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Nº10 / Agosto 2013 1

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Editorial
¡Bienvenidos al décimo número de Palabras!

En esta ocasión les estaremos presentando nuevos autores colaboradores y una interesante y variada selección de poesía que nos han enviado. Parece que junio/julio sacó el poeta que todos llevamos dentro y nos alegra que esta revista haya sido el sitio elegido por ustedes para compartirlas. Además continuamos publicando «Los fragmentos del cuerpo», de Matías Eckerdt, y relatos y microrelatos de autores que vienen acompañándonos desde hace varios números y otros a quienes damos la bienvenida. Me gustaría mencionar antes de despedirme que en el número anterior de Palabras se me olvidó señalar que el relato de Patricia K. Olivera titulado «Melodía arrebatadora» fue finalista del concurso Karma Sensual 8, e incluido en la Antología Erótica « Me Desordenas, Amor», publicado este año por Literarte ─ Editora Digital. Así queda inaugurada nuestra sección Fe de erratas. Recuerden pasar por nuestra web para informarse acerca de cómo colaborar con nosotros, y que la próxima convocatoria está abierta hasta el 23 de setiembre.

¡Nos leemos en octubre!

Índice
Delirio, por Eva Medina…………………………………………………………………………………………………….pág. 5 Los fragmentos del cuerpo ─ La búsqueda, por Matías Eckerdt……………………………………………pág. 7 El silencio del fuego – Tramo II, por Graciela Marta Alfonso………………………………………………..pág. 11 El silencio del fuego – Tramo XXVI, por Graciela Marta Alfonso…………………………………………..pág. 12 Tarde de luna, por Javier Ubeda………………………………………………………………………………………..pág. 14 Yidhra, por Patricia K. Olivera…………………………………………………………………………………………..pág. 16 El escriba del infierno, por Fabiana Iglesias……………………………………………………………………….pág. 18 Primavera sexual, por Marcos Iván Fernández…………………………………………………………………..pág. 20 Viento de un día, por Marcos Iván Fernández……………………………………………………………………..pág. 23 A la luna de Leopoldo, por Marcos Iván Fernández……………………………………………………………..pág.25 Psiquiátrico, por Eva María Medina…………………………………………………………………………………..pág. 27 Acrol, por Marcelo López Díez…………………………………………………………………………………………..pág. 29 Dile al silencio, por Javier Ubeda……………………………………………………………………………………….pág. 34 Entonces jugar, por Juan Carlos Vázquez……………………………………………………………………………pág. 37 La persona que no es, por Juan Carlos Vázquez…………………………………………………………………..pág. 37 Casi como un relato porno, por Julián Mitre……………………………………………………………………….pág. 38 ¿Cómo puedes juzgar algo que no conoces?, por Francisco Álvarez……………………………………….pág. 40 Te quiero mía, por Mary A. Chacín……………………………………………………………………………………..pág. 42 Jornada laboral, por Eugenia Sánchez Acosta…………………………………………………………………….pág. 44

Colaboradores………………………………………………………………………………………………………………….pág. 45

Delirio
Por Eva María Medina
Camino. Por una calle estrecha y sucia. Oigo risas, pero no veo a nadie. Miro hacia arriba. Un gato pardo en el tejado. Siempre había pensado en los gatos como seres de otro mundo que revelan nuestro destino. Quizá este animal tenga algo que decirme. Debo averiguarlo. Mis brazos en alto, las manos buscando un hueco entre ladrillos. Los dedos se agarran con fuerza al cemento; trozos pequeños se incrustan entre las uñas. Ahora mis piernas, primero la derecha; al empujarla hacia arriba noto algún que otro desgarro, pero sigo subiendo hasta que apoyo el pie en la pared. Impulso la pierna izquierda hasta llegar a la altura de la derecha. Alzo la cabeza y oigo el roce de mi pelo contra el muro. La frente, la piel, algo de sangre. Los párpados, el tabique nasal. Ya está, veo el tejado, pero no al gato. Debo avanzar. Risas, otra vez las risas. Brazo derecho hacia arriba. Los dedos se arquean en forma de garra. Siento como se abre la carne entre las uñas y la arena penetra en mi piel herida; noto la humedad y ese olor salvaje. Me duele y me agrada a la vez. Sé que voy a lograrlo. ¡Lo lograré! El cuello, venas rígidas. Ahora la otra mano, hacia delante, sin miedo, más, más, ahí, ahí. Las piernas, solo quedan las piernas. Debo estar cerca. Gato, gatito, espera que voy. Una pierna, esa pierna, sí, ya está. La otra, cuidado con el pie, agárralo bien, no, no puedo, mis manos, se van, se van. Caras, muchas caras. Voces, bocas, ojos grandes que se acercan. Quizá me pregunten algo. No, se dirigen a otra persona. Me mareo, las voces giran y giran. Lo he visto, sí, con la túnica blanca. Aquí, aquí, estoy aquí, no te vayas. Es Él y viene a salvarme. Las lágrimas corren por mis mejillas, no se ha olvidado. Me suben sus discípulos, me llevan hasta Él. Blanco, todo blanco. Parpadeo. Más blanco. Mi brazo, un tubo y un frasco con líquido transparente. Me froto los ojos, mis manos tiemblan. La puerta está cerrada, no se oyen ruidos. Este silencio me aprisiona el estómago, no puedo pensar. Y el olor a limpio se va pegando al pelo. Me tiemblan las manos, me tiemblan mucho. Hay una grieta en el techo. Empieza en el techo y llega hasta el suelo de la pared de enfrente. Puede que por el otro lado siga la grieta, que la habitación esté dividida en dos y yo también esté siendo seccionado. Mi cuerpo partido en dos por una línea invisible, quizá no tan invisible. Oigo voces fuera. La puerta, que se abra la puerta. Las voces se esfuman. Hay poca luz. Las cortinas se mueven ligeramente hacia dentro. Son blancas. Las sábanas también, huelen a lejía. Odio este olor. Repugnante, vomitivo. Me queda poco suero, va cayendo muy despacio. Me habrán destrozado la vena, no tienen cuidado. Temblores, malditos temblores. Y nadie viene, la puerta sigue cerrada y no hay ruidos ni se oyen voces fuera. No me queda casi suero, no sé si gotea o se ha acabado. Una gota, su reflejo. Gota incansable, monótona, que se hace y deshace tomándose a sí misma como patrón, que se dibuja y desdibuja, repitiéndose, sin poder hacer nada por evitar su goteo, sin poder cambiar su estructura, su existencia como gota. Cierro los ojos con fuerza, aparto mi mirada dirigiéndola a la ventana. Me fijo en el movimiento de la cortina, lento, sereno. Va meciéndome, los párpados caen. La ventana sigue allí, pero sueño que la estoy soñando. Me siento más ligero, me levanto sin esfuerzo, y aunque tengo el suero unido al cuerpo por el brazo, parece que el tubo que une mi cuerpo al frasco se alarga, se alarga mucho, como si estuviera en el espacio y esa cuerda elástica flotase, y siento que ese trozo de plástico es lo único que me une a la vida. La puerta de mi habitación se abre. Una imagen borrosa de alguien que entra. Parpadeo varias veces seguidas para fijar la imagen y quitar lo nebuloso. En mis ojos el reflejo de una mujer de blanco. Dice algo de mi ropa. A noventa grados, a noventa grados. Vine con la ropa muy sucia. ¿Y las pastillas? No me quiere dar pastillas para dormir, la muy perra. No dirá nada al médico. Está buena la

enfermerita, menudas tetas. No vendrá, no le dirá nada al médico. Otra vez el silencio, el jodido silencio. Le metería mano, pero mira cómo estás. Una imagen. Mi cara en el espejo. Mis ojos; los de un perro al que acaban de regañar y no se atreve a mirar a su amo. Las ojeras, negras, selladas dentro de la carne. Una maquinilla. La cojo. No puedo. Tiemblo, tiemblo mucho. Mis manos, sin fuerza. Me escurro, casi me caigo. Unos dedos agarrándose al lavabo. Afeitarme, solo quería afeitarme. Anochece. Estoy a cuatro patas. Camino despacio hasta llegar a un gran charco de agua sucia. Me tumbo en el suelo, boca abajo. La imagen de mi cara en el agua, el reflejo de una mirada turbia que ya había visto antes, pero ¿dónde? Acerco mi boca y bebo, absorbo el líquido marrón con ansia. Miro mi cuerpo y veo una piel desgarrada. Decido dar marcha atrás y ver qué ocurrió. Cojo un traje del suelo. Introduzco el pie derecho. La tela se adapta a mi piel, aprieta. Siento un ligero dolor; las heridas reviven, aferrándose al nuevo material. Ahora el izquierdo. El traje se estrecha. Gotas de sudor por la cara y el pecho. Meto primero un brazo, luego el otro, hasta cerrar la cremallera. El traje que me he puesto es mi propia piel; piel enferma sobre piel enferma. Disfrazado de mí mismo, con esa capa borrosa adherida al cuerpo, me coloco boca abajo, como un soldado en el campo de batalla. Brazos doblados, puños al esternón, codos hacia fuera. Arrastro el brazo derecho y con él, el resto del cuerpo. Después el izquierdo. Las piernas siguen a esos brazos, aletean, dando impulso a un cuerpo roto. Puños cerrados. Brazo derecho hacia delante. Brazo izquierdo, brazo derecho. Brazo izquierdo, brazo derecho. Las piernas detrás, enmudecidas; como títere al que han cortado los hilos de los pies. Llego a unas ramas secas. Las miro desde esa posición arrastrada. Allí han quedado trozos de piel. «¿Es esa mi piel?», pregunto. Nadie contesta, ni siquiera una voz interior. «¿Es esa mi piel?». Abro los ojos y solo veo penumbra. El brazo, el brazo. De mis venas sale un tubo. El suero, sigo con el suero. Tengo escalofríos, noto la humedad, el cuerpo pegado a la tela, el olor a sal. Veo chorros de agua. Manos que me sujetan, que me zarandean. Frío. No quiero que me laven. Se lo digo al enfermero con los ojos. No tengo fuerza. El hombre me sujeta y me lava. «No», le digo, «no», pero no me hace caso. Desde mi cama oigo a dos médicos hablar de un desconocido cuya voz había retumbado en la habitación. Siento esa voz resonando en mi pecho. Entran dos personas que me nombran, dicen ser mis familiares. Los médicos señalan hacia mí, pero ellos pasan de largo, se dirigen hacia otro enfermo. «¡Os equivocáis! −grito−. Es a mí a quien venís a ver. ¡Os equivocáis!». Los médicos me sujetan y noto un pinchazo. Estoy en el suelo, boca abajo. Me entra aire por algunas partes del traje. Giro la cabeza para ver el brazo. Bocas pequeñas se abren; la piel que está debajo se resquebraja, como si tuviera capas de cemento mal dadas. Avanzo. Huele a conejo muerto. El sudor de mi frente se mezcla con la tierra. Pierna derecha, pierna izquierda. Me oprimen ramas y troncos partidos. Me sube un olor nauseabundo. Sigo adelante. El olor gira y gira. El borde de las ramas ara mi piel. Presión en el cráneo; dos manos lo agarran, hincando uñas de madera. Me deslizo como una serpiente que acaba de mudar su piel y a la que le cuesta adaptarse al terreno. Las vértebras del cuello dibujan el camino como anillos de gusano. «No te pares», me dice una voz débil, ahogada. El polvo se introduce en mis ojos; una capa fina los nubla. Sigo recto. El traje queda enganchado en ramas. Tiro de él con fuerza, pero no logro desprenderme. Impulso el cuerpo hacia delante. «Inútil, es inútil». Huele a sangre y putrefacción. Las ramas oprimen. «Salir, quiero salir». Gritos en el pasillo. Una enfermera con la mano en mi hombro. El frasco del suero se hincha; parece que absorbe algún tipo de sustancia. Mi brazo, no siente nada. Una tabla de madera con vetas insensibles a un crecimiento que ha sido vedado. Los ojos no descansan; globos subiendo y bajando, separándose de la cueva que los guarda. No quiero tubos de plástico. Me quito el suero. Sale sangre y ese líquido incoloro. Me incorporo. De mi espalda tiran unos músculos ya viejos. Me mareo. La distancia entre la cama y el suelo se me hace más grande. Las rodillas no me sostienen. Caigo al suelo. Brazos doblados, puños al esternón, codos hacia fuera. Brazo derecho, brazo izquierdo. Brazo derecho, brazo izquierdo. Me deslizo hasta llegar a la pared de la ventana. Extiendo los brazos hacia delante. Los dedos se agarran al rodapiés. Las manos buscan el marco de la ventana. Las uñas en la madera. Doy un impulso. Subo los brazos. Las rodillas, las piernas. ¡Arriba! Me apoyo en la pared, sujetándome en algo metálico. Miro al cielo y oigo una voz que me dice: «tírate, tírate».

Los fragmentos del cuerpo
La búsqueda
Por Matías Eckardt

Segunda Entrega

Una lágrima rodó muy lentamente del apocado superhombre. Pronto sus ojos se encendieron, aunque con parsimonia y desgano no por ello poco enérgicos, semejándose finalmente a dos faros esplendentes en plena niebla marina. Varias embarcaciones con una multitud en las cubiertas saludaron al gigantón con sus bocinas chillando altivamente, y sin intención de frenar esa rítmica sonoridad. Pues del Magnífico ellos todo esperaban, y nada resignaban; le confiaban y creían. ¿¡Banderas de todas las lenguas flamearon locamente como en una final mundial entre dos potencias sudamericanas!? El cuarto de baño se había convertido en un globo terrestre inmenso que logró albergar a cuanta deidad allí cupo. Empero, todo fue en vano. El gigantón murió… erguido y con sus pies raíz a tierra, forjando su cuerpo —mitad astro, mitad humano— un tronco más duro que el hierro. Mientras era observado por un sinfín corporal, todos en silencio, expectantes y aguardando por algo más que una caída sinsentido —para ellos—, el todopoderoso doblegó esa rigidez que lo ancló como a un robusto sauce, y finalmente se desplomó gravitacionalmente. Súbitamente, el organismo antes inmóvil y ya caído, se hizo pequeño entre las cenizas y el barro en que hundió su rostro; se levantó, y sin mofar sacudió los desperdicios en sí mismo impregnados. Luego, sin decir palabra alguna más que la expresión, corrió el velo que cubría su fachada, quedando toda su figura matemática al descubierto. ¡El eterno gigante nos encandiló a todos con su brillo elevado al cuadrado!, y nos dirigió —con una claridad inigualable—: «No soy pío; tampoco malvado. ¿Se atreverían, acaso, a decirme que soy Justo por lograr yo mismo el equilibrio en mi propia balanza? No tengo motivos, pero sigo instintos. ¿De Poder, quizá? ¿De vida, tal vez? No tengo un estilo definido, pero irradio fervor (¡si bien lo tendrá por sabido la religión!). Soy ni negro ni rojo. Aunque sí una zona pura. ¡Tengo muchas formas! La soledad es mi aliada, pues allí nadie me perturba. ¡Es que así es como se apodera en vosotros la envidia!: azorados y cegados todos por ella: ¡la vil materia que por fuera mora! »Soy ignorado por cada vez más fieles. A veces hasta pienso que ya no soy atendido. ¿Mal usado? ¿¡De que va todo esto!? ¿Manipulado? ¡Patrañas! Si para pesar de quienes en mí no depositan su Fe: ¡Yo sigo y seguiré aún de pie! »Me creyeron más muerto que vivo. ¡Hasta me han aniquilado unos cuantos! Pero sería ideal que lo entiendan… ¡Yo nunca moriré para todos!, sino para un puñado de incrédulos cuya vida se basa en la idolatría, vanidad y lujo —siendo todo la misma cosa—. ¡Pues soy la llama que los mantiene con vida, hombres bienaventurados! —Nos señaló con una mueca futurista desgarradora—. »Si dijera que comparto… ¿me creerían? ¡¿Y si dijese que golpeo como las olas del mar en las profundidades del Espíritu?! Y… si tan solo dijera… “pasión”: ¿me entenderían? Y si les dijese: “AMOR”: ¡¿aun así me creerían por mandato incuestionable?! Es que no hablo un idioma, sino ninguno —continuó arguyendo—. »No tengo voz. Tampoco veo —observó sus extremidades con asombro—, ¡aunque de nada me perdería, ciertamente! —Se hizo el distraído ante su falla—. Aun así reparo en quienes me siguen porque es mi trabajo ideal. Y estos faroles que encendí para todos ustedes con la tenacidad de un debilucho que se fortalece poco a poco, en cada caída: ¡son parte del mismo! A veces es necesario hundirse para guiar a los peregrinos por el buen camino. ¡Créanme que así es y será, por los siglos de los siglos! Y para eso soy entonces titiritero, siempre hilando sus destinos y los hechos. No hay casuales sino causales. Y ese soy Yo: soy causa y soy efecto.

»No tengo rencor. Sin embargo, sí hay en mí odio. ¡Odio haber nacido amor! ¡Amo haber parido con amor para luego odiar con obsesión y rencor! Y… aun así, seguir queriendo con amor, perdonándolos y enseñándoles y castigándoles para que aprendan. ¡OH, dulce enfermedad divina! El amor, la locura de amar y la letanía de dejar de ser amado, para volver otra vez a amar… ¡Un idilio dramático de tres actos espectaculares! —Deliró el gigantón en torno a su psicología del apego—. »Hay algo que los intangibles no entendemos: ¿qué es vivir? ¿Qué es la realidad? Soy tan lógico como la perfección del número cuaternario. ¡Si tan solo pudieran ustedes representarme! Pero jamás podré tener forma alguna más que la idea intersubjetiva de quien me ama. ¡Pues… es ése su deber! — Nos instigó a todos los allí presentes, con exaltación—. »El ensueño es el don más altivo que les he dado, tropilla laboriosa. ¿Sabrán aprovecharlo? Espero que así sea. Sin embargo, y al pesar de todas mis beneficencias para con todos ustedes, aún no estoy preparado para conquistar en una superficie tan idolatrada, vanidosa y ególatra. “¿Para vivir allí?”, podrán preguntarme ustedes en pos de un acto heroico que palie todos sus pesares, y los del mundo… “¡Menos aún!”, les responderé con convicción, y por amor al hijo que antaño les envié y con sus inmundicias dejaron fenecer —culminó desafiante, pero amablemente; ya que frente a las embarcaciones sus bendiciones Él desparramó, con una suave canción que de sus labios derramó». Así habló Dios ante la multitud aquella que, enardecida desde sus barcas, clamó por más. Sus Palabras todo sanaban, y sus angustias expiaban. Aunque sabían muy bien que cuando ellos abandonasen de yugo tal relación, sus vidas no tendrían más sentido: los que se aferren a sus herrerías, las herraduras no tendrán la misma consistencia; los que aman la docencia, sus alumnos no captarán sus enseñanzas con la misma belleza; los inertes verán todo a su alrededor desplomarse; los que aman el espectáculo, pronto espirarán sin contacto con el público. En cambio, los que en él jamás creyeron parecían más contentos. ¡Pues ningún temor les aquejaba! Pero… ¿no eran acaso esos dos extremos? Fueron muy pocos quienes escucharon con atención al gigantón decidiendo marcharse inmediatamente de sus flotas en busca del Cristo interior, y su particular misión. Acataron todo lo que pregonó, mas no lo adoraron sino con la acción: para ellos no había culto que valga por su crucifixión —pues si fue humilde es imposible que haya querido en momento alguno plena adoración—. Mas los muchos otros a su gloria encadenados allí perecieron, en un largo sueño mortal… ¡hasta volver a escuchar Su voz, una que los levantó en verdad! Pero aquella esperanza fue consumada en la inútil espera, la inactiva. Velé toda la noche y jamás, jamás reapareció el gigantón. Las embarcaciones poco a poco fueron dejando mi cuarto. Lo infinito en él se volvió, lentamente, finito, acotado; nuevamente un acotado habitáculo. Quedé por varios minutos perplejo ante la huida de los barqueros. Luego cogité si «Dios es corrupto, petulante, orgulloso, vanidoso, el pómulo derecho del que todos quieren lamer; o si tan solo se me antoja irreverente, inflamable y algo seco en cuanto a ideas. ¡Dios es esto, lo otro y aquello!», ultimé con nerviosismo y desesperado ante mi febril estado. « ¡Si el en-sí-mismo es una idea, qué más cabe para una eternidad que el fin de la soga!», pensé con asombro. El coloso se despidió de mí con una mirada penetrante que me quedó grabada en la retina, propinada ésta mientras chocaba una provechosa y estimulante copa de sake con otros colegas en una de las tantas embarcaciones en mi cuarto antes congregadas. YA SIN MÁS RODEOS, CONCLUÍ QUE TODO NÚMERO ELEVADO AL CUADRADO: ES MENTIRA. En aquél momento estuve demasiado irritado como para continuar filosofando cuestiones santas cuando siquiera sabía yo-mismo qué cuernos significaba vivir o tener un proyecto, o misión íntima. Pero la razón me ganó una vez más, sin importar si estaba o no consciente. »Evidentemente, lo que busco no está a kilómetros, sino a millas de distancia. Evidentemente, el mismísimo infierno comandado por los humanos y una dosis justa de deshonestidad… ¿Será ello lo que necesito? ¡Evidentemente! Pero… ¿todos debemos mentir, acaso? ¡Evidentemente! Lo mejor es siempre tan claro como el agua; lo peor, turbio y maltratado, como las mismas aguas del mismo río que los mismos humanos han ensuciado, con las mismas manos con que lo habían antes limpiado. Evidentemente, lo que piensas de mí es cierto. ¡Exacto! Big Deal».

Me hallé tan solitario como tristeza de pibe guacho ni bien me percaté que ya nada quedó del magnánimo episodio con Dios. No hubo en aquél lugar más que un espejo, el cual levemente pude observar, con la vista algo nublada. Ciertamente: ¡era el espejo del baño! « ¡Enhorabuena, todo acabó!», celebré. Pero tan pronto mi fiebre retornó, mis ojos cedieron su luz a la ceguera; y una vez más caí abatido piréticamente. Aunque ya sin la compañía —tan agradable e inestable— de aquél farolero generoso. «“¡Ustedes son la promesa que todos esperamos!”, le gritan a los jóvenes otros más pasados en años. Ya no comprendo si son gritos que vienen desde alguna que otra embarcación o… ¡Ahora miran hacia otro lado los mismos cincuentones, y le gritan a lo desconocido —que se acercó lentamente y auxiliado por grandes embarcaciones, dado lo pesado que resultaba llevarlo a la rastra—, con rabia y desesperanza!: “En Tu Reino eres miserable por solitario. Y en el nuestro, por la indiferencia que hacia todos nosotros muestras bebiendo con esas bestias. ¡Es que la lava que nos lanzan fuera nos confunde, y ello debilita nuestra energía! Hace que pensemos mal de ti, y de tus ya poco creíbles bondades. Si para llegar a la perfección en lo bajo tienes que falsificar millones y millones de ejemplares, semejantes a ti mismo y retornables… ¡OH!, déjanos decirte —y todos a coro le recriminaron—: ¡imprudente! Pero oímos que sigues riendo y desengranado la máquina de la feliz alegría, siempre con tu Fe puesta en ellos. ¡Es por eso que continuamos creyendo en lo innombrable!”», así concluyó este otro pasaje compartido con padres abatidos. «Tañarte sería todo un tema si es que nos reprimes tu esencia aquí, en la mismísima tierra. Creo que tus enseñanzas son claras: la Fe también se trabaja», finalicé en torno a lo acaecido. ¿Acaso tuve un encuentro con Dios? O conmigo mismo… ¡¿creyéndome Dios!? De veras que podríamos jugar a serlo en invierno para arremeter el frío del hogar con el calor infinitesimal. Concluí así mi amplia discusión con los sueños, los números, las ideas y… algo más que algún día recordaré. El sueño galopó con tanta prisa que no pude pensar más en ello una vez olvidado. ¡Rendiría flores al desierto si fuese demostrada frente a mis ojos la única Verdad existente! Consecutivamente a la escena cristiana en mi cuarto de aseo representada, se amarraron frente al poste de cableado de mi hogar, ¡cuarenta y dos actores! El primero en golpear la puerta dijo tener a una escoba por amiga; el segundo, que por años fue Rey en su propio reinado; el tercero, cuarto, quinto y sexto: que fueron matemáticos ilustres instruidos en las mejores universidades del mundo; del sexto al vigesimosegundo, eran todos dioses: congeniaban un número perfecto; y del último en la lista anterior al treinta y tres, todas glorias perdidas y batallas ganadas; hasta el cuarenta sólo lacayos que dijeron servir a la vida misma con su sonrisa, espontaneidad, coraje —para vencer— y fuerza —para resistir—. El cuarenta y uno y cuarenta y dos, nada me importaron. Empero, los últimos dos se encallaron frente a la puerta junto a unos amigos suyos y montaron, sin pedir permiso, una escenografía con la cual pretendían representarme una obra llamada: «Un cóctel, por favor». Dada su extensa duración, se dividió en varios actos. Mientras ellos armaban las estructuras en que actuarían, me dispuse a llamar a todos los colegas del vecindario para que los ayudaran, y de paso, se quedaran a ver el gran show que esos comediantes previeron para nuestro barrio en conmemoración por algo que no recuerdo, pero dijeron que era nuestra independencia. Colocamos sillas frente a lo que pronto serían «las tablas», y allí nos aquietamos, aguardando el primer puntapié. En la primera actuación, ¡fenomenal comedia se exhibió! Mientras los pequeñines ultimaban los detalles, unos pilluelos faranduleros se agolparon en el primer escalón con cámaras de video y anotadores. Asomaron sus narices, y olfatearon lo qué había detrás del escenario —para extraer material con el cual burlarse con fullería durante toda la tarde—. Ya en las tablas, unos comediantes encarnaron las angustias sureñas sin más que tiranos viles y casposos en sus pieles, esos a quienes una corneta les importa la vida y la sociedad, mas de ella toda su lana desean. Todos interpretaron lo mismo, aunque de diversas formas: ¡es que el teatro lo conformaron mercaderes, feriantes, verduleros, zapateros, cartoneros, farmacéuticos, docentes bien instruidos, etc.!

Uno podía darse cuenta del argumento en sus inicios: toda la improvisación previa emuló el acuerdo al que llegaron —en su momento— (nos) los representantes de «la Junta». ¿Y qué extrañez encarna ello? La particularidad residía en que eran actores del Hospital Borda. Y siendo ellos el rótulo de la locura… ¿¡llegaron a un acuerdo de mejoría nacional más rápidamente que esos cordados parlamentarios creyéndose cuerdos!? «Menuda actuación la de estos tíos», me susurró María, la jovial quiosquera gallega, y juntos rompimos en un aplauso para los actores, que no supieron por qué lo hicimos: ¡pero nos siguieron con tanto ímpetu los otros vecinos que no tardó en comenzar la obra una vez más! Aquél pensamiento comunitario implícito en la compañía actoral del Borda iba más allá de toda ciencia y moral, lego o bárbaro. Era algo que trascendía al ojo y mente humanos. Pues al final vitorearon a coro todos los comediantes: « ¡No traten de inventar más géneros! ¿¡La ciencia se los quitará en el primer canto del gallo!?» Esto último fue un elogio a la palabrería, y suscitó tanto aplauso como copetín luego se repartió, a la espera del próximo show. ¡El segundo escenario montado fue aún mejor! Una comunidad, un país, una simple ojeada a un libro de letra pequeña en el cual, contando todas las letras de las 727 páginas, e igualando el resultado a la cantidad de personalidades etarias que allí había: ¡todo era infinito! Las mismas actrices y los mismos actores volvían a repetirse, una y otra vez… Por eso no fue cómico, sino más bien… ¡melodramático! «Mató a varios y fortaleció a pocos», rezaba la pancarta gigante que alimentaba parte del escenario. De fondo sonaba una orquesta berlinesa probando sus violines, oboes, y flautas encantadas. Todo ello me sumergió en el mundo lírico de Apolo, acompañado por Orfeo, y unos cuantos nombres más. La obra fue fascinante. Los personajes cambiaban su casaca —con tanta precipitación—, que apenas si se notó el cambio entre épocas. ¡Y fueron tantas las permutas! Con decir que la única puerta que había se asfixió por tanto tráfico de hombres allí disfrazados. Pasaron por la Edad Media, la Edad Dorada, la platinada, la rapada, la que estaba falta de aseo… y finalmente llegaron al fin del preámbulo constitucional por ellos trucado. «Hoy es un final en sí mismo. Le debemos a éste momento toda la vida. Los instantes restantes… ¡no sabemos si los viviremos! Nos cuidamos para llegar lo menos oxidados posible, y con suma longevidad, aunque siempre con prisa y poca pausa. Siempre fuimos esclavos, y el tiempo del hombre-fabril nuestro vil tirano. ¿¡Y qué si matamos al tiempo aquél, varones!? Si pendemos del sueño externo —que nos crea prisiones ilusas— siempre seremos esclavos. De ser librepensadores, en cambio, nos matarán. Aunque podríamos decidir lo que nos hace mejor. Y eso ya sería desafiar al tiempo del hombre-robot-fabril para poder constituirnos como Nación. Demos gracias a Dios ». El Director dio por finalizada la segunda obra con ese último discurso por él mismo a la masa enunciado, y en un manuscrito perpetrado. El telón bajó con t-a-a-a-l lentitud, que los productores temieron que quienes estaban detrás de escena algo poseídos por el vino salieran a representar una obra que —ya finalizada— habría dado comienzo a otra; con actores ya nombrados, y actos ya representados; guiones ya versados y… Y por eso no me fue extraño que un operario cordobés —muy atento a la maniobra, por cierto— cuya tonada era algo extraña para su origen haya gritado « ¡CIERREN LA PORTA, GRAN PUTA CARAJO!». ¡Es que no cabía un alfiler ya! Y eran tantos los personajes que, si por ellos hubiese sido: ¡toda la vida se la habrían pasado actuando! A pesar de eso, ¿qué habría solucionado éste melodrama a nivel mundial? «Si son simples palabritas de actores ordinarios», llegó a cuestionarme el vecino más contrera de todos, y prototipo del pesimista.

El Silencio del Fuego
Tramo II
Por Graciela Marta Alfonso
Creemos devenir, de un amanecer remoto surcando los confines de nuestras pausas. Creemos sobrevivir, delimitando las adyacencias y las incongruencias de nuestra extraña malsanidad. Callados y espantados sembramos soledades en los vientos. Es el mito del hombre, que no halla guarida para su niño y espanta amores en la vejez. Es el hombre eternamente solo en su finitud monocromática, destruyendo con su prestigiosa ignorancia el último beso del reencuentro.

Almas, por Graciela Marta Alfonso

El Silencio del Fuego
Tramo XXVI
Por Graciela Marta Alfonso
Amanecida de pasiones y en extramuros, contemplo el vaivén del mundo.

Cuánta soledad guardaré para mi roja soledad.

Voy en un vuelo informe, sin cielos, ni vientos, a reír la muerte infame del hombre inanimado.

Cuánta soledad guardaré para mi roja soledad.

Me destrozo salvajemente en la tristeza que asedia, la infelicidad de los locos que hoy se creen tan cuerdos.

Cuánta soledad guardaré para mi roja soledad.

Vuelos, por Graciela Marta Alfonso

Tarde de lluvia
Por Javier Ubeda
Llovía, desesperadamente. Caían cantos de un cielo negro que rugía estrepitosamente. El ruido era ensordecedor. La calle, agotada de tanta agua, estaba desierta. Yo no llevaba paraguas, ya que antes de salir de casa el sol lucía de manera cegadora. Tenía una cita, que acababa de ser anulada mediante un escueto mensaje en el móvil: «Lo siento, lo dejamos para otro día. Te llamo». Me cobijé debajo de un portal durante una larga y eterna hora. El agua descendía cada vez con más rabia, chocaba contra el suelo como castigándolo. Las gotas de lluvia parecían cuchillos afilados. Me daba miedo salir y que se me clavara una. ¿Qué estará pasando por ahí arriba, para que se desencadenara una tormenta así?, pensé. Desde mi refugio podía ver la panorámica de los edificios, las luces de las ventanas, a la gente resguardada en su casa, tranquila. Apenas pasaban coches. Estaba completamente empapada y tenía frío. Comencé a tiritar. «Deja de pensar y actúa», me dije. La lluvia no tenía intención de cesar. «Actúa, actúa…», me repetí para mí misma, y entonces empecé a correr, sorteando la impetuosidad de la tormenta como podía. Me metí en el primer bar abierto que vi. Me quedé quieta en la entrada, observándolo todo. No sabía qué hacer, hacia dónde dirigirme. Desde la barra, un hombre bastante alto, robusto, de unos cincuenta años, de labios densos y bigote cuidado me escudriñaba con interés. Yo seguía quieta. Levanté primero una pierna, luego la otra. Sí, me podía mover, no me había quedado pegada. El hombre, tras la barra del bar, seguía estudiándome con unos ojos de un azul muy intenso, casi eléctrico. Cada vez que fijaba en mí su mirada me volcaba un pedazo de mar encima. Si en esos momentos hubiera sobrevolado una gaviota por encima de su afeitada cabeza, me hubiera sentado a escuchar el murmullo de las olas al chocar entre sí. Con una voz suave, que no se correspondía con su envergadura corporal, se dirigió a mí: —¡Menuda lluvia! ¡Le ha caído la mitad a usted encima! ─Sí ─asentí resignada. ─Pase, pase y séquese, se va a enfriar. En el lavabo tiene usted un secador. Eso hice: pasé y me sequé. ─¿Me pone un café con leche bien calentito, por favor? ─pedí, nada más haberme secado. ─Enseguida. Siéntese, que ahora se lo llevo a su mesa. ─Gracias. Apenas me había fijado en el interior del bar. Eché un rápido vistazo; la decoración era realmente acogedora. Se trataba de una sala bastante amplia, en la que predominaban el blanco y el verde. En blanco, los sillones; en verde las mesas. Se asemejaba a un salón de cualquier casa. De una de las paredes colgaba una exposición de fotografías; y en la misma pared, justo encima de las mesas, podíamos ver imitaciones de famosos cuadros de arte contemporáneo. La luz, perfectamente distribuida por toda la sala, completaba ese ambiente familiar. En una de las esquinas descansaba un espléndido piano, y, a su lado, un pequeño escenario. Como sonámbula me dirigí hacia el piano. Me senté y me puse a tocar. Unos aplausos me hicieron reaccionar.

─Ha parado de llover ─me dijo esa voz que era suave como la seda. besó. Me giré, lo vi y me enamoré al instante. Sin mediar palabras —no hacían falta─, se acercó y me

Ha pasado ya una década de aquella tarde de lluvia. Todos los años celebramos nuestro aniversario en su bar, llueva o no.

Yidhra
Yidhra se acerca como una nebulosa, se mete en tus sueños de locura y de sexo.

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Por Patricia Olivera

Yidhra te llama, te dice Ven, yo haré realidad tus deseos; y tú vas, con los brazos extendidos mirando con lujuria los redondos pechos, recorriéndola con la mirada, desde sus ojos hasta su pubis perverso y aterrador. Ven, yo haré realidad tus deseos, te dice Yidhra; y te convence con sus ademanes de cortesana. Y tú vas como la abeja a la miel, como la presa a la trampa, mientras ella deja ver poco a poco sus dientes; dientes afilados en una bella cara, provistos de un cuerpo seductor. Y tú vas, y Yidhra, la Bruja de los Sueños, se relame, desliza la negra lengua sobre sus labios rojos, anticipando el sabor de tu carne; el dulce olor de tu sangre roja y espesa. Es digna devota de su regente Azathoth. Cuando la poseas ella te destruirá, comenzará a devorarte en el zenit del orgasmo y tú la verás tal cual es en realidad, entre alaridos y carne desgarrada y sangrante,
* Yidhra: la bruja de los sueños. (Dream Witch). Una de las pocas Diosas que aparecen en los Mitos de Cthulhu. de Lovecraft. Yidhra aparece en el relato: Donde Yidhra camina (Where Yidhra Walks, Walter C. DeBill, 1976). Usualmente aparece como una mujer joven y atractiva, aunque su forma es cambiante. Su única cualidad es la de adoptar la forma de las criaturas que devora, en cuyo caso puede transformarse en casi cualquier cosa que camina o respira sobre la faz de la Tierra. *Poesías finalistas en el V Certamen Internacional de Poesía fantástica miNatura 2013.
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ya no guardará las formas para excitarte. Esa abominación no se detendrá hasta que seas uno con ella, uno disuelto dentro de ella, parte de una mescolanza de cuerpos putrefactos en la masa deforme de su cuerpo sin alma. Saciando su hambre y su sed de almas ilusas caminarás con ella sobre la faz de la tierra, verás todo lo que vea y tocarás todo lo que toque. Te perderás para siempre dentro de ella…

El escriba del infierno
Por Fabiana Iglesias
Desde mi rincón en el infierno cumplo la condena que me impusieron quienes me juzgaron, en relativa soledad y tranquilidad, encerrado en esta celda, donde día y noche debo escribir con mi propia sangre, en largos rollos de piel humana de otros condenados, las historias que a diarios estos recitan como un mantra, desde el otro lado de la pared. No puedo ver a los relatores, sólo puedo oírlos; tampoco me está permitido dirigirles la palabra. De todos modos aunque quisiera no podría: hace tiempo Satanás arrancó mi lengua impía como parte del castigo, y quizás también, como un trofeo de su victoria. Esta noche le ha tocado relatar su historia a un joven de voz agradable, que se describió a sí mismo como alguien ágil, atlético y amante de la vida al aire libre. Una de sus grandes aficiones ha sido el buceo, desde pequeño. Por ese motivo para su luna de miel él propuso a la novia que hicieran un viaje a las remotas islas del Pacífico, verdaderos paraísos tropicales, donde las aguas del mar son turquesas y los rayos del sol llegan hasta el fondo de aquel espejo líquido. Ella aceptó porque lo amaba. Así llegaron a las islas junto a otras parejas jóvenes, con quienes habían planificado ejercitar ese deporte a diario. Nuestra joven pareja se unió a los demás a la mañana siguiente de su llegada al paraíso, y el flamante novio prometió a su esposa que la experiencia sería maravillosa. Ella le creyó porque lo amaba. Todos embarcaron con sus equipos y se dirigieron a mar adentro, a la remota zona destinada para bucear. El monitor del grupo explicó las reglas básicas de seguridad, insistiendo en el horario de regreso, y luego uno a uno se fueron sumergiendo en las templadas aguas. En aquel punto desde la embarcación no se veían las islas. Todo era azul: las aguas del océano y la línea del horizonte que parecía unirse con el cielo, también de ese color. Bucearon durante más de una hora, y nuestro protagonista fue guiando a su pareja en la búsqueda y persecución de pececillos plateados, sacando fotos de aquel mundo maravilloso e increíblemente bello. Perdieron el sentido del tiempo. Hacía más de media hora que debían haberse reunido con los demás, así que al percatarse de ello el intrépido joven hizo señas a su esposa y ambos salieron a la superficie. Era alrededor del mediodía, y el sol al principio los encegueció. Azul. Azul. La embarcación no se veía por ninguna parte. ¿Ellos se habían alejado demasiado? Él tranquilizó a su pareja y ambos comenzaron a buscar la barca. Azul. Azul. Un infinito manto azul que a medida que pasaban las horas se iba volviendo más frío y amenazador. Salieron las primeras estrellas. Se abrazaron, manteniéndose a flote e intentando entrar en calor. En tierra alguien se daría cuenta de su ausencia e irían a rescatarlos, seguramente por la mañana. No llegaron. El océano se convertiría en su tumba. La hipotermia, la sed, el cansancio, los tiburones, el sol.

Azul. Azul. Intentaron nadar hacia las islas, pero se hallaban demasiado lejos. Pasaron tres días y los equipos de búsqueda y rescate recorrieron kilómetros de océano sin hallar nada. Jamás los encontraron. El joven relator en este punto pareció ser presa de una fuerte emoción. Con voz entrecortada contó como al segundo día, viendo que aquel era el fin, dejó de sostener a su amada exhausta y esta comenzó a hundirse sin remedio, con una súplica en los ojos. Luego él flotó a la deriva, con el rostro cubierto de llagas y el cuerpo helado, hasta perder la conciencia. Despertó aquí, en el quinto círculo del infierno. Adivinad cuál ha sido su castigo. Tras recitar el relato el joven fue conducido a un sitio donde se ahogará una y otra vez en el océano de lágrimas de todos los que han sido abandonados a su suerte. ¿Quién dijo que en el infierno se hacía justicia? Ahora sueño despierto pesadillas color azul.

The Inferno, canto 8. Ilustración de Gustave Dore

Poemas

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Por Marcos Iván Fernández Primavera sexual
¡Más que primavera! Y fue en verano Cuando, armado de entereza; y pene en mano Libere esa explosión primera

Fue una puta flor Recuerdo bien su nombre; niña, hermosa musa. En adelante, nací a otro ser, cambio el mundo su olor Fornicar, de vivir se tornó la escusa

Sexo Nato, instintivo acto puro, y sentimental Que te humaniza y te hace animal A un tiempo. Fusión y nexo Entre dos cuerpos y espíritus

Sexo suave, apasionado Ardiente, tempestuoso; con calor Sexo meticuloso, delicado Sexo bestial; con agitación y sudor. Mil formas más.

Debería tener tamaña suerte
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Los siguientes poemas se encuentran comprendidos dentro del libro Vorágine de pronta publicación.

Para que se una inspiración, con las palabras justas Precisión de universo para acercarme Con el idioma Aunque sea al uno por ciento De lo que siento Al tenerte en el sexo Amada. Y que él nos tenga a nosotros.

Hoy llegando a mi madurez Nunca lo supe hacer tan bien Cada día lo hago mejor, Y cada día también Con cada mujer Aprendo a sentirlo mejor, ¡más! A disfrutarlo cada vez más finamente A catar cada instante Cada movimiento, con maestría de conocedor Que sabe de la obra.

Con un cuerpo en su plenitud Desbordado de energía, de poder, Mi espíritu en libidinosa vorágine de juventud. Satírico apetito; cebado de cuerpo de mujer.

Tesoro invaluable heredado Gratis por la naturaleza dado.

Terrible sensación intensa Terremoto que va en aumento

Invadiendo la humana forma Culminando en ardor; erupción inmensa Saturación de nervios, hasta el firmamento Pareciera llegar; la metralla tibia y blanquecina. Como magma emergente. Parece que es el fin De la vida. ¡Por fin, como electrocución fatal! Que desde cada célula y las entrañas se hace camino Condensándose más y más; rumbo al punto terminal… Un grito que parece de herida final descarga expresa Lo inexplicable, lo indecible. ¡Quema arde hierve! El glande; se abre Como rosa en el rosedal ¡¡¡Estalla el volcán!!! Expulso vida a la vida Y me siento dios.

Viento de un día
Afuera llovizna Con suave viento de un día Mas, el oscuro nuboso me tizna La retina con melancolía.

Bebo de esa garúa Me pongo el frac del pensamiento El aguacero que desoló la rua Es mi arte; mi instrumento.

Un dios anónimo parece renacer Del olvido en mi sangre; y reverbera ¡¡¡Poder!!! Garra de fiera Dentellada de pantera.

Así de niño me inspiraba Bagheera Tal fuerza, y Shere Khan Quizás sea que ellos están Violando del ayer; la frontera.

Allá en el cielo del horizonte De la noche; como una estampida De mil búfalos negros gigantes en envestida Las nubes me dicen que me apronte.

Parece que en tempestad Me quisieran devorar

Dicen- hay un humano por cenarCombatiré por mi libertad.

Sus ojos relampaguean Pero no me enviste ese monstruo oscuro Y es porque miro igual; con ojo seguro De relámpago. Aunque no lo crean.

Se puede ser potente Así; con trabajo y suerte Que hasta la muerte Nos tema, por fiero e insolente.

Pienso que puedo enfrentar Al mismísimo rayo Y a esa fuerza dominar Con mis propias manos; casi desmayo.

De la euforia Quiero vencer Asaltar al fracaso; florecer Cautivar a la gloria Merecer Mis tierras Las acequias y las guerras Que devastan mi interior.

Ser un espíritu existencial Hasta aquí llego, no creo poder hacerlo mejor.

A la luna de Leopoldo
¡OH! Señor Lugones; no quisiera Arrebatarle su amante selenita satelital Que bello amor han de tener bajo el quintal De los astros. Solo le canto para que no muera

Su carmín su primavera Que es jovial rubor En mis noches; solemne ardor Insomnios de mil dioses; cada uno me espera Y uno tras otro me hunden el puñal Extirpando sangre y entrañas; muerto el cascaron ¡Emerge el humano desnudo!

Luna, gota de semen gigante Espermatozoide de dios; que errante Extraviado el blanco; en suspensión flotante Sin remedio, aguarda su último instante.

Sorbo de leche cuajada Del seno de la eterna nata Que quiero y no alcanzo a beber; de madrugada Infecto de filosofía. Más quizás sí; eternizar en esta serenata Pueda; la pasión que me inspira, en esta poesía Guardar.

Canica de niños dioses Fragmento de explosiones feroces

Medallón cósmico perla del arca Del universo Apacible laguna donde aparca Mi alma; tras un día de existencial esfuerzo.

Con tu blancura desnuda A veces te siento distante; fría polar Tu expresión lívida cruda Me pone a temblar.

También sueles ser Tibia brasa Naranja y tranquila en la hoguera donde mi mano amasa. Una contra otra, el aire, buscando calor obtener. Fruto de naranjo, maduro y enorme Que no hay hombre Con tan grande voracidad Que pueda siquiera, roerte hasta la mitad Sin topar con expansiva saciedad.

Que hibrida tu faz Tan añosa Eres, no obstante no se pierden más Tus marcas de acné de adolescencia hermosa Recién dejada atrás.

Ojo quieto de ave Que, por alguna pluma perdida llora; lágrimas de fotones suaves. Que me bañan, cual sutiles náyades Limpiasen mi sien de tempestades.

Psiquiátrico
Por Eva María Medina
Abrí los ojos. Todo blanco. El blanco se extendía del techo a las paredes y llegaba hasta la cama a través de las sábanas. Noté un picor en uno de los brazos. La vía, que trataba de ocultarse tras los esparadrapos. Cerré los ojos; quería encontrar las imágenes, pero solo había negrura. La puerta de la habitación se abrió. Una enfermera, me traía pastillas. Me preguntó qué tal estaba y le contesté con un «estupendamente» raro. «Es-tu-pen-da-men-te». El ritmo, la aceleración de las sílabas, que se repitieron decelerándose con un tono de burla. «Es-tu-pen-da-men-te». Luego resonaba en mi cabeza en un modo interrogativo que producía risa y el acento cambiaba de una a otra sílaba y con cada cambio el significado variaba. Y yo frente a la palabra dicha, como si la hubiera pronunciado otra persona, sacada de una conversación de la calle o de una escena de alguna película en blanco y negro. Necesitaba ir al baño. ¡Qué coñazo! Con el suero a cuestas. Era un castigo, ese trozo de plástico que se agarraba al brazo. Parecía succionarme; quitar en vez de dar. Me levanté de la cama. Los músculos como si hubieran sido apaleados; me costaba moverlos sin que doliesen. Con la mano derecha agarré el suero por la barra de metal que lo sujetaba y fui arrastrando los pies hasta llegar al baño. Me bajé los pantalones con lentitud. Una imagen me vino a la mente. Una mujer se acercaba, parecía decirme algo al oído. Debía de ser gracioso porque no paraba de reírme. Sentí dolor, bajé los ojos y vi su mano enroscada en mi pene. Me echaba hacia atrás, dolía pero me reía; me hacía tanta gracia. Yo, contra la pared, sin calzoncillos, los pantalones en el suelo. De la mujer solo recordaba su pelo negro alborotado y unos labios carnosos de un rojo fuerte que se extendía por toda la cara. Seguía en el váter. Antes de subirme los pantalones del pijama, me fijé en el pene; estaba morado. Tiré de la cadena y cogí el suero. Al pasar por el espejo, el reflejo de mi cara me inmovilizó. Unos ojos saturados, como si lo visto se fuera derramando por los bordes y ya no pudieran o no quisieran ver más. Las cuencas de los ojos muy hundidas, las ojeras casi negras y unos pómulos hacia dentro, que resaltaban la mandíbula. Me alejé, arrastrando unos pies que parecían ir sobre raíles en una vía de tren abandonada. Fui hacia el otro lado de la cama. Dejé el suero a la derecha y me senté en el sillón negro. Miré el líquido incoloro. Me asaltó la imagen de una lavadora y mi cuerpo, diminuto, acurrucado, dentro. Y la lavadora daba vueltas y vueltas, y yo repetía los mismos movimientos, veía la misma ropa y un exterior tan irreal, tan alejado. En esta imagen alargaba la mano, como si quisiera tocar algo de ese exterior. ¿Saldré de aquí?, me preguntaba. Y una voz me contestaba que no, pero otra me decía, cuando te recuperes. Cerré los ojos apretando los párpados con fuerza; intentaba acallar las voces. Las voces se fueron alejando, pero ese «¿saldré?» zumbaba en mi mente.

Llevaba un rato en el comedor. Miraba la comida. Trozos de carne grisácea, con grasa, y unas patatas fritas que parecían de cera; rígidas como cadáveres. Me fijé en los demás; tampoco comían. Las caras, nunca olvidaría esas caras. Los ojos, como si los hubiesen vaciado, recubriéndolos con una capa de cemento transparente; ya estaban seguros, allí nada podían temer. Y esas muecas histriónicas que simulaban sonrisas. Esas muecas me producían ganas de vomitar, como si en la pared de enfrente hubiera un espejo y constatase que yo también participaba en ese juego diabólico. Un toque en mi hombro derecho me recordó que estaba allí para comer. Contesté con un movimiento de cabeza y el tenedor se introdujo en la carne escarchada de una patata. Me vi trepando una pared. Después, mi cuerpo en el suelo. Encima del tejado un gato. Me daba rabia no acordarme bien de lo ocurrido, tener

huecos. El plato de carne y patatas seguía allí, como si se burlara de mi suerte. Tengo que irme, me dije, pero ¿adónde? Salí al pasillo. Lo recorrí de arriba abajo. Luego entré en una sala pequeña, al lado de los servicios. Había un hombre con barba sentado al borde de una silla, balanceándose como si acunase a un bebé. No hablaba. Ya me había fijado en él. Todas las tardes, a la misma hora en la misma silla. Si alguien se había sentado allí, pataleaba hasta que le dejasen su sitio. Me acordé de la mujer del mango de paraguas y el marco sin foto. Los llevaba siempre. En el comedor trataban en vano de guardárselos; comía con ellos sobre la falda. Me fui de la sala. Pasé al lado de la escalera y un grupo de hombres y mujeres me pidieron tabaco. «Un cigarrillo, un cigarrillo». Manos, muchas manos. Grandes, pequeñas, oscuras, más claras. Ese agarrar y soltar. Las marcas del pasado. Lo que estaba escrito en esas manos. Me apoyé en la pared, cerré los ojos. Cuánta necesidad había allí de que les diesen; que les dieran y, cuánto más, mejor. ¿Soy yo así? Preferí no contestar y seguir caminando como si nada hubiese ocurrido. Me alejé, yendo hacia el otro extremo del pasillo. Al volver, algunos de ellos se apoyaban en las paredes con desesperación. Los veía como si fueran bolos esperando la inercia de una esfera que les hiciera caer; que la caída de uno provocase la del otro, y, aunque supieran lo que iba a ocurrirles, esperasen con indiferencia ese final. Fui a mi cuarto, cerré la puerta y me senté en el sillón. Mi cabeza giraba. Las ideas iban y venían. Las imágenes, diapositivas de un viaje diabólico; un viaje en el que nunca pensé que participaría. «¡Dios mío, qué hago aquí!», dije mientras me cogía la cabeza entre las manos, apretando para que todo aquello muriera. Pero ahora los dementes daban vueltas alrededor, como perros sabuesos en busca de su presa. Unos ojos vacíos me miraban. Un hombre gritaba, «mi silla, mi silla». Manos, muchas manos intentando agarrarme. Y yo, apretaba con fuerza para que esas imágenes desaparecieran. Fuerte, cada vez más fuerte.

Acrol
Por Marcelo López Díez
I Palacio de ecuador frío amor de tarde bebido, sin hielo. Por las campanas de la catedral no hay más que particulares formas ni la última vez que sobre un caballo el dolor subió y bajo la congoja fúnebre. Hasta bien entrada la melancolía las malcriadas ordeñan máximas morales, frente a ella y su sombrero de paja, la bella danza de nueces rotas, gracias por dejar que el viento masturbe el horizonte hasta hacerle caer de bruces sobre la luna. A la mañana el sol alimenta la inflada respiración de un viejo en silla de ruedas.

II Tu pecho es la espada Quijote ido, disfraz de estrellas capote transparente zurcen mis dedos tu falacia de agujeros de queso en mis manos

¡mis manos! tu pecho. Tú… sólo quiero beberte no tengo nada sueños grabados en furcios de borracho saborearte he dicho.

III Que el pelaje machacoso de un viejo perro despierta mi terror a la podredumbre hecha melodías rosa criolla mueca insípida camilla de hospital ancho criminal mi alma vocifera dolores carmín los labios dejan menos marcas que recuerdos al fin tocaremos un piso de maderas sollozantes.

IV Humedad de la húmeda raya divisoria, ideal porque quiero más al sueño que a la dichosa luz de un día.

V

Me oyen los enjambres de abejas que corren el blanco papel virgen de mis deslucidas ánforas en el sur boca al viento oigo los pasos de lejos hoy no iré, no me busques más prefiero desafiar a las olas intentar quebrarlas es el último motín que me permite la razón la cruzo la parto su espuma sabia gruesa sudor de entrañas llenas de pájaros la desafío te nado me haces fuerte deseosa me rechazas. Ella pecosa luz yo me atoro en tu inmensidad como una polilla se aferra a la discreta luz artificial de mi casa en penumbras. El agua que me abraza roza su puño que mi quijada de cristal oriente mis brazos faro blanco.

VI

Quiero tu nombre, de verdad, no la piel que recubre la humanidad que llevas como llevarte entonces bruma de bajos aposentos barrocas posturas de arena campos de vides corren en tus caderas mis labios de cuero de víbora te propongo que me derrames historias de náufraga terruño de un hablar de barro lo siento tanto, ya no sirvo para atrapar estrellas y la luna que me dice poco, en tu mirar no brilla una sola lágrima solo el reflejo vigilante de miles de rostros.

VII Y la poesía masturbación de polen risas de niños bajo la lluvia golpe de suerte en la lotería tormenta en el mar tropos de pequeña laguna peces fríos de corazones de plata y ella que desnuda se entrega ella y las posturas de las nubes sobre el esquivo pupitre que esconde libros de tapas transparentes. Y el escote de ella desprecia los pelados embustes que sangran balas arcabuces de plástico metal olor a…

aluminio clavado en ojos de madera una noche en el manantial y al otro día la indiferencia, los vestidos. Encadenado a un antro de saberes, saco de una grieta letras manteles manchados de imágenes viejas luces firmes de cemento enjuto la melodía granada el polvo de las ciruelas que cae extranjero corazón Suerte.

VIII ¿Por qué la pierna podrida de Byron supura verdes tonadas rellenas de azules punciones testiculares?

Dile al silencio
Por Javier Ubeda
De pequeño, mi madre solía decirme: «Intenta no mentir nunca. Es preferible quedarse callado antes que decir una mentira. Mira que la fama de mentiroso en el colegio se coge rápido, y luego cuesta mucho quitarse ese san Benito de encima». A partir de esa sugerente advertencia de mi madre, comencé a interesarme por el silencio. Ante una situación comprometida optaba por enmudecer, mientras observaba atentamente el semblante de mi interlocutor que, en la mayoría de los casos, en vez de apreciar mi talante silencioso se alteraba ante mi aparente pasividad. Y así, gracias a la advertencia de mi madre, fue como, poco a poco, fui descubriendo los misterios del silencio. Un sabio consejo me condujo, finalmente, a lo que fue o a lo que sería todo un estilo de vida. El silencio pronto se convirtió en mi alma gemela. Me gustaba observar a la gente mientras dialogaban; yo iba contando los silencios de cada intervención. Si alguien decía una barbaridad, sin ton ni son, pensaba para mí mismo: «No ha respetado la mejor de las armas, el silencio, y se ha precipitado. No ha pensado bien lo que decía». Incluso me aficioné a contar los intervalos de silencio que se producían en la música, en la noche y hasta en la intermitente lluvia. El silencio estaba en todas partes; sólo hacía falta hacer un alto en el camino para descubrirlo y aprender de sus enseñanzas. Mi fama de persona precavida y aliada de los silencios se hizo pronto conocida. De oídas, algunos me empezaron a llamar «el místico». Me daba igual. Los que me conocían apreciaban esa virtud mía de ser consecuente con lo que decía y de tomarme mi tiempo para decir lo que fuera. Mi refugio en el silencio me ayudaba a repartir buenos consejos, siempre comenzando por mí mismo. Mi relación con el silencio se afianzaba creando entre nosotros un firme puente de estrechos lazos. Cada vez que me adentraba más en sus particularidades, él me daba a conocer algunos de sus más íntimos secretos. Y en ese idilio con el silencio también tuve mis sinsabores, como en toda relación que se precie. Por ejemplo, el no saber expresar a tiempo lo que sentía y guárdamelo en mi interior hasta que me asfixiaba me pasó factura. Hay bocas cerradas que chillan más que otras abiertas soltando improperios: bocas a veces estranguladas por el silencio. sea. Es cierto que el silencio es necesario, pero en su justa medida. Nada en exceso es bueno, lo que

Pero estos pequeños inconvenientes no impidieron que siguiera tratando de encontrarle el pulso al silencio, su equilibrio, su justa medida y lo logré: aprendí a expresar lo que sentía, antes de que las palabras no dichas a tiempo se quedaran estancadas en los cajones de sastre que todos guardamos dentro, en el ala dedicada a las emociones. Después de unas cuantas equivocaciones y de cientos de palabras no exteriorizadas cuando tocaba, ya no dejé que el silencio me hiciera jamás costra.

Me costó, pero se puede decir que a día de hoy mi relación con el silencio camina por el sendero del entendimiento mutuo. Con el paso del tiempo descubrí que después de un día ajetreado lo que más me apetecía era un reencuentro con mi amado silencio; era mi pasadizo secreto para alcanzar la meditación: navegar dentro de mí en busca de la paz necesaria para encontrarle un sentido a todo. Esos momentos de trascendencia casi siempre me aportaban algo nuevo. Era como mirar con detenimiento la propia película de mi vida, a cámara lenta, con una luz muy especial y teniendo como banda sonora la calma; esa calma que cuando viene de uno mismo y está en uno mismo suena a gloria. En esos instantes aprendí de mis errores, a pedir perdón, a rectificar, a saber decir «sí» y «no» en los momentos justos, y sin miedo a equivocarme. A veces, en pleno ajetreo diario y en el punto más álgido de la efervescencia laboral, me sentaba, aunque tan solo fueran cinco minutos, y me quedaba en silencio, mientras buscaba la consigna que me llevaba hasta ese trance de búsqueda interior y de serenidad. Mi mente y mi cuerpo me exigían ese tiempo para ordenar mis ideas, acertar en mis decisiones y ser un poco más sabio en la vida. Era pararme a reflexionar y salir renovado, con otro aire, como si, de repente, me hubiera dado una ducha rápida de sensatez. Pasé de meditar de manera ocasional a hacerlo cada día. La mayoría de mis compañeros de trabajo hacían un alto en el camino, a media mañana, a la hora del almuerzo; yo aprovechaba ese tiempo para meditar. Avanzar pensando en cada paso que das, analizando cada decisión que tomas te hace ser una persona más justa y libre. Lo que el silencio puede ofrecerle a cada uno, casi ni se sabe, hasta que no se prueba. Entendí que no se es más sabio por hablar más sino por hablar cuando el silencio te da la voz. Puede parecer algo simple lo que estoy diciendo, sin embargo, no lo es. Sin silencios una conversación es como una cordillera que no se deja escalar. Y por más que lo intentas no alcanzas nunca la cima. También comprendí que el silencio me era muy apetecible porque disponía de palabras; palabras que podía utilizar siempre que quisiera. De no haber podido hablar, quizá, hubiera mirado al silencio de otro modo; pero, seguramente, también le habría encontrado su lado más amable. Si tienes que convivir con una circunstancia ─la que sea─ la mejor opción es aceptarla y seguir adelante. En una ocasión, un hombre ciego me dijo: «Yo veo con los sentidos lo que no puedo ver con los ojos. Lo huelo, siento y escucho todo por muy imperceptible que sea. He aprendido a interpretar las palabras y los silencios». Y, como si de una intuición se tratara, cerré los ojos y me puse a meditar. Apagué en un santiamén la luz de mis ojos para encender la de mi casa interior. A solas con nosotros mismos parece que vemos más incluso lo que no queremos ver, lo que tenemos calladamente escondido salta a nuestros ojos. «Yo que crecí dentro de un árbol tendría mucho que decir, pero aprendí tanto silencio que tengo mucho que callar y eso se conoce creciendo sin otro goce que crecer…», estos versos del poema «Silencio», de Pablo Neruda, son como un padrenuestro para mí.

Todos hemos estado alguna vez metidos en un árbol; en el árbol de la incomprensión, en el del egoísmo, en el de la impotencia o en el de la desidia… hay tantos árboles; o en el árbol del saber compartir, en el de las buenas intenciones, en el de la amistad y la complicidad. Vuelvo a repetir: hay tantos árboles por doquier y en todos ellos habitan silencios y palabras. Yo, que también tengo mucho que decir y que callar, me he construido mi propio árbol; y sigo creciendo sin otro goce que crecer… Y le sigo diciendo al silencio…

Poemas
Por Juan Carlos Vázquez
ENTONCES JUGAR, nadando evadir lo que el ojo no ve, al zig zag desunir el orden alfabético de las trampas,

en favor de la vida como una fiera para sacar alertas rasgando velos y membranas hasta que un pájaro cante avisando que hay otro día, que hay otra oportunidad en la serie infinita inhalar-exhalar.

(LA PERSONA QUE NO SE ES)

Nos observa como pesadilla, repite nuestro nombre se afinca en nosotros, lo hace sin cuidarse disponiendo de todos nuestros secretos y los exhibe hasta hacer izquierdo lo derecho, fatigar, volver a fatigar y al centro condensando el silencio a tu figura

Casi como un relato porno
Por Julián Mitre
Me gusta leer relatos porno, de esos que abundan en la red, aunque dedico más tiempo a buscar uno bueno que a masturbarme con ellos. La mayoría están mal escritos y son bastante repetitivos, pero eso puedo soportarlo. Lo que sí me baja la calentura a tal grado de dejar a medias una chaqueta, es lo absurdas que suelen ser las historias, sobre todo cuando aseguran que fueron reales. ¿Quién le va a creer a un tipo que cuenta cómo una de las tantas noches en que se encerraba en el armario de su hermana para verla juguetear con un consolador, fue descubierto por ella y ésta, en lugar de mentarle la madre, decidió cambiar el miembro de plástico por el de su hermano? ¿O al chico que asegura que, después de tantos años de fantasear que se fornicaba a su hermana, ya no aguantó más e intentó violarla, y ella terminó accediendo gustosa tras resistirse sólo unos segundos? ¿Qué posibilidades hay de que la hija de un hombre que está sentado frente al televisor, se le vaya encima y le saque el pene para empezar a chuparlo? ¿Cuán creíble puede ser aquel que contaba que unos chicos drogan a la madre de un compañero de escuela para violarla, y en cuanto todos terminan le hacen una prueba de embarazo que resulta positiva, y la emplean para chantajearla y convertirla en su esclava sexual, todo esto mientras el esposo de la pobre mujer los graba sin que lo sepan?

Siempre había pensado que esas eran puras estupideces, aunque cierta noche estuve a punto de protagonizar una historia digna de esos inverosímiles cuentos. Manejaba rumbo a casa. Había bebido lo suficiente como para tener la necesidad de evitar el operativo anti-alcohol que se instala a la entrada de mi colonia. Tengo una ruta alterna para estos casos que incluye, entre otras cosas, atravesar el matorral que hay a unos cien metros detrás de mi calle. El camino es bastante irregular en esa zona, además de estrecho. A pesar de que siempre lo cruzo a una velocidad mínima, en esa ocasión no me salvé de una ponchadura. No estaba en condiciones de cambiar las llantas, así que me aseguré de cerrar bien las puertas y continué a pie.

Faltaba poco para salir de aquel terreno cuando, entre las hierbas, escuché unos gemidos. Aunque con un poco de temor, decidí investigar. Una joven estaba tirada en la maleza. Le calculé quince años, quizá menos. Me paré junto a ella y la observé con detenimiento. Traía una blusa de tirantes blanca y una minifalda rosa, ambas desgarradas. Tenía golpes en la cara, cuello y piernas. Le pregunté si estaba bien, pero no respondió. Solamente se quejaba, cada vez con voz más baja. Pensé en llamar a emergencias. Saqué mi celular y marqué el primer número, pero ningún otro, porque en ese momento vi que junto a los pies de la muchacha se encontraba una diminuta tanga. Algo se activó en mi cerebro, un impulso extraño me obligó a tomar la prenda. Estaba húmeda y al mirarla con atención descubrí sangre y semen. —¿Te violaron? —le pregunté a la chica, que estaba inmóvil y se había callado.

Me acerqué la braga a la entrepierna y me puse a recordar todos esos escritos con los que me había masturbado por años. Traté de pensar en alguno que describiera una situación similar y no fue difícil. Tuve una erección al verme como el protagonista de una de esas historias. Enredé la tanga en

mi mano y me coloqué a horcajadas sobre la chica. Empecé a acariciarle los senos. Le arranqué lo que quedaba de su blusa y luego le levanté la falda. Entonces volvió a quejarse. La vi abrir los ojos. Tuve miedo y, olvidando mis intenciones, me incorporé y corrí sin parar hasta mi casa.

Pasé el siguiente día esperando una nota en la televisión o al menos el alboroto de los vecinos al descubrir a la muchacha, pero no sucedió.

Al anochecer encontré debajo de mi cama la tanga. Ni siquiera recordaba haberla traído conmigo. Reflexioné un poco; era una evidencia de lo que le había sucedido a la chica y estaba en mi poder. Eso me causaba un gran temor, pero también me excitaba, y sentí la necesidad de regresar a buscarla y terminar lo que dejé inconcluso. Cuando llegué, ella seguía allí. Le acaricié el rostro y por la temperatura de su piel supe que había muerto. Una vez más salí corriendo, pero no directo a mi casa. Me detuve frente a un teléfono público y llamé a la Policía.

Han pasado meses. Nunca encontraron al atacante, ni se me involucró en todo aquello. Sin embargo, no he podido dormir bien desde entonces. Por las noches me domina el deseo de haberme atrevido a poseerla, y tomo ese pedazo de tela, del que no soy capaz de deshacerme, y me masturbo mientras lo paso por todo mi cuerpo para luego eyacular en el, pero no importa cuántas veces lo haga, no logro estar tranquilo.

El lunes escribí un cuento y lo colgué en una web porno, creí que sería una buena forma de confesarlo todo —sin enfrentar a las autoridades— y de exorcizar esos deseos que me invaden. Es jueves y «La morra del baldío» apenas lleva diez lecturas. Increíblemente ese bodrio en el que un niño, luego de descubrir la forma en que los perros se aparean, convence a un par de amigos para que lo penetren, es más leído. Estoy convencido de que lo desbancaré pronto, es cosa de agregarle a mi historia un par de pendejadas, de esas que ponen cachondos a todos.

¿Cómo puedes juzgar algo que no entiendes…?
Por Francisco Álvarez
¿Eres de las personas que les gusta opinar de todo, y dicen cosas sin pensar, o sin siquiera, imaginarte lo que siente esa persona que juzgas? Qué bueno es saber que eres como la mayoría de la gente, que le importa vivir bien ellos y el resto que se muera si es posible, si el objetivo es no tener que preocuparse de nada ni de nadie. ¿Ves la pregunta de la foto?: ¿Cómo puedes juzgar algo que no entiendes? Es igual que emitir una opinión sobre un tema, y que desconozcas absolutamente de lo que estás hablando. Si eso lo encuentras más lógico, porque se refiere a palabras sobre un tema o un objeto, pero ya emitir un juicio sobre una persona es distinto, porque implica una irresponsabilidad de arrojar palabras opinando sobre alguien. El juzgar a alguien implica poner la honra y los sentimientos de una persona en exposición, mostrarlos en una vitrina, que resulta ser tan pública que cualquiera puede llenar su boca con estupideces, y destrozar a alguien si son negativas las palabras, como generalmente lo es cuando quieres juzgar a alguien por su actitud. ¿Cómo puedes opinar de algo que no conoces? Dos preguntas que te puedes hacer; una, como la de la foto, ¿cómo puedes juzgar algo que no entiendes? Otra, ¿cómo puedes opinar de algo si no lo conoces? Ahora te pregunto yo: ¿cómo puedes decirme que debo reír, si nunca me has visto llorar? ¿Cómo puedes criticar mi actitud, si no sabes lo que siento por dentro? Si, es cierto, puedes juzgar y opinar de lo que quieras en tu vida, pero si no entiendes realmente por qué son las cosas de esa manera, tu respuesta será superficial, será como un montón de palabras que se las va a llevar el viento, pero que, a su paso, esa pequeña ráfaga de aire se convierte en un huracán y causa un daño tremendo, pero solo sobre la persona a la cual enjuiciaste con tus palabras. Sí, un huracán, esas palabras que tú emites y por las cuales juzgas u opinas de algo, pueden destrozar realmente a una persona. Quienes de verdad te entienden, quienes sabes que por un segundo son capaces de ponerse en tu lugar. No creo que me respondas una lista larga, enumerada desde el uno hasta el infinito, o por lo menos desde el uno al diez; no lo creo, cada uno piensa distinto, pero creo que esa lista se reducirá en primer lugar a tí, si tú eres el único que se conoce realmente. Suena estúpido o realmente obvio, pero así es, tú eres realmente el que sabe y se conoce a sí mismo, el que sabe qué cosas te afectan y qué cosas son las que te suceden. Entonces, después de esto, si lo entiendes y sigues el hilo de la escritura, te das cuenta que el resto de la lista esta vacía, o llena de nombres que no importan, porque si no te das cuenta que eres tú el que realmente tiene que conocerse, en todo los aspectos y en cualquier situación, la opinión del resto te puede afectar sobremanera y eso no debe ser así. Cuesta, en un principio cuesta mucho, realmente es difícil, porque es mejor vivir engañado e imaginarse una situación ideal, en la que todo es aparentemente perfecto, o no tan exigente, en la que todo es normal y lo que pasa a tu alrededor no te afecta o te es indiferente. Eso resulta, pero solo en un comienzo; el vivir engañado es lo más fácil, porque juegas o compites con tu inconsciente por implantar una idea, una forma de mirar las cosas, que es falsa, en la que todo es normal y cuando realmente no lo es. Bueno, existen casos en que sí se puede aplicar esto, no sé si son muchos o pocos, pero existen personas que logran una paz interior y que logran estar estables. Los admiro, porque es una frase cliché pero «ellos tienen el control de su vida».

Pero tu caso o mi caso no es así. Te imaginas un mundo en el que todo es normal, que todo es tal como lo deseas, pero cuando caes en ese periodo de tiempo en el que te vuelven a afectar las cosas, en el que te das cuenta que imaginas algo que no es real, y todo se comienza a derrumbar, todo se desmorona, y ves como todo cae a pedazos, y, tal como en un terremoto, o en un tsunami, sales corriendo para salvar tu vida; pero lamentablemente llega un punto en que no puedes seguir corriendo, y el derrumbe te pilla o la ola gigante llega y arrasa con todo a su paso, incluyéndote. Ahí es donde comienza el dolor. Sí, ese maldito dolor que nadie puede ver, pero que solo tú sientes por dentro, es como un fuego que incendia tu interior, o como mil latigazos que lastiman tu alma, «nadie lo puede ver pero solo tú lo puedes sentir». Suena a un don que te entregaron y que deberías administrar bien, pero no, no es un don, es una maldición, una verdadera maldición que debes aprender a llevar por dentro y expulsar de la manera que sea posible, antes de que termine por envenenar, quemar, o matar tu alma de forma definitiva. ¿Cuáles son las maneras que tienes para expulsar a ese maldito sentimiento que llevas dentro? Son diversas. Están desde las más positivas, hasta las que las personas que te rodean se arrepentirían por no haberse fijado antes. El deporte y comer cosas que te gusten, están dentro de ellas. Creo que se llaman endorfinas, lo que algunos llaman la hormona de la felicidad, es aquella que se estimula por ejemplo al comer chocolate, según lo que he escuchado, o haciendo ejercicio; esa es la manera más saludable y amable para tratar a tu cuerpo, curar todas esas heridas que tienes, que están escondidas dentro de ti y que el resto es tan ciego que no puede o, que en algunos casos, no quiere ver. Por otro lado hay una forma más radical, pero no menos efectiva, que no la puedo calificar de ninguna manera porque cada uno sabe lo que siente o lo que le sucede y debe buscar la solución que sea más efectiva para detener su dolor. Porque hay que mencionar que hacer ejercicio o dañar tu cuerpo puede ayudar a calmar ese dolor pero puede ser momentáneo; mientras no te mejores, o mejor dicho, mientras sigas pensando y viviendo lo mismo, eso no va a pasar, se va a presentar siempre dentro de tu vida. Se puede alejar en ocasiones y darte la posibilidad de tener meses buenos pero de un día para otro el fantasma de esos sentimientos volverá a aparecer como un maldito demonio que no te dejará tranquilo hasta que decidas salir adelante. Es muy fácil decirlo, pero en ocasiones resulta siquiera imposible dejar de sentir ese sentimiento de amargura y dolor para siempre, y hacer que el resto se cuestione qué es lo que te llevó a hacer eso. Por eso, ¿cómo puedes juzgar algo que no entiendes? No juzgues, por favor, nunca más a alguien por su forma de actuar, sin antes haber tomado un solo minuto, dentro de todos los que has tenido en tu vida, para preguntarte por qué esa persona es así, y por qué sufre y siente lo que le pasa en ese momento. Sonríe y sé feliz, ayuda al resto a mejorar su día con una simple sonrisa.

Te quiero mía
Por Mary A. Chacín
Entonces, ella abrió la carta. Estaba sumamente nerviosa y esto se notaba en la manera tan imperante con la que sus manos temblaban, como jamás las había visto. Apenas podía sostener ese pedazo de papel y este rezaba así: Amor, si estás leyendo esto, es un muy buena primera señal. Seguramente estarás preciosa, ataviada con todo aquel vestuario que resalta tu pureza y el bellísimo (completamente desgraciado para mí) momento que estás viviendo. Seguramente, una peineta corona la elaborada trenza que han hecho en tu precioso pelo rojizo; seguro llevarás aquel gancho azul que yo una vez te obsequié cuando éramos amigos y yo no me había percatado de que te amaba y aquella pulsera que, en un extraño juego, decidiste robarme cuando estábamos pequeños y no quisiste que yo la tirara a la basura porque te parecía esplendida. Todo lo preciado para ambos estará adornando tu figura esbelta en estos instantes, lo sé. Querida, ¿qué habrá sido de ti? Sé que estarás igual de tranquila, igual de vivaz, igual de exquisita e infantil. Sé que el hecho de que ya no estemos juntos no quiere decir que tu encanto se haya esfumado, que tu esperanza se haya desvanecido, que tu gracia haya muerto, a menos que me equivoque y te hayas dado cuenta que nuestra separación fue un error y que la vida nos sonríe nuevamente. Cuando ocurrió la fatalidad y el infortunio se ciñó sobre nosotros, tu alegaste que me amabas, que darías esta y mil vidas más por mí pero que qué podríamos hacer el mundo en nuestra contra, que serían demasiadas las dificultades que tendríamos que atravesar para que nuestra relación sobreviviera y yo, en esos instantes, estaba tan confundido y tan dolido por la dureza de tus palabras que te dejé ir, permití que te fueras de mi lado, que dejaras de ser mía y me arrepiento. Me arrepiento en lo más hondo y profundo por mi insensatez, de verdad. Perdóname. Sé muy bien que quien será tu esposo te ama. Lo he visto contemplándote, ha estado literalmente bajándote el cielo entero desde que has aceptado casarte con él. Él te ama (el muy imbécil) y mucho pero tú sabes muy en el fondo que a su lado no está tu dicha plena y eterna, ni tu paz ni tu descanso. Con él no descubrirás los secretos del alma, ni gozarás de la vida, ni disfrutarás a plenitud tus años ni envejecerás como se debe. Él no te hará mejor mujer ni mejor persona. Tu y yo sabemos perfectamente que has accedido a casarte porque es lo más sencillo para ambos (para ti y para mí), porque aborrecerás la rutina que él te ofrecerá todos los días de tu existencia pero será la mejor manera de vivir. Sé que haber aceptado precipitadamente su proposición fue un método tuyo para tratar de asesinar mi amor, liquidarme dentro de ti, mis maneras de tu boca y mis recuerdos de tu piel. También sé que, a la larga, si continuas a su lado, con un asqueroso matrimonio como el que está dispuesto a darte, enloquecerás de tedio pues aborreces con todo tu ser ese estilo de vida y jamás podrás olvidarte de mí. Sé que estoy presente en cada fruta que devoraste en la cena de despedida de ayer, y en las hermosas flores que recibiste hoy está mi sonrisa, y en la delicada preocupación de tus amigas mientras te vestían están mis desvelos.

Sé que estoy en todo porque yo siento exactamente lo mismo. En fin, la razón de esta carta es que quiero que te olvides de él. Quiero que deseches ese anillo de diamantes que luce brillante en tu dedo, quiero que te deshagas de todas las joyas que su familia y él te han obsequiado para este momento. Déjalo todo, quítatelo del cuerpo, despójate de todo aquello. Te quiero mía, con las puras cosas que yo te he dado. No es necesario que te quites el vestido pues sé que es herencia de tu madre. Quédate así, ligeramente despeinada y encantada con lo que te estoy proponiendo. Así te quiero ver. Y… Acércate a la ventana, yo estoy debajo esperándote. Me conoces perfectamente. Me sabes capaz de estas cuestiones y más. Vente conmigo, amada, estemos juntos por fin. ¿Qué importa lo que diga la gente? ¿Qué importa si el mundo se vuelve en nuestra contra? Solo sé que nuestro amor es sincero y podrá con todas las pruebas que nos esperan, acabará con todas las dificultades que se nos presenten. Estoy dispuesto a luchar por ti hasta que se me esfume la vida, hasta mi último aliento, hasta el suspiro final. Estoy dispuesto a entregarte mi vida, mi alma y mi espíritu sin más miramientos con tal de que te vengas conmigo. Solo tengo este infinito amor hacia ti y las inmensas ganas de agotarlo. No importa que todo se nos venga encima, que las circunstancias quieran devorarnos, que los conflictos arrecien, vente conmigo. Quizás, a mi lado no tengas todo el oro ni la plata de este mundo pero tendrás amor, el más puro amor que jamás alguien en esta tierra te haya profesado, el más ferviente amor, el amor más necio e implacable que alguna vez haya tocado tu existencia. Entonces, ¿te vienes conmigo, adorada mía? Conmigo estará tu felicidad, te lo prometo por ti, por mí y por mi amor. Tu amado Bernardo. Y terminaba la misiva. Se escucharon pasos en la escalera. Alguien llamaba y venía por la novia. Esta, sin meditarlo ni una vez, corrió a la ventana, se despojó de todo artefacto o adorno impuro y se asomó por la abertura. Una mirada de mieles le sonrió embriagada de dicha y placer por verla allí. La ex novia no tardó ni veinte segundos en bajar por el complicado ramaje.

Jornada laboral

3

Por Eugenia Sánchez Acosta
Lala hundió el remo una última vez hasta sentir que el bote golpeaba contra el aparcadero con suavidad. Saltó a tierra con movimientos ágiles y tomó todas las precauciones para asegurar el bote. Luego cargó sobre su espalda los grandes bolsos coloridos. Aún era temprano y se veía poca gente recorriendo los canales en sus botes pequeños. Algunos aún llevaban expresión adormilada y levantaban el rostro al suave sol regalándose un momento de placer. Lala no prestó atención a nadie mientras caminaba por el muelle. Las personas también la ignoraban, pues no era extraño ver a una niña de doce años caminando con tremenda carga a tales horas. Pronto Lala estuvo bajo la sombra de la gran pirámide. Se adentró en ella con total indiferencia, como llevaba mucho tiempo haciéndolo. Dentro reinaba el caos habitual: hombres, mujeres y niños ocupaban sus puestos en diferentes estados de preparación. Las voces se alzaban regateando, intentando persuadir a la muchedumbre atareada a que se detuviera a admirar sus mercancías. El sol entraba desde la cima de la pirámide y se reflejaba en diferentes paneles a lo largo de la construcción, brindando luz y calor. Interminables escaleras subían y bajaban desde diferentes niveles, dando paso a personas y a algún que otro animal que se conservaba para el sustento. Estos solían vivir en los niveles bajos, donde toda la vista exterior que tenían era del agua que lo cubría todo. Esta pirámide era demasiado reciente, pero no era un secreto que desde algunas podía verse el esplendor sumergido de otras eras, donde el hombre vivió sobre la tierra y no entre las aguas. Lala no sabía nada de la tierra, sólo que tenía buen precio y no era para todos. Ella estaba más interesada en vender las pieles que su padre le había conseguido, ansiando hacerse con una ganancia interesante para poder llevar a casa. La aguardaba el sector donde trabajaba largos días en soledad, y que no demoró en dejar preparado, con hermosas pieles extendidas para la vista del púbico. Luego se sentó, mirando la cima de la pirámide, lista para la jornada.

3

Relato ganador del I Certamen de Pirámides del mundo del programa De lectura obligada.

Colaboradores
Eva María Medina Moreno
Nació y vive en España. Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de E.G.B. Investigadora de la Literatura Inglesa del siglo XX y Contemporánea. Sus relatos, premiados en diversos concursos, han sido publicados en libros y en revistas literarias. Actualmente escribe su primera novela. Blog: http://evammedina.blogspot.com.es/

Matías Leandro Eckerdt, 25 años. Nacido en Buenos Aires, Argentina. Artista y

librepensador, apasionado por la escritura de José Ingenieros, Sarmiento y Scalabrini Ortíz, entre otros tantos que han abultado de saberes un rincón de la Patria Grande. Entre sus obras se encuentra «Los fragmentos del cuerpo», su primer logro literario, culminado en el 2013. Fue ideado y editado por él mismo. Aún no está publicado bajo sello editorial alguno, pero el autor lo difunde en su blog y página de Facebook.com. Está actualmente trabajando en un libro de poesías y prosas poéticas, y muy pronto a culminarlo. Asimismo, tiene elaborado un ensayo, el cual está sujeto a revisión en éstos momentos. También cuenta con obras hechas en pastel al óleo y pintura al óleo, como dibujos en lápiz. A quien esté interesado en conocer con más profundidad su intrincado mundo interno y su sincronismo entre éste y el externo, les dejamos los enlaces donde podrán obtener más de Matías Eckerdt.

Página en Facebook.com: http://www.facebook.com/espacios.abstractos.7 Blog: http://picaronesnewwave.blogspot.com.ar

Graciela Marta Alfonso
(Buenos Aires, Argentina). Profesora y Licenciada en Artes Visuales. Tesis: Poéticas del Libro de Artista y Libro Objeto. Obras Publicadas: El Silencio del Fuego y Antologías Literarias: Una Mirada al Sur y Pasión de Escritores.

Blog: http://hilodeariadnagrace.blogspot.com

Javier Úbeda Ibáñez
Escritor y miembro de REMES (Red mundial de escritores en español). Nació en Jatiel (Teruel, España), en 1952. Reside actualmente en Zaragoza (España). Es autor del libro de relatos breves y poemas Senderos de palabras y de los cuentos Daniel no quiere hacerse mayor y La Elegida. Ha publicado numerosos artículos de opinión tanto en prensa digital como en prensa escrita. También ha escrito numerosas reseñas literarias, y relatos cortos y poemas, que han ido viendo la luz en revistas de la talla de Almiar, Ariadna-RC, Fábula (Universidad de La Rioja, España), Gaceta Virtual (Argentina), Horizonte de letras, La ira de Morfeo (Chile y Argentina), La Sombra (de lo que fuimos), Letralia (Venezuela), Letras en el andén (Argentina), LetrasTRL, Letras Uruguay (Uruguay), Literarte (Argentina), Literaturas.com, Luke, Magazine Siglo XXI, Narrador, Palabras Diversas, Pluma y Tintero o Poeta (Argentina), entre otras muchas. Correo electrónico: j_ubedai@hotmail.com

Fabiana Iglesias
De origen argentino, se trasladó a España en el 2001 y actualmente vive en Málaga. Licenciada en Filosofía, escribe su primera novela el año 2008, «Los soñadores de Curvas Rocosas», de género fantástico juvenil, publicada por Mundos Épicos en el 2011. Posee dos novelas más inéditas; es autora también de un poemario y de varios relatos cortos. fabiazul8@yahoo.com http://fabiiglesias.blogspot.com.es/ http://about.me/fabiana_iglesias https://www.facebook.com/profile.php?id=100003761664267

trágica adicción a los libros y lamentablemente las palabras crecen en su cabeza como preludios de forzadas manchas sobre papeles en blanco, corrompe la pureza del silencio.

Marcelo Oscar López Diez (1976, Montevideo, Uruguay), asume la

Juan Carlos Vasquez
(Valencia, Venezuela, 1972). Autor del libro de relatos Pedazos de Familia (Estival teatro, Venezuela 2000). Otros textos han sido publicados en diversos volúmenes colectivos y antologías en Chile, México, Estados Unidos y España; asimismo en columnas periodísticas del Diario El Impulso (Barquisimeto, Venezuela). Formo parte del proyecto Literario y artistico Mirages from an Unreal World by Laura Orvieto, Author house (New Jersey, Estados Unidos 2010). Integrante del grupo cultural Spanic Attack (New York 2004). Obtiene distinciones en los Concursos de Poesía Pro lingüístico y Multimedia Premio Nosside (Calabria, Italia), Edizione 21/2005, Edizione 22/2006. Semifinalista en el Concurso de poesía Pasos en la Azotea (DF, México 2006). Ha vivido en Tampa, FL, Nueva York, San Francisco (California) actualmente reside en la Coruña, España. Web site -E mail -Facebook -Twitter

Julián Mitre
San Luis Potosí, México, 1983. Cuenta con varios relatos publicados en diferentes revistas impresas y digitales con origen en México, Perú, Venezuela y España.

Patricia K. Olivera
Vive en Montevideo-Uruguay. Actualmente está cursando la Tecnicatura en Corrección de Estilo y Licenciatura en Lingüística a nivel universitario. Escribe textos de su autoría en los blogs que administra y en aquellos donde participa. Ha colaborado en varias revistas literarias de la red de distintas partes del mundo. En la actualidad es colaboradora frecuente de las Revistas Literarias virtuales miNatura de la Breve y lo Fantástico, Pseudònims, La Fanzine, La Cuna de Eros, El Descensor y Palabras. Recientemente, participó en la revista La Nueva Literatura Fantástica Hispanoamericana. Ha resultado finalista en el V Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2013. No tiene libros publicados pero comparte espacio con otros autores en varias Antologías de Relatos y Poéticas. Administra: http://mismusascuenteras.blogspot.com, http://mismusaslocas.blogspot.com Participa: http://eros-textual.blogspot.com/

Francisco Álvarez Guerra
Mi nombre es Francisco Álvarez Guerra, tengo 26 años, soy ingeniero, trabajo desde que tengo memoria, y escribo desde que me nació expresar lo que sentía, escribo en mi blog, la dirección es

http://hablarsinsaberquedecirnihacer.tumblr.com/

Mary A. Chacín o Maryache
Vive en Venezuela. Actualmente estudia comunicación social y ha colaborado con algunas páginas de internet sobre escritura preferiblemente romántica. Lectora compulsiva desde muy pequeña, también adora pintar y se ha consolidado recientemente como ilustradora.

Marcos Iván Fernández
Poeta Argentino, con un estilo crudo, sincero, existencial. Con fuerza y garra. Autor del poemario «Vorágine». http://alacenaroja.com/ebooks/voragine-marcos-ivan/#.UeA305SDe4M.facebook

Eugenia Sánchez
También conocida en la red como Maga DeLin, es una escritora novel uruguaya de 28 años. Ha colaborado con diversas revistas digitales e integrado varias antologías en distintos formatos como Pasión de Navidad (de la web El club de Las escritoras), El escritor (certamen Mil Palabras) y Porciones literarias (de la web Diversidad Literaria), entre otros. Administra dos blogs literarios: Una vida de novela y Escribiendo la noche. Además participa del blog Eros Textual.

Agosto 2013, Número 10.

http://palabrasrevistaliteraria.blogspot.com/

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