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www.corchea69.com

III JORNADAS DE ESTUDIO REFLEXIÓN Y OPINIÓN SOBRE VIOLENCIA

VIOLENCIA DESENFOCADA

TERCERA EDICIÓN DE LAS JORNADAS DE ESTUDIO, REFLEXIÓN Y OPINIÓN SOBRE VIOLENCIA

Producidas en su totalidad por

A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES

y realizado bajo convenio con la

UNIVERSIDAD DE SEVILLA (U.S.).

Días 20, 21, 22 y 23 de noviembre de 2007 Edicio Expo (Isla de la Cartuja, Sevilla)

Padilla Libros Editores & Libreros Sevilla

© De los autores © De la presente edición: A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES

D.LEGAL SE- ISBN: 978-84-8434-448-3

PADILLA LIBROS EDITORES & LIBREROS

C/ Feria n o 4 –local uno–

41003 SEVILLA (ESPAÑA)

Impreso por

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SALUDO A LOS CONGRESISTAS

  • D ESDE CORCHEA 69 PRODUCCIONES y en nombre de todas aquellas personas que componen el equipo de trabajo y la secretaría técnica de las Terceras

Jornadas Violencia Desenfocada, te damos la bienvenida y te agradecemos habernos conado un pequeño porcentaje de tu formación académica. Esperamos sinceramente que esta aportación te resulte graticante y productiva, y que contribuya, aunque sólo sea también en una pequeña por- centualidad, a tu crecimiento y evolución como ciudadano crítico e independiente.

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AVISO AMISTOSO

  • D ESDE A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES queremos pedirle perdón por adelantado. Experiencias pasa- das nos dicen que estas jornadas son realtivamente

problemáticas y alterán, en gran medida, la tranquiliadad espiritual y moral de los asistentes. Por todo, nuevamente pedimos disculpas. En este último año, y esperemos que por muchos otros, a los miembros de A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES se nos está poniendo cara de Morfeo (The Martrix, 1999) con una pas- tillita roja y otra azul en cada mano, lastima el Sr. Fishbur- ne no destaque precisamente por su belleza para desgracia nuestra. La diferencia fundamental entre usted y el joven Neo, es que usted ya se ha tragado la pastillita roja antes, in- cluso, de haberles preguntado, ya que se encuentra sentado haciendo tiempo para empezar a sufrir, o disfrutar, durante 30 horas lectivas. Esta pastilla con forma de jornadas de libre conguración tiene una serie de indicaciones para su correcta asimilación que más vale que aprenda puesto que ya es tarde para echarse atrás (aunque siempre puede renun- ciar a su plaza su certicado y su dinero).

1.– Muchas de las cosas que le hacían feliz y que le re- confortaban pueden verse puestas en duda de aquí en adelante. 2.– A partir de ahora, cada vez que le llegue una infor- mación nueva, de esas que hasta hoy cuadraba con su manera de pensar y con la de su entorno, auto- máticamente se encenderá una alarma en su cabeza iniciándose un proceso en el que cuestionará, quién y porqué ha emitido esa información, qué medio, en qué contexto, con qué antecedentes y antes de qué acontecimientos ha ocurrido.

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3.– Este ejercicio malévolo le generará estrés y ansiedad, en distintos grados. La organización no se hará cargo de su terapia ni de las costas judiciales o clínicas pro- ducto de cualquier enagenación. 4.– Se dará cuenta de que tiene en su propiedad unas acciones de la compañía Poder S.A. que fueron he- redadas de sus padres, y que apenas tienen reparto de benecios, ya que las juntas de accionistas son cada cuatro años y aunque en ellas tiene voto, no tiene voz. 5.– Esta situación le generará nuevamente estrés y ansie- dad, por lo que le remitimos al punto 3. 6.– Si desea dejar de experimetnar estas sensaciones le recomendamos la visualización intesiva de futbol, programas del corazón y/o realities, quemar los libros que tenga a su alrededor, la no lectura ni visualización de periódicos e informativos, y por supuesto limitar el uso de internet al Meseenger, y algún que otro juego on line.

El desarrollo del pensamiento crítico no es más que cre- cer y descubrirse como mosca cojonera de todo aquel que le necesite para su lucro personal. En cierta forma es retomar la actitud del infante que pregunta todo y lo cuestiona todo, ansioso de consumir información, aprender y crecer. Si la naturaleza nos ha dado esa herramienta para sobrevivir es deseable conservarla el máximo tiempo posible. Desarrollar un pensamiento crítico hace que a un político no le baste con un par de inauguraciones oportunistas para defender su gestión, ni a su opositor llenarse las barbas de esputos para derrocarlo. Sirve para que no se use la mentira como herra- mienta de poder que se asienta en la incultura, la indolencia y la pasividad del pueblo. Sirve para ser menos vulnerables ante la manipulación a la que estamos sometidos con total impunidad. La Violencia Desenfocada, concepto que vamos a tratar estos días, deja de ser violencia en el momento que somos conscientes de ella.

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Es por eso que os pedimos perdón, porque si todo sale bien habremos conseguido regalaros (a buen precio) unas décimas de libertad en forma de actitud crítica ante lo que os rodea y eso, amigo, es un fastidio, ya lo veréis.

FRANCISCO ANAYA BENÍTEZ A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES

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NORMAS GENERALES

L A Organización de este evento se sitúa dentro de la

línea de trabajo que, A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES

como productora de actividades culturales, tiene

programada para esta temporada. Las características de este evento, como todo acto que sume más de 500 personas, nos hacen exponer, para su obligado y riguroso cumplimiento, una serie de normas que habrán de ser observadas y respetadas por todos los asis- tentes:

•La Organización se reserva el derecho de alterar o cam- biar el programa. No se admiten devoluciones o cam- bios en la inscripción. •La Organización podrá denegar el acceso o expulsar del recinto a aquellas personas de las que pueda racional- mente presumirse, que van a crear una situación de riesgo o peligro para él mismo u otros congresistas, de alboroto, o aparenten estados de intoxicación o conmoción, o que incumpla esta relación de normas. • Cualquier daño o desperfecto ocasionado por un asis- tente en el Edico Expo conllevará la denuncia del mismo por La Organización a la Dirección del Edi- cio Expo para que esta inicie los trámites pertinentes, no haciéndose La Organización responsable del mis- mo ni del daño cometido. • El uso de la placa acreditativa es obligatorio. Por moti- vos de seguridad no se permitirá el acceso al auditorio a quien no la presente o le sea requerida y no estu- viese en posesión de ella. Si se olvidara, o perdiera, acudan a La Organización para solventar el problema lo antes posible.

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• Está terminantemente prohibido fumar, beber o comer dentro de las instalaciones del Edicio Expo salvo en los sitios debidamente especicados para ello. Les re- cordamos que el Edicio Expo es una edicación en régimen de propiedad privada estatal, esto incluye es- caleras y jardines exteriores como zonas propias del inmueble de carácter privado. • Queda prohibida cualquier lmación, grabación o reproducción en el interior del recinto salvo auto- rización expresa de La Organización (esto incluye cualquier soporte de reproducción de música, radio, videojuego o similar). • Rogamos desconecten sus teléfonos móviles durante las conferencias, comunicaciones, mesas redondas u otras actividades. • Se ruega silencio durante las exposiciones. • Se ruega máxima puntualidad a los asistentes para no interrumpir el desarrollo de la actividad congresual. • Toda conferencia, debate, charla o mesa redonda no termina hasta que concluya el turno de preguntas y respuestas. • Todo asistente tiene la obligación de respetar estas nor- mas para el buen funcionamiento del evento.

Control de asistencia

La asistencia a las jornadas no es obligatoria salvo, lógi- camente, para aquellas personas que deseen recibir un cer- ticado de asistencia. Aquellos que deseen recibir el certicado de asistencia y así beneciarse de la convalidación del mismo por 3 crédi- tos de libre conguración reconocidos por la Universidad de Sevilla, tendrán que demostrar su asistencia a un mínimo, del 80% de las jornadas tal y como exigen dicha entidad (7 medias jornadas de las 8 medias jornadas totales). El sistema de control de asistencia redunda en el propio interés del asistente por demostrarla. Cada asistente se res- ponsabiliza de demostrar su asistencia a las jornadas. A cada asistente se le ha entregado una placa acreditativa con un código de barras personalizado que tendrá que lle- var siempre consigo y en lugar visible, durante los 4 días de

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actividad. En la entrada de la sala se dispondrán lectores de códigos de barras. El registro de su código de barras por un ordenador hará las veces de rma. Siga las indicaciones de la Organización para agilizar esta operación. Al termino del congreso, previo a la entrega de certicados un programa informático hará el recuento de la asistencia de cada cual y dispondrá quienes de ellos son aptos para recibir el certi- cado de asistencia y cuales no. La organización tendrá pre- parado además el clásico sistema de rmas que será usado si aparece algún problema técnico. Todo asistente que habiendo sido declarado no apto de- see inspeccionar su computo de asistencia deberá dirigirse a La Organización durante la entrega de certicados. Para retirar el certicado de asistencia debe entregarse a la Organización la placa acreditativa y la respuesta a una pregunta que se hará pública mediante carteles en la tarde del jueves y en la página web www.corchea69.com. Esta pregunta forma parte de un sistema de evaluación que nos solicita la Universidad de Sevilla y que acredita el apro- vechamiento de la asistencia. Esta entrega se hará el día y hora jado en el programa, no pudiéndose solicitar con anterioridad o posterioridad a esta fecha (salvo por causa “muy justicada”). Ante cualquier duda consulte al perso- nal autorizado.

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PRESENTACIÓN

III EDICIÓN DE LAS JORNADAS DE ESTUDIO, REFLEXIÓN Y OPINIÓN SOBRE VIOLENCIA

Q UÉ pasaría si desde los medios o desde una platafor-

ma mucho más poderosa se intentara ensombrecer

la realidad? ¿Qué tácticas usarían? ¿Qué noticias

esgrimirían, y qué argumentos, para desviar la atención de la población hacia asuntos aparentemente mucho más im- portantes y relevantes pero en el fondo conocidos, tratados y estudiados? ¿Podríamos denir a esta acción como vio- lencia? Creemos que sí, y a esto lo vamos a dar a llamar en estas jornadas Violencia Desenfocada.

Introducción

Las víctimas de la violencia desenfocada somos noso- tros, los ciudadanos, los consumidores conscientes e incons- cientes de información. Nosotros somos, a n de cuenta los engañados. Y tristemente engañados por nuestra pasividad. Los ujos de información y desinformación que pululan en los medios son el cebo que nos atrae. El n de engañarnos aún está por descubrir. Pero debemos estar despiertos, listos y ágiles. Los grandes temas de actualidad son el caldo de cultivo de la desinformación, la rumorología y la superche- ría barata. Modas que nos obligan a actuar de una forma u otra, supuestos estilos de vida que han de ser nuestra única meta y bienes de mercado sin los cuales estamos perdidos. El bombardeo es constante y nosotros somos, muy a nuestro pesar, agentes, sin saberlo, de estrategias que nos superan.

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Si apoyamos lo defendido en las Segunda edición de las Jornadas Violencia; Violencia Desenfocada, debemos in- vestigar de forma seria y rigurosa cuáles son los ámbitos más cotidianos desde los cuales se ejerce esa distorsión, ese ensombrecimiento. La violencia es una acción puramente humana y, por ende, también la violencia desenfocada es una forma de manipulación, una acción direccionada y pre- cisa. Cruel como solo el ser humano es capaz de concebir, sutil y cegadora. Quizá la verdad esté al alcance de nuestros dedos, pero quizá los árboles que se levantan ante nuestro ojos nos im- piden ver el bosque.

Violencia desenfocada

Años cuarenta, a una hora imprecisa de la tarde una mu- jer cae por la fachada del hotel Genesse. Una persona uni- formada habla con un par de personas en la puerta abierta del hotel. En otro plano un hombre cómodamente sentado está ensimismado en sus pensamientos en la cafetería del hotel mientras otro, posiblemente un camarero, se le acerca por detrás. En no más de un segundo la mujer llegará al suelo y, de una forma u otra, afectará a todas las personas que en el preciso momento de la foto no tiene conciencia de lo que está sucediendo. Estos son los hechos planteados de forma objetiva. Pero qué podría estar sucediendo aquí:

podría ser una suicida, o una empleada de la limpieza que en un exceso de celo se resbaló y cayó por la ventana, po- dría ser la víctima de un asesinato. No nos son sucientes los datos que aporta la fotografía para saber qué ha ocu- rrido. El hombre uniformado puede ser un policía alertado por una llamada de auxilio, o por los empleados del hotel que han visto a la suicida. El hombre sentado en el café podría ser el marido que tras una pelea acalorada bajó a la cafetería a pensar mientras su mujer optó por tirarse por la ventana desesperada, podría ser el cómplice del asesino

que acaba de arrojarla por la ventana

o podría no tener

... relación ninguna con la mujer que cae. Pero sea cual sea la

versión que se plantee el espectador la va a aceptar casi sin plantearse la veracidad del discurso. ¿Por qué de este exce-

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so de credulidad? ¿No nos damos cuenta de que podemos ser engañados deliberadamente para posicionarnos en una u otra dirección? Ante la violencia desenfocada todos somos víctimas, no sólo la mujer que cae es la víctima en esta foto, nosotros, al no ser informados verazmente, también somos victimas. Nuestro reto en las Jornadas Violencia Desenfocada es pre- cisamente el desenmascaramiento de estas mentiras, o men- tiras a medias.

Objetivos del proyecto Intentemos aportar ejemplos y argumentaciones bajo los que estudiar, reexionar y opinar sobre las diferentes mani- festaciones de la VIOLENCIA y, sobre todo, las formas en las que estas manifestaciones nos son presentadas o simple- mente llegan a nosotros o nosotros llegamos a ellas. En esta ocasión, y por que la actualidad lo demanda, prestaremos especial atención al uso que de las ciencias se hace. El cam- bio climático, el calentamiento global, las especulaciones pseudo-cientícas sobre temas esotéricos, curanderismos y demás. Son el bombardeo diario de los noticieros, ¿es esta otra forma de violencia desenfocada? Ser meros espectadores pasivos no deja de ser un diver- timento fútil para mentes poco propicias a pensar, al igual que las vacas ven pasar el tren junto a su pastizal sin ca- pacidad ninguna de especular o decir nada más sosticado que un mugido, se nos invita a ser meros espectadores de la locomotora de los hechos. Invitemos a pensar, invitemos a criticar y a ser capaces de juzgar, ante nosotros mismos pri- mero qué papel queremos adoptar para luego, con plenitud de capacidades, decidir en conciencia. Los objetivos, pues, de las jornadas VIOLENCIA no son otros que los de ayudar de alguna forma a proporcionar par- te de esas herramientas y útiles necesarias a un auditorio que, presumiblemente, ha se ser hábil en el manejo de estas para considerarse ciudadanos integrados, pero críticos, del siglo XXI.

A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES

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PARTICIPANTES EN EL PROYECTO

Organización La preproducción, producción y postproducción de las jornadas corre a cargo de A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES. Así como la elección del tema, la disposición de los bloques temáticos y la elección de los conferenciantes. Las Jornadas VIOLENCIA DESENFOCADA es una acti- vidad que se acoge a convenio con la UNIVERSIDAD DE SEVI- LLA, reconociendo esta a los asistentes que así lo demanden y acrediten su asistencia a las Jornadas con tres créditos de libre conguración curricular.

Patrocinio

El principal patrocinador de las Jornadas VIOLENCIA DESENFOCADA es la empresa estatal AGESA. Debemos destacar también las enormes facilidades que desde la UNI- VERSIDAD DE SEVILLA se nos brindan y la generosa ayuda que siempre nos dan a la hora de publicitar nuestros eventos. Siendo los alumnos de la misma los que en su casi total ma- yoría copan el aforo del congreso nos sentimos en la obli- gación de reconocer a la UNIVERSIDAD DE SEVILLA, si no bien patrocinador directo del evento, sí copatrocinador y agente propiciador del mismo.

Colaboración

A.C. CORCHEA 69 PRODUCCIONES, en su esfuerzo por man- tener los máximos de calidad que en otras actividades pasa- das se marcaron, ha puesto todo su interés, y mejor hacer, en la producción de las Jornadas VIOLENCIA DESENFOCA- DA consiguiendo nuevamente dar a los asistentes una he- rramienta única de estudio y trabajo y de memoria de todo lo que pase. El libro que tienes entre tus manos es el trabajo de meses de antelación a la inauguración de las jornadas

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para poder ofrecer un testimonio de primerísima mano so- bre lo que durante estos días sucederá, sobré qué se dirá y cómo. Pero esta labor habría sido nuevamente imposible sin la inestimable colaboración de la editorial PADILLA LIBROS EDITORES Y LIBREROS, y su principal responsable el maestro editor MANUEL PADILLA BERDEJO. Esperamos que siempre podamos seguir contando con sus inestimables artes en el mundo del libro y la cultura y con su desinteresada amistad, y que Sevilla siempre pueda beneciarse de la existencia de personas como él y su familia.

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COMITÉ CIENTÍFICO

Director

DAVID PASTOR VICO

Secretario

FRANCISCO ANAYA BENÍTEZ

Vocales

JESÚS GARCÍA CALDERÓN CLARA GÓMEZ MORA EVA GONZÁLEZ LEZCANO SUSANA MARTÍNEZ RESÉNDIz

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PROGRAMA

Martes 20/XI/2007

9.30-11.00h. Acreditaciones.

11.30-13.30h. Acto inaugural Inauguración a cargo de:

JUAN JOSÉ IGLESIAS RODRÍGUEZ, Vicerrector de Ordena- ción Académica de la US; CARMEN RODRÍGUEZ ARES, Presidenta Ejecutiva de AGESA y DAVID PASTOR VICO, Director de las Jornadas Conferencia inaugural: FEDERICO GARCÍA MOLINER Tema: “El riesgo del progreso”.

16.30-18.15h. Conferencia: MANUEL BARRERO RODRÍGUEZ Tema: “La desenfoque mediático o la mentira sos- tenida”.

18.30-20.15h. Conferencia: JUAN PÉREZ MERCADER Tema: “¿Qué debemos saber del universo y qué debemos olvidar?”.

Miércoles 21/XI/2007

10.00-11.45h. Conferencia: RUBÉN SÁNCHEZ GARCÍA Tema: “La realidad del consumo diario”.

12:00-13.45h. Conferencia: ANTONIO MONTERO Tema: “Publicidad y Poder”.

16.30-18.15h. Conferencia: JUAN CARLOS SUÁREZ VILLEGAS Tema: “Violencia, poder y comunicación”.

18.30-20.15h. Conferencia: LUIS ALFONSO GÁMEZ Tema: “¡No permitas que te engañen!”.

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Jueves 22/XI/2007

10.00-11.45h. Ponencias.

JOSÉ A. CANO DEL RÍO

Tema: “Realidad contra cción”

VICENTE RAMÍREZ JURADO

Tema: “Violencia. Manga y anime”

MANUEL JOSÉ SIERRA HERNÁNDEZ

Tema: “No es compatible ser cínico en el siglo XXI

12.00-13.45h. Conferencia: JESÚS GARCÍA CALDERÓN Tema: “La automarginalidad de la violencia”

16.30-18.15h. Proyección académica de la película:

Una verdad incómoda (EE.UU., 2006).

18.30-20.15h. Proyección académica del documental:

The Great Global Warning Swindle (UK., 2007).

16.00-17.45h. Reexión: DAVID PASTOR VICO

Viernes 23/XI/2007

10.00-11.45h. Proyección académica de la película:

Ciudadano Kane (EEUU, 1941)

12.00-13.45h. Conferencia: JORGE RODRÍGUEZ LÓPEZ Tema: “Ciudadano ¿quién? (la mística del materialis- mo capitalista)”.

16.00-17.45h. Conferencia de clausura: JAVIER ARMENTIA Tema: “El retorno a la cordura, la razón Crítica”

18.00-19.30h. Entrega de certicados de asistencia.

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CONFERENCIAS

EL RETORNO DE LA CORDURA, LA RAZÓN CRÍTICA. APUNTES PARA UNA REFLEXIÓN

por

JAVIER ARMENTIA

JAVIER ARMENTIA FRUCTUOSO, nacido en Vitoria-Gasteiz en 1962. Astrofísico (licenciado en Ciencias Físicas) por la Universidad Complutense de Madrid

(1985).

Entre 1985 y 1990 desarrolla labores de docencia e investigación en el Departamento de Astrofísica de la UCM, realizando publicaciones y presen- taciones a congresos. Paralelamente comienza una carrera en la divulgación cientíca con colaboraciones en prensa y radio. A partir de noviembre de 1990 dirige el proyecto del Planetario de Pamplo- na, que se inaugura en 1993. Su labor al cargo del Planetario se convierte en la gestión de un centro cultural en un sentido muy amplio, con especial dedicación a la ciencia y especícamente a la astronomía: cada año pasan por el “pam- plonetario” más de 200.000 visitantes, realizándose numerosas proyecciones de planetario, exposiciones, ciclos de conferencias y congresos. Ha dirigido, escrito o colaborado en más de treinta diferentes producciones audiovisuales de planetario, que han sido proyectadas en Pamplona, en el Planetario de Madrid, el Planetario de la Casa de las Ciencias de La Coruña, el Planetario del Parque de las Ciencias de Granada, el Planetario del Museo de las Ciencias de Castilla- La Mancha de Cuenca, el Hayden Planetarium de Nueva York, el McAuliffe Planetarium de Pittsburgh o el Europlanetarium de Gante. Es representante de la Asociación Española de Planetarios en la International Planetarium Society desde 2001. Actualmente es miembro del consejo cientíco de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Colabora asiduamente en medios de comunicación como periodista cien- tíco y columnista. Actualmente realiza una columna semanal de opinión en Diario de Noticias, un espacio de ciencia en el programa “Vive la noche” de Radio 1 RNE, y en Onda Cero Euskadi. Es colaborador de las revistas El Escép- tico y QUO y colaborador del programa de TV “Pásalo” de ETB-2. En medios digitales, mantiene secciones en quo.es y elmundo.es, además de una bitácora probia titulada “Por La Boca Muere El Pez”. Ha publicado varios libros de divulgación cientíca. Es director ejecutivo de ARP (Sociedad para el Avance del Pensamiento Críti- co), una asociación que deende una visión racional y cientíca de muchos temas en los que, habitualmente, sólo nos cuentan misterios insondables. Buscando las respuestas, si es posible, y denunciando las manipulaciones y los fraudes. Dirige la colección de libros “¡Vaya Timo!” editada por esta asociación y la Editorial Laetoli.

