MUCHOS POCOS ES MUCHO

Autores: Alumnos de 2º D y 2º C-D Curso

IES ZIZUR BHI

2012/13

Este libro es el resultado, junto con un documental, que ha salido de muchas horas de trabajo de los alumnos de 2º D y 2º C-D del IES ZIZUR BHI. El proyecto “El hambre y las matemáticas” ha sido llevado a cabo los cuatro últimos meses del curso 2012/13. ¡¡ Enhorabuena y gracias!!

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Prólogo “Lo que se disfruta, se agradece” Inés Lajaines 4 Prólogo “¿Quien eres … Quién soy? Teresa Choperena 8 Iker Abaigar - Senegal Ander Abete - Xhing Yong Andreia Afonso - Mi vida Itxaso Aquerreta - Mi vida en la india Edurne Argandoña - La pequeña chispa de la vida Javier Bisbal - Mi vida en Bangladesh Adrián Gómez - Mi vida en Brasil Luis Granados - Mi vida en India Daniel Honrubia - Un país, una vida Katerina Iriarte - Zambia Gabriel Jiménez - Cada grano de mi vida Amaia Lizarraga - Mi vida en Etiopía Alejandro López - Mi feliz vida en Guatemala Ibai Martínez - Soy de India. Autobiografía ficticia Andrés Ordoñez - Biografia de un emigrante Alejandro Parra - Mi vida en Guatemala Aida Pellejeros - Esta es mi vida Marcelle Silva - Mi autobiografía Silvio Spacinchi - Mi autobiografía Julieta Tirapu - Etiopía, Makia 13 años Andoni Torrado - Mi país, Nigeria Paula Torres - Zhen Lara Verón - Una muerte segura … María Zabalza - ¿Vidas diferentes? 11 13 15 17 19 21 23 25 27 29 31 33 35 37 39 41 43 45 47 49 51 53 55 57

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LO QUE SE DISFRUTA, SE AGRADECE
¿Qué hace una profe de lengua escribiendo el prólogo de un libro que se ha gestado en una clase de mates? La respuesta se resume en dos verbos: disfrutar y agradecer. Disfrutar, porque es un auténtico placer poder formar parte, aunque sea solamente a través de este breve texto, de “El hambre y las matemáticas”, un proyecto que, desde sus inicios, me ha atrapado como espectadora. Gracias al trabajo de Bego Omatos y sus chavales de 2º de ESO del IES Zizur BHI, conceptos como los porcentajes, la probabilidad, las funciones, los cuerpos geométricos y tantos otros, de repente, se han convertido en algo interesantísimo que me apena no recordar (sí, para mí las mates en el instituto eran algo indigerible) De hecho, la sensación de “quiero volver a la adolescencia y poder asistir a esas clases” ha sido una constante a lo largo de estos meses.
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Pero por lo que más he disfrutado ha sido porque he podido descubrir los textos que conforman este libro, acercarme a las experiencias que los alumnos han relatado, poniéndose en la piel de otros jóvenes y apreciar lo mucho que han aprendido, no solo sobre matemáticas (eso lo he podido ver en el blog del proyecto), sino también sobre la realidad que envuelve a otros chavales como ellos. Leyendo a Iker he sentido el miedo que pasó en aquel terremoto de Senegal y la tremenda ilusión de su familia por ver a su hermano convertido en futbolista. También sueña con ser un gran atleta, Andoni, que vive en Nigeria y entrena duro cada día. A pesar de tener que trabajar en la huerta y no poder asistir a la escuela, no se queja, pues se siente privilegiado por tener acceso a un pozo cercano. Andreia, desde Perú, me ha conmovido recordando la muerte de su abuelo y queriendo solucionar los problemas económicos de su país. Con Javier, he viajado a Bangladesh y he visto cómo sufría recordando la muerte de su hermana tras sufrir una ablación o recordaba desde su trabajo en la mina lo mucho que le gustaba sumar y restar cuando tuvo la suerte de asistir a la escuela. Adrián, convertido en brasileño, me ha hecho sentir las desigualdades que encierra su ciudad y la esperanza que para él supone la llegada de las Olimpiadas. En Guatemala viven dos chicos que se llaman Alejandro. Uno siempre ha deseado ir a la universidad pero trabaja en la tienda de su tío y es su madre la que le enseña algunas cosas porque tampoco puede ir a la escuela. El otro tiene más suerte en el plano económico porque su padre es médico, pero de pequeño le picó una serpiente y le ha dejado secuelas. En Egipto vive Samu, que sueña con convertirse en médico y pasa los veranos con familias españolas gracias al trabajo de una ONG. Desde Zambia, me ha contado su historia una pequeña de seis años, Suhalia (que se llama también Katerina). Ella sabe que la escuela es el mejor medio que tienen para salvar a su país, pero también se da cuenta de los problemas que les causa la sequía. La historia de Aida y Marcelle, dos chicas de Indonesia, me ha hecho sentir muy afortunada por la vida que me ha tocado.
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Ellas han tenido que abandonar pronto la escuela y las van a casar con hombres mayores. Aunque lo afrontan con valentía, no es ese el destino que les gustaría tener. Valiente es también una mujer pakistaní, Lara, que no tolera tener que esconderse tras el burka y me ha contado cómo logra burlar la intransigencia de los que la oprimen. También he conocido a Makia, aunque no sabe si este es su verdadero nombre (en realidad se llama Julieta). Vive en Etiopía y les dice claramente a otros jóvenes de su edad la suerte que tienen por poder quejarse cuando sus padres les hacen recoger su habitación o les mandan estudiar. Ella ni siquiera tiene una habitación propia, ni nada que estudiar, como le pasa también a Amaia. Las historias que nos llegan desde la India muestran realidades bastante distintas entre unos chicos y otros. Daniel duerme en una chabola con toda su familia mientras sueña con una vida mejor, al igual que Luis que desea poder instalar algún día huertos con sistemas de regadío autosuficientes para que su gente pueda abastecerse, pero de momento ambos hacen solo eso, soñar. En cambio, Ibai pertenece a una clase social alta y aunque sabe de la pobreza de su país, puede disfrutar comiendo pulao, como le ocurre a Itxaso, hija de un cónsul español que pronto volverá a España para comenzar a estudiar la ESO. Silvio, en China, lleva una vida bastante tranquila pues sus padres tienen buenos trabajos pero en cambio los de Andrés están presos por razones políticas y su situación es tan complicada que ha decidido huir del país. Yuang Li, que se llama en realidad Edurne, ha pasado también una vida muy difícil, tanto, que ha perdido la chispa en su mirada y ahora comienza una nueva etapa aún más dura pues cumple trece años y le espera una terrible experiencia que afronta con aplomo para no defraudar a sus padres. Con Yun Chiau, también conocido como Gabriel, he descubierto a un chico valiente que ha ido sembrando semillas en su vida para que, a pesar de todas las dificultades, la vida le compense haciendo crecer algo bueno para él.
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Todas estas historias son las que se recogen en este libro y con las que, a partir de ahora, podéis disfrutar también vosotros. Por eso, como digo en el título de este prólogo, quiero usar este espacio también para agradecer. Gracias, Bego, por lanzarte a la aventura de enseñar matemáticas de otra manera, por mostrarles el mundo, por hacer hueco en tu aula a la terrible realidad del hambre, por incluir en tus clases todo tipo de aprendizajes y como leía hace poco en el blog del proyecto, conseguir que tus chavales sean capaces de aprender por ellos mismos. Y por supuesto, gracias por compartirlo con el mundo a través de la red y permitirnos asomarnos a tu clase y aprender junto a vosotros. Y gracias a vosotros, a todos los alumnos de Bego, por haber sabido afrontar el reto, por haber trabajado con ganas, individualmente y en equipo y por habernos ayudado a comprender matemáticas mientras nos enseñabais a la vez otras muchas cosas. Habéis hecho un excelente trabajo así que, enhorabuena por ello y ojalá el curso que viene o en cualquier otra ocasión, podamos seguir aprendiendo juntos. INÉS LAJAINES

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¿QUIÉN ERES… QUIÉN SOY?
