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EL SABER DELIRANTE J.-A. Miller y otros

Prólogo Pág. 9 Pocos días antes de la fundación de la Escuela de la Orientación Lacaniana, en una memorable

conferencia 1 , Jacques -Alain Miller anticipaba el lugar y la función

del Campo Freudiano en la Argentina. Recordaba allí la necesidad que llevó a Lacan, entre 1975 y 1977, a renovar el Departamento de Psicoanálisis, a crear un doctorado universitario en psicoanálisis y una Sección Clínica: estimular a

su Escuela, la Escuela Freudiana de París. «De igual manera -señalaba Miller-, al mismo tiempo que se va a crear una Escuela, habrá un

Instituto que será nuestra manera de continuar lo que Lacan indicaba en esos años

La razón, aunque preñada de consecuencias, es sencilla. El Instituto se vuelve un lugar necesario porque el discurso analítico mismo está habitado por una pulsión de muerte, por una dimensión entrópica: la del saber supuesto. Y, para contrarrestarla, es necesario un ámbito que se funde y se «constituya para honrar, para facilitar, para dar una prevalencia al saber expuesto» 3 . Esa es, desde siempre, la función primordial del Instituto. La Escuela de la Orientación Lacaniana fue fundada el 3 de enero de 1992. Al año siguiente, el Instituto del Campo Freudiano anunciaba que, en el marco de las Secciones Clínicas ya existentes en el mundo, se encontraba en preparación y comenzaría pronto sus actividades públicas la que sería la Sección Clínica de Buenos Aires 4 . Efectivamente, en 1994 esta nueva Sección inicia su trabajo de enseñanza, que proseguirá sin interrupciones hasta finales del 997. La mayoría de sus enseñantes, muchos de los que fueron entonces sus participantes y, sobre todo, la gran experiencia acumulada durante esos años, constituyeron luego la base y el núcleo fuerte sobre el cual fue fundado, en agosto de 1998, el actual Instituto Clínico de Buenos Aires. Por todo ello la publicación de este nuevo volumen de nuestra Colección tiene un valor especia l:

el lector podrá hallar en sus páginas un testimonio vivo de aquel trabajo de exposición de saber que animó a la Sección Clínica de Buenos Aires y que, día tras día, intenta proseguirse en el ámbito del Instituto. El programa de enseñanza de la Sección Clínica se distribuía entonces en varios módulos. Uno de ellos llevaba el nombre de «Seminarios -Coloquios». La actividad contaba con la presencia de docentes del Departamento de Psicoanálisis de París VIII, y su preparación y organización estaban a cargo d e Dudy Bleger. Ella, por entonces responsable de la coordinación local de la Sección Clínica, aseguró el intenso trabajo desplegado durante todo ese tiempo y dirigió la Colección Nueva Biblioteca Psicoanalítica (Editorial Paidós), donde fueron publicados varios de dichos Seminarios-Coloquios. Sin embargo, algunos de ellos no habían sido editados hasta la fecha. Esto es lo que hoy ofrecemos al público: dos Seminarios-Coloquios realizados en Buenos Aires en los años 1995 y 1996, aún inéditos. (Pág. 10) El primero de ellos, que lleva por título «Delirio y fenómeno elemental», permite acceder a un verdadero trabajo interno entre los docentes y los entonces participantes de la Sección Clínica. En su primera parte, el lector podrá reconocer el fino y detallado ejercicio de la «disciplina del comentario de texto», esfuerzo de lectura que trabaja en profundidad sobre un breve pasaje de un texto y apunta a hacerle responder por las preguntas que él mismo se plantea. Se trata de un

que correspondería al Instituto

» 2 .

1 Miller, Jacques-Alain, «El analista y los semblantes», conferencia pronunciada en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1991, y publicada en De mujeres y semblantes, Cuadernos del Pasador 1, Buenos Aires, 1993.

2 Ibíd., pág. 35.

3 Ibíd.

4 «Panorama del Instituto», 15 de febrero de 1993, Cuadernillo del Instituto Clínico de Buenos Aires Ciclo 2004, pág. 46.

esfuerzo de lectura metódica y sistemática que intenta dar cuenta de la lógica que lo sustenta. Dos referencias freudianas sobre el delirio y dos lacanianas sobre la identidad entre fenómeno elemental y delirio constituyen la base para este ejercicio y su posterior debate. En la segunda parte, una conferencia de Jacques -Alain Miller no sólo abre múltiples vías para la indagación de dicha identidad estructural sino que deja perplejo a su auditorio con la afirmación de que «todo saber es delirio» y, a su vez, que «el delirio es un saber». Esta sorprendente fórmula, que no hace sino extremar las consecuencias de lo indicado por Lacan al decir que la psicosis es la normalidad y que «somos todos delirantes», surge de considerar que hay, para todo sujeto, una relación inaugural al significante evidenciada por el fenómeno elemental. Y si todo sujeto se enfrenta al hecho de tener que descifrar los significantes que lo sumen en la perplejidad, todos, de un modo u otro, deliramos. Una iluminadora comparación entre formaciones del inconsciente y fenómeno elemental, la propuesta de concebir un «operador de perplejidad» y la utilización -sugerida por Lacan- del gnomon griego para pensar la eficacia creativa del sujeto, constituyen algunos de los puntos más sobresalientes de esta notable conferencia, en la que hallamos la inspiración para el título que finalmente dimos a este volumen. El segundo Seminario-Coloquio, titulado «Del síntoma al matema», lleva las marcas de las circunstancias. Pensado inicialmente como un seminario de trabajo interno equivalente al de 1995, su coincidencia con la realización en Buenos Aires del IX Encuentro Internacional del Campo Freudiano en julio de 1996 llevó a que la actividad se abriera a un público más amplio. La presencia y las intervenciones de algunos reconocidos analistas de otras latitudes geográficas son prueba de ello y ofrecen un plus de interés. Muestran muy bien cómo el saber expuesto, que en su aspiración de cientificidad se orienta por la vía del matema, conserva siempre algo de atópico:

vale como el mismo saber en todas partes 5 . (Pág. 11) En esta oportunidad, los comentarios a propósito de algunos párrafos del escrito de Lacan «Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos» y fragmentos freudianos de «Inhibición, síntoma y angustia», son desplegados por docentes y participantes de la Sección Clínica y sirven de apoyo para el debate. Debate que gira, desde diversas perspectivas, en torno a las relaciones a establecer entre los «tipos clínicos», el síntoma y la estructura. También aquí, aun cuando el acento recaiga sobre la problemática de la clínica de las neurosis, pueden leerse -como sutil telón de fondo- los fundamentos de una clínica universal del delirio. Los síntomas, incluso neuróticos, también son una invención sobre el trasfondo de un no hay. Al modo de una verdadera conversación, como las que poco tiempo después comenzarían a desarrollarse en el ámbito del Campo Freudiano y que aquí aparecen anticipadas 6 , el lector podrá constatar la continuidad de un esfuerzo: sostener una indagación profunda de las coordenadas estructurales de la clínica que no se conforme con la reiteración dogmática de la enseñanza de Lacan. Por el contrario, podrá leerse en estas páginas el valor que tiene para la enseñanza y la investigación que el acuerdo nunca sea total. De qué modo sostener ese desacuerdo implica proseguir con la enseñanza de Lacan en lo que ésta tenía de inimitable consigo misma. Así, hacia el final del volumen, una humorada de Miller nos recuerda la posición que conviene, tanto al analista en su práctica, como al enseñante y también al lector. «¿Qué determina en uno -se pregunta- el sentimiento de haber captado un sentido?» Y responde: «El sentido comprendido es el goce, la satisfacción». Pero, como él nunca queda totalmente contento con su lectura de Lacan, propone crear con quienes comparten el mismo sentimiento de insatisfacción un sindicato: el

sindicato de

¡Los insatisfechos de Lacan! (Pág. 12)

5 Ibíd., pág 1. 6 Véase Los inclasificables de la clínica psicoanalítica, de esta misma colección (Buenos Aires, Paidós, 1999).

Auguramos que el lector que decida recorrer este nuevo volumen de la Colección del Instituto Clínico de Buenos Aires, y cualquiera sea la forma que adopte su trabajo -ya sea asintiendo, objetando o bien manifestando su desacuerdo con lo que en estas páginas se afirma-, pasará a formar parte también él de ese «sindicato». Al cumplirse más de diez años de la creación de la Sección Clí nica de Buenos Aires, si eso es lo que este libro consigue transmitir, su principal objetivo se habrá cumplido. Tal vez sirva así de discreto homenaje.

LEONARDO GOROSTIZA Buenos Aires, abril de 2005

I

Delirio y fenómeno elemental

Seminario-Coloquio de la Sección Clínica de Buenos Aires

1995

La actividad se desarrolló durante toda una jornada. Por la mañana, las ponencias dedicadas a la «disciplina del comentario» abordaron fragmentos de textos de Freud y de Lacan. Dicha tarea fue encomendada a algunos de los entonces participantes de la Sección Clínica de Buenos Aires. La coordinación y animación del debate estuvo a cargo de docentes de la misma Sección Clínica. Por la tarde, Jacques -Alain Miller pronunció una conferencia referida al tema.

DOS REFERENCIAS FREUDIANAS

Comentario de un párrafo de «Introducción del narcisismo» (Pág. 19)

I. PÁRRAFO ELEGIDO

Cecilia D'Aivia

«Puesto que la parafrenia a menudo (si no la mayoría de las veces) trae consigo un desasimiento meramente parcial de la libido respecto de los objetos, dentro de su cuadro pueden distinguirse tres grupos de manifestaciones. 1) las de la normalidad conservada o la neurosis (manifestaciones residuales); 2) las del proceso patológico (el desasimiento de la libido respecto de los objetos, y de ahí el delirio de grandeza, la hipocondría, la perturbación afectiva, todas las regresiones), y 3) las de la restitución, que deposita de nuevo la libido en los objetos al modo de una histeria (dementia praecox, parafrenia propiamente dicha) o al modo de una neurosis obsesiva (paranoia). 7 »

II. UBICACIÓN DEL TEXTO

«Introducción del narcisismo», de 1914, está considerado uno de los escritos más importantes y complejos de la obra freudiana. Resume pensamientos anteriores de Freud e introduce el término narcisismo para designar una etapa en el desarrollo sexual. Freud expuso el tema por primera vez en 1909, en una reunión de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, y ubicó el narcisismo como una etapa intermedia entre el autoerotismo y la elección de objeto. En 1910, el libro sobre Leonardo da Vinci contiene una extensa referencia al concepto; y en 1911, en el caso Schreber, se incluyen varias puntualizaciones previas a este trabajo.

7 S. Freud, «Introducción del narcisismo», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, t. XIV, p. 83.

En «Introducción del narcisismo» Freud presenta la distinción entre libido yoica y libido de objeto. Esta separación es la consecuencia de un primer supuesto que dividió pulsiones sexuales y pulsiones yoicas. A lo largo de su desarrollo, se vio en la necesidad de formular un nuevo acto psíquico que debería añadirse al autoerotismo para constituir el narcisismo, ya que no existe en el sujeto, desde el comienzo, una unidad comparable al yo. Introdujo entonces los conceptos de ideal del yo y de una instancia de observación de sí, que más tarde conducirá al superyó, así como también las definiciones de sublimación e idealización, que permiten diferenciar ambas operaciones. El proyecto de incluir la psicosis bajo la premisa de la teoría de la libido llevó a Freud a considerar la imagen de un narcisismo primario o normal. Concibió, pues, que el narcisismo nacido como un repliegue de las investiduras de objeto era un narcisismo secundario, constituido sobre la base de otro primario. De modo que la clínica de la psicosis modificó, en cierto sentido, el discurso freudiano imponiéndole distintas formas de pensar el yo. Cabe agregar que en determinado momento Freud señaló que, más que aclarar el problema de la psic osis, pretendía justificar la introducción del narcisismo.

III. COMENTARIO (Pág. 20)

El párrafo se encuentra en el capítulo II del texto, donde Freud plantea la parafrenia como la principal vía de acceso al estudio del narcisismo. Realiza allí un resumen de las parafrenias, del que intentaré despejar algunos puntos. Cito a Freud. «Puesto que la parafrenia a menudo (si no la mayoría de las veces) trae consigo un

desasimiento meramente parcial de la libido respecto de los objetos [

en que Freud comienza el párrafo (puesto que) nos lleva a suponer que lo que sigue (trae un desasimiento parcial) se desprende de sus párrafos anteriores. Ahora bien, como entiendo que no es así me pregunto por qué habla de desasimiento parcial en relación con la parafrenia. Sabemos que la demencia praecox para Kraepelin, o esquizofrenia para Bleuler, se caracteriza por la eficacia del retiro de la libido del mundo exterior, por una separación completa de la misma. Se podría atribuir entonces esta afirmación de Freud a la inclusión de la demencia praecox y de la paranoia bajo la noción de parafrenia.

Seguramente, como consecuencia del diagnóstico de Schreber, Freud pudo precisar y dar cuenta de algunos hechos clínicos. En primer lugar, un enfermo puede evolucionar desde la paranoia a la demencia praecox; y, en segundo lugar, los fenómenos se combinan en distintas proporciones y pueden producir un caso como el de Schreber, que mereció el nombre de demencia paranoide. Quizá sea importante recordar que en la correspondencia con Jung -sobre todo, en la carta XXV- aparecen cuestiones centrales respecto de la clínica diferencial. Freud establece allí una clara distinción entre lo que ocurre cuando hay éxito de la represión, la libido se retira del mundo exterior y desemboca en el autoerotismo dando curso a la demencia praecox; y lo que sucede cuando la represión falla: hay retiro de libido con transformación y proyección de la misma, lo que da lugar a la paranoia pura con conservación del sentimiento de realidad. Plantea asimismo un tercer caso, en el que solo una parte de la libido deriva hacia el autoerotismo, mientras que otra busca de nuevo el objeto. La libido se fija de manera duradera en el delirio y surge de esta forma, según Freud, el caso menos puro y más frecuente: la demencia praecox paranoide, o sea, el diagnóstico de Schreber. En esta misma carta, Freud le sugiere a Jung la posibilidad de atribuir muchos de los malentendidos entre ambos al hecho de no haber diferenciado bien los dos tiempos del proceso: la división entre represión y retorno de la libido. Sabemos que para él lo importante no es tanto la

En primer lugar, la forma

]».

pérdida de la realidad, la represión de la libido, sino lo que sustituye a esta pérdida, la tentativa de reconstrucción. (Pág. 21) Volviendo al párrafo, vemos que Freud diferencia tres grupos de manifestaciones. Señala primero las de la normalidad: como en la paranoia, no hay una completa desvinculació n del mundo exterior; se conservan, pues, algunas de sus funciones. No sorprende que reúna en el segundo grupo, el de las del proceso patológico, todas aquellas manifestaciones en las que hay un extrañamiento respecto del mundo exterior, ya que se trata de uno de los dos rasgos fundamentales que él propuso, junto al delirio de grandeza, para designar la parafrenia. Detengámonos en este punto para intentar despejar por qué Freud ubica el delirio de grandeza junto a la hipocondría, las perturbaciones efectivas y todas las regresiones. Es que, por lo que define como proceso patológico, el desasimiento de la libido respecto de los objetos, resulta difícil suponer lo que lo lleva a denominar delirio también a este proceso. Y, dado que sabemos del esfuerzo freudiano por ubicar el delirio como un intento de restitución, nos preguntamos si no estará nombrando del mismo modo procesos diferentes. Y, si es así, ¿por qué lo hace? Leemos en el punto 2: «y de ahí», es decir, el delirio de grandeza como una consecuencia d el retiro de la libido de los objetos y no el retiro mismo. Hay que destacar la importancia que Freud atribuye al destino de esa libido retirada de los objetos. No tiene las mismas consecuencias investir el órgano (hipocondría) o replegarse sobre el yo y dar así origen al narcisismo. Al volver sobre algunos párrafos anteriores, observamos que Freud está planteando una relación entre la estasis libidinal y el servicio que presta el aparato anímico encargado de dominar las sensaciones penosas producidas por el aumento de tensión, que se manifiesta como displacer. Y más adelante leemos: «En las parafrenias, el delirio de grandeza permite esta clase de

procesamiento de la libido devuelta al yo [

el delirio de grandeza intentaría encauzar la libido liberada que se volcó al yo. Evidentemente, se trata de un delirio que rompe con la premisa freudiana del delirio como restitución. Pero ¿qué función cumple? Intentando seguir la lógica del pensamiento freudiano, ¿podríamos, a esta altura, plantear la hipótesis de que el delirio de grandeza funciona como bisagra? (Pág. 22) Hasta aquí intenté situar dos aspectos: primero, la manifestación de un proceso patológico, momento en que -cito a Freud- «La libido, convertida en narcisista, no puede entonces hallar el camino de regreso hacia los objetos, y es este obstáculo a su movilidad el que pasa a ser

patógeno 9 »; y en segundo lugar, cuando el delirio de grandeza procura el dominio psíquico de este volumen de libido en un esfuerzo por tramitarla (procesamiento). Se podrían pensar así dos momentos: la estasis libidinal y el intento de encauzarla. Es que, si bien no exis te un intento de ocupar libidinalmente los objetos (lado patológicos, hay un intento de encauzar la libido, y este

fracasa: «[

yo se vuelve patógena y provoca el proceso de curación que se nos aparece como enfermedad 10 ». El delirio de grandeza se ve, pues, frustrado en su intento, y se sitúa en este momento el empuje al delirio como proceso de curación. De modo que quedan claramente diferenciados el proceso

patológico del de curación. Retomo la última parte del párrafo, donde Freud refiere las manifestaciones de la restitución y destaca dos formas: al modo de una histeria o al de una neurosis obsesiva. Ubica así los momentos productivos de la enfermedad, en el sentido alucinatorio y delirante. Este proceso de restablecimiento se presenta de manera ruidosa en su intento de reconducir la libido a los objetos abandonados previamente. Así como la dementia praecox recurre al mecanismo de la alucinación, la paranoia utiliza la proyección como mecanismo esencial.

]

8 ». Entiendo que Freud está situando la forma en que

]

solo después de frustrado ese delirio de grandeza, la estasis libidinal en el interior del

8 Ibíd.

9 S. Freud, «26º conferencias, en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, t. XVI, p. 383. 10 S. Freud., ob. cit. n. 1.

En las alucinaciones se observa un fracaso del intento de restitución de la libido al mundo exterior y un triunfo de la represión, lo cual marca una diferencia importante con la parano ia, donde se logra la reconstrucción del mundo y, por consiguiente, se restablecen las cargas libidinales previamente transformadas. Luego, su desenlace aportaría la otra gran diferencia. Tenemos entonces dos delirios con características y consecuencias d iferentes: en el punto 2, desasimiento de la libido de los objetos, retorno de la libido al yo (libido yoica), estasis libidinal, procesamiento, fracaso del mismo. Y en el punto 3: restablecimiento de los lazos libidinales, reconstrucción de la realidad, libido objetal, delirio como forma de trabajo de la psicosis. Este delirio es la cura que el psicótico produce para restablecer los lazos libidinales con los objetos como consecuencia de un cambio cualitativo en la dialéctica libidinal, que lo lleva a la reconstrucción del mundo. El proceso fracasa en el punto 2, cuando irrumpe la libido y hay un avasallamiento del yo. El delirio de grandeza se frustra en su intento de restituir un orden libidinal. Podríamos pensar este momento como un efecto inmediato de lo real que le vuelve al sujeto, antes de la mediación delirante. Intentando responder a la pregunta formulada, creemos que, en efecto, Freud utiliza la palabra delirio en ambos procesos. Si suponemos que no es un uso arbitrario del término, quizá se pueda pensar que el delirio de grandeza, ubicado en el tiempo patológico, y el delirio restitutivo, intento de curación, son manifestaciones de diferentes momentos dentro de un mismo proceso.

Comentario de un fragmento de «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente» (Pág. 25) Luis Darío Salamone

I. FRAGMENTOS ELEGIDOS

«¡Ay! ¡Ay! /¡Has destruido/ con puño poderoso/ este bello mundo!/ ¡Se hunde, se despeña! / ¡Un

semidiós lo ha hecho pedazos! [

reconstrúyelo, /dentro de tu pecho reconstrúyelo!» 11

]

/¡Más potente /para los hijos de la Tierra, /más espléndido,/

«Y el paranoico lo reconstruye, claro que no más espléndido, pero al menos de tal suerte que pueda volver a vivir dentro de él. Lo edifica de nuevo mediante el trabajo de su delirio. Lo que

nosotros consideramos la producción patológica, la formación delirante, es, en realidad, el intento

de restablecimiento, la reconstrucción. [

dicha consiste en un desasimiento de la libido de personas -y cosas- antes amadas. Se cumple mudo; no recibimos noticia alguna de él, nos vemos precisados a inferirlo de los procesos subsiguientes. Lo que se nos hace notar ruidoso es el proceso de restablecimiento, que deshace la represión y reconduce la libido a las personas por ella abandonadas. 12 »

Diremos, pues: el proceso de la represión propiamente

]

Il. FREUD Y LA PARANOIA

Que la paranoia le interesó a Freud desde muy temprano se puede comprobar en el Manuscrito H, enviado a Fliess el 24 de enero de 1894, donde, rompiendo con la psiquiatría de la época, planteó que las ideas delirantes son consecuencias de un proceso psicológico. La paranoia rechaza una idea intolerable para el yo mediante la proyección al mundo exterior de su contenido. En el

11 Goethe, Fausto, parte I, escena 4. Citado por S. Freud en «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1980, t. XII, p. 65.

12 S. Freud, Ibíd., pp. 65 y 66.

Manuscrito K, que data del 1º de enero de 1896, retorna el tema del mecanismo de proyección como elemento determinante de la paranoia. En el curso de ese año escribió «Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa», donde aparece el análisis de un caso de paranoia crónica, diagnóstico enmendado por él mismo años más tarde en una nota sobre dementia

paranoides, expresión que luego utilizará para Schreber. Después de otra carta a Fliess, del 19 de diciembre de 1899, donde había señalado que la paranoia implica un retorno a un temprano autoerotismo, realizó su contribución más importante al decidir analizar el caso Schreber.

Las Memorias

de Schreber se publicaron en 1903. Freud las trabajó en el verano de 1910, y en

septiembre de ese año mantuvo una conversación con Ferenczi durante un viaje a Sicilia. De regreso, comenzó con la redacción del texto que ya en diciembre había terminado 13 . Según plantea Maurits Katan 14 , Freud recurrió a la autobiografía de Schreber para dar cuenta de dos teorías que brindaban un nuevo enfoque d e la estructura del delirio: la primera piensa el delirio como defensa contra la homosexualidad, y la segunda, en tanto intento de restitución. Debido al fragmento escogido para el comentario, nos detendremos particularmente en esta última.

IIl. LA RECONSTRUCCIÓN DELIRANTE (Pág. 26)

Con la cita del coro de espíritus (que canta tras la maldición con la que Fausto reniega del mundo), Freud ilustra dos momentos evidenciados en casos de paranoia como el de Schreber: el sepultamiento del mundo, resultado de la proyección de la catástrofe interior, y la reconstrucción, cuando el sujeto edifica con el delirio un mundo habitable. Los términos reconstrucción o

edificación no son arbitrarios, ya que se pone en juego una verdadera arquitectura delirante. Freud indica: «Lo que nosotros consideramos la producción patológica, la formación delirante, es, en realidad, el intento de restablecimiento, la reconstrucción». Por un lado, es un hecho que cuando un psicótico delira no es difícil suponer que se trata de otra cosa que de una producción patológica. Pero más allá de esto resulta de interés que, al menos en el recorrido realizado, no se encuentran antecedentes que hayan pensado en algo de otro orden frente a la formación delirante. Una de las referencias psiquiátricas de Freud -y también de Schreber- es Kraepelin, quien opinaba de la paranoia: «Como la enfermedad implica hondo quebranto de la personalidad, no es de esperar la curación» 15 . Asimismo había sostenido que lo usual era que al cabo de algunos años sobreviniera una debilidad mental. La raíz del problema se encuentra, pues, en una predisposición

morbosa, la cual es una manifestación degenerativa, con insidioso desarrollo e incurable

por su parte, señaló la importancia que tuvo en la psiquiatría la idea de que una enfermedad aguda puede desembocar en un daño permanente del órgano afectado. Es que ciertos síntomas indicaban una tendencia al deterioro, hasta tal punto que se llegó a hablar de una paranoia deteriorante. En su estudio sobre la demencia precoz 17 , el autor utiliza estos términos para referirse al grupo de psicosis cuyo curso puede detenerse o retroceder, pero que no admite una restitutio ad integrum. (Pág. 27) Entonces, la idea del delirio en tanto restitutivo no solo es originaria de Freud sino que se opone

a la concepción psiquiátrica imperante hasta ese momento, aun cuando la obra de Bleuler se hubiera visto influida por ella. Podemos rastrear la progresiva elaboración de la teoría de Freud en la correspondencia mantenida con sus colegas que trabajaban con psicóticos. Así, en una carta

16

. Bleuler,

13 Cartas de Freud a Abraham y a Jung del 18 de diciembre de 1910.

14 M. Katan, «El delirio de Schreber acerca del fin del mundo», en Los casos de Sigmund Freud, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993, p. 119.

15 E. Kraepelin, Introducción a la clínica psiquiátrica, Madrid, Nieva, 1988, p. 162. Con respecto a la demencia precoz, opinaba que el fin más frecuente es la incurabilidad definitiva (Ibíd., p. 48).

16 La última edición del tratado de Kraepelin implica cierto cambio de opinión, consecuencia del cuestionamiento de su dogma de cronicidad de la paranoia. No objeta la posibilidad de paranoias benignas seguidas de cura, si bien no realiza ninguna descripción clínica. Bleuler hablará de «paranoias abortivas», capaces de corregirse por sí mismas; sin embargo duda de referirse a paranoias en estos casos, ya que para él la definición del concepto implica la incurabilidad. (P. Bercherie, Los fundamentos de la clínica, Buenos Aires, Manantial, 1980, p. 159.)

17 E. Bleuler, Demencia precoz, Buenos Aires, Lumen-Hormé, 1993.

dirigida a Jung el 26 de diciembre de 1908, refiere que con Ferenczi realizaron especulaciones

coincidentes: «[

espectacular, incluso las alucinaciones), es su tentativa de curación y a ello es a lo que denomina usted tentativa de compensación 18 ». Y mientras Jung insistía en una teoría tóxica de la esquizofrenia, Freud decía haber seguido el camino abierto por el trabajo de Abraham sobre las

«Diferencias psicosexuales entre histeria y demencia precoz

Según el informe del director del asilo Sonnenstein, el doctor Weber, el delirio de Schreber se fue cristalizando hasta desarrollar un artificioso edificio delirante capaz de reconstruir su

personalidad a un punto tal que, más allá de perturbaciones aisladas, se mostraba a la altura de las tareas de la vida. En los alegatos ante el tribunal para ser dado de alta, Schreber no dejó de lado sus

delirios y defendió las argumentaciones expuestas en sus Memorias

incapacidad, explica Freud, fue por la agudeza y el rigor lógico con que sostuvo su sistema. El segundo fragmento elegido nos permitirá dar cuenta de la realización del proceso. El sujeto sustrae la investidura libidinal del exterior, de las personas y cosas amadas, lo que hace que todo se tome indiferente y se explique como algo milagroso, «improvisado de apuro», y conduzca a un sepultamiento del mundo subjetivo. Este retiro se cumple bajo un mutismo y solo puede ser colegido en un momento ulterior, donde contrasta con la forma ruidosa en que la libido es reconducida a los objetos previamente abandonados. Este proceso ruidoso es el delirio. Y Freud piensa la proyección como forma de llevarlo adelante. «Una percepción interna es sofocada, y como sustituto de ella adviene a la conciencia su contenido, luego de experimentar cierta desfiguración, como una percepción de afuera» 20 , sostiene, en principio, para luego introduc ir esa

aclaración que merecerá la relectura de Lacan. No se trata de que la sensación sofocada interiormente se proyecte hacia afuera, sino de que «lo cancelado adentro retorna desde afuera 21 ». Lacan retomará la crítica del término proyección en el sentido psicológico; en la psicosis retorna del exterior de lo que está preso en la Verwerfung, es decir, lo que se dejó fuera de la simbolización que estructura al sujeto 22 . Si bien Freud utiliza el mecanismo de represión para pensar la psicosis, estas consideraciones lo llevarán, luego de introducir la segunda tópica, a encontrar una diferencia entre la génesis de la neurosis y la psicosis. La primera resulta, pues, de un conflicto entre el yo y el ello, y la segunda, de una perturbación de los vínculos del yo con el mundo exterior, de una desgarradura ante la cual el delirio opera como parche. Por eso los procesos patógenos en las psicosis en ocasiones aparec en

encubiertos por los intentos de reconstrucción

En «La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis» retomará la cuestión de los dos pasos observados en la psicosis para indicar que, compensando la pérdida de la realidad, el segundo apunta a la reparación, pero no a partir de una limitación del ello, como la neurosis, sino por la creación de una nueva realidad, aun cuando en la neurosis también s e procuraría sustituir la realidad indeseada por medio de la fantasía. Mientras que en la neurosis la realidad es evitada no queriendo saber nada de ella, en la psicosis es reconstruida. Freud sostiene que «Un cometido de la

psiquiatría especial, no abordado aún, es elucidar los diversos mecanismos destinados a llevar a cabo en la psicosis el extrañamiento de la realidad y la reedificación de una nueva, así como el

]

aquello que consideramos como manifestaciones de su enfermedad (todo lo

19

».

Si logró que se levantara su

23

. (Pág. 29)

18 S. Freud y C. Jung, Correspondencia, Madrid, Taurus, 1978, p. 236. Freud le comenta a Jung que realizará el estudio sobre Schreber. De manera que quien lo lea creerá que estableció la teoría a partir del libro (Ibíd., p. 417).

19 K. Abraham, «Diferencias psicosexuales entre histeria y demencia precoz», Revista de Psicoanálisis IV/2, Buenos Aires, 1946. Véase también: S. Freud y K. Abraham, Correspondencia, Barcelona, Gedisa, 1979.

20

S. Freud, ob. cit. n. 2, p. 61.

21 Ibíd., p. 66.

22 J. Lacan, El seminario, libro 3, Las psicosis, Barcelona, Paidós, 1986, pp. 72 y 73. El mecanismo de, por ejemplo, el delirio de celos proyectivo no puede aplicarse al delirio de persecución, que tiene que ver con intuiciones interpretativas en lo real; en ese sentido Lacan plantea que sería mejor abandonar el término proyección.

23 S. Freud, «Neurosis y psicosis», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1984, t. XIX.

grado de éxito que puedan alcanzar 24 ». Como observa Strachey, en realidad Freud mismo había dado algunos pasos para dicha elucidación en el caso Schreber. Para comprobarlo, basta seguir su lectura de las Memorias

IV. LA RESTITUCIÓN EN SCHREBER (Pág. 30)

El delirio le marca a Schreber el camino que debe seguir: «En efecto, yo partía de la idea muy rigurosa de que la eliminación de la totalidad de las “almas examinadas” o impuras, que se constituían en instancias intermediarias y se interponían entre yo y la omnipotencia de Dios, permitiría que una solución del conflicto conforme al orden del Universo emergiera

automáticamente [

Desde que Schreber en la duermevela tuvo la representación de lo hermoso que sería ser una mujer sometida al acoplamiento, el tema empezó a ocupar un lugar central en el sistema delirante. Podría redimir el mundo, pero solo luego de ser mudado de hombre a mujer. No se trataba, sin embargo, de algo que él quisiera, sino de un imperativo absoluto del orden del universo, un compromiso razonable al cual no podía sustraerse. El milagro que comienza a operar en su cuerpo es corroborado por las voces que le hablan. Explica, pues, que su feminidad pasó a primer plano y que la emasculación puede llevar a la solución del conflicto. En el trayecto del delirio se verifica una serie de cambios: la sustitución de Flechsig por Dios, que primero conduce a una agudización que expande el delirio de persecución. No obstante, esto prepara un segundo cambio, que lleva a la solución del conflicto: de negarse a ser una mujerzuela

frente al médico pasa a la aceptación de jugar el papel de mujer de Dios. La emasculación deja de ser insultante para concordar con el orden del universo y permite atemperar el goce. Las teorías freudianas del delirio en tanto restitutivo y de la homosexualidad en la paranoia encuentran así un punto en común. No es para menos, como expresa Schreber: «Quisiera que me mostraran a alguien que, frente a la alternativa de volverse loco sin perder sus atributos masculinos o volverse mujer, pero sana de espíritu, no optara por la segunda solución 26 ». Esta intuición o adivinación del inconsciente, según la expresión utilizada por Lacan, orientará el delirio. La tentativa de restauración conlleva una reducción de aquello que opera como persecutorio. El alma de Flechsig, escindido entre cuarenta y sesenta fracciones, da lugar al binario Flec hsig superior y medio; como también hay dos dioses (Ormuz y Ahrimán), dos Schreber (el legítimo y el

que ocupa el lugar de la mujer). Este ordenamiento poco a poco permite cierta estabilidad

Con respecto al otro eje del coloquio, el fenómeno elemental, Lacan destaca que, luego de cierta estabilización de su mundo imaginario, los fenómenos elementales ya no se producen o, al menos, adquieren otra dimensión. Las alucinaciones se reducirán a estribillos, a monsergas. El milagro del alarido, por ejemplo, se distingue del fenómeno de llamado de socorro. Mientras el primero es puro significante, el pedido de ayuda implica una significación, por elemental que s ea. De modo que la reconstrucción delirante conducirá al psicótico a encontrar un lugar en el

mundo, que, como plantea Freud, podrá no resultar espléndido, pero será habitable y no le impondrá soportar embates capaces de hundirlo en el abismo de un goce mortificante. (Pág. 31)

] 25 ».

27

.

DOS REFERENCIAS LACANIANAS

Fenómenos elementales y delirio en la tesis doctoral de Jacques Lacan (Pág. 35)

24 Íd., «La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1984, t. MX, p. 196.

25 D. Schreber, Memorias de un neurópata, Buenos Aires, Petrel, 1978, pp. 133 y 134.

26 Ibíd., pp. 180 y 181.

27 V Palomera, «Freud y la esquizofrenia (I)», en Uno por uno nº 38, Buenos Aires, Eolia-Paidós, 1994.

Roberto Cueva

Con el objeto de cernir en la tesis de 1932 28 la articulación entre los fenómenos elementales y el delirio, seguiremos a Lacan en su revisión de la doctrina clásica que considera dichos fenómenos como síntomas en los que se expresarí an primitivamente los factores determinantes de la psicosis, a partir de los cuales el delirio se construiría según reacciones efectivas secundarias y deducciones en sí mismas racionales. De acuerdo con esta doctrina, la interpretación se cumple según meca nismos normales del pensamiento y, en consecuencia, el delirio se presenta como un desarrollo lógico que parte de premisas falsas. Lacan refutará esta doctrina a lo largo de su tesis y propondrá un estatuto diferente para la interpretación delirante y para el delirio en su conjunto. Partiendo del análisis de los fenómenos elementales tal como se presentan en el delirio de Aimée, Lacan sostiene que la interpretación no solo es una perturbación primitiva de la percepción, que no difiere esencialmente de los fenómenos pseudoalucinatorios, sino también el mecanismo elemental que regula el crecimiento del delirio. Y acentuará el carácter de convicción e inmediatez de la interpretación delirante, así como las características que la presentan como elect iva, como una experiencia cautivante y una iluminación específica (los antiguos autores acentuaban este aspecto designando fenómeno de significación personal a la interpretación delirante). {Pág. 35.} Quedan entonces resaltadas las características disruptivas, fragmentarias, inmediatas e intuitivas de la interpretación delirante. Lacan niega, pues, la condición de desarrollo lógico del delirio, el supuesto de que este se construye según deducciones racionales de una secuencia articulada. Sostiene, por el c ontrario, que se presenta más bien como resultado de la acción de los mecanismos elementales, que lo generan y regulan su acrecentamiento. A efectos de situar cómo se eslabona en el delirio de Aimée la construcción delirante, describiremos una secuencia mínima compuesta de tres momentos, que graficamos de la siguiente forma:

Primer momento: la aparición de un fenómeno elemental que va desde la alusión hasta la interpretación delirante propiamente dicha. Este elemento incluye en sí mismo un sesgo enigmático: significa, pero no se sabe bien qué. Segundo momento: un trabajo del sujeto sobre ese enigma y su traducción en diferentes preguntas de carácter acuciante. Tercer momento: el surgimiento abrupto de una interpretación delirante como respuesta que fija un sentido respecto del enigma inicial. Lacan acentúa tanto el fenómeno de significación personal como el carácter fragmentario, inmediato e intuitivo de estas interpretaciones.

Por nuestra parte, queremos insistir sobre este rasgo paradójico de la inte rpretación delirante, ya que, si bien fija un sentido, en el mismo movimiento incluye un elemento enigmático que puede dar lugar, a su vez, a una nueva secuencia en la construcción del delirio. Examinemos esta secuencia mínima en dos momentos de suma importancia en el establecimiento del delirio paranoico de Aimée: en primer lugar, la localización del perjuicio que padece el sujeto y, segundo, la localización del agente de ese perjuicio; esto es, de los perseguidores. Nos remitiremos para ello a ciertos párrafos del apartado «Historia y temas del delirio». Ya en el texto situamos la localización del perjuicio en el punto que Lacan denomina «comienzo de los trastornos psicopáticos de Aimée». (Pág. 36)

28 De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, México, Siglo M, 1979.

«Aimée tiene, por esos días, la impresión de que, cuando charlan entre sí sus compañeros de trabajo, es para hablar mal de ella: critican sus acciones de manera insolente, calumnian su

conducta y le anuncian desgracias. En la calle, los transeúntes cuchichean cosas contra ella y le

demuestran su desprecio. En lo s periódicos reconoce alusiones dirigidas

Todos estos son fenómenos elementales. Lacan consigna explícitamente que Aimée se habría dicho respecto de ellos: «¿Por qué me hacen todo eso?». Y luego está el momento en que surge la respuesta: «Quieren la muerte de mi hijo». Subrayemos que, una vez que aparece esta respuesta, queda fijada a lo largo del delirio. Respecto de la localización del perseguidor, relevaremos tres momentos: en el primero la paciente da a luz una niña muerta y atribuye la desgracia a sus enemigos (caracterizados de manera difusa, sin localización precisa). Poco después del parto recibe la llamada de una amiga, cosa que le resulta extraña. Y bruscamente, Aimée parece concentrar toda la responsabilidad del infortunio en esta mujer. Tiempo después, nacido ya su hijo, y luego de una internación de seis meses en el asilo de E., Lacan indica que persiste en ella un estado de profunda inquietud. «¿Quiénes eran los enemigos misteriosos que parecían estar persiguiéndola? ¿No tenía ella un alto destino que llevar a cabo?». Para buscar la respuesta, la paciente pide su traslado a París. Sobre este fondo, situaremos el segundo momento de localización del perseguidor: la introducción en el delirio de la señora Z. «Un día -dice Aimée- estaba yo trabajando en la oficina, al mismo tiempo que buscaba dentro de mí, como siempre, de dónde podían venir esas amenazas contra mi hijo, cuando de pronto oí que mis colegas hablaban de la señora Z. Entonces comprendí que era ella la que estaba en contra de nosotros.» Volvemos a comprobar que el delirio no progresa mediante deducciones racionales sino por una suerte de precipitación de elementos significativos que recae sobre incidentes cuyo alcance se encuentra abruptamente transfigurado; es decir, por una experiencia que tiene todas las características del fenómeno elemental interpretativo: electividad, carácter cautivante, iluminación específica. (Pág. 37) El tercer y último momento es la introducción en el delirio de P B., el perseguidor nove lista. Y aquí Lacan señala que, como en el caso anterior, hay una amnesia en la evocación de las circunstancias. Sin embargo, la revelación del perseguidor dejó en Aimée el recuerdo de su carácter iluminador. Dice la paciente: «Fue como una carambola en mi imaginación». Y agrega: «Pensé que la señora Z. no podía ser la única en estarme perjudicando tanto y tan impunemente, sino que de seguro estaba sostenida por alguien importantes. Lacan aclara que esta explicación que parece reconducirse a una deducción lógica es, sin embargo, una justificación secundaria. En las novelas de P. B., Aimée encontraba incesantes alusiones a su vida privada. Este, además, promueve contra la enferma situaciones escandalosas de común acuerdo con las actrices. Entonces, de lo vis to hasta aquí notamos que, contrariamente a la doctrina clásica, Lacan instaura la interpretación delirante, con las mismas características del fenómeno elemental, como mecanismo generador del delirio, que da cuenta de su acrecentamiento; y estas interpretaciones son múltiples, extensivas y repetidas. Pero, si en lugar de examinar la secuencia de la construcción delirante, consideramos el delirio en su conjunto, retomaremos la pregunta que Lacan formula al final del capítulo 2 de la segunda parte: ¿Los fenó menos elementales dan cuenta de la fijación y organización del delirio? Para responder a esta pregunta la dividiremos en dos y trataremos separadamente la fijación del delirio y la organización de las ideas delirantes. En lo que respecta a la fijación del delirio, gran parte del trabajo de Lacan del tercero y cuarto capítulos de la segunda parte está destinado a profundizar el alcance, el porte psico - genético tanto de la interpretación delirante como del delirio en su conjunto. Y se verá, pues, llevado a p ostularlos a ambos en relación con el conflicto vital de naturaleza eticosexual que expresan de manera simbólica. Así, indicará al final del tercer capítulo: «Los procesos agudos que hemos estudiado hacían difíciles de

asimismo contra ella».

explicar la fijación y la sistematización de las ideas delirantes: pero, por el contrario, la permanencia del conflicto, al cual se refieren los acontecimientos traumáticos, ciertamente explica la permanencia y el acrecentamiento del delirio, tanto mejor cuanto que sus síntomas mismos parecen reflejar la estructura de ese conflicto». (Pág. 38) Respecto de la organización de las ideas delirantes, Lacan profundiza las consecuencias de lo ya establecido en el capítulo 2 de la segunda parte, donde afirmaba que, a partir de las modificaciones atípicas de las estructuras perceptivas, se manifestarían modificaciones correspondientes de las estructuras conceptuales en la organización general del delirio. Lacan analiza entonces las funciones mentales de representación y, entre ellas, las propiamente conceptuales. Allí postula una estructura conceptual particular de la psicosis paranoica, que denomina formas del pensamiento paranoico, la cual da cuenta de la organización de las ideas delirantes. Estas formas imponen su estructura conceptual al sistema del delirio y se expresan en cuatro principios:

1) Claridad significativa de los contenidos del delirio. Esta claridad da la impresión de un presunto orden lógico en los contenidos del delirio, creencia que se basa en el carácter congruente de los temas delirantes como expresión de tendencias efectivas desconocidas por la conciencia del sujeto. 2) Imprecisión lógica y espaciotemporal en el desarrollo del delirio. 3) Valor de realidad de los temas delirantes, como consecuencia de los dos principios anteriores; es decir, la relación con el conflicto inconsciente y la ausencia de encadenamiento lógico . 4) La identificación iterativa, definida como un modo de organización prelógico que se refleja en las perturbaciones de la percepción por la repetición, multip licidad y extensión de las concepciones delirantes. Podemos situar un antecedente de esta categoría en el mismo Lacan cuando en 1931 describe en el texto «Estructura de las psicosis paranoicas» las interpretaciones del delirio de interpretación como múltiples, repetidas y formadoras de un delirio en red. Luego, queda establecida una identidad estructural entre los fenómenos elementales del delirio y su organización general. No cabe duda entonces de que en la tesis de 1932 debemos atribuirle al delirio la estructura de un fenómeno elemental. Pero ¿todo en él es fenómeno elemental? Si es así, ¿qué estatuto darle al trabajo que, en la secuencia mínima examinada anteriormente, se produce en el intervalo entre el primer fenómeno elemental, enigmático, y el tercer momento, en que otro fenómeno elemental cobra la función de respuesta? ¿Acaso debemos considerar que el delirio está totalmente sistematizado, cuando las respuestas delirantes dieron cuenta de todos los enigmas?; y, si así fuera, ¿qué lugar ocuparía el psicoanálisis? (Pág. 39)

De una comprensión al rigor de una lógica de la estructura María Graciela Campanella

I. PÁRRAFOS ELEGIDOS (Pág. 41)

«Hay algo que me parece ser exactamente el quid del problema. Si leen por ejemplo el trabajo que hice sobre la psicosis paranoica, verán que enfatizo allí lo que llamo, tomando el término de mi maestro Clérambault, los fenómenos elementales, y que intento d emostrar el carácter radicalmente diferente de esos fenómenos respecto a cualquier cosa que pueda concluirse de lo que él llama la deducción ideica, vale decir de lo que es comprensible para todo el mundo. «Ya desde esa época, subrayo con firmeza que los fenómenos elementales no son más elementales que lo que subyace al conjunto de la construcción del delirio. Son tan elementales como lo es, con relación a una planta, la hoja en la que se verán ciertos detalles del modo en que

se imbrican e insertan las nervaduras: hay algo común a toda la planta que se reproduce en ciertas formas que componen su totalidad. Asimismo, encontramos estructuras análogas al nivel de la composición de la motivación, de la tematización del delirio y a nivel del fenómeno elemental. Dicho de otro modo, siempre la misma fuerza estructurante, si me permiten la expresión, está en obra en el delirio, ya lo consideremos en una de sus partes o en su totalidad. «Lo importante del fenómeno elemental no es, entonces, que sea un núcleo inicial, un punto parasitario como decía Clérambault, en el seno de la personalidad, alrededor del cual el sujeto haría una construcción, -una reacción fibrosa destinada a enquistarlo envolviéndolo, e integrarlo al mismo tiempo, es decir explicarlo, como se dice a menudo. El delirio no es deducido, reproduce la misma fuerza constituyente, es también un fenómeno elemental. Es decir que la noción de elemento no debe ser entendida en este caso de modo distinto que la de estructura, diferenciada, irreductible a todo lo que no sea ella misma. 29 »

lI. COMENTARIO (Pág. 42)

Encarar la psicosis con la delimitación de los tres registros y su conceptualización, t al como Lacan lo hace en El seminario 3, marca a mi entender un abordaje diferente con respecto a los desarrollos anteriores. En lo que concierne al fenómeno psicótico en particular, podría afirmar que está signado en su extensión por la preocupación de Lacan de distinguir los tres planos desde donde es posible interpelar la experiencia psicótica, en dos sentidos: el primero se expresa con la pregunta por el lugar que tendrían allí lo imaginario, lo simbólico y lo real; para el segundo no encuentro mejor formulación que el decir de Lacan: «Nada puede expresarse en el abordaje de la psicosis en el plano imaginario, porque el mecanismo imaginario da la forma pero no la dinámica de la alienación psicótica 30 ». La otra particularidad de este seminario es situar la psicosis en el lugar desde donde podemos avanzar en el psicoanálisis. La experiencia de la psicosis se torna fundamental para entender la estructura no como un punto de arribo sino como un punto de largada, lo que se distingue del abordaje de la tesis De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, donde tenemos que aplicar a los fenómenos psicóticos un método de análisis que demostró su validez en otros terrenos. La singularidad de los párrafos elegidos reside en que su desarrollo se ubica entre una pregunta inicial -Lacan se interroga sobre la ambigüedad de lo dicho en torno a la noción de paranoia - y una respuesta. Por lo tanto, este modo de inserción posibilita que encuentren entre sí una articulación lógica en virtud de la cual se responde la pregunta inicial. Otra singularidad es que el último párrafo permite resignificar los anteriores. Los abordaré teniendo en cuenta la pregunta de Lacan que subrayé antes y su respuesta cuando afirma que «este resorte de la estruc tura fue tan profundamente desconocido que todo el discurso

sobre la paranoia lleva las marcas de dicho desconocimiento

pregunta inicial subyace, a mi modo de ver, otra más general: ¿A qué se debe la ambigüedad de lo dicho en torno a la noción de psicosis? En dos sentidos: en primer lugar, por la forma en la que Lacan comienza su seminario con el título de «Introducción a la cuestión de las psicosis». ¿Qué es esta cuestión de las psicosis? Lacan destaca que aún no podemos hablar de tratamiento porque es preciso abordar el quid de la estructura psicótica. Y en segundo lugar, en íntima relación con esto, la respuesta a la pregunta inicial de nuestros párrafos apunta a esa estructura. Los párrafos cuya lógica se establece en la operación que realiza Lacan de subsumir todo el decir de la psiquiatría a

31

». Aclaro, sin embargo, que bajo esta

29 J. Lacan, El seminario, Libro 3. Las psicosis, Barcelona, Paidós, 1984, p.33

30 Ibíd., p. 212.

31 Ibíd., p. 33.

un abordaje de la experiencia psicótica desde un registro que confunde el yo con el sujeto o haciendo de este una materialidad que asienta, en algún lado, una entidad autónoma como presupuesto de un sujeto unificante. Los párrafos presentan un desarrollo que puede articularse de la siguiente forma:

- El primer concepto que aparece es el de fenómeno elemental, del cual se afirma que nada tiene que ver con el parámetro de la deducción ideica, o sea, lo comprensible para todo el mundo.

- En un segundo párrafo, hay dos conceptos en juego (fenómeno elemental y delirio); algo

común entre ambos, la misma fuerza estructurante.

- La afirmación de que el delirio es también un fenómeno elemental, de lo que se desprende que

ni uno ni otro tienen que ver con la deducción ideica.

- Una equivalencia entre elementos y estructura, que resitúa la linealidad de los párrafos y nos

permite pensar que desde el principio hasta el final está en juego el concepto de estructura, de la

que se sostiene que nada tiene que ver con la referencia a lo comprensible y que opera desde el fenómeno elemental hasta el delirio. (Pág. 43) Lacan sostiene haber tomado el término fenómeno elemental de De Clérambault y pone el énfasis en distinguir estos fenómenos de lo que su maestro llama deducción ideica. Aunque no se registra el término fenómeno elemental en la obra de De Clérambault, encontramos el de automatismo mental. Este autor define el automatismo como recorte del discurso corriente, y Lacan precisa el concepto de fenómeno elemental en referencia a la estructura. El fenómeno elemental no sería sino un modo particular de articulación del sujeto con el significante desligado de la cadena. De Clérambault insistió en deslindar el fenómeno elemental, que es radicalmente diferente de la deducción ideica, y lo señaló como una de las características del anideismo. A mi modo de ver, lo que resuelve esta obviedad queda marcado por lo que Lacan anuncia en los párrafos como un intento de demostrar el carácter radicalmente diferente de estos fenómenos respecto de todo lo que pueda concluirse de lo que él llama deducción ideica 32 . Cualquier inferencia que se desprenda de este párrafo -o el anideismo en De Clérambault- presupone la concepción de un sujeto del pensamiento, un sujeto unificante. Lo anideico se concibe desde la ruptura de que lo que es

pensado debería

Unas páginas antes de nuestros párrafos leemos: «La noción de automatismo mental, que está polarizada aparentemente en la obra y en la enseñanza de De Clérambault por la preocupación de

demostrar el carácter fundamentalmente anideico, como solía decir, de los fenómenos que se manifiestan en la evolución de la psicosis, lo que quiere decir no conforme a una sucesión de ideas, lo cual no tiene mucho más sentido que, por desgracia, el discurso del amo. Esta delimitación se hace entonces en función de una comprensibilidad supuesta 33 ». Ubicamos otra referencia unas páginas más adelante, donde se sitúa que, más allá de la teoría órgano-genetista que sostiene De Clérambault, en el análisis de los fenómenos elementales subyace el carácter ideogénico. Lo automático, lo parasitario y lo mecánic o que definen el automatismo para refutar el carácter ideogenético suponen a fin de cuentas un sujeto «que comprende de por sí, y que se mira 34 », que registra estos fenómenos como extraños a su yo; es decir que los abordajes psicogenéticos u organicistas presuponen en alguna parte una entidad unificante. Lo fundamental será que aunque el sujeto no lo comprenda se lo formule.

ser lo comprensible .

En «Acerca de la causalidad psíquica

»,

y pese a que todavía no formulamos la causalidad en el

campo significante, ya leíamos «que el carácter decisivo -aun cuando el sujeto lo viva con alguna

32 Ibid.

33 Ibíd., p. 15.

34 Ibíd., p. 54.

extrañeza- es que son fenómenos que le incumben personalmente, lo desdoblan, le responden, le

hacen eco, leen en él; así como él los identifica, los interroga, los provoca, los d escifra

Nuestros párrafos se ubican en un contexto de destitución de la concepción de un sujeto del pensamiento, previo a un sujeto de la palabra. Consiguientemente, Lacan concluye que no h ay otro lugar donde debamos formularnos la pregunta por la psicosis más que el del registro mismo donde se produce, esto es, la palabra. Según Lacan, la palabra misma crea toda la riqueza de la fenomenología de la psicosis . Y su posición tan crítica respec to de De Clérambault responde a que, a pesar de haberla aislado tan finamente, con su descripción del automatismo mental sucumbió al

presuponer un sujeto previo y dueño de su pensamiento. Destituido este lugar, Lacan avanzará en el seminario acometiendo una tarea en cierto sentido inversa a la realizada en la primera parte, donde se encuentran nuestros párrafos. Destacará su mérito, «lo que De Clérambault delimitó con el nombre de fenómenos elementales de la psicosis, el pensamiento repetido, contradicho, dirigido ¿qué es sino el discurso redoblado, retomado en antítesis?

». Haber delimitado el carácter ideicamente neutro de estos fenómenos implica, en nuestro lenguaje, una referencia estructural. De Clérambault aisló de un modo p reciso el fenómeno primero, el núcleo de la psicosis, la relación del sujeto con el significante en su aspecto más formal,

de puro significante, como indica Lacan. Agregaría que, aun sin saberlo, lo formuló. (Pág. 45) Cito una última referencia, donde destacará que el término automatismo mental es el más preciso en la teoría de De Clérambault- «si el lenguaje habla por sí solo, aquí o nunca tenemos que utilizar el término de automatismo 37 ».

35

».

36

Pasemos a la tesis. Cuando Lacan aborda los fenó menos elementales, ubica la interpretación delirante como un fenómeno elemental que nada tiene que ver con la deducción racional ni con la falsedad del juicio. Indica que demostró también que las interpretaciones forman parte de un cortejo de trastornos de la percepción y de la representación, que no razonan más que ese síntoma:

ilusiones de percepción, de memoria, sentimientos de transformación del mundo exterior, fenómenos frustrados de despersonalización, seudoalucinaciones y alucinaciones episódicas 38 . La interpretación se presenta con un carácter de convicción inmediata, como una electividad especial, una experiencia sobrecogedora, una iluminación específica. Lacan recalca el excelente término significación personal, de Neisser, para designar este fenómeno. {Pág. 46.} El mecanismo que regula el acrecentamiento del delirio es la interpretación. Las identificaciones sistemáticas del delirio no son secundarias en el tiempo respecto de los primeros fenómenos, sino que guardan estrecha relació n con el conflicto que las ha generado. Las primeras intuiciones y la revelación de los perseguidores se presentan con el mismo carácter de iluminación. El delirio no es una explicación secundaria, intelectual, racional, sino que está sujeto a las experiencias primitivas, «no hay en el origen del delirio el menor hecho de razonamiento 39 ». Aunque Lacan no cuenta en la tesis con la noción de estructura como efecto del lenguaje, quisiera ubicar una pregunta que se formula y que es posterior a la indicación de que la psicosis no es un fenómeno de déficit: «¿por qué, según lo que hemos indicado antes, la estructura de las representaciones mórbidas no habría de ser, en la psicosis, simplemente otra, distinta que en la situación normal? 40 ».

35 J. Lacan, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988, p. 156.

36 Ob. cit. n. I, p. 359.

37 Ibíd., p. 438.

38 Ibíd., p. 246.

39 Ibíd., p. 197.

40 Ibíd., p. 261.

La pregunta ya señala dos cuestiones importantes: una es ubicar que la psicosis no tiene la misma estructura que la neurosis. La diferencia no recae en una situación deficitaria errónea o empobrecida de la primera respecto de la segunda, sino que responde a una lógica diferente de la de la estructura «normal». Esto permite precisar el fenómeno elemental y el delirio, desde la tesis de Lacan, en la estructura misma de la psicosis y desplazar así la cuestión de su incomprensibilidad o, como dirá más tarde Lacan en El seminario 3, el sistema mismo del delirante nos da los elementos de su propia comprensión. Lacan postula una forma conceptual específica de la psicosis paranoica que ejerce su acción desde la simple percepción hasta las operaciones d iscursivas de la lógica. Desde la percepción delirante hasta la organización de las creencias delirantes indica que nos encontramos con dos órdenes de trastornos, unos debidos a estados tóxicos o autotóxicos que, como sabemos, pueden cambiar el sentido de la creencia , y los otros tienen que ver con formas conceptuales propias de la psicosis. En estas formas se manifestó la falla de las marcas lógicas llamadas a priori del pensamiento normal. ¿Cuáles son estos marcos lógicos? Son los principios lógicos de contradicción, localización espacial y temporal, de la causalidad y de identidad. {PÁG. 47} «Nada más difícil de captar que el encadenamiento temporal, espacial y causal de las intuiciones iniciales, de los hechos originales, de la lógica de las deducciones en los delirios paranoicos, hasta en el más puro de ellos. 41 » La doctrina clásica afirma que estas funciones se conservan, que el orden ló gico se conserva en los pensamientos, los actos y el querer, solo por ubicar los delirios paranoicos en el plano de los delirios comprensibles y en oposición a los delirios parafrénicos. Lacan propone llamarlos «formas del pensamiento»; no solo imponen una estructura conceptual al sistema del delirio, sino que transforman la percepción. Y hay un punto muy importante, cuando Lacan acentúa que en el estudio de las variaciones de la estructura conceptual según el tipo de psicosis se podría arribar a un criterio de clasificación más próximo a la causa real de esta y no a una evaluación basada en meras contingencias. Es decir que, ya desde su tesis y sin contar con la estructura del lenguaje, señala que desde la percepción delirante hasta la organización del delirio nos encontramos con una lógica particular que no es la de la estructura «normal». Subrayo que ya desde la tesis hay una búsqueda de la especificidad misma de la estructura. En El seminario 3 encontramos una formulación que invierte la anterior, en el sentido de que lo que se señalaba en la tesis como estructura conceptual específica no es la causa sino el efecto. No digo efecto de una estructura conceptual en el plano de la lógica formal, sino de la causalidad significante en el plano de la significación. Solo a partir de concebir la estructura como efecto del lenguaje Lacan dirá que es la ausencia del significante del Nombre del Padre, la forclusión de este significante, lo que obra desde el fenómeno elemental hasta el delirio, que responden a la misma lógica. Este es el punto en que ambos son estructurales, pues ponen de relieve la estructura de este resorte que fue tan profundamente desconocido. Es que el delirio es también un fenómeno elemental estructural. Luego, no se puede aislar la lógica que sus tenta esta afirmación del contexto en el que es introducida, lo que no significa borrar la diferencia entre fenómeno elemental y delirio. El delirio permite restituir el orden delirante, pero esta restitución se relaciona con el fenómeno primitivo mismo, q ue puede ser segundo cronológicamente, aunque precede a la estructura. A mi modo de entender, Lacan opera en estos párrafos una verdadera revolución: nos dice que desde el comienzo hasta el final, desde el fenómeno elemental hasta el delirio, se evidencia determinada relación del sujeto con el significante.

Automatismo, fenómeno elemental y delirio (Pág. 49)

41 Ibíd., p. 266.

AUTOMATISMO Y DELIRIO

Claudio Godoy

En los párrafos de El seminario 3 que se nos propuso comentar (Léanse págs. 41 y 42), Lacan destaca dos cuestiones referidas a De Clérambault: primero, que tomó el término fenómenos elementales de su maestro, demostrando su diferencia con cualquier deducción ideica, ubicable en el terreno de lo comprensible ; y segundo, plantea la crítica de la concepción que considera que el fenómeno elemental es un punto parasitario alrededor del cual el sujeto haría una construcción que le permitiría enquistarlo y explicarlo. Comencemos destacando, según se señaló 42 , que el término fenómeno elemental no se encuentra en la obra escrita de De Clérambault, quien concibe, por ejemplo, al automatismo mental en tanto «fenómeno primordial 43 ». La elaboración de este en su relación con el delirio, tal como se la formula en 1920, es la que más se aproxima a la crítica de Lacan. Para dar cuenta de los delirios de persecución con alucinaciones, que Gilbert Ballet ubica en la categoría de «psicosis alucinatorias crónicas 44 », señala allí que el automatismo es el hecho primordial y que el delirio de persecución constituye una «construcción intelectual secundaria 45 » cuyo grado de sistematización dependerá de las capacidades intelectuales preexistentes. Lo califica además de «trabajo sobreañadido» y establece, en una frase ya célebre, que «en el momento en que el delirio aparece, ya la psicosis es antigua. El delirio no es más que una superestructura 46 ». Así, dicho trabajo interpretativo sería un epifenómeno no mórbido o apenas mórbido, es decir, la respuesta de la personalidad sana a los fenómenos intrusivos. La ideación es, de este modo, un prod ucto psicológico, mientras que el núcleo del automatismo corresponde, según la concepción etiológica de De Clérambault, a un «orden histológico 47 ». (Pág. 50) Ahora bien, esta formulación clásica -en general, la más difundida- se problematiza en los desarrollos posteriores del psiquiatra francés. A partir de 1925 se torna manifiesto un desplazamiento en su concepción cuando indica que «Una buena parte de la ideación no es construida por la reflexión del sujeto, sino que se elabora mec ánicamente en el subconsciente 48 », y empieza a llamar «neoplásica» a dicha ideación. Articulada al síndrome de pasividad, la caracteriza como sufrida por el sujeto y de una naturaleza mecánico-automática y parasitaria. «La construcción misma del delirio -señala- se explica en último análisis por la acumulación constante de resultados de trastornos infinitesimales, todos del mismo sentido, en las condiciones mecánicas del pensamiento elemental 49 ». Concluye que «es un error creer que la sistematización delirante es un trabajo consciente tardío 50 ». Para dar cuenta de la estructura de esta construcción que sigue «fuerzas intrínsecas» y no un plan establecido, comparable a «complejos naturales, tales como los

42 H. Wachsberger, «Du phénomène élémentaire à I'expérience énigmatique», en La Cause freudienne nº 23, L’enigme et la psychose, París, Navarin- Seuil, 1993, p.18, n.16. El tema también es retomado extensamente por R. Mazzuca en «Los fenómenos llamados elementales», en Análisis de las alucinaciones, Buenos Aires, Eolia-Paidós, 1995, p. 61.

43 G. G. de Clérambault, «Aut omatisme mental et scission du moi» (1920), en Euvres psychiatriques, París, Frénésie, 1987, p. 465. Lacan utiliza asimismo la expresión fenómeno primordial, por ejemplo, en el siguiente pasaje de El seminario 3, ob. cit. n. 1, p. 226: «¿No vieron cuál era el fenómeno primordial cuando presento casos concretos, personas que comienzan a nadar en la psicosis?».

44 G. Ballet, «La psychose hallucinatoire chronique», en L’Encéphale, año 6, semestre 2, 1911. En este artículo Gilbert Ballet establece la entidad nosológica de las psicosis alucinatorias crónicas señalando la función explicativa de las ideas delirantes y su relación con las alucinaciones: «En todos los casos se encuentra en el origen un estado cenestésico penoso, hecho de inquietud vaga. Este estado conduce rápida o lentamente a ideas explicativas de persecución o de ambición» (p. 402). Dos años después, retoma esta cuestión en «La psychose hallucinatoire chronique et la désagrégation de la personnalité», en L’Encéphale, año 8, semestre 1, 1913. Aquí afirma que: «Ellas [las ideas de persecución y ambición] se asocian siempre a alucinaciones de diversos sentidos, que las preceden a veces y que, en todo caso, por su constancia, parecen condicionarlas» (p. 501); y agrega que «M uy frecuentemente no son más que secundarias y contingentes» (p. 503).

45 G. G. de Clérambault, ob. cit. n. 3, p. 464.
46

47 Ob. cit. n. 3, p. 482.

48 G. G. de Clérambault, «Psychoses à base d'automatisme» (1925). Ibíd., p.542

49 G. G. de Clérambault, «Psychoses à base d'automatisme (suite)» (1926), Ibíd., p. 545.

50 Ibíd., p. 560. La frase completa dice: «Así una buena parte de la sistematización de los delirios es espontánea y se organiza en el inconsciente; es un error creer que sea debida enteramente a un trabajo consciente tardío».

Ibíd., p. 466.

cristales y políperos 51 », señala que se trata de «anillos intrincados», «redes de derivación», «lote de ideas». Nos preguntamos entonces si la crítica de Lac an es válida también para estas formulaciones de De Clérambault, ya que parecería adjudicarle una estructura común al automatismo mental y al delirio. Es decir que lo que era puesto en disyunción y planteado en términos de infraestructura - superestructura pasa a ubicarse en conjunción, o sea, en una misma estructura. Esta línea de pensamiento de De Clérambault alcanza tal vez su máxima expresión al final de su obra, por ejemplo, en el texto de 1934 titulado El delirio autoconstructivo 52 . Aquí también se aproxima mucho a lo que formulará Lacan, pero surgen asimismo los límites que le impone su teoría organicista. Plantea dos niveles de pensamiento: el que denomina «extrapersonal» (es decir, el automático, intrusivo) y califica de «inferior» con respecto al de la ideación «per sonal», que refleja las cualidades intelectuales normales del sujeto. Esto prosigue su teoría de la existencia de dos personalidades, que lo había llevado a sostener que «toda psicosis alucinatoria es una suerte de

delirio de dos 53 ». A

demencial; y, en ese sentido, la personalidad neoplásica anunciaría lo que sería del sujeto al cabo de dicho proceso. Se podría seguir, según De Clérambault, la complicación ide ica en su progresión extensiva y su construcción temática desde el eco puro y simple hasta el final demencial. Verifica el carácter automático en el rasgo clínico de que las ideas le son provistas por las voces y el sujeto

las rechaza como absurdas en un principio. «Se me dice que soy príncipe, es absurdo»; o, cuando se lo interroga por el significado de un neologismo, contesta «pregúnteles a ellos». El delirio automático es más constructivo que explicativo, más absurdo, nos muestra cómo la personalidad parasitaria invade la personalidad primitiva hasta terminar sustituyéndola.

su vez, considera la construcción extrapersonal anticipatoria del proceso

II. LAS NERVADURAS DE LA HOJA (Pág. 52)

Para señalar la relación estructural que subyace a los fenómenos elementales y la construcción

del delirio, Lacan nos propone el muy citado ejemplo de la planta, que, como él mismo afirma, se

articula con lo que sostenía desde 1932 en su tesis

formulado en los siguientes términos: «Esta impresionante identidad estructural entre los fenómenos elementales del delirio y su organización general impone la referencia analógica al tipo de morfogénesis materializada por la planta. Esta imagen es seguramente más válida que la comparación con el anélido, que nos fue inspirada, en una publicación anterior, por las aproximaciones aventuradas de una enseñanza completamente verbal 55 ». Lacan expone la comparación con el anélido un año antes en su trabajo «Estructura de las psicosis paranoicas 56 », donde plantea que la interpretación en la paranoia «está hecha con una serie de datos primarios casi intuitivos, casi obsesivos, que no ordena en un nivel primario, ni por selección ni por agrupamiento, ninguna organización razonante. Se ha podido decir que se trata de un anélido, no de un vertebrado 57 ». Nos indica además que esto último es una referencia de la enseñanza oral de De Clérambault, y agrega que esos datos inmediatos son luego organizados, no sin esfuerz o, por la facultad dialéctica, que es más bien arrastrada en la construcción, con su dimensión de absurdo. «El

54

. En efecto, allí encontramos un ejemplo similar

51 Ibíd., p. 565.

52 G. G. de Clérambault, «Le délire auto-constructif» (1934), ibíd., pp. 610-612; ver también «Sur un “mecanismo automatique” foncier de certains délires interprétatifs: le pseudo-constat spontané, incoercible» (1933), pp. 647-654.

53 Ob. cit. n. 8, p. 567.

54 J. Lacan, De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, México, Siglo XXI, 1979.

55 Ibíd., p. 270, nota 58. Hay diversos comentarios sobre los problemas evocados en estos párrafos. Véase: E. Laurent, «Trois énigmes: le sens, la signification, la jouissánce», en La Cause freudienne nº 23, L’enigme et la psychose, París, Navarin- Seuil, 1993; D. Arnoux, «La ruptura entre Jacques Lacan y G. G. de Clérambault», en Litoral nº 16, Córdoba, Edelp, 1994; É. Roudinesco, La bataille de cents ans. Histoire de la psychanalyse en France, t. 2, c. IV, París, Seuil, 1986; M. Girard, «G. G. de Clérambault: morceaux choisis pour un parcours historique», en: AA.VV., Clérambault mâitre de Lacan, París, Les empêcheurs de penser en rond, 1993.

56 J. Lacan, «Estructura de las psicosis paranoicas», El analiticón nº 4, Barcelona, Correo/ Paradiso, 1987.

57 Ibíd., p. 10.

carácter imposible de sostener -señala Lacan- es en ocasiones experimentado por el sujeto, a pesar de su convicción personal, que no puede apartarse de los hechos elementales. 58 » Encontramos en esta concepción de 1931 y su comparación con el anélido algo que está en la línea que llevaba a De Clérambault a la teorí a del delirio autoconstructivo y las personalidades primera y segunda. Según citamos, en 1932 Lacan la cuestiona con el ejemplo de la planta, que considera más adecuado y que, lejos de ser casual o contingente, constituye un primer modelo a través del cual busca dar cuenta de una estructura. Esta referencia no es aislada sino que aparece en otros momentos de su tesis 59 . En su versión de El seminario 3, dicho modelo consiste en lo siguiente: el modo en que se imbrican e insertan las nervaduras de una hoja reproduce una estructura análoga a la de las formas que componen la totalidad de la planta. Del mismo modo, la composición del delirio y el fenómeno elemental mostrarían estructuras análogas, «la misma fuerza estructurante 60 ». {Pág. 53.} Las propiedades de los anélidos no permiten transmitir adecuadamente la idea de estructura: se trata de animales blandos de simetría bilateral, desprovistos de miembros articulados y cuyo cuerpo está formado por anillos semejantes unidos unos a otros. Se llega a formular que cada anillo es un individuo, pues posee los órganos necesarios para su existencia. Salvo los anillos extremos, los demás son todos semejantes (por eso, si se corta cada parte, dicho animal sigue viviendo). En todo caso este ejemplo servía, por su oposición a los vertebrados, para diferenciar la dimensión automática del delirio del pensamiento explicativo, que se estimaba sano y le era sobreañadido, ya que el vertebrado da cuenta de una organización diferenciada y jerarquizado, distinta de la sumatoria repetitivo y autónoma del anélido. El modelo de la planta es diferente y nos acerca mejor a la estructura. La hoja de una planta está compuesta por el pecíolo y el limbo. En el primero encontramos la misma estructura que en el tallo, en especial en los haces liberoleñosos y en el limbo. Esta estructura continúa luego en las nervaduras de la hoja; es decir que ellas, en su disposición, constituyen una ramificación de dichos haces. Podemos observarlos en su estructura desde la raíz hasta las nervaduras de las hojas y, siguiendo la configuración de las mismas, dar cuenta de la estructura de la planta en cuestión. Encontramos así que no hay una relación parte-todo, ni una sumatoria de elementos análogos, sino una configuración compleja donde la misma estructura está pres ente, de diversos modos, en cualquiera de los componentes de la planta; hasta el fragmento más pequeño de su hoja es un índice de su estructura. El elemento no es la parte de un todo, sino que en él se resume la estructura misma.

III. FENÓMENO Y ESTRUCTURA (Pág. 54)

Como se deduce de lo hasta aquí planteado, la articulación fenómeno -estructura es una constante en los escritos y seminarios de Lacan sobre la psicosis, incluso desde sus primeros trabajos psiquiátricos. Se modifica, sin embargo, el modo en el que concibe dicha estructura, lo que a su vez produce un cambio en sus referencias teóricas y, más específicamente, en su lectura de De Clérambault, donde encontramos momentos de distanciamiento y de retorno. Podemos señalar, siguiendo el esclarecedor trabajo de H. Wachsberger, que «el valor clínico de los fenómenos elementales varía con el grado de avances de la doctrina. Esencial al estatuto del

58 Ibíd., p. 11.

59 Ob. cit. n. 14, pp. 45-47. En el año 1932 Lacan encuentra la estructura que busca delimitar en los modelos de la botánica, tal como lo pone de relieve el siguiente fragmento de su tesis: «Es el problema de la jerarquía de los caracteres, a saber: decidir cuál es el carácter determinante para la estructura, distinguiéndolo de los que no corresponden más que a una variación sin repercusiones sobre el conjunto. Pero, más aún, es el problema de la identificación del carácter: en efecto, lo que en un principio se toma por una identidad de carácter puede no ser más que una homología formal entre aspectos vecinos que traducen una estructura del todo diferente: tales son, en botánica, los radios de las flores compuestas, que pueden representar, según los casos, los pétalos de la flor simple o sus hojas de envoltura. Un mismo carácter estructural, por el contrario, puede presentarse -y ahí está, para demostrarlo, todo el estudio de la morfología- bajo aspectos diferentes» (P. 47).

60 Ob. cit. n. 1, p. 33.

proceso, [ese valor] es eclipsado por la importancia dada por Lacan a los momentos fecundos y al conocimiento paranoico que los estructura, Ros que] luego reencuentran un lugar en el campo del

lenguaje una vez precisada su inserción en la relación del sujeto al Otro 61 ». Consideramos que el modo en el que Lacan define al Otro en El seminario 3, esto es, desde la perspectiva de las leyes de la palabra y el reconocimiento, lo lleva a pensar la estructura psicótica por la exclusión de dicho Otro, lo que se distingue del predominio otorgado al Otro del lenguaje en «De una cuestión

preliminar

como fenómenos de mensaje y de código (estos últimos admiten los «erróneamente llamados»

fenómenos intuitivos, que constituyeron el paradigma de los fenómenos elementales de su tesis). Muestran cómo el vacío de la significación es engendrado por la falla del punto de capitón. El desarrollo de la teorización de la estructura del lenguaje lo llevará en 1966 a un retorno a De Clérambault, al señalar cómo su abordaje del texto subjetivo es lo más cercano en psiquiatría al análisis estructural. El fenómeno es primero índice de la estructura de la exclusión del Otro con la prevalencia

imaginaria que introduce, cosa que Lacan destaca con el ejemplo

fiambrería». Este análisis cambia al abordar la interlocución delirante por el análisis lingüístico, avanzando en el estatuto del significante en la psicosis mediante la formalización del concepto de forclusión, pero también del objeto indecible que destaca lo real puesto en juego por la cadena rota. En El seminario 3 se plantea el estudio de los fenómenos desde la perspectiva de los efectos de significación, atribuibles al significante en lo real. Se destaca así una palabra que «Antes de poder ser reducida a otra significación, significa en sí misma algo inefable, es una significación que

remite ante todo a la significación en cuanto tal 62 ». Y esto se ubica en dos polos. la intuición delirante y el estribillo, como detención de la significación, que califica de «característica estructural que, en el abordaje clínico, permite reconocer la rúbrica del delirio 63 ». Concluimos entonces que la identidad estructural del fenómeno elemental y el delirio radica en lo que nos enseñan d el significante y de los efectos de significación en la psicosis. Como afirma Eric Laurent, «no quiere decir que entre alguien que tiene fenómenos enquistados que permanecen limitados durante años, y un delirio completamente desplegado, se trate de la misma cosa. Eso quiere decir que es exactamente la misma cosa desde el punto de vista de la estructura del sentido 64 ». (Pág. 56)

».

Allí los fenómenos serán ubicados por el texto de las alucinaciones schreberianas

del enunciado «vengo de la

BIBLIOGRAFÍA

- De Clérambault, G. G., (Euvrespsycbiat?iques, París, Frénésie, 1987. Lacan, J., El seminario, libro 3, Las psicosis, Barcelona, Paidós, 1984.

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- Mazzuca, R., «Los fenómenos llamados elementales», en Análisis de las alucinaciones, Buenos Aires, Eolia-Paidós, 1995.

- Miller, J.-A., Clínica diferencial de las psicosis (Cuaderno de resúmenes 01/1987-03/1988), Buenos Aires, Sociedad Psicoanalítica Simposio del Campo Freudiano, 1991.

- «Enseñanzas de la presentación de enfermos», en Matemas II, Buenos Aires, Manantial, 1987.

61 Ob. cit. n. 2, p. 15

62 Ob. cit. n. 1, p. 52

63 Ibíd., p. 53.

64 Ob. cit. n.15, p. 47.

- Solano, L., «Seminario del texto 'De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis», Cuaderno nº 7, Córdoba, Colegio Freudiano de Córdoba, 1994.

- Strasburger, E., Tratado de botánica, Buenos Aires, Manuel Marín, 1969.

- Wachsberger, H., «Du phénomene élémentaire à I'expérience énigmatique», en La Cause freudienne 23, L’enigme et la psycbose, París, Navarin-Seuil, 1993.

DISCUSIÓN (Pág. 59)

Juan Carlos Indart. -Las exposiciones fueron extremadamente sutiles y precisas, y articularon numerosos problemas. De modo que intentaré fijar un nudo posible. Después daremos la palabra a los asistentes para abordar distintas cuestiones. Elegiré aquello que considero vinculado a un texto de Lacan comentado aquí, ya que también se cita la metáfora de la hoja en el escrito «La direc ción de la cura y los principios de su poder». Se refiere allí que tanto en La interpretación de los sueños como en Psicopatología de la vida cotidiana es preciso saber reconocer la estructura verbal tal como se reconoce una estructura en la hoja, y no como si se tratara de un pedazo de piel. En otras palabras, es como si dijéramos que una novela, por compleja y restitutiva que sea, no podrá sino explotar los recursos de una misma estructura, que es posible suponer elemental en el sentido de la estructura d e la frase. Vale la pena debatir esta discusión respecto del texto elegido de Freud, donde hay abundancia de explicaciones en términos de la teoría de la retracción libidinal o de la constitución del mundo por investiduras libidinales de objeto. En El seminario 1 Lacan realiza esfuerzos argumentases para tomar de Freud algo que no entronice las explicaciones de la psicopatología en puros términos de movimiento libidinal -ya sea como desinvestidura o como investidura-. Y esto vuelve más interesantes las discusiones sobre comparaciones o diferencias entre fenómeno elemental y delirio, o el papel del delirio en la restitución estructural y la estructura vinculada a lo simbólico inicialmente de un lado y la teoría de la retroacción libidinal del otro. Estas cuestiones de fondo pueden servir para discutir el tema que nos convoca hoy.

Gabriela Grinbaum. -Quiero formular una pregunta a Luis Salamone, ya que me parecía que además del problema planteado por el delirio de grandeza -que aparece en Freud en relación con el delirio de restitución-, Luis había aislado otros dos delirios diferentes: el que opera como defensa ante la homosexualidad y el que funciona como restitución. ¿Es lo mismo para Freud, tal como aparece en Schreber, el delirio de restitución como consecuencia de la defensa frente a la invitación homosexual? También quiero preguntar a Cecilia D'Alvia si podemos pensar, siguiendo a Lacan, el delirio de grandeza como un fenómeno elemental.

Gabriel Lombardi. -Me gustaría comentar algunas reflexiones. P or un lado, creo que subsiste la pregunta que fundamenta esta jornada, es decir, si el fenómeno elemental y el delirio son del mismo orden, la misma sustancia. Encontramos al respecto distintas argumentaciones que van en uno u otro sentido. También están los argumentos basados en las diferenciaciones hechas a partir de las escansiones subrayadas por Miller en la enseñanza de Lacan. Creo que estas diferenciaciones tienen el valor de destacar a veces lo que no se transforma, lo que permanece de algún modo igu al, el retorno tal vez de lo mismo en esa enseñanza. Por ejemplo, me parece encontrar algo de esto en lo elemental de la paranoia. Y es que si bien hay variaciones entre algunas primeras afirmaciones de Lacan y otras que vienen después (incluso respecto del fenómeno elemental como concepto que no retomará), pienso que la idea de lo elemental en la paranoia permanece, hasta tal punto que en el

seminario sobre Joyce la considera constituida por un solo nudo y habla de una puesta en continuidad de lo real, lo simbólico y lo imaginario. Incluso llega a dar una fórmula que parece

delirante: para hacer el nudo estructural se necesitarían tres paranoicos más uno. Para alcanzar el discurso, al psicótico le falta el intervalo en su síntoma o en su delirio, según se

plantea en «Subversión del sujeto

con el Otro previo, el del primer piso del grafo, que no tiene la discontinuidad, lo imposible como lazo con el Otro como tal, es decir, ese que sigue siendo Otro pese al lazo. Desde este punto de vista, todo lo que se elabora en la psicosis es elemental (quizá por este lado habría que tomar lo del

ensayo de rigor como la intención de elaborar un lazo posible con lo diferente). Para concluir, quería leerles un breve párrafo del libro V de la Metafísica de Aristóteles, donde se define el elemento tratando de distinguirlo como concepto respecto de otros. «El elemento es la primera parte inmanente y formalmente indivisible en una forma diferente de que una cosa se compone; por ejemplo, los elementos de la palabra son las partes de que se componen las palabras y las últimas en las cuales se divide, pero que no pueden descomponerse en otros elementos acústicos diferentes de ellas. Si se las dividiese, sus partes serían específicamente las mismas». Después llega a plantear que hasta lo más universal puede ser el elemento pues, al ser cada uno universal, siempre está presente en muchas cosas. Ya en todas o en la mayoría de ellas, sigue conservando algo de su estructura elemental. Termina esta página con la conclusión de que donde está presente el género no siempre está presente la diferencia. Y se puede plantear el género como elemental, pero la diferencia no puede ser planteada. (Pág. 61)

»

cuando se indica que el Otro de la psicosis es el que se basta

Miguel Furman. -Quería comentar una cuestión relativa a lo que surgió como propuesta respecto del delirio de grandeza para situarlo en relación con el fenómeno elemental, y al delirio entendido como restitución o delirio propiamente dicho situarlo como una respuesta al delirio de grandeza, en el sentido del retorno de la libido hacia los objetos.

Jacques-Alain Miller. -En un momento me interesé por los psicóticos en los hospitales y durante los años 70 cada semana o cada quince días iba a la presentación de enfermos de Lacan. En realidad, me llamaba la atención (creo que lo mencioné en un breve texto sobre dicha presentación) que él se interesara especialmente en el inicio de la enfermedad intentaba situar cómo había comenzado, en qué ocasión, qué había percibido. Cuando se trataba de un delirio, Lacan se tomaba un tiempo para ubicar con la mayor precisión la emergencia de sus primeros fenómenos. Poco tiempo después, al leer su tesis del año 1932, reencontré el mismo tema descripto como un método de investigación recomendado por el señor Westerterp cuarenta y cinco años antes para interrogar sobre el inicio de la enfermedad y ubicar los fenómenos elementales. Además, en una nota de su artículo de 1931, Lacan mencionó la enseñanza de De Clérambault. Es que hubo una enseñanza oral de Lacan recopilada en los seminarios, pero también otra, informal, de las supervisiones y presentaciones de casos, donde utilizaba tanto la expresión fenómenos elementales así como otros términos de la psiquiatría clásica. Aunque esto no significaba refrendar exactamente todo el contexto del término, a veces alguna observación clínica encuadraba bien en determinado fenómeno y podía decirse, por ejemplo, que lo que aparecía era una sensitiva en el sentido de Kretschmer o una verdadera parafrenia de Kraepelin, etcétera. Ciertamente Lacan utilizaba la expresión fenómeno elemental, y en mi opinión debemos dar crédito a los fenómenos elementales. En efecto, cuando se practica un interrogatorio al estilo Westerterp, en numerosos casos de delirio puede ubicarse ese famoso cambio de atmósfera, ese sentimiento de inquietud. Creo que cuando reflexionamos aquí sobre el concepto de fenómeno elemental, o la manera en que se verifica o no si es adecuado para la teoría desarrollada por Lacan,

realmente podemos hablar de un hecho clínico. Un fenómeno elemental es un hecho clínico, y es difícil dudar que se presenta y emerge así. Por último, una palabra sobre una cuestión que se debatió: el sentido de la frase de Lacan el delirio es un fenómeno elemental relevada en el texto. A mi entender, es satisfactoria la respuesta de Roberto Cueva, quien en su estudio destaca dos tiempos en el caso Aimée. Señala que el delirio no progresa mediante deducciones racionales sino por una suerte de precipitación de elementos significativos, y que avanza por una experiencia con todas las características del fenómeno elemental. En otras palabras, ubica bien, tal como Lacan lo explica efectivamente, la estructura del fenómeno elemental, que puede reconocerse en los momentos de escansión del desarro llo del

delirio: «electividad, carácter cautivante, iluminación específica»; para concluir: «[

interpretación delirante, con las mismas características del fenómeno elemental, es instaurada por Lacan como mecanismo generador del delirio». Esta doctrina sobre la relación fenómeno elemental-delirio me parece satisfactoria, ya que la considero demostrativa de los distintos problemas que vimos y que seguiremos discutiendo. En el momento de la tesis, aunque haya utilizado el método Westerterp con Aimée, aunque refrende el término fenómeno elemental, Lacan sostiene -y lo verifica con esa paciente- que dichos fenómenos no explican la fijación y organización del delirio. Resulta, pues, interesante que a partir del material ofrecido por Lacan, Roberto Cueva descubra que sí, que los fenómenos elementales explican en cierto sentido la organización del delirio. (Pág. 63)

] la

Daniel Millas. -La primera cuestión tiene que ver con el comentario inicial de Roberto

Mazzuca 65 respecto de barrer con la diferenciación entre fenó meno elemental y automatismo mental, que considero pertinente si se entiende como manifestación de la ruptura de la relación del sujeto con la cadena significante. Tengo la impresión de que, sobre todo en «De una cuestión

preliminar

en lo real. No se trata allí solamente de la alucinación sino además, por ejemplo, de lo que responde a la misma lógica, cuando explica los fenómenos intuitivos también como una manifestación de la ruptura de la cadena significante. La segunda cuestión se relaciona con el enigma de la significación -y el acento que Lacan ya pone en la tesis y que fue subrayado - respecto de una experiencia inefable de iluminación, de extrañeza. Me parecía importante introducir el enigma de la significación, pero también la dimensión del enigma de goce; es decir que no solo se trata de un menos de significación sino de la emergencia de un más de goce determinado en una experiencia específica. Desde esta perspectiva, considero muy importante sostener la distinción entre fenómeno elemental y delirio y, eventualmente, metáfora delirante, porque el problema no es únicamente el vacío de significación, esto es, una interpretación delirante que fija de manera transitoria una significación pero no un sentido, que resulta una metonimia interminable sin eficacia sobre el cifrado del goce en juego en la experiencia. Por lo tanto, creí pertinente introducir la dimensión del enigma de goce junto al enigma de la significación.

»,

Lacan propone diversas manifestaciones clínicas de la emergencia del significante

Marta Laura Marandino. -Quería hacer una pregunta a Roberto Cueva. Retomando el artículo de Colette Soler que él mencionó respecto de ese segundo tiempo que enuncia como respuesta a ese vacío enigmático que es la certeza, y se señala que no excluye la perplejidad, quisiera preguntar - ya que estoy indagando sobre ello - si se le da un mismo estatuto al enigma que a la perplejidad . En apariencia es así, pero a mí me parece que no.

65 Las mesas de presentación de las referencias freudianas y lacanianas fueron coordinadas por Graciela Brodsky y Roberto Mazzuca. Lamentablemente, no se conservan las cintas magnetofónicas con los registros de sus comentarios de apertura.

Intervención de un participante. -Una pregunta a Cecilia D'Alvia acerca de «Introducción del narcisismo»: ¿la manifestación de la parafrenia que Freud distingue como normalidad conservada podría referirse a lo que Helene Deutsch denominó como si, pero en relación con la paranoia?

Pablo Russo. -Me interesaba reflexionar sobre ciertas cuestiones planteadas por el párrafo de Freud de «Introducción del narcisismo», a partir de algunos conceptos lacanianos. En principio, creo que en ese párrafo surge una complejidad respecto del diagnóstico de lo que se denomina parafrenia, ya que el mismo Freud establece más adelante una diferencia y sitúa la parafrenia propiamente dicha en la tercera de las manifestaciones. Además, dentro de estas tres manifestaciones introduce cosas que parecen estar más del lado de la paranoia, por ejemplo, cuando define la parafrenia como «desasimiento meramente parcial de la libido». Pienso que no quedaría del lado de la parafrenia propiamente dicha sino en el tercer grupo de manifestaciones. Tal vez se podría considerar que el primer grupo (el de «la normalidad conservada») es un antecedente de las denominadas prepsicosis; el segundo grupo del proceso patológico (el de desasimiento de la libido) sería el momento del desencadenamiento, que Colette Soler definió como fenómenos primarios o primitivos de la psicosis; y, por último, el tercer grupo de manifestaciones es lo que dicha autora llamaba trabajo de la psicosis, ya situado del lado del delirio. En todo caso, si no se toma esta idea del mecanismo general del delirio, que reproduce la estructura del fenómeno elemental, pero se considera la posición que el sujeto psicótico tomó respecto de la estructura del lenguaje -que a la vez tiene estricta relación con los modos de retorno de lo real-, podría decirse que hay distintas formas de trabajo de la psicosis y que cad a una reproduce la estructura del fenómeno elemental, lo que llevaría a pensar que hay diferentes fenómenos elementales y distintos procesos patológicos.

Jorge Chamorro. -Una pequeña observación sobre la cuestión del delirio y el fenómeno elemental. Escuché los tres trabajos sobre el fondo de aquello que podrían aportar las presentaciones de enfermos que realizamos respecto de esta cuestión y me parece que hay dos o tres breves respuestas que podemos dar (al menos en lo que concierne a la experiencia que estoy realizando). En primer lugar, en las presentaciones de enfermos buscamos y tratamos de precisar los fenómenos elementales. En segundo lugar, hay un momento en el que intentamos determinar el delirio tomando como referencia los fenómenos elementales y no la realidad. Recuerdo la presentación de un paciente uruguayo que deliraba con un tratado sobre la historia de su país y lo relacionaba con su idea de que se lo estaba envenenando. Ante una pregunta realizada por el psiquiatra jefe del servicio donde estaba internado («¿Cómo sabe usted que está siendo envenenado?»), él respondió: «Porque tengo las uñas arrugadas». Dimos entonces a este dato el valor del fenómeno elemental, lo que nos permitió anclar ese delirio. De modo que se nos presentan dos cuestiones: primero, la precisión en el intento de poner un límite al delirio a través de los fenómenos elementales; y, en segundo lugar, se espera luego de la cura un ordenamiento de su dirección a partir de dichos fenómenos. Me parece que son dos movimientos: cómo el sujeto responde a los fenómenos elementales con el delirio y cómo la cura trata de destituir el desorden significativo anclándolo en esos puntos elementales. (Pág. 65)

Intervención de un participante. -Creo que es posible hallar una contradicción en los párrafos propuestos de El seminario 3, ya que cuando Lacan habla de los fenómenos elementales dice que estos subyacen tras la construcción del delirio y no son el delirio mismo. Respondiéndole a De Clérambault, sostiene que el delirio es también un fenómeno elemental. Entonces, habría que diferenciar el tratamiento del delirio según la psiquiatría y según Freud, para despejar un posible

malentendido o superposición. En numerosas oportunidades, cuando la psiquiatría habla de delirio, no desconoce que se trata de una construcción en relación con elementos primarios, aunque lo ubica como secundario respecto de la emergencia de síntomas primarios. Pero Lacan, con su frase el delirio es también un fenómeno elemental, indica que el delirio no es en absoluto secundario; es también primario, pues conserva una misma lógica.

Cecilia D'Alvia. -Para responder a la pregunta que me habían formulado: dentro del párrafo de Freud (véase pág. 19 de este volumen) resulta en apariencia contradictorio que diga «desasimiento meramente parcial» y hable de parafrenia, cuando antes había indicado que en esta última hay un desasimiento total. En este momento Freud incluirá la paranoia dentro de la parafrenia, lo cual explicaría su afirmación, ya que de algún modo el desasimiento meramente parcial después daría lugar a las otras posibilidades. En su «26º conferencia» señala que incluyó la paranoia en este artículo, y podríamos preguntarnos por qué, si permanentemente distingue entre ambas entidades clínicas. Por otro lado, cuand o se refiere a la represión, subraya que en la paranoia es parcial: una parte va al delirio y otra, al autoerotismo. Después del trabajo sobre Schreber, en «Introducción del narcisismo» da una explicación en cuanto a proporciones que se mezclan e indica que tomará solamente la parte paranoica de la demencia. Surge entonces el diagnóstico de Schreber, pero es un punto para preguntarse, ya que aquí incluye la paranoia y no lo hace ni antes ni después. (Pág. 66)

Roberto Cueva. -Voy a contestar las preguntas de Daniel Millas y María Laura Marandino, pues creo que señalaron los puntos más oscuros de lo que presenté. No sabría precisar una respuesta para ambas preguntas, pero comenzaré por lo que Colette Soler llama Bejahung de significación, tan presente como informulable: «Así la experiencia enigmática se desdobla entre la experiencia del no sentido percibido en el primer grado y la experiencia de su conversión en certidumbre o certeza de significación en el segundo grado». A mi entender, parece referirse a dos experiencias enigmáticas. El término perplejidad me evoca aquí con rapidez los fenómenos elementales. Del mismo modo, planteamos la noción de enigma en el orden de los efectos de significación

remitiéndonos a la referencia de la página 558 de «De una cuestión preliminar

qué modo pensar cómo el retorno de goce puede producir enigma, ya que allí donde hubiera goce no habría enigma.

».

Por eso, no sé de

Miguel Furman. -Creo que entender el delirio de grandeza como retiro libidinal y el delirio restitutivo como vuelta de la libido a los objetos es precisamente lo que cuestiona Lacan en El seminario 1 a partir de una pregunta que se hace el mismo Freud en «Introducción del narcisismo» acerca de si realmente habría una diferencia entre libido del yo y libido d e objeto. La concepción de delirio de grandeza y delirio restitutivo proviene de una libido del yo y de una libido del objeto, y Lacan propone una igualdad entre ambas libidos, sobre la base de su teoría del yo considerado como objeto imaginario. En este sentido, para diferenciar desde el punto de vista simbólico el delirio restitutivo del delirio de grandeza, al igual que el fenómeno elemental del delirio mismo, sería más conveniente articularlos, puesto que comparten una comunidad de estructura respecto de la forclusión. Desde ese punto de vista serían iguales y no diferentes, como podría deducirse de una concepción imaginaria libidinal del problema.

Leonardo Gorostiza. -En primer lugar me sumo a los elogios, porque todas las intervenciones incluyeron el rigor, la precisión y el detalle, que son el eje de la investigación en la Sección Clínica. Las preguntas puntuales serían las siguientes. Primero: se dijo que cuando Freud habla de delirio de grandeza se refiere a lo que se conoce en la psiquiatría clás ica como delirio interpretativo de

grandeza, pero creo que esto último tiene una connotación diferente sobre la que me gustaría que pudiéramos avanzar. Segundo: cuando Roberto Cueva estableció la secuencia en los tres tiempos de la interpretación delirante (vacío de significación, significación de significación o significación enigmática, y luego la traducción que haría el sujeto produciendo un sentido en una significación fija), dijo algo más. Subrayó que, si bien allí se fija un sentido, el tercer tiempo de la traducción de lo enigmático incluye, a su vez, un enigma, y ubicaba -a mi entender- algo así como la posibilidad de un armado múltiple del delirio. Me pareció un planteo muy interesante y me gustaría escuchar más sobre él. Por último, una inquietud que me acompaña desde el curso que tuve a mi cargo sobre la clínica de las alucinaciones y que se redobla este alío con respecto a la interpretación delirante -es algo vinculado a lo que mencionaba Roberto Mazzuca-: cómo, realizando un «barrido» de la semiología de la clínica psiquiátrica clásica con la «escobilla» de Lacan, podríamos establecer algo así como la pertinencia de una «semiología lacaniana».

Graciela Brodsky. -Ya desde El seminario 1 podemos ver el esfuerzo de Lacan por eliminar la dialéctic a libidinal y explicar el fenómeno de la psicosis por medio de la cuestión significante. Habría entonces que pensar si la dialéctica libidinal se agota en la dialéctica imaginaria en los primeros textos de Lacan. En apariencia es así, pero quizá se pueda r enovar la cuestión de dicha dialéctica haciendo un desplazamiento entre libido y goce; es decir, ya no entre la libido y lo que pasa entre el yo y el otro. En esa perspectiva me parece que se reactualiza el interés de ver la mejoría clí nica en la psicosis cuando el goce es de alguna manera articulado con el Otro, lo que Freud describe como una nueva catectización del mundo externo, el enganche del goce al Otro respecto del goce autoerótico, que captura el cuerpo y, más específicamente, los órganos (porque ya no es el cuerpo en su dimensión de recubrimiento ideal sino en su dimensión más real de órgano). Una orientación es enfatizar la libido en tanto que imaginaria, pero si ponemos el énfasis en la libido articulado con el goce, reencontramos la virtud de la observación freudiana: no es lo mismo la libido enganchada al Otro que enganchada al cuerpo. (Pág. 68)

Luis Darío Salamone. -Quisiera referirme a lo que planteaba Graciela Brodsky a partir de la intervención de Miguel Furman, porque en El seminario 3 hay una crítica bastante exhaustiva al tema de la proyección, pues había caído de lleno en el terreno de lo imaginario. Sin embargo, para la teoría de la libido, Lacan plantea abordar la relación con el significante, sin tocar lo que se ve nía planteando respecto de lo energético. Esto en ningún momento supone rechazar la noción de libido, aunque no la trabaja allí. Creo que falta, como indicaba Graciela Brodsky, la articulación con el goce para ver el valor de esto. Respecto de la pregunta de Gabriela Grinbaum, precisamente, lo que se jugaba en el trabajo que presenté era que una cosa es lo que plantea Katan, las dos tesis que quiere probar con relación al delirio, donde se verifica que están articuladas, por ejemplo, cuando Schreber en tod o momento tiene la seguridad de que a toda pérdida, al crepúsculo del mundo -y aun cuando se necesiten millares de años -, le seguirá una vuelta al estado anterior. Él tenía la certeza de que la eternidad existía, tenía esa convicción, a partir del momento en que aceptó ser la mujer de Dios. {Pág. 69.}

Cecilia D'Alvia. -En cuanto a los dos delirios -interpretativo y de grandeza-, pensé que Freud señala que el tema del procesamiento es distinto en el delirio de grandeza. Y si bien es un procesamiento que falla, en el Manuscrito K indica que es el intento más serio de volver esta libido al objeto, aunque no salga de la libido yoica. ¿Se trata de fenómeno elemental o no? Creo que, si tomamos la vertiente de la libido imaginaria tal como plantea Freud, no es sencillo designarlo como

fenómeno elemental. Sin embargo, el delirio de grandeza ubicado en el punto dos en el momento patológico es una libido que no se engancha a nada. Este cambio de estatuto cualitativo y no cuantitativo de la libido objetal representa, a mi entender, una diferencia.

Roberto Cueva. -Quiero intentar una respuesta a Leonardo Gorostiza acerca del tema de la experiencia enigmática, que me parece el punto central de lo que preguntó. En una primera lectura de la tesis de Lacan no había reparad o en el peso que tiene el carácter enigmático del fenómeno elemental, y fue Roberto Mazzuca quien me señaló algún párrafo y me reenvió al texto de Wachsberger para orientarme sobre el asunto. Tengo la impresión de que tu pregunta interroga los tres momentos que él formula en relación con el desencadenamiento y la construcción delirante en

el caso Aimée desde las categorías del artículo de 1958 «De una cuestión preliminar

diacronía que postula Wachsberger con sus tres momentos parece una referencia específica al planteo de Lacan sobre la experiencia enigmática como inherente al encuentro con un vacío de significación más que con la presencia de un significante en lo real, es decir, producto del encuentro de una ausencia en la cadena significante del Otro. En este sentido, y retomando un artículo esclarecedor de Colette Soler, «La experiencia enigmática del psicótico: de Schreber a Joyce», volvería sobre cierto desdoblamiento del carácter enigmático: un valor en relación con el grado cero de significación, vacío enigmático; un segundo valor, en relación con la significación de significación y la certeza. En ese segundo momento, en la diacronía de la estructura de las alucinaciones verbales, se podría retomar lo que planteaba Wachsberger respecto de la consustancialidad entre el fenómeno elemental y la experiencia enigmática, ya que me sirvió para acentuar algo que habitualmente perdemos de vista en la tesis de Lacan (segundo capítulo de la segunda parte, página 147) cuando dice: «estos fenómenos están completamente emparentados con la sensación de extrañamiento». He aquí en cierto sentido la contracara de un fenómeno que por un lado tendría una significación personal específica, un advenimiento de un fenómeno significativo o por lo menos un fenómeno de sentido, pero, por otro lado, también tiene esta cara enigmática. (Pág. 70)

».

Esta

Roberto Mazzuca. -Anudo algunas reflexiones a las muchas cuestiones planteadas. Empiezo por el estatuto del delirio de grandeza, que planteaban Leonardo Gorostiza y Gabriela Grinbaum. Respecto del problema que subsiste acerca de si se trata de la misma sustancia en el fenómeno elemental y el delirio, quisiera destacar algo de lo planteado por Gabriel Lombardi y que recalcó especialmente Cecilia D'Alvia en su intervención al preguntarse si Freud denomina delirio a procesos que en realidad son diferentes. Considero un mérito de esta mesa habernos mostrado que, en efecto, esto es así, que de ninguna manera hay que tomar como homogéneo el término delirio en Freud. A mi entender, él siempre le dio un tratamiento heterogéneo, y no sólo al delirio de grandeza; hay otros textos donde establece diferencias metapsicológicas con otros delirios. Cecilia D'Alvia citó el Manuscrito K, donde según los tipos de delirio ubica a algunos como síntomas en el sentido del retorno de lo reprimido y a otros como síntomas de la defensa secundaria, con lo cual metapsicológicamente le está dando un estatuto diferente, en este caso, no al delirio de grandeza, sino al de interpretación. Ahora bien, si tomáramos la función restitutiva del delirio, tal vez podríamos afirmar que no es posible una identidad entre fenómeno elemental y delirio, porque este último cumpliría una o varias funciones que no se llevarían a cabo en el fenómeno elemental. Podríamos reconocer una de ellas bajo el nombre freudiano de restitución, pero al hacerlo debemos recordar que allí Freud asigna esta función no solo al delirio parano ico sino también a la alucinación esquizofrénica, la cual sería para él tan restitutiva como dicho delirio.

Vemos que se nos van desarmando estas unidades conceptuales porque, por una parte, hay cierta heterogeneidad del delirio en Freud, pero, por otra, no se le adjudica una función específica pues la comparte con la alucinación. Y si siempre es delicada la articulación de términos de Lacan con los de Freud, dado que Lacan interpreta a Freud, en estos temas de psicosis lo es aún más. Resulta muy difícil resolver cómo tomar en Lacan la función freudiana de la restitución. Tal vez lo más cercano que podemos encontrar es lo que él determina como una función de estabilización que, sin embargo, en Lacan no se confunde de ninguna manera con el conjunto del delirio. Lacan sitúa esta función en la metáfora delirante, aunque está claro que no podemos ubicar todo el delirio en ese lugar estabilizador. Además, como señaló Graciela Brodsky, no es posible tomar la restitución como restitución de la realidad, sino como función de estabilización del goce ¡eruptivo de la psicosis. Respecto de la intervención de Leonardo Gorostiza, quiero destacar el uso del término semiología lacaniana, ya que efectivamente Lacan generó una semiología distinta de la de la clínica psiquiátrica, aunque en el punto de lo sensorial considero que hay en él una depreciación de este aspecto, por ejemplo, respecto de considerar valioso si en las alucinaciones verbales el sujeto escucha mucho, poquito o nada. (Pág. 72)

Jacques-Alain Miller. -Noto una dificultad en el programa del coloquio, en tanto hay una disimetría que todo el mundo observó entre fenómeno elemental y delirio; es decir que el tema del fenómeno elemental no pertenecía a la clínica freudiana. Empezamos, pues, por Freud y con él solo pudimos hablar del delirio, y recién en la segunda parte surgió la problemática propiamente dicha

del fenómeno elemental y el delirio. En mi opinión, a veces plantea una dificultad seguir la cronología de tomar primero a Freud y después a Lacan, ya que en este caso, por ejemplo, vemos en el trabajo teórico una suerte de retroacción. De modo general, creo que en la Sección Clínica es posible partir de Lacan para volver a Freud y que, aun cuando algunos elijan conocer bien a Freud antes de abordar a Lacan, no es necesario hacer de ello el modelo a seguir. Pienso que en varios trabajos podemos partir de Lacan, de su lectura de Freud, y eventualmente verificarlo o criticarlo a partir de este último. Así, por ejemplo, en esta ocasión, para reflexionar sobre el fenómeno elemental en Freud, hubiera sido interesante tomar un concepto de Lacan y ponerlo a trabajar en él. Recuerdo que en una de las discusiones con mi amigo Serge Cottet sobre problemas de tesis le aconsejé tomar un concepto de Lacan, el de deseo del analista, sin correlato evidente en Freud, y después reorganizar el texto de

Freud a partir de dicho concepto

fenómenos elementales en Schreber, que de cierta manera son ubicabas en el trabajo

trata de una observación algo general sobre lo retorcida que es nuestra tarea entre Freud y Lacan. Leí en el diario Página/12 una entrevista al epistemólogo Mario Bunge, quien creo que viaja regularmente a la Argentina y a otros países para hac er críticas. Su posición de escandalizarse por aquello que ocupa a la gente y que a su gusto no es científico me parece hasta simpática. Bunge

señalaba en esa entrevista que hay muchas disciplinas en las universidades que son arriesgadas por su modo de practicar el comentario de texto, pues olvidan estudiar de manera científica las cosas;

es decir que criticaba la escolástica de varias disciplinas, de varias ciencias humanas o sociales. Y es verdad que nosotros tenemos otra posición, que pensamos que algo real se pone en juego en los textos, la escritura, el discurso; no consideramos que sea meramente ficción. En las cuestiones clínicas hay algunos puntos sobre los que no podemos interrogar a Freud directamente, pero sí a los pacientes psicóticos, y cuando estamos frente a un fenómeno elemental como en el caso Aimée,

nos topamos allí con algo

elementales lo aprendí en la práctica de Lacan.

