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FASOC Vol. VIII, No. 2

LAS FUERZAS ARMADAS Y EL DEBILITAMIENTO DE LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA i

Felipe Agüero

Departamento de Ciencia Política Universidad de Ohio

El malogrado intento de golpe de estado del 4 de febrero de 1992 reflejó un descontento generalizado en la población y sectores del Ejército. El descontento acusaba tanto los efectos de la situación económica como una crítica a las políticas y conductas de sectores dirigentes en los partidos, el gobierno y otras instituciones del estado. Pese a que esta situación venía anticipada por las violentas manifestaciones de descontento popular que se habían desatado ya en febrero de 1989, y por los reiterados anuncios sobre la existencia de grupos militares confabulados, el intento de golpe resultó ser, con todo, una sorpresa. Varias décadas de inequívoca subordinación militar y de afianzamiento de la identificación democrática de los miembros de la institución militar habían acostumbrado a los sectores dirigentes a no prestar oído a las amenazas de una acción violenta desde las fuerzas armadas en contra del régimen establecido. En verdad, desde los levantamientos de signo izquierdista que se produjeron en la Armada hacia fines del gobierno de Betancourt, y hasta el intento de febrero de 1992 (conocido como el 4-F), no se había materializado en Venezuela ninguna conspiración militar en contra del gobierno constitucional.

El movimiento de febrero, que emergió desde el ejército, fue derrotado en buena parte porque la mayoría del mismo ejército y de todas las fuerzas armadas se puso a disposición de los altos mandos, quienes junto al gobierno organizaron resueltamente la represión del intento conspirativo. Cuando, en los días que siguieron a la asonada, hubo manifestaciones populares, ellas más bien demostraron abierta simpatía con los alzados. Si el régimen democrático sobrevivió el trance, fue por la acción resuelta de la jefatura

militar. Algo semejante ocurrió durante el nuevo intento del 27 de noviembre del mismo año, avivado por los mismos golpistas del 4-F.

La secuela de noviembre demostró que la crisis en las fuerzas armadas no había concluido. Por el contrario, durante los meses que siguieron al frustrado intento de febrero, numerosos sectores del estamento militar se sintieron alentados a expresar abiertamente una serie de quejas, dando la impresión de un considerable apoyo a algunos de los contenidos del movimiento 4-F. Quedó claro que este movimiento presentó la ocasión para que se ventilara un descontento bastante más generalizado, incluso a veces semioficial, en las fuerzas armadas, como quedó de manifiesto en las numerosas expresiones públicas de altos jefes militares en servicio activo o que hasta poco antes ocuparan puestos de alta responsabilidad. ii La segunda rebelión, en noviembre del mismo año, igualmente mal ejecutada y, a diferencia de la primera, carente de apoyo popular visible, sin duda debilitó las posibilidades de que el descontento en las fuerzas armadas vuelva a expresarse en una nueva rebelión violenta. Pero es todavía apresurado afirmar, como lo ha hecho ya el presidente Pérez, que el fracaso de noviembre "cerró el ciclo de golpes en Venezuela de manera definitiva". iii

Los violentos episodios de 1992 revelaron que, tras la apariencia de subordinación y respeto al orden constitucional que se había desarrollado gra- dualmente en las décadas anteriores, había ido gestándose una rebeldía latente en amplios sectores de las fuerzas armadas. El fracaso de las rebeliones no zanjó del todo las condiciones que les dieron origen, y no permite por sí mismo despejar las incertidumbres que se ciernen sobre el futuro de la democracia en Venezuela. Desde luego, el apego de las fuerzas armadas al orden democrático constitucional ya no puede darse más por descontado, al menos mientras no se restablezcan las condiciones de legitimidad y liderazgo de las instituciones y élites políticas. Los problemas que enfrenta la democracia en Venezuela y el papel que en ellos juegan las fuerzas armadas seguramente harán más fácil incorporarla de un modo más sistemático a los esfuerzos de análisis comparado

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en América Latina, esfuerzos de los que ha permane- cido más bien marginada en las últimas décadas. iv

Felipe Agüero

de las instituciones políticas civiles contempladas en la

Constitución de 1961. vii

Para entender la irrupción de las fuerzas

Las fuerzas armadas, continuando un proceso

armadas venezolanas a una situación de mayor

de

desarrollo iniciado antes, experimentaron desde los

protagonismo, rompiendo con el sometimiento a una democracia que parecía consolidada, proponemos situar su estudio en un marco de categorías generales obtenidas de la literatura comparada sobre militares en América Latina. En este sentido, desarrollaremos nuestro análisis abordando cuatro dimensiones que nos

inicios de la democracia un gradual pero persistente progreso orgánico y profesional. Este desarrollo se expresó en el mejoramiento de su equipamiento, en su expansión organizativa, en el desarrollo de nuevas y mejores instancias educacionales y de formación técnico-profesional, en la expansión de su presencia

parecen especialmente relevantes y que, en conjunto, facilitan la comprensión de este fenómeno: 1) la relación instituciones militares-instituciones civiles; 2)

estatal selectiva a través de la burocracia pública y las nuevas posibilidades que le otorgaron la legislación sobre seguridad nacional en los años setenta. viii Hacia

la configuración de las relaciones entre las élites

la

década del ochenta, las fuerzas armadas venezolanas

políticas; 3) la confrontación con el descontento popular, y 4) los intereses específicos de las fuerzas armadas como institución. Al final, luego de extraídas algunas conclusiones de este ejercicio preliminar, presentaremos algunos de los desafíos principales que las relaciones civil-militares enfrentarán en el futuro.

eran ya un formidable complejo organizativo, preparado tanto para las misiones de soberanía territorial acordes con las amenazas percibidas en el entorno vecinal y caribeño, como para una no despreciable participación en áreas del desarrollo nacional. ix

El equilibrio entre instituciones civiles y militares

Al mismo tiempo, sin embargo, quizá lo más

Más que el balance entre instituciones de uno

Una buena parte de los estudios sobre la intervención política de los militares ha enfatizado la relación de fuerzas entre las instituciones civiles y militares. En términos simples, se ha sostenido que uno de los principales factores explicativos de las intervenciones militares es el desequilibrio en la relativa fortaleza de ambos tipos de instituciones. Allí donde unas instituciones políticas civiles débiles y poco desarrolladas se enfrentan a unas instituciones militares orgánicamente avanzadas, nacionalmente emplazadas y técnicamente bien dotadas, las probabi- lidades de intervención política de los militares será mayor. v

característico del proceso político venezolano de las últimas tres décadas haya sido la expansión de las instituciones estatales civiles, la proliferación de asociaciones de representación sectorial y, por sobre todo, el fortalecimiento del sistema de partidos compuesto por partidos de reclutamiento masivo, disciplinados y que han penetrado todos los insterticios de la vida política y social del país. x Coexisten en Venezuela, entonces, instituciones políticas y sociales de enorme fortaleza, con unas instituciones militares modernas, profesionales y con un claro perfil de intereses institucional-corporativos. La creciente crítica desde sectores militares a las instituciones políticas, acompañada de una inclinación implícita a la

Aparte de los problemas metodológicos y las implicaciones tautológicas involucradas en este tipo de proposiciones, vi ellas, en cualquier caso, no podrían dar cuenta de la situación de Venezuela. Aquí, el proceso

intervención, no puede, por lo tanto, explicarse a partir de una desfavorable ecuación en el peso relativo de instituciones políticas civiles e instituciones militares.

de afirmación del régimen democrático desde

u

otro carácter, el análisis debiera centrarse en el

comienzos de la década de los sesenta, contempla un

deterioro de las instituciones políticas, especialmente

proceso de desarrollo, modernización y

en

relación a la pérdida de legitimidad y de capacidad

profesionalización de las instituciones militares que es

de

resolución de conflictos y problemas. Este deterioro

simultáneo con el afianzamiento de los rasgos básicos

ha

sido señalado como uno de los principales factores

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del quiebre de la democracia en países como Argentina, Brasil y Chile. La incapacidad de las instituciones para mantener el orden, contener la violencia y la polarización, hasta el punto de parálisis de la función gubernativa, dio lugar en estos países al surgimiento de alternativas militares sustentadas en unas fuerzas armadas autopostuladas como expresión institucional del interés nacional. xi

El deterioro institucional en Venezuela es claramente perceptible en el curso de la última década, aunque no alcance el punto de parálisis institucional. Entre estudiosos y observadores ha venido desarrollándose una suerte de consenso acerca de los elementos principales que caracterizan y explican este deterioro. La extrema partidización del sistema político, se sostiene, impone trabas a la participación y conforma un núcleo restringido de dirigentes donde se toman las principales decisiones que cruzan la sociedad y el estado. Este régimen centralizado cubre al núcleo central con un velo de impunidad, y los episodios de corrupción que se han multiplicado en el último tiempo raramente culminan en una determinación de responsabilidades y asignación de castigos, involucrando manifiestamente un cada vez más desprestigiado poder judicial. El fin del ciclo de auge y caída de los espectaculares ingresos petroleros, el deterioro del nivel de vida y el aumento de las desigualdades sociales que se ha hecho manifiesto también durante la última década, ha coincidido con la pérdida de legitimidad de las élites políticas. El público se muestra entonces renuente a cooperar con las demandas de sacrificio que, en el marco de las políticas de ajuste estructural, vienen exigidas desde arriba. Expresión de este deterioro han sido también la disminución de la participación electoral, tal como se ha observado en las elecciones regionales, y el surgimiento de movimientos sociales alternativos, ajenos al control de las instituciones partidarias tradicionales. xii

Los violentos desórdenes públicos registrados el 27 de febrero de 1989 y el sentimiento popular respecto del intento de golpe de estado del 4 de febrero de 1992, fueron expresión del distanciamiento creciente entre los detentadores del poder y la pobla- ción. xiii El mismo estado de ánimo y situación de

deterioro institucional continuó luego del fracasado intento del 4-F, alentando la deliberación militar y la crítica desde los cuarteles, pese a los intentos del alto

mando por recomponer la unidad y cohesión institu- cionales. xiv El rol constitucional de las fuerzas armadas

estabilidad de las instituciones

democráticas", esgrimido frecuentemente durante este período, se contrastaba peligrosamente con la incapa- cidad de las élites políticas para dotar de legitimidad a esas instituciones.

de

"asegurar

la

En suma, el mayor protagonismo político asumido por las fuerzas armadas no debe verse como el resultado de un desequilibrio entre instituciones civiles y militares, sino como el efecto en estas últimas del deterioro de las instituciones políticas. Mientras no se observe un liderazgo capaz de señalar un claro itinerario de cambios que empiece a restablecer credibilidad en las élites e instituciones políticas, el efecto pernicioso del deterioro institucional en las fuerzas armadas seguirá siendo una fuente de amena- zas. Como veremos más adelante, la reacción militar no es solamente el reflejo del deterioro de las institu- ciones civiles, sino que expresa también una crisis institucional específica de las fuerzas armadas, lo que sin duda hace todavía más complejo el problema.

El nivel de unidad de las élites

Unas élites unidas en el rechazo a la utiliza- ción de las fuerzas armadas como vía de acceso al poder, sin duda hacen disminuir las posibilidades de éxito de un complot militar. Así lo demostró, por ejemplo, el fracaso de intentos golpistas en Argentina y España en el último tiempo. Es cierto que en Argentina los levantamientos que tuvieron lugar durante el gobierno de Raúl Alfonsín lograron extraer significativas concesiones respecto al modo de tratar casos de derechos humanos, debido a la cohesión militar tras esos objetivos. Sin embargo, los objetivos militares no consideraron la toma del poder, en buena parte debido a la condena de los intentos militares de parte de todos los sectores civiles, incluidos quienes en el pasado habían tenido simpatías hacia los militares. En España, el intento del 23 de febrero de 1981, cuando se secuestró a todo el gabinete y el parlamento en la sede del congreso, ningún sector político civil se

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restó a la condena del golpe, ni aun quienes se habían estado identificando con el Franquismo hasta el final del régimen. En estos casos la unidad de las élites civiles por lo menos en relación a este aspecto fue decisiva. xv Estos intentos de interrumpir procesos recientes de democratización encontraron unas élites que, como en Argentina, venían reponiéndose de experiencias amargas con la dictadura militar o que, como en España, se sentían suficientemente atraídas por las promesas de diverso orden contenidas en la democratización. Pero, por la cercanía temporal que

El 4-F, en cambio, debe compararse con

El movimiento militar de febrero de 1992 en Venezuela tuvo, en cambio, un carácter exclusiva- mente militar, y no fue producido ni alentado por un proceso de resquebrajamiento significativo en la unidad fundamental de las élites políticas. El intento de golpe de estado no contó con el apoyo de sectores civiles organizados y fue luego condenado de manera casi unánime por el arco político con representación en el congreso, aun cuando figuras políticas importantes se negaran a unir la condena al golpe con el apoyo irrestricto al gobierno. xviii

estos ejemplos guardan con sus respectivas transiciones desde el autoritarismo, ellos son, en verdad, más comparables al éxito con que las élites venezolanas, recién salidas de la malograda experien- cia de la dictadura de Pérez Jiménez, sortearon los primeros intentos de rebelión en el período de Rómulo Betancourt. xvi

intentos de desestabilización de la democracia ocurri- dos luego de períodos más largos de estabilidad, como los que llevaron al quiebre de la democracia en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay en los años sesenta

En Venezuela, la cooperación de las élites, forjada temprana y explícitamente en el pacto de Punto Fijo, sobrevivió por varias décadas, mantenida a veces como pacto tácito, tanto en sus aspectos positivos de colaboración como negativos de oligarquización. La gradual configuración de un sistema predominantemente bipartidista que estimula la competencia hacia el centro del espectro político también reforzó los elementos consensuales del pacto inicial. xix La unidad fundamental de las élites en torno al pacto fue capaz también de incorporar a las fuerza armadas a través de un persistente proceso de

y

setenta. En todos estos casos el quiebre de la

formación que inculcó el respeto a los procedimientos

democracia estuvo precedido de procesos de alta polarización. En Chile, quizá el caso más extremo, llegaron a configurarse dos campos enteramente opuestos y claramente delimitados en una polarización

de la democracia. Este proceso incluyó la lucha contra la guerrilla en la década del sesenta, que contribuyó a vincular en la mentalidad de los oficiales una misión militar específica de soberanía y defensa territorial con

que cruzaba las instituciones del estado y de la sociedad, y en el que uno de los campos -que incluía una coalición de partidos, la mayoría del congreso y el poder judicial- abiertamente solicitaba la intervención

la defensa de la democracia. Luego, la presencia de militares en múltiples centros de la burocracia pública unida a la influencia partidaria incidió en la integración por arriba de civiles y militares en los valores y

de

las fuerzas armadas. También en Uruguay, aunque

prácticas de la democracia, tal cual se ha dado en

de

un modo diferente, la intervención de las fuerzas

Venezuela, con todas sus virtudes y todos sus defectos.

armadas fue solicitada desde afuera y desde arriba, por el propio presidente, acusando altos grados de polarización. Argentina en el período que siguió a la muerte de Perón y Brasil durante los años del gobierno

Tales niveles de consenso fueron facilitados por la común experiencia que, bajo la dictadura de Pérez Jiménez, sufrieron los sectores que luego

de

Joao Goulart mostraban también situaciones de alta

asumieron la dirección del estado, y fueron luego

polarización entre las élites. En todos estos casos, de

reforzados por una postura común frente a los primeros

una u otra manera y con distinta intensidad, los levantamientos militares contaron con el apoyo de importantes segmentos de las élites, los que a menudo estimularon a los militares a intervenir. xvii

avatares de la democratización, así como por las oportunidades proporcionadas por la bonanza de los ingresos del petróleo. Hoy, sin embargo, y desde hace algunos años, las comunes experiencias del pasado están ya demasiado atrás, y la economía petrolera dejó de ser la fuente incesante de beneficios.

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Ya a comienzos de los años ochenta se advertía que, en vistas de una armonía ilusoria que empezaba a derrumbarse, "lo urgente [era] preparar al país para manejar adecuadamente los conflictos". xx Los conflictos se hicieron de súbito ostensibles en las manifestaciones de febrero de 1989, y reflejaron las potenciales consecuencias del ajuste estructural que comenzaba a aplicarse a la economía, y que desde antes se anunciaba como una crisis estructural de las estrategias de desarrollo vigentes. xxi La sorpresiva implantación de medidas radicales de reforma de la economía al comenzar la última administración de Carlos Andrés Pérez, puso sobre el tapete una serie de dilemas que venían acumulándose en el debate sobre las estrategias de desarrollo y las reformas políticas y administrativas que debían acompañarlas. Distintas modalidades de modernización y la oposición entre el impulso de políticas liberalizadoras y quienes critican la "dogmática neoliberal" ya cruzaban las élites en los partidos políticos y diversas organizaciones sectoriales. xxii Finalmente, esta brecha se hizo manifiesta en el grupo de militares rebeldes, y simpatizantes civiles, alzados en defensa de "las garantías sociales" aparte de otras muchas reivindicaciones. xxiii

No obstante, los levantamientos militares ocurridos en 1992 se estrellaron con el factor, inusual en América Latina, de unas élites que aun permanecían unidas en lo fundamental. Con excepción de sectores aislados en la izquierda, el resto de las élites, aun cuando no desprovistas de enormes tensiones y rivalidades, manifestaron su apoyo a la mantención del régimen existente. xxiv Una buena prueba de esto la dio la decisión de COPEI de no apoyar una propuesta hecha en el Senado de realizar un referendum sobre el acortamiento del período presidencial de Carlos Andrés Pérez, contribuyendo decisivamente a desalentar iniciativas desestabilizadoras. xxv La forma- ción del Consejo Consultivo a propuesta del gobierno, aun cuando de corta duración, y la iniciativa de sectores empresariales, aun cuando infructuosa, tendiente a revitalizar un"pacto nacional" entre el gobierno, los principales partidos y el sector privado, apuntaban en la misma dirección. xxvi Por las razones anotadas arriba, sin embargo, estos niveles de unidad serán probablemente sometidos a fuertes tensiones y se

pondrán a prueba a la hora de las decisiones principales sobre las reformas. xxvii

Los militares y la represión del descontento popular

La crisis económica derivada de la caída del producto y la política de ajuste estructural impulsada por el gobierno de Carlos Andrés Pérez afectó a los oficiales de las fuerzas armadas, tanto en servicio

activo como en retiro. xxviii Para ambos grupos el poder de compra sufrió un deterioro considerable, del mismo modo que para el resto de la población, y también bajaron su rendimiento los servicios habitacionales, de educación y previsión. xxix Una experiencia común con

el resto de la población del mismo nivel en esta materia

seguramente contribuyó a sensibilizar a la oficialidad frente al descontento popular con las políticas

económicas. xxx

Sin embargo, las fuerzas armadas fueron empleadas en la represión de desórdenes provocados por la misma crisis económica que las ha afectado a ellas. Una de las formas más directas de exponer las fuerzas armadas a la crisis económica es, aun más que el propio recorte de beneficios, su utilización en la represión del descontento popular. Los bolivarianos se quejaron de esto expresamente, y otros sectores resintieron la planificación operativa que se orientaba precisamente a la mantención del orden interno. xxxi Al parecer, así como el público resta autoridad para pedirles sacrificios a quienes percibe como beneficiarios de la corrupción, en las fuerzas armadas los oficiales también juzgan la legitimidad de quienes

los envían a reprimir. Se crea así una relación entre la utilización represiva de las fuerzas armadas y la crítica

a la falta de liderazgo de quienes son percibidos como

responsables de crear precisamente las condiciones que

hacen de la represión la única opción.

Existe evidencia, por ejemplo, de que el movimiento militar que tomó el poder en Perú en 1968 bajo el liderazgo del general Velasco Alvarado, surgió como reacción a la utilización represiva de las fuerzas armadas contra los levantamientos campesinos en la década del sesenta. En la confrontación con grupos internos en distintos lugares del país, los militares peruanos profundizaron su conocimiento de la realidad

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y comenzaron a criticar el modo como la oligarquía enfrentaba militarmente problemas que a juicio de los avezados oficiales sólo tenían solución mediante profundas transformaciones económicas y sociales que las élites no estaban dispuestas a fomentar. Es este un caso concreto en que el empleo en la represión alienta una reflexión crítica en las fuerzas armadas sobre los vacíos del liderazgo civil que las lleva a la guerra interna, reflexión que en última instancia conduce a concebir la toma del poder por la fuerza para impulsar

las transformaciones económicas y sociales. xxxii

También mucho antes, en Chile en la década

de los veinte, los oficiales del ejército se rebelaron contra la incapacidad de los sectores dirigentes para enfrentar adecuadamente la "cuestión social", incapa- cidad que llevaba a la utilización de las fuerzas armadas en la represión de movimientos huelguísticos

y manifestaciones urbanas. Contra esta utilización

juzgada errónea las fuerzas armadas tomaron el poder

en 1924 y promovieron sin vacilar la legislación social que yacía moribunda en el congreso. xxxiii

En el caso de Venezuela, las fuerzas armadas fueron forzadas, por una notable insuficiencia de la

policía, a desempeñar, en niveles inusuales, funciones

de represión interna. Quizá por esto mismo es que el

número de víctimas en la represión de los eventos de febrero de 1989 fue tan alto (las cifras sobre el número de muertos oscila entre 300 y 2.200). xxxiv Sectores presumiblemente amplios de la oficialidad joven, sensibilizados por los efectos generales de la crisis económica, resintieron su uso en la represión, sentimiento que contribuyó a reforzar la crítica a quienes han percibido como una oligarquía -enquistada en los partidos políticos, el poder judicial, y los grandes grupos empresariales- desentendida de los problemas de la población y entregada a turbios manejos de influencias y corrupción. Por ejemplo, entre las "ideas" que generaron el intento de golpe, según se citan en un documento del Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR), aparecen "la corrupción administrativa", "el hecho de utilizar a las Fuerzas Armadas para masacrar al Pueblo" y el hecho

de que el alto mando "se dedica a estar bien con [los

politiqueros]". xxxv

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Recogiendo el sentimiento de los oficiales en los meses siguientes al fracasado intento golpista, y reflejando el efecto en la corporación militar del descontento popular, un alto jefe militar se expresaba diciendo: "es necesario reconocer la influencia que tiene en el militar un ambiente de desinhibición y cuestionamiento surgido en la sociedad civil, y en

razón de lo cual éste ejerce presión sobre la institución,

". Y añadía, con

sometiéndola a una prueba de fuego

la siguiente advertencia: "Estos hechos y esas actuaciones han producido cambios sociológicos importantes en la institución, que no pueden pasar inadvertidos para los líderes militares y mucho menos ignorados por los que dirigen o pretenden liderizar la sociedad civil venezolana". xxxvi

La crítica militar específica

Los acápites anteriores pasaron revista a las influencias que sobre las fuerzas armadas han ejercido factores relativamente externos a la institución militar. Se mostró cómo estas influencias operan, por ejemplo, a través de la vinculación que se establece entre el deterioro de las instituciones políticas y la disminución del liderazgo sobre la institución militar. Se mostró asimismo la sensibilización de los oficiales al descontento popular y los efectos perniciosos del uso represivo y policial de las fuerzas armadas, que terminaron por cuestionar la legitimidad de quienes les ordenan reprimir. Se señaló, en fin, el carácter disuasivo que sobre una acción militar disruptiva tiene la cohesión de las élites. Todos estos elementos contribuyen a la comprensión, aunque parcial, tanto de los intentos de golpe ocurridos en 1992, como de su fracaso.

Sin embargo, si bien las fuerzas armadas pueden intervenir como respuesta a una situación de deterioro institucional prolongado o, de manera brumaireiana, frente a una polarización extrema de las élites políticas, o por la presión y convocatoria popular, la verdad es que, en el caso de fuerzas armadas modernas y profesionales, la intervención no se hace posible sino hasta tanto no se consideren amenazados los intereses centrales de la institución militar. Los factores recién mencionados pueden ser vistos como amenazas a la cohesión nacional y, por esa

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vía, a la seguridad, pero para que finalmente pueda aglutinarse el mayor número posible de oficiales en apoyo a una insurrección contra el gobierno, tienen que verse afectados los intereses corporativos y demandas específicamente militar-profesionales de la institución. Es la conjunción de una sensación de amenaza a estos intereses con un deterioro visible en las instituciones políticas y expresiones de descontento popular lo que hace posible la decisión de intervenir.

Esta mediación institucional-militar ha sido ya bien establecida en la literatura sobre militares y política en América Latina. El golpe militar de 1968 en Perú, por ejemplo, fue el resultado del repudio a la utilización de las fuerzas armadas en la represión campesina, por parte de oficiales que veían la seguri- dad nacional amenazada más por la pobreza y el subdesarrollo que por la violencia campesina. En Argentina, el ciclo de intervenciones militares en 1960

y 1970 obedeció en último análisis a la necesidad de

preservar la unidad y cohesión institucional. En Chile,

un análisis por parte de las cúpulas militares del desmedrado estado de equipamiento en relación a los

países vecinos, y de la incapacidad del gobierno de Salvador Allende de resolver ese problema en términos adecuados y duraderos, influyó de modo importante en

la conformación de la coalición militar que dio el golpe

en 1973. xxxvii

En Venezuela, la crítica al modo específico de organizar las relaciones entre las fuerzas armadas y

el gobierno venían anunciándose, y de manera cada

vez más enfática, desde hacía ya algún tiempo. Estas críticas apuntaban al sistema de organización central de la defensa heredado del período de la transición a la democracia, y a los mecanismos de control civil entonces impuestos, especialmente la alta y veloz rotación en los cargos superiores por la limitación de años de servicio. En segundo lugar se critica los efectos que la partidocracia y partidización han tenido sobre las fuerzas armadas, en particular, la violación de las normas de profesionalismo y autonomía interna.

Los planteamientos críticos han sido enfáticos y reiterativos. Por ejemplo, ya a comienzos de los años ochenta, el general Jacobo Yépez Daza criticaba la obsolescencia jurídica de las normas vigentes sobre la

estructura superior de la defensa y la vulneración del principio de la unidad de mando de las fuerzas armadas por el decreto 288 de junio de 1958, que eliminó el Estado Mayor General, reemplazándolo por el Estado Mayor Conjunto, un órgano asesor. El mismo decreto dotaba de autonomía a las comandancias generales de cada fuerza, radicando el vértice decisional en el presidente de la república, sin la poderosa mediación que otrora efectuara el Estado Mayor general. En sus planteamientos el general Yépez Daza se lamentaba que los políticos se ocupasen sólo del "síndrome de la dictadura militar" al imponer sus modelos de control, mientras que para los militares

"el principio de unidad de mando aplicado en toda su extensión unificaría 'el poder' en manos del Ministro de Defensa, a diferencia de la situación actual en la cual 'el poder' está repartido más o menos sutilmente, entre el Ministro de la Defensa y los cuatro comandantes de fuerza, en primera instancia, y entre estos y los jefes de inteligencia y de la Casa Militar". xxxviii

En

términos

bastante

similares

otro

alto

oficial se quejaba más tarde de que

"los partidos políticos no han podido dar una clara misión a sus Fuerzas Armadas, después del 73 en adelante; les ha costado interpretar la necesidad del Comando operacional de sus Fuerzas". xxxix

Otro foco de la crítica ha sido la disposición que limitó la carrera militar a un máximo de treinta años de servicio, luego ampliado a 33 años con la aprobación de la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas en 1983. Aun con el nuevo límite, se considera que impone una excesiva rotación en los cargos altos (siendo usual que no se mantengan por más de un año, incluido el cargo de ministro de defensa), restando continuidad a las políticas, e impidiendo la planificación coordinada de largo plazo. Esta medida, junto a la que eliminó el Estado Mayor General, cumplió el objetivo del primer gobierno democrático de impedir la formación de un liderazgo en las fuerzas armadas que contrapesan el poder del ejecutivo. El límite en los años de servicio produjo una alta competencia al interior de cada institución por las posiciones en la cúspide al mismo tiempo que la

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autonomía de cada fuerza alentó la competencia por

 

que

día

a día nos alejan de

recursos entre las distintas comandancias generales. Tal competencia ha conducido a altos niveles de autonomía y descoordinación, al punto que importan-

medidas como la adquisición de material bélico en

tes

organismos oficiales y nuestra razón de ser". xliii

Es por estas razones que buena parte de la crítica específicamente militar ha provenido especial-

el

extranjero pudo en un momento materializarse

mente de oficiales subalternos, por debajo del grado de

directamente por una comandancia general, en acuerdo con el presidente, sin el conocimiento del ministro de defensa. xl Los objetivos originales de debilitar la cohesión interinstitucional y la posibilidad de surgimiento de liderazgos internos se han cumplido, pero -se critica desde las fuerzas armadas- hoy resultan disfuncionales a la modernización y el desarrollo

coronel, donde los efectos distorsionadores no son plenamente acusados. Es desde aquí que pueden verse los efectos del peso del partidismo en la cúpula y las distorsiones que implica para el profesionalismo militar. Son estos oficiales, recién imbuidos en el mensaje profesionalizador de las academias, los que mejor perciben los riesgos individuales envueltos en

organizacional coherente de las fuerzas armadas. xli

las opciones que deben tomar para asegurar el éxito de

La supervivencia de mecanismos de control heredados del gobierno de Betancourt hasta el período

sus carreras, a sabiendas que no siempre serán los criterios de mérito o antigüedad los que prevalecerán.

más reciente de deterioro institucional reflejado especialmente en el peso de la partidización, inició una tendencia a la imbricación de las cúpulas militares en

las prácticas oligárquicas de la partidocracia. Ello

condujo a una mayor partidización de los ascensos, distorsionando el profesionalismo basado en el mérito

y generando subgrupos internos orientados a

tratamientos preferenciales en los ascensos y designa-

ciones. La utilización a veces casi prebendaria de ascensos por parte del ejecutivo llevó en ocasiones a

Las revueltas de febrero y noviembre de 1992 revelaron las grietas entre el alto mando y la oficialidad media e inferior. Ellas dejan ver unas posturas anti- élite en contra de lo que es percibido como un frente común entre la élite política y la élite militar, igualmente envueltas en las prácticas heredadas del "puntofijismo", y a la que se achacan los episodios de corrupción que han envuelto a ambas. xliv La reflexión posterior del alto mando se ha hecho cargo de la crítica

a la crisis de liderazgo de la llamada "dirigencia

distorsiones y fluctuaciones tales como la duplicación

nacional", que lo incluye, admitiendo, por ejemplo,

del

número de generales durante el período presiden-

que "todos los líderes tenemos responsabilidad por no

cial

de J. Lusinchi. xlii

haber percibido con claridad los mensajes de

El peso de la politización en los escalones superiores ha llevado también a distorsiones en el diseño y forma de expansión organizativa de la institución militar. Se ha criticado, por ejemplo, la

insatisfacción del colectivo", y que "las relaciones internas de las Fuerzas Armadas también, )por qué no decirlo? se han afirmado sobre las bases de jerarquías formales a las que no siempre han acompañado las jerarquías reales". xlv

configuración de diferentes áreas de carrera dentro del estamento militar, una propiamente militar y otra más administrativa, de gerencia, que crean instancias de clientelismo partidario, y en los que se abona un terreno propicio para la corrupción. Entre otros, el Movimiento Bolivariano Revolucionario, ha criticado

"a los Generales serviles a los politiqueros" por

emplear a las fuerzas armadas en

"la entrega de útiles escolares, becas alimentarias,

seguridad presidencial, campañas de vacunación, arborización, etc., tareas que deben cumplir otros

La crítica desde las fuerzas armadas se ha

focalizado en la forma de inclusión militar en el estado derivadas de las características del establecimiento de

la democracia a comienzos de los años sesenta. Es la

combinación de estos elementos de crítica con la crítica interna a la cúpula militar, sumada a la sensibilización frente al descontento popular y la reacción frente al deterioro de las instituciones políticas civiles lo que posibilitó el paso del descontento militar al intento de rebelión. Ninguno de

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estos elementos por sí solo habría conducido a tales intentos de subversión.

Notas finales

El fracaso del segundo intento conspirativo a fines de noviembre de 1992 hará seguramente más difícil la gestación de un nuevo golpe. Muchos de los rebeldes quedaron al descubierto o fueron detenidos mientras otros han terminado decepcionados por la falta de éxito y los altos riesgos que involucraría un nuevo intento. Pero, más importante que eso, varias de las reformas destinadas a resolver al menos en parte los problema que dieron origen a la crisis estaban ya en curso, y otras eran desempacadas y puestas en discusión. Algunas de las reformas tendientes a disminuir el poder de los núcleos partidistas centrales y a posibilitar una participación descentralizada habían sido llevadas a la práctica, como la elección de autoridades regionales, y otras, también en el campo electoral, eran ya inminentes. En verdad, la formación de la COPRE durante el gobierno de Lusinchi y sus macizas propuestas de reforma en diversas áreas institucionales ya indicaban la extendida conciencia del deterioro institucional y la necesidad del cambio. Estas propuestas, discutidas desde entonces en sucesivas instancias, albergan la posibilidad de despercudirse del deterioro y, activadas a raíz de los remezones conspirativos, de ofrecer un camino de salida.

También en el terreno militar la crisis dio lugar a que se revitalizaran propuestas que resolvieran los principales problemas acumulados. Ya antes se había mostrado alguna flexibilidad para aprobar algunas demandas como la restitución de la escuela básica de oficiales, y otras provenientes de lo que el general Yépez Daza llamaba el "realismo militar venezolano". Entre las nuevas propuestas algunas se refieren a reformas en la Constitución, y otras a la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, abordando las cuestiones principales como la modificación del límite al tiempo de servicio, la creación de un Comando Conjunto y modificaciones a los mecanismos sobre ascensos. xlvi Aun cuando los planteamientos iniciales del Ejército sobre la materia sugerían la posibilidad del aumento de la autonomía de las fuerzas armadas en muchas áreas, al menos ellas obligaban a una discusión

de la forma de poner fin a los efectos negativos que sobre el profesionalismo militar han tenido el deterioro institucional y la partidización.

No obstante estos signos positivos, son muchos los desafíos que quedan por enfrentar. En las fuerzas armadas está pendiente el debate sobre la redefinición de misiones en virtud de los cambios en el escenario internacional global y regional, así como la readecuación de su inserción institucional en el estado en el marco ineludible de las reformas que seguirá demandando el ajuste estructural. Estos debates y las reformas modernizadoras que se anuncian y de las cuales las fuerzas armadas no podrán sustraerse, les acarrearán un número de tensiones adicionales, encima de las muchas que ya tienen que soportar.

Por otra parte, el proceso de regeneración que producirá la necesaria morigeración de los rasgos partidocráticos de la estructura política generará tensiones y divisiones aun inéditas. Estas se sumarán a las alineaciones entre diversos sectores dirigentes en el empresariado, los partidos, las organizaciones sociales y la tecnocracia que irán produciéndose a lo largo de la implementación de reformas institucionales en conjunto con las transformaciones estructurales en la economía. Es difícil prever las consecuencias que estos procesos tendrán sobre los grados de unidad fundamentales entre las élites que han existido hasta ahora, incluida la élite militar.

Las condiciones de unidad que finalmente prevalecieron durante la democracia sucesoria de Betancourt, y que alentaron el consenso en las décadas que siguieron, ya seguramente no están presentes. El inmediato pasado dictatorial de entonces no tiene un equivalente actual que anime del mismo modo el imperativo de unidad. La manera cómo se desarrolle esta cuestión tendrá fuertes implicancias en la capacidad de las élites para impulsar las reformas necesarias y para sustentar de manera persistente el largo esfuerzo que requerirá forjar un nuevo afianza- miento de la lealtad democrática de la oficialidad de las fuerzas armadas, especialmente cuando éstas saldrán de la crisis con grados probablemente mayores de autonomía.

Las Fuerzas Armadas y el…

Felipe Agüero

7. Felipe Agüero, "The Military and Democracy in

1.

Trabajo presentado al seminario internacional "La

Venezuela", in Louis W. Goodman et.al., eds., The

1977).

democracia bajo presión: política y mercado en Venezuela", Caracas, Hotel Caracas Hilton, 9-11 de noviembre, 1992.

Military and Democracy: The Future of Civil- Military Relations in Latin America (Lexington, MA: Lexington Books, 1990), y Gene Bigler, "The

2.

Por ejemplo, el general Fernando Ochoa, ministro

Armed Forces and Patterns of Civil-Military Rela-

de defensa durante el 4-F, admitió en abril que la normalidad aun no había vuelto completamente a los cuarteles y advirtió que las circunstancias que habían

los cambios necesarios. Ver Universal, (Caracas), 10

tions", en John D. Martz y David J. Myers, eds. Venezuela: The Democratic Experience (New York:

producido el movimiento militar, una expresión de la

8.

Ver Rita Giacalone y Rexene Hanes de Acevedo,

profunda crisis de la sociedad, seguían vigentes, y que se requerían profundos cambios para evitar nuevos intentos armados. El general Ochoa criticó a los dirigentes nacionales por no entender la urgencia de

de abril de 1992, p. 12, y Clarín (Buenos Aires), 13 de

"The Military in a Subsidized Democracy: The Case of Venezuela", en Constantine P. Danopoulos, ed., From Military to Civilian Rule (London and New York:

Routledge, 1992), y Elsa Cardozo de Da Silva, "Militares y política: propuestas para el estudio del caso venezolano", en Carlos Juan Moneta, ed., Civiles

abril de 1992, pp. 28-29. Ver también las declaraciones

y

Militares (Caracas, editorial Nueva Sociedad, 1990).

del ex ministro de defensa y ex comandante general del

9.

Elsa Cardozo de Da Silva, "Venezuela: potencia

Ejército, Carlos Santiago Ramírez, El Nacional

media en el Caribe?", en Andrés Serbin, ed. Venezuela

(Caracas), 27 de febrero de 1992, p. 1D, y del general Jacobo Yépez Daza en Latin American Monitor, marzo 1992, p. 995. Ver también Vicealmirante Elías

las Relaciones Internacionales en la Cuenca del

Caribe, Caracas, ILDIS/AVECA, 1987; Andrés Serbin, Caribbean Geopolitics: Towards Security

y

R.

Daniels H. Militares y Democracia, Ediciones

Through Peace? (Boulder: Lynne Rienner, 1991);

Centauro, Caracas, 1992, especialmente el capítulo 8,

Aníbal Romero, "La situación estratégica de Vene-

pp.

165-207.

zuela", Ciencia Política, N1 4, tercer trimestre, 1986;

3.

Entrevista a Carlos Andrés Pérez, El País (Madrid),

Judith Ewell, "The Development of Venezuelan

6 de diciembre de 1992, p. 6.

Geopolitical Analysis since World War II", Journal of

4. Para un análisis comparado del "problema militar"

en las democratizaciones más recientes ver Felipe Agüero, "The Military and the Limits to Democrati- zation in South America", en Scott Mainwaring, Guillermo O'Donnell y J. Samuel Valenzuela, eds.,

Issues in Democratic Consolidation: the New Latin American Democracies in Comparative Perspective (Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1992).

5. Ver, por ejemplo, Amos Perlmutter, The Army and

Politics in Modern Times (New Haven: Yales University Press, 1977), y la revisión que hacen Abraham Lowenthal, "Armies and Politics in Latin America", en Abraham Lowenthal y J. Samuel Fitch, eds., Armies and Politics in Latin America (New York and London: Holmes and Meier, 1986), y J. Samuel Fitch, "Armies and Politics in Latin America:

1975-1985", en Armies and Politics. 6. Arturo Valenzuela, "The Military and Social Science Theory", Third World Quarterly, Vol. 7, N1 1, enero 1985.

Interamerican Studies and World Affairs, 24,3, 1982; Andrés Serbin, "Percepciones de amenaza y

equipamiento militar en Venezuela", Papeles del INVESP, 010-010-1989.

10. Daniel H. Levine, "Venezuela: The Nature,

Sources, and Future Prospects of Democracy", in Larry

Diamond, Juan J. Linz y Seymour MartinLipset, eds. Democracy in Developing Countries: Latin America (Boulder and London: Lynne Rienner Publishers, 1989), y Michael Coppedge, "Venezuela's Vulnerable Democracy", Journal of Democracy, Volume 3, N1 4, October 1992.

11. Alfred Stepan, The Military and Politics:

Changing Patterns in Brazil (Princeton: Princeton University Press, 1971); Arturo Valenzuela, The Breadkdown of Democratic Regimes: Chile (Balti- more and London: The Johns Hopkins University Press, 1978); Guillermo O'Donnell, "Modernization and Military Coups", en Abraham Lowenthal and J. Samuel Fitch, Armies and Politics.

FASOC Vol. VIII, No. 2

12. Ver Michael Coppedge, "Venezuela's Vulnerable

Democracy"; Ricardo Combellas, "La democracia venezolana: del reto de su instauración al reto de su consolidación", en Carlos Barba Solano et.al. (compi- ladores), Transiciones a la Democracia en Europa y América Latina, México, Universidad de Guadalajara y FLACSO, 1991; y Luis Gómez Calcaño, "La vitrina rota: interrogantes sobre la democracia venezolana", en

Diego Cardona (coord.), Crisis y Transición Democrática en los Países Andinos, Bogotá, 1991.

13. Heinz R. Sonntag y Thaís Maingón, Venezuela: 4-

F 1992, Caracas, Editorial Nueva Sociedad, 1992.

14. Así lo exponía el vicealmirante Elías Daniels:

"Durante las reuniones con el personal profesional de las distintas fuerzas y guarniciones militares del país, se aprecia una desinhibición ante la realidad nacional;

el personal militar hace preguntas y planteamientos con absoluta sinceridad y sin aprehensión por la

presencia de superiores, cuestionando las dirigencias

de todos los sectores"

concientización institucional y la coincidencia con el deseo nacional de cambios en el orden social, económico y político para superar las amenazas contra la paz social y la estabilidad de la democracia".

Vicealmirante Elías Daniels, Militares y Democracia, p. 197. 15. Felipe Agüero, "Regierung und Streitkräfte in Spanien nach Franco", en Walther Bernecker y Josef Oehrlein, Spanien Heute, Vervuert Verlag, 1991; Richard Gunther, "Spain: the Very Model of the Modern Elite Settlement", en John Higley y Richard Gunther, eds. Elites and Democratic Consolidation

in Latin America and Southern Europe (Cambridge:

Cambridge University Press, 1992).

16. Terry Karl, "Petroleum and Political Pacts: The

Transition to Democracy in Venezuela", Latin American Research Review, 22, 1987.

17. Arturo Valenzuela, The Breakdown of Demo-

cratic Regimes: Chile; Alfred Stepan, The Military

todo se pudo constatar la

"sobre

and Politics; Guillermo O'Donnell, "Modernization and Military Coups"; Charles Guy Gillespie, "The Role of Civil-Military Pacts in Elite Settlements and Elite Convergence: Democratic Consolidation in Uruguay", en John Higley y Richard Gunther, Elites and Democratic Consolidation.

18. Ver, por ejemplo, el discurso del ex-presidente

Rafael Caldera en la sesión conjunta del Congreso el 4

de febrero de 1992, en Caldera: Dos Discursos, Caracas, Editorial Arte, febrero de 1992.

19. Daniel H. Levine, "Venezuela", in Myron Weiner

and Ergun Özbudun, Competitive Elections in

Developing Countries (American Enterprise Institute/Duke University Press, 1987); John Peeler, "Elite Settlements and Democratic Consolidation:

Colombia, Costa Rica and Venezuela", en John Higley

y Richard Gunther, eds. Elites and Democratic Consolidation.

20. Moisés Naim y Ramón Piñango, "El caso Vene-

zuela. Una ilusión de armonía", Moisés Naim y Ramón

Piñango, El Caso Venezuela: Una Ilusión de

Armonía, Caracas, Ediciones IESA, 1984. p. 575.

21. Margarita López Maya, Luis Gómez Calcaño y

Thaís Maingón, De Punto Fijo al Pacto Social:

Desarrollo y Hegemonía en Venezuela (1958-1985), Caracas, Fondo Editorial Acta Científica Venezolana,

1989, p. 91. Para una discusión de las alternativas planteadas en el marco de los parámetros ofrecidos por la Constitución, ver Juan Carlos Rey, "Pasado, presente y futuro de la democracia en Venezuela", ponencia preparada paar el XV Congreso Internacional

de la Latin American Studies Association, 21-23 de

septiembre de 1983, San Juan de Puerto Rico.

22. Ver Rafael Caldera, "Economía, confianza y

sentido común", El Nacional, 3 de agosto de 1992. También, Isabel Licha, Tecno-Burocracia y Demo- cracia en Venezuela: 1936-1984, Caracas, Fondo Editorial Tropykos, 1990.

23. "Nos alzamos por la Constitución: carta de los

Oficiales del MBR200", en Carta a los Militares de Nuestra Generación (por Enrique Ochoa Antich), Caracas, Fuentes Editores, 1992.

24. Para una posición desde la izquierda, ver Enrique

Ochoa Antich, Los Golpes de Febrero: De la

Rebelión de los Pobres al Alzamiento de los Milita- res, Fuentes Editores, Caracas, 1992.

25. El Universal, martes 10 de noviembre de 1992, pp.

1-12. De similar importancia fueron declaraciones del jefe del principal partido opositor: "Las FAN le deben obediencia al presidente Pérez. La mayoría de los venezolanos le dieron su confianza y le dieron un mandato que sólo puede ser revocado mediante el voto y no a través de un golpe militar ni un golpe civil". Ver declaraciones del Secretario General de COPEI,

Las Fuerzas Armadas y el…

Eduardo Fernández, en El Nacional, jueves 12 de noviembre de 1992, pp. 1 y D1. 26. Ver Antonio Frances y Moisés Naim, "The Venezuelan Private Sector: From Courting the State to Courting the Market", ponencia presentada a la Conferencia "Lecciones de la experiencia venezolana", The Woodrow Wilson Center for Scholars, Washington, D.C., 19-20 de octubre de 1992, y H. Sonntag y T. Maigón, op.cit., pp. 59-60.

27. Esta unidad, por lo demás, no resuelve el extendido

sentimiento anti-élites en la población y amplios sectores de la oficialidad joven de las fuerzas armadas. Pues es cierto que no ha habido hasta ahora "una ruptura de la simbiosis que ha existido entre la élite

militar y la política". Alberto Müller, Relaciones Peligrosas: Militares, Política y Estado, Fondo Editorial Tropykos, Fondo Editorial APUCV/IPP, Fundación Gual y España, Caracas, 1992, p. 342.

28. El presupuesto militar continuó su aumento durante

toda la década de 1980, siguiendo la tendencia del aumento aun mayor del presupuesto nacional. Sin embargo, se favoreció el apertrechamiento de material para las fuerza armadas, mientras el nivel de vida de los oficiales descendió notablemente, al punto que muchos oficiales subalternos debían compartir vivienda entre dos familias en barrios pobres. Ver Moisés Naim, "Paper Tigers and Minotaurs: The Politics of Venezuela's Economic Reforms", Carnegie Endowment for International Peace, Draft, septiembre 1992. Para un excelente estudio del gasto militar ver Beatriz di Totto Blanco, "Revisión el régimen jurídico aplicable a los gastos de defensa y seguridad del Estado", trabajo de investigación, XIX Curso Superior de Defensa Nacional, Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional, Caracas, mayo de 1990. Ver también, Roberto Romanelli, "Ya no tienen acceso a la vivienda ni a la atención médica: los militares retirados

sufren los embates de la crisis", El Universal, 20 de diciembre de 1991, p. 12; José R. Díaz, "Los militares quieren una mejor calidad de vida", El Universal, 24 de septiembre de 1991, p. 19; y Winfield Burggraaff y Richard L. Millet, "More than a Failed coup: The Crisis in Venezuelan Civil-Military Relations", trabajo presentado a la conferencia "Lessons from the Venezuelan Experience", The Woodrow Wilson Center for Scholars, Washington, D.C., 19-21 de octubre de 1992.

Felipe Agüero

29. Entre 1981 y 1985 el PGB experimentó un

crecimiento negativo, recuperándose en los tres años siguientes para volver a experimentar un descenso de -

8.3% en 1989. El desempleo bordeó el 10% ese mismo año, la inflación alcanzó su nivel más alto (80%) y los salarios reales continuaron declinando, en un 11% ese año, culminando un descenso del 45% durante la década. Ver Moisés Naim, "Paper Tigers".

30. En las palabras de un general venezolano, "si el

pueblo está descontento, desmotivado, frustrado y airado, es fácil inferir que la parte armada del pueblo

estará en la misma disposición". Latin American Monitor, Andean Group, Vol. 8, N1 2, marzo 1992, p. 1. Sustrayéndose a las tendencias endogámicas que prevalecen en las instituciones militares de otros países, en Venezuela la oficialidad proviene de estamentos sociales y ocupacionales bien diferencia- dos, haciéndose relativamente más representativa de la sociedad. Ver Coronel (Ej) José Machillanda Pinto, Poder Político y Poder Militar en Venezuela 1958- 1986, Caracas, Centauro, 1988, p. 51.

31. W. Burggraaff y R. Millet, "More than a Failed

Coup". 32. Víctor Villanueva, "Peru's 'New' Military Professionalism: The Failure of the Technocratic Approach", en Stephen Gorman, ed. Post-Revolutio- nary Peru: The Politics of Transformation (Boul- der: Westview Press, 1982); George Philip, The Rise

and Fall of the Peruvian Military Radicals, 1968- 1976 (London: Aldene Press, 1978).

33. Augusto Varas, Felipe Agüero y Fernando

Bustamante, Chile, Democracia, Fuerzas Armadas, Santiago, FLACSO, 1980.

34. Según el ministerio de defensa se realizaron 480

protestas violentas que requirieron el empleo de las fuerzas de seguridad entre septiembre de 1991 y el 4

de febrero de 1992. Heinz Sonntag y Thaís Maingón, op.cit., p. 18.

35. Ver el documento "'Hay que volver a Carabobo' y

el movimiento Bolivariano Revolucionario-200", reproducido en Angela Zago, La Rebelión de los

Angeles, Fuentes Editores, Caracas, 1992, p. 149. El

rebelamos contra el Traidor a

documento añade: "

nos la Patria y su entorno de Jefes serviles y corruptos que han dado la espalda a la Nación y al Ejército mismo; contra los politiqueros de Uniforme y sus amos, que pretenden penetrar todos los requisitos para apoyarse

FASOC Vol. VIII, No. 2

como Mafias", p. 152. Ver en el mismo sentido,

Alberto Müller Rojas, op.cit., pp. 30 y 70-71.

36. Vicealmirante Elías Daniels, Militares y Demo-

cracia, pp. 223 y 220.

37. Alfred Stepan, The State and Society: Peru in

Comparative Perspective (Princeton: Princeton

University Press, 1978); Guillermo O'Donnell, op.cit.; A. Varas et.al., op.cit., and J. Samuel Fitch, The Military Coup D'Etat as a Political Process:

Ecuador 1948-1966 (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1977).

38. General Jacobo Yépez Daza, "El realismo militar

venezolano", en Moisés Naim y Ramón Piñango, eds.,

Venezuela: Una Ilusión de Armonía, Ediciones IESA, Caracas, 1984.

39. Ver Coronel José Machillanda, Poder Político y

Poder Militar, p. 179. 40. Como ocurrió con la decisión de compra de aviones de combate F-16 en EE.UU. Ver Fernando Bustamante y Carlos Portales, "La venta de aviones F- 16 a Venezuela: un caso de transferencia de tecnología

avanzada", Documento de Trabajo, FLACSO-Chile,

1988.

41. Vicealmirante Elías Daniels, op.cit., pp. 62-63;

Alberto Müller, op.cit., pp. 118-120.

42. Ver Luis Enrique Rangel Bourgoin, Nosotros los

Militares (Caracas: Editorial Sol, 1983, p. 61; Alberto

Müller, op.cit., pp. 23-24, 67-72 y 225-235. 43. Angela Zago, op.cit., p. 149.

44. Angela Zago, op.cit., p. 149 y Alberto Müller,

op.cit., pp. 342-345.

45. La primera cita proviene de Daniels, op.cit., p.

167, y la segunda de Pedro Remigio Rangel Rojas, General de División, Comandante General del Ejército, "El papel de las Fuerzas Armadas: Renovación democrática, apertura económica y las nuevas relacio- nes cívico-militares", ponencia presentada en la Conferencia "La democracia bajo presión: política y mercado en Venezuela", Caracas, 9-11 de noviembre,

1992.

46. Ver la edición especial de la Revista del Ejército,

dedicada a la conmemoración del 1711 aniversario de la Batalla de Carabobo y Día del Ejército, 24 de junio de 1992, pp. 88-122.