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Gombrowiczidas

Juan Carlos Gómez

Juan Carlos Gómez
17 1 Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez 2009 WWW . E L O R T I B

2009

17 1 Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez 2009 WWW . E L O R T I B
17 1 Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez 2009 WWW . E L O R T I B

WWW . E L O R T I B A . O R G

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WITOLD GOMBROWICZ, NOÉ JITRIK Y HORACIO SACCO

No es tan fácil encontrar entre los rostros de los gombrowiczidas alguno que represente el espíritu festivo de estos días, un rostro en el que aparezca especialmente una bondad feliz. “Los medios literarios de todas las latitudes geográficas están integrados por seres ambiciosos, susceptibles, absortos en su propia grandeza, dispuestos a ofenderse por la cosa más mínima” Si el juicio de Gombrowicz se hubiera ajustado totalmente a la verdad yo no podría haber encontrado ese rostro benevolente pues la cara es a menudo el reflejo del alma. Sin embargo, a pesar de todas las prevenciones que tenía Gombrowicz contra la mezquindad de los hombres de letras, buscando con algún detenimiento encontré dos rostros que se ajustan cumplidamente a mi deseo, a saber: el del Benevolente y el del Gran Ortiba, dos gombrowiczidas con formaciones diferentes.

La inclusión de Gombrowicz en “Historia crítica de la literatura argentina” que llevó adelante el Benevolente venciendo la resistencia que le opuso una buena parte de la intelectualidad local es una de las señales más conspicuas que aparecen sobre la existencia de un Gombrowicz argentino.

A pesar de su rostro bondadoso y feliz el Benevolente es un tanto anfibológico pues en menos de lo que canta un gallo me escribió algunas palabras que se muerden la cola.

“(

no tengo tiempo de leerlo pues cada día llega una nueva entrega (

Lo siento, pero

pero tengo un problema: el material de los gombrowiczidas es tan abundante que

)

)

mis límites son esos; sólo me quedaba advertírselo para que usted no creyera que me estoy dedicando a Witold Gombrowicz y no le comento la originalidad de su

pensamiento y su prosa ( )”

“(

divertido. Me prometo cuidar mis elogios, se me pueden volver en contra y no debe

haber nada peor que eso suceda a fin de año (

Hay hombres que piensan observando el mundo, y otros que piensan después de leer un libro. Una de las ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de

leer, pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen. Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es cierta. En dos momentos distintos y no muy lejanos entre sí, uno de los escritores más importantes de Polonia, Jan Lechon, escribía sobre Gombrowicz cosas contradictorias

Además, y no es poco en mi caso, he leído algunos de los grombrowiczidas, muy

)

)”

Que era loco, sórdido y hediondo, y poco tiempo después, que su obra era excelente y que le producía mucho placer. ¿Por qué cambió de opinión? Gombrowicz descubre que cambió de opinión porque nunca la tuvo. ¿Y por qué nunca la tuvo? Porque no lo había leído, o porque lo había leído así nomás, echándole un vistazo, que es lo mismo que había hecho Gombrowicz con los poemas de Jan Lechon. De este modo concluye que ésta es la razón por la que existe una mayor orientación en las lecturas que hacen

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los estudiantes obligados a leer, que en muchos literatos profesionales que hablan con maestría de textos que no conocen. Dediqué horas enteras a estudiar el tipo de las relaciones que me vinculaban con los editores, comparé a las editoriales con cajas negras y analicé el comportamiento de los editores y de esos auxiliares que tienen llamados lectores a los que motejé de pulgones.

Asocié los extremos de su conducta al comportamiento de los asesinos seriales y de los rufianes melancólicos y determiné que su naturaleza sólo alcanza un desarrollo que no

va más allá del nivel de los protoseres. Dividí en cinco grupos las técnicas que utilizan los editores para contrariar a los autores y por fin, estos personajes vinculados a la actividad de escribir desde hace tantos siglos, terminaron por hacerme perder la paciencia y el humor. El muro impenetrable que levantaron a mis escritos no me desalentó pues estaba protegido por el club de gombrowiczidas, y seguí escribiendo como si tal cosa con la esperanza de que algún día podría vivir del trabajo acumulado como le había ocurrido

a Gombrowicz.

Los dos casos tienen, sin embargo, aspectos materiales bien distintos, pues el trabajo que tengo acumulado es de cuatro años solamente y no de treinta años como lo tenía acumulado Gombrowicz, y yo, por una gran fortuna para mí, no vivo de lo que escribo. Mientras corrían los días, las semanas, los meses y los años fui incorporando miembros al club de gombrowiczidas valiéndome de una variedad de recursos, especialmente del conocimiento personal, más recientemente también de las páginas de internet.

Y de repente una mano poderosa derribó el muro. El Gran Ortiba, uno de los príncipes

del club de gombrowiczidas, empieza a publicar todo mi trabajo acumulado no editado en la Argentina, pero decide ir más allá y termina publicando también lo ya editado. La revista El Ortiba se ha convertido para mí en un hogar y el Gran Ortiba en un afectuoso

benefactor.

Yo estoy un poco aturdido por estos acontecimientos recientes y me han asomado inesperadamente unos sentimiento religiosos sólo comparables con los que se tienen en la primera comunión y en las proximidades de las fiestas que necesitan de rostros parecidos a los que se ven en las fotos que forman parte de este gombrowiczidas. Una sensación parecida a la que puede producir un trastorno del cosmos se apodera de mí cuando algún editor publica lo que escribo. Este fenómeno cultural increíble se ha producido en todo lo que me concierne cuando escribo sobre Gombrowicz y el Gran Ortiba, comandante en jefe de la revista “El Ortiba”, empezó a publicar desde el mes de marzo todo lo que llevo escrito, todo lo que estoy escribiendo y, si Dios lo permite, todo lo que escribiré en el futuro.

Yo pasé una sola Navidad con Gombrowicz en Piriápolis, en la casa de los Swieczewski en el año 1961. En el momento del brindis a mí se me ocurrió decir “prosit”, una ocurrencia bastante extraña en una reunión de polacos. La cuestión es que Gombrowicz exclamó al instante y en voz alta: –Dijo “closet”. Como era un asunto que no se podía aclarar me puse colorado como un tomate, y sentí que Gombrowicz me estaba descolocando.

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“Aullidos de sirenas, pitidos, fuegos artificiales, descorchar de botellas y el vasto murmullo de una gran ciudad en gran agitación. En este instante hace su entrada el

año nuevo, 1955. Camino por la calle Corrientes, solo y desesperado. Delante de mí no

veo nada

ninguna esperanza”

Finalmente, el trabajo de oficina en el Banco Polaco lo había aplastado, no podía escribir nada aparte de los diarios. Se sentía un forastero en todo el universo. Sin embargo, pasados unos días después de las fiestas le cambia el humor y escribe en una página del diario cómo en un café de la calle Callao había puesto una inscripción en la puerta de un baño. “A señoras y a señores, para nuestro beneficio, no lo hagan en la tapa, háganlo en el orificio”

En seguida le advierte al lector que había dudado antes de confesar esta manía, pero le había resultado tan fascinante que se lamentaba de haber perdido tanto tiempo sin conocer un placer tan barato y desprovisto de riesgo.

debido probablemente a la terrible

“Hay en esto algo

evidencia de la inscripción unida al absoluto ocultamiento del autor, al que es imposible descubrir. Y también al hecho de que se trata de algo absolutamente inferior al nivel de mi creación”

, algo extraño y embriagador

WITOLD GOMBROWICZ Y JERZY ANDRZEJEWSKI

Gombrowicz desconcertaba tanto a los polacos como a los argentinos, el deseo permanente de descolocar a los demás lo fue convirtiendo poco a poco en un actor. El café Zemianska de Varsovia fue su lugar preferido de para realizar estas maniobras. Bien, Stefan, díganos qué impresión le causa el señor Jerzy Andrzejewski; Jerzy es muy inteligente, tiene un gran simpatía y es sincero; No, por favor, ahórrenos las virtudes y concéntrese en los defectos, suelen ser mucho más interesantes” Andrzejewski, en lugar de contestar con una broma, se ensombreció y se puso rígido, entre él y Gombrowicz se estableció una distancia glacial, el sentido del humor no era desde luego su fuerte, aunque hay que reconocer que Gombrowicz era un provocador profesional.

La capacidad histriónica que Gombrowicz mostró en Tandil lo ayudó a cautivar a los jóvenes de los que se hizo amigo. “Desconcertaba mucho a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que se parecía a

Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía como una especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que había asimilado en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió prestada la bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar, logró andar cada vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida y como el piso era de arena iba dibujando cuadrados en vez de círculos con una lentitud cercana a la

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“Su partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras lo saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en el estribo del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía un conde. Tan rara era su imagen, que provocó una situación también rara: se le acercó un hombre que estaba caminando por el andén y sorpresivamente le preguntó: ¿Y usted, qué es?–, y se fue” La falta de seriedad que Gombrowicz mostró con Andrzejewski tuvo sin embargo un final feliz pues fue justamente gracias a Jerzy Andrzejewski que el Niño Ruso se convirtió en el traductor de buena parte de la obra de Gombrowicz . “Un día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población del sur

de Francia (

)”

“La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. ‘Como todo en la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta me explicaba que alguien había puesto en sus manos la traducción al español de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él en la traducción de su Diario argentino ” Andrzejewski había sido anatematizado antes de la guerra como un escritor que nunca lograría ser dramático porque nunca dejaba de ser dramático.

El verdadero horror de la vida se revela no a quien lo busca sino más bien a quien se defiende de él y lo experimenta contra su voluntad. A juicio de Gombrowicz Andrzejewski necesitaba de una ideología para escribir, era un moralista de principios. “Ese hombre tenía realmente necesidad de Dios, ya que no estaba hecho para vivir en un mundo desordenado. Pero la falta de espontaneidad tomó venganza en él, haciendo que su arte fuera demasiado rígido, algo artificial, restándole originalidad” Gombrowicz alcanzó en “Pornografía” una de sus creaciones artísticas más logradas con el tema de la guerra, y Jerzy Andrzejewski la alcanzó con el mismo tema en “Cenizas y diamantes” Gombrowicz estaba rompiéndose la cabeza con una novela a la que primero llamó Acteón y después “Pornografía”.

Nos decía que a veces le gustaría mandarlo todo al diablo, que para escribir había que tener una paciencia de santo y él no la tenía, que no estaba hecho para escribir. Cuando ya llevaba a cuestas una buena parte de las páginas del libro hace unas reflexiones en los diarios. “Esta novela (es difícil llamar a mis obras novelas) se me da mal. Su lenguaje, demasiado rígido, me paraliza. Me temo que todo lo que llevo escrito hasta ahora ya

va por las cien páginassea una terrible porquería. No soy capaz de apreciarlo, porque cuando se trabaja duramente largo tiempo en un texto, se pierde el sentido crítico,

¿Tendré que tirarlo todo a la

papelera, todo el trabajo de meses, y empezar de nuevo? ¡Dios mío! ¿Y si he perdido el

talento y ya nunca más nada

pero tengo miedo

, algo me pone sobre aviso

,

al menos nada a la altura de mis obras anteriores? (

)”

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“Me he inventado un tema fascinante, excitante, una realidad cargada de terribles revelaciones, y la obra está ya en estado de ebullición, estimulada por numerosas ideas, visiones e intuiciones. Pero hay que escribirlo. Me falla el lenguaje. Me he metido en un lenguaje de un género demasiado tranquilo, demasiado poco enloquecido”

El Príncipe Bastardo le había sugerido a Gombrowicz que cubriera con el lenguaje, por

lo menos un poco más, la legibilidad de “Pornografía”, y le dice que podía recurrir a dos técnicas diferentes: el sistema de la grilla que se aplica sobre un texto legible para hacer surgir un código, o el sistema del pintor que primero hace un cuadro realista y

después cubre su legibilidad. Sobre la verosimilitud de la descripción de la ocupación alemana que Gombrowicz hace en “Pornografía” le confirma que sí, que así era Polonia en aquella época, como él la imaginaba, pero que esa realidad no tenía importancia, lo que sí tenía importancia era la forma en que él la veía.

Pero la materia prima del lenguaje es la palabra, las palabras tienen una importancia fundamental para Gombrowicz, tanto en el arte como en la vida. “Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y

Las palabras liberan en

crean los vínculos reales entre

nosotros” Gombrowicz estaba en condiciones de llevarnos de paseo por el lenguaje y por la palabra. “De modo que el escritor debe cuidar no solamente el lenguaje, sino encontrar en primer lugar una actitud apropiada ante el leguaje. Una actitud apropiada quiere decir que, si es posible, no sea vinculante (…)”

nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean

traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona (

)

“Quien deja que le echen en cara sus propias palabras es un estilista de poca monta, como lo es quien, al igual que algunas mujeres, se fabrica la fama de no pecador, puesto que entonces el mínimo pecadillo se convierte en un escándalo ( )” El estilista contemporáneo debe tener un concepto del lenguaje como algo infinito y

en continuo movimiento, algo que no se deja dominar. Tratará a la palabra con desconfianza, como algo que se le escapa. Esta relajación de la unión del escritor con la

) Con las palabras

palabra supone una mayor desenvoltura en el uso de las palabras (

hay que intentar alcanzar a la gente y no a las teorías, a la gente y no al arte. Mi lenguaje en este diario es demasiado correcto”

A Gombrowicz le echaban en cara que por no haber estado presente apenas tenía una

débil noción de cómo había sido la transición en Polonia del capitalismo al comunismo.

A Jerzy Andrzejewski, en cambio, lo conocemos sobre todo por Cenizas y diamantes,

un estremecedor fresco sobre los últimos días de la ocupación nazi en Polonia y la inmediata llegada del comunismo al poder. La novela tiene lugar durante los últimos tres días antes de la capitulación alemana. La Polonia nacionalista y la socialista pugnan por ocupar el poder del nuevo Estado. La grandeza de Cenizas y diamantes reside, sobre todo, en la autenticidad histórica que destila: la desorientación de los protagonistas, la desmoralización unida a la esperanza, el pasado que se intenta borrar a toda costa, la lucha cotidiana por sobrevivir, las

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camarillas de jóvenes que se juntan para defender unos ideales, los oportunistas de todo pelaje, la ausencia de cordura.

Incluso el bien y el mal, el idealismo y el cinismo, se reparten en partes casi iguales entre los distintos bandos. Como trasfondo aparecen las cenizas en las calles de Varsovia hechas de las ruinas de la guerra mundial, y los diamantes y el lujo del Hotel Monopol, donde la decadente aristocracia polaca vive sus últimos días entre matones y facciones políticas.

WITOLD GOMBROWICZ Y FRANCESCO CATALUCCIO

Las ideas dominantes que sedujeron al Cagamármoles para analizar el mundo de Gombrowicz fueron la juventud y la inmadurez, pero debido a su formación especialmente científica le interesaron más que los aspectos poéticos y metafísicos de estas ideas, los aspectos sociales sobre los cuales Gombrowicz también había hecho algunas reflexiones. Las revoluciones son desencadenamientos sociales transformadores que realiza el pueblo y que por eso llegan a ser fuertes y espontáneos. Después de las primeras convulsiones vienen los razonamientos y los discursos con una avalancha de fórmulas prefabricadas, y este segundo momento de la revolución falsifica su autenticidad y debilitaba la energía del movimiento original. Este es más o menos el pensamiento de Gombrowicz.

Por tal razón consideró a los acontecimientos de mayo del 68 ocurridos en Francia como una derivación peligrosa de un aspecto de la cultura europea: la mistificación de las relaciones de los jóvenes con los adultos, y esta mistificación le parece peligrosa porque el adulto se estaba comportando como si tuviera miedo, perdiendo el control sobre la juventud porque no quiere hacer uso de su autoridad. El inmaduro, tentado a desempeñar un papel para el que no está preparado, actúa como revolucionario y como profeta de lo que resulta un teatro verdaderamente cómico y ridículo. Gombrowicz está seguro de que los jóvenes franceses eran víctimas de una deformación parecida a la que experimentaban los dos estudiantes polacos que entablan un duelo de muecas en uno de los capítulos de “Ferdydurke”. Uno de los estudiantes ensaya las muecas de un alma noble y el otro las de un alma vulgar, los dos están enmascarados, y si bien toman posiciones antitéticas, ambos caen en la vulgaridad y el anacronismo.

La juventud se comporta en forma salvajemente espontánea y es inferior al adulto en todo aquello que tenga un valor social. Débil e indolente frente al maduro es superior en un solo aspecto: en el de la propia juventud que es un valor en sí mismo, un valor cruel que destruye a los otros valores. Sin embargo, la juventud no quiere perdurar, quiere deshacerse de su falta de madurez lo más pronto que le sea posible, pero esta falta de madurez es, justamente, lo que fascina a los maduros. Dos adultos mirones y lascivos se desvelan por excitar a dos adolescentes en “Pornografía”, pero la

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fascinación que suscitan entre ellos los hace sentir inferiores. Esta superioridad del inmaduro sobre el adulto es la que legítimamente puede ejercer el joven, no la de las ideologías y las revoluciones, tan sólo muecas que encierran al joven en una inmadurez vulgar e inferior.

El hombre maduro de hoy siente que su etilo ha envejecido, desarmado frente al inmaduro como está le encarga a los especialistas que busquen en los movimientos de la juventud la mayor cantidad de problemas profundos para que los intelectuales puedan filosofar, se comportaron como sanguijuelas y le chuparon la sangre a los estudiantes de los acontecimientos de mayo. El acercamiento entre las generaciones

está dominado en la actualidad por una retórica estúpida, una especie de revolución artificial que puede falsificar a la larga esta relación decisiva.

El problema que tiene el joven para situarse correctamente en la relación con el adulto

es relativamente fácil de resolver, sólo necesita que el adulto le enseñe a ser maduro

porque eso es, precisamente lo que quiere ser.

Para el adulto las cosas son bastante más complicadas porque quiere ser maduro pero también quiere ser inmaduro. Tiene sed de ligereza, de ausencia de responsabilidad y también de tontería. El joven no busca el poder que tiene el adulto, sabe que todavía es tonto, y si no lo sabe es más tonto todavía. La vieja visión del mundo que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia, estaba siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja autoridad.

El mundo del pensamiento empezó a caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad,

a la que animaba una juventud sorprendente, los intelectuales nos exhortaban a que

pensáramos nosotros mismos, con nuestra propia cabeza.

Las ideas podían tener un salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo eso, teníamos que experimentarlas en nuestra vida, había que tomarlas en serio y alimentarlas con nuestra propia sangre. El aumento de este exceso de responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el conocimiento y la verdad dejaron de ser la preocupación principal del intelectual, una preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que descubrieran su ignorancia. Después de este juego histórico ocurrido en la Francia de Charles de Gaulle Gombrowicz sigue tomando partido por el mundo mágico de la juventud, ése que busca un lugar junto al mundo racional.

La juventud era un estadio de la vida que le resultaba más familiar que la condición sofisticada de la madurez. Gombrowicz no quería ocupar su lugar de adulto en la sociedad y anduvo siempre conspirando aliándose con otros elementos, ambientes y fases del desarrollo. En el tiempo que intentaba publicar las cartas que me había escrito Gombrowicz le escribí a Gabriella D’Ina de “Giangiacomo Feltrinelli”. Gabriella me respondió que la evaluación editorial de mi propuesta se la había pasado a Francesco Cataluccio.

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Enseguida supe que estaba perdido, el Cagamármoles había convencido a la Vaca Sagrada de publicar “Curso de filosofía en seis horas y cuarto”. Me quedé esperando el ruido del trueno después de haber visto la luz del rayo. Y así fue.

Cataluccio le escribirá personalmente porque existen problemas (¿con los

herederos?, ¿con la mujer?) para la publicación. Te he hecho mandar “Una giovinezza

in Polonia” (

El Cagamármoles se estaba transformando en un demonólogo del infantilismo, una especialización que hizo desembocar en una obra a la que dio en llamar “Inmadurez. La enfermedad de nuestro tiempo”, un libro que dio la vuelta al mundo. Sea por la inmadurez, sea porque igual que Gombrowicz estaba subyugado por la filosofía, la cuestión es que el Cagamármoles se convirtió en el campeón de los gombrowiczidas italianos, en un asesor filosófico de la Vaca Sagrada, y en un personaje que le sacó bastante jugo a las ideas de la juventud y la inmadurez.

“(

)

)”

Estaba convencido de que entre las numerosas enfermedades del siglo XX, la inmadurez se había extendido velozmente como un virus hasta convertirse, en la segunda mitad del siglo, en un auténtico fenómeno de masas. Año tras año, el culto a la infancia se ha transformado y radicalizado: hoy los adultos se ven empujados de forma creciente a conservar, por todos los medios, su juventud, a pensar como un joven, a comportarse, a vestirse, incluso a jugar como niños. El niño se ha impuesto como paradigma de un ser ideal, y volver a serlo o seguirlo siendo parece ser ahora el destino de nuestra civilización. Este libro es una reconstrucción histórica a través del análisis de novelas, poemas, pinturas, películas, ensayos de psicología, filosofía y sociologíade la difusión, en el siglo XX, de la voluntad de no crecer.

Una actitud que tiene sus orígenes en una cultura que, fuertemente influida por la religión del Hijo (el cristianismo), ha impuesto a la cultura occidental una visión de la infancia como bien, inocencia, belleza y felicidad. El psicoanálisis y Peter Pan, a principios del siglo pasado, pusieron en entredicho esta visión, junto con la crisis de la figura del Padre. La inmadurez es entonces para el Cagamármoles la causa de la decadencia del mundo occidental y del nacimiento de los totalitarismos. “(…) ‘Peter Pan’ fue reescrito por lo menos dos veces en el siglo XX. La primera en 1937 por el polaco Witold Gombrowicz, en su novela “Ferdydurke”; y la segunda en 1959, por el escritor alemán Günter Grass, en “El tambor de hojalata”. Son dos versiones de Peter Pan, dos destinos diferentes ( )”

“En cada una de estas novelas se perfilan rumbos distintos, itinerarios diferentes para los Peter Pan. La bondad que le adjudica Gombrowicz contrasta con la maldad que le endosa Grass al niño protagonista de su novela. Si en un caso la juventud se presenta como promesa en la otra se la postula como problema. En la novela de Gombrowicz el protagonista es un adulto que, al igual que el Gregorio Samsa de Kafka, por un extraño hechizo, una mañana se sorprende haciendo el papel del pavo, degradado a la condición de adolescente. Pero a la confusión original le sucederá un estado de plenitud. Al fin y al cabo no se la pasa tan mal siendo un niño. Se tiene el privilegio de la verdad y no hay que rendirle cuentas a nadie por ello ( )”

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“La vida es un divertimento donde la transgresión a las reglas del mundo de los adultos, carga con el consuelo de que se trata de una etapa que, tarde o temprano, va a pasar. En cambio, Oskar, el protagonista de “El tambor de hojalata”, es un niño que vive con

vergüenza el mundo de los adultos. Alguien que se atrevió a pispiar el mundo mediocre de los padres y decidió no crecer más. Se convirtió en una freeki a los 3 años

de edad, un enanito monstruoso que se la pasa taladrando el tímpano de los mayores

con el repiqueteo de su tambor y los gritos distorsionados que pegaba.

La juventud es ambivalente. La inocencia puede asumir formas distintas, descabellar

experiencias muy diferentes entre sí. En los dos casos la juventud es algo más que una estética, es una manera de habitar la sociedad ( )”

“En el primer caso la juventud se vuelve una idea positiva, está relacionada –como sostenía Nietzsche en “Las tres transformaciones” del Zarathustra– al santo decir sí del niño, la juventud es la oportunidad de poner a la voluntad en el centro de la escena, una voluntad que apunta a la creación, que lucha para conquistar su mundo; para Günter Grass, por el contrario, la juventud está vinculada a experiencias negativas, autodestructivas, que socavan las bases de cualquier sociabilidad, que no tardará en volverse contra su mundo”

A mí se me había formado la idea de que una persona tan lúcida como el

Cagamármoles me iba a ayudar a publicar las cartas de Gombrowicz en Feltrinelli venciendo la resistencia de la Vaca Sagrada, pero en vez de ayudarla a realizar una empresa tan noble la ayudó a cometer un desatino.

Gombrowicz se fue a la tumba sin saber que se publicaría un libro con unos textos suyos que no habían visto la luz del día mientras vivió: “Curso de filosofía en seis horas y cuarto” . Se publicaron con la santa bendición de la Vaca Sagrada, pero llamar textos

de Gombrowicz a los apuntes que sacó en el curso de filosofía que dictó en Vence y

que Gombrowicz no tuvo ocasión de revisar es una temeridad.

El Cagamármoles se puso a las órdenes de la Vaca Sagrada como doctor profesor

honoris causa lameculos, y allá fue el engendro mortuorio. Como Gombrowicz no era filósofo ni profesor de filosofía no disponía del automatismo que da la memoria mediante el cual podemos repetir cosas que dijimos antes una y mil veces sin pensar en lo que estamos diciendo ahora. Gombrowicz dio ese curso para olvidarse de la idea del suicidio, no disponía pues de la imaginación y de la conciencia agudísimas con las que de vez en cuando enfrentaba estos desafíos.

El Cagamármoles pasa por alto los aspectos poéticos y metafisicos que tienen para

Gombrowicz las ideas de la juventud y de la inmadurez. “Algunos verán en mi mitología del joven la prueba de mis inclinaciones homosexuales; pues bien, es posible. No obstante, deseo hacer una observación ¿es seguro que el hombre más hombre permanece insensible por completo ante la belleza del

muchacho? Y aún más, ¿cabe decir que la homosexualidad, milenaria, extendida, siempre renaciente, no es otra cosa que extravío? Y si ese extravío es tan frecuente, si

se halla tan universalmente presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción innegable? ¿No parecen ocurrir las cosas como si el hombre,

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seducido para siempre por el joven y a él sometido, procurase refugiarse en los brazos de una mujer porque ésta representa para él, a fin de cuentas, una juventud? Hay mucha exageración en todo ello, pero también una pequeña parte de verdad”

WITOLD GOMBROWICZ Y HÉCTOR MANJARREZ

Cuando por alguna razón los mexicanos y Gombrowicz aparecen mezclados me vienen

a la memoria una palabras del Orate Blaguer que junta en unas pocas líneas al Niño Ruso con el Hábil Declarante y el Cacatúa.

“(

que soy’, le oigo decir a Gombrowicz ( )” “Sé el tiempo empleado en leerla, pero no el que tardé en comprender esa vida, que en realidad es esencialmente una obra. Pero sí sé que un día le oí decir a Christopher

Domínguez Michael que aún no sabía si Gombrowicz fue un genio que sólo el nuevo siglo comprenderá o una extraña criatura de la vanguardia que incubaba en la gran Polonia escritores como Schulz y Witkiewicz. Y también sé que le oí decir que había cruzado con muy poca gente palabras en torno a la obra de Gombrowicz (citaba a Pitol

y Manjarrez entre otros), ‘pues entre las características que delatan a este misántropo es que poco puede decirse de él’ ( )”

‘Me creo a mí mismo a través de mi obra. Primero combatiré, y después sabré lo

)

El Cacatúa escribió hace un cuarto de siglo una nota prodigiosa en la que compara a

Gombrowicz con Thomas Mann con tanta maestría que no tiene nada que envidiarle a las “Vidas paralelas” de Plutarco, sin embargo, no siempre hace comentarios atinados,

y no los hace porque el Cacatúa tiene un ‘capiti diminutio’ como muy cumplidamente vamos a mostrar en este gombrowiczidas.