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La nueva Edad Media

A LGUNOS autores (por ejemplo, Umberto Eco en el libro que compila, titulado, precisamente, La nueva Edad Media, Ed. Alianza) han avisado de

que muchos aspectos de la civilización actual reproducen mecanismos que corresponden más a la sociedad medieval europea. En los esquemas de poder, un nuevo feudalismo adquiere dimensiones mundiales en lo económico y en lo político: privatización del poder, conictos entre grupos competidores. En lo social, la ruptura de los consensos, la multiplicación de identidades culturales, la vuelta al prin- cipio de autoridad, son movimientos que se dan además en un entorno altamente tecnicado, en eso que llamamos “so- ciedad de la información”, en donde el mismo fenómeno se amplica. La ciencia y la tecnología, en general, están

pasando, de un papel que se veía como liberador y de pro- greso, a ser parte del armamento de control social. Los ciu- dadanos, sometidos a vivir en una “sociedad del riesgo” en la que difícilmente podemos percibir qué es realmente peli- groso, aunque nos estancamos en la inseguridad permanen- te, valoramos la ciencia, pero no llegamos a comprenderla ni a sentirla como parte de nuestro quehacer diario. Así nos enfrentamos a una situación paradójica: por un lado podemos recoger numerosos indicadores de la crecien- te importancia (y necesidad) de la ciencia y sus tecnologías en la sociedad actual, de la cada vez mayor relevancia de la llamada comunicación social de la ciencia (periodismo, divulgación, museos o centros de ciencia, mundo educati-

vo

que constituyen los enlaces actuales entre la investi-

... gación cientíca y los ciudadanos); por otro, la valoración o apreciación social de esta misma ciencia no se ajusta con el papel que tiene en la sociedad. Pero además, podemos percibir un creciente irracionalismo, asociado normalmente con lo que podemos llamar pseudociencias.

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La paradoja estriba en que si ahora mismo se obviaran los productos de la tecnociencia la civilización humana co- lapsaría. A pesar de que se desconozca o se minusvalore, la ciencia (que también es cómplice de los sistemas econó- micos y de poder) es el sustrato base de nuestro presente y la única vía factible de futuro. El problema deriva en una percepción de la ciencia como una especie de iglesia con sus rituales y sus ociantes: los ciudadanos llegamos, por lo general, a disfrutar de los dones de la ciencia pero sin llegar a comprenderlos ni a analizarlos. El que esto sea erróneo y equívoco no quita para que algo así suceda. Cuando por una razón u otra se hurta o evita el debate, la libre crítica que está en el fondo del método cientíco, queda la liturgia. Y las pseudociencias aprovechan este abismo entre ciencia y sociedad para aparecer como ciencias cuando realmente no lo son. Como comentaba Ignacio Ramonet en su libro Un mun- do sin rumbo, crisis de n de siglo (Ed. Debate, 1997):

«En sociedades presididas en principio por la racionalidad, cuan- do ésta se diluye o se disloca, los ciudadanos se ven tentados a re- currir a formas de pensamiento prerracionalistas. Se vuelven hacia la superstición, lo esotérico, lo ilógico, y están dispuestos a creer en varitas mágicas capaces de transformar el plomo en oro y los sapos en príncipes. Cada vez son más los ciudadanos que se sienten ame- nazados por una modernidad tecnológica brutal y se ven impelidos a adoptar posturas recelosas antimodernistas».

Pensamiento Crítico En una entrevista realizada por el periódico La Voz de Galicia en septiembre de 2005 a Eudald Carbonell, arquéo- logo, geólogo y codirector de las excavaciones de Atapuer- ca, éste comentaba: “la humanización no es sinónimo de hominización. La primera aún está por conseguir y sólo se alcanzará con el pensamiento crítico”. Una gran frase de un gran cientíco humanista, que cuando le preguntan si es creyente contesta que no, que él es “pensante”. A este respecto comenté en una columna el 17 de no- viembre de 2005 en el periódico Diario de Noticias:

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«Nos creemos humanizados, reyes y reinas de la Creación, pero convivimos tan tranquilos en nuestra cción con las realidades de los cuatro jinetes: la muerte, el hambre, la peste y la guerra campan a sus anchas con impunidad. Realmente pasamos por la vida sin preguntarnos apenas los porqués, ni los cómos, y menos los para- qués. Tragamos con lo que nos venden, sobre todo si lo presentan en la televisión, ese objeto de culto que llena nuestras vacías vidas (salvo cuando vamos a disfrutar del ocio a los centros comerciales a que nos vendan otras cosas, más bien las mismas). Somos corde- ritos sumisos y complacientes, monos hominizados, pero no verda- deramente humanizados. Para eso hay que trabajar y no basta con la fe, por más que nos dijeran que movía montañas. Para levantar edicios, el edicio de una civilización realmente humanizada, hay que apostar por el pensamiento crítico. Lo demás, son creencias, ideologías y adoctrinamientos varios con que nos someten. Así que ¡a pensar!, que no produce enfermedades, salvo el dolor de saber cuánto nos queda por mejorar antes de podernos sentir orgullosa- mente humanos».

Defender la razón y la racionalidad, reivindicar un pen- samiento crítico que permita la discusión y el análisis de las realidades, frente al pensamiento único y los dogmas de la autoridad, la corrección o la moda, no resulta tarea sencilla. El lósofo Peter Facione, en su ensayo Critical Thinking: What It Is and Why It Counts (originalmente es- crito en 1992, pero con actualizaciones posteriores. La úl- tima, de 2007, se puede encontrar en: http://ctac.gmu.edu/ documents/facione%20what&why2007.pdf) presenta una denición casi canónica de lo que se entiende por “pensa- miento crítico”:

«Entendemos el Pensamiento Crítico como un juicio autorregula- do y con propósito que conduce a interpretación, análisis, evaluación e inferencia; así como a la explicación de la evidencia, concepto, metodología, criterio o contexto sobre el que se basa ese juicio».

El Pensador Crítico ideal es habitualmente inquisitivo, bien informado, de raciocinio conable, de mente abierta, exible, evalúa con justicia, honesto en reconocer sus prejui- cios, prudente para emitir juicios, dispuesto a reconsiderar, claro con respecto a los problemas, ordenado en materias complejas, diligente en la búsqueda de información rele- vante, razonable en la selección de criterios, enfocado en investigar y persistente en la búsqueda de resultados que

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sean tan precisos como lo permitan el tema, la materia y las circunstancias de la investigación”. En nuestro país, desde hace más de 20 años, ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (www.escepticos. org), una asociación sin ánimo de lucro que proviene de lo que se llamó originalmente Alternativa Racional a las Pseudociencias, intenta, precisamente, defender esta forma de analizar la realidad. Gran parte de nuestro trabajo se ha venido realizando en la crítica a la proliferación de pseudociencias, pero también de otros fenómenos sociales y mediáticos. La revista El Escéptico recoge contribuciones en este sentido, y en los dos últimos años hemos lanzado una colección de libros con la Editorial Laetoli (www.laetoli.net) bajo el título de “¡Vaya Timo!”, en la que muchos de estos temas son presentados, especícamente para un público juvenil, como un alegato en contra de que nos vendan fraudes y nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino. Paralelamente, intentamos ir produciendo materiales (una publicación denominada escolARP) que faciliten en la escuela la reexión crítica sobre temas controvertidos (algo que ha sido precisamente el meollo) de estas III Jornadas de Reexión. Nadie duda de que las necesidades educativas que tie- ne una sociedad tan tecnológicamente desarrollada como la nuestra requieren dar un aporte de conocimiento y di- vulgación de la ciencia cada vez mayor, especícamente pensando en el mundo de la educación. A la vez que se realizan importantes inversiones públicas y privadas para investigación, y aunque siga pareciendo que debe ser mayor el esfuerzo en este sentido, es cierto que cada día hay más medios para hacerla más fácil a los estudiantes; por otro lado, gente que apenas ha tenido acceso a una educación puede hoy día disfrutar de los numerosos experimentos que ofertan los museos de la ciencia, y de un creciente sector de la divulgación e información sobre ciencia y tecnología en los medios de comunicación. Tanto dentro de la enseñanza formal como de la no reglada, comienza a haber una oferta amplia de posibilidades con las que acercar los mundos, de- masiado separados, de la ciencia y la sociedad en general.

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Sin embargo, de forma paralela, sigue existiendo una amplia comunicación sobre cuestiones que tienen una muy dudosa abilidad desde el punto de vista de la ciencia. Po- dríamos catalogar estos temas como pseudocientícos, irra- cionales o “paranormales” incluso, en un sector temático que abarca en cualquier caso muchos más ámbitos de los que solemos asociar a esas palabras. Pero no sólo estamos hablando de chiaduras como las visitas de extraterrestres en platillos volantes o apariciones fantasmales en edicios abandonados, sino que también vemos una amplia acogida anticientíca en temas de mayor relevancia, como los rela- cionados con la salud o el medio ambiente. Estamos con- vencidos de que no hay que olvidar que la enseñanza de las ciencias está unida al fomento del pensamiento crítico, tan- to para conocer cómo funciona el método cientíco como para llegar a entender cuándo se está infringiendo el mismo hasta el punto de llegar a un fraude. Así, se da la paradoja de que enseñamos el número de átomos que debe haber en una disolución mientras se le da pábulo a una homeopatía cuyos números no cuadran. En el aula se habla de amplitud, periodo, y longitud de onda mien- tras en la calle cunde el pánico a las antenas de telefonía móvil; y aún se nos pide respeto por las teorías creacionistas cuando aparece en los libros la teoría de la evolución. Es- tamos dando una formación cientíca que debería aplicarse en los colegios de médicos, o en las reuniones de vecinos; y cuyo desconocimiento deja a enfermos en las peligrosas manos de un curandero o impide la correcta aplicación de un bien necesario como es la red de telefonía móvil. Y no sólo en el mundo educativo. El principal elemento que impide un análisis crítico, esa discusión honesta que defendía Facione, es la propia avalancha de información que nos llega dirigida desde los medios de comunicación.

La cultura veraz Hace ahora dos años, en noviembre de 2005, ARP-So- ciedad para el Avance del Pensamiento Crítico promovió un MANIFIESTO POR LA CULTURA VERAZ en el que los más de quinientos rmantes de nuestro país hacían una re- exión desde el pensamiento crítico a lo que nos venden

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los medios de comunicación, a veces bajo el marchamo de “entretenimiento”. Reproduzco unos cuantos párrafos del mismo porque estimo que es conveniente este apunte para una reexión que aspira el retorno a la cordura. La evolución de la sociedad depende de su cultura y, en nuestros tiempos, buena parte de esta depende de los me- dios de comunicación, que deben, por tanto, presentar la realidad de forma correcta, utilizando los hechos y razo- nando a partir de ellos. Evidentemente, los razonamientos relativos a la política, a las actuaciones de los gobiernos y, en general, los hechos relativos a la sociedad, son incom- pletos y su análisis suele llevar incorporado un cariz sub- jetivo que depende de la persona que hace el análisis. Sin embargo, cuando se seleccionan los hechos y se mezclan con la nalidad de obtener una conclusión, el resultado es manipulación. Cuando hablamos de otro tipo de conocimientos, como los históricos, los técnicos o los cientícos, la actitud ante los hechos cambia: la ciencia, la tecnología, la historia o la lingüística se basan en el análisis sin prejuicios de los hechos. Pero, de igual forma que el análisis debe realizarse sin prejuicios tampoco debe hacerse desde la especulación:

los métodos planteados por las distintas ramas del conoci- miento han permitido, permiten y permitirán que nuestro conocimiento crezca. En los últimos años hemos ido descubriendo cómo mu- chos medios se desviaban hacia la manipulación política, hacia programas pseudocientícos que no sólo no aportan cultura a la población sino que la proveen de datos o análisis maniestamente erróneos o contrarios a los hechos cono- cidos, de los que se deducen teorías evidentemente falsas. Estas falsas especulaciones basadas en datos seleccionados y manipulados son una de las fuentes de la incultura. La mayoría de los medios de comunicación han caído en la creación de programas o secciones pseudoculturales o pesudocientícas: secciones de ocultismo o astrología, programas o documentales pseudocientícos, en los que no se salva ninguna de las ramas del conocimiento. Así, asisti- mos a programas que manipulan la historia, periódicos que dan pábulo a las predicciones de los astrólogos –no sólo en

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secciones sino en artículos– pseudohistoriadores que fal- sean o se inventan datos para obtener benecios, programas televisivos que con el n de crear un misterio son capaces de obviar la realidad.

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En este país tan carente de formación cientíca, con una clara pérdida de cultura media en la población y con una carencia crónica de programas de divulgación del conoci- miento entretenidos, la existencia de este tipo de programas no sólo no incrementa la cultura media de la población sino que la disminuye a través de datos erróneos o de especula- ciones absurdas. La nalidad de este mundillo de lo miste- rioso, lo paranormal, la ciencia o la medicina «alternativas» necesita de una población desinformada para obtener de ella lo que pretende: benecios económicos. En estos programas habría que recordar el principio de economía que enunció Hume hace mucho tiempo y que puede resumirse como: «las armaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias». ¿Qué signica esto? Pues que si en uno de estos programas se arma haber visto una vaca, no hace falta aportar prueba ninguna pues es un hecho cotidiano; si se arma haber visto una vaca corriendo a 60 km/h, es necesario aportar pruebas porque probable- mente esa vaca tenga el récord de velocidad vacuno; y si lo que se arma es haber visto una vaca volando por sus pro- pios medios, hay que aportar pruebas extraordinarias que respalden tal armación. Así se ha comportado siempre el avance del conocimiento. Una frase para la reexión sería: “el conocimiento os hará libres”. En esta conferencia de clausura de las III Jornadas de Estudio, Reexión y Opinión sobre Violencia, quiero, pre- cisamente, defender esos criterios de racionalidad –y razo- nabilidad–, hacer apología de una cultura veraz, crítica, que nos permita, como ciudadanos de este nuevo siglo, defen- dernos de esa violencia desenfocada de la que somos víc- timas. No podemos permitirnos el aborregamiento y caer,

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como se dice en la Introducción a estas jornadas, en “la desinformación, la rumorología y la superchería barata”. Ahora bien, ¿estás dispuesto a trabajar por recuperar esa cordura ciudadada, democrática y de progreso? El trabajo que tenemos por delante es arduo, pero estoy convencido de que merece la pena intentarlo. Las alternativas son de- masiado odiosas ...

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CAMBIO CLIMÁTICO EN LOS MEDIOS. VERSIONES EN LA CULTURA POPULAR.

por

MANUEL BARRERO RODRÍGUEZ

MANUEL BARRERO, nació en Zamora en 1967. Licenciado en Ciencias Bio- lógicas y doctorando de Ciencias de la Comunicación, por la Universidad de Sevilla en ambos casos. Actualmente desarrolla una tesis sobre Prensa satírica, humor gráco e historieta en Andalucía. Es funcionario público, labor que ha compaginado con la de redactor y asesor editorial –y eventual editor– en el departamento de cómics de Planeta DeAgostini (1989-2002). Ha sido coordinador de la publicación El Tebeo Veloz (2000-2001, Madrid) y dirige y gestiona la revista electrónica www.tebeosfera.com desde 2001, úni- ca publicación especializada en textos académicos sobre historieta y humor en español en la actualidad y referente internacional para estudiosos e investiga- dores. También coordina el weblog de noticias Tebeosblog (http://tebeosfera. blogspot.com) desde 2005. Viene pronunciando conferencias y escribiendo textos de crítica y estudio de la historieta y el humor gráco desde 1988 en diferentes medios nacionales e internacionales: International Journal of Comic Book Art, Revista Latinoame- ricana de Estudios sobre la Historieta, Mundaiz, Quevedos, Criminoticias, Ere- bus, Yellow Kid, Trama, etc. Entre los libros en los que ha colaborado o escrito destacan: El señor del tiempo por Alan Moore (Global, Valencia, 1996), La mirada innita por Barry Windsor-Smith (Planeta, Barcelona, 2000), Homenaje por Víctor de la Fuente (Recerca, Mallorca, 2003), El terror en el cómic (Pedro J. Crespo: Comunicación Social, Sevilla, 2003), Gran enciclopedia andaluza (Universidad de Sevilla, 2004), Tebeosfera (Astiberri, Bilbao, 2005) y Reinos Heroicos: El cómic de fantasía heroica (en prensa).

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Resumen

E L debate sobre el cambio climático que tiene lugar hoy en los medios de comunicación responde a una evolución de un paradigma no resuelto, en el cual

los propios agentes autorizados para emitir dictados (los cientícos) no han llegado a un consenso. Precisamente por esta razón la cuestión ha generado corrientes ideológicas de presión que han adoptado posturas encontradas, los que deenden una visión cerrada y pesimista sobre las condi- ciones climáticas en nuestra atmósfera y los que abren una puerta a la esperanza refutando los datos de los anteriores. En los medios, también se opera esta dicotomía, pero multi- plicada por los voceros alarmistas y las cciones o dramati- zaciones exageradas, que en la novelística y el cine alcanza cotas de elevado pesimismo y, en los cómics, de ingenuo optimismo.

La hipótesis del cambio climático

En los últimos años el clima y sus transformaciones a escalas regional y global han despertado gran interés entre la comunidad cientíca y, también, entre la población, lo que se denomina opinión pública. Tal es así que cualquier episodio meteorológico no ajustado a la normalidad admi- tida en un contexto de población, urbano o social, viene siendo adjudicado al llamado “cambio climático”, un cons- tructo semántico que tiene un signicado sencillo pero que se acompaña de un nutrido y complejo paquete de connota- ciones. Entre estos elididos tenemos los referidos a escala global, como el “efecto invernadero”, el “manto contami- nante”, el “agujero de ozono”, el “fenómeno El Niño, el huracán Paulina y otros”, la llamada “desertización”, inun- daciones, desprendimientos de iceberg en la Antártica, la retirada de las morrenas glaciares, el acusado calor veranie- go, el “invierno templado”, las heladas tardías, los aguace- ros y granizadas recientes, etc., etc.

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El debate social se ha agudizado tanto que se han sepa- rado dos ramales de opinión nalmente situados en polos opuestos: están los que conciben la presencia del hombre en la tierra como un cáncer que está convirtiendo el plane- ta en un inerno inhabitable, algunos de los cuales militan en asociaciones ecologistas, y están los que adoptan una postura de pasividad convencidos de que el futuro no será en absoluto desastroso. La responsabilidad de arrojar luz sobre la dicotomía ha recaído en los cientícos, que incapa- ces de aportar, en ocasiones, conclusiones rotundas sobre la relación causa-efecto tras analizar un enorme volumen de datos, simplican sus mensajes de modo que los medios de comunicación y, luego, el público los entiendan, pero eso ha generado la convicción de que existe una estrecha relación entre los gases emitidos por el hombre a la atmósfera y el calentamiento incrementado de la misma, por citar el caso más conocido. De otro lado, el ecologismo mal entendido, el politizado y mediatizado, bordea la consideración de fun- damentalismo, pues deende contra viento y marea unos asertos, casi dogmas, no demostrados cientícamente. Finalmente, los medios de información y comunicación social, sobre todo la televisión, han alzaprimado el alar- mismo y las manifestaciones meteorológicas espectacula- res poniéndolos en relación con el supuesto cambio global del clima. Las razones que impulsan a los informadores a establecer estas comparativas parten generalmente de un desconocimiento general de los mecanismos que gobiernan el clima, la geomorfología, las transformaciones de la ecos- fera y las implicaciones reales, medidas, de las emisiones humanas a la atmósfera. De un análisis de la evolución del conocimiento cientíco sobre lo que llamamos cambio cli- mático se alcanza a comprender la postura de los comuni- cantes de los medios sobre este tema particular, tanto en su vertiente informativa como en su aprovechamiento para el divertimento y la dramatización.

El hecho cientíco y los informes ociales. La denición de “cambio climático” adoptada en Nueva York, en la ONU, en 1992, es la de cambio en los climas de la Tierra atribuido exclusivamente a la actividad humana.

