impertinencia? El yo es tornadizo. Sr Pintor Ulbricht: el retrato que usted ha hecho de mi persona es admirable Azorín 1965

24 de marzo de 1965 Excmo. Sr Don José Martínez Ruiz. Azorín Calle de Zorrilla. 23 Madrid Querido maestro: Mucho le agradezco las líneas profundas que usted ha tenido la bondad de enviarme, y mucho las he meditado. En su retrato quería captar alguna esencia de aquel "yo tornadizo" suyo, algo de su ser que está presente, inefable, tanto en el momento de alegría como en el de tristeza o de ira, y que, como el mar, cambia siempre pero siempre queda igual. Me alegro mucho que el retrato le haya complacido, y le agradezco nuevamente el haberme permitido hacerlo. Le saluda su muy amigo y lector Jonh Ulbricht Galilea. Mallorca

De esta edición
En agosto de 1906, Don José Martínez Ruíz, "Azorín", estuvo en Mallorca durante una semana invitado por el matrimonio de D. Juan Sureda y Pilar Montaner de Valldemosa. Esta visita a la isla se vio plasmada en unos artículos que Azorín publicaba en el ABC de Madrid. Los artículos fueron los siguientes: En Mallorca: El viaje (ABC, martes 28/08/1906) En Mallorca: Paseo por Palma (ABC, miércoles 29/08/1906) En Valldemosa: En casa de Sureda (ABC, jueves, 30/08/1906) En Valldemosa: Con el señor Maura (ABC, viernes, 31/08/1906) En Mallorca: De Valldemosa a Sóller (ABC, domingo, 02/09/1906) La presencia en Mallorca de tan ilustre escritor fue seguida por la prensa local, la cual reprodujo los artículos publicados en el ABC. Al final de su estancia en Mallorca, Azorín dejó unas líneas con el título de "Deseo" para el periódico La Almudaina que publicó el jueves 30 de agosto de 1906. Años después, en 1917, Azorín publicó en La Vanguardia un artículo titulado "La amada España: Mallorca", el día martes, 10/04/1917. El texto de este artículo es el que Azorín utilizó en su libro El paisaje de España visto por los españoles (pdf, epub y otros), publicado en 1917. En el año 1952, el bibliófilo Luis Ripoll Arbós publicó en el volumen 21 de Panorama Balear los escritos de Azorín sobre Mallorca con el título Verano en Mallorca, un cuadernillo de 16 páginas en tamaño octavilla. Añadía una corta introducción que he recogido en este archivo. En 1913, Miguel de los Santos Oliver, conocedor de que Azorín va a publicar un libro sobre paisajes españoles, publica en el ABC del 13 de agosto, el artículo Las islas adyacentes: Vagando por Mallorca. Así que aquí recojo los artículos de Azorín y los textos que en torno a ellos he encontrado. En septiembre de 2013. Fabián

Índice
Portada Sobre un retrato De esta edición

Artículos de Azorín
El viaje Paseo por Palma La casa de Sureda Con el señor Maura De Valldemosa a Sóller Deseo Mallorca

En torno a Azorín
Luis Ripoll Arbós: Azorín en Mallorca Miguel de los Santos Oliver: Vagando por Mallorca

En Mallorca:

El viaje
Un bote que se llama Rafaelito me lleva desde el muelle de Alicante al costado del vapor Cataluña. Subo por la escalerilla; el maletero se detiene ante una puerta; sale un mozo; le entrego mí billete y paso adelante. Estoy en el comedor; un señor está sentado ante la mesa y devora un biftec; siento una súbita ansia de comer. «Azorín—me han dicho repetidas veces antes de embarcarme; — Azorin, cuando se embarque usted, si no quiere marearse, coma usted mucho.» Tengo estas palabras muy presentes. «¿Se puede comer ahora?», le pregunto a! camarero. «Sí, señor», contesta el camarero. Son las diez de la mañana; habitualmente, yo no como hasta la una; no siento ni asomos de apetito; pero estoy dispuesto á tragarme todo cuanto me sirva el camarero. Me siento á la mesa; el mozo de comedor se ha olvidado de traerme vino. «¡Vino!— exclamo.—Haga usted el favor de traer vino.» El señor que se hallaba comiendo cuando yo he entrado me mira fijamente y pregunta; «English?» «¡Español!», replico yo. Y añado sonriendo: «Hay también muchos españoles rubios». «Sin embargo, la dicción.,.», torna á decir él. «La dicción es perfectamente castellana», vuelvo á decir yo. Nuestro interlocutor queda perfectamente convencido de que soy español y me mira con un profundo desprecio. Yo devoro una tortilla, un plato de pescado, un biftec. Siento un leve temor á marearme, el barco comienza á caminar; miro receloso á un lado y á otro; acaso convendría comer algo más; sin embargo, no me decido y subo á cubierta. Salimos del puerto. La ciudad queda atrás, amarillenta, dorada, confundida en la ladera de la montaña. Cae un sol cegador que reverbera en las aguas tranquilas; al pasar frente á uno de los extremos del muelle, unas señoras agitan unos pañuelos; yo saco el mío y lo hago flamear en el aire. Y el barco entra lentamente en el mar inmenso. «Señor Azorín—me dice el capitán,—¿quiere usted venir sobre el puente?» «Con mucho gusto, capitán», contesto yo. En el puente, el capitán coge una manivela de un cilindro y la coloca sobre un letrero que dice: Toda máquina; después con un catalejo va mirando á lo lejos. «¿Cuántos años lleva usted navegando, capitán?», le pregunto yo. «Treinta y cinco», responde él. Yo comienzo á sentir un ligero mareo; tal vez sea una aprensión; acaso no sea nada. Ello es que juzgo conveniente ir á dormir la siesta. En la cámara se presenta á mi consideración un grave problema; hay en ella dos literas. ¿En cuál he de acostarme? Si lo hago en la de abajo, me parecerá estar encajonado; sí en la de arriba, puedo caerme en un vaivén del buque. Esto es grave, trascendental; estoy indeciso; miro á una y á otra litera con un gesto de duda y al fin me cuelo en la de abajo. Mi sueño es dulce, tranquilo; cuando me despierto me río a carcajadas de los pobres hombres que se marean. Me encuentro en el mejor de los mundos posibles; no pienso en nada y gozo tumbado del suave balanceo del barco. aYa que estoy en este estado de serenidad espiritual — me digo — ¿por qué no escribir un artículo?» Me levanto, salgo al comedor y comienzo á escribir; llevo dos ó tres cuartillas escritas cuando comienzo á sentir una angustia indecible y noto que el sudor corre por mi frente. No puedo seguir escribiendo. ¿Será posible que yo que no me he mareado antes, me maree ahora al escribir? Recojo las cuartillas y en los archivos de mi memoria deposito esta breve máxima: «Cuando se viaja en un vapor el escribir un artículo es una cosa funesta». D. Juan, D. Rafael y D. José están sobre cubierta; voy á tomar el fresco con ellos y

