El Perú como ONG Carlos Meléndez El mensaje a la nación del presidente Ollanta Humala se pareció mucho a una memoria

anual de una ONG. Quizás no sea una casualidad sino la expresión de la visión de desarrollo del Ejecutivo, especialmente en los temas referidos a la redistribución social. Mostró a un gobierno confiado en el “piloto automático” de la macroeconomía y dejó la iniciativa estatal en la dimensión de la asistencia social. Este gobierno se regodea en el cinismo de las cifras, números que dejaron de ser efectistas ante una insatisfacción social que excede lo que pueden hacer las políticas sociales. Se juega al cumplimiento tecnocrático de indicadores, pero se pierde la oportunidad de delinear perspectivas de mediano alcance. El destinatario del mensaje parece un burócrata de la cooperación internacional evaluando la renovación de proyectos y no los ciudadanos de un país en crisis de representación política. En este último sentido –en un contexto de crisis política--, se esperaba que el gobierno adopte alguna iniciativa que tienda puentes a sectores políticos no oficialistas y reenganche con la sociedad. Lo primero estuvo ausente; mientras que sólo se convocó a la sociedad civil para organizarse contra la inseguridad ciudadana (sic). Se perdió la oportunidad de renovar el contrato social, de buscar resolver la baja legitimidad política del régimen, de dar confianza. Al cabo de los 58 minutos de la perorata presidencial, volvimos a comprobar –si acaso faltaba—que estamos ante un gobierno (auto) aislado de la política. El reformismo que promociona el gobierno tiene más de marketing mal envuelto que de política de fondo. El presidente Humala utilizó el término “reforma” para referirse a seis áreas de gobierno: tributaria, servicio civil, educativa, de pensiones, de salud y de programas sociales. La publicidad estatal coherente con esta forma de mostrar la gestión gubernamental confirma que se trataría del discurso oficialista, del empaque mediático con el que nos venderán el tercer año en el poder. Sin embargo, el término empleado es una exageración en varios casos, sobre todo en aquellos que tratan de modificaciones legales precisas, sin previsión intersectorial, y llevadas adelante en la soledad de la tecnocracia. Sin política, no hay reforma que amerite tal denominación. Sin embargo, en medio del desvarío, poner en debate la descentralización puede ser un reflejo salvador. El descontento que carcome a los gobiernos (sobre todo en la segunda mitad del mandato) suele provenir del interior. Ante la excesiva desconfianza de la pareja presidencial por las alianzas políticas, quizás la sociedad con gobiernos regionales resulte una alternativa viable. Sin embargo, se requiere más que reuniones ministeriales en ciudades intermedias para que la vocación descentralista sea convincente.

El gobierno necesitaba a gritos generar un shock de confianza en los temas de redistribución social, seguridad pública y respeto a la democracia. Con respecto al primero, se privilegió el estilo oenegero. El segundo fue una lista de lavandería de lo que ha demostrado incapacidad de revertir la situación. Para los que hemos sufrido directamente la “percepción” de inseguridad, su mención en el discurso presidencial sonaba a burla, a broma de mal gusto. El tercero fue el vacío más grande y preocupante. La evidencia de que el gobierno no lee encuestas ni escucha a la calle. El presidente, al llamar “grupos minoritarios” a los que han tomado la calle en el último mes, da cuenta que su “vocación de diálogo” es apenas discursivo. Empezamos el tercer año con las expectativas por los suelos, con la capacidad de sorpresa en el clóset y la desconfianza a flor de piel. Cada día que pasa, este gobierno tiene más pinta de oportunidad perdida, y el conteo regresivo se ha adelantado para muchos. Sin ambiciones, la administración del gobierno se parece más a una ONG que cumple escuetamente su plan estratégico que a un país con aspiraciones serias. Publicado en El Comercio, Lima 29 de julio de 2013.