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Sinopsis
Miller Sutton, un agente del FBI , está empezando a ver algunas tonos grises en su mundo blanco y negro. Él se encuentra cara a cara con sus dudas reflejadas en una persona, Danny Butler, un vendedor de drogas de nivel medio, Miller espera usarlo para atrapar a un pez mucho más grande: Roberto Hinestroza, un narcotraficante que ha perseguido durante años. Danny no tiene ningún interés en ser un testigo en contra de su jefe, tanto por un sentido de una lealtad retorcida y porque sabe que un juego de doble filo contra Hinestroza, es una sentencia de muerte segura. Pero él acepta cooperar a regañadientes, y tal como lo sospecha, no se necesita mucho tiempo para que Hinestroza sepa acerca de su traición. Miller se sorprendió al descubrir que Danny no tenía la vida criminal que él esperaba; al mismo tiempo, Danny se encuentra irremediablemente atraído por la bondad innata de Miller; apenas empiezan a explorar la atracción entre ellos, cuando Hinestroza les sigue la pista, y entonces, están en la carrera, tanto por salvar sus vidas, como para aceptar cualquier tipo de amor.

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Capítulo Uno
Ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro. ¡Plic! ¡Plic! ¡Ploc! Ni siquiera quiero saber qué mierda ha sido eso. Ochenta y cinco… m ierda, ¿ era noventa y cinco? ¡Hijo de puta! Uno, dos, tres… Danny Butler estaba aburrido. Y tenía frío. Siempre le pasaba lo mismo cuando sentía dolor, las sacudidas empezaban casi al mismo tiempo que su cuerpo detectaba el dolor. Lo había mantenido a raya, al borde de la conciencia, concentrándose en llenar sus pulmones de humo. Ya había acabado con un paquete de cigarrillos y contado las viejas placas del cielorraso tres veces. Pero todavía no había decidido si la rota del borde contaba como dos.

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Danny sacudió la ceniza de su cigarrillo, evitando mirar el charco rojo extendiéndose a sus pies. El zumbido de las luces fluorescentes sobre él era el único sonido aparte del continuo plic, plic, que estaba tratando de ignorar. Había pasado mucho tiempo en habitaciones como ésa. Pequeñas, sucias, desalentadoras. Al menos ésta no tenía una mancha de vómito cuajado en la pared como la última. Pero los mugrientos bloques frente a él tenían sus propios y repugnantes secretos. Marcas de piernas debatiéndose y brazos forcejeando, escupitajos secos que habían fallado su objetivo, antiguas manchas marrones que le recordaban a Danny que no era el primer hombre en derramar sangre tras esas paredes. El familiar olor a desesperación se filtraba lentamente, un veneno mortal que hacía mella en los hombres que daban a parar ahí. Última oportunidad, última parada. Danny mordió el filtro, el castañeteo de sus dientes sonando como hielo tintineando en un vaso medio lleno. Se atrevió a echar un vistazo al charco de sangre creciendo cada vez más gota a gota. Unos cuantos trozos de un rojo oscuro flotaban en la sopa, la fuente del misterioso Ploc. Hora de irse. Dejen pasar a los payasos1
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Hace referencia a la canción Send in the Clowns del musical A Little Night Music en la cual la protagonista refleja las ironías y decepciones de su vida.

Danny se levantó precariamente, pasándose una mano por su sudoroso cabello. Se acercó al espejo grasiento de la pared del fondo y lo golpeó con fuerza con los nudillos. —¡Hey, hijos de puta! ¿Qué están esperando? ¿Una invitación impresa? Silencio. Pero Danny sabía que lo observaban, le era demasiado conocida la sensación de unos ojos juiciosos examinándole. Encendió su último cigarrillo con su mechero reluciente de plata. Dio una larga pitada antes de agarrar su camiseta blanca y quitársela, sin poder evitar una mueca de dolor cuando el material se pegó a la sangre coagulada debajo del lado izquierdo de su pecho. —¿Ven esto? Creo que quizás podría serme de utilidad una puta venda. — Intentó evitarlo, pero su vista captó el destello de un hueso asomándose por el corte—. Joder, —masculló—. O podrían tan sólo arrojar una aguja e hilo, —sugirió, mirando el espejo. —Me conseguiré una quilting bee 2. —Ninguna respuesta. Dejó caer su camiseta, produciendo un sonido húmedo. Después extendió la mano y golpeó la ensangrentada palma contra el cristal. Un recuerdo para el pobre imbécil que fuese el siguiente en ser atrapado en el infierno.

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Los dos hombres tras el espejo veían a Butler sin decir palabra. El más alto dio un paso adelante para ver mejor. Hasta ese momento, tan sólo había visto a Danny Butler en fotografías o a través de la mira de unos prismáticos. Se fijó en el grueso cabello negro de húmedos mechones en punta, el rostro pálido por una combinación de dolor y mala iluminación, la barba de un par de días perfilando una sonrisa estúpida, los enormes ojos rodeados de largas y oscuras pestañas, el brillo del pequeño aro plateado de la oreja izquierda de Butler. —¡Jesús! —dejó escapar el hombre bajito a su lado cuando Butler mostró su herida—. ¿Has visto eso?¿Puede desangrarse hasta morir por algo así? —No, —contestó el otro sacudiendo la cabeza—. Estaría muerto ya. —Oh, eso me consuela, —dijo el bajito, poniendo los ojos en blanco—. Aún así... ¿no crees que deberíamos hacer que se lo miren? —Luego. Cuando haya terminado con él. —Claro, pero... El más alto ya había dejado la puerta cerrarse tras él antes de que la frase hubiese terminado. Miller Sutton no necesitaba que ningún poli local le dijese cómo
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Una quilting bee es una reunión de amigos y vecinos que se reúnen para trabajar en una colcha, que tiene un trabajo específico llamado “nido de abeja”, queriendo significar que si le dan hil o y aguja él encuentra quien lo suture.

debía llevar la investigación. Por fin tenía a Danny Butler exactamente donde quería. No iba a dejar que el Oficial Simpático la jodiese. Miller hizo una pequeña parada en el baño. Siempre tenía que orinar antes de un interrogatorio. No era algo que compartiese con cualquiera de buena gana. Acabó su trabajito, se lavó las manos, y se llevó a la cara una mano llena de agua fría. Se miró a sí mismo en el espejo, restregando las pecas de su nariz con dos dedos como si pudiese borrarlas. Siempre las odiaba en momentos como ése; le preocupaba que pudiesen hacerle parecer aniñado, demasiado joven para ser tomado en serio. Con un suspiro de cansancio bajó su mano y dio la espalda a su propio reflejo. Ésta solía ser su parte favorita del trabajo: profundizar en un caso, atrapar a alguien lo suficientemente desesperado por salvar su propio culo que podría serles de ayuda. Luchar por la justicia y todas esas estupideces. Pero hoy simplemente se sentía agotado, sin ninguna ilusión en su interior. ¿Dónde se iría, Miller?¿Junto a ese fuego en tu barriga? Despierta!. Eres uno de los chicos buenos, ¿recuerdas?

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Era incapaz de recordar cuando había comenzado a pasar, cuando había empezado a ver algo más que un arresto, más que otro triunfo en su trabajo, cuando miró a los ojos de alguien al otro lado de una mesa sucia en una estrecha sala de interrogatorios. Deseó poder volver a los días en que nada importaba excepto el trabajo, cuando la empatía no tenía la más mínima cabida en Miller Sutton. Quizás había estado demasiado tiempo haciendo esto. Siempre había pensado que se volvería más insensible a la mierda de estado en que la condición humana se encontraba conforme el tiempo pasara, no menos. Además, tan sólo había estado en ese trabajo durante siete años, no era siquiera tiempo suficiente para que el agotamiento se extendiese. Sí, bueno, tal vez debería haberlo dejado a los cinco. Pero ese pensamiento era demasiado deprimente como para ser considerado. No sabía qué mierda haría con su vida sin esto. Todo dispuesto en cajitas ordenadas, todo blanco y negro, exactamente como le gustaba. Bueno y malvado, correcto e incorrecto, inocente y culpable. Quédate en la caja adecuada y todo acabará funcionando. ¡Ya basta con toda esta mierda! Entra ahí y hazle pegar el culo a la pared. Enséñale a Danny Butler lo desesperado que está en realidad. Enséñale que si no hace las cosas a tu manera, los días dolorosos no habrán hecho más que empezar. Miller abrió la puerta, cerrándola suavemente tras él. Fue hacia la mesa, retiró

una silla frente a Butler, y se sentó sin decir palabra. Su poder siempre había residido en su silencio. Nunca se había sentido cómodo con entrar ladrando preguntas, en cambio eligió usar su naturaleza tranquila para lidiar con un sospechoso. Había descubierto rápidamente que la gente no soportaba el silencio. Muy pronto comenzaban escupiendo toda su vida, salpicando a Miller con su vómito verbal tan sólo para escuchar algún sonido en la habitación. Butler estaba reclinado en su silla, las botas sobre la mesa. —Quita tus pies de la mesa, —dijo Miller, sin levantar la vista del expediente que había dispersado ante él. Butler se tomó su tiempo cumpliendo la orden, bajando cada pie lentamente. — Sí... señor, —dijo arrastrando las palabras, los labios curvados en una sonrisa divertida. Ya veremos si piensas que esto es divertido dentro de unos cinco minutos, imbécil. Miller echó un vistazo a la ficha que tenía en la mano. —Ya veo que te han leído tus derechos.

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—Sí, ¿dónde está el abogado que pedí hace dos horas? Miller se encogió de hombros. —No sabría decirte. Debe estar en camino. —Ajá, —replicó Butler—. ¿Por qué será que no me lo creo? Miller esperó a que terminase, rezando por que fuese tan seguro de sí mismo como la mayoría de los hombres que se habían sentado en esa silla antes que él. No tuvo que esperar mucho. —Bueno, vayamos al grano. —Butler le hizo una seña con la mano. ―No es como si fuera a decirte una mierda de todos modos. Miller se tragó su sonrisa triunfante, hojeando las páginas ante él. —Deben haber decidido enviar a los peces gordos, —Butler mostró una sonrisa de suficiencia—. No creo haberte visto antes. ¿Agente...? —Agente especial Sutton.

Butler rió para sí. —Debería haberlo adivinado. Un joven G-man3 . Así que tengo a los federales tras mi culo. Magnífico. Voy subiendo puestos. —Aquí dice que tienes algo de experiencia con el sistema federal. —Miller golpeó el expediente de Butler con su dedo índice —. Un buen tiempo en Leavenworth, Marion, incluso una breve temporada en Super Max 4. —¿Qué puedo decir? —Butler se encogió de hombros y extendió los brazos —. Quería conocer el mundo. —Conspiración para distribuir cocaína, conspiración para distribuir metanfetamina, conspiración para distribuir cocaína otra vez. Al menos eres constante. —Sí, pero era inocente todas esas veces, —dijo Butler con una vaga sonrisa, subiendo la mirada al techo. Insolente hijo de puta. —Oh, ¿de veras? —Miller le dirigió una sonrisa fría—. Bueno, esta vez no lo eres. Delincuente en posesión de un arma de fuego, señor Butler. —Chasqueó la lengua—. Eso es un gran no-no. Cinco años mínimo. —No era mi jodida pistola, —replicó Butler con voz aburrida, inclinando su silla sobre las patas traseras. —Eso no es bueno, —rebatió Miller—. Pensé que ya lo sabrías, los jueces federales no se lo van a tragar. La pistola estaba en tu coche cuando fuiste arrestado. A nadie le importa una mierda de quién es realmente. Tú eres el chivo expiatorio, amigo. —Como puedes ver, Sutton, estoy temblando de miedo. No dejes que te afecte. Es lo que quiere. Tú tienes todas las cartas aquí. Danny Butler no es nadie. Nadie. —Deberías estar asustado. ¿No crees que cinco años de prisión se te harán duros, eh? Y eso es antes de que añadamos cualquier caramelito que encontremos en tu casa durante la inspección. Será una temporadita hasta que vuelvas a ver la luz del sol, señor Butler. —¿Podrías parar con esa mierda de señor Butler? Es Danny.
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Personaje del videojuego Half-Life, que vigila al jugador en el progreso del juego. Prisión de alta seguridad.

—Está bien... Danny. —¿Y yo puedo llamarte...? —Danny sonrió, el gato de Cheshire5 saliendo a jugar. —Agente especial Sutton estará bien. —De acuerdo. —Danny inclinó su silla hacia adelante abruptamente. Apoyó los codos en la mesa, el antebrazo izquierdo y la mano manchados de carmesí —. ¿Qué mierda quieres, agente especial Sutton? Miller se inclinó hacia delante también, hasta que sus caras estuvieron a unas pulgadas. —La cabeza de Roberto Hinestroza en bandeja de plata, —susurró—. Eso es lo que quiero. Danny se recostó con un ruido sordo. Su cuerpo se precipitó sobre la silla lo suficientemente fuerte como para cortar la respiración y apretó su costado herido con una mano. —No tengo la más mínima idea de lo qué me estás hablando, —dijo al fin. ¿No eres tan gallito ahora, eh, gilipollas?

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Miller podía oler la sangre en el aire y no sólo la de la herida de Danny. Entrelazó las manos, apoyó la mejilla en los dedos, y esperó. No le había impresionado la negativa de Danny, supo que estaba mintiendo incluso sin mirar sus ojos, que se movían nerviosos del techo al suelo, a la mesa, sin detenerse ni una vez en Miller. —¿Qué te hace pensar que conozco a Roberto Hinestroza? —preguntó Danny cuando el silencio inundó la habitación, dando golpecitos nerviosos a la sangre seca de su brazo. Bingo. —Bueno, verás, Danny, no sé. ¿Podría ser porque eres su segundo hombre de confianza? ¿Porque has estado traficando con drogas para él desde que eras lo suficientemente mayor para conducir? —No sé de dónde has sacado la información, pero no soy su mano derecha, —se burló Danny. —No me jodas, Danny, —le advirtió Miller, la voz contenida, sin lugar a malentendidos—. He estado investigando a Hinestroza desde hace tres años. Como,
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El gato del libro de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll.

duermo, y respiro Hinestroza. Sé más de ese pedazo de mierda que él mismo. Y he tenido un ojo puesto en ti todo ese tiempo. —¡Jesús! —Danny le lanzó una mirada lasciva—. Sabía que era guapo, pero... —¡Cállate! Tranquilízate, Miller. Te está provocando. Llévalo a dónde tú quieres, hazle saber quién manda. —Hemos estado esperando una razón para arrestarte y hoy nos la has dado. —¿Saltándome un semáforo en rojo? —Danny desdeñosamente—. ¿Es lo mejor que puedes hacer? agitó una mano

—No te han arrestado por una violación de tráfico. Lo han hecho por esa Sig Sauer6 que tenías en la guantera. —Hablando de mi arresto, ¿vas a conseguirme atención médica en algún momento? —Danny gesticuló hacia su todavía goteante costado—. Esto me huele a demanda.

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—Es lo que pasa cuando huyes de los polis. —El tipo no tenía por qué sacarme a rastras por la ventana rota. Me ha cortado por completo. Miller miró a Danny sorprendido. —No iba a seguirte hasta un edificio abandonado. Además, tenía órdenes. Te necesito respirando para serme útil. —Eres un príncipe encantador, —Danny habló entre dientes—. Vale, te seguiré el juego. Asumamos que sé quién es este Roberto Hinestroza, ¿supongo que quieres que me infiltre? Miller asintió, golpeando su labio superior con el bolígrafo. —Entre otras cosas. Danny inclinó la cabeza y bramó. —Oh, hombre, ésa es buena, agente especial Sutton. —Lo digo en serio, Danny. Danny bajó la cabeza bruscamente. —También yo. De ninguna puta forma.

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Fabricantes de pistolas, se refiere a una pistola de esta marca.

—No vamos a arrojarte a los lobos. Podemos proteger... —Hum. Al último tipo que conozco que se tragó eso, lo encontraron flotando en el río con la lengua arrancada y la polla metida en la garganta. Así que perdóname si no estoy saltando de alegría y chillando como una adolescente por tu propuesta. —Eso no va a suceder esta vez. ¿Estás seguro de eso, Miller? Porque sabes tan bien como él que no existe una forma de proteger a alguien veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Si Hinestroza lo quiere a él, lo tendrá. ¿Estás dispuesto a hacer ese trato? Sí... joder, sí. ¿Qué es un traficante de los bajos fondos? ¿A quién le importa Butler si pesca al pez gordo? Miller miró sus manos. A veces se daba asco a sí mismo. Danny lo estaba mirando con ojos comprensivos, ojos que habían estado en esta comisaría una o dos veces antes. Ojos que sabían todas las desagradables verdades ocultas tras el bonito exterior. —Gracias por el consuelo. Funcionaría mejor si tú mismo te lo creyeses, —indicó—. Creo que probaré suerte con los cinco años de prisión, si no te importa.

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—La cosa es, Danny —dijo Miller, su sedosa voz amenazante—, que dudo que sobrevivas estos cinco años. Circulan rumores en la cárcel de que ya has traicionado a Hinestroza... —Alzó las cejas—. No será tarde antes de que estés fuera de la foto, por así decirlo. ¿Por qué no haces lo correcto por una vez en tu patética vida y nos ayudas? La amenaza pendía clara en la habitación. Los ojos de Danny se oscurecieron con el conocimiento de que estaba atrapado. Miller sintió su propio cuerpo tensarse, notando la ira de Danny, preparado para lo que fuese que Danny intentase para escapar. —Tú, pedazo de mierda —soltó Danny—. ¿Vas a hacer que me maten si no te doy lo que quieres? ¿Es eso? —No he dicho una palabra sobre hacer que te maten. Es sólo que si no eres un informante, siendo protegido por el FBI, se va a saber muy pronto que has estado aquí hablando con nosotros. Soy un tipo poderoso. Pero no puedo detener lo que la gente cuchichea en la calle. —Increíble. Ustedes, hijos de puta, son increíbles. —Danny retrocedió en su silla. Miller apoyó sus manos en la mesa y le dio a Danny su mirada suplicante, practicada cientos de veces en el espejo de su baño. Otro truco más del trato. —No tienes opción, Danny. Soy tu mejor opción y los dos lo sabemos.

—Vete a la mierda, —escupió Danny. Se levantó y anduvo de un lado a otro de la habitación—. ¡Quiero salir de aquí! —gritó al espejo—. ¡O me procesan o me abren la maldita puerta! Miller se levantó de su silla antes de que Danny pudiera decir otra palabra. Hizo que Danny se diera la vuelta, empujándolo contra la pared junto al espejo, fuera de la vista de quien pudiese estar mirando. Chocó su pecho violentamente contra el de Danny. —¡Escúchame, estúpido! Vas a hacerlo te guste o no. —El pulgar de Miller se acercó hasta quedar a un milímetro de la herida de Danny. Danny abrió mucho los ojos, el músculo de su mandíbula se tensó preparándose para el dolor. Miller había sido siempre un maestro encontrando el punto débil de los sospechosos. Y una vez descubierto, no tenía ningún reparo presionándolo... fuerte. Tanto si era la sollozante esposa en la sala de espera, como el adorable niño destinado a la interminable ruleta de la acogida temporal, o la herida física que Danny Butler lucía ahora, Miller siempre atacaba a la yugular una vez que había encontrado la vena.

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Pero ahora, con la cara pegada a la de Danny, viendo esos ojos verdes mirándolo, se dio cuenta de que no podía hacerlo. No tenía los cojones de hundir el pulgar y obtener la respuesta que quería. ¿Qué mierda te pasa, Miller? Hazlo. ¡Hazlo! Bajó su manó, retrocedió un poco para darle a Danny algo de espacio para respirar. —¿Qué va a ser, Danny? Danny lo miró fijamente con ojos precavidos, sacando su lengua un poco para frotarla una vez contra su labio superior. —Sí, —dijo después de un momento de silencio interminable —. Te ayudaré. —Se volvió hacia la puerta y miró sobre sus hombros, con voz burlona—. Pero sólo porque lo necesitas desesperadamente, Sutton.

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Capítulo Dos
Sutton guió a Danny por el vacío pasillo, señalándole una banca de madera atornillada al piso con pernos oxidados. Todo el artilugio inclinado peligrosamente, amenazando con cortar a cualquiera que se sentara ahí. Danny se sentó de cualquier manera, sus dedos pegados a la madera astillada. Él no quería imaginar la combinación de fluidos corporales que causaran la pegajosidad bajo su piel. Vio a Sutton alejarse, sorprendido de que no hubiera más pavoneo en su andar. El bastardo había obtenido lo que quería, ¿no era así?

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Los labios de Danny hormigueaban, la punta de los dedos de sus manos y pies entumecidos. No quería desmayarse; parte por orgullo, parte porque no confiaba en que Sutton lo recogiera del suelo. Intentó poner la cabeza entre las rodillas y tomar profundos respiros pero su costado grito demasiado para permitirle cualquier tipo de movimiento. No es solo el corte lo que te esta mareando. Es el pensamiento de en cuantas piezas Hinestroza va a cortarte cuando se entere de lo que estás haciendo es lo que te esta enfermando… El pie de Danny rebotó contra el suelo, dedos tamborileando un ritmo staccato7en la pared. Él nunca había sido bueno para quedarse quieto. O para seguir ordenes. Antes muerto que quedarse sentado en la banca como un perro al que se le había ordenado quedarse. Se levantó sobre piernas tambaleantes, pies pesados como bloques de plomo, y cojeó por el pasillo para buscar a Sutton. Si él estaba vendiendo su alma a los Federales, entonces esperaba alguna ayuda de su parte. Aceptar una misión de sentencia de muerte debía de tener algunos beneficios. Él siguió el sonido de voces cerca de la esquina hacia una pequeña oficina, donde Sutton y un tipo bajo con un mal peinado estaban en la mitad de una discusión. Danny tuvo un fugaz pensamiento de desandar sus pasos y salir por la puerta del
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El staccato (del italiano staccare, romper) o picado es un modo de ejecución musical en el que se acorta la nota respecto de su valor original. Su símbolo en la notación musical es un punto.

frente. Pero Sutton tendría solo que seguir la sangre -la versión de una película de vampiros de Hansel y Gretel-. —Hey, —Danny llamó desde el pasillo, su voz inestable —. No estoy inventándolo. Necesito un doctor. Sutton volvió la cabeza, pasando sus ojos de arriba abajo a Danny. —Estamos trabajando en eso, —dijo, sus modales ligeramente aburridos, como si Danny se estuviera quejando de una astilla. Danny se inclinó contra la pared, y luego se deslizo hacia abajo sobre su trasero, dejando una brillante raya roja en su camino. Maldición, todo el maldito lugar necesitaba una pintada de cualquier forma. El frio linóleum mordió a través de sus jeans, revolucionando sus temblores a alta velocidad. Sutton y el tipo baja estaban dándose el infierno el uno al otro, sus palabras flotando hacia Danny mientras el volumen aumentaba. —Necesita puntos, —Sutton dijo, mordiendo cada palabra. —No me digas ¡Intenté decirte eso hace media hora. Llévalo a la sala de emergencias.

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—¿Por qué no puede uno de tus oficiales llevarlo y luego traerlo de regreso aquí? —Porque, Agente Especial Sutton, ustedes los Federales han tomado este caso. Él no es más mi maldito problema. Estás ansioso por el Sr. Butler, hazte cargo de él. —Cuando ustedes dos terminen de pelearse por mí, estaré justo aquí, desangrándome hasta morir, —Danny intervino. Él escuchó el agudo chasquido de pisadas. Vio la cara molesta de Sutton mientras este cerraba la puerta con un empujón. Danny descansó la cabeza contra la pared y dejó que sus parpados se cerraran. —Hey. ¡Hey! —Una ruda mano empujó su hombro, trayéndolo de regreso a la consciencia. Él abrió los ojos. —¿Qué? —preguntó a través de una garganta llena de vidrio. —No te desmayes, —Sutton le indicó, tomando un teléfono móvil de su bolsillo. —No estaba desmayándome, estaba descansando, —Danny corrigió, no enteramente seguro de que fuera la verdad.

—Tengo que hacer algunas llamadas. Siéntate quieto. —Fácil para ti decirlo. Tus costillas no se están saliendo de tu piel como palillos de dientes. Sutton lo ignoró, volviéndole parcialmente la espalda cuando su llamada fue contestada. Danny se movió ligeramente sobre el suelo, esforzándose en escuchar. —Es Sutton. Si, lo tengo. Va a necesitar atención medica por —Sutton se detuvo, escuchando—. Lo sé. ¿Quién lo llevara? No. ¡No! —Un pesado suspiro, luego Sutton paso una mano a lo largo de su cara —. Si, bien. ¿Tienes a alguien vigilando su casa? Bien. Estaremos ahí después. —Él colgó el teléfono con un golpe seco de su muñeca y giró para mirar a Danny. —Levántate. Vámonos. Danny se levantó del suelo, un gemido escapando de sus labios antes de que pudiera retenerlo. —¿Me llevarás tu mismo? —preguntó, cubriendo su boca para que el sonido del dolor no se le escapara. —Así parece.

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—Wow, ¿Cómo puedo considerar eso? —Él siguió a Sutton por el pasillo —. Pensé que harías que uno de tus lacayos lo hiciera. —Intente eso. Debo cuidarte yo, aparentemente. Debe ser mi noche de suerte. —Sutton no sonaba complacido y su paso no disminuyó por Danny; él ya estaba a medio pasillo de distancia, sus piernas vestidas de traje con prisa por alcanzar su destino. Sutton se veía bien en un traje; Danny le daría eso. A Danny siempre le habían gustado los hombres en traje, con sus lisas camisas, brillantes corbatas, y lustrados zapatos crujiendo contra el suelo. Quizá porque creciendo en un pequeño pueblo nunca había visto hombres vestidos así. Parecía como un mejor mundo comparado con aquel de donde venia. Era seguro como el infierno que un paso delante de aquel donde vivía ahora. Hombres en traje daban la apariencia de haber hecho algo de ellos mismos, de estar en control dentro y fuera, incluso si todo era una ilusión. Aquellos hombres no iban a transformar sus vidas en aquel tipo de maldito desorden en que la vida de Danny se había transformado. Danny y Sutton dieron vuelta a la esquina al final del pasillo, llegando al área central de la estación de policía, donde los policías pululaban como moscas. La habitación era recordatorio de cada estación de policía que Danny había frecuentado:

ocupada, ruidosa, hundida. Las mismas luces fluorescentes de siempre como en el cuarto de interrogación, muchos focos tintineando para formar tristes sombras en los escritorios abajo. Había incluso algunos obligados sospechosos esposados escupiendo obscenidades a detectives nada impresionados. Danny podía ver una esquina del área de espera más adelante, pequeños niños apiñados en sillas por el privilegio de ver a sus padres o madres desfilar frente a ellos encadenados de pies y manos. Tan solo poner un pie en ese lugar te chupaba la vida. —Espera aquí, —Sutton ordenó mientras caminaba hacia un policía uniformado con su cadera apoyada en la orilla de un escritorio desordenado. Danny reconoció al policía como aquel que lo había jalado por la ventana y lo había golpeado con los puños, regalándole a Danny sus costillas expuestas al golpearlo muy gentilmente con su bota como regalo de despedida. Al policía parecía no agradarle Sutton más de lo que le había gustado Danny. Lo que fuera que Sutton dijo logró que el policía se levantara, empujando su cuerpo dentro del espacio personal de Sutton. Danny deseo tener un cigarrillo para poder recostarse y disfrutar el espectáculo. —Dije que te hicieras cargo de eso, —Sutton ladró. Su voz cruzó a lo largo del cuarto, causando que cabezas se volvieran de los escritorios alrededor.

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—Ya hice el papeleo, no puedo solo... Sutton se inclinó aún más, una mano en su oreja. —¿Estoy escuchando bien? ¿Estas discutiendo conmigo? —Un largo dedo fue hacia adelante y golpeó al policía en el pecho—. Piérdelo. No lo repetiré. Danny no supo a que hombre apostarle en esta pelea, considerando que no se sentía exactamente cálido y amigable respecto a los tipos que ejecutan la ley para nada. Él tendría que poner su dinero a favor de Sutton, si se diera el caso. Los tranquilos siempre tiraban golpes más fuertes. El policía levantó un fajo de papeles del escritorio y los mantuvo frente a la cara de Sutton. Él los despedazó con talento dramático antes de dejar los pedazos caer al piso. Sutton miró hacia abajo, y luego se alejó del revoltijo como si la pila fuera de mierda de perro. —Vamos. —Sutton agarró el brazo de Danny con mano de hierro y lo jaló hacia las puertas principales. —¿De qué se trataba todo eso? —Danny preguntó. —El papeleo de tu arresto. Quiero que desaparezca.

Danny resopló. Bien, es oficial. Estoy jodido. —¿Ese es tu gran plan? ¿Romper unos papeles? Odio decirte esto, Sutton, pero eso no va a quitar a Hinestroza de nuestro rastro por un solo segundo. —Deja que yo me preocupe por los detalles. —¿Por qué eso no me reconforta? No deberíamos... —¡Es él, justo ahí! ¡Justo ahí! —El revuelo cortó a través del ruido, haciendo que Danny se congelara. —Oh, mierda, —resopló, siguiendo el sonido de la voz hacia su fuente. —¿Qué? —Sutton miró en la dirección de la mirada de Danny—. ¿Es esa Amanda? —Preguntó agudamente. Danny giró la cabeza. —¿Cómo sabes acerca de mi ex esposa? —Ya te lo dije, Danny. Sé todo acerca de ti, —dijo Sutton, sin quitar los ojos de la mujer frente a ellos. Solo su parte superior era visible desde donde ellos estaban: todo cabello castaño brillante, labial rojo vibrante, y una camiseta pegada al cuerpo que abrazaba cada curva. —¡Danny! —gritó ella, ondulando ambas manos—. ¡Danny! Sutton se puso frente a él, obstaculizando la visión de Amanda. —Deshazte de ella, —ordeno mientras Amanda pasaba la barrera. —¡Oh Dios mío, Danny! He estado enferma de preocupación. Nunca me volviste a llamar tras establecerte. —Amanda notó con retraso la camisa de Danny empapada en sangre. Su ya estridente voz subió una o dos octavas—. Danny ¿Qué paso? —Me lastime durante la parada de tráfico, cariño. No es nada, —Danny la calmó. —¿Nada? ¡Estas sangrando! —Amanda enfocó sus ojos enojados en Sutton—. ¿Está bajo arresto? —No, señora. —¿Entonces por qué demonios lo ha mantenido aquí? —Amanda.

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—Teníamos que llenar reportes, señora, —Sutton cortó. —¿Mientras estaba herido? —Ella le lanzó una mirada fulminante a Sutton—. Típico. Vamos, Danny. Llevémosle a un hospital. Sutton se movió hacia adelante, bloqueando su avance. —De hecho, yo lo llevare. Razones de responsabilidad. —¿Responsabilidad? —Las cejas de Amanda chocaron una contra otra. Oh, mierda. Danny estaba en primera base con esa mirada. Los fusibles de Amanda estaban volando más rápido que un interruptor de circuito sobrecargado. Y si este altercado escalaba a los golpes, Sutton definitivamente sería el que cayera. —Significa que nos haremos cargo de nuestras obligaciones legales, —Sutton explicó, su voz paciente pero el musculo en su quijada era una bomba de tiempo. —Sé lo que significa responsabilidad. Jesucristo. ¡No crea que porque lo está llevando al hospital no levantaremos cargos contra ustedes! —Si, señora, —Sutton logro decir a través de sus dientes apretados.

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Danny acarició la espalda de Amanda ligeramente y dijo:— cariño, está bien. Deja que me remienden y te llamare mas tarde. —Sera mejor que me llames en el momento en que llegues a casa, —Amanda instruyó. Ella pinchó su pecho con una uña rosa para hacerle saber que lo decía en serio. —Claro que si. —Danny asintió. Él y Sutton estaban en silencio mientras veían a Amanda caminar por la puerta. —Se ve como un puñado 8 —Miller remarcó una vez que ella se había ido. Su voz era lo suficientemente suave, pero su nariz estaba arrugada como si estuviera oliendo la basura de ayer. —No tienes idea, —Danny dijo con una risa, e instantáneamente se sintió como un bastardo. Dios sabía que le debía más lealtad a Amanda que a cualquier cabrón parado junto a él. Se detuvo a sí mismo a la mitad de una risita.

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Voz coloquial en algunos paises hispanohablantes que es sinonimo de “mucho”.

Sutton suspiró, se toco la parte de atrás de su cuello con una mano. — Asegúrate de llamarla, como dijiste. Necesitamos mantener esto contenido. Si ella se preocupa, empezara a hacer llamadas. No queremos eso. —Bien, —Danny dijo, caminando hacia la salida. El aire frío lo golpeó directo en la cara. El otoño definitivamente había llegado; aún no eran las seis de la tarde y ya estaba oscuro, las luces de la calle ya iluminaban pequeños espacios de acera, el resto dejado para ser tragado por las piscinas obscuras —. Mierda, ¿cuento empezó a hacer tanto frío? —Él cruzó sus brazos, sintiendo la pérdida de la chaqueta de piel olvidada en el asiento trasero de su auto. Probablemente en un depósito municipal ya. —Aún no esta tan mal, —Sutton señaló, inclinando su cabeza hacia arriba. La ligera brisa sopló su cabello fuera de su frente. Su cara relajada por un segundo, dando a Danny un entrever del hombre detrás de la insignia. Danny se sorprendió al darse cuenta de que era una cara en la que hubiera estado interesado en conocer mejor bajo diferentes circunstancias. Si, como circunstancias que no involucraran a Sutton dispuesto a vender tu trasero si eso le da un mejor acercamiento a Hinestroza.

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Sutton devolvió sus ojos a Danny. —Traeré el coche para que no tengas que caminar. —Era la primera vez en toda la noche que había dado una indicación de que la herida de Danny importaba algo. Miller dejo a Danny sentado en la barandilla de piedra afuera de la estación de policía. No se preocupo porque huyera. No había ningún lugar al que pudiera ir donde Miller no pudiera encontrarlo. Las pisadas de Miller crujieron sonoramente en la desierta acera, a su paso rompiendo las frágiles hojas caídas. Podía oler la agria esencia de humo, alguien en una casa cercana deseoso de recibir el invierno. Algunas linternas desequilibradas de Jack-o9lo miraban de soslayo desde los pórticos vacíos. Sacó el Crown Victoria azul oscuro hacia el frente de la estación de policía, buscando torpemente en la guantera por algunos cigarrillos mientras Danny bajaba los escalones, su cara en una torcida mueca. Miller se inclinó y abrió la puerta del pasajero. No estaba de humor para esto. Podrían haber sido los policías locales quienes entregaran a Danny Butler proverbialmente a su puerta, pero no se sentía particularmente agradecido. No se había partido el trasero todos estos años para jugar a la enfermera. Debería ser el trabajo de un patrullero come-donas. —¿Puedo subir atrás? —Danny preguntó, inclinándose hacia abajo.

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Un jack-o’-lantern (linterna de Jack en inglés) es una calabaza tallada a mano, asociada a la festividad de Halloween.

—Claro. Si eso quieres. —Miller se encogió de hombros y tiró de la puerta para que se cerrara. Danny subió al asiento trasero, estirando sus largas piernas sobre el sillón. — No sé si puedo sentarme derecho, —explicó, recargándose sobre la puerta—. Jesús, ¿todos los policíasconducen el mismo maldito auto? No hay duda de porque podemos ubicarlos a kilómetros de distancia. —Nosotros variamos el color, —dijo Miller, inexpresivo, los ojos en el camino. —¿Tienes un cigarro extra? Miller le pasó el paquete y Danny tomó un cigarrillo con ágiles dedos. —¿Qué hospital? —preguntó. —St. Luke. —Normalmente voy al St. Joseph.

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—Que, ¿tienes una tarjeta de cliente frecuente ahí o algo? Ellos te atienden dos heridas de bala, ¿y la siguiente es gratis? —Gracioso, —Danny dijo, el humo exhalado flotó hacia adelante para enredarse con el de Miller a la mitad del aire —. Para tu información, nunca me habían disparado. —Lo sé. —Miller esperó un segundo—. Herida de cuchillo a la derecha de la espalda baja, hecha con un fuste casero cuando estabas en Marion. Herida de cuchillo en el muslo izquierdo, casi te desangras hasta morir por esa, no le dijiste al hospital lo que paso. Y un cráneo fracturado cuando estuviste en Leavenworth. La cicatriz esta bajo tu cabello, atrás de tu cabeza. —Alguien ha estado haciendo los deberes, —Danny observó, nada impresionado—. ¿Quieres una estrella dorada? Y no olvides agregar esta noche a la lista. Creo que dejará una horrible marca. Miller gruñó, bajó la ventanilla para dejar entrar aire fresco al interior humeado. —Hey, —Danny dijo de repente—. No me estoy sintiendo muy bien. Creo que voy a vomitar. —Por amor de Dios, —Miller murmuró, lanzando un par de arrugadas bolsas de McDonald’s al asiento trasero—. Si vas a vomitar, vomita en eso.

—¿Alguien te ha dicho que tienes unos modos horribles? La boca de Miller se curvó hacia arriba, una sonrisa entreviéndose. —Me lo han dicho alguna vez —dijo, encontrando los ojos de Danny a través del espejo retrovisor y luego desviando la mirada rápidamente. La última cosa que Miller quería era volverse amigo de Danny Butler. Miller tenía una misión. Tenía que permanecer concentrado en una simple meta: Hinestroza. Para lograrlo, necesitaba acercar a Danny y al mismo tiempo mantener distancia profesional. Los sentimientos no podían entrar en la ecuación. Todo era parte del juego. ¿Cuándo la vida de un hombre se convirtió en un juego para ti, Miller? Él podrá ser un traficante de drogas, pero eso de todas maneras es malditamente frío. ¿Ahora tienes hielo en las venas? El cuarto de emergencias estaba relativamente tranquilo cuando llegaron. Habían pasado ya las horas pico, cuando todos los ebrios con laceraciones de botellas y traumas en la cabeza por haber salido volando por el parabrisas llegaban. La aburrida empleada en la recepción les dió una pluma y un montón de papeles para llenar, señalándoles hacia una fila de sillas vencidas. El roto vinil arrojaba sucias piezas de espuma que colgaba de la parte de debajo. Miller habría deseado cortar la cinta roja, mostrar su placa y empezar a repartir órdenes. Pero no podía arriesgarse. El futuro de Danny habría ido en picada si Hinestroza se enteraba que un agente del FBI lo había acompañado al hospital. Miller se resignó a esperar, algo en lo que era bastante bueno una vez que aceptaba que necesitaba hacerlo. No así Danny, quien lo estaba volviendo loco con su constante inquietud, moviéndose, zumbando, y golpeteando la pluma que estaba usando para llenar las formas del hospital. —Jesús, —Miller estalló—. ¿No puedes quedarte quieto? —Aparentemente no. —Danny no levantó la mirada de su regazo donde intentaba balancear los papeles sobre sus rodillas y escribir, mientras se agarraba el costado con su mano libre. —Dame los papeles, —Miller ordenó—. Yo los llenaré. Tengo toda tu información memorizada de cualquier manera.

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Danny se los pasó sin pelear, apoyando su cabeza hacia atrás, y cerrando los ojos. Nombre completó: Daniel James Butler. Edad: 32. Igual que yo. Miller

escribió la dirección y el teléfono de Danny, dejando la sección sobre empleo en blanco. —Aquí pregunta sobre seguro de salud. Asumo que no tienes ninguno en tu línea de trabajo. Danny no respondió. —¿Qué acerca de 401k? —Miller intentó—. ¿Pensión? —¿Has pensado acerca de la carrera de comediante? —Danny preguntó sin abrir los ojos—. Seriamente. Porque eres malditamente gracioso. Miller se permitió una sonrisa solo porque Danny no estaba viendo, sus ojos aun cerrados, el barrido de pestañas de ébano descansando contra sus pálidas mejillas. Miller regresó el papeleo completo a la recepción, lo que le hizo ganar un chasquido de goma de mascar de la empleada y no mucho más. —Me muero de hambre, — Danny comentó cuando Miller se volvió a sentar— . ¿Hay algo de comer por aquí? —¿Cómo demonios voy a saber?

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El estómago de Danny retumbó y Miller le tiró una mirada de disgusto. —Eres un dolor de huevos, —Miller apuntó, pero se levantó con un suspiro y fue en busca de comida. Una agotada máquina expendedora en el sótano le dio una Coca y un paquete de galletas de mantequilla de maní tras robar el primer dólar que introdujo. De regreso arriba, le dió a Danny los aperitivos, viendo como rompía el paquete de celofán con los dientes. —Maldición, ¿podría esto ser más complicado? — Danny se quejó con la boca llena de galletas. Miller tomó un profundo respiro, resistiendo el súbito impulso de golpearlo en la parte de atrás de la cabeza. Danny estaba apenas tragando lo último de su bebida cuando una gorda mujer con una cara seria apareció en el pasillo, ladrando su nombre. Él murmuró: —esto será divertido, —en dirección a Miller mientras se alejaba. Miller recogió el arrugado celofán y la medio aplastada lata de Coca que Danny había dejado en su asiento y los tiró en el desbordante bote de basura fuera de los baños. Dado el glacial ritmo hasta ahora, se imaginó que estaba bien el apostar que tenía tiempo para ir afuera por un cigarro muy necesitado. —¡Hey, tu! — alguien lo llamó mientras se acercaba a la salida. Una pequeña mujer en una bata corta verde, su coleta torcida, pasó por las puertas corredizas que separaban el área de espera de los cuartos de trauma. —¡Hey! —gritó otra vez,

avanzando hacia él—. ¿Por qué no lo trajo antes? Estaba así de cerca, —levantó su dedo pulgar y su índice a un centímetro de distancia — de necesitar una trasfusión sanguínea. ¡Debió llamar una ambulancia! —Vinimos aquí tan pronto como pudimos. —Miller levando sus manos en mofa de rendirse, sacando su sonrisa mas compradora —. ¿Es usted el doctor? —Si. Dra. Allen. —Ella no ofreció su mano. O regresó la sonrisa—. ¿Cómo obtuvo la cuchillada? —¿Qué dijo él? —Dijo que es un corte con papel. —Yo no sé qué pasó. —Claro que no, —el doctor dijo, su boca una delgada línea —. Voy a suturar. Luego podrá llevárselo. Necesitara antibióticos para evitar infección y tendrá que regresar en diez días para que le quiten las puntadas. — Ella levantó una ceja hacia Miller—. Y dígale que sea más cuidadoso arrastrando papeles en el futuro.

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Despedido, Miller salió y fumó su cigarro, la sirena de una ambulancia acercándose prometiendo el dolor de un extraño. El podía ya pintar la mirada en la cara de Rachel cuando oliera el cigarrillo en él, pero estaba muy cansado para importarle. El se sentó en los escalones de concreto, al demonio con su traje, y entrecerró los ojos hacia el cielo nocturno, algo que no hacía muy seguido, haciendolo siempre volvía a extrañar el hogar. Las estrellas eran mucho más visibles ahora que el invierno se acercaba que cuando estaban en verano. Se preguntó si era un truco de su mente o si el aire frio ponía todo en mejor perspectiva. Cuando terminó su cigarrillo volvió a entrar, pensando en chequear el progreso de Danny. Nadie lo detuvo mientras pasaba por las puertas corredizas, estirando su cuello a través de cortinas cerradas hasta que encontró la habitación correcta. Podía escuchar un constante tick-tick del IV goteando líquido claro en el brazo de Danny a través del huevo en su codo. El doctor se había ido, dejando atrás una fea línea de puntos que asomaban a través de la piel de Danny como patas de araña. Miller dió un paso acercándose. Danny no había notado su presencia, ojos cerrados, la cabeza hacia otro lado. La mirada de Miller vagó sobre el pecho de Danny, los duros músculos visibles bajo el oscuro vello aun pegado con sangre seca. Danny tenía un gran tatuaje en su hombro izquierdo, el símbolo del yin y el yang en toda su negra y blanca gloria. No lo que Miller esperaba de alguien como Danny. Corazones con la palabra ―Madre‖, la insignia de alguna banda de la prisión, o incluso una svástica eran más comunes entre los colegas de Danny.

Toda su vida, Miller había preferido observar a la gente mientras él permanecía sin ser observado, desde el otro lado del patio del colegio, tras un vidrio de una sola vista, desde un carro no marcado de vigilancia. Desde la distancia. A pesar de que había dominado la habilidad esencial de fijar un sospechoso con los ojos, nunca se sintió natural. Él siempre luchó contra la urgencia de bajar la cabeza y mirar hacia otro lado. Ahora, cuando Danny se movió, llevando una mano para frotar su mandíbula con barba de un par de dias, Miller se deslizó tras la cortina y desapareció. Danny no sentía ningún dolor. El doctor había ordenado morfina en su IV junto con fluidos y antibióticos, sonriendo ligeramente cuando Danny murmuró: —Bendita sea, —antes de que hubiera empezado a darle lo que parecieron miles de puntadas. Ahora él descansaba su cabeza contra el frio vidrio de la ventana del pasajero, incapaz de sentarse delante con Sutton en este viaje. El reflejo de las luces que pasaban rebotaba sobre la piel de Danny, pintando sus brazos con todos los colores de la ciudad. —Llegamos, —Sutton dijo mientras se estacionaba frente al apartamento de Danny. —Bien. —Danny no hizo ningún movimiento para salir del carro. Estaba envuelto en una brumosa niebla, como si estuviera suspendido sobre su cuerpo, mirando pero no participando. Muy mal que no consumiera drogas, porque la morfina seria lo que escogería. —Hey, escúchame. —La voz de Sutton era brusca mientras le daba a Danny un celular—. Usa esto para llamarme. Mi número está programado en el. Te estaré llamando para establecer hora y lugares para las reuniones informativas, ¿lo entiendes? —Lo entiendo, —Danny dijo, palmeando el teléfono. —Si notas algo fuera de lo ordinario, a Hinestroza actuando sospechoso, cualquier cosa, llama. Tenemos a un par de chicos vigilando tu casa. Estarás bien. —Uh-huh. —Danny no estaba convencido, pero estaba malditamente cansado para discutir sobre eso ahora. Abrió la puerta y puso un pie en el pavimento —. Te veo luego, Sutton. —Él dudó—. ¿Tienes un primer nombre? Sutton no lo miró, ambas manos agarrando el volante. —Miller, —dijo finalmente—. Mi nombre es Miller. —¿Miller? —Danny preguntó, pasando el nombre por su lengua—. ¿Qué clase de nombre es ese? —El que mis padres me dieron, —Sutton respondió, poniendo el coche en

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marcha. —Está bien. —Danny sonrió—. Te veo luego, Miller. Le tomó más de lo normal el subir los tres juegos de escalones. Tuvo que detenerse y descansar en cada descanso. Entró a su departamento, encendiendo las luces mientras se movía frente a las ventanas y espiaba a traves de las persianas. El coche de Miller aún estaba ahí, con el motor regulando en la acera, el brillante final de su cigarro le guiño un ojo a Danny, un faro en la oscuridad. Sin buscarlo, Danny pensó en el bruñido cabello dorado de Miller, sus sombríos ojos grises, el susurro del hombre real sin mascara en los escalones de la estación de policía… su insignia de FBI. Un pequeño ataque de calor se movió a través del centro de Danny. La sangre se arremolinaba en su cabeza, golpeando en la parte de atrás de sus ojos. El soltó las persianas, fue a su habitación, y se hechó con un cansado suspiro. El resentimiento por el trato que Miller le había forzado a tomar aun latía, supurando bajo su piel. Pero la curiosidad se arrastraba por detrás del resentimiento, no importaba lo duro que la empujara para alejarla. Había pasado mucho tiempo desde que había tenido la energía, o la voluntad, de sentir curiosidad acerca de algo.

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Esto iba a ser problemático. Él le dio la vuelta a la idea en su cabeza y encontró que no lo asustaba. Los problemas eran la única cosa en la que Danny Butler se sentía calificado para manejar.

Capitulo Tres
Era difícil de creer que el ocaso en el sur fuera el mismo que brillaba sobre Danny durante toda su niñez en los veranos de Kansas. El había sabido que sería más caluroso en Texas, pero no había esperado tan brutal, implacable calor, siempre cocinando la tierna piel de su cuello y abrasando la parte posterior de sus manos. —Siguiente, —llamó él, haciéndole señas a un sedan gris para que avanzara dentro de la luz del sol donde él y Ortiz habían ido a trabajar secándolo con sus sucios paños de gamuza. —Qué mal que no nos tocó trabajar adentro, ¿uh? —dijo Ortiz, bizqueando hacia Danny bajo la capucha.

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—El hijo de puta nunca me da trabajo adentro, —se quejó Danny—. Creo que le gusta verme quemándome. Ortiz sonrió de buen humor y regresó a pulir el auto. Danny frotó en largos círculos con el paño, su sudor mezclándose con las gotitas de agua que estaba tratando de remover; le recordó esas velas de cumpleaños que nunca se apagaban. Se podía ver a si mismo tratando de secar ese mismo auto hasta el Día del Juicio Final, su propio sudor siempre reemplazando cualquier gota de agua que se arreglaba para quitar con el trapo. —¡Hey, chico! —una voz llamó, en un tono bajo y sin fondo, algo casi subterráneo en el sonido. Danny se giró, sosteniendo una mano para escudar sus ojos de la luz que se reflejaba en el automovil negro detenido detrás de él. La ventana trasera estaba abierta parcialmente, una delgada columna de humo flotando saliendo hacia el brillante calor del aire. —¿Si? —preguntó él, irritado. ¿No podía ver el idiota que la línea para lavado de autos empezaba al otro lado del edificio? —Ven aquí.

Danny tiró al suelo su trapo y se acercó al auto, inclinándose un poco para mirar hacia el interior. No pudo ver mucho, sus ojos cegados por la luz del sol no servían para nada al mirar hacia el oscuro interior. —¿Qué? —preguntó él. Terminaría con su pago en el banquillo si no regresaba al trabajo. Una risita baja se escuchó desde el asiento de atrás, la primera de un millón de veces que ese silbido de serpiente le helaría la sangre a Danny. —Tengo una proposición de trabajo para ti. —Yo ya tengo un trabajo, —dijo Danny, apuntando hacia atrás hacia el sedán verde, pero incluso él pudo reconocer su tono medio dudoso. —¡¡Ah.. .me equivoqué!! Pensé que lucias como alguien interesado en algo más que secar autos para vivir. —La ventana del auto empezó a subir en el silencio posterior.

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Danny permaneció ahí por un momento, debatiéndose en qué hacer. Sus entrañas le decían que se alejara, rápido. Ortiz estaba gesticulando hacia él, y sería despedido si no regresaba al trabajo en unos minutos. Pero odiaba este trabajo, resentía la vida que había conseguido de las sobras de otras personas. El auto negro no se había movido aún. Danny lo tomó como una señal, extendió la mano y golpeó ligeramente con los dedos en la ventana con su dedo índice. La ventana permaneció cerrada, pero la puerta se abrió por una mano invisible, una ráfaga de frio aire golpeó contra las febriles mejillas de Danny. —Entra, —dijo la voz, sin espacio para la desobediencia. Ortiz le estaba llamando por su nombre, pero Danny no le respondió. Se deslizó dentro del auto en un rápido movimiento, al resbalar su sudada espalda contra el frio cuero le envió helados ramalazos de hielo subiendo por la espina. Danny cerró la puerta, ajustándose lentamente a la penumbra. Una delgada cara oscilo en dirección de Danny—los ojos brillando como oscuros diamantes, las mejillas picadas con viejas cicatrices de viruela, un diente de oro plateado jugando a las escondidas detrás de una despiadada sonrisa. —Quiero salir, —trato de decir Danny, volviéndose hacia la puerta. Pero era demasiado tarde, su futuro se decidió en un instante y el auto empezó a alejarse, la preocupada cara de Ortiz quedó atrás en el establecimiento de lavado de autos.

El sonido de un teléfono llamando. Oscuridad. Danny abrió los ojos. Aun oscuro. Manoteó hacia la mesita de noche con una mano, los dedos cerrándose alrededor del chillón teléfono celular que Miller le había dado solo unas horas antes. —¿Hm? — masculló el en lo que esperaba fuera el micrófono. —¿Danny? —La voz era baja y suave al oído de Danny, como un trago de carísimo licor bajando suavemente por la garganta—. ¡Danny! —Esta vez alto e impaciente—. ¿Estás despierto? —Cristo, Miller, dame un minuto, —Danny gritó de vuelta, bizqueando hacia su reloj alarma. Cuatro a.m. ¿Acaso el hombre nunca dormía?

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—Encuéntrame en el Parque Loose hoy. Hay un banco en el lado norte del parque cerca del Jardín de Rosas. —Miller hizo una pausa. Danny pudo oírle murmurar hacia alguien en el fondo, luego el sonido de una puerta cerrándose. ¿Miller tenia esposa? ¿O una novia? ¿O alguien? —¿Despertaste a tu esposa por esta llamada por teléfono? —Preguntó Danny—. ¿No es extraño que la gente quiera dormir en medio de la noche? Miller ignoró la pregunta y el sarcasmo. —Encuéntrame ahí. A tiempo. —Bien. Bien. ¿Debo llevar un disfraz? ¿Sombrero raro? ¿Lentes? Porque Dios sabe que eso es probablemente mejor que nada de lo que me has dicho hasta ahora. O puedo seguir adelante y darme un tiro yo mismo, ahorrándole a Hinestroza el problema. —Buenas noches, Danny. Danny cerró el teléfono y lo tiró al suelo, el movimiento sacudió su costado liberando el palpitante dolor. Apoyándose en un codo, se tragó en seco dos píldoras de morfina. El polvo blanco como tiza escociendo contra su lengua. El sueño se apoderó de él, arrastrándolo hacia abajo a las tenebrosas profundidades a medida que volvía a caer contra las almohadas. —Maldita sea, — gimió él cuando el familiar repiqueteo de su teléfono rompió la quietud. Lo arrancó de la mesa—. ¿Si? —demandó.

—Danny. La sangre se congeló en sus venas. Su garganta se cerró como un drenaje obstruido a medida que luchaba para recobrar el aliento. —Señor Hinestroza. ¿Qué sucede? —Danny... —Hinestroza rió por lo bajo—. Tú sabes que… —hubo una pausa para recobrar el aliento entre las palabra—, sucede Joder. ¿Cómo lo descubrió tan rápido? Danny permaneció en silencio; había aprendido del modo difícil a mantener la boca cerrada cuando Hinestroza hablaba. —Escuché que hubo un incidente con la policía anoche, —continuó Hinestroza. Danny se sentó, encendiendo la lámpara al lado de la cama con una mano, el cálido resplandor amarillo ahuyentando los monstruos de las esquinas.

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—No sucedió nada, —explicó Danny—. Me pasé una luz roja. Hinestroza hizo un sonido de tsk-tsk. —Qué tontería, Danny. Ya habíamos hablado antes sobre tu imprudencia. —No fue gran cosa. Solo me dieron una multa. —Dijo Danny, su voz relajada incluso cuando sus dedos se retorcían nerviosos haciendo nudos en las sábanas. Había tenido mucha práctica encubriendo su temor. Lo había aprendido tempranamente en las rodillas de su padre, pretendiendo que no estaba asustado, pretendiendo ser el niño que su papi quería. Lo había perfeccionado hasta un fino arte durante su tiempo en la prisión, donde mostrar tu terror o inseguridad era la forma más rápida de morir. —¿Estás seguro? —preguntó Hinestroza—. ¿O tendré la necesidad de ir ahí y revisar las cosas yo mismo? Danny tomo una profunda inhalación, exhalando sin ruido. —Usted puede hacer lo que desee señor Hinestroza. Siempre estoy feliz de verle en persona. Pero no creo que sea necesario. Como dije, no hay nada por lo que usted deba preocuparse. —Confío en ti, Danny. —Dijo Hinestroza con una fuerza brutal y Danny sabia sin verlo que los negros ojos de Hinestroza estaban ardiendo. —Sé que lo hace.

Danny tuvo que morderse la lengua para no llenar el silencio en la línea, de explicar de nuevo, o peor aún, disculparse. Hundió las uñas de sus dedos en sus palmas y espero. La tensión gritaba atreves de él, casi forzando las palabras de su boca antes de que Hinestroza hablara de nuevo. —Estaré en contacto antes del mes próximo. Tenemos ese embarque que discutir. —Lo recuerdo, —dijo Danny—. Eso no será un problema. —Esperó por el tono de marcar antes de cerrar su teléfono con dedos temblorosos. El sueño había salido volando del edificio, no había forma de apagar el motor interno después de esa conversación. La mente de Danny corría en una espiral sin fin, preguntándose qué tanto sabia Hinestroza, de dónde estaba consiguiendo su información, cuánto tiempo faltaba para que alguno de sus hombres -hombres con los que Danny había trabajado por años- aparecieran ante su puerta para poner una bala en su cerebro. Pero la bala no llegará hasta después de que se hayan divertido con uno. Danny se calmó a sí mismo con la certeza de que si Hinestroza supiera todos los hechos él ya estaría muerto. Hinestroza no hubiera perdido el tiempo con una pequeña charla. Su única llamada habría sido aquella que habría acabado con la muerte de Danny. Los dorados rayos del sol brillaron a través de las alturas, blancas nubes, las luces volviéndose de color ámbar sobre la cara de Miller a medida que se filtraba a través de las quemadas hojas naranjas sobre su cabeza. La brisa era rápida pero no helada. Dos hombres sentados en una banca del parque no parecía extraño; había docenas de personas paseando perros en los caminos, ciclistas corriendo por una ráfaga de aire. Miller vio a Danny aproximándose en la distancia, su paso fácil inconfundible, sin trabas por su lesión. Se movía con gracia, sin dificultad en su caminar. Miller sufrió una momento de envidia a medida que se percataba de eso. Danny era un hombre cómodo en su propia piel, se sentía a gusto con su propio cuerpo de un modo que Miller nunca había experimentado. —Hola, —dijo Danny, la voz rasposa, mientras tomaba asiento en el banco. —Llegas tarde, —respondió Miller a modo de saludo. Danny sonrió mientras pescaba un paquete de cigarrillos desde su bolsillo. — Lo hice solo para molestarte. —Sostuvo el paquete ofreciéndoselo a Miller —. ¿Quieres uno?

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—Seguro. Danny le paso un cigarrillo a Miller y su encendedor, el metal cálido con sus dedos. —Hinestroza me llamó. Miller prendió el encendedor más cerca y se lo entrego de regreso a Danny. — ¿Qué fué lo que dijo? —Él sabía que yo había sido detenido. —Mierda. —Pero por ahora creo que eso es todo lo que sabe —Danny apoyó los codos en el respaldo del banco y estiró las piernas, cruzándolas en los tobillos. —¿Estás seguro? —No, —admitió Danny.

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Miller suspiró. —Mierda. —Ya dijiste eso. —Me pareció aburrido repetir. Danny se rió, los ojos centelleando como los de un niño que atrapó a sus padres maldiciendo y luego dándose cuenta de que son humanos después de todo. Miller sacudió la cabeza a un lado, estudiando a una pareja haciendo jogging que se acercaban alrededor de una curva. —¿Cómo maneja Hinestroza las drogas aquí? —Preguntó Miller, aclarándose la garganta. Danny se paso la lengua por los dientes de arriba y tomo un profundo aliento. —Saltas directo al asunto ¿no es así? ¿Ni siquiera me vas a invitar la cena primero? —Deja de joder, —dijo Miller, demasiado fuerte. Pensó que en realidad él tal vez debería sonrojarse. No sabía qué diablos estaba mal con él. Había hecho esta danza con informantes cientos de veces, pero hoy Danny era el líder, haciendo bailar a Miller pasos que nunca había aprendido antes. —No sé nada especifico sobre como trae las drogas desde Colombia o México.

Mantiene esa parte de la operación por separado. Miller asintió. Eso tenía sentido. Hinestroza era demasiado listo como para dar a alguien conocimiento intimo de toda su operación de contrabando. —Una vez que las drogas están en la Ciudad de México, tiene un grupo rotativo de alrededor de treinta personas que lo llevan a Texas. —¿Cómo hace para ingresar la cocaína por la frontera? —En los tanques de gasolina. —No muy terriblemente novedoso. —No, —concordó Danny—. Pero efectivo. La mayoría de los policías de la patrulla de la frontera son demasiado perezosos como para traer un mecánico para sacar el tanque de combustible. Y si lo hacen y las drogas son confiscadas, las cantidades son lo suficientemente pequeñas como para que no hagan un hueco enorme en las ganancias. Hinestroza se asegura de que ningún auto lleva más de 45 kilos de cocaína.

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—El tanque de combustible, —reflexionó Miller. Esperaba algo más grandioso de Hinestroza, pero tenía que admitir que la simplicidad funcionaba — en grandes cantidades y por un largo tiempo. —Pareces sorprendido. Miller se encogió de hombros. —Tal vez. —¿Por qué? ¿Has visto llegar un montón de drogas en modos más elaborados que este? —Oh, sí. —Miller tomo una calada de su cigarrillo, debatiéndose en decirle más a Danny. La conversación ociosa no tenía ninguna utilidad en la investigación. —Tuvimos un caso el año pasado donde hicieron bañeras y baños de cocaína y los embarcaban en camiones de dieciocho ruedas. Danny tosió una bocanada de humo. —¿No jodas? ¿Cómo carajos se las arreglaron para hacer eso? —Mezclaron la cocaína con fibra de vidrio. —¿Qué? —Danny rió—. ¿No es difícil separarlas? —Ese fue el problema. No pudieron sacar toda la fibra de vidrio así que hubo

un montón de clientes infelices con las narices incluso más sanguinolentas de lo usual. La boca de Danny se contrajo de disgusto. —¡Jesús! —Probablemente hizo mella en tu habito, ¿huh? —Pregunto Miller, con voz benigna. —No uso drogas. —Correcto, —se burló Miller. —Yo no uso drogas, — repitió Danny con más fuerza—. Nunca lo he hecho. Miller le miró, buscando signos de engaño. Pero Danny mantuvo contacto visual, sin inquietud, sin respirar con pesadez. Estaba diciendo la verdad; Miller se habría jugado la reputación en ello. —Está bien, —dijo Miller, dispuesto a concederle el punto y continuar —. ¿Cómo hace Hinestroza para traer la cocaína de Texas? —

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Danny puso un pie en el banco y apoyo una muñeca en la rodilla vestida con jeans. —Ahí es donde entro yo. Un vez que se ha reunido una gran cantidad de cocaína en Texas, voy abajo y la recojo. Un chico blanco en un camión de mudanzas U-haul10 no se destaca del modo en que lo hace un Mejicano. Danny sonrió sin humor. —Hinestroza sabe cómo usar el racismo para su provecho. —¿No está preocupado Hinestroza de perder la cocaína si eres detenido? —Supongo que en teoría lo está. Pero no he sido detenido. Me mantengo justo en el límite de velocidad correcto, señalizo correctamente al girar, no hago cambios locos de carril. Me visto como un tipo promedio, me saco esto, —Danny jugueteó con el diamante incrustado en su oreja—. Oculto los tatuajes. —Le lanzó a Miller una sonrisa diabólica—. Puedo ser bastante encantador, también, cuando quiero serlo. Nunca he tenido ningún problema. —Pero si te atrapan, te irías por un largo tiempo. —Ese es un riesgo que Hinestroza está dispuesto a tomar, —observó Danny secamente.
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Empresa de alquiler de camiones.

—¿Qué sucede una vez que llegas aquí? —Reparto la cocaína entre varios distribuidores. Algunos están en esta área. Otros se van a otros puntos al este y al norte. Nos mantenemos fuera del mercado del oeste. —¿Por qué? —Guerras territoriales, principalmente. Hinestroza trabaja al este del Mississippi. —¿Así que no vendes directamente? —No. Traigo las drogas aquí, las reparto, mantengo a varios distribuidores en línea, hago cualquier cosa que se necesite, pero no vendo en las calles. Miller no estaba seguro por qué el hecho le complacía, por qué el saber que Danny no distribuía drogas en el patio de las escuelas primarias le llenaba con una sensación de alivio. Reconocía que era una distinción estúpida. Danny estaba solo un escalón más arriba de esa cadena de drogas en particular.

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—Necesito los nombres de los distribuidores que te compran cocaína. — Danny no respondió. —Danny... —Pensé que querías a Hinestroza. —Lo queremos. Pero debemos saber quien mas está involucrado en esta operación. —¿Por qué? ¿Para atraparlos del mismo modo en que me atraparon a mi? ¿Siguiéndolos por todas partes hasta que crucen la calle descuidadamente o a botar la basura y luego ofrecerles el mismo trato de mierda que ustedes me dieron? —¡Mantén la voz baja! —No te daré los nombres. Miller debía tener los nombres. No era un punto negociable. Pero este era la primera de de las muchas veces en que él y Danny hablarían. Irían una y otra vez sobre esta información hasta que ambos quisieran golpear sus cabezas contra la pared. Podía esperar.

—Bien, —dijo él—. No tienes que decírmelo hoy. ¿Pero qué pasa con Amanda? ¿Esta ella en la operación de contrabando? Danny se quedó rígido a su lado, tirando su cigarrillo al piso y aplastándolo bajo su suela. —No estamos hablando de Amanda. Ella no es parte de esto. El radar de Miller se encendió ante la elección de palabras de Danny. — ¿Quieres decir que ella no es parte del negocio de las drogas o que no estás dispuesto a hablar sobre su participación en él? —Escoje lo que quieras, —replicó Danny—. Ella esta jodidamente fuera de los limites. —Danny, si está involucrada. —Ella se queda afuera de esto, —exigió Danny—. Juro por Dios, que me alejare ahora mismo, si no puedes prometerme eso. —¿Por qué eres tan protector con ella?

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—Ella era mi esposa. Incluso si no funcionó, eso cuenta para algo. —Danny suspiró—. Mira, esto es ´off the record´. ¿Está bien? Miller asintió. Ahora no era el momento de mencionar que en lo que a él concernía nada estaba ‖off the record‖ si lo llevaba más cerca de Hinestroza. —Cualquier participación que Amanda hubiera tenido en esto, es por mí. Ella no debería sufrir porque se casó con el tipo equivocado. —Si, pero tú no la forzaste a participar, ¿no es así? —No, —reconoció Danny—. Nadie fuerza a Amanda a hacer mucho de nada. Pero no quiero arrastrarla en esto. Como novato, Miller había asumido que los criminales eran diferentes en todos los aspectos del ciudadano medio, respetuoso de la ley. Pero con el tiempo empezó a darse cuenta que los traficantes de drogas, asesinos, y lideres de pandillas todos tenían personas a las que amaban, personas por las que harían casi cualquier cosa por proteger, del mismo modo en que los hombres de negocios o las madres de los suburbios de la casa de al lado protegería a los suyos. El participar en el mundo criminal no necesariamente borraba esas emociones básicas de lealtad y amor. Eso algunas veces inquietaba a Miller, el conocimiento de que en forma fundamental Danny era más parecido a él de en lo que se diferenciaban. Para Miller, la vida funcionaba mejor cuando las líneas no se confundían.

—¿Qué pasó entre tú y ella? —preguntó él. Danny le dio una mirada pensativa, ahuecando la mano para encender otro cigarrillo. —No soy el hombre que ella pensó que era, —dijo él escogiendo sus palabras con cuidado. —¿Qué se supone que significa eso? ¿Estás hablando de las drogas? Danny se removió en el banco, empujando sus cigarrillos de vuelta a su bolsillo. —Tengo que irme. Tengo una reunión con uno de los distribuidores. No puedo perdérmela o lanzara banderas rojas por todas partes. Pero Miller no había terminado aun. —¿Cómo te envolviste con Hinestroza, de todos modos? ¿Cómo recluta a la gente? —Eso, —dijo Danny con una sonrisa triste— es una historia para otro día. — Empezó a levantarse, sus pies puestos en libertad, liberando el aroma franco de tierra recién removida. El aroma trajo a la mente de Miller el recuerdo de sus días de infancia: corriendo libre en la granja, la tardía puesta de sol, su madre llamándole a gritos para que se fuera a la cama, la tierra caliente y suelta bajo sus pies.

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—Yo soy del oeste de Kansas también, —espetó. ¿De dónde infiernos salió eso?. Luego le estarás dando tu dirección y número de seguro social. —¿Si? —Danny se volvió a sentar, elevando una ceja—. ¿De dónde? —Fowley. En Meade County. —Atwood, —respondió Danny—. Hacia el norte. —Si, —dijo Miller con una pequeña sonrisa—. Lo sé. Danny sacudió la cabeza, —continúo olvidando que eres mi propio acosador personal —le dio una mirada a Miller—. ¿Tus padres tenían una granja o eras un pueblerino? —Granja. Nada grande. Trigo y soya, mayormente. —Mi padre renunció a la granja cuando yo empezaba el jardín de infantes. Ya no podía ganarse la vida con eso. Consiguió un trabajo en el pueblo, pero conservamos la casa y algunos acres. Siempre deseé que hubiéramos vendido todo y nos hubiéramos mudado a otra parte. —Danny raspó su bota contra el borde de la acera—. Renunciar a sus tierras hizo que mi padre fuera más malo que antes. Una acosada mujer pasó empujando un cochecito con dos niños gritando, el

niño del frente se giró para golpear a su hermano en la cara con una taza para jugos con tapa. —¿Lo extrañas? —preguntó Miller cuando regresó la quietud. Danny se encogió de hombros. —No podía esperar para salir de Atwood y creo que de corazón soy un hombre de ciudad. Me gusta cómo todo se mueve rápido, como no todos saben de tus asuntos. Pero extraño la quietud algunas veces. Y el modo en que huele el aire. —Miró a lo lejos—. Pero me fui por una razón y esa razón aún está con vida y vive en la casa donde crecí. Incluso si quisiera ir, regresar no es una opción. —Estrujó una hoja rojo oscuro entre sus largos dedos—. ¿Qué hay contigo? —Extraño el… —Miller hizo un movimiento envolvente con su mano— espacio, supongo. El modo en que el cielo parecía siempre tan grande y aun así se sentía como si pudieras tocarlo si subías lo suficientemente alto. —Se encogió de hombros, avergonzado de haber dicho demasiado—. ¿Sabes? —Si, —dijo Danny, en voz baja—. Lo sé.

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La mirada de Miller chocó contra la de Danny. Se miraron uno al otro sin hablar, dos hombres añorando un hogar idealizado, instintivamente reconociendo la soledad en su interior. Los ojos de Danny volvieron a la vida, oscureciéndose mientras el deseo surgía a la superficie, removiendo pasadas corazonadas, cortando la ira delante. Miller trató de tomar aliento y se encontró con que no podía. Su interior se sentía caliente y humeante, como si se hubiera tragado la punta encendida de su cigarrillo y se estuviera ahogando en la llama. ¿Qué mierda? Miller arrancó sus ojos de él y miró en la distancia, su corazón latiendo su camina hasta la garganta. Había oído todos los rumores sobre Danny, de que era gay, de que era bisexual, de que le gustaban los hombres pero solo en la prisión, de que le gustaban las mujeres pero sólo cuando estaba borracho perdido. Pero ayer, cuando lo él finalmente había conocido a Danny cara a cara, había descartado todos los rumores. Danny no encajaba en su percepción de un hombre gay. Era demasiado duro, demasiado orgulloso, demasiado parecido a un tipo regular. No era amanerado ni acicalado. Pero Miller no podía equivocarse con esa mirada en los ojos de Danny. No había duda en lo que esa mirada te hizo, tampoco . Pero Miller cortó ese pensamiento en un bloque, lo metió en una caja etiquetada NO ABRIR en letras de un metro de alto, y tiró lejos la llave. —Debo correr. —Dijo Danny, parándose de nuevo. —Espera. —Miller se giró y recogió la chaqueta de cuero de Danny desde el

otro lado del banco. La lanzó en dirección de Danny, sin atreverse a encontrar sus ojos—. Toma. —¡¡Oh, hey, gracias!! ¿Cómo sabias que necesitaría esto? —Danny se puso la chaqueta sobre su camisa roja, el cuero a tono con sus cabellos como ala de cuervo. Miller deseaba que Danny solo se fuera y le dejara en paz, tomara esos ojos que todo lo ven y caminara lejos—. Registré tu auto y encontré esto. Pensé que podías usarlo con este tiempo. —Hablando de mi auto, ¿lo voy a recuperar pronto? —Puedes recogerlo del lote de confiscamiento. El del centro de la ciudad. —Okay. —Danny no se movió, sus botas negras de combate plantadas en el sendero lleno de hojas. Miller se forzó a sí mismo a levantar la mirada hacia él. —Estaré en contacto, —dijo él, concentrándose en un punto en el medio de la frente de Danny.

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Danny sonrió. —Estaré esperando. —Se giró y se alejo en la distancia, dejando a Miller solo en la fría luz del sol.

Danny trastabilló al subir volando los últimos escalones a su apartamento, tres sacos aferrados en sus brazos, sus dedos acalambrados a medida que apretaba las bolsas marrones de papel en un agarre mortal. Mentalmente maldijo a quien inventó las bolsas de comestibles sin manillas. Malditos imbéciles. Gimió en torno a las llaves sujetas entre sus dientes mientras que el filo de una caja de cereales se frotaba contra su aún tierna herida. Se tambaleó corredor abajo y maniobro uno de los sacos entre sus rodillas, arreglándoselas para quitar el cerrojo a la puerta en el segundo intento. Una vez que atravesó la puerta, dejo caer uno de los sacos al piso no muy gentilmente hasta el piso, recordando demasiado tarde que contenía huevos. Cerró la puerta con la cadera, lanzó sus llaves en el sofá, y puso el cerrojo a la puerta detrás de

él. Nunca solía poner el cerrojo a su puerta, pero Miller lo había mencionado ayer cuando lo había llamado para acordar otro encuentro. Como si las puertas no pudieran ser pateadas para abrirlas. —Si poner cerrojo en mi puerta es lo mejor que el FBI tiene para ofrecerme como medio de protección, entonces estoy realmente perdido, —Danny se había sentido obligado a señalar. Como de costumbre, Miller le había ignorado. El día era cálido para esta época del año, las ventanas abiertas traían el aroma del otoño adentro, junto con un sol débil que iluminaba motas de polvo flotando pesadamente en el aire. El picante sabor del escape de gases de los autos, hojas pudriéndose, el olor crujiente de manzanas de otoño, y el aroma almizcleño de una colonia todo mezclado junto en la nariz de Danny. Danny se quedó quieto, la bilis elevándose en su garganta. ¿Colonia? No llevo colonia. Aún podía detectar el leve indicio de fragancia flotando hacia él en la brisa soplando por las ventanas abiertas al fondo del apartamento. ¡Oh, mierda! ¡Oh, joder! Ellos están aquí. Okay, calma... respira... No podía salir por la puerta del frente. Para cuando lograra abrir el cerrojo ellos estarían sobre él. Entra en la cocina. Ve ahora, imbécil. ¡Muévete! Pero lentamente.

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Danny caminó hacia la cocina con sus bolsas de comestibles, a paso regular, murmurando ligeramente bajo su aliento. Como si todo fuera normal. Como si no hubiera alguien dentro de su apartamento a solo unos segundos de volarle los sesos a través de la frente. Danny puso las bolsas en el mostrador, moviéndose fuera de la línea de visión de la sala de estar. Rápida y calladamente, cruzo hacia la gran ventana al lado del refrigerador y miró afuera a la oxidada salida de incendios. Él nunca había tratado de abrir esta ventana. Nunca había tratado de poner su peso en la salida de escape, tampoco. Pero cuando no tienes opción, tus elecciones son fáciles. Uno, dos, tres... ¡hazlo! Se lanzó pesadamente contra el marco y la ventana se abrió con un chirrido lleno de escamas de pintura y gemidos de madera. Pudo escuchar el golpeteo de pies hacia la cocina y alguien gritando en español a medida que él volteaba hacia la salida de escape, lanzándose escalones abajo cabeceando hacia adelante para evitar reventar su boca contra el antiguo metal por sólo unos centímetros. Corre, no mires atrás. ¡Corre! Pero, por supuesto él miró hacia atrás; ¿cómo no hacerlo? A un piso desde el suelo, saltó de la salida de escape y salió en una carrera mortal hacia la esquina, pero no antes de mirar sobre su hombro y ver dos hombres corriendo tras sus pasos persiguiéndolo. El hombre a la cabeza continuaba siguiéndolo, pero el otro detrás se detuvo. Danny habría reconocido ese rostro en cualquier parte; le perseguía en sus sueños casi tan seguidos como la de Hinestroza.

Madrigal. El hombre que Hinestroza siempre enviaba para limpiar un desastre. El hombre que Danny había conocido por más de una década. El hombre que nunca salía de la casa sin usar colonia. Madrigal le dió a Danny una sonrisa lobuna hecha de puntiagudos dientes amontonados sobre delgados y rojos labios. No parecía molesto porque Danny estaba alejándose, saludando a Danny elegantemente con su pistola con silenciador. El escape de Danny solamente hacia más divertida la caza. Danny voló fuera de la vista, súbitamente agradecido por todo ese ejercicio que los guardias les hacían hacer en prisión. Se coló entre la masa de gente que llenaban las calles para el mercado local de granjeros, por una vez sin quejarse por la conmoción. A medio camino de la cuadra, se agachó dentro de una pequeña tienda de libros, tejiendo su camino entre las pilas hasta que quedó escondido en la parte de atrás. Sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta, con el sudor corriendo por su cara hasta caer en el teclado a medida que marcaba el botón del número de Miller. ¡Contesta, maldita sea! ¡Contesta el jodido teléfono!

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—Sutton al habla, —contestó Miller después del cuarto ring. —Ellos lo saben, —jadeó Danny—. Estaban en mi apartamento. —¿Dónde estás? —En esa pequeña librería justo a la vuelta de la esquina de mi casa —Danny se detuvo para tomar una bocanada de aire —. En la calle Walnut. —¿Estás a salvo ahí? —la voz de Miller era firme y estableciendo el hecho. —Joder, Miller. ¡No lo sé! —Danny hechó la mano hacia afuera, desparramando un montón de libros al piso —. ¡Mierda! —La mujer en el frente de la tienda le dio una mirada de sospecha sobre la montura de sus lentes—. Lo siento, — dijo él, agachándose para recoger los libros en sus brazos —. ¡Pensé que habías dicho que estaría a salvo en mi apartamento! — siseó él al teléfono acunado entre la oreja y el hombro. —Mantente fuera de la vista. Estaré ahí en diez minutos. Cuando veas mi auto, sal y entra en el asiento del frente. No titubees. —No te preocupes. No planeaba tomar la ruta panorámica. Nueve minutos y cuarenta segundos más tarde de acuerdo al reloj de Danny, el

azul Crown Victoria apareció por la curva. Danny caminó rápidamente desde el fondo de la tienda y cruzó la acera en dos largas zancadas, inconscientemente encorvado y agachándose para evitar los posibles disparos. Se lanzó en el asiento de pasajeros y Miller aceleró alejándose con un chillido de neumáticos antes de que la puerta de Danny estuviera completamente cerrada. Condujeron en silencio. El pulso de Danny gradualmente retornando a lo normal, estirando el cuello para mirar hacia atrás cada cinco segundos disminuyendo hasta una vez por minuto. —Nadie nos está siguiendo, —le aseguró Miller cuando se detuvieron en una luz roja. Danny rió, un áspero, doloroso sonido. —Bueno, tú me dijiste que estaría bien también. Así que perdóname si verifico las cosas primero por mí mismo. —¿Estás bien? —Preguntó Miller, mirando a Danny detrás de sus lentes espejados. Danny podía ver su propio reflejo mirándole de regreso, ojos demasiado abiertos, el pelo pegoteado en locos ángulos. Se pasó una mano sobre la cabeza, alisando los mechones rebeldes. —Otros cinco minutos y estaba muerto. —¿Cómo conseguiste salir? —Escalera de incendios. Corrí como el diablo. Tuve suerte. La luz cambio a verde y Miller volvió la mirada de nuevo a la vía. —¿Sabes quién era? —A uno de ellos no lo reconocí. El otro era Juan Madrigal. —¡Jesús, Danny! —inspiró Miller. —Su reputación le precede. Supongo. —He visto su trabajo, una o dos veces. —La voz de Miller era grave. —Si, no eres el único. He tenido un asiento de primera fila. —Danny volvió la cabeza, cerrando los ojos contra los recuerdos que pasaba cada hora despierto tratando de borrar—. ¿Dónde ahora? —Estaba tan cansado que podría vivir felizmente solo conduciendo en este auto por los alrededores donde no tendría que pensar acerca de nada otra vez. —A un lugar seguro, —dijo Miller. Él sonaba en control.

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—Intentamos eso antes. Miller sacudió la cabeza. —No. Va a ser diferente esta vez. —Se volvió para mirar a Danny—. De ahora en adelante, yo seré quien te proteja.

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Capitulo Cuatro
—Si te comes el gusano, bebes gratis. —¿Qué?—Danny subió los ojos del maltratado mesón de madera del bar, una sonrisa tirando ya de sus labios. La chica, que le había estado observando por el rabillo del ojo durante la última hora, saltó sobre el taburete junto al de él. Su largo pelo bailó frente a su rostro con una ráfaga de perfume a piña, su piel ligeramente bronceada radiante con crema bronceadora de coco. Ella olía a piña colada, pegajosa y dulce.

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—Dije que si te comías el gusano, — ella señaló a la botella gigante de tequila posada detrás de la barra— obtienes el resto de tus bebidas por cargo de la casa. Danny se rió. —No gracias, no soy tan pobre. —Ah... pero apuesto a que eres así de loco, —dijo ella con un guiño. Sonrió en torno a su vaso de ´chupito´. —Ahí me atrapaste. —Mi nombre es Amanda. —Le ofreció sus delgados dedos, fríos contra su palma. Su pulgar recorrió a lo largo de la línea de la vida cuando libero la mano de su apriete. —Danny. —Así que ¿qué estás haciendo en Méjico, Danny? —Estoy trabajando. Las cejas de Amanda se dispararon hacia arriba, su rostro reflejando amigable escepticismo. —¿Trabajando? —Sip.

—¿Haciendo qué? —Esto y aquello. Entonces fue el turno de Amanda de sonreír, sus ojos brillando con indomables ideas. —Eres muy misterioso. Ella no tenía idea. —¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó Danny, dirigiendo la conversación hacia un territorio más neutral —. ¿De vacaciones? —Si, un viaje con amigos. —Ella señaló con la cabeza hacia el grupo de chicas reunidas al final del bar, todas las cuales lanzaban miradas a escondidas a Danny cuando ellas creían que él no estaba mirando, esperando por su oportunidad por si Amanda no conseguía nada. —¿Hey, ustedes dos quieren algo? —preguntó el cantinero, usando un trapo sucio para secar el espacio entre los codos de Danny, siendo más exitoso en desparramar las manchas remanentes de las bebidas anteriores que en verdad limpiar nada.

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—Si, un par de ´chupitos´ de tequila, —dijo Amanda—. ¿Juegas? Danny no necesitaba a nadie que le dijera que era una mala idea. Lo último que necesitaba era una complicación. Pero había algo en Amanda que le gustaba, algo sin temor en sus ojos, una especie de alegría maníaca a la que ya se sentía atraído, curioso por ver si podría capturar algo de eso para sí mismo. Ella le recordaba a las chicas salvajes que había conocido en la secundaria quienes se movían demasiado rápido y se reían demasiado fuerte y no daban ni una mierda por lo que pensaran en el pueblo de ellas porque lo único por lo que se preocupaban era sobre cómo salir de ahí, irse lejos. Tal como Danny. Empezó a sentir los chispazos de atracción en la punta de los dedos y en su entrepierna; se pregunto si el cuello de Amanda sabía igual al modo en que olía, si su aroma a frutas persistiría en su lengua. Todo era tan mala idea….. —Seguro. —Sonrió él, sacando una rosa roja de un florero del bar y colocándola detrás de la oreja de Amanda —. Soy un jugador.

Fue después de las nueve en punto cuando Danny finalmente apareció en la puerta del dormitorio, su camiseta blanca arrugada y obviamente había dormido con ella puesta, sus jeans aún desabrochados en la cintura. —Buenos días, —masculló hacia Miller, quien estaba sentado en el sillón con un tazón tibio de café en la mano. —Hay café en la cocina, —dijo Miller—. Algo de cereal también. Pero tendré que correr a comprar víveres mas tarde. Este lugar no está precisamente surtido. Después de que había recogido a Danny en la librería el día anterior, habían venido directamente a este apartamento, uno de los muchos que el FBI mantenía solo con este propósito: esconder testigos e informantes lejos del mundo. Miller había sido afortunado que este estuviera disponible; al menos tenía dos dormitorios y estaba en una parte decente de la ciudad. Había incluso un pequeño balcón afuera de la sala de estar. La última vez que había tenido que ´hacer de canguro´ para alguien así, había tenido que dormir en un sofá lleno de bultos durante cuatro días. Esta temporada con Danny prometía durar mucho más tiempo; estaba agradecido de tener una habitación para él mismo. Cuando habían llegado, Danny no había hecho ninguna pregunta. Todavía traumatizado. Había supuesto Miller; porque durante su corta relación, él ya había descubierto que el silencio no era el estado natural de Danny. El corte de Danny había estado rezumando sangre, y había tomado una toalla húmeda y se había retirado a su dormitorio en cuestión de minutos. Miller se había quedado levantado hasta tarde cambiando de canales en la TV, pero Danny no había reaparecido. Ahora Danny se había arrastrado hasta la cocina, golpeando los platos tan ruidosamente que Miller estaba esperando escuchar el sonido indicativo de vidrio quebrándose. —Muévete, — ordenó Danny cuando regresó, esperando hasta que Miller movió sus piernas del sofá para sentarse con su propio tazón de café y una caja de cereales para niños —. Gran selección —dijo él mirando la caja—. ¿Acaso tengo cinco años? —Dije que iría de compras más tarde . —Miller tomo un sorbo de café,

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estudiando a Danny rápidamente, con miradas de soslayo—. ¿Cómo está tu costado? —Bien. Creo que se abrió un poco cuando estaba corriendo, pero estará bien. —¿Necesitas ir al doctor? —Nah. Los puntos saldrán solos pronto, de todas maneras. —Danny masticó un puñado de cereal—. Así que, ¿Aquí es donde estaremos de ahora en adelante? —Si, —Miller asintió—. No pondrás un pie fuera de aquí por un tiempo. Danny gimió. —¡Me volveré loco encerrado aquí adentro! —Hay una TV, puedo traer películas y libros. Allá hay una máquina para caminar, así que puedes hacer algo de ejercicio, y… —Yhoop-dee-do, —dijo Danny, haciendo un pequeño movimiento giratorio con su dedo índice. —La alternativa es morir, Danny, —le recordó Miller, su paciencia pendiendo del hilo más fino.

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—Si, ¿y de quién es la culpa? Les dije imbéciles que su mierda de plan nunca funcionaría. —Danny puso su taza en el suelo, lanzando a un lado la caja de cereal—. ¿Cómo pudo saber de mí rodando al otro lado, de todos modos? Tiene que haber sido alguno de tu propia gente. —Se levantó y caminó algunos pasos agitados lejos del sillón—. Alguien de adentro tiene que haberle dicho. ¿Qué les impide hacerlo otra vez? Madrigal no la jode dos veces. Entonces estaremos ambos muertos. —No fue un trabajo interno, —dijo Miller, su voz tranquila. —¿Entonces cómo lo averiguó Hinestroza? —exigió Danny—. Estoy seguro como el infierno que no le facilité la información. Miller se quedó mirando su café, deseando que hubiera una forma de evadir esta conversación. Cuando recibió la llamada en la noche, momentáneamente consideró que alguien más entregara la noticia. Pero eso lo convertiría en un cagón cobarde y además, ese era su trabajo. Y él siempre estaba a la altura de sus responsabilidades. —¿Has hablado con Amanda últimamente? Danny paró de deambular. —¿Amanda?¿Qué tiene ella que ver en esto? —¿Lo has hecho? —Si Miller, he hablado con ella. ¡Qué gran jodida cosa!

—¿Qué le dijiste a ella? —¡Nada! Miller no dijo nada, esperando que Danny se aclarara. Danny suspiró, se paso una mano por el pelo de recién salido de la cama. —Le dije que fuera cuidadosa. No le di detalles. Sólo le dije que se cuidara las espaldas. Que algo podía irse por el garete. —Danny se congeló—. ¿Por qué? ¿Por qué me preguntas por Amanda? —Sus ojos teñidos de pánico le dijeron a Miller que él ya sabía la respuesta. —Ellos llegaron a ella, Danny —Miller hizo una pausa, dejando que sus palabras tomaran su verdadero peso—. Antes de ir a tu apartamento, fueron al de ella. El rostro de Danny, solo recientemente recobrado con su color habitual, se drenó de sangre, poniéndose más blanco de lo que había estado en la sala de emergencias. Miller pudo verle cuadrando los hombros, recomponiéndose a sí mismo. —¿Qué tan mal? —Preguntó Danny, con voz feroz—. ¿Qué tan jodidamente mal?

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Miller se paró, tomó un paso en dirección de Danny, inseguro de lo que quería ofrecer: una mano, un hombro, una palmada en la espalda. —Está con vida, pero la hirieron. Destrozaron su cara, le quebraron los dedos de la mano derecha, le arrancaron algunas uñas… Un gruñido bajo, animal, salió desde lo profundo de la garganta de Danny, incrementando su intensidad a medida que explotaba libre. Sus manos subieron para cubrir su rostro a medida que se tambaleaba hacia atrás. —Oh, mi Dios, —sacudió la cabeza. —Ella va a estar bien, Danny. Esta en un lugar seguro. —¿Oh, si? ¿Segura como tú dijiste que lo estaría yo, Miller? ¿Así de segura? —Danny pateó con fuerza, enviando su tazón de café medio lleno volando a estrellarse contra el zócalo. —¡Hey! —exclamó Miller a medida que el café salpicaba contra el bajo de sus jeans—. ¡Tranquilízate! —¡No me diga que me tranquilice! Pudieron haberla asesinado o herido peor de lo que lo hicieron. Sabía que no debía confiar en ti. No darías ni una mierda por ella o por mí de todas maneras. ¿Por qué no estaba alguien vigilándola?

—Fue un descuido, —explicó Miller con una calma que no sentía. —No creímos que irían tras Amanda. No creíamos que ella supiera nada. Los ojos de Danny se redujeron a unas rendijas. —¿Así que estás diciendo que fue mi culpa? Porque hable con ella y le dije que fuera cuidadosa ¿es mi culpa ahora? —Avanzó un paso hacia Miller—. —¿Que tal tú Señor ´lo-tengo-todo-cubierto´? Tal vez te confiaste en el trabajo, y no fué tan fácil como te habría gustado pensar. ¿Podría ser eso? —Técnicamente todo esto es tu culpa, Danny. ¿No es así? —Miller disparó de vuelta—. Si tú no estuvieras distribuyendo drogas nada de esto habría pasado. Amanda estaría bien en vez de tener la cara como el proyecto de arte de un niño. —El delgado hilo que sostenía la paciencia de Miller había desaparecido hasta no ser nada; su habilidad de golpear en la yugular al parecer no había desaparecido. —¡Jodete! —exclamó Danny, su rostro contorsionado. Se movió hacia adelante, su brazo empuñado y dirigido a la mandíbula de Miller. Un rápido giro del cuerpo de Danny y Miller le tuvo atrapado, la espalda de Danny contra su pecho, los brazos de Miller alrededor de él sujetándole apretadamente.

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—¡Para ya! —ordenó Miller—. Para. ¡Maldita sea! Danny peleaba y se revolvía en sus brazos. Su fuerza era similar y Miller no podría sujetarle por mucho tiempo. Su rostro estaba presionado contra el cuello de Danny, el suave, y oscuro cabello cosquilleando en su piel. Podía sentir el sudor y el humo, y un leve aroma a jabón casi desvanecido. Por primera vez en su carrera le golpeó lo absurdamente íntimo que era retener a un sospechoso de esta manera. Los tensos músculos de Danny se flexionaban bajo sus manos, su culo se arqueaba hacia atrás mientras trataba de liberarse, y la barba de una noche en su mejilla raspaba como una dura lengua contra la de Miller. Miller liberó a Danny con un empellón, empujándolo lejos. ¡Jesús! ¡Cristo! ¡Jesús! Miller se pasó una temblorosa mano por la cara, el aliento brotando en cortos jadeos. Danny permanecía frente a él, jadeante, su cuerpo relajándose visiblemente a medida que la ira le abandonaba. —¿Cuándo averiguaste lo de Amanda? —Preguntó Danny, su voz ronca, como ramas de árboles chasqueando en una tormenta de invierno. Miller metió sus manos en los bolsillos. —Anoche, tarde. Un vecino la escuchó gritar y llamo a la policía. Madrigal ya se había ido para cuando llegaron. La policía nos llamó desde el hospital.

—¿Dónde está ella? Quiero verla. Miller sacudió la cabeza. —No. Eso no es posible. Es demasiado peligroso. La estamos protegiendo, Danny. —Necesito verla, Miller. —No —repitió Miller—. Pero puedes hablar con ella por teléfono. Eso es lo mejor que puedo hacer. —Ahora mismo —demando Danny—. Quiero hablar con ella ahora mismo. Miller sacó su teléfono celular de su bolsillo trasero, rehusándose a reconocer el temblor en sus dedos, y discó. —Sutton al habla. Quiere hablar con Amanda. — Miller le pasó el teléfono a Danny, cuidadoso de que sus manos no se tocaran. —¿AMANDA? ¿Estás ahí? —Danny aplastó el teléfono contra su oído, como si pensara que podría ver a Amanda si solo estuviera más cerca de su voz.

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—¿Danny? —El habla de Amanda era densa, como si estuviera hablando con la boca llena de algodón o con el sistema lleno de pastillas para el dolor. Considerando lo que le habían hecho a ella, ambas eran posibilidades razonables. Danny cerró los ojos—. ¿Danny, eres tú? —Si, cariño. Soy yo. Amanda tragó, tomo aire y empezó a llorar, incapaz de formar palabras que Danny pudiera entender. Se alejó de Miller, sentándose en el brazo del sillón. — Estás bien ahora —dijo él—. Ellos no te van a lastimar otra vez. —Yo no quería decirles nada, Danny, —sollozó Amanda—. Yo… —Sé que no lo hiciste. —Vinieron a mi puerta y dijeron que estaban preocupados por ti, ellos creyeron que tal vez irías contra Hinestroza. Les dije que tú no harías eso. Pero ellos irrumpieron de todos modos, diciéndome todas esas preguntas sobre ti... sobre cómo estabas actuando, sobre esa noche en la estación de policía, con quién habías estado, si habías dicho algo desde entonces. Yo no quería contestarles, Danny. —Amanda dejó salir un lamento—. Traté de mentir, pero, ellos no me creyeron. Luego, empezaron a lastimarme y yo...y yo… —Shhh, —Danny la calmó, su mano libre apretada en un puño—. Lo siento.

Lo siento tanto, cariño, —susurró él. —¿Ellos van a volver? —preguntó Amanda con la voz más pequeña que Danny hubiera oído nunca. Eso lo asustó. No estaba habituado a que Amanda fuera menos que la voz más ruidosa en una habitación, su boca atrevida ocupaba todo el espacio disponible. —Nadie va a lastimarte otra vez. Lo prometo. El FBI se va a ocupar de ti ahora.— —¿Qué hay de ti? Hinestroza no se va a dar por vencido. Ellos seguirán buscándote. —No te preocupes por mí. Siempre caigo de pie. ¿No es así? —forzó una tensa carcajada. —No es gracioso, Danny. —Sé que no lo es. —Hizo una pausa, plenamente consciente de Miller parado detrás de él—. Cuídate, ¿está bien?

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—Lo haré. Dicen que no puedo verte ahora. —Amanda sonaba cercana a las lágrimas otra vez, su voz vibrando. —No. Es demasiado peligroso. Pero cuando todo esto termine. Estaré ahí. ¿Me escuchas? —Te escucho. Mantente seguro, Danny. —Tú también, cariño. Danny cerró el teléfono con un golpe seco, lanzándolo sobre su hombro para aterrizar en un golpe sordo en el sillón. —¿Cómo estaba ella? Ella hizo… Danny sostuvo en alto una mano. —No quiero hablar ahora, —dijo él, enunciando cuidadosamente cada palabra. Pensó que lanzar otro puñetazo estaría en su futuro si Miller sufría otro súbito cambio de personalidad y se volvía locuaz. Pero Miller entendió la no-tan-sutil sugerencia y se retiró, el sonido de agua corriendo le siguió desde la cocina. Danny cayó de espaldas en el sofá y se cubrió los ojos con el brazo. Amanda. Con su rostro destrozado, sus huesos quebrados, sus pintadas uñas arrancadas. Danny podía recordar exactamente como lucia ella la noche en que se conocieron. Cuando

su sonrisa aún era despreocupada y su corazón aun no había sido roto. Cuando usaba un vestido blanco y una flor carmesí en el pelo mientras bailaba descalza en la calle. Cuando ambos habían sido unos jóvenes y estúpidos y borrachos y Danny había pensado que desear hombres podía limitarse al tiempo en que había estado en una celda de tres por cuatro metros y Amanda seria quien le salvara. Pero en vez de eso, él la había destruido. La había convertido en una criminal, había roto sus esperanzas. Sin olvidar que casi consigue que la asesinen. Una entrada más en la larga lista de sus pecados.

—¡¡YA REGRESÉ!! —llamó Miller, cerrando la puerta con el pie. —¿Trajiste la pizza?

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—Si —suspiró Miller—. Traje la pizza. Pepperoni y champiñones, tal como pediste. Y la cerveza que querías. Y el bourbon. Y los Malboros. Y… —No necesito toda el resumen, pero gracias. —Danny tomó la grasienta caja de pizza—. ¿Qué es eso? —preguntó él, señalando hacia la bolsa de lona colgada del hombro de Miller. —Esas son tus cosas —Miller dejó que la bolsa cayera al suelo. —¿Qué quieres decir con mis cosas? —De tu apartamento. Ropa en su mayoría. Danny dejó a un lado el pedazo de pizza que había estado por meter en su boca. —Um... lejos de mí está el interferir con el trabajo del gran FBI, pero ¿no es eso un poco estúpido? ¿El ir a mi apartamento y luego venir aquí? ¿No podría estar alguien siguiéndote? Miller se movió alrededor de Danny hacia el refrigerador, con los brazos cargados de provisiones. —Si, Danny. Eso habría sido estúpido. Es por eso que alguien fue a tu apartamento justo después de que te recogí ayer, cuando sabíamos que Madrigal se había ido hacia ya largo rato, y tomamos tus ropas. Luego él trajo la bolsa de regreso en mi oficina, en caso de que le hubieran seguido, y yo la recogí

hoy. —Cerró el refrigerador—. Soy bueno en mi trabajo, Danny. No necesitas preocuparte. —Esperemos que seas mejor que los tipos que se suponía estaban vigilando mi apartamento. —Comentó Danny secamente, escamoteando una cerveza de un pack de seis en la mano de Miller—. ¿Quieres un poco de pizza? —Si, está bien —Miller estaba fuera de balance por la fácil broma de Danny. Había esperado que Danny permaneciera malhumorado y enojado después de la conversación con Amanda. Pero una hora después había buscado a Miller para conversar, aún un poco distante pero lo suficientemente cerca de lo normal como para poder continuar quejándose sobre la falta de comida. A pesar de su dura actitud, era claro que Danny era un hombre que no podía tener rencor por mucho tiempo, furia y petulancia un disfraz que usaba ocasionalmente, pero en conjunto no era permanente. Les tomo sólo diez minutos el devorar una pizza antes de que Danny se moviera sobre medio quilogramo de helado, mientras Miller se sentó con una cerveza. No había nada bueno en la TV pero continuó cambiando de canal de todos modos, Danny diciéndole que se detuviera de vez en cuando para poder reírse de un infomercial o sonreír con una comedia enlatada.

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El aire en el apartamento estaba brumoso con el humo de cigarrillo, Danny los encendía a modo de venganza mientras se desparramaba en el sillón. —Baja el ritmo con esos, —dijo Miller—. Se te van a agotar para mañana. — Danny se encogió de hombros—. ¿El FBI los está comprando, no?

Miller sacudió la cabeza molesto, pero no protestó cuando Danny le pasó el paquete para que pudiera fumar uno él mismo. —¿Cuál es el plan ahora? —preguntó Danny—. ¿Para mí? —Sigues dándome información. Una vez que tengamos todo atado, procesamos a Hinestroza. Luego testificas contra él. —Hay dos grandes problemas con ese escenario, —dijo Danny, levantando sus dedos para ilustrarlo—. Uno. Hinestroza ya rara vez deja Colombia, así que traerlo a juicio está cercano a ser imposible. Y dos, volaría la corte de justicia por los cielos antes de dejar que me siente en el banquillo de los testigos. —Eso no pasará. Él no es Dios, Danny, — observó Miller. Los ojos de Danny estaban llenos de temor y recuerdos, su voz áspera mientras miraba a lo lejos. —Eso es lo que tú crees.

—¿Estás listo para decirme como te enganchaste con él? —No en realidad, —dijo Danny, intentando soplar una serie de anillos de humo hacia el cielo raso. —Bueno, el tiempo se acabó. Necesito saberlo. —Apuesto a que eres un jodido tonel de risas el sábado por la noche, Sutton. —No estoy aquí para divertirme. Estoy aquí para agarrar a Hinestroza. —Como si necesitara un recordatorio, —murmuró Danny. —¿Lo encontraste tú o te encontró él? —Oh. Creo que es seguro decir que él me encontró. —Danny vaciló, los ojos enfocados en algo que Miller no pudo ver—. Yo tenía dieciocho, vivía en Dallas, trabajaba en ese lava-autos de mierda. Del tipo de esos donde sales de tu auto y ellos lo limpian y luego un chico-sin-suerte lo seca por ti. Ese era yo, el perdedor con el paño de gamuza.

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Miller regresó atrás cuando él tenía dieciocho, cuán cerca habría estado de la situación de Danny si su padre no le hubiera empujado a la universidad, prácticamente forzándolo a ir, un hombre crecido siendo arrastrado como un niño de párvulos. Sin ese empujón, el fácilmente pudo haber terminado como Danny, sin rumbo y a la deriva sin ninguna esperanza para el futuro. Jesús, Miller, ¿Por qué no te consigues un violín y le tocas una sonata? Danny hizo sus propias jodidas elecciones,todas ellas malas. —Un día este auto apareció e Hinestroza estaba adentro. Me ofreció un trabajo. Y yo subí al auto. Fin de la historia. —Pero no era el final de la historia, y Miller lo sabía. Los ojos de Danny saltaban más rápido que pies en el fuego, su manzana de Adán balanceándose como loca en su garganta. —Voy a tener que escuchar el resto, Danny, en algún momento. —¿Solo que... no esta noche, okey? —Dijo Danny—. Estos últimos días no han sido de los mejores. —Okey —Miller concordó—. Pero pronto. —No dispuesto a dar a Danny mucha libertad de acción, era cuidadoso de mantener la carta más alta. —¿Otra cerveza? —preguntó Danny, encaminándose hacia la cocina. No esperó por la respuesta de Miller, regresó trayendo dos botellas entre los dedos. Le

paso una y retomó su posición previa, se dejó caer en el sofá, los pies desnudos colgando sobre el brazo. —¿Qué es lo que piensa tu esposa de que estés aquí pegado? Miller se empujó de nuevo en el sillón reclinable, el reposapiés apareció con un chasquido. —No tengo esposa, —dijo él, los ojos en la pantalla de la TV. —¿Entonces con quién estabas hablando la otra noche cuando me llamaste? Miller nunca hablaba sobre su vida personal con informantes. Nunca. Era una regla en el FBI, la hablada y la no hablada, y él la seguía como si pensara que el romperla constituiría una falla personal. —Esa era mi prometida. Rachel. —¿Prometida? —Danny se revolvió sentándose en el sofá—. ¿Cuándo es la boda? —No hemos elegido la fecha aún, —replicó Miller, deseando nunca haber abierto la maldita boca.

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—¿Cuánto tiempo han estado comprometidos? Miller frunció el seño a Danny, quien le miró de regreso suavemente, una pequeña sonrisa en los labios de Danny. —Cinco años, — murmuró Miller—. Hemos estado comprometidos por cinco años. —¿Queee? —Se rió Danny, alargando la palabra con los remanentes de su acento de Kansas—. ¿Qué es lo que jodidamente te detiene? Maldición, ella es mucho mas paciente de lo que Amanda hubiera sido nunca, te puedo asegurar eso. —¿Cuánto tiempo estuvieron Amanda y tú comprometidos? Danny se encogió de hombros. —Un par de horas. —Un par de horas, —repitió Miller—. Ahora ¿por qué eso no me sorprende? —¿Qué puedo decir? Soy un hombre del tipo espontáneo. —Danny sonrió elevando las cejas. —¿Cómo la conociste? —Estaba en México, haciendo un trabajo para Hinestroza. Ella estaba ahí de vacaciones. La conocí en un bar. Bailamos y bebimos demasiado tequila y desperté la

mañana siguiente con un anillo en el dedo y esto en el brazo —Danny levantó la manga derecha de su camisa, revelando un tatuaje de un alambre de puas rodeando su bíceps—. Aparentemente Amanda quería que estuvieran entrelazadas una A y una D, pero gracias a Dios no estaba lo suficientemente ebrio para eso. —Eres un gran fanático de los tatuajes, ¿Puedo suponer? —En realidad no tuve mucha elección en eso. Trabajas para Hinestroza, obtienes un tatuaje. Después de eso no parecía gran cosa tener más. Al menos no me marcó al hierro como algunos de los jefes de la droga hacen. Miller estaba maravillado de cuan despreocupado era Danny, hablando sobre ser tatuado o marcado al hierro como si estuvieran discutiendo sobre algo vagamente desagradable como un trabajo rutinario e inevitable- limpiar el inodoro por seguridad, tal vez, o calcular sus impuestos. —¿Es la serpiente aún la marca de Hinestroza? —Si, concuerda con su risa. —Danny lanzó su cigarrillo en el platillo que estaba usando como cenicero—. ¿Quieres echarle un vistazo? Miller asintió sin darse cuenta que lo hacía, la botella de cerveza posada contra sus labios mientras Danny se subía la camisa, sosteniendo el apelotonado material sobre su cabeza. Se retorció en el sofá para darle a Miller una vista de la parte superior de su espalda, una serpiente enroscada pintada entre sus omóplatos. Tenía la forma de diamante de una serpiente de cascabel, pero los colores eran brillantes tonos de joyas, púrpura oscuro, verde esmeralda, azul de mar profundo. Los ojos de Miller estaban ribeteados con la visión de una serpiente enroscada a través de los duros músculos de Danny, las parpadeantes luces de la TV hacían que los colores se realzaran y respiraran. El tatuaje era hermoso, realmente, a menos que supieras qué significaba. —¿Puedes verlo? —preguntó Danny, su voz apagada a través de las capas de algodón. —Si, puedo verlo, —replicó Miller, ronco y bajo, su estómago revolviéndose como el de un borracho fuera de balance. Estaba horrorizado de su propio deseo de romper el espacio entre ellos y poner sus manos a través de la marcada piel de Danny. Danny se giró en un pivote, su camisa avanzando poco a poco hacia abajo, deslizándose en un lento movimiento a medida que los ojos de Miller seguían su descenso sin poder hacer nada. Ninguno de ellos habló y el silencio fue incómodo; aparecía y crepitaba con posibilidades. Los ojos de Miller se desviaron hacia el TV, su dedo apuñalando viciosamente el control remoto. Podía sentir la tensión en su rostro, un surco grabado entre sus cejas, su boca cerrada apretadamente.

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Arriesgó una rápida mirada hacia Danny, quien le estaba mirando con ojos firmes, un nuevo cigarrillo colgando de sus labios. Miller sintió el sudor surgiendo de su frente, su respiración demasiado rápida para su posición sedentaria. Se apoyo en su entrenamiento del FBI, encendió su finamente entonada capacidad de desengancharse, y miró a lo lejos.

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Capitulo Cinco
Miller supo que había dormido de más por la fuerza de los rayos de luz pasando a través de los bordes de las persianas que acariciaban su rostro como dedos cálidos. ¡Jesús! solo dos días viviendo con Danny y ya estaba -Nock-Aut-. Quedándose hasta tarde, bebiendo cerveza y fumando, durmiendo después de las cinco y treinta a.m. Juzgando por la luz debían ser cerca de las ocho en punto.

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Patético, Miller. Rodó fuera de la cama con un gruñido, agradecido que al menos Danny no hubiera abierto el bourbon. Incluso los hábitos de afeitado de Danny, parecían ser contagiosos; la mano de Miller se froto contras sus ásperas mejillas. Estiró los brazos hacia el techo, produciendo una serie de crujidos satisfactorios en su espalda. Se colocó unos jeans, rebuscando en la maleta que no había desempacado completamente por su sudadera vieja, con el emblema Kansas State University en el frente con letras moradas. La sala estaba vacía, la puerta del cuarto de Danny cerrada. Algo no estaba bien; Miller lo sintió casi inmediatamente, los vellos en sus brazos se erizaron. Había un curioso vacio en el apartamento, demasiado incluso si Danny continuaba durmiendo. El baño estaba oscuro, la cocina silenciosa. Miller fue hasta la puerta de Danny y la golpeó con la palma de su mano. Sin repuesta. —¿Danny? —llamó Miller, la manija de metal fría contra su mano—. ¿Danny? Danny no estaba en su habitación, el único signo que mostraba que lo estuvo, eran las sábanas y cobijas tiradas como fuera, al pie de la cama. Miller regresó por segunda vez a la cocina, mirando hacia el balcón mientras pasaba. La puerta delantera estaba cerrada. Pero la cadena, la cual estaba puesta cuando se fueron a dormir, colgaba libre. Un pedazo de papel blanco, la parte de atrás del menú de pizza, estaba

pegado a la puerta.

Miller, tuve que salir por un rato. Vuelvo pronto. Danny.
—¡Hijo de puta! —gritó Miller, corriendo hasta su habitación para colocarse apresuradamente sus tenis. Se metió el arma cargada en la cintura y agarró el celular del revoltijo en la parte superior de su vestidor, tirando unas monedas al suelo. No estaban sus llaves. El maldito se había escabullido mientras dormía y se llevó sus ¡putas llaves! Miller abrió la puerta del apartamento, cerrándolo con fuerza mientras salía. Bajó las escaleras de a dos escalones por vez y corrió a toda prisa hacia la acera vacía. Podía ver su Jeep aparcado donde lo había dejado, una manzana abajo del lado opuesto de la calle. Así que Danny se fue a pie. ¿Pero a dónde? Habían unas cuantas tiendas cerca, pero en una mañana de domingo todo estaría cerrado. Solo escoge una dirección y empieza a caminar. Miller giró hacia la izquierda, trotando por la calle, los ojos buscando un destello de cabello negro. ¿Qué diablos estaba pensando Danny? Fuera en la calle, delatando su posición, arriesgando su vida. ¡Maldito idiota! Dos manzanas más abajo y Miller solo se había encontrado con un perro solitario olfateando cerca de una planta llena de suciedad y una mujer con una bata cobijándose con el periódico matutino. Miller estaba a punto de darse por vencido y regresar en la dirección opuesta, cuando vio un auto estacionado cerca y alguien en la calle inclinado sobre la ventanilla del conductor. Danny. Miller contuvo el impulso de correr por la calle gritando el nombre de Danny, agarrarlo por el cuello y arrastrar su arrepentido trasero de regreso al apartamento. En vez de eso, se detuvo en la acera, escondido por un grupo de robles que adornaban la calle a intervalos regulares, sus ramas desnudas apuntando hacia el cielo. Miller se detuvo a unos autos de distancia de donde estaba Danny. El sujeto que manejaba el Mercedes no se veía familiar. Por lo que Miller podía ver tenía su edad, unos treinta y tantos, cabello castaño corto, gafas oscuras. Sonriéndole a Danny. Y Danny le devolvía la sonrisa, una mano apoyada despreocupadamente contra el techo del auto mientras echaba la cabeza para atrás y se reía, el rico sonido degradado hasta casi nada para cuando alcanzó a Miller. El hombre en el auto apartó su mano izquierda del volante y la sostuvo fuera de la ventana, donde Danny la tomó en la suya, el gesto una mezcla entre un choca-esoscinco y un apretón de manos. Miller sintió un leve ardor contra su piel, chispas rojas de furia contra sus parpados mientras el Mercedes se alejaba, dejando a Danny con la mano arriba en una despedida. Súbitamente Miller estaba lleno de bilis, ardiente y burbujeante en su estómago, la necesidad de escupir su ira subiendo como vomito en

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su garganta. ¡Estúpido idiota! ¡Arriesgando la vida de los dos para encontrarse con su novio! No puedo creerlo! Había sido un idiota al esperar algo más de un hombre como Danny. Cuando el Mercedes estuvo fuera de vista, Danny giro de regreso hacia el apartamento, solo tambaleando un poco cuando vio a Miller esperando por él en la acera. —Hola, —dijo Danny—. ¿Que haces aquí? —¿La pregunta es qué demonios haces tu aquí? —Miller podía sentir las venas de su cuello crecer, la furia un veneno de acción rápida corriendo por sus venas. —Tenía que encontrarme con alguien. —Danny continúo caminando, forzando a Miller a apresurarse para alcanzarlo. —Si, lo vi, —respondió entre dientes—. ¿Quien era?

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—Un amigo. —Lo apuesto, —siseó. Danny se detuvo. —¿Tienes algo que preguntarme? —demandó, sus ojos mostrando fuego por su parte también—. ¿Hay algo sobre mí que desees saber? Miller tomo una bocanada de aire. Por ningún motivo se acercaría a esa carnada, ni siquiera con un palo de tres metros de largo y las entrañas llenas de sentimientos. —¡Nos arriesgaste! Fácilmente puede contarle a Hinestroza donde estamos. —No lo hará. —¿No? ¿Qué? ¿y si le sacan sus uñas? ¿O le cortan esa linda cara? La lealtad solo alcanza hasta cuando Madrigal sostiene una cuchilla contra tu ojo. —¿No ves cuantos edificios hay por aquí? —preguntó Danny, abriendo los brazos ampliamente—. Griff no tiene ni idea en cuál estamos viviendo o incluso si estamos cerca. No le dije ni mierda excepto que me buscara en esa esquina. —¿Griff? Lindo nombre.

—No estas en la mejor posición para hacer chistes sobre los nombres de las personas, —señaló Danny—. ¿Por qué estas molesto, en verdad? —¡Estoy enojado porque eres un condenado idiota Danny! Pones tu vida en línea, sin mencionar la mía, por encontrarte con tu… —Miller cerró la boca tan rápido que se arriesgo a cortarse la lengua. —¿Miller, estás celoso? —la voz de Danny era suave, su tono entre la diversión y la seducción. —¡Vete al infierno! —estalló Miller—. De todas formas que necesitabas de ese sujeto, ¿ah? ¿Te traía drogas? —Ya te dije, no consumo. Estoy cansado de repetirme. —Danny se adelantó, sus largas piernas masticando el pavimento. —¡No te atrevas a irte sin mi permiso! —gritó Miller, sujetando la chaqueta de cuero de Danny—. ¿Para que demonio necesitabas su ayuda? Danny se movió mas rápido de lo que Miller esperaba, girando para sujetarlo, cerrando su mano apretadamente sobre el brazo de Miller.

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—Déjame en paz, —gruño Danny—. Puedes que me tengas con lo de Hinestroza, pero no le pertenezco al FBI. Me pertenezco a mi mismo Miller y no respondo ante ti. —¿Ah si? —respondió Miller—. ¿Eso es lo que dirá Hinestroza, que te perteneces a ti mismo? Danny tomó el aire de manera silbante a través de los dientes, la nariz aleteándole, los músculos de la mandíbula pulsando al tiempo con sus latidos. Se quedaron pecho contra pecho, solo una brizna de aire pasando entre los dos. Miller podía ver los anillos esmeralda alrededor de los iris color verde hoja en los ojos de Danny, la pequeña cicatriz sobre sus labios escondida por el rastro de barba, la punta de su lengua deslizándose afuera para acariciar la esquina de su boca. Estaban lo suficientemente cerca para pelear, lo suficientemente cerca para tocarse... lo suficientemente cerca para besarse, y por un momento -en que se le paró el corazón e hizo caer el estómago-, Miller pensó que eso es lo que haría Danny. El rostro de este se inclinó hacia adelante antes de dar un paso atrás, dejando aire frío donde su tibio cuerpo estaba. El pesado y frío metal contra la parta baja de su espalda era reconfortante, la pistola cantando su propio repertorio de nanas contra su ansioso cuerpo. Hacía mucho tiempo desde que había ido a alguna parte sin un arma y odiaba cuan desnudo se

sentía estos días. Abrió la puerta del apartamento, tirándole las llaves de Miller por encima de su hombro. Miller las atrapó en pleno aire con una mirada asesina. Danny caminó enojado a través del apartamento hacia su habitación, pateando la puerta para que se cerrara con fuerza. Maldito Miller. Piensa que necesito una maldita niñera. Sacó la Sig Sauer de su cintura, probándola en su mano. Misma marca y modelo que la que los policías habían tomado de su guantera. Danny revisó el seguro, luego levantó el colchón y dejo la pistola debajo. No era el lugar mas creativo para esconderla, pero tenía que tener un acceso fácil a ella o sino, ¿cuál era el punto? Cuando Danny regresó a la sala, Miller estaba en la ducha, el murmullo del agua corriendo ruidosa en el silencioso lugar. Danny encendió la televisión, tomó una Coca-Cola de la nevera y se dejo caer en el sofá. Trato de seguir enojado, pero ya se estaba desvaneciendo como el humo a través de un puño apretado. Siempre daba buena pelea mientras estas sucedían, nunca había tenido miedo de expresar sus emociones. Pero extrañamente, odiaba cuando las personas permanecían enojadas con él. Cuando niño siempre trató de complacer a su padre, especialmente cuando el viejo bastardo estaba siendo desagradable. Como adulto aún no había superado su necesidad de aprobación. La ducha se silenció y la puerta del baño se abrió un poco para dejar salir un vaho de vapor. Danny se levantó y caminó hasta el baño, dejando que las puntas de sus dedos se apoyaran contra la puerta antes de empujarla unas pulgadas. —Oye, — dijo en voz baja, el interior del baño húmedo y cálido como una nube de agua contra su rostro. Miller se estaba afeitando, vestido solo con jeans, su rostro escondido detrás de una barba de espuma. El circulo que había limpiado en el espejo nublado, ya se estaba empañando con el vapor flotante. —¿Qué? —preguntó Miller, la voz seca, la rasuradora lista para cortar en su mejilla. Danny apoyó un hombro contra el marco de la puerta, admirando la contracción y extensión de los músculos de Miller mientras se afeitaba, la combinación de agilidad y fuerza fascinante de mirar. Danny abrió la puerta un poco más con el pie descalzo. —No quise asustarte cuando me fui. —Eso era lo más cercano a una disculpa que podía decir.

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—No me asustaste, —dijo Miller los ojos fijos en el espejo. —No deberías preocuparte por Griff. No tiene idea de lo que pasa. Completamente fuera del radar de Hinestroza. Créeme —¿Qué te crea? Eso sería bastante estúpido de mi parte, ¿no? Probablemente tenga un punto ahí. —¿Vas a algún lado? —Si. Pero habrá un auto afuera vigilándote. —¿A dónde vas? Miller sacudió la rasuradora en el lavamanos, mandando una armada de pequeños vellos sobre la superficie. —Fuera. Danny hizo rodar los ojos. —¿Vas a ver a Rachel?

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—No es tu maldito problema, —estalló Miller. Se detuvo—. ¿Por qué crees que voy a donde Rachel? —Porque te estás afeitando. —Danny se encogió de hombros —. Y es domingo, así que dudo que vayas a la oficina. —Se adentró aun más en el baño, acomodándose en el borde del lavamanos cercano a la puerta —. De todas maneras ¿cómo la conociste? Adivino que no fue en una noche de tequilas en Méjico. Miller apartó los ojos de su tarea, mirando fijamente a Danny. —Antes de que me asignaran aquí a Minneapolis, —dijo al fin—. Es una secretaria y la conocí cuando fui a la oficina de su jefe para un dar un informe. —¿Así que se vino contigo cuando te trasladaron? —preguntó Danny, girando la lata de espuma de afeitar de Miller en sus manos. —Sí. —El Agente Especial Sutton, viviendo en el pecado, —se burló Danny—. No me lo hubiera imaginado de alguien tan legal. Miller le quito la crema de afeitar. —No vivimos juntos. Ella tiene su propio lugar. —¿Esas fueron tus reglas o las de ella? —Fue una decisión mutua. —Miller abrió la trampa del agua, el desagüe

succionando el agua con un gorgoreo estrangulado. Miller movió su cuerpo en un amplio arco alrededor de los pies y piernas de Danny, tomando una toalla blanca de la pared. Se pasó la toalla por las mejillas —. Tengo que irme. No tan rápido Sutton. Danny estiró una mano, sujetando la mandíbula de Miller. —Te falto una parte. —Miller se tensó, sin moverse, pero sus músculos se tornaron rígidos, los ojos fijos en los de Danny. Este pasó sus dedos gentilmente por la piel suave y cálida de Miller. Mierda, se siente bien. Danny levantó un dedo untado de crema. —Listo. Miller mantuvo su mirada en la de Danny, sus ojos registrando un destello de pasión, la ira muy cercana a esta, terminando con el férreo control que le recordaba una fortaleza imposible de quebrar. Pero que valdría la pena si al final lo haces.

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Miller arrojó su toalla al lavamanos, tomó su camiseta blanca del inodoro y se la colocó con movimientos fuertes de los brazos. —Así que a Rachel ¿le gustas afeitado? —preguntó Danny, abriendo la llave para limpiarse el dedo. No hubo respuesta—. Por mi parte creo que te ves mejor con la barba. Miller no se detuvo a colocarse el suéter, sujetándolo entre sus puños mientras se movía para irse. Danny se apartó del lavamanos, bloqueando la salida. Se quedaron en la estrecha entrada, sin espacio suficiente para que ninguno de los dos pasara sin frotarse los cuerpos. Los ojos de Miller eran como balas de plata. Sabe lo que estoy haciendo. Y le gustaría matarme por ello. Danny sostuvo las manos en alto, sacando su cuerpo del camino. —Después de ti, —dijo con una mueca.

Debería haberse sentido mejor sostener a Rachel en sus brazos. Casi no se habían visto en una semana. Entre el trabajo y luego con el súbito llamado al deber con Danny, su tiempo juntos se había reducido a casi nada. Pero aquí estaba, con los delgados brazos de Rachel envueltos alrededor de su cuello y no podía sacarse a Danny de la cabeza. ¿Qué estaba tratando de lograr ese imbécil en el baño? Debí haber golpeado a ese tonto en la cara. —Me alegra tanto verte cariño, —suspiró Rachel contra su cuello —. ¿Sabes cuando podrás venir a casa? —No, —dijo Miller, echándose hacia atrás para mirar su honesto y amoroso rostro—. Puede que se demore. El rostro de Rachel se plegó con una arruga de preocupación apareciendo en su frente. —¿Es peligroso Miller? Por supuesto que es peligroso. Estoy en el FBI. —No te preocupes, Soy cuidadoso. —Se preguntaba si esta era la misma mentira que todos los agentes le decían a sus familias, la mentira que les ayudaba a cerrar los ojos en la noche y dormir en bendita ignorancia. Rachel giró hacia su pequeña cocina estilo galería, enderezando las revistas en su mesa mientras pasaba. —¿Quieres comer? Tengo ensalada de pollo. Segura, predecible, la buena de Rachel. Quien siempre usaba perlas y una cola de caballo, cuyo cabello olía a manzanas verdes y quien, después de todo este tiempo y toda esta espera, aun miraba a Miller con un brillo en los ojos. Él sentía culpa; no sabía si alguna vez la había mirado así. Te tocóel rostro. Y te gustó. Miller tomó dos largos pasos hacia Rachel, sujeto su suéter rosado con manos desesperadas, la empujó hacia el sofá, y cayó encima de ella frenético.

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—Miller, —Rachel jadeó cuando la empujó en los cojines —. Miller ¿qué haces? Miller sonrió, esperando como el infierno que no se viera tan doloroso como se sentía. —Te desvisto. —Los labios brillantes de Rachel sabían dulces y pegajosos contra sus labios, su cuerpo demasiado maleable bajo el suyo. Rachel se rió, el ruido corto y avergonzado. —Vamos a la habitación. —Se removió de debajo de él, tirando de su mano—. Vamos. Colapsaron sobre su cobertor blanco esponjoso con un rebote. Ella gritó un poco cuando le tiró del cabello para desarmar la coleta y sujetarlo entre las manos. —No me bañé esta mañana, —jadeó. —No importa, —susurró. Rachel se sentó, el suéter enroscado por encima de sus senos revelando un sostén rosado de lazos. —Solo... solo déjame asearme muy rápido, ¿si? Ya vuelvo.

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Miller giró sobre su espalda, presionando sus pulgares contra sus ojos cerrados, mientras Rachel se levantó de la cama. Súbitamente deseaba estar en cualquier otro lugar menos ese.

Danny escuchó el ruido sordo de la puerta del apartamento al abrirse y cerrarse. Miró su reloj, su rostro brillando plateado con la luz de la luna. Siete en punto. Giró el cuello para mirar a través de las cortinas una sombra oscura contra la pared. —¿Danny? —llamó la sombra—. ¿Danny? —Estoy en el balcón. Miller asomó su cabeza por la puerta de vidrio. —¿Qué diablos estás haciendo ahí? ¡Alguien podría verte!

Danny sonrió y tomó un trago de la recién abierta botella de bourbon antes de contestar. —Está oscuro, Miller, por sino lo has notado. Y apagué todas las luces adentro. Nadie puede ver una mierda. Sal —Danny señaló la silla vacía junto a la suya, agachándose un poco como escondiéndose del fuego enemigo —. Pero si te preocupa, puedo volver adentro por mi pintura de camuflaje. —Cállate imbécil, —gruñó Miller, alejando la silla con un chirrido metálico contra la madera. Danny se rió. —Veo que estamos progresando. Ahora soy imbécil en vez de Danny. Miller gruño, abriéndose la chaqueta. —Ten. —Danny le pasó la botella de bourbon. Miller la sostuvo entre sus manos, contemplándola, antes de levantarla hasta sus labios y tomar un trago profundo. Se inclinó para devolvérsela y Danny atrapó la esencia de una mujer en su piel. Agarró la botella, con la garganta cerrada mientras se giraba para inhalar la brisa fresca soplando desde el oeste.

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Saber en tu cabeza lo que Miller estaba haciendo las ultimas horas y oler el sexo en él... son dos cosas diferentes, ¿cierto Danny? Miller apoyó sus codos en sus rodillas y le lanzo una mirada de reojo. —Tu amigo Griffin Gentry tiene historial, —dijo lentamente—. Busque su archivo. —Felicitaciones al detective. —Danny sostuvó la botella entre sus rodillas mientras encendía un cigarrillo detrás de sus manos, dejando el paquete y el encendedor en una mesa pequeña frente a él para que Miller los tomara si quería. —Asalto agravado, —continúo Miller—. Era tu compañero de celda en Leavenworth. —Correcto nuevamente. —Danny tomó un trago de bourbon—. ¿Hay un objetivo en todo esto? —Lo vamos a coger esta noche. Lo sacaremos de circulación por un tiempo. Es un cabo suelto Danny, y no tengo que decirte Danny, que Hinestroza es un experto encontrando cabos sueltos. Danny se sentó derecho. —No tienes bases para arrestar a Griff. —No lo arrestaremos de verdad. Pero no puede estar en cualquier lado donde Hinestroza pueda atraparlo. Es un riesgo demasiado grande para él y nosotros. —

Miller se detuvo—. ¿Hay alguien más que Hinestroza pueda usar en tu contra? ¿Alguien, además de Griffin o Amanda? ¿Otro amigo...o amante? —Miller tartamudeó sobre la palabra—. ¿Alguien? —No, —dijo Danny—. Viajo ligero. Después de Amanda jure que no metería a más nadie en este mundo y he cumplido mi palabra. Miller estiró su mano por la botella. —¿Qué pasó en verdad entre los dos? Danny se echó hacia atrás, descansando sus pies en la baranda del balcón. — Pensé que sabias todo sobre mi Sutton. —Lo sé. Danny esperó hasta que Miller lo miró a los ojos. —Entonces ya debes saber que me gustan los hombres. Eso fue lo que pasó con Amanda y conmigo. Soy gay, Miller. —Ahí estaba, finalmente al descubierto, sobre lo que habían estado danzando desde el momento en que se conocieron. —Eso fue lo que escuche, pero no estaba seguro... —la voz de Miller se apagó, cerró los ojos.

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—¿Por qué? ¿Por qué no modelo por la calle y uso delineador? —se burló Danny. —¡No! —protestó Miller, lo suficientemente fuerte para que Danny supiera que se acercaba a la realidad —. Solo, como estuviste casado... —Un montón de homosexuales se casan, Miller, —dijo Danny—. Eso no los hace heteros. —Supongo que es verdad, —admitió Miller, la voz evasiva—. Pero ¿por qué te casaste con ella en primer lugar? Danny dejo salir un suspiro tembloroso. Sabía que sus razones para casarse con Amanda nunca serian lo suficientemente buenas para balancear el daño que había causado. —Estaba solo. Todavía no había afrontado el hecho de que era gay, no completamente. Pero después de Amanda me prometí a mi mismo que nunca volvería a negarlo. —Miró hacia Miller—. Hablando de la espera eterna, ¿por qué tú y Rachel no han dado el salto final? Miller se encogió de hombros, jugando con la etiqueta de la botella de bourbon. —El tiempo nunca ha sido el correcto. Me transfirieron, luego ella buscaba trabajo aquí y mi trabajo nunca para.

—¿Te das cuenta lo patético que suena eso? Miller lo sorprendió riéndose, aunque sin humor. —Solo es que no parece haber prisa alguna. Si eso no es una maldita negación... pobre Rachel. —Bueno, Miller, —dijo alrededor de su cigarrillo— parece que tienes problemas de lentitud y yo de rapidez. Su observación quedó colgando entre los dos, tan pesada y llena de segundas intenciones como una sábana de nubes tormentosas. Podía sentir a Miller mirándolo, por lo que rodó su cabeza hacia su dirección, pero esos ojos color humo eran imposibles de leer en la oscuridad. —Toma, —susurró Danny, ofreciéndole el bourbon nuevamente. Miller lo sujetó, rozando sus largos dedos sobre los de Danny por un corto momento, aceptando lo que se le ofrecía.

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Miller sabia que era ya había pasado la medianoche por el ángulo de la luz de luna que se deslizaba a través de los bordes de las persianas para extenderse como sombras frías sobre de su piel. Su cuerpo estaba cansado, pero su mente estaba despierta, rehusándole la seguridad del sueño. Consideró levantarse a ver televisión, quizás hacerse un sándwich y revisar los programas de trasnoche. O podía leer. Tenía documentos en su maleta que llevaba trabajando por tres meses. Y Dios sabía que tenia 302 grabaciones de sus conversaciones con Danny que necesitaba transcribir, el portátil abandonado en el tope de su armario. O... Miller cerró los ojos, conjurando visiones de Rachel de más temprano ese mismo día. Su piel blanca como leche siempre se veía tan pura y casta. Su olor, floral y limpio cuando salía de la ducha. Levantó un poco las rodillas, apartando los muslos. Sus dedos susurrantes sobre la sábana. Recordaba lo suave que era, sus pechos pequeños inesperadamente pesados en sus manos, sus pezones rosa pálido bajo su lengua. Levantó la sábana, pasando la palma de su mano bajo la cintura de sus bóxers, apartándolos. Trato de imaginar una imagen de Rachel temblando bajo él, gimiendo, pero la imagen no llegaba. En vez de eso, vio la mano de un hombre, deslizándose contra su mandíbula, el dedo. Ese único dedo enviando chispas blancas en cascada hacia su vientre como una luz de bengala explotando bajo su piel.

Apuesto a que Danny sería ruidoso en la cama. Probablemente gima y susurre, y grite su placer. La mano de Miller se congeló, los ojos abriéndose súbitamente en la oscuridad. ¿Qué mierda estaba haciendo? Pensando en Danny con la mano en el pene, el pene que se estaba tornando más grande con cada visión de ese cabello grueso y negro, la boca llena, la serpiente venenosa lista para atacar corriendo por la espalda. Mierda. Miller tomó el aire profundamente y puso su mente en blanco. Podía hacerlo; podía hacerlo sin pensar en Danny. Corrió sus palmas por la parte interna de sus muslos, los dedos enroscándose entre el vello espeso, la mano cerrándose sobre su dureza, frotando lentamente, su pulgar rozando la punta para asegurarse de usar la humedad que ya salía. Cerró los ojos con fuerza, sujetó la sabana más fuerte con la mano desocupada, los dientes castañeando violentamente. Abrió su mente solo un poco, permitiéndose pensar sobre las mujeres que había conocido, las que había poseído, las que había deseado. Pero cuando Miller se corrió, las caderas levantándose de la cama en un violento espasmo; era el rostro de Danny detrás de sus parpados y el nombre de Danny en sus labios.

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Capitulo Seis
Diablos, si los de Atwood pudieran verlo ahora. Danny -una vez jodido, por siempre jodido- Butler, en un traje de dos mil dólares, sorbiendo champaña costoso. Cierto, el esmoquin sólo era un préstamo y en la vida diaria de Danny habían más McDonald’s que filet mignon, pero aún así, no estaba mal… para nada. —Danny. —Una fuerte mano se cerró sobre su hombro, clavándosele hasta los huesos—. ¿La estas pasando bien?

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Danny sonrió, la feliz sonrisa de me-gustaría-besarte-el-trasero. —Muy bien, Sr. Hinestroza. —Bien, bien. —Hinestroza tomó una copa nueva de champaña de un mesero que pasaba—. ¿Donde está Amanda? —No pudo llegar. —Danny se detuvo—. En verdad, tenemos unos problemas en el matrimonio. Hinestroza frunció el ceño. —Lamento escuchar eso, Danny. Espero que tu situación personal con Amanda no afecte nuestro uso de sus servicios. —No. Por ahora, todavía esta adentro, —dijo Danny con cuidado, sin querer comprometer a Amanda por un largo tiempo, pero sin querer hacerla ver como indispensable. Hinestroza señaló con su champaña hacia la pareja que estaba siendo fotografiada bajo un arco de rosas rojas. —Mi Lily,¿ no es una novia hermosa? Mierda… ¿y ahora como manejaba esto? Demasiado entusiasta y estaría viendo su rodilla rota por pervertido con la hija de Hinestroza. Demasiado desinteresado y le romperían la mandíbula por insultar su belleza. —Lo es, Sr. Hinestroza. Debería estar muy orgulloso.

Doble palmada en la espalda le informó que había respondido correctamente. Llámenme Ricitos de oro, pensó Danny con una mueca interna. Pero parte de él sentía una satisfacción interna, feliz de haber ganado la aprobación de Hinestroza incluso por algo tan tonto como un comentario sobre la belleza de su hija. La extraña combinación de miedo y lealtad que Hinestroza siempre le producía le congelaba la sangre. Sería mucho más fácil si simplemente pudiera odiarlo. —El lunes en la mañana volvemos al negocio, —le recordó Hinestroza con un guiño, moviéndose hacia los invitados. —Seguro, —respondió Danny detrás de él, esperando hasta que Hinestroza desapareció para tomarse el resto de la champaña en un solo trago. Danny bajo las escaleras de piedra que llevaban al balcón colgante; no había manera de acercarse a la comida con tres líneas de personas esperando. Solo alcanzaba a ver la punta de una escultura de hielo, incapaz de discernir si era un cisne o un ángel. El océano era visible desde el borde de la baranda, el eterno azul desvaneciéndose hasta un rosa en los bordes mientras el sol se ocultaba en el horizonte.Para su sorpresa, Danny descubrió que tenía debilidad por el océano, el sonido, el olor, la grandeza. Todo indicándole que su vida -y cada pequeña mierda, destinada a quemarse en el infierno de elección que había tomado- no importaban mucho al final. Hinestroza y su esposa, María, se unieron a su hija más joven y su nuevo esposo bajo las rosas. Hinestroza sonreía ampliamente, sin rastros de crueldad ese día, mientras el fotógrafo posicionaba la familia de esta manera y la otra, foto tras foto. —Papá, papá, —llamó la nieta de Hinestroza, sorteando entre los huéspedes para alcanzar a su abuelo. Rió cuando Hinestroza la levantó fácilmente y lanzó a la niña de tres años hacia el cielo. Danny observó cuando tomó las mejillas marcadas de Hinestroza susurrándole al oído, un dedo jugando con el cabello negro que solo hasta este año empezaba a mostrar algo de gris. No estaba asustada. No conocía el miedo en los brazos de su abuelo, ningún concepto de la agonía que él había ocasionado. Para ella, Roberto Hinestroza siempre sería el buen hombre, el hombre que la dejaba bailar en sus pies en la boda de su tía Lily, quien le daba trozos de torta a escondidas cuando su madre no veía, quien creía que nunca podría lastimarla. Danny desvió la mirada, los ojos atrapados por el hombre cerca del juego de puertas francesas, un risa perezosa alrededor de la copa de champaña que lo espiaba.

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Mierda, mierda, mierda. —Danny, —dijo Madrigal, yendo hacia donde estaba Danny, la mueca reemplazada por una pequeña risa divertida e indulgente. —Juan. —Elegante fiesta. —Si. —Debe ser bueno interactuar, —comentó Madrigal—. He escuchado que Leavenworth no es como un picnic. Danny se encogió de hombros. —Sobreviví. —Buscó entra la multitud por alguien que reconociera, alguien que proveyera una excusa para su partida. —¿Sabes en quien estaba pensando el otro día? —preguntó Madrigal, la voz casual pero los ojos brillantes, como fuego dorado, anticipando el placer de provocar dolor.

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No lo digas, pensó Danny frenéticamente. No te atrevas a decir el maldito nombre. Te mataré. Te arrancaré la garganta con las manos, te… —Ortiz, —continuó Madrigal—. ¿Lo recuerdas? Danny apretó la mandíbula, indiferente de la mejilla entre los dientes, saboreando demasiado tarde la sangre que se derramaba de la mejilla desgarrada. —Si, —se las arregó para decir al fin, con la voz estrangulada—. Lo recuerdo. Madrigal sacudió la cabeza, juntando los ojos en una burla de preocupación. —Que mal lo que le pasó. Tuvo que ser una fea manera de partir. Danny podía sentir el sudor bajando por sus cara, el estómago aflojándose con el terror y el recuerdo, la respiración tornándose agitada mientras puntos brillantes surgían frente a sus ojos. —¡Jodete! —estalló Danny, abruptamente con furia, estabilizándose con la mano que se forzó a llevar hasta la baranda. La cicatriz en su muslo latía con el recuerdo del dolor, como si la cuchilla acabara de perforar la piel hace menos de un minuto. —Compónte Danny. ¿No deberías haberlo superado ya? —se rió Madrigal, cruel y desdeñoso—. Fue hace tanto tiempo.

—¡¡¡Jesús!!! ¿ Quién se orinó en tus cereales? —preguntó Danny, colocándose los zapatillas de trotar. Miller levantó la vista desde su café, con un ceño en todo el rostro. —¿Qué? — ladró. Danny giró los ojos. —Llevas sentado ahí por al menos media hora mirando feo tu desayuno, gruñendo por cualquier cosa que digo como un maldito cavernícola. Miller lo ignoró y volvió a mirar feo su cereal. Danny no sabía que estaba mal. La noche pasada en el balcón había sido amistosa, el deseo flotando en el aire mientras los límites entre los dos se borraban, dándole un vistazo del verdadero Miller. Y como el bourbon que bebieron, lo hizo sediento por más. Pero esta mañana Miller estaba cerrado tan fuerte como una trampa de acero, el cuerpo entero tenso con resistencia. —Como quieras, —Danny suspiro—. Voy a la trotadora. Mientras crecía, Danny siempre se mantuvo en forma ayudando a su viejo, cuidando los caballos, reparando las cercas, mantenimiento en general. Nada de eso terminó cuando el terreno fue vendido, y esas tareas diarias mantenían a Danny delgado y fuerte. La prisión y el miedo lo mantuvieron desde entonces. Detrás de los barrotes, el aburrimiento era aturdidor; Danny nunca dejaba escapar la oportunidad de correr en el patio o levantar pesas cuando podía. Mantenerse rápido y con buenos puños eran habilidades que necesitaba dentro y fuera de la prisión. No iba a permitir que estar atrapado en este apartamento se convirtiera en la excusa para descuidarse. Ser capaz de escapar de Madrigal todavía era una prioridad en su mente. Ocho kilómetros en la corredora, doscientos abdominales, doscientas flexiones de pecho, la misma rutina cada mañana. Aunque tuvo que suspender los abdominales mientras su costado sanaba. La mayoría de los días, Miller se encerraba en su habitación, el oído pegado al teléfono mientras Danny trabajaba.

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Pero hoy se quedó en la pequeña mesa contra la pared, apartando su taza de cereal fuera del camino para abrir su portátil, pasando notas legales de un bloc de notas amarillo. —Veo que fuiste a la escuela de mecanografía de Danny Butler, —jadeó Danny, elevando su voz por encima del ruido de la corredora. —¿Ah? —dijo Miller sin mirarlo. —Busca y picotea. —Danny lo demostró golpeando con sus dedos medios en el aire. —Si, —asintió Miller, mirándose las manos—. No es muy eficiente, pero hace el trabajo. No es mucho, pero al menos progresamos más allá de respuestas de una palabra. Danny terminó con una carrera corta por los últimos cuatrocientos metros, pasando al suelo para las flexiones de pecho.

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—Cómo… un chico de… el culo… de Kansas… terminó… en el FBI? — preguntó entre respiraciones profundas en la alfombra polvorienta. —Vigila lo que dices, —contestó Miller—. Atwood no hace a Kansas orgulloso, precisamente. —No lo discuto. —Danny se levantó—. Soy el primero en admitir que Atwood es un agujero de mierda. —Tomó una botella de agua del refrigerador, volteando la silla frente a Miller y sentándose a horcajadas mientras tomaba agua. —¿Entonces? —¿Entonces, qué? —dijo Miller con una expiración exasperada. —Entoooonces, —Danny dejo salir la palabra con una sonrisa —. ¿Cómo terminaste en el FBI? —No es una historia muy interesante. —¿Parece que yo estuviera por ir a algún lugar? —preguntó Danny alzando las cejas. Miller apartó los ojos, el cuello desapareciendo en sus hombros. Súbitamente se veía muy joven, tímido y avergonzado, pensó, dejando a un lado su coraza de

control. Danny se preguntó si era la primera persona que en verdad quería escuchar su historia, la historia de cómo Miller Sutton había salido adelante. Algo surgió a la vida bajo su pecho… ¿ternura, quizás? Había pasado tanto tiempo desde que sintió algo más allá del miedo, culpa y el instinto básico de supervivencia que ni siquiera estaba seguro de cómo llamar a la emoción. —En serio Miller, —dijo—. Quiero saber. Miller lo miró, cerrando el portátil con una mano. —Mi mamá murió cuando tenia nueve años. —¿Cómo? Miller apartó la vista un momento. —Cáncer. Danny se pasó la lengua por los dientes delanteros, haciendo un pequeño sonido de cierre con la boca. —Debió ser duro. —Si, lo fue. Mi papá nunca lo superó. Aún no lo hace. Después que se fue… él solo… es como si se diera por vencido. Se volvió un anciano de un día para otro.

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Danny no podía imaginar que a su padre le importará una mierda si su madre muriera, más que para preguntarse quien le prepararía la comida o plancharía sus camisas. Le molestaría más lo inconveniente de ello que otra cosa. —Pero se aseguró que termináramos la secundaria, —continuo Miller—. Y cuando fue el tiempo, insistió que fuera a la Universidad. Que siempre fue el sueño de mi madre, que al menos uno de nosotros tuviera una buena educación. —K-State, —aportó Danny. —¿Cómo sup…? —Tu sudadera de ayer. —Oh. —Miller asistió—. Si, K-State. Nunca pensé que yo sería el que fuera. Pero mi hermano mayor Scott embarazó una chica, así que no podía. Probablemente debía ser mi hermana Junie; siempre era la mejor estudiante. Pero se casó inmediatamente después de la secundaria, algo así como que se dio por vencida. Yo era el único que quedaba. —Se encogió de hombros—. Así que fuí. —Apuesto a que están orgullosos de ti. Miller miró hacia el techo, inclinando la silla sobre las patas traseras.

—Supongo que lo están. Pero ya no tenemos mucho en común. Junie tiene cuatro niños y un esposo por el que preocuparse, y Scott trabaja en una fábrica de plásticos. Y mi papá sigue en la granja, se rehúsa a irse. Es como… si me dieran esta oportunidad para ser algo más, pero ahora ya no soy parte de la misma familia. Dejó caer la silla hasta el piso con un golpe sordo, evitando los ojos de Danny. —¿Cómo fue la universidad? —Bien, supongo. Tenia que estudiar un montón para mantenerme a flote. Nunca fui muy inteligente con los libros. —A mí siempre me gustó la escuela. —Danny sonrió ante la expresión dudosa de Miller—. No te veas tan sorprendido. —¿Entonces porque no fuiste a la universidad? —Nunca se me pasó por la mente. Nadie en mi familia ha ido. Y cuando cumplí los dieciocho y me gradué, el único pensamiento en mi cabeza era irme lo más lejos que pudiera de Atwood.

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—¿Y cuál es la historia ahí? —preguntó Miller, revolviendo ociosamente su pastoso cereal con la cuchara. El cuerpo de Danny se tensó; en verdad odiaba pensar en su padre. — Probablemente nada diferente a otros cientos de niños. Mi papá y yo no nos llevábamos exactamente bien. —Mantuvo su voz indiferente pero Miller desvió ojos conocedores hacia él, vigilándolo por un largo momento después que dejo de hablar. —¿Cómo es eso? Danny se removió inquieto en su silla. —Tenía un temperamento rápido. No le daba miedo usar su cinturón conmigo, o cualquier otra cosa que tuviera a la mano. Su boca también era un arma bastante efectiva. Siempre dejaba muy en claro como se sentía conmigo. Nunca pudo decir exactamente en que era diferente. Mierda, ni siquiera yo lo sabia de niño. Pero eso no evitó que tratara de sacarme lo diferente a golpes. Y entonces me atrapó con el vecino. Un chico de mi edad. —¿Haciendo qué? —preguntó Miller, sin mirarlo a los ojos. —Tonterías. Mierda bastante inocente, en el esquema general. Pero confirmó todo lo que mi papá siempre sospechó de mí. Me echó ese día de casa. No lo he visto desde entonces. De todas formas, creí que estábamos hablando de como entraste al FBI.

Danny arrojó la botella vacía de agua sobre la cabeza de Miller aterrizando con una vibración ruidosa en la basura de la cocina. —Como te dije, no hay mucho que decir. Siempre pensé en ser un policía. Cuando estaba terminando la universidad hicieron este seminario de trabajo en las fuerzas de la ley y tome un folleto del FBI. —Y… —insistió Danny cuando Miller se detuvo. —Y me uní a la policía local en Wichita después de la graduación, trabaje ahí por dos años, y luego aplique para el FBI. Entré y fui a Quántico. Mi primer trabajo fué en Minneapolis y luego me transfirieron aquí. —¿Te gusta el trabajo? La pequeña duda de Miller le dijo a Danny mucho más que las palabras. —En su mayoría, —respondió Miller—. Después del 9/11 todo el trabajo era sobre terrorismo y eso no me gustó mucho. Me gustan más los casos de drogas. —¿Por qué?

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—En los casos de terrorismo, nunca supe exactamente contra quién trabajábamos. Prefiero tener un blanco específico. —Como, Hinestroza. —Si, como tu adorable jefe, Hinestroza. —No es un monstruo completo, sabes. —Danny sintió ese familiar aguijonazo de lealtad elevándose, la necesidad de defender a Hinestroza de un atacante externo, similar al extraño fenómeno que permitía que una persona dijera cosas desagradables de su propia pareja pero que prohibía que cualquier otro abriera la boca para estar de acuerdo. Miller lo miró con la boca abierta. —¿Cómo puedes sentarte ahí y decir eso, Danny? ¿Quién crees que le da sus ordenes a Madrigal? Son hombres inmisericordes. Venden drogas a los niños y matan personas sin dudar. —Pero tiene una familia que lo ama, —dijo Danny, los ojos en al mesa—. Eso es más de lo que yo tengo. Debe hacer algo bien. —¿Crees que eso lo hace un buen hombre?¿ El hecho que tiene una esposa e hijos que lo quieren? ¡Ni siquiera saben quién es él! —No, no lo hace un buen hombre. Pero significa que no es completamente malo.

—Te lavó el cerebro, —dijo Miller disgustado. Danny lo pensó por un momento. —Quizás un poco. Y quizá exista más que una cara en cada persona. Sabes, he conocido muchos policías en mi vida, y todos sufren de la visión en túnel. Solo ves una manera de hacer las cosas, una manera de mirar el mundo. —Danny se levantó de la silla, quitándose la camiseta sudada —. Debe hacer la vida terriblemente aburrida. —¿Qué haces? –preguntó Miller. Danny conocía el poder de su cuerpo, tuvo duras lecciones en cómo aprender a usarlo. Se colgó la camiseta alrededor del cuello, los brazos flexionándose mientras tiraba de los extremos. —Voy a bañarme, —explicó. Miller pasó los ojos por el torso de Danny, de arriba a abajo como un yo-yo. Su rostro permaneció en blanco pero sus dedos se cerraron convulsivos sobre le borde de la mesa. —Es hora de retirar esos puntos, —comentó Miller con la mandíbula apretada. Danny bajó la vista. Casi se había olvidado de la herida puesto que no picaba desde hacia unos días—. Si, ya pasaron diez días hoy, creo. Miller tomó su celular. —Déjame hacer unas llamadas, ver si podemos conseguir un doctor. ¡¡¡Cristo!! Creerías que estaba planeando un vuelo espacial en vez de solo quitar unos puntos. Miller llevaba casi todo el día en el teléfono tratando de coordinar el viaje de Danny al hospital. Finalmente, después de una docena de llamadas, decidieron el plan de acción: Miller llevaría a Danny al St. Luke, donde lo meterían en el cuarto de trauma y luego de regreso. Pero en minutos el plan fue desechado por su jefe por demasiado riesgoso. Ahora Miller estaba tratado de lograr una visita domiciliaria, pero la oficina del Fiscal le preocupaba que pudieran sobornar al abogado. —Oh, por el amor de Dios, —suspiró Miller en el teléfono, alejando el plato de comida china que había llegado hace media hora. —Tiene que haber alguien que pueda quitar unos puntos. Miller podía escuchar a Danny riéndose desde la cocina. —No es divertido, —gritó Miller, tratando de sonar severo.

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—Es muy divertido, —discrepó Danny, entrando a la sala con un par de cervezas. Dejó una frente a Miller —. ¿El FBI no pudo averiguar cómo quitarme unos puntos? Puedo resolverlo en cinco segundos. —Qué? Esta bien, esperare la llamada, —dijo Miller al teléfono, dejándolo a un lado irritado. Se giró hacia Danny, quitándole la tapa a la botella—. ¿Ah, si, y cómo es eso? —Espera, —ordenó Danny, moviéndose hasta su habitación. Regreso segundos después, algo pequeño escondido en su mano —. –Aquí está tu respuesta, —dijo, mostrando su palma. Miller miro la Navaja Suiza. —¿Cómo es eso mi respuesta? Danny movió la navaja entre sus manos, revelando unas tijeras pequeñas y pinzas miniatura. —Ponte a trabajar, Sutton, —dijo con una sonrisa. —Qué? —Miller se atragantó con su cerveza—. ¡¡No soy un doctor!! —Por favor, —se burló Danny—. Creciste en el campo, ¿no? —Si, —accedió Miller precavidamente.

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—Bueno, yo también y he hecho un montón de cosas más desagradables que retirar unos puntos. —¿Matar cerdos? ¿Qué si se infecta? —preguntó Miller, haciendo tiempo. —La herida está curada, Miller, —dijo Danny con paciencia—. Por eso es que toca sacar los puntos, en primer lugar. Escucha, ¿en verdad quieres pasar la mitad de la noche esperando por algún plan ridículo para llevarme al hospital? Y entonces, una vez ahí, tendremos que sentarnos por el resto de la noche hasta que un doctor pueda verme. Danny sostuvo la navaja. —Esto puede terminar en diez minutos. Lo haría yo mismo, pero mi brazo no se dobla de esa forma. Miller miró la mano de Danny, los dedos largos cerrados sobre la navaja. Se imaginó tirando de las hebras negras de la piel de Danny, cuan cerca estaría al pecho desnudo de Danny. No tienes que hacerlo Miller. ¿Qué tratas de probar? ¿Qué puedes? No lo lograste anoche en la cama… No pudiste mantenerlo fuera de tu cabeza. Está jugando, pero tú no tienes porque hacerlo. Vuelve al teléfono y llama el doctor. —Esta bien, dame la navaja, —dijo Miller, yendo hacia el desafío que veía en

los ojos de Danny. Demasiado tarde recordó como de niño, nunca fue capaz de retroceder cuando Scott le mostraba un desafío, usando ese conocimiento para impulsarlo a tonterías más y más grandes. Una vez lo había retado a ver cuál de los dos podía sostener un fósforo contra su palma. Probablemente se hubiera hecho un hueco, pero Junie los encontró y grito hasta derribar la casa. Todavía tenía la cicatriz. Cuando tomaba un desafío, a largo plazo, las cosas no le salían bien. —Aquí, —señaló Danny, encendiendo la lámpara más cercana mientras se sentaba en el sofá. Se quito la camisa negra, el material revolviéndole el cabello y alborotando el mechón del frente. Su camiseta blanca le siguió, revelando una línea de puntos y la capa de vello que cubrió su pecho, bajaba por su estómago donde desaparecía en la delgada línea de sus jeans. Miller apartó los ojos, pretendiendo estudiarse las uñas cuando el calor nació en sus mejillas, el cuello tenso e irritable con el calor. —¿Listo? —preguntó Danny, levantando su brazo izquierdo para que Miller pudiera acceder a la herida. Miller asistió. Se arrodilló en el suelo frente a Danny, los ojos centrados en la hilera de puntos negros. Muy cuidadoso de no mirar a ningún otro lado. —Y aquí vamos, —murmuró, depositando una mano levemente sobre el costado de Danny. Danny se apartó un poco, conteniendo la risa—. Fría, —explicó con una sonrisa. —Oh, lo siento, la botella de cerveza. —Miller se frotó la mano contra el muslo, calentándose los dedos—. ¿Mejor? —preguntó colocando la mano sobre la piel cálida y sedosa de Danny. —Si. Miller sostuvo las tijeras pequeñas, hurgando tentativamente sobre cada punto. —No duele, —le aseguró Danny. Nunca un lugar estuvo tan callado. Miller no podía oír más nada que el sonido de la respiración de Danny, el leve chasquido metálico de las tijeras, su propio corazón galopando en su pecho. —Empezaré a tirar de los hilos, —advirtió. Deseaba que Danny hiciera un chiste, que hablara tanto como normalmente lo hacia. Cualquier cosa para romper el silencio que succionaba todo el aire en la habitación haciéndole imposible respirar. Miller empezó con el punto de más arriba, jalándolo con las pinzas, sacándolo en un único movimiento rápido y suave. Podía sentir los ojos de Danny en él mientras trabajaba. —Eres bueno, —dijo Danny suavemente.

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—¿Has tenido muchos puntos? —preguntó Miller, esperando romper lo intimo del acto. —Mi cuota. Los de mi cabeza fueron los peores. Miller trabajo a lo largo de la línea hasta que tiró del último punto, sus ojos fijos en la línea roja que quedo. —Listo, —dijo, la voz baja—. Estas listo. Ninguno de los dos se movió. La mano de Miller permaneció adherida al costado de Danny, los ojos aún fascinados en la nueva cicatriz de Danny. Quería tocarla. Dios, no sabía que estaba mal con él, pero por primera vez en su vida era incapaz de contener sus impulsos, las necesidades de su cuerpo creciendo más fuertes que su voluntad de acero. Se inclinó hacia adelante, pasando un dedo gentilmente a lo largo de la línea roja, trazando su curso en la tierna carne de Danny. Podía oler a Danny de la misma manera que cuando lucharon antes en esa semana, el olor recientemente familiar de humo, jabón y sudor. Era lo mejor que Miller había olido nunca; quería hundir su rostro en la piel de Danny y solo respirar, dejarlo que lo llenara. Miller levantó la vista. Los ojos de Danny estaban serios sobre el, sin atrevimiento, sin burla, solo mirándolo. Esos ojos hicieron su trabajo atravesando sus defensas, descubriendo cosas que pasó toda su vida tratando de ocultar. —Danny, —susurró. No sabía que estaba pidiéndole, pero parecía que él lo sabia porque se revolvió en el sofá, moviendo una rodilla para atrapar a Miller entre sus piernas. Levantó la mano y pasó su dedo por la mandíbula de Miller, el mismo camino que el día anterior pero esta vez sin detenerse, llevando su pulgar hasta adelante para deslizarlo sobre el labio inferior de Miller. —Quiero besarte, —jadeó Danny. Se inclinó hacia adelante, su boca a un respiro de la de Miller—. ¿Puedo? Miller gimió, un gruñido estrangulado saliendo de su estrangulada tráquea. No podía decir la palabra, pero su cuerpo respondió por él, moviéndose hacia Danny, la protesta de su mente ahogada por el coro cada vez más fuerte de su cuerpo. ¡¡¡Si, si, si!!! Danny mantuvo sus manos en el sofá, balanceándose mientras bajo su propia boca, atrapando en labio inferior de Miller entre los suyos.

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Miller trató de mantener los ojos abiertos; se sentiría menos como una rendición, menos apasionado si no cerraba los ojos. Pero sus parpados se cerraron por su propia cuenta, su boca abriéndose bajo la de Danny, los besos suaves y silenciosos, experimentales, probadores. Sintió subir una de las manos de Danny, tomando la parte posterior de su cabeza, sus dedos corriendo por entre su cabello, empujándolo hacia adelante. Miller fue con ellos, zambulléndose hacia Danny, moviendo sus propias manos para descansar en la cintura de este. Incluso con la gentileza de los besos, no podía pretender que era la boca de una mujer contra la suya. La barba de Danny raspaba como un papel de lija fino contra su mentón, la mano que sujetaba su cabeza, grande y fuerte. Podía saborear el sabor a cerveza y especias chinas en los labios de Danny, notando que nunca había saboreado la boca de una mujer antes, pero siendo diferente esta vez, algo en el sabor de Danny en si mismo que era fundamentalmente masculino. Danny se retiró un poco. Miller pudo sentirlo respirar contra sus labios pero no abrió los ojos. Su lengua salió de su boca, lamiéndose los labios justo cuando Danny volvió a empujar.

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Las bocas abiertas se encontraron y Danny gimió, su lengua contra la de Miller, ganado la entrada, corriendo caliente y fuerte sobre los dientes de Miller, contra la parte interna de su mejilla, el techo de su boca, enredándose alrededor de la lengua de Miller y succionando despacio. Las manos de Miller abandonaron su lugar de apoyo, subiendo para enmarcar el rostro de Danny. Sus pulgares se frotaron contra la barba, su lengua abriéndose camino entre los labios de este. El beso ya no era gentil. Las piernas de Danny se cerraron sobre la cintura de Miller, los músculos de sus muslos sosteniéndolo prisionero. Miller giró su torso, moviéndose hacia adelante, hasta sentir la dureza de Danny contra su cadera. Súbitamente se sintió como cuando era niño y su mamá lo llevó al parque y se cayó del columpio, aterrizando explayado en el suelo, todo el aire siendo extraído de sus pulmones en un tremendo golpe. Los jeans de Miller estaban apretados como un torniquete entre sus piernas, sus caderas queriendo empujar contra el estómago de Danny, su respiración desgarrada y rota mientras salía sibilante de su garganta. La mano que Danny tenia enredada en su cabello se cerró violentamente, el tirón doloroso contra su cuero cabelludo produciendo fieras corrientes a lo largo de su columna mientras Danny forzaba sus cuerpos más juntos. Miller apartó su rostro, el pecho pesado, la frente sudorosa. Las mejillas de Danny estaban sonrojadas, la boca abierta, un dedo trazando perezosos ochos sobre la nuca de Miller. Los ojos que Danny tenia en él estaban llenos de asombro y

vulnerabilidad, asustándolo más que si Danny se le hubiera arrojado encima para arrancarle la ropa. Miller se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre sus manos, gateando lejos. Se puso de pie. Levantando sus brazos frente a él cuando Danny se levantó. —Yo…nosotros…yo… —Miller, —dijo Danny con gentileza. —No soy gay, Danny —dejó salir rápidamente, pasándose una mano por la boca hinchada del beso. —¿Estas seguro? —la voz de Danny no era acusadora, solo preguntaba. —¡Estoy seguro! ¡No soy como tú! El rostro de Danny se cerró, sus ojos tomando esa mirada distante y dura que vio por primera vez en el cuarto de interrogación. —¿Ah, si? ¿Por eso es que estabas presionadote contra mi estómago justo ahora? No estabas gritando seamos amigos…

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—Yo…yo no… —Miller sacudió la cabeza. —¿Esa es tu única objeción?¿ Qué no eres gay? —preguntó Danny, moviéndose hacia él—. Porque si eso es todo, creo que podemos deshacernos de ella bastante rápido. —No, maldición, —dijo Miller, la ira como un combustible para sus palabras mientras se escudaba tras la comodidad de su trabajo —. No es mi única maldita objeción. ¡Soy un agente del FBI, Danny, y tu eres un testigo criminal en mi caso! Los ojos de Danny se entrecerraron. —¿Es la parte criminal la que verdaderamente te molesta? ¿O la parte marica? ¿O la parte de romper-las-reglas-porprimera-vez-en-tu-puta-vida? Miller golpeó su mano con fuerza sobre la mesa. —No soy ese tipo de hombre. No voy a arriesgar mi caso o mi carrera, ¡no en alguien como tu! Danny se estremeció, tomando el insulto verbal como un golpe. —Debe ser agradable siempre estar tan seguro sobre ti mismo, —escupió—. Saber siempre que tienes la ventaja moral en cada maldita situación. Que mal que la vida no es blanca y negra como te gusta pretender. Apuesto que has arruinado la vida de bastantes personas jugando tus jueguitos de FBI. No son solo los tipos como yo, los que tiran de gatillo, los que son culpables de eso.

Miller ladeó la cabeza como un animal sintiendo una amenaza distante… o un investigador escuchando una confesión escondida. Volvamos un minuto. ¿Qué fue eso? No tiene crímenes violentos en su historial. Nunca escuche rumores sobre eso en la calle. —¿Has tirado del gatillo? —preguntó Miller despacio—. ¿Has matado a alguien, Danny? Danny tomó un profundo aliento, la tormenta de ira reemplazada por el peso de viejos fantasmas mostrando sus sombras en sus ojos. —Si, maté a alguien. Pero no de la forma en que piensas. —Danny, que… Danny giró, su voz distante, como un extraño. Miller era solo otro sujeto con una placa. —De todas formas, no importa. Fue hace mucho tiempo.

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Capitulo Siete
—Dijo que mató a alguien. —¿Qué? —Dijo que mató a alguien, —repitió Miller, manteniendo baja la voz. Danny estaba en la ducha; Miller podía escuchar el golpeteo del agua incluso con la puerta cerrada, pero esta conversación era privada —. Dijo que no era como yo pensaba. No se si eso significa que no fue él directamente responsable o solo que no fue un tiroteo. Estábamos hablando de tirar del gatillo, —explicó.

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—Cómo llegaron a ese tema? —Miller podía escuchar los engranajes mentales de Colin girando. —Es una larga historia. Y una que nunca te contaré. —Bueno, es nuevo para mí, —dijo Colin—. Nunca me ha llegado ninguna información de que Buttler cometiera un asesinato. Eso era lo que Miller había imaginado. Colin Riggs había estado en la fuerza anti-drogas por quince años y si existía un rumor ahí afuera, él lo sabría. —¿Te dio algún dato más? ¿Quizá, un nombre? Miller dejo salir una risa corta. —No. No es que fuera a confesar un crimen por voluntad propia. —Sí, pregunta estúpida, —concedió Colin—. Preguntaré por ahí, pero no me esperaría conteniendo el aliento. —Esta bien, mira, hay algo más…

La puerta del baño se abrió, dando paso a Danny y una nube de vapor sin siquiera una mirada de reojo en la dirección de Miller mientras caminaba hacia su habitación. Al menos hoy usaba una camiseta. —No puedo hablar ahora, —dijo Miller—. ¿Podemos vernos más tarde? —Seguro. Dame un par de horas. ¿Qué te parece en The Quaff cerca de las cinco? Podemos tomarnos una cerveza antes de ir a casa. —Nos vemos. Las cinco en punto no pudieron llegar más rápido para Miller. Estaba cansado de tratar de ignorar a Danny en un espacio de noventa metros cuadrados, su esencia comiéndoselo incluso a través de una puerta cerrada. Tan difícil como le fuera admitirlo, extrañaba la camaradería que empezó a sentir con Danny, la facilidad en su presencia que se sentía peligrosamente cerca de la amistad. Pero ese camino era oscuro y desconocido, ninguno que Miller quisiera recorrer. Prefería quedarse en el bien conocido camino de la distancia. Pero extrañas el sonido de su voz,su voz real, no la defensiva que usa contigo ahora.

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Miller caminó hasta la puerta de Danny, desahogando su frustración en un golpe fuerte. —¿Danny? Necesito hablar contigo. —¿Qué? —Sal, —ordenó, rehusando la indignidad de hablar a través de una puerta. Danny lo rozó cuando pasó para arrojarse en el sofá. —Bien? —siseó, arqueando una ceja. Miller se sentó en la silla reclinable. —¿De que hablabas la otra noche? ¿Sobre matar a alguien? Danny levantó ojos aburridos hacia Miller. —Nada. —Danny, no me vengas con esa mierda, yo… —No soy un jodido imbécil, Miller. Me dejaste claro cuál es tu papel aquí. El Extraordinario Agente del FBI, ¿cierto? —Danny hizo una mueca—. Tengo que ser bastante estúpido para decirte cualquier otra cosa. Miller dejó salir el aliento impaciente. —Esta bien. No quieres hablar de eso, entonces hablemos de Hinestroza. ¿Cómo te involucraste con él?

—Ya te lo dije. —No, —corrigió Miller—. Me contaste la versión aguada. Ahora quiero la historia completa. Danny se levantó. —Esto requiere una cerveza. —No le ofreció una a Miller, pero aún así este esperaba el favor. Echó el brazo hacia atrás incomodo cuando Danny regresó con una sola botella en la mano. —Me dijiste que trabajabas en un lavadero de autos, ¿si? —Si, reclutan bastante de esos lugares. Deben saber que el trabajo es una mierda; los tipos están desesperados por hacer cualquier otra cosa. —¿Recluto otros chicos cuando te recluto a ti? Danny apartó la mirada, tomando un buen trago de su cerveza. —No, —dijo al fin. Miller esperó pero Danny no ofreció ninguna información adicional.

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No estaba mintiendo, pero había algo que faltaba. Hubiera apostado por ello. —¿Así que qué paso cuando te subiste en el auto? —Estaba en la parte de atrás con Hinestroza. El conductor adelante. Fuimos hasta una bodega vieja en una parte destartalada del pueblo. Metieron el coche adentro. Hinestroza me explico cual sería mi trabajo. Era obvio que no tenía la opción de decir no. —¿Qué te dijo exactamente? Danny se miraba fijamente las manos. —Le dije que quizá había cambiado de opinión sobre el trabajo. Pero dijo que ahora sabia donde estaba la bodega, así que no había forma de retroceder. Estaba adentro. Tenía dieciocho. Tenía miedo. —Danny sonrió, triste y nostálgico—. Y resulto que era bueno en el trabajo. Miller se imaginó a Danny, joven y aterrorizado, atrapado en una trampa sin manera de liberarse. ¿A eso se reducía todo? ¿Una mala elección que arruinaba una vida? —¿Qué te puso a hacer al comienzo? —Solo mierditas. —Danny se encogió de hombros—. Entregar pequeñas

cantidades a los vendedores, ayudar a cargar y descargar camiones. Todavía no confiaba en mi. —¿Cuánto dinero hacías? —No mucho, pero más que como esclavo lavando autos. Lo incrementó lento pero constante hasta que tenía un buen apartamento, un auto nuevo. ¿Donde más iba a encontrar un trabajo que pagara tan bien? —Te sedujo con el dinero. —Sí, y la responsabilidad. El hecho de que empezaba a confiar en mí, que tenía fe en mis habilidades. Es un tipo listo, Miller. Sabia cuánto yo necesitaba a alguien que se sintiera orgulloso de mi y lo usó. Miller atrapó la mirada de Danny; sentía compasión por el chico que fue, por el hombre en que lo forzaron a convertirse. —¿Con quien trabajabas? Los ojos de Danny se desviaron. —Otro chico.

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—¿Cuál era su nombre? Danny dudo. —No lo recuerdo. —¿Todavía esta operando? —No. —¿Qué le pasó? —No lo sé. —La mentira salió con facilidad de los labios de Danny, pero aún así Miller la descubrió, el rubor en el cuello de Danny probaba que sería un pésimo jugador de póquer. —¿Qué es lo que no me estas contando, Danny? —Miller se desplazó hacia adelante con los codos en las rodillas. —No es tu maldito problema. —Todo sobre Hinestroza es mi problema. —No, —dijo Danny, la voz firme —. No hablare sobre eso. No con un agente del FBI.

—Ya no tienes privacidad, Danny. Cualquier cosa que sepas, es mi información. Y la quiero. —Pura mierda. No tienes libre acceso a mi, Miller. Te diré exactamente lo que necesites saber para encarcelar a Hinestroza y ni una maldita cosa más. —Se detuvo, dándole una sonrisa maliciosa de lado —. ¿Pero quizá quieras hacer un trato? Dando y dando? Me dices algo sobre ti, algo privado, entonces quizá te cuente. Miller se recostó hacia atrás, los ojos fijos en los de Danny, ahogando la decepción que sentía por haber regresado al juego. Los juegos están bien, Miller. Todo es parte del juego. Solo no le digas nada demasiado personal. Juega con tus reglas. —Esta bien, —dijo con una calma que no sentía —. ¿Que quieres saber? —¿Qué tal la historia real de porque te convertiste en un policía? ¿Qué sobre eso? ¿Qué estas escondiendo detrás de esa placa? —Danny disparó sus preguntas en una ráfaga haciéndole percatarse que había estado cargando sus municiones esperando por la oportunidad de usarlas. Lo que fuera que quisiera decir por matar a alguien, definitivamente era bueno con su puntería.

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—Danny, no… —¿O qué sobre Rachel? Y no me vengas con esa mierda que no tienes tiempo para casarte. No puedo creer que se lo crea. —No tengo que escuchar esta mierda, —respondió Miller, levantándose de la silla. Danny se levantó con él, enfrentándose, sus ojos brillando de resentimiento. —¿La venganza es un infierno, no es cierto? —se burló, avanzando y sujetando el antebrazo de Miller cuando trato de alejarse. –Espera. ¿Tengo otra pregunta más para ti. Te acuerdas cuando metiste tu lengua hasta mi garganta y luego trataste de pretender que no te gustaba? Al menos yo no me miento sobre quién soy. Sé que soy un marica con historial criminal. ¿Pero quién demonios eres tú, Miller? —Cierra la maldita boca, —gruñó Miller, alejándose de Danny y sus palabras certeras como flechas que encontraban hogar en todos cada uno de los sitios débiles de Miller. Colin Riggs era lo más cercano a un amigo que Miller tenía, además de Rachel, por supuesto. Y eso era bastante triste, cuando pensaba sobre ello, considerando que a duras penas veía a Colin por fuera del trabajo y nunca discutían nada más que no fuera trabajo.

Miller divisó a Colin a través del bar repleto, su cabello prematuramente gris brillando como plata con las luces de neón en la pared. Colin estaba en sus cuarenta, un hombre trabajador del FBI con una esposa y tres hijos con los cuales hablaba a duras penas. Mantenía su vida personal separada del trabajo. —Hola, —sonrió Colin cuando Miller se sentó a su lado en el bar, pidiendo una cerveza con la mano—. ¿Cómo estás? —Bien. Pero odio el trabajo de niñera. —Si, —asistió Colin—. Siempre apesta. —Esperó hasta que el camarero depositó la cerveza de Miller antes de continuar—. Le pregunté a algunos contactos sobre Butler. Nadie ha escuchado ni mierda. —No me sorprende. Hay algo allí, pero no suelta nada. —¿De que otra cosa querías hablar? Ahora que Miller estaba allí, sentado junto a Colin, encontró difícil hablar del tema, sin estar seguro de cómo iniciar la conversación sin contar mucho. —¿Has hecho mucho trabajo con informantes, cierto?

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—O, si. Anne siempre se enoja cuando estoy atrapado por semanas en un apartamento, yendo a casa a duras penas. —Colin tomó un trago de su cerveza—. ¿Por qué? ¿Este te está afectando? —Si. —Miller tamborileó un ritmo descoordinado con los dedos—. ¿Alguna ves te has vuelto amigo de uno de ellos? Colin giró sobre su butaca para darle una mirada evaluadora. —Ha sucedido. Pero nunca es una buena idea. La distancia esta allí por una razón. Tuve un tipo que estaba cuidando, mi primer trabajo. Estuvimos juntos por tres meses. Termino vendiéndome y casi me matan. Pero puede ser lo contrario. Conozco a alguien cuyo informante fue asesinado y él quedo deshecho por meses. No vale la pena hacerse amigo de ellos. Son una herramienta del trabajo y tienes que pensar de ellos en esa manera. Nada más. —Lo sé, —Miller suspiró. Es solo… —Créeme, te entiendo, —interrumpió Colin—. Vas sabiendo ya prácticamente todo de ellos. Empiezas a ver su lado humano, empiezas a creer que son amigos. Y son solo los dos, día tras día. Es natural querer hablar. Es una línea muy fina y no todos tienen la capacidad de manejarla. No hay nada malo con hablar, pasar el rato. Pero no dejes que avance más allá. Nada de intercambiar cosas personales. No dejes que se meta en tu cabeza.

Miller sonrió avergonzado contra la cerveza. Solo podía imaginar lo que diría Colin si supiera todos los secretos que ya le había contado, sobre su pasado, sobre Rachel, sobre el trabajo. Sin mencionar el besarlo mientras estaba medio desnudo. Miller sacudió la cabeza como un caballo espantando una molesta mosca, tratando de deshacerse de su implacable voz interna. —¿Quieres que cambiemos? —preguntó Colin, lanzando maníes en su boca uno por uno desde el puño cerrado—. Puedo hacer que alguien más vigile a Butler. —Miller sabía cuál debía ser su respuesta, y aún así se encontró sacudiendo la cabeza negativamente—. No. Está bien. Este es mi caso. Voy a estar allí hasta el final. Colin sonrió. —Sabría que dirías eso. Eres un testarudo hijo de puta, Sutton. — Señaló pidiendo otra cerveza—. Oye, ¿sabes a quién podrías interrogar sobre el asunto de que Butler matara a alguien? Ese tipo Griffin Gentry. ¿Fue compañero de celda de Butler, cierto? Puede que sepa la historia.

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Ante la mención del nombre de Griffin el estómago de Miller se cerró en un nudo, la cerveza atorándosele en la garganta. Recordó la sonrisa que Griffin le había dado a Danny. Y la que Danny le había dado de vuelta, riéndose fácilmente con el tipo del Mercedes. Un hombre que, después de todo el tiempo que gasto aprendiendo sobre Danny, Miller no reconocía. Ese simple hecho encendía su sangre, como un fósforo a la gasolina, y el infierno resultante quemando todo salvaje y descontroladamente. La vida de Danny era de su dominio y ningún extraño pertenecía en ella. —Si, —dijo Miller, aclarándose la garganta—. En verdad, no es una mala idea. Trataré de hablar con él algún día de esta semana. —Solo llama a Sakata. Lo tiene encerrado en el apartamento al norte del rio. —Lo haré. Estaba completamente oscuro para cuando Miller abandonó el bar, ya que se había quedado para una cerveza más después que Colin se marchó a su casa a cenar. El aire estaba frío y cargado con la promesa lluvia. Miller se levantó el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia el norte contra el viento, hacia su auto aparcado a tres manzanas. Con el arma en su cadera prometiendo seguridad, tomó un atajo a través de un callejón que estaba vacío excepto por algunos envoltorios de comida rápida bailando contra sus pies con el azote del viento. Miller sabía que Colin estaba en lo correcto:

convivir con un informante siempre era un atrabajo delicado. Tenían que establecer confianza para obtener la información, pero aún así mantener la distancia para conservar la estructura del poder. Miller nunca tuvo ese problema en el pasado. Siempre conseguía el grado exacto de familiaridad para lanzarse en picada y sacar los secretos que necesitaba sin involucrar sus propias emociones. Pe ro con Danny… con Danny, era diferente. Miller trató de decirse a si mismo que era simplemente por todo el tiempo que pasó vigilando a Danny: casi nueve meses ahora, mucho más de lo que en alguna otra investigación de otro informante. Miller poseía información sobre Danny que solo aquellos cercanos a él conocerían, si es que había alguien. Sabía que a Danny le gustaba la comida Mejicana y los Marlboros fuertes. Que prefería el baseball al futbol americano y algunas veces manejaba una motocicleta. Sabía que Danny y Amanda se habían divorciado hace casi dos años pero que Danny continuaba llevándola a cenar al menos una vez al mes y siempre dejaba que ella escogiera el restaurante. Sabía que Danny tenía sangre tipo O positivo, el verde de sus ojos era real, y que media exactamente metro ochenta y cinco centimetros de estatura. Que Danny no era una persona mañanera, usualmente se quedaba despierto hasta después de la media noche y bebía una sola taza de café negro cada mañana. Sabía que algunos hombres visitaban a Danny en su apartamento, pero nunca se quedaban a pasar la noche.

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Y ahora conoces su sabor. Sabes cómo se siente su piel bajo de tus manos. Miller dejó de caminar, cerró los ojos e intento su viejo truco de convertir su mente en una hoja de papel vacía y blanca. Te gustó besarlo. Se sinti… honest… y correcto. Querías continuar. Querías desvestirlo. Querías tocarlo, querías… —Maldición, —siseó Miller. Esto era una locura; esto no era su vida, la vida que construyó tan cuidadosamente, ladrillo a ladrillo. Miller Sutton no era homosexual. No quería tener sexo con otro hombre. Un hombre que era un convicto. Un traficante de drogas de la peor calaña. Un hombre que estaba acostumbrado a jodidas casuales y lo pensaría por segunda vez en agregarlo a su lista de encuentros de una noche. Eso no es justo. O verdad. Lo viste en sus ojos, la forma en la que te miraba después del beso. No había nada casual es eso, Miller. Para ninguno de los dos. —¡Dios, detente! —gimió Miller, balanceando el puño con fuerza, conectándolo contra la pared de concreto con un golpe seco. Tomó un aliento frío, el impacto enviando un destello misericordioso de luz blanca viajando hacia arriba por su brazo deshaciéndose de todo lo demás en su mente. Acunó sus nudillos lastimados, parpadeando para espantar las lágrimas que colgaban de sus pestañas.

Debería ir a ver a Rachel. Ella curaría su mano, lo consolaría, podría pasar la noche con ella... Pero cuando se subió en el auto, giro en sentido contrario de donde vivía Rachel. Estaba cansado y quería ir a casa. Quería ir a casa y ver a Danny.

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Le tomó dos semanas y siete joyerías elegir el anillo. No debería haber sido tan difícil; Rachel había sido clara en que quería una piedra redonda sencilla sobre una banda de oro. Tradicional, elegante, simple. Pero no parecía ser capaz de tomar la decisión final, siempre preguntándose si habría algo mejor en la siguiente tienda en la que entrara. Eventualmente se vió forzado a escoger uno simplemente porque no tenía más tiempo para seguir a la caza. Al FBI no le gustaba escuchar -compra de un anillo de compromiso- como excusa para abandonar los deberes. Las palmas de Miller estaban sudando y se las limpio ausentemente en los cojines del sofá verde pálido de Rachel. ¿Dios, como hacían esto las personas? Sintió como si estuviera teniendo un ataque de pánico, el estomago se le contraía en una bola dolorosa, la boca seca como polvo. —Toma, cariñito, —dijo Rachel, regresando de la cocina con dos copas de vino. Le pasó una a Miller y se sentó junto a él. —¿De que querías hablarme? —Rachel, yo... —Miller se aclaró la garganta. Rachel lo miraba con una sonrisa en los ojos acorde a la de sus labios. Sabía lo que le iba a pedir, solo estaba esperando a que dijera las palabras. Llevaban saliendo un año ahora, y el estaba muy consciente que Rachel estaba ansiosa por este momento por al menos la mitad de ese tiempo. Con respecto a Miller, supo desde la primera cita que Rachel era buen material para casarse, como su hermano Scott solía decir. Desde el comienzo,

Rachel había apoyado la carrera de Miller pero no estaba encantada con ella. No como muchas mujeres que solía conocer en los bares cuyos ojos brillaban como si hubieran descubierto un paquete escondido de joyas cuando averiguaban que era un agente del FBI. Mujeres que después de varios margaritas, empezaban a hacer chistes sobre su –pistola- y comentarios sobre las esposas en su bolsillo. Siempre le hacían sentirse extraño y avergonzado y como si no pudiera escaparse lo suficientemente rápido. —¿Miller? —preguntó Rachel, depositando una mano delgada sobre su brazo—. ¿Que sucede? De ninguna manera se arrodillaría. Saco la caja de terciopelo de su bolsillo, tomo un aliento calmante. —¿Rachel, te casarías conmigo? —preguntó, sus ojos yendo desde su rostro al anillo y de vuelta otra vez. —Miller, —suspiró Rachel, con una sonrisa que era lo suficientemente amplia para mostrar sus molares—. Sí, —exclamó—. ¡Si! —lanzó los brazos alrededor de su cuello, arrastrándolo hacia adelante, riendo y llorando contra su mejilla. —Cuidado, —advirtió Miller, apartándose para limpiarle las lágrimas con sus pulgares—. No vayas a tirar el anillo dentro del vino.

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Rachel bajó la vista hacia el diamante, viéndolo por primera vez. —Oh, es hermoso. Justo lo que tenia en mente. —Extendió la mano temblorosa—. ¿Me lo colocas? Miller asistió. Tomo el diamante de su lecho de terciopelo, viendo el anillo imposiblemente pequeño y delicado en su mano, y lo deslizo en el dedo de Rachel. Los dos lo miraron fijamente, la piedra recogía las luces de la habitación y las reflejaba en pequeños puntos brillantes. —Miller, estoy tan feliz, —dijo Rachel. Miller la besó con suavidad sobre los labios separados. Quería decirle lo mismo, con tantas ganas. Pero no podía. Porque incluso ahora, incluso en este momento que pensó que le daría todo lo que necesitaba, la pequeña voz en su mente que aun susurraba, insistente y sin descanso. —¿Es esto? ¿Es esto todo lo que hay? —La voz no se engañaba para nada por el anillo de diamante que estaba en el dedo de Rachel.

Danny estaba levemente borracho, la única cosa que evitaba que se volviera un descontrolado borracho era el hecho solo había una botella de bourbon en el apartamento. No quería bebérsela toda en caso de que Miller volviera y necesitara un poco para sí mismo. No puedo creer que te preocupes por él. Después de las cosas que te dijo... ¿Pero el conoce la verdad, no es cierto Danny? Esa última voz no era la suya propia sino la de su padre, el estribillo constante mientras crecía. Decía algo desagradable, algo destinado a lastimar a un niño directo hasta su alma, para luego terminar con un: La verdad duele, ¿no Danny? —Su padre siempre tuvo la habilidad especial de enterrar el cuchillo hasta la empuñadura. Sentía una punzada de culpa por haber huido y dejado a su madre con el viejo, la abandonó para soportar el peso de la furia de su padre sobre sus débiles hombros. —Un brindis por ti, maldito viejo bastardo, —susurró Danny, levantando la botella contra el plateado de la luna que flotaba desde detrás de las tenues nubes. Danny entendía porque Miller había dicho lo que había dicho. Reconocía la lucha de Miller, el cuerpo y la mente desgarrados en diferentes direcciones. Pero el entendimiento no hacía que las palabras dolieran menos. Había pasado mucho tiempo desde que alguien había sido capaz de lastimarlo de esa manera. Pero justo detrás de los talones de ese beso... Ese beso abrió una puerta que Danny creía estaba cerrada para siempre. La lujuria no le era nada nuevo. Nunca había sido el tipo de hombre para negar su cuerpo. Pero el deseo, eso era desconocido; querer más que solo satisfacer sus necesidades básicas con el cuerpo de otro hombre y, al contrario, querer acariciar, aliviar y descubrir. Eso era territorio virgen, y el miedo era casi tan fuerte como el deseo. Por el camino de ese beso yacía la oscuridad y lo desconocido, pero quizá eso estaba bien con él. De cualquier manera no podía recordar cómo se sentía la seguridad. Déjalo para ti, Danny, sentir... algo... por el único hombre en el mundo del que tendrías que ser un completo idiota para confiar. —Oye. —Una voz ronca flotó por encima del hombro de Danny, causando que se lanzara a agarrar la botella que amenazo con caérsele de entre las rodillas. —Mierda. —exhaló—. Me asustaste. —Bueno, gracias, —dijo Miller inexpresivamente—. ¿Cómo puedo resistir una

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invitación como esa? —Pero aun así salió al balcón y se sentó en la silla cercana a la de Danny. Permanecieron en silencio mientras Miller encendía un cigarrillo. No le pidió el encendedor a Danny, en vez de eso rebuscó su propia cajetilla de fósforos en su bolsillo. —¿Quieres un poco? —preguntó Danny, sosteniendo el bourbon, la voz más enojada de lo que pretendía. —Esta bien, —respondió Miller, el tono precavido. —¿Cómo estaba Rachel? Miller se tenso a su lado. —No fuí a ver a Rachel. —¿No? Entonces dónde estabas? —Trabajando. —Pensé que yo era tu trabajo.

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—Lo es. Danny se rió a pesar de si mismo. —¡Jesús! esto me recuerda la maldita prisión. Ahí tampoco, nunca podía conseguir una maldita sencilla respuesta. Miller no respondió enseguida, tomando un trago de la botella antes de regresársela. —¿Cómo era la prisión? —preguntó, ojos en las estrellas. —Lo que crees, —dijo Danny, encendiendo su propio cigarrillo —. Dura, tenebrosa, aburrida como el infierno. La comida es la cosa más asquerosa que encontrarás en ningún lugar y la compañía esta en el mismo área. Pero pude sobrevivir ahí, mejor de lo que puedes imaginarte. —¿Cómo? Danny pensó en la pregunta antes de responder. —Tienes que tener una cierta actitud con los guardias: respetuosa pero no demasiado amistosa. Si le caes bien a los guardias, pero los otros internos no piensan que eres un lame-botas, tienes mucha libertad de acción. Y la segunda vez que estuve ahí tenía a Amanda que me enviaba cosas que podía canjear, cigarrillos, cupones, pornografía. El tener algo que intercambiar hace toda la diferencia. —¿Qué pasaba cuando se te acababan las cosas?

Danny sopesó cuanto decir y supuso que no tenía nada por ganar si mentía. — Tengo una linda cara, Miller, —dijo con calma —. Y se cómo usarla. Miller tomo el aliento bruscamente, lo miro de reojo y de igual manera, aparto la vista rápidamente. —Siempre era… ¿consensual? La risa de Danny estaba teñida de amargura. —Ese no es precisamente el término que usaría. Pero si, la mayoría de las veces lo era. —¿La mayoría de las veces? —Miller hablaba como si las palabras le estuvieran siendo arrancadas, la voz solo un poco más alta que un susurro. Danny cerró los ojos. Ya lo había superado. Lo había hecho. Había trabajado duro para dejarlo todo atrás y seguir adelante. Pero sería una mentira decir que lo había olvidado, o que alguna vez lo haría. Aún recordaba los sonidos y los olores, la cortada en su mejilla por tener la cara presionada contra el suelo y los moretones color berenjena que dejaron en sus brazos que tomaron un mes en sanar. —Era la prisión, Miller, no un grupo de estudio bíblico, —dijo, tragándose el temblor que escuchaba en su voz.

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—¡Jesús! Danny. —No te atrevas a sentir lástima por mí. Sobreviví allí adentro. Muchos hombres no lo hacen. Salí con vida. Estoy bien. Eso es lo que importa. Miller miro a Danny, asistió una vez, sus labios en una delgada línea. — ¿Ocurrió en Leavenworth? —No. —Danny sacudió la cabeza, los labios temblando alrededor de su cigarrillo—. Mi primera condena. Marion. —Solo eras un muchacho, —dijo Miller, la voz suave. —Si. Veintidós. Ya no lo era para cuando salí. Danny se tragó el bourbon, limpiando con el reverso de la mano el exceso que le quedaba en la comisura de la boca. —Esto me esta deprimiendo. Hablemos de otra cosa, —dijo atragantado. —¿De qué podemos hablar después de eso? —pregunto Miller, su propia voz ronca y quebrada—. ¿El clima? ¿Futbol? ¿Qué desayunaremos? Danny sonrió. —Esta bien. Quizá no necesitamos hablar esta noche. Solo

bebamos. —Le paso la botella a Miller, captando con los ojos la sangre alrededor de los dedos de este. —Cristo, Miller, ¿que te pasó en la mano? —Danny se inclino hacia adelante, tratando de tener una mejor vista con la escasa y blanca luz de luna. Se estiró, pasando un dedo gentilmente sobre los lastimados e hinchados nudillos. Deseaba que las cosas fueran diferentes entre los dos para poder sostener la mano de Miller, usar su boca para besarla y alejar el dolor. Miller no contestó, solo dejo caer su cabeza hacia atrás y tomo un trago grande de licor. Danny podía ver los arañazos en los nudillos de Miller y supo que ese tipo de heridas no se conseguían de golpear una persona. El puño de Miller se había encontrado de cerca y personalmente con algo más duro e inanimado; quiso lastimarse a si mismo, no a otro. Danny volvió a apoyarse en su silla con un suspiro. —Alguna vez vamos a hablar de lo que paso la otra noche? —preguntó—. ¿O seguiremos evadiendo el beso? Oyó a Miller tomar el aliento bruscamente, aplastar su cigarrillo a medias debajo del pie. —Fue un error.

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—Creía que los errores debían sentirse mal. Miller giró el cuello en la dirección de Danny, sus ojos encontrándose por encima del brillo del cigarrillo de Danny. Sería tan fácil, pensó Danny, tan fácil inclinarse un poco y besarlo otra vez. Lamer algo de cigarrillo de su lengua, ver la lujuria sobrepasar la confusión en sus ojos y mostrarle que estar con alguien como Danny no era tan malo. Pero Danny no estaba dispuesto a arriesgarlo, arriesgarse a sufrir el peso de todos los miedos de Miller. Así que en vez de eso tomo un trago de bourbon y giró su rostro hacia las estrellas. El grito despertó a Miller de su coma etílico. La voz de Danny sonaba alta y quebrada desde la habitación de al lado, haciendo surgir la adrenalina tan rápida y poderosa por el cuerpo de Miller, que amenazo con volarle la parte superior de la cabeza y convertirlo en un volcán humano. —Mierda, mierda, —se quejó, saliendo de la cama. Tocó el suelo con piernas temblorosas, volando a través de la habitación para tomar su arma del vestidor. Su mentón golpeo con fuerza contra el marco de la cama, el dolor agudo en un segundo aplanó a su miedo. Estaba fuera de su habitación y en la de Danny en cuestión de segundos, la

pistola desenfundada, sin seguro, sin saber que iba a encontrar. Pero Danny estaba solo, las piernas enredadas en las sabanas, la cabeza sacudiéndose contra la almohada. —Oh, no, por favor, —gimió Danny—. ¡Dios, no… no! Miller se inclino hacia adelante, una mano en su rodilla, tomando un profundo aliento. Mierda, tiene una pesadilla, una maldita pesadilla. Mierda. —Danny, —lo llamó Miller, aún doblado por la cintura—. Danny, levántate. —Danny no lo escuchó, torciendo el cuerpo violentamente contra la cama, las piernas golpeando contra el colchón—. No, —lloró otra vez, con un gemido ahogado—. Oh por Dios, Ortiz. Por favor. Miller se acercó a la cama y miró a Danny. —¡Danny. Danny! Levántate. —Se inclinó, colocó una mano en el hombre desnudo de Danny y le dio una leve sacudida—. ¡Levántate! Las manos de Danny volaron hacia arriba, una golpeando con fuerza contra el brazo de Miller, agarrándolo desesperadamente, encontrando la mano sana de Miller y sujetándola.

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—Está bien, —susurró Miller—. Está bien, Danny. Estabas soñando. Los ojos de Danny se abrieron mientras surgía del sueño, confundidos y asustados. —¿Miller? —Sí, soy yo. —Sonrió Miller—. Vuelve a dormir. Solo era un sueño. Los ojos de Danny se cerraron, el rostro aun tenso con miedo. Miller se sentó en el borde de la cama, esperando y vigilando hasta que la respiración de Danny se torno serena, su rostro calmado a la luz de la luna. Con cuidado soltó los dedos y alisó la sabana sobre el pecho de Danny. Se levantó y aparto el cabello de la frente de Danny con una mano, las hebras tan suaves contra sus dedos como áspero fue el rastro de barba en sus mejillas cuando se besaron. —Buenas noches, —susurró Miller—. No me vuelvas a asustar de esa manera. Casi me matas del susto. Miller dejo su puerta medio abierta para así poder escuchar si Danny lo necesitaba. Dejó su arma en la mesa de noche, junto al teléfono que lo llamaba con pensamientos de deber y responsabilidad. Miller lo miró con fijeza. No quería hacer

la llamada. No quería saber. Has tu maldito trabajo, Miller. Ese por el que te pagan. Agarró el teléfono, marcó el teléfono que se sabía de memoria y escuchó al timbre distante junto a su oído. —Aquí Sutton. Disculpa despertarte. Tengo un posible nombre sobre la victima de Butler. —Miller se apretó el puente de la nariz, con fuerza —. Trata con Ortiz, —dijo y colgó el teléfono.

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Capitulo Ocho
Le ponía nervioso cuando llamaban a la puerta. No siempre había sido así, pero ahora no solo respondía la puerta armado con una sonrisa, no podía escapar de la punzante alarma cada vez que alguien venía a buscarlo. La ansiedad constante, incluso ante las actividades más mundanas, era una parte de su nueva carrera que no había anticipado. Se colocó los jeans, el material gastado adhiriéndose a su piel mojada. No se molestó con una camisa, metiéndose la pistola en la cintura instintivamente. Presionó su espalda contra la pared junto a la puerta, de la manera en que Madrigal le había enseñado, listo por si fuera a ser abierta con una patada hostil.

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—¿Quién es? —llamó. La mirilla en el centro de su puerta bien podía ser invisible. Estando del otro lado de la puerta, no hace mucho había visto como Madrigal usaba esa vía en particular para volarle el cerebro a alguien. Nada de mirillas para Danny después de eso. —Danny, soy yo. Ortiz. Danny abrió la puerta y encontró el amplio y familiar rostro de Ortiz sonriéndole. —Hola, hombre. —Sonrió Danny, dándole un abrazo rápido, con un solo brazo a Ortiz. —Vamos, entra. Ortiz lanzó un bajo silbido mientras cruzaba la entrada. Sus ojos volaron sobre el espacioso recibidor, notando las paredes limpias y blancas, y los muebles nuevos. —Lindo lugar, —comentó. —Gracias. ¿Quieres una bebida?

—Seguro. Una gaseosa está bien. Danny le señaló hacia un par de sillas de bar debajo del saliente mostrador. Había un corte rectangular en la pared por encima, dando una vista hacia la pequeña cocina. Danny tomó dos Coca-Colas del refrigerador, pasándole una a Ortiz antes de apoyar una cadera en mostrador del lado de la cocina. —Es bueno verte. —Lo mismo. Ha pasado bastante tiempo, —dijo Ortiz. Danny solo había hablado con Ortiz cerca de media docena de veces en el año desde que había dejado el lavadero de autos. Una vez, solo una semana después que empezara a trabajar para Hinestroza, Ortiz había pasado por el antiguo apartamento de Danny, queriendo asegurarse que estaba bien. La vez más reciente había sido hace un mes, cuando Ortiz lo había llamado tarde en la noche, borracho, preguntando por empleo. —¿Como van las cosas por el lavadero? —Terribles. —Ortiz sacudió la cabeza—. Ese imbécil no me ha dado un aumento desde que te fuiste. Sigo trabajando por menos del mínimo.

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—Eso es en contra de la ley, —señaló Danny. —Si, bueno, también lo es ser ilegal. Sabe que no me quejaré. Danny se había sorprendido cuando descubrió que Ortiz era ilegal. Hablaba con un acento pesado pero su inglés era bueno. Mucho mejor que el de un montón de campesinos sureños con los que Danny había crecido, eso era cierto. Danny asumió que Ortiz había asistido a la escuela en los Estados Unidos. Pero lo hizo en casa; la madre de Ortiz hablaba inglés y se encargo que sus seis hijos lo hablaran fluidamente en caso que alguno tuviera la oportunidad de cruzar la frontera. —Tiene que haber algo más en lo que puedas trabajar. Ortiz volvió a sacudir la cabeza, moviendo la anilla de su gaseosa de adelante hacia atrás tan fuerte que se rompió en sus manos. —¿Y qué con tu trabajo? ¿Cómo va eso? —Bien, —dijo Danny, girando para agarrar una caja de pretzels. La abrió usando los dientes y manos y la lanzo sobre el mostrador. —Sé que dijiste que no tenías trabajo para mi, la vez que te pregunté. —Ortiz se veía avergonzado, los ojos enfocados en el mostrador—. Lo siento, por haberte

llamado borracho la otra noche… —No pasa nada. —Pero estoy desesperado hombre. Necesito más dinero. ¿No hay manera alguna que me puedas conseguir algo? Danny dejó su lata a un lado con un golpe seco. —¿Si ni quiera sabes que es lo que hago, Ortiz? Ortiz levanto la vista y encontró los ojos de Danny. —Tengo una buena idea. Difícil ignorar la pistola en tu cintura. —¿Quieres meterte en esta vida? Ortiz hizo un gesto por encima de su hombro con el pulgar. La mirada de Danny lo siguió hasta su limpia y blanca sala. —No se ve tan mal, —notó Ortiz. ¿Cómo podía Danny hacerlo entender? Seguro, ahora tenía dinero, y responsabilidades y gente que dependía de él. Pero también tenía drogas y armas y miedos que lo corroían día tras día.

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—No es la clase de vida que quieres. Confía en mi. Hay mejores maneras de hacer dinero. —¿Cómo, Danny? ¿Cómo? —estalló Ortiz—. Como voy a duras penas envío nada a mi hogar. Llevo buscando por un trabajo mejor pagado por más de un año. No hay nada. Por favor, te lo suplico. Solo diles que me den una oportunidad. Trabajaré duro. No lo lamentaras. Por favor. Danny sabía que Ortiz tenía una esposa y un bebe en Méjico, incluso aunque solo fuera un año mayor que él mismo. No había visto a su hija desde dos semanas después que había nacido, pero su esposa le mandaba fotos cada vez que podía. Su pequeña casi tenía tres años y no reconocería a su padre si se lo cruzará en la calle. —Ortiz… —Si puedo hacer más dinero quizá mi esposa pueda venir a los Estados Unidos. Ahora, apenas están sobreviviendo. La mitad del tiempo no tienen lo suficiente para comer. Están viviendo con mi madre, once personas en una casucha de dos habitaciones. Por favor Danny. —Ortiz bajo la cabeza, pero no antes que viera el brillo de lagrimas en sus ojos oscuros. —El trabajo en el que estoy involucrado, es feo, —le dijo Danny, la voz suave. —¿Más feo que mi hija siendo mordida por ratas cuando duerme en el suelo

de noche? ¿Más feo que mi esposa teniéndose que armar zapatos de tiras viejas de neumáticos y cinta adhesiva? ¿Más feo qué eso? —preguntó Ortiz enojado. Hacer lo correcto, para todos, sería decirle no a la petición de Ortiz. Se enojaría; quizá nunca volviera a hablarle. Pero eventualmente encontraría un trabajo que pagará más y volvería a Méjico. Cualquier opción sería mejor que seguir los pasos de Danny. Ortiz era el único amigo que tenía en Texas, la primera persona que había conocido cuando se bajo del bus desde Atwood-Dallas fue lo más lejos que su dinero pudo llevarlo desde su hogar. Danny había caminado doce manzanas con un morral repleto sobre el hombro, sudando a través de su camisa manga larga, antes de encontrarse con el lavadero de autos y detenerse a preguntarle al chico que secaba los autos si conocía un lugar barato para comer. Ese chico había sido Ortiz. Le había mostrado un lugar a Danny donde vendían tacos por cincuenta centavos y lo ayudo a conseguir un trabajo en el lavadero y un apartamentucho del otro lado de la calle para si mismo. Danny se lo debía; le debía mucho para involucrarlo con Hinestroza. Pero Danny tenía diecinueve años y estaba solo. Quería un amigo de nuevo. Pensó que quizá no estaría tan malditamente asustado todo el tiempo si podía trabajar con alguien que no le congelara la sangre, alguien en quien pudiera confiar. —Esta bien, —dijo, mirando los ojos suplicantes de Ortiz—. Hablaré con mi jefe. Veré que puedo hacer.

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Una de la primeras lecciones que Miller había aprendido en la Academia del FBI era a no hacerse impresiones previas sobre las personas que estaba interrogando. Recoger impresiones, sacar conclusiones: esas eran cosas aceptables. Pero cuando dejabas que los sentimientos personales entraran a la ecuación, cerraba tu habilidad de medir adecuadamente la información que estabas recibiendo. Sentado al otro lado de un sospechoso que había violado y asesinado una chica de dieciséis años? No te estaba permitido menospreciarlo. El odio detenía el flujo entre el sospechoso y el interrogador. La neutralidad era la orden del día. Pero aquí estaba Miller, después de haberle hablado a duras penas cinco palabras a Griffin Gentry, y ya lo odiaba hasta sus entrañas.

El sujeto era justo lo que Miller esperaba: rudo, matón y arrogante. Su actitud iba bien con su apuesto rostro, aunque le doliera admitirlo. Su espeso cabello castaño cubría uno de los ojos azul zafiro, los músculos en sus brazos se flexionaban mientras tomaba un cigarrillo, sus labios llenos como los de Danny pero no tan suaves. Todo él venía con aristas. Solo por estar en la misma habitación con el hombre al cual Danny le sonrío con tanta familiaridad, encendía la sangre de Miller a fuego lento. Media hora antes, Miller dejó a Danny explayado en el sofá de la sala, quejándose sobre tener que comer comida callejera nuevamente y ojeando una revista. Por los últimos dos días había esperado a que Danny mencionara la pesadilla, que dijera el nombre Ortiz, pero Danny no parecía recordar, lo cual solo hizo que la culpa que susurraba en el borde de la mente de Miller creciera.

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Cuando Miller le dijo que se iba, Danny le lanzó una larga mirada, murmurando: —Dale un abrazo de mi parte a Rachel, —mientras cerraba la puerta. Miller consideró decirle a Danny que no iba a encontrarse con Rachel, pero se recordó a si mismo que esa no era información que Danny tuviera el derecho de conocer. En el camino al norte, se había preparado para la entrevista. Le hablaría a Griffin Gentry por una y solo una razón: para averiguar, si acaso, si el sujeto sabía sobre la admisión de asesinato de Danny. La relación de Griffin con Danny, pasado y presente, no era relevante y Miller no se permitiría adentrarse en ese territorio. —Sr. Gentry, estoy aquí para hacerlo unas preguntas sobre Danny Butler, — dijo Miller, jalando de la silla frente a Griffin. Estaban sentados en una pequeña mesa en la sala del apartamento donde este estaba escondido. Era similar al que Danny y Miller compartían, solo más pequeño y levemente viejo. El Agente Especial Sakata había tomado la oportunidad para escaparse un rato ahora que Miller estaba allí, diciendo que volvería en una hora. Griffin le lanzó una media sonrisa detrás de su cigarrillo, apartándose el cabello del ojo con una leve inclinación de la cabeza. —Llámeme Griff. Miller lo ignoró. —Tu y Danny eran compañeros de celda en Leavenworth. — Griff no contestó—. ¿Bueno? —demandó Miller, ya perdiendo la paciencia. —¿Era una pregunta? —preguntó Griff. Su voz era áspera, arenosa, como si sufriera de faringitis crónica—. Porque asumo que ya conoce la respuesta sino, no estaria aquí.

Geniecillo-hijo de puta. —Danny ¿alguna vez te menciono el nombre Ortiz? —No. —¿Estas seguro? —Si. ¿Por qué? Miller golpeó el lápiz contra el archivo en la mesa. —Danny me dijo que asesinó a alguien. Eso atrajo la atención de Griff. Mordió el cigarrillo. —Naa. Nunca pasó. Danny nunca mataría a nadie. No podría. —Dijo que lo hizo, —respondió Miller. —No me importa una mierda lo que dijo. Lo conozco y no está en él. —¿Qué tan bien lo conoces?

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Los ojos de Griff se estrecharon. —¿Qué quieres decir? Qué, tu resolución de no abordar este tema solo dura cinco minutos? No vayas por ahí, Miller. No es algo que tengas que saber para la investigación, no es necesario. —Danny es homosexual. Ustedes fueron compañeros de celda… Miller dejo su suposición colgando en el aire. Griff golpeó un cigarrillo nuevo sobre la mesa. —¿Desde cuando la vida sexual de Danny o la mía, es de interés para el FBI? —preguntó, las cejas arriba. Esta en lo correcto, Miller. ¿Si Sakata también estuviera sentado aquí, estarías haciendo esta pregunta? Supongo que la respuesta para eso es un grande y jodido no. —¿Qué es lo que quieres saber exactamente? divertida, indulgente—. ¿Si fuimos amantes? —la voz de Griff sonaba

Miller lucho con fuerza contra las visiones tratado de formarse en su cerebro, imágenes mentales de Danny y este hombre, tocándose… Griff sonrió, sus ojos yéndose a posar sobre la mano de Miller, la que tenía

apretada en un puño tan fuerte que las uñas empezaban a cortarle la carne de la palma. Se forzó a relajarse, extendiendo la mano sobre el tope de la mesa. —Quiero saber que tan bien lo conoces, —repitió Miller. —Fuimos compañeros de celda por veintidós meses, —dijo Griff—. Así que nos hicimos muy cercanos. ¿Qué más hay por hacer en la prisión que hablar? —No continuó, vigilando a Miller con ojos astutos. —Así que no eran… —el alivio se extendió en Miller, llenándolo como una esponja seca con agua, enfriando la quemazón en su sangre. Griff sonrío. —Creo que me malinterpretaste. Paso que, Danny y yo descubrimos que éramos mejores en algo más que hablar. En Leavenworth y después también. —Meneó un dedo en la dirección de Miller, como un profesor regañando a un estudiante—. Pero eso es todo lo que obtendrás. Un caballero no cuenta esas cosas. Miller apretó los dientes, la fiera punzada de las palabras de Griff haciéndolo querer saltar la pesa y estrellar el puño contra esa linda cara, golpear esos labios que habían besado a Danny más de una vez y probablemente nunca lo habían definido como error.

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—¿Por qué terminó? —Miller masticó cada palabra como mordiendo un palo. —¿Danny sabe que estas aquí haciendo estas preguntas? Probablemente te las respondería él mismo. —Griff se detuvo para arrojar el humo en la cara de Miller —. Si tienes las agallas para hacérselas. Miller se estiró y le arrancó el cigarrillo de los dedos a Griff, aplastándolo sobre la mesa. Griff se rió, para nada intimidado. —¿Cómo sabes que se terminó entre Danny y yo? —Porque lo he vigilado por los últimos nueve meses y ni una sola vez vi tu rostro, —dijo Miller, cada palabra con una satisfacción que ni siquiera trato de disimular. Griff se encogió de hombros. —Tendrás que preguntarle a Danny porque se terminó. Él es único que puede contestar esa pregunta en particular. —¿Por qué se encontraron esa mañana en la esquina? ¿Qué le llevaste? —Nada, —dijo Griff, sacudiendo la cabeza—. Solo quería verme. —Era bueno; no se delataba para nada. Miller no podía decir si decía la verdad o mentiras.

—¿Y nunca te mencionó el nombre Ortiz? —No. Ya te lo dije. ¿Ese es el que dijo que mató? —No. No me dio el nombre o detalles. —Estas desperdiciando tu tiempo. Nunca pasó. —Griff le concedió una sonrisa desdeñosa—. Y si conocieras a Danny la mitad de bien como crees conocerlo, no tendría que decírtelo.

—¿Qué demonios estas haciendo? —preguntó Danny, alejando el humo con una mano—. Vas a activar la alarma contra incendios.

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—Dijiste que estabas harto de la comida callejera. –Miller se mantuvo de espaldas, enfrentando el fuego en la cocina con una espátula. Danny terminó de colocarse la camiseta, aplastándose el cabello revuelto con una mano. —¿Cuando llegaste? —Hace unos minutos. Supuse que estarías hambriento. —Lo estoy. —Danny se movió hasta estar detrás de él, mirando por encima de su hombro. —¿Qué mierda es eso? —Jamón y queso a la parrilla. Danny espero un latido. —¿Se supone que sea así de negro? —Cállate, tonto, —dijo Miller, dándole un codazo—. Si no quieres el tuyo, puedes volver a pedir pizza. Danny gruñó. —Nunca pensé que diría esto, pero creo que podría vivir felizmente sin jamás volver a probar otra porción. Vivir aquí me lleno la cuota de por vida.

—Si, a mi también, —accedió Miller—. Agarra unos platos. Danny preparó la mesa con dos platos, servilletas y un par de cervezas. — ¿Quieres chips? —preguntó. —Seguro, —asistió Miller, deslizando sándwiches negros en cada uno. Danny tomó un mordisco del suyo, el queso y el jamón superados por el sabor del pan quemado. Pero no le importo; en verdad estaba agradecido por el hedor a humo y ozono de la cocina. Le había evitado captar el aroma de Rachel. —¿La pasaste bien fuera de este lugar? —preguntó, bajando un bocado con un trago de cerveza fría. Miller toco su sándwich con un dedo. —No estaba tomando un descanso. —¿Qué estabas haciendo? —Cosas del trabajo, —dijo Miller, dándole un mordisco dudoso a su propia creación.

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Si, seguro. —Aún así, debe ser agradable salir, —dijo Danny. Vio a Miller masticar—. ¿Crees que podríamos salir esta noche? ¿Solo por un rato? La cabeza de Miller chasqueó hacia arriba. —¡No! ¿Estas loco? —Esta oscuro. ¿No podríamos caminar alrededor de la manzana? Me estoy enloqueciendo Miller… —Qué si Madrigal… —¿En verdad crees que está caminando por calles al azar de noche tratando de localizarme? —se rió Danny—. Ese no es su estilo. Estaría por debajo de él. Va a esperar hasta que sepa exactamente donde estoy. Miller sacudió la cabeza. —Es demasiado peligroso. Además, esta helado afuera. Y dicen que podría llover. —¿Estás seguro que eres del campo de Kansas? —preguntó Danny con escepticismo. —¿Qué? Si. ¿Por qué… —Porque si crees que este climita de mierda es frío, en serio dudo que hayas

vivido un invierno en las planicies. —Bocazas, —murmuró Miller, una pequeña risa abriéndose camino en su rostro. Danny le devolvió el gesto. —Sabes que seguiré molestándote toda la noche si no me dices que si. —¡Jesús! —suspiró Miller—. Solo le daremos la vuelta a la manzana una vez. —Danny asistió—. Solo necesito salir de aquí, incluso si solo son veinte minutos. —Diez minutos, —corrigió Miller. Cuando terminaron de masticar los sándwiches, Danny enjuagó los platos, diciendo que terminaría de lavarlos más tarde. Miller sacudió la cabeza con disgusto ante el entusiasmo de Danny, pero tomó su chaqueta y el sombrero marrón sin otra palabra. —Tu factor encantador acaba de bajar, —dijo Danny, señalando el sombrero. —Me importa un comino mi factor encantador, —replicó Miller, metiendo los pies en las botas—. Me importa mantener mi cabeza seca.

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—Bastante justo. —Sonrió Danny, levantándose el cuello de la chaqueta. Nunca lo admitiría pero Miller estaba en lo correcto: el aire de la noche estaba helado, el aliento de ambos se escapaba en ráfagas de humo como un par de motores en miniatura. Pero después de una manzana de caminata rápida, Danny podía sentir el calor surgiendo de su piel, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta cubiertas de una leve capa de sudor. Todavía no estaba lloviendo, pero Danny podía sentir la humedad por encima de ellos, tomándose su tiempo. Pasaron un grupo de casas aún decoradas con la indumentaria de Halloween, telas de araña cubriendo los arbustos del frente, luces naranja destellando desde los marcos de las ventanas y un esqueleto brillante saludando desde un columpio en el porche. —Solía gustarme el Halloween, —dijo Miller, casi para si mismo. —¿Si? A mi nunca me entusiasmó tanto. —Mi mamá era buena haciéndonos los disfraces. Un año que era un Indio me hizo un tocado gigante. Ese fue mi favorito. —Miller le sonrió a Danny en la oscuridad. —Nosotros vivíamos demasiado lejos, en la mitad de la nada, y nunca tuve nadie a quien pedirle. Así que la mayor parte de los años no lo celebrábamos.

—¿Fue duro, ser hijo único? —Si, especialmente con mi papá. Creo que hubiera sido menos severo conmigo si hubiera tenido otro niño, alguien más en quien poner sus esperanzas. Alguien que no lo decepcionara. —¿Solo por qué fueras, ya sabes, homosexual, fue que lo hizo tan duro contigo? —No tengo idea. —La conversación envió a Danny de vuelta a su infancia, donde la mayor parte de sus memorias eran de ser golpeado, el cinturón del viejo volando a través del aire con un golpe seco, la hebilla cortando su piel desnuda. Botas punzantes sacándolo de la cama, su cuerpo aterrizando con un golpe en las tablas frías donde los golpes encontraban su camino más fácil —. No es exactamente el tipo de sujeto con el que te puedas sentar a tener una conversación de corazón a corazón, —explicó Danny, torciendo la boca con las memorias. —¿Tu mamá alguna vez te defendió? Danny dejo salir una risa enojada. —Diablos, no. Solo se quedaba atrás y dejaba que él me matara a golpes. Estoy seguro que también estaba asustada. Pero aún así… —Eras su hijo, —terminó Miller con suavidad. —Si. Cuando Miller giró hacia Danny, una gota solitaria cayó en la mitad de su frente. Danny la limpió de la piel helada de Miller, sintiendo la dureza del hielo bajo sus dedos. —Creo que va a empezar a caer aguanieve. —Te dije que este paseo era estúpido, —señaló Miller, acelerando el paso. Estaban a una manzana del apartamento, la lluvia ganando fuerza, cuando Danny escucho los pasos detrás de ellos. Solo un leve chasquido de hojas, pero sabía que escuchar. Miller se tensó a su lado, su mano yendo hacia el brazo de Danny. —Danny, —susurró Miller— ahí… Pero Danny no esperó a escuchar el resto. Llevaba años cuidándose a sí mismo, y la idea de dejar su seguridad en las manos de otro hombre le era tan extraña como una caminata en la luna. Estiró la mano, sacó la Sig Sauer de su cintura en un movimiento fluido y giró, los brazos extendidos, el arma apuntando directamente a la cabeza del hombre detrás de ellos. —No se mueva, —ordenó Danny, su voz tan helada como la lluvia golpeando

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contra su rostro. —¡¡¡Queeeee!!! —gimió el hombre, el rostro congelado, los ojos y boca grandes en una O de sorpresa. El perro suelto dando vueltas entre sus piernas. —¡Danny! —siseó Miller—. ¡Danny! ¿Qué estas haciendo? —¿Quien eres? ¿Por qué nos estas siguiendo? —demandó Danny, incluso aunque el peso en su estómago ya le había alertado de su error. —Yo no estaba, yo no… Estoy paseado a mi perro, —gimoteó el hombre, delgadas gotas de lluvia corriendo desde su cabeza calva a los lados de su cara. —¡Danny! —repitió Miller, colocando una mano en el brazo de Danny—. ¡Baja el arma, ahora! Los codos de Danny no querían moverse, trabados con el flujo de adrenalina. Regresó sus manos hacia el pecho con lentitud, los ojos aún fijos en el hombre paseando el perro. Ahora que el arma no apuntaba a su rostro, el paseador de perros estaba ganando algo de coraje. —¿Qué demonios esta pasando? –le gritó a Miller.

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—Lo siento señor. —Dijo Miller, sacando su placa—. FBI. Estamos muy apenados por la confusión. —¡Pudieron haberme matado! —dijo el hombre, la voz temblorosa, usando enojo para ocultar su humillación—. ¡Voy a reportar esto! Lo vieron escabullirse, tirando del reluctante perro detrás de él. —¿Qué mierda fue eso Danny? —gritó Miller, tan pronto como el sujeto estaba fuera de vista—. ¿De donde diablos sacaste esa pistola? —Hizo un intento para sujetar el brazo de Danny, pero este lo apartó. Nadie le colocaba las manos encima sin su permiso, ni siquiera Miller. —¿Quieres que nos demos de golpes aquí? —preguntó Danny—. Porque si tratas de agarrarme el brazo otra vez eso será lo que pasará. —Necesitamos regresar al apartamento, —dijo Miller, su voz latiendo con furia. Esperó a que Danny pasara por delante de él en la acera pero no trató de tocarlo. Si Miller había estado así de enojado alguna vez en su vida, no lo recordaba. Nunca le había sucedido antes, pero la mítica cortina roja descendió sobre sus ojos, nublando su visión mientras subía las escaleras a pisotones. Esperó justo lo suficiente

para cerrar y asegurar la puerta detrás de ellos antes de girar hacia Danny. —Te pregunte de donde sacaste el arma. —Su voz era mortífera y baja. Danny no levantó la vista de donde estaba apoyado contra la pared, inclinado soltándose los lazos de las botas, gotas heladas de lluvia en su cabello como diamantes. —¿Griff te la dio? —preguntó Miller, tomando un paso más cerca, las manos cerradas en puños. Danny se encogió de hombros, lanzándole una mirada desafiante. — Necesitaba protección. Así que le pedí que me trajera el arma. Griff y yo, nos cuidamos las espaldas. Miller dejó salir una risa venenosa que no reconoció como propia. —¿Es así como lo llaman ahora? Los ojos de Danny destellaron. —Jodete, —le dijo, arrancándose la chaqueta y arrojándosela con violencia.

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Miller se arqueó hacia atrás, el agua mojándolo en el rostro cuando el misil de cuero le paso a un lado. —Dame la maldita arma, Danny. —No. —Dame. El. Arma. —No, —repitió Danny—. Llevo años cuidándome yo solo. Me he salvado de situaciones que probablemente ni siquiera puedas imaginarte en tus peores pesadillas. Necesito protección. —Eres un delincuente. No puedes tener un arma. —¿Estas hablando en serio? En este punto, no me importan los tecnicismos. Me preocupa mantenerme con vida. —Si estabas tan preocupado, debiste hablar conmigo, —dijo Miller, dándole la vuelta al sofá para detenerse frente a Danny—. Yo soy el que te esta protegiendo. ¡No tu maldito novio! —Escupió la palabra como su tuviera comida podrida en la boca. Eres mío, Danny. No de él. Mío. Danny se alejó un paso de la pared, su rostro a un centímetro del de Miller. — ¿Te ofreces a tomar su lugar entonces, Miller? No creí que estuvieras interesado, ya

que no eres homosexual. ¿Cierto? —preguntó Danny, la voz suave. —Cierto, —dijó Miller, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. —Eso es lo que pensé. —Danny se quito la bota que el quedaba con una mano—. Odio darte las noticias, pero tenerte a ti como la única barrera entre Madrigal y yo no es muy tranquilizante. Aún necesito el arma. —No, ¡no la necesitas! Danny sacudió su cabeza hacia Miller, sus ojos verdes enormes. —¿Y qué cuando tu estas afuera jodiendo a Rachel? —chilló—. ¿Quien va a protegerme entonces? Miller se echo hacia atrás, sintiendo las palabras de Danny como una cachetada. —¿Crees que soy tan estúpido que no puedo decir lo que has estado haciendo? ¿Crees que no puedo olerla sobre ti? —gritó Danny.

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Miller estaba cansado de jugar, cansado de cualquier trampa en la que Danny quisiera empujarlo. —¡Dame ese arma! —Lanzó ambos brazos detrás de Danny, buscando el arma, las manos luchando contra las del otro. Hizo un gesto cuando sus nudillos lastimados golpearon contra los dedos defensivos de Danny. —Como hoy por ejemplo, —jadeó Danny por entre los dientes apretados, las manos aún luchando contra Miller en su espalda, sus pechos presionados juntos—. ¿Qué si Madrigal se hubiera presentado mientras estabas afuera jodiendo con Rachel? ¿Qué entonces? —No estaba con Rachel, —gritó Miller—. No quiero joder con Rachel. Quiero… —Miller detuvo sus palabras, alejándose de Danny. Se miraron uno al otro en silencio, los dos respirando con fuerza. La mandíbula de Danny todavía estaba apretada con ira, pero sus ojos eran gentiles cuando habló. —Estar con ella no hará que se vaya, Miller. No detendrá el hambre, las ganas. Créeme, lo sé. Me casé con mi Rachel, ¿te acuerdas? —Cállate! —lloró Miller, queriendo cerrar la boca de Danny, detener las verdades dolorosas que estaba arrojando. Empujó a Danny contra la pared, encerrándolo entre sus labios, acercando sus bocas con fuerza.

Los labios bajo los suyos estaban fríos, pero la lengua de Danny se movía con calor. Miller abrió su camino hacia adentro, la boca de Danny abriéndose grande y receptiva, invitándole dentro. La lengua de Danny corrió a lo largo del techo de su boca, de atrás hacia adelante, haciendo que Miller temblara y jadeara. —Ah, Dios, —gimió, tomando un aliento tembloroso contra los labios de Danny. No sabía con quien estaba hablando o que estaba pidiendo. Apartó las manos de la pared, descansándola en el rostro húmedo de Danny, lanzando gotas al suelo mientras pasaba los dedos a través del cabello grueso y oscuro. Se sentía bien, correcto, la combinación de labios suaves y rastros de barba áspera, las manos agarrando sus caderas con fuerza y demandantes, la voz profunda murmurando en su boca, el sabor del deseo aplacando sus celos, el bálsamo de la amistad curando la herida de su rabia. Miller se apartó, sin querer detenerse pero no muy seguro de cómo continuar. Miró hacia abajo, sus ojos atraídos hacia el pecho de Danny donde la camiseta mojada por la lluvia se adhería a su pecho. El relieve de los músculos de Danny era visible contra el delgado material, el vello de su pecho oscuro y aplastado por debajo. La mano de Miller se levantó, queriendo explorar, pero detuvo su movimiento, los dedos colgando. Danny miró hacia abajo, luego hacia arriba, sus ojos ardientes y pesados. —Esta bien, —susurró—. Puedes tocarme. —Danny tomó el borde de su camisa, pasándosela por encima de la cabeza y dejándola caer desde sus dedos para formar un charco blanco en el suelo. Miller tomó el aire con violencia cuando su palma entró en contacto con el estómago desnudo, la piel fría y húmeda contra sus dedos. La otra mano de Miller se unió a la primera, extendiéndose sobre el torso de Danny, sus pulgares trazando un camino entre las costillas. Podía sentir los bordes duros de musculo empujando bajo sus dedos y el corazón de Danny golpeando contra su mano. —Si, —Danny susurró mientras los dedos de Miller se movían hacia arriba, sus pulgares rozándose contra los pezones—. Mierda, si, justo así… Miller trató de contenerse, de ir despacio, de mantenerse en control, pero la sensación de Danny, el sonido de su voz, ronca y arrastrada, y el olor de su piel combinados lo empujaron sobre el borde, cayendo del precipicio sobre el que había estado balanceándose desde el momento en que conoció a Danny Butler. Sin advertencia sujeto los brazos de Danny, girándolo contra la pared, empujando detrás de él con fuerza. —Miller, que…uh… ¡Jesús! —gimió Danny, las manos flexionadas sobre la suave pared mientras Miller deslizaba su lengua abajo por su espalda, siguiendo las

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curvas de la serpiente anidada entre las escapulas de Danny. Miller lamió los colores, azul, púrpura y verde debajo de su lengua. Sólo en ese momento reconoció para si mismo cuanto deseaba hacer esto, reclamar la espalda marcada de Danny como propia. Deslizó sus brazos alrededor hacia el frente del cuerpo de Danny, sus dedos posesionándose sobre la clavícula, su mentón apoyado en el cuello de Danny, trazando el aro en la oreja con la punta de su lengua y tirando gentilmente del metal frio. Miller podía sentir el arma de Danny presionada contra su estómago así que metió la mano entre los dos, sacándola de su lugar. Danny giró con fuerza, golpeando su cabeza contra Miller mientras lo veía con ojos precavidos. —Esta en la mitad, —explicó Miller. Se apartó de Danny, dejando el arma en la mesa, depositando la suya junto a esa. Sin devolverle el arma pero tampoco quitándosela. Una tregua. —Ven aquí, —ordenó Danny y el sexo en su voz hizo que la columna de Miller vibrara como un alambre de electricidad.

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Tan pronto como Miller estaba a distancia de alcance, Danny se lanzo hacia él, agarrando el saco de Miller con ambas manos y tirándoselo por encima de la cabeza, obviando la lana que quedo atrapada en la nariz y orejas. Lucharon con la camiseta de Miller, cuatro manos complicando la simple tarea, rasgando el material cuando Danny se lo quitó. La sensación del pecho desnudo de Danny contra el propio no era algo que Miller se hubiera detenido a contemplar, no como los pensamientos de besar el cuerpo de Danny o sumergirse en su cuerpo. Pero la sensación era tan diferente de abrazar a una mujer, mucho mejor, que por un momento Miller se olvidó de respirar. Todos los inolvidables músculos de Danny se frotaban contra los suyos. El pelo en el pecho de Danny cosquilleaba y tentaba la piel de Miller. No había nada frágil en Danny, nada delicado, cada pulgada de él era la definición de un hombre. La boca de Danny cubrió la suya, sus dientes tirando del labio inferior de Miller, su lengua siguiendo en la retaguardia y aliviando el bienvenido ardor. Las manos de Danny empujaron entre los cuerpos, tirando los jeans de Miller, pasando los botones por los bien usados ojales con dedos temblorosos. —Danny, yo… —jadeó Miller. —¿Quieres detenerte? —susurró Danny.

—¡¡NO!! —Y era la verdad. No había parte alguna de Miller que quisiera regresar; incluso la voz en su cabeza estaba en silencio momentáneamente. —Podemos ir despacio. No tenemos que hacer nada que no estés listo a hacer. —Danny rozo sus dedos contra la mandíbula de Miller. Este asistió, no muy seguro que significaba despacio para Danny y demasiado asustado para preguntar. Danny sonrió, el arrastre de sus pies empujando a Miller contra el sofá. — Ahora mismo quiero probarte, —dijo, aún quieto. Miller sintió las palabras recorrer todo su cuerpo—. Tomarte en mi boca. ¿Esta bien? Miller no podía responder; sus cuerdas vocales estaban congeladas, los músculos de su cuello vibrando con anticipación y su cuerpo entero amenazando con deshacerse de la lujuria expandiéndose en su pecho. Incluso con sus sentidos fuera de control, noto que Danny había preguntado si podía hacer más, de la misma manera que antes del beso. Miller se preguntaba si era por lo que le sucedió en prisión; si Danny era perseguido por siempre por memorias de esas veces que no se le dio la opción de rehusarse. El pensamiento hizo que la garganta le ardiera y presionó a Danny contra su cuerpo, besándolo, húmedo y profundo, sin separarse hasta que la necesidad de respirar fue más fuerte que el placer. Las pantorrillas de Miller chocaron contra el sofá, Danny doblándose con él mientras se sentaba, su lengua siguiendo la vena en el cuello de Miller. Una lenta y sexy sonrisa se extendió en el rostro de Danny al treparse sobre el cuerpo de Miller, atrapándolo, sus manos en el cabello de Miller mientras se besaban. Este ultimo deposito sus manos en el trasero de Danny, empujando con sus pies para girar hacia a un lado, llevando a Danny con él hacia el sofá. Sus jeans y ropa interior fueron empujadas hacia abajo al mismo tiempo, alrededor de sus rodillas, la fricción al frotarse juntos haciendo que Miller gruñera contra el cuello de Danny. —Gírate, —susurró Danny—. Quiero verte. Miller giró hacia un costado, enfrentando a Danny, siguiéndolo hacia abajo por la longitud de sus cuerpos. Observó cuando Danny lo tocó, ligeramente al comienzo, solo un dedo arriba y abajo, luego tomando a Miller en su puño con movimientos lentos, incrementando el ritmo a medida que Miller movía sus caderas. —Cristo, Danny, —dijo Miller sin aliento, succionando la piel suave del cuello de Danny. Miller bajo su propia mano entre los cuerpos y encontró a Danny, caliente y

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suave bajo sus dedos. Danny gimió contra su hombro, su cara contra el sofá mientras Miller pasaba el áspero pulpejo de pulgar sobre la punta de su pene. —Mierda… eso se siente bien, —jadeó Danny, levantando la cabeza para observar la mano de Miller bombeando. Tener a Danny en su mano era diferente de tocarse a sí mismo, pero similar de alguna manera. Miller sabía lo que se sentía bien, sabía que la mano de Danny en él significaba que quería más presión, sabía lo que significaba el incremento en la respiración de Danny. Se sentía como caminar un camino familiar incluso aunque nunca hubiera estado allí. —Oh, Jesús… si. —Danny abrió sus muslos lo más que podía en los confines del estrecho sofá y los jeans en las rodillas. Miller sintió una sensación de realización, orgulloso del hecho que Danny lo quería de esta manera, los ojos verdes desenfocados, la espalda arqueada a medida que Miller incrementaba el ritmo. —No puedo… mierda, Miller, no puedo contenerme, —gimió Danny. Sus dedos se enterraron en el brazo de Miller. Miller observó, hipnotizado por la forma en que Danny se mordía el labio inferior al correrse, la carne tierna sacrificada en su placer.

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Danny abrió los ojos, dándole una sonrisa perezosa mientras pasaba una mano por el cabello de Miller. —Tu turno, —murmuró, bajando la cabeza para tomar uno de los pezones de Miller entre sus labios, moviéndose hacia abajo por el cuerpo de Miller trazándolo con la lengua. —O, mierda. —Exclamó Miller cuando una rodilla de Danny se apoyo contra su mano hinchada. —Diablos, lo siento. —Danny se detuvo por un momento y luego tomo su mano, dándole un beso a los nudillos lastimados. Miller no podía apartar la mirada, mirando como Danny liberaba su mano y se movía hacia abajo. Danny tomó el miembro de Miller en su palma y llevó su boca hacia abajo cerrándose sobre la punta, girando la lengua. Miller enredó su mano en el cabello de Danny, sin forzarlo a estar allí, sin querer que se sintiera forzado, sino simplemente tocando, amando la suavidad de esas hebras cortas contra sus dedos. Gimió cuando Danny lo tomó profundo, un sonido que nunca había escuchado de su propia boca surgiendo de un lugar más profundo que sus pulmones. Les tomo un minuto encontrar su ritmo, la mano de Danny demasiado lenta al inicio. Pero Miller coloco la suya sobre la de Danny para acelerar las cosas, gimiendo cuando la lengua de Danny encontró el punto correcto. Miller miró hacia abajo y supo que si vivía hasta tener un millón de años, esto-

los ojos de Danny elevados hacia los suyos, su boca cubriéndolo, sus labio húmedos y brillantes, el pecho desnudo de Danny atrapado entre sus piernas- siempre seria el momento más erótico de su vida. Los pies de Miller se curvaron hacia abajo, la tela rasposa del sofá frotándose contra sus pies. —Voy a correrme, — murmuró, alertando a Danny de la misma manera en que lo hacia con Rachel, pero Danny no se apartó. Miller se tensó cuando su orgasmo lo desgarró, los ojos oscuros y brillantes de Danny sobre Miller mientras tragaba. El conocimiento de lo que estaba haciendo Danny causó que sus caderas corcovearan involuntariamente, un gemido gutural acompañando el movimiento. Se sentía como más que sexo para Miller, más que una liberación. Se sentía como la respuesta a cada pregunta que alguna vez se atrevió a preguntarse. Danny se entrtuvo un rato, lamiéndolo hasta limpiarlo, besando sus muslos y estómago, acariciando su carne temblorosa. Depositó un último beso en el hombro de Miller mientras maniobraba en el espacio entre el cuerpo de Miller y el respaldo del sofá. Miller cerró los ojos, escuchando las respiraciones firmes de Danny, sintiendo la calidez de la mano de Danny sobre la suya. ¿Qué diablos estas haciendo, Miller? ¿Una buena mamada, eso es todo lo que se necesita para arruinar tu carrera?

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Miller llevó su mano libre para cubrir su rostro, alejando su rostro del de Danny. Trato de concentrarse en el placer que sentía, ambos dando y recibiendo, pero su voz interna había apagado el botón de silencio y no se callaría. Sigue con esto y la vida que conoces se acabara. ¿Por qué? ¿Por algo que ni siquiera sabes si deseas? ¿Por algo que no puede durar? Él volverá a su vida. Y tú volverás a la tuya… o al lo que queda de ella, después de este desastre. Los cojines del sofá se hundieron debajo de su espalda cuando Danny movió su peso. —¿Qué pasa? —preguntó, presionando suaves besos contra el brazo de Miller. —Danny, no puedo… —Miller odiaba lo débil que se escuchaba su voz, cuan aguda y cerca de las lágrimas. Miró por encima de su hombro hacia Danny, quien lo miraba sin juzgarlo, el cabello oscuro alborotado como el de un niño pequeño. Miller se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas, y apoyó la cabeza en sus manos. Quería su vida de vuelta, la vida donde estaba seguro de quién era y a donde se dirigía. La vida en la que podía mantener una tapa sobre las dudas y los miedos que lo perseguían en cada esquina a lo largo de su vida desde cuando podía recordar. La vida donde iba a casarse con Rachel y tener tres niños y la casa en los suburbios. Esa en la que sabía la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, y estaba bien seguro de quienes eran los buenos y los malos. Aquella en la que nunca conoció

a un hombre de cabello negro y ojos verdes y una serpiente enjoyada pintada en su espalda, un hombre que empujaba en todos los espacios privados de Miller y se acomodaba como en casa. Danny colocó una mano en la espalda de Miller, su pulgar frotando un medio circulo con pereza. —¿Qué es lo que quieres, Miller? ¿Qué es lo que quieres que pase aquí? Miller podía oler a Danny en sus dedos. Dejo caer las manos que cubrían su rostro con un pesado suspiro. —Quiero ser el hombre que era antes de conocerte. Danny pasó sus piernas por encima del borde del sofá, levantándose los jeans mientras se movía. Se sentó junto a Miller sin hablar, sus hombros desnudos tocándose. Miller arriesgó una mirada hacia el rostro de Danny, preparado para la rabia y endureciéndose para el menosprecio, pero Danny lo estaba mirando con compasión en sus ojos, diciéndole sin palabras que todo estaba bien. Y por primera vez en su vida, Miller se sintió comprendido sintió que alguien lo veía defrente sin darle la espalda. Danny sostuvo la mandíbula de Miller en sus manos, el sencillo toque haciendo que su estómago cayera hasta el suelo. —Es demasiado tarde para eso. Es demasiado tarde para regresar, —dijo Danny, gentil pero firme—. Ahora tienes que decidir, qué es lo quieres hacer de aquí en adelante.

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Capitulo Nueve
Miller odiaba la universidad. Se sentía desleal de tan siquiera pensarlo; no era un secreto lo que su familia había sacrificado para que estuviera allí. Pero no encajaba, y después de dos años y medio, sabía que nunca lo haría. La Universidad Estatal de Kansas a duras penas era privilegiada en la superficie, sobre la que crecía una hiedra, pero bien podía serlo para Miller, quien creció en una granja desolada cuyo pueblo más cercano a duras penas llegaba a los 400 residentes.

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Manejando hasta Manhattan el primer día de clases, con su padre al mando de su vieja todo terreno y Miller entre sus hermanos donde un resorte roto punzaba su espalda, se sintió como si hubiera aterrizado en Marte. El ruido de la pequeña ciudad lo hizo querer cubrirse los oídos como un niño pequeño, el volumen de gente y la velocidad a la que se movían lastimaba sus ojos. Su padre le había dado una palmada en la espalda cuando lo dejaron a la entrada del dormitorio, diciéndole, Buena suerte, chico, -antes de volver a meterse en la camioneta. Junie había sido un poco más emocional, abrazándolo con fuerza y diciéndole que lo vería en el Día Acción de Gracias. Luego se alejaron, dejándolo en la calzada con sus ahorros guardados en una mochila y una maleta gastada que perteneció a su madre. Desde el principio la universidad se veía peligrosa, como si estuviera esquivando minas. Se sentía husmeado; su espacio personal invadido, la forma en la que todo el mundo quería hablar todo el tiempo; los estudiantes más jóvenes que Miller llenos de rabiosa curiosidad, siempre haciendo preguntas sobre su pasado y lo que planeaba hacer cuando se graduara. Profesores querían conocer su opinión sobre libros, eventos actuales y filosofía. Pronto aprendió que gruñir y esconder la cabeza no era una opción a menos que quisiera terminar de regreso en Fowler con la cola entre las patas, enfrentando a su furioso padre quien de alguna manera había unido el éxito de Miller en la Universidad con la memoria de su esposa muerta. Con el tiempo se le hizo más fácil hablar, pudo responder preguntas en clase sin sentir el calor de la vergüenza cubriendo sus mejillas y pudo tener pequeñas conversaciones en la

biblioteca sin esconderse detrás de un libro. Pero siempre era cuidadoso con lo que decía, siempre pensando en su respuesta antes de decirla. Hizo unos pocos amigos, pero más del tipo de beber unos tragos, jugar un juego de baloncesto, ninguno destinado a formar una amistad de por vida. Sin embargo, aprendió de los otros chicos, a pretender que le gustaban los bares repletos de demasiadas personas bebiendo demasiado, cómo caminar por el campus con la cabeza en alto, saludando los estudiantes que reconocía, cómo fumar sin asfixiarse y hacer chistes crueles sobre las chicas con las que se acostaba de vez en cuando. Chicas que conocía en los bares locales y luego seguía hasta sus dormitorios o apartamentos para sexo torpe de borrachos. EL sexo siempre se sentía bien durante el acto, aunque nunca alucinante; como Scott se lo describió una vez. Pero después, caminando de regreso a su propio lugar, siempre se sentía más solo y confundido que la noche anterior. Aprendió a vivir con el sentimiento constante de ser un extraño en su propia vida, en su propio cuerpo, y la pequeña voz en su cabeza se permaneció misericordiosamente callada. Nunca se preguntó a sí mismo de que se escondía exactamente, que tenia tanto miedo de revelar. Esa era una respuesta que no tenía ganar de escuchar.

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Miller amaba la Academia del FBI. Desde el primer día que llegó a Cuántico, se sintió a salvo. A nadie le importaba lo que pensaba o pretendía descubrir quién era Miller. Solo les importaba hacerlo bueno, enseñarle trucos y técnicas para el éxito, moldearlo en un hombre que creyera estaba actuando del lado del bien y lo correcto, y resultó ser perfecto. Se esperaba que permaneciera neutral en la sala de interrogaciones, que acosara al sospechoso hasta que hablara usando una variedad de métodos, que ganara su confianza si fuera posible, de esa manera revelaban más información. Pero si no, podía ser malo con ellos, producir una pequeña dosis de miedo. Fuera de la sala de interrogación, Miller debía recordar que era uno de los chicos buenos. Los chicos malos eran el enemigo, y él era una barrera entre ellos y la sociedad. No podía dejar que la empatía lo tocara -estas personas estaban recibiendo lo que se merecían-. Ser un buen agente requería compartimentalización, y Miller era bueno en bloquear partes de si mismo. Las cosas que no quería examinar estaban amontonadas en la parte posterior de su mente y nunca les hacía caso. Su sistema de almacenamiento mental le había servido toda la vida y mucho más en sus primeros días como agente. Era malditamente bueno en su trabajo. Se sentía confidente, incluso viviendo en una ciudad con todas sus luces brillantes y aceras congestionadas, escudado de alguna forma por su nueva mentalidad de nosotros contra ellos. Era capaz de caminar en una sala de interrogación y permanecer profesional y objetivo con el

hombre sentado en el lado contrario. Era capaz de hacer que se abrieran, que contaran sus más oscuros secretos, creyendo que Miller estaba allí para escucharlos y podía ayudarlos a hacer un trato, y al final del día podía alejarse, tomarse unas cuantas cervezas y reírse de los pedazos de mierda que eran todos. Y dormía perfectamente en la noche. Recibió comentarios de sus jefes por su habilidad para descubrir la verdad, de reconocer instintivamente cuando un sospechoso estaba reteniendo información o mintiendo completamente. Pero después de cinco años, algo muy divertido empezó a sucederle, cuanto mejor se tornaba hurgando por la verdad, más a menudo empezó la vocecita en su cabeza a clamar que la escuchara. Quería hacer preguntas que Miller pasó treinta años evitando. Se levantaba en la mañana y se miraba en el espejo, y escuchaba su voz interna, suave y resbaladiza, girando sus poderes intuitivos contra él. Se las arregló para ahogarla, aplastarla, la mayor parte del tiempo, pero el esfuerzo lo agotaba, dejando lo exhausto y también desilusionado. Empezó a sentirse enfermo cuando le mentía a los sospechosos, haciéndoles creer que las cosas iban a salir bien al final, cuando en verdad, iban a caer con fuerza y el paseo sería tan feo como el infierno. Empezó a querer cruzar la mesa y golpear a los que se hacían los listos con él, atreviéndose a desafiar su autoridad. Estaba huyendo y lo sabía. Pensó que quizá podía regresar si simplemente ignoraba la voz, esa maldita voz… la voz que había ganado fuerza desde que supo cuan bueno era Miller en su trabajo, cuan habilidoso era descubriendo mentiras. Su habilidad de esconderse debajo de su piel de FBI se deshacía en proporción directa a su talento como agente. Era un Catch-2211 del cual su terrorífico profesor de Ingles hubiera estado orgulloso. El trabajo que escogió, porque se sentía seguro y aislado -libre de autoreflexión, con sus parámetros y objetivos claramente definidos sin espacio para errores o individualidad- terminó alimentando las dudas que Miller había tratado de mantener en silencio. Estaba colgando, algunos días de dos manos fuertes, otros días de las uñas. Y entonces había recibido la llamada, la señal de arriba que estaba esperando: el permiso para empezar la vigilancia sobre Danny Butler.

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Se trata de una referencia a un libro del mismo nombre, y que básicamente significa una situación sin salida. No importa lo que se elija, algo malo va a pasar. Eso es un Catch-22.

Danny estaba moviéndose por la cocina. Miller sonrió contra su almohada mientras escuchaba los sonidos de Danny empezando su día, dando una mirada de lado al reloj en la mesa de noche mostrando las 9:03 de la mañana. El hombre no podía preparar una taza de café o un bol de cereal sin hacer una producción de ello. A pesar del ruido, a Miller le gustaba saber que Danny estaba allí afuera realizando su ritual mañanero. ¿Entonces porque no levantas tu perezoso trasero y vas a verlo? Se habían separado en la sala la noche pasada, Danny dejando a Miller donde estaba sentado, cerrando la puerta de su habitación suavemente detrás de él. Cuando al fin Miller se levanto con un suspiro derrotado, noto que la pistola de Danny no estaba en la mesa. No quiso discutir mucho más al respecto, su ira completamente apagada, dejando solo cansancio. Se cepilló los dientes y cayó en la cama, dándole la bienvenida al sueño para así no tener que perseguir sus pensamientos dentro de su cabeza. Y ahora estaba asustado de enfrentar a Danny. Asustado de donde iban a ir de aquí en adelante. Danny estaba en lo correcto; no había vuelta atrás. Pero Miller tampoco veía un futuro claro. Debería llamar a Colin, decirle que quería salirse del trabajo de niñera, y que asignara a otro agente en su lugar. Pero, y que si asignaban un novato, uno nuevo que cometiera algún error estúpido y mataran a Danny? O podía quedarse. Pero sabía lo que quedarse significaba. No había manera en la que Danny y él pudieran estar juntos en el apartamento sin tocarse, sin besarse, sin continuar lo que habían iniciado. Miller tenía fuerza de voluntad, pero no era un idiota. Lo primero que tienes que hacer es salir de la habitación. Ve a hablar con él. Tuviste su pene en la mano y tu lengua en su boca, ¿y no puedes sentarte a comer un bol de cereal con él?

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Miller se colocó unos jeans y una camiseta limpia y se pasó la mano por el pelo. Danny todavía estaba en la cocina, sin camisa, su espalda hacia Miller mientras metía un filtro en la antigua máquina de hacer café en el mesón. Una mirada y Miller sintió los alfileres y punzadas de anticipación. El deseo de tocar, la necesidad de probar la piel de Danny evidentemente no estaba saciada, porque la lengua de Miller

estaba deseosa por hacer el recorrido nuevamente. —Hola, —dijo Miller, su voz llena de sueño y lujuria. —¡Mierda! —exclamó Danny. Mientras giraba, la cuchara que sostenía salpicó el suelo con cristales de café—. Me asustaste. ¿Es eso lo primero que te enseñan en la Academia del FBI, cómo escabullirte por las entradas? Miller sonrió. —Creo que fue la tercera lección. —Jaló una silla y se sentó. Danny se apoyó contra la mesa, observándolo con ojos cuidadosos. —¿Cómo dormiste? —preguntó Danny. —Bien. ¿Tú? —Bastante bien. —Danny giró hacia el café de nuevo, agregando la nueva cucharada en al maquina. El burbujeo reconfortante de la promesa de cafeína llenó la cocina. —Miller… —empezó Danny.

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—Necesitamos empezar a pensar que harás después de esto, —dijo Miller rápidamente—. Pronto empezaran a planear lo del Programa de Protección de Testigos y siempre ayuda que tengas algunas ideas del tipo de trabajo que te gustaría hacer. —Miller bajó la mirada hacia la mesa, lejos de la decepción que vió en los ojos de Danny. —Está bien, —dijo Danny—. Supongo que traficante de drogas esta fuera de las opciones de futuros trabajos. —Bromeas, ¿cierto? —preguntó Miller, los ojos regresando velozmente a los de Danny. Este se encogió de hombros, tomando dos tazas de la alacena arriba del lavaplatos. —Es todo lo que se hacer. Y soy bueno en ello. —En verdad no quieres volver a esa vida, ¿no? Danny no contestó enseguida. —No lo sé. No lo creo. Pero hay partes que me gustaban. Mentiría si te dijera que no. —¿Cómo que? —preguntó Miller. Ni siquiera trató de esconder la incredulidad de su voz. —El dinero. Y aunque suene raro, considerando que Hinestroza controla mi

vida, la independencia. Ningún reloj que marcar, nadie diciéndome que tengo que estar en el trabajo a tal hora. Mi tiempo era mío, la mayor parte del tiempo. —Danny se detuvo para llenar las tazas de café, el vapor elevándose hasta su rostro —. Y me gustaba ser bueno en algo, ser alguien en quien Hinestroza confiaba. Trabajar en alguna asamblea de cuellos blancos no me aportará los mismos beneficios. —No, pero la parte de ―nadie trata de matarte o arrestarte‖ puede ser un buen cambio, —señaló Miller, tomando su café de la mano extendida de Danny. —Supongo, —dijo Danny. No sonaba convencido. —No te entiendo, —dijo Miller, la exasperación tornando su voz seca —. Pensé que estarías feliz por dejar esa vida atrás. De pasar a algo mejor. —Mejor es relativo, ¿no? Es decir, si, tengo una vida nueva. Una donde no conozco una sola maldita alma en el mundo, donde tengo que realizar algún trabajo insignificante porque es para lo único que estoy calificado. Una vida donde nunca volveré a ver a Amanda, o Griff, o… nadie que me importe, y estaré v igilando mi espalda hasta el día en que me muera. Honestamente, no suena como un buen trato. —Pero estarás vivo, Danny, —dijo Miller.

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vivo.

—Si, —suspiró Danny, pasándose la lengua por el labio inferior—. Estaré

El silencio en la habitación se sentía pesado, esa tensión llena de implicaciones que Miller sentía tan a menudo cuando él y Danny estaban juntos. Observo mientras Danny deposito su taza de café y tomo un paso decidido en su dirección. —Miller, — dijo, tratando una vez más. El teléfono móvil en el bolsillo de Miller sonó, asustándolo con su tintineo, haciendo que su mano saltara sobre la mesa. Reviso el identificador de llamadas. Colin. —Tengo que contestar esta llamada. —Bien, —Danny asistió, apartando la vista —. Bien. Miller caminó hacia la sala antes de abrir el teléfono. —¿Hola? —Hola, Miller. ¿Cómo va todo? —Como siempre. —Miller se colocó la chaqueta y deslizó los pies en sus zapatillas—. ¿Qué sucede? —Abrió la puerta de vidrio corrediza y salió al balcón, cerrando la puerta detrás de si. Estaba helado afuera, el día gris y deprimente. La lluvia helada de la noche pasada había terminado, pero ahora copos de nieve flotaban hacia abajo, sin cubrir el pavimento aún, pero adhiriéndose a las ramas de los árboles

y a la hierba, enganchándose en el cabello de Miller mientras flotaban hacia la tierra. —Revisamos todos los asesinatos sin resolver del área. No encontramos ninguno que concordara con un Ortiz. Hay algunos NN ( Nomen Nescio, en latin. Nombre desconocido) por ahí, pero ninguno de descendencia hispana. Tenemos una mujer hispana no identificada, pero eso es todo. —Mm, —gruñó Miller, sosteniendo el teléfono entre su oído y el hombro para así poder encender un cigarrillo —. No creo que sea una mujer. —¿Por qué no? —No sé en verdad. Una corazonada. —¿Quieres que siga buscando? Miller elevó los ojos hacia el cielo, dejando que los copos de nieve se depositaran en sus pestañas, empañando su visión. —Si, —dijo—. Diles que busquen en Texas. Cerca de Dallas. Hay fue donde estuvo hasta hace diez años. —Hecho. —Collin se detuvo—. ¿Todavía estas bien ahí?

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—Si. Estoy bien, —dijo Miller, exhalando una voluta de humo de cigarrillo hacia el aire frío de la mañana. No sabía si era verdad, pero no podía permitirse esa conversación con Collin—. ¿Cuando lo llevaremos a la oficina del Alguacil para el Programa de Protección de Testigos? —Ya llamé a la oficina del Fiscal de los E.U. Te estaré informando cuando me respondan. Llama si necesitas algo, —instruyó Collin. Miller colgó el teléfono, regresándolo a su bolsillo. Sus manos estaban tiesas del frío, la nieve caía más fuerte formando una leve capa que cubría el piso de cemento del balcón. Empezó a abrir la puerta y entrar pero se detuvo cuando vio a Danny de pie en el lado lejano del sofá, vigilándolo. Miller observó a través del vidrio, esos ojos verdes. Sabía lo que quería. Solo no sabía como obtenerlo sin perder todo lo que ya tenía. Su trabajo se acabaría si alguien se enteraba, su idea de si mismo se haría pedazos en el suelo, y su relación con Rachel se comprometería en todas las maneras posibles. ¿Todavía crees que te casarás con Rachel? ¿O con cualquier mujer? ¿Después de lo que sientes cuando te toca otro hombre? Deja de engañarte, Miller. Arrojó su cigarrillo a la nieve sucia y lo aplastó con su pie. Sabía que si hacia esto, si seguía a donde su cuerpo quería conducirlo, no sería capaz de seguir

escondiéndolo. Iba tener que empezar a responderse las preguntas que evadió toda su vida. Quizá ya sea hora. Quizá sea tiempo que responder algunas malditas preguntas sobre ti mismo. ¿Pero cuál era el punto de hacerlo, volverse amante de Danny Butler? ¿Acaso su cuerpo tenía tanto control sobre él? ¿La lujuria podía llevarlo tan lejos del camino que había escogido para si mismo? Pero no era solo lujuria y lo sabia malditamente bien. Le gustaba estar con Danny. Le gustaba la manera en la que sonaba y la manera en que olía y la manera en que lo hacía sentir… como si alguien lo entendiera por fin. Como si finalmente tuviera un amigo. Quizá todo saliera bien. Nadie tendría que saberlo. Sería su secreto, algo que compartirían mientras estuvieran atrapados juntos en el apartamento. Terminaría cuando Danny testificaría y ambos podrían disfrutarlo mientras durara. No era necesario convertirlo en algo más de lo que era. ¿Estás loco? ¿De qué demonios estás hablando? En verdad crees… Pero Miller silenció la voz tomando acción. Abrió la puerta.

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Danny esperó en la cocina hasta que escuchó que la puerta de vidrio se cerraba. Tomó un sorbo de café, estremeciéndose con el sabor amargo. En verdad ni siquiera le gustaba la cosa, pero empezó a tomarlo cuando tenía dieciséis porque lo hacía sentirse como un adulto. Y ahora necesitaba la cafeína, justo como necesitaba la nicotina, empezó a fumar a los quince por la misma razón. Supuso que Miller hablaba con Rachel; de otra manera porqué estaría en el balcón? O quizás la conversación era sobre él. Quizá Miller estaba haciendo planes para irse, y que alguien más se encargara del trabajo. El pensamiento hizo que las manos de Danny se cerraran con fuerza sobre la taza de café. No podía imaginarse compartiendo el pequeño espacio con alguien más que con Miller, no podía imaginarse a nadie más adentrándose en su espacio. Danny dejó la taza en el mesón, asomando la cabeza en la sala para encontrarse con Miller aún afuera, el cabello cubierto de blanco. Era temprano para la primera nevada, pero no se quejaba. No tendría que manejar en medio de ella y amaba la manera en que la nieve siempre hacía de todo tan callado y limpio, como si toda la ciudad estuviera empezando desde cero. Danny observó cuando Miller hecho la cabeza hacia atrás, los ojos hacia el cielo. Podía ver sus labios moverse, pero solo el más leve murmullo cruzaba la puerta. Miller volvió a hablar y luego guardó el celular en su bolsillo, girando hacia la puerta y hacia Danny, quien no podía apartar la mirada. Nunca había deseado a

nadie de la manera que deseaba a Miller, ni nunca estuvo tan asustando de lo que significaba. Pensó que ya había superado el encariñarse con las personas, con lastimarlas porque estaba solo y necesitaba sentirse conectado, incluso si solo duraba un poco. Después de Ortiz y Amanda había tenido suficiente y se prometió nunca hacerlo otra vez. De cualquier manera, dentro de poco tendrás que irte. Desaparecer en el amplio mundo. No más Danny Butler. ¿Así que cual es el daño?¿ Cuál es el daño de avanzar un poco? Pero Danny sabía cual era el daño. Sabía exactamente lo que Miller quiso decir la noche anterior cuando dijo que quería ser el hombre que fue antes de conocer a Danny. Él no tenía nada que perder, pero Miller tenía una carrera en juego y una mujer que lo amaba. ¿Qué podía ofrecerle para competir contra eso, excepto unas pocas semanas de revolcarse en la cama? ¿Acabaría con la carrera de Miller, lo forzaría a admisiones sobre si mismo que no estaba listo para hacer, lo dejaría sin Rachel solo por consuelo? ¿Porque mierda siempre te preocupas por él? Deberías preocuparte más por ti mismo. Tú eres el que tiene la vida en juego. No tendrías que testificar si el jefe de Miller supiera sobre la noche pasada. Hinestroza probablemente se divertiría con la justicia poética de ti sacrificando la carrera de un agente del FBI en su beneficio. Esa podría ser el tipo de ofrenda que necesitaría para darte la bienvenida de nuevo en el rebaño. Sin cargos a su nombre, y un agente del FBI arruinado. Lo amaría, Danny, sabes que lo haría. La voz era serpentina y chula, la voz de sala de interrogatorios de Danny, la que usaba en policías y abogados, la que había ido callándose cada vez más con cada día que pasaba con Miller Sutton. Esa voz le había servido bien por muchos años; lo mantuvo vivo y fuerte. Pero era una intrusa en su espacio privado creado con Miller, y odiaba escucharla de nuevo, de regreso a todo volumen, demostrando que nunca se fué, sino que esperó una oportunidad para recordarle el tipo de hombre que había sido por mucho tiempo. Danny se imaginó lo que sería traicionar a Miller. Significaría no tener que preocuparse porque Madrigal lo encontrara y dejara caer sobre él su tortuosa justicia. Danny podría regresar a su antigua vida, trabajar otra vez por Hinestroza. Se imaginó la expresión en la cara de Danny cuando supiera lo que había hecho, toda la calidez desaparecida de los familiares ojos grises. Significaría probar que todas las nociones preconcebidas de Miller eran correctas, solidificar su creencia que tendría que ser un idiota por arriesgarse en alguien como Danny. Se había pasado toda su vida tomando decisiones de mierda a último momento: meterse en el carro con Hinestroza; estar solo por mucho tiempo para decirle si a Ortiz; casarse con una hermosa chica con una flor roja en su cabello. Y mira a donde

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lo habían llevado esas decisiones. Su joven yo, tan lleno de sueños, ahora era un criminal, marcado para siempre; Amanda, amargada y rota; y Ortiz… muerto en el suelo de una sucia bodega. Danny miró hacia abajo y luego de regreso a los ojos de Miller, quien aun lo miraba desde el otro lado de la puerta, una mano contra el vidrio. Y Danny supo que quizá Miller no era el único que debía tomar una decisión sobre el tipo de hombre que querría ser de ahora en adelante. Miller abrió la puerta. El aire frío con nieve lo siguió adentro del cálido apartamento y corrió a través de la habitación para golpear el rostro de Danny. Miller estaba de pie al otro lado, quitándose la chaqueta después de un rato de tensión, los copos de nieve derritiéndose en su cabello. Danny sabía que este era el momento, que cualquier cosa que sucediera ahora no podía ser borrada. Ambos tendrían que vivir con la decisión tomada. Este era el momento en que todo comenzaría de verdad o en que todo terminaría. —Danny… —la voz de Miller se quebró. Desvió la mirada, sus ojos pasando del suelo a la pared al techo y luego regresando a Danny, fijándolos allí—. Danny… yo… —su rostro se veía tan frágil; un movimiento en falso y se rompería como una delgada lámina de vidrio o como una telaraña o como un sueño. Hizo que Danny quisiera ser cuidadoso, su pasión sobrepasada por ternura. —Estoy aquí, Miller, —dijo suavemente—. Estoy de pie justo frente a ti. Esta vez, Miller no dudó. Se lanzó a través de la barrera del sofá, su cuerpo estampándose contra el firme de Danny, sus manos explayadas a través de la espalda desnuda de Danny. Este tembló, temblando contra la boca exploradora de Miller. — Tú y tus manos frías. —Lo siento. —La lenta sonrisa de Miller produjo que la piel de gallina aflorara en la piel de Danny. Levanto las manos de la espalda de Danny y las llevo a rodear su rostro. Danny lo sostuvo de la misma manera, los ojos cerrados, las frentes tocándose, respirando al mismo tiempo. —No sé lo que estoy haciendo, —susurro Miller, sus palabras temblorosas y ebrias de duda. El corazón de Danny se cerró. Sabía que Miller hablaba de algo más que la parte física; entendía que tan difícil era para Miller soltar el control sobre su futuro. —Está bien, —susurró de vuelta, sus dedos recorriendo el rostro del otro—. Lo arreglaremos. Todo estará bien. Llevó su boca a la de Miller, bordeando los labios con su lengua. Antes de Miller, había pasado mucho tiempo desde que había besado a alguien. Besar no era su

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primera prioridad con los hombres que llevaba ocasionalmente a su casa por una hora o dos. Con esos hombres, buscaba satisfacer sus necesidades más básicas; no buscaba nada más intimo, no le importaba la falsa conexión que sabia no estaba allí. Pero la boca de Miller era la parte que Danny hallaba más deseable. Amaba el sabor a humo de su lengua, la manera en que esos labios que Miller mantenía tan serios y tensos en la vida real se tornaban hinchados y suaves cuando Danny los chupaba entre los propios. Miller metió sus dedos indices en las trabillas de su cinturón, empujándolo hacia el sofá. Danny sacudió la cabeza. —Cama, — murmuró contra los labios de Miller, caminando hacia atrás a su propia habitación y llevando a Miller junto con él. Todas las ropas fueron removidas esta vez, sin piernas constreñidas por jeans, sus cuerpos sin restricción de un mueble poco cómodo. Danny empujó a Miller en la cama a su lado. Pensó que quizá no debería mirar, una leve preocupación que Miller pudiera ser tímido, pero no podía detenerse. Tenía que verlo. Miller era hermoso; no había otra manera de describirlo. Todo piernas largas, músculos delgados y piel dorada. Sus ojos nublados, profundos y llenos de secretos, e incluso su cabello levemente besado por el sol.

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Miller hizo presión sobre el hombro de Danny, atrayéndolo hacia su cuerpo, y este último movió sus caderas para alinear todo correctamente. Se quedaron así por un momento, los brazos extendidos, cada pulgada de sus cuerpos tocándose, juntos desde los pies hasta las manos. Danny suspiró en el cuello de Miller mientras se frotaban el uno contra el otro. Se levantó sobre sus codos, luego bajó su cabeza y lamió la base de la garganta de Miller, sintió la sangre pulsando debajo de su piel. Pasó la lengua sobre el ruido sordo que escuchaba, encontrándose con el gemido de Miller al tiempo que abandonaba su boca, tragándoselo con el suyo propio. —¿Quieres joderme? —susurró Danny. Entendía el impacto de su pregunta, sus palabras caían como piedras en un lago oscuro, en la superficie las cosas regresaban a la normalidad, pero en lo profundo el fondo se alteraba para siempre. Las manos de Miller se flexionaron sobre la cintura de Danny, el gris de sus ojos secuestrado por las dilatadas pupilas, su caja torácica retumbando contra la de Danny. —Si, —dijo, áspero y ronco—. Dios, si. —Se detuvo—. Pero no tengo nada. Danny sonrió. Se levantó del cuerpo de Miller, odiando dejar la calidez atrás, y se estiró por su billetera en la tambaleante mesa de noche. —Solo tengo uno, —dijo, sacando el sobre entre el índice y el dedo medio. Miller se rió, una mano adelantándose para tirar gentilmente de la oreja de

Danny. —¿Quién demonios hace eso en la vida real? ¿Llevar uno en la billetera? —Yo, imbécil. ¿No te alegra? —Si, —admitió Miller, los ojos chispeantes—. Ahora ven aquí. Danny dejo el condón en la mesa y giro su cuerpo hacia el de Miller, sus bocas encontrándose. Las piernas de Danny se enrollaron a los lados de las de Miller, zambulléndose en el hueco de su cintura. Danny nunca había estado en la cama con un hombre que no tuviera larga práctica tocando el cuerpo de otro hombre, siendo el rol de profesor uno al que no estaba acostumbrado. Pero descubrió que le gustaba mostrarle a Miller el camino. Y resultó que Miller también le estaba enseñando, haciendo de alguna manera que el acto, el cual había realizado muchas veces antes, se viera fresco y nuevamente descubierto, como algo que hubieran creado entre los dos. La boca de Miller encontró el tatuaje de Danny de nuevo, deslizándose alrededor de la serpiente, el peso de su cuerpo siendo bienvenido mientras lo presionaba contra el colchón.

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—Siempre odié esa cosa, —dijo Danny con una risa baja—. Pero puede que me hagas cambiar de opinión. Sintió como Miller se reía contra su piel. —Me encanta mirarlo. —Se detuvo, y Danny pudo sentir el calor proveniente de las mejillas de Miller presionadas contra su espalda—. Eres la cosa más sexy que he visto en toda mi vida Danny, —susurró, sus dedos aún acariciando la piel pintada. Danny gruñó. No eran las palabras lo que acusaron la acción, sino el hecho de que Miller se sintió lo suficientemente libre para decirlas. Pero aún no había terminado, su voz deslizándose a lo largo de su espalda. —Me pongo duro solo al verte caminar por la habitación. Danny se atragantó con el mismo aire, incapaz de llenar sus pulmones. — Muéstrame, —jadeó—. Muéstrame que tan duro te pones. Pasó rápido. Miller rompió el envoltorio con los dientes, la loción del tarro cerca de la cama de Danny untando sus manos temblorosas, Danny boca abajo sobre sus rodillas y codos. Sintió a Miller dudar, justo en el borde. —Esta bien, —lo calmó Danny, su voz baja—. Estoy listo. No me lastimarás. Pero lo que fuera que Danny había esperado no era esto, con Miller apenas empujando al inicio, deslizándose lento y suave, produciendo un gemido mientras

entraba en el cuerpo de Danny. Nada en toda su vida se había sentido tan condenadamente bien, tan inevitable, tan correcto. Giró su rostro contra la almohada y gimió desde lo profundo de su garganta. —No, —dijo Miller, haciendo que levantara la cabeza, girándose para verlo por encima del hombro—. No, —repitió Miller, sus ojos ardiendo—. Quiero escucharte. Quiero escuchar los sonidos que haces. —¡Jesús!… Miller, —gruñó Danny, en el borde se correrse solo con las palabras. Miller retrocedió tan despacio como entró. Empujó hacia adelante con fuerza esta vez, todo el camino, haciendo que la espalda de Danny se arqueara contra Miller. —Mierda, si, —gimió Danny, sin contenerse. Y Miller tampoco se estaba conteniendo, gruñendo con cada empujón, sus dedos mordiendo las caderas de Danny, las manos apretando con la fuerza suficiente que Danny sabía dejaría hematomas cuando terminaran. Pero no le importaba ser el ancla de Miller; le gustaba saber que era él el que le daba a Miller algo que necesitaba desesperadamente y nunca había encontrado en ningún otro lugar.

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Miller cambió su peso, entrando en un nuevo ángulo, empujando más profundo. Danny gimió, un sonido ahogado y sollozante, sus manos empuñadas alrededor de las sábanas. —Oh, Cristo, Miller, si…justo ahí, justo ahí. Miller empujó dentro de él, soltando una de sus manos para tomar a Danny en su puño. Danny no sabía si podría soportarlo, el placer casi hasta el punto del dolor. Las sensaciones sobrepasaban su cuerpo, inundando sus sentidos, la esencia a canela picante de la piel de Miller, las palma callosa trabajando sobre él, los gemidos guturales mientras se movía en su interior, llenándolo, las frías gotas de sudor cayendo del rostro de Miller sobre su ardiente espalda. El orgasmo lo golpeó como un el estallido de un trueno, la sensación al tiempo inesperada y anticipada, un estremecimiento súbito de su cuerpo, reverberando hacia el exterior y robándole el aliento. Su cabeza cayó en la cama, la boca abierta jadeando por aire mientras dejaba salir todo en la mano de Miller. Miller empujó hacia adelante una vez más y gritó el nombre de Danny, cayendo hacia adelante para descansar su rostro contra la espalda de Danny. Aplastado entre el peso muerto de Miller y su propia respiración trabajosa, a duras penas podía respirar. Pero no quería moverse del punto, no quería dejar este momento con Miller aún en su interior, sus exhalaciones pesadas acariciando el cabello en la nuca de Danny. Finalmente, Miller soltó el agarre que tenia sobre su cadera, su mano arrastrándose hacia arriba para capturar la de Danny, entrelazando sus dedos fácilmente.

Danny ya estaba medio dormido cuando Miller se deslizo fuera de su cuerpo. Escucho el leve sonido del látex cuando Miller se encargo del condón, y luego estaba de regreso contra él, colocándolos a los dos de lado. Miller colocó una pierna entre las de él, cruzó un brazo por encima del suyo para encontrar su mano otra vez, y beso su hombro mientras se acomodaban para dormir. Danny cerró los ojos. Se sentía seguro y protegido, fuerte y valiente. Eran solo los dos ahora, encerrados en su pequeño mundo. Hombres anónimos en un apartamento cualquiera, la nieve cayendo pesada contra las ventanas, silenciando desde ya el sonido de la ciudad. Los coches que pasaban ocasionalmente solo producían el más leve murmullo, el único sonido era el murmullo apagado de sus respiraciones.

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Hinestroza respondió al tercer timbre. —¿Hola? —demandó, la estática e impaciencia aunadas en su profunda voz. Madrigal pensó que no estaría allí y había pasado a la última tarea de su agenda mientras el teléfono sonaba en su oído. Una aspiración fuerte de polvo blanco por su nariz, lo hizo toser ligeramente en el auricular. —Tengo una pista sobre Danny. —¿Qué es? Madrigal miró hacia afuera por la ventana, la nieve que se acumulaba contra el borde. —Le pagué a un oficinista pendejo de la estación de policía para que me dejara ver los reportes recientes. Me supuse que Danny no podría mantenerse fuera de problemas por mucho tiempo. Resulta que estaba en lo cierto. Un ciudadano preocupado que paseaba a su perro la noche pasada fue acosado por dos hombres. Uno tenía un arma, el otro le mostró una placa diciendo que era del FBI. El paseador del perro pensó que estaba mintiendo, pero yo creo que no. —¿Descripciones? —No, no pudo leer el nombre en la placa y el tipo del FBI usaba un sombrero. Sin embargo, recordaba que el tipo de la pistola tenía un arete y cabello negro.

Hinestroza se rió. —Le dije a Danny que odiaba ese arete. —Mañana empezaré a buscar por el vecindario. No debería llevarme más de unos días averiguar donde está. Mientras tanto, hice que el oficinista se deshiciera del reporte. No queremos que nadie le avise al FBI. —Madrigal se detuvo, limpiándose la sangrante nariz con la mano—. ¿Qué quieres que haga con el agente? —No me importa, —dijo Hinestroza—. Algo rápido esta bien. Pero con Danny… quiero que te asegures que Danny aprecie qué tan profundamente me ha decepcionado. ¿Entiendes? —Entiendo. —Madrigal sonrió—. No será problema. —Usó sus dedos para escribir las iníciales de Danny en el vidrio congelado. Le gustaba la nieve; limpiaba su rastro. Podía ir donde quisiera; y por la mañana no habría evidencia de su paso.

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Capitulo Diez
—¿Qué demonios crees que estas haciendo? —demandó Danny, su voz más fuerte de lo que pretendía, la ira haciendo eco en sus cuerdas vocales. —¿De qué hablas? —Los ojos de Ortiz rebotaron en su cabeza, las manos temblando mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. —Te vi, —siseó Danny—. Te vi con él.

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—¿Quién? Danny se aguantó la exasperación. —¿Qué quieres decir, con quién? ¿Ves alguien más por aquí? —Meneó su cabeza hacia la mesa detrás de Ortiz donde Madrigal miraba su intercambio con una expresión de total aburrimiento. —Solo estábamos hablando, —dijo Ortiz demasiado rápido—. Esperándote. —¿Entonces qué es esa cosa blanca en tu nariz, Ortiz? —la mano de Ortiz voló hacia arriba, frotando con fuerza contra su piel. No podía ver a Danny a los ojos. —¿Cuánto tiempo llevas esnifando coca? —No lo sé. —Ortiz se encogió de hombros, de la manera de un adolescente atrapado en una mentira, gruñón y desdeñoso. Danny escupió su disgusto en el sucio suelo de cemento. —¡Jesús! —¿Cuál es el maldito problema? Madrigal lo hace todo el tiempo. —¿Y qué? —Danny bajó la voz—. ¿Quieres terminar como él? —Él esta bien, —dijo Ortiz.

—¡Mata personas para vivir y no pasa más de un par de horas sin una hemorragia nasal! —¡Oye! —Madrigal gritó desde su asiento en la mesa—. Vigila tu maldita boca, Danny. —Pero sonaba divertido, dejándole saber por su tono lo poco que pensaba de él, Danny un mero ratón y madrigal, un gran lobo malo. Danny mantuvo la mirada en Ortiz. —Vamos, te llevaré a casa. Él puede terminar aquí. Ortiz miró a Danny, sus ojos vacios y distantes. —No, tu vete. Madrigal me puede acercar después que terminemos de desempacar. —Ortiz, espera… —pero ya se estaba alejando, de regreso a las profundidades oscuras de la bodega. Danny debió saber que estaba consumiendo; las señales estaban en su cara desde hace varios meses. Ortiz siempre hiperactivo y agitado, llamando a Danny en la mitad de la noche, queriendo hablar. Constantemente se quejaba de que estaba falto de efectivo, pidiéndole dinero cada vez que podía. Pero Danny se había cegado a sí mismo ante la evidencia, no quería creerlo. Solo estaba feliz porque Ortiz hablaba nuevamente, finalmente abriendo la boca en vez de quedarse mirando al frente sin nada que decir. No quiso averiguar la razón detrás del cambio. Desde que la hija de Ortiz murió el invierno pasado, había estado vacío, a penas vivo. Su hija y esposa aún vivían en la misma casucha de dos habitaciones cuando le dio neumonía. No llego a vivir para celebrar su cumpleaños número cinco, el sueño de Ortiz de darles una mejor vida, enterrado en una tumba sin marcar que probablemente nunca vería. Su esposa lo culpaba, convencida que si hubiera trabajado más duro y enviado más dinero, su hija aún estaría con vida, y quizá estaba en lo correcto. A Ortiz dejó de importarle todo después de eso. El trabajo que había tomado para salvar su familia se torno en otro grillete de los que no podía escapar, otra deuda más que tenía que pagar. Y ahora andaba con Madrigal, su cuerpo delgado inclinado sobre una destartalada mesa de cartas, esnifando polvo blanco por la nariz. Danny se quedó de pie en la entrada, debatiendo consigo mismo. ¿Debería entrar, y arrastrar a Ortiz afuera? O debería dejar que tomara sus propias decisiones? Después de todo, era un hombre adulto. Al final, Danny se giró y se alejó–dejando a su amigo en su viaje hacia lo más profundo de las sombras y no hizo una maldita cosa para bloquear su camino.

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Miller se levantó antes que Danny, el silencio absoluto sacándolo de su sueño. Su pierna, presionada entre las de Danny estaba dormida, y la retiró lentamente, enderezándola contra las sábanas frías, moviendo sus dedos y haciendo muecas ante la sensación punzante de carne despertando. Danny todavía estaba acurrucado contra su cuerpo, su respiración profunda y pareja. Miller pasó dos dedos hacia abajo a los lados de su columna, los huesos debajo de la piel de Danny como un collar de perlas. Bueno, lo hiciste Miller… tuviste sexo con otro hombre. Cruzaste la gran división. Definitivamente no hay regreso. Y finalmente entendiste lo que Scott dijo todos esos años atrás, sobre el sexo alucinante. Ahora todo tenía sentido para Miller, el porqué las personas se obsesionaban con el sexo, porque mataban o morían por el, pensaban y soñaban al respecto. Hasta ahora nunca lo había entendido, nunca había apreciado la capacidad real de su cuerpo por placer. Algo en la misteriosa combinación de Danny y él juntos, quemaba más ardiente y brillante que nada que jamás hubiera imaginado. Cuando tuvo sexo con Danny se sintió como si el camino que debió haber tomado desde siempre, le fuera revelado; una desviación en el camino que hasta ese momento estuvo bajo tierra y escondida, ahora era claramente visible. Miller se levantó sobre un codo y observó dormir a Danny. Se veía tan joven e inocente a pesar de los tatuajes y las cicatrices, su boca curvada levemente hacia arriba y el rostro relajado. Era sexy incluso dormido, y Miller sintió la urgencia de tocarlo, frotarse contra su oreja, besar la suave curva de su boca. Danny se despertó poco a poco, su largo cuerpo estirándose contra la cama mientras se giraba sobre su espalda, sus ojos brillando cuando se posaron sobre Miller. —Hola, tu, —murmuró, pasando una cálida mano sobre su mandíbula. —Hola, —murmuró en respuesta, queriendo preservar la quietud, no disturbar el perezoso verde de los ojos de Danny. Se estudiaron en silencio por un minuto. Miller esperó por la estampida de conciencia, la certeza claustrofóbica de que todo había sido un error, pero nunca llegó. En vez de eso, estaba el simple conocimiento que, por la primera vez en su memoria reciente, estaba feliz. —¿Estas bien? —preguntó Danny, su voz cuidadosa.

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—Si. —Miller sonrió—. Estoy bien. Danny le regresó la sonrisa, una sonrisa dulce y juvenil que hizo que el corazón de Miller brincara en su garganta. —¿Todavía esta nevando? Miller giró el cuello para mirar por la ventana, remolinos blancos lo único reconocible. —Todavía cae con fuerza. —Entonces adivino que mejor nos quedamos en la cama, —dijo Danny, en voz baja y sugestiva—. Aunque tendrás que aventurarte afuera al menos una vez. —¿Por qué? —Necesitamos comida y… otras cosas. —los ojos de Danny se movieron hacia el envoltorio rasgado en la mesa de noche —. Solo tenía uno, ¿te acuerdas? Miller gruñó, cayendo sobre su espalda. —Bueno, supongo que no tienes que salir. —Danny se cernió sobre él con una sonrisa—. Podemos saltarnos el sexo.

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—A la mierda con eso, —refunfuñó Miller—. Ya voy. Danny se rió, bajando la cabeza, su lengua yendo lenta hacia la boca de Miller. —Solo para que sepas, —dijo, separándose un poco —. Estoy limpio. Después de prisión empecé a hacerme los exámenes regularmente. Miller ya lo sabía; había visto la historia clínica de Danny. Pero tener sexo sin un condón se sentía como un voto, prometer una parte de él a Danny que no podía entregarle. —Está bien. —Pero por ahora creo que deberíamos usarlos. —Si, —accedió Danny; no se veía molesto. —Probablemente debería salir antes que la nevada empeore. —Pero no hizo movimiento alguno de irse, en vez de eso, enroscó un brazo alrededor de Danny, su mano posándose sobre la vieja cicatriz en la espalda baja de Danny, la piel elevada y suave bajo sus dedos—. Está la obtuviste en Marion, ¿cierto? Danny asistió. —¿Cómo? Danny tomó una respiración profunda, los ojos por encima de la cabeza de

Miller. —La primera vez que vinieron por mi, luché. Estúpido viéndolo retrospectivamente, considerando que eran cuatro de ellos y yo solo uno. Sabía que no podía ganar, pero quería caer luchando. —Le dio una mirada triste y angustiada—. Al final hicieron lo que quisieron, me apuñalaron en la espalda como un recordatorio para que no luchara de nuevo. Miller cerró los ojos. No quería imaginarse a Danny usado de esa manera, esos hombres tomando el acto íntimo que él y Danny acababan de tener y torciéndolo en algo tan feo y dañino. Cuando abrió los ojos, Danny todavía miraba a lo lejos, la mandíbula apretada. —Lo siento Danny, —murmuró, el peso de la pena grande detrás de sus parpados. La mirada furibunda de Danny bajo hacia él. —Antes te dije que no sintieras lástima por mí. —No es lástima, —dijo Miller—. Solo deseo que no te hubiera sucedido. Hay una diferencia. —Besó a Danny suavemente, moviendo su brazo de arriba abajo por su espalda, dejándolo en su cabello—. ¿Cómo obtuviste esta? —preguntó cuando se separó, sus dedos buscando entre las hebras negras por la sedosa cicatriz de guerra que sabia estaba allí. —Esa es de Leavenworth. La obtuve en una pelea en la cocina con otro sujeto y me golpeó en la cara. Así es como también obtuve esta pequeña por encima de mi labio, —señaló Danny—. Luego me golpeó en la parte de atrás de la cabeza con una silla de madera. No hubo ningún daño real, pero sangró como el infierno. —Te fracturó el cráneo, —le recordó Miller. Danny parecía poco impresionado con su propia herida. —No fue tan malo. —¿Por qué fue la pelea? —En la prisión las peleas no tienen que ser sobre algo. Probablemente solo tenía un día malo. La mano libre de Miller se movió abajo por el torso de Danny, deslizándose sobre su estómago, dirigiéndose hacia su pierna. Pudo sentir como se tensaba antes que llegara a su destino. Paso los dedos sobre la cicatriz horizontal en el muslo interno de Danny. Este tembló bajo el tacto. —No duele, ¿cierto? —susurró Miller. —No. —La voz de Danny estaba alterada al igual que su rostro.

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—¿Cómo la obtuviste? Danny sacudió la cabeza, sus labios presionados juntos con fuerza. —No hablo sobre esa. —Miller escuchó el ni siquiera contigo incluso sin ser dicho. La cicatriz era más vieja que las otras, la línea blanca pálida y estirada sobre la piel de Danny. Instintivamente Miller supo que la herida tenía que ver algo con Ortiz, estaba atada a la afirmación de Danny de haber asesinado a alguien hace mucho tiempo. Presiona Miller. Sus defensas estan abajo. Te dirá. Presiónalo. Miller, el agente del FBI necesitaba las respuestas. Pero Miller el hombre, no quería hacer las preguntas, no quería invitar al policía y al criminal al dominio de Miller y Danny. Cuando Miller todavía era un niño, su madre le contaba historias a Junie en las noches. Cuentos de hadas sobre príncipes en caballos blancos rescatando las indefensas doncellas en la torre, o salvándolas de las crueles garras de la bruja malvada. Scott pensaba que las historias eran estúpidas y nunca se quedaba para escuchar. Pero Miller siempre se acurrucaba junto a Junie en sus sabanas rosadas para escuchar a su madre contando sus historias. No eran las historias en sí mismas lo que encontraba tan fascinante, excepto aquellas donde los dragones escupían fuego y tenían dientes afilados como agujas. Era la voz de su madre la que amaba y el hechizo que parecía tejer sin esfuerzo en la luz tenue de la habitación, creando un mundo que era seguro y encantado, donde cada final era un ―felices para siempre‖. Cuando murió, el hechizo se rompió y nunca había encontrado a nadie más que lo lanzara. Hasta ahora, hasta Danny. Lo que tenían juntos, justo en este momento, se sentía mágico, y Miller no quería ser el que lo rompiera. Miller llevaba esperando diez minutos, la dulzura empalagosa de la música de espera en su teléfono resonando en su oído. Tomó un sorbo de la botella casi vacía, los restos de la cena temprana que Danny y el habían compartido extendida en la mesa. Con su mano libre llevó los platos hasta el fregadero, dándoles una medio lavada mientras esperaba. —Um… ¿todavía esta allí? —el oficinista sonaba acosado; probablemente esperaba que Miller se hubiera dado por vencido. —Si. —No, no veo nada parecido. Ningún reporte de ese distrito que llene la información que me dió.

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—¿Está seguro? —demandó Miller. —Uh, si, si, —remarcó el oficinista—. Estoy seguro. El nerviosismo del hombre no impresiono a Miller. Estaba usando sus poderes de su placa del FBI. La puerta del baño se abrió y Danny salió, desnudo a excepción de la toalla alrededor de su cintura, la humedad tornando su cabello a negro medianoche. Le sonrió a Miller mientras caminaba hacia su habitación, su espalda salpicada de gotas de agua. —Esta bien. Si un reporte como ese llega, me llamas. Miller le dió al oficinista su nombre y el número de su oficina antes de colgar. Podía escuchar a Danny cantando en la habitación, destrozando alguna vieja canción; podrían ser los Rolling Stones, pero difícil decirlo. Abandonando la idea de limpiar, vio desde el marco de la puerta como Danny revolvía el armario por ropas, su concierto personal continuando son entusiasmo. Miller sonrió, apoyando uno de los hombros contra el marco.

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—Entre tu canción y la música de espera que estaba escuchando, creo que debería obtener una póliza de seguro. Danny sonrió en su dirección. —¿Algún reporte de nuestro amigo el paseador de perros? Miller sacudió la cabeza. —No, —se detuvo—. Tu espalda aún esta húmeda. —La ardiente mirada de Danny cayó sobre él—. ¿Quieres hacerte cargo de eso por mi? Miller se alejó de la puerta, avanzando hasta que casi se tocaban. —No tengo una toalla. Los ojos de Danny hicieron un movimiento en cámara lenta de arriba hacia abajo y de regreso. —Supongo que tendrás que usar esta. Miller arrancó la toalla de la cintura de Danny, causando que se tambaleara hacia adelante, golpeando sus pechos. Danny no se movió mientras Miller desplazó las manos hacia su espalda para secar sus hombros húmedos, la toalla moviéndose más hacia abajo hasta que Miller la dejo caer al suelo, sus manos continuando con su viaje hacia el sur. —Inclínate, —susurró, su lengua bailoteando sobre los labios de Danny—. Contra la pared.

Danny lo hizo sin preguntar, su cuerpo desnudo moviéndose hacia atrás mientras Miller caía sobre sus rodillas. Corrió las manos por los muslos de Danny, la piel húmeda y cálida, el cabello grueso enroscándose contra sus dedos, la esencia del cuerpo de Danny jabonosa y fuerte. Dejo que su lengua siguiera el camino de sus manos, arriba por los muslos de Danny, a través de su estómago y abajo por la otra pierna. Con un dedo, frotó la longitud del pene de Danny tan levemente como pudo, a penas tocándolo, quitando la humedad de la punta. La cabeza de Danny golpeó la pared con un ruido sordo, y Miller sonrió. —¡Jesús, Miller! —gimió Danny—. ¿Qué demonios estas esperando? —¿Nunca has escuchado de satisfacción retrasada? —preguntó, su voz y gruñido bajo contra la parte superior del muslo de Danny. Danny miró hacia abajo, hacia él y le dio un tirón leve en el cabello. — ¿Alguna vez has escuchado la palabra ―alborota-pollas‖12? Miller se rió, tomando a Danny en su boca antes que la risa muriera en su garganta. —Ah, joder, —dijo Danny. Su mano se contraía contra el cuero cabelludo de Miller, tirando con fuerza—. Dios, es tan bueno.

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Si alguien le hubiera dicho a Miller hace un mes que gustoso estaría en sus pies frente a otro hombre, amando el sabor, regodeándose en los sonidos, se hubiera reído en su cara antes de partirle la nariz. Y a pesar de eso aquí estaba, y se sentía donde pertenecía. Lo había intentado por primera vez en la tarde nevada hace tres días. Estaba asustado, preocupado, y excitado cuando había tomado a Danny por primera vez en su boca. Sabía que este acto, tener a Danny contra su lengua, era algo que un hombre heterosexual nunca haría o al menos admitiría haber hecho. Esa primera vez había sido un trabajo increíblemente difícil, sus hombros gritando al final mientras se inclinaba sobre Danny en la cama, su mandíbula ardiendo, su reflejo nauseoso funcionando cuando tomaba a Danny muy profundo. Nunca supo el trabajo que llevaba, y un súbito destello de empatía lo golpeó por las chicas borrachas que conoció en la universidad quienes pasaban largos minutos de rodillas. Pero más allá del trabajo estaba el placer, también; brasas ardientes quemando debajo de su piel mientras observaba las reacciones de Danny, cuando lo escuchaba gemir. Todo ello llenaba a Miller con el deseo de darle a Danny todo lo que quisiera. Y ya era mucho mejor en ello, solo unos pocos días después; mas confidente, relajado, aprendiendo lo que le gustaba a Danny, lo que lo hizo gemir profundamente en su garganta de la manera que hacía que el pene de Danny brincara en respuesta.
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En otros paises, —calienta-salchichas—, gráfico, ¿no?

Ahora era más que buscar el placer de Danny; tenerlo en la boca también le daba placer. Danny abrió las piernas, dándole más campo para trabajar con un dedo por detrás. Danny estaba jadeando con fuerza, forzando cada respiración mientras Miller chupaba, la lengua deslizándose sobre la hendidura, llevando a Danny tan lejos como podía. Las caderas de Danny hacían pequeñas sacudidas a medida que perdía el control. Danny dejó salir una respiración, algo entre un suspiro y un gemido, y pasó un pulgar entre las cejas de Miller. Miller miro hacia arriba por debajo de las pestañas. Sabía que Danny estaba cerca de correrse, podía sentirlo en lo apretado alrededor de su dedo. La lengua de Danny se enroscó sobre su labio superior, sus manos cerrándose convulsivamente sobre la pared. —Oh, Cristo, Miller, —gimió, sus ojos tornándose líquidos y oscuros mientras se derramaba en su boca. El flujo caliente cubrió la garganta de Miller; el pensamiento de apartarse y escupir todo nunca cruzo su mente. Reposó su cabeza contra el estómago de Danny, los dedos de este jugando con su cabello. Las rodillas de Miller crujieron al ponerse de pie, apoyando su cuerpo contra el de Danny, aprisionándolo contra la pared con su peso. Danny movió la mano entre sus cuerpos para acariciarlo a través de sus jeans. —Me gusta probarme en tu boca, —susurró Danny mientras se besaban. Miller gimió. El cabello de Danny todavía estaba húmedo bajo sus dedos, sus caderas moviéndose hacia adelante mientras este succionaba su lengua. Amaba cuando Danny hablaba de esa manera. Lo hacia sentirse poderoso y deseado, como si su toque encendiera alguna parte secreta de Danny que perteneciera solo a él. Danny sacó la camiseta de Miller de sus jeans, frotando sus dedos contra la suave piel de su espalda baja, pasando debajo de la cintura del pantalón. —Tienes demasiada ropa, —murmuró en el cuello de Miller. Se propusieron a remediarlo, y pronto Miller solo tenía sus bermudas cuando sonó el teléfono, un timbre ahogado desde la pila de ropas en el suelo. —Ignóralo, —dijo Danny, sus labios en el pezón de Miller. —Mierda, no puedo, —gruñó Miller—. No te vayas a ningún lado. Danny se rió, dejándose caer de espaldas en la cama, la cabeza sobre un brazo flexionado mientras miraba a Miller responder la llamada. —¿Hola?

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—Miller, es Colin. —Su voz era seria, nada remotamente parecido a un tono amistoso. —¿Qué sucede? —cubos de hielo bajaron por el estómago de Miller, aplacando la lujuria que quemaba allí. —Nos llegó una queja al Buró. Un hombre paseando su perro en ese vecindario unas pocas noches atrás dijo que dos hombres lo amenazaron. Uno dijo ser un agente del FBI, y el otro tenía un arma. —Silencio en la línea—. ¿Sabes algo al respecto? Miller se hundió en la cama, apoyando la frente en una de sus manos. —Si, éramos nosotros, —dijo precavidamente—. Danny y yo. —¿Qué mierda Miller? —explotó Colin—. ¡Conoces el protocolo! ¡Debiste reportarlo al segundo que pasó! —No fue gran cosa. —¿No fue gran cosa? ¡Tenía un arma!

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Esto era; todos sus años de entrenamiento y lealtad hacia su trabajo enfrentándose duro contra unas pocas semanas con Danny Butler. —No, Danny no tenia ningún arma, —dijo Miller. Su cerebro podía estar trastabillando sobre las palabras, pero su lengua no parecía tener un problema similar—. —Era una lata de gas que le di porque estaba nervioso cuando deje el apartamento. El sujeto paseando el perro exageró. —¿Una lata de gas? —Si. —Uh-huh, —dijo Colin lentamente, esperando que Miller hablara en medio del silencio. Pero Miller era un maestro en el antiguo juego. Podía mantener los labios cerrados con los mejores. —No debió haber estado fuera del lugar en primer lugar, Miller. —Lo sé, pero estaba volviéndose un poco loco. Tengo permitido usar mi instinto, ¿cierto? —Cierto. —Bueno, pensé que dejarlo tomar una caminata rápida por la manzana después

de anochecer era mejor, que dejarlo perder la cordura aquí y que se escapara por su cuenta en algún punto. —Aún así debiste reportarlo, —le recordó Colin nuevamente, pero el huracán en su voz había disminuido hasta una brisa borrascosa. —Lo sé. Mañana escribiré un reporte. —El paseador de perros también hizo una queja en la estación de policía. —Miller se frotó el ceño—. Hoy revise allí, me dijeron que no había ningún informe. —¿Tratando de cubrir tus huellas? —No, —dijo Miller con honestidad—. Solo no quería que ninguna información que pudiera ser rastreada hacia nosotros se colara por ahí. Supuse que todavía no lo había reportado al Buró o ya lo hubiera sabido. —Quizá quiso decir que planeaba reportarlo en la policía local. —Miller podía escuchar el sonido de un lápiz contra papel—. Volveré a revisar. —Listo.

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caso?

Colin suspiró. —Voy a volverte a preguntar una vez más. ¿Necesito sacarte del

Miller miró por encima de su hombro hacia Danny, acostado desnudo en al cama, sus ojos verdes preocupados, sus labios rojos e hinchados de la barba de Miller. —No, —dijo, sin apartar los ojos de Danny—. No. —La próxima vez no preguntaré, —advirtió Colin—. Te sacaré. ¿Entiendes? —Entiendo, —replicó Miller. Lanzó el teléfono a un lado, masajeándose la frente con dedos tensos. Se las arreglaron para mantener el mundo real por fuera por setenta y dos horas; eso fue todo. Tres días sin hablar de Rachel o de los planes de Danny o de a dónde iban de aquí en adelante. Hablando del futuro, las consecuencias y la forma en que sus cuerpos encajaban perfectos juntos. Pero ahora la realidad estaba de vuelta, más fuerte que nunca, como un perro abandonado mordisqueándoles los talones, rehusándose a ser ignorado. La cama se movió debajo de Miller cuando Danny se acercó, sus labios presionando contra la unión del cuello de Miller con su hombro, la lengua acariciando con suavidad. Sabía que era la manera de Danny de decir gracias, reconociendo el sacrificio de Miller a su beneficio.

—Necesito lavar los platos, —dijo, apartándose del toque de Danny. Súbitamente se sentía extraño, agotado. —Miller… Se colocó los jeans, sin molestarse en cerrárselos. —Solo… déjame lavar los platos, Danny. ¿Si? —Miller siempre necesitaba espacio cuando algo lo molestaba, tiempo para luchar contra sus demonios. Rachel nunca podía aceptarlo, siempre empujándolo a hablar, queriendo que trabajaran en ello juntos, cuando todo lo que él quería era estar solo. Pero Danny solo asistió y dejo que se retirara a la cocina para tranquilizarse con una tarea fácil, calmarse con la repetición de enjuagar y secar. —Teléfono, —murmuró Danny, su boca presionada contra la cálida suavidad del pecho de Miller—. Teléfono, —dijo nuevamente, más fuerte, usando el brazo extendido sobre el pecho de Miller para sacudirlo. —Hm… ¿qué? —Teléfono.

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—Mierda. —Miller se retorció de debajo de Danny, quien, incluso más de medio-dormido, era incapaz de dejar de admirar los músculos de Miller mientras se levantaba, su cuerpo iluminado por el leve resplandor de la cocina. Danny giró, acomodándose para seguir durmiendo cuando el fuerte estallido de la voz de Miller lo espabilo hasta la conciencia total. —¿Qué? —dijo Miller, su voz llena de ansiedad. Danny se sentó derecho, frotándose la cara con una mano —. Esta bien, —Miller concordó con quien quiera que estuviera al otro lado de la línea—. Esta bien. Te llamaré cuando estemos seguros. Miller tomó sus jeans del suelo. —Tenemos que irnos Danny. Ahora. Danny salió de la cama, agarrando sus propios pantalones, sacudiéndolos con manos apresuradas. —¿Qué? Por qué? —Madrigal sabe que estamos aquí. O está muy cerca. —Mierda, —dijo Danny, el aire escapándose de sus pulmones como empujado por una mano helada. Se vistieron en silencio, manteniendo la habitación a oscuras. Danny tomó su

pistola del cajón superior de la mesa y se la metió en la cintura del pantalón. —¿Nos llevamos algo? —preguntó. Miller le lanzó la maleta de Danny sobre la cama. —Lo que sea que puedas empacar en diez segundos, —le dijo. Danny arrojó un par de jeans, un manojo de camisetas y ropa interior y su billetera. —Hecho. —Agarra los condones, —dijo Miller, señalando hacia la mesita de noche. Danny nunca pensó que se reiría en una situación como esta, con el miedo centellando fieramente a través de su sangre. —¿Qué? —preguntó con una risa estrangulada. —Vendrán después de nosotros a limpiar el lugar. No puedo dejar que encuentren esas cosas. Danny siguió a Miller hacia la sala, esperando en la puerta de entrada mientras Miller agarraba su chaqueta de la parte posterior del espaldar de la mesa de la cocina y tomó las llaves y la billetera del contenedor. —Vámonos.

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El corredor estaba en penumbras y silencioso cuando cerraron la puerta. Miller señalo con su arma hacia las escaleras, señalándole a Danny para que lo siguiera. La adrenalina golpeteaba ahora, la mano de Danny apretando su propia arma, la sangre corriendo en sus oídos. Llegaron afuera sin cruzarse con un alma -no era sorprendente dado que eran las tres de la mañana- pero agradeciendo no encontrarse con Madrigal escondido detrás de una esquina, tampoco. —Por aquí, —susurró Miller una vez que estuvieron en la calle, haciendo señas hacia el Jeep cuatro autos adelante. Se aplastaron contra el edificio, alejándose de las lámparas de la calle y haciéndose amigos de las sombras. —Dame tus llaves, —dijo Danny cuando llegaron al Jeep. —¿Qué? No, —protestó Miller. —Soy bueno conduciendo, Miller, —dijo Danny, tan pacientemente como podía—. He estado en bastantes situaciones comprometidas. Me quieres conduciendo. —Puedo conducir, Danny, —lo regañó Miller, abriendo los seguros. —No digo que no puedas. Solo digo que conduzco mejor. —Podía ver que Miller iba a discutir con él, sin creer que el incidente podría ponerse peor ahora que habían salido del apartamento sin problemas. Pero Danny sabía mejor; Madrigal

estaba cerca. —Justo ahora, —dijo Danny en voz baja y urgente—. Dame las malditas llaves. —Algo en su voz convenció a Miller, porque lanzó las llaves a las manos extendidas de Danny. Este se movió hacia el asiento del conductor y abrió la puerta. Ahí lo escuchó, tan suave que pudo haber sido su imaginación, el leve sonido de una puerta de auto abriéndose abajo en la manzana. Pero había sido real, y supo que alguien se acercaba. —Adentro, —siseó Danny, viendo como Miller se zambullía dentro del auto, una bala silbando a través del espacio que su cabeza estaba ocupando. —¡Mierda! —Danny se arrojó a si mismo detrás del volante, sacando el auto hacia la calle desocupada con un chirrido de los neumáticos, titubeando sobre el tablero de mando buscando las luces. —Esta detrás de nosotros, —dijo Miller, girando su cuello para mirar por la ventana de atrás. Danny podía ver las luces en el espejo retrovisor cuando el auto de Madrigal tomaba la calle.

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—Ponte el cinturón de seguridad, —dijo Danny, su voz calmada—. Una vez que lo hagas, sostén el volante para ponerme el mío. Miller hizo lo que Danny le pidió, sin cuestionar las instrucciones, conduciendo con una mano mientras Danny cruzaba el cinturón sobre su regazo. Este último volvió a mirar en la dirección de Miller. —¿Estas listo para esto? —preguntó. Miller asintió, los ojos en los de Danny. —Esta bien, —contestó Danny—. Sujétate. —Se permitió a si mismo un segundo de puro terror, el pánico fluyendo por sus venas como veneno, congelando su corazón hasta el punto que pensó que se quebraría dentro de su pecho. Cagate esto Danny, y morirás. Y justo detrás de ese pensamiento, otro incluso peor. Cagate esto Danny, y ÉL muere. Apartó el miedo, tensando todo su cuerpo de la misma manera que de niño cuando escuchaba el pesado paso de su padre en las escaleras, la hebilla del viejo golpeándose contra las paredes para darle a Danny un avance exacto de lo que se le venía encima; la misma manera que cuando tuvo que detener un U-Haul13 lleno de
13

Empresa de Alquiler de Camiones estadounidense .

cocaína y hablar para ahorrarse una requisa y un ticket de ida directo a la prisión; la misma manera en la que caminaba al patio de Marion y enfrentaba hombres con un solo pensamiento en su mente en lo que correspondía a Danny Butler. El sabor metálico del terror no le era nada desconocido. Sabia como ser valiente. Aplastó su pie contra el acelerador y el jeep avanzó a toda marcha. Danny agradeció a Dios porque la mole de nieve se había derretido y los caminos estaban limpios. Giró el volante a la izquierda con fuerza, tomando el desvío a último momento, no queriendo darle a Madrigal ningún aviso. El auto patinó con fuerza cuando completó el giro. —Todavía esta ahí, —dijo Miller, sus ojos en el espejo lateral. —¿Está solo? —Creo que si. —Miller se giró sobre su asiento, tomando puntería con su arma—. Apuntaré a sus neumáticos. —A la mierda con eso, Apuntale a la cabeza. —La voz de Danny era fría e indiferente, todo su fuego dirigida a la supervivencia.

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—No tengo vía de tiro. Esta agachado. Evidentemente Madrigal no tenia los mismos problemas, porque la ventana posterior de Jeep explotó hacia el frente, salpicando el cuello de Danny con pedazos gruesos del vidrio de seguridad. —¡Mierda! —gritó Miller, una mano adelantándose para cubrirse el rostro —. ¿Estas bien? —preguntó Danny roncamente, mirando por el rabillo del ojo. —Si. Mierda, —dijo nuevamente Miller, limpiándose el leve rastro de sangre que corría por su cara —. ¿Qué estás haciendo? —preguntó Miller cuando Danny hizo un giro hacia la derecha, pasando raspando la fachada de unas tiendas, volándose las luces rojas de unas misericordiosamente calles vacías. —Autopista. —¡No! —exclamó Miller—. Demasiado tráfico. —No a esta hora de la noche. ¿Qué tan bueno eres disparando? —Bueno, —respondió Miller.

—Podemos conseguir más velocidad en la autopista. Le será más difícil obtener un tiro decente.¿ Puedes dispararle a un neumático si desacelero lo suficiente? —Danny podía sentir a Miller observándolo —. ¿Confías en mí? — preguntó, los ojos en el camino. —Si. —¿Puedes darle al neumático? —Si. Danny asintió, flexionando las manos en el volante. —Bien, entonces. Tomó la rampa de entrada a la autopista a ciento ochenta y cinco kilómetros por hora, volando al lado de un semi-remolque, virando alrededor de un grupo de autos que iban a noventa y cinco. Un rápida mirada en el espejo retrovisor le mostró a Madrigal sobre su rastro. Danny se pegó al carril más hacia la derecha, bajando la aceleración. Miller pivoteó en su asiento, balanceando los brazos en el respaldo del asiento mientras apuntaba a través de la inexistente ventana trasera. Disparó, cinco tiros en rápida sucesión, el eco en la cabeza de Danny apagado por la súbita explosión cuando una bala encontró su blanco. Danny volvió golpear el pie sobre el acelerador, dirigiéndose hacia la salida más cercana. Podía escuchar los chirridos ensordecedores de los neumáticos en el pavimento, el coche de Madrigal se movía tambaleante a través de la autopista mientras luchaba por el control. Danny tomó la salida, el Jeep bamboleándose por la bajada. El cuello de Danny chasqueó hacia adelante con el impacto, sus dientes castañeando cuando su mandíbula se cerró con fuerza.

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Manejaron en silencio por varios minutos, Danny constantemente revisando el espejo retrovisor para asegurarse que no los seguían. —Quizá esta muerto, —dijo Miller al fin. —No esta muerto. —¿Cómo lo sabes? Danny se encogió de hombros, apretando el volante con manos de hierro para detener el temblor. –Dudo que ni siquiera se lastimara. Es como uno de esos villanos de las películas de horror, imposible de matar. Lo veremos otra vez. Miller dirigió a Danny hacia un parking cerca del aeropuerto, mezclando el Jeep con otros cinco mil autos. De ahí tomaron un taxi hasta el centro, ninguno de los

dos hablando durante el trayecto. Miller se sentía entumecido, su cuello palpitando de dolor. Notó a Danny frotándose las manos, los dedos probablemente acalambrados de apretar el volante con un agarre mortal. Miller hizo que el taxi los dejara en una parada de bus y tomaron una ruta que cruzaba la ciudad hasta un vecindario de moteles baratos. Miller eligió uno que se veía decente para arrendar cuartos por hora. Fue a la oficina del frente mientras Danny esperaba afuera. Mejor que no vieran a dos hombres registrándose juntos; no quería dejarle ninguna pista a Madrigal. Con la llave en mano, guió el camino hasta el cuarto y luego entró, con Danny cerrando la puerta y pasando la cadena detrás de ellos. Danny se apoyó contra la puerta, observando a Miller en la oscuridad, solo un destello de plata cruzando a través de las cortinas mohosas. Súbitamente Miller se sintió lleno de tristeza, echando de menos el apartamento, el lugar donde se sentía seguro. Sabia lo cerca que estuvieron de morir. Escuchó la bala cruzando cerca de su rostro. Pero juntos, Danny y él habían apartado a Madrigal de su premio. Danny no había mostrado miedo en el auto, su rostro una máscara de calma, su voz fuerte. En ese coche Miller supo por primera vez a lo que Danny se refería cuando dijo que había cuidado de si mismo por años. No necesitaba de Miller para ese trabajo. Era tan capaz de salvar a Miller como Miller de salvarlo a él. Pero de alguna manera, al saber que Danny no lo necesitaba de esa manera le tornó más protector, más determinado a que nadie lastimara a Danny, nunca más. —Lo siento, —dijo Danny hacia la nada, su voz quebrándose —. Si no hubiéramos salido a caminar… —No es tu culpa. —La voz de Miller era ruda, sus palabras cayendo como grava suelta. —Pudiste haber muerto. —Pero no lo hice. Y tu tampoco. —Miller tomo dos pasos más cerca—. Estamos a salvo, Danny. Estamos juntos y a salvo. Danny avanzó, agarrando a puñados la chaqueta de Miller, tirándolo hacia adelante. Se estrellaron contra la puerta, las manos de Miller tirando con fuerza del cabello de Danny, sin preocuparse por lastimarlo o ser lastimado; el dolor significaba que estaban vivos. La boca de Danny estaba frenética sobre la suya, una cosa salvaje sin propósito claro excepto lamer y morder y succionar lo que pudiera alcanzar. Sus dientes tironearon con violencia, sin dudar cuando Miller gruñó en su garganta. Danny arrancó los jeans de Miller hacia abajo, los dedos ansiosos y

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demandantes, apartando a Miller para ayudarlo a quitarle sus propios jeans, lanzándose hacia la camiseta de Miller, sus manos pellizcando a medida que se movían hacia arriba. —Gírate, gírate, —canturreó Miller. No podía esperar, ni un maldito segundo, tenia que estar en su interior, ahora, ahora, ahora… Danny se giró hacia la puerta, apoyándose sobre las manos, los gemidos escapando de su boca en una corriente de sonido. Miller empezó a empujar hacia adelante y se detuvo. —No tengo… ¿no necesitamos algo? —jadeó. —¡Solo hazlo… hazlo, Miller! —lloriqueó Danny—. ¡Jódeme! Miller hizo lo que Danny le pidió, escupió en su mano y embistió hacia su hogar en un profundo empujón. Danny empujo hacia atrás, su puño marcando un ritmo irregular contra la puerta. Era la cosa más apretada y ardiente que Miller había soñado alguna vez, tomando lo que fuera que le lanzara, sin apartarse. —Dios, si, Danny, —gruñó Miller a través de dientes apretados, su ritmo rápido y brutal—. Dios, si. —Lamió la mancha de sangre en el cuello de Danny, una metralla de vidrio debajo de su lengua.

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—Vamos, bebé…vamos, eso es, —gimió Danny, urgiéndolo. Danny tiró su cabeza hacia atrás, sus bocas conectándose justo cuando Miller lo rodeaba y lo tomaba, firme, en su puño. Se corrieron casi en el mismo momento. El calor de la liberación de Danny vertiéndose en la mano de Miller, lo mando volando sobre el borde, gimiendo el nombre de Danny. Danny apoyó su frente contra la puerta, sus respiraciones jadeantes llenado el silencio. Miller apoyó sus labios contra el cuello de Danny buscando la vena palpitante de vida, su mano deslizándose fácilmente debajo de la camiseta de Danny para dejarla sobre su palpitante corazón. Danny estaba vivo, su sangre fluyendo, sus pulmones llenándose, y su cuerpo sosteniéndole, apretado y cálido. Danny estaba con vida. Y por ahora, era lo único que importaba.

Capítulo Once
—Danny... ¿Danny? —Hmmm, ¿qué? — Danny apenas levantó la vista de su plato. Su mente estaba a un millón de kilómetros, pero si lo apurabas, no sería capaz de nombrar un solo pensamiento. —Estaba pensando, cuando mi libertad condicional acabe el próximo año, quizás podríamos conseguir un sitio juntos.

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Danny elevó la cabeza para encontrarse con Griff observándolo con ojos neutrales. Alguien que no lo conociera podría pensar que no le importaba del todo la respuesta de Danny. Pero Danny lo conocía mejor. Notó el pequeño músculo moviéndose en la esquina de la boca de Griff, de la forma que siempre lo hacía cuando estaba nervioso. Danny había visto ese tic en particular más de una vez en los meses que habían pasado entre rejas, cuando los problemas les llegaban desde todas las direcciones. —Bueno, ¿qué piensas? —Griff insistió, cuando Danny no logró responderle. —Estoy casado. Griff soltó una risotada. —¿Desde cuándo? Lo último que oí fue que estabais separados. ¿En serio crees que tú y Amanda vais a intentarlo de nuevo? —No, —admitió Danny. —¿Entonces cuál es el problema? —¿Qué hay de ti? ¿Realmente estás dispuesto a renunciar a todas las mujeres con las que aún no te has acostado? —No me metas en esto, —dijo Griff, su voz baja. Un signo claro de que se estaba cabreando—. Estoy preparado para renunciar a las mujeres, y al resto de

hombres también. ¿Para qué estás preparado tú, Danny? Danny sabía que esa conversación iba a producirse, incluso desde que Griff había salido de Leavenworth hacía seis meses. Habían estado viéndose mucho, incluso aunque era una violación de los términos de su libertad condicional. Tener a Griff cerca era reconfortante para Danny, lo hacía sentir menos solo tras la partida de Amanda, llevándose todas las costumbres familiares a un nuevo apartamento al otro lado de la ciudad. Pero reconfortante era una cosa... y llevar una vida juntos era algo totalmente diferente. —Es demasiado peligroso, — dijo Danny—. No quiero que te veas envuelto en mi trabajo. Griff se echó hacia atrás, apartando la silla fuera de su vista. —¿Por qué no me das una razón que no sea una completa estupidez? ¿Qué me dices? —¡No es una estupidez! —Danny, sabes la clase de vida que he tenido. Sabes la mierda en la que he estado metido. No hay nada que puedas enseñarme que no haya visto antes. Puedo manejarlo.

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—Yo sólo... —Danny apartó la mirada, viendo a dos chicas en la barra retocándose el pintalabios, riéndose tontamente tras sus manos —. Yo tan sólo no creo que estemos hechos el uno para el otro. No creo que tengamos lo que hay que tener. No a largo plazo. Danny siempre estaría agradecido a Griff por ser su amigo, por cuidarle las espaldas en Leavenworth, por no juzgarlo nunca. Pero no podía decir eso a Griff sin arriesgarse un puñetazo en la cara. Esas eran palabras que ningún hombre enamorado quería oír, no importaba qué sinceros fueran, esos sentimientos tan sólo podrían sonar a lástima. Griff se terminó el cigarrillo, sus ojos en la mesa. Danny removió su ahora fría pasta una y otra vez alrededor de su tenedor sin dar un solo bocado. —Vale, —dijo Griff—. ¿Quieres terminar con esto, entonces? —No la amistad. Pero el resto... sí, probablemente deberíamos. Griff agarró su medio vacío paquete de cigarrillos, cogiendo su chaqueta del respaldo de la silla mientras se levantaba. —Manténte en contacto, Danny. Danny trató de sonreír. —Lo haré. —Tendió la mano y Griff la agarró, deslizando la palma suavemente por la de Danny, de la forma que siempre lo

hacían—. Lo siento, Griff. —Yo también. Danny se terminó su cerveza antes de que Griff se marchara, pero su plato de comida volvió a la cocina intacto. El lado romántico de Danny -esa semilla oculta con la que ni siquiera los años conviviendo con su padre y Hinestroza habían acabado- deseó que pudiese haberse enamorado de Griff. No sabía si su capacidad de amar se había atrofiado, enterrada bajo la necesidad de sobrevivir por tanto tiempo que había olvidado cómo respirar, o si era simplemente Griff por sí mismo quien no logró suscitar sentimientos más fuertes. Pero entendía lo peligroso que sería amar realmente a alguien, el poder que le daría a Hinestroza. Tan solitario como era, no podía sino sentirse agradecido de no haber experimentado nunca ese torrente de sentimientos por Griff, o alguien más. La vida de Danny no le pertenecía; cada movimiento que importaba estaba dictado por fuerzas externas. El profundo amor de Danny por otro ser humano era la última carta del triunfo que Hinestroza no tenía.

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Miller despertó enredado alrededor de Danny, su cabeza en el pecho de Danny, sus piernas enroscadas bajo las sábanas. Miller nunca había sido alguien a quien le gustasen los abrazos; no le gustaba que nadie le tocara mientras dormía. Rachel se burlaba de él por eso, pero él había notado el sentimiento subyacente de dolor, azotado por el hecho de que no la quisiese demasiado cerca mientras su cuerpo descansaba. Pero dormir con Danny, eso resultó ser diferente. Danny lo seguía alrededor de la cama como un misil de localización por infrarrojos, alguna parte de su cuerpo siempre en contacto con Miller: un pie, una mano, la presión de todo su cuerpo. Y lo gracioso era que, si se despertaba y Danny no lo estaba tocando, resolvía el problema de inmediato, acurrucándose contra la espalda de Danny, atrayendo a Danny hacia su hombro, buscando una mano libre. Danny se las arreglaba para romper todas sus normas, tanto grandes como pequeñas, introduciendo su propia estrategia en cada faceta de la vida de Miller. Miller se pasó a su lado de la cama, mirando con ojos entrecerrados la hora en su móvil. Había llamado a Colin la noche pasada después de que Danny hubiese caído dormido exhausto y habían quedado en que le traería un coche esta mañana. Tan sólo tenía unos diez minutos antes de que Colin se presentase en la puerta. Miller se puso de prisa la ropa del día anterior, las únicas que tenía, y salió para esperar en el

aparcamiento. Lo último que necesitaba era que Colin echara un vistazo a la única cama de la habitación del motel, o a Danny tirado desnudo en ella. La mañana era fría. Miller se sintió agradecido por el brillante sol tanto por el calor de los rayos como por la necesidad de ocultarse tras sus gafas de sol. No quería enfrentarse a Colin desarmado. Metió las manos en sus bolsillos y se reclinó contra la vieja pared del motel, su abrigo raspando los diminutos trocitos sueltos de estuco rosa que se esparcieron a sus pies. Estaba bastante seguro de que Colin no se había creído lo de la pistola, y su trabajo dependía de cómo manejase la situación de ahora en adelante. Si Colin lo sacaba del caso, sería una señal clara de que no tenía lo que había que tener para ir subiendo puestos. Anoche pensabas que el que Danny estuviese vivo era lo único que importaba. Pero anoche las cosas eran sencillas. El miedo reducía todo a su esencia básica... Danny respirando, Danny en sus brazos, Danny vivo. Pero esta mañana, a la luz del sol, el terror de su huida por los pelos estaba retrocediendo y otras inquietudes estaban amontonándose alrededor de sus sentimientos por Danny -Rachel, su carrera, el pasado de Danny, el futuro de ambos-. Sin ese miedo cegador a la muerte y el alivio de dejarlo atrás, la vida real estaba imponiendo su lugar en el ranking de lo que importaba.

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Ni siquiera era una cuestión de a cuánto estaba Miller dispuesto a renunciar o qué estaba dispuesto a sacrificar, no en verdad. Porque lo cierto era que estar con Danny no era posible. No había forma de mantener a Danny seguro allí por más tiempo. Necesitaba avanzar a la siguiente fase, obtener su nueva identidad, comenzar a prepararse para testificar, empezar su transformación en un hombre diferente. Danny se dirigía a un mundo al cual Miller no podía seguirlo. ¿Y no es eso bueno para ti? Ahora no tienes que tomar ninguna decisión difícil. Puedes ocultar tu pequeño trapo sucio hasta el final, pedazo de cobarde. Colin llegó cinco minutos antes, conduciendo el Crown Victoria azul oscuro que Miller conocía tan bien. Salió del coche con unos vasos de café en sus manos, golpeando con su pie la puerta para cerrarla. —Buenos días, —dijo a Miller, pasándole un vaso. —Gracias. —El cartón estaba caliente entre sus manos, el café echaba humo mientras Miller quitaba la tapa para un sorbo tentativo. —Tengo otro en el coche para Butler. —Todavía está dormido.

Colin asintió, posando la cadera en el capó del coche. —Hay marcas de derrape por toda la carretera donde dices que disparaste al neumático de Juan Madrigal. Y encontramos el coche unos kilómetros más abajo. Pero estaba vacío. —Mierda, —suspiró Miller. —Podemos trasladarlos a otro apartamento hoy. —No. —¿No? —Colin alzó las cejas. —Si estamos en un apartamento del FBI, habrá mucha gente que puede ser sobornada. Es más seguro si vamos de motel a motel cada par de días. Tú y yo seremos los únicos que sabremos dónde está Danny. —Hablando de sobornos, fue el empleado con el que hablaste en la comisaría quien dio a Madrigal el informe del paseador de perro. Por unos asquerosos doscientos dólares. —¡Hijo de puta!

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—Después de hablar contigo por primera vez ayer, confirmé que un informe había sido presentado en la comisaría, así que me pasé por allí para hablar con el empleado. Éste negó saber algo. Pero lo presioné y finalmente se vino a abajo. —¿Ves? —exclamó Miller, extendiendo un brazo—. No es seguro que mucha gente sepa donde está Danny. —Puedes confiar en nuestra gente, Miller. —Cualquiera puede ser sobornado, Colin. O amenazado. Colin se pasó una mano cansada por la cara. —Vale. Lo haremos así. Por ahora. Miller asintió, arriesgando un trago mayor del caliente café. —He recibido respuesta de la Oficina de los Fiscales de Estados Unidos. Patterson está llevando el caso Hinestroza. Dice que quiere reunirse con nosotros más tarde en esta semana. —¿Por qué? ¿No deberíamos reunirnos con el Cuerpo de Alguaciles primero? Colin se encogió de hombros. —¿Quién sabe? Va a ser un caso prominente. Ella probablemente querrá estar segura de que todo se está haciendo bien. Te haré

saber la fecha y hora una vez que tenga los detalles. —Bien. Colin miró a Miller a través de sus gafas de sol. —Entonces, ¿eso del spray de pimienta? Fue bastante pobre. —¿Qué quieres decir? —Miller... vamos. —Era un spray de pimienta, Colin. Colin se pellizcó el puente de la nariz, cerrando los ojos un momento. —Tengo el presentimiento de que algo no va bien con este caso. —Ya te he dicho que el paseo fue un error. ¿Qué más...? —No es el paseo por lo que estoy preocupado. Miller le dió un puntapié a una pila de gravilla suelta en el filo del aparcamiento, unos cuantos hierbajos saliendo a la vida entre las grietas del asfalto. —No hay razón para preocuparse, —dijo, deseando terminar la conversación—. ¿Necesitas que te lleve a algún sitio? —No. —Colin hizo una seña hacia el taxi parado al final de la calle—. Es mío. Toma, dijo, mientras abría la puerta del coche y agarraba el otro vaso de café —. Hazme saber cuando cambien de motel. —Vale. —Te llamaré mañana. —Colin se protegió los ojos con una mano a la vez que miraba entrecerrando los ojos a Miller a causa de la luz del sol —. Tengan cuidado. —Sí. Lo tendremos. La cama estaba vacía cuando Miller volvió a la habitación del motel, el sonido del váter al tirar de la cadena inundando la barata y pequeña habitación. Cuánto antes salieran de ese agujero apestoso mejor. —¿Eso es café? —preguntó Danny esperanzado, emergiendo del baño en boxers, rascándose el pecho con una sola mano. —Sí. —¿De dónde los has sacado?

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—Colin lo trajo cuando vino a darnos un coche. Danny dio un sorbo a través del diminuto agujero en la tapa del vaso. —Ah, es del bueno, —dijo con aprobación—. ¿Quién es Colin?¿Tu jefe? —No exactamente. —Miller se quitó el abrigo—. Pero es mi supervisor en este caso. —¿Es al que mentiste ayer?¿Sobre la pistola? —preguntó Danny, sus ojos en Miller por encima de su vaso inclinado. Miller asintió, exhalando un suspiro cansado. —¿Es un buen tipo? —Sí, es un tipo realmente bueno. —Miller bajó la vista al suelo. Danny avanzó y le cogió la mano. —Vamos, —dijo suavemente. —¿Dónde vamos?

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—De vuelta a la cama. Aquí hace frío. La calefacción en este vertedero no funciona una mierda. Miller no protestó, sólo se sacó a puntapiés los zapatos y se metió bajo la colcha, reposando contra la pared al lado de Danny. Danny puso su pie sobre el de Miller. —¿Sabes qué suena genial ahora? —¿Qué? —Pancakes. Miller puso mala cara, arrugando la nariz en la antiquísima expresión de desagrado. —¿No te gustan los pancakes —La verdad es que no. —¿A quién demonios no le gustan los pancakes? —preguntó Danny, inclinándose para mirar detenidamente la cara de Miller con las cejas levantadas. Miller se encogió de hombros. —Es sólo que no me gustan las cosas dulces para desayunar.

—Por favor no me digas que en realidad eres uno de esos amantes del germen de trigo y el muesli. Rió, empujando el hombro de Danny con el suyo. —No iría tan lejos. —¿Cuál es tu comida favorita? Quiero decir, si pudieras elegir lo que quisieras para cenar, ¿qué sería? Miller se giró para mirar a Danny, su cabeza oscura reposando en el blanco uniforme de la pared. —¿Por qué quieres saber...? —Siempre dices que sabes todo sobre mí. ¿Verdad? —Cierto. —Bien, ahora te estoy devolviendo el favor. Sólo sígueme la corriente, ¿vale? —Danny rozó el pelo en la sien de Miller con sus dedos. —Vale. —Miller sonrió, inclinándose contra la mano de Danny sin siquiera pensarlo—. Filete de pollo frito con puré de patatas y salsa casera.

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Danny sonrió. —Eres de Kansas. —Sip. Dieron un sorbo a su café, los dedos de Danny frotándose contra el pie de Miller. —¿Cuál es el plan? ¿Es este nuestro nuevo hogar dulce hogar? —No por mucho tiempo. Vamos a tener que ir de un sitio a otro por un tiempo, hasta que te saquen de aquí. Deberías tener tu entrevista del Programa de Protección de Testigos para la semana que viene. Danny estaba callado, pasando un dedo alrededor de la tapa de su vaso. —¿Qué? —preguntó Miller. —Nada. —Danny sacudió la cabeza—. No lo estoy deseando, eso es todo. —Tenemos que buscarte un lugar seguro, Danny. No puedes quedarte por aquí. —Lo sé. —Danny alzó sus ojos hacia los de Miller—. ¿Así que eso será todo, no? Miller sabía lo que estaba preguntando. El final parecía cerca ahora, más

inmediato de lo que lo había estado sólo veinticuatro horas atrás. Una vez que el Cuerpo de Alguaciles tomara el mando, Danny sería llevado a puntos desconocidos. El FBI no tendría conocimiento de dónde estaba, Miller excluido del lazo que rodearía la nueva vida de Danny. Quizás cuando Danny testificara, Miller alcanzaría a verlo en el vestíbulo del tribunal, sostener su mirada a través de la habitación. Eso era lo máximo que podía esperar. Nunca tendría la oportunidad de conocer al hombre en el que Danny se convertiría. —Sí, eso será todo, —dijo Miller, su voz baja. —No más Danny Butler. —Serás Danny lo que sea. Les gusta que conserves tu primer nombre. —Eso no es a lo que me refiero, Miller. —Sé que no lo es. —Miller trazó la vena en el dorso de la mano de Danny con un dedo, escuchando la lenta respiración de Danny a su lado, el calor del muslo de Danny filtrándose a través de sus pantalones. Quería memorizar este momento, para cuando todo hubiese terminado.

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—¿Qué hay de Amanda?¿Voy a poder hablar con ella antes de que me vaya? —Eso ya no nos concierne. Se fue con su hermana a Indiana. —Espera. —Danny se movió para encarar a Miller—. ¡Creí que dijiste que el FBI la protegería! —Lo hicimos. Pero ella no quería permanecer aquí, dijo que o la acusábamos de algo o se iba. —¡¡Dios, a veces puede llegar ser un grano en el culo!! —Danny suspiró—. Me habría gustado despedirme de ella. Dudo que vuelva a verla. —¿No puedes llamarla? —Puedo intentarlo. Pero su hermana nunca ha sido mi mayor fan. Miller alisó la manta sobre su regazo, tirando de los trocitos esponjosos de pelusa dispersados por toda su superficie. —¿Cómo descubrió Amanda que eras gay? —Probablemente lo sospechaba. Pero cuando Griff salió de Leavenworth, estuvo merodeando mucho. Sumó dos más dos. El músculo en la mandíbula de Miller se endureció, como una nuez bajo la

piel, cuando recordó esos fríos ojos azules recordándole que no conocía a Danny tan bien como pensaba. Lo conozco mucho más ahora, hijo de puta… —Así que la estaban engañando… —Sí. —Danny se refregó la cara con las dos manos, su vaso de café en equilibrio entre sus rodillas—. Era un marido de mierda. Miller no iba a discutirlo, aunque dada su actuación como prometido no tenía mucho que decir. —Me sorprende que nunca tuvieran hijos. Estuvieron casados el tiempo suficiente. —Cinco años. Pero estuve en la cárcel un tiempo. Y ninguno de los dos estaba entusiasmado con la idea de tener hijos, gracias a Dios. Odio pensar cuánto lo hubiésemos jodido. —Danny le lanzó a Miller una mirada de reojo, su labio inferior entre sus dientes—. ¿Qué hay de ti y Rachel?¿Niños en la agenda? —Ese es el plan. —La voz de Miller sonaba cansada, incapaz de mostrar ningún entusiasmo en sus palabras. Sería justo decir que, desde que había conocido a Danny, apenas le había había ofrecido un pensamiento pasajero a Rachel, incluso en la tarde que había pasado en su apartamento. Se sintió culpable por no sentirse más culpable, que su deseo por Danny sobrepasara su lealtad a la mujer que nunca había hecho nada intencionadamente para herirlo y que probablemente nunca lo haría. Ahora que hablaba de Rachel con Danny, siendo ellos amantes, trayéndola a esta habitación que compartían, hizo real el daño que Miller estaba haciéndole... a ella, a Danny, así mismo. No quería que Danny y Rachel se mezclasen, ni en su vida ni en su mente. Los resultados eran muy confusos... sus pensamientos tan revueltos en la cabeza que ni siquiera estaba seguro de a cuál de ellos estaba traicionando.

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—¿Adónde vas? Miller cogió las llaves del coche del deteriorado aparador, largos trozos de madera faltaban en la superficie. —A buscar algo de cenar. También voy a pasarme por mi casa, por algo de ropa. Y necesito un traje para esta semana.

Danny se bajó de la cama donde había estado viendo las noticias, tirando el mando sobre sus hombros. —Voy contigo. —Danny... —Creo que es más seguro si estamos juntos tanto como podamos, —dijo Danny, poniéndose las botas. —Está bien, —asintió Miller—. Vamos. Apenas eran las cinco y media pasadas y ya estaba oscuro, los faros recortando franjas doradas a través de las caras de los peatones que cruzaban las concurridas esquinas del centro, todos con prisas por llegar a casa. —Me preguntaba, —dijo Miller, dando golpecitos con sus dedos índice contra el volante—. ¿Hay algún lugar que Madrigal frecuente?¿Un campamento base? Quizás deberíamos dejar de esperar a que nos encuentre. —No. No echa raíces. Tan sólo se detiene en algún sitio mientras hace un trabajo, encuentra un almacén o un edificio abandonado y va a trabajar, luego se larga. —Danny se inclinó sobre el reposacabezas —. Le gustan ese tipo de lugares porque nunca hay nadie alrededor para escuchar los gritos.

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—¿Alguna vez usa el mismo sitio dos veces? —Lo dudo de veras. La última vez que estuvo aquí usó una casa abandonada en el Paseo, pero hay decenas de esas, no hay razón para arriesgarse volviendo al mismo lugar. La vez anterior a ésa fue un almacén en el West Bottoms 14. —Danny estiró el cuello para mirar por la ventana mientras entraban en el aparcamiento de un edificio de ladrillo de cuatro plantas —. ¿Este es tu apartamento? —Sí. —Me encanta cómo están reconstruyendo todos estos edificios antiguos. —Este solía era una fábrica de papel, —dijo Miller, saliendo al aparcamiento—. Podemos ir por la escalera de incendios. Las botas de Danny sonaron contra los escalones de metal en tanto que subían hacia la planta más alta. Miller abrió la pesada puerta y señaló a Danny el apartamento del final del pasillo. El edificio estaba silencioso, el único ruido el tenue murmullo de una risa televisiva deslizándose bajo la puerta del vecino más próximo a Miller.
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Zona industrial justo al oeste del centro de la ciudad de Kamsas, Estado de Missouri . La zona es una de las más antiguas de la ciudad.

El apartamento de Miller estaba frío y oscuro y ya tenía ese peculiar olor a lugar dejado demasiado tiempo sin compañía humana. Miller le dio a un interruptor cercano a la puerta y una lámpara de pie en el salón volvió parpadeante a la vida. Un conducto de plata brilló en el techo de cinco metros, viejos ladrillos rojos expuestos en tres paredes, la cuarta ocupada con altas ventanas. El reluciente suelo era de roble, unas cuantas alfombras calentando su frío brillo. —Mantienes tu casa ordenada, —dijo Danny, sus ojos recorriendo las superficies vacías, el montón de revistas en la madera oscura de la mesa de centro, los libros cuidadosamente ordenados en las estrechas baldas de la pared del fondo. Miller miró a su alrededor como si estuviese viendo su apartamento por primera vez. —Nunca estoy en casa, —explicó. Señaló con un pulgar hacia una puerta oscura—. Voy a coger algunas cosas. —Vale. Danny se acercó a las baldas, atraído por una sola fotografía enmarcada. Estaba en un marco plateado, la fotografía descolorida por los años, una esquina estropeada por una dobladura en el papel. Mostraba a tres niños -dos niños y una niña- y una mujer, hebras de rubio cabello cayendo sobre su sonriente cara. Tenía un pequeño hueco entre los dientes de delante y Danny sonrió al verlo, esa única imperfección haciéndola más bella de alguna forma. Estaban todos sentados en un columpio para terraza, Miller en el regazo de su madre, Junie a su lado, su cabeza reposando en el hombro de su madre. Y Scott en el lado opuesto, luciendo aburrido y enfurruñado. Miller tenía dos postillas en las rodillas, su pelo un montón de oro, grueso, liso y cayendo sobre sus ojos incluso en ese entonces. Estaba reclinado sobre el pecho de su madre, cubriendo la mano que ella tenía alrededor de su barriga con la suya. Danny supuso que tendría unos siete años, justo en el límite de ser demasiado mayor para el regazo de su madre, quizás el último verano que podría sentarse ahí sin arriesgarse a hacer el ridículo. Danny no podía recordar haberse sentado alguna vez en el regazo de su madre. Siempre estaba ocupada, revoloteando de un lado a otro como un colibrí, asustada de pararse en algún sitio durante demasiado tiempo por si su padre llegaba y la pillaba siendo improductiva. No tenía tiempo para besos o libros o historias a la hora de dormir, toda su energía canalizada en estar un paso por delante de las exigencias de su padre. —Esa es mi madre, —dijo Miller sobre el hombro de Danny, señalando con el dedo, deteniéndolo muy cerca de su sonriente cara. —Me lo figuraba. Era guapa. —Danny se giró hacia Miller—. Te pareces a ella.

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Miller le dedicó una triste sonrisa, llena de necesidad de niño. —Tenía la mejor voz. Baja para una mujer, suave. No sé cómo se las arreglaba con tres niños, pero nunca gritó. Danny puso la fotografía de vuelta en la balda, con cuidado, depositándola suavemente. Y entonces hizo caminar a Miller hacia atrás lentamente, hasta la pared, besándolo con cuidado, pasando sus dedos por el pelo de Miller. —Danny, —jadeó Miller entre besos, su lengua jugando con la de Danny—. Tenemos que irnos. —¿Por qué? —No lo sé, yo... —Esa no es una razón lo suficientemente buena, —se burló Danny—. Tengo algo en mente. —Empujó con su cadera, moviéndola, sonriendo cuando Miller gimió en su boca—. Vamos a tu habitación. —Danny retrocedió un poco, sus manos desabrochando los botones de la camisa de Miller—. Quiero hacer el amor contigo en tu cama. Así, la próxima vez que duermas ahí, me olerás en tus sábanas y recordarás.

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Los ojos de Miller se nublaron, la oscura noche eclipsando el gris claro. —No necesitaré las sábanas para recordar, Danny, —susurró. Levantó la camiseta de Danny con sus manos, los pulgares rozando los pezones de Danny. Los músculos del pecho de Danny se apretaron, rastros de sudor precipitándose en su abdomen. Sus bocas se unieron, no de forma tan desesperada como la noche anterior, la ternura tras la unión de sus lenguas y labios. Danny bajó hacia el cuello de Miller, subiendo para exhalar calientes suspiros en su oreja, riendo suavemente mientras Miller se retorcía y gemía. —Eres tan cosquilloso ahí, —murmuró Danny—. Siempre te pillo. Miller se puso tenso, las manos que estaban en la cadera de Danny retrocedieron de repente, lejos de él. —¿Qué...? —la pregunta de Danny murió en su garganta cuando captó la expresión en la cara de Miller, la sorpresa y la vergüenza bailando un lento vals a través de sus rasgos. Danny supo sin mirar lo que lo había causado, sin sorprenderse del todo cuando giró la cabeza y vio a la mujer en la entrada, el llavero en su mano helada, sus grandes ojos parpadeando a cámara lenta, sin creerse lo que estaban viendo. —Rachel, —Miller se sofocó, rodeando a Danny y yendo hacia la puerta. Danny se bajó la camiseta, se echó el pelo hacia atrás. Pero no había manera de

arreglarlo. No había manera de fingir que lo que Rachel había visto era otra cosa que lo que en realidad era. La camisa de Miller estaba aún medio desabotonada, su pelo revuelto de los dedos de Danny, sus labios hinchados por el roce de la barba, pruebas de lujuria que hasta un ciego podría reconocer. —¿Miller, qué sucede? —la voz de Rachel era tan baja que Danny apenas podía escucharla. Obviamente no era del tipo que tiraría cacharros a la cabeza de Miller o lo machucaría a golpes como Amanda había hecho con Danny cuando lo descubrió—. Vi las luces cuando conducía camino a casa desde el trabajo, así que pensé que podía venir a ver si estabas aquí, y...y... —Sus palabras se fueron a la deriva, sus ojos corriendo de Danny a Miller, las lágrimas desbordándose en un repentino latigazo de comprensión, haciéndola jadear y tener arcadas, una mano alrededor del pomo para guardar el equilibrio. Una cruel e insensible parte de Danny, desarrollada y alimentada por los años de vida dura, se preguntó qué había visto Miller en Rachel. Era bonita de una manera insulsa, el pelo castaño claro recogido en una coleta, un collar de perlas colgando por encima del escote de su suéter amarillo claro. No había nada sexy en ella, nada excitante, cada rasgo soso, normal y seguro.

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Sí, pero no tiene antecedentes penales de delitos graves, o un oscuro pasado, o una polla, Danny. Tres puntos a su favor si Miller quiere una vida normal, ¿cierto? Y seamos honestos, ¿qué puedes darle tú que ella no pueda? Aparte de lo obvio. Quiero decir, una vez que tengas tu nueva vida, ¿cuánto tardarás en meterte en líos de nuevo? ¿Un mes? ¿Dos como máximo? Esa clase de vida está en tu sangre, lo sabes. ¿Realmente quieres arrastrarlo contigo? Hacerle renunciar a todo esto... ¿por qué? ¿Por ti? Parece un trato de mierda. Danny se apartó, anduvo hasta la ventana más lejana y apoyó su frente sobre el frío cristal. Podía oír a Miller murmurando tras él, los sollozos de Rachel interrumpidos por gemidos de dolor, intentando dar sentido a algo que ella nunca podría entender. Se preguntaba qué le estaría contando Miller, qué mentiras estaba intentando obligarle a creer, porque Danny sabía que Miller nunca le contaría la verdad. Eso podría significar admitir algo sobre sí mismo que no podía siquiera decir al hombre con el que compartía su cama. Danny podía ver una pareja en el apartamento al otro lado de la calle, apretujados en la minúscula cocina, la mujer riendo mientras intentaba alcanzar algo de una balda. Dos ventanas más abajo, espió a un hombre solitario, tan sólo la parte de atrás de su cabeza visible por encima de su asiento reclinable, los canales en la tele pasando a gran velocidad. Le recordaba a Danny las noches en las que solía conducir por ahí tras oscurecer, su soledad haciéndole imposible quedarse quieto, y mirar en las luminosas ventanas de las casas que pasaba, captando pequeñas pistas de las vidas dentro de ellas. Sabía que muchas de esas casas estaban repletas de los mismos problemas que perseguían a los hombres de todo el mundo: matrimonios terminados,

enfermedades comenzando, sueños destrozándose, pero a él le gustaba fingir que era un silencioso testigo de la tranquilidad, de los acogedores interiores llenos de gente que había encontrado su camino a la felicidad. Pero Danny estaba comprendiendo que encontrar lo que te hace feliz es sólo el principio del viaje, averiguar cómo mantenerlo a menudo resultaba ser el destino inalcanzable.

—Así que esa era Rachel, —dijo Danny cuando la puerta del motel se cerró tras ellos. Era la primera vez que alguno de ellos había hablado desde que habían dejado el apartamento diez minutos después de Rachel, que todavía lloraba cuando había ido tambaleándose hasta su coche. Miller no respondió, y se dejó caer en el borde de la cama. Nunca olvidaría la forma en que ella le había mirado, sus ojos ahogándose en dolor. Habría sido más fácil si hubiese estado enfadada, si le hubiese insultado, o tirado su anillo en la cara. Pero ese no era el estilo de Rachel. Ella se hacía entender usando la culpa y el arrepentimiento.

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—¿Qué le has contado? —preguntó Danny, reclinándose en el aparador, quitándose las botas a puntapiés provocando un ruido sordo. —No lo sé, —suspiró Miller—. Nada que se creyese. —¿Quieres que se lo crea? —¿Qué se supone que significa eso? —¿Es eso lo que quieres? —La voz de Danny sonó dulce, sin inmutarse por la mirada de Miller—. ¿Volver a la vida que tenías antes, en la que te ibas a casar con Rachel? —Danny mantuvo sus ojos pegados a los de Miller, no permitiéndole apartar la mirada. —No importa. No sé si puedo volver a esa vida. —No estoy hablando de ―poder‖, Miller. Estoy hab lando de lo que tú quieres. Miller apretó los labios, sacudiendo su cabeza en negativa, sus dedos haciendo nudos en su regazo. —¿Cuánto tiempo lo has estado combatiendo? —preguntó Danny en voz baja—. ¿Combatiendo a quién realmente eres?

Miller se tumbó en la cama, cubriendo sus ojos con un brazo. Esa es una de las preguntas que ya es hora de que respondas, ¿no crees? Oyó el sonido de la chaqueta de Danny cayendo sobre una silla, sintió la cama hundirse cuando Danny se tendió a su lado. —Puedes hablar conmigo, Miller, —dijo Danny, sus dedos acariciando la mandíbula de Miller—. ¿Cuánto tiempo? Miller abrió la boca, conteniendo un sollozo que no sabía que estaba ahí. —No lo sé, —susurró—. Toda mi vida, probablemente. —Es un secreto difícil de guardar. Especialmente de ti mismo. —Los labios de Danny eran suaves contra la mano de Miller, su largo cuerpo acurrucándose en el costado de Miller. —¿Lo sabía tu madre? Miller se encogió de hombros. —Si lo sabía, nunca dijo nada. Pero creo que quizás lo sospechaba. De alguna manera siempre era más cuidadosa conmigo, como si estuviese evitando algo doloroso, andando suavemente. —¿Qué hay de tu padre?

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—No lo creo. Lo dudo. No se le habría ocurrido... que pudiese tener un hijo que fuese... —Dejó que su voz se apagase, sin ser capaz de decir la palabra. Otro sollozo retenido tras los dientes. Nunca había sabido que era tan cobarde —. ¿Danny? —¿Hmm? —Sus cálidos dedos todavía deslizándose por su mandíbula, suaves y relajantes. —¿Cómo supiste... sobre mí? —No lo sabía, no al principio. —¿Cuándo? —Tuve un presentimiento ese día en el banco del parque. Algo en la forma en que me miraste. Estaba tan malditamente atraído por ti. —Miller podía oír la sonrisa en la voz de Danny—. Y la forma en la que me miraste entonces, pensé que quizás... que quizás tú estabas sintiéndolo también. Miller retuvo una respiración entrecortada. —Lo sentí. No quería, pero lo hice. —Mírame, —susurró Danny, tirando del brazo de Miller—. Mírame. Miller apartó el brazo, girando la cabeza cuando Danny hizo presión suavemente sobre su mejilla. —No hay nada malo en ti, Miller. Es como tener pelo

rubio o pecas. —Su sonrisa era tierna y la torció conforme sus dedos acariciaron la nariz de Miller—. Es sólo quien eres. —Nadie se avergüenza de tener pecas, Danny. Los ojos de Danny destellaron furiosos, su mano tirando fuerte del pelo de Miller. —No tienes que estar avergonzado. Esa es una elección que tú estás tomando. —No puedo aceptarlo de la misma forma que tú. —Miller miró al techo, las lágrimas luchando contra sus párpados. Danny se echó sobre su espalda, ambos mirando al techo como si fuera un mar de estrellas en vez de un deprimente yeso blanco rociado de manchas. —Nunca serás feliz con ella, —dijo Danny al final. Miller quería enfadarse, preguntarle a Danny qué mierda sabía él de todos modos, pero no podía reunir la energía. Era difícil ser superior moralmente cuando tu veracidad estaba en entredicho. —Lo sé, —dijo en cambio. Danny rodó sobre él y sostuvo la cara de Miller entre sus manos. —Odié verla ahí. Contigo. —Su voz era feroz—. La odié.

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Miller enganchó sus piernas alrededor de las de Danny, arqueando su cadera, manteniendo a Danny prisionero con su cuerpo. —Ahora sabes cómo me siento con lo de Griff, —dijo con los dientes apretados. Danny echó la cabeza hacia atrás. —¿Qué? —Me reuní con él. Y me volvió loco, pensar en ti y él... —Miller atrapó el pendiente de Danny entre sus labios. El aliento de Danny salió entrecortadamente mientras la lengua de Miller se deslizaba tras su lóbulo. —¿Cuándo se reunieron? —Hace unas semanas. Quería ver si sabía algo de Hinestroza. —Eso era lo más cerca que podía estar de contarle a Danny la verdad. No tenía el coraje de ser honesto sobre Ortiz o dejar a Danny saber qué peligroso se había sentido sentarse en frente de Griff, cómo Miller había pensado que podría matarlo si decía algo incorrecto... cómo había hecho a Miller visualizar demasiado bien lo que Griff y Danny habían hecho juntos en la cama. Cómo desde entonces, Miller se había preguntado si él, que nunca había estado con un hombre antes de Danny, podría competir con alguien como Griff, que rezumaba sexo por cada poro. Miller se empujó con la pierna, usando su peso para voltearlos e inmovilizar a Danny contra el colchón. Danny gimió, bajo y sensual, mientras Miller lamía un

camino subiendo por su cuerpo. —¿Alguna vez te hizo sentir así de bien? —gruñó Miller, sus labios curvándose sobre el estómago de Danny, la lengua pasando a través del pelo en su pecho mientras la camiseta blanca de Danny estaba levantada sobre sus brazos. Los celos no eran un sentimiento con el que Miller estuviese familiarizado; no había dominado trucos para controlarlos o aprendido secretos de contención como había hecho con el resto de sentimientos desagradables. No estaba acostumbrado a la fuerte bofetada de dolor cuando escuchaba el nombre de Griff, como ser azotado por dentro. No parecía ser capaz de tomar medidas drásticas contra la incertidumbre lo suficientemente rápido, no era capaz de dejar de preguntarse qué había sentido Danny exactamente por ese hombre, lo que aún sentía, si Miller sólo estaba recogiendo lo que quedaba. Los ojos de Danny estaban nublados con lujuria, su garganta vibrando bajo la boca de Miller mientras gruñía cuando Miller lo acarició a través de sus vaqueros, rápido y rudo. —¿Alguna vez ha hecho que te corras tanto como hice yo anoche? — exigió saber Miller. Podía oír la inseguridad tras sus palabras pero no sabía cómo esconderla, su mano hundiéndose en el muslo de Danny—. ¿Lo ha hecho?

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Miller esperaba que Danny se hiciese el listillo, que hablase sucio, quizás. Pero Danny tan sólo lo miró con los ojos muy abiertos, buscando su cara. —¿Lo ha hecho? —preguntó de nuevo Miller, su voz agrietándose. Danny subió una mano, pasando sus dedos sobre la boca de Miller. —Shhh, — le tranquilizó—. Está bien, Miller. No hay razón para que estés celoso. —Presionó el labio inferior de Miller con su pulgar, sus ojos dulces —. Nunca lo he amado. —Danny, —gimió Miller, enterrando su cara en el cuello de Danny. Sabía lo que Danny le estaba diciendo, y deseó poder decir algo también, algo a lo que Danny pudiese aferrarse cuando se fuera. Pero al final Miller tuvo que contentarse con decírselo a Danny sin palabras, meciéndose dentro de él, su cuerpo susurrando todas las cosas que no podía decir.

Los fragmentos de luz que se filtraban por las cortinas iluminaban la cara de Danny mientras dormía, las sombras jugando en su piel. Era lo más maravilloso que Miller había visto nunca, como un dios griego o una antigua estatua en algún museo. Miller besó su hombro descubierto, deslizando su lengua a lo largo del protuberante hueso. Colin había llamado hacía diez minutos, despertando a Miller de un sueño profundo pero sin molestar a Danny. Habían encontrado a Ortiz, o creían que lo

habían hecho. Sin huellas dactilares ni historial dental, pero un vecino lo había identificado cuando su cuerpo había sido descubierto hacía once años en un almacén abandonado a las afueras de Dallas. Torturado y disparado en el estómago, abandonado para que se desangrase hasta morir en el suelo de hormigón. Incluso con todas esas heridas, el examinador médico había dicho en su informe que probablemente le tomó mucho tiempo morir. No había sospechosos, aunque el vecino de Ortiz creía que estaba envuelto en drogas. La policía local encontró cocaína en su apartamento cuando la buscaron, un paquete bastante grande. No había huellas dactilares en el almacén, ni evidencia física, sólo un montón de sangre. Danny no había tenido más pesadillas, no desde que Miller había estado durmiendo a su lado. Sus demonios estaban descansando ahora. Pero al llegar la mañana Miller iba a tener que arrastrarlos fuera de sus lúgubres y ocultos lugares, forzarlos a salir a la luz. No más rodeos, no más excusas. Tenía que saber la verdad. Miller casi deseaba que la verdad fuera algo que no pudiese soportar, respuestas tan horribles que transformarían a Danny ante sus ojos, convirtiéndolo en un monstruo y no un hombre, no el hombre que Miller quería tanto. Reconoció su propia desesperación, buscando algo que le hiciese más fácil el dejar marchar a Danny.

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Capítulo Doce
Le cortaron el pulgar a Ortiz primero, sólo para asegurarse toda la atención de Danny. Danny había sabido que algo iba mal al minuto de que Madrigal lo recogiese para la precipitada reunión con Hinestroza, que estaba en la ciudad por unos pocos días. Madrigal estaba demasiado ansioso cuando se había presentado en el umbral de su puerta, temblando de emoción, lanzándole a Danny miradas de soslayo llenas de satisfacción. La leve presión de la preocupación se había intensificado hasta el afilado filo del pánico cuando habían llegado al almacén y Madrigal había hecho avanzar a Danny al interior, su mano aumentando la presión en el bícep de Danny mientras lo empujaba a la fría silla plegable de metal. Ortiz estaba ya sentado, sus tobillos atados con cinta adhesiva a las estrechas patas de la silla, su torso con una gruesa cuerda negra, sus ojos tan abiertos que abarcaban toda la habitación. Hinestroza estaba sentado tras una larga y estrecha mesa, con expresión seria, las manos unidas como si estuviese a punto de comenzar una importante reunión de negocios. Otro hombre, uno de los ayudantes de Madrigal, estaba de pie junto a la silla de Hinestroza. —Señor Hinestroza, ¿qué...? —Danny se atragantó. —Danny... —¿Qué sucede? —Danny se giró para mirar a Ortiz—. ¿Qué ha pasado? —Danny. —La voz de Hinestroza era glacial y reprobadora; no le gustaba ser interrumpido. —Señor Hinestroza, lo que sea que esté pasando, puedo explicarlo. Puedo... —¿Puedes explicar la cocaína que ha sido robada del último envío? — Hinestroza alzó las cejas—. Bien, entonces, estoy muy interesado en escuchar lo que tienes que decirme, Danny.

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El estómago de Danny se contrajo en una bola diminuta, el terror haciéndose camino en cada célula de su cuerpo. —Ortiz, —gimió—. ¿Qué mierda has hecho? —Danny. ¡Danny! —dijo Hinestroza bruscamente, pero Danny estaba demasiado asustado como para responderle, su mente intentando desesperadamente encontrar una mentira, algo que detuviese esto antes de que fuese demasiado tarde. De reojo vio el gesto de Hinestroza hacia Madrigal, que avanzó, agarrando la muñeca de Ortiz con fuertes dedos. —¡Espera! —gritó Danny, sus ojos yendo de Ortiz a Madrigal hasta Hinestroza una y otra vez. La sangre le zumbaba en los oídos. No podía oír, no podía enfocar, no sabía si debería mirar o no, no sabía si suplicar o pelear. Ortiz intentaba resistirse, apartando el brazo mientras Madrigal tiraba de él lentamente hacia adelante. Madrigal empujó el brazo de Ortiz contra la mesa, su afilada navaja abierta rápidamente con mano experta. —Señor Hinestroza, espere, quizás es un error, quizás puede explicar... La voz de Madrigal sonó apagada en los oídos de Danny, como si estuviese hablando desde el otro lado de un túnel, sus palabras llegando a Danny desde una larga distancia. —Apoya la puta mano recta, Ortiz, o te la cortaré entera.

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La hoja susurró por el aire, el ruido metálico al chocar sobrepasado por el grito de Ortiz, alto y desesperado, no un sonido humano, más como un animal atrapado, el miedo aumentando con cada respiración. La sangre salió en un brillante arco, grandes y oscuras gotas deslizándose por el borde de la mesa hasta el suelo sucio. Alguien estaba gimiendo, un fuerte e intenso grito. Danny ni siquiera se había dado cuenta de que era su propia voz hasta hasta que Hinestroza lo llamó, devolviéndolo a la realidad. Danny giró la cabeza en lo que pareció cámara lenta, se había vuelto estúpido por el shock, sus ojos saliéndose de las órbitas. —Aquí tu amigo, el que tú recomendaste para el trabajo, me ha estado robando, —informó Hinestroza una vez que Danny lo miró a los ojos. Danny se lamió los labios, tratando de generar algo de saliva. Podía ver a Ortiz a su lado, acunando su mano dañada. —Es adicto, señor Hinestroza, — consiguió decir Danny, sus palabras casi ininteligibles debido a las sacudidas de su cuerpo—. No lo hubiese hecho si no fuese así. Hinestroza rió. —No me importa si tiene que esnifarla cada diez segundos para seguir vivo, Danny. ¡Esa cocaína era mía! —Golpeó la mesa con el puño—. Y a mí nadie me roba. —Su voz era calmada ahora, amable—. Lo sabes bien.

—Pero él ha trabajado con nosotros durante mucho tiempo. Más de dos años. ¿No puede darle otra oportunidad?¿Hacerle trabajar hasta devolver lo que debe? —¿Entonces el siguiente pensará que puede robarme e irse perdiendo un solo pulgar? —Hinestroza meneó la cabeza, casi como si lo sintiese de verdad—. No, Danny. No puedo hacer eso. —Hizo un gesto impaciente con la mano. Madrigal avanzó hacia Ortiz de nuevo, blandiendo la navaja. —¿Qué crees tú? —preguntó como si nada, mirando a Danny con ojos animados —. ¿Una oreja? —Madrigal deslizó la navaja por la oreja de Ortiz, abriendo un rojo río de sangre. Movió la navaja alrededor de la cara de Ortiz, echó su cabeza hacia atrás tirándole de los pelos—. ¿O quizás debería cortar esta nariz? A la que le gusta esnifar la cocaína del señor Hinestroza. Danny y Ortiz gritaron al mismo tiempo, largos y resonantes gemidos. Danny se levantó de la silla, sus gritos profundos y salvajes. —¡Por favor, no, no lo hagas!¡Dios... no lo hagas! —¡Siéntate, mierda! —ordenó Madrigal, apuntando a Danny con la navaja.

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—Espera...ahora, espera, —dijo Hinestroza, levantando las palmas de la mano—. Siéntate, Danny. Y hablemos de esto. Danny se echó sobre la silla, sus piernas temblequeando contra el asiento. Quizás aún pudiesen salir de esta. Quizás Ortiz no tenía que morir de esa forma. Quizás... —No me había dado cuenta de que Ortiz te importaba tanto. Danny asintió, su cabeza moviéndose arriba y abajo como uno de esos muñecos que repartían en los juegos de béisbol. —Sí. Es un buen amigo mío. Por favor, señor Hinestroza. Hinestroza frunció los labios, dándoles golpecitos con su cigarrillo apagado. —La cosa es que alguien me ha robado, Danny. Eso no puede salir impune. —Se metió el cigarrillo en la boca, encendiéndolo con un mechero dorado que sacó de su bolsillo. Dio unas caladas profundas, mascando con satisfacción al final —. Pero estoy dispuesto a hacer un trato, porque siempre has sido un buen empleado. —Lo que sea, —asintió Danny—. Si quieres quitarme algo de mi salario, también, o algo como eso, está bien. No hay problema. Yo... —Tú ocuparás su lugar, —dijo Hinestroza, su voz feroz, los ojos ardiendo en los de Danny.

Danny no lo entendía, su mente no era capaz de darle sentido a esas palabras. —¿Q... qu... qué? —balbuceó. Hinestroza se encogió de hombros, apuntando con su cigarro a Ortiz. —Me ha robado. Alguien tiene que pagarlo, Danny. Sino me ganaré la reputación de hombre que no protege lo que le pertenece. Y eso sólo traería problemas. Entiendo que no quieras que tu amigo muera. En realidad es muy noble de tu parte. Pero a cambio tendrás que recibir su castigo. Las lágrimas ahora caían rápido, bajando por las mejillas de Danny y salpicando sus vaqueros. Estaba más allá del punto donde se habría sentido avergonzado por su llanto, el terror era la única emoción en su repertorio. —Señor Hinestroza, yo... ¿no hay otra forma? —No. Es tu única elección. Hazla. —La voz de Hinestroza era tan fría e implacable como la navaja en la mano de Madrigal. —Danny, —gimió Ortiz, su voz llena de angustia—. Danny. —Pero Danny se negó a mirarlo. No quería escuchar lo que fuese que iba a decir, no quería leer la súplica en sus ojos.

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Porque Danny ya sabía cual iba a ser su respuesta. Sabía exactamente los límites de su propia valentía, sabía con precisión donde su capacidad de sacrificarse terminaba. Y sabía que no podía hacerlo. No podía aceptar las consecuencias de lo hecho por Ortiz. Danny iba a dejarlo morir. —¿Y bien? —preguntó Hinestroza. Quería que Danny lo dijese en voz alto. Hinestroza comprendía el poder de la culpa, comprendía que Danny elegiría vivir pero que nunca volvería a respirar tranquilo, que sería perseguido por siempre por el hombre que no salvó. —No, —susurró Danny, ahogándose en sus palabras. —¿No, qué? —No... no ocuparé su lugar. Hinestroza se inclinó sobre el escritorio. —Bien. Entonces detén tu lloriqueo y deja a Madrigal hacer su trabajo. —Retiró su silla con un chirrido en el hormigón, su cigarro atrapado entre los dientes —. Estaré en el coche, —dijo a Madrigal. Señaló a Danny—. Tú quédate aquí y observa. Al final, Madrigal cortó la oreja de Ortiz, la que estaba más cerca a donde Danny se sentaba para que pudiera verlo. Danny cerró los ojos, pero Madrigal lo amenazó con arrancarle los ojos si lo volvía a hacer. —El señor Hinestroza te dijo

que miraras. —Así que Danny miró. Con cada parte nueva del cuerpo o pedazo de carne que caía al suelo empapado en sangre, los gritos de Ortiz se hacían más débiles, pero no moría. Había pasado mucho desde que Danny vació su estómago en su regazo y el bajo de su camisa, su respiración convertida en jadeos irregulares, sus ojos volviéndose en su cabeza mientras intentaba evitar las vistas. Danny dejó de pensar, lejos del hedor a sangre fresca y los gritos del moribundo. Podía saborear el vómito en su garganta, los sentía endurecerse alrededor de su boca. Danny lanzó una oración, deseando morir allí mismo, al lado de Ortiz. Pero, como todas las oraciones de Danny, esta siguió sin respuesta, él continuó respirando, viendo. Danny ni siquiera reconocía ya a Ortiz; este era solo sangre y heridas abiertas. Danny deseó que estuviesen sentados más cerca para poder sostenerle la mano, así Ortiz sabría que no estaba solo. Danny recordó el día en que conoció a Ortiz, cómo había sonreído tan ampliamente cuando Danny caminó hacia el lavacoches, oliendo mal y asustado. Ortiz no había titubeado, había aceptado a Danny como un amigo y lo había ayudado sin preguntar. Danny recordaba cómo solían sentarse fuera en el descansa de la comida y comer tacos baratos, y Ortiz le hablaría de su mujer. Cómo la había amado desde el día en que la había conocido con siete años. Nunca se avergonzaba de admitir sus sentimientos; siempre hablaba con orgullo. Danny deseó poder volver a ese tiempo, pulsar el botón de rebobinado de su vida y decir: No... joder, no, cuando Ortiz fue a su apartamento pidiendo trabajo. Deseó haber hecho más para detener a Ortiz en su descenso a la oscuridad tras la muerte de su hija. Deseó haber tenido el coraje para salvar a su amigo. Al final, incluso Madrigal se cansó, mirando con disgusto a su ropa estropeada, lanzando la ensangrentada navaja hacia la mesa. —¿Qué piensas, Danny?¿Crees que ha tenido suficiente? —Por favor, —graznó Danny. Parecía que era lo único que sabía decir, la única palabra que su mente podía sacar a la luz—. Por favor. Madrigal dio un tortazo a Ortiz. —Hey, gilipollas, ¿todavía estás vivo? Ortiz dejó escapar un suave quejido, gorgoteante y húmedo, y el estómago de Danny se convulsionó en respuesta. Que Dios lo ayudara, quería que Ortiz se apresurara y muriese; quería que todo acabara. Madrigal tiró una patada la silla, y Danny se estremeció al oír el ruido sordo con el que la cabeza de Ortiz rebotó contra el suelo. Ortiz estaba mirando a Danny entre las sangrientas hebras de pelo, su ojo restante nublado y oscuro. Madrigal sacó su pistola y la apretó contra la cabeza de Ortiz.

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—Nah, —sonrió—. Demasiado rápido. —Deslizó la pistola hacia abajo, presionó el cañón en el estómago de Ortiz. Danny creía que no le quedaban lágrimas que derramar, pero sollozó al llamar a Ortiz, llorando tras sus manos. Cuando Madrigal disparó, el cuerpo de Ortiz saltó contra el suelo. —Voy afuera a fumarme un pitillo, —dijo Madrigal, su voz desahogada, satisfecha por el trabajo bien hecho—. Tú espera aquí. Danny se quedó con Ortiz hasta que murió, cantando suavemente una melodía sin palabras, diciéndole a Ortiz que lo sentía, incluso aunque dudase que Ortiz pudiese oírlo. Danny esperaba que hubiese escapado a algún lugar lejano, un lugar más allá del dolor, un lugar donde su hija esperaba. Danny no se molestó es pedir perdón. No veía la razón de perder aliento suplicando por algo que no merecía.

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Miller estaba preparado. Había salido de la cama temprano, se había duchado y afeitado en el apretado y húmedo cuarto de baño. Trató de no pensar. Quería desaparecer dentro de su concha profesional, su mente enfocada únicamente en el objetivo de descubrir la verdad sobre Ortiz. Se puso unos pantalones azul marino y una camisa blanca de vestir, estuvo a punto de ponerse una corbata. Con una mano se echó para atrás el pelo húmedo y se echó un vistazo en el espejo. Parecía un agente del FBI, duro y distante, un hombre que a duras penas reconocía ya. ¿Vas a salir ahí y hundirlo ahora?¿Es esa la clase de bastardo que eres, Miller? Después de lo que te dijo anoche sobre no haber amado nunca a Griff? Sabes lo que te estaba diciendo, lo que esas palabras significaban. ¿Y tú vas a darle la espalda y presionarlo de esta forma? Pero Miller no podía descubrir lo que necesitaba saber si no llevaba la máscara. Y tenía que admitir que sentía una especie de alivio al ocultarse tras la fachada de nuevo, poniéndose más allá del alcance de Danny. Nunca se había sentido tan atraído por otro ser humano en su vida, y nunca había estado tan asustado del poder de otra persona sobre él. Danny estaba aún dormido, repantingado en la cama, abrazando una almohada ahora que Miller había abandonado su puesto. Miller se sentó en la silla cerca de la ventana y esperó, sus codos en equilibrio sobre sus rodillas, las manos unidas. Había

elegido el momento y el método deliberadamente, sabía que Danny estaría vulnerable recién despertado, desnudo física y mentalmente ante el ataque sorpresa de Miller. Sin importar el resultado, Miller no culparía a Danny si lo odiase después de esto. ¿Y quizás ese sea tu objetivo, huh? Es mucho más fácil para ti cuando la otra persona es la primera en alejarse, ¿no es así? Miller no estaba seguro de cuánto tiempo estuvo allí sentado mirando a Danny dormir, el tatuaje de su espalda reclamando a Miller más cerca. Se preguntaba si tendría siquiera la oportunidad de volver a tocarlo. Un rayo de sol se había colado a través del roto de las cortinas, caliente en el cuello de Miller, cuando Danny se despertó por fin, girándose con un bostezo que hizo crujir su mandíbula. —Hey, —saludó a Miller con una sonrisa de desconcierto—. ¿Qué hora es?¿Por qué estás tan arreglado? Miller tomó aliento, mantuvo su cara neutral, incluso su voz. —Sé de Alejandro Ortiz. Danny retrocedió, como si hubiese tocado una corriente eléctrica, su cuerpo alejándose de Miller. —¿Qué has dicho? —dijo ahogadamente.

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—Necesito que me cuentes lo que sucedió. ¿Cómo murió, Danny?¿Es él del que estabas hablando cuando dijiste que habías matado a alguien hacía mucho tiempo?¿Qué querías decir con eso? —Miller fue implacable con sus preguntas, sin ceder, sin darle a Danny tiempo para pensar. —No es de tu maldita incumbencia. —Danny saltó de la cama, agarrando su boxer del suelo y poniéndoselos. Sus ojos se veían salvajes, y Miller fue transportado atrás al momento de hacía semanas en la sala de interrogaciones cuando pensó que Danny iba a intentar huir. Miller se levantó rápidamente, interponiendo su cuerpo entre Danny y la puerta. —Podemos hablarlo aquí o puedo llevarte a la sede y puedes hablar con Colin. —Miller podría haber estado hablando con un completo extraño, Danny un sospechoso frente a él en una impersonal sala de interrogaciones, en vez de a un lado de la cama que habían compartido tan solo la noche anterior Danny giró la cabeza de repente. —Que te jodan, Miller, —escupió—. ¿Por qué no hacemos eso, entonces? Vamos para allá, y mientras estoy en ello puedo contarle todo sobre cómo tenías tu polla en mi culo anoche. Ahora era el turno de Miller de dar un paso atrás, la respiración congelada en sus pulmones. Danny soltó una risita amarga. —No es muy divertido que te tiendan una emboscada, ¿no es así?

—No harías eso, —dijo Miller con más seguridad de la que sentía. —Pruébame. —Los ojos de Danny eran hielo congelado, un brutal instinto de supervivencia poniéndose a la altura de las circunstancias. —Contesta las preguntas, Danny. Danny frunció el ceño, torciendo la boca. —¿Cómo supiste de él de todas formas? —Tuviste una pesadilla una noche, en el apartamento. Estabas diciendo su nombre. Le dije a Colin que tratara de localizarlo. Danny apartó la mirada, los músculos de su cuello palpitando bajo su piel. — ¿Por qué no dijiste nada? —preguntó finalmente. —Porque no me lo hubieses contado. Tenía que hacer mi trabajo. Danny miró fijamente a Miller con los ojos encogidos. —¿Es eso lo que has estado haciendo conmigo todo este tiempo, tu trabajo? —¿Qué?¡No! Yo sólo... tenía que saberlo. Tenía que saber la verdad.

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—¿Y qué si la historia no es la que esperas?¿Qué si realmente lo maté?¿Vas a hacer que me arresten, acusado de asesinato? —Danny dio un paso hacia Miller —. Me follaste, y seguiste follándome, ¿pensando que quizás había asesinado a un hombre a sangre fría? De repente Miller sintió que era él el que había sido hundido, su corazón yacía abierto enfrente suya. No podía hacerlo, no tenía lo que hacía falta para jugar al agente de FBI con Danny como criminal. No ahora. Pero el descubrimiento llegó demasiado tarde; Danny ya lo estaba mirando con ojos desconfiados y distantes. —Sé que no lo asesinaste. —Mientras lo decía comprendió que era cierto. No creía, nunca creería, que Danny era un asesino. —¡No sabes una mierda! —gritó Danny furiosamente—. ¿Quieres escuchar la historia? Acerca una silla, coge palomitas, te va a encantar. —Danny... —Oh, no me detengas ahora, Miller. Te metiste en semejante lío para obtener las respuestas, ¿verdad? Miller no respondió, preguntándose cómo se habían tornado tanto las tablas, cómo había acabado estando él en el punto de mira en vez de Danny.

—Bien, agente especial Sutton, ataca. —Danny extendió los brazos elevando desafiante las cejas. —Danny, no tienes que... Danny lo cogió por sorpresa, precipitándose hacia él para empujarlo contra la pared. La cabeza de Miller golpeó contra el yeso, sus brazos atrapados bajo el peso de Danny. —¿Qué quieres saber? —gritó Danny, un tembloroso puño dirigido a él preparado para volar. Este Danny no era alguien que Miller reconociese, su cara endurecida y determinada, sus ojos llenos de desdén. Miller se estremeció, preparado para el impacto, pero el puñetazo nunca llegó. Danny dejó caer el brazo. Golpeó con violencia lejos de Miller, murmurando: —Joder, —entre dientes. Danny se retiró al otro lado de la habitación y se reclinó contra la pared, los brazos cruzados sobre el pecho. —¿Qué quieres saber? —repitió. Miller tomó aliento para relajarse, sus ojos fijos en los de Danny, buscando al hombre que conocía, el hombre que él había hecho ponerse a cubierto. —¿Quién era Ortiz? —Era la primera persona que conocí en Texas. Era tan sólo un par de años mayor que yo. Nosotros... —¿Erais amantes? —preguntó Miller en voz baja. —¿Esa pregunta entra en el campo personal o profesional? —Danny sonrió con suficiencia—. Probablemente ahora te importe una mierda, pero sólo éramos amigos. Trabajábamos en el lavacoches juntos. —¿Entonces Hinestroza los reclutó a los dos? Danny sacudió la cabeza. —No. Sólo a mí. Pero Ortiz necesitaba dinero desesperadamente. Tenía una familia en México, así que después de que yo hubiese estado trabajando con Hinestroza durante un tiempo, vino y me pidió trabajo. Le dije que no al principio, pero al final hablé con Hinestroza y metió a Ortiz en el trabajo. —Danny dio a Miller una áspera mirada —. ¿No deberías estar tomando nota?¿O tienes una grabadora oculta por aquí?¿Quizás una escucha bajo tu pintoresca camisa? Miller lo ignoró, hablando sin escuchar el fuerte golpeteo de su corazón. — ¿Qué pasó después? —Se enganchó a la coca. Empezó a consumirla con Madrigal. El problema era

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que Madrigal podía permitirse su vicio y Ortiz no. —Danny suspiró, refregándose la cara con las dos manos—. Robó un poco de cocaína de un envío. —Ah, Jesús, —suspiró Miller. Los ojos de Danny buscaron los de Miller, tristes y enfadados. —Nos llevaron a un almacén y Hinestroza ordenó que lo mataran. Madrigal lo torturó. —Danny soltó un tembloroso suspiro—. Después le disparó en el estómago y lo dejó morir. Miller apretó los puños hasta que sus nudillos crujieron. Sabía lo que Danny estaba dejando a un lado en su flemática narración. Colin le había leído el informe del examinador médico por teléfono. Ortiz había soportado lo impensable antes de morir finalmente. Miller no necesitaba los detalles para imaginar lo que Danny había sido forzado a ver y escuchar. No era ninguna sorpresa que aún tuviese pesadillas. —Tú no lo mataste, Danny, —dijo Miller, con tanta delicadeza como pudo. —Sí, lo hice. —La voz de Danny era monótona. —Sólo porque lo ayudaras a conseguir un trabajo no quiere decir que eres responsable...

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Danny levantó el índice en un movimiento burlón. —Todavía no has escuchado la mejor parte. —Hizo una pausa, el músculo de su mandíbula palpitando bajo su piel—. Podría haberlo salvado, pero no lo hice. Miller rodeó la cama y se sentó en el borde más cercano a Danny. No extendió la mano para tocarlo, pero quería hacerlo. —Cuéntame. Danny hizo un ruido absorbente con la garganta, tragándose el sufrimiento como si fuese una pastilla amarga. —Hinestroza dijo que no mataría a Ortiz si yo ocupaba su puesto. Los ojos de Danny estaban muy lejos, resplandeciendo con el brillo líquido de lágrimas sin derramar. El corazón de Miller se rompió viéndolo, astillándose en miles de trozos dentro de su pecho. —¡Jesus! Danny, —susurró Miller—. No podías salvarlo. Hinestroza lo hubiese matado de todas formas, después de ti. —No sabes una mierda del tema, —escupió Danny—. Hinestroza no es un mentiroso. Nunca lo ha sido. Si dice que va a hacer algo, lo hace. Tanto si es matarte por robar como perdonarte porque otra persona cargó con tu castigo. No incumple sus promesas, nunca.

—No lo mataste, —repitió Miller—. Nadie hubiese elegido ocupar su lugar. —Gilipolleces, —dijo Danny—. ¿Qué hubieses hecho tú?¿Le hubieses dejado morir de esa forma? —Yo... mierda, Danny, no lo sé. —Miller levantó las manos con frustración—. Probablemente. —Bueno, esa es la diferencia entre nosotros. Porque mi respuesta no fue ―probablemente‖, fue ―sí‖, un ―sí‖ sin vacilar. —La voz de Danny se quebró y éste flaqueó, apoyándose en la pared. —No me lo creo, —dijo Miller—. Creo que le diste vueltas a tu decisión en ese entonces, tal y como probablemente hayas estado dándole vueltas cada día desde entonces. —Se levantó, acercándose a Danny pero sin tocarlo aún—. Te conozco, Danny. No eres tan duro como finges ser. —Tú no me conoces, —dijo desdeñoso Danny—. No tienes ni idea de lo que soy capaz. Cuando empezamos... esto, —Danny señaló una y otra vez sus cuerpos— pensé en utilizarlo para salvarme. Lo consideré. No te engañes sobre la clase de hombre que soy.

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La rabia estalló dentro de Miller por las palabras de Danny, cegado por el conocimiento de que Danny se había tambaleado en el filo de traicionarlo. ¿Pero es eso diferente a lo que estás haciéndole justo ahora, Miller? Hay muchos tipos de traición. Al menos él no siguió con eso... a diferencia de ti. —Aún soy el mismo hombre que conociste en la sala de interrogaciones. El que pensaste que era un pedazo de mierda. Nada ha cambiado. —La voz de Danny era segura, pero sus ojos lucían destrozados. Miller dio el último paso, apretándose contra Danny, sosteniendo su cara, obligando a Danny a mirarlo. podía sentir la violencia en el cuerpo de Danny, la urgencia de apartarlo creciendo en él. —Sí, lo ha hecho. Todo ha cambiado, —dijo Miller, enfatizando cada palabra—. Incluyéndote a ti. Incluyéndome a mí. —No, no lo hemos cambiado. —Danny empujó a Miller, enviándolo trastabillando hacia atrás—. Míranos. Miller el agente del FBI obteniendo sus respuestas, y Danny el criminal con una vida de actos malos tras él. Eso es todo lo que seremos siempre. Miller no era muy hablador; siempre se había sentido incómodo con las palabras, constantemente luchando por encontrar lo que sería correcto decir. Pero con Danny, la conversación fluía fácilmente. Miller se sentía escuchado cuando hablaba. Pero ahora la vieja inseguridad, la incapacidad de juntar las palabras adecuadas, lo

golpeó fuerte en el momento exacto en que Danny lo necesitaba para arreglar lo que se había estropeado entre ellos, lo que Miller había estropeado cuando había quitado valor a lo que sentían, reducido a Danny a una función de su trabajo. —Eso no es verdad. Eso no es lo que somos cuando estamos juntos. —La voz de Miller temblaba, pero no apartó la mirada—. Lo siento, Danny. Por Ortiz. Y por lo que he hecho. Me... me asusté. Cada músculo del cuerpo de Danny se contrajo, luchando contra las palabras de Miller, un sollozante gemido escapando conforme sus ojos trataban de huir donde Miller no pudiese alcanzarlos. —Debería odiarte, —susurró—. Quiero odiarte. —Danny, —murmuró Miller, tirando de Danny, envolviéndolo fuerte entre sus brazos. Danny lo agarró con todas sus fuerzas, apretándose contra el cuerpo de Miller, su espalda bajando y subiendo bajo las manos de Miller. La respiración de Danny se le trababa en el pecho, y Miller retrocedió un poco. Deslizó la mano por la pierna desnuda de Danny, metiendo los dedos bajo el borde de los boxers de Danny para tocar la cicatriz de su muslo. Danny contuvo el aliento, bajando la mano para apartar a Miller.

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—¿Cómo te hiciste esta? —susurró Miller. —¿Quién quiere saberlo? —replicó Danny, su voz apagada por las lágrimas —. ¿El agente del FBI? Miller cerró los ojos. Deseó retroceder en el tiempo y comenzar de nueva la mañana, hablar con Danny de una forma más dulce, más honesta. —No. Tan sólo yo. Tan sólo Miller. Danny miró a través de él, sobre su hombro. —Me lo hizo Madrigal... después. Con su fiel navaja. Era un mensaje de Hinestroza. Una forma de decirme que no la volviese a joder, metiendo a alguien en quien no se puede confiar en el grupo. Y la cicatriz era para recordarme lo que había hecho, que había elegido mi vida antes que la de Ortiz. El deseo de asesinar a otro ser humano nunca había corrido tan desenfrenadamente en la sangre de Miller. Quería cinco minutos a solos en una habitación con Madrigal y Hinestroza, quería hacerles sufrir de la forma que habían hecho sufrir a Danny todos esos años. Miller bajó el cuerpo de Danny hasta que quedó sobre sus rodillas, quitándole los calzoncillos con las manos para poner al descubierto la fina y blanca línea. La recorrió con sus dedos lentamente, Danny temblando bajo su toque. Miller bajó su cabeza y lamió la cicatriz con la punta de la lengua, breve y suavemente.

—Miller, —suspiró Danny, su voz cansada y triste. Se echó a un lado, lejos, tratando de escapar—. No... por favor. —Está bien. No tiene por qué significar lo que ellos querían que significara. Podemos cambiarlo, convertirlo en algo diferente. Como hicimos con la serpiente de tu espalda. —No vamos a cambiarlo. No vamos a convertirlo en algo mejor. —Danny sacó sus piernas de debajo de Miller—. Es parte de lo que soy. No puedes borrar todas las partes feas de mí, las partes que no encajan con quien tú quieres que sea. Miller se levantó, metiéndose las manos en los bolsillos. —Eso no es lo que estoy tratando de hacer. —Nunca había estado tan hundido por la tristeza, ni siquiera cuando su madre murió, sentía como un torno de acero alrededor de su pecho, ahogándolo en dolor. —No me mientas, joder. Siempre sé cuando estás mintiendo. Danny tenía razón, por supuesto que la tenía. ¿No había deseado Miller, más de una vez, poder sentir por Rachel lo que sentía por Danny?¿Que Rachel pudiese ser la primera persona en la que pensara al despertarse por la mañana y la última a la que quisiera tocar antes de quedarse dormido por la noche?¿O por lo menos que Danny fuese otra clase de hombre, uno que fuera respetable y honesto, un hombre que no hubiese pasado la mayor parte de su vida en la sombra? —No sé que decir, —admitió Miller, sus hombros desplomándose por la derrota—. Estoy jodidamente confundido. Sobre ti y mí y nosotros. Ni siquiera sé quién soy ahora. O qué es lo que realmente quiero. Danny se negó a mirarlo, su mandíbula cerrada y apretada, los ojos fijos en el suelo. —Danny... —Miller habló entre las lágrimas que se juntaban pesadas y gruesas en su garganta. Incluso sin la posibilidad de un futuro juntos, la idea de que terminase de esta forma le produjo un dolor que no podía soportar. Danny respondió al dolor en su voz automáticamente, levantando la vista para fijarla en la de Miller, la furia en una batalla perdida con la compasión, una mano extendiéndose. Miller se sorprendió de su propio egoísmo, buscando consuelo de la persona que acababa de herir, tomando para sí lo que Danny probablemente no podía permitirse dar. Pero Miller lo reclamó de todas formas, se dejó atraer con el susurro de Danny, —Ven aquí. —Danny deslizó su pulgar bajo el ojo de Miller, lo besó suavemente, de la forma que lo habían hecho la primera vez. Se agarraron durante un silencioso momento, y entonces las manos de Danny

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bajaron por el torso de Miller, deslizándose entre sus cuerpos para tirar suavemente del cinturón. Miller tironeaba de los botones de su camisa, queriendo deshacerse de su ropa, la marca de su trabajo. Había cierta urgencia mientras se apretaban, un deseo de borrar los recuerdos de la mañana, pero había cierta tristeza, también, el reconocimiento de lo que eso significaba para ambos. Cuando ambos estuvieron desnudos, Danny se echó sobre la cama y Miller se arrastró sobre él. Se apretaron el uno contra el otro, la espalda de Danny en el pecho de Miller, sin moverse, sólo sosteniéndose. Miller podía sentir el corazón de Danny palpitando bajo su mano, el pelo oscuro de Danny deslizándose por su mejilla. Miller se inclinó para besar el hueco entre el cuello y el hombro de Danny, su boca trazando el hueso, luego por detrás, bajando para unir la lengua de la serpiente con la suya. Danny se estremecía contra él, su respiración haciéndose más rápida cuando Miller lo tomó en su mano, la humedad goteando por sus dedos. Danny echó la cabeza hacia atrás hasta que sus bocas se unieron, la lengua de Miller tierna en la de Danny, el consuelo por todas las duras palabras que se habían arrojado el uno al otro. Danny mordió la mejilla de Miller suavemente, sonriendo contra su piel. —Echo de menos la barba, —susurró. —Me la dejaré crecer.

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Danny comenzó a darse la vuelta, pero Miller lo sostuvo. —No, así. Justo así. —Se separó de él y cogió loción de la mesita de noche, volviendo para rociarla sobre el cuerpo de Danny mientras lo preparaba. Danny flexionó la pierna hacia su pecho cuando Miller se posicionó, frotándose contra él, deslizándose dentro sólo un poquito y volviendo a salir, una y otra vez hasta que Danny empezó a gemir bajo en su cuello, empujándose contra Miller, la cara ruborizada. Miller se metió lentamente, y Danny se abrió a él, empujándolo más adentro. Se preguntaba si llegaría siquiera a acostumbrarse a lo bien que se sentía estar dentro de Danny, a cómo encajaban de todas las formas, sus cuerpos no se preocupaban por las dudas o divisiones o lo que el mañana pudiera traer, la unión de la carne el único asunto en la agenda. Miller se apoyó en un codo, luchando por mantener sus ojos abiertos; quería ver cómo la cara de Danny se volvía suave y tranquila con cada empujón, su lengua atrapada entre los dientes mientras se movía con Miller, meciendo su cadera. Miller fue golpeado por el repentino deseo de que Danny lo llamase ―pequeño‖, cómo lo había hecho esa noche contra la puerta, pero no fue capaz de dar voz a su deseo. Danny se giró para mirar a Miller, sosteniendo su mirada mientras Miller se deslizaba dentro, gimiendo cuando se hundió profundo, y apretándose caliente y firme alrededor de él. La mirada segura de Danny dejó a Miller sintiéndose expuesto y al descubierto, lo profundo de sus sentimientos por Danny revelándose en él con

una fuerza imparable, haciéndolo casi enfermarse de deseo, arrancándole palabras de la boca. —Danny, yo... es más que esto para mí, —dijo Miller con urgencia, sus labios casi tocándose, desesperado por que Danny pudiese escuchar más allá de sus palabras. Agarró firmemente la cadera de Danny, sus dedos hundiéndose en su piel— . Es más que sólo esto. Danny dejó de moverse, llevándose la mano de Miller a los labios para besar sus nudillos, deslizando la lengua por la palma de Miller. —Lo sé, —susurró. Las lágrimas que Danny había estado conteniendo toda la mañana se desbordaron ahora, bajando por los dos lados de su cara para formar charcos desiguales en las deslucidas sábanas blancas. Miller exhaló un tembloroso suspiro y atrapó las lágrimas de Danny con la mano. Hicieron el amor silenciosamente excepto por sus bajos gemidos y los sonidos de sus cuerpos uniéndose. Miller empujaba seguro y fuerte, queriendo que Danny lo disfrutase, queriendo hacerlo sentir amado. Danny se vino en silencio con un profundo suspiro tembloroso, derramándose en su propias mano. Miller no tardó mucho, sus propias lágrimas mojando la clavícula de Danny cuando cayó sobre él, su cuerpo temblando contra la piel cálida de Danny.

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Incluso a través su dolor, Danny ofreció a Miller lo que necesitaba, alzando una suave mano para acariciar su pelo, murmurando: —Shhh... Miller. Todo está bien, —en su oído. Y Miller supo que, se lo mereciese o no, había sido perdonado.

Capitulo Trece
Las ropas de Danny ya no le quedaban; pertenecían a un hombre veinte libras más pesado y toda una vida más joven. Quince meses en Marion habían despojado a Danny de muchas cosas, la menos importante de ellas su peso. —Oye, Butler, hora de irse. —El guardia le indico que avanzara, riéndose por lo bajo por la manera en que los jeans le colgaban de las caderas, a un paso de formar un charco a sus pies. Danny mantuvo una mano cerca de su cintura solo en caso, la otra apretada una bolsa de compras llena de su botín de prisión -dos cartas de su madre, llenas de recriminación y de ¿―cómo pudiste hacernos esto, Danny‖? un tubo medio lleno de pasta de dientes, y veintiún dólares, la suma total de su cuenta en prisión. —Nos vemos, Butler, —le dijo el guardia mientras Danny salía hacia la brillante libertad. Sus cortos paseos por el patio no lo habían preparado para el sol nuevamente, la manera en que quemaba círculos calientes en sus parpados cerrados y dejaba sellos resplandecientes estropeando su visión. —Gracias, -murmuro Danny. Súbitamente se sentía asustado, a pesar que escapar de ese lugar fue el único tema en su mente durante cada día que paso en el. No estaba seguro de adonde ir o que hacer; ni siquiera podía costearse un pasaje de bus de regreso a Texas. No había sabido nada de Hinestroza desde el día que fue arrestado, vendido por un comprador atrapado con la cocaína que justo acababa de recibir de Danny. Los federales lo habían acorralado, ofreciéndole tratos demasiado buenos para ser ciertos, o arrojándole amenazas como confetis. Pero no se entrego, rehusando dar un solo nombre. Su caso cayó en manos de una abogada pública con demasiado trabajo, cansada y cínica. Se lavo las manos de él cuando no acepto el trato. —¡Danny! —una voz lo llamó desde el otro lado de la calle, donde un hombre bajo y fornido usando gafas de sol, se encontraba apoyado contra un auto negro.

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—¿Si? —preguntó Danny, sin acercarse. —Súbete. Te llevo. —¿Quién eres? —Solo súbete al coche. No vamos a hablar de eso aquí. Danny dudó, mirando hacia ambos lados de la calle. El hombre dio unos cuantos pasos en su dirección. —El Sr. Hinestroza me mandó, —le dijo por lo bajo. Danny cruzó hasta el auto y se subió en el asiento trasero, deslizándose sobre el cuero suave con un suspiro de satisfacción—. ¿El Sr. Hinestroza está aquí? — preguntó, hablándole al grueso cuello del conductor. —No. Esta en Dallas. —¿Me vas a llevar hasta Texas? —¿Cómo demonios planeabas llegar hasta allá?

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Les tomo once horas llegar a Dallas, manejando casi sin detenerse a excepción de paradas cortas para gasolina y comida. El conductor, que nunca le dijo su nombre a Danny, parecía contento con su silencio. Y por única vez, a Danny no le importó. Durmió casi todo el camino, la primera vez en más de un año que era capaz de cerrar los ojos sin miedo. Se levantó solo para comer, atragantándose con un montón de hamburguesas grasientas y papas fritas demasiado saladas, tratando desesperadamente de llenar el agujero que la prisión le había creado. Era cerca del ocaso cuando llegaron al centro de Dallas, la franja doradorosado del sol, reflejándose en el vidrio de los rascacielos. El conductor aparcó en frente de un vistoso hotel, espantando al mozo. —Esta en la habitación 1215. Te espera. —El conductor apoyó un brazo en el respaldo del asiento para mirar a Danny por encima de sus gafas de sol. Danny salió a toda prisa del auto, su cuerpo gritando en protesta después de estar doblado por la mitad por tanto tiempo. Se sentía como un idiota cargando su bolsa plástica a través del vestíbulo, pero no quería dejarla atrás. El elevador estaba cubierto de espejos por tres lados, permitiéndole una vista demasiado cercana de su demacrada contextura, los círculos púrpuras debajo de los ojos dándole una apariencia de perseguido. Se lamió la palma y aplacó su cabello lo más que pudo, haciendo muecas cuando captó su propio aroma. Definitivamente necesitaba una ducha. Golpeó la puerta de paneles oscuros de madera de la habitación 1215.

Escuchó el sonido apagado de pies sobre alfombra y la puerta se abrió hacia adentro, Madrigal sonriéndole desde el otro lado. —Hola, Danny. Danny lo rozó para entrar en la habitación, los cabellos en la parte posterior de su cuello erizándose cuando sus cuerpos compartieron el mismo espacio. Nunca podría mirar a este hombre sin que su muslo doliera, el recordatorio de que siempre cumpliera con su trabajo. —Danny. —Hinestroza estaba de pie contra las ventanas, la luz del atardecer brillando detrás de él, ocultando su rostro en las sombras. —Sr. Hinestroza. —Danny suponía que debería estar preocupado, pero sabía que si Hinestroza quisiera lastimarlo, hubiera sucedido en prisión. Hinestroza avanzó, deteniéndose a pulgadas del pecho de Danny, sus pupilas negras empujándolo,bebiendo sus secretos, sorbiendo el dolor de Danny como vino. —Pasaste un tiempo difícil, Danny, —le dijo—. Pero ya estas afuera. Y estoy muy orgulloso de ti. —Envolvió a Danny en sus brazos, abrazándolo con palmadas fuertes y aplastantes contra su espalda.

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Le tomó un momento reaccionar, colocar sus manos alrededor de Hinestroza. Se conocían desde hace más de cinco años, y hasta hoy no habían hecho mucho más que darse las manos. Lo que comenzó como brazos tentativos alrededor de Hinestroza se convirtió en un tranquilizante abrazo. Había pasado mucho tiempo desde que nadie tocaba a Danny sin violencia o indiferencia. Había pasado tanto desde que a nadie le importaba si estaba vivo o muerto. Danny apretó los ojos con fuerza, tragándose las ganas de llorar. Dejo ir a Hinestroza a regaña dientes y tomo un incómodo paso atrás, limpiándose la nariz tímidamente. —¿Por qué no te das un baño? Luego podremos ir a cenar. Hablar. —Esta bien, —asistió Danny—. Pero no tengo más nada que ponerme. —Recogí unas cosas de tu apartamento, —intercedió Madrigal—. Aunque ya no parece que te queden. Te ves como mierda, Danny, —agregó con un guiño. —Cierra la boca, —ordenó Hinestroza, chasqueando los dedos con un sonido de advertencia. Danny no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios cuando vio el rostro de Madrigal llenarse de vergüenza. —¿Estuviste en mi apartamento? —preguntó Danny tardíamente.

—Mande a Madrigal a buscarte un cambio de ropa. —Pero pensé… con la prisión y todo eso, que ya no tendría un apartamento. —Pagué por el mientras estabas fuera. Esta exactamente igual a como lo dejaste. Hinestroza palmeó la mejilla de Danny, de la manera en que su propio padre nunca lo hizo. —Tú haces por mí, y yo hago por ti, Danny. Así es como funciona. ¿Cómo era posible odiar y amar a una persona al mismo tiempo? ¿Saber que eran responsables por el pozo séptico de tu vida y aún así vivir para su aprobación? ¿Saber que eran capaces de los actos más malvados y aún así encontrar la humanidad enterrada en ellos? No era solo el miedo lo que mantenía a Danny unido a Hinestroza. Hubiera sido menos doloroso si fuera solo eso. Pero también había lealtad, una fiera necesidad en Danny de enorgullecer a Hinestroza. Le avergonzaba saberlo, pero no disminuía su deseo.

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—Ve. Límpiate. —Hinestroza le dio su fría sonrisa, pero había una llama de admiración en sus ojos, solo para Danny —. Vamos a un buen restaurante. Necesitas algo de comida real. —Gracias, —dijo Danny, y lo dijo en serio. Habia estado tan solo cuando dejo los muros de la prisión sin ningún lugar al que ir. Y ahora tenía su viejo apartamento de regreso y alguien con quien comer y un lugar al que pertenecía. Hinestroza lo compraba barato. Pero la verdad era, que pudo tenerlo por menos.

—Maldición, —se rió Miller—. ¡Deja de hacer eso! —¿Qué? — murmuró Danny, su lengua en la oreja de Miller. —¿Esto… o esto? Miller sacudió el hombre, empujando a Danny hacia su lado de la cama, los

dos enterrados bajo las sábanas, de pies a cabeza. Danny sonrió. —¿Sabes a que me recuerda esto, estar así en la cama? —Su aliento flotó caliente en el aire mientras hablaban, la combinación de sus alientos exhalados calentando el acolchado hueco. —¿Qué? —Cuando era un niño, solía construir fuertes en mi cama. Usaba un montón de almohadas y sábanas y algunas veces mi mamá también me daba algo de merienda, galletas o brownies. Aunque eso siempre era un riesgo porque el viejo me hubiera pateado el trasero si me encontraba comiendo en la cama. —Nosotros solíamos construir fuertes afuera algunas veces, —sonrió Miller, su piel brillando como el arcoíris por la luz que brillaba a través del estampado de la cama. —Hacer el fuerte siempre era más divertido que meterse. Me metía, pero entonces estaba solo, nadie con quien hablar, nadie con quien compartirlo. —Danny enrolló un rizo del cabello de Miller en su dedo—. Me gusta más de esta manera… contigo.

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Miller miró fijamente a Danny, sus ojos inescrutables en la penumbra. Luego se movió hacia adelante contra la boca de Danny, tomando la parte posterior de su cabeza mientras se besaban. Danny apartó las sabanas con una mano, el aire tibio de la habitación sintiéndose casi helado cuando golpeó sus ardientes mejillas. Se habían mudado a un hotel nuevo hace dos días, un lugar más agradable donde el termostato funcionaba de verdad. Eran cuidadosos desde su pelea, dando pasos con cuidado por miedo a reabrir las heridas. No habían vuelto a rememorar las revelaciones de Danny con respecto a Ortiz, pretendiendo que sus lágrimas nunca cayeron. Pero lo que sucedió presionaba con fuerza contra ellos, esa mañana aún viva en todas las palabras que no dijeron. Danny tiró del labio inferior de Miller para obtener su atención, sonriendo cuando Miller gruñó suavemente en respuesta. —¿No vamos a salir de la cama en todo el día? —Yo tengo que hacerlo pronto. Tengo esa cita con el Fiscal Asistente de E.U. a la una. Danny apartó la mano demasiado rápido, tirando del cabello de Miller. —Lo siento. —Danny volvió a acostarse sobre su espalda, doblando un brazo bajo la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Miller, inclinándose sobre él, los ojos llenos de un brillo apagado de preocupación. —Solo pensando en lo que viene, —suspiró Danny, jalando de su labio inferior con el pulgar y el índice. Giró su cabeza para mirar a Miller —. ¿Cuando testifique, estaré detrás de una pantalla o algo así? Miller sacudió la cabeza. —No tiene objeto. Hinestroza sabe quien testificará en su contra. Será en una sala cerrada de la corte, así que no hay peligro cuando estés en el palco de los testigos. —Miller se detuvo—. ¿Por qué? —Solo desearía no tener que mirarlo cuando testifique. —No será capaz de lastimarte, Danny. No puede acercársete. Danny no respondió, moviendo sus ojos inquietos hacia donde sus pies trazaban círculos sin parar debajo de la sábana. —Esto no es porque estas asustado, ¿no?

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—Estoy cagado del susto Miller, no me malentiendas. Pero, no, de eso no era de lo que hablaba. —¿Entonces? —Miller estaba intentando con fuerza sonar comprensivo, pero Danny podía escuchar la impaciencia en sus palabras. —Odio decepcionar a Hinestroza. Odio arrojarle todo a la cara al que deposito su fé en mi. —Danny cerró los ojos, sin querer presenciar el cambio en la expresión de Miller. —¿Qué demonios? —exclamó—. ¿Cómo puedes seguir preocupándote por ese hombre, sobre lo que piense o lo que le pase? ¿Después de lo que le hizo a Ortiz? ¿Después de lo que te hizo? —Hinestroza no mato a Ortiz, fue Madrigal. —Danny… —la voz de Miller llevaba una oleada de desconcierto. Danny era consciente de cómo debían sonar sus palabras, como los desvaríos de un loco, y se preocupo brevemente si debería estudiarse. Pero no quería pretender, no con Miller. Quería revelarle todas las partes complicadas y desastrosas de si mismo que nunca se irían. —Sé que Hinestroza ordeno que lo asesinara. No soy un idiota. Pero tenía sus razones para hacerlo. Pudieron ser crueles o duras, pero al menos tenía razones.

Madrigal lo asesinó porque era divertido. —¿Crees que el que Ortiz le robara cocaína es una buena razón para justificar tortura hasta la muerte? —No, por supuesto que no. Pero a Hinestroza no le importa lo justo. Le importan los resultados. Asegurarse que nadie se le interpongo o lo sobreestime. La violencia es la forma en la que se comunica. —Pero eso no es justicia, Danny, es depravación. Danny dejo salir una sonrisa amarga. —¿Justicia? ¿Qué mierda es eso? ¿Qué significa siquiera esa palabra? ¿A eso es a lo qué os aferrais? ¿Dónde está la justicia en enviar a un muchacho de veintidós años a una prisión de máxima seguridad por vender un poco de cocaína? ¿Arrojarlo ahí para que se lo peleen y lo destrocen como un pedazo de carne? ¿Crees que mi castigo era equivalente a mi crimen, Miller? Danny observó mientras Miller tragaba con fuerza, su manzana de Adam tornándose en un bulto rígido en su garganta. —No estamos hablando de ti. Estamos hablando de Hinestroza, ¡y no puedo creer que lo estés defendiendo! —La voz de Miller se elevaba con cada palabra.

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—Lo conozco desde hace mucho tiempo, —dijo Danny, su propia voz llena de sentimientos—. Solo te concentras en lo que es malo en él. Pero yo veo más que eso. La verdad es que probablemente sea más parecido a él que a ti. Miller se apartó, moviéndose hasta estar sentado a un lado de la cama, dejando caer la cabeza sobre sus manos. —No entiendo cómo puedes decir algo como eso, Danny. Te hizo un criminal. Forzó esta vida en ti. Danny avanzó sobre las rodillas hasta la espalda de Miller, deslizando sus piernas alrededor de sus caderas para sostenerlo desde atrás. —Eres rápido en pensar que las personas son solo de una manera, Miller. Es más complicado que eso. Danny pasó su boca sobre la columna desnuda de Miller, sus labios rozando las protuberancias de los huesos. —Hinestroza pudo haber abierto la puerta, pero yo camine a través de ella y nunca busque un camino de salida con muchas ganas. Miller dejo salir un profundo aliento, sus dedos frotando las pantorrillas desnudas de Danny. —¿Así es como te castigas? —preguntó al final—. ¿Haciéndolo todo tu culpa sin darle su parte? Danny trató de separarse, pero Miller apretó sus piernas con fuerza, evitándole escapar. —Quizá, —dijo Danny con la voz entrecortada—. Quizá eso sea lo que haga. Pero me protegió por muchos años. Fue lo más cercano que tuve a una familia.

Y no, no necesito que me digas qué tan podrido es eso. —Descansó la frente en la espalda de Miller—. Sé que merece ir a prisión. Solo no quiero ser el que lo mande allí. —Estas tán malditamente en lo cierto en que se lo merece. —Dijo Miller despiadadamente—. Merece más. Y si juego al menos un papel pequeño en hacer que eso pase, seré un hombre feliz. Danny no contestó. Miller nunca había vista la manera en que las hijas de Hinestroza y su nieta lo adoraban, la forma en que el rostro de su esposa se encendía cuando entraba en la habitación. Miller nunca había salido de prisión solo y asustado, y encontrado a Hinestroza al otro lado, esperándolo con palabras de alabanza y aliento. Todo lo que Miller veía era a Ortiz. Pero Danny sabía que más de una persona era responsable por la muerte de Ortiz, que sus propias manos nunca estarían limpias. Miller bajó las piernas de Danny gentilmente hasta el suelo. —Mejor empiezo a vestirme, —dijo, jugando con las sábanas —. No quiero llegar tarde a la cita. —¿Cuánto tiempo? —preguntóDanny, la voz ronca—. ¿Cuánto tenemos hasta que tenga que irme?

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—Una semana. Quizás menos. Una semana. Quizás menos. Danny trató de imaginarse levantándose en una ciudad distante sin Miller a su lado, las sábanas oliendo a detergente en vez de sexo y a la piel canela de Miller. Se imaginó llegando a casa en la noche, a un apartamento oscuro, viendo televisión a solas, preguntándose siempre donde estaría y si era feliz. Danny quería ser el tipo de hombre que esperara siempre lo mejor, quien creyera en lo profundo que la vida empezaría a recompensarlo como no lo había hecho. Quería creer que Miller y él encontrarían la manera de estar juntos. Pero esto era la vida real, y los hombres como él no tenían finales felices. Quería dejar a Miller mejor de lo que lo encontró, aunque también quería que supiera lo que significaba para él. —Esto es la cosa más buena y real que me ha pasado alguna vez, —dijo en voz baja— he pasado todo mi vida saltando de una mala elección a la siguiente. Escoger esto, contigo, es probablemente la única decisión de la que puedo sentirme orgulloso. —Se presionó más cerca de la espalda de Miller, envolviendo sus brazos alrededor de la cintura—. Nunca lo lamentaré. El cuerpo entero de Miller se derrumbó, sus manos atrapando las de Danny mientras se apoyaban el uno contra e otro. Danny quería aullar y rugir como un animal herido, exigir que encontraran una manera de hacerlo funcionar. Pero no había objeto en ello. Había aprendido que a veces no había más nada que hacer excepto soportarlo.

Miller se colocó la corbata, asegurándose que estaba derecha y no demasiado baja, antes de apartar la mirada de su reflejo. Danny pereceaba en una silla cerca de la ventana y pasó los ojos de arriba hacia abajo sobre Miller lentamente, dejando salir un chiflido lobuno. —Cállate, —dijo Miller, colocándose la chaqueta. —¿Qué? —sonrió Danny—. Te veo apuesto. Miller sintió que las mejillas se le encendían. —Gracias, —dijo, luchando contra el impulso de mirar el suelo—. Pero ya me habías visto en un traje antes. —Lo sé. También te veías bien en ese entonces. —Danny se las arregló para guiñarle el ojo y sonreírle al mismo tiempo mientras se levantaba —. Aunque quería patearte el trasero. —Se detuvo, agarrando su chaqueta de cuero de la silla —. ¿Estas seguro que está bien que vaya contigo? —Sí. No quiero que te quedes aquí solo. Colin dijo que pasaramos por la entrada subterránea de los juzgados. Así que no hay riesgo que alguien te vea. Debería llegar en cualquier minuto.

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Como esperando la indicación, Miller escuchó el leve sonido de una bocina. Miró por la ventana y vió a Colin en un sedan verde oscuro con ventanas polarizadas. —Llegó. —Dejó que la cortina cayera en su lugar—. ¿Listo? —Si, —contestó Danny. Se veía calmado, en control, el Danny de Miller retirándose tras una pared de indiferencia. No podía culparlo. Danny regresaba al mundo; no podía permitirse caminar desprotegido, incluso con Miller a su lado. —Hola, —los recibió Colin cuando se aproximaron al auto. Miller le señaló a Danny el asiento trasero, tomando el asiento delantero para si mismo. —Hagámoslo, —dijo, cerrando la puerta. Colin se dio la vuelta, estirándose hasta el asiento trasero con su mano derecha. —Colin Riggs. —Danny Butler. —Danny se inclinó hacia adelante para estrecharle la mano y la esencia de su piel flotó de lleno hasta la nariz de Miller —. ¿Se te olvidó afeitarte hoy? —Se veía divertido, sonriendo un lado de la boca. —¿Huh? —Miller se pasó la mano por el rastro de barba —. Si, supongo, — murmuró, la sonrisa de Danny creándole un agujero en la parte trasera del cuello. El juzgado federal siempre hacia que el estómago de Miller se tensara en anticipación, incluso cuando no se encontraba allí para atestiguar. El juzgado

representaba el terreno de batalla más temido, uno donde las palabras eran las armas de elección. Los abogados de la defensa vivían para destrozar las palabras de Miller, forzarlo a trastabillar sobre los hechos, torcer su versión de verdad a mentira. Nunca podía cruzar las puertas sin alistarse para la guerra. Sus pasos resonaban en la rotonda cavernosa, dos pares de zapatos dando taconazos a propósito y el golpe sordo de las botas de Danny en la retaguardia. Las puertas de vidrio del corredor de entrada tenían tres pisos de alto, la luz del sol atravesándola para iluminar la escultura gigante de hierro en la mitad del salón. Era una colección de cinco columnas delgadas, adornadas con una variedad de implementos filosos, que parecían ser lanzas o tornillos. Cuando Miller las había visto por primera vez, pensó que parecían implementos de tortura. Incluso con sus pies firmemente plantados del lado de los acusantes, se imaginaba que la escultura llamada Centinelas de la Justicia, no era para nada consoladora para los que esperaban juicio. Llevaron a Danny a un pequeño cuarto de conferencias dentro de la oficina principal del Fiscal. Estaba vacía a excepción de una mesa y dos sillas y un montón de libros de derecho apilados. Danny chismoseó uno con una ceja levantada. —Para leérselo de un tirón —murmuró, dejándose caer en una silla.

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—Volveremos pronto, —dijo Miller, diciéndole con los ojos que todo estaría bien, pero no estaba seguro si Danny recibió el mensaje. La Fiscal Asistente Patterson los mantuvo esperando en el vestíbulo por diez minutos. Era una vieja rutina a la que Miller estaba acostumbrado, los fiscales siempre teñían que mostrar su superioridad incluso aunque se suponía que todos estaban del mismo lado. Tanya Patterson estaba sentada detrás de su escritorio cuando fueron conducidos al interior de la oficina, su piel cocoa complementada con un escueto traje crema. Les dió una minúscula sonrisa, pero Miller no se lo tomó a pecho. Lo que le hacía falta en calidez, lo compensaba siendo una fiscal implacable, bien preparada para la corte y no muy fácilmente intimidada. Miller sabía que iría por Hinestroza con todo el arsenal. —Siéntense, siéntense, —les dijo, señalándoles las dos sillas de cuero burdeos opuestas a su escritorio. Cuando se acomodaron, cruzó las manos sobre el escritorio— tenemos un problema con este caso, —empezó directa. —¿Qué clase de problema? —escalofríos recorrieron los brazos de Miller. Instintivamente supo que era malo, el terror enroscándose en su estómago. —No podemos llevar a Hinestroza a juicio.

Miller la observó fijamente. —Pensé que ya se habían encargado de eso. Me dijeron que no me preocupara sobre eso, que ya estaba solucionado. —Estaba solucionado, antes que tu testigo le contara a su ex-esposa e Hinestroza supiera lo que pasaba. Ahora no pondrá un pie en el país. Se queda en Colombia. O si está viajando aquí, no tenemos ni un susurro de nuestros canales usuales. —Suspiró—. Por supuesto, si hubiéramos puesto las manos sobre el historial de llamada más rápido, hubiera ayudado. Como vamos, para cuando nos enteremos de donde esta, ya estará en un lugar totalmente diferente. —Hicimos lo mejor que pudimos con el teléfono. Lo sabes. —Protestó Miller—. ¡No es la culpa de Danny! —Tanya, —intercedió Colin—. ¿Qué es lo que nos quieres decir al final? ¿Irás por Hinestroza o no? —Me encantaría, —dijo Patterson— créeme. Pero si no hay un cuerpo caliente en el asiento del acusado, no hay juicio. —Entonces, ¿ahora qué? —demandó Miller—. ¿Danny tendrá que esperar empezar su nueva vida hasta que logremos traer a Hinestroza aquí?

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Patterson movió sus ojos hacia sus uñas bordeadas de blanco. —No. Lo más probable es que nunca haya un juicio. —Miró a Miller—. Liberaremos al Sr. Butler. Miller parpadeó lentamente, Patterson en su línea de visión. Escuchó las palabras pero no podía procesarlas. —¿Qué? ¿Y qué con el Programa de protección a Testigos? —Saben las instrucciones. No hay Programa de Protección de testigos sino eres un testigo. Ya no es elegible. Miller se lanzó hacia delante de su silla, golpeando una mano contra el escritorio. —¡Lo matarán! —exclamó—. ¡Van a matarlo! —Sabes cómo funciona el sistema, Miller, —dijo Patterson, su voz de abogado condescendiente golpeando su piel como papel de lija. Y la mierda del asunto era que lo sabía. Había visto escenarios similares una docena de veces. Testigos protegidos hasta el día que el veredicto salía, luego arrojados hacia lo salvaje como si un asesinato no pudiera ser ordenado desde detrás de una reja electrificada. Hombres presionados hasta hacer un juramento y luego diciéndoles que no eran candidatos para el Programa de Protección de testigos. Nunca le molestó en el pasado. Usaba sus testigos para obtener la información que necesitaba y luego se olvidaba de ellos cuando terminaba el juicio. Sacrificando por tu camino hasta la cima del tótem criminal para alcanzar la ofrenda más alta era como

se jugaba el juego, y todos entendían las reglas. Pero eso era antes, antes de Danny. Miller se puso de pie, tirando con fuerza cuando Colin trató de tomarlo del brazo. —¡Yo lo forcé a este acuerdo! No le di ninguna maldita opción porque necesitábamos un testigo, un buen testigo. Y lo conseguimos. Lo conseguimos porque le prometí que estaría a salvo. ¿Y ahora solo vamos a arrojarlo a la calle? ¿Eso es lo que vamos a hacer? —Escucha. —Patterson se levantó de su asiento con las dos manos, la silla rodante chirriando a través del suelo —. No es una buena situación. Lo admito. Pero no tenemos ninguna elección. No podemos protegerlo indefinidamente. Y francamente Miller, creo que estas olvidando que es el mismo expediente criminal del Sr. Butler el que lo metió en este predicamento en primer lugar. Difícilmente es un chico de coro. —Me importa una mierda si es Jack el Destripador; lo soltamos y esta muerto al día siguiente! —gritó Miller—. ¿Has visto lo que Hinestroza le hace a los que se cruzan en su camino? ¿Tienes alguna maldita idea? —Mas vale que se controle agente Especial Sutton, —dijo Patterson, su voz en un tono helado— estoy dispuesta a dejar pasar el cargo de posesión de arma del Sr. Butler ya que accedió a ayudarnos. Sin embargo, por favor asegúrese que entienda que si se mete en problemas nuevamente, se procederá con el cargo. Miller jadeó. —¿Estas bromeando? Se supone que tengo que salir y decirle, ―lo siento, el trato se cancela. Buena suerte permaneciendo con vida‖ . Y por cierto, deberías agradecernos que no perseguimos tu trasero por posesión de armas. —Miller, cálmate, —dijo Colin, metiéndose en su campo visual, tratando de atrapar su mirada. —¡No me digas que me calme! —bramó Miller—. ¡Le di mi palabra que estaría a salvo! Arriesgo su vida y ahora… —La voz se le quebró y los ojos de Colin se apartaron, la incomodidad marcando cada línea de su rostro. —A la mierda con esto, —murmuró, saliendo a toda marcha por la puerta. Salió por el pasillo que lo separaba de Danny, envuelto en un tornado de furia, amortiguado a los lados por la culpa y la vergüenza y el terrible conocimiento que su propio fervor por la sangre de Hinestroza condujo a este momento. Había estado tan malditamente ansioso por atrapar a Hinestroza que ignoro la faceta humana de Danny, manipulándolo y amenazándolo y doblándolo bajo su voluntad. ¿Y como es eso diferente de lo que Hinestroza le lleva haciendo la última década? Puede que estén en lados opuestos de la ley, pero tus métodos para romper

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a Danny son desagradablemente similares. Miller quería regresar al frío cuarto de interrogación donde el aroma a cobre de la sangre de Danny cubría el aire, donde Danny se le había enfrentado, tan guapo y arrogante, y susurrarle al oído: No te rindas. No creas una palabra de lo que digo. Pelea. Lucha contra mi. Porque Danny estaba en lo correcto. Aquí no había justicia. La lista de características potencialmente relevantes para el comportamiento criminal es larga; el hecho que puedan ocurrir en múltiples combinaciones significa que la lista de posibles permutaciones de factores es virtualmente infinita. Las relaciones apropiadas entre los diferentes factores son increíblemente difíciles de establecer, porque generalmente están fuera del contexto. Danny cerró las Guías de la Sentencia Federal, hacienda eco al sonido de la puerta del cuarto de conferencia abriéndose con fuerza. —Hola, —dijo, alzando la vista y viendo cuando Miller y Colin entraban en la habitación. Golpeo la cubierta de las Guías—. Esta mierda es aburrida. Ya entiendo porque los abogados son unos desgraciados, teniendo que leer esta mierda todos los días. Deberían… —El resto de la frase murió en su garganta cuando vió el rostro de Miller, congestionado de la ira, los ojos incapaces de fijarse en los suyos, los músculos de la mandíbula tensos como acero—. ¿Qué sucede? —preguntó Danny, poniéndose de pie. —No habrá juicio. —La voz de Miller golpeó con fuerza contra las paredes de la habitación, sus manos cerrándose en puños mientras hablaba. Danny rodeó la mesa, acercándose a Miller. —Esta bien, —dijo—. ¿Por qué no? ¿Qué significa eso? —Tenemos problemas trayendo a Hinestroza al país, —dijo Colin—. Y sin él aquí… —Sabes, él me lo dijo, —interrumpió Miller—. Hace semanas Danny me dijo que nunca había visto a Hinestroza aquí. Y yo le dije que no se preocupara. Le dije que lo tenía resuelto. —Miller dejó salir algo que pudo ser una risa. —Miller, —dijo Danny, estirando la mano para tocar su brazo. Podía ver a Colín mirando, sus ojos yendo de uno al otro, y dejo caer la mano. —Sin él no podemos seguir. —Miller cerró los ojos, frotándose la cara con una mano—. Y si no hay juicio, entonces no eres un testigo. Y si no eres un testigo, entonces no hay Programa de Protección de Testigos. Las palabras de Miller cayeron con lentitud, cada una apilándose encima de la

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última, dejándolo enterrado debajo. —Así que estoy por mi cuenta, —dijo. No era una pregunta. Y no le sorprendía. Creía en Miller, pero no creía en este sistema o justicia o que doce personas de un jurado y el juez detrás del estrado siempre tenían la respuesta correcta. —Podemos mantenerte en custodia de protección por tres días más, —le dijo Colin—. Para tener un poco de tiempo y planear algo. Pero, después de eso estas por tu cuenta. —¡Jesús! —exclamó Miller, dándole la espalda a Danny. —Miller hay algo más. —Dijo Colin—. Según Patterson, hay rumores que ahora también estas en la lista de Madrigal. Aparentemente tomo el incidente del neumático bastante personal. El cuerpo entero de Danny se congeló, cada inhalación quemando sus pulmones como ácido. Sabía que Miller estaba en peligro mientras estuvieran juntos. Madrigal no vacilaría en cortar a cualquiera que se interpusiera entre él y Danny. Pero pensó que Miller estaría fuera de la mira de Madrigal una vez que él se fuera, a salvo para seguir con su vida, para volver a caminar recto y confidente a través de estas paredes.

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—Tendremos que llevarte a un lugar seguro, —continuó Colin cuando Miller no contesto. —Así que nos deshacemos de Danny, pero protegemos a los nuestros. ¿Así funciona? —Miller, él esta en lo correcto. No te preocupes por mi, —dijo Danny a prisa—. Preocúpate por ti mismo, Madrigal no se dará por vencido. —¿Y que de ti Danny? ¿A dónde demonios vas a ir que él no pueda encontrarte? —No lo sé. —Danny se encogió de hombros—. Me las arreglaré. Siempre lo hago. —Luchó con fuerza para ocultar la línea de culpa detrás de sus palabras. Condujeron de regreso al hotel sin hablar, Miller mirando por la ventana del pasajero rehusando contacto visual. El aire estaba tan cargado de tensión que le hacia doler los músculos del cuello, con dedos implacables y opresivos punzando por su columna. Cuando llegaron al hotel, Miller abrió la puerta del auto con fuerza, saliendo antes que Colin detuviera el auto por completo. Danny se movió más lento, siendo golpeado por un viento helado del norte cuando salió.

—¿Danny? —¿Si? —Asomó la cabeza nuevamente hacia el cálido interior. —Lo siento, —dijo Colin. Sus palabras eran sinceras, pero sus ojos ya lo marcaban como un hombre muerto. Danny asistió, cerrando la puerta con un golpe seco. Caminó hasta el motel y cerró la puerta detrás de si, tirando su chaqueta encima de los ya abandonada chaqueta y corbata de Miller. Este recorría el pequeño espacio a los pies de la cama, su largo corpachón caminando por el mismo espacio una y otra vez, la desesperación saliendo de él como oleadas de calor en un camino de verano. —¿Por qué no me estas gritando? —preguntó Miller furioso, sus ojos brillando de culpa—. ¿Por qué no me dices lo imbécil que soy, huh? Porque estuviste en lo correcto todo el tiempo, Danny. ¡Estabas en lo correcto! —Si, estaba en lo correcto. —Danny se sentó en la cama con un suspiro. —Vamos planear algo, —dijo Miller—. ¿Me escuchas?

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Danny se rió, un sonido cansado y hueco. No había nada que planear. Ahora los dos estaban siendo cazados, y Danny no podía vivir si algo le pasaba a Miller. Si Miller moría, Danny moría. Si Miller sufría, Danny sufría. Finalmente, Hinestroza poseía la llave para la perfecta cooperación de Danny y ni siquiera lo sabía. Humor negro en su mejor forma. Miller se arrancó la camiseta con una mano. —Voy a tomar un baño. Luego pediremos algo de comida y hablaremos de esto. —Frotó la parte posterior de su mano contra la mejilla de Danny—. ¿Está bien? —Si, —respondió Danny. Su falsa sonrisa lo miraba desde el espejo en la pared. Esperó hasta que escuchó el agua corriendo, se levantó y fue hasta el espejo, estudiando su rostro en el vidrio. Podían correr, juntos o separados, pero Danny quería más para Miller que una vida huyendo, siempre temiendo lo que les esperaba en la siguiente esquina, sin dormir tranquilos. Danny conocía el precio del miedo y no permitiría que Miller lo pagara. Esta es tu oportunidad, Danny. Finalmente, tu oportunidad de salvar a alguien a quien amas. La única persona que has amado. Él no era ningún mártir. Podía sentir leves chispas de terror creciendo hasta

que llenaron su cuerpo entero. Pero había tal verdad en su decisión que no lo negaría. Había esperado por mucho tiempo que Ortiz le cobrara la deuda, exigirle que volviera a la escena de la cual huyo la última vez. Y ahora aquí estaba: la oportunidad de resarcirle lo que le hizo a Ortiz; la oportunidad de tomar una elección que por una vez, beneficiara a otro, en vez de a sí mismo; la oportunidad de salvar a Miller y devolverle su vida; la oportunidad de ser el tipo de hombre que Miller se merecía. Danny tomó el celular de Miller, dejado en el tocador junto con su billetera y las llaves. Abrió la billetera con una mano, pasando su dedo sobre la foto de la licencia de manejo de Miller. El rostro estaba sobrio, ningún intento de sonreír para la cámara. Danny quería que Miller fuera feliz; quería que viviera sin tener que mirar por encima del hombro. Le tomó dos intentos marcar el número que había memorizado por una década, sus dedos temblando contra los pequeños botones en el teclado. Sostuvo el teléfono contra su oído, el timbre escuchándose de lejos mientras se miraba en el espejo. Se veía en paz; como si ya estuviera muerto. Alguien contestó del otro lado, una voz profunda resonando a través de la distancia entre los dos. Danny tomó el aliento temblorosamente. —¿Sr. Hinestroza? Soy yo. Danny.

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Capitulo Catorce
—Danny… Danny escuchó la sorpresa en la voz de Hinestroza, la leve inflexión al final de su nombre. Podía imaginar a Hinestrosa inclinándose hacía atrás en su silla, las cejas elevadas por la curiosidad. El que Danny lo contactará por este medio no sería sino intrigante. A Hinestroza siempre le divertía una buena sorpresa, asegurando su habilidad de saborear la última risa. Danny trató de hablar, pero su voz fallaba en salir mientras su garganta se cerraba por la fatalidad y el miedo. El silencio se extendió dolorosamente, una banda de caucho de posibilidades extendida al máximo, esperando explotar en nada. —Sr. Hinestroza, —se las arregló finalmente para decir—. Quiero… quiero hacer un trato. Hinestroza se rió por lo bajo, su lengua produciendo un leve sonido de tsk-tsk contra el techo de su boca. —Danny. No necesito hacer un trato contigo. —Sí, si lo necesita, —lo corrigió Danny, luchando para mantener la voz fuerte—. Hasta ahora he sido muy difícil de atrapar. Madrigal me perdió dos veces. Hinestroza estuvo en silencio por un momento. —Te seguiré la corriente. ¿Qué tipo de trato tienes en mente? —Un intercambio. —¿Un intercambio? Ilumíname. —El agente del FBI que me ha estado protegiendo. El rumor es que Madrigal planea matarlo también. Quiero que le diga a Madrigal que lo deje en paz. —No me importa el agente del FBI. Solo estaba en el camino de cogerte.

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—Pero usted puede detener a Madrigal, ¿cierto? Es decir, si le dice que no maté al agente, el no muere. Usted tiene la última palabra. Hinestroza prendió su encendedor, el sonido de pequeñas caladas flotando hacia el teléfono. —¿Por qué estas dispuesto a esto por un agente del FBI? — preguntó, el desdén claro en su voz. —Eso no importa, —dijo Danny, cerrando los ojos—. Lo que importa es que yo deje que Madrigal se me acerque. Iré sin resistirme. —Apretó los puños—. Por favor. —Rogaría si tenía que hacerlo, se pondría de rodillas y suplicaría, lo que fuera necesario. Rogar era un precio muy pequeño a pagar medido contra la vida de Miller. —¿Me estas engañando, Danny? —preguntó Hinestroza, su voz suave en el oído de Danny. —¿Qué bien me haría eso? Si atraigo a Madrigal hacia una trampa, tendrá a otro sobre mi rastro al día siguiente. Danny podía escuchar a Hinestroza pesando la sabiduría de sus palabras. —¿Dónde estas?

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—¿Tenemos un trato? —contraatacó Danny. —Siempre supe que eras un hombre valiente. —Hinestroza se detuvo—. Si. Tenemos un trato. Tu agente del FBI está a salvo. Y tú vas con Madrigal. Sin trucos, sin resistencia. —Sí, —aceptó Danny, asistiendo como si Hinestroza pudiera verlo, el alivio como un anestésico en la sangre. Miller estaba a salvo; Miller viviría —. Estoy en el Motel Best Western en la I-35 con Calle 43, habitación 132. Estaré esperando. —Adiós, Danny. Danny cerró el teléfono. No necesitaba que nadie le dijera lo enfermizo que fue que sintiera una tristeza momentánea, deseando que Hinestroza tuviera pena al despedirse de él. Miller se quedó en la ducha un largo tiempo, hasta que el agua caliente se tornó tibia, las nubes de vapor disipándose contra sus dedos arrugados. Le dijo a Danny que pensarían en algo, pero no tenía idea de qué o cómo. Danny podía huir. ¿Pero que tan lejos llegaría? Miller podía huir con él, ¿pero que tanto estaba dispuesto a dejar atrás? Una vida con Danny… eso era todo lo que quería. Pero si era sincero consigo mismo, la quería en sus términos estable, honesta, segura. Pero no podía tener esas cosas y a Danny también.

Se secó con la toalla rasposa del motel, a duras penas más grande que una toallita y delgada como papel. Se coloco unos jeans y una camiseta negra, apoyándose en el lavamanos para mirarse al espejo. Se les ocurriría un plan. Encontrarían la manera. Porque si no lo hacían… si no lo hacían, Danny moriría. Miller tembló ligeramente cuando salió de la cálida humedad del baño. Danny estaba sentado donde lo dejo al final de la cama. Se había vuelto a colocar la chaqueta de cuero, las botas de combate aún en sus pies. —¿Tienes frío? —preguntó Miller, frotándose el cabello con la toalla —. ¿O vienes conmigo a buscar la comida? Danny no respondió, girando la cabeza lentamente en la dirección de Miller. Sus ojos estaban grandes y brillantes, ahogados en un rostro demasiado pálido. Miller quería sostenerlo y decirle que todo estaría bien, que no tenía que estar asustado, pero no quería mentirle. Danny se levantó de la cama, moviéndose certeramente hacia Miller, deteniéndose cuando sus cuerpos estaban presionados juntos, sus ojos paseándose por su rostro. Pasó un dedo por su ceja, abajo por la mejilla, frotando contra el rastro de barba, cosquilleando por el labio inferior de Miller como un hombre ciego memorizando una paisaje amado. Danny sonrió un poco, su boca temblando mientras llevaba su otra mano para enmarcar el rostro de Miller, deteniendo las preguntas con su boca, murmurando sonidos que no eran palabras contra sus labios, su lengua calmante e exploradora. Danny cerró los ojos, juntando sus frentes. —Me quedé para decirte que estas a salvo ahora, —susurró Danny—. Ya no tienes que preocuparte. Un brote de terror puro y limpio brinco en el pecho de Miller. Su corazón giro sobre si mismo, golpeando con fuerza contra sus costillas. —Danny, de qué estas hablando… Su cabeza se levantó bruscamente cuando una serie de golpes sonaron en la puerta, fuertes contra la madera, pero de alguna manera alegres en su ritmo, como si la persona del otro lado estuviera cantando una tonada con su puño. —Espera aquí, —siseó Miller, empezando a moverse alrededor del cuerpo de Danny en dirección a la puerta. Danny colocó una mano sobre su pecho, deteniendo su avance. —Esta bien, —dijo Danny—. Sé quién es. —¿Qué? ¿Le dijiste a alguien dónde estamos? ¿Quién es? —demandó Miller.

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Danny lo miró por un momento, pasando una mano por la mandíbula de Miller. Luego se giró, explayando la puerta antes que Miller pudiera hacer movimiento alguno por detenerlo. —Hola, Danny. —La voz de la entrada cortaba como una navaja fría, haciendo que el estómago de Miller cayera al suelo ante el sonido. Y luego la cara entro en su rango de visión, el cabello negro aplastado hacia atrás, los puntiagudos dientes negros enmarcados por una sonrisa lasciva. Juan Madrigal. Y ya tenía su mano en el brazo de Danny, sacándolo de la habitación. Miller se lanzó hacia su pistola, la agarró del tocador, retiró el seguro, la amartilló y apuntó en menos de un segundo. —¡Alto! —grito Miller—. ¡No se mueva! Ninguno reaccionó de la manera en que esperaba. Danny observó a Miller con ojos tristes y penosos, pero no parecía asustado o incluso impresionado. Y Madrigal solo sonrió más ampliamente ante la pistola de Miller, la propia contra el costado de Danny, la mano que lo tenía del brazo apretando mientras miraba de Danny a Miller y de regreso.

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—Creí que dijiste sin trucos, Danny, —comento Madrigal. —Baja el arma, Miller, —dijo Danny, su voz calmada. —¿Qué? —ladró Miller, sin mover los dedos del gatillo—. ¿De qué diablos estás hablando? —No esta cargada. Quité las balas de la recamara. Miller miró fijamente a Danny, sin apartar los ojos incluso mientras Madrigal hablaba. —Eres un tipo con suerte. Estas fuera de mi lista de ―quehaceres‖, gracias a Danny aquí presente. —Madrigal golpeó un lado de la cabeza de Danny fuertemente con la culata de su pistola. Danny se tambaleó hacia adelante ante el impacto y Miller se adelantó para sostenerlo. —Uh-uh. —Madrigal balanceó el arma en dirección de Miller —. Atrás. — Madrigal tiró con fuerza del brazo de Danny, acercándolo para revisarlo rudamente, los dedos deslizándose por debajo de su camiseta buscando por un cable—. Vámonos, imbécil, —dijo cuando estuvo satisfecho que Danny estaba limpio. —¡Danny! —gritó Miller. —Déjame ir, Miller, —dijo Danny en voz baja—. Esta bien. Ahora estas a salvo. No irá detrás de ti. Lo prometió. —Sus botas rasparon sobre el umbral

mientras Madrigal lo arrastraba hacia atrás. —Ni pienses en seguirnos, —dijo Madrigal—. Empezaré a dispararle. Las balas son bastante buenas removiendo partes del cuerpo, una a una. —Le guiñó el ojo a Miller, empujando la pistola contra la parte delantera del jean de Danny. Miller esperaba que alguien saltara desde detrás de la cortina, anunciando que todo era una broma; esperando la mano de Danny en su hombro en las horas más oscuras de la noche, recordándole que solo era un sueño, calmándolo para que volviera a dormir. Pero el viento frio entrando por la puerta, la pistola negra contra el cuerpo de Danny, y la esencia picante de la colonia de Madrigal le decían que esto era la realidad. Esto estaba sucediendo. Danny hizo que sucediera. El cuerpo de Miller dio a luz a una rabia vasta e impotente, ninguno de sus trucos usuales con el poder usual. La pistola en su mano, inútil y silenciosa, la fuerza de sus extremidades vana sin ningún lugar donde golpear, y la furia ardiente en su cerebro sin saber hacia dónde abrasar.

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Los siguió hasta el parking, tambaleándose detrás, no lo suficientemente cerca para tocar pero lo suficiente para ahogarse en la angustia que se vertía de Danny en grandes oleadas aplastantes, sus ojos rogándole que retrocediera, que lo dejara ir… déjame ir. Madrigal empujó a Danny en el asiento del pasajero del auto, las ventanas polarizadas tragándoselo. Madrigal caminó por enfrente del auto para meterse detrás del volante. Ni siquiera miro a Miller, el hombre rubio que gritaba desesperado en el parking, no más interesante que la piedra bajo su zapato o una hoja bailando en el viento. —¡Danny! —gritó Miller—. ¡Danny! —Pero no había nadie que lo escuchara. Danny se había ido, desapareciendo como si nunca hubiera existido. —¿Entonces, qué tiene el chico del FBI que Ortiz no tenía? —preguntó Madrigal alrededor de su cigarrillo —. ¿Ó es una pregunta estúpida? —Dejo salir una risotada de humo, impresionado con su propio humor. Danny no respondió, probando el lado de su cabeza con dedos delicados, estremeciéndose ante el creciente bulto. —Es decir, no tuviste problema alguno en dejar morir a Ortiz. ¿Pero no haces lo mismo con un tipo que conociste hace un mes? —Madrigal apartó los ojos del caminó, mirando el rostro de Danny—. No te preocupes por chichón en tu cabeza. Pronto parecerá un padrastro.

Danny miró a través de la ventana a los árboles desnudos que pasaban y la hierba tornándose marrón y dormida. Deseaba haber muerto en la primavera, cuando todo era verde. No manejaron muy lejos, aparcando en un camino descubierto menos de diez minutos después. El asfalto estaba inclinado hacia arriba en pedazos rotos, que daban paso a hierbajos y mugre. —Sal, —instruyó Madrigal, deteniendo el auto cerca a una casa con ventanas cubiertas con tablas, su alguna vez pintura blanca reducida a franjas grises que manchaban el suelo como caspa. La manzana estaba silenciosa, la mayoría de las casas abandonadas, la clase de vecindario donde la gente mantenía sus ojos al frente cuando conducian, sin querer ver. Madrigal condujo a Danny hacia los escalones de atrás y lo empujo a través de la puerta que ya había sido pateada para entrar, los agudos trozos de madera colgando de los bordes. Danny se detuvo en la destrozada cocina, vacios cuadrados visibles en el linóleo sucio, donde el refrigerador y la cocina estuvieron. Las paredes estaban marcadas a intervalos irregulares con enormes agujeros como si un gigante hubiera pasado por allí, golpeando contra el yeso con los puños. Dos sillas plegables de metal eran los únicos muebles en el cuarto y Danny dejó salir una risa, incapaz de detenerse. —¿Llevas esas contigo en tu coche para ocasiones como estas? Madrigal lo golpeó en el rostro con el arma y la sangre emanó de la sien de Danny, caliente y pegajosa. —Me conoces, bocón, siempre preparado, —dijo Madrigal—. Un Niño Explorador normal. Ahora quítate la chaqueta y siéntate. Danny tiró su chaqueta en el suelo y se sentó, parpadeando para apartar la sangre de sus pestañas. —¿Para qué es la otra silla? Pensé que te gustaba moverte mientras trabajabas. —Madrigal no contestó. Sacó un cordón de una bolsa negra en la mesa y amarró el torso de Danny a la silla. —Esa silla es para mí, Danny, —vino la voz del pasillo, una voz que Danny conocería de cualquier lado, el sonido tan familiar como su propia respiración. Danny levanto la mirada, encontrando los ojos negro carbón de Hinestroza detrás de un mar de rojo.

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Miller estaba de pie congelado en el parking. Quería moverse pero no sabía cómo. Le recordaba de cuando había sido golpeado por una pistola paralizante en la academia, su cerebro dando comandos que su cuerpo simplemente no podía obedecer. Va a morir Miller. Va a morir si no pones tu trasero en marcha. Corrió hacia la habitación del motel, sus manos buscando frenéticamente a través del tocador, cerrando los dedos sobre el celular. Colin respondió al segundo timbre, deteniendo sus palabras en seco ante las palabras apresuradas de Miller. — Madrigal tiene a Danny. Se fueron. —¿Qué? —Necesitamos un APB15 sobre un Honda Accord Negro, con licencia de Missouri número GHT 4783. —Lo tengo, —dijo Colin, sin gastar tiempo en preguntas sin sentido.

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—Llama a Patterson. Averigua quien era su fuente con respecto a Madrigal. Necesitamos averiguar si saben algo más. Donde se ha estado quedando, dónde planea ir. Lo que sea. —Te devolveré la llamada. Quédate donde estas, Miller. Voy en camino. Miller se metió el teléfono en el bolsillo de atrás, captando un reflejo de su rostro pálido y tenso en el espejo. ¿Cómo pudo hacerlo Danny? ¿Cómo pudo pensar que eso era lo que quería? ¿Cómo no podía entender lo que su muerte no lo liberaría, sino que sería un peso que nunca se quitaría de encima, una carga que lo aplastaría? Sin quererlo, la mente de Miller viajó hasta el reporte policial de Ortiz, los detalles de cómo había muerto, como sufrió. —¡Mierda! —sollozó Miller, su miedo traduciéndose en destrucción. Sus brazos barrieron el tocador, enviando la televisión a destrozarse contra el suelo con un estallido de vidrio; las sillas fueron tiradas a los lados, las cortinas arrancadas de la mitad de sus sostenes. Y aún así Miller tenia un flujo de pena e ira para gastar. Compónte. No puedes ayudarlo así. Tienes que ser inteligente. Tienes que estar calmado. Ayúdalo, maldita sea!

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APB: all poinst bulletin; se refiere a un término policial que se refiere a poner una orden de vigilancia sobre algo, en este caso, un auto.

Miller tomó varios alientos, su cabeza colgando. Sentía que se alejaba, como si los hilos que lo conectaban a Danny estuvieran siendo rotos uno a uno. El teléfono en su bolsillo rompió el silencio. —¿Qué? —El contacto de Patterson no sabe mucho. —La voz de Colin era forzada, llena de tensión—. Solo que Madrigal estaba viendo casas abandonadas esta semana. —¿Dónde? Hubo una pausa más larga. —No lo sabía, Miller. Lo máximo que dijo fué que era por el lado Este. La última vez que estuvo aquí usó una casa abandonada en Paseo, susurró la voz de Danny en su oído. —Voy para allá, —dijo Miller, moviéndose hacia la puerta, agarrando el arma de donde la había dejado. —¡Miller, espera! Yo…

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Pero no podía esperar. Madrigal no iba a detenerse y permitir que lo encontrara. Si quería salvar a Danny, tendría que hacerlo solo.

Hinestroza ocupó la silla directamente frente a Danny, cruzando sus piernas para balancear un tobillo encima de su rodilla, con cuidado de no estropear el pliegue de sus pantalones grises. —¿Qué… qué esta haciendo aquí? Los del FBI dijeron que no podían lograr que viniera al país. Hinestroza se rió. –Voy a donde quiera, Danny, deberías saberlo. El FBI no me asusta. —Apuntó a Danny con su cigarrillo apagado —. Tenía que venir. El cargamento grande llegó esta semana y tú no estabas disponible para verificarlo. Me dejaste… como es que dicen, —giro su cigarrillo formando un circulo pequeño— en apuros. Y tenía que asegurarme que Madrigal no fallaba en el trabajo por tercera vez. Los dos voltearon las cabezas hacia el sonido metálico en la mesa donde Madrigal depositaba sus pinzas y prueba de que perro viejo puede aprender nuevos

trucos, un grupo de nudilleras brillantes, todo lo que hacía que la pistola de Madrigal se viera benigna en comparación. —Danny, —dijo Hinestroza con suavidad, ganándose nuevamente—. Desearía que no hubiéramos llegado a esto. su atención

—Yo también, —susurró Danny. Porqué el tener a Hinestroza sentado frente a él lo hacía más difícil? Sería más fácil si terminara en una llamarada de ira, siendo los ojos dorados de Madrigal el único enfoque de su rabia. Pero los sentimientos de Danny por Hinestroza eran demasiado complicados para una emoción tan sencilla. La furia se cocinaba en una olla con el respeto y el miedo y la humillante, ardiente necesidad de ser amado. La presencia de Hinestroza lo hacía sentirse débil cuando necesitaba desesperadamente ser fuerte, lo hacia querer buscar perdón y que se le concediera la absolución sin entender exactamente la naturaleza de su pecado. —Lo siento, —dijo—. Nunca quise testificar en su contra. —Pero ibas a hacerlo. —Me amenazaron. No creí tener ninguna opción.

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—Siempre hay una opción. —Si, las hay. —Danny pensó en Miller, respirando libertad y afuera en el mundo. Algunas elecciones valían la pena cualquiera que fuera el precio que la vida demandara. —Siempre me agradaste, Danny, —dijo Hinestroza—. Entiendo que el sentimiento probablemente no sea mutuo —destelló su risa de hielo— pero quería que lo supieras. Danny asistió e Hinestroza asistió de regreso. —Terminemos con esto, —dijo. Madrigal dió un paso al frente, bloqueando a Hinestroza. Tenia las pinzas en la mano—. Cuando usé estas en tu esposa, gritó como un gato en celo. Veamos cómo te va a ti, Danny. Danny desvió los ojos hacía el techo. Recordó como se veía Miller el día que se conocieron, tan duro e intocable en la sala de interrogantes… cuan asustado se vio cuando Danny lo besó, sus labios cálidos y suaves… cómo Miller no había dudado cuando fue a sus brazos el día que nevaba en el apartamento… como desde el comienzo fue más que sexo para los dos. Recordó que Miller estaba con vida. Y el final no llegaría rápido. Pero llegaría.

Cuarenta y seis minutos. Esa era la ventaja que le llevaba Madrigal. Miller trató de no pensar en cuanto daño podría ser hecho sobre el cuerpo de un ser humano en esa cantidad de tiempo. Quizá discutieran primero. Quizá le habia llevado más tiempo a Madrigal empezar. Quizá… Si, Miller, y quizá estén jugando póquer y tomando cerveza. ¡Encuéntralo! Manejó a lo largo y ancho de todo el Paseo, deteniéndose enfrente de cada casa abandonada, torciendo el cuello por un vistazo del Accord negro. Ignoró los llamados a su celular, cada pizca de su atención enfocada en la búsqueda, en encontrar. Aparcó el auto cerca de la acera, sus manos temblando contra el volante. Cuarenta y siete minutos. ¿Ahora qué? Ahora das la vuelta y lo haces de nuevo, ¿por que qué otra opción tienes? —Por favor, —susurró, lagrimas acumulándose espesas y pesadas en su garganta, haciéndole imposible tragar—. Por favor, ayúdame. —Ni siquiera sabía a quien le hablaba, si era a Dios o a Danny o el indiferente frío aire del invierno. Miller no podia recordar la última vez que había orado, pero quería ponerse de rodillas y prometer todo lo que tenía, ofrecer cualquier sacrificio que Dios demandara. Entendía la desesperación que llevaba a las personas a hacer tratos con el diablo. Cuarenta y ocho minutos. Miller arrancó el auto en un chirriante giro en U, condujo con una mano mientras que se inclinaba en el asiento del pasajero para espiar cada casa. Había una hilera de cinco casas decrepitas, todas ellas abandonadas por años. Miller frenó bruscamente cuando paso por la segunda, cuando algo en la parte trasera de la casa le llamó la atención. Allí estaba: un destello de negro oculto en el camino detrás de la casa. El estómago de Miller se encogió en un nudo, sus manos flexionándose sobre el volante. Giró a la derecha en la siguiente calle y aparcó contra el borde. Verifico su pistola, recargada con las balas que mantenía en la guantera. Llegó a la casa por detrás, haciéndose camino a través de los espacios cubiertos con basura y desperdicios, los vidrios rotos crujiendo bajo sus pies. Miller salto suavemente sobre la destartalada cadena que cercaba la casa, abriéndose camino alrededor del auto para comprobar la placa. GHT 4783. El auto de Madrigal. No tenía tiempo para el alivio. Danny estaba muriendo dentro de esa casa. El cerebro de Miller regresó al modo agente automáticamente, notando los hechos con la efectividad de un computador: solo un auto, la puerta trasera pateada, sin marcas en la mugre, Danny había estado de pie cuando entraron en la casa, una ventana a nivel de la vista a un lado de la casa a la que le faltaba una parte del contrachapado. Miller se movió alrededor de la esquina de la casa, cuidándose de atenerse a los

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parches en la hierba seca, donde sus pies no hacían ruido. Se presionó contra el exterior, tomando un aliento profundo y arriesgando un vistazo rápido al interior. La ventana se abría a una habitación vacía, los suelos de madera cubiertos con una capa gruesa de polvo y mugre, las paredes decoradas con artísticos grafitis de aerosol multicolor. El cuarto llevaba a la cocina y Miller pudo ver a Danny amarrado a una silla, la sangre corriendo de su mano hacia el suelo en pequeñas corrientes, su codo doblado hacia atrás, roto como una ramita. Su cabeza colgaba hacia adelante, sangrienta e hinchada. Miller apoyó una mano contra un lado de la casa, luchando por aire, peleando contra los puntos negros que bailaban a través de su visión. ¿Qué haces cuando la persona a la que más amas en el mundo esta muriendo en frente de ti, destrozado pedazo a pedazo ante tus ojos? ¡Te lo aguantas y entras ahí, idiota! Miller miró adentro nuevamente, notando la posición de Madrigal cerca a Danny. No tenía un arma en las manos, pero veía una en su cintura que podía alcanzar fácilmente. Otro par de piernas eran visibles, acomodadas en una silla plegable, pero no tenía una vista clara de quien era o qué tipo de arma podría tener. No importaba. Tenía que entrar. No había oportunidad de detenerse y llamar a Colin. De cualquier manera no serviría; para cuando llegarán, todo habría terminado, de una manera o de otra. Miller amartilló su arma y volvió hasta la puerta trasera de nuevo. Subió los escalones en silencio. Una voz profunda floto a través del marco roto de la puerta. — Ya tuve suficiente. Termina con esto. —Pero acabo de empezar, —una voz que Miller reconoció como la de Madrigal protestó. Sonaba como un niño caprichoso al que le negaban algo prometido desde hace tiempo. —¡Dije termínalo! Miller no tenia tiempo para pensar, en vez de eso, se apoyó en sus años de entrenamiento para que lo guiaran. Se lanzo contra la puerta, que exploto hacia adentro y golpeo contra la pared, enterrando la perilla en el yeso derretido. —No se muevan, —gritó, su pulso firme como roca en Madrigal—. ¡O les vuelo la maldita cabeza! Madrigal se congeló, elevando las dos manos lentamente en el aire. Pero Miller tuvo que luchar contra su dedo en el gatillo, el cual quería -con fuerza innegabletirar, disparar bala tras bala hacia el cuerpo de Madrigal. Miller ordenó a su dedo que dejara de moverse, lanzando un vistazo hacia el hombre sentado en la silla plegable frente a Danny. Hinestroza. Se rehusó a mostrar su sorpresa, no queriendo dar la más

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mínima ventaja. —Pon las manos detrás de la cabeza, ¡ahora! Hinestroza hizo lo que le pidió. No se veía agitado de ninguna manera, sus movimientos relajados. Miller se movió al lado de Danny, estirando una mano para quitar la cuerda que lo amarraba. —Danny, —dijo urgentemente, sin quitar los ojos de Madrigal—. ¿Danny, puedes escucharme? Danny gimió, un sonido bajo y desesperado, la cabeza rodando hacia adelante sobre el cuello flojo, un pedazo de piel cerca de su oreja dándole a Miller un vistazo del musculo debajo. Los ojos de Danny se movieron hacia arriba, las pupilas tan dilatadas que sus ojos verdes se veían negros. Pero esos ojos lo reconocieron, estaba seguro. Apoyó una mano en el hombro de Danny brevemente. Era la hora de vivir o morir. No podría detener a Madrigal por mucho tiempo. No con las probabilidades. En cualquier segundo Madrigal haría su movimiento; no podía permitírselo. —Voltéense, —ordenó—. Coloquen las manos sobre la mesa. Madrigal se giro, pero demasiado rápido, agarrando una de las pinzas, tirándolas con fuerza a la cabeza de Miller. Las evadió y las pinzas volaron en una ráfaga de aire, cayendo con un ruido sordo en la esquina. Miller solo perdió la concentración por un momento, pero fue todo lo que Madrigal necesito, su brazo yendo hacia su espalda para agarrar la pistola. Miller se enderezó, tomando puntería mientras la pistola de Madrigal hacia blanco en su propia cabeza. Era una competencia de quien conseguía el primer disparo, pero antes que cualquiera pudiera tirar del gatillo Danny se lanzó desde su silla, avanzando hacia adelante con un grito de ira, arrojándose sobre Madrigal. —¡Danny! —gritó Miller, levantando su arma cuando Danny se metió en su línea de tiro, empujando a Madrigal hacia atrás. El tiempo dejó de avanzar mientras Madrigal y Danny luchaban por el control del arma, las dos manos de Madrigal contra el brazo sano de Danny, fuerza bruta contra una década de venganza acumulada esperando por este momento. Miller no podía obtener un tiro seguro sin arriesgar a Danny y no se atrevía a alejarse de Hinestroza. Esta era la pelea de Danny ahora. Los segundos se convirtieron en una eternidad, el brillante sonido de un disparo trayendo de vuelta todo al foco. Danny se zafó libre, su impulso casi mandándolo hacia atrás, llevándose a Madrigal con él, y la pistola girando salvajemente a través del piso de la cocina. Danny se empujó a si mismo por el piso con los talones y un solo codo, Madrigal enredado en sus piernas, tratando de escalar por el cuerpo de Danny para alcanzar el arma. Miller le dió la vuelta a la silla en un intento de agarrar el arma, o al menos

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patearla lejos, la suya propia apuntada contra Hinestroza. Lanzó su pie hacia atrás buscándola al tiempo que Danny estiraba su brazo sobre la cabeza, la mano tanteando el suelo, los dedos encontrándola y cerrándose sobre su meta. Colocó el arma entre sus rodillas flexionadas y apuntó a la cabeza de Madrigal. No le dió una advertencia como hizo Miller. No dudó. Enseñó sus ensangrentados dientes e hizo estallar el cerebro de Madrigal contra las paredes de yeso desgastado, las balas estrellándose con el cráneo, probando que era posible matar a Madrigal después de todo. Le tomó un momento moverse, que sus instintos profesionales se sobrepusieran a la impresión. Cruzó hacia donde Hinestroza y lo amarró a su silla, tomando placer en apretar la cuerda más fuerte de lo que necesitaba, viéndole la boca curvarse incomoda cuando la cuerda dejo una delgada arruga contra la parte delantera de su camisa blanca como al nieve. Danny apartó el cuerpo de Madrigal de entre sus piernas con patadas frenéticas. Se alejó, escabulléndose hasta una posición sentada contra la pared, el arma suelta entre sus dedos. —¿Danny? —dijo Miller, poniéndose a cuclillas frente a él, tratando de atrapar los desvariantes ojos de Danny. Su rostro era tal reguero de sangre que Miller no podía saber el daño que había sufrido —. ¿Puedes levantarte? Extendió la mano y Danny la cubrió con su propia palma, dejando escapar un pequeño sonido sollozante cuando Miller lo enderezo. —Voy a llamar… —Miller miró la pared donde Danny estaba apoyado. Estaba manchada de rojo brillante, corriendo para acumularse en las mugrientas baldosas —. Danny. —La voz de Miller no sonaba como la suya, chillona y llena de pánico —. ¿Esa es tu sangre? Danny se veía confundido, mirando de la pared a su propio cuerpo. —Creo… creo que me disparó, —se las arregló para decir al final. —¡Oh, Jesús! Danny, —gimió Miller, preguntándose como pudo no notar la mancha de sangre en la camisa de Danny, su hombro izquierdo manchado de rojo oscuro, la camiseta rasgada y deshecha—. Oh, Cristo. Danny soltó la mano de Miller, desmoronándose de regreso al suelo, cayendo de lado, su cabeza yendo a descansar sobre el linóleo desgastado. Miller marcó al 911 con manos temblorosas, su voz quebrada ya a penas coherente mientras hablaba con el operador de emergencias. Dejó que el teléfono cayera cuando termino, inclinándose sobre Danny. —Por favor, Danny, —jadeó—. Por favor aguanta. —Esperaba no haber gastado todos sus deseos a Dios antes,

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esperaba que Dios no hubiera tenido suficiente de todo el sórdido desastre y le diera la espalda con un suspiro de disgusto. Miller se arrodilló en el suelo y uso sus palmas para detener el sangrado. Trató de no pensar, de concentrarse únicamente en la piel tibia de Danny, rehusándose a sentir como se enfriaba, desviando la mirada de la vida de Danny que se le escapaba entre los dedos. Miller se frotó las manos juntas, la sangre de Danny mancando cada línea de sus palmas, embebida con medias lunas negras debajo de sus uñas. Colin había sugerido -dos veces- que buscara un baño y se limpiara, pero ignoró la recomendación, asustado de lavarse a Danny. Llevaban esperando en el hospital más de dos horas. Todos en la sala de emergencia dándoles un amplio margen, quedándose lejos del hombre ensangrentado y roto que miraba las bamboleantes puertas de la sala de trauma con ojos sin pestañear. Miller viajó con Danny en la ambulancia, Colin siguiéndolos en el auto. Danny estuvo inconsciente la mayor parte del tiempo, despertándose solo una vez, brevemente, cuando se acercaban al hospital. Sus ojos encontraron los de Miller en medio del caos de las aguas en su piel, la máscara de oxígeno empujando vida en su cuerpo. Miller no le dio oportunidad de hablar, se inclino hacia adelante y susurró fieramente en el oído de Danny, —No recuerdas nada Danny. No recuerdas nada. —Miller. ¿Miller? —¿Huh? ¿Qué? —No apartó la mirada de las puertas que ocultaban a Danny de su vista. —¿Qué pasó ahí atrás exactamente? —preguntó Colin. Miller ya le había contado la versión abreviada mientras observaba como colocaban a Danny en una camilla en la escena. Sabía lo que Colin estaba haciendo. Probando las memorias de Miller, buscando agujeros. Venía con el trabajo. —Encontré la casa. Madrigal tenía a Danny amarrado contra una silla. Entré y Madrigal fue por su arma. Peleamos. Un tiro le dio a Danny cuando se disparó. Me las arregle para quitarle el arma a Madrigal y le disparé. —Miller escupió cada frase, sin agregar más detalles de los que dio la primera vez. Podía sentir a Colin mirándolo. —¿No había más nadie en el lugar? —No. Silencio. —¿Entonces que pasó con el coche de Madrigal?

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El aliento de Miller se congeló en su garganta, pero salió adelante con facilidad, los ojos aún en las puertas. —Es un mal vecindario. Los carros no se quedan quietos por mucho. Colin suspiró. —Miller. —¿Tenemos que hablar al respecto ahora? —Todo el miedo de Miller se vertió sobre Colin en forma de ira—. ¡Jesucristo! —Tendremos que interrogarte. Y a Butler también… Miller dejó de escuchar. Un doctor salió a través de las puertas bamboleantes, quitándose un gorro de cirugía de la cabeza cansadamente, buscando con los ojos entre el mar de rostros esperando. —¿Agente Sutton? —llamó. Miller se levantó de su asiento como en un acto del carnaval, trasformado en el hombre bala. No pudo evitar invadir el espacio personal del doctor, acercándose demasiado, empujando por respuestas. —¿Cómo esta? ¿Va a lograrlo? —El Sr. Butler casi sale de cirugía; lo están cerrando. Pudimos extraer la bala de su hombro exitosamente. También…

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—¿Lo logrará? —repitió Miller. El doctor levantó una mano, pidiéndole la paciencia que no tenía. —Tiene heridas extensas. Una fractura de húmero, el codo dislocado y una severa laceración facial cerca de su oído izquierdo. Trajimos nuestro cirujano plástico para suturar la herida. Le faltan todas las uñas de la mano izquierda. Tiene una contusión producto de un trauma contundente en la cabeza y daño significativo en el riñón. Lo golpearon múltiples veces en el riñón izquierdo con algo más fuerte que un puño. —Una nudillera, —dijo Miller por lo bajo. El doctor no pareció impresionado. Trabajando en urgencias en esta parte de la ciudad probablemente ya lo había visto antes. —Eso es todo el daño. Todavía esta en veremos si perderá el riñón. Esta en condición seria, pero estable. Anticipamos… —¿Va a lograrlo? —sollozó Miller. El doctor lo miró, dos hombres acostumbrados a tener la carta ganadora mirándose fijamente. Entonces asintió lentamente. —Sí, lo logrará. Con su herida de bala y las otras heridas, el riesgo de infección es alto. Pero evitando complicaciones serias, debería lograr una recuperación completa. —Gracias, —susurró Miller, cada músculo de su cuerpo derritiéndose de alivio

después de horas de de tensión. Podía sentir el tibio camino de las lágrimas en sus mejillas y no le importó, no le importó que Colin estuviera de pie a su lado, que la verdadera naturaleza de su relación con Danny estuviera siendo revelada. La vida que había conocido había terminado, pasara lo que pasara, arrojada en esa cocina sucia y llena de sangre. Su compás de moral se rompió en un instante. Y Miller ya estaba aprendiendo el costo de hacer su propio trato con el demonio.

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Capitulo Quince
—Entonces, ¿ahora qué pasa? Miller ignoró a Hinestroza, cambiando su peso cuando el linóleo empezó a lastimarle las rodillas, las manos ardiéndole de presionar tan fuerte contra la herida de Danny. —Supongo que estoy arrestado. —Malditamente cierto, —dijo Miller, sin siquiera dirigirle una mirada.

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—Y Danny tendrá que testificar contra mí. —Hinestroza canturreó con su garganta, un sonido calculado para atraer su atención—. Se acabará nuestro trato… y siempre será un hombre perseguido. El que me metan en prisión no cambiara eso, lo sabes. Mi gente seguirá buscándolo. —¡Ni siquiera trates de usar esa mierda conmigo! —ladró Miller—. No caeré en eso, imbécil. —No estoy tratando de hacer nada… Agente. —Hinestroza dejo que el silencio se asentara—. Tú eres un agente del FBI, ¿no? —preguntó, cuando Miller no se apresuro a llenar el silencio. Miller elevó su mirada hacia la de Hinestroza. Podía sentir el magnetismo del hombre, su control, vio cuán fácil pudo ser para él presionar un chico solitario de dieciocho años. —Sí, soy el agente del FBI. Hinestroza asistió, viendo de Miller hacia Danny. —Se preocupa mucho por ti. Estaba dispuesto a morir por ti. Miller regresó su mirada hacia Danny, la sangre extendiéndose debajo de él en una sabana roja oscura. La pregunta sin hacer de Hinestroza colgaba pesada en el aire… ¿qué estas dispuesto a hacer por él, Miller? ¿Qué tan lejos estas d ispuesto a llegar?

—Es una pena, —continuó Hinestroza—. Todo su sufrimiento para nada. Está de vuelta al mismo lugar que días atrás. —¡Cállate la maldita boca! —lloró Miller, las palabras de Hinestroza zumbando en sus oídos como mosquitos incansables—. ¡Cállate! El sonido de la trabajosa respiración de Danny llenaba la habitación. Miller trató de enfocarse en la supervivencia de Danny, pero su mente seguía viajando al mundo más allá de la cocina. Hinestroza pertenecía a la prisión. Merecía estar encerrado; era lo correcto, y un mes antes, no lo hubiera dudado. Todavía seguía siendo lo correcto por hacer, y toda la charla de Danny sobre la esposa e hijas de Hinestroza quienes lo amaban no negaba el trecho del tendal de muertes que había dejado mientras avanzaba en la vida. La prisión estaba diseñada para hombres como Hinestroza, y su encarcelamiento sería justicia. Una justicia en la que Miller podía contar, creer, una que prácticamente podía probar. Este momento era para él que había pasado tres años trabajando: tres años de noches sin dormir, cancelando citas con Rachel, memorizando los hechos de la vida de Hinestroza y luego también la de Danny. Vivía para ver este día, Hinestroza en custodia con un testigo sólido y creíble en contra de él. Y ahora tenían más que los cargos de drogas; intento de asesinato también estaba en la mesa. Lo encarcelarían por siempre, sin duda. Hinestroza tenía una deuda con el mundo que debía pagar. ¿Pero cuanto más podía aguantar Danny? ¿Cuando más podían esperar de él? ¿No le debían algo también? Miller sentía la respuesta en su estómago, una trampa filosa e insistente que lo tenía regresando una y otra vez a ella sin importar que tan fuerte tratara de alejar su mente de la idea. Podía dejar que Hinestroza se fuera, dejarlo desaparecer en su mundo de oscuridad de nuevo. Pero si eso pasaba, ¿qué del hombre que tomaría el lugar de Danny en la vida de Hinestroza? Porque siempre habría otro Danny y otro Madrigal, otro Ortiz y otra Amanda. Si Hinestroza escapara, ¿cuántas vidas más se arruinarían por ello, cuantos cuerpos más serían abandonados en sucios suelos? ¿Pero cómo medía Miller la vida de Danny contra la vida de extraños? ¿Cómo podían, hombres que nunca había conocido compararse con el único hombre que significaba todo para él? Miller tomó un profundo aliento de aire fétido, cargado de sangre, preparándose para las palabras de las que no habría regreso, ninguna manera de deshacerlas. Levantó los ojos hacia Hinestroza. —Si te dejo salir de aquí, te olvidas que existe. Danny, Amanda, su familia, cualquiera conectado a él… estarán a salvo. Para siempre. —La voz de Miller era baja y fiera. Hinestroza asistió, demostrando su inteligencia una vez más. No había triunfo en su rostro, la expresión en blanco, sin dejar salir nada que le hiciera cambiar de

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opinión. —Y tú te mantienes lejos. No te dejas atrapar. ¿Entendido? Esto es el fin para él —justo aquí, justo ahora. Esta hecho. —Si, lo entiendo. Miller tomó una respiración profunda. —Danny me dijo que eres un hombre de palabra. Que nunca te retractas de un trato. —Es cierto. Miller se levantó rápidamente, sin querer apartar las manos de la herida de Danny por mucho tiempo, no con cada latido dejando salir oleadas de sangre fresca. –Entonces vete, -dijo, tirando del cordón en el cuerpo de Hinestroza. —¡Vete! Están buscando ese coche, así que no lo mantengas por mucho tiempo. Hinestroza se levantó, tomando las llaves de Madrigal de la mesa donde yacían junto a las nudilleras. Se detuvo en la puerta y miró por encima de su hombro hacia Miller, los ojos cayendo sobre Danny explayado en el suelo. Abrió la boca, pero lo que fuera que iba a decir paso inadvertido, apagado por la sirena de una ambulancia cortando a través del aire. —¡Largo de aquí! –gritó Miller. Hinestroza empujó la puerta con el pie, dejándola cerrarse suavemente con la brisa. Miller escuchó el motor del auto, el crujir de las llantas sobre el asfalto deshecho de la calzada. Danny suspiró, un sonido ligero, etéreo, las pestañas temblando contra sus pálidas mejillas. Miller presionó con más fuerza en el hombro de Danny, deseando que la sangre dejara de fluir. Pero se sentía insubstancial, como si estuviera flotando ingrávido sobre su propia vida. El Miller Sutton que creía ser resultó ser un hombre totalmente diferente, su concepto de si mismo desgarrado hasta su raíz, incluyendo huesos… y no sabía si podía vivir con los remanentes.

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Danny abrió los ojos, revolviéndose inquieto contra el nauseabundo grupo de

luces fluorescentes quemando encima de su cabeza. —¿Dónde estoy? —murmuró. Una bonita enfermera con la nariz respingona se inclino sobre él. Olía a chicle de mascar rosado y tenía una peca única cerca del ojo izquierdo. Su apariencia aniñada era reconfortante, y Danny se relajó contra la cama. —Esta de camino a la UCI, Sr.Butler. Acaba de salir de la cirugía muy bien. —¿Dónde está Miller? —¿Quién? Pero Danny no respondió, súbitamente asustado de pronunciar el nombre de Miller en voz alta. No sabía que era seguro, lo que sería dicho y lo que necesitaba ser guardado bajo llave. No recuerdas nada, Danny. No recuerdas nada. La enfermera empujó su camilla por una esquina, presionando un botón en la pared con su cadera, abriendo un par de puertas con un sonido sordo de aire.

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—¡Danny! –llamó una voz, deteniendo el proceso de la enfermera hacia las puertas de la UCI. Danny giró la cabeza lentamente, el esfuerzo tomándole más energía que levantar pesas de cincuenta libras. Miller estaba cerca de la pared, acercándose, su rostro blanco y tenso, sus manos un par de guantes. —Miller, —susurró Danny, los labios tan secos que la palabra salió como el jadeo de un hombre moribundo. Trato de sonreír, a pesar que tenía ganas de llorar. Miller llegó a su lado, apartándole el cabello de la frente con dedos manchados —. Vas a estar bien, —le dijo. Miró hacia la enfermera —. ¿Puedo ir con él? —No, —dijo Colin, apareciendo al lado de Miller. Danny no lo había notado antes—. No hasta que la investigación sobre lo que sucedió se cierre. —¿De qué estás hablando? —estalló Miller—. ¡Quiero verlo! —Miller, no puedo dejar que hables con él. No hasta que los dos sean correctamente interrogados y la investigación se acabe. Sabes como funciona. —¡A la mierda como funciona! —gritó Miller, las manos apretadas sobre la baranda de la cama cuando la enfermera trato de empujar hacia adelante. —Señor, —le dijo—. Necesito llevarlo a la UCI.

—Está bien. —Dijo Danny, luchando una batalla perdida contra la oscuridad que lo arrastraba, sus cuerpo entero hundiéndose más profundo. Miro a Miller a través de ojos a medio cerrar. Podía ver el amor en los ojos de Miller, pero batallaba contra la culpa, batallaba con fuerza contra la ira y el arrepentimiento, y Danny no podía adivinar que emoción emergería como vencedora. Cerró los ojos; no quería ver más—. Mi testimonio será corto, —le murmuró a Colin—. No recuerdo nada. —Está bien, Miller, repasémoslo una vez más. Miller suspiró, empujando la silla hacia atrás para estirar las piernas, la boca repleta de sabor a humo y café viejo. Los dientes se sentían como si estuvieran mordiendo pelusa. —Ya lo hicimos cinco veces hoy, —les recordó. El hombre junto a Colin no levantó la mirada del archivo. —Y lo haremos más veces si eso es lo que decido. ¿Entendido? Miller recordó que había usado virtualmente las mismas palabras cientos de veces en la sala de interrogación, la misma actitud despectiva, la curva antipática de la boca que le decía más al sospecho de lo que pensaba de él que cualquier insulto hablado podría. Ya entendía porque todos lo odiaban. Incluso Danny lo odiaba al comienzo. Llevaba atrapado en la sala ocho horas al día por los últimos tres días. Su única compañía eran Colin y el Agente Especial Ryan Nash de asuntos internos, un imbécil de la más alta categoría. Miller había repetido hasta la náusea los detalles de lo sucedido en la cocina de la casa abandonada, indicándoles sus movimientos exactos al menos una docena de veces ya, Colin actuando la parte de Danny, Nash representando a Madrigal. —Esta bien, —dijo Nash, retrocediendo unas cuantas páginas del archivo—. ¿Cómo supiste a donde había llevado Madrigal al Sr. Buttler? —No lo sabía. Hice la deducción basado en la información de la Fiscal Patterson y unas pocas cosas que Danny me conto sobre la conducta de Madrigal. —¿Así que solo tuviste suerte? —preguntó Nash, con tono escéptico. —Si, tuve suerte. El momento mas suertudo en toda mi vida. —Miller pasó la mirada de Nash a Colin—. ¿Qué? ¿Piensan que estaba en esto con Madrigal o algo así? —Sacudió la cabeza, dejando salir una molesta exhalación de humo—. ¡Jesús! —Nadie piensa eso, Miller, —dijo Colin con tranquilidad. Nash no se veía tan convencido.

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—Y desde la calle, ¿viste el auto que Madrigal conducía? —Nash levantó las cejas. —Si. —A la mierda con él. Miller no iba a decirle ni una palabra más de lo estrictamente necesario. —¿Quién estaba en la casa cuando entraste? —Madrigal y Danny. —¿Eso es todo? —Si. Nash se saltó la secuencia de preguntas, un truco que conocía bastante bien, tratando de sacar al sospechoso de su ritmo. —Si tenias el control del arma de Madrigal, ¿por qué le disparaste? —Porque ignoro mis órdenes. Seguía tratando de agarrar el arma. No tuve opción más que dispararle.

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La puerta de la sala se abrió y un agente más joven quien se veía como si estuviera asfixiándose con la corbata metió la cabeza en el aire más rancio. — ¿Agente Nash? Necesito hablar con usted por un minuto. —Bien. —Nash se levantó de la silla, el cinturón flojo delatando su posición en asuntos internos. Ningún agente en servicio se permitiría esas indulgencias. Los agentes se enorgullecían de si mismos por ser diferentes de las policías locales, una manera más de mostrar los peldaños extras en la escalera. Cuando la puerta se cerró detrás de Nash, Colin se giro hacia Miller, inclinándose a través de la mesa. —Sé que estas mintiendo, Miller. Y el también lo sabe. Dime. Quizás pueda ayudarte. —No necesito ayuda, —contestó Miller. —No creo que seas él que le disparó a Madrigal y no creo que los tres fueran los únicos en esa casa. Miller no cayó en la trampa, los ojos tranquilos y fijos en Colin. Este último dejo salir el aliento, tamborileando los dedos contra la mesa. —Digamos, hipotéticamente, que Danny fue el que le disparó a Madrigal. ¿Por qué lo cubres? Seria un caso claro de auto-defensa.

—Esta bien, vámonos por el camino de las hipótesis, —le disparó de regreso— . Listo, no hay acusación de asesinato contra Danny. ¿Pero que detendría a Patterson de volver a abrir el cargo de porte de armas, de cuando lo arrestamos? Apuesto que según Patterson, matar a alguien definitivamente calificaría como el ―problema‖ del que tenia que alejarse. —No lo haría, —se burló Colin. —¿Estas seguro? —demandó Miller—. ¿Estas dispuesto a garantizarlo? Colin bajo la vista a la mesa, quizá recordando el día en la oficina de Patterson cuando arrojó a Danny a los lobos sin pensarlo dos veces. —No, —dijo—. No puedo garantizarlo. —Fue lo que pensé. —Se detuvo Miller—. Ese es el porque yo fui el que le disparo a Madrigal. La boca de Colin se convirtió en una delgada línea, las leves líneas alrededor de sus ojos tornándose más profundas. Miller estaba abusando de su paciencia, explotando su amistad para su propio beneficio. Podía ver la presión en el rostro de Colin, la tensión producida por tener que dejar el mando para apoyarse en Nash. Miller sabía que lo más probable era que Colin pagara un precio profesional por su lealtad. Eres un verdadero pedazo de mierda Miller, ¿lo sabes? Por el tiempo que demoró tomar una respiración considero decir toda la verdad, dejando que las piezas cayeran donde debían. Pero solo sería una manera de aliviar su conciencia, y Danny sería el único que quedaría mal. —¿Quién más estaba ahí, Miller? —demandó Colin—. ¿Era Hinestroza? —¿Crees que dejaría que se me escapara si lo hubiera tenido a la mano? —Ya no se que pensar. —No estaba ahí. —Espero que no. Porque odiaría pensar que dejamos que alguien de ese calibre se escapara. Dejarlo ir cuando pudimos contenerlo. Ese sería un día triste y oscuro en mi libro. —En el mío también, —dijo Miller cansinamente. Se sintió como si por primera vez en tres días no estuviera diciendo mentiras, El cuerpo entero de Danny era dolor, una agonía tan fuerte que podía olerla en su piel, sentirla pulsando detrás de los parpados cerrados. Cada pocas horas, nunca

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las suficientes, una enfermera llegaba con drogas que eran succionadas con avidez por las venas hambrientas de Danny. Lo mantenían volando por debajo del dolor por un tiempo, pero demasiado pronto volvía a estrellarse contra el techo de dolor, gimiendo en la habitación vacía. Sus únicos visitantes eran Colin y un agente grande y forzudo con ojos azules como piedras. Danny no parecía ser capaz de retener el nombre del sujeto en su cabeza. Le hacían pregunta tras pregunta, aunque el doctor solo los dejaba quedarse una hora cada vez, dos veces al día. La voz de Colin siempre era baja y relajante, los ojos llenos de disculpas que nunca dijo en voz alta. El otro estaba enojado; Danny lo podía decir por la manera en que sus manos seguían cerrándose en puños con los que le gustaría golpear a Danny, y probablemente lo haría si pensara que se saldría con la suya. Danny les dijo que no recordaba nada después que Madrigal le sacó la primera uña. Dijo que él y Madrigal estaban solos en la casa. Sin importar cuantas veces le preguntaran, su respuesta siempre era la misma: no recuerdo. Pero si recordaba la mayor parte de ello, al menos hasta que le dispararon. Podía ver los ojos oscuros y brillantes de Hinestroza, su diente de oro el punto más brillante en la decrepita cocina; todavía podía saborear el sabor a sangre cuando se mordió la lengua hasta atravesársela, mientras Madrigal le arrancaba la segunda uña. Recordaba levantar la vista, mareado y confundido, hacia el rostro de Miller sin sentir dicha, solo pena porque la única cosa que había tratado de hacer en su vida, salvar a Miller, no funcionó. Miller estuvo allí, en peligro, y Danny falló otra vez. Danny se sentía a carne viva por dentro y fuera. Sabía que debía estar aliviado por como había terminado todo, pero parecía ser incapaz de superar la culpa y el miedo. Entendía lo que Miller hizo por él. No podía imaginarse escenario alguno en el que Hinestroza saliera de esa cocina sin el consentimiento de Miller. Cada día en que Danny pensaba en lo que Miller sacrificó, era como una lija en su corazón, frotándose con fuerza contra la herida abierta. Desearía que Miller no lo hubiera hecho. Cuando Hinestroza dejó esa cocina, se llevo más que su propia libertad con él. Danny sabia lo fuertemente que Miller valoraba su creencia del bien y el mal. Solo podía imaginarse la cuota que se cobraría el dejar escapar a Hinestroza en el alma de Miller. Si Miller en verdad lo dejo irse, la parte de Miller que creía en su propia bondad, su rectitud, se había ido, y Danny no podía dejar de pensar en todo lo que se había perdido. —¿Danny? Los ojos de Danny se movieron hacia la voz, encontrando a Griff de pie en la hendidura de la puerta entreabierta, su rostro nervioso y preocupado. —¿Griff?

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—Si, soy yo, —dijo Griff, adentrándose todo el camino dentro de la habitación. —Mierda, Danny, mírate, —jadeó. —Trato de no hacerlo, —bromeó, la voz ronca—. ¿Cómo supiste que estaba aquí? —Me liberaron de la custodia de protección ayer. El Agente Sakata, que se estaba quedando conmigo, me dijo lo que pasó. —Gracias por venir. —¿Dónde más estaría? —sonrió Griff—. No es que todos los días tenga la oportunidad de ver al apuesto Danny Butler acostado así. Puede que sea la única vez de mi vida, mejor miro bien. Danny se rió, el movimiento enviando fuego rojo a través de su hombro y abajo hacia su riñón, matando la sonrisa en sus labios. —Mierda, Danny. —Griff tenía mala cara —. ¿Qué puedo hacer?

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—Estoy bien, —resolló Danny—. Pronto me darán unos analgésicos. —Se detuvo—. ¿Puedes quedarte por un rato? —Si, absolutamente. —Griff jaló una silla grande cubierta con un tapizado azul desteñido, apartándose el cabello del rostro mientras se sentaba. Tocó la mano de Danny a través de las barandas de la cama, sosteniéndola en la propia, evitando los vendajes húmedos en las puntas de los dedos—. Duérmete, —le dijo—. No voy a ningún lado. Danny estaba contento de tener alguien a su lado. No daba tanto miedo dormirse ahora que no estaba solo. Y tener a Griff allí era descomplicado, sus sentimientos por él claros como cristal. Pensar en Griff no se adicionaba al tormento de Danny; escuchar su voz no reabría heridas; ver su rostro no le recordaba de todas las cosas que había arruinado. Miller llevaba sentado en su Jeep con la calefacción puesta por más de treinta minutos. La última vez que había visto este auto, Danny y él trataban de escapar de Madrigal, destrozando el vidrio trasero en una lluvia de balas. Desde entonces ya habían reparado la ventana, deshaciéndose del vidrio, pero Miller imaginaba que aún podía oler a Danny contra el asiento de cuero, y Dios recordaba la manera en que Danny se había sentido en sus brazos cuando finalmente llegaron al motel. Miller bajó la ventanilla del conductor, dejando entrar un leve vaho de aire

invernal y permitiendo que el humo de su cigarrillo escapara. El temprano cielo de la tarde brillaba rosado detrás de las paredes de ladrillo del hospital, las nubes como algodones de azúcar tenues contra el sol poniente. Miller dobló una pierna apoyando el pie en el asiento y dejando caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con un suspiro. El sueño le rehuía últimamente. Podía sentir el cansancio por todo su cuerpo, asentándose en alguna parte detrás de la carne. Superó esas horas esperando escuchar de la condición de Danny, imaginando el momento cuando estarían justos otra vez, a solas, solo Danny y Miller. Pero ese momento nunca llegó. Una hora se convirtió en un día, un día en doce. Casi dos semanas sin ver el rostro de Danny. Y ahora la escena que Miller se imaginó tan vívida en su mente en la sala de espera de emergencias, reunirse con Danny, no era nítida, como una pantalla de televisión torcida, maldita con tanta estática que la imagen se rehusaba a solidificarse. Miller estaba asustado, no aterrorizado, como cuando Madrigal se llevó a Danny, nada tan específico o inmediato. Pero establecido como un terror básico, un sentimiento omnipresente de que las cosas no estaban bien y nunca jamás volverían a estarlo.

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Abrió los ojos, regresándolos a la línea de puertas giratorias en la parte delantera del hospital. Tomo otros quince minutos antes que Griff Gentry emergiera, tirando del cuello de su chaqueta contra el viento, cubriendo con su mano para encender un cigarrillo antes de caminar hacia el parking. Miller salió del Jeep, encontrándose con Griff cuando ingresaba al área, las luces de la calle brillando sobre sus cabezas. —Griff, —dijo Miller, la voz dura y furiosa, aunque se había prometido que no permitiría que los celos manejaran este encuentro. Pero odiaba saber que Griff estaba viendo a Danny cuando él no podía, odiaba que Griff fuera el único ofreciendo consuelo. Las palabras de Danny acerca que nunca amó a Griff, sonaban vacías enfrentadas con el hombre de carne y hueso. Los pasos de Griff se tornaron más lentos cuando reconoció a Miller. —Agente Sutton, —dijo arrastrando las palabras, deteniéndose completamente. —¿Estabas con Danny? —Si. —¿Cómo esta? —¿Por qué no va a verlo por si mismo? —dijo Griff, tirando cenizas en el pavimento. Miller desvió la mirada, apagando la urgencia de hacer una fiesta con el

apuesto rostro de Griff. Quería actuar mejor que repetir el guión de su primera reunión, como cuando actuaron como perros marcando su territorio. Le debía a Danny mucho más que eso. Y la línea de base era, que si no fuera por Griff, Danny estaría sufriendo a solas. Miller hizo un esfuerzo por suavizar los bordes afilados de su voz. —No me dejan verlo. Un agente con el que trabajo me dijo que venias a verlo casi todos los días. Griff lo estudió por un momento, la precaución destellando en sus ojos azules. —Esta mejorando. Pero va lento. Se le infectó el hombro, pero ya manejaron eso. Tuvieron que quitarle el riñón hace tres días. El estómago de Miller se contrajo, un continuo palpitar de dolor tomando asilo en su pecho. —Cristo, —jadeó, su voz temblorosa. —Ha sido difícil. No habla mucho. Duerme la mayor parte del tiempo. —¿Cuando sale? —No están seguros. Quizá mañana, quizá pasado mañana. Miller se metió las manos en los bolsillos delanteros de los jeans. —¿Donde ira?

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—Mi casa, —dijo Griff—. No tiene otro lugar, y alguien tiene que cuidarlo por un tiempo. —Al igual que la furia de Miller, la bravuconería se apagaba en la voz de Griff. Sonaba cansado y triste, y Miller supo con una sacudida angustiosa, que independiente de los sentimientos de Danny, por el lado de Griff siempre había sido amor y probablemente lo seguía siendo. —¿Le dirías… le dirías que estuve aquí, que pienso en él? Griff se detuvo, desviando la mirada por un momento, el rostro tenso de aprehensión. —Si, lo haré, —dijo, cuando volvió a mirarlo—. Por Danny. Miller asistió, un poco avergonzado por las palabras de Griff. La primera vez que se conocieron pensó que el hombre no tenía ninguna cualidad que lo redimiera, no podía imaginar que había visto Danny aparte de su cara. Pero Griff colocaba las necesidades de Danny por encima de sus propios deseos, dejando que Miller llenara un espacio que codiciaba para si mismo. Miller no sabía si tenía en si lo suficiente, para hacer lo mismo en los zapatos de Griff. —Dile que lo llamaré una vez que la investigación del FBI termine. No debería demorar mucho más. —Está bien. —Griff permaneció de pie un momento más, balanceándose sobre los talones—. Escucha, tengo que irme. —Señaló hacia el parking. —Seguro, seguro. —Miller se apartó de su camino—. Gracias.

Griff asistió, alejándose. Miller permaneció en el lugar mientras la oscuridad avanzaba, observando las ventanas del hospital encendiéndose. Se preguntaba en que habitación estaba Danny, si tenia alguna idea de cuanto lo extrañaba, lo fuertemente que lo amaba. Le partía el alma pensar que probablemente no lo sabia. Quería entrar en el hospital, al diablo con las reglas, y tocar el rostro de Danny, asegurarse que estaba bien. Pero el miedo lo contuvo, y la culpa sobre todas las cosas. Hinestroza, Danny, Rachel, Colin. Estaba atrapado en una chaqueta de fuerza de arrepentimiento, y no podía arreglárselas para sacar sus sentimientos por Danny del enredo. Esta vez el parque estaba virtualmente vacio: ni corredores, ni mamás agotadas empujando cochecitos de niños gritando. Solo Miller en un banco de madera desolado, el cielo color ceniza tan bajo y pesado que lo imaginaba sentía presionado contra la nuca, sosteniéndolo contra el suelo. Dejó un mensaje tímido y tartamudeante para Danny hace dos días en la maquina contestadora de Griff, diciéndole que la investigación del FBI sobre el tiroteo de Madrigal estaba completa y nadie fué acusado. Le pidió que le devolviera la llamada. Esa mañana se había levantado con su propio mensaje de Danny, pidiéndole que lo encontrara en el banco del parque de su primer breve encuentro. Danny dijo que estaría ahí cerca del medio día. Era la primera vez que Miller escuchaba su voz en más de tres semanas, y le produjo un nudo en la garganta tan grueso que sintió como si se ahogara. Miller escuchó el golpeteo familiar de botas contra el pavimento. Tomó un profundo aliento mientras giraba la cabeza, preparándose antes de posar su mirada sobre Danny nuevamente. Se puso de pie y lo vio aproximarse, con pasos no tan confidentes como antes. Esta vez las heridas de Danny lo enlentecían, aun dolorosas; Miller podía decirlo por la manera en que se contenía, moviéndose con lentitud. Había perdido peso, la piel pálida, una cicatriz fresca color purpura en el lado izquierdo de la cara justo frente a su oreja, el brazo roto en un yeso completo escondido dentro de la chaqueta, la cual tenía cubriendo un solo hombro. Danny se detuvó justo en frente de Miller, sin hablar, los ojos fijos en los del otro. Se veía cansado, el rostro exhausto, pero aun seguía siendo la cosa más hermosa que Miller había visto alguna vez. —Danny, —dijo en voz baja. Y luego Danny estaba contra él, los brazos de Miller a su alrededor. Pero ya no encajaban como antes. El yeso de Danny le negaba a Miller el contacto que deseaba, las heridas haciendo que tensara su cuerpo anticipando el implacable dolor. —Miller, —Danny susurró contra su mejilla. Miller giró el rostro y aspiro la piel del cuello de Danny. Su olor, al menos, permanecía igual, y el ardor familiar de este casi lo hacia caer de rodillas. —Oye, —dijo Danny con gentileza, alejándose—. Gracias por encontrarte aquí

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conmigo. Llevo mucho tiempo adentro; necesitaba algo de aire fresco. —Esta bien, —la voz de Miller era ronca, las manos aún deseosas de tocar. —Lamento haberme demorado en llamarte. Volví a mi apartamento, y Griff no me avisó enseguida que llamaste. —Danny señaló hacia el banco —. ¿Podemos sentarnos? Me canso fácilmente. —Si, seguro, —dijo Miller. Esperó hasta que Danny se hubo sentado y luego ocupó su propio lugar en el banco. ¿Cómo estás? —Voy bien. Me quitaran el yeso en unas pocas semanas más y la herida de bala ya casi esta curada. —Meneó los dedos vendados—. Esto llevara un poco más. Los mantengo cubiertos para no asustar a las personas. —Intentó una leve sonrisa—. Y tengo unas pocas cicatrices más. —Escuche que perdiste tu riñón. Danny se apoyó contra el banco, los ojos en las manos. —Si, Griff me contó que te lo dijo. Ese Madrigal, de verdad sabía como dar un

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golpe. —Nunca más, —anotó Miller gravemente. —No, nunca más. Miller entrecerró los ojos ante la fachada de Danny, escuchando el peso en sus palabras. —No te sientes mal por ello, ¿no? Merecía morir. —Sé que lo merecía. —Danny volvió sus ojos hacia Miller—. Pero sigue siendo difícil, matar a un hombre. Él no lo sabía; nunca tomó una vida. Pero imaginaba el peso de ello en tu alma, no importa la justificación. —Me alegró saber que se cerró la investigación, —dijo Danny, cambiando de tema—. No tenias que tomar la culpa por todo, lo sabes. —Si, tenía que hacerlo. No podía arriesgarme a que te acusaran de algo por el tiroteo con Madrigal. —Lo recuerdo, Miller. Recuerdo que Hinestroza estaba allí. Lo dejaste escapar, ¿cierto?

—Danny. —¿Cómo vivirás con ello? Te conozco. Sé lo que eso debió hacerte. Los ojos que Danny posó sobre Miller eran indagadores, tan llenos de culpa que Miller tuvo que desviar la mirada. Se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas, concentrando la mirada en una piña aplastada entre sus pies. —Todavía estoy trabajando en ello, —dijo— como viviré con ello. —No debiste hacerlo, —susurró Danny—. No por mi. Miller se juro mantener el temperamento controlado, que ignoraría la ira que se acumulaba desde que Danny dejo que Madrigal se lo llevara. Pero no pudo hacerlo, el horror de esos momentos surgiendo en él como si estuviera sucediendo nuevamente, dejándolo roto e indefenso. —¿Y qué sobre lo que tú hiciste por mi? ¿Cómo pudiste, Danny? —preguntó, la furia impotente a penas oculta en sus palabras —. ¿Cómo pudiste hacer ese trato con Hinestroza? —Trataba de salvar tu vida.

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Miller meneó la cabeza. —No me hubiera salvado. Si hubieras muerto de esa manera, hubiera muerto. ¿No lo sabes todavía? Me hubiera matado. Danny cerró los ojos, los dedos clavándose en su pierna. —No pensaba en eso. Pensaba en Ortiz y la deuda para con él. Y pensaba en ti, Miller. En encontrar una manera en la que pudieras vivir libre, sin temor. Miller resopló. —¿Aún no lo entiendes? ¿No entiendes como me siento hacia ti? —Si, lo entiendo, —dijo Danny, calmado y gentil—. Pero no lo merezco. Y pronto tu también te darás cuenta. Que diste más de lo que recibirás a cambio. —Oh, Jesús, Danny… —Es cierto, Miller. Mira lo has sacrificado. Rachel, tu trabajo… —Mi trabajo esta bien, —dijo Miller. —No, no lo está, —le arrojó Danny—. Por tu rostro puedo decir que hay en ese asunto cosas para contar. Miller rodó los hombros hacia adelante, escondiéndose de los ojos de Danny.

—Estoy en trabajo administrativo, —dijo después de un largo silencio. —Así que van a despedirte. —No lo sabes. Estaré bien. —¡Nada está bien! —lloró Danny, la voz temblorosa—. Soy un desastre de mierda, Miller, lo mismo tu. Miller no lo negó, cada palabra que Danny decía era cierta. —¿Qué haremos de aquí en adelante? —preguntó—. ¿Con nosotros? —Pero ya conocía la respuesta, la supo en el momento en que abrazó a Danny y este fue el primero en apartarse. Danny se adelantó y paso la mano a lo largo de la mandíbula de Miller, pero incluso eso no era lo mismo, con los vendajes blancos separando la piel de Danny de la de él. Lo único que sintió fue algodón áspero, no cálida piel. Cerró los ojos, tratando de respirar a través del dolor. —Hiciste que quisiera ser un hombre mejor, —dijo Danny—. Hiciste que quisiera ser lo suficientemente bueno para ti, Miller. Pero si eso va a suceder, si alguna vez va a ser real, tengo que hacerlo por mi cuenta. No puedo hacerlo solo porque tú necesitas que sea así. Tengo que ser yo él que lo necesite.

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Miller trató de hablar pero todo lo que salió fue un sollozo, sus hombros sacudiéndose de lágrimas no derramadas. —Danny, por favor… no tienes que probarme nada. —¿Puedes mirarme, verme a los ojos y decirme que haremos que esto funcione, hoy? —demandó Danny, su propia voz llena de pena. Miller no contestó, pensamientos de su trabajo, Colin, Rachel y el aprender a vivir con las decisiones que tomó flotando todas juntas en su mente en una pegajosa sopa de dolor. —Porque ahora mismo, yo no puedo, —continúo Danny—. Y no puedo vivir conmigo mismo si tratamos y fallamos por mi culpa. Tengo que limpiar mi propia vida. Y pienso que necesitas limpiar la tuya. —¿Es por Griff? —Dios, no, —dijo Danny, tirando levemente de un rizo del cabello de Miller—. Nunca ha sido sobre Griff, incluso antes de conocerte. Es sobre tu y yo. Dijiste que tienes que aprender a vivir con dejar escapar a Hinestroza. Bueno, yo tengo que aprender a vivir con lo que hice. Con quien era y lo que te hice abandonar. —Danny tomó un aliento tembloroso—. Ahora, estar cerca de ti me duele demasiado.

Miller quería decirle a Danny que valía la pena. Que todo lo que había dejado atrás no era nada comparado con la vida de Danny. Pero estaba cuidando de sus propias heridas; no sabía cómo curar las de Danny también. Nunca fue bueno ofreciendo consuelo, siempre era el primero en apartar la mirada cuando la gente sufría. —¿Qué harás ahora? —preguntó en vez de eso. —No lo sé. —¿Se acabó, Danny, nosotros? Danny no contestó, solo se inclinó hacia adelante y besó la ceja de Miller, su mejilla, la esquina de su boca, su tembloroso labio inferior. —Te amo, —susurró Danny y entonces se levantó y se fue. Miller permaneció sentado en el helado banco del parque y, por segunda vez en su vida, observó a Danny marcharse. Solo que esta vez, entendía exactamente lo que estaba perdiendo.

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Capítulo Dieciseis
—¿Mathew? —No. —¿Jacob? —Na-ah. —Miller se acomodó contra el cuerpo de Danny, apretando los brazos de Danny contra su pecho desnudo. Nunca hubiera pensado que dos hombres pudieran acomodarse tan fácilmente, siempre asumiendo que solo una mujer podría acurrucarlo de la manera en que Danny lo estaba haciendo con él. No era verdad. Su espalda se moldeaba perfectamente al pecho de Danny como si fueran dos partes de una misma pieza, con la cabeza descansando confortablemente en el hombro de Danny, con el aliento de Danny rozándole la frente. —Sólo dime tu maldito segundo nombre. Nunca voy a poder adivinarlo, —dijo Danny, rozando su muslo contra el de él. —Perdedor, —se burló Miller—. Continua. —¿Bernard? —adivinó Danny, burlándose discretamente. —¡Jesús! mis padres no eran tan crueles. —Es difícil de creer, juzgando por tu primer nombre. Miller ahogó su risa, rodó sobre sí mismo para poder atrapar a Danny contra la cama, usando sus manos como unas delicadas esposas sobre las muñecas de Danny. —Idiota. Es Edward. Y Miller era el apellido de soltera de mi madre. Danny le sonrió, con esa sexy sonrisa de medio lado, la sonrisa que hacía que el estómago de Miller diera vuelcos hasta hacerlo enfermar, la que lo ponía loco de deseo, como un adolescente suspirando por su primer amor. —Miller Edward Sutton, —dijo Danny con voz baja—. Es un buen nombre. —

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Alzó la cabeza de la cama, con los brazos aún atrapados junto a su almohada, y besó a Miller. Despacio primero, después poniendo más presión, su lengua adentrándose húmeda y caliente, incitándolo por momentos, y retrocediendo cuando Miller se acercaba hasta que el mismo Miller atrapó esa provocadora lengua con la suya. Miller soltó las muñecas de Danny, dejando que sus manos vagaran por el pecho de Danny, masajeando los pezones con el dedo, para lamerlos después con la lengua. Su propio aliento se atoró cuando Danny gimió, levantando el pecho lejos de la cama para poder acercarse más a la boca de Miller. Miller bajó, con la lengua dejando un rastro húmedo. Descansó la mejilla en el estómago de Danny por un momento, sólo respirando su aroma, subiendo y bajando con cada exhalación de Danny, mientras que Danny enredaba perezosamente sus dedos entre su cabello. —Tengo hambre. —Las palabras de Danny fueron seguidas por un gruñido de su estómago, que sonó fuerte en el oído de Miller. —Siempre tienes hambre, —comentó, descansando la barbilla en el estómago de Danny—. Creía que íbamos a hacer algo más que comer.

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—Creo que necesito comida primero. —Sólo tenemos mantequilla de maní y jalea. Danny se quejó amargamente. —Supongo que la mantequilla de maní y jalea no son de tus favoritas, —dijo Miller secamente. —Debí recordarte traer algo de comer cuando saliste ayer. —Tenía otras cosas en mente .—Los ojos de Miller se dirigieron hacia la caja de condones en la mesita junto a la cama. Danny sonrió. —Por lo menos tienes resueltas tus prioridades. —Dándole un juguetón pellizco al lóbulo de Miller—. Pero enserio, ¿Era tan difícil comprar un poco de pavo? Miller agachó de nuevo la cabeza, su risa contenida por el estómago de Danny. —Por Dios, nunca había conocido alguien que se quejara tanto de la comida como tú. —¿Qué quieres decir? —Danny inclinó la cabeza para ver a Miller.

—Te quejas de la selección de sándwiches, mis habilidades culinarias, de la pizza, el cereal, las galletas rancias del hospital. —Miller intentó sonar fastidiado, pero no pudo evitar sonreír. Danny lo miró en silencio. —¿Qué? —preguntó Miller. —¿Recuerdas todo eso? Miller se le quedó viendo a Danny directamente a los ojos. —Sí, —dijo—. Así es. —Quería bromear sobre el asunto, pero no podía olvidarse de lo que veía en los ojos de Danny, no podía tomar a la ligera algo que era real y vivo que había entre ellos dos. —Ven acá. —Danny tiró del brazo de Miller, atrayéndolo a sí mismo cubriendo su cuerpo con el de él, sus piernas enredándose con las de Miller. Las manos de Danny firmemente puestas sobre el trasero de Miller mientras se mecían uno contra el otro, un dedo deslizándose en la hendidura, empujando ligeramente.

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Miller se petrificó, no por miedo exactamente, sólo sorprendido por saber que ese era otro lugar que le estaba permitiendo a Danny abrir, regalándole otro pedazo de él al hombre debajo de él. —¿Puedo? —le susurró Danny. —Sí. —Dijo Miller alzando un poco más el cuerpo, dándole más espacio a Danny para explorar. El dedo de Danny se deslizó delicadamente. No dolía, no de la forma que Miller esperaba. Sentía un tipo de presión y estiramiento, pero nada que pudiera describir como dolor. Danny gruñó, moviendo el dedo lentamente hacia dentro y hacia afuera. Miller arqueó su espalda, doblándose para besar a Danny con una exploradora lengua, igualando sus movimientos con las embestidas del dedo de Danny. Danny se retiró un momento, viendo cómo Miller empujaba sus caderas arriba junto con su dedo al mismo tiempo, la pregunta de Danny —¿Algún día? — claramente dibujada en sus ojos, y la respuesta de Miller —. Sí —clara en los suyos. Ni en un millón de años hubiera pensado que abriría su cuerpo a otro hombre, pero ¿Para Danny? Sí, lo haría; haría lo que fuera. Danny abrazó los hombros de Miller con sus piernas mientras hacían el amor, con la cabeza fuertemente presionada contra la almohada mientras Miller lo

embestía vigorosamente. Esa era la primera vez que lo hacían cara a cara, Miller gruñó en medio del placer, no deseando que acabara demasiado pronto, queriendo saborear cada segundo, cada expresión que atravesaba el rostro de Danny, todos los sonidos que hacía, y la forma en que sus ojos verdes se abrían completamente cuando llegaba al orgasmo, permitiéndole a Miller ver todo lo que escondía. Cuando todo hubo terminado Miller salió lentamente, colapsando encima del cuerpo de Danny. —¿Por qué , —respiró agitadamente en el cuello de Danny — ¿Por qué se siente tan bien? Danny le acarició el cabello, sus labios tibios contra la mejilla de Miller. — Porque somos nosotros, Miller, —le susurró—. Porque somos nosotros.

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Negación. Miller podía reconocerla fácilmente, habiéndola visto en la cara de incontables sospechosos, sus parejas e hijos, padres y amigos. La había visto en los ojos de sus compañeros agentes cuando el jurado regresaba a la corte con una declaración de ―Inocente‖, borrando de esa manera años de arduo trabajo en un solo instante. Y sólo Dios sabía que era su compañera, escondiéndose detrás de su máscara para toda la vida. Así que sabía exactamente qué es lo que estaba sintiendo mientras recorría lentamente el apartamento vacío de Danny, los muebles habían desaparecido, y unas cuantas hojas arrugadas de periódico era lo único que quedaba de la vida de Danny. —¿Él… —Miller se aclaró la garganta—. ¿Él dijo a dónde es que iba? La encargada del apartamento se encogió de hombros, sus modales rígidos y exagerados. Vaciló unos instantes antes de dejar a Miller entrar hasta que le dijo que era del FBI, cosa que no era realmente cierta mientras estuviera de baja temporalmente. Debido a sus demasiadas transgresiones, no creía que fuera inteligente presionar a la dueña del departamento de Danny ni que ella pudiera ayudarlo demasiado. —Le escuché decir que tenía un largo camino por delante, asumo que se refería a las afueras de la ciudad. Pero no sé más. Miller había llamado a Danny cada día desde que Danny lo había dejado sólo en el banco del parque. Quince llamadas, todas almacenadas por la contestadora. Miller nunca dejó un mensaje; no sabía que decir para arreglarlo todo, no sabía que

palabras Danny necesitaba escuchar. Y ayer cuando llamó, una familiar voz electrónica le dijo que el número de Danny había sido desconectado o estaba fuera de servicio. Miller deseaba viajar por el cable del teléfono para estrangular a esa voz que le decía cosas que no quería aceptar.

Y ahí estaba él en el apartamento de Danny, finalmente levantándose de su lugar para hacer algo, pero era demasiado tarde ahora que Danny ya no estaba. Había desaparecido de su vida. El dolor punzante debajo de las costillas de Miller, dejando que sus tentáculos vagasen hasta su estómago y pulmones, comenzó no por el hecho de no poder encontrar a Danny. Eso lo podía hacer fácilmente. Era por el hecho de que Danny se había marchado sin ninguna palabra, dejando a Miller sin siquiera un adiós. De repente Miller comprendió que el ―Te amo‖ de Danny ese día en el banco había sido adiós, un regalo de despedida. Miller experimentó una extraña forma de desnudez, al no saber dónde estaba Danny o qué estaba haciendo. Por mucho tiempo había sabido cada movimiento de Danny, lo que usaba cada día, a quién veía, lo que había comido. Después Miller adquirió conocimientos más íntimos, a lo que sabía Danny, como es que se sentía su piel, la manera en que sus facciones se suavizaban cuando dormía. Y ahora no había nada. El centro de atención de Miller había desaparecido, se le había escurrido por entre los dedos cuando no estaba mirando. —¿Podría dejarme sólo un minuto? —le preguntó Miller. —Claro, —contestó ella—. Voy a mi oficina. —Entregándole la llave a Miller—. Cierre cuando haya terminado y lléveme la llave. Miller caminó despacio por la estancia, la luz invernal colándose por las medianamente abiertas cortinas. El apartamento de Danny estaba ubicado en una vieja mansión en la parte central de la ciudad, cerca del museo de arte. Era considerado un prometedor distrito, encantador con sólo un mínimo aspecto de antigüedad. El apartamento en sí era grande, sin los enormes techos de Miller pero con grandes ventanas, pintado de blanco. Miller recorrió el cuarto de Danny y el baño un poco más lejos. El botiquín de las medicinas se abrió con un crujido metálico, el corazón de Miller palpitando fuertemente en sus oídos en el silencio que siguió. El armario sólo tenía un rollo de hilo dental. Miller lo tomó entre sus dedos, guardándoselo en el bolsillo sin saber exactamente por qué. Apoyó las manos en el lavamanos de pedestal, la cabeza colgando y contó hasta diez, forzándose a permanecer calmado. No sabía si alguna vez había sufrido así antes o aletargado por la pérdida. Danny se había marchado, había continuado con su vida, y probablemente Miller debería de hacer lo mismo, olvidarse de la vida que pudo haber sido suya y contentarse con la vida que había tenido antes de que Danny Butler llegara a su mundo.

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Miller trató entonces de imaginarse la vida como Danny se la había enseñado, caminar por el mundo como un homosexual, sin pretender ser algo diferente, olvidarse de su carrera, amar a un hombre que probablemente no podría dejar atrás a sus demonios y cuyo rostro siempre le recordaría a Miller su propio oscuro pasado. Permitió que el miedo lo envolviera, con el fuerte deseo de poder escapar de esas verdades que vivían dentro de él. Se alejó de toda la pesadez que los rodeaba y solamente evocó al hombre, la manera en que le sonreía y su olor, la forma en que reía y como dejaba ser a Miller, nunca exigiéndole algo más de lo que podía ser. Danny, cuyo cuerpo le hacía olvidar a Miller el mundo y su alma, aún marcada por las sombras, lo hacía creer en algo más allá de las estrellas. Danny… quién había intercambiado su vida por la de Miller sin pensarlo un segundo. Tienes que decidir qué tipo de hombre eres desde ahora. ¿Hacía cuanto tiempo le había dicho eso Danny? Y aún no había tomado ninguna decisión. Aún tenía a Rachel abandonada en la tierra de nadie, dejándola preguntarse qué es lo que había a sus planes a futuro. Su carrera en la cuerda floja, y en verdad no sabía si es que valía la pena. Su propia oscuridad pendía sobre él como una guillotina, y el tiempo se estaba acabando como para poner en orden sus opciones.

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Miller cerró el armario de las medicinas con fuerza, sus ojos como acero en el espejo. Ambos tenían que poner en orden sus vidas; eso era lo que Danny le había dicho. Miller dudaba tener la fuerza para hacerlo, enfrentarse a Rachel y Colin a corazón abierto, observar sin inmutarse en qué es lo que se había convertido su vida. Pero arreglar las cosas era lo único que podía darle a Danny, haciéndolo con la esperanza de que, en donde quiera que estuviera, Danny hiciera lo mismo. —¿Tú lo planeaste, no es verdad? —bufó Griff mientras se tambaleaba por la puerta con los brazos llenos de cajas . —¿De qué hablas? —Planeaste esta mudanza cuando aún tenías el brazo enyesado, así no tendrías que ayudar a cargar las cosas pesadas, hijo de puta. Danny rió, empujando unas cuantas cajas contra la pared con el pie. —¿Eso crees? —Sí, por lo menos esa fue la última carga. —Está bien, siéntate un momento; has trabajado como un perro.

—Qué bueno que por lo menos lo notaste. —Griff escaneó la sala llena de cajas—. ¿Dónde? —Tira la mierda del sofá. Griff limpió un pequeño pedazo tirándose en el sofá con un gruñido. —Si pasas por la nevera, tráeme una cerveza. —Y las puse en el refrigerador. El repartidor de pizza vino mientras estabas abajo. Está en la cocina también. —Iré en un momento, —suspiró cansado Griff—. Estoy exhausto ahora. Danny cortó un poco de la cinta de embalaje con su navaja suiza, pateando las cajas por el corredor hasta la cocina o a través del pequeño corredor que iba a su recámara, o a donde pertenecieran. Ese departamento era la mitad de lo que había sido su antiguo hogar y en un lugar no muy bonito de Chicago, pero una renta de seiscientos dólares al mes era lo único que podía permitirse. —Así que, de qué se trata el trabajo, —le preguntó Griff a Danny cuando entraba a la sala. Le dio una cerveza y le indicó la grasosa caja de pizza.

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Danny se encogió de hombros dejándose caer a los pies de Griff. —No sé mucho. Asistencia jurídica. Una especie de mensajero, supongo. Sólo los ayudaré en lo que se necesite hacer. Griff lo miró desconfiadamente. —¿Y saben cuál es tu record? —Sí. Mi agente de libertad provisional fue el que me habló de eso. Me recomendó para el trabajo y me entrevistaron por teléfono. Fue bastante casual la verdad. —¿Así que trabajas para toda la oficina? —Sí, pero tengo a uno de los socios a los que ayudo. Jill Ward. Me pareció bastante simpática cuando hablamos por teléfono. Creo que están desesperados. El dinero que pagan es una mierda. Es parte de un proyecto de rehabilitación. —Danny rodó los ojos— tratando de mantenernos a los ex convictos fuera de problemas. —Vas a morir de hambre. —Comentó Griff. —Tengo un poco de dinero guardado. Además de que vendí mi moto. Estaré bien. —Danny pausó para meterse media rebanada de pizza en la boca —. ¿Y qué hay de ti? ¿Qué vas a hacer en St. Louis? ¿Vivir con tu hermano?

—Sí, Owen dijo que tenía un cuarto para mí y que podía ayudarme a conseguir trabajo. —¿Crees que permanecer cerca de tu hermano sea una buena idea? —preguntó Danny precavidamente. Owen Gentry hacía parecer a Griff como un ladrón de poca monta, habiendo pasado mas tiempo de su vida adulta en prisión que fuera de ella. Ponía nervioso a Danny pensar que Griff estaría viviendo con él. —Seguro, me gusta St. Louis. —Griff sonrió de medio lado, a sabiendas de que eso no era a lo que se refería Danny. —Claro, pero sabes que Owen va a querer que te mezcles en… —Danny, deja ya de preocuparte, soy un niño grande. —Okay, —Danny asintió—. Okay. —Además, no todos estamos destinados a vivir de acuerdo a la ley. —Griff. —Danny cambió de posición para poder verlo mejor, quejándose al moverse.

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—¿Aún te duele? —preguntó Griff, deslizándose por el sillón para sentarse junto a él. —No, no es nada, —Danny contestó—. Sólo un poco molesto. —Tienes que cuidarte mejor, hombre. —Comentó Griff, su rostro a pocos centímetros del suyo. Danny vió las emociones en los ojos de Griff y deseó, Dios como deseó, poder amar a ese hombre. Cuando Griff se marchara, estaría sólo con un resentimiento que lo carcomía por dentro, con un dolor que trataba de mitigar manteniéndose ocupado, moviendo su cuerpo, continuando con su vida, para no tener que enfrentarse al espacio vacío en donde Miller solía estar. Danny se adelantó, empujando sus labios contra los de Griff, abriendo sus labios con la lengua, desesperado por calmar su dolor y el vacío que sentía dentro. El beso le resultaba familiar, movimientos que sabían desde siempre, pero no era lo que Danny necesitaba, no era la forma de los labios de Griff lo que buscaba, el sabor de su boca recordándole que ese no era lo que realmente quería. —Basta, —dijo Griff, separándose, dándole a Danny un leve empujoncito—. Basta. No soy él, Danny. Danny vió la lucha interna en el rostro de Griff, sabiendo lo mucho que le costaba a Griff rechazarle. —Dios, lo lamento, —pronunció—. Lo lamento tanto. —

Griff le dio un enorme trago a su cerveza, sus mirada fija en el cielo. —¿Cómo lo sabías? —preguntó Danny—. Sobre Miller y yo. —Incluso decir su nombre representaba un golpe directo a su corazón. —Lo sospeché cuando vino a interrogarme. Estaba celoso; lo tenía escrito por toda la cara. Apenas si podía verme. Entonces, cuando hablé con él esa noche en el hospital, lo confirmé. Y tu cara, cuando te dije que había estado ahí… —Lo lamento, —repitió Danny—. No fue justo para ti. Griff suspiró. —Las personas no pueden escoger como se sienten, Danny. Si pudieran, ya te habría olvidado hace mucho tiempo. —Le sonrió tristemente a Danny—. ¿Qué es lo que sucedió entre vosotros? —No funcionó entre nosotros, —dijo Danny—. Merecía algo mejor que estar atrapado conmigo y mi pasado de mierda por el resto de sus días. —No parecía muy preocupado por tu pasado de mierda esa noche afuera del hospital.

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Danny negó con la cabeza. —Hizo algo por mí, algo con lo que no podrá vivir. —¿Lo forzaron a hacerlo? —preguntó Griff, confundido. —No. —Entonces, él escogió hacerlo, ¿no es así? Eso significa que te ama más que hacer lo correcto. —Las palabras parecían dolerle a Griff cuando salieron de su boca, sus ojos leyendo las expresiones de Danny tan fácil como Danny podía leer las suyas—. Siempre estás poniendo a las personas en un pedestal, Danny, personas que tienen mejor educación o buenos trabajos. Maldición, ¿no ves las noticias? Parece que todos los días un pez gordo de una compañía es llevado a prisión por joderse a sus empleados que se quedaron sin sus ahorros de toda la vida. Todo mundo tiene un lado oscuro. No era nada que Miller no tuviera ya dentro de él. —Lo sé, pero fui yo quien lo hizo salir. Dejó todo por mí y yo… —Oh, mierda —exclamó Griff—. ¿Sigues con eso? ¿Tienes por qué culparte de todas las putas malas cosas que pasan en el mundo? La gente toma las decisiones. Lo que fuera que hizo Miller, lo hizo por que creyó que valías la pena. Te escogió, Danny. Eso es lo que deberías de pensar, y no sobre qué fue lo que perdió. Dios. — Finalizó Griff, exasperado. Danny podía ver la sabiduría detrás de las palabras de Griff, sin embargo era

demasiado difícil creer que podían funcionar con él. Parecía una patética forma de reconfortarse comparado con lo que Miller había perdido. Danny había dejado a Miller en el banco del parque, alejándose sin parar, porque quería darle a Miller una oportunidad en la vida, una en donde pudiera olvidar lo que había hecho. Cosa que nunca podría ser verdad si Danny seguía ahí para recordárselo. Pero la partida de Danny no era solamente por Miller y lo que Danny creía que merecía. Era también por Danny, para encontrar una manera de comenzar desde cero. No había esperado poder vivir más allá de ese día en la cocina con Madrigal, había asimilado su muerte y hecho las paces con la vida. Pero ahora tenía que regresar de la muerte y encontrar un motivo para seguir viviendo, caminar con la frente en alto como su dueño, desenmascarar al verdadero Danny Butler y enfrentarse con quien resultara ser en realidad.

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Rachel masticaba cada bocado por lo menos cincuenta veces. Miller se preguntaba si es que contaba mentalmente, tragando la comida después del número prescrito de masticadas, un truco robado del manual del Obsesivo Compulsivo para sobrevivir a una cena. Esa era la primera vez que se veían desde esa noche en su apartamento hacía seis semanas. Hablaron por teléfono unas cuantas veces, llamadas cortas e incómodas, donde ninguno sabía muy bien qué hacer. Miller siempre excusándose sobre no poder verla aún. Cada vez esperando que ella gritara, maldijera o azotara el auricular, cosa que nunca hizo. Miller supo que al encontrarse nuevamente, tendría que mirar dentro de sí mismo y contestar sus preguntas honestamente, en una forma que nunca había hecho. Y era recién ahora que estaba realmente preparado. Con Danny fuera de su vida, el camino enfrente de él era turbio pero tenía que seguir caminando, caminar y esperar que haciendo eso el camino correcto pudiera revelársele. —¿Cómo ha estado el trabajo? —le preguntó Rachel, dándole un trago a su copa de vino para pasar el último bocado de salmón. Habían estado haciendo forzadas conversaciones casuales toda la tarde, evadiendo la verdadera razón por la cual estaban sentados, uno enfrente del otro. Ese restaurante había sido una mala decisión de su parte, demasiado lujoso, demasiado formal, ambos sintiéndose observados en la tranquila y delicada atmósfera. Rachel deseaba tirarle su bebida en la cara, pero no era mujer que hiciera escenas. —Bien, —contestó Miller, observando su plato. Es hora de ser honesto con ella del todo, idiota—. De hecho, estoy con licencia administrativa. —Era casi un alivio poder sacárselo del pecho. —¿Qué? —el tenedor de Rachel golpeó contra su plato, mirando a su alrededor

con aire de culpa. No estaba usando su sortija, y la falta de brillo en su dedo lastimaba los ojos de Miller —. ¿Cuándo sucedió? —susurró, sus dedos jugando nerviosamente con su collar de perlas. —Hace un par de semanas. —Dijiste que te habían deslindado de ese tiroteo. —Lo hicieron. Las cejas de Rachel se unieron como imanes, la confusión clara en sus ojos. — ¿Entonces qué sucedió? Miller dejó su vaso, dio un largo respiro, reuniendo coraje. Podía hacerlo; tenía que hacerlo, porque si no lo hacía, todos los sacrificios habrían sido en vano. —Hay unas cuestiones que faltan de aclarar entre el informante y yo. —Miró a Rachel—. El hombre con quien me viste en mi apartamento. Rachel lo observó. Tomó la servilleta de su regazo dejándola sobre su plato. —Rachel…

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—No voy a hablar de eso aquí. No lo haré. —Dijo descorazonadamente, retirándose de la mesa. Aún al borde de las lágrimas, caminó orgullosa; cualquiera que la hubiera visto pensaría que sólo era un corto viaje al sanitario de las damas. Miller tomó un puñado de billetes de su cartera dejándolos sobre la mesa. Se hizo paso en el abarrotado lobby a fuerza de empujones, apartando de su camino a parejas que disfrutaban una noche fuera. Rachel no lo esperó en la puerta del restaurante, la puerta de pesado vidrio y caoba cerrándosele en la cara. Llegó hasta ella, que estaba temblando recargada en la puerta de su auto, las ramas congeladas de un árbol casi tocándole la cabeza. —Rachel, regresemos donde está tibio, —intentó convencerla. —No, quiero ir a casa. —Sacudió la manija —. Abre la puerta. Miller abrió la puerta, dirigiéndose después hacia el lado del conductor, prendiendo el motor instalando la calefacción una vez detrás del volante. Se recostó en el asiento cerrando los ojos, escuchando los sollozos de Rachel. —Creí que sabías después de vernos, —dijo calladamente—. Creí que era por eso que no estabas usando tu anillo. —Lo sospeché, pero no sabía si era verdad, —masculló—. Quería creer que eras honesto conmigo. Pero me mentiste ese día en tu apartamento. Me dijiste que no

era lo que parecía. Dijiste que me lo explicarías después. Miller sabía que, querer creer y creer realmente, no eran la misma cosa. Rachel había sabido la razón en el momento en que lo vio con Danny. Solamente necesitaba escuchar esas palabras. —Lo lamento, Rachel. —Dijo viendo su rostro manchado por las lágrimas—. Lo lamento. —¿Alguna vez… te acostaste con él? La mentira estaba en la punta de la lengua, lista para ser expulsada y decirle a Rachel lo que quería escuchar, sería muy sencillo para Miller decir: No, por supuesto que no, nunca fue para tanto. Pero eso sería negar a Danny, negar lo que Danny había significado para él, cosa que no podía hacer. Y entonces le llegó una fuerte superstición que le indicaba que no debía de alejar más a Danny. Se había jurado limpiar sus desastres, y no solamente empujarlos en un rincón y pretender no verlos. —Sí, nos acostamos juntos. Rachel inhaló ruidosamente. —Así que, ¿eres gay? —preguntó, desviando su mirada a sus manos.

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¿Era homosexual? Esa era la cuestión que había evadido toda su vida, no queriendo escuchar la verdad. Porque sabía la respuesta. Lo había sabido en el liceo cuando veía demasiado fijo los músculos delineados y fuertes de los hombres que corrían en la pista. Lo había sabido en la academia cuando suspiraba al ver los sudorosos brazos que sostenían las armas y la saliva se le secaba en la boca. Siempre había habido vergüenza y asco, odiándose por algo sobre lo que no tenía control, queriendo eliminar una parte fundamental en él que se negaba a desaparecer. —Sí, —admitió finalmente—. Soy gay. —Forzó las palabras a través de su garganta que se negaba. Se preguntó si es que se volvería más fácil de decir con el tiempo, si es que habría alguna vez en que pudiera decirlo sin atragantarse. Deseaba que Danny estuviera en casa esperándolo, pensando que tal vez sería más fácil si pudiera compartirlo con Danny. Danny, quien nunca se había avergonzado de ser homosexual y que tampoco quería que Miller se sintiera avergonzado. Rachel sollozó, pellizcándose el dorso de la mano con sus uñas color rosa. — ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Me lo ibas a decir algún día? Iba a decir que no lo sabía, pero sólo pondría más culpa sobre Danny, como si la presencia de Danny lo hubiera vuelto homosexual. Y Miller sabía que esa no era la verdad. Siempre había sido gay; Danny solamente lo había forzado a aceptar la verdad. —No quería admitirlo, Rachel. Quería que se fuera. —¿Cómo es que algo como eso puede ― irse‖? —exigió Rachel—. ¡He

desperdiciado cinco años de mi vida esperándote, Miller Sutton! Inventando excusas sobre por qué es que no podíamos casarnos. Y tú sólo me dejaste pensando que pasaría algún día. No tuviste las agallas de decirme la verdad. —Tomó el bolso de su regazó, rebuscando dentro, aventándole una cajita de seda roja en la mano —. Toma, quédate el anillo. Ya no me pertenece. —Quiero que te lo quedes. —No lo quiero. —Cruzó los brazos sobre el pecho, las lágrimas corriéndole por el rostro—. ¿Estás con él? ¿Con ese hombre? —Se llama Danny, —dijo Miller silenciosamente—. Y no, no estamos juntos. —¡No quiero saber cómo se llama! —chilló Rachel—. Dijiste que era un informante. ¿Eso quiere decir que es un criminal, no es así? —Se limpió las mejillas con un Kleenex arrugado. —Sí, tiene antecedentes. —Miller odiaba tener que decirle sobre la vida de Danny para que ella la juzgara.

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—¿Y eso es lo que realmente quieres? ¿Un hombre cualquiera, un criminal? — siseó, tratando de convertir a Danny en algo horrible sólo con sus palabras. Miller se negó a contestar, se giró para poder ver la nieve sucia que cubría la acera en deformes montículos. No había manera de poder explicarle a Rachel que Danny era algo más que lo que decía su expediente. Que de alguna manera ese hombre, con un expediente de crímenes y sin esperanza para el futuro, un cuerpo lleno de cicatrices, un corazón fuerte y valeroso, era la persona que Miller había estado buscando toda su vida sin siquiera saberlo. —¿Qué fue del Miller que conocí? —preguntó Rachel, la voz quebrada—. ¿A dónde fue? Es como estar sentada junto a un extraño. Pero el Miller que Rachel había conocido era el verdadero extraño, el hombre que se escondía detrás de su placa, su prometida y su maldita certeza de saber todo. Recordó los duros momentos que pasó por tantos años, tratando de mantenerse serio y recto, demasiado preocupado por evitar que los demás vieran más allá de su indiferente exterior. Pero entonces conoció a Danny, e incluso con la pesada carga que era el miedo hacia Madrigal, Miller había sentido la ligereza de su alma, un respiro ante la carga que había mantenido durante tanto tiempo. Y a pesar de estar aterrorizado por seguir adelante, tenía más miedo a volver. —Este es el verdadero yo, Rachel, —dijo Miller, con la voz tranquila—. Y no me pienso esconder más. —Se sentía bien decir esas palabras, más pa ra sí mismo… y para Danny, que había reconocido al verdadero Miller desde el principio, habiéndolo

visto a través de sus fallas y defensas, y lo había amado de cualquier manera.

Danny estaba nervioso. Había pasado tanto tiempo desde que había empezado un nuevo trabajo y tenía que hacerse camino desde el fondo sin tener idea de lo que estaba haciendo. Bueno, por lo menos las personas que te contrataron no te van a matar si deciden que no eres apto para el trabajo. Danny se repasó el cabello con la mano abierta, aún no se acostumbraba a tener ambos brazos libres. Pasó diez minutos rascándose cuando por fin cortaron el maldito yeso. Abrió la puerta de vidrio del edificio de Asistencia Legal, una casa de ladrillos de un piso, aprisionada entre una tienda y un banco, un viaje en tren de diez minutos desde su apartamento. —Em… sí, hola, soy Danny Butler, —le dijo a una muchacha con cara de aburrimiento que apenas si pasaba de la adolescencia que pasaba las hojas de una revista de chismes en el escritorio de enfrente. Levantó la ceja, diciendo ¿Y? sin decir una sola palabra.

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—¡Es mío! ¡Es mío! —gritaron desde el fondo del pasillo—. No te atrevas a dárselo a alguien más. —Una alta y delgada mujer con largo cabello castaño que le revoloteaba en el rostro corría hacia él, extendiéndole la mano antes de estar lo suficientemente cerca para tocarlo—. Hola, soy Jill, —saludó, dándole un rápido apretón de manos, el cuerpo vibrante de energía. —Soy Danny. Jill le sonrió ampliamente. Era mucho más joven de lo que é l esperaba… y bonita en una fuerte y seria manera, con sólo un toque de labial rojo. —Ven conmigo. —Le indicó—. Estoy hasta el cuello de trabajo. No sabes lo mucho que necesito de tu ayuda. Danny la siguió por el pasillo hasta donde había aparecido, rodeando las cajas apiladas contra la pared. —¿Apenas trajeron esto? —¿Qué? No. —Jill miró sobre su hombro, siguiendo su mirada—. Esos son sólo archivos de casos que no tienen donde guardarse. Jill ingresó en la última oficina de la izquierda. —Muy bien, aquí tienes, — dijo, entregándole una enorme montaña de papeles a Danny —. Necesito que pongas las apelaciones en orden, las más recientes arriba. Aquí tienes una perforadora de dos hoyos y un folder para archivar para que los pongas.

—Dónde… —Danny observó la desordenada oficina, cada espacio cubierto por pilas de papeles, libros, archivos que desparramaban sus contenidos en el piso. Se sintió momentáneamente abrumado; no sabía que se pondría a trabajar tan fuertemente después de cinco minutos de haber entrado. —Oh, mierda, es cierto. Ven conmigo. —Jill apuntó hacia un pequeño cuarto con tres escritorios—. Éste es tuyo. Puedes traer tus cosas si lo deseas, fotos y porquerías como esas. Había un hombre negro de edad en uno de los escritorios, el cabello blanco cortado al ras, un par de lentes que parecían demasiado pequeños para su ancha cara que se sostenían en la punta de la nariz. —Danny Butler, te presento a Ellis Campbell. —Hola, —dijo Danny, bajando los papeles. —Un gusto en conocerte, —dijo Ellis con voz de barítono.

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—Ellis se va a retirar en… ¿cuánto? ¿Un mes? —le preguntó Jill, con el ceño fruncido. —Seis semanas. —Es verdad, ya lo sabía. Seis semanas. Te va a enseñar lo necesario antes de irse. Ha estado aquí demasiado tiempo. —Dieciocho años, —agregó Ellis. —¿Todo listo? —preguntó Jill, con la mirada puesta nuevamente en Danny. —Sí, supongo. —Lamento mucho que las cosas estén tan locas por aquí. Me gustaría decirte que todo se arreglará pronto, pero eso sería una mentira. —Está bien, —sonrió Danny—. Creo que puedo manejar un poco de locura. —Marie, nuestra persona de recursos humanos, te va a buscar en algún momento del día para darte una tonelada de formas que llenar y explicarte el salario inexistente y las demás cosas agradables. Danny se rió. —¿Así que todos saben cuanto no voy a ganar? —No te sientas mal, es sólo un poco menos que mi salario. —Jill observó su

reloj en el momento en que peinaba el cabello—. Maldición. Mi cliente va a llegar en veinte minutos. Grita si necesitas algo. —Esa muchacha necesita cuidar sus modales, —comentó Ellis cuando Jill regresaba a su oficina. Por el tono complaciente y amable con que lo había dicho, Danny podía ver que esa no debía ser la primera vez en que decía semejante cosa —. Su madre debió de haberle lavado la boca con jabón hace mucho tiempo. —Parece que no es muy fácil de controlar, —observó Danny. Ellis rió, larga y profundamente. —Es verdad, es verdad, —comentó, inclinándose hacia atrás con la silla —. Así que eres el nuevo ex convicto. —No fue una pregunta. Danny se paralizó, alzándose de la silla. ¿Pero de qué servía negar las cosas? Era un ex convicto y siempre lo sería. —Aja. Ese soy yo. Ellis lo observaba condescendiente. —No te ofendas. Yo también soy uno. —¿Usted? —preguntó Danny, sorprendido. Los lentes, el sweater de lana y la cara de abuelo favorito no daban apariencia de convicto.

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—Antes de venir a trabajar aquí. Cumplí veintiún años por asesinato . —Mierda, —murmuró Danny, inseguro de si era la admisión de asesinato o la condena lo que más le sorprendía. —Cuando comencé, creyeron que era un gran riesgo. Sin embargo les funcioné bien, así que cada año la oficina pide una concesión para que le manden a alguien que quiera enmendar su camino. A veces recibimos la concesión, y otras no. Este año sí fue posible. Es un buen lugar para estar, si es que no te molesta trabajar por nada de paga. Ellis sonreía, pero Danny sabía muy bien lo que le decía. No jodas esto, muchacho, puede ser tu última y mejor oportunidad para convertirte en algo mejor de lo que eres. —Danny, puedes irte a casa si quieres. Has estado trabajando hasta tarde las últimas tres semanas. Danny apartó la mirada de la transcripción del juicio de ese día, marcando donde se había quedado con resaltador verde. —¿No tienes a un cliente? Jill asintió con la cabeza, bostezando detrás de la mano. —Sí, pero no te tienes que quedar por eso.

—Está bien. —Danny se estiró, estirando el cuello—. No me gusta para nada la idea de dejarte sola. Jill rodó lo ojos. —Me sé unos excelentes movimientos de kung-fu. —Le demostró con una rápida y desbalanceada patada que la mando trastabillando hasta la pared. —Ajá. —Dijo Danny incrédulo—. Esa es una verdadera arma mortal. —Sólo estaba calentando. —Ajá. —Bueno, si de todos modos te vas a quedar, ¿Puedes asegurarte de que el caso Lawrence esté organizado? Tengo una audiencia por la mañana. —Claro. ¿Tratando de mantener fuera la pistola? —Sí. Y no me digas `Buena suerte’ con ese tono sarcástico tuyo, por favor. — Danny sonrió, apretando fuertemente los labios.

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Jill lo miró con las cejas elevadas. —Si vas a decir algo, puedes decir, ―Jill, sé que vas a lograr un milagro jurídico‖. Muestra un poco de fe. —Jill, sé que vas a lograr un milagro jurídico. —Repitió Danny. —Gracias ,—le dijo Jill regresando a su oficina. —De nada. Pero de todas formas no puedes descartar la pistola como evidencia. —Idiota. —La voz de Jill llegó desde el pasillo. Danny se rió, volviendo a poner su atención en la transcripción que estaba enfrente de él. Pero no podía concentrarse; sentía como si tuviera pequeños granos de arena debajo de los párpados. Jill tenía la razón: debía de irse a casa, relajarse, cambiar de ambiente. Sin embargo estar sólo esos días era el peor tipo de tortura, e incluso trabajar horas extras en la noche en la oficina sin goce de sueldo era mucho mejor que sentarse en un apartamento vacío. Miller era la razón por la que Danny trabajaba noche tras noche desde que había entrado a la oficina de Asistencia Legal, tratando de mantenerse un paso delante de sus recuerdos. Era demasiado deprimente, tan putamente solitario, volver a su apartamento vacío para comer cereal en el sofá. Ni siquiera tenía malos

programas de comedia para acompañarse porque no podía darse el lujo de pagar televisión por cable. También odiaba dormir, porque siempre Miller estaba esperándolo cuando cerraba los ojos, y despertar solo después de estar con Miller en sus sueños era un dolor tan grande que Danny no podía con él. Creía que el deseo y necesidad por Miller disminuirían con el paso del tiempo. Pero había pasado lo opuesto. Con cada atardecer quería más a Miller, extrañándolo con una intensidad que provenía de su alma. Y contra toda lógica, los sentimientos de Danny sobre Miller crecían con cada día que pasaba. Habían estado separados mucho más tiempo del que habían estado juntos. Pero Danny había descubierto que la lógica nada tenía que ver cuando uno ama a otra persona, y se había dado cuenta de que estar sin Miller era una profunda herida que cargaría por toda la eternidad. —¿Hay alguien aquí? —llamó una voz desde afuera del edificio, un poco más fuerte que el sonido del timbre. Danny permaneció en la entrada de su oficina mientras Jill escoltaba a su cliente por el pasillo; quería hacerle notar al hombre recién llegado que Jill no estaba sola. Su cliente era joven, demasiado, con el grasoso cabello anudado en una coleta, su delgado cuerpo envuelto en arrogancia propia de un adolescente.

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—¿Cómo estás? —preguntó Danny mientras pasaban. El muchacho lo miró de arriba hacia abajo, los ojos distantes y fríos. —Bien, hombre. —Dijo, con una pequeña mueca. Danny reconoció su actitud: era una manera de mantener alejado el miedo y pretender que esto era parte de su plan maestro, como si el ir a prisión fuera sólo un pequeño obstáculo en vez de ser un inmenso hoyo en el que seguramente caería. Danny había sido como ese muchacho un millar de veces. Pasaban de las ocho de la noche cuando el muchacho se marchó. Danny podía escuchar a Jill hablándole en el lobby y la campanilla que sonaba al abrirse y cerrarse la puerta. —¿Qué es lo que pasa con él? —preguntó Danny acomodándose la chaqueta, preparándose para los fríos vientos de Chicago —Drogas. ¿Qué más? —Jill parecía cansada, su energía disminuyendo—. Es su primera ofensa, pero tenía demasiada mercancía. Va a ser un gran problema corregirlo. —¿Cuántos años tiene? —Casi veinte. Es una combinación pésima: joven, arrogante y desesperado por agradar. Ambos caminaron hasta la acera. —¿Quieres que te lleve? —preguntó Jill, cerrando la puerta detrás de ellos.

—No. Voy a tomar el tren. —Está bien, —le sonrió—. Nos vemos mañana. Danny esperó hasta que Jill estuvo acomodada detrás del volante de su diminuto Toyota antes de dirigirse hacia la estación de trenes. Podía ver al muchacho vagabundeando enfrente de él, probablemente se dirigía al mismo lugar. Era difícil de creer que él había sido mucho más joven que ese chico cuando cayó en las manos de Hinestroza. El muchacho parecía un poco más grande que un adolescente, más el resultado de su juventud que de sus decisiones. No era justo que alguien tan joven pudiera ser encarcelado por sus malas decisiones. Quería alcanzar al adolescente y decirle que aún no era demasiado tarde, que con alguien como Jill de su lado y un cambio de actitud, podía lograr enderezar su vida. Danny podía ver su reflejo en cada parte del cuerpo de ese muchacho. Y de repente le golpeó a Danny ver que sentía compasión por ese adolescente, la misma que no había sentido por sí mismo. Que algunas de sus pésimas decisiones habían sido, en parte, por haberlas hecho cuando no era más que un muchachito, porque no había nadie en el mundo que le importara un carajo. Y que probablemente estaría bien si empezaba a perdonarse a sí mismo. Siempre tendría que vivir con las consecuencias, incluso las hechas en la ignorancia de su juventud, pero tal vez podría perdonarse por las decisiones en sí. Tal vez estaría en paz con Ortiz o con Dios o con quien estuviera viéndolo desde arriba si empezaba a mostrarse un poco de compasión, permitirse creer que también merecía el perdón.

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Capítulo Diecisiete
Ellis Campbell había usado el mismo escritorio por más de catorce años y lo demostraba. Danny se había ofrecido a vaciar lo que hubiera en el último cajón de la derecha, y hasta ese momento había tirado más cosas en el cesto de basura que en la caja para guardar archivos que Ellis le había puesto en una silla. —Pensé que eras más ordenado, —comentó Danny, señalando el pulcro y ordenado escritorio del que Ellis se enorgullecía tanto. —Y lo soy. Todo va al cajón.

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Danny sonrió, tirando a la basura un manojo de clips enredados. Sacó cuatro engrapadoras que estaban debajo de viejas agendas telefónicas que colocó sobre el escritorio. —¿Vas a extrañar este lugar? —Por supuesto. He estado aquí muchísimo tiempo. Va a ser extraño despertar y no tener un lugar a donde tener que ir, —dijo Ellis, alzándose apoyando una mano en el hombro de Danny para mantener el equilibrio—. Aunque Rita va a agradecer que esté más tiempo en casa. Danny había visto a Rita, la esposa de Ellis, un par de veces en la oficina. Era una mujer de aspecto regio, con un encrespado cabello negro y risa espontanea. Cada vez que Ellis la veía, sus ojos se encendían como carbones, y su rostro rejuvenecía una década. —Eh, Danny, ¿puedes venir un minuto? —le llamó Jill, su voz escuchándose por todo el pasillo con facilidad. —Ya vuelvo. —Danny se sacudió el polvo de las manos en sus jeans mientras cruzaba cautelosamente el desastre que era la oficina de Jill—. ¿Qué pasa? Jill apuntó una pila de papeles de casi 10 cm de altura, colocados en una esquina de su escritorio. —Necesito que leas esos casos y me des un informe. Necesito saber si pueden ayudarnos con el caso Lawrence. —Justo como Danny

había predicho, Jill no había podido excluir el arma como evidencia en el caso Lawrence, pero no iba a perder la batalla. Danny tomó los casos en las manos, pesándolos. Jill nunca le había pedido algo semejante. —Nunca he leído un caso. —Le recordó Danny. —Oh, sí. —Jill se mordió el labio inferior mientras buscaba algo en su desordenado escritorio—. Aquí está. —Dijo dándole el Diccionario Legal de Black— . Busca las palabras que no entiendas ahí. Danny no se atrevió a moverse, sus ojos fijos en el brillante cabello de Jill que se caía sobre su rostro mientras leía algo. —Jill, alguien más debería de leer esto. Quiero decir, nunca fui a la universidad, no estoy muy seguro de… —Eres inteligente, Danny. Lo vas a lograr. —Ni siquiera lo miró, sin permitirle negarse o marcharse, esperando de él mucho más de lo que él esperaba de sí mismo. Danny regresó a su escritorio, deteniéndose antes por una taza de café, un desagradable y negro potaje que hacían cada mañana en la pequeña cocina en la parte trasera del edificio. Y a pesar de lo desagradable que resultaba esa cosa, sabía que sus dosis diarias de cafeína no serían las suficientes para el trabajo que le habían encomendado. Tomó asiento y sacó el primer caso de la pila; el corazón golpeteándole en la garganta era sólo un pequeño recordatorio de sus primeros días con Hinestroza, cuando el miedo de joder las cosas estaba siempre presente como un ardiente aliento de fuego respirándole en la nuca. El cerebro empezó a dolerle después de leer una hora sin parar, tenía la mente tan sobrecargada que juraba que las puntas del cabello le palpitaban con cada esfuerzo que hacía para poder entender las palabras que estaban escritas. Había podido leer una página. Una página de setenta de las opiniones de la Suprema Corte. La sola idea de eso le daba ganas de golpear algo. ¿Qué estas putas personas no podían hablar normal? Nunca se había sentido tan estúpido o tan fuera de lugar. Danny aventó su resaltador, resoplando, luchando contra las ganas de dejar todo y salir dando un portazo sin mirar atrás. No necesitaba mierda como esa. —Veo que te ha puesto a leer los casos. —Dijo Ellis del otro lado del salón. Danny lo miró por encima del hombro—. Ajá. —Sé que es difícil. Me tomó muchísimo tiempo entender de qué es de lo que estaban hablando. —Creo que voy a renunciar, —dijo Danny, sobándose la sien. —Nah, —intervino Ellis—. Apenas has empezado. Continua. Cuando termine

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la semana verás que es más fácil. Danny no podía imaginar que las cosas se volvieran más fáciles, ninguna de ellas: ser el más estúpido del lugar en vez de ser la mano derecha de Hinestroza; ser tan pobre que no podía comprar una pizza en lugar de gastarse el dinero en motocicletas y chaquetas de cuero; estar sólo en vez de estar con Miller. Miller, que nunca abandonaba sus pensamientos y sólo se alejaba un poco mientras Danny estaba ocupado, volviendo estrepitosamente cuando Danny bajaba su guardia. —No voy a poder lograrlo para el final de la semana. Algo en la voz de Danny detuvo a Ellis de su tarea. Dejó de empacar las cosas de su escritorio y caminó hasta la silla de Danny. —Ella cree que puedes hacerlo, Danny, de otra manera no te lo pediría. Jill no pierde el tiempo, lo sabes. —Lo sé, —suspiró Danny—. ¿Pero por qué yo? Debe de haber personas aquí que pueden hacerlo con los ojos cerrados. Ellis chasqueó la lengua impaciente. —Porque ella quiere veas de lo que eres capaz. No estás aquí para traer café y engrapar papeles. Quiere que uses tu cerebro. —Ellis se golpeó ligeramente la frente para enfatizar—. Continua, —le repitió Ellis, esta vez no suplicándole, sino ordenándole. —Está bien, —aceptó Danny ligeramente cansado—. Pero ¿que te parece un descanso de cinco minutos primero? Ellis asintió. —Entonces hagamos uso de esos jóvenes brazos tuyos. Ven y ayúdame a llevar estas cajas al auto. La brillante luz del sol los engañó cuando abrieron la puerta trasera, no pudiendo anular el frío viento que circuló por encima de la cabeza de Danny, que le ponía las puntas de las orejas heladas en cuestión de segundos. —Maldición ,— murmuró mientras se apresuraban hacia el coche de Ellis. Danny dejó las cajas en el maletero del coche de Ellis, metiendo las manos heladas en los bolsillos del pantalón, esperando que Ellis lo cerrara. —¿A quién mataste Ellis? —dijo bruscamente, la curiosidad ganándole ahora que era la última semana de trabajo de Ellis. El tiempo en que Danny podía obtener respuestas se hacía más corto. Ellis le dirigió una mirada que no pudo descifrar, sus pasos perdidos en el tiempo mientras se alejaban del auto. —¿Cuánto tiempo has esperado para preguntarme eso?

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Danny se encogió de hombros. —Bastante. —No muchas personas tienen las agallas para preguntar así de directo. —Ellis se encogió de hombros contra el viento—. Era mi esposa. Maté a mi esposa, —dijo después de un largo silencio. —Pero… —Mi primera esposa. —¿Y conseguiste tener una segunda? Ellis lo miró suspicazmente, una corta y sorpresiva sonrisa explotándole en el estómago. —Lo siento, —dijo Danny, avergonzado—. No fue mi intención… —No, está bien. He estado casado con Rita por diecisiete años, y hay dias en que yo tampoco creo cómo es que ella aceptó.

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—¿Qué fue lo que pasó con tu primera esposa? —Ambos éramos jóvenes, niños corrompidos, ni siquiera estábamos cerca de ser adultos, o por lo menos en una forma que contara. Era un adicto cuando podía pagarlo, o un alcohólico cuando no. Arrasando mi vida y mi matrimonio. Teníamos una de esas relaciones que sabes que están condenadas al fracaso cuando se ven por primera vez. —Ellis dejó salir un estrangulado suspiro—. Llegué a casa drogado y borracho, y ella no estaba mucho mejor que yo. Empezamos a discutir. Y hasta este día no puedo recordar por qué es que estábamos peleando. —La voz de Ellis le sonó vieja a Danny por primera vez desde que lo hubiera conocido. —Dios, —murmuró Danny. —Lo lamenté en el momento en que sucedió; no podía creer que lo había hecho. Pero entonces ya era muy tarde. Demasiado tarde para cambiar las cosas. —Ellis mantuvo abierta la puerta del edificio mientras entraban, escapando del mordiente frío. Ellis no caminó directamente hacia su oficina, sino que se quedó recargado en la pared, con los ojos fijos en Danny. —Alguna vez… —Danny miraba sus pies, moviéndolos de un lado para el otro nervioso—. ¿Alguna vez piensas en ella, lo que ella pensaría al saber que tú estás viviendo cuando tú le robaste la vida? Ellis sonrió corta y dolorosamente. —Todo el tiempo, Danny, todo el tiempo.

Pero el perdón es algo que no podré tener jamás. Probablemente ni lo merezco. —La voz de Ellis descendió, serena—. ¿Qué es lo que quieres escuchar? ¿Qué un día vas a verte al espejo y no ver el reflejo de las cosas malas que has hecho, los errores que has cometido? Los ojos de Danny se encontraron con los de Ellis del otro lado del corredor. Podía sentir la súplica en sus propios ojos sin tener que verse. —Porque no va a suceder, —dijo Ellis, sin suavizar sus palabras —. Son siempre nuestros errores, las cosas de las que nos avergonzamos las primeras en aparecer, listas para ser reconocidas. Es parte de la naturaleza humana y no va a cambiar, ni para mí ni para ti. —¿Entonces qué sentido tiene? —exigió Danny—. ¿Qué sentido tiene querer hacer las cosas diferentes? Ellis se retiró las gafas, levantándose el sweater para limpiarlos con la camisa que usaba debajo. —El punto es… —su voz se desvaneció, la mirada perdida en la lejanía, como si tratara de encontrar un recuerdo en medio de una densa neblina —. Es como la vieja colcha de retazos que mi má tenía. Venía de su abuela, o de su bisabuela, no puedo recordarlo, bueno, era como una especie de álbum familiar, supongo. Cada pedazo de la colcha tenía su propio significado. Y algunas de los retazos eran de las telas más feas que pudieras ver, pedazos de algodón con manchas que ni quisieras usarías para limpiar el suelo del baño. Pero otros de los pedazos eran tan hermosos que me lastimaban los ojos cuando los veía de niño. Seda blanca de un vestido de novia o el terciopelo rojo del primer abrigo de Navidad de un bebé. —Ellis pausó, poniéndose las gafas nuevamente en la nariz—. Eso es lo mejor que podrías esperar, Danny. Que tu vida resulte como esa vieja colcha de retazos. Que puedas añadirle brillantes y hermosos pedazos al sucio y manchado trabajo de antes. Y entonces, tal vez los parches bonitos acaben llevándose más espacio en la colcha que los oscuros. —Ellis observó a Danny, viendo si es que le ponía atención—. Ese es el punto. Cuando Ellis había comenzado a hablar, Danny estuvo tentado a no escucharlo. No le encontraba el sentido de lo que había preguntado con una colcha. Pero después de todo, había escuchado, podía ver su propia colcha, el profundo color negro y los malignos morados esparciéndose como un violento mar. Sin embargo, dentro de esa oscuridad que parecía tragarse todo el mundo había una sombra delicada de plateado, de un concurso de ensayos que había ganado en décimo grado, sintiéndose orgulloso de su placa de plástico barato; un pequeño parche rubí que representaban los primeros meses con Amanda, cuando su risa brillaba de felicidad; una chispa amarillo–verdosa que marcaba su amistad con Griff; y la pieza más brillante de todas, de una reluciente seda color dorada entretejida con luz de luna… Miller.

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—Sí, —dijo silenciosamente Danny—. Creo que entiendo. Ellis asintió con la cabeza, dándole una delicada palmadita en el hombro a Danny. —Vamos. Es hora de regresar a tus casos.

Danny había logrado pasar nada menos que diez páginas de los casos de la Suprema Corte cuando por fin terminó a las nueve de la noche. Era el último que quedaba en el edificio; Jill le había dado una llave para que cerrara cuando había salido a las siete. Danny fue apagando las luces mientras caminaba, asegurándose de que la cafetera estuviera desconectada y que la puerta trasera estuviera cerrada antes de salir por la puerta principal. Luchaba con el frío, mientras se dirigía a la estación de tren, su estómago se retorció, recordándole que no había cenado. Mentalmente recordó lo que tenía en la nevera de su casa, resignándose al hecho de que esa noche también acabaría comiendo cereal, a menos de que se sintiera atrevido e hiciera macarrones con queso. —Oye, tú ,—llamó una voz desde el oscuro portal por el que pasaba. Danny miró hacia su izquierda, reconociendo una delgada figura que se acercaba hacia él. Continuó caminando, esperando poder llegar hasta la estación en el momento en que el tren llegara; no estaba de humor como para esperar. —Oye, ¿no quieres nada? Tengo buena mercancía, —le comentó el acosador de la puerta, dejando su puesto para caminar junto a Danny, su sonrisa mostrándole una hilera de dientes putrefactos. —No, no estoy interesado, —respondió Danny, manteniendo su paso rápido hasta que sintió que dejó atrás a su perseguidor. Danny no estaba tentado a comprar drogas. Nunca había sido su debilidad. Pero de todas maneras se sentía como un adicto, cuando una urgencia casi eléctrica convertía sus pensamientos de volver a su frío y sólo apartamento, con los dedos cosquilleándole para hacer la llamada. Marcar el número que se sabía de memoria y que probablemente siempre sabría, la incertidumbre del futuro, su propia red de seguridad oscura y terrible. Tal vez Hinestroza se alegraría al saber de él. Tal vez volver a llenar el espacio que antes había ocupado, y que estos meses fueran sólo un recuerdo en su vida real. Habría tanto alivio de ser nuevamente el Danny que conocía, el que decepcionaba a las personas y no poseía un futuro, que sabía exactamente qué es lo que sucedería de mañana porque no sería mejor de lo que había pasado el día anterior. Pero era más difícil decepcionar a las personas cuando esperaban algo de ti, esperar mucho más de ti que enseñarles lo peor de ti en cada ocasión. Danny no

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quería traicionar la confianza de Jill, su casi ciega fe en que él tenía lo necesario para cambiar. Y si regresaba a su viejo estilo de vida, que sería del sacrificio que Miller había hecho… que había dejado todo por un hombre que no le importaba nada, un hombre, que después de todo lo que habían pasado, aún prefería a Hinestroza que una vida en las sombras. Danny golpeó el pavimento de la plataforma con los pies, tratando de mantenerse caliente mientras esperaba su tren, escuchando el distante ronroneo que lo llevaría a casa. Quería hacerse una promesa, a Miller, y a Jill de que nunca haría esa llamada, que nunca saltaría a esa red de seguridad enredada y llena de agujeros. Pero creía que esa promesa era demasiado grande, mucho más de lo que podía hacer. Su inmensidad lo hacía sentirse sofocado y atrapado con pesadas expectativas. Así que, en cambio, se sopló en las manos, calentándose los helados dedos con sus resoplidos cálidos, jurándose que por lo menos esa noche no decepcionaría a nadie que trataba tan duramente de creer en él. Iría a casa, comería su solitaria cena, e iría a la cama. Su teléfono permanecería en su bolsillo, silencioso y oscuro. Esta noche no, juró, esta noche no.

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El puño derecho de Miller conectó con un sonido sordo, el impacto viajando desde su brazo para explotar en su hombro. Ignoró el dolor y volvió a asestar otro golpe, mucho más fuerte esta vez, gruñendo cuando su puño conectó. —Mierda, Miller. ¿Estás ejercitándote o tratando de asesinar a la bolsa? — Miller se limpió el sudor con el brazo. —Me he alejado demasiado de este lugar, —le dijo a Ben, el encargado del gimnasio en donde entrenaba regularmente antes de conocer a Danny. Ben había tenido ese lugar por años, y por lo que Miller podía ver, él nunca había invertido ni un centavo en ese basurero más que poner dos rings de boxeo, una docena de bolsas de arena, y un par de derruidas caminadoras que nadie nunca usaba. Si uno quería un masaje o un té de hierbas, tenías que ir a otro lugar—. Tengo que volverme a acostumbrar. —Me parece bien. Pero no te rompas a muñeca mientras lo logras. Miller le dio a Ben una especie de mueca que era su sonrisa esos últimos días y volvió a golpear la bolsa. Quería saber qué era a lo que tenía que volver a

acostumbrarse, ¿a su vida, a esconderse del mundo, a su culpa? Tenía muchas esperanzas para sí mismo esa noche con Rachel, como si un momento de coraje pudiera compensar una vida de engaños. Y que puto chiste había resultado; desde esa noche no había vuelto a avanzar, había dejado su desastre sucio y sin tocar mientras la vida seguía, mientras Danny seguía con su vida sin él. Ese sólo pensamiento merecía una docena de duros golpes contra el saco de arena, el sudor escurriéndole por el pelo, los dientes crujiéndole en los últimos golpes. Prácticamente cada aspecto de su vida estaba en el limbo. Había estado de baja por un mes. Sabía que Nash estaba alargando la investigación como una manera de castigo, aunque presentía que había mucho más detrás de la historia de Danny Butler y Miller Sutton que no podía identificar. Dado que la censura oficial probablemente no llegaría, Nash se pondría a sí mismo de vigilante. Y Nash también había hablado de más; Miller estaba convencido. De las contadas veces que había ido a la oficina, los otros agentes lo habían evadido, mirándolo con ojos cautelosos, sintiendo pena debajo de esa sonrisa. Y aún ahora no sabía si quería su trabajo de regreso, pero se sentía preso, su placa del FBI actuando como un par de zapatos de concreto que no sabía muy bien cómo deshacerse de ellos.

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Miller compró unos cuantos comestibles en su camino a casa, bebiéndose una botella de Gatorade en el corto camino desde su auto hasta la escalera de emergencia de su edificio. Aún no sabía cómo iba a llenar las largas horas vacías hasta que llegara la noche, ver la televisión o ver un libro sin leerlo aún cuando ambas cosas ya había perdido su interés semanas antes. Cuando giró en la esquina de su edificio, encontró a Colin esperando, sus ojos escondidos detrás de sus gafas oscuras. —Hola, —dijo Miller cautelosamente —. ¿Qué haces aquí? Colin se quitó los lentes, guardándoselos en el bolsillo interior de su chaqueta. —Nash cerró la investigación. Estás libre de cualquier irregularidad. —La voz de Colin era pesada, sin alivio en su voz—. Necesitamos hablar. —Está bien, —Miller guió el camino, los pasos de Colin cerca de los suyos, silenciándose en el corredor alfombrado. Miller abrió la puerta dejando las llaves en la mesa, indicándole a Colin que tomara asiento mientras guardaba la leche y la cerveza en el refrigerador. Colin tomó asiento en la silla más cercana a la puerta. Se inclinó y descansó los codos en sus rodillas, juntando las manos. Parecía que estaba preparándose para algo desagradable, y el estómago de Miller se contrajo en una bola helada. —¿Has hablado con Danny Butler últimamente? —preguntó Colin.

El cuerpo de Miller se tensó, no podía controlarlo. Sus entrañas respondieron a la mención del nombre de Danny como una colmena golpeada por un palo, sus nervios vibrando de anticipación. —No. —Pausó, sentándose frente a Colin—. ¿Por qué? —Escuché que está en Chicago. Tiene un trabajo en Asistencia Legal. Chicago. —¿Qué tipo de trabajo? Colin se encogió de hombros. —Parte de alguna subvención. Ayuda en la oficina; no sé mucho. —¿Cómo te enteraste? —Patterson. Ella lo recomendó para el trabajo, por medio de su oficial de libertad condicional. —Patterson, —repitió Miller, incrédulo. No podía estar más sorprendido si Colin le hubiera dicho que Nash era el responsable del nuevo trabajo de Danny. Ahora los ojos de Miller se abrían a la multitud de variables dentro de la gente que parecía tan unidimensional en la superficie, se preguntó si es que algún día dejaría de sorprenderse de la capacidad de descubrir esos sentimientos encontrados —. Bueno, supongo que le debía una, —dijo Miller—, después de liberarlo de la manera en que lo hizo. —Podría ser que ella te hizo un favor cuando lo dejó libre, —dijo Colin. —¿Qué? —preguntó Miller, sorprendido—. ¿De qué estás hablando? —Tú dímelo, —comentó Colin, apuntándolo con el dedo, y Miller se dio cuenta de lo furioso que estaba Colin, que tan difícil le resultaba aguantar su ira —. Si hubiéramos ido a juicio, ¿podría Butler servir como testigo sin que lo destrozaran? Sé que hay algo entre ustedes dos. Cristo, Nash nunca los vio juntos y también lo sabía. ¿Creíste que un mediocre abogado defensor no hubiera podido olerlo en cinco minutos? Debes de estar bromeando, carajo. —Colin, yo… —Así que deja a Patterson en paz, ¿quieres? Porque el caso Hinestroza ya estaba perdido mucho antes de que jodiera a Butler. ¿Qué mierda estabas pensando? Miller se desplomó en el sillón, presionándose los ojos con las palmas de las manos, fuerte. Esto era diferente que enfrentar a Rachel, peor en una manera que no podía definir. Las personas engañaban con sus amantes todos los días, jodiendo sus relaciones. No porque fueran homosexuales, pero aún así. ¿Pero poner tus deseos sobre la justicia? Eso era aceptar una parte oscura dentro de él que no sabía que tenía.

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—No pedí que esto pasara. Nosotros sólo… los sentimientos eran reales, Colin. —Miller habló por entre sus muñecas, sus ojos escondidos detrás de las manos. —¡No me importa si era el maldito amor de tu vida! Tiraste a la basura años de trabajo, Miller, y no solamente el tuyo. Miller respiró hondo, el aire picándole en la garganta. —Lo lamento, —logró pronunciar. Casi se rió de lo patético que se escuchaba —. Sé que has estado encubriéndome. La voz de Colin se suavizó ligeramente. —No quiero ser un idiota sobre esto. Lo importantes es que te involucraste con informante, un testigo. Te involucraste. Y eso no es posible. No creo que haya una forma de enmendar un error como ese. No creo que el FBI sea donde debes de estar, —continuó, la voz cansada—. Y creo que tú también lo sabes. —¿Me están despidiendo? —preguntó Miller, encontrándose con los ojos de Colin. —No. Pero has lo correcto, por favor.

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—Es muy difícil, —dijo Miller—. Muy difícil abandonar el trabajo, incluso cuando sabes que no es lo mejor para ti. —Fuiste un buen agente, Miller, excelente. Pero hay veces en que la vida se interpone en el trabajo y tienes que tomar una decisión. Hiciste la tuya; ahora tienes que verle final. —¿Le vas a decir a Nash? —No. Si pensara que haría una diferencia en el caso Hinestroza, ya lo hubiera hecho. Pero decirle no cambia nada. Sólo nos va a meter a ambos en problemas. — Colin suspiró—. Te esperan en el trabajo el lunes. Ven un tiempo, por lo menos hasta que sepas qué es lo que vas a hacer. No te van a asignar a nada grande al principio, eso te da una oportunidad. Miller asintió. —Está bien. Colin fijó su mirada en sus manos, sus dedos entrelazándose y volviéndose a desenredar. —Miller, ¿porqué no sigues con Butler? Te conozco muy bien para saber que no eres una persona que actúa por capricho. Dijiste que lo que sentías por él era verdadero. Pusiste tu carrera completa en un hilo por él, ¿así que por qué carajos no estás con él?

Miller giró el rostro, viendo las enormes ventanas. Había empezado a nevar en los pocos minutos que llevaban dentro, lentos y gordos copos de nieve tomándose un largo tiempo en caer desde el cielo. Un recuerdo más de Danny. —Algo pasó ese día con Madrigal. —La voz de Miller sonaba pastosa y distante, como si estuviera afuera en la nieve, hablando a través de los helados cristales —. Hinestroza estaba… —¡No! —exclamó Colin—. No. ¡No me digas eso! La mirada de Miller volvió hacia Colin, viendo la pulsante vena en su frente, sus manos entrecruzadas nuevamente, los nudillos blancos de la tensión. —El momento de decirme eso ha ido y venido. Ya es tarde. ¿Qué puedo hacer con eso ahora? —Colin exigió—. ¡No quiero saberlo ahora! ¡Dios! Miller apretó los labios luchando contra la urgencia de hablar, de decirle la verdad con la esperanza de que Colin le dijera que había tomado la decisión correcta, que su elección había sido la que cualquier hombre hubiera hecho. Pero como las muchas cosas que habían pasado entre Danny y él, este era su secreto, la carga que debían de llevar, y ningún extraño podía ayudarlos. —Está bien, —Miller aceptó—. Está bien. Iré a trabajar el lunes.

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—De acuerdo. —Colin se levantó, metiendo las manos en sus bolsillos mientras Miller lo acompañaba a la puerta. —Gracias por lo que hiciste, —le dijo Miller—. Sé que arriesgaste demasiadas cosas. Colin miró a Miller por encima de su hombro, dándole una atenta inclinación de la cabeza. Miller comprendió que su amistad con Colin había terminado.

La puerta trasera sonó ruidosamente cuando Danny salía hacia el templado aire nocturno. De acuerdo al calendario estaban aún en invierno, pero habían tenido suerte ese día de San Patricio y la temperatura estaba entre los 10 C, incluso estando tan cerca la media noche. ¡Jesús! de pronto se sentía demasiado cansado. Ese día habían recorrido desde la avenida Michigan hasta los puentes sobre el río, sólo para ver pasar una sucia y falsa agua verde. En ese momento había parecido ser una buena idea. Eso era lo que habían logrado cinco cervezas en el almuerzo.

Danny se sentó en los escalones, buscando sus cigarrillos en el bolsillo de su chaqueta. La fiesta seguía adentro, Lauren, una de las abogadas del trabajo, y su esposo estaban inaugurando su casa nueva en un muy apropiado estilo irlandés. La puerta detrás de Danny se abrió repentinamente, chocando contra su espalda. —Mierda, —se quejó, alejándose de la puerta cuando salía Jill. —Lo siento. —Jill suspiró, sentándose junto a él, extendiendo la mano para que le diera una fumada. —No sabía que fumabas. —Danny le dio de su cigarrillo, que inhaló con gusto. —No lo hago, en realidad. No desde la Universidad. Pero es como montar una bicicleta. Danny rió, recargando los codos en el escalón atrás de él. —Bastante ruidosa la gente de adentro. Esperaba algo más calmado en una fiesta de abogados. —Nah… junta a un montón de abogados con alcohol y el infierno se libera. — Jill le entregó el cigarrillo, abrazándose las piernas con los brazos —. ¿Supiste qué Taylor entró a la escuela de leyes?

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—Sí, me lo dijo hoy en el trabajo. Estupendo. —Significa que para Septiembre necesitaremos un paralegal nuevo. —Jill inclinó la cabeza hacia él, su largo cabello cayendo hacia adelante como una cortina. —Está bien, —comentó Danny, inseguro de qué es a lo que se refería. —Deberías de ofrecerte, Danny. Danny tosió lo que había fumado, expulsando el humo por la nariz. —¿Yo? No lo creo. —¿Por qué no? —Porque… porque no estoy calificado. ¿No tienes que ir a la escuela para hacer eso? Jill se encogió de hombros. —Últimamente muchas personas lo hacen, pero antes no era necesario. Puedes hacerlo. Maldición, ya prácticamente haces mi trabajo. Leyendo casos, escribiendo memorandums, destacando los testimonios de los testigos, organizando exposiciones de prueba. No es nada que no hagas todos los días. Y te van a pagar más. Sería un puesto permanente.

Danny no había pensado más allá de su estadía de un año en la oficina de Asistencia Legal. No sabía que tipo de compromiso estaba dispuesto a hacer con Chicago, con su trabajo, con su nuevo estilo de vida. —Lo pensaré, —dijo, tirando la ceniza en el suelo. —Está bien, —dijo Jill, sin presionarlo—. Aún tienes tiempo antes de decidir. —Tembló ligeramente con el aire, abrazando sus piernas más fuerte. —Toma, —le dijo Danny, quitándose la chaqueta —. Póntela. —Gracias. —Pasó los brazos por las mangas, prácticamente desapareciendo dentro del cuero negro—. ¿Danny? —¿Hmmmm? —¿Querrías ir a cenar conmigo algún día? —su pregunta había salido disparada, sonando como una larga frase. Le había tomado un momento poder separarla en palabras. Danny aventó su cigarro a medio fumar contra el concreto y lo aplastó con el zapato. —Jill, soy gay.

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Ella lo miró fijamente. —No, no lo eres, —dijo después de un momento, recargándose contra su hombro. —Sí, lo soy. —Pero tu ex–esposa llamó ese día. —Amanda. Sí, estuve casado. Aunque sigo siendo gay. —Oh. Oh, —suspiró Jill—. Mierda. Ahora me siento increíblemente estúpida. —No te sientas estúpida. —Le sonrió Danny—. No es como si lo estuviera anunciando. —No, no lo haces, —Jill asintió—. Obviamente, sino no te hubiera invitado a salir. —¿Puedes hacer eso? Puesto que trabajamos juntos. —Oh, es bastante casual en este lugar. No creo que ir a cenar viole ninguna regla. —¿Por qué querrías salir conmigo de todas formas?

—¿A qué te refieres? —preguntó Jill, con el ceño fruncido. Se enredó el cabello sobre la cabeza mientras hablaba. —Quiero decir, eres una abogada, puedes escoger a quien quieras. Yo soy un ex–presidiario, Jill, con estudios hasta el instituto. Estás demasiado fuera de mi liga. —¿No estás haciendo nada ilegal, verdad? ¿No estás vendiendo crack detrás del edificio en tus horas de comida? —No. —Le sonrió Danny, moviendo la cabeza. —¿Tienes un trabajo de verdad, no es así? Estás tratando de cambiar las cosas. Y no eres tan mal parecido, Danny Butler. —Jill le dedicó una mueca divertida—. ¿Por qué no querría salir contigo? Danny no contestó enseguida, escuchando los vibrantes acordes de la música de adentro de la casa. —¿En verdad crees que las personas puede cambiar? — preguntó—. ¿Que merecen una segunda oportunidad?

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Jill tomó sus manos entre las suyas, pero no había nada sexual en su toque; era la caricia de una hermana, destinada a aliviar el sufrimiento, y no encender la lujuria. —Claro que sí. De otra manera estoy desperdiciando mi vida, ¿no crees? Mira lo que hago todo el día, todos los días. Si no creyera que las personas pueden cambiar, que una segunda oportunidad es lo único que necesita una persona para lograrlo, ¿entonces para qué estoy haciendo este trabajo que paga una mierda y nadie aprecia? Danny apretó la mano de Jill, sus dedos tan pequeños y delicados entre los suyos. Recientemente había dejado de usar vendajes sobre sus yemas y era bastante agradable sentir la piel de otra persona. —¿Estás saliendo con alguien, Danny? —le preguntó Jill varios minutos después de un tranquilo silencio —. Porque podrías haberlo traído esta noche. —No, no estoy saliendo con nadie. —Podía sentir la mirada de Jill fija en él. —Escucho un corazón roto en tu voz, —dijo amablemente—. Tengo cierta experiencia en ese departamento. —Es una larga historia. —Danny retiró su mano, usándola para encender un nuevo cigarrillo. —¿Ésta larga historia tiene un nombre? Danny aspiró tan fuerte del filtro que pensó que casi se había fumado el

cigarrillo de una sola vez. —Miller. —Logró articular. —Miller. Ese es un nombre que no escuchas muy a menudo. —No. —Danny soltó una pequeña y triste risa. —¿Quieres hablar de eso? —Esta noche no. —Está bien. —Asintió Jill—. Y espero que aprecies lo difícil que es para mi decirlo, porque soy una maldita entrometida. Danny rió, una verdadera esta vez. —Algún día, tal vez. —Trato. —Se levantó del escalón, usando ambas manos para impulsarse —. Voy a regresar. ¿Necesitas algo? —se quitó la chaqueta y se la entregó. —No, estoy bien. ¿Jill? —¿Sí? —pausó, su mano en la manija de la puerta.

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—Me gusta lo que haces con tu cabello, ese peinado. Jill sonrió, su rostro encendido con verdadera alegría. Dejó la manilla y se agachó para darle un beso en la mejilla. Incluso después de fumar, ella seguía oliendo a flores. —Gracias, Danny. La música de la fiesta pareció incrementar cuando abrió la puerta, disminuyendo cuando la cerró detrás de ella, dejando sólo a Danny. Las esquinas del patio de Lauren estaban cubiertas por densos arbustos, la luz interior no pudiendo alumbrar esas esquinas oscuras. Danny aplastó su cigarro y se paró, vagando en la oscuridad. Podía ver unas pocas estrellas, las luces de la ciudad no podían opacar su brillo. Nada como un cielo del campo, pero lo aceptaba. Miller estaba muy presente esa noche en su mente. Más que en los tres meses que habían pasado desde que había visto por última vez el rostro de Miller, tocado su cabello o escuchado su voz, pero aún le dolía al decir su nombre. Era demasiado tiempo pero no lo suficiente, porque la culpa seguía presente en el corazón de Danny, una marca en su interior que no se iría. Se preguntaba qué es lo que Miller estaría haciendo esa noche, si había seguido con su vida, si se había curado. Danny eso esperaba, esperaba que Miller encontrara lo que él quería encontrar para sí mismo. —Miller, —suspiró, levantando su rostro a las estrellas.

Danny no creía en fantasmas o en conjurar los espíritus de las personas, incluso cuando aún vivían, pero mientras decía el nombre de Miller sintió una calidez en su espalda, la fuerza de un hombre detrás de él, abrazándolo fuertemente. Podía haber jurado que olió el aroma de la piel de Miller, sus suaves labios murmurándole palabras de confort contra el cuello de Danny. Por primera vez desde que se había alejado de Miller, Danny conoció la paz. Una solitaria lágrima le corrió por la mejilla, cayendo en la esquina de sus labios. —Te extraño, —susurró—. Te extraño. —Se sentía amado. Se sentía escuchado. Y por ahora era suficiente. Tenía que serlo.

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Capítulo Dieciocho
La navaja hizo un sonido áspero, raspando contra la mejilla de Danny, más fuerte en su oído que en la realidad. Por un momento se sintió transportado a algún lugar que no quería viajar: a un frío almacén lleno de muerte. Es curioso cómo eso sucedió; el Bic16 desechable en su mano no era para nada el arma preferida de Madrigal, pero el roce de metal brillante era recordatorio suficiente. Danny obligó a su mente a volver al pequeño cuarto de baño del motel, acercándose al espejo mientras metía su labio superior sobre sus dientes, afeitándose la delicada piel debajo de su nariz.

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—¿Estás afeitándote? —La cabeza de Miller se asomó por detrás de la cortina de la ducha, su pelo de punta con mechones cargados de champú. —Sí. La cabeza de Miller volvió a desaparecer y Danny sonrió mientras escuchaba a Miller apresurando su paso por el resto de su ducha. No podía evitar echar un vistazo, o dos, a Miller cuando tiró de la cortina para abrirla, alcanzando una toalla con un brazo chorreando. Miller giró la toalla alrededor de su cintura, llegando a presionar su pecho húmedo contra la espalda desnuda de Danny. —Hey, —dijo Miller suavemente, apoyando su barbilla en el hombro de Danny, encontrándose con sus ojos en el espejo. —Hey, a ti también. No sabía que esto fuera tan emocionante. —Nunca te he visto afeitarte antes, —dijo Miller, como si eso lo explicara. Y tal vez lo hacía. ¿No se había quedado despierto después de que Miller cayó dormido la pasada noche, observando el lento ascenso y caída de su pecho, trazando un patrón aleatorio en su brazo? ¿O esta mañana, no había estado fascinado por la forma en que Miller hojeaba a su manera el periódico mientras acunaba una taza de café, cada movimiento lento y deliberado? Tal vez ambos estaban acumulando

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Bic, el tipo más común de encendedor o mechero.

recuerdos, pequeños momentos en el tiempo, para mantenerlos en los días grises y solitarios que esperaban justo a la vuelta de la esquina. Miller plantó una hilera de besos húmedos a lo largo del cuello de Danny. — ¿Cuándo conseguiste esto? —Los dedos de Miller siguieron una perezosa curva alrededor del tatuaje del yin-yang en el hombro de Danny. —Después de Leavenworth. Esa fue en realidad mi idea, a diferencia de la de Hinestroza o la de Amanda. —¿Por qué lo elegiste? Danny se encogió de hombros, bajando la navaja por su mejilla. —Leí sobre el símbolo cuando estaba en la cárcel. Me gustó la idea. Luz y oscuridad, dos mitades haciendo un todo. —Se encontró con los ojos de Miller en el espejo de nuevo, estableciendo la navaja abajo en el lavabo. —¿Eres tú la oscuridad, Danny? —preguntó Miller en voz baja. Pero Danny no quería hablar de sus errores, las sombras que se arremolinaban en su interior y que nunca se irían, después de haber crecido acostumbrado a su húmeda y fértil casa, las raíces incrustadas profundamente en el rico y negro suelo. Así que agarró la mano de Miller y la empujó más abajo, observando cuando la boca de Miller se abrió, un gemido escapando mientras Danny alejaba la toalla del camino, aflojando la suya con su mano libre, extendiendo los muslos de Danny con fuertes y exigentes rodillas. Danny se agarró al borde del lavabo, arqueando su espalda mientras Miller irrumpía en su cuerpo, calientes respiraciones de Miller silbando contra su cuello. Trabajaron juntos sin hablar, Danny conduciéndose hacia atrás por cada empuje hacia adelante. Sus ojos se encontraron en el espejo, mostrando caras descuidadas por el placer. Miller se corrió con un grito, sus dedos ásperos tallando canales en las caderas de Danny y Danny cerró los ojos y tomó lo que Miller le dio, deseando que de alguna manera una chispa de Miller pudiera ser dejada atrás, un diminuto parpadeo en la oscuridad.

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―CULPABLE‖. La voz del juez era tranquila y uniforme, probablemente no yendo mucho más allá de la primera fila de la galería, lo cual estaba bien, ya que la sala estaba prácticamente vacía. La reacción no era nada parecida a lo que se veía en la tele; nadie gritaba histérico y el alguacil se sentó tranquilamente en su asiento, sin luchar contra un acusado o su angustiada familia. Los miembros del jurado parecían indiferentes, la mayoría de ellos ansiosos de estar en casa ahora que su deber cívico había terminado. Danny miró al otro lado de la mesa a Ronnie Jennings, viendo cómo Jill murmuraba algo en su oído. Ronnie asintió con la cabeza, sus ojos se centraron en sus manos. Para alguien que nunca se había sentado en el asiento de Ronnie y oído la palabra, culpable, que dictaría su vida de ahora en adelante, probablemente pareciera como si Ronnie estuviera bien, que prestaba atención, en el presente. Pero Danny había estado en esa posición varias veces, y sospechaba que Ronnie estaba refugiándose aún más en ese espacio que había creado en torno a sí mismo desde el momento en que había sido detenido, el espacio seguro que lo mantenía alejado de lo que le sucedía a él y le aislaba de los pensamientos de cómo su vida ya no era suya para controlarla. Si Ronnie tenía suerte, podía quedarse dentro de esa burbuja que se hizo él mismo por la duración de su pena de prisión. El truco consistía en encontrar la manera de dar un paso atrás en la vida cuando las puertas de la cárcel se abrieran, cómo llegar a ser una parte del mundo real de nuevo. Jill dio a Ronnie una rápida palmadita en la parte superior del brazo cuando el alguacil se lo llevó, esposado con las manos a la espalda, una cadena de seguridad en sus tobillos. Ronnie mantuvo la vista al frente mientras arrastraba los pies a través de la puerta que lo llevaría a la sala de espera pasillo abajo, y de allí a su nuevo hogar. —¿Cómo te va? —preguntó Danny mientras recogían su desorden de la mesa de la defensa, recipientes de plástico llenos de numerados objetos expuestos, decenas de cuadernos amarillos, marcadores y lápices, botellas de agua medio vacías, una caja de pañuelos de papel, y varias cajitas de Altoids,17 sin las que Jill se negó a entrar en la sala del tribunal. —¿Yo? —Jill sonrió a Danny sobre la mesa—. Estoy bien. —¿Estás molesto por el veredicto? —En realidad no. —Jill se encogió de hombros—. Me lo esperaba.

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17

Altoids es una marca de pastillas de menta que han existido desde el siglo XVIII.

—Pero trabajaste tan duro. —Lo hice —ella estuvo de acuerdo—. Pero era culpable, Danny. Robó ese almacén. ¿Cómo puedo estar molesta cuando el jurado tomó la decisión correcta? Debería haber aceptado la declaración. —Pero... —Danny se detuvo, en una rara pérdida de palabras. —Déjame adivinar, quieres saber por qué he trabajado tan duro si sabía que era culpable, ¿verdad? ¿O cómo podría representarle en primer lugar? —Jill no esperó la respuesta de Danny, metiendo el último de los cuadernos en su maltrecho maletín con un suspiro—. Lo hice porque es mi trabajo. No puedo entrar en ello pensando en la culpabilidad o inocencia o lo que mi cliente merece. Ese tipo de juicios están más allá de mí. Todo el mundo tiene derecho a una buena defensa y ese es mi trabajo. Luchar por una sentencia justa, ese es mi trabajo también. Pero en cuanto al veredicto, el sistema generalmente funciona de la manera que se supone que es. Hombres inocentes son condenados y hombres culpables son puestos en libertad, pero no tan a menudo como la gente piensa. Danny la miró y Jill se rió. —Apuesto a que no esperabas un discurso, ¿verdad? Tengo más de donde vino este. Algún día, pide escuchar el de la ley de las tres felonías18. Es extraordinario. —¿Cómo lo haces? —preguntó Danny—. ¿Por qué haces este trabajo todos los días? Jill le miró. —Porque me encanta. Y porque soy uno de esos patéticos corazones sangrantes que realmente creen que todo el mundo se merece una defensa decente. Triste, pero cierto. —No es triste. Jill sonrió mientras alzaba una caja de objetos expuestos sobre su cadera. — Hey, algunos de nosotros vamos a tomar una cerveza. ¿Quieres venir? —Nah, —Danny sacudió la cabeza—. Estoy cansado. Voy a dirigirme a casa. —Sabía que la invitación de Jill era genuina, así como el amistoso saludo que había recibido por la mañana del fiscal y el alguacil, el juez y su secretario se entendían realmente. Pero todavía se sentía incómodo en torno a esta gente del juzgado. El primer día que se había mostrado aquí, en sus nuevos pantalones negros y su camisa blanca abotonada, su corazón había amenazado con estallar fuera de su pecho,
18

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Three strikes laws De acuerdo a la ley de California un crimen de tres felonías es muy grave, una persona que ha sido acusada y condenada por tres delitos va a la cárcel de por vida. Las agencias policiales, los fiscales y los jueces tienen cero tolerancia.

con los pies arrastrando al pensar que tenía que tenía que poner un pie en una sala de tribunal de nuevo. Lo había hecho por Jill, porque ella había necesitado ayuda con este juicio, y le había prometido que estaría tres días o menos. Su ansiedad debía haberse demostrado en su rostro porque Jill le había apartado a un lado y le dijo que se relajara, que él no era más un acusado. No sabía cuántas de las personas que trabajaban en la sala del tribunal conocían su historia, pero aunque todos lo supieran, nadie actuaba como si importara. Todavía le importaba a Danny, sin embargo, y estaba bastante seguro de que siempre lo haría. —Nos vemos el lunes, —dijo Jill, mientras se separaban en las escaleras del juzgado, saludando con su maletín—. Hiciste un buen trabajo, Danny. —Gracias. —Sonrió Danny—. Nos vemos más tarde. El tiempo en el Día de San Patricio se había mantenido durante más de una semana y Danny aprovechó el calor fuera de temporada, para bajar una parada antes y pasar por una tienda de sandwiches local para la cena. Sabiendo que el sandwich no estaba en su presupuesto, excepto, para una noche poco humanitaria. La temperatura más caliente trajo un toque de primavera en el aire, pero el crepúsculo profundo empujando a las seis contaba una historia diferente. Danny entró en su apartamento, despojándose de su camisa antes de que incluso hubiera encendido la lámpara de la sala de estar. Gracias a Dios que Jill no le había hecho llevar una corbata, por lo menos. Más cómodo en vaqueros viejos y una camiseta, tomó una cerveza y el sandwich, acomodándose en el sofá para comer. Estaba tan tranquilo en la habitación que podía oír cada crujido de la lechuga, los solitarios sonidos de su comida marchitando su apetito. Sabía lo que iba a hacer, lo había sabido desde el momento en que había rechazado la invitación de Jill para las cervezas. Era una de esas noches. Podía sentir a Miller sublevarse dentro de él, inundándole con la necesidad. Puso su plato, completo con el sandiwch a medio terminar, en el suelo y se recostó en el sofá, con la cabeza apoyada sobre una almohada de chenilla que Amanda le había elegido una vida atrás. Cerró los ojos, en busca de la imagen correcta, tratando de decidir cuál repartiría esta noche. Sólo una, eso era lo máximo que podía manejar y lo más que podía darse el lujo de utilizar. Le recordó siendo un niño, cuando su padre siempre había recibido una pequeña caja de bombones para Navidad de su cuñada. A Danny se le permitía tener uno, sólo uno, y tenía que elegir con cuidado porque si elegía mal y terminaba con el de turrón de almendras o la crema de frambuesa, eso era su propia mala suerte. Danny se sentía como ese chico mientras pasaba a través de sus recuerdos, tratando de poner sus dedos sólo en la visión correcta para esta noche, uno que

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pudiera saborear, que se derritiera lentamente en la lengua como el chocolate y el caramelo, dulce y rico, uno que no pudiera ser tragado demasiado rápidamente, desapareciendo en un solo trago voraz. Su mente se cerró alrededor del recuerdo en una codiciosa garra, pero Danny fue más despacio, calmando sus dedos de la visión, dejándolos desplegarse lentamente. Se imaginó darse la vuelta, su cuerpo débil con el sueño y la satisfacción, y ver la cara de Miller por encima de él, aquellos ojos grises cálidos y pacíficos, oyendo el débil, casi imaginado, chasquido de nieve contra las ventanas. El rostro de Miller había sido suave y tranquilo esa mañana después que habían hecho el amor la primera vez, por una vez sin llevar ningún peso en torno a sus ojos, su boca suelta y relajada. Cualquiera otra cosa que Danny había jodido entre ellos, había terminado con algo bueno ese día porque Miller había sido feliz, iluminado desde el interior. Era un buen recuerdo. Uno que valía la pena el aguijón agridulce de recordar.

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Esperar hasta mañana fue la cosa más inteligente que hacer, conseguir un decente sueño para la noche y salir cuando el sol estuviera alto. Pero Miller había pasado toda su completa vida haciendo lo más inteligente, lo más seguro, y ahora no podía esperar a la luz del día. Quería mirar el reloj en una hora, en la carretera oscura y desierta, y saber que se acercaba a Danny con cada segundo que hacía tictac. Había esperado toda la semana para que Colin le devolviera la llamada, la impaciencia robándole el apetito, anhelando robar su descanso. Se había prometido a sí mismo que le daría a Colin cinco días, ciento veinte horas, antes de que simplemente se dirigiera a Chicago sin un plan claro, sólo mostrarse en la puerta de Danny sin ninguna idea de lo que haría en esa extraña ciudad. Pero al final Colin había llegado, y Miller podría ir a Danny con algo más que un deseo para su futuro. Empacó rápidamente; no necesitaba mucho. Tendría que volver aquí pronto, no importa lo que pasara. Ya sea para recoger las piezas de esta vida o para poner en orden sus cosas y mudarse a su nueva vida con Danny. No se permitió pensar más allá del viaje, más allá de dar la vuelta a los kilómetros que los separaban. Nueve horas, más o menos, y vería la cara de Danny de nuevo. Miller cerró la cremallera de su bolsa de lona y ató los cordones de sus maltratadas zapatillas de deporte. Se quedó de pie en la puerta de su apartamento

durante un momento, la luna alta y brillante a través de la ventana. Yendo detrás de lo que realmente quería, alcanzarlo con ambas manos, no era familiar para Miller. Había vivido su vida esperando pacientemente lo que vendría. Pero Danny había cambiado todo eso. Miller pensó que tal vez Danny alejándose ese día en el parque había sido una especie de no hay mal que por bien no venga. Al dejarle ir, Danny lo había liberado para seguir, había obligado a Miller a encontrar el valor para seguir.

El sol despertó a Danny antes de que estuviera listo. Había planeado levantarse tarde, aprovechando su sábado libre de trabajo. Trató de poner la almohada sobre su cabeza, pero no pudo establecerse de nuevo en el sueño, el sol golpeando justo entre sus omóplatos desnudos, calentando la piel en una hormigueante picazón. —Mierda, —murmuró, entrecerrando los ojos a su reloj de cabecera. Las ocho en punto. El horario del ―trabajo auténtico‖ se mantuvo durante la semana que estaba causando estragos con sus perezosas mañanas en la cama. Necesitaba una ducha, y, a juzgar por el lamentable estado de su cocina, un viaje a la tienda de comestibles estaba definitivamente en el orden del día. Tal vez esta semana lograría reunir fuerzas y conseguiría algo además de cereales y Hamburger Helper19.

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Cuando abrió la ventana de la sala de estar, la brisa golpeando su cara era cálida, agitando su cabello húmedo de la ducha. Pensó que probablemente necesitaba la chaqueta, el viento de Chicago era capaz de enfriar el día de aspecto más suave. Mientras corría por las escaleras hasta la puerta principal de su edificio, envió una breve oración para que su coche estuviera donde lo había dejado, a tres manzanas de distancia. No lo había conducido en más de una semana; el aparcamiento en Chicago era como una perra. El sol golpeó los ojos de Danny en un resplandor cegador cuando salió a la acera. Palpó los bolsillos de la chaqueta para sus gafas de sol, también recordándolas colocadas en su mesa de la cocina. A la mierda, no iba a volver a subir cuatro tramos de escaleras. Había un Jeep marrón estacionado en la acera, su parachoques a nivel contra el coche de delante. Danny sonrió para sus adentros. Alguien iba a cabrearse cuando despertaran y no pudieran mover su coche a causa de un ajustado abrazo del Jeep. Giró a la izquierda, en dirección a su coche, su rápido camino lento de repente... ese Jeep marrón. Danny se volvió y lo miró fijamente. Conocía ese Jeep. Casi había muerto en ese coche, él y Miller ambos. Miller. No, es un Jeep diferente. Hay miles de Jeeps marrones sólo de esa manera. Te lo estás imaginando.
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Hamburger Helper es una línea de productos alimenticios envasados en cajas que contienen principalmente pasta que viene con un paquete o paquetes de salsa en polvo/condimentos.

Pero Danny sabía que no. Debido a que la matrícula era la misma. Nunca olvidaba detalles por el estilo, nunca olvidaba los detalles sobre Miller. Danny se acercó más, mirando a la ventana del pasajero, sin ver más que un interior limpio. Desde la distancia, oyó el débil tintineo de la campanilla de la puerta de la tienda de la esquina, que vendía periódicos, donuts rancios y café del día anterior. Sin ni siquiera mirar, sabía quién había salido de esa tienda. Incluso desde la longitud de cinco coches de distancia, Danny podía sentirlo. Danny se incorporó lentamente, casi asustado de ver, asustado de que si volvía la cabeza Miller desaparecería, un producto de su hambrienta imaginación. Danny volvió la cabeza, los ojos atraídos hacia el hombre larguirucho de pie en la acera, un vaso de plástico de café apretado en su mano, con los ojos camuflados por sombras de espejo, de sus gafas de sol. Se miraron el uno al otro, sin un movimiento. Y entonces Miller se quitó las gafas de sol, enganchándolas a través del cuello de su camiseta verde, cerrando la distancia entre ellos a grandes zancadas. Danny se quedó congelado en su lugar mientras su mente conectaba echos en una distante e imparcial voz: necesita un corte de pelo, no está sonriendo, está acercándose, las pecas en la nariz son más oscuras. Miller se detuvo frente a él, sus ojos barriendo sobre Danny después bloqueándolos en su rostro, sin moverse. —Ese café apesta, —dijo Danny con voz ronca, porque no podía encontrar su voz para hacer las preguntas importantes, el porqué y el cómo y qué significa la presencia de Miller en esta soleada mañana de sábado. La boca de Miller se curvó hacia arriba, los inicios de una sonrisa, y entonces abrió los dedos, la taza cayendo con ruido sordo al pavimento. El café empapó el hormigón en una fangosa mancha cuando la tapa se rompió. Sus cuerpos se juntaron duramente, la fuerza de la embestida de Miller sacando el aire del pecho de Danny, las gafas de sol de espejo sacrificadas entre ellos. Los brazos de Danny envueltos alrededor de la espalda de Miller, con una mano empuñando el pelo, amenazando con no soltarlo, tirando contra las suaves hebras. — Miller, —susurró Danny, cerrando los ojos, tragando más allá de una garganta llena de lágrimas. —Danny, Danny. —La voz de Miller era gruesa, los labios moviéndose contra el cuello de Danny—. Dios, Danny. Danny le acercó más, sus brazos aumentando la presión. No sabía lo que el futuro reservaba o por qué Miller estaba allí, pero por un solo momento interminable, permaneciendo de pie con Miller en una cálida brisa de marzo, Danny tenía todo lo que siempre había querido y no quería perder su agarre.

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Miller no estaba seguro de que fuera a subir las escaleras. Se concentró en Danny subiendo sin parar delante de él, ignorando su temblor de rodillas y sacudiendo los dedos que registraban un terremoto interno. Siguió a Danny por el pasillo estrecho al apartamento, en el otro extremo del edificio, esperó mientras Danny jugueteaba con las múltiples cerraduras. —Adelante, —dijo Danny, ronco y jadeante. El apartamento era pequeño y sencillo, pero limpio, los muebles de Danny demasiado agradables para su nuevo hogar. Miller observó cómo Danny cerró la puerta detrás de ellos, preparándose para el peso de Danny contra su cuerpo. Pero Danny bordeó el camino alrededor de él, arrojando su chaqueta sobre el sofá al pasar. Danny se sentó en el alféizar de la ventana, sus ojos en el suelo. El silencio entre ellos estaba atado con la tensión, la falta de palabras tan fuerte como cualquier grito. Miller se aclaró la garganta, moviéndose un poco más cerca de Danny, sin saber por dónde empezar. En su imaginación todo había sido más fácil, esta torpeza entre ellos era algo que nunca había anticipado. —He oído que tienes un trabajo, —espetó él. —Sí, —asintió Danny—. En Ayuda Legal.

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abrir.

—¿Cómo te va? —Está bien. Quieren que me presente para un trabajo de asesor legal que van a —Eso está muy bien, Danny. Eso sería muy buena… —¿Qué estás haciendo aquí, Miller? —la voz de Danny era plana, cortando las palabras de Miller bruscamente. Miller parpadeó. —Quería verte, —dijo, a pesar de que no creía que fuera necesario decirlo. —¿Por qué? —¿Por qué? —repitió Miller. Se sentía sumido en la incertidumbre, desprevenido desde que habían entrado en el apartamento, el ambiente tan diferente de su saludo en la acera. —Sí, Miller, ¿por qué? —Porque... porque hice lo que dijiste. Limpié mi vida. Le dije a Rachel la verdad, renuncié a mi puesto de trabajo… —Espero que no hicieras todo eso por mí. —Danny se agarró al alféizar de la

ventana con los nudillos blancos. —Yo… yo pensé que lo hacía por los dos. —Miller exhaló un tembloroso suspiro, pasó una mano por el pelo—. ¿Qué está pasando? Pareces enojado. Danny desvió la mirada y Miller podía ver lo duro que estaba luchando contra sus emociones, sus músculos de la garganta tensos por debajo de la piel. —¿Qué esperabas? ¿Qué había esperado? ¿A Danny caer en sus brazos y darle las gracias por venir, estar tan feliz de verlo que evitarían todas las preguntas difíciles? Sí, si fuera honesto, eso era lo que había imaginado. —¿Oíste que tenía un nuevo trabajo y creíste que era un hombre nuevo? Te dije que quería ser una mejor persona, Miller, y lo dije en serio. Pero no hay una solución rápida para mí. No estoy allí todavía. —Yo no... no pensé... —Miller dejó escapar un suspiro de su lengua trabada. ¿Por qué era tan malditamente difícil? ¿Por qué no podía decir con palabras lo que contenía su corazón? Todo lo que quería que Danny supiera, esperaba, estaba atrapado en una botella con un corcho roto bloqueando el cuello —. No estoy allí todavía, tampoco, Danny. Sólo estoy tratando de vivir una vida más honesta, tratando de reunir mi mierda, como hemos hablado. Danny dejó escapar un suspiro irregular, ocultando su rostro de Miller. —Odio decírtelo, pero yo sigo siendo el mismo jodido desorden que siempre he sido. Tal vez un poco más brillante para el exterior, pero el interior es aún un feo lugar. —Las palabras de Danny entre ellos sonaban como balas salvajes, Miller no estaba seguro de quién o qué objetivo pretendía. —Yo no lo creo, Danny. Esta vida que estás viviendo ahora, es la prueba de que estás cambiando. —¿Oh, sí? —desafió Danny—. Bueno, todos los días camino a casa desde el trabajo, de vuelta a este apartamento de mierda, y paso a chicos vendiendo crack en las esquinas y pienso en llamarte, en preguntarte por la vuelta al trabajo. Me pregunto qué podría decir si hiciera esa llamada. Pienso en ello, Miller, y probablemente siempre lo pensaré. —¿Crees que eres el único que tiene pensamientos de ese tipo? Yo todavía despierto algunos días y ojalá que no fuera gay, quisiera poder tener esa vida con Rachel que había planeado. Y dudo que esos pensamientos nunca vayan a desaparecer para mí, tampoco. —Dio un paso hacia Danny—. Así que, si piensas en llamar a Hinestroza. No lo has hecho todavía, ¿verdad? Danny sacudió la cabeza, sus ojos flotando hasta el suelo.

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—Todos tenemos nuestros demonios, Danny. Los tuyos no son peores que los de cualquier otra persona. —Eso es un montón de mierda, Miller, y lo sabes. Mira lo que hiciste... por mi culpa. Dejaste que Hinestroza se largara. Antes de mí, nunca habrías hecho algo así. —¡No importa lo que habría hecho antes! —Miller casi gritó—. ¿No te das cuenta? Porque ese día en la cocina, yo era ya un hombre diferente. Lo que descubrimos juntos me había cambiado ya. En el buen sentido, de la mejor manera. Me abrió los ojos a la vida de mierda que había estado viviendo. Hice el trato con Hinestroza porque tenía que hacerlo. No había otra opción posible para mí. —Miller lanzó las manos arriba, en busca de alguna manera de hacer que Danny entendiera, dispuesto a abrir su alma si eso es lo que hacía falta—. ¿Te acuerdas de aquel día en el banco del parque, cuando me preguntaste cómo iba a vivir dejando a Hinestroza irse? Danny asintió con la cabeza, todavía sin mirarlo. —Sí, lo recuerdo. Miller captó los ojos de Danny cuando intentaba deslizarse más allá. —Bueno, resulta que vivir con ello no fue tan difícil como pensé que sería. Porque me di cuenta de que vivir sin ti era la alternativa. No lo cambiaría. Ni siquiera si pudiera. —¿Cómo puedes decir eso? —Puedo decirlo porque tú eras el intercambio. Tu vida. Y salvarte valía la pena cualquier precio. —Miller. —Danny sacudió la cabeza, moviéndose para estar de pie contra la pared. Miller sintió un momento de frustración tan grande que amenazó con eclipsar su esperanza. ¿Y si no podía convencer a Danny? ¿Y si Danny no quería creer? Entonces, sigue intentándolo, Miller. Sigue intentándolo. Y tal vez ese era el simple secreto: no darse por vencido. Empujar hacia adelante, sin importar las dificultades. Dio un paso adelante, justo enfrente de Danny, donde no pudiera apartar la mirada. —Yo no tengo todas las respuestas, Danny. Nunca las he tenido. Pero sé que quiero estar contigo. —Creí que nunca te volvería a ver, —dijo Danny, casi para sí mismo, como si Miller no hubiera hablado—. Me alejé. Creí que seguirías adelante, que encontrarías una manera de ser feliz.

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Miller le miró fijamente. —¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Eres feliz ahora, estás siguiendo adelante? —La idea le desgarró, le hizo sentirse hecho polvo, vacío con la pérdida. Danny sacudió la cabeza, con el rostro marcado por el dolor. —No. No, no soy feliz, y tú estás siempre en mi mente. —¿Qué te hace pensar que es diferente para mí? —Yo no... todavía no te merezco. —Danny sonaba como un hombre hambriento alejándose de una comida, un hombre torturado negándose el alivio. Sigue intentándolo. —¿Qué te hace pensar que te merezco, Danny? ¿Crees que mi vida era de color de rosa, tan jodidamente perfecta antes de que tú aparecieras y la jodieras? ¿Es eso lo que piensas? Bueno, no fue así. Yo estaba tan solo y tan desconectado, y asustado de echarme un buen vistazo a mí mismo. Y entonces me mostraste un camino que podría ser diferente. Una manera en que yo podría ser diferente. Viste justo a través de toda mi mierda, y me hiciste ver a través de ella también. Y sí, tienes razón, sucedieron cosas malas, pero Jesús, mira todo lo bueno que había también. ¿No puedes ver lo bueno que había? ¿No te acuerdas?

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La voz de Miller se quebró y bajó la cabeza, presionando sus pulgares en sus párpados cerrados, agotado por el esfuerzo de dar voz a lo que era privado en su interior. —No sé si tú me mereces o yo te merezco a ti. ¿Qué tal si nos merecemos el uno al otro? ¿Qué te parece? —Miller dejó caer la mano y miró fijamente a los ojos de Danny, deseando ver la verdad, ofreciendo lo mejor que tenía para dar —. Te quiero, Danny, —dijo—. Te amo. Los párpados de Danny revolotearon hacia abajo. Extendió la mano agarrando a ciegas la camiseta de Miller, amontonando el algodón en su palma. No tiró de Miller más cerca, simplemente lo mantuvo así, apretado y cautivo. Miller podía sentir el calor de la piel de Danny, y tomó todo lo que no tenía para alcanzar y tocar, luchando tan condenadamente duro para dar a Danny el espacio para decidir. Los dedos de Danny y sus ojos se abrieron y en el mismo instante, su mirada se levantó para fijarse en la de Miller. —Te necesito para estar seguro, Miller —dijo, su voz áspera—. Porque esto es lo que soy. Todas las partes feas de mí están aquí para quedarse. Nunca voy a dejar atrás mi pasado, no todo. Es un trato con un paquete. Así que asegúrate, porque esto es quién soy. Miller se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la pared a cada lado de la cara de Danny. —Me gusta lo que eres. Y me gusta lo que somos juntos. —Habló cada palabra con cuidado, una promesa desplegándose entre ellos. Miller entendió que el pasado de Danny era parte del paquete. Y ese pasado contenía sucios secretos,

pero también fue lo que hizo a Danny el hombre que encajaba con Miller de la manera que ningún otro ser humano alguna vez lo había hecho. Ese pasado había dado forma a Danny en la persona con la que Miller estaba destinado a estar, con el hombre que Miller sabía que estaba destinado a amar. Se miraron el uno al otro durante largos segundos. La piel de Miller se sentía eléctrica, zumbando con la necesidad bajo el peso en caliente de la mirada de Danny. —¿Puedo tocarte? —preguntó Miller suavemente—. Porque creo que podría morir si no lo hago. —No eran palabras que alguna vez había imaginado decir, pero sonaban bien contra sus labios. No se avergonzaba de ellas. —Sí, —asintió Danny, su voz era un suspiro sin aliento—. Sí. Miller movió las manos de la pared para acunar la cara de Danny, sus dedos seguían bailando una canción nerviosa. —Danny —susurró mientras llevaba su boca hacia adelante, yendo lento. Quería saborear y tocar, no quería precipitarse. Los labios de Danny eran cálidos y suaves debajo de los suyos, abriéndose para permitir que su lengua entrara, el calor húmedo de la boca de Danny arrancándole un gemido de la garganta de Miller. —Te amo, —murmuró Danny. Su voz sonaba acuosa, llena hasta el borde.

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Las manos de Miller se movían abajo por el pecho de Danny, trabajando su camino debajo de la camisa, extendiéndose plana sobre su estómago. —Dilo de nuevo —instó. Sintió a Danny sonreír dentro de su boca. —Te amo, Miller Sutton. Miller tiró de la camisa de Danny, levantándola por encima de su cabeza, sintiendo a Danny hacer lo mismo con la suya, y luego se volvieron uno contra el otro, la piel desnuda uniéndose mientras sus brazos se aferraban firmemente. Miller se tomó un momento justo para respirar contra el cálido cuerpo de Danny, su corazón tan lleno que pensaba que su pecho podría agrietarse ampliamente, la alegría derramándose como la sangre. Danny enterró su rostro en el cuello de Miller, sin hablar, su respiración entrecortada. Miller se retiró un poco, pasando sus dedos por el pecho de Danny, apartando a Danny cuando trató de tocar a cambio. —Sólo déjame... déjame verte, — dijo. Danny se apoyó contra la pared, la respiración silbando de él, en acrobáticos jadeos, mientras sus ojos seguían las manos de Miller por su cuerpo. Miller se detuvo en la pequeña cicatriz púrpura en su abdomen, levantando los ojos interrogantes. —Mi riñón, —explicó Danny.

—Pensé que la cicatriz estaría en la espalda. —No, lo quitaron desde el frente. Miller se dejó caer de rodillas, con el rostro enterrado en el estómago de Danny. Ojalá pudiera hacer que todo desapareciera, pero eso significaría que él y Danny no habrían estado juntos, por lo que el lamento debería ser parte de lo mismo, una parte de ellos por siempre. Miller pasó los dedos por la cicatriz, siguiendo el camino de su boca, sus manos moviéndose para aflojar los vaqueros de Danny, bajándolos de sus caderas, los pies de Danny deslizándose de sus zapatos. Cuando Danny estuvo desnudo, Miller se sentó sobre los talones, tomándose su tiempo mirando, dejando que sus ojos se hartaran. Había pensado que recordaba lo hermoso que era Danny, pero no lo había hecho, en realidad no. Sus últimas heridas de batalla sólo habían aumentado su atractivo, nuevos caminos para que Miller explorara. Las cicatrices recordaron a Miller lo fuerte y hermoso que Danny era por dentro, donde más importaba. —Ven aquí, —susurró Danny, tirando de él con las dos manos.

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—Espera. —Miller llevó a su boca al muslo de Danny, lamiendo la antigua cicatriz en la forma que había intentado una vez antes. Sintió los músculos endurecerse debajo de su lengua y contuvo la respiración, esperando a ver qué permitiría Danny. Pero las piernas de Danny se extendieron ligeramente, la piel suavizándose contra su boca cuando Danny lanzó un gemido sollozante que podría haber sido el nombre de Miller. Viajó su camino arriba por el cuerpo de Danny, dejando un sendero brillante a su paso. Cuando llegó a la boca de Danny de nuevo, fue exigente, chupando duro contra la lengua de Miller, mordisqueando ligeros besos de vampiro a lo largo de su labio inferior. Danny se agachó y tomó las manos de Miller en las suyas, caminando hacia atrás hacia el dormitorio, tirando de Miller junto con él, sus bocas nunca perdiendo el contacto cuando se movían. La pequeña habitación estaba moteada por el sol, el viento proyectaba sombras de las ramas de los árboles contra las paredes color crema. Danny se sentó en el borde de la deshecha cama y colocó a Miller entre las rodillas. Miller se dio cuenta de que no era el único que no cooperaba con los dedos, las manos temblorosas de Danny interferían con su tarea de retirar los pantalones vaqueros de Miller. Danny finalmente se las arregló para liberar los botones, bajando juntos la tela vaquera de algodón. Miller salió del amontonado material, arrojando sus pantalones vaqueros y calzoncillos de la cama con un pie después de quitarse sus zapatos. Bajó la mirada hacia la cabeza inclinada de Danny, deseando poder ver su rostro. Pero

Danny estaba concentrado en otras cosas, pasando ambas manos hasta arriba en los muslos de Miller, sus dedos amasando ligeramente cuando se movían. Alisó el dorso de sus dedos sobre la dura longitud de Miller, agitando su dedo pulgar contra la punta. —¿Pensaste en mí? —preguntó Danny, rompiendo el silencio de sus trastornados alientos. —Todo el tiempo. —Miller pasó los dedos por el oscuro pelo de Danny, inclinando la cabeza hacia arriba, trazando a lo largo de la nueva cicatriz parcialmente oculta bajo la barba áspera de Danny. —¿Qué hacías, cuando pensabas en mí? —la voz de Danny era baja, casi un gruñido, y los ojos que levantó a los de Miller, revelaron una libertad salvaje y temeraria que Miller nunca había visto allí antes. Pero pensó que lo entendía. Estaban liberados, eran diferentes hombres de lo que habían sido la última vez que estuvieron juntos de esta manera. —Cerraba mis ojos y te recordaba. Cómo te veías y cómo olías. Cómo sabías. —Déjame ver, —persuadió Danny—. Muéstrame.

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Miller se inclinó y envolvió sus dedos alrededor de sí mismo, levantó su mano lentamente, haciendo esto con Danny y viéndose tanto más erótico de lo que podía haber imaginado. No sentía ninguna vergüenza, no por lo que estaba dejando a Danny ver, no por estar de pie desnudo a la luz del día con otro hombre. No la sentía por nada de eso. Danny puso las manos sobre las caderas de Miller, su boca viniendo hacia adelante. Los dedos hábiles de Miller chocaron contra los labios de Danny mientras empuñaba su mano arriba y abajo, aumentando el ritmo mientras Danny chupaba más duro. —Cristo, Danny —jadeó Miller. Apartó la mano y Danny tomó más de él en su boca, haciendo que las caderas de Miller empujaran hacia adelante, su orgasmo ya retumbando—. Danny, detente —gritó, enredando sus dedos en el pelo de Danny —. Deja de... Danny retrocedió, sus ojos captando mientras Miller se deslizaba de entre los labios de Danny. Miller empujó hacia adelante con un gruñido, volviendo a golpear a Danny en la cama, aterrizando sobre su cuerpo con un sordo gemido. Antes de que Danny pudiera moverse, Miller alcanzó entre ellos, tomando a Danny en la mano, haciendo a Danny lo que acababa de hacerse a sí mismo. Danny gimió bajo en su garganta, retorciendo su cara en la curva del cuello de Miller. —Me gusta tocarte, —jadeó Miller.

Danny movió su cabeza para poder mirarse el uno al otro. —No sé, —bromeó en un susurro, sus caderas saltando contra la mano de Miller—. Fue muy sexy verte hacer eso. Vas a tener que repetirlo algún día. —Tenemos tiempo, —dijo Miller, su mano quieta, sus ojos serios sobre los de Danny—. Un montón de tiempo. Danny se acercó y pasó el dedo por la mandíbula de Miller a su antigua y familiar manera. El calor de su toque excavó por debajo de la piel de Miller, corriendo a lo largo de sus terminaciones nerviosas. Se sentía como si el fuego pudiera dispararse desde la punta de los dedos, irradiando rayos de su piel. —Te quiero dentro de mí, —murmuró Danny, su dedo sin dejar de acariciar contra la mejilla de Miller. El estómago de Miller voló a su garganta, estrellándose hacia abajo como un ascensor con un cable cortado. Danny sonrió con esa sonrisa amplia que Miller había estado esperando desde el momento en que se habían visto el uno al otro en la acera. Lo único que hizo que Miller quisiera poder tener de nuevo cada segundo que habían estado separados.

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Danny rodó a Miller sobre su espalda, alcanzando a través de su pecho a tientas a la mesita de noche. Vertió un chorro de loción en sus manos, calentándola en las suyas dando vueltas antes de que lo alisara sobre Miller en firmes y largas, caricias. Miller arqueó la espalda contra la cama, cerrando los ojos y masticando en el interior de su mejilla, luchando por el control mientras Danny estaba a horcajadas sobre su cuerpo. Miller abrió los ojos y buscó la loción él mismo mientras Danny se levantaba sobre sus rodillas. Miller empujó dentro de Danny con un dedo, los ojos nunca abandonando el rostro de Danny. —Más. —Exigió Danny, Miller cumplió, un segundo dedo reuniéndose con el primero, el gemido gutural de Danny haciendo a las caderas de Miller sacudirse contra la cama. Miller apartó la mano, apoyándose hasta una posición sentada, Danny descansando sobre sus muslos. —Así... Quiero ser capaz de besarte. —Sí. —Danny se inclinó hacia adelante, con la boca tranquila y suave, pero su lengua haciendo diferentes demandas—. De esta manera. Danny se levantó él mismo y luego bajó de nuevo, lentamente atrayendo a Miller a su cuerpo. —Oh, Dios —gimió Danny, sus manos agarrando los hombros de Miller cuando Miller estuvo todo el camino dentro—. Te eché de menos. Te extrañé tanto.

Miller gimió, su aliento enganchado en el pecho. El placer de tener a Danny de nuevo y la angustia de saber que casi lo había perdido, le agarrotó el aire en sus pulmones, su respiración trabajosa y llena de dolor. —¿Miller? —preguntó Danny en voz baja, su cuerpo inmóvil. —Es simplemente mucho más. —La voz de Miller se ahogó, sus palabras apenas llegando más allá de sus labios mientras trataba de explicar lo que apenas podía poner en palabras, con la esperanza de que Danny lo entendiera —. Es mucho más de lo que jamás pensé que tendría. —Lo sé, bebé —tranquilizó Danny—. Lo sé. Miller sentía los besos tiernos de Danny en contra de sus párpados cerrados, suaves dedos a lo largo de sus cejas, y luego Danny se estaba moviendo encima de él en el ritmo que habían encontrado tan fácilmente en el pasado, sus cuerpos recordando la forma de ello como si nunca hubieran estado separados, como si hubieran sólo estado esperando a encontrarse el uno al otro de nuevo. —Date la vuelta, —murmuró Miller, apenas levantando la cabeza del pecho de Danny.

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Danny lo miró con las cejas levantadas y Miller hizo un movimiento ondulante con la mano. —Sobre tu lado, —le apuntó. Danny no quería moverse, su cuerpo saciado y tranquilo, pero volvió a su lado, de espaldas a Miller. —Ahhh —respiró Miller, como un hombre que acababa de descubrir enterrado el tesoro, sus dedos acariciando ligeros como una pluma contra el tatuaje de serpiente. Danny se reía, llevando un pie para frotar la pantorrilla de Miller. —Voy va a empezar a pensar que sólo me quieres por ese tatuaje. —No es verdad, —retumbaba Miller contra su piel—. Pero sigue siendo la cosa más sexy del mundo. Danny se dio la vuelta hacia el otro lado para poder ver el rostro de Miller. No sabía si era el momento de seguir diciendo verdades, pero las quería, comenzar siendo honestos, sin rehuir las duras preguntas y las respuestas aún más duras. — ¿Qué pasó con el FBI? Miller suspiró, la alegría desapareciendo de sus ojos mientras se encontraba con los dedos de Danny y le apretaba con más fuerza. —Yo sabía que era hora de marcharme. No podía hacer ese trabajo nunca más. Colin me sugirió que encontrara

algo más, y estuve de acuerdo con él. Todo empezó a ir mal para mí, incluso antes de ti, Danny. Encontrarte sólo aceleró lo inevitable. —¿Has encontrado un nuevo trabajo? Miller negó con la cabeza. —Todavía no. Pero tengo una entrevista la próxima semana con una empresa que se encarga de investigaciones privadas. El equipo de investigadores son principalmente ex-agentes del FBI; toman todo tipo de casos, desde las pequeñas cosas domésticas al desbordamiento de grandes causas judiciales, las de acusación y las de defensa. Colin me recomendó para el puesto. —¿Es algo que quieres hacer? —Los casos más pequeños no suenan como mi tipo de cosas. Sin embargo, algunos de los más grandes, pueden ser interesantes. Danny besó el duro nudo del hueso del hombro de Miller. —Odio verte conformarte con algo. —¿Quién consigue todo lo que quiere, Danny, exactamente como quiere? Tienes que decidir lo más importante e ir a partir de ahí.

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—¿Dónde está el trabajo? —preguntó Danny, su estómago acalambrándose en anticipación. Sabía en su corazón que tendrían que hacer sacrificios si él y Miller querían estar juntos, pero no sabía si estaba dispuesto a alzar las apuestas de nuevo; todo parecía demasiado nuevo y crudo para que empezara de nuevo. —Aquí —dijo Miller, mirándolo a los ojos —. En Chicago. —¿Te... te gusta esta ciudad? ¿Quieres vivir aquí? Miller se encogió de hombros. —Me gusta bastante Chicago. Sólo he estado aquí un par de veces antes. Pero tú estás establecido aquí, así que creo que aquí es donde debería estar, al menos por ahora. Tienes un buen trabajo, ¿no? ¿Por qué meterse con eso? Danny sonrió. —Bueno, depende de tu definición de bueno. Si por bueno te refieres a gente agradable, trabajo interesante, entonces sí, es bueno. Si te refieres a un salario lo suficientemente grande como para cubrir el alquiler, entonces no. —Quise decir un trabajo que te guste, con el que seas feliz. —La voz de Miller era seria—. Y debes estar haciéndolo bien, o no querrían que solicitaras para el puesto de asistente legal. —Jill, la abogada para la que hago la mayor parte de mi trabajo, parece feliz

conmigo. Piensa que sería bueno en el trabajo de asistente legal. Y es más dinero, más responsabilidad. Se miraron en silencio el uno al otro, Danny arrullado por el sonido de las respiraciones uniformes de Miller. —Así que, ¿vas a solicitar para el trabajo o no? —Preguntó Miller finalmente. —Cristo, puedes sacar al hombre del FBI... —Cállate, imbécil —se rió Miller—. Responde a la pregunta. —No lo sé. Probablemente lo solicitaré. —¿Por qué no lo harías? —Es sólo que... parece como si estuviera tentando a la suerte, ¿sabes? Miller ladeó la cabeza, frunciendo el ceño. —¿Qué quieres decir?

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—Me preocupo por establecerme y fracasar, decepcionar a la gente. Si no intento una vida mejor, entonces no tengo que preocuparme en decepcionar a nadie. Miller rozó un suave círculo en el muslo de Danny. —Estarías decepcionándote a ti mismo, sin embargo, ¿no es así? Al no tomar la oportunidad. —Sí, supongo que sí, —suspiró Danny. Sabía que su miedo al fracaso, de no estar a la altura de las expectativas, era algo que tendría que conquistar solo. Pero con Miller a su lado, pensó que podría ser lo suficientemente fuerte como para empezar a creer, empezar a pedir más que la vida que le habían dado hasta ahora —. Pero no estoy tan seguro de este trabajo. ¿Un asistente legal masculino? ¿No es eso como una especie de enfermero? —Era sólo medio en broma—. Simplemente parece un poco extraño. —Oh, Jesús. —Miller rodó sus ojos—. No puedo creer que esté enamorado de tal idiota. Danny se movió rápidamente, atrapando a Miller a la cama con su completo peso, gimiendo sin poder hacer nada cuando sus cuerpos desnudos se reunieron. Respiró hondo para calmarse, obligando a sus caderas a detener su lento deslizamiento contra las de Miller. —¿Danny? —¿Sí?

—Lo que dijiste antes, de ser el mismo desorden que siempre has sido. ¿De verdad lo crees? Danny levantó los ojos a los de Miller. —No lo sé. Depende del día. — Suspiró, preocupándose de una esquina de la sábana entre sus dedos —. A veces, depende de la hora. —Miró hacia abajo al pecho liso de Miller, estudiando las pocas pecas salpicadas allí. No se había dado cuenta hasta este momento lo mucho que las había echado de menos. Miller le tocó la cara, acariciando una perezosa línea por su mejilla. — ¿Recuerdas en el apartamento cómo estabas siempre sobre mí acerca de ver todo en blanco y negro? Me decías que la gente es más complicada que eso. —Sí. —Se aplica a ti también, ya sabes. Tienes que empezar a cortarte por el mismo patrón que ofreces a todos los demás. —Yo sólo... no quería que tuvieras que renunciar a todo, —dijo Danny en voz baja.

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—Oh, Danny, —respiró Miller, sosteniendo la cara de Danny con suaves manos—. Mira lo que conseguí en su lugar. El primer instinto de Danny fue protestar, pero no había que negar la felicidad que veía en los ojos de Miller, los duros planos de su cara resueltos con alegría mientras se miraban el uno al otro. Se acordaba de la manera fácil que el cuerpo de Miller se había movido justo ahora cuando habían hecho el amor, sin contenerse. Y aún podía oír el brillo de la risa de Miller, imaginando las curvas sueltas de su sonrisa. Quizá Danny Butler, con todos sus defectos y fallos, tenía algo que valía la pena dar después de todo. —¿Ves? —preguntó Miller, sus ojos nunca dejando los de Danny, una mano acariciando su brazo en una caricia ligeramente susurrada. —Sí, —la voz de Danny era baja, sus lágrimas tan cerca ahora —. Ya veo. — Intentó una sonrisa temblorosa, frotando la punta de sus dedos contra la barba en la mandíbula de Miller—. Me alegra que hayas venido aquí. —Dijo—. Estoy contento de que hayas venido a buscarme. Los ojos de Miller se nublaron un poco. —No estaba seguro. No parecías feliz al principio. Danny apoyó la frente en la clavícula de Miller. —Siempre va a ser difícil para

mí, Miller. Creer en mí mismo, creer que puedo realmente cambiar. Pero estoy tratando; voy a seguir intentándolo. —Hizo una pausa—. He hecho daño a todos los que alguna vez se preocuparon por mí. Les he arruinado. Es difícil no pensar en eso. —No me arruinas, Danny —susurró Miller en contra de su sien—. Estoy bien y estoy aquí. Danny soltó un suspiro tembloroso, una lágrima solitaria extendiéndose por la piel de Miller. —¿Cómo te sientes acerca de mí? —Murmuró Miller contra su pelo. Danny inhaló, áspera y profundamente. —Te amo. —¿Es fuerte? —Mientras hablaba, Miller pasaba una mano cálida abajo por la espalda de Danny. —Dios, sí. —Danny sintió esa fuerza, ese vínculo, ese amor por Miller en todas las partes de sí mismo, corazón, mente, cuerpo y alma.

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—Mírame, —dijo Miller, y Danny lo hizo, inclinando su rostro hasta que la barbilla descansó sobre el hombro de Miller—. Eso es lo que siento por ti, Danny. Así de fuerte, así de real, y no va a desaparecer. —Así que estamos en esto juntos. —La voz de Danny se sacudió, pero no miró hacia otro lado. Miller sonrió, sus ojos serenos y firmes y seguros. —Sí, Danny Butler, estamos en esto juntos.

—Bueno, en serio, chicos, ¡callad! ¡Estoy tratando de hacer un brindis! —La voz de Jill se oyó más allá de su cabina de gran tamaño de la esquina, haciendo que el barman atravesara la habitación para mirar en su dirección con una indulgente sonrisa. —Creo que le gustas al barman, —señaló Danny, apuntando con su botella de cerveza.

Jill miró por encima del hombro. —Mierda, Danny, ¡tiene un mullet!20. No estoy tan desesperada. Danny se rió a medio trago, amenazando con soltar cerveza por su nariz. —Atractivo, —dijo Jill secamente. Le lanzó a Miller una mirada de simpatía — . No sé cómo le soportas. Miller sonrió, empujando el pie de Danny con el suyo propio. Jill golpeó con fuerza contra su copa de vino con un tenedor. —Está bien, todo el mundo levanten sus copas. Vamos, vamos, —instó—. Por Danny, nuestro nuevo asesor legal. —¡Muy bien! —Gritó Ellis, chocando su copa contra la de Danny. —¡Así se hace! —Taylor gritó desde el otro lado de la mesa—. Vas a hacerlo genial, Danny. Las caras en el círculo alrededor de la mesa estaban todas sonrientes, las mejillas sonrojadas por demasiadas cervezas, la creciente risa ahogando el gorjeo de la máquina de discos. Se sentía bien estar sentado aquí, entre la gente que consideraba sus amigos. Danny sintió un dedo rozar contra su mano, debajo de la mesa. Miró hacia abajo y luego hacia arriba, atrapando el ojo de Miller. —Felicidades, Danny, —dijo Miller solemnemente, pero sus ojos estaban sonriendo—. Eres ahora el equivalente legal de un enfermero. —Cállate, imbécil —se rió Danny, enhebrando sus dedos con los de Miller, donde nadie podía ver. Nadie en la mesa le importaría, pero Miller estaba todavía nervioso en público. Por lo general no tocaba a Danny a menos que estuvieran solos. Pero esta noche sostuvo la mano de Danny y la movió hacia el muslo, su cálida pierna calentando los dedos de Danny. Jill sonrió a Danny desde el otro lado de la mesa mientras ella miraba de él a Miller y viceversa, alzando la copa de vino en un pequeño y privado brindis. —Hey, Ellis —dijo ella—. Cuéntale a Miller la historia sobre ese gilipollas agente del FBI que trabajó en el caso Compton, ¿recuerdas a ese tipo? —Oh, Jesús —protestó Miller, inclinándose hacia adelante para descansar su codo libre sobre la mesa—. ¿No me has contado ya eso una vez, Jill? Estoy bastante seguro…

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Mullet, es un peinado corto en el frente y los lados, y largo en la parte posterior.

—Ellis lo cuenta mejor, —sonrió Jill. Miller suspiró con buen humor, dando a Danny una sonrisa de reojo. A Danny le golpeó una sacudida de déjà vu cuando vio la cara de Miller feliz y en paz, como si hubiese sido la primera vez que habían hecho el amor en el apartamento cubierto de nieve, al igual que había sido en estos días desde que habían estado juntos de nuevo. Estás haciendo eso, Danny. Me estás haciendo feliz. Esa mirada en el rostro de Miller era algo en lo que Danny podía creer, más que las palabras o las promesas. Podía creer en la alegría que veía en Miller cuando estaban juntos. Y podía sentirla dentro de sí mismo, también, la pequeña chispa cada vez más fuerte con cada día que pasaba junto a Miller Sutton. Danny sabía que todavía llevaba su oscuridad y nunca iría en silencio, siempre en espera de su momento, susurrando otras posibilidades en las horas frías de la noche, atrayendo a Danny con los dedos de un traidor. Pensaba que lo mismo podía decirse de Miller, que estaba demasiado tranquilo algunos días, evitando los ojos de Danny; Danny sospechaba que estaba de duelo por la vida que no era más tiempo suya, luchando por aceptar sus decisiones. Pero hasta ahora su amor había probado ser más profundo que sus dudas, su fe de uno en el otro más inquebrantable que el miedo. Y al día de hoy eran felices. Danny no sabía nada del mañana. Pero podía vivir con la incertidumbre, porque lo que tenían en este momento era condenadamente bueno. —Hey, —llamó Jill—. ¡Tierra a Danny! Tienes que escuchar esta historia. Danny se inclinó hacia delante con una sonrisa, apoyando el hombro contra el de Miller y escuchó.

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Fin

Sobre la Autora
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BROOKE MCKINLEY siempre ha sido práctica. Así que después de la universidad continuó en la facultad de derecho, en lugar de perseguir su sueño de toda la vida escribiendo novelas. No dejaba de escribir, pero se limitaba ha hacer garabatos en los bordes de los cuadernos legales color amarillo y párrafos apresurados durante los descansos del café nocturno. Después de diez interesantes y desafiantes años como abogada defensora criminalista, Brooke dejó la práctica del derecho para probar algo nuevo. Ahora divide su tiempo entre acorralar a sus hijos y dar voz a los interminables personajes en su cabeza. Y ha decidido que la practicidad está muy sobrevalorada. E-mail Brooke en brookemckinley@earthlink.net.

Coordinadores del proyecto
Zicaruht y Perversa

Traductores
294 Hensei, Yushe, Perry, Gisel, Adriana, Paqui.

Corrección
Wall

Portada y edición
Dian

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Traducciones Homoeróticas 20012

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