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EL “ESPÍRITU DEL VINO” EN LA POESÍA DE LOS GOLIARDOS Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA

EL “ESPÍRITU DEL VINO” EN LA POESÍA DE LOS GOLIARDOS

EL “ESPÍRITU DEL VINO” EN LA POESÍA DE LOS GOLIARDOS Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA (Profesor

Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA (Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima, 13 de julio de 2006)

“Yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal, dejo hablar a todos sin restricción, y abro de par en

par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada” (Whitman, 2002, p. 24). ¿Cómo

no conmocionarse con estos versos de Walt Whitman en su Canto de mí mismo, quien celebró a

todos los hombres en sus victorias y derrotas, como también la grandeza de plantas y criaturas? En

su poesía late el pulso rebelde y vital de la belleza, no sólo en el largo aliento del verso libre y el

vuelo de la imagen, sino en la forma dionisiaca como se exalta la vida en sus simplezas y

complejidades. Para el poeta estadounidense, todo es bello por el simple hecho de existir, basta

abrirse al goce de los sentidos, contemplar con alegría y asombro incluso aquello donde los ojos

ignorantes han volcado su desprecio -el olor de mis axilas es tan fino como el de una plegaria”- (p.

34). Este creador se complace igual exaltando a vencedores y vencidos, reconoce el esfuerzo más

allá del resultado, deja sonar sus trompetas para recibir la victoria o la derrota, en tanto “¡Las batallas

se pierden con el mismo espíritu que se ganan!” (p. 67). De sus versos se desprende la conciencia de

que es inútil ahogarse en el dolor o astillar la voz, si al fin de cuentas el mundo se sigue renovando y

reclama que cada ser se reconozca esencial, sagrado y cósmico.

Pues bien, centurias antes del autor de Hojas de hierba, en plena Edad Media, existió un grupo de

irreverentes que se atrevió a denunciar la corrupción de la iglesia católica y de la nobleza, y a amar

la vida alegre en primavera, a cada hombre y mujer sin importar sus gustos, fortuna y condición

moral. En vez de sermonear a los “caídos en pecado”, estos poetas, llamados “goliardos”, invitaban

a dar gusto al cuerpo. A diferencia de los que obligaban al ayuno y el recato, incitaban a deleitarse

con el vino, la comida y los excesos. Se consagraron a las tabernas, las universidades y los caminos,

y, como Whitman, permitían “hablar a todos sin restricción”, tal como se lee en el poema Regla

goliárdica:

1

REGLA GOLIÁRDICA (Fragmento)

2

En nuestra regla está escrito:

«Todas las cosas probad.» Nuestro régimen de vida atentos considerad. Contra los clérigos pravos que no os hacen caridad con largo desprendimiento, constantes perseverad.

(…)

4

Nosotros de la misericordia somos ya los protectores, pues en la orden aceptamos

a importantes y a menores, recibimos a los ricos así como a los deudores,

a quien los monjes ofrecen las tinieblas exteriores.

5

A los monjes recibimos

de tonsurada corona, como también al presbítero que viene con su matrona, al maestro con sus discípulos, vicario y cura en persona, con agrado al escolar que de hopa rica blasona.

6

Se recibe en nuestra secta

a pecadores y a justos,

a enfermos y a los lisiados,

a los sanos y robustos,

a la edad adolescente como a los viejos vetustos, a quien es reacio a Venus y al que se abrasa en sus gustos;

7

a guerreros y a pacíficos,

a lenes y a los insanos,

a bohemios y a teutones,

a eslavos y a los romanos,

a los de altura mediana,

a los gigantes y enanos,

a los de porte humildoso,

pero también a los vanos.

(…)

10

Se prohíbe en nuestra orden rezar maitines de plano, pues existe algún fantasma que divaga antelucano, por quien a veces nos viene un que otro delirio vano. Si alguien se levanta entonces, no está de la mente sano.

11

Se prohíbe en nuestra orden siempre el rezo matutino; en alzándonos, buscamos cualquier bodegón vecino; llevar allí nos hacemos de gallinas y buen vino. Nada allí nos amedrenta, salvo en el juego el mal sino.

12

Se prohíbe en nuestra orden usar de doble vestido. Quien la túnica recibe, para ir como es debido, deje de lado el manteo. Ypor san Dado estatuidoserá el cinto lo primero que en el juego habrá perdido.

En este poema, una suerte de manifiesto de los goliardos, se encuentra los principios que orientarían

a esta “secta” como se revela en una de las estrofas. Dos máximas mueven sus aspiraciones: “Id

por todo el mundo” y “todas las cosas probad”. La primera nos remite al mismo hecho de que los

goliardos fueran los clérigos vagantes” del medioevo. Dignos en su condición de extraños,

2

reivindicaron la calle y los espacios profanos, a través de una poesía en latín que floreció en los siglos XI, XII y XIII, particularmente en Francia, Alemania e Inglaterra. Sabían que el mundo es de puertas abiertas, que afuera esperan las historias y los seres relegados a la marginalidad, que recorrer caminos es reconocerse vivo y sin orillas para experimentar, es saberse hijo de la incertidumbre, por lo mismo abierto a otras formas filosofar que nutren la sensibilidad y el intelecto. “Todas las cosas probad” revela un espíritu independiente, aventurero, liberal y hedonista. Y es que la concepción que compartían los goliardos del ser y del mundo era distinta a la convencional de la época. En vez del mundo como “valle de lágrimas”, lo contemplaron como el teatro de las pasiones. Al hombre dejaron de medirlo bajo el filo del pecado y la culpa, para señalar que la vida debía gozarse a plenitud, a veces aniquilando el peso de tantas metafísicas y temores al fracaso o la condena. Sabían de la fugacidad de la vida, pero también de la intensidad con la que el ser humano debía poblar de sentidos sus instantes. De ahí el ansia de placer, de libertad y de crítica frente a las actuaciones de clero. Ecos del legado de los goliardos puede hallarse en una obra capital de Renacimiento Europeo: Gargantua y Pantagruel, de Rabelais, donde la fiesta, la risa, el vino, la trasgresión de la moral ortodoxa, el gusto por los excesos se legitiman desde una visión carnavalesca. Es más, la Abadía de Theleme que figura en el libro de Gargantúa es un espacio donde se concreta la filosofía de los goliardos: allí las personas tienen una relación directa con su Dios y no requieren de una vida regulada por testaferros de la fe, rezos maitines y tanta amalgama de prohibiciones. Esa máxima de los goliardos “todas las cosas probad” es afín a la única regla de la abadía de Theleme en la novela de Rabelais: ““haz lo que quieras”. Tanto goliardos como Gargantua y Pantagruel son glotones y ebrios. Su sed no es sólo de licor, también de conocimientos. Son sarcásticos y mordaces contra la doble moral de quienes orientan las instituciones religiosas. Valoran al hombre en su ser espiritual, intelectual y carnal. De ahí la reivindicación de lo erótico y de la abundancia en la comida y la bebida. En la creación de Rabelais, al rastrease la genealogía de Gargantua y Pantagruel, se dice que son descendientes de Goliat. Y dentro de los imaginarios que la ficción fue surcando en torno a los goliardos se indica que eran parte de la Orden de Golías o Goliath. Al respecto resulta oportuno citar a Ricardo Arias y Arias en su libro La poesía de los Goliardos:

El nombre de goliardo se explica unas veces como derivado de gula, a la que tanto culto rendían, y otras como derivado de Golías, nombre del gigante filisteo Goliath según la Biblia Vulgata, y que aparece constantemente en los Padres como símbolo y síntesis de la maldad y sinónimo del mismo demonio. La primera referencia a la gens Goliae aparece en Sedulio Escoto (siglo IX) aplicada a ladrones de ovejas. En el siglo X el arzobispo Walter de Sens escribe contra la “familia de Golías”. Más tarde, goliardi y vagantes se usan indistintamente para describir a clérigos y estudiantes de mala vida (p. 8-9)

3

Estos artistas, en aras de su formación y de tributarse a la creación literaria, en lugar de exponer el pellejo en los conflictos políticos y religiosos del Medioevo, decidieran ingresar a la iglesia, pues al recibir la tonsura y una ordenes menores garantizaban, por un lado, acceso a los monasterios (espacios fundamentales para el estudio del pasado grecolatino), además obtenían privilegios para evitar obligaciones políticas y administrativas. Gracias al rango adquirido, podían entrar sin inconvenientes a las universidades a disfrutar las cátedras que seducían su intelecto. Precisamente a estas instituciones educativas es que los goliardos adeudan su fuerza inusitada, tal como expresa Miguel Requina en la introducción del libro Poesía goliárdica: “con el auge de las universidades, tomó fuerza un fenómeno curioso: el de los clérigos vagantes o giróvagos, estudiantes no sobrados de recursos- que iban de universidad en universidad, y que llevaban una vida un tanto libre y airada(2003: p. 3).

Los goliardos supieron celebrar a esas universidades de Inglaterra, Francia y Alemania que posibilitaron su filosofía de vida y sus versos. Y así como éstas dejaron su impronta en estos poetas irreverentes, ellos también la pernearon con sus legados. Al respecto, nos indica Andrés Caramillo que los goliardos imprimieron su sello a las tradiciones universitarias: el inconformismo, la ruptura con los valores establecidos, el aprecio por el maestro y el desprecio por lo consolidado; las ganas de vivir, y de amar, de cantar y de gozar de la vida, que nunca parece más breve que cuanta más queda por delante. (…) Los goliardos fueron los primeros universitarios modernos y por tanto fueron revolucionarios(2006: 1). Y fueron revolucionarios porque contradijeron el poder de la época: al clero, que desde el reinado de Carlomagno se había enamorado perdidamente del poder político al punto de disputárselo con intrigas y artimañas a los mismos reyes (mucha sería la sangre derramada y el desprestigio de la iglesia católica por los conflictos entre güelfos -pro-papa- y gibelinos -pro emperador- como se lee en una de las obras canónicas del medioevo y toda la tradición occidental: la Divina Comedia de Dante). La incomodad de quienes eran satirizados en poemas en los que paródicamente se recurría a veces al uso de ritmos, códigos y símbolos de canciones y liturgias católicas, se evidencia en las declaraciones lanzadas contra estos jóvenes rebeldes: “escolares vagabundos y clérigos bellacos” 1 denominaban a los goliardos. En el Concilio de Salzburgo en 1291 se puntualizó sobre estos atractivos poetas: “Secta de estudiantes vagabundos, secta de chocarreros, maldicientes, blasfemos, dados a adulaciones fuera de lugar, que se profesan clérigos para escarnio del clero. De tal gente nada se puede esperar: se exhiben desnudos en público, duermen en los hornos, frecuentan las

1 Léase al respecto la introducción que hace Carlos Yarza al libro Carmina Burana, donde se indican las posiciones del clero en sus concilios frente a los goliardos. Barcelona: Seix Barral, 1978, p. 9-41.

4

tabernas, los garitos y las meretrices, consiguen su comida pecando, bien arraigados en su secta, nunca la abandonan” (Yarza, 1978: p. 13).

Esa vida pecaminosa y blasfema fue la consideración que los representantes altos del clero dieron a quienes, en pleno Medioevo, desde la trasgresión, la sátira y la risa (risa que, desde el carnaval, aniquila el miedo, pone el mundo patas arriba y permite desentronizar lo incuestionable) posibilitaron una lírica llena en matices en la que se invita a gozar la vida y el presente:

EN LA TABERNA

1

Cuando es que en la taberna nos hallamos, en qué es la tierra, nada no pensamos. Al juego nos lanzamos con presteza, el cual nos lleva a todos de cabeza. De qué es lo que se hace en la taberna, donde el metal oficia de pincerna, si alguien quiere tener conocimiento, lo que ahora diré escuche atento.

2

Hay quienes juegan, quien empina el codo, y hay quien se lleva de indiscreto modo. Los que al juego se entregan por entero, allí se queda alguno en puro cuero, allí mismo se viste algún bellaco, mientras otros se cubren de vil saco. Allí ninguno temerá la muerte, todos a Baco allí confían su suerte.

3

La primer vez se brinda por el vino (en este brindis bebe el libertino), y después otra vez por los cautivos; se bebe por tres veces por los vivos, cuatro por todos los cristianos juntos y cinco por los fieles ya difuntos, seis por las sores de los cascos vanos, y siete por los milites silvanos.

4

Ocho por los cofrades que hay perversos, y nueve por los monjes hoy dispersos; una decena por los navegantes,

y veces once por los litigantes; una docena por los penitentes, y trece veces por los viajehacientes. Por el sumo pontífice y el rey todos beben sin reglas y sin ley.

5

Beben allí heredera y heredero, el clérigo y también el caballero; allí aquel bebe, como bebe aquella, bebe el sirviente y bebe la doncella; bebe el activo y bebe el descuidado, allí beben el blanco y el tiznado; allí el constante y el veleta vago, así bebe allí el rudo como el mago.

6

Allí beben el pobre y el enteco, allí el desconocido y el meteco; allí beben el niño y el anciano, allí el prelado, allí bebe el decano; allí bebe el hermano y la hermana, allí bebe la madre, allí la anciana. Bebe Rebeca, bebe Baltasar, ciento allí beben, bebe allí un millar.

7

No seiscientas monedas mucho duran, si en beber y beber todos perduran sin que se haya fijado alguna meta, todos potando en alegría completa. Si bien nos miran mal todas las gentes, nuestra regla será la de indigentes. ¡Los que mal de nos dicen sean malditos, sus nombres con los justos nunca escritos!

5

En ese mundo “patas arriba” que estructura la poesía de los goliardos, se contempla como sagrado lo

profano. Y qué mejor espacio para los nuevos cultos que la taberna, donde los seres libres comulgan con el juego y la bebida, lugar arquetípicamente carnavalesco donde se aniquilan las jerarquías, de puertas abiertas a la libre expresión y la catarsis. Es allí precisamente donde los homo ludens entronizan a sus propios santos. “San dado” será el primero, si atendemos al poema Regla goliarda.

Y de los viejos dioses prefieren a Baco.

Los goliardos llevaron a unos niveles de intensidad altísimos el Carpe Diem de Horacio. Si como diría Chaplin “todos somos aficionados porque la vida es tan corta que no da tiempo para más”, entonces hay que vivir a plenitud sin miedo al error, o como expresaría Whitman: sin amor el hombre camina amortajado hacia la muerte” (85). Y esos poemas Carpe Diem de los beatniks de la Edad Media, son sugerentes y ricos en imágenes donde se celebra la fiesta de los sentidos, la

búsqueda del placer, el espíritu del vino y la idea de fraternidad entre los hombres. No sólo poetizaron

la vida y la primavera (la estación de la juventud, la más propicia para el amor, la estación en que la

vida florecía y se podía errar de taberna en taberna y de universidad en universidad), sino que no tranzaron con la corrupción del clero y los gobernantes por la época en la que generó la aparición de los burgueses, la activación de la banca y la circulación del dinero, le dieron nuevos giros a la historia de Europa:

ESTE TIEMPO RASTRERO

Este tiempo rastrero tiene por rey excelso al vil Dinero.

A este admiran los reyes y se humillan gustosos a sus leyes.

A este rey es propicia, porque es venal, la Curia pontificia.

Llega su potestad aun a la misma celda del abad.

Los priores benitos siguen al dios Dinero y a sus ritos.

El Dinero soez de los grandes concilios se hace juez.

Trae el Dinero la guerra, y, si quiere la paz, bien que la aferra.

Trae el Dinero procesos cuando quiere hacer pobres a los cresos.

6

Lleva de la basura al mísero el Dinero hasta la hartura.

Todo lo compra y vende, da el Dinero y después lo dado prende.

Halaga don Dinero; tras los halagos, amenaza fiero.

El Dinero es mendaz,

pruébase raramente ser veraz.

El Dinero al perjurio obliga al miserable y al espurio.

Es dios del que avaricia, y en él tiene esperanza el que codicia.

El Dinero al error conduce a las mujeres en su amor.

A las damas venales

las convierte el Dinero en imperiales.

El Dinero ladrones aun hace a los que ostentan más blasones.

Más que el cielo luceros, tiene el Dinero cohorte de rateros.

Si el Dinero pleitea, todo peligro súbito sortea.

Si el Dinero es triunfante, juntos dirán el juez y el litigante:

«Pues Dinero ejercía, con el cordero blanco se saldría.»

Rey supremo, el Dinero antes dijera: «El negro es mi cordero.»

Están a su servicio los letrados decanos del oficio.

Cuando el Dinero paula, como es notorio, el mísero ni maula.

Quita el Dinero llantos y ofrece grande alivio en los quebrantos.

El Dinero reseca del sabio el corazón, su vista obceca.

Hace el Dinero, es cierto, del hombre tontorrón hombre diserto.

Al Dinero doctores no le faltan, ni amigos fingidores.

Del Dinero la mesa tiene vajilla espléndida y que pesa.

Renombrados pescados come el Dinero bien condimentados.

Bebe gálicos vinos el Dinero, y también ultramarinos.

El Dinero nombrados vestidos usa, por demás preciados.

Al Dinero envestido proporciona un empaque distinguido.

En el Dinero lucen las gemas que en la India se producen.

El Dinero se engríe

al ver que todo el mundo le sonríe.

El Dinero conquiere y entrega los baluartes cuando quiere.

Al Dinero veneran, pues milagros por medio de él se operan.

A los enfermos sana, cercena, quema, la aspereza allana.

Lo barato en costoso,

y lo dulce convierte en amargoso.

Del sordo hace oidor, y al que cojea lo hace saltador.

Del Dinero otras cosas puedo decir aún más maravillosas.

Al Dinero cantando yo lo he visto y la misa celebrando.

El Dinero cantaba y también las respuestas concertaba.

Observé que lloraba cuando al pueblo el Dinero predicaba.

Y también sonreía, porque al pueblo engañado lo tenía.

No hay sin Dinero honor,

ni tampoco sin él se alcanza amor.

Es patente a cualquiera que rey es el Dinero por doquiera.

A quien su índole infama, el Dinero por probo lo proclama.

Mas como en breve hora perder puede el Dinero la su gloria,

Sólo Sabiduría se obstina en no seguir su compañía.

A través de una personificación en la que la imagen poética se nutre de las posibilidades que brinda una categoría tan típicamente carnavalesca como la entronización, se explora con mordacidad un mundo en el que la moral se acomoda a los intereses particulares. “Poderoso caballero es don

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Dinero” manifestará en la Edad Moderna Quevedo. Al dinero, inevitablemente habrán de

arrodillarse como vasallos incluso los mismos clérigos que pedían a sus fieles, en aras de las bulas y

las indulgencias, seguir parámetros franciscanos de abandono de posesiones y de austeridad,

mientras ellos -como denuncia el poema- engordan sus arcas, disfrutan buenas viandas y trafican

con su propio dios. El Dinero pareciera aquí darle golpe de estado al Dios de los cristianos. Está en

todos lados: llega a la celda del abad y oficia las liturgias; el mismo que impulsa a la Cruzada, donde

tantos como carne de ballesta -no de cañón pues aún no estaba en furor el uso de la pólvora-

expusieron su humanidad creyendo defender una fe (la conquista de la tierra santa), en tanto otros se

enriquecían con la devastación y con las expropiaciones que en Europa labró la iglesia (“Trae el

Dinero la guerra, y, si quiere la paz, bien que la aferra. Trae el Dinero procesos cuando quiere

hacer pobres a los cresos”).

Son variados los componentes literarios que se perciben en la lírica de los goliardos que

conmocionan a nivel estético generando imágenes ingeniosas, contundentes y frescas en las que

subyacen interesantes lecturas ideológicas de la condición humana y de la sociedad de la época.

Entre dichos recursos se encuentran la hipérbole, la personificación, la alegoría, la ironía y

categorías de la carnavalización literaria 2 como entronización y desentronización, la reivindicación de

los espacios profanos, de la abundancia en el vino y la comida, el humor que relativiza, trasgrede y

aspira a la renovación del hombre. A nivel compositivo, es igualmente oportuno indicar los

planteamientos de Miguel Requena en su libro Poesía Goliárdica (2003):

Su estilo se caracteriza por una nueva forma de versificar, más sencilla que la clásica, con antecedentes en las secuencias litúrgicas del siglo XI. Frente a la métrica clásica, no tiene en cuenta la cantidad de las sílabasbreves o largasni, por tanto, las agrupaciones de las sílabas en pies métricos, sino que, por influjo de los modos de versificar en las lenguas vernáculas, se basa en el número de sílabas y en el ritmo acentual de las palabras, junto con el uso generalizado de la rima, a primera vista el elemento más llamativo. La rima tiene una escala: desde la perfecta o consonante hasta aquella que tiene en común una o más letras finales, independientes de la pronunciación acentual de las palabras en sí, pero, probablemente en muchos casos, no de la pronunciación de las palabras en la escansión que se hacía de los versos de la poesía clásica, algunos de los cuales se remedaban en la nueva forma de versificar (p. 13).

2 Para profundizar el fenómeno de la carnavalización literaria resultan claves los planteamientos de Mijail Bajtín en su libro La cultura popular en la Edad media y el Renacimiento: el contexto de Rabelais, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

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Y no sólo el hombre con sus urgencias de amor, de vino y de goce en primavera ingresaban al universo literario de los goliardos. También hacían interesantes divertimentos donde se le da voz poética a otras criaturas para que expresen sus encuentros y desencuentros como la irónica vida, como en el siguiente poema donde la que fuera hermosa y mítica ave y ahora cisne asado refiere su tragedia segundos antes de ser devorado:

LAMENTACIÓN DEL CISNE

1

En los lagos yo vivía y de hermoso presumía cuando de cisne ejercía. ¡Ay, desdichado! Ahora tiznado me veo y socarrado.

2

Vencía a la nieve en albura, a toda ave en hermosura, y ahora al cuervo en negrura. ¡Ay, desdichado! Ahora tiznado me veo y socarrado.

3

El fuego ardiente me abrasa, me gira y gira el que asa,

otro a la mesa me pasa. ¡Ay, desdichado! Ahora tiznado me veo y socarrado.

4

Más en el agua me agrado, bajo un cielo despejado, que en esta salsa pringado. ¡Ay, desdichado! Ahora tiznado me veo y socarrado.

5

Ahora yazgo en esta fuente, de alzar el vuelo impotente, rodeado de tanto diente. ¡Ay, desdichado! Ahora tiznado me veo y socarrado.

Aunque puede mencionarse a Gualtero de Chatillón, Sedulio Escoto y el Archipoeta de Colonia como creadores de poesía goliárdica (así sus formas de vida no correspondan a la que llevaban los clérigos vagantes), la mayoría de cantos goliardos (conocidos como “Carmina”) son de autor desconocido y están recopilados en el Carmina Rivipullensia (conservado en un monasterio de Gerona cuyo manuscrito data del siglo XII), el Carmina Cantabrigiensia (hallado en la Universidad de Cambridge, un cancionero compuesto en el siglo XI) y el famoso Carmina Burana encontrado en el Monasterio de Benediktbeuern (Baviera). Precisamente los cantos profanos del Carmina Burana - más de doscientos cincuenta, de los cuales una sexta parte fueron escritos en alemán- fueron recopilados en un manuscrito del siglo XIII. Dichos cantos profanos los retomó el alemán Carl Orff para componer, con el mismo nombre, una de las cantatas más memorables del siglo XX.

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De los pocos autores que se tiene noticia acaso el que mejor sintetizó en sus versos la esencia y

situación del goliardo fue el Archipoeta de Colonia, título dado a un artista de nombre desconocido

que estudió en Francia y de quien se conserva apenas una decena de composiciones. Fue un

protegido de Dassel, arzobispo de Colonia y canciller de Federico Barbarroja. Sin embargo, a pesar

de contar con el apoyo económico y político de quien lo tuvo a salvo de la muerte por los delitos y

excesos cometidos, nunca tranzó con sus principios estéticos y siempre se negó a la petición que le

hacía su mecenas de celebrar a Barbarroja en sus textos. Su poema Confesión es precisamente el

Aleph donde puede hallarse contenido toda la filosofía y vitalidad de la lírica goliardesca.

1

Ardiendo el corazón en ira vehemente, yo me confesaré, lo haré amargamente:

hecho soy de materia ligera, inconsistente, semejante a la hoja, de los vientos juguete.

2

Es cosa natural en aquel que es prudente que al construir su casa sobre roca la asiente. Yo, necio, me asemejo a un río discurriente que nunca el mismo cielo refleja en su corriente.

3

Voy tal como sin nauta por la mar una nave; tal como por el aire va celívaga ave; cadenas no me atan ni me recluye llave, busco a mis semejantes, de impíos el conclave.

CONFESIÓN

(Fragmento)

10

4

Me es cosa muy pesada el vivir serio y grave; me gusta más la chanza, mejor que la miel sabe; cuanto Venus ordena es trabajo suave, que en flojos corazones Venus vivir no cabe.

5

Camino la ancha vía que anda la juventud, sumergido en los vicios olvido la virtud. Más atento al placer que a la eterna salud, vivo estoy para el cuerpo, muerto al espíritu.

6

Prelado discretísimo, licencia de ti pido:

muero de buena muerte, de dulce herida herido; la beldad de las mozas tiene mi pecho hendido; y las que no poseo desea mi libido.

7

Es cosa muy difícil vencer a la natura, mirando una doncella guardar la mente pura; los mozos no podemos observar ley tan dura, ni del cuerpo voluble dejar de tener cura.

(…)

10

por quien tuve y tendré devoción sempiterna, hasta ver a los ángeles cantando con voz tierna por los fieles difuntos un «Réquiem etérnam».

12

Dentro de una taberna yo quisiera morir, teniendo buenos vinos cerca de mi nariz, los angélicos coros ledos cantando así:

Dentro de una taberna yo quisiera morir, teniendo buenos vinos cerca de mi nariz, los angélicos

De otra falta me acuso:

soy jugador tozudo; cuando el juego me deja con mi cuerpo desnudo, estoy por fuera frío, pero en mi mente sudo; mí poetizar entonces me sale más agudo.

11

En tercero lugar menciono la taberna,

«A este buen bebedor quiera Dios cabe sí».

13

Con las copas se enciende del alma la linterna; vuela el alma con néctar a la esfera superna. Me sabe a mí más dulce el vino de taberna que el que mezcla con agua del prelado el pincerna.

En definitiva, son los goliardos esos universitarios rebeldes, devotos de la taberna, de la gula y de los dados, pantagruelistas siglos antes de que entrara “a la luz de este mundo(Rabelais: 1983: p. 29) Gargantúa gritando a voces “A beber, a beber(p. 29), los que pusieron de ruana el medioevo para legarnos una poesía festiva, loca y rica en recursos poéticos. En ellos, realidad o ficción, habitaba el “espíritu del vino” 3 . El vino, bien sabemos desde la obra de Rabelais es el “agua bendita de la bodega”, sagrados son entonces aquellos que con él purifican sus gargantas, incendian su piel y su sangre, mientras las sensaciones y los pensamientos se entregan a lo festivo, carnavalizando el cuerpo y liberando las palabras del miedo, la cordura, el recato y el silencio cómplice con abusos e hipocresías de los centros hegemónicos del poder (particularmente el clero). Del vino es la expresión que no conoce la atadura, como reconocieron los goliardos en el poema Inspiración:

Cuando el rijoso bebe, dice lo que no debe; cuando ha potado a gusto, habla más de lo justo.

3 Este es el título que la banda de rock ibérico Héroes del Silencio dio a uno de sus trabajos musicales en 1993.

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*Todos los poemas goliárdicos

Y yo cuando empino el codo, hago versos sobre modo; mas sin báquica ambrosia no estoy para la poesía*

que aparecen en este texto son tomados del libro Poesía

Goliárdica. Traducción e introducción de Miguel Requena. Barcelona: Editorial Acantilado,

2003, 427 p.

REFERENCIAS

ARIAS Y ARIAS, Ricardo. La poesía de los goliardos. Madrid: Editorial Gredos, S.A. 1970.

BAJTIN, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Madrid: Alianza Editorial,

2002.

CARAMILLO, Andrés. Los Goliardos. Tomado el 20 de noviembre de 2006, a las 19 horas, de la siguiente dirección electrónica:

http://foro.elaleph.com/viewtopic.php?t=21571&start=0&postdays=0&postorder=asc&highlight=

RABELAIS, Francois. Gargantúa y Pantagruel. Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1983.

REQUINA, Miguel. Poesía goliárdica. Barcelona: Editorial Acantilado 2003.

WHITMAN, Walt. Canto a mí mismo. En: Hojas de hierba. Buenos Aires: Longseller, 2002.

YARZA, Carlos. Carmina Burana. Barcelona: Seix Barral, 1978.

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