Hace ya unos meses Begoña Omatos, la tutora y profesora de matemáticas de 2º D, me invitó a participar en el proyecto Hambre y matemáticas, que estaba llevando a cabo con nuestros alumnos. En una de las sesiones había surgido la idea de elaborar un libro en el que pudieran participar todos ellos y que, de alguna manera, fuera un testimonio más del valioso trabajo elaborado en los últimos meses de su curso de matemáticas. Y ahí es donde entro yo, su profesora de lengua. Con franqueza, he de admitir que mi papel en todo este amplio entramado de horas de trabajo, esfuerzo y dedicación, encaminados a aplicar los conocimientos matemáticos del alumnado a un tema tan esencial como el hambre en el mundo, es puramente tangencial. De hecho, mi única labor ha sido la de guiar a los chicos en la redacción de los textos que aparecen recogidos en este volumen. La idea inicial, como decía unas líneas más arriba, surgió en una de las sesiones del grupo de trabajo. Por ello, preferí que fueran los propios alumnos los que encauzaran las líneas de lo que querían recoger en su libro. Así, mediante sus aportaciones, elaboramos unas directrices que todos ellos debían seguir a la
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hora de redactar sus textos. Nos pareció, en primer lugar, que podíamos tomar como punto de arranque una las primeras actividades del proyecto: la asignación de diferentes nacionalidades a los miembros del grupo. Partiendo de este punto, creímos que podía ser una buena idea adoptar los rasgos genéricos de una autobiografía ficticia, ya que, tal y como habíamos constatado a través de algunas lecturas en el aula, una autobiografía –aunque sea falsa– resulta más verosímil que un texto escrito en tercera persona y, además, sirve para que los lectores se identifiquen más fácilmente con lo que leen. Y de este modo, y añadiendo algún otro requerimiento, es como llegamos a ¿Quién eres… quién soy?, un conjunto de testimonios para los que los alumnos han tenido que meterse en la piel de adolescentes de lugares tan lejanos como la India o el Perú y reflexionar sobre su pasado y su posible futuro. Evidentemente, cada una de las aportaciones aquí recogidas es distinta y responde tanto a las necesidades de cada identidad asumida –teniendo en cuenta el tipo de sociedad, la historia, las costumbres y modos de vida de cada lugar– como a la personalidad y estilo reales de cada alumno. Con todo, y a pesar de las diferencias, creo que el conjunto de los textos ofrece una interesante reflexión sobre cómo pueden ser la infancia y la adolescencia de seres humanos que, geográficamente más cerca o más lejos, son similares a nosotros. Espero, por tanto, que todo esto no haya quedado solo en un ejercicio de redacción y estilo de la materia de Lengua, sino que haya servido para que todos reflexionemos, al menos momentáneamente, sobre quiénes son los demás habitantes de nuestro planeta y, en consecuencia, sobre quiénes somos nosotros. Para finalizar, solo me queda expresar, tanto a Begoña como a los alumnos de 2º D, mi más sincera enhorabuena por su trabajo y mi gratitud por haberme permitido participar con ellos en este gran proyecto de Hambre y matemáticas. TERESA CHOPERENA
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SENEGAL
Mi nombre es Iker Waldo Abaigar. Soy un pobre niño de catorce años y vivo en una choza con toda mi familia. Nací el 20 de marzo de 1999 en un hospital de la zona, nací en buenas condiciones y mi madre no tuvo ningún problema en el parto. Somos afortunados porque tenemos una casa y algo para comer cada día. La casa es pequeña, pero bonita y se encuentra a las afueras de Senegal. Un día, cuando era pequeño, estábamos comiendo en la cocina y de repente sentimos unas vibraciones a las que no les dimos importancia, pero pronto comenzó un terremoto que nos destrozó la casa. Mi pobre abuelo murió aplastado entre los escombros. Al año siguiente nació mi hermano, que ahora tiene trece años. Nació muy sano y ahora es uno de los mejores jugadores de fútbol de su categoría. Mi familia ha sido deportista desde que nacieron mis abuelos. Yo corro y juego en el equipo local de fútbol. Somos los mejores y yo suelo meter goles y me emociono mucho. Soy de estatura media. Tengo muchos amigos y son muy majos. El entrenador de mi hermano nos dijo que, dentro de unos años, seguramente le llamarán de otros equipos de Europa porque es muy bueno. El sueño de mi hermano es poder viajar a Europa, a España en concreto, para jugar a fútbol como deportista profesional. Ese es el sueño de mi hermano y también el de mis padres; así, si ganara bastante dinero, podría sacar a la familia de la pobreza y todos podríamos ir a vivir a España, donde encontraríamos una vida mejor. IKER ABAIGAR
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XHING YONG
Era el 17 de Marzo, y yo, Xhing Yong, fui secuestrado nada más nacer. Supongo que mis padres creen que estoy muerto, pero como podéis comprobar, no es así, ya tengo 32 años y sigo perdido y buscando a mis padres allá donde voy De pequeño estuve siempre  con mis supuestos padres, que eso sí, aunque no lo fueran, me enseñaron todo lo que se, y soy lo que soy gracias a ellos. Con ellos vivía en Xuhui cerca de Shanghai y nunca salí de esa pequeña ciudad. No he visto más del país en el que vivo, solo esa pequeña parte. Yo era de pequeño un chico bajito y regordete, aunque nunca me influía lo que me decían. Como ya digo, mis supuestos padres me enseñaron mucho de la vida, aunque también le doy las gracias a mis vecinos Yili y Megniu que me enseñaron a ser mejor persona, más honesto, agradable y ser más justo. Sus hijos Bin-Ying    Cai Feiy  y Hi-Yuang  eran como mis hermanos, me invitaban para comer cuando estaba solo; siempre me hacían reír.    Yo iba al colegio de mi ciudad Xuhui, y también, por suerte iba con los hijos de mis vecinos... con Bin-Ying, Cai Feiy  y HiYuang. Iba a clase con el primero de estos, Bin-Ying. Era el que mejor me caía , siempre me hacía reír, era muy gracioso. La escuela no se me dio bien, pero aprendí el significado de muchas cosas valiosas. La educación allí no era muy buena pero nos apañábamos. A pesar de lo que pasó en mi infancia, la vida me dio una nueva oportunidad, mi trabajo en la fábrica de arroz va viento en popa y ahora mismo me dispongo a averiguar lo que paso en mi nacimiento. ANDER ABETE
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MI VIDA
Aquí estoy yo contando mi vida en este cuaderno. Nací en Perú, donde hay mucha hambre y pobreza. Hay niños muriÉndose de hambre y famélicos. En mi casa hemos pasado siempre mucha hambre, porque mis padres no trabajaban. Siempre hemos vivido del dinero de mis abuelos . Un día, cuando era pequeña, mi abuelo, que ya era mayor, se murió. Lo pasé muy mal, fueron unos momentos muy duros para mí, porque sentía mucho afecto por él. He tenido que estar en tratamiento, pues por las noches no podía parar de llorar y eso me hacía no dormir. Es un tema del que me cuesta hablar y no lo puedo olvidar. Me imagino como se deben sentir esas madres que se mueren porque sus hijos no tienen comida. El sentimiento de culpabilidad debe de ser muy fuerte. Afortunadamente, mis padres consiguieron encontrar trabajo y, gracias a ellos, hoy soy quien soy. Si yo tuviera mucho dinero ayudaría a todos los que pudiera y trataría de solucionar el hambre de mi país. ANDREIA AFONSO
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MI VIDA EN LA INDIA