“La mayoría de las fotos de Gombrowicz que conozco lo muestran fumando en pipa. Un hombre de orejas muy grandes, patas de gallo en crucigrama, ojos que no miran la

cámara (

que agarra una pipa” Las palabras del Cacatúa sobre el aspecto de Gombrowicz son poco felices, en cambio, sus reflexiones sobre la santidad y el satanismo del polaco y del alemán son

incomparables.

y una mano grande

),

nariz de grandes ventanas, pelo ralo, tórax ancho (

)

Desarrolla la idea de que Gombrowicz se atiene a la esencia de lo que Mann le había enseñado en Tonio Kröger, vincula la grandeza a la enfermedad, el genio a la decadencia, la superioridad a la humillación y el honor a la vergüenza. No es tan fácil hablar de la santidad de Gombrowicz a la vista de su egoísmo, del solipsismo del artista puro, de la esquizofrenia que le impedía desdoblarse de sus personajes. Conoció la vergüenza y aunque no pudo regresar a su país, se atrevió a la grandeza, al genio y a la superioridad. Gombrowicz, que empieza en las letras como diletante, como aristócrata despectivo, como campesino sardónico, hizo de sí mismo un artista santo. “Veo caminar juntos a Thomas Mann y Witold Gombrowicz, el doble del uno junto al doble del otro. Qué par de mentirosos. Efectivamente, cuán lejos estamos de los

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tiempos de Montaigne, cuando decir la verdad era tan difícil como siempre, pero más simple”

No están nada mal estas meditaciones del Cacatúa, la perversidad que destilan las confusiones entre la santidad y el satanismo, entre la inocencia y la obscenidad y, para decirlo con las propias palabras de Gombrowicz, entre la inmadurez y la forma, son una clave conspicua para comprenderlo, aunque no sé si eso es lo que Gombrowicz andaba buscando, si eso es lo que él quería, si ése era el lugar a donde quería ir. Pero antes de deambular por pensamientos tan atinados el Cacatúa nos muestra su debilidad, nos hace conocer sus sentimientos de inferioridad. “Estoy seguro, sin embargo, que en ‘El casamiento’ Gombrowicz afirma, insinúa y

despliega la idea de que lo inferior es también superior

sin que por ello deje de ser

inferior. Esta es una idea extraña, efectivamente, el 68 no la consagró, pero Gombrowicz, sumamente apolítico en el sentido más amplio y estricto del término, pensaba que era una idea revolucionaria”

“El casamiento” no parece una obra en la que Gombrowicz haya puesto especialmente

el énfasis en el asunto de la inferioridad, aunque las relaciones entre la inferioridad y la superioridad aparecen en todos sus escritos. Pero el Cacatúa piensa que sí y sigue adelante con esta idea adornándola con pasajes del epistolario de Gombrowicz. “En la carta a Juan Carlos Gómez del 15 de noviembre de 1964 se observa cómo

Gombrowicz

Witoldo entendía perfectamente el espíritu español, pero no sus reglas

entendía la inferioridad de América Latina, pero no toleraba el discurso sobre la

injusticia del subdesarrollo (

En esta carta a Juan Carlos Gómez, Gombrowicz dibuja

un pequeño plano de su departamento, destacando y subrayando que tiene tres balcones ( )”

)

El Cacatúa comienza su excepcional nota a la que dio en llamar “El padre es el doble del hijo”, un título por sí mismo llamativo, con una declaración increíble. “De 1968 a 1974 leí mucho a Witold Gombrowicz. Acabo de poner sobre la mesa todos

los libros suyos que leí en esa época

pongamos por caso

“El casamiento” es el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror que se está formando a sí

mismo de un modo imprevisible; un acorde disonante entre el individuo y la forma, y no entre lo inferior y lo superior como piensa el Cacatúa. Es extraño que el Cacatúa se haya confundido de esta manera, pero en verdad no es una confusión, él mismo nos aclara cómo su propia inferioridad se le vinculó con “El casamiento”, nos abre las puertas de su ‘capiti diminutio’.

Son más que los que tengo de Tolstoi o Dickens,

(

)”

“Cerca de una ventana había cinco personas: una francesa muy atractiva, inteligente y rica, un pintor mexicano que gozaba entonces de un cierto prestigio parisino nada

Sin negarle su talento, el pintor me era

inmerecido y otros tres varones franceses (

antipático; de no ser por su cierto prestigio, yo lo hubiera refundido fácilmente en la

)

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“Sin mirarme nunca, pero dirigiéndose a mí tanto como a aquella hembra atrayente,

culta y bien vestida, dijo una palabra que me angustió (

de teatro de Gombrowicz deliciosa, extravagante, subversiva: “El casamiento” ( )” “Yo me había convertido en un Gombrobichito de la especie más baja e inferior

alejé unos pasos, a un sitio donde aún pudiera oír al pintor ( )”

me

Gombrowicz: Hay una obra

)

Sobre el propio aspecto y sobre el aspecto en general Gombrowicz hace reflexiones más atinadas que las que hace el Cacatúa sobre su pipa, sus orejas grandes, su nariz de enormes ventanas y sobre su mano grande. Gombrowicz devoraba a los polacos con la vista para investigar las características de su aspecto, sus movimientos, su forma de hablar y sus caras. Mientras vivió en Polonia no estuvo seguro de las impresiones que le despertaban los polacos, pero aquí, en la Argentina, pudo contrastar esas impresiones con un material humano de lo más variado, compuesto de todas las razas y de todas las naciones posibles. “Es para mí como una especie de placer doloroso el mirar de improviso a un polaco y verlo de esta nueva forma, igual que se ve a un extranjero, pudiendo verificar de ese modo mis impresiones anteriores cuando estaba aprisionado por la polonidad y, ¿para qué ocultarlo?, bastante atormentado por ella”

“Hace poco, en Buenos Aires, experimenté de un modo repentino e inesperado una

Fui por casualidad a un concierto, llegué tarde, entré en la sala

cuando ya sonaba el tema del primer alegro de la ‘Eroica’; no tenía idea de quien era aquel tipo delgado que dirigía, pero la ejecución de la sinfonía beethoveniana era notable y en algunos detalles tan original que discutí sobre el asunto con Gómez, el amigo argentino que me acompañaba” Cuando terminó el concierto fuimos a ver a Stanislaw Skrowaczewski, un compositor y director de orquesta polaco. Las características físicas y espirituales del maestro que Gombrowicz había notado durante el concierto, se le organizaron en esa forma de tipo

confrontación así (

)

polaco que ya conocía, igual que lo que ocurre con un paisaje cuando un detalle nos lo permite identificar como algo familiar.

“Pero al mismo tiempo, creedme, todo eso estuvo acompañado de una desagradable puntada en el corazón, quizás a causa de tantos enfrentamientos míos con aquel ‘tipo polaco’ al que yo también pertenecía” No hay que buscar en esta reacción un complejo de inferioridad de Gombrowicz, su condición de forastero impenitente lo había curado de ese problema y se sentía cómodo en cualquier ambiente. Ese exotismo de su país que le recodaba el director de

orquesta no era solamente misterioso, también parecía una forma de huir de las preocupaciones y de las luchas de cada día muy típica de los polacos. “Lo captó el ilustre Marcel Prust al describir sus encuentros con un pequeño grupo de

‘muchachas en flor’ (

)”

“Al conocerlas más de cerca, cuando le fueron reveladas sus preocupaciones, intereses, sueños y penas, las encantadoras muchachas dejaron de encantarle; y lo mismo le ocurrió con los salones de la aristocracia parisina, que se le convirtieron en aburrimiento cuando dejaron de ser algo desconocido y misterioso. Pero para Proust la

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vida consistía sobre todo en conocer, o sea en matar el encanto que nace de nuestra ignorancia”

El propósito que tenía Gombrowicz cuando se encontraba con algún polaco era el de

verlo en su misterio, como lo verían, por ejemplo, un español o un boliviano, en su calidad de extranjero. No obstante el misterio polaco tenía los pies de barro. Polonia era un país que no se destacaba demasiado, que carecía de una cara propia, pero los polacos, sin embargo, no pasaban por el mundo desapercibidos, aunque en la mayoría de los casos llamaban la atención por sus extravagancias.

A pesar de todo, el misterio polaco existe, una cierta manera polaca que atrae e

interesa al extranjero. Yo quiero que los gombrowiczidas juzguen con su propia cabeza el aspecto que tiene

Gombrowicz en la foto de esta historia verdadera tomada en uno de los balcones de su piso en Vence.

A mí me parece, cuando la miro, que la descripción que hace el Cacatúa de

Gombrowicz no está a la altura de las circunstancias, me da la impresión de que Héctor

Manjarrez se ha convertido en una cacatúa, una cacatúa cualquiera que sueña con la pinta de Carlos Gardel.

WITOLD GOMBROWICZ Y LA INMADUREZ

Para analizar unas cartas recientes del Esquizoide y del Benevolente utilicé el algoritmo del mínimo común múltiplo, un algoritmo que arrojó como resultado el tema de la inmadurez.

El Esquizoide recorta el tema de la inmadurez en medio de observaciones secas y

amargas que me hace sobre el guión de “Gombrowicz o la seducción”, sobre el “Diario” de Gombrowicz y sobre la Vaca Sagrada.

Cabe señalar que nunca me importó un bledo acercarme a Vaca Sagrada alguna,

jamás me preocupó apoyarme en figuras estelares para dar brillo a mi propia estrella, tengo muchos defectos pero no soy cholulo ni mitómano, más bien le huyo a esas desgracias proyectivas. De modo, mi viejo, que estás equivocado. Lo de la inferioridad,

la juventud y todo el resto, daría mucho que hablar y no tengo ni el espacio ni las

ganas de hacerlo ( )”

“(

)

El Benevolente también recorta el tema de la inmadurez pero en medio de observaciones amables que me hace sobre el mundo fatuo de la literatura en el que yo entro con mi pala dialéctica para sacar del medio mucha basura, pala en la que Gombrowicz no aparece como un Sumo Pontífice sino como un factor desencadenante, como el ojo de la tormenta.

“(

No digo que no aparezcan también cuestiones que van más allá de un espontáneo

movimiento higienizador ni tampoco que no sean interesantes; la última que leo, el trasegado tema de la inmadurez y la madurez: habrá que respetar la idea de Gombrowicz al respecto pero me parece que es una idea de observador, no de sufridor; en otras palabras, moraliza cuando el tema da también para cierto faustismo.

)

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En otras palabras, no es sólo que ‘los jóvenes’ deseen dejar de serlo o que los adultos los miren con reprimida envidia o voluntad reeducadora sino también, dicho con toda

prudencia, que en todo ser humano hay un sentimiento de pérdida (

fáustico, saber que no hay caso y, sin embargo Gombrowicz? ( )”

¿Lo habría asumido Witold

) y un complejo

Para llenar el vacío que deja el Esquizoide negándose a hablar del tema de la inmadurez y para no darle la razón a la concepción fáustica del Benevolente vamos a decir algunas palabras sobre las ideas que tenía Gombrowicz sobre la inmadurez y sobre la forma.

Todo lo que concierne a la naturaleza del hombre, salvo los misterios trinos, suele

dividirse en dos: el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo, el bien y el mal

Gombrowicz,

siguiendo él también la línea binaria del pensamiento, eligió la inmadurez y la forma. En su visión del mundo irreverente y libertaria la cultura y las ideas juegan un papel paradójico pues lo ponen al hombre en el camino de la inmadurez en vez de hacerlo crecer. No son las ideas las que mueven a las personas sino las funciones, un

pensamiento fundamental del estructuralismo que apareció bastante después de que Gombrowicz empezara a darle vueltas a esta nueva manera de ver las cosas.

Echa mano a varios recursos para malograr el desempeño social y psicológico de sus personajes cuyas acciones desembocan generalmente en comportamientos quebrados y fracasados. No se propone construir una moral nueva, le da una buena paliza a la que ya tenemos para que se aligere y se ponga a andar, para entretenerse con él mismo y para que nosotros nos entretengamos con él. Las ideas de la forma y de la inmadurez emprenden la marcha por dos caminos distintos, el de la conciencia y el del pensamiento, y es este tránsito doble de los dos universos opuestos el que convierte su línea binaria de pensamiento en una actitud fundamental. A Gombrowicz se le ocurrió que la única arma de la que disponía para convertirse en un fenómeno de pleno derecho en la cultura consistía en no ocultar su inmadurez, al contrario, tenía que confesarla.

Con esta confesión podía tomar distancia de su inmadurez y de la cultura. Si Gombrowicz hubiera entrado en la cultura como un campesino polaco libertario absoluto los expertos lo habrían ubicado inmediatamente en el casillero de los autores destacados del primitivismo en estado puro y el problema quedaba resuelto, pero no fue así, Gombrowicz entró a la cultura de otra manera y lo más que se atrevieron los especialistas franceses fue a clasificarlo entre los anarcoexistencialistas. Gombrowicz desmontó buena parte de las posiciones de la cultura de las formas en sus diarios y buena parte de las posiciones de la cultura literaria en su creación artística echando mano a su conciencia y a su inmadurez. Empecemos por decir, entonces, que no tenía una visión del mundo predeterminada cuando empezaba a escribir.

Escribiendo, poco a poco, esa visión del mundo se la iba formando dándose la cabeza contra la pared pues en el acto mismo de la creación debía utilizar materiales, digámoslo así, que le venían dados, siendo el leguaje el más importante. Y éste no es un problema menor ya que nadie podría, pongamos por caso, construir un edificio transparente si sólo dispusiera de ladrillos opacos. Los estilos y las formas están

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hechos y sólo nos resulta posible expresarnos a través de ellos, esto es así para Gombrowicz y para cualquier otro hombre que utilice la palabra como un medio artístico de expresión. La visión del mundo es pues un producto social que le viene dado al hombre desde el pasado a caballo de la historia, y tiene éxito en la medida que no la pongamos en tela de juicio.

Esto ocurre así cuando no somos conscientes de cómo esa visión del mundo afecta nuestra forma de hacer las cosas y de percibir la realidad. La visión del mundo es entonces un marco de referencia interhumano y, de la misma manera que nos pasa

con la forma, no es nuestra. Son las representaciones de ideas, valores, ideologías y creencias que le fueron impuestas durante siglos a la humanidad y que, a juicio de Gombrowicz, nos deforman.

Él se ocupó de destruir su visión del mundo, una visión del mundo que, por otra parte,

no era suya, y no de crear una visión del mundo nueva, pues ningún hombre individualmente, por más genial que sea, puede emprender una empresa semejante, a

excepción de los profetas.

Más que la consecuencia de una visión del mundo, sea ésta a priori o a posteriori, su obra es el resultado del esfuerzo consciente que realiza para organizar el caos inicial de una narración que le rebota como una pelota contra las paredes del leguaje y que constantemente es absorbida por estilos y obsesiones que le viene dados por la herencia, por la tradición y por la cultura. Gombrowicz nunca pudo ajustar las cuentas con su inmadurez, un poco porque no quiso y otro poco porque no pudo. El aspecto cómico de esa inmadurez era su infantilismo y la forma dramática su confrontación con la madurez. Todas las naturalezas intermedias están tironeadas por los extremos, la crisálida por el gusano y

la mariposa, la adolescencia por la inmadurez y la madurez.

Según este modo de ver las cosas hay que decir que Gombrowicz fue un adolescente desde la niñez hasta la muerte. Si hay algo nuevo después de Gombrowicz es la irrupción consciente que realiza con su inmadurez en el mundo de la cultura. Los pasajes de su inmadurez a su madurez son obscuros e incompletos, es evidente que no tuvo esa transformación interna estándar que nos va volviendo maduros: del erotismo

a la sexualidad, del estudio a la profesión, de la profesión al trabajo, del trabajo al

dinero, de la sexualidad a la pareja, de la pareja a los hijos, y, en general, de una cosa a la otra, en este camino nos vamos transformando y nos volvemos maduros. Sin

embargo, siempre nos queda como en un sueño actual el recuerdo de la juventud, el deseo de volver a ser jóvenes, es el sueño del doctor Fausto, es el sueño fáustico. Pero, este sueño no era el sueño de Gombrowicz, es un sueño que él no podía tener.

El personaje más poderoso de Fausto es Mefistófeles, es el único que está por encima

de Fausto, y Fausto es un hombre que pasa dos veces por la juventud: la que le resulta de su crecimiento natural y la de su pacto con el diablo. El sueño de Fausto es volver a ser joven, puede ver a su juventud desde afuera, por eso su sueño es una añoranza. En cambio, es difícil saber cuál es el personaje más poderoso de esa obra titulada Witold

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Gombrowicz. Por encima de él no está ni siquiera Dios porque no cree en él, y no tiene sentido decir que Gombrowicz está por encima de Gombrowicz. Digamos que Gombrowicz atraviesa toda su vida, desde la niñez hasta la vejez, con una inteligencia y una conciencia agudísimas, y esa inteligencia y esa conciencia tan perfiladas fueron formando un personaje que se puso por encima de todo lo demás, es

el personaje más poderoso de esa obra llamada Witold Gombrowicz.

Gombrowicz no es un hombre que haya pasado por su juventud, se quedó en ella, se quedó en su inmadurez a pesar de su degradación biológica. La inteligencia y la conciencia profundas son su madurez encarnadas en un ser inmaduro que no logra ponerse a su altura, nunca se volvió maduro, se volvió viejo, un viejo inmaduro. Fausto le vende el alma al diablo para volverse joven; Gombrowicz le vende el alma a esa conciencia agudísima para volverse maduro. Fausto es un hombre que pasa dos veces por la juventud y por eso puede añorarla; Gombrowicz no logra salir de su juventud, hace el simulacro de que se convierte en maduro en su obra pero es sólo una ilusión que utiliza para ponerse fuera de su inmadurez. Todo esto resulta ser una quimera, él no puede añorar su juventud pues permanece dentro de ella.

Los sueños de Fausto y de Gombrowicz son muy distintos aunque ambos sueñan con la juventud, uno para añorarla y otro por temor a perderla.

Si

fuera necesario agregar algo más sobre la presencia permanente de la inmadurez en

la

vida y en la obra de Gombrowicz recordemos como termina dos de sus novelas, la

primera y la última. Siendo la seriedad un atributo de la madurez y la falta de seriedad de la inmadurez hay que decir que las termina de una manera poco seria, insubstancial, trivial. Ferdydurke es una obra en la que Gombrowicz se rebela contra lo perfecto y contra la cultura entablando una lucha consciente para dominar sus impulsos inmaduros. Pugna como la crisálida, quiere convertirse en una mariposa para buscar una forma que lo ponga en el camino de la madurez pues las manifestaciones

de la cultura y de las ideas, paradójicamente, lo ponen en el camino de la inmadurez. Es una comedia dramática caracterizada por el fracaso de los ideales y del amor, pero este fracaso culmina en una chanza: “Punto y coma el que lo leyó se embroma”

Y Cosmos es su obra más grande, trágica y tan negra que la muerte le empieza a

golpear la puerta. Como un cíclope medio ciego está combatiendo con las antesalas de la realidad, una realidad que es atacada por una forma que la fragmenta y la debilita pero que, finalmente, sucumbe ante ella. Gombrowicz no podía consagrar por mucho tiempo ninguna situación dramática, así que tampoco podía presentarse ante los

lectores como un hombre trágico. Tomado por sus impulsos inferiores también termina esta novela en forma ligera: “Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno” La atracción fatal que tenía para Gombrowicz el mundo de la inmadurez tiene origen en un doble mundo que nunca perdió ni quiso perder. La inmadurez fue el salvoconducto que le permitía entrar en el campo del enemigo cuando iba de la clase social a la intelligentsia, y viceversa.

Quien conozca bien sus obras podrá descubrir también como una inmadurez premeditada es la llave que utiliza para componer literariamente los pasajes de

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situaciones contradictorias, de lo que se sigue que su inmadurez no era tan inmadura que digamos. “Ferdydurke es la obra de Gombrowicz en la que aparece con más claridad su pertenencia a esos dos mundos, mientras a la inmadurez le encarga el trabajo más difícil, mantener la frescura del relato sin que se vuelva infantil, y actuar como mensajera entre los dos mundos. Jano, con sus dos caras, veía el pasado y el porvenir, Gombrowicz en “Ferdydurke” ve en el pasado, la extinción de su familia de su clase social, y en el porvenir, el desarrollo de una forma que nos conducirá al paraíso o al infierno según cuánto sea lo que se humanice.

“Ferdydurke” tuvo desde el comienzo el doble aire de la irresponsabilidad y la provocación de una comedia y el aspecto de la profundidad y el dolor de una tragedia. De los fondos de una gigantesca cloaca provienen la substancia y el alimento para el desarrollo de todos los valores y de toda la cultura. El complejo de formas de segundo orden encadenado a nuestra inmadurez está incorporado a nuestra vida como un viejo hábito. La envoltura de las formas maduras y convencionales le rinde homenaje a los valores elevados y sublimados mientras nuestra vida esencial se desarrolla en una esfera familiar y sucia, con ligereza y libre de sanciones. Su energía emocional es cien veces más pujante que la de aquella otra en la que se tejen las telas de las convenciones, una esfera detestable y vergonzante en la que prospera una vida exuberante y lujuriosa.

Gombrowicz pone en entredicho la posición aislada y privilegiada atribuida a los fenómenos psíquicos destruyendo el mito de su divinización, y pone al descubierto una genealogía zoológica escabrosa y poco reluciente que repudia toda vanidad. Descubre una naturaleza común entre las esferas de la cultura y de las subculturas y vislumbra en la región de la inmadurez el modelo y el prototipo del valor en general, y en el mecanismo de su funcionamiento la llave para la comprensión de la maquinaria de la cultura. En el salón que da a la calle todo obedece a lo que es conveniente, pero en la cocina de atrás de nuestro yo se practica la economía de la peor de las conductas. Gombrowicz domina esta maquinaria psíquica ridícula y caricaturesca al punto de llevarla a una zona de cortocircuitos violentos y de explosiones que condensan en forma grotesca.

WITOLD GOMBROWICZ Y SERGIO PITOL

En los años 60 Gombrowicz tenía unos pocos fans en Barcelona: Gabriel Ferrater,

, empezamos a tener noticias de Pitol por las cartas que nos escribe Gombrowicz desde

Joaquín Jordá, Jorge Herralde, Sergio Pitol

y es también en los años 60 que nosotros

Vence buscando desesperadamente un traductor para poner en español el “Diario argentino”

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“En cambio no haces lo que debieras hacer, es decir, mandar un ejemplar de “El casamiento” argentino a Sergio Pitol, México, como te decía en la anterior” Por aquel entonces Gombrowicz lo estaba invitado a Pitol a colaborar con la traducción del “Diario argentino”, un collage que arma con fragmentos de los diarios que se refieren con algún detalle a los argentinos y a la Argentina.

“Un día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. ‘Como todo en la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta me explicaba que alguien había puesto en sus manos la traducción al español de ‘Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él en la traducción de su Diario argentino ” Podríamos decir que el mote de Niño Ruso se lo puso el propio Pitol en la infancia, y se lo puso con mucho gusto.

“El Viaje” es un libro mozartiano en el que se cruzan con inteligencia el drama, el humor y la belleza. Lo tuve que leer de apuro cuando el Niño Ruso se vino a Buenos Aires para presentarlo pues formaba parte de una trilogía dedicada que me había mandado desde México y que yo me resistía a leer como gato panza arriba.

En “El Viaje” Billy Sully le pregunta a Sergio cómo se llama: –Iván; ¿Iván qué?; Iván, niño ruso. “Los problemas de mitomanía me duraron unos cuantos años, como defensa ante el

La única excepción fue la de mi identificación con Iván, niño ruso, que aún

mundo (

a veces me parece auténtica verdad” EL Niño Ruso fue el único escritor que se interesó verdaderamente por las cartas que

Gombrowicz le había escrito a Flor de Quilombo y que yo mandaba a los escritores gombrowiczidas. Los comentarios que me hacía sobre esta correspondencia eran amenísimos e inteligentes.

)

“¿Cuál era la verdadera relación entre Gombrowicz y Flor? En una carta que me enviaste, de las que Gombrowicz le escribió a Flor, parecería que Flor, cuando conoció al polaco, se le acercó demasiado físicamente, y el escritor no le correspondió explicándole que una aventura sexual no le interesaba porque eso arruinaría una amistad. Pero estas cartas últimas parecen matrimoniales. Y tú lo sabías, por eso lo incitaste a proponerle una vida en común con Flor” Estaba dándole vueltas a la cabeza a ver cómo podía atacar la actitud bondadosa y patriarcal del Niño Ruso. “En tu excelente ‘Diario de Escudillers’ escribís sobre tu llegada a Barcelona empezando el 22 de junio de 1969 y terminando el 27 de septiembre ( )”

¿Recordás que entre esas dos fechas, el 24 de julio más precisamente, se murió Gombrowicz en Vence?, ¿por qué no escribiste sobre Gombrowicz si había muerto en el tiempo de tu diario barcelonés?”

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Sin perder ni un poco de su calma y de su aplomo habituales me escribió una carta bondadosa y atinada. “Siento algo de inquisidor en tus preguntas. ¿Por qué no mencioné la muerte de Gombrowicz en mi diario de Escudillers? Tal vez no lo supe entonces. En España fuera de un puñado de intelectuales nadie sabía de la existencia de él. Y la muerte de alguien que no existe en mi entorno más íntimo me parece natural, es el ritmo final de la comedia humana, y está muy cerca de nuestras raíces mexicanas. Me parece que el único autor cuya muerte me dolió fue la de Thomas Mann, cuando era yo muy joven”

Desde el mismo comienzo de nuestra relación el Niño Ruso me alentó a que me pusiera en contacto con el Pato Criollo si es que quería llevar a buen puerto mis empresas literarias. “Me parece bien que hayas acudido a Aira, hay conexiones con Gombrowicz en su excentricidad, en su libertad, en muchas cosas. No son iguales, claro, nadie lo es ( )” “Yo lamento la ausencia de los conocimientos filosóficos que tan bien maneja Aira y que le dan un peso especial a sus novelas, como ‘Cumpleaños’. Aira es el más importante y radical de los nuevos autores latinoamericanos y a mí, que estoy en el umbral de los setenta años, leerlo me da una gran sensación de libertad” El Niño Ruso tiene ideas un poco diferentes de las mías respecto a la Vaca Sagrada y me lo hace saber muy amablemente.

