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www.corchea69.com
I JORNADAS DE ESTUDIO,
REFLEXIÓN Y OPINIÓN
SOBRE VIOLENCIA
Violencia, p. 1
I JORNADAS DE ESTUDIO,
REFLEXIÓN Y OPINIÓN
SOBRE VIOLENCIA
Producidas en su totalidad por
A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES
y realizadas bajo convenio con la
UNIVERSIDAD DE SEVILLA (U.S.)
y la
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCÍA (U.N.I.A).
Días 22, 23, 24 y 25 de noviembre de 2005
Edificio Expo
(Isla de La Cartuja, Sevilla)
Violencia, p. 3

Padilla Libros Editores & Libreros


Sevilla
© De los autores
© De la presente edición: A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES
D.LEGAL SE-
ISBN: 84-8434-367-7
ISBN: 978-84-8434-367-7

PADILLA LIBROS EDITORES & LIBREROS


C/ Feria no 4 –local uno–
41003 Sevilla (España)

Impreso por
SALUDO A LOS CONGRESISTAS

Querido/a amigo/a:

D
presencia.
ESDE La Organización de las Primeras Jornadas Vio-
lencia te damos la más sincera bienvenida y nos senti-
mos tremendamente honrados de poder contar con tu

Una vez más A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES ha reunido a


más 500 personas para debatir, reflexionar, aprender y sacar
provecho, a la manera de cada cual, sobre un tema, sobre una
idea, sobre un concepto. Esto es, en definitiva una experiencia
del conocimiento, un movimiento voluntario y positivo de gente
con inquietudes y con necesidades concretas y definidas. En los
últimos cuatro años más de 5.000 personas, de todas las edades,
pero en especial jóvenes universitarios de entre los 18 y los 25
años, han participado de una forma directa y pujante en las múl-
tiples actividades que hemos ido produciendo tanto en España
como en el extranjero: congresos, cursos, jornadas temáticas,
conciertos, charlas, mesas redondas y un largo &c. y esperamos
y deseamos poder seguir cumpliendo satisfactoriamente tus ne-
cesidades.
Por todo, es para nosotros un orgullo, y una enorme respon-
sabilidad, dar respuesta a la necesidad de actividades culturales
de calidad que, de forma cada vez más palpable, es demandada
por una sociedad que se muestra en cada momento más exigente
y menos dispuesta a tolerar sucedáneos.

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Audax sed cogita. Sé valiente y piensa o, sé valiente, luego
piensa, son dos de las posibles traducciones del lema por el que
nos movemos y que pretendemos fomentar desde A.C. CORCHEA
69 PRODUCCIONES.
Nuestro aval no es ya entonces el pasado, si no el futuro y
los próximos proyectos que no son más que la respuesta a las
sugerencias, peticiones y demandas, hechas por todos los que
con voz firme se han acercado a nosotros.
Por todo, muchas gracias.

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NORMAS GENERALES

L A Organización de este evento se sitúa dentro de la línea


de trabajo que, A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES como
productora de actividades culturales, tiene programada
para esta temporada.
Las características de este evento, como todo acto que sume
más de 500 personas, nos hacen exponer, para su obligado y
riguroso cumplimiento, una serie de normas que habrán de ser
observadas y respetadas por todos los asistentes:
• La Organización se reserva el derecho de alterar o cambiar
el programa. No se admiten devoluciones o cambios en la
inscripción.
• La Organización podrá denegar el acceso o expulsar del re-
cinto a aquellas personas de las que pueda racionalmen-
te presumirse, que van a crear una situación de riesgo o
peligro para él mismo u otros congresistas, de alboroto,
o aparenten estados de intoxicación o conmoción, o que
incumpla esta relación de normas.
• Cualquier daño o desperfecto ocasionado por un asistente
en el Edifico Expo conllevará la denuncia del mismo por
La Organización a la Dirección del Edificio Expo para que
ésta inicie los trámites pertinentes, no haciéndose La Or-
ganización responsable del mismo ni del daño cometido.
• El uso de la placa acreditativa es obligatorio. Por motivos
de seguridad no se permitirá el acceso al auditorio a quien
no la presente o le sea requerida. Si se olvidara, o perdiera,

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acudan a la Organización para solventar el problema lo
antes posible.
• Está terminantemente prohibido fumar, beber o comer den-
tro de las instalaciones del Edificio Expo salvo en los si-
tios debidamente especificados para ello. Les recordamos
que el Edificio Expo es una edificación en régimen de
propiedad privada estatal, esto incluye escaleras y jardines
exteriores como zonas propias del inmueble de carácter
privado.
• Queda prohibida cualquier filmación, grabación o reproduc-
ción en el interior del recinto salvo autorización expresa
de la Organización (esto incluye cualquier soporte de re-
producción de música, radio, videojuego o similar).
• Rogamos desconecten sus teléfonos móviles durante las
conferencias, comunicaciones, mesas redondas u otras ac-
tividades.
• Se ruega silencio durante las exposiciones.
• Se ruega máxima puntualidad a los congresistas para no
interrumpir el desarrollo de la actividad congresual.
• Toda conferencia, debate, charla o mesa redonda no termina
hasta que concluya el turno de preguntas y respuestas.
• Todo asistente tiene la obligación de respetar estas normas
para el buen funcionamiento del evento.

Control de asistencia
La asistencia a las jornadas no es obligatoria salvo, lógica-
mente, para aquellas personas que deseen recibir un certificado
de asistencia.
Aquellos que deseen recibir el certificado de asistencia y así
beneficiarse de la convalidación del mismo por 3 créditos de li-
bre configuración reconocidos por la Universidad de Sevilla y la
Universidad Internacional de Andalucía, tendrán que demostrar
su asistencia a un mínimo, del 80% de las jornadas tal y como
exigen dichas entidades (6 medias jornadas de las 7 medias jor-
nadas totales).

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El sistema de control de asistencia redunda en el propio inte-
rés del asistente por demostrarla. Cada asistente se responsabili-
za de demostrar su asistencia a las jornadas.
A cada asistente se le ha entregado una placa acreditativa con
un código de barras personalizado la cual tendrá que llevar siem-
pre consigo y en lugar visible, durante los cuatro días de activi-
dad. En la entrada de la sala se dispondrán lectores de códigos
de barras. El registro de su código de barras por un ordenador
hará las veces de firma. Siga las indicaciones de la organización
para agilizar esta operación. Al término del congreso, previo a la
entrega de certificados un programa informático hará el recuento
de la asistencia de cada cual y dispondrá quienes de ellos son
aptos para recibir el certificado de asistencia y cuales no. La or-
ganización tendrá preparado además el clásico sistema de firmas
que será usado si aparece algún problema técnico.
Todo asistente que habiendo sido declarado no apto desee
inspeccionar su computo de asistencia deberá dirigirse a la Or-
ganización durante la entrega de certificados.
Para retirar el certificado de asistencia debe entregarse a la
Organización la placa acreditativa y “la respuesta a una pregun-
ta” que se hará pública mediante carteles en la tarde del jueves
24 y en la pagina web www.corchea69.com. Esta pregunta forma
parte de un sistema de evaluación que nos solicitan las Univer-
sidades. Esta entrega se hará el día y hora fijado en el programa,
no pudiéndose solicitar con anterioridad o posterioridad a esta
fecha (salvo por causa “muy justificada”). Ante cualquier duda
consulte con el personal autorizado.

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PRESENTACIÓN

I JORNADAS DE ESTUDIO, REFLEXIÓN Y OPINIÓN


SOBRE VIOLENCIA

E S HABITUAL QUE NOS ACERQUEMOS AL TÉRMI-


no violencia como un problema, como una aberración
que necesita ser erradicada. En otras ocasiones se trata
de un modo paternalista, se la juzga en virtud de su necesidad o
su pertinencia, o desde su ligazón intrínseca a la naturaleza del
ser humano, «el hombre es un lobo para el hombre» diría Hob-
bes, y, por ende, llegamos a reconocer la violencia en todos los
seres animados e inanimados del cosmos.
Pero lo que pretendemos en estas Jornadas que hemos dado
a llamar simplemente violencia es no tildar el concepto con artí-
culos que la humanicen y personalicen, no criticar ni condenar a
priori por que sea lo “políticamente correcto”, ni tampoco ensal-
zarla ni alabarla por el mero afán de llamar la atención sin otra
intención de ser excéntricos, out siders o puros fanáticos.
Violencia es un hecho, violencia es constatable. Violencia es
estudiable. Tratemos de saber más y así tener herramientas para
poder emitir un juicio propio.
Haremos una división, meramente orientativa, en dos ramas
claramente diferenciadas para introducirnos en este estudio du-
rante los cuatro días de actividad:
Dentro de la primera rama un primer estadio sería un nivel
de violencia mundial, esto es, entre naciones. Conflictos bélicos,

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luchas de poder y dominación, embargos políticos y ostracismos
a naciones por sus ideas, su raza o su credo
Un segundo estadio sería violencia (englobado en el primero)
dentro de un mismo marco nacional, en un mismo estado entre
las fuerzas opresoras totalitarias, movimientos separatistas radi-
cales; terrorismos, luchas puramente políticas y sus herramien-
tas: medios de masa
La segunda rama se subdividiría en:
Violencia de persona a persona. Entre jefes y empleados, en-
tre compañeros de trabajo, clase, vecindario, entre parejas afec-
tivas. Entre desconocidos, transeúntes, seguidores de equipos
deportivos, tribus urbanas...
El último estadio de violencia es la del sujeto hacía sí mismo.
Trastornos mentales, depresivos, maniáticos. Autodestructivos,
personas carentes de todo estímulo por seguir viviendo que no
buscan más que el dolor y sensaciones tan extremas que redun-
dan en su propia condición de persona perdida para la sociedad
activa.... ¿Poe, Baudelaire, Rimbaud, el vecino de al lado...?
Esto no es más que un breve esquema, unas rápidas pincela-
das muy matizables. La controversia está servida desde el albor
de los tiempos, y parece que con los años no hemos hecho otra
cosa más que refinarla y perfeccionarla. Las películas que otrora
hacían salir a la gente asustadas y compungidas de los cines hoy
quizá nos hagan reír y tacharlas de burdas parodias. Los me-
dios de comunicación quizá estén haciendo del ser humano otro
tipo de animal, si no político, quizá más apolítico, desligado del
sentimiento de saberse igual que el resto de sus congéneres. La
empatía es un bien escaso y la solidaridad se traduce en tarjetas
de felicitaciones navideñas y con un gesto tan banal purificamos
nuestras conciencias a modo de catarsis pecuniaria... ¿es esto un
paso atrás? ¿es la deshumanización el precio de una globaliza-
ción iniciada por Alejandro Magno y continuada por Julio Cesar,
Felipe II, Napoleón, Hitler o Bill Gates? Quizá no consigamos
dar respuestas a estas preguntas durante los cuatro días que nos
quedan por delante, pero ojalá consigamos sembrar la semilla

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de la duda, de la incertidumbre y de la necesidad de ahondar
un poco más en este mundo que se nos presenta como el de la
comunicación y la información. Utilicemos las herramientas que
se nos brindan, seamos valientes e intentemos pensar por noso-
tros mismos.

Nuestro objetivo
Sentada sobre un banco de piedra en la rivera de un tranquilo
paseo fluvial, una niña, de escasa edad, sujeta entre sus brazos
un bebé. La escena es observada al menos por dos adultos que
aparentemente tratan de indicarle como ha de posar para el retra-
to que estamos observando. Situada al la derecha de la niña, se
encuentra una muñeca de porcelana de grandes dimensiones.
La imagen, a pesar de su belleza, discutible o no, carece de
cualquier elemento que justifique el título sobreimpreso de las jor-
nadas. Sin embargo este no es ignorado. Antes de que el especta-
dor sea advertido y por lo tanto condicionado con estas líneas, la
palabra “violencia” actúa de reactivo en el conjunto de la imagen,
y hace que una escena relativamente cotidiana, y completamente
inocente, comience a transmitirnos sensaciones relacionadas con
la violencia, la imaginación empieza a funcionar y genera histo-
rias violentas que convergen o divergen en la escena. Algo no vio-
lento se convierte en algo violento de forma “artificial”, sin que a
penas no demos cuenta si no se nos advierte.
La violencia es patrimonio del hombre ya que sólo este es
capaz de percibirla como tal, no se encuentra en la naturaleza,
sino en la interpretación subjetiva que de ella hacemos. Admira-
mos el fruto de nuestro propio ingenio, las herramientas que he-
mos inventado, aquellas con las que nos valemos para nuestros
propósitos violentos, y las ensalzamos hasta el rango de míticas
(la espada Tizona del Cid, las cámaras de torturas de la inquisi-
ción, los aviones de combate, los tanques y vehículos militares,
los venenos y máquinas de matar lícitas como la guillotina o la
silla eléctrica), pero no es nuestro propósito, hoy, admirar ni en-
salzar, si no comprender. Debemos saber qué tiene aquello que

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percibimos que tanto nos atrae y ser consecuentes luego con
nuestro juicio y acciones. El viaje del conocimiento, esta pro-
pedéutica que pretendemos, se inicia desde el sempiterno cono-
cimiento de uno mismo, del análisis de nuestros sentimientos y
cómo nos afectan los agentes del medio, nuestra cultura. Sólo
así conseguiremos las herramientas que nos son necesarias para
afrontar una vida cabal en un mundo aparentemente de locos.
El objetivo de estas jornadas no es otro que el de ayudar de
alguna forma a proporcionar parte de esas herramientas a un au-
ditorio que, presumiblemente, ha se ser hábil en el manejo de
estas para considerarse ciudadanos integrados del siglo XXI.

A.C.CORCHEA 69 PRODUCCIONES

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PARTICIPANTES EN EL PROYECTO

Organización
La preproducción, producción y postproducción de las jorna-
das corre a cargo de A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES. Así como
la elección del tema, la disposición de los bloques temáticos y la
elección de los conferenciantes.
Las Jornadas VIOLENCIA es una actividad que se acoge a
convenio con la Universidad de Sevilla y la Universidad Inter-
nacional de Andalucía, reconociendo esta primera a los asisten-
tes que así lo demanden y acrediten su asistencia a las Jornadas
con tres créditos de libre configuración curricular.

Patrocinio
El principal patrocinador de las Jornadas VIOLENCIA es la
empresa estatal AGESA, la cual gestiona, entre muchos más in-
muebles, el salón del edificio Expo. El pasado seis de Octubre
tuvo a bien firmarse un convenio de mutua colaboración entre
AGESA y A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES, el cual asegura la
pervivencia de nuestras magníficas relaciones en el futuro. Así
pues es de obligado merecimiento celebrar la buena disposición
y el buen talante de AGESA a la hora de apoyar las iniciativas
culturales que modestamente A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES
presenta.
En otro orden debemos destacar las enormes facilidades que
desde la UNIVERSIDAD DE SEVILLA se nos brindan y la generosa
ayuda que siempre nos dan a la hora de publicitar nuestros even-
tos, y aún más estas Jornadas Violencia. Siendo los alumnos de
la misma los que en su mayoría copan el aforo del congreso nos

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sentimos en la obligación de nombrar a la UNIVERSIDAD DE SEVI-
LLA, si no bien patrocinador directo del evento, sí copatrocinador
del mismo.

Colaboración
Es un honor contar con la colaboración de la UNIVERSIDAD
INTERNACIONAL DE ANDALUCÍA la cual respalda institucionalmente
estás Jornadas reconociendo su valor docente y su calidad de
contenidos. Esperamos que en el futuro sigamos estrechando la-
zos y consigamos, definitivamente, urdir una red de actos cultu-
rales que sean la columna vertebral de una región tan necesitada
de los mismos como es Andalucía.
A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES ha redoblado sus esfuerzos
en la producción de las Jornadas Violencia dando a sus asis-
tentes una herramienta única de estudio y trabajo. El libro que
tienes entre tus manos es el trabajo de meses de antelación a la
inauguración de las jornadas para poder ofrecer un testimonio
de primerísima mano sobre lo que durante estos días sucede-
rá, sobré qué se dirá y cómo. Pero esta labor habría sido del
todo imposible sin la inestimable colaboración de PADILLA LI-
BROS EDITORES Y LIBREROS y su principal responsable el maestro
editor MANUEL PADILLA BERDEJO. Esperamos que en ocasiones
sucesivas siempre podamos contar con sus inestimables conoci-
mientos en el mundo del libro y la cultura, y que Sevilla siempre
pueda beneficiarse de la existencia de personas como él.

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COMITÉ CIENTÍFICO

Presidente
DAVID PASTOR VICO

Secretario
FRANCISCO ANAYA BENÍTEZ

Vocales
RAFAEL VALENCIA
FRANCISCO LIRA
EVA GONZÁLEZ LEZCANO
SUSANA MARTÍNEZ RESÉNDIZ
Violencia, p. 17
PROGRAMA

Martes 22/XI/2005
9.30-11.00h. Acreditaciones.

11.30-13.30h. Acto inaugural


Inauguración a cargo del presidente de las Jornadas,
Representantes de los patrocinadores.
Representantes de las instituciones.
16.30-20.00h. Proyección académica de la película:
La naranja mecánica (E. KUBRICK, 1971).

-Receso-
Comentarios y reflexión sobre el film La naranja mecánica.
Conferencia de JUAN CARLOS SUÁREZ VILLEGAS

Miércoles 23/XI/2005
10:00-11.45h. Conferencia: JUAN JOSÉ TAMAYO
Tema: “Paz y violencia en las religiones”.

12.00-14.00h. Conferencia: RAFAEL VALENCIA


Tema: “Violencia y Terrorismo”.
16.30-18.00h. Ponecias:
JOSÉ BARRIENTOS RASTROJO.
Tema: “Violencia de Género y Orientación Filosófica”.

JORGE RODRÍGUEZ LÓPEZ.


Tema: “El arte de la guerra” de Sun Tzu La racionalización
taoísta de la violencia en el siglo I a.C.”

19
18.15-20.00h. Mesa redonda
JUAN JOSÉ TAMAYO
RAFAEL VALENCIA
Tema: “Violencia de poderes”
Presenta: FRANCISCO LIRA
Jueves 24/XI/2005
10.00-14.00h. Proyección académica de la película:
Ciudad de Dios (FERNANDO MEIRELLES, Kátia Luna, 2002)

-Receso-
Comentarios y reflexión sobre el film Ciudad de Dios.
Conferencia de ISABEL RAMÍREZ LUQUE

16.30-18.00h. Ponencias.
ALBERTO FLORES MARTÍNEZ
Tema: “Los medios de comunicacióny la violencia en el deporte;
una relación siempre conflictiva”.
RAQUEL LÓPEZ RODRÍGUEZ
Tema: “Arte contemporáneo y violencia”
JUAN ANTONIO CAMPOS
Tema: “Zombi. ¿El reflejo filosófico del hombre violento?”.

18.15-20.00h. Conferencia. Mª ÁNGELES ANTUÑA


Tema: “Violencia y la mente criminal”.

Viernes 25/XI/2005 (DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA A


LA MUJER).

10.00-11.15h. Conferencia. MARGARITA PINTOs


Tema: “Violencia género desde las religiones”.

11.30-12.45h. Conferencia. JESÚS GARCÍA


Tema: “Violencia doméstica: datos y mitos”.

13-14h. Coloquio conjunto.

14.30h.-15.30h. Entrega de certificados de asistencia.

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Violencia, p. 21

CONFERENCIAS
VIOLENCIA Y MENTE CRIMINAL
por
MARÍA DE LOS ÁNGELES ANTUÑA
Violencia, p. 23
Mª DE LOS ÁNGELES ANTUÑA BELLERÍN, doctora en Psicología y profesora titular de
la Universidad de Sevilla. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento
Psicológicos.
Impartición de asignaturas: “Teorías de la Personalidad”, 1º curso de Psicología.
Facultad de Psicología, Universidad de Sevilla; “Psicología Sistemática de la Per-
sonalidad”. 2ª curso de Psicología, Facultad de Psicología, Universidad de Sevilla.
“Psicología de las Organizaciones, Policial, Judicial y Penitenciaria”, Instituto Anda-
luz Interuniversitario de Criminología. Universidad de Sevilla; Cursos de Doctorado
impatidos: “Victimología”, desde 1997 hasta la actualidad, Facultad de Psicología,
Universidad de Sevilla.
Proyecto subvencionado: “Variables psicológicas moduladoras de la capacidad
de ruptura con el agresor en mujeres víctimas de maltrato doméstico en el Partido
Judicial de Sevilla”. Financiado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales (Se-
cretaría General de Asuntos Sociales, Instituto de la Mujer) en el marco del Plan Na-
cional de Investigación Científica, Desarrollo e Innovación Tecnológica 2000-2003
(expediente I+D+I 88/00).
Capítulos de libros:
Rodríguez Franco, L. y Antuña Bellerín, M.A. (1987), “Planteamientos clínicos
en la valoración de los trastornos de la Personalidad”, en Blanco Picabia, A. (Ed.):
Apuntes de diagnóstico clínico (pp. 133-156). Valencia.
Rodríguez Franco, L. y Antuña Bellerín, M.A. (1995). “El concepto de personali-
dad”, en Blanco Picabia, A. (Ed.): Fundamentos de Psicología (pp. 163-175). Valen-
cia: Tirant Lo Blanch.
Antuña Bellerín, M.A. (1.999): “Entrenamiento en habilidades sociales en delin-
cuentes”, en Lozano Oyola, J. F. y Gómez de Terreros, M. (Eds): Avances en salud
mental infanto-juvenil (pp. 199-210). Universidad de Sevilla: Fundación Reina Mer-
cedes.
Pelechano Barberá, V., Rodríguez Franco, L., García Martínez, J. y Antuña Belle-
rín, M.A. (2000): “Estabilidad, consistencia y cambio en personalidad”, en Pelechano
Barberá, V. (Dir.): Psicología sistemática de la personalidad (pp. 135-176). Barcelo-
na: Ariel Psicología.
Rodríguez Díaz, J., Rodríguez Franco, L., Paíno, S. y Antuña Bellerín, M.A.
(2001): “Teoría estructural de la personalidad de Eysenck”, en Clemente, M. y Espi-
nosa, P. (Coords.): La mente criminal: Teorías explicativas del delito desde la Psico-
logía Jurídica (pp. 79-92). Madrid: Dykinson.

24
Antuña Bellerín, M.A., Rodríguez Franco, L., Rodríguez Díaz, J. y Paíno Quesa-
da, S. (2001): “Teorías de la búsqueda de sensaciones”, en Clemente, M. y Espinosa,
P. (Coords.): La mente criminal: Teorías explicativas del delito desde la Psicología
Jurídica (pp. 93-105). Madrid: Dykinson.
Rodríguez Franco, L., Antuña Bellerín, M.A., Rodríguez Díaz, J. y Paíno Quesa-
da, S. (2001): “Control personal y conducta delictiva”, en Clemente, M. y Espinosa,
P. (Coords.): La mente criminal: Teorías explicativas del delito desde la Psicología
Jurídica (pp. 117-129). Madrid: Dykinson.
Rodríguez Díaz, F.J., Rodríguez Franco, L. y Antuña Bellerín, M.A. (2001):
“Maltrato en la mujer adicta: análisis para la intervención”, en Blanco Zamora, P.;
Palacios Ajuria, L. y Sirvent Ruiz, C. (Coords.): I Simposium nacional sobre adicción
en la mujer (pp. 245-255). Madrid: Instituto de la Mujer (Ministerio de Trabajo y
Asuntos Sociales).
Artículos revistas:
Rodríguez Franco, L., Antuña Bellerín, M.A. y Rodríguez Díaz, F.J. (2001): “Psi-
cología y violencia doméstica: un nuevo reto hacia un viejo problema”. Acta Colom-
biana de Psicología, 6, pp. 67-76.
Ponencias en congresos:
“Delincuencia Juvenil”, presentada en el Congreso: II Ciclo de Charlas Coloquio
sobre Psicología Jurídica, celebrado en Sevilla en 1.993. y organizado por el Colegio
Oficial de Psicólogos-Andalucía Occidental.
“El menor en la sociedad: los retos”, presentada en las Jornadas-coloquio del Aula
cultural de Criminología, celebradas en Sevilla en 1996 y organizadas por el Instituto
Interuniversitario de Criminología y Extensión Universitaria, Universidad de Sevilla.
“Intervención psicológica en el maltrato de parejas”, presentada en el I Sympo-
sium sobre Psicología Jurídica, celebrado en Granada en 1998 y organizado por la
Asociación Española de Psicología Conductual.
“Eficacia de los tratamientos conductuales aplicados a delincuentes”, presentado
en el congreso “Conducta criminal: Intervención “, celebrado en Sevilla en Diciembre
de 1998 y organizado por el Grupo de investigación CTS-301 (Alteración Mental y
Conductas Desviadas).
“Propuestas de la Psicología para la realidad sevillana”, presentada en las Jorna-
das sobre el maltrato doméstico: intervención psicológica, médica, jurídica y policial,
celebrado en 1999, en Sevilla y organizado por la Asociación de Psicólogos para la
Promoción de la Salud, (A.S.U.P.S) y la Facultad de Psicología de Sevilla.
“Asesinos en serie”, presentada en el Symposium Internacional sobre Interven-
ción en Violencia Familiar y Social, celebrado en Granada en 2000 y organizado por
la Asociación Española de Psicología Conductual.
“Aportaciones de la Psicología al estudio del asesino en serie”, presentada en el
Symposium sobre psicópatas, asesinos en serie y conducta antisocial, celebrado en
Granada en 2001 y organizado por la Asociación Española de Psicología Conduc-
tual.
“Permanencia de la víctima con el maltratador en la violencia de género”, presen-
tada en el Symposium Nacional sobre Maltrato Psicológico, celebrado en Granada en
2004 y organizado por la Asociación Española de Psicología.

25
VIOLENCIA Y MENTE CRIMINAL

(Resumen)

E S indudable el interés creciente, tanto teórico como prác-


tico, por el conocimiento del comportamiento criminal.
El caso más extremo de personas con este tipo de com-
portamiento es el de los denominados “asesinos en serie”, en su
mayor parte psicópatas. Popularmente, el asesino en serie es un
tipo de delincuente conocido sobre todo a través de los medios
de comunicación y la cinematografía, siendo aún escaso el co-
nocimiento proveniente del ámbito científico. Fue a partir de los
años 80 e impulsado, entre otros, por R. Ressler, antiguo coronel
del FBI y psicólogo, cuando se inició el estudio de estos indivi-
duos. Fácilmente son confundidos diferentes tipos de asesinos,
entre ellos el “normal”, “de masas” y “en serie” siendo necesaria
la aclaración de estos términos. Asímismo es necesario conocer
las diversas tipologías de asesinos en serie realizadas utilizan-
do diversos criterios, tales como la movilidad geográfica en la
comisión de los asesinatos, la motivación, grado de organiza-
ción de la conducta criminal, etc., que pueden aportar un cono-
cimiento útil para establecer el perfil del asesino, facilitando así
su identificación y detención.
Las investigaciones realizadas desde el ámbito psicológico
muestran cómo un alto porcentaje de asesinos en serie presen-
tan historias infantiles de abuso emocional, abuso físico, malas
relaciones con los padres, abandono del hogar por parte del

27
padre, etc., lo que conlleva plantearse la posibilidad de que al
menos parte de estos individuos sean producto o víctimas del
ambiente.
Pero, para muchos, resulta cada vez más evidente que la con-
ducta antisocial (desde robos ocasionales, pasando por secues-
tros y delitos sexuales, hasta el canibalismo) se debe no sólo a
influencias ambientales como la familia, sino también a causas
biológicas. Sin embargo, no parece existir un gen delincuente
responsable de un comportamiento delictivo, aunque sí cierto
funcionamiento anómalo que podría predisponer a la violencia
criminal.
Por ello, son múltiples las teorías elaboradas que intentan dar
respuesta de posibles etiologías de este tipo de comportamiento,
si bien el resultado final ha de ser necesariamente un modelo
integrador que recoja las aportaciones vertidas no sólo desde la
Psicología, sino también por otras disciplinas implicadas en su
investigación y clarificación, evitando así tener una perspectiva
parcial del problema. La psicopatía no se puede entender única-
mente, en términos de influencias ambientales y sociales. Pero
tampoco únicamente en términos de factores biológicos. La psi-
copatía nace de complejas interacciones entre ambos factores.

28
VIOLENCIA DOMÉSTICA: DATOS Y MITOS

por
JESÚS GARCÍA
Violencia, p. 29
JESÚS GARCÍA. Nacido en Villena (Alicante) en 1964, es profesor titular
de Universidad del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento
Psicológicos de la Universidad de Sevilla. Es licenciado en Psicología en la
Universitat de València-Estudi General y doctor en Psicología. Universitat de
València-Estudi General por su tesis doctoral: Evaluación y rehabilitación de
la memoria cotidiana. Trabajó como terapeuta en la práctica privada desde
1987 hasta 1991 y es terapeuta acreditado por la Asociación Española de
Psicoterapias Cognitivas (ASEPCO) y la Federación Española de Asociacio-
nes de Psicoterapia (FEAP). Terapeuta didacta de ASEPCO y miembro de la
Junta Directiva de ASEPCO. Además es miembro de las siguientes asociacio-
nes científicas: Asociación Española de Psicoterapias Cognitivas (ASEPCO),
European Association of Personality Psychology (EAPP), Society for Cons-
tructivism in Human Sciences (SCHS), Constructivist Psychology Network
(CPN),y el International Society of Dialogical Self (ISCS).
Ha sido secretario y Vicedecano de la Facultad de Psicología de la Uni-
versidad de Sevilla.
En la actualidad es director del Secretariado de Convergencia Europea de
la Universidad de Sevilla.
Especialista en psicología de la personalidad y psicoterapia. Se interesa
por los vínculos entre ambas dentro del marco de la psicología narrativa. Es
autor de más de 60 comunicaciones, talleres, capítulos y artículos sobre na-
rrativas del yo, dominios de la personalidad y terapias narrativas y construc-
tivistas, profundizando en el ámbito terapéutico en los enfoques narrativos de
los problemas de violencia (violencia de género y conducta antisocial).
Ha participado como investigador, entre otros proyectos de investigación
financiados, en el Proyecto del Instituto de la Mujer Variables psicológicas
moduladoras de la relación víctima agresor en el partido judicial de Sevilla
(2001-2004) y en el Proyecto de la Excma. Diputación de Sevilla Fomento de
factores psicológicos de protección y mejora en poblaciones multiproblemá-
ticas con posibilidad de presentar conducta antisocial (2003-2004), del cual
fue investigador principal.

30
1. INTRODUCCIÓN: LA DESCRIPCIÓN ESTADÍSTICA DE LA
VIOLENCIA DOMÉSTICA

L A violencia contra las mujeres por parte de sus parejas


masculinas se está convirtiendo en uno de los principales
problemas de orden psicosocial de nuestra época. El pro-
blema es grave tanto en términos de frecuencia de casos, como
de incidencia de los mismos. No sólo estamos ante una situación
que ha venido generando una media de 60 muertes anuales en
el último sexenio,1 lo que constituye el indicador de coste más
grave, sino que las pérdidas a medio plazo en términos de nece-
sidad de asistencia médica y psicológica, desestructuración fa-
miliar, pérdida de oportunidades de formación, número de horas
de trabajo pérdidas, etc. son incalculables. Las cargas del fenó-
meno a largo plazo, sobre todo el efecto del maltrato en la mujer
superviviente y en su descendencia son también inestimables.
Todo esto sin considerar el efecto que esta situación tiene en el
deterioro de las condiciones de vida del propio maltratador y las
consecuencias personales y socioeconómicas que ello conlleva.
La violencia de género se puede considerar un grave proble-
ma de salud pública (Heise y García Moreno, 2002; Roberts,
Lawrence, Williams y Raphael, 1998). Las repercusiones psico-
lógicas del maltrato y el abuso físico son un factor de riesgo de
salud a largo plazo (Koss, Koss y Woodruff, 1991). El maltrato

1
Todos los datos estadísticos están referidos a España, salvo que se indique
expresamente lo contrario.

31
es un factor que genera trastornos y síntomas psicopatológicos
de varios tipos como depresión, estrés postraumático, baja au-
toestima, sentimientos de culpa, etc. (Echeburúa y Corral, 1998;
Golding, 1999; Matud, 1994)
El Instituto de la Mujer (2005) viene elaborando una serie de
estadísticas que demuestran la extensión de problema de la vio-
lencia de género. Entre 2002 y 2004 se dio una media anual de
50.309 denuncias por agresiones formuladas por mujeres hacia
sus parejas o exparejas de cualquier tipo. En el mismo período,
la media de denuncias por malos tratos formuladas por varones
hacia las mujeres que convivían o habían convivido con ellos
fueron 8865; es decir, si tomamos como indicador positivo de
la violencia entre géneros el número de denuncias formuladas,
los varones son entre seis y siete veces más violentos que las
mujeres.
En cuanto a muertes, han sido 364 las mujeres muertas por
sus compañeros sentimentales en el período comprendido entre
1999 y 2004, produciéndose casi un 63% de las mismas mientras
la pareja convivía o mantenía la relación. En ese mismo sexenio,
el número de mujeres muertas por un varón de su círculo social
próximo (amigo o familiar) distinto de su pareja fueron 72 y el
número de mujeres asesinadas por un varón al que no estaban
vinculadas familiarmente fueron 64. Si atendemos al fenómeno
opuesto, las muertes de varones a manos de sus parejas, las esta-
dísticas indican que la incidencia es casi siete veces menor. Du-
rante el quinquenio 1997-2001, fueron 32 los varones asesinados
por sus mujeres, mientras que murieron 195 mujeres a manos de
sus compañeros2 (Avilés Ferre, 2002). Por tanto sólo el 14,01%
de las muertes corresponden a varones, los peores efectos de la
violencia en la pareja recaen claramente en la mujer.

2
En este caso, la fuente de datos no es el Instituto de la Mujer, sino el Progra-
ma Estadístico de Seguridad del Ministerio del Interior que incluye datos
de los cuerpos de seguridad del estado de carácter nacional, pero no de las
policías de las Comunidades Autónomas.

32
El índice medio de prevalencia anual de muertes por cada
millón de mujeres ha sido de 3,03 durante ese mismo sexenio.
Las Comunidades Autónomas con una mayor casuística son Ba-
leares y Canarias (ambas por encima de 9,69 casos anuales por
millón). Otras Comunidades que se encuentran por encima de
la media fueron País Valenciano (5,03), Ceuta (4,56), La Rioja
(4,11) y Andalucía (3,51). Las comunidades que tuvieron una
prevalencia menor fueron País Vasco (1,17), Asturias (0,74) y
Melilla (donde no se registró ningún caso).
En cuanto a la edad de las víctimas y también para el mismo
se sexenio, se produjeron muertes en todos los grupos de edad,
incluyendo el de menos de 16. No obstante, los mayores por-
centajes se dan entre los 31-40 años (31,86%), seguido del com-
prendido entre los 21-36 años, con un 27,19% de las víctimas.
La tendencia es que el número de muertes descienda a medida
que las edades se alejan de los intervalos mencionados.
Habitualmente la pareja maltratadora es la primera de la mu-
jer (en más de la mitad de los casos), aunque en torno al 12%
de los casos han tenido ya antes una pareja que la maltrataba.
En lo referido a la duración de la relación de maltrato, no hay
datos claros pero la media es superior a los 10 años (Fontanil et
al., 2002; Rodríguez Franco, García Martínez, Antuña Bellerín
y Cantón Román, 2003). En la mayoría de los casos la relación
con el agresor comienza en la juventud o antes, aunque se dan
casos de inicio del abuso en todas las edades.
En cuanto a la población de residencia de las víctimas de ma-
los tratos, el Informe del Instituto de la Mujer de 1999 indica
que el porcentaje de mujeres víctimas de malos tratos declarados
(auto-reconocidos) es más alto en los grandes núcleos urbanos.
Los porcentajes son del 4,6% en las ciudades de más de 200.000
habitantes, 4,4 en las ciudades entre 50.000 y 200.000, del 4,1%
en los municipios de entre 10.000 y 50.000 personas, 3,2% en
los pueblos de entre 2000 y 10000 y del 3,6% en los núcleos de
menos de 2.000 habitantes. No obstante, la encuesta incluía una
serie de preguntas que permitían detectar si los malos tratos se

33
habían producido con independencia de lo informado. Utilizan-
do este descriptor de maltrato técnico, los porcentajes aumenta-
ban y se igualaban para los cinco grupos de municipios, puesto
que las variaciones de frecuencia oscilaban entre el 12,2% y el
12,6%.
Si se tiene en cuenta la nacionalidad de las víctimas la preva-
lencia por millón en el caso de las mujeres españolas fue de 2,30,
mientras que la de las mujeres extranjeras fue casi siete veces
más alta (14,69). Entre las extranjeras es significativo el número
de casos producido entre mujeres latinoamericanas (32). Es cier-
to que los inmigrantes procedentes de Iberoamérica constituyen
el mayor grupo, no obstante, las cifras absolutas de asesinatos
de mujeres dentro del mismo son mucho más altas que las de los
otros dos grupos relevantes de inmigrantes, las africanas (inclu-
yendo las magrebies), entre las que se registraron sólo 9 femi-
nicidios y las procedentes de otros países de la Unión Europea,
entre las que si dieron 13 muertes.
Las tasas de prevalencia por millón de las muertes de mu-
jeres cometidas por las parejas o ex parejas de las mismas en
otros países europeos durante el año 2000 variaron entre 1,83
casos en Países Bajos, hasta los 12,62 en Rumania. No obstante,
entre los países con tasas más altas se encuentran algunos con
altos índices de calidad de vida como Finlandia (8,65), Noruega
(6,58), Luxemburgo (5,56), Dinamarca (5,42) y Suecia (4,59).
La media europea para los treces países de los que se dispone de
datos fue de 4,58. La prevalencia en España en 2000 fue de 2,44.
Por debajo de esta cifra sólo se encontraban Polonia (1,85), los
ya citados Países Bajos e Islandia, donde no se registró ningún
caso.
No obstante, estos datos no reflejan las creencias de los ciu-
dadanos de estos países. El eurobarometro de junio de 1999 pre-
guntó acerca de la percepción de la violencia de género y sobre
la necesidad de castigar la misma. Los países que la percibían
como un problema más relevante fueron España (a la cabeza),
Reino Unido, Irlanda e Italia, en los que al menos el 80% de la

34
muestra percibía la violencia de género como un problema. Los
países en los que había una menor percepción del problema fue-
ron Luxemburgo y Dinamarca, con porcentajes comprendidos
entre el 45 y el 55%. En cuanto a la necesidad de castigar esas
conductas, fueron Italia y España los países que valoraban más
positivamente la persecución de estos delitos, con porcentajes
entre el 60 y el 70% de las respuestas. La menor percepción de
rechazo se tenía en Portugal (45%) y Grecia (22%).
Ampliando tanto el marco geográfico, como el indicador
objetivo, las cifras se disparan. Durante la década de 1990 se
realizaron encuestas al respecto en estados tan diversos como
Nicaragua, Chile, México, Bangladesh, Reino Unido, Suiza,
Canadá y Estados Unidos. Los malos tratos hacia las mujeres
dentro de la pareja (no únicamente los asesinatos) registraron
porcentajes anuales que variaban entre el 30,2% de Nicaragua
y el 1,3 de Estados Unidos (Avilés Farré, 2002). Estudios de
tipo clínico (no basados en encuestas) indican que en los Esta-
dos Unidos el maltrato a la mujer se sitúa entre el 18 y el 37%
del total a lo largo de la vida y que el 18% de las mujeres son
maltratadas cada año (Avis, 1992). En general, los países menos
desarrollados informan de un número mayor de mujeres maltra-
tadas que los desarrollados, pero ningún estado está exento de
este fenómeno.
Un último dato, los asesinatos de mujeres son extraños si te-
nemos en cuenta el número total de homicidios que tienen lu-
gar, pero son porcentualmente más frecuentes en las sociedades
que son menos violentas, en las que ocurren menos homicidios
(Avilés Farré, 2002). Es decir, en la medida que una sociedad se
regula mejor y disminuye el riesgo general para sus ciudadanos,
las mujeres están relativamente más desprotegidas, puesto que
las tasas de violencia contra ellas disminuyen menos que para la
población general.
Este maremagnum de datos ayuda a confirmar que el proble-
ma de la violencia doméstica se extiende a lo largo de todos los
grupos de edad, en todas las nacionalidades, tanto en contextos

35
de alto desarrollo socioeconómico como en los de bajo. Obvia-
mente, las muertes se dan fundamentalmente entre mujeres jó-
venes y maduras, es decir, durante los momentos de la vida en
los que es más probable tener una relación de pareja o que esta
se haya disuelto. Las cifras indican también otros elementos bá-
sicos, la falta de integración social es un factor de riesgo para la
violencia de género (de ahí que la prevalencia sea más alta entre
las inmigrantes) y que las muertes suelen ser cometidas en la
practica totalidad de los casos por varones próximos a las muje-
res, especialmente por sus parejas. Sólo el 12,8% de las muertes
son cometidas por un varón con el que no se tienen vínculos.
Otra conclusión relevante es que la violencia del varón hacia
la mujer es abrumadoramente más importante y frecuente que el
caso contrario. Por tanto, estamos ante dos fenómenos distintos
que, probablemente, obedecen a leyes y procesos plenamente
diferenciados.
Por último, la extensión del problema de la violencia de gé-
nero es mayor de lo que las cifras demuestran, puesto que hay
muchísimo dato oculto, no denunciado. Cuando se describe la
incidencia según criterios técnicos, los datos suben muchísimo.
Por otro lado, cabe estar vigilante ante la gravedad del problema,
puesto que la percepción social puede rebajar la repercusión de
la misma. Se puede afirmar por tanto que la violencia de género
se da en todos los ámbitos geográficos, poblacionales, sociales y
educativos, si bien los factores asociados a la pobreza y la falta
de integración social pueden actuar como factores de riesgo a la
hora de incrementar la frecuencia de la misma.

2. LA NATURALEZA DE LA VIOLENCIA DOMÉSTICA

La mera descripción del fenómeno permite ver que éste se


caracteriza como un tipo de violencia que el varón ejerce contra
la mujer (es más frecuente) y además es más lesiva (causa más
daños) y más letal (causas muchas más muertes y lesiones gra-
ves). No obstante, la característica fundamental es su finalidad:

36
lograr el control de la mujer a través del uso de la fuerza, la
amenaza y/o la denigración. Es decir, la violencia se usa no para
conseguir algo que no tiene o para forzar una situación, sino para
mantener e incrementar un status quo de desigualdad (Jacobson
y Gottman, 1998).
Lógicamente, esto no niega la existencia de violencia contra
el varón por parte de la mujer, ni siquiera de una violencia in-
tensa, pero, en la mayoría de los casos está violencia no tiene la
funcionalidad de control mencionada.
En dicho intento de control intervienen una serie de elemen-
tos que suelen co-ocurrir. Esos elementos de coerción son de
cuatro tipos:
a) Agresiones físicas (golpes, patadas, empujones). En los
casos más graves se trata de auténticas palizas y, en oca-
siones, cursan con el uso de armas (cuchillos, escopetas) o
atropellos con vehículos.
b) Abuso psicológico que incluye todo un rosario de acciones
o verbalizaciones destinadas a intimidar, menospreciar,
marginar o humillar a la mujer.
c) Control de las actividades de la mujer (restricción de con-
tactos con amistades o familiares, control de llamadas o
cartas) y restricción del acceso a bienes y servicios (limi-
tación de uso del dinero, prohibición de acudir a profesio-
nales, etc.).
d) Relaciones sexuales forzadas.

Lo habitual es que se den todos ellos. En el caso de que se


de la violencia física está presente invariablemente el maltrato
psicológico, puesto que la agresión constituye en sí misma una
forma de amenaza y coerción.
Lo relevante es que esta constelación de tipos de agresión
constituye un patrón de comportamiento (es decir, es una pauta
permanente de actuación dirigida a la consecución del control
y que permite controlar los ciclos de discusión dentro de la pa-
reja o de la familia (Dutton, 1992; Jacobson y Gottman, 1998;

37
Walter, 1994). De hecho, la actuación del agresor es tremenda-
mente voluntaria e intencional, cuando no claramente planifica-
da. El número de casos de agresión a la cónyuge relacionados
con trastornos psicóticos o estados disociativos, que podrían
asociarse a una falta de control o voluntariedad, es bajísimo (Du-
tton, 1995). Swanson, Holzer, Ganju, y Jono, (1990), mencionan
que sólo un pequeño número de los agresores padece algún tipo
de psicopatología, sea o no psicótico, con independencia de que
muestren patrones de comportamiento de control.
Dicho patrón se revela especialmente en los ciclos de dis-
cusión de la pareja. El conflicto entendido como diferencia de
pareceres y como forma de negociar el significado de acciones
contrapuestas es consustancial a todos sistema humano. El pro-
blema es como se resuelven las situaciones de conflicto en las
parejas en las que hay un maltratador. Se han descrito varios
ciclos de discusión, pero todos ellos contemplan tres grandes
elementos (Jacobson y Gottman, 1998; Walker, 1979):
a) El motivo de la discusión no es negociado (es decir, no
responde a ningún significado compartido como proble-
mático) sino que es el maltratador el que decide que ese
elemento constituye un problema a desavenencia.
b) Ciclos de tensión aguda seguidos de arrepentimiento por
parte del agresor y de promesas de reestructuración y cam-
bio que se retroalimentan continuamente.
c) Dentro de cada discusión, la finalización de la misma es
controlada por el maltratador que decide, bien por aban-
dono, bien por imposición que esta ha terminado.

En este sentido, las agresiones no son continuas pero sí cícli-


cas. Lo constante es el ciclo que es lo que constituye el patrón
relacional, no la violencia en sí.
En general estos patrones de relación comienzan a establecer-
se en los primeros años de convivencia, de modo que se trans-
forman en el modo en que el varón controla a su compañera. Sin
embargo, es posible que estos ciclos se hayan definido durante

38
el noviazgo (fase previa a la convivencia) de modo que delimi-
ten ya el formato de comunicación ira-arrepentimiento-control
como la vía de resolver las negociaciones dentro de la pareja. Al
parecer, las conductas de abuso psicológico son más frecuentes
durante el noviazgo de lo que se podría pensar, aunque sólo un
pequeño número de adolescentes se considera a sí misma una
mujer maltratada (Rodríguez Franco, Garcia Martínez, Antuña
Bellerín y Cano García, 2002).
La violencia doméstica comparte con otras formas de vio-
lencia una serie de procesos psicosociales (Peyrú y Corsi, 2003)
que:
a) La hacen invisible o no relevante en términos sociales. De
hecho, la mayor parte del abuso (el psicológico) suele ser
difícil de justificar o demostrar en términos jurídicos y la
violencia doméstica se naturaliza en términos de agresio-
nes físicas y toma relevancia únicamente como tal. Es de-
cir, se oculta la naturaleza real de la violencia.
b) La naturalizan como algo lógico, habitual de modo que
no hay nada desviado que esté ocurriendo. El proceso de
violencia se controla desde la jerarquía correspondiente
(social o familiar) y se discrimina o margina a lo diferente
(la víctima). La violencia preocupa sólo si se dirige contra
la jerarquía (el varón).
c) Logran insensibilizar a la victima y a la sociedad, mediante
un sistema de dar más de lo mismo, de forma que para que
un hecho termine siendo relevante tiene que ser más atroz
que el anterior.
d) Encubren la violencia, es decir, se trata de no hacerla pú-
blica o evidente. En este caso el varón no admite direc-
tamente que ataca o margina a su mujer. La sociedad por
su parte tiende a considerar estos hechos como elementos
privados o lesivos para la organización social.

El efecto psicológico y social de todos estos procesos es ne-


gar la valía del otro, el otro (la mujer) en este caso dejar de ser

39
un sujeto de la acción y pasa a ser un mero objeto, algo que
se puede manipular y que no tiene voz dentro de la interacción
social. Si el otro no es otro, sino que es meramente algo, puede
ser directamente atacado, puesto que no es parte activa en la
situación.

2.1. El perfil psicológico del agresor


Diversos estudios se han encargado de investigar las carac-
terísticas que pueden manifestar los agresores. Algunos autores
han propuesto como respuesta diversas tipologías de agresores
(Dutton y Golant, 1995; Holtzwoth-Munroe, Meehan, Herron,
Rehman y Stuart, 2003; Jacobson y Gottman, 1998; Saunders,
1992) que se podrían resumir del siguiente modo:
a) Un pequeño grupo de psicópatas.
b) Un grupo de hipercontrolados, emocionalmente distantes
e interesados en el control de la relación, que constituirían
en torno al 20% del total. Su perfil agresivo y antisocial
puede ser relativamente generalizado. Este tipo sería más
peligroso durante la relación que una vez esta ha finali-
zado, puesto que las oportunidades de ejercer control son
menores.
c) Un tercer grupo de dependientes emocionales, interesados
en perpetuar la relación de control y que probablemente
sólo son violentos con la pareja, que constituirían en torno
al 75% del total. La agresividad de los miembros de este
grupo.

Los perfiles distan de estar claros, puesto que los distintos


estudios no dan tipologías completamente coincidentes entre
sí y los solapamientos entre categorías son posibles (psicópa-
ta-controlador, controlador-dependiente) e, incluso, el grupo
de Holzwoth-Munroe et al. (2003) plantea que el agresor úni-
camente familiar podría distinguirse de la gama dependiente y
antisocial.

40
En este sentido, los estudios que plantean una constelación
o perfil psicológico del agresor doméstico pueden ser más pro-
ductivos. Diversos estudios han concluido que las características
básicas de éste son un bajo control de la ira y una alta hostilidad.
Además aparecen otra serie de elementos como baja autoestima,
impulsividad (factor que podría estar asociado a su vez a las
altas puntuaciones en ira) y deficientes habilidades de afronta-
miento (Matud, Padilla y Gutiérrez, 2005). La depresión mayor
y el trastorno de personalidad antisocial son más prevalentes en-
tre los maltratadotes domésticos que en el resto de la población
(Dinwidee, 1992); aunque es difícil encontrar maltratadores que
tengan diagnósticos psicopatológicos (Swanson et al., 1990).
Por otra parte, suelen abusar del alcohol. La frecuencia de
este problema es varia entre diferentes estudios, pero se puede
situar entre el 19% y el 50% (Roberts, 1988; Sarasua, Zubizarre-
ta, Echeburúa y del Corral, 1994). Los datos sobre si las agresio-
nes se producen cuando se está borracho varían mucho de unos
estudios a otros por porcentajes entre el 25 y el 85% (Roberts,
1988; Kauffman y Strauss, 1987). Los datos acerca del uso de
otras drogas están poco investigados. Lo que está claro es que
la ingesta de alcohol no es la causa de las agresiones, sino en
todo caso un modulador de su peligrosidad, en el sentido de que
el hecho de estar bebido puede utilizarse como excusa para una
teórica falta de control.
En cuanto a los antecedentes de maltrato en la familia del
agresor los datos indican que se da entre el 30 y el 45% de los
casos. Lo que sí parece es que haber observado la violencia en
casa hace más probable la emergencia de las conductas violentas
(Rouse, 1984), si bien esto no está tan claro para aquellos que
fueron víctimas directas y no meros observadores. Vivir en una
familia violenta crea un caldo de cultivo para que esas conductas
se conformen como una forma viable de relación en la pareja.
Pero uno de los factores que más contribuye a cerrar el per-
fil del agresor es defender un sistema de valores que asocian
la masculinidad a la resolución, el control, la autosuficiencia, la

41
racionalidad y la posesión, a tribuyendo a la mujer característi-
cas opuestas. En este sentido, suelen ser también celosos, puesto
que desde su punto de vista la mujer intenta seducir como patrón
habitual de conducta. Es decir, parece que la mentalidad patriar-
cal esta en la base de la violencia doméstica (Medina, 1994; Ve-
lázquez, 2003), así como el criterio patriarcal de construcción
del estereotipo de masculinidad (Corsi y Bonino, 2003).
Un dibujo a vuelapluma del perfil de riesgo para localizar a
un maltratador sería el que hace Suárez (1994):
a) Discrepancia entre la conducta pública (amistosa, preocu-
pada) y privada (maltrato, control).
b) Minimización de la propia conducta violenta
c) Responsabilizar a otros de la violencia.
d) Conductas de control y coerción.
e) Mostar una actitud de posesión y celos.
f) Manipulación de los hijos para aliarse contra la mujer.
g) Abusos de sustancias (especialmente alcohol).
h) Resistencia al cambio, no viendo necesario un cambio de
conducta.

2.2. El perfil de la superviviente


Los resultados de la mayor parte de los estudios indican que
no hay un perfil previo de la mujer que se involucra en una re-
lación de maltrato. De hecho casi cualquier mujer puede iniciar
una relación con un maltratador y vivir esta desafortunada ex-
periencia.
Lo que si ocurre es que aquellas mujeres que han convivido
con un maltratador suelen desarrollar un patrón relativamente
común de características a causa de la experiencia de maltrato.
El estado general de salud se deteriora y los riesgos de salud
a medio y largo plazo se incrementan (Koss, Koss y Goodruff,
1991). Pero quizá lo más evidente sea el impacto psicológico. Se
desarrollan dos grandes tipos de sintomatologías, por un lado,
síntomas generales de ansiedad y sobre depresivos y, por otro,
una sintomatología ansiosa específica compatible con el trastorno

42
por estrés postraumático (Golding, 1999; Zubizarreta, Sarasua,
Echeburúa, de Corral, Sauca y Emparanza, 1994).
En esta última dirección, se puede identificar el estado de las
mujeres maltratadas con el de soldados que han luchado en gue-
rras, supervivientes de catástrofes naturales o grandes acciden-
tes o personas que han sufrido un intento de asesinato, ya que
su sintomatología es similar. Vivir en circunstancias crónicas y
cíclicas de agresiones y sobre todo de coerción, control y minus-
valoración genera un estado en el que la persona que sufre estas
agresiones termina reviviendo continuamente esas situaciones
y experimentando una gran ansiedad. Por otra parte, la vida se
transforma en una especie de círculo cerrado donde nada tiene
sentido y la situación de maltrato termina transformándose en la
única forma posible de vivir (Sewell, 1994).
También aparecen reacciones que llevan a justificar la situa-
ción que se vive y a sentirse culpable y merecedora de los casti-
gos que experimenta, es decir, termina por asumir la versión del
agresor acerca de su propia identidad y empieza a ser dependien-
te de él y a desarrollar ansiedad y una autoestima y autoeficacia
muy bajas (Echeburúa y de Corral, 1998; Matud, 1994; Orava,
McLeod y Sharpe, 1996).
Otra posibles reacciones, aunque mucho menos comunes,
son la tendencia al suicido o el uso abusivo de medicamentos y
drogas (Echeburúa y de Corral, 1998; Golding, 1999).
En general dejar una relación abusiva es un proceso largo,
la media de la relaciones de maltrato suele superar los 10 años.
Muchas mujeres no abandonan nunca a sus agresores debido a
problemas económicos o presiones sociales y familiares (en la
mayoría de los casos) o a la imposibilidad de superar su estado
dependencia (en sólo unos pocos). Los factores económicos y
de la situación social después de la separación son claves para el
tratamiento de estos casos, puesto que es necesario reinventar la
vida de la mujer sin su agresor.
Igual que hay un ciclo de la comunicación violenta, hay un
ciclo que determina el proceso de separación. Sus fases no están

43
bien definidas pero incluyen una fase de negación del maltrato
y/o de creencia en la capacidad de cambiar a la pareja, fases de
autoinculpación y fases de sufrimiento o dolor. Habitualmente la
decisión para la separación se toma por superación de umbrales
que la propia superviviente ve como intolerables (ya ha pasado
demasiado tiempo, ya se ha sufrido mucho, ha empezado a agre-
dir a los hijos, me ha atacado con un arma por primera vez, etc.)
y que varían mucho mujer a mujer. La celeridad del cambio y
posibles regresos a fases anteriores son también muy variables.
En este sentido, se pueden distinguir tres tipos de mujeres en
función de su capacidad para reorganizar su vida cuando inician
la asistencia a una terapia. Uno de ellos sería el de mujeres re-
silientes. Estas mujeres, a pesar de la situación de maltrato son
capaces de mantener su sentido de la identidad personal relati-
vamente íntegro y son pueden definir bien sus metas personales,
la sintomatología que experimentan es moderada-leve y se re-
duce a la gama ansiosa y depresiva. Un segundo grupo sería el
de mujeres con un importante grado de afectación psicológica
(síntomas moderados-graves de tipo ansioso-depresivo) y que
tienen una definición confusa tanto de su identidad como de sus
metas. El tercer grupo es el que incluye, además de la situación
del segundo, características de estrés postraumático y una defini-
ción personal todavía dependiente del agresor. Un estudio sobre
una pequeña muestra clínica determinó que los porcentajes que
se observan de estos tres tipos son, aproximadamente, el 29,16%
para el grupo de mujeres resilientes, el 58,23% para el grupo
con sintomatología clínica y el 12,50% para el grupo con sínto-
mas postraumáticos (Garcia Martínez, 2004b). La distribución
de este último grupo corresponde al porcentaje de población que
desarrolla una reacción postraumática después de haberse vista
sometida a un trauma potencial.
Para finalizar con este apartado, indicar dos elementos de
riesgo desde la perspectiva de la mujer que se ve sometida a la
violencia doméstica. Por un lado, haber sido víctima de maltrato
en la infancia o haber vivido en una familia en la que el padre

44
maltrataba a la madre (Echeburúa, de Corral, Sarasua, Zubiza-
rreta y Sauca, 1990). Este proceso es compatible tanto con los
modelos de aprendizaje social como con los modelos narrati-
vos que afirman que verse inmersa en una situación de maltrato
genera un modelo mental en el que las relaciones interperso-
nales se definan como viables en función precisamente de la re-
producción de dicha situación. Eso hace que sólo se pueda dar
sentido a las relaciones y volverlas predecibles si cuadran con
dicho modelo mental (Sewell, 1994). Esta explicación es la que
habitualmente se da a las experiencias postraumáticas. Una im-
portante línea de investigación que respaldaría esta explicación
narrativa sería comprobar si los antecedentes de maltrato son
más prevalentes entre las mujeres maltratadas que desarrollan
sintomatología postraumática.
El segundo componente de riesgo sería que la configuración
general de la personalidad tendería a una configuración depen-
diente bien en la línea de un trastorno de personalidad depen-
diente o simplemente seguir los criterios de un apego de tipo
ansioso. En estos casos, la mujer tendería a buscar compulsiva-
mente la protección o los cuidados de alguien potencialmente
seductor ya satisfacer sus necesidades. Si se tiene en cuenta que
los maltratadores, en tanto que celosos y dependientes, pueden
mostrar conductas de extrema atención en las primeras fases
de la relación, entonces las mujeres con una tendencia al apego
ansioso podrían verse más atraídas por este tipo de varón, po-
tencialmente peligroso. En cualquier caso, también hace falta
investigación para comprobar si antes del inicio de la relación
de maltrato, hay mayor prevalencia del apego ansioso entre las
mujeres maltratadas que entre la población general. El problema
es que este trabajo requeriría un diseño de tipo longitudinal bas-
tante difícil de llevar a cabo. El hecho de que pudiera haber un
alto índice de personalidades dependientes entre las mujeres ya
maltratadas podrías ser perfectamente una consecuencia del pro-
pio maltrato que cuadraría con la mayor parte de la sintomato-
logía que muestran estas mujeres (baja autoestima, sentimientos

45
de autoinculpación, necesidad de satisfacer al otro), más que una
causa o un mediador del mismo.
No obstante, es necesario recordar que, con independencia
de estos factores de riesgo, no se ha detectado ningún perfil psi-
cológico que de cuenta ni de la totalidad ni de un porcentaje
relevante de las mujeres maltratadas. Esto es, la violencia do-
méstica está más ligada a mediadores vinculados al agresor que
con mediadores ligados a la víctima.

2.3. Algunas alternativas terapéuticas


Se han planteado muchas formas de intervención tanto sobre
las mujeres agredidas como sobre los varones maltratadores.
Las terapias destinadas a la mujer que ha experimentado el
maltrato deben atender a dos aspectos básicos: a) Ser sensible
y respetar la necesidad de comprensión y ayuda de la víctima,
lo que implica que toda información debe ser recabada con un
consentimiento expreso por parte de esta (Matud, Padilla y
Gutiérrez, 2005; Velázquez, 2003; Walker, 1994); b) analizar los
componentes relacionados con la patrón de violencia y control,
los efectos psicológicos del maltrato, las estrategias usadas para
enfrentarse y/o escapar al abuso, así como los factores que mo-
dularon las respuestas al abuso y las estrategias de afrontamien-
to (Dutton, 1992).
En general, el formato terapéutico debe estar en la lógica de
una terapia del trauma (Walker, 1994). Estos objetivos se pueden
cubrir tanto con enfoques de terapia individual como de grupo y
usando técnicas basadas tanto en los enfoques conductual-cog-
nitivos como en los narrativos.
Si atendemos a las trastornos más prevalentes (depresión,
estrés postraumático) parece que los tratamientos conductual-
cognitivos deben ser los más adecuados, puesto que han demos-
trado ya su eficacia para este tipo de trastornos (Foa, Rothbaum,
Riggss y Murdock, 1991). No obstante, si se tiene en cuenta
el tipo de proceso psicológico de construcción de la identidad
que define al problema del maltrato doméstico, parece que un

46
modelo terapéutico narrativo se ajustaría más a la naturaleza del
caso (Sewell, 1997). Además, los modelos narrativos también
son ampliamente utilizados en los tratamientos de experiencias
traumáticas (Neimeyer, 2000).
Los enfoques narrativos permiten reconstruir el sentido del
abuso en los propios términos de la mujer maltratada y permiten
encontrar elementos y episodios resolutivos y de autocrecimien-
to en su propia experiencia vital (Garcia Martínez, 2004a; Kes-
kiven, 2004), lo cual los hace casar teóricamente bien con dos
de los principios básicos de las terapias en casos de maltrato: a)
que la intervención busque la recuperación de un trauma; y b)
que proporciones recursos a la cliente.
Las terapias de corte narrativo se centran sobre todo en la re-
construcción de la identidad de la víctima, siendo las estrategias
de control de síntomas y desarrollo de habilidades medios para
lograr este fin. Por su parte, los tratamientos conductual-cogni-
tivos hacen énfasis en el desarrollo de habilidades como factor
básico de la recuperación y no dan tanta relevancia al trabajo
con la identidad de la víctima. La idea es que dominando un con-
junto de estrategias y habilidades es posible hacer frente a los
problemas que la situación de maltrato ha causado (Echeburúa y
de Corral, 1998; Matud, Padilla y Gutiérrez, 2005).
Estas terapias suelen incluir paquetes o técnicas destinadas a
aumentar la seguridad de la mujer, reducir la sintomatología an-
siosa y depresiva asociada, incrementar la autoestima, mejorar
las estrategias de afrontamiento y de resolución de problemas,
mejorar las habilidades sociales y de comunicación y reformular
las creencias disfuncionales acerca de los estereotipos de géne-
ro y la autoinculpación (Echeburúa y de Corral, 1998; Matud,
Padilla y Gutiérrez, 2005; Webb, 1992).
El tratamiento de los agresores se centra es posiblemente siem-
pre que estos estén mínimamente motivados para cambiar. Las
técnicas que se aplican buscan fomentar su empatía, enseñarles
a controlar los impulsos violentos y que aprendan estrategias de
resolución de conflictos. También se abordan cuestiones como

47
las creencias disfuncionales sobre los estereotipos de género y
el manejo de la emoción negativa (Echeburúa y de Corral, 1998;
Echeburúa, Amor y Fernández-Montalvo, 2002). Los acerca-
mientos narrativos también se han ocupado del tratamiento de
los agresores, haciendo énfasis fundamentalmente en el cambio
de sentido de las experiencias que solían disparar la agresión, re-
estructurándolas en términos de significados más colaborativos.
Otro de sus objetivos es generar un sentido de respeto del otro
a través del fomento de experiencias de elaboración compartida
de significados (Brownlee, Ginter y Tranter, 1998; Viney, Tru-
neckova, Weekes y Oades, 1999). En general, las terapias con
los agresores suelen tener un formato básicamente individual,
con algunas sesiones de terapia de pareja. No obstante, algunos
formatos narrativos utilizan terapias grupales para determinados
tipos de agresores, especialmente predelincuentes.
En general, la terapia de pareja (trabajo simultáneo con la víc-
tima y agresor) no suele ser frecuente. Cuando se usa, se conju-
gan sesiones individuales con el agresor y sesiones conjuntas de
la pareja. El criterio fundamental para su empleo es el abandono
de toda violencia física por parte del agresor (Redondo Jurado,
2004; Velázquez, 2003). Las sesiones individuales se ocupan de
trabajar los aspectos ya mencionados en el párrafo anterior (con-
trol de la ira, asunción de responsabilidad, etc.). Las sesiones de
trabajo conjunto se dedican a mejorar las habilidades de comu-
nicación de la pareja, a fomentar la escucha activa y a desmontar
las técnicas de manipulación que usa el agresor para controlar
la relación (Redondo Jurado, 2004). Desde una perspectiva sis-
témica, la terapia familiar se utiliza también cuando el agresor
y/o la víctima proceden de familias que ya han experimentado
maltrato (Cirillo y di Blasio, 1995) con el objetivo de eliminar
las pautas de comunicación violenta que están sobreaprendidas
en este tipo de familias

48
3. MITOS SOBRE LA VIOLENCIA DOMÉSTICA

Vistos los datos y perfiles expuestos en los dos primeros pun-


tos, se pueden discutir algunos mitos y falsas creencias ligadas
al problema de la violencia doméstica. Dichos mitos están ex-
traídos de los listados expuestos por Corsi (1994) y Jacobson y
Gottman (1998).

3.1. Mitos sobre la incidencia del problema y sus componentes


Mito 1. La violencia doméstica no es frecuente.
A la vista de los datos se puede deducir que es un fenómeno
desgraciadamente frecuente. En términos globales el 50% de las
familias podrán tener algún miembro sometido a alguna forma
de abuso a lo largo de su vida y la incidencia media mundial del
maltrato doméstico a la mujer oscila entre el 10-15% del total
de mujeres.
No obstante y como en todas las clases de violencia, la inciden-
cia real de este fenómeno puede ser más alta de lo que las cifras
indican. Muchos casos no son denunciados por la presión social o
simplemente porque no se consideran algo anormal o deplorable
en algunos contextos socio-culturales. El fenómeno de la invisi-
bilización (Peyrú y Corsi, 2003) es algo que siempre debe ser te-
nido en cuenta a la hora de hablar de la incidencia de la violencia
doméstica.

Mito 2. Lo grave es el maltrato físico


Este mito es otra manifestación de la invisibilización de la
violencia, de modo que sólo es violento lo palpable, es este caso
una herida o un golpe.
Es cierto que es la violencia física la que en último término
puede matar a una mujer. No obstante, es el uso de la violencia
psicológica lo que consigue que la mujer agredida genere meca-
nismos de sumisión y autodenigración y por lo tanto la subor-
dinación de la mujer, por lo que debe ser considerada tan grave
que la propia violencia física.

49
La investigación indica que es más habitual la combinación
de formas de agresión que la existencia aislada de la violencia
física que, por otra parte, casi nunca se da sin violencia psicoló-
gica y que esta combinación produce consecuencias más graves
que cuando una de las formas de violencia se da en solitario
(Sarasua, Zubizarreta, Echeburúa y de Corral, 1994).

3.2. Mitos sobre las causas sociales y genéticas de la violencia


doméstica
Mito 3. La violencia doméstica está ligada a la exclusión so-
cial
Los datos demuestran que no hay ningún nivel socioeducati-
vo o socioeconómico en el que no se den casos de violencia do-
méstica. Es cierto, no obstante, que los datos suelen indicar una
mayor frecuencia en sociedades menos desarrolladas y en clases
sociales más bajas (Cantor y Straus, 1987), aunque se encuen-
tran maltratadores en todos los estratos sociales (Echeburúa et
al., 1990; Honrnung, McCullogh y Sugimoto, 1987). Al parecer
las condiciones psiocosociales de las clases más bajas fomentan
actitudes favorables a la resistencia física y la fortaleza corporal
como elementos de la masculinidad y de resolución de proble-
mas, lo que hace más probable agredir (Miller, Geertz y Cutter,
1961).
Pero es necesario recordar que, en términos relativos, es en
las sociedades menos violentas donde se dan más casos de vio-
lencia contra las mujeres. Esto debe hacer pensar que una parte
importante de este fenómeno esta oculto en las capas más desa-
rrolladas, en las que el modus operandi de los agresores no cursa
tanto con la agresión física sino con el maltrato psicológico y
económico, así como con estrategias de inculpación de la mujer.
Este tipo de violencia es menos demostrable en términos legales
y sociales y se adecua más a los criterios de invisibilización.
Esto hace que sean las clases más bajas las que llenen las esta-
dísticas de la criminalidad (Wolfgang y Ferracuti, 1967).

50
Por último, muchas de las mujeres maltratadas y que se sepa-
ran finalmente de su pareja ven extremadamente reducidos sus
medios económicos, pasando a engrosar las capas socialmente
más deprimidas, lo que puede estar inflando de modo artificioso
el número de personas socialmente excluidas ligadas a la violen-
cia doméstica.
Por tanto, la exclusión social es un modulador claro de la
violencia doméstica pero no una causa directa ni necesaria de la
misma.

Mito 4. Tanto las mujeres como los varones son agresores


potenciales
Este mito proclama la universalidad de la agresión y, por tan-
to, iguala las posibilidades de que un varón agreda a una mujer
con lo opuesto.
Con independencia de que la agresividad es un componente
de la actividad humana, parece que incluso biológicamente los
varones tienden a ser más agresivos que las mujeres en nues-
tra especie (Niehoff, 2002). No obstante, no se puede confundir
agresividad con violencia, puesto que esta es el producto de la
socialización de las potencialidades agresivas de la especie y, es
por tanto, completamente cultural (Peyrú y Corsi, 2003).
En este sentido, hay diferencias claras en la agresividad entre
géneros, puesto que el 90% del total de las muertes violentas
de cualquier clase son causadas por varones. Probablemente, la
construcción cultural de la masculinidad como activa, resolutiva
y dirigida a objetivos externos está en la base de este fenóme-
no (Corsi y Bonino, 2003). No son, por tanto, comparables las
violencias femenina y masculina, ya que la segunda además de
más frecuente y más mortífera está ligada a claros objetivos de
control, por lo que ambos tipos obedecen a patrones claramente
diferenciados.

Mito 5. La violencia es innata


Se trata de una manifestación fuerte del mito número 9. Si

51
la violencia es innata, ello implica que poco puede hacerse para
evitarla. Este mito tiene dos implicaciones relevantes.
La primera es que las terapias destinadas a regular o acabar
con los comportamientos violentos son superfluas. En general,
faltan muchos datos para valorar si las terapias destinadas a los
maltratadores y agresores en general son útiles. Pero algunas
investigaciones aportan datos esperanzadores en este sentido
(Echeburúa, de Corral, Fernández-Montalvo y Amor, 2004; Vi-
ney, Truneckova, Weekes y Oades, 1999).
La segunda implicación es la pretendida causa de fondo de
la inviabilidad de las terapias: lo genético es inmutable. Pero
toda acción humana es, de por sí, la interacción entre aspectos
genéticos y ambientales. Si logramos alterar esta segunda clase
de componentes, aunque sea mínimamente, se puede tener un
gran efecto sobre la interacción final resultante. Y eso es posi-
ble conseguirlo con varias formas de intervención psicológica y
psicosocial, tanto en la vertiente terapéutica como en la preven-
tiva. Aquí es necesario recordar la diferencia entre agresividad
y violencia ya mencionada, la agresividad sería el componente
genético menos maleable, pero la violencia es el producto cultu-
ral que se puede –y debe– cambiar.

3.3. Mitos sobre los agresores


Mito 6. La violencia doméstica está ligada a la psicopatolo-
gía
Como ya se ha indicado, menos del 10% de los agresores
pueden ser diagnosticados según los criterios psiquiátricos o
psicológicos habituales (CIE-10; MDE-IV). Es cierto que las
prevalencias del trastorno antisocial de la personalidad y la de-
presión mayor son más altas entre los maltratadotes que entre
la población general, pero esto no cubre más que una pequeña
parte del total de varones que son violentos con sus parejas. Por
otro lado, la presencia de cuadros psicóticos que podrían hacer
pensar que no hay control voluntario de las acciones por parte
del agresor es despreciable.

52
Sí es cierto, no obstante, que los indicadores de psicopato-
logía son más altos entre las mujeres que han sido maltratadas
que entre la población general (especialmente cuadros ansiosos
y depresivos y el trastorno por estrés postraumático). Los indi-
cadores patológicos no sólo están ligados en este caso a los de
tipo mental, sino también a los de salud general (incluyendo la
salud orgánica).
Por tanto, se puede afirmar que la violencia doméstica no es
consecuencia de una psicopatología del agresor en la mayor par-
te de los casos, mientras que es causa de trastornos psicológicos
en la mayor parte de las víctimas.

Mito 7. La violencia doméstica está causada por la adicción


Como ya se ha indicado anteriormente, no hay un solapa-
miento entre los grupos de adictos (especialmente al alcohol) y
los maltratadores. Se dan tanto adictos que no maltratan, como
maltratadores que no consumen substancias y estas combinacio-
nes son mayoría en ambos casos.
No obstante, la adicción incrementa la posibilidad de que los
actos cometidos en la relación de maltrato sean más graves, si
bien no tanto por el hecho de que los episodios álgidos tengan
lugar mientras el agresor está intoxicado por la substancia, como
por el hecho de que los maltratadores que son consumidores de
alcohol u otras drogas tienden a ser más agresivos y violentos
que los maltratadores que no son adictos.
En este sentido, el abuso de sustancias es un factor de riesgo
en cuanto a la posibilidad de ser un maltratador, pero no una
causa directa de ello.

Mito 8. Todos los agresores son iguales


Los datos indican que no hay un prototipo general de agresor.
Es posible diferenciar dos grandes subgrupos (el de los antiso-
ciales y de los dependientes) y cada uno de ellos se define por
una serie de indicadores específicos del modo en que intentan
controlar la situación.

53
Pero muchos varones violentos comparten características de
ambos grupos. Por tanto, es mejor en términos de tratamiento e
intervención considerar a cada agresor como un caso distinto.
Los perfiles generales que pueden servir para discriminar el ries-
go de ser un posible agresor (por ejemplo, los utilizados por Suá-
rez, 1994), son útiles como meros marcadores de riesgo no para
definir que un varón violento es necesariamente sí y sólo así.

Mito 9. La violencia contra las mujeres depende de contextos


oportunos
Este mito asume que los agresores aprovechan descuidos o
asunciones de riesgo por parte de la mujer para actuar. En el
fondo, defiende la idea de que los agresores son violadores que
atacan a víctimas desconocidas despreocupadas por su propia
seguridad.
Los datos afirman todo lo contrario, la mayor parte de las
agresiones y muertes de mujeres (85%) se dan en el hogar y el
agresor es un miembro de su familia, habitualmente su pareja.
Por otro lado, las violaciones (relaciones sexuales forzadas) son
el doble de frecuentes en el ámbito del hogar que por parte de un
agresor externo desconocido.
En relación con este mito, hay que tener en cuenta también
los fenómenos de ocultación relacionados con la invisibilización
que de la violencia de género se lleva a cabo entre las familias de
las víctimas, de modo que las cifras de agresiones por parte de
familiares y parejas pueden ser realmente aún más altas.

Mito 10. Los agresores no pueden controlar la ira


Es cierto que los problemas con el control de la ira y de la
hostilidad son las características que mejor definen a los hom-
bres maltratadores pero, en muy pocos casos están presentes
patologías psicóticas o disociativas que son las patologías que
determinan la imposibilidad de controlarla realmente.
Es decir, no se debe confundir el déficit con la imposibilidad.
Por tanto, el agresor siempre tiene la posibilidad de decidir no

54
ser violento (y esto es cierto para cualquier forma de violencia
cotidiana, no sólo la violencia doméstica). Pero el agresor no
se controla hace porque le resulta más útil, más eficaz y menos
costoso en términos personales no controlarse.
El bajo control de la ira es un factor de riesgo que modula la
violencia pero no es una causa aislada de ello. De hecho, la difi-
cultad para controlarse determina el alto uso de conductas hostiles,
como la violencia resulta útil se potencia este curso de conducta,
de modo que el ciclo violencia-utilidad termina hiper-aprendién-
dose como una forma viable de relación interpersonal.

3.4. Mitos sobre las mujeres agredidas


Mito 11. La violencia doméstica es incompatible con mante-
ner la relación
Nada más lejos de la verdad, casi el 50% de las mujeres mal-
tratadas no se separa de su agresor o vuelve a convivir con él
tras un período de separación. Las causas de este fenómeno son
realmente complejas pero entre ellas se encuentran al menos tres
factores: a) los problemas económicos de la víctima; b) las pre-
siones sociales y familiares que esta puede recibir en el sentido de
qué está siendo culpable de romper la pareja y no darle una nueva
oportunidad a su marido; c) en algunos casos, la propia historia
de relación de la pareja que esta fundamentada en mecanismos
anómalos de negociación familiar en los que la violencia funciona
como un elemento básico de la relación. En estos casos, los perío-
dos de ternura y arrepentimiento típicos del ciclo de la violencia
se transforman en reforzadores inmediatos de la continuidad de la
relación.
Por otro lado, las mujeres que optan por separarse y lo logran,
lo hacen después de un período bastante largo de convivencia
(que puede durar más de una década), por lo que muchas veces
los años en que la pareja convive pudiendo ser tantos como los
que esta separada. Precisamente el hecho de que las mujeres no
ser separan de sus agresores o lo hacen después de una larga con-
vivencia es el motivo principal por el que también es necesario

55
poner en marcha programas de tratamiento de los agresores
(Echeburúa, de Corral, Fernández-Montalvo y Amor, 2004).

Mito 12. La mujer maltratada es masoquista


En ningún caso ninguna relación víctima-agresor es maso-
quista, puesto que este tipo de relación es deseada y negociada
por ambas partes, con independencia de los componentes pa-
tológicos que conlleva. En el caso del maltrato doméstico, la
mujer no quiere ser maltratada e intenta evitar la agresión y/o
defenderse de ella.
El hecho de que algunas (pocas) mujeres puedan presentar
algunos perfiles de riesgo (apego ansioso, historia previa de mal-
trato) no quiere decir que busquen intencionalmente una rela-
ción de victimización, sino que ello es un factor de riesgo para
que se involucren con varones maltratadotes. Por otra parte, son
muy pocas las mujeres maltratadas que presentan estos perfiles.

Mito 13. La violencia cesa con el cambio de conducta de la


mujer
Este mito es peligrosísimo, puesto que en él subyace una vi-
sión completamente machista de la situación. El hecho de que
se pueda pensar que el maltrato cesaría si la mujer se compor-
tara de determinado modo supone, en primer lugar, que hay una
forma correcta de relacionarse o manejarse y, en segundo, que
dicha forma debe ser sancionada como tal por el varón. Dicho de
otra forma: si se hace lo que el varón quiere, no hay problemas;
lo que supone que el control por parte de éste debe ser total.
Con independencia del sesgo patriarcal que subyace a este
mito, los datos indican que el control de los ciclos relaciones de
violencia recae siempre en el varón. Es decir, con independencia
de lo que la mujer haga, es su compañero violento quien decide
si algo es punible o no, quien considera que la mujer ha cometi-
do un error o no y quien decide que se debe acabar la discusión
o la agresión. Por tanto, los ciclos anómalos de relación existen,
pero están controlados por el agresor.

56
Si esto es así, la mujer puede hacer bien poco para acabar con
la situación, salvo defenderse e intentar mitigar los efectos de la
agresión.
En este sentido, no se debe olvidar que el culpable es siempre
el agresor nunca la víctima y que debe pagar por ello en los tér-
minos que contemple la legislación. Lo cual no quiere decir que
no se deba tanto intentar cambiar los elementos psicosociales
que hacen del varón un agresor, como atender las necesidades y
problemas de la mujer agredida.

Mito 14. La mujer maltratada provoca la violencia


Este mito es una versión fuerte del anterior y, por tanto, un re-
flejo más puro de una mentalidad patriarcal. Por tanto los datos
que se deben usar para disolver este mito son exactamente los
mismos que los expuestos para el anterior.
En términos gráficos, este mito indica que la culpa de la viola-
ción se debe a que la chica lleva minifalda (prenda que no debe-
ría llevar según el caldo de cultivo cultural de tipo patriarcal que
subyace a la argumentación) y no al comportamiento violento e
incontrolado del agresor. Es decir, con este mito se transforma a
la víctima en culpable, lo cual es una manifestación clarísima de
la naturalización de la violencia doméstica.

4. FACTORES DE RIESGO

Este punto está dedicado a presentar de una forma resumida


los diferentes factores moduladores que median el complejo pro-
blema de la violencia doméstica. En general, podemos agrupar
dichos factores en tres grandes grupos que interaccionan entre
sí. Por otro lado, cada uno de los factores dentro de cada grupo
interacciona tanto con los otros factores de su nivel como con el
resto de componentes de los otros dos niveles. Esto hace que no
podamos determinar de modo claro qué factores de riesgo son
más relevantes en general, puesto que su importancia dependerá
de cada caso, en función de que otros factores están presentes y
cual es la intensidad o gravedad de los mismos.
57
4.1. El ámbito de la cultura y el contexto social
Si se ha considerar algún factor como el más relevante, este
es sin duda el entorno cultural de tipo patriarcal en el que nos
movemos. Este caldo de cultivo ha fomentado históricamente
un tipo de relaciones y estereotipos sociales que determinan lo
varonil como eficaz, lógico y resolutivo y lo femenino como
emocional, pasivo e ineficiente (Corsi y Bonino, 2003; Medina,
1994; Velázquez, 2003). Este grupo de factores constituiría el
nivel macro de los componentes de riesgo.
A esto hay que añadir una serie de mecanismos de control
que conforman una cultura de la violencia a partir de ese poso
común de tipo patriarcal. Esa cultura de la violencia hace énfa-
sis en aspectos como la inmediatez de los resultados, el control
necesario del otro como elemento de riesgo y la negación de este
como persona relevante o sujeto de derechos (Peyrú y Corsi,
2003; Velázquez 2003). Estos mecanismos son comunes a toda
forma de violencia pero se aplican en cada caso a una víctima
concreta, en este caso, a la mujer con la que se convive.
La combinación de una ideología patriarcal de fondo con una
cultura de la violencia pone en marcha una serie de relaciones
estereotipadas. Mientras que el estilo relacional sigue las pau-
tas descritas por el prototipo (subordinación de la mujer en este
caso) el sistema permanece más o menos estable. Pero en la me-
dida que surge alguna discrepancia o algún elemento que se sale
fuera del prototipo, se ponen en marcha una serie de medidas
correctoras, tanto de orden social como individual, con el fin de
restaurar la situación de control. Esas medidas correctoras inclu-
yen el uso de la degradación del otro, la hostilidad y la violencia
directa (Velásquez, 2003).
Una parte importante de este proceso de enculturación en la
cultura patriarcal permanece oculto, puesto que se ve beneficia-
do por los diversos instrumentos de invisibilización de la violen-
cia (Peyrú y Corsi, 2003).
Quizá la mejor herramienta que fomenta este invisibili-
zación es el lenguaje cotidiano que fomenta una ideología

58
segregacionista y debilitadora de la mujer (y, en general, de cual-
quier víctima). En general, se puede entender el lenguaje como
una construcción social que transmite de modo generalizado el
punto de vista del sector dominante en una relación social deter-
minada (Velázquez, 2003).
Sobre este factor cultural generalizado de tipo ideológico, se
añadiría el efecto de otra discriminación social, la que tiene que
ver con la pobreza y la exclusión social, que como ya he indica-
do, constituye otro factor de riesgo del maltrato doméstico.

4.2. Los factores familiares


Un segundo grupo de factores de riesgo lo constituyen los
antecedentes familiares, que sería el nivel intermedio en cuánto
a su extensión de los distintos niveles de riesgo.
Proceder de una familia con antecedentes de violencia es
un factor de riesgo tanto para el agresor como para la víctima.
Como ya he indicado, distintos estudios indican que en torno la
30% de los agresores proceden de una familia maltratadora. En
cuanto a la mujer, las cifras son menos claras, pero las muje-
res maltratadas proceden de familias abusadoras al menos en un
20% de los casos.
Vivir en una de estas familias supone verse sometido a un pa-
trón de aprendizaje disfuncional. Muchas de estas familias son
multiproblemáticas y sus patrones de relación pueden tanto sobre-
valorar el control de sus miembros como destacar por su ausen-
cia de normas, factores ambos que hacen prevalecer la violencia
como una forma rápida y fácil de conseguir objetivos, en lugar de
negociarlos (Iturralde, 2003). Los ciclos de violencia-arrepenti-
miento-violencia que caracterizan al maltrato doméstico también
son aprendidos como forma viable de relación por las personas
expuestas a ellos desde la infancia.
4.3. Personalidad y estilo relacional
Estos factores constituyen el nivel micro que modula la vio-
lencia doméstica. Se trata de las características ya comentadas
del agresor, la agredida y del estilo relacional de ambos.

59
En cuánto al agresor los factores básicos son su necesidad
de control y su tendencia a la impulsividad, componentes que
estimulan su bajo control de la ira. Otras características a tener
en cuenta son el retraimiento social, la baja autoestima y las es-
casas estrategias de afrontamiento del varón que maltrata. Estos
tres componentes no se pueden entender sin atender a un marco
cultural de tipo patriarcal, ya que en la medida en que no son
resolutivos ni activos (están lejos del estereotipo de varón de
éxito) necesitan más una víctima propiciatoria para acercarse a
dicho patrón (tener y disfrutar de algún tipo de control). Dicha
víctima tiene que estar prescrita culturalmente (ser un sujeto de-
finido como débil en la cultura, es este caso la mujer), puesto que
no pueden enfrentarse a un opositor fuerte, dadas sus propias
características psicológicas.
En cuanto a la mujer maltratada, serían factores de riesgo la
personalidad dependiente y el apego ansioso. Es posible que
estas características sean la base de la conformación de una
identidad traumática, si bien no se disponen de estudios de tipo
longitudinal que permitan aclarar esta cuestión. Naturalmente, sí
es cierto lo contrario, la vivencia de una situación de abuso pue-
de generar comportamientos dependientes. En cualquier caso,
un porcentaje relativamente importante de las mujeres que son
maltratadas (bien en su familia de origen, bien por su pareja)
terminan conformando un patrón de interpretación de caracteri-
zado por una falta de sentido de la realidad, en el que las cosas
sólo tienen sentido si se ve a si misma como una víctima y como
merecedora de castigos.
Es necesario recordar que los componentes de personalidad
y estilo relacional del varón son un factor de riesgo mucho más
detrminante que los de la mujer, puesto que la mayoría de los
varones agresores muestran muchos o todos de esos indicadores,
mientras que sólo una pequeña parte de las mujeres maltratadas
se caracterizan por los indicadores mencionados. No obstante,
esas escasas mujeres que manifiestan dichos indicadores tienen
una ligera mayor probabilidad de involucrarse con una pareja

60
agresora y es más probable también que las consecuencias del
maltrato sean más graves para ellas.
Dentro de los componentes de la relación es también un fac-
tor de riesgo la duración de la misma, siendo más probable que
la gravedad del maltrato sea mayor cuanto más tiempo se ha
convivido con el agresor. En algunos casos, especialmente si el
varón responde al tipo inestable-independiente, hay un repunte
del riesgo de ser agredida en los primeros momentos de ruptura
de la pareja (Jacobson y Gottman, 1998). Otro factor de riesgo
es el historial de maltrato de la mujer, por tanto es conveniente
estudiar cuando empezó este y cómo. En el caso de que la mujer
haya pasado por varias relaciones abusivas con diversas parejas,
el riesgo de maltrato por parte de la actual es mayor.

5.UN PANORAMA GENERAL DE LA VIOLENCIA Y


ALGUNAS ACLARACIONES TERMINOLÓGICAS

Para finalizar quisiera aclarar algunos elementos terminoló-


gicos siguiendo a Corsi (2003) he utilizado el término violencia
doméstica porque es el que mejor define el tipo de fenómeno al
que me quería referir: la violencia del varón contra la mujer con
la que convive.
El término violencia de género sería un término más amplio,
más abarcador que incluiría cualquier tipo de intento de perpe-
tuar jerarquías patriarcales. Por tanto, en este se incluyen tanto
el maltrato de la pareja por parte del varón, la violación, el abuso
de niñas, la prostitución, etc.
Violencia doméstica sería aquella manifestación de la vio-
lencia de género dentro del hogar o, si se quiere, dentro de una
relación de pareja heterosexual en cualquiera de sus variante.
El concepto de violencia familia se refiere al abuso de poder
dentro de relaciones familiares, por tanto tiene un énfasis trans-
generacional, a diferencia de la violencia doméstica que se refie-
re a relaciones entre iguales (dentro de una misma generación) y
afecta no sólo a mujeres, sino a otro tipo de personas con menor
jerarquía social (afecta a las mujeres y la infancia).
61
Estas clases de violencia comparten con otras manifestaciones
de las violencias cotidianas varios elementos, fundamentalmente
la negación del otro como sujeto relevante y el abuso sobre po-
blaciones vulnerables. Las violencias cotidianas se caracterizan
precisamente por estos dos elementos, son formas de hostilidad
que afectan a personas concretas que dentro de una estructura
social están en posiciones desfavorecidas. Son muchas estas for-
mas de violencia, entre ellas podemos encontrar:
1) El abuso de personas mayores (ancianos y ancianas).
2) El abuso de menores.
3) El maltrato de discapacitados psíquicos o físicos.
4) La agresión contra iguales desautorizados (considerados
como inferiores) que incluiría:
a) El matonismo (abuso de iguales con los que se mantie-
ne algún tipo de vínculo, habitualmente escolar).
b) El vandalismo y otros comportamientos antisociales di-
rigidos contra personas (que no incluyen una relación
entre agresor y víctima).

Todas estas formas de violencia cotidiana reflejan la idea es-


tereotipada de un agresor potente y que puede ser reconocido
socialmente como tal (es mayor, varón, más capacitado y con un
estatus más alto). Por tanto, es fácil ocultar dicha violencia en
términos del uso de la autoridad. Es decir, el agresor puede ser
visto como alguien que esta cuidando, supervisando o controlan-
do la conducta de alguien jerárquicamente inferior.
No obstante, hay otras dos formas de violencia cotidiana en
las cuáles la visualización social de la víctima no corresponde
a la de alguien inferior. Se trata del abuso del menor hacia sus
padres, fenómeno cuya incidencia va en aumento y los escasos
casos de maltrato de la mujer hacia su pareja. En ambos casos
la víctima es a priori socialmente más relevante, debería ocupar
una jerarquía social mayor en términos tradicionales, puesto que
es mayor o varón (según el caso). Lo cierto es que estos dos
fenómenos comparten con el resto de violencias cotidianas el

62
aspecto de la desautorización y negación del otro lo que, dentro
del microsistema en que se dan, degrada socialmente a la vícti-
ma. Por tanto, y aunque sea de forma paradójica, estamos en el
mismo caso: el ataque a una víctima socialmente propiciatoria
porque es débil y diferente.
En cuanto a la violencia de la mujer hacia su pareja masculi-
na, ya hemos visto que su incidencia es muy baja. Naturalmente,
cada caso es importante para las víctimas que lo sufren pero no
se puede suponer siquiera que se trate de un problema social
numéricamente relevante. La topografía de este tipo de violen-
cia es fundamentalmente verbal y psicológica, aunque también
puede cursar con agresiones físicas.
Sin embargo, no está claro que no se trate de violencia de
género. Pero cuidado, no es violencia de género en el sentido
de que haya una ideología generalizada que busque la sumisión
del varón. Este complejo cultural simplemente no existe, cuando
sí hay una ideología patriarcal. En la inmensa mayoría de estos
pocos casos, las mujeres reprochan y marginan a sus parejas por
no ser capaces de cumplir con las tareas de asertividad, defen-
sa, protección, virilidad, provisión, etc. Es decir, les acusan de
no ser suficientemente masculinos según el prototipo social. Por
tanto, la mujer está acusando y marginando al varón por desviar-
se de la ideología patriarcal (Velázquez, 2003). De algún modo,
el código social y de valores que subyace a este fenómeno es el
mismo que en el de la violencia de género. El problema es que
no se están cumpliendo las expectativas y, en este caso, la mujer
exige que se alcancen. Como esto no se logra se inicia un ciclo
de violencia, cuya razón última es precisamente el mismo patrón
ideológico que subyace a la violencia de género.
Para terminar, hay muchos fenómenos de violencia y, aunque
todos ellos comparten una serie de características generales, no
podemos afirmar cuáles son las causas generales de los mismos.
Hay muchas causas de la violencia, no todas se dan en todos
los casos y además interactúan entre sí. Sólo podremos abor-
dar la violencia si tenemos siempre presente que se trata de un

63
fenómeno complejo, que carece de recetas generales y que nece-
sitará mucho trabajo y mucha creatividad si queremos empezar
a resolverlo.

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67
VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES
por
MARGARITA PINTOS DE CEA-NAHARRO
Violencia, p. 69
MARGARITA PINTOS DE CEA-NAHARRO. Nacida en Madrid en 1947,
Margarita se define como Teóloga feminista. Es profesora en el Colegio Ale-
mán de Madrid y miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan
XXIII. Directora del Seminario de Teología Feminista, cuyos últimos tra-
bajos se centran en la recuperación de nuestras antepasadas que configuran
nuestra genealogía como cristianas feministas y el desarrollo del discurso
teológico feminista sobre Dios. Profesora Invitada en la Universidad Carlos
III con cursos sobre “la Mujer en las religiones monoteístas”; “Violencia so-
bre las mujeres”, y “Cuestiones de género”.
Colaboradora en el Instituto de Investigaciones Feministas de la Uni-
versidad Complutense de Madrid, con cursos sobre “Género y Religión”. Y
trabaja con grupos de mujeres, colectivos de vida religiosa, grupos de espi-
ritualidad...
Publicaciones: La mujer en la iglesia; Mujeres y hombres en la cons-
trucción del pensamiento occidental; artículos en obras colectivas: Teología
feminista; ética feminista; Historia del feminismo; ecofeminismo y espiritua-
lidad; Historia de las mujeres en la perspectiva de género; María en clave
feminista, etc.

70
Mi padre se emborrachaba y pegaba a su mujer
ahora yo lavo los platos y le pego a mi mujer.

1. INTRODUCCIÓN

L A reunión de las palabras violencia-agresividad no es ca-


sual: tiene un sentido social y político nada desdeñable.
La agresividad ha sido estudiada como una característica
o rasgo de la personalidad, mayoritariamente masculina, que en
el caso que nos ocupa y aplicada sobre las mujeres se traduce
en malos tratos de toda índole, llegando incluso hasta la muerte.
Cuando el maltrato a las mujeres se ha convertido en un tema
que afecta los Derechos Humanos y al propio concepto de de-
mocracia, el vocablo se ha deslizado a violencia.
Se define la violencia como «fuerza física, acción o trata-
miento brutales o injuriosos». En su sentido más elemental es
un intento de coartar, restringir, limitar o frustrar el ejercicio y la
realización de la libertad esencial y efectiva de un ser humano.
La violencia trata de destruir no sólo el cuerpo sino también el
espíritu. En cuanto forma de opresión social, la violencia cons-
tituye un fenómeno estructural que está en las normas, símbo-
los, prácticas y hábitos indiscutidos que integran una sociedad
o grupo
La mitología cristiana, base de la cultura occidental, nos ha
dado dos imágenes de mujer: la virgen-madre y la prostituta
arrepentida. Las mujeres individualmente sintetizamos ambos
mitos y muchos hombres se relacionan con nosotras desde esta
dualidad o ambigüedad.

71
Cuando los hechos violentos se producen en la familia o con
la pareja no se reconocen como “violentos, incluso por quien
los sufre, mientras que si los mismos hechos se producen en el
ámbito público son reconocidos y penalizados.

2. SOCIEDAD HETERO-PATRIARCAL DE GÉNERO

Vivimos en una sociedad hetero-patriarcal de género. Su


construcción parece que se remonta al principio de los tiempos
cuando el ser humano se convirtió en sedentario, pero muchos
siglos nos va a costar su deconstrucción. Se basa en el principio
dogmático de la debilidad intrínseca de las mujeres y del co-
rrespondiente papel de protección y tutelaje de quienes poseen
como atributos naturales el poder, la fuerza y la agresividad. Los
hombres se atribuyen el derecho a ejercer la violencia y las mu-
jeres deben padecerla con obediencia y resignación
En esta “sociedad heterónoma” una parte importante de sus
miembros son considerados menores de edad permanentes y sin
capacidad moral para tomar decisiones, aunque afecten a su pro-
pia vida e historia. Constatamos que este colectivo está mayori-
tariamente formado por mujeres y que salir de él es un proceso
lento, laborioso, y muchas veces a costa de la propia vida. Desde
la proclamación de los Derechos de la mujer y la ciudadana en
1791 por Olympe de Gouges, una mujer de pueblo y de tenden-
cias políticas moderadas, que dedicó la declaración a la reina
María Antonieta, con quien finalmente compartiría un mismo
destino bajo la guillotina. Un año después en 1792, la inglesa
Mary Wollstonecraft redactará la famosa obra Vindicación de
los derechos de la mujer a partir de las reivindicaciones de los
cuadernos de quejas que terminan en afirmación de derechos. Es
el paso del nivel individual de queja al movimiento colectivo y
además en la plaza pública. La cuestión toma forma de debate
democrático y se convierte por primera vez de forma explícita en
una cuestión política. Pero el derecho napoleónico, que ha llega-
do hasta nuestros días, plasmó de forma contundente el lugar y

72
la función de las mujeres: ser madres y esposas y no “hombres
de Estado”. Tenemos que esperar casi un siglo para descubrir el
movimiento sufragista como clamor universal que reclama no
sólo el derecho al voto, sino la igualdad en todos los terrenos
apelando a la auténtica universalización de los valores demo-
cráticos y liberales. Es a mediados del siglo XX (1949) cuando
la Declaración Universal de los Derechos Humanos enuncia que
«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y
derechos», pero el paradigma “GÉNERO” ha permitido excluir de
la condición de “ser humano” a la mayor parte de la población
que no fuera varón heterosexual. Sin embargo a comienzos del
siglo XXI podemos afirmar que la igualdad entre hombres y mu-
jeres es un derecho humano fundamental y es la piedra angular
de toda sociedad democrática que aspire a la justicia social, a la
mayoría de edad de todos sus individuos y a la realización de los
Derechos Humanos.
Esta “sociedad heterónoma se organiza de manera patriarcal”.
En ella unos individuos, asumen el poder y la responsabilidad en
función de SU GÉNERO, y el resto se convierten en personas su-
bordinadas y dependientes. Es la desigualdad el paradigma de su
configuración. De aquí surge la exclusión de los diferentes tanto
por género, raza, clase, orientación sexual, país de origen, etc.,
creando así un ámbito material y cultural que le es propio y que
favorece su continuidad, siendo la universalidad y la longevidad
sus aliados más poderosos.
Este sistema patriarcal se ejerce a través de la “coerción y
del consentimiento”. Las sociedades de mayor violencia repre-
siva patriarcal tienen altos niveles de aceptación de sus normas
por el efecto de la socialización, sin tener que apelar al recur-
so extremo de la violencia. Este sería el caso de las sociedades
occidentales, en las cuales la ley prohíbe la discriminación por
razones de sexo pero no por ello el colectivo femenino deja de
sufrir coerción en el campo laboral, educativo, religioso, sexual
(violaciones, aborto, malos tratos, abusos sexuales, desigual sa-
larial...).

73
Si además esta coerción va unida con una actitud de consenti-
miento por amor, el mantenimiento del patriarcado será total. En
el patriarcado contemporáneo el amor es un pilar de la domina-
ción masculina, ya que, estadísticamente, la inversión amorosa
de la mujer es mayor: da más de lo que recibe. La mayoría de las
mujeres están sub-alimentadas en cuanto al amor se refiere. De
esta manera, la hegemonía masculina no deriva de impedimen-
tos legales o religiosos, sino de la propia dinámica de las inver-
siones afectivas, de las necesidades e intereses de ambos sexos
socializados de manera diferente. Aún en los casos en que hay
no hay dependencia económica, sigue habiendo patriarcado.
Si profundizamos un poco vemos observaremos que las per-
sonas excluidas por el patriarcado son en su inmensa mayoría
mujeres. Es en función de “nuestro género” que somos relegadas
a los márgenes. Pero ¿qué es esto del género?
En la escuela aprendimos que había género masculino, feme-
nino y neutro, y que cuando se asociaban un nombre masculino
y otro femenino se les califican con un adjetivo en masculino,
por “ser este género más noble”.
La cuestión es que el lenguaje configura la realidad y existe
aquello que nombramos, por eso muchas veces lo femenino o
permanece oculto o ni siquiera existe.
El género alude a la construcción sociocultural, histórica, que
los grupos humanos elaboran sobre las diferencias anatómicas
naturales del sexo. La biología nos viene dada, pero el género
nos lo impone el contexto social y cultural que nos rodea desde
la infancia. Por eso decimos los niños tienen que... y las niñas
deben ... diferenciándolos con una construcción simbólica que
contiene un conjunto de atributos asignados a las personas a par-
tir del sexo. La teoría feminista tiene como objetivo poner de
manifiesto que las tareas asignadas históricamente a las mujeres
no tienen su origen en la naturaleza, sino en la sociedad.
Esta noción de que los géneros son construcciones cultura-
les tiene una dimensión política que culmina en palabras que
formula así Kate Millet, «lo personal es político». Politizar el

74
espacio privado (aquello que el patriarcado había designado
como ámbito de la naturaleza) ha sido la tarea política central
del movimiento feminista, por eso no estoy de acuerdo en hablar
de violencia “doméstica” como explicaré más adelante.
Es esta configuración hetero-patriarcal-genérica la que pro-
voca y hace surgir la violencia contra las mujeres y la exclusión
de los colectivos que sobreviven en los márgenes. Sus manifes-
taciones para afirmarse son múltiples: valoración por lo que se
tiene; imposición de decisiones, engaño, infidelidad, abandono,
violencia afectiva y corporal: gritos, maltrato, humillación, ul-
traje erótico, secuestro emocional, golpes, tortura y finalmente
muerte.

3. VIOLENCIA CONTRA NUESTROS CUERPOS

“Nuestros cuerpos” se convierten en un campo de batalla. En


ellos libramos nuestras luchas cotidianas para defender nuestra
dignidad como personas. Para este tipo de sociedad, es la utiliza-
ción de nuestro sexo lo que nos dignifica, (“La mujer se salvará
por la maternidad” afirma la tradición de paulina) no nuestras
personas. Y yo me pregunto ¿es más digno trabajar durante una
jornada interminable sin salario, o por un salario que apenas nos
da para vivir, o ser trabajadora sexual? ¿Son nuestros órganos
genitales reproductivos utilizados según las normas de la socie-
dad patriarcal heterosexual lo que nos hace dignas?..
En los últimos años ha tenido lugar un incremento considera-
ble de denuncias por “malos tratos”. Cuadro nº 1
En 1998 ascendían a 19.535. A 29 de octubre de 2005, el Ob-
servatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, ha con-
tabilizado 51.382 en los seis primeros meses de este año, lo que
supone un aumento del 8% con respecto al año 2004. De éstas
5.420 (el 10,5%) acabaron siendo retiradas por las víctimas.
El total de víctimas en el primer semestre ha sido de 54.594,
de las cuales 48.300 son mujeres (88,5%) y 6.294 (11,5%) son
hombres.

75
Las órdenes de protección solicitadas han aumentado en un
18% con respecto al año pasado. Se han acordado 15.330 (76%)
y se denegaron 4.749 (24%).
Estos datos no demuestran que los delitos hayan aumentado,
sino que las víctimas acuden a los juzgados por hechos por los
que antes no acudían a la vista de que existe una mejor respuesta
por los poderes públicos y judiciales. También explica el au-
mento el que el Código Penal tipifica como delito conductas que
antes eran faltas como las coacciones o las amenazas.
Según el informe sobre población de la ONU «una de cada
tres mujeres en la UE baja a una de cada 5) ha sido golpeada,
forzada a mantener relaciones sexuales o ha padecido abusos».
El número de mujeres “muertas” por violencia de género
dentro del ámbito familiar desde el año 1999 hasta setiembre de
2005 han pasado de 69, 87, 74, 83, 102, 105 y éste año llevamos
60 hasta setiembre. Según el informe de la ONU, la violencia
machista provoca tantas víctimas como el cáncer entre las mu-
jeres de 15 a 44 años y más que los accidentes de tráfico y la
malaria juntos. Los nombres de estas mujeres merecen nuestro
recuerdo y lectura.
Desde 1997 a 2005, ha tenido lugar un aumento de la de-
nuncia de los delitos conocidos como “abusos, acoso y agresión
sexual”.
Es la violencia que se contabiliza en marcas, golpes, cuchi-
lladas, ablaciones injustificadas por supuestas tradiciones, bofe-
tadas, empujones, desprecios, insultos gritos... cuyo extremo es
“la violación”, y que cada cinco días arrebata la vida a una mujer
en nuestro país, el núcleo esencial de la opresión patriarcal sobre
las mujeres.
No me gusta hablar de violencia sexual, porque impide su
delimitación, prefiero nombrar como violencia erótica la que se
presenta como síntesis política de la opresión de las mujeres,
porque implica apropiación y daño, cosificación de la mujer, ob-
jeto de placer y destrucción para la afirmación del otro.
En el cuerpo de los seres humanos reside el poder y con él lo

76
ejercemos. Una manera de apropiarnos del cuerpo de otro/a es
ejercer sobre él nuestro poder a través de la violencia. Este es el
ámbito de la violación: se ejerce la fuerza física, emocional e in-
telectual y el uso del “pene” que la mujer no tiene, para demos-
trar su superioridad, recalcar las diferencias entre los géneros y
simbolizar el sometimiento de la mujer al poder físico, que en
este caso se convierte en político, del hombre. La violación con-
tribuye a la reproducción cultural del género en su conjunto y de
las relaciones patriarcales. Para la legislación sólo hay violación
si hay penetración “vaginal” por la fuerza y como demuestra
una sentencia de la Audiencia de Barcelona, si la violada era
“virgen”. Esto supone que las violaciones dentro del matrimonio
no existen para la justicia. (El País 4-4-01). Son quizás estas
sentencias las que hacen que «los abusos sin penetración sean
más frecuentes».
Para el feminismo la apropiación erótica de la mujer es el
núcleo de la violación por ser un ultraje a la intimidad y a la
integridad de las mujeres como personas.
En los estudios que se hacen con las víctimas de violaciones
casi siempre aparecen unas constantes: el violador es un conoci-
do de la víctima que tiene su confianza, la elige porque es vulne-
rable, no por su atractivo físico, no es un acto de pasión sino de
agresión, su pene sustituye al puñal, al arma, al puñetazo...
¡En cuántas guerras el cuerpo de las mujeres se ha convertido
en el lugar en el que mancillar el honor patrio! La violación en
tiempos de guerra es una manera de dominar a los vencidos y de
demostrarles la propia superioridad. Sin embargo, nos encontra-
mos con una fuerte resistencia a considerar la violación como un
crimen de guerra.
Las guerras son la causa de otras muchas violencias como los
campos de refugiados, los desplazados o el tráfico de mujeres, un
negocio multimillonario tolerado, porque beneficia a estados y
políticas. Se define como tráfico de mujeres todos aquellos actos
en los que se utiliza el reclutamiento y el desplazamiento para
trabajos o servicios, dentro y a través de fronteras nacionales,

77
por medio de violencia, abuso de autoridad o posición dominan-
te, cautiverio por deuda, engaño y otras formas de coerción.
Aunque resulta imposible conocer a ciencia cierta la realidad
de este fenómeno, Naciones Unidas ha cifrado su número en
cuatro millones de mujeres que son vendidas para la prostitución
o para matrimonios forzados y en dos millones las niñas que
eran introducidas en el comercio sexual. Es un negocio global
que afecta a todas las regiones del planeta.
En Madrid los días 26 al 28 de octubre últimos, ha tenido lugar
un Congreso en el que se ha buscado determinar el alcance del
tráfico comercial de mujeres y niño/as con fines de explotación
sexual, incluyendo la pornografía, la prostitución y el “turismo
sexual” (una nueva clase de colonización). El objetivo a largo
plazo es establecer leyes nacionales efectivas que frenen este
tipo de explotación comercial de mujeres y niños, y crear una
convención internacional que comprometa a todos los países a
acabar con esta forma de violación de los derechos humanos.
Una dificultad importante es la carencia de instrumentos legales
efectivos a nivel nacional e internacional y la desconfianza de
que exista voluntad política para frenar este problema.
Los datos, según la Guardia Civil, son que el 80% de las mu-
jeres prostituídas en España lo son en locales de carretera, y el
98% de ellas son extranjeras. En España se compran un millón
de servicios sexuales al día.
El incesto y los abusos eróticos con niñas y niños constituyen
otro tipo de violación. Este crimen se prolonga durante años y
sus víctimas son sometidas, no sólo por la fuerza, sino también
mediante los vínculos de la fidelidad y la dependencia. Podemos
recordar la noticia sobre los cientos de menores
En cuanto a los campos de refugiados y a los desplazados, la
mayoría mujeres y niños, que viven en condiciones infrahuma-
nas. Y por si esto no fuera bastante son sometidas a toda clase
de abusos por cooperantes de algunas ONG’s, empleados de los
gobiernos locales y fuerzas de paz internacionales. Al menos 40
organizaciones están implicadas. Estas son algunas situaciones

78
que recoge el informe de la ONU, la mayoría son niñas entre 13
y 18 años:
Cuando el hombre grande va a hacer el amor con una niña
pequeña por dinero, se van a la casa y cierran la puerta. Cuando
el hombre grande ha hecho su trabajo, le da a la niña pequeña
dinero o un regalo.

Los que mejor pagan son los cascos azules, hasta 300 dólares
a cambio de sexo. En ocasiones paga uno y todo un grupo abusa
de la misma niña.
Cuando mamá me mandó al río a lavar los platos, un casco
azul me pidió que me desnudara para sacarme una foto. Cuando
le pedí dinero me dijo que a los niños no se les daba dinero y
me dio sólo una galleta.
En esta comunidad (Guinea) nadie puede tener acceso a la
comida sin antes tener relaciones sexuales. Dicen “un kilo por
sexo”; si no tienes una esposa, una hermana o una hija para
ofrecer a los trabajadores de las ONG, es difícil tener acceso a
la ayuda. Si ves a una mujer llevando comida sobre la cabeza,
ya sabes cómo la ha conseguido.

Los bienes ofrecidos a cambio de los abusos eróticos van des-


de una galleta a medicamentos, pasando por buenas notas en la
escuela, el transporte a la ciudad más cercana en coche y peque-
ñas cantidades de dinero. Es la pobreza y la falta de alimentos lo
que obliga a las refugiadas a permitir el abuso sexual por parte
de los trabajadores humanitarios, convirtiéndose la prostitución
en el único modo de sobrevivir en los campos de refugiados.
Una de las consecuencias son el alto número de embarazos no
deseados, y la imposibilidad de abortar en la mayoría de estos
países. (Guinea, Liberia, Sierra Leona...)
Al lado de estas “esclavitudes” tenemos que soportar la hi-
pocresía de instituciones y gobiernos que marginan a “las tra-
bajadoras sexuales” en una situación a-legal, de precariedad y
vulnerabilidad.

79
La mujer ha sido educada por ser víctima, para sentirse cul-
pable, para sacrificarse. Así se ha ido forjando nuestra identidad
personal y de género: somos víctimas y cómplices con el poder
que nos oprime, maltrata y mata. Perdonar, olvidar y silenciar es
un acto de complicidad y puede no ser siempre un buen consejo
o un principio ético.
Si después de todo esto seguimos creyendo que la violencia
es “doméstica”, es eludir nuestra responsabilidad como ciudada-
nos/as del planeta. La gran casa donde habita la familia humana
es un lugar dañino y peligroso para las mujeres y para otros co-
lectivos considerado “no personas”, porque su bien más precia-
do, la vida, se la arrebatan. Además de una “habitación propia”
(Virginia Wolf) necesitamos preguntarnos ¿en qué casa? En la
que vivimos ahora nos llegan mensajes que no nos gustan: eres
un objeto para mirar, para servir; tu lugar es subsidiario y secun-
dario, tu ámbito de realización es la reproducción; la creación no
te pertenece; el lenguaje, la ciencia y la teología te las podemos
prestar un rato para que juegues con nuestras reglas, porque sino
no te tomaremos en serio, etc... En este entorno es más difícil so-
brevivir que ser una mártir muerta. Las sobrevivientes necesitan
personificar la memoria, recordar, para no someterse al terror o
al olvido (desaparecidas) y en esto empeñan su tiempo colecti-
vos de mujeres que no quieren dejar en herencia un mundo como
el nuestro.
Muchas veces creemos que al no ser golpeadas o agredidas
físicamente, no somos víctimas de violencia –en la calle, casa,
trabajo, escuela...– Estamos habituadas a vivir en las relaciones
desiguales, “poder sobre”, entonces ciertas formas de violencia
se tornan tan “normales” que ya no las reconocemos como tales.
Sin embargo sentimos miedo en situaciones cotidianas.
Podemos visualizar alguna de estas situaciones:
Fíjate en ella atentamente.

Cruza una calle de la ciudad sujetando su portafolio y su bolso


de la compra. O baja por un camino polvoriento, balanceando

80
un cesto sobre su cabeza. O se apresura hacia su automóvil
aparcado, llevando de la mano a un niño pequeño. O marcha
con paso cansino hacia la casa de regreso del campo, con un
bebé sujeto a las espaldas.
De repente oye tras de sí unos pasos. Rápidos, pesados. Son
pasos de hombre. Cae enseguida en la cuenta, igual que sabe
por instinto que no debe volver la vista. Apresura su marcha a la
vez que se le acelera el pulso. Tiene miedo. Podría ser un viola-
dor. Podría ser un soldado, un gamberro, un ladrón, un asesino.
O puede que no sea nada de eso. Quizá se trate simplemente de
un hombre que tiene prisa. Y quizá camina a su ritmo normal.
Pero ella le tiene miedo. Le tiene miedo sólo porque es un hom-
bre. Y tiene motivos para temerle.
No se sentiría igual –en la calle de una ciudad cualquiera, por
un camino polvoriento, en el aparcamiento o en el campo– si lo
que oyera tras de sí fueran los pasos de otra mujer.
Son los pasos de un hombre los que la atemorizan. Es una sen-
sación que comparte con todos los demás seres humanos de gé-
nero femenino.
Es la democratización del miedo.

Sandra Lee Barky en su obra Foucault, feminidad, y moder-


nización del poder patriarcal (Boston 98), ha señalado tres prác-
ticas socioculturales normativas que producen un cuerpo sumiso
y disponible como ideal de la feminidad.
El primer conjunto trata de producir “el cuerpo femenino
ideal”, imponiéndole un determinado volumen y una complexión
general cuyas medidas 90-60-90 gusta a los hombres. Son las
imágenes publicitarias las que nos exigen tener este cuerpo que
sume a muchas mujeres en anorexias y bulimias que si no les
cuesta la vida, socava la autoafirmación y la autoestima y fo-
menta la tendencia de las mujeres a silenciar y minusvalorar sus
propias percepciones, creencias, ideas o sentimientos.
El segundo tipo de prácticas trata de crear un cuerpo feme-
nino “dócil” potenciando unos gestos, posturas y movimientos
que expresen timidez y sumisión, evitando ser excesivamente
espontánea en público y se refuerza con un determinado tipo de
indumentaria. A través del vestido, los movimientos, los gestos

81
y las sonrisas, las mujeres deben causar la impresión de ser deli-
cadas, agradables y sumisas, “femeninas” en una palabra.
El tercer tipo de prácticas se encamina a que el cuerpo se
convierta en una superficie puramente ornamental. Deben mo-
delarse y maquillarse conforme a las normas que rigen el ideal
de belleza (Barbie, rubia y de ojos azules, es el paradigma de es
norma racista de feminidad). El arte de la depilación, o del pei-
nado o de la cirugía estética se convierten en un requisito indis-
pensable para aspirar a un puesto de trabajo bien remunerado y
a la promoción social. (las industrias de los cosméticos facturan
20.000 millones de dólares en el mundo). Por no hablar de la
belleza que nos ofrecen las cremas anti-arrugas y demás...
Cuando el sistema no consigue un cuerpo femenino ideal, dó-
cil y ornamental entonces las agresiones físicas están permitidas.
En 31 países aún se aplican penas como el marcaje con fuego,
amputación de miembros, flagelación, rociar la cara con ácido, o
la lapidación (Safiya-Nigeria) y lo que tienen en común quienes
sufren estas agresiones es su condición de mujer.
Otra cuestión en relación con nuestro cuerpo son los Dere-
chos Reproductivos. Su primera formulación tiene lugar en la
Conferencia Mundial sobre Población y Desarrollo celebrada en
El Cairo en 1994, y reaparece con idéntica redacción al año si-
guiente en la IV Conferencia Mundial de la Mujer, en Pekín. En
el plan de acción se afirma:
Los derechos reproductivos abarcan ciertos derechos humanos
que ya están reconocidos en las leyes nacionales, en los documen-
tos internacionales sobre derechos humanos y en otros documen-
tos pertinentes de las Naciones Unidas aprobados por consenso.
Estos derechos se basan en el reconocimiento del derecho básico
de todas las parejas e individuos a decidir libre y responsable-
mente el número de hijos, el espaciamiento de los nacimientos y
el intervalo entre estos, y a disponer de la información y de los
medios para ello y el derecho a alcanzar el nivel más elevado de
salud sexual y reproductiva. También incluye el derecho a adop-
tar decisiones relativas a la reproducción sin sufrir discrimina-
ción, coacciones, ni violencia, de conformidad con lo establecido

82
en los documentos de derechos humanos. En el ejercicio de este
derecho, las parejas y los individuos deben tener en cuenta las
necesidades de sus hijos nacidos y futuros y sus obligaciones con
la comunidad. La promoción del ejercicio responsable de esos
derechos de todos debe ser la base primordial de las políticas y
programas estatales y comunitarios en la esfera de la salud repro-
ductiva, incluida la planificación de la familia.

Sin embargo algunos países amparándose en la salud repro-


ductiva han esterilizado a poblaciones enteras, o imponen leyes
obligatorias de aborto para regular el índice de natalidad (China
o la India). Estas actuaciones son otra manera que tiene el pa-
triarcado de ejercer violencia sobre los cuerpos de las mujeres,
generalmente sobre las más pobres.

4. VIOLENCIA EN EL MERCADO LABORAL

Aunque en las sociedades occidentales actuales la ley prohíbe


la discriminación por razones de sexo, no por ello el colectivo
femenino deja de sufrir la coerción de un mercado laboral que le
es desfavorable y que con sus salarios más bajos y sus empleos
menos prestigiosos (o bloqueadas sus posibilidades de ascen-
so) obliga a entrar en una dinámica de subordinación a muchas
mujeres que viven en pareja matrimonial o estable. El trabajo
valorado social y políticamente es el productivo que tiene com-
pensación económica, el trabajo reproductivo como es gratui-
to no tiene valor de marcado. Han sido factores económicos y
demográficos los que han favorecido la entrada masiva de las
mujeres en la actividad extra-doméstica remunerada sobre todo
en los países industrializados después de las dos guerras mun-
diales, sin embargo todavía dedicamos 7h y 22’ diarias al trabajo
doméstico frente a las 3h y 10’ que dedican los hombres.
En cuanto a los salarios, en los países desarrollados las muje-
res ganan un 23% menos que los hombres, ampliándose hasta el
27% en las naciones pobres.

83
Es España la población femenina representa el 51,10%. La
tasa de actividad entre la población femenina de más de 16 años
queda así reflejada en el cuadro comparativo “Ocupados 1” y
actividad económica.
Hay que tener en cuenta que el estado civil es una variable
claramente asociada a la tasa de actividad. Las mujeres sepa-
radas o divorciadas tienen la tasa más alta el 74% similar a los
hombres; después las solteras el 55,5% a 10 puntos de los hom-
bres (65%); las casadas el 37,90%, frente al 65% de los hom-
bres; y las viudas el 7,3%. Mientras las bajas de los permisos de
maternidad en su totalidad, ascienden a 190.547 (99,03%) entre
las madres; 1.875 son los pedidos por los padres (0,97%).
En la Conferencia Europea de Ministros sobre Violencia con-
tra las Mujeres, se constató que una de cada cinco mujeres de la
U.E. había sufrido violencia en el ámbito de la familia y una de
cada tres a nivel mundial. Apuntaron como causa principal el
alto índice de paro entre la población femenina, que motiva las
desigualdades entre las parejas, dando lugar a manifestaciones
violentas por aquella parte que se siente más fuerte económica-
mente.
La tasa media de la zona euro en paro femenino es de 10,3
(7,1 hombres) siendo en España de 18,4 (9,3 hombres) y de 31,2
(20,0 hombres) en menores de 25 años (Fuente Eurostat, diciem-
bre 2001).
De todas las desigualdades de género la más importante y la
que determina la desigualdad social entre mujeres y hombres es
la posición que estos ocupan en la producción de la existencia
como apuntábamos más arriba. Es a partir de la primera divi-
sión del trabajo, cuando se acepta que la producción es cosa de
hombres y la reproducción es cosa de mujeres, y cuando surge
el primer criterio de valoración según el cual se considera que
la producción es riqueza y la reproducción gratuidad. Si el par
axiológico es riqueza y pobreza, lo masculino y la producción
es riqueza, aunque lo realicen también las mujeres y aunque de-
terminadas características de esa producción integren aspectos

84
que podrían considerarse femeninos, y lo femenino y la repro-
ducción son pobreza, aunque la asuman los hombres e integren
aspectos que podían considerarse masculinos. La distinción en-
tre producción y reproducción es la que permite plantearse en
sentido del concepto de la feminización de la pobreza, porque
mientras esta distinción sea operativa, la pobreza estará ligada
a la reproducción y por ello feminizada y cobrándose la vida de
demasiadas mujeres porque al poder le interesa poco lo que no
es productivo.

5. VIOLENCIA DESDE EL PODER

Esta sociedad hetero-patriarcal-genérica ha situado a las muje-


res en los márgenes y las ha privado del ejercicio público del po-
der. Son los estados y sus sistemas legislativos los que sostienen
la exclusión de la mayoría de sus miembros, para no renunciar a
la sociedad del bienestar para unos pocos. La participación en los
órganos de poder para transformar la sociedad es vital para la su-
pervivencia de estos marginados. Sólo el 15,9% de las parlamen-
tarias del mundo son mujeres. En sólo 6 países se han legislado
cuotas de participación.
En España tanto en el Congreso de los Diputados, como en el
Senado el número de mujeres ha ido subiendo progresivamente
sin retroceder.

Totales 1982
392 394 389 407 409 416 al 2008

5,87 8,38 13,88 15,97 23,96 31,73 % Mujeres

CUADRO: MUJERES EN EL CONGRESO

85
266 287 294 299 308 317 TOTAL SENADORAS/ES (*)

4,51 4,88 11,56 12,37 13,96 23,03 % Mujeres

CUADRO: MUJERES EN EL SENADO

Con respecto al ámbito de la judicatura quiero destacar a la


juez Raimunda de Peñafort Lorente Martínez (Granada, 1952).
Ha renunciado a su puesto en la Audiencia Nacional para desem-
peñar un cargo menos prestigioso y peor pagado: está al frente
de uno de los nuevos juzgados creados para combatir las agre-
siones machistas, el número 1 de Violencia sobre la Mujer de
Madrid. Allí es una “juez de cabecera” para maltratadas. A costa
del sueño, esta magistrada, profesora, criminóloga y madre en
solitario de tres hijos ha puesto el punto final a Una juez frente al
maltrato (Plaza y Janés lo publicará a mediados de octubre). Es
un libro con 12 historias reales que persigue un doble objetivo:
denunciar y ayudar. Está dedicado a Andrea, una niña de siete
años. «La mató su padre en un régimen de visitas. La madre le
había denunciado 48 veces y sólo logró tres respuestas judicia-
les».
En el ámbito de los funcionarios de carrera el 45,16 son mu-
jeres, pero su aportación a los altos cargos de la Administración
es de 22,28%. En el Tribunal Constitucional hay 2 magistradas
de 12.

6. VIOLENCIA EN EL ÁMBITO DE LO SIMBÓLICO

Pero es en el ámbito de lo simbólico donde el pensamiento


feminista nos pone de manifiesto los tipos de sexismo que co-
tidianamente aparecen en la vida de las mujeres: el hostil y el
benevolente.

86
El sexismo hostil, es fácil de identificar. Con ironía se resume
en el popular refrán: “la mujer, en casa y con la pata quebrada”.
Considera a las mujeres inferiores y por tanto deben estar subor-
dinadas y ser dependientes.
El sexismo benevolente no aparece de manera clara y distin-
ta, porque se manifiesta en actitudes que consideran de forma
estereotipada y limitada ciertos roles y que se manifiestan en un
tono afectivo y positivo. Subsiste en la vida cotidiana, en la fa-
milia, en el trabajo y en las relaciones sociales: “Encárgate tú de
cocinar, porque yo soy un desastre y a ti se te da muy bien”;
“Hay que ver lo bien que entiendes a los niños; yo no. Me
pongo nervioso. Menos mal que estás tú aquí”.
Un tono afectuoso cargado de valoración positiva que, según
los psicólogos sociales Peter Glick y Susan Fiske, hace que se
caiga en la trampa, sintiéndose imprescindibles, pero sin tener
conciencia de que lo que se está apreciando en ella es la eje-
cución de un papel que le ha sido asignado por tradición y que
resulta poco atractivo para el hombre. Este sexismo benevolente
es muy difícil de erradicar por su calidad de oculto tras los hábi-
tos y por la carga gratificante-tramposa que sostiene.
Pese a que existan leyes que sostienen la igualdad, si las mu-
jeres y los hombres no dejan de participan en este juego ambiva-
lente, seguiremos contribuyendo a la cultura de la discriminación
de género.
Así nos encontramos con la violencia simbólica que se refleja
en una única imagen de “la mujer-mujer” creada por los medios
de comunicación, por las instituciones religiosas, por las cons-
trucciones nacionales.
Las mujeres son débiles: pueden ser nuestras víctimas; tratán-
dolas afectuosamente la podemos conseguir: objeto sexual fácil;
etc... son algunos de los atavismos culturales que históricamente
y de forma colectiva han funcionado y todavía, en algunos as-
pectos, siguen presente en el universo colectivo simbólico. Voy
a detenerme en el de la virginidad.

87
En algunas culturas, la violación se ha castigado muy dura-
mente, incluso con la pena de muerte, pero siempre y cuando
la víctima fuese virgen. Lo que realmente se pretendía proteger
era la virginidad como bien supremo y en otros casos el honor
del padre o del esposo. La preservación del linaje y la certeza de
la paternidad eran objetivos determinantes en el castigo de este
tipo de delitos. En cualquier caso, la mujer como ser humano
vejado y humillado, no tenía demasiada importancia. Es más, su
prestigio y valor social se reducía a cero después de sufrir una
violación. Esta baja estima de la mujer violada se ha mantenido
a través de los tiempos a causa de esa mitificación de la virgini-
dad que se aprecia en todas las culturas.
Tradición e Historia han exigido a la mujer la defensa de su
honestidad hasta la muerte si fuera necesario. Un ejemplo lo en-
contramos en el proceso de beatificación de María Goretti, en el
que Pío XII, argumentaba y describía en sus páginas la agresión,
no como un ataque brutal que en buena lógica repugnaba a Ma-
ría, una niña de doce años, sino como ejemplo de la santidad que
«le hizo renunciar a un atractivo placer» por defender su hones-
tidad. Según esta interpretación, lo esperado de la agresión era la
producción de placer: sólo la resistencia de la víctima explicable
porque atentaba contra su virginidad, convierte dicha agresión
en especialmente indeseable.
Pero además, la cultura, las religiones y los mitos han co-
locado a la mujer en un plano de absoluta inferioridad. Desde
el Génesis hasta la Torá judía, pasando por Pablo de Tarso, el
Corán e incluso los filósofos del XIX y XX, cuyo paradigma pode-
mos encontrar en Schopenhauer, se han empleado ríos de tinta
en demostrar la poquedad de la mujer, su debilidad mental y su
dependencia del sexo “fuerte”.
Estas indefensas mujeres tienen que enfrentarse con una rea-
lidad incuestionable: el varón, ser superior, siente unos impulsos
eróticos que no puede controlar quedando las mujeres encarga-
das de defender su honor. Si tiene lugar una violación, o bien ella
es la inductora o ha consentido, o había suavizado las barreras
de protección.
88
Así el varón queda disculpado y la mujer culpabilizada.
Tampoco podemos despreciar la iconografía religiosa que se-
guramente hemos internalizado sin darnos cuenta:
• Evas, pecadoras, arrastrando al resto del género humano al
caos.
• Magdalenas arrepentidas a los pies de un hombre que nos
salva.
• Judits fuertes y violentas que matamos a los enemigos, los
hombres.
• Reinas decorativas o presidentas que utilizan el poder como
venganza.
• Prostitutas viciosas que les gusta venderse a los instintos
del macho.
• Trabajadoras rebeldes que exigen con autoridad sus dere-
chos en lugar de aceptar sumisamente lo que “el jefe” les
quiere regalar.

7. A MODO DE CONCLUSIÓN

Ante todas estas agresiones violentas que sufrimos las muje-


res merecería la pena intentar dar una respuesta eficaz.
Al menos podemos empezar por estas: más denuncias, más
información, más recursos, más formación, un grito y una peti-
ción. Empezaré por esta última: quiero y pido que el hecho de
ser mujer se considere patrimonio de la humanidad (al mismo
nivel que los budas de Afganistán o las muchas ciudades y luga-
res de nuestro planeta) debido al riesgo que supone la pertenen-
cia a éste género femenino.
Más denuncias: no solamente del secretismo que envuelve
muchísimas veces la violencia sexual, sino sobre todo de la
mentalidad que estimula la libertad sexual para los hombres,
confundiendo a veces las relaciones eróticas con las agresiones,
mientras que no sólo se niega esa libertad a las mujeres, sino
que las acusa y las degrada si osan hacer un uso similar de la

89
misma. A partir de la entrada en vigor de la Ley Integral contra
la violencia de género en enero de este año, la sociedad está
más concienciada con el lema “TOLERANCIA 0”, pero cuando el
agresor que puede ejercer acoso moral y no físico es un vecino o
un hermano parece que se nos olvida.
Más información: acerca de los derechos y recursos dispo-
nibles, así como sobre la forma en que han de comportarse las
mujeres ante una agresión. Un aprendizaje desde la escuela en
la no violencia y en el respeto a la dignidad del semejante es un
buen camino que podemos practicar ya.
Más recursos y más formación: siempre son necesarios sobre
todo si se utilizan en la formación de las personas que reciben
la información de las agresiones (cursos de jueces: no asistió
ninguno, sólo secretarios de juzgado).
La Ley de Ayudas a Víctimas de Delitos Violentos sigue ex-
cluyendo a las víctimas de violencia psicológica tanto de las in-
demnizaciones como del resto de los derechos.
Y por último el grito que muchas mujeres dejaron en las ca-
lles el 8 de marzo de 2002:
«SI NOSOTRAS CALLÁRAMOS GRITARÍAN LAS PIEDRAs».

APÉNDICE
MEMORIA FISCALÍA-VIOLENCIA DOMÉSTICA (2004)
La Memoria, presentada hoy por el fiscal general del Estado,
Cándido Conde-Pumpido, explica que el “constante” incremen-
to detectado en los últimos años parece responder «más que al
incremento real de estas conductas a una renovada decisión de
las víctimas de denunciar los hechos».
El número de muertes violentas consumadas ascendió de 45
a 47, habiéndose pasado de 9 asesinatos consumados en 2003 a
18 en 2004, descendiendo, por contra, de 36 a 29 el de homici-
dios consumados.
La Memoria señala que únicamente han descendido los jui-
cios de faltas ordinarios, un 52%, de 7.525 a 3.604, lo que se
debe a la reforma que reputa como delito infracciones anterior-
mente constitutivas de falta.

90
El crecimiento, aún siendo “espectacular” en relación con el
número de diligencias previas, que casi se ha duplicado (au-
mentan en un 90%, de 12.132 a 23.073) es especialmente sig-
nificativo tanto en relación con los procedimientos abreviados,
que se incrementan en un 326,6 por ciento (de 1.396 a 5.956),
como en el caso de las diligencias urgentes de juicio rápido que
crecen en un 564%, de 3.659 a 24.328.
La Memoria reconoce que es “especialmente preocupante” la
elevación observada en relación con el número de procedimien-
tos seguidos por sumario –que experimentaron un incremento
del 72%, de 61 a 105- y jurado– del 55%, de 29 a 45–.
También se observa un incremento del 17,9% en el número de
expedientes abiertos contra menores de edad por conductas de
maltrato dirigidas de ordinario contra los propios progenitores
al pasar de 145 a 171; así como un aumento del 47% de los jui-
cios inmediatos de faltas al pasar de 5.669 a 8.349.
El 86,8% de las víctimas son mujeres (52.093), mientras
que respecto al sexo del agresor, en un 88,9% fueron hombres
(52.064), según relata la Memoria, que hace hincapié en que
aunque bajaron las agresiones entre cónyuges o ex cónyuges
han subido las que tienen lugar entre quienes son o han sido
parejas de hecho.
Pese a ello, el año pasado se detectó un ligero descenso, del
88,6 al 86,8%, en el número de casos en que la mujer ha apare-
cido como víctima y un repunte, del 8,7 al 11,1%, en los casos
en que ha sido agresora.
Respecto al análisis de la edad de las víctimas el resultado es
similar al de ejercicios anteriores y así el 52% (22.047) se sitúa
entre 31 y 50 años; el 30,9 (13.082) entre 18 y 30; un 3,4 son
menores de 18 años (1.445) y un 13,7 mayores de 50 (5.816).
En cuanto a los agresores, un 57,2% (21.099) está comprendi-
do entre 31 y 50 años y un 28,8 (10.609) entre 18 y 30, según re-
coge la Memoria, que explica que en 2004 se registraron 4.576
retiradas de denuncias de las víctimas, 1.837 más que en 2003.
La Fiscalía General destaca el alto porcentaje de sentencias
condenatorias, tanto en juicios por delito (77,5%), como por
falta (65,9%), lo que representa un 73 por ciento de sentencias
condenatorias sobre el total de 15.011 sentencias dictadas por
delito y falta durante 2004.
La FGE se suma a la «preocupación del resto de los pode-
res públicos» por encontrar un marco jurídico adecuado para la

91
persecución de este tipo de delitos y, en consecuencia, señala
que la iniciativa plasmada en el Anteproyecto de Ley Orgánica
Integral de Medidas contra la violencia ejercida sobre la mujer
“no puede merecer sino el reconocimiento expreso de su opor-
tunidad y acierto”.

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94
CIUDAD DE DIOS. LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
ELEVADA A ARTE
por
ISABEL RAMÍREZ LUQUE
Violencia, p. 95
ISABEL RAMÍREZ LUQUE. Nacida en 1957, es profesora titular de Estética y
Teoría de las Artes de la Universidad de Sevilla. Sus intereses se han centra-
do en la comprensión de la experiencia estética y la creación artística en el
contexto de la cultura de la sociedad industrial, desde sus orígenes a su actual
transformación.
Sus publicaciones están dedicadas a la Estética hegeliana y adorniana,
pero muy especialmente a las vanguardias y al arte contemporáneo, es decir,
a la transformación de la Estética y las Artes en el siglo XX, atendiendo sobre
todo al ámbito de las artes plásticas, el cine y la arquitectura.
Desde hace varios años su investigación aborda la transformación de las
formas artísticas en relación con las del espacio sociocultural, fundamental-
mente en lo relacionado con la configuración de la cultura y el arte a partir de
las nuevas tecnologías, que han constituido el tema principal de su participa-
ción en congresos nacionales e internacionales, así como de sus publicacio-
nes en obras colectivas y en diversas revistas especializadas.
Ha realizado estancias de investigación en las Universidades de Glasgow
y Roma, así como en L’École des Hautes Études en Sciences Sociales de
París, ha participado en varios proyectos de investigación financiados por
el Ministerio de Educación y Ciencia, y ha formado parte del equipo que ha
desarrollado dos proyectos del Plan Nacional de I+D+I, “Teoría de la racio-
nalidad tecnológica” y “Ciencia, tecnología y sociedad: valores,y antivalores
de la red de Internet”, financiados por el Ministerio de Ciencia y Tecnología,
en los que se ha ocupado de los aspectos relacionados con la realidad estéti-
co-artística.

96
FICHA TÉCNICA DE LA PELÍCULA

Título: Ciudad de Dios (2002)1


Dirigida por: Fernando Meirelles y Kátia Lund.
Intérpretes: Matheus Nachtergaele, Seu Jorge, Alexandre Ro-
dríguez, Leandro Firmino da Hora, Phellipe Haagensen, Jo-
nathan Haagensen, Douglas Silva, Roberta Rodríguez Silvia,
Gero Camilo, Graziela Moretto, Renato de Souza.
Guión: basado en la novela de Paolo Lins.
Productores ejecutivos: Andrea Barata Ribeiro y Maurício An-
drade Ramos.
Sinopsis argumental
Finales de los 60. Buscapé tiene 11 años y es sólo un niño
más en Cidade de Deus, un suburbio de Río de Janeiro. Tímido
y delicado, observa a los niños duros de su barrio, sus robos,
sus enfrentamientos diarios con la policía. Ya sabe lo que quiere
ser si consigue sobrevivir: fotógrafo. Dadinho, un niño de su
misma edad, se traslada al barrio. Sueña con ser el criminal más
peligroso de Río de Janeiro y empieza su aprendizaje haciendo
recados para los delincuentes locales. Admira a Cabeleira y su
pandilla, que se dedica a atracar los camiones del gas y hacen
otros pequeños robos armados. Cabeleira da a Dadinho la opor-
tunidad de cometer su primer asesinato. El primero de muchos.
Los años 70. Buscapé sigue estudiando, trabaja de vez en
cuando y camina por la estrecha frontera que separa el crimen
de la vida “honesta”. Dadinho ya tiene una pequeña pandilla y
grandes ambiciones. Cuando descubre que el tráfico de cocaína
es muchísismo más rentable que el robo se pone a reorganizar su
negocio, que pronto florece.
1. Información extraída de http://www.labutaca.net/50sansebastian/ciudadde-
dios.htm

97
Principios de los 89. Tras unos intentos de robo fallidos, Bus-
capé finalmente consigue una cámara y así hace realidad el sueño
de su infancia. Dadinho también ha hecho realidad su sueño: a
los 18 años es conocido como Zé Pequeno, el narcotraficaficante
más temido y respetado de Río. Su palabra es ley en Cidade de
Deus. Rodeado por sus amigos de la infancia y protegido por un
ejército de niños de entre 9 y 14 años, nadie le disputa el poder.
Hasta que aparece Manu Galinha. Un cobrador de autobús que
fue testigo de la violación de su novia, decide vengarse matando
a Zé Pequeno. Empieza a correr la noticia y casi de la noche a la
mañana un grupo de niños con la misma idea forma un ejercito
armado. Estalla la guerra en Cidade de Deus.

Referencias
• Dirige el brasileño Fernando Meirelles, que comenzó reali-
zando vídeos experimentales para pasar a realizar progra-
mas de televisión y a la realización de anuncios. Es autor
de dos cortos y dos largos: O Menino Maluquinho (1996) y
Domesticas o filme (1999). La codirectora es KÁTIA LUND
que ya había dirigido varias películas en las favelas, don-
de contaba con amigos y contactos, y que fue asistente de
dirección en Estación central de Brasil.
•El reparto está formado por interpretes no profesionales ele-
gidos tras conformar un grupo de 110 jóvenes que trabaja-
ron durante ocho meses en un taller especial.
• Está auspiciada y apoyada por el cineasta Walter Salles, au-
tor de Estación central de Brasil (1998).
• Fue rodada en las peligrosas favelas de Río de Janeiro, co-
nocidas como Ciudad de Dios, y para poder filmar allí se
tuvo que conseguir el permiso de los narcotraficantes de la
zona.
• Es una adaptación de la larga novela homónima de Paolo
Lins que cuenta con más de trescientos personajes y cien
historia a lo largo de sus seiscientas páginas.

98
• El guión es de Bráulio Mantovani y se llegaron a escribir
doce borradores del mismo.
• La banda sonora está compuesta por Antonio Pinto (Esta-
ción central de Brasil) y Ed Cortes.
• Se presentó en el Festival de Cine de Cannes 2002 fuera de
concurso y en la sección Zabaltegi del Festival de Cine de
San Sebastián 2002.
• Fue candidata al Globo de Oro 2003 y al Premio de Cine
Europeo 2002 a la mejor película extranjera.
• Consiguió numerosos premios (actor, director de fotografía,
edición) en el Festival de Cine de La Habana 2002.
• Se rodó entre junio y agosto de 2001 con un presupuesto de
3,3 millones de dólares.
• Fue candidata a 4 Oscar, los correspondientes a mejor direc-
ción, guión adaptado, director de fotografía y montaje.

99
V IOLENTA, cruel, visceral, impactante, sangrienta y
tierna en ocasiones, desesperada, trágica, brutalmente
realista, podrían ser algunos de los calificativos que po-
dríamos aplicar a esta película de Meirelles, cuyo protagonista
es, como se ha señalado en diversas ocasiones, un lugar. Ese lu-
gar es una favela, una unidad habitacional creada en los años 60
por Carlos Lacerda, irónicamente denominada Ciudad de Dios,
que se convirtió a principio de los 80 en uno de los lugares más
peligrosos de Río de Janeiro.
Efectivamente esta historia tripartita (pues se divide en tres
relatos, que aluden a la situación de esta favela en los años 60,
70 y 80) describe el progresivo deterioro de un lugar ya marginal
desde su fundación, a través de una maraña de historias entre-
cruzadas, en la que destacan una serie de personajes que van
tomando en su desarrollo la consideración de prototipos, de ros-
tros, que componen un mosaico donde se esbozan los distintos
aspectos de un hecho tan complejo como es el de la violencia.
El argumento parte de la novela homónima de Paulo Lins
que, a partir de su propia experiencia como niño de favela y de
numerosos años de entrevistas y recopilación de información en
torno a la organización del narcotráfico en estos lugares mar-
ginales, construyó uno de los relatos más importantes de la li-
teratura brasileña de los años 90. En ella se narra, con crudeza
naturalista, la situación de miseria y abandono de estas zonas
deprimidas y segregadas, abandonadas por los poderes públicos
y atravesadas por el cáncer de la violencia.

101
De este libro parte Meirelles para su película aunque obvian-
do, por necesidades impuestas por el propio lenguaje cinemato-
gráfico, gran parte de las infinitas historias que tejen el entramado
de la novela y bajando un tono la conclusión claustrofóbica y sin
salida que aparece en el relato de Lins.
Meirelles, que procede de la clase media brasileña, intenta
acercarse y acercarnos a ese otro Brasil, a ese que no nos gusta
mirar, del que preferimos no hablar y que, oficialmente, parece
como si no existiera. El mundo de la favela es un mundo aparte,
un mundo incómodo porque no responde en absoluto a la ex-
periencia de realidad en la que estamos insertos, ni encaja con
nuestros modelos éticos, que pensábamos pudieran ser genera-
lizables.
De algún modo la película rompe con nuestra dinámica del
bien y del mal, nos introduce en un estado de insatisfacción para
el cual no encontramos ningún alivio y nos enfrenta con nuestra
incapacidad para lidiar con esos personajes, víctimas de condi-
ciones sociales aberrantes y de circunstancias absurdas, que los
colocan en una situación donde la lógica de la muerte se vuelve
dominante.
Básicamente en esto consiste la habilidad de Meirelles, en
cortarnos el camino de retirada, obligándonos a enfrentarnos con
ese mundo condenado al silencio porque ni siquiera es capaz de
contar su propia historia, un mundo donde no nos reconocemos
porque conceptos como educación, ley, ciudadanía y Estado le
resultan absolutamente ajenos.
Precisamente en un intento de que fuera el propio entorno el
que hablase, Meirelles eligió para su película un tono casi docu-
mental, sin escenarios que no fueran los de la propia favela, sin
actores que no fueran sino sus propios habitantes. En ese empeño
dejó que la cámara fuera en ocasiones sólo un testigo mudo ante
unos actores que creaban sus propios diálogos y acciones, para
así introducirnos en su lógica y hacernos penetrar en el mundo
de sensaciones de los que viven al margen.
Evidentemente esto no significa que el tono de la película

102
fuera aséptico. Aunque se pretende que sea la autobiografía de
una sociedad impenetrable a la mirada de los que no estamos en
la periferia, de un mundo hermético, autorreferente y cerrado
sobre sí mismo, es obvio que su cámara es un elemento de in-
trusión estético, que no estetizante, que nos pone en la situación
de testigos incómodos ante una realidad que nos resulta inma-
nejable.
Aunque se le acusó por parte de cierta crítica de que su pe-
lícula embellecía la realidad, convirtiéndola en un eufemismo
publicitario orientado a una catarsis liberadora de nuestras con-
ciencias, lo cierto es que las reacciones de distinta índole que
provocó en los espectadores no fueron en ningún caso consola-
doras.
Su estreno en Brasil fue casi un acontecimiento nacional, y
el propio presidente Lula da Silva que asistió al preestreno, se
sintió concernido por la incómoda realidad que allí se ponía de
relieve.

Lo que se ve en la pantalla –comentó en aquella ocasión– son


vidas simples, comunes, sin otro horizonte que aquel que puede
ser visto desde la mira de un arma. El blanco es la propia ima-
gen de cada uno, reflejada en un espejo de sangrienta y cotidia-
na disputa por los puntos de la droga.

Y de hecho esto llevó a un reconocimiento por parte del pre-


sidente de la responsabilidad política con respecto a estas situa-
ciones de marginación, pues había sido precisamente el Estado
el que había construido estos conjuntos habitacionales como lu-
gares de concentración para los pobres, para que no perturbaran
la paz del resto de la comunidad, y el que no había arbitrado
políticas y educación y empleo que hubieran podido paliar las
situaciones de marginalidad.
Por ello, aunque las cualidades cinematográficas, estilísticas
y técnicas de la película de Meirelles son innegables, estamos
ante una obra cuya profundidad dramática no se deja engullir
por el virtuosismo de una filmación realmente original.

103
Pero aunque no se quede en un puro ejercicio de estilo, la es-
tética que sostiene Ciudad de Dios es importante por sí misma,
deudora sin duda de los anteriores trabajos de su director en el
ámbito del video experimental, de los videoclips, de la publici-
dad y de los espacios televisivos, así como de los de la co-direc-
tora, Katia Lund, procedente del mundo de los documentales, de
los espacios comerciales y del cine de ficción.
Esto hace que el resultado sea una película muy sugerente
desde el punto de vista estético, por su cercanía a los conceptos
y a los recursos visuales contemporáneos. Toda la obra es un
ejemplo de buena utilización de los recursos técnicos y de mon-
taje, a partir de una dirección que no puede clasificarse nunca
de mesurada ni de simplista. En ese mundo vertiginoso de imá-
genes sorprendentes y de puntos de vista nada tópicos en que
se convierte en ocasiones la película, llama la atención que se
consiga una perfecta imbricación de imágenes realistas en una
retórica visual que puede resultar en ocasiones un tanto manie-
rista, recordándonos siempre su origen y su débito con el mundo
de la publicidad.
Uno de los recursos más llamativos que dan carácter a la obra,
es la utilización expresiva de la cámara que a veces corre tras la
acción con un estilo cercano al documental, adaptándose al mo-
vimiento de los actores, sacrificando la perfección del encuadre
a la sensación de realidad, mientras que en otros casos la cámara
permanece fija, como un testigo mudo de las sucesivas historias
que se van sucediendo en un determinado lugar.
Por otro lado, el uso de flashbacks sucesivos (de hecho toda
la película es un gran flashback) parece adecuado a una historia
que no es en absoluto lineal. El hecho de que sea una obra coral,
donde se entrelazan historias de personajes tanto individuales
como colectivos, y donde continuamente se dejan cabos sueltos
que el espectador irá enlazando a medida que se le vaya propor-
cionando información, hasta conseguir componer la trama, pare-
ce casi exigir este recurso para que el relato no resulte inconexo
en su fragmentariedad.

104
Por lo tanto lo que sí parece claro, como señalaba anterior-
mente, es que ni la brillante fotografía, ni la maravillosamente
elegida banda musical, ni la excelente puesta en escena, ni la
dirección de actores, ni el depurado uso de los recursos técni-
cos, resulta un puro ejercicio de estilismo, sino como el recurso
expresivo necesario para llevar adelante la narración, para hacer
más intenso el impacto emocional que provoca la propia histo-
ria.
Por lo tanto nos encontramos con una obra que va más allá
de de convertirse en un puro ejercicio formal con recursos im-
pactantes, no es sólo una deslumbrante exhibición técnica de
brillante colorido. Más allá de la concepción del cine como es-
pectáculo de masas, nos encontramos con una narración de fuer-
te carga sociopolítica que acude, porque el tono de la narración
así parece exigirlo, a un amplio abanico de recursos expresivos
que ofrece una estética cinematográfica de vanguardia.
Y este hecho de que el elemento estético configura y forma
parte de la narración, lo comprobamos en el hecho del distinto
tratamiento que da el director a cada una de las partes de la pe-
lícula. Como ya se dijo al principio el relato de Lins consta de
tres partes, correspondientes a la realidad de la favela a lo largo
de tres décadas, estructura que se respeta en la narración cine-
matográfica. Meirelles decidió abordar cada parte con una esté-
tica diferente, acorde con los esquemas visuales de cada época,
de manera que se podría entender cada una de ellas como una
película diferente. El tono y los acontecimientos de cada una de
las épocas en que se desarrolla esta historia de la violencia en un
entorno marginal, así lo exigen.

LOS AÑOS 60

Rodada en su mayor parte con luz diurna, dando protagonis-


mo al espacio abierto y con un sobrio tono ocre se nos presentan
los principios Ciudad de Dios, donde algunos “esperaban en-
contrar el paraíso”, a pesar de que no hubiera “ni luz, ni asfalto,

105
ni autobuses”. La favela aparece como un espacio aún no su-
perpoblado ni excesivamente degradado, a donde van llegando
en oleadas los que habían perdido sus casas, los que no tienen a
donde ir.
Pero aunque se trata de un espacio segregado, lejos del espa-
cio de los ricos, es un espacio socialmente estructurado, donde
los niños pueden jugar en las calles como niños, y donde las casa
prefabricadas tienen calor de hogar.
La sociedad de las favelas de los 60 se presenta como un
entorno bien articulado por una sociedad que tiene sus propias
reglas, aunque no coincidan con los de la sociedad bienestante.
En Ciudad de Dios, como en otras realidades marginales,
existían una serie de códigos éticos y culturales que no podían
ser cuestionados y por ello el juicio de la comunidad, depositaria
de esos principios de respeto y convivencia naturales y básicos
en cualquier grupo humano, era soberano.
El respeto a los mayores, la referencia a la familia, la mu-
tua ayuda y la protección de sus componentes eran los puntales
sobre los que se asentaba la convivencia. Se permitía el robo y
la pequeña delincuencia pero no el asesinato, se imponía la ley
del silencio (nadie sabía ni veía nada cuando venía la policía)
para proteger a los suyos que delinquían, pero se llamaba inme-
diatamente si alguno de sus miembros atentaba contra otro de
la comunidad (lo que sucede cuando Paraíba entierra viva a su
mujer). Y todo ello a pesar de ser conocedores de la corrupción
de la policía, que acepta sobornos y roba sin escrúpulos porque
«no es delito robar a negros y delincuentes».
Esto permitía a la comunidad tener unos referentes claros,
unos valores establecidos, que regían la convivencia, de manera
que la trasgresión de este código no escrito llevaba como con-
secuencia la vergüenza de la crítica social. Y ésta tenía mucho
mayor peso que el orgullo por haber traspasado los límites.
En este entorno de cosas se relata la historia del Trío Ternu-
ra, de tres pequeños maleantes que sueñan con gran robo que
los saque de la miseria, porque ya se sabe que el trabajo no da

106
dinero. El objetivo es salir de la situación miserable en la que se
encuentran.
Pero en el fondo son personajes entrañables, que buscan la
diversión y el riesgo, que se sienten alguien porque penetran en
los espacios que socialmente les están vedados, y que parecen a
veces más asustados que sus propias víctimas
Este trío responde perfectamente a los principios de ese códi-
go comunitario. Cuando atracan el camión del gas invitan soli-
dariamente a todos los vecinos a repartirse el botín, envían a sus
padres el dinero robado, aprovechando su papel de héroes del
barrio reprenden a los niños que pretenden crecer antes de tiem-
po (como es el caso de Dandinho) y no les permiten tocar las
armas, juran no matar, se despiden con el grito “cree en Dios”
(de hecho devuelven un crucifijo a uno de los clientes del Motel
donde entran a robar) y sólo fuman porros.
Por todo ello tienen el respeto y la protección de su entorno.
Por eso, a pesar de su condición de delincuentes no son personas
absolutamente desarraigadas y para ellos todavía parece haber
una posibilidad de cambio, una cierta salida del camino sin re-
torno en el que se encuentran.
Cabeleira la encontrará a través de su amor por Berenice,
quien lo pone contra las cuerdas y le hace consciente de su pro-
pia condición: «los chulos no aman, sólo desean; no hablan, sólo
ordenan». La honestidad de los sentimientos de Capeleira le in-
cita a dar un paso fuera del espacio de exclusión, con los únicos
recursos que conoce, esperando comenzar una nueva vida. Pero
como en las tragedias clásicas, el destino parece estar contra
ellos.
Y será precisamente delante del cadáver de Cabeleira, cuando
llega la prensa, donde descubrirá el niño Buscapé lo que quiere
ser: fotógrafo.
Alicate hallará su camino de salida a través de una ilumina-
ción: o deja su vida de delincuente o acabará muerto. Lo dejamos
caminando hacia la Iglesia, arrobado en su propia experiencia
e insensible a lo que había sido hasta el momento su entorno

107
habitual. Mientras, la policía pasa por su lado persiguiendo y
matando a un niño inocente.
Marreco por su parte vuelve al trabajo de pescadero, repren-
dido por su padre (figura a la que se reconoce aún su autoridad)
y reprendiendo a su vez a su hermano que intenta tocar su arma
para que no continúe por su camino («no toques, tienes que es-
tudiar, yo soy un zoquete»). Existe aún un atisbo de salida, si
no para sí mismo para su hermano Buscapé. Aún el estudio y el
trabajo honesto aparecen en este primer momento como recurso
posible para cambiar el curso de una vida en principio abocada a
la marginación. Pero para Marreco ya no hay tiempo.
Dandinho, el niño que ambiciona convertirse en el rey de la
favela, embriagado por la sensación de poder que le concedido
el hecho de haber matado ya por primera vez, ese personaje fue-
ra de control, ya al margen de los principios que rigen la vida de
la favela, le dará muerte.

LOS AÑOS 70

El relato de esta época se realiza desde una estética perfecta-


mente ajustada a la época. Los colores vibrantes, el movimien-
to acelerado, el uso de la cámara rápida, de la cámara fija, los
fundidos para marcar el paso del tiempo ya la utilización del
freeze-frames, nos hacen retornar a la estética de las películas y
las series televisivas de los años 70.
En este momento, y paralelamente al cambio y deterioro del
espacio físico, vemos el de las estructuras sociales que mante-
nían el “orden” en la favela. No es ya ley no escrita de la favela
la que impera, sino la ley del más fuerte. Ciudad de Dios es
ahora la ciudad del diablo, sinónimo de delincuencia, un lugar
irónicamente olvidado de Dios (“¿por qué seguir en Ciudad de
Dios donde se sabe que Dios no piensa en ti?”).
El rápido surgimiento del mercado de la droga y la ascensión
de los narcotraficantes a la cumbre del poder en Ciudad de Dios,

108
gracias al crecimiento fulgurante de su poder económico y de su
influencia social.
La necesidad de los primeros traficantes de contar con un te-
rritorio propio, protegido, tanto para defenderse de otros trafi-
cantes como para asegurar la afluencia de compradores, los llevó
a instalarse en estos territorios ya marginados de por sí de toda
injerencia de la ley del Estado.
La venta de armas se convirtió en un negocio floreciente, pues
eran necesarias para adquirir una autoridad suficiente, un poder
no discutido que permitiera controlar a la sociedad local bajo el
régimen del temor. Sobre esta base se constituyeron bandas ar-
madas locales, arbitrarias y violentas, que ponían a los habitan-
tes de la favela en la tesitura de estar con ellos o contra ellos.
Precisamente esta segunda parte se centra en el surgimiento y
en las distintas etapas de crecimiento del negocio de la droga, que
penetra en el tejido social porque deja mucho más rendimiento
económico que el robo. Una cámara fija en un apartamento nos
mostrará este proceso. Desde el ama de casa que trafica a peque-
ña escala, a los sucesivos inquilinos que van desapareciendo ante
la aparición de otro más fuerte, hasta llegar al establecimiento de
los capos locales más poderosos.
Es el escenario perfecto para el ascenso de Dandinho, conver-
tido en un despiadado criminal, da rienda suelta a su deseo de
convertirse en líder, matando y apoderándose poco a poco de los
distintos puntos de venta de droga en la favela. Precisamente su
cambio de nombre por el de Zé Pequeno, por parte de un santero
que lee en su corazón («sé lo que quieres, quieres poder»), marca
el comienzo simbólico de una nueva vida para el personaje pero
también para la vida de toda la favela. Ahora ya es el distribuidor
de drogas más temido y respetado de Río de Janeiro.
Zé Pequeno logrará hacerse con el control del negocio al
matar a todos sus competidores e implicará en el negocio de la
droga, de la delincuencia y de las armas a los adolescentes del
barrio. Cada vez resultará más difícil en la favela mantenerse al
margen de una vida delictiva.

109
El propio Buscapé transitará por el filo de la navaja, co-
queteando con la posibilidad de comenzar una vida como de-
lincuente o continuar con su vida de estudiante y de trabajador
ocasional mal pagado. Desorientado, deambula con su cámara
barata, sin saber muy bien qué hacer con su vida. En un encuen-
tro causal con Mané Galinha, también hijo (“redimido”) de la
favela, honrado conductor de autobús, éste le vuelve a plantear
que es posible salir del círculo de la violencia («tenéis que salir
de aquel ambiente, tenéis que estudiar», «allí hay mucha policía
pero también mucho delincuente»), optando por la vía el trabajo
honrado, de la paz y el amor.
Pero va a ser otro personaje el que dará el contrapunto a la fi-
gura de Zé Pequeno. Este será Bené, un traficante amigo y socio
del primero, un bandido como él pero con buenos sentimientos,
un delincuente legal que invita a cerveza y a marihuana, capaz
de mediar y evitar muertes en los enfrentamientos, protector ins-
tintivo de los más débiles (como le sucede con Thiago), y por
ello respetado y querido por la comunidad de la favela.
Pero el destino sigue jugando malas pasadas. La decisión de
Bené de escapar con Angélica de ese círculo de muerte respecto
al que se siente cada vez más extraño, su sueño de redención re-
tirándose a una granja para vivir en paz y amor (al fin y al cabo
«somos hippies de corazón»), se va al traste con su muerte por
error.
Aunque el código comunitario ha sido de algún modo secues-
trado, sigue existiendo un reconocimiento implícito por parte del
entorno social de ciertos valores como el respeto por la vida, la
negación de la violencia gratuita, el respeto a los débiles y la
bondad. La desaparición de estos valores resulta tan insoporta-
ble que al asesino accidental de Bené (en realidad quería matar a
Zé Pequeno por venganza) resulta ejecutado precisamente por el
bando opuesto como sacrificio necesario en aras de una justicia
primaria que sigue alentando («has matado al tío más cojonudo
de Ciudad de Dios»). La muerte de lo que hay aún de respetable
y de honesto resulta insoportable.

110
A Bené se le honra porque se ha negado a entrar en la espiral
del crimen, a Zé Pequeno sólo se le teme.
Y esto porque en el caso de Zé Pequeno no hay más ética que
la del poder, la de su poder. Y todo lo que pueda ponerlo en duda
ha de ser destruido, porque sólo conoce la lógica de la violencia
y el lenguaje de las armas. En cualquier ámbito exterior a su
pequeño reino y a su círculo de adeptos, se siente fuera de lugar,
y acaba destruye todo aquello que no entiende pero que le hace
sentirse inferior, despreciado o débil.
Para él las leyes de la sociedad civil sencillamente no tienen
sentido y las de la favela nunca pudo asumirlas como propias.
De hecho, cuando se enfrenta a los raterillos, una banda infantil
de pequeños delincuentes (pues la edad en que se comienza a de-
linquir a medida que pasa el tiempo es cada vez más temprana),
no lo hace porque no respeten la ley de la favela que impide los
robos entre vecinos, sino porque operan en su territorio.
Zé Pequeno es un ser asocial aunque gregario, que sólo se
siente fuerte con un arma en la mano, que quiere ser, sobre todo,
temido. En una personalidad resentida y desestructurada como
la suya no hay ningún espacio para la piedad. Es la representa-
ción de la violencia original, en estado puro y sin paliativos.

LOS AÑOS 80

Si hemos visto cómo la película ha ido oscureciéndose de


forma paulatina paralelamente a la escalada de la violencia que
sufre Ciudad de Dios, esto halla su punto culminante en la ter-
cera parte. El entorno del barrio cada vez más degradado, no es
sino el escenario de la declaración de la guerra sin cuartel que
tiene lugar en la favela.
La película alcanza aquí un grado máximo de crudeza, de
velocidad, de impacto, al servicio de los acontecimientos san-
grientos que habrán de tener lugar, que no son más que la con-
secuencia casi lógica de lo sucedido anteriormente. El fatum
vuelve a sobrevolar Ciudad de Dios.

111
El detonante inmediato del desastre es un acontecimiento casi
propio del drama clásico. La violación de la novia de Mané Ga-
linha, el asesinato de su hermano y el acribillamiento a balazos
de su casa, deja detrás un rastro de muerte, dolor y tragedia di-
fíciles de olvidar.
Aquel pasa de víctima a vengador, olvidando sus principios
de paz y amor ante la lógica aplastante de que ser honrado no
sirve para nada. No es posible ya establecer una distinción entre
bien y mal, porque los límites entre ambos parecen difuminarse,
no es posible distinguir entre víctima y criminal porque los pa-
peles se intercambian de continuo.
Mané Galinha, al enfrentarse con la banda de Zé Pequeno
por puro deseo de venganza, se convierte en el héroe de la fa-
vela. Nadie nunca se atrevió a tanto. Pero lo que parecía ser el
comienzo del fin de la dominación indiscutible e indiscutida del
traficante más temido de Rio, acaba disolviéndose («yo pensé
que Galinha iba a empezar una revolución en Ciudad de Dios»,
pero tenía otros planes).
Su alianza con el bando de Cenoura, el rival de Zé Pequeno,
a pesar de que su insistencia vehemente en que el motivo único
de su enfrentamiento es de carácter privado («eso de las drogas
no es lo mío, es algo personal»), lo introducirá de lleno en el
mundo de la delincuencia. Lo que comenzó siendo un gesto de
justicia veterotestamentaria, “ojo por ojo y diente por diente”,
acaba atrapándole en la dinámica de la violencia de la que fue
víctima.
Mané Galinha acaba condenado a reproducir la dinámica de
violencia de la que fue víctima, absorbido por las consecuen-
cias no deseadas de su deseo de venganza, y a mantener hasta el
infinito como algo irresoluble su doble condición de víctima y
delincuente.
Porque el problema que se plantea en este personaje es que,
al introducirse en la rueda de la violencia, se ve condenado a re-
producir, esta vez como delincuente, la dinámica de la violencia
de la que fue víctima. Es un camino circular y sin salida, en el

112
que se le condena a repetir incansablemente la dinámica que él
mismo había puesto en acción.
Ya no hay diferencia ni contrapunto, ya no es posible la trans-
formación, la liberación del mundo de la violencia, porque éste
engulle inexorablemente una vez puesto en acción al disolver las
diferencias.
La consecuencia de la violencia es más violencia, aunque
suene a tópico. Se declara la guerra en Ciudad de Dios, entre la
banda de Cenoura y la de Zé Pequeno, que divide la favela en
dos territorios entre los cuales no se puede transitar. «La gente
vive como en Vietnam».
La guerra abierta entre las dos facciones cubre de sangre las
calles de la favela, y embriagados por esta dinámica del sinsen-
tido, mientras más morían, más se afiliaban a cada banda y cual-
quier motivo era válido para entrar en el conflicto. La dinámica
de la violencia acaba autoabasteciéndose, termina teniendo sen-
tido por sí misma, es autofágica y expansiva y llega, en último
término, a no necesitar de una causa, justa o injusta, absurda o
razonable, que la justifique. Cuántos conflictos se siguen mante-
niendo interminablemente, cuando las causas que los provoca-
ron han sido prácticamente olvidadas.
En último término, las razones que van esgrimiendo la mayo-
ría de los chicos que quieren participar en esta guerra se podían
resumir en ésta: «quiero matar, robar y ser respetado». Ser respe-
tado en la comunidad equivale a ser temido, y esto nos habla no
sólo de la disolución de cualquier principio que pudiera sostener
una conciencia social y estructurar una comunidad, sino de des-
amparo y orfandad.
Este ejército de niños (cada vez más niños) que han perdido
su vida y su infancia, que han llegado a sentirse adultos por el ca-
mino más lóbrego (son adultos porque ya esnifan, ya han robado
y han matado) parece definitivamente condenado. Pero siempre
parece haber un atisbo de luz al final del túnel. Cuando Cenoura
reprende a Filé y le recuerda su verdadera condición («sólo eres
un niño, no lo olvides»), provoca el miedo en el chico, que, a

113
pesar de que ya ha hecho todo lo que se suponía comportaba
ser hombre en aquella comunidad, queda despojado, desprote-
gido, desenmascarado al enfrentarse en una situación límite con
la evidencia de su debilidad. Tendrá que aprender a sobrevivir
en un entorno donde no existe posibilidad de cobertura, donde
la vida no vale nada en absoluto, en un grupo social tan desarti-
culado que nunca podrá sentirse respaldado por él. Tendrá que
soportar el miedo radical de la vida a la intemperie. Y él, es sólo
un niño.
Pero no hay nada que capaz de frenar la violencia cuando se
vuelve irracional. La guerra en la favela termina en una orgía
de muertes sin sentido, de vidas truncadas, de niños que nunca
pudieron realizar sus sueños.
Sin embargo alguien, paradójicamente, va a realizarlos. Bus-
capé, en su papel de fotógrafo voyeur, de testigo implicado en
los acontecimiento que recurre a ese “ojo prestado” de la cámara
para establecer distancia con respecto a una realidad que le cau-
sa temor, tendrá un protagonismo no buscado. La elección de la
fotografía no es casual, porque le permite una protección frente
al medio. Parapetado tras su cámara (por fin tiene una buena
gracias a la enfermiza obsesión de Zé Pequeno por demostrar
que él es quien manda allí y el verdadero protagonista que ha
de ocupar la primera página de los periódicos), por su situación
privilegiada como habitante de Ciudad de Dios que le permitirá
ser testigo en primera línea de los acontecimiento, se introduce
en el mundo de la prensa amarillista, hambrienta de de noticias
impactantes.
La publicación casual de una de sus fotografías, concentra la
atención pública en los acontecimientos cruentos que están te-
niendo lugar en Ciudad de Dios, en el enfrentamiento sangriento
entre las dos bandas. Esto obligará al Estado a prestar atención
a una realidad que había permanecido en el olvido mientras los
medios de comunicación no habían dirigido su atención hacia
ella (ya se sabe que nada existe mientras no sea publicitado, y
nada existe más que en el modo en que deciden los media).

114
Y esto obliga a una reiterada declaración de la policía, la su-
puesta defensora de la ley y el orden del Estado, la misma que
les vende arma y les extorsiona, de que acabará con el enfrenta-
miento de las bandas. Precisamente la escena de Buscapé justo
en medio del enfrentamiento entre las fuerzas policiales y Zé
Pequeno con su pequeño ejército infanto-juvenil será el punto de
arranque de la historia y el principio de su conclusión. Pero en
esa calle dividida entre asesinos y fuerzas del orden, todos son
criminales, todos son socios y cómplices de un mismo negocio
de muerte.
La cámara de Buscapé será testigo del despojamiento por
parte de la policía de lo que resta del imperio que Zé Pequeno
había forjado y del posterior acribilamiento de éste a mano de
un grupo de críos que se declaran desde ese momento dueños
del negocio. Una última escena de estos niños comenzando a
fraguar sus planes de venganza, estableciendo una lista negra de
aspirantes a morir por las razones más inverosímiles, nos habla
de la capacidad de la violencia para perpetuarse en un ciclo sin
fin.
Ni siquiera el único personaje al que se le ha concedido una
cierta capacidad de mantenerse al margen del sistema, en el que
parece cifrarse una cierta esperanza de salvación, quedará ex-
cluido de esta dinámica. Buscapé habrá de tomar una decisión
entre publicar o no las fotos obtenidas de los policías corruptos.
La decisión de sacar a la luz sólo la del criminal despiadado
muerto, le introducirá en el camino de la pérdida. Su silencio
cómplice le arrebatará la posibilidad de una definitiva redención
del mundo de la violencia, a la que de algún modo está contribu-
yendo. La posibilidad de comenzar una vida de éxito profesional
le ha introducido en la trampa de otra violencia quizás más os-
cura y encubierta.
Si el cambio de nombre de Dandinho a Zé Pequeno había
significado su consagración como jefe indiscutible de la fave-
la, el autobautismo de Buscapé («ahora nadie me llama Busca-
pé, ahora soy Wilson Rodrigues») quiere marcar el definitivo

115
alejamiento del personaje de su vida anterior. Este nombre le
mantiene a salvo de todo aquello a lo que temió, se convierte
en escudo protector frente a su vida anterior aunque haya sido a
costa de su libertad. Desde esa distancia se puede permitir narrar
la historia de la favela como quien realiza una autopsia, desde
una cierta distancia emocional, porque aquella vida ya no es su
vida.
Por lo tanto la obra de Meirelles, siguiendo el espíritu del
libro de Lins, nos habla de una casi total imposibilidad de reden-
ción, de seres atrapados en la lógica de la violencia de la que no
es posible escapar.
Sobretodo porque los mecanismos de la violencia son múlti-
ples y sutiles, y sus tentáculos llegan mucho más lejos de lo que
somos capaces de imaginar.
Desenmascarar sus diversos rostros es al fin y al cabo el ob-
jetivo de esta película, que no cae en la facilona explicación de
la caída en el abismo debida a las condiciones socioeconómicas
miserables en la que se encuentran los personajes, porque tam-
bién existen automatismos innatos que forman parte de nuestra
naturaleza. La presentación de una piscopatología de la violen-
cia a través de asesinos sin piedad, de la crueldad en estado puro
de los niños, nos indica que no hay un único diagnóstico y, por lo
tanto, una solución única para el problema de la violencia.
Esto es lo que la hace difícil de erradicar, porque no es posible
una eliminación quirúrgica y son tantos los factores que la com-
ponen que resulta complicado elaborar un plan de acción para su
erradicación. De ahí, que la sensación que uno puede tener ante la
obra de Meirelles es la de que, al menos de momento, el mundo
está condenado a moverse en un círculo de violencia infinita.
Y digo el mundo, porque aquí no se salva nadie. Si alguna vez
pudimos pensar (y era un pensamiento consolador) que Ciudad
de Dios sólo remitía a los problemas de una periferia misera-
ble, abandonada por los poderes institucionales hasta que sus
conflictos salieron más allá de los confines de la propia favela,
estamos equivocados.

116
Ni siquiera hace referencia a la situación de apartheid social
que se vive en cualquier parte del globo, a ese cuarto mundo que
tenemos a apenas unas paradas de autobús.
La obra de Meirelles apunta directamente al corazón del con-
flicto. Nos habla de que ya no podemos sentirnos a salvo, en
el calor del hogar, contemplando con horror epidérmico la des-
composición del mundo, como si no fuera el nuestro.
Lo que nos deja sobrecogidos es que allí se está anunciando
la aparición de otro mundo, abocado al caos, y ante el cual nos
sentimos inermes, sin recursos para abordar semejante tragedia.
La película apunta a la mutación social y ética de nuestra cul-
tura, no sólo por la ineficacia de los poderes establecidos, que
no han sido capaces de resolver los conflictos generados por la
propia dinámica social, ni siquiera por la crisis de los valores
que los sustentaban, sino por la aparición de una cultura siniestra
que nos lleva irremisiblemente a una dinámica de muerte.
La institucionalización de la violencia como forma de vida,
como brutal modo de expresión, a veces como único lenguaje
posible, es sólo un síntoma de otra violencia, la estructural, que
vertebra todos los estamentos, relaciones y configuraciones de
nuestra civilización.
Esa violencia que se genera a partir de nuestros traumas, en
los más recónditos intersticios de nuestra personalidad, se ve
amplificada por la falta de capacidad de resolución política de
los conflictos sociales y continuamente estimulada por la propia
industria cultural.
Lo que nos deja realmente anonadados y desarmados, es que
esa violencia animal en estado puro que se presenta en Ciudad
de Dios, no es más que un retrato despiadado de la violencia en-
cubierta que se ejerce desde las instituciones del Estado, que está
presente en las pequeñas o grandes corruptelas, que ejercemos a
diario en nuestros comportamientos antisociales y en la dejación
de nuestra responsabilidad como ciudadanos. Una violencia evi-
dentemente menos sangrienta pero no menos eficaz.
Si en La naranja mecánica la violencia era considerada como

117
una desviación de la conducta, no asociada en principio a ningún
factor social discriminatorio (de hecho el protagonista es hijo
único de una estructurada familia de clase media), en Ciudad de
Dios el fenómeno de la violencia se contempla como un fenó-
meno colectivo provocado por una compleja concatenación de
factores y circunstancias de diversa índole.
Si en el primer caso se trata a la violencia como una pulsión
instintiva, a la que se da rienda suelta hasta niveles de verdadero
sadismo (el máximo nivel de sadismo que se podía pensar en la
época, claro), pulsión que se reforzaba en el entorno pandillero,
en el segundo la violencia se trata como única arma de super-
vivencia en un entorno que no entiende de otro lenguaje, como
respuesta corporativa en un medio hostil.
La solución en el primer caso se pensaba que era posible des-
de un tratamiento terapéutico. Una mente enferma, un trastorno
de la conducta, se podía tratar con una sana terapia conductista,
tan de moda en la época. Sólo que al final se comprueba la in-
utilidad de semejante tratamiento. Esa mirada inquietante y ma-
lévola nos aseguraba que el instinto animal, como los roqueros,
nunca muere, que la violencia forma y siempre formará parte de
la naturaleza del hombre.
En el segundo caso ni siquiera se plantea la posibilidad de
una solución (de hecho tendría nunca cabida en la perspectiva de
la narración) porque se trata fundamentalmente de un diagnós-
tico. Tal vez hace unos años se hubiera podido proponer algún
recurso de carácter asistencialista, eugenésico, profiláctico, que
hubiera propuesto una salida paliativa, al menos consoladora,
pero ahora ese subterfugio no es posible. Ciudad de Dios emite
una sentencia.
¿Cómo encontrar una respuesta cuando es toda la sociedad
la que está enferma, cuando nadie puede situarse fuera del pro-
blema?
Las soluciones institucionales, como por ejemplo las del pro-
pio Lula desde su Programa de Seguridad Pública, vienen siem-
pre por el camino del reforzamiento de políticas públicas que

118
intentan reformar el estado de las cosas. Su proyecto de comba-
tir la violencia no por el camino de las armas y del reforzamiento
de la seguridad, sino desde la cultura ya es una buena medida.
Su llamada a la movilización de la sociedad y de la conciencia
de ciudadanía para sacar a los jóvenes de la pesadilla del crimen
organizado y del narcotráfico es un proyecto laudable.
El problema surge cuando en un reciente referéndum el pue-
blo brasileño ha rechazado la prohibición de ventas de armas de
fuego, basándose en la incapacidad actual del Estado de asegu-
rar la seguridad de la población y en la necesidad de una legítima
defensa para sobrevivir en un entorno que es considerado como
uno de los más violentos del planeta.
La sensación de estar inermes ante una situación de conse-
cuencias dramáticas, el miedo a una realidad que en el fondo se
vive como inevitable, paralizan cualquier tentativa de activación
social.
De ahí que no se puedan contemplar soluciones parciales a
problemas globales, que no sea posible abordar el problema de
una violencia que es estructural desde acciones transformadoras
puntuales.
Esta podría ser la conclusión que podríamos entrever a partir
de la película Ciudad de Dios, que en ningún caso debería to-
marse como una visión pesimista de la realidad sino más bien
como una toma de conciencia.
Si estamos condenados a vivir con la tragedia de una socie-
dad regida por una violencia que, previsiblemente, continuará
creciendo, sólo nos queda la salida de comenzar a caminar, a tra-
vés de un seguramente lento proceso de concienciación social,
hacia una transformación más radical.
La violencia no es un fenómeno aislado, de ciertas sociedades
o de ciertos grupos marginales, sino un elemento constitutivo de
nuestra cultura. La violencia ha existido siempre, el problema es
ahora cómo abordarla aquí y ahora. Ese es nuestro problema.

119
LA NARANJA MECÁNICA.
UNA REFLEXIÓN ÉTICA SOBRE LA VIOLENCIA
por
JUAN CARLOS SUÁREZ VILLEGAS
Violencia, p. 121
JUAN CARLOS SUÁREZ VILLEGAS. Profesor titular del Área de Filosofía Mo-
ral y Política de la Universidad de Sevilla. Comenzó su trayectoria inves-
tigadora con temas relacionados como la Filosofía del Derecho y aspectos
relacionados con la cultura política, siendo su primera publicación: ¿Hay
obligación moral de obedecer al Derecho? (Tecnos, 2001). Por su posterior
dedicación docente en la Facultad de Comunicación, se ha especializado en
temas relacionados con la ética de los medios de comunicación y aspectos de
interés social que permiten valorar la importante función y distorsión social
de los medios de comunicación. En este ámbito cuenta con publicaciones
como Análisis Ético de la Publicidad o la Publicidad al Desnudo (con Ánge-
les Pérez Chica). Destaca también su obra de ética práctica centrada en una
justificación filosófica de la ética profesional – Principios de Ética Profesio-
nal- Tecnos, 2001.
Ha dirigido cursos monográficos sobre la responsabilidad de los medios
de comunicación, ha cursado estudio en La Sorbona de París y ha pasado
estancia breve de investigación en Oxford, Bolonía y Padua. Ha sido también
profesor invitado en la Universidad Internacional del Ecuador. Es respon-
sable en Andalucía de la Asociación de Usuarios de la Comunicación y ha
elaborado distintos documentos sobre deontología de los medios de comu-
nicación, como el decálogo para tratar mejor a los jóvenes en los medios de
comunicación.

122
FICHA TÉCNICA DE LA PELÍCULA

Título: La naranja mecánica (1971).


Producida y dirigida por Stanley Kubrick.
Intérpretes: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Adrienne
Corry, Miriam Karlin,
Guión: Stanley Kubrick
Basada en la novela de Anthony Burgess.
Productores ejecutivos Max L Raab y Si Litvinoff Warner
Bros. Una compañía Time Warner Entertainment
Sinopsis argumental.
En una futurista Gran Bretaña, Alex y sus drugos, una ban-
da de jóvenes delincuentes, salen cada noche para disfrutar de
la “vieja ultraviolencia” y saciar su apetito sexual violando a
indefensas mujeres. A razón de un pequeño problema dentro
de la banda, Alex es traicionado por sus drugos y dejado a
merced de la policía, la cual lo lleva a una prisión de alta
seguridad donde Alex tiene que pasar una larga temporada.
Pero un día se le presenta la oportunidad de acortar su es-
tancia presentándose como voluntario a la nueva “terapia de
aversión”, con la que se asegura que después de dos semanas
la maldad ya no existirá dentro de su ser. Y así es. Es tal la
“terapia de aversión” que el pobre Alex, al menor signo de
violencia siente nauseas y unas ganas terribles de morirse.
Pero la sociedad no ha olvidado, y los muchos crímenes que
cometió en su época dorada se cobrarán su venganza.

123
Críticas
PAUL ZIMMERMAN: “Una demostración de fortaleza qye hace de
Kubrick y verdadero genio del cine”, Newsweek.
VINCENT CANBY: “La naranja mecánica es tan hermosa de ver y
oír que deslumbra los sentidos y la mente”, New York Times.
REX READ: “La naranja mecánica es una de las pocas películas
perfectas que he visto en mi vida”, New York Sunday News.
JAY COCKS: “Un trabajo con un estilo casi intachable. INTACHA-
BLE”, Time.

124
I. LA VIOLENCIA COMO NARCISISMO MORAL

S TANLEY Kubrick con su película La naranja mecánica,


en una adaptación particular de la obra de Anthony Bur-
gess con el mismo título, nos invita a reflexionar sobre
el fenómeno de la violencia en nuestra sociedad. La primera
edición de la novela data de 1962, mientras que la película fue
estrenada en 1971. A pesar del tiempo transcurrido desde enton-
ces, la agudeza con la que Kubrick nos narra la historia de Alex
y sus drugos,1 una banda de jóvenes organizados para ejercer la
violencia como modus vivendi, para hacernos reflexionar sobre
la violencia en la sociedad.
El titulo de la película, La naranja mecánica, puede llamar
a equívoco si no conocemos que el término orange es utilizado
con un significado sui generis por Burgess en el libro para re-
ferirse a la persona. La metáfora no puede ser más acertada, si
entendemos “naranja” como símil de la riqueza creativa de la
persona y la posibilidad de ser exprimida por la presión de la
sociedad y un poder represivo. Este sería precisamente, el resul-
tado más claro que se lograría a través de la técnica Ludovico,
símil del control del poder sobre la libertad individual. A tenor
de estas observaciones, la película podría haber llevado por títu-
lo: la persona mecánica.
La Naranja mecánica, a pesar de ser una película con mu-
cho ritmo y con grandes dosis de violencia, no es una pelícu-
la de acción en su sentido convencional, sino una película que
nos proyecta esencialmente a reflexionar sobre estos fenómenos
1
Este término significa amigo en el lenguaje nasdat creado por Burgess, mez-
cla de inglés y ruso.

125
sociales. Esta opción se ve claramente reflejada en el carácter
pausado y sobrio con el que Kubrick ubica la cámara para captar
planos que nos haga ver su realidad desde una perspectiva en
la que lo cómico y lo trágico de nuestra realidad se confunden.
Por otro lado, su exquisito cuidado por los decorados en la que
se desenvuelven las distintas escenas, ayudan a subrayar el con-
traste entre el plano moral y el plano estético, como si fuesen dos
dimensiones escindidas de la sensibilidad humana, mostrando
la incongruencia de un individuo desnaturalizado que consigue
tener experiencias sensibles separadas de los fines de sus ac-
tos. Por eso, puede apreciar la música, como la expresión más
acabada del espíritu humano y, sin embargo, no reconocer más
normas que el deseo como voluntad. Cuando la moral se termina
por convertir en estética no tenemos manera de saber por qué
debemos preferir el bienestar al sufrimiento.
En La naranja mecánica, podemos distinguir dos partes cla-
ramente. La primera trata de la violencia del individuo hacia la
sociedad y, la segunda, la violencia como un problema social
que se vuelve contra el individuo, incluso contra aquél que fue
supuestamente regenerado por una técnica de condicionamien-
to de la conducta. En la primera parte, el protagonista, Alex,
quien se presenta a sí mismo como «vuestro humilde narrador»,
es la encarnación de un sujeto con una maldad depurada que
convierte la violencia en una actividad lúdica, sin que sus sec-
ciones de ultraviolencia dejé en él más efecto que el cansancio
de una agotadora jornada de diversión o trabajo. Como confiesa
Kubrick en su entrevista con Michel Ciment, su propósito era
lograr una crítica eficaz a los peligros de los métodos cientificis-
tas de solucionar los problemas sociales. Por supuesto, la técnica
Ludovico era descaradamente vejatoria para la libertad humana,
pero cabría incluir también otras formas de controles del poder
que reduce al individuo a una mera pieza técnica que puede ser
reparada sin en cuenta sus derechos más elementales. En este
sentido, la crítica sólo podía ser comprensible si se trataba de
que el público comprendiera que determinadas prácticas no son

126
admisible en contra de ningún ser humano, ni siquiera aquél que
pudiéramos suponer como el más depravado. Si no fuese así,
cabría siempre considerar que el horror de la violencia estatal
no está justificado por tratarse de personas inocentes, pero que
podría ser comprensible en otros supuestos más extremos. Por
este motivo, Kubrick nos presenta a Alex como un sujeto des-
moralizado, sin conciencia del mal que provoca y que le divierte
provocar daños a las personas.2
Con esta caracterización psicopática de los protagonistas da
la impresión de que Kubrick desease despertar nuestra sensibili-
dad para volcar la misma agudeza crítica en la segunda parte en
la que se nos muestra la violencia del Estado y la sociedad contra
el individuo, como si quisiera enfrentarnos a la pregunta de si es-
taríamos dispuestos a aceptar el horror de la violencia institucio-
nalizada, la cual guarda gran semejanza con el comportamiento
de Alex cuando realizamos un análisis más detenido.
Por otro lado, el disfraz y máscara que utilizan Alex y sus
drugos para llevar a cabo sus secciones de violencia, nos sugiere
que la violencia es una fuerza que nos habita y que expresamos
en distintos contextos en función de las situaciones de poder en
la que las personas pueden ejercer sobre otras sus deseos. La mi-
rada fija de Alex se nos ofrece como un espejo biselado en el que
observamos parte de nuestra imagen y, a la vez, la rechazamos
como una deformación de ella.
Aún en el supuesto del narcisista moral más malvado, la liber-
tad humana no puede ser sacrificada para una posterior eficacia
en el funcionamiento de la sociedad. Este empeño utilitarista de
la política de solucionar la violencia como una cuestión técnica,
puede ser una justificación demasiado peligrosa para el indivi-
duo.
Kubrick parece sugerirnos que la violencia pertenece a la
naturaleza humana y sólo cabría utilizarla bien o mal, pero no
eliminarla. Semejante empresa constituiría también un tipo de

2
A este respecto, véase el libro de Michel Ciment, Kubrick, pp. 161 y ss.

127
deshumanización, una mutilación de la persona que no lograría
erradicar la violencia, por el contrario, haría definitiva la vio-
lencia del poder ante el sujeto indefenso. Este conductivismo
moral pretende presentar la violencia como una anomalía que
puede ser corregida por métodos científicos. La etapa moral de
la acción humana sería superada por la perfección de una ciencia
que conseguiría evitar que el individuo sea destructivo para la
sociedad.
La ciencia, simbolizada en el tratamiento Ludovico no puede
ser una solución para la moral. Ni siquiera sus hipótesis más
optimistas pueden dar una respuesta a qué hacer con la libertad.
Condicionar el comportamiento no constituye una respuesta al
buen uso de la libertad, sino por el contrario, negarla, volcar
sobre el individuo la responsabilidad de “ser humano”, como si
su condición estuviera ya viciada por el hecho de ser libre. Pero
esta reflexión llevaría también a negar la posibilidad de bon-
dad, pues sólo desde la libertad se puede producir la virtud. Un
comportamiento inducido convierte al individuo en una máqui-
na y elimina su persona. En el fondo, parece decirnos Kubrick,
el hombre teme a su propio instintito, a su animalidad, cuando
fracasa su integración en la sociedad. En consecuencia, pensar
sobre la violencia del individuo nos ha de conducir a pensar so-
bre la violencia de la sociedad.
Eliminar la violencia del individuo no significa en ningún
caso que se elimine sus causas. Cuando se reinserta en la socie-
dad a personas agresivas, cabría preguntarse aún si la sociedad
estaría dispuesta a perdonarlas, incluso contando con la garantía
de que no volverán a causar más daño a los demás. Kubrick pre-
tende ilustrar que la violencia es un instinto mucho más fuerte
que el mero deseo de agredir a otra persona. La violencia es la
expresión del poder, la misma que mostraba Alex en la primera
parte de la película, cuando se consideraba el amo de los micro-
cosmos cerrados elegidos para llevar a cabo sus secciones de
ultraviolencia. Lo mismo ocurre en cualquier ámbito de la so-
ciedad y de manera mayúscula en el ejercicio del poder hacia los

128
individuos. En el fondo es el poder, el ansia de sentirse superior,
de crear un orden en el que se experimenta la eficacia efímera de
la voluntad, lo que seduce y motiva al violento.
Por tanto, esta es una dimensión de nuestra naturaleza que no
podemos relacionar de manera directa con una causa biológica,
pues el ser humano construye sus propias fantasías de poder en
la sociedad. La violencia individual no es ajena a los discursos
sociales, a los modelos antropológicos que se hayan alentado
sobre la persona. Alex es un perfecto cualquiera de una sociedad
individualista en la que la moral es independiente de lo social.
Éste último orden sólo sería pertinente como mecanismo coac-
tivo, pero irrelevante cuando se tuviera la garantía de que se
puede actuar impunemente. Pero ¿qué ocurre cuando los indivi-
duos durante las noches diseñan escenarios de realidad donde su
moralidad se sitúa por encima del orden social? ¿De qué mane-
ra puede resolver el individuo consumista el conflicto entre sus
preferencias personales y los intereses de la sociedad? ¿Por qué
no entender también la violencia como una opción artística, una
manera de introducir en el orden desordenado las preferencias
individuales como prioritarias?
La violencia es presentada como una actividad lúdica y esté-
tica, similar a la que se puede disfrutar en una actuación teatral,
como si se tratase de la representación de un personaje, sin que
ello anule la identidad social del individuo. Se interpreta y lue-
go se vuelve a la pura normalidad, un consumo de placer que
incluye el sufrimiento del otro como un modo de exacerbación
subjetiva del poder. Cabría incluso preguntarse por qué calificar
a la violencia negativamente en una sociedad individualista en la
que la suerte de cada cual depende exclusivamente del éxito de
su empresa. La violencia podría ser entendida como un ejercicio
de creatividad en la que el propio actor coloca el horror ajeno
como tonalidades del decorado de su actos.
Desde una perspectiva individualista la violencia sería en-
tendida a la vez como una acción personal y como una esce-
nificación del desorden social. Realizar acciones violentas no

129
constituiría nada más que un ejercicio de autoafirmación, de
pertenencia a un grupo que la acepta como una actividad en la
se expresa su modo de entender la vida. Esta concepción de la
violencia como visión cultural del narcisismo individualista se
expresa, por ejemplo, en la elección que Alex y sus drugos por
nuevos episodios de ultraviolencia como una forma de entrete-
nimiento, como si no se tratase de una elección de menor valor
a la que toma la mujer que práctica gimnasia o el intelectual que
se dedica a sus libros. El individualismo, el puro deseo, demues-
tra la sinrazón de la voluntad. Pero esta actitud descabellada y
repugnante que nos hace rechazar el comportamiento de Alex,
no es diferente, como veremos, a la que tiene el poder político
con Alex cuando se convierte en víctima de la técnica Ludovico.
Se trata de utilizar la arbitrariedad individual como imagen de la
una sociedad no menos violenta con el individuo.
La falta de sensibilidad moral ha sido una herencia del ilumi-
nismo racionalista que ha llevado a la barbarie. La razón técnica
no puede explicarnos por qué está mal que se dañe o incluso se
llegue a eliminar a otra persona. Y si bien a todos nos parece
verlo claro cuando se trata de la violencia de una persona hacia
otra, solemos mostrar un enorme miopismo para reconocer la
violencia que se ejerce desde el poder contra el individuo.
La aplicación de la técnica Ludovico como método de correc-
ción de la conducta se convierte en el episodio bisagra que per-
mite establecer un contraste entre ambas partes. De este modo,
la película nos ofrece una réplica genética casi perfecta entre los
episodios narrados en la primera parte, en la que el protagonista
es causante de la violencia, y la segunda, en la que el individuo
“in-violento” sería víctima de la violencia social. La pregunta
es obvia: ¿es la violencia un efecto de la conducta individual
o, por el contrario, sería una el resultado de la estructura de la
convivencia social?
Kubrick nos ilustra como el sexo también recibe este estatus
de producto de consumo para el individuo narcisista. Desde el
comienzo de la película, observamos como los motivos eróticos

130
forman parte del club en el que se dan cita Alex con sus drugos
para planear sus nuevos episodios de ultraviolencia: mesas con
formas de mujeres en poses insinuantes; tiradores de los que se
extrae la bebida favorita, constituyen buenos símiles con los que
Kubrick ilustra el sexo como un mero consumo.
El consumo, el sexo y la violencia se han mecanizado y el
individuo interactúa con los otros por una cuestión simplemente
de intereses, de pasiones, necesidades, coincidencias, pero no
existe, en estricto término, “la relación”. Ni siquiera en el caso
de Alex con sus drugos podríamos decir que se trata de una re-
lación, más bien se trata de actuar junto por asegurarse el placer
individual de la violencia.
Este carácter mecánico de la relación queda expresado de
un modo muy expresivo en la relación que Alex mantiene con
dos chicas en su habitación que es pasada a cámara rápida. La
utilización de la cámara rápida expresa la impersonalidad de la
relación, en la que no puede ser reconocida ninguna de sus parti-
cipantes, y la mera intención de una experiencia que se consume
en el acto mismo de realizarla, sin que tenga más historia. La
naranja mecánica nos sugiere la conciencia de la soledad del
sujeto actual, quien no puede tener moral porque ha quedado
desubicado de cualquier relación en la que pueda experimentar
sentimientos hacia el otro y por el otro. Sólo serán sus deseos
individuales los que le mueva en sus actuaciones.
No menos significativos resultan los siguientes episodios de
agresión en los que el sexo se convierte en un símbolo de poder.
En el primer caso, en el ataque a la casa del escritor, su mujer es
violada en su presencia, tras ser rasgado su vestido en las zonas
de sus órganos sexuales, ofreciendo claramente un ejemplo de
tratarla como un objeto de consumo por encima de cualquier
pasión erótica. Ni siquiera aparece un primer plano de su rostro,
como seña de identidad, lo que contrasta claramente con el pro-
tagonismo que se le concede al marido. En un primer plano apa-
rece la expresión angustiada del marido mientras observa con
impotencia el gesto desafiante de Alex que se le aproxima con

131
su mascara de nariz alargada, con un claro sentido denotativo
de que el sexo es también y, en ocasiones, exclusivamente, un
instrumento de poder. Se trata esencialmente de buscar el placer
de “poder”, que es de donde surge toda violencia.
La otra escena, de similares característica, relata el episodio
del asalto a una señora de clase acomodada mientras realiza
gimnasia en el lujoso salón de su casa. Toda la escena gira en
torno a una escultura de un pene de grandes proporciones sobre
el que se fija Alex y con el que jugará golpeando en su cabeza.
La figura se mueve con un movimiento balanceante que le per-
mite adquirir un protagonismo autónomo como si se tratase de
otro personaje de la escena. La señora, irritada por la irrupción
de Alex en su salón, primero y, por golpear de manera peligro-
sa su valiosa escultura después, decide atacarle. Alex agarra la
escultura y se inicia una lucha que se asimila a una especie de
juego en la que este gran pene se convierte en protagonista de la
escena. Tras ser golpeado Alex con otro objeto, esté atacará a la
señora incrustando la escultura contra su cuerpo.
En ambas acciones la violencia se presenta bajo la forma de
una actividad lúdica o estética. Si en el primer ataque la acción
de Alex se produce mientras tararea la canción de cantando bajo
la lluvia, la cual utiliza para asestar golpes desprevenidos a sus
víctimas, en la segunda, todos asistimos a ver la escena con una
gran comicidad por el protagonismo que adquiere la escultura
enorme del pene, dejando en segundo lugar los efectos que se
derivan de dicha acción. Este disfraz lúdico de la violencia le
concede un aspecto que nos hace olvidar sus riesgos y sus re-
sultados. Ella misma se presenta como una acción que tiene su
propia razón de ser: el placer del sujeto que la práctica y la ge-
nialidad de hacerlo con un toque de teatralidad y humor que la
convierte en una experiencia a la vez estética y lúdica. La agre-
sión se mezcla con el juego; el sexo, con el placer y el poder; la
tragedia, como un simple accidente del infinito narcisismo.
Kubrick insiste en mostrarnos cómo el modus vivendi de la
violencia es compatible con el gusto estético y refinado de Alex,

132
quien, en una de las escenas más significativa de la película la-
menta que el poder evocador y sentimental de la novena sinfo-
nía de Beethoven sea utilizada para acompañar las imágenes del
horror del nazismo. Esta asociación por parte de Kubrick es in-
tencionada y persigue hacernos reflexionar sobre cómo también
en la historia los pueblos pueden desarrollar su espíritu estéti-
co y, en cambio, cometer los mayores horrores humanos, como
demostraba precisamente la Alemania nazi. Alex es un ejemplo
que nos repugna por la arbitrariedad de sus actos, pero precisa-
mente su maldad y su frialdad nos refleja de un modo certero el
comportamiento de quien eleva a máxima de la acción su propio
deseo. Se trata de una voluntad totalizadora en escenarios ce-
rrados, en los que intervienen para acechar a sus víctimas y sus
drugos hacen de vigilantes y cumplidores de sus normas. Esta
imagen de la violencia es similar a la de un país que acepta el
horror como norma, el genocidio, el sufrimiento, el rechazo a
otras clases sociales, con absoluta indiferencia o, cuando no, con
el noble propósito de convertirlas en objeto de escarnio y des-
precio, como hiciera Alex con el anciano pedigüeño al comienzo
de la película.

2. LA UTOPÍA DEL CONTROL DEL INDIVIDUO E INMORALIDAD DE LA


VIOLENCIA DEL ESTADO

Merece la pena prestar atención a las escenas que nos presen-


tan a Alex sometido a la técnica Ludovico. Quizás éstas cons-
tituya el eje sobre el que gira la película y que, perfectamente,
ilustran el sentido de su título: la naranja –léase persona- mecá-
nica o mecanizada.
Alex aparece atado a una silla y obligado a mantener los ojos
abiertos para visionar una serie de imágenes violentas llena de
significados simbólicos: la violencia contra las personas, la vio-
lencia sexual y el horror de la guerra, expresada en la parada
militar del ejercito nazis. Se trata de un experimento en el que

133
el sujeto es condicionado científicamente a resistir cualquier im-
pulso violento por la aparición de una serie de efectos fisiológi-
cos: vómitos y nauseas.
Ni siquiera en este individuo perfectamente malvado; ni si-
quiera para un fin presuntamente tan bueno como eliminar la
violencia de la sociedad, puede ser admisible una violencia tan
totalizadora como la que pretenda reducir la naturaleza humana
a algo distinto de lo que realmente es. Alex es un depravado
social, pero el poder que lleva a cabo este experimento con él
se muestra perfectamente más destructor. La ciencia no puede
remplazar a la moral y la respuesta a la violencia no puede ser
más violencia, más aniquilación, tal y como concebía el nazismo
la solución de los problemas de la lucha de clase y la eliminación
de sujetos no deseado. La ciencia moderna que apela por méto-
do eugenésicos y eutanásicos que quedan en manos del poder,
pueden ser una barbarie mucho más mayor que la violencia con-
templada en el comportamiento de Alex.
El grito de Alex se convierte en el símbolo de horror del po-
der. «Ya estoy curado», el éxito del poder, es el fracaso más es-
trepitoso de un individuo que prefiere la tortura a terminar de
perder su libertad; o, visto de otra forma, admite que su libertad
no existe cuando existen mecanismos de tortura social que le
produzcan un sufrimiento indecible.3
En una de las escenas más intensa y significativa de la pelí-
cula: Alex grita insistentemente que está curado y pide que le
desconecten de la máquina. Se trata justamente en el momento
en el se está emitiendo las imágenes de los horrores del régi-
men nazis y su maquinaria militar acompañada con la música
de la novena sinfonía de Beethoven. Esta asociación le parece
perversa a Alex, quien se declara admirador de «divino Ludwig
van Beethoven» y estima que los sentimientos que evoca en él
3. Resulta pertinente recordar que una conclusión similar podemos apreciar
en la obra de G. Orwell de 1984, en la que el protagonista es requerido a
amar el estado, expresado en una voluntad mecánica, en la que el miedo
sustituye a la libertad.

134
su música no puede sonar con dichas imágenes desagradables.
Si definitivamente anulamos la violencia y condicionamos su li-
bertad, también anulamos su capacidad de expresar el valor que
le concede a las cosas. El individuo pierde la autonomía moral y,
por tanto, su bondad resulta hueca, como la de un monstruo que
actúa programado y cuando es sometido a su propio programa se
ve obligado a su destrucción.
La imagen del protagonista con un casco conectados con ca-
bles, ofrece la imagen última de cualquier utopía moral, el con-
trol del individuo, su reducción a una voluntad superior que es
capaz de administrarle los ingredientes necesarios para dosificar
su libertad con el orden social.
Podríamos atisbar otros aspectos característicos del poder po-
lítico en esta aplicación de la técnica Ludovico. Por ejemplo, la
capacidad de los poderes políticos y económicos dentro de la
sociedad de proyectar y asociar las imágenes de la realidad de
acuerdo con sus intereses. Se trataría de una estrategia más sutil
pero no por ello menos efectiva de la técnica Ludovico que per-
dura en nuestra sociedad. Esta capacidad de influencia de la ciu-
dadanía como si fuera un laboratorio de libertades individuales
que pueden condicionar con el poder de las imágenes. El efecto
que se produciría sería el del propio autocontrol de los ciudada-
nos críticos y la aceptación de una realidad adversa ante la que
se experimenta una impotencia absoluta para reaccionar frente
a sus problemas. La nausea inducida hacia cualquier asunto en
que podamos descubrir nuestras propias tendencias naturales
siempre que sean en contra de los intereses del poder.
Tras haberse sometido a la técnica Ludovico Alex queda en
libertad, pero menos libre que nunca, pues se le arroja a la so-
ciedad como un sujeto incapaz de realizar acciones violentas. La
hipótesis que se establece en esta segunda parte es clara. Vamos
a seguir a este joven tratado científicamente para ver si su vida es
mejor por el hecho de no ser violento. Así el joven Alex recorre
casualmente los mismos escenarios en los que se situaron sus
acciones pasadas, para demostrar que el hecho de que se cambie

135
a los individuos no arregla la violencia social. ¿Por qué la convi-
vencia se experimenta como violenta?
La violencia persiste y el sujeto que no actúa violentamente
simplemente será víctima de ella. La violencia está implícita en
nuestra naturaleza y se mostrará como un ejercicio de poder para
anticiparnos a los demás y obtener de ellos ciertas ventajas y
placeres, aunque sea la simple exhibición de nuestro poder sobre
ellos.
La historia de un individuo “no-violento” nos muestra la vio-
lencia de la sociedad. Su familia no le concede su espacio vital,
ocupado ya por otro “inquilino”. No es baladí esta imagen, la
sensación de espacio, de pertenencia, de expectativa en la vida
de otros es la que confiere las condiciones familiares y socioló-
gicas que pueden prevenir de la violencia. No deja de llamar la
atención que Alex, ante de despedirse de sus padres, preguntará
por su enorme serpiente como el compañero con el que conserva
el recuerdo de una relación. El contraste que quiere marcar Ku-
brick entre la relación de Alex con sus padres y con su mascota
es tremendamente simbólica de la incomunicación familiar.
La segunda escena nos refleja el simbolismo de las clases so-
ciales. Las generaciones, las clases, todas se sienten víctimas
de otras y los conflictos siempre estallarán en una dirección u
otra por ocupar el espacio simbólico de poder. Resulta llamativo
como incluso la clase más fuerte, representada en la juventud de
Alex, puede convertirse en la más vulnerable y débil a manos de
otras, cuando la libertad ha quedado cercenado para poder de-
fender sus intereses. Alex prefiere ser agredido antes que volver
v a sentir los efectos del tratamiento, lo que podríamos obser-
var simbólicamente como el condicionamiento del poder sobre
nuestros actos.
Finalmente, Alex es librado del linchamiento de los ancianos
vagabundos por dos policías que, para su sorpresa, reconoce la
cara de sus viejos “amigos” que le someterán a otra sección de
ultraviolencia, pero ahora con el uniforme (“disfraz”) de poli-
cía. De hecho, esta violencia puede ser la más depravada, pues

136
el ciudadano se siente más desprevenido e indefenso que ante
cualquier otra..
Alex y sus drugos, convertidos ahora en policías, simbolizan
los dos peligro de la violencia ejercida por el poder: la violencia
a su servicio y la violencia como represión absoluta. Son los dos
extremos de la misma realidad que tienen el mismo origen: la
violencia. Una, al servicio del poder; la otra, víctima de la obse-
sión del poder por controlar la violencia privada. Sin embargo,
el resultado es obvio: este procedimiento sólo puede conducir a
convertir a los ciudadanos en más indefensos frente a los abusos
del poder.
Sin embargo, el ejemplo más claro de la destrucción de la
“in-violencia” es el que experimenta Alex en el episodio poste-
rior cuando es recogido casualmente en la casa del escritor, otra
antigua víctima que se convertirá en su próximo verdugo, como
si la violencia también fuese un péndulo de poder que se ejerce
de manera inevitable de una dirección a otra.
Alex despierta y se encuentra encerrado en una buhardilla
en la que escucha de manera la novena sinfonía de Beethoven.
La música que se había utilizado durante el tratamiento, le trae
a la memoria los efectos abominables del tratamiento y ruega
que cese la música. Paradójicamente, su propio gusto se ha con-
vertido en una amenaza para él. La libertad del individuo ha
llegado a abortar aquellas elecciones que mostraban su sensibi-
lidad. Los golpes de Alex resultan de un terror psicológico tre-
mendo cuando observamos que no logra disfrutar con lo que
antes constituía un motivo de placer y le evoca la maldad de las
escenas de violencia que le acompañaban. Kubrick nos ilustra
con magistral genialidad como la aniquilación de la violencia,
el condicionamiento de la conducta, puede convertir al propio
sujeto en su enemigo, el acto más descarnado de una violencia
organizada que ha sido interiorizada por el individuo. La violen-
cia es un mecanismo de defensa contra aquello que experimenta-
mos como hostil y si eliminamos la violencia del individuo, éste
terminaría explotando contra sí mismo.

137
Eliminar la violencia no asegura la aceptación de los demás.
El ser humano siente odio hacia su prójimo y, sobre todo, a aquel
otro que le ha hecho daño. Y se puede curar la violencia, pero no
la violencia moral de quien desea la venganza, la oportunidad
de aprovechar la inferioridad momentánea del otro para pagarle
con la misma moneda. Una sociedad que entiende la violencia
como un problema técnico, simplemente no sabrá qué es el per-
dón, que consiste no sólo en aceptar la actitud no violenta del
otro, sino también su condición igual de persona.
Hay que entender la violencia como un desorden orientativo
que debe ser resuelto con un cambio de razones sobre el sentido
de la vida y no por un método de racionalización de la violen-
cia. El ser humano no es una naranja mecánica y no se puede
someter a experimentos en los que se exprima su sustancia para
conseguir un resultado más eficaz pero menos humano.
Después de estos episodios trágicos, Alex aparece como un
muñeco de yesos en el hospital, inmovilizado y ayudado incluso
en sus tareas más básicas por las enfermeras. Esta imagen nos
permite tomar conciencia del carácter artificial que las personas
tenemos para el poder. Se observa como el poder utiliza la tra-
gedia de las personas para ofrecer todavía una imagen benévola
de su atención. Alex es advertido de la próxima visita del mi-
nistro del Interior que busca hacerse la foto con la que exhibir
a la opinión pública el éxito de su propuesta de reforma de la
delincuencia.
El poder no sólo infringe daño al individuo con sus intentos
de control mecánicos, represivos y absolutamente desinhibido-
res de la propia libertad, sino que además pretende que el resul-
tado de este sujeto artificial no quede en entredicho y puedan ser
descubiertas sus miserias. La violencia del poder político radica
en el olvido del individuo y su obsesión por conservar el mando,
haciendo de la sociedad un efecto distorsionado en la que sólo se
ofrece imágenes paternalistas y protectoras de sus actos.
Mientras tantos, Alex se mantiene perplejo por tantas aten-
ciones y expresa su deseo de curarse, lo que finalmente puede

138
afirmar, no porque fuese liberado de los artilugios clínico, sino
cuando observa que su propia “quijotera”, como ya a su cabeza,
comienza a concebir y desear aquellas pasiones con las que él
identificaba su naturaleza: sexo, violencia y otras escenas que
puede volver a considerar sin los efectos del tratamiento. A par-
tir de aquí, cabe la libertad y, por tanto, cabe también la recupe-
ración y la bondad.

3. LA NARANJA MECÁNICA FUERA DE LA NARANJA MECÁNICA

No podemos entender el fenómeno de la violencia fuera del


modelo antropológico y cultural que nos propone la sociedad
actual. Por un lado, asistimos a una cultura de consumo que con-
vierte toda clase de experiencia en desechable. Esta dinámica
genera en el individuo una tendencia a contemplar las relacio-
nes como una competición por las cosas, un modo de afirmar su
poder frente a los demás. De este modo, la violencia se antoja
como una conducta “racional” para lograr el objetivo de adelan-
tarse a los deseos de los demás.
La violencia se legitima a sí misma. Si la vida humana ha pa-
sado a ser un cúmulo de experiencias y nada más, ¿por qué prio-
rizar unas que fuesen de una naturaleza frente a otras posibles
con otro valor? ¿Por qué preferir la comodidad al espectáculo
de experimentar la violencia? ¿Qué puede dotar al individuo de
una razón que le haga salir de su subjetivismo? ¿De que modo
descubrir un valor moral en una sociedad cuyo orden se perci-
be bajo una estructura de simple consumo individual? En una
escena de la película vemos como Alex guarda el dinero, joyas
y otros objetos cosechados de los actos violentos de la noche
anterior. Esta escena ambientada una vez más con el fondo mu-
sical de la novena sinfonía de Beethoven, se expresa con una
enorme normalidad, como si se tratase de guardar los ahorros de
su propio trabajo. Kubrick no nos quiere hablar de una violencia
marginal, sino de la violencia como una metáfora de un “orden”

139
que puede ser desordenado, que puede resultar absolutamente
normal, pero bajo el cual se esconde enorme cantidad de actos
violentos contra las personas.
Esta imagen ilustra perfectamente como el consumismo, la
riqueza, aquello que uno perfectamente aspira a obtener con su
trabajo, se puede conseguir a través de la violencia. Pero la re-
flexión no es sobre la violencia, sino sobre cómo el individuo
puede habituarse a su propia forma de vida, en ocasiones per-
judiciales para otros, bajo la seducción exclusiva de satisfacer
placeres personales. El ejemplo de la violencia de Alex adquiere
un enorme significado de una violencia invisible que golpea sin
ser vista pero que resulta repugnante. La intención del autor, ob-
viamente, es sacar a la luz esta actitud hipócrita de repugnancia
hacia la violencia con una conciencia que puede pertenecer a
ella y no se reconoce nada más que en los actos ajenos.
Desde otra perspectiva, La naranja mecánica puede inter-
pretarse como una crítica a la modernidad. A la disociación del
individuo y la colectividad; de una razón eficientista: la mis-
ma que llevaron al holocausto nazis y la falta de una revisión
de la moral que respete la libertad. Que evite el totalitarismo y
también el individualismo, encontrar nuevas formas de reflexión
sobre políticas cientifistas que ignoran las dimensiones morales
del comportamiento humano. Las preguntas más pertinentes de
la sociedad no consiste en saber en cómo controlar la violencia,
sino por qué el individuo es violento. Cambiar al individuo no
constituye un cambio de la sociedad. La violencia se percibe
como el relieve inevitable de tensiones y pugnas de conflictos
sociales. Perdura la violencia porque forma parte de la convi-
vencia, pero no se puede solucionar la violencia con la violencia,
ni eliminando esta capacidad en el individuo. Se trata de revisar
las razones de los actos.
Creemos que la exhibición de esta película nos debe llevar
a preguntarnos hasta qué punto la violencia mediática nos ha
educado a ser más permisivo con la presencia de la violencia en
nuestras sociedades.

140
En este tiempo, la televisión nos ha habituado, cada vez más,
a aceptar la violencia como una expresión ordinaria de nuestra
convivencia. Más aún, se resalta la violencia para destacar los
episodios sobre los que se quiere llamar la atención. La capaci-
dad de tensión que genera la simple insinuación de violencia o
su realización se utiliza como un acicate para despertar nuestros
sentidos. La realidad comienza a parecer importante cuando se
marca con violencia y cualquier representación de lo real busca
la violencia como hilo argumental. Esto ha llevado a un exce-
so de violencia tanto en los contenidos informativos como en
los productos de ficción. La competencia por la audiencia ha
llevado a una competencia en la violencia, en la acción, en el
espectáculo. Se trivializa su utilización como un mero recurso
de la sintaxis audiovisual, como una conjunción entre episodios
dispares para llamar la atención del espectador con una violencia
gratuita e incluso antiestética. Se trata de violar la intimidad del
espectador, su pudor para que la propia repulsión que siente ha-
cia la obscenidad de la sangre, el dolor se convierta en su propia
atracción. Es un desafío a atreverse a mirar a “lo humanamen-
te” prohibido, aquello que siendo humano se nos presenta de un
modo inhumano.
Quizás el ejemplo de la película que tratamos en este trabajo,
La naranja necánica, constituye un buen termómetro de cómo
la sensibilidad moral del público ha cambiado en este tiempo.
Sus episodios de violencia que hace treinta años resultaban re-
pulsivos y de mal gusto, pueden ser visionados hoy día con una
absoluta indiferencia. Nuestro umbral de repugnancia moral ha-
cia la violencia ha aumentado y admitimos como normal que se
pueda emitir y contemplar imágenes de la tragedia humana, real
o ficticia, con toda normalidad.
En cierto sentido, es verdad que se corre el riesgo de que
la habitualidad de contenidos violentos en los medios audiovi-
suales le confiera una apariencia de normalidad y, en términos
normativos, de admisibilidad. Por otro lado, el atractivo estético
o psicológico con el que se envuelve la violencia en los medios,

141
como ocurre en esta película, puede conducir, ocasionalmente,
a que aquellos que tengan menos capacidad de entender su utili-
zación justamente para ilustrar la realidad que hay detrás de ella,
se sienta motivados a imitarla. Efectivamente, tras el estreno de
La naranja mecánica, fueron denunciados muchos episodios que
emulaban a los de la película y el propio Kubrick tuvo que indi-
car a la distribuidora que retirada la película de las salas de cine
británica.
Quizás volvemos a vivir en una época en la que la violencia
está tan implantada en nuestra sociedad, nos parece un conte-
nido tan cotidiano, que lo único que nos llega a preocupar es
que seamos nosotros algún día víctima de ella. En el fondo, la
reflexión de Kubrick en esta película es desafiar esta actitud in-
dividualista que, aunque tenga un contenido distinto, no es muy
distinta de la del violento que considera que la suerte de los de-
más no tiene nada que ver con la suya. Por eso, creemos que la
película debería propiciar un nuevo debate sobre la libertad del
individuo y el sentido de su pertenencia en una sociedad cada
vez más atomizada.

BIBLIOGRAFÍA
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142
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SANMARTÍN, José, GRISOLÍA, James S. y GRISOLÍA, Santiago (eds),
1998: Violencia, televisión y cine. Editorial Ariel. Barcelona.
SHILLER, H. (1979): Los manipuladores del cerebro. Gedisa. Barcelona

143
VIOLENCIA Y PAZ EN LAS RELIGIONES
por
JUAN JOSÉ TAMAYO
Violencia, p. 145
JUAN JOSÉ TAMAYO. Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia
de Comillas en 1971. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Sa-
lamanca en 1976. Diplomado en Ciencias Sociales por el Instituto León XIII
en 1972. Licenciado (1983) y doctor en Filosofía y Letras por la Universidad
Autónoma de Madrid (1990).
Es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de la Religión “Ignacio
Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid y profesor de la Cátedra
de las Tres Religiones de la Universidad de Valencia. Es también profesor
invitado de varios Centros Universitarios de Europa y de América Latina.
Colabora en distintas revistas latinoamericanas y españolas de teología,
ciencias de las religiones y ciencias sociales Es Miembro del Consejo de
Redacción de las revistas Éxodo (Madrid) y Pasos (San José, Costa Rica) y
asiduo colaborador del diario El País, en las secciones “Opinión” y “Socie-
dad” y en el cultural Babelia.
Es fundador y actual Secretario General de la Asociación Española de
Teólogos y Teólogas Juan XXIII, miembro de la Sociedad Española de las
Ciencias de la Religión (SECR) y vicepresidente de la Asociación Pro Dere-
chos Humanos de España (APDH).
Obra destacada
Es autor de 40 obras. Entre las últimas cabe destacar: Por eso lo mataron.
El horizonte ético de Jesús de Nazaret (Trotta, Madrid, 1998); Para com-
prender la teología de la liberación (EVD, Estella, Navarra, 2000, 5ª ed.);
Panorama de la teología latinoamericana (EVD, Estella, Navarra, 2002, 2ª
ed.); Diez palabras clave sobre globalización (EVD, Estella, Navarra, 2002);
Diez palabras clave sobre Jesús de Nazaret (EVD, Estrella, Navarra, 2002,
3ª ed.); Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret (Trotta, Ma-
drid, 2003, 3ª ed.); Nuevo paradigma teológico (Trotta, Madrid, 2003; 2ª ed.,
2004); Adiós a la cristiandad. La Iglesia católica española en la democracia
(Ediciones B, Barcelona, 2003), Fundamentalismos y diálogo entre religio-
nes (Trotta, Madrid, 2004); Diez palabras clave sobre paz y violencia en las
religiones (Verbo Divino, Estella, 2004), El cristianismo ante los grandes
desafíos de nuestro tiempo (Universidad de Valladolid, Valladolid).
De próxima aparición: Nuevo diccionario de teología (Trotta, Madrid,
2005); Iglesia y sociedad en España (Trotta, Madrid, 2005, con colaboración
con José Mª Castillo); Diez palabras clave sobre derechos humanos (Ver-
bo Divino, Estella, 2005), Inculturación, diálogo interreligioso y liberación
(Verbo Divino, Estella, 2005).

146
L A presente reflexión sigue los siguientes pasos. Tras una
breve introducción que se refiere a la paz como bien pre-
ciado, pero quebradizo y siempre en peligro de desem-
bocar en guerra, analizo el papel asignado por Huntington a las
religiones en su teoría del choque de civilizaciones. A continua-
ción me adentraré en el análisis del terrorismo de matriz religio-
sa, mostrando cómo tiene su justificación en textos fundantes de
las religiones leídos fundamentalistamente. Frente al choque de
civilizaciones y al terrorismo de origen religioso propongo el
diálogo interreligioso con el objetivo de construir una sociedad
en paz. El análisis de las tradiciones religiosas en torno a la paz
constituye el final de este recorrido.

1. LA PAZ, BIEN PRECIADO, PERO FRÁGIL Y QUEBRADIZO

La paz es uno de los bienes más preciados y anhelados por


la humanidad, pero, al mismo tiempo, uno de los más frágiles
y amenazados. Rastreando las huellas de la historia humana,
en vano buscaríamos un estado duradero de paz. A lo más, en-
contraríamos armisticios, breves periodos intermedios entre dos
guerras, que no son precisamente remansos de paz, sino tiem-
po dedicado de manera calculada a preparar nuevas guerras. La
humanidad –o al menos sus dirigentes, también los religiosos–,
pareciera seguir la consigna belicista de san Agustín. «Si quieres
la paz, prepara la guerra». Una consigna muy alejada del ideal
ilustrado de la “paz perpetua” que propusiera Immanuel Kant en
la obra del mismo título, publicada en 1795, poco después de la

147
firma de la paz de Basilea entre Francia y París, donde podemos
leer:
Esta facilidad para hacer la guerra, unida a la inclinación que
sienten hacia ella los que tienen la fuerza y que parece congé-
nita a la naturaleza humana, es el más poderoso obstáculo para
la paz perpetua.1

¡Kant, siempre tan oportuno, tan certero, tan actual!


Existe una falta de sintonía entre los mensajes de paz que
ofrecen las religiones y algunas de sus manifestaciones históri-
cas violentas a través de las cuales han logrado imponerse por
la fuerza de las armas. Lo que con gran lucidez decía de los
cristianos Baruc Spinoza, que había sufrido en su propia carne
la exclusión de la comunidad judía, es aplicable a no pocos cre-
yentes de otras religiones:

Me ha sorprendido a menudo ver a hombres que profesan la


religión cristiana, religión de paz, de amor, de continencia, de
buena fe, combatirse los unos a los otros con tal violencia y per-
seguirse con tan terribles odios, que más parecía que su religión
se distinguía por este carácter que por lo que antes señalaba.
Indagando la causa de este mal, he encontrado que proviene,
sobre todo, de que se colocan las funciones del sacerdocio, las
dignidades y los deberes de la iglesia en la categoría de las ven-
tajas materiales, y en que el pueblo imagina que toda religión
consiste en los honores que tributa a sus ministros.

2. LAS RELIGIONES EN LA TEORÍA DEL


“CHOQUE DE CIVILIZACIONES”

A la causa de la paz no contribuye precisamente el choque


de civilizaciones que Samuel Huntington viene anunciando de
manera insistente desde hace casi una década, primero en un
artículo aparecido en la revista Foreig Affaire, del verano de
1
I. Kant, Sobre la paz perpetua, presentación de A. Truyol y Serra, y trad. de
J. Abellán, Tecnos, Madrid, 1998, 6ª ed.

148
1993, y luego en el libro titulado El choque de civilizaciones y
la reconstrucción del orden mundial, que constituye el guión de
la política actual de los Estados Unidos. Dos son las tesis que
defiende. Una, que las culturas y las identidades culturales están
configurando las pautas de cohesión, desintegración y conflic-
tos en el mundo de la posguerra fría. La revitalización de las
religiones en distintas partes del mundo refuerza las diferencias
culturales. Otra, que las guerras del siglo XX no se producirán
entre clases sociales, porque éstas han desaparecido; ni entre las
ideologías, porque estamos en el final de ideologías, y lo que
impera es el pragmatismo en la soluciones; ni entre los sistemas
políticos, porque no existe más que un único modelo, el demó-
crata-liberal, que ha conseguido imponerse en todo el mundo,
con algunas excepciones que pronto dejarán de serlo; ni entre
las naciones, porque las fronteras están establecidas de manera
estable y no se prevén sobresaltos; ni entre los modelos econó-
micos, porque, tras la caída del muro de Berlín y del derrumbe
del socialismo real, existe un único modelo, el neoliberal, que ha
logrado triunfar sin apenas resistencia en todo el planeta gracias
a la estrategia ideológica de la globalización “realmente exis-
tente”, de su mismo signo. Huntington formula su tesis en estos
términos:

La fuente esencial de conflicto en este mundo nuevo no será


fundamentalmente ideológica ni fundamentalmente económica.
Las grandes divisiones de la humanidad y la fuente predomi-
nante del conflicto serán de tipo cultural. Las naciones Estado
seguirán siendo los actores más poderosos en la política mun-
dial, pero los principales conflictos de dicha política se pro-
ducirán entre naciones y grupos de civilizaciones distintas. El
choque de civilizaciones dominará la política mundial. Las lí-
neas divisorias entre civilizaciones serán los frentes de batalla
del futuro.

En este choque, Occidente debe mantener su superioridad


tecnológica y militar sobre otras civilizaciones, sigue afirmando,

149
y contener el desarrollo del poder militar –tanto convencional
como no convencional– de China y de los países islámicos. La
supervivencia de Occidente, afirma, depende de que los estado-
unidenses reafirmen su identidad occidental y de que los occi-
dentales acepten su civilización como única y universal. Lo que
exige a éstos unirse para preservar dicha civilización frente a
los ataques procedentes de sociedades no occidentales. Las pre-
tensiones universalistas de Occidente le llevan derechamente a
entrar en conflicto con otras civilizaciones, especialmente con
China y el islam.
En el choque de civilizaciones que se va a producir en el siglo
XXI, Huntington asigna a las religiones un papel fundamental,
pero no como pacificadoras en el conflicto, sino como instancia
legitimadora del mismo o, dicho gráficamente, como el líquido
inflamable que se arroja al fuego del choque para que éste no se
extinga. La función de las religiones habrá de ser ofensiva como
lo es la propia estrategia de Occidente en la preservación de su
hegemonía cultural, política, económica y militar. De esa mane-
ra continuarían con su tradición bélica que las ha acompañado
a lo largo de toda la historia humana. El principal y más agudo
conflicto interreligioso se producirá entre el cristianismo y el
islam, las dos religiones mayoritarias en el mundo, que agrupan
a más de la mitad de la humanidad: en torno a 2.000 millones,
el cristianismo; en torno a 1.200 millones el islam. El islam, a
su juicio, constituye una amenaza para Occidente, para su es-
tabilidad política, para su modelo económico neoliberal, para
su unidad religiosa y para su identidad cultural. Huntington va
todavía más allá y señala al islam como «la civilización menos
tolerante de las religiones monoteístas». Por eso Occidente tiene
que reforzar su hegemonía para librarse de él, y recurrir al cris-
tianismo, como la fuerza religiosa de choque que haga frente al
Islam en el terreno religioso y moral rearmándose y no dando
imagen de debilidad ni de crisis.

150
3. LA VIOLENCIA DE LO SAGRADO

Junto al choque de civilizaciones existe hoy otro obstáculo


para la consecución de la paz en el mundo: el terrorismo de ma-
triz religiosa, que apela a la imagen de un Dios violento muy
presente en la mayoría de las religiones para justificar los cho-
ques y los enfrentamientos, las agresiones y las guerras entre
sí y contra otros pueblos y religiones considerados enemigos.
También para justificar las acciones terroristas, las invasiones y
las agresiones bélicas se apela hoy a Dios, como ha sucedido en
los atentados terroristas del 11 de septiembre contra las Torres
Gemelas y del 11 de marzo en Madrid, así como en los ataques
de la coalición internacional contra Afganistán, y de los Estados
Unidos, Reino Unido, España y otros países contra Iraq.
Uno de los fenómenos actuales que pone en riesgo la paz en
el mundo y la convivencia entre los pueblos es el “terrorismo
de inspiración religiosa”, cada vez más extendido y en el que
están implicadas organizaciones vinculadas a distintas religio-
nes, e incluso Estados confesionales. Tres de las manifestacio-
nes más dramáticas del terrorismo fundamentalista han sido los
atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el Pentágono y las
Torres Gemelas (Estados Unidos), los del 11 de marzo de 1004
en Madrid y los del 7 de julio en Londres. Osama Bin Laden,
fundador y líder de la organización terrorista Al Qaeda, apelaba
al Dios Omnipotente para justificar los atentados del 11-S en los
siguientes términos:

Aquí está América golpeada por Dios Omnipotente en uno de


sus órganos vitales, con sus más grandes edificios destruidos.
Por la gracia de Dios... Dios ha bendecido a un grupo de la
vanguardia, la primera del Islam para destruir América. Dios les
bendiga y les asigne un supremo lugar en el cielo, porque Él es
el único capaz y autorizado para hacerlo.

La retórica religiosa y moralista –«Dios bendiga a América»,


«eje del bien, eje del mal», «quien no está conmigo está contra

151
mí» y otras expresiones similares– estuvo muy presente tam-
bién en la respuesta violenta de la coalición internacional contra
el pueblo de Afganistán, y la de Estados Unidos, Reino Unido,
España y otros países contra el pueblo de Irak. Es una retórica
utilizada con frecuencia por los presidentes norteamericanos.
Durante la guerra fría, recurrieron a ella para justificar su cru-
zada contra el comunismo ateo; después, para combatir el fun-
damentalismo islámico. Seguro que en el futuro surgirán, o se
inventarán, nuevos motivos que justifiquen la apelación a Dios
para proteger la civilización cristiana.
En no pocos textos fundantes de las religiones, la imagen de
Dios va asociada a la sangre, hasta conformar lo que René Gi-
rard llama sacralización de la violencia o violencia de lo sagra-
do.2 Veamos algunos ejemplos de las tres religiones citadas.
La Biblia hebrea, afirma Norbert Lohfink, es uno de los li-
bros más llenos de sangre de la literatura mundial.3 Hasta mil
son los textos que se refieren a la ira de Yahvé que se enciende,
juzga como un fuego destructor y castiga con la muerte. El poder
de Dios se hace realidad en la guerra, batallando del lado del
“pueblo elegido”, y su gloria se manifiesta en la victoria sobre
los enemigos. El tema de la venganza sangrienta por parte de
Dios, según Schwager, aparece en el Antiguo Testamento con
más frecuencia incluso que la problemática de la violencia hu-
mana. Sólo hay tres libros veterotestamentarios en los que no se
asocia a Dios con la guerra: el “libro de Ruth”, el de “Esther” y
el “Cantar de los Cantares”.4

2
Cf. R. Girard, La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona, 1983.
3
Cf. N. Lohfink y R. Pesch, Weltgestaltung und Gewaltlosigkeit, Düssedorf
1978.
4
Cf. R. Schwager, Brauchen wir einen Sündenbrock? Gewalt und Erlosung
in den Biblischen Schriften, Munich, 1978, p. 58. Estos datos y otros com-
plementarios son recogido por G. Barbaglio, Dios ¿violento? Lectura de
las Escrituras hebreas y cristianas, Verbo Divino, Estella (Navarra), 7
ss.

152
En la Biblia cristiana, observa Lohfink, el acontecimiento
central es la monstruosa acción sangrienta del asesinato de Jesús
de Nazaret. En ella aparece también la imagen del Dios sangui-
nario, al menos de manera indirecta, en la interpretación que
algunos textos ofrecen de la muerte de Cristo como voluntad
divina para expiar los pecados de la humanidad. Según esta teo-
ría, Dios reclamaría el derramamiento de la sangre de su Hijo
para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido él.
Esa imagen de Dios tiene más parecido con el dios Moloc, que
exigía al sacrificio de los niños, que con el Padre misericordioso
que perdona al hijo pródigo cuando vuelve a casa. No menos
violenta es la escena del Juicio Final, narrada en el Evangelio
de Mateo con todo lujo de detalles, en la que el Rey separará a
los buenos y a los malos, condenando a éstos condena al fuego
eterno (Mt 25, 31-46).
Muchas imágenes del Corán sobre Allah no son menos vio-
lentas que las de la Biblia judía y cristiana. El Allah de Muham-
mad, como el Yahvé de los profetas, se muestra implacable con
los que no creen en él. «¡Que mueran los traficantes de menti-
ras!», dice el libro sagrado del islam. Dios puede hacer que a los
descreídos se los trague la tierra o caiga sobre ellos un pedazo
de cielo; para ellos sólo hay «el fuego del Infierno». El simple
pensar mal de Allah comporta la maldición. En el Corán son
constantes las referencias a la lucha «por la causa de Dios», in-
cluso hasta la muerte, contra quienes combaten a los seguidores.
Esta imagen sigue vigente hoy en no pocos de los movimientos
fundamentalistas islámicos. A ella apela como legitimación de la
violencia el terrorismo de origen islámico.
Escribe Martin Buber en un texto de rabiosa actualidad y ple-
na vigencia hoy:

Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras


humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan manipulada.
Las generaciones humanas han hecho rodar sobre esta pala-
bra el peso de su vida angustiada y la han oprimido contra el
suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las

153
generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han des-
garrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por
ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre. Los
seres humanos dibujan un monigote y escriben debajo la pala-
bra “Dios”. Se asesinan unos a otros, y dicen: “lo hacemos en
nombre de Dios”. Debemos respetar a los que prohíben esta
palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que
con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de
“Dios”. ¡Qué bien se comprende que muchos propongan callar,
durante algún tiempo, acerca de las “últimas codas” para redi-
mir esas palabras de las que tanto se ha abusado!”.6 Hasta vidas
humanas y de animales se han sacrificado en los espacios sagra-
dos de culto, creyendo que agradaban a Dios o que, al menos,
servían para aplacar su ira.

Las tradiciones religiosas que incitan a la violencia o la jus-


tifican, y más si lo hacen en nombre de Dios, no pueden consi-
derarse reveladas, y menos aún imponerse como normativas a
sus seguidores. En cuanto “textos de terror”, según la certera ex-
presión de Phillis Trible, deben ser excluidos de las creencias y
prácticas de las religiones, así como del imaginario colectivo de
la humanidad. ¿Cómo? Llevando a cabo una lectura hermenéu-
tica de los textos fundantes de las religiones desde la perspectiva
de los derechos humanos y del trabajo por la paz, para superar el
fundamentalismo.
Con todo, a pesar del uso y abuso del nombre de Dios en
vano y con intenciones destructivas, coincido con Martin Buber
en que «sí podemos, mancillada y mutilada como está la palabra
“Dios”, levantarla del suelo y erigirla en un momento histórico
trascendental». Porque si en las religiones existen numerosas e
importantes tradiciones que apelan al “Dios de los Ejércitos”
para declarar la guerra a los descreídos y a los idólatras, también
las hay que presentan a Dios con un lenguaje pacifista y le atri-
buyen actitudes pacificadoras y tolerantes. Veamos algunas de
esas tradiciones.
5
M. Buber, Werke I, Munich-Heidelberg, 1962, 509 s.

154
4. EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO COMO ALTERNATIVA

El choque de civilizaciones y la violencia terrorista por moti-


vos religiosos no pueden convertirse en la ley que rige la histo-
ria. El choque de civilizaciones es, más bien, una construcción
ideológica del Imperio para mantener su poder sobre el mundo
y sobre las conciencias de todos los ciudadanos; construcción
ideológica que implica a Dios, a quien invoca como aliado suyo,
y al cristianismo, considerado expresa o tácitamente su religión
oficial. La violencia terrorista legitimada religiosamente consti-
tuye una de las más graves perversiones que vuelven a reeditar
las viejas de religiones, con más virulencia que en épocas pasa-
das.
Las religiones no pueden caer en la trampa que les tiende el
Imperio. No pueden seguir siendo fuentes de conflicto entre sí
ni seguir legitimando los choques de intereses espurios de las
grandes potencias. Tampoco pueden cruzarse de brazos y mirar
para otro lado cuando desde sus filas se alienta el recurso a la
violencia en nombre de Dios para recuperar territorios para su fe
o llevar a cabo nuevas guerras de reconquista.
El “diálogo interreligioso e intercultural” y el trabajo por la
paz constituyen la mejor respuesta al choque de civilizaciones
y al terrorismo de origen religioso, y han de convertirse en el
imperativo categórico de las distintas tradiciones religiosas y es-
pirituales de la humanidad, si no quieren anquilosarse, ignorarse
o, peor todavía, destruirse unas a otras. «Sin diálogo, el ser hu-
mano se asfixia y las religiones se anquilosan», afirma Raimon
Panikkar.
La necesidad del diálogo interreligioso emana de una reali-
dad incuestionable: la pluralidad de manifestaciones de Dios,
de expresiones de lo sagrado y de experiencias del Misterio en
la historia humana, así como de mediaciones de lo divino y de
caminos de salvación. Las religiones no conceden la salvación;
se mueven en el terreno de las mediaciones que pueden ayudar
a los creyentes a conseguirla y sirven de cauce a las múltiples

155
manifestaciones de lo divino. La uniformidad constituye un
empobrecimiento del mundo religioso. Debe reconocerse y afir-
marse, por ende, la pluralidad y la diferencia como muestras de
la riqueza del mundo religioso.
Con frecuencia se cae en el peligro fácil de establecer una or-
denación jerárquica de las religiones. Contra él ya prevenía jui-
ciosamente el historiador Arnold Toynbee, quien argumentaba
de esta guisa: «hoy no existe ser vivo que sepa lo suficiente para
decir con seguridad si una religión ha sido –o sigue siendo, aña-
do yo– más importante que todas las demás». La mayoría de las
veces, la fijación de una jerarquía de las religiones no responde
a criterios objetivos. Está motivado, más bien, por intereses con-
fesionales, que llevan a priorizar a la propia religión y a hacer
apologética ciega de la misma sin apenas sentido crítico.
El auténtico ecumenismo debe ser soteriocéntrico, y no ecle-
siocéntrico, cosmocéntrico, más que antropocéntrico. Dios, el
cosmos y la salvación son tres dimensiones de la realidad en las
que pueden verse reflejadas la mayoría de las religiones y consti-
tuyen una buena base para el diálogo, cuyo objetivo último es la
búsqueda en común de la verdad, nunca la imposición de una re-
ligión a las otras. No cabe, por tanto, la arrogancia de proclamar
apriorísticamente la excelencia de la propia religión al tiempo
que se declara la falsedad de las demás. La verdad se encuen-
tra en todas las religiones en la medida en que logran vivir con
autenticidad los valores recogidos en los textos fundacionales
(Vedas, Sermón de Benarés, Decálogo hebreo, Avesta, Sermón
de la Montaña, Corán, etc.) y formular sus contenidos doctrina-
les de acuerdo con la sensibilidad cultural de cada época desde
la fidelidad al espíritu originario. Asimismo, las limitaciones y
los defectos propios de toda realización histórica afectada por la
contingencia se encuentran en todas las religiones. El criterio úl-
timo de discernimiento es la defensa de la dignidad de los seres
humanos y de la tierra.
La búsqueda de la (v)Verdad –con mayúscula y con minúscu-
la– se presenta como la gran tarea y el gran desafío del diálogo

156
interreligioso. Y ello a sabiendas de que nunca llegaremos a po-
seerla del todo y de que sólo lograremos aproximarnos a ella. El
carácter inagotable de la Verdad –con mayúscula– nos disuade
de todo intento de apresarla en fórmulas rígidas y estereotipadas.
La profundidad de la verdad –con minúscula– nos disuade de
creer que hemos llegado al fondo. Por eso la mejor actitud es la
que expresara Antonio Machado: «¿Tu verdad? No, la verdad, y
ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela».
El diálogo forma parte de la estructura del conocimiento. La
razón es comunicativa, no autista, y tiene carácter dialógico. La
verdad no se impone por la fuerza de la autoridad, sino que es
fruto del acuerdo entre los interlocutores tras una larga y ardua
búsqueda, donde se compaginan el consenso y el disenso. Esto
es aplicable al conocimiento teológico en el terreno de las reli-
giones. Así se ha operado en los momentos estelares del debate
doctrinal dentro de la mayoría de las religiones. La metodología
dialógica sustituye a la imposición autoritaria de las propias opi-
niones por decreto y quiebra los estereotipos de lo verdadero y
lo falso establecidos por el poder dominante, en este caso por la
religión dominante. Es verdad que esta metodología puede des-
embocar en rupturas, pero éstas responden muchas veces a las
prisas a la hora de tomar decisiones y a la intransigencia de quie-
nes fijan las reglas de juego. En todo caso siempre debe evitarse
la injerencia de instancias de poder ajenas al ámbito religioso.
El diálogo no debe confundirse con el indoctrinamiento de
los seguidores de otras religiones para que se conviertan a la
propia. Nada tiene, por tanto, de proselitista. Obliga, más bien,
a los interlocutores a estudiar la historia y los principios de las
otras religiones con el mismo interés que la propia así como a
reconocer sus valores, a escuchar las razones que han llevado a
los creyentes a adherirse a ellas y a valorar en su justo término
sus experiencias religiosas.
Tampoco puede perderse en disquisiciones sobre los aspectos
diferenciales de cada religión para marcar las distancias. Por ese
camino, las religiones se enrocarían en sus propias posiciones

157
y se separarían cada vez más, generando un clima de enfrenta-
miento, al menos en el terreno conceptual, que suele ser el co-
mienzo de conflictos mayores. No debe centrarse en la búsqueda
de consensos doctrinales que dejarían insatisfechas a todas las
religiones, pues eso les exigiría renunciar a aspectos fundamen-
tales de cada una. Ello no significa que se evite la discusión e
incluso la confrontación. Ambas son necesarias en todo diálogo
vivo y exigente como el que llevan a cabo hoy los teólogos y las
teólogas de las diferentes religiones.
El diálogo no pretende uniformar el mundo de los ritos, sím-
bolos, creencias y cosmovisiones religiosas, que constituyen una
de las principales riquezas de las religiones y de la humanidad,
pero tampoco diluir las señas específicas de identidad de cada
religión en un único modelo religioso.
En el diálogo interreligioso no puede aceptarse sin más la
tesis de la Ilustración radical, que considera falsas todas las reli-
giones, como tampoco la concepción católica tradicional de que
sólo la religión católica es la verdadera, ni la idea de que todas
las religiones poseen el mismo grado de verdad.6 Muchos, y de
muy distinto signo, han sido los criterios propuestos para juzgar
la autenticidad de las religiones: la «verificación ética» y la «ra-
cionalidad filosóficamente demostrable» (W. James), la actua-
ción global y sus consecuencias prácticas para la vida personal
y para la convivencia social (J. Dewey), la coherencia teórica, la
relación con el Absoluto, la experiencia religiosa interior, la pro-
puesta de un sentido último y total de la vida, la transmisión de
unos valores supremos no sometidos a los cambios epocales, el
establecimiento de unas normas de conducta de obligado cum-
plimiento (H. Küng), etc. Todos ellos son complementarios.
El diálogo ha de partir de unas relaciones simétricas entre las
religiones y de la renuncia a actitudes arrogantes por parte de
la que en un determinado territorio o contexto cultural pretende
considerarse la más arraigada o preponderante. Las religiones
6
Cf. H. Küng, Teología para la postmodernidad.

158
son respuestas humanas a la realidad divina que se manifiesta a
través de diferentes rostros. Todas ellas forman un «pluralismo
unitario» (P. Knitter). A su vez, cada una posee una “singulari-
dad complementaria” abierta a las otras.
Dos son las características que han de definir el diálogo in-
terreligioso: la correlacionalidad y la responsabilidad global.7
Con la idea de correlacionalidad quiero expresar que todos los
participantes en el diálogo deben expresar sus convicciones con
plena libertad; que las religiones sean consideradas iguales en
derechos, si bien no necesariamente iguales en sus afirmaciones
de verdad; que se reconozcan y se respeten las diferencias; que
unas religiones aprendan de las otras. Los movimientos de libe-
ración necesitan «no sólo religión, sino religiones», afirma Knit-
ter con razón, ya que la liberación integral de los seres humanos
y de la naturaleza resulta una tarea demasiado ardua y compleja
para que se cargue sobre las espaldas de una sola nación, cultura,
religión o iglesia. La cooperación en la praxis liberadora ha de
ser intercultural e interreligiosa. Los mismos teólogos latinoa-
mericanos de confesión cristiana son conscientes del potencial
revolucionario y liberador que tienen las religiones no-cristia-
nas. Es un diálogo tolerante y respetuoso del pluralismo.
Pero el diálogo y la tolerancia no pueden convertirse en fin
en sí mismo o en algo absoluto, como tampoco en el objetivo
último del diálogo interreligioso. Ambos tienen sus límites, que
son las víctimas de la sociedad. Como indica certeramente D.
Sölle, la tolerancia termina donde los seres humanos se ven pri-
vados de su libertad, destruidos en su dignidad y violados en sus
derechos.
7
Cf. Knitter, P., “Toward a Liberation Theology of Religions”, en J. Hick, y
P. K. Knitter, The Myth of Christian Uniqueness, pp. 170-200; Id., One
Earth, Many Religions. Multifaith Dialogue and Global Responsability,
Orbis Books, Maryknoll, 1995. Para un mejor conocimiento del pensa-
miento de P. Knitter, remito a la excelente investigación de A. Moliner,
El pluralismo interreligioso y la perspectiva de las víctimas. Estudios
de las aportaciones de Paul Knitter, Facultad de Teologia de Catalunya,
Barcelona, 2001.

159
Esto nos lleva a subrayar la segunda característica del diálogo:
que sea globalmente responsable en las respuestas a los graves
problemas de la humanidad y del planeta, que se convierten en
imperativo para todas las religiones. La principal preocupación
de toda religión que se crea auténtica ha de dirigirse a la situación
de pobreza y opresión en que viven las mayorías humanas y el
cosmos. El conocimiento de Dios y la fe en él no se quedan en el
plano puramente doctrinal; llevan a “practicar a Dios”. La opción
por los pobres es una dimensión constitutiva del ser de Dios, y la
praxis de liberación es la traducción histórica de dicha opción.
El horizonte del diálogo es la salvación como experiencia ra-
dical de sentido frente al sin-sentido de la muerte y a la vida
sin-sentido de muchos seres humanos. Salvación formulada y
expresada en las religiones de distintas formas: nirvana, moksa,
resurrección de los muertos, vida eterna, inmortalidad del alma,
etc. En todas las religiones se da una tensión fecunda entre la
conciencia de finitud y contingencia del ser humano, por una
parte, y la aspiración a la vida sin fin, liberada de todas las opre-
siones que nos esclavizan, por otra. Es en ese terreno, y dentro
de la pluralidad de respuestas, donde las religiones pueden apor-
tar sus mejores tradiciones a la causa de salvación-liberación de
la humanidad.
El cosmos es el lugar natural del ser humano y del Logos de
Dios, el lugar de encuentro de todos los seres, el centro neurál-
gico de todo proyecto de liberación, el espacio común en que las
religiones viven su proyecto de salvación. Algunas religiones –
entre ellas, el cristianismo– han pasado por el cosmos como por
brasas, desentendiéndose de su responsabilidad para con él, e
incluso convirtiéndolo en basurero de los desechos de las sucesi-
vas civilizaciones. Sin embargo hay que afirmar que la salvación
del cosmos es inseparable de la salvación del género humano,
la liberación de la naturaleza in separable de la liberación de
los oprimidos y oprimidas. En esa tarea las religiones tienen un
papel irrenunciable. La teología de las religiones debe desarro-
llarse en perspectiva ecológica.

160
Uno de los objetivos del diálogo interreligioso es, como afir-
ma con precisión H. Küng, «la búsqueda de un ‘ethos’ básico
universal»,8 en otras palabras, un consenso ético en torno a las
grandes causas de la humanidad pendientes de resolver: la paz
y la justicia, la igualdad de derechos y deberes y el respeto a las
diferencias culturales, la protección del medio ambiente y los
derechos de la tierra, la defensa de los derechos de los seres hu-
manos y de los pueblos, y la emancipación de las mujeres.
Las religiones poseen un importante potencial ético expresa-
do por medio de sus preceptos fundamentales que hay que prac-
ticar siempre y en todo lugar. Así Confucio: «Lo que no deseas
para ti, no lo hagas a los demás seres humanos». También el ju-
daísmo: «Todo cuanto queráis que os hagan los seres humanos,
hacédselo también vosotros». Y el cristianismo: «Todo cuanto
queráis que os hagan los seres humanos, hacédselo también vo-
sotros» (Mt 7,12; Lc 6, 31a).9 Pero no podemos quedarnos ahí.
Además de principios éticos generales, las religiones pueden
ofrecer modelos de vida inspirados en las grandes personalida-
des religiosas (Confucio, Buda, Laotsé, Jesús de Nazaret, Mu-
hammad, Francisco de Asís, Gandhi, Luther King, Bonhoeffer,
Ellacuría, Dalai Lama, Teresa de Calcuta, etc.), motivaciones
morales convincentes para actuar –no sólo ideas eternas o nor-
mas generales– que se plasman en nuevas actitudes y estilos de
vida, una determinación de fines frente al vacío que con frecuen-
cia caracteriza nuestro mundo, y un horizonte de sentido de la
vida, de la historia, del cosmos y en el horizonte de una realidad
última que actúa ya en el presente (inmortalidad, resurrección,
moksa, nirvana, vida eterna, paraíso) y trasciende la muerte.10
8
H. Küng, “A la búsqueda de un ‘ethos’ básico universal de las grandes reli-
giones”: Concilium 228 (marzo 1990), pp. 289-309.
9
Cf. H. Küng, “Ekumene abrahámica entre judíos, cristianos y musulma-
nes”, en J.J. Tamayo (ed.), Cristianismo y liberación. Homenaje a Casia-
no Floristán, Trotta, Madrid, 1996, p. 53.
10
Cf. el excelente artículo de H. Küng, que acabo de citar en la nota anterior,
pp. 43-57.

161
5. SHALOM Y LAS UTOPÍAS DE LA PAZ

El término hebreo shalom posee una riqueza semántica que


no se refleja adecuadamente en la eirene griega, en la pax latina
o en los términos respectivos de nuestras lenguas. Shalom no
significa la simple ausencia de guerras; expresa, más bien, una
vivencia sazonada de bienestar a nivel colectivo, de serenidad,
de salud corporal, de sosiego espiritual y de comprensión inter-
humana. Remite a un clima de plenitud, justicia, vida, verdad,
que incide en el conjunto de las relaciones humanas: políticas,
sociales, familiares, económicas, religiosas, etc. Posee, además,
un componente ético, ya que exige un comportamiento humano
íntegro, sin tacha. Esta riqueza semántica explica que shalom se
empleara en la religión hebrea como saludo y bendición.
El salmista invita a buscar la paz y a caminar tras ella (Sal
34,15). Ahora bien, la verdadera paz nunca está disociada de la
justicia. Sin la realización de ésta no es posible la paz. «La obra
de la justicia será la paz –dice Isaías-, el fruto de la equidad, una
seguridad perpetua» (Is 32,17). Según la literatura profética, las
estructuras sociales han de fundarse en la justicia (sedaqa) y en
el derecho (mispat). Los Salmos proponen la síntesis entre paz y
justicia, amor y verdad (Sal 85,11-12). Resumiendo las distintas
tradiciones bíblicas podemos decir, con el teólogo argentino J.
Míguez Bonino, que la paz es un proceso dinámico mediante
el que se construye la justicia en medio de las tensiones de la
historia.
La Biblia describe a Dios como «lento a la ira y rico en cle-
mencia» y al Mesías futuro como «príncipe de paz» y «árbitro
de pueblos numerosos». Entre las más bellas imágenes bíblicas
del Dios de la paz cabe citar tres:
• El arco iris como símbolo de la alianza duradera que Dios
establece con la humanidad y la naturaleza, tras el dilu-
vio universal (Gn 8,8-9).
• La convivencia ecológico-fraterna del ser humano –violen-
to él– con los animales más violentos:

162
Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se
echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán jun-
tos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pa-
cerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes,
comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del
áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá
la mano» (Is 11,6-8).
•La ideal de la paz perpetua:
Forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas po-
daderas. No levantará espada nación contra nación, ni se
ejercitarán más en la guerra” (Is 2,4).

6. FELICES LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

En el Sermón de la Montaña, que constituye el núcleo ético


del cristianismo, Jesús de Nazaret se distancia de los correligio-
narios que vinculaban a Yahvé con la violencia y declara felices
a los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados «hijos
de Dios» (Mt 5,9). La paz y la no violencia activa son el prin-
cipal legado que deja a sus seguidores. Ahora bien, su ideal de
paz y su práctica de la no-violencia nada tienen que ver con la
sumisión al poder o con la aceptación resignada ante la injusticia
del sistema religioso y político. Tiene carácter activo, crítico y
alternativo. Jesús no rehuye el conflicto ni lo edulcora, sino que
lo asume y lo canaliza por la vía de la justicia.
La paz, en el Nuevo Testamento no se reduce a la esfera pri-
vada, religiosa y metahistórica, sino que posee connotaciones
sociopolíticas y cósmicas. La paz y la reconciliación que Jesús
anuncia no encubren las contradicciones y los conflictos inhe-
rentes a la realidad histórica. Se formulan en un clima de violen-
cia institucional a todos los niveles: político, cultural, religioso,
social, económico. No se quedan en la mera tolerancia, en la
simple bondad o en la calma chicha, sino que se concretan histó-
ricamente en la denuncia de las causas de las divisiones y de las

163
guerras, y se traducen en la opción por los pobres y en la lucha
no violenta contra las estructuras opresoras.

7. SALAAM Y AL-HAL MUY MISERICORDIOSO

Allah es invocado en el Corán como el Muy Misericordioso,


el más Generoso, Compasivo, Clemente, Perdonador, Prudente,
Indulgente, Comprensivo, Sabio, Protector de los Pobres, etc. A
Allah se le define como «la Paz, Quien da Seguridad, el Custo-
dio». (Corán, 69,22). Todas las asuras del Corán, excepto una,
comienzan con la invocación «En el nombre de Dios, el Cle-
mente, el Compasivo...». El respeto a la vida de los vecinos,
a su reputación y a sus propiedades es el que mejor define al
verdadero creyente, según uno de los Hadith (Dichos del Profeta
Muhammad).
Hay un imperativo coránico que manda hacer el bien y no
sembrar el mal: «Haz el bien a los demás como Dios ha hecho
el bien contigo; y no quieras sembrar el mal en la tierra, pues,
ciertamente, Dios no ama a los que siembran el mal» (28,77). El
Corán deja claro que no es igual obrar bien que obrar mal, pide
tener paciencia y responder al mal con el bien, más aún, con
algo que sea mejor (13,22; 23,96; 28,54), hasta el punto de que
la persona enemiga se convierta en «verdadero amigo» (41,34).
Hay una sintonía con las recomendaciones de Jesús y de Pablo.
El primero invita a no resistir al mal, a amar a los enemigos y
orar por los perseguidores (Mt 5, 38ss). Pablo pide a los cris-
tianos de Roma que no devuelvan a nadie mal por mal, que no
se dejen vencer por el mal, sino que venzan al mal con el bien
(Rom 12,21).
El Corán llama a perdonar a los enemigos y a renunciar a la
venganza:
Recordad que un intento de resarcirse de un mal puede conver-
tirse, a su vez, en un mal. Así, pues, quien perdone a su enemigo
y haga las paces con él, recibirá su recompensa de Dios, pues
ciertamente él no ama a los malhechores (42,40).

164
Es verdad que hay textos en los que Allah permite –e inclu-
so manda- a los creyentes combatir. Eso sucede tras la emigra-
ción de Muhammad a Medina cuando la comunidad es objeto de
agresiones injustas y debe defenderse:
Les está permitido (combatir) a quienes son atacados, porque
han sido tratados injustamente. Dios es ciertamente poderoso
para auxiliarles. A quienes han sido expulsados injustamente
de sus hogares, sólo por haber dicho “Nuestro señor es Dios”.
Pues si Dios no hubiera permitido que la gente se defendie-
ra a sí misma contra otros, los monasterios, iglesias, sina-
gogas y mezquitas –en los cuales se menciona el nombre
de Dios en abundancia– habrían sido destruidos (22,39-40).

El Corán, por tanto, permite combatir en legítima defensa,


pero una vez que cese la opresión y se respete la adoración a
Dios, hay que dar por terminadas todas las hostilidades (2,193).
Cuando los enemigos se inclinan por la paz, también los mu-
sulmanes deben inclinarse a ella y confiar en Dios. Cuando se
mantienen alejados de ellos, no luchan contra ellos y les ofrecen
la paz, Dios no les permite ir contra ellos.

8. SAMADHANAM HINDÚ Y COMPASIÓN BUDDHISTA

En el centro del hinduismo se encuentra la palabra Samad-


hanam, donde convergen varios significados complementarios:
síntesis, armonía, paz y experiencia contemplativa. Sama signi-
fica paz, armonía, ecuanimidad, serenidad; pero no armonía de
opiniones, sino “armonía que subyace a todo y que permite la
unión, sin excluir la polaridad”, dice Raimon Panikkar. Dhanam
significa don que se recibe, más que don que se da.11 Uno de los
líderes religiosos y políticos de la India que mejor ha encarnado
en la teoría y en la práctica ese ideal de paz ha sido Gandhi a tra-
vés de la no violencia activa como actitud personal y con ideal
11
Cf. Samadhanam. Homenaje a Raimon Panikkar, Servicio de Publicacio-
nes, Universidad Complutense, Madrid, 2001.

165
político. «Tenemos que conseguir –decía- que la verdad y la no
violencia sean asunto no sólo de la práctica individual, sino de
la práctica de grupos, comunidades y naciones. Éste es, en cual-
quier caso, mi sueño».
Según muestra el Mahabbarata, la respuesta violenta des-
emboca generalmente en una espiral de violencia termina por
provocar más sufrimiento alrededor. Precisamente porque la
violencia hunde sus raíces más profundas en la naturaleza hu-
mana y es siempre autodestructiva, resulta más necesaria la paz.
Una parte del Mahabbarata es la Bhagavad Gita o “Canto del
Señor”, que Gandhi llevaba siempre con él junto con la Biblia y
el Corán. En ella se inspiró para formular su doctrina pacifista.
La palabra paz en el buddhismo remite a un estado psicoló-
gico de tranquilidad y sosiego.12 El buddhismo pone el acento
en la paz interior pero sin descuidar la exterior. La primera es
condición necesaria para la segunda. La paz en la propia vida
constituye la base y la mediación para instaurar la paz en el mun-
do. «En calidad de individuos –escribe Dalai Lama–, cuando
procedemos a nuestro propio desarme interior, contrarrestando
nuestros pensamientos y emociones negativos, cultivando las
cualidades positivas, creamos las condiciones propicias para el
desarme exterior. Una paz genuina mundial y duradera sólo será
posible a resultas de que cada uno de nosotros lleve a cabo un
esfuerzo interior».13 Las numerosas técnicas del buddhismo se
orientan precisamente a la paz interior y al desarme interior. La
lucha por la paz comprende los aspectos psicológicos, sociales,
políticos y económicos. En este horizonte se mueve hoy una
importante corriente del buddhismo socialmente comprometi-
do. En esta clave ha reformulado el monje vietnamita buddhista
residente en Francia Thich Nhat Hanh los Cinco Maravillosos
12
Cf. A. Velez de Cea, “Paz y violencia en el buddhismo”, en J. J. Tamayo
(dir.), Diez palabras clave sobre paz y violencia en el buddhismo, Verbo
Divino, Estella (Navarra), 2004, pp. 47-70.
13
Dalai Lama, El arte de vivir en el nuevo milenio, Grijalbo, Barcelona,
2000, p. 214.

166
Preceptos del buddhismo para transformar el sufrimiento en vida
feliz, aprender el arte de vivir en la belleza y ser solidario.14
Los creyentes de las distintas religiones han condenado los
atentados terroristas del 11 de septiembre contra las Torres Ge-
melas y del 11 de marzo en Madrid, nos hemos opuesto a las
agresiones del Imperio contra los pueblos de Afganistán y de
Irak apelando al precepto divino “no matarás” y hemos cele-
brado actos interreligiosos por la paz y contra la violencia La
apelación al Dios de la paz y la negativa a las guerras en su
nombre pueden ser un importante punto de partida para pasar
definitivamente del anatema religioso cultural al diálogo entre
religiones, culturas y civilizaciones. Las diferencias religiosas
no deberían ser motivo de división, sino la mejor garantía para
el respeto a todas las creencias e increencias y el trabajo común
en la construcción de alternativas comunitarias de vida.
En recuerdo de las víctimas del 11 de marzo se celebró el 9
de mayo de este año en la Universidad de Alcalá (Madrid) un
Acto Interreligioso convocado por cerca de 50 organizaciones
religiosas y laicas de la Comunidad Madrid. En él se expresó la
necesidad de «desvincular los actos terroristas en general, y es-
pecialmente los del 11 de marzo, de las religiones. El terrorismo
nada tiene que ver con los principios fundamentales de éstas;
sin embargo, hemos de reconocer que a lo largo de la historia,
y todavía hoy, las religiones han atentado contra la vida de muy
distintas formas. Frente a determinadas tendencias fundamenta-
listas que justifican la violencia en nombre de Dios creemos que
una de las principales tareas de las religiones hoy es el trabajo
por la paz a través de la no-violencia. No puede haber paz en el
mundo sin paz entre las religiones, ni paz entre ellas sin diálo-
go interreligioso». El acto quería ser «el punto de partida para
trabajar juntos por la paz y colaborar en la construcción de una
sociedad intercultural, interreligiosa, interétnica e interracial, sin
discriminación de ningún tipo, sobre las bases de la tolerancia,
14
Cf. Thich Nhat Hanh, Buda viviente, Cristo viviente, Kairós, Barcelona,
2000.

167
el respeto a las diferencias ideológicas, culturales, religiosas y la
acogida solidaria a los inmigrantes».
El compromiso de las religiones por la paz implica: la defen-
sa de la vida, de toda vida: la de la naturaleza y la de los seres
humanos. Seres humanos, naturaleza y cosmos formamos una
comunidad vital. Hay una inter-religación entre todas las vidas.
Todo cuanto vive merece respeto. La destrucción del tejido de
la vida de la naturaleza es destrucción de la vida humana. En
ese contexto se inscriben la defensa de la dignidad e integridad
física de la persona, el libre desarrollo de la personalidad de cada
ser humano. Y junto a la defensa de la vida, las religiones deben
luchar contra la depredación de la naturaleza y los malos tratos
físicos o psíquicos, contra el exterminio de las “minorías” reli-
giosas o raciales y contra la carrera de armamentos.
Hay un texto de Thich Nhat Hanh con el que quiero terminar,
que resume ejemplarmente las enseñanzas de las religiones so-
bre la paz y marca el camino a seguir en la práctica:

Consciente del sufrimiento causado por la destrucción de la


vida, hago el voto de cultivar la compasión y aprender maneras
de proteger la vida de las personas, animales, plantas y minera-
les. Estoy resuelto a no matar, a no dejar que otros maten y a no
tolerar ningún acto mortal en el mundo, tanto en el pensamiento
como en mi forma de vivir.15

Me parece un buen programa de acción para todas las reli-


giones.

15
O. c., p. 89.

168
VIOLENCIA Y TERRORISMO

por
RAFAEL VALENCIA
Violencia, p. 169
RAFAEL VALENCIA. Nació en (Berlanga (Badajoz), 1952). Arabista.
Profesor de la Universidad de Sevilla desde 1985, donde imparte cursos de
licenciatura y postgrado sobre Historia del Islam y de al-Andalus y Literatura
andalusí. Ha sido profesor de las Universidades de Bagdad, El Salvador de
Buenos Aires y de Dakar. Licenciado en Árabe e Islam por la Universidad
Central de Barcelona y Doctor en Filosofía y Letras por la Complutense de
Madrid, con una tesis doctoral sobre el medio físico y humano de la Sevilla
árabe. Fue Director del Instituto Hispano-Árabe de Cultura de Bagdad de
1979 a 1982. Premio de Investigación Ciudad de Sevilla en 1986. Presidente
de la Fundación Averroes. Investigador principal del Grupo de Investigación
IXBILIA. Coordinador de Edad Media y Mundo Árabe en la nueva redac-
ción de la Gran Enciclopedia de Andalucía. Cuenta con más de un centenar
de publicaciones, entre artículos y libros, sobre la Sevilla árabe, historia de
al-Andalus, Relaciones Euro- Árabes, Islam de Fronteras, Islam actual de la
Península Ibérica y Golfo Árabe. Ha dirigido ocho tesis doctorales en Espa-
ña, Reino Unido y Argentina. Ha actuado de comisario en tres exposiciones
relacionadas con Mundo Árabe.
Obra destacada:
“Comunidades musulmanas en Andalucía: el Islam de la inmigración”, en El
Magreb hoy, Sevilla 2004.
“Los nuevos musulmanes”, en El Islam plural, Barcelona 2003.
Qatar. Patrimonio cultural y material, Laia, Barcelona 2003
“Origen y constitución de al-Andalus” y “Taifas andaluzas, almorávides y
almohades”, en Conocer Andalucía, Sevilla 2001.
Averroes y su época, Sevilla 1998.
“La mujer y el espacio público de las ciudades andalusíes”, en Saber y vivir,
Málaga 1996;
“Islamic Seville, its Political, Social and Cultural History”, en The Legacy of
Muslim Spain, Leiden 1992 y 1994.
“Sevilla musulmana hasta la caída del Califato: contribución a su estudio”,
Madrid 1988.
Ibn Jaldún. Introducción a la historia. Antología, Sevilla 1985

170
RESUMEN DE CONFERENCIA

E L terrorismo no resulta un fenómeno aislado de otras


situaciones de nuestra sociedad: mercado de trabajo,
economía, cuadro de relaciones internacionales. No está
aislado de otros episodios de violencia de nuestro mundo. Re-
cientes sucesos, como los de Paris de comienzos de Noviembre
de 2005 (ligados a las poblaciones de barrios marginales de en-
torno de inmigración procedente de Mundo Árabe y de África
Negra) o el de los atentados de Londres de julio de 2005 ( im-
plicación de terroristas de segunda generación de inmigrantes)
pueden mostrar orígenes unidos a factores de discriminación.
En la intervención intentaremos analizar el fenómeno del terro-
rismo, sus posibles causas, y a plantear soluciones. Que algo no
tenga justificación, como en el caso del terrorismo, no significa
que no tenga causas.
Este análisis nos muestra una situación de desesperación, de
poblaciones condenadas a no tener presente ni futuro. Por otro
lado observamos una situación de inseguridad, no sólo de tipo
militar o político, sino también institucional o de reglas del jue-
go. En muchas ocasiones en nuestro mundo parecen deducirse
la existencia de una serie de políticas diseñadas por definición
negativa y demonización del otro. No creemos que se deba crear

171
un ambiente de enfrentamiento gratuito como norma de compor-
tamiento social, personal y colectivo, que marque un escenario
en el que, de forma simplista se haya sustituido el comunismo
por el terrorismo.
Las dos preguntas claves a la hora de plantear soluciones al
tema del terrorismo es si existe protección contra el terrorismo y
si hay una lucha posible contra él. Consideramos que la respues-
ta a ambas preguntas es afirmativa. La alternativa sería dejarse
aterrorizar. En una especie de síndrome de Estocolmo colectivo.
Los tipos de medida que se proponen resultan comunes a las
emprendidas contra otras dificultades de nuestro tiempo como
son los fundamentalismos o las situaciones de violencia. Básica-
mente responden a cuatro grandes apartados: policiales, legales,
de desarrollo y cooperación internacional y ciudadanas.

172
Violencia, p. 173

PONENCIAS
VIOLENCIA DE GÉNERO Y
ORIENTACIÓN FILOSÓFICA20
por
JOSÉ BARRIENTOS RASTROJO
Violencia, p. 175

1
Este trabajo ha sido posible realizarlo gracias a una beca de investigación
del CSIC (Referencia UAC-2005-0012) concedida en el año 2005 al au-
tor.
JOSÉ BARRIENTOS RASTROJO. Licenciado en Filosofía en la Universidad
de Sevilla y Fundador del grupo ETOR.

176
L A ONU define la violencia contra la mujer como «todo
acto de violencia basado en la pertenencia al sexo feme-
nino que tenga o pueda tener como resultado un daño o
sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como
las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria
de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la
vida privada» (CONSEJO ECONÓMICO Y SOCIAL, ONU, 1992).

Me dijo que era una basura, que para que se había fijado en
mí, que no sirvo para nada, que era muy gorda y que nadie se
me miraría a partir de entonces (Sofía, 19 años).

Abstract
La Orientación Filosófica es un campo naciente dentro de la
Filosofía. Comenzó hace veinticinco años en Alemania y se en-
cuentra extendida por todo el mundo. El próximo año 2006 se
reunirán los principales exponentes de la misma en la Universi-
dad de Sevilla, puesto que ésta ha sido seleccionada para alber-
gar el 8th Internacional Conference on Philosophical Practice.
La base programática de la orientación filosófica es la ayuda
al consultante en saber qué pensar o qué hacer. Para ello se ayu-
da de herramientas conceptuales, de argumentación y de conte-
nidos filosóficos específicos.
Uno de los campos a los que se aplica es a la consulta indivi-
dual. Esta ponencia se detiene en dos cuestiones:
1) Los elementos nodales y conflictivos de esta naciente dis-
ciplina (bases históricas, diferencias con otras disciplinas,
objetivos, campos de actuación, etc).

177
2) El tratamiento de la violencia de género mediante la expo-
sición de un caso real en consulta.

1. SOFÍA Y LOS SUEÑOS

Sofía tiene 19 años. Es la menor de dos hermanos. Hace se-


gundo curso de una diplomatura universitaria y goza de cierto
éxito en sus estudios.
Llegó a la consulta de Orientación Filosófica sin signos exte-
riores que apunten hacia las razones que le llevan allí. Me surgen
ideas varias en torno a mi interpretación de lo que hace allí una
joven de esa edad, pero prefiero que sea ella quien se explique.
Rubia, poco más de metro cincuenta y cinco, chaquetón de
un par de tallas superior a su estatura, zapatos oscuros, y manos
entrelazadas mientras habla.
Después de recoger los datos iniciales me espeta:
—Se nota que eres feliz con lo que haces.
—Así es –le contesto– ¿tú no?
Baja los ojos y contesta con un evasivo:
—Pues... no sé –y añade–. No se te puede ocultar nada, ¿ver-
dad?
La consulta ha comenzado.

2. LA ORIENTACIÓN FILOSÓFICA2

2.1. Historia y desarrollo


La Orientación Filosófica es una profesión que hunde sus raí-
ces en los inicios de la década de los ochenta. Gerd Achenbach,
2
Nos remitimos en este trabajito a un escueto resumen de los puntos prin-
cipales de la disciplina. Para más información puede leerse BARRIENTOS
RASTROJO, J.: Introducción al asesoramiento y la orientación filosófica.
Edic. Idea, Tenerife, 2005. Págs. 19-38; BARRIENTOS RASTROJO, J.: “Filo-
sofía Práctica (o aplicada)” en El foro nuevo, 2003 (versión electrónica
en http://www.geocities.com/elforonuevo/filosofiaaplicada -último acce-
so 12-9-2005).

178
doctor alemán en filosofía, se propone en 1981 una actividad
que ha revolucionado el campo del pensamiento: se trata de la
inauguración de la primera consulta de Orientación Filosófica en
el mundo. Su trabajo no pretendía implicar una labor distinta de
la de cualquier otro filósofo. Su objetivo pensar, pensar a partir
de problemas que se podían presentar en las vidas particulares
de cualquier persona.
Desde entonces aquellos inicios de incertidumbre, la disci-
plina ha crecido. Achenbach creó un año después la sociedad
alemana de filosofía práctica. A este proyecto se ha sumado otras
asociaciones y proyectos en diversos países del mundo. En la
actualidad se conocen asociaciones de Orientación Filosófica
en particular y Prácticas Filosóficas en general en más de una
veintena de países: Holanda, Inglaterra, Dinamarca, Bélgica, Ja-
pón, Lituania, Uruguay, Argelia, República Sudafricana, Grecia,
Finlandia, Noruega, Israel, Estados Unidos, Argentina, México,
Colombia, Perú, Brasil, Portugal, Francia, Canadá, etc...
La actividad editorial, científica y universitaria se encuentra
ampliamente extendida. Aparte del conocido «Más Platón y me-
nos Prozac» de Lou Marinoff, hay manuales dirigidos a la for-
mación especializada procedentes de otros países. Señalaremos
dos: Philosophical Counselling. Theory and Practice de Peter
Raabe y Philosophy Practice de Shlomit Schuster. En lengua
española se cuenta el libro de Roxana Kreimer Artes del Buen
Vivir, La Filosofía maestra de vida de Mónica Cavallé o Intro-
ducción al asesoramiento y la orientación filosófica del que es-
cribe estas líneas.3
Desde que el grupo ETOR (Educación, Tratamiento y Orien-
tación Racional) empezase a trabajar hace más de cinco años
en el proyecto de fundamentación teórica de la disciplina han
ido gestándose multitud de proyectos en su seno. Entre los del
grupo ETOR destaca la implantación de cuatro asignaturas en la
Universidad de Sevilla, la creación de un Máster Universitario
3
Más información en www.josebarrientos.net y www.grupoetor.org.

179
para capacitar profesionalmente a filósofos prácticos en sus di-
versas vertientes (individual y grupal), la edición de la primera
revista internacional en español sobre Filosofía Práctica de apa-
rición semestral o la celebración en abril del 2006 del próximo
Congreso Internacional de Prácticas Filosóficas. Desde el punto
de vista práctico podríamos referir también diversas acciones:
varios orientadores filosóficos del grupo ETOR pasan consulta
desde hace tiempo, Gabriel del Pilar Arnáiz inauguró un Café
Filosófico en la Casa del Libro el pasado año, momento en que
Francisco Barrera y el que escribe iniciaron un Vino Filosófico
que ha retomado su actividad quincenal el presente curso, desde
AFRIBOSE (Asociación andaluza de fibromiálgicos) se solici-
tó al grupo ayuda para organizar un curso sobre su problemáti-
ca,...
A estos se unen otros proyectos (FIACOF, dos libros interna-
cionales, etc) que por razón de brevedad archivo sumariamente.

2.2. ¿Qué es la Orientación Filosófica?


Existen diversas definiciones formales de Orientación Filosó-
fica a nivel internacional que podemos resumir en dos líneas de
trabajo.
a) Orientación filosófica como trabajo de ayuda a través del
análisis de los contenidos de pensamiento. Incluye:
a) Orientación Racional.4
Consiste en una analítica de los contenidos de pen-
samiento y su evaluación para la toma de decisiones o
la mejora de los contenidos de conciencia. Se centra en
la aplicación de principios de pensamiento crítico para
la resolución de conflictos personales. Tiene una mar-
cada tendencia pragmatista y crítica.
Los ejes clásicos del Pensamiento Crítico (o Criti-
cal Thinking) son: diferenciación entre argumentos y
4
Cfr. BARRIENTOS RASTROJO, J.: “Orientación Racional: Una aplicación real
del Critical Thinking a la Orientación Filosófica” en Actas del I Encuentro
Portugués de Filosofía Práctica. Lisboa, 2005 (en prensa).

180
opiniones, analítica de creencias y asunciones que sub-
yacen a los argumentos, trabajo con falacias y errores
de pensamiento, trabajo con analogías, evaluación de
fuerza de los argumentos y valoración de validez de las
fuentes.
b) Contenidos Filosóficos.
La analítica de los argumentos y pensamientos den-
tro de consulta se aderezan con la ayuda de textos de
filósofos que han indagado en esas cuestiones. Éstos
textos, lejos de dogmatizar permiten abrir perspectivas,
dar un marco de comprensión de cosmovisiones perso-
nales o promover la apertura a nuevos argumentos.

b) Orientación filosófica como camino de vida.


Ha sido un trabajo que en el siglo XX encuentra sus ba-
ses académicas en Pierre Hadot5 y que está siendo desa-
rrollado en la práctica por diversos autores entre los que
destaca la labor de Ran Lahav, organizador del Primer
Congreso Internacional de Filosofía Práctica (o Prácti-
cas Filosóficas) junto a Lou Marinoff en la Universidad
British Columbia.
Esta segunda modalidad trabaja sobre las bases de una
comprensión de la filosofía partiendo de que esta permiti-
ría a los individuos conseguir una mayor profundización
en la realidad y una mejora de sus condiciones de vidas
por aumento de armonía interior y adecuación de las deci-
siones en torno a lo más racional.
La filosofía en sus inicios clásicos fue una actividad de
índole conceptual y práctico. La faceta práctica se radica-
liza en la época de las escuelas filosóficas inter-eras (entre
los siglos III a.C y III d.C.). Escuelas como el estoicismo,
el epicureismo o el cinismo entendían la filosofía más
como una actitud vital que conducía a un comportamiento
5
Cfr. HADOT, P.: Philosophy as a way of life. Blackwell Publishing, Malden
(USA), 1995.

181
explícito. La filosofía no se reducía a ser una profesión que
hiciera acopio de conocimientos desconectados de la vida.
El filósofo se definía por un ethos explícito ante la vida.
La orientación filosófica entendida como camino de
vida no trabaja sólo en consultas sino que genera otras
modalidades como retiros filosóficos. El primer Retiro In-
ternacional de Filosofía Contemplativa fue celebrado en
Junio de 2005 y uno de sus promotores fue, precisamente,
Ran Lahav.6

Dejamos de lado el segundo modo de hacer Orientación Filo-


sófica y nos centraremos en el primero. El segundo es un trabajo
naciente y el primero lleva más de 25 años ayudando a consul-
tantes de todas las nacionalidades.
La Orientación Filosófica como relación de ayuda consiste en
un trabajo profesional por medio del cual un individuo (el orien-
tador filosófico) ayuda a otra persona (el consultante) a manejarse
con un conflicto personal, mediante el trabajo con los contenidos
de conciencia del consultante implicados en el conflicto. Estos
contenidos de conciencia serán los pensamientos que motivan la
acción del individuo e incluyen: razones, asunciones y creencias
motivadoras de conclusiones y acciones.

2.3. Psicología vs Orientación Filosófica.7


Uno de los lugares candentes de en la disciplina es la relación
entre Orientación Filósofica y Psicología. Al tratarse ambas de
relaciones de ayuda pueden surgir fricciones. Desde ETOR so-
mos conscientes de que la relación entre ambas disciplinas ha de
ser entendida desde el concepto de complementariedad.

6
Más información en http://www.josebarrientos.net/index_files/philretreat.
htm (último acceso 20 de Septiembre de 2005).
7
Cfr. BARRIENTOS RASTROJO, J.: “Hacia el agujero negro invertido. ¿Orienta-
ción Filosófica versus PScilogía?” en ORDÓÑEZ GARCÍA, J.; MACERA GAR-
FIA, F. ; BARRIENTOS RASTROJO, J.: La Filosofía en el Tercer Milenio. Fénix,
Sevilla, 2005. Págs. 239-247.

182
La Orientación Filosófica, merced a su profunda vocación
fenomenológica, trata con individuos que presenten dos elemen-
tos:
a) Capacidad para razonar.
b) Capacidad o potencialidad para comprometerse con
conclusiones razonables.

El orientador se atiene a lo dado, al contenido del mensaje del


consultante, no buscando interpretaciones más allá del mismo.
Se hace epojé8 (al menos inicialmente) deinterpretaciones psico-
logistas, sociales, etc...
La Orientación Filosófica no trata a él síntoma psicológico,
sino con la persona. Esto supone afirmar como válido el conte-
nido de su discurso y no derivarlo como resultado de un proceso
mediante el cual el consultante no sea dueño de sus acciones o
pensamiento.
De este modo, la Orientación Filosófica no trataría con indi-
viduos en los que se patentizase una estructura que eliminase
la autonomía de (y responsabilidad del individuo frente: a) sus
contenidos de conciencia, su discurso. Digo bien, la Orientación
Filosófica trata con individuos, no trata a estructuras psicológi-
cas o biológicas. Así, por ejemplo, un consultante cuya agresivi-
dad se deba a una afección tiroidea o a una disfunción orgánica
neurológica o a una estructura psíquica que le impida razonar no
será individuo susceptible para un tratamiento filosófico.

2.4. El consultante filosófico


El consultante de un orientador filosófico es aquel que:
1. Presenta las siguientes características de pensamiento:
a) Capacidad para razonar y asumir las consecuencias de
ese razonamiento.
8
Sin embargo, a lo largo del proceso, estas interpretaciones pueden analizarse
con el consultante. Este trabajo analítico y reconstructivo de los elemen-
tos culturales, sociales, históricos y psicológicos que nos constituyen son
elementos indispensables en la consulta filosófica.

183
b) Individuos que aun con la capacidad de razonar compro-
metido puede asumir en la práctica las consecuencias de
su razonamiento.
c) Los individuos que tengan comprometida las capaci-
dades anteriores pero que conserven la potencialidad
parcial para su desarrollo.
2. Manifiestan diversos tipos de problemas:
a) Dilemas éticos.
b) Confusiones emocionales.
c) Confusiones conceptuales.
d) Crisis en las asunciones y creencias.
e) Conflictos interpersonales.
f) Conflictos vocacionales.
g) Conflictos o confusiones existenciales.
h) Deseos de mejora filosófica (curiosidad filosófica por de-
terminados temas).
3. Que requieren:
a) Clarificación conceptual de problemas.
b) Afrontamiento de situaciones.
c) Puesta en práctica y seguimiento de decisiones.
d) Monitorización de contenidos de pensamiento.
e) Motivación en el sentido existencial.

2.5. ¿Es la orientación filosófica filosofía?


Con cierta frecuencia se ha afirmado que algunas de las cues-
tiones que trata la Orientación Filosófica son tarea de psicólogos
en España. La justificación mediante la cual afirmar el derecho
de pernada con estos pacientes es la práctica.
El caso de un niño que muestre problemas en sus estudios, un
joven con falta de estímulo para continuar una carrera, estados
depresivos de un adulto motivados por el fallecimiento de un fa-
miliar o la falta de sentido de un enfermo terminal de cáncer son
habituales en las consultas de los psicólogos. Según el esquema
anterior, cuando estas, así denominadas, afecciones, se deban a
factores “estructurales-psicológicos” la labor del psicólogo es

184
indispensable, aunque el filósofo también puede ayudar a la me-
jora del individuo. Ahora bien, el derecho de patronazgo de la
psicología sobre estos casos se hace ilegítimo cuando tratan con-
flictos cuya base resolutiva es posible a través de una reflexión
dialogada.
El zapatero sólo hace zapatos, el filósofo es especialista en
pensar y en hacer una crítica y evaluación de los mismos.
Esa labor con el pensamiento puede ejercerse desde diversas
ópticas. No negamos que pueda existir una psicología del pen-
samiento. Sin embargo esta estudiaría el acto de pensar estruc-
tural, o las estructuras que se ciernen (más o menos biológica o
conductualmente) sobre el pensamiento.

¿Cuál sería la labor de la Filosofía?


El estudio de los contenidos de pensamiento, su lógica, el
análisis de los errores que puedan implicar a lo largo de todo su
trayecto (inputs –por ejemplo validez de fuentes y evidencias-,
progreso –por ejemplo la inferencia lógica- y outputs –validez
de conclusiones alcanzadas–).
Por consiguiente, Orientación Filosófica y Psicología del
pensamiento no son dos disciplinas que litigan sino dos campos
que contribuyen a un fin común: la maximización y mejora del
pensamiento.9
Dos factores han concurrido en la confusión entre filosofía y
psicología y su planteamiento litigante:
a) Desvinculación filosófica de proyectos procedimentales o
tecnificación de la filosofía desvincunlándose de la coti-
dianidads.
Generalmente la filosofía ha tenido como labor la gene-
ración de teorías. Sólo la epistemología y la lógica se han
ocupado de analizar el conocer en sí mismo y la forma de
argumentar e inferir lógicamente.
9
Thomas Nagel o Husserl dirían que hay un débito de la misma Psicología
respecto a la Filosofía puesto que, a fin de cuentas, toda ciencia se cons-
truye sobre pensamientos, sobre lo que hemos denominado contenidos de
pensamiento, y sobre la validez de sus inferencias lógicas.

185
Hasta la llegada del Critical Thinking y de la Orienta-
ción Filosófica no se ha popularizado esta aplicabilidad de
técnicas filosóficas para los casos particulares. La lógica
de predicados o la lógica proposicional resulta de gran uti-
lidad en la analítica de muchos problemas. Sin embargo,
los problemas en que se han aplicado son de índole muy
técnica y situados muy lejos de las cuestiones cotidianas.
Piénsese por ejemplo en la teoría de la decisión en el dile-
ma del prisionero, el dilema del prado o los estudios de la
relación de la lógica con los esquemas cibernéticos y con
la inteligencia artificial.
Esto ha promovido que la filosofía se haya entendido
como una disciplina útil en general para la configuración
de lo que se hace llamar “humanidad”, pero inútil para
resolver problemas cotidianos.

b) La resolución de la conflictividad por de la psicología.


El psicólogo ha se ha hospedado, en ocasiones, en una
posada que le estaba reservada al experto en pensamiento,
es decir, al filósofo.
Hemos repetido hasta la saciedad que el psicólogo tie-
ne su lugar en el conjunto disciplinar de nuestra sociedad.
Ahora bien, ¿cómo puede responder un psicólogo a un pro-
blema sobre el sentido de la muerte y la vida? ¿cómo ante
una confusión emocional acerca del amor? ¿cómo ante el
análisis ético de una madre que ha de dejar a su madre en
un asilo? ¿cómo responder cuando una depresión se basa
en una quiebra del concepto de amistad?

Los psicólogos, deo gratia, han estado ahí cuando el filósofo


no lo ha hecho. Han ido aprendiendo, normalmente, fuera del
marco universitario, como conducirse ante este tipo de casos. Se
han llegado a general terapias (por ejemplo la racional-emotiva)
asumían una tarea de pensador con el consultante.

186
Después de años manteniendo esta situación, el psicólogo
asiste asombrado a la respuesta del Orientador Filosófico ante
su labor cuando le pregunta qué casos son los que él tiene. En-
tonces le espeta: ¡Muchos de esos casos los he tratado yo en
consulta! Si el análisis y la comprensión no están en su lugar la
disputa está servida.
El inicio de este epígrafe rezaba con la pregunta siguiente:
¿Es la Orientación Filosófica Filosofía? Respondemos afirmati-
vamente por las siguientes razones:
1. Si la filosofía tiene como objetivo primordial el pensamien-
to. La Orientación Filosófica tiene como objetivo primor-
dial el pensamiento.
2. Si la Filosofía tiene como actividad nodal el acto de pensar.
La Orientación Filosófica se acoge a la misma actividad.
3. Si la Filosofía se entiende como planteamiento de respues-
tas y preguntas a cuestiones. También la Orientación lo
hace.
4. Si la filosofía se plantea como posición crítica, la Orien-
tación Filosófica no adopta las primeras soluciones es-
bozadas sino que las analiza en base a criterios formales
específicos.
5. Si la filosofía hoy no admite verdades absolutas aunque sí
contenidos veritativos, la orientación filosófica afirma que
no hay soluciones únicas sino respuestas que dependen de
la circunstancialidad y problema específico dependiente
de la apertura de mundo (la re-presentación) de cada uno
de sus sujetos.
6. Si la filosofía trabaja en el plano de las ideas y no se mez-
cla con lo empírico, la orientación no deja de trabajar con
ideas aunque no abandona lo empírico. Con ello no entra
en contradicción con la filosofía puesto que lo empírico es
entendido fenomenológicamente. Lo explicaremos con un
ejemplo.
Para un ensayo filosófico una de las fuentes puede ser
una idea del siglo XX, una réplica a una tesis puede proce-

187
der de una estructura conceptual de un filósofo contempo-
ráneo. En Orientación Filosófica una idea puede tener su
origen en un filósofo del siglo XIX, pero también en la con-
frontación con la realidad de esa idea bajo el enunciado de
«esta idea no funciona en la realidad y los argumentos son
que los hemos llevado a la práctica y se ha comprobado
que no ha funcionado». Por supuesto, se podría hacer una
analítica de esa evidencia empírica de tipo conceptual y
rebatirlo. Eso funcionaría como un segundo argumento.
No obstante, ambos argumentos, el evidencial empírico y el
argumento contrafáctico conceptual se esgrimen en orienta-
ción filosófica como elementos de igual naturaleza. Ambos
son argumentos de los que ocuparse en la consulta filosó-
fica. Ambas son ideas que apoyan o critican una dirección
de pauta de actuación. En ambos casos, el trabajo se hace
con ideas o con fenómenos traducidos a ideas. Por tanto, la
separación empírico/racional en el trabajo fenomenológico
de la Orientación Filosófica carece de sentido.
7. Se ha afirmado que la Filosofía trabaja con lo general y no
con lo particular. A lo que respondería de varios modos.
a) En primer lugar con preguntas: ¿No son acaso Séneca,
Epicuro, Epicteto, Diógenes, Vives, Ortega y Gasset,
etc... filósofos? ¿No es acaso la ética un acercamiento
a la solución de problemas éticos que redundan en lo
cotidiano?
b) En segundo lugar respondería con afirmaciones: La
Orientación filosófica trabaja con la clarificación de
conceptos como amistad, libertad, sentido, existencia,
valor, apariencia o conocimiento (términos bastante
generales). La Orientación Filosófica trabaja con lo ge-
neral para su implantación en lo particular, cosa que no
está tan alejada de un ensayo filosófico10 (se parte de un

10
Personalmente he trabajado en consulta con la aplicación del modelo “en-
sayo filosófico”. Esto supone seguir los pasos siguientes:

188
problema particular aunque esté se ubique en el mundo
de las ideas de Platón porque, como dice Julián Marías,
la filosofía o es personal o no es filosofía11).

Por todo ello, no resulta descabellado afirmar que la Orienta-


ción Filosófica puede considerarse filosofía.
Una vez resumida sumariamente los ejes temáticos de la dis-
ciplina veamos un caso de Orientación Filosófica real relaciona-
do con la violencia de género.

3. LA VIOLENCIA EN LA CONSULTA DE ORIENTACIÓN FILOSÓFICA

3.1. Los hechos


Sofía se mostraba insegura en sus palabras pero también tenía
el deseo, quizás más que la confianza, de que alguien pudiera
ayudarla de forma confidencial.
Había estado saliendo con Fernando durante algunos años.
Su relación fue fluida y satisfactoria hasta que ella descubre que
él le es infiel. Sofía no admite la situación y decide romper su
relación.

a.Tomar el problema del consultante como la cuestión a tratar en el


“supuesto ensayo”.
b.Valorar los datos del consultante como una de las fuentes de datos
del problema.
c.Evaluar fiabilidad de la información, contrastarla y valorar los posi-
bles errores cometidos en el acceso a la misma.
d.Estudiar las alternativas posibles ante el problema.
e.Analizar los diversos marcos en que se gesten las soluciones.
f.Optar por una de las alternativas.
g.Dar razones de nuestra elección.
h.Dar razones de por qué no optamos por las otras alternativas.
i.Hacer una valoración global del proceso.
j.Tomar la puesta en práctica como elemento de feedback para mejora
de la alternativa seleccionada.
11
“La filosofía es siempre un asunto personal. En las ocasiones en que ha
intentado olvidar esto y convertirla en una disciplina abstracta, la conse-
cuencia ha sido siempre su decadencia o abandono” (MARÍAS, J.: Razón de
la Filosofía. Alianza Editorial, Madrid, 1993. Pág. 13).

189
Todo se amolda al esquema típico de ruptura sentimental has-
ta que una tarde, pocos días después de la misma, Sofía ve llegar
a Fernando por la calle. Ella se encontraba en la calle hablando
con cuatro amigas. Fernando le dice que quiere comentar con
ella algunas cosas en privado. Sonia se niega. Intuye malas noti-
cias y no quiere apartarse del grupo que la protege. Entonces él
la empuja y la obliga a acompañarla a casa de ella. Las amigas
buscan al hermano de Sofía para informarle del suceso.
Fernando le cuenta a Sofía que le han dicho que ella le ha sido
infiel. Algo que, declara Sofía, no es cierto. Entonces se encien-
den las palabras y la pelea casi alcanza los actos. Al llegar a casa
de Sofía su hermano disuelve la trifulca.
La semana siguiente Fernando espera a Sofía en la calle y la
lleva a su casa. Allí si hay agresiones que, sin llegar a la viola-
ción sexual, tienen entre sus componentes, empujones y golpes
de diversa consideración. El mayor daño aparecerá más tarde
como consecuencia de la re-presentación propia que hace la
agredida.
Esa noche Sofía es el inicio de la manifestación de diversos
síntomas:
1. Miedo a salir a la calle sola por mor de encontrarse con
Fernando.
2. Sueños recurrentes en los que Sofía se ve perseguida por
Fernando. El sueño acaba cuando la coge.
3. Miedo a contar la historia a amigas y familia por vergüenza
de lo que pudieran pensar y por temor a que no la creye-
sen.

Cuando Sofia se aloja por vez primera en el sillón de la con-


sulta han pasado tres semanas de lo que me cuenta y soy el pri-
mero al que ha dado detalles de su calvario.

3.2. Los problemas


Después del análisis de los hechos localizamos dos proble-
mas claros:

190
1. Miedo que genera temor a salir a la calle y es raíz de los
sueños.
2. Afectación de la autoestima personal debido a las palabras
de Fernando durante la primera conversación.

El primer ítem queda expuesto sin ambages en la consulta.


El segundo surge de la analítica y énfasis puesto en algunas
partes de su exposición: “me dijo que era basura”, “que nadie
iba a quererme nunca más”, “me aventó como si fuera basura”.
Destaca el siguiente párrafo literal de Sofía: “Me dijo que era
una basura, que para que se había fijado en mí, que no sirvo para
nada, que era muy gorda y que nadie se me miraría a partir de
entonces”.
Decidimos empezar por ocuparnos del primero de los pro-
blemas.

3.3. El “tratamiento”
Comenzamos analizando qué es el miedo y los diversos tipos
de miedo. Estudiamos la relación entre valentía, miedo y osadía
y nos ayudamos para ello de Aristóteles.
Luego analizamos los beneficios y perjuicios del miedo. El
miedo, decidimos, nos puede proteger de situaciones peligrosas,
aunque también puede limitar nuestras vidas si éste es despro-
porcionado.
La siguiente fase fue aplicarlo a su caso concreto. ¿Era el
miedo desproporcionado? La respuesta parecía afirmativa por lo
que buscamos la/s causa/s:
1. La posibilidad de que Fernando apareciese para volverla a
golpear era real por lo que se justificaba el miedo.
2. El miedo a contar a los padres lo que había pasado no tenía
justificación. El miedo, ahí, se convertía en vergüenza.

Si ella conseguía hablar con alguien cercano (sus padres o her-


mano) de lo ocurrido los sueños desaparecería y ella, por algún
tiempo, podría salir y estar segura con ellos cuando apareciese
Fernando.

191
En la siguiente fase analizamos la relación entre razón, emo-
ción y pasiones. La pasión como la pasividad ante el acto de la
razón; la emoción como lo que mueve (e-mocere) nuestros actos
y la razón como aquella que guía los actos de una vida feliz (usa-
mos para ello Séneca y se recomendó la lectura de la pequeña
obrita Sobre la Felicidad de éste autor).12
La comprensión del problema fue socavando la emocionali-
dad excesiva asociada al problema.
En una de las consultas Sofía había respondido lo siguiente
a mi pregunta de si alguien más sabía algo de todo ello: “No
se lo he contado a nadie más por miedo y no sé por qué me da
miedo”.
A lo largo del trabajo realizado estudiamos también la dife-
rencia entre realidad y fenómeno (de la mano de Husserl y del
perspectivismo orteguiano). Añadimos a esto la evidencia de que
no existe realidad consciente más allá que aquella que es el mun-
do personal de cada uno de nosotros. Un mismo acontecimiento
es vivido de diversa forma por distintas personas. Se trataba de
introducirnos en el modo particular en que ese acontecimiento
se había dado en ella para intentar reconstruirlo.
La última consulta incluía la realización de varios ejercicios
en el que ella objetivase la situación de contarle ella a la madre
(la persona más cercana a ella) lo que había sucedido. Fijamos
una nueva fecha al final pero, cuando llegó la fecha, no se pre-
sentó. A los quince días la encontré por la calle y quiso hablar
conmigo.

3.4. El “final”
Sofía había conversado con su madre. Le contó todo lo
que había sucedido y le refirió también su problemática con los
12
Esto supone un resumen de todas las consultas que tuvimos. En ella íba-
mos analizando cada una de las razones que esgrimíamos, criticando el
valor de las fuentes y de las inferencias que dábamos. Con frecuencia las
fuentes no eran filósofos sino las experiencias de Sofía y conocimientos
que tenía de psicología. En todo momento mezclábamos aspectos más
puramente teóricos con los empíricos o experienciales.

192
sueños. Afirmaba que comprender la situación y comentarla con
otra persona le había ayudado a aclarar sus ideas. Esto le había
dado fuerzas para superar sus miedos. Añadía que su madre “en-
tendió lo que quise decirle”.
Existía todavía cierta aprensión a contar lo sucedido a su ma-
dre. Pero ese miedo se disipó cuando la madre “entendió lo que
quiso decirle”. No se limitó a escucharla sino que la entendió.
Le pregunté por la posibilidad de que la solución del pro-
blema hubiera sido casual y no motivada por las consultas. Se
aferró a una respuesta negativa. Las consultas habían sido claves
en afrontar la situación y comprenderla.
Las palabras antes de despedirnos fueron las siguientes:
Entendí que esto fue sólo una etapa de mi vida, ¿verdad?
Entendí que no hay que aferrarse al pasado, que hay un futuro
por descubrir.

193
ZOMBI. ¿EL REFLEJO FILOSÓFICO
DEL HOMBRE VIOLENTO?

por
JUAN ANTONIO CAMPOS GONZÁLEZ
Violencia, p. 195
JUAN ANTONIO CAMPOS GONZÁLEZ. Licenciado en Filosofía en la Uni-
versidad de Sevilla

196
E N esta ponencia intentaré responder a través del análisis
filosófico de un personaje nacido del folklore popular,
como es el zombi, a la relación hombre-violencia y en
qué grado esta constituye nuestro ser y la importancia de la so-
ciedad como respuesta al binomio ya mencionado.
En la antigua Grecia ya se definía al ser humano como “Ani-
mal político”. En esta definición los padres de la filosofía veían
que poseemos dos características fundamentales, como si de
una moneda se tratara. Es decir, tenemos dos caras opuestas que
conforman nuestro ser. Las dos son necesarias y no se puede
dar la una sin la otra; La primera es que somos animales, te-
nemos las mismas virtudes y defectos que el resto de los seres
vivos del mundo. Y, puesto que somos como ellos, una parte de
nuestro ser, una de las caras de la moneda, se deja guiar por el
instinto. Somos animales y como tales poseemos instintos que
nos permiten sobrevivir como individuos y como especie. Pero
además, y como segunda característica, o cara de la moneda, es
que somos políticos, es decir, vivimos en una sociedad regida
por unas leyes que hemos creado nosotros y que respetamos,
o al menos debemos de respetar. Es evidente que los animales
viven en sociedad y algunos en sociedades muy avanzadas, pero
es más evidente que la nuestra es la más evolucionada ya que se
ha construido a partir de un factor que nos diferencia del resto
de seres vivos y nos determina como raza dominante. Este factor

197
es la razón y sobretodo el lenguaje que ha surgido a partir de la
razón y ha evolucionado con ella.
Volviendo a la primera de las características debemos enten-
der, y entendemos, que tenemos instintos. Para muchos estos
instintos se han ido suprimiendo a medida que evolucionábamos
racionalmente quedando sólo apenas los que cabrían contándo-
los con los dedos de una mano. Entre ellos destacar dos, para ha-
cernos una idea de lo atrofiados que están ya en nosotros. Estos
son: la lactancia y el parpadeo.
¿Debemos entender entonces que es la razón, y por tanto, la
sociedad la que nos hace ser seres humanos, es decir, la que nos
hace suprimir el instinto de violencia, o pulsión freudiana, para
vivir en paz? Pero debemos de analizar el origen mismo de la
sociedad. De la necesidad vital del hombre individual de vivir en
grupo. Sabemos que por sí solo el hombre jamás podría sobrevi-
vir, necesitamos del grupo para ser fuertes. Si no, sólo hay que
pensar cuánto tiempo duraría un ser humano, cualquiera de no-
sotros, sólo en mitad del Sahara o en mitad del Amazonas. Pero
no sólo nos agrupamos para vencer al medio, por miedo a este,
por nuestra relación con la naturaleza sino también por nuestra
relación con nuestros iguales. Es decir, tenemos miedo a otros
seres humanos más fuertes que nosotros. La inclinación general
de la humanidad entera es entonces un perpetuo e incesante afán
de poder que cesa solamente con la muerte. La pugna de rique-
zas, placeres, honores u otras formas de poder, inclina a la lucha,
la enemistad y a la guerra. Siguiendo esta estela de pensamiento
nos podemos encontrar con muchos filósofos como Spinoza, fi-
lósofo que destaca, entre otras razones, por su optimismo meta-
físico al afirmar taxativamente que: «Vivimos en el mejor de los
mundos posibles». Pero el mejor en potencia ya que debe de ser
el ser humano el encargado de llevar esta potencia a acto. Spi-
noza, como todos, entiende que el ser humano es pasión y razón
y que el guiarse por la primera es mucho más fácil y placentero
que la segunda, pero no por ello la más correcta. Al ser más
sencilla, rápida y placentera el hombre opta por guiarse por ella.

198
Por lo que por este motivo entendemos que en el ser humano se
ha dado una claro dominio de las pasiones, los instintos, sobre la
razón. Lo cual es muy peligroso ya que si entendemos la anterior
frase en toda su dimensión supone la representación de la propia
extinción a manos de personas con pasiones y potencias mayores
que las nuestras. Es precisamente en este momento cuando el ser
humano llega a esta conclusión de la desaparición de la especie y
sobre todo la suya cuando surge la necesidad de agrupación. Ya
que como todos sabemos el principio “la unión hace la fuerza”
es totalmente verdadero. Al ser el grupo lo que asegura la exis-
tencia propia todos los miembros que pertenezcan a él harán de
este más que un bien primario una necesidad, en tanto en cuanto,
su función única y principal es la de perseverar en la existencia
de sus miembros. La sociedad se constituye finalmente cuando
el grupo entiende que debe de delegar en ella todos los derechos
que tenemos a la autodefensa y grado de castigo ó venganza
a otras personas que nos hayan querido inflingir algún mal. O
bien, el grado de castigo que sufriremos al ser nosotros mismos
los causantes de ese mal a otra persona. Dicho en otras palabras,
otorgamos nuestro derecho individual sobre el bien y el mal al
grupo. Teniendo, por tanto, la sociedad la potestad de prescribir
una norma común de vida, de dar leyes y afianzarlas. Esta nueva
sociedad fundada en leyes surgidas con el único objetivo de con-
servación de sus miembros se llama “Estado” y las personas que
se acojan a él “ciudadanos”. No hace falta aclarar que las leyes
surgen por acuerdo común del grupo, es decir, surgen de la razón
de sus miembros para minimizar los efectos de los instintos, las
pasiones, que al fin y al cabo son los que nos constituyen, pero
no por ello son los que nos caracterizan. Aunque esta razón se
basa en la constitución de un poder enorme que nos atemoriza a
todos. Por supuesto las sociedades al ser grupos de individuos se
comportan al igual que estos y por miedo a sociedades más fuer-
tes se agrupan entre ellas haciéndose así más numerosas y po-
derosas. Asegurando mejor la conservación de las personas que
tienen a su cargo. Vemos en este breve análisis dos períodos muy

199
dispares en el que tenemos por un lado un estado de barbarie y
de guerra todos contra todos, un mundo sin germen de derecho,
y por otra parte, un estado creado y sostenido por el derecho, con
suficiente poder para iniciar y reformar su estructura. Partiendo
de esta premisa debemos dar un paso más en nuestras preguntas.
Si necesitamos de la sociedad, y sus reglas, para sobrevivir, para
salir del que ha sido llamado “estado de naturaleza” entonces.
¿Estas leyes y reglas vienen del hombre, es decir, salen de él,
o bien, nacen de un acuerdo racional externo entre individuos?
Andando más sobre esta senda llegaremos a una cuestión que ha
sido fundamental para la filosofía durante siglos y cuya disputa
enfrenta a dos bando dirigidos por las teorías de T. Hobbes, J.
Locke y J. J. Rousseau aún se mantiene abierta y es la siguien-
te. ¿Es el hombre bueno por naturaleza? Mientras que para el
primero el hombre en estado de naturaleza es agresivo para los
dos pensadores restantes en hombre en el estado de naturaleza
es bueno. Como muy bien podemos resumir: “Mientras que para
Hobbes el hombre en el estado de naturaleza es intrépido y no
busca otra cosa que atacar y combatir para Roussau es tímido y
bueno en tanto en cuanto no tiene ningún vicio en su ser”. Pero
no vayamos tan rápido por este camino que, sin duda, es muy
tortuoso y corremos el peligro de perdernos en el planteando
cual debe de ser el sistema político adecuado.
Al formular todas las preguntas anteriores, aunque sólo sea
en forma de bosquejo quiero simplemente plantear las siguientes
cuestiones: ¿Qué sería de la raza humana sin la razón?, ¿Sería-
mos violentos? Es decir, qué sería de nosotros si, como dice el
mito griego, Prometeo no nos hubiera regalado el fuego de los
dioses del Olimpo. Aunque ya a algunos se les haya ocurrido
pensar en el “pequeño salvaje” quiero dar un paso más y pre-
guntar: ¿Cómo sería el ser humano, el grupo humano, si le qui-
tamos aquello que lo hace ser “humano”? Evidentemente a esta
pregunta sólo se le pueden dar respuesta con la imaginación y
qué mejor representación de esta que el cine. Entre los directores
de cine que han querido dar respuesta a esta aporía, al menos a

200
modo de opinión, destaca sin lugar a dudas George A. Romero
que tomando como guía una figura del folklore africano y pos-
teriormente caribeño ha creado todo un subgénero en el mundo
de la ciencia ficción y del terror apocalíptico que aún hoy, dé-
cadas después de su primera película (La noche de los muertos
vivientes, 1968) sigue creando interés en los espectadores. Todos
tenemos en mente la representación cinematográfica del zombi
tradicional como un ser grotesco y torpe, despersonalizado y que
se alimenta de los seres humanos vivos. La idea de este director
no es original suya, ya que parte de un ser que existe, o ha existi-
do, en la realidad. Parte del mito de los “gules”. Seres humanos
que bajo la influencia de una droga, proveniente de las toxinas
del pez globo, y suministradas por un brujo (dirigido por un te-
rrateniente local), logra reducir al mínimo las constantes vitales
de su víctima consiguiendo con ello que se le de por muerto.
Una vez enterrado, la persona que lo ha envenenado desentierra
su cuerpo y lo vuelve a la vida reduciendo la dosis de droga. Con
la ingesta continua de esta droga suministrada en las dosis justas
se consigue dominar la voluntad del sujeto. El fin que se perse-
guía con estos zombis no era otro que tener los trabajadores per-
fectos. Aquellos que trabajan sin parar, sin quejarse y, sobretodo,
gratis. Es decir, esclavos. No es de extrañar que en las tierras
donde se practicaban, o practican, estas artes de “brujería” las
familias opten por enterrar a sus muertos en los jardines de sus
casas para asegurarse que sus familiares han muerto realmente
y que no están bajo la influencia de ninguna droga. Con todo lo
dicho vemos los elementos necesarios para que se creara el per-
sonaje que hoy día todos conocemos.
Volviendo al cine y analizando al zombi como personaje de
ficción vemos como es un ser que ha vuelto a la vida y que, salvo
su cerebro, todo está muerto en él. Siendo esta la razón por la
que se al representarlos en la pantalla se muevan de una forma
tan lenta y torpe. Y puesto que están muertos y la cabeza es lo
único vivo en ellos ese será su punto débil. Por su comporta-
miento, vemos, cómo es un ser que tras morir ha perdido todo lo

201
“humano” que había en él. En este punto algunos podrían pensar
en la concepción platónico-cristiana dualista del ser humano en
el que estaríamos formados por cuerpo y alma. Perteneciendo a
esta última el rasgo que nos diferencia del resto de las especies
de la Creación. Es decir, en el alma tendríamos “lo humano” que
nos vendría otorgado por una deidad. Sin ella seríamos anima-
les. Pero, obviemos, al menos por el momento toda teoría del
más allá. Y volvamos a lo terreno. ¿Acaso no es esa pérdida de
lo que llamamos “humano” la causante de que el zombi sea un
ser despersonalizado, un ser que ha perdido toda identidad como
individuo y que se mueva en masa siguiendo sus instintos? En
este punto se podría tomar el enfoque político de la perspectiva
marxista que entiende que el zombi no es más que la represen-
tación de la lucha contra el capitalismo. Siendo este personaje
la personificación del consumismo más radical posible al ver en
él a un grupo de individuos que se mueven en masa sin orden
alguno y en el que les ha sido anulado todo rasgo de autonomía
y voluntad. Esta idea se plasma más claramente en la película
El amanecer de los muertos que se desarrolla principalmente
dentro de un centro comercial y se ve a los zombis “haciendo la
compra” mientras suena de fondo el hilo musical de dicho cen-
tro. No obstante dejaremos de lado este enfoque ya que no es el
que nos interesa para desarrollar este análisis.
Los zombis han tenido varios orígenes y no siempre han sido
muertos vivientes. Han podido surgir como propuso Romero a
partir de la radiación emitida por una sonda espacial de la NASA
traída de Venus, o bien de la exposición de seres vivos a un virus
creado por el propio hombre como es el caso de Resident Evil o
de 28 días después. (película, esta última, en la que no se puede
hablar propiamente de zombis, ya que no son muertos que han
vuelto a la vida, si no que se trata únicamente de seres humanos
que han sido infectados con una variación del virus de la rabia.
Enfermedad propiamente animal. De ahí, la agilidad de estos
zombis que pueden correr, saltar y ser tan rápidos como noso-
tros mismos. Lo que todas estas criaturas tienen en común, sea

202
su origen cual sea, es su dieta basada únicamente en la carne
humana y la agresividad que presentan. Debemos plantearnos
la siguiente cuestión: ¿Es esta agresividad innata al ser humano
manifiesta únicamente a partir del momento en que la razón cede
su dominio al instinto? Si es así estaríamos de acuerdo con S.
Freud puesto que él afirmaba que para que el ser humano viva en
sociedad debe sacrificar por medio de la represión la parte que
realmente conforma su ser, la instintiva. Logrando, al alienar
esta parte constitutiva suya, un desequilibrio en la personalidad
al no hacer lo que realmente se desea. Estas represiones para el
psicólogo austriaco se manifiestan a partir de trastornos men-
tales y físicos de distinta clase que si no se solucionan pueden
llegar a ser crónicos causando grandes males a la persona que
los padece. Si es así realmente, no nos queda mucha esperanza,
ya que deberíamos de entender que la violencia es innata al indi-
viduo y que por lo tanto la máxima de Plauto «El hombre es un
lobo para el hombre»1 es cierta y más que una frase es un axio-
ma moral. Además, si seguimos este planteamiento nos conver-
tiríamos en la más agresiva y peligrosa de las razas ya que nos
alimentaríamos únicamente de seres de nuestra especie. Cierto
es que existen otras especies del reino animal que muestran el
mismo comportamiento al matar miembros de su especie. Pero
lo hacen por una razón justificada, al menos para ellos. Así, por
ejemplo, un león mata a los cachorros machos de las leonas de
su manada siempre y cuando no sean suyos por la sencilla razón
de que quiere que sea su estirpe la que continúe dominando en
el futuro. Por lo tanto este acto tiene una justificación que no es
simplemente matar por matar. Acto, este último, que debemos
recordar que es propio del hombre, ya que no hay otra raza en
la tierra que asesine. Al menos no una que descienda de los pri-
mates.
Por supuesto, y a diferencia de otros monstruos, el zombi es
un reflejo de nosotros mismos, de la situación que vivimos. En

1
“Homo homini lupus. Lupus est homo homini. Non homo”. Plauto.

203
el que nos atacamos unos a otros sin parar y que como muy bien
definió P. Ricoer: «La historia de la humanidad es un continuo
estado de guerra sólo interrumpido por breves períodos de paz».
¿No serían, además, los orígenes de estos seres, de esta nueva
raza (residuos nucleares, virus creados y mutados...), un aviso
claro de que nosotros con nuestra acción desenfrenada vamos a
provocar nuestro propio fin?
Ya lo dijo Einstein al afirmar que no sabía cómo serían las
armas que emplearía el ser humano en la tercera Guerra Mundial
pero sí sabía que en la cuarta serían flechas y lanzas.
Volviendo al cine y a Romero podemos encontrarnos en su
filmografía con cuatro obras que hablan sobre los zombis. Aun-
que para este análisis me he centrado únicamente en tres de ellas
puesto que marcan un proceso evolutivo en estas criaturas y un
cambio en la relación entre los seres humanos vivos y muertos.
La trilogía mencionada estaría compuesta por: La noche de los
muertos vivientes, 1968, El día de los muertos, 1985 y La tierra
de los muertos vivientes, 2005. En conjunto podemos ver que
la mencionada evolución abarca nada más y nada menos que
cuatro décadas del pasado y sangriento siglo XX. En la primera
de ellas vemos cómo se origina el problema, cómo aparece el
personaje. En la segunda vemos que el problema ya existe, se
asume y se intenta investigar para encontrar una solución posi-
ble que nos devuelva a la situación originaria. En la tercera, y
última, vemos como tras una lucha encarnizada que ha durado
años se ha asumido la situación apocalíptica y se sabe que no hay
remedio ni solución posible. Los vivos han optado por recluirse
en una ciudad que han protegido fuertemente contra los zombis.
No para matarlos, sino para evitar que entren y sean ellos los que
nos maten. Al final de esta última película vemos cómo el héroe
de los vivos, tras una larga lucha, respeta a los muertos y a su
líder en lo que parece una especie de acuerdo en el que ya no los
ven como unos seres infernales, sino como unos seres que bus-
can un espacio donde vivir y es que realmente se han adueñado
del planeta ya que forman un grupo más grande que el de los

204
propios humanos. Es sabido que toda obra nace por una razón,
nace de un autor que pertenece a una sociedad y plasma en la
obra sus propios sentimientos y los de su época. El fenómeno
zombi es un análisis crudo de la sociedad humana actual. Así,
la primera de las películas de Romero aparece en la época de la
guerra fría en la que se vivía bajo la constante amenaza invisible
de las armas nucleares y sus consecuencias. Además es la época
en la que bandas callejeras toman las calles norteamericanas y
se producen auténticas oleadas de terror, vandalismo, miedo y
violencia. La tercera de ellas, y como indica el propio director,
refleja a la América post “11 de Septiembre” en la que la socie-
dad vive una falsa normalidad ignorando conscientemente los
peligros terroristas que la rodean y la amenazan constantemente.
En la película La tierra de los muertos vemos cómo los humanos
viven en una ciudad protegida por un ejército de mercenarios, el
que parece ser el último bastión humano y en la que las personas
trabajan y se divierten con sus familias como lo harían si nun-
ca hubiera habido una amenaza zombi o terrorista. Es decir, se
han acostumbrado a la situación y hacen su vida normal yendo
al trabajo todos los días y teniendo familias. A lo largo de esta
trilogía los muertos vivientes van adquiriendo conocimientos. Si
bien en la primera película (La noche de los muertos vivientes)
son sólo seres sin conciencia que se mueven sólo con el fin de
satisfacer sus instintos sin razón ninguna. En las siguientes pelí-
culas vemos cómo tienen recuerdos de sus vidas pasadas (al rea-
lizar las mismas actividades que hacían cuando estaban vivos)
y cómo a partir de este recuerdo van adquiriendo conocimientos
que van almacenando consiguiendo realizar funciones más y
más complejas a partir de estas acciones simples. Incluso tie-
nen emociones e intentan hablar, pero recordemos que siempre
con la torpeza y limitaciones que da un cuerpo muerto. Así en
la segunda de ellas nos encontramos al personaje llamado Bub
(palabra que recuerda al balbuceo de un bebé). Bub es un zombi
al que un científico le enseña, o mejor dicho lo educa, para vivir
entre humanos sin suponer un peligro para estos. Al final de esta

205
película este personaje tendrá dos acciones claves que marcarán
la evolución del personaje zombi. La primera es llorar ante el
cadáver del científico que lo educa sin devorar su cuerpo y la
segunda es despertar el sentimiento de venganza y buscar y per-
seguir al asesino de su maestro. Al encontrarlo lo matará con una
pistola y no se comerá su cuerpo.
En la forma en la que adquieren los conocimientos también
hay una evolución ya que si al principio los adquieren gracias
a los científicos que los investigan (El día de los muertos) al
final (La tierra de los muertos) son los propios zombis los que
adquieren este conocimiento de forma autodidacta. Parejo a este
conocimiento van desarrollado comportamientos sociales, lo que
implica que entre ellos se de un reconocimiento como iguales y
a su vez una diferenciación. Han logrado que el grupo adquie-
ra identidad como tal y dentro de este cada miembro de forma
individual. Reconociendo en el grupo a un líder. La despersona-
lización antes mencionada y característica en ellos, como grupo-
masa lento, inconsciente e informe va desapareciendo. Si este
proceso se ha ido produciendo es porque el autor, Romero, quie-
re que entendamos que puede que ellos sean el próximo paso
evolutivo de la humanidad, que sean ellos los que dominen y
nos quiten el puesto como raza suprema. Son una sociedad como
la nuestra, pero la única diferencia es que en nuestro ser, en la
moneda de nuestro comportamiento domina la cara racional y
en la de ellos la instintiva. Pero aún así debemos de recordar
que en todo momento se trata de la misma moneda. Por lo que
tenemos que verlos como nuestro reflejo. Somos nosotros pero
con la excusa de la razón suprimida. Y digo excusa porque en las
películas anteriormente mencionadas hay siempre un grupo de
seres humanos que muestra más crueldad y ensañamiento hacia
los zombis que el que jamás nos mostrarán ellos a nosotros. Nor-
malmente estos individuos “salvajes” son miembros del ejército
que, al desaparecer los gobiernos y todo orden establecido, se
han convertido en la ley y orden a base de la fuerza bruta. Y que
hacen de la supervivencia humana un juego cruel e inhumano

206
que consiste en la caza, tortura, vejación y asesinato del zombi.
Lo que hace que nos planteemos que la violencia puede aflorar
en el ser humano en cualquier momento y sin depender necesa-
riamente de que perdamos o no la razón. De que nos comporte-
mos más o menos como animales.
La violencia está en nosotros, pertenece a nuestro ser y si
bien es, como dije anteriormente, lo que compartimos con los
animales, en tanto en cuanto la relacionamos con los instintos,
también es cierto que esta razón, a la que hemos relacionado
con lo humano y civilizado y que suponemos que se encarga
de frenar y parar a la violencia, es la que la hace más cruel,
refinada y virulenta. La que hace que al enfrentarnos a zombis
seamos nosotros los auténticos monstruos. Nos muestra cómo
el ser humano expuesto a una situación límite deja que afloren
sus miserias. En definitiva, nuestras miserias. Debemos de re-
cordar que es nuestra razón la que ha hecho de la muerte un arte
y del asesinato una profesión. Es de nuestra razón de donde han
surgido desde la guillotina a la silla eléctrica y es esta, nuestra
razón la que ha inventado la cámara de gas con el fin de ahorrar
tiempo, espacio y dinero a la hora de asesinar.
La importancia fundamental del zombi, la razón por la que
da auténtico miedo y aún sigue de actualidad es porque somos
nosotros mismos. No se trata de un espíritu maldito de una ci-
vilización perdida invocado por un megalómano desquiciado si-
glos después de ser encerrado en un recipiente de barro, ni de un
fantasma que habita en una casa lúgubre y oscura que se venga
de los inquilinos que la ocupan por su cruel muerte acaecida en
la bañera del cuarto de baño de la planta alta a manos de la criada
desquiciada que estaba cargo del cuidado de la casa y de él la
noche en la que sus padres decidieron irse a cenar. Lo que hace
que el zombi siga de moda cuatro décadas después de aparecer
por primera vez en la gran pantalla son principalmente dos moti-
vos. El primero es que el este puede ser nuestro vecino, nuestro
amigo, algún miembro de nuestra familia o nosotros mismos.
Siempre son nuestros seres queridos los que nos atacan, o somos

207
nosotros los que los acabamos atacando a ellos. Y el segundo es
que no sólo estamos avocados a la muerte de forma individual
como seres vivos y limitados que somos. Si no que por la evolu-
ción marcada en este análisis nos dirigimos irremediablemente a
una muerte aún peor, que es la de la sociedad con nuestras pro-
pias manos. Somos nuestros propios enemigos. La cuarta Guerra
Mundial de la que habla Einstein nos resulta cada vez menos
extraña y lejana. Es aquí precisamente donde reside la magia del
zombi. Nos muestra hasta dónde puede llevarnos nuestra natu-
raleza humana. Nos enseña los caminos oscuros y recónditos de
nuestra personalidad. Aquellos en los que domina la violencia.
Nuestra violencia y no queremos admitir. Y es que todos tene-
mos un lado oscuro en el que somos zombis. El problema es,
como hemos visto, que nuestro “lado zombi” no es nuestro lado
más peligroso, es sólo el comienzo. Mientras que los zombis
actúan por instinto, como autómatas, buscando carne humana
para alimentarse, los humanos encargados de exterminar a estos
muertos vivientes matan con mayor ensañamiento regodeándose
en la masacre usando para ello unos métodos brutalmente expe-
ditivos. La línea que separa a los muertos hambrientos de carne
humana de los humanos sedientos de sangre y destrucción no es
tan diáfana como podría parecer, y que, en el fondo, no existe
mucha diferencia entre unos y otros.
Con lo dicho. Ahora es el momento de preguntarnos si es o no
el hombre bueno por naturaleza.

208
LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y
LA VIOLENCIA EN EL DEPORTE;
UNA RELACIÓN SIEMPRE CONFLICTIVA
por
ALBERTO FLORES MARTÍNEZ
Violencia, p. 209
ALBERTO FLORES MARTÍNEZ. Licenciado en Filosofía en la Universidad
de Sevilla. Locutor y redactor de Punto Radio.

210
INTRODUCCIÓN

L A violencia en varias de sus representaciones es un ele-


mento de constante aparición en todo tipo de manifesta-
ciones deportivas. Desde el surgimiento de los medios
de comunicación de masas y del deporte espectáculo, en el que
los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental,
deporte y violencia forman un binomio prácticamente indesliga-
ble que poco a poco ha ido haciendo al deporte perder algunas
de sus características fundamentales.
Desde la antigüedad el deporte ha aparecido como una ac-
tividad positiva para el ser humano, que fomenta el desarrollo
personal del hombre y facilita las relaciones interpersonales, ya
que los hombres en el esfuerzo tienden a unirse y a estrechar los
lazos personales entre las personas. Así veían los griegos el de-
porte, que se constituía como una actividad fundamental dentro
de la formación o cómo la llamaban ellos, la paideia. Pero ya
incluso desde el principio el fantasma de la violencia ha perse-
guido al deporte como concentración de masas. En el año 450
a.C. ya existía la prohibición de consumir alcohol en el estadio
de Delfos, ante el temor a las alteraciones de orden público que
podían provocar las masas embriagadas. Así que desde el prin-
cipio podemos comprobar esta dualidad que ha acompañado a la
práctica deportiva desde sus orígenes, por un lado se vislumbra
como una actividad enriquecedora para el ser humano, y por otro
lado capaz de despertar en los hombres las más bajas pasiones e
instintos más violentos y destructores.

211
A partir de la segunda mitad del siglo XX, aparece en la escena
deportiva, lo que hemos denominado anteriormente como el de-
porte espectáculo. La cobertura masiva de los acontecimientos
de índole deportiva, por parte de los medios de comunicación
de masas, hacen mutar para siempre el deporte y lo convierten
en definitiva en una actividad completamente diferente a lo que
el Barón Pierre de Cobertin había definido como espíritu olím-
pico. Las grandes firmas comerciales comienzan a invertir en
el deporte y en los deportistas, convirtiéndose el dinero en un
elemento indispensable dentro del deporte.
El afán de superación, el compañerismo o la formación inte-
gral del ser humano dejan de ser objetivos e hilos conductores
del deporte de primer nivel y se sustituyen por lo que el gran
público demanda, que no es otra cosa que el espectáculo, la riva-
lidad y el supuesto glamour de algunos deportistas. Este cambio
está en gran medida provocado por las diferencias de la sociedad
contemporánea y el trato realizado por los medios de comunica-
ción al fenómeno deportivo.

LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y EL DEPORTE ESPECTÁCULO

Con el cambio experimentado por la sociedad europea en la


segunda mitad del siglo XX, período en el que se estabilizan de-
finitivamente los medios de comunicación de masas, el deporte
pasa a ser simplemente lo que dichos mass media quieren que
sea. Los anteriores valores que fundamentaban el deporte quedan
reservados para casos excepcionales, como los Juegos Olímpi-
cos y las escuelas deportivas. La esencia del deporte se pierde y
se mantiene únicamente lo que de entretenimiento había tenido
siempre la práctica deportiva. La lucha por las audiencias obliga
a lo medios de comunicación a presentar el producto de la ma-
nera más atractiva posible, y en un mundo donde el conflicto y la
rivalidad son moneda de cambio común, una actividad donde los
hombres se igualan y se relacionan de manera positiva no puede
interesar a nadie, así que se publicita de manera escandalosa la

212
rivalidad y competitividad intrínseca al deporte.
La política se deja ver con insistencia en el palco de los es-
tadios, y el amateurismo se ha convertido en una forma más de
ganar mucho dinero. En la primera mitad del siglo XX varios
campeones olímpicos fueron desposeídos de sus medallas e inha-
bilitados para participar en sucesivos Juegos por haber percibido
remuneraciones económicas que se consideraron excesivas. Era
un intento vano por mantener a los deportistas olímpicos lejos
del dinero. Hoy, nadie se atrevería a quitar sus ocho medallas de
oro a Carl Lewis por haber cobrado por ello. Los tiempos han
cambiado. El deporte es un fabuloso espectáculo de masas, una
fiesta esperada por muchas personas, de la que dependen tam-
bién muchas personas. Es un gran negocio, una ingente industria
que genera dinero más allá del terreno de juego. Algunos estu-
dios norteamericanos valoran el volumen de negocio anual que
representa el deporte en 150.000 millones de dólares (unos 20
billones de pesetas). El expresidente del Comité Olímpico Inter-
nacional, Juan Antonio Samaranch, reconoce esa dependencia
del deporte moderno:

La amenaza mercantilista a las Olimpiadas no procede de los


atletas, tanto si reciben 10 dólares como 50.000 durante su ca-
rrera deportiva regular. El peligro está en que las federaciones
deportivas pierdan independencia ante las televisiones, los pro-
motores y los agentes.

En efecto, del deporte dependen, por ejemplo, empresas de


material y equipamiento deportivo, de comunicación, construc-
toras, agencias de publicidad y otras muchas áreas que de forma
directa o indirecta están vinculadas al deporte. De un gol o un
record dependen las ilusiones de muchos millones de personas,
y el acierto de un árbitro puede justificar una campaña de publi-
cidad. Los artistas del deporte, los ídolos, se han convertido en
hombres-anuncio que generan pingües beneficios. Hoy, el de-
portista puede vivir, y muy bien, de su privilegiada forma física.
Pocos son los que abandonan su especialidad a los treinta años

213
para sacar adelante a su familia. Se eternizan en el vestuario ex-
primiendo su talento. Algunos ganan tanto dinero que se permi-
ten protagonizar episodios insólitos. El norteamericano Michael
Jordan, por ejemplo, abandonó la NBA, la liga profesional de
baloncesto, en 1993, cuando sólo tenía treinta años. Para mu-
chos era el mejor jugador de la historia. Sumido en una depre-
sión desde el asesinato de su padre, renunció a las posibilidades
de engordar su cuenta corriente y su vanidad: encabezaba, por
segundo año consecutivo, el ranking que la revista norteameri-
cana Forbes elabora anualmente sobre las ganancias de los de-
portistas de elite: en su último año profesional, se embolsó 5.040
millones de pesetas, 4.480 de ellos procedentes de la publicidad.
Después, mató su insaciable vocación deportiva en los Medias
Blancas de Chicago, un equipo de béisbol profesional que lo
mantuvo de suplente, hasta que regresó de nuevo a la NBA.
La mercantilización del deporte de masas ha cambiado mu-
chas cosas también en el deporte aficionado, no sólo en discipli-
nas superprofesionalizadas como la NBA. El atletismo, máxima
expresión de la lucha del hombre contra los elementos naturales
(correr, saltar y lanzar son una constante en la historia humana),
dista mucho de ser lo que fue en tiempos de la Grecia clásica.
El nuevo concepto del deporte ha hecho a Carl Lewis, el mejor
atleta de todos los tiempos y el más profesional de los atletas
aficionados, gana nada menos que 420.000 pesetas por zancada.
El hombre que más salta ayudado de una pértiga, el ucraniano
Sergei Bubka, dosifica sus records mundiales para obtener su
jugo, centímetro a centímetro: cada vez que lo consigue, y lleva
más de 30 desde 1985, su bolsillo engorda al menos en cinco
millones de pesetas. No hay partidos amistosos, ni exhibiciones
benéficas, ni intentos de batir records por amor al arte. Esa espi-
ral económica ha afectado al estado de salud del deporte y a su
espíritu fundacional.
El europeo medio encuentra en el visionado de deportes y en
la información relacionada con la práctica deportiva un entrete-
nimiento y una actividad que le libera de su quehacer diario y

214
encuentra un foro donde cualquiera puede opinar independien-
temente de su sapiencia y condición social. Los medios de co-
municación desvirtúan el valor intrínseco del deporte y ante la
respuesta positiva de la mayoría de la sociedad el proceso poco
a poco va avanzando. Este hecho provoca que poco a poco los
deportes donde todavía perviven los valores más profundos de
la práctica deportiva, como pueden ser el atletismo o el ciclismo
van perdiendo el interés por parte del grueso de la población y
en Europa es el fútbol el deporte que se adopta como el deporte
espectáculo por excelencia.
Este fenómeno se acentúa conforme el siglo XX va tocando su
fin, paralelamente al aumento de la cobertura informativa que los
medios de comunicación hacen del denominado deporte espec-
táculo. Proliferan los diarios deportivos, en los periódicos infor-
mativos, cada vez aparecen más páginas dedicadas al mundo del
deporte, si tienes televisión por satélite puedes llegar a ver más
de 100 canales dedicados sólo al fútbol, aparecen incluso emi-
soras de radio exclusivamente dedicadas al mundo del deporte.
Las declaraciones de futbolistas se convierten en el bien más
preciado, incluso cuando no hay ninguna noticia interesante, lo
que diga un futbolista debe ser recogido, grabado y analizado,
incluso si el deportista ha decidido ese día adornar su cabello
con una cresta de colores el interés informativo de este hecho es
enorme. En definitiva los medios de comunicación de masas y la
entrada en el deporte del dinero en grandes cantidades, gracias
al interés de las firmas comerciales más importantes, convierte
a los deportistas, y a los futbolistas en Europa y Sudamérica
concretamente, en iconos y modelos a seguir, en una sociedad
falta de metas y valores realmente importantes. Lo peligroso del
asunto es que estas personas no son ídolos por la historia de su-
peración personal que llevan detrás, que en muchos casos impre-
siona, sino que son ídolos de masas porque salen continuamente
en la tele, ganan mucho dinero y a sus fiestas de cumpleaños
llegan autobuses repletos de mujeres despampanantes.

215
LA VIOLENCIA EN EL DEPORTE

La culpa de que el deporte pierde sus valores más auténticos


y verdaderos, no sólo la tiene el tratamiento que los medios de
comunicación hacen del fenómeno deportivo, sino que este cam-
bio también hunde sus razones en el cambio experimentado en
la sociedad europea a finales del siglo XX. Los jóvenes europeos
poco a poco van perdiendo los modelos y los líderes en los que
pueden mirarse y aparecen fenómenos violentos juveniles hasta
el momento desconocidos. Es el momento en el que surgen las
bandas de ultras que pueblan los estadios de fútbol y aterrorizan
a los aficionados al deporte con sus violentos métodos. La so-
ciedad hace uso de la violencia y los estadios deportivos simple-
mente son una pequeña muestra de la sociedad en su conjunto,
por lo que la violencia hace su aparición en los eventos depor-
tivos. Generalmente estas bandas o grupos de aficionados radi-
cales son minoría, pero en algunos casos incluso encuentran la
bendición o apoyo de los dirigentes de las entidades deportivas,
que los utilizan para poder sacar la máxima rentabilidad de sus
jugadores. Se han dado casos en Italia, en los que un determina-
do equipo de fútbol marchaba descolgado en las competiciones
y los dirigentes de estos equipos han llamado a los cabecillas de
estos grupos radicales para que entren en el vestuario, amenacen
a los jugadores, y así estos se pongan las pilas sobre el terreno
de juego.
En cualquier caso estos grupos de hinchas radicales son cada
vez más minoritarios, son despreciados claramente por el res-
to de aficionados y pocas son las entidades deportivas que les
siguen prestando su apoyo. Por otra parte los medios de comu-
nicación los critican duramente en sus actuaciones y en ningún
caso esta es el tipo de violencia que desde aquí mantenemos que
los medios de comunicación no saben paliar. Lo que está claro
que la violencia está presente en el deporte, sobre todo en el
fútbol y en algunos momentos se teme incluso que el aumento
de esta violencia que rodea algunos eventos deportivos llegue a

216
acabar con el deporte, como es el caso de la tragedia sucedida en
el estadio de Heisel. De todas maneras este no es el tipo de vio-
lencia que desde este foro queremos tratar, ya que implica una
serie de condicionantes sociales y psicológicos que nos llevarían
a una disertación mucho más amplia.
Paralelamente al aumento de la violencia social en torno a
espectáculos deportivos, asistimos a finales del siglo XX a un
aumento de la violencia dentro de los terrenos de juego. Los
deportistas ya no dan la imagen modélica que habían tenido en
la Grecia Clásica, que el Barón Pierre de Cobertín había conse-
guido rescatar con la restauración de las Olimpiadas de la época
moderna. Según el espíritu del deporte tradicional, el verdadero
deportista luchaba principalmente contra sí mismo, con el afán
de superarse y de alcanzar metas y objetivos propuestos. Este
deportista ayudaba al contrario y encontraba en el mero hecho
de poder participar en eventos deportivos una enorme satisfac-
ción. La prueba más clara de esta diferencia entre el deporte
tradicional y el deporte en la época contemporánea es el Mara-
tón. Competición surgida en Grecia, de la que todos conocemos
su origen, que vuelve a realizarse en la época moderna de los
Juegos Olímpicos y en la que simplemente ser capaz de cubrir
su recorrido te sitúa como vencedor, sin importar quien acabe
delante y detrás de ti.
Todas las esferas humanas se encuentran interconectadas en-
tre sí, algunas veces más estrechamente de los que suponemos,
así con el cambio experimentado por la sociedad europea a fi-
nales del siglo XX, también cambia hondamente la actitud de la
mayoría de los deportistas. Entramos en un período en el que
domina la inmediatez, el materialismo y la autenticidad del ser
humano se va perdiendo poco a poco. El mundo del deporte,
como habíamos explicado anteriormente ha cambiado mucho y
al jugarse mucho dinero, exponer a mucha presión a los depor-
tistas, hace que la mentalidad y las prioridades de estos cambien
enormemente. El deportista es convertido en un profesional que
trabaja para sociedades anónimas deportivas, que funcionan de

217
la misma manera que cualquier empresa moderna. La empresa
se juega mucho dinero con los deportistas, así que a este no le
está permitido disfrutar haciendo deporte sino que lo importante
es ganar y hay que ganar a toda costa.
La presión que sienten los deportistas por ganar a toda costa,
hace que en algunas ocasiones se vuelvan violentos y utilicen
todo tipo de métodos para alcanzar el objetivo de su empresa,
juego sucio o dopping. Además esta continua exigencia provoca
que no haya sitio en el deporte profesional de elite para depor-
tistas que no sean capaces de cumplir con sus objetivos, y que
simplemente hagan deporte por el placer de practicarlo, así la
mayoría de los que llegan son personas con mucha ambición que
en algunos casos van a tener actitudes violentas provocadas por
la enorme presión que los dirigentes y las marcas comerciales
ejercen sobre ellos.

EL TRATAMIENTO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN A


LA VIOLENCIA EN EL DEPORTE

Aparentemente los medios de comunicación se encuentran


completamente en contra de las manifestaciones violentas den-
tro de los espectáculos deportivos. Dentro de lo que podríamos
denominar como violencia social en espectáculos deportivos, y
nos referimos a la violencia protagonizada por grupos ultra or-
ganizados, los medios de comunicación ejercen una importante
función social y persiguen, a su manera la existencia de estos
individuos en el mundo del deporte. Pero estos medios de co-
municación de masas no se percatan que algunas ocasiones ellos
mismos se convierten en instigadores de la violencia que rodea
al deporte. Los medios de comunicación tienen una enorme res-
ponsabilidad en este sentido y en demasiadas ocasiones hacen
prevalecer en sus actuaciones la lucha por la audiencia ante la
responsabilidad social y ética que tienen para con sus consumi-
dores.

218
Hemos apuntado anteriormente que la masiva demanda de
información deportiva, que experimenta nuestra sociedad ac-
tual, puede llegar a convertirse en algunas ocasiones en peligro-
sa. El informador se ve obligado a producir todos los días una
información relacionada con el deporte que pueda ser de interés
para el público en general, por lo que en algunas ocasiones le
da importancia a cosas que realmente no la tienen. El periodis-
mo deportivo se parece cada vez más a la prensa del corazón, y
porqué no decirlo los consumidores también. Hoy en día se le
da más importancia a la pelea entre dos futbolistas en un entre-
namiento que al resultado de un partido de tenis o a una carrera
de ciclismo. Dentro del periodismo deportivo existe la creencia
de que los oyentes, lectores, telespectadores demandan morbo,
violencia y enfrentamientos.
La violencia dentro del ámbito puramente deportivo existe
indudablemente. Los deportistas son personas que en ejercicio
de su profesión se encuentran a un gran número de pulsacio-
nes cardiacas por minuto, y además están siendo continuamente
examinados por el público y los periodistas. Por ello en muchas
ocasiones reaccionan cuanto menos de forma brusca o violenta,
pero son reacciones que en la mayoría de los casos se quedan
en el terreno de juego y no trascienden más allá de este. Pero
existe la tendencia generalizada en el periodismo deportivo de
magnificar esta serie de hechos y ofrecerlos continuamente a la
audiencia, que en muchos casos llega a entender esta violencia
como generalizada e intrínseca al mundo del deporte. En el afán
por vender más y rellenar huecos donde aparentemente no hay
información, los medios de comunicación dan demasiada im-
portancia a este tipo de noticias.
Simplemente echando un vistazo al léxico utilizado por los
periodistas deportivos, podemos darnos cuenta del componente
bélico que quieren vendernos. Expresiones del tipo de “el cole-
giado de la contienda”, “los eternos rivales”, “entrada criminal”,
nos dan a entender que entre los deportistas existe una antipatía
y rechazo mutuo. Esta supuesta antipatía se termina extendiendo

219
por las diferentes aficiones y en algunos casos puede llegar a
degenerar en actitudes sociales violentas. Decimos supuesta an-
tipatía entre profesionales, porque después podemos comprobar
como la mayoría de los jugadores de equipos distintos mantie-
nen relaciones cordiales entre ellos y cualquier roce que puedan
tener no se diferencia de los conflictos entre compañeros, pro-
pios de todas las profesiones.
En este sentido las hemerotecas son también muy peligro-
sas, ya que algunas veces son utilizadas de manera equivocada y
pueden llegar a ocasionar verdaderos incidentes violentos. Hay
una frase del ensayista español, Ortega y Gasset que dice: “Los
pueblos que no recuerdan su historia están condenados a come-
ter los errores cometidos en el pasado”. La puesta en práctica
abusiva de esta frase puede llevar a cometer errores mucho más
graves que los que se cometieron en el pasado. Y me explico;
Pongamos por ejemplo el caso del fútbol, imaginemos un parti-
do el que ha habido un incidente violento protagonizado por el
equipo visitante. El incidente no sale del terreno de juego y los
jugadores lo arreglan todo posteriormente. Pues al año siguiente
cuando ese equipo vuelva a jugar en ese estadio la prensa depor-
tiva se encargará de recordar lo que hizo ese equipo desde varios
días antes, y un incidente que la mayoría de aficionados ya ha-
bría olvidado vuelve a ser recordado e incluso pone a la afición
en actitud conflictiva contra ese equipo. En este caso se pueden
leer titulares como “Preparados para la guerra”, “Tengo miedo
de que me lesionen”, que lo único que hacen es encrespar a la
afición y esconder el verdadero espíritu del deporte. Por eso digo
que los periodistas deportivos no se dan cuenta algunas veces de
lo que tienen entre manos.
Si entramos ya en el aspecto de lo que podríamos denominar
como “violencia dialéctica”, es dónde la prensa deportiva no se
diferencia lo más mínimo de la prensa del corazón. ¡Ay de aquel
deportista que algún día en un descuido realice algunas declara-
ciones que puedan ser sacadas de contexto¡ Estas declaraciones
las escucharemos mil y una veces en radio y televisión así como

220
las leeremos en la prensa, llamarán a especialistas para que las
analicen e incluso hablarán con los aludidos para que añadan
más leña al fuego. Esta es una prueba más del poco interés que
tienen los medios de comunicación por el deporte de verdad,
porque si tuvieran ese interés no prestarían atención a esta serie
de declaraciones porque realmente no tienen nada que ver con
el deporte.
Los medios de comunicación, no hacen otra cosa que tergiver-
sar la información de procedencia deportiva, las malas noticias
dentro del mundo del deporte venden mucho más que las bue-
nas, ya que han acostumbrado al gran público a un tratamiento
de la información determinado que hace creer al gran público
que el deporte tiene como elemento principal la violencia y el
conflicto. Dentro del deporte a todos los niveles, lo episodios de
violencia son realmente una minoría, pero la gran atención que
a estos les presta la prensa deportiva provoca un peligroso doble
efecto: por un lado desata la alarma social en la gran parte de la
sociedad que llega a pensar que el deporte es una actividad peli-
grosa, y por otro lado esta excesiva atención a los conflictos les
da una publicidad que algunas veces degenera en más violencia
y actitud defensiva por parte de la gran población.
Esta tendencia seguida actualmente por la mayoría de los
medios que se dedican a la información deportiva termina por
omitir muchas noticias que todavía hoy fundamentan al deporte
y nos transmiten el verdadero espíritu de la práctica deportiva,
que lo ha convertido en imprescindible en muchas épocas del
crecimiento de la civilización humana. En ocasiones un partido
de fútbol actual, y toda la parafernalia que lo rodea me recuerda
insistentemente al espectáculo preferido por los romanos, la lu-
cha de gladiadores. Así en nuestros días existen muchísimas his-
torias de superación personal por medio de la práctica deportiva
que no son acogidas por los medios de comunicación, simple-
mente por temor a que no vendan tanto como las declaraciones
agresivas que haya hecho cualquier deportista contra el equipo
rival. Este tipo de historias sólo las encontramos al final de los

221
informativos y en las contraportadas de los periódicos deporti-
vos, y reciben el trato de anécdotas, cuando en realidad son las
historias que todavía hoy hacen que merezca la pena la existen-
cia del deporte como tal. Por ejemplo, ¿Quién se ha enterado que
han sido dos sevillanos, uno de ellos invidente, las dos primeras
personas capaces de realizar el camino de Santiago, por la Ruta
de la Plata, por pistas rurales y en un tandem?, nadie supongo,
porque estas noticias para los grandes magnates de la comunica-
ción, no provocan más que una sonrisa, ya que detrás de ellas no
hay grandes sumas de dinero en forma de audiencia. O en qué
medio prestan atención a Juan Oiarzabal, alpinista español que
no ha subido más montañas porque no las hay en todo el globo
terráqueo. Como estos podría traer aquí a colación innumerables
casos, hasta que realmente nos aburriéramos.
Detrás de cada una de estas historias existen sentimientos y
actitudes que no pueden definir de manera mejor el verdadero
espíritu del deporte. Personas que han sido capaces de sobrepo-
nerse a dificultades personales enormes, y han encontrado en el
deporte un vehículo donde volcar todos sus esfuerzos, proyectos
y actitudes. Incluso en deportistas que se encuentran inmersos
en lo que hemos denominado en esta comunicación como de-
porte espectáculo, encontramos historias que verdaderamente
merecen la pena y no tienen nada que ver con lo que nos venden
y ofrecen los medios de comunicación.
Algunos de ellos han luchado contra viento y marea para lle-
gar adonde están, sus padres se han endeudado hasta las cejas
para apoyar el sueño de su hijo, tenían que andar kilómetros para
ir a entrenar porque ni siquiera tenían dinero para el autobús.
Muchas veces estas historias y trayectorias son olvidadas com-
pletamente y se conoce más al jugador porque una vez perdió
los nervios y en una rueda de prensa y dijo lo que no tenía que
decir, que lo que ha pasado hasta llegar a dónde está, eso es ver-
daderamente lo que es deporte y no lo otro. Y según mi modesta
opinión creo que el gran público está deseando conocer con pro-
fundidad estas noticias y llegar al núcleo de estas historias que

222
traspasan el ámbito de lo puramente deportivo para entrar en el
terreno propiamente humano, porque en definitiva nos muestran
la lucha del hombre contra su naturaleza, tanto interna como ex-
terna.
Uno de los principales problemas ante los que se encuentra
el deporte, en su relación con los medios de comunicación, es la
facilidad que existe en nuestra sociedad para que todo el mundo
opine y vierta un juicio acerca de los deportistas. Los deportistas
han sido convertidos por los medios de comunicación en per-
sonajes públicos, sobre los que todo el mundo puede opinar de
manera gratuita. Por una parte esto es positivo porque posibilita
un importante nexo de unión entre el público y el deporte, ya que
personas de cualquier condición socio-cultural, pueden ser ex-
pertos en materias deportivas. Lo problemático del asunto es que
los medios de comunicación no deben entrar en este juego, pero
lo cierto es que entran y no se dan cuenta de la responsabilidad
que tienen como informadores, por lo que en muchos casos en
su lucha por la audiencia intentan vender elementos peligrosos
que tergiversan el deporte y lo llegan a convertir incluso en pe-
ligroso.
La violencia en el mundo del deporte es minoritaria, según
estudios recientes, realizados por la Universidad de Bolonia, el
95%, de los espectáculos deportivos de todo el mundo trans-
curren sin ningún tipo de incidente violento, ya sea entre afi-
cionados o entre deportistas. Gracias a estos datos podemos
comprender de manera más sencilla como los medios de comu-
nicación dan excesiva importancia a estos incidentes violentos.
En nuestra cultura de la desinformación, todo aquello que no
sale en la televisión, o no existe o carece de importancia, así
como la televisión va buscando la carnaza de todo este tipo de
incidentes, el gran público termina considerando que el depor-
te es una actividad violenta, esto a su vez hace que le guste a
los elementos violentos de nuestra sociedad que encuentran su
refugio en los denominados “grupos ultras”, y determina que
las personas no violentas se alejen del deporte espectáculo. Y el

223
círculo vicioso continúa; los deportes que no venden, en los que
no suele ser normal la aparición de la violencia (la mayoría), no
son atendidos en condiciones por los medios de comunicación,
por lo que los profesionales de estos deportes al no tener público
que los respalde ni firmas comerciales que los financien, tienen
verdaderas dificultades para subsistir y tienden a abandonar el
profesionalismo, por lo que sólo queda espacio para el deporte
espectáculo.

HACIA UNA RESOLUCIÓN DEL PROBLEMA

Realmente sería un acto cobarde y cómodo por mi parte, ex-


poner toda esta serie de problemas y no intentar aunque sólo sea
apuntar una posible solución. Vivimos en una sociedad que di-
fícilmente es capaz de cambiar aquellas cosas que no le gustan,
pero algunas veces es necesario dar un manotazo sobre la mesa
e intentar mejorar aquellas pequeñas cosas que en muchas oca-
siones nos roban la felicidad. Actualmente nuestro entorno está
repleto de violencia, violencia que cómo acertadamente se está
tratando en este congreso, tiene diferentes procedencias y por
ello es necesario estudiarla y prevenirla de muy diversas mane-
ras. Existe violencia entre diferentes países, entre diferentes co-
lectivos, entre hombres y mujeres. Incluso nuestro entorno más
inmediato está dominado por conflictos y actos violentos, hasta
nuestra diversión y ocio ha pasado a estar controlada por las
mentes y actos de los violentos.
Sin la violencia la sociedad contemporánea es incompresible
en todas sus dimensiones, por ello los medios de comunicación
realizan ese peligroso acercamiento a ella. Si existe hoy día al-
gún sector de nuestra sociedad que no es violento y se desmarca
de las características principales de la sociedad que nos ha to-
cado vivir, es sin duda el mundo del deporte, pero no el mundo
del deporte dependiente del deporte espectáculo, sino el mundo
de aquella persona que por ninguna razón en especial decide
superarse cada día y ser mejor humano, no para pisotear a nadie

224
sino simplemente porqué así se siente mejor. El problema prin-
cipal es que los tentáculos de la violencia y de la mediocridad
en nuestros días, han alcanzado todas las esferas vitales de los
hombres y han terminado por hacer su aparición en lugares don-
de no deben ser recibidos, ya que estos permanecen ajenos a las
epidemias sufridas por el resto de la sociedad.
Desgraciadamente gran parte de la culpa de que la violencia
haya sido tratada en nuestros días como un aspecto y problema
inherente al mundo del deporte la tienen los medios de comuni-
cación y la creación del deporte espectáculo, como ya hemos ex-
plicado anteriormente. Pero tampoco podemos ser tan radicales,
porqué no sólo la culpa es de nuestros amigos periodistas, que
en definitiva lo único que han hecho ha sido tomar hechos que
realmente están ahí, magnificarlos y darles una difusión desme-
dida que ha terminado degenerando en un interés de la opinión
pública en general por ellos.
Lo cierto es que el mundo del deporte y el mundo de la com-
petición, por sus características peculiares, aparece en algunos
casos como refugio de los violentos, además al ser un aspecto
humano ligado profundamente al resto de esferas, no puede más
que en algunas ocasiones ser una muestra de lo que está ocu-
rriendo en la sociedad en su conjunto. Este es el fenómeno que
ocurre en determinadas ocasiones con los grupos violentos que
se aglutinan en torno a un club deportivo. Nuestra sociedad es
violenta y estas personas encuentran en el anonimato de la masa
un lugar donde pueden dar rienda suelta a sus instintos destructi-
vos, y lo que es mejor un lugar donde el ejercicio de la violencia
y de la agresión está completamente justificado y en honor a una
causa común. Lo que ocurre en estos grupos en la mayoría de las
ocasiones es que también concurren elementos de tipo ideológi-
co o racista, lo que como apuntamos anteriormente nos aleja de
nuestra problemática inicial.
Cuando decimos que el mundo del deporte puede ser un re-
fugio de conductas y personas que tienen a la violencia como
elemento aglutinador de su personalidad, nos referimos más

225
concretamente a los fenómenos de violencia interna que se dan
en algunas ocasiones dentro del mundo del deporte, es decir vio-
lencia entre competidores o elementos participantes en la com-
petición. Dadas las características peculiares del deporte, y la
importancia que en él tiene la competitividad, muchas persona-
lidades pueden encontrar en él, un lugar donde ejercer sin cen-
sura esa violencia y supremacía sobre el resto de participantes
y deportistas. Desde siempre personas introvertidas y con esca-
sas habilidades sociales, han encontrado en el deporte un lugar
donde luchar, bajo unas reglas, contra todo el mundo y después
presumir de que han sido capaces de vencer a todos.
Otro ejemplo verdaderamente vergonzoso de este hecho lo
tenemos hoy en día, en la actitud que algunos padres muestran
cuando van a ver a sus hijos competir con los demás niños en el
deporte que sea. Estos padres se dedican a exigir de manera exa-
gerada a sus hijos e incluso llegan a insultar y despreciar a los ár-
bitros y demás rivales, de esta manera imaginemos la idea que el
niño en su trastornada mente termina construyéndose acerca del
mundo del deporte; pues una idea completamente equivocada
que lo convertirá en un futuro en adicto al consumo de todo ese
tipo de prensa deportiva que desde aquí estamos denunciando.
La realidad es que la violencia ha estado presente en gran
parte de las relaciones interpersonales a lo largo de la historia,
por lo que es innegable el hecho de que esta violencia también
aparece en ocasiones en el mundo del deporte, tanto de manera
interna como externa. Lo que ocurre es que esta violencia no es
de ninguna manera inherente al mundo del deporte, sino que es
simplemente un reflejo de la sociedad, en la que existen indi-
viduos que quieren imponer a todo tipo de valores, su criterio
y satisfacción personal. Desde el propio deporte estas personas
que hacen de la violencia su manera de actuar, están censuradas,
los propios deportistas no quieren cerca suya a personas conflic-
tivas, al igual que cualquier persona no quiere como compañero
de trabajo a alguien que en un momento dado le puede agredir.
El principal problema que con el que nos enfrentamos consiste

226
en que los medios de comunicación, en su afán de llenar el de-
porte de elementos morbosos, han hecho creer a la gran parte
de la población que el deporte es violento por naturaleza, que la
competición implica por sí misma actitudes de conflicto y some-
timiento de unas personas por otras.
En esta tesitura, se deja un lado unos de los aspectos más
importantes de la educación de las personas como puede lle-
gar a ser la educación deportiva, los valores que son intrínsecos
al deporte, sirven después para el resto de los ámbitos vitales,
pero hoy en día poca gente piensa que el deporte pueda enseñar
algo a nuestros hijos. Este fenómeno ha dividido en dos grupos
a la mayoría de la población; por un lado están aquellos que
piensan que el deporte implica un comportamiento violento y
por tanto quieren mantener alejados a sus hijos de él, y por otro
lado aquellos que se acercan al deporte precisamente por su su-
puesto componente violento. Los medios de comunicación, no
prestan importancia alguna a hechos o eventos deportivos que
nos muestren la grandeza del deporte y ensalzen valores que se
adquieren con la práctica deportiva: capacidad de sacrificio, au-
tosuperación, capacidad de trabajo en equipo, independencia,
solidaridad. Los medios de comunicación infieren que estos va-
lores están pasados de moda y que nuestra sociedad sólo está
interesada en la morbosidad y en la irrealidad, pero ya está bien
de soponer lo que le gusta la audiencia y de anteponer todo tipo
de ganancias y la lucha por las audiencias a lo que sería un ver-
dadero elixir para nuestra sociedad.
Actualmente la sociedad está completamente resquebrajada,
muchos jóvenes y no tan jóvenes han perdido modelos de refe-
rencia en los que mirarse para planificar su vida, sólo importa el
dinero y los bienes materiales, no la manera de conseguirlo. Pero
lo que es más grave aún, en muchos casos se ha perdido la ilu-
sión y la indiferencia ante todo lo que ocurre a nuestro alrededor
es moneda de cambio común para muchas personas. Los medios
de comunicación en su tratamiento de la información deporti-
va, podrían paliar a su manera este fenómeno que se extiende

227
por nuestra sociedad. Al continuar el tratamiento superficial que
hacen al mundo del deporte en general lo único que consiguen
es banalizarlo e igualarlo al resto de ámbitos de acción humana,
cuando en realidad en el deporte encontramos muchísimos com-
ponentes que nos pueden ayudar a recuperar esa ilusión perdida
y seguir hacia delante.
En la mayoría de las ocasiones la realidad es terrible y des-
ilusionante, por lo que los medios de comunicación en general,
están en la obligación de transmitirla de la manera más veraz y
objetiva posible, pero el deporte no es así, todo los días podría-
mos tener noticias que nos levanten el ánimo, que nos sirvan
para comprobar como todavía hoy, hay personas que sacrifican
muchas cosas por una ilusión o un sueño. Ya tenemos demasia-
dos hechos terribles que acontecen cada día en cualquier parte
del mundo como para que al llegar a la parte del deporte del
telediario, nos bombardeen de nuevo con crispación, enfado y
violencia.
Es hora ya de que los medios de comunicación interioricen
correctamente la importancia formativa y moral para el resto de
la sociedad que tiene su labor, y realicen por tanto un tratamiento
inteligente de la violencia en el deporte. No se trata de ignorarla
completamente sino de que siempre destaquen las características
del mundo del deporte que desde el comienzo de los tiempos han
hecho que el hombre este enganchado a este mundo.

Bibliografía
CANCIO, Miguel (1989): “Sociología de la violencia en el fútbol”, III Con-
greso de Sociología, San Sebastián.
CAGIGAL, José Mª (1990): Deporte y agresión, Alianza, Madrid (es una
reedición).
GARCÍA FERRANDO, Manuel (1990): Aspectos sociales del deporte,
Alianza, Madrid.
YOUNG, Kevin (1993): “The Killing Field: cuestiones que suscita el trata-
miento dado por los medios de comunicación de masas a los disturbios del
estadio de Heysel”, Materiales de Sociología del deporte, pp.168:186.

228
ARTE CONTEMPORÁNEO Y VIOLENCIA

por
RAQUEL LÓPEZ RODRÍGUEZ
Violencia, p. 229
RAQUEL LÓPEZ RODRÍGUEZ. Licenciada en Historia del Arte en
la Universidad de Sevilla.

230
D ESDE Grecia, Roma, Edad Media y hasta el Rena-
cimiento el arte significaba destreza. Este saber iba
acompañado de unas reglas que debían cumplirse. La
belleza se comenzó a valorarse. El concepto tradicional de arte
estuvo relacionado durante muchos siglos a la representación de
la belleza y fue en muchas ocasiones una búsqueda de la misma.
Hay muestras de la unión indisoluble que se fue produciendo en-
tre el arte y belleza en la afirmación de Platón, filósofo del siglo
V a.c y de Leon Batista Alberti, artista del Renacimiento, de que
el rasgo distintivo del arte es que produce belleza.1
Hasta hace poco no eran frecuentes visiones de la vida poco
agradables como la guerra y sus aspectos más trágicos, aunque
esto no quiere decir que no existieran, ya que todos recordamos
algún ejemplo como los cuadros de Goya de los Fusilamientos
del dos y tres de mayo. En estos momentos puntuales y funda-
mentalmente con la llegada de las vanguardias la búsqueda de
la belleza en el arte pasa a un segundo plano y deja de ser una
prioridad para los artistas a la hora de concebir sus obras. El con-
cepto de arte cambia y así lo demuestra Henri Bergson, filósofo
francés nacido en la segunda mitad del siglo XIX, cuando asegura
que «el rasgo distintivo del arte es que produce un choque».2 En
la actualidad se busca transmitir y conmover al espectador, qué
este no quede impasible ante lo que esté viendo. Por este motivo
1
http://www.tepatoken.com/html/artes/arteconcepto.htm
2
http://www.tepatoken.com/html/artes/arteconcepto.htm

231
es frecuente encontrar una fuerte carga de violencia visual en el
arte contemporáneo. Son muchas voces las que se han alzado
en contra de estas manifestaciones artísticas, aunque nosotros
no entraremos a cuestionarlas sino que comentaremos algunos
creadores en los que la violencia forme parte intrínseca de su
obra, ya sea como la representación del concepto o como vio-
lencia visual que busca la atención y en muchas ocasiones, la
repulsa del espectador.
Una de las formas artísticas más usadas y conocidas en el
arte contemporáneo es la preformase. Esta fórmula ha estado
unida en ocasiones a la violencia visual, pero antes de hablar de
algunos artistas que la han empleado como vehículo con el que
transmitir su mensaje, me gustaría aclarar el concepto:

la palabra española performance se tomó del término inglés


performance art. El arte de la performance es el arte en el que el
trabajo lo constituyen las acciones de un individuo o un grupo,
en un lugar determinado y un tiempo concreto. Puede ocurrir en
cualquier lugar, iniciarse en cualquier momento y puede tener
cualquier duración. El arte de la performance lo puede consti-
tuir cualquier situación que involucre cuatro elementos básicos:
tiempo, espacio, el cuerpo del performer y una relación entre el
performer y la audiencia. En este sentido es opuesto a la pintura
o la escultura, por ejemplo, en las que el trabajo lo constituye
un objeto.3

Una de las artistas más caracterizadas por el empleo de la


performance es Marina Abramovic.4 Nacida en Belgrado en
1946, muchas de sus obras poseen una fuerte carga de violencia
física y visual. La artista ha defendido que su trabajo no busca
el sensacionalismo como muchos podrían pensar sino que pre-
tende conocer su cuerpo y definir sus límites y la relación del
público con la artista, investigando los límites de lo psíquico y
mental: se ha flagelado, ha congelado su cuerpo en bloques de
hielo, tomando drogas para controlar sus músculos, con las que
3
http://es.wikipedia.org/wiki/Performance
4
http://www.enfocarte.com/1.12/performance.html

232
ha quedado muchas veces inconsciente, y en una ocasión estuvo
a punto de morir de asfixia recostada dentro de una cortina de
oxígeno y llamas. Algunas de sus performances sólo finalizan
cuando alguien del público interviene. Según sus palabras:

Estoy interesada en un arte que perturbe y rompa ese momen-


to de peligro; por eso, el público tiene que estar mirando aquí
y ahora. Deja que el peligro te concentre; esta es la idea, que te
concentres en el ahora.

En 1975 Abramovic conoció a Ulay, un artista con el que tra-


bajó y vivió durante dos décadas. Para hacernos una idea de esta
producción en común vamos a hablar de tres de sus trabajos en
común, Breathing In/ Breathing Out, Talking about Similarity y
Rest Energy.
Breathing In/ Breathing Out5 es de 1977. Aquí los artistas
unieron sus bocas con fuerza y pegaron micrófonos a sus gar-
gantas, respirando el oxígeno de los pulmones del otro, hasta
que al final –al límite con la asfixia– sólo intercambiaban dióxi-
do de carbono. Sus palabras sirven para describir que es lo que
ocurrió durante la acción:

estamos arrodillados el uno frente al otro, con las bocas jun-


tas y presionando. Nuestras narices se bloquean con los filtros
del cigarrillo. Ulay: Estoy inspirando oxígeno. Estoy expiran-
do dióxido de carbono. Abramovic: Estoy inspirando dióxido
de carbono. Estoy expirando dióxido de carbono. Ulay: Estoy
inspirando dióxido de carbono. Estoy expirando dióxido de car-
bono.

En noviembre de ese mismo año se realizó realizada en el mu-


seo de Stedelijk, Ámsterdam, la versión contraria de Breathing
in, Breathing out, con una duración de veinte minutos. Durante
este tiempo, Ulay y Abramovic dependen uno del otro para per-
manecer vivos. Comparten su respiración, sin el acceso externo
5
http://catalogue.montevideo.nl/art.php?id=737

233
de oxígeno. De esta manera, se forma el dióxido de carbono. La
lucha física que sobreviene debido a la carencia del oxígeno y
a la inspiración del dióxido de carbono, lo que les produce un
agotamiento visible. Abramovic está sudando abundantemente;
su respiración es claramente audible. Ulay lucha por controlar
su ritmo de su respiración, que es ligeramente más amplio, pero
empieza a sufrir también. Después Ulay y Abramovic dejan de
estar sentados y se mueven con vehemencia hasta que no pueden
más. Dejan de unir sus bocas, jadeando para recuperar la respira-
ción. Comparada con otras performances basadas en el cuerpo,
esta es relativamente corta, debido a la carencia del ingrediente
más esencial de la vida, el oxígeno.
Talking about Similarity 6 tuvo lugar en Ámsterdam, el 30 de
noviembre de 1976. La performance,7 que duró 45 minutos, es-
taba estructurada en dos partes muy diferentes en forma pero que
por su contenido formaban un conjunto. Ulay es quien comienza,
mientras que Marina asume el control. Esta es la única obra en
la que los dos no actúan al mismo tiempo. Ulay se sienta de cara
al público, con la boca abierta. Durante un tiempo se escucha
el sonido que hace con su saliva. Cuando el sonido para, Ulay
cierra la boca. Usando hilo y aguja, se cose sus labios; primero
debajo del labio inferior y después sobre el labio superior. Para
los que en la actualidad miran la grabación, esta acción debe ser
aún más impactante que para los espectadores de 1976, ya que
la cámara enfoca directamente la cara de Ulay, aislándola de la
parte inferior del cuerpo, convirtiendo a su cabeza en el único
punto focal. Una vez que el hilo está en su sitio y ha pasado por
sus dos labios, Ulay lo ata con dos nudos y permanece sentado
un poco más, para después desaparecer. Literalmente y de for-
ma figurada, Abramovic toma el lugar de Ulay. Ella contesta al
público en su lugar a las preguntas de la audiencia sobre lo que
había sucedido antes. Así, ella explica por qué su boca había
sido cerrada de esta forma «porque tenía boca abierta antes y la
6
http://www.medienkunstnetz.de/works/talking-about-similarity/video/1/
7
http://catalogue.montevideo.nl/art.php?id=1833

234
he cerrado por la fuerza. Eso significa que no puedo abrirla más
por propia decisión». Ella se identifica con Ulay, y no importa
quién juega qué papel, porque el concepto es lo más importante.
Para subrayar esto, ella se refiere al nombre de la performance:
«El porqué del nombre de la performance es Talking about Simi-
larity. Eso significa que no importa quién juega cada el papel».
Abramovic da las respuestas con voz insegura, y comete fallos
cuando habla por ella misma en vez de por Ulay. Ése es el final
de la performance. El concepto de Talking about Similarity es el
silencio que Ulay se impone. El hecho de que Abramovic tome
su lugar saca a relucir otro aspecto importante de los trabajos de
la relación Ulay-Abramovic. En sus performances lo importante
no era el papel que jugaba cada uno, ya que todos sus trabajos
eran productos de su relación simbiótica.
Para concluir con la obra de estos dos artistas hablaremos de
Rest Energy (1980).8 En ella Ulay sostenía un arco tirante car-
gado con una flecha y apuntando al corazón de Abramovic, con
sólo la fuerza de sus cuerpos como única forma de mantener la
tensión del arco. Los micrófonos grabaron la rápida aceleración
del pulso de ambos.
Violencia visual, morbo y otras sensaciones son las que pro-
duce la contemplación de cadáveres humanos expuestos como
si de una obra de arte se tratase. Este tipo de exhibiciones en
exposiciones de arte contemporáneo ha levantado la polémica
acerca de los límites y la ética del arte. El impulsor de esta co-
rriente es el doctor Gunther von Hagens,9 que en 1977 descubrió
una técnica para la conservación de cuerpos destinados a estu-
dios anatómicos. Esta técnica es conocida como “plastinado”.10
Su hallazgo, y sobre todo su aplicación, han abierto un nuevo
campo al arte de vanguardia. Además el artista se ha envuelto en
la polémica al descubrirse que parte de la materia prima de sus

8
http://www.enfocarte.com/1.12/performance.html
9
http://www.koerperwelten.com/
10
http://www.babab.com/no12/Gunther.htm

235
creaciones la ha obtenido gracias al comercio con cárceles chi-
nas y no a través de donaciones como él defendía.11 A pesar de
la repulsa y las voces en contra (Su exposición Los Mundos del
Cuerpo tuvo que enfrentarse a grandes problemas en Londres
antes de su inauguración),12 las exposiciones de Von Hagens han
sido todo un éxito, con casi 14 millones de visitantes en Japón,
Alemania, Bélgica o Corea del Sur.13
Al igual que Von Hagens, Charles Saatchi, coleccionista y
publicista inglés, ha buscado impresionar al espectador promo-
cionando a jóvenes y provocadores artistas en una maniobra
que muchos han entendido como publicitaria. Sensation, una
exposición con obras de 42 jóvenes creadores británicos perte-
necientes a la colección de Saatchi marcó para algunos un antes
y un después en la manera de entender el arte actual. Celebrada
1997 en la Royal Academy de Londres, ocasionó un auténtico
revuelo con propuestas caracterizadas por sus aspectos escabro-
sos14. Tres de los artistas del movimiento “Young British Artists”
(YBA) que expusieron en Sensation y de los que haremos una
breve reseña de sus obras fueron Damien Hirst y los hermanos
Chapman.
Damien Hirst15 nació en Bristol en 1965. Ha conseguido fama
y reconocimiento internacional con sus polémicos trabajos, ad-
mirados por algunos y criticados por otros. En Freeze, una expo-
sición colectiva de alumnos del prestigioso Goldsmith´s College
de Londres, Hirst conoció a su mecenas, el antes mencionado
Charles Saatchi. Después de Freeze, llegaría la exposición Sen-
sation, donde exhibió The Physicall Impossibillity of the Idea
of Death in the Mind of Someone Living, que no era otra cosa
que un tiburón suspendido en formol dentro de una gran vitrina.
Una vez más vemos como los artistas recurren a cadáveres para
transmitir, impresionar, violentar y porqué no, acceder a la fama.
11
http://www.elmundo.es/elmundo/2004/01/17/cultura/1074361296.html
12
http://www.elmundo.es/elmundo/2002/03/22/cultura/1016816001.html
13
http:// www.agmnews.com/noticias/main.cfm?notc=13408
14
http://www.el-mundo.es/larevista/num121/textos/arte1.html
15
http://www.picassomio.com/artist-portfolio/1092/es/

236
En este caso el objetivo se cumplió y el conocido tiburón fue
comprado el año pasado por un coleccionista para el Museo de
Arte Moderno de Nueva York (MOMA) por siete millones de li-
bras (13 millones de dólares), un precio muy superior al pagado
por Saatchi cuando se la encargó a Hirst.
Sus obras han conseguido el reconocimiento mundial, han sido
mostradas en Europa, América, Corea y Australia, y expuestas
en importantes museos y colecciones, como el Astrup Fearnley
Museet for Moderne Kunst, Noruega; el State Museums of Ber-
lin; la Tate Gallery de Londres; la Saatchi & Saatchi Collection
de Londres y The Mattress Factory de Pennsylvania. Además ha
conseguido el prestigioso y controvertido premio Turner16 desti-
nado a artistas británicos menores de cincuenta años. Las obras
que optan al galardón se exhiben en la Tate Gallery para darlas a
conocer al público, pero en ocasiones su impacto visual ha sido
tal que los organizadores de la muestra se han visto obligados a
colgar un cartel en el que aconsejaban a los menores de 16 años
que no entrasen a ver la exposición.17
También pertenecientes al “Young British Artists” los Her-
manos Chapman se dieron a conocer mundialmente a partir de
la exposición Sensation.18 Una de las referencias más claras en
la obra de Jake y Dinos Chapman ha sido el trabajo del pin-
tor español Francisco de Goya,19 que les ha servido como base
de esculturas y grabados. Goya, que adelantó en sus técnicas
y composiciones algunas de las bases del arte de vanguardia,
sigue sirviendo de inspiración a artistas contemporáneos. Sus
representaciones de la Guerra de la Independencia, iniciada en
1808, muestran de forma desgarradora las consecuencias de este
suceso. Son conocidos por todos sus cuadros del dos y tres de
mayo y su serie de grabados los desastres de la guerra. En sus
trabajos se manifestaba en contra de la sinrazón de la guerra,
16
http://www.el-mundo.es/fotografia/2003/10/turner/index.html
17
http://noticias.ya.com/fotos/200310/2802.htm
18
http://www.loop.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=624
&Itemid=66
19
http://www.arte10.com/noticias/index.php?carpeta=Chapman

237
muchas veces sin tomar partido por uno u otro bando, ya que
tanto franceses como españoles aparecen representados como
máquinas de matar.
En el 2001 Jake y Dinos Chapman compraron una de los po-
cas series disponibles de Los desastres de la Guerra de Fran-
cisco de Goya, editado a partir de las planchas originales por la
Fundación Goya en 1937. A partir de estas obras los Chapman
han dado su particular visión dibujando a color encima de los
grabados. No todos han valorado positivamente esta reinterpre-
tación de los grabados del pintor, considerándola una burla, aun-
que otros críticos hablan de homenaje. Estos nuevos grabados
manipulados por los hermanos han sido editados bajo el título
Insult to Injury, y son descritos en la ficha técnica como “traba-
jos mejorados”.
Las estampas de Goya son también la base del grupo escultó-
rico titulado Sex I (Sexo I, 2003), una cruda versión en bronce y
a tamaño real de una de las más impactantes obras del artista es-
pañol: Grande hazaña ¡Con muertos! Esta pieza, que muestra el
tronco seco de un árbol del que cuelgan cadáveres humanos fue
expuesta en la Tate Modern de Londres durante la nominación
de los Chapman a la última edición del premio Turner.
La obra de Jake y Dinos Chapman, realizada en la mayoría de
los casos de forma artesanal, es frecuentemente objeto de debate
en el contexto artístico internacional. En Andalucía hemos podi-
do contemplar parte de sus trabajos en una muestra que hizo el
CAC de Málaga este año. En un momento en el que las escenas
de muerte, violencia, destrucción y sexo son más que habituales
en portadas de periódicos, revistas y televisiones, los propios
creadores afirman: «si alguien se escandaliza con nuestra obra, o
es un hipócrita o está enfermo».
Lo curioso es que después del revuelo causado por las obras
de estos jóvenes artistas, a los que se consideraba «último de lo
último» estamos viviendo en los círculos del arte contemporá-
neo una vuelta al arte tradicional promovida por el iniciador y
propulsor de este movimiento, Charles Saatchi, que acaba de

238
abrir una muestra clásica llamada el triunfo de la pintura, donde
apreciamos un regreso a las formas de expresión tradicionales y
a la adopción de temas un poco más amables para el espectador,
aunque tampoco se ha querido alejar del todo de la polémica ya
que uno de los artistas que forma parte de la exposición, Nitsch,
nacido en Viena en 1938, pinta a veces con sangre20 y pertenece
al Accionismo Vienés, movimiento artístico que se caracteriza
entre otras cosas por la exaltación de la violencia.21
A través de este paseo por algunos de ejemplos más conoci-
dos del arte contemporáneo he pretendido dar una visión general
de cómo los artistas de nuestro tiempo se han valido de ciertos
aspectos de la violencia para llegar a su público, dejando a un
lado maneras de expresión más tradicionales y mejor aceptadas
por el público en general. El resultado obtenido ha sido criticado
por un sector de la sociedad que no entiende el empleo de nue-
vos recursos que amplían las posibilidades de comunicación de
los creadores, aunque no puede obviarse que en muchos casos se
consigue el objetivo perseguido, no dejar impasible a nadie.

20
http://www.clarin.com/diario/2005/01/31/sociedad/s-03501.htm
21
http://www.teleskop.es/hemeroteca/numero6/arte/art01.htm

239
SUN TZU. LA RACIONALIZACIÓN TAOÍSTA DE LA
VIOLENCIA EN EL SIGLO I A.C.

por
JORGE RODRÍGUEZ LÓPEZ
Violencia, p. 241
JORGE RODRÍGUEZ LÓPEZ. Licenciado en Filosofía en la Universidad de
Sevilla, Profesor de Secundaria.

242
L A violencia y el hombre forman un binomio inseparable
que no podemos más que aceptar y tratar de someter a un
ejercicio de hermenéutica comparada, amparados en el
devenir de la historia, para comprobar que los sueños ilustrados
que muestran una imagen de la violencia como irracional que-
hacer ajeno por completo al hombre son falsos. Es posible que
semejante afirmación parezca más que lamentable en su preñez
pesimista, pero si miramos hacia atrás con ira a lo que Karl Marx
describió como el gran matadero de la historia, podremos cons-
tatar que la violencia se manifiesta como una materialización
de la dialéctica que fabrica el hombre desde su propia esencia
material. No admitir que vivimos en un mundo violento es negar
nuestro compromiso de filósofos con la realidad. Es necesario
pensar la violencia para amortiguarla, evitarla o erradicarla.
Sin embargo no estamos obligados a quedarnos estancados
en una posición puramente pesimista para afrontar una reflexión
sobre la violencia como parte de la condición humana ya que
desde la distancia de la antigüedad podemos comprobar que la
violencia como problema ha sido pensada y gestionada, apor-
tándose una serie de soluciones con vista a ser aplicadas, sobre
todo, en el plano del conflicto material, dejando de lado las in-
útiles y yermas reflexiones metafísicas sobre la ontología de la
violencia y el mal como idea suprema fundadora de esta. Una
de las primeras filosofías que ha pensado la violencia como pro-
blema material ha sido la taoísta. Siendo ridículo especular con
el hecho de que el pensamiento asiático esté configurado por

243
espacios estancos, no tenemos más remedio que aceptar que des-
de la metafísica taoísta se persigue un bienestar social, compa-
rable a los que buscaron en sus argumentaciones pensadores del
calibre y la categoría de Mo Ti o Confucio, por no hablar de la
intencionalidad política que en Occidente demostraba el pen-
samiento pitagórico y platónico en su proyección de estructura
social.
Fruto de esta influencia taoísta es la obra de Sun Tzu, El arte
de la guerra, obra que tendría su continuidad, hace dos mil años,
en otros estrategas como Sun Bin y su obra El arte de la guerra,
II o el tratado estratégico Los cinco anillos, del japonés Miya-
moto Mushashi.
El general y estratega Sun Tzu merece entrar, por propios mé-
ritos filosóficos, dentro del panteón de pensadores que queda-
ron enmarcados dentro del ámbito de la teoría del tiempo axial,
aportada por Karl Jaspers para la comprensión del sentido del
surgir de la filosofía en la historia, ya que su aportación a la
filosofía no es meramente especulativa sino que aporta y adapta
el pensamiento taoísta al campo de la sociedad y a una de sus
acciones más importantes, la guerra y por lo tanto la violencia.
Aquí tenemos ejemplo de cómo un tratado estratégico o bé-
lico deviene en una obra de filosofía especulativa, aplicable no
sólo al campo de batalla, y por lo tanto a los conflictos huma-
nos, sino al resto de ámbitos humanos, sociales, laborales, etc..,
transformándose a los ojos del que la lee en un tratado ético
que parte de la premisa del enfrentamiento con el conflicto y no
desde el contenido de nuestras acciones. Aquí la acción ya está
consumada o se encuentra en el desarrollo perverso de lo negati-
vo, siendo necesario la vía de la praxis para solucionar a acción
y sus consecuencias.
El arte de la guerra es uno de los más famoso e influyen-
tes libros de estrategia que se han escrito y si acotamos esta
influencia y su importancia al marco asiático en comparación
con el Occidente del pacto de civilizaciones, vemos que se tra-
ta del libro de estrategia más influyente del mundo en cuanto a

244
volumen de lectores, dejando tras de sí a todas las crónicas de las
guerras peloponesias o las crónicas de las conquistas galas, tan
propias de la cultura clásica grecorromana, y que nos han sido
presentadas como los primerísimos y casi exclusivos tratados
bélicos occidentales de índole histórico, que desde el etnocen-
trismo muestran la acción violenta del hombre occidental como
mesurada, calculada y fruto de una dialéctica histórica hegeliana
en ocasiones inevitable y hasta loable, ajenas a toda pretensión
ética y por lo tanto ausentes en el reconocimiento de toda res-
ponsabilidad moral. Mientras que el pensador asiático ve en el
conflicto una enfermedad desequilibrada a corregir, el cronista
occidental clásico alimenta el fuego del metarrelato para montar
una construcción, épica, lírica y hasta trágica de un error. Sun
Tzu trata de llevar la ética a la guerra, asumiendo que esta se está
dando ya, pensando para suavizar su impacto, mientras que la
pretensión ética occidental trata de lo previo o de lo posterior.
Conforme a la recuperación del equilibrio de la situación so-
cial del conflicto, es posible comparar, con cierta perspectiva de
éxito hermenéutico, la intencionalidad taoísta del arte de la gue-
rra con el ideario pitagórico de la terapéutica del pensamiento
que busca el equilibrio del macrocosmos en el desorden orgá-
nico del microcosmos enfermizo del cuerpo corrupto tal como
lo expresan los fragmentos de Alcmeón de Crotona. Y es que la
obra de Sun Tzu es terapéutica. Busca eliminar el desequilibrio
mirando en la inmensidad del tao, un principio universal que
fundamenta todo lo existente en el equilibrio intrínseco de la
existencia.
El arte de la guerra es el manual de cabecera de los políti-
cos y economistas asiáticos, sobre todo nipones, aunque su in-
fluencia asiática está más que demostrada y esto nos lleva a la
demostración de que el arte de la guerra es una obra que nos
muestra Asia como un espacio lleno de vasos comunicantes y
no un mosaico de espacios estancos, como se ha querido impo-
ner. Otra cuestión que nos muestra Asía como un producto de su
propia osmosis cultural son las diferentes artes marciales que se
practican hoy en día.
245
El caso nipón, anunciado por la antropóloga Ruth Benedit en
su obra El crisantemos y la espada con la intención de usar sus
conocimientos para un adecuado enfrentamiento con el expansi-
vo país del Sol Naciente, no resulta ilustrativo, ya que la presun-
ta modernidad japonesa dejó de lado, desde el shintoismo más
reaccionario y su catálogo de impulsos románicos, a las actitudes
taoístas, ejemplificado con el final histórico de los samuráis y su
resistencia a la Modernidad importada de Occidente, dejando de
lado la búsqueda del equilibrio dentro del conflicto, tema del arte
de la guerra. El Japón que entra en guerra en la primera mitad del
siglo XX, aunque es percibido por la mayoría occidental como un
país exótico y tradicional, tiene una tradicionalidad más próxima
al pensamiento romántico y aristócrata del Sturm und Drang. La
figura tradicional del samurai no es propia de ese momento y su
universo de valores éticos, tan próximos al Bushido o El arte de
la guerra ya está prácticamente extinto.
Históricamente la mentalidad bélica asiática, a nivel con-
tinental, ha estado más relacionada con el taoísmo que con el
sintoismo japonés, y esta mentalidad es expresada en la senten-
cia «es mejor ganar sin luchar», la aplicación bélica de la idea
taoísta del Wu-wei, es decir, “hacer no-haciendo”, sin embargo a
ojos del occidental, Asia se concreta sólo del genio nipón de la
guerra ruso-japonesa y de las dos guerras mundiales y dejamos
de lado el resto de culturas de gran tradición bélica y filosófica.
Esta ceguera prejuiciosa y cabal no es más que el reflejo de las
imposturas intelectuales de las que el hombre occidental es pre-
so desde los idearios del romanticismo.
El belicismo japonés antes mencionado nada tiene que ver
con el taoísmo, una disciplina filosófica que tiene sus fuentes en
un humanismo que sí es existencialismo. Al contrario, el espíritu
japonés, más próximo en su advenimiento y epifanía al espíritu
de la época hegeliano, tiene unas características románticas que
quedan muy bien ejemplificadas en los escritos de Yuko Mis-
hima, cuya obsesión y tormento por recuperar el reino de Dios
perdido en un Imperio derrotado por la incomprensible, desde lo

246
romántico, Era Atómica, lo llevó a postular una acción de trueno
y empuje, en lugar de búsqueda del equilibrio como huída hacia
delante. No hay equilibrio en el romanticismo ni en la violencia
que despliega a su alrededor y mucho menos en el suicidio ri-
tual.
El arte de la guerra camina por un sendero ajeno a las des-
quiciadas maniobras bélicas del Japón del último siglo. Tal es así
que este país ha corregido su mentalidad bélica y ha abrazado,
tal vez consciente desde la humildad de la derrota, de que «es
mejor doblarse como el bambú al viento para evitar quebrarse».
De hecho la economía japonesa ha abrazado el texto como un
manual de acción en el mundo de las transacciones. «Los nego-
cios son la guerra».
El arte de la guerra es un texto paradójico a distintos niveles.
Se trata de una obra de estrategia, formativa, donde la pedagogía
y la violencia se dan la mano. Aquí reside su primera contradic-
ción, al menos aparente. Y decimos al menos aparente por que la
premisa fundamental de la obra de Sun Tzu es el reconocimiento
de la faz violenta del ser humano, el reconocimiento del desequi-
librio en un mundo que tiende al equilibrio, la presencia del caos
en un mundo ordenado y las formas de recuperar ese orden ante
lo inevitable del desorden, la existencia de cierta gradación del
no-ser frente a la acción del ser por recuperar su estatuto de rey
ontológico. «¿Por qué el ser y no más bien la nada?», preguntó
en un principio Leibniz y más tarde Heidegger repitió el eco de
la cuestión. Sun Tzu plantea ¿Por qué la nada cuando podemos
evitarla desde la estrategia? Sun Tzu propone una terapéutica de
la nada, un bálsamo del ser conforme la invasión agresiva del no
ser desde el pastoreo del taoísmo.
La violencia resulta tan inevitable como tratar de detener la
corrupción en un mundo sujeto al devenir. Tenemos pues la afir-
mación desde la pedagogía de la violencia del arte de la guerra de
un mundo sujeto al movimiento que, tarde o temprano muestra
su cara caótica, muestra su desequilibrio en forma de conflicto,
interior, personal, interpersonal, social y armado. La única cara

247
visible del desorden no sólo se revela en nuestra propia decre-
pitud sino en el error de la guerra, la materialización del no ser,
la separación tal y como significa el diaboleim griego, opuesto a
simboleim en tanto que unión reglada desde una voluntad huma-
na y racional, el Thanatos frente al Eros como impulsos univer-
sales y cósmicos. Esta dicotomía de contrarios es propia no sólo
de Occidente sino del taoísmo. En esta tensión tan heraclitiana
surge la necesidad de un logos corrector que nos mantenga en la
cohesión y en la vida. Y este logos es la estrategia propuesta por
Sun Tzu en el arte de la guerra.
Naturalmente sus matices estéticos son innegables. Toda per-
secución y consecución del orden entraña un concepto de la be-
lleza frente al caos degradante de la corrupción, por lo que la
estrategia deviene en arte, no sólo como ars entendido como
theckné sino como auténtico sentimiento y querencia hacia una
idea superior que guía la acción, conectando así con los matices
éticos y morales que presenta la obra.
La paradoja del texto de Sun Tzu también se revela en su
condición de ser una obra sobre la guerra en oposición a la gue-
rra. No se encontrará la violencia gratuita en estas líneas de dos
mil años de antigüedad, antes al contrario, se trata de un análisis
anatómico del conflicto cuyo objetivo reside en desarticular al
enemigo a través de una victoria sin batalla, mostrando en la
invencibilidad las raíces del conflicto, extirpando su casuística
para recuperar el orden perdido y revelar así los matices del hu-
manismo taoísta tan característico de este pensador guerrero.
No sólo su carácter pedagógico sino su carácter terapéutico
hace del arte de la guerra un texto propio de los pensadores del
tiempo axial de Jaspers. El retorno al orden como estrategia de la
batalla tiene su analogía en el plano de la medicina, contemplán-
dose al conflicto como un desajuste enfermizo del organicismo
social. La acción médica tiene su par en la estrategia militar,
mostrándose la guerra como ausencia de armonía. Pero resulta
paradójico que ese desajuste no se ataque con violencia, al con-
trario, el arte de la guerra trata por todos los medios de mostrar

248
ese desajuste como innecesario dentro de un mundo ordenado.
Y es entonces cuando el hombre, haciendo gala de un intelec-
tualismo moral fruto del sentido común, opta por la ausencia del
conflicto.
Dentro del mundo de las artes marciales, tan próximo al mun-
do de la filosofía en Oriente, la disciplina defensiva que ilustra a
la perfección el sentido taoísta del Wu-wei, del hacer no-hacien-
do, es el Aikido. Este estilo de lucha, cuya base es el contacto
físico directo, aprovecha la fuerza del contrario para resolver a
su favor el desequilibrio del conflicto. Se considera que el con-
flicto, como momento inevitable en el devenir del equilibrio al
desequilibrio, se materializa en la fuerza del contrario, consi-
derando esta como irracional, en tanto que falta de armonía en
un equilibrio de energías cósmicas. El guerrero se percibe así
mismo como un médico, un terapeuta que está encargado de ad-
ministrar energéticamente el equilibrio energético a través de la
lucha.
El arte de la guerra señala, al igual que la totalidad de las
artes marciales, una gradación en el éxito de la administración
del conflicto bélico, aplicable a cualquier aspecto existencial
problemático. Sun Tzu considera como lo más adecuado frus-
trar la acción del contrario, mostrando la propia como la única
razonable. El texto taoísta se coloca así en un nivel simbólico y
metafórico, donde la tensión entre contrarios, las alianzas y sus
rupturas, el ataque por medio de la fuerza y el sitio son aplica-
bles, desde la hermenéutica, a cualquier aspecto de la vida coti-
diana, no sólo guerrera.
En el tránsito que constituye la administración energética y
terapéutica un conflicto, ya sea armado o existencial, Sun Tzu
muestra al enemigo como emotivo, por lo que su arte de la gue-
rra da muestras anticipadas de un espíritu próximo al estoicismo
clásico, siendo necesario el control de las emociones para re-
cuperar el equilibrio perdido, sobretodo dentro de un universo
social inhumano, donde el hombre es utilizado como un sacri-
ficio.

249
El arte de la guerra lucha también contra la codicia y el prin-
cipio de propiedad, que son identificados como las bases causales
de los conflictos y la agresión, generando maldad y alienación.
De esta forma la obra de Sun Tzu se coloca a la vanguardia de
la reflexión ética sobre la guerra, profundizando en las causas
materiales y culturales sobre los distintos conflictos.
La influencia taoísta de El arte de la guerra presenta ecos de
la dialéctica arcaica griega, presunto patrimonio de la cultura de
Occidente. El Tao te King, obra del sabio chino Lao Tsé, se nos
presenta como un críptico y poético tratado metafísico donde se
explicita el principio fundamental que atraviesa la realidad en la
que vivimos. Vivir en conformidad con el Tao, es vivir en armo-
nía con una tensión dialéctica de contrarios simbolizada en los
principios del Ying y el Yang, representación de los masculino y
de lo femenino, de lo activo y lo pasivo, en definitiva, represen-
tación de los extremos que propician la tensión del movimiento
continuo y armónico que deviene a nuestro alrededor, siendo el
Tao la corriente que gobierna la tensión y nos proporciona el
horizonte de comprensión definitivo.
Advertíamos al principio que es necesario asumir el conflicto
y la guerra como un fenómeno unido la vida del hombre. Esta
premisa se da por supuesta en El arte de la guerra y no es más
que una consecuencia del pensamiento taoísta. El hombre está
limitado en su condición humana y existencial, no sólo en lo
somático inmediato, sino en su devenir temporal. Esto es en sí
mismo un conflicto que genera otros conflictos que terminan por
hipertrofiarse en la batalla. La tensión del Ying y el Yang no es
más que la representación de la tensión dialéctica que experi-
menta la existencia del hombre, donde uno de sus momentos es
el conflicto recíproco. Al igual que en la dialéctica de Herácli-
to de Éfeso, donde la guerra es la madre de todo, Sun Tzu nos
enseña que la guerra es el desequilibro dentro de la tensión de
contrarios. Y que el Tao es el camino hacia la recuperación del
equilibrio de la tensión. El Tao se revela desde la hermenéutica
comparada como el logos de la adaptación o la supervivencia

250
que nos lleva a la resolución del conflicto. Una perspectiva dia-
léctica del conflicto nos permite mostrar el conflicto desde la
elemtariedad, que en la ambigüedad delos términos, se aplica a
la realidad desde la polisemia.
Este logos de la guerra también se revela como una toma de
conciencia del conflicto en tanto que conflicto. Aquí reside el
carácter ético de un texto que busca la humanidad y la justicia
como solución. Es el valor ético el que se aporta como la res-
puesta necesaria. Esto no sólo será propio de El arte de la guerra
sino también del Bushido, el código de honor de los samuráis
japoneses, del que hablaremos unas líneas más adelante. Ética-
mente El arte de la guerra es la búsqueda de lo ventajoso racio-
nalmente y no bélicamente dentro de un conflicto bélico, algo
que percibíamos como una contradicción propia del texto. Esta
búsqueda de lo apropiado es muy parecida al intelectualismo
moral socrático, preferir racionalmente lo bueno a lo malo, mos-
trándose la elección de lo malo como el acto de una ignorancia
que no es docta precisamente.
Sun Tzu señala el camino en este proceso de búsqueda con
dos estrategias concretas: el uso de la incertidumbre como norma
y el engaño como herramienta racional que evita la lucha. Ante
estas dos posibilidades se muestran dos problemas de fondo para
el lector iniciado en el taoísmo y su aplicación a los conflictos
bélicos. Nos referimos a el debate sobre el fin y los medios y el
sentido del engaño dentro de la maquinaria racional.
Referente al conflicto entre el fin y los medios dentro de la
búsqueda de lo ventajoso racionalmente y no bélicamente vemos
como la filosofía taoísta enseña su cara más adaptativa, aunque
el engaño lo podemos considerar como un uso perverso de lo ra-
cional, racionalmente buscado, se muestra como un medio para
la consecución de un fin, es decir, aprovechar la perversidad del
acto racional para corregir el desequilibrio del devenir, sea pro-
ducto racional o de los sentidos.
El arte del engaño como recurso de El arte de la guerra se
muestra como un eclecticismo sofista. El lenguaje, capaz de

251
desplegar todo un mundo de violencia y de juegos del lenguaje
basados en el interés, se usa en beneficio del equilibrio desde la
perversidad del engaño. Pero este engaño no es mero engaño en
sí, sino todo lo contrario, el engaño se usa como logos reparador.
La conciencia de su perversidad termina de eliminar la misma
perversidad y violencia del engaño del lenguaje, usa la perversi-
dad contra la perversidad.
El ardid de la razón, el logos taoísta, el eclecticismo sofista y
socrático de la ética desplegada, son muestras de la victoria de la
razón en el conflicto. La victoria empieza y acaba en pensamien-
to. Tomemos como ejemplo el discurso del día de San Crispín en
la obra de Shakespeare Enrique IV. La arenga soldadesca para
alcanzar la victoria comienza en el seno de la propia razón, des-
de el estímulo estético hasta el adecuado uso de las estrategia.
La victoria comienza en uno mismo. En El arte de la guerra la
victoria del pensamiento se convierte en logos prophorikós, la
materialización de la victoria desde la acción del logos pensante.
La victoria ocurre primero en la mente del que piensa como aca-
bar y evitar el conflicto, la primera victoria se da en lo formal,
de lo general a lo particular, de lo pensado a lo que va a devenir
en lo material. Ese pensar gestiona la gradación y la corrupción
de la situación de desequilibrio, una situación sólo superable en
su dialéctica desde el logos taoísta implícito en El arte de la
guerra, el Wu-wei, el hacer no-haciendo.
Mencionamos antes del Bushido, el código del samurai japo-
nés, como una muestra ética para evitar el conflicto en la línea de
El arte de la guerra en lo que se refiere a la reivindicación de un
universo de valores morales. El Bushido presenta varios niveles
de conciencia, por una parte conciencia de límite por parte del
guerrero. Se trata de una conciencia de límite existencial, desde
el punto de vista vital, somático, temporal. Es una aceptación
del fin y de la conciencia de la muerte y la corrupción, la mis-
ma conciencia que hace que el Dasein de Heidegger afronte el
momento de la pregunta del ser en su condición de ser arrojado
en el mundo. Pero esta conciencia del “samurai heideggeriano”,

252
forjada durante siglos y transcrita deontológicamente en el siglo
XVIII, se manifiesta también como conciencia de incertidumbre,
no sólo de su propio fin, ya sea este en el conflicto en el devenir
de la existencia, sino incertidumbre ante el cambio y el devenir
en forma de la lucha misma. No se trata de miedo, sino más bien
de desconocimiento, el límite trascendental de la razón, la pru-
dencia ante la experiencia nouménica.
Al mismo tiempo se presenta la conciencia del samurai ante
el ahora. Esta conciencia del ahora es una prueba más del eclec-
ticismo asiático de que hace gala la aplicación del credo taoísta
a la ética. Esta conciencia del ahora nos recuerda algunas de las
premisas estoicas clásicas como son el control de uno mismo
y la aceptación del devenir al que nos enfrentamos. Esta acep-
tación estoica no deja de ser más que una racionalización del
conflicto que se presenta al individuo estoico. Por otra parte esta
conciencia del ahora también nos trae los ecos del pensamiento
de Epicuro. El samurai y su conciencia del ahora plantea una
ausencia total de miedos. Esta posición, que a menudo se plantea
como el prejuicio de la típica indolencia de los pueblos asiáticos,
ha sido mal interpretada por el occidental. La ausencia del miedo
no es más que la racionalización del temor, argumentativamente
hablando, con vistas a eliminar más entropía en el desequilibrio
del conflicto.
Si algo nos enseña El arte de la guerra es que en nuestra obli-
gación de racionalizar los conflictos y la violencia, adquirimos
el compromiso de convertirnos en los gestores de ese desequi-
librio de impulsos que se dan en la lucha, tratando de conseguir
que la fluidez ontológica de la realidad. Sabemos que nuestro
mundo es violencia. Está por determinar si esa tendencia al des-
equilibrio es natural o cultural. Sigmund Freud admitía en Más
allá del principio del placer que el universo era atravesado por
dos impulsos antagónicos de energía cósmica que alcanzaba a
todos los seres vivos e inertes, se trata del Eros y el Thanatos;
esta idea, cuyo antecedente clásico lo tenemos en Empédocles
y en su visión pluralista de la naturaleza regida por el filia kai

253
neicós, tomaba cuerpo y se manifestaba en los impulsos sub-
conscientes a través de las pulsiones eróticas del individuo que
trata de perpetuarse. Sin embargo Freud estaba fascinado por el
impulso contrario, una pulsión que denominó “muda”y “ciega”,
disgregadora, que sustenta los comportamientos violentos, des-
tructivos o sadomasoquistas. Para el padre del psicoanálisis pan-
sexualista, este impulso de violencia es natural, sin embargo o se
detiene ahí, ya que si culturalmente tratamos de detenerlo, éste
terminará por manifestarse en una conducta violenta auspiciada
desde el subconsciente. Detener esa naturalidad desde la cultura
provoca un malestar que al mismo tiempo se revela como una
violencia que esta vez tiene su origen en una superestructura,
suma de lo social y cultural gobernante, que conocemos global-
mente como “cultura”. De cualquier forma el debate sobre la
condición perversa del hombre es una herencia de la Ilustración,
que veía en el ser humano una paradoja en forma de quiste al
hombre entregado a la violencia, y que a su vez es herencia del
sentimiento de culpa que nos ha transmitido el cristianismo para
hacernos responsables del juicio de la Teodicea que trata de evi-
tar el mismo Creador.
Sea como fuere, y sin implicar a instancias más altas, desde el
plano de la praxis y la filosofía práctica, El arte de la guerra se
nos presenta como solución de lo inevitable, tan inevitable como
nuestra propia somaticidad y nuestra condición humana.

254
Violencia, p. 255

ÍNDICE
ÍNDICE

SALUDO A LOS CONGRESISTAS 5


NORMAS GENERALES 7
PRESENTACIÓN 11
PARTICIPANTES EN EL PROYECTO 15
PROGRAMA 19

CONFERENCIAS

VIOLENCIA Y MENTE CRIMINAL


MARÍA DE LOS ÁNGELES ANTUÑA 23
VIOLENCIA DOMÉSTICA: DATOS Y MITOS
JESÚS GARCÍA 29
VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES
MARGARITA PINTOS DE CEA-NAHARRO 69
CIUDAD DE DIOS. LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL ELEVADA
A ARTE
Isabel Ramír ez Luque 95
LA NARANJA MECÁNICA. UNA REFLEXIÓN ÉTICA SOBRE
LA VIOLENCIA
JUAN CARLOS SUÁREZ VILLEGAS 121
VIOLENCIA Y PAZ EN LAS RELIGIONES
JUAN JOSÉ TAMAYO 145
VIOLENCIA Y TERRORISMO
RAFAEL VALENCIA 169

257
PONENCIAS

VIOLENCIA DE GÉNERO Y ORIENTACIÓN FILOSÓFICA


JOSÉ BARRIENTOS RASTROJO 175
ZOMBI. ¿EL REFLEJO FILOSÓFICO DEL HOMBRE VIOLENTO?
JUAN ANTONIO CAMPOS GONZÁLEZ 195
LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA VIOLENCIA EN
EL DEPORTE; UNA RELACIÓN SIEMPRE CONFLICTIVA
ALBERTO FLORES MARTÍNEZ 209
ARTE CONTEMPORÁNEO Y VIOLENCIA
RAQUEL LÓPEZ RODRÍGUEZ 229
SUN TZU. LA RACIONALIZACIÓN TAOÍSTA DE LA VIOLENCIA
EN EL SIGLO I A.C.
JORGE RODRÍGUEZ LÓPEZ 241

258
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
N O T A S
Sentada sobre un banco de piedra en la rivera de un tranquilo paseo fluvial, una
niña, de escasa edad, sujeta entre sus brazos un bebé. La escena es observada al
menos por dos adultos que aparentemente tratan de indicarle como ha de posar
para el retrato que estamos observando. Situada al la derecha de la niña, se
encuentra una muñeca de porcelana de grandes dimensiones.

La imagen, a pesar de su belleza, discutible o no, carece de cualquier elemento


que justifique el título sobreimpreso de las jornadas. Sin embargo este no es
ignorado. Antes de que el espectador sea advertido y por lo tanto condicionado
con estas líneas, la palabra VIOLENCIA actúa de reactivo en el conjunto de la
imagen, y hace que una escena relativamente cotidiana, y completamente
inocente, comience a transmitirnos sensaciones relacionadas con la violencia, la
imaginación empieza a funcionar y genera historias violentas que convergen o
divergen en la escena. Algo no violento se convierte en algo violento de forma
“artificial”, sin que a penas no demos cuenta si no se nos advierte.

La violencia es patrimonio del hombre ya que sólo este es capaz de percibirla


como tal, no se encuentra en la naturaleza, sino en la interpretación subjetiva
que de ella hacemos. Admiramos el fruto de nuestro propio ingenio, las
herramientas que hemos inventado, aquellas con las que nos valemos para
nuestros propósitos violentos, y las ensalzamos hasta el rango de míticas (la
espada Tizona del Cid, las cámaras de torturas de la inquisición, los aviones de
combate, los tanques y vehículos militares, los venenos y máquinas de matar
lícitas como la guillotina o la silla eléctrica), pero no es nuestro propósito, hoy,
admirar ni ensalzar, si no comprender. Debemos saber qué tiene aquello que
percibimos que tanto nos atrae y ser consecuentes luego con nuestro juicio y
acciones. El viaje del conocimiento, esta propedéutica que pretendemos, se
inicia desde el sempiterno conocimiento de uno mismo, del análisis de nuestros
sentimientos y cómo nos afectan los agentes del medio, nuestra cultura. Sólo así
conseguiremos las herramientas que nos son necesarias para afrontar una vida
cabal en un mundo aparentemente de locos.

El objetivo de estas jornadas no es otro que el de ayudar de alguna forma a


proporcionar parte de esas herramientas a un auditorio que, presumiblemente,
ha se ser hábil en el manejo de estas para considerarse ciudadanos integrados
del siglo XXI.

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