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Juan Carlos Gómez

GOMBROWICZIDAS

Edición digital www.elortiba.org 2008


Juan Carlos Gómez

Gombrowiczidas
EL BAILARÍN DEL ABOGADO
KRAYKOWSKI

Corría el año 1926 y como el protago-


nista llega tarde al teatro en vez de
ponerse en la cola para sacar la entra-
da se cuela. Un individuo alto y per-
fumado lo sujeta del cuello y lo arras-
tra hasta el último lugar de la cola. Al
joven se le cortó la respiración, se di-
rigió al atrevido, un hombre rozagante
con un pequeño bigote cuidadosa-
mente recortado, que conversaba con
dos damas elegantes y otro caballero.
Con una voz casi imperceptible, estaba
a punto de desvanecerse, le preguntó
si era a él a quien le debía la gentileza,
el caballero lo miró con desprecio pe-
ro no le contestó.
Después del primer acto lo saludó en la escalera, pero tampoco le respondió, enton-
ces, le hizo una reverencia, posteriormente lo volvió a saludar un par de veces más, re-
gresó a su asiento tembloroso y extenuado.

A la salida del teatro, cuando el arrogante despedía a una de las señoras y a su marido,
se le acercó para pedirle que si no le hacía el favor de dejarlo viajar en su coche por un
rato porque le gustaba la comodidad; como sólo le responde que si no lo puede dejar
en paz se dirige al chofer, y cuando empieza a repetirle el pedido, el automóvil parte.
El joven lo sigue en un taxi, observa la casa en la que entran y con una estratagema ob-
tiene del portero el nombre del caballero: abogado Kraykowski.

A la noche no pudo dormir atormentado por los pensamientos de lo que le había ocu-
rrido en el teatro. A la mañana siguiente envía un ramo de rosas a la casa de Kray-
kowski y lo espera algunas horas en la puerta de la casa. Sale el abogado elegantemen-
te vestido silbando y blandiendo un bastón.
El joven sigue al abogado Kraykowski dominado por un sentimiento de gratitud y deci-
de rendirle un homenaje en silencio. Le compra un ramo de violetas a una florista, pa-
sa corriendo al lado del abogado y se lo arroja a los pies sin detener la marcha. No se
animaba a mirar hacia atrás, cuando finalmente mira, el abogado había desaparecido.
A la salida del teatro había escuchado que a la noche los cuatro se iban a encontrar en
el “Polonia”, un restaurante de primera categoría, así que el resto del día lo vivió con
esa única idea, la de encontrarse allí con el abogado Kraykowski.

Entró tras ellos en el lujoso local, inmediatamente advirtieron su presencia. Mientras


las damas lo miraban y murmuraban el abogado no le prestó ninguna atención. Les
hacía cortesías a las damas, miraba fijamente a otras mujeres y hablaba lentamente.

Cuando ordena la comida para su mesa el joven ordena la misma comida, come y bebe
todo lo que come y bebe el abogado Kraykowski. Admira la elegancia y la gracia de sus
inclinaciones. Su esposa era una nulidad, pero la otra señora, la esposa del doctor, era
muy atractiva y el protagonista advierte que cuando se dirigía a ella su voz era más
dulce y tierna. La esposa del doctor era una mujer hecha realmente para él: delgada,
elegante, felina, con una deliciosa arbitrariedad femenina.

Fue su primera orgía nocturna por el abogado y para el abogado, a partir de ese día
comenzó a esperarlo a la salida de su casa espiando desde un café, para luego seguirlo.
El joven tenía tiempo de sobra, su única ocupación era cuidar de una epilepsia que lo
tenía extenuado hasta el punto de que había llegado a suponer que no le quedaba mu-
cho tiempo de vida.

Unos ingresos modestos eran suficientes para cubrir sus necesidades. El abogado era
goloso, al regresar del Tribunal se detenía en una pastelería y devoraba pastelillos de
manzana. Después de pensarlo con cuidado un día el joven habla con la pastelera y le
paga por adelantado el consumo de un mes de pastelillos para Kraykowski, le dice que
lo hace porque tiene que pagar una apuesta que había perdido. Al día siguiente, cuan-
do la pastelera no le quiso cobrar los pastelillos a Kraykowski, el abogado se enojó y
arrojó las monedas en una alcancía de beneficencia.

Un océano ilimitado de ideas empezó a llenarle la cabeza durante el día, las coinciden-
cias y los servicios se sucedían, encuentros en el tranvía para sentarse frente al aboga-
do, los servicios de baño pagados por adelantado por el joven, eran señales de adora-
ción y de obediencia que le daba, muestras de fidelidad y de respeto, un sentimiento
férreo del deber que denotaba pasión.
La mujer del doctor, el amigo de Kraykowski, parecía insensible a los encantos del abo-
gado, era evidente que lo rechazaba, un día lo vio salir furioso de la casa de ella. Para
convencerla de que tenía que ceder a los sentimientos del abogado le escribe una car-
ta anónima en la que le protesta por su comportamiento incomprensible y la exhorta a
que cumpla sus obligaciones con un caballero tan encantador. A los pocos días el abo-
gado Kraykowski se detiene mientras el joven lo perseguía, se vuelve y se le acerca con
el bastón en la mano. Una extraña sensación de desvanecimiento se apoderó del pro-
tagonista cuando se sintió agarrado de la solapa y sacudido violentamente. Cuando lo
amenazó con romperle el cuello a bastonazos por los anónimos el joven no pudo
hablar, se sentía feliz y aceptaba el suplicio como si fuera la santa comunión, se arro-
dilló en silencio y le ofreció la espalda.

Kraykowski se alejó y el joven regresó a su casa con la sensación de que eso todavía no
bastaba, que era necesario mucho más. Era evidente que ella había considerado la car-
ta como una broma estúpida y se la había mostrado al abogado. Decidió ser más per-
suasivo esta vez y le volvió a escribir de manera más drástica, se iba a infligir toda clase
de penitencias hasta que ocurriera aquello, le dijo a la señora que debía dejar de lado
su orgullo y su obstinación, ¿perfumes?, sólo Violette, a él le gusta. A partir de enton-
ces el abogado dejó de visitar a la esposa del doctor. El protagonista pasaba las noches
en blanco, le seguía escribiendo que debía hacerlo, que su doctor era una nulidad, que
lo debía hacer esa misma noche si es que el marido no estaba.

De pronto recordó que el abogado había tenido la intención de golpearlo, entonces se


dirigió a los Tribunales, y cuando Kraykowski salió en compañía de dos colegas se arro-
dilló delante de él ofreciéndole la espalda para los golpes de bastón, exclamando que
tal vez ahora podía.

El abogado le dijo en voz baja a sus colegas que debía ser un pobre idiota, le dio unos
centavos al miserable y se despidió. Uno de los señores quiso darle él también unas
monedas pero no se las aceptó, le explicó que sólo recibía limosna de la mano del abo-
gado Kraykowski.

En el edificio de la mujer dibujó una gigantesca K con una flecha. Fue tejiendo una tela-
raña de malos entendidos que la empujaban más y más a caer en los brazos del abo-
gado, le hacía llamadas a la medianoche ordenándole que lo haga. Pero todos sus es-
fuerzos parecían caer en el vacío, empezó a perder las esperanzas. En unas de las no-
ches en las que el joven regresaba a su casa después de las persecuciones agotadoras,
una corazonada le dijo que tenía que entrar en el parque.
Y los vio, caminaban por un sendero, luego se sentaron en un banco. El abogado la
abrazó y empezó a murmurarle palabras dulces. El joven no pudo resistir, algo explotó
dentro de él como si una corriente eléctrica se descargara en su interior y empezó a
gritar con una voz que podía escucharse en todo el parque:

“¡El abogado Kraykowski se la está…! ¡El abogado Kraykowski se la está…!”

Cundió la alarma. La gente corría y se asomaba a las ventanas, el joven sintió una pri-
mera sacudida, una segunda, una tercera, las piernas le temblaron y empezó a bailar
como nunca lo había hecho antes, con la espuma en la boca sollozaba en medio de las
convulsiones. Fue una danza orgiástica, se despertó en el hospital.

Cada día que pasaba se sentía peor, los últimos acontecimientos lo habían vencido.

El abogado Kraykowski se tuvo que escapar y esconder en una pequeña localidad al es-
te de los Cárpatos, buscando refugio en las montañas con la esperanza de que el joven
lo olvidara. Pero el protagonista se propone seguirlo, lo seguirá a todas partes porque
ese hombre es como su estrella. Duda que regrese vivo de ese viaje pero se arriesga a
morir. Por si eso llegara a ocurrir se dispone a preparar un documento para que su
cadáver le sea remitido de inmediato al abogado Kraykowski.

EL CONTRAHECHO

Al poco tiempo de alcanzar a los miembros del club con mis historias
verdaderas empiezo a tener unas impresiones que pueden oscilar
entre las eurítmicas y las contrahechas, según sea el carácter del
gombrowiczidas.

Al terminar de escribir “Thomas Mann” sentí que iba a llegar a mis corresponsales con
la hermosa melodía de un hombre de letras tan insigne, y así fue, enseguida tuve la
confirmación de este presentimiento.

En efecto, el Castor, una ilustre escritora y periodista gombrowiczida publicó en su re-


vista “Archivos del Sur” unas palabras que atribuí a los efectos eurítmicos de “Thomas
Mann”.

“Gombrowiczidas son ensayos y notas breves escritas por Juan Carlos Gómez publica-
das en el sitio www.elortiba.org. Escritas generalmente con humor e ironía, en forma
diaria, Juan Carlos Gómez ha creado una constelación de escritores, referencias, car-
tas, un universo que gira alrededor del escritor polaco que vivió varios años en la Ar-
gentina”

Inmediatamente después de la alegría que me produjeron estas palabras recordé que


el principio de acción es aplicable a todos los fenómenos de la naturaleza que apare-
cen en el mundo, tanto sean fenómenos físicos como espirituales, así que tuve el pre-
sentimiento de que a esta buena noticia debía sucederle por fuerza una mala noticia.

El principio de acción y reacción es uno de los principios más atractivos de la ciencia


física. Es una propiedad de los cuerpos que expresa la igualdad de la acción y de la re-
acción, según la cual una fuerza ejercida por el cuerpo A sobre el cuerpo B es igual y
opuesta a la fuerza que el cuerpo B ejerce sobre el cuerpo A.

Y es tan atractivo el principio de acción y reacción que hasta el mismísimo Gombro-


wicz, tan distanciado y enemigo del cientificismo, lo utiliza en Filifor, el más celebrado
de sus cuentos, y no sólo en los cuentos aparece el principio de acción y reacción.

“¿Será pues que me convierto en reacción? ¿Contra todo el proceso encaminado hacia
el universalismo? Soy tan dialéctico, estoy tan preparado para ver desactualizarse los
contenidos con los que me ha nutrido la época –el fracaso del socialismo, de la demo-
cracia, del cientificismo– que casi con impaciencia aguardo la inevitable reacción, casi
soy ella yo mismo”

La mala noticia me puso de manifiesto que también Thomas Mann puede despertar los
más bajos instintos a un gombrowiczida contrahecho que se esconde en el anonimato
detrás de una banda de forajidos.

En efecto, “El rey está desnudo” es una revista que se presenta como creada, ideada y
registrada por Pablo Urbanyi. El consejo de redacción permanente está formado por
todos los hombres de buena voluntad, los bienaventurados de quienes nunca será el
reino de los cielos y los últimos que jamás serán los primeros, así rezan sus palabras
iniciales.

Eligieron uno de los pasajes memorables de los escritos de Gombrowicz para presen-
tarse como gombrowiczidas.

“No lo sé. ¿Así que el libro está aún por empezar? —preguntaréis—. Al contrario, ya
está medio parido, pero no me preguntéis por el contenido de mis obras porque es
imposible contarlas con palabras de ‘cosecha propia’. Hay una cosa de la que estoy se-
guro: es una obra que no os gustará en absoluto y en esto tengo puestas todas mis es-
peranzas (…)”

“No sirvo para guisaros los platos que podéis encontrar en cualquier restaurante y que
ya os sabéis de memoria, lo que quiero es prepararos un guiso que se os vuelva como
un estropajo, que los ojos os salgan de las órbitas y el gusto se os alborote por comple-
to...”

“Y sólo después de varios años de masticarlo llegaréis a la conclusión de que al fin y al


cabo se trata de un plato de ravioles a la crema bastante nutritivo y sabroso. Conozco
mi cometido. No soy una vaca que rumie el pasto del día anterior. Mi deseo es ser un
maestro de cocina que prepara sus guisos con mantequilla fresca y hace el consomé
con la carne viva de la contemporaneidad. No quiero ser esclavo y siervo de vuestros
paladares, sino su torturador, una mosca que hará galopar al perezoso jamelgo de
vuestros gustos”

El Contrahecho es un escritor argentino nacido en Hungría que vive en Canadá, y que


admira a Gombrowicz según le manifestó a María Elena Lorenzín en una entrevista.

“Conocerlo personalmente, no. Leí la primera edición de Ferdydurke con su prólogo


original en el que se relata un hermoso ejemplo de colaboración literaria para una tra-
ducción casi imposible de un libro tan difícil. No conservo ese ejemplar y lo lamento. Y,
aunque la traducción sea la misma, en las ediciones actuales ese prólogo desapareció
para ser reemplazo por uno banal. En cuanto a deberle algo, le debo todo lo que se le
puede deber a un maestro: inteligencia, audacia, innovación, así como le debo a mu-
chos otros, tales como Arlt, Cortázar, Hasek, Swift, Sterne, Cervantes, Quevedo o Bor-
ges. Esos son los que me ayudan a gatillar la mente, si es que tengo pólvora y la mecha
se puede prender, claro”

Hace unos meses recibí de “El rey está desnudo” unas líneas que me despertaron la cu-
riosidad.

“Bueno chico, basta de ego web. Yo leo a Gombrowicz y no ando colgándome de él.
Gracias de todas maneras aunque no lo haya pedido ni vos preguntado si me interesa-
ba.

Suerte”

Pero fue precisamente el gombrowiczidas al que di en llamar Thomas Mann el que


despertó la furia de esta banda de forajidos cuyo jefe es el Contrahecho.
“La verdad es que nunca te pedí un cuerno para que me rompieras las que sabés con
tus notas improvisadas. Pero esto ya es demasiado: escritor o no, bueno o malo, Tho-
mas Mann fue un reverendo hijo de puta pequeño burgués forrado de guita al servicio
de USA que dejó morir de hambre a Musil, diez veces más grande que él. Averiguá
también las razones del suicidio de su hijo”

El aspecto siniestro con el que se presenta el Contrahecho contrasta con la euritmia y


la bondad que irradia el Castor, debía ser así pues el principio de acción y reacción es
aplicable a todos los fenómenos que aparecen en este mundo.

LAS PRIMAS

Si el destino hubiera sido un poco más benévolo de lo que suele ser


quizás Gombrowicz se hubiera casado con su prima Barbara Godecka
y hubiera tenido hijos con ella, parecidos a Teresa de su hermano
Jerzy muy agraciada e inteligente, no así parecidos a Józef de su
hermano Janusz al que la Vaca Sagrada acusaba de pedigüeño y de medio tonto. Gom-
browicz tenía de sí mismo una opinión estándar.

“(...) en cuanto hijo de buena familia, educado, bastante sano, ni feo ni guapo, sólo pa-
sable, haciéndole la corte a sus primas, alumno mediocre, un tanto enmadrado, deli-
cado, inquieto, y al mismo tiempo burlón, parlanchín, provocador, a menudo insopor-
table en el colegio y golpeado por sus compañeros mayores, sociable, frívolo, audaz o
tímido según las circunstancias”

Los modelos femeninos de Gombrowicz fueron su madre Marcelina Antonina, su her-


mana Rena, las criadas y las primas. La madre y la hermana eran dos bellas mujeres de
aspecto virtuoso a cuya hermosura Gombrowicz nunca se refiere. Las primas que fre-
cuentaban la casa se caracterizaban más por sus virtudes que por su coquetería, se
dedicaban a actividades filantrópicas y no se mostraban dispuestas al flirteo, razón por
la que Janusz y Jerzy, sus hermanos mayores, se sentían perjudicados. Su actitud hacia
esas primas y hacia los principios que ellas practicaban era hostil y maligna. Con las
criadas Gombrowicz ajusta las cuentas en “La escalera de servicio” y con las primas en
“Ferdydurke”.

Uno de los cambios formales más importantes de esa época rica en metamorfosis fue
la desaparición de las barbas y de los bigotes, un cambio tremendo teniendo en cuenta
que un barbudo como Dios o como Marx eran completamente diferentes a un hombre
rapado.

Las consecuencias de este acontecimiento fueron enormes en el arte, en la moral, en


la política y en la metafísica.

“Nunca olvidaré el aullido que emitió una de mis primas al ver entrar en casa a mi pa-
dre con la cara completamente rasurada; acababa de dejar su barba y sus bigotes en la
peluquería de acuerdo al espíritu de la época. Fue el grito penetrante de una mujer
ofendida en su pudor más profundo; si mi padre se hubiera presentado desnudo no
hubiera gritado con tanto horror –y en el fondo tenía razón: era una desvergüenza de
primera categoría aquella cara de mi padre hasta entonces siempre oculta por la barba
y los bigotes y que ahora hacía por primera vez su aparición escandalosa”

Por su condición de escritor y su torpeza para manejarse con las mujeres Gombrowicz
era víctima de la bromas constantes que le hacían sus primas con las que llegó a sentir-
se incómodo, unas burlas de las cuales se venga en el final de “Ferdydurke”.

Isabel es la prima con la que Pepe huye mientras los padres de la joven se revuelcan en
la casona señorial tomada por la plebe. Era mejor admitir que había raptado a Isabel,
que juntos habían escapado de la casa paterna. Podrían con ese pretexto alcanzar la
estación, tomar el tren para Varsovia y comenzar allá una nueva existencia en secreto.

Depositó un beso en sus mejillas y le pidió disculpas por haberla raptado, pero su fami-
lia nunca hubiera consentido esa unión, desde el primer momento se había encendido
en él el amor por ella y había comprendido que a ella también se le había encendido el
amor: –No tuve otro remedio que raptarte, Isabel. Al cabo de media hora de estas de-
claraciones, Isabel empezó a hacer muecas, a mirarlo y a mover los dedos, se sentía
halagada. Por fin había encontrado a alguien que iba a poseerla y que, además, la hab-
ía raptado.

Pepe pensaba para sus adentros que en cuanto llegaran a Varsovia se libraría de Isabel
y comenzaría a vivir de nuevo. Isabel subyugada por los sentimientos que le manifes-
taba Pepe se volvía cada vez más activa. Había estado esperando a alguien que la ama-
ra y la raptara. Destacaba y evidenciaba sus partes del cuerpo que estaban mejores,
mientras ocultaba las peores. Y Pepe tenía que contemplar y fingir que le interesaba
todo eso. Isabel lo miraba con una mirada clara y tranquila: –Quisiera tanto que todos
fueran felices como nosotros; si todos fueran buenos, entonces sería felices. Se acu-
rrucaba y Pepe debía acurrucarse: –Somos jóvenes, nos amamos, el mundo nos perte-
nece.

Existiría en la tierra algo más atroz que ese calorcito femenino: –Me raptaste. Cual-
quiera no sería capaz de eso.

Me amaste y me raptaste no preguntando por nada, me raptaste sin temer a mis pa-
dres... me gustan tus ojos atrevidos, valientes, felinos... Se acariciaban las manos, ella
cada vez más acurrucada en Pepe, se le unía estrechamente, el joven ya no sabía
dónde estaba: –¿Qué región es ésta?; –Ésta es mi región. Pepe quedó agarrado por la
garganta, pensó que debía ser malo con Isabel para desembarazarse de ella: –¡Oh, fría
como el hielo, salvadora, ven pronto tonificante maldad! ¡Oh, tercero, ven, dame la
fuerza para resistir y alejarme de Isabel! Pero Isabel se acurrucó con más cariño, calor y
ternura: –¿Por qué gritas y clamas? Estamos solos. Y le acercó la facha. A Pepe le falta-
ron las fuerzas, tuvo que besar su facha pues ella con su facha había besado la suya.

Los matrimonios de los nobles terratenientes polacos tenían mucho que ver con el in-
terés, de modo que la familia de Gombrowicz intentó casarlo con una joven que había
elegido cuidadosamente su padre, Jan Onufry, por su posición social y su dote.

“¿Para qué necesito a una mujer? Esta joven le gusta a mi padre, por eso quiere que
me case con ella, porque él no puede”
Jan Onufry estaba preocupado por el matrimonio de su hijo, y también lo estaba su
amigo Tadeusz Breza. A Gombrowicz le encantaba el humor de Breza, envidiaba la fa-
cilidad que tenía para relacionarse con las mujeres, mientras él iba de mal en peor.

Finalmente, como sus fracasos no cesaban de repetirse, llamaron la atención de Ta-


deusz. Le presentó a una joven actriz, hermosa, sana, simpática, amante de la lectura
y del arte con la esperanza de haber encontrado para él la unidad ideal de cuerpo y de
espíritu, de cultura y naturaleza. Pero el hecho de que esa joven apareciera sobre un
escenario, que se dejara contemplar, que tuviera una actitud profesional hacia su en-
canto y sus gracias, hizo que a Gombrowicz no se le despertara ningún interés por ella.

Iba de fracaso en fracaso y los escritores seguían mofándose de él por las dificultades
que tenía con las mujeres. Janusz Minkiewicz, un poeta satírico famoso por sus con-
quistas en el mundo de la galantería, le dijo una tarde en el café: –Ahora regreso a casa
porque espero una llamada de Lala... A las cinco he quedado con Cela, y a las once me
espera una locura con Fila. ¡Hasta la vista!
No sé qué habrá sido de la vida de su prima Barbara Godecka, pero supe algo de su so-
brina Teresa por una carta que le escribe al Hasídico un año antes de su muerte.

“Nosotros, los europeos del Este, somos unos miserables. Mi sobrina Teresa, la hija de
mi hermano Jerzy, ha obtenido por primera vez permiso para salir de Polonia. Está en
Londres y quiere visitarme. No la he visto desde hace treinta años. Ahora bien, el con-
sulado francés en Londres no ha querido concederle una visa para más de diez días.
¿Por casualidad, no conocerá un modo fácil de prolongarle el permiso, digamos otros
diez días más, usted que tiene influencias? No haga nada, se lo ruego, dígame tan sólo
si es posible. Mi sobrina llega a Francia el 1º de agosto”

El Hasídico resolvió el problema inmediatamente y Teresa se quedó un mes en Francia.

“(…) lo registraré, según las palabras de un rey shakespeariano, en el libro que releo
todos los días, como prueba de su amistad (…)”

Es muy cierto que la cara es el reflejo del alma. Observando atentamente las fotos que
forman parte de este gombrowiczidas caemos en la cuenta de que efectivamente Józef
Gombrowicz debía ser medio tarado, y de que ese Janusz Minkiewicz que torturaba a
Gombrowicz con sus conquistas en el mundo de las galanterías debía ser medio Don
Juan.

Su prima Barbara Godecka de un bello aspecto, resalta más sus virtudes que su coque-
tería sin llegar a los extremos de una joven que había despertado el interés de Gom-
browicz. Le había echado el ojo a una señorita que lo miraba con interés; un día se
animó y la invitó a tomar un té en su casa: –De acuerdo, ¡pero que no nos vea nadie!; –
Bien, mañana a las cinco la espero en casa.

Al día siguiente ya en casa de Gombrowicz a la joven se le acrecentaron las preocupa-


ciones: –¡Usted seguramente se imagina Dios sabe qué cosas! ¡Pero yo no soy de esa
clase de mujeres...! He venido para hablarle seriamente, quiero ayudarle, veo que us-
ted se atormenta; –Bueno, pero, ¿no considera usted que me ha engañado?; –¡Por
quién me toma usted! Sí, es verdad que usted me interesó, ¡pero sólo porque usted es
un hombre descarriado!

Desde Barbara a la Vaca Sagrada habían pasado muchas cosas, la inocencia, la juven-
tud, la guerra mundial… El rostro de la Vaca Sagrada no era virtuoso como el de Barba-
ra, Gombrowicz había cambiado a una hija de la nobleza polaca por una estudiante ca-
nadiense que recorría Europa en una Vespa. Gombrowicz convirtió a la estudiante en
su familia, en esa familia de Polonia que había perdido en 1939.
En la penúltima carta que nos escribe hay un paréntesis terrible, un paréntesis ortográ-
fico. Es una carta escrita en un tiempo en el que Gombrowicz le había empezado pedir
al Príncipe Bastardo y al Hasídico algún veneno o, en su defecto, una pistola para pe-
garse un tiro. A pesar de una convivencia con la Vaca Sagrada que tenía ya cuatro años
y medio de duración, cuando se siente obligado a casarse con ella después del infarto
del míocardio del año 68’, nos informa que había contraído matrimonio, pero nos lo in-
forma entre paréntesis (con Rita), se siente obligado a aclararnos con quién. Claro, nos
lo tenía que aclarar, si por un error de cálculo imperdonable en vez de casarse con una
princesa o, en el último de los casos, con una condesa se había casado con una ceni-
cienta que seguía buscando materiales para escribir una tesina sobre Colette, mientras
la barra argentina seguía esperando, según lo imaginaba él, unas nupcias reales. En vi-
da de Gombrowicz la Vaca Sagrada nunca dejó de ser una sombra para nosotros, una
sombra que lo cuidó y que lo ayudó a morir.

Entre Barbara y la Vaca Sagrada algo pasó en la Argentina con una polaca mundana.
Gombrowicz le propuso casamiento a Zofia Chadzynska, una mujer muy atrayente co-
mo se puede ver en la foto. Para estimularla a que diese un paso en la dirección del
matrimonio le prometió que una vez casados no la iba a tocar. Esta promesa, lejos de
resultarle estimulante a Zofia, la dejó fría como el hielo y tuvo que rechazarle la propo-
sición.

EDMUND HUSSERL Y SØREN KIERKEGAARD

Marcelina Antonina y Rena, la madre y la hermana de Gombrowicz,


admiraban a la ciencia. La hermana tenía un espíritu lógico y estaba
atraída por la objetividad científica. A la madre la fascinaban los
médicos eminentes, los profesores, los grandes pensadores, y en
general las personas serias. Yo creo que la actitud de Gombrowicz hacia la ciencia
quedó decidida en un examen del bachillerato que le tomaron en el liceo.

“Volvió a repetirse lo mismo, desgraciadamente, en el examen escrito de matemáticas.


Mi falta de talento en esta materia se dejó ver con toda claridad. Ataqué el problema
de trigonometría con la bravura de un suicida y, para mi mayor sorpresa, lo resolví en
diez minutos. Todo iba como la seda: bastaba sumar unas cuantas cifras y ya estaba lis-
to. Pero yo sabía que era demasiado hermoso para ser cierto y me dispuse a buscar,
horrorizado, otras soluciones... mas no había nada que hacer, cada vez, como un tren
sobre una vía muerta, llegaba a la misma solución sencilla, clara, deslumbrante por su
evidencia (…)”
“Por fin sucumbí, no pude resistirme más a la evidencia y, presa de los peores presen-
timientos, entregué el trabajo. Sabía que me iban a poner un cero pero, ¿qué podía
hacer si no existía mancha ninguna en mi obra? Sí, un cero en trigonometría, un cero
en álgebra, un cero en latín: tres ceros coronaron mis esfuerzos. Parecía que no tenía
salvación”

A pesar de este fracaso temprano que Gombrowicz tiene con la ciencia da un curso en
su casa de Vence en el que trata con cordialidad a Kant y a Husserl, los científicos de la
filosofía, y con descortesía a Sartre, el filósofo de la existencia. Kant tiene que vérselas
con el empirismo de Hume y con la ciencia fisicomatemática de Newton, y su pensa-
miento termina oliendo a mecánica racional. Un siglo después las cosas se habían
puesto bastante turbias con el historicismo de Hegel y el positivismo de Comte.

La mecánica racional, como una víbora, estaba cambiando de piel, aparecen la mecáni-
ca cuántica y la ondulatoria, y también la relatividad. Einstein, Plank, Bohr, de Broglie,
deciden darle un golpe maestro a Newton y convierten a su mecánica racional en un
caso particular de concepciones más amplias.

El pensamiento filosófico había pasado de la claridad kantiana a la oscuridad. Entonces


aparece Husserl y prende la luz. La razón se estaba convirtiendo en la mucama de un
mundo premeditado al que trataba de servir sin ninguna dignidad. Un razonamiento
tan devaluado no podía serle útil a la nueva filosofía. Aunque Gombrowicz no le dedica
una clase especial a Husserl en ese curso que da en su casa de Vence, habla de este
filósofo para introducir el existencialismo. Mientras a él le habían puesto un cero en
álgebra y trigonometría, Husserl se doctoró en matemática con “Contribución al cálcu-
lo de las variaciones”.

Cuando Kierkegaard le declara la guerra a Hegel se produce uno de los momentos más
dramáticos de la cultura del pensamiento contemporáneo pues se empieza a perfilar
en forma clara la oposición entre la abstracción y la existencia. Sin embargo, esta di-
rección hacia lo concreto que toma el pensamiento tropieza con la dificultad de que la
filosofía sólo puede hacerse con razonamientos. Este destino trágico con el que nace el
existencialismo perdurará hasta el día de hoy a pesar del auxilio que le dio Husserl con
la clasificación y depuración de los fenómenos de la conciencia.

Al pastor danés se le ponían los pelos de punta cuando le decían que todo lo real es ra-
cional y que todo lo racional es real, era una afirmación mediante la cual Hegel podía
deducir la racionalidad del mundo a partir de un lápiz.
Objeta la verdad de Hegel porque está concebida de antemano, su sistema no es una
consecuencia del razonamiento sino de una elección previa. Este mundo premeditado
pone a la razón en el camino de la bancarrota y le cierra el paso a las condiciones que
hacen posible su existencia. Heidegger y Sartre se daban la cabeza contra la pared para
resolver esta aporía, entonces, en forma providencial Husserl les da una mano. Puesto
que el razonamiento es impotente para acercarse a las cosas tal cual son pongámoslas
entre paréntesis y tratemos de verlas tan sólo como se nos aparecen. La fenomenolog-
ía pone entre paréntesis al mundo y a las certezas derivadas de todas las ciencias que
conciernen al mundo, el centro de las cosas pasa a ser la conciencia. Es una conciencia
que está obligada a ser conciencia de algo, y esta intencionalidad de su actividad que le
impide estar separada del objeto nos lleva de la mano a las concepciones de Sartre.

La existencia está pues a la mitad de camino de esas cosas que Husserl puso entre
paréntesis, pero la fenomenología nos permite organizar esa soledad en la que nos de-
ja la conciencia, eso es lo único que nos queda, la intuición de un saber directo sin la
mediación de la razón, una descripción última de los fenómenos referidos a la existen-
cia.

El que empezó a cascotearle el techo al pensamiento abstracto fue Kierkegaard, ese


místico danés de una profunda fe, pero también elegante y bien vestido.

Llegados a este punto hay que reconocer que, sin embargo, el pensamiento abstracto
tiene un valor inmenso, gracias a él podemos formular las leyes de la ciencia con las
que dominamos a la naturaleza y que ejercen una enorme influencia en nuestras vidas.
Pero si el hombre quiere saber algo de su existencia, las fórmulas científicas no le sir-
ven para nada.

Una cuestión interesante es llegar a saber cómo Kierkegaard pudo crear una filosofía
existencialista si despreciaba los conceptos. Hay que decir aquí que el petimetre danés
no creó un sistema filosófico, sino una actitud para buscar su verdad interior recu-
rriendo a una forma de confesión.

Cada uno tiene que vivir a solas consigo mismo, no existe ninguna comunicación esen-
cial entre un hombre y otro y, como si esto fuera poco, el hombre no es sino que de-
viene. Kierkegaard deja al hombre colgado de un pincel, la vida es una continua crea-
ción de uno mismo y sólo en el umbral de la muerte el hombre queda definido.
Una vez que el danés de la triste figura deja al hombre sin un trapo que ponerse, le
aparece la angustia, la categoría más esencial de su pensamiento, una angustia que el
hombre intenta combatir con la frivolidad.

La angustia es el miedo a la nada, y la negación de esa nada es la vida, el ser, en la an-


gustia encontramos las revelaciones más abismales sobre nuestra existencia. De esta
confesión y de este pensamiento no sistemático, que rechaza la verdad objetiva, abs-
tracta y racional, pasamos a las concepciones de Heidegger y de Sartre, sistemáticas y
metódicas, que tienen muchos puntos de contacto con las construcciones clásicas.

La fenomenología de Husserl hizo posible la aparición de un sistema filosófico existen-


cialista, la fenomenología es una forma de reflexión que le asegura al pensamiento un
mínimo de objetividad, y esto lo consigue poniendo entre paréntesis la existencia de
las cosas, limitándose exclusivamente a describir los contenidos de conciencia sin pre-
guntarse si se corresponden con una realidad objetiva.

Pero si la filosofía es una descripción de lo que ocurre en mi conciencia entonces pue-


do describir cómo imagino mi existencia de una manera personal, únicamente desde el
punto de vista de mi yo.

Ya en sus primeros cuentos Gombrowicz había sacado consecuencias tempranas de la


idea de intencionalidad de, una noción que se hizo famosa con Husserl. También Heid-
deger y Sartre le dieron un consentimiento tácito a este mundo del entre paréntesis,
pero de hecho no lo practicaban. Gombrowicz sabía que el mundo sólo revela al hom-
bre su significado a través de las intenciones que el hombre tenga para con él.

La montaña sólo es empinada porque quiero subirla, el azúcar tarda mucho en disol-
verse si tengo apuro en tomar el té, los objetos son pesados sólo cuando quiero levan-
tarlos, y livianos cuando quiero mantenerlos firmes en medio del viento.

En otras palabras, las cosas sólo tiene relación y significado cuando el hombre se los
da.

A partir de Descartes la filosofía se convierte en una filosofía de la conciencia. El cogito


llega a ser el punto de partida de toda la filosofía desde el cual se intenta alcanzar el
mundo real. Descartes, Kant y Husserl, hablando del pensamiento, de la razón y de la
conciencia corrigen el rumbo de la filosofía en tres momentos cruciales. La filosofía en
el tiempo de Husserl estaba dominada por el psicologismo, así que sus primera re-
flexiones las orientó a distinguir los actos psíquicos de los objetos ideales.
Los actos psíquicos son reales y están en el tiempo, los objetos ideales no. Objetos
ideales son los números, las figuras, las especies, los colores, los principios lógicos...
Para poner un ejemplo de cómo se distinguen los actos psíquicos de los objetos ideales
podríamos decir que la validez del principio de contradicción no quiere decir que no se
pueda pensar en sentido contrario (acto psíquico), sino que los objetos ideales no
pueden ser A y no A al mismo tiempo.

Los objetos ideales tienen una validez universal y objetiva y no están afectados por las
vicisitudes del mundo real. Husserl va construyendo poco a poco un método descripti-
vo que tiene prohibido afirmar, negar o dudar sobre algo que tenga que ver con la
existencia, a la que pone entre paréntesis.

La percepción va acompañada en la creencia en lo percibido, es entonces un juicio so-


bre la existencia, por la tanto también es puesta entre paréntesis. El método fenome-
nológico comporta una actitud idealista que se desentiende de la toma de posición so-
bre la existencia.

Describe tan solo vivencias de la conciencia pura. Los contenidos de la conciencia pura
se convierten en contenidos esenciales a través de un proceso de reducción; son esen-
cias de las esencias de la conciencia pura.

Es un método que garantiza la evidencia y evita la toma de una posición existencial,


todo queda reducido al mundo de los objetos ideales.

La filosofía de Husserl es pues también una filosofía de la conciencia, pero de la con-


ciencia intencional.

Esto significa que la conciencia lejos de ser una cosa o un ámbito vacío, es siempre una
relación con un objeto, y el conjunto de las vivencia tiene una estructura bipolar, a ca-
da acto intencional corresponde un objeto intencional. La conciencia pura es el resul-
tado de una reducción fenomenológica, y todo lo que contiene su ámbito se llama
trascendental, por oposición al ámbito del mundo empírico. La fenomenología es un
ciencia de fenómenos reducidos en la que el fenómeno deja de tener una apariencia
engañosa y se manifiesta como algo que contiene una esencia.

Como resultado de las reducciones fenoménica, filosófica y trascendental queda un re-


siduo fenomenológico: una conciencia pura con sus vivencias e intuiciones.

La reducción fenomenológica es considerada por Husserl el método de acceso al traba-


jo de la nueva ciencia, porque si se quiere filosofar debemos abandonar el ámbito en
que nos sitúa la actitud natural y situarnos en otro ámbito, el de la “conciencia pura”.
Es en este ámbito trascendental en donde el filósofo se sitúa como un espectador des-
interesado de la vida de la conciencia.

En cierto sentido se podría argüir que tanto Husserl como Kierkegaard buscan la virgi-
nidad, el alemán en la conciencia misma y el danés en su mismísimo cuerpo, no por
nada tuvo un comportamiento tan extraño con la pobre Regina a la que primero sedu-
jo y después abandonó.

La admiración que Marcelina Antonina y Rena tenían por el pensamiento riguroso hab-
ía impresionado vivamente al joven Witold, una huella profunda que marcó su desem-
peño ambiguo frente a la ciencia y al existencialismo.

Tanto es así que sus diarios registran páginas en las que la ciencia se vale del camuflaje
y hasta de la quinta columna, utilizando al existencialismo y a la fenomenología para
alcanzar sus propósitos siniestros. Para volverle la espalda al existencialismo, Gom-
browicz había amagado con echarse en los brazos de la fenomenología, porque es más
pura como forma, pero enseguida se echó atrás. La fenomenología quiere poner entre
paréntesis la creencia en la realidad del mundo natural y las proposiciones a que dé lu-
gar esa creencia.

No presupone nada: ni el mundo natural ni el sentido común ni las proposiciones de la


ciencia ni las experiencias psicológicas. Se coloca antes de toda creencia y de todo jui-
cio para explorar simplemente lo dado. Es un positivismo absoluto. La fenomenología
es pues más cartesiana que el existencialismo, nacida del espíritu científico, fría como
el hielo.

En un pasaje memorable de los diarios que escribe en las postrimerías del año 1961 ca-
racteriza la lucha entre la ciencia y el arte haciéndole crecer a un hombre una segunda
cabeza en el trasero mediante un procedimiento científico.

“(...) al verlo pierdes la cabeza y ya no sabes cuál de esas cabezas es tu cabeza verda-
dera; no te quedará más remedio que gritar de horror, de rebeldía, de protesta, de de-
sesperación...¡gritar que no estás de acuerdo! Ese grito encontrará a su poeta... y ates-
tiguará que sigues siendo todavía el que eras ayer (...)”
EL DIARIO DE STEFAN CZARNIECKI

Stefan Czarniecki había nacido en una casa muy respetable. El padre, un


hombre fascinante y orgulloso, poseía unos rasgos que personificaban
una estirpe perfecta y noble. La madre andaba siempre vestida de negro
con unos pendientes antiguos como único adorno. Stefan se veía a sí
mismo como un muchacho serio y pensativo. Había en su vida familiar un solo punto oscu-
ro, su padre odiaba a su madre, no la soportaba, un enigma que lo condujo finalmente a la
catástrofe interior. Se convirtió en un inútil inmoral, besaba la mano de una dama babeán-
dola, sacaba el pañuelo y se secaba la saliva mientras le pedía perdón.
El padre evitaba el contacto con la madre, a veces la miraba a hurtadillas con expresión de
infinito disgusto. Stefan, en cambio, no manifestaba aversión hacia su madre a pesar de
que había engordado muchísimo al punto de tropezarse con todas las cosas.

Stefan se imaginaba que había sido concebido bajo coacción violentando los instintos, y
que él era el fruto del heroísmo del padre. Un día la repugnancia del padre estalló: –Te
estás quedando calva. Dentro de poco estarás más calva que un trasero. Eres horrorosa. Ni
siquiera adviertes cuán horrible es tu aspecto.
Stefan no comprendía el porqué debía considerar a la calvicie de la madre peor que la del
padre, además, los dientes de la madre eran mejores y, sin embargo, ella no sentía repug-
nancia por él. Era una mujer majestuosa y muy religiosa, rodeada de una furia de ayunos,
plegarias y acciones piadosas. A veces los convocaba a Stefan, al cocinero, al mayordomo,
al portero y a la camarera y decía: –¡Ruega, ruega pobre hijo mío por el alma de ese mons-
truo que tienes por padre! ¡Rogad también vosotros por el alma de vuestro amo que se ha
vendido al diablo!

A la madre le producían horror las acciones del padre, y al padre lo que le producía horror
era ella misma, no podía dejar de manifestar su asco: –Créeme, querida, que estás come-
tiendo una falta de tacto. Cuando veo ante el altar tu nariz, tus orejas, tus labios, tengo la
convicción de que también Cristo se siente a disgusto.
A pesar de estas contrariedades Stefan fue un buen alumno, aplicado y puntual, pero nunca
gozó de la simpatía de los demás. En el recreo los alumnos cantaban: –Uno, dos y tres, dos
pan pan/ no hay judío que no sea un can/ Los polacos en cambio son águilas de oro/ Uno,
dos, tres, ahora le toca al loro. Stefan estaba fascinado con estos versos pero debía apartar-
se de los otros chicos cuando cantaban. A pesar de los esfuerzos que hacía por resultarles
agradable a ellos y a los profesores con sus buenas maneras, lo único que conseguía era
una actitud hostil.

Una tarde, un profesor de historia y literatura, un vejete tranquilo y bastante inofensivo les
dijo: –Los polacos, señores míos, han sido siempre perezosos, sin embargo, la pereza es
siempre compañera del genio. Los polacos han sido siempre valientes y perezosos ¡Magní-
fico pueblo, el polaco!
A partir de ese momento el interés de Stefan por el estudio disminuyó, pero con este cam-
bio no consiguió la simpatía del profesor y de nada le sirvió su incipiente preferencia por
los desaplicados y los perezosos. La observaciones del profesor tenían mucha influencia en
la clase: –Los polacos han sido siempre holgazanes y desobligados, pero las suecas, las da-
nesas, las francesas y las alemanas pierden la cabeza por nosotros, sin embargo, nosotros
preferimos a las polacas. ¿No es acaso famosa en el mundo entero la belleza de la mujer
polaca?

El resultado de esas insinuaciones fue que Stefan se enamoró de una joven pero ella no se
daba por enterada. Una mañana, después de haberle pedido consejo a sus compañeros de
clase, venció su timidez y le dio un pellizco; ella cerró los ojos y soltó una risita. Lo había lo-
grado. Se lo contó a sus compañeros y fue la primera vez que lo escucharon con interés, ac-
to seguido se precipitaron sobre una rana y la mataron a golpes. Stefan estaba emocionado
y orgulloso de haber sido admitido por los jóvenes y presintió que empezaba una nueva
etapa de su vida.
Para congraciarse aún más atrapó una golondrina y le rompió un ala, cuando se disponía a
golpearla con un palo un alumno le dio una bofetada en la cara. Como no se defendió todos
se lanzaron sobre él y lo aporrearon sin ahorrar escarnios ni insultos.

En el amor tampoco le iba nada bien, la joven pellizcada le hacía recriminaciones porque
era un consentido, un pequeño nene de mamá. Stefan había comprendido finalmente que,
si bien el padre era de raza pura, su madre también lo era pero en el sentido contrario, el
padre era un aristócrata arruinado casado con la hija de un rico banquero.
Se imaginaba que las dos razas hostiles de los padres, ambas poderosas, se habían neutrali-
zado y habían parido un ratón sin pigmentación, un ratón neutro, por eso no tomaba parte
de nada a pesar de haber participado en todo, ése era su misterio. La joven le pedía que
fuera valiente, le ordenaba que saltara zanjas, que sostuviera pesos, que golpeara abedules
bajo la observación del vigilante, que arrojara agua sobre el sombrero de los transeúntes.

Cuando Stefan le preguntaba cuál era la razón de esos caprichos le decía que no lo sabía,
que era un enigma, una esfinge, un misterio para ella misma.
Si la joven fracasaba en algo se entristecía, si triunfaba se ponía feliz y le permitía besar sus
deliciosas orejas, como premio, sin embargo, nunca se permitió responder a su apremian-
te: –¡Te deseo! Le decía que había algo en él de repulsivo y no sabía bien qué era, pero Ste-
fan sabía muy bien lo que querían decir esas palabras. Leía mucho y trataba de comprender
el significado de su secreto, se daba ánimos con el recuerdo de uno de los temas escolares,
la superioridad de los polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos;
los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los italianos...
bel canto.

Ésta era la razón por la que querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los úni-
cos que no causaban repulsión.
El horizonte político se volvía cada vez más amenazador y la joven cada vez más nerviosa.
La multitud en las calles, las tropas se desplazaban hacia el frente. La movilización, los adio-
ses, las banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios, lágrimas, manifiestos, indignación,
exaltación y odio. La amada de Stefan ni lo miraba, no tenía ojos más que para los militares.
Stefan afirmaba su patriotismo, participaba en juicios sumarios contra espías, pero algo en
la mirada de Jadwiga lo obligó a alistarse como voluntario en el regimiento de ulanos. Atra-
vesaban la cuidad cantando inclinados sobre el cuello de sus caballos, una expresión mara-
villosa aparecía en el rostro de las mujeres.
Sentía que muchos corazones latían también por él, y no entendía el porqué pues no había
dejado de ser el conde Stefan Czarniecki que era antes ni el hijo de una Goldwasser, el úni-
co cambio era que ahora usaba botas militares y llevaba en el cuello unas tiras color fram-
buesa.
La madre lo convocaba para que no tuviera piedad, para que arrasara, quemara y matara,
para que destruyera a los malvados. El padre, un gran patriota, lloraba en un rincón y le de-
cía que con la sangre podría borrar la mancha de su origen, que pensara siempre en él y
ahuyentara como la peste el recuerdo de la madre porque podía serle fatal, que no perdo-
nara y que exterminara hasta el último de esos canallas. La amada le entregó por primera
vez su boca, una verdadera delicia.

La guerra era hermosa. Era precisamente la conciencia de ese esplendor la que le propor-
cionaba las energías para combatir al implacable enemigo del soldado: el miedo. De cuando
en cuando lograba colocar un tiro de fusil en el blanco preciso, y entonces se sentía colum-
piado por la sonrisa impenetrable de las mujeres y hasta le parecía que se ganaba el afecto
de los caballos que hasta el momento sólo le habían propinado coces y mordiscos.
Sin embargo, ocurrió un incidente que lo lanzó al abismo de la depravación moral de la que
no pudo apartarse más. La guerra se había desencadenado en todo el mundo. La esperan-
za, consuelo de los imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa perspectiva del porvenir: el re-
greso a casa y la liberación de su situación de ratón neutro, pero las cosas no ocurrieron de
esa manera.

Su regimiento estaba defendiendo con tesón por tercer día consecutivo una colina en el
frente, con la orden de resistir hasta la muerte. Fue entonces cuando cayó un obús que le
cortó de un tajo ambas piernas al ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el po-
bre, seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan tuvo que
acompañar.
Cuando terminó la guerra y volvió a casa con aquella risa sonándole aún en los oídos com-
probó que todo lo que hasta entonces había sostenido su existencia yacía hecho escom-
bros, que no le quedaba más remedio que volverse comunista. Stefan entendía el comu-
nismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las
esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales.

Un programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos y repartida entre
quienes no fueran suficientemente devotos en sus oraciones; que lo mismo debería hacer-
se con su padre entre aquellos cuya raza fuera poco satisfactoria. Un programa en el que
todas las sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente bajo peti-
ción expresa, y que el rechazo injustificado fuera causal del castigo con la cárcel.
Stefan elegía el término comunismo porque constituía para los intelectuales que le eran
adversos un enigma tan incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los
rostros brutales de esos intelectuales. Las conversaciones más irónicas las tuvo con su ado-
rada Jadwiga que lo había recibido con efusiones extraordinarias al regreso de la guerra.

Stefan le preguntaba que si acaso la mujer no era algo misterioso, y cuando ella le respond-
ía que sí, que lo era, y que ella misma era misteriosa y desencadenaba pasiones, que era
una mujer esfinge, entonces Stefan exclamaba que también él constituía un misterio, que
tenía un lenguaje personal secreto y que le gustaría que ella lo adoptara.
Le advirtió que le iba a meter un sapo debajo de la blusa, y que ella tenía que repetir con él
las siguientes palabras: Cham, bam, biu, mniu, ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso
pronunciarlas, le dijo que le daba vergüenza y se echó a llorar. Stefan no le hizo caso, tomó
un sapo grande y gordo y cumplió con su palabra. Se puso como loca. Se tiró al suelo, y el
grito que lanzó sólo podría compararse con el del soldado destripado. ¿Pero es que para
todas las personas las mismas cosas deben ser bellas y agradables?

Lo único que le quedó de agradable en esa historia fue que ella enloqueció, incapaz de li-
brarse del sapo que se agitaba bajo su blusa.
Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba por
el mundo en medio de opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba con un senti-
miento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de come-
ter una villanía.
“Tal es el secreto personal que opongo al gran misterio de la existencia. ¿Qué queréis?...
cuando paso junto a una pareja feliz, a una madre con un niño o a un anciano amable, pier-
do la tranquilidad. Pero a veces el corazón se me encoge y una gran nostalgia de vosotros,
padre y madre queridos, se apodera de mí. ¡También de ti siento nostalgia, oh santa infan-
cia mía!”

ADOLF HITLER Y WITOLD GOMBROWICZ

Antes de hablar de Hitler vamos a echarle una mirada a algunas de las


relaciones que el hombre tiene con Dios.

De los atributos omnímodos que tiene Dios –la omnipotencia, la om-


nisciencia, la omnipresencia y la omnibenevolencia– hay dos alrededor de los cuales
dan vueltas tanto Sastre como Gombrowicz: la omnipotencia, la omnisciencia. Gom-
browicz piensa que el hombre quiere afirmarse en su personalidad para ganarle la ba-
talla a los demás, para llegar a ser eminente. Él sabe que no lo sabe ni lo puede todo,
pero no permite que su yo se empequeñezca, ese yo le ha sido impuesto con demasia-
da brutalidad y lo acompaña a todas partes adonde va y durante todo el tiempo.

La complexión del pensamiento de Gombrowicz es existencialista, así que vamos a se-


guirle los pasos a Sartre a ver que piensa de Dios y de sus atributos.

Este filósofo admite abiertamente que el proyecto fundamental del hombre es el de


convertirse en Dios. Estar en el mundo es un proyecto que el hombre tiene para pose-
er el mundo en su totalidad, como aquello que le falta a la existencia, para entrar en
algo que lo abarca todo y que es precisamente el ideal, o el valor.

Esta idea no ha sido extraída del “Mein Kampf de Hitler, donde encajaría muy bien co-
mo el sueño pangermanista de poseer y gobernar el mundo entero, sino de “El Ser y la
Nada”, la obra fundamental de Sartre. Dios es el ser que posee el mundo, un proyecto
que de igual modo tienen los hombres porque también quieren poseerlo, pero este
proyecto fundamental, así como el proyecto del amor, caen en el vacío.

“(...) la idea de Dios es contradictoria, y nos perdemos en vano; el hombre es una pa-
sión fracasada”

Pese a que Sartre proclama el fracaso del proyecto humano de llegar a ser Dios, su filo-
sofía le da finalmente al hombre los atributos de la divinidad.

“No le reprochamos a Descartes que le haya dado a Dios lo que nos pertenece a los
hombres; antes bien lo admiramos por haber desarrollado hasta el final los requeri-
mientos de la idea de autonomía, y por haber comprendido, mucho antes que Heideg-
ger, que la única base del ser es la libertad”

Se puede decir de Sartre, como decía Nietzsche en Zaratustra, que a pesar de su


ateísmo y del carácter pornográfico de buena parte de su obra, es el más piadoso de
los que no creen en Dios. Hay sin embargo algunas diferencias importantes en la ma-
nera de ver las cosas que tienen Gombrowicz y Sartre, pues mientras que para el pri-
mero la base del ser es el yo, para el segundo es la libertad.

Pero la diferencia más profunda que existe entre ambos es la de que Sartre no le da
ningún lugar a la juventud mientras que Gombrowicz le da un lugar fundamental.

Los polacos sufrieron en carne propia el ejercicio de la voluntad divina y creadora de


Hitler que quería ser Dios, y Gombrowicz sintió la manifestación pública de ese poder
antes de que se adueñara del mundo, en un viaje de regreso a casa desde Roma a Var-
sovia cuando pasaba por Viena.

“De repente me di cuenta de que no era el único que tenía miedo. Alrededor de mí, en
el compartimento del tren, en el pasillo, todos tenían miedo. Las caras estaban tensas,
se intercambiaban observaciones, comentarios... ¿De qué se trataba? Era evidente que
algo había pasado. Pero no quise preguntar. Cuando llegamos a los suburbios de Viena,
vi grupos de gente con antorchas, victoreando. Los gritos “¡Heil Hitler!” llegaban a
nuestros oídos. La ciudad enloquecía. Comprendí: era el Anschluss. Hitler estaba en-
trando en Viena”

No hay hombre que pueda creerse Dios si los demás no lo ayudan, y los alemanes lo
ayudaron tanto a Hitler que sobrepasó los límites de Alemania, sin embargo como el
hombre es una pasión fracasada no llegó a ser Dios.
Los alemanes les tiene confianza a sus ingenieros, a sus generales y a sus pensadores,
los obreros alemanes confían en la elite y la elite en los obreros.

“Perdieron guerras colosales, pero tuvieron en jaque al mundo entero y, antes de ser
aplastados, sus líderes los llevaron de victoria en victoria. Pese a todo, están acostum-
brados a las victorias: en la fábrica, en la guerra y en solucionar cualquier tipo de pro-
blemas... Hitler fue también, y sobre todo, una cuestión de confianza. Como los ale-
manes no pudieron creer que lo que estaba ocurriendo fuera tan groseramente sim-
ple, tuvieron que presumir que era genial... pero...(...) ¿Quién podría asegurarme que
el pie derecho de ese señor de cierta edad no había aplastado en aquel tiempo la gar-
ganta de alguien hasta verlo morir?... (...) Tenía la sensación de que Berlín, igual que
lady Macbeth, se lavaba las manos sin cesar”

“Ah, el exotismo alemán, su hermetismo (incluso, o sobre todo, cuando cooperan), su


propia sustancia imposible de expresar, ese control sobre sí mismos rayano en la locu-
ra, esa humanidad que es preludio de una humanidad futura, desconocida; y su fun-
cionalidad, gracias a la cual cinco alemanes de lo más normales se convierten en algo
imprevisible.

¡Producción! ¡Técnica! ¡Ciencia! Si Hitler se convirtió en la maldición de aquella gene-


ración, con qué facilidad la ciencia podría convertirse en una catástrofe para la juven-
tud alemana de hoy. La ciencia, reuniéndolos en la abstracción, en la técnica, podría
hacer de ellos cualquier cosa”

Las sonrisas que los alemanes le dispensaban a Gombrowicz no podían borrar la enor-
me agonía polaca; no podían seducirlo a Gombrowicz, porque él no los podía perdo-
nar. Hitler estaba presente en todos los polacos asesinados y seguía presente en cada
uno de los polacos sobrevivientes, a pesar de todo la condena y el desprecio no eran
los métodos que había que utilizar para vencerlo. Despotricar continuamente contra el
crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo se puede
vencer en uno mismo.

“Naciones del mundo, ¿seguís creyendo que Hitler no fue más que alemán?”

Gombrowicz escribe en los diarios dos páginas sobre Hitler que elige para incluir en el
“Cahier de l’Herne” y en el “Diario argentino”.

“¡Mísero de mí! Estoy en cama. Lumbago (...) Le aconsejo, Dominique, que no vaya en
coche con Sandauer; es un pésimo conductor (...) Desgraciadamente no puedo hacer
nada por el momento. Dentro de unos días me propongo elegir para usted un texto de
igual longitud que “Dante”. Hitler es demasiado breve, son apenas dos páginas del
‘Diario’.

“Por consiguiente, existen dos posibilidades. Se pueden utilizar fragmentos relativos a


la muerte de un perro, la mirada de una vaca y la insolente afirmación de que el hipis-
mo es una cosa horrible, así como una agonía de escarabajos, y un párrafo bastante
violento en favor de la eutanasia. En general, se trata de fragmentos que han desper-
tado el interés de los lectores del segundo volumen del ‘Diario’. Mi amiga María Pac-
zowska, a quien usted conoce, me dice que estos textos son de lo mejor que he escri-
to.

Si no, podría fabricar un texto para usted contra la cultura y la ciencia. Ya conoce mi
opinión de que en la actualidad el artista se ha dejado dominar por la ciencia. Se podr-
ían añadir las dos páginas sobre Hitler (...)”

La tesis de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme audacia para alcanzar el lími-
te del terror, y creció con el miedo ajeno. Aplicó el principio de que ganaría el que tuviera
menos miedo, y que el secreto del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al otro
y aplastarlo, tanto que el otro sea una persona o una nación; ese paso más frente al que los
demás exclaman: –No lo doy.
Quiso que una vida extremadamente cruel fuera la prueba definitiva de su capacidad de vi-
vir, y quiso también alcanzar la heroicidad luchando contra su propio miedo. Se prohibió la
debilidad y se cortó la retirada, una estrategia absolutamente contraria a las tácticas de
Gombrowicz.
Es muy útil descomponer el ascenso de la forma desde la persona hasta la historia, si-
guiendo el camino de Hitler.

Primero se unió a un conjunto pequeño de individuos y se hizo líder de ese grupo reducido
a partir de sus cualidades personales, y en esta primera fase del proceso la idea era el ins-
trumento para conseguir el sometimiento del otro.
Hasta aquí, tanto el líder como sus subalternos estaban situados en un terreno humano,
podían renunciar. Aquí empieza a aparecer un factor decisivo: el aumento de la cantidad
cambia la dimensión, se hace inaccesible para un solo individuo. La forma demasiado pesa-
da y maciza empezaba a vivir su propia vida.
Un poco de fe en cada obediente se multiplicó por la cantidad y se convirtió en una carga
de fe peligrosa, porque cada uno de ellos ya no podía saber cómo reaccionarían los demás,
a los que no conocía, si se le ocurriera decir: –Renuncio.

Hitler, reforzado por la cantidad y por la fe, había crecido, pero todavía no había nada en su
naturaleza privada ni en la de los otros que les impidiera tomar la palabra, y decir: –Paso.
La forma creció por su propia ley general y transfirió a una esfera superior la acción de la
conciencia individual: Hitler fue dejando de actuar con su propia energía y utilizó la fuerza
de la masa, superior a la suya propia. El grado de excitación entre el líder y sus subordina-
dos creció en audacia y alcanzó tal estado de ebullición que el conjunto se volvió terrible y
superó la capacidad de cada uno de sus miembros.
En este continuo ascenso de la forma, el terror se apoderó de todos, también del jefe, que
entró en una dimensión extrahumana; ya nadie podía retroceder, porque sus conductas
habían sido transferidas de la región humana a la interhumana.

Gombrowicz introduce la idea teatral del artificio, una idea que denota todo su mundo.
Hitler finge ser más valiente de lo que es para forzar a los demás en esta carrera enloqueci-
da del crecimiento de la forma, pero de este artificio nació una realidad que produjo
hechos. Las masas no pudieron sentir el carácter teatral de la actuación de su líder, y una
nación de millones de habitantes retrocedió aterrorizada ante la aplastante voluntad de su
jefe.
El jefe se vuelve grande con una grandeza extraña cuyo rasgo característico es que se crea
desde el exterior. Hitler se había partido en dos: un Hitler privado con pensamientos y sen-
timientos simples estaba en manos del Gran Hitler, que se le imponía desde afuera.

Una vez que estas transformaciones entraron en la esfera interhumana, la idea ya no fun-
cionó, porque no era necesaria, era una apariencia detrás de la cual el hombre se pose-
sionó del hombre. Una mano blanda que no hacía tanto tiempo tomaba un pincel para
hacer trazos sobre una tela se convirtió en una maza con la que se golpeó a la historia.
El fin de la guerra no supuso una liberación para los polacos, fue tan sólo la sustitución
de los verdugos de Hitler por los verdugos de Stalin. Si por su situación geográfica y por
su historia Polonia se veía condenada a estar eternamente desgarrada entonces había
que cambiar algo en los polacos para salvar su humanidad. En la relación de los pola-
cos con el mundo había algo malo y alterado, como artista Gombrowicz se sentía un
poco responsable de esa fatídica leyenda polaca con la que había que terminar de una
manera u otra.

A pesar de que estaban encerrados en una maraña de quimeras y de fraseología los


polacos se hallaban al mismo tiempo muy cerca de la realidad cruda, esa realidad que
rompe los huesos. Gombrowicz creía en el poder purificador de la realidad, pero no de
una realidad polaca, sino de una realidad más fundamental, la realidad humana, senci-
llamente.

Pero las quimeras polacas le producían una especie de alergia a Gombrowicz, al punto
de ponerlo en una relación extraña con la política, se interesaba más por el estilo de
los políticos y de los jefes militares que por las ideas que representaban. Para provocar
a la gente de izquierda adoptaba la pose de un retrógrado recalcitrante: al Pterodáctilo
le cuenta en Vence que había destapado una botella de champaña el día que mataron
al “Che” Guevara, para no poner más que un ejemplo. Pero las manifestaciones políti-
cas más dramáticas y peligrosas las hace en Berlín en el año 1963, lleva la excitación al
paroxismo declarando que era hora de que los polacos dejaran de pavonearse con sus
cinco millones de muertos, que esa actitud era snob, y que la condena y el desprecio
contra Hitler no eran los métodos que había que utilizar. Despotricar continuamente
contra el crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo
se puede vencer en uno mismo…

CRIMEN PREMEDITADO

De la casa de Ignacio K. solicitaron la ayuda de un juez para resolver un


problema patrimonial. El funcionario llegó a la noche, lo atacaron los pe-
rros y tuvo que meterse de apuro en el coche. Finalmente pudo anunciar-
se como el juez de instrucción H. y manifestar el deseo de verse con el señor K. El joven An-
tonio lo hizo pasar y le dijo que era hijo del anfitrión. Su hermana Cecilia, que los esperaba
en una sala pequeña, con excepción de una cara bonita, pertenecía a la clase de las jóvenes
carentes de reacciones, indiferentes y despistadas. Le dieron la bienvenida, estaban teme-
rosos, pero no se sabía de qué tenían miedo.
El juez preguntó si el señor K se hallaba en casa y los hermanos respondieron afirmati-
vamente.

La cena fue sombría, el apetito del hambriento juez les resultaba extraño tanto a los
hermanos como a Esteban, un criado. Cuando terminaron de cenar entró la madre, la
señora K., se sentó sin pronunciar palabra, miró con severidad al juez y después de
unos minutos le comentó que quizás estuviera molesto por haber hecho un viaje sin
sentido puesto que su esposo había fallecido anoche. El juez muy sorprendido le dio
las condolencias y balbuceó algo referente al respeto y aprecio que siempre había te-
nido por el difunto.

Como el visitante estaba acostumbrado a los cadáveres provenientes de los asesinatos,


en vez de pedir permiso para ver al difunto, lo pidió para ver el cadáver, una palabra
que produjo un efecto desafortunado, la viuda rompió a llorar y le tendió una mano
que el juez besó con humildad.

El juez permaneció allí, mirando sus manos temblorosas sin que se le ocurriera nada,
sintiendo que su situación a cada minuto se volvía más embarazosa. La señora lo
acompañó a ver a Ignacio.

Mientras subían al piso superior le comentaba que fue un golpe terrible, que los hijos
estaban aturdidos y no decían nada, que Antonio estaba disgustado con ella porque le
temblaban las manos, que su hijo no debería haber tocado el cuerpo de Ignacio y espe-
raba que no enfermara por haberlo tocado, sin embargo, algo se tenía que hacer, hubo
que arreglarlo, que Antonio no había llorado en ningún momento, que ella le rogaba al
cielo para que pudiera llorar.

Cuando la viuda abrió la puerta el juez se arrodilló e inclinó la cabeza sobre el pecho, el
muerto estaba en la cama tal como había fallecido.

Su cara azul e hinchada indicaba la muerte por asfixia, muy común en los ataques al
corazón. El juez se persignó, rezó una plegaria e hizo un comentario sobre la nobleza
de los rasgos del difunto Se volvió a arrodillar otra vez a dos pasos de un cadáver que
no tenía derecho a tocar.

Desde su llegada todo lo que había hecho le resultaba falso y pretencioso, como la re-
presentación de un actor mediocre. Cuando por fin se halló en su habitación se sacó el
cuello y lo arrojó al piso para pisotearlo, estaba furioso, sentía que lo estaban ponien-
do en ridículo, que aquella mujer malvada había preparado todo muy hábilmente. Le
exigía que le rinda homenaje, que le bese las manos, que tenga sentimientos. Le daba
rabia que no hubieran tenido en cuenta su carácter de juez de instrucción, y que en la
casa había un cadáver, y que una cosa estaba relacionada con la otra, un huésped que
accidentalmente resulta ser un juez de instrucción al que no le envían el coche y se re-
sisten a abrirle la puerta.

A alguien le molestaba su presencia, lo obligaban a arrodillarse y a besar manos con el


pretexto de que el finado había muerto de muerte natural. Había algo irregular en to-
do eso.

Echó mano a toda su agudeza y empezó a establecer la cadena de hechos, a construir


silogismos, a seguir los hilos y a buscar pruebas. A la mañana siguiente se puso a hablar
con el otro criado, le confirmó que Ignacio había muerto en la habitación de arriba,
también le dijo que Esteban dormía con el mayordomo en un cuarto junto a la cocina,
y que él dormía en la despensa, que la señora dormía con el señor pero una semana
antes de la muerte se había mudado al cuarto de la hija, y que Antonio dormía en la
planta baja junto al comedor.

Le resultó extraño lo de la mudanza de la esposa pero se propuso no sacar conclusio-


nes apresuradas. Cuando la viuda le preguntó si ya se iba le respondió que le gustaría
quedarse un poco más. La viuda murmuró algo sobre el traslado del cadáver y le pre-
guntó con poca convicción si estaría presente en el funeral. El juez le respondió que sí,
que era un gran honor para él estar presente y le pidió permiso para ver el cadáver
otra vez. A juzgar por las evidencias el hombre había muerto de muerte natural, sin
embargo, se acercó al lecho y tocó el cuello del cadáver con un dedo. La viuda se
alarmó pero el juez siguió revisando el cuello y examinado toda la habitación, escrupu-
losamente. Lo único que desentonaba en el conjunto era una enorme cucaracha muer-
ta.

Finalmente se decide y le pregunta a la viuda por qué se había mudado a la habitación


de la hija, le responde ofendida que porque su hijo se lo había recomendado, para que
Ignacio tuviera más aire pues ya se había estado asfixiando durante todo una noche. La
mujer está preocupada, el juez le pide que no trasladen el cadáver hasta el día siguien-
te, ella se yergue, lo desafía con la mirada y abandona la habitación. Pero, nada, sólo la
cucaracha aplastada junto al tocador, es como si el cadáver, contemplando el cielo, es-
tuviera diciendo que había muerto de un ataque cardíaco.

El juez salió de su habitación para dar un paseo alrededor de la casa. Cuando entró al
comedor Cecilia y Antonio se alejaron rápidamente mientras los sirvientes preparaban
la mesa para el almuerzo.

La señora estaba aterrorizada y le preguntó a la hija si el juez ya se había ido, no com-


prendía qué andaba buscando, que Antonio no lo iba a tolerar porque estaba come-
tiendo una injuria. Cuando el juez le pregunta a Antonio si lo quería al padre, le res-
ponde que lo quería bastante y que el día de la muerte había dormido en su habitación
de la planta baja.

Mientras el juez se lavaba las manos en su cuarto entró el mismo criado de la mañana
para preguntarle si necesitaba algo. Le contó que la noche de la muerte del señor Igna-
cio Antonio lo había encerrado con llave en la despensa, no estaba dormido a pesar de
que era la medianoche y lo había escuchado, le pidió al juez que por favor no lo co-
mentara.

Pero si en el tribunal le hubieran preguntado al juez en qué se basaba para afirmar que
ese hombre había sido asesinado, tendría que haber respondido, que en el comporta-
miento extraño del hijo, en que todos se comportaban como si lo hubieran asesinado,
aunque la autopsia hubiera demostrado que había muerto de un ataque cardíaco.

En la mesa el juez se mandó una larga perorata sobre la naturaleza del crimen, el cri-
men real lo comete siempre el espíritu, los detalles son las formalidades médicas y ju-
diciales, los detalles son externos. De pronto, la viuda, pálida como la muerte, arrojó su
servilleta y, con las manos más temblorosas que de costumbre, se levantó de la mesa
exclamando que era un malvado.

El juez le dice que si él era un malvado que le explicara entonces por qué habían cerra-
do la puerta con llave, pensando en la puerta de despensa, la noche de la muerte de
Ignacio. Cecilia dice que fue ella, la madre aclara que ella se lo ordenó, pero se referían
a la puerta del cuarto de ellas. Antonio manifestó que no podía decir por qué había ce-
rrado la puerta y abandonó el comedor.

El juez pensó que el cadáver debía haberle preocupado a esa banda de asesinos. A la
medianoche Antonio golpeó su puerta y lo hizo entrar, el joven le dijo que o se iba in-
mediatamente de la casa o le hablaba con claridad. El juez se decide y le dice que está
pensando que su padre había sido estrangulado. Se ponen a reflexionar entre los dos y
concluyen que nadie pudo haber entrado a la casa desde afuera así que sólo existían
seis sospechosos, tres de la familia y tres de la servidumbre.

Pero el paso de los sirvientes había sido cerrado por Antonio que no sabía por qué lo
había hecho. Como la madre y la hermana también habían cerrado la puerta de su
cuarto sin saber por qué, el único sospechosos que quedaba era Antonio, y otra cues-
tión que lo volvía sospechoso es que no había llorado, y que se sentía feliz por la muer-
te de su padre.

Pero nadie había estado en el cuarto de Ignacio porque Antonio, no sólo había cerrado
la puerta de la despensa, sino también la de su propia habitación. Antonio murmuraba
que como todos temían que el padre se muriera, posiblemente, por miedo y por pudor
se habían encerrado con llave, porque todos querían que Ignacio resolviera por su
cuenta sus asuntos.

Cuando el juez se volvió a preguntar quién lo habría hecho entonces, Antonio se


quebró y le respondió que había sido él, que lo había hecho maquinalmente, que en un
minuto lo había estrangulado, había regresado a su cuarto y se había dormido.

El juez le hizo ver que, sin embargo, existía una pequeña dificultad, una formalidad na-
da importante: el cuello no revelaba huella alguna de estrangulación, el cuello no hab-
ía sido tocado. Dicho esto se deslizó por la puerta entreabierta y se fue a esconder en
el guardarropa del cuarto donde yacía el cadáver. Esperó largo rato hasta que, final-
mente, la puerta se abrió, alguien se deslizó en el interior y enseguida escuchó un rui-
do espantoso, la cama crujió estruendosamente, después los pasos se retiraron sigilo-
samente.
Luego de una hora el juez salió del escondite, las sábanas que cubrían el cadáver esta-
ban revueltas, el cuerpo yacía ahora en diagonal y en el cuello aparecían, nítidas, las
impresiones de diez dedos. Las formalidades se habían cumplido ex post facto.

“Aunque los peritos no estuvieron del todo satisfechos con aquellas huellas dactilares
(alegaban que había algo que no era del todo normal), fueron consideradas al fin, jun-
to a la plena confesión del asesino, como una base legal suficiente”

LA MEDUSA Y EL CONTRAHECHO

El existencialismo y el comunismo hostigaron a Gombrowicz en gran


parte de su vida, el existencialismo golpeó permanentemente su ca-
beza y el comunismo su cabeza y su bolsillo. Sin embargo, los puntos
de contacto que Gombrowicz tiene con la filosofía existencialista son
sorprendentes.

Escribe en muchas páginas de los diarios que el existencialismo es un intento de siste-


matizar nuestro saber sobre el hombre, y si se pasa por alto la escolástica de sus abs-
tracciones, queda todavía algo muy importante: una estructura del hombre surgida del
contraste entre la conciencia y la existencia.

A su juicio, el hombre existencialista quedará como un logro de la conciencia, es un


modelo abismal en el que no se puede alcanzar el fondo, un fondo que Gombrowicz
sentía como su propia naturaleza.

“Y cuántas intuiciones sueltas, tan presentes en el aire que respiramos, que me invad-
ían casi a diario, encuentro aquí imbricadas en un sistema, organizadas en un conjunto
desesperadamente mutilado y que apenas respira, pero que de todos modos es una
totalidad. El existencialismo, sea el que fuere, está fundado en nuestra angustia esen-
cial”

La postura de Gombrowicz ante el existencialismo era confusa y turbia. Lo practicaba


pero no se fiaba de él, no lo quería, era una filosofía que, mientras lo exhortaba a la
autenticidad, lo empujaba al mismo tiempo a una gigantesca falsedad.

Aunque ajeno a la cháchara profesoral de los filósofos existencialistas, Gombrowicz


tenía muchos puntos de contacto con ellos.
Para tomar un caso que a Gombrowicz le interesaba especialmente vamos a hacer al-
gunas reflexiones sobre las relaciones entre la superioridad y la inferioridad según su
propio punto de vista y también según el punto de vista de Sartre

Sartre mantenía a menudo discusiones con personas que no estaban preparadas para
polemizar sobre filosofía, pero no obstante aceptaba la discusión en un terreno que
podríamos calificar de vulgar. Pensaba que exponiendo sus teorías en esas clases de fi-
losofía más populares, debilitaba voluntariamente su pensamiento para hacerlo más
comprensible.

Si la doctrina existencialista es la filosofía de una existencia que precede a la esencia,


entonces tiene que ser sincera, vivir como existencialista quiere decir aceptar pagar
por esta doctrina, y no tratar de imponerla con libros.

“Parece que usted concibe el papel de la filosofía en la ciudad de una manera que se
encuentra superada por los acontecimientos. En otros tiempos los filósofos eran ata-
cados sólo por otros filósofos. El vulgo no entendía nada y no se preocupaba. Ahora se
hace descender la filosofía a la plaza pública.

Marx mismo no ha dejado de vulgarizar su pensamiento; el ‘Manifiesto’ es la vulgariza-


ción de su filosofía”

Podemos comparar estas palabras de Sartre con algunos pasajes de los diarios de
Gombrowicz en los que él también declara que baja del pedestal para aporrearse en la
calle con el primero que encuentra, que ése es su estilo.

En este tipo de combates se disipa la superioridad artificial del escritor, desaparece la


distancia que lo protege de los lectores, y se manifiesta con crueldad la superioridad
esencial y la inferioridad real de los contendientes.

La cuestión es que sólo podemos ver el mundo con nuestros propios ojos y pensar sólo
con nuestra propia razón, siendo ésta una condición insuperable tanto para los supe-
riores como para los inferiores. Si alguien reconoce la superioridad de otro lo hace con
su propio juicio. El hecho de que cada persona tenga que ser el centro de su mundo y
su propio juez choca de manera evidente con el objetivismo que nos obliga a recono-
cer mundos y puntos de vista ajenos. Pero el punto de partida de Gombrowicz, como
también el de Sartre, no era el objeto sino el sujeto.
“Es probable que si me tomara todo más en serio... Pero, a pesar de todo, ha sido para
mí una experiencia muy instructiva. Lo más importante es que después de esta esca-
ramuza me he sentido mucho mejor con Basia, casi como un amigo, ¿se habrá sentido
ella igual?

De ser así, sería la prueba de que es más fácil soportar la tortura superioridad-
inferioridad cuando es puesta en evidencia que cuando está envuelta en la finura, dis-
creción, buenas maneras, mojigatería y otras hipocresías”

Si bien es cierto que las posturas de Gombrowicz y de Sartre no son idénticas porque el
artista le apuntaba a la mistificación y el filósofo a la responsabilidad y al compromiso,
ambos intentan desenmascarar la mala fe.

Esta mención a Basia que hace Gombrowicz en el diario de Berlín está relacionada na-
turalmente con la inferioridad de Basia y con al superioridad de él, asunto que se pone
de manifiesto en el remate de la conversación que mantiene con ella en una mesa de
café.

La señora Basia llega de Polonia a Berlín y tiene con Gombrowicz una charla, un en-
cuentro que Basia estimula regalándole una rosa. Le dice que ella conoce mejor la psi-
cología alemana porque había sufrido a los alemanes en la propia piel cuando realiza-
ban su tarea sangrienta, mientras él había estado en la Argentina a miles de kilómetros
de distancia.

La conversación se encrespa y termina mal, la cosa es que unas semanas después apa-
rece un artículo de esa señora en una revista polaca titulado “Sobre la distancia, o una
conversación con el maestro”.

Esto lo hace sin el permiso de Gombrowicz que no la había autorizado a que publicara
esa conversación que había terminado de mala manera: –Dígame, señora, ¿por qué yo
sé escribir tan bien cómo escribo?; –Porque usted tiene talento; –¡Talento! ¡No tengo
ningún talento, sino conciencia! ¿Comprende usted? Conciencia. Porque yo sé lo que
los demás ignoran. ¡Porque sé abarcarlo todo! Sabe usted, yo aquí tengo una beca de
la Fundación Ford de mil doscientos dólares. Y no pago nada por el alojamiento, por-
que soy un invitado del senado de Berlín. Cuando termine la beca me iré a España pues
es un país barato. Me compraré allí una casita; –Y a cambio de esa beca, ¿está obligado
a escribir?; –¿Obligado? No. Es una beca en reconocimiento a los méritos de un escri-
tor… Vosotros presumís continuamente y sin modestia de los cinco millones de muer-
tos. Se ve que sobre la ocupación nazi no tenéis nada más que decir... Los polacos son
unos nacionalistas provincianos... Sólo en Polonia se cuentan las barbaridades que se
cometieron durante la guerra...

Sin que yo pueda decir que hago descender el pensamiento de Gombrowicz a la plaza
pública para que esté al alcance de gombrowiczidas con características parecidas a las
de Basia, a veces me encuentro con sorpresas, las últimas me vienen del Contrahecho,
un escritor argentino nacido en Hungría que vive en Canadá.

En efecto, uno de los epígonos mafiosos del Contrahecho, integrante de su órgano de


prensa llamado “El rey está desnudo”, reaccionó violentamente contra mí como tuve
oportunidad de comentar en un gombrowiczidas al que di en llamar precisamente “El
Contrahecho”.

Pero resulta que el Contrahecho es reporteado con alguna frecuencia por la Medusa,
una escritora sanjuanina que vive en Australia, y la Medusa le está dando la puntada
final, espero yo, a este ataque injusto que están llevando contra mí.

“Por favor no me mandes más Gombrowiczidas, me llena el correo. Por otro lado, no
sé quién eres ni qué te propones con estos envíos”

Gombrowiczidas nacidas en San Juan sólo conozco a la Consigliere y a la Medusa, pero


su aspecto en marcadamente diferente como muy bien se pude observar en las fotos
que forman parte de esta historia verdadera.

HEIDEGGER Y EL EXISTENCIALISMO

“Yo no me dejo embaucar por ellos; conozco este infantilismo que


juguetea con el Infinito, sé demasiado bien cuánta despreocupación e
irresponsabilidad hacen falta para entrar con orgullo en los terrenos
de esos pensamientos impensables y de esa severidad inaguantable,
conozco este tipo de genialidad. Y ese Heidegger, en su conferencia sobre Nietzsche,
suspendido sobre esos abismos... ¡payasos! Despreciar el abismo y no digerir los pen-
samientos excesivos: hace tiempo que lo decidí así. Me río de la metafísica... que me
devora”

La protesta global de Gombrowicz contra el existencialismo se inicia cuando descubre el


fracaso y la muerte de esta teoría hablando de ella en un cursillo de filosofía. Gombrowicz,
que no era filósofo ni tampoco profesor de filosofía, se impone la tarea de caricaturizar a
Sastre y a Heidegger para sacárselos de encima.

Como no quiere, y por eso no puede, seguir todas las intrincadas operaciones mentales que
requiere la comprensión de estas teorías, corta por lo sano, empieza por el final. En otras
disciplinas teóricas, como la matemática y la física por ejemplo, no se puede empezar por el
final, porque no existe un final, pero el existencialismo tiene un final: el hombre que propo-
ne y el género de vida que se deriva de sus conclusiones fundamentales. La carga que estos
filósofos le quieren poner sobre los hombros sólo puede convertirlo en un ser trágico, como
le ocurría al burro de Nietzsche, y esa perspectiva le resulta inaguantable. Gombrowicz em-
pieza a serruchar el árbol muy cerca de las raíces y recuerda una de las proposiciones fun-
damentales del existencialismo: cuanto más profunda es la conciencia, tanto más auténtica
es la existencia.

¿Pero acaso nuestra humanidad está construida sobre nuestra conciencia? Gombrowicz
mediante una representación mental quiere probar que la vida auténtica del existencialis-
mo es una gigantesca falsedad. Confronta las responsabilidades derivadas del Dasein de
Heideggard y de la conciencia de Sartre con las banalidades de la vida corriente y concluye
que en la base de esta confrontación hay una ridiculez elemental que resulta insoportable
como, por ejemplo, una conciencia en pantalones que habla por teléfono. En tanto que
productos exclusivos de la razón, los sistemas de Descartes y de Kant eran tolerables, se los
podía apropiar como productos para alimentar la facultad de razonar y como una expan-
sión de una función vital; venían por una parte del hombre.
Pero el existencialismo no viene por una parte del hombre, viene por todo el hombre, por
la razón, por la conciencia, por la vida.

Esto ya no es una teoría sino un intento de anexión que no se puede responder con argu-
mentos sino viviendo de una manera radicalmente diferente a la que ellos proponen, de un
modo suficientemente categórico como para que nuestra vida se les vuelva impenetrable.
Gombrowicz abre un gran interrogante acerca de la facultad de pensar: ¿cómo es posible
que hombres que se pasan la vida pensando caigan en semejantes tonterías? El Dasein co-
mo único ente que se pregunta por el sentido del ser tomando café con facturas es real-
mente ridículo. Gombrowicz se hace preguntas sobre cuánto de serios eran Sócrates y
Kant, ¿eran hombres totalmente serios? Seguramente que no, pero el acceso a su inmadu-
rez, a sus infantilismos, a su suciedad, era imposible, les estaba vedado a ellos mismos.

Es un misterio cómo del Kant niño devino el Kant filósofo, pero no estaría de más recordar
que el desarrollo de la cultura y de la ciencia tiene mucho de ligero y caprichoso, a pesar de
que el imperialismo de la razón es terrible, de que se extiende como una serpiente y devora
todo lo que puede. Gombrowicz piensa que la razón no sabe controlarse a sí misma, que
debe ser controlada desde fuera de la razón misma por una fuerza que le sea ajena.
Sea como fuere a Gombrowicz lo impresionaba realmente la seriedad de ese señor doctor
profesor Heidegger que muy bien se ve en la fotografía, es un respeto que había heredado
de la madre, una persona poco seria que sin embargo parecía seria.
“Usted parece interesarse más por los filósofos que por los escritores; –Sin embargo, la filo-
sofía sigue siéndome tan extraña como la ciencia. Como escritor estoy más interesado que
nunca en el mundo de las pasiones”
Este fragmento de una conversación que Gombrowicz mantuvo con François Bondy en
el año 1969 nos lleva directamente al punto, a la ambigüedad que tenía Gombrowicz
con la filosofía y con la madre. Diez años antes había dado cuatro conferencias sobre
Heidegger en el Círculo de Amigos del Arte de Buenos Aires, y el mismo año de la con-
versación con Bondy, en el último curso de filosofía que dictó en su casa de Vence, lo
presentó como el filósofo más creador del pensamiento existencialista. No obstante,
también mantiene con Heidegger algunas diferencias.

Es difícil saber qué le pasaba a Gombrowicz con la madre y con los filósofos, yo creo
que estos conflictos tienen más que ver con sus diferencias caracterológicas que con
sus puntos de vista. Marcelina Antonina era una persona poco seria que parecía seria;
Heidegger era una persona seria que parecía seria; y Gombrowicz era una persona se-
ria que parecía poco seria.

Heidegger fue el filósofo de los malos entendidos, tanto por sus simpatías con el na-
zismo, como por su obra inconclusa, oscura y poco sistemática. Mientras a los diecisie-
te años el filósofo se preparaba para su carrera sacerdotal, a la misma edad Gombro-
wicz resistía como podía la terminación de sus estudios en el liceo. Heidegger se casó a
los veintiocho años con la hija de un oficial prusiano, Gombrowicz a los sesenta y cua-
tro con una estudiante canadiense. A los cuarenta y cuatro años, en el mismo año que
muere Jan Onufry, el padre de Gombrowicz, el filósofo se afilia al partido nacionalso-
cialista cuando los nazis llegan al poder. A la misma edad Gombrowicz empieza a tra-
bajar en el Banco Polaco. Ambos son desafectados del servicio militar por insuficien-
cias físicas, y ambos, nacidos católicos, se volvieron ateos.

Dar clases sobre Heidegger no es una tarea sencilla, pero Gombrowicz les pidió aten-
ción a la Vaca Sagrada y al Hasídico, y empezó a dictarlas en su casa de Vence. Sólo
vamos a mencionar las conclusiones más generales a las que llega este filósofo que
tanto influyó en el pensamiento del mundo contemporáneo.

El hombre es un decir inconcluso, un proyecto incompleto que debe asumir la muerte co-
mo fin radical. Estamos arrojados a un mundo que es nuestro espacio y posibilidad de reali-
zación y, por lo tanto, puede ser considerado un utensilio, un instrumento que utilizamos
para realizarnos. En la medida en que nos servimos del mundo y lo instrumentalizamos pa-
ra nuestras acciones y proyectos, creamos una relación con él que varía dependiendo no
sólo de los condicionantes históricos y temporales, sino también de cada individuo.

El hombre crea un mundo, hace un mundo según el uso que le da y de los fines que tenga.
Heidegger advierte de los peligros de la técnica cuando ésta menoscaba nuestra relación
originaria con el ser y nos hunde en la facticidad de los entes, instrumentalizándonos a no-
sotros mismos y dejándonos atrapar por los propios objetos que hemos creado. Nuestra
existencia es una preocupación surgida de la angustia de vernos proyectados en un mundo
en el que tenemos que ser a nuestro pesar. Provenimos de una nada y nos realizamos co-
mo un proyecto encaminado hacia la muerte, por eso la angustia es constitutiva del Dasein
y la condición de un ser caído y solitario que no puede contar con Dios ni con remedio algu-
no para su condición. La verdadera dimensión de la nada aparece recién con Heiddeger.

La nada no es para Heidegger la negación de un ente sino aquello que posibilita el no y


la negación. La nada es el elemento dentro del cual flota, braceando para sostenerse,
la existencia, una nada que descubre su carácter existencial en la angustia. El ser por el
cual viene la nada al mundo debe ser su propia nada, sólo la libertad radical del hom-
bre, entendida como nada, permite enunciar significativamente tales proposiciones.

El problema de la libertad condiciona la aparición del problema de la nada, por lo me-


nos en la medida en que la libertad es entendida como algo que precede a la esencia
del hombre y la hace posible.

Debemos hacernos responsables de nuestra propia vida, asumir nuestra propia muerte
sin dejarnos fagocitar en nuestra relación con los objetos y sus funciones.

La vida inauténtica nace del ocultamiento de lo terrible de nuestra condición. La autentici-


dad consiste, según Heidegger, en reconocer que somos un ser para la muerte, única vía de
acceso a la libertad. Pese al rechazo que ha supuesto su posición política frente al nazismo,
es indudable que Heidegger ha sido uno de los filósofos más importantes e influyentes en
el nuevo panorama de la filosofía contemporánea, muchas de cuyas corrientes, como por
ejemplo el existencialismo, se han configurado en un inevitable diálogo con su obra.
“Las cosas son absurdas porque están aquí sin decir nada, no tienen historia y no están
en el tiempo. Las cosas no tienen límites, no puede decirse dónde termina una mesa,
por ejemplo, y dónde empieza el suelo, los define el hombre de acuerdo a sus necesi-
dades y a sus proyectos”

Esto lo dice Gombrowicz en 1969, en el curso de filosofía que da en su casa de Vence,


después de la aparición de “Cosmos”, pero ya antes, en 1961, ocurrían algunas cosas
respecto a su última novela y a esta idea de Heidegger. Para la época de nuestro viaje a
Piriápolis Gombrowicz había empezado a escribir “Cosmos” y aunque no me participa-
ba del plan general de la obra –quizás en ese momento él tampoco lo tenía– empezó a
ejercitar conmigo las ideas sobre las cuales la ciencia y la filosofía forman la noción de
realidad.

Mientras paseábamos por los bosques de Piriápolis Gombrowicz trataba de desentrañar


cuáles eran los límites de la naturaleza, ¿por qué este árbol terminaba aquí y no allá?, ¿y
por qué luego empezaba la tierra?, ¿por qué no era todo un continuo?, ¿cómo es que se es-
tablecían los límites de la realidad?, a él le parecía que se formaban artificialmente o, mejor
dicho, por una intervención violenta de la voluntad.

Gombrowicz se detiene bruscamente delante de un arbusto, y pregunta: –¿Qué es esto? El


silencio nos empezó a incomodar: –Es el presentimiento de la forma. Gombrowicz se puso
de rodillas, juntó las manos como si fuera a rezar y empezó a adorarme como si yo fuera el
Dios mismo, según parece yo había dado en el clavo Claro, el arbusto es una planta indefi-
nida, una planta que no llega a ser un árbol, y la forma es una línea, es como el límite de la
realidad. El arbusto tenía pues, para los propósitos de Gombrowicz, una naturaleza esfu-
mada, tenía límites pero no tanto, pertenecía también a ese continuo donde las cosas están
indiferenciadas. ¿Un arbusto no venía a ser entonces algo así como un presentimiento de la
forma? Como yo conocía lo que andaba buscando Gombrowicz no me fue tan difícil hacerlo
arrodillar.

“El existencialismo por su naturaleza nos es próximo a los polacos, y debería encontrar
entre nosotros a seguidores entusiastas. Yo personalmente no soy partidario del exis-
tencialismo en un cien por cien, al contrario, soy muy crítico en relación con sus logros;
esta filosofía me parece plagada de lagunas evidentes que no achaco a la incapacidad
de sus creadores, sino a la dificultad inusitada, imposible de salvar, de esos problemas.

Pero, al igual que todas las corrientes espirituales surgidas de una necesidad esencial
del hombre, el existencialismo no se plantea dificultades, se afirma con tenacidad a
pesar de todas sus contradicciones, a veces suicidas, y no hay nada que pueda dete-
nerlo. Probablemente sufrirá todavía unos enormes cambios y perfeccionamientos, en
este momento apenas está en su fase inicial.

Sin embargo, una cosa es la filosofía estricta contenida en obras como “El ser y el
tiempo” de Heidegger o “El ser y la nada” de Sartre, y otra muy distinta la postura exis-
tencialista que posiblemente se manifiesta mejor en el arte contemporáneo que en la
filosofía”

LA VIRGINIDAD

Las descripciones que hacen los jóvenes de algunas partes del cuerpo
son artificiosas: la boca es una cereza, los senos son botones de rosa.
Alicia era hija de un mayor retirado y estaba educada por una madre
que la adoraba. Como las demás jóvenes de su edad de vez en cuando
se acariciaba el codo y enterraba los pies en la arena. La vida de una muchacha en flor
es distinta a la de un abogado o una madre. Debe ser difícil proteger a una joven cuya
única razón de existir es seducir a los demás.

Pero Alicia estaba protegida por el canario Fifí, por el perrito Bibí y por la madre. Una
tarde paseaba por los senderos del jardín y un vagabundo, acostado sobre el muro que
lo rodeaba, le arrojó un ladrillo que le dio en la espalda, la muchacha trastabilló y estu-
vo a punto de caer, sin embargo, sonrió con unos labios que le temblaban de dolor.

Mientras el vagabundo bajaba del muro y desaparecía Alicia se repetía a sí misma que
había sonreído. Cuando llegó a la casa entró en un estado de ensoñación y medio dis-
traída le preguntó a la madre mientras tomaban el té por qué los hombres usaban
pantalones, tenían cabello corto y se afeitaban.

La joven escondió en la manga la cucharita de plata con la que había tomado el té, sa-
lió al jardín, se dijo a sí misma que había robado la cucharita y la enterró al pie de un
árbol. Volviendo a casa pensaba que si el vagabundo no le hubiera arrojado el ladrillo
ella no hubiera robado la cucharita. En medio de esta turbación escuchó al padre, le
estaba diciendo que el día siguiente su prometido regresaba de China, el compromiso
había tenido lugar cuatro años atrás cuando Alicia cumplió los diecisiete años.

El día en que el novio le pidió la mano a Alicia ella le respondió que sí, que deseaba ser
su prometida a pesar de que no le gustaba desprenderse de un miembro de su cuerpo.
Pablo era un muchacho encantador que estaba enamoradísimo de su inocencia. La
mayor virtud, según pensaba él, residía en la virginidad, este valor condicionaba su
espíritu y en torno a él se situaban sus sentimientos superiores.

“Vemos, pues, que la virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega
al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el
infinito. Dios mismo es un gran solitario en el universo, es la eterna juventud virgen del
Cosmos”

De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo
y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad.

Pablo amaba a Alicia por su virginidad inocente y estaba convencido de que quien des-
ee adorar dignamente a una virgen él mismo debía ser virgen e ignorante, de otra ma-
nera el idilio sería una mentira.

Han transcurrido cuatro años y nuevamente pasea con su prometida por los senderos
del jardín. Pablo la recrimina porque ha cambiado mucho desde el compromiso pero
ella, distraídamente, le dice que lo ama como siempre. El joven insiste, protesta otra
vez porque en otra época no hubiera usado la frase impúdica de que lo amaba, que
ahora la veía inquieta y excitada. Alicia, con toda la calma, le pide que le explique lo
que era el amor y lo que era ella, pero con seriedad y si reírse.
Pablo le cuenta cómo los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del
árbol del conocimiento tentados por Satanás.

Le suplicaron al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y la inocencia


perdidos, entonces Dios creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a
vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez.. Cuando
Alicia le pregunta por las casadas le responde que son pura patraña, una botella abier-
ta y evaporada.

Alicia no entiende por qué, siendo ella virgen, el vagabundo le había arrojado un ladri-
llo, y por qué, luego, ella había sonreído a pesar de que le había dolido mucho. De re-
greso a casa Pablo pensaba que la virginidad y el misterio son la misma cosa y que hab-
ía que cuidarse de no desgarrar el sagrado velo. Al día siguiente la joven le dice que se
extasiaba contemplando su codo, que tenía unos deseos realmente locos de acariciár-
selo, y entonces Pablo le responde que adora su candor irracional.

Alicia le pregunta a Pablo si había robado alguna vez, Pablo le contesta que no, que ella
no podría amar a un hombre sin dignidad.

La joven está confundida y le sigue preguntando si engañó, mordió o golpeó a alguien


alguna vez, si caminó desnudo o comió inmundicias. Pablo le pregunta si se había vuel-
to loca y le ruega que reflexione. Para entonces la joven había empezado a temer que
las vírgenes eran educadas en la inocencia para que después todo les resultara más
perturbador.

Regresaron a casa y ya en la cocina Alicia le señala a Pablo un hueso que, seguramente,


había abandonado Bibí.

En el momento que Pablo le dice que hay muchos olores de cocina y que es mejor irse
de allí, ella le observa que Bibí no ha terminado de roerlo, ambos pronuncian unas pa-
labras cariñosas, y entonces la joven le manifiesta que le gustaría mucho que royesen
el hueso juntos, al mismo tiempo que lo abraza y le pide que no la mire de ese modo.

Le implora que lo haga, quiere roer el hueso junto con él, de lo contrario presiente
que morirá joven.

Pablo se había inmovilizado por el terror, qué importancia podía tener un hueso para
ella, si por lo menos fuera un hueso limpio, un hueso de caldo, pero Alicia gritó con
impaciencia que quería roerlo a escondidas de la cocinera. Entonces se produce un al-
tercado, él le reprocha que le está pidiendo inmundicias y ella le replica que las in-
mundicias le producen apetito, e insiste en que lo roan y lo coman juntos sin que nadie
los vea.

Pablo le pregunta si era posible que el ladrillazo que le pegó el vagabundo le hubiera
despertado el deseo malsano de roer un hueso, que ése no puede ser el instinto de
una virgen, que lo que le estaba pidiendo no eran más que patrañas insensatas. Alicia
le dice que todos lo hacen salvo ellos, que eso es el amor. Pablo, abrumado por tanta
locura, empieza a pelearse por el hueso. En ese momento se oyen detrás del muro un
golpe y un lamento. Se asoman encima de los rosales y ven a una joven descalza la-
miéndose una rodilla. Cuando se estaban preguntando qué cosa habría ocurrido, una
piedra silba en el aire y golpea la espalda de la muchacha, a lo lejos alguien vocifera
que es una ladrona.

“¿Lo has visto?; –¿Qué sucedió?; –Apedrean a la muchachas, las apedrean para diver-
tirse, sólo por placer; –¡No, no,… no es posible!; –Tú mismo lo has visto::: Ven, que el
hueso nos espera, volvamos a nuestro hueso, lo roeremos juntos… ¡Quieres?... ¡Jun-
tos! ¡Yo contigo, tú conmigo! Mira, lo tengo ya en la boca. ¡Ahora te toca a ti! ¡Tóma-
lo!”

ALBERT EINSTEIN Y WITOLD GOMBROWICZ

Al conocimiento se le levantan unas barreras infranqueables que le


impiden desarrollar la actividad principal de conocer. Son unos velos
pesados que caen delante del entendimiento que nos impiden el
acceso al ser y a las cosas. El que desarrolló en forma magistral la
dificultad que nos impide acceder al ser de la cosas con la razón fue Kant al que le si-
guieron en fila todos los filósofos que vinieron después.

Privados de este plato tan sabroso y nutritivo, el conocimiento, el entendimiento y la


razón se dirigieron a las cosas, a ver si ahí les daban algo de comer, pero resultó ser
que tampoco podían acceder a las leyes de la naturaleza, sólo podían acceder a su apa-
riencia. Cuando Einstein declaró que el cosmos es como un reloj del que sólo conoce-
mos el movimiento de las agujas pero no su mecanismo, le cerró el camino otra vez a
la razón, tampoco por este camino se podía conocer nada que fuera absoluto.
Según sean las inclinaciones que tenga nuestro pensamiento puede ser más interesan-
te conocer lo que ya pasó o lo que va a pasar. Cuando leí en los diarios de Gombrowicz
una frase curiosa que me llamó la atención enseguida se me hizo más interesante el
pasado que el futuro.

“Cuando a mi mesa, en un café, se sienta un estudiante de ciencias exactas para ob-


servarme con lástima (porque hablo sin decir nada), para despreciarme (porque es una
tomadura de pelo), para bostezar (porque eso no se puede comprobar experimental-
mente), no trato en absoluto de convencerle. Espero que lo invada una ola de lasitud y
saturación”

Cuando conocí a Gombrowicz iba en camino de convertirme en un físicomatemático,


pero no me convertí.

Yo había adquirido un cierto prestigio en la barra del Rex: le explicaba a Gombrowicz lo


que era un logaritmo, a Acevedo le calculaba la velocidad que debía tener una pelota
para que girara alrededor de la tierra a un metro de altura sin caerse, al Alemán le de-
mostraba por qué la raíz de dos no es un número racional; todo esto lo hacía por pedi-
do expreso de los contertulios. Estas cuestiones tan elementales entre los alumnos de
mi facultad, me ayudaron sin embargo a mantenerme en pie en los primeros tiempos
de mis aventuras gombrowiczidas.

¿Ese estudiante de ciencias exactas sería yo? ¿Me estaría clavando una puñalada por la
espalda? En un primer momento pensé que no, que no podía ser, las discusiones que
manteníamos sobre la ciencia eran acaloradas pero también muy divertidas.

En casi todos los gremios de la actividad literaria se piensa que el autor es su obra. Esta
explicación pareciera, sin embargo, más apropiada para los productos del arte que pa-
ra los productos de la ciencia, a nadie se le ocurriría decir, pongamos por caso, que
Einstein es la Teoría de la Relatividad, pero pega muy bien decir que Gombrowicz es
“Ferdydurke”.

Las diferencias fundamentales entre la ciencia y el arte no son muy evidentes que di-
gamos, pero se podría decir que mientras la ciencia intenta resolver los misterios del
mundo, el arte, en gran medida, vive de ellos.

Al regreso de las vacaciones que pasé en Piriápolis con Gombrowicz se armaban ver-
daderas batallas campales donde volaban por el aire los nombres de todo el pensa-
miento moderno.
A Gombrowicz no le iba nada mal en estas polémicas apasionadas y cuando la discu-
sión se ponía un poco escabrosa nos escapábamos con una broma. Una noche, discut-
íamos sobre si relatividad era una palabra adecuada para designar a esa teoría de la
física; –Vea, Gombrowicz, como usted sabe Einstein era judío, pues bien, concentró
todo el poder de su inteligencia en el desarrollo de una teoría de las medidas (la relati-
vidad es, en efecto, una teoría sobre las medidas), con el propósito de agrandarlas
cuando se achicaban y de achicarlas cuando se agrandaban, y corregir así lo que podr-
íamos llamar el efecto semita.

Los tenderos judíos tienen la costumbre de achicar el metro para medir las telas cuan-
do las venden, y de agrandarlo para medirlas cuando las compran, y a esta costumbre
se me dio por llamarle el efecto semita.

Einstein era un hombre culto además de un genio, así que no sólo había leído a New-
ton sino que también había leído a Kant.

Kant se encuentra en el cruce de la tres corrientes ideológicas más importantes del si-
glo XVIII. El racionalismo de Leibniz que distingue entre verdades de razón y verdades
de hecho y cuyo ideal es estructurar el conocimiento científico como una malla de ver-
dades de razón. El empirismo de Hume con sus reflexiones sobre las percepciones y
sobre las conexiones no causales de los hechos. Y la ciencia positiva físico matemática
de Newton. El pensamiento de Kant huele mucho más a Newton que a otra cosa, es
por eso que su sistema filosófico es imponente pero no exagerado. Newton había
puesto en caja a todos los fenómenos de la naturaleza con su desarrollo de la mecáni-
ca racional, un sistema grandioso y seguro, alejado de las quimeras. Kant tiene en la
mano pues todas las cartas de la ideología de su tiempo.

La mecánica racional de Newton a la que Einstein empieza cascotear aplicándole el


efecto semita del metro de los tenderos judíos, se basa en cuatro principios fundamen-
tales.

El principio del movimiento rectilíneo uniforme, el principio de acción y reacción, el


principio inercial que vincula a la fuerza con la masa y la aceleración, y el principio de la
atracción de las masas.

El conflicto entre los corpúsculos y las ondas es el que a la larga se convierte en el talón
de Aquiles de la mecánica racional de Newton, en forma extraña la luz es el fenómeno
más oscuro de la naturaleza pues presenta aspectos corpusculares y ondulatorios a la
vez. Newton se queda con los corpúsculos aduciendo que como el espacio es vacío no
puede ondular.
A medida que los instrumentos de medición se fueron perfeccionando cada vez con
más frecuencia la luz mostraba sólo sus trajes ondulatorios, y como el vacío no podía
ondular según lo había declarado Newton, los físicos inventaron el éter, un engendro
de los mil demonios, un medio inmóvil a través del cual se desplazaban todos los obje-
tos y también la luz.

La velocidad de la luz era una vieja conocida de los científicos con sus trescientos mil
kilómetros por segundo a cuestas, de modo que si existía un éter inmóvil debía ser po-
sible calcular la velocidad que tenía la tierra respecto a él utilizando los rayos lumino-
sos. Los físicos construyeron un aparato ingenioso para medir la velocidad de la tierra
respecto al éter al que llamaron interferómetro.

Sorpresivamente descubrieron que la luz tenía una velocidad constante en cualquier


dirección en que dispararan los rayos lo que quería decir que la tierra no se movía res-
pecto al éter, pero todos sabemos que la tierra se mueve después de la demostración
de sacrílega de Galileo. Este resultado paradójico entraba en contradicción con el insu-
perable modelo de Galileo en el hay que sumar o restar las velocidades cuando existe
más de un sistema de referencia.

Para calcular la velocidad que tiene una persona que camina sobre un tren respecto a
la tierra, hay que sumar la velocidad que tiene la persona respecto al tren a la veloci-
dad que tiene el tren respecto a la tierra.

El hecho sorprendente es que si la persona que camina sobre el tren fuera la luz, el
modelo de Galileo quedaría en entredicho pues cualquiera fuera la velocidad del tren
la luz mantendría una velocidad constante respecto al éter.

La teoría de la relatividad toma el hecho de la invariabilidad de la velocidad de la luz


como condición básica para la construcción de la teoría.

Como la velocidad de la luz se ha convertido por consiguiente en una invariante uni-


versal de la naturaleza entonces un intervalo de tiempo o de espacio de cualquier
fenómeno que se mida desde la tierra ya no es igual al intervalo de tiempo o de espa-
cio del mismo fenómeno que se mida desde un cuerpo que se mueve respecto a ella.
La mecánica racional de Newton suponía que la velocidad de traslación de la fuerza de
gravedad en el espacio era infinita, pero si la máxima velocidad que alcanza la natura-
leza según la teoría de la relatividad es la de la luz, entonces la concepción de Newton
debía ser revisada.
Einstein resuelve este problema demostrando la equivalencia entre la masa gravitacio-
nal –que se manifiesta como fuerza de atracción entre los cuerpos–, y la masa inercial
–que se manifiesta como la resistencia que ofrecen los cuerpos a cambiar su estado de
movimiento. De esta equivalencia concluye que la gravedad es una fuerza que debe
manifestarse como una curvatura del espacio, y para demostrar esto no necesita de
velocidades superiores a la de luz.

En ausencia de gravedad el espacio sigue siendo el de Euclides, es decir, recto, pero en


presencia de materia gravitatoria el espacio se curva, y se curva tanto más cuanto ma-
yor sea el tamaño de la masa de esa materia gravitatoria.

La fuerza que atrae a un planeta hacia el Sol, es en realidad el efecto producido por su
movimiento en un espacio que ha sido deformado por la masa del Sol.

La consecuencia paradójica de esta manera de ver las cosas es que el espacio y el


tiempo se contraen en los cuerpos cuando aumentan su velocidad respecto a un sis-
tema de referencia, o cuando están cerca de otras masas gravitatorias.

La fórmula más conocida de la teoría de la relatividad es la de la equivalencia entre la


materia y la energía, posiblemente la más famosa de la física moderna, por la que
hemos llegado a saber que la cantidad de energía es igual al producto de la cantidad de
masa por el cuadrado de la velocidad de la luz.

Estas concepciones de la física y del mundo pareciera que no tienen ningún punto de
contacto con la creación artística pero el mundo indeterminado de Heisenberg y el
universo causal de Einstein jugaron una partida memorable en la obra de Gombrowicz.
Por otra parte hay que agregar que la visión del mundo físico de Heisenberg y de Eins-
tein parecen panes recién sacados del horno de Kant, especialmente en lo que con-
cierne al espacio y al tiempo como formas de la sensibilidad, y ya hemos visto la fasci-
nación que ejercían sobre Gombrowicz los juicios sintéticos a priori al punto de haber-
los metido de rondón el Filifor, su cuento más famoso.
En el encuentro de una persona con otra hay una zona determinada de la conducta, de
la que se ocupan la psicología y la antropología, y una esfera en la que el comporta-
miento no está determinado de antemano, se va ajustando poco a poco y pasa de un
cierto caos a una estructura probabilística en la sobresale el azar sobre el determinis-
mo, y en la que cada participante del encuentro define en el otro una función.

Este bamboleo existencial le presenta a Gombrowicz un problema parecido al que hab-


ía resuelto Bohr con su noción de complementariedad para el caso de los protones y
de los electrones. Las partículas atómicas hay que describirlas, ora con la imagen cor-
puscular, ora con la imagen ondulatoria, y esto debe hacerse así porque estas dos imá-
genes contradictorias son concurrentes.
Las relaciones de indeterminación, que son una consecuencia del cuanto de acción, no
le permiten a las imágenes entrar en un conflicto directo. Cuanto más se quiere preci-
sar una imagen por medio de observaciones, más la otra se hace necesariamente vaga.
Las propiedades corpusculares y ondulatorias no entran jamás en conflicto porque no
existen al mismo tiempo, son aspectos que se contradicen y se completan de manera
complementaria.

Esta concepción contradictoria y complementaria de los fenómenos físicos está pre-


sente en el espíritu de la época, la época de la juventud de Gombrowicz, un espíritu
que Gombrowicz expresa a su modo cuando se extraña de estar tan definido y tan in-
definido al mismo tiempo.
Así como Einstein no pudo unificar el campo de las partículas pequeñas y de las partí-
culas grandes Gombrowicz no pudo elaborar un pensamiento compatible para que las
alimañas de la forma y de la inmadurez pudieran convivir juntas en una teoría que no
se devore a sí misma. Una teoría puede comprender elementos contradictorios, como
la teoría corpuscular ondulatoria de la luz, por ejemplo, pero ella misma no puede ser
contradictoria.

La vida es contradictoria, es un hueso muy duro de roer para los sistemas abstractos
justamente porque la abstracción se vuelve contradictoria cuando se aproxima a la vi-
da y la quiere devorar, y la abstracción no puede ser contradictoria. ¿Y qué hizo Gom-
browicz entonces? Hizo una cosa que no debía hacer, siguió intentando dar explicacio-
nes analíticas y simples en el diario y en los prólogos de sus obras para divulgar un
pensamiento del que sacaba conejos de la galera como si fuera un mago. Gombrowicz
sabía muy bien que las teorías podían dar cuenta de elementos contradictorios pero
no de mundos contradictorios, so pena de volverse contradictorias ellas mismas, pero
él pensaba que su teoría sí podía y, como en el caso de la homosexualidad a la que de-
dicó muchas páginas del diario para convalidarla, perdió el tiempo tratando de juntar-
les las cabezas y las colas a las alimañas de la inmadurez y de la forma, y esto no lo pu-
do hacer por la vía del pensamiento.

Pero Gombrowicz siempre caminaba por dos veredas, por la suya y por la de enfrente,
la suya era la de la conciencia y la de enfrente la del pensamiento. Y por la suya hizo lo
que tenía que hacer y lo que sabía hacer: escribió cuatro novelas, tres piezas de teatro
y un diario que no es un diario sino un género en el que Gombrowicz se crea a sí mis-
mo.

Y el arte sí que puede aproximarse a la vida sin perder nada de su fuerza como le ocu-
rre a la abstracción que pierde el equilibrio al ponerse en contacto con ella, al contra-
rio, cuanto más se aproxima a la vida más fuerza tiene porque el arte, igual que la vida,
es contradictorio.

Gombrowicz nos dio una clase magistral fuera de la cátedra, porque la cátedra está
mejor preparada para recibir a los sistemas abstractos que para recibir a la vida. La
dictó en las charlas de los cafés y en las tres mil páginas que escribió imaginando un
mundo gombrowiczida desde la Argentina, un lugar de la tierra al que empezó a llamar
patria en las cartas que nos escribía desde Europa.

EN LA ESCALERA DE SERVICIO

A diferencia de otros funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores y


de los secretarios de embajadas extranjeras que salían a las calles a hacer
conquistas aquí y allá, según su gusto, fantasía y temperamento, Filip sólo
salía a conquistar a las criadas gordas, comunes y corrientes que llevaban
un pañuelo en la cabeza. Al poco tiempo de su nombramiento como segundo secretario de
la embajada en París tuvo que renunciar al cargo debido a la nostalgia que sentía por las
criadas polacas.
Abordaba a las criadas en la escalera de servicio y les preguntaba si conocían a la seño-
ra Kowalska como una manera de presentarse. No se puede decir que fuera una con-
quista concreta, en los últimos años había abordado más de mil quinientas criadas y
jamás había recibido ni siquiera un beso.

Las criadas, con la cesta en la mano, no tenían el sabor de las legumbres frescas sino
más bien el de la grasa de cerdo, no se las podía comparar con los complicados bocadi-
llos que ofrecía la ciudad.

Filip se preguntaba cómo era posible que en cada uno de los estratos sociales se pod-
ían encontrar señoritas llenas de poesía, mientras las criadas eran las únicas que carec-
ían de belleza y atractivo. Con el tiempo descubrió que eran las amas de casa las que
elegían a esos monstruos deformes seguramente para evitar que algún miembro de la
familia fuera tentado por deseos poco honestos. Pero la timidez que guardaba desde la
niñez, ocultada por el lujo y los éxitos, seguía prefiriendo a esos monstruos de la esca-
lera de servicio que pululaban alrededor de los mercados.

Sus colegas del Ministerio se burlaban tanto de él que por miedo al ridículo se casó con
una joven que era algo así como el antídoto de la criada.

La mujer que eligió tenía una silueta delgada y elegante, era el testimonio de su buen
gusto para elegir, lo que hizo que el matrimonio produjera por doquier una magnífica
impresión. Contrataron a una graciosa camarera completamente diferente a las cria-
das habituales, llevaba una cofia de encaje blanco y servía la mesa con mucha desen-
voltura. La personalidad de su mujer se fue imponiendo en la casa con pie firme pero
delicado, cien mil veces más distinguido que los pies hinchados, deformes y planos de
las criadas. En el fondo del alma la sospecha de que su mujer pudiera llegar a saber al-
go de lo que habían sido sus gustos lo perseguía cruelmente.

Observaba con hipócrita admiración el mundo hostil y helado de su mujer, su geografía


blanca y tersa, esos detalles que para él eran tan vacuos y desérticos como el mundo
lunar, mientras la Madre Tierra permanecía exilada quién sabe dónde. Pero poco a po-
co él también se fue volviendo europeo, lavado y reluciente, con estas convenciones
conquistó el corazón de su mujer y creció en el trabajo. Hasta la mujer mejor pertre-
chada se abría como una ostra cuando se pronunciaban las palabras precisas, las santi-
ficadas por la costumbre, y cuando se realizaban los gestos rituales.

El asunto con las criadas era más complicado, en todas partes había resistencia y sus-
ceptibilidades. Una tarde, después de perseguirla infructuosamente, y cuando final-
mente la criada terminaba su ronda de compras y entraba en el portón del edificio, Fi-
lip la alcanzó en la escalera de servicio y le preguntó si conocía a la señora Kowalska.

Cuando la criada se detuvo él le acarició la mano y le dijo que le gustaba mucho. La


criada se echó a reír y lo trató de sinvergüenza, se hizo la ofendida, y después de mani-
festarle que no le gustaba conocer a la gente en la escalera le preguntó con quién se
imaginaba que estaba hablando.

La otras criadas del edificio se asomaron a la escalera de servicio riendo y murmuran-


do, la que estaba con Filip se desternillaba de la risa y, de pronto, extendió las piernas
y empezó a gritar: –¡Ji, ji, ji, güri, güri, giu! Las que estaban colocadas en los pisos supe-
riores gritaron también: –¡Ji, ji, ji, güri, güri, giu! Filip desciende por la escalera con la
cabeza baja mientras a sus espaldas se desencadena un infierno: –¡Habrase visto se-
mejante cerdo! ¡Dale María, tíralo por la escalera! ¡Rómpele la cresta! ¡Sinvergüenza!
¡Atacar de esa manera a una señorita! Debía ser el miedo que tenían de encontrase
con sus amas el que las ponía en ese estado.

Aquello no era como con las manicuras y las coristas, tales eran sus recuerdos prohibi-
dos, los recuerdos del pasado. Hoy en día sabía, como también lo sabía entonces, que
nada hubiera podido ocurrir entre las criadas y él porque los separaba un abismo natu-
ralmente infranqueable. Pero hoy, igual que ayer, se negaba a reconocer la existencia
de ese abismo y su ira se dirigía contra las amas de casa. Tal vez si no fuera por culpa
de ellas que las paralizaban con el miedo y con la vergüenza de descubrirlas en la esca-
lera de servicio, las criadas se hubieran comportado mejor con Filip.

Pasaron los años, el protagonista empezó a envejecer, en sus sienes aparecieron algu-
nas canas, en el Ministerio ocupaba el alto cargo de viceministro de Asuntos Exteriores
y en pulcritud y aseo había llegado a superar a su propia mujer. Para Filip la pulcritud
se había convertido en audacia, en esplendor y en un modelo de vida.

La mujer se asombraba de que se tomara tan a pecho esas cosas, y en cuanto a la su-
ciedad del mundo le decía que no la aborrecía, que simplemente la ignoraba. Pero esa
ignorancia no llegó muy lejos. Una noche el marido presa de una pesadilla se puso a
gritar: –¿Vive aquí la señora Kowalska?, y un poco después, ¡Ji, ji, güiri, güiri, güi!, y que
quería estrangular a ciertas lunas pálidas (las amas de casa) vacías y sofocantes.

La mujer empezó a tener tanto miedo como un ratón puede tenerlo de un gato. Se le
dio por quejarse de que jamás había tenido una noche de tranquilidad por culpa de los
ronquidos de su marido y de que tenía miedo que fuera a suceder una desgracia. Esta-
ba arrepentida de haberse casado con Filip, le recriminaba que desde que había empe-
zado a envejecer estaba cada vez peor, que quería que le explicara lo de las lunas páli-
das, y que si llegaba a ocurrir algo se acordara de que había sido una buena esposa y
que siempre le había demostrado afecto.

Filip no comprendía, era un hombre que envejecía, sin pasiones, inofensivo, desgasta-
do por la vida familiar y la oficina. Pero del episodio de las lunas pálidas nacieron unos
cuantos lances que se tiró con la camarera, la mujer lo advirtió y la despidió inmedia-
tamente. La camarera que la reemplazó también tuvo que ser despedida porque a Filip
se le había despertado el apetito. Terminó por decirle a su mujer que era más fuerte
que él, que estaba envejeciendo y que antes de retirarse quería darse un gusto, que las
graciosas camareras eran el bocado preferido de los embajadores, que se las consumía
en las mejores mesas.

Finalmente la mujer contrató a uno de esos monstruos de chal en la cabeza que, según
le parecía a ella, no podía atraer la atención de nadie con sus dedos gordos repugnan-
tes, la piel arrugada y ennegrecida del antebrazo y su tufo de grasa y cebolla.

El corazón de Filip palpitaba emocionado, volvía a ser tímido otra vez, amedrentado,
como lo había sido en otra época en las escaleras de servicio. Pensaba que los temores
de su mujer eran absurdos, que él era un hombre que se estaba apagando y que sólo
quería, antes de extinguirse, saborear un poco el aire del pasado...
En la mujer crecía el deseo de estrangular a esa fuerza erguida ante ella que anunciaba
el desencadenamiento de una lucha cruel que se remontaba a la prehistoria. Empezó a
amenazar a la criada con que si no controlaba sus ruidos intestinales, con que si no se
bañaba por lo menos una vez por semana con estropajo y jabón, la iba a despedir. La
criada la engañaba y no le hacía caso, y esa desobediencia iba transformando a la es-
posa de Filip en una de esas amas de casa agrias y despiadadas.

Filip había caído en una especie de estado cataléptico; una mañana escribió con un
dedo en un cristal, sin pensar en lo que hacía: “¡Vergüenza a quien abandona su propia
suciedad por la pulcritud de los demás! ¡La suciedad siempre es nuestra; la pulcritud es
de los demás! Una tarde Filip se dirige a la criada para decirle que la señora estaba en
contra de las criadas, de ella y de todas las del edificio, porque son vulgares y escanda-
losas, porque transmiten enfermedades y porque roban con la complicidad de sus no-
vios.

Ese mismo día la mujer le pidió que despidiera a la criada, que se había vuelto arrogan-
te, que se pasaba el día entero en la escalera de servicio con las otras criadas, y que en
el patio murmuraba con los porteros. La señora se ponía cada día más nerviosa y le ro-
gaba a Filip que la despidiera a fin de mes, estaba tan alterada que le propuso a Filip
retomar a la primera camarera.

Que no la aguantaba más, que se burlaba de ella, que a sus espaldas le hacía muecas,
le sacaba la lengua y gesticulaba en forma soez. También se burlaban las otras criadas
del edificio, estaba segura de que se iba a enfermar.

Filip se le quejó a la criada y al propietario del edificio, pero al día siguiente alguien le
arrojó una cebolla marchita por una ventana. Una de las criadas de la escalera de ser-
vicio se atrevió a reírse abiertamente de la señora, en la puerta aparecieron dibujos
repugnantes en los que Filip y su mujer aparecían en posiciones obscenas. Comenza-
ron a ser víctimas de todo tipo de bromas pero no podían pescar a nadie con las manos
en la masa. La mujer empezó a gritar que había que llamar a la policía, que había que
despedir a las criadas, a la portera y a sus hijos, pero esos gritos no hacían otra cosa
que aumentar la arrogancia de las criadas y despertar un odio tremendo.

La señora estaba perdiendo la razón, se le fue el color, se volvió gris y apagada y se


acurrucó silenciosamente a un rincón. Filip permanecía en su sillón y pensaba que si su
mujer odiaba a la criada, era normal que la criada la odiara también a ella. A veces es-
cuchaba a la criada diciéndole a su mujer que si ella le contara todas las rarezas que
había visto en esa casa se le helaría la sangre en las venas. Un día la señora se quitó un
anillo y lo puso en la mesa del comedor. Filip lo tomó en forma distraída y, maquinal-
mente, se lo guardó en el bolsillo. Poco tiempo después sin recordar lo que había
hecho le preguntó a su mujer dónde tenía el anillo, y la mujer pensó que se lo había
robado la criada.

“¡Ladrona! La criada le respondió con los brazos en jarras; ¡Ladrona serás tú!; –¡Cierra
el pico!; –¡El pico lo cerrarás tú!; –¡Fuera, fuera de aquí, inmediatamente!; –¡Fuera de
aquí! ¡Vaya escena! En todas las ventanas aparecieron caras de criadas, de todas par-
tes llegaban gritos, insultos e improperios, una terrible carcajada resonó fuertemente,
y he aquí lo que vi: la criada asió a mi mujer por los cabellos y comenzó a tirar y a tirar,
y a través de una especie de niebla me llegó la voz implorante de mi mujer: –¡Filip!”

CENIZAS Y DIAMANTES

Una de las pasiones predominantes de Gombrowicz en los cafés de


Varsovia y de Buenos Aires era la de armar camorras.

“Bien, Stefan, díganos qué impresión le causa el señor Jerzy Andrze-


jewski; –Jerzy es muy inteligente, tiene un gran simpatía y es sincero; –No, por favor,
ahórrenos las virtudes y concéntrese en los defectos, suelen ser mucho más interesan-
tes.

Jerzy, en lugar de contestar con una broma, se ensombreció, se puso rígido y sentí que
se creaba entre nosotros una distancia glacial. El sentido del humor no era desde luego
su fuerte”

Pero fue justamente gracias a Jerzy Andrzejewski que el Niño Ruso se convirtió treinta
años después en el traductor de buena parte de la obra de Gombrowicz .

“Un día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población del sur
de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso de una broma? Me re-
sultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se que-
daron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano resi-
dente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. ‘Como to-
do en la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta me explicaba que alguien había
puesto en sus manos mi traducción al español de “Las puertas del paraíso”, de Jerzy
Andrzejewski, y que le había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar
con él en la traducción de su Diario argentino...”

Andrzejewski había sido anatematizado antes de la guerra como un escritor que nunca
lograría ser dramático porque nunca dejaba de ser dramático.

El verdadero horror de la vida se revela no a quien lo busca sino más bien a quien se
defiende de él y lo experimenta contra su voluntad.

A juicio de Gombrowicz Andrzejewski necesitaba de una ideología para escribir, era un


moralista de principios.

“Ese hombre tenía realmente necesidad de Dios, ya que no estaba hecho para vivir en
un mundo desordenado. Pero la falta de espontaneidad tomó venganza en él, hacien-
do que su arte fuera demasiado rígido, algo artificial, restándole originalidad”

El problema de la falta de espontaneidad del lenguaje se me puso de manifiesto con


Gombrowicz en una de las tardes del café Rex.

Al poco tiempo de haberlo conocido me armó una camorra parecida a la que había te-
nido con Andrzejewski, pero en el café Rex y con Humberto Rodríguez Tomeu, el otro
cubano que junto con Piñera dirigió la traducción de “Ferdydurke”.

Había, sin embargo, una diferencia importante, Humberto tenía más mundo que Ste-
fan, y yo más sentido del humor que Jerzy.

–Humberto, díganos qué impresión le causa Gómez; –Es un joven muy conversador; –
No, Humberto, háblenos de los defectos; –No sé qué defectos tiene, no lo conozco; –
¿No le parece que a veces le falla el lenguaje?; –Sí, lo he notado; –Le falla porque es
joven, naturalmente; –Sí, es muy joven.

Fue la primera estocada que recibí de Gombrowicz, y no entendía bien por qué, a qué
lenguaje se refería, porque yo tenía una charla bastante consistente, no así las ideas.

Vamos a darle unas vueltas, entonces, a la cuestión del lenguaje. Gombrowicz estaba
rompiéndose la cabeza con una novela que primero llamó Acteón y después “Porno-
grafía”, nos decía que a veces le gustaría mandarlo todo al diablo, que para escribir
había que tener una paciencia de santo y él no la tenía, que no estaba hecho para es-
cribir. Cuando ya lleva a cuestas buena parte del libro hace unas reflexiones amargas
en los diarios.
“Esta novela (es difícil llamar a mis obras novelas) se me da mal. Su lenguaje, demasia-
do rígido, me paraliza. Me temo que todo lo que llevo escrito hasta ahora –ya va por
las cien páginas– sea una terrible porquería. No soy capaz de apreciarlo, porque cuan-
do se trabaja duramente largo tiempo en un texto se pierde el sentido crítico, pero
tengo miedo..., algo me pone sobre aviso... ¿Tendré que tirarlo todo a la papelera, to-
do el trabajo de meses, y empezar de nuevo? ¡Dios mío! ¿Y si he perdido el talento y ya
nunca más nada..., al menos nada a la altura de mis obras anteriores?

France: el talento no es más que una gran paciencia. Gide: el talento es el miedo a la
derrota. Si el talento es paciencia y miedo, entonces no me falta talento.

Me he inventado un tema fascinante, excitante, una realidad cargada de terribles reve-


laciones, y la obra está ya en estado de ebullición, estimulada por numerosas ideas, vi-
siones e intuiciones. Pero hay que escribirlo. Me falla el lenguaje. Me he metido en un
lenguaje de un género demasiado tranquilo, demasiado poco enloquecido”

Antes de seguir adelante con el lenguaje tenemos que contabilizar dos dificultades adi-
cionales que tenía Gombrowicz con esta obra: la guerra y la música.

El Príncipe Bastardo le había sugerido a Gombrowicz que cubriera con el lenguaje, por
lo menos un poco más, la legibilidad de “Pornografía”, y le indica que podía recurrir
para conseguirlo a dos sistemas: el sistema de la grilla que se aplica sobre un texto le-
gible para hacer surgir un código, o el sistema del pintor que primero hace un cuadro
realista y después cubre su legibilidad. Sobre la verosimilitud de la descripción de la
ocupación alemana que Gombrowicz hace en “Pornografía” le confirma que sí, que así
era Polonia en aquella época, como él la imaginaba, pero que esa realidad no tenía im-
portancia, lo que sí tenía importancia era la forma en que él la veía.

“Tú das prueba de una inmensa intuición (no se hasta que punto consciente) estable-
ciendo una ecuación magistral entre el erotismo y la guerra”

Gombrowicz se embarca en el General Artigas y se va con el Asno a Montevideo. En el


barco hace reflexiones sobre la línea beethoveniana y manifiesta que en “Pornografía”
había intentado volver a este tipo de melodía.

“¡Qué descaro de mi parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos! Sobre
todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando el compositor, an-
tes de utilizarla, tiene que despojarla de toda su atracción, volverla árida. Lo mismo
ocurre con la literatura: un escritor moderno que se respete evita toda suerte de se-
ñuelos, le gusta manifestarse como difícil y prefiere repeler antes que tentar. ¿Y yo? Yo
hago justamente lo contrario, meto en la obra todos los sabores más sabrosos, los en-
cantos más encantadores, la relleno de bellezas y excitaciones, no quiero una escritura
árida, sin hechizo... Busco las melodías más cautivadoras... para llegar, si lo consigo, a
algo todavía más seductor”

Pero la materia prima del lenguaje es la palabra, las palabras tienen una importancia
fundamental para Gombrowicz, tanto en el arte como en la vida.

“Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros


quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicio-
nan nuestro pensamiento que a su vez nos traiciona (...) Las palabras liberan en noso-
tros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros”

Gombrowicz ya está en condiciones de llevarnos de paseo por el lenguaje y por la pa-


labra.

“De modo que el escritor debe cuidar no solamente el lenguaje, sino encontrar en pri-
mer lugar una actitud apropiada ante el leguaje. Una actitud apropiada quiere decir
que, si es posible, no sea vinculante (…)”

“Quien deja que le echen en cara sus propias palabras es un estilista de poca monta,
como lo es quien, al igual que algunas mujeres, se fabrica la fama de no pecador pues-
to que entonces el mínimo pecadillo se convierte en un escándalo (...)”
El estilista contemporáneo debe tener un concepto del lenguaje como algo infinito y
en continuo movimiento, algo que no se deja dominar.

Tratará a la palabra con desconfianza, como algo que se le escapa. Esta relajación de la
unión del escritor con la palabra supone una mayor desenvoltura en el uso de las pala-
bras (...) Con las palabras hay que intentar alcanzar a la gente y no a las teorías, a la
gente y no al arte. Mi lenguaje en este diario es demasiado correcto”

En fin, son problemas complicados, pero fundamentales. Al Viejo Vate también le pi-
caban estas cuestiones de Gombrowicz.

“Me refiero a la frontera del lenguaje. Como es sabido, esta limitación es un mal gene-
ralizado, pero la tengo en cuenta sobre todo para resaltar la particular filosofía y el
sentido de la libertad de Gombrowicz que no reconocen otro límite que no sea el del
lenguaje (...)”

“Los entendidos, si es que los hay, podrán demostrarlo, ya que se puede olfatear el
modo en que Gombrowicz rebota contra las paredes del lenguaje como una pelota
contra una pared (...) De las limitaciones del lenguaje Gombrowicz debió haberse dado
cuenta, las experimentaba continuamente (…)”

A Gombrowicz le echaban en cara no haber estado presente en la transición de la Po-


lonia del capitalismo a la Polonia del comunismo, y que por tal razón apenas tenía una
débil noción de cómo se había manifestado este fenómeno histórico.

A Jerzy Andrzejewski, en cambio, se lo conoce sobre todo por “Cenizas y diamantes”,


un estremecedor fresco sobre los últimos días de la ocupación nazi en Polonia y la in-
mediata llegada del comunismo al poder.

La novela tiene lugar durante los últimos tres días antes de la capitulación alemana. La
Polonia nacionalista y la socialista pugnan por ocupar el poder del nuevo Estado. La
grandeza de “Cenizas y diamantes” reside, sobre todo, en la autenticidad histórica que
destila: la desorientación de los protagonistas, la desmoralización unida a la esperanza,
el pasado que se intenta borrar a toda costa, la lucha cotidiana por sobrevivir, las ca-
marillas de jóvenes que se juntan para defender los ideales, los oportunistas de todo
pelaje, la ausencia de cordura. Incluso el bien y el mal, el idealismo y el cinismo, se re-
parten en partes casi iguales entre los distintos bandos. Como trasfondo aparecen las
cenizas en las calles hechas de las ruinas de la guerra mundial, y los diamantes y el lujo
del Hotel Monopol, donde la decadente aristocracia polaca vive sus últimos días entre
matones y facciones políticas.

JEAN PAUL SASTRE Y WITOLD GOMBROWICZ

Gombrowicz no fue existencialista pero le pasó raspando. El hecho de


que la falta de seriedad fuera, a su juicio, tan importante para el
hombre como la seriedad explica el porqué, a pesar de su conflicto
tan agudo entre la vida y la conciencia, no se refugió en ninguno de
los existencialismos contemporáneos. La autenticidad y la falta de autenticidad de la
vida le resultaban igualmente preciosas y por eso la insuficiencia y el subdesarrollo
tenía para él la misma importancia que las categorías del existencialismo..

“La juventud se me apareció como el más alto y más absoluto valor de la vida... Pero
este valor tenía una característica inventada seguramente por el mismísimo diablo: es-
taba por debajo de cualquier otro valor”

Sartre nació en Francia en 1905, Gombrowicz en Polonia en 1904.


Sartre proviene de una familia de clase media, Gombrowicz de la nobleza terratenien-
te. Sartre, de una familia protestante por parte de la madre y católica por parte del
padre, Gombrowicz de una católica solamente. El padre de Sartre era un ingeniero na-
val, el de Gombrowicz un propietario de tierras y un gerente de grandes empresas.
Sartre se graduó en filosofía, Gombrowicz en derecho. Sartre publicó su primera nove-
la en 1938, Gombrowicz la suya en 1937. Sartre tenía una constitución física débil y era
feucho, Gombrowicz no. Sartre fue prisionero de los alemanes y miembro de la resis-
tencia, Gombrowicz no. Ambos fueron burros en matemática. Ambos pertenecieron a
la generación de la alforja vacía, educada después de la primera guerra mundial, cuan-
do todos los valores tradicionales se derrumbaron el Europa. Ambos buscaron la gran-
deza. Y ambos fueron adictos a los cafés.

Si el objetivo de la superioridad y de la grandeza es una compensación de un complejo


de inferioridad, podríamos decir que Sartre quería compensar su fealdad, mientras
Gombrowicz quería compensar su propia inferioridad, es decir, la inferioridad de su si-
tuación personal y nacional tal como él la sentía.

Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la mayoría de sus obras en la atmósfera im-
personal del humo del cigarrillo, el olor de café, el entrechocar de tazas, los fragmen-
tos de conversaciones, y el ir y venir de un café parisiense. El Cafe de Flore y el Cafe
Pont Royal se convirtieron con el tiempo en la Meca de la filosofía existencialista. La
atmósfera del café está tan arraigada en la mente de Sartre que incluso explica teorías
metafísicas en el más erudito de sus libros con ejemplos tomados de la vida de café.

Doscientos años antes ya decían que en París sabían cómo preparar esa bebida de tal
manera que engendrara el ingenio en aquellos que la tomaban. Por lo menos cuando
salían de allí, todos ellos se consideraban cuatro veces más inteligentes que cuando
entraban. ¿Cómo fue posible que Sartre se mostrara todos los días en el Café de Flore,
publicara sus libros y artículos, y viera representadas sus piezas de teatro en el París
ocupado por las tropas de Hitler, cuyos jefes se mostraban tan recelosos de cualquier
manifestación intelectual francesa? Es un misterio, pero es posible que la estrecha re-
lación de Sartre con la filosofía existencialista del profesor nazi Heidegger, le haya da-
do a las autoridades germanas la impresión de que se hallaba de su lado.

“Frecuentar un café puede convertirse en un vicio, igual que el del vodka. Para un ver-
dadero adicto, el no acudir a su café a una hora determinada significa sencillamente
sentirse enfermo (…)”
“En poco tiempo llegué a ser tan maniático que renuncié a todas las demás ocupacio-
nes de las tardes, como el teatro, el cine y la vida mundana (...) Mi actitud en el café
Ziemianska se caracterizaba por una desenvoltura que demostraba claramente que no
tenía necesidad de ganarme la vida con la pluma ni apresurar nerviosamente mi carre-
ra de escritor (...) Supongo que la cantidad de tonterías, absurdos e idioteces proferi-
dos por mí en el Ziemianska debería alcanzar unas cifras astronómicas y, sin embargo,
a través de todas esas locuras, se trasparentaba mi natural sentido común y esta luci-
dez y este realismo que siempre ha estado alerta en mí”

Siguiendo los impulsos de su espíritu contradictorio Gombrowicz prepara las armas y a


pesar del afecto que les tenía empieza a cañonear a los cafés.

Según su parecer algunos escritores son terriblemente charlatanes. Sus libros son co-
mo su prensa literaria, y su prensa literaria como sus cafés, todo revienta de charlata-
nería. Las obras de estos autores no nacen del silencio, se escriben en los cafés, tienen
el rasgo particular de la sociabilidad, una característica de las personas que no tienen
su propio hogar espiritual. Es estos cafés todas las voces tienen más o menos la misma
intensidad y el mismo color.

El hombre se siente diferente según esté en un bosque sombrío, en un jardín podado a


la francesa, o en el piso cuadragésimo de un rascacielos. Los que escriben en los cafés
tienen los límites de su personalidad a la distancia que los separa de las mesas vecinas.
No hay en ellos ni rastros del empeño dramático de un solitario, les falta la angustia
metafísica nacida del silencio, el método y la disciplina de los laboratorios científicos.
Cada uno de ellos acaba allí donde comienza su vecino, muy cerca.

Algunos se dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero sus
convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo, por lo que se convierten de
nuevo en escritores de café, pero al revés. Un verdadero círculo vicioso.

Hay un solo remedio, partir espiritualmente sin moverse del sitio. Para cultivar el arte
los hombres de letras deben apoyarse en el arte, deben partir en busca del arte más
alto para encontrar en su naturaleza la propia naturaleza.

Los puntos de contacto entre Sastre y Gombrowicz abarcan muchos aspectos, por
ejemplo el de las comidas, para Gombrowicz una de las consecuencias malsanas de la
comida es la gordura y para Sastre la viscosidad.
La gordura es uno de los síntomas conspicuos de la fealdad, una sola cucharadita de
grasa rancia de Balzac bastaba para volver indigesta toda su personalidad, sin embar-
go, había que ser indulgentes con su persona porque era un genio.

“Las mujeres que se acostaban con su genial gordura debieron saber algo de esa indul-
gencia, puesto que para meterse en la cama con el genio tuvieron que vencer en ellas
más de una aversión (...)”

“Es más fácil llegar a odiar a alguien por hurgarse la nariz que llegar a amarlo por haber
compuesto una sinfonía”

Para Sartre la cualidad material de un objeto que queremos poseer –la fluidez del
agua, la densidad de una piedra, la viscosidad de una crema–, son distintas maneras
simbólicas de representar el ser.

“(....) la intuición sintética es en sí misma una destrucción asimiladora... Me revela el


ser con el cual voy a hacer mi carne”

El hombre no es lo que come, como dice Feuerbach, sino que ya es lo que quiere co-
mer. Cada una de las comidas nos presenta un tipo específico de existencia.

“De ningún modo resulta indiferente gustar de las ostras... o caracoles, o camarones,
por poco que sepamos extraer de la significación existencial de los alimentos. De ma-
nera general, no existen gustos o inclinaciones irreductibles. Todos ellos representan
una cierta elección apropiativa del ser (...) Cuando comemos una cucharada de miel o
melaza, lo dulce expresa la viscosidad, tal como una función analítica expresa una cur-
va geométrica (...) Si como una torta rosada, el gusto es rosado; el suave perfume dul-
ce y la untuosidad de la crema de mantequilla son rosados”

Sartre se rompe la cabeza buscando la forma de dar carácter objetivo a esta intuición
subjetiva recurriendo a la fenomenología.

“Lo viscoso es la revancha del ser-en-sí... Tocar lo viscoso significa arriesgarse a diluirse
en la viscosidad. Esta dilución es horrible, porque es la absorción del ser-para-sí por el
ser-en-sí (...)”

Su novela “La náusea” refleja la disminución de la fluidez de nuestra libertad, la solidi-


ficación de nuestra conciencia, nuestra lenta degradación hacia lo suave, lo informe de
una naturaleza inanimada y caótica, la absorción del ser-para-sí por el ser-en-sí que,
para Sartre, caracteriza a la viscosidad, y en lo cual ve la simbolización del anti-valor.
Sartre pinta a la viscosidad, como Gombrowicz pinta a la gordura, con los colores más
desagradables. En sus novelas los besos se dan entre ataques de diarrea, y el amor se
hace entre vómitos.

Es bien cierto que la viscosidad no es lo mismo que la gordura, y también es cierto que
Gombrowicz no saca de la gordura consecuencias tan extremas como las saca Sartre
de la viscosidad, pero...

Gombrowicz habla de la gordura y la fealdad en los diarios, pero también en la corres-


pondencia que mantuvo con nosotros. La carta sobre la homosexualidad y la inmundi-
cia que nos escribió se volvió famosa y dio la vuelta al mundo, en ella desacredita una
hipotética fornicación de dos personas gordas.

“Todavía quiero hacerle observar desde el punto de vista estético que la belleza del
amor depende únicamente de las personas que lo hacen. Imagínese al maestro Fryd-
man encamado con Frau Schultze y observe si esto no es inmundicia, aunque fuera
santificado aun por el Santo Matrimonio. Vd. Goma no sabe nada de nada”

Hay naciones que miran y otras que se sienten miradas. En la época de Gombrowicz,
las capitales del cuadrilátero de la cultura: País, Roma, Inglaterra y Berlín, se pasaban la
vida mirando a las demás, mientras otras capitales del mundo se sentían miradas con
desdén
El que es mirado suele maniobrar en forma defensiva, Sudamérica pertenecía al gran
mapa de les regiones periféricas que se sentían miradas, no podían luchar con esa mi-
rada desdeñosa, era una tierra fértil para el cultivo del gran absurdo.

Pero fue en la región central de las miradas donde aparecieron por primera vez las mi-
radas absolutas y también el gran absurdo. Kierkegaard, en su famoso “¡O esto o aque-
llo!”, crucifica a la razón para aceptar la paradoja absoluta que él ve en Cristo.

Como su tiempo no quiso aceptar su o esto o aquello, Kierkegaard se rebeló contra la


sociedad, contra su propia iglesia, y contra el mismísimo matrimonio, porque, confor-
me a su exigencia de una pureza absoluta, la procreación le parecía pecaminosa.

Y el Roquentin de Sartre se rebela contra el mundo porque el mundo no es como debi-


era ser de acuerdo a sus postulados absolutos. El hecho de que Kierkegaard fuera teís-
ta y que Sartre fuera ateo, resulta de la menor importancia, ya que lo que ambos tie-
nen en común es mucho más esencial: la demanda de lo absoluto en un mundo relati-
vo, y la actitud de rebelión contra ese mundo que no se pliega a sus demandas absolu-
tas.
La mirada se convirtió tanto para Sastre como para Gombrowicz en un problema fun-
damental, posiblemente por sus tempranos complejos de inferioridad. El camino de la
interioridad pasa a través de la otra persona, la otra persona sólo es interesante para
mí en la medida en que me refleja, vale decir en la medida en que yo soy un objeto pa-
ra ella. Dado que soy un objeto tan solo en cuanto existo para el otro, tengo que obte-
ner su reconocimiento de mi ser.

El otro es el mediador entre yo y yo mismo. Por su naturaleza misma, la vergüenza es


entonces un reconocimiento, yo reconozco que soy como el otro me ve. Todas las rela-
ciones entre diferentes personas, son las tentativas que cada uno hace para subyugar
o poseer la libertad del otro. Tan pronto existo, establezco un límite de hecho a la li-
bertad del otro. Yo soy ese límite, y cada uno de mis proyectos traza ese límite en tor-
no del otro ser, el respeto de la libertad del otro es pues una palabra vana.

Satán es, básicamente, el símbolo de los niños desobedientes y obstinados, que de-
mandan ser petrificados en su peculiar esencia por la mirada de sus padres.

Con esta manera de ver las cosas, Sartre, en su estudio sobre Baudelaire, trata de mos-
trar de manera concreta que lo que se denomina el destino de un hombre es siempre
idéntico a su libre elección de sí mismo.

Baudelaire eligió siempre existir para sí tal como apareció en la mirada de los demás.

“Baudelaire es el hombre que ha elegido verse como si fuera otro ser, su vida es sólo la
historia de este fracaso”
Eligió verse en su madre como si fuera otro ser, y Gombrowicz eligió a los lectores con
el mismo propósito. Los lectores eran para él esa misma mirada paterna que deman-
daba para el despachurramiento al que sometía a las ranas en su niñez.
“Cuando vosotros, los existencialistas, me habláis de la conciencia, de la angustia y de
la nada, estallo en carcajadas, no porque no esté de acuerdo con vosotros, sino porque
tengo que daros la razón. Os doy la razón y no pasa nada. Os doy la razón, pero en mí
no ha cambiado nada, absolutamente nada (…)”

“La conciencia, que habéis inyectado en mi vida, se ha mezclado con mi sangre convir-
tiéndose inmediatamente en mi vida; y ahora el antiguo triunfo de los elementos me
sacude con sus risotadas. ¿Por qué estoy obligado a reírme? Simplemente porque en la
conciencia también me desahogo. Me río porque me deleito con el miedo, me divierto
con la nada y juego con la responsabilidad; por lo demás, la muerte no existe”
El cortocircuito de Gombrowicz con la filosofía se le produce cuando mira a la razón
desde las ventanas de sus narraciones y de sus piezas de teatro. No es tanto el Gom-
browicz filósofo el que se ríe de la conciencia, de la angustia y de la nada, son los per-
sonaje de sus obras, ese Gombrowicz irresponsable, los que se ríen a carcajadas.

El Gombrowicz filósofo no desacredita ni se burla del Gombrowicz artista, pero el


Gombrowicz artista no se cansa de desmontar las plantaciones que hace el Gombro-
wicz filósofo, ni de reírsele en la cara.

En cambio Sastre utiliza su filosofía para construir sus narraciones de una manera muy
evidente.

“La existencia no es una cosa que se deja pensar de lejos; es necesario que eso te inva-
da bruscamente, que esto caiga sobre ti, que pese duramente sobre tu corazón como
un gran animal inmóvil (...) Eso es lo que los cochinos tratan de ocultarse con su idea
de los derechos. ¡Pero qué pobre mentira! Nadie tiene derechos; ellos son enteramen-
te gratuitos, como los demás hombres (...) Todo existente nace sin razón, se continúa
por debilidad y muere por ocurrencia”

Este pasaje de “La náusea” parece recién sacado del horno de “El ser y la nada”.

Sartre se ocupa especialmente de destruir el carácter, para él no existe el carácter,


sólo para otra persona aparecemos como un carácter, como una sustancia psíquica.

Pero Sartre rechaza las sustancia en cualquiera de sus formas: el carácter, el tempera-
mento o la naturaleza humana. La herencia, la educación, el ambiente y la constitución
fisiológica no son más que los grandes ídolos explicativos de nuestra época porque co-
rresponden a una interpretación sustancialista del hombre. Gombrowicz tampoco le
tiene un gran apego a las sustancias.

Sin embargo, ninguno de los dos quiere desmenuzar al individuo hasta convertirlo en
una especie de polvo psíquico. Para uno el individuo vendría a ser algo así como una
unidad de responsabilidad, para el otro una unidad de la forma.

El carácter es para ambos sólo una sustancia que se nos aparece como una caricatura,
en cambio, la unidad personal, tanto en Gombrowicz como en Sartre, es unificadora, y
esta unificación es anterior a la diversidad que unifica.

La formación inicial de la obra en la cabeza de Gombrowicz es idéntica a la formación


de la realidad en la mismísima obra, aunque no siempre tiene conciencia de los ele-
mentos que participan en ella. La correspondencia de esta formación en su conciencia
y en la realidad de la obra le aseguran a esta unificación una antelación.

La literatura dramática de Shakespeare, de Goethe, de Racine se funda sobre caracte-


res de estructuras definidas, que determinan las acciones en circunstancia dadas. Pero
Gombrowicz y Sartre se convirtieron en autores dramáticos sin utilizar caracteres.

Gombrowicz liquida la sustancia de los caracteres con la forma y con las palabras. Y
Sartre liquida la sustancia de los caracteres echando mano a uno de los rasgos más ca-
racterísticos del existencialismo: su total indiferencia y aun desprecio por la ciencia
empírica.

En el existencialismo la ciencia ha sido devorada por la filosofía moral.

La trama, de igual modo que los caracteres, tampoco tiene mucha importancia en la
obra de Gombrowicz, la utiliza sólo como pretexto, lo importante para él es la acción,
por eso toda su creación, también las novelas y los cuentos, tiene esa marcada carac-
terística teatral.

Sastre y Gombrowicz nacieron en una época que sucedía a otra anterior en la que hab-
ía triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos, parecía enton-
ces que la ignorancia podía ser erradicada por el esfuerzo tenaz de la razón.

Este impulso intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la segunda guerra
mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se desparramaron por toda Europa
ampliando explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al pensamiento.

Gombrowicz empieza a darse cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba desapa-
reciendo, aparecía una nueva engendrada, justamente, por el intelecto, una estupidez
desgraciadamente intelectual.

La vieja visión del mundo que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia,
estaba siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el mundo y la
vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja autoridad.

El mundo del pensamiento empezó a caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad,


a la que animaba una juventud sorprendente, los intelectuales exhortaban a los hom-
bres a que pensaran por ellos mismos, con su propia cabeza, algo parecido a lo que
había hecho Lutero con su protestantismo, un giro del pensamiento al que Nietzsche
calificó de revolución provinciana.
Las ideas podían tener un salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo
eso, había que experimentarlas en la propia vida, había que tomarlas en serio y ali-
mentarlas con la propia sangre.

El aumento de este exceso de responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el co-


nocimiento y la verdad dejaron de ser la preocupación principal del intelectual, una
preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que descubrieran
su ignorancia.

El intelectual, atiborrado de conocimientos que no termina de asimilar, anda con ro-


deos para no dejarse pescar, entonces toma algunas medidas de precaución bastante
ingeniosas: enmascara la formulación de los pensamientos, utiliza nociones pero no las
desarrolla, dando por sentado que son perfectamente conocidas por todo el mundo, y
todo esto lo hace para ocultar su ignorancia.

La omnipresencia de Sartre en la segunda mitad del siglo XX termina por cerrarle el


cerco a los intelectuales, Sartre les exige que se comprometan y que elijan, que se
pongan en pro o en contra.

Cuando expone los postulados de su exhortación en “Situations”, los pobres burgueses


pensantes toman conciencia de que para entender la idea de la libertad, había que leer
antes la setecientas páginas de “El ser y la nada”, y de que, como el fundamento de es-
ta obra es una ontología fenomenológica, había que leer antes a Husserl..., y antes a
Hegel..., y antes a Kant.

Sartre va acumulando poco a poco toda la patología de nuestra época, pone en crisis la
grandeza de la literatura y la convierte en una literatura funcional. La voz más categó-
rica de su espíritu desciende al terreno llano para desempeñar el papel de un maestro
pedante y moralista.

Como no consigue unir el dominio de la verdad esencial con los asuntos cotidianos, le
asigna al escritor una función social.

Sus instrucciones positivas sobre el papel del escritor en la sociedad contienen todas
las debilidades propias de los sermones, sean religiosos o marxistas, y son ajenas a los
filósofos más antiguos, menos producidos y más naturales.

Gombrowicz no estaba para nada de acuerdo con la exigencia de Sartre, ésa que ex-
hortaba a los intelectuales a tomar partido por la izquierda, por el proletariado y por el
marxismo, la única forma de ejercitar la libertad según creía el filósofo.
Pero como la libertad de Sartre es una idea que los buenos burgueses pensantes no
podían asimilar sin una preparación filosófica que no tenían, empezaron a desarrollar
una destreza particular para ocultar su ignorancia.

Los resultados no fueron buenos, la función social del escritor se hizo irresistible y el
pensamiento se degradó.

Gombrowicz buscaba la liberación de su conciencia, estaba convencido de la bancarro-


ta de todas las ideologías políticas, de las de izquierda y de las de derecha. Siguiendo
las enseñanzas de su colega Marx pensaba que había llegado el momento de estudiar
el condicionamiento de la conciencia, no sólo la de los gendarmes del capitalismo, sino
también la de los estudiantes que profieren injurias en un mitin.

El condicionamiento de la conciencia estaba siendo cascoteado por la nada, pero la


verdadera dimensión de la nada aparece recién con Heiddeger y con Sartre. La nada no
es para Heidegger la negación de un ente sino aquello que posibilita el no y la nega-
ción.

La nada es el elemento dentro del cual flota, braceando para sostenerse, la existencia,
una nada que descubre su carácter existencial en la angustia.

Sartre a su vez sostiene que el ser por el cual viene la nada al mundo debe ser su pro-
pia nada. Para Sartre sólo la libertad radical del hombre, entendida como nada, permi-
te enunciar significativamente tales proposiciones.

El problema de la libertad condiciona la aparición del problema de la nada, por lo me-


nos en la medida en que la libertad es entendida como algo que precede a la esencia
del hombre y la hace posible.

Sobre este anonadamiento pone un ejemplo célebre en su obra fundamental. Sartre


entra a un café para buscar a su amigo Pedro, pero no lo encuentra.

Se produce entonces un anonadamiento por el cual todos los objetos y las personas
que no son Pedro, están englobados en una equivalencia total de un fondo de ese café,
donde se supone que Pedro debe aparecer, por lo que la ausencia de Pedro tiene un
sentido existencial más que ideal para el que lo busca, y es por esta razón que no es un
mero pensamiento.

Yo traigo al juego este cuento de Pedro porque en él podemos reconocer mucho de


nuestro Gombrowicz. En el caso de Pedro la ausencia es un indicador de la angustia y
por lo tanto de la existencia, y la ausencia es también el fondo de casi toda la obra de
Gombrowicz y además de su vida.

Para Gombrowicz la persona es el resultado de una organización colectiva, imprevisible


e indomable y, en consecuencia, se forma independientemente de su voluntad.

Esta dilución galopante de la responsabilidad, como no podía ser de otra manera en


esta obra teatral, tiene una contrapartida donde la responsabilidad se concentra ad in-
finitum.

Las obras de Sartre describen seres flojos, débiles, cobardes y, en algunas ocasiones,
francamente malos. Zola, para poner un ejemplo, declararía que son así por herencia,
por la acción del medio, de la sociedad, por un determinismo orgánico o psicológico,
pero Sartre piensa de otra manera.

Un cobarde es responsable de su cobardía. Un cobarde no es cobarde porque tenga un


corazón o un cerebro cobarde, lo es porque se ha construido con sus actos como un
hombre cobarde. No existen los temperamentos cobardes, existen temperamentos
nerviosos o temperamentos ricos, pero el hombre de sangre floja no es por eso cobar-
de, lo que lo hace cobarde es el acto de renunciar o de ceder; el temperamento no es
un acto, el cobarde sólo se define a través del acto que realiza.

“Lo que dice el existencialista es que el cobarde se hace cobarde, el héroe se hace
héroe; hay siempre para el cobarde una posibilidad de no ser más cobarde y para el
héroe de dejar de ser héroe. Lo que tiene importancia es el compromiso total, es decir,
la responsabilidad total, y no es un caso particular o una acción particular lo que com-
promete totalmente”

Sartre se escapó rápidamente de la angustia que produce la libertad para la muerte, se


encontraba más cómodo con la angustia que produce la libertad para elegir. No coloca
a la vida bajo la dominación de la muerte porque esto significaría meditar sobre nues-
tra subjetividad con la mirada de otro individuo, ya que el hombre jamás encuentra su
propia muerte, la que sólo existe para el otro individuo que sobrevive.

Hasta Kierkegaard el pensamiento se había alimentado casi exclusivamente con los fru-
tos de la razón, pero a partir del más elegante de los filósofos, la angustia se convierte
en el centro de las meditaciones filosóficas.

Todo andaba más o menos bien hasta que bajó un ángel del cielo y se puso a hablar: –
Tú eres Abraham, sacrificarás a tu hijo.
La razón no podía probarle a Abraham que en verdad era un ángel enviado por Dios
quien se le había aparecido, y tampoco que le hablaba únicamente y justamente a él,
el dilema le producía angustia.

Abraham y Kierkegaard resolvieron el problema con la fe, pero los ateos empezaron a
tener dificultades.

La angustia, el desamparo y la desesperación se convirtieron en los tres sentimientos


que acompañaban a la categoría de la libertad y a sus otras dos socias: la elección y la
responsabilidad.

Los existencialistas suelen declarar que el hombre es angustia. Esto significa que se
compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige libremente el ser, sino
que es también un legislador, que elige al mismo tiempo que ha sí mismo a la humani-
dad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad.

Es la misma angustia que le aparece claramente a todos los hombres con responsabili-
dades graves, por ejemplo la de un jefe militar que envía a un número indeterminado
de hombres a la muerte. La angustia no es una cortina que nos separa de la acción sino
que forma parte de la acción misma.

Pero la experiencia de la angustia es difusa, no está conectada a un objeto definido, si-


no vagamente vinculada a nuestro sentimiento de abandono y aislamiento como indi-
viduos enfrentados con la nada de la muerte.

En una especie de síntesis de las doctrinas de Kierkegaard y Heidegger, Sartre declara


que es por la angustia que el hombre llega a ser consciente de su libertad. Esta angus-
tia es comprensible, dada la situación del hombre en el universo según lo interpreta el
existencialismo.

No estando determinado por ninguna esencia dada previamente, o naturaleza huma-


na, cada individuo es lo que hace de sí mismo y, por consiguiente, es responsable de lo
que es.

Dostoievski dice que si Dios no existiera todo estaría permitido, esta falta de Dios, jun-
to a la angustia, es el punto de partida del existencialismo ateo.

Así que fue nomás el petimetre danés, a pesar de su fe cristiana, el que le abrió las ca-
bezas ateas a Heidegger y a Sastre que de tanto extremar sus pensamientos se volvie-
ron creyentes.
La angustia es mucho más que un fenómeno psicológico, compromete al hombre en su
totalidad. Heidegger sigue los mismos pasos de Kierkegaard, pues la angustia es para él
la experiencia por la que el hombre se abre por primera vez a su propio ser, se singula-
riza y hace patente su libertad.

Una de las manías del existencialismo es la de darle a la nada y a la angustia, que


vendría a ser algo así como el miedo a la nada, un lugar fundamental en la cultura.
Gombrowicz piensa que debe controlarse esta sobreactividad de la razón porque no se
corresponde con la realidad del hombre, el hombre es un ser intermedio que tiene ne-
cesidad de temperaturas medias.

“Pertenezco a la escuela de Montaigne y estoy a favor de una actitud más moderada,


no hay que sucumbir a las teorías, conviene saber que los sistemas tienen una vida
muy corta y no hay que dejarse impresionar por ello”

En un pasaje memorable de los diarios Gombrowicz decide cancelar sus cuentas pen-
dientes con Sastre, y para alcanzar este propósito inventa un relato que le hace un
francés recién llegado de París.

Este personaje imaginado por Gombrowicz le cuenta que Sartre, cuando todavía era
muy joven, acostumbraba a pasear por la avenue l’Opéra a las siete de la tarde, la hora
de más tráfico. Sartre le había dicho que la percepción del hombre a una distancia tan
corta actúa como una amenaza física.

Debido a la cantidad de hombres que también paseaban, el hombre le resultaba


enormemente próximo y terriblemente lejano. Esta apretujada masa no humana de
hombres condicionaba el pensamiento del joven Sartre, empieza a buscar un sistema
solitario para la actividad de su conciencia entonces se refugia en sí mismo, se aísla
herméticamente de los demás, cerrando la puerta del propio yo. Paradójicamente, es-
ta soledad había nacido de la multitud.

Cuando la idea de la soledad se instaló en él, advirtió que su soledad iba a encontrar
resonancia en miles de otras almas. La cantidad parecía seguir formando parte de la
idea que derivaba de ella: la soledad.

Pero la filosofía y la cantidad son antinómicas, la conciencia y el hombre concreto no


pueden alimentarse con la cantidad, sin embargo, se estaban alimentando con ella. El
sistema de Sartre en su fase inicial proclama sencillamente que yo soy yo de manera
impenetrable para los otros, como una lata de sardinas; los otros no existen.
El miedo que le produce esta idea no está solo, lo ve multiplicado por la cantidad de
aquellos a los que puede haber convencido con la idea.

No podía seguir adelante con este pensamiento que se comía la cola, debía pues volver
a reconocer, mejor dicho, a construir al otro, pero cuando termina de construirlo em-
pieza a sentir sobre él la mirada de ese otro.

Y ese otro, determinado y construido por él, no tenía nada que ver con el hombre con-
creto, ese otro al que tenía que reconocerle la libertad, era al mismo tiempo un objeto.
Sartre se encuentra cara a cara con la cantidad en toda su plenitud, con todos los
hombres posibles, con el hombre en general, y él, que de joven se había asustado de la
multitud parisina, se las está viendo ahora con todos los individuos. Estaba solo frente
a todos.

A pesar de este panorama terrible no se asusta y se pone sobre los hombros la respon-
sabilidad por todos los hombres.

Pero esta plenitud se le viene a mezclar nuevamente con una cantidad relacionada
ahora con su obra.

La cantidad de ediciones, de ejemplares, de lectores, de comentarios, de ideas deriva-


das de sus ideas, y variantes de estas variantes.

“Entonces, me dice, lo vi acercarse a un cristal empañado y escribir con el dedo: Nec


Hercules contra plures”

La bancarrota era completa, Hercules no puede contra todos, pero como esa bancarro-
ta estaba dividida por millones a causa de la cantidad, se empequeñecía justamente
gracias a ella, en medio del caos y de la confusión donde nadie sabe nada, nadie en-
tiende nada, donde se parlotea y se habla sin ton ni son, y donde todo acaba en nada.

A vuelo de pájaro veamos entonces de qué elementos estaba constituida esa banca-
rrota y de qué manera se vinculaban.

El ser-en-sí es el de los objetos inanimados, es lo que es, coincide consigo mismo. El


ser-para-sí es la conciencia humana, es lo que no es, y no es lo que es, está creándose
siempre y no coincide nunca consigo mismo. Le abre la puerta a la nada, es un hueco
que se pregunta por el futuro, y por este agujero la libertad obliga al hombre a trans-
formase a sí mismo. Y el ser-para-otros es un ser que sólo por la mirada es diferente de
los objetos inanimados que percibo a mi alrededor. Con la mirada convertimos al otro
en un objeto que es exactamente lo mismo que el otro puede hacerme a mí con su mi-
rada. Al mirar a los otros, mido mi poder, y al mirarme, los otros miden el suyo. Así,
básicamente, el ser-para-otros es un conflicto, es una lucha de dos trascendencias, ca-
da una de las cuales trata de exceder en trascendencia a la otra.

No son precisamente los ojos los que miran, es la otra persona como sujeto. De la
combinación de los poderes de la libertad y de la mirada Sartre deduce su axiología.
No existen valores absolutos, hay que elegirlos. Él elige el comunismo porque, a su jui-
cio, cualquier otro sistema social supone una mayor explotación del hombre por el
hombre y, por lo tanto, una mayor limitación de la libertad. Al elegir el comunismo,
elige la libertad.

Los hombres se las arreglan bastante bien con las limitaciones, o Dios hizo el menos
malo de los mundos posibles, o el hombre elige los valores del menos malo de los
mundos posibles. Los valores de Kierkegaard están cerca de Dios y de la fe. Los de Sar-
tre más cerca de la política y de la ausencia de Dios. Y los de Gombrowicz están cerca
de Kirkegaard en su guerra con las teorías, y de Sartre en su búsqueda de libertad.

AVENTURAS

En el mes de septiembre de 1930 cuando el protagonista navegaba rum-


bo a El Cairo se cayó en las aguas del Mediterráneo. Advirtieron su caída
pero el barco ya se había alejado un kilómetro, el capitán se puso muy
nervioso y ordenó un regreso a toda marcha, tanta que cuando el gigante
llegó donde estaba el protagonista no se pudo detener. El navío volvió a dar la vuelta pero
otra vez lo volvió a pasar como un tren a toda velocidad, esta maniobra se repitió diez ve-
ces hasta que un yate privado se acercó y lo recogió, mientras el otro barco retomaba tran-
quilamente su ruta.
Por casualidad descubrió que el capitán del yate tenía el rostro y los pies blancos pero era
negro. El capitán se puso furioso, lo hizo atar, lo encerró en un camarote y empezó a ali-
mentar un odio ilimitado.

Era la única persona en el mundo que había descubierto su secreto: era un negro blanco.
Durante los ocho meses siguientes navegó sin parar y se deleitó con el poder absoluto que
le proporcionaba el tenerlo encerrado en un camarote oscuro.
Un día, finalmente, lo condujo al puente del yate y el protagonista se preparó para morir.
Fue colocado en el interior de un recipiente de cristal en forma de huevo, podía mover los
brazos y las piernas pero no cambiar de posición. El Negro le enseñó el mapa del océano
Atlántico y señaló la ubicación del yate, estaban en el centro del mar, entre España y Méxi-
co. En esa zona marítima las corrientes era circulares, si algo caía al agua, al cabo de un
tiempo, después de un viaje de circunvalación, volvería a pasar por el mismo lugar.

Lo equiparon con tres mil comprimidos de caldo que le alcanzaban para vivir diez años, con
un pequeño instrumento para destilar agua, y lo tiraron al océano.
Como las paredes del huevo eran de cristal observaba todo lo que pasaba en el exterior.
Bajo la superficie del mar había una calma verdosa, pero arriba el mar estaba muy agitado,
finalmente estalló una tormenta y se levantaron olas gigantescas. El Negro lo siguió un par
de semanas, después se aburrió y tomó otro rumbo. Tenía ganas de aullar pero se puso a
cantar ya que el desencadenamiento de los elementos marítimos lo predisponía al canto.
Un barco francés lo atropello, rompió el cristal del huevo y lo rescató, habían pasado unos
años desde que el Negro lo tirara al océano. Cuando desembarcó en Valparaíso se escon-
dió, estaba convencido de que el Negro lo había seguido, había disfrutado mucho de él y no
iba a renunciar a ese placer.

El protagonista atravesó el mundo huyendo, finalmente le pareció que el lugar más seguro
para esconderse era Islandia, pero ya en el puerto apareció el Negro, lo atrapó y lo condujo
al yate. Después de largos meses de prisión sofocante pudo respirar nuevamente el fresco
del aire marítimo en el puente de popa. Vio una enorme bola de acero cuya forma recor-
daba a la de un obús, abrieron una portezuela lateral y lo arrojaron a su interior donde hab-
ía un pequeño saloncito. Se encontraban en el Pacífico, en el punto del abismo oceánico
más profundo del mundo. El Negro tenía curiosidad por saber qué existiría en el fondo del
mar al que vería con su imaginación adivinando lo que estaría mirando el protagonista mo-
ribundo.
El peso de la bola de acero fue mal calculado y cuando la tiraron al agua no se hundió, en-
tonces el Negro ordenó que le engancharan un ancla pesada, el protagonista fue arrojado
al mar y comenzó a descender.

Al final de un viaje de dos horas sintió una ligera sacudida, había tocado fondo. Pasó el
tiempo y no pudiendo resistir más, comenzó a dar golpes en todas las direcciones. Aquella
locura estéril provocó seguramente algún movimiento en el exterior, y la cadena arruinada
por la herrumbre se rompió, el hecho es que la bola empezó a ascender aumentando a ca-
da minuto su velocidad saliendo disparada como un proyectil a un kilómetro de altura so-
bre la superficie del mar.
El obús fue abierto por la tripulación de un barco mercante, el Negro había desaparecido.
Hicieron escala en el puerto de Pernambuco desde donde el protagonista partió para Polo-
nia. En ese mismo período un gigantesco bólido había caído sobre el mar Caspio y las aguas
se evaporaron en un instante. Las nubes cubrieron la tierra amenazando con producir un
segundo diluvio universal.

Finalmente alguien tuvo la idea de perforar una nube que se encontraba encima del lecho
del mar Caspio en la parte más ventruda y la nube empezó a desaguar. Cuando se vació por
completo otras nubes ocuparon su lugar y, mecánicamente, el forma automática entrega-
ron el agua y reconstituyeron el mar.
En su casa de campo de Polonia, descansaba y se entretenía para pasar el tiempo. El Negro
había desaparecido, el otoño se acercaba. Por mera diversión empezó a construir un globo
aerostático tipo Montgolfier. Una mañana, después que lo tuvo terminado, encendió la
llama de la lámpara y empezó a ascender. Voló sobre el bosque y sobre el río, desde abajo
la población lanzaba gritos jubilosos, cuando llegó a una altura de cincuenta metros apagó
la mecha y empezó a descender.

Aterrizó en un patio en el que lo recibieron con risas y bravos. Interrumpieron la merienda y


lo invitaron a tomar café, queso y pastelillos. El protagonista les propuso que uno de ellos
podía subir a la cesta y volvió a encender la llama.
La pasajera que subió le proporcionaba una alegría íntima mucho mayor que el globo mis-
mo. Por primera vez en la vida sentía que estaba perdiendo el juicio mientras ella lo escu-
chaba con atención. A pesar de que es bien sabido que las mujeres aman lo novelesco, no
se atrevió a contarle nada de sus aventuras con el Negro... Llegó el día del cambio de ani-
llos... Luego empezó a acercarse también el día de la boda. Pero una semana antes de la fe-
cha de casamiento, cuando se sentía penetrado por el secreto y el escalofrío jubiloso pre-
nupcial, se le ocurrió hacer un paseo en globo durante un día de tormenta.

La tormenta fue tan grande que lo arrastró con fuerza diabólica, y después de varias horas,
al levantarse el telón del alba, vio que debajo de él se agitaban las olas del Mar Amarillo.
Se despidió por dentro de los abedules y de los ojos de su amada y se abrió dócilmente a las
pagodas contrahechas, a los bonzos y a las divinidades extrañas. Cuando descendió de la
cesta se le acercó gritando un chino leproso. Mientras tocaba con las manos su piel pustu-
losa lo condujo hacia unas cabañas miserables que se veían a lo lejos. Todos los habitantes
de la aldea eran leprosos, pero a pesar de su condición aquellas personas no tenían nada
que ver ni con la modestia ni con la humildad. El protagonista se alejó al instante de aquel
pueblo pero la chusma lo seguía a cierta distancia.

Los amenazó con los puños en alto y desaparecieron, pero un momento después lo volvie-
ron a seguir.
La isla donde había caído ocupaba poco más de unos quince kilómetros cuadrados, estaba
desierta y buena parte de ella era boscosa. El protagonista caminaba acelerando el paso
pues sentía detrás de él la presencia de aquellos monstruos anhelantes. No sabiendo bien
qué hacer se internó en la espesura de la selva pero ellos le pisaban los talones. No podía
comprender qué es lo que quería esa chusma roñosa, tenía la misma sensación que se
apodera de las mujeres cuando los vagabundos maleducados las importunan en la calle,
primero persiguiéndolas y después permitiéndose bromas de mal gusto y palabras soeces,
hasta que las pobres se veían obligadas a huir con la cabeza baja.

Si bien ignoraba la causa de la excitación de esos leprosos, eran evidentes sus demostracio-
nes de obscenidad, de impudicia y de lascivia, tanto en los monstruos machos con su dura
brutalidad, como en las monstruosas hembras con su diversión maliciosa que no podía sig-
nificar otra cosa que inocencia o inmadurez. El protagonista hubiese aceptado la lepra, pero
la lepra y el erotismo a la vez, no. Estaba enloquecido y empezó a huir, se escondió en la
fronda de un árbol con un garrote en la mano dispuesto a romperle la cabeza al primero
que se acercara. Durante dos meses llevó en la isla una vida de mono escondiéndose en la
cima de los árboles. Finalmente, por azar, descubrió unas cuantas botellas de petróleo pro-
venientes, posiblemente, de algún naufragio. Logró inflar nuevamente el globo y levantar
vuelo.
Se preguntaba qué podía hacer cuando volviera a ver los abedules y los ojos de la mujer
amada. No, no le era posible volver, tenía que abandonar todo aquello que ya lo había
abandonado a él.
“Por otra parte nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo que en
1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de todos sabido, las trincheras
llegaban hasta el mar. Se trataba de un verdadero sistema de canales profundos que tenían
una longitud de hasta quinientos kilómetros. Sólo a mí se me ocurrió la sencilla idea de
inundar los canales. Una noche trabajé a escondidas, cavé un foso que comunicó los cana-
les con el mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el agua inundó las trincheras y corrió por
toda la línea del frente. Con gran estupor los aliados vieron a los alemanes, empapados has-
ta los huesos, saltar fuera de las fosas enloquecidos de pánico, cuando despuntaban las
primeras luces de un amanecer brumoso”

GOMBROWICZ Y LA ARGENTINA

Las señales más conspicuas que aparecen sobre la existencia de un


Gombrowicz argentino son tres.

La declaración del Vate Marxista de que Gombrowicz es el mejor es-


critor argentino del siglo XX.

El nombramiento de Gombrowicz como autoridad de una mesa electoral que le hace el


Ministerio del Interior en una nota que encuentra el Pegajoso en la casa de Venezuela
filmando una escena de la peor de todas las películas que se hicieron sobre Gombro-
wicz.

La inclusión de Gombrowicz en “Historia crítica de la literatura argentina” que llevó


adelante Noé Jitrik venciendo la resistencia que le opuso una buena parte de la obtusa
intelectualidad local.

Recientemente incorporado al club de gombrowiczidas Noé Jitrik es, sin embargo, un


viejo admirador del admirable Gombrowicz.

“Leí ‘Ferdydurke’ casi cuando apareció la versión en castellano; muy posteriormente


‘Trans-Atlántico’ y las obras de teatro. Me deslumbró. Sentí que rompía todos los lími-
tes y se atrevía, en un gesto vanguardista muy radical, a poner todo el orden conven-
cional patas para arriba”

Gombrowicz vivió un cuarto de siglo entre nosotros, si bien ésta no puede ser conside-
rada la cuarta señal conspicua de su argentinismo sí lo pueden ser el mar y el campo.
A Gombrowicz le gustaba pasar las vacaciones en las playas y en las estancias, aunque
con escasos recursos económicos tenía acceso a las clases más acomodadas de modo
que se ponía en contacto con toda la variedad de nuestras costumbres ya que su me-
dio más natural era el de la bohemia y el de la pobreza.

Ese alcance social lo estimulaba a opinar también sobre política, a pesar de que consi-
deraba a la política como una actividad de trocha angosta.

“La Cabaña” era una estancia cercana a las playas de Necochea donde Gombrowicz pa-
saba sus vacaciones, una casa en la que escribió páginas memorables de los diarios
como la de los escarabajos, el contraste entre las playas y el campo le resultaba propi-
cio para la meditación.

En esa pampa ilimitada no hay océano ni sal ni vientos, después de la agitación de las
playas, ahora estaba frente a la tranquilidad, el silencio y el relajamiento. En el campo
argentino no hay campesinos como los hay en Polonia, aquí no hay nadie. Unos cuan-
tos peones cuidan los campos y la enorme cantidad de vacas y de caballos, pero sin
prisa. Un hombre con un tractor labra, siega, trilla y embolsa los granos.

Gombrowicz caminaba por las avenidas de eucaliptos en medio de la inmensidad de la


pampa húmeda, y de nuevo lo asaltaba el presentimiento de una agonía solitaria en un
sótano asfixiante. Sabía que Dios no sería un asilo para su vejez, y menos aún la tras-
cendencia del existencialismo con sus borracheras de sentimientos trágicos. El tiempo
del deshielo presionaba sobre su conciencia y se preguntaba si su regreso a Polonia, si
su regreso a la patria no podría darle lo que Dios y la filosofía no podían darle. Pero en
ese caso se tendría que enfrentar con una libertad relativa, una libertad que debía pre-
sentarse dos veces por semana en la oficina de control para poder vivir una semivida y
una semiverdad.

A través de estas cavilaciones se estaba definiendo respecto a la ética del catolicismo,


del existencialismo y del marxismo, pero la moral es sólo un fragmento de la vida, y los
otros fragmentos lo seguían presionando por todas partes pues la realidad es inagota-
ble.

Esa contradicción entre el ser y el existir lo llevaba de la mano al mundo palpable de


los eucaliptos y de la tierra, ese único mundo amigable y creíble, un mundo que se le
había diluido en esa pampa inmensa bajo la bóveda celeste, se le había borrado.
Ni siquiera el globo terrestre, suspendido él mismo, podía asegurarle un terreno firme
para los pies. Ese abismo sin fondo podría enloquecernos si es que no estuviéramos
tan acostumbrados a él.

En las playas de Necochea tomaba contacto en cambio con la flor y nata de la clase al-
ta, donde también se le prendía la lamparita, por la aplicación de una determinada
ciencia infusa supo de repente cómo se había realizado en la Argentina la reforma
agraria.

“Santiago Achaval, Juan Santamarina, Paco Virasoro y Pepe Uriburu: jóvenes de la oli-
garquía, ricos. ¿Cuántos hermanos y hermanas tienen? Paco es el que tiene menos,
sólo seis. Entre los cuatro, un total de cuarenta hermanos. Niaki Zuberbühler tiene
ochenta primos de primer grado. La reforma agraria se lleva a cabo en la cama”

Pero Gombrowicz también tenía acceso a estancias ubicadas a mayor altura sobre el
nivel del mar. En una de las vacaciones que pasó en la ciudad de Córdoba se alojó en la
residencia de un nuevo rico argentino que había llegado al lugar con unas monedas en
el bolsillo y que había llegado a tener doscientos millones, un Rolls Royce, un yate, un
avión y una piscina de tres plantas que se adaptaba a cada nivel del terreno.
“Soporto mal la riqueza, la brutal preponderancia del dinero por lo general me ofende,
de modo que interiormente me preparé para mostrarme disgustado y rebelde. Pero
resultó que mi rebeldía estaba fuera de lugar”
Gombrowicz se fue dando cuenta de que en la mesa donde estaba cenando había una
especie de sinceridad infantil y una falta total de afectación y arrogancia.

El dueño de la casa, a diferencia del tío de “Ferdydurke”, miraba sin temor a los cria-
dos, y eso porque aún hoy seguía trabajando duro, probablemente más duro que sus
propios sirvientes.
No había reticencias entre el magnate y los empleados, la situación era evidente para
todos, en la vida unos tienen mucha suerte y otros no tienen tanta.
“Es cierto que en la Argentina, y quizás en toda América, se da menos importancia al
dinero que en Europa. El dinero es más ligero. Es más inocente. Tiene menos preten-
siones. Y cambia de manos con facilidad”
El vecino de mesa, un coronel simpático, le señala discretamente a un señor corpulen-
to sentado junto a la señora de la casa: –Es Neruda.

Y aquí comienza el desarrollo de un malentendido que tiene un final inesperado, como


tantos otros finales inesperados que lo persiguieron durante el cuarto de siglo que vi-
vió en la Argentina.
Neruda, ese bardo comunista tenía más suerte que Gombrowicz, él sólo era un bur-
gués instalado en el capitalismo que vivía apenas mejor que un obrero.
El cantor del proletariado en cambio, censor de la explotación del hombre por el hom-
bre, se revolcaba en millones largos gracias precisamente a su melopea revolucionaria.
“No hay mejor cosa que ser un poeta rojo en el podrido Occidente: se goza de una fa-
ma universal, también detrás del ‘telón de acero’, se gana un montón de dinero y en-
cima todos los placeres de ese capitalismo podrido están a mano. Sin hablar de que
una situación casi oficial te convierte en una especie de embajador o ministro”

Cuando estaba realmente contrariado con todos estos pensamientos que le habían ve-
nido a la cabeza se la acerca la señora de la casa: –Señor Gombrowicz, el señor Neruda
es un gran admirador suyo.
Gombrowicz no comprendía nada, ¿cómo ese enemigo suyo podía ser su admirador?
El coronel, muy nervioso, le da un codazo: –Es Neruda, pero no el que usted piensa. Es
otro Neruda. Éste es del Chaco.
Juró para dentro de sí aprovechar la primera ocasión que se le presentara para vengar-
se de ese coronel gracioso, mientras tanto salieron a pasear por el campo. Pero, la-
mentablemente para Gombrowicz, la primera ocasión para hacer una nueva broma se
le volvió a presentar al coronel.

Si en la Polonia de antes de la guerra, en un campo de doscientas hectáreas, vivían más


o menos diez familias de jornaleros, en la Argentina, en cuatro mil hectáreas, no habi-
taban más de quince personas.
Todo se hacía a máquina, y el ganado no vivía en establos como en Europa, vivía en el
campo día y noche, en verano y en invierno.
Otra cosa que llamaba la atención de Gombrowicz era que por la noche no se cerraban
las puertas, quedaban abiertas, y esto era así seguramente porque a los habitantes del
lugar, con una población tan escasa, les hubiera resultado difícil cometer delitos sin
que los identificaran, todos se conocían.
A la vuelta del paseo se sentaron en el salón, y como las puertas estaban abiertas se
metió una serpiente que sólo atemorizó a Gombrowicz.

“Perdí la conciencia de lo que pasaba conmigo y sólo al cabo de un rato constaté que
estaba de pie sobre una frágil mesita de caoba: un milagro de equilibrio, que no sé
cómo se produjo”
Antes de irse a dormir en la maravillosa residencia del magnate a Gombrowicz le ocu-
rrió algo que me hizo recodar a una aventura que había tenido con el Beduino.
Una tarde conversaba con el Beduino en un banco de la plaza principal de Santiago. Es-
te pichón santiagueño de sociólogo le preguntaba de vez en cuando si tenía tanto sen-
tido del humor como parecía a primera vista. Mientras tanto le contaba que cada uno
de los hermanos Santucho tenía una tendencia política diferente, gracias a esto la fa-
milia no le temía a las revoluciones tan frecuentes en aquella época, cualquiera fuese
la que triunfara algún hermano ganaría: el comunista, el nacionalista, el liberal, el cura
o el peronista.

El Beduino trataba de asegurarse, más que de ninguna otra cosa, de que Gombrowicz
tuviera sentido del humor. Cuando estuvo seguro, con mucho disimulo, encendió un
petardo y lo puso debajo del banco, el petardo estalló: –Perdón, Gombrowicz, ¿se
asustó?; –No utilice, jovencito, esas armas infernales. Me contaba el Beduino que se
puso blanco como un papel y durante un largo rato no pronunció palabra.
“El coronel me preguntó si me gustaba que me gastaran bromitas. Le contesté que sí,
que un hombre dotado de un sentido del humor como el mío puede deleitarse con
cualquier bromita. El coronel se alejó un momento para beber agua, mientras yo pe-
gaba un brinco, debajo de mi sillón se produjo un estallido ensordecedor. ¡Me había
puesto un petardo!”

El acceso natural que tenía a todas las clases sociales y una curiosidad manifiesta por lo
fenómeno sociales le daban aire para opinar sobre política.

Las circunstancias políticas que vivió Gombrowicz después de la aparición de “Ferdy-


durke” en la Argentina fueron: el peronismo, la revolución libertadora y el gobierno de
Frondizi. Le interesaban poco los contenidos políticos cualesquiera fuera el régimen, le
interesaba más el estilo de los políticos.

“Este país tan aburrido que es la Argentina de un día para otro se ha convertido en uno
de los espectáculos más interesantes del mundo”
Fue una época de una gran exaltación política, Frondizi había hecho un pacto con
Perón y ganó las elecciones del año 1958 de una manera aplastante.

Los discursos de su campaña electoral contenían programas de la izquierda nacionalis-


ta. El petróleo debía ser nuestro, había que llevar adelante la reforma agraria, darle un
gran impulso a la industria nacional y socializar el capital.

Este programa despertó el entusiasmo del pueblo y obtuvo cuatro millones de sufra-
gios sobre siete millones de votantes... pero...

“Apenas nueve meses más tarde, ese mismo Frondizi entregaba la explotación del
petróleo a los magnates extranjeros. Anuncia un programa de reformas financieras y
económicas que es uno de los más draconianos del mundo. Empieza a cerrar las em-
presas estatales y despide a los empleados. Abre de par en par las puertas del país al
capital extranjero. Proclama el estado de sitio y sofoca la huelga general con el ejérci-
to”

Este escándalo le resulta a Gombrowicz bastante instructivo. Los argentinos estaban


aturdidos, habían pasado del arrebato de entusiasmo, al temor y la rabia. Los salarios
subían por la escalera y los precios empezaron a subir por el ascensor, Gombrowicz es-
taba cayendo en la cuenta de que se había acabado la facilidad.
El país era tan rico que durante largos años había soportado la demagogia, la megalo-
manía y la fraseología, así como toda clase de teorías magníficas, sin hablar de diversos
negocios turbios que habían prosperado en ese caldo de cultivo.
Gombrowicz se estaba refiriendo a la época peronista, a su entender había llegado la
hora de enfrentarse cara a cara con la realidad, con el enorme despilfarro que había
realizado el régimen derrocado.
“La enorme energía acumulada en el capital internacional ha irrumpido en la Argenti-
na, un país que es casi tan grande como la mitad de Europa. De modo que un ciudada-
no de a pie no entiende nada de nada y no sabe a qué atenerse.
Durante largos años le han dicho que todo eso era ‘explotación’ e ‘imperialismo’, y
ahora resulta que es la perspectiva de un nuevo bienestar y el remedio más eficaz con-
tra la anemia”
Los nacionalistas piensan que Frondizi los ha traicionado: –¿Qué es lo que, según uste-
des, se puede hacer?; –La revolución; –Bien. Pero, al llegar al poder... ¿qué programa
tienen para salir de la crisis?; –¿Programa? Bueno...
Era imposible seguir imprimiendo billetes sin el respaldo de la provisión de fondos, pe-
ro el nacionalismo argentino, como todos los nacionalismos del mundo, es emocional y
no le gustan las cifras.

“Todo su programa se reduce a un odio verdaderamente enfermizo hacia los Estados


Unidos y a un temor igualmente enfermizo de que los Estados Unidos los va a devorar
(...) La Argentina debe a los Estados Unidos una parte importante de su desarrollo
técnico, sin hablar ya de los provechos en el tema de la política: ¿quién, por ejemplo,
les defendió de Hitler?”
Según la manera de ver las cosas que tenía Gombrowicz se estaba produciendo una
guerra entre las cifras y los sentimientos, las fobias y las ilusiones.
Los nacionalistas habían conducido el país al aislamiento económico, una de las causas
principales de la crisis. En la Argentina existían varios tipos de nacionalismos y cada
uno de ellos deseaba un tipo distinto de dictadura para recuperar la dignidad.

Un cierto tipo de nacionalismo era el clerical militarista, admirador de España y de


Franco, que había formado parte de la revolución contra Perón porque quemaba igle-
sias y combatía al clero.
Pero en la época de Frondizi ese mismo grupo intentaba aliarse con los peronistas y
con los comunistas, porque también ellos eran nacionalistas, para formar un frente an-
tigubernamental y establecer una dictadura. Pero la única dictadura posible en la Ar-
gentina era la dictadura militar, y el ejército estaba contra ellos.
Para los comunistas del país existían tres centros de poder: el ejército, la iglesia católi-
ca y los sindicatos obreros. Las instituciones democráticas, como el parlamento y la
corte suprema, habían sido violadas tantas veces que carecían de prestigio.

Los partidos políticos y la opinión pública estaban desorientados, habían elegido un


presidente de izquierda y progresista y justamente él los había traicionado. El cambio
de chaqueta del presidente había provocado una confusión infernal en todo el país.
Pero a un simple obrero no le preocupa tanto la victoria de la revolución mundial, lo
que quería era seguir viviendo más o menos bien, descubriendo sin saltos, poco a po-
co, esta realidad.
“Mientras volvía a casa, unas masas de niebla irrumpían por entre los bloques de edifi-
cios, y yo me decía que si la Argentina es un lugar del mundo tan atractivo, incluso pa-
ra un escritor como yo, poco interesado en política, debe ser porque aquí, aunque to-
davía flotan en el aire brumosos montones de consignas, nombres, ideas, corrientes
políticas, ideologías, intereses, poco a poco la niebla va disipándose y deja al descu-
bierto el implacable contorno de la vida real (…)”
“Todo eso ocurre por sí solo, simplemente porque se ha agotado el dinero, el dinero,
que es el infalible instrumento de la ilusión. La verdad es que toda esa aventura de
ellos no ha sido nada original. Se trata de un proceso histórico dialécticamente clásico
(…)”
“La izquierda llega al poder: reformas, subidas de sueldos, precios más bajos, planifica-
ción, reestructuración, manipulación y declamación, después de lo cual aparece el
fondo de la caja.
Entonces empieza la crisis, el poder da un giro a la derecha, liberal, impopular, y al ca-
bo de unos años de esfuerzos y ahorro las cajas vuelven a estar llenas y de nuevo se
puede soñar, y planificar, y engrandecer..., e imprimir los billetes para cubrir todos
esos gastos.
He aquí la noria de la Historia. Vuelta a empezar”

ACERCA DE LO QUE OCURRIÓ A BORDO DE LA GOLETA BANBURY

En la primavera de 1930 Zantman emprendió un largo viaje por motivos


de salud. Su situación en el continente europeo se tornaba día a día más
embarazosa y menos clara. Le pidió a un amigo que le encontrara un lugar
en alguna de sus embarcaciones, y a la semana siguiente emprendió el viaje en una hermo-
sa goleta de tres mástiles con una capacidad de cuatro mil toneladas cargada de sardinas y
arenques, rumbo a Valparaíso. El capitán Clarke le dio la bienvenida cuando subió a bordo
de la goleta Banbury.
El primer oficial le cedió su camarote por una módica suma de dinero. A las horas de
embarcado Zantman empezó a vomitar todo lo que tenía en el estómago, y para vol-
verlo a llenar devoró toda la ropa de cama y la ropa interior del primer oficial que es-
taba en el baúl, pero muy poco tiempo permanecieron en sus entrañas.

Sus gemidos llegaron al capitán quien, apiadándose de él, ordenó que subieran al
puente un barril de arenques y otro de sardinas para que siguiera devorando. Sólo al
anochecer del tercer día, después de haber consumido tres cuartas partes de los aren-
ques y la mitad de las sardinas, logró recuperarse. Cesó también el movimiento conti-
nuo de las bombas que limpiaban el navío.

Se alejaban de Europa, en una noche estrellada y apacible ocurrió algo que parecía re-
lacionado con los vómitos que había padecido Zantman y que, en cierto sentido, re-
sultó premonitorio. Uno de los marineros se llevó a la boca, distraídamente, una cuer-
da que colgaba del mástil mayor. Muy posiblemente, debido al movimiento vermicular
del intestino, se la empezó a tragar con tanta violencia que el marinero fue izado como
un trapo hasta lo más alto del mástil donde quedó atascado con la boca completamen-
te abierta.
Dos mozos se colgaron de sus piernas pero no pudieron hacerlo bajar, entonces, el
primer oficial tuvo la buena idea de recurrir otra vez a los vómitos. Para despertarle la
imaginación vomitiva le presentó al paciente un plato lleno de colas de rata, el pobre
infeliz, con los ojos totalmente desorbitados, tuvo un acceso de vómito y cayó al puen-
te tan pesadamente que casi se rompe las piernas.

Aunque en ese momento no le puso mucha atención, Zantman había presenciado ya


dos acontecimientos con síntomas relacionados a la náusea, el del marinero, de carác-
ter absorbente y centrípeto, y el suyo, de carácter centrífugo. Las colas de las ratas, la
nave y las espaldas de los marineros tampoco le eran del todo extrañas. Smith, el pri-
mer oficial de a bordo, y el capitán Clarke le explicaban que el barco era bueno, y que
si a alguien no le parecía del todo bueno podía abandonarlo cuando lo deseara.

Al promediar la conversación Clarke le pide a Smith que ordene a la tripulación tres vi-
vas para el capitán, y la tripulación lo viva tres veces.

Los marineros siempre estaban inclinados limpiando algo, de modo que Zantman no
veía otra cosa que sus espaldas. Una mañana le manifestó al primer oficial su convic-
ción de que la tripulación de la Banbury estaba integrada por mozos valientes y hones-
tos. Smith le respondió que los tenía sujetos con el taladro, que los trataba con puño
de hierro y que no le daba una patada en el culo al que se portaba mal, a pesar de que
era lo único que ofrecían, porque si pateaba a uno tenía que patearlos a todos por el
espíritu de igualdad, y que eso sería una tontería.

El capitán le comentaba que arriba de la goleta no había papá y mamá y tampoco hab-
ía consulados, que él era el amo y señor de la vida y de la muerte, que no había abue-
los ni dulces ni bizcochos, que sólo había disciplina y obediencia.

Quería demostrarle a Zantman que tenía poder, deseaba mostrárselo porque de vez en
cuando lo asaltaba el desánimo y se reblandecía. Le dijo a Smith que si lo viera sin la
hoja de parra, como Dios lo trajo al mundo, sin los pantalones blancos y los galones de
oro en la gorra, no lo reconocería. Al marcharse el capitán Zantman murmuró que eso
bastaba para él, refiriéndose a las manías del capitán, y al momento de decirlo el pri-
mer oficial le contesta que no le aconsejaba hacerse el gracioso.

De vez en cuando el capitán y el primer oficial jugaban con bolitas de migas de pan, el
tedio se dejaba sentir tanto que se peleaban violentamente sin conocer la razón de la
riña. Los oficiales bebían licores y los marineros realizaban extraños movimientos con
el cuerpo, se inclinaban, apoyaban los brazos en el suelo, estiraban las piernas y mov-
ían los hombros como lo hacen los gusanos en la tierra.

Smith le confiesa a Zantman que debido al aburrimiento sus relaciones con el capitán
se habían puesto difíciles. Jugaban a picarse con agujas, vencía el que resistía más
tiempo, estaba picado como un colador.

Zantman le dice que habían creado un círculo vicioso sin salida lateral. Tenían que pro-
curarse un alfiletero y colocarlo entre los dos. Smith lo miró con respeto y le dijo que
estaba sorprendido, que había resultado ser un magnífico navegante experimentado,
que tenía el colmillo de un viejo lobo de mar, que con el alfiletero dejarían inmediata-
mente de pincharse. A la tarde Smith empezó a hacerle confidencias sobre la tripula-
ción, la peor gentuza, carne de horca recogida en los peores puertos del mundo, había
que tratarlos con mano dura, no pensaban en otra cosa que sacarle el cuerpo al traba-
jo, que el peor de todos se llamaba Thompson, con una boca en forma de culo de galli-
na como si quisiera sorber vaya saber qué cosa, y que esa noche le iba a dar una lec-
ción.

Después de decirle todo esto empezó a canturrear que de agua y de tedio era la vida
del marinero.

Posteriormente a la conversación sobre el alfiletero con Smith el capitán cambió la ac-


titud hacia Zantman, presumía que el pasajero tenía sus propios métodos para comba-
tir el tedio, que no era de esos estúpidos ratones de tierra sino un experto navegante,
y que era inútil que le ocultara su verdadera identidad. Clarke, en tierra firme, no hacía
otra cosa que aburrirse, y el tedio lo arrojaba al mar. Y una vez desplegadas las velas,
desaparecidas las costas del continente, tras el movimiento y el ruido de la hélice, otra
vez, nada, el aburrimiento, el tedio marino. Con una buena tormenta se arreglarían las
cosas, pero así todo resulta intolerable.

Al día siguiente el ayudante de cocina dejó caer al mar un gran balde de cobre que
desapareció inmediatamente en la boca de un tiburón. El hecho le produjo al mucha-
cho tanta alegría que sin poder contenerse empezó a arrojar todos cubiertos que el es-
cualo devoraba al vuelo, y después lanzó al mar el resto de lo que cayó en sus manos.
Smith lo detuvo cuando estaba desclavando una repisa de la pared. Al muchacho lo
hicieron enfermar de paludismo esa misma noche y no reapareció hasta el final del via-
je.
De día, las espaldas de los marineros eran dóciles y temerosas, pero en las noches lle-
gaba hasta el camarote de Zantman un zumbido monótono e insistente semejante al
de un enjambre de insectos. Eran los marineros que Smith controlaba durante el día,
pero no a la noche.

Murmuraban historias absurdas e interminables en las que no existía ni una sola pala-
bra de verdad. Cuando Zantman comprobó que Thompson tenía, efectivamente, la bo-
ca de culo de gallina le preguntó porque la ponía así, le respondió que la ponía así por-
que le gustaba, le hacía bien para olvidarse del aburrimiento y de la severidad de los
oficiales que lo estaban arruinando. Zantman le dio diez chelines, le prometió que le
iba a dejar fruta y leche en la puerta de su camarote todas las noches y le rogó que no
hiciera escándalos y aguantara hasta llegar a Valparaíso. Thompson le contó a alguien
lo de los chelines, la noticia se divulgó y algunos marineros le empezaron a pedir plata
a Zantman, la cuenta le iba resultando de treinta y seis chelines y seis peniques. Había
hecho mal, los marineros se excitaron y se volvieron más insolentes, les daba una ma-
no y se tomaban el brazo.

Un día Zantman paseaba por la popa y vio en el puente un ojo humano. Le preguntó al
timonel de quién era el ojo, pero no lo sabía, y cuando le preguntó otra vez si alguien
lo había perdido o se lo habían sacado a alguien, le respondió que el ojo estaba ahí
desde la mañana pero que él no había visto a nadie, que le hubiera gustado recogerlo y
guardarlo en una caja pero que no podía abandonar el timón. Bajo cubierta había otro
ojo, pero distinto, era de otro hombre. Zantman se lo contó a los oficiales y el capitán
comentó que habían empezado a jugar al ojito, le dio la orden al primer oficial de cas-
tigar al autor de ese desaguisado y, además, de obligarlo a comer el ojo extraído como
lo exigían los usos marítimos. Smith murmuró que ya no tendrían paz, que durante una
temporada en el Pacífico meridional habían perdido las tres cuartas partes de los ojos
de la tripulación, y que tenía que darles una lección.

Cuando Zantman le dijo a Clarke que tenía la impresión de que los hombres se encon-
traban molestos como si les faltara algo y que, a lo mejor, se los podría tranquilizar de
alguna manera, el capitán le contestó que le decía eso porque lo había calado el mie-
do, que a veces le parecía un navegante valeroso y otras una mujercita plañidera. En
ese momento el protagonista le espetó que tenía conocimiento de que en el barco se
estaba preparando un motín, y que todo iba a terminar muy mal. El capitán lo invitó a
beber unos tragos de cognac.
Los marineros de proa cantaban: –oh, bella mía, ¿por qué no me amas?– y los de popa
cantaban: –bésame, bésame. Era necesario evitar hablar de mujeres, Smith les prohi-
bió mencionarlas y, entonces, al tirar de las cuerdas exclamaban: –aprieta, aprieta– e
inclinados sobre los baldes: –lava, seca, moja, riega– cantaban con todo el sentimiento
y la nostalgia de la que eran capaces.

El capitán dio la orden de que los marineros tomaran una cucharada de aceite de híga-
do de bacalao, ellos no querían arruinar sus ensueños pero igual la tomaron, por el
momento volvió a reinar la calma.

A la noche la tripulación canturreaba y murmuraba: –las mujeres de Singapur, de


Mandrás, de Mindoro, de Sáo Paulo, de Loamin–, se restregaban los brazos con aceite
de hígado de bacalao. Y seguían: –sus manecitas, sus piececitos, yo he sido amado sin
dejarle siquiera un chelín–. Thompson propuso cambiar la ruta noventa grados, apun-
tar hacia el Sur donde existen islas cubiertas de jardines y vacas marinas grandes como
montañas, mientras cantaba: –Bajo el hermoso cielo de Argentina, los sentidos gozan
gracias a una niña– Cantaban para amar a la nostalgia.

Zantman estaba pensando que era una suerte que no hubiera mujeres cuando, repen-
tinamente, sintió el chasquido inconfundible de un beso, era Thompson abrazándose
con un grumete, Zantman le ofreció una libra para que recuperara el juicio, pero el
grumete gritó, con la voz tan aflautada como la de una mujer, que él se parecía a una
mujer. Otros marineros se abrazaban y cuchicheaban. El capitán observaba desde el
puente de mando con la pipa encendida. Zantman se le acercó y le dijo que en el barco
habían aparecido los besos, que en el puente los marineros andaban en pareja, que
paseaban del brazo y se abrazaban. Clarke llamó a Smith y le dijo que había que prepa-
rarse para castigar el motín de acuerdo a las leyes del mar y la navegación.

Hacia la medianoche el viento se transformó en un huracán, la goleta comenzó a bailar


como un columpio y la velocidad aumentó vertiginosamente.

Al cabo de veintiséis horas la tormenta amainó pero Zantman prefirió no salir del ca-
marote. Era evidente que el amotinamiento había tenido lugar, cerró la puerta con lla-
ve y la aseguró con un armario. Pasaban los días y nadie se presentaba, la goleta au-
mentaba su velocidad sobre una superficie tersa como la de un pantano, las luces que
se filtraban por las hendiduras del camarote eran cada vez más intensas. Zantman es-
taba seguro que afuera volaban los grandes cóndores y los vistosos papagayos, y los
peces de oro..., que los amotinados habían dirigido la Banbury hacia las aguas desco-
nocidas del trópico. Había preferido no oír los gritos salvajes y frenéticos de la tripula-
ción que, con toda seguridad, estaba saludando a los colibríes, a los papagayos, y todos
los otros signos que en la tierra y en el cielo anunciaban la próxima y grandiosa orgía.

“No, no quería saberlo y no deseaba el calor, ni la exuberancia, ni el lujo. Prefería no


salir al puente por temor a ver lo que hasta ese momento ofuscado, oculto y no dicho
se desencadenaría con toda su falta de pudor, entre plumajes de pavos reales y fulgo-
res espléndidos. Desde el comienzo todo había estado en mí, y yo, yo era exactamente
igual a todos los demás. El mundo exterior no es sino un espejo que refleja el interior”

MICHEL FOUCAULT Y WITOLD GOMBROWICZ

Sea por el temperamento, sea por razones históricas, o sea por lo que
fuere, a los polacos les gusta protestar. Gombrowicz conocía a un po-
laco que solía sumirse en profundas meditaciones. Luego, al volver en
sí, decía: –Lameculos, cerdos, cerdas, comemierdas, todos son la
misma porquería; –¿En qué piensas?; –En los polacos.

Desde el mismo momento en que Gombrowicz empezó a escribir se dedicó a destruir a


alguien para salvarse a sí mismo. En “Ferdydurke” atacó a los críticos para distanciarse
del sistema de la episteme occidental. Sus ataques a los poetas, a los pintores y a París
también estaban dictados por la necesidad de apartarse de esa episteme.

“Me moría de vergüenza al pensar que sería un artista como ellos, que me convertiría
en un ciudadano de esta ridícula república de almas ingenuas, en un engranaje de esta
terrible maquinaria, en un miembro de este clan”

Gombrowicz también se sumía en profundas meditaciones pero en vez de insultar a los


polacos empezó a darle golpes a la episteme.

A medida que pasaban los años sus palabras escritas se fueron distanciando de Gom-
browicz, y él mismo y sus rebeliones, poco a poco, se convirtieron en literatura. La ley
que formuló tardíamente dio la vuelta al mundo: cuanto más inteligencia, más estupi-
dez, una ley que se le podía aplicar entonces perfectamente a él también.
No podía agarrar a la episteme por la garganta y luchar contra ella pues su rebelión
sería absorbida fatalmente por su mecanismo; no hay nadie, al fin de cuentas, que aún
consciente de su absurdidad, no forme parte sin embargo de la episteme. Esta impo-
tencia de Gombrowicz para divorciarse de una episteme que había inventado Platón
con el propósito de distinguir la opinión simple de la fundada, lo lleva a hacer declara-
ciones drásticas.

“Posiblemente sea injusto y algo cruel que mi alta vocación haya estado marcada por
una falta de ilusiones tan terrible, por una lucidez tan implacable. La ira que me aco-
mete cuando pienso en artistas como Tuwin, D’Annunzio o incluso Gide, ¿no estará re-
lacionada con el hecho de que ellos, a pesar de todo, eran capaces de leerle a alguien
un texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? También pienso que
un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia social del artista me hubiera
sido más conveniente que esta certeza mía de ser socialmente un cero, un marginal”

La estupidez del sistema de comunicación que reemplaza a la comprensión por los ma-
lentendidos que provoca el refinamiento del lenguaje, y la estupidez que produce la
erudición por la falta de un lenguaje que le permita a la gente expresar los conocimien-
tos incompletos, es decir la ignorancia, llevaron a Gombrowicz al descubrimiento de
que cuanto más tiende nuestro espíritu a liberarse de la estupidez y a dominarla, más
parece pegarse la estupidez a la condición humana.

El esfuerzo del pensamiento por purificarse de la estupidez está, entonces, en contra-


dicción con la organización interna del género humano, y la episteme occidental es in-
capaz de contestar a la estupidez porque le parece insolente.

¿Pero de dónde le sale a Gombrowicz este brote de fobia epistemológica? El joven


Foucault estaba deslumbrando a los franceses con sus compromisos políticos, sexuales
y filosóficos, y así como cuando uno piensa en Gombrowicz piensa en la forma, cuando
uno piensa en Foucault piensa en la episteme.

Después de leer “Lecciones preliminares de filosofía” de Manuel García Morente,


Gombrowicz adquirió la costumbre de decirle a sus amigos que la filosofía se había
acabado, que el profesor García Morente lo aclaraba todo, que no había ya ningún
misterio desde Platón hasta Husserl, y que sin misterios no existe la filosofía.

En las primeras páginas de esa obra, tan importante en aquella época para los estu-
diantes argentinos, aparece una palabra que le resulta atrayente, episteme, un vocablo
al que recurría con cierta frecuencia en nuestras conversaciones del Rex, no tanto por-
que lo fascinara el significado que tiene, sino por su sonido. Vamos copiar el pasaje del
libro en el que se encontró con esa episteme, y a ver si averiguamos por qué se le
quedó tan grabada.

“Esta duplicidad de sentido en la palabra ‘saber’ responde a la distinción entre la sim-


ple opinión y el conocimiento bien fundado racionalmente. Con esta distinción entre la
simple opinión y el conocimiento fundado inicia Platón su filosofía. Distingue entre lo
que llama doxa, opinión, un saber que tenemos sin haberlo buscado, y la episteme, la
ciencia, que es el saber que tenemos porque lo hemos buscado”

La episteme, seguramente, le quedó zumbando en la cabeza, y muchos años después


vuelve a ella en los diarios.

“Finalmente tengo que formular (pues veo que nadie lo hará en mi lugar) el problema
fundamental de nuestro tiempo, aquel que domina por entero toda la episteme occi-
dental. No es el problema de la Historia, ni el de la Existencia, ni el de la Praxis, o de la
Estructura, o del Cogito, o del Psiquismo, ni ninguno de los otros problemas que han
ocupado el campo de nuestra visión. El problema capital es: cuanto más inteligencia,
más estupidez (...)”

“Vuelvo a este problema, aunque ya lo he abordado en muchas ocasiones... La estupi-


dez que experimento –cada vez más y de manera cada vez más humillante–, que me
agobia y me consume, ha aumentado mucho desde que me acerqué a París, la ciudad
más estupidizante del mundo”

Sí, en París se hablaba del existencialismo, de la música de Schönberg o de teorías físi-


cas que sobrepasaban las posibilidades de comprensión de los buenos burgueses pari-
sinos. París es más culto que Santiago del Estero, pero precisamente por eso, más ton-
to.

La episteme occidental no puede solucionar los problemas del sistema comunicativo, ni


siquiera puede registrarlo porque está por debajo de su nivel. Roland Barthes le sale al
cruce a Gombrowicz y se pone a favor de la episteme.

“La escritura no es más que un lenguaje, un sistema formal (una verdad que lo anima);
en un cierto momento (que puede ser el de nuestras crisis profundas, sin otro fin que
cambiar de ritmo lo que decimos) este lenguaje siempre puede ser hablado en otro
lenguaje; escribir (a lo largo del tiempo) es tratar de descubrir el mejor lenguaje, el que
es la forma de todos los otros”
Gombrowicz piensa que a Barthes y a muchos otros escritores no les falta descaro, no
se asustan de ninguna escalada verbal, siempre que no les produzca vértigo.

Para poner las cosas en su lugar Gombrowicz relata lo que en su juventud le había con-
tado una amiga, pone al relato como ejemplo de que el miedo a la insolencia enmude-
ce a la episteme: –Mientras estábamos merendando en la terraza apareció el tío Szy-
mon; –¿Pero, cómo?, si Szymon hace cinco años que yace bajo tierra; –Exacto, vino del
cementerio con el mismo traje con que lo enterramos, saludó a todos los presentes, se
sentó, tomó un té, charló un poco sobre las cosechas y se volvió al cementerio; –
¿Cómo? ¿Y vosotros qué hicisteis?; –Nada, qué puede hacerse, querido, ante semejan-
te insolencia.

“He aquí por qué la episteme occidental no es capaz de replicar: ¡es algo insolente-
mente estúpido!”

Todo lo que concierne a la naturaleza del hombre, salvo los misterios trinos, suele dividirse
en dos: el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo... Gombrowicz, siguiendo él también la línea
binaria del pensamiento, eligió la inmadurez y la forma. En su visión del mundo irreverente
y libertaria la cultura y las ideas juegan un papel paradójico pues lo ponen al hombre en el
camino de la inmadurez en vez de hacerlo crecer. No son las ideas las que mueven a las
personas sino las funciones, un pensamiento fundamental del estructuralismo que apareció
bastante después de que Gombrowicz empezara a darle vueltas a esta nueva manera de
ver las cosas.
Antes de observar cómo Gombrowicz pasa de la episteme al estructuralismo vamos a re-
cordar que el término estructura suele traducir al vocablo alemán Gestalt y por ello se
habla de gestaltismo lo mismo que de estructuralismo.

La noción de estructura está muy vinculada a las nociones de forma y configuración por lo
que no resulta nada extraño que, aunque no fuese nada más que por razones morfológicas,
las ideas de Gombrowicz estén vinculadas al estructuralismo.
Cuando conocí a Gombrowicz en el Rex asistí a varias discusiones en las que el Alemán
lo acusaba al Polaco de que sus concepciones de la forma estaban copiadas de la Ges-
talt. A Gombrowicz no le disgustaba esta analogía pero le respondía que su concepción
de la forma era más bien asimilable, en el campo lógico, a una contraposición entre el
método analítico y el método sintético de descomposición y recomposición de ele-
mentos, y le ponía como ejemplo el “Filifor forrado de niño”, una historia en la que lu-
chan dos partes antitéticas alrededor de un eje central en la que triunfa la función so-
bre la idea.

Para no complicar las cosas vamos a decir que el estructuralismo es una teoría común
a varias ciencias humanas, como la lingüística, la antropología social y la psicología que
concibe cada objeto de estudio como un todo cuyos miembros se determinan entre sí,
tanto en su naturaleza como en sus funciones, en virtud de leyes generales. Antes de
que surgiera la moda del estructuralismo Marx ya había intentado establecer científi-
camente las condiciones de la estructura social que, según su concepción materialista,
estaba determinada por el modo de producción y por las relaciones entre las clases so-
ciales sobre la que se apoya la superestuctura institucional, jurídica, moral e ideológica
de la sociedad. Y también Freud había elaborado un modelo estructural para dar cuen-
ta del inconsciente reprimido con su sistema del yo, del ello y del super yo.

Y, además, antes de la moda estructuralista, Saussure diferencia en sus estudios sobre


lingüística a la “lengua” del “habla”, considerando a la lengua como un sistema de sig-
nos independiente del uso que de él hace el individuo, habiendo sido esta idea la inspi-
radora del estructuralismo. Durante las décadas del 40 y el 50, la escena filosófica
francesa se caracterizó por el existencialismo, fundamentalmente a través de Sartre,
aparecen también la fenomenología de Husserl, el retorno a Hegel y la filosofía de la
ciencia. Pero hay algo que cambia en la década del 60 cuando Sartre se orienta hacia el
marxismo y surge una nueva moda, el estructuralismo. Strauss en la etnología, Lacan
en el psicoanálisis, Althusser en el marxismo y Foucault en la epistemología, por decir
algo, aunque él no se reconocía como estructuralista.

Gombrowicz afirma que él era estructuralista treinta años antes de que apareciera el
estructuralismo. Puntualiza que afirmaciones tales como: “ya no se actúa, uno es ac-
tuado, ya no se habla, uno es hablado”, características del estructuralismo, son equiva-
lentes a las de “El casamiento”: “No somos nosotros quienes decimos las palabras, son
las palabras las que nos dicen a nosotros”, y que esta coincidencia no es incidental, to-
da su obra tiene sus raíces en el drama de la forma. Si en afirmaciones como: “Tal co-
mo yo lo veo, el hombre es creado por la forma, creador de la forma y su infatigable
productor”, cambiamos el vocablo forma por estructura, queda demostrado lo que
había que demostrar.

Gombrowicz consideraba que en cierto modo era estructuralista del mismo modo que
era existencialista, que se hallaba ligado al estructuralismo por la afirmación de la for-
ma.

Si la personalidad se crea entre los hombres, en el marco humano que la define, en-
tonces es natural que sea una función de un sistema de dependencias cercano a lo que
llamamos estructura. Pero el mundo de los estructuralistas, si bien tiene analogías con
el suyo, es también su contrario. El estructuralismo tiene sus raíces en la etnología, la
lingüística, las matemáticas, y en una acepción más amplia como la de Foucault, en la
epistemología, mientras que el estructuralismo de Gombrowicz es artístico, procede
de la calle y de la realidad de todos los días, es práctico, y por ser práctico se halla cer-
cado por la angustia y la pasión.

La literatura de Gombrowicz no era un derivado del estructuralismo, una derivación


muy común en esa época, en forma independiente había llegado a conclusiones simila-
res a partir de un estado de ánimo diferente, de otras experiencias, en otro plano. Lo
que los separaba contaba más que lo que los ligaba.

“Yo, individuo privado y concreto, odio las estructuras, y si descubro la Forma a mi


manera, es precisamente para defenderme de ella”

Gombrowicz quiso darle una lección al último de los estructuralistas o, mejor dicho, al
primer postestructuralista, a Michel Foucault. Nos dice que desde su especial punto de
vista Foucault tiene razón cuando anuncia el eclipse del hombre, su gradual liquida-
ción. Sí, el hombre desaparece, pero solamente para Foucault, en el estricto campo de
su teoría. Sin embargo, una fórmula no puede ser más que una fórmula y el agujero
que atraviesa el razonamiento de los estructuralistas terminará por engullirlos. En la
ciencias exactas se puede razonar en contra de la más evidente realidad cotidiana y
personal, pero en las ciencias humanas no ocurre lo mismo.

“Foucault se propone destruir al hombre en el episteme. ¿Pero para qué? Para afirmarse en
su personalidad, para ganarle la batalla a los demás filósofos, para llegar a ser un hombre
eminente. Henos aquí nuevamente ante la simple realidad. Admiro la ciencia puesto que
soy ignorante (como ustedes, señores, y como Sócrates), pero me temo que esa pequeña
palabra llamada ‘yo’ no se va a dejar eliminar tan fácilmente, porque nos ha sido impuesta
con demasiada brutalidad”
En una entrevista para el Cahier l’Herne, Foucault declaraba, pocos días después de la
muerte de Gombrowicz:
“No tengo aquí los textos de Gombrowicz, y es a él a quien hubiera apuntado en este
momento. Ahora que, muerto el perro, se acabó la rabia, ¿de qué serviría?”

Gombrowicz alcanzó la fama tardíamente y este retardo en el reconocimiento produjo una


falta de balance. En efecto, mientras Gombrowicz llenó muchas páginas de sus escritos refi-
riéndose a Borges, a Sartre a Foucault..., ellos apenas registraron su presencia.
“Sí, sí, por supuesto, me he informado. Una ‘estructura’ estructuralista no es lo que yo en-
tiendo por ‘forma’, y, puede creerme, he leído aquí y allá un poco de Althusser, Lévi-
Strauss, Foucault, Marx, Lacan, Barthes, Goldmann... ¡Sepa que estoy a la última moda
aunque no esté seguro de cuál... hay demasiadas! (...)”
“Pero en los estructuralistas la cosa es muy diferente, ellos buscan las estructuras en la cul-
tura, yo en la realidad inmediata (...)”
“Mi forma de ver las cosas estaba directamente relacionada con los acontecimientos de
aquel entonces: hitlerismo, stalinismo, fascismo... Estaba fascinado por las formas grotescas
y espantosas que surgían en la esfera de lo interhumano destruyendo todo lo que hasta en-
tonces había sido venerable. Era como si la humanidad estuviera atravesando un cierto es-
tadio para entrar en otro: el de una elaboración consciente de la forma. En adelante el
hombre podría ‘hacerse’, se fabricaban la verdades a voluntad, y los ideales, los fanatismos
e incluso los sentimientos más íntimos... El hombre fue para mí como una abeja, que secre-
taba continuamente no la miel sino la forma. Se modelaba en el vacío”

LA RATA

Un malhechor llamado Huligan asolaba con sus fechorías una comarca de


Polonia. Tenía un carácter exuberante y no admitía restricciones de nin-
guna especie. Odiaba a los ladrones de carteras y de cosas pequeñas, si
tenía que elegir entre pellizcar a alguien o despacharlo al otro mundo con
un golpe violento, lo liquidaba y seguía caminando y cantando a pleno pulmón. Nadie podía
atribuirle un asesinato vil o hecho a traición, todos sus asesinatos tenían un aspecto noble y
los realizaba al son de una tonada: –Ay, María, María, Mariíta mía. Amaba a María más que
a nadie en el mundo, la amaba con amplios gestos, entre bailes, saltos y vodka en abun-
dancia.
No concebía el silencio ni la falta de lenguaje tan común en los hombres de nuestro tiempo.
A veces le pesaba la nostalgia, entonces toda la comarca escuchaba sus lamentos sonoros y
lánguidos.

Al escuchar sus lamentos los perros aullaban dentro de los corrales y su aullido contagiaba
a los hombres mientras el bandido cantaba: –Ay, María, vida mía. Poco a poco se convirtió
en una leyenda y se compusieron canciones en su honor con el estribillo: –Ay, ay, ay, vida
mía. No todos le tenían simpatía, en una villa solitaria vivía un soltero encallecido que había
sido juez y detestaba la fantasía exuberante de la región.
Se quejaba en secreto a las autoridades locales por la tolerancia que tenían con los asesina-
tos de Huligan y sus escándalos a pleno día, pero la policía se mostraba impotente porque
la población lo protegía. Además sólo mataba a unas pocas personas y a la gente le gustaba
presenciar sus asesinatos. Mientras el comisario conversaba con el ex-juez volaba por los
aires un cadáver y llegaba a sus oídos un grito magnífico, como si miles de bisontes hollaran
los campos sembrados y los prados.

La conversación que mantuvo no lo satisfizo y el juez jubilado se propuso detenerlo con sus
propias manos y encerrarlo en una jaula para limitar su naturaleza exuberante.
Le ordenó a su mayordomo que se colocara debajo de un árbol en la colina y lo encadenó a
su tronco. Excavó con sus manos un hoyo en el que puso una trampa de hierro y regresó a
su casa. Llegó la noche y el juez miraba a la colina desde un balcón. Hulingan se encaminó
hacia el sirviente a grandes zancadas para despedazarlo a la luz de la luna pero cayó en la
trampa, el juez llega a la carrera y con mucho trabajo lo transporta al sótano de su vieja ca-
sa. En los días siguientes el jubilado se regocijaba de tener en el sótano al bandido amorda-
zado para evitar que aullara y provocara escándalos. Durante meses enteros reinó en la
comarca un gran silencio.

Huligan soportaba las vejaciones del juez en silencio, y su silencio crecía, crecía y se agigan-
taba en las tinieblas, digno de sus hazañas más gloriosas. Con la meticulosidad de un ratón
de biblioteca el viejo buscaba el punto flaco del bandido para transformarlo en un ser de
naturaleza estrecha, tan estrecha como la de él. Cuando le quitaba la mordaza para darle
de comer Huligan estallaba en aullidos y de esa manera la población de las aldeas se daba
cuenta de que estaba vivo. El juez seguía buscando el punto de menor resistencia y final-
mente lo encontró: la rata.
En una ocasión una rata entró en la celda y en ese momento el malhechor se contrajo. El
juez le quitó la mordaza pero Huligan permaneció en silencio, el asco y el miedo lo paraliza-
ron.

Cuando la rata se acercó a sus pies, sujetos al cepo, se rió nerviosamente. No se había con-
movido ante los tormentos a que lo sometía el juez pero le tenía miedo a una rata, matar a
una rata con sus propias manos se le aparecía como una acción inaccesible. El viejo jubilado
se convirtió finalmente en el amo de Huligan, y a partir de entonces, sin la menor piedad, le
propinaba rata.
Pasaron los años y el mayordomo, hastiado de todas las tareas que tenía que realizar para
maltratar a Huligan, empezó a maldecir a la rata, al amo, a la casa y al bandido. La tensión
crecía y crecía. Una noche la rata rompió la cuerda que la tenía sujeta, el sirviente bajó la
cabeza y la persiguió, el juez también la persiguió con la cabeza baja, ambos habían perdido
los estribos y se envistieron.

Se oyó un estruendo enorme en el sótano y los cerebros volaron por el aire. Después de
once años Huligan se halló libre.
Lo obsesionaba el pensamiento de qué habría ocurrido con la rata, pero la rata no aparecía.
Había conocido demasiado bien el aspecto horroroso de la rata al punto que su sola ausen-
cia era más importante para él que los sonidos más dulces y que todas las brisas del mun-
do. El oído del bandido era empleado para captar el rumor más ligero semejante al que
hace una rata, pero la rata no aparecía. Era increíble que el roedor, durante tantos años
unido a su persona por relaciones tan estrechas y espantosamente profundas, hubiera po-
dido separarse de él, desaparecer y renunciar a él de buenas a primeras. La rata no aparec-
ía.

Un día la vio, la rata deslumbrada por la luz buscaba refugio, y las cavidades de la ropa y el
cuerpo de Huligan eran los escondites más a mano que tenía la rata.
Huligan empezó a correr seguro que detrás de él galopaba la rata, estaba confundido y sin
darse cuenta se metió en la cabaña de María, la muchacha dormía con la boca abierta. De
pronto apareció la rata y empezó a remolonear cerca de las faldas de María. El bandido
había descubierto por casualidad la madriguera de la rata y hacía maniobras silenciosas pa-
ra que el roedor se metiera en ella, pero, repentinamente, algo la atrajo hacia la rodilla de-
recha de la joven, y Huligan se quedó paralizado. El terror que le produjo el contacto de la
rata con María hizo que el bandido aullara. Aulló como en el pasado para despertar al
mundo entero, y se lanzó aullando contra la rata, ya no tenía miedo, la atacó de frente, ten-
ía la convicción de que estaba acorralada, pero ocurrió algo terrible.
La rata, ciega de terror, sintió la necesidad de meterse en un agujero, se dirigió rápidamen-
te a la boca de María y saltó dentro de la cavidad abierta de la muchacha dormida. María,
semidormida, se despertó sorprendida, cerró las mandíbulas mecánicamente pero de ma-
nera implacable y puso fin a la máquina del horror: la rata terminó con la cabeza guillotina-
da. Un mordisco en el cuello consumó la muerte de la rata. La rata dejó de existir. Huligan
tuvo que enfrentase a la espantosa muerte de la rata en la adorable cavidad oral de su
amada María. Y con esa visión en los ojos desapareció.
“Da un paso y otro paso y otro paso, pero lo sigue aquella rata muerta. Paso tras paso, paso
tras paso, y en la boca de María sigue la rata muerta”

LA VIEJA ABADÍA DE ROYAUMONT

Nuestro destino anda golpeando puertas por el mundo entero hasta


que finalmente entra por una puerta. Es inútil preguntarse por qué
entró por ésa y no por otra, si esta pregunta tuviera respuesta no
hubiese sido entonces el destino el que golpeaba.

El destino golpeó dos veces la puerta de Gombrowicz, en un café de Varsovia en el que


un colega le despierta las ganas de viajar a la Argentina, y en la vieja abadía de Royau-
mont donde pierde su condición de célibe y cancela su regreso a la Argentina.

Nos enteramos de la existencia de la abadía de Royaumont por una carta.

“El 17 de mayo me fui de Berlín a París en avión, viaje muy bueno, de Orly (aeropuerto)
a Maisons Laffitte donde está la casa de 'Kultura' donde me quedé una semana y me-
joré un tanto (...)”

“El 24 me fui, acompañado por mi sobrino, a Royat, un lugar especial para enfermos de
corazón, cerca de Clermont Ferrand (sierras de Auvergne). Después de tres días de
búsqueda desesperada de piezas hablé por teléfono con Giedroyc diciendo que me
propongo volver a 'Kultura'. Pero el hijo de puta dijo que solamente por una semana
será posible porque tiene otros invitados. Esto ha provocado una indignación general:
yo, Kot, Bondy, Nadeau etc. Y me procuraron un sitio extraño en la vieja abadía (abba-
ye) de Royaumont, 30 km. de París, donde hay un lugar de reposo para artistas y un
centro cultural”
Cuando la Vaca Sagrada lo conoció en Royaumont estaba escribiendo una tesis sobre
Colette, Gombrowicz, que ya tenía la salud quebrantada, le dijo que quería radicarse
en España, en el sur de Francia o, quizás, regresar a la Argentina: –Cambie el tema de
la tesis, hágala sobre mí, yo se la escribiré en dos semanas y luego nos vamos.

Finalmente la Vaca Sagrada aprobó la tesis, a pesar de los sarcasmos de Gombrowicz


que le advirtió que después de los acontecimientos de mayo su tesis sería rechazada.
Una joven canadiense que viajaba por Europa lo encontró a Gombrowicz y se quedó
con él.

“Los reaccionarios nunca lo quisieron, comprendieron que él era enemigo de todos los
órdenes establecidos (...) lo han tratado hasta de nazi, en Royaumont por ejemplo, pe-
ro hay que reconocer que allí, en materia de provocación, él no tenía las manos muer-
tas. Muchos hicieron su autocrítica, pero bastante después, a ellos les llevó muchos
años descubrir lo que Gombrowicz siempre supo”

El abandono de la Argentina, el encuentro con Berlín, la ciudad en la que se había pla-


nificado la ruina de Polonia, y la enfermedad lo pusieron a Gombrowicz fuera de con-
curso. Royaumont fue una transición, en la vieja abadía Gombrowicz recupera el do-
minio y la alegría que había perdido en Berlín.

“Una abadía del siglo XIII, donde el rey San Luis servía a los monjes y donde, al parecer,
gobernó a Francia durante un tiempo; un gótico poderoso, de base cuadrada, de cua-
tro pisos, murallas, galerías, arcos, rosetones, columnas, un parque tranquilo con cana-
les y estanques de agua verde y podrida”

Royaumont era un centro científico y cultural donde se celebraban congresos interna-


cionales, conferencias, conciertos y seminarios.

“Es un lugar distinguidísimo y bello, la campiña alrededor encantadora, valles y bos-


ques, de París treinta kilómetros, así que a cada rato llega gente (hay como cincuenta
habitaciones en el viejo dormitorio de los monjes) y, cuando se supo que estoy aquí,
llegan admiradores (...)”

“Mejor conozco París desde aquí que si hubiera vivido en el centro. Tengo naturalmen-
te gran éxito en la mesa (de cinco a treinta personas, depende). Escribo, Goma, no
demasiado, poco, diría, recién ahora empecé, aquí no es tan fácil (...)”

Tenía conversaciones estrafalarias en el comedor destinado a los residentes habituales


y a los miembros del círculo. Presidía la mesa un anciano muy distinguido, experto en
quesos y devorador de ensaladas. Era sordo como una tapia, lo que no le impedía lle-
var la conversación con la cordialidad típica de los franceses: –Ah, es usted escritor po-
laco, perfecto, ¿me podría decir a cuál de los escritores franceses contemporáneos
aprecia usted más? ; –¡A Sartre!; –¿A quién? ¿A Sartre? Sartre no es mi amigo para na-
da. ¿Y no le gusta Racine?; –¡Oh, no!; –¿Cómo que no?; –¡Pues no me parece gran co-
sa!; –¿Qué? ¿Perdone? ¿Qué ha dicho ese señor? ¿Qué no le parece gran cosa? Pero,
perdóneme mi amigo, usted exagera.
No sólo con este señor d’Hormon sostenía diálogos de sordo, también los sostenía con
las damas intelectuales: –¿Usted comparte las opiniones que tiene Simone de Beauvoir
sobre la mujer contemporánea?; –No del todo, yo tengo una opinión más bien pareci-
da a la del emperador Guillermo –‘K.K.K’, o sea, ‘Kinder, Küche, Kirche’, es decir, ‘hijos,
cocina, iglesia’; –¿Qué, qué?, ¿usted está hablando en serio?; –Sí, estoy hablando en
serio.

Estas locuras arrogantes de Gombrowicz seducían a los estudiantes, así fue como sedu-
jo a la Vaca Sagrada en esta vieja abadía medieval. Hablaba aparte con los jóvenes, es-
pecialmente con uno de los estudiantes más rebeldes: –¡Lo adoro, usted tiene el don
de convertir a la gente en idiotas!

Y también hablaba aparte con el administrador del círculo: –Royaumont me va bien


para los nervios; –Royaumont le va bien para los nervios porque usted destroza los
nervios de los demás.

Se divertía hasta cierto punto, pero la falta de humor propia de un organismo sufrien-
te, y los recovecos de ese edificio medieval eran un poco lúgubres. Alemania y Francia,
Polonia y la Argentina. Después de haberse sumergido un año en Alemania miraba a
los franceses con curiosidad.

“Los europeos lanzados a las costas de América del Sur como tristes náufragos, con-
chas o algas que perdían fuerza..., aquí están en sus propias naciones, como frutos en
el árbol, llenos de savia (...) Polonia y Argentina, los dos tigres míticos de mi historia,
dos olas que pasan sobre mí y me asolan con su terrible insistencia, pues eso ya no
existe, fue”

La enfermedad lo golpeaba duramente, le rondaban por la cabeza ideas tristes.

Pensaba que había entrado en la fase final de la vida en la que sólo se vive de lo que ya
está muerto. Las obras y las cosas terminadas lo hacían sentir vivo tan sólo para los
que lo visitaban en Royaumont, pero él se sentía muerto y petrificado... aunque no
siempre.

“Aquí, Goma, me veneran, me aman, soy el escritor extranjero mas amado de París.
Ayer Jean Wahl me presentó a Gabriel Marcel quien me dijo: ‘Usted me disculpará por
mi nota sobre ‘Le Mariage’, pero sufrí muchísimo durante este espectáculo’ Yo: –Esta
nota, lo confieso, no me agradó tanto, pero la firma debajo de la nota sí que me pro-
curó placer. (Es un viejo boludo)”
En la abadía se sentía amenazado por las etiquetas de noble polaco y de emigrante. De
estos marbetes y de su comportamiento altivo un crítico literario, alemán judío, sacó la
conclusión, y la puso en conocimiento del jurado que iba a otorgar el premio Formen-
tor, que Gombrowicz era antisemita y que estaba escribiendo un libro plagado de estas
alusiones.

Sin embargo, seguía comportándose de manera irresponsable, prefería la diversión a la


seriedad, especialmente con el presidente del círculo, el señor André d’Hormon, el ve-
nerable anciano sordo: –En su Renán está oculto Bergson; –Sí, es cierto, porque a la
mónada hay que abordarla desde esta perspectiva, créame, he pensado mucho en ello,
y además Demócrito...; –Desconfío de Teócrito; –¿Qué? ¿Heráclito? Sí, sí, hasta cierto
punto comparto sus sentimientos, querido señor, pero los horizontes heraclitianos...

“Nos escuchaban con devoción, en un silencio profundo, la mesa entera estaba sus-
pendida de nuestros labios, hasta que finalmente el anciano me dio una palmadita en
el hombro: –Somos del mismo piso”

En Royaumont el destino le golpea por segunda vez la puerta y Gombrowicz nos aban-
dona.

“Goma: fijese que no es muy cierto que yo vuelva ahora a la Argentina. Me dicen que
el calor del verano puede perjudicar el corazón, además parece que tendré que ir a las
montañas. Pero ¿volver para ir a Córdoba? Todavía no sé, tengo que consultar mi
médico principal que vuelve de vacaciones al comienzo de setiembre. Aquí tampoco es
muy fácil encontrar un lugar adecuado para huir ante el invierno”

Royaumont le da la última llave a Gombrowicz para que se no se sienta desterrado.

“En Royaumont, cerca de París, pasé tres meses. Después huí del otoño, primero a la
Messuguier, en la proximidades de Cannes. Alquilé la habitación donde antaño había
vivido Gide. Mi senda sigue por fin la huella de los hombres que conozco bien desde
hace años, como si los alcanzara físicamente post mortem, y siento en mí una voz que
dice: estabas desterrado”

EL BANQUETE

Las sesiones secretas del consejo de ministros se desarrollaban en la


oscuridad de la sala de los retratos. Los ministros y viceministros del
estado se pusieron de pie, iban a anunciarse las nupcias del rey con la
archiduquesa Renata Adelaida Cristina. Al día siguiente, durante el
banquete real, los prometidos, que sólo se conocían por fotografías, serían presenta-
dos. Esa unión acrecentaría el prestigio y el poder de la corona.

El canciller abre el debate de la sesión del consejo. El ministro del interior pide la pala-
bra pero comienza a callar y no hace otra cosa que callar todo el tiempo que dura su
intervención. Los ministros que le siguen en el uso de la palabra hacen lo mismo, se ca-
llan. Todos callaban porque el rey era venal y corrupto, se dejaba sobornar y vendía a
manos llenas su propia majestad.

Entra el rey al consejo vestido de general con la espada al flanco y un tricornio de gala
en la cabeza. Los ministros se inclinan y el monarca, mientras se arrellana en el sillón,
los contempla con una mirada astuta. El consejo de ministros se transforma en consejo
de la corona por la presencia del rey y se prepara para escuchar sus declaraciones.

El soberano manifiesta su satisfacción por la próxima boda con la archiduquesa y pone


de relieve la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, pero su voz suena tan
venal que el consejo de la corona se estremece de miedo en el completo silencio que
reina en la sala. Sigue diciendo que estaba obligado a hacer un serio esfuerzo para que
la archiduquesa reciba la mejor impresión de su reinado. Cuando sus dedos empiezan
a tamborilear sobre la mesa a los ministros no les queda ninguna duda, el monarca es-
taba solicitando una colaboración para la realización del banquete.

Se queja de los tiempos difíciles, de que no sabía cómo hacer para afrontar ciertos
compromisos, en ese momento se empieza a reír y a guiñarle el ojo al canciller en for-
ma repetida, finalmente, le hace cosquillas debajo del brazo. El silencio del canciller es
profundo y la risa del rey se extingue. El anciano canciller y los otros ministros se incli-
nan ante el soberano. El poder de la reverencia de la corte fue tremendo, el rey quedó
golpeado e inmovilizado, aquella reverencia le devolvió la realeza, el pobre rey Gnulo
gimió y trató de reír pero no pudo, entonces huyó aterrorizado amenazando al consejo
con que se iba a tomar venganza.

Los ministros se preguntaban cómo había que hacer para impedir que el rey Gnulo ar-
mara un escándalo en el banquete como represalia por no haber obtenido la cantidad
de dinero que deseaba.

La archiduquesa extranjera era hija de emperadores y no podían permitir que se lleva-


ra una mala impresión de la actitud miserable del monarca. A las cuatro de la mañana
el consejo presentó su dimisión pero el viejo canciller no la acepta con el argumento
de que había que constreñir, encarcelar y enclaustrar al rey en el rey mismo. Había que
aterrorizar al rey para salvar la reputación de la corona con el esplendor y la magnifi-
cencia de la recepción.

La archiduquesa Renata Adelaida Cristina entra al salón y cierra los ojos deslumbrada
por la luminosidad del archibanquete. Cuando entra el rey es saludado con una gran
exclamación de bienvenida. La archiduquesa no podía dar crédito a sus propios ojos al
ver al rey, no podía creer que ese hombrecillo vulgar con cara de comerciante y con
una mirada astuta de vendedor ambulante fuera su futuro marido.

En el momento que Gnulo le toma la mano se estremece de disgusto pero el estruendo


de los cañones y el repique de las campanas extraen de su pecho un suspiro de admi-
ración.

Un sonido apenas perceptible empezó a hacerse oír, se parecía al tintineo que produ-
cen las monedas en el bolsillo. El embajador de una potencia extranjera y enemiga
sonríe con ironía mientras le da el brazo a la princesa Bisancia, hija del marqués de
Friulo; el anciano canciller lo mira de reojo porque sospecha que el sonido viene de
ahí. El presagio de una infame traición se apoderó del consejo. El rey y la asamblea se
sentaron. El soberano empieza a comer y todos los demás repiten el gesto multiplicado
al infinito por los espejos.

Lo que hacía Gnulo lo hacían también los otros en medio del estruendo de las trompe-
tas y los reflejos brillantes de las luces. El rey, aterrorizado, bebió un sorbo de vino. El
tintineo de las monedas no había desaparecido, era evidente que alguien quería com-
prometer al rey y desprestigiar el banquete. En el rostro vulgar del mercachifle apare-
ció la rapacidad, el rey sólo se dejaba tentar por pequeñas sumas, era insensible a las
grandes cantidades debido a su mezquindad miserable, lo que corroía a Gnulo eran las
propinas y no los sobornos. El rey empezó a relamerse y la archiduquesa emitió un
gemido de repulsión.

La asamblea se espanta, entonces el venerable anciano también se relame. Los espejos


multiplicaban al infinito los relamidos de todos los presentes.

El rey se enfurece al ver que nada le estaba permitido, todo lo que hacía era imitado
de inmediato, así que empuja violentamente la mesa y se levanta. Todos lo imitaron. El
canciller se había dado cuenta que la única manera de salvar a la corona, ya que no se
le podía ocultar a la archiduquesa la verdadera naturaleza del rey, era obligar a los invi-
tados a repetir los actos de Gnulo, especialmente aquellos que no admitían imitación.
Había que convertir los gestos del rey en achigestos para presionar al monarca. Gnulo,
enfurecido, golpea la mesa y rompe dos platos, todos los demás hicieron lo mismo.

Cada acto del rey era imitado y repetido en medio de las exclamaciones de los invita-
dos. El rey empieza a deambular de un lado para otro cada vez con más furia, y los co-
mensales deambulan, y cuando el archideambular alcanza una gran altura, Gnulo, re-
pentinamente mareado, lanza un alarido sombrío y cae sobre la archiduquesa.

No sabe que hacer y empieza a estrangularla delante de toda la corte. Sin dudarlo un
instante el canciller se deja caer sobre la primera dama que encuentra y empieza a es-
trangularla, los otros siguen el ejemplo y el archiestrangulamiento rompe los lazos que
unen a los invitados con el mundo normal liberándolos de cualquier control humano.
La archiduquesa y muchas otras damas caen muertas mientras crece y crece una archi-
inmovilidad.

Presa de un pánico indescriptible el rey empieza a huir con las dos manos tomadas al
culo, obsesionado con la idea de dejar atrás todo aquel archireino. Como nadie podía
atreverse a detener al rey el anciano canciller exclama que hay que seguirlo. El rey huía
por la carretera seguido por el canciller y los invitados.

La ignominiosa huida del rey se transforma de esa manera en una carga de infantería y
el rey se convierte en el comandante del asalto. La plebe ve a los magnates latifundis-
tas y a los descendientes de estirpes gloriosas galopando junto a los oficiales del esta-
do mayor que, al modo militar, galopan junto a los ministros y mariscales mientras los
chambelanes forman una guardia de honor rodeando el galope desenfrenado de las
damas sobrevivientes. La archicarrera era iluminada por las luces de las lámparas bajo
la bóveda del cielo, los cañones del castillo dispararon y el rey se lanzó a la carga:

“Y archicargando a la cabeza de su archiescuadrón, el archirey archicargó en las tinie-


blas de la noche”

PARÍS BIEN VALE UNA MISA

Enrique de Navarra llegó a ser Enrique IV de Francia pero como era


calvinista antes tuvo que vencer la oposición beligerante de los católi-
cos. El rey tuvo una ocurrencia para seducir a los católicos que dio la
vuelta al mundo: “París bien vale una misa”
De la misma manera que Enrique IV y que Rastignac, el personaje de Balzac, Gombro-
wicz quería conquistar a París.

“Si voy allí, es en efecto para conquistar (...) en París tendré que ser enemigo de París”

La primera educación que tuvo Gombrowicz se la proporcionaron la madre y las insti-


tutrices francesas, y es posiblemente entonces cuando se le empieza a formar su dop-
pelgänger francés, un ectoplasma en el que, como en el “Retrato de Dorian Gray”, va
colocando el paso del tiempo, la pérdida de la juventud y la aparición de la vejez.

Éste es el origen de su fobia parisina, sabía que esta ciudad tocaba su parte más sensi-
ble, la edad, el problema de la edad, y su conflicto con París se debía a que era una
ciudad que pasaba de los cuarenta.

Mucho tiempo después, cerca de la muerte, el doppelgänger francés recuperaba la ju-


ventud y Gombrowicz se volvía viejo.

Emprendió su primera peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo, provin-


ciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París caminaba por las calles,
no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su indiferencia no era
más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco,
como representante de una cultura más débil, tenía que defender su soberanía, no
podía permitir que París se le impusiera.

La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no


podía admirar a París.

Desde muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una verdadera dificultad.

“¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me
gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me
aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –
Bueno... más o menos... no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la
Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renaci-
miento. Lástima que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son
más bien feos y carecen de encanto...”

Una tarde acompañó a un amigo a visitar el Louvre, el amigo adoptó de repente un ai-
re místico, se acercaba a los cuadros en estado de tensión, Gombrowicz pensó que
adoptaba esa pose para atraerlo a su culto, mientras tanto echaba miradas desabridas
a los cuadros con una mezcla de menosprecio y aburrimiento que le producía el exceso
de pintura.

“¿Por qué me haces reproches?, no comprendes que yo no miraba los cuadros, sino
otra cosa; –¿Qué cosa?; –La gente, tu miras los cuadros y yo a la gente que admira los
cuadros, tienen una expresión estúpida, ¿entiendes?, un hombre al admirar un cuadro
pone cara de imbécil, ¡es un hecho!”

A pesar de la distancia que tomaba frente a París Francia doblegó su desprecio por el
Sur.

Del Oeste le llegaban los vientos de la historia y de la cultura, al Sur accedió más tarde,
en Francia, en un trayecto que recorre en bicicleta entre un pequeño balneario mon-
tañoso y la playa de un puerto diminuto en los Pirineos Orientales.

Pedaleaba hacia abajo con un grupo de meridionales desenfrenados, de pronto se le


apareció a lo lejos la superficie inmóvil y resplandeciente del mar latino como si se le-
vantara un telón.

Lo que no habían podido las catedrales y los museos de París lo lograba ese camino
vertiginoso que apuntaba al mar. Comprendió el Sur, Francia, Italia, Roma... todo eso
se le apareció por primera vez en forma hermosa justamente a él, que hasta entonces
había considerado a la gente de tez morena como un tipo humano inferior.

La blancura de las piedras, el noble gris ceniza de los plátanos, el azul al frente, la niti-
dez de las líneas y la plenitud de la forma. Toda la cultura francesa, que hasta entonces
le había parecido burguesa y repugnante, se le apareció como algo elemental y salvaje.
Nunca más sintió aversión hacia el Sur, el Mediodía lo atrapó con una dureza refulgen-
te, un deslumbramiento que preparó el camino para ese viaje increíble y milagroso
que hizo más tarde a la Argentina.

Cuando Gombrowicz llegó a París el 23 de abril de 1963 y se hospedó en el Hôtel de


l’Opéra tuvo un colapso metafísico. En una pared de la habitación colgaba la reproduc-
ción de un óleo de Miguel Ángel con un fragmento de la bóveda de la Sixtina en el que
Dios, en la forma de un potente anciano, se acerca a Adán para darle vida

“¿A quién elegir? ¿A Dios o a Adán? ¿Prefieres los veinte o los sesenta? (...) Al contem-
plar a Dios y a Adán meditaba en que las obras más ilustres del espíritu, del intelecto y
de la técnica pueden resultar insatisfactorias por el sólo hecho de ser la expresión de
una edad humana que es incapaz de infundir amor o éxtasis..., tendré entonces que
rechazarlas en cierto grado, a pesar de mi propio reconocimiento, en aras de una razón
más apasionada relacionada con la belleza de la humanidad. Y cometiendo un peque-
ño sacrilegio rechacé a Dios en el cuadro de Miguel Ángel para tomar partido a favor
de Adán”

Se ocupó inmediatamente de buscar en las calles de París la fealdad de los parisinos,


un poco para darle una prueba de amor a la Argentina que había abandonado, y otro
poco para importunar a París.

La belleza que se adquiere en la madurez es incompleta, mancillada por la falta de ju-


ventud, por eso la belleza joven es una belleza desnuda, la única que no necesita aver-
gonzarse.

Empezó a combatir a París declarándose amante de la Argentina, pues el amor lo hacía


sentir joven. Su diatriba contra París lo llevaba de la mano hacia una juventud desnu-
da, sin embargo, Gombrowicz era una persona mayor y, además, escritor, y como es-
critor hacía lo que podía por parecer mayor que los escritores franceses, para que no
lo sorprendieran en ninguna ingenuidad.

“(...) les ofrecía esa juventud mía sazonada al estilo parisino, es decir, a la antigua, y lo
hacía con la máxima madurez de la que era capaz”

Esta disonancia le trajo más de un contratiempo pues estaban en el mismo cuarto el


artificio y la desnudez, una antinomia explosiva. La idea del artificio se le asoció, en
una de las entrevistas, con los perros de Pavlov, y desde ese momento la artificialidad
de los parisinos se le transformó en un perro pretencioso que dejó oír su aullido en el
silencio de la noche.

“A partir del momento en que el adulto se separa del adolescente, nada podrá ya parar
su creciente artificiosidad”

Es un reflejo condicionado de los franceses que, como al perro de Pavlov, no es nece-


sario mostrarles la carne para que segreguen saliva, basta con hacer sonar la trompeta.

Los franceses caen en éxtasis si se le cita un poema de Cocteau o se les muestra un


Cézanne, lo asocian con la belleza y, entonces, segregan saliva, es decir, se ponen a
aplaudir.

En medio de este mundo mágico lleno de símbolos, Gombrowicz se aventura en París,


un París en el que resultaba cada vez más difícil hablar.
“A partir del momento que el hombre pierde el adolescente que lleva dentro, ¿de
dónde sacará algo de levedad, dónde encontrará la fuerza que pueda frenar su cre-
ciente pesantez?”

Se trata de París, el ombligo del mundo, así que Gombrowicz en un momento se pre-
gunta si sus juicios no habrán sido precipitados pues empieza a recibir cartas desagra-
dables.

“Usted odia a París, y está en todo su derecho. Pero en estos capítulos buscaríamos en
vano la frescura y la sinceridad presentes en otras páginas de su ‘Diario’, aquí utiliza
usted unos esquemas bastante trillados y superficiales, no quiere penetrar en esta ciu-
dad, se vuelve contra ella con irritación... Y se ve más claramente que en otras partes
hasta qué punto usted adereza la realidad para adaptarla a su visión subjetiva”

Sobre que Gombrowicz adereza la realidad en los diarios no cabe la menor duda, su
descripción del mundo obedece a leyes poéticas pues quería expresarlo a través de su
pasión, y su pasión a través del mundo.

La elite de París estaba sólo dispuesta a aceptar la grandeza del hombre, pero no su in-
genuidad y su juventud.

La juventud está impregnada de recuerdos vergonzosos, al punto que un maduro suele


burlarse de otro recordándole algún pasaje de sus años mozos.

París era la expresión máxima del estilo europeo, así que Gombrowicz estaba atacando
a Europa más que a París, Europa era también una factoría de estupidez.

¿Cuál es entonces la falla de Europa? A veces parece que fuera la belleza y otra la es-
tupidez. Gombrowicz ataca la idea de la belleza europea porque es civilizada, organi-
zada y disociada en funciones. Extraen la belleza de sí mismos para convertirla en algo
exterior y objetivo, para que no duela ni infame. La belleza de Gombrowicz es, en
cambio, salvaje, vergonzosa, implacable y personal.

“Existe en la humanidad una reserva inmortal de belleza y de encanto, pero, desgra-


ciadamente, está unida a la juventud. Oh, no basta con admirar la belleza de los cua-
dros abstractos (que no es drástica), hay que experimentarla a través de lo que ha sido
y ya no es, a través de esa inferioridad de la juventud. Éste es más o menos el punto de
partida de mi crítica a París. Inclínate sobre el río del tiempo que corre, Narciso, y trata
de aprehender el agua reverberante que fluye, ese rostro implacablemente cautiva-
dor”
A Gombrowicz lo agobiaba el exceso de refinamiento de París y le tenía miedo a la bru-
talidad de Polonia.

“Tenía miedo en Polonia (...) La única razón de mi zozobra era indudablemente el que
sintiera que pertenecíamos a Oriente, que éramos Europa oriental y no occidental, sí,
ni el catolicismo, ni nuestra aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con
Roma y París, nada podían hacer contra esa miseria asiática que nos devoraba desde
abajo... toda nuestra cultura era como una flor pegada a la piel de cordero de un abri-
go campesino”

Después de haber puesto todas las fichas en las casillas de la juventud Gombrowicz
siente la necesidad de retirarlas.
La Unión de Escritores de Francia sesionó públicamente, calificó a Gombrowicz de re-
accionario y lo condenó, y esto a raíz de lo que había declarado y escrito sobre las pro-
testas de los estudiantes de Nanterre que dieron comienzo a un movimiento de carac-
terísticas revolucionarias que se propagó como reguero de pólvora por toda Francia y
electrizó la conciencia del mundo entero con el nombre de ‘los acontecimientos de
mayo’.
Vamos a escuchar entonces el descargo del condenado para hacer justicia. Gombro-
wicz pensaba que las revoluciones eran desencadenamientos sociales transformadores
que realizaba el pueblo y que por eso llegaban a ser fuertes y espontáneos.

Después de las primeras convulsiones venían los razonamientos y los discursos con una
avalancha de fórmulas prefabricadas, y este segundo momento de la revolución falsifi-
caba su autenticidad y debilitaba la energía del movimiento original.

Considera a los acontecimientos de mayo como una derivación peligrosa de un aspecto


de la cultura europea: la mistificación de las relaciones de los jóvenes con los adultos, y
esta mistificación le parece peligrosa porque el adulto se está comportando como si
tuviera miedo, perdiendo el control sobre la juventud porque no quiere hacer uso de
su autoridad. El inmaduro, tentado a desempeñar un papel para el que no está prepa-
rado, actúa como revolucionario y como profeta de lo que resulta un teatro verdade-
ramente cómico y ridículo.

Gombrowicz está seguro de que los jóvenes franceses eran víctimas de una deforma-
ción parecida a la que experimentaban los dos estudiantes polacos que entablan un
duelo de muecas en uno de los capítulos de “Ferdydurke”.

Uno de los estudiantes ensaya las muecas de un alma noble y el otro las de un alma
vulgar, los dos están enmascarados, y si bien toman posiciones antitéticas, ambos caen
en la vulgaridad y el anacronismo.
La juventud se comporta en forma salvajemente espontánea y es inferior al adulto en
todo aquello que tenga un valor social. Débil e indolente frente al maduro es superior
en un solo aspecto: en el de la propia juventud que es un valor en sí mismo, un valor
cruel que destruye a los otros valores.

Sin embargo, la juventud no quiere perdurar, quiere deshacerse de su falta de madu-


rez lo más pronto que le sea posible, pero esta falta de madurez es, justamente, lo que
fascina a los maduros. Dos adultos mirones y lascivos se desvelan por excitar a dos
adolescentes en “Pornografía”, pero la fascinación que suscitan entre ellos los hace
sentir inferiores. Esta superioridad del inmaduro sobre el adulto es la que legítima-
mente puede ejercer el joven, no la de las ideologías y las revoluciones, tan sólo mue-
cas que encierran al joven en una inmadurez vulgar e inferior.

El hombre maduro de hoy siente que su etilo ha envejecido, desarmado frente al in-
maduro como está le encarga a los especialistas que busquen en los movimientos de la
juventud la mayor cantidad de problemas profundos para que los intelectuales puedan
filosofar, se comportaron como sanguijuelas y le chuparon la sangre a los estudiantes
de los acontecimientos de mayo.

El acercamiento entre las generaciones está dominado en la actualidad por una retóri-
ca estúpida, una especie de revolución artificial que puede falsificar a la larga esta rela-
ción decisiva.

El problema que tiene el joven para situarse correctamente en la relación con el adulto
es relativamente fácil de resolver, sólo necesita que el adulto le enseñe a ser maduro
porque eso es, precisamente lo que quiere ser.

Para el adulto las cosas son bastante más complicadas porque quiere ser maduro pero
también quiere ser inmaduro. Tiene sed de ligereza, de ausencia de responsabilidad y
también de tontería. El joven no busca el poder que tiene el adulto, sabe que todavía
es tonto, y si no lo sabe es más tonto todavía.

“Pero, hablando seriamente, ¿qué aspecto tendré yo si el enemigo me sorprende en


uno de esos momentos de debilidad como un admirador? ¡No, debo ser siempre difícil,
difícil! Y sobre todo ser igual que en la Argentina. Oh, la, la, si yo cambiara no sería más
que un pequeño detalle bajo la influencia de París, ése sería el efecto. No, así como yo
era con Flor o Eisler en el Rex, así debo ser ahora, ¡tengo que estampar mi sello en la
cúpula de los Inválidos o en las torres de Notre-Dame tal como era con Flor en la Ar-
gentina. ¡Con Flor o también con la vieja Polonia aristocrática!”
Los acontecimientos que ocurrieron entre mayo del 1968 y el día de hoy le dieron la
razón a Gombrowicz: la revolución de los jóvenes no prosperó y los adultos volvieron a
las andadas, si hasta el mismísimo Cohn Bendit se refería a los días turbulentos de la
revolución como algo poco serio.

“En realidad, si quiere que le diga la verdad, nuestra Revolución se sublevó contra el
matrimonio De Gaulle, eso fue todo”

Gombrowicz liquida sus conclusiones sobre los acontecimientos de mayo en un plano


artístico.

“No resulta sorprendente, pues, que la acción de los jóvenes en cuanto programa polí-
tico, social o ideológico, sea de tan mala calidad. Un muchacho que lanza piedras es al-
go que está bien, que no resulta chocante en el plano artístico. Un muchacho que pro-
nuncia discursos y se propone cambiar el mundo, no, eso es ingenuo y pretensioso. No
está bien”

FILIFOR FORRADO DE NIÑO

El príncipe de los sintéticos, el señor Filifor, doctor en sintesiología,


era un hombre corpulento, de barba hirsuta y anteojos gruesos. Un
fenómeno espiritual de tanta magnitud debía suscitar en la naturale-
za, en acuerdo con el principio de acción y reacción, un fenómeno de
igual magnitud y de sentido contrario: anti-Flifor, un eminente analista, doctor en aná-
lisis superior, hombre menudo y hosco cuya única misión era perseguir y humillar al
magnífico Filifor. Se especializaba en la descomposición del individuo reduciéndolo a
partes por medio de cálculos y papirotazos. Accediendo al llamado de su vocación ob-
tuvo el título nobiliario de anti-Filifor del que estaba muy orgulloso.

Cuando Filifor se enteró de que anti-Filifor lo estaba persiguiendo comenzó él también


a perseguirlo, pero durante algún tiempo se persiguieron en vano pues el orgullo no
les permitía admitir que eran perseguidos. El choque de ambos sabios se produjo por
casualidad en el Hotel Bristol de Varsovia. Se encontraron en el restaurante del hotel
en el que estaban también presentes la profesora Filifor, Flora Gente de Mesina, y dos
doctores que procedieron a tomar notas por escrito.
Como un duelo preliminar de miradas no resultó favorable a ninguno de los dos con-
tendientes, el profesor analítico le espetó al sintético la palabra ñoquis por considerar-
la esencialmente analítica, a lo que el sintesiólogo le respondió: –Ñoqui. Ñoquis era
analítico pues resultaba de una combinación de harina, huevos y agua, mientras que
ñoqui era sintético porque representaba la unidad del ñoqui supremo.

La profesora Filifor muy entrada en carnes estaba sentada sin pronunciar palabra, de
repente, el profesor anti-Filifor se planta ante ella murmurando en voz baja la palabra
oreja, mientras estalla en una risa sarcástica. Filifor le ordena a su esposa que se cubra
las orejas con el sombrero. Anti-Filifor, entonces, murmura para sí: –Los dos orificios
de la nariz, desnudando con este procedimiento los dos orificios de la nariz de la profe-
sora en forma analítica e impúdica.

Filifor amenaza con llamar a la policía pues la balanza se estaba inclinando de manera
pronunciada en favor del profesor de análisis que acentuó su celebración diciendo: –
Los dedos de la mano, los cinco dedos de la mano. La robustez de la profesora le im-
pedía ocultar el hecho de los cinco dedos de la mano, los dedos estaban allí.

Cuando se disponía a ponerse los guantes anti-Filifor le hace un análisis de orina ambu-
latorio y exclama victorioso: –Un poco de leucocitos y albúmina, y acto seguido se reti-
ra rápidamente con su amante. El profesor Filifor con la ayuda de los dos doctores lle-
va a la profesora al hospital.

La descomposición de la señora Filifor era incontenible y perdía aceleradamente su


contextura. Gemía: –Pierna, yo oreja, pierna, mi oreja, cabeza... despidiéndose de
aquellas partes del cuerpo que se comportaban de manera autónoma, era una perso-
nalidad en estado de agonía. Buscando intensamente medios para la salvación de su
esposa Filifor pronunció inesperadamente la palabra bofetada, era una acción que le
podía devolver el honor a la esposa y sintetizar los elementos dispersos.

Sin embargo, la bofetada no llegó a su destino, anti-Filifor había previsto la maniobra y


se había tatuado en las mejillas dos rositas y una viñeta con palomitas, la bofetada re-
sultó ser algo así como un golpe contra el papel pintado.

Cuando los testigos le hacen ver al ofendido que no existe ofensa porque el analítico
no tiene honor, Filifor les responde que no tomará en cuenta la ofensa pero que su es-
posa se está muriendo, así que no tiene más remedio que proceder sobre la cortesana,
si anti-Filifor analiza a su esposa él va a sintetizar a su amante. Decide actuar directa-
mente sobre Flora Gente, la invita con una copa de Cinzano y de repente le espeta: –
Alma–, la mujer no le contesta; –Yo; –¿Usted?, son cinco zlotys; –Unidad superior,
igualdad en la unidad. Cuando le leyó dos cantos del Dante, le pidió dos zlotys, ni uno
menos.

Y así siguió estimulándola con recursos sintéticos, pero cuando quiso estimular su dig-
nidad le pidió cincuenta zlotys: –Las extravagancias hay que pagarlas viejito.

Uno de los doctores le sugirió al profesor de la síntesis que quizá podría sintetizarla
con el dinero, pero el dinero forma siempre una suma que nada tiene que ver con la
unidad propiamente dicha. Filifor le da vueltas a la idea, no había caso, sólo el céntimo
es indivisible, y un céntimo no puede impresionar a nadie. ¿Pero una suma inmensa-
mente grande no la atolondraría? El filósofo de la síntesis completamente seguro de lo
que hacía los invitó al restaurante Alcázar donde realizaría el experimento decisivo. Fi-
lifor colocó un zloty sobre la mesa, nada. Recién después de haber colocado noventa y
siete zlotys le aparecieron síntomas de extrañeza a Flora Gente, y a los ciento quince
su mirada se empezó a sintetizar alrededor del dinero.

A los cien mil zlotys Filifor jadeaba, anti-Filifor empezaba a inquietarse y la cortesana
alcanzaba cierta concentración. La suma iba dejando de ser suma y se convertía en al-
go inabarcable haciendo estallar el cerebro por su enormidad. Cuando el sacerdote de
la ciencia de sintetizar desembolsó todo lo que tenía y selló el montón, Flora Gente se
levantó y en medio del llanto y la risa dijo: –Señores, yo. Filifor profirió un grito de
triunfo y anti-Filifor le pegó en la cara, un golpe que actuó como un rayo sintético
arrancado de las entrañas analíticas.

Los testigos se abocaron a preparar el duelo. Filifor no tenía ninguna duda, cualquiera
fuera el que cayese la síntesis saldría triunfadora porque la índole de la muerte es
sintética, tendría una victoria más allá de la tumba.

Debido a su exaltación invitó a ambas señoras al duelo en carácter de simples especta-


doras. Sin embargo, los doctores estaban inquietos, le temían a la simetría de la situa-
ción pues a cada movimiento de Filifor, que tenía la iniciativa, le correspondería un
movimiento análogo de anti-Filifor. ¿Pero qué sucedería si anti-Filifor se apartara de
esta simetría?

Filifor apuntó al corazón, tiró y no dio en el blanco. Y ya en este primer movimiento an-
ti-Filifor se aparta del eje que unía a los contendientes y en vez de apuntar al corazón
de Filifor apunta al dedo meñique de la profesora Filifor. El dedo meñique cayó corta-
do y los testigos profirieron un grito de admiración. Filifor, fascinado por el tiro del ad-
versario apunta él también al dedo meñique de Flora Gente, que cae cortado.

El tiroteo continuó en forma incesante, a su turno cayeron, después de los dedos, las
orejas, las narices, los dientes... Con el último tiro el maestro del análisis perfora la par-
te superior del pulmón derecho de la profesora Filifor, y con la réplica del maestro de
la síntesis queda perforada la misma parte del pulmón de Flora Gente. Los testigos es-
tallan y gritan con admiración, luego reinó el silencio. Ambos troncos murieron, caye-
ron al suelo, y ambos tiradores se miraron.

El análisis había vencido, pero de esta victoria no resultó nada, y si hubiera vencido la
síntesis tampoco hubiera resultado nada. Los sabios abandonaron sus posiciones y to-
maron distintos caminos ejercitando su puntería con piedras y escupitajos que arroja-
ban contra gorriones, árboles, gallinas, conejos, faroles, ventanas, sombreros, velas...,
y así recorrieron el mundo.

Cuando alguien del mundo científico le recordaba a Filifor el pasado glorioso de aque-
llas luchas del espíritu contestaba con ensoñación que sí, que en el duelo se había dis-
parado muy bien, y si alguno de los testigos le reprochaba que estaba hablando como
un niño le respondía:

“Todo está forrado de niñadas”

IVONA, PRINCESA DE BORGOÑA

La acción comienza en una época indefinida en la que hay reyes,


príncipes y chambelanes. Los reyes y su hijo Felipe entran a un paseo
arbolado anunciados por el son de las trompetas. La reina y el cham-
belán se complacen con la belleza del crepúsculo y el rey piensa en la
partida de bridge que jugará a la noche. Un mendigo pide limosna y el rey ordena que
le den cinco centavos para que el pueblo sepa que no es indiferente a sus problemas,
la reina duplica la limosna inspirada en la puesta de sol, y el rey la sube a quince para
que el pordiosero sienta todo el peso del presente regio; los cortesanos hacen gestos
de admiración.
Los reyes se retiran, el príncipe se queda en el paseo con dos amigos y entre los tres
consultan el horóscopo del que el príncipe deduce que las horas eran favorables para
una aventura galante.

Cipriano los anima a que desempeñen la función de la alegre animalidad juvenil como
muchachos jóvenes, para que los curas tengan trabajo y funcionen como curas según
el principio de la división del trabajo. Felipe siente que empieza a recorrer el camino de
siempre, buscar unas buenas piernas y la dulzura de unos labios diciéndole que sí. Ca-
da uno representa un papel, su padre forja el alma de los súbditos y él seduce el co-
razón de las súbditas. Los amigos miran a una rubia que pasa y él a Ivona que entra al
paseo con dos tías.

Como la joven carece de gracia uno de los amigos empieza a burlase y el otro a ladrar,
el príncipe los interrumpe y se presenta a las tías como el hijo del rey. Las tías le cuen-
tan que están fastidiadas con Ivona, que tiene una tara fisiológica, en el invierno se
hincha, en el verano se congestiona, en el otoño le salen los sabañones y en la prima-
vera le vienen los flujos, que se podría curar si la sangre le circulara más rápido pues se
pondría más alegre, pero no se puede poner alegre porque tiene la sangre espesa, un
círculo vicioso.

El príncipe se dirige a Ivona y le dice que le vienen ganas de pincharla con una aguja
para burlarse de ella, que le ha puesto los nervios de punta, y como la joven se calla
empieza a construir a partir de ese callar el porte y la conducta soberbia de una reina
ofendida, en ese momento decide que será de él y se la presenta a sus amigos. Cipria-
no se anuncia como el conde de la mierda y Cirilo como el marqués de la colitis mien-
tras la dama de honor de la reina les pide piedad para la pobre muchacha. Y pobre mu-
chacha es el disparador final de la rebeldía de Felipe, decide casarse con ella y pedirle
el consentimiento a las tías. ¿Una broma?, si ella misma es una broma, si ella puede
bromear, él también puede bromear, sí él es príncipe ella es una reina orgullosa y
ofendida a la que le pide el honor de que le conceda la mano.

Cuando las tías le están agradeciendo la generosidad y la filantropía y los amigos, que
no lo pueden creer, lo maldicen, las trompetas anuncian la llegada del rey, las tías se
escapan.

El rey se complace con la naturaleza donjuanesca de su hijo que heredó del padre,
según dice, y la reina lo reprende. Le pregunta qué clase de bicho es esa doncella a lo
que Felipe le responde que es su prometida. El chambelán y la dama de honor le acla-
ran que es un chiste y el rey lo acepta como broma, esa broma lo hace sentir más jo-
ven. El príncipe le explica que tiene bastante fortuna como para someterse a los peo-
res sacrificios, no está obligado a elegir la belleza, puede también elegir un mamarra-
cho, no acepta nada que pretenda esclavizarlo.

El rey le recuerda que si una chica es linda, está bien, y si es fea, buenas noches, es una
ley de la naturaleza pero el hijo le responde que es una ley vulgar e injusta. El cham-
belán comenta que es vulgar pero sabrosa; al rey todo eso le parece un síntoma del
hastío que le producen a Felipe los estudios universitarios en el Instituto Oficial de
Construcción de Altos Hornos y sus ocupaciones en el dominio cívico y social, para el
chambelán el hastío proviene de la facilidad que existe en los tiempos que corren para
la práctica de juegos eróticos. La reina le recuerda que si sus juegos juveniles han deja-
do de gustarle y el bridge y el polo no tienen atractivo para él le quedan todavía el
fútbol y el dominó.

El príncipe exclama que se casa y listo, el rey se ofende y lo trata de mocoso insolente,
que como lo está ofendiendo en su propia casa se verá obligado a lanzarle el anatema,
mientras la reina le ruega que no lo haga porque es el buen corazón del hijo el que lo
arrastra.

El chambelán le observa al rey que, necesariamente, la acción debe ser noble pues si
no lo fuera el casamiento sería un escándalo. El rey aprecia la nobleza desproporcio-
nada de la acción pero el hijo le aclara que no es por nobleza que lo hace; Margarita, la
reina, le ruega a su Fitito que no los contradiga, que lo autoriza a que les presenta a la
prometida, el chambelán y los cortesanos lanzan suspiros de admiración.

En el momento que el príncipe presenta a Ivona el chambelán le pide a la joven en voz


baja que haga una reverencia, como no la hace se lo pide Felipe, después la madre,
después el rey y otra vez el príncipe, pero Ivona permanece impávida. La reina le mani-
fiesta al príncipe que están en el cenit de la emoción y a la joven que en adelante serán
padres para ella, que el espíritu evangélico los colma de felicidad y que la belleza se
encuentra en la cimas más elevadas del espíritu.

El rey, a solas con Margarita y el chambelán, se desespera, fueron ellos los que tuvie-
ron que hacerle la reverencia al monstruo horrible y no ella a los reyes, la reina le re-
cuerda que a pesar de esa falta de modales la acción de Felipe es bella. El chambelán
concluye que cuanto más horrible es la novia más bella debe ser la acción, que él tra-
tará de descubrir las verdaderas intenciones del príncipe y que no conviene exacerbar
su rebeldía.

Felipe entra a su aposento con Cirilo, Ivona y un criado, echa al criado y le dice al ami-
go que habría que atarla a la pata de la mesa para que no se escape. Piensa que su no-
via es un monstruo al que hay que cazar del mismo modo que los cazadores solitarios y
nocturnos cazan a los búfalos, Cirilo protesta pues no se puede entender con él, en-
tonces Felipe le dice que es justamente por el hecho que ella no tiene derecho a gus-
tarle a nadie que se siente príncipe hasta la médula de los huesos, que uno nunca co-
noce su propia superioridad hasta que encuentra a alguien inferior, que ser príncipe
para los demás no vale nada, que él quiere ser príncipe para él.

Ivona responde con el silencio a todas las preguntas que le hacen probablemente por-
que está asustada y ofendida, pero como les dice que no está asustada ni ofendida
empiezan a investigar cómo funciona ese mecanismo. Es apática porque es dejada y es
dejada porque es apática, una dialéctica monstruosa, un sistema cerrado, tiene miedo
porque es tímida y es tímida porque tiene miedo, mientras tanto Ivona permanece
impávida. Le buscan desesperadamente una virtud, por más pequeña que fuere, cuan-
do le preguntan si cree en Dios les responde que sí con un gesto de desprecio. Se les
ocurre que utiliza a Dios como una pantalla para ocultar sus enfermedades, es una pe-
na que no se la pueda curar con vitaminas pues no asimila los remedios. El príncipe
descubre que lo está devorando con los ojos con una debilidad libidinosa y desvergon-
zada y decide asarla al fuego como si fuera una babosa.

El chambelán les pide a los cortesanos y a las damas que no se rían. El príncipe les pre-
senta a Ivona, le responden con admiración y asombro, le ruega a su prometida que les
dirija la palabra y le advierte a los invitados que es delicada, orgullosa y tímida. Cuando
la invita a que se siente ella hace un ademán para sentarse en el suelo, una de las da-
mas le susurra al príncipe que se han dado cuenta de que el golpe teatral que está
dando es contra ellas, que se compromete con esa infeliz para ponerlas en ridículo, a
Yolanda con sus ungüentos y máscaras faciales, y sigue luego una cadena interminable
de los reproches que se hacen unas damas, de las dentaduras y de los pechos postizos,
de las espaldas torcidas, de los zapatos ortopédicos.

Se ríen de los defectos de las damas, el chambelán le advierte al príncipe que ha hecho
cundir el pánico entre el bello sexo.
Un cortesano, después de muchas dudas, les confiesa que ama a Ivona, que todo lo
que estaba ocurriendo le parecía una infamia, que en un principio tenía ganas de pro-
testar pero después le pareció mejor desistir de la protesta. Felipe se atormenta, de
golpe el momento se vuelve sagrado, le pide perdón a su prometida pues de repente
descubre que puede despertar amor. Ivona llora. Inocencio confiesa que las chicas me-
jores le resultaban terriblemente difíciles mientras que con ella no había problemas. Ni
ella ni él podían encontrar algo peor, basta de remates al mejor postor, que de esa
manera se respira tranquilidad, pero está celoso y le habla con pasión. Ivona le grita
que se vaya.

A partir de ese momento el príncipe siente que Ivona está enamorada de él, a pesar de
que la humilla y la atormenta lo ama, lo ama porque no la puede tolerar. Ivona calla.

Si es su bienamado no podrá dejar de quererla, es necesario que la ame y la amará. Le


pide a Ivona que se ponga el sombrero para ir de paseo, y mientras caminan intentará
amarla. El chambelán le dice a Cirilo que una mujer joven realmente desagradable
puede obligar al joven que se le acerca confiado y entusiasmado a llevar por delante
las cosas, a realizar actos horriblemente atroces que un gentleman no puede conocer,
pues si los conociera no sería gentleman.

Entran Ignacio y Margarita, el rey se caga en Dios y se pregunta qué mierda habrá in-
ventado Felipe para que las damas estén tan alborotadas y se quejen a la reina de que
se comprometió con ese mono para burlarse de los dientes y de los senos postizos de
las señoras, y la reina se queja de que los caballeros están haciendo bromas fuera de
lugar.

El chambelán les advierte que es mucho más que eso, que el príncipe la ama, que el
hecho tiene algo de explosivo, que hay que desconfiar y tener cuidado, que puede
provocar un estallido general.

En una sala del palacio el príncipe habla con Cirilo, está susceptible, piensa que ahora
es él el hazmerreír de la gente, no está acostumbrado a que la chusma se burle de él.
El rey y la reina le preguntan a Ivona si está satisfecha, si le gustan las peritas con azú-
car y crema fresca. Ivona calla. El criado anuncia la llegada del médico que va a revisar
a la novia antes del compromiso. La reina le dice al hijo que la decencia exige que Ivo-
na salga del mutismo absoluto en el que ha caído, que le ha brindado su corazón de
madre y pasado por alto sus defectos, el príncipe le responde amenazante que debe
amarla, que nadie puede atreverse a dejar de amarla.
La reina y el chambelán le insinúan al rey que, quizás, en vez de inspirarle amor le ins-
pira miedo; el rey no encuentra motivos para que le tenga miedo pero sí los encuentra
para el hastío que le deben producir a la joven los cargoseos de Margarita. La reina y el
chambelán insisten, le piden que se familiarice con ella para que se habitúe a la corte,
que se la van a mandar con cualquier pretexto. El chambelán le aconseja que le sonría,
el ir y venir de las sonrisas traerá la afabilidad. Ignacio se imagina que tendrá que son-
reírle y hacerle las reverencias, y la tarada estará cagada de miedo, le pide al cham-
belán que no lo deje solo.

Empieza la conversación preguntándole por las novedades, ella le contesta que hay un
ovillo de lana y se calla.

El rey se acerca unos pasos y le pregunta si tiene un poco de julepe, ella retrocede, se
le aproxima más aún y le dice que es padre como un hombre cualquiera, ella retrocede
bruscamente y deja caer el ovillo de lana, el rey aúlla de rabia y el chambelán le dice
que así no. El rey empieza a putear y la joven se escapa. El chambelán comenta que
Ivona no sabe asustarse de una manera elegante y picante como algunas damas, tiene
un miedo desnudo, un miedo en pelotas. El rey se acuerda que hace mucho tiempo,
cuando todavía no era rey, en ese mismo desván que están mirando ahora tuvieron
una aventura con una costurera, también tenía miedo, después se suicidó, tenía el
mismo aire de maltratada, la asociación se le apareció con una fuerza infernal.

Entra la reina y el rey le pide que no se le acerque, que tiene derecho a tener un capri-
cho, que si no salió bien la cosa es porque se acordó de algo que le concernía a ella,
que cuando miraba la forma de moverse, de temblequear y de rumiar de la tarada
pensaba en cierto abandono de ella, en su dejadez, en su descuido y en su asquerosi-
dad. La reina le pide que no le falte el respeto.

Cuando el rey se va la reina sermonea a la dama de honor por hacer monerías frente al
espejo como lo estaban haciendo todas las señoras desde que la desdichada apareció
en la corte. Intrigada por lo que le dijo el rey se le ocurre que alguien puede haberle
mostrado el cuaderno donde escribe poesías, que pudiera ser que exista una relación
entre el abandono y la asquerosidad de Ivona y sus poemas demasiado líricos, y enton-
ces empieza a maldecir sus ensoñaciones, sus éxtasis, sus delirios y sus confesiones.

El príncipe le pregunta a la madre por qué el rey espanta a su prometida, por qué se
abalanza sobre su novia para injuriarla, por qué Ivona le recuerda al padre algunos pe-
cados de ella, Felipe está confundido, ¿así que el padre se arroja sobre Ivona porque la
madre tiene pecados?
Entra el rey y otra vez le pide a la reina que no lo mire, la madre le dice al hijo que no
haga tonterías, entonces el príncipe termina confesando que no la ama, que se siente
estúpido y que se comporta de una manera idiota con Ivona. Felipe empieza a saludar
a los padres, el rey le pregunta qué bicho lo picó, el príncipe le dice que con Ivona uno
puede permitirse cualquier cosa, y lo saluda al chambelán que retrocede disgustado,
que todo el mundo puede tocarla y hacer lo que quiera porque ella no va a protestar.

Cuando se retira la dama de honor el príncipe le besa la nuca y después le besa la boca,
Isabel le dice que es un atrevido, él la abraza y la besa otra vez, tiene el propósito de
hacerla sufrir a Ivona y pide que se la traigan mientras le declara su amor a Isabel. Le
confiesa a Ivona que la engaña con Isabel, que ya no es más su prometida, le besa la
mano a la dama de honor, le pide a Ivona que no se quede plantada delante de él y le
comunica a Isabel que anunciará de inmediato su compromiso con ella.

Como Ivona no se mueve le pide a Cirilo que traiga de inmediato a Inocencio, su aman-
te anterior, le dice a Ivona que no tiene ningún remordimiento, que es frívolo y no tie-
ne piedad, que si no se va ella se pueden ir ellos. Ivona se inclina y levanta del suelo un
pelo de Isabel.

Inocencio protesta pero el príncipe lo obliga a callarse y la pide a Ivona que le devuelva
el pelo, Isabel le recuerda que tiene otros pelos. Felipe insiste en que le devuelva el pe-
lo porque tiene el presentimiento que es a ellos a quienes lleva en ese pelo. Da órde-
nes de que no la dejen salir del palacio y demora el anuncio de la ruptura de su com-
promiso. Cirilo sospecha que todo va a empezar de nuevo pero el príncipe le asegura
que la historia terminó haciéndole un gesto con la mano de que la va a decapitar.

Cuando el amigo le dice que devolviéndola a su casa ella desaparece le contesta que
prefiere matarla, está enamorado de Isabel, no le preocupan los sufrimientos de Ivona,
pero sí le preocupa que si se va los lleva con ella, a él y a Isabel, tiene que matarla y le
pide ayuda a Cirilo.

El canciller le pregunta al rey qué vestimenta debe llevar el embajador en su viaje a


Francia, el rey le contesta que vaya en pelotas, pide disculpas y le da libertad para que
se vista como a él le dé la gana pero que pague de su bolsillo. El mariscal le pregunta
que desearía comer en el compromiso del príncipe con Ivona, le responde que cagadas
y escupidas, se disculpa enseguida. Cuando el juez supremo le pide gracia para un viejo
servidor, vocifera que nada de indultos, que le corten la cabeza, les exige a todos que
no lo miren y los echa.
El rey escondido detrás de un sillón le dice al chambelán que le gustaría saber qué co-
sas hace Margarita cuando nadie la ve, está empezando a sospechar que lo engaña. Le
habla de la prosperidad de la inmoralidad, el cinismo y la desvergüenza, de que si pa-
sara por ahí Ivona podría matarla, que ya otra vez lo habían hecho. El chambelán lo
previene de que es necesario, debido a los momentos que se viven, conservar la urba-
nidad y el tacto pero que en el banquete se podría servir un plato de pescado con mu-
chas espinas como la corvina. Ivona se pone nerviosa delante de la gente, casi se ahoga
con una papa, la corvina es un pescado difícil. El rey lo aprueba, esa idiotez es tan
grande que no puede despertar sospechas.

Entra la reina y el rey se esconde tras el sillón otra vez. Margarita saca un cuaderno de
poemas de amor y recita.

Se siente humillada por la semejanza que encontró el rey entre sus escritos e Ivona y
está decidida a matarla con un veneno volcando unas gotas en su medicina. Pero la
tiene que matar con otro aspecto, se desordena el cabello, se pintarrajea y cuando
está por entrar al cuarto de Ivona el rey se le echa encima y la detiene. Le dice que es
un monstruo, una infame y ella se desmaya. Cuando Margarita se despierta el rey le
dice que ellos saben como matarla, que hace mucho tiempo habían ahogado a otra ta-
rada. La reina no está de acuerdo, el rey le dice que la asesinará con estilo y majestad y
de una manera tan idiota que nadie podrá pensar mal, que en el banquete de la noche
se iba a manducar una corvinita a la crema exquisita.

Margarita le dice que ni loca piensa servir corvina, entonces el rey le pide al chambelán
que le alcance la corona, la reina retrocede aterrada mientras Ignacio la amenaza con
pegarle y le exige que prepare y sirva la corvina.

El rey se tranquiliza y le ruega que invite a los dignatarios más snob, a los viejos profe-
sionales de la arrogancia capaces de paralizar a cualquiera. No quiere ver más emocio-
nes ni éxtasis, le pide que termine con su poesía, que ella es más que esos versitos,
que es la reina. A la noche todas sus chicas deberán exhibir su elegancia hasta reven-
tar, quiere una recepción brillante, le ordena que vaya a cocinar.

El rey y el chambelán escuchan pasos y se esconden, entra el príncipe con un cuchillo


en la mano y Cirilo con una bolsa. Desde fuera del cuarto ven como Ivona bosteza y
caza moscas, Felipe aprieta el cuchillo y se prepara, cuando Ivona se queda dormida le
pide a Cirilo que lo haga por él porque es tan fácil como degollar un pollo, Cirilo no se
anima, entonces le pide que se vaya, que lo hará solo.
Ivona suspira, entra Isabel, se espanta y les recrimina a los dos que se estén preparan-
do para ser asesinos. El rey escondido desea que la mate, Isabel le dice qué es de él en
cuerpo y alma, que se ocupe de ella, pero el príncipe siente que todos están en el in-
terior de Ivona, que los arrastra por el barro y hace de ellos lo que quiere.

Isabel le ruega que la bese, el príncipe la observa a Ivona que ronca y traga saliva, Cirilo
le pide que bese a Isabel, el rey en silencio también lo anima, Isabel ofendida se niega
a mendigar besos, Felipe le implora que se quede, que no quiere perderla, que el beso
será la salvación, la abraza y le pide que le diga que lo ama, Isabel se niega. Ivona apa-
rece en la puerta restregándose lo ojos. El rey sale de su escondite y lo azuza al hijo pa-
ra que la mate, le dice que hay que darle duro a la tarada, el chambelán lo contiene e
Isabel los convoca a una huida general mientras el rey lo exhorta al hijo para que la de-
güelle viva con ánimo y valor.

Entra la reina vestida de gala con los invitados, los criados traen las mesas del banque-
te, entonces el rey se acuerda de la corvina y le pide al hijo que se detenga, que se
arregle la corbata y que se pase un peine, y al chambelán que le alcance la corona. El
rey le ruega a todos los invitados que se ubiquen y que sienten frente a los reyes a la
futura nuera. Los invitados hacen reverencias, el rey les explica que se celebra la comi-
da en honor a Ivona a la que condecora con el título de Princesa de Borgoña. Los invi-
tados aplauden y se deleitan con la corvina. El rey y el chambelán la estimulan para
que coma, Ivona comienza a comer, Ignacio le dice que tenga cuidado con las espinas.
Ivona se ahoga.

La reina y los invitados se lamentan de la pobre desdichada y se van retirando poco a


poco mirando el cadáver de Ivona.

Mientras el príncipe y el chambelán constatan que se murió atragantada con una espi-
na la reina piensa en el luto, acaricia los cabellos del príncipe y le dice que está con él.
El chambelán le ordena a los criados que la preparen para las pompas fúnebres y se
pone de rodillas, todos se arrodillan excepto el príncipe. El chambelán y la reina le pi-
den que se arrodille. El príncipe se arrodilla.
EL CASAMIENTO

En esta pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alis-


tado en el ejército francés que está peleando contra los alemanes en
algún lugar de Francia. Durante el sueño se le abren paso las preocu-
paciones que tiene por su familia perdida en alguna de las provincias
profundas de Polonia y se le despiertan los temores del hombre contemporáneo a ca-
ballo de dos épocas. Henri ve surgir de ese mundo onírico a su casa natal en Polonia, a
sus padres y a su novia. El hogar se ha envilecido y transformado en una taberna en la
que su novia es la camarera y su padre el tabernero, y ese padre miserable y degrada-
do en una posada miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él, grita
al cielo que es intocable, y alrededor de esta exclamación se empieza a hilar toda la
trama de la obra.

Los padres de Henri no tenían una buena opinión de Margarita por el comportamiento
que tenía en la taberna.

“Por favor, no piensen que pueden permitírselo todo porque esto es una posada. ¿Pe-
ro qué es esto? ¡Eh! Les entran las ganas, también es una calamidad que a esta arras-
trada todos la quieran manosear, no piensan más que en tocarla, todos la tocan y la
sofaldan, día y noche, sin parar, siempre igual, frotarla, sobarla, sofaldarla, y eso trae
problemas (...) ¡No te cases con ella! Porque el viejo borracho dijo la verdad. Ella ton-
teaba con Jeannot, en el pasado (...) ¡También yo los sorprendí sobándose junto al po-
zo en pleno día, se toqueteaban y se buscaban, él a ella y ella a él, Henri, no te cases!”

Los borrachos cantando y bailando a su alrededor con risas beodas y sarcásticas lo se-
ñalan con el dedo como si fuera un rey intocable. El padre tenía una idea un tanto ran-
cia sobre su autoridad.
“Y quien alce su mano sacrílega contra su padre cometerá un crimen espantoso, inau-
dito, infernal, diabólico y abominable, que irá de generación en generación, lanzando
gritos y gemidos terribles, en la vergüenza y los tormentos, maldito de Dios y de la Na-
turaleza, marchito, estigmatizado, abandonado”

Pero, entonces, el hijo le rinde homenaje al padre con toda la seriedad de una consa-
gración real, y el padre se transforma en rey.

Ya como rey el padre eleva al hijo a la dignidad de príncipe y le hace la promesa, en vir-
tud de su poder real, de que le concederá un casamiento digno y religioso que resti-
tuirá a la novia la pureza y la integridad de antaño.

El ambiente se banaliza y se vuelve cortesano: –¡Qué agradable en el five o’clock del


rey/ Llevar un flirt liviano en forma discrecional!/ Embriaga y fascina de las mujeres el
dorso/ ¡Y de los hombres el torso!
Cuando se está preparando el casamiento digno y sagrado que celebrará un obispo el
sueño del protagonista empieza a vacilar junto a la ceremonia, se siente amenazado
por la estupidez justamente cuando aspira con toda el alma a la sabiduría, a la dignidad
y a la pureza y, poco a poco, va perdiendo la confianza en sí mismo y en el sueño.

Otra vez entra en la escena el cabecilla de los borrachos para provocarlos, y cuando
Henri está a punto de pegarle, la escena se metamorfosea en una recepción de la corte
en la que el borracho se ha convertido en el embajador de una potencia extranjera que
incita al príncipe a la traición.
El obispo, el rey, la iglesia y Dios son viejas supersticiones y, si Henri se proclamara a sí
mismo rey, ninguna autoridad divina ni terrenal le sería necesaria, se administraría a sí
mismo el sacramento del matrimonio y obligaría a todos a reconocerlo y a reconocer a
la novia como pura y unida a él.

Una transformación que había comenzado con la intocabilidad del padre culmina en el
paso de un mundo basado en la autoridad divina y paternal a otro en el que la propia
voluntad de Henri deberá convertirse en la autoridad divina y creadora como la de
Hitler, como la de Stalin.
El príncipe cede a la incitación del borracho, destrona al padre y se convierte en rey,
pero el borracho anda detrás de algo más, cuando estaba por finalizar la ceremonia
matrimonial le pide a un amigo de Henri que sostenga una flor encima de la cabeza de
la novia, la escamotea rápidamente dejándolos en una actitud falsa y sospechosa que
despierta los celos del príncipe.

Henri ve al borracho como si fuera un sacerdote cochino uniendo a su amigo y a su


prometida en un casamiento inmoral y bajo.
Henri se convierte en un dictador, ha dominado a todo el mundo, también a sus pa-
dres, y de nuevo se vuelve a preparar la ceremonia nupcial pero sin Dios, sin otra san-
ción que la de su poder absoluto.
“Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha
sido detenido. Aparte de eso, los medios militares y civiles, y grandes sectores de la
población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los
Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios,
todos están es prisión. Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, todo.
También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma”

Pero el dictador siente que su poder sólo tendrá realidad si es confirmado por alguien
que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le pide al amigo que se mate
para él, pues este sacrificio calmará sus celos y lo hará poderoso y formidable para rea-
lizar su casamiento y conseguir la pureza de la novia.
“!Todo eso es mentira! Cada uno dice lo que es conveniente y no lo que quiere decir.
Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quie-
nes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan
nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona. ¡Ah, la traición, la sempiterna traición!”
“Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los
vínculos reales entre nosotros. Si tú dices algo como: ‘Si tú lo quieres, Henri, me ma-
taré de mil amores’, algo extraño, pero yo puedo responder con algo más extraño aún,
y así, ayudándonos el uno al otro, podemos llegar lejos (...) Asiste a la boda y cuando
llegue el momento, mátate con este cuchillo”

El amigo se mata, pero Henri retrocede horrorizado ante lo que ha hecho y el casa-
miento no se consuma.