charlaremos de las cosas del día. La tarde va muriendo; el mar, plano, de color de acero, apenas se mueve. Un faro, en la lejanía remota, comienza á brillar con un ojo intermitente. «Capitán—pregunto—¿por qué tienen ese eclipse los faros?» «Para que no se confundan — dice él — con las luces de los barcos.» «¿Habrá aquí mucha profundidad?», dice D. José. «Ciento cincuenta metros», contesta el capitán, «Ya nos podíamos ahogar», observa lleno de sabiduría D. Juan. Y como es la hora de yantar bajamos á cenar,,. El barco va marchando, marchando. Sus movimientos son tenues, suaves. No sabemos si caminamos ó sí estamos parados. En el comedor nos hallamos tres ó cuatro personas en una completa tranquilidad; estamos de sobremesa; no sabemos de qué hablar; todos se han marchado á dormir; el reloj suena con su tic-tac. De pronto se oye un estrépito de cadenas; estamos en el puerto de Ibiza; unas barcas se acercan; se oyen gritos; los marineros cargan y descargan, y el barco comienza luego a moverse lentamente. A lo lejos se ven las lucecitas titileantes de la ciudad dormida. «Vámonos á dormir», dice D. Rafael. «Vámonos», contestamos todos, cansados y aburridos. Yo me acuesto en mi litera lleno de una viva satisfacción; no me he mareado. Vuelvo á dormir muy dulcemente; un vivo y agradable fresco penetra por la ventanilla abierta. A la mañana la claridad del sol me despierta y subo sobre cubierta. El espectáculo que descubro es maravilloso; atrás, la llanura inmensa del mar sosegado, inmóvil; delante, una cortina de montañas verdes, azules; el sol tenue de la mañana pone tintas rosadas en los picachos y salientes de peñas; brillan acá y allá entre la verdina blancas paredes de casitas; dos ó tres velas nítidas, triangulares, destacan en el azul de las aguas. Estamos tocando ya á Palma; da una vuelta el vapor y la ciudad aparece de pronto con sus torres, sus chapiteles, sus chimeneas, sus terrados; á la izquierda, entre el follaje, aparecen las edificaciones de quintas y hoteles; á la derecha, sobre una eminencia, destacando en el ciclo pálido de la mañana, surge esbelta y recia la catedral. Hay una serenidad profunda en el aire; se oye el campaneo cristalino de una iglesia. Y el barco lentamente va virando y acercándose al muelle... AZORIN ABC, Martes, 28 de agosto de 1906, págs. 5 y 6

En Mallorca:

Paseo por Palma
Aún no ha atracado el vapor al muelle cuando saltan de un bote y suben rápidamente por la escalerilla Torrendell, Salvá y Peiró; todos son redactores de La Almudaina. (*) Yo estrecho sus manos efusivamente. Torrendell es nervioso é impetuoso; su filosofía es la exaltación de la vida. Salvá dice como el maestro Montaigne que «su arte y su oficio es vivir»; tiene flema; mira tranquilamente el espectáculo del mundo. Peiró informa á su periódico sobria y exactamente de lo que ocurre. Me despido de los amigos de viaje y bajamos todos al muelle. Aquí está Albareda, vestido de blanco, con su corbata negra, fino y amable; Albareda es el dueño del Gran HoteL Montamos en el coche y comenzamos á caminar por la ciudad. Veo al pasar viejas casas, tiendecillas, un paseo, un teatro. Llegamoe ante un edificio nuevo, soberbio: el coche se detiene y bajamos. Entramos en el hotel. No he visto nada igual en España, á no ser el hotel Cristina de Algeciras. Es un vasto hotel á la inglesa, con un espacioso vestíbulo, enlosado de mármol con mesitas y mecedoras, alto de techo, limpio, refulgente. Yo creo que estoy en el Gros Venor Hotel de Londres, de tan dulces recuerdos. «¡Es hermoso esto!», le digo á Albareda Albareda se inclina y sonríe. «Debajo, en los subterráneos hay tantas habitaciones como encima», observa Torrendell. «¡Hombre!», exclamo yo, y doy un golpecito con el bastón en el suelo, sobre estas habitaciones misteriosas. Y pasamos al comedor. Se trata de una sala decorada sencilla y elegantemente; á un lado hay los cuadros de Mir, grandes, fantásticos; Rusiñol ha pintado para el otro testero tres de sus visiones románticas, sutiles. Este comedor es el de invierno, cuando la afluencia de turistas extranjeros es mayor, en verano se utiliza otro más pequeño; tomamos en éste el desayuno y luego yo subo á mi cuarto. «He mandado que le pongan en el lavabo tres pastillas de jabón — dice Albareda riendo: — para que no diga usted después que en los hoteles españoles no se ve una pastilla nunca.» Albareda se marcha y yo me lavo y me siento a escribir; oigo de la calle la voz de un ciego que toca una guitarra y que canta; un canario trina y llega el ruido de algún coche. Voy llenando cuartillas y cuartillas; apenas he puesto en la última Azorín, llaman á la puerta. «¡Adelante!>, grito. Y aparece la figura cenceña de Torrendell con sus recios bigotes y sus lentes de oro. «¿Vamos á dar un paseo?», dice Torrendell. «Vamos», contesto yo levantándome de la mesa. La ciudad de Palma es una vetusta ciudad: hay en ella callejuelas retorcidas llenas de silencio profundo, y caserones venerables, con patios centrales vastos, que huelen á humedad, en que no se oye nada ni se ve á nadie y en que un farolón viejo de vidrios blancos pende de! techo. Recorremos algunas callejuelas y entramos en algunos zaguanes; se respira en esta Palma venerable un sosiego, una calma sedante, una paz que en un punto apacigua nuestros enardecidos nervios de cortesanos; un extranjero cansado, fatigado de los tráfagos y andanzas mundanales ha de encontrar aquí, en estas callejuelas, en este mar azul y quieto, en estos pinares aromosos, unas horas lentas y sosegadas que vuelvan á reconciliarle con la vida. Torrendell y yo caminamos despacio por las estrechas, limpias, desiertas y calladas callejuelas; ser una capital con todas las