Soy hija de un cónsul español. Cuando nací mis padres estaban en la India, ya que mi padre viaja mucho. Allí los hospitales no son como en España, aunque mi madre pudo ir al mejor hospital que había en el país. Nací el 15 de julio de 1999. Me pusieron el nombre de Itxaso porque mis abuelos por parte de madre eran vascos. De pequeña era una niña muy buena, era rubia, tenía la cara redondita, con los ojos grandes y marrones. Cuando tenía nueve años estaba en la calle paseando con mis padres y mi prima, cuando de repente empezamos a oír a la gente gritar, no sabíamos qué pasaba hasta que vimos que venía una ola muy grande y nos dimos cuenta de que era un tsunami. Yo me agarré a mis padres con todas mis fuerzas. Como el agua venía con mucha fuerza y arrastraba muchos objetos, nos separaron. Al subir a la superficie vi a mi prima y fui con ella, le cogí de la mano y me agarré a un tronco que se había caído. Llegué a una zona donde no había casi agua. Al salir, vi que tenía una herida muy grande en el brazo y mi prima en la pierna. Llevaba ya un rato andando con mi prima cuando me encontré con mis padres que estaban con unos señores que nos podían llevar a un hospital. Cuando llegamos, nos intentaron curar pero no pudieron y a mí me tuvieron que amputar el brazo y a mi prima la pierna. A mis padres solo les tuvieron que escayolar y curar. Ahora estoy muy bien y los demás también lo están. He estudiado en una escuela privada, que se llama Brithis School, en la que la enseñanza es en inglés y castellano. Mi etapa más feliz fue la infancia. Tenía una señorita mayor y muy cariñosa, era muy amable y nos quería mucho, siempre estaba atenta a nuestras necesidades y nos enseñaba muchas cosas. Luego, en primaria, tuve de todo, profesoras más amables y algunas menos. Ahora que estoy en secundaria, voy a volver a España pues mis padres prefieren que estudie allí. Esta etapa en la India ha sido muy interesante para mí. ITXASO AQUERRETA
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LA PEQUEÑA CHISPA DE LA VIDA
Me llamo Yuang Li y vivo en Pekín, China. Nací el 7 de octubre de 1999 en un viejo hospital. Vivimos en una de las zonas más pobres de Pekín, donde los edificios están tan apretados unos contra otros que apenas se distingue cuál es cuál. Las calles y las paredes de los edificios se han vuelto negras por el humo de los coches, casas y fábricas que hay en el barrio. Las tiendas son oscuras y destartaladas y tan solo los vendedores ambulantes dan un poco de color a las calles y ese aroma a grasa de perritos calientes, que mezclado con el del humo, caracteriza nuestro barrio. Me he ido dando cuenta de que cada parte de la ciudad huele de diferente manera según te alejes o acerques del centro: las afueras huelen a basura y humo y, según te vas acercando, aparece el olor de los vendedores ambulantes, que al llegar al centro desaparece por completo junto con el humo y da paso a un nuevo olor: el de la gente atareada y con prisas, que se mezcla con el aroma a modernidad y tecnología que infunden los altos edificios y las enormes pantallas luminosas. Pero este olor siempre es más escaso, porque las afueras siempre son mucho más grandes que el centro. Mi vida es bastante monótona: me levanto por la mañana, me preparo para ir al colegio, compro algo de comer a un vendedor y camino hasta la escuela, a un par de kilómetros de casa. Pero antes he de llevar a mi hermano pequeño a la guardería, un poco más cerca de donde vivimos. Mi hermano y yo nos parecemos bastante: pelo negro y liso (el mío hasta los hombros), ambos bastante delgados y ojos oscuros. Pero la gran diferencia es esa chispa de vida que mi hermano tiene en sus ojos y que yo hace tiempo que perdí. Claro que yo he vivido las desgracias de la familia mientras que él aún no había nacido. Recuerdo el día en que mamá se quedó sin trabajo y tuvimos que mudarnos a esta zona de la ciudad, a nuestro pequeño apartamento donde aún hay cosas empaquetadas. Mamá lloró toda la noche, alegando que moriríamos de hambre, mientras papá decía que no lo consentiría. Ahora trabaja más horas de las que debe y yo me esfuerzo al máximo en clase, para poder mantenernos a todos cundo papá ya no pueda más. Intento transmitirle a mi hermano que debe esforzarse siempre, pero es muy pequeño y no me hace caso. Espero que pronto se dé cuenta de nuestra terrible situación, pero mientras tanto, todas las esperanzas están puestas en mí. EDURNE ARGANDOÑA
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MI VIDA EN BANGLADESH
Soy Javier, un niño de trece años y esta es mi historia: Nací el 23 de noviembre de 1999 en un pequeño poblado en el sur de Bangladesh, en la costa. Mi poblado es pequeño, pobre y tiene cultivos en la orilla del mar. Mi casa, como todas las demás, es chiquita y de adobe. Dormimos todos juntos en el suelo sobre unas mantas en la única habitación. En esta habitación tan solo tenemos las mantas que ya he mencionado y un fregadero del que nunca sale agua. En el poblado no suele haber mucha gente, porque la mayor parte de los adultos pasan el día trabajando, así que es un lugar tranquilo. Comemos muy poco, una vez al día, casi siempre arroz. No veo mucho a mi padre, puesto que trabaja todos los días durante muchas horas para ganar un poco de dinero. Cuando era un bebé y mi padre estaba trabajando, mi madre me envolvía con un pañuelo y así quedaba en su espalda como si fuera una mochila. Mi madre me llevaba en su dorso durante un trayecto de tres kilómetros para ir a coger agua del pozo. Después iba a trabajar en los cultivos con las demás mujeres del poblado. Con tres años empecé a ir al colegio, iba con los otros niños del pueblo, íbamos los niños solos, sin los padres, y el colegio estaba a diez kilómetros. Solíamos ir seis días a la semana. La escuela era muy pobre, no teníamos ni libros, y me gustaba aprender las sumas y las restas. Cuando tenía seis años, ocurrió el suceso más triste de mi vida: mi hermana mayor murió por una grave infección después de que le hicieran la ablación. Cuando cumplí siete años tuve que dejar el colegio para ir a trabajar a la mina. Trabajo aún allí, desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche para ganar algo de dinero. Gano diez libras al mes, trabajo sobre todo para alimentar a la familia, al igual que mis padres. Ahora ya tengo trece años, sigo trabajando en la mina y esta es mi historia. JAVIER BISBAL
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MI VIDA EN BRASIL
Mi nombre es Adrián, tengo dieciséis años y soy brasileño. Nací el 15 de mayo de 1996 en Río de Janeiro. Al nacer, casi muero por la poca seguridad e higiene que tiene nacer en la calle. Salí sin respirar y nadie conseguía que lo hiciera, hasta que vino el que ahora es mi mejor amigo y me salvó. Se llama Juan y tiene veinte años. Es alto, moreno y delgado. Es muy amable y muy sonriente, es, en definitiva, una persona muy alegre. También es humilde y honesto. Siempre quiere ayudar y es a la persona que más aprecio le tengo porque fue muy valiente al salvarme. No he tenido ninguna educación escolar, pero mis padres me han ayudado todo lo posible en los estudios para que aprendiera lo más posible. Yo me defino como una persona humilde y trabajadora. Sé que en un futuro tendré que trabajar para tener una vida buena, mejor de la que estoy viviendo. Soy moreno y delgado, no tengo mucho para comer. Mido 1,60 cm y peso 50 kg. Espero que para 2014, como se va a celebrar el mundial de fútbol, pueda encontrar algún trabajo para poder llevar dinero a casa. Lo que menos me gusta de esta ciudad es que en una parte de Río hay mucho lujo y en la otra hay chabolas, entre las que yo me he criado. Espero que para un futuro esto se vaya igualando porque no puede seguir así. Detesto que en una misma ciudad haya tanta desigualdad. ADRIÁN GÓMEZ