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Es una expresión redundante, porque el clima en sí mismo es un proceso complejo que implica cambio y gracias a ese cambio existen los climas; de hecho, la climatología es la ciencia que estudia los variados cambios climáticos zonales en el seno del sistema atmosférico. Para ser más concretos habría que hablar de cambio en el balance energético del planeta, pues climas hay muchos y diferentes en nuestra atmósfera, y los cambios no se producen de modo globali- zado sino por sectores y de forma uctuante. Los cambios climáticos en el seno de nuestra atmósfera son muy varia- dos y de muy diferentes entre los ámbitos local y global. No es correcto, entonces, hablar de “cambio climático” como una posibilidad singular, sino como un sumatorio de trans- formaciones climáticas cuyo origen puede deberse a razo- nes naturales o a la intervención de los seres vivos. El cambio climático más sorprendente y radical del que tenemos conocimiento fue ocasionado por unos pequeños organismos, los cianotos o algas verdeazuladas, que du- rante el período precámbrico (eón proterozoico), hace más de 3.000 millones de años, contribuyeron al desarrollo de la vida al transformar la atmósfera primitiva terrestre. Aquella atmósfera se hallaba muy cargada de dióxido de carbono y las constantes emisiones de oxígeno resultante de la fo- tosíntesis operada por estas cianofíceas aumentó la tasa de concentración de oxígeno atmosférico, lo cual permitió la creación de una capa superior de ozono, más densa, que posibilitó un calentamiento de la atmósfera. No olvidemos, también, que casi todo el oxígeno que en la actualidad se encuentra libre en el aire procede de la combinación fo- tosintética de dióxido de carbono y agua. Hace unos 570 millones de años, el contenido en oxígeno de la atmósfera y los océanos aumentó lo suciente como para permitir la existencia de la vida marina y, 150 millones de años des- pués, la vida terrestre de animales y plantas –que a su vez produjeron más oxígeno-, pues la tasa de oxígeno respirable era saludable y la temperatura media se había estabilizado gracias a una suerte de efecto invernadero generado por la combinación de la presencia de vapor de agua en la atmós- fera junto a los gases emanados de las cianofíceas y otros seres fotosintéticos. Es decir, que la atmósfera comenzó a

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comportarse como un espacio cerrado, que permitía la en- trada de parte de la radiación solar y acumulaba radiación de onda larga en forma de calor. Gracias a ello, disfrutamos de una temperatura media de entre 15 y 17ºC en la super- cie terrestre; de no ser por todo este proceso descrito, sería de -18ºC. Con la evolución de la biosfera y debido al reparto de masas de tierra y agua sobre la supercie del planeta, fue generándose un sistema estabilizado en el que interactua- ban un ciclo del carbono (las plantas lo toman del CO2 y expelen oxígeno, los animales captan C de las plantas y consumen oxígeno, y gran parte acaba sumido por absor- ción en suelos y fosas oceánicas), un ciclo del oxígeno (los animales y plantas lo intercambian por CO2), un ciclo del vapor de agua (que por evaporación y condensación forma nubes y se precipita como nieve o agua de nuevo), también ciclos asociados al metano, el nitrógeno y otros gases, y ci- clos en los que intervienen el movimiento de masas gaseo- sas debido a su diferente densidad y temperatura (vientos) y al desplazamiento de volúmenes de agua (por diferente densidad, salinidad y temperatura). Los cambios climáticos más acusados provienen de las perturbaciones que este sistema sufre por razones globales, a escalas planetaria y extraplanetaria: los ocasionados por la posición del planeta con respecto al sol, en su excentri- cidad orbital (en la eclíptica en torno al astro rey), en su albedo (la inclinación del eje de rotación) y en su precesión (o giro en torno a su propio eje). Estos fenómenos astronó- micos han afectado y afectan enormemente al clima sobre la tierra, y aparte de ser los responsables de los períodos y eras glaciares, también lo son de las franjas temporales de estío o de enfriamiento a lo largo de los siglos, de la for- mación localizada de zonas desérticas, tropicales o polares y, lo más importante para nosotros, del surgimiento de la especie homo sapiens (las migraciones de los póngidos del género homo o próximos a este género que hallaron ecoto- pos más benignos para la evolución de nuestra especie con posterioridad fueron posibilitadas por cambios climáticos ocurridos en la zona ecuatorial). Hace 8.000 años concluyó el último máximo glaciar, y en aquel entonces la estirpe

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humana se localizaba en la zona tropical debido a que las temperaturas medias del planeta eran del orden de siete gra- dos centígrados inferiores a la actualidad (casi toda Europa se hallaba cubierta de hielo). Durante el llamado Período Atlántico (años 6.000 a 4.000 a.d.C.) se produjo un calenta- miento global y un aumento de la humedad. Los paleólogos y antropólogos han estimado que por entonces, al implan- tarse el anticiclón de las Azores, el Sahara se desertizó pero al mismo tiempo se reorganizó la circulación atmosférica de modo que los primitivos agricultores adoptaron técnicas de regadío y mejoraron la explotación, todo lo cual permitió el orecimiento de las civilizaciones del valle del Nilo. Desde entonces hemos experimentado un incremento de la temperatura global constante sólo interrumpido por algunas pulsaciones frías. Por ejemplo, entre los años 900 y 350 a.d.C., cuando se revitalizaron los glaciares alpinos. Por ejemplo durante la llamada Pequeña Edad de Hielo (de 1550 a 1850, aproximadamente), período durante el cual la temperatura descendió hasta 2ºC, experimentándose vera- nos cortos y húmedos y sequías e inundaciones de carácter extremo. Desde que en 1880 comenzara la etapa instrumen- tal (llamada así por disponer datos analíticos sobre el clima) se ha estimado que hemos sufrido un calentamiento global de hasta 0,6ºC hasta 1950, un enfriamiento entre ese año y 1970, y un calentamiento desde 1970 hasta la actualidad. Pero a escala geológica y según los registros paleoclimáti- cos nos corresponde, a continuación, vivir un nuevo perío- do glacial de 100.000 años, que no sabemos exactamente cuándo va a comenzar. Otros factores a tener en cuenta a escala global son los del incremento de la fuerza magnética que está implicada en el desarrollo de la cobertura nubosa de la Tierra, la varia- ción de la actividad solar en los periodos en los que apare- cen manchas solares y la actividad volcánica y la asociada a la dinámica de placas tectónicas. Por lo que se reere a los océanos, más susceptibles de sufrir una intervención no li- gada a los procesos naturales, en ellos se operan un conjun- to de corrientes dependientes de la salinidad de las aguas, su temperatura y su contenido en dióxido de carbono, lo cual genera “oscilaciones” climáticas como el fenómeno tristemente conocido como El Niño.

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La intervención del hombre en los cambios climáticos se reere fundamentalmente a sus aportes de gases a la atmós- fera, sobre todo dióxido de carbono, que han contribuido al llamado efecto invernadero, contando a partir de 1975 aproximadamente. Las mediciones de la concentración de CO2 en la atmósfera arrojan unos datos de 280 partes por millón en un volumen de aire para el período justamente anterior al inicio de la revolución industrial en Europa. Esta cantidad se incrementó hasta 315 ppmv en 1958, y hasta 355 ppmv en 1998; hoy se toman como referencia las 379 ppmv medidas en 2005. Aunque el CO2 sólo constituye el 0,0355% del volumen total de aire en nuestra atmósfera (o sea, que el 97’5% de ese volumen no recibe agresiones por nuestra parte), la aportación de CO2 que el hombre realiza anualmente es de un billón de kilogramos, y aumentando. Veamos cómo hemos ha evolucionado nuestra preocupa- ción por estos registros:

Svante Agust Arrhenius publicó en 1896 un trabajo cien- tíco en la revista Philosophical Magazine que ya advertía de la quema masiva de combustibles fósiles, que había co- menzado a usarse de manera sistemática desde 1870, fecha tomada como arranque de la Revolución Industrial y que marca el inicio de la era moderna de nuestra civilización. En aquel trabajo, “On the Inuence of Carbonic Acid in the Air upon the Temperature of the Ground”, Arrhenius ad- vertía sobre un hipotético “efecto invernadero” que podría alterar el equilibrio radiactivo de nuestra atmósfera, donde se mantiene una temperatura media en función de que una capa de gases alojados en la troposfera permiten la entrada de cierta cantidad de radiación solar pero sólo permiten la salida de un 30% con posterioridad. Pero su estimación pre- cedía un aumento de la temperatura a escala global a 3.000 años vista y no trascendió a la opinión pública. En 1957, la Organización Meteorológica Mundial, en el marco del Año Geofísico Internacional, tras el descubri- miento de una menor densidad de ozono estratosférico (por GORDON DOBSON, en 1956), estableció un programa de vi- gilancia atmosférica de las medidas de ozono estratosférico y del porcentaje de dióxido de carbono en el aire, todo ello desde el observatorio de Mauna Loa y durante la década si-

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guiente. Sus datos recogidos durante un decenio generaron cierta alarma entre un grupo de cientícos y consejeros de la seguridad nacional americana. En 1964, el gobierno estadounidense creó la Task Force, una comisión especial para estudiar el ciclo de carbono a escala global y su incidencia sobre la biosfera. 1974, la UNESCO editó un libro en el que Hubert H. Lamb recordaba que la tendencia de las temperaturas tota- les en nuestro planeta derivaban hacia un enfriamiento, no hacia un calentamiento. Incluso la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia alertó a los poderes públicos sobre un posible tránsito rápido a una nueva glaciación. El mismo año, los cientícos Sherwood Rowland y Ma- rio Molina alertaron sobre la destrucción del ozono estra- tosférico e impulsaron a la Organización Meteorológica Mundial a publicar una declaración sobre aquel trastorno de la denominada “capa de ozono”. En 1975, el satélite Nimbus 7 detectó el mal llamado “agujero de ozono” y, tras algunos experimentos dirigidos a detectar la razón de este bajo porcentaje de ozono atmosférico, la OMM emitió un informe en 1978 culpando a algunos productos tales como los hidrocarburos policlorados o poliuorados (freones o TFC), que liberados en la atmósfera reaccionan con el ozo- no destruyéndolo. En 1978 se creó el Programa Mundial del Clima para conocer mejor el comportamiento y evolución de la clima- tología del planeta. En mediciones tomadas a partir de 1982, el investiga- dor japonés Sigeru Chubachi detectó una disminución de 70 unidades Dobson en la capa de ozono, de 300 a 230 uni- dades. 1985 fue el año en que se rmó el Convenio para la Pro- tección de la Capa de Ozono. También, se alertó en la Con- ferencia de Villach sobre la duplicación de la concentración de CO2 en la atmósfera para el año 2030, de lo cual se de- rivaría un aumento de temperaturas entre 1,5 y 4,5 grados centígrados y una elevación del nivel del mar entre 20 y 140 centímetros. En el Protocolo de Montreal, celebrado en 1987, los asis- tentes se comprometieron a reducir a la mitad la emisión de

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CFCs y halones a la atmósfera, lo cual se reforzaría en 1990 con el compromiso a dejar de fabricar estos productos hasta 2005 (para los países del Tercer Mundo hasta 2015). En 1987 los medios de comunicación comenzaron a mostrar mayor interés por el cambio climático como algo “noticiable”. Time puso al calentamiento global (global warming) en portada, convirtiendo lo que era una hipóte- sis de trabajo cientíca en un aserto incuestionable para los ciudadanos y en eslogan para grupos ecologistas. En 1988 tuvo lugar un punto de inexión en Ginebra, en noviembre, en el marco del Programa de Naciones Uni- das para el Medio Ambiente, PNUMA. Si hasta entonces los que habían investigado sobre las transformaciones del clima habían sido cientícos no ligados a los gobiernos, desde la ONU se impulsó la creación de un organismo cien- tíco de evaluación de todo lo publicado sobre el cambio climático con participación activa de los gobiernos, el In- tergovernmental Panel on Climate Change (Simposio Inter- gubernamental sobre el Cambio Climático podría ser una traducción ajustada; en adelante, IPCC). Se marcaron como objetivo elaborar un informe consensuado por cientícos para 1990-1991, y en este Primer Informe de Evaluación se advertía un incremento de las temperaturas globales entre 0,2 y 0,5 grados centígrados por decenio (IPCC, 2000). En 1992, se celebró la una segunda conferencia de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janei- ro, la Cumbre de la Tierra, que emitió una declaración de intenciones sobre la necesidad de estabilizar las concentra- ciones de gases de efecto invernadero (GGEI) en la atmós- fera. Se quedó en declaración de intenciones como pasó con otra conferencia similar celebrada en Berlín en 1995, donde quedó en evidencia la posición encontrada de los países in- dustrializados (sobre todo EE.UU, Alemania y Reino Uni- do), que no admitían una reducción mayor del 10% en sus plantas industriales. También chocó con los intereses de los grupos ecologistas, que exigían una reducción mínima del 20% de las emisiones para el año 2005. En 1995, el IPCC emitió un segundo informe sobre el cambio climático desde Suiza en el cual reforzaba la hipó- tesis del origen antropogénico. No obstante, revisaban las

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cifras de su informe anterior y ahora estimaban la tasa de calentamiento en 2 grados para el año 2100, en vez de los 3,5-4 antes predichos, y el aumento del nivel del mar en 50 centímetros para esa fecha (de mantenerse el ritmo de emisiones de GGEI entonces vigente). Al año siguiente, en un avance del que sería su próximo informe, el IPCC alertó sobre la desaparición de playas e islas en todo el globo y sobre el deshielo de los casquetes polares, lo cual tuvo gran repercusión en los medios de comunicación social. La III Conferencia de las partes de la Convención del Clima en Kyoto, Japón, celebrada en 1997, se planeó para adoptar una decisión nal sobre las emisiones de GGEI. Pero los países más industrializados se mostraron reticentes a rmar un acuerdo de no emisión, sobre todo EE.UU, por considerar inaceptables las condiciones y los porcentajes de reducción (de un 5% a un 15% para 2010, dependiendo del país). Un documento que ayuda a comprender de forma elemental lo adoptado por la ONU y en Kyoto es el emitido por el PNUMA (1999), que evidencia la falta de certezas sobre la peligrosidad de las previsiones y muestra que su apoyo por el llamado “desarrollo sostenible”, o desarrollo económico posible de mantener a largo plazo, no establecía modos para atajarlo. Con el informe de evaluación emitido por el IPCC en 2001 la consideración general cambió, fundamentalmente porque implicaba en su valoración aspectos socio económi- cos políticamente relevantes. Si antes no se admitía como rotunda la elevación global de la temperatura y tampoco se aceptaba al pie de la letra la relación entre el aumento de GGEI y el aumento térmico del planeta, ahora existía más unanimidad sobre ciertas variaciones ocurridas hasta hoy: 1, aumento de la temperatura global durante el siglo XX en 0,6ºC, siendo 1998 el año más cálido del siglo; 2, dis- minución de la extensión de nieve, un 10%, y ascenso del nivel del mar entre 0,1 y 0,2 metros, a la par que se observa un incremento caloríco del mar; 3, las precipitaciones han aumentado entre un 0,5 y un 1% en latitudes meridionales. Hasta un 0,3% en los trópicos. Fenómenos como El Niño se han intensicado; 4, siguen aumentando las concentra- ciones de GGEI. Las de CO2 en torno a un 0,4% anual, si

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bien han descendido las de los CFC y han aumentado las de ozono en la troposfera; 5, poca inuencia del volcanismo y marcada inuencia antropogénica (IPCC, 2001a y 2001b). El mismo grupo de trabajo del IPCC elaboró un Cuar- to Informe de Evaluación con correcciones que abarcaban hasta febrero de 2007, en el cual estas cifras adquirieron un carácter más marcado y se expusieron unas tendencias futuras siempre dentro de un marco probabilístico:

A, calentamiento medio global de más de 1ºC previsto para 2100 B, intensicación de la retracción de los glaciares, del deshielo polar, de las precipitaciones en general y de los ciclones tropicales C, ralentización de la circulación termosalina en el At- lántico Norte. D, en caso de que se adoptaran las medidas propuestas en Kyoto, en 2100 podría estabilizarse el aumento de tem- peratura en 0,5ºC y la elevación del nivel del mar entre 0,3 y 0,8 metros. Este último informe del IPCC ha presidido el debate pú- blico y político sobre el cambio climático, quedando todos emplazados hasta la emisión de un nuevo informe previsto para noviembre de 2007.

Interpretación y posturas cientícas encontradas Durante los primeros años del siglo XXI e incluso hasta recientes fechas se ha insistido en que es necesario rede- nir el cambio climático desde su conceptualización como paradigma cientíco (THIELEN, D.R. y LAIRET CENTENO, R., 2007: 173). Es decir, de los informes del Nacional Research Council de 1980 a 1999 y los más vinculantes de el IPCC de 1990 a 2007, se obtiene la conclusión general de que el clima está cambiando y continuará haciéndolo, con o sin inuencia del hombre. Lo que nos interesa valorar, eviden- temente, es si ese cambio será lo sucientemente gradual como para reajustar nuestro modelo de vida a él. Gran parte de las alarmas despertadas entre la comuni- dad cientíca en lo relativo al cambio de la vida en la tierra como consecuencia de un desbarajuste climático proceden del informe de Schwartz y Randall presentado en octubre

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del año 2003 ante el Departamento de Estado de los EE. UU, en el que se advertía sobre las gravísimas implicacio- nes de los cambios en los climas del todo el mundo para la seguridad nacional de ese país en concreto; denieron, en realidad, un escenario de guerra. Esta visión era, y es, consecuencia de analizar los impactos climáticos o meteo- rológicos como cambios drásticos, cuando en realidad los patrones climáticos de antaño se observan delimitados por nuestra experiencia y por nuestra historia ecológica, con lo que adquieren un nuevo rango o relevancia. Así, un fenó- meno como El Niño puede parecernos más violento que an- tes no solamente por la ocurrencia de un desfase del clima, también por la percepción que sobre su actuación tenemos y en función de los diferentes asentamientos humanos que hoy hay donde antes no existían. Existe una correlación muy clara entre la cuantía y efectos de los desastres y el nú- mero de pobladores o poblaciones nuevas en lugares antes no habitados; la vulnerabilidad aumenta en tanto el territo- rio está más ocupado y más alejado se halla de los núcleos de población mejor urbanizados (VIÑAS, 2005: 80). Algo similar pasa en lo relacionado con la extinción de especies. La alarma entre los ecologistas salta cuando una especie de mamífero o ave muere a causa de la actividad humana. Se ha estimado que en los últimos dos milenios han desaparecido una cuarta parte de todas las especies aví- colas. Mas en este recuento no se tienen en cuenta las bajas en otros órdenes animales, desde hongos y bacterias hasta insectos, pues parece no preocupar tanto la desaparición de medusas y otros celentéreos, anélidos o platelmintos, los octópodos, y no digamos ya los protozoarios, tan importan- tes o más que los demás del ecosistema global. No obstante, Swartz y Randall (2003) armaban en su informe que la especie más vulnerable del planeta era la homo sapiens de- bido a la superpoblación, que resentía la capacidad de carga del sistema. La resistencia a cambiar de opinión en el seno de la comu- nidad cientíca es más fuerte que el habitual inmovilismo del humano en general. Los académicos que han construi- do sus reputaciones sobre estudios y armaciones que han alcanzado cierto reconocimiento se resisten fuertemente

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a cambiar de opinión; más si ven los trabajos de los que opinan de manera contraria a ellos como un repudio de sus propias investigaciones. Esto, que es lo que ha generado la gran disensión sobre el cambio climático, nos afecta nega- tivamente en el sentido de que no se lucha por llegar a un objetivo común sino por aanzarse en posturas radicales. Merece la pena recordar también el factor asociado a otro paradigma, el de la exención del ser humano, estudiado por disciplinas nuevas como la sociología ambiental. Tra- dicionalmente se ha entendido que nuestra especie, por sus excepcionales características, ha estado “exenta” de cons- tricciones ecológicas, cuyos procesos sociales han quedado “aparte” o “por encima de” la biosfera. El nuevo paradigma ambiental o ecológico surgió tras los estudios de Dunlapp y Catton a nales de los años setenta (AYESTARÁN ÚRIZ, 2004:

113), francamente tarde, y coincide con las primeras alar- mas importantes sobre el cambio climático. He aquí una de las razones por las que se impulsa la investigación en este sentido y se potencia la presencia de la ecología en los me- dios de comunicación. Uno de los pronósticos más graves hace referencia a la desertización (que no deserticación, un barbarismo) de ciertas zonas antes templadas, lo cual se contempla como una hipotética secuela del cambio climático. Además, me- dios y algunos cientícos han asociado a este proceso, ya de por sí complejo, otros que no necesariamente le acompañan, como la erosión eólica, la degradación por arroyamiento, la salinización, incluso la contaminación de aguas residuales. Así las cosas, las conclusiones de las conferencias de los primeros años noventa, como la de Naibori, apuntaban ha- cia un futuro aterrador que prevenía que para el año 2200 no quedaría suelo agrícola utilizable sobre la supercie de la tierra (GARCÍA FERNÁNDEZ, 1995, citado en TOHARIA COR- TÉS et al., 1998: 83). Los modelos matemáticos que se han propuesto para estudiar el imparable proceso de desertiza- ción de la franja templada de nuestro planeta exige estu- dios más centrados en las dinámicas de poblaciones de los territorios localizados. De hecho, la supercie forestal de ciertas zonas que se consideran desertizadas no sólo no ha disminuido sino que ha aumentado (en Alicante, Almería,

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Granada o Murcia si nos ceñimos al territorio español, por poner un ejemplo llamativo) bien que colonizado por otro tipo de ecotopo, el matorral mediterráneo (MARCO MOLINA et al., 1996). Otro paradigma a tener en cuenta es el del incremento de las evidencias en función del incremento de datos. El número de ciclones computado hasta la fecha ha ido en in- cremento, pero ha sido así porque los sistemas de medición también han sido más numerosos. Si comparamos una ci- fra de magnitudes con una escala no existente de medidas previas siempre se obtendrá una predicción al alza. En tér- minos matemáticos, mediciones que no pueden compararse con otras tomadas en períodos similares, o mediciones rea- lizadas en periodos cortos de tiempo sólo arrojan “ruido es- tadístico” cuando se extrapolan a fenómenos desarrollados a escalas más dilatadas; los datos parecen ser ciertos pero están soportados por escaso o nulo rigor matemático. Los datos obtenidos hasta nales del siglo XX no apor- tan sucientes evidencias como para armar que estábamos implicados en un proceso de cambio climático, o al menos no para sostener los argumentos catastrostas que ciertos cientícos enarbolaban, si bien eran sucientes como para adoptar medidas preventivas. Las reservas sobre los conte- nidos de los informes del IPCC se fundamentan sobre todo en que se trata de predicciones basadas en modelos mate- máticos, en los cuales se tienen en cuenta muchas variables pero que no por ello son adaptables a cualesquiera de las situaciones o regiones del planeta; y más por cuanto esos modelos trabajan con patrones extraídos solamente del he- misferio norte del planeta, con lo que desestiman el efecto de realimentación que la gran masa oceánica de la mitad sur del globo tiene sobre el clima del globo terrestre. Uno de los factores que han impulsado a los detractores del cambio climático a rechazar las estimaciones de otros cientícos es el de los datos sesgados por el llamado efecto “urban isle”, o efecto urbano, que previene que los registros de temperaturas con los que se valora el incremento global de la temperatura no han tenido en cuenta el principio de incertidumbre de Heisemberg, dado que se tomaron en ob- servatorios sitos en núcleos urbanos, donde el crecimiento

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inmobiliario y el tráco rodado, así como la actividad hu- mana e industrial, genera un incremento de la temperatura sensiblemente distinto del de zonas no urbanizadas. De ahí que no admitan que desde estos registros puedan extrapo- larse datos para establecer conclusiones generales. De igual modo, los datos obtenidos por encuestas en núcleos urba- nos no deben compararse alegremente con otros obtenidos en el ámbito rural. Diferentes cientícos que trabajaron con este tipo de muestreos han concluido que las percepciones acerca de cómo se han modicado las distintas variables climatológicas coinciden en gran medida con las evidencias cientícas, pero siempre tamizadas por la propia experien- cia y, lo que es más importante, por la información que les llega a través de los medios de comunicación, preferente- mente de la televisión (vid. BERK, 1994 y BENITO et alii,

2004).