“Me permito decirte que hay algo que no me gusta de tus cartas, la manera como te expresas al tocar a Rita Gombrowicz. Fue su compañera, su enfermera, su lazo con el mundo y con la vida en los últimos años. Él la eligió. Aún ahora continúa trabajando para que la obra de Gombrowicz no se pierda. Si también tiene ganancias de esa obra, eso es lo que menos debe contar ( )” “Y si declara que tenía relaciones con otros, es explicable, por las discordancias de edades, por la enfermedad y por las características difíciles de Gombrowicz en cuanto al sexo. Y, sobre todo, porque los años sesenta en Europa y creo que en todo el mundo, fueron absolutamente disolutos, libertarios, anárquicos, cargados de una intensidad erótica soberbia, y un acto sexual no tenía la más mínima trascendencia. Era como tomar un vaso de agua”

Y tampoco nos ponemos de acuerdo sobre mi ruptura con Gombrowicz, el Niño Ruso considera que el dolor de Gombrowicz pesaba más que el mío cuando dejamos de escribirnos. “Es bueno haber leído a los dos protagonistas. Desde el inicio sentí que la ruptura sería el destino de esa amistad; era necesario Buenos Aires y el grupo de amigos, y el Rex y todo un mundo físico donde se oyeran las voces para que la amistad viviera ( )” “La dura ruptura con Gombrowicz, me parece, se debe a una falta de captación de tu parte sobre las condiciones del polaco. Estaba muy enfermo y aturdido, y al parecer tú no se lo creías. También, el hecho de que se radicara en Europa y decidiera no regresar a la Argentina tuvo repercusiones en ti desesperadas ( )”

“Soy afecto de las Gombrowiczidas, personaje algunas veces y también crítico de tu incomprensión del Gombrowicz de Vence, famoso, deprimido, enfermo, lejos de Polonia y Argentina. Lo conociste de una manera radiante y no le perdonaste, ni aún lo

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haces, que no fuera siempre así. El derrumbe de la amistad tenía que suceder. Fue amargo y cruel porque le exigiste lo imposible. Eres fenomenal cuando escribes sobre Gombrowicz y la literatura y la excentricidad de ese hombre único que de repente llegó a Buenos Aires para vivir largos años. Me encantó lo que escribiste últimamente sobre la pasión por Thomas Mann”

A menudo pensamos que si no lo hubiera hecho uno lo hubiera hecho otro, y esto

sobre asuntos que han tenido alguna importancia para los hombres.

Hay muestras de todo color en las historias de la ciencia y del arte para ilustrar esta cuestión, siendo una de las más señaladas la del cálculo infinitesimal, cuyo invento unos atribuyen al inglés Newton y otros a Leibiniz, el alemán. Los gombrowiczidas hispanohablantes bien sabemos que el primero que puso en español una obra de Gombrowicz fue Gombrowicz mismo, con la colaboración legendaria del comité de traducción del café Rex que lo ayudó a trasladar a nuestro idioma el inmarcesible “Ferdydurke”. Sin embargo, hay que decirlo, existe otro gombrowiczida que compite con el mismísimo Gombrowicz en esta empresa: el Niño Ruso, un mexicano que vivía en

Varsovia cuando fue invitado a traducir el “Diario argentino” y que trasladó del polaco

al español buena parte de su obra.

“La vida lo dotó con un destino absolutamente ideal para perseverar en esa condición de inconforme, para afinar su personaje, volverlo extraordinario y aprovechar esa antipatía o desprecio hacia el mundo convencional, predeciblemente obtuso y correcto, para combatirlo y buscar lo nuevo, lo auténtico, lo joven, lo real: ésa fue su vocación, y al seguirla coherentemente, la convirtió en su gran triunfo ( )” “Me interesa esa opinión de Gombrowicz sobre su libro inicial, reeditado muchos años después con el título de Bakakay , porque a mi juicio es uno de los tres libros que resistirán el cruel paso del tiempo al que toda obra está sujeta, y formarán parte de la pequeña lista de clásicos que cada siglo salva. Los otros son Ferdydurke , y sobre todo, el prodigioso Diario que comenzó a escribir en Buenos Aires ( )”

“Quienes habían zaherido al joven narrador por su supuesta inmadurez literaria encontraron en ese libro una respuesta contundente. Ferdydurke es la novela de la inmadurez. En ella todo lo que parecía seguro, firme, respetable en el mundo de los hombres es barrido a golpes, resquebrajado, ridiculizado, hasta terminar siendo risible, grotesco, lamentable, y el fenómeno desacralizador que logra esos resultados es precisamente la inmadurez, la energía de los que se resisten a crecer, el golpe que lo inferior asesta a lo superior, el triunfo de lo vulgar, la subcultura y la impureza sobre la exquisitez, la cultura y la pureza ( )” “Gombrowicz no es un autor fantástico sino un realista radical; él lo sostuvo toda su vida. Un hiperrealista que se propone corroer todo lo que es falso en el mundo de los hombres para llegar, después de traspasar capas y capas de construcciones culturales falsas y obsoletas, hasta lo real, es decir, lo verdaderamente humano ( )”

El Niño Ruso es un hombre digno de ser querido, amable, cordial, afectuoso, que maneja de una manera discretísima su carácter mundano y sus conocimientos, que me

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trató siempre con una bondad increíble, que trató de encarrilarme pero con el que no siempre me pongo de acuerdo. No nos pusimos de acuerdo, por ejemplo, en qué cosa era La Fragata. Una tarde de Buenos Aires en el Hotel Crillón le digo al Niño Ruso: –Sí, fue terrible para mí, su “acaso era posible prolongar indefinidamente ese jueguito nuestro en la Fragata?”, me envenenó; Pero, ¿por qué?; Y, bueno, imaginate, las conversaciones que yo tenía con él en la Fragata eran todo para mí; Pero, ¿cómo, la Fragata no era una señora que ustedes se disputaban?; No, hombre, no, era junto al Rex el lugar donde se había desarrollado nuestra amistad; Mira, hasta hoy pensé que era una señora.

WITOLD GOMBROWICZ, ADOLF RUDNICKI Y ZBYSZEK UNILOWSKI

Los modales en la Polonia del joven Gombrowicz habían llegado a un punto extremo. Cuentan que en esa época un caballero, después de haber entrado a un baño público, se dio cuenta de que no tenía papel. Trepó el tabique que lo separaba del baño contiguo: Permítame que me presente. Soy el señor X. ¿Puede darme un trozo de papel? El otro caballero trepó también la pared: Encantado. Soy el señor Y. Aquí tiene papel. Lamentablemente, la pobreza polaca también tenía características extremas. “Lo que sí saltaba a la vista era el proletariado. El pueblo comenzaba a comprender: en Occidente no existía el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término. Había trabajadores intelectuales y trabajadores físicos pero, por lo general, la miseria no alcanzaba un estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de hombres, otra clase. Unas criadas descalzas como las veíamos en Varsovia era algo inconcebible en París”

Con esta mezcla contradictoria de modales y de miseria Gombrowicz se acercó a dos de los artistas de origen proletario más importantes de Polonia. Él no estaba acostumbrado a tipos como Rudnicki o Unilowski, eminentes en ciertos aspectos y en otros completamente incultos. Las tradiciones de la generación anterior de literatos gentlemen, compuesta por unos señores educados y pulidos, estaba aún muy arraigada en Gombrowicz. Adolf Rudnicki no era especialmente distinguido, provenía de un suburbio y, además, no era demasiado limpio. A partir de estos antecedentes Gombrowicz intentó hacer lo de costumbre, aplastarlo con su manera aristocrática. A él le parecía que esta manía suya no estaba dictada por la estupidez, sino al revés, era precisamente la inteligencia la que lo impulsaba a este comportamiento descarriado.

Había que buscar lo contrario, más aún en ese tiempo en el que las consignas eran la democracia, la igualdad, el progreso y la negación de la nobleza, especialmente en los ambientes intelectuales. Decidió mostrarse delante de Rudnicki como un personaje disfrazado conscientemente de anacronismo. “Nos observamos con curiosidad: si Schopenhauer considera conmovedora la curiosidad con la que dos jóvenes de sexo diferente se miran buscando en el otro la madre o el padre de sus futuros hijos, la mirada crítica con la que se analizan dos

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jóvenes artistas en su primer encuentro, tampoco está desprovista de un significado profundo e íntimo. Cada uno ve en el otro su rival y desea comprobar las ventajas que tiene sobre él, averiguar si su valor espiritual y su forma son suficientes para no sucumbir ( )”

“Sabía que mi primer libro no le había gustado demasiado (

flojo, demasiado pulido. En una ocasión me dijo: Tú eres tan fino

Su opinión en este sentido expresaba un malentendido que poco a

poco se iba creando entre mí y la mayor parte de la intelligentsia polaca” En los diarios Gombrowicz analiza algunas de las protestas de los escritores polacos, especialmente las de Adolf Rudnicki. Los hombres de letras se estaban quejando de que la literatura de postguerra no había sido capaz de agotar el tema de la guerra, que de ese abismo infernal no se había extraído todo lo que sobre el hombre se podía extraer. Estos escritores se pusieron a hablar de los cuerpos torturados creyendo que la inmensidad del sufrimiento los proveería de alguna verdad, de un nuevo saber sobre nuestros límites, pero sólo descubrieron que la cultura de los estetas intelectuales no es más que espuma

era para él demasiado

tanto, que se te ve

sólo de perfil

)

Hay un contraste vergonzoso entre la montaña de cuerpos sangrantes y el endeble comentario que no ha ido más allá de los deseos piadosos contenidos en las declaraciones del Santo Padre. A veces hay dosis demasiado fuertes que el organismo ya no acepta, Gombrowicz piensa que los temas demoníacos y gigantescos hay que tratarlos con una prudencia excepcional o, al menos, con una astucia excepcional. Los cuatro millones de judíos asesinados son el Himalaya. Del doble lenguaje de la guerra y de la literatura Gombrowicz deduce las condiciones a las que debe ajustarse el escritor. Que se encante con su objeto y que tome una distancia fría frente a él; que se sienta coautor de la cultura y que no la venere; que exprese su propio espíritu individual. De la inobservancia de estas condiciones devino una literatura que no expresó la realidad, sí en cambio las fantasías colectivas, las abstracciones estéticas e históricas, la misión social, el satanismo.

En las cumbres no hay nada, sólo nieve, hielo y rocas, en cambio hay mucho por ver en el propio jardín. Las montañas de sufrimiento, el horror, el vacío, son objetos que la literatura no debe abordar por la vía directa, sólo nos podemos aproximar a ellos a través del mundo entero y de la naturaleza humana en sus aspectos más fundamentales. La inobservancia de estos límites llevaron al fracaso a los escritores, pues los objetos no fueron alcanzados. Al fracaso le sucedió un sentimiento de culpa, y cuando se sintieron ruines cayeron en la frivolidad. “Cuando te acercas con la pluma en la mano a las montañas de sufrimientos de millones de seres, te invade el miedo, el respeto, el horror, la pluma te tiembla en la mano, y tus labios no son capaces de emitir más que un gemido”

Pero ni con los gemidos ni con el vacío se hace literatura. La actitud honesta es no esforzarse en vivir algo que no se puede vivir, es preguntarse por qué esas vivencias nos resultan inaccesibles. Los polacos no han experimentado la guerra. Han experimentado únicamente el hecho de que la guerra no se puede experimentar, experimentar plenamente, agotarla como experiencia. Sartre dice que durante la

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ocupación alemana la elección que cada uno hizo de su vida fue una elección

auténtica, porque fue hecha cara a cara con la muerte, a pesar de que los agonizantes

y los vivos no hablaban el mismo lenguaje y poco podían hacer para comunicarse los

unos con los otros. El problema del doble lenguaje es un rasgo que Gombrowicz tiene en común con los existencialistas, en la forma del pensamiento y en el carácter de la literatura.

Mientras Gombrowicz pasaba unas vacaciones sin un término definido en la Argentina, los polacos no se ponían de acuerdo sobre si era un escritor apegado a las antiguallas del pasado, a la clase terrateniente y a la genealogía o si, en cambio, en tanto que amoral y ahistórico, era un escritor vanguardista. En "Veinte años de vida" de Zbigniew Unilowski el prologuista intenta ubicar a Gombrowicz en el panorama de la literatura. “En el período en que Unilowski apareció en el campo de la literatura, las tendencias progresistas se vieron de nuevo contrastadas por el implacable culto a la separación de la literatura de la vida. Fue el tiempo en que Gombrowicz quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo por desgracia una gran influencia sobre sus contemporáneos con su literatura dominada por el infantilismo y el subconsciente ( )”

“En su novela, cuyo título constituía ya de por sí un programa (puesto que 'Ferdydurke' no significa nada), quiso reducir la vida humana a unos reflejos infantiles. Unilowski deseaba mostrar el desarrollo y la maduración de un niño en un mundo severo y malo. Gombrowicz, todo lo contrario: quiso reducir las cuestiones de la vida, las cuestiones

sociales, a la época de la niñez, a la esfera de los reflejos subconscientes

era un escritor que iba en la dirección opuesta a Gombrowicz y sus adeptos ( )” Gombrowicz combate al prologuista con sus recuerdos en un pasaje de los diarios oponiéndole la propia opinión de Unilowski. “Añadiré, remontándome al tesoro de mis recuerdos, que cuando le di a leer el original mecanografiado de 'Ferdydurke' a Unilowski, éste se derritió de gusto. No ocultaba

Unilowski

que esta obra había tenido en él un efecto liberador. En señal de agradecimiento, me invitó al Adria y me emborrachó”

Desde muy joven Gombrowicz meditaba sobre cuál podría ser la causa que lo obligaba

a oscilar entre el valor y el disvalor en una forma tan pronunciada. Un snobismo

bobalicón al lado de un espíritu crítico y un gran sentido del humor, un snobismo que lo ponía al borde de la demencia. En el momento en que los combates contra los bolchevique del año 1920 llegaban a su fase decisiva muy cerca de Varsovia, Gombrowicz se entretenía mostrándole de refilón una foto a su jefe en la oficina donde trabajaba de voluntario enviando paquetes a los soldados. La foto era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin embargo, le dijo al jefe, que para su desgracia había visitado el edificio un par de veces: Es el palacio de mi prima Tyszbiewicz. Sus artificios se volvían indigeribles y eran inexplicables en un hombre de su posición social y de su cultura.

Pero al mismo tiempo discutía en el colegio en forma madura con su profesor de polaco, el señor Cieplinski, el Enteco (el Flaco en la edición de Sudamericana) de “Ferdydurke”, sobre un contenido de la educación en Polonia que le daba más importancia a sus poetas profetas que a Shakespeare y a Goethe, por ejemplo.

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Gombrowicz le reprochaba que se ocuparan más de las guerras polacas contra los turcos que de la historia europea y universal. Y cuando Cieplinski le respondía que había que tener en cuenta que eran polacos, que hasta no hacía mucho tiempo habían sido perseguidos por hablar polaco en las escuelas, Gombrowicz le replicaba que por eso no tenían que ser ignorantes. Dejó la adolescencia, entró en la juventud, escribió “Ferdydurke”, pero Gombrowicz seguía ocupándose de tonterías en forma premeditada y provocadora.

A Zbyszek Unilowski, un novelista reportero proveniente de una familia muy humilde, lo conoció en un dáncing varsoviano. En esa época se lo veía a Unilowski como el mayor escritor polaco del futuro, y hasta el mismo mariscal Pilsudski lo admiraba. Aunque Gombrowicz lo apreciaba como persona y como artista no tenían gran cosa en común, estaba frente a un proletario que había ascendido en la escala social gracias a su talento e inteligencia. Desde muy joven había entrado a un ambiente totalmente diferente, nada fácil para alguien que debía comenzar por aprender todas esas conversaciones, esas formas, esas finuras. Si no se entendían era más bien por diferencia de caracteres y no de cultura y educación. Gombrowicz era un hombre de café, le gustaba contar frivolidades durante horas enteras sentado a una mesa entregado a diversos juegos psicológicos.

Unilowski necesitaba del alcohol, de las luces filtradas, del jazz y de los camareros serviciales, de ese modo sentía que había ascendido a un escalón superior. Había sido camarero y contaba una historia que Gombrowicz nos repetía en el café Rex. La historia de que el esfuerzo mental de un camarero era infinitamente más grande que el de un escritor; tenía que recordar los pedidos de cinco mesas sin equivocarse ni confundirse, corriendo con platos, botellas, jugos, salsas y ensaladas, y a la noche durante horas interminables quedarse desvelado recordando las voces de los pedidos. Gombrowicz tenía una gran confianza en su inteligencia y en su gusto y por eso le dio a leer el manuscrito de “Ferdydurke”, a pesar de todo lo que él sentía que los separaba que no era precisamente su condición social.

Unilowski le dijo que le había robado la novela que le hubiera gustado escribir. Sin embargo, lo seguía considerando un burgués acabado, un filisteo que por un curioso azar era poeta y tenía aventuras extrañas como el señor Pickwick. Lo definía como a un Pickwick, pero Gombrowicz no era así. “Temo mucho haber sido la causa de su muerte. Yo tenía una gripe ligera, estaba en

Lo llamé para que viniera a casa. Vino, se contagió, la gripe

casa aburriéndome

desembocó en una encefalitis y murió. Tal vez no se contagiase de mí, tal vez la encefalitis se produjera por otras causas, sin embargo no puedo quitarme de encima la

sospecha de que si no me hubiera visitado aquel día seguiría viviendo (

Sí, era un

talento, un hombre valiente, lúcido, capaz y sensato, aunque quizás todavía lejos de superar sus enormes problemas. Lo estimaba mucho, pero nunca estuve de acuerdo

con quienes lo consideraban un gran escritor, un especie de Balzac polaco”

)

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WITOLD GOMBROWICZ Y MARÍA ESTHER VÁZQUEZ

Después de haber confundido el año del centenario de Silvina Ocampo con el año del centenario de Gombrowicz, la Hierática de Emecé quedó muy apenada y se puso a mi disposición: –¿Por qué no le ofrecés “Gombrowicz, y todo lo demás” a la Vázquez, la de la Fundación Victoria Ocampo?; ¿Te parece?; Sí, le gustaba Gombrowicz. Y bueno, qué le hace una mancha más al tigre, pensé yo, y hablé con la Abeja Reina. Mientras ella me decía que nunca le había gustado Gombrowicz pero que tenía interés en leer

mi libro me acordé de algo.

“Qué me dice, Gombrowicz, Borges se casa con una tal María Esther Vázquez, una escritora del grupo ‘Sur’. Esta mujer tiene una historia trágica. Hace unos años rompió con su novio. El hombre, atormentado, quiso reconquistarla y le propuso un encuentro que la Vázquez aceptó. Mientras tomaban un café ella le explicó que la relación amorosa estaba terminada, entonces, ese Werther moderno, sacó una pistola, se disparó un tiro en la sien, y cayó muerto sobre la Vázquez, así que la pobre ya está

acostumbrada a que le caigan muertos encima”

Es

el pasaje de una carta que le había escrito a Gombrowicz en el año 1964. Mis cartas

no

están publicadas en la Argentina pero sí están publicadas en Polonia, así que quedé

muy preocupado por saber qué me iba a responder la Abeja Reina, a ver si algún buey corneta no le pasaba el cuento, mucho más preocupado de lo que había quedado con

otros editores.

Pero la Abeja Reina me atendió con una gran cordialidad, sin embargo, al poco tiempo

de hablar con ella descubrí cómo yo, casi sin darme cuenta, empezaba a ocuparme

más de lo que la Abeja Reina hacía con sus cosas que de lo que ella hacía con mi libro.

Cuando me contó que la Fundación Victoria Ocampo estaba poniendo en “El Coliseo” una ópera que hacía doscientos años había bajado del escenario y que le habían hecho un reportaje en “Nova” me di cuenta que no podía hablar con ella de “Gombrowicz, y todo lo demás” porque no lo había leído.

Y aquí me apareció con una claridad meridiana una forma adicional del rechazo, a las cuatro formas que ya tenía contabilizadas, una forma con una estructura similar a la de la contratransferencia. En efecto, empecé a tener reacciones inconscientes frente a la Abeja Reina que me hacían sentir culpable de no conocer sus asuntos con la debida extensión y profundidad. Es una modalidad muy usada por el Perverso que provoca con sus transferencias este tipo de reacciones. Llegado a este punto decidí alejarme de la Abeja Reina pues no dispongo de las técnicas para llevar adelante una relación de esta clase. Cuando ya pensaba en dirigirme a otro Protoser con el libro bajo del brazo ocurrió algo inesperado, la Abeja Reina me comunicó que había leído el libro, que le había resultado interesante y que lo pensaba incluir en la selección de libros publicables en el programa del año próximo.

Pero llegados a este punto, en forma inesperada, el hombre de los pies ligeros se me cruzó en el camino. Zenón de Eléa es el representante más conspicuo de las paradojas

de la naturaleza dialéctica del movimiento. El movimiento era para ese griego insigne

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una apariencia de los sentidos y por ese motivo la razón no podía dar cuenta de él. La paradoja de Aquiles y la tortuga es inmortal. Si Aquiles disputa una carrera con la tortuga y le da ventaja en la salida no la podrá alcanzar pues en el tiempo que le demanda llegar donde estaba ella en el momento de la partida la tortuga algo caminó. Este análisis se repite para la segunda posición de los contendientes y aunque los tiempos y los recorridos se van acortando a medida que ambos avanzan el razonamiento se puede repetir en forma infinita y entonces Aquiles no la alcanza nunca.

En este trajín interminable que tengo con los editores identifiqué cinco procedimientos con los que los editores le han cortado el paso a “Gombrowicz, y todo lo demás” lo que me ha permitido desarrollar una tipología de estos Protoseres que no admite otras variantes; eso pensaba yo, la Abeja Reina me demostró lo contrario. Para entender bien lo que me sucedió en este caso con “Gombrowicz, y todo lo demás” vamos a suponer que yo soy Aquiles y la Abeja Reina es la tortuga. La primera distancia que tuve que recorrer fue la de la lectura, pero cuando ella lo terminó de leer ya no estaba en el punto de partida, se hallaba ocupada en la puesta de una ópera que hacía doscientos años no subía a escena. Recorrí la segunda distancia para alcanzar el punto del fin de la ópera y tampoco la encontré en esta segunda posición, se aproximaban las fiestas de fin de año y ya despuntaba el verano.

Recorrí la tercera distancia para llegar al punto en el que las vacaciones llegaban a su fin y otra vez no la encontré, la Abeja Reina estaba preparando el tercer volumen de Victoria Ocampo y la Feria del Libro. Entonces caí en ese estado hipomaniacal en el que de vez en cuando caen los genios y en medio de destellos brillantes que me venían de la inteligencia descubrí que estaba en presencia de una modalidad de la paradoja de Aquiles y la tortuga y que no iba a alcanzar nunca a la Abeja Reina, había algo en su rostro que me lo había estado diciendo desde el principio, un rostro que parece detenido en aquel tiempo en el que el Asiriobabilónico Metafísico le propuso matrimonio.

WITOLD GOMBROWICZ, JERZY GIEDROYC Y MIECYSLAW GRYDZEWSKI

Cuando Gombrowicz se va de Polonia en 1939 y llega a la Argentina deja de escribir, recién empieza otra vez a dar señales de vida en 1948 cuando publica una pieza de teatro a la que llama “El casamiento”. Hacia el año 1930 había empezado a frecuentar los cafés literarios y escribía novelas cortas, ésas que después publicó con el nombre de “Memorias del tiempo de la inmadurez”. Decide permanecer en Radom pero choca con la hostilidad de los abogados locales que en su gran mayoría pertenecían al Partido Nacional, una agrupación política de derecha. Los partidarios de esa agrupación se escandalizaban por las relaciones que tenía Gombrowicz con centros de izquierda y, particularmente, por las que tenía con “Wiadomosci Literackie”. Desde ese mismo momento renunció a la continuación de su carrera jurídica.

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“Era una época en la que estaba en mala disposición con el arte. Me saturaba de Schopenhaher y de su antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya obra ese contraste tiene un aspecto más doloroso. El arte era para mí el fruto de la enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas, por así decirlo, no me gustaban, personalmente yo prefería al mundo y a la gente de acción. Estas fobias, a mi edad, eran apasionadas, yo tenía entonces veinticinco años, que es cuando todavía no se ha renunciado a la belleza. El mundo artístico me atraía por su libertad y su resplandor, pero me repudiaba física y moralmente”

A partir de 1950, cuando ya lleva dos lustros largos en la Argentina, establece

relaciones con la revista de los emigrantes polacos de París que le empieza a publicar todo lo que escribe.

Gombrowicz llega a París en 1963 y lo primero que hace es ir de visita a Maisons- Laffitte, la casa de “Kultura”, la publicación de los polacos en Francia. “Me alegro de verle; ¡Hombre, Jerzy, por amor de Dios, no pensarás tratar de usted a

, de veras me

alguien con quien te tuteas desde hace años por carta!; Sí, de acuerdo

alegro mucho de que hayas venido; ¡Qué casita! ¡Da gusto verla!; Es bastante

Jerzy, palabra de honor, ya estoy a la

espaciosa y cómoda, está bien para trabajar

altura de Mickiewicz, no hay ninguna duda, a la gente le tiembla la voz cuando habla

conmigo por teléfono; –Vaya

Las relaciones entre Gombrowicz y Giedroyc, el director de “Kultura”, no fueron siempre buenas, un año después de este primer encuentro tan amable nos hace llegar desde Royaumont unos comentarios un tanto desdeñosos sobre este personaje.

;

A mí no me gusta demasiado Mickiewicz”

“El 17 de mayo me fui de Berlín a París en avión, viaje muy bueno, de Orly (aeropuerto) a Maisons Laffitte donde está la casa de 'Kultura' donde me quedé una semana y mejoré un tanto. El 24 me fui, acompañado por mi sobrino, a Royat, un lugar especial para enfermos de corazón, cerca de Clermont Ferrand (sierras de Auvergne). Después de tres días de búsqueda desesperada de piezas hablé por teléfono con Giedroyc diciendo que me propongo volver a 'Kultura'. Pero el hijo de puta dijo que solamente por una semana será posible porque tiene otros invitados. Esto ha provocado una indignación general: la mía, la de Kot, la de Bondy, la de Nadeau etc. Y me procuraron un sitio extraño, en la vieja abadía (abbaye) de Royaumont, a 30 km. de París, donde hay un lugar de reposo para artistas y un centro cultural”

Cuando la guerra destruyó a toda Polonia y a buena parte de Europa los polacos

trasladaron su actividad literaria a “Wiadomosci” en Inglaterra y a “Kultura” en Francia.

El redactor de Wiadomosci, Mieczyslaw Grydzewski, no gozaba de la simpatía de

Gombrowicz, pero sí empezó a gozar de mi propia simpatía después de haber leído un relato muy llamativo que aparece en “Recuerdos de Polonia” Gombrowicz le había echado el ojo a una joven que lo miraba con cierto interés; un día Gombrowicz se animó y la invitó a tomar un té en su casa: De acuerdo, ¡pero que no nos vea nadie!; Bien, mañana a las cinco la espero en casa. Al día siguiente, mientras aguardaba a la joven, lo llamó por teléfono Grydzewski; ese redactor era un arrogante obtuso que se daba aires con tono de comandante en su revista de espíritu masónico liberal.

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En ese momento llegó la señorita recatada, Gombrowicz decidió hacer esperar a Grydzewski para que juntara rabia, finalmente levantó por segunda vez el tubo: ¿Por qué hay que esperarlo tanto tiempo a usted?; Disculpe, Grydzewski, me he demorado un poco en el wateresto se lo dijo vocalizando lentamente cada palabra. La joven escuchaba esta conversación y se le acrecentaban las preocupaciones: ¡Usted seguramente se imagina Dios sabe qué cosas! ¡Pero yo no soy de esa clase de

He venido para hablarle seriamente, quiero ayudarle, veo que usted se

atormenta; Bueno, pero, ¿no considera usted que me ha engañado?; ¡Por quién me

mujeres

!

toma usted! Sí, es verdad que usted me interesó, ¡pero sólo porque usted es un hombre descarriado! La rabia que tenía Gombrowicz contra algunos personajes de Polonia de antes y de después de la guerra se nos hizo otra vez presente cuando recibió el Premio Internacional de Literatura.