comodidades de la existencia moderna y al mismo tiempo ser un pueblo con todas las monotonías, los silencios y las lentitudes de un pueblo; éste es e! encanto de Palma. Entramos un momento en la Lonja y devaneamos por el ancho ámbito silencioso; visitamos después la catedral. Antes en esta catedral, como en todas, el coro ocupaba el comedio de la nave central; pero el actual obispo — como el de Oviedo — ha dispuesto que el coro pase detrás del altar mayor y que la ancha nave quede así libre para la vista. Una sabia mano — la del arquitecto Gaudí — ha realizado la obra y ha puesto acá y allá en la catedral muestras de su genio originalísimo y potente. «El barrio que rodea la catedral — dice Torrendell — es la parte más sosegada de la ciudad». Nada turba, en efecto, la intensa calma de esas callejas; vamos recorriéndolas despacio y desembocamos en una plazoleta llena de luz, llena de sol. A un lado se levanta el palacio episcopal, y enfrente por encima de un pretilillo, se abarca el panorama inmenso de la bahía. El mar aparece como una llanura de intenso azul; se ve el castillo de Bellver — donde Jovellanos estuvo preso — sobre una montaña poblada de pinos; al pie surgen desparramados hoteles y casitas. Estamos un instante contemplando este espectáculo y luego tornamos á pasear por las callejas. De pronto oigo un ruido sonoro y rítmico. «Eso es un telar», le digo á Torrendell. «Sí — dice él — es un telar casero; es el único telar que queda en la ciudad.» Nos detenemos ante la puerta de la casa y luego, sin darnos cuenta, entramos. Un viejo con unas recias gafas hace mover la lanzadera; está pálido y delgado. Un chico da vueltas á un torno. «¡Buenos días!», le decimos al viejo. «¡Buenos días!», contesta él levantando la cabeza. ¿Qué vida es la de este viejecito? ¿No es el representante supremo, último, de una tradición, de una historia que se acaba, de millares y millares de antecesores nuestros desconocidos, obscuros, cuyos nombres, como el de este viejecito dentro de poco, nadie sabe ya? El tejedor nos ha mirado un momento á través de sus gafas, con sus ojos sin expresión, y luego ha continuado trabajando. No nos ha dicho nada; no le hemos dicho nada nosotros. E! niño daba vueltas y vueltas al torno. «¡Adiós!», hemos gritado al cabo de un rato, «¡Adiós!», ha dicho el viejo. Y mientras volvíamos á caminar por las callejas oímos el trac-trac del viejo telar como un eco, como una voz, como un último adiós de generaciones y generaciones que se perdieron ya en la eternidad. Azorín

En Valldemosa:

La casa de Sureda
Sureda ha venido á las dos á la puerta de! Gran Hotel con su. ligero carruaje; hemos montado en él Torrendell, Salvá y yo, y nos hemos dirigido á Valldemosa; aquí reside el Sr. Maura. Valldemosa dista ds Palma 18 kilómetros; en hora y media se hace el trayecto. Nosotros atravesamos calles y plazuelas; luego desembocamos en el campo y corremos por una ancha y plana carreterra. El paisaje es sobrio, un poco austero; veo primero extensas herrenes y cortinales: entre el maíz entre las hortalizas, se levantan los almendros con sus troncos retorcidos, costrosos; las higueras redondas, anchas, extienden su copa tupida. Después. las huertas desaparecen y una sucesión interminable de bancales plantados de olivos, almendros y algarrobos comienza. No parece que corremos, sino que volamos. «Querido Sureda — digo yo, — este caballo es admirable.» «Puede caminar — dice Sureda — á razón de un kilómetro por un minuto cincuenta segundos. Ha ganado el premio en el Concurso hípico de Barcelona.» Pasamos rápidos, vertiginosos, junto á los carros que caminan lentamente por la carretera; un momento, al emparejarnos con ellos, parece que vamos á tropezarlos ó á volcar violentamente á un lado de la carretera; experimento una súbita sensación de espanto; creo íntimamente que Sureda es un hombre temeroso, loco; pero luego cruzamos instantáneamente, dejamos atrás el carromato con el que hemos emparejado y la calma vuelve á renacer en nuestro espíritu. Ya el paisaje ha cambiado; llevamos casi una hora de caminata. La montaña que veíamos lejana, azul, está junto á nosotros; comenzamos á subir por una empinada pendiente, entre dos altozanos; olivos y algarrobos se confunden sobre una tierra seca, cuidadosamente labrada. Los olivos atraen mi atención. No es posible imaginarse nada más extraño, más fantástico, más de pesadilla que estos troncos; son troncos violentamente retorcidos, atormentados; se parten en dos ó tres brazos, se retuercen, tornan á juntarse, forman enormes nudos, vuelven á hendirse, se juntan de nuevo. «Son extraños estos olivos», observo yo. «Son olivos muchas veces centenarios; dicen que Gustavo Doré se inspiró en ellos para hacer los dibujos de la Divina Comedia.» No sé si es esto cierto; lo indudable ahora — y esto nos produce una sensación agradable — es que la temperatura ha cambiado notablemente; corre un viento fresco y vivificante. Estamos en lo alto de una montaña y seguimos subiendo aún por esta carretera plana que va dando muchas vueltas, formando amplios y blancos zig-zags sobre las laderas grises; en lo hondo, á la izquierda, se descubren mil huertecillos, llenos de frutales, con estrechos y pintorescos ensamblsjes de hortalizas. Es un paisaje éste que no llega á la seca austeridad del de la tierra levantina y que tiene mucho de la frondosidad de las regiones del Norte. No puede darse una combinación más armónica... Llegamos á Valldemosa; el pueblo, chiquito, situado entre brezos y peñascos, no pasa de 1.500 habitantes. Cerca, á dos pasos de él, surge la vasta edificación de una vieja Cartuja. Recorremos más callejuelas y nos encontramos ante la puerta de un torreón. «Esta es la casa — dice Surada; — esto es un antiguo castillo; al lado estaba la Cartuja. Entremos.» Ascendemos por unas escaleras de piedra y penetramos en un patio con

