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NIGEL GLENDINNING

HISTORIA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

EL SIGLO XVIII

EDICIÓN AUMENTADA Y PUESTA AL DÍA

EDITORIAL ARIEL, S. A,

BARCELONA

m

LetraseIdeas

Colección dirigida por

F r a n c i s c o

R ic o

HISTORIA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

Nueva edición

1.

A. D . Deyermond LA EDAD MEDIA

2.

R. O. Jones SIGLO DE ORO: PROSA Y POESIA Revisado por Pedro-Manuel Cátedra

3.

Edw ard M. W ilso n y D uncan Moia SIGLO DE ORO: TEATRO

4.

N igel Glendinning EL SIGLO XVIII

5.

D o n a id L. Shaw EL SIGLO XIX

6/1 .

G erald G .

Brown

EL SIGLO X X . DEL 98 A LA GUERRA CIVIL Revisado por José-Carlos Mainer

6 /2 .

S antos S anz V illanueva

EL SIGLO XX . LA LITERATURA ACTUAL

Título original:

A LIT E R A R Y H IST O R Y O F SP A IN The Eigbteentb Century Ernest Benn Ltd., Londres

Traducción de

Luis

A l o n s o

L ó p e z

1.* edición: diciem bre

Edición al cuidado de José-Carlos Mainer 2." edición: febrero 1975 3.a edición (corregida y aumentada): agosto

4,2 edición (revisada y puesta al día): m ayo 1983

1977

2973

5-* edición: abril 1986 6.“ edición: febrero 1993 7.a edición: febrero 2000

©

1972: N igel Glendinníng

Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el m undo y propiedad de la traducción:

©

1973 y 2000: Editorial Ariei, S. A. Córcega, 270 - 08008 Barcelona

ISB N : 84-344-8326-2 (obra completa) 84-344-8355-6 (tom o 4)

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la cubierta, puede ser reproducida,

parte

de esta publicación,

incluido

el diseño

de

ADVERTENCIA PRELIMINAR

Toda historia es un compromiso entre propósitos difíciles y aun imposibles de conciliar. La presente no constituye una ex­ cepción. Hemos tratado principalmente de la literatura de crea­ ción e imaginación, procurando relacionarla con la sociedad en la que fue escrita y ala que iba destinada, pero sin subordinar la crítica a una sociología de amateur. Por supuesto, no es posible prestar la misma atención a todos los textos; y, así, nos hemos centrado en los autores y en las obras de mayor enjundia artís­ tica y superior relevancia para el lector de hoy. La consecuencia inevitable es que muchos escritores de interés, mas no de primer rango, se ven reducidos a un mero registro de nombres y fechas; los menores con frecuencia no se mencionan siquiera. Hemos aspirado a ofrecer una obra de consulta y referencia en forma manejable; pero nuestro primer empeño ha sido proporcionar un guía para la comprensión y apreciación directa de los frutos más valiosos de la literatura española. Salvo en lo estrictamente necesario, no nos hemos impuesto unos criterios uniformes: nuestra historia presenta la misma variedad de enfoques y opiniones que cabe esperar de un buen departamento universitario de literatura y confiamos en que esa variedad sea un estímulo para el lector. Todas y cada una de las secciones dedicadas a los diversos períodos toman en cuenta y se hacen cargo de los resultados de la investigación más re­ ciente sobre la materia. Con todo, ello no significa que nos li­ mitemos a dejar constancia de un gris panorama de idees regues. Por el contrario, cada colaborador ha elaborado su propia inter­ pretación de las distintas cuestiones, en la medida en que podía apoyarla con buenos argumentos y sólida erudición.

ÍNDICE

Advertencia preliminar

9

Abreviaturas

13

Prólogo del a u t o r

15

1. Literatura y sociedad en España durante el siglo xvm . 17

2. La prosa durante- elsiglo x v m

 

73

3. La poesía durante el siglox v m

117

4. El teatro durante elsiglo x v m

165

C

o d a

223

Apéndice A. — Análisis de las listas de suscriptores se­ gún las clases sociales

228

Apéndice

B. — Precios de libros en el siglo xvm

232

Apéndice C. — Frecuencia de ediciones durante el si­ glo x vm

234

Apéndice D. — Análisis de las publicaciones durante el siglo xvm atendiendo a su materia

 

235

Apéndice E. — Libros científicos publicados en España en la primera mitad del siglo xvm

237

Bibliografía

 

239

ABREVIATURAS

AHN

Archivo Histórico Nacional

BAE

Biblioteca de Autores Españoles

BBMP

Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo

BH

Bulletin Hispanique

BHS

Bulletin of Hispanic Studies

BNM

Biblioteca Nacional, Madrid

BRAH

Boletín de la Real Academia de la Historia

CA

Cuadernos Americanos

CC

Clásicos Castellanos

CCa

Clásicos Castalia

CCF

Cuadernos de la Cátedra Feijoo (Oviedo)

FR

Filología Romanza

HR

Hispanic Review

NBAE

Nueva Biblioteca de Autores Españoles

NRFH

Nueva Revista de Filología Hispánica

PSA

Papeles de Son Armadans

RABM

Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos

RCHL

Revista Crítica de Historia y Literatura

RFE

Revista de Filología Española

RH

Revue Hispanique

RL

Revista de Literatura

RLC

Revue de Littérature Comparée

RN

Romance Notes

RO

Revista de Occidente

SPh

Studies in Philology

PRÓLOGO DEL AUTOR

El contenido del presente volumen fue originariamente con­ cebido como contribución a un libro de mayores dimensiones que abarcaría el período romántico y posromántico. Es obvio que en tan corto espacio resulta imposible abordar adecuada­ mente las letras hispánicas de más de un siglo; he preferido, por ello, reducir el número de los autores tratados, antes que incluir escritores por el mero propósito de citarlos. Estos capítulos (así lo espero) contribuirán, sin embargo, al conocimiento más profundo de una parcela seriamente descuida­ da, pero que de modo creciente se va convirtiendo en objeto de investigación para la crítica en Francia, Estados Unidos, Alema­ nia, Italia y España, así como en Gran Bretaña e Irlanda. Cuando me hallaba trabajando sobre las obras publicadas por suscripción en España e investigando acerca de los precios de los libros, buen número de colegas y amigos me prestaron su oportuna ayuda. De modo particular, es grande la deuda que tengo contraída con el profesor Rodríguez-Moñino, cuya pérdi­ da lamentamos los hispanistas de todo el mundo, y con el profe­ sor Edward M. Wilson, así como tambiéñ con Mrs. Helen F. Grant, el profesor José Caso González, Mr. Duncan Moir y el profesor Russell P. Sebold. Debo asimismo mi reconocimiento a muchos estudiantes de español de la universidad de Southamp- ton que me ayudaron a confeccionar las estadísticas, y a las au­ toridades de dicho centro que financiaron parte de mis investi­ gaciones. Agradezco encarecidamente el permiso del comité del Museo Británico y de la Biblioteca Nacional de Madrid para reproducir las citas de los manuscritos de sus colecciones. Debo-

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expresar, finalmente, mi agradecimiento al editor general de la presente serie, el profesor R. O. Jones, por su escrutinio atento de mis originales a máquina, así como por sus valiosas sugeren­ cias. Gracias debo, por último, a mi esposa por haber eliminado de mi redacción algunos desaciertos, y a mi amigo Philip Dea- con por haber preparado el índice y haber ayudado en la revi­ sión del texto para la edición española.

Dublín, junio de 1972.

O. N. V. G.

Capítulo 1

LITERATURA Y SOCIEDAD EN ESPAÑA DURANTE EL SIGLO XVIII

A comienzos del siglo xvm, España se encontraba política­ mente escindida. Castilla, en efecto, apoyaba a Felipe V de Bor- bón como candidato al trono; el antiguo reino de Aragón, en cambio, era más bien partidario del Archiduque Carlos. Feli­ pe V, terminada ya la guerra, continuó dando a los aragoneses motivos que los mantenían en su actitud de oposición al abolir los fueros de Aragón, Valencia y Mallorca en 1716, aunque la facción aragonesa fuera más adelante una fuerza con la que ha­ bría que contar entre 1760 y 1780. Hubo, además, en este tiempo otros grupos que en España, al igual que en el resto de Europa, trataron de modificar las jerarquías de la monarquía y de la Iglesia. Las divisiones no fueron, sin embargo, la única consecuencia de la guerra de Sucesión española. España perdió por los tratados de Utrecht y Rastatt sus posesiones en los Paí­ ses Bajos, Ñapóles y Sicilia en favor de Austria; Gibraltar y Menorca en favor de Inglaterra. La nación era, así, al decir de Voltaire y de otros escritores de esta centuria, un mero esque­ leto de lo que había sido en otras épocas. Cuando Fernando VI subió al trono en 1746, el político Macanaz se sirvió de idéntica imagen —la de un cadáver— para describir el estado en que se encontraba la nación. Reprobaba por igual la intervención de árbitros extranjeros en los asuntos españoles y en las guerras. Se daba en España una aguda con­ ciencia de decadencia, a pesar de que se notaba claramente un

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XVIII

cierto progreso en la economía y de que la población volvía a crecer. Posteriores mejoras, en época más tardía de este mismo siglo, no lograron destruir por completo esta sensación de deca­ dencia y división. En 1768, Pablo de Olavide, en su Plan de es­ tudios para la universidad de Sevilla, habla de España «como un cuerpo sin vigor ni energía», atribuyendo su estado al espíritu de partido en la enseñanza universitaria, compuesta de «miembros que no se unen entre sí; sino que cada uno se separa de los de­ más, perjudicándoles cuanto puede para exaltarse a sí mismo». En un principio, las soluciones que el gobierno brindó al problema fueron de índole económica: la abolición de las adua­ nas interiores, la protección dispensada a determinadas indus­ trias —la del vidrio, porcelana, construcciones de barcos, la tex­ til, por ejemplo— , la repoblación de Sierra Morena a finales de la década de los sesenta y comienzos de la de los setenta, y el apoyo oficial a las sociedades económicas que surgieron en mu­ chas ciudades tras la fundación pionera de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País en 1765- La existencia misma de estas sociedades económicas refleja una amplía preocupación por el desarrollo del país. Por la mayor parte se componían de nobles, ricos hacendados, oficiales del ejército, burócratas y clé­ rigos, que deseaban mejorar el potencial agrícola y mercantil de la nación, adelantando sobre todo «las artes prácticas, de cuya profesión no [era] ninguno de sus individuos», según apuntaba con sarcasmo un crítico de esta época (El Censor, Discurso 65, Madrid, 1784). A pesar de no ejercer ellos mismos los oficios mecánicos, muchos socios se preocupaban hondamente por la si­ tuación de los pobres jornaleros y labradores. El poeta y drama­ turgo López de Ayala, en su discurso de entrada para la Real Sociedad Económica de Madrid (1777), se refería al «dulce movimiento [en lo interior de nuestros corazones] que nos hace mirar a todos los hombres como hermanos, [lastimándonos] las miserias ajenas». Algunos hasta criticaban la jerarquía tradicio­ nal de la sociedad, como Tediato por ejemplo, en las Noches lú­ gubres de Cadalso cuando hablaba de las clases como «arbitra­ rias e inútiles» (¿1771?). Muchas veces una simpatía hacia los

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pobres se une. a la crítica de la ociosidad de las clases elevadas. Un amigo de Cadalso, León de Arroyal, escribe una oda «en ala­ banza de Juan Fernández de la Fuente, labrador honrado» —an­ tecesor del famoso poema de Cienfuegos a un carpintero y otros por el mismo estilo— y alude a «los espantajos de la nobleza». Los ataques contra los nobles y ricos inútiles se hicieron sobre todo comunes a finales del siglo, influidos.quizá por los cambios que habían tenido lugar en otras sociedades. La1situación debe­ ría mejorarse —creyeron algunos— mediante la ruptura de «aquel vínculo, con el que atadas [las riquezas 1 a ciertas manos

y a ciertos cuerpos, son impedidas de correr a unirse, como el

hierro con el imán, con la industria, con la aplicación,,con el trabajo, con el mérito» (El Censor, Discurso 9, Madrid, 1781). En una de sus Odas filosóficas de 1770, el poeta y dramaturgo Cándido María de Trigueros opinaba que las medidas legales debían tomarse contra la ociosidad de los ricos, formulando sus argumentos en pareados llenos de fuerza persuasiva.

El morador antiguo del Nilo celebrado

El ocio castigaba como crimen de estado:

A los que nada hacían, Solón los desterraba,

Dracón con muerte dura severo castigaba,

Y espirar los hacían los antiguos Germanos

Sumidos en el sucio fango de sus pantanos. De todas estas gentes la razón admirada Detesta nuestros nobles, que no sirven de nada. Entretanto nosotros, con soberbia fiereza El ocio consagramos a la antigua nobleza. Sus celebrados padres, que tan útiles fueron, Derecho de no serlo por herencia les dieron. Inútiles estorbos entre los ciudadanos Nacieron sólo para adorarse así vanos.

Estas críticas dirigidas contra la inactiva aristocracia, que se

fusionaron a veces con las actitudes igualitarias que flotaban en

la atmósfera de finales del siglo x v iii , se hacen plenamente com­

prensibles en el contexto de la historia española. No era elevada

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SIGLO

XVIII

la proporción de los nobles en España, y aun descendió en el transcurso del siglo hasta un nivel del 4 por ciento entre el total de una población de diez millones y medio de habitantes en 1797. En el censo de 1768 había 722.794 hidalgos, 480.000 en 1787 y 403.000 en 1797. En determinadas regiones, sin embargo, el porcentaje de nobles era mucho más elevado. Los habitantes de Guipúzcoa se consideraban hidalgos en el cien por cien de los casos; en Vizcaya sucedía lo mismo en un 50 por ciento, y en Asturias en un 16 por ciento, a finales de siglo. En Andalucía, además, y a pesar de que el número de nobles per capita era bajo en esta región, abundaban los hidalgos ricos de modo especial. A lo largo de todo el territorio de la nación, to­ mada en su conjunto, gozaban aún los nobles de ciertos privile­ gios. No podían ser presos por deudas, ni podían embargarse sus personas, armas o caballos. Se les daba la preferencia en cier­ tos arrendamientos, ventas y repartimientos; también en los oficios públicos honoríficos. A los nobles no se les exigía el dar alojamiento a los soldados del ejército cuando pasaban por su pueblo, a menos que resultaran insuficientes las casas de perso­ nas no exentas (y esto sólo después de 1742). Tampoco se tas podía poner pena afrentosa o infamante, ni exponerles al tor­ mento o tortura. Aún en 1797 el poner esposas o grillos a doña María Vicenta Mendieta, viuda de don Francisco de Castilla, e implicada en su homicidio, motivó quejas por parte del abo­ gado defensor, que alegaba su exención por hidalga. En muchas zonas del país, ciudades enteras, así como pueblos y tierras, pertenecían aún a señoríos en realidad autónomos, más bien que a la corona o a la Iglesia. Amplias zonas de la superficie cultivable permanecían baldías a causa del abandono por ab­ sentismo de sus señores y como resultado de la vinculación, o eran inútiles por pertenecer a la Mesta que contaba con dere­ chos de cañada sobre las tierras para conducir a lo largo de España los rebaños trashumantes. En el Informe sobre la ley agraria (1795), redactado por Jovellanos (1744-1810) sobre la base de las discusiones y memorias de la Sociedad Económica de Madrid, se señaló como una necesidad urgente la redistribu­

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ESPAÑA

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ción de las tierras y la promoción de un derecho de propiedad más extendido. Se discutía abiertamente el problema del a b s e n ­ tismo en la Real Academia de Derecho Español de Madrid, en algún debate ante el público. En mayo de 1785, don Pedro Ferrer disertaba sobre «si sería conveniente privar de las tierras

a los propietarios que por espacio de algunos años dejaban de

cultivarlas». Sin duda el ponente era partidario de la secuestra­

ción de aquellas tierras, ya que también preguntaba «a quién deberían aplicarse [las tierras secuestradas], a los hacendados inmediatos, a los consejos o propios de los pueblos, o al rey». No todo el mundo, empero, era partidario de un cambio tan radical, y Bernardo Ward hizo ya en 1750 un proyecto para que la jerarquía social y España se recuperasen conjuntamente volviendo a introducir la industria de la seda, de modo que los

campesinos pudiesen dedicarse a la cría de gusanos de seda y a hilar sus productos, así como los propietarios invertir su dinero ahorrado en un material que debería proveer de vestido a la nobleza y adornar las paredes de los palacios. Las guerras exteriores —como sucedió tan frecuentemente a

lo largo de la historia de España— obstaculizaron en buena par­

te el desarrollo del país; recuérdese que, en esta época, España anduvo empeñada en la anexión de Nápoles y del reino de las Dos Sícílias en 1734; en una costosa campaña en Italia entre 1740 y 1746; en la guerra sostenida contra Inglaterra en Por­ tugal en 1762; en una expedición a las islas Malvinas en 1770; en el desastroso ataque a Argel en 1775; en el asedio de Gibral- tar entre 1779 y 1783; en la reconquista de Menorca en 1782; en las hostilidades contra la nueva república francesa en el pe­

ríodo que va desde 1793 hasta 1795, y más adelante en la gue­ rra de la Independencia (1808-1814). Todo ese esfuerzo bélico requería hombres y dinero que España, no sin perjuicio, aún podía emplear. En algunos casos, es cierto, el orgullo nacional entraba en juego, y la guerra contribuyó a la unidad. En otras ocasiones, en cambio, la guerra era una simple consecuencia de

la alianza con Francia —en especial después del Pacto de Fami­

lia de 1761-1762— ; otras veces, el conflicto se convertía en cau­

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sa de humillación, como fue el caso de la desastrosa expedición a Argel, que dio lugar a toda una serie de sátiras anónimas con­ tra el desgraciado general irlandés O’Reilly, y, partiendo de esto, contra los ministros extranjeros empleados por Carlos III que se creían responsables del fracaso. La guerra de la Indepen- dencia escindió y unificó a España al mismo tiempo. Los libera­ les, dudando de si era mejor prestar apoyo a Francia para el interés general de su propio país, y facilitar así un cambio radi­ cal en la sociedad española, o bien apoyar a Fernando VII con­ tra los franceses y procurar obtener de este monarca un sistema más democrático que el que había proporcionado la monarquía en etapas anteriores, se hallaban escindidos entre sí. El fin de la guerra, sin embargo, fue testigo del empobrecimiento de la nación y de la restauración de la monarquía absoluta, a pesar de la Constitución de Cádiz (1812). De modo inevitable, las guerras acentuaron la preocupación de los españoles por el estado de su país y mucho se hizo para mejorarlo a lo largo del siglo xvm, a pesar de las hostilidades. La condición de vida en las ciudades se vio radicalmente modifi­ cada mediante el empedrado de las calles, un mejor sistema de desagües y el alumbrado nocturno en la capital, por ejemplo; el nuevo trazado de avenidas y plazas se dejó ver por doquier. Las mejoras en Madrid fueron especialmente notables, y lleva­ ron aquella ciudad de su primitivo estado maloliente y sucio al de un sitio limpio y agradable entre 1760 y 1768. Aparecie­ ron los suburbios modelo en Barcelona (Barceloneta), y, final­ mente, fueron construidos pueblos enteros por simples parti­ culares ilustrados (el de Nuevo Baztán, por ejemplo, debido a la familia Goyeneche), o por el estado (como el caso de La Ca­ rolina y La Carlota, y otros más en Andalucía). Mejoraron nota­ blemente las comunicaciones a lo largo de la península, y nuevas arterias y canales se construyeron en la segunda mitad de este siglo, para ayudar la agricultura y la economía del país a la vez. Otros progresos se promovieron gracias a la educación. Se pro­ curó sobre todo estimular el estudio de las matemáticas y de las ciencias, tan provechoso para el fomento de la razón y el destie­

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rro de la superstición. Ya en 1758 se empezó a dar clases de física experimental en el Seminario de Nobles matritense, a cargo de los jesuítas. Los cursos se anunciaron en la Gaceta de Madrid para que pudieran acudir cuantos se interesaban por los estudios científicos y los nuevos métodos. Se intentó reformar las universidades y mejorar la enseñanza escolar. Tras una cé­ dula que daba más categoría social a los maestros de primeras letras en junio de 1758, se promulgaron varias reales resolucio­ nes acerca de la instrucción pública en 1767 y 1771. En 1783 se establecieron escuelas gratuitas en todos los barrios de Ma­ drid; y en el Informe sobre la Ley Agraria (1795), Jovellanos pidió que se multiplicase «en todas partes la enseñanza de las primeras letras», para que no hubiese «individuo por pobre y desvalido que sea, que no pueda recibir fácil y gratuitamente esta instrucción». La preocupación de los ilustrados por la in­ novación en el sistema pedagógico trasciende en los comenta­ rios que se escribieron acerca de las escuelas de Madrid, des­ pués de una visita general en 1797. Los de la comisión inspec­ tora —entre su número se contaban dos amigos de Leandro Fernández de Moratín, Juan Antonio Melón y Pedro Estala— notaban en alguna escuela, que «todo se enseñaba por el mé­ todo antiguo y muy mal». Cuando en otra el maestro les decía que «se enseñaba el santo temor de Dios», los inspectores la­ mentaban «la escasez de luces del regente». Otra preocupación de los españoles fue con las condiciones de vida en los dominios sudamericanos. Es interesante ver la opinión de dos científicos españoles, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, acerca de la administración de las provincias ultramari­ nas. A juzgar por una memoria que redactaron por los años de

1743 para el marqués de Ensenada, les chocó la inhumanidad de algunos corregidores y la explotación de los indios. Vuelve a sonar allí la nota de humanitarismo tan frecuente en los escritos de los ilustrados españoles del siglo xvm. Aseveraron que no era posible entrar en el asunto del tratamiento de los indios,

sin dejar

de llorar con lástima la miserable, infeliz y desventurada suerte

«sin quedar el ánimo movido a compasión, [y] [

]

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XVIII

de una nación que, sin otro delito que el de la simplicidad, ni más motivo que el de una ignorancia natural, han venido a ser

esclavos, y de una esclavitud tan opresiva, que comparadamente pueden llamarse dichosos aquellos africanos, a quienes la fuerza

y razón de colonias han condenado a la opresión servil».

Ningún progreso, sin embargo, se produce sin resistencia y sin discordia. Por lo que se refiere a las reformas que en el si­

glo xvm se abordaron en el seno de la Iglesia, por ejemplo, puede decirse que fueron particularmente desgarradoras. En algunos de sus aspectos, han de considerarse a la luz de la lucha por el poder entre dos potencias rivales, el rey y el Papa. Se discutía apasionadamente si los inculpados se podían ver libres del brazo secular refugiándose en recintos sagrados, si caía so­ bre el Papa la autoridad de deponer a los reyes o de dispensar

a determinos súbditos suyos de sus obligaciones hacia su propio

monarca, si los clérigos tenían derecho a apelar a las autoridades civiles contra manifiestos abusos de las autoridades eclesiásticas

y, finalmente, si competía a la Iglesia el derecho de la publica­

ción de los edictos papales al margen del permiso real. Los que atacaron el poder de la curia papal fueron acusados por la Igle­

sia de jansenismo, o bien delatados a la Inquisición. Los minis­ tros del rey, a su vez, intentaron disminuir el poder del Santo Oficio, proscribir ciertos edictos papales y desmembrar, final­ mente, aquellas organizaciones cuya razón de existencia tenía relación con el Papa. La expulsión de los jesuítas en 1767 fue considerada como el golpe de más trascendencia en el curso de estas luchas contra la curia romana. El proceso de la Inquisi­ ción contra Olavide, ministro imbuido de ideas ilustradas y res­ ponsable del plan de repoblación de Sierra Morena, ponía de manifiesto, diez anos más tarde, que la lucha no había cesado’. Hacia finales de siglo muchas cuestiones se embrollaban como resultado de estas luchas en torno al poder. Así, por ejemplo, un clérigo como lo era Joaquín de Villanueva, que se pronunció contra el modo en que se decía la misa por parte de ciertos eclesiásticos —la misa de 25 minutos de duración era corriente por esta época; ciertos clérigos incluso la reducían ’a un tirón

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EN

ESPAÑA

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sin respirar de cinco minutos— , fue encarcelado

ción como si de un ateo se tratara. Nada impidió, por otra parte, que la Iglesia, a veces, se pusiese del lado de los demócratas en la lucha contra el poder absoluto de la corona. A través de este siglo, pensadores progresistas de todas las tendencias se encontraron en España con la Inquisición. La ma­ yoría de los inquisidores seguía en la creencia de que el sol y las estrellas giraban en torno a la tierra, y aún en 1777, la teoría copernicana era tenida por grave herejía en el proceso contra Olavide, dfe igual modo que la falta de respeto hacia las imáge­ nes religiosas o las ideas de índole sensualista. El inquisidor general —escribió el padre Feijoo por los años veinte— era «amantísimo de la antigualla y está amenazando con el rayo en la mano a todo libro que dice algo de lo infinito que se ignora en España». Y más adelante había un gran contraste entre los clérigos que estaban al tanto del desarrollo de las ideas cientí­ ficas y los que no lo estaban. En 1785, fray Manuel Gil criticó la ignorancia del padre Trujíllo, al repasar una carta pastoral de este último: «es muy dudoso si los Astrónomos le pasaