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alvaro hernández alvaro.d.hdz@gmail.

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Comentarios sobre la Antropología y el estudio de los Medios

de Comunicación.

Alvaro David Hernández Hernández

Texto presentado originalmente en el coloquio de experiencia de campo, septiembre de


2006, Escuela Nacional de Antropología e Historia. México.
Resumido y un tanto modificado para el Blog.
(http://antropologiayculturapop.blogspot.com/)

Lo que voy a comentar a continuación es una reflexión sobre el papel de la


antropología en el estudio de los medios de comunicación y sus formas
simbólicas, y sobre el trabajo de campo como medio de aproximación
privilegiado en la disciplina para el acercamiento al objeto de estudio.

El estudio del campo de los medios de comunicación ha tenido una


auge creciente en las ultimas décadas, desde las primeras críticas que
lanzara la escuela de Frankfurt con Adorno y Horkheimer sobre el poder de
los medios de comunicación, en este caso, la radio y el cine, hasta por
ejemplo, la relativamente reciente propuesta de una nueva rama del
conocimiento denominada mediología, para la cual Régis Debray reclama
una independencia de ciencias como la sociología, la semiología, la
psicología de masas y la historia. El campo ha ocupado a numerosos
especialistas y suscitado numerosas reflexiones.

Como una vez dijo Pierre Bourdieu en su libro titulado “Sobre la


televisión”, la reflexión sobre la sociedad no esta limitada al sociólogo, (o, en
este caso, al antropólogo) tal como por ejemplo, el estudio de la física al
físico. Esto se debe a que cualquier persona tiene siempre una opinión sobre
sí mismo y su sociedad. Para el caso que nos ocupa, la rápida expansión de
la televisión al fin de la Segunda Guerra Mundial y con ello el surgimiento
del fenómeno de la cultura pop a nivel mundial, generó un entusiasmo que
propició que, ya sea desde la sociología, la política o incluso desde la religión,
todo mundo tuviera algo que decir al respecto del rol de los nuevos medios
en la sociedad, según el caso, a favor o en contra, pero rara vez la
indiferencia fue la norma. La antropología, sin embargo, se mantuvo por lo
general al margen de este entusiasmo.
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Considero que la razón de este significativo silencio que sólo hasta


épocas recientes ha comenzado a articular palabras, es relativamente
comprensible para todos nosotros, ya que alude a una vieja condición de
nuestra disciplina. Si bien suele decirse que es el objeto de estudio el que
define a una ciencia en particular, así pues, los bien conocidos intereses
económicos e imperialistas que vieron nacer a la antropología, la marcaron
con la implacable sentencia de estudiar lo que hoy llamamos “la otredad”, es
decir, aquellos otros que no somos nosotros.

Recuerdo ahora una caricatura publicada en el libro para el examen


propedéutico de esta escuela, en la que se veía a un clásico antropólogo
vestido con su típico gorro de explorador ingles y shorts, que se aproximaba
a una choza de cierta tribu acompañado por unos aborígenes casi desnudos,
mientras, al interior de la choza, otros integrantes de la tribu se
apresuraban por ocultar diversos objetos, entre ellos, una televisión,
mientras decían apurados “¡el antropólogo, el antropólogo!”. Esto me hace
recordar que, pese a lo mencionado más arriba, es la ciencia la que de hecho
define a su objeto de estudio.

Empeñados en buscar esa “diferencia” que en muchas ocasiones


significó simplemente una cuesta por lo exótico, los antropólogos hemos
construido un otro ideal que aunque ha cobrado muchísimos aspectos,
nunca se confunde con un nosotros. Siguiendo esta tendencia, el estudio de
un proceso que afecte, aunque profundamente, a algo concebido como
nuestra sociedad, no sería de la incumbencia del antropólogo sino del
sociólogo.

Aquí se enmarca el tópico de muchas discusiones actuales para


nuestro campo, de las cuales no me voy a ocupar pero que destacan la
pertinencia de la antropología en diversos estudios que tradicionalmente
han sido relegados a otras áreas.

Lo expuesto hasta ahora viene a intentar explicar el relativo silencio


de la antropología respectos al campo de la comunicación de masas, sin
embargo, Debray nos advierte sobre otra razón que no solo actúa sobre esta
ciencia, sino en general, sobre todas las humanidades.

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Él, al defender el derecho a la existencia de una ciencia denominada


mediología, comenta esta reticencia inherente de las humanidades hacia el
estudio de los medios técnicos y sus relaciones correspondientes con sus
formas simbólicas. De modo consecuente, se distingue la existencia de dos
propuestas tradicionalmente diferentes para las ciencias en general, y que
han derivado en la famosa diferenciación entre ciencias duras y ciencias
blandas. Considero que, dejando de lado muchos detalles, esta división
entre objeto y tipo de conocimiento, alude a lo que comúnmente nos parecen
las dos condiciones mínimas del ser humano, esto es, mente (o espíritu) y
materia (o cuerpo).

Así pues, en el estudio de algo tan elevado como es el hombre, su


cultura y su sociedad, entiéndase lo que se entienda por cada uno de estos
términos, la materia, y más aún, los instrumentos y medios con los que se la
maneja, no han tendido a poblar la literatura humanista.

Aún en el intento positivista de objetividad del que surgieron las


ciencias modernas, la búsqueda de un método objetivo que nos conduzca a
un conocimiento cierto y universal de la realidad no logró subvertir esta
tendencia mucho más antigua y que seguía reclamando para el estudio del
hombre cierta soberanía de lo espiritual respecto a lo material.

Podemos encontrar, no obstante algunas excepciones a esta


tendencia general; una muy notable, nos comenta Debray, esta en la
filosofía de Hegel, quien no obstante a su idealismo, reconoce a través de la
dialéctica una relación entre la esencia y la forma, y suscribe de esta
manera al alma dentro de los procesos naturales. La influencia de esta
doctrina en las ciencias sociales nos llega principalmente a través de la
crítica de Marx, quien emplea el método dialéctico de Hegel aunque niega
su idealismo y mantiene la historia en los términos de una historia
humana.

El impacto de la obra de Marx tanto en la antropología como en el


resto de las ciencias sociales obligó a una reconsideración sobre el papel de
las tecnologías en el desarrollo de la historia. La concepción de una base
material de la historia capaz de explicar las diferencias en los estados de
desarrollo humano, representó un cambio fundamental de perspectiva.

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Ahora quisiera mencionar, sin embargo, otra excepción que es de


carácter diferente, pues va de la mano, no con la historia del pensamiento,
sino con la de las tecnologías y su relación con la modernidad. Comencemos
con un ejemplo importante; la imprenta de Gutemberg. Asociada a las
condiciones políticas y sociales de la época ayudó a abrir las puertas a la
Reforma, marcó el fin de la palabra escrita frente a la impresa, y posibilitó
la difusión de la información en cada vez más elevados volúmenes; marcó
así el inicio de la era de comunicación de masas, que coincidió también con
el desarrollo de de las primeras formas del capitalismo y los inicios del
Estado-Nación moderno.

Pese a la vital trascendencia de este invento, las teorías que se


ocuparon del proceso de modernización, así como de las transformaciones
culturales que llevaron al surgimiento de las sociedades industriales
modernas, teorías y suposiciones agrupadas por J.B. Thompson bajo el
nombre de “gran relato de transformación cultural”, y que podemos
encontrar por ejemplo en autores como Marx y Weber, destaca el echo de
que se subrayan siempre los procesos de secularización y racionalización de
la sociedad, mismos que Thompson pone en duda, y se resta peso a los
factores técnicos, en este caso lo que el llama, la “mediatización de la
cultura”.

Sin embargo, a cuestas de la modernización, este proceso de


mediatización ha seguido su rápida evolución, y gracias a la perspectiva
actual, autores como Manuel Castells nos hablan de una sociedad
informacional, fruto de su precedente industrial y para cuya comprensión es
preciso entender el papel de las tecnologías, no desde un modo determinista,
sino en una dialéctica entre sociedad y tecnología. Estamos viviendo pues,
en esta última excepción, donde el papel de las nuevas tecnologías en la
sociedad nos ha obligado a cambiar de perspectiva para reconocer su
importancia.

Así nos encontramos de vuelta al comienzo de esta plática, en el momento


en que numerosas ciencias se preguntan sobre el papel de las tecnologías
sobre su sociedad, en especial las de la comunicación.

Mucho se ha hablado, sobre todo en el ámbito de antropología


urbana, sobre la necesidad de mantener una antropología frente a una
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sociología, se cita por ejemplo, el método ejemplar antropológico que


permite la obtención de una información cualitativamente mejor, en
contraste con los modelos homogeneizantes de los sociólogos, y que nos lleva
forzosamente ante el trabajo de campo. Sin embargo, en el tema que ahora
nos ocupa, no nos encontramos frente a una distinción campo/ciudad, sino
más bien quizás frente a grupos sociales contra sus tecnologías y las formas
simbólicas que los relacionan. Es decir, si en el momento en que la
diferencia entre el otro y el nosotros se hizo difusa, fue el método
antropológico representado a grandes rasgos en el trabajo de campo lo que
justificó en gran medida un lugar para la antropología, ¿que puede aportar
ahora esta ciencia frente al estudio de las tecnologías y sus formas
simbólicas?

Tradicionalmente, por desgracia, en los casos en que la antropología


se ha acercado a los medios, ha sido para enfocarlos como medios técnicos
particulares de acercamiento al objeto de estudio, el cual continúa siendo el
mismo, esto es: comunidades, cualesquiera que sean, sin mediar una
reflección significativa sobre la naturaleza de los medios y su relación con
los grupos sociales con los que se relacionan.

Así pues, con el estudio de las tecnologías y sus formas simbólicas


asociadas, quiero referirme a tomar éstas por objeto particular de estudio,
no como un medio para el estudio de otra cosa.

Desde esta perspectiva me parece clara la necesidad de apelar, desde


la antropología, a métodos de interpretación con modelos como la
hermenéutica profunda, presentada por J.B Thompson para el estudio de la
ideología en los medios. Este modelo esta inspirado entre otros, en la
filiación hermenéutica y fenomenológica de Paul Ricoeur, que a grandes
rasgos implica un enfoque interpretativo en referencia al contexto
sociocultural en el que se insertan las formas simbólicas, a través de un
análisis sociohistórico y un estudio etnográfico, así como un análisis del
medio para el cual la semiótica es una excelente herramienta.

Así, aunque le estudio de los medios masivos de comunicación podría


parecer en un primer momento una pérdida irremediable (y aterradora) de
la comunidad de estudio, referente paradigmático en el trabajo
antropológico, más aún cuando la demarcación etnográfica nos pide
localizar los limites geográficos de nuestra comunidad de estudio, tenemos
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sin embrago, la necesidad de entender el estudio de los medios como la


objetivación simbólica de la actividad de un grupo, dirigida a otro grupo por
el cual es interpretada y significada. De modo que el estudio de los medios,
no puede entenderse como separado del estudio de una comunidad.

Al respecto de estas comunidades, valdría apuntar que no pueden


definirse en términos clásicos, pero pueden demarcarse con ayuda de
nociones como “comunidades de interés”.

Por otro lado, el giro evidentemente interpretativo y lingüístico que


debe tomar nuestra disciplina si quiere abarcar algún modelo para el
estudio de los medios de comunicación, (y que de hecho ya lleva algunas
décadas inclinándose en esa dirección) no creo que represente un abandono
de “la teoría antropológica” o una “contaminación” de ésta, y por lo mismo,
tampoco considero que la teoría antropológica no tenga nada que aportar al
debate sobre las nuevas tecnologías de comunicación.

El estudio de las formas simbólicas en la vida social del hombre es


un rasgo fundamental de nuestra disciplina, de modo que el comprender los
fenómenos culturales como fenómenos de comunicación es tan solo hacernos
concientes de que, como dijera Lévi-Strauss, cunado nos enfrentamos ante
un problema de estudio, lo que hacemos es tratar de entender “que
significa” un fenómeno dado, de modo que la dimensión interpretativa
nunca ha estado ausente en la antropología.

Otro ejemplo; Wilhelm Dilthey definió el término “comprensión”,


como opuesto al de “explicación”, y asignó este último a las ciencias
naturales, mientras que el primero lo adscribía al dominio de las ciencias
“históricas o del espíritu”. Según él, esta diferencia obedece a la diferencia
en la naturaleza del objeto de estudio de ambas ramas de la ciencia, así, las
ciencias naturales responden a un “modelo de inteligibilidad”, mismo que
fue exportado a las ciencias históricas por las escuelas positivistas. Sin
embargo, estas ciencias históricas, o del espíritu, al ocuparse de un
fenómeno “psíquico” se valen de la comprensión, es decir, el conocimiento de
este fenómeno a través de símbolos sensibles en donde la interpretación
juega un papel importante.

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Como una especie de conclusión considero que, ante este particular objeto
de estudio, que concretizando podría ser la imagen, la televisión, la
fotografía, el cine o el Internet, solo por citar algunos ejemplos, es la teoría
antropológica, inspirada por su método particular, la que claramente tiene
mucho que decir y aportar frente a otras disciplinas. Su capacidad para
tratar cualitativamente los datos, su tendencia a mirar con extrañeza o
distancia su objeto de estudio para buscar sentido en el rasgo más sutil de
la vida cotidiana, y por otro lado, su utopía de acercamiento y casi comunión
en el plano más subjetivo posible con su objeto de estudio, le ha dado una
mirada particular. El problema entonces nos viene del método, que se ha ido
construyendo bajo las necesidades de una tradición científica construida por
viajeros y caminantes (o al menos, lectores de diarios de viajeros y
caminantes).

Finalmente creo que tal vez podríamos definir bajo el rubro de, una
mirada particular, lo que puede construir nuestra disciplina para lograr
una interpretación propiamente antropológica de los medios masivos y sus
formas simbólicas.

Alvaro David Hernández Hernández.


ENAH 09/2006. Cd de México.

(Revisión y modificación, mayo 2009)

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