Está en la página 1de 102
“¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 1 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLOGICOS Guadalajara, Méx. 1968 2 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS © EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLOGICOS ALLENDE 3, GUADALAJARA, JAL., MEX. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 3 “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… Cuarenta y cinco minutos más tarde, los tres estábamos completamente desnudos en la cama de Betti. Todas las luces estaban encendidas para el disfrute de su esposo. Sorprendentemente, no me importaba tener una audiencia de un solo hombre, y tampoco le importaba a ella. En realidad, este hecho nos estimulaba aún más. La cabeza de Enrique estaba muy cerca de nosotros, y en esta posición él observaba todo lo que hacíamos. Le eché una mirada ocasional y vi que estaba sudando casi tanto como Betti y yo… Contando los dólares a cada estocada de mi miembro, sentí la sangre precipitarse al mismo centro de mi ser, mientras la carne ardiente de la mujer debajo de mí, temblaba estremecida y gemía incontrolable anticipando el éxtasis final. Yo me aparté de su cuerpo celestial, diciéndole a Enrique, con voz enronquecida: “Métela pronto… ¡ahora…!” “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 5 CAPITULO I Realmente no puedo recordar cuántas esposas jóvenes, chiquillas de menos de veinte, divorciadas y, sencillamente mujeres, he metido en la cama en los últimos diez años, pero podría decir que pasan de 3,000. El problema es que no puedo obtener suficientes mujeres. Me enloquecen, me devoran. Es una obsesión que no puedo refrenar. Una vez un amigo me dijo que eso era una enfermedad conocida como “Satiriasis”. Busqué la definición y ésta es “deseos sexuales excesivos e incontrolables en un hombre”. Así me siento y creo que la definición es exactamente la que me corresponde. Para comenzar mi historia, les diré que mi nombre es Gustavo Nelson. Ese no es mi verdadero nombre, pero es el que uso profesionalmente. Tengo veintiséis años, mido seis pies dos pulgadas y peso 178 libras desnudo. Soy griego por descendencia, y ustedes saben lo que se dice sobre los griegos. Nací en una ciudad pequeña, a unas ciento cincuenta millas al norte de San Francisco. No puedo mencionar el nombre de la ciudad porque en mi historia están comprometidos muchos individuos que podrían ser identificados con el consiguiente perjuicio para ellos. Para nombrar la ciudad de alguna manera al referirnos a ella, diremos que se llama Richfield. Mi padre trabajaba en una fábrica de enlatar pescado. Allí fue donde crecí y fui a la escuela hasta el primer año de high school en que me expulsaron por hacer una proposición obscena a una de mis maestras que siempre me dejaba castigado después de terminarse las clases. Una tarde, finalmente comprendí su problema. Ella era una joven mujercilla frustrada, que estaba hambrienta por un hombre. De manera que un día le dije: ¿Qué quiere usted de mí, Srta. B…? Ella estaba sentada frente a su escritorio y yo parado enfrente, de cara a la maestra. Ella parpadeó sus ojillos, como siempre hacía, mirándome fijamente. Mientras se mordía nerviosamente el labio inferior, me dijo: —Tú eres un muchacho brillante., con una buena apariencia. No hay excusa para que tengas el más bajo promedio en mi clase. Si solamente te aplicaras más. —Me aplicaré, Srta. B… Me introduciré bien adentro de usted. ¿Le gustaría eso…? 6 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —¿Qué…? ¿Qué es eso que has dicho…? Ella me oyó perfectamente pero quería una respuesta directa. Sus ojos seguían lanzándole miradas furtivas al bulto que se me marcaba a través del pantalón. Pensé para mis adentros calmarla, dándole lo que ella quería, así es que bajé el zipper de mi pantalón y sacando mi miembro, lo sacudí encima de su mesa. —¿Es esto lo que quiere, Srta. B…? Pues aquí lo tiene, es suyo con sólo alargar la mano. Ella dejó caer sus espejuelos y carraspeó. Pensé que se iba a asfixiar allí mismo. Tenía la boca abierta y sus ojos miraban como si se le fueran a salir de las órbitas. Yo di la vuelta para acercarme a ella con mi miembro balanceándose a la vista, tratando de golpearla por la espalda. Ella dio vuelta hacia un lado en su silla y se inclinó mientras tosía. Por un instante, sus labios estuvieron sólo a unas pulgadas de mi miembro. No sé si fue intencionalmente o no, pero apostaría a que sí lo fue... ¡Ella no estaba ciega! Tenía la punta de la lengua descolgada fuera de la boca y casi me tocaba la cabeza. Naturalmente, mi endemoniado miembro comenzó a ponerse rígido. Coloqué mis manos en la parte de atrás de su cuello y traté de forzar su cabeza hacia delante. Ahí fue cuando la “muy hija de perra” comenzó a gritar como si la estuviesen matando. Por todo esto fue que me expulsaron de la escuela. De todas maneras yo no era un buen estudiante. Al menos no estaba aprendiendo nada, demasiado preocupado al parecer, con el sexo. La única cosa por la cual mostraba algún interés, era por la pintura. Al principio, comencé por dibujos indecentes de hombres metiéndole el miembro a mujeres en distintas posiciones, y después me interesé en la anatomía, y comencé a perfeccionar los desnudos. En Richfield había un escritor. Su nombre era Abel Corona. Era autor de cosas muy bonitas y sensacionales. Yo creo que me leí todo lo que él había escrito. Cuando estuve en la escuela una vez, ausente por casi una semana. Mi padre no estaba trabajando entonces. Se pasaba el tiempo borracho y pegándonos a mi madre y a mí. Durante aquella época, yo consideré a Abel Corona como un hermano mayor y desde entonces hemos sido amigos. Abel tomó un gran interés por mí y me alentó a seguir con mis pinturas. Él era alguien con quien siempre podía hablar. Yo sabía que él trataría siempre de buscar mi superación. Cualquier cosa buena que existía en mí, era resultado de la influencia de Abel. El siempre elogiaba mi ansia de leer, lo que hacía que leyera todo lo más posible. Él decía que la lectura era de por sí una educación: leer y viajar. Yo siempre quise hablar bien y tenar conocimientos amplios sobre la vida. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 7 Siempre que tenía algún problema, la primera persona a quien yo acudía era al “hermano mayor”. En aquellos tiempos él era soltero y parecía comprenderme, aun cuando yo no tuviera la razón. El día que me expulsaron del colegio, Abel y yo estuvimos la mitad de la noche hablando sobre el asunto. Me dijo que yo tenía muchas cosas en mi contra en Richfield y me sugirió que me fuera a San Francisco, donde no estaría tan limitado y donde podría estar libre para descubrirme a mí mismo. Me dijo que me patrocinarla económicamente, si iba allí y estudiaba pintura. Doce días más tarde estaba yo en el autobús que se dirigía a San Francisco, determinado a dedicar mi vida al arte. Dos paradas después de Richfield, entró un pollo apetitoso al autobús: una rubia. Mi dedicación se desvaneció por completo. Bien, me dije, al menos me ayudará a pasar el tiempo, y será divertido averiguar si puedo anotarme tanto con ella. Pronto sería oscuro, razonaba, y con las luces apagadas el autobús era tan bueno como cualquier otro sitio. Sé que soy muy alocado, ero como dije antes, las mujeres —de cualquier clasedespertaban mi apetito sexual. Esta además, era joven y parecía llena de ansiedad… El asiento junto al mío estaba vacío, y a medida que ella venia por el pasillo, yo aparté mi rodilla para que pudiera verlo bien. -¿Está este asiento ocupado? —dijo ella con mucha seriedad. No contesté y entonces dirigí mi vista a la ventana sin hablar más por el momento. Cuando llegó la ocasión que pensé que era apropiada, le ofrecí un cigarrillo al tiempo que le preguntaba —¿Va usted muy lejos…? -A San Francisco —dijo ella inhalando profundamente su cigarrillo. —No. Este es mi primer viaje —explicó ella—; voy allá a casarme. Se sonrojó y pensé que éste era un reto que no podía pasar por alto. Sus senos eran pequeños y firmes, sus ojos eran grandes y luminosos y labios gordozuelos y sensuales que estaban justamente suplicando que se los tomasen… Tenía solamente dieciocho años, su nombre era Ángela, y esta era la primera vez que salía de su pueblo natal. Hablamos por un rato de cosas sin trascendencia, hasta que oscureció y pude hacer mi primer intento, poniendo primeramente mi mano sobre las de ella y dejando que resbalaran gentilmente sobre sus rodillas. Si ella se sorprendió con mi acción, no dio muestras de ello. Entonces las luces del autobús se encendieron y le ofrecí una frazada, a pesar de que no había frío para ello. Ella era una chica inteligente. Comprendió rápidamente, y colocando la frazada sobre su cuerpo, dejó que mi mano ansiosa, explorara sus escondidos tesoros. Por un rato mis 8 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS dedos jugaron en sus torneados muslos, pellizcándolos suavemente y haciendo camino bajo su falda, hacia el centro de mi objetivo. Ella no opuso resistencia; solamente aflojó sus músculos y pretendió ignorar mi ataque, fingiendo dormitar. Cuando mis manos alcanzaron el borde de sus pantaloncitos y comenzaron a abrir la senda que me llevaría al preciado fruto, su cuerpo se tomó tenso; podía sentir cómo los músculos de sus piernas se endurecían. Abrió los ojos, y se volvió hacia mí, suplicante… No pude saber si estaba suplicando que me detuviera en mis acciones o que las continuara. En la duda, yo siempre me digo, en vez de detenerte, sigue adelante… Ella se movió ligeramente en su asiento, y le bajé los pantaloncitos de sus caderas, hasta las rodillas. De aquí en adelante, ella pudo salirse de ellos fácilmente. Ahora el camino estaba libre para una buena sesión de exploración de sus encantos. Por más de veinte minutos la acaricié y la atormenté suavemente haciendo crecer sus deseos hasta el punto que no podía tolerar más. Una vieja señora, que estaba sentada a través del pasillo, comenzó a sentir curiosidad por nuestros manejos y tuve que suspenderlos. Saqué mis manos da debajo de la manta, y me senté de frente No pronunciamos suavemente… una sola palabra, hasta que la oí sollozar — ¿Qué te pasa…? —susurré a su oído… — ¿Por qué te he dejado hacer esto? —balbuceó—. Yo no sé qué cosa me ha pasado, qué es lo que siento dentro de mí… —No es culpa tuya, mi amor. aprovechado de las circunstancias. No me pude controlar y me he —Pero yo te lo he permitido —dijo ella en un suspiro. —A veces estas cosas suceden —quise justificarle. —No a mí… no de esta forma… con una persona que solamente conozco de unas horas. —Es algo indescriptible, Ángela. El tiempo no significa nada, cuando una cosa así pasa. La primera vez que te miré, supe que tú eras la clase de muchacha a quien yo podría amar. —Tomé sus manos entre las mías—: Te adoro Ángela… Te deseo tanto que me siento enloquecer de pasión. Si solamente pudieras ser mía… Pero este maldito autobús… toda esta gente que nos rodea… lo hace imposible. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 9 Ella se alejó de mí, y mirando a través de la ventana, murmuró en una voz que era casi inaudible: —Yo te deseo a ti también… —Si hubiera alguna forma —suspiré yo a mi vez. —No la hay —dijo ella—. Y si la hubiera, no estaría bien hecho. Quiero decir que estoy en camino a San Francisco para casarme; hay alguien esperando por mí allá. Yo la miré con tristeza en mis ojos, aunque por dentro estaba disfrutando enormemente con todo esto. —Si hubiera sido yo quien te conociera primero, las cosas podrían haber sido diferentes. Noté entonces que el autobús estaba deteniendo su marcha y saliendo de la carretera se dirigía hacia un restaurante en el cual nos anunciaron íbamos a detenernos por una hora para comer y descansar antes de proseguir el viaje. Ángela y yo cruzamos una mirada de inteligencia Los dos pensamos en lo mismo. Nos levantamos de nuestros asientos y salimos detrás de los demás pasajeros. Una vez fuera del autobús, noté que había un grupo de cabañas en la parte de atrás del restaurante. Era perfecto para mis planes. “Teníamos exactamente una hora” —Mi amor —le dije—, pronto vas a casarte y es posible que no volvamos a vernos de nuevo. Pero yo sé que no podré olvidarte nunca. ¿Es mucho pedir una hora de felicidad juntos…? Ella quedó impresionada con mi súplica, y yo casi me reí en su cara… Las mujeres son tan impresionables algunas veces… Su respuesta fue inapreciable: — ¿Quieres decir… como extraños que pasan en la noche…? Conteniendo la risa que se me escapaba, le dije todo lo más románticamente posible, poniendo acento de pasión en mis palabras: —Sí, mi vida… Ángela se estremeció entre mis brazos. — ¿Tú crees que nos creerán si decimos que somos marido y mujer…? —Deja eso en mis manos -le dije pensativamente. 10 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Mientras yo hacía arreglos para alquilar la cabaña, Ángela pidió unos bocadillos y una cerveza para mí, y café para ella. Yo estaba en la puerta de la cabaña esperándola, cuando ella corrió hacia mí. —Hacia aquí, cabaña No. 4 —le señalé moviendo mi mano desde la puerta. No había cerrado la misma, cuando Ángela se echó en mis brazos rodeando mi cuello con sus manos ansiosas. Presionó sus labios con los míos, mientras su lengua exploraba mi boca. Yo comprendí que ella no era tan inocente como pretendía. Su aliento era fuego; su cuerpo se enroscaba dentro del mío. Estaba tan ansiosa por ser poseída, que no me dio chance a comer el bocadillo o a tomarme la cerveza. De pronto, ella estaba toda encima de mí, buscando, demandando, arañando mi cuerpo. —Está bien, mi vida… Está bien. Tenemos casi una hora. Hay suficiente tiempo para todo. —Yo había descubierto hacía tiempo, que mientras más tiempo te tomes, y más indiferente actúes, más ardientes e impacientes se tornan. Ángela tenía un cuerpo pequeño pero muy bien formado. Valía todo el inconveniente y mucho más. Ella se quitó el vestido, dejándolo caer en el suelo y la vista de ella delante de mí usando solamente sus medias y su sostén, me dejó electrizado. Se me hizo la boca agua mientras daba un paso atrás, para contemplarla a mi gusto... Ella se sabía bella y deseable… Lentamente desabroché su sostén y dejándolo caer lentamente expuso con orgullo sus pequeños y firmes senos. Eran tersos y brillantes como una toronja en sazón. Levantando una a una, sus bellas y torneadas piernas, las dejó descansar en el brazo de la butaca, mientras se despojaba de las medias. Como un final glorioso, giró en las puntas de sus pies revelándome toda su deliciosa desnudez, incluyendo la delicada y bien formada curva de sus nalgas. Ella era en verdad un bocado delicioso, y por supuesto me olvidé del bocadillo y la cerveza, ya que me sentía capaz de comérmela viva… —Ahora es tu turno —me dijo Ángela que se sentó en el borde de la cama. Cruzó sus bien torneadas piernas, y sus ojos se posaron en mí, como un niño maravillado, esperando el desfile del circo. Yo soy también, un poco exhibicionista, tengo que admitirlo, y me excita el hecho de mostrarme ante una mujer. Siempre están seguras de sus encantos, hasta que le echan una mirada a mi instrumento. Su tamaño no falla nunca... Les hace estremecerse con una mezcla de miedo y duda en sus ojos. Eso me hace sentirme orgulloso de mis atributos. Me uní a ella en la cama, y al instante estaba, toda sobre mi cuerpo, su boca húmeda en la mía, su lengua delicada succionando mis labios y explorando su interior. Perdimos el balance cuando su cuerpo demandante cayó sobre el mío, haciendo crujir los muelles bajo nuestro “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 11 peso. Ella estaba sobre mí, y yo me las arreglé, para tomar sus adorables senos en mis labios, mordiéndolos suavemente, hasta que sus pezones se endurecieron, latiendo de deseo… Mientras, yo continuaba acariciándola, dejando deslizar mis manos por la suave curva de sus caderas, que ya comenzaban a estremecerse de deseo; ella reaccionó, mordiéndome ligeramente y besando el lóbulo de mis orejas, continuó su juego delicioso, martirizando mi cuello con su ardiente boca que parecía querer devorarme. . Yo sentí pena, por el varón que iba a casarse con ella. Dentro de una semana, lo habrá devorado completamente… Empezó a moverse su cabeza hacia abajo, entre mis piernas, tratando de llegar hacia el objeto de sus ansias, pero yo no podía aguantar aquello… era más de lo que podía soportar en ese momento… —No, eso no podría resistirlo —reí entre levantaba y la dejaba caer en la cama de nuevo. dientas mientras la Ángela gimió de deseo, mientras rodaba en la cama hacia mi lado, y arqueó su espalda mientras separaba sus torneadas piernas como las alas de un águila. Manteniéndome sobre ella, coloqué sus piernas sobre mis hombros y violentamente me introduje dentro del húmedo e invitador centro de pasión que esperaba anhelante mi ataque. Ángela emitió un pequeño grito al recibirme dentro. Todas las mujeres reaccionan igual ante mi acometida, cuando me reciben por primera vez… Gritan como si fueran vírgenes. Ángela hizo presión con sus manos contra mi pecho y trató de forzarme fuera de ella. —No, por favor resistirlo más… —se quejó—. Me estás haciendo daño no puedo Una vez que he comenzado, no hay fuerza humana que me pueda detener. Si tengo que ser cruel, lo soy. Oprimí mi brazo derecho fuertemente a través de su pecho, apretando su hombro con tanta fuerza que Ángela se retorció de dolor. Lentamente aumenté la velocidad de mis movimientos, hasta que su cuerpo empezó a estremecerse convulsivamente contorneando sus caderas rítmicamente respondiendo admirablemente a mi invasión. Oh, Dios mío, ¡qué sentido de alivio y suprema felicidad experimenté…!- Un acto de pasión se lleva toda mi tensión y me deja una extraordinaria sensación de plenitud… Moviéndonos y rotando juntos, tercamente mantuvimos nuestras bocas en un beso interminable, hasta que ambos nos sentimos completamente saturados y sin aliento. El momento supremo se acercaba y no podíamos prolongar las sensaciones por más tiempo. 12 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Lancé todo mi peso sin piedad contra el de ella. Hubo una contracción mutua mientras nuestros cuerpos ya sudados, rápidamente llegaban al éxtasis de un pleno orgasmo. ¡Mil estrellas brillaron en el cielo, destruyendo la oscuridad…! ¡Dos extraños que se encontraron en la noche! Y cómo… Volviendo de nuestro éxtasis, nos dimos cuenta cómo el tiempo había transcurrido y separándonos rápidamente, nos vestimos alocadamente, regresando al autobús cuando ya éste se estaba preparando para partir nuevamente. Bueno, así es cómo suceden las cosas, si eres un hombre como yo, acostumbrado a saciar diariamente sus demandas sexuales. El “después”, es siempre un dolor de cabeza. De nuevo en el autobús a Ángela le comenzó conciencia y comenzó a llorar con desconsuelo. a remorder la —No llores así, mi vida —le dije. ¿Qué van a pensar las personas que nos vean? —No lo puedo remediar —sollozó ella—. Te amo. ¿Cómo voy a poder casarme con otro? —Así es la vida, chiquilla. Saciamos nuestra sed de amor y ahora tú tienes que cumplir tu palabra. —¿Y tú? —dijo Ángela. —Yo también. No te lo dije antes, pero yo soy casado. Ella comenzó a llorar más alto que antes. Todas las personas en el autobús estaban mirándonos. —Oh, Gustavo, ¿cómo has podido hacer eso? —De la misma forma que tú has podido —le contesté. — ¿La quieres? —No, pero no la quiero herir. Ese muchacho que te espera en San Francisco… ¿Quieres destrozar tú su vida…? —No, pero… —Como dijiste primero, cariño… nosotros fuimos dos extraños en la noche. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 13 —Yo adoro esa canción. ¿No te pasa lo mismo a ti? —Sí, es una linda tonada. —Cada vez que la oiga ahora, tendré que pensar en nosotros. —dijo Ángela lánguidamente. -Sí, haz eso —contesté con indiferencia. —Pensarás que he sido una chica fácil. —No, Ángela, yo no creo eso de ti. —Prométeme que no me olvidarás nunca, Gustavo. —Nunca te olvidaré, nena. —Y dentro de mí, pensaba, “hasta la próxima vez”. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 15 CAPITULO II Abel estaba en lo cierto cuando hablaba de San Francisco… Era ciertamente una ciudad de vértigo y bullicio… Una ciudad donde nunca tuve dificultad en desdoblarme y encontrarme a mí mismo. Una ciudad llena de movimiento, llena de gentes deseosas de aventuras. ¡Todos están dispuestos, siempre…! Para explorar lo inexplorable. Para emprender una aventura… especialmente las mujeres. Cada día allí, era una revelación Las primeras dos semanas que pasé en San Francisco, tenía la mente dirigida hacia el futuro, con vistas hacia mi carrera de artista. Me matriculé en una academia de arte, y traté de concentrarme en mi objetivo, pero por desgracia, las endemoniadas modelos me mantenían imposibilitado de concentrarme en mi trabajo. Contemplar esos suculentos pechos; esas redondeadas, incitantes caderas; esos aterciopelados muslos; esas ondulantes nalgas… ¿Cómo diablos, un tipo tan sexual como yo, iba a poder concentrarse en el trabajo…? Había una modelo en especial. Ofelia, una pelirroja… que excitaba peligrosamente mi virilidad, siempre dispuesta al ataque. Me costaba trabajo poderme controlar, cuando miraba aquel par de exuberantes senos, que como melones en sazón, oscilaban ante mi vista y sus firmes muslos que descubría al moverse, aquel maravilloso triángulo de placer. Tenía que mantener la mano en el bolsillo, tratando de aplacar con ella las ansias que se despertaban en el centro de mí ser. Qué deseos tenía de poder conseguir este bocado exquisito… Pero había un tipo, estilo hippie, un bohemio del distrito de Haight-Ashbury que la recogía todos los días después de la clase, impidiendo de esta manera mi intención de acercarme. Una tarde, el tipo bohemio no vino y yo esperé después de la clase, mientras ella se vestía. Cuando salió de detrás de la cortina, lucía casi tan bien con ropas de vestir, que desnuda posando. Vestía pantalones ajustados, sandalias y un blusón suelto, que dejaba ver que no llevaba nada puesto debajo de él. Sobre sus hombros dejaba caer un ajado impermeable. Llevaba poco maquillaje y su largo cabello rojo, flotaba sobre sus hombros. —¿Puedo acompañarte a tu casa? tratando de aparecer insinuante. —le pregunté con una sonrisa, —¿A qué casa? —me preguntó Ofelia mirándome directamente a los ojos. Ella no tenía ciertamente una actitud acogedora—. ¿Qué tratas de insinuar?… ¿A qué estás invitando…? Además, yo no tengo ninguna casa… 16 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —¿Qué te parecería venir a la mía? —le dije ansiosamente. Ella hizo una pausa, mientras me miraba despectivamente. —No vayas tan de prisa, hermano. Yo sé lo que estás pensando, pero no creas que porque yo enseño mi cuerpo estoy dispuesta a entregarlo con la misma facilidad. —Después sonrió añadiendo—: Si quieres comprarme un bocadillo y un refresco, la cosa, es distinta. A mí me gusta mucho comer con el dinero de otro. Ella insistió en ir a un café donde todos los “hippies” se agrupan. Conocía a todo el mundo allí, parando de mesa en mesa para saludar a alguien sin molestarse siquiera en presentarme a sus amigos. Yo era algo así como un perrito con su correa. Lució interminable, hasta que ella decidió acomodarse en una mesa en una esquina. Yo lo tenía todo planeado, pero ella no cesaba de hablar, imposibilitándome cualquier tipo de avance en mis planes. Durante una pausa, comenzó a estudiar mi rostro fijamente, hasta que sentí cómo mi cara se enrojecía, cosa que nunca antes me había sucedido con ninguna mujer. —¿Qué diablos te pasa? —le pregunté—. ¿Tengo algo raro en la cara…? —Te estoy contemplando —dijo Ofelia. —¿Es eso bueno o malo? —Eso es bueno, tu cara quiero decir. . . Eres muy buen mozo y creo que lo sabes. Yo sonreí cínicamente —Bueno, yo nunca recibo quejas. —Yo detesto los hombres buenos mozos —dijo ella inexpresivamente. Son tan poseídos de sí mismos. ¡Son aburridos! ¿Qué edad tienes…? —Veinte —mentí rápidamente. Solamente tenía diecisiete, pero la edad impresiona siempre a las mujeres. Años significan “experiencia” y esto es algo que ellas buscan ansiosamente. —¿A qué Universidad has ido? —La de Miami —mentí nuevamente, pero nunca terminé. No la hubiera impresionado ciertamente, decirle que no había terminado ni la escuela Superior. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 17 —Muchos afeminados van allí, ¿verdad? —Algunos, claro, y no soy uno de ellos, si eso es lo que quieres decir. —Yo adoro a los afeminados —dijo Ofelia dulcemente. —Son tan cariñosos e inseguros de sí mismos. Yo vivo con uno de ellos ahora. Era una pervertida. —Ese tipo que te viene a recoger todos los días —dije—. ¿Es ese a quien te refieres? Ofelia asintió. —Tú le atraes mucho. —Sus palabras casi me hacen caer de la silla en que estaba sentado—. Por eso es que estoy aquí contigo. Le prometí que te conseguiría. A él le gustan, altos y trigueños, así como tu tipo. —No, espérate un segundo, corazón —le grité—. Me parece que te has equivocado de cliente. —No te vuelvas loco —me reprochó—. Debes tener una mente abierta. —Gracias, pero de eso nada. A mí me gustan demasiado las mujeres para eso. —Rodolfo es inofensivo—ella me explicó— aficionado. Te quiere como modelo, por supuesto. —Dile que se pierda de mi vista. —Mira, si quieres acostarte conmigo, yo lo consideraría si tú posaras para él. — ¿Qué tendría yo qué hacer? —Bueno, solamente unas cuantas posiciones mostrando tu musculatura, darle un chance a que te admire desnudo por supuesto... — ¿Quieres decir, completamente desnudo? — ¿Qué pasa? ¿Estás avergonzado de tu figura…? Tú eres hombre, Rodolfo también, ¿cuál es el gran misterio? —Sí, pero Rodolfo es afeminado. Él es fotógrafo 18 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —No te preocupes por eso. Yo considerar las cosas desde luego. —¿Cosas como qué? estaré allí para protegerte… y —Me dará oportunidad de apreciar la “mercancía” y ver si vale la pena realmente cumplir el convenio. El modo de decir estas cosas fue tan sensual, que yo creí que no podría controlar por más tiempo el deseo que se apoderaba de mí. Posar desnudo para un grupo de bohemios afeminados es la forma más inconcebible que yo he oído, de poder lograr acostarme con una hembra. Pero allí estaba yo esa noche, en casa de Rodolfo, quitándome la ropa detrás de la cortina, y sintiéndome corno una virgen a punto de ser violada. Cuando llegué al apartamento, Rodolfo parecía un poco nervioso de la situación, no puso una mano encima de mí, ni hizo ninguna sugerencia aparte de posar ante la cámara. Mientras yo me estaba desnudando, él se mantuvo ocupado situando las luces y los demás equipos, tanto que empecé a pensar si Ofelia me había mentido acerca de él. Rodolfo no parecía el tipo afeminado, ni actuaba o hablaba como tal. Sólo fumaba una pipa constantemente mientras trabajaba. Antes de comenzar a posar, Rodolfo me ofreció si quería usar un protector para cubrir mis partes, ya que él había invitado a otros compañeros fotógrafos para que tuvieran la oportunidad también de tomar algunas fotos. Yo no lo había considerado necesario, pero le pregunté sí Ofelia estaría presente, a Rodolfo el cuál me contestó que sí. —En ese caso —le dije desde la plataforma, creo que me sentiría mejor si tuviera algo puesto. —Ven conmigo para que busques el tamaño que te venga mejor —me dijo Rodolfo. —El mayor que tengas —le dije rápidamente. La sesión de fotografías duró cerca de 45 minutos. Estaban tratando de tomar una foto mía, doblado sobre un disco de lanzamiento, cuando Ofelia entró en el salón. Ella me miró críticamente desde la cabeza a los pies, considerando cada músculo de mi cuerpo. —Luces mucho mejor sin ropa que con ella. Debías de dejar la pintura y considerar la idea de modelar. Tienes mucho que vender. Todos los presentes incluyendo a Rodolfo estuvieron de acuerdo con ella. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 19 Ella me volvía loco. Estaba tan endemoniadamente segura de sí misma; pero yo tenía que poseerla. Sentí la sangre a punto de explotar en mis venas. La tensión crecía dentro de mí, y sentí cómo crecían mis partes dentro del protector. Tenía que hacer algo que la impresionara violentamente, si eso era posible. Mi primer impulso fue lo que obedecí: Rasgué el protector y me quedé parado con las piernas abiertas en actitud vencedora… ¿Quiere alguien tirar alguna foto de esta pose? — dije en voz alta. Ofelia quedó paralizada, sin quitarme los ojos de encima. Con la boca abierta, mirándome con expresión de asombro en el semblante. No daba crédito a sus ojos. — ¡Dios mío! ¿Qué es esto…? —gritó uno de los muchachos. Todos comenzaron a tomar fotos con sus cámaras. Uno de ellos se acercó para tomar una, lo más cerca posible. Ofelia seguía allí… como si se hubiera quedado congelada. Por fin, cuando salió de su trance lucía enojada. —Bueno, está bien ya… Todo el mundo fuera de aquí —ordenó— Tú también, Rodolfo… ¡Fuera…! ¡Yo lo encontré y es mío…! Todo mío. —No seas egoísta, Ofelia —dijo uno de los chicos. Hay suficiente para todos. Ofelia los empujó a todos fuera del cuarto y unos minutos más tarde quedamos solos ella y yo. Por un rato, ninguno de los dos dijo una sola palabra, Nos contemplamos largamente buscando una respuesta a nuestras ansiedades. Por fin Ofelia dijo: —¿En dónde crecen los de tu clase? En Pomona —le contesté, mientras me bajaba de la plataforma acercándome a ella. Debimos haber lucido muy ridículos, ella completamente vestida, usando su usado impermeable y yo completamente desnudo, tal como el día en que vine al mundo. Ella parecía sofocada, y su cara comenzó a colorearse. Yo la acerqué hacia mí, oprimiendo su cuerpo contra el mío tanto como podía. Mientras hacía esto, su impermeable cayó al suelo. Yo cubrí su boca con la mía e inmediatamente su lengua aguda salió a encontrarse con la mía, y sus brazos me envolvieron en un apretado abrazo, mientras mis manos se deslizaron hacia sus nalgas y empecé a apretar la carne que se ofrecía a mí, voluptuosamente. 20 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Una ola de pasión recorrió mi cuerpo encendiéndolo con llamaradas de deseo. Una vez más la incrusté contra mí, y devoré sus labios con ansias contenidas. Mientras hacía esto, mi mano bajó a sus caderas y empecé a bajarle el zipper de sus pantalones. Ofelia contone6 sus nalgas y los pantalones se deslizaron hacia el suelo. Me aparté para mirarla bien. Lucía adorable con su largo pelo rojo cayendo suavemente sobre sus hombros, cubierta solamente con un suelto blusón en color verde pálido y sus transparentes pantaloncitos color rosa. Sus piernas y pies estaban desnudos. Ella lucía la imagen de la candidez y pasión fundidas en una sola. Mirándola profundamente le tomé la mano y la llevé hacia la cama. Presionando mis manos firmemente sobre sus hombros, la llevé hacia atrás, quedando de pie ante ella de manera que su cabeza quedaba al nivel de mi entrepierna. Ella continuaba mirando el punto de sus ansias, como si estuviera hipnotizada. Entonces su delicada mano se cerró sobre mi miembro, pero sus dedos no lograban abarcarlo en toda su magnitud. —Dios mío —suspiró—-. ¡Qué hombre! Ofelia comenzó a acariciarlo gentilmente, como si fuera un ídolo que, al frotarlo, pudiera conceder un deseo. Yo cerré mis ojos y echando la cabeza hacia atrás, dejé que la sensación que su roce creaba en mi cuerpo, inundara mis sentidos. Después de un rato, Ofelia retiró su mano y acercó sus labios a mi miembro, besándolo suavemente. Después de esto, cayó hacía atrás sobre la cama, abiertas las piernas, esperando mi ataque, trémula de pasión. Era una invitación abierta para que yo hiciera lo que quisiera. Rápidamente le bajé los pantaloncitos color rosa, y ella arqueó ligeramente su cuerpo, para poder quitarse el blusón que todavía llevaba puesto. Sus preciosos y bien formados pechos, los cuales yo había mirado tantas veces en clase, deseando tocarlos, besarlos, ahora eran míos para poder disfrutarlos a mi antojo. Mis manos comenzaron a acariciar las partes más sensibles de su cuerpo. Al mismo tiempo mi excitación llegaba a su cúspide. Entonces mientras llevaba mi dedo desde la curva de su vientre, hasta el mismo centro de placer, que húmedo invitaba su posesión, mi íntimo roce le provocó un espasmo de placer, seguido de un ronco estertor de deseo. Se retorció en la cama, sin fuerzas para resistir. Me pertenecía por el momento. Yo era su dueño supremo. Me arrodillé delante de ella colocando mis caderas dentro de sus abiertas y colgantes piernas, y enterré mi cara en su suave e invitador centro del amor, jugando con mi lengua en su interior, mientras se revolvía de placer ante mis “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 21 enloquecedoras caricias, a gemir de deseo incontrolable en tal forma, que comprendí que necesitaba ser poseída rápidamente. No podía seguir esperando, pues el momento supremo estaba cercano. Me levanté de mis rodillas y quedé sobre ella con mi duro y enardecido miembro rozando el punto de su feminidad. Levanté sus piernas sobre mis brazos, ya estaba preparado para el acontecimiento final, cuando sentí un ruido. Alguien estaba en el cuarto con nosotros. Me volví rápidamente y vi a Rodolfo parado justamente detrás de mí. Sus ojillos relucían de placer. —Por favor, déjame quedarme aquí —dijo con una voz que parecía un suspiro—. Solamente quiero mirar. Yo estaba ahora en un estado emocional y con una fiebre de excitación tal, que todo estaría perdido si dejara que algo arruinara el momento. Este momento de desvarío podría no repetirse jamás. Así que me volví a mirar a Ofelia, su cuerpo invitador esperando mi llegada, e ignoré a Rodolfo. Mis manos bajaron hacia sus nalgas, dándole soporte a sus caderas, y entonces en un rápido movimiento, introduje cori fiereza mi miembro, hasta que nuestros cuerpos estremecidos parecieron fundirse en uno solo. Yo estaba seguro que ella iba a gritar, pero no lo hizo. Ella sólo suspiró con alivio y complacencia y entones movió sus piernas de mis hombros y cerró mi cuello con sus tobillos. Atrayendo su cuerpo hacia el mío, comencé un lento y rítmico movimiento. Ofelia expertamente me secundó mientras entonábamos un himno a Apolo. Me siguió con su cuerpo mientras yo aumentaba mi ritmo en intensidad. Mis manos sujetaban fuertemente sus nalgas. Mientras ascendíamos en indescriptibles olas de placer, sentí sus manos explorando mis caderas y nalgas hasta llegar al punto central de las mismas. De momento quedé sorprendido con el ligero dolor que me produjo su inquisitivo dedo, explorando mis entrañas, pero pronto esta sensación de dolor fue sustituida con un extraño placer que me estremeció hasta la médula… Era una sensación desconocida, pero que estimulaba más mi hombría y me proporcionaba un nuevo placer hasta entonces desconocido. Cuando me estaba recobrando de esta maravillosa sensación de enervamiento, sentí como una cosquilla en los testículos. Pronto descubrí a qué se debía el cosquilleo: a las manos de Rodolfo acariciándome con devoción en el punto de unión de los testículos y el 22 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS miembro… No salía de mi asombro… ¿Cómo era posible tantas sensaciones distintas en aquella sola sesión de placer…? Yo me creía un Don Juan que se las sabía todas, pero aquella tarde descubrí misterios que realmente hacían las cosas mucho más interesantes. Gimiendo de desesperación llevé a Ofelia hasta el clímax del placer. Podía sentir su cuerpo estremecerse espasmódicamente mientras yo alcanzaba mi momento supremo al mismo tiempo. Ofelia alocadamente alzó los brazos, los dedos tirando de su pelo rojo, su cabeza dando vueltas de un lado al otro mientras gritaba desgarradamente como una pobre alma perdida en el purgatorio. En ese instante nos sentimos como navegando en un gran mar para después caer exhaustos y jadeantes al final de todo. Por un largo rato nos quedamos silenciosos. Hasta el pobre Rodolfo estaba emocionado. Ofelia dijo por fin: —Eres el mejor Gustavo. El mundo lo debe saber. Alelado, Rodolfo sugirió: —Bebamos algo. Yo tengo una botella guardada. De alguna culminación. forma, tal parecía, Rodolfo participó en nuestra El pobre Rodolfo debe ser la clase de personas que está satisfecho con solamente observar. Pero yo les puedo decir sinceramente que desde entonces, han sido muchas las veces que en el acto de tomar una mujer, me hubiera gustado tener a Rodolfo presente jugando con sus dedos en mis testículos. Pruébenlo una vez y nunca se les olvidará. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 23 CAPITULO III ¡Esta fue mi existencia por dos años! Ofelia fue una de ellas, regularmente una vez por semana, pero durante esos dos años, mientras estudiaba arte, probablemente probé a todas las posibles bohemias en el distrito de Haight-Ashbury. A veces, cuando me sentía “generoso” me entregaba a unos muchachos. No quiero decir con esto que todos los bohemios machos son homosexuales, aunque sí son muchos, pero la filosofía de todos los de su clase, es de la entrega sexual solamente por el placer que se pueda derivar de ella… y cuando están en las nubes bajo la influencia de alguna droga, no importa realmente a quién posees o quién te posea, si al fin y al cabo terminas satisfecho… Cuando al pasar el tiempo cumplí los veintiún años, mi vida había cambiado considerablemente… Probablemente por el cambio forzado en mi modo de vivir… pero, aun así, salí de una clase de vida y comencé otra. Después de dos años de estudio ya yo había pintado diecisiete lienzos, Abel volvió a San Francisco a comprobar mi progreso y a decidir si mi talento era digno de su continuada patronización. Acababa de escribir una novela provocativa, que legó a ser el número uno de la lista de los libros más vendidos del país. Así es que no estaba solamente en el dinero, sino que se encontraba además en un estado de ánimo muy generoso. Estaba también enamorado de una chica en Richfield y estaban comprometidos para casarse. La boda se iba a efectuar en un mes más o menos, y planeaban una luna de miel por Europa. Así que pueden ver por qué Abel, con tantas cosas en su mente, no estaba muy preocupado con mi bienestar. Como ya he explicado antes, Abel y yo siempre fuimos sinceros uno con el otro, y él no calculaba sus palabras para darme una opinión verdadera sobre mi pintura. —Tu estilo sigue ahí, muchacho, pero francamente no veo un gran avance en él. Tu trabajo sigue siendo sin lustre… frío, sin vida… igual podrías pintar una pared que un cuadro. ¿Qué has hecho tú en estos dos años? —Tengo diecisiete lienzos, Abel… Cuéntalos si lo deseas. Yo he tratado… He lucharlo por mejorar… 24 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Yo no he dicho en ningún momento que no hayas hecho el esfuerzo… pero cada lienzo tiene una sola motivación: sexo. No hay ninguna variación en ellos. Este argumento, por parte de Abel, me hirió profundamente. —¿Y tú? ¿Qué me dices de trataba de mantenerme calmado. tus novelas? —Le pregunte mientras —Tienes razón —me contestó asintiendo—. El sexo es una parte de la vida, la cual es hereditaria, pero es motivado. Tus lienzos lucen ser solamente objetos del sexo y para ser usados por sólo esa razón. Parece que ese es tu único estímulo… ¿No te has cansado de vivir así, todavía? ¿Todavía tienes ese miembro tuyo dominando tu cerebro siempre en primer lugar? —Está bien, al diablo con todo esto… Así que no te gusta lo que he hecho. Lo único que puedo decirte es que yo pinté lo que sentía, y en mis cuadros he puesto toda la emoción que me ha embargado en esos instantes. —No te pongas a la defensiva, Gustavo. Solamente te estoy expresando mi opinión y sabes que en este sentido siempre me ha asistido el deseo de ayudarte y verte triunfar. Vamos a ver, ¿por qué no vamos a ver a unos cuantos críticos de arte ante de decidir tu futuro? Abel pensó por unos instantes y después dijo: —Te hago una proposición. Me ocuparé de todos los detalles necesarios y que por supuesto todos los gastos correrán de mi cuenta, y montaremos una exposición. Si consigues vender aunque sea solamente un cuadro, yo seguiré respondiendo por los importes de tus estudios. Yo le dije que estaba de acuerdo. No tengo ni qué decir siquiera que la exposición fue un sonado fracaso. No solamente porque no pude vender ni un solo cuadro, sino que los críticos vinieron… se quedaron unos minutos y se fueron… Mi trabajo no mereció ni una mirada, no obtuve ni siquiera una mención en los periódicos… aunque fuera de crítica al menos… Nada. Abel se había marchado a Richfield para los preparativos de su boda, pero yo le escribí dándole un reporte detallado de todo. Yo nunca podría mentirle. El habla sido demasiado bueno conmigo para eso. Abel me contestó sugiriéndome que si iba al colegio y conseguía mi diploma de escuela superior él sufragaría mis gastos en la universidad. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 25 Pero yo no podía aceptar el volver a los estudios de noche y trabajar de día haciendo cualquier cosa… ¡Ya yo tenía veintiún años…! No podría terminar en la universidad antes de los veinticinco o veintiséis, ya casi un hombre maduro. Además, con la cantidad de mujeres solas aquí, la única tarea en la casa que yo deseaba era en la cama. Le escribí a Abel, explicándole el porqué de no aceptarle su oferta, ya que quería tratar de hacer las cosas a mi manera por un tiempo, sin su ayuda. Le deseé felicidades en su próximo matrimonio y le pedí que me mandaran una tarjeta postal desde Europa y lo dejé así… ¿Para qué más explicaciones? Ese invierno me matriculé en la escuela de entrenamiento de la Compañía de Teléfonos, y de ahí salí en pocos meses, instalando teléfonos. Sucedió un día en el que yo, leyendo el periódico, vi que ofrecían buenas oportunidades y buen sueldo. Fui a una entrevista y, cuando me dijeron lo que me pagarían mientras me entrenaban durante seis meses decidí tomar el trabajo… Después de todo no tenía nada que perder, y si después no me gustaba la cosa, siempre tendría tiempo de dejarlos. Me tomó los seis meses de entrenamiento, más un mes de trabajo como empleado regular en darme cuenta que los instaladores de teléfonos instalan algo más que teléfonos. Pueden tener aventuras diarias sin mucho esfuerzo, sí, ya sé que suena difícil, pero les juro que es verdad, y para un hombre como yo, un trabajo que ofrece los beneficios de acostarse con mujeres en horas de trabajo remunerado es algo más de lo que yo podía imaginar… Pues aquí me ven, seis meses más tarde, instalando los teléfonos e instalando mi miembro a casi todas las mujeres que se cruzaron en mi camino. La mayoría de mis visitas eran entre las ocho de la mañana y las cinco de la tarde… el marido estaba trabajando y los chicos en la escuela. ¡Era un plan perfecto…! Una vez que las reglas del trabajo estaban definidas, lo demás es fácil. Lo importante es salir de las casas con una buena propina en el bolsillo y una cita, fuera de horas de trabajo, para un fin de semana calientico… Así gané toda mi plata. A veces cuando yo llegaba a las casas a instalar un teléfono las mujeres estaban casi desvestidas… solamente una bata de casa o un blusón suelto. Otras veces la mayor parte de ellas estaban 26 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS completamente vestidas, pero cuando me veían y charlábamos un rato, se excusaban un momento y cuando regresaban podía notar que se habían cambiado por una ligera bata de casa. Casi siempre me preguntaban si quería algo, sin decir muy claramente qué podría ser, o me traían algo de beber… Estas eran invitaciones que yo aceptaba o rechazaba, pues siempre estaba por supuesto en libertad de ignorar sus insinuaciones si el caso no me interesaba. A veces las tipas que me encontraba eran indeseables… Al principio las tomaba por lástima, pero en el transcurso de mi trabajo descubrí que éstas eran las que daban más propinas… ¡Por supuesto eran las más agradecidas y generosas…! Así que después las tomaba a todas… Flacas, gordas, lindas, feas, jóvenes o viejas… ¡Todas eran experiencias distintas…! Si por casualidad me topaba con alguna que en verdad era imposible de tragar, cosa que honestamente pasaba muy pocas veces, y ella se me insinuaba, yo le explicaba que era casado y con chicos y si aun así ellas insistían, mi excusa era que yo no podía verme con ninguna mujer en horas de trabajo… Lo contrario podría buscarme un problema, pues era regla de la compañía. Congraciándome con estas mujeres se convirtió en un ritual diario para mí. En un día formal de trabajo, yo tendría dos o quizás tres visitas. Mi tiempo con ellas dependía de la propina que yo consideraba podría ganarme con ellas. Cuando trabajaba los sábados, cosa que era muy frecuente, la compañía de teléfonos me pagaba tiempo y medio… Mi cuenta de banco comenzó a crecer y mi ropa mejoró. Pude encontrar un apartamento moderno y amueblado lujosamente a mi gusto. Si me preguntan cuál fue mi más interesante experiencia tendría que decir que fue mi visita a la señora. K… una rica señora, ya mayor, que vivía en el último piso de un elegante edificio enclavado en la parte más céntrica de la ciudad. Eran las cinco de la tarde, un viernes, y ya estaba al marcharme para mi apartamento cuando me llamaron por teléfono para pedirme que me hiciera cargo de una emergencia de una persona muy importante. Al parecer el teléfono había sido arrancado de la pared y la compañía me dijo que me pagarían tiempo y medio si hacia el trabajo de inmediato. Anoté la dirección y me tomé mi buen tiempo en llegar hasta ella. Me di cuenta de inmediato que era un edificio de clase… El propietario de ese apartamento tendría que ser una persona de grandes recursos económicos y me puse a pensar en la propina que podría ganarme allí. El único obstáculo en el que podía pensar era que una vez pasadas “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 27 las cinco de la tarde, el marido puede llegar en cualquier momento, y una cosa así derrumbaba mis planes. Pero después de todo, la compañía me estaba pagando jornada y media, así que aunque no se diera nada más, valía la pena el trabajito. Sin más demora subí al apartamento. La propia señora K… fue quien me abrió la puerta de la calle. Solamente esto era sorprendente ya que en un lugar de esa categoría, yo esperaba ver a una doncella. Aparentaba no estar de muy buen humor cuando me recibió diciendo: —Bueno, ¿qué es lo que desea? —Me envía la compañía de teléfonos a hacer una reparación en su aparato telefónico —le contesté sonriendo inocentemente. Se quedó mirándome por un rato, cambiando de pronto su actitud anterior de ofendida a fascinada… —¡Al fin…! Sí, sí, pase —me dijo—. No he podido recibir llamadas en todo el día. La señora K… era una dama muy cerca de los cuarenta años de edad… Su pelo era platinado y llevaba muy poco maquillaje en el rostro. Su rostro era terso podríamos decir que bello, y tenía una piernas perfectamente proporcionadas, cosa que ella sabía… Vestía un ropón de casa color de rosa casi transparente zapatos dorados de tacón alto. Era un conjunto sorprendente. con Sus dedos eran largos y finos, con unas uñas cuidadas muy bien arregladas. Lucía en uno de sus dedos un enorme brillante de varios quilates el cual despedía lucecitas multicolores que me cegaban. En una mano sostenía un trago y en la otra un largo cigarrillo del cual chupaba constantemente. ¡Esta es mi clase de mujer…! Femenina y sensual… Rompiendo el silencio le pregunté: — ¿Es usted la señora K…? —No, cariño, soy la doncella —me contestó entre carcajadas. -No pensé en eso, señora, solamente quiero estar seguro que estoy en la casa que debo. Le dije azorado. 28 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Sí, ésta es la casa. Ya le he dicho que he tenido el teléfono sin servicio todo el día. —Mientras me decía esto, me llevó a la biblioteca y me enseñó la extensión que estaba completamente desprendida de la pared. —Como puede ver necesito su ayuda inmediata —me dijo la señora K… con insistencia. Yo no sabía si ella había dicho esto con doblé sentido en sus palabras, pero no pude reprimir una sonrisa. — ¿Qué le divierte de esa manera? —A mí… nada —le dije al tiempo que la miraba insinuante. Instintivamente la señora K… cerró su ropón contra su cuerpo. Ella sabía que yo estaba mirando la honda sombra que se formaba entre sus senos. Ella había dejado ver ese poquito a sabiendas… Me quité la chaqueta de cuero lentamente, dejándola caer sobre un sillón cercano, exhibiendo mi cuerpo cubierto con un ajustado pullover negro que se ceñía como un guante mostrando mis desarrollados pectorales y mis musculosos bíceps… Yo había dedicado muchos días y muchas horas a desarrollar esos músculos… como se prepara un boxeador antes de la pelea… como se prepara un animal antes de llevarlo a una exposición. Ahora todos esos esfuerzos comenzaban a dar sus frutos. De una sola mirada la señora K… recorrió mi cuerpo relamiéndose por anticipado. — ¿Desearía que le instalara el teléfono en el mismo lugar en que estaba colocado? —Le pregunté obsequioso. La señora K… suspiró dubitativamente y mientras aspiraba una larga bocanada de su cigarrillo me contestó: —Verdaderamente que no tiene mucha importancia. Es el servicio — continuó insinuante—, lo que verdaderamente me hace falta, pues no puedo prescindir de él por tanto tiempo. Yo comencé mis trabajos con profunda seriedad, fingiendo el estar abstraído en él, mientras con el rabillo del ojo observaba el resto de la habitación. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 29 Ella se sentó enfrente de mí cruzando sus bellas piernas una sobre otra, llevando a sus labios frecuentemente la copa que sostenía con una mano y dando nerviosas chupadas al cigarrillo que llevaba en la otra… Por un largo rato no pronunciamos palabras… Yo quería darle a ella suficiente tiempo para que pusiera en orden sus pensamientos y apreciara la pieza que tenía enfrente… Mi larga experiencia me demostraba que “había que vender la mercancía…“ Tenía que hacer la cosa un poco difícil para que el interés en obtenerla arreciara. Las cosas demasiado fáciles pierden el interés. — ¿Cómo fue que se salió el aparato de la pared? —le pregunte cortésmente. —Esa es una historia muy larga y aburrida para poder contarla. Se necesitan unos cuantos tragos para ello… ¿Quisieras que te preparara uno? —me invitó riendo satisfecha. ¡Por fin…! Estas eran las palabras que yo anhelaba oír. Abrían el camino para mis planes posteriores. Le sonreí con malicia antes de contestar —Me gustaría mucho pero, ¿y su esposo…? ¿No lo espera ahora…? Me parece que a él no le gustaría ni a sus chicos tampoco. Ella echó su cabeza hacia atrás rompiendo a reír escandalosamente. —Yo no tengo chicos y habito en este apartamento, pero mi esposo no. Si el hecho te va a sentir más tranquilo, te diré, que ahora se encuentra de viaje. El tuteo repentino me hizo sentir la sangre hervir dentro de mis venas… —¿Es ésta tu última tarea del día? —me preguntó ella sacándome de mi embrujo. —Sí, aquí termino yo mi jornada. —Pues siéntate y descansa tranquilo mientras te preparo el trago ofrecido. —Muchas gracias, señora —le dije cortésmente. —No me llames señora —me señaló. 30 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Mientras se acercaba al bar ella dejó que su ropón se entreabriera dejándome ver la suave curva de sus muslos, sus caderas que se contoneaban insinuantes y dejándome vislumbrar el fruto del placer. Quedé anonadado al comprobar cuán poca ropa la cubría. Sentí cómo un nudo se formaba en mis entrañas, lo cual me hizo desearla con locura… Ella era el símbolo de mi sensualidad lasciva. Mientras yo trabajaba, ella se acercó con mi trago, pero como yo estaba sentado en el suelo, ella se tuvo que agachar para dármelo… De pronto me encontré mirando a los senos más grandes y llenos que había visto en mi vida eran incomparables a nada existente… Su estómago era suave y liso como el de una jovenzuela, y el perfume sensual que emanaba de su cuerpo me hizo sentir embriagado como un beodo… Nerviosamente acepté el trago. Ella ya no tenía pretensiones de modestia. Ignoraba su desnudez… El corazón me latía velozmente, hambriento como si no hubiera poseído una mujer en siglos… —Probablemente te sientes sola si estás siempre aquí. —Cariño, no te puedes imaginar lo sola que me siento —me dijo voluptuosamente agregando después y cambiando el tema—: ¿Por qué no dejas eso que estás haciendo ahora para otro momento y descansas ahora un buen rato? —Bueno, está bien —dije mientras me levantaba del suelo con mi caja de instrumentos en la mano. —¿Dónde puedo poner esto? —¿Qué dices…? —Mi caja de instrumentos. No quisiera que tropezaras con ella. Ella empezó a reír diciéndome: —No te preocupes por tus instrumentos, si acaso tropiezo con ellos, te prometo ser muy cuidadosa y no dañarlos. Al decir esto no apartaba su vista del bulto que se había formado bajo mis pantalones, segura de que yo tendría que saber a qué se refería. —La caja de instrumentos… tus herramientas por supuesto— y al decir esto, dándose cuenta de que mi mirada lucía como hipnotizada sobre su cuerpo semidesnudo me preguntó—: ¿Te molesta que mantenga mi ropón abierto…? —Hizo la pregunta sin tratar de cerrarlo. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 31 —Bueno, molestarme precisamente… no, pero date cuenta de que soy un hombre real, de carne y hueso. Ella lo encontró muy gracioso y rió por lo bajo antes de añadir: —Ahora me toca a mí saciar mi curiosidad. ¿Eso que tienes entre las piernas es relleno o es todo tuyo…? Al ver que su pregunta me había tomado de sorpresa, añadió: —Si te molesta contestarme yo lo puedo averiguar por mí misma… Al decir estas palabras, rozó mis partes con su mano. Mientras me palpaba con mano ansiosa la expresión de su rostro cambió visiblemente… Sus rasgos se endurecieron llegando a lo salvaje, haciéndose su respiración corta y agitada. Entonces, rasgándose violentamente el ropón que la cubría, susurró con voz gangosa y apasionada mostrándose en toda su maravillosa desnudez: —Yo tampoco estoy forrada… Soy también de carne y hueso solamente… Manteniendo mis ojos en los de ella pude apreciar que tenía los ojos más azules y los labios más rojos y tentadores que había visto en mi vida. Y tuve que reprimir con todas mis fuerzas el deseo de mordérselos con ansia. La agarré por los brazos y la apreté contra mi pecho de manera tal, que sus senos se incrustaron en mí. Me movía tan de prisa que ella perdió el equilibrio cayendo entre mis brazos con la cabeza hacia detrás y la boca entreabierta. Pegué mis labios contra los de ella vorazmente, haciéndole saber lo mucho que yo podía exigir de una hembra. Su lengua, húmeda y ardiente, tenía un poderío enloquecedor. Cuando por fin nos separamos para tomar aire, ella se tambaleó un poco aturdida. Mi mente, actuando por impulso, terminó de desgarrarle el ropón que aún colgaba por sus hombros. Jugué con los enormes y rosados pezones hasta sentir cómo se endurecían ante mi contacto, y al posar mis manos sobre sus caderas, sentí cómo su cuerpo se estremecía de pasión contenida. Al ver que no protestaba, di la vuelta para verla bien por detrás. Tomé sus nalgas en mis manos y se las apreté hasta que la oí quejarse de dolor. 32 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Oye, tómalo con calma —me reprochó—. Yo no soy una muñeca de trapo. Al ver que la ignoraba y a mi vez me dirigía al bar a prepararme otro trago, me dijo airada: —Oye, ¿quién te crees tú que eres? —¿Yo…? Pues soy Gustavo. Nelson… Ya sabes mi nombre. Con una risa forzada me miró y me dijo: —Ese nombre me suena a falso. ¿Estás seguro de que trabajas para la compañía de teléfonos ¿Eres un reparador de teléfonos? —Haz la prueba y verás que yo te daré el mejor servicio que hayas tenido en tu vida —le contesté con seguridad. —Engreído… ¡Hijo de puta…! —dijo tranquilamente levantando una mano como si fuera a pegarme con ella. Cegado por la ira y sin pensarlo dos veces siquiera, le di un golpe con mi mano abierta, con tanta fuerza que ella quedó sin respiración. Como había bebido bastantes tragos no estaba serena de todas formas. Pero esta vez se sentía tan segura de sí misma Alcé mis brazos autoridad le ordené: y me quité la camisa. Entonces con voz de —Ahora, quítame tú el resto… Ella me miró asustada… —Vamos, vamos… Bájame los pantalones y záfame el cinturón… Como una autómata me obedeció. Sin hacer la más pequeña objeción me soltó la hebilla del cinturón… Ella seguía aterrada. —Sigue, no te quedes ahí parada —demandé. Mis pantalones se abrochaban con botones, así que cada vez que zafaba uno, sus manos temblorosas se acercaban más y más a mi órgano que se retorcía ya de ansiedad. Cuando al fin terminó de desabrocharlos todos, y mis pantalones cayeron al suelo, exponiendo toda mi pujante virilidad, ella dio un pequeño gritito de horror… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 33 —¡Dios mío…! ¡Eres un toro salvaje…! Estaba ansiosa y dudosa al mismo tiempo… La señora K… se dirigió a una piel de tigre que se hallaba cerca y se deslizó suavemente en ella. Se viró boca abajo, exponiendo ante mi vista sus nalgas desnudas, y se volvió hacia mí anhelante… Sus ojos me trajeron el mensaje… Pensé a mí mismo: “Si eso es lo que ella quiere, no voy a ser yo quien le niegue el placer que está suplicando”. Fui hacia ella, mi miembro moviéndose con descaro por sí mismo. Me paré a su lado observándola mientras veía cómo el deseo crecía en sus ojos… Momentos después, la habla montado, tal como a un caballo… ¡azotándola con mi propio látigo…! Por un instante pensé que había ido demasiado lejos con ella, pero de sus labios no salió una sola queja. Doblé mi cuerpo sobre el suyo, para alcanzar sus nalgas. Estas eran gordas y firmes, pero fáciles de separar… Ella emitió unos seductores sonidos de placer, al mismo tiempo que se cubría la cara con las manos para que su cabeza no diera contra el suelo. Yo sé que ella debe de haberse asustado un poco, cuando me incliné sobre su espalda y me lancé a mi objetivo. Primero ella relajó sus músculos, pero más tarde sintió el dolor como una navaja afilada, rasgando sus entrañas… Seguí a ese paso, hasta que me rogó me detuviese… Iba a hacerlo, cuando me pidió gimiendo que continuara… Poco a poco, su cuerpo se fue cubriendo de sudor, pero yo sabía que esas eran todas sus tensiones que salían de su cuerpo, aliviando sus frustrados deseos, los cuales probablemente habría contenido por muchos días… Por lo visto su esposo no la saciaba… Eso es, si hacia algo por ella, cosa que parecía dudosa. Entonces me olvidé de todo, solamente viviendo el éxtasis del momento, y enterrándome lo más posible dentro de ella, hasta que la oí gritar de dolor. Cuando mis ansias ya estaban colmadas, ella estaba desmadejada bajo mi cuerpo, casi inconsciente... Me retorcí por el espasmo del éxtasis, en lo que me pareció una eternidad y me dejé caer sobre su cuerpo completamente exhausto. No tenía ni fuerzas siquiera para romper nuestro contacto… Cuando al rato, la señora K… no pudo más, me miró con sus lindos ojos llenos de lágrimas y me pidió por favor: —Quítate de ahí… Tú pesas mucho. 34 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS La complací, y cayendo de espaldas a su lado, sentí cómo su mano subía acariciante sobre mi pecho. Nuestros cuerpos estaban empapados de sudor. —Ve a mis habitaciones y date una ducha si quieres —me dijo—. Yo voy a preparar otros tragos. Unos minutos más tarde vino a buscarme al baño. Uno de esos baños que se ven solamente en las películas, y por supuesto, lo menos que parecen es un baño. Traía en sus manos sendos vasos, llenos de helado y transparente licor. Me incliné, tratando de alcanzar una toalla con mis manos. —No te seques todavía —me pidió, al tiempo que se inclinaba para llenar la bañadera de nuevo, abriendo el grifo. La bañadera era de un tamaño bastante regular, de reluciente mármol negro, a la cual había que bajar por unos pequeños escalones… No era una bañadera de tamaño regular: era una verdadera piscina. Tomándome de la mano, nos sumergimos en sus perfumadas aguas, jugando en ellas como dos chiquillos en la playa… Yo tenía uno de sus senos dentro de mi boca y mordisqueaba suavemente sus pezones, cuando la puerta del baño se abrió súbitamente: Un hombre de alrededor de cincuenta años de edad, de pelo gris y rosada complexión, se encontraba de pie ante nosotros, observándonos detalladamente. Sus ojos enturbiados por el alcohol, estaban rojos e hinchados. —¡0h, no, Dios mío! —gimió la señora K… —¿Qué haces tú aquí? —Y después en una forma natural, nos presentó el uno al otro, como si nos encontráramos en el salón de una reunión mundana. Me levante de la bañera rápidamente, y salí hacia esperando el ser atacado por un marido celoso. Pero el sonriente, me miró fijamente y dijo con admiración: afuera, hombre, —Luce que esta vez has encontrado un verdadero ejemplar —Una vez dicho esto, dio media vuelta y se fue tambaleándose… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 35 CAPITULO IV Yo sé que ustedes no me van a creer, pero pasé un fin de semana delicioso con la señora K… y su esposo. Nunca llegamos a salir del apartamento, y cuando el señor K… por fin se puso sobrio, demostró ser acogedor y amigable. No podía haberse portado mejor. Pero en cambio era la señora K… la que parecía enojada con su presencia, aunque no hizo ningún comentario. Me acosté con la señora K… en su dormitorio, y el señor K… en el dormitorio de los huéspedes. Durante la noche del viernes la señora K… y yo llegamos a nuestra cúspide dos veces, pero yo me sentía un poco nervioso dada la situación. Había llegado a la conclusión de que el señor K…, tal como Rodolfo era homosexual y esperaba que de un momento a otro entrara en el dormitorio y arrimara una silla hacia la cama para vernos en acción. Pero esto no pasó. Por lo menos no de esta forma. El nombre de pila del señor K… era Enrique. El de la señora K… era Beatriz apodada Betty. Enrique no nos interrumpió una sola vez el sábado, mientras nos hacíamos el amor, y no dejó de ser cordial. En cambio lucía satisfecho de que yo me hallara presente, casi más que Betty, la cual parecía empezar a aburrirse de mí después del segundo día. Así son esa clase de mujeres; en cuanto se llenan un poco vuelven a ser tan egoístas como antes. El domingo por la mañana antes del desayuno Enrique hizo un aparte en la terraza. Esto fue antes de que Betty se levantara. Nos pasamos casi todo el día Enrique y yo hablando. —Parece que por fin pudiste cansar a Betty —comentó Enrique. —Lo siento mucho —fue mi respuesta. —No, muchacho, eso es bueno. Hace tiempo que ella necesitaba una cosa así. Ella es el tipo de mujer extremadamente sexual. Es una tarea casi imposible para mí ahora poder colmar todas sus ansias. Estamos muy contentos de haberte encontrado. Espero que no nos olvides. No pude menos de hacerle una pregunta que había cruzado más de una vez por mi mente. —Dígame, Enrique, ¿usted y Betty… son felices? Enrique sonrió. —Tú, ¿qué crees? —No sé. Siempre son tan cordiales que me confunden. 36 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Ambos estamos atrapados —explicó Enrique—. Yo tengo un puesto civil y no podremos divorciarnos hasta que yo me retire, cosa que no será hasta unos cuantos años más. Betty y yo tratamos de hacer lo que podemos para ser felices mientras tanto. Tenemos una casa en las afueras donde yo usualmente vivo cuando no estoy de viaje. Betty tiene este apartamento para sus aventuras. Como puedes ver no podemos dejar que nuestros amigos se enteren de nuestra situación. —Comprendo. Gracias por explicármelo. —Tienes todo tu derecho a saber. Ya que eres parte de ella. —Y Betty, ¿te ha amenazado con abandonarte alguna vez? Enrique se echó a reír. —Regularmente. Casi todos los meses… pero como es ella, yo sé que nunca cumplirá esa amenaza. Cuando ella era artista, no tuvo todo lo que tiene ahora. Yo gano demasiado dinero. Y siendo mujer, le gusta saberse casada con un personaje importante. Quizás si tuviéramos un chico las cosas serían diferentes. Ambos queríamos, pero nunca pudimos. Ya es muy tarde… —Yo no lo creo. Hay tantas ayudas por parte de la ciencia ahora, que sería posible. Yo leí algo de eso en un editorial médico. —Betty sí. Aún es lo suficientemente joven; pero yo ya estoy seco —me dijo—. Aunque tengo que admitir que tu estancia aquí me ha hecho sentir rejuvenecido. Hoy, por ejemplo, me siento como recargado de energías. —Me alegro de oírlo. —Quizás podrías ayudarme… —Estoy a su disposición. —No… olvídalo. A Betty no le gustaría la idea. Esa noche, durante la cena, ideas extrañas me venían a la mente. Había sido un fin de semana fuera de lo ordinario. Decidí excusarme temprano ya que tendría que ir al trabajo la mañana siguiente muy alerta. Pero antes de poder hacerlo, Betty se me acercó y me señaló que la siguiera al dormitorio. —Enrique quiere estar presente cuando nos vayamos a hacer el amor —me dijo sin preámbulos—. ¿Te molestaría mucho? “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 37 —A mí no me importa ¿y… a tú? —A mí tampoco. Le tengo lástima. Me dijo que si nos veía es posible que eso lo ayudara a él. Yo estoy segura que contigo aquí no hay duda de eso. Pero Gustavo, si estás de acuerdo, él te pagará buen dinero por tus esfuerzos. Ese fue el punto final. Ya estaba contando los dólares. Total, yo ya sabía que a mí no me molestaba tener testigos. —¿Cuándo quieres que hagamos esto por él? —Lo más pronto posible. Media hora más tarde estábamos los tres desnudos en el dormitorio de Betty. Por alguna razón, el saber que alguien nos observaba, nos exaltó. Betty ardía de pasión mientras yo empezaba a metérsela con nuevas energías. Enrique se hallaba junto a nuestras caderas. En esta posición no se perdía ningún detalle. Emprendiendo mi ascensión, me di cuenta de que Enrique, sudando más que yo mismo, tenía una mano entre las piernas admirando la casi olvidada experiencia de la erección de su miembro. —¿Qué tal te va? —0í que me susurraba. —Bien, le contesté. Llegaremos al final pronto. —Yo también. Cuando creas que no puedes más sácala lo más pronto que puedas. Así que éste era el negocio. Yo no sabía si podría o no. Cuando yo empiezo no puedo parar. —No sé si podré. ¿Cuánto me darías? —Lo que sea. El precio no me importa. Casi justo al momento preciso, me arranque del cuerpo jadeante de Betty mientras Enrique tomaba mi lugar llevando a su mujer al clímax. Y yo en mi erupción, no noté las sábanas de Satín que en el preciado momento fueron mis únicas compañeras. ¿Degradante…? ¡Y cómo! ¡Me sentí como una máquina desechable! Pero fui recompensado lindamente. Salí del apartamento con quinientos dólares y no me sentí tan depravado como antes… El dinero me da un gran sentido de independencia. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 39 CAPÍTULO V Durante mi cuarto año de trabajo con la compañía de teléfonos, obtuve una promoción a las oficinas principales. Había habido una gran cantidad de cartas de recomendación de “agradecidas amas de casa”, hablando encomiásticamente acerca de “mis habilidades” y mi cortesía en el trato… El nuevo trabajo podría haber sido una promoción si tomamos en cuenta las oportunidades de progreso que en él tendría, pero para mí había sido un terrible contratiempo. Trabajar en una oficina significaba perder las oportunidades de contacto con todas las mujeres, y por supuesto la pérdida de sus generosas gratificaciones. Yo había conseguido una clientela estable de agradecidos consumidores. Ahora estaba confinado a una pequeña oficina detrás de un escritorio y ciertamente esto no despertaba mi interés. ¡Estaba a cargo del departamento de quejas! En todo el tiempo en el que yo había sido un instalador, nunca había tenido la menor queja de un cliente. A pesar de todo esto, mi trabajo en el departamento de quejas, me puso en contacto con otros instaladores de la compañía, y tuve ocasión de darles buenos consejos en cuanto a la forma de tratar a las amas de casa, lo cual hizo que algunos de los muchachos tuvieran el coraje de contarme algunas historias acerca de las demandas que les hacían algunas frustradas esposas. Algunas veces nos reuníamos a la hora del almuerzo, y entre trago y trago, les hacía algunas sugestiones beneficiosas acerca de cómo “no era indispensable siempre el ser tan honesto en el trabajo, y cómo el ceder algunas veces a ciertas presiones o insinuaciones redundaban en un excelente beneficio económico”. Antes que pudiera darme cuenta de ello, más y más de mis compañeros se acercaban a mí, en busca de consejo y otros agradecidos por el nuevo camino del éxito que yo había iniciado para ellos. —Mr. Nelson, quisiera invitarlo a almorzar —uno de los instaladores dijo un día con gran entusiasmo en su voz—. Me costaba mucho trabajo el poder hacer los pagos mensuales en mi automóvil, pero ahora con este dinero extra que estoy obteniendo, estoy terminando de pagar el carro si problemas. —Cuando llego a mi casa por las noches estoy extenuado del esfuerzo que he realizado por el día, y no puedo mantener contenta a mi mujer —otro instalador me confesaba —pero, por supuesto ¡Qué diablos importa el dulce cuando hemos saboreado una bandeja repleta de confituras…! Aunque la oficina principal nunca supo cómo yo manejaba los problemas en mi departamento, tuvieron que admitir que había muy pocas quejas, y que cada día llegaban más cartas de recomendación de amas de 40 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS casa agradecidas. También había gran demanda de llamadas solicitando que los instaladores regresaran para algunos pequeños ajustes en los teléfonos. Una cosa contradecía la otra, pero mientras tanto la oficina principal estaba muy contenta de mi trabajo. Esto me hizo poner el cerebro a trabajar… ¿Qué tal si formara “una unión de instaladores solteros” y obtuviera un por ciento en sus propinas? Esta era una idea que valía la pena tomarla en cuenta, pero por supuesto necesitaría ayuda para ello. Me acordé de Betty K… y en un impulso la llamé por teléfono. —Hola, Betty, te habla Gustavo Nelson. ¿Te acuerdas quién soy? —Corazón, ¿cómo iba a poder olvidarte? ¿Dónde has estado metido últimamente? —Bueno, rodando por el mundo. Ya compañía de teléfonos como instalador. no estoy trabajando en la —Qué pena, mi vida ¿Eso significa que no puedo obtener tus servicios dejando caer el teléfono o arrancando el cordón de la pared? —Betty, quisiera verte si es posible. Me gustaría saber tu opinión acerca de una idea que tengo para hacer dinero del bueno… — ¿Me estás proponiendo un negocio? —Llámalo de esa manera si quieres. ¿Podría ir por tu casa una tarde de éstas, y discutir el asunto contigo? —Por supuesto, Gustavo querido. Me encantará verte con proposición o sin ella. — ¡Estupendo! ¿Tú crees que sería oportuno mañana, Betty? —Enrique y yo ofrecemos una fiesta mañana por la noche. ¿Por qué no vienes tú también? Yo sé que el estará contento de verte y algunas de mis amigas perderán el seso en cuanto pongan sus ojos en ti. —Suena maravilloso. ¿Tú crees que tendremos ocasión de hablar? —Por supuesto, corazón; para ti yo siempre tengo tiempo dispuesto —dijo Betty riendo a carcajadas. — ¿Qué es lo que te resulta tan gracioso? —le pregunté. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 41 —Ya verás mañana por la noche, Gustavo. Te voy a preparar una sorpresa que estoy segura te agradará. —Dime cuál es esa sorpresa, por favor. —No, pues la echaría a perder. Ya la sabrás mañana cuando vengas. Ella me explicó entonces que la fiesta iba a ser ofrecida en la casa que ellos tenían en las afueras de la ciudad y me explicó la forma de llegar a ella. Cuando me aproximé a la entrada de la maravillosa mansión, observé un gran número de charolados autos de marcas extranjeras, alineados a ambos lados de la carretera. El mayordomo me introdujo en el salón principal donde a los acordes de una orquesta de moda, gran número de personas bailaban, charlaban y reían, entre el sonido de las copas al chocar entre sí, y el estampido de los corchos de las botellas de champagne. Por un momento me sentí extraño, entre aquellas gentes desconocidas. Un grupo de mujeres mayores me miraron furtivamente, pero la mayor parte de los hombres me ignoró, como si fuera un don nadie. De pronto sentí la presencia de Betty a mi lado. Ella tomó mi brazo cariñosamente. —Gustavo, mi amor, has venido muy tarde —me recibió con agrado. —Me costó mucho trabajo encontrar el lugar —le dije excusándome—. Este no es ciertamente el ambiente en que estoy acostumbrado a desenvolver mis actividades. Ella me miró con ojos críticos, y luego sonrió aprobadoramente. —No sé por qué presiento que antes que termine esta noche, lo será –Betty predijo—. ¡Sí que luces buen mozo de etiqueta! —Después se echó hacia atrás y me preguntó—: ¿Qué piensas de mí…? Ella vestía un largo traje de noche de encaje azul pálido bordado en piedras. Yo comprendí que sería un traje fabulosamente caro, pero no me impresionaba por supuesto ya que carecía de forma. Lo que sí me impresionaba era la cara radiante de Betty. Parecía eufórica y enormemente feliz. — ¿No notas nada raro? —me preguntó. —Sí, por supuesto. Tú eres siempre bella, pero esta noche estás enloquecedora. 42 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Betty se quedamente: acercó hacia mí, y oprimiendo mi brazo me dijo —Mi amor, estoy usando un traje de maternidad. Estoy esperando un hijo… Debí haberme quedado mirándola con una expresión estúpida en el semblante porque ella añadió rápidamente: —Vamos, necesitas un trago ahora; ya hablaremos de eso más tarde. Cruzamos el amplio salón y nos dirigimos hacia el bar que estaba situado en el lado opuesto del mismo. Por el camino observé que los invitados nos dirigían curiosas miradas al mismo tiempo que comentaban entre sí, quién sería la persona que acababa de acaparar la atención de Betty, y a quien ella parecía prodigar una solicitud especial. Era un extraño que no pertenecía a su círculo común de amistades. En su camino hacia el bar, tomada de mi brazo, Betty preguntaba a sus invitados si estaban pasándola bien y eventualmente aquí y allí, hacía una pausa para presentarme a alguno de ellos. Por fin llegamos al bar y pedimos un trago. Betty le ordenó al camarero un vaso de leche. —Cuéntame, ¿qué significa todo esto, Betty? —le demandé ansioso. Betty se inclinó hacia mí, y confidencialmente musitó en mi oído: —Salgamos de aquí, ahora. Ella lucía sugestiva y bella, no teatral y sensual como yo la recordaba. Puso su mano en mi brazo y yo sentí la calurosa y sugestiva presión de sus dedos en mí—. Demos un paseo por el jardín. Afuera de la casa caminamos a lo largo de una espaciosa terraza que daba sobre los bellos jardines que la rodeaban. Había pequeños grupos aquí y allá, y nos adentramos en ella caminando hasta que dejamos aquellas gentes detrás. Entonces Betty se volvió a mí y mirándome a los ojos, expresó: —Cariño, Enrique y yo nos sentimos muy contentos. Hemos vuelto a unirnos y todo esto te lo debemos solamente a ti. Ella puso sus brazos alrededor de mi cuello, y apretándome con ansia hacia ella me besó ardientemente en los labios. Instintivamente yo puse mis brazos alrededor de ella. De nuevo sentí la misma sensación de éxtasis que había sentido antes en su presencia, solamente que ahora “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 43 ella no lucía tan asequible. Tuve que recordar que Betty era una mujer muy variable y en esta ocasión su actitud cariñosa hacia mí, no obedecía a un sentimiento pasional, sino a una motivación de agradecimiento. —¿De verdad vas a tener un hijo? —Sí, es cierto. Y no puedes imaginar con cuánta ansia lo espero. Esto da una nueva perspectiva a nuestras vidas, probablemente no será una existencia tan vacía como ha sido hasta ahora… —¿Enrique es el padre de la criatura…? Hablamos hablado en unos términos tan íntimos que me sentí con derecho a hacer esta pregunta. —Yo no sé —me confesó con franqueza—. De la única cosa que estoy segura es que o es tuyo, o es de Enrique. Tuvo que ser uno de ustedes dos, pues sucedió en aquel fin de semana. Bueno, esto no importa mucho realmente, Gustavo. El simple hecho de que cabe la posibilidad de que Enrique sea el padre es suficiente para nosotros. No queremos enfocar este asunto de otra forma. Enrique piensa que es de él. Yo quiero creerlo también así. Esto cambia nuestra situación en una forma positiva y es lo que realmente tiene importancia. Nos vuelve a hacernos sentir jóvenes y capaces. De nuevo Betty me abrazó. —Yo soy un poco más realista que Enrique… Si tú eres el padre del hijo que va a nacer, gracias, Gustavo, por haberlo hecho posible… —A lo mejor yo no soy el padre —le dije dudoso. —Entonces si Enrique es el padre siempre te estaremos agradecidos, pues si no hubiera sido por ti, nunca lo hubiéramos logrado. De nuevo tomó mi rostro entre sus manos y me besó en los labios. Después se volvió y comenzó a caminar hacia la residencia de nuevo, rápidamente. Yo la alcancé cuando comenzaba a subir la escalera. Ella se volvió y me miró a los ojos: —Tú querías hablar también de algo… ¿De qué se trata? —No es nada importante ahora —le dije. —Si se trata de algo tuyo, tiene que ser importante para mí… ¿Qué puedo hacer por ti, Gustavo? 44 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Puedes ayudar en esto: preséntame a todas tus amigas que se encuentran frustradas en sus relaciones matrimoniales. Aquellas que no están obteniendo de sus maridos todo aquello que son merecedoras. Betty rió. —Si se trata de eso, puedo decirte que prácticamente todas las mujeres que están reunidas aquí están deseosas de encontrar alguien que “realmente las comprenda y les dé todo aquello que están deseosas de obtener…” Entramos juntos de nuevo en el salón. Yo comprendí que éramos el blanco de todas las miradas. Si Betty le dio importancia a este hecho, no lo demostró al menos. —Mira a tu alrededor interesa conocer primero. —me dijo alegremente—. Dime a quién te —A la que tenga la bolsa mejor provista. No me importa si es fea o bonita, gorda o flaca. Betty me miró fijamente con un brillo peculiar en los ojos. —Qué estás planeando…? ¿Vas a servir de semental…? —Exactamente es lo que he pensado -exclamé—. Si estas mujeres están faltas de un macho de verdad que les proporcione todo de lo que están carentes y ansiosas. Yo me siento dispuesto a satisfacer esas demandas… Aunque todo tiene su precio como es natural… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 45 CAPITULO VI Por este tiempo ya yo había tomado bastantes tragos y estaba ardiendo en mi interior. Ahí estaba Enrique con su pecho henchido de orgullo y aceptando elogios de lo que probablemente era mío. ¡Por supuesto que tenía que ser mío…! Ella había sido mías muchas veces durante aquel turbulento fin de semana. La había poseído más de seis veces y aquí estaba este necio de Enrique, balbuciendo necedades y tratándome como si yo fuera una cosa… Yo he sido el único hombre que le ha dado a ella lo que realmente estaba carente… hombría. ¿Y qué había sacado de todo aquello…? Solamente unos miserables billetes… quinientos dólares y un beso en la mejilla… Yo sé lo que ustedes están pensando: que estoy envidioso… Por supuesto que sí, lo admito. ¿Qué tenía Enrique en sus manos…? Lo tenía todo: dinero, prestigio, una esposa bella, y ahora, gracias a mi ayuda, iba a dar al mundo muestras de su “hombría” con el hijo que iba a nacer… Lo único que pudo hacer fue poner sus manos en ella y pedir un deseo… Como el que tira una moneda en el pozo del tesoro… Rápidamente tomé una decisión en cuanto a mi futuro. Yo tenía algo que todas las mujeres deseaban. Tenía algo que ninguno de aquellos viejos barrigones cargados de plata podían dar a sus mujeres. Tenía algo que vender, algo que estaba muy bien cotizado en el mercado de la vida y los iba a hacer pagar bien caro por eso. De pronto una bella joven, alta y delgada, hizo una entrada teatral en el salón. Su traje de cocktail blanco estaba bordado con piedras y la línea del escote bien baja dejaba ver gran parte de sus encantos. Era bastante joven, todavía en sus veinte, y hermano, era un bocado realmente exquisito… Sus grandes ojos verde jade resplandecían en su rostro bronceado mientras el negro cabello caía formando un manto sobre sus hombros bien torneados. Sus pechos enhiestos y pujantes se marcaban a través de la fina tela del vestido. Sus caderas redondas y anchas bajo una increíblemente breve cintura. Estos maravillosos ojos verdes resbalaron indiferentes sobre mí mientras Enrique hacía las presentaciones. Ella hablaba de una forma reservada y prudente. Su nombre era Laura D… Su padre era senador pero no estaba en la fiesta esa noche. Estaba en Washington, así que Laura había venido a la fiesta con su madre, Rubí, la cual a primera vista se veía era una mujer extremadamente pasional. Se parecía mucho a Betty solamente que era un poco mayor, aproximándose a los cincuenta pudiéramos decir; pero no los lucía realmente. No tenía ni una arruga en su cara lo cual indicaba que tenía hecha una buena cirugía plástica para borrar la huella de los años. 46 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Betty no lucía ser muy amiga de Laura o de Rubí, su madre. Después de ella eran los bocados más apetecibles de la fiesta. Pero por supuesto, la hija, Laura, era el mejor ejemplar de todas. Betty trataba de mantenerse alejada de ella, la hacía lucir vieja y ajada y esto es algo que ninguna hembra puede tolerar. Yo me di cuenta que Betty estaba furiosa cuando yo derramé toda mi atención hacia Laura y su madre ignorando a todo el mundo en la fiesta incluyéndola a ella también. Pero las dos mujeres me presentaban un dilema. No sabía a cuál dedicar mi atención primero. Si yo hubiera sido un tipo más listo me hubiera dedicado primeramente a la madre pues ahí es donde estaba el dinero y de la forma en que ella se insinuaba mostraba claramente que podría sacar lo que quisiera de ella. Laura era el premio, por supuesto, ella se presentaba más difícil e insostenible y eso excitaba en mí el deseo enormemente haciéndome olvidar por un instante de mis planes. Me concentré en Laura pero tenía a la madre por supuesto revolviéndose ansiosa por atraer por completo mi atención hacia ella. —Yo no pensaba realmente en venir a esta fiesta —Laura me dijo al acercarle una copa de champagne que le había traído del bar—, pero mamá insistió y vine por complacerla —me dijo mirándome con coquetería en los ojos—. Ahora me alegro de haberlo hecho. —Yo me alegro de que haya sido así —dije nerviosamente, bebiendo un largo sorbo de mi whiskey con soda. —Betty y Enrique siempre dan fiestas muy agradables, pero casi siempre la lista de invitados está compuesta de personas mayores que me aburren enormemente. —Espero no estar incluido en esa opinión. —Por supuesto que no —sonrió picarescamente—, por eso te digo que me alegro que mi madre insistiera en hacerme venir esta noche. ¿No lo crees así también, Gustavo? Cuéntame de ti, ¿qué haces…? —Estoy con la Compañía de Teléfonos —le mentí. Bueno, era una mentira en parte, pues yo había estado en la Compañía de Teléfonos, hasta hacía poco tiempo—. Me imagino que tú eres, probablemente una actriz. — ¿Una actriz?... Por Dios, no —exclamó Laura—. Realmente yo no soy nada. —Tú eres lo suficientemente bella para ser una actriz de cine. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 47 Laura rió por lo bajo. —No, soy solamente una estudiante. Estoy en mi primer año de Universidad en Stamford. —Yo fui a U.C.L.A. —le volví a mentir. —Esa es una gran Universidad —contestó Laura—. A mí me hubiera gustado más ir allá. La gente no es tan estirada como en Stamford. Pero mi padre insistió en fuera de Stamford. Tú sabes cómo son los padres. Hay que complacerlos de vez en cuando. —Sí —asentí-, ya yo pasé por esa experiencia también. —Bueno eso no debe de haber sido hace mucho tiempo, ¿verdad? —Si quieres adivinar mi edad, te diré que voy en veintiséis. Era la primera cosa cierta, que había dicho hasta ese momento. —Espero que el hecho de que sea mayor, no te aburra. -Por el contrario. Esa es una excitante edad en un hombre, por supuesto. La mayor parte de las chicas en mi escuela salen con muchachos mayores; los jovencitos son tan sosos. Aproveché la oportunidad para decirle a la encantadora Laura. —¿Te gustaría salir afuera a tomar un poco de aire fresco? Hay tanto ruido aquí que no podemos hablar con tranquilidad. Laura sonrió y asintiendo a mi demanda, me permitió guiarla a través del salón hacia el jardín. Yo estoy seguro que Betty nos vio salir juntos. Ella nos siguió con la vista desaprobadoramente. El corazón me latió en el pecho violentamente, mientras Laura y yo salíamos caminando a la terraza exterior. Las posibilidades de tener a Laura iban mejorando por momentos. Caminamos a lo largo de la terraza tratando de alejarnos del ruido de la música, y nos sentamos en un par de sillones. Yo saqué mi petaca y ofrecí un cigarrillo a Laura. Ella lo aceptó y galantemente lo encendí al tiempo que encendía otro para mí. —Tú no luces muy feliz, Laura. ¿Lo eres realmente? —pregunté. —Eres muy observador, Gustavo. Me siento como si estuviera en una jaula de oro; a veces me dan deseos de gritar y rebelarme ante tanta cosa pasada de moda. 48 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Y tú, ¿qué quisieras hacer realmente, Laura? —Mi problema es que yo no he vivido tanto, como algunas de las chicas en mi escuela… Algunas veces quisiera… —¿Qué quisieras? —demandé ansioso. —¿Qué crees tú, Gustavo? Tomé el vaso en mis manos, y bebí un sorbo. Después lo coloqué de nuevo sobre la mesilla, y poniendo mi brazo alrededor de su hombro la atraje hacia mí. Me incliné sobre ella, para encontrar con sorpresa cómo su boca ansiosa se apresuraba a encontrarse con mis labios, en un choque brutal de pasiones contenidas. Nuestras lenguas se entrelazaron mientras mis manos comenzaban a explorar la suavidad y pujanza de sus bien desarrollados senos. El escote de su vestido invitaba a la exploración, así que me sumergí en aquellas delicias. Oleadas de fuego subían dentro de mi pecho. Sus delicadas manos estaban apretando mis hombros, desesperadamente. Después de más de un minuto en este transporte amoroso, nos separamos bruscamente, trémulos de emoción y de deseo. —Yo conozco un lugar, donde podemos estar solos y tranquilos —le dije al oído—. Estaba pensando en el lugar al final de la terraza, donde había estado antes con Betty, donde la soledad era propicia para mis planes. —¿Te refieres al pabellón de los huéspedes?— me preguntó ella tranquilamente. —Yo estaba pensando terraza —le contesté. simplemente en el jardín al final de la —El pabellón de los huéspedes es un lugar más seguro y cómodo — sugirió Laura—. Yo sé dónde Betty guarda la llave; debajo de una maceta de flores que hay a la entrada del mismo. —Pues vayamos allí mismo —le repliqué deseoso de no dejar pasar esta oportunidad maravillosa que ella misma me estaba ofreciendo. Un momento después estábamos en el pabellón. Tan pronto la puerta se cerró a nuestras espaldas, caímos uno en brazos del otro, nuestras bocas una en la otra, nuestras lenguas entrelazadas, sorbiendo con delicia el néctar de su juventud exuberante. Ella era exactamente mi tipo de mujer; deliciosamente apasionada… Yo he tenido mujeres por cientos, de todas clases y colores, pero en el caso de Laura, estaba hecha a mi medida… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 49 Nos abrazamos estrechamente, desesperadamente en nuestra necesidad de entregarnos plenamente como si no hubiera un mañana, solamente un presente maravilloso y nosotros dos, fundidos en uno solo, para vivirlo intensamente. Yo sentí la incendiaria pasión recorrer su cuerpo, todavía cubierto por la suave seda de su vestido. Mis manos se movieron frenéticas, ansiosas por sentir la frescura de su piel estremecida por el deseo. Unos momentos más tarde el vestido caía al suelo, y sus ropas interiores, precipitadamente se diseminaban a nuestro alrededor. El tiempo se habla detenido para nosotros. La fiesta estaba olvidada. Fuimos abrazados hacia la cama, en un simultáneo rapto de locura y pasión, nuestros cuerpos sudados, urgidos por el mismo sentimiento. Ella abrió sus piernas adorables, retorciéndose con coquetería, mientras mostraba la maravilla escondida de su delicioso monte de Venus, encuadrado por la lechosa suavidad de un par de muslos hechos para la caricia. Una vez que mi dedo hizo prisionero aquel triángulo de placer, su cuerpo se arqueó y se flexionó en convulsivos espasmos. —Deja ver hasta cuándo puedo soportar este incomparable tormento — ella suspiró—. Vamos a ver quién enloquece primero… —Yo creo que ya estoy enloquecido —le repliqué ahogadamente. Sus ojos fijos en los míos, ella movía su mano aquí y allá, atormentadoramente, tocando sabiamente en los puntos que ella sabía más vulnerables de mí cuerpo. Ella sabía la enervante sensación que estaba produciendo en mí; la chiquilla era una maestra en el arte de amar… una sibarita del placer sexual… Mis manos mientras tanto, enfebrecidas por el deseo, apretaban con saña salvaje sus túrgidos pechos, sus sonrosados pezones, haciéndola gritar con una mezcla de dolor y placer infinito… Mi ansiedad era incontrolable ya… y urgido por la ferocidad de la pasión nuestros cuerpos se encontraron y fundidos en uno solo, cabalgamos en una inmensa ola de placer indescriptible que nos llevó hasta el sublime goce del éxtasis final… Descansamos quietamente por un rato, hasta que recobramos el aliento. Entonces coloqué mi mano afectuosamente en el rostro de Laura, descubriendo con sorpresa gruesos lagrimones rodando por sus mejillas. —Eres el primer hombre que me hace llorar —me susurró suavemente, al tiempo que jugaba con su lengüecilla en el lóbulo de mis orejas. Estábamos todavía en la cama, aspirando con deleite un cigarrillo, todavía desnudos y trémulos acariciándonos íntimamente, lo cual siempre sucede cuando dos extraños se entregan uno al otro por primera vez. 50 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —¿Tenemos que regresar al salón? —me preguntó anhelante como si hubiera sido una chiquilla. —¿No crees que tu madre estará preocupada por nosotros? —Por supuesto que sí, pero al diablo con ella. En este momento tú significas más para mí. —Gracias, Laura, por eso que me has dicho… Realmente me parece que exageras. —¿Podemos amarnos de nuevo? No podía salir de mi sorpresa. Siempre que me había acostado con una mujer, la había dejado plenamente satisfecha; más que eso: exhausta en el completo sentido de la palabra. Ninguna de “mis huéspedes” había podido ir por una segunda vuelta después que yo había terminado con ellas. ¿Era esta chiquilla una insaciable? —No el mismo plato, por supuesto —ella me explicó—. Como hacen las chicas en el colegio, para evitar el tener hijos, ¿entiendes? —Como gustes, preciosa. ¿Quién va primero? —Las damas primero siempre —contestó con rapidez. Ella cogió una almohada de la cama y arqueando su espalda, la colocó bajo sus caderas, después se echó hacia atrás, abriendo sus piernas todo lo que era posible. Yo me puse de rodillas sobre ella y mientras me movía sobre su cuerpo, sus finas manos alcanzaron mi cuello y me hicieron caer sobre ella. De nuevo nuestros gemidos de placer y entrecortados suspiros llenaron el pabellón. Laura subió sus muslos y colocando sus piernas sobre mi hombros, me envolvió en ellos como si fueran lo tentáculos de un pulpo. Su cuerpo comenzó de nuevo a arquearse en espasmos de lúbrico deseo hasta que tras una prolongada batalla amorosa, alcanzamos el éxtasis final. Eventualmente, ella se corrió en la cama, a mi lado y juntos en silencio, sentimos cómo la plenitud del deseo satisfecho, recorría nuestros cuerpos. Fui al baño, y cuando regresé al cuarto de nuevo, ella estaba bailoteando alrededor del mismo. Su cuerpo maravilloso, desnudo todavía, envuelto en luz y sombras, surgió ante mis ojos deslumbrantes… Al verla, pensé para mis adentros: Debe estar enamorándome de esta chiquilla… no me sacio de ella… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 51 Me senté en una butaca, y enseguida ella vino hacia mí, y enroscándose como una gatica mimosa, empezó a jugar con mi pelo, enredando sus deditos en él. —¿Estás listo para mí, de nuevo? —me preguntó ella. —¿Listo para qué? —Bueno —ella se contoneó dirigiendo furtivas miradas hacia mi entrepierna, donde ya mi arma de placer estaba comenzando a dar señales de vida—, creo que tú también mereces un buen trato de mi parte. Yo estaba encantado con la idea, pero no podía remediar el reírme para mis adentros, al pensar en otros casos anteriores. Laura se levantó de mis piernas, arrodillándose enfrente de mí, y mientras con sus aterciopeladas manos me acariciaba suavemente los muslos no cesaba de mirarme con aquellos ojos inquietantes… Nunca podré olvidar la expresión de coquetería que tenía aquella maravillosa criatura: una mezcla de vampiresa experimentada y al mismo tiempo inocente colegiala… Cerré los ojos, y echando mi cabeza hacia atrás abrí mis piernas, dejándole campo libre para todas sus maniobras. Con la yema de los dedos, recorrió mis piernas, mis muslos, testículos, hasta terminar tomando suavemente entre sus labios mi miembro, que ya entonces se había tornado rígido y hervía de nuevo con la llama del deseo. Con sus labios, su lengua y el calor de su aliento quemándome la piel, hizo surgir de nuevo todo el ímpetu varonil que llevaba adentro, con la misma ansia de la primera vez. Era una sensación de placer que me enajenaba, haciendo el deleite tan intenso que resultaba intolerable. Justo en este punto, cuando parecía tan cercano el momento de goce supremo, oímos una voz llamando a Laura, a través de la distancia. Laura se separó, confusa y asustada. —Es la voz de mi madre. Me está buscando. —¿Qué podemos hacer ahora? —pregunté. —Oh, mi pobre amorcito. Te he dejado a medias, cuando justamente estabas tan próximo… —No te ocupes de mí, Laura. Vístete tan pronto como puedas. Laura asintió, y comenzó diseminadas por el dormitorio. a buscar sus ropas que estaban 52 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Creo que eso es lo mejor. Tú no conoces a mamá. Ella no parará de buscarme hasta que logre encontrarnos. Pronto tendremos a todo el mundo en la fiesta, buscándonos… —¡Laura…! ¡Laura…! Podíamos oír la voz de Rubí, llamando persistentemente. Cada vez se acercaba más al pabellón donde nos encontrábamos. Nunca me he puesto las ropas con más rapidez. Estaba terminando de abrocharme la camisa, cuando sentimos golpes en la puerta. —¿Estás ahí dentro, Laura? Le eché una mirada a Laura. Ella estaba justamente subiendo el zipper de su vestido y tratando de ponerse los zapatos al mismo tiempo. —Sí, mama, estoy aquí —contestó con un tono de desagrado en la voz— ¿Qué quieres? Yo oí a Rubí preguntar con voz ansiosa: —¿Estás ahí sola? Abre la puerta de una vez. La llamada continuaba. Laura entonces echó la cabeza hacia atrás y pausadamente caminó hacia la puerta y descorrió el pestillo para permitir la entrada de Rubí, que entró precipitadamente Estábamos todavía en la oscuridad y las únicas luces que se veían eran aquellas que procedían del jardín. Rápidamente di vuelta al botón, y encendí la luz. —¿En la oscuridad y solos…? ¿Qué significa esto, Laura? ¿Cómo has sido capaz de…? —No sé a lo que te refieres con tus preguntas, pero por si te interesa saber el significado de esto, te diré, que Gustavo y yo estamos comprometidos para casarnos. Rubí y yo nos quedamos anonadados con la noticia, solamente que Rubí estaba más aterrada que yo. —No puedes estar hablando en serio. Si ni siquiera conoces a este hombre —le recordó a su hija. Laura se volvió hacia mí sonriendo y dijo: —Pero ya lo conozco, madre. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 53 Era tan fácil como ella conducía la situación, que yo mismo estaba asombrado, pero esto no duró mucho tiempo. Rubí se abalanzó hacia mí, atacándome con su puño cerrado y dándome al mismo tiempo golpes con su cartera de noche. —¡Canalla…! ¿Qué le has hecho a mi hija? ¡Te va a costar muy cara esta villanía! -Detente, mamá —Laura exigió con voz cortante. Ella tomó a su madre por el brazo y la hizo apartarse de mí—. Si no te calmas ahora mismo, me iré con Gustavo y no volveré más a la casa… Y tú sabes bien que cumpliré lo que digo. Al oír pabellón. esto, Rubí empezó a sollozar y salió corriendo del —Lo siento, Laura —le dije—. Espero que esto no te cause ningún problema serio. Laura se acercó a mí, y colocando sus brazos alrededor de mi cuello, me dijo: —No hay ningún problema que yo no pueda resolver, y por supuesto, no estoy arrepentida de nada. Me dio un beso en los labios y añadió: —Te daré mi número de teléfono, ¿me llamarás…? Yo quedé en llamarla, y después que cambiamos mutuamente nuestros números de teléfonos, Laura regresó a la residencia principal. Ella y su madre partieron de la fiesta precipitadamente después de estos hechos. Yo acompañé a Laura hasta la puerta, y antes de partir me dijo bajo en el oído: —Piensa sobre la posibilidad de nuestro compromiso. No creo que sería una mala idea, para ninguno de nosotros dos… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 55 CAPITULO VII Después que Laura y su madre abandonaron la fiesta, Betty me acosó a preguntas queriendo saber qué había pasado en el pabellón del jardín. Yo evadí el darle ninguna respuesta directa. —Está bien, no hables si no quieres —me dijo Betty—. Yo lo sabré todo de boca de Rubí, mañana. ¡Pero qué clase de competencia…! ¡Has conseguido que la madre y la hija se derritan de amor por ti, Casanova…! Y te advierto, has hecho blanco en una de las familias más ricas de estos contornos. Betty me acompañó de nuevo al bar, y yo sentí, que éramos el blanco de todas las conversaciones. Habiendo desaparecido un buen rato con la dueña de la casa, y más tarde con la hija del Senador, había hecho que fuera el personaje central de una sabrosa historia. Durante el resto de la noche, hice un gran número de contactos entre el elemento femenino por supuesto, y obtuve un gran número de teléfonos y muchas promesas de llamadas. Era un gran comienzo, un excelente comienzo para mis futuros planes de trabajo… Unos días más tarde reuní en mi apartamento a un grupo de instaladores, alrededor de una docena, y les expuse mis proyectos. Ellos eran los mejores parecidos del departamento y todos solteros. Yo estaba seguro que iban a estar de acuerdo con mi oferta, así que puse mis cartas sobre la mesa… Después de todo, ellos no tenían nada que perder y sí mucho que ganar. Todos estuvieron de acuerdo conmigo y comenzamos nuestro negocio. El próximo paso, fue establecer los contactos. Entre el grupo que había encontrado en casa de Betty y mi antigua “clientela” comenzamos a organizar las entrevistas. La primera vez, yo siempre lo acompañaba, para hacer las presentaciones, y generalmente me quedaba el tiempo suficiente, para mientras nos tomábamos un trago, encontrar como es natural, una excusa razonable para alejarme y dejarles libre el campo de acción. Las primeras dos semanas, fueron de mucho trabajo, tratando de cumplir con mis obligaciones en la oficina y al mismo tiempo correr de un lado a otro de la ciudad, de un bar en otro, encontrándome con “los clientes y presentándoselos a los muchachos…” El primer mes, tuve trabajando para mí, a doce muchachos, los cuales generalmente servían a una hembra por día, a un promedio aproximado de cincuenta dólares por cada cita. Yo tomaba para mí, el quince por ciento libre, lo que significa que estaba metiendo en el bolsillo alrededor de noventa dólares al día, o lo que es mejor, SEISCIENTOS TREINTA DOLARES a la semana, por no hacer otra cosa, sino 56 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS proporcionarles el primer encuentro. Esto como es natural, sin contar mi propio “cliente”, y el salario semanal que obtenía de la Compañía. Por un buen espacio de tiempo, estuve llevándome de encuentro un buen fajo de billetes: quinientos dólares a la semana, libres de polvo y paja… Después del primer mes, cuatro de mis muchachos dejaron el trabajo en la compañía, para dedicarse por completo a nuestro negocio, dispuestos a servir a tres clientes cada día. Estos chicos eran jóvenes y fuertes, rápidamente captaron el objetivo de cómo había que actuar para dejar contentas a “estas pobres mujeres hambrientas de cariño…” Cuando yo empecé a ver a Laura más frecuentemente y a dedicar cada vez menos tiempo a otras mujeres, sin importarme el dinero que ello producía, es cuando las cosas comenzaron a fallar. Por un momento llegué a pensar que me estaba enamorando de Laura, peligrosamente, y tontamente pensé que quizás esto iba a ser algo definitivo. Cuando uno decide convertirse en un semental, no queda lugar para romanticismos. Esta fue mi gran equivocación. Laura y yo, nos la arreglamos para encontrarnos siempre por lo menos una vez por semana. Hacía más o menos un mes, que nos estábamos citando, generalmente los fines de semana siempre, cuando empecé a darme cuenta de que me estaban siguiendo. Al principio pensé que la Compañía de Teléfonos se había dado cuenta de mis actividades y me estaban investigando. Una noche, saliendo de la oficina, aproximó en la zona de parqueo de carros. un hombre extraño se me —¿Es usted Gustavo Nelson? —me preguntó. —Sí, ¿en qué puedo servirlo? —No creo que usted pueda hacer mucho por mí —me dijo el desconocido—, es lo que usted pueda hacer por sí mismo, si tiene en aprecio su persona. —¿Quién es usted y qué significa todo esto? —Se trata de Laura D… O dejas de verte con ella, o pronto no vas a tener que preocuparte por tu negocio, o mejor dicho, no vas a tener ningún negocio de qué preocuparte… ¿Entendido? Esta es una “saludable advertencia”… La primera y la última… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 57 El hombre giró sobre sus talones y desapareció en la oscuridad. Esto me estremeció realmente. Yo sabía que el padre de Laura era un personaje muy influyente, y no cabía la menor duda que me habían seguido, habían descubierto mis actividades y me tenían entre sus redes… Tenía que actuar con mucha cautela, pues cuando un hombre como el Senador D… quería eliminar algo que lo molestaba, tenía todo el poder en sus manos para lograrlo. Una noche de esa misma semana, Laura se apareció en mi apartamento con una maleta en sus manos. Según me contó, había tenido una terrible discusión con su padre, el cual le había prohibido verme de nuevo. Ella se había negado y había abandonado la casa. Ahora sí que estaba metido en un buen lío. La única cosa que podía salvarme, era que ella había venido a buscarme a mí, y no había sido yo quien la había sacado de su casa. El viejo sabía ahora que tenía que tallar la cosa con cuidado, pues tenía que afrontar a la hija y a mí, al mismo tiempo. Sabiendo, los sentimientos que unían a Laura conmigo, las cosas se presentaban peligrosas y había que tratarlas con mucha cautela, sobre todo si él quería mantener el cariño de su hija. Yo esperé que él hiciera el primer movimiento, y mientras tanto me aseguré bien de no andar solo por callejones oscuros. Laura y yo pasamos el fin de semana completo en mi apartamento. No salimos ni siquiera a buscar un paquete de cigarrillos. Pasamos muchos momentos de locura maravillosos, y por supuesto, yo me sentía cada vez más ligado a ella. Empecé a dudar, si sería capaz de separarme de ella, si llegara el caso. El lunes por la mañana, Laura retornó al Colegio. Justamente a la hora del almuerzo, recibí una llamada misteriosa en mi oficina. Era una voz de mujer: —Señor Nelson, nos encontraremos en la zona de parqueo detrás del edificio dentro de quince minutos. Yo estaré sentada esperándolo dentro de su automóvil. Antes de que me repusiera de mi asombro y pudiera contestarle, sentí el ruido que hacía el teléfono al colgarse. No sabiendo, lo que me esperaba, me dirigí hacia la zona de parqueo con un cosquilleo recorriéndome la espalda, para encontrarme con profunda sorpresa, que la persona que me estaba esperando, era nada menos que Rubí D… en persona. 58 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Bueno —le dije con soltura ya repuesto de mi asombro, me senté tras del timón del auto—. Esta es una verdadera sorpresa para mí — sonreí con ironía—. ¿Qué usted espera sacar de este encuentro…? —¿Crees de verdad, que yo espero sacar algo? —me dijo maliciosamente, al tiempo que me miraba con un mundo de promesas en los ojos. —Estoy a su disposición, Rubí —le dije cauteloso. Ella se acomodó voluptuosa en su rico abrigo de pieles, y me contestó insinuante: —Eso espero querido, que estés a mi completa disposición. Media hora más tarde estábamos sentados ante una mesa, sorbiendo sendos tragos, en un motel del camino. Las ocasiones de ser reconocidos eran muy remotas. —“Mi marido es un idiota” —admitió Rubí, al tiempo que bebía lentamente su trago—. Por lo menos la forma en que está llevando este asunto es perfectamente ridícula… He leído el informe del detective acerca de tus actividades Gustavo, y realmente he quedado fascinada. Nunca pensé que desarrollaras un trabajo tan interesante… —Está bien, Rubí —le contesté—. Me pareces que estás al tanto de todo, pero, ¿Laura lo sabe también? —No. Nos gustaría mantenerla ignorante de todo esto de ser posible. Ella está haciendo tan buen trabajo en la Universidad que quisiéramos evitarle todo posible choque que redundara emocionalmente en sus futuras actividades. —Entonces, ¿qué vamos a hacer? —pregunté. —Te ofrezco dinero —Rubí sonrió dulcemente—. ¡Mucho dinero! —¿Cuánto es el precio? Si iban a comprarme, ciertamente que el precio que pediría iba a ser muy alto. —Bueno —Rubí pesó lentamente sus palabras antes de contestar—. Yo creo que tendremos tiempo más tarde para discutir eso. —¿Cuánto, más tarde? “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 59 —Después que yo pueda considerar por mí misma, el valor de tus servicios por supuesto. ¿Qué mejor juez que yo para poder evaluarlos? Yo miré a su plácido semblante maravillosamente maquillado, sin mostrar ni la más pequeña arruga en él. Ella era la imagen de la dama respetable y digna… —¿Sabe tu marido de esto…? —Yo le dije que iba a tratar este asunto a mi manera —Rubí me explicó—. Aunque por supuesto no le dije a él, cuál era mi manera de tratar estas cosas. Podremos pasar un buen rato mientras llegamos a un arreglo. —¿Está el detective siguiéndonos? —No. Yo pensé en eso también, y le supliqué que prescindiera de sus servicios hoy. ¿Tú has notado algo? —De pronto comprendí que no había notado a mi sombra seguirme en todo el día, y comprendí que lo que ella decía era cierto. —Estás en todos los detalles, no se te escapa nada. —Siempre lo hago así —replicó. Era una mujer completamente segura de sí misma, y yo detesto este tipo de mujer. —Tomamos otro trago, Gustavo, ¿o prefieres que nos retiremos ya a nuestro apartamento? Yo me puse en guardia y le repliqué: —Si haces eso, llamaré a alguno de mis muchachos, para que te dé el servicio que requieres. —No —ella insistió—, estoy haciendo esto contigo, pero solamente contigo, si no, no hay trato. —¿Por qué tengo que ser yo, precisamente? —La respuesta es bien sencilla. Porque eres endemoniadamente atractivo y me gustas. Mi instinto me dice que debe de ser fantástico el acostarse contigo - - . Debes ser el amante perfecto para mis ansiedades. 60 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Para su información, señora, le diré además, que no soy idiota tampoco y que vislumbro una celada en todo esto. —No hay ningún truco, te lo aseguro. Yo tengo mucho más que perder que tú. No te olvides que yo soy la esposa del Senador D… Además, tengo un jugoso cheque en mi cartera para ti… Diez mil dólares que pueden ser tuyos esta misma noche… Pero es nuestra condición que dejes de ver a Laura… Esa es la condición que pone el Senador… La condición que pongo yo, es que pases la tarde conmigo en este motel… Yo también quiero saber por qué enloqueces a las mujeres. ¡En qué radica tu maldito atractivo! —¿Tu marido no sabe esta última condición? Rubí rió fuertemente… —No, por Dios. Mi marido nunca creería eso de mí. —¿Y qué tal si me niego, señora? ¿Ha considerado usted ese aspecto de la cosa? —Por supuesto que también he pensado en eso. Yo le diré a mi marido que no pudimos llegar a ningún arreglo, pero por supuesto, olvídate del dinero prometido. —Bueno, ¿y qué tal si yo prometo no volver a ver a Laura…? —Aún así, diré a mi marido que no pudimos llegar a ningún arreglo, y tendré el placer de ver entonces cómo él te destruye. Él puede hacerlo. No te olvides que es el personaje más influyente de esta ciudad. Todas las puertas se cerrarán para ti, y te hará la policía la vida imposible, hasta que tengas que largarte de aquí… —De acuerdo, Rubí, has ganado la partida. Estoy a tu disposición. Te prometo que no olvidarás esta tarde. —¿Prometes no volver a ver a Laura también? —Sí, —le dije resignadamente. —Todo lo que suceda esta tarde entre nosotros, será estrictamente un secreto entre tú y yo, ¿verdad…? Discreción es una de mis condiciones. Mis manos estaban ansiosas de coger ese cheque entre ellas… Quería terminar rápidamente este asunto. ¿Arreglo entonces para alquilar un apartamento? —le pregunté irónico, añadiendo—: ¿O también te has ocupado tú de ultimar esos detalles? “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 61 —No —replicó ella—. Esos detalles los dejo para ti… Me levanté de mi silla y dirigiéndome hacia ella, la ayudé a levantarse de la mesa. —Después de usted, señora… —le dije irónicamente—; dispuesto a jugar el papel de caballero intachable. yo estaba El cuarto que tomamos en el motel era limpio, confortable, amueblado con piezas en estilo danés. Un minuto después de haber penetrado en la habitación y cerrado la puerta tras nuestras espaldas, Rubí cambió de una personalidad hacia otra, de una manera increíble. De la calculadora, reposada mujer de negocios y dama de sociedad al mismo tiempo, que había sido hasta solamente unos instantes antes, se desdobló en una virtuosa, candorosa y desfallecida heroína en peligro… Yo había oído hablar de mujeres de este tipo, que teniendo una personalidad definida les atraía el hecho de desdoblarse y tomar las características de un personaje completamente opuesto. En el caso de Rubí, ella seguramente experimentaría una morbosidad especial, fingiendo el papel de la chica inocente de la cual abusan, teniendo que luchar por su honor… Rechazar el ataque masculino, seguramente aumentaría su ansia de ser tomada… Aún no había terminado de cerrar la puerta y correr el cerrojo, cuando se volvió hacia mí, preguntando: —¿Qué haces? —Estoy cerrando la puerta. ¿Qué otra cosa pensabas? —¡0h, no…! —objetó dramáticamente—. Deja la puerta abierta. —¿Estás loca? Ella se volvió como un relámpago hacia la puerta y antes de que yo pudiera pensar en detenerla, descorrió el pestillo, diciendo dramáticamente: —Déjame salir de aquí. He cambiado de idea. Estaba en estado de pánico. De momento pensé que estaba actuando… y efectivamente era así, excepto que me dí cuenta, que era de una forma inconsciente. —Mira, corazón, estamos aquí ahora, y es muy tarde para arrepentimientos… Yo acepté tu oferta y vamos a llegar hasta el final. 62 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Ella me miró suplicante… —Por favor, ¡déjame salir de aquí! Se acercaba a la puerta, angustiada, indecisa, pero no la abría ni se marchaba, aunque realmente nadie estaba impidiéndoselo. —Vamos, deja eso de una vez —me reí—. ¿A quién crees que estás engarfiando con esas mojigaterías? —Impulsivamente, pues ya me estaba impacientando ante aquellas muestras de histerismo, la tomé por el brazo y violentamente la arrastré de la puerta. Rubí empezó a abofetearme con la mano que le quedaba libre, lo cual contribuyó a irritarme aún. Yo estaba determinado a darle una buena dosis de lo que ella estaba pidiendo a gritos: necesitaba un macho que la hiciera gozar de todo lo que ella estaba carente, ¡Sexo! —Está bueno ya de comedia —le ordené-. Y cállate la boca y no hagas escenas ridículas. No he visto nunca una mujer que estuviera más necesitada de un hombre que tú, muñeca y te prometo que no vas a quedar defraudada. —¡Déjame salir de aquí! Si no me dejas, gritaré, te lo juro. Me eché a reír: —Puedes comenzar cuando quieras. ¿A quién crees que le va a importar. Grita todo lo quieras si te parece. —¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma? —gritó arañándome la cara con sus uñas afiladas como garras. indignada Esa fue la gota final que derramó la copa de mi impaciencia. La tomé por la muñeca y con fuerza brutal la arrastré hacia mí, mientras con la mano que me quedaba libre doblaba su cabeza hacia atrás. Con fiereza cubrí su boca con la mía, mordiéndola, chupándola mientras Rubí se retorcía, impotente de moverse tratando de librarse de la fuerza de mí abraso. Tratando de recobrar la respiración, revolviéndose dentro de mis brazos que la apretaban como tenazas; de pronto comprendió que yo tenía dominada la situación y que ella no podía hacer nada por librarse de mí. Entonces, despacio, sus brazos se movieron hacia arriba, entrelazándose alrededor de mi cuello. —Así está mejor —le dije. Al principio pensé que ella estaba respondiendo y aflojé la presión de mis brazos. Una vez hecho esto, ella se desprendió con violencia dé mi abrazo precipitándose hacia la puerta de nuevo, Corrí hacia ella y la alcancé cuando casi llegaba a ella, y levantándola en vilo entre mis brazos, la llevé hacia la cama lanzándola en ella. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 63 Lo violento de mi acción, solamente sirvió para hacer más urgentes sus deseos. Ella me acometía tratando de arañarme con sus afiladas uñas. Cada golpe que asestaba, solamente servía para aumentar su apetito sexual y estimular sus deseos. Con un movimiento, que era más de desesperación que de irritación, la empujé violentamente, haciéndola caer hacia atrás en la cama. Ella trató de escapar rodando hacia el otro lado de la misma, pero yo fui más rápido y la sujeté antes de que lograra sus intenciones, Los botones de su vestido saltaron en la lucha, y descubrí que ella estaba completamente desnuda bajo él. Había venido preparada para este encuentro. Ahora sí estaba seguro, que ella estaba fingiend0 todo el tiempo y decidí darle el tratamiento que ella esperaba y deseaba, Rasgué el vestido, con violencia, dejando al descubierto su inmenso y flácido busto. Mis dedos jugaron con sus pezones los cuales al instante surgieron duros ante mi contacto. Ella gritaba frenética retorciéndose y arañándome… Esta violencia sirvió para excitarme los sentidos. La vista de su cuerpo desnudo, espoleó mis deseos. Mientras más la maltrataba, más se enardecía. Aunque ella continuaba defendiéndose no hizo sin embargo ningún esfuerzo para cubrir su desnudez. Por un largo rato, quedé de pie delante de ella, observándola sin respiración después de toda la excitación de nuestra batalla. Sorpresivamente Rubí trató de nuevo de ganar la puerta. Ella estaba completamente desnuda, y yo no traté esta vez de detenerla Pensé que sería gracioso ver hasta dónde podía llegar en ese estado. Me limité a observarla… Llegó hasta la puerta, trató de llegar hasta tocar el pomo de la misma, hasta que dudó y volvió sobre sus pasos hacia mí. Sabiendo muy bien, que ella no se iba a aventurar a salir del cuarto desnuda, comencé a despojarme también de mis ropas, quitándome el cinturón y bajándome el zipper de los pantalones En el momento en que dejé caer los pantalones al suelo, Rubí se me quedó mirando sin pestañear. Sin aire, después de toda la lucha sostenida, con sus pechos subiendo y bajando rápidamente, me miraba fijamente. Su pelo teñido de negro, al igual que el de Laura, estaba recogido en un moño bajo la nuca. Tenía la expresión de una mujer enloquecida Todo era tan ridículo. Cuando yo no la tocaba, todo estaba bien, pero al momento que la sujetaba por el brazo, trataba desesperadamente de escapar. La tuve que sujetar rápidamente por las muñecas, doblando sus brazos hacia atrás. Al hacer esto, tratando de llevarla de nuevo a la cama, accidentalmente caí sobre ella. Esto fue el golpe final. Yo les he dicho antes qué clase de tipo soy yo… Dos cuerpos desnudos juntos, oprimiéndose uno contra el otro y soy un hombre al agua… 64 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Rubí dejó caer su cabeza hacia atrás, tratando de evadir ni boca ansiosa que mordía sus pezones, chupaba y besaba, temblorosa, gritando y llorando, al mismo tiempo como si estuviera desamparada. Pero líbreme, Dios si ella estaba desamparada. Ella estaba tan entera como lo estaba yo. Por sus gritos, me di cuenta que eran de placer y de deseo, no dolor o de molestia, Ahora yo podía quedarme tranquilo… esta vez no iba a rechazarme ni a luchar contra mi ataque. En vez de eso, pude sentir sus manos en mi cabeza, jugando con mi pelo… —Tú, hijo de puta —murmuró besándome con ansia salvaje mientras su cuerpo se presionaba contra el mío—. Yo no te gusto, lo sé, pero no puedo resistirlo. Me siento impotente entre tus brazos No pude remediar el reírme. Pensé que ella sería más original al menos, pues eso de decirme que se sentía impotente entre mis brazos, era la ridiculez más grande que había oído en los últimos tiempos. —Por favor, no me hagas daño —suplicó— Me has vencido… Soy tuya, haz de mí lo que quieras… ¿A quién estaba ella engañando…? Yo había tenido que sacudirla un poco por supuesto, pero no le había hecho daño ninguno. Ella estaba completamente desquiciada. Después que me hube convencido de esto, me arrodillé sobre ella mirando hacia abajo, sus lisos muslos y caderas y su inmenso y flácido busto. Ella permanecía retorciéndose de deseo, mientras hacía crujir el colchón con sus movimientos, esperando anhelante mí invasión. Mientras me dejaba caer, ella se prendió como una sanguijuela de mis húmedos y sudorosos hombros. Mientras más demoraba el momento, más me deseaba. Estaba atrapado en esta aventura y en lo único que pensaba ahora era en desahogar de cualquier forma, pues a pesar de la poca inspiración que su persona provocaba en mí, era una hembra al fin y al cabo… Además, negocio es negocio y al final de todo estaban esperando aquellos diez mil dólares y había que ganárselos de cualquier forma. Yo ya sabía lo que a ella le gustaba, así que traté de estimularle su erotismo, usando palabras vulgares, las cuales musitaba en su oído. Rubí me insultaba mientras tanto, fingiendo que se defendía con una mano y me golpeaba con la otra… De pronto se tomó rígida y comenzó a cabalgar en oleadas de pasión como si estuviera enloquecida. Finalmente su cuerpo estremecido se detuvo y en el instante supremo del goce, nuestros cuerpos copularon en uno solo y después desfallecimos… Yo continué sujetándola entre mis brazos. Esta mujer debía haber sido un suculento manjar en sus tiempos. Adornaba el acto sexual con tanto dramatismo que resultaba un poco exagerado sobre todo para una mujer de sus años, pero era realmente ardiente y apasionada. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 65 Rubí gentilmente se apretó a mi costado… se movió un poco y después se sentó en el borde de la cama, buscando los cigarrillos que habían caído al suelo cuando estaba desvistiéndome. Encendió un cigarrillo, fumó ávidamente de él y se volvió de nuevo hacia mí. Yo la estaba mirando a través de mis ojos medio cerrados. Yo sabía que nuestra sesión de amor estaba terminada; ahora tendría que luchar con ella para obtener el dinero y correr hasta el banco antes que fuera la hora del cierre para cambiarlo. No me iba a jugar el viejo truco de darme un cheque y después llamar al Banco y cancelarlo. En ese preciso momento, para mi profunda sorpresa así como para Rubí también, la puerta se abrió —la puerta que con tanta discusión habíamos por supuesto olvidado de correr el cerrojo de nuevo—; y mi viejo amigo, “el detective”, entró con una cámara de flash en sus manos. —No se mueva nadie —ordenó mientras tomaba una foto de Rubí y yo, desnudos sobre la cama—. Gracias amigos —dijo al tiempo que se volvía hacia la puerta de la calle y desaparecía por ella. Rubí comenzó a blasfemar: —¡Ese canalla…! ¡Hijo de puta…! ¡Mal rayo lo parta mil veces…! —¿Quién? —le pregunté. —Mi marido. El me prometió no usar los servicios del detective hoy, pero me ha jugado una mala pasada. Yo he estado enredado en tantos negocios sucios, que puedo oler el humo, antes que se encienda el fuego. Me levanté de la cama y rodeando la misma me acerqué a la silla en la cual Rubí había dejado su bolso. —Has pensado que a lo mejor el detective ha hecho esto por su cuenta? —le dije con objeto de distraer su atención… —A lo mejor ha tratado de pasarse de listo, para obtener mejores ganancias del Senador. —Pero, ¿cómo podía haber sabido la situación nuestra? Rubí se apartó de mí, y nerviosamente fue a encender otro cigarrillo. Mientras ella hacía eso, yo tomé su cartera en mis manos y rápidamente saqué el cheque escondiéndolo en mi espalda. —Pronto, cierra esa puerta —le ordené. Rubí obedeció y esto me permitió cerrar la cartera y colocarla de nuevo en la silla. Con los brazos en mi espalda, cuidadosamente doblé el cheque y entonces me 66 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS incliné a recoger mí camisa que estaba en el furtivamente el cheque en el bolsillo de la misma. suelo, deslizando Nos vestimos rápidamente. Rubí estaba tan ansiosa de irse como yo. —Yo saldré primero —le sugerí—. De esa forma ese tipo no tendrá más ocasión de retratarnos juntos. —¿Qué importa una foto más suficiente para sus propósitos. o menos? Ya la que tomó resulta —Podría quedar fuera de foco o velada… ¡Quién sabe! Gustavo, por favor, no te pongas bravo, pero no te puedo dar el cheque ahora como te había prometido. Tengo que ver primero, que es lo que va a pasar ahora. —Comprendo —le dije mientras me dirigía hacia la puerta. —Eso espero. Siempre hay un chance que el detective trate de ponerse de acuerdo conmigo primero —Apúrate entonces mi vida. Sal de aquí lo más pronto posible. Hasta la vista. Con un saludo salí rápidamente monté en el carro y desaparecí hacía la carretera principal. Todo el camino hacia el Banco lo hi en suspenso, confiando que Rubí en su Prisa por llegar a la casa, no registraría la bolsa de mano. Si lo llegara a hacer, habría descubierto que yo había tomado el cheque de ella. Una llamada por teléfono desde cualquier cabina telefónica lo hubiera echado todo a perder, pues con ordenar su cancelación todas mis esperanzas hubieran caído al suelo. Cuarenta y cinco minutos más tarde, yo salía satisfecho por la puerta del Banco llevando un abultado rollo de billetes en mi bolsillo… ¡Diez mil dólares contantes y sonantes…! Me sentía como si fuera el dueño del mundo. Le había ganado la partida al Senador… ¿Sería eso cierto…? Dos días más tarde sentiría cómo el mundo se desplomaba a mí alrededor… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 67 CAPITULO VIII Me desperté a las nueve de la mañana, con el sonido insistente del timbre del teléfono. La voz al otro lado del teléfono sonó fría e impersonal. —Soy el Senador D… al teléfono —me anunció—. Mi hija Laura está en camino a su casa para verlo. Traté de que ésta sea la última vez. Hágaselo saber a ella, así. —Déme alguna información, Senador. —Ella sabe acerca de los diez mil dólares, ¿qué más quiere? —¿Y qué hay de la fotografía? —pregunté curioso. —No, no quise mostrársela. No quiero destruir en Laura la imagen de su madre. Yo arreglaré eso con mi esposa personalmente. En este momento, lo único que me importa es la vida de Laura, ¿comprende usted? Ya usted ha obtenido lo que buscaba. Ya tiene nuestro dinero. Si por alguna razón, usted interfiere en las vidas de alguno de nosotros de nuevo, yo me encargaré personalmente de usted… Lo mataré como un perro…! El odio ahogó sus palabras. Después de esto, colgó el receptor. Yo salté de la cama, me cubrí con una bata de casa, y me estaba preparando una taza de café, cuando el timbre de la puerta sonó. Laura estaba de pie en el marco de la puerta, llorando y mirándome con ojos acusadores —Dime que no es verdad eso que dicen de ti. —Me preguntó angustiada— ¿Tú cogiste dinero a mi padre? ¿Has sido tan canalla que has puesto precio a nuestro amor? Me sentí miserable. Bueno, no creo que me haya sentido otra cosa, sino que soy un miserable realmente. Esta vez, había ido demasiado lejos. —Por supuesto que sí, nena —admití cínicamente— Si tú crees que yo vivo de amor solamente, estás equivocada. Me imagino que el viejo debe haberte puesto al tanto del trabajito al cual dedico la mayor parte de mi tiempo, ¿verdad? —Sí —me dijo entre sollozos— pero yo le llamé mentiroso. —Pues es cierto, corazón. Tú eres un pollito muy seductor, pero sinceramente, ¿creías que me iba a dejar amarrar por ti? Con todas esas damas adineradas pululando alrededor, ¿crees que un tipo de mi calibre, 68 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS se va a dejar enredar de por vida con una sola, cuando las puede tener por docenas? —Entonces, todas esas cosas que me decías, ¿no eran ciertas…? Ella estaba deseosa de darme todas las oportunidades posibles, para que yo me desmintiera. Tuve que mostrarme brusco con ella: —¿Y a ti qué te pasa, Laura…? ¿Querías el muñeco y bailar con él también…? Las cosas no salen siempre como uno quiere. Así que yo no te quería y nunca pensé en casarme contigo… ¿Y eso qué…? No creo que tengas razón para quejarte… Querías vivir la vida intensamente, y ciertamente que la has saboreado a mi lado. Has tenido ocasión de conocer al mejor semental de San Francisco… Te has graduado y tienes aquí tu diploma. Pues ahora te digo hasta luego, y te deseo buena suerte en tu próxima aventura. Lo que sí te agradecería bastante, es que me recomendaras a algunas de tus amiguitas en la escuela. Nunca mejor recomendación que la que viene de un cliente agradecido. Lágrimas de profunda decepción, llenaban sus ojos. —¡Canalla, maldito seas! —me gritó al tiempo que cruzaba mi rostro con su mano en una restallante bofetada. Giró sobre sus talones y corrió hacia el elevador pulsando el timbre con mano nerviosa. Su impaciencia no le permitió esperar por él, y desapareció rápidamente por las escaleras. Esa noche fue la última vez que vi a Laura D… Esa noche estaba sentado en la banqueta de un bar, sorbiendo lentamente un trago, cuando en las pantallas del televisor allí situado apareció la imagen del Senador acompañado de su hija. Por poco me caigo de la banqueta al suelo, cuando el anunciador dio la noticia que Laura había sufrido un grave accidente en la carretera. Iba a excesiva velocidad, cuando el auto que manejaba se precipitó por un barranco. Laura estaba en el hospital, pero su estado era de extrema gravedad. Los médicos tenían poca esperanza de salvar su vida. Las autoridades decían que había sido un accidente, pero yo que sabía que Laura era experta al timón, y comprendí que ella había atentado contra su vida. Ahora comprendí que mis minutos estaban contados en San Francisco. Si Laura fallecía, mi nombre estaría revuelto en el fango. El Senador no cejaría hasta verme destruido por completo. Tenía que largarme de la ciudad, y lo más pronto posible… Por fortuna yo tenía bastante dinero, y un carro del último modelo también. Hacía tiempo había comprendido que el Departamento de quejas de la Compañía de Teléfonos, no iba a ser mi carrera de toda la vida. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 69 Actualmente estaba listo para proseguir mi camino. Había sacado el mayor provecho posible de mi estancia en San Francisco. Había dejado mi marca allí. Una vez que un tipo pone su marca en un sitio, el camino comienza a descender para él. La mejor manera es largarse de allí, y buscar campos más verdes… Al hablar de campos verdes, pensé en mi pueblo natal… Richfield…! No había regresado allí, por lo menos en diez años. Mi padre había fallecido- hacía algunos años, y Abel Corona me había escrito hacía algunos meses para notificarme que también mi madre había desaparecido dejándome la choza en la cual había nacido y las tierras que la rodeaban. Me sentí culpable entonces. Nunca más me había ocupado de mi madre. Cuando abandoné el pueblo olvidé cuánto dejaba detrás, excepto mi contacto con Abel. Ahora que tenía algún dinero, pensé que tenía la obligación de volver a Richfield, poner una cruz sobre la tumba de mis padres, arreglar un poco la casa, y vivir allí un poco de tiempo. Sería agradable volver a ver a Abel. Se habías casado y formalizado su vida. Tenía deseos de conocer a su esposa y averiguar qué tipo de mujer había logrado echarle el anzuelo. ¡Iba en camino de mi hogar…! Era un sentimiento agradable… Así iba devorando millas de camino por la carretera, iba dejando aquellos diez años de mi vida, detrás. Un gran sentimiento de alivio recorría mi cuerpo. ¡Laura! ¡Laura! Solamente me torturaba la idea de Laura… El no saber si estaba viva o muerta… Durante una breve parada a lo largo del camino, para tomar una taza de café, telefoneé a Abel, para hacerle saber que estaba en mi camino de regreso a Richfield. El me sugirió que hiciera mi primera parada en su casa y después podríamos ir juntos hasta la choza de mi familia para echarle una ojeada. —Si estás aquí para las seis de la tarde —me dijo—, quédate con nosotros a comer. Estrella ha oído hablar tanto de mi hermano menor, que está deseosa de conocerte. Yo apresuré el resto del camino, pisando con fuerza el acelerador, y conseguí llegar a Richfield un poco antes de la hora fijada de las seis de la tarde. Parqueando mi carro detrás del flamante pisicorre que estaba situado al costado de la gran casa de piedra, salté y me dirigí a la entrada principal. 70 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Una delgada pero bien formada figura, envuelta en una bata de casa color amarillo, apareció en la puerta, seguida por dos niños de corta edad que corrían tras ella. —Tú debes ser Gustavo; ¿no es así? Yo estaba impresionado por la juventud y belleza que ella poseía. Tenía una cara de un óvalo perfecto, coronada por unos inmensos ojos azules como un lago. Su pelo rubio cenizo, caía sobre su rostro cubriéndolo en parte. Para ser una chiquilla tan frágil, su voz profunda resonaba pastosa. —Tú tienes que ser Estrella —le repliqué. Ella asintió, empujó los niños a un lado, y sostuvo la puerta abierta dándome la bienvenida. Yo iba a alargar mi mano, cuando me sorprendió agradablemente dándome un apretado abrazo como si hubiéramos sido unos familiares cercanos que habían estado mucho tiempo sin verse. —Yo he oído hablar tanto de ti, Gustavo, que realmente me parece que te conozco tanto como te conoce Abel. Después se apretó contra mí y me dio un beso en la mejilla. Sintiendo sus pequeños y duros pechos apretarse contra mi cuerpo me produjo un estremecimiento y la estreché fuertemente entre mis brazos mientras una oleada de calor subía hacia mi cabeza. Me sentí ardiendo de fiebre. Bruscamente, Estrella rompió el abrazo, dejándome con la respiración entrecortada por el deseo súbito que se despertaba en mí. —Perdóname, Estrella —le dije—. Me he dejado llevar por la emoción de la llegada —le dije tratando de justificarme ante ella—. Estoy tan contento de estar entre ustedes por fin. Entonces me acerqué a los dos niños que nos observaban curiosos. Estrella con orgullo, me los mostró diciendo: —Esta linda y cautivadora señorita, es Anita, de dos años y medio. El varón se llama Abel también, y si crece y sale a su padre, que el Señor nos proteja a todos. Gustavo estuvo un rato en la entrada elogiando la belleza del lugar, mientras Estrella le explicaba los cambios que su marido y ella planeaban hacer para mejorar el lugar. Finalmente nuestra conversación languideció, mientras nos estudiábamos uno al otro. Estoy seguro que Estrella se sintió tan atraída hacia mí, como yo lo estuve hacia ella desde el instante en que se cruzaron nuestras miradas. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 71 —Pero por favor, Pasa adelante ——invitó Estrella— Siéntate y dime qué te gustaría tornar. Debes estar rendido después de un viaje tan largo. -Lo estoy —le contesté al mismo tiempo que la seguía a través del salón, hacia una pequeña salita íntima que daba sobre el jardín. Los niños comenzaron a revolotear en torno nuestro, excitados ante la llegada de un personaje nuevo a sus vidas. Estrella los llamó a la orden diciendo: —Vamos, está bueno ya de tanto alboroto. A su cuartos y prepárense para la cena. Y tú Abel no se te olvide restregarte detrás de las orejas. Ella se inclinó para besar a Anita en la cabeza, entonces los dos niños ruidosamente, se alejaron corriendo. —Estoy segura que ustedes serán muy buenos amigos —dijo Estrella mientras nos dirigíamos hacia el bar—. ¿Qué deseas tomar, Gustavo? Yo miré a mí alrededor buscando a alguien que no estaba con nosotros y le pregunté a ella: —¿Dónde está Abel? —El no estará aquí hasta después de las seis y media. Fue a la tienda a comprar bebidas y algunas cosas que nos hacían falta. Regresará a tiempo. Mientras tanto, siéntate cómodo y descansa —me explicó Estrella. Eso fue lo que hice. Me senté en una banqueta del bar y descansé mis brazos sobre el mostrador, mientras observaba cómo Estrella preparaba las bebidas. La bata de casa que ella vestía, aunque de cuello cerrado, estaba entreabierta, permitiendo a mis hambrientos ojos vislumbrar las maravi1lsas redondeces de su cuerpo. La prenda se adhería a su figura al menor movimiento, mostrando la línea de división de sus pantaloncitos. Sentí cómo la boca se me llenaba de saliva, mientras un estremecimiento de deseo recorría mi médula. Nerviosamente saqué un paquete de cigarrillos del bolsillo de mi chaqueta y encendí uno, aspirando con ansia. En silencio, apreté mis mandíbulas, hasta que sentí el crujido de mis dientes al chocar entre sí. —Qué fue lo que te impulsó a dejar San Fancisco? ——me peguntó Estrella sin darse cuenta de mi insistente observación. 72 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Yo creo que mi cara debe de haber enrojecido, pues de pronto me puse a pensar cuánto sabría ella acerca de mí. No sabía lo que Abel le habría dicho. Probablemente todo. —Bueno —conté—. Había estado afuera tanto tiempo, que me las había arreglado para ahorrar un poco de dinero y pensé que sería agradable volver a casa de nuevo y quizás dedicar un poco de tiempo a pintar otra vez. Estrella me miró suspicaz, como si no hubiera creído ni una sola de mis palabras. —Abel dice que tú odias Ríchfield y que eres demasiado vago para pintar. Así que dime con sinceridad Gustavo. ¿Algún lío de faldas en San Francisco? —Bien, has dado en el clavo —tuve que admitir. Así que ella salió detrás del mostrador del bar y cruzó por delante de mí para sentarse, sentí como un corrientazo recorrer todo mi cuerpo. No sé qué me pasaba a mí con Estrella, que hacía que la sangre hirviera dentro de mis venas. No sé si era que esperaba que la mujer de Abel fuera una mujer opaca y sin interés, y de pronto me encontraba con aquella atractiva mujer que era, justamente lo opuesto de lo que había pensado. No podía comprender cómo una mujer de la belleza y de la personalidad de Estrella, podía haberse casado con un tipo como Abel. Mientras se echaba hacia adelante para sentarse en la alta banqueta del bar, tuve oportunidad de echar otra ojeada a aquéllas maravillosas curvas. Sus pechos eran pequeños pero firmes y llenos. Mis dientes crujieron de nuevo, para reprimir el deseo de enterrar mis manos en aquella maravillosa e invitadora figurita que se erguía desafiante ante mi avariciosa mirada. —Así —dijo Estrella—, que piensas seriamente en volver a pintar. —Bueno —le repliqué a la defensiva—. Tengo que hacer algo. —Yo sé que Abel está encantado con tu regreso. Hace meses que viene diciéndome qué tú harías un maravilloso personaje, para escribir un libro. —¿Quién? ¿Yo? —exclamé. —Me atrevería a decir que ha estado tomando como base, todas tus cartas. —Ella rió—. Todas tus cartas; esto es gracioso. Desde que yo estoy casada con Abel creo que le has escrito exactamente cinco cartas, si no me equivoco… Eso es a menos de una por año. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 73 Tomó un sorbo de su trago y lo puso nuevamente sobre el bar. Su mano delicada se alargó hacia su cigarrillo y llevándolo a sus labios sensuales, dejó que el humo saliera despacio por la nariz. En mi mente pensé que ella era una mujer muy bella. Aunque sus rasgos eran irregulares, el conjunto era muy agradable a la vista. —Está Abel trabajando en algo ahora? —le pegunté tratando de no pensar en ella. —Eso creo —me contestó. —¿Cuál es el tema? —Pregúntale a Abel cuando llegue, pero yo creo que es la historia de tu vida. —Vamos, Estrella, no digas eso. ¿Qué podría tener de interesante la historia de mi vida, para dedicarle un libro? —Abel dice que tú eres un ejemplar sexual. Hasta a mí me gustaría leer algo sobre eso… Oímos cómo una puerta se cerraba, seguida por la voz estruendosa de Abel: —¿Dónde está ese gallo de pelea? —Estamos aquí, en el bar —le contestó ella. Abel apareció unos momentos después con unos paquetes. Caminando con cuidado los depositó sobre el bar, y extendiendo su mano hacia mí, dijo: —Déjame verte, descarado. Abel había cambiado mucho. Su pelo era casi gris y caminaba un poco doblado. —¿Qué piensas de él, querida Estrella? Yo diría que luce mucho mejor. Los años lo han tratado bien —dirigiéndose a mí, dijo—. Me alegro que estés con nosotros. —Se siente uno a gusto aquí —le dije y levantándome de la silla del bar, me acerqué a darle un abrazo—. ¡Viejo verde! Aunque estás con unos años más, y unos kilos de sobra, luces muy bien. —Estás en lo cierto —contestó Abel, y dirigiéndose de nuevo a su esposa añadió—: Gracias a Estrella nunca me he sentido mejor. 74 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —¿Qué quieres tomar? Le estoy preparando un trago a Gustavo. —Prepárame lo mismo que a él. —y volviéndose lentamente hacia mí, preguntó—: Bueno ¿qué pasó? ¿Dejaste alguna chica esperando un bebé? ¿Es esa la razón por la que volviste a Richfield? —No realmente, pero tienes razón. Me buscan en San. Francisco. —¿Qué pasó con tu trabajo en la Compañía de. Teléfonos? —Me largué sin decirles nada. Abel suspiro: —Eres un tonto. ¿Cuándo vas a aprender a dejar las mujeres, por lo menos las de otros, tranquilas? Me alejé de reacción, dije: él, mirando de reojo a Estrella, y espiando su —Creo que éste es el momento. Voy a tratar de empezar de nuevo. —Nada de a lo mejor o “quizás”. Tienes que pensar en tu futuro. —Esos son mis planes —le contesté ansioso a Abel—. Quiero abrir la casa de mis padres y empezar a pintar de nueve. —Ya veremos —dijo él dudoso. Un silencio llenó la estancia. Estrella nos anunció que iba a la cocina a empezar la cena. Sus caderas se movieron con un suave balanceo. Tuve que controlar un impulso de seguirla. Forcé mi mirada hacia la cara de Abel. Me di cuenta que las líneas en su cara, además de las que yo recordaba alrededor de su boca, eran más hondas. Me asombré al notar que mi amigo había envejecido más de lo que yo creía. —¿Qué piensas de ella? —me preguntó él paralizando el curso de mis pensamientos. -Es maravillosa, Abel. Esta vez has sabido escoger. Me gustó en cuanto la vi. Entre risas, Abel me advirtió: —No te pongas a pensar en ella como haces con todas las mujeres… —Y añadió al darse cuenta de lo que había dicho—. Estrella es más joven que yo, y mientras más tiempo llevamos de casados más celoso me siento… Sus palabras me hicieron sentir tan intranquilo que tenía que hacer algo. —¿Crees que podría ir a descansar un rato antes de cenar? “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 75 —Naturalmente, muchacho. Debías de haberlo dicho antes. Ven y te llevaré a tu cuarto. —¿Dijiste mi cuarto...? —Pues claro. Tú te quedarás aquí hasta que la casa de tus padres esté habitable. Y no quiero oír ningún comentario sobre el asunto. Abel me llevó al cuarto de huéspedes en el segundo piso y me dejó mientras iba a buscar mi equipaje al coche. Cansado y nervioso, me dejé caer sobre la cama y cerré los ojos. Tenía ganas de llorar… ¡Supe entonces que no debí de volver a Richfield! ¡Diablos! ¿Por qué yo tenía que ser así? ¿Por qué Abel tenía que tener una esposa tan atractiva? Me puse a pensar en posibilidades para obtenerla. Me sentí ridículo… yo compitiendo con Abel, las caricias de su mujer. Pero aquí estaba yo, pensando que si yo no podía meterme entre sus piernas… No sé cómo pude soportar la cena esa noche. Traté de dirigir la conversación a temas de interés para Abel. Estrella debe de haber pensado que ella no me agradaba… pero mirarla me afectaba de tal forma que tenía que ignorarla. Al terminar de cenar, nos dirigimos al saloncito a saborear un cogñac mientras mirábamos las noticias por televisión. El anunciador mencionó que la hija del Senador D… había muerto en el hospital a causas de heridas recibidas en un accidente automovilístico. Me aturdí de tal forma que casi no me di cuenta del paso del tiempo. Me excusé diciendo que me sentía muy cansado y quería dormir. Cuando llegué a mi cuarto, me dejé caer en un sillón con mis manos cubriendo mí rostro. En mi mente, una lucha de sentimientos de culpa; en mi alma, mi corazón latía por una pobre muchacha destruida por mí. Mientras, mi cuerpo me pedía a la esposa de mi mejor amigo. ¡No tenía fuerzas para controlar mis ansias! Dormí hasta el mediodía. Me despertó una llamada en mi puerta. Yo siempre dormí desnudo, y pensando que sería Abel, me cubrí con la manta y pedí que entrara. Pero para mí asombro, fue Estrella quien entró… Ella entró con mi desayuno. —¡Buenos días, dormilón! —Se acercó a la cama y me puso la bandeja sobre las piernas. Cuando vi que me traía huevos, jamón, jugo de naranjas y café le dije sonriente: —Estás malcriándome mucho. No voy a querer hacer nada si sigues así. 76 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —No, pero sí quiero convencerte para que te quedes aquí unos días más… Hasta que puedas ir a tu casa. —No quisiera que se cansaran de mí. Pronto verán que no van a poder perderme de vista cuando quieran estar solos. Estrella me miró y dudó antes de decir: —Pero anoche casi ni me miraste, ¿no me aprecias? Yo no podía dejar que ella pensara eso, así que confesé: —No, Estrella, yo no puedo dejar que tú pienses de esa forma. Tú sabes que yo tengo un problema con las mujeres. Bueno, la verdad es que tú me gustas mucho y yo no quiero hacer nada que pueda dolerle a mi mejor amigo. Una sombra enturbió su mirada. —¿Quieres decir que quieres acostarte conmigo? —Sí —admití sin rodeos. Estrella se rió suavemente, tal como si no me creyera. Por lo menos me estaba demostrando que no temía estar a solas conmigo. —¿Tú sábes lo que yo creo…? Yo creo que todos los hombres como tú odian a las mujeres. Se portan de esta manera solamente para hacerlas sufrir. —No me juzgues como a los demás. Yo adoro a las mujeres. Nunca las he hecho sufrir a sabiendas. Espera a que me conozcas mejor. —Es por eso que yo quiero que te quedes unos días con nosotros. Nos dará tiempo para hacernos amigos… Y yo necesito un buen amigo sobre todo ahora… Un amigo que me oiga… alguien que conozca a Abel. Tú, Gustavo. —¿Pasa algo? —pregunté asustado. Fue una gran sorpresa oír que uno de los problemas de Estrella era que Abel no era buen amante. —Solamente lo ha sido este último año —me dijo—. He tratado de que vaya a ver a un doctor pero él no quiere. Su hombría no se lo permite. Podría ser una cosa que se pueda arreglar. Ella me decía que se sentía hambrienta de amor. Me estaba dejando saber que estaba dispuesta… Sus bellos ojos me miraron hondamente y yo sentí cómo su mirada despertaba mi pasión. Empecé a sentir mi miembro latiendo de ansiedad. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 77 —¿Dónde está Abel? —pregunté bajito. —Fue al centro para que enciendan la luz en tu casa. Y para que te instalen un teléfono. Quité la bandeja de mis piernas y me levanté. Como he dicho antes, estaba desnudo, y no pude controlar mis deseos por más tiempo. Estrella estaba de espaldas a mí. Me acerqué a ella y la tomé por la cintura de manera de que mi mano rozaba su seno izquierdo. Sentí una ola de pasión y con mis últimas fuerzas me separé de ella. Pero, de pronto, Estrella se volvió y se quedó mirándome con ojos muy abiertos. Sus brazos se apoderaron de mis hombros y empezaron a acercarme a ella. Un momento después, mi promesa quedaba rota. Ella me estaba besando. Sus labios ardientes se apoderaron de los míos haciéndome olvidar mis últimas dudas. Mis manos empezaron a jugar con la tersura que eran sus senos. —¡Mmmm! —la oí murmurar sin dejar de besar. Se quitó con una mano su bata, dejándome apreciar su desnudez a mi placer. No pudiendo soportar más, la llevé por los hombros hacia la cama y dejándola caer, dejé que mi cuerpo se deslizara sobre el de ella. Sus dedos exploraban mi cuerpo. Una de sus manos me acariciaba los pezones mientras que la otra se movía entre mis piernas, y tomando mi miembro entre sus dedos lo apretó. Estrella tembló violentamente cuando con mi lengua acaricié su cuello. Moví mi ataque a sus senos, y por un rato chupé sus pezones, dejando que mi lengua llegara hasta la suave piel de su estómago. Ella separó sus piernas y momentos después mientras yo seguía, ella levantó sus piernas y las cerró en mi cuello. Mientras la acariciaba con mi lengua, ella gritó. Cubrió su boca con su mano y cayó de nuevo sobre la cama. Me dejé caer a su lado y después de lo que lució como un rato interminable, Estrella se arrodilló ante mí, sus senos rozándome y atormentándome. Me tocó a mí ahora ahogar un grito. Muy lentamente, Estrella se movía hacia mis partes, que ahora se sentían latentes de expectación y poco a poco, dejé que sus labios se apoderaran de él. Sin dejar de atormentar mi miembro con sus dientes y su lengua, Estrella me acarició mis muslos, sin dejar que su boca perdiera su prenda, Pero aunque me sentía cómo ella me dejaba seco, no pude pararla. Todos los pensamientos de Laura desaparecieron. Las pasiones del presente dejaron olvidadas las pesadillas del pasado. Esta mujer me necesitaba tanto como yo a ella. 78 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS En mi carro compacto, llegué por fin a mi futuro hogar. Una vez dentro, encontré que Estrella lo había arreglado de forma que no extrañara nada. Todo esto lo hizo durante escapadas cuando yo estaba en casa de Abel. La cocina estaba arreglada y limpia. Todo estaba guardado en su lugar. No era ningún palacio pero era más de lo que yo había esperado. Me preparé una taza de café mientras seguía mirándolo todo. Me dejé caer en un sillón, mientras pensaba en mis problemas inmediatos. El matrimonio de Abel estaba a punto de romperse. Yo podía dejar que mi influencia diera el toque final. Mientras más viera a Estrella más infeliz ésta se iba a sentir. No quería yo ser responsable del dolor de otro, sobre todo de Abel. Aún me sentía culpable de la muerte de Laura. Decidí mantenerme ocupado. Pintar era mi única forma de expresión. Le di gracias a Dios que fui lo suficiente inteligente para no olvidar de traer mis pinturas y lienzos. Estaba enfrascado en la tarea de poner esto en orden cuando oí un toque en la puerta. Cuando la abrí, me encontré con una joven sonriente que me dijo: —Hola, solamente quería saber si todo estaba bien. La chica tenía el pelo rubio corto, enmarcando su rostro de ángel con una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida. —¿Qué es el todo al que te refieres? —le pregunté asombrado. —La casa. Mi nombre es Gloria Griswell, y vivo al final de la cuadra. A veces yo les cuido los chicos a Abel y Estrella. La he estado ayudando a arreglarlo todo. —Sí, como no. Todo está perfecto, Gloria —y como ella seguía ahí como pidiendo ser invitada a entrar le dije—: ¿Quieres pasar? Sus redondas nalgas ondularon mientras entraba en la pieza. suavemente en un ritmo lento —No sabes cuánto me alegro de que ahora viva alguien aquí —dijo inocentemente—. Este lugar ha estado vacío mucho tiempo. —¿Quieres una taza de café? —Sí, gracias. Pero no te molestes, no quiero interrumpir nada. Yo sé dónde está todo. Sentí un pequeño temblor y pensé para mí “aquí voy otra vez”. —No estabas interrumpiendo nada, te estaba esperando. Y comprendiendo su “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 79 mirada extrañada, añadí: —¿Tienes gustaría que posaras para mí… algo que hacer esta tarde? Me —Encantada. Nadie ha pintado mi cara aún. —Te pagaré a peso la hora. —¿Un peso la hora… solamente por posar? —exclamó, sorprendida y después añadió dudosa—: No tendré que posar desnuda, ¿verdad? —No, no tendrás que posar desnuda —le repetí riéndome. —Entonces está bien. Tienes una modelo. Un rato después, Gloria regresó de la cocina con dos tazas de café. Ambos tienen leche y azúcar —me dijo—. Una cucharada en la tuya. —¿Cómo tú sabías la cantidad de azúcar que yo le pongo al café? —Yo sé mucho de ti, Gustavo. desnudo… cuando eras un chico. Hasta he visto fotos tuyas al Cuando terminamos de tomar el café, la moví a una silla que estaba en buena luz y sentándome frente a ella con un lienzo en mis rodillas, la empecé a pintar. Mientras más la miraba más bella me lucía. Hablaba a borbotones. Es la única manera de decirlo. En muchas formas se parecía a Laura, aunque no tan sofisticada. Tanto me desarmaba la chica que solté el lienzo y la pintura y me quedé mirándola con la boca abierta. —¿Por qué paras tan pronto? Yo no estoy cansada… —Pensé que podíamos conversar un rato. —No —me dijo firmemente—. Eso no lo debes de hacer. Cuando empiezas algo debes de terminarlo. Estrella me dijo que tú necesitabas alguien como yo que te obligara a trabajar. —Pero si yo quiero terminar este cuadro. Solamente pensé que sería agradable sentarse a conversar un rato ——dije persuasivamente—. Así llegaríamos a conocernos mejor. —Eso lo podemos hacer mientras tú trabajas. —A la orden —le dije mientras continuaba pintando. 80 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Si no estamos ocupados haciendo algo, pronto nos estaríamos mirando uno al otro. Después nos pondríamos a pensar y nos veríamos de pronto excitados sexualmente y eso echarla a perder nuestra amistad. —¿La echaría a perder? —pregunté. —Pues naturalmente. El amor es algo que debe ser especial. Es algo por lo que hay que esforzarse por un tiempo y dejarlo crecer. Yo también tengo ansias y pasiones, pero no me acuesto con el primer hombre que me atraiga. —¿Y te atraigo…? —¡Cómo no! Nunca he visto un hombre como tú —¿Y no me tienes miedo? —No… tú eres un hombre agradable. ¿Por qué debo de tenerte miedo? ¿Solamente por el hecho de que tengas más o menos deseos sexuales? Eso te hace más interesante. ¿Y cómo tú sabes de mis ansias sexuales? le pregunté, y empecé a pensar si eso era tan fácil de ver. Tu madre me lo contó. —¿Y qué te dijo ella exactamente? —le pregunté azorado. -Bueno, ella me contó que cuando tú eras un recién nacido, ella quería que tú fueras un hombre muy varonil, al cual todas las mujeres quisieran. Así que cuando aún eras un chico ella te daba masajes en tu “cosa…” —¿Dar masajes a qué cosa? —Tú sabes —me dijo al oído—. Tu pene… Creo que me sonrojé hasta ponerme verde —¿Mi madre te contó esto? —Sí. Me dijo que era una costumbre griega. Que de esta manera los penes… Se ponían muy largos y podrían tener muchos hijos. Tu madre me dijo que como ella hizo esto cuando tú eras muy chico, tu crecimiento fue rápido. Pero ella estaba muy orgullosa de ti. Siempre dijo que por muchas cosas malas que tú hayas hecho, eras muy macho. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 81 Esta revelación me dejó sin habla. Yo nunca supe esto y me sentí absurdo y fuera de lugar. Gloria me siguió y me dijo: —No tengas pena, Gustavo, no hay nada malo en ser así. Una vez decidas estar el resto de tu vida con una sola mujer. Me sorprendió oír estas verdades de los labios de una chica tan joven la cual solamente conocía por unas horas. —Es más, te diré que nunca te sientas avergonzado de lo que eres. Yo, a mi edad aún soy virgen. Y eso con los tiempos como están no ha sido nada fácil. —¿Y qué piensas de un hombre como yo? ¿No tienes miedo de que te viole? —Bueno, eso depende. Yo me sentiría muy mal si no trataras, y si lo hicieras yo estoy segura de que me respetas lo suficiente para parar si yo te lo pidiera. —¿Tú no crees que yo hago esto porque me da placer ver a las mujeres sufriendo? —No, eso no. A ti te gusta mucho eso para tener tanto odio. —Me gustas mucho, pero no quiero que te hagas ilusiones de mí, ¿me comprendes, Gloria… No creerán lo que esa chica me contestó: —Gustavo, yo no puedo vivir de ilusiones; tengo que ver la vida tal y como es. La única pregunta que me quedaba por aclarar era, ¿sería Gloria distinta a las demás mujeres? Lo tenía que saber. Sin previo aviso, tomé a Gloria en mis brazos y fundí su cuerpo contra el mío. Llevé mis labios a los suyos y recibí su lengua que con la mía mantuvo un duelo. Un rato más tarde los dos estábamos sin respiración. Mis manos jugaron con sus redondas nalgas hasta que la sentí contraerse en mis brazos. Moví entonces mi ataque a sus senos y apretándolos fuerte sentí cómo su carne se ponía rígida a mi contacto. Mis manos se movían de un seno al otro. Quejándose de ansiedad, Gloria giró sus caderas contra mis ardientes partes, encendiéndome más la sangre. Dios mío, ¡si estaba tan necesitada como yo! 82 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Dando un paso atrás, metí mi mano bajo su corta falda y acaricié el nilón que cubría la parte donde se unían sus muslos. Gloria, por su parte, movió su mano hasta agarrar firmemente mi miembro, sujetándolo con fuerza. No pudiendo soportar más, cuando ella se separó y me dijo: empecé a bajarle los pantaloncitos —No, Gustavo. De ahí yo no paso. Imposible, pero cierto. Ella se me negó. Pero yo tenía que estar suficientemente seguro. No hay mujer u hombre que pueda decir que no cuando ven mi miembro. ¡La gran creación de mi madre! Me safé los pantalones, y me saqué mis partes de manera que Gloria me viera. Ella se quedó alelada un momento y después cerró los ojos. Un momento después, mientras yo me acerqué a ella, Gloria abrió sus ojos, y dejando que yo tomara su rostro entre mis manos me dijo: —No, Gustavo. Si yo no pensara que me sería posible amarte te diría que sí. Y con esas palabras salió corriendo de la casa. No, aún no lo creía. Ella era la primera mujer que me lo había dicho. Era imposible de creer. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 83 CAPITULO X Desde ese día Gloria venía a casa todos los días para hacerme el desayuno. Entonces, después de arreglar un poco la casa se sentaba a posar para ml. Era tal como si fuéramos marido y mujer sin mantener relaciones sexuales. Nos adorábamos pero ella no me dejaba pasar más allá de darle unos cuantos besos y acariciarla. Un domingo por la mañana, estábamos caminando por el campo mano en mano, disfrutando del paseo, cuando le dije: —Tenemos un problema. —¿Qué me quieres decir con eso, Gustavo? —me preguntó afligida. —Me estoy enamorando de ti. He tratado de aguantarme, pero no puedo más. —Yo también me estoy enamorando de ti —me confesó. —Déjame besarte para que estés bien segura de lo que dices. La abracé cerrando su cuerpo contra el mío. Yo no había poseído a una mujer hacía muchos días, cosa que no era usual para mí. Y este contacto me hizo estremecer. —Gustavo, por favor. Yo no soy de hierro. —¡Cobarde! —le dije sonriente. Nos reímos despreocupadamente y a pesar de su resistencia anterior, me besó apasionadamente. Entonces, aguantando sus ansias, se separó de mí y sujetándome fuertemente de la mano, me llevó de nuevo a la calle principal. Pero observé que ella estaba respirando nerviosa… Solamente el roce de su mano en la mía, me hacía sentir como si fuera a explotar. Esta chica me encendía la sangre, y yo no sabía hasta cuándo iba a poder esperar. Una noche, Gloria me estaba preparando la cena, cuando decidí que si la llevaba al cine las tentaciones serían más fáciles de controlar. Nada pasó hasta que llegamos al frente de su casa. Lenta y suavemente atraje a Gloria hacia mí, dándole un beso en el que le dejaba ver mis intenciones. Ella era tan joven y bella. Perdí un 84 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS poco el sentido cuando nuestras lenguas se encontraron y se hablaban de amor. Mi mano subió lentamente hacia su fantástico seno y gimiendo ella misma apretó mi mano en su pecho. La pasión de su gesto mandó mi cuidado a los vientos, y mi mano libre fue bajo su falda a acariciar sus aterciopelados muslos. Pero una vez más, cuando mis dedos se apoderaban de sus carnes ansiosas, un gemido de pasión salió de su boca. Fuimos poco a poco deslizándonos hacia el suelo. Mis labios no podían cubrirla toda qué era lo que yo quería. Mi lengua acarició su virginidad. Mi miembro latiendo de ansiedad, casi forzó la salida del confín de mis pantalones. Mi pasión no me dejaba esperar más. Acerqué mi miembro al centro de mi objetivo. Sentí la humedad que me recibía como gran ofrenda. Justo al momento preciso de mi entrada a ella sentí sus piernas cerrarse, no dando paso a mi miembro… —No, conmigo… mi querido y magnífico hombre… Ten mucha paciencia para Caí sobre ella semidesnudo, besándola apasionadamente. —¡Gustavo! —Dime, Gloria. —¿Tú has pensado si te casarías conmigo?— Y yo al mirarla sorprendido vi sus ojos llenos de lágrimas. —Creo amarte lo suficiente para colmar tus deseos. Yo también tenía los ojos llenos de lágrimas. En este momento no dejé que la pasión me dominara. —Si tú quieres… mañana mismo. Te juro que trataría con toda mi alma de hacerte feliz. —Entonces vamos a pensarlo bien —me dijo—, acercándose a lamer con su lengua mis labios cerrados. Traté de tomarla en mis brazos, pero ella se levantó y corrió a su casa, por temor de no poder controlarse. A la mañana siguiente el timbre del teléfono me despertó con molesta insistencia… Era Abel. —No sé de ti desde hace muchos días… ¿Qué es lo que te pasa? Pensé que debí llamarte para asegurarme que todo estaba bien por ahí. —He estado muy ocupado pintando —contesté. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 85 —Has estado saliendo con Gloria —me dijo sin preguntar. —Y tú, ¿cómo lo sabes? —inquirí sorprendido. —Hijo mío, éste es un pueblo muy pequeño, con muy pocas cosas interesantes de qué hablar, y todo el mundo está pendiente de todo. Tu vida privada es una cosa pública en Richfield. Es más; hasta dicen que Estrella y yo vamos a divorciarnos —me dijo riéndose con sorna. —¿Y eso es cierto? —No, que yo sepa al menos. Pero es lo que se dice en el pueblo. ¿Vas a estar en casa hoy? —Sí, ¿por qué me lo preguntas? —Me gustaría verte. —¿Quieres que vaya yo a verte a ti…? Tu casa es mejor que la mía. —Está muy bien entonces. ¿Puedes venir ahora mismo? —Iré enseguida —le contesté. Me llevé conmigo el lienzo que estaba pintando de Gloria. Quería que fuese Abel el primero en apreciar si se veía alguna mejora en mi trabajo. Abel tenía un trago en la mano cuando llegué a su casa, a pesar de ser muy temprano en la mañana… ¿Qué era lo que este hombre trataba de ocultar…? ¿Qué sería lo que atormentaba su mente que trataba de ahogar en el alcohol…? Después de contemplar el cuadro por un largo rato, me dijo: -Esta vez sí que has logrado algo bueno. ¡Este cuadro tiene sustancia… dimensión… estilo! Pero indudablemente que tú estilo ha cambiado notablemente. De duro e insensible, se ha movido a crear algo suave y delicado… —Me alegro que te agrade —le dije con profunda satisfacción. La opinión de Abel era muy importante para mí. Significaba que a lo mejor, yo tenía un futuro en el arte. —Chico… tú estás rotundamente enamorado —terminó diciendo. —¿C6mo has dicho…? 86 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Me oíste perfectamente la primera vez, así que no creo que tenga ninguna necesidad de repetirlo. Tienes todas las características… Me alegro por ti, muchacho. Al fin vas a sentar cabeza… Eso significa que el pasado está muerto y enterrado… —Espera todavía. un momento… No vayas tan aprisa que no estoy casado —Pero lo estarás, no lo dudes… y pronto. Los hombres como tú son todos iguales. Cuando por fin los agarran, no es una mujer sofisticada del centro de la ciudad, sino una niña inocente de pueblo… cariñosa e inocente… tal como… Bueno creo que comprendes que me refiero a Gloria Criswell. Ahora que estás trabajando seriamente y me luce que te quedarás aquí por ahora, quiero que me dejes tomar unas notas de la historia de tu vida. Estoy convencido de que será un buen tema… Comercialmente de todas formas. —Bien, tienes mi autorización, pero por supuesto si me prometes un buen tanto por ciento de lo que vendas. —Vas a tener que trabajar duro, tú también. Necesito que un par de días a la semana, te sientas ante la grabadora y hables ante ella… de lo que recuerdes. Aquellos pasajes de tu vida, que hayan hecho más impresión en ti… Todo lo que te acuerdes de ello. —¿Todo…? ¿Sin omitir detalles…? —Lo más detallado posible… Tu vida sexual es la parte más interesante, ya que es lo que voy a vender en ella. Yo lo arreglaré y lo puliré más tarde. —¿Cómo vas a titular tu libro…? —Tendremos que pensar en ello El título debe de ser sugestivo y decirlo todo en pocas palabras… Esa parte de perversión que anida en todo ser viviente, busca lo exagerado, lo que cada uno de nosotros quisiera hacer y no puede, algunos por falta de oportunidad… Otros, los más, por falta de potencia… —Ya tengo el nombre; lo titularemos “Un Sátiro Moderno”… —Gustavo, si no te resultara molesto, quisiera pedirte un favor. Estrella y yo tenemos pensado dar una fiesta en tu honor. De esa forma y todos reunidos tendrás oportunidad de conocer a la mayoría de nuestros amigos. —¿Puedo traer a Gloria conmigo? “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 87 —No me parece adecuado que lo hagas. Debemos dejar a Gloria fuera de este asunto… No quiero que vaya a echarte a perder la fama de Don Juan de que me he propuesto rodearte. Yo me eché a reír, al oír las palabras de Abel ¡Qué ironías tiene la vida!… Yo estaba tratando de reformarme; trataba de salir de la podredumbre moral que había sido mi antigua vida licenciosa, y Abel, mi amigo del alma, el hombre que había sido mi guía y consejero durante tantos años, era ahora quien me impulsaba a continuar por el mismo camino de desorden. No es nada difícil de comprender, si queremos adentrar en los motivos que lo impulsaban ahora, a tratar de conseguir que continuara en mi camino triunfa], “cosechando triunfos a base de la debilidad de algunas mujeres insatisfechas”… ¡Mi fama de hombre sensual, el conquistador de doncellas!… ¡El tipo sin escrúpulos que era capaz de violar a una monja, despojar a una niña de su inocencia o destruir un hogar feliz sin remordimientos, iba a dar ahora sus frutos!… ¡Lo que hace un hombre por dinero!… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 89 CAPITULO XI El salón principal de los Corona estaba atestado con la mitad de los habitantes de Richfield. Una mezcla de ruidos asaltó mis oídos a mi llegada, mientras me hacía paso hacia el bar. Abel salió a mi encuentro, oprimiendo mi brazo con afecto: —Déjame prepararte un trago, muchacho y después tendremos tiempo de presentarte a los invitados. Yo seguí a Abel hacia la parte trasera del bar, y le pregunté: —¿Quién creen estos idiotas que soy yo…? —Un pintor con un pasado algo turbulento —me dijo Abel haciéndome un guiño con los ojos—. Ellos saben también que serás el personaje central de mi próxima novela. Mientras Abel estaba mezclando las bebidas, Estrella apareció en el frente del bar luciendo tan bella como nunca antes la había visto. Lucía un ajustado traje de raso negro bordado en piedras, que se adaptaba como un guante a su espléndida figura. —Bienvenido sea nuestro huésped de honor —saludó alegremente. —Estrella, luces encantadora —comenté calurosamente… Estrella se encogió de hombros. —Tú nunca me de fiesta antes, Gustavo. Todas las veces que estado usando vestidos de andar por casa y ya era poco. —Volviéndose hacia Abel, exclamó—: Ya que ¿podrías prepararme un trago a mí también? habías visto vestida has estado aquí, he hora de exhibirme un estás ahí, querido, Esto hizo que —Por supuesto —contestó Abel indiferentemente. Estrella y yo cambiáramos una mirada de inteligencia. —Muchacho —Abel siguió hablando—, adivina quién va a estar aquí esta noche con nosotros. —¿Quién? —pregunté sin mucho interés, pues realmente no me importaba demasiado quién venía o no a la fiesta. Yo solamente deseaba que Gloria hubiera estado a mi lado. Hubiera sido entonces, nuestra primera fiesta juntos y eso podría haberle dado algún sentido a la cosa. Abel me alcanzó el teniente Jorge Bachman. vaso, diciendo: —Pues nada menos que el 90 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —¿Y quién diablos es el teniente Bachman? —Es el tipo que fue condecorado hace pocos días por el Presidente. Un gran héroe. Le amputaron las piernas en Vietnam. Yo me estremecí. —No creo que las condecoraciones hagan mucho por él ahora. Ignorando mi comentario, Abel continué: —Yo pensé que habrías oído hablar de él. Es nativo de San Francisco. —Ahora que me hablas de eso, me parece que he leído algo de eso en los periódicos. —Yo escribí un artículo sobre él, en una de nuestras principales revistas. Se ha establecido ahora en Richfield. Tiene mucho dinero, así que no tiene que preocuparse demasiado. —Después de esto Abel me dio con el codo añadiendo por lo bajo—: Tiene también una esposa… endiabladamente bella. Espera hasta que la veas. Te va a hacer saltar los botones del pantalón, pues es capaz de excitar a un santo. Mi amigo me presentó después a más de cincuenta personas. Yo no podría recordar a cuantas personas conocí esa noche… con excepción del teniente Jorge Bachman y su mujer. Todo el mundo estaba alegre, bebiendo con rapidez y emborrachándose con la misma rapidez también… A nadie le importaba mucho quién estaba allí ni de qué se hablaba. Yo iba a acercarme a Estrella para hablar con ella, en el momento en que Abel, tomándome por el brazo me señaló hacia un ancho sofá enfrente de la ventana… —Ese que está allí sentado es el teniente Bachman —me dijo al oído. Yo eché una ojeada y vi a un hombre joven, aproximadamente de mi misma edad, con el pelo corto, muy bien rasurado, que estaba sentado rígido en el mueble. Tenía un par de bastones descansando a cada lado de las piernas. Yo recordé entonces lo que Abel me había contado y me di cuenta que usaba piernas artificiales. —Y esa encantadora mozuela que está a su lado, es su mujer —añadió Abel—. ¿No se te corta la respiración al verla? Observé a la joven con atención. Su cara me resultaba familiar. Era rubia, con grandes y soñadores ojos y boca de niña, entreabierta como pidiendo ser besada. Mientras más la miraba, más me convencía de que la había visto en alguna parte antes que ahora. Era muy difícil, para un tipo como yo que había tenido a tantas mujeres en su vida, el poder asociar los hechos con la persona. Mientras yo continuaba mi observación, el teniente Bachman trató de levantarse del sofá en el “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 91 cual se hallaba sentado. Dos de los invitados se acercaron rápidamente ayudándolo a incorporarse. —Parece que se está preparando para irse —me dijo Abel—. Ven que quiero que lo conozcas personalmente. Yo sujeté a Abel por el brazo, deteniéndolo en su acción. —No, por favor Abel. No lo hagas. Me parece que yo conozco a su esposa. Abel hizo una mueca, luego se echó a reír. —Muchacho, tú has caminado demasiado por esos mundos. Me parece que tu historia va a ser sensacional. Vi a Estrella aproximándose al teniente Bachman y su esposa, y después di una corta conversación, ella acompañó al héroe de la guerra hacia los dormitorios, mientras su esposa permanecía en la fiesta. Una vez que el marido abandonó la pieza, se encontró rodeada por gran número de admiradores masculinos. Yo corrí detrás de Estrella para ver si podía ser de alguna utilidad, y la alcancé a la mitad del pasillo. —Estrella, ¿puedo ayudarte en algo? Estrella se volvió: —Oh, Gustavo gracias pero no hace falta—. Ella haciendo girar en sus muletas al condecorado héroe mutilado dijo—: Teniente, tengo el gusto de presentarle a un gran amigo nuestro, el señor Gustavo Nelson. El teniente me sonrió calurosamente excusándose: —Perdone que no pueda estrechar su mano, señor Nelson. —El teniente Bachman se siente un poco fatigado, y va a retirarse a descansar en nuestras habitaciones —explicó Estrella. Bachman volvió a sonreír restándole importancia al hecho —Son estos endemoniados miembros artificiales que me veo obligado a llevar. Me lastiman terriblemente todavía y tengo que removerlos de vez en cuando hasta que logre acostumbrarme a ellos. —Puedo serle de alguna ayuda, teniente? —ofrecí. —Gracias, amigo, pero puedo arreglármelas solo —replicó. Me hizo un gran impacto su personalidad. Era un tipo al que había que respetar. A pesar de haberse convertido en un despojo, quería valerse por sí mismo y no solicitaba simpatía de los demás… 92 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Mientras Estrella lo acompañaba a lo largo del pasillo, me quedé de pie allí, viéndolos alejarse. Me pregunté cómo me sentiría yo, si una cosa así me hubiera sucedido. Era un tipo simpático. Tenía una esposa muy atractiva… ¿Qué clase de vida sexual tendría una pareja así…? No podría ser muy activa seguramente. Me sentí deprimido y me hubiera gustado estar solo. Lo que realmente me hubiera gustado más, era dejar aquella fiesta que no me interesaba en lo absoluto, y pasar el resto de la noche con Gloria. Pero no podía hacerle eso a Abel. Lo mejor que podía hacer era buscar un poco de soledad en el patio. Me había fumado ya el segundo cigarrillo, cuando una voz femenina surgió de las sombras a mi espalda. —Si me quieres, Gustavo, iré a ti esta misma noche. —¿Qué dices? —balbuceé sorprendido—. ¿Qué tratas de decirme…? —Ya todo está arreglado. Voy a dejar a Abel definitivamente. —¿Lo sabe él ya? Estrella sacudió la cabeza negando. —Todavía no le he dicho nada. Decidí esperar hasta que pasara la fiesta. Me senté en el brazo del sillón en el cual ella estaba sentada. Ella se inclinó hacia mí, y colocando su cabeza en mi pecho me dijo: — Después de mañana, nada podrá separarnos. Solícitamente, yo rodeé sus hombros con mi brazo y al hacerlo mi mano rozó sus pechos. Al instante sentí como un estremecimiento de deseo recorrió su cuerpo e instintivamente me aparté. La próxima cosa que pude darme cuenta, fue a Estrella viniendo hacia mí, y tomando mi cara entre sus manos, me besó apasionadamente en los labios. Yo la rechacé, echándome hacia atrás rápidamente. —No —le grité abruptamente. Estrella se echó hacia atrás y se quedó contemplándome con gran asombro. —Gustavo —me dijo dejando descansar sus manos en mis hombros — , no tenemos que seguir escondiéndonos más. Después que yo haya hablado mañana con Abel, podremos amarnos libremente. Desde aquella mañana en el cuarto de huéspedes yo te pertenezco por completo… yo soy toda tuya y de nadie más podría ser… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 93 Encontrando que esta escena era sumamente embarazosa para los dos murmuré: —Estrella, lo siento, pero… —¿Qué tratas de decir, Gustavo…? ¡No puedes negar que tú me deseas también! Me puse de pie, diciendo: —Sí, lo niego, Estrella… —La mano que sujetaba el cigarrillo me temblaba visiblemente. Lo puse en mi boca e inhalando profundamente dejé escapar profundas volutas de humo al tiempo que le decía: —Yo estoy enamorado de otra mujer. Ella cerró sus ojos, tragando en seco. Cuando abrió los ojos de nuevo se quedó mirando fijamente al suelo con expresión vacía. —Y yo he tomado esta decisión pensando solamente nosotros… Total, ¿qué importa lo que yo haya pensado ya? en ti… En —Lo siento mucho, Estrella —dije apenado—. Siento haberte hecho concebir ideas a este respecto… —Y las hiciste concebir a propósito —gritó recobrándose del impacto sufrido y con tono de ira en la voz—: Tú, maldito hijo de perra. Maniático sexual. ¡Degenerado…! ¡Quítate de mi vista antes que me arrepienta y te haga pagar cara tu osadía…! Girando sobre sus pies, se echó a llorar histéricamente mientras desaparecía escaleras arriba. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 95 CAPITULO XII Media hora más tarde me encontraba en el portal de Gloria, tocando la puerta con insistencia. Pasado un rato, se encendieron las luces y Gloria apareció en el umbral de la misma, vistiendo sus ropas de dormir y cubierta por una vaporosa bata de casa. Al verme ante ella, comenzó a decir: —Pero Gustavo, ¿qué significa esto…? ¿Ha sucedido algo…? —Gloria, ven conmigo —dije apremiante—. Ven conmigo a la choza. Es muy importante que hable contigo ahora mismo. —Dime primero qué es lo que pasa —inquirió angustiada. Yo me eché a reír alegremente. —No temas, mi vida, no pasa nada malo. ¡Todo es maravilloso! Por favor, acompáñame ahora que tenemos mucho que hablar. —¿Ahora mismo? —me preguntó— Pero, Gustavo, ¡es muy tarde…! No estoy vestida siquiera. —Por favor, Gloria, confía en mí… Acompáñame… ¡Solamente tienes que cruzar el camino…! Gloria vaciló, miró hacia atrás para chequear si había luz en el dormitorio de su madre. Una vez hecho esto, salió hacia el portal cerrando la puerta tras ella. Yo tomé su mano en la mía, y juntos cruzamos corriendo el camino hacia mi chozuela. Una vez adentro de la misma, puse mis manos en los hombros de Gloria y conduciéndola hacia una butaca, comencé a hablarle para explicarle la transición que se había efectuado dentro dc mí. —Gloria, amor mío —anuncié con orgullo—, soy un hombre completamente reformado. Te lo juro por Dios. Le conté cómo se habían desenvuelto las cosas en la fiesta en casa de Abel y cómo yo habla resistido a las insinuaciones hechas por Estrella. De cómo no había permitido a mis instintos desbordarse ante la esposa del teniente Bachman, que supongo todos ustedes habrán reconocido en la niña de ojos azules y boca inocente pidiendo ser besada, a Ángela, la de “dos extraños en la noche”… ¡mi primer víctima, cuando dejé a Richmond en pos de más amplios horizontes…! —Gloria, ¿sabes lo que eso significa…? He podido resistir las insinuaciones de dos atractivas mujeres, y las he rechazado. En otro momento, mi sexualidad hubiera dominado mis sentidos imposibilitándome pensar en otra cosa. Pero lo único que me importaba realmente era estar 96 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS contigo. Tu amor me ha curado, Gloria —concluí gozoso—. Ya no soy un maniático sexual como antes. Gloria sonrió; después, coquetuelamente me dijo: —Oh, Gustavo, tú eres un hombre. Dudo mucho que nunca dejes de sentirte atraído por una mujer… pero a lo mejor, lo que pasa es que ahora estás aprendiendo a controlar tus emociones. —Me he encontrado a mí mismo, Gloria de mi vida —le dije con arrebato—. Y esto es solamente por ti. Me arrodillé ante ella y tomando sus manos entre las mías le dije con pasión: —Dime que te casarás conmigo y me librarás de este sufrimiento… Gloria se me quedó mirando a los ojos por un largo rato, toda ella, resplandeciente de gozo y me dijo suavemente: —Si tú estás seguro de quererme, Gustavo de mi vida, yo seré muy feliz en convertirme en tu esposa. Yo la sujeté por los hombros con frenesí, y estrechándola con fuerza, llené su rostro de ardientes besos. El corazón me latía con violencia dentro del pecho y sentí cómo iba perdiendo el control de mí, mientras Gloria se apretaba mimosa presionando sus labios con los míos. Ella comenzó a respirar con ansia, antes de que yo pudiera comprender que la estaba asfixiando con mis apasionadas caricias. Ella sonrió forzadamente. —Por favor, no me mates con tu cariño, antes de que podamos ser marido y mujer —bromeó suavemente, antes de volver a entregarse al sublime delirio de otro apasionado beso… Nuestras lenguas se encontraron, y entrelazándose, exploraron con ansia la ardiente humedad de nuestras bocas. Mi dormido deseo comenzó a despertar con furia, mientras yo apretaba cada vez más, su suave y delicado cuerpo contra mí. Mis manos recorrían con placer infinito, las suaves curvas de sus nalgas, subiendo al mismo tiempo por la fina seda de sus ropas de dormir, buscanndo con ardor la frescura de su carne joven. Esta ocasión Gloria no resistió mi ataque. Ella no iba a hacerme esperar por más tiempo. Ella no podría prolongar por más tiempo mi agonía. —¡Oh, mi amor…! —susurró desesperadamente—. Si tú supieras cómo he deseado que llegara este instante. ¡Cómo he suspirado por ti! Cómo he soñado el momento de ser poseída por ti. Yo creo que me ha costado tanto trabajo controlarme, como a ti mismo. Yo gemí de placer, en éxtasis infinito, estrechando mis brazos, cerrando su exquisito y frágil cuerpo contra mí. Los dos estábamos enloquecidos de deseo. Yo sentí las manos de Gloria explorando entre “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 97 mis piernas, hasta que encontrando el objeto de sus ansias, lo apretó entre ellas, acariciándolo con desesperación. De pronto, sentimos un golpe breve en la puerta. Gloria y yo nos separamos rápidamente, cambiando una mirada. Yo esperé unos minutos, mientras ella ajustaba sus ropas en desorden, y yo daba tiempo a calmar las demandas de mi pasión. Encendí un cigarrillo con mano temblorosa y dirigiéndome a la puerta la abrí. Estrella enmarcó la puerta, dirigiéndome sucesivas miradas a Gloria y a mí. Llevaba un abrigo ligero sobre los hombros. Sus ojos enrojecidos demostraban que había estado llorando y estaba profundamente alterada. Sin esperar ser invitada, pasó por delante de mí, entrando en la habitación. Yo sabía por qué ella se encontraba allí… Ella quería vengarse. ¡Y la única forma de lograrlo era a través de Gloria! —Me alegro de encontrarte aquí —dijo Estrella dirigiéndose a Gloria. Luego volviéndose hacia mí, me preguntó—: ¿Es esta la chica de la cual me hablaste? —Sí —le contesté—. Hemos decidido casarnos. Dicho esto, cerré la puerta e imaginando los propósitos que ella llevaba con aquella inopinada visita. —Por favor —le supliqué—, no vayas a hacer una escena. —No habrá ninguna escena, Gustavo —dijo Estrella calmadamente, con un aparente control de sí misma—. Pero yo creo que esta criatura merece saber la clase de tipo que tú eres. Quiero advertirle, para que sepa lo que se lleva, y en lo que va a caer, si insiste en seguir el sendero que le estás mostrando. —Yo sé todo lo que hay que saber acerca de Gustavo. Él no me ha ocultado nada… y sé exactamente lo que estoy buscando, señora. El me quiere y yo lo amo. Eso es más que suficiente para que formemos un matrimonio feliz. Estrella rio fuertemente. —Eso sería muy fácil, si te estuvieras casando con un hombre normal. Pero eso no es así… Gustavo es un desviado sexual. Pregúntale a mi marido, que lo conoce desde que era un chiquillo. ¡Él te dirá muchas cesas interesantes acerca de este hombre a quien crees conocer ahora…! —No hay nada que puedan decirme acerca de Gustavo, que pueda asombrarme —insistió Gloria. 98 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Está bien —dijo Estrella enfáticamente—. Dejarme decirte entonces lo que él me ha hecho a mí… —También lo sé, Sra. Corona, Gustavo no tiene secretos para mí. Esto paralizó a Estrella por un momento. Ella no esperaba que yo le hubiera dicho nada acerca de nuestras relaciones. —¿Te ha dicho en la forma lasciva que me ha mirado con esos ojos penetrantes y sensuales…? ¿Cómo me ha hecho el amor descaradamente en las mismas narices de mi marido…? ¿Cómo me quiso dar la impresión, de que si no me entregaba a él, iba a destruirse a sí mismo…? ¡Él le da esa impresión a todas las mujeres que caen bajo sus garras, mi querida niña…! ¡Jóvenes o viejas… El hace que cada mujer piense que es lo más importante en el mundo para él, y que no tiene ojos para otra cosa… hasta que una nueva presa cae en sus manos pecadoras… Estoy segura que eso mismo ha hecho contigo, y no te dejará un momento de tranquilidad hasta que hayas caído, hasta que te hayas entregado a él. Te perseguirá, te atormentará, hasta que te haga saltar todas las barreras… Pero nunca se casará contigo. ¡Eso nunca…! ¡No hay mujer que pueda satisfacer sus apetitos…! ¡Yo fui tan tonta que pensé que era diferente. Estaba dispuesta a darlo todo a cambio: ¡mi hogar, mi marido, mis hijos…! Todo lo que fuera necesario en pos de su cariño, pero una vez que hubo obtenido de mí lo que deseaba, dejó de interesarse por mí. Ya había satisfecho sus bastardas pasiones… Por eso quiero advertirte antes de que sea demasiado tarde… una vez que hayas sido suya… una vez que te hayas entregado a este sátiro, te desechará… ¡Nunca se casará contigo! Eso era todo lo que quería decirte. Una vez dicho esto, Estrella giró sobre sí misma, desapareciendo en la noche. Gloria se volvió hacia mí, y nos quedamos contemplándonos en silencio, por lo que pareció ser una eternidad. Yo sabía que ella se sentía herida. Todas las cosas que Estrella había dicho eran ciertas, y aunque Gloria sabía todo esto desde antes, había sido un rudo golpe el ver descarnadamente los hechos ante sí misma… Eventualmente, Gloria habló de nuevo: —Me alegro de que ella haya hablado en la forma en que lo hizo, Gustavo. Me ha hecho ver una cosa muy importante. —La voz de Gloria era baja y temblorosa—. Yo te he negado mi cuerpo hasta ahora… No he querido pertenecerte hasta que nos casáramos y en eso he estado equivocada. Debes hacerme el amor ahora… esta misma noche. Ella comenzó a remover sus ropas, y abriendo sus brazos, dejó caer la bata que la cubría al suelo. —Gloría, mi amor, estás loca. Yo te adoro y te respeto. A mí no me importa todo el tiempo que tenga que esperar para que seas mía. “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 99 —Sí, mi vida, yo lo sé, pero entonces nunca podré saber si verdaderamente me quieres… si te estás casando conmigo por amor, o porque es la única forma legal de poder obtener mi cuerpo… La cabeza me daba vueltas y no podía pensar. —¿Qué estás diciendo? —¿No comprendes, Gustavo de mi vida…? Tiene que hayamos legalizado nuestra unión… Entonces sí que te casas conmigo porque no puedes prescindir segura de tu amor… sabré que me quieres a mí y no cuerpo solamente… que ser ahora, antes podré saber realmente de mi cariño… Estaré que estás buscando mi Lentamente dejó caer los lazos de su ropón de dormir y permitiéndolo rodar al suelo sobre sus pies, se paró enfrente de mí erguida en toda su maravillosa desnudez, determinada a poner nuestro amor a prueba. Yo sentí mis mejillas arder. Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, mientras mis brazos y piernas se estremecían temblorosos. —Vamos, Gustavo mío —dijo ella acercando su mano hacia mí—. Estoy esperándote. ¡Tómame…! Yo no podía moverme. Era como si mis pies estuvieran clavados firmemente en el piso. Allí estaba de pie delante de ella, en profunda agonía, bebiendo como en éxtasis hasta la última gota de su belleza… Entonces, despacio, Gloria comenzó a avanzar hacia mí, hasta que sentí su dulce aliento llenando mis sentidos. Ella estrechó su cuerpo contra el mío, y levantando sus brazos rodeé mi cuello con ellos. Nuestros labios se fundieron ardorosamente, nuestras lenguas se encontraron jugando entrelazadas por una eternidad. Gloria bajó entonces sus manos y comenzó a desabrochar mis pantalones… Primeramente me zafó el cinturón, después desabrochó los botones, hasta que comenzaron a bajar lentamente al suelo. Una vez hecho esto, sentí sus delicadas manos en mis caderas, urgiendo en mi ropa interior, demandando, rasgándolas hasta que también cayeron al suelo. Una vez que esto estuvo hecho, yo me sentí libre de movimientos; me quité la camisa rápidamente y tomando a Gloria entre mis brazos caímos juntos al suelo, abrazándonos estrechamente, mientras nuestros dos cuerpos se buscaban ansiosos y se fundían en uno solo… Así que traspasé el recinto que guardaba celosamente su virginidad, ella emitió un pequeño grito de dolor, pero después quedó silente por unos instantes. Sus brazos apretaban mi cuello estrechamente, nuestros 100 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS cuerpos se buscaban, se retorcían con avaricia, adentrándonos uno en el otro cada vez más, si esto era posible… Tomando uno de sus maravillosos pechos entre mis labios, lo devoré con mi boca, haciéndola retorcerse de goce febril. Salté de sus pechos hacia la boca de nuevo, sorbiendo con deleite la miel de sus labios, hasta que la oí gemir de pasión enloquecida… —Oh, Gustavo… No creo que pueda resistir esto mucho más. Dios mío, esto es maravilloso y sublime! ¡Me enloqueces…! Ella estrechó su abrazo en torno de mi cuello, emitiendo con su garganta pequeños grititos de placer. Levantando sus caderas con mis manos, la sujeté por las nalgas mientras me sumergía con renovada violencia dentro de ella. La sentía completamente incrustada dentro de mí, y así, envueltos en las mismas ansias, retorciéndonos con las mismas desesperadas inquietudes batallamos por un largo rato frenéticamente hasta que sentimos cómo una indescriptible sensación de plenitud nos invadía hasta que desfallecidos de placer alcanzamos el goce supremo. Durante largo rato permanecimos en silencio, tratando de recobrar la respiración que habíamos perdido en nuestra prolongada batalla… Permanecimos en una maravillosa sensación de éxtasis. Entonces Gloria murmuró suavemente a mi oído: —Amor mío, ahora puedes decidir si todavía quieres casarte conmigo… —Gloria de mi vida —suspiré—. ¿Crees que es posible el haberte conocido como te he conocido, y dejarte pasar a lo largo sin detenerte…? Sería un insensato, si después de haber logrado encontrar el paraíso, no quisiera permanecer en él… Y envolviéndola con mis brazos, le pregunté amoroso: —¿Quieres casarte conmigo…? ¿Estás dispuesta a pasar el resto de tu vida a mi lado? Gloria y yo contrajimos matrimonio en una sencilla ceremonia civil con la sola presencia de mi buen amigo Abel y la madre de Gloria. Ninguno de nosotros dos, deseaba una ceremonia ostentosa, repleta de indeseables invitados siempre prestos a dar consejos que nadie ha solicitado. Nosotros deseábamos comenzar nuestra vida de casados de una forma simple y sencilla, ya que nos sentíamos celosos de todo lo que no fuera ella y yo… “¡LE DARE $500.00 POR ACOSTARSE CON ELLA!”… 101 El poblado de Richfield había sido un abejeo durante las últimas semanas. Estrella Corona había abandonado a Abel, el conocido escritor, sin una nota o un aviso, llevándose los niños con ella. Esto había sido un golpe terrible para Abel, el cual fue sorprendido con la realidad de los hechos, ya que entre ellos no había mediado palabra alguna que le hubiera servido de aviso. Yo había bebiendo… ido a verlo esa noche. Se notaba que había estado —¿Por qué tuvo que haber hecho las cosas en esa forma…? ¿Por qué me ha abandonado sin darme ni siquiera la oportunidad de saber la razón de las cosas…? Puede que yo no haya sido un marido perfecto, lo reconozco, pero ¿no han pesado ninguna de las otras cosas en su ánimo, a la hora de hacer un recuento…? Abel enterró la cabeza entre sus manos y comenzó a llorar. Se veía aplanado completamente. Súbitamente lo miré, y me pareció que había envejecido diez años en una so1a noche… —Abel, Gloria y yo hemos pensado que podríamos venir y quedarnos contigo, por un tiempo… Al menos al principio no te sentirías tan solo… —le sugerí. El miró hacia mí a través de sus lágrimas, con los ojos enrojecidos y después lentamente levantó su mano y me apretó la mía firmemente con un gesto agradecido. —Muchacho, ¿harían ustedes eso por mí…? ¡Esta casa es tan grande! y sin tener los niños en ella luce tan vacía… ¡Yo no creo que pueda resistir esto mucho tiempo sin volverme loco… ¡Me siento desesperado…! Gloria y yo nos mudamos a casa de Abel, tomando la parte trasera de la casa, en el primer piso para nuestro uso. Abel deambuló atontado por los alrededores, como por espacio de dos semanas. Todas las noches se emborrachaba hasta que caía al suelo, teniendo que levantarlo yo entre mis brazos y llevarlo completamente inconsciente hasta su cama. Yo me sentía satisfecho de poder hacer algo por él. De alguna forma tenía que devolverle todo el bien que había recibido de su mano. Había sido demasiado violento el choque recibido y se iba a demorar algún tiempo reponerse de él… Una mañana al levantarme me encontré que Abel ya lo había hecho a su vez, y se encontraba limpio, vestido y recién bañado y afeitado, preparando el desayuno en la cocina… Al verme aparecer alegremente se dirigió hacia mí diciéndome: 102 EDITORIAL DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS —Muchacho, tengo buenas noticias para ti. La tormenta ha pasado, y las aguas calmadas están retornando a su estado normal… Con esto quiero decirte que vuelvo a ser el Abel de siempre, el que conoces desde que eras niño. Después que tomamos el desayuno, nos sentamos a hablar amigablemente y entonces él me expuso: —Gustavo, el momento se acerca. Ya podemos comenzar a escribir nuestra historia Más tarde y ante una segunda taza de café, y mientras Gloria en la cocina lavaba los platos del desayuno, comenzamos a discutir nuestra proyectada obra. —Abel —le dije—. ¿Por qué estás tan interesado en escribir esta obra, particularmente… “Mi historia”, como tú le llamas? —Porque creo sinceramente que tu historia nos llevará a un triunfo definitivo. Solamente ante tus confesiones personales, podremos arribar a la posesión de la verdad —me contestó él—. —¿La verdad? ¿La verdad acerca de qué? —La verdad acerca de… ¿Cuántas veces te acostaste con mi mujer? Nos miramos el uno al otro, y entonces, súbitamente, rompimos en una estrepitosa carcajada. F I N

Intereses relacionados