ancha galería; hay aquí enredaderas y plantas de flores que crecen y extienden entre las columnas. Sureda comienza a contarme la historia del castillo; no sé lo que me dice de un rey que se llamaba Sancho y de otro que se llamaba Martín; yo estoy un poco cansado y además, aunque me dé un poco de vergüenza el confesarlo, no me interesa gran cosa lo que pasó hace muchos años. Del claustro pasamos á una ancha sala llena de bargueños, consolas y vetustos sillones. «Les voy á enseñar á ustedes la casa», dice Sureda. Y pasamos á otra vasta. «Este tabique lo voy á tirar», observa Sureda señalando una pared. Después torcemos á la derecha y pasamos por una sucesión inacabable de gabinetes y de alcobas. «Voy á arreglar estas alcobas», dice Sureda. Entramos en otro vasto salón. «Son ladrillos viejos — dice Sureda golpeando el piso con el pie; — los voy á quitar.» Salimos de esta sala, recorremos un pasillito y ascendemos por unas escalerillas de caracol. «Esta escalera la han hecho mal — dice nuestro amigo; — he de deshacerla.» Y pasamos por salas, gabinetes, corredores, alcobas; es una sucesión inacabable de estancias grandes y chicas desordenadas, asimétricas, colocadas en distinto nivel. Yo estoy verdaderamente asombrado. «¡Pero esta casa es enorme, querido Sureda!» exclamo. «Pues ahora verá usted — replica Sureda — la parte que no tengo arreglada y además la antigua hospedería de los frailes.» Y de nuevo comenzamos á recorrer salas, pasillos, alcobas y gabinetes. Toda la casa está llena de grabados y litografías inglesas, aquí hay unos señores con monóculo jugando á los bolos {A game at bowls) allá un niño tiene en la mano un pájaro al que lo enseña á cantar (The singing lesson); al lado se ve una vista de Plymouth, más lejos Jesús dice que dejen que los niños se acerquen á él (Suffer little chíldren to come into me). Cuando creo que ya hemos recorrido toda la casa, Sureda se para ante una puerta, la abre solamente y aparece un inmenso salón con un teatro. Me lleno de admiración; la casa de Sureda es maravillosa: «Yo — dice Sureda — por las noches enciendo estas luces y en seguida vienen aquí á bailar todas las muchachas.» Un momento estamos en el salón y luego salimos; subimos otra vez al coche y nos dirigimos á Miramar. Mrramar es la posesión del archiduque Salvador. Figuráos una montaña llena de sendas, fuentes, paseos y jardines: una montaña poblada por un espeso boscaje y que da por altísimos precipicios sobre el mar. La extensión infinita de agua, que se descubre desde estas enramadas tupidas, es uno de los espectáculos más bellos del mundo. Recorremos seis ú ocho kilómetros á pie; yo, después de una noche de viaje por mar y de toda una mañana de pasear por la ciudad, me siento abrumado. Sureda me habla de Ruskin y de los idealistas ingleses; yo confieso que no oigo nada de lo que este querido amigo me dice. Regresamos á la inmensa casa, cenamos expléndidamente, como en el mejor hotel, y yo me retiro á una de las mil y pico de estancias y escribo lleno de fatiga y de sueño estas líneas. Azorín

En Valldemosa:

Con el señor Maura
La casa en que veranea el Sr. Maura se llama C'an Mossenya, es decir, casa del mosen ó del eclesiástico, o más propiamente» casa eclesiástica; la razón del nombre es el haber pertenecido antiguamente á uno de estos eclesiásticos un poco regalones, ricos, amigos de la paz y de la tranquilidad, que gustaban de edificarse una quinta en un ameno y silencioso paraje, soleado en invierno y fresco en verano. La situación de esta casa es la siguiente: Valldemosa está situada a 18 kilómetros de Palma y se va a él por una soberbia carretera; el pueblo se encuentra situado en lo alto de una montaña; tiene 1.500 habitantes. Junto a él hay una inmensa y vieja Cartuja rodeada de casitas de labriegos; en este enorme edificio, en sus vastas celdas que constan de.seis ú ocho dependencias, veranean multitud de familias ricas de Palma, y a dos pasos de la Cartuja, Casi tocando con la mano, se ve la casa del Sr. Maura que surge sobre un altozano, entre olivos, algarrobos y frutales. A las ocho de la noche he ido a visitar al insigne orador. He ascendido por una cuestecita y luego me he visto ante la fachada principal, bajo un tupido emparrado, por entre cuyo follaje apenas se colaba la tenue luz de la luna creciente. No se oía ningún ruido, mis amigos — Sureda y Salvá — y yo hemos levantado una red que tapaba la puerta y hemos entrado en el zaguán. Las redes como la nombrada, de menudas mallas, se ven en todas las casas de Mallorca o por lo menos de estos contornos, ellas son cómodas; sirven para que las moscas no penetren y no impiden el paso de la luz. El zaguán donde nos hallábamos era espacioso, cuatro ó seis mecedoras de lona, a rayas blancas y azules (no sabemos si hemos padecido un error óptico) están formadas en correcta línea á la derecha; aquí es donde se sientan D Antonio, su esposa doña Constanza, dona Margarita, una de las hermanas del gran orador, que pasa aquí algunas temporadas, y D. Miguel, el eclesiástico. Son mecedoras graves, respetables; más lejos hay, colocadas asimétricamente, en desorden, otras cuatro ó seis, que son como mecedoras volanderas y sin pertenencia conocida. Las paredes del zaguán son blancas; en el fondo se ve una escalera ancha, de madera, una de esas escaleras recias y de buena fe que dan tono de sensatez a una casa; algunas puertecillas, dos o tres, se abren acá y allá; veo dos lienzos para pintar arrimados a la pared y con la pintura vuelta hacia ella; estamos solos y yo no los miro por discreción; pero sé que no se trata de obras del Sr. Maura, sino de Antonio, uno de sus hijos, puesto que el insigne orador sólo pinta á la acuarela. Sobre una de las mecedoras reposa un montón de periódicos; el que está sobre todos es un número extraordinario del Cronista Extremeño, con un gran retrato del Sr Maura. Detrás de la puerta, en una jaulita pintada de verde y rojo, duerme una codorniz. La casa, como todas las casas rústicas mallorquinas, está alumbrada por el acetileno; un mechero esparce una blanca luz por el zaguán. Mis amigos y yo esperamos un momento sentados en las mecedoras; creo oír ruido de platos a lo lejos; tal vez están poniendo la mesa para cenar; de cuando en cuando llegan también risas y voces de niños. Al cabo de tres o cuatro minutos que aguardamos aparece el señor Maura en lo alto de !a escalera y viene sonriente hacia nosotros. El

ilustre orador parece más fuerte, más recio, que hace dos meses; viste un traje amarillento, terroso, de dril; el chaleco es ceniciento; el cuello alto, de los doblados, y la corbata es un lacito obscuro con motas rojas. Estrechamos efusivamente la mano del insigne orador y nos sentamos, en este momento llegan los hijos del Sr. Maura: Antonio, Miguel y José María, y el corro se ensancha. Hablamos de cosas desprovistas de toda trascendencia social o política. — ¿Qué le parece á usted el paisaje de Mallorca? — me pregunta el gran orador. — Esto es hermoso, soberbio. ¿Se ha fijado usted en los olivos? No hay nada más fantástico que el tronco de estos olivos. Yo no los pinto porque me parece muy difícil. La gente de Mallorca — añade después — es amante en extremo de su país. Casi todos los torreros de faro que hay en España son mallorquines; todos suspiran por volver á estas costas, y en cuanto hay por aquí una vacante, yo recibo centenares de cartas. Yo soy como el gerente de los torreros de España. En el negociado de faros — agrega sonriendo — soy muy conocido... Hablamos de otras varias cosas durante un rato y nos despedimos. He cenado espléndidamente en casa de Sureda, en compañía de los otros amigos que con él hemos venido; he dormido bien y tranquilo, y á la mañana siguiente Salvá y yo hemos vuelto á la casa de don Antonio. Salvá llevaba una máquina fotográfica. El insigne orador ha aparecido en la puerta; llevaba un número de Le Fígaro en la mano; no he visto el título del periódico; pero me ha bastado ver la impresión conocida para mí de este diario. — Venimos — ha dicho Salvá — en acto de despedida y de fotografías. Queremos hacer un grupo. — ¡Pero si nos conoce todo el mundo! — ha exclamado riendo D. Antonio. — No es para publicar — he dicho yo; — sino como un recuerdo. Entonces el Sr. Maura ha accedido; se ha hecho la fotografía, y hemos pasado al despacho. El despacho es una pieza cuadrada, sencilla; están cubiertas las paredes por cuadros viejos, negruzcos; una ancha mesa antigua (con tablero de nogal) se ve cubierta de multitud de papeles, apuntes, cartas, telegramas. La luz penetra á través de una persiana y queda la estancia en una suave penumbra. Cuando hemos conversado un cuarto de hora, nos hemos levantado para marcharnos. Si hemos oído de labios del insigne orador algo referente á la situación política, es cosa de que no recordamos bien; es tal el número de impresiones que hemos recibido estos días, que nuestros recuerdos se borran y confunden. — ¡Que tenga usted un buen viaje por el mar!—me ha dicho el insigne orador. — Mil gracias — he contestado yo levantando por última vez mi sombrero. Azorín ABC, 31 de Agosto de 1906.

En Mallorca:

De Valldemosa a Sóller
A las diez de la mañana dejamos este bello y querido pueblo de Valldemosa; vamos en el carruaje Torrendell, Salvá, Sureda y yo. No me cansaré de elogiar á estos buenos amigos. Comenzamos á atravesar Miramar, la posesión del archiduque Salvador. Se ve á lo lejos, al pie de la montaña, el mar infinito y azul; el bosque se extiende á uno y otro lado del camino. De pronto el carruaje se detiene. — ¿Qué sucede, querido Sureda?—digo yo. — Que éste es el sitio donde ha dicho Maura que debíamos bajar. — Entonces — replico yo — vamos á bajar Este sitio maravilloso, único, se llama Son Maroig; el paisaje que desde aquí se descubre no tiene igual en todo Miramar. Estamos en un elevadísimo mirador de piedra; tenemos bajo nuestros pies una arboleda inmensa, cortada por camínitos blancos que suben y bajan, que se cruzan en mil direcciones, que atraviesan diminutos jardines puestos entre la umbría, que llegan hasta pequeños estanques. Después la roca bordea el paisaje, abrupta, de color de acero: roca que forma eminentes acantilados, que entra ó que sale en suaves ó angulosos recodos, que se mete en el mar formando una aislada lengua de piedra batida por las olas. Y sobre el bosque, y sobre la roca, y sobre el mar, una luz fina, viva, pone á través de un aire sutilísimo y transparente, violentos colores de añil y de verde, tintas de rosa ó de oro, matices suavísimos de lila ó de violeta. En este paraje es donde más ha pintado el Sr, Maura. Subimos de nuevo al carruaje y comenzamos á caminar velozmente otra vez. Al poco rato, el carruaje torna á pararse. — ¿Sucede algo, querido Sureda? — pregunto yo. — Nada, que es preciso ver el Museo — replica Sureda. Este Museo, ¿merecerá ser visto? ¿Tendremos que molestarnos para pasar la vista sobre cuatro bargueños, ocho cuadros negros y seis vulgares panoplias? Expongo discretamente mis dudas. — ¡No, no — exclama Torrendell; — no se trata de un Museo cualquiera; es un Museo que el archiduque Salvador ha formado exclusivamente de muebles y demás menaje de la casa mallorquína! No es preciso hablar más; hace mucho tiempo que yo vengo pidiendo en mil artículos la formación en cada región española de un Museo de la casa. Mi sorpresa no puede ser mayor al encontrarme ahora en pleno campo con lo que tanto yo deseo. El archiduque Salvador ha formado un Museo perfecto, irreprochable. Todo sstá limpio, brillante; desde la estera que cubre el pavimento hasta el menor detallito de la cerradura de una puerta, todo es pura y castizamente mallorquín. Hay aquí soberbias camas de columnas salomónicas, sillas con el asiento de esparto, cántaros, peroles, platos, tornos para hilar,

velones, candiles, lamparillas, arcas, armarios... Los balcones están abiertos de par en par; se ve por ellos el mar ó el bosque. No se oye ni el más ligero ruido; no nos acompaña nadie; circulamos por las salas desiertas con entera libertad; no vemos ni vigilantes ni cicerones. Y una profunda sensación de sosiego, de arte y de añoranza de tiempos que no hemos conocido, de generaciones que no hemos tratado, llevamos en el espíritu cuando nos vamos. Y otra vez corre rápido el carruaje. A la hora de haber salido de Valldemosa, Sureda dice: — Aquí dejamos los dominios del archiduque. — ¡Pero esto es inmenso! — exclamo yo. — ¡Un millón de durosl — contesta lacónica y elocuentemente Sureda. Encontramos á poco junto aí camino un pino solitario, que eleva su tronco recto, liso, y extiende en el azul su copa redonda, perfecta. — Este pino — digo yo — ¿no será ya del achiduque? El archiduque ama apasionadamente los árboles; en sus dominios no se corta jamás ni la rama más pequeña. — No — contesta Sureda; — este árbol no es del archiduque, pero él lo comprará. Una vez él vio una encina soberbia, gigantesca, y la compró, juntamente con el ruedo de tierra que cogía su copa, por 500 duros. La carretera comienza á descender de la montaña; á lo lejos, allá en lo hondo, en lo profundo del valle, se divisa ya el blanco caserío de Sóller. Recorremos un puente, pasamos entre bardales de huertas y herreñales y nos encontramos en un pueblecillo de calles estrechas y limpias. Todos los pueblos montañeses son limpios. Soller tiene las casas de piedra gris y las ventanas verdes. Al pasar atisbamos los zaguanes claros, blancos y anchos de las casas viejas. D. Jerónimo Estades nos espera en su puerta; estrechamos ía mano de este correcto y afable caballero y entramos en la casa. — Sería necesario — me dice D. Jerónimo — que usted viviera algunos días en Sóller para que se formara usted idea de !o que es este pueblo. Vale la pena; Sóller es un pueblo único en España. Hace algunos años una plaga destruyó los naranjos de Soller; la población no tuvo más remedio que emigrar; se fué mucha gente á América y á la Francia del Mediodía; allí se enriquecieron casi todos, montaron industrias, fundaron casas comerciales, y como el mallorquín es muy amante de su patria, unos volvieron aquí definitivamente y otros no dejaron de hacer una visita casi todos los años. Y claro está que unos y otros emplearon parte de su capital en hacer producir y mejorar sus tierras de Sóller. De este modo, lo que se consideró una desgracia, fué un acaso feliz. Un solo dato bastará á usted para formarse idea de este pueblo. Sóller no cuenta más de 8.000 habitantes. Pues bien: hace poco acaban de reunirse en la población setecientos mil duros para construir un ferrocarril: el de Sóller á Palma... Un criado viene á avisar que la comida está a punto. Comemos espléndidamente; á los postres vienen el señor alcalde, el señor juez, un periodista de la localidad y otros amigos del señor Estades. Todos charlamos hasta media tarde; luego, nosotros los

expedicionarios, tomamos el carruaje y comenzamos á subir lentamente á la montaña por la ancha carretera que forma un zig-zag blanco entre las higueras, los algarrobos y los almendros. Atrás, en lo hondo del valle, dejamos el pueblo iluminado por los últimos rayos del sol. Azorín ABC, Domingo 02 septiembre 1906

Deseo
Yo soy un viejecito que se levanta todas las mañanas a las cinco; cuando me levanto doy con mi bastón en el suelo y grito incomodado: «¡Isabel! ¡Isabel!». Isabel se ha descuidado un poco y no me ha servido a punto el chocolate: ésta es la causa de mi furor extraordinario. Viene Isabel y pone una bandeja sobre el ancho tablero de nogal. Yo voy mojando este chocolate con una ensaimada; después bebo un vaso de agua; mi mano cansada tiembla un poco; un hilillo de esta agua fresca, cristalina, corre por mi barbilla. Si no bebéis un vaso de agua después del chocolate, será inútil que toméis chocolate. Yo voy andando después pasito a paso por la casa. En el reborde de una chimenea hay un rimero voluminoso de periódicos con la faja intacta; tengo un libro sobre la mesilla de noche en cuyo tejuelo pone: Montaigne o Emerson; la señal que se ve en este libro, si a primeros de mes está en la página 62, a últimos está en la 64. No hago nada y no me sucede nada; el aire es sutil y transparente; tengo higueras anchas y almendros tempraneros; desde mis huertas se ve el mar; el patio de mi casa es ancho; luce en él un zócalo de azulejos antiguos; las paredes están encaladas y limpias. En mi casa tengo anchas cámaras para guardar los melones y los membrillos colgados de vencejos, y un almijar donde seco los higos en otoño. Un día, cuando menos lo espero, toso ligeramente, siento un frío suave y me quedo inmóvil: Isabel, cuando entra en la sala y me ve, llora un poco y después comienza a registrar los cajones. Éste es mi ensueño; cuando me abrume la fatiga, cuando mi mano esté cansada de escribir, cuando los años pesen sobre mi cerebro - si llegan a pesar -, así quisiera yo vivir y así quisiera yo morir. La tierra que amo, es Mallorca; el paisaje que quisiera ver a todas horas es el de Miramar, y esta casa vieja con su ancho patío, en que yo quisiera vivir, está en la costa frente a la inmensidad sosegada y azul. La Almudaina, Jueves, 30 agosto 1906.

La amada España

Mallorca
¿Cómo podría faltar en esta colección la tierra de Mallorca, breve compendio de todas las tierras de España? Recuerdos y esperanzas... Una noche en el barco; á la mañana, desde la cubierta, bajo el cielo azul, vemos á lo lejos á la ciudad. Lentamente se va acercando la nave. Sentimos la emoción de que vamos a ver lo que jamás hemos visto y tanto nos han ponderado. ¿Será la realidad como el ensueño? En la ciudad, recorremos callejuelas y atravesamos plazas que son como les plazas y callejas de las viejas ciudades españolas peninsulares. Pero ya acá y allá, de cuando en cuando nos quedamos absortos, extáticos, contemplando un tipo de mujer que pasa. ¿No habíamos encarecido — con Campoamor — la belleza frágil y etérea de las alicantinas y jijonencas? Pues esta belleza de Mallorca tiene algo que no sabemos explicarnos; largo rato vagamos, sin mirar nada, sin ver nada, tratando de comprender el atractivo supremo de estas mujeres. ¿Está en la tez? ¿Está en la gracia elegante y señoril del caminar? ¿Está en la mirada? ¿Está en la voz? La voz al pasar la hemos escuchado, y en el idioma que habló Lulio, hemos recogido dulces inflexiones, matices de delicadeza, entonaciones cual un sortilegio que antes no habían llegado nunca á nuestros oídos... Los recuerdos acuden á nuestra mente.Después de horas de caminar bordeando montañas, ascendiendo suavemente á sus cumbres, tornando á lo hondo de los collados y cañadas, hemos columbrado á lo lejos el mar. El camino, ¿no está en lo alto bordeado de frondosos árboles? Y luego desde un antepecho de piedra, ¿no se descubre allá abajo un surgidero ó cala en que las aguas se mueven y remueven suavemente? En el crepúsculo vespertino estas aguas son grana, morado, azul y oro. La visión es maravillosa. Contemplando ahora este mar, de tan espléndidas irisaciones, desde esta eminencia tenemos la sensación de ir — ¿hacia dónde? — en la proa de un barco. De ir, entre resplandores de oro, en busca de regiones desconocidas. Cae el crepúsculo. Tornamos a nuestra casa: es una celda del viejo monasterio de Valldemosa. Una mujer célebre ha estado en estos parajes; pero mucho más tarde un gran poeta, inolvidable amigo, ha habitado también esta mansión. Y si antes de su venida, el famoso ingenio extranjero diríase que daba cierto carácter literario á la isla toda, ahora es el poeta español quien pone en esta tierra, principalmente, ya que no con exclusividad, ese ambiente que los grandes artistas, que el recuerdo de los grandes artistas, presta á los paisajes y a los edificios. Villanueva de los Infantes es Quevedo; Esquivias es Cervantes... La sombra de Rubén Darío vaga por la hermosa tierra de Mallorca. Aquí estuvo durante meses el poeta. Sus ojos se empaparon desde estas costas en el azul del Mediterráneo. Ya estaba en sus postrimerías el poeta: su sensibilidad, como una lámpara cuya luz se aviva momentáneamente, dio aquí algunos de sus más bellos y penetrantes versos. La Epístola á la señora de Lugones va fechada en Mallorca, y de Mallorca se habla en casi toda ella. ¡Qué bien ha expresado el poeta la finura y la elegancia de esta raza y de esta tierra Un solo verso suple a veces una larga y prolija descripción. Hay un mar tan azul como el Partenopeo.

y el azul celestial, vasto corno un deseo, su techo cristalino bruñe con sol de oro. Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro. Barcas de pescadores sobre la mar tranquila descubro desde la terraza de mi villa, que se alza entre las flores de su jardín fragante con un monte detrás y con la mar delante. Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro: esa frase parece resume la tierra de Mallorca. La finura y la jocundidad de las cosas y del ambiente son las supremas características que el poeta ha visto con visión certera. Rubén habla después de la mujer mallorquína. Las mallorquínas usan una modesta falda, pañuelo en la cabeza y la trenza á la espalda. Esto las que yo he visto, al pasar, por supuesto. Y las que no la lleven no se enojen por esto. He visto unas payesas con sus negros corpiños, con cuerpos de odaliscas y con ojos de niños; y un velo que les cae por la espalda y el cuello dejando al aire libre lo obscuro del cabello. .Sobre la falda clara un delantal vistoso. Y saludan con un bon di tengui gracioso entre los cestos llenos de patatas y coles, pimientos de corales, tomates de arreboles, sonrosadas cebollas, melones y sandías, que hablan de las Arabias y las Andalucías... «La isla — añade luego el poeta — es florida y llena de encanto en todas partes». Y esta variedad en el encanto es lo que hace sin par en las tierras mediterráneas á Mallorca. Un mallorquín ilustre, querido compañero de letras, lo ha dicho: «La característica de las Baleares y en especial de Mallorca — ha escrito Miguel S. Oliver — es una asombrosa gradación y variedad de aspectos, los más inesperados, los más distantes, los más contradictorios, reducida al menor espacio posible. Diríase que la naturaleza se ha empeñado en ofrecer allí una colección de trozos selectos, como una verdadera antología del paisaje». Y Oliver, en este artículo Vagando por Mallorca, publicado en el A B C del 13 de agosto de 1913, añade, hablando de las múltiples apariencias del paisaje mallorquín: Hase dicho para explicarlas — y es forzoso acudir cada vez á esa formula, ya clásica, de Jorge Sand, — que Mallorca viene á ser «la verde Helvecia, bajo el cielo de la Calabria, con la solemnidad y el silencio de Oriente». Y. en efecto, en su reducida superficie puede descubrir el viajero acostumbrado á este linaje de comparaciones, una fusión ó conjunción del tipo oriental y del tipo alpino, y aun, á trechos, del propio tipo africano. En una hora se pasa de la marisma pantanosa á la llanura cubierta de trigales, sombreados por el indefectible almendro; y á los olivares añosos, .alternando con la higuera, en una viva sugestión y parentesco de los campos de Palestina; y de ahí á la alquería moruna, con sus perfiles de alcazaba dominados por esbeltas palmeras ó á las huertas con macizos de laureles gloriosos», entre cuyas frondas estallan de melodía los ruiseñores.

Y a esta sucesión de llano y montaña, de viñedos y olivares, de valles encantados y desfiladeros abruptos, súmase también la variedad inusitada de la costa, que va desde la playa suavísima y virginal á las calas armoniosas, vibrantes todavía del remo de los Argonautas y la forminge de Orfeo, ó á la braveza de los acantilados septentrionales y osiánicos. mirando á la inmensidad del mar como desde una «última Thule». Parece que no puede darse ya más extensa gama de aspectos, y no obstante, falta enumerar todavía el del mundo subterráneo y maravilloso que sirve de soporte al fragante vergel de la superficie. Allá, en las entrañas de esa rosa privilegiada florece el portento de las grutas, afiligranado y lindísimo en las del Drach, que se miran en el espejo de sus lagos inmóviles y de diafanidad diamantina; grandioso en Artá, donde las columnas estalactíticas parecen arrancadas á un templo ninivita y las bóvedas se tomarían por abortos ó tentativas de catedrales sin debastar ni pulir aún. Recuerdos y esperanzas. Recuerdos de aquella tierra maravillosa, en que el mar que la ciñe es oro, carmín y morado; esperanzas — que acaso no se logren — de volver á posar los ojos en aquel paisaje, en aquella marina. Y acaso entre nuestros recuerdos, el más hondo y grato es el siguiente: caminando hacia Valldemosa, vimos al lado del camino, en un recodo y junto al mar, una casa. Era una casa rústica, de labriegos; casa ancha, clara y limpia. Entramos en ella; la puerta estaba sombreada por una hojosa higuera. El zaguán aparecía empedrado de menudos guijos blancos. Y abiertas de par en par las puertas, estaba allí en el zaguán un pintor joven, romántico, pintando en un gran lienzo. A su lado, en un sillita baja, asistiendo amorosamente á la obra, estaba su mujer. Los dos vivían allí lejos del mundo, creyendo en la gloria, esperando llenos de confianza. No vivían allí más que ellos y una sirviente. A dos pasos y en lo hondo, el mar removía entre los peñascos con suavidad sus aguas. Recuerdos y esperanzas... ¡Ya no volveremos á ver más al pintor junto al mar y en la casa blanca, clara y limpia! Azorín La Vanguardia, Martes, 10 abril 1917.

Luis Ripoll Arbós: Azorín en Mallorca
Hace más de cuarenta y cinco años - en agosto de 1906 - «Azorín» vino a Mallorca En el muelle de Palma le aguardaban unos cuantos amigos. Desde el vapor «Cataluña» se trasladó al «Gran Hotel» Recorrió Palma, visitó sus monumentos e hizo algunas excursiones. En Valldemosa se entrevistó con don Antonio Maura. El Jefe Conservador pasaba el verano en la finca «Ca'n Monsenya». En sus excursiones le acompañaron algunos compañeros. En Manacor fué objeto de atenciones Cruzó la campiña y visitó las Cuevas. En Valldemosa le hace los honores don Juan Sureda y en «So'n Vida» el Marqués de la Torre, que, entre otras cosas, le muestra una silla que hoy es ya histórica: en su respaldo se lee en letras doradas: «Eduardo VII, 21 septiembre - Antonio Maura, 18 agosto». Bajo el cielo diáfano de la bahía de Palma compartieron la cena, con «Azorín», Alomar, Sarmiento, Torrendell, Alzamora y «Andrés Corzuelo», invitados por Juan Alcover. Y, en fin, en el Borne paseó con Torrendell y entre el elemento femenino causó sensación: «Mírale; mírale — dicen ellas — ¡ay qué joven! ¡Dios mío! Sin bigote; todo rapado, parece un inglés...» Como consecuencia de este viaje, «Azorín» publicó en «A B C» y «Diario de Barcelona» una serie de artículos que reprodujeron «La Almudaina» y otros diarios de Palma. Son, los que, con la complacencia de su autor, damos a continuación. Y como colofón incluimos la cuartilla que «Azorín» envió a «La Almudaina», que resume la fina cortesía, el sentimiento y también el estilo del pequeño filósofo. Luis Ripoll Arbós

