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La complejidad como condición de la existencia

¿Cómo es la realidad cuando no la percibe ningún ser vivo?


¿Cómo sería el mundo cuando aún no existían seres vivos? Una
teoría sugiere que el agua llegó a la tierra proveniente del
espacio, algo así como “cometas de hielo”, una lluvia cósmica,
que saturó la atmósfera y dio inicio a lluvias terrestres que
formaron los océanos, con el agua surgieron las primeras formas
de vida, protozoarios, algas, amebas, seres extremófilos. Esto
pudo haber ocurrido hace 4000 millones de años, en la era
Protozoica o Arqueozoica.

Es obligatorio pensar que aún sin seres vivos, la realidad estaría


allí, pero sin ser percibida. Como algo inanimado y no percibido,
aunque en movimiento. Este movimiento tendría que responder
a cierta “lógica”, una “lógica inmanente” que podemos observar
y que está allí, en el primer estadio de lo natural: hay planetas y
sistemas planetarios, etc.

Sin embargo, mientras no surge vida, es imposible imaginar el


cosmos sino como una inmensa oscuridad, una noche eterna
que contiene un mundo sin vida. No es una visión poética y se
parece más a una pesadilla o un caos, si lo vemos con nuestra
perspectiva humana.

Pero al aparecer el primer ser vivo, es como si se produjera una


abertura en esa oscuridad, surge un “algo”, cerrado a su vez,
Castoriadis lo llama “para-sí”, un para-sí que desde su aparición
tiene, además, una primera característica y es que asume una
“finalidad”, ésta finalidad es su propia supervivencia, que tiene
una primera percepción de sí y, a su vez, una percepción del
exterior. Así que con él aparece lo “propio” y lo “exterior”.

Un para-sí que es capaz de seleccionar “algo” del exterior y


hacerlo existir para él. Que es capaz de “percibir el mundo”.
Sólo un ser vivo, por primitivo que sea, es capaz de seleccionar
y hacerse representar para él algo que no es él. Selecciona,
decimos, porque ¿de qué otra manera captaría ese exterior a él
mismo? Pensar que capte la totalidad que le es exterior parece
un contrasentido, un absurdo imposible.

Además, sobre esta percepción hay que decir que no tiene


ningún nivel de conciencia que la dirija. No, el para-sí percibe
más bien como símil de decir “que choca”, choca con lo que le
es exterior y este choque enfrenta al para-sí con “cosas” frente
a las cuales él percibe algo positivo, negativo o neutro. Así, el
para-sí le pone signo a lo percibido según lo satisfaga o
beneficie, según le cause daño o le sea indiferente a su
supervivencia.

Supervivencia que es, primero, la del individuo en cuestión y


luego la de su especie. Hay aquí también, parece obvio, una
lógica interna del ser vivo, lógica inconsciente, que conduce a
un afecto/rechazo/indiferencia de lo percibido. ¿Dónde reside
esta “lógica interna”? Habría que convenir que aún el ser vivo
más primitivo tiene una “psique” o algo que hace sus veces; o
habría que convenir que la “psique” no reside sólo en un
cerebro, sino en todo el cuerpo vivo. También hay un azar de
encuentros: el mundo puede promover al para-sí o puede
destruirlo y eso no parece depender de ningún nivel de
consciencia ni ley previa.

Así, que al asumir algo como lo “externo” y relacionarse


obligatoriamente con eso, el ser vivo tiene que “interpretarlo”,
tiene que “representarse ese mundo”. Pero, ya lo dijimos, esa
representación no puede ser sino a costa de una enorme
“selectividad”, que termina construyendo un “mundo propio del
ser vivo”. Pero como hay miles de formas y seres vivos, hay que
aceptar que esa selectividad, a la vez, depende de lo que ese
individuo o para-sí, es: un árbol, un animal, un mono, un
hombre. Ninguno mirará el entorno del mismo modo, porque
cada uno se lo representará seleccionando aspectos diversos
según lo que cada uno es. No es que cada uno “reproduce” el
mundo, sino que selecciona y hace existir para él aspectos de
ese mundo y crea su propio mundo.

Y, por último, tampoco es que “lee la información del mundo”,


sino que percibe según su “base”, su “representación” y sus
“miras”. Lo que se sale de esa representación, es ruido o no es
nada. Por lo tanto, una enorme parte de lo que existe está en el
no-ser para el individuo, incluido el hombre, porque todos los
dispositivos sensoriales son limitados, limitadísimos.

Pero la complejidad no termina allí. Porque aunque es poco lo


seleccionado, esta información no toma cuerpo si no es puesta
“en relación”, puesta “en escena”, puesta “en sentido” y este
hecho añade complejidad adicional a todo lo dicho, porque
nunca se tratará de la simple presentación de elementos, sino
de una red de relaciones que configuran el sentido. Sentido que
nunca será unívoco y calculable racionalmente. Además, el
mundo captado es movido, a su vez, por todo lo que se quedó
en el no-ser. Por último, sin ser exhaustivos, están las
emergencias que no son explicadas por más que se trituren las
condiciones iniciales.

En cuanto se refiere al ser humano, él mismo parte de esa base


del para-sí, luego la organización social impone otra infinidad de
otras cosas y eventualmente emerge la reflexión y la
subjetividad propiamente humanas. Pero siempre en el contexto
ineludible de la complejidad.