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134 millones, déficit real de la Seguridad Social
En 2008, con las cotizaciones y tasas que recaudó la Seguridad Social, se pagaron limpiamente las pensiones y sus gastos corrientes (personal y otros), y aún sobraron 4.558 millones de euros. Cuatro años después, en 2012, las cotizaciones y tasas ingresadas fueron 29.134 millones menos que la suma de pensiones y gasto corriente de la SS. Ése sería el déficit real y de fondo de nuestra Seguridad Social, de acuerdo con su modelo teórico (al que trabaja se le quita una parte de lo producido en forma de cotizaciones, y con eso se pagan las pensiones), y no “sólo” los 10.131 millones de pérdidas de las cuentas oficiales, embellecidas con las aportaciones del Estado para cubrir las cotizaciones sociales de los parados, los intereses generados por el fondo de reserva de la SS y el consumo de parte de dicho fondo. Esos 29.134 millones de menos, casi un 3% de nuestro PIB, son déficit público en vena. Suponen más del 40% del descuadre entre ingresos y gastos públicos que Mariano Rajoy anunció en el debate sobre el Estado de la Nación. El grueso del agujero negro de la SS –por cada tres euros recaudados, se gastan cuatro- se debe a la disminución de cotizantes por la crisis. Por tanto, cabría esperar su reducción sustancial cuando se cree empleo neto, desde 2014 ó 2015 en adelante. Lamentablemente, hay dos factores que impulsan con fuerza el déficit del sistema de manera estructural, aunque la economía mejore. El primero es el envejecimiento creciente de la población, producto de la baja natalidad y de la mayor esperanza de vida (según nuestras estimaciones, de los diez años en que ha aumentado la edad promedio del pueblo español desde 1976, aproximadamente 7,5 se deben al desplome de la fecundidad, y los otros 2,5 al alargamiento de la vida). Cada año hay más españoles en edad de retiro y menos en edad de trabajar. En 2012, según datos de la EPA, España ganó 151.000 mayores de 64 años. Y perdió 219.000 personas con edades comprendidas entre 16 y 64 años, en parte por la emigración que provoca la crisis, en parte por la raquítica tasa de fecundidad de las últimas décadas. Hace 70 – 80 años había en los países occidentales decenas de activos por pensionista (52 en EEUU en 1935). En España hay ahora una proporción de 2 a 1 o poco menos. Y por evolución demográfica, tendemos a proporciones de 1,5 a 1, y menos. El segundo factor es que las nuevas pensiones son muy superiores al resto. Según publicó “El Mundo” hace varias semanas, en promedio, las jubilaciones de los nuevos pensionistas de 2012 son de 17.801 euros anuales, un 50% más que la media del sistema. Y con esos niveles de pensión, dada la evolución de la esperanza de vida, gran parte de esos nuevos jubilados acabarán cobrando más que el valor actuarial de lo cotizado por ellos cuando estaban en activo. Así pues, tenemos un problema estructural de tamaño creciente con las pensiones, que es imprescindible atajar por varias vías: • Adecuar las pensiones a lo realmente cotizado durante toda la vida laboral y la mayor esperanza de vida. Esto puede lograrse retrasando la edad de jubilación, pero esta solución, sin flexibilidad salarial y con una pirámide de población invertida, es 1

gravosísima para las empresas y/o condena al desempleo hasta jubilarse a muchos mayores de 55-60 años, desgracia ya muy común. • Iniciar cuando antes la transición del actual modelo de reparto (los cotizantes pagan a los jubilados del momento) a otro mixto, con capitalización al estilo sueco o chileno. En este nuevo modelo, el Estado asegura a todos una pensión mínima, que complementamos con otra procedente de nuestros ahorros, porque las cotizaciones sociales, o una parte sustancial de éstas, no van a pagar las pensiones de otros. Se guardan en una “hucha” para nuestra propia jubilación. Y sobre todo, pensando a largo plazo, hay que estimular la natalidad. Sin más niños, el pueblo español está abocado a menguar y envejecer año a año, y no sólo las pensiones serán inviables, sino que el conjunto de la economía y otras cosas esenciales estarán lastrados por la demografía. Con los niveles actuales de fecundidad (1,3 hijos por mujer, frente a los 2,1 necesarios para que la población no decrezca), cada nueva generación de españoles es un 35% - 40% menos numerosa que la anterior. Esto, ligado a una esperanza de vida creciente, nos lleva a una España que envejece a ritmo tremendo, y que, desde 2012, está perdiendo población. Estamos en una senda que conduce a la consunción demográfica, de la que sólo se puede salir con más niños, o transitar por ella más lentamente con más inmigrantes (que no vendrán, de todos modos, mientras sigamos con cifras de desempleo elevadísimas).

Necesitamos, cuanto antes, una reforma integral del sistema de pensiones, y un plan demográfico nacional que fomente que nazcan más niños.

**** Autor: Alejandro Macarrón Larumbe Consultor de estrategia empresarial Autor del libro “El suicidio demográfico de España”

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