Está en la página 1de 3

DEL CEREBRO AL CORAZÓN ...

Y VICEVERSA Vera Marina Rexach

Una experiencia usando el correo electrónico con chicos de séptimo grado de primaria

Lo más nuevo del taller de informática ese año era un pequeño cablecito gris que salía de la computadora llamada “Miguelito” y prometía conectarnos con gente de todo el mundo. Habíamos llegado al correo electrónico, pero no sabíamos bien qué nos podría esp erar “a vuelta de mail”. “Primero, vamos a probar” nos dijimos con un grupito de séptimo grado, que estaban ansiosos por ver de qué se trataba. En esos días, yo me había suscripto a una lista de educadores, recién creada, y a decir verdad, tampoco sabía demasiado del tema, de modo que mis primeros contactos con la telemática y sus vericuetos los hice casi de la mano de mis alumnos. Por ese motivo, les sugerí que enviaran un mensaje de prueba a los miembros de esa lista, para ver qué respuesta obtenían. Ese primer mail decía mas o menos así: “Hola, estamos investigando cómo funciona el correo electrónico ¿Hay alguien ahí????” Esperaron pacientemente (hasta el otro día J ) y empezaron a recibir señales de amistad de algunas personas. “Si, chicos , hay alguien del otro lado de la pantalla , escuchándolos” “Eeeeehhhh...se vinieron en patota,che! Bienvenidos!” “Hola desde Bariloche. Acá está nevando con todo y...” “qué bien que estén investigando cómo funciona el correo electrónico, yo estoy investigando cómo funciona el cerebro humano...” Este mail en particular causó sensación ¿quién lo manda? ¿Desde dónde? Tenían que empezar a descubrir pistas en esas madejas de signos estrafalarios que imprimía el programa de correo cuando sacaban el mensaje por la impresora. El mensaje venía del Hospital Borda, probablemente el más reconocido neurosiquiátrico de la Argentina. “Desde el fondo del Borda” decía en el cuerpo de ese primer mensaje, del instituto de investigación en neurobiología. Esta certeza despertó risas y sobresaltos. Era extraño que una persona “importante” se tomara un tiempo sólo para contestar a un grupo de chicos inexpertos. Internet empezaba a endulzarnos... Acordamos responder a todos (netiquette...) y pensaron qué se le podía preguntar al Dr. Mario Crocco, aprovechando su buena disposición. El primer paso lo dio Marina: “Le quiero preguntar en qué parte del cerebro se forman los sueños.” Todo el grupo se entusiasmó con el tema. Esto no es menor, al contrario, es decisivo: los chicos se enganchan con temas que les resultan “resonantes” cultural y evolutivamente, y los preadolescentes empiezan a vivir esa época en la que los sueños son preocupantes y concretos. La respuesta a esta duda inició un proceso de comunicación fascinante. La maestra de Lengua leyó en clase una larga e interesante explicación sobre la formación y las funciones básicas del cerebro, la importancia de los sueños y lo fundamental que representaba el hecho

de ser mamíferos para poder soñar... Yo les propuse volcar todo ese material (que no era sacado de los manuales, que no figuraba en el plan curricular de 7mo grado, que no era un tema común en las charlas) en las computadoras, hacer un registro y a la vez exponer lo que iban averiguando y comprendiendo del tema. Usamos para integrar las ideas, gráficos, textos, una versión de Logo, también “nueva” para nosotros, pues era el primer año que lo teníamos en la escuela.. Doble (o triple, según como se lo mire) aprendizaje : el del correo electrónico y el del uso del Logo para expresar las ideas nuevas. Las preguntas al Dr. Crocco (que ya era “Mario” para ellos) fueron deslizándose por otros rumbos, quizás al principio inhibidos por prudencia. Comenzaron a preguntar acerca de “los locos”, por el bello camino de plantearse si aquellos que soñaban despi ertos debían considerarse “locos” o “normales”. Junto con la cuestión, iba un añadido “A nosotros nos dicen que estamos en la luna, que soñamos despiertos...nos tratan como si no fuera normal soñar despierto...¿es así?” Vean ustedes las cosas que había despertado un simple mail. Niños de doce años que se ponían a pensar cuál era el límite de la normalidad. Por otro lado, aparecía cada vez con más fuerza la necesidad de organizar el material por jerarquías : lo que es más difícil en cuadros de texto destacados, lo que se puede dibujar, mejor dibujarlo “porque la gente sólo mira los grafiquitos” se quejaría luego Francisco, desilusionado por haber hecho un esfuerzo de lectura y síntesis que muchos, en una muestra escolar, pasaban de largo en busca de las animaciones y las fotos. Mario Crocco y su colaboradora, Mariela Szirko, los invitaban a “reflexionar junto al objeto de estudio, nadie les dirá lo que deben pensar acerca de lo que ven, deben pasar ustedes por la experiencia”. Y así el taller de informática se convirtió en laboratorio donde diseccionamos dos cerebros de vaca, para horror de las porteras y gusto del grupo de “neubio”. El intercambio de mails llegó a hacer sentir a los chicos de este grupo que eran “escuchados”, en serio. Lo que ellos decían tenía e co, y viceversa: Mario se interesó por mi embarazo, explicándoles a los chicos un concepto muy difícil que sólo dos intentaron comprender, llamado “jemeinigkeit” o “cadacualtez”, o circunstanciación, un asunto filosófico muy espinoso... Pasó también algo muy triste: la esposa de Mario enfermó gravemente, y debimos suspender el intercambio fluído. Los chicos siguieron adelante con la preparación del trabajo, y cada tanto abrían el programa de correo preguntando “¿Llegó algo de Mario?” En un mensaje terrible, Mario les pedía ayuda para saber si estaba bien el cálculo que había hecho para administrarle los remedios a su esposa por medio de dos bombitas conectadas a su cuerpo. Aquellos que dicen que Internet deshumaniza o aísla a las personas, no han pasado por experiencias placenteras, dolorosas, divertidas, reflexivas, como ésta. Releo esta historia verdadera y veo algo que pasó también en el desarrollo de este proyecto: las computadoras se hicieron “transparentes”: estaban allí, eran necesarias, eran imprescindibles en ciertos aspectos, pero nunca fueron el centro de la actividad. Ni siquiera cuando buscábamos afanosamente el modo de conectar varios “proyectos” o “libros” en Logo, por un problema técnico de memoria Ram. Recuerdo que los chicos ensayaban ideas

alternativas para poder unir todas las piezas del proyecto en un solo trabajo final. Nuestro desconocimiento parcial de los comandos distintos (ya que se trataba de una versión nueva) atentaba contra la idea del grupo: hacer un único libro llamado “El cerebro, los sueños y la locura”. Necesitaban una respuesta de la informática, pero en función de un objetivo del proyecto. Así, para mí, los recursos usados fueron medios verdaderamente. Y los recursos fueron tanto el correo electrónico como el bisturí con el que hicimos la disección. No me importa que no se acuerden cómo se opera el programa de correo electrónico. No me importa que sólo les haya quedado un vago recuerdo del Logo, o de las instrucciones para hacer una animación o programar una zona caliente de la pantalla. No me importa que se hayan olvidado de los nombres de las meninges... Hemos pasado juntos por una experiencia educativa: investigamos, creamos, dudamos, usamos lo que teníamos, producimos... El “libro” realizado en Logo tenía una pantalla de presentación, que reproduzco para todos ustedes, pero en especial para mis alumnos y para quienes supieron hablarles y responderles usando el puente de la telemática:

“El cerebro, los sueños y la locura: Este trabajo tiene una dedicatoria especial. A Mario Crocco y a Mariela Szirko, investigadores de neurobiología del Hospital Borda. A los que, como ellos, trabajan, educan, curan, aunque para muchos, en el mundo de hoy, eso siga siendo “una locura” Porque ...“hay locuras que hicieron el día Hay locuras de un raro lugar. Hay locuras tan simples, tan sanas, tan puras Que no vale la pena curar...” (S. Rodríguez) ”

Vera Marina Rexach Octubre de 1997