Por lo que respecta a la disminución de los hielos y la consecuente elevación del nivel del mar, el tema sigue en discusión. Hay cientícos que admiten el retroceso de los glaciares alpinos, pues puede explicarse por causa natura- les, pero no la reducción de los casquetes polares al ritmo descrito. Además, existen evidencias de que determinados movimientos orogénicos que se producen bajo la masa oceá- nica pueden elevar el nivel medio del mar a las cotas que supuestamente alcanzarían los deshielos masivos, un caso en el que no hay intervención humana. Acaso el cientíco más obstinados por demostrar que las series de mediciones de temperaturas y su correlación con los deshielos y otras presumibles consecuencias del discutible calentamiento de la tierra ha sido John Daly, cuyos comentarios y grácas, tan convincentes como las de el IPCC, pueden consultarse en www.john-daly.com y demuestran lo contrario, el enfria- miento de la Tierra. Sobre el CO2, que es el gas más polémico de todo este asunto, es cierto que la humanidad arroja a la atmósfera una cantidad de 6 petagramos de CO2 al año, que se suman a los 700 petagramos que aproximadamente contiene toda la capa atmosférica. Pero éstos 700 petagramos sólo contribu- yen al incremento del calor global con un 21%, con lo cual el aumento de temperatura debida a la presencia de CO2

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arrojado por el hombre sería de un 0,5%, o sea de 0,036ºC anuales, cifra lejana de los escenarios dantescos que nos relatan algunos voceros del calentamiento global. Claro que esto es tomar un dato aislado y aplicarlo a una generalidad. La deforestación también se tiene como un factor de primer orden en este proceso dado que reduce la actividad fotosin- tética, pero no hay cálculos precisos sobre si esta merma en la fotosíntesis queda compensada por la que aporta la ex- tensa propagación de cultivos de regadío y la proliferación de rutáceas en ecotopos anteriormente boscosos. Y tampo- co se ha calculado que incidencia sobre los GGEI tendría el incremento del aporte de oxígeno en el caso de forzar la presencia de agentes fotosintéticos. Todo este balance in- cierto contribuye al panorama de incertidumbre que sigue otando sobre el conjunto de agentes implicados en el cam- bio climático. Sea como fuere, los trabajos desarrollados por investi- gadores en ámbitos locales o regionales y que contemplan la aplicación de las exigencias del protocolo de Kyoto es- timan como inviable la estrategia pactada para Europa so- bre la emisión de GGEI, independientemente de cuestiones geopolíticas, en función del cómputo meramente aditivo entre la reducción extraterritorial de las emisiones (un 7%) y la previsión de emisiones brutas interiores (24%), que no está en consonancia con los datos del escenario básico de referencia para el caso de España, por ejemplo (Yábar Ster- ling, 2004: 247). Es decir, que incluso unas pautas a escala europea, ya no global, son de muy difícil aplicación por las características zonales concretas de cada país emisor. Para el caso de España, el objetivo de tributación y comerciali- zación de emisiones marcado por Kyoto es poco factible y supondría una “ecotasa” de entre 1.800 y 3.600 millones de euros anuales en el año 2010 (BONELL COLMENERO, 2007:

92).

Otro campo de trabajo en el que se han esforzado los cientícos desde nales del siglo XX ha sido el de las co- rrientes termosalinas (mejor que el anglicismo termoha- linas) de los océanos, en parte responsables de templar el continente europeo, y que podrían verse interrumpidas por un descomunal vertido de agua dulce en el mar en cotas

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del Atlántico Norte (si se “funde” Groenlandia). Desde la Universidad de Princeton se ha advertido que de duplicarse la concentración actual de CO2 atmosférico podría frenarse este ramal de la circulación oceánica tal y como lo conoce- mos. Pero los trabajos desarrollados sobre este proceso se circunscriben a un modelo matemático reconstruido sobre contextos virtuales cuyo comportamiento, en la realidad, depende de la evolución de muchos factores en las zonas vecinas. Así, no puede armarse tajantemente si un trastor- no en las circulaciones termosalinas en el hemisferio nor- te quedarían mitigadas o aplacadas por procesos físicos de retroalimentación que se dan en la atmósfera y responden ante cambios de gran magnitud como éste. Por ejemplo, las células de Hadley implicadas en la transmisión y reparto de calor mediante circuitos de aire y vientos podrían redistri- buir la temperatura resultante. Sobre los informes de carácter alarmante del IPCC hay que precisar que los cientícos integrantes del equipo que valora las mediciones de variaciones en la temperatura, concentraciones de gases, salinidad y nivel del mar, etc., comenzaron considerando conjuntamente en sus registros tanto la aportación del hombre al llamado efecto inverna- dero como la variabilidad natural del clima, disponiéndolo todo en el mismo saco (LEGGET, 1996: 19-52). Pese a las ad- vertencias de que esto podría sesgar los cálculos probabilís- ticos con los que se trabajaba para establecer predicciones de futuro, el IPCC ha seguido utilizando este criterio, con- trariamente a lo que se hace en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (IPCC, 2007:

2). Esto confunde a los propios cientícos, que entrelazan los datos emitidos desde diferentes fuentes dependiendo de su mayor o menor interés por destacar una cota o un riesgo concretos; como ejemplo pongamos el caso de Nieto Sainz cuando cita incrementos de medias de temperatura para Eu- ropa de 6,3ºC a 5,8ºC globales manejando los informes del IPCC (NIETO SAINZ, 2005: 28). Algunos Entomólogos, paleoclimatólogos, oceanó- grafos, físicos y otros cientícos han ido sumándose con el tiempo al bando de los descreídos del cambio climáti- co global, considerados hoy los “rebeldes de la ciencia”,

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paradójicamente. Estos autores piden mayor mesura en la interpretación de los datos y la extracción de conclu- siones, a sabiendas de que hay otro ciclo de realimenta- ción que contribuye al incremento de posturas a favor del cambio climático: el interés de los estados por reactivar la energía nuclear y el de los laboratorios por lograr subven- ciones. Algunos de estos cientícos avalan los informes del IPCC, pero ya no forman parte del simposio ginebrino por desacuerdos de fondo con sus colegas, y les acusan, a ellos y a los “periodistas medioambientales” de contribuir a una alarma global que puede ocasionar mayores catás- trofes de la pronosticadas para el hipotético calentamiento del globo.

Interpretación y difusión en los medios de información

El contraste de datos y opiniones en el seno de la comu-

nidad cientíca confunde a los medios de comunicación, que por no ser cientícos y por considerar el universo de sucesos climatológicos y meteorológicos en una misma sección de sus informativos o periódicos, han terminando asociando cualquier episodio atmosférico excepcional (un temporal, una helada, una inundación) con el cambio climá- tico y como consecuencia de él, sin necesidad de argumen- tarlo. De otra parte, obligado es recordar que el informe del IPCC trabaja constantemente con aproximaciones y verbos condicionales. Las expresiones “es muy probable”, “eleva- do grado de incertidumbre”, “son estimaciones de”, “hay una certeza grande”, etc., son traducidas por los medios in- formativos como certezas absolutas ya que provienen del consenso de un gran grupo de cientícos. La “probabilidad de tendencia futura” se convierte en la prensa y en los bole- tines emitidos en “amenaza indudable”. Para la prensa y las televisiones, la hipótesis del cam- bio climático se ha convertido en un producto del mercado cientíco que encierra intereses económicos (TOHARIA COR- TÉS: 1998, 76). Igualmente para el cine y otros medios para el entretenimiento. Hay cientícos que han convertido en axioma la relación efecto invernadero-cambio climático o la de cambio climático-desertización, y debido a su posi- ción entre los gremios universitarios, o por corporativismo,

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no cambiarán de idea incluso ante datos y análisis correctos que demuestren lo contrario. Todo lo concerniente al especto medioambiental es, hoy, un generador de iconos de fuerte inserción social. Lo “ver- de”, que antaño se asociaba a lo picante o lo erótico, desde mediados de siglo ha pasado a tener connotaciones ecoló- gicas, que por un lado actuaba en detrimento de la produc- ción industrial de bienes para el consumo pero que por otro ha adquirido el carácter de etiqueta distintiva de productos de calidad y del agrado de los consumidores. Estos nuevos productos “respetuosos con el medio ambiente” se siguen fabricando usando sistemas contaminantes y en mayores cantidades, así que su presunto efecto muníco queda eclip- sado por la imparable producción en cadena. Se han puesto de maniesto numerosos problemas ha- llados en el análisis económico convencional aplicado en la evaluación de las políticas de mitigación del cambio cli- mático causado antropogénicamente, denunciando que las recomendaciones de una menor agresividad en las políti- cas de mitigación se han exagerado (PADILLA ROSA, 2002:

28-30). El análisis económico convencional se ha utilizado para legitimar y justicar de modo seudocientíco la no re- gulación del sector energético. Para el manoseado concepto de “desarrollo sostenible” no se puede dar una respuesta, ni aproximada, usando solamente una ciencia aislada, hay que implementar un conjunto de factores y herramientas. De otro lado, las políticas económicas de aplicación para cada zona o Estado dieren. Esto es así porque un calentamiento a pequeña escala no tendría un impacto económico relevan- te en los países ricos, pero en un país pobre las pérdidas son mayores debido a sus periclitados sistemas de producción de alimentos, mucho más dependientes del clima. Así, los análisis económicos emitidos desde las universidades de los países ricos concluyen que no es necesaria una intervención inmediata ante el cambio climático (op. cit., 9). No obstan- te, los modelos empleados en estos estudios suponen que los individuos del futuro serán más ricos, colocándolos a todos en un plano de equidad, cuando los países que están provocando el efecto invernadero son los ricos y los que lo sufrirán más directamente serán los pobres. Aquí podrían

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aplicarse criterios de compensación (los que ganan com- pensan a los que pierden) pero esto no puede ponerse en práctica en un sistema que implica a varias generaciones de poblaciones o para individuos que no tienen claro el valor de los ecosistemas. Así, para un africano del tercer mundo, su horizonte es el desarrollo basado en la explotación de los recursos más inmediatos; su percepción de lo ecológico se difumina ante el hambre y le será incomprensible cualquier mecanismo de autorregulación destinado a “proteger”a sus generaciones futuras puesto que él debe preocuparse por las presentes. Siempre ha sido injusto que los países po- bres tengan que sufrir los efectos contaminantes de los ri- cos, pero ahora se impone la gabela de que además deben estos preocuparse por contribuir a la preservación mundial que incumbe a aquellos, ya que según distintos estudios, para alcanzar la “eciencia” global, la mayor reducción en las emisiones de GGEI debe operarse en los países pobres (ibídem, 22). La aplicación del descuento por descompen- sación en problemas intergeneracionales sobre estas pobla- ciones carece por completo de sentido. Los programas de control para el sostenimiento económico del planeta no de- ben, pues, ceñirse únicamente a las emisiones de CO2, sino tener en cuenta muchos otros factores y, sobre todo, impli- car como responsables a los países que han ido acumulando la “deuda” del desarrollo sostenible desde 1870: los países industrializados. Los países ricos tienen la obligación moral de satisfacer la deuda ecológica contraída al haber expro- piado y destruido el derecho de los países pobres, y desde luego no tienen fuerza moral para reprimir a otros países en vías de desarrollo (China, India) en sus emisiones a la atmósfera. Un aspecto llamativo de la evolución de la idea de “tri- butación ambiental” a lo largo del tiempo es que el cambio climático y sus secuelas han ido desplazando en importan- cia y urgencia a los objetivos trazados desde la ONU. Si para el programa de acción de 1993-2000, los nes eran, por este orden: la protección del medio ambiente, la protec- ción de la salud, el uso racional de los recursos naturales, y la solución de problemas regionales relacionados con el medio ambiente, para el programa de acción de 2001-2010

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eran: el cambio climático, la biodiversidad, la salud, y la gestión de los residuos (BONELL COLMENERO, 2007: 86). Obsérvese cómo la escala global suplanta la problemática zonal, pasando la salud de la humanidad a tercer lugar de importancia por añadidura. Para no pocos teóricos de la - losofía de la ciencia, estas tomas de posición por parte de los grupos políticos avalados por cientícos y la emisión de impuestos de alcance internacional con carácter jurídico de “tratado internacional” (que es el que tiene el Protocolo de Kyoto) tienen como nalidad la coacción social. Lo preocupante de los informes es subrayado por los medios y comienza a ser utilizado por los políticos, sobre todo por los aspirantes al poder, como moneda de cambio para elaborar sus mítines, practicar populismo, atacar al oponente en el gobierno (todos los defectos eran entonces susceptibles de denuncia) y, nalmente, incorporarlo a sus programas políticos con no disimuladas dosis de entusias- mo. La lucha ecologista no sólo se ha vivido entre los co- lectivos de izquierdas radicales, también se ha incorporado al discurso de los aspirantes a gobernantes, primero de la iz- quierda y, luego, también los conservadores en cuanto que observan que la opinión pública ha sido mayoritariamen- te conveniencia de la “bondad” de transformar los hábitos contaminantes. De hecho existe cierta controversia por las empresas y lobbys que respaldan posturas a favor y en con- tra el cambio climático. No está de más meditar de dónde proceden las campañas más eras en defensa de las tesis catastrostas, generalmente de sectores de las ideologías de centro-izquierda estadounidenses que pretenden un pedazo de la tarta de poder en el territorio. No está de más plantear- se porqué la ONU establece una denición de cambio cli- mático muy concretada en la intervención humana y porqué el IPCC amplía los márgenes del concepto y, además, se instala en un país como Suiza, precisamente para no emitir la imagen de que se halla inuido por los holdings o los po- líticos norteamericanos, que son los que más CO2 expelen a la atmósfera. Uno de los mayores impulsos para el uso propagandista del cambio climático es el éxito obtenido en la gestión de las emisiones de CFC. El logro de los acuerdos tomados en

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relación con el Sistema Mundial de Observación del Ozono se fundamenta en dos casos. Uno, que no hay una evidencia directa y concluyente de que la disminución de la concen- tración de ozono estratosférico sea debida a la intervención humana, porque aunque es cierto que las moléculas de uo- rocarbonos reaccionan con el ozono de esa capa desinte- grándolo, también lo es que ese decremento en ppm de las moléculas de ozono no era tan importante como fue des- crita por muchos medios de comunicación. Dos, no hubo mediciones elaboradas con anterioridad a 1987 para poder comparar si en el pasado ocurrieron otros episodios en los que ciertas regiones de la atmósfera sufrieron una dismi- nución de la concentración de este gas. De hecho, hubo cientícos que calicaron de “episódica” la reducción de la capa de ozono, atribuyendo su origen a una disminución de la actividad solar y su n a la autorregulación natural del sistema atmosférico; otros recordaron que no conocemos con exactitud los procesos de activación del cloro y de des- nitricación que se producen en las nubes estratosféricas polares, los cuales explicarían la disminución local de la proporción de ozono en la atmósfera de las latitudes pola- res el mar aporta 600 millones de toneladas de cloro al año mientras que los CFC sólo 0,7 millones (TAPIA y TOHARIA, 1995: 203). Es conveniente subrayar que estos acuerdos fueron to- mados con la suciente celeridad porque la fabricación de CFC se concentraba en un puñado de países y de fabrican- tes, y los avances tecnológicos que sustituyeron las aplica- ciones de este tipo de gases favorecían positivamente a las industrias implicadas en la fabricación de CFCs, tanto en inversión como en estrategias de promoción y difusión de sus productos. De hecho, los medios de comunicación no han rearmado la evidencia de que “ya no hay agujero de ozono” y el temor, o un ligero temor, sigue existiendo entre la población, lo que benecia a una industria de aerosoles que aún venden sus productos como “ecológicos”, “no da- ñinos para el medio ambiente”, haciendo hincapié en que son “respetuosos con la atmósfera y la capa de ozono”. Esta simplicación semántica que se opera en los me- dios de información se debe a que las características del

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medio en sí son muy distintas a las de los canales de difu- sión de noticias cientícas o los de decretos gubernamenta- les. Si el emisor cientíco lanza un mensaje complejo que llega a un receptor capacitado para comprenderlo, el pe- riodista no emite ciencia sino divulgación. La nalidad es que su mensaje disponga que una arquitectura explicativa antes que rigurosamente descriptiva, que lo haga inteligible para el receptor, quien ya no recibe un análisis cientíco sino una “noticia” o un “reportaje”. Además, este tipo de informaciones son recogidas en contextos de crispación, en condiciones extremas, por profesionales de la información que para emitir con rapidez un suceso suplen el contraste de datos (que no tienen) con la emisión de impresiones que permiten compartir la incertidumbre con los receptores de su reportaje. Este acto, el de compartir la incertidumbre no garantiza gran cosa ni ayuda a solventar las crisis producto de impactos meteorológicos, pero los medios de comuni- cación directa, radio y televisión, han logrado convertir en noticia la percepción social de la incertidumbre (LOZANO ASENCIO, 2004: 2). La ignorancia es uno de los factores que no deja de es- tar presente en la comunicación sobre estos eventos. Suele citarse como ejemplo para ilustrar eso la catástrofe de Con- suegra sucedida en 1891, en Castilla-La Mancha y parte del litoral mediterráneo. Por entonces, el único telégrafo cerca- no a un lugar bruscamente anegado por las aguas torrencia- les se estropeó y, como al día siguiente no se tenía perfecto conocimiento de lo ocurrido, algunos periódicos asociaron la tormenta a un terremoto que había hecho brotar agua a borbotones del suelo. La tendencia de los medios, aunque ya no como en el ejemplo anterior, es a simplicar las razones y polarizar los signicados debido a la necesidad de comprimir e ilustrar la información. Los periodistas que acuden a un lugar don- de se ha producido algún tipo de siniestro medioambiental suelen, en primer lugar, describir lo supercial, lo llamati- vo, utilizando para ello expresiones reiterativas y de semán- tica hiperbólica. Tienden a agrupar los acontecimientos en categorías como “bueno”, “malo”, “catastróco”, “idílico”, antes de detenerse a considerar los múltiples factores de

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orden racional que pueden haber inuido en los procesos, que por lo general son abundantes, muy variados y actuan- do con una compleja mecánica sinérgica. Es por esta razón que existen tantas reticencias a aceptar como “buena” la energía de origen nuclear (fusión o sión) por cuanto se tiene asociada desde 1945 a la destrucción masiva (el hon- go atómico como imagen de cataclismo es un icono que permanece en nuestras retinas a raíz de la multiplicación del mensaje y su asociación constante con el holocausto), o aceptar como adecuada la tala de árboles o la roturación en un determinado nicho con el n de favorecer a otras espe- cies o practicar cultivos. Por desconocimiento, los periodistas y los publicistas han generado un conjunto de imágenes asociadas a lo eco- lógico que carecen de verdadera entidad y sentido. Una de las más extendidas es la de la idealización de los ecotopos. Es muy habitual, todavía hoy, asociar el paisaje idílico con la montaña de pico nevado y el bosque de coníferas en su falda. En realidad la variabilidad ecológica del bosque de matorral de nuestras latitudes es mucho mayor, en número de especies y en aportación de oxígeno neto a la atmósfera, que la del miticado bosque frío, cuya imagen nos llega multiplicada y amplicada por los medios de comunica- ción estadounidenses y anglosajones. El bosque de pinos, o peor aún, de especies caducifolias, no son precisamente los mejor capacitados para reconquistar el equilibrio térmico atmosférico, pero se siguen teniendo como el símbolo de “lo verde”. Un árbol cuyas hojas caen en otoño es un gran esqueleto de madera muerta que apenas fotosintetiza; un bosque de pinos cuyas acículas se amontonan en torno a su tronco no permite que crezca ninguna otra especie a su alrededor, ni siquiera las hierbas. También cabe detenerse en otra cuestión que no es ba- ladí: la del uso continuado de conceptos que los cientícos usan como metáforas para hacerse comprender y que luego adquieren connotaciones propias. El caso más evidente es el del “agujero” de ozono. Es impropio denominar así a lo que en realidad es un adelgazamiento estacional y localiza- do de una capa gaseosa, lo cual implica una menor densidad de moléculas, pero en ningún caso un agujero bruscamente

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practicado sobre una estructura más o menos densa, que es la imagen que reciben los sujetos de la comunicación. La asociación de estos fenómenos a palabras con connotacio- nes de ruptura, disolución o quiebra es constante, poniendo la semántica al servicio de intereses más sensacionalistas que cientícos: “agujero”, “brecha”, “derrumbe”, “arras- tre”, “desolación”, cuando no se utilizan guras literarias que constituyen enmiendas a la totalidad: “dantesco”, “tra- gedia”, “caos”, “holocausto” “Apocalipsis”. Cualquier periodista, sea cual sea la circunstancia me- teorológica, escogerá los aspectos más llamativos del hecho para noticiarlo, preferirá las imágenes impactantes antes que las equilibradas, lo más llamativo como lo más esté- tico, llegándose a dar el caso incluso de modicar el esce- nario para así emitir un reportaje más impactante. Recurrir constantemente a informar sobre récords meteorológicos es otra costumbre ampliamente descrita (VIÑAS, 2005: 29-32). El periodista no aporta, pues, conocimientos, sino infraes- tructura para facilitar el acceso sensorial al hecho, es decir, llega más lejos que el cientíco. Podemos postular pues que si la ciencia traza un puente entre “lo que es” y “lo que se sabe”, practicando un análisis para el que usa el lenguaje matemático, el periodista añade a lo anterior “lo que se dice o divulga de lo que se sabe” y “lo que se comprende de lo que es”, todo ello mediante un lenguaje periodístico con una retórica propia que habitualmente está desprovista de rigor analítico. Y si tenemos en cuenta que el registro de la información cada vez obedece más a criterios comerciales se comprende que los medios de comunicación preeran la descripción antes que la explicación y, sobre todo, la re- construcción social de un hecho en el que reina la incerti- dumbre y cuya dimensión como noticia se dene en función del miedo que puede desatar. Si una catástrofe, tenga la importancia que tenga, admite una rápida racionalización causal y una consiguiente solución, se apaga como noticia rápidamente. Si la información se aporta con fragmentos narrativos deshilvanados, ribeteada de incertidumbres, apo- yada en el miedo a lo desconocido, entonces se mantiene el interés por la noticia (GIL CALVO, 2003: 145 y ss.)

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La retórica periodística recurre al fomento del interés para difundir sus noticias y cuando la difusión de informaciones comienza a ser repetitiva o del mismo tono, el receptor ter- mina por saturarse. El valor de lo noticiable se refuerza me- diante el llamado “síndrome del desastre” (PARRATT, 2006:

21). Como lo gradual termina por cansar a los lectores, sólo cabe reactivar la atención conriéndole importancia a lo re- pentino, a lo inesperado. Y si este tipo de acontecimientos se muestran reiteradamente hay que acudir a lo catastróco. En este punto es donde entran en conuencia lo dramático con lo real, pues el periodista buscará, además de los datos objetivos, la dimensión “humana” de la noticia, lógicamen- te maniesta en un drama humano ya que el contexto es un infortunio. De esta guisa, la información eciente es la que solventa los tres problemas que surgen en el consumidor de noticias ante un hecho catastróco:

La no comprensión de lo ocurrido, El escaso interés por algo a lo que se ha acostumbrado La no implicación personal con el suceso. Las soluciones que aporta el periodista serán, respecti- vamente:

1) la especialización de los redactores, 2) la recurrencia al catastrosmo, y 3) la intensicación del dramatismo de la noticia. Si representáramos grácamente el interés por el tema del cambio climático en función del tiempo en las socie- dades occidentales del primer mundo, se observaría un crecimiento continuo que alcanza una estabilización en los años noventa, por saturación. A partir de ese momento y hasta hoy, la prensa y sobre todo la televisión incrementa el interés del público por este tema apoyándose en episodios catastrócos; episodios que han connotado cada vez mayor dosis de alarma con el n de no saturar a los espectadores. En ayuda de esta estrategia han intervenido las técnicas pu- blicitarias, que idealizan el mundo natural y polarizan las posiciones frente a los trastornos. Desde una perspectiva de índole semiótica, los medios de información actúan sobre la base de textos que son utili- zados como artefactos dialógicos y polémicos (LOZANO, PE- ÑA-MARÍN y ABRIL, 1989: 46). Así, pese a la coherencia que

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un texto presente de acuerdo con el rigor cientíco del que pretendidamente emana, se impone la coherencia de tipo lógico / semántico (la preconizada por semiólogos como Eco o Greimas) que contiene un alto grado de coherencia interna. A este nivel es el lector es el que adjudica sentido (coherencia) al texto tras haber asimilado el mensaje. Este puente semántico entre texto y contexto, y entre mensajes y realidad termina generando un intercambio social de sen- tido y una realidad social modelada constantemente por los medios de comunicación. Se ve claramente esta propuesta con ejemplos, como la inación informativa que se generó con el luctuoso accidente del petrolero Prestige en las costas gallegas en 2002, marcadamente desenfocada dependiendo del medio de comunicación que emitía informaciones sobre el siniestro y las respuestas políticas y sociales al mismo (vid. LOZANO ASENCIO, 2003 o RUANO GÓMEZ, 2004). Con la intervención de los medios sobre aquella u otras catástro- fes, naturales o accidentales, se ha venido congurando una creciente posibilidad de catástrofes y accidentes en el ima- ginario general. Como pronosticaba Beck (2001: 62), no está ya claro si ha crecido la intensidad de los riesgos o si lo que ha medrado es nuestra percepción de la posibilidad de padecer riesgos. Tanto es así que a la contemporaneidad se le ha denominado “sociedad del riesgo”, sobre todo a raíz de los accidentes en el ramo industrial ocurridos en el canal californiano de Santa Bárbara en 1969, la localidad italiana de Seveso en 1976, en la estadounidense Three Mile Island en 1979, en la soviética Chernóbil en 1986, en Alaska cuan- do se derramó la carga del Exxon Valdez en 1989 y un largo etcétera. Las coberturas de informaciones de este tipo prima la inmediatez frente a la necesaria valoración de los hechos, pero por lo común se reconstruye la catástrofe por acu- mulación de información antes que por una organización jerárquica de los hechos y posibles causas. Las prácticas con las que se mediatiza a los receptores intentan no sólo informar sobre los riesgos, también implican a los espec- tadores en los mismos. De ahí que, en la búsqueda de una retórica comunicacional más efectiva, los medios de in- formación intenten asociar rápidamente “culpables” a la

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incertidumbre canalizada a través del miedo. Mientras que la respuesta racional a un desastre pasa por la búsqueda de información, soluciones y formación para el futuro, la respuesta periodística pasa por la incertidumbre y la cul- pabilización en primera instancia. De hecho, algunos es- tudios culturales estiman que la humanidad evolucionó en función de la búsqueda de culpables de los fenómenos no comprendidos, precisamente a través del atavismo, la im- personación de fuerzas naturales o la culpabilización de contrarios o enemigos de “su” cultura. Podría pensarse que en los entornos sociales contemporáneos eso ha cambiado. Por el contrario, el progreso tecnológico ha generado nue- vos estados de incertidumbre intensicados por nuevas per- cepciones sociales de peligro, como la invasión alienígena (desestimada hoy tras la superación del estado de crispa- ción de la Guerra Fría), la guerra atómica (aún presente en el subconsciente colectivo), la degradación ambiental (por agentes contaminantes), el terrorismo internacional (como causante de aparatosos atentados), las nuevas plagas (SIDA y otras producto de manipulaciones genéticas) o, por n, el cambio climático. Para todos los males anteriores se busca un culpable personicado (los “rojos”, Ahmadinejad, Ben Laden, etc.) y también a víctimas representativas (niños con mutaciones, la sepultada Omayra Sánchez, tullidos tras los atentados terroristas). Y, en función de las hipótesis sobre la proliferación de “pornografía letal” en los medios, cada vez es más habitual contemplar escenas de gran crudeza a las que el público se aciona y acostumbra de modo que exigen aún mayor dosis de dolor, destrucción y dramatismo en las informaciones recibidas. La sangre y la carnaza, está com- probado, contribuye tanto a los niveles de audiencia como el sexo y se mercadea con ello en un panorama en el que hay que competir por los índices de audiencia. Y no sólo se seleccionan las estampas más dramática- mente llamativas para la prensa o la televisión, también los informadores hacen uso de recursos técnicos para acentuar el dramatismo de lo expuesto: la aplicación de teleobjetivos, la cámara lenta, la utilización de bandas sonoras acuciantes, etc. Con todo ello, los periodistas, en vez de colaborar a pa- liar los efectos de las catástrofes, en ocasiones contribuyen

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a dicultarlas. El efecto multiplicador de los medios logra conceder importancia a un hecho cotidiano o hasta circuns- tancial y elevarlo por encima de su umbral de importancia. Esto se ha inado inconmensurablemente a partir de la implantación de internet a escala global, que no sólo ha contribuido a extender cualquier noticia en miles de foros y bitácoras, también a la proliferación de ciertos tratamientos de la información a través de canales que los periodistas uti- lizan como fuentes, tenga mayor o menor credibilidad. No son pocos los que arman que los medios de comunicación, desde que se nancian con publicidad, tienen delegada su autonomía y soberanía a las corporaciones económicas, to- das ellas implicadas en las decisiones que competen al cam- bio climático. Si a eso añadimos que los medios de masas ya no practican una verdadera “comunicación”, o sea una puesta en común o intercambio, sino que contribuyen a una Sociedad del Espectáculo (Guy Debord dixit) en la que los mensajes son unidireccionales, llegamos a la constatación de que, en efecto, como pronosticó Marshall McLuhan, cul- tura y negocio se funden en un medio cuyos mensajes con- forman el propio medio. Se puede decir que, por lo común, los periódicos, radios, televisiones y sitios web han optado por practicar la vulgari- zación del conocimiento cientíco y tienden a dar por cier- tas las previsiones más extremas. En este orden de cosas, fomentan los miedos de la población para incrementar sus índices de audiencia que se traducen en ingresos, con lo que las teorías de la Conspiración defendidas por autores como Taguieff, Cooper o Coston adquieren cierta credibilidad. La cuestión radica en que hoy el periodista es el garante de la existencia de los hechos para la mayoría de los ciudada- nos, hasta el punto de que la representación mediática de la realidad es más atrayente que la realidad misma. Esto no sería grave si no conociéramos la tendencia al tremendismo informativo que reina en los medios de comunicación, que preeren escoger la peor parte de la realidad como ilustrati- va del conjunto de toda la realidad. La solución a todo esto pasa por la especialización de los informadores en cuestiones cientícas, la exigencia de claridad por parte de los divulgadores en espacios más

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amplios, la sensibilización de los medios a la hora de emitir contingencias catastrócas, y la evitación de la tendenciosi- dad y la búsqueda de culpables. Es algo harto difícil. A ningún periodista se le ocurre cul- pabilizar al albedo terrestre de un presumible calentamiento o enfriamiento, pero lo verá claro si se trata de un fabri- cante de celuloso o de una masa obrera que procesiona en automóvil a su lugar de trabajo. Si establecemos la certeza cientíca de que el cambio climático obedece mayormente a nuestra posición con respecto al sol y a su comportamien- to en una escala temporal muy amplia, entonces no habría negocio. Porque el Sol no es noticia.

Del cine de catástrofes a Una verdad incómoda

En los medios de comunicación de carácter narrativo y destinados al entretenimiento sí es lícito ejercitar la drama- tización de contenidos y hacer protagonista al individuo de fenómenos globales o de escala planetaria. En cualquier cción narrativa todo gira en torno a un personaje, y es el desarrollo del drama que ese personaje u otros ligados a él sufren el que da crédito y dimensiona la magnitud del desas- tre que ha acontecido. Por lo general, en la cción dirigida al consumo, los desastres vividos son “superados” por los personajes, que adquieren rango de héroes. Tras contemplar una producción de este tipo, el espectador resulta aliviado y con optimista por no haber sufrido o no estar expuesto a los terribles peligros que acecharon a los protagonistas de un relato o guión cinematográco. Cualquier producción de cción suele basarse en circuns- tancias reales exageradas o prediciones basadas en sospechas fundadas en un aspecto de la actualidad. Ya había periodistas que informaban sobre el medio ambiente en los años cincuen-

ta, como el New York Times, y algunas obras que llamaban la atención sobre la importancia de preservar la naturaleza durante los años sesenta (por ejemplo el libro de Rachel Car- son Silent Spring), pero es sobre todo en la década de los setenta cuando comienzan las manifestaciones ecologistas y

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la organización de estos grupos en pro del medio ambiente y en contra del sistema capitalista e industrializado. También el cine sobre catástrofes data de antiguo, del período mudo, y es un esqueje genérico del cine de aventu- ras o de acción, que se caracteriza por conjugar dramatismo con espectacularidad. La marca de fábrica es, pues: gran- des presupuestos, decorados fastuosos, varios actores de renombre rescatados para protagonizar muertes dramáticas y/o heroicas, y nales aleccionadores, dejando un regusto a esperanza donde reina la devastación por lo general. Quizá la producción que mejor representa el comienzo del subgé- nero la sublimación de de la crisis personal a través de la contemplación del sufrimiento colectivo sea Deluge (1933, Felix E. Feist), que narraba la inundación de New York por una ola gigante y su práctica destrucción. Esta imagen impregnará el subconsciente popular y permanecerá en va- riados medios de comunicación durante mucho tiempo. A mediados de los años 1970 la tendencia en Hollywood a apostar por nuevas fórmulas de lenguaje y argumentos den- sos se vio trastornada por el gran éxito de taquilla que supu- so Airport (George Seaton, 1970) y que siguió produciendo benecios durante toda la década de los setenta. Tanto es así que la industria recuperó en 1979 el título Hurricane, un re- make que no estuvo a la altura de su predecesor, Hurricane (John Ford, 1937), y a continuación se reprodujeron otros lmes de este tipo de cine como San Francisco (W.S Van Dyke, 1936), sobre el terremoto que asoló la ciudad califor- niana, o Jet over the Atlantic (Byron Haskin, 1959), que de hecho fue el antecedente de Aeropuerto. El análisis de contenido de estas producciones y subsi- guientes revela que el interés de estos lmes no radica en la ciencia que explica los fenómenos sino en la misma estética de la destrucción, importada de la industria japonesa que la estaba explotando con gran éxito durante los años cincuenta y sesenta (otra gran ola destructora apareció en la cinta de Shiro Moritani Nippon Chimbotsu, de 1973). Lo interesante de estas producciones radica en que: revelan un colapso de la tecnología mediante protagonistas corales pertenecientes a la sociedad civil. Según algunos críticos, la lectura subya- cente de estos guiones revela cierto temor a la descomposi-

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ción social por causa de la amenaza del holocausto nuclear y la incertidumbre generada por la gran crisis del petróleo de 1973. Así, durante esa década se sucedieron abundantes

títulos del subgénero: Earthquake (Mark Robson, 1974), que inauguró el efecto sensurround en las salas de cine, la menos pretenciosa The day the Earth Moved (Robert M. Lewis, 1974), las de 1979 Flood! (Eral Bellamy), Meteor

(Ronald Neame), o la de 1980 When Time Ran Out

...

(Ja-

mes Goldstone). En todas estas películas el mensaje que se transmite es el de que hay que agruparse y rearmarse para repeler una amenaza de carácter internacional. Los desastres nucleares, con alguna ramicación cli- mática, fueron los que acapararon la atención del público en los ochenta. Son dignos de recuerdo algunos de estos lmes: producciones como The Day Alter (1983, Nicholas Meyer), Testament (1983, Lynne Littman) o Threads (1984, Mick Jackson). Pero como el pesimismo es peor recibido por los espectadores que la esperanza, durante esta década, muy probablemente debido al gran éxito de Star Wars y a que los escenarios caóticos del gusto del público pasaron a ser los bélicos, el subgénero de catástrofes se trasladó al espacio sideral y no regresaría a nuestro tiempo y a nuestra Tierra hasta la década siguiente, cuando se reavivó ante la masiva difusión de fenómenos como el adelgazamiento de la capa de ozono, los ciclones tropicales recalcitrantes o las advertencias sobre el calentamiento global mismo. Otros han apuntado que la popularidad mundial de Titanic (James Cameron, 1997) aceleró el interés por historias en las que uno de los pilares argumentales era de corte catastróco. Es innegable que a la sombra del inconmensurable éxito titanic se estrenó Tidal Wave: No Escape (George Millar, 1997), una cinta sobre una ola gigante devastadora. Debido a la política de competencia que reina ahora en Hollywood, las nuevas películas del subgénero catastróco nos han llegado por pares: Dante’s Peak (de Roger Donald- son) y Volcano (de Mick Jackson) son de 1997 y ambas tratan de erupciones, Asteroid (1997, Bradford May) ha- lló su reejo en Doomsday Rock (1997, Brian Trenchard- Smith) y ambas versan sobre un meteorito que se precipita sobre nuestro planeta. El mismo tema es el que da pie a

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Armageddon (1998, Michael Bay), que tuvo su clon en Deep Impact (1998, Mimi Leder). Earthquake in New York (1998, Terry Ingram) y Aftershock (1999, Mikael Salomon) son cciones sobre sendos movimientos de tierra con Nue- va York como zona catastróca, y al año siguiente roda- ron Epicenter (2000, Richard Pepin), sobre un argumento parecido. The Core (2003) nos presenta una improbable amenaza procedente del núcleo de la Tierra y se adhiere a la tendencia renovada de este cine que responde a plantea- mientos muy distintos a los de los setenta: si entonces se pone en evidencia la disgregación del tejido social ahora lo que se patentiza es la rebelión de la naturaleza. 1 Ciñéndonos a los problemas atmosféricos o climáticos que han intervenido el en debate internacional sobre los pe- ligros de las modicaciones antrópicas de la atmósfera los ejemplos cinematográcos son más escasos. El temprano conocimiento de la amenaza que podía suponer el adelgaza- miento de la capa de ozono se ltró en algunas producciones cinematográcas, en las que el tema se introdujo más bien como aderezo y no caló entre el público como advertencia ecológica. En la inverosímil cinta de aventuras Day of the Animals (William Girdler, 1977), el problema con el ozono pone en fuga a ciertos animales salvajes con el consiguiente peligro para los humanos de la zona. En The Billion Dollar Threat (Barry Shear, 1979), una película para la televisión, se nos cuenta cómo un cientíco loco planea destruir la capa de ozono pero es rápidamente detenido. En la desafor- tunada Highlander II: The Quickening (Russell Muncahy, 1991) se sitúa al espectador en el año 2025, en un plantea Tierra que carece por completo de capa de ozono y hay que construir un escudo protector para proteger a la población. En la producción televisiva Thirst (1998), una bacteria se desarrolla en el agua debido a la incidencia de los rayos que deja pasar la “agujereada” capa de ozono y se pone en peligro la seguridad de una población. Como se puede ver, todos estos argumentos pecan de escasa o nula verosimili- tud y los juegos argumentales con el ozono se detuvieron

1 Para más información sobre el subgénero del cine de catástrofes, consúltense: KEANE, S. (2001): Disaster Movies: The Cinema of Catastrophe, Wallower Press o Battle CAMINAL, J. (1998): Catrastorama, Glènat: Biblioteca Dr. Vértigo, Barcelona.