Miguel de los Santos Oliver: Vagando por Mallorca
Acabo de pasar unas semanas en Mallorca. Hacía cuatro años que no había estado en mi tierra; y hallé á la ciudad de Palma y aun á toda la isla en plena animación y bullicio con motivo del viaje de la infanta doña Isabel. Creo que la augusta dama se hace lenguas así del cariñoso, imponderable recibimiento que allí obtuvo y del ambiente, de halago y no afectada dulzura en que vivió durante quince días, como de la natural y deslumbrante belleza ó, mejor dicho, bellezas del país. Porque la característica de las Baleares y en especial de Mallorca, es una asombrosa gradación y variedad de aspectos, los más inesperados, los más distantes, los más contradictorios, reducida al menor espacio posible. Diríase que la naturaleza se ha empeñado en ofrecer allí una colección de trozos selectos, como una verdadera antología del paisaje. Y esta es la dificultad con que habrá de encontrarse mi ilustre compañero Azorín, en la recopilación de textos que proyecta acerca de El paisaje español visto por los españoles. Porque hay paisaje propiamente dicho, con unidad y homogeneidad sostenidas en Castilla, en Andalucía, en Asturias, en las Vascongadas, en Valencia; pero no le hay en Mallorca, tanta es la mutación y veleidad esencialmente femeninas de sus apariencias y sucesivas actitudes. Hase dicho para explicarlas — y es forzoso acudir cada vez á esa fórmula, ya clásica, de Jorge Sánd —, que Mallorca viene á ser "la verde Helvecia, bajo el cielo de la Calabria, con la solemnidad y el silencio de Oriente". Y, en efecto, en su reducida superficie puede descubrir el viajero acostumbrado á este linaje de comparaciones, una fusión ó conjunción del tipo oriental y del tipo alpino, y aún, á trechos, del propio tipo africano. En una hora se pasa de la marisma pantanosa á la llanura cubierta de trigales, sombreados por el indefectible almendro; y á los olivares añosos, alternados con la higuera, en una viva sugestión y parentesco de los campos de Palestina; y de ahí á la alquería moruna, con sus perfiles de alcazaba dominados por esbeltas palmeras, ó á las huertas con macizos de laureles gloriosos, entre cuyas frondas estallan de melodía los ruiseñores, como pudieran en Chipre ó Corinto. Y á esta sucesión de llano y montaña, de viñedos y olivares, de valles encantados y desfiladeros abruptos, súmase también la variedad inusitada de la costa, que va desde la playa suavísima y virginal á las calas armoniosas, vibrantes todavía del remo de los Argonautas y la forminge de Orfeo, ó á la braveza de los acantilados septentrionales y osiánicos, mirando á la inmensidad del mar como desde una "última Thule". Parece que no puede darse ya más extensa gama de aspectos, y no obstante, falta enumerar todavía el del mundo subterráneo y maravilloso que sirve de soporte al fragante vergel de la superficie. Allá, en las entrañas de esa roca privilegiada florece el portento de las grutas, afiligranado y lindísimo en las del Drach, que se miran en el espejo de sus lagos inmóviles y de diafanidad diamantina; grandioso en Artá, donde las columnas estalactíticas parecen arrancadas á un templo ninivita y las bóvedas se tomarían por abortos ó tentativas de catedrales sin debastar ni pulir aún.

Pues bien; dicha isla y sus hermanas del archipiélago balear, son de lo más desconocído que hay en España para los mismos españoles, incluyendo las Hurdes ó Batuecas, Hasta podríamos aventurar respecto de Mallorca esta afirmación paradojal: se ha escrito acerca de ella mucho más que se ha leído. En los tiempos modernos, desde Jovellanos — y aun desde Vargas Ponce — hasta Santiago Rusiñol, se ha ido formando una copiosa literatura descriptiva de aquella tierra. Pero hay que decirlo crudamente: esa literatura no se ha resuelto en opinión ni se ha traducido, por lo que á España se refiere, en corriente de curiosidad viva y todo lo intensa que es de desear y merece el asunto. Todavía existe en nuestro Código penal, si no estoy equivocado, una pena que lleva el nombre de confinamiento; y esa pena de confinamiento consiste en hacerle vivir á uno, durante el período de tiempo que fije la condena, en cualquiera de ías islas Baleares, que la tradición burocrática de nuestro país, maestra en Humanidades doctas, ha consagrado desde las excelsas páginas de la Gaceta con el poético y sugestivo nombre de adyacentes. Aprovechando la relativa libertad y tregua que el veraneo concede á los escritores en cuanto á la elección de temas ó á prescindir de los habituales y más enojosos de la contienda política, me propongo ofrecer á los lectores de A B C, condensadas en dos ó tres artículos, las impresiones de este mi ultimo viaje á Mallorca, ó sea la adyacente mayor. Y empiezo por celebrar que mi preclaro compatriota y afectuoso amigo el conde de Sallent, con su entusiasmo de buen ísleño recogiendo las buenas disposiciones de S. A. y avivándolas con insistencia sugestiva, deparase á mi tierra el honor de aquella visita y á la infanta la ocasión de realizarla desde luego y entre aclamaciones y continuos agasajos. Porque viajes así hablan á veces más que un libro, y en ocasiones más que una biblioteca; y fijan la atención del país á menudo sobre un pedazo del territorio que la generalidad mira como cosa lejana, y en cierto modo extranjera, y aparte de su ley, por tradicional y casi invencible desconocimiento. El español es poco aficionado á la geografía, me atrevo á decir que poco apto para ella, como lo es también, y acaso en virtud de la misma razón, para los idiomas. Si en una tertulia de gentes distinguidas y cultas en otros aspectos se viene á hablar de esas "islas olvidadas", asombran la confusión y desorientación dominantes acerca de ellas, hasta el punto de ignorarse si se va por mar ó por tierra, si "Mahón está en Palma" y si Mallorca es un pueblo con doscientos habitantes ó una comarca con cuarenta Ayuntamientos, doscientas treinta mil almas y una capital.de setenta ú ochenta mil. Un general que iba allí preguntaba al capitán del vapor si los caminos eran todos de herradura, y cuentan de un personaje madrileño que escribió "Al cura de Mallorca". Tanto se ha abusado últimamente de la comparación extranjera, que ha llegado á hacérseme sospechosa y hasta repulsiva. Invocamos el ejemplo extranjero sin ton ni son muchas veces, y casi siempre de oídas. Pero en este caso de las Baleares es ineludible apelar á esa comparación, no tanto en el sentido de que otro Estado de Europa hiciera allí maravillas, como en el sentido del orgullo nacional, patriótico, que despertaran en la sociedad misma y entre los demás elementos y componentes de la nación el poseer tan lindas y codiciadas joyas, y tenerlas, además, tan á la mano, como que los adelantos de la. navegación las han puesto á siete ú ocho horas del continente, y no estar lejano el día en que podremos salvar esa distancia en cuatro horas y media. Quisiera explicar por qué, como insinúo más arriba, el olvido de ese archipiélago reviste carácter nacional, mejor que carácter oficial, porque el Estado se acuerda de él bastante más que la nación,

lo cual infringe la regla española.., Pero no me queda hoy más espacio, y tendré que dejarlo para otro día. Miguel S. OLIVER ABC, Miércoles, 13 de agosto de 1913

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful