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Las calles terminan en los bares

Jorge Rivelli,
Editorial PapelTinta, 80 págs. Buenos Aires, 2005.

Esteban Moore.
.

En el prólogo a La Seducción de la Barbarie incluido en el primer volumen de las


obras completas de Rodolfo Kusch, Guillermo Steffen, refiriéndose a 1983 como un
nuevo capítulo de la historia argentina, o si se quiere......un punto de inflexión de la
misma, escribe: " El brutal retorno de lo reprimido y lo negado obliga a poner
las cosas en su lugar. No hay que intentar suprimir la barbarie: hay que
mantener la oposición, vivir, como en el proyecto sarmientino del Facundo, en
el juego perpetuo de su seducción, sin ceder a ella pero sin tampoco pensarse
desde ella."

Esta actitud, de compleja realización, implicaría al mismo tiempo en un imaginado


equilibrio del pensamiento, no dejarse seducir por su contrario, la civilización; al
fin de cuentas, nada más que un velo ficcional tendido ante nuestra mirada por el
aparato cultural —cada uno de nosotros tiene la más amplia de las libertades para
imaginar los fines de esta instalación.

Jorge Rivelli comprende la situación plenamente. Elige deslizarse en el vaporoso


límite trazado entre ambas concepciones; no tiene una tesis, no intenta una síntesis,
como hombre intuitivo que es, comprende que un proyecto de esta índole lo llevaría
a pecar de soberbia o ser acusado de estar poseído de una infantil inocencia.

En Las calles terminan en los bares ( Tercer Premio de poesía, Fondo Nacional de
las Artes, 2004) —un libro cuya temática va más allá de los significados de su título,
éste no conforma una nomenclatura de las vías que finalizan su recorrido en los
expendios de bebidas alcohólicas, mucho menos, una nómina de éstos— nos brinda
el testimonio de una mirada oblicua, sesgada si se quiere, acerca de lo inmediato, la
vida urbana y las transformaciones culturales producto de la crisis recurrente que
atraviesa nuestra sociedad. Como lo indica el título, el autor ha elegido, como
mirador o punto de observación, los bares, desde allí traduce las imágenes que
capturan sus ojos.

La poesía para Rivelli parece ser, al igual que en el campo de la ciencia, un proceso
de prueba y error, en el cual la posible respuesta es necesariamente una nueva
pregunta. Su método interrogativo se conforma con el hallazgo de preguntas,
consideradas éstas como "respuestas suficientes", su objeto renovar la incitación. Su
preguntar va más allá de las posibles conclusiones, se renueva constantemente
alimentado por la duda. Dudar, nos está diciendo repetidamente es saludable, ni
afirmar ni negar.

Para aquellos que hayan leído a Rodolfo Kusch, particularmente Charlas para
Vivir en América, sentirán cierta extrañeza que haya citado a este autor al
comienzo de esta nota, pues este original pensador argentino, en uno de los
capítulos del libro mencionado confiesa que "La vida de café es negativa", este
ámbito es para él, el lugar del "dejarse estar", el sitio donde el sujeto deseante teje
los sueños que irremediablemente olvidará al salir nuevamente al tránsito y rumor
de las calles.

Pero, para Rivelli, este dejarse estar le sirve para hurgar en esa máscara civilizada
que encubre nuestros actos, él ausculta desde la mesa de un bar aquello que ésta
oculta. En este movimiento lo único que se establece como "real" o "realidad" es la
imaginación y no con el objeto de rendirle un claro homenaje a William Carlos
Williams. No obstante, se podría inferir en estas páginas la existencia de este
homenaje y otros, ya que Rivelli va enhebrando en los ecos de voces distintas y
diversas, un intenso proceso dialogal.

La clara del huevo, batida una y otra vez, con desesperación, llega a su punto nieve
en arte poética, en este poema nos propone que la tradición poética argentina es
UNA, UNA y TRINA, como el Espíritu Santo si se quiere, pero UNA al fin. La moneda
tiene para él siempre dos caras, pero es un solo objeto. Rivelli es un fullero honesto,
cuando juega, no juega para ganar, se pone en manos del azar y el destino.

La contradicción esta siempre presente, somos eso, nos dice Rivelli; recordándonos
aquellas palabras de Allen Ginsberg: "muy bien me contradigo"; ¿Tiene
importancia?" para agregar whitmaneanamente, "Tengo buen tamaño, puedo
contener a todos."

El reconocimiento de las contradicciones le permiten saberse, SER, constituir una


voz. Esta voz reconoce la contradicción principal y otras que han pasado a
denominarse como de carácter secundario, cuya existencia no necesariamente
responde a la existencia de la primera.

El poeta parece susurrarle al lector través de sus textos, cuidáte de la estupidez


humana; las cuestiones de las minorías sexuales, étnicas y religiosas, de la ecología
existen, pero no te encandilés olvidándote de quienes son los verdaderos dueños del
mundo. Un tópico que en la época de la globalización mediática parece haber caído
en el lado oscuro de nuestra memoria.

El juego de los contrarios, de las oposiciones filtradas a través de un humor pleno de


ironía, ácido y absurdo --elementos vitales a la poesía moderna-- le sirven al YO
poético para constituir una imagen tanto de nuestra sociedad, como de nuestros
políticos e intelectuales; un ejemplo acabado de este procedimiento es el poema en
el que narra en primera persona su último encuentro con Carlos Marx en un bar de
Londres.

Allí en los bares, en su dejarse estar, entendido éste como ocio creativo, escribe,
narra, relata. Una situación, las cosas, un objeto, algún acontecimiento le permiten
evocar la emoción que producirá el efecto poético. Su instrumento el lenguaje es
sometido a la función propia de la poesía, en palabras de Guido Guglielmi: "liberar
el lenguaje del automatismo de los actos del hablar cotidiano". Elevar la lengua
cotidiana, coloquial, lo vernacular a su estadio poético. La voz que se expresa en
primera o en tercera persona del singular, puede también adoptar el plural. Busca
integrar un conjunto de voces, el nosotros. Esta persona multiplicada justifica
nuestra existencia, parece decirnos.

En su poesía Jorge Rivelli realiza un claro homenaje a Ezequiel Martínez Estrada,


César Fernández Moreno y H. A. Murena; influencias que le permiten sortear las
tormentas de la escritura sin naufragar en el gemido elegíaco, ni en el objetivismo
literal, o en el yoismo llorón de tantos.
Este poeta que no le teme a la densidad de la lengua, ni al cotidiano absurdo, ni al
decir y nombrar, sabe a lo que se enfrenta, él mismo lo ha dicho en un texto que
releva nuestras actitudes frente a la vida: "pensamos como Murena / y actuamos
/ como giorgina barbarosa."