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MI VIDA EN INDIA
Yo nací en Bombay. Mi familia era muy pobre y humilde. Mi madre era analfabeta, por eso mi padre hizo un agujero grande en uno de los muros de un colegio de clase media y así ella pudo aprender algunas enseñanzas básicas: leer y escribir. Trabajaba en una fábrica cosiendo marcas de ropa como Nike, Adidas, Puma… Hasta ahora he hablado un poco sobre mis padres: Apu y Manyulla. Yo soy Luis, su hijo, me pusieron ese nombre porque mi abuelo se llamaba Luis Mohamed. Soy travieso y extrovertido. Me encanta meterme en líos con mis amigos. A veces intentamos conseguir comida por nuestra cuenta robando en los mercadillos alguna que otra manzana; en ocasiones, también robamos carteras, pero sólo cuando la ocasión es muy buena. Tenemos una vía de escape, porque el castigo corporal está permitido y cuando nos pillan reparten “de lo lindo”. Mi sueño para cuando sea más mayor es dedicarme a estudiar para conseguir un buen trabajo. Mientras tanto, estoy cuidando a un aciano adinerado, que es ciego y cuyos familiares han muerto. Por algún extraño motivo, le caí bien y dentro de algún tiempo espero que me lo recompense cuando muera y me dé parte de su fortuna. Me dedicaré a estudiar economía y conseguiré licenciarme para montar mi propia empresa de construcción. Y con mi iniciativa y un poco de apoyo económico, me gustaría poner unos huertos con sistemas de regadío autosuficientes para que mi gente pueda abastecerse y depender de sí misma. Me gustaría que mi barrio mejorara, me duele la pobreza de Bombay. LUIS GRANADOS
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UN PAÍS, UNA VIDA
Ya ha pasado mucho tiempo desde el día en que vi la luz por primera vez. Sí, ese 6 de octubre en la India, en 1999. No recuerdo muchas cosas de mi infancia, ya que tampoco fue mi mejor época, pero si busco en el fondo de mi memoria, logro recordar alguna tarde calurosa corriendo con un amigo por las vías del tren, descalzos y con la ropa sucia y rota, intentando llegar al río para refrescarnos. También recuerdo que, durante mi infancia, veía muy poco a los miembros de mi familia, salvo a mi madre. A muchos, de hecho, no los llegué ni siquiera a conocer y mi padre se pasaba la mayoría de la semana trabajando para poder sacar algo de dinero para poder comprar media barra de pan al día, con lo cual nuestra relación tampoco era importante. No llegué a ir al colegio, como la mayoría de niños del barrio, ya que éramos todos igual de pobres, por lo que no sabemos leer. De todos modos, afortunadamente, podemos comunicarnos hablando. Ahora trabajo en una fábrica como mi padre y aún me quedan años y años para dejar de trabajar. Nuestra casa es muy pequeña, es una especie de chabola, que intentamos proteger a diario de los ladrones. Dormimos todos en una manta en el suelo y hacemos nuestras necesidades en el río. No es muy agradable, pero no queda otra. La policía suele venir a visitarnos a diario, ya que hay mucho contrabando en las calles de gente que quiere sacarse algo de dinero a costa de los demás. Aquí el clima suele ser caluroso, aunque a veces pasa una brisilla refrescante. Los expertos creen que pronto cambiará la economía en el país, espero que sea verdad… DANIEL HONRUBIA
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ZAMBIA
Me llamo Suhalia y tengo seis años. Soy de Zambia, un país que se encuentra al este de África. Por desgracia, este lugar no es el mejor, pues hay mucha pobreza y muere más gente de la que nace. Mi madre se llama Samia, tiene veintinco años y es ama de casa, mi padre se llama Milkyway, tiene treinta años y trabaja en una pequeña tienda, donde se venden productos alimenticios. Tengo dos hermanos, uno se llama Andrew –tiene doce años– y el otro se llama Donaldson –tiene nueve. Como se puede observar, yo soy la menor. Mis hermanos y yo vamos a una pequeña escuela en la que recibimos una educación; me gusta ir porque ahí tengo amigas y puedo hacer lo que más me gusta: dibujar. En nuestra opinión, la escuela es el medio de salvación de la pobreza porque obtener conocimientos y desarrollar nuestra forma de pensar, hará que cuando nos toque trabajar, podamos tener un buen empleo con el que ganar suficiente sueldo. En la calle en la que vivo, hay mucha gente extraña que no tiene hogar y duerme en la calle. Cuando paso por ahí, se me pone la piel de gallina al pensar que me podría pasar lo mismo a mí. Cuando noto el olor a sangre, cuando matan a alguien, me recuerda a una ocasión en la que estaba con mi tío, entró un ladrón mientras estaba viendo la televisión y disparó. Fui corriendo y ahí encontré a mi tío desplomado en el suelo ensangrentado. A partir del aquel momento, ya casi no estamos en el salón porque fue durísimo verle muerto. Además nos recuerda a él, así que preferimos estar en otro lugar para no recordar este hecho. Muchas veces estamos sin agua porque hay temporadas de sequía. Para solucionarlo, antes de que llegue, almacenamos el agua en un pequeño depósito que construyó mi padre. Cuando nos quedan pocos productos alimenticios y no los podemos comprar, lo que hacemos es no almorzar, no merendar ni comer, así hasta que tengamos más dinero. Es duro, pero aun así, nos ha tocado vivir en este país. No me importa ser pobre porque por lo menos puedo dormir en una pequeña casa, estudiar y alimentarme. Es suficiente para vivir. Hay muchas más cosas que podría contar sobre mí, pero me estoy quedando sin tinta; he tenido lo suficiente para contar cómo es mi vida, cómo me siento y la situación en la que se vive en este pobre país. KATERINA IRIARTE
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CADA GRANO DE MI VIDA
Me llamo Yun Chiau, nací el 12 de octubre del 1989, en un pequeño pueblo llamado Xin. Mi familia y yo vivimos de la recolección de arroz. Mi padre, ¿qué puedo contaros sobre mi padre? Pues poco, porque lo mataron a latigazos por haber robado una hogaza de pan. Aunque mi hermano y yo sabíamos la cruda verdad, mi madre nos decía para suavizarla, que un látigo le había hecho bruscas caricias, que su perfume rojo intenso se había derramado y había dejado vacío el recipiente. Mi madre es como un brote de arroz germinando que intenta alcanzar el cielo para tocarlo, pero su tamaño no se lo permite. Tiene los pies partidos por la mitad y la lengua mutilada, debido al intento de salvar el hilo de plata de mi hermano, el cual, a seco corte de espada, iban a separar. La única educación que tengo, es la que recibo a través de mi abuelo, Mutant Li. Él me ha enseñado a cultivar arroz y a defenderme de los saqueadores. Un día oí a mi anciana vecina hablar de los niños que van a la escuela, hijos de personas que viven en ciudades. Dijo que vendría a vivir uno aquí y así fue. Era muy alto, tenía una mirada que te recorría el cuerpo helándote la sangre. Se rumoreaba que su padre te hacía caer en el sueño eterno con solo acariciarte con la mirada. Tardé mucho en conocerlo pero al final lo conseguí y, al ser su amigo, supe, con el tiempo, que todo lo que decían era mentira. Gracias a él, puedo relatar esta historia, ya que me enseñó a leer y escribir. Aún no he contado como soy, pero no creo que interese a nadie la historia de un niño que sufre alucinaciones, que ve a los navegantes del río sin fin, que grita al viento esperando que le conteste y que físicamente lo único que llama la atención en él es la cicatriz que le recorre desde el ojo hasta la boca. En mi vida siempre he sido valiente, pero hubo una vez en la que pasé miedo, fue cuando la tierra gruñía y bailaba enfadada, cuando hizo que todo fuese hacia ella y se estropease en el intento. Cuando las casas arropaban a las carcasas de las personas, oprimiéndolas para atravesar el suelo. En esta vida espero que cambie mi suerte o, si no cambia, que no vaya a peor. Que las semillas de esperanza y bienestar que he ido plantando, germinen y den un fruto digno de contemplar. GABRIEL JIMÉNEZ
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MI VIDA EN ETIOPÍA
El día 27 de mayo del 1999 vine al mundo. Era una niña pequeña, me llamaba Amaia y tenía toda la vida por delante. Nací en Etiopía, al lado del lago Tana, no en un hospital, porque todo estaba muy mal. Cuando salí a la luz por primera vez una brisa fresca acariciaba mi cara, yo era una simple niña. Cuando era un poco más mayor, unos cinco años, me llevaron al colegio donde mis padres querían que estudiase, pero estaba complicado. Todavía no sé por qué me dejaron ir. Yo era un caso muy especial, pues las niñas en mi país no van al colegio, otra niña y yo éramos las únicas chicas. Esa niña se llama Kebreye y es una muchacha similar a mí. Con ella he compartido muchos momentos de mi vida. En mi país hay muchas culturas. Aquí se sufre la sequía y la ablación. Como hay mucha sequía, a casi todas las mujeres les mandan a por agua a lugares lejanos, menos a mí y a Kebreye, porque vamos al colegio y se han dado cuenta de que somos muy listas. Con la ablación nos pasa lo mismo, se lo hacen a todas, menos a nosotras. Eso es muy duro y tenemos suerte de que no nos lo hagan. En una ocasión, Krebeye y yo estábamos en la calle y vimos cómo una mujer sufría porque le habían practicado la ablación. La mujer estaba tirada en el suelo del dolor y se le notaba el sufrimiento que estaba pasando. Aunque lo más injusto es que no pudimos hacer nada para ayudarla. Esa imagen nunca se me borrará de la cabeza. Me hice muy amiga de Kebreye y siempre le voy a recordar. Nosotras tenemos educación y es muy importante, pero no es justo, porque las mujeres, excepto nosotras, según mi país, no tienen derecho a aprender y solo pueden aprender los hombres. Aunque esto sea muy serio, siempre hay una forma de sacar una sonrisa y eso también es importante. Aunque vivir aquí es muy duro, yo tengo familia en Adis Ababa, la capital de Etiopía, todas las semanas les veo y me dan mucho apoyo. Comencé a crecer y, poco a poco, me convertí en una señorita de diez años. En esa época empecé a trabajar y conocí a un chaval muy serio, al que solo le importa el trabajo, pero una vez conseguí hacerle reír y ese también ha sido un momento que nunca olvidaré. A los trece años, me convertí en adolescente, con los órganos reproductores desarrollados. Tengo pelo rizado, marrón y largo, una cara preciosa y suave como las olas del mar y mido más o menos un metro cincuenta centímetros. Y aunque a veces me tomo las cosas muy en serio, me gustan las risas y soy una chica encantadora. AMAIA LIZARRAGA
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MI FELIZ VIDA EN GUALTEMALA
Mi nombre es Alejandro. Nací el 1 de marzo de 1999 en ciudad de Guatemala, que es la capital de Guatemala. Mi padre se llama Chiguau y mi madre Isabela y los dos trabajan en la agricultura, en unos campos que tenemos cerca de casa. Tengo una hermana que se llama Valeria. Yo antes estudiaba en un colegio, pero ya no puedo porque antes mi padre trabajaba en una tienda y ahora no me puede pagar el colegio. Mi madre, cuando no está en el campo, se dedica a enseñarme lengua y un poco de geografía. Soy un chico de pelo y piel morenos. Mi padre es menos oscuro que yo, pero mi madre y mi hermana lo son más. Me llevo muy bien con mi familia, pero a veces discutimos, sobre todo, mi hermana y yo. Tengo muchos amigos en la ciudad, pero los dos mejores se llaman Ricardo y Antonio . Normalmente, suelo estar con mi tío en una tienda que tiene en la ciudad, vendiendo lo que mis padres le suministran. Mi labor es transportar los alimentos de poco en poco y por eso tengo que hacer muchos viajes a lo largo del día. Quizás las condiciones de vida en Guatemala son peores que las de otros muchos países, como España, y no tenemos platos de comida tan deliciosos como los de Italia. Mi plato preferido es el arroz con zanahorias. Los sonidos que más me gustan son el de los pájaros gorjeando en el bosque y el de los gatos maullando. Últimamente mi familia y yo estamos muy contentos porque las cosechas en el campo funcionan muy bien, ya que no ha habido sequías ni inundaciones. Tengo la esperanza de que nuestra situación cambie, de que mejoremos nuestra posición económica y de que yo pueda estudiar en la universidad, que es lo que siempre he deseado. Seguiré trabajando y buscaré libros interesantes que me aporten conocimientos de la naturaleza, que es lo que más me gusta. ALEJANDRO LÓPEZ
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SOY DE INDIA. AUTOBIOGRAFÍA FICTICIA
Al despertarme de un raro sueño, sentí que alguien me tocaba la nariz y otro la mano; era verano, día 5 de agosto, en el hospital de Dr. Ram Monohar Lohía. Durante un largo tiempo, durante unos meses, no sabía quién era yo ni esas altas personas que me acariciaban dulcemente cada día, pero al cabo de más tiempo ya iba reconociéndome y sintiendo afecto hacia esas personas que eran mis padres. Soy de clase social alta, no religiosa, por lo que a los tres años fui a un colegio privado, donde mi personalidad fue cogiendo forma como la arcilla, fue cambiando mi gusto por diferentes asignaturas, personas, culturas, arte, relación con familiares, niños con los que me junto y muchas más experiencias. Allí conocí a la chica de mis sueños. Se llamaba Aadrika que significa ‘montaña´. Cuando me encuentro con ella en la calle siempre sabe qué decir y de qué hablar y siempre con una sonrisa en su bello rostro. También tiene carácter cuando quiere y mucho genio, pero eso no le resta nada de atractivo. Es un poco más baja que yo y ya que hace mucho deporte tiene mucha fuerza. No sé si yo le gusto como ella a mí, pero sé que le caigo simpático. Mi colegio era grande y no faltaba nada necesario para estudiar tranquilamente. Todas las asignaturas se me daban bien excepto el estudio de nuestra historia, en la que sacaba notas muy justas, pero aprobaba todos los exámenes. Ahora estoy en la educación secundaria y con una personalidad poco moldeable, pues estoy en plena adolescencia. Mi tamaño no es alto, pero me conformo pues no puedo cambiarlo, 1,55 cm. Mi cuerpo no coge enfermedades y no poseo alergias por lo que estoy contento. Mis piernas son recias y mis brazos también. Mi pelo es corto y moreno, me gusta como lo tengo, mis cejas son recias, ojos marrones, tengo la nariz pequeña y redondeada, unos labios finos y de un color rojo claro, mis dientes fuertes y blancos. Además, mi cuello es largo. Soy tímido, pero con quien tengo confianza hablo mucho y extendido. Me gusta discutir sobre un tema y hablar para solucionar mis propios problemas y los que tengo con otra gente. Me gusta estudiar naturales, tecnología y lengua pero tantos idiomas, junto con el inglés, me parece exagerado. Se me dan bien los deportes, sobre todo el hockey sobre césped, que me gusta mucho. Mi padre murió en una guerra de cuyo nombre no me quiero acordar, cada vez que tomo pulao me acuerdo de él, pues era su especialidad y le ponía su toque personal. Recuerdo cuando todas las semanas iba corriendo a la cocina y me encontraba en la mesa aquel plato de arroz guisado con azafrán. Cuando mis papilas gustativas lo rozaban salían chispas de mi boca y una sonrisa lucía mi cara. Más vale que mi madre tenía el mejor trabajo de la plaza donde vivía porque si no, habríamos caído en la miseria por las deudas que debemos. De mayor quiero ser empresario, en el mudo de la arquitectura como mi padre lo era. Conozco la pobreza y el hambre que hay en mi país y he tenido muchísima suerte de estar en esta familia. IBAI MARTÍNEZ
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BIOGRAFÍA DE UN EMIGRANTE
Mi nombre es Deng Xiaoping, pertenezco a la etnia Han, que representa el 20% de la población mundial. Hasta hace poco, mi vida ha estado tristemente ligada al cultivo del arroz en China, pero todo se empezó a poner feo el 14 de marzo de 2013. Ese día llegó al poder el dictador Xi Jinping. Este se hace pasar por presidente, pero lo único que es, es corrupto que se beneficia de estar en el poder para estafar y enriquecerse. De otra forma, no consigo explicarme que sea el jefe político de todos los partidos. De todas formas, su antecesor, Hu Jintao, tampoco era muy diferente. Con Hu en el poder, me acuerdo de aquella vez en la que sus soldados vinieron a nuestra casa y nos acusaron de contrarrevolucionarios. Mis padres siguen en prisión, si no están muertos, y yo permanecí en los cultivos del arroz hasta que decidí fugarme del país. Hoy soy un pasajero normal y corriente que intenta pasar el rato en el aeropuerto escribiendo en un librito y desatando sus temores más profundos: ¿qué pasaría si me descubriesen?, ¿qué me harían?, ¿me llevarían como esclavo?, ¿me encerrarían para siempre? Mi vuelo va a salir. He abandonado a mis padres a su suerte. Tengo la conciencia intranquila, pero me encamino hacia el andén. “Adiós, China”, me despido desde el avión cuando subimos por encima de las nubes. Espero que tarden en darse cuenta de mi fuga del país. Si no, no quiero imaginar lo que harán con mis padres. He dormido en el viaje, pero por fin he llegado a mi destino: España. El país de la guitarra flamenca, el país que no está oprimido por un dictador, el país en el que yo, Deng Xiaoping, por fin seré… LIBRE ANDRÉS ORDOÑEZ
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MI VIDA EN GUATEMALA
Mi nombre es Alejandro y he nacido en Guatemala. Tengo catorce años, nací en verano de 1999, concretamente el 3 de agosto. Nací en una pequeña aldea en la que la comida, sanidad, y en general, los recursos escasean. Debido a que las condiciones sanitarias son muy pobres, casi muero tras sufrir una picadura de una serpiente venenosa. Después de estar mi primer mes muy grave, me recuperé, aunque he perdido un poco de oído. Gracias a esta experiencia cuando voy en busca de comida tengo mucho cuidado, porque la vida ya me ha dado una oportunidad y no creo que me dé otra. Una de las profesiones que más admiro es la medicina, pues fue un doctor el que me salvó cuando sólo tenía un día de vida. Aquel médico era mi padre y estoy muy unido a él. Mi padre es muy buen médico porque tiene un gran corazón y solo quiere salvar vidas de muchas personas. Es un señor muy alto, es moreno de piel y tiene el pelo muy largo; siempre lo recoge con una coleta. Sus ojos son azules como el mar y son los ojos más bonitos que he visto nunca. Mi infancia no ha sido fácil. Iba a un colegio junto con niños que se habían quedado sin padres. Además de eso, cuando sufrí la picadura, perdí un poco de oído como os he dicho antes, lo que me hace muy difícil aprender en clase. ALEJANDRO PARRA
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ESTA ES MI VIDA
Mi nombre es Indah, tengo trece años y soy de Indonesia. Tengo el pelo moreno y liso, y mis ojos son marrones y un poco rasgados. Mi madre me dice que soy una chica responsable y segura mí misma. Vivo con ella y con mis tres hermanos en una ciudad de la isla de Sumatra, llamada Medan. Mi padre nos abandonó a mi madre, a mis hermanos y a mí cuando yo todavía no había nacido y desde entonces no hemos sabido nada de él. No tengo muchos recuerdos de mi infancia, pero sé que nací en la Isla de Java. Nací un día caluroso de verano, exactamente el 6 de agosto de 1999. Mi madre no tenía mucho dinero, así que no pude ir al colegio, pero cuando tenía unos cinco años unos misioneros me enseñaron los colores, cómo escribir mi nombre y a rezar. Desgraciadamente pronto tuve que dejar de ir a la escuela porque tenía que empezar a ayudar a mi madre a buscar chatarra y basura para después venderla. Una vez, buscando entre unos escombros de un edificio derrumbado vi un objeto en el que la luz del sol se reflejaba con tanta intensidad, que obligaba a apartar la vista. Fui corriendo hacia él y encontré un pequeño saquito abierto del que salían unas monedas. Con ese dinero pudimos cenar durante tres noches seguidas. Nunca olvidaré esa mezcla de sabores: desde el intenso de la ternera, hasta ese sabor ácido de la lima. Pasaron los años y fui haciéndome mayor. Hoy tengo catorce años. Mi madre me ha comprometido con un señor mayor. Yo no quiero casarme joven, pero no puedo negarme porque a mi madre le hace falta el dinero para mantenerse. Todavía me queda mucha vida por delante y espero que estos recuerdos de mi infancia me ayuden a superar otros problemas de mi futuro. AIDA PELLEJEROS
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MI AUTOBIOGRAFÍA
Me llamo Tecla y he nacido en Nueva Guinea (Indonesia). A mis quince años  de edad me doy cuenta de que en mi país hay mucha gente pasando hambre y por ello, si no cambian las cosas, en un futuro, cuando tenga familia, ellos y yo nos veremos afectados también por el hambre. Mi padre, Yakiv, y mi madre, Gertrudis, hacen lo posible para mantenernos a mí y a mis cuatro hermanos, pero la situación es cada vez más complicada. Mi padre trabaja en el campo hasta que el gigante amarrillo sale, hasta que se pone rojo como una bola de fuego. Mi madre se ocupa de las tareas domésticas y mis hermanas y yo le ayudamos. Isaí es mi hermana mayor, tiene diecisiete años; es de piel oscura, su pelo es corto y negro, sus ojos son como dos bolas negras de carbón y mide alrededor de uno setenta. Mi padre ha vendido a Isaí a un hombre para que contraiga matrimonio con ella; aunque no quiera, ella sabe que es lo mejor para nuestra familia ya que, como dice mi padre, es una boca menos que alimentar. Algunas noches oigo llorar a Isaí y voy a hablar con ella. Me cuenta como odia tener que casarse con un hombre al que no quiere y me dice que algún día me tocará a mí también. En una ocasión, mi hermana pequeña, Linet,  le preguntó a mi madre por qué no íbamos a la escuela y ella le contestó que era porque ella ya nos enseñaba las cosas que verdaderamente nos servirían en el futuro y que no nos hacía falta saber nada más para ser unas buenas esposas. Espero que algún día esto cambie y mis hijos no tengan que sufrir lo que yo. MARCELLE SILVA
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MI AUTOBIOGRAFÍA
Mi nombre es Kazuki y soy de Hong Kong. Tengo quince años y nací el 14 de abril del año 1998. Al nacer, pesé tres kilos con trescientos cincuenta gramos y nací a las doce y media de la noche. El parto fue rápido y transcurrió sin problemas. Empecé a andar con un año y medio y a andar en bici con cuatro y medio. Una tarde, cuando tenía cinco años, estaba pasando la tarde en la casa de mi abuela. De repente, mientras estaba jugando, me subí por unos escalones y me tropecé. El resultado de esa caída es que me rompí la nariz. Mis padres, nada más enterrarse de lo sucedido, vinieron lo más rápido posible y me llevaron al hospital. Mi casa, es una casa de campo. Es bastante grande. Tiene dos pisos y cuenta con dos baños, tres habitaciones, jardín y una enorme huerta de árboles frutales. Mi fruta favorita es el melocotón. De mascotas, tengo un perro de raza Husky y un periquito australiano, llamado Xury. Vivo con mis padres y mi hermana, Yakuza. Yakuza, tiene veintidós años y va a la universidad. Mi madre, trabaja de profesora de lengua, desde los veinte años, y mi padre de carnicero. Su carnicería es una de las mejores de todo Hong Kong.Es conocida por todo el mundo y toda la carne de los mejores restaurantes es de allí. Sobre mis gustos, me gusta mucho el ajedrez y la verdad es que soy bastante bueno. SILVIO SPACINCHI
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ETIOPÍA, MAKIA, 13 AÑOS
Es probable que los lectores de este texto estén en sus casas, tranquilos, sin más preocupación que la de terminar la tarea o recoger el cuarto para que su madre no les riña. No les puedo culpar, no conocen otra vida, pero yo les voy a contar la mía o, por lo menos, un breve resumen de ella. Una vida muy diferente en la que no hay tareas por las que preocuparse, ni cuartos que recoger. Pensaréis que es una vida maravillosa, pero no es así; si no tengo que preocuparme por esas cosas, es porque ni voy al colegio ni tengo cuarto. Me llamo Makia y eso hasta ahora es el único derecho que se me ha otorgado desde que llegué a esta fábrica textil, el de tener un nombre, aunque no estoy plenamente segura de que sea el mío real. Cuando mi madre se quedó embarazada de mí, no estaba contenta como lo estaría cualquier madre, sabía que no me iba a poder mantener. Casi ni ella podía comer, ya que primero iban mis cinco hermanos (los cinco son varones y los cinco trabajan en el campo por un salario de 12 euros al mes, tras nueve horas diarias) y después su marido, mi padre, del que probablemente nunca sabré nada, ni siquiera su nombre. La comida escaseaba a causa de las terribles sequías y pobreza en mi país, por lo cual, mi madre era la última en comer. Me contaron que al dar a luz lloró a más no poder al verse obligada a vender a su única hija a unos hombres que prometieron cuidarme y alimentarme. Estos hombres me “cuidaron” durante tres años en una granja en condiciones penosas para la salud. No tenía casi para comer, solo un poco de arroz al día. Aunque mi problema más grave era el agua, pues escaseaba. Yo solo tenía tres años y la necesitaba en abundancia, además el riesgo de malaria era muy alto. Cuando ya tuve cinco años, esos “héroes”, como se hacían llamar por salvarme de una muerte segura en mi poblado, me llevaron con los ojos tapados a una gran fábrica, y yo, con mis años no entendía nada. Me explicaron qué era lo que los niños debíamos hacer, yo no conocía mis derechos como vosotros, lectores, no me quejé de nada, incluso daba gracias. Pasaron los años, la misma rutina de siempre: trabajar, pasar hambre, ponerse mala… y todo esto en condiciones horribles. En la fábrica éramos treinta y siete niñas, sin contar a la pequeña Zhaki de cuatro años, la cual acababa de trasladarse. Cuando ya cumplimos los diez, los “héroes” nos obligaron a todas a ir a una sala de una en una. Me acuerdo perfectamente de este día, creo que fue el más horrible de mi vida. Dijeron que ya nos habíamos hecho mayores y que era hora de proceder a nuestra ablación. Esto no me asustó, pero en cuanto vi la sangre y oí los gritos de dolor de mis pobres compañeras, os digo de verdad que pensé en un matadero. No deseo a nadie vivir esta situación. Cuando llegó mi turno, cuando gritaron “Makia”, no sabía qué hacer. Si huía, me cogerían, y si gritaba tampoco serviría de nada. Todas sufrimos graves infecciones y más de media docena murieron después.

Yo sobreviví y seguí trabajando allí como si nada. Todas actuamos normalmente tras ese día, no hablamos de aquel episodio, supongo que por miedo. Los “héroes” nos dijeron que en cuanto tuviéramos trece años nos venderían como esposas a algún señor. Todas se sentían aliviadas y con gran entusiasmo por que llegase ese 8 de mayo en el que seríamos vendidas. Aunque sinceramente yo, después de todo lo vivido, no podía pensar en que fuera algo bueno. Por eso he escrito esta carta, para que si hoy, 8 de mayo, algo sale mal, pido al que encuentre esta humilde carta que la enseñe, que defienda nuestro derecho y que opine sobre si esta historia es normal o no, sobre si cumple todos los derechos o ninguno. Yo no lo sé, por eso no puedo opinar, pero lo que sí sé es que no me ha gustado esta forma de vida y que, si así tenemos que vivir, y así vivimos todos, me parece que habrá que cambiar muchas cosas en este mundo. Aunque si esto no es así, que espero que no lo sea, y unos vivimos mal y un puñado vive bien, habrá que hacer algo. Porque de verdad lo que he vivido no merece ser vivido por nadie y vosotros, lectores, tenéis que tener la conciencia muy vacía para no hacer nada ante esto. JULIETA TIRAPU
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MI PAÍS, NIGERIA: UN PAÍS ARRUINADO POR LOS RICOS
Soy Domba, un chico africano, nací el 26 de marzo de 1999 en un pequeño pueblo agrícola de Nigeria. Soy un chico normal de estatura y físico para mi edad, mi sueño es llegar a competir en las olimpiadas con mi país. No soy un buen corredor, pero entreno después de trabajar en un circuito construido por mi hermano y yo. Lo hemos realizado con arena y rocas, la arena es sobre la superficie en la que corremos y las rocas para delimitar el circuito. Mi carácter es sencillo, pero me falta un poco de autocontrol, me despisto con facilidad trabajando y eso que en mi país trabajar, trabajar, trabajar… es la única vida y lo más importante para sobrevivir. Mi padre es agricultor, pero el problema de Nigeria es que la cosecha es muy escasa. Solo brota el 25% de la producción, un 5% es para la venta y el resto es para el Estado, porque no tenemos otra cosa para pagar las tierras. Mi país, además, es muy machista, como la comida escasea, mi madre casi nunca come; yo le suelo dar parte de mi comida porque tiene serios problemas de nutrición por falta de alimentos. Mi padre y mi hermano mayor también hacen todo lo posible para que se alimente bien. Por lo que me cuenta mi hermano, de pequeño me portaba bastante bien, él me tenía que cuidar porque mis padres estaban siempre trabajando. Cuando sea mayor, aspiro a ser agricultor como mis antepasados. Empleo más de cinco horas diarias en la huerta y no voy a la escuela, porque no hay, pero, si hubiese, tampoco iría ya que los estadounidenses la privatizarían y con el poco salario que recibe mi familia vendiendo alimentos a las demás no llegaría para una escuela y libros de texto con los que estudiar. Mis padres ganan menos de tres dólares al día. Es insuficiente para comer y tener estudios. En mi país el 32% de la población es analfabeta. Doy gracias a la ONU porque cada mes nos entregan un palé con comida y accesorios para la vida cotidiana, como herramientas para arar la tierra y trabajarla o utensilios y vajilla para comer. Hace veinte años nos construyeron un pozo para tener agua cerca, ya que teníamos que desplazarnos más de 50 Km. para conseguirla y muchas veces en mal estado. La zona en la que vivimos tiene un acuífero enorme denominado en nigeriano “alnadal” que significa ‘agua sin fin’. COMO SE PUEDE VER, NUESTRA VIDA ES MUY SENCILLA ANDONI TORRADO
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ZHEN
Me llamo Zhen, tengo trece años y vivo en China. Nací el 10 de diciembre del año del conejo en un pueblecito de la provincia de Fuijian. Mi madre me tuvo con veintiocho años en un centro médico de atención al parto, al día siguiente ya estábamos en casa. Mi casa es pequeña y está hecha de barro y bambú, es muy acogedora y está llena de instrumentos de agricultura (mi familia lleva generaciones dedicándose a ella); no tengo un cuarto para mi sola, comparto habitación con mi hermano de cuatro años, mis padres y mis ancianos abuelos. Soy muy menuda, mi pelo es negro y liso, mis ojos rasgados y tengo unos labios finos, mi tono es más bien dorado. Recuerdo que cuando era pequeña pasaba todo el día en el campo ayudando con la cosecha de arroz. La verdad es que nunca me he sentido explotada. A los diez años fui por primera vez a la escuela de un pueblo vecino, a veinte kilómetros de mi casa. Cuando cumplí los doce, mis padres fueron los que continuaron educándome en casa. En mi pueblo no hay niños y los únicos amigos que tengo son mis primos, que en una ocasión vinieron a visitarnos. Ayer cumplí trece años y eso significa en las mujeres una etapa muy dura; mis padres me han puesto trozos de porcelana rota vendadas con tela en mis pies y dicen que si no lo hago, no tendré una buena vida, porque ningún hombre digno querrá casarse conmigo. Estoy notando cómo la porcelana va rasgando mis tendones y haciendo que mis pies sangren. Hay rumores de que esto se hace para que cuando me case con un buen hombre, no pueda salir de casa por el dolor de mis pies y, por lo tanto, no serle infiel, pero tendré que pasar esto por mi futuro y no defraudar a mis padres. A pesar de todo, soy muy feliz junto con mi familia y no me gustaría cambiar mi vida. PAULA TORRES
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UNA MUERTE SEGURA…
26 de abril del 99 en las solitarias calles de Pakistán. El viento helado congelaba la punta de su nariz, no tenía casi fuerzas para continuar, no podía más. Se refugió bajo un puente, a su lado se encontraba Tamir, que ya no iba a ser hijo único, entre llantos y sollozos… lo consiguió, y ahí es cuando aparezco yo: Lara. Mi madre parió bajo un puente con la ayuda de mi hermano mayor, Tamir, al cual le están enseñando a montar armas todos los días por las mañanas en la plaza Girin. Desde que soy pequeña tengo la costumbre de la rebeldía. Mi madre intenta calmar mi ansiedad por lo desconocido, mi interés por las cosas prohibidas, pero yo no tengo ningún interés en cambiar eso de mí. Ya tengo catorce años, soy una adolescente que mide 1,59, peso 38 kilos –soy muy delgada–, tengo el pelo largo, un poco ondulado y de color marrón brillante; soy valiente, me intriga lo desconocido y sobre todo lo prohibido. Soy cabezota, testaruda, insolente y hay veces en las que soy grosera. Así soy yo, y algo que odio es la injusticia, el porqué las mujeres somos menos que los hombres y, sobre todo, lo que más odio es el burka. Odio llevarlo pero no tengo más remedio que ponérmelo ya que los talibanes siempre están vigilantes y yo ya he tenido algún conflicto con ellos. Ahora os diré cual es la razón de mi sonrisa. Se llama Támah y es mi mejor amiga. Lo que me gusta de ella es que es como yo. Hay una ley que dice que las mujeres no podemos salir a la calle si no nos acompaña un hombre y, ¿cómo no?, yo tengo un secreto, salgo por las tardes a la calle con Támah. ¿Cómo es que no estoy muerta? ¡Muy fácil! Un día en mi casa me corté unos cuantos mechones de pelo, con los cuales me los trencé, y me fabrique una barba y un bigotito. Al día siguiente me fui a la tienda y, mientras Támah distraía al dependiente, yo robé unos tarros de un adhesivo que se quita con agua, así que cuando quiero salir me pego mi barba con mi bigotito, cambio mi voz a un tono más grave y salgo por ahí con Támah. Siempre entrenamos para ser más veloces y así podemos robar comida e irnos corriendo. Nuestras madres rezan cada noche para que no nos pase nada pero, como son viudas, en casa no hay mucho que comer y agradecen nuestras aportaciones. Tamir es quién me enseñó a parecer un hombre y a cambiar mi voz a un tono más grave, sin él no podríamos hacer nada. Además, él es quien nos enseña los conocimientos que aprende en la escuela. Por las noches quedo con Támah a escondidas y nos vamos a una pequeña charca que nadie de Pakistán conoce, ya que está a las afueras de la ciudad. Es un sitio precioso. Es el único sitio en el que nos sentimos libres de verdad. Es allí donde nos quitamos los burkas y estamos jugando con el agua y mojándonos el pelo. Se ve la luna y lo que me encanta hacer es quedarme flotando en el agua mientras miro las estrellas. Sin embargo, sé que esto no será para siempre y que los talibanes nos matarán por nuestra insolencia. Quizá muramos, es cierto, pero, al menos, moriremos felices. LARA VERÓN
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¿VIDAS DIFERENTES?
Me llamo Samu y tengo catorce años. Ahora mismo estoy trabajando en Egipto. Llevo haciéndolo desde los cuatro años e intento escribir esto en los pequeños “descansos”. Tengo cinco hermanos y una hermana. Los chicos trabajan como yo, pero mi hermana no puede, se tiene que quedar en casa. Cuando sea mayor, me gustaría ser médico para curar a todos, pero mi educación no lo permite. No voy al colegio y las únicas clases que tengo son las del servicio militar, pero este mundo no me gusta. Después de esta pequeña introducción me voy a describir. Soy moreno de piel, alto para mi edad (más o menos estoy en el 1’75) mis ojos son oscuros como la noche con unas pestañas muy largas. Mi nariz es chata y mis amigos me dicen que tengo una sonrisa muy expresiva. Mi pelo es muy corto y, en general, soy muy delgado de piernas y tronco. Soy sensible y cariñoso y me encanta ayudar a los demás. Hace poco se murió mi padre en una guerra. Era mi héroe, el que me enseñaba todo y me protegía. Cuando me dieron la noticia, empecé a llorar desconsoladamente. Ha sido muy duro superarlo pero la muerte forma parte de la vida. Ahora contaré una anécdota que me pasó, cuando tenía cuatro años. Estaba solo en casa con mi hermano mayor y teníamos que salir a coger agua al lago, entonces mi hermano me tuvo que vestir y en vez de vestirme con un pantalón y una camiseta, lo hizo con un vestido de mi hermana; así que tuve que ir por la calle vestido como mi hermana y todo el mundo se rió de mí. Esta anécdota me la contó mi propio hermano… Aparte de mi vida en Egipto, tengo otra muy distinta: mi vida en España. Llevo yendo a ese país desde hace cuatro años, gracias a una fundación que gestiona la acogida de niños durante los veranos, y a veces me gustaría quedarme allí para siempre. He cogido mucho cariño a mi familia española. La primera vez que volví de España a Egipto se me hizo un terremoto en la tripa. Me acuerdo de la intensidad de los olores, que contrastaba con la limpieza de España. La verdad es que me costó mucho re-acostumbrarme a un lugar plagado de sensaciones olfativas. A veces, cuando regreso a mi hogar, me siento triste y nostálgico porque echo en falta las comodidades del país que me acoge durante los meses de julio y agosto; sin embargo, sé que debo sentirme afortunado porque no todos los chicos de mi país tienen la oportunidad de viajar y de comprender que existen otros mundos llenos de esperanza. MARÍA ZABALZA
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AGRADECIMIENTOS
A Inés Lajaines que a creído y colaborado en este proyecto desde que era tan solo una idea. A Teresa Choperena que a pesar de creer que siempre va tarde, siempre va por delante de mí. A Víctor Zapata “Bicho” por echarme una vez más una mano en una de mis locuras. A Javier Etxeberría por escuchar, dar ideas y trabajar en el proyecto tanto como yo. Y como no, a los verdaderos artífices y protagonistas de este libro, los alumnos de 2º D y C que han sufrido durante todo un curso mis torturas. BEGOÑA OMATOS

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