En este caso, por ejemplo, se puede ver que hay claramente

En fin, se

muy preciso. Y debo subrayar que este interés por los fenómenos

Una palabra sobre el enigma, ya que considero que no es tan complicado de entender. Hay algo enigmático y, en un primer tiempo, no se sabe lo que significa. ¿Qué provoca un enigma? Debe haber algo que en un primer momento no se entiende, aparece una falta de significación determinada. El segundo momento consiste en probar si finalmente, como no puedo determinar qué significa, quizá no signifique nada. Aparece entonces esta suposición, lo que distingue este momento del anterior. La conclusión es que eso significa algo pero no se sabe qué. De modo que en el primer tiempo tenemos perplejidad, falta de significación y, en el segundo, certidumbre y presencia de la significación como tal. Hay significación sin que se la pueda

determinar, es

Egipto, alguien no puede descifrarlo, es un enigma y queda perplejo. Después puede preguntarse si es una escritura, si se trata de una fractura de la piedra que ocurrió por azar, y entonces es posible que tenga la certidumbre de que hay una significac ión de significación, es decir, que eso significa

algo aunque no se sepa qué es. Hay así un camino que va desde la perplejidad a la certidumbre.

la presencia de una significación indeterminada. Un ejemplo: al ver un obelisc o en

Miguel Furman. -Me parece que habría que agregar también que esa significación que el sujeto ve en el ejemplo del obelisco le es alusiva, significa algo para el sujeto.

Jacques-Alain Miller. -No es un ejemplo de psicosis

(Pág. 73)

Miguel Furman. -No, por supuesto, pero en un ejemplo de psicosis la perplejidad misma adquiere una significación personal y da lugar al surgimiento del fenómeno de certeza porque se dirige al sujeto.

Jacques-Alain Miller. -Efectivamente, está ese elemento suplementario que es pensar que aquello que el sujeto descubre en Egipto se escribió a propósito de é l. No es tan distinto de las conversaciones que tiene Aimée en las que dice «ellos hablan de mí»; es como pensar que el obelisco tiene un texto que finalmente habla de él y el fenómeno es eso que hay en la frase. La significación personal es efectivamente eso habla de mí, es el eso inicial. En este sentido, Lacan señala que hay una suerte de paranoia primitiva en todo sujeto en tanto que el significante lo precede. El sujeto está fundamentalmente ante un fenómeno elemental, y en esta línea todos somos locos. Lacan desarrollará en ocasiones esa idea de locura generalizada, ya que, al depender del significante, todo ser humano pasa por la perplejidad, luego por la certidumbre y después delira. Y él prosigue esta tesis hasta sostener que todo el mundo delira, hasta la noción de delirio universal, tema que desarrollé en Buenos Aires hace algunos años cuando me referí a la clínica irónica:

fenómeno elemental y delirio universal.

Luis Darío Salamone. -Quería retomar algo con relación a lo que decía Pablo Russo d el fenómeno elemental y el delirio, en la línea de lo que también comentaba Jacques -Alain Miller. Se trata de una referencia de Lacan que me sorprendió encontrar en El seminario 4, donde habla del delirio en Juanito, que no es un psicótico. Sin embargo, algo en la construcción de la elaboración mítica sigue esa lógica de la estructura combinatoria significante que nos permite compararlo con un delirio, porque la edificación ideica tiene su motivación propia, su propio plan, su instancia originada por el pro blema de que el pene real le subsista a Juanito. Está allí presente toda la elaboración mítica permutativa del significante, es el trabajo que intenta realizar y que no puede confundirse con ningún juego o deducción intelectual, el cual volvería a restaura r la idea de un sujeto unificante que razona psicológicamente; más bien sucede que la 1ógiea de las permutaciones de la estructura va tratando de resolver ese problema.

Roberto Mazzuca. -De acuerdo con la propuesta de María Laura Marandino de distinguir enigma de perplejidad, pienso que hay dos maneras de ubicar esta semiología de la perplejidad en Lacan:

una, como lo hizo Jacques -Alain Miller, articulada con el enigma a nivel del significado, porque el enigma apunta siempre a un registro del significado; pero creo que hay también en Lacan una perplejidad que no se relaciona con este registro y que él refiere a ese momento especial de la psicosis en el que el sujeto se enfrenta con el agujero, cuando no se trata del significado sino de la falta de un significante allí donde es llamado y no está. Esto se traduce en la fenomenología, este concepto de falta de un significante se reconoce en la experiencia por una perplejidad especial y diferente de la ligada al enigma. Esta otra perplejidad que puede dejar a un sujeto tirado en la cama se distingue de la referida al registro del significado.

Jacques-Alain Miller. -La segunda perplejidad y la primera serían la misma, solo que faltaría el

obelisco. Es el ejemplo que toma Lacan en El seminario 3. pasa un auto rojo

obelisco estaría, pero usted alude a que el sujeto mismo no puede decir dónde está el significante que lo deja perplejo. (Pág. 75)

En este caso el

Roberto Mazzuca. -Es claro, falta el obelisco. El segundo punto, esta cuestión de plantear el fenómeno elemental en Freud nos conduce, a mi entender, a la primera mesa. Y Graciela Brodsky dejó planteada una pregunta que no retomamos acerca de si podemos reconocer el fenómeno elemental en la fase de desasimiento libidinal. Además de ser una pregunta bien co nstruida, me parece que es posible en principio contestar afirmativamente, y creo que hay en la enseñanza de Lacan indicadores en este sentido. Señalemos sobre todo los fenómenos de franja, que distingue en El seminario 3 y que surgen en el momento del dejar plantado de Schreber, al retirarse el discurso interior. Entonces aparece este fenómeno tipo alarido que indica el desprendimiento, pero puede cumplir al mismo tiempo la función de reconducir a este discurso del cual se separa.

Juan Carlos Indanrt. -A modo de resumen diría que hay un detalle en el texto comentado de Lacan: en el preciso momento en que articula la noción de fenómeno elemental con la de delirio, según la frase tan clásica y debatida, señala que elemental podría ser sustituido por estructural. Y aunque fenómeno estructural es una suerte de contradicción, me parece que el modo en que Miller nos recordó por qué el hecho clínico del fenómeno elemental es un hecho precioso justifica el método de su indagación: se trata de un hecho clínico muy cercano a la verificación posible de algo que nos permita entender la estructura psicótica. Desde ahí y desde esa noción de estructura creo que se podría pensar la articulación. Respecto del delirio y sus diferencias, insistiría en un punto: en relación c on el texto de Freud, y si admitimos una traducción de libido no en su tesis de retroacción, no en el plano imaginario (recuerden que Lacan señala la comodidad de esta tesis, pues en el plano imaginario se observan las investiduras y desinvestiduras), sino como una alusión a la cuestión del goce, insistiría -repito- en que a veces se sustancializa mucho el goce, cuyo problema es que es invisible. No tenemos en tanto tal más que un mito como el de la laminilla, la transformación que postula Lacan de la libid o en un mito referido al goce. Entonces, me parece que quedaría en pie buscar en los textos de Freud la referencia al goce para localizar eso de algún modo en una noción de estructura, donde la idea de fenómeno elemental como hecho clínico precioso nos permitiría construir mejor la noción de estructura psicótica. Habría que revisar los antecedentes en Freud de sus descripciones leyéndolas como los estatutos de localización o no de la estructura del goce. Propongo esta solución positiva -o tal vez algo ecléctica- para redondear el debate. (Pág. 76)

Jacques-Alain Miller. -Cuando Juan Carlos Indart recordó lo que yo había señalado sobre el hecho clínico de los fenómenos elementales, se me ocurrió que también deberíamos indicar que quizá Kraepelin haya sido el psiquiatra más grande de la historia y que Lacan consideró que el sentido clínico de este alemán era el colmo del sentido clínico. Kraepelin negaba los fenómenos elementales; nosotros acordamos en considerar que estos existen, los vemos, los buscamos, los encontramos. Pero cuando surgió esta doctrina (que a veces denominamos clásica, a pesar de ver de cerca cómo difieren en psiquiatría los argumentos que algunos ven y otros no), cuando tomó consistencia la teoría de los fenómenos elementales, Kraepelin trató de descalificarlos, de indicar que estos solo representaban un grado en el desarrollo y no marcaban una ruptura franca, cosa que Lacan señala en su tesis. Por consiguiente, todos nosotros vemos los fenómenos elementales, pero si Kraepelin estuviera aquí, no puntualizaría las cosas del mismo modo, puesto que intentó demostrar que lo que el paciente presenta como una irrupción, una ruptura, un cambio, en realidad ya estaba presente antes bajo otra forma.

CONFERENCIA La invención del delirio 66 (Pág. 81)

Jacques-Alain Miller

El binomio fenómeno elemental-delirio responde al intento de diferenciar elementos que a su vez forman parte del discurso común; son elementos comunes a todo ser hablante. Esta es una forma de generalizar el concepto de delirio. Dado que el yo de cada uno es delirante, un delirio puede ser considerado una acentuación de lo que cada cual lleva en sí, y que es posible escribir como:

deliryo. La psiquiatría diferencia entre delirios ricos o pobres así como también entre delirio y alucinación, señalando que el delirio es un discurso. Y en esta perspectiva tiene sentido la palabra elemental La enseñanza de Lacan nos permite formular que el delirio es un discurso articulado. Se trata de una combinación de elementos donde el intento de ubicar fenómenos elementales toma un valor, un sentido: destacar en el conjunto del discurso delirante los elementos mínimos, los elementos primeros a partir de los cuales se construyó, se desarrolló y se elaboró el resto. Así planteado, parece muy general, pero permite justificar un primer sentido de la palabra elemental. Podemos pensar por ejemplo que una argumentación formalizada resulta útil en lógica matemática y, aunque esta no es común en nuestra práctica, poseemos cierta idea de ella. No solo es posible deducir muchas cosas de tal sistema -por ejemplo, varios teoremas-, sino que además en la presentación formalizada se destacan axiomas, fórmulas primeras que tomamos como base para la demostración, para el discurso demos trativo. De algún modo, los fenómenos elementales serían como esos axiomas de partida, que no se pueden poner en duda. Este puede ser un primer abordaje, que sin duda es posible criticar. La inspiración lógica condujo por ejemplo a De Clérambault a encarar cierto tipo de delirios y destacar los pasionales, dentro de los cuales subrayó la erotomanía propiamente dicha, que ubica postulados (como él me quiere, no me rechaza, no dice que no, u otros) que no cambian la premisa inicial. Se trata, pues, de la búsqueda de elementos iniciales que funcionan de manera absoluta como principios de todo desarrollo del discurso. Pero ¿cómo retomar este tema?

66 Título deducido del desarrollo de la conferencia y propuesto por Leonardo Gorostiza. Esta conferencia ha sido establecida a par tir de la desgrabación y reconstrucción realizada por Oscar Sawicke. (N. de la E.)

Kraepelin, por ejemplo, pensaba que no se podían ubicar fenómenos elementales en la psicosis; postulaba la paranoia en continuidad con el desarrollo de una personalidad. Esta perspectiva se opone a aquella según la cual hay fenómenos elementales, esto es, algo que señala en la vida del sujeto el surgimiento de una discontinuidad e indica entonces que no se trata de un desarrollo continuo. En efecto, se presenta una oposición entre continuidad y discontinuidad. Y debemos agregar que los que ubicaron fenómenos elementales eran organicistas, ya que sostenían que en el terreno del nacimiento de dichos fenómenos había algo orgánico que determinaba la intrusión de un elemento en lo psíquico, del que no se puede dar cuenta por medio de nada anterior. De este modo, se situaba una causalidad no propiamente psíquica de la psicosis. Como nada puede dar cuenta de lo que surge o se espera, se impone la evidencia de una causalidad orgánica: no se trata de alguien de quien pueda sospecharse que se volverá paranoico, sino que hay una discontinuidad y algo totalmente nuevo que se introduce en lo psíquico. En esta concepción,

ante ese hecho en bruto, bizarro, que surge en él, el sujeto reacciona intentando dar cuenta de ello, con explicaciones y construcciones delirantes. (Pág. 82) En el seno de esta concepción organicista se establece una distinción entre el fenómeno elemental como primario y el delirio como secundario, y entre la causalidad propia del fenómeno elemental y la que corresponde al delirio. La causalidad del fenómeno elemental, como un sentimiento de extrañeza, de inquietud que invade al sujeto, no tiene antecedentes en su personalidad, su conciencia, su carácter. Debemos, pues, remitirnos a una causalidad orgánica. El

delirio, en cambio, tiene

una causalidad psíquica porque es un esfuerzo intelectual para dar cuenta

de esa intrusión curiosa, extraña e inquietante. Se abren así dos vías: una donde no hay fenómenos elementales y aparece el desarrollo de una personalidad que acentúa sus rasgos en situaciones vitales cruciales o en momentos traumáticos, y otra donde sí hay fenómenos elementales, es decir, la intrusión de un elemento heterogéneo de fuente orgánica que obliga al sujeto a un gran esfuerzo de elaboración delirante para dar cuenta de ella. Lo curioso de Lacan es que en su tesis sostiene la posición de que hay fenómenos elementales, pero a la vez los integra en una teo ría de la personalidad. Esta es la paradoja de su tesis, la cual se observa muy bien en los capítulos tercero y cuarto de la primera parte. En el tercer capítulo se concibe la paranoia como desarrollo de la personalidad, mientras que en el cuarto aparece determinada por un proceso orgánico, y se oponen las dos vías. Pero precisamente en este capítulo se presenta la teoría de los fenómenos elementales y se toma un ejemplo de una causalidad que no es de la personalidad. En su elaboración del caso Aimée, Lacan se opone al organicismo. Allí la palabra esencial es la personalidad, que encontramos en el título de su tesis («De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad»), donde defiende una concepción personalista de la paranoia e integra en esta concepción los fenómenos elementales pertenecientes a una idea organicista. En efecto, se puede decir mucho al respecto, pues se trata de una concepción armónica pero que a la vez no encaja bien, lo que la vuelve justamente más interesante. Es una cuestió n árida. Sin embargo, es la tesis de Lacan (cuya lectura se ve Facilitada por el trabajo de Silvia Tendlarz Aimée con Lacan), y debemos tener en cuenta que es la base de nuestra discusión cuando aludo a ese tema. (Pág. 83) ¿A qué responde esta curiosa posición de Lacan? Quizá nos encontramos en el terreno de la personalidad de Lacan, pues pone claramente en juego su relación con De Clérambault, su maestro. Se trata entonces de algo muy delicado, ya que nos dio elementos para entender este tema. Pero lo dejaremos de lado por un momento para retomar el debate y las presentaciones escuchadas hoy. Ciertamente, nos concentramos mucho en cómo entender el tema del delirio y el del fenómeno elemental. En esa dirección se trabajó la metáfora de la planta, ubicada en El seminario 3 de Lacan y comentada por Claudio Godoy, con la indicación de que también se encontraba en la tesis. Se

sitúa allí donde Lacan señala que antes tomaba la referencia al anélido y luego prefiere la metáfora de la planta. En el trabajo anterio r sobre la estructura de la paranoia, escrito dos años antes, Lacan tomaba el término anélido -que es el que suprime- de De Clérambault. Y como subrayó Juan Carlos Indart, Lacan continuó con la metáfora de la planta después de 1958 en su escrito «La direcc ión de la

cura

1958, y se encuentra no solo a propósito de la psicosis sino también de la neurosis, y quizá sea algo que debamos aprovechar.

La frase de Lacan de El seminario 3 que plantea que el delirio es un fenómeno elemental -si aceptamos reducir la cita-, resulta tanto más necesaria cuanto que en el primer sentido, de acuerdo con la concepción organicista, el fenómeno elemental es totalmente distinto y heterogéneo respecto del delirio. Por el solo hecho de trasladarlo a una teoría continuista y de desarrollo de la personalidad se restablece una continuidad entre el fenómeno elemental y el delirio. Pero, a mi entender, Juan Carlos Indart indicó la manera de traducir esa frase, ya que inmediatamente después de hablar del delirio como fenómeno elemental Lacan agrega: en tanto que elemento significa estructura. Podríamos traducir esta frase de la siguiente manera y someterla a discusión: podríamos entender el delirio es un fenómeno elemental como el delirio tiene la misma estructura que el fenómeno elemental. En este sentido, es interesante el término elemento generador, que utilizó Roberto Cueva. Y es algo que se entiende, por ejemplo, con el modelo del gnomon griego.

».

En efecto, el ejemplo de la planta está presente en la tesis, también en El seminario 3 y en

(Ver cuadro de pág. 84)

Hacemos una figura, tomamos la diagonal y podemos construir toda una serie de figuras que responden a las mismas proporciones. De modo que a partir de la célula inicial encontramos de manera más y más extensa la misma estructura.

Cuando Lacan alude a esa famosa planta en «La dirección de la cura

»

(dentro del texto en el

que analizará el sueño de la bella carnicera), señala que nada de eso es microscópico y que no se necesita un instrumento especial para reconocer que la hoja tiene los rasgos de estructura de la planta con la que está relacionada. En otras palabras, considera que ese sueño de una histérica es capaz de indicarnos toda la planta de la histeria. Claramente relaciona esa formación del inconsciente que es el sueño con la neurosis, y afirma que el conjunto de la neurosis está presente en una formación del inconsciente minúscula como un sueño. Que los pacientes a veces cuenten tres o cuatro sueños en una sesión nos haría creer que un sueño es poca cosa en todo el trayecto de un análisis, pero la tesis de Lacan es que a partir de la hoja podemos conocer la planta o el árbol, así como a partir del hueso de una pata es posible reconstruir un dinosaurio. En la vía de lo que elaboramos, mi propuesta es simple: en cierto sentido el fenómeno elemental es a la psicosis lo que la formación del inconsciente es a la neurosis; aunque en escala reducida, nos muestra la estructura de toda la enfermedad. No solo es un poco simple sino quizás algo excesivo, pero sugiere que debemos trabajar comparando formación del inconsciente con fenómeno elemental. Y esta comparación es válida debido al concepto de estructura, para la cual es lo mismo tomar un texto enorme o solo una página, pues en tanto tal está presente de todas maneras. P iensen cuando se tienen dificultades visuales, en la diplopía, por ejemplo: al cerrar los ojos o al mirar una página o una sala la diplopía no desaparece. El objeto que se ve puede cambiar, pero el hecho de estructura está, con una torsión específica. (Pág. 85) Tomemos como ejemplo el trabajo del pase, donde en un tiempo muy corto (una hora, media hora) alguien relata el análisis de otra persona ¡que duró diez años! ¿Cómo es posible este trabajo

y, además, cómo evaluarlo? Simplemente, porque creemos en la estructura, es decir, en que se puede hacer una buena extracción y lograr apropiarse de la estructura en un fragmento. Es lo que intentó mostrar Roberto Cueva tomando como ejemplo un fenómeno elemental del caso Aimée e indicando que se repite en el transcurso de la elaboración del delirio. Él percibió esta cuestión. Se nos presenta entonces un cortocircuito: ¿cuál es la estructura de las formaciones del inconsciente? La respuesta de Lacan nos permite afirmar que su base es la alienación significant e (el significante representa al sujeto para otro significante), y a veces, cuando un significante llama a otro, al sujeto le surge como un lapsus y se sorprende por lo que él mismo produjo. Avancemos a partir de esta estructura de la formación del incons ciente e intentemos elaborar la estructura del fenómeno elemental en oposición a ella.

formación del inconsciente fenómenos elementales

-

-

neurosis

psicosis

El fenómeno elemental representa algo pero no se sabe muy bien qué. Digamos que representa no se sabe qué para alguien, para el sujeto. Como recordarán, se trata de la definición del signo de Peirce, en la que se inspiró Lacan: el signo representa algo para alguien. Retomando lo anterior, Lacan sostiene que en las formaciones del inconsciente el significante se vincula con el significante y el sujeto surge como efecto de esa vinculación. Ahora bien, el sujeto no está al tanto de este procedimiento; los significantes se vinculan entre sí y el sujeto queda un poco relegado, como vemos en el lapsus. En el fenómeno elemental es interesante el para alguien, porque es la significación personal que se dirige a él. Y quizá podamos afirmar en una primera aproximación que en el fenómeno elemental el signo elemental representa una x para el sujeto. Esta formulación nos presenta un problema para resolver: ¿cómo formalizar el fenómeno elemental a partir de la fórmula de Lacan de las formaciones del inconsciente? (Pág. 86) Seguiremos con estas cuestiones un poco más. Por ahora tratamos de indicar el camino en el que es posible seguir trabajando, ya que no damos el trabajo por terminado. Así como Lacan se inspira en algunos ejemplos para construir sus fórmulas, inspirémonos en la fórmula de Lacan para hacer nosotros mismos un trabajo. Y así nos encontramos con un concepto muy útil para introducir en el debate. Hablamos de fenómeno elemental y dudamos en su momento de dónde venía, porque Lacan indica que proviene de De Clérambault cuando en realidad no lo encontramos en él. Hay fórmulas a proximadas en los textos de Jaspers, que Lacan critica. Pero además hay un concepto clínico exclusivo de Lacan respecto de la psicosis que es el de momento fecundo. ¿Qué es el momento fecundo? Con esta idea Lacan indica los empujes al delirio. En cierto momento el sujeto aparece como embarazado, cuando dará a luz un nuevo episodio del delirio. Hay entonces un momento de calma y otro de empuje, y precisamente esta concepción de los momentos fecundos puede situarse como repetición de los fenómenos elementales. El sujeto está inquieto, siente que algo le sobrevendrá, luego hay una precipitación, una cristalización y finaliza. El momento fecundo es, pues, esa reiteración gnómica de la estructura del fenómeno elemental que a la vez da la idea de una continuidad. El concepto de estructura reformaliza y redistribuye el campo donde se oponían los conceptos de personalidad y organismo. En este caso el elemento es la estructura y se repite, como en el gnomon, en distintos niveles. Al principio Lacan trabajó esta idea de que el elemento es la estructura. El fenómeno elemental aparecía como tal por su simplicidad, su carácter inmediato, bruto (que Godoy cita respecto del texto sobre la estructura de la psicosis paranoica, cuando a propósito de la interpretación delirant e

Lacan señaló que está hecha de datos primarios, casi intuitivos, sin organización razonante). El carácter no organizado del fenómeno, en el delirio de interpretación, aparece como específico del fenómeno elemental, y aquí se establece la comparación con De Clérambault, con la metáfora de los anélidos, pequeños anillos iguales, sin vertebración, sin organización. (Pág. 87) Descubrir que los fenómenos elementales son estructura, es decir, que incluyen una combinación, impide oponerles el delirio, con el argumento de que este último es una articulación mientras que el fenómeno elemental no está articulado. Se trata de un elemento simple, aislado y distinto de un anillo. He aquí el descubrimiento de Lacan: el fenómeno elemental está estructurado

y su estructura es la de lenguaje, tal como la del delirio. Hay, pues, entre ambos una comunidad de estructura. En general, se puede decir que el delirio es un fenómeno elemental y que el fenómeno elemental es un delirio, ya que ambos están estructurados como un lenguaje. Vayamos, sin embargo, más allá de este punto.

Consideremos ahora un nivel donde se oponen alucinación e interpretación. En ese sentido, la intervención de Roberto Mazzuca incluye una valiosa referencia a Lacan. Si releen la «Respuesta al

comentario de Jean Hyppolite

interpretativo, pero poco tiempo después, tal como señala Mazzuca, Lacan parece olvidarlo y mezcla ambas nociones. En cierto nivel, entonces, entendemos que hay una oposición entre interpretación y alucinación, la cual concierne a un fenómeno perceptivo. Afirmamos estar ante una verdadera alucinación psicótica cuando lo que aparece tiene el carácter de certeza, y podemos decir que el sujeto es pasivo, en tanto padece la alucinación como independiente de él. El esquema de la vivencia de la interpretación es totalmente distinto: allí el sujeto es activo, no padece sino que actúa

y pasa por momentos de duda. La interpretación es del sujeto. De modo que estos dos fenómenos tienen muchos rasgos distintos, pero a la vez, según descubre

Lacan, pese a esas diferencias fenomenológicas evidentes, las alucinaciones tienen estructura de

lenguaje. Todo el escrito «De una cuestión preliminar

alucinaciones verbales, veremos que responden a una estructura de lenguaje, que encuentran una diferencia entre significante y significado y entre mensaje y código. Por supuesto, la interpretación también se funda en un fenómeno de lenguaje. A pesar de todas las diferencias fenomenológicas existentes entre alucinación e interpretación, esta perspectiva de la estructura permite tratarlas de manera conjunta. Como señala Mazzuca,

Lacan puede sostener que algo vale tanto para la alucinación como para la interpreta ción, que estas son completamente distintas en cierto nivel y que, en otro, la diferencia no importa pues responden

a la misma estructura. (Pág. 88) Para ampliar nuestras referencias con relación al tema podemos tomar el texto «Respuesta al

comentario de Jean Hyppolite

distintas. Lo prueba con el ejemplo freudiano del Hombre de los Lobos, respecto de la alucinación del dedo cortado, e introduce inmediatamente el famoso caso del Hombre de los Sesos Frescos, es decir, un ejemplo de acting out. Pero ¿en qué términos habla de este fenómeno de acting out? Lo refiere a la interpretación. Muestra que el acting out está estructurado como una alucinación, que en el caso del Hombre de los Lobos la falta de un significante en la estructura del sujeto hace que lo forcluído vuelva en lo real. No obstante, en el acting out Lacan muestra, si uno lo sabe leer, que falta un significante en la interpretación del analista, y surge en la conducta del sujeto un acto que él no puede entender; y casi podemos suponer que hay una forclusión. Lacan lo formula allí como el rechazo de una relación oral no simbolizada que vuelve como si fuera una alucinación. Lacan trabaja asimismo este tema de enorme importancia en su seminario: el acting out equivale

a un fenómeno alucinatorio de tipo delirante. Lo dice claramente y explica que se produce cuando los analistas abordan algo en el orden de la realidad y no en lo interno del registro simbólico; es decir que encuentra la misma causalidad en ambos fenómenos. En el mismo texto se pueden oponer

»,

verán que diferencia radicalmente la alucinación del fenómeno

»

sirve para indicar que, si estudiamos las

»,

donde Lacan sostiene que la alucinación y la interpretación son

a la vez alucinación e interpretación, tomar un ejemplo de alucinación y un ejemplo de acting out

en su vinculación con la interpretación analítica, y finalmente construir la misma estructura para

ambos. De este modo se justifica distinguir niveles. En uno, alucinación e interpretación se oponen,

y en otro nivel tienen la misma estructura. No se trata de una contradicción, sino de distinguir

niveles. Retomemos ahora la historia de la relación de Lacan con su maestro De Clérambault, ya que es todo un tema. En los Escritos, Lacan anticipa tempranamente a De Clérambault como «mi único maestro en psiquiatría». Como yo no conocía a De Clérambault, en 1966, cuando salieron los Escritos, empecé a leerlo. Luego de algunos años, en una presentación que hice de un texto de Lacan que hablaba de De Clérambault, me di cuenta de que Lacan había introducido de esta manera su lectura en Francia, lo que provocó un movimiento de paulatino interés por la per sonalidad y la obra de dicho psiquiatra. (Pág. 89)

En un seminario que dicté en 1988 traté de convencer a los asistentes de que la tesis de Lacan era jaspersiana. Sin embargo, es muy curioso que en sus antecedentes de los Escritos no diga una sola palabra sobre Jaspers. Lacan hace su tesis en 1932 después de haber sido interno de De Clérambault. Es decir que realiza una tesis jaspersiana pero en los Escritos solo habla de De Clérambault. Por otra parte, en la primera lección de El seminario 3 habla de Freud, rinde un homenaje a De Clérambault y luego critica radicalmente a Jaspers. Lacan ya había elogiado a De Clérambault en su texto sobre la causalidad psíquica en los siguientes términos: «pretendo que mi tesis responda al método de De Clérambault». ¿Qué conclusiones podemos extraer de todo esto? En un momento Lacan se ubica como un

discípulo orientado por De Clérambault

en la nota 6, cuando se refiere al uso de la imagen del anélido -que dos años después sustituirá por la metáfora de la planta- y subraya que toma esta imagen que resume el fenómeno elemental de la enseñanza oral de De Clérambault, a quien se le deben muchas cosas en relación con el método y al que, para no correr el riesgo de ser plagiario, es necesario rendirle homenaje por cada uno de

nuestros términos, es decir, por todo

Pero la tesis que escribirá dos años después está hecha contra él y, aunque no lo evidencia explíc itamente, es jaspersiana, a partir de la relación con la comprensión. Se trata de una tesis

antiorganicista, cuando, como recordarán, De Clérambault pensaba en una causalidad fundamentalmente orgánica. De algún modo, en la tesis Jaspers mata a De Clérambault, quien sin embargo vuelve y mata a Jaspers. En este movimiento, De Clérambault aparece primero metaforizado por Jaspers, y finalmente se retorna a él en términos de «mi único maestro».

La referencia está en un artículo publicado en Ornicar?,

Todo lo que digo debería ser un homenaje a De Clérambault.

Jaspers

De Clérambault

De Clérambault Jaspers De Clérambault (Pág. 90)

En esa nota hay una continuidad: elogia el método de De Clérambault (lo recomienda y afirma además que siempre fue el método de dicho psiquiatra) y, al mismo tiempo, se aparta de las tesis organicistas. Y hay que pensar que, como organicista, De Clérambault también buscaba los fenómenos elementales. Seguramente en 1931 hubo un encontronazo entre ambos. Es lo que suponemos por el homenaje que le rinde Lacan, pues sin duda De Clérambault debía de ser muy susceptible al robo de sus términos, lo que nos complica las cosas a nivel histórico, pero explica que la expresión fenómeno elemental encontrada en Jaspers se atribuya finalmente a De Clérambault.

Luego de este periplo por nuestros antecedentes podemos volver al tema de la estructura del fenómeno elemental. Y en este punto encontramos discusiones sobre lo que Lacan expone en ese

famoso párrafo de «De una cuestión preliminar

donde ofrece una nueva traducción del fenómeno elemental. Sobre esta cuestión, el título del seminario que dicté («La experiencia enigmática en la psicosis») seguía siendo un enigma también para los docentes y lo justifiqué comentando la frase de Lacan sobre la significación de significac ión y el vacío enigmático. Extraje ese adjetivo de dicha frase y lo expliqué. Es algo que luego se encuentra bien tratado en el artículo de Colette Soler.

Ahora nos interesa retomar el comentario de Lacan de un modo diferente del de mi seminario. Lacan no habla ni de fenómeno elemental ni de fenómenos elementales en el texto «De una

cuestión preliminar

mi opinión, dice fenómenos intuitivos porque quiere ocuparse de la significac ión en los fenómenos

elementales y dejar abierto que en algunos de ellos esta no se presenta. Es posible extender la significación, el dominio de los fenómenos elementales a fenómenos perceptivos, seudoalucinaciones, donde la cuestión de la significación no es tan evidente ni tan pura. Sin embargo, Lacan se refiere allí a esos fenómenos intuitivos que son los fenómenos elementales evidentemente conectados con cuestiones de significación, donde la cosa aparece pura.

En el seminario tomé el ejemplo del auto rojo, en el que el sujeto se asegura: «Eso me dice algo,

eso está dirigido a mí», o cualquier otra cosa, como podría ser «El obelisco me habla». De esta forma, permanece en una perplejidad misteriosa: fenómeno intuitivo al que sumamos la intuición delirante que implica. En los fenómenos no hay solamente un vacío; en un momento dado, aparece la iluminación: la señora Z, que lo persigue, o el escritor P. B., tienen que ver con una significación que invade. Finalmente, creo que alude a ese sector de los fenómenos elementales, pero que vale por los demás y los pone en evidencia. ¿De qué se trata entonces? Digamos que se trata de un momento curioso, una producción de significación, una producción -ya sea inacabada o difícil- muy especial. M propuesta para hoy es pensar ese momento a partir de la metáfora y la metonimia. Pero ¿por qué? Y es que son los dos grandes mecanismos de la producción del sentido. Partiendo de esto, intentamos ubicar el fenómeno elemental, el fenómeno intuitivo. Sabemos que en la metáfora hay sustitución y que, según explica Lacan, se produce un efecto positivo de sentido, con la emergencia de un sentido nuevo. Mientras que en la metonimia, como conexión de un significante con otro, el sentido no puede emerger; se instala una falta en ser en la relación de objeto y el sentido se desliza siempre en la cadena significante.

»

al referirse a la significación de significación,

»,

sino que se refiere a la necesidad de reformular fenómenos intuitivos. En

metáfora S

S

metonímia S

S’

(+) s

(-) s

¿Qué decir de estos fenómenos de significación de significación descriptos por Lacan? De algún

modo podría decirse que en el momento de perplejidad el sentido no aparece satisfactoriamente. Es

un momento de espera de sentido, enigmático, que no colma de satisfacción. Recordemos que

Wittgenstein sostenía que el criterio de la comprensión es la satisfacción. En lo enigmático, entonces, no hay satisfacción, sino más bien un menos de s minúscula (-s). Sin embargo, tampoco se trata de metonimia, en tanto que no se desliza; por el contrario, se fija, se inmoviliza. Muchas veces surge un solo significante que fija al sujeto en ese momento y puede rodearlo sin que aparezca el sentido completo. (Pág. 92)

De manera que el fenómeno elemental se asemeja a una metonimia inmóvil, si podemos permitimos este oxímoron, o se presenta como una metáfora impotente. La metáfora ubica un significante que permite la emergencia del sentido: es la unicidad del significante, pero impotente para hacer surgir sentido. El fenómeno elemental, como metonimia inmóvil, en lugar de deslizamiento produce un estado de confusión difuso, y como metáfora impotente, una fijación absoluta. Pero ¿cómo escribir este curioso sentido? Podríamos escribir que emerge, no el sentido sino el menos; es decir, utilizamos los conectores de Lacan: s 0 -sentido cero - para la experiencia enigmática (establecemos una comparación con la metáfora y la metonimia), y se puede agregar un signo lógico, un signo de interrogación, un operador que significa la interrogación, que la introduce.

(¿?) s operador de perplejidad

La perplejidad es este operador de perplejidad simple, como pueden ver. Afirmamos entonces que siempre hay, explícito o implícito, un significante en el fenómeno elemental, o algo que debería tener este curioso efecto de interrogación sobre el sentido. Sería el modo especial d e vinculación del significante y el sentido en el fenómeno elemental.

S (¿?) s

Inventamos el operador especial, operador de perplejidad, y señalamos que es la situación normal del ser humano en tanto efecto de significante, por cuanto todo sujeto se enfrenta a tener que descifrar un significante. Esto es coherente con la teoría de Lacan que indica que la estructura se revela en la psicosis, y que debemos dar cuenta del velo neurótico. Así, la cuestión de que el deseo y el discurso son del Otro en los fenómenos de automatismo mental se presenta como tema abierto. De la misma manera, es lícito afirmar que el fenómeno elemental evidencia nuestra relación con el significante. (Pág. 93) Es posible hablar de una paranoia inicial de todo sujeto o entender que, p or ejemplo, al comienzo de un análisis, algo semejante se produce para que pueda empezar la interpretación. Es lo que Lacan denomina significante de la transferencia, que precipita la emergencia del sujeto supuesto saber, sostén de la interpretación, cuya relación con este fenómeno elemental me llevó a sostener que dicho significante es equivalente al inicial de un delirio. Cuando Lacan estudia la estructura de las formaciones del inconsciente establece este primer momento señalando que «ello habla de él». El comienzo para todo sujeto es que los demás hablan de él. Consiguientemente, no hay que fascinarse con el aprendizaje del lenguaje, dado que lo importante es que los otros y el Otro hablan. Observamos que a veces se habla más del niño antes de su nacimiento que después de él. Pero veámoslo más de cerca. El significante Uno (S1), el significante solo, es siempre elemental, es decir, no se sabe lo que significa. Solamente cuando aparece el significante Dos (S2) puede surgir la significación de S1. Traducimos de este modo que hay significante para interpretar. Y concluyo, como aproximación, que lo que llamamos fenómeno elemental nos pone en presencia de un S1 y, por eso, la significación no se despliega; en cambio el delirio es equivalente a S2. Es decir q ue se da sentido a partir del delirio, lo cual corresponde a la descripción sobre lo primario, lo secundario, etcétera.

fenómeno elemental

S1 ----------- S2 delirio

s

Con estas precisiones observamos un cortocircuito ya que, al poner el delirio en el lugar del S2 -

es decir, del saber-, nos muestra que todo saber es delirio y el delirio es un saber. Escuchando

repetir lo que afirma Lacan sobre lo interesante de la invención de saber, el psicótico se presentaría como el delirante que no retrocede ante la elaboración de saber (recuerden, por otra parte, que también se dice que el analista no debe retroceder ante el psicótico), con el elemento de delirio que hay siempre en esta invención. En este sentido, somos pocos los que pensamos que Lacan no delira. El señor Bunge, por ejemplo, piensa que Freud era delirante. Hay asimismo muchas cosas delirantes en Newton, quien

le dedicaba más tiempo a la alquimia que a la matemática y se apasionaba descifrando el libro de

Daniel y el Apocalipsis en la Biblia. El señor Bunge no piensa de este modo, y lo desprecia por ello. Es cierto que Newton no sabía tantas cosas como él. Y es que era un hombre del siglo XVII, que se apasionaba descifrando el significante de la Biblia para conocer el futuro. Sin duda siempre

hay algún riesgo en la ciencia, dado que puede ser un delirio. Como sostiene Lacan, el Sputnik, ese primer objeto lanzado al espacio que verificó muchas cosas, es en este sentido cierto tipo de fenómeno elemental. Volviendo entonces a la coherencia entre saber y delirio, preguntémonos qué implica. Hablar de delirio no es solamente hablar de delirio de interpretación, sino que el delirio es una interpretación.

Esta fórmula que se encuentra en «De la psicosis paranoica

porque no todo es lacaniano en ella. Lacan comentó que no quería publicarla y que lo hizo porque las editoriales se lo pidieron. Indica, en un breve prefacio, que la publicó con reticencia, pues no consideraba que todo fuera lacaniano. Sin embargo, lo más lacaniano de la tesis es la frase el

delirio es una interpretación, que señala que en el texto mismo del delirio encontramos una verdad explícita y casi teorizada. El delirio es el doble perfectamente visible de lo planteado en la

investigación teórica, lo cual es coherente con toda la concepción freudiana de la teoría de la libido;

es algo análogo a la teoría de los nervios divinos en Schreber. Destaquemos también que no duda en enfrentarse a cierta homogeneidad entre la estructura, el delirio y el saber. Ahora bien, para verificar lo que expongo en relación con la metáfora y la metonimia es

necesario retomar el texto «De una cuestión preliminar

solamente a propósito de la metáfora paterna. Pero en su seminario opone la palabra y la fórmula argumentando que en el delirio de Schreber hay palabras llenas de sentido, de una gran densidad, y hay fórmulas vacías y repetitivas. Creo que ordena muy bien la metáfora y la metonimia. La palabra que condensa todo el sentido es de estructura metafórica, indica la emergencia del sentido

bajo la forma de una intuición que colma al sujeto; y la fórmula reiterativa y vacía queda más bien del lado de la metonimia. (Pág. 95) Introduzcamos, pues, metáfora y metonimia como binomio operativo para considerar el delirio.

A fin de aclarar las cosas en relación con el fenómeno elemental, podemos afirmar que nos

encontramos frente a la falta de S2, como primer momento; y esto produce el fenómeno de sentido cero, de vaciamiento de la significación.

»

es la frase más lacaniana de la tesis

»

de Lacan y observar que utiliza metáfora

S1

(S2)

S

De aquí que el neurótico -polo normal- lleve en sí el S2 que necesita; es decir que en determinada circunstancia sabe qué debe decir. Esta es nuestra comprensión precipitada. Y Lacan nos invita a ser un poco más psicóticos, un poco más perplejos. Nos invita a leer las cosas sin entenderlas y nos ayuda con su estilo, que produce la perplejidad. Nos enseña a no borrar el momento de la perplejidad, a no salir corriendo con nuestro S2, nuestro saber, apoyado por nuestro fantasma, para descifrar y afirmar que no tenemos ninguna dificultad y entendemos lo que pasa.

Intentar no entender lo que pasa es una disciplina. ¿Por qué no traducir de esta forma la forclusión del Nombre del Padre, la forclusión de ese S2 que al neurótico le permite descifrar todo sin perplejidad? Esto que en el neurótico, el llamado normal, surge tan naturalmente, si me permiten, para el psicótico implica un gran trabajo pues debe hacer una elaboración de saber no tan natural. Aunque elogié mucho el delirio, no debemos olvidar que no siempre es algo grandioso, magnífico, sino que a veces es muy reiterativo. ¿Por qué?

(Ver cuadro pág. 96)

Porque en ese vacío simbólico se absorbe la estructura imaginaria, el a-a'; a partir de la cual se desarrolla el delirio, por ejemplo, en la paranoia. Es lo que Lacan demuestra en el caso Aimée: la relación de rivalidad con la hermana repite ese desdoblamiento que empezó con la madre. Aunque la relación con la madre fue muy buena, el desdoblamiento se repite en todo su delirio, y en eso el delirio es reiterativo. Cuando se inscribe en esta vertiente (delirios pobres, reiterativos), da lugar a lo que Lacan describe en sus Escritos como su función de biombo. En este sentido, el acto realizado por Aimée hace caer el delirio como biombo. Esta perspectiva acentúa su carácter de decorado. Resulta, pues, necesario e imprescindible establecer una dialéctica entre saber interpretativo y delirio como decorado, según la expresión que Lacan emplea en El seminario 3 sobre las psicosis. Pero no lo desarrollaremos ahora. Lacan cambia la perspectiva sobre los fenómenos elementales. No se trata para nosotros de desconocer el tiempo y la cronolo gía, pero tampoco del comienzo de la psicosis. Ocurre que la estructura indica que la psicosis ya está. En todo caso la cuestión es saber en qué momento se desencadena. Por eso, en El seminario 3 Lacan formula que la psicosis no tiene prehistoria. Reduce totalmente la historia, y esto es justamente la teoría del Nombre del Padre: la estructura está y falta el significante que el sujeto debería tener a su disposición. La cuestión es saber qué pasó, qué le pasó a él, a ese sujeto en particular, para que todo se ponga en marcha y se desencadene la psicosis. En su comentario de Schreber, Lacan sugiere que, cuando algo en la realidad llama a ese significante que falta y al que debería movilizar, se pone en evidencia que eso falta y empieza la catástrofe, se deshace lo imaginario. De modo que el yo, capturado en lo simbólico, encarcelado, se escapa y se modifica su distribución y la de su libido. Esta es la primera aproximación al goce en Lacan. ¿Por qué? ¿Dónde está el goce en esta historia? Cuando habla en esos términos debe entenderse que el goce circula entre a-a'. Al elaborar su primera teoría, para Lacan la libido es imaginaria y circula entre el mundo y el yo, con la diferencia existente entre libido yoica y libido sexual. Pero no tocaremos este tema. Podemos destacar entonces que aquí el goce está en primer plano, y con este nivel de circulación que supone y que contribuye a la elaboración del delirio. (Pág. 97) Ahora pasemos al tema que tocó Cecilia D'Alvia. Es una cuestión difícil, porque fue efecto de una lectura muy precisa del texto que apuntó a ver cómo Freud no ubica exactamente en el mismo lugar el delirio de grandeza. La construcción freudiana se funda en un paralelismo entre psicosis y neurosis de transferencia, con el objeto de compararlas. Y no s itúa exactamente en el mismo momento el delirio de grandeza: momento de proceso patológico y curación, estasis libidinal e intento de encauzarla, curación. No se sabe si el delirio de grandeza es la enfermedad de la que hay que curarse por otro delirio o s i es la curación misma. Aparece así el delirio como curación, diferente del delirio como biombo. El delirio de grandeza es en cierto modo el delirio fundamental, en tanto que es el delirio por excelencia del yo. Todo el mundo tiene un delirio de grandeza, que incluso puede ser descripto como no soy nada o no puedo nada, ya que una capacidad del sujeto es establecer siempre una

comparación con los ideales, que suprime todo lo fecundo o lo agradable. Aunque traducido por una queja, es el delirio de grandeza, en el sentido del delirio del yo. Es importante alojar esa doble posición del delirio de grandeza, el cual en cierto nivel es lo que escapa, lo que se produce cuando el significante, lo simbólico, no puede encarcelar al yo y darle su lugar; y eso justamente es la enfermedad. Pero como delirio, como elaboración, representa también un dominio sobre la libido, y Freud lo expresa así. Luego, en este punto es posible reconocer dos perspectivas. Es verdad que el texto de Freud lo formula rápidamente, pero podemos interpretar que no dice lo mismo. Propondría entonces distinguir niveles, como sugerí para la alucinación-interpretación. En un nivel, el delirio de grandeza se presenta escapándose, sin freno; pero en otro, en tanto delirio, implica un dominio sobre la libido -término que utiliza Freud y que habría que verificar en el texto en alemán-. Nos enseña, pues, que un delirio logra cierto dominio sobre la libido o, en nuestro lenguaje, cierto cifrado de goce.

II

Del síntoma al matema Seminario-Coloquio de la Sección Clínica de Buenos Aires

1996

La actividad se realizó en Buenos Aires el 25 de julio de 1996 en el marco del IX Encuentro Internacional del Campo Freudiano. Se desarrolló durante toda una jornada y siguió la modalidad clásica de la «disciplina del comentarios en la cual participantes y docentes de la Sección Clínica de Buenos Aires trabajaron sobre textos de Freud y Lacan referidos a los llamados «tipos clínicos» (la neuros is obsesiva y la histeria). La coordinación y animación del debate estuvo a cargo de Jacques-Alain Miller.

Apertura (Pág. 101)

Jacques-Alain Miller

Este encuentro había sido preparado como un seminario especial de investigación, de trabajo

interno, pero finalmente se decidió que se realizara ante un auditorio más amplio que el de los docentes y participantes de la Sección Clínica de Buenos Aires. Sin embargo, al sentamos de este modo, sin tribuna, no vemos muy bien al público, por lo que en cierto sentid o lo ponemos entre

paréntesis

poner al público entre paréntesis. Y en esta ocasión somos nosotros quienes nos presentamos ante el público. Además pedí que se armara esta mesa de modo tal que permitiera suspender ciertas actitudes de solemnidad o formalismo que a veces resultan necesarias frente a un auditorio. Entonces, a pesar de

la distancia que se crea, intentaremos hacer lo que planeamos. Por supuesto, no le quitaremos la palabra al público; en el intercambio todos podrán intervenir, los docentes y participantes de la Sección Clínica de Buenos Aires, y todo aquel que quiera hacerlo. Hay algo de nuestra planificación que considero oportuno cambiar: pensábamos dedicar el trabajo de la mañana al texto de Lacan y el de la tarde al texto de Freud, pero me parece más interesante producir un entrecruzamiento, pasando de Freud a Lacan y de Lacan a Freud sin mantener una división formal entre los dos registros. Tengo aquí los trabajos que presentarán Gabriel Lombardi y Ernesto Sinatra, y los de las tres participantes de la Sección Clínica de Buenos Aires: Cristina Nocera, Marina Recalde y Raquel

Hace mucho tiempo, hablando de la presentación de enfermos, me referí al hecho de

Vargas. Les agradecemos el esfuerzo de exponer en un ámbito más amplio que el previs to, aunque esta mayor cantidad de personas es uno más uno, más uno y así sucesivamente. (Pág. 101) Para iniciar el día de trabajo quiero invitar primero a Gabriel Lombardi a que presente lo que escribió sobre «Los tipos clínicos y la cizalla analíticas. Les recuerdo que la cuestión de los tipos clínicos y la estructura era el tema y el título anterior de este seminario, que sustituimos a último momento por «Del síntoma al matema». Los tipos clínicos no es un sintagma que utilicemos con frecuencia (no sé si durante el Encuentro del Campo Freudiano se habló de ellos), no es una expresión usual, pero se la encuentra en los textos de Lacan y en los fragmentos que eligieron para esta ocasión los docentes de la Sección Clínica. Me gustaría indicar un punto de partida sobre todo respecto del tema de la lectura, ya que hay una parte bastante importante de nuestra actividad intelectual que se desarrolla de este modo. Por supuesto, está también la experiencia. No obstante, en la docencia hacemos muchas cosas que se repiten. Así, no inventamos el objeto a, ni la represión, ni la pulsión, tampoco conocimos estos conceptos por la experiencia directa sino por una lectura de Freud o Lacan, o por la que nos comentan algunas personas en función de docentes. La lectura es ento nces algo esencial en nuestra formación, tanto en la propia como en la que intentamos transmitir, y me gustaría decir algunas palabras sobre ella, en el marco de lo que Lacan señala como problema en el epílogo de El seminario 11: el escrito no es para ser leído. Fundamentalmente, el escrito no es para leer, cosa que se comprueba cada día. Experimentamos cierta tranquilidad al saber que los fundamentos del psicoanálisis están en la obra de Freud, en la obra de Lacan, y a veces no nos sentimos obligados a leerlo todo porque sabemos que están allí y podemos mostrar dónde. La actividad de biblioteca nos resulta muy importante. La lectura no es algo fácil, es algo para pensar, se opone a la naturaleza de lo escrito. Vi en el público a nuestra amiga Leonor Fefer, quien trabajó en un ateneo de investigación sobre lo escrito durante varios años, y quizá más adelante pueda dar su opinión. Para empezar, señalo un hecho contingente: no tengo televisor para poder leer. Ocurre que es más fácil mirar televisión, porque está hecha para eso, para que uno se ofrezca a su mirada. Sin embargo, hubo una ocasión el año pasado en que salí de casa para ver la emisión de la interpretación musical de fragmentos de la Novena sinfonía de Beethoven, con alguien que explicaba cómo se debía abordar tal o cual parte de la obra. Se escuchaban los distintos efectos que

producían un cambio de ritmo, la entrada de los instrumentos rápida o con espacios

fascinante. Después intervino el pianista para explicar el sentido y la interpretació n de las variaciones de los autores. Mostraba con sonidos el cambio provocado por el desplazamiento de los acentos en una nota en particular y en determinado momento de la obra, y se obtenían efectos muy distintos. Sucede algo semejante con los textos, co n los escritos: según lo que elegimos como centro y periferia se produce un cambio total de la perspectiva. Intentaré entonces dirigir la orquesta con los intérpretes, los expositores, pero no como una sinfonía sino como una cacofonía, la segunda de la

Sección Clínica de Buenos Aires, y cuanto más cacofónico mejor. Además, sería excelente no llegar a un acuerdo sobre tal o cual punto, lo que nos permitiría hacer a continuación una tercera cacofonía. Me parece muy difícil la elección de fragmentos, que cons tituye a la vez una operación de verdad sobre lo escrito porque problematiza inmediatamente la relación del texto y el contexto. Si utilizáramos un esquema -similar a la diagramación infantil con la pizarra-, tendríamos aquí un fragmento, pero que confiesa ser parte de algo más extenso. Y es tan importante el fragmento como su relación con la zona más amplia de la cual se lo extrajo.

Era

Parece evidente que el fragmento se extrae de un conjunto que, según el caso, puede ser un capítulo, una página, un párrafo o un libro. En el caso de Freud, podría ser la totalidad de su obra, que -siendo un poco borgeanos - constituye un fragmento de la biblioteca universal. Elegimos estos fragmentos después de haber leído la biblioteca universal, aunque no cada uno de

nosotro s

leyó todo para llegar a elegir estos fragmentos. No sé si es suficiente, porque también la amplitud del contexto puede abarcar el mundo, donde se extiende el sistema s olar y el resto. Tenemos, pues, la seguridad de estos fragmentos porque el contexto es una función ilimitada. Y por eso nunca entendemos nada, ya que el contexto a partir del cual se da sentido a un fragmento es potencialmente infinito e indeterminado, lo que resulta más tranquilizador. (Pág. 103) Lacan aisló esta función enunciando S1, S2. S1 se ubica en el fragmento y S2 es el significante contextual a partir del cual es posible situar el sentido del S1. Si el S2 es contextual, resulta mucho más indeterminado en la lectura. En esta presentación, S1 es un tonto. Según la manera en que fijamos el S2, tenemos sentidos, interpretaciones distintas del S1, y esto hace que la lectura no resulte aburrida. Se pueden releer escritos muchas veces con sentidos distintos en función de las coordenadas subjetivas del lector. Así utilizados, S1 es un seudosignificante amo. El verdadero amo del significante amo es el S2, que según cómo se lo ubique domina la producción semántica del S1. Cabe agregar que esto permite efectos muy divertidos. Si por ejemplo tomamos como S1 la Ética de Spinoza y decidimos que el S2 es la situación de la clase social en la Holanda del siglo XVII, damos un sentido a dicho texto a partir del S2 lucha de las clases sociales en la Holanda del siglo XVII, cosa que se hizo en el período más floreciente del marxismo, cuando se afirmó que en realidad el dios de Spinoza era la bolsa de Ámsterdam, lo que se puede demostrar. Nosotros pensamos otra cosa, consideramos que fundamentalmente en la experiencia analítica cada uno se presenta con su S2 y sin gran libertad para fijarlo, lo cual se entiende muy bien utilizando el grato de Lacan. Si sacamos el S1 cuando lo tenemos como un fragmento de texto, queda la relación entre:

Sin embargo, podría suponerse que el conjunto de la Sección Clínica de Buenos Aires

S1

S2

Fantasma (Pág. 104)

La fórmula del propio fantasma condiciona para cada uno la ubicación del S2. Supuestamente,

una vez que se atraviesa el fantasma, se tiene más libertad para ubicarlo. Demostrar emos que la

Ética de Spinoza se explica por la lucha de las clases sociales

cuando uno no desplaza el S2. En efecto, la resonancia del S1 en un sujeto siempre se relaciona con lo que es o ha sido su fantasma. Por eso las lecturas son distintas y, solo si aceptamos ciertas coordenadas comunes de lógica, argumentación, transmisión, matema, logramos reducir las diferencias. Estoy seguro de que cada uno de los expositores, cada uno de los docentes de la Sección Clínica de Buenos Aires -para situarnos en el marco del conjunto restringido-, está interesado en una parte distinta de estos fragmentos, y veremos en el transcurso del trabajo qué resulta de ello. El contexto común con el que contamos es la obra de Freud, la obra de Lacan y -agregaría- el Campo Freudiano. Y es que supongo que el tema del síntoma interesa porque se lo estudiará en el Campo Freudiano desde ahora y durante un año, en varios países. Pienso que ustedes eligieron esos fragmentos en referencia al contexto actual, en el que nos interesamos, después de la interpretación, en la sintomatología. Por otra parte, creo ser prudente al aludir a este contexto ternario, Freud, Lacan y nosotros mismos en el Campo Freudiano.

Es decir que es un poco repetitivo

Terminada esta introducción, propongo a Gabriel Lombardi que nos transmita desde el podio su trabajo escrito, lo que le permitirá a este público entre paréntesis escuchar y leer. Luego retomaremos la discusión y le daremos la palabra a Ernesto Sinatra. Ciertamente, es posible realizar una lectura microscópica, y quizá la hagamos con las tres participantes de la Sección Clínica de Buenos Aires. Me parece que Gabriel Lombardi, en cambio, dará un punto de vista panorámico, muy apropiado como introducción teórica a este seminario.

Los tipos clínicos y la cizalla analítica (Pág. 107)

Gabriel Lombardi

Quienes estamos aquí reunidos, en mayor o menor medida, escudriñamos algunos textos fundamentales del psicoanálisis donde creímos encontrar una clínica diferente de la de la

psiquiatría actual y también de los clásicos. Aun si el psicoanálisis recupera términos y descripciones introducidos antes por el discurso médico, tendemos a pensar que de él surgió una clínica propia, distinta, en la que se sostienen, por ejemplo, distribuciones originales de los t ipos clínicos -en la terna neurosis -perversión-psicosis, que encontramos varias veces en la enseñanza de Lacan-. Nos parece evidente que de la introducción conceptual y operativa del sujeto, de la transferencia, etcétera, debe resultar una clínica diferente. Puede entonces sorprendernos un poco encontrar en la «Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos 67 » (cuando Lacan, hacia el final de su vida, se dirige a los alemanes) la afirmación de que la clínica existente es anterior al discurso analítico. Uno puede no

estar de acuerdo

hay que pensar rápidamente que se equivoca, que dice tonterías, y que luego vendrá otro Lacan a corregirlo. Me parece de esa clase de hombres que, como afirmaba él mismo de Marx y de Freud, ne déconnent pas, no escriben pavadas. Incluso al contradecirse, por la estructura misma de su discurso, la antinomia suele mostrar algo de lo imposible, algo de lo real, que no se aviene a la expresión clara y lineal de la tesis. (Pág. 107) En ese texto sorprende también la aposición: «hay tipos de síntoma, hay una clínica». Conocíamos definiciones suyas más radicales de la clínica. Una de ellas, muy difundida, sostiene que esta «es lo real en tanto que imposible de soportar»; otra, que constituye la interrogación de la

experiencia del analista, lo que supone incluir dicha experiencia en el principium reddendae rationis, integrarla en la exigencia moderna de dar cuenta. La clínica sería entonces lo que permite

articular la práctica analítica y sus efectos en un discurso racional. En esta «Introducción

encontramos en cambio con una definición mucho más clásica, dada simplemente por los tipos de síntoma. Pasada la sorpresa, se advierte que esa aposición es coherente con el clasicismo de Lacan, evidente en materia de clínica. «Es clásico -escribe Italo Calvino - lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.» El hecho de tener los tipos clásicos como referencia no impide a Lacan considerar lo que en cada

Pero, ¡atención!, cuando Lacan afirma algo que resulta chocante, anticuado, no

» nos

caso particular resiste a lo típico, lo ya establecido. A veces llega a proponer un diagnóstico nuevo, jamás empleado antes, a fin de destacar lo singular de la posición que un sujeto tiene por su síntoma. Un ejemplo conocido es el comentario final a su presentación de enfermo del señor Primeau, realizada también en 1975. Después de esa luminosa entrevista Lacan señala: «Cuando

entramos en detalles, vemos que los tratados clásicos no agotan el problema [

psicosis "lacaniana". Verdaderamente caracteriza, con esas "palabras impuestas", lo imaginario, lo simbólico y lo real 68 ». Si el caso superaba lo típico, solía ubicarlo de todos modos en referencia a lo

]. Esto es una

67 En Uno por uno, nº 42, Buenos Aires, Eolia-Paidós, 1995. 68 Íd., «Una psicosis lacaniana. Presentación de caso», en El analiticón, Barcelona, Correo/Paradiso, 1986, p. 41.

ya descripto. Le gustaba decir: «Es un cuadro de los que no encontramos descriptos, incluso en los buenos clínicos, como Chaslin». Inversamente, el hecho de ubicar la particularidad del síntoma, la novedad, lo no descripto, lo que se muestra por vez primera como un hápax en la historia de la clínica, no autoriza a olvidar las referencias clásicas. Hay que haber leído mucho para decir, como Lacan, que «los tratados clásicos no agotan el problema» o que «esto no ha sido nunca descripto». Fue lo que él hizo, y bajo su poderosa influencia una parte de la comunidad analítica se interesó en leer a los grandes clínicos de la psiquiatría.

EL SÍNTOMA, ESTRUCTURA DE SUPERFICIE (Pág. 109)

La clínica clásica pudo limitarse a la clasificación del síntoma en tipos. En todo caso, allí dio lo mejor de sí. Conocemos al mismo tiempo el fracaso de un clí nico brillante como De Clérambault cuando intentó pasar del plano de la descripción superficial del síntoma al de las explicaciones etiológicas o patogénicas. La clínica psicoanalítica, en cambio, consiguió añadir al par síntoma-tipo clínico el término estructura, y se aproximó a una explicación causal del síntoma. Lacan escribe en este texto que los síntomas se pueden ordenar en tipos clínicos en la medida en que responden a la estructura. Establece así una triangulación, una triple solidaridad propia del psicoanálisis de la que ya no podemos prescinda Y se puede rastrear en la breve historia del psicoanálisis lacaniano la dificultad que resulta, por ejemplo, de dejar el síntoma únicamente adherido al tipo clínico, apartándolo de la estructura. En Villa Freud, y también en los servicios de Salud Mental de los hospitales porteños, en los años 80 era casi de rigor oponer síntoma y estructura. Para muchos era una prueba de ser buen lacaniano considerar el síntoma como una entidad de superficie, engañosa, que escondía la verdad infernal y olvidada de la estructura, verdad profunda que Orfeo el analista debía traer a la luz. Pero Orfeo estaba lleno de dudas y, a decir verdad, ardía por verla a cielo abierto, y Eurídice, síntoma del infierno de la estructura, menos oculta a los sentidos que inaccesible a una mirada desconfiada , se desvanecía cada vez. La estructura era insondable, el río del olvido la separaba de sus falaces expresiones en el síntoma. Esa concepción del síntoma tuvo consecuencias nefastas en la o rientación de los tratamientos. No es asombroso que en esa época se diagnosticara, por ejemplo, como locura histérica el delirio de una psicótica, por poco que ella incluyera en su discurso a la Otra mujer. Celotípicas, intrigantes, reivindicativas, esquizofrénicas incluso, eran todas histéricas. De nada valían entonces los síntomas psicóticos -sobre todo cuando eran sutiles - en la decisión del diagnóstico. Detrás del síntoma se sospechaba el contenido latente, la fantasía, el recuerdo encubierto. La eficac ia de la interpretación consistía en descubrir la estructura profunda detrás del síntoma de superficie. El tipo clínico no era, pues, algo valorado; tipificar lo superficial no resultaba interesante. Se hablaba en todo caso de estructuras clínicas -estructuras subyacentes expresadas en síntomas variables y mentirosos-. Tal concepción se prestaba para la preponderancia de toda clase de fantasías: por ejemplo, en la medida en que los síntomas de conversión no resultaban dignos de interés, algunos clínicos ya no encontraban histeria por ninguna parte, afirmaban que sus consultorios estaban en cambio repletos de obsesivas y de fóbicos. Pensaban que en ese sentido había cambiado la clínica. Otros encontraban fantasías histéricas en casi todas las esquizofrénicas mujeres, que eran por lo tanto tratadas como histéricas. La exposición de Éric Laurent en Córdoba en 1987 fue para muchos, también para mí, un punto de inflexión. El título, el mensaje, incluso la consigna dejada por Laurent era: se puede confiar en el síntoma. Y, si se puede confiar en el síntoma, la clínica se ordena de otra manera. Era ya la

posición de Lacan en 1975, cuando en su tercer discurso de Roma («La troisième du réel») afirmaba que el síntoma es lo que viene de lo real.

«Los tipos clínicos responden a la estructura», se lee en la «Introducción

» que hoy

comentamos. A decir verdad, no era necesario esperar al último Lacan para leer, por ejemplo en

«De una cuestión preliminar

claramente articulado en la estructura misma». El síntoma es la hoja más visible de la planta, la más modesta, pero en su es tructura se reproduce la estructura del árbol, el diseño interior del tronco impenetrable y de la raíz subterránea. Los tipos clínicos del síntoma articulado en la estructura

recobraron entonces un nuevo interés, ya que así leídos permitían hacer el diagnó stico. El fenómeno elemental, el automatismo mental, también la conversión, comenzaron a ser tenidos en cuenta de otra manera: en ellos se manifiesta la estructura, es decir, el nudo real que detiene la dispersión del saber en el pensar, soñar, fantasear o delirar. La estructura es el principio de detención, el nudo pulsional de vida y lenguaje, que es la fuente íntima e ignorada de cada certeza.

69 », que «en ninguna parte como en la psicosis el síntoma está tan

UNA CERTEZA QUE TRANSMITE EL SÍNTOMA (Pág. 111)

Que el síntoma se articula en la estructura es una vieja idea de Lacan a la que permanece fiel. Según él mismo, es anterior a su encuentro con el discurso analítico: la fidelidad a la envoltura formal del síntoma, esa que enseñará a articular cada vez más rápidamente con la estructura por el reconocimiento, diría, de su vacuidad, de su trama joyceana, sinthomática, de pura superficie. Así como el inconsciente es para Lacan «menos profundo que inaccesible a una profundización

consciente», la estructura que subyace al síntoma se abre también en la superficie, es legib le en las nervaduras de la hoja. Esto tiene una traducción inmediata en la experiencia de esta época del psicoanálisis que Jacques-Alain Miller califica de postinterpretativa. Tiene una traducción clínica inmediata en el hecho de que la estructura se lee en el síntoma tanto más rápidamente cuanto más pronto se supera esa etapa en que la promesa del sentido -edípico u otro - demora el análisis a la espera de lo que está detrás; cuanto más rápido llegan las suposiciones de goce a la superficie del decir, para revelarse en su esencia extrachata, bidimensional, de suposición. Sobre esto se apoya après coup la concepción lacaniana de la clínica, que no necesitó del discurso analítico para constituirse. Si puede decirse «hay tipos de síntoma, hay una clínica», es porque el tipo es la huella, la marca etimológica dejada por el contragolpe de la causa en la superficie estructural de la piedra. Luego eso puede ser modelo o paradigma. El discurso psiquiátrico, el clásico, el bueno, supo hacer eso. Me refiero al de Séglas, Kahlbaum, Kraepelin y De Clérambault, el de los médicos que dejaban hablar mucho tiempo al paciente y que tomaban nota de los detalles sutiles e insensatos de sus disertaciones. Aun antes de la existencia del psicoanálisis, la clínica era ya -en términos cercanos a los de Foucault- esa costumbre de fidelidad que permite dar a ver al decir lo que de la subjetividad se estructura en la superficie del fenómeno.

nos regala más de una sorpres a.

Propone allí tomar seriamente en cuenta la luz que el discurso analítico añade a la clínica solo cuando lo que agrega es cierto y transmisible. «Tenemos necesidad de certidumbre porque solo ella puede transmitirse, al demostrarse.» De un clasicismo, deb emos decir, hoy demodé, en esta época incierta en que los epistemólogos de la ciencia, alineados en la descendencia de Popper, nos anuncian que la certeza no corresponde ya a la posición del científico, que más bien nos encontramos en la era del fin de las certezas , que ya no es la certeza el índice de la cientificidad ni el registro propio de lo que transmite la ciencia. Lacan se atiene entonces en este texto a un criterio anticuado, platónico, el del Menón, aún vigente en Descartes cuando hablaba de la certeza de

El clasicismo de las referencias de Lacan en la «Introducción

»

69 Íd., «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis», en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 1987.

memoria de la deducción -opuesta a la certeza inmediata de la evidencia intuitiva-. Y todavía vigente, aunque ya no por mucho tiempo, cuando en el comienzo del siglo XX Russell y Hilbert planteaban sus programas -sus promesas- de una lógica sin fallas. La gran innovación del psicoanálisis, la luz que aporta en el campo de la clínica, que consiste en aparcar al síntoma la estructura del sujeto, no es sin embargo algo cierto y transmisible. «Es seguro pero no cierto», dice Lacan. Hay de todos modo s para él un único caso en que la clínica derivada del psicoanálisis se acerca y tal vez alcanza la Ciencia -con «ce» mayúscula-, un caso en que el tipo clínico responde a la estructura de un modo cierto y transmisible. No la histeria, sino la histeria en tanto discurso. El psicoanálisis no matematiza la histeria sino la función de lazo social del síntoma histérico. Discurso que, aunque esclarecido por el discurso de Freud y de Lacan, preexiste al psicoanálisis. No debemos dejar inadvertido este punto singular de la posición de Lacan en esta

«Introducción

que pincha las certezas, el discurso analítico se apoya en otro gracias al cual puede recuperar luego, en el acto, una certeza, se apoya en el discurso histérico, más próximo que él mismo al discurso científico. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo aclarar sin simplificar excesivamente la operación que propone aquí Lacan cuando articula lo típico con la estructura, lo general con lo particular, en

la función social del síntoma? Partamos de su texto anterior, «Televisión», donde recuerda lo que Aristóteles enseñó en Perì

»:

en cuanto a lo cierto y transmisible de la clínica, fuera del sentido psicoanalítico

psykkhês- el hombre piensa con su alma. Esa idea, de cuna filosófica y atendida en su vejez por la

psicología, es estrictamente

diferente: el sujeto del inconsciente no llega al alma sino por el cuerpo. Nadie llega más pronto entonces que la histérica. Fue ella quien enseñó a Freud cómo hacerlo, cómo podrían también hacerlo otros. Ella le dictó el paradigma de lo que puede entregar un paciente en una sesión de análisis: cierta manera de discurrir a la que Freud llamó asociación libre y que es, materialmente, cierta manera de hacer hablar al cuerpo.

inutilizable en el análisis. En «Televisión 70 » se le opone otra bien

LA TRANSMUTACIÓN CORPORAL i (a) A/ (Pág. 113)

Pero ¿cómo llega el sujeto del inconsciente al alma del neurótico obsesivo, que está enferma de duda, miedo, tristeza o de alguna misteriosa compulsión? Conviene en este punto recordar lo que Roberto Mazzuca destacó: Freud innovó en la nosografía cuando aparcó una enfermedad del alma, como la fotie de doute, a otra del cuerpo, como es la histeria. En la base de ese aso mbroso acoplamiento está la afirmación de Freud de que el neurótico obsesivo puede hablar en el lenguaje de la histeria; es decir, también en su caso puede hablar el cuerpo. Decisivo, ya que podría ocurrir que solamente por la vía de una histerización del discurso el síntoma intrapsíquico del obsesivo se avenga al lazo social y se vuelva elaborable analíticamente. Esta parece la posición de Lacan, quien en su seminario El reverso del psicoanálisis afirma:

«Hay el discurso del analista, y eso no se confunde con el discurso psicoanalizante, el discurso efectivamente sostenido en la experiencia analítica. Porque lo que el analista, por su acto, instituye como experiencia analítica, es la histerización del discurso; dicho de otro modo, es la introducción estructural, en condiciones de artificio, del discurso histérico». El relato del obsesivo, tan armado, algunas veces tan cruelmente capitonado, y otras tan cercano a una puesta en forma literaria o filosófica del pensamiento, más próximo por lo tanto al pensar del alma que al hablar del cuerpo, es inutilizable en el análisis. Correlativamente el cuerpo permanece allí como una imagen i (a). Y suele ocurrir, como pasaba en el Hombre de los Lobos, que el sujeto

70 Íd., «Televisión», en Psicoanálisis, radiofonía y televisión, Barcelona, Anagrama, 1993.

vaya todos los días a ver a su analista, pero no a hablarle verdaderamente. El síntoma del Hombre de los Lobos, el «órgano rebelde», según Freud, quedaba en casa, donde era atendido cotidianamente por un sirviente -el sirviente del órgano rebelde- con purgas y enemas. Mientras tanto había pasado mucho tiempo de análisis intelectual en el que la investigación avanzaba sin tocar el síntoma. La auténtica instauración de la experiencia analítica solo ocurre cuando mediante una interpretación que es un reto al órgano rebelde Freud logra atraer al análisis ese «peq ueño fragmento de histeria que regularmente se encuentra en el fondo de una neurosis obsesiva» -así se expresa en el historial-. Es decir que hace pasar el cuerpo de su funcionamiento de imagen i (a) a un estatuto de corpus, superficie de inscripción donde se acumula el material para el acto. El cuerpo pasa de i (a) a Otro fragmentado por el órgano rebelde -«Fragmentación funcional del cuerpo», leíamos en «Intervención sobre la transferencias, escrito de Lacan-.

El analista con su acto debe intervenir para que esto ocurra, así como intervino Freud en este caso, y con sus maniobras tramposas de capitán cruel en el otro, porque el obsesivo por sí solo suele ser incapaz de asociar libremente a la manera de la histeria. El cuerpo funcionalmente fragmentado es p ara él más angustiante que para la bella indiferente. El retrocede en cuanto puede del compromiso corporal de esos goces ignorados que, precisamente por desconocerlos, lo horrorizan. (Pág. 114) La histeria significa que el cuerpo es el Otro en tanto lugar donde se inscriben los significantes (es lo que Elizabeth von R. y Dora enseñaron a Freud). El síntoma histérico, que para Lacan es «el

principio mismo de toda posibilidad significante», según indica en El seminario 17

entonces una clave fundamental también para el análisis del obsesivo. Por eso en el análisis no basta con la duda, no basta con el relato de sus pensamientos contradictorios ni el de sus proezas de rutina, no basta tampoco con que el obsesivo esté algo angustiado; es preciso especificar corporalmente su angustia, es necesario que el análisis lo lleve hasta la angustia ligada a un orificio pulsional del cuerpo. Con frecuencia se trata del borde anal, eróticamente «educado» por la demanda del Otro, que su fantasma vela en la medida en que cubre allí el deseo del Otro -que para el obsesivo es la angustia misma- con la demanda del Otro. Por esa vía el análisis revela que los pensamientos, las demandas, las órdenes superyoicas absurdas que perturban el alma del obsesivo, no se explican por el pensamiento mismo, no son errores de la cognición ni de la deducción, sino que hunden su raíz corporal en ese orificio que es la

fuente inagotable de sus pensamientos, y hasta de la dama de sus pensamientos

ocasionalmente ve «pellas de estiércol». Allí los pensamientos toman cuerpo y se vuelven vulnerables a la cizalla analítica. Vale decir que para extraer el erotismo del velo de la demanda (que es también un ¡ velo!, un equívoco, una «torsión de voz») es necesario hacer hablar al cuerpo. Para ello se requiere la precisión casi científica del cifrado histérico, donde cada significante del síntoma o de la memoria es llevado al lugar en el que pueden interrogarse sus efectos de goce: el cuerpo, sus bordes pulsionales, y la extensión histérica de esos bordes -sus zonas erógenas -. En ese lugar se p roduce esa misteriosa Verlötung (soldadura) entre el sufrimiento somático y el sentido del síntoma, que Freud destacó varias veces; por ejemplo, cuando habló de «amabilidad somática» (somatische Entgegenkommen) para referirse a esa contingencia en que el cuerpo pulsional condesciende a un sentido que viene del deseo. Una vez establecido el principio ateo del psicoanálisis que dice que no hay goce que no sea del cuerpo, es lógico pensar que el deseo del analista solo allí puede encontrar (en el cuerpo que habla) el único lugar donde la cizalla analítica verdaderamente corta. Intentar, en cambio, cortar el

71

, se vuelve

en cuyos ojos

71 Íd., El seminario, libro 17, El rev erso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992.

pensamiento es como tajar el agua con una tijera: de nada sirve que esté muy afilada. Tal vez por eso con frecuencia constatamos que diez o quince años de «análisis» dejaron intacta una neurosis obsesiva, ya que no se operó ese prélèvement, esa extracción de material del cuerpo con que se constituye el analista mismo. Podemos concluir que la histerización del discurso es un principio de transmutación del cu erpo i (a) A/, principio necesario para elevar el síntoma a lo social, donde el matema es transmisible. Esa «sublimación» del cuerpo desde lo imaginario a una intersección simbólico -real puede darse en el interior del discurso histérico, vía identificación histérica (identificación estructural, que trasciende el sentido, señala Lacan en el texto que comentamos), pero también se produce en la alternancia, habitual en el análisis, entre el discurso histérico y el discurso del analista, cada vez que el síntoma se ofrece a la operatoria del análisis. Una interpretación justa apaga un síntoma, otra lo resucita, y el análisis puede avanzar orientado por la brújula del cambio en el síntoma -la «derivada» de su función-, que señala y alcanza el borde pulsional d e la estructura subjetiva.

LA RENOVACIÓN CLÍNICA DEL PSICOANÁLISIS (Pág. 116)

El apoyo que encuentra el discurso analítico en el síntoma histérico no se limita a lo que este vuelve accesible en la cura misma. También en un nivel epistémico Lacan sitúa el punto de apoya que toma el analista en el discurso histérico -en el que llega a reconocer un real próximo al del discurso científico-. El discurso histérico, que existía antes del analítico, «que existiría de todos modos», conjetura en El seminario 17 72 , es el trazado en chicana, zigzagueante, sobre el que reposa y en el que se demuestra el malentendido al que se reduce la relación sexual. «Como tenemos el significante, es necesario entenderse -continúa allí Lacan-, y es justamente por eso que no nos entendemos.» Él había analizado la estructura de esa chicana del discurso histérico a propósito de la belle bouchère en «La dirección de la cura y los principios de su poder»: los desvíos que nos impone el

pensamiento de Freud son los que impone su objeto, objeto que es idéntico a esos desvíos

sueño de la histérica se satisface por alusión al deseo de otra, deseo de deseo, deseo sustituido por

un deseo, y el número de reenvíos se multiplica

objeto, pero que constituye en sí mismo el desvío como objeto de la clínica freudiana. El síntoma histérico es síntoma de otro síntoma, penúltimo síntoma, que es ya transmisión de un síntoma al cuerpo-Otro. Esa imposibilidad característica para «entenderse» con el partenaire es lo propio del discurso histérico en lo que tiene de aprehensión estructural de «los deseos de todas las espirituales histéricas del mundo». Se manifiesta allí un real próximo al discurso científico -donde lo general, lo típico, tapa con seguridad los agujeros -, ya que esa chicana infinita que el discurso histérico trae de cuerpo y alma al análisis es la única huella cierta del goce que deja el lenguaje en el discurso. Y no hay ningún otro tipo de síntoma que alcance tan plenamente la cientificidad inherente al discurso. El tipo que el discurso analítico encuentra así con certeza inusual abre la puerta de una clínica nueva, donde el cuerpo es recuperado del olvido cartesiano que sufrió en estos siglos en que, después de un medioevo de goce censurado -es decir, preservado -, la ciencia «lo arrojó en la extensión». Analicemos químicamente el goce, veamos en qué moléculas del cuerpo lo podemos localizar: no se encuentra nada más. (Pág. 117) Recuperación crucial, entonces, en una época en que la psiquiatría de los DSM -subvencionada por los laboratorios que venden psicofármacos y actualizada en su ideología por la psicología

73

. El

en un zigzag infinito, que nunca alcanza su

72 Ibíd.

73 Íd., «La dirección de la cura y los principios de su poder», en ob. cit. n. 3, p. 600.

cognitiva- borró cuerpo e histeria de sus manuales. Hace un tiempo, ya en el DSM III, la histeria fue diluida en los somatoform disorders y la neurosis obsesiva incluida entre los anxiety disorders. La exitosa ciencia cognitiva (en cuya cientificidad precaria y presuntuosa se apoyan cada vez más los psicoterapeutas que aspiran a limitar y regular la práctica del psicoanálisis) también minimiza la importancia del síntoma en el cuerpo en favor de los trastornos del comportamiento o del pensamiento. Al borrar la dimensión corporal, suprime la función social del síntoma, su valor de enlace de discurso entre los cuerpos, de comunicación por una vía que trasciende el sentido y es la base de la renovación clínica que introdujo el psicoanálisis. Contrariamente al universal del discurso histérico -por el que todos los histéricos del mundo «comunican», según la expresión de Lacan-, el discurso analítico atañe a lo singular. Lo que un análisis puede lograr es hacer jugar allí la bisagra esencial que el discurso de Freud da a la identificación histérica: s i la bella carnicera se identifica con su amiga, es porque esta es inimitable en el deseo insatisfecho de salmón ahumado. El discurso histérico tipifica y universaliza la falta tomada como objeto; el analítico en cambio singulariza la causa de la falta. Una histérica se entiende con otra histérica, en el internado, incluso en la sala de espera, sin conocer sus motivos ni sus desvíos de sentido. Un analista en cambio no «entiende» a la histérica. No, al menos, en el sentido que escuchó en el síntoma de la otra, incluso si él y ella, como suele ocurrir en el consultorio, se refieren a la misma. Más bien la escucha. Es decir, pone el cuerpo, como un santo, recipiente del silencio en que se compacta una pérdida vitalizante.

[Aplausos.] (Pág. 118)

Jacques-Alain Miller. -Está muy bien que se aplauda, aunque en un seminario tal vez sería bueno silbar, preguntar a quien expuso cómo dijo tales cosas. Pienso que los aplausos son para los encuentros, las conferencias. En un seminario por lo general no hay aplausos, sino una mirada crítica con el fin de verificar y obtener una certidumbre de las cosas. No me refiero a la ponencia de Gabriel Lombardi, sino a aquello que Lacan mismo escribe. Él no dice que en la clínica solo se obtiene la certidumbre a propósito del d iscurso histérico, sostiene (lo indicaré en castellano a partir de la traducción hecha en Barcelona) «que los tipos clínicos responden a la estructura es algo que puede escribirse, aunque no sin vacilación». Esto es honesto, hay que imaginar a Lacan vacilando en el momento de escribir algo. «solo es cierto y transmisible del discurso histéricos. Ya no es tan claro saber que los tipos clínicos responden a la estructura. ¿Y qué ocurre con la psicosis, por ejemplo? ¿Por qué Lacan privilegia la histeria respec to de la psicosis, cuando él mismo nos enseñó hace años la forclusión del Nombre del Padre? Podemos entenderlo para la neurosis obsesiva -que según el propio Freud es un dialecto de la histeria- y considerar que, si tenemos una clínica de la certidumbre de la histeria, algo de esto puede extenderse a la neurosis obsesiva, pero no a la psicosis o la perversión. En este sentido, sería posible cuestionar a Lacan; y quizá también podemos discutir algunas de las cosas que planteó Lombardi de la misma manera.

Juan Carlos Indart. -Brevemente, quería subrayar un punto de la exposición de Lombardi que me parece importante para las próximas discusiones. La encarnadura en el cuerpo haría la diferencia con la neurosis obsesiva, y por esta vía hallaríamos lo que podrí a haber articulado un matema, una posible transmisión con certeza. Este es un punto que merece seguir en discusión.

Lacan también señaló en El seminario 17 que no hay como la histeria para indicar una ausencia del cuerpo, que Freud llamó complacencia somática a algo vinculado con el síntoma histérico, pero que no hay nada de complacencia somática en la histeria. Quería oponer este argumento para dialectizar un poco esa referencia y llevar más lejos la discusión de por dónde se habría circunscripto un imposible en el discurso histérico.

Éric Laurent. -Quisiera destacar tres puntos a partir de la ponencia de Lombardi. En primer lugar, es verdad que hay que ubicar el contexto, ya que, cuando Lacan indica en 1975 que se tiene una certe za a partir de la histeria, va a contracorriente del movimiento clínico de la época. En 1975 con el DSM III la histeria empieza a desaparecer por completo de la clínica moderna. Y, en el mismo momento en que se pretende alejarla del contexto clínico, Lacan se atreve a formular que tenemos certeza a partir de ella, lo que supone ir al revés, intentar mantener la luz cuando parece que cae la sombra de la noche. En segundo lugar, me gustó que Lombardi se detuviera en la palabra cizalla. ¿Por qué la cizalla? Efectivamente, ¿las tijeras son instrumentos analíticos? Recuerden el librito alemán que le gustó tanto a Freud en cuya portada se ve la amenaza de castración. Entonces, las tijeras están presentes desde el inicio en la amenaza de castración. Pero, curiosamente, la cizalla es una herramienta que no sirve para cortar papel o superficies blandas, sino algo muy duro. En el horizonte de la cizalla no está solo la superficie blanda del papel sino el núcleo duro que hay que enfrentar (curiosa expresión). Sin embargo, al sostener que se opera sobre el cuerpo con una cizalla, se la representa en la categoría del instrumento tan querida por Heidegger; es un instrumento que nos permite actuar sobre aquel. Al mismo tiempo que se constituye la cizalla, aparece algo crucial -y me parece que es la tesis del texto de Lombardi-, con esta herramienta se genera a la vez una superficie de inscripción. Lombardi lo expone en términos muy próximos a Foucault, quien formula en El nacimiento de la clínica (esto interesó a Lacan y lo decía en su seminario de 1969) que el nacimiento de la clínica es la emergencia de una nueva superficie, es el tejido biológico, la superficie sobre la que se verá algo que no se veía antes. El nacimiento de una ruptura en la inercia es siempre el nacimiento de una superficie de inscripción. Este instrumento vale tanto para la biología como para las ciencias duras; un ciclotrón no es más que una superficie de inscripción. Cuando los físicos nos cuentan las hazañas que realizan con la velocidad de la luz al lanzar partículas, lo que queda es una inscripción de algo, una superficie de inscripción. Ese es el tejido. Y el cuerpo desde el punto de vista analítico se construye como un nuevo tejido, un nuevo velo, una nueva superficie de inscripción que antes no existía, con una dialéctica entre la superficie y el objeto. (Pág. 120) Destaquemos también el acento que puso Lombardi en la interpretación freudiana de esta superficie, que debe apuntar a lo que es el órgano rebelde o pulsátil, ubicado en la misma dimensión que el objeto a. En Lacan la interpretación apunta al objeto, y en Freud al órgano rebelde. Y esto nos remite a lo que destacó Jacques -Alain Miller en uno de sus cursos respecto de cómo el saber funciona como marco del no saber, y que al mismo tiempo que se extrae el objeto a del cuadro queda una superficie. Hay extracción y a la vez superficie de inscripción. Una de las maneras de entrar en discusión con el texto de Lombardi es discernir lo que dice Lacan sobre la histeria, o sea, ¿cómo es posible que la histeria produzca este tipo de equivalencia entre el goce o el objeto y el sujeto, entre el ello y el sujeto, entre lo que viene a inscribirse de lo real, de este goce, del ello y el sujeto de la histeria? ¿Cuál es la equivalencia? Podríamos discutir si el sujeto de la histeria nos ubica más cerca de la ciencia o, dicho de otro modo, si verificamos que el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia.

Jacques-Alain Miller. -Me parece que Lombardi tomó un punto de vista muy amplio ubicando esos fragmentos en relación con la psiquiatría clásica, Freud y otras cosas. Justamente, le pedí que comenzara con su texto porque nos da una visión panorámica y quizás ahora podríamos empezar a usar nuestro microscopio. Podríamos discutir la cuestión de los t ipos de síntoma -que se verifican clínicamente- respecto de la idea de estructura. ¿Cómo lo piensa Lombardi?

Gabriel Lombardi. -Yo partí de la oposición entre síntoma y tipos clínicos, o de la relación entre síntomas y tipo clínico. En todo caso, la clínica clásica, la psiquiatría clásica de la que habla Lacan, estaba ligada a esta relación. Pero el psicoanálisis agrega otra cosa, que es la estructura entendida como la función de lo real, la dispersión del saber -se puede tomar más de una definición en Lacan- . Se arma entonces una especie de trípode. La relación entre síntoma y estructura podría pensarse en la dimensión del sentido, como un sentido que se va agotando, tal como usted lo desarrolla en la revista Uno por uno nº 42 indicando que «el sentido lleva a lo real». (Pág. 121) Ahora bien, habría todavía otra vuelta posible, ya que el síntoma responde a la estructura a través de ciertos tipos clínicos, lo que es curioso pero me parece que pasa. Yo creo que el discurso histérico toma un valor en tanto transmite por fuera del sentido. Por eso una histérica no necesita saber por qué la otra histérica tiene ese síntoma para identificarse con ella; es una transmisión exterior al sentido. El analista, en cambio, necesita prescindir temporariamente del tipo para poder interpretar a nivel del sentido. Entonces esto es más científico, más fuera de sentido.

Jacques-Alain Miller. -Quisiera retomar la cuestión de la relación efectiva entre síntoma y tipos clínicos. Me parece que hay que representarse un poco las co sas, casi como al montar una escena. Cuando los síntomas no son analíticos (no suponen la entrada en el lazo social analítico, la histerización, la transferencia, una clínica bajo transferencia), es decir, si tomamos la clínica bajo la mirada del psiquiatra clásico, el síntoma es un dato producto de la observación, obtenido al mirar y escuchar. Ya cuando uno mira o escucha encuentra síntomas: Fulano no puede parar de hablar o Zutano habla demasiado fuerte o interrumpe a los demás. Es una exposición de sínto mas, y por eso decía que nosotros mismos nos presentábamos hoy aquí. Así, pues, son hechos de descripción y cuando el síntoma no es analítico, es una descripción, cosa que divirtió mucho a los psiquiatras clásicos en el siglo XIX y hasta los años 30. Pero este juego terminó, y la de Lacan es una de las últimas tesis clínicas. Durante un siglo hubo en Francia un juego de palabras que consistía en cómo agrupar mejor los síntomas, es decir, constatar qué síntoma acompaña siempre a otro o qué síntoma excluye a otro, etcétera. Este juego del agrupamiento de síntomas resultaba apasionante, y había controversias porque cada profesor los agrupaba de otra manera. Por ejemplo, Bleuler, en referencia a Freud, finalmente fija las cosas en una zona muy discutida de la psicosis con el concepto de esquizofrenia. Bleuler aclara en el prefacio de su tratado: «Soy deudor de las ideas de Freud en cuanto al invento del concepto de esquizofrenia». Toma como eje de su agrupamiento sintomático la asociación de ideas y dice que el síntoma esencial es la perturbación de dicha asociación, y a partir de esto reordena la sintomatología. (Pág. 122) Luego viene un gran clínico francés como Guiraud -a quien Silvia Tendlarz conoce muy bien pues lo estudió en su tesis -, que rechaza de alguna manera el concepto de esquizofrenia y vuelve al de demencia precoz de Kraepelin, quien por otra parte había separado de dicho grupo las parafrenias. Tengo aquí el tratado de Guiraud donde ubica los síntomas de la hebefrenia. Él prefiere un concepto restringido de la esquizofrenia y describe esencialmente dos tipos de síntomas, los directos y los fundamentales. Piensa que los directos pueden deducirse del deterioro del proceso cerebral sirviéndose de los medios de la época, los años 30. Poco después intent a ubicar la zona del cerebro capaz de incidir en lo que llama hebefrenia. Se trata de una construcción

anatomopatológica. Por otra parte, llama síntomas fundamentales a los síntomas de observación, clínicos. Habrá que ver qué síntomas clínicos ubica en la hebefrenia, en esa zona restringida de lo que ahora se conoce como esquizofrenia. Y es muy difícil porque indica que al comienzo del proceso hay un esbozo de síntomas fundamentales, pero se trata de síntomas que tiene casi todo el mundo, como por ejemplo la pereza del adolescente. Entonces, si encontramos síntomas típicos

fundamentales como el desinterés, la indiferencia en un adolescente, ya podríamos tener una ligera

sospecha de hebefrenia

horas) o la ambivalencia pueden ser síntomas fundamentales de la hebefrenia. Y, en cuarto lugar, algo muy interesante: el sentimiento penoso de extrañeza interior, que es efectivamente lo que Lacan describe en el texto «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis» acerca de Schreber como lo que no va a la juntura misma del sentimiento de vida, cosa que ya había sido ubicada por los clínicos clásicos. No hay que tomar estos cuatro síntomas fundamentales de la hebefrenia según Guiraud en un sentido ridículo. Aunque la descripción efectivamente se sale de lo común,, estos intentos de construir tipos a partir de agrupamientos de síntomas, que permiten a la vez un diagnóstico y un pronóstico, y se constituyen en un saber empírico , desembocan en la capacidad de previsión. Se trata de una definición sólida del saber, que permite la previsión. (Pág. 123) Si bien Lacan rechaza la pertinencia de tal o cual tipo de síntoma, acepta en general que, si hay tipos sintomáticos, hay tipos clí nicos. No supone el mismo pronóstico encontrar la indiferencia en la histeria o en la hebefrenia, en cada caso indica tanto una previsión como un tratamiento distintos. Lacan admite entonces lo que la clínica clásica aportó sobre este punto, y la palabra hay (hay tipos de síntomas, hay una clínica) es muy valorada en la teoría de un señor que al mismo tiempo construye todo sobre el hecho de que no hay relación sexual o no hay proporción sexual. De modo que hay o no hay bajo la pluma de Lacan son expresiones muy valoradas. Es como si dijéramos que existen en lo real esos agrupamientos diversos. Una vez que se aceptan los tipos, los agrupamientos de síntomas que permiten una clínica, esta se define como el conocimiento de los agrupamientos específicos de síntomas. Sin embargo, Lacan introduce una exigencia más que es la referencia a una estructura. De alguna manera, como señaló Lombardi, lo que ocupaba el lugar de la estructura lacaniana en la psiquiatría clásica era la referencia al proceso cerebral, la idea de que todo esto tiene un soporte en el aparato cerebro -psíquico. Y a veces esta referencia era algo mítica, como si fuera más bien la reverencia a esta referencia (considerar que todo está determinado en el nivel del cerebro, sostener que por supuesto so mos materialistas y no espiritualistas). Lacan la sustituye por lo que llama la estructura y considera muy importante conectar con ella los tipos clínicos, como una suerte de exigencia científica. No es una convalidación de toda la clínica clásica, porque ella misma en cierta zona no lograba poner orden. El clínico al cual se refirió Lacan en la presentación de enfermos del señor Primeau -y que citó Lombardi a propósito de la esquizofrenia o de la demencia precoz - hablaba de una «ensalada de síntomas»; es decir que no logramos establecer nuestros tipos clínicos en esta zona. Una ensalada de síntomas es lo contrario de los tipos de síntoma. Primero, no es una convalidación total y hay que verlo en cada autor. Tenemos una distinción de los tipos de síntoma. ¿Cuáles retomó Lacan y cuáles no? Es una investigación interesante para hacer en las secciones clínicas. (Pág. 124) Segundo punto, se trata de una suerte de exigencia científica que Lacan pone en la palabra certidumbre, y aquí no coincido con Lombardi (tal vez se deba a mi cartesianismo personal y nacional) en el modo algo rápido de decir que la certidumbre se acabó, que llegó el fin de la certidumbre. Pienso que tiene razón en el sentido de que no poseemos la misma relación con la

También la inercia (como en las formas graves de quedarse inmó vil por

ciencia que en el siglo XVII o en tiempos de Platón, cuando se fundaba esencialmente sobre la aritmética, la geometría, etcétera. Sabemos que hay revoluciones científicas que cambian todas las coordenadas, cuyas consecuencias sobre la vida cotidiana solo conocemos por los objetos que se multiplican, cada vez más y más mágicos. Basta mencionar por ejemplo el último, Internet. En este sentido, no nos apoyamos en una certidumbre final cuando sabemos que mañana se inventarán nuevos objetos, teorías fundamentales, etcétera. Creo, sin embargo, que Lacan apunta a otra cosa, a la vez más modesta pero fundamental. A partir del momento en que hay axiomas, se plantea la cuestión de la relación entre ciertos axiomas y ciertos teoremas. Se trata de un camino especial entre dos enunciados que es el de la demostración, que se distingue del de la mostración. El problema es cómo pasar de ciertos enunciados verdaderos o falsos a otros enunciados, teoremas, por una vía metódica, siguiendo pasos, para decir que a partir de un axioma y según las reglas de deducción pasamos de un enunciado a otro. Eso es una demostración. No siempre es así porque los matemáticos, por ejemplo, empiezan con un conjunto de axiomas que pueden ser más o menos precisos y de pronto un día despiertan y dicen: ¡Hay un teorema que puedo demostrar! Escriben el teorema y después buscan la demostración. Se constata, pues, un paso de retroacción, ya que hay que tener la idea del teorema para buscar la demostración. La vía de la demostración ofrece algo del orden de la certid umbre y lo transmisible, sin efecto retórico o de resonancia, porque es pura conexión del significante con el significante. Me parece que Lacan aspira a que la clínica ubicada en esos tipos clínicos pueda pasar del nivel empírico a un nivel demostrativo. Por eso, una vez ubicada de esta manera que desplaza el modo en que usted la ubica, no descartaría la palabra certidumbre. (Pág. 125) Sobre esta base Lacan considera la escritura del discurso histérico como transformación del discurso del amo. Piensa, pues, que nos da un matema, una estructura válida y demostrativa, como por ejemplo ir del discurso del amo al discurso histérico. Señala además que la estructura del discurso histérico es casi la misma que la del discurso científico, y considera que el agrupamiento de síntomas histéricos responde a esta estructura y que algo así solo puede escribirlo de la histeria. No cree, en cambio, que llegue a este grado de cosas lo escrito a propósito de la forclusión del Nombre del Padre.

Gabriel Lombardi. -Es cierto que en la clínica del siglo XIX se encuentran todas las combinatorias posibles de agrupamientos de síntomas en síndromes, pero me parece que Lacan intenta algo distinto cuando dice que debemos ver cuál de estos síntomas se dirige a nosotros, qué síntoma hace lazo social, cuál le concierne al sujeto o apunta a él. En este sentido hay algo logrado en la histeria que hace del síntoma histérico un síntoma completamente distinto de los demás. Se vio de qué manera el síntoma histérico habla, se dirige a nosotros. No es un significante en lo real, sino que está muy bien ubicado en el discurso para dirigirse al interlocutor. Creo que esta es la gran diferencia.

Jacques-Alain Miller. -Estoy de acuerdo siempre que no se borre la pregunta acerca de la psicosis. El síntoma histérico sin la intervención del analista y el psiquiatra se distingue por ser transmisible. Nosotros, siguiendo la idea de Lacan, buscamos la cientificidad de la clínica para poder transmitirla, y debemos singularizar la histeria si consideramos que es la transmisión misma del síntoma, cosa que se observó en el siglo XIX. La gran epidemia histérica es el síntoma que se transmite, pero no por la vía del matema, sino, como indica Lacan, por la vía de la falta, del agujero, de la identificación en tanto identificación con la falta de la otra.

Este síntoma transmisible es casi un matema. Hay un paso más -y por eso Lacan juega entre ciencia e histeria- porque hay algo común: podemos aislar este rasgo de transmisibilidad.

Habría que ver si puede decirse que la psicosis se transmite

No, hay que distinguir la influencia

que un paranoico puede tener sobre las masas y la transmisión del síntoma mismo

influidas por el paranoico no se vuelven masas paranoicas sino sometidas al parano ico.

Las masas

Jorge Chamorro. -No silbé porque no silbo fuerte y no tenía micrófono, pero trataba de compatibilizar dos afirmaciones de Jacques -Alain Miller. Querría saber si mi conclusión es posible. Lacan mantiene la idea de que hay síntomas típicos y trata de pasar de la mostración a la demostración. ¿Cómo articular estas dos formulaciones que parecen en, principio incompatibles? Una se sostiene en la observación y la otra implica su velamiento. Me respondía que el síntoma típico para Lacan es un efecto retro activo de la articulación de enunciados. En él el recorte de los síntomas típicos (la espera como síntoma de la angustia, por ejemplo) se hace retroactivamente, una vez que hacemos toda la demostración. Entonces sostenemos que de todos los síntomas clásicamente descriptos de la angustia, el síntoma observable (que ya no es un observable puro sino retroactivo al hecho de definir la estructura), ese que nos queda de todo el ordenamiento como síntoma típico de la angustia, es la espera y no los otros síntomas que también se observan.

Jacques-Alain Miller. -Es difícil decir en qué medida la angustia se observa o no, es algo para discutir pues se necesita el testimonio del sujeto. De hecho, hay sujetos de los que nunca se sospecharía que están angustiados. Pero si tomamos algo como cojear, por ejemplo, eso sí se observa. Se puede cojear por distintas razones, y es un síntoma, algo que no anda, pero que puede deberse a tener un clavo en el zapato o a haber recibido un golpe en un músculo. Se puede cojear después de un partido de fútbol, por una fractura o debido a una poliomielitis. También podría ser la cojera de Edipo o de alguien que se ubica en ese papel y la simula. Como el cuerpo humano aparentemente no está hecho para cojear, parece un síntoma en relación c on las funciones normales del ser humano o del yo, según indica Freud en el primer capítulo de Inhibición, síntoma y angustia, y sitúa diferencias estructurales totalmente distintas. Entonces, hay que ver qué matiz dar a la frase de Lacan hay tipos clínicos. No creo que convalide ningún tipo clínico en particular, pero sí que los hay. (Pág. 127) Y efectivamente es por retroacción: solo una vez ubicada la estructura, los podemos ver. Si tomamos la duda, por ejemplo, podemos encontrarla en la histeria y debemos ser más precisos para distinguir la verdadera duda obsesiva, tal como la ubicó Freud, de los movimientos desordenados y agitados de excitación en la histeria. Si me refiero a cómo lo ubicó Freud, es porque siempre para situar un tipo de síntoma debemos dar un ejemplo. Partimos de una descripción que alguien hizo alguna vez y afirmamos que es una histeria freudiana (Lacan, por ejemplo, decía de algunas psicosis, no de todas, es una psicosis lacaniana). Finalmente llegamos al nombre propio; es decir que son categorías, la palabra tipo nos vuelve a Aristóteles y a la lógica de la Edad Media. Son como una extensión de lo particular, y siempre necesitamos indicar lo general, lo colectivo, lo típico, a partir de un nombre propio. Por eso tomamos a Schreber, al que todos conocemos, y por eso Lacan indica en su tesis que tiene treinta casos que podría utilizar, pero en lugar de compararlos para ver las distinciones, en vez de construir una categoría, un tipo clínico a partir de una adición de casos, prefiere trabajar con intensidad un solo caso como paradigma. La oposición interesante es entre tipos clínicos y paradigma clínico. El tipo clínico no anula la idea de paradigma clínico; significa que finalmente los tipos clínicos siempre se sitúan en relación con un paradigma, dependen de él.

Roberto Mazzuca. -Estaba pensando en la primera parte del escrito «De una cuestión

preliminar

alucinaciones de Schreber, Lacan propone que en vez de reunirlas como la psiquiatría por el tipo de sentido del que provienen (auditivo, visual, etcétera), era mejor hacerlo por lo que son, lo cual se relaciona con la estructura del lenguaje, ya que las agrupa en fenómenos de código y fenómenos de lenguaje. Yo tomaría esto como referencia porque me estoy centrando en la propuesta de Jacques -Alain Miller, esto es, cómo pensar la relación entre tipos de síntoma y estructura, cómo leer que los tipos provienen de ella. (Pág. 128)

»,

donde en un momento determinado, cuando se trataba de ver cómo se agrupaban las

Jacques-Alain Miller -Lo interesante es que Lacan sostiene que son efecto de la estructura, pero no establece una relación de causalidad, lo que sería muy difícil. Dice que los tipos clínicos tienen una relación con la estructura, y antes destacaba que el síntoma estaba articulado a ella. Sin embargo, no va hacia la causalidad.

Roberto Mazzuca. -Estoy de acuerdo con que no va hacia la causalidad, pero sí hacia un ordenamiento. En otras palabras, si vamos a clasificar síntomas, tomemos razones de estructura, pues los síntomas provienen de ella. En ese sentido, es posible determinar un número limitado. Si hablamos de psicosis -neurosis- perversión, no agregaremos un cuarto término; la estructura sitúa esa tripartición y nada más. Ahora, respecto de esta tripartición, el término síntoma ubicado en relación con la perversión siempre trajo problemas. Sin embargo, siguiendo lo que usted decía sobre qué pasa con el síntoma en la psicosis si nos atenemos a este texto, podemos oponer el síntoma en la neurosis y en la psicosis, esto es, distinguirlos respecto de razones estructurales. Y pensaba entonces en el desarrollo que usted había hecho sobre los fenómenos elementales en la conferencia que dictó el año pasado en el marco del Seminario -Coloquio de la Sección Clínica 74 . El fenómeno elemental tiene una estructura en el síntoma neurótico y otra en la psicosis. Existen dos y no hay una tercera. Recordándolo pensaba que no cabía duda en su desarrollo de cuál era la estructura elemental del síntoma neurótico, y para el síntoma en la psicosis usted hizo una propuesta. Pensaba que en otro momento de la enseñanza de Lacan, que sigue al que estamos viendo ahora, esta cuestión se invierte, y que cuando es posible plantear más claramente la estructura del psicótico -como lo hace en los últimos seminarios a la altura de Joyce- se nos desdibuja la estructura del síntoma neurótico. Hay algo ahí de figura-fondo que no llego a comprender bien y quizás usted pueda decir algo en ese sentido. (Pág. 129)

Jacques-Alain Miller. -Agradezco todo lo que nos dijo Roberto Mazzuca, aunque no voy a responder inmediatamente. Querría retomar solo un punto sobre la ubicación y cierta relatividad del síntoma, que no impide, por supuesto, que utilicemos la dist inción neurosis -psicosis -perversión. En tanto que es algo que no anda, un síntoma supone siempre la referencia a lo que anda. Es lógico, simple. En otras palabras, opondremos al síntoma algo que podemos llamar lo armónico, especie no ubicada hasta ahora. Diremos entonces -y veremos si se sostiene-: a cada síntoma su armonía. ¿Qué sería lo armónico? Se trata de algo que va bien, tanto que no fue ubicado hasta ahora. Tomemos como ejemplo una función psicológica de la mente como la atención. Cuando tenemos la

74 Texto incluido en este mismo volumen, pág. 81 (N. de la E.).

idea de este elemento armónico que es la atención, es posible definir los trastornos asociados a ella. Podemos sostener que el síntoma trastorno de la atención se encuentra en la neurosis obsesiva porque, debido a la duda, el sujeto no logra concentrarse en su trabajo. Ocurre también en la psicosis, donde, por atender a las voces que escucha, el sujeto no tiene la atención que debería en sus tareas. Obtenemos finalmente una clínica del trastorno de la atención, aunque para nosotros eso se refiere a estructuras distintas. Y no creo que sea totalmente absurdo, ya que, si por ejemplo se trata de seleccionar pilotos de avión, la capacidad de atención es un factor muy importante que hay que evaluar. Ya no pesa tanto en esta selección que se trate de un obsesivo o un psicótico si ninguno presta atención al cuidado de sus pasajeros. Hay así diferentes psicologías o prejuicios. Para Melanie Klein, por ejemplo, es muy importante la capacidad de amar, y es posible hablar de trastornos en esta capacidad tanto en el p sicótico que solo se refiere a Dios (Schreber) como en el obsesivo o el autista, que solo piensa en sí mismo. Se obtendrán clínicas divertidas y también difíciles, porque al final Schreber recupera su capacidad de amar. De manera que hay un carácter relativo del síntoma con respecto al elemento armónico, y obtenemos clínicas distintas en función de esos prejuicios, que señala Lacan al empezar «De una

cuestión preliminar

psicología proveniente de Aristóteles, a través de la Edad Media, que invadió el siglo XIX, y debemos cambiar de coordenadas. En lugar de Aristóteles debemos tomar como referencia la lingüística y hacer una clínica donde los trastornos sean trastornos del significan te, de la significación. Y allí se dirigió Lacan, quien precisamente en el texto de la «Introducción

su propia orientación clínica, que era reemplazar a Aristóteles por Saussure. Ahora escucharemos los dos primeros puntos de la ponencia de Ernesto Sinatra.

»:

finalmente, toda una parte de la clínica de la psicosis se fundó en una

» discute

Los tipos clínicos I (Pág. 133)

Ernesto Sinatra

LOS TIPOS CLÍNICOS Y LOS TIPOS TEÓRICOS

Se sabe. Y se sabe porque se dice en los pasillos: Hay tipos clínicos y hay tipos teóricos.

Respecto de los primeros se dice que saben qué hacer con los pacientes o que tienen mucha experiencia clínica; mientras que de los segundos se profiere: Mucha teoría, sí, pero cuando las

papas queman

o ¿Ese? ¡Ese no tiene clínica suficiente!

Desde esta perspectiva el binomio teoría-clí nica se introduce en la tipología, atraviesa su marco y no deja de tener efectos en el mercado de la transferencia, ya que los que siguen a Fulano -quien hizo correr el rumor, fundamentado o no, de que Mengano es un tipo teórico - generalmente suelen creerle. Ergo: por este artilugio Fulano se da diques de tipo clínico desprestigiando a Mengano. Por supuesto, y parafraseando a Jacques Lacan en su «Autocomentario» a la «Introducción a la

edición alemana de un primer volumen de los Escritos», esta chicana, por segura que sea su transmisión, no tiene necesariamente que ser cierta 75 . Sucede, sin embargo, que los efectos de grupo no son proclives a la demostración. Solo ocurren. De este modo se transmite un sentido cristalizado por el sintagma tipo clínico-tipo teórico, que no deja de ser problemático ya que la chicana retorna sobre Fulano (al menos debería retomar sobre él) para exigirle que dé cuenta de la escisión que estableció entre teoría y práctica.

75 J. Lacan, «Autocomentario», en Uno por uno, nº 43, Buenos Aires, Eolia- Paidós, 1996, p. 18.

Sabemos de la insistencia con que Jacques Lacan machacó para intentar asegurar la existencia del dispositivo analítico. Encauzó insistencia con la exhortación a los psicoanalistas para que demostraran qué efectos reales se producían debido al discurso en acto. En la proposición dirigida al analista de la Escuela -que instauró los tiempos del pase por los que actualmente transitamos - Lacan enfatizó que el psicoanálisis consiste en una teoría de la práctica. Sabemos que esta afirmación en su boca no indica una inocente paráfrasis del empleo del sintagma teoría de la técnica según los posfreudianos. Hablar de teoría de la práctica implica necesariamente el establecimiento de una vecindad topológico entre teoría y práctica. Por más tipos lacanianos que existieran ninguno podría demostrar que la teoría fluye por aquí y que la práctica fluye por allí. La enseñanza de Lacan es precisa al respecto: no puede hacerse referencia a la teoría sino en tanto que conducida por la prác tica, y no hay práctica sino aquella enmarcada por el discurso analítico.

II. LOS TIPOS CLÍNICOS Y LAS GUERRAS DE RELIGIÓN (Pág. 134)

«¿Ahí está todo? Si he hablado de los tipos clínicos, no ha sido sin razón. Quisiera hacer una observació n, y es que los sujetos de un tipo -histérico u obsesivo según la vieja clínica- no tienen utilidad alguna para los demás del mismo tipo. Es más que concebible, se toca con el dedo todos los días, que un obsesivo no puede dar el menor sentido al discurso d e otro obsesivo. Es incluso de ahí que parten las guerras de religión 76 .» A partir del discurso analítico, Jacques Lacan consideró el problema de su transmisión. En cuanto un rasgo inherente a las comunicaciones humanas lo constituyen las variedad es de sentido que son adjudicadas a las proposiciones emitidas, Lacan procedió interrogándose acerca de las posibilidades del psicoanálisis para establecer un camino que permita trascender el sentido «como fundamento de un nuevo amor, efecto de la suposición de un sujeto al saber inconsciente, es decir, al ciframiento 77 ». Jacques Lacan advertía respecto de las dificultades que tienen algunos para dar sentido al discurso de otros: la felicidad de los seres hablantes suele conducirlos a este callejón sin salida que en este «Autocomentario» él identificó con la obsesión. Lacan subrayó la paradoja de que los tipos obsesivos, es decir, aquellos que forman parte de la misma clasificación nosológica, son - precisamente- los que más dificultades tienen en «comprender» el discurso de sus «congéneres» (ellos también obsesivos). Deducimos el obstáculo: el goce acumulado en torno de la propia imagen, es decir, el narcisismo de las pequeñas diferencias, freudiano según la conceptualización del goce en la enseñanza de Lacan. Constatamos que la fortaleza y la grandeza de la imagen del obsesivo frecuentemente no deja lugar para que otra imagen -de otro obsesivo- se presente en el mismo sitio: él está muy preocupado por cultivar su narcisismo al par que en pelearse con su Otro imaginario. Este Otro es el mismo que -aun sin él saberlo - lo goza en sus pensamientos (con sus fantasmas, anota Lacan). El lazo social que promueven los discursos parece encontrar en los tipos obsesivos un límite muy marcado: defendiend o el solipsismo de su imagen, ellos no quieren «contaminarse» con la del vecino sino a regañadientes. Esta dificultad de los tipos obsesivos, cuya consecuencia es «que un obsesivo no puede dar el menor sentido al discurso de otro obsesivo», condujo a Lacan a situar el verdadero problema: «Es incluso de ahí que parten las guerras de religión». También lo sabemos: las guerras de religión patrocinadas por los tipos obsesivos pueden librarse, asimismo, en nuestra comunidad analítica.

76 Ibíd.

77 Ibíd., p. 19.

a) Entre analista-analizante: se establecen cuando la tensión agresiva se concentra bajo transferencia a partir de una lucha de prestigio. A la indexación fálica de la imagen del analizante - que este pugna por hacer reconocer- responde el analista con otra imagen: la de su propio yo patrocinado por su fantasma. La rivalidad se instaura cuando el analista cae en la trampa especular. Las elaboraciones de los analistas posfreudianos que Jacques Lacan recusó decididamente suelen abrevar en estas fuentes: valga como referencia la noción de «resistencias del paciente a la cura» empleada habitualmente para describir la oposición del paciente a la persona del analista cuando este pretende adoctrinarlo; o la de «contratransferencia», término frecuentemente utilizado como contragolpe técnico para justificar los sentimientos de rivalidad que el analista mantiene contra su paciente al haber sido herida la fortaleza de su narcisismo. En estos casos le resulta imposible al practicante del psicoanálisis ir más allá del goce «técnico» de su propia imagen. b) Entre analistas: el empleo de la jerga en la comunidad analítica suele evidenciar -al par que ocultar- las preferencias transferenciales orientadas hacia lo que Lacan denominó en el texto de referencia «los pequeños sentimientos personales»: cada cual intenta apropiarse del sentido de su discurso para imponérselo a otros; por ejemplo, instaurando en nombre del «último Lacan» una moderna caza de brujas que intentaría combatir a los «herejes» y que sería patrocinada de un modo silencioso por un goce segregativo a partir de los fantasmas privados. Sabemos que también la histeria- hace su agosto en este territorio, ya que no solo históricamente ha ocupado el lugar sacrificial de la bruja, sino que además suele preferir desestabilizar al amo de tumo para ocupar su lugar y reinar allí como la excepción. En este territorio puede establecerse un pacto «tipológico» entre histeria y obsesión.

En fin, los tipos analíticos también podrían ser aquí considerados a la luz de los tipos clínicos. El problema que se desprende es cómo hacer posible que el debate entre analistas responda -cada vez más- a posiciones argumentativas definidas a partir de la relación que cada cual mantiene con el psicoanálisis y no a enfrentamientos personales, guerras de religión causadas por el goce fundamentalista de la «propia» imagen. (Pág. 136)

Jacques-Alain Miller. -Agradezco a Ernesto Sinatra haber aceptado dividir su texto. La tercera parte ya se refiere a Freud, a quien tomaremos esta tarde. De modo que vamos a hacer un corte y pasaremos al trabajo de Marina Recalde, que también apunta a los tres fragmentos de Lacan, privilegiando las cuestiones ya discutidas del tipo y de por qué los sujetos de un mismo tipo no se entienden. Luego podremos retomar las dos exposiciones juntas.

Prescindir del tipo clínico a condición de servirse de él (Pág. 139) Marina Recalde

Tomaré como referencia tres párrafos extraídos de la «Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos». Sabemos que abordar la cuestió n de los tipos clínicos implica considerar un agrupamiento que proviene de la nosografía psiquiátrica. Sin embargo, ¿esta sería una razón suficiente para desecharlos?

Jacques Lacan en su «Introducción

»

sostiene que «los sujetos de un tipo no tienen utilidad

alguna para los demás del mismo tipo». Sorpresivamente, en su «Autocomentario», agrega: «[ ] los sujetos de un tipo -histérico u obsesivo según la vieja clínica- no tienen utilidad alguna para los

demás del mismo tipo».

Me pregunto por qué esta aclaración. ¿Debemos suponer que lo que Lacan señala al hablar de una «vieja clínica» implica la caducidad del tipo clínico? No resulta evidente, ya que, de ser así, su permanencia no hubiera sido tan insistente. La palabra tipo proviene del latín typus, que significa «modelo», definición que, a mi entender, marca su carácter universal. Pero además el diccionario nos remite al griego typos, y señala que se trata de una marca. Entonces, jugando un poco con la etimología mis ma de la palabra tipo, podemos afirmar que tenemos conjugado lo universal, el para todos, el modelo, y lo particular, la marca. Me pareció oportuna esta definición, ya que permite colocar sobre el tapete la pregunta acerca de la vigencia y utilidad de los tipos clínicos en la clínica psicoanalítica.

I. «Pues la cuestión comienza a partir de lo siguiente: que hay tipos de síntoma, que hay una

clínica. Solo que resulta que esa clínica es de antes del discurso analítico

clínicos? Son agrupamientos que reúnen «modos específicos de respuesta del sujeto y [

respuestas se vuelven a encontrar en diferentes sujetos pertenecientes a un mismo tipo clínico 78 ». Sabemos que hay tipos de síntoma. Es un hecho observable, constataba en la práctica. Sin embargo, si nos quedamos en lo fenoménico, perdemos la brújula. No todo síntoma, en el sentido

observable del término, indica que se trata de una misma estructura en juego; es decir, no toda duda, por ejemplo, es obsesiva. Con lo cual la universalización queda cuestionada desde el principio, y aquí precisamente podemos ubicar un punto de inflexión en el que el psicoanálisis se separa de manera definitiva de la psiquiatría: no se trata de quedarse con lo fenoménico.

»

Pero ¿qué son los tipos

] esas

II. «Por lo cual indico que lo que responde a la misma estructura no tiene forzosamente el mismo

sentido

ejemplo, el mismo síntoma histérico en dos sujetos diferentes, el sentido no es idéntico, sino que remite a lo particular. Hay un sentido diferente para cada síntoma o, dicho de otro modo, cada síntoma alberga su sentido. Por eso Lacan subraya: «No hay análisis sino de lo particular 79 ». Para el psicoanálisis, lo particular es la brújula que orienta. Al no primar el sentido común, se abre la vía de la particularidad. Esta dimensión del sentido se revela tras un desciframiento previo que, como va en contra del ciframiento del inconsciente,

permite -vía la significación- abrir un surco en la envoltura formal del síntoma. Este es un paso previo y necesario en el camino de acceso al sentido. El desciframiento tiene un tope, pero también una virtud: abre la vía hacia lo particular del sentido. El sentido, cuyo colmo, al decir de Lacan, es el sinsentido, a saber: el sinsentido de la relación sexual. Que los síntomas no tengan el mismo sentido significa que no tienen el mismo goce, que es lo que en el síntoma define lo particular. En otras palabras, el goce determina el sentido. (Pág. 140) Ya encontramos en Freud desde las épocas más tempranas esta tensión entre el tipo y lo particular (1887): «En mitad de la serie se encuentra el "type", la forma extrema del cuadro clínico

»

Aun tratándose de la misma estructura y teniendo en cuenta que está en juego, por

], [

la plasmación completa y característica del cuadro clínico; no obstante, las más de las veces

los casos efectivamente observados divergen del tipo, han borrado del cuadro tal o cual rasgo [ ] Mientras que la nosografía tiene por objeto describir los cuadros clínicos, es tarea de la clínica pasar a la plasmación individual de los casos y a la combinación de los síntomas 80 ». Freud buscará entonces la sobredeterminación de cada síntoma. Así, la tos nerviosa que padece una joven tratada por él en 1901 -a la que hoy conocemos como Dora- es entendida en los siguientes términos: «Cuando insistió otra vez en que la señora K solo amaba al papá porque era

78 J. Lacan, «Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos», en Uno por uno, nº 42, Buenos Aires, Eolia, 1995, p. 12.

79 Ibíd., p. 13.

80 S. Freud, «Prólogo a la traducción de J.-M. Charcot», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1982, t. I, p.168.

ein vermögender Mann [un hombre de recursos, acaudalado], por ciertas circunstancias colaterales

de su expresión [

unvermögender Mann [un hombre sin recursos]. Esto solo podía entenderse sexualmente, a saber:

que el padre no tenía recursos como hombre, era impotente.[

de otros órganos que los genitales para el comercio sexual, me dijo que sí; y yo pude proseguir [ ]

con su tos espasmódico [

representaba una situación de satisfacción sexual per os entre las dos personas cuyo vínculo amoroso la ocupaba tan de continuo 81 ». O sea que para Freud la tos de Dora se descifra por la

fantasía de fellatio del padre. S in embargo, no deja de notar que Dora era una chupeteadora. El desciframiento de este síntoma llega hasta el punto donde se abre la dimensión del goce, un goce sexual, infantil, pero que en Freud sigue siendo fálico. Creo pertinente referirme a otro párrafo del texto que me sirve de eje. En él Lacan sostiene que «no hay sentido común del histérico, y aquello merced a lo cual en ellos o ellas se juega la identificación, es la estructura y no el sentido, tal como se lee bien por el hecho de que esa

identificación se refiere al deseo

]

yo noté que tras esa frase se ocultaba s u contraria: que el padre era ein

]

]

Cuando le pregunté si aludía al uso

respondía al estímulo de un cosquilleo en la garganta, ella se

82 ».

III. «Que los tipos clínicos responden a la estructura, es algo que puede escribirse ya, aunque no

sin vacilación. Solo es cierto y transmisible del discurso histérico

de los discursos, queda ubicado el discurso de la histérica. Cabe subrayar que, si bien Lacan utilizó el femenino, nos recuerda que no es privilegio de las mujeres. Los sujetos de sexo masculino sometidos al análisis están también «obligados a pasar por el' discurso histérico, porque es la ley, son las reglas del juego 83 ». Este discurso se establece entonces en torno del síntoma y lo ubica como agente. En este punto, cabe preguntarse qué recuperar del tipo clínico en la clínica psicoanalítica. Como indiqué al comienzo, sabemos que hay tipos de síntoma; es un hecho observable que se constata en la práctica. Por otra parte, el único tipo de síntoma que responde a la estructura es aquel que pudo ser elevado al estatuto del matema, esto es, el síntoma histérico. Pero ¿qué decimos cuando afirmamos que es el único tipo de síntoma que responde a la estructura? ¿A qué estructura nos estamos refiriendo? Lo importante es situar cuándo hablamos de estructura referida a un tipo clínico (histeria, neurosis obsesiva, etcétera) y cuándo nos referimos a la estructura de discurso. Existe la histeria y existe la neurosis obsesiva. Existe el discurs o histérico, pero no el discurso obsesivo; no hay matema de él. Siguiendo a Lacan, decimos que la especificidad de la histeria es que «alcanza al discurso 84 ». Si la histerización es solo efecto de un análisis, ¿la clínica psicoanalí tica solo debe tener en cuenta la histeria? Ya en Freud encontramos una preciosa observación, según la cual «toda neurosis obsesiva parece tener un estrato inferior de síntomas histéricos». Para él, la neurosis obsesiva es un dialecto de la histeria. (Pág. 142) De todos modos, esta pregunta impone una única respuesta: no se trata del tipo clínico, se trata del discurso. El síntoma se vuelve analizable al devenir histérico, independientemente del tipo clínico. Se trata, también, de histerizar el síntoma obsesivo. Ahora bien ¿por qué la histeria (me refiero al tipo clínico) sería más permeable a un análisis? Precisamente por la estrategia que sostiene frente al deseo del Otro: allí donde falta un significante en el Otro, en ese lugar ella se aloja. Con lo cual la histérica está ligada radicalmente al Otro. Para

»

A partir de la matematización

81 Íd., «Fragmento de análisis de un caso de histeria», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1985, t. VII, pp. 42 y 43.

82 S. Ob. cit. n. 2.

83 J. Lacan, «El amo y la histérica», en El seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992, p. 34.

84 Ibíd.

identificarse, debe pasar por el deseo del Otro: se identifica con el significante de la falta en el Otro. Toda histérica intenta extraerle al Otro un saber sobre su verdad. Pero el síntoma debe ser puesto en el lugar del agente, y se lo debe hacer actuar. Y esto solo es posible mediante la intervención del analista: es necesario entonces pasar por la histerización del discurso para lograr el pasaje al discurso del analista. Y aquí sí, si se me permite la expresión, cae la importancia del tipo clínico, lo que vale tanto para la histeria como para la neurosis obsesiva. Con lo cual volvemos a la pregunta inicial: ¿sirven o no s irven los tipos clínicos? Si se trata de lo que el analista instituye como experiencia analítica, esto es, la histerización del discurso, ¿cuál es la importancia de saber si estamos frente a una histeria o una neurosis obsesiva? Para el desciframiento del síntoma, considerar el tipo clínico no tiene ninguna utilidad. Referido al sentido, tampoco. Ahora, cuando se trata de establecer de qué modo utiliza cada sujeto el síntoma en su relación con el Otro, el tipo clínico vuelve a tener importancia, ya que solo el síntoma histérico pasa por el Otro. En otras palabras, el tipo clínico interesa en la medida en que se trata del modo peculiar de relación del sujeto con el Otro, con lo cual la clínica psicoanalítica reformula la nosografía psiquiátrica. Habrá una entrada de análisis universalizable: es necesaria, para todo sujeto, la histerización del discurso; pero siempre que se tenga en cuenta que es una forma de universalizar lo particular que aparece con cada uno. Es verdad que con el tipo clínico no alcanza, s e trata de ir más allá, aunque, parafraseando a Lacan, se puede prescindir de él a condición de servirse de él. Para concluir, evoco aquí las palabras de Sigmund Freud: «Solo hemos dado un primer paso

hacia la comprensión del significado del síntoma. Pero queremos [

dominar lo que aún no comprendemos [

por anticipado; ya veremos qué habrá de resultar 85 ».

]

avanzar poco a poco hasta

].

En suma, no tenemos razón alguna para acobardamos

*** Jacques-Alain Miller. -Podemos comenzar la discusión de las dos ponencias juntas, la primera parte de la presentación de Ernesto Sinatra y la exposición de Marina Recalde sobre los tres fragmentos de Lacan. Quizás alguno de los docentes de la Sección Clínica de Buenos Aires quiera intervenir.

Samuel Basz. -Efectivamente, entendemos que se trata de pasar de lo descriptivo a lo demostrativo y desde ahí ubicar tipos de acuerdo con la lógica de Lacan, en función de la estructura en juego. Esos tipos clínicos no serían otra cosa que una modalización de la determinación del sujeto como efecto de la estructura del lenguaje, y el referente latente sería el goce producido por lalengua. Si los tipos clínicos son una forma de la determinación del sujeto por efecto del discurso, de la estructura del lenguaje, habría entonces aparte de los tipos clínicos clásicos otros dos tipos clínicos, otras dos formas de determinación del sujeto: hombre y mujer, el lado masculino y el lado femenino de la sexuación. Retengo algo de esto de un curso de Jacques -Alain Miller en que hablaba justamente de formas de determinación del sujeto y de que habría elección de sexo en una lógica equivalente a la elección de los tipos clínicos. C reo que esto es interesante porque todavía queda una especie de asimilación del lado masculino de la sexuación con la obsesión y el lado femenino con la histeria. Y esto dará en el futuro un trabajo para resolver la diferencia entre los tipos clínicos provenientes de la psiquiatría y los que fuerzan la lógica del psicoanálisis. (Pág. 144)

Jacques-Alain Miller. -¿Cómo lo piensan Ernesto Sinatra o Marina Recalde?

85 S. Freud, «17º conferencia. El sentido de los síntomas», en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1978, t . XVI.

Marina Recalde. -Según el eje que tomé, me parecía posible plantear que efectivamente el tipo clínico sigue teniendo vigencia en psicoanálisis pero de un modo reformulado: no se trata del tipo clínico que considera la psiquiatría (que ubiqué del lado de lo observable y en función de lo descriptivo, como señalaba Jacques-Alain Miller hace un momento). Creo, en cambio, y tal como sostenía Roberto Mazzuca, que tienen utilidad si tomamos como referencia la estructura.

Ernesto Sinatra. -Respecto de lo que planteaba Samuel Basz sobre el tipo clínico hombre o mujer, recordaba una formulación de Jacques-Alain Miller en su curso cuando ubicaba con un neologismo (hablaba de sexismo) una forma de racismo instauradora del lenguaje y la posición de los hablantes, en relación justamente con lo hétero respecto del Otro sexo. En ese sentido, esta posición de los tipos clínicos, que creo que habría que tomar en este punto con cierta ironía (teniendo en cuenta las especificaciones de Jacques-Alain Miller al respecto), nos autorizaría a hablar de un tipo clínico hombre y un tipo clínico mujer, recordando que hay un sexismo que sería base de los parlêtre, de los seres hablantes, respecto de lo que es insoportable de la relación con el Otro sexo para cada cual. En ese sentido me parece que Jacques Lacan inscribía allí las guerras de religión, por ejemplo, como este efecto de lo insoportable del Otro.

Miquel Bassols. -Me gustaría introducir una pregunta, porque definimos el término tipo, pero no sé si todos estamos de acuerdo con la definición en el texto de la palabra estructura, de la que hacemos surgir dicho término. Recordemos que tres años antes Lacan había definido la estructura como lo real. Me parece que cambiaría mucho la articulación de estos términos si tomamos la estructura en el sentido estructuralista de los años 50 o 60, esto es, como diferencia significante. Creo que vale la pena la pregunta porque la estructura tomada en esta dimensión, donde no se plantearía como una estructura de diferencia significante sino tal vez como significantes aislados - tal como se desarrolló en algún momento-, resulta muy enigmática, más aún para articular esto con los tipos que estamos describiendo.

Jacques-Alain Miller. -Querría que no se olvide un fragmento de la exposición de Sinatra que resulta muy llamativo y que apunta a algo de los tipos clínicos hombre o mujer. Este fragmento alusivo, muy interesante, dice: «instaurando en nombre del último Lacan una moderna caza de brujas que intentaría combatir a los "herejes" y que sería patrocinada de un modo silencioso por un goce segregativo a partir de los fantasmas privados. Sabemos que también la histeria hace su agosto en este territorio, ya que no solo históricamente ha ocupado el lugar sacrificial de la bruja, sino que además suele preferir desestabilizar al amo de turno para ocupar su lugar y reinar allí como la excepción». Me parece que hay en ello algo apasionante, que supongo referido a lo más actual del contexto de la EOL. Hay, como dice Lacan, algo descifrado pero que mantiene el enigma, pues en el texto de Sinatra queda algo enigmático, más allá de este primer sentido. No hay que olvidar entonces ese fragmento que indica algo de la bruja y los ortodoxos, donde una posición parece femenina y la otra señala el agrupamiento de síntomas varoniles. ¿Quiere agregar algo Sinatra?

Ernesto Sinatra. -Recordar que el enigma permanece en un punto para no ser comprendido y para ser transmitido. (Pág. 146)

Jacques-Alain Miller. -Quisiera retomar la lectura minuciosa de Marina Recalde. No había verificado en el diccionario el sentido de tipo, y observo que la indicación de que es a la vez algo general y algo particular verifica la vinculación que trataba de improvisar sobre lo general, el modelo y el paradigma. La misma palabra puede indicar ambas cosas. En este caso es

agrupamiento, como señala Marina Recalde. Entonces, quería plantear una pregunta o una objeción a algo de su lectura. Hicimos algunas consideraciones sobre la vinculación o no de los síntomas agrupados en tipos, y hay síntomas que escapan, que no quieren entrar en el agrupamiento. Son síntomas de excepción, excepcionales, síntomas brujas, que no se pliegan al resto de la masa. También está la relación entre el síntoma -con la letra griega sigma- y la estructura, que discutimos con Lombardi para ver si es esencialmente la del discurso histérico o la del lenguaje, como planteaba Samuel Basz. Yo distinguiría entre este nivel de la argumentación en el que debemos ir de los tipos clínicos, que son descriptivos, hacia una estructura que permite la certidumbre en la clí nica, para decirlo rápidamente, y otro en el que dentro de un mismo tipo clínico los sujetos no se entienden. Se trata de cosas distintas. En otras palabras, cuando Marina Recalde subraya que cada síntoma alberga su sentido o que el goce determina su sentido, esto no llega a dar cuenta de por qué los sujetos de un mismo tipo no se entienden y por qué Lacan acentúa este aspecto. Pienso entonces que en el texto comentado se trata de una cosa fundamental que mencioné en mi curso apuntando al último período de la enseñanza de

Lacan. El mismo Lacan que en «La instancia de la letra significante determina el significado:

»

había acentuado el hecho de que el

S

s

y que había estudiado las dos modalidades según las cuales las combinaciones significantes determinan el sentido (la metafórico y la metonímica), el mismo que había destacado las dos maneras según las cuales el significante penetra el sentido y lo produce, en «Introducción » acentúa la disyunción entre el significante y el significado.

S//s

Lacan lo indica al comienzo, donde no define el significante por su capacidad de producir significado, sino por la pura sustitución de uno por otro. Y la cuestión del sentido es otra cosa, interviene, por supuesto, pero es de un orden distinto. Me parece entonces que el punto esencial para entender este texto de Lacan, los tres fragmentos y la pregunta sobre la clínica, es esta disyunción entre significante y significado, su propia

oposición a la tesis clásica de «La instancia de la letra

del signo como hacía Saussure, sino en la arbitrariedad del sentido. Comparado con el significante, el sentido es siempre arbitrario, es decir, nunca se puede deducir un sentido a partir del significante. Lacan lo ilustra en la c línica, cuando afirma que en un sujeto que podemos ubicar bajo el mismo tipo clínico que otro -y que eventualmente se conecta con la misma estructura específica el sentido de su síntoma es totalmente distinto.

»,

y que no insiste en el carácter arbitrario

(Ver cuadro pág. 148)

A partir de la misma estructura sintomática puede haber sentidos totalmente variados, distintos, y la cuestión clínica se inscribe en el marco de esa demostración fundamental. Tomemos como ejemplo a Schreber, quien afirma que debe consentir en ser La mujer de Dios frente a la insistencia de este último, y supongamos que se nos presenta otro psicótico con fenómenos del mismo tipo, que viene vociferando que él es Dios y le asegura a Schreber que no lo quiere por esposa. Solo de cierta manera se entienden. Cuando Lacan alude a las guerras de religión, los tipos que se oponen, esos teólogos protestantes después de Lutero, que utilizan el mismo tipo de argumentación para demostrar cosas apenas distintas, finalmente se constituyen en partidos donde cada uno intenta eliminar al otro, y en eso se entienden bien.

Se puede pensar todo esto del siguiente modo: a partir de los mismos significantes es posible construir significados totalmente distintos. Y, por ejemplo, el mismo síntoma reconocible, el dolor

o la tos, será la tos del padre o será una significación de embarazo; no

se puede saber. Sería además muy necio un analista que creyera poder decirle lo que es su tos por haber analizado antes a otra histérica. Por otra parte, serí a suponer que el sujeto en su singularidad puede ser igual a cualquier otro. Ciertamente, Lacan exagera cuando formula que un sujeto de cierto tipo no tiene ninguna utilidad para otro del mismo tipo, pues por supuesto la tiene. Una vez que nos formamos en la clínica, en la experiencia analítica, en la dirección de la cura en la histeria

y en la obsesión, sin duda sirve. Sin embargo, Lacan intenta significar que no se trata de una utilidad en general, que no es por encontrar el mismo síntoma en el nivel significante en una histeria que conoceremos su sentido particular. Me parece que esta es la clave para estos fragmentos: Lacan introduce la clínica como prueba. Cuando sitúa la disyunción entre significante y significado quiere indicarnos que es algo que ya conocemos por la clínica, en tanto que no hay una adición de los casos. En la experiencia analítica el hecho de haber podido recomponer el sentido de un síntoma en un caso no ayuda a reconstruirlo de manera algorítmica en otro, aunque se trate del mismo tipo clínico. En Francia, en 1976 o 1977 pusimos el fragmento sobre hay tipos clínicos en la presentación de la Sección Clínica de París para elaborar la estructura en la que se articulan esos síntomas. Pero en aquella época no habíamos visto que la lógica total del texto es que Lacan busca todos los argumentos para echar por tierra su propia consideración anterior, o al menos para desplazarla y evidenciar que hay un abismo, un hiato entre significante y significado, dentro del cual hay que ubicar el goce.

de cabeza en una histérica

Marina Recalde. -En relación con lo que yo tomaba como la histerización universal del discurso válida para todo sujeto, creo que vale siempre que se tenga en cuenta que se trata de universalizar lo particular que aparece con cada uno. De este modo podría entender la frase de Lacan no hay análisis sino de lo particular.

Jacques-Alain Miller. -Me parece que esa frase apunta a que precisamente el análisis no es un análisis. El análisis de un sujeto no consiste en incluirlo en una categoría, sino en ayudarlo a

descifrar, para decirlo rápidamente, el sentido ya constituido de sus síntomas. Y para esta lectura nos sirve haber leído esto en otra parte. Es como si leyéramos en Lacan: hay una clínica. Buscamos en Kraepelin y también encontramos: hay una clínica. Pero la misma frase no tiene igual valor en ambos casos. Lacan apunta a que, si llamamos análisis al desciframiento del síntoma, no hay generalidad en eso. Así ocurre cuando se habla de la clave de los sueños y se sostiene, por ejemplo, que soñar con una casa significa «mujer»; eso es considerar que cada significante tiene una significación común. La Traumdeutung, en cambio, muestra algo totalmente distinto: el mismo elemento en un sueño puede tener sentidos muy diferentes. Y es lo mismo que formula Lacan a propósito del síntoma- un mismo síntoma tiene sentidos totalmente particulares, y no es posible

ahorrarse un análisis con el establecimiento de un listado de síntomas. ¡Felizmente

bastaría ir a buscar al diccionario de síntomas para saber el sentido del síntoma de cada cual, sin necesidad de emprender un análisis.

! Si no,

Juan Carlos Indart. -Yendo a la literalidad del texto, querría responder algo a la observación y comentario de Miquel Bassols, a partir de la frase «los sujetos de un tipo no tienen pues utilidad alguna para los demás del mismo tipo». De este comentario subrayo el término pues, ya que indica que la frase está implicada por algo que se dijo antes y es que no hay sentido común del histérico. En la frase siguiente Lacan ubica del lado de la estructura la identificación histérica. A partir de

esta observación de Lacan, podríamos considerar la identificación histérica como significante - signo, con mecanismos de sustitución y transmisibilidad, siempre respetando la dimensión de articular la falta tomada como objeto (eso se transmite porque juega, indica Lacan, en el nivel de la estructura), y preservar la escisión resultante respecto de lo que producirá efectos de sentido, singulares y diversos. Luego, supongo que se avanza lentamente en la c onsideración de la estructura y su real, pero en este párrafo nuestra antigua identificación histérica -revisada una vez más con la bella carnicera- es un elemento dado en el nivel estructural. (Pág. 150)

Éric Laurent. -Creo que sería posible desarrollar cada punto expuesto durante un largo tiempo, pero no podremos hacerlo. Entonces, el primer punto que quería destacar es que Lacan nos introduce en la tensión entre la clínica del síntoma y lo particular, y nos muestra que en esta ruptura de la significació n, que provoca el hiato entre significante-sentido, se halla contenida la cuestión del fantasma. Afirma que hay tipos de síntoma, pero no indica que haya tipos de fantasma. Lo que resulta una sorpresa, pues, pese a esto, dentro del movimiento psicoanalítico se tendió a afirmar que la psiquiatría se atribuía la clínica del síntoma y el psicoanálisis la del fantasma. La psiquiatría no tenía idea de lo que era el fantasma, mientras que el psicoanálisis lo encontraba por todas partes. Después de la muerte de Freud, en el psicoanálisis surgió la tentación de renunciar precisamente al síntoma para pasar por completo al fantasma. Y los psiquiatras no tenían el fantasma privado. Como subraya efectivamente Sinatra, Lacan rechaza esta tentación y decide mantener el nivel de la orientación clínica en psicoanálisis respecto del síntoma. El segundo punto, que destacaba Miquel Bassols, es que después de 1973 Lacan ordena la estructura a partir de lo real. Partiendo de esto, es posible leer la estructura en Lacan, que nunc a fue la del estructuralismo, la de Lévi-Strauss (esto es, una estructura tal que no podía incluir en sí misma un agujero), y releer lo que en ocasiones fue nuestro error al creer que él sólo había insistido en la identificación en la histeria. Lacan aclara en este texto que siempre sostuvo que la histeria se identificaba con el agujero, cosa que no es tan fácil de señalar. Tomemos como ejemplo el texto de Jacques -Alain Miller sobre el «Trio de Mélo», donde no es tan fácil hacer esa lectura del análisis del sueño de la bella carnicera, ubicando los dos niveles en juego: identificación y agujero. Precisamente, no se veía antes de este comentario, y esa es la articulación que propone el texto. Pero también podemos observar que desde el inicio de su trabajo, cuando Lacan subraya la importancia de la muerte en la obsesión, ubica toda una vertiente de identificación. Y hay asimismo, dentro de la neurosis obsesiva, una identificación crucial con el agujero de la lengua, no de la falta en el Otro, sino de lo que lleva en la neurosis obsesiva el nombre de la muerte: la muerte como pulsión de muerte que hace el agujero dentro de la lengua como tal. En este sentido pueden releerse los tipos clínicos y la articulación clínica a partir de la estructura articulada con la falta y el agujero en lo real. (Pág. 151) Tercer punto: el buen uso del tipo clínico en el torneo amoroso de los sexos hombre y mujer. Es verdad que en última instancia la clínica psicoanalítica puede resumiese en que hay hombres y mujeres, con lo cual ya llegamos al término irreductible: no hay proporción sexual. Nunca tendremos manera de confundir todo y, pese a que nos explican que hay multiplicidad de sexos (bisexuales, trisexuales, cuatrisexuales), en última instancia hay dos, porque son irreductibles. Sin embargo, ya el hecho de tener la estructura clínica permite pensar que hay una tendencia a la reducción, y la clínica analítica tiende a reducirse a dos: obsesión e histeria. Ciertamente, Jacques -Alain Miller subrayó alguna vez que la incidencia de lo sexual es crucial en esto. Y, aunque es verdad que hay más hombres obsesivos y más mujeres histéricas, siempre es útil tener en cuenta que hay mujeres obsesivas y hombres histéricos. De esta manera, por lo menos complicamos un poco el asunto y esto nos permite destacar que hay que separar la cuestión de la

feminidad de la histeria, como tarea esencial de la clínica analítica, y asimismo ver cómo diferenciar masculinidad de obsesión. Y es que el colmo de la masculinidad no es el sujeto obsesivo, aun cuando este tienda formidablemente a hacer el hombre, pero del modo equivocado, pues hay un modo mucho más inteligente

Jacques-Alain Miller. -Podrías explicárnoslo

Eric Laurent. -No, el sujeto tiene que inventárselo en lo particular de cada análisis, una manera más

Jacques-Alain Miller. Entonces terminamos aquí el trabajo de la mañana.

[Segunda parte.] 86 (Pág. 152)

Jesús Santiago. -Quisiera hacer un comentario siguiendo lo que planteaba esta mañana Eric Laurent. Me pregunto cuáles son las consecuencias de esta nueva concepción de las relaciones entre el síntoma y la estructura. Llama la atención la frase de Lacan comentada por Marina Recalde: «Por eso mismo no hay análisis sino de lo particular. Los sujetos de un tipo no tienen pues utilidad para los demás del mismo tipo». Me gustaría señalar el término utilidad para situar una perspectiva de investigación en el sentido de que no hay solo una nueva concepción de la estructura en Lacan (aunque es cierto que él nunca aceptó la estructura tal como era definida por los estructuralistas, ya que siempre ubicó un elemento no simbólico, el significante de lo imposible, con lo cual respondía a Lévi-Strauss), sino un interés sobre qué hacer con el síntoma. De modo tal que en esta disyunción entre significante- significado, entre significante-sentido, podría reflejarse una preocupación por la singularidad del síntoma en la línea de qué hacer con él. Esa imposibilidad de hacer corresponder un síntoma con otro de un mismo tipo clínico coloca al analista ante la singularidad más pura, más esencial del síntoma, lo cual representa a mi entender una perspectiva que debemos tener muy en cuenta.

Jacques-Alain Miller. -Sin duda es posible sostener que el síntoma es el lugar de lo más singular del sujeto, pero creo que esta perspectiva debe situarse en el plano del sentido del síntoma. El sentido es lo particular, propio de cada sujeto, no el síntoma mismo. En otras palabras, no encontramos síntomas de una originalidad extrema. Solo en ocasiones un sujeto inventa un síntoma realmente excepcional, que se relata en los encuentros. El año próximo haremos una reunión de las secciones clínicas de habla francesa con el título «Casos raros: Los inclasificables de la clínica» 87 para ubicar precisamente los inventos sintomáticos excepcionales. En general hay cierta regularidad del síntoma. Aunque el sentido sea propio de cada sujeto, hay grandes clases de síntomas, cosa de la que no se sale fácilmente. También los fantasmas son de una tipicidad extrema. Podemos lamentarnos, pero es así. Ahora seguiremos con el trabajo de Cristina Nocera y luego con el de Raquel Vargas. Por último, con Ernesto Sinatra y la parte freudiana de su texto.

Una puerta de entrada a la neurosis obsesiva (Pág. 155)

86 Lamentablemente, no se ha podido recuperar una intervención de Andrea Blasco de Kindgard, al comienzo de esta segunda parte del Coloquio (N. de la E.).

87 Jacques-Alain Miller y otros, Los inclasificables de la clínica psicoanalítica, Colección del Instituto Clínico de Buenos Aires, vol. I, ICBA-Paidós, Buenos Aires, 1999, en esta misma colección (N. de la E.).

Cristina Nocera

Los párrafos que seleccioné para este comentario corresponden a Inhibición, síntoma y angustia, que data de 1925. Cabe considerar la importancia de este texto nodal, ya que no solo es un punto de viraje y reformulación de viejas concepciones, sino que además ubica la angustia como un eje central a partir del cual se ordenan y articulan lo s demás conceptos. En primer lugar, Freud arriba a una definición: «La angustia es la reacción frente al peligro 88 », y el peligro no puede ser otro que la castración. Así, la angustia siempre será angustia de castración. En segundo lugar, establece una relación causal entre angustia y defensa: «La angustia crea a la represión y no la represión a la angustia 89 », como opinaba antes. P or lo que declara a «la angustia de castración como el único motor de los procesos defensivos que llevan a la neurosis 90 ». Y en tercer lugar, aborda el para qué del síntoma: «La formación de sí ntoma tiene, por lo tanto, el efectivo resultado de cancelar la situación de peligro 91 ». Los síntomas se crean para sustraer de la angustia al yo. Se convierte entonces en un texto privilegiado para abordar las particularidades de la formac ión de síntomas en los distintos tipos de neurosis. Tras esta breve reseña, me centraré en un párrafo 92 y retomaré otros solo en función del primero. El párrafo en cuestión plantea que hay una situación inicial común a histeria y neurosis obsesiva, se trata de la defensa como necesaria ante las exigencias libidinosas del complejo de Edipo. Luego le sigue lo que a mi entender posee todo el peso de una afirmación: «toda neurosis obsesiva parece tener un estrato inferior de síntomas histéricos formados muy temprano». Esta afirmación nos muestra su carácter universal, ya que se aplica a toda neurosis obsesiva y deja fuera la posibilidad de que exista al menos una que no la cumpla. Por último, no hay que perder de vista que la afirmación encierra además una localización en las coordenadas de espacio y tiempo, puesto que se habla de un estrato inferior formado muy temprano. Hasta aquí el párrafo. M trabajo constará de dos partes, la primera será ubicar dicha afirmación en la lógica del pensamiento freudiano y la segunda será verificar sus consecuencias clínicas.

1. LA AFIRMACIÓN (Pág. 156)

La afirmación de que en toda neurosis obsesiva hay síntomas histéricos está presente en Freud desde el principio y aparece indisolublemente ligada al problema de la etiología de las neurosis. En textos tales como «Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa», «La etiología de la histeria», el «Manuscrito K» (1896), entre otros, Freud presenta los fundamentos que lo llevan a considerar una etiología traumática de las neurosis. Dos factores confluyen de manera decisiva: por un lado, las vivencias sexuales de eficiencia traumática (es decir, «no son ellas mismas las que poseen efecto traumático, sino solo su reanimación como recuerdo») y, p or otro lado, que tales vivencias ocurran en la primera infancia, antes de la pubertad. Sobre este terreno común para las neurosis vemos perfilarse las diferencias entre histeria y neurosis obsesiva. La condición específica de la histeria será una vivencia displacentera primaria, de naturaleza pasiva, y el tiempo será la niñez más temprana. La neurosis obsesiva, por el contrario, será el resultado de una vivencia sexualmente activa con placer, en un tiempo más tardío, aunque siempre antes de la pubertad. Así Freud ve en las «representaciones obsesivas unos reproches que el sujeto se dirige a causa de este goce sexual anticipado». Y, más aún, nos anticipa el modo de

88 S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia, en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1988, t. XX, p. 141.

89 Ibíd., p. 104.

90 Ibíd., p. 135.

91 Ibíd., p. 137.

92 Ibíd., p. 108.

defensa, «a raíz de un desprendimiento de placer se genera compulsión, a raíz de un desprendimiento de displacer, represión». Pero Freud vislumbra ya en ese momento que una agresión sexual prematura denuncia el influjo de una seducción anterior. En este punto surge la afirmación como necesidad lógica. Freud dice:

«En todos mis casos de neurosis obsesiva he hallado un trasfondo de síntomas histéricos que se dejan reconducir a una escena de pasividad sexual anterior a la acción placentera. Conjeturo que

esta conjugación es acorde a ley [

pasiva, es condición de la histeria y responsable de los síntomas histéricos en la neurosis obsesiva. En definitiva, la explicación última en la que recae la afirmación. Hasta aquí Freud tenía las cosas resueltas de la siguiente manera: el factor etiológico, la causa última, el acontecimiento verdaderamente traumático no era otro que la seducción de un niño por parte del adulto, escena inaugural de la pasividad primaria. Luego, el predominio del elemento activo o pasivo de la vida sexual, así como la edad en que ocurrían los traumas sexuales, solucionaba el problema de la elección de neurosis. Pero Freud no tardó en advertir su error, y «Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis» (1905) es una muestra de ello. Lo interesante será que a partir de este error descubre los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Es necesario, entonces, puntuar este recorrido para entender por qué la misma afirmación reaparecerá en 1925, cuando supuestamente había abandonado la teoría que la sustentaba. El desacierto estaba en haber considerado como recuerdos reales lo que en verdad eran fantasías. Así descubre una nueva fuente, las fantasías de deseo inconsciente, que pueden obrar con toda la fuerza de las vivencias reales y aún más (si la realidad no las ha concedido, la fantasía compensará esa falta). De este modo llega a postular las fantasías primordiales como patrimonio indispensable de la neurosis. De todas maneras, si bien les otorga una importancia capital, nunca perdió la esperanza de encontrar por detrás trozos de una realidad perdida, restos de lo visto y particularmente de lo oído, que hicieran de soporte a la fantasía. (Pág. 157) En lo sucesivo el síntoma se anudará a una fantasía y no a una vivencia efectivamente real, mostrando que la realidad psíquica es la decisiva para el mundo de las neurosis. Pero Freud avanza un paso más y se pregunta de dónde viene la necesidad de crear tales fantasías, a lo cual responde categóricamente: «no cabe duda de que su fuente está en las pulsiones». De la mano de la fantasía de seducción se encuentra con el complejo de Edipo, al que considera un suceso universal de la niñez temprana y, como tal, el genuino núcleo de la neurosis. Así sale a la luz la sexualidad infantil, tan profundamente olvid ada y negada. Tres ensayos de teoría sexual (1905) no será más que el intento por describir la constitución sexual a partir de la pulsión sexual misma y de las diversas fuentes orgánicas que contribuyen a originarla. A decir verdad, Freud no abandona su teoría basada exclusivamente en el acontecimiento sexual realmente vivido, sino que la completa produciendo un nuevo ordenamiento de sus elementos. Habrá, pues, ocasiones externas que pasan a ser contingentes, aunque de importancia grande y duradera. Allí s itúa la influencia de seducción, que trata prematuramente al niño como objeto sexual, y causas internas dadas por la dinámica de las mociones pulsionales. En conformidad con dichas causas vemos que lo traumático ensancha su horizonte. Por un lado, toma como paradigma del trauma infantil la introducción en la sexualidad por parte de un otro, tal es el texto de la fantasía de seducción pasiva. Por otro lado, y más precisamente en Inhibición, síntoma y angustia, ubica lo traumático bajo otras coordenadas: se trata del desvalimiento psíquico frente a la magnitud, la fuerza de la pulsión, en la que el yo no puede sino padecer dicho vasallaje. Plantea de manera conclusiva que el trauma no puede vivirse sino pasivamente y, más aún, que esto hace a su definición. La situación traumática es necesariamente una situación de desvalimiento.

]».

Por lo tanto, la vivencia displacentera primaria, vale d ecir

Podríamos concluir que pasa del acontecimiento a la fantasía, de la vivencia a la pulsión, del tiempo cronológico al tiempo lógico, de la organización pregenital de la libido, de los traumas

sexuales infantiles al infantilismo de la sexualidad. Es decir, la sexualidad sigue siendo traumática por definición, aunque ya no en un sentido realista. (Pág. 158) El cuadro que así se completa en relación con la etiología de las neurosis se mant iene hasta el

final, casi sin modificaciones. En Esquema del psicoanálisis (1938)

interminable» (1937) la neurosis será el resultado de la conjugación de dos factores: el constitucional, en la fuerza indomeñable de lo pulsional, y el accidental, en la contingencia del encuentro con lo traumático. Manejar ambas exigencias es una tarea que no puede más que fracasar; el yo endeble e infantil recurre entonces a la represión como recurso. Llama a este último factor alteración del yo en la lucha defensiva, a la vez que nos advierte que suponer un yo robusto y normal que esté a la altura de las circunstancias es una ficción ideal. Pulsiones hiperintensas y alteración perjudicial del yo encierran el máximo pesimismo freudiano, son los determinantes desfavorables que hacen que el análisis pueda naufragar en lo interminable. Podríamos decir que en el acto mismo de esclarecer las causas de la neurosis cierne los puntos de detención en la cura. Antes de concluir con la primera parte y después d el recorrido hecho, me parece necesario volver una vez más sobre la afirmación para despejar su verdadero alcance. A mi entender, la histeria no sería una gran neurosis con sus distintas formas: neurosis de angustia, obsesiva y conversiva. Freud lo indicab a explícitamente en «La herencia y la etiología de las neurosis» (1896): no se trata de histeria con obsesiones sino de neurosis obsesiva con síntomas histéricos. Tampoco se trata de neurosis mixtas, un poco de histeria y otro poco de obsesión. No obstante, Freud utiliza dicho concepto cuando intervienen síntomas de las neurosis actuales y de las psiconeurosis. Solo en este caso se justificaría el término neurosis mixta, que implica reunión de neurosis de distinta expresión. Quiero decir que dicha afirmación no desdibuja en absoluto los límites precisos que existen entre histeria y neurosis obsesiva: justamente en Inhibición, síntoma y angustia Freud plantea el mayor parentesco entre ambas por compartir la misma etiología, pero su diferencia más radical en el mecanismo psíquico en juego. Distinguiendo entre defensa y represión, reserva esta última para la histeria, donde se produce un verdadero esfuerzo de desalojo; prueba de ello es la amnesia y el síntoma conversivo como satisfacción sustitutivo, donde el yo nada tiene que ver en la formación de síntoma, posición de belle indifférence tan característica de la histeria. Para la neurosis obsesiva encuentra variantes de la represión en la regresión libidinal, la formación reactiva, el aislamiento y la anulación, responsables directos del síntoma obsesivo por excelencia, la duda; en síntesis, el pensamiento todo ha sido libidinizado. El yo y el superyó están en la escena misma de la formación del síntoma y más tarde o más temprano sacarán ventaja de esta situación. Mientras en la histeria «el síntoma afirma su existencia fuera de la organización yoica y con independencia de ella», en la neurosis obsesiva el síntoma se fusiona cada vez más con el yo y hasta se convierte en indispensable para este. En medio de la diferenciación tan acabada que señala entre histeria y neurosis obsesiva reaparece la vieja afirmación, que muestra que a pesar de que mediaron treinta años entre una y otra enunciación y que toda la teoría tuvo lugar en ese intervalo, Freud sigue sostenie ndo que hay un trasfondo, un estrato inferior; en definitiva, que el fundamento último de la neurosis es histérico. Así nos abre un camino nuevo; ya no se trata de una única neurosis ni de neurosis mixtas, sino de concebir la neurosis obsesiva como una variedad de la histeria, un dialecto, lo que no le impide tener sus propias leyes.

y «Análisis terminable e

II. CONSECUENCIAS CLÍNICAS (Pág. 160)

Podríamos repetir que el psicoanálisis fue hecho por y para la histeria, pero en un primer tiempo signado por el optimismo Freud daba una considerable importancia al adoctrinamiento, a la aptitud del paciente en cuanto a la inteligencia. Sin embargo, cuando se refiere a la histeria lo hace en términos de opacidad por contener ese enigmático salto de lo anímico a lo corporal, lo que en definitiva nunca se esclareció para Freud. En estos primeros tiempos, por el contrario, utiliza la palabra transparencia para referirse a la neurosis obsesiva, por estar más «emparentada con la expresión de nuestro pensar conscientes. Con el paso del tiempo y de la clínica se vuelve más pesimista; ya no considera que inteligencia, claridad y razón intervengan en el camino de la cura de manera decisiva, por lo cual la histeria sigue siendo opaca en la intelección del mecanismo del síntoma conversivo, pero tan absolutamente permeable al psicoanálisis como el primer día. En cambio, la neurosis obsesiva sigue transparente para la intelección de sus mecanismos, pero un hueso duro de roer para el tratamiento analítico.

En «Nuevos caminos

»

(1918) Freud nos advierte sobre la necesidad de ajustar la técnica para

el caso de las fobias y sobre todo para la neurosis obsesiva: «estos tienden en general a un proceso de curación asintótico, a un tratamiento interminable, y su análisis corre siempre el peligro de sacar a luz demasiado y no cambiar nada». La única que no necesita ningún ajuste sigue siendo la histeria. Encontramos un planteo similar en la Conferencia 19 «Resistencia y represión» (1916/17).

Si unimos estas cuestiones que ya Freud venía planteándose con el peso de la afirmación que no quedó solo en el decir, encontraremos sus aplicaciones en la clínica. Voy a tomar el caso del Hombre de los Lobos y dejaré deliberadamente a un lado el problema del diagnóstico. El espíritu de mi trabajo es buscar la lógica del pensamiento freudiano en la cuestión que nos ocupa; por lo tanto partiré de lo que fue para Freud: un tratamiento analítico de un neurótico obsesivo. Habían transcurrido cuatro años de análisis -que para los tiempos que manejaba Freud sería una eternidad-, pero hasta entonces nada pasaba, «atrincherado tras una respetuosa indiferencia» transcurría su análisis y, por qué no, su vida hasta que el analista decide aprovechar el síntoma intestinal, que por otra parte había estado desde siempre guardado en un cajón. Vemos que apela a la afirmación que venimos indagando, esta vez hecha carne en la clínica, cuando sostiene que la perturbación intestinal «representaba el pequeño fragmento de histeria que regularmente se encuentra en el fondo de una neurosis obsesiva». El fenómeno de conversión estaba presente en tanto la homosexualidad inconsciente, reprimida, se había replegado al intestino, el que de ahí en más se comportó como un «órgano histéricamente afectado». Le profirió la promesa de c uración produciendo un cambio de la incredulidad a la creencia , es decir, por primera vez el Hombre de los Lobos tenía que decidirse a creer o no en Freud. Pero este pasaje se consumó en un terreno muy peculiar, la duda se disipó, halló su fin «cuando el intestino empezó a responder al trabajo, a intervenir en la conversación». A partir de ese momento el intestino recobró su función normal; así Freud pudo decir que tuvo en sus manos el arma más poderosa para la finalización de la cura. {Pág. 161} No se trata aquí de inclinar la balanza hacia las bondades de la histeria para con el análisis; en verdad no quita ni ahorra las tempestades por venir, solo posibilita una entrada. No sin perder de vista que fue la intervención de Freud la que rescató para el anális is el síntoma histérico del síntoma intestinal. En este historial la afirmación que podría haber sido solo una elucubración teórica toma su papel decisivo en la clínica; es decir, el historial del Hombre de los Lobos no es solo un ejemplo de localización de un síntoma histérico en una neurosis obsesiva, sino que avanza un poco más y opera con esto. Para concluir, es necesario agregar que en adelante Freud no hace de esta maniobra una regla técnica, sino que se inscribe como la particularidad del caso la c ual podría anunciarse de la

siguiente manera: entró en el reino de la neurosis obsesiva por la puerta del síntoma histérico, único camino por el cual pudo burlar la celosa guardia.

BIBLIOGRAFÍA (Pág. 162)

Freud, Sigmund (1896), «Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa», en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1978-1985, t. III. -(1896), «La etiología de la histeria», O. C., t. III. -(1896), «Manuscrito K», en Los orígenes del psicoanálisis, O. C., t. I. -(1896), «La herencia y la etiología de las neurosis», O. C., t. III. -(1896), «Correspondencia con Fliess», carta 52, en Los orígenes del psicoanálisis, O. C., t. I. -(1905), Tres ensayos de teoría sexual, O. C., t. VII. -(1916-17), «Conferencia 19a "Resistencia y represión», en Conferencias de introducción al psicoanálisis, O. C., t. XVI. -(1916-17), «Conferencia 23a 'Los caminos de la formación de síntomas», en Conferencias de introducción al psicoanálisis, O. C., t. XVI. -(1918), «Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica», O. C., t. XVII. -(1918), «De la historia de una neurosis infantil» [El hombre de los lobos], O. C., t. XVII. -(1937), «Análisis terminable e interminable», O. C., t. XXIII. -(1938-40), Esquema del psicoanálisis, O. C., t. XXIII.

*** Jacques-Alain Miller. -Damos lugar al comentario de Juan Carlos Indart sobre Inhibición, síntoma y angustia.

Juan Carlos Indart. -Lo que haré será ir ordenando la exposición a partir de un esquema sobre estos textos de Freud:

1) RH (represión histérica) 2) DO (defensa obsesiva)

La llave indica una manera de agrupar un problema. Lo escrito con un «uno» indica una anterioridad lógica de la represión histérica. En un momento «dos», la defensa obsesiva, y el vector sirve para señalar que la obsesión, según Freud, debe ser deducida de los hechos fundamentales, estructurales, de la histeria. Esto se correspondería bien con la frase: la obsesión, dialecto de la histeria. Y otra llave, otro Freud, donde ahora pondría a y b (ya no 1 y 2), porque podría romperse esta implicación dando a cada cosa su plena autonomía, a la represión histérica y a la defensa obsesiva. Un signo de desigualdad indicaría el esfuerzo máximo por llegar a la articulación de estos síntomas con la estructura de una manera diferencial y autónoma.

1) RH

=/=

2) DO

Sin embargo, me parece importante para la discusión considerar que en Freud no hay solo este problema. Se trata de un problema doble, porque cuando él reflexiona de esta manera la cuestión,

su concepto crucial de articulación co n la estructura, es el término represión, que pongo ahora sin ningún subíndice. (Pág. 163)

represión

1) RH

2) DO

Y cuando piensa que podría haber una distinción, debido a la diferencia estructural de la histeria

y la obsesión, invierto esto colocando defensa.

defensa

1) RH

=/=

2) DO

Una vez más, retomando el término defensa, la represión quedaría ahora como una de sus especies. Y sabemos, por ejemplo, el apoyo fundamental que tuvo Melanie Klein en este viraje para resituar todos esos impulsos sádicos tan frecuentes en la obsesión como mecanismos más primitivos de la represión, dando así lugar a una orientación de la cura que evoca cierta obsesión educativa. Parece claro que Lacan insistió desde el principio hasta el final con la represión como la noción fundamental que ligaría, para empezar, los tipos clínicos con el problema de la estructura, cosa que no desarrolló con la noción de defensa. M inq uietud fue sobre todo tratar de desplegar el problema de esta manera, aunque haya constantemente algo en juego acerca de la diferencia última

y crucial de histeria y obsesión. Tomaré lo que nos enseñó hoy Jacques -Alain Miller para emplearlo y probar si es tos fragmentos son un S1, los que representan esta problemática. Sincrónicamente me dejé atravesar por todos los S2 que utilicé en mi formación como analista, como analizante, en las supervisiones, en las discusiones clínicas, leyendo el volumen sobre histeria y obsesión, discutiendo todos y cada uno de los distintos segundos significantes que podrían darnos la clave respecto de estos fragmentos enigmáticos. (Pág. 164)

S1

S2

S2

Todos resultaron insuficientes, y llegué de modo muy despojado a los últimos dos S2 que me quedan, sin los cuales no alcanzo a entender definitivamente el enigma de estos fragmentos. De manera que pondré dos S2 y dejaré el tema para una intervención posterior.

S1

S2: R/S

S2: conciencia

El primer S2 es el matema de la no relación sexual. Sin inyectar esta noción de Lacan en

Inhibición, síntoma y angustia me parece difícil esclarecer la cuestión. Observarán que el primer párrafo responde a las mismas exigencias libidinales del Edipo, que en mi opinión no son hacerse chupar, hacerse cagar, hacerse ver, hacerse oír. La exigencia libidinal del Edipo es la de una relación genital, lo que aclararía muchos párrafos que intentaré citar después, si dispongo de tiempo, para ir a la noción clave, para despejar cierta cuestión en la histeria. El segundo S2 es conciencia. Sin una teoría de la conciencia, inyectada también por Lacan ya desde «El seminario 10» y El seminario 11, me parece difícil esclarecer todos los aportes extraordinarios de Freud obtenidos de la clínica, como las características del tipo clínico neurosis

obsesiva -aunque esto se presente bajo la forma de la facilidad con que en la obses ión aparece una satisfacción yoica, narcisista, en relación con los síntomas -.

Mónica Torres. -Me pregunté por qué trabajar el texto Inhibición, síntoma y angustia para indagar las cuestiones de la histeria y la neurosis obsesiva. Me parece que puede ser importante porque allí se define de otra manera la cuestión del síntoma, ya que también podemos dividir la enseñanza de Freud en dos partes: una primera parte que tiene que ver con el trauma como real, una segunda donde el énfasis está en la fantasía, que a su vez se dividiría en dos: los ensueños diurnos

del lado de la conciencia y las protofantasías. De todos modos, creo que lo interesante aquí es que está planteada una relación del síntoma con la pulsión que es completamente distinta de la del Freud anterior (y esto a partir de Más alta del principio de placer y de El yo y el ello) justamente, me parece importante que si se trata de señalar alguna diferencia o igualdad entre histeria y neurosis obsesiva, sea por el lado de una nueva definición de los modos de goce, de acuerdo con la manera en que Freud puede decirlo en ese tiempo, es decir, respecto de la pulsión. Aquí Freud establece que el síntoma siempre se satisface. No era el problema que se le presentaba antes, que era un conflicto entre la pulsión y una parte del yo que quería impedir que esta pulsión encontrara satisfacción. El descubre que siempre hay satisfacción, hasta en la misma cura (por eso habla del peligro del curarse), y se enfrenta al interrogante de qué hacer con esto. En este sentido pienso que este texto no está centrado en el complejo de Edipo, sino en el complejo de castración, porque es posterior a «La organización genital infantil», donde prevalece en la teoría freudiana la castración. Entonces, creo que habla claramente del complejo de castración, central aquí, y no del complejo de Edipo. Por lo tanto, definirá de un modo distinto el caso Juanito e incluso el del Hombre de los Lobos.

agrupa por un lado

pulsión y transferencia y, por el otro, inconsciente y repetición. Sin embargo, la compulsión de repetición freudiana -como indica el nombre compulsión-, que es uno de los referentes para Más allá del principio de placer, no tiene que ver con esta agrupación. Queda más bien situada del lado de la pulsión y la transferencia, y no del inconsciente y la repetición significante. Me parece que esto está en Freud desde Más allá del principio de placer, en El yo y el ello, de manera marcada, y en este texto, Inhibición, síntoma y angustia. Entonces considero que aquí el trauma no se relaciona con un accidente de la realidad sino con lo real (como uno puede pensarlo desde Lacan, es decir, con los modos de goce, la pulsión). En esta línea sería un tercer momento en la enseñanza de Freud, y por eso es importante la elección de este texto para mostrar este goce del sentido ajeno al significante. (Pág. 166)

También quisiera señalar que Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales

Gabriel Lombardi. -Quería formular una pregunta a Cristina Nocera, quien, al igual que Marina Recalde, es una participante de la Sección Clínica de Buenos Aires y ha hecho una muy buena exposición. Freud acentúa su desacuerdo con una teoría de las neurosis mixtas. Lacan también sostiene esto. Por otro lado, explicaste cómo en Freud hay una idea de que la neuro sis obsesiva es un dialecto de la histeria. Podemos preguntarnos cómo compaginar entonces una cosa con otra. No es neurosis mixta, pero al mismo tiempo la neurosis obsesiva es un dialecto de la histeria. Hay allí una contradicción parcial que vale la pena desarrollar.

Cristina Nocera. -En realidad, en el texto de Freud se encuentra explicitado que no se trata de una única neurosis, una histeria con diferentes formas, sino de una neurosis distinta de la histeria, aunque contenga en su interior un estrato de síntomas histéricos. Intenté situar que esto se relaciona con ese hallazgo freudiano del displacer primario para toda neurosis. Después, cuando se refiere a la histeria como tipo clínico, dirá que esto es la histeria. Además, me parece que él aísla algo en

esta cuestión del displacer primario que podría pensarse como la inscripción o la marca del trauma sexual, cosa que se daría para toda neurosis. En adelante describirá en la histeria esta vivencia displacentera primaria y ubicará para la neurosis obsesiva una estrategia ante la pasividad.

Éric Laurent. -Inhibición, síntoma y angustia, como señaló Mónica Torres, es un texto de sumo interés porque plantea un montón de problemas. Es un último desarrollo de Freud antes de una nueva reconcepción de su experiencia; y hay muchísimas maneras de poner esto de relieve. Lo que propuso Juan Carlos Indart es muy útil, ya que es la manera de concebir la complejidad existente entre la especificidad de la represión histérica y la defensa obsesiva. Cristina Nocera señala la dificultada de concebir cómo se articulan exactamente estas dos vertientes de la neurosis, y Lombardi lo subraya. Me parece que hay una brújula que Freud nunca pierde en su obra desde las cartas a Fliess, cuando sostiene que en la histeria hay un meno s de goce, y en la obsesión un plus; o que la experiencia de placer desborda en el obsesivo y que, por el contrario, en la histeria hay un menos, siempre una insatisfacción. Como es algo que Freud reformula de múltiples maneras, conservaré lo que nos prop uso Juan Carlos Indart introduciendo como S2 las referencias entre el más (+) y el menos (-); para observar que la represión histérica podría dirigirse entonces a este menos y la defensa obsesiva se situaría frente al más como plus. Y una manera de reordenar los problemas de dialecto o lengua fundamental entre las dos neurosis es indagar si el texto está centrado en el problema del trauma como fundamental, incluso de la irrupción traumática, de la angustia, antes de la represión paterna. Podemos observar cómo el concepto de Lacan de plus de goce permite al mismo tiempo definir una relación con una experiencia de goce que en su formulación es al mismo tiempo un más y un menos. Supone una extracción fundamental, primera, que remite a la represión histérica, el menos en juego, y al mismo tiempo es un más que remite a la defensa contra la invasión de este plus de goce.

Juan Carlos Indart. -Estoy de acuerdo con el modo de lectura de Mónica Torres, pero en cuanto al comentario de los párrafos -ya que se habla de las exigencias libidinales del complejo de Edipo- siempre es válido seguir pensando qué quería decir Freud con este complejo. Si prestamos atención a lo que intenta extraer de las llamadas «zoofobias histéricas infantiles», al comparar el caso

Juanito con el del Hombre de los Lobos, la angustia originaria de castración le permite pensar que allí se sitúa la represión (por ejemplo, en el Hombre de los Lobos la idea de ser objeto sexual del padre supondría sacrificar sus genitales y producir una transmutación en mujer). Eso no implica para Freud una fantasía de homosexualidad en la que se podría conservar el falo y la castración fálica como menos phi (-φ). Se trata de situar el punto justo donde sobreviene esa angustia y que es la idea de imaginarse transformado en mujer por la relación con el padre. Y ahí surge un imposible. Si nos dirigimos a lo que él llama el Edipo positivo, veremos que las fantasías de ser devorado, pegado o cagado por el padre, fantasías sádico-anales, son ya para Freud taponamientos fantasmaticos de ese imposible, como Tiresias, de la transformación que advendría en ser mujer de ese padre. En el Edipo activo, en el que sitúa más a Juanito, cuando él se refiere a una moción pulsional que producirá angustia y sobre la que sobrevendrá la represión, ubica una corriente hipertierna hacia la madre. Y dado que lo presentó como cosa nueva, para reverse a sí mismo, en su

último texto «La escisión del yo

genital. Quiero decir con esto que s e dirige a la posible relación sexual y al Otro sexo. Y ahí también se articula toda la angustia anterior al padre, o primero atribuida al padre. (Pág. 168)

Vemos así que por los dos caminos Freud va circunscribiendo con esa clave el tema de la no relación sexual, que hay un problema en relación con la genitalidad, sobre lo cual después se ubicarán el objeto a y sus fantasmas. Quería destacar que sería una manera de leer aquí las

»,

imagina siempre una moción pulsional que hubiese sido

condiciones de un lenguaje fundamental histérico, aunque hay algo que complica esta lectura y es que el síntoma histérico debería articularse en el nivel del objeto a, de la pulsión, pero también de la no relación sexual como tal, que no es pulsión. Quiero además dejar planteada una cuestión respecto del otro S2, el de la conciencia. No se habló mucho de la formulación de una pulsión en el sentido de hacerse matar. En este sentido, la pulsión de muerte pura nos queda siempre desarticulada de la lista de las pulsiones que conocemos desde Lacan. Considero importante la articulación de ese tema con la conciencia como tal. Como se ve en el acto de Empédocles, que es el extremo máximo de la conciencia cuando trata la alienación, en el que Lacan nota de algún modo esa asunción de un morir-matar, un hacerse matar, que resulta un punto importante en cuanto a aquello de lo que se defiende y evoca todo el tiempo la neurosis obsesiva. Estamos entonces frente a un problema: nos falta una pulsión mejor estudiada para ir más allá de todas las pulsiones sádico-anales, orales, etcétera, del obsesivo para ver de qué se defiende en su angustia. Y sería preciso incluir la noción de no relación sexual para terminar de articular bien la especificidad de la histeria como lengua fundamental o incluso como discurso histérico. Creo que en El seminario 17 Lacan dejó alguna huella indicando que, si ubicamos en el discurso histérico el objeto a en el lugar de la verdad, es para poder entrar en discurso, pero no agota