Pequeños lugares por conocer y grandes historias que leer Una persona vive en un Perú en miniatura: posee un pequeño

aeropuerto y desde ahí viaja por un gran mundo que solo pocos se atreven a conocer. Así describiría a mi tío. Uno se da cuenta de que la vida es corta cuando se pone a pensar en lo que hizo, lo que está haciendo, lo que hará. Y finalmente en el último momento verá que lo que vivió solo fue un grano de arena en un inmenso desierto. En estas letras yo no vengo a criticarles, sino a contarles lo que mi tío me ha contado. Sus aventuras y cosas que no todas las personas pueden saber. Ya verán por qué. Así lo contaré yo: Fue muy cerca de la hora del almuerzo en donde señores de apariencia sencilla hicieron su aparición. Eran chilenos. Se notaba en el aire que estaban orgullos de serlo. En especial por jactarse de llevar lo mejor de su país. Un buen vino, hecho con sus mejores uvas, bajo los mejores estándares de calidad y envasado. Par ser exactos eran tres, cada uno con su tipo de vino preferido. Supuestamente lo mejor de lo mejor, en especial por tener lo mejor de las características de un buen vino: buen cuerpo, un color que no deje pasar la luz, buen aroma y sabor magnifico. Pues ellos además sabían mucho de lo que se sentían orgullosos. En esa época los peruanos no valoraban lo suyo. Incluso muchas decisiones de sus gobernantes así lo confirmaban. De tal forma que algo muy curioso se va a desarrollar. Eran tres connacionales. Uno de ellos era mi tío Wilder. Coincidentemente traían lo mismo que los tres chilenos. Un vino cada uno. Lo que dije anteriormente era cierto, ellos no se sentían orgullosos de sus vinos. Les otorgaban escasas virtudes. Uno de ellos, el Fond de Cave de Ocucaje, nada más y nada menos, era el menos valorado en ese momento.

Tras un cálido apretón de manos entre estas personas de diferentes nacionalidades, culturas, ideas y emociones entraron conjuntamente al restaurante en donde anteriormente se había hecho una reservación. Se sentaron cada uno en su sitio mirándose uno al otro. Una vez cada uno ocupó su lugar se redujo la tensión. Mirándose uno al otro cada uno se acordó de lo que trajo, y en un instante seis vinos aparecieron sobre la mesa. Como era de esperar el mozo se acercó y les ofreció la carta. Se abrió conversación entre peruanos y chilenos cada uno degustando los vinos del otro y disfrutando de un exquisito almuerzo. Como era de esperar las necesidades fisiológicas vinieron, provocando la retirada hacia los servicios de dos chilenos. Quedándose un ambiente en donde el único chileno decidió romper la formalidad. Y más que perder su orgullo decidió decir la verdad: “Respetables colegas peruanos me he quedado impactado por algo muy sorprendente. He decidido aprovechar que mis dos compatriotas no están aquí presentes para decírselo. Aunque tengamos en mi país las mejores técnicas y mayor control de calidad, mejor tecnología, jamás creí que su vino superaría al mío. Lo admito, pues es la verdad, no solo ha superado a los vinos que mis compatriotas y yo hemos traído, sino que me atrevería a decir que cualquier vino peruano es mejor que cualquier vino chileno. Y no solo eso, sino que para mí el mejor de todos los presentes vinos es este que tiene la etiqueta Ocucaje, ojalá no se lo cuenten a nadie y mucho menos a mis compatriotas”. Esta es la idea que quiero compartirles, y lo curioso de esto es que el vino de marca Ocucaje era uno de los más baratos en aquella época. Si piensan que es mentira ya es su problema, solo puedo afirmar que esta historia fue contada por mi tío Wilder.

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