“¡Oh, literatura polaca! Yo, el andrajoso, el desplumado, el maltratado, yo, el

presumido, el renegado, el traidor, el megalómano deposito a tus pies este laurel internacional, el más sagrado desde los tiempos de Sienkiewicz y de Reymont!” Especialmente atormentaba a los polacos londinenses de la revista “Wiadomosci”, a los que trataba como a un nido de víboras.

Qué fácil es permanecer con los Copérnicos. Resulta más difícil

adoptar una actitud inteligente y honesta ante los valores vivos de la nación” Los amigos le reprochaban que se pusiera a discutir con cualquiera, pero a él le gustaba aporrearse con el primero que se le cruzaba en el camino. De esta manera se disipaba la superioridad artificial del escritor, desaparecía la distancia que lo protegía de los lectores, y se manifestaba con crueldad la superioridad esencial y la inferioridad real.

“¡Lo veis palurdos! (

)

El juicio del inferior hiere y duele, y no es verdad que a los escritores no les importe en absoluto. Las cotizaciones de Gombrowicz estaban del lado de “Wiadomosci Literackie”, una revista que no aceptaba de ninguna manera el antisemitismo, su redactor, Mieczyslaw Grydzewski, era sin embargo bastante obtuso. Bastó que el protagonista de “El diario de Stefan Czarniecki” hubiese nacido de padre aristócrata polaco y de madre judía para que las relaciones entre Gombrowicz y esa revista de masones liberales se enfriaran. La poetisa polaca y neoyorquina Anna Frajlich-Zajak. no comparte la idea de que Grzydzeski haya sido bastante obtuso, como yo afirmo en un gombrowiczidas al que di en llamar “Los homúnculos”.

“Comparto las esperanzas de Juan Carlos Gómez pronunciadas en la ultima frase, aunque la táctica no me perece del todo buena ( )” “¿No se pueden defender unos valores sin desacreditar a otros? Grzydzewski no fue ‘bastante obtuso’, fue un hombre de carácter fuerte, fundó y dirigió su revista durante muchos años a pesar de las dificultades ( )” “Creo que también para Herbert, incluso teniendo en cuenta su alcoholismo, uno podría encontrar una expresión más adecuada ( )”

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“La desaparición de ‘Ferdydurke’ de la lista de los libros obligatorios es escandalosa. ¿Pero qué puede esperar uno de la dictadura de los Pimkos? El problema es que fueron elegidos en elecciones libres”

WITOLD GOMBROWICZ Y MAURICIO KAGEL

“Por consiguiente, la música no es en modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya objetividad está constituida por las Ideas; por esto mismo, el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el del resto de las bellas artes, pues éstas solo nos reproducen sombras, mientras que ella, esencias” Gombrowicz admiraba al autor de este pensamiento más que a ningún otro filósofo, lo había deslumbrado desde su más tierna juventud. “La filosofía de Schopenhauer es más que una filosofía, es una intuición y una moral. Se indignaba porque en una isla del Pacífico las tortugas del mar salían cada año del agua para procrear en la playa donde los perros salvajes de la isla las daban vueltas y las devoraban ( )”

“He ahí la vida, esto es lo que cada primavera se repite en forma sistemática desde hace milenios. La filosofía de Schopenhauer no es popular, es tremendamente aristocrática, y de ella no se pueden sacar consecuencias políticas, como de la de Hegel o la de Sartre. Para mí es un misterio que libros tan interesantes como los de Schopenhauer y los míos no encuentren lectores” Teníamos absolutamente prohibido tararear, canturrear o silbar mientras escuchábamos música. Él, en cambio, se permitía algunas cosas: hacía unas muecas espantosas con la boca, levantaba los codos con los brazos flexionados y las manos crispadas, siguiendo los compases de la música, aleteando como un pájaro enfermo que no puede levantar vuelo. A veces dejaba escapar unos chirridos desagradabilísimos entre los dientes. Había muchas protestas: Vean, yo sigo la línea fundamental, como los grandes directores, los detalles no me preocupan.

“A veces venía a tomar el té con su amigo Gómez. Me acuerdo un día en el que quiso escuchar uno de los cuartetos de Beethoven en mi la casa. Escuchaba religiosamente la música con Gómez. En un momento dado, salí al jardín. Todavía era invierno y encontré una gran flor de magnolia que acababa de abrirse. Entré para decirle que viniera a ver lo bella que era. Witold me respondió sin moverse: Le creo, Alicia. Y siguió escuchando la música” Los cuartetos de Beethoven eran para Gombrowicz la cumbre prodigiosa de la música, y la música, el efecto más poderoso y penetrante con el que las bellas artes alcanzan el alma. A parte del placer que le producía, Gombrowicz encontraba en la música una estructura espiritual que se correspondía profundamente con el arte de la composición literaria, una estructura espiritual en la que se apoyaba para componer sus obras.

“¡Qué descaro de mi parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos! Sobre todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando el compositor, antes

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de utilizarla, tiene que despojarla de toda su atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre con la literatura: un escritor moderno que se respete a sí mismo evita toda suerte de cebos, le gusta más ser difícil y prefiere repeler antes que tentar ( )” “¿Y yo? Yo hago justamente lo contrario, meto en la obra todos los sabores más sabrosos, los encantos más encantadores, la relleno de bellezas y excitaciones, no

quiero una escritura árida, sin hechizo

para

llegar, si lo consigo, a algo más seductor todavía” Durante muchos años Gombrowicz había perdido el contacto con la música, no tenía radio y no iba a los conciertos.

Busco las melodías más cautivadoras

Con anterioridad a la compra del Ken Brown, un reproductor de discos, nuestras conversaciones con él poco tenían que ver con la música misma; algunas anécdotas tan sólo (el concierto para piano que dio en Salsipuedes, en el que aporreó las teclas a gran velocidad, a pesar de que no sabía distinguir una negra de una corchea; los auxilios financieros del inolvidable Karol Szymanowski, el príncipe de los homosexuales, según declaraba con entonación), y poca cosa más. Pero Gombrowicz andaba a la búsqueda de algo más duradero, nuevos temas para su “Diario”, ya que lo que había escrito sobre la música hasta ese entonces se refería más bien a sus manifestaciones sociales, a la mistificación y a la falsedad que rodean a las representaciones en los teatros de ópera y de conciertos, al valor derivado e inauténtico de los ejecutantes y directores, y no a la música misma.

La pieza de Venezuela era muy antigua y tenía suministro de corriente continua, así que cuando Gombrowicz enchufó el Ken Brown por primera vez, un aparato de corriente alternada, la pick-up le explotó en las manos. Llegó a adquirir una gran facilidad para referirse a los aspectos técnicos de la música, un conocimiento apócrifo que utilizaba para lucirse e incomodar a los demás. Una polémica con Madame Orel terminó mal; discutían sobre si la cromática era la gama o la escala, la cosa es que la Madame se enojó y le dio una bofetada. Más allá de las anécdotas, Gombrowicz tenía una actitud verdaderamente religiosa con la música, era enormemente sensible a este lenguaje espiritual al que consideraba la manifestación más esencial del arte.

Se abocó rápidamente a organizar una pelea radical entre Bach y Beethoven. Bach y su género abstracto, con una línea melódica que le recordaba el sonido de una máquina de coser, condujo el desarrollo de la música al fracaso. La admiración que despierta y el placer que produce son equivalentes a los que se obtienen de la resolución de un problema matemático. Bach instruye con sus Brandenburgueses a los asesinos del canto. De Beethoven, en cambio, emana un placer inmenso, la sensualidad de la forma y la violencia ejercida contra ella lo ponen de inmediato en la esfera metafísica. Hay una fa- cilidad en la aproximación a Beethoven que le llamaba la atención. En el arte nada es tan difícil como la facilidad, pues su desarrollo es contrario a la facilidad, el esfuerzo por mantenerla viva es contrario a la evolución natural del arte, y sólo es posible si detrás de la música se oculta un trabajo gigantesco de composición con la forma.

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Beethoven parece fácil y, sin embargo, es el más difícil de todos: encontró un lenguaje musical ya hecho, lo unió a la naturaleza e inventó un idioma nuevo que durará por muchos siglos. Después de Beethoven la música comenzó a deslizarse hacia la abstrac- ción, y los modernos descendientes de Bach, a juicio de Gombrowicz, se convirtieron en uno de los más claros ejemplos en la historia de la cultura de cómo el desarrollo de la forma inexorablemente deforma al hombre y se vuelve contra él. “Ya es hora de responder a la pregunta: ¿por qué se quiere destruir a Beethoven, por qué se permite cualquier tontería siempre que sea antibeethoveniana, por qué se ha urdido una red de alabanzas ingenuas y acusaciones igualmente ingenuas con la intención de ahogarlo. ¿Tal vez porque Beethoven no gusta? ( )”

Es justamente por lo contrario: porque es la única música que realmente le ha salido bien a la humanidad, la única encantadora” En el templo sagrado que Gombrowicz levanta para la música Mauricio Kagel, uno de los contertulio del café Rex, oficiaba de nuestro sumo sacerdote. Pierre Boulez, que había llegado a la Argentina para presentar algunas de sus obras, quedó sorprendido por la originalidad de sus composiciones y le recomendó que complera su formación en Europa. Kagel no lo piensa demasiado: gracias a la beca “Deustscher Akademischer Austauschdienst” que concedía el gobierno alemán se traslada a Colonia en 1957, en aquellos años foco de irradiación de la creación contemporánea en el continente, donde establece su residencia.

Más allá de la famosa frase de John Cage según la cual ‘el mejor músico europeo

es argentino y se llama Mauricio Kagel’, no sería del todo cierto decir que la carrera de Kagel fue posible sólo a partir de su desembarco en Europa. Ya a principios de la década de 1950, cuando el compositor se encontraba todavía en el país, el escritor polaco radicado en la Argentina Witold Gombrowicz cuyo destino sudamericano

mantiene una velada relación simétrica con el destino europeo de Kagelle había hecho notar a Cecilia Benedit de Debenedetti: ‘Kagel es el mejor músico argentino’ ( )” La relación de admiración que Gombrowicz mantenía con Mauricio Kagel no se extendía a otros miembros de su familia, por lo menos así nos lo hace saber en una carta que nos escribe desde Berlín.

“(

)

Cosa curiosa el hecho que yo no hablo alemán (aunque ya hablo mas o menos)

parece excitar a todos para venir al café Zuntz. A veces me imagino la esquina de Venezuela y Perú, o Perú y Belgrano, allí donde está el vendedor de flores. Hoy al Zuntz vino Guida Kagel, hermana de Mauricio que es director de la orquesta en Colonia. Es tortillera notoria ( )” En un pasaje memorable de los diarios Gombrowicz ilustra de una manera ejemplar el papel que juega la música en sus composiciones literarias. Había llegado a una reunión a las dos de la mañana, era la noche de fin de año. Inesperadamente, la gente se dividió en parejas y empezó a bailar. Desde el lugar donde estaba Gombrowicz casi no se oía la música, el ritmo de la danza era más real que la melodía, parecía que el origen del baile no era la música, sino que el origen de la música era el baile.

“(

)

33

Era un baile de barrigas, de calvas y de los rostros marchitos de gente mayor. Se trataba de la humanidad más corriente con su inevitable miseria que se pavoneaba de sí misma desvergonzadamente entre brincos sin música, como dispuesta a poseer por la fuerza a la belleza, la elegancia y la alegría, poniendo en el baile todos sus defectos y su vulgaridad, todas las penurias y la degradación acumuladas durante el transcurso de los años. “Pero ese frenético y esperpéntico anhelo de encanto, al llegar a su paroxismo, de repente arrebataba un signo de vida a la melodía, a aquellas pocas notas felices que al unirse con el baile lo santificaban por un instante, tras lo cual se reanudaba la colaboración salvaje, oscura, sorda y sin Dios de unos cuerpos agitados y arrastrados por su propio ímpetu”

El baile, a pesar de su imperfección, creaba la música, y es en este pasaje de la imperfección de esos cuerpos agitados al encanto de la música donde Gombrowicz hace una pirueta profunda, a pesar de tener conciencia de que esa idea se le había ocurrido sin una elaboración previa adecuada. La idea de que el baile creaba a la música era lo que había en el fondo de los libros, de las luchas y del valor de los escritores. Hacia ese idea se precipitaba toda la humanidad, esa idea se había convertido en la inspiración y en la meta de nuestro tiempo. “También yo me dirigía hacia esa idea siguiendo una espiral que estrechaba cada vez más sus círculos. Pero en este momento me quedé anonadado. ¡Porque me di cuenta de que había pensado esta idea sólo por su pathos!”

WITOLD GOMBROWICZ, MIGUEL NAJDORF Y PAULINO FRYDMAN

Existen muchas leyendas sobre al origen del ajedrez y distintos países se atribuyen su procedencia. Hoy se cree que el ajedrez procede de la India y que su creador lo ideó para entretener a su rey, a quien le pidió como recompensa un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera hasta cubrir las 64 de las que consta el tablero siguiendo esta proporción en el paso de una casilla a la siguiente. Como en aquel tiempo no sabían lo que era una progresión geométrica el rey le respondió inmediatamente que sí sin presentir en absoluto lo que significaba todo eso. Resultó que hecho el cálculo correspondiente se descubrió que todos los graneros del imperio de 16.384 ciudades de 4.080 agricultores no hubieran bastado para contener la cantidad de trigo pedida, pues equivalía a un cubo de más de un kilómetro de lado. Otros cuentan la historia de que el inventor fue el griego Palamedes, y que lo habría inventado durante el sitio de Troya para distraer a los guerreros durante los días de inacción.

Sea cual haya sido el origen del ajedrez, fue jugando al ajedrez que yo conocí a Gombrowicz en una tarde del café Rex del año 1956.

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El Rex había sido durante veinte años un lugar ideal, se podía conversar y jugar al ajedrez. Cuando en marzo de 1961 ese café cerró se nos partió en dos un medio mágico: la conversación se nos fue para La Fragata y el juego para un club de ajedrez. Yo no sé si una persona a la que no le interesa este juego puede entender lo que significa el ajedrez, además del juego en sí mismo es un refugio para protegerse de los infortunios de la vida, es una manera de matar las amenazas del tiempo, pero también es un campo en el que se cruzan las existencias de una manera intensa, el color de fondo que da el ambiente del ajedrez es inolvidable y no puede ser reemplazado con nada.

El ajedrez fue para Gombrowicz en la época de su mayor miseria y de la guerra una disciplina que lo ayudó a soportar la pobreza y la soledad, el café Rex se convirtió para él en un verdadero hogar. Miguel Najdorf, el gran maestro de ajedrez, y Witold Gombrowicz eran dos polacos que por la razón de su inmenso ego no se llevaban bien. Los dos eran actores y, cada uno a su modo, expertos narradores de historias. Un mediodía, en la Embajada de Polonia, Najdorf nos contaba al embajador, al cónsul y a mí un cuento que tenía una moraleja. La cuestión es que Najdorf, como integrante del equipo de ajedrez polaco que vino a la Argentina a competir en la olimpíadas del 39, había sido responsable según nos contaba de la muerte de otro ajedrecista, también judío.

Najdorf tenía asegurada su participación antes del último juego del torneo de selección que se hizo en Polonia, pero su contrincante sólo podía conseguir el nombramiento si le ganaba a Najdorf. Entonces, la mujer del contrincante le pidió a la mujer de Najdorf que le pidiera a su marido que se dejara ganar. Najdorf no accedió a ese pedido, el colega judío se quedó en Polonia y los alemanes lo mataron en un campo de concentración. Cuando Najdorf le puso punto final a la historia después de haber logrado el clima dramático que necesitaba, intervino el cónsul con un aspecto siniestro. La inteligencia y la astucia le brillaban en los ojos, le pidió a Najdorf que no se pusiera triste pues no había sido él sino el destino el que había originado la tragedia. En efecto, si Najdorf se hubiera dejado ganar, su contrincante judío se habría salvado, pero el que vino a la Argentina en el lugar de él, también judío, se hubiera quedado allá con igual suerte de la que tuvo el que murió. Tomamos una vodka y pasamos a otro cuento.

Cuando yo le hice conocer a Najdorf la invitación a la Embajada de Polonia que le estaba haciendo el embajador no se puso contento: Vea, Gómez, voy a aceptar porque soy polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted pero, me cuesta, los polacos no nos quieren, odian a los judíos. La Wehrmacht invade Polonia el 1º de septiembre de 1939, hacía diez días que Gombrowicz estaba en Buenos Aires. Ese día, en un café junto a Miguel Najdorf que había llegado a la Argentina el mismo día que Gombrowicz pero en otro barco, escuchaba las noticias de la guerra por la radio. El terror y el odio se apoderaron de estos dos señores que el tiempo y las ventoleras de la historia convertirían en dos inmigrantes famosos.

35

Paulino Frydman, gran maestro de ajedrez e integrante del equipo olímpico igual que Miguel Najdorf, fue en cambio muy amigo de Gombrowicz. “Conocí a Gombrowicz en la época que era más pobre. Y, sin embargo, siempre lo he visto vestido modestamente, pero de un modo limpio y digno. Bien afeitado, con el pelo corto y correctamente peinado. Era metódico, no le gustaba el desorden ni le

tiraba el alcohol (

Se ocupaba de su salud con el mismo cuidado que le dispensaba a

sus demás asuntos, no dejaba nada librado al azar. Era un hombre que jamás olvidaba

nada ni descuidaba ningún detalle (

conocido en mi vida (

Gombrowicz es el hombre más serio que he

)

)

)

Era muy leal como amigo, siempre mantenía sus promesas”

Es una descripción excelente de un buen burgués venido a menos, pero siempre a la altura de las circunstancias y consciente de su alcance social.

“Algunos días después, lo vi entrar al Rex, era un apasionado de ese juego. El ambiente le gustó mucho. Jugaba y, entre las partidas, solía charlar, lo que no agradaba a sus adversarios. Gombrowicz no era un jugador profesional pero tenía un buen nivel para ser aficionado. Su juego era muy personal, un poco fantaseoso. No conocía bien la teoría y practicaba principalmente el ataque. Además jugaba siempre con el estado psicológico de su adversario. Tenía manías que ponían a los otros jugadores fuera de sí, por ejemplo, la de tomar un peón entre el dedo índice y el mayor y dar pequeños golpes secos contra el tablero. Gombrowicz jugaba indistintamente con buenos y malos jugadores y le daba igual perder que ganar. El ajedrez lo ayudaba más que ninguna otra cosa a calmar los nervios en la difícil situación en la que se encontraba ( )”

“Al concentrarse en las partidas, se olvidaba de todo. Esta disciplina le fue muy útil durante la guerra y en los momentos de mayor pobreza y soledad. El Rex era como un segundo hogar para él” En los primeros años de su miseria argentina a Gombrowicz le había agarrado una fiebre que no se le iba. Frydman, director de la sala de ajedrez del café Rex, le presta un termómetro para que se la controle todos los días. No hay caso, la fiebre no se va, entonces ese buen amigo le da unos pesos para que se tome unas vacaciones en Córdoba, pero estando allá la fiebre tampoco se iba. Un noche el termómetro de Frydman se rompió y Gombrowicz tuvo que comprar otro. La fiebre desapareció. “Es así que debo la estancia de unos meses en La Falda al hecho de que el termómetro

de Frydman estuviera estropeado y marcara unas décimas de más (

)”

La traducción de “Ferdydurke” fue posible gracias a que Frydman consiguió traer en forma milagrosa un ejemplar del libro desde Polonia, pero ni Piñera ni las otras personas que ayudaron a Gombrowicz a poner en español a “Ferdydurke” pudieron comparar las dos versiones pues no sabían polaco. Los polacos hispanohablantes observaron después de que el libro apareciera en la Argentina que Gombrowicz había creado una versión más fácil de la novela para atraer la atención del lector al contenido del libro. Por medio de la eliminación de las partes difíciles y estilísticamente más extrañas, reemplazadas por un breve sumario del sentido del fragmento faltante, los autores de la traducción se propusieron no desalentar a los lectores hispanohablantes en el mismo comienzo de la obra.

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Existe una última mención escrita que Gombrowicz hace del maestro Frydman, es el pasaje de una carta que se volvió famosa y dio la vuelta al mundo. Todavía quiero hacerle observar desde el punto de vista estético que la belleza del amor depende únicamente de las personas que lo hacen. Imagínese al maestro Frydman encamado con Frau Schultze y observe si esto no es inmundicia, aunque fuera santificado aún por el Santo Matrimonio. Usted Goma no sabe nada de nada”

WITOLD GOMBROWICZ Y HERMAN MELVILLE

Los hombres de letras, más aún cuando desempeñan funciones de críticos literarios, suelen buscar parecidos entre los escritores con menor o mayor fortuna, ni siquiera Gombrowicz le ha escapado a esta suerte. “Aún hoy en día sigo sin saber gran cosa de Ionesco y de Beckett porque confieso, tanto sin vanidad como sin rubor, que soy un autor de teatro que no asiste a representaciones desde hace veinticinco años y que, salvo de Shakespeare, no leo teatro ( )” “Me gustaría saber hasta cuando esos dos nombres malditos devorarán toda la sustancia de las críticas dedicadas al teatro que escribo; hasta cuando han de servir de pantalla a mi modesto teatro de aficionado. Que no es teatro del absurdo, sino teatro de ideas, con sus medios propios, sus propios objetivos, su clima particular y un mundo personal”

En el año 1934 Gombrowicz ignoraba la existencia de Joyce y de Kafka, conocía muy poco del surrealismo y tenía unas nociones vagas sobre Freud, captaba lo que estaba

en el aire, en las conversaciones y hasta en los chistes. El aparato formal que había puesto en movimiento era pues, en buena parte, de su propia cosecha.

Estoy en el punto donde se desencadena la lucha por defender el Yo, donde ese

Como ustedes

habrán advertido ya, aquí no están Proust ni Joyce ni Kafka ni nada de lo que se está

haciendo ahora. Me apoyo en autores que los precedieron porque ellos medían al hombre con una vara más alta” Encontrarle parecidos a Gombrowicz no es una tarea fácil pues no tiene un estilo que se pueda ubicar recurriendo a los antecedentes, es más fácil encontrárselos a Kafka.

(

Yo tiende a afirmarse e intensificarse, en busca de la Inmortalidad (

)

)

Yo

no sabía en realidad en qué consistía mi pecado, pero la ignorancia no impedía que

Un día escribí una carta de súplica al

desconocido autor de mis sufrimientos, al Acusador, para pedirle que me dijera qué crimen había cometido, pero no supe adónde enviarla y la destruí” Esta forma estilística de Kafka a la que podríamos clasificar como la forma de la postergación infinita ha alimentado la imaginación de muchos escritores, entre otros a la de nuestro Pato Criollo. A pesar de la desenvoltura con la que escribe y la facilidad

fuera presa de un intenso sentimiento de culpa

“Yo era culpable, abominable e intolerablemente culpable, sin causa y sin motivo

37

con la que consigue que le publiquen lo que escribe, el Pato Criollo conoce perfectamente bien las contrariedades que padecen muchos de sus colegas.

En una de sus novelas narra las desventuras de un joven escritor cuyo destino queda ligado a la conducta contradictoria de un editor. El editor recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una historia que le parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de dos semanas, pero las cosas no suceden así. Los contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor aumentan con el transcurso del tiempo. Pero es justamente el transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de joven promesa a la de autor entrado en años y, como si esto fuera poco, también de escritor malogrado, una historia con el marcado aire kafkiano de “Un artista del hambre”.

Kafka narra en este cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya nadie se interesaba por él, y lo barren junto a la basura, un final que surgiere un cierto parentesco entre este faquir y los escritores malogrados. Un gombrowiczida muy afamado que pasa buena parte de su tiempo buscando parentescos entre los escritores es el Orate Blaguer. En “Bartleby y compañía” ejercitó esta habilidad que en sus manos se convierte en maestría, y así como nuestro Cortázar inventó los cronopios, un término que llegó a convertirse en una especie de tratamiento honorífico, el Orate Blaguer inventó los bartlebys, vocablo con el que designa a los escritores malogrados que sea por la razón que fuere renuncian a seguir escribiendo.

Hay quienes han encontrado parecidos entre Gombrowicz y el creador de la inmortal “Moby Dick”, esa alegoría sobre la naturaleza de dos males en pugna, el de una ballena que ataca y destruye todo lo que se le pone en el camino, y la maldad absurda y obstinada del capitán Ahab, que sostiene una venganza personal y arrastra a una muerte inútil a muchos inocentes. Pero el parecido de Gombrowicz con Melville se lo encuentran en “Bartleby, el escribiente”, uno de los más célebres relatos breves de la literatura universal. Ha sido considerado un relato precursor del existencialismo y de la literatura del absurdo. Bartleby anticipa algunos temas comunes en obras de Kafka, como “El proceso” o “Un artista del hambre”, aunque es improbable que el autor de “La metamorfosis” conociera el relato de Melville.

El Asiriobabilónico Metafísico, tan poco propenso a admirar, adoraba a este relato breve porque según su idea, Melville parece querer dar a entender en Bartleby que si un solo hombre es irracional, es suficiente para que el universo completo lo sea. Gombrowicz y Melville son navegantes aventureros, pero mientras el polaco sólo emprende aventuras interiores a bordo de embarcaciones imaginarias en “Aventuras” y “Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury”, el americano las emprende a bordo de buques reales que lo llevan hasta los Mares del Sur y a vivir durante un tiempo entre caníbales.

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A pesar de la advertencia que hace Gombrowicz de que a él no le gustaba parecerse a

nadie, para no desairar a los hombre de letras que le han encontrado algún parecido con Melville, me puse a pensar y encontré un aire familiar entre algunos de sus cuentos y “Bartleby, el escribiente”

Un abogado tiene su oficina en el Wall Street de Nueva York. En la tranquilidad de un apacible retiro, trabaja cómodamente con los títulos de propiedad de los hombres ricos, con hipotecas y con obligaciones. Tiene tres empleados, dos son copistas o escribientes y el otro es un cadete para los mandados. Las actividades del abogado habían aumentado en forma considerable cuando fue nombrado agregado de la Suprema Corte. Desde entonces los dos escribientes no fueron suficientes para hacer el trabajo de la oficina y es por esta razón que el abogado contrata a Bartleby. Su figura es descripta como pálidamente pulcra, lamentablemente respetable e incurablemente solitaria. El abogado le asigna a Bartleby un lugar junto a la ventana.

Al principio Bartleby realiza un gran cantidad de trabajos de copista, sin embargo,

cuando el abogado le solicita que coteje con él una de las copias que había hecho con

el original respectivo, Bartleby responde: Preferiría no hacerlo.

A partir de entonces a cada requerimiento del empleador para examinar y cotejar su

propio trabajo con los originales Bartleby contestaba con total serenidad pero siempre de la misma manera: Preferiría no hacerlo, aunque continuaba trabajando como

copista con la misma eficiencia de siempre.

El abogado descubre que Bartleby no abandona nunca la oficina, y que en realidad se

había quedado a vivir allí. Cuando le pregunta si le gustaría hablar de asuntos que no estuvieran relacionados con el trabajo Bartleby le responde con la consabida frase: Preferiría no hacerlo.

Un día Bartleby decide no trabajar más ni siquiera como copista y entonces al abogado no le queda más remedio que despedirlo, pero él se niega a irse y continúa viviendo en

la oficina. Sintiéndose incapaz de expulsarlo por la fuerza, un poco por piedad y otro

poco por cariño, el abogado decide mudar su bufete. Bartleby permanece en la antigua oficina y los nuevos inquilinos le presentan quejas formales al abogado quien intenta convencerlo sin ningún resultado. Finalmente,

Bartleby es detenido por vagabundo y encerrado en la cárcel, donde termina sus día dejándose morir de hambre. El abogado queda muy consternado por el fin que ha tenido su pobre empleado y busca a ciegas una explicación.

“Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas no Reclamadas de Wáshington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor; apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas no Reclamadas!, ¿no se parece esto a hombres muertos? Conciban ustedes un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar más esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo el

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dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte. ¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!”

WITOLD GOMBROWICZ Y JUAN FORN

El camino hacia mi encuentro con los hombres de letras hispanohablantes empezó con Gombrowicz, siguió con el Pterodáctilo y de ahí en más los miembros del club de gombrowiczidas se me fueron viniendo como en cascada. Cuando intenté ubicar este acercamiento en un terreno adecuado caí en la cuenta de

que, aunque pueda parecer una perogrullada, el arte de escribir, entre muchas otras cosas, también tiene que ver con las palabras. “¿Qué pensar de la categoría intelectual y demás cualidades de una persona que aún no se ha enterado de que las palabras cambian en función de su uso, de que incluso la palabra 'rosa' puede perder su perfume cuando aparece en labios de una pedante '

pretenciosa y en cambio la palabra 'm

puede resultar correctísima cuando su uso

está sometido a una disciplina consciente de sus objetivos?”

Las palabras se desarrollan en el tiempo, son como un desfile de hormigas y cada una aporta algo nuevo e inesperado, a través del movimiento de las palabras se expresa el incesante juego de la existencia. La materia prima del lenguaje es la palabra, las palabras tienen una importancia fundamental para Gombrowicz, tanto en el arte como en la vida. “Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y

Las palabras liberan en

nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean

crean los vínculos reales entre

traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, nos traiciona (

)

nosotros” El escritor debe desarrollar una estrategia para subirse al caballo de las palabras y tratar de que ese animal no lo desmonte y lo tire al suelo.

La palabra humana tiene la

consoladora particularidad de que se halla muy cerca de la sinceridad, no en lo que confiesa, sino en lo que pretende, en lo que persigue” El comienzo promisorio de mis relaciones con personas vinculadas a la actividad de escribir me produce en un primer momento una alegría espontánea pero también una cierta intranquilidad pues tengo el presentimiento de que algo no va a terminar bien, momento que en general aparece cuando me quieren hacer leer un libro, es decir, cuando me quieren poner en contacto con la palabra. Uno de los gombrowiczidas que ingresó al club como miembro pleno de un grupo distinguido al que di en llamar el de los nueve magníficos es el Alfajor.

“Mi lenguaje en este diario es demasiado correcto (

)

40

Hace años, cuando había empezado a escribir sobre Gombrowicz el Niño Ruso utilizaba su elocuencia para alentarme desde México. “Concíliate, en pro de Gombrowicz, con amigos a quienes detestas, incítalos a escribir, estoy seguro de que editorialmente sería perfecto que quien lo hiciera fuese joven:

Nuevamente mil gracias

por tus cartas y por poner en mis manos las cartas de Gombrowicz a Quilombo. Y recuerda, eres el único que puedes poner los puntos sobre las íes en la estancia de Gombrowicz en la Argentina” Este connotado hombre de letras que vive en Villa Gessel terminó motejado el Alfajor cuando la Hierática le preguntó qué le había parecido "Gombrowicz, este hombre me causa problemas", y le respondió: ¡Delicioso!

Juan Forn, por ejemplo, que hace crónicas muy buenas (

)

El Alfajor, que dispone de una técnica depurada para sacarse de encima el problema de opinar sobre los libros hace críticas breves, apodícticas y de una sola palabra como, por ejemplo, delicioso o inenarrableestaba preparando sigilosamente un camino que no llegó a un buen fin. Siguiendo la senda que me había señalado el Niño Ruso me puse en contacto con el promisorio Alfajor. “Quería decirte que disiento con el Niño Ruso, a pesar del cariño y el respeto que le tengo. Cualquier crónica de lo que estás haciendo te rompería las pelotas por hache o por be, podría apostar la camisa. Y por supuesto pasaría a integrar la cadena, lo sé, y le veo la gracia, pero a mí me gusta más el papel de comparsa que tengo en esta historia” Nadie quería subirse al tren de Gombrowicz en mi compañía, el Pato Criollo y el Buey Corneta ya me habían dado con la puerta en las narices antes que el Alfajor.

Es cierto, ha logrado que seamos una familia. No sé los demás pero yo leo así sus

envíos: como partes diarios, enviados por un empecinado viejo pariente que sólo así puede mantener a la familia, si no unida, al menos al tanto de sí misma (con ese espíritu leo yo sus textos gombrowiczidas). Le pedí a Mercedes Güiraldes que le mandara un ejemplar de mi María Domecq, entre otras razones porque hay en el libro una cita de Gombrowicz (cuando en el Diario argentino habla de Simone Weil) y, nobleza obliga, fue usted el que me hizo pensar de nuevo en Gombrowicz, y volver a leerlo (le aclaro, porque creo conocerlo bastante ya, que incluí la cita en mi novela bastante antes de que llegara el texto suyo en que habla de Gombrowicz y la Weil)

“(

)

( )” Después del comentario que le hice sobre “María Domecq” las cosas fueron de mal en peor.

El Alfajor empezó a encontrarme parecidos físicos con Manu Ginobili el Pato Criollo ya me los había encontrado con Pepe Arias y con Orgambidey finalmente dio un paso más.

"(

además de inteligente, sos medio necio también, cosa que nos pasa a todos ( )” No sabiendo a qué santo encomendarme, pues la ira me había subido a la cabeza, con la vista nublada le abrí las puertas a mis tendencia tanáticas y me dispuse a ponerlo en su lugar. Pero en ese momento me acordé de un cuento de Gombrowicz sobre la

igual ésas son las cosas que me gustan de vos, Gómez: cuando demostrás que,

)

importancia que le había dado un autor a la responsabilidad que hay que tener por la

41

palabra escrita y en cambio de ponerlo en su lugar me dispuse a meditar sobre ese relato.

En el año 1946 Gombrowicz publicó una revista subcultural a la que dio en llamar Aurora, un vocablo que él detestaba, y en la que debutó con una costumbre que luego prolongó en los diarios de hacer anuncios publicitarios sobre perros. En uno de sus pasajes cuenta cuánto de peligrosa puede ser la responsabilidad por la palabra. El escritor Hipólito Alonso Pereiro estaba escribiendo a máquina la primera página de su novela en la que un mucamo le pregunta a la señora si había ordenado llamar el coche. Cuando Matilde le estaba diciendo que sí, pero que no había ningún apuro, en vez de pero, y por error, a Pereiro le salió perro. Un escritor con menos fuerza de carácter hubiera corregido el error, pero Pereiro era consciente de su misión y aceptó con responsabilidad la palabra que había escrito: ¡Perro, insolente perro!

Y esta respuesta de Matilde obligó al pobre Pereiro a modificar la respuesta del mucamo: Si yo soy un perro, entonces usted, señora, es una pera. Este nuevo error que se le deslizó en el teclado de la máquina, pues en vez de perra escribió pera, lo obligó a cambiar otra vez : Si yo soy un perro, entonces usted es una pera perra, una perra pera para mí, señora, porque sepa que a mí me gusta la bruta. Quiso decir fruta pero ya era tarde: ¡Ah, soy bruta, que me muerda si yo soy bruta! Había querido decir muera: ¿Morderte? ¡Con pusto!; ¡Infame, sos coco!; ¡La Coca- cola es usted!; ¡Lococo!; ¡Co-coco, cocococo!

“El escritor debe cuidar no solamente el lenguaje, sino encontrar en primer lugar una actitud apropiada ante el leguaje. Una actitud apropiada quiere decir que, si es posible, no sea vinculante. Quien deja que le echen en cara sus propias palabras es un estilista de poca monta, como lo es quien, al igual que algunas mujeres, se fabrica la fama de no pecador, puesto que entonces el mínimo pecadillo se convierte en un

escándalo (

“El estilista contemporáneo debe tener un concepto del lenguaje como algo infinito y

en continuo movimiento, algo que no se deja dominar. Tratará a la palabra con desconfianza, como algo que se le escapa. Esta relajación de la unión del escritor con la

palabra supone una mayor desenvoltura en el uso de las palabras (

hay que intentar alcanzar a la gente y no a las teorías, a la gente y no al arte ( )”

) Con las palabras

)”

WITOLD GOMBROWICZ Y JOSÉ TONO MARTÍNEZ

Es muy difícil analizar a un hombre cuando se lo recorta de la totalidad de su humanidad, es por eso que el pensamiento se resbala con facilidad cuando hace indagaciones sobre una persona en términos de homosexual o de negro o de judío, por ejemplo, abriéndole las puertas, la mayor parte de las veces, a los prejuicios y a la arbitrariedad, siendo la homosexualidad un virus que puede afectar tanto a los negros como a las judíos.

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La discriminación es una actitud que tiene alcances diferentes, los españoles se han especializado a través de los siglos en discriminar a los vascos, el mundo entero discrimina a los judíos y a los negros, y una región indeterminada del planeta

de

discrimina a los homosexuales. Yo mismo, como hijo, nieto, bisnieto, tataranieto españoles algo me pasa con los vascos.

La presentación de “Cartas a un amigo argentino” en el Centro Cultural de España resultó ser un acontecimiento apoteótico que provocó un gran entusiasmo en el Bucanero, tanto que me invitó a un encuentro en la Casa de América de España en la que sería recibido con todos los honores, entre otros, por el Orate Blaguer. Lamentablemente para mí el viaje fracasó, Íñigo Ramírez de Haro lo mandó de paseo al Bucanero, le manifestó que yo era un don nadie y que sólo le daría el visto bueno al proyecto si también lo invitaba al Pterodáctilo. Este ilustre hombre de letras hispanohablante, que ya tenía a cuestas el Premio Cervantes de Literatura, pidió una suma considerable de dólares que Ramírez de Haro no pudo soportar, y eso a pesar de los preparativos que estaba haciendo el Orate Blaguer en “Babelia” para darme un recibimiento adecuado.

“Nuestro amigo José Tono Martínez, director del Instituto de Cooperación Internacional, e Íñigo Ramírez de Haro, director de la Casa de América, son, como tú sabes, vascos. El vasco es un animal pirenaico que cuando lo bautizan se vuelve peligroso y ataca al hombre. Por lo tanto, habiendo la Divina Providencia dispuesto en su infinita sabiduría que estos dos cristianos organizaran nuestro encuentro el proyecto estaba destinado al fracaso desde el mismo comienzo” En aquel entonces, antes de la presentación del libro en el Centro Cultural de España, tuve una conversación breve con la Hierática: Goma, aparte de Sabato, ¿querés que alguna otra persona presente el libro?; Claro, Alan Pauls, es el más fotogénico de los escritores argentinos y nos asegura, por la parte baja, la presencia de un par de docenas de mujeres.

El Bucanero se fue de la Argentina con el rabo entre las piernas, la España falangista de Aznar le había quitado el caramelo a este Bucanero de la España socialista, es decir, le había quitado la dirección del Instituto de Cooperación Internacional, y esto lo había ofendido muchísimo y mortificado profundamente. Para tomar una condigna revancha escribe “La venganza del gallego”, un libro de memorias en el que manifiesta un reconocimiento agradecido al trato que recibió por parte de los argentinos, pero a la vez expresa una crítica corrosiva contra los sectores reaccionarios, tanto de la Argentina como de España. En algunas de sus páginas recuerda con cariño el día en el que “Cartas a un amigo argentino” fue presentado en el Centro Cultural de España, unas páginas que me trajeron a la memoria esa jornada inolvidable en la que pude juntar las cabezas del Pterodáctilo y del Buey Corneta con un solo golpe de la varita mágica de Gombrowicz.

Cuando ya había publicado “La venganza del gallego” una tarde me crucé al Bucanero por la calle Florida y estuvimos recordando la noche memorable del ICI y algunos agravios que llevaba sobre las espaldas como una cruz.

43

“La otra obsesión de Sabato era conseguir vender cualquiera de sus cuadros a alguna institución museística española. Pedía cien mil dólares. Me explicó que España tenía mucho dinero y que él lo necesitaba ( )” “Nos sentamos de nuevo y volvimos a sus libros y por fin pude fijarle la mente en Gombrowicz, mi agenda secreta. Me dijo que él había sido el único en darse cuenta de que Witold era un genio. Le pregunté por la famosa cena en la casa de Bioy Casáres y me respondió: ‘Yo sólo he hecho llorar a Victoria Ocampo dos veces en mi vida: la primera fue cuando le reproché lo que estaban haciendo con Gombrowicz; la

segunda

no se la puedo decir’ (

)”

“En 1999 salieron en Emecé las ‘Cartas a un amigo argentino’, las cartas que Gombrowicz dirige a Juan Carlos Gómez, ‘Goma’, después de dejar Buenos Aires y trasladarse a Europa. Previamente a la presentación del libro, proyectamos la película de Alberto Fischerman ‘Gombrowicz o la seducción’, de 1986, con guión de aquél y de Rodolfo Rabanal ( )” “Cuatro discípulos de Gombrowicz son convocados por el director, en una sola noche, a conversar y a recordar al maestro ausente. Y lo cierto es que consiguieron traerlo del túnel del tiempo, con una lucha emocional y una tensión que el espectador puede percibir, como si Gombrowicz estuviera entre bastidores. La sesión fue presentada por un parlamento brillante de Alan Pauls, que es un lujo, y luego habló Sabato ( )”

“Ese año Sabato había tenido un bajón de salud enorme y yo creo que tenía dificultades para reconocer las situaciones. Nos contó acerca de su última visita a Gombrowicz y a Rita en Vence, cuando aquél ya estaba muy enfermo. Pero, igual que un disco rayado, cada vez que se acercaba el momento de contarnos lo que el polaco le había dicho, Sabato se detenía, como si fuera a llorar, y volví al mismo relato de su llegada a Vence. Repitió tres o cuatro veces el mismo movimiento de aproximación, sin que nadie se atreviera a interrumpirlo. Al final, le toqué el brazo y le dije al oído:

‘Ernesto, ya está bien, creo que todos lo hemos entendido’. Y el público lo despidió con un enorme aplauso ( )” El desaire que me había hecho la Casa de América y la actitud ambigua que había tenido conmigo el Bucanero para ocultar el fracaso de su proyecto me resultaron indigeribles así que me vi obligado a buscar inspiración en mi maestro.

Gombrowicz era una persona propensa a provocar a los demás utilizando los insultos. En una carta que nos escribe desde Berlín nos lo pone bien en claro: “Anteayer inicié en el café Zuntz de Berlín las reuniones artísticas pues quiero dotar a esta ciudad de un

café artístico. Escritores: Grass, Johnson, Weiss (

puedo insultar a nadie, lo que otorga no sé qué de irreal al ambiente” Cuando fracasó la invitación que me había hecho el Bucanero para hacer el viaje a

España me agarraron unas ganas incontenibles de insultarlo. “¿Qué necesidad tenías de ofenderme de esta manera? Hace más de cuatro meses que vienes arrastrando, con tu Armada Brancaleone, el designio de conquistar Madrid. Pero, ¿por qué me complicas en tus proyectos de capitán de una armada fracasada? ( )”

Lamentablemente, por ahora, no

)

44

“Porque tú, más que un intermediario de la cultura, pareces uno de esos viejos bucaneros con pata de palo y un loro en el hombro. Para ti, detrás de un nombre no hay una persona sino un botín. Los corsarios atesoran oro y tú coleccionas personas, por el tiempo que te sirven según el alcance de tus cortas entendederas, ambos para acrecentar una riqueza vana con la que os vais a la tumba. En tanto que filibustero no tienes que mostrarte educado pero cuando te pones el disfraz de mensajero de la inteligencia debieras fingir que tienes modales pues con tus tonterías no sólo me has ofendido a mí sino también a mi familia y a mis amigos habiendo quedado en claro que eres un hombre sin nobleza. Y bien, no has desempeñado bien tu papel de auxiliar de la cultura, te has comportado como un vulgar maleducado y un pusilánime que se

esconde detrás de los teléfonos y de las polleras de las secretarias (

)”

“¡Bonito regalo le dejas a una mujer distinguida como Mercedes Viviani! Porque cuando tú, finalmente y gracias a Dios, te vuelvas a España, Mercedes se quedará aquí, con nosotros, afeada durante un tiempo por el teatro que le obligaste a representar para ocultar la torpeza y obscuridad de tus quimeras ( )” “Mientras el mundo me trata con respeto y admiración crecientes, yo, por un momento, no he estado a la altura de estas consideraciones pues me he dejado llevar de las narices por un palurdo mediocre, tan poco caballero que ni siquiera sabe pedir disculpas. Me queda, sin embargo, un recuerdo imborrable. La paliza que te di con tu ajedrez polaco y esa imagen de tu rey corriendo en bombachas por todo el tablero aullando de dolor al ritmo de los formidables azotes que le propinaba. No hay historia de piratas que tenga un final feliz

WITOLD GOMBROWICZ, DANIEL GUEBEL Y EDUARDO BELGRANO RAWSON

El Casanova y el Abanderado son dos personajes muy conocidos del mundo de la farándula de los hombres de letras. No es que siempre aparezcan juntos pero la Hierática me contó que uno de estos escritores, al que las señoras del gremio han motejado con el apelativo de Casanova, había sufrido un soponcio cuando una periodista lo enteró en el mismo acto de entrega de premios que había recibido la segunda mención de un concurso literario bastante importante. El Abanderado, ilustre integrante del jurado, lo coronó con lo que el Casanova creyó era el primer premio, hasta que la correveidile le acercó la infausta nueva. Tanto el Abanderado como el Casanova son miembros conspicuos del club de gombrowiczidas, pero con respecto a Gombrowicz ambos tienen posiciones negativas si bien diferentes: uno lo desprecia olímpicamente y el otro resolvió el problema de una manera más radical, sencillamente lo ignora.

De todos modos, sí le escribo para aclarar que no me siento gombrowiczida ni

practico el gombrowiczismo. Me siento, en cambio, afectuosamente, muy dipaoliano ( )” El comentario del Abanderado es mucho más amargo y audaz que el del Casanova y roza

deliberadamente el descaro.

“(

)

45

Gracias por el material sobre Gombrowicz, a quien en realidad no he leído, cosa

que en mi caso no significa nada, dado el enorme déficit que arrastro. Pero estamos a tiempo ( )” Pero el Abanderado, a más del de Gombrowicz, tiene otro complejo de inferioridad: la

“(

)

admiración que siente por la filosofía de la ciencia física, y su imposibilidad de comprenderla pues sus conocimientos de matemática son muy elementales.

Si el Abanderado hubiese leído a Gombrowicz hubiera descubierto que ésta no es una verdadera dificultad. En efecto, los conocimientos de matemática de Gombrowicz eran menos que elementales, ya desde joven había manifestado un antitalento muy marcado para asimilar las ciencias exactas, una incompetencia que no se le atenuó con el tiempo, sino todo lo contrario, se le fue acentuando. Se paseaba con una aparente seguridad por las teorías de la física: la cuántica, la ondulatoria, la de la relatividad, aunque reconocía que cualquier cuestionario de lo más elemental lo hubiese puesto en verdaderos apuros. Vivió un momento de la historia en el que ya habían fermentado todas las revoluciones del pensamiento que tuvieron lugar en los cien años que van entre la mitad del siglo diecinueve y la mitad del veinte, y aunque Gombrowicz no era científico ni filósofo quedó muy afectado por todo esto.

El bamboleo existencial entre el pensamiento y la vida le presenta a Gombrowicz un problema parecido al que había resuelto Bohr con su noción de complementariedad para el caso de los protones y de los electrones. Las partículas atómicas hay que describirlas, ora con la imagen corpuscular, ora con la imagen ondulatoria, y esto debe hacerse así porque estas dos imágenes contradictorias son concurrentes. Las relaciones de indeterminación, que son una consecuencia del cuanto de acción, no le permiten a las imágenes entrar en un conflicto directo. Cuanto más se quiere precisar una imagen por medio de observaciones, más la otra se hace necesariamente vaga. Las propiedades corpusculares y ondulatorias no entran jamás en conflicto porque no existen al mismo tiempo, son aspectos que se contradicen y se completan de manera complementaria.

Esta concepción contradictoria y complementaria de los fenómenos físicos está presente en el espíritu de la época, la época de la juventud de Gombrowicz, un espíritu que Gombrowicz expresa a su modo cuando se extraña de estar tan definido y tan indefinido al mismo tiempo. Cuando se va de la Argentina siente que puede decir sobre ella una cosa u otra distinta y hasta contraria, veinte millones de vidas en todas las combinaciones posibles es demasiado para la vida de un solo hombre. Quizás la Argentina lo atrajo porque se encontró en ella sin dinero, o porque había perdido los privilegios de los que gozaba en Polonia, o por la indolencia de su forma, o por su cruel brutalidad, no lo sabía.

En cuanto al Casanova vamos a decir que debe tener cuentas pendientes con Gombrowicz e intenta saldarlas apoyándose en el Asno, hasta pareciera que hace crecer demasiado a este discípulo para conseguir el propósito.

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Dipi dejó que se le atribuyera una pertenencia y un legado; de él se dice que a su

vez fue discípulo de Gombrowicz. Tal vez él mismo lo siga diciendo aún, yo no lo sé porque hace mucho que no nos vemos y este día del reencuentro no sirvió para actualizarnos del todo. Lo que quiero decir, o destacar, es que lo hecho por Dipi es mucho más arduo que la gesta gombrowicziana. Gombrowicz creó un círculo y utilizó su obra para crear su fama, lo que no era tan difícil, debido a que su figura tenía rasgos promocionales muy evidentes. No había manera de que a largo plazo la intelectualidad argentina se abstuviera de caer rendida a sus pies, independientemente de lo que pudiera pensar de sus libros. Yo creo que Dipi, hipotético discípulo, siguió el camino

inverso (

“(

)

)”

Leyendo estas palabras escritas de puño y letra por el Casanova me vino a la cabeza una idea que no es tan descabellada como pudiera parecer a primera vista. Hasta el día de hoy la página en blanco ha sido la primera amenaza que enfrenta el hombre de letras cuando empieza a escribir, una amenaza que va disminuyendo a medida que va llenando las páginas, pero la última amenaza que debe enfrentar no está bien definida hasta el momento. Supongamos que al terminar el trabajo las últimas palabras tuvieran la posibilidad de darle al escritor un fuerte puñetazo en un ojo, para el caso que hubiese escrito tonterías. Esta posibilidad, no puede ser de otra manera, debiera condicionar en parte la actitud del autor.

Yo creo que el Casanova hubiera tratado de reflexionar un poco más si hubiese tenido que enfrentarse con la perspectiva de recibir un puñetazo en un ojo por escribir tonterías sobre los rasgos promocionales de Gombrowicz. Pero no siempre la perspectiva de enfrentarse con ese tipo de puñetazo le hace cambiar el texto a un escritor, no creo por ejemplo que la perspectiva de recibirlo de un ciudadano alemán le hubiera hecho cambiar a Gombrowicz ni media palabra de los diarios que escribe sobre Berlín.

WITOLD GOMBROWICZ Y MARTIN HEIDEGGER

Heidegger llegó a ser un personaje tan importante en al panorama de la filosofía occidental que filósofos como Ortega y Gasset y Jean Paul Sartre, para nombrar sólo a dos de los más populares, hacían peregrinaciones para asistir a las conferencias magistrales que daba en la Universidad de Friburgo donde eran deslumbrados por el giro lingüístico que el herr doctor profesor alemán le estaba dando a la exposición a sus pensamientos fundamentales, intrincados y profundos. ¿Cómo fue posible que Sartre publicara sus libros y artículos, y viera representadas sus piezas de teatro en el París ocupado por las tropas de Hitler, cuyos jefes se mostraban tan recelosos de cualquier manifestación intelectual francesa? Lo fue porque la estrecha relación de Sartre con la filosofía existencialista del profesor Heidegger, le dio a las autoridades germanas la impresión de que se hallaba de su lado.

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A Gombrowicz lo impresionaba realmente la seriedad de Heidegger, es un respeto que había heredado de la madre que tenía adoración por los profesores y por los pensadores, una persona poco seria que sin embargo parecía seria. “Usted parece interesarse más por los filósofos que por los escritores; –Sin embargo, la filosofía sigue siéndome tan extraña como la ciencia. Como escritor estoy más interesado que nunca en el mundo de las pasiones” Esta respuesta que le da a François Bondy en el año 1969 nos lleva directamente al punto, a la ambigüedad que tenía Gombrowicz en relación con la filosofía y con la madre. En el año 1959 había dado cuatro conferencias sobre Heidegger en el Círculo de Amigos del Arte de Buenos Aires, y el mismo año de la conversación con Bondy, en el último curso de filosofía que dictó en su casa de Vence, lo presentó como el filósofo más creador del pensamiento existencialista. No obstante, también mantiene con Heidegger algunas diferencias.

Es difícil saber qué le pasaba a Gombrowicz con la madre y con los filósofos, yo creo que estos conflictos tienen más que ver con sus diferencias caracterológicas que con

sus puntos de vista. Marcelina Antonina era una persona poco seria que parecía seria; Heidegger era una persona seria que parecía seria; y Gombrowicz era una persona poco seria que parecía poco seria. “Yo no me dejo embaucar por ellos; conozco este infantilismo que juguetea con el Infinito, sé demasiado bien cuánta despreocupación e irresponsabilidad hacen falta para entrar con orgullo en los terrenos de esos pensamientos impensables y de esa severidad inaguantable, conozco este tipo de genialidad. Y ese Heidegger, en su

conferencia sobre Nietzsche, suspendido sobre esos abismos

abismo y no digerir los pensamientos excesivos: hace tiempo que lo decidí así. Me río

¡payasos! Despreciar el

de la metafísica

que me devora”

Heidegger fue el filósofo de los malos entendidos, tanto por sus simpatías con el nazismo, como por su obra inconclusa, oscura y poco sistemática. Mientras a los diecisiete años el filósofo se preparaba para su carrera sacerdotal, a la misma edad Gombrowicz resistía como podía la terminación de sus estudios en el liceo. Heidegger se casó a los veintiocho años con la hija de un oficial prusiano, Gombrowicz a los sesenta y cuatro con una estudiante canadiense. A los cuarenta y cuatro años, en el mismo año que muere el padre de Gombrowicz, el filósofo se afilia al partido nacionalsocialista cuando los nazis llegan al poder. A la misma edad Gombrowicz empieza a trabajar en el Banco Polaco. Ambos son desafectados del servicio militar por insuficiencias físicas, y ambos, nacidos católicos, se volvieron ateos.

Dar clases sobre Heidegger no es una tarea sencilla, pero Gombrowicz se las ingenió más o menos bien para dárselas a la Vaca Sagrada y al Hasídico en su casa de Vence. El hombre es un decir inconcluso, un proyecto incompleto que debe asumir la muerte como fin radical. Estamos arrojados a un mundo que es nuestro espacio y nuestra posibilidad de realización y, por lo tanto, puede ser considerado un utensilio, un instrumento que utilizamos para realizarnos. En la medida en que nos servimos del mundo y lo instrumentalizamos para nuestras acciones y proyectos, creamos una relación con él que varía dependiendo no sólo de los condicionantes históricos y

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temporales, sino también de cada individuo. El hombre crea un mundo, hace un mundo según el uso que le da y de los fines que tenga.

Heidegger advierte de los peligros de la técnica cuando ésta menoscaba nuestra relación originaria con el ser y nos hunde en la facticidad de los entes, instrumentalizándonos a nosotros mismos y dejándonos atrapar por los propios objetos que hemos creado. Nuestra existencia es una preocupación surgida de la angustia de vernos proyectados en un mundo en el que tenemos que ser a nuestro pesar. Provenimos de una nada y nos realizamos como un proyecto encaminado hacia la muerte, por eso la angustia es constitutiva del Dasein y la condición de un ser caído y solitario que no puede contar con Dios ni con remedio alguno para su condición. La verdadera dimensión de la nada aparece recién con Heiddeger. La nada no es para Heidegger la negación de un ente sino aquello que posibilita el no y la negación.

La nada es el elemento dentro del cual flota, braceando para sostenerse, la existencia, una nada que descubre su carácter existencial en la angustia. El ser por el cual viene la nada al mundo debe ser su propia nada, sólo la libertad radical del hombre, entendida como nada, permite enunciar significativamente tales proposiciones. El problema de la libertad condiciona la aparición del problema de la nada, por lo menos en la medida en que la libertad es entendida como algo que precede a la esencia del hombre y la hace posible. Debemos hacernos responsables de nuestra propia vida, asumir nuestra propia muerte sin dejarnos fagocitar en nuestra relación con los objetos y sus funciones. La vida inauténtica nace del ocultamiento de lo terrible de nuestra condición.

La autenticidad consiste, según Heidegger, en reconocer que somos un ser para la muerte, única vía de acceso a la libertad. Pese al rechazo que ha supuesto su posición política frente al nazismo, es indudable que Heidegger ha sido uno de los filósofos más importantes e influyentes en el nuevo panorama de la filosofía contemporánea, muchas de cuyas corrientes, como por ejemplo el existencialismo, se han configurado en un inevitable diálogo con su obra. “Las cosas son absurdas porque están aquí sin decir nada, no tienen historia y no están en el tiempo. Las cosas no tienen límites, no puede decirse dónde termina una mesa, por ejemplo, y dónde empieza el suelo, los define el hombre de acuerdo a sus necesidades y a sus proyectos”

Esto lo dice Gombrowicz en 1969, en el curso de filosofía que da en su casa de Vence, tres años después de la aparición de “Cosmos”, pero ya antes, en 1961, ocurrían algunas cosas respecto a su última novela y a esta idea de Heidegger. Para la época de nuestro viaje a Piriápolis Gombrowicz había empezado a escribir “Cosmos” y aunque no me participaba del plan general de la obra quizás en ese momento él tampoco lo teníaempezó a ejercitar conmigo las ideas sobre las cuales la ciencia y la filosofía forman la noción de realidad. Mientras paseábamos por los bosques de Piriápolis Gombrowicz trataba de desentrañar cuáles eran los límites de la naturaleza, ¿por qué este árbol terminaba aquí y no allá?, ¿y por qué luego empezaba la tierra?, ¿por qué no era todo un continuo?, ¿cómo es que se establecían los límites de la realidad?, a él le parecía que

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se formaban artificialmente o, mejor dicho, por una intervención violenta de la voluntad.

Gombrowicz se detiene bruscamente delante de un arbusto, y pregunta: ¿Qué es esto? El silencio empezó a incomodar a los Swieczewski y a mí también: Es el presentimiento de la forma. Gombrowicz se puso de rodillas, juntó las manos como si fuera a rezar y empezó a adorarme como si yo fuera el Dios mismo, según parece había dado en el clavo sobre los contenidos de su imaginación. Claro, el arbusto es una planta indefinida, una planta que no llega a ser un árbol, y la forma es una línea, es como el límite de la realidad. El arbusto tenía pues, para los propósitos de Gombrowicz, una naturaleza esfumada, tenía límites pero no tanto, pertenecía también a ese continuo donde las cosas están indiferenciadas. ¿Un arbusto no venía a ser entonces algo así como un presentimiento de la forma? Como yo conocía lo que andaba buscando Gombrowicz no me fue tan difícil hacerlo arrodillar.

“El existencialismo por su naturaleza nos es próximo a los polacos, y debería encontrar entre nosotros a seguidores entusiastas. Yo personalmente no soy partidario del existencialismo en un cien por cien, al contrario, soy muy crítico en relación con sus logros; esta filosofía me parece plagada de lagunas evidentes que no achaco a la incapacidad de sus creadores, sino a la dificultad inusitada, imposible de salvar, de esos problemas ( )” “Pero, al igual que todas las corrientes espirituales surgidas de una necesidad esencial del hombre, el existencialismo no se plantea dificultades, se afirma con tenacidad a pesar de todas sus contradicciones, a veces suicidas, y no hay nada que pueda detenerlo. Probablemente sufrirá todavía unos enormes cambios y perfeccionamientos, en este momento apenas está en su fase inicial ( )” “Sin embargo, una cosa es la filosofía estricta contenida en obras como “El ser y el tiempo” de Heidegger o “El ser y la nada” de Sartre, y otra muy distinta la postura existencialista que posiblemente se manifiesta mejor en el arte contemporáneo que en la filosofía”

WITOLD GOMBROWICZ Y MILAN KUNDERA

Entre los hombres de letras que conocen a Gombrowicz, hay algunos que lo admiran abiertamente, los otros se dividen entre los que buscan la diversión sin preocuparse de otra cosa, y los graves, los graves a secas y los graves ofendidos. El checo Milan Kundera pertenece sin duda al grupo de los que lo admiran abiertamente. Después de la guerra se contaban historias de los checos y de los polacos. Dos perros, uno checo y el otro polaco, se encuentran en la frontera, el perro checo está bien alimentado y va camino de Polonia, al perro polaco se le ven las costillas y va camino de Checoslovaquia: ¿Adónde vas?, pregunta el perro checo; Voy a ver si puedo comer algo, ¿y vos?; Voy a ver si puedo ladrar un poco.

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Es probable que sí, que los polacos se hayan convertido en unos maestros del ladrido, Copérnico fue uno de los primeros en ladrarle al geocentrismo de Tolomeo, y Gombrowicz fue unos de los primeros en ladrarle al modernismo.

Sesenta años después que Rimbaud hiciera el llamado a la modernidad Gombrowicz no estaba tan seguro de que este llamado fuera necesario. En el medio de un mundo de hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se le va de las manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud” de Adam Mickiewicz. Kundera contabiliza algunos elementos de “Ferdydurke” que vale la pena anotar pues están relacionados con la familia y con una transformación del mundo a la que se llamó modernidad.

“La familia está dominada por la hija, una ‘colegiala moderna’. A la chica le encanta llamar por teléfono; desprecia a los autores clásicos; cuando un señor llega de visita, se limita a mirarlo y, mientras se mete entre los dientes una llave inglesa que sostenía en la mano derecha, le alarga la mano izquierda con total desenvoltura ( )” También su madre es moderna; es miembro del ‘comité para la protección de los recién nacidos’; milita contra la pena de muerte y a favor de la libertad de costumbres; ‘ostensiblemente, con aire desenvuelto, se dirige hacia el retrete’, del que sale ‘más altiva de lo que ha entrado’; a medida que envejece, la modernidad se vuelve para ella indispensable como único ‘sustituto de la juventud’. ¿Y su padre? Él también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y a su mujer”

La idea de Kundera es que Gombrowicz captó en “Ferdydurke” el giro fundamental que se produce en el siglo XX. Hasta entonces la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo. En el pasado el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, de repente la historia se empezó a mover bajo sus pies como una cinta transportadora sobre la que también viajaba el statu quo. Por fin se podía ser a la vez conformista y progresista, equilibrado y rebelde. El sillón de la historia empieza a ser empujado hacia delante por todo el mundo. “Los colegiales modernos, sus madres, sus padres, así como todos los luchadores contra la pena de muerte y todos los miembros del comité para la protección de los recién nacidos y, por supuesto, todos los políticos que, mientras empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que se alegra de ser moderno es auténticamente moderno ( )”

“Fue entonces cuando una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy, la única modernidad digna de ese nombre es la modernidad antimoderna” Kundera trata de persuadir al lector de que la novela es un arte que nos permite comprender en su totalidad la naturaleza humana. Kafka, Musil, Broch, Gombrowicz eran unos solitarios, sin embargo, su obra expresa una teoría estética similar: eran

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todos poetas de la novela, apasionados por la forma y por su novedad; cuidadosos de la intensidad de cada palabra, de cada frase; seducidos por la imaginación. Pero a la vez impermeables a toda seducción lírica: hostiles a la transformación de la novela, alérgicos a todo ornato de la prosa; concentrados por entero en el mundo real, concibieron toda la novela como una gran poesía analítica”

Gombrowicz, en cambio, trata de persuadir al lector de que la novela no nos permite comprender en su totalidad la naturaleza humana. En los diarios analiza las protestas de algunos escritores polacos que se estaban quejando de la literatura de postguerra porque no había sido capaz de agotar el tema de la guerra, que de ese abismo infernal no se había extraído todo lo que sobre el hombre se podía extraer. Estos escritores se pusieron a hablar de los cuerpos torturados creyendo que la inmensidad del sufrimiento los proveería de alguna verdad, de un nuevo saber sobre nuestros límites, pero sólo descubrieron que la cultura de los estetas intelectuales no es más que espuma. “Cuando te acercas con la pluma en la mano a las montañas de sufrimientos de millones de seres, te invade el miedo, el respeto, el horror, la pluma te tiembla en la mano, y tus labios no son capaces de emitir más que un gemido”

Gombrowicz era un terrateniente de origen noble, una herencia poderosa para los polacos, la historia de una familia que había tenido cuatro siglos de bienestar. Los terratenientes, no importa cuál sea su origen, tendrán siempre, a juicio de

Gombrowicz, una actitud de desconfianza hacia la cultura, y una naturaleza de señor. “Pues bien, yo, aunque traidor y escarnecedor de mi ‘esfera’, pertenezco a pesar de

muchas de mis raíces deben buscarse en la época de mayor

Pero no solamente era eso. Yo, que tenía

depravación de la nobleza, el siglo XVIII (

todo

a

ella

(

)

)

un pie en el bondadoso mundo de la nobleza terrateniente y otro en el intelecto y la literatura de vanguardia, estaba entre dos mundos. Pero estar ‘entre’ es también un

buen método para enaltecerse, puesto que aplicando el principio de divide et impera puedes conseguir que ambos mundos empiecen a devorarse mutuamente, y entonces tú puedes zafarte y elevarte ‘por encima’ de ellos”

Gombrowicz estaba pues, según la manera de pensar de Kundera, establecido en una modernidad antimoderna, y era por esa razón un ilustre heredero de Rimbaud, y según la mirada del mismo Gombrowicz, seguía teniendo algo del perfume de esa flor pegada a la piel de cordero del abrigo de un campesino polaco. Las campañas pro Gombrowicz que emprendía Kundera no siempre tenían éxito. “Hablo con un amigo, un escritor francés; insisto en que lea a Gombrowizc. Cuando vuelvo a encontrármelo está molesto: Te he hecho caso, pero, sinceramente, no entiendo tu entusiasmo; ¿Qué has leído de él?; –‘Los hechizados’; –¡Vaya! ¿Y por qué ‘Los hechizados’? ‘Los hechizados’ no salió como libro hasta después de la muerte de Gombrowicz. Se trata de una novela popular que en su juventud había publicado, con seudónimo, por entregas en un periódico polaco de antes de la guerra. Hacia el final de su vida se publicó, con el título de Testamento, una larga conversación con Dominique de Roux. Gombrowicz comenta en ella toda su obra. Toda. Libro tras libro. Ni una sola palabra sobre ‘Los hechizados’. –¡Tienes que leer ‘Ferdydurke’! ¡O ‘Pornografía’!, le

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digo. Me mira con melancolía: Amigo mío, la vida se acorta ante mí. He agotado la dosis de tiempo que tenía guardada para tu autor”

WITOLD GOMBROWICZ Y LUIS CHITARRONI

Dediqué horas enteras a estudiar el tipo de las relaciones que me vinculaban a los

editores, comparé a las editoriales con cajas negras, y analicé el comportamiento de

los editores y de sus auxiliares llamados lectores a los que motejé de pulgones. Asocié

los extremos de su conducta al comportamiento de los asesinos seriales y de los rufianes melancólicos y determiné que su naturaleza sólo alcanza un desarrollo que no pasa del nivel de los protoseres. Otros extremos entre los que se mueven los Protoseres son la dulzura y la aspereza, siendo los casos de la Hormiguita Viajera y de la Bestia Catalana, en ese orden y según

mi experiencia, los más connotados. Dividí en cinco grupos las técnicas que utilizan los

editores para contrariar a los autores y, en fin, estos personajes vinculados a la actividad de escribir desde hace tantos siglos terminaron por hacerme perder la paciencia y el humor.

En uno de los gombrowiczidas le abrí las puertas a ciertas tendencias tanáticas que a

veces se apoderan de mí y declaré que ya que no podía doblegar a los editores entonces iba a tratar de destruirlos.

En

medio de la penumbra y de una horrible tensión que me zumbaba en los oídos, y

sin

saber a qué santo encomendarme para salir de las entrañas de los Protoseres, una

tarde caí en uno de esos estados hipomaniacales en los que de vez en cuando caen los genios, y en cierto momento, el destello de una luz intensísima que me venía desde la inteligencia me hizo ver con claridad meridiana que tenía que dirigirme al Guitarrón, a pesar de un mal entendido que ya había surgido entre nosotros siempre a propósito de Gombrowicz.

“(

por qué manifestaste tanto interés en leer las cartas que yo le escribí a Gombrowicz

sabiendo de antemano que no se las ibas a proponer a Sudamericana para que las

No por nada

yo presentía que tu barba era una señal preocupante, la última sensación que me

queda de vos es parecida a la que uno podría tener si lo dejan colgado de un pincel” No es tan fácil ubicar al Guitarrón en el rango que cubren los Protoseres y que va desde los asesinos seriales a los rufianes melancólicos y desde la dulzura a la aspereza.

La característica más sobresaliente de este distinguido gombrowiczida es la de que, en

publicara, ¿porque sos curioso, porque sos loco o porque sos payaso? (

Una pregunta que me hago, Chitarroni, y que todavía no pude contestarme, es

)

)

la mayor parte del tiempo aparece emboscado, con un aspecto parecido al que tenían los anarquistas eslavos prerevolucionarios de las historietas a los que presentan con

trajes negros, sombrero y una bomba esférica en la mano con la mecha encendida.

En la misma época en que los rusos se preparaban para dar el golpe final en los acontecimientos revolucionarios más importantes que registra la historia

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contemporánea, Iván Pavlov realizaba unos experimentos que se me asociaron sorpresivamente con el Guitarrón. Iván Pavlov, el fisiólogo ruso que realizó estudios sobre las glándulas digestivas, los reflejos condicionados, la actividad nerviosa superior y los grandes hemisferios cerebrales, les hacía mirar a los perros de su laboratorio unos círculos para asociar sus conductas primarias a elementos abstractos. Un día se le ocurrió ir estirando estos círculos que, poco a poco, fueron adquiriendo la forma de elipses hasta que los pobres pichichos, no pudiendo distinguir qué clase de figura estaban viendo, tuvieron trastornos de conducta.

No sé bien qué asociaciones de la imaginación me indujeron a pensar que Pavlov podía venir en mi ayuda para provocar, como lo hizo el ruso con los perros, trastornos en la conducta del Guitarrón. El procedimiento que se me ocurrió era benigno y podía ser interrumpido en cualquier momento, posibilidad que los perros de Pavlov no tenían. Le propuse la publicación de “Gombrowicz, y todo lo demás”, pero el libro no se lo mandé, y no se lo mandé con el pretexto de que tenía cuarenta mil palabras y que, quizás, para evitarse una lectura prolongada bastaba con que leyera el índice, la presentación y “Gombrowicz, la deserción y el destierro”, una conferencia que había dado en el Malba pues contenía una parte importante del libro que quería editar. Unos días después, y con la misma excusa anterior, le mandé “Gombrowicz y los argentinos”, mi ponencia en la mesa redonda del Malba que, del mismo modo que la conferencia contenía, aunque en menor cantidad, algunos pasajes del libro, pero tampoco esta vez le mandé el libro.

Y casi sin respiro realicé otro envío, el de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, con el pretexto de que, por si acaso no lo hubiera leído, le podría resultar de alguna utilidad para tomar un decisión más fundada, pero el libro no se lo mandé. El procedimiento me resultaba tan estimulante que acto seguido le mandé “Goma”, “Goma 2” y “Goma 3” del Viejo Vate, para que se informara de la repercusión que tenían mis escritos en Polonia, la patria de Gombrowicz, pero el libro no se lo mandé. De todo esto iba a resultar al final de la historia que el Guitarrón habría leído, si es que no interrumpía el procedimiento en algún momento, cincuenta mil palabras, diez mil más de las que tenía “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que por su ausencia sistemática debería, pensaba yo, haber despertado en el Guitarrón un deseo incontenible de poseerlo y de publicarlo. Pero las cosas no ocurrieron así.

La carta que me escribió el Guitarrón me puso sobre aviso de que al desempeñar su papel de Protoser se había emboscado.

el material que me mandás me encanta. Creí que estabas enojado conmigo

porque dije la palabra ‘cuartillas’ en la presentación del libro de Pitol. O por alguna

otra cosa. César me lo había dicho, emir de las intrigas. En fin, muy agradecido. Sigamos comunicándonos indirectamente” Pero como yo estaba decidido a llevar hasta el final el experimento seguí haciendo maniobras de aproximación. “Habiendo dejado fuera de combate al Pato Criollo y al Orate Blaguer ha llegado el momento de que le encargués a ‘Sudamericana’ la redacción del contrato, la

“(

)

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impresión, la edición y la posterior distribución y venta de “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que vuela con este mail rumbo a tu escritorio”

El Guitarrón no es persona de ir directamente al grano, igual que las gallinas, cloquea mientras gira en círculos alrededor del maíz antes de comerlo. En vez de desestimar de entrada la publicación de mi libro o de poner la respuesta en un futuro incierto, puso la respuesta que me iba a dar en un futuro cierto, pero la respuesta por supuesto no me la dio. Y aquí nace una ruina. Guitarrón: ¿Por qué sos tan insubstancial?; Guasón: ¿tanto te gusta que te contesten que no? ‘¿Insustancial?’ ¡Qué vocabulario de monaguillo! Guitarrón insustancial. ¿Pensaste dedicarte a la poesía lírica? De la observación atenta de la foto que forma parte de este gombrowiczidas se puede deducir fácilmente que al Guitarrón sólo le falta la bomba esférica con la mecha encendida para tomar la apariencia de un anarquista eslavo prerevolucionario.

WITOLD GOMBROWICZ Y SØREN KIERKEGAARD

Gombrowicz apreciaba la sabiduría de la iglesia que, a los tumbos y después de muchos siglos, había aprendido a conocer las miserias del hombre, el existencialismo y el comunismo tenían, en cambio, morales construidas recientemente. El deseo de un mundo más elástico, de perspectivas más profundas, lo empujaba a buscar una nueva alianza con la iglesia. El progresismo había desembocado en un hombre que se estaba volviendo un lobo para el hombre. Gombrowicz desconfiaba de esta criatura peligrosa que amenazaba con torturarlo, una alianza con la iglesia no le hubiera venido nada mal, la iglesia conocía el infierno contenido en nuestra naturaleza e, igual que él, le tenía temor a la excesiva movilidad del hombre.

La simpleza y la virtud elemental hacen posible el encuentro entre el filósofo y el analfabeto, entre lo superior y lo inferior, un encuentro que Gombrowicz buscaba y que el cristianismo, con una sabiduría calculada para todas las mentes, le podía procurar. Entre Gombrowicz y la iglesia no existía sin embargo un lenguaje común, pero el desmoronamiento de la fe le abría una posibilidad a las transacciones entre el mundo revelado, ya terminado, y el mundo que se está creando. “Me lo digo a mí mismo: debo tener en cuenta este hecho, no perderlo nunca de vista, buscar un punto donde lo divino confluya con lo humano, ya que de ello depende todo el futuro de mi pensamiento” Pero el Dios elaborado por la razón desde Aristóteles hasta Kant era indigerible para Kierkegaard.

Nuestra relación con la abstracción se fue malogrado con el transcurso del tiempo y desembocó en una desconfianza propia de campesinos. La fe ya no era entonces una

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fe en Dios, era tan sólo un estado del alma que nos podía acercar al otro, luego ese estado nos debía ser accesible aunque Dios no exista. Este salto hacia la fe lo pone a Gombrowicz en el camino de Kierkegaard. Cuando Kierkegaard le declara la guerra a Hegel se produce uno de los momentos más dramáticos de la cultura del pensamiento contemporáneo pues se empieza a perfilar en forma clara la oposición entre la abstracción y la existencia. Sin embargo, esta dirección hacia lo concreto que toma el pensamiento tropieza con la dificultad de que la filosofía sólo puede hacerse con razonamientos.

Este destino trágico con el que nace el existencialismo perdurará hasta el día de hoy a pesar del auxilio que le dio Husserl con la clasificación y depuración de los fenómenos de la conciencia. Kierkegaard rechaza el gran postulado de Hegel de que todo lo real es racional y de que todo lo racional es real, una afirmación mediante la cual Hegel podía deducir la racionalidad del universo a partir de una miniatura. No cree en la verdad de Hegel porque está concebida de antemano, su sistema no es una consecuencia del razonamiento sino de una elección previa. Este mundo premeditado pone a la razón en el camino de la bancarrota y le cierra el paso a las condiciones que hacen posible su existencia. Heidegger y Sartre se daban la cabeza contra la pared para resolver este problema hasta que aparece Husserl en forma providencial.

Puesto que el razonamiento es impotente para acercarse a las cosas tal cual son pongámoslas entre paréntesis y tratemos de verlas tan sólo como se nos aparecen. La fenomenología pone entre paréntesis al mundo y a las certezas derivadas de todas las ciencias que conciernen al mundo, el centro de las cosas pasa a ser la conciencia. Es una conciencia que está obligada a ser conciencia de algo, y esta intencionalidad de su actividad que le impide estar separada del objeto nos lleva de la mano a las concepciones de Sartre. La existencia está pues a la mitad de camino de esas cosas que Husserl puso entre paréntesis, pero la fenomenología nos permite organizar esa soledad en la que nos deja la conciencia, eso es lo único que nos queda, la intuición de un saber directo sin la mediación de la razón, una descripción última de los fenómenos referidos a la existencia.

El pensamiento abstracto tiene sin embargo un valor inmenso, gracias a él podemos formular las leyes de la ciencia con las que dominamos una naturaleza que ejerce enorme influencia en nuestras vidas. Pero si el hombre quiere saber algo de su propia existencia, las fórmulas científicas no le sirven para nada. Una cuestión impensable es la de cómo Kierkegaard pudo crear una filosofía existencialista si despreciaba los conceptos. El atajo de Kierkegaard es que no creó un sistema filosófico, sino una actitud para buscar su verdad interior recurriendo a una forma de confesión. Cada uno tiene que vivir a solas consigo mismo, no existe ninguna comunicación esencial entre un hombre y otro y, por lo demás, el hombre no es sino que deviene. Kierkegaard deja al hombre completamente desnudo, la vida es una continua creación de uno mismo y sólo en el umbral de la muerte el hombre queda definido.

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Una vez que Kierkegaard deja al hombre sin un trapo que ponerse, le aparece la angustia, la categoría más esencial de su pensamiento, una angustia que el hombre intenta combatir con la frivolidad. La angustia es el miedo a la nada, y la negación de esa nada es la vida, el ser, en la angustia encontramos las revelaciones más abismales sobre nuestra existencia. De esta confesión y de este pensamiento no sistemático, que rechaza la verdad objetiva, abstracta y racional, pasamos a las concepciones de Heidegger y de Sartre, sistemáticas y metódicas, que tienen muchos puntos de contacto con las construcciones clásicas. La inspiración de Kierkegaard se desata con la parábola de Abraham. Cuando Dios advirtió que los hombres estaban descarriados se propuso corregirlos para salvarlos, entonces le mandó la tabla de los diez mandamientos a Moisés.

Este viejo hebreo que vivió ciento veinte años dudó de la palabra de Dios, no pudo entrar a la Tierra Prometida, y murió angustiado. La misma angustia tuvo Abraham cuando un ángel le ordenó sacrificar a su hijo, y aunque parezca mentira el dilema que tuvo que enfrentar este otro hebreo ilustre es el origen de todo el existencialismo. Kierkegaard caracteriza a este episodio como la angustia de Abraham, y se convierte por esta razón en el padre de todo el existencialismo moderno que culmina en Heidegger y Sartre. Hasta Kierkegaard el pensamiento se había alimentado casi exclusivamente con los frutos de la razón, pero a partir de él la angustia se convierte en el centro de las meditaciones filosóficas.

La idea de Dios se entendía más o menos bien hasta que bajó ese ángel del cielo que habló con Abraham: Tú eres Abraham, sacrificarás a tu hijo. La razón no podía probarle a Abraham que en verdad era un ángel enviado por Dios quien se le había aparecido, y tampoco que le hablaba únicamente y justamente a él, el dilema le producía angustia. Abraham y Kierkegaard resolvieron el problema con la fe, pero los ateos empezaron a tener dificultades. La angustia, el desamparo y la desesperación se convirtieron en los tres sentimientos que acompañaban a la categoría de la libertad y a sus otras dos socias: la elección y la responsabilidad. Los existencialistas suelen declarar que el hombre es angustia. Esto significa que se compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige libremente su ser, sino que es también un legislador que elige al mismo tiempo que ha sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad.

Es la misma angustia que le aparece claramente a todos los hombres con responsabilidades graves, como la de un jefe militar que envía a un número indeterminado de hombres a la muerte. La angustia no es una cortina que nos separa de la acción sino que forma parte de la acción misma. Pero la experiencia de la angustia es difusa, no está conectada a un objeto definido, sino vagamente vinculada a nuestro sentimiento de abandono y aislamiento como individuos enfrentados con la nada de la muerte.

57

En una especie de síntesis de las doctrinas de Kierkegaard y Heidegger, Sartre declara que es por la angustia que el hombre llega a ser consciente de su libertad. La angustia es mucho más que un fenómeno psicológico, compromete al hombre en su totalidad.

Heidegger sigue los mismos pasos de Kierkegaard, pues la angustia es para él la experiencia por la que el hombre se abre por primera vez a su propio ser, se singulariza y hace patente su libertad. Kierkegaard, en su famoso “¡O esto o aquello!”, crucifica a la razón para aceptar la paradoja absoluta que él ve en Cristo. Como su tiempo no quiso aceptar su “o esto o aquello”, se rebeló contra la sociedad, contra su propia iglesia, y contra el mismísimo matrimonio, porque, conforme a su exigencia de una pureza absoluta, la procreación le parecía pecaminosa. Kierkegaard, de la misma manera que Gombrowicz, era enemigo del disimulo y las mentiras, quería llevar una vida auténtica en el reino de la fe cristiana y luchar contra la mala fe de los que fingían tenerla sin vivir al nivel de los severos y austeros principios del cristianismo verdadero.

Quiso ponerse a prueba él mismo y eligió romper su compromiso con la hermosa Regina Olsen que lo adoraba, una conducta que utilizó desvergonzadamente en sus libros describiendo a la mujer como el eterno enemigo del espíritu, como el diablo que arrastra a los jóvenes a sus trampas. Pero todas estas actitudes con las justificaciones respectivas eran mentiras, mentiras al mundo y a sí mismo. La auténtica razón de su ruptura con la joven Regina Olsen fue su impotencia sexual, contra la cual buscó ayuda médica sin resultado. Los analistas de la psique postularon después que un conflicto mental de toda la vida puede ser localizado como proveniente de alguna inferioridad orgánica. Gombrowicz le entreabría las puertas a la fe de Kierkegaard pero se las cerraba a su angustia.

“Pero estoy harto de los gimoteos actuales. Hay que renovar nuestros problemas ( )

La muerte, por ejemplo. Para cambiar un poco de óptica, nos basta con pensar: No, no es ningún drama, estamos adaptados a la muerte desde que nacemos; y aunque nos

)

¿Enajenación? No, no es tan terrible (

esas enajenaciones le reportan al obrero a lo

vaya devorando poco a poco cada día, nunca nos enfrentamos con ella cara a cara (

)

largo del año, casi tantos días libres y maravillosos como días de trabajo. ¿El vacío? ¿El

absurdo de la existencia? ¿La nada? (

descubrir el valor supremo. Basta con permanecer tres días sin comer para que un

mendrugo de pan adquiera ese valor; nuestras necesidades son la base de nuestros

valores, del sentido y del orden de nuestra vida (

)

No se necesita un Dios o unos ideales para

)”

“Hace algunos siglos, la gente moría antes de los treinta años. La epidemias, la miseria,

¿Acaso los triunfos se nos

han subido demasiado a la cabeza? ¿Acaso hemos olvidado lo que éramos ayer? ( )

No es que me rebele contra una visión trágica de la existencia, no soy de los que pintan

el mundo de color de rosa. Pero no se puede estar siempre repitiendo lo mismo (

rasgo más trágico de las grandes tragedias es que suscitan pequeñas tragedias; en nuestro caso, el aburrimiento, la monotonía y una especie de explotación superficial y reiterada de las profundidades”

El

el diablo, las brujas, el infierno, el purgatorio, las torturas

)

58

WITOLD GOMBROWICZ, WASHINGTON CUCURTO Y PABLO URBANYI

No sé cómo decírtelo, pero te lo tengo que decir igual, cuando llegué al pasaje del nacimiento del Gauchito ya no pude leer más. No te enojés, es un problema mío, yo soy un hombre chapado a la antigua, un mundo como el de “Cosa de negros” de Cucurto o el “Yo era una chica moderna” de tu puño y letra, me resulta totalmente ajeno. ¿En qué tipo de gauchaje andará el mundo cuando tu mundo sea un mundo

No te olvidés que tengo más cartas de Gombrowicz, las

chapado a la antigua? (

argentinas por ejemplo, portate bien, dejate de escribir chanchadas, sé un muchacho alto y buen mozo como me decía mi mamá cuando quería que le alcanzara algo, y vas a ver que te voy a mandar las cartas argentinas de Gombrowicz, como ya te mandé las europeas” El Pato Criollo me había llevado hasta el Negroide Piquetero, y el Negroide Piquetero

hasta Cucurto poniéndome en la mano su “Cosa de negros” y unas figuras en las que un Cucurto cuadrumano se va incorporando poco a poco hasta alcanzar la posición del bípedo implume, es decir, la posición erecta.

)

Las apariciones esperpénticas del Cuadrumano, un distinguido gombrowiczida que por razones completamente desconocidas para mí despierta con sus escritos una gran admiración en Alemania, como también se la despierta a la Filarmónica de Berlín Jaime Torres con su charango, empalidecen cuando las comparo con las del Contrahecho. Al poco tiempo de alcanzar a los miembros del club con mis historias verdaderas empiezo a tener unas impresiones que pueden oscilar entre las eurítmicas y las contrahechas, según sea el carácter del gombrowiczidas. Al terminar de escribir “Thomas Mann” sentí que iba a llegar a mis corresponsales con la hermosa melodía de un hombre de letras tan insigne, y así fue, enseguida tuve la confirmación de este presentimiento.

En efecto, el Castor, una ilustre escritora y periodista gombrowiczida publicó en su revista “Archivos del Sur” unas palabras que atribuí a los efectos eurítmicos de “Thomas Mann”. “Gombrowiczidas son ensayos y notas breves escritas por Juan Carlos Gómez publicadas en “El Ortiba”. Escritas generalmente con humor e ironía, en forma diaria, Juan Carlos Gómez ha creado una constelación de escritores, referencias, cartas, un universo que gira alrededor del escritor polaco que vivió casi un cuarto de siglo en la Argentina” Inmediatamente después de la alegría que me produjeron estas palabras recordé que el principio de acción y reacción es aplicable a todos los fenómenos de la naturaleza de este mundo, tanto sean fenómenos físicos como espirituales, así que tuve el presentimiento de que a esta buena noticia debía sucederle por fuerza una mala noticia.

El principio de acción y reacción es uno de los principios más atractivos de la ciencia física. Es una propiedad de los cuerpos que expresa la igualdad de la acción y de la

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reacción, según la cual una fuerza ejercida por el cuerpo A sobre el cuerpo B es igual y opuesta a la fuerza que el cuerpo B ejerce sobre el cuerpo A como consecuencia de la acción ejercida por el cuerpo A sobre el cuerpo B.

Y es tan atractivo el principio de acción y reacción que hasta el mismísimo

Gombrowicz, tan distanciado y enemigo del cientificismo, lo utiliza en Filifor, el más celebrado de sus cuentos, y no sólo en sus cuentos aparece el principio de acción y reacción, sino también en sus diarios. “¿Será pues que me convierto en reacción? ¿Contra todo el proceso encaminado hacia el universalismo? ( )”

“Soy tan dialéctico, estoy tan preparado para ver desactualizarse los contenidos con los que me ha nutrido la época el fracaso del socialismo, de la democracia, del

cientificismoque casi con impaciencia aguardo la inevitable reacción, casi soy ella yo mismo”

La mala noticia me puso de manifiesto que también Thomas Mann puede despertar los

más bajos instintos a un gombrowiczida contrahecho que se esconde en el anonimato detrás de una banda de forajidos. En efecto, “El rey está desnudo” es una revista que se presenta como creada, ideada y registrada por Pablo Urbanyi. El consejo de redacción permanente está formado por todos los hombres de buena voluntad, los bienaventurados de quienes nunca será el reino de los cielos y los últimos que jamás serán los primeros, así rezan sus palabras iniciales.

Eligieron uno de los pasajes memorables de los escritos de Gombrowicz para presentarse como gombrowiczidas. “No lo sé. ¿Así que el libro está aún por empezar? —preguntaréis. Al contrario, ya está medio parido, pero no me preguntéis por el contenido de mis obras porque es imposible contarlas con palabras de ‘cosecha propia’. Hay una cosa de la que estoy seguro: es una obra que no os gustará en absoluto y en esto tengo puestas todas mis esperanzas (…)”

“No sirvo para guisaros los platos que podéis encontrar en cualquier restaurante y que

ya os sabéis de memoria, lo que quiero es prepararos un guiso que se os vuelva como

un estropajo, que los ojos os salgan de las órbitas y el gusto se os alborote por

completo ”

“Y sólo después de varios años de masticarlo llegaréis a la conclusión de que al fin y al cabo se trata de un plato de ravioles a la crema bastante nutritivo y sabroso. Conozco mi cometido. No soy una vaca que rumie el pasto del día anterior. Mi deseo es ser un maestro de cocina que prepara sus guisos con mantequilla fresca y hace el consomé con la carne viva de la contemporaneidad. No quiero ser esclavo y siervo de vuestros paladares, sino su torturador, una mosca que hará galopar al perezoso jamelgo de vuestros gustos”

El Contrahecho es un escritor argentino nacido en Hungría que vive en Canadá, y que

admira a Gombrowicz según lo manifiesta en una entrevista que le hace una escritora argentina que vive en Australia.

60

“Conocerlo personalmente, no. Leí la primera edición de ‘Ferdydurke’ con su prólogo original en el que se relata un hermoso ejemplo de colaboración literaria para una traducción casi imposible de un libro tan difícil. No conservo ese ejemplar y lo lamento. Y, aunque la traducción sea la misma, en las ediciones actuales ese prólogo desapareció para ser reemplazo por uno banal. En cuanto a deberle algo, le debo todo lo que se le puede deber a un maestro: inteligencia, audacia, innovación, así como le debo a muchos otros, tales como Arlt, Cortázar, Hasek, Swift, Sterne, Cervantes, Quevedo o Borges. Esos son los que me ayudan a gatillar la mente, si es que tengo pólvora y la mecha se puede prender, claro” Hace unos meses recibí de “El rey está desnudo” unas líneas que me despertaron la curiosidad.

“Bueno chico, basta de ego web. Yo leo a Gombrowicz y no ando colgándome de él. Gracias de todas maneras aunque no lo haya pedido ni vos preguntado si me interesaba. Suerte” Pero fue precisamente el gombrowiczidas al que di en llamar “Thomas Mann” el que despertó la furia de esta banda de forajidos cuyo jefe es el Contrahecho. “La verdad es que nunca te pedí un cuerno para que me rompieras las que sabés con tus notas improvisadas. Pero esto ya es demasiado: escritor o no, bueno o malo, Thomas Mann fue un reverendo hijo de puta pequeño burgués forrado de guita al servicio de USA que dejó morir de hambre a Musil, diez veces más grande que él. Averiguá también las razones del suicidio de su hijo”

WITOLD GOMBROWICZ Y JEAN PAUL SARTRE 2

Gombrowicz no fue existencialista pero toda su vida anduvo dando vueltas alrededor de esta filosofía. El hecho de que la falta de seriedad fuera, a su juicio, tan importante para el hombre como la seriedad explica el porqué, a pesar de su conflicto tan agudo entre la vida y la conciencia, no se refugió en ninguno de los existencialismos contemporáneos. La autenticidad y la falta de autenticidad de la vida le resultaban igualmente preciosas y por eso la insuficiencia y el subdesarrollo tenía para él la misma importancia que las categorías del existencialismo

“La juventud se me apareció como el más alto y más absoluto valor de la vida

este valor tenía una característica inventada seguramente por el mismísimo diablo:

estaba por debajo de cualquier otro valor”

Pero

Aunque no como las de Plutarco también se pueden establecer vidas paralelas entre Gombrowicz y Sartre. Sartre nació en Francia en 1905, Gombrowicz en Polonia en 1904. Sartre proviene de una familia de clase media, Gombrowicz de la nobleza terrateniente. Sartre, de una familia protestante por parte de la madre y católica por parte del padre, Gombrowicz de una católica solamente. El padre de Sartre era un ingeniero naval, el de Gombrowicz un propietario de tierras y un gerente de grandes empresas. Sartre se graduó en filosofía, Gombrowicz en derecho. Sartre publicó su

61

primera novela en 1938, Gombrowicz la suya en 1937. Sartre tenía una constitución física débil y era feo, Gombrowicz no era feo. Sartre fue prisionero de los alemanes y miembro de la resistencia, Gombrowicz no participó en la guerra. Ambos fueron alumnos incompetentes en matemática. Ambos pertenecieron a la generación de la alforja vacía, educada después de la primera guerra mundial, cuando todos los valores tradicionales se derrumbaron el Europa. Ambos buscaron la grandeza. Y ambos fueron adictos a los cafés.

Si el objetivo de la superioridad y de la grandeza es una compensación de un complejo de inferioridad, podríamos decir que Sartre quería compensar su fealdad, mientras Gombrowicz quería compensar su propia inferioridad, es decir, la inferioridad de su situación personal y nacional tal como él la sentía. Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la mayoría de sus obras en la atmósfera impersonal del humo del cigarrillo, el olor de café, el entrechocar de tazas, los fragmentos de conversaciones, y el ir y venir de un café parisiense. El Cafe de Flore y el Cafe Pont Royal se convirtieron con el tiempo en la Meca de la filosofía existencialista. La atmósfera del café está tan arraigada en la mente de Sartre que incluso explica teorías metafísicas en el más erudito de sus libros con ejemplos tomados de la vida de café.

Doscientos años antes ya decían que en París sabían cómo preparar esa bebida de tal manera que engendrara el ingenio en aquellos que la tomaban. Por lo menos cuando salían de allí, todos ellos se consideraban cuatro veces más inteligentes que cuando entraban. Sartre se mostraba todos los días en el Café de Flore, publicaba sus escritos y sus piezas de teatro eran representadas en el París ocupado por las tropas de Hitler. “Frecuentar un café puede convertirse en un vicio, igual que el del vodka. Para un verdadero adicto, el no acudir a su café a una hora determinada significa sencillamente sentirse enfermo. En poco tiempo llegué a ser tan maniático que renuncié a todas las demás ocupaciones de las tardes, como el teatro, el cine y la vida mundana. Mi actitud en el café Ziemianska se caracterizaba por una desenvoltura que demostraba claramente que no tenía necesidad de ganarme la vida con la pluma ni apresurar nerviosamente mi carrera de escritor ( )”

“Supongo que la cantidad de tonterías, absurdos e idioteces proferidos por mí en el Ziemianska debería alcanzar unas cifras astronómicas y, sin embargo, a través de todas esas locuras, se trasparentaba mi natural sentido común y esta lucidez y este realismo que siempre ha estado alerta en mí” Sastre y Gombrowicz nacieron en una época que sucedía a otra anterior en la que había triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos, parecía entonces que la ignorancia podía ser erradicada por el esfuerzo tenaz de la razón. Este impulso intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la segunda guerra mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se desparramaron por toda Europa ampliando explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al pensamiento.

Gombrowicz empieza a darse cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo, aparecía una nueva engendrada, justamente, por el intelecto, una estupidez desgraciadamente intelectual. La vieja visión del mundo que descansaba en

62

la autoridad, sobre todo la de la iglesia, estaba siendo remplazada por otra, en la que

cada uno tenía que pensar el mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía

la

vieja autoridad.

El

mundo del pensamiento empezó a caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad,

a

la que animaba una juventud sorprendente, los intelectuales exhortaban a los

hombres a que pensaran por ellos mismos, con su propia cabeza, algo parecido a lo que había hecho Lutero con su protestantismo, un giro del pensamiento al que Nietzsche calificó de revolución provinciana.

Las ideas podían tener un salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo eso, había que experimentarlas en la propia vida, había que tomarlas en serio y alimentarlas con la propia sangre. El aumento de este exceso de responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el conocimiento y la verdad dejaron de ser la preocupación principal del intelectual, una preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que descubrieran su ignorancia.

El intelectual, atiborrado de conocimientos que no terminaba de asimilar, andaba con

rodeos para no dejarse pescar, entonces empezó a tomar algunas medidas de precaución realmente ingeniosas: enmascaró la formulación de los pensamientos utilizando nociones sin desarrollar, dando por sentado que eran perfectamente conocidas por todo el mundo, y todo esto lo hacía para ocultar su ignorancia.

La omnipresencia de Sartre en la segunda mitad del siglo XX termina por cerrarle el cerco a los intelectuales, Sartre les exige que se comprometan y que elijan, que se pongan en pro o en contra. Cuando expone los postulados de su exhortación en “Situations”, los pobres burgueses pensantes toman conciencia de que para entender la idea de la libertad, había que leer antes la setecientas páginas de “El ser y la nada”, y también toman conciencia de que, como el fundamento de esta obra es una ontología fenomenológica, había que leer

y antes a Kant.

antes a Husserl

, Sartre va acumulando poco a poco toda la patología de nuestra época, pone en crisis la grandeza de la literatura y la convierte en una literatura funcional.

,

y antes a Hegel

La voz más categórica de su espíritu desciende al terreno llano para desempeñar el papel de un maestro pedante y moralista. Como no consigue unir el dominio de la verdad esencial con los asuntos cotidianos, le asigna al escritor una función social. Sus instrucciones positivas sobre el papel del escritor en la sociedad contienen todas las debilidades propias de los sermones, sean religiosos o marxistas, y son ajenas a los

filósofos más antiguos, menos producidos y más naturales. Gombrowicz no estaba para nada de acuerdo con la exigencia de Sartre, ésa que exhortaba a los intelectuales a tomar partido por la izquierda, por el proletariado y por

el marxismo, la única forma de ejercitar la libertad según creía el filósofo. Pero como la

libertad de Sartre es una idea que los buenos burgueses pensantes no podían asimilar sin una preparación filosófica que no tenían, empezaron a desarrollar una destreza

particular para ocultar su ignorancia.

Los resultados no fueron buenos, la función social del escritor se hizo irresistible y el pensamiento se degradó. Una de las manías del existencialismo es la de darle a la nada

63

y a la angustia, que vendría a ser algo así como el miedo a la nada, un lugar

fundamental en la cultura. Gombrowicz piensa que debe controlarse esta sobreactividad de la razón porque no se corresponde con la realidad del hombre, el hombre es un ser intermedio que tiene necesidad de temperaturas medias. “Pertenezco a la escuela de Montaigne y estoy a favor de una actitud más moderada, no hay que sucumbir a las teorías, conviene saber que los sistemas tienen una vida muy corta y no hay que dejarse impresionar por ello” En un pasaje memorable de los diarios Gombrowicz decide cancelar sus cuentas pendientes con Sastre, y para alcanzar este propósito inventa un relato que podría

haberle hecho un francés recién llegado de París, un francés inventado que conoce muy bien al filósofo.

Este personaje imaginado por Gombrowicz le cuenta que Sartre, cuando todavía era muy joven, acostumbraba a pasear por la avenue l’Opéra a las siete de la tarde, la hora de más tráfico. Sartre le había dicho que la percepción del hombre a una distancia tan corta actúa como una amenaza física. Debido a la gran cantidad de hombres que también paseaban, el hombre le resultaba enormemente próximo y terriblemente lejano. Esta apretujada masa no humana de hombres condicionaba el pensamiento del joven Sartre, entonces empieza a buscar un sistema solitario para la actividad de su conciencia y se refugia en sí mismo, se aísla herméticamente de los demás, cerrando la puerta del propio yo. Paradójicamente, esta soledad había nacido de la multitud.

Cuando la idea de la soledad se instaló en él, advirtió que su soledad iba a encontrar resonancia en miles de otras almas. La cantidad parecía seguir formando parte de la idea que derivaba de ella: la soledad. Pero la filosofía y la cantidad son antinómicas, la conciencia y el hombre concreto no pueden alimentarse con la cantidad, sin embargo, se estaban alimentando con ella. El sistema de Sartre en su fase inicial proclama sencillamente que yo soy yo de manera impenetrable para los otros, como una lata de sardinas; los otros no existen.

El miedo que le produce esta idea no está solo, lo ve multiplicado por la cantidad de

aquellos a los que puede haber convencido con la idea. No podía seguir adelante con este pensamiento que se comía la cola, debía pues volver

a reconocer, mejor dicho, a construir al otro, pero cuando termina de construirlo empieza a sentir sobre él la mirada de ese otro.

Y ese otro, determinado y construido por él, no tenía nada que ver con el hombre

concreto, ese otro al que tenía que reconocerle la libertad, era al mismo tiempo un objeto. Sartre se encuentra cara a cara con la cantidad en toda su plenitud, con todos los hombres posibles, con el hombre en general, y él, que de joven se había asustado

de la multitud parisina, se las está viendo ahora con todos los individuos. Estaba solo frente a todos.

A pesar de este panorama terrible no se asusta y se pone sobre los hombros la

responsabilidad por todos los hombres. Pero esta plenitud se le viene a mezclar nuevamente con una cantidad relacionada ahora con su obra. La cantidad de ediciones, de ejemplares, de lectores, de

comentarios, de ideas derivadas de sus ideas, y variantes de estas variantes.

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“Entonces, me dice, lo vi acercarse a un cristal empañado y escribir con el dedo: Nec Hercules contra plures” La bancarrota era completa, Hercules no puede contra todos, pero como esa bancarrota estaba dividida por millones a causa de la cantidad, se empequeñecía justamente gracias a ella, en medio del caos y de la confusión donde nadie sabe nada, nadie entiende nada, donde se parlotea y se habla sin ton ni son, y donde todo acaba en nada. Los hombres se las arreglan bastante bien con las limitaciones, o Dios hizo el menos malo de los mundos posibles, o el hombre elige los valores menos malos en un mundo que ya existe. Los valores de Kierkegaard están cerca de Dios y de la fe. Los de Sartre más cerca de la política y de la ausencia de Dios. Y los de Gombrowicz están cerca de Kirkegaard en su guerra con las teorías, y de Sartre en su búsqueda de la libertad.

WITOLD GOMBROWICZ Y MARTA LYNCH

“(

de una novela premiada, “La alfombra roja”, edad 30 años, casada o soltera, me escribió una carta dramática diciéndome que justamente cuando ella, después de terribles vacilaciones, se animó a acercarse al genio, el genio se fue. Leyó Ferdydurke, la Pornografía y el pedazo de Diario sobre Retiro. ¿Me ama? Parece inteligente y simpática, puede ser que usted, Goma, tendrá una buena compañera para charlas interminables sobre mí (es curiosísima de cada detalle), escríbale que yo le pedí que sea ante ella algo así como mi embajador plenipotenciario. Y a lo mejor póngala en contacto con la muchachada. Dice en su carta ‘Leí un fascinante reportaje o recuerdo

Goma, póngase en contacto con Marta Lynch, Madero 222, Vicente López. Autora

)

en forma de tal de unos locos sueltos que me atraen a fuerza de fastidiarme y que escriben en Eco Contemporáneo’ (esto hágalo saber al Asno, pues los jóvenes autores

son muy ávidos de tales datos) (

“Para Marta Lynch, Certificado: Juan Carlos Gómez, alias ‘Goma’, es el argentino más

iniciado en mi mundo y conoce mucho de mis secretos

)”

Witold

Gombrowicz 1963”

A los primeros admiradores de Gombrowicz en la Argentina no se los puede ubicar

pero a la última

admiradora sí se puede ubicar, fue sin lugar a dudas Marta Lynch. La idea de Gombrowicz de que me pusiera en contacto con ella fracasó, faltó a una cita que habíamos concertado en la Fragata. Le propuse con nos encontráramos en ese café, cuando me preguntó de qué manera nos reconoceríamos le respondí que llevara una gallina debajo del brazo. “La alfombra roja” era una novela muy comentada en el Buenos Aires de aquel entonces, una obra que puso en verdaderos apuros a Gombrowicz cuando la recibió en Berlín, por lo menos eso es lo que nos decía en las cartas.

fácilmente, quizás Manuel Gálvez, Roger Pla, Ernesto Sabato

“(

diario transatlántico es excitante, cuide de que no haya complicaciones, déjelas en paz

No venga tampoco haciendo líos con mujeres, ya sabe que esto de traducir mi

)

65

con mi diario. Ya tengo bastante líos. La novela de la Lynch resultó ilegible (no le diga esto, sabe) y con furia meditaba que es lo que tengo que contestar, por fin le escribí que tuvo una idea horrible mandándomela pues el hecho que se declaró mi admiradora me impide cualquier elogio y que en general me da lo mismo si la novela es buena o mala ( )” “Ocurrió con la Lynch que no sabiendo qué decir de la novela (pues no la leí) dije que no es social sino erótica y ocurre que acerté pues me mandó carta diciéndome, ¡que grande!, cómo lo supo, esto es, nadie lo pescó aquí etc. etc. ¡Qué cosa!”

Gombrowicz había escrito un prefacio para “Hernán”, la primera novela del Asno. Fue un prólogo muy criticado por los lectores al punto que Marta Lynch decía a los cuatro vientos que la mala suerte que había tenido el libro estaba muy relacionada con el texto de Gombrowicz. Las palabras que le escribió Gombrowicz a Marta Lynch sobre “La alfombra roja” y los comentarios públicos que había hecho la escritora sobre el prefacio de “Hernán” terminaron malogrando hasta cierto punto la buena relación entre ellos. El Asno, para echar más leña al fuego, aprovechó la circunstancia de que ella era Lynch por el apellido de su esposo, un conocido abogado de la clase alta argentina, pero su verdadero nombre era Marta Lía Frigerio de Lynch.

Rogelio Frigerio funcionaba como la mano derecha de Arturo Frondizi, así que el Asno le metió en la cabeza a Gombrowicz que Marta Lynch era su hermana.

La Lynch, informa el Asno, parece que es hermana de Rogelio Frigerio. ¡Ojo! Me

temo que la pobre al leer el fragmento sobre Retiro lo interpretó como si se tratara del amor al pueblo ( )” Pasaron cuarenta y cinco años desde aquel lejano 1963, cuando Gombrowicz le certificó a Marta Lynch que yo era el argentino más iniciado en su mundo. Hace unos pocos días recibí una carta de Enrique Lynch, hijo de la escritora y profesor en la

“(

)

carrera de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona. Enrique Lynch ha llevado a cabo una gran variedad de trabajos siempre relacionados con las letras, y encabeza su página web con una cita de Gombrowicz.

“Prefiero ser considerado como un conde ‘tout court’ que como un conde de las bellas artes, un marqués del intelecto y un príncipe de la literatura” La carta que me escribe es amable y hace referencia a un gombrowiczidas en el que hablo del Pato Criollo.

“(

que se le ocurren. En cualquier caso, lo que importa es que se trata de una buena idea. Leo con interés y curiosidad sus desaseadas misivas sobre la Galaxia Gombrowicz y le agradezco que me las haya dado a leer ( )” Estos comentarios de Enrique Lynch, al que de ahora en más conoceremos como el Aseado, acerca de la falta de aseo de mis misivas sobre la Galaxia Gombrowicz, se me asociaron con otros del Benevolente.

No me extraña, porque si algo llama la atención en Aira es la cantidad de ideas

)

“(

ácido y eso es bueno y a veces Gombrowicz no aparece en la pasarela. Pero ahora le quiero decir algo muy trivial y que tal vez no suene benevolente: hay en sus escritos, a

En mis (aparentes) días de ocio en Córdoba leo con interés sus notas. No pierden

)

66

veces, no sé si en todos, un pequeño problema de concordancia y una especie de temor sacro al verbo en potencial. Debe ser que muchos lo utilizan porque no entienden el subjuntivo y ostentan con estrépito unos ‘si yo habría’ que estremecen. Lo que yo le señalo es el estremecimiento contrario: como a veces hay que variar, en lugar de un oportuno ‘hubiera’ pone un deslizante ‘hubiese y en lugar de un ‘habría’ pone un rotundo ‘hubiera’. Nada de importancia, la lengua cambia por estos estremecimientos, después de todo, el francés ocupó el territorio del imperfecto de indicativo para sustituir el dificultoso imperfecto del subjuntivo: ‘si j'avais’ en lugar de ‘si j'eusse’, que suena tan fuerte ( )”

Y estos comentarios del Benevolente se me asociaron con otros del Orate Blaguer, unos que hizo en su último viaje a Nueva York en los que se refiere a mí, aunque sin nombrarme, de una manera insolente. “Se ha dicho que le he dado mantenimiento a los clásicos de Borges (a Melville y su Bartleby), pero también es cierto que he acompañado los éxitos de librería de Robert Walser (a quien saqué modestamente del invernadero de las solapas y lo convertí, gracias a Doctor Pasavento, en un santo laico), de Georges Perec (uno de los autores que he decidido doblar, duplicar), de Fernando Pessoa (propongo que se multipliquen, como los peces, los heterónimos) y de Witold Gombrowicz, el noble polaco al que algún imbécil debería dejar de manosear”

No puedo tomar a la ligera las reflexiones sobre el aseo, la concordancia y el manoseo que me están haciendo el Aseado, el Benevolente y el Orate Blaguer, aunque Gombrowicz haya tomado a la ligera unas reflexiones que le había hecho una lectora canadiense. En efecto, después de una narración metafísica y bucólica que remata con la aparición de un cocodrilo Gombrowicz sigue todavía muy inspirado y mete en los diarios los relatos de la casa de los Pueyrredón, del cretino de la columna de Creta y del fotógrafo impostor. Finalmente una lectora de Canadá se cansa de tantas historias superficiales y le manda una carta amarga reprobándole la costumbre que estaba adquiriendo de escribir tonterías, una carta con la que Gombrowicz no está de acuerdo.

“Al principio, lo que usted escribía tenía carácter polémico, despertaba controversias, producía reacciones, incluso negativas, pero fuertes. Los últimos fragmentos no me producen ninguna reacción aparte del estupor de que usted los escriba y de que Kultura los publique” Gombrowicz lee con atención la carta y reconoce que el diario publicado en noviembre le salió un poco frívolo, especialmente con el cuento del cocodrilo, pero no está dispuesto a escribir sólo para la satisfacción de los lectores, les pide que le dejen cierta libertad y que no se entrometan demasiado en su trabajo. “Cuidad de que mi diario tenga el mínimo indispensable de inteligencia y vitalidad, la cantidad exigida por el nivel medio de la palabra impresa, pero en cuanto al resto, dejadme las manos libres ( )”

“En este saco meto muchas cosas distintas: todo un mundo al que sólo os acostumbraréis en la medida que adquiera superioridad sobre vosotros; mientras

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tanto, muchas cosas de este diario os parecerán innecesarias e incluso os quedaréis sorprendidos de que se acepte su publicación” Pero Gombrowicz no puede con el genio, e inmediatamente después de estas reflexiones tan atinadas que hace para la lectora de Canadá mete en el diario unos versos indecentes que escribe en la puerta de un baño. “A señoras y señores, para nuestro beneficio/ No lo hagan en la tapa, háganlo en el orificio” En seguida le advierte a los lectores que había dudado antes de confesar esta manía, pero le había resultado tan fascinante que se lamentaba de haber perdido tanto tiempo sin conocer un placer tan barato y desprovisto de riesgo.

debido probablemente a la terrible

evidencia de la inscripción unida al absoluto ocultamiento del autor, al que es imposible descubrir. Y también al hecho de que se trata de algo absolutamente inferior al nivel de mi creación”

“Hay en esto algo

, algo extraño y embriagador

WITOLD GOMBROWICZ Y JEAN PAUL SARTRE 1

Como si fuera poco, usted, en vez de mandarme noticias, trata, según parece, de

enseñarme la filosofía de Sartre en cinco carillas. ¡Jua, jua, jua! Lo de que el dolor o el placer cobran valor dentro de la perspectiva del existente, de su mundo, de su situación, de su finalidad, de su futuro, de su proyecto, esto lo sabe cualquier niño. Lo que no saben algunos adultos recién iniciados es que en Sartre (como en todo el cartesianismo) el ser se funda en la conciencia, es decir, que si usted es consciente de este vaso, el vaso es (aunque no procurara placer ni dolor). Esto es lo que yo condeno,

“(

)

tarado, pues lo sé hondamente que la existencia no es una relación suelta, tranquila, sino una relación convulsa y no una libertad (no importa en qué sentido) sino una tensión. Todas las estupideces de Sartre provienen del hecho que se relacionó con el dolor de una manera tranquila y doctoral típica de los cartesianos. No comprendió el cuerpo, ni el dolor. Por lo tanto le sugiero, Goma, amistosamente, que les diga a todos los amigos que lo considero a usted bastante tarado ( )”

La mirada y la responsabilidad eran cuestiones que acercaban y separaban continuamente a Gombrowicz de Sartre, en ese orden. Gombrowicz tenía problemas para sostener la mirada del otro, la vergüenza lo obligaba a espiar más que a mirar. La mirada se convirtió, tanto para Sastre como para Gombrowicz, en un problema fundamental, posiblemente por sus tempranos complejos de inferioridad, podríamos decir que Sartre quería superar su propia fealdad mientras Gombrowicz quería superar su inferioridad, es decir, la inferioridad de su situación personal y nacional tal como él la sentía. El camino de la interioridad pasa a través de la otra persona, la otra persona sólo es interesante para mí en la medida en que me refleja, vale decir, en la medida en que yo soy un objeto para ella. Dado que soy un objeto tan solo en cuanto existo para el otro, tengo que obtener su reconocimiento de mi ser.

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El otro es el mediador entre yo y yo mismo. Por su propia naturaleza, la vergüenza es

entonces un reconocimiento, yo reconozco que soy como el otro me ve. Todas las relaciones entre diferentes personas son las tentativas que cada uno hace para subyugar o poseer la libertad del otro. Tan pronto existo, establezco un límite de hecho a la libertad del otro. Yo soy ese límite, y cada uno de mis proyectos traza ese límite en torno del otro ser, el respeto por la libertad del otro es pues una palabra vana. Satán es, básicamente, el símbolo de los niños desobedientes y obstinados, que demandan ser petrificados en su peculiar esencia por la mirada de sus padres. Un poco antes que Sartre, Erskine Caldwell había dado algunas vueltas alrededor del

problema de la mirada en una narración memorable.

Agnes era una linda muchacha que vivía en un pueblecito norteamericano. Su padre la puso en un autobús, le dio unos pesos y le prometió enviarle mensualmente la misma cantidad durante algún tiempo. Estaba convencido de que su hija iría a Birmingham de Alabama para estudiar taquigrafía en un colegio comercial. Pero la joven no llegó jamás a tomar esas lecciones, convirtiéndose, en cambio, en la manicura de una peluquería de segunda categoría. Los hombres llegaban, deslizaban sus manos por su escote, y la apretaban. Pronto estaba ganando más dinero fuera de horario que en su mesa de trabajo. Toda su familia sabía que vivía en un hotelucho y que no era una taquígrafa. Pero cuando la muchacha iba a su casa todos los años, para Navidad, no le decían nada, simplemente se sentaban y se quedaban mirándola.

La muchacha llega a la histeria: Se sientan y me miran, pero no me dicen nada sobre eso, sólo dicen que me están mirando. Esta narración nos da una idea del inexorable sentimiento de culpa y vergüenza que la mirada de los otros puede producir en nosotros. Más recientemente el mismísimo Pato Criollo aborda el problema de la mirada en una novela cuya acción transcurre en Coronel Pringles, su lugar de nacimiento. En cierto momento se produce una gran revolución en el cementerio, los muertos salen de las tumbas y atacan al pueblo. Le abren la cabeza a los vecinos y le chupan las endorfinas, los zombis resultan invencibles. Sin embargo, en un momento determinado una señora anciana mira y reconoce a uno de los muertos que se le está viniendo encima: Pero si éste es el colorado Pereira. Los viejos comienzan a mirarlos e identificarlos a uno por uno y los zombis, mirados y derrotados, vuelven a las tumbas.

Para Gombrowicz la persona es el resultado de una organización colectiva, imprevisible

e indomable y, en consecuencia, se forma independientemente de su voluntad en

forma más o menos irresponsable. Esta dilución galopante de la responsabilidad tiene

una contrapartida muy evidente en Sartre para el que la responsabilidad se concentra ad infinitum.

El

psicoanálisis existencial no puede ser considerado como una terapia mental, porque

le

ofrece al hombre la angustia, a diferencia del psicoanálisis empírico que en muchos

casos se propone deliberadamente, y a veces lo consigue, liberar al hombre de la angustia. Podría pensarse en el psicoanálisis existencial como una terapia moral, que

se propone curar al hombre de la enfermedad infantil de la inautenticidad

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conduciéndolo a la edad de la razón donde podrá quedarse solo, apto para asumir su libertad, su autonomía y las responsabilidades derivadas de ella.

En un estudio realizado por una psiquiatra ginebrina se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus pacientes relatos en los que sus experiencias mentales coincidían en muchos aspectos con las que describen los existecialistas y, especialmente, con las vividas por ciertos héroes de las novelas de Sartre. “El menor gesto se extiende a todo el universo. La piedra que arrojé al agua hace un momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás una estela de ondas; siento que puede ser la causa remota de un naufragio en el océano. En consecuencia, yo seré

la causa de ese naufragio, y tendré que asumir la responsabilidad total

¡Soy culpable

Por mi mera existencia soy culpable y complico al ¡Qué terrible es esta carga eterna sobre nuestros

hombros humanos! No estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no obstante

verse obligada a comprometerse siempre de manera total ”

de todo, absolutamente de todo! mundo entero en mi ignominia

La paciente, que verdadera y sinceramente intentó vivir según los rigurosos principios existencialistas del compromiso y la responsabilidad, finalmente, perdió por completo la razón. Imaginemos por un momento que en el mismo instituto psiquiátrico en el que se encontraba internada la paciente, hubiera estado también internado Gombrowicz, asunto nada improbable pues durante buena parte de su vida le anduvo dando vueltas por la cabeza la idea de que estaba loco. ¿Qué hubiera estado haciendo nuestro amigo?, hubiera estado tirando piedras al agua, seguramente. Gombrowicz no soportaba el compromiso y la responsabilidad existencialistas, los consideraba una enfermedad que producía una deformación en el hombre, era una carga muy pesada para la naturaleza humana.

La idea de una conciencia cada vez más profunda para alcanzar la existencia auténtica debía conducir a la locura. El existecialismo no venía por una parte del hombre, venía por todo el hombre, por la razón, por la conciencia y por la vida. Ésta ya no era una teoría sino un intento de anexión que no se podía responder con argumentos sino viviendo de una manera radicalmente diferente a la que ellos proponían, de un modo suficientemente antagónico como para que nuestra vida les resultara impenetrable. El compromiso y la responsabilidad tientan al hombre a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos. Gombrowicz comienza entonces a tirar piedras en el agua, se presenta como un paseante pequeño burgués que sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas y poderosas.

Él es un representante ejemplar de una vida que huye del compromiso y la responsabilidad, esas categorías que condujeron a la paciente a la locura, la metafísica de Gombrowicz intenta soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, su metafísica debe abarcar a todos los tipos de existencia. De este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la responsabilidad excesivos nacen algunos reproches que se le hacen a su falta de sinceridad y a su histrionismo. Sin embargo, el bufón que todos llevamos dentro nos habla muy claramente de las ganas que tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor flexibilidad y de una

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forma menos definida. Si alguna cosa en el mundo, sea la cosa fuere, no le permite al hombre pensar y sentir libremente, puede que no alcance para volverlo loco, pero lo pone en el camino de la locura.

WITOLD GOMBROWICZ Y JERZY JARZEBSKI

“Pero, ¿para qué?, si ni siquiera sé si recibes mis cartas. Tienes la conducta de una persona de malos modales, que no tiene ningún interés en mantener una correspondencia conmigo, pero te disculpo, porque la idea que me hago de vos es equivalente a la de una Vaca que la mandan fuera de Polonia a comer pasto y cuando regresa la ordeñan hasta dejarla exhausta. Supongo que a estas horas tus ubres no deben dar abasto” La Vaca es un insigne profesor de la Universidad Jaguellónica de Cracocia, crítico e historiador de la literatura este especialista en Gombrowicz despliega una gran actividad por el mundo entero. Visitó la Argentina en el año 1968 buscando rastros de Gombrowicz y en el 2004, el año del centenario, para participar del homenaje que le hicimos en la Feria dl libro.

En “Juguemos a Gombrowicz” la Vaca define las reglas de un juego que él mismo inventa para comprender a Gombrowicz.

Salvo las escaramuzas ocasionales con un mundo que lo disfraza ridículamente

con ésta o aquélla máscara, Gombrowicz anda en busca de algo más duradero, y eso en dos caminos paralelos: presenta al mundo de manera obsesiva y repetida, su gesto espontáneo frente a las personas, las cosas, los valores, trata de entrever a partir de ese gesto, la diferencia específica que lo separa de los demás; pero además, intenta

“(

)

crear el modelo intelectual de esos enfrentamientos con el entorno, reencontrándose en una fórmula repetitiva y algo mágica que de un modo casi independiente del propio jugador– dará forma a su biografía ( )”

Este galimatías de la Vaca, que no tiene nada que envidiarle a los que después escribieron el Pato Criollo y el Vate Marxista, me lo volvió a recitar en Buenos Aires y me dejó mal predispuesto. Cuando lo llevé a Santos Lugares a conocer al Pterodáctilo quedó deslumbrado y aturdido con nuestro hombre de letras.

“(

mi expresión personal es completamente diferente de la tuya. Tú eres más que

nada un actor, con un gran gesto, con una mímica muy expresiva, la voz lenta y modulada, con enunciados organizados como un poema. Yo estoy mucho más ‘oculto’,

soy introvertido (

¡el encuentro con Sabato! Me gustó mucho, estaba tan

emocionado que dejé en su casa el primer casete. Te burlarás de mí, pero no me atreví a pedirle que me firmara el ejemplar de ‘Sobre héroes y tumbas’ que había llevado conmigo a propósito ( )”

)

)

La Vaca ha alcanzado una gran maestría en el arte de no decir nada, mejor dicho, en el arte de decir algo y todo lo contrario al mismo tiempo, cosa que se me hizo muy evidente cuando leí “El drama del ego en el drama de la historia”, un texto que la

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Corifea puso en mis manos y ante el que estaba arrodillada con la devoción de una adoratriz. La Vaca tiene mucho talento para ponerle títulos a sus textos, el de “El drama del ego en el drama de la historia”, es un buen ejemplo de ello. El punto de partida de las especulaciones que hace en este trabajo es que el drama de Gombrowicz está adentro, es decir, en la psique, pero también afuera, es decir, en la historia del siglo XX, que el drama de Gombrowicz está en la lectura de su teatro, pero también en su escenificación. Promediando su análisis nos advierte que esta divergencia no es tan radical como pudiera parecer. En efecto, la convergencia se produce en la esfera del drama familiar donde lo de adentro y lo de afuera son más o menos la misma cosa porque la familia es un sistema social íntimo y, al mismo tiempo, una miniatura del macromundo social.

Acto seguido le aplica a las tres piezas teatrales de Gombrowicz la trinidad consagrada de Freud: el yo, el super yo, y el ello, para mostrarnos cómo una y la misma cosa puede estar en la psique y en la historia al mismo tiempo, de donde deduce que el drama es psicológico, pero también antropológico, que el aherrojamiento de Gombrowicz estaba en las esfera del yo, pero también en la miniatura del macromundo social. Yo supongo que en la medida en que la Vaca siga obligándose a complacer a públicos diferentes va a resultar cierto lo de que una cosa puede ser A y no A al mismo tiempo. La Vaca, conocido como el científico de Cracovia por sus aportes literarios continuos y cuidadosamente elaborados, tiene inclinaciones donjuanescas. No basta para conformar estas inclinaciones que sea profesor de filología, debe haber en él una predisposición amatoria, probablemente genética, que lo orienta para ir detrás de estas aventuras.

Desde el mismo comienzo de nuestra relación epistolar tuve sospechas de que la Vaca corría tras las jóvenes estudiantes como los faunos seductores corren en el bosque tras las campesinas.

es una generación mucho más joven y quisiste entrar en la Corifea con una llave

equivocada, a mí me resulta más fácil porque siento mejor su estilo y el de su

generación, además de que, como ya te escribí, tengo un buen contacto con las chicas,

Puede ser por eso que trabajo en la universidad y tengo

con esa gente un contacto diario. Mi ventaja es que puedo vivir entre chicas muy lindas, con la belleza de la juventud. Sí, sí, podés tener envidia de mí por mis jóvenes” Es muy útil descubrir los vicios asociados a los hombres de letras pues nos orientan en el recorrido de los laberintos del mundo que construyen en sus escritos.

aunque no lo quieras creer (

“(

)

)

En la actualidad estoy empeñado en ponerle el punto final a los estudios que he emprendido para descubrir cuál es la verdadera personalidad de la Vaca y su vicio más característico. Durante un tiempo prolongado la Vaca recorrió el camino de la heurística, de la exégesis y de la hermenéutica, completando el trayecto que va del descubrimiento a la explicación. Finalmente se convirtió en un santo que intenta guiarnos en el camino hacia Gombrowicz.

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En “Gombrowicz hacia Europa” la Vaca formula cinco interrogantes que responde con un sí y con un no a cada uno de ellos, utilizando el mismo procedimiento que ya había aplicado en “El drama del ego en el drama de la historia”.

¿Podemos entrar a Europa de la mano de Gombrowicz? ¿Se convertirá Gombrowicz en el vate nacional como Mickiewicz? ¿es Gombrowicz un hombre de izquierda o de derecha? ¿Es católico, comunista o existencialista? ¿Podemos estar a la altura de Gombrowicz? La Vaca va ajustando las cuentas conmigo poco a poco, en “Espiando a Gombrowicz” se refiere a mí de manera desdeñosa.

la maldición de Gómez es la de que no se nos mostró como artista y sólo

Estaría contento si consiguiera para sí mismo la fama y

brilla con la luz que refleja (

“(

)

Pero

)

los aplausos que consiguió Gombrowicz en forma auténtica, pero esos materiales no le alcanzan para una túnica real ( )”

“¿Podrías arrodillarte delante de mí y llamarme genio?, me propuso este juego al estilo Gombrowicz. El juego es una cosa buena pero después de un rato renace la necesidad de algo más serio. Gómez, no sólo se enamoró de Gombrowicz, también tomó de él el deseo de la celebridad y de la grandeza pero sin la determinación y la fuerza creativa necesarias. Este alumno sabe imitar el gran gesto del maestro pero ese gesto vacío es como el duelo final del ‘Transatlántico’ ( )” El domingo que siguió al día de nuestras exposiciones en la Feria del Libro del año del centenario, nos encontramos en lo de Madame du Plastique que homenajeó a los tres ponentes con un almuerzo en dio en su casa de San Isidro. Yo exclamé que en tanto que representante de Gombrowicz en la tierra le exigía a la Vaca que se arrodillara delante de mí y me llamara genio.

Me había dicho que sólo lo haría, cuando se lo pedí por primera vez en 1998, en el momento que yo me manifestara como escritor con una obra. El momento había llegado, pero la pobre Vaca estaba cansada con tanto trajín y con el viaje, y en vez de arrodillarse y de llamarme genio, se durmió. “Twórczosc”, la revista literaria más prestigiosa de Polonia, es atacada de una manera ruin y artera por la Vaca. “No construyáis demasiado sobre ‘Twórczosc’ porque es una sociedad respetable pero bastante cerrada y apegada a las viejas tradiciones homoeróticas después del paso de Iwaszkiewicz por su redacción. Los que publican en ‘Tworczosc’, si son admiradores de Gombrowicz, corren el peligro de ser calificados de homosexuales”

Henryk Bereza, redactor de la revista “Twórczosc” y uno de los mejores críticos literarios de Polonia, le contesta con firmeza y dignidad. “Una cantidad nada desdeñable de gombrowiczólogos se han convertido en unos maestros en desparramar mierda. No saben lo que escriben, ni siquiera sospechan que escriben tan solo contra sí mismos, dejando evidencia de su propia manera de pensar y de su desvergüenza moral. Ningún bien puede tener influencia sobre ellos, no existe en ellos ninguna posibilidad de asimilar el bien, ellos no saben que en el mundo en el que están sólo se puede ver mierda, ni que existe algo fuera de esa mierda, algo así pertenece a una esfera inalcanzable para ellos. La intensa relación espiritual de

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Gombrowicz con sus discípulos es uno de esos milagros de la existencia que puede ocurrir entre hombres, entre mujeres, entre mujeres y hombres. Puede ocurrir independientemente de las diferencias que existan entre generaciones, entre sexos y, en general, entre todo, solamente no puede ocurrir en los maestros en desparramar mierda porque su personalidad y su mentalidad, achatadas como después de un planchado, no pueden captar ni ver algo parecido”

WITOLD GOMBROWICZ Y LA FORMA

Quienes sigan atentamente las aventuras de estos gombrowiczidas habrán leído con algún provecho “Witold Gombrowicz y la Inmadurez”, le ha llegado el momento entonces, pues la inmadurez ya debe estar más o menos digerida, de darle lugar a la forma. La Argentina fue para Gombrowicz un gran campo de maniobras, en este lugar neutral, como si fuera la mesa de un café, intentó establecer los límites al problema de poner en claro si el par dialéctico inmadurez-forma, una intuición que planea sobre toda su obra, era una verdadera reducción ontológica del hombre o tan sólo una perogrullada o una tautología. La concepción de la forma no es para Gombrowicz un problema conceptual, como lo es para la filosofía, sino un problema práctico.

“Pero el hecho de que mi madre no quisiera ser lo que era, que no quisiera reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque nosotros, sus hijos, le

Y fue allí, seguramente, donde comenzaron mis dolorosas

contorsiones con la forma polaca, que producían en mí un efecto parecido al de las

cosquillas: uno se troncha de risa, pero no resulta agradable ( )” “Mi sensibilidad respecto a la forma, que demostré desde mi más temprana infancia, me permitió más tarde hallar mi propio estilo literario y crear un género que va

Una cosa era cierta

consiguiendo poco a poco derecho de ciudadanía en el mundo (

declaramos la guerra (

)

)

y yo me daba cuenta: mis primeras tentativas literarias manifestaban una fuerte

oposición

Si entro en esta Cámara de los

Lores, me decía, será como Byron, para sentarme en los bancos de la oposición”

oposición a todo

su tono era rebelde

La realidad no puede ser abarcada tan sólo por la forma pues la forma no está acorde con la esencia de la vida. El intento por definir esta insuficiencia de la forma es un pensamiento que se convierte en forma, y que confirma tanto su impotencia para aprehender la existencia como nuestra inclinación por ella. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio de equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el caos, y a cada momento la forma se levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe, introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la realidad. Gombrowicz descompone el mundo en elementos de la forma, pero también recrea la reacción del hombre frente a ese proceso de

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descomposición, de modo que es de nuevo el hombre y no la forma quien se halla en el centro de la obra.

Entre el yo de Gombrowicz y lo otro siempre había un mediador, un mediador al que finalmente le puso un nombre: forma, y la forma era el origen de sus archidolores que como un puñal se le hundía en la carne y lo hería una y otra vez. Su conciencia se puso a disposición de su inmadurez y entre ambas entablaron un combate a muerte con las formas, y las formas son las máscaras con las que nos aparecemos ante los demás y ante nosotros mismos, una deformación interhumana del ese “yo mismo”. Gombrowicz explica muy claramente cómo asomaban la cabeza los dolores emergentes de esa lucha.

ignoro cuál es mi forma, lo que soy, pero sufro cuando se me deforma. Así, pues,

“(

al menos sé lo que no soy. Mi ‘yo’ no es sino la voluntad de ser yo mismo ( )” Como la escritura es también una forma en sí misma, Gombrowicz se refiera a ella como una ultractividad de su propia naturaleza, por lo menos para su propia obra.

)

Existe un ascenso desde los primeros elementos individuales que crecen mientras se escribe, siguiendo la ley de la acumulación formal, hasta la visión general que cierra el conjunto. Una clase de esos elementos son frases sueltas y situaciones excitantes, de los que sobreviven unos pocos. Esta función de control que el autor ejerce, eliminando buena parte de los primeros miembros de un conjunto que se va formando, es muy importante y está presente en todo el proceso. Las frases y los elementos en estado caótico le impondrán al autor, por la propia necesidad interna de la forma, una representación más amplia: escenas y una trama en estado de nacimiento que sólo deben satisfacer las necesidades de la imaginación. En este segundo momento, el caos inicial se reduce y aparecen con alguna claridad las asociaciones y los elementos excitantes y misteriosos cuya acción se amplía; un repiqueteo que el autor debe buscar siempre.

También aquí es necesaria la actividad de eliminación. Mediante este proceso de control, el autor debe contrastar siempre el resultado con el sentido interior de su vida que, sin embargo, no conoce. Los miembros de este conjunto, si es que la creación se realiza de esta manera, es decir, si el autor evita la intervención pesada de las líneas de realidad, adoptan un comportamiento que define su naturaleza y sus funciones. Es aquí donde aparecen las escenas claves, las metáforas y los símbolos que ya apuntan en una dirección determinada ante la que no se puede exclamar: ¡Elimino! Del caos inicial, por una acumulación de forma, se pasa a las escenas, a los personajes, a los conceptos y a las imágenes que el proceso de control ya no puede eliminar, y lo ya creado dictará el resto.

“Tu principio debe ser el siguiente: no sé dónde me llevará la obra pero, me lleve donde me lleve, tiene que expresarme y satisfacerme”. El sentido interior de la vida es el ángel de la guarda que toma la palabra para confrontar constantemente la imaginación con la realidad y para mediar en la lucha entre la vida y la existencia.

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cuanto más loco, fantástico, intuitivo, imprevisible e irresponsable seas, tanto

más sobrio, responsable y dueño de ti mismo debes ser”. Resulta útil ver cómo Gombrowicz pone en funcionamiento esta concepción de la forma aplicada a la actividad de escribir en su propia obra. En uno de los primeros intentos que hizo en los diarios, al que podríamos considerar como un intento metaliterario, Gombrowicz se las arregla para desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando mano a Creta.

“(

)

Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso. A medida que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del comedor y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la conversación se centraba también en el Renacimiento, una adoración por Grecia, Roma, la belleza desnuda y la llamada del cuerpo. La conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se le pegó el cretino, leitmotive de toda la narración, pero no de una manera renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica. Llegado a este punto le advierte al lector que él sabe que no debería escribir sobre esto. De vuelta en la ciudad se dirigió al café Rex pero, de repente, desde el café París, le hacen señas unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa comiendo bizcochos que mojan en la crema.

Pero era una mistificación, la verdad es que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y la acción de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban. Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se marcha alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo. Al salir del café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca una persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo, lo saluda, le da las gracias y se va.

Cuando iba a ponerlo de vuelta y media al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que sólo quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces de la noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las casas. En el balcón de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer. Él también les hace señas. Henryk y su mujer hablan y hacen señas. Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas. De pronto

¿pero qué es lo que enseña? Se

repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña está enseñando a sí mismo como si fuera una botella.

“Yo hago señas. De repente ella (pero no, yo no puedo hacer el cretino; sin embargo, si tengo que desenmascarar al Cretino debo hacer el cretino); entonces ella le enseña hasta que él se asoma y ella le enseña con saña (pero qué es lo que enseña?), después de lo cual los dos se ensañan ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá, y,

¡puff!

,

(¡Esto sí que no puedo decirlo, está por encima de mis fuerzas!)”