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ahí, sobre todo tras el conocimiento de que el “agujero” se estaba recuperando. Si nos centramos en el cambio climático como germen de una verdadera amenaza solamente hallamos un antece- dente temprano y oscuro, un lme italiano titulado Il pia- neta degli uomini spenti (Antonio Margheriti, 1961) que es francamente olvidable. En lo que respecta a otro tipo de amenazas globales podríamos citar como producciones seminales: la recordada Voyage to the Bottom of the Sea (Irwin Allen, 1961), donde se inventaban un problema con el cinturón Van Halen que obligaba a buscar refugio bajo las aguas oceánicas, y Our Man Flint (Daniel Mann, 1966), una parodia del ciclo de James Bond en la que el villano amenazaba con producir terremotos indiscriminadamente. La utilización del paradigma del calentamiento global en el cine pertenece ya a nuestro tiempo, sin duda debido a la escasa información que sobre sus causas e implicacio- nes tenía la población en general y los guionistas cinema- tográcos en particular. Las primeras lmaciones de este tipo fueron en su mayor parte documentales o producciones televisivas: Tras el avance que supusieron la oscura Året 2048 (Torbjørn Morvik, 1987) y el episodio After the War- ming (Mike Slee, 1989), llegó The Fateful Balance (Philip Jackson, 1990), The March (David Wheatley), del mismo año (donde atendemos a una gran migración de africanos hacia Europa cruzando los mares secos debido al calor glo- balizado), y al poco Greenhouse Gamble (Leslie Reinherz, 1992). Pero todas estas producciones pasaron desaperci- bidas en su advertencia sobre los peligros de potenciar el efecto invernadero de la Tierra. Luego la temática paso a formar parte del arsenal de argumentos que manejaban los guionistas de cintas de ciencia cción de serie B o Z (como la productora Troma), para el consumo fácil de un público crédulo, y cuyos planteamientos cientícos o seudo cien- tícos se deslizaban a un segundo plano tras plantearse la excusa argumental y comenzar la acción. Tenemos varios ejemplos de esto: la historia en la que Londres está ane- gada como consecuencia de un calentamiento global que ha elevado el nivel del mar, que es lo que nos cuentan en la introducción de la cinta de acción futurista Split Second

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(Tony Maylam, 1992); el relato sobre un mundo comple- tamente cubierto por el mar en el que los humanos siguen sobreviviendo a duras penas (Waterworld, Kevin Reynolds, 1995), o la historia de una invasión extraterrestre en la que el efecto invernadero tiene un papel importante, The Arrival (David Twohy, 1996). En un cine dominado por la espectacularidad, la debili- dad del tejido social y el temor a los ataques terroristas, que es el que ha primado en los cines desde que se inauguró el siglo XXI, el clima como núcleo del guión de las produc- ciones cinematográcas ha escaseado, con la salvedad de producciones como Twister (Jan de Bont, 1996), en la que se exageraban hasta el límite las capacidades destructivas de los tornados habituales en el centro del bloque conti- nental norteamericano. El problema del cambio climático no aparece claramente como trasfondo de las películas de Hollywood hasta que no llegan obras como la de ciencia cción Articial Intelligence: AI (Steven Spielberg, 2001) o la infantil Ice Age: The Meltdown (Carlos Saldanha, 2006), por ejemplo, y luego más claramente en los guiones de Oil on Ice (Bo Boudart y Dale Djerassi, 2004) y Crude Impact (James Jandak Word, 2006), dos documentales que apenas si tuvieron repercusión fuera de los Estados Unidos. El gran éxito comercial de The Day After Tomorrow (Ro- land Emmerich, 2004) abrió las puertas a producciones ins- piradas en la amenaza del cambio climático global, lo cual halló respaldo en el inesperado éxito de la producción dis- frazada de documental An Inconvenient Truth (Davis Gu- ggenheim, 2006), que además se llevó dos premios Oscar. Una verdad incómoda, que es como se tradujo aquí, obtuvo rápida respuesta con la oscura producción americana titu- lada The Great Warming (Michael Taylor, 2006), una es- curridiza española titulada 2050 (Javier Silva y Ruth Chao, también de 2006) y un documental para la televisión produ- cido este mismo año como reacción a los postulados de Una verdad incómoda bajo el título The Great Global Warming Swindle (Martin Durkin, 2007) y que aún no ha conocido traducción al español. Naturalmente el tema está en boca de todos y, por lo tanto, sobre la mesa de los productores de Hollywood. Por lo que sabemos hoy, ya se han gestado

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algunas cintas más que explotan este asunto, ninguna de ellas estrenadas en el momento de la redacción del presen- te ensayo: You Never Bike Alone (2007), Weather Movie, Belyaev, The Happening, Shelter y Seed Hunter, todas pre- vistas para 2008. De nuestra cantera es necesario citar Mor- tadelo y Filemón: Misión salvar la Tierra, anunciada para el año que viene también, y que es una secuela de la más taquillera de nuestras películas en la que los agente de la TIA deben combatir nada menos que a la sequía provocada por el malvado Botijola y sus esbirros, que pretenden dejar a la población sin agua potable para obligarles a comprar la bebida que ellos fabrican. Es innegable que el gran debate público sobre el cam- bio climático se intensicó desde 2004 a raíz del éxito co- mercial de la producción The Day after Tomorrow, cuyo argumento coincidía en parte con los postulados catastro- stas del informe de Schwartz y Randall pues predecía un cambio climático abrupto que transformaría la geopolítica internacional pero con fuerte protagonismo en la zona nor- te del continente americano. El guión de la película utiliza una glaciación que ocurre a velocidad de vértigo y otros cataclismos (no falta la ola gigante sobre Nueva York) que se usan con nes exclusivamente dramáticos y con escaso sostén cientíco. Irónicamente, los productores vieron “re- forzada” su producción por una serie de acontecimientos catastrócos que tuvieron lugar durante el rodaje en 2002:

el desmoronamiento de la barrera helada Larsen B en la An- tártida en marzo, la tremenda granizada ocurrida en China en julio, las inundaciones centroeuropeas de agosto, y los 75 tornados desatados en los EE.UU a lo largo de aquel año. Todo ello lo aprovechó la productora para ejercitar una pro- moción en la que atribuía al calentamiento global el origen de estos sucesos. La fuerte impregnación del cine en general sobre el in- consciente colectivo se materializó en un efecto multiplica- dor del mensaje de la película, el cual fue meticulosamente planicado para inuir sobre la acción política en esta ma- teria en los EE.UU, según reconoció el mismo productor, Mark Gordon (vid. www.elcato.org). Sus postulados argu- mentales pueden ser refutados con la física elemental y un

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puñado de conceptos básicos de meteorología, según de- mostró el profesor del MIT Carl Wunsch en la prestigiosa revista Nature; 2 y además hay una lectura política de la producción que relaciona al grupo activista MoveOn.org, al millonario George Soros, al que fuera vicepresidente Al Gore, y a los senadores John McCain y Joe Lieberman, obs- tinados por relacionar la sequía que sufrió la zona Oeste de EE.UU entre 2001 y 2003 con el cambio climático (las sequías de 1934-1936 y 1952-1954 fueron igualmente terri- bles pero no se han relacionado con el cambio climático). Por más que se trate de una cción, si una producción de este tipo goza de popularidad y se crea un vínculo en la opi- nión pública con una circunstancia real, entonces trasciende lo cticio para convertirse en probable. Esto ocurrió en el pasado con la producción alarmista sobre la energía nuclear The China Sindrome (James Bridge, 1979), que tras su es- treno obtuvo imprevisto refrendo con el accidente ocurrido en la central de Three Mile Island, en Pennsylvania. La can- tidad de radicación liberada fue mínima y controlada, pero la histeria colectiva cundió y eso bastó para detener el pro- grama nuclear estadounidense durante más de veinte años. A lo cual contribuyó otra cción catastrosta inspirada en la energía nuclear, The Day After (1983). El accidente de Chernóbil en 1986 acabó por convencer a la opinión públi- ca de que la energía nuclear no era aconsejable. El día de mañana, en un análisis del discurso narrativo, lo que nos propone es un desarrollo dramático ligado a un grupo humano nuclear, una familia, aspecto éste que no es casual, como no lo es la elección de una zona concreta de los EE.UU. Guionista y director quisieron reejar en el l- me el tema universal de toda narrativa: el triunfo del espíri- tu humano, que en la película se observa en cada uno de los miembros de una misma familia, reunida nalmente pese a las inclemencias. La película era más admonitoria que aleccionadora, pues muestra como reales una serie de datos manejados por todos como lejanamente posibles y se exa- geran algunos postulados hasta el límite de lo físicamente probable (el enfriamiento del norte del globo tiene lugar en un lapso de semanas). Pero todo quedaba diluido con el

2 WUNSCH, C.: “Gulf Stream Safe if Wind Blows and Earth Turns,” en Nature, abril del

2004.

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tratamiento dramático de la acción, es decir, no la respuesta del planeta a la crisis sino la de las personas sometidas a los rigores del frío. Esto conlleva el subrayado de actitudes heroicas para que el espectador sublime los miedos propios observando como los resuelven otros. Por supuesto, al nal de la película se adivina un futuro esperanzador para una humanidad conducida por héroes americanos. Y hablando de héroes norteamericanos: uno de los gol- pes de efecto más logrados en la carrera de un político fue el que dio el vicepresidente demócrata Al Gore en 2006 prota- gonizando el docudrama An Inconvenient Truth, una suerte de estremecedor documental que se apoya en los datos más extremos de las tablas manejadas por el IPCC, dejando de lado la varianza probabilística. El economista Xavier Sala Martín desmontó con ocho argumentos la visión catastro- sta de Gore en su día (en el diario La Vanguardia) 3 : 1, no existe unanimidad entre los cientícos del mundo; 2, es falso que la Antártida se esté deshelando; 3, el nivel del mar no subirá tantos metros como se arma; 4, el frenado de la corriente termosalina atlántica es casi imposible; 5, la ola de calor de 2003 no se puede extrapolar al futuro ni relacionar con el incremento de los niveles de CO2; 6, ninguna de las plagas actuales están relacionadas con el ca- lentamiento global; 7, las compañías aseguradoras se están enriqueciendo, no arruinando; 8, ni Katrina ni otros ciclo- nes son consecuencia directa del calentamiento global, de lo cual se lamenta Al Gore. Uno de los responsables de los diques no reparados de Nueva Orleáns, los que no evitaron la inundación, fue precisamente el gabinete de Gore, pero eso no fue óbice para que su circense puesta en escena no calara entre una población muy receptiva y sensibilizada ante el paradigma climatológico. Tan exagerada fue para algunos Una verdad incómoda que en los EE.UU se produjo rápidamente un documental orientado a refutar todo lo expuesto por Al Gore: The Great Global Warming Swindle, traducible como El gran timo del calentamiento global. Esta producción no trascendió tanto como la de Gore, y desde luego no recibió un Oscar de la academia hollywoodense; además podría se calicada de

3

Artículo

disponible

en

Internet

en:

cles/2007/canvi_climatic/gore_LV.pdf

http://www.columbia.edu/~xs23/catala/arti-

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heterodoxa porque se oponía a la nueva ortodoxia encami- nada a considerar como dogma el origen antropogénico del calentamiento global. También se teoriza en esta última so- bre el carácter propagandístico de las campañas en defensa de la hipótesis del calentamiento como encubridoras de una

maniobra para evitar el desarrollo de los países del tercer mundo con el n de que sigan siendo el sumidero de mano de obra barata que son actualmente. Los teóricos de la co- municación han observado que, en efecto, toda oposición al “consenso” general sobre la hipótesis del calentamiento global se considera disidente. Y es que abrazar la teoría eco- logista signica para la población más progresista y joven adoptar una postura antisistema, y por lo tanto viene a susti- tuir al referente ideológico que era la losofía marxista y el comunismo teórico, e incluso sirve de asidero para los que ven debilitados los ideales de paz o los religiosos. Sin duda la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Rusia soviética signicó mucho para las izquierdas políticas, pero también supuso la incorporación a la “causa” ecologista de muchos militantes de izquierda que jamás habían oído ha- blar de climatología. Esta vinculación con la propaganda o la religión que se sirve en el antedicho documental no es desatinada del todo. Al Gore, ya en su libro Earth in the Balance (Houghton Mifin, 1992) emitía un mensaje en el que responsabilizaba a toda la Humanidad del estado de la Tierra y nos concitaba a todos a adoptar una conciencia de corte panteísta: «We must make rescue of the environment the central organi-

zing principle for civilization. (

) [we need] a worldwide

... education program (and a) panreligious perspectiva [based on] the wisdom distilled by all faiths.» 4 (GORE, 1992: 355 y 258-9). En Una verdad incómoda un mínimo análisis retórico de a cinta revela que está construida, en principio, en torno al culto a la personalidad de Gore, que sobreactúa en una serie de insertos en los que relata un accidente de su hijo, la muerte de su hermana, su “lucha” en el campo políti- co, su pena por la devastación del Katrina o el 11-S y su

4 «Debemos hacer del rescate del medio el principal objetivo organizado de la civili- zación (necesitamos) un programa de educación a escala global (y una) perspectiva panreligiosa (basada en) la sabiduría que destilan todas las creencias».

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felicidad ante un paisaje bucólico de su niñez. En el resto del documental, Gore, el político, actúa como valedor de los datos expuestos y, también, como carismático conductor de un circo divulgativo que consigue amedrentar al espec- tador con cifras que se dan por ciertas y cuya veracidad se refuerza con efectos dramáticos diversos: la utilización de planos silentes, el uso de la banda sonora, la vinculación con esquemas afectivos, la dramatización documental, las secuencias animadas adecuadamente intercaladas, la puesta en escena espectacular de grácos y para ciertas cifras, y un montaje muy planicado. Hasta los detractores de esta meticulosa puesta en esce- na documental han contribuido a promocionar el lme y la presencia de Al Gore en los medios. Así ha ocurrido en oc- tubre de 2007 con la pequeña polémica suscitada en el Rei- no Unido a raíz de la sentencia emitida por el juez Michael Burton, por la que se oponía a la difusión de este video en los colegios públicos británicos. Este veredicto surgió a raíz de una demanda interpuesta por el director de una escuela de Kent ante la decisión del Ministerio de Educación britá- nico de incluir el documental dentro de un paquete de lma- ciones a proyectar en las escuelas de Inglaterra y Gales con las que mostrar a los alumnos la importancia del problema del cambio climático. Burton falló a favor del denunciante, identicando nueve puntos conictivos en el lme coinci- dentes por los descritos por Sala en La Vanguardia: 1, el deshielo no ocasionará una subida del nivel del mar de 9 metros en un futuro inmediato; 2, no hay pruebas de que los atolones del Pacíco evacuados se inundaran debido al calentamiento global; 3, la correlación entre temperatura y CO2 no está totalmente probada; 4, no se sabe si la des- aparición de nieves en el Kilimanjaro obedece a causas an- trópicas exclusivamente; 5, el lago Chad mermó debido al excesivo pastoreo y la variabilidad climática regional, pero no por una inuencia del clima global; 6, nada indica que el Katrina u otros ciclones o tifones hayan sido alimentados por el cambio climático; 7, es falso que los osos polares estén muriendo ahogados a causa del deshielo polar; 8, es más bien la pesca o la contaminación lo que está acabando

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con los arrecifes de coral; y 9, es muy improbable que la Corriente del Golfo desaparezca. 5 El mensaje de Gore ya ha cundido entre la población y los medios, y más tras haber recibido el premio Nobel de la Paz junto al IPCC el día 13 de octubre de 2007, precisa- mente por sus contribuciones a divulgar los peligros que la intensa actividad industrial y humana tiene sobre la clima- tología global y el medio ambiente, siempre siguiendo al dictado los informes emitidos desde Ginebra por esa pe- culiar congregación de expertos. Todo lo cual redundaría beneciosamente sin duda sobre el proyecto de reelección para Gore que ha planeado un grupo de inversores en los EE.UU, los integrantes del colectivo Draft Gore, si bien hasta la fecha Gore ha manifestado que no desea ser can- didato a la presidencia de los EE.UU. De no presentarse, el globo promocional revertirá en un mayor éxito para el plan The Climate Project que el mismo Gore tiene previsto presentar en Sevilla a nales de octubre de 2007 y con el que planea implicar a instituciones, representantes y otras personas en una campaña “verde” con tintes proselitistas que sigue asentada sobre un conjunto de datos sujetos a dis- cusión.

La cción narrativa ecológica. De la utopía a la hecatombe Un género literario que se ha mantenido atento a la evolución y posibles consecuencias de todos los aspectos implicados en los procesos de trastorno meteorológico a es- cala global es el de la ciencia cción, ramal de la literatura adscrito durante la primera mitad del siglo XX a la llamada “cultura popular” por entenderla como literatura de perl bajo. La ciencia cción no es narrativa popular que se apo- ye en la ciencia pretende hacer predicciones, en realidad es un tipo de literatura que trata de las respuestas humanas a los avances de la ciencia. El tiempo ha puesto en su justo lugar este género de lo fantástico, en el que han brillado plumas de calidad literaria muy superior a la media. Pero, debido a sus características como género, la ciencia cción tiende a proponer buenos desarrollos de argumentos y per- sonajes, bien descritos, pero aferrados a postulados exage- rados o llevados al extremo.

  • 5 Esta noticia fue publicada en diarios de todo el mundo el 12 de octubre de 2007.

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El género ha evolucionado en paralelo a los avances cientícos y se ha adaptado a ellos proponiendo nuevas c- ciones en función de los conocimientos presentes. Es cierto que en sus inicios, sobre todo en los productos servidos en pulps y otras publicaciones de carácter efímero, jugaban con ideas ingenuas, a veces disparatadas, pero en su ma- durez a partir de los años 1950 devino género con propues- tas menos caducas y con un conglomerado de ideas que se refrescaban constantemente. Como es lógico, este tipo de cción se ha beneciado de las transformaciones sociales y de las implicaciones que el calado de la actualidad tiene so- bre el ser humano. Así, las problemáticas globales como el peligro nuclear o los cambios perniciosos climáticos se han alimentado con ideas extraídas de la propia cultura popu- lar y de las llamadas “leyendas urbanas”, o apoyándose en estructuras virtuales de gran calado, como las teorías de la conspiración o las consecuencias del milenarismo. De este modo, la explosión de las primeras bombas atómicas que- daron asociadas durante mucho tiempo a transformaciones radicales del futuro de la humanidad, independientemen- te de las medidas de paz adoptadas a posteriori. Catástro- fes como la de Chernóbil o Three Mile Island forticaron más argumentos del estilo, que se nutrieron también de las constantes cifras de tasas de contaminación en las grandes ciudades, que es donde viven por lo general los escritores de ciencia cción. Y no olvidemos la implicación de las alarmas disparadas por las plagas de escala global: el SIDA desde el primer caso clínico de 1981, la hepatitis y la tu- berculosis renacidas en 1988 y otras que se han publicado recientemente. La ciencia cción ha caminado de la mano de todos estos miedos y turbaciones. A esta altura es conveniente insistir en que en la litera- tura y otros medios narrativos de difusión masiva, como el cine o los cómics, se ha sobrevalorado la importancia del hombre en el ecosistema de la biosfera, donde es sólo un elemento más. Esta tendencia responde a la tendencia al antropocentrismo de los creadores de cciones y a sus co- nocimientos. Es decir, pocos cientícos han escrito ciencia cción pero lo que es seguro es que la mayoría de los escri- tores de cción no han sido cientícos. Aquí cabe hacer el

—79—

mismo paralelismo con los conceptos ecólogo y ecologis- ta. Es fácil que un ecólogo desarrolle intereses ecologistas pero, por el contrario, es difícil hallar ecologistas que hayan tenido una sólida formación cientíca ecológica. Han sido muy abundantes los escritores de ciencia c- ción que han desarrollado complejas ecologías alternativas a la nuestra de la Tierra usando para ello escenarios plane- tarios lejanos en el tiempo o en el espacio. El problema del reparto de los recursos en el futuro ya interesaba a escri- tores pioneros del género como H.G. Wells (The Food of the Gods), y la preocupación por buscar un equilibrio en la naturaleza también produjo algunas obras relevantes en los años cincuenta, como las de John Wyndham (The Day of the Trifds, 1951), Marion Zimmer Bradley (The Climbing Wave, 1955), o Robert Sheckley (The Deaths of Ben Baxter, 1957). Mas, fue al terminar la década de los años cincuenta cuando los autores comenzaron a imbricar cuestiones ecoló- gicas en sus argumentos fantásticos, justo después de que la épica y la aventura siderales se difuminar tras ver ascender el Sputnik en los receptores de televisión. Un referente de esta época es la obra Hot House (Brian W. Aldiss, 1961), en la que una gran planta recubre toda la tierra y los humanos se ven obligados a adaptarse al nuevo orden ecológico. The Wind from Nowhere (J.G. Ballard) fue una novela ofrecida por entregas desde 1961 y describe un mundo en el que se producen catástrofes naturales en serie provocadas por un fuerte viento. The Drowned World (1962), del mismo autor, aun propone un futuro más terrible: el acercamiento del sol a la tierra genera una serie de cataclismos que terminan con casi toda la supercie sumergida bajo el mar, con lo que la vida sobre la tierra cambia radicalmente. Esto son algunos apuntes sobre los peligros que acechan a nuestro mundo, sin apenas mensajes relacionados con los ecosistemas. En esto que llegó Frank Herbert, autor con for- mación en ecología que aportó una obra basal para la histo- ria de la ciencia cción, Dune, la cual comenzó a narrar por entregas en la revista Analog desde diciembre de 1963. En el planeta donde tiene lugar la acción, Arrakis, se ha produ- cido una desertización a escala global que obliga a los seres que viven sobre y bajo la tierra a economizar las reservas de

—80—

agua. Pese a que la obra era magníca y presenta una enor-

me complejidad dramática, Dune mostraba un desarrollo

simplista de la cuestión ecológica, olvidando por completo

la directrices básicas de la ecología de poblaciones y acu-

diendo a un surtido de paralelismos con nuestro presente

que estaban fuera de lugar. Igualmente simple, pero fresca y

entretenida, fue su obra The Green Brain, iniciada en 1965

en la revista Amazing, en la que unas entidades como plan-

tas se adueñan del mundo.

Durante los nales años sesenta surgieron otros argu-

mentos vinculados a un futuro de la humanidad dependien-

te de los recursos agotados en un planeta estéril debido a la

polución. Harry Harrison solventaba el problema de la ali-

mentación en Make Room, Make Room! (1967) recurriendo

al canibalismo institucionalizado. Harlan Ellison visionaba

en I see a man sitting on a chair

...

(1968) una humanidad

hacinada que se alimentaba de un micro plancton mutado.

Las autoras Joanna Russ, con su relato Initiation, Ursula

K. Leguin con su espléndida novela The Left Hand of the

Darkness, obras ambas de 1970, o Memories of a Space

Woman, de Naomi Mitchison (1980), inauguraron una co-

rriente en la que demostraron mayor sensibilidad por los

problemas ecológicos y, lo que es más importante, insistían

en los conceptos de diversidad y de variabilidad climática

en un ambiente concreto, algo en lo que hasta la fecha no se

había reparado lo suciente.

Otras obras de este tipo de literatura en las que los au-

tores han mostrado preocupación por el medio ambiente

han sido: Mundo tenebroso, de Daniel F. Galouye, donde la

quimiosíntesis predomina sobre la fotosíntesis; En un vacío

insondable, de Javier Redal y Aguilera, donde la pirámide

ecológica supone la base de una religión extraterrestre; Más

verde de los que creéis, de Ward Moore y La muerte de la

hierba, de John Cristopher, que profundizaban en la idea de

la necesidad de establecer un equilibrio con el reino vegetal

porque puede “reaccionar” si se siente agredido; o Ecotopia,

de Ernest Callenbach, una utopía ecológica. Más reciente-

mente, acumulados más conocimientos sobre los peligros

que entraña la contaminación y la emisión de GGEI, han sur-

gido obras en las que se profundiza en el tema climatológico,

—81—

trazando paralelismos con ecosistemas alienígenas o re-

exionando sobre nuestro futuro: Invernáculo, de B.W. Al-

diss, Ciclo de fuego, de Hal Clement, Tiempo de fuego, de

Poul Anderson, Los árboles integrales y El anillo de humo,

de Larry Niven, Hijos de la eternidad, de J.M. Aguilera y

Javier Redal, o Semilla estelar, de James Blish, que insiste

en que es preferible la adaptación al medio que doblegar el

ambiente a nuestros intereses.

Entre las últimas aportaciones importantes, ahora ya ins-

piradas por ideas o datos cientícos que hacen referencia a

los problemas implicados en el calentamiento global desta-

camos: Tierra, de David Brin, donde el autor predice para

2038 graves desastres ecológicos, ecoterrorismo, especies

extinguidas y un calentamiento global que transforma la

vida sobre el planeta, y Las torres del olvido, de George

Turner. El título de esta última obra hace referencia a unos

gigantescos y ruinosos restos urbanos que son el último tes-

tigo en pie de una civilización que se autodestruyó a me-

diados del siglo XXI. En sus inmediaciones, un actor intenta

reconstruir lo que fue nuestra vida y el proceso que nos lle-

vó al cataclismo.

En otro orden genérico se sitúan libros de la corriente

llamada política cción, de los que citaremos sólo un ejem-

plo, pero muy representativo: State of Fear de Michael Cri-

chton (en España, Estado de miedo). Esta novela, publicada

en 2004, trata sobre una amenaza ecoterrorista y se apoya

en una abundante bibliografía para repudiar la feroz politi-

zación de la ciencia en lo concerniente al cambio climático.

Evidentemente se trata de una cción y así debe entenderse,

pero por sus implicaciones con temas de actualidad State

of Fear ha causado una gran conmoción y polémica en va-

riados foros de opinión, sobre todo por apoyarse en la obra

de cientícos contrarios a la creencia ciega en el cambio

climático, como el afamado Björn Lomborg, cuya obra El

ecologista escéptico (Madrid, Espasa Calpe, 2005) ha reci-

bido gran acogida. Sus detractores esgrimen la idea de que

el autor es un habitual confeccionador de thrillers catastró-

cos sobre la base de temas de actualidad que rápidamente

se convierten en best sellers o incluso en películas.

—82—

Lo interesante del libro de Crichton es que exagera el

“consenso mediático-cientíco” hasta el punto de denir

una “tiranía ecológica” e identicar el ecologismo actual

con una “nueva religión” para poner en evidencia la falta

de rigor de los medios y el ansia de alarmismo de algunos

políticos y agrupaciones.

Está claro que a través de la literatura es difícil sostener

un discurso convincente sobre el alcance real y las amena-

zas más probables del cambio climático. La tendencia a la

exageración en los argumentos utilizados se debe a la nece-

sitad de originalidad que buscan los autores, por lo tanto lo

establecido en estas obras no debe tomarse como punto de

partida para hacer estimaciones ni siquiera probables, aun-

que sin duda son un buen vehículo para reexionar sobre

los problemas que nos acechan.

Catástrofes globales en los cómics.

El PNUMA hacía hincapié en la necesidad de informar

al público acerca del cambio climático, con interés por fo-

mentar este conocimiento desde parámetros pedagógicos

y educativos orientados a la prevención (PNUMA, 1999:

18). Es probable que uno de los medios más ecaces para

lograr estos objetivos sean los tebeos, productos asequibles,

fácilmente digeribles por la población juvenil e infantil de

cualquier país alfabetizado y, durante mucho tiempo, lectu-

ra habitual de los niños hasta que fue suplantada por otros

medios para el ocio, sobre todo los videojuegos.

Entre los millones de tebeos existentes hemos escogido

una alícuota de obras representativas de diferentes décadas

para observar su peculiar modo de acercarse a la ciencia

en general y a las catástrofes meteorológicas, en particu-

lar. Se ha practicado este repaso sobre cómics publicados

en EE.UU, en el eje Bélgica-Francia y en España. Existen

otras “tebeografías” muy amplias en las industrias japonesa,

coreana, argentina, brasileña, italiana, alemana y británica,

pero bastará con estos tres grandes grupos para observar las

pautas de evolución del tratamiento de estos temas.

Ya en una de las primeras colecciones de tebeos estado-

unidenses, el comic book pionero More Fun Comics, se mos-

traban el interés de los guionistas y editores por las amenazas

—83—

de carácter global que podría sufrir nuestro planeta. Esta

colección de DC nacida en 1936 mostró en su número 71

la historieta “The Great Drought”, escrita por Gardner Fox,

a la sazón también escritor de ciencia cción, en la que el

héroe de turno, el Dr. Fate, investiga las razones que hay

detrás de una implacable sequía. Descubre que un villano

cientíco ruso pretende detener la órbita de la tierra y de

ahí surgen los problemas. Las amenazas de este tipo eran

habituales en las historietas de entonces. Estos guiones de

corte extremadamente ingenuo no estaban exentos de men-

sajes ideológicos, como se puede comprobar, pero también

hay que reconocer que en paralelo se ofrecían secciones di-

dácticas dirigidos a los muchachos para que comprendiesen

mejor el mundo que les rodeaba. Así ocurría en Real Fact

Comics, serie del mismo sello que la anterior donde se in-

corporaban páginas con breves lecciones ilustradas sobre,

por ejemplo, la mecánica celeste o la vuelta de la Edad de

Hielo. Este propósito alcanzó su pleno apogeo en coleccio-

nes como Strange Adventures, donde guionistas como G.

Fox, E. Hamilton y H. Reed insistieron en representar las

maravillas de la astronáutica y la pasión por la ciencia a la

vez que la plasmación de los temores al avance de la tec-

nología. Ya en el número uno de esta serie, de 1950, se nos

narraba un segundo diluvio universal que genera grandes

olas que engullen ciudades, una imagen muy característica

del imaginario de horrores del público. En el núm. 20 se

emitían lecciones sobre una nueva edad de hielo a la que,

sorprendentemente, contribuía el dióxido de carbono, al

contrario de lo que ahora creemos. En el 79, un cometa que

pasa al lado de la tierra perturba su atmósfera de manera

radical.

Tras el estallido de las bombas en Hiroshima y Nagasaki

y las pruebas de Alamogorco, el hongo atómico se instaló

en el subconsciente colectivo y el miedo al holocausto ra-

diactivo será un tema constante en los tebeos. Con todo,

en Strange Adventures todavía se publicaban historietas

en los 1960 sobre un diluvio originado desde otro planeta.

Durante los años sesenta la carrera espacial (en el mundo

real) alcanzó su apogeo, y varias naves circundaron el pla-

neta o llegaron a posarse en la luna, hasta con un vuelo

—84—

tripulado en 1969. En los cómics los viajes interplanetarios

adquirieron otro sesgo a partir de entonces, ciñéndose a los

conocimientos cientícos más acordes con la modernidad.

De hecho, en la misma colección Strange Adventures des-

cubrimos con alborozo cómo las nuevas amenazas ya no

proceden del espacio exterior, sino del interior de nuestro

planeta: en el número 120, fechado en el año 1960, unos

“demonios de crudo” atacan a la humanidad surgiendo de

los pozos petrolíferos. Y las lecciones que se insertaban en

los tebeos dirigidas a los chavales miraban también hacia

nuestro ombligo: en los números de 1961 de la misma serie

se instruía a los jóvenes lectores sobre la variedad faunísti-

ca y botánica y lo aconsejable que resultaba crear reservas

naturales.

La editorial Charlton, así como DC, mostró también cri-

terios similares en su colección Space Adventures. Pero con

los años sesenta surgió un nuevo sello editor de comic bo-

oks, Marvel Comics, que cambió las tendencias narrativas

en el género de superhéroes al convertirlos en mártires y

seres con taras. En los primeros números de Fantastic Four,

por ejemplo, se especulaba sobre la acción de los rayos cós-

micos sobre los seres humanos y se proponen graves cata-

clismos en todo el orbe procedentes del fondo de la tierra

o de lo más lejano de los espacios. En el arranque de The

Incredible Hulk, otro de los títulos punteros de la casa en

1962, se especula sobre unos extraterrestres que pretenden

distorsionar el sistema de campos magnéticos terrestre. Po-

cos años más tarde, en el núm. 109 de esta misma colección,

un supervillano denominado Umbu pretende desestabilizar

la rotación de la tierra con un ingenio atómico con el n

de sembrar el caos a escala global. Otra colección emble-

mática de esta editorial fue la de Avengers, que a la altura

de 1969, en su núm. 61, publicaba la historieta “Some Say

the World Will End in Fire, Some Say in Ice”, en la cual los

héroes peleaban con dos impersonaciones de la destrucción

por fuego o por hielo, como en un regreso al atavismo que

aunque funcionaba muy bien sobre el papel, poco advertía

sobre el peligro real del calentamiento o del enfriamiento

global.

—85—

La autocensura que se practicaba en los cómics estado-

unidenses por entonces, heredera de la época de la “Caza

de brujas”, seguía imponiendo los criterios de lo políti-

camente correcto en la mayoría de las historietas que se

publicaban. Únicamente se escapaban de este ánimo censor

los tebeos desprovistos del sello “Comics Code Authority”,

los dirigidos a un público más maduro por contener más

violencia, desnudos o argumentos terrorícos, y los cómics

underground, que estaban desprovistos en principio de es-

píritu comercial y por lo tanto gozaban de completa liber-

tad. Ejemplos de cómics para el mercado adulto fueron las

publicaciones de sellos como Warren o Skywald, en cuyas

revistas se servían cortas historietas de horror. En los nales

sesenta, por ejemplo, en Eerie 41, la historieta “Heir Pollu-

tion!” narraba cómo un industrial acababa con la vida de un

inspector que denunció los vertidos que su empresa hacía a

un río vecino; cometió el error de tirar el cadáver al mismo

río porque regresó como un zombi redivivo por los produc-

tos tóxicos. La serie de Skywald Nightmare, de mimbres

similares a las revistas de Warren, arrancó con la historieta

“The Polution Monsters”, también una venganza contra los

que contaminan.

Los cómics de tipo marginal o underground proliferaron

lo bastante como para mantener varias colecciones en pie

durante gran parte de la década de los setenta. Hubo varios

títulos en los que los jóvenes autores underground, muchos

de ellos procedentes o comulgantes con movimientos pa-

cistas o del hyppismo, trataron el tema del ecologismo,

como Tales from the Ozone, de 1970, o Teenage Trash, de

1972. Empero, fue Slow Death el título más implicado con

la militancia ecologista, desde su primer número, de 1970,

y hasta los que publicó a nales de los setenta, en los que

el nombre de Greenpeace guraba en la cubierta del tebeo.

Slow Death, que gozaba de total libertad de contenidos,

mostró algunas de las historietas más crudas de entonces y

posiblemente las críticas más acerbas que pudieran hacerse

al sistema desde un medio de comunicación, precisamente

por la ausencia de autocensura. En el primer número se hizo

un brutal alegato contra los manejos de las industrias y el

futuro contaminado de la tierra, con Nixon emitiendo una

—86—

declaración de “guerra contra el pueblo” por considerarlos

los causantes de la contaminación. En otra historieta, de

Irons, la basura y la contaminación devoran el planeta. Otro

de los autores que descollaron en este título fue el luego

afamado Richard Corben, que publicó aquí algunas de sus

obras más trágicas, como “How Howie made It in the Real

World”, para el núm. 2, donde se propone un mundo roí-

do por la basura donde los humanos viven recubiertos con

caparazones, o como “The Awakening”, donde la superpo-

blación es tal que los ciudadanos deben “vivir” por turnos e

hibernar el resto del tiempo, para así poder repartirse sobre

la supercie de un mundo estéril. Lo más interesante es que

Slow Death dejó sitio para la autocrítica, y resulta gozo-

so contemplar una historieta de Rick Veitch y Irons para el

núm. 4 en la que se propone un mundo futuro semidestruido

por la polución en el que los hippies controlan el poder y se

maniestan con el mismo ímpetu represor que los policías

y políticos de los setenta.

En España la preocupación por los desastres ocasionados

por los humanos aoró también en las viñetas. Esto ocurrió

a lo largo de los años sesenta, primero tímidamente en co-

lecciones como El Capitán Trueno o en los semanarios de

humor de Bruguera y luego, ya adoptando una clara postura

de denuncia, en las historietas de Dani Futuro para Gace-

ta Junior. Hay dos historietas largas de esta serie, escritas

por Víctor Mora, que resultan interesantes: en “El planeta

de las catastrofes” una compañía explotadora de madera en

otro planeta tala tanto que modica el clima global hasta

entrar en un período glacial; una vez sometidos los explo-

tadores, la solución pasa por dejar proliferar cierta planta

autóctona que recicla el oxígeno de la atmósfera. En “El n

de un mundo”, Dani Futuro viaja a otro planeta en el que

dos facciones compiten por explotar más y más recursos.

En ambos casos se trata con inteligencia el problema de las

causas antrópicas de la transformación climática, pero el

guionista se condujo entonces con más conciencia política

y de denuncia del imperialismo yanqui que con ánimo eco-

logista. Evidentemente España vivía un clima político que

marcaba los pasos a seguir.

—87—

La historieta tomó rumbos similares en el ámbito de la

historieta infantil francobelga, que comenzó a manifestar

sus sensibilidad por las cuestiones medioambientales en los

tempranos años setenta. Una de las series pioneras en enar-

bolar esta bandera fue Yakari, de Derib y Job, publicada por

ediciones de Lombard en Bélgica. Las aventuras de Yakari,

un pequeño indio, están impregnadas de un profundo respe-

to por la naturaleza y desde 1973 mezclaba en sus guiones

ideas para la conservación del entorno y la defensa de las

especies animales. De hecho este espíritu fue intensicán-

dose con el tiempo y en los últimos álbumes publicados

el personaje hace frente a inundaciones inesperadas, torna-

dos y deshielos que aluden, desde su siglo XIX cticio, a la

problemática del cambio climático planteada en el presente

siglo XXI.

La crisis del petróleo de 1973 reavivó las ideas catastro-

stas de los guionistas de cómics, que en EE.UU acudieron

constantemente al argumento del futuro postapocalíptico,

sobre todo si atendemos a que al bloque comunista se había

sumado, como enemigo, el mundo árabe, que controlaba

la mayor parte de la producción de petróleo en el mundo.

Visto que la carrera especial había sido un fracaso y que

los movimientos pacistas eran acallados por el sistema, no

quedaban muchas opciones para plantearse guiones.

En 1976, la editorial Marvel renovó un grupo de super-

héroes mutantes llamado X-Men. Una de sus integrantes

era la africana Ororo, capaz de modicar el clima a su an-

tojo. Su principal poder consistía en alterar las variaciones

de la temperatura en diferentes volúmenes atmosféricos.

Con esto generab gradientes de densidad que le permitían

la ascensión o descenso de masas de aire y la generación de

tormentas con gran aparato eléctrico. Lo que nunca ha acla-

rado Marvel era porqué se mostraba incapaz de modicar la

evolución de la climatología en un volumen atmosférico a

escala global (KAKALIOS, 2006: 180-181), aunque intuimos

que por razón de los fenómenos de realimentación, que de-

jarían las intentonas de la mutante de pelo cano a la altura

de los esfuerzos de un insecto. Acaso sus guionistas no se

molestaron en extenderse sobre esto precisamente porque la

contaminación ambiental y el calentamiento de la atmósfera

—88—

dejó de ser un tema noticiable y de interés durante las dé-

cadas siguientes para el público americano, más interesado

por conciliar expansión imperialista con mercado global

que preocupado por las consecuencia de la gigantesca pro-

ducción de desechos asociada.

En Europa siguió siendo de interés para autores y públi-

co de cómics, sobre todo en la historieta gala y la españo-

la. Franquin, un genio del humor francés, insertó algunos

gags ecologistas en su afamada creación Gaston la Gaffe,

y en 1977 comenzó a publicar sus Idées noires, historietas

de corte muy pesimista en las que ironizaba sarcásticamen-

te sobre los vertidos de crudo, el progreso aniquilador, el

urbanismo incontrolado y sobre la constante extinción de

especies animales. En España, el autor Alfonso Font inició

dos series de historietas de tipo similar, Historias negras

(1979) y Cuentos de un futuro imperfecto (1980), cargadas

de un terrible pesimismo. En una de las entregas de la se-

gunda obra mencionada, los humanos reconocen que des-

pués de hacer inhabitable el planeta en el que viven deben

abandonarlo ...

como ya habían hecho antes con la enferma

y vieja Tierra. La obra Basura, de dos argentinos, Carlos

Trillo y Juan Giménez, pero elaborada para el mercado es-

pañol y francés en los primeros ochenta, describía un futuro

en el que las corporaciones y los estados utilizan el tercer

mundo como basurero y eso transforma radicalmente las

sociedades humanas.

Durante los años ochenta, la historieta norteamericana

ya no pudo desasirse de la conciencia ecologista, que co-

menzaron a manifestar algunos personajes especialmente.

Para el caso del sello Comico, los Elementals, para Dark

Horse, Wacky Squirrel, para Eclipse, Xanadu, y para DC,

Superman y Swamp Thing, no en vano este último perso-

naje era una suerte de planta consciente cuyo espíritu se

hallaba en comunión con el resto de vida vegetal mundial.

Desde Marvel se mostraron contrarios a las transformacio-

nes del planeta los Fantastic Four, que combatieron amena-

zas de este tipo (como Terminus en 1984), Daredevil, que

peleaba contra quienes contaminaban su ciudad, o Namor,

el príncipe submarino, que comenzó a protagonizar bastan-

tes historias en las que su pueblo se sentía agredido por los

desechos vertidos en el mar por los humanos.

—89—

En los años noventa, cuando el tema del calentamiento

global no estaba aún en boca de todos, los tebeos siguie-

ron alimentándose de los miedos a la contaminación o a

los desastres meteorológicos, surgiendo obras como “La

cochinadita nuclear” (1988), una historieta de Mortadelo y

Filemón, “Los ladrones de ozono”, una aventura del paródi-

co Súper López, y otros. Del mercado francobelga destacó

por entonces La Broussaille, una obra intimista y extraña en

la que un muchacho pasea y contempla un entorno idílico

plagado especies animales y paisajes en equilibrio.

Fue en los nales noventa, sobre todo a partir del calu-

roso 1998, cuando el asunto del cambio climático comenzó

a copar los titulares de prensa e informativos televisados.

Entonces, de nuevo, la historieta retomó el tema para sus

argumentos, tanto burlescos (Ibáñez lanzó dos aventuras de

Mortadelo y Filemón sobre el particular: “Desastre” en 1997

y “Los Verdes” en 1998), como aventureros (en EE.UU uno

de los ramales de Marvel, el descrito en la serie X Universe,

la Tierra ve reducida su masa y eso cambia la órbita y prece-

sión del planeta, lo que ocasiona un cataclismo climático),

como dramáticos (las obras en francés Le Transperceneige,

de Legrand y Rochette, y Période glaciaire, de Nicolas de

Crécy, se ambientan en un planeta Tierra en el que el hom-

bre ha acelerado el enfriamiento global).

Por fortuna, toda la alarma reinante ha contribuido a que

algunas instituciones insistan en propagar consejos de con-

servación y uso racional de la energía dirigidos a los más

jóvenes, usando para ello los cómics. Ha habido muchos

y variados ejemplos en propuestas lanzadas desde ayunta-

mientos o gobiernos autonómicos, pero citaremos un caso

reciente, Palmira e Marcial. Odisea medioambiental, de F.

Sóñora y Fran Bueno, como ejemplo de un tebeo de gran

calidad, interesante y divertido, que al tiempo tiene una ele-

vada carga didáctica. Con todo, sus pronósticos de futuro

son muy exagerados, contagiado su guionista sin duda por

las últimas previsiones y visiones catastrostas.

En la historieta, el problema de la contaminación y los

trastornos meteorológicos de carácter antropogénico han

sido tratados con cierta ingenuidad durante los cincuenta y

los sesenta. En los setenta, el cómic underground emitió las

—90—

críticas más certeras y duras contra el ritmo impuesto por el

progreso, pero sus voces fueron acalladas por una industria,

la de los tebeos, que pertenecía en parte a los accionarios

de la mismas empresas contaminantes. Sólo en Francia y

España, por razones políticas fundamentalmente, se desa-

rrolló una crítica constante a los abusos de las industrias

y de los capitalistas que las impulsaban. Tras el paréntesis

de los años noventa, actualmente se están produciendo de

nuevo tebeos con mensajes admonitorios y argumentos de-

sarrollados sobre los conocimientos difundidos por la IPCC

y otros, emitiendo mensajes pesimistas pero también de es-

peranza, aunque muchos de ellos pecan de arquetípicos.

Conclusiones

En el cambio climático se dan muchas interacciones en-

tre complejos sistemas naturales acerca de los cuales no lo

sabemos todo y tampoco su desarrollo y magnitud futuros.

De ahí que se tenga por un paradigma a este fenómeno de

fenómenos, cuya base cientíca sigue siendo una hipótesis

de trabajo, pero que se ha manejado como tesis admitida

y “probada” desde mediados de los años noventa por gran

parte de los medios de comunicación, incluso los destina-

dos al entretenimiento de la población.

No reconocer los niveles de incertidumbre en los mo-

delos que juegan un papel en el cambio climático lleva a

resultados erróneos, a posturas catastrostas por un lado y,

por el otro, a prospecciones demasiado optimistas tanto en

la protección de la salud como en el mantenimiento y de-

sarrollo de la riqueza, que no puede ser igual en los países

ricos que en los pobres. La inserción del miedo a una catás-

trofe de grandes dimensiones en el subconsciente colectivo

ha generado nuevos intereses políticos, nuevos modelos de

propaganda que se han valido de los medios de comunica-

ción, sobre todo el cine, para perpetuar ese temor y validar

tesis que en ningún caso están demostradas fehacientemen-

te.

A la hora de emitir informaciones, los medios de comu-

nicación social, fundamentalmente la televisión, han ma-

nejado esta incertidumbre aún con menos tacto, utilizando

para sus informaciones y reportajes muy habitualmente la

—91—

semántica simbólica que tiene como ejes el terror, la catás-

trofe y la antiutopía, con postulados basados en posturas

simplistas y en asociaciones dicotómicas. En torno al mie-

do del espectador / consumidor gravita toda la promoción

industrial y publicitaria asociada a la conservación del cli-

ma y es el eje sobre el que se mueven todos los argumen-

tos de las producciones cinematográcas y novelísticas que

usan este fenómeno a escala planetaria como escenario de

sus cciones.

Por lo que hemos observado, en los tebeos y en los me-

dios de comunicación dirigidos a la infancia y a la juventud,

el tono varía sensiblemente para adoptar posturas pedagó-

gicas, didácticas o de una ingenuidad rayana con cierto

optimismo que persigue, posiblemente, la mitigación de

mensajes de alarma y amedrentadores con el n de patro-

cinar la prevención. Ejemplo que podrían seguir en otros

medios para el entretenimiento y, sobre todo, en los de in-

formación, destacando los televisivos.

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—94—

¡NO PERMITAS QUE TE ENGAÑEN!

SÉ ALGO QUE USTEDES NO SABEN

por

LUIS ALFONSO GÁMEZ

LUIS ALFONSO GÁMEZ, (Bilbao, España; 1962) es periodista del diario El Correo, donde cubre la información cientíca. Es profesor de Redacción en el Máster de Periodismo de El Correo y la Universidad del País Vasco. Licenciado en Historia y máster en Periodismo, es consultor del Comité para la Investiga- ción Escéptica (CSI) y de la revista hispanoamericana Pensar. Es vicepresiden- te del Círculo Escéptico (circuloesceptico.org) y representante en España del Center for Inquiry Transnational. Tiene una bitácora dedicada exclusivamente al análisis crítico de los presuntos misterios, Magonia (blogs.elcorreodigital. com/magonia), la única web escéptica que forma parte de la oferta informativa de un medio de comunicación, coordina desde hace un año un proyecto de la Universidad del País Vasco, el Círculo Escéptico y El Correo para la difusión del pensamiento crítico.

—96—

S É algo que ustedes no saben. Tengo información de

una conspiración de alcance mundial y algunos de

sus protagonistas están en esta sala. 6 Me ha costado

casi veinte años darme cuenta. Dos décadas en las que he

interpretado el papel de tonto útil, de colaboracionista, por

ignorancia. Ahora, sólo espero que lo que les voy a contar

sirva para que la gente conozca la verdad y para que otros

como yo –que creen de buena fe en lo que hacen, a pe-

sar de encontrarse en el bando equivocado– se den cuenta

del engaño. Muchos de ustedes se encuentran en la mis-

ma situación que yo hasta hace poco; otros, los menos, son

conscientes de lo que hacen, son algunos de los ideólogos y

estrategas de la conspiración que voy a denunciar.

Todos conocen la historia ocial del moderno movi-

miento escéptico. Nació en la primavera de 1976 en Buffa-

lo (Estados Unidos), a instancias de Paul Kurtz, profesor

de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York y

organizador de un encuentro sobre Los nuevos irracionalis-

mos: la anticiencia y la pseudociencia. En aquella conferen-

cia, se presentó el Comité para la Investigación Cientíca de

las Armaciones de lo Paranormal (CSICOP), entre cuyos

fundadores estaban Isaac Asimov, Martin Gardner, Philip J.

Klass, James Randi y Carl Sagan. Tres décadas después de

aquel encuentro, el CSICOP –considerado por algunos la

Policía de la Ciencia– es el más poderoso de una red mun-

dial de grupos creadores de opinión que se extiende desde

Japón hasta el Reino Unido, desde Canadá hasta Argentina,

desde Egipto hasta Sudáfrica

...

¿Cómo se ha llegado a esta

situación? ¿Acaso es creíble que algo surgido de la nada y

por iniciativa de un simple profesor universitario extien-

da sus tentáculos por el mundo de esa manera y atraiga a

destacados cientícos y pensadores que colaboran en sus

proyectos por amor al arte?

6 Intervención del autor en la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, celebrada en Buenos Aires (Argentina) en septiembre.

—97—

Se entiende mejor todo si uno se para a pensar sobre los

orígenes del CSICOP. ¿Creen que es accidental que esta or-

ganización naciera en Estados Unidos y que participaran

en su creación personajes como Klass y Sagan? ¡Abran los

ojos! ¡Piensen un poco! Klass fue durante décadas un des-

tacado periodista de Aviation Week & Space Technology

que estaba al tanto de los principales avances aeronáuticos

de Estados Unidos y al que, desde mucho antes de su impli-

cación en las actividades del CSICOP, se relacionaba con la

CIA por su tendencia a explicar prosaicamente las observa-

ciones de ovnis. ¿Y Sagan? ¿Qué les voy a contar a ustedes

de este inuyente astrofísico que no sepan? No sólo tuvo la

sospechosa fortuna de que la televisión pública estadouni-

dense, la PBS, emitiera en 1980 su serie Cosmos, con la que

saltó a la fama en todo el mundo, sino que además mantuvo

siempre –incluidas las épocas de mayor tensión entre Esta-

dos Unidos y la Unión Soviética– uidas relaciones con sus

colegas del otro lado del Telón de Acero.

Señoras y caballeros, el CSICOP es una tapadera, un ins-

trumento creado para abortar cualquier progreso del conoci-

miento cientíco que pueda cuestionar el orden establecido.

Lo venía sospechando desde hace tiempo y me lo conrmó

hace poco una fuente que no puedo identicar. Esa persona

me llamó la atención sobre lo que les estoy diciendo y lue-

go me pidió que escribiera el nombre del CSICOP al revés,

POCISC, porque ahí se escondía su auténtica denomina-

ción: Plan of Censorship and Inltration in the Scientic

Community (Plan de Censura e Inltración en la Comuni-

dad Cientíca). Uno lo ve claro si echa una ojeada a la lista

de miembros del CSICOP: hay destacados representantes

de todos los campos de la ciencia, que actúan como caba-

llos de Troya en sus respectivas disciplinas para desacredi-

tar cualquier idea innovadora que vaya contra el dogma. Y

lo mismo sucede con el resto de las llamadas organizacio-

nes escépticas. Todas ellas forman parte de una estructura

que tiene como objetivo mantener el statu quo y evitar que

la opinión pública sea consciente del enorme potencial de

lo paranormal, una trama que me acabo de inventar y que

no aguantaría el mínimo análisis crítico, tal como sucede

con todas las conspiraciones en las que están de por medio

—98—

los platillos volantes y lo que en general etiquetamos como

enigmas, así como con algunas ideadas extravagantes for-

muladas a partir de hechos reales.

Toda teoría de la conspiración descansa en la idea de

que una o varias personas o entidades maquinan en secre-

to, y generalmente al margen de la ley, para alcanzar unos

nes. En la historia reciente, hay numerosos ejemplos de

conspiraciones demostradas, como el intento de asesinato

de Adolf Hitler del 20 de julio de 1944, la manipulación del

tabaco por parte de la industria para hacer los cigarrillos

más adictivos, el caso Watergate, la implicación de la CIA

en el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, la gue-

rra sucia contra el terrorismo vasco alentada por el Gobier-

no español entre 1984 y 1986, el hundimiento del Rainbow

Warrior por los servicios secretos franceses

...

Seguro que

cada uno de ustedes puede hacer una lista de hechos recien-

tes relacionados con una conspiración. Hasta los Gobier-

nos democráticos sujetos a un más ferreo control popular

recurren al secreto para actuar fuera de ley y a espaldas de

sus ciudadanos, escudándose en la denominada seguridad

nacional. Y, en ocasiones, alimentan la idea de una cons-

piración cticia, como cuando la CIA aprovechó la ebre

por los platillos volantes para camuar como naves extrate-

rrestres aviones espía como el U-2 y el SR-71, aparatos que

–según los expertos de la agencia de inteligencia– llegaron

a suponer en su época cerca de la mitad de los ovnis vistos

en el país.

Las conspiraciones reales son la base de otras, indignas

de crédito, en las que están implicados los extraterrestres,

los templarios, el Opus Dei, la NASA, la trilateral, los je-

suitas, los judíos y un largo etcétera de colectivos reales e

imaginarios. Hay quien cree que todas las conspiraciones

demostradas y por demostrar tienen el mismo fundamen-

to, que –como los Gobiernos, las multinacionales y algunos

colectivos han hecho a veces cosas ilegales para lograr sus

objetivos– prácticamente todo lo que sucede en el mundo

–desde la elección de papa hasta el tsunami del Índico de

diciembre de 2004– responde a intereses ocultos. Como hay

quien quiere creer, hay quien fabrica el producto a la me-

dida de ese consumidor. Así, entre las cenizas de las Torres

—99—

Gemelas, surgieron todo tipo de tramas que apuntaban a

que la planicación de los atentados había corrido a cargo

no del terrorismo islámico, sino del presidente de Estados

Unidos, que habría implicado en los ataques al Pentágono.

Se han publicado en esa línea varios libros en los que no se

aporta ni una prueba de tan extraordinaria armación y se

nos quiere hacer creer, por ejemplo, que ningún avión se

estrelló aquel día contra el cuartel general del Ejército de

Estados Unidos; pero no se nos explica qué pasó entonces

con los 64 pasajeros y tripulantes del Vuelo 77 de American

Airlines.

El escritor que asumió en España como propias las dis-

paratadas ideas del francés Thierry Meyssan, autor de La

gran impostura (2002), es Bruno Cardeñosa, un ufólogo

metido desde entonces en el negocio conspiranoico. Un

mes después de los atentados del 11-M, Cardeñosa rmó

un libro de “investigación periodística” en el que sostiene

“que los atentados de Madrid están enmarcados dentro de

un plan internacional que apunta directamente a Estados

Unidos, cuyos gobernantes han resultado beneciados por

lo ocurrido en Madrid”. No sé para qué pierden el tiempo

los servicios secretos, la Policía y los jueces de medio mun-

do investigando el entramado del terrorismo internacional

cuando un perseguidor de platillos volantes da él solito con

la verdad en unos días.

Cuando se une a fenómenos traumáticos y en ella se

implica a gobernantes o grupos de poder, la conspiración

es un buen negocio para el periodismo basura y, además,

puede llegar a tener un efecto tranquilizador sobre la po-

blación. Hay asesinos de masas que viven camuados entre

nosotros, pueden haberse educado en nuestras escuelas y

ser seguidores del mismo club de fútbol que nosotros; en

nada se diferencian exteriormente de quienes estamos aquí

hasta que actúan. Ante esa amenaza oculta –cuyos hechos

resultan difícilmente comprensibles para una mente sana–,

el periodismo basura identica a los culpables –poco im-

porta que no lo sean– de desgracias como la de las Torres

Gemelas con personajes, colectivos y países con mala ima-

gen entre los destinatarios del mensaje. Es más fácil –y,

por supuesto, más rentable– achacar en el mundo árabe las

—100—

270.000 muertes del maremoto del Índico a pruebas secre-

tas de armas hechas por Israel, Estados Unidos e India que

admitir que la Tierra es un planeta vivo y que, ante lo im-

previsible de algunos fenómenos, lo que falló hace un año

fueron los sistemas de alarma y de protección civil de los

países afectados.

Según la teoría de la conspiración, el mundo está dividi-

do en tres clases de personas: los que manejan los hilos, la

masa ignorante y los valientes que lo revelan todo. En esta

sala, los conspiradores son Joe Nickell, Benjamin Radford,

Alejandro J. Borgo –director de la revista Pensar–y las otras

guras destacadas del movimiento escéptico. La mayor par-

te de ustedes ignoraban lo que los primeros persiguen hasta

que yo –el arrepentido de turno que ha visto la luz cual Pa-

blo de Tarso– se lo he contado hace unos minutos. Lo que

pasa es que tampoco les he dado muchas pruebas, ¿verdad?

Digamos que difícilmente convencería de la verosimilitud

de mi teoría a un jurado, porque lo que he hecho es reunir un

conjunto de pruebas circunstanciales basadas en interpreta-

ciones mías y he dejado de lado todo aquello que no casaba

con mi historia. Siguiendo ese principio, puede demostrarse

cualquier cosa. Así, podía haber dicho que las siglas de Al-

ternativa Racional a las Pseudociencias (ARP) –asociación

cuyos estatutos redacté en 1986– ocultaban en realidad a

la Asociación para la Represión del Pensamiento, pero hu-

biera sido tirar piedras contra mi propio tejado porque me

hubiera situado en el mismo corazón de la conspiración, y

–que quede claro– yo soy el bueno en esta historia. Como

contrapartida a su fácil elaboración, este tipo de montajes

no aguanta la mínima reexión. Veamos un ejemplo.

Prácticamente un tercio de la población estadounidense

duda de que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y otros diez hom-

bres pisaran la Luna entre 1969 y 1972. Para esas personas,

los seis alunizajes del proyecto Apollo fueron rodados en

un estudio cinematográco porque las imágenes son dema-

siado nítidas, en ellas no se ven las estrellas y, si hubie-

ra sido realidad, se habría vuelto al satélite hace tiempo.

Sin embargo, casi cuarenta años después, lo que tenemos

es problemas para que unos astronautas vuelvan sanos y

salvos de la Estación Espacial Internacional (ISS), que se

—101—

encuentra a 400 kilómetros de altura, una milésima parte

de la distancia que separa la Tierra de la Luna. ¿Cómo se

explica en 2005 que el transbordador espacial pueda desin-

tegrarse durante la maniobra de reentrada en la atmósfera

terrestre y que con ninguna de las cápsulas del proyecto

Apollo pasara algo parecido hace más de treinta años? Muy

sencillamente: el proyecto Apollo fue un montaje de princi-

pio a n y las naves se dejaban caer desde un avión a gran

altura sobre el Pacíco como parte de una escenografía

ideada nada menos que por Stanley Kubrick.

La conspiración lunar es, por desgracia para sus promo-

tores, fácil de desmontar. Para empezar, hay un argumento,

que nada tiene que ver con la ciencia, que resulta demole-

dor: ¿cómo es que los soviéticos no denunciaron el enga-

ño?, ¿es posible que el departamento de efectos especiales

de la Casa Blanca engañara al Kremlin? Existen numerosas

incongruencias en el discurso conspiranoico sobre las mi-

siones Apollo y pruebas –en forma de rocas, de espejos de-

jados en la Luna, de grabaciones y de partes de naves que se

quedaron allí– que demuestran la realidad de los alunizajes.

Sin embargo, una exposición mediocre y sesgada –como

la de Bill Kaysing en We never went to the Moon (1974) o

la mía del comienzo de esta charla– puede llevar a la gente

a olvidarse de la realidad y dar crédito a la cción. Como

ocurre habitualmente cuando hablamos de fenómenos para-

normales, en las conspiraciones, el inltrado arrepentido no

suele haber trabajado en donde dice que lo ha hecho. Así,

Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que

no tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que

trabajó en la compañía Rocketdine, la rma que desarrolló

los motores del Saturno 5, pero como bibliotecario y, ade-

más, abandonó la empresa en 1963, antes de que se impli-

cara en la conquista de la Luna. Un caso aún más descarado

es el del periodista español Santiago Camacho, quien sos-

tiene, en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia

(2003), que Maria Blyzinsky, astrónoma del Observatorio

de Greenwich, no se explica por qué no se ven las estrellas

en ninguna foto lunar. Cuando leí la primera vez las decla-

raciones de la astrónoma, pensé que se trataba un personaje

inventado. No es así. Maria Blyzinsky existe, es astrónoma

—102—

y trabaja en el Observatorio de Greenwich. Ahora bien, ja-

más ha dicho lo que arma Camacho y considera un dispa-

rate la teoría de la conspiración.

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que hay cons-

piraciones y conspiradores, sin duda, y que los ha habido

siempre; pero que no hay ninguna prueba –más bien todo

lo contrario– de que tramas del estilo de la de El código

Da Vinci –una novela que pretende hacer pasar por his-

tóricos hechos de nunca han ocurrido–, We never went to

the Moon, La gran impostura y El incidente (1980) tengan

la mínima base real. Lo razonable no es ni negar que hay

conspiraciones ni armar que vivimos en un mundo regido

por ellas. Nos guste o no, las hay; pero eso no signica que

tengamos que creer que todo lo que nos cuentan y lo que

nos pasa es producto de contubernios. Claro que es más

fácil y psicológicamente tranquilizador culpar, por ejemplo,

de nuestro estancamiento profesional a un malvado colega

que a nuestra incapacidad o falta de entrega. Con las gran-

des conspiraciones –ésas que ocultan secretos impensables

y en las que participan decenas de miles y hasta centenares

de miles de personas sin que ninguna sea capaz de ltrar la

menor prueba–, basta en la mayoría de los casos con aplicar

el sentido común para derribar el castillo de naipes. Quizá

sea eso en lo que tengamos que centrarnos los escépticos de

cara al gran público porque, simplemente, puede ser lo más

efectivo.

—103—

ALGUNOS EJEMPLOS DE

VIOLENCIA DIFERIDA

por

JESÚS GARCÍA CALDERÓN

JESÚS GARCÍA CALDERÓN, Nacido en Badajoz, en 1959, curso estudios de Derecho en la Universidad Hispalense de Sevilla, especializándose en Derecho Público en 1981. Ingresó en la Carrera Fiscal en 1985, cubriendo su primer destino en la Audiencia Provincial de Huelva y, en 1986, fue nombrado Fiscal de la Audiencia Territorial de Sevilla. En 1995 fue nombrado Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial de Lugo y en 2001, Fiscal Superior de Andalucía, siendo renovado para el cargo el pasado mes de septiembre, por unanimidad de todos los miembros del Consejo Fiscal. Consejero Consultivo de Andalucía, ha promovido desde el año 2003 la creación de las primeras redes especializadas de Fiscales en materia medioam- biental, de lucha contra los siniestros laborales y para combatir la violencia de género. Ha publicado mas de más de una veintena de trabajos jurídicos y ha de- sarrollado actividades docentes en varias universidades españolas y extranje- ras. Desde 2001 ha desarrollado trabajos como Consultor Internacional para la protección legal del Patrimonio Histórico en Colombia, Bolivia, Ecuador, Argentina, Méjico y Uruguay. También ha desarrollado funciones de apoyo ins- titucional al Ministerio Fiscal en las repúblicas de Honduras y Panamá, donde recientemente ha elaborado un informe sobre la situación de la justicia juvenil. Es autor, además, de nueve libros de poesía y prosa, diversos textos sobre literatura española contemporánea y de otras publicaciones.

—106—

«Esto es lo primero que he comprendido:

el tiempo es el eco de un hacha dentro de la madera».

PHILIP LARKIN

El Barco del Norte (T. de Jesús Llorente Sanjuán)

La indiferencia ocial para el examen de las fuentes de

la violencia

L AS reexiones que desarrollan anualmente las insti-

tuciones policiales y judiciales en España no suelen

incidir en el análisis y examen acerca de cuales sean

las causas generadoras de la violencia. Se alude –en todo

caso– al incremento o descenso puramente numérico de los

actos delictivos de mayor gravedad y, con una cierta timi-

dez y reserva, a las causas genéricas que pueda presentar

la evolución de la criminalidad, así como a las dicultades

que comporta su adecuado tratamiento jurisdiccional, pro-

poniendo algunas reformas legislativas o algunas nuevas

formas de organización y coordinación institucional. Lo

cierto, como acabamos de señalar, es que no hay alusión

alguna para el examen cientíco de sus fuentes por parte de

quienes tienen en sus manos, precisamente, el grueso del

material empírico almacenado ocialmente sobre los actos

relevantes de violencia social.

La materia que pretendo abordar en esta ponencia es

la que se reere a distintas formas masivas de la que po-

dríamos llamar violencia social sobrevenida, una forma de

violencia que según se desarrolla en nuestro tiempo, a mi

juicio, se encuentra relacionada con algunos fenómenos cri-

minales recientemente tratados por la doctrina penal.

—107—

Por violencia social, aunque todas las violencias cuen-

tan con esa elemental condición, podemos entender, entre

otras, aquella que, de una forma injusticada, se dirige al

entorno próximo y urbano del agresor, no a las personas,

con la nalidad de exponer una protesta difusa y relaciona-

da con las dicultades que sufre el agente para el ejercicio

cotidiano de sus derechos fundamentales. La falta de vi-

vienda, el trabajo precario, la elevación abusiva de precios,

la asistencia social como remedio ingrato a la continuidad

de una vida familiar, son algunas de las razones que se es-

grimen por estos grupos para justicar sus excesos. No se

trata de una forma de violencia política

Esta forma de violencia social no suele encontrar arraigo

en las zonas rurales y cuenta con un habitual ingrediente ju-

venil, aunque el límite de juventud en todas las sociedades

occidentales y, muy especialmente, en la sociedad españo-

la, se encuentra con magnitudes cada vez más generosas y

preocupantes, porque preocupante es tener jóvenes de cua-

renta años que no quieren serlo o, mejor dicho, que quieren

serlo desde una perspectiva biológica pero no desde una

perspectiva social y profesional.

En principio, la tradición judicial española ha sido la de

considerar que este examen ha pertenecido de forma exclu-

siva al ámbito académico, olvidando que la atenta observa-

ción de la realidad y su análisis nos permitiría entablar un

diálogo enriquecedor con la comunidad cientíca y encon-

trar un cúmulo de razones para avanzar en la persecución

legal de los actos violentos y en su erradicación.

Una de las razones que podrían explicar esta falta de

atención es que el estudio de la realidad criminal requeriría,

cuando menos, una aproximación real hacia el número de

actos violentos con los que convivimos, un material bien

sistematizado para el análisis por el estudioso y comple-

tado con las anotaciones pertinentes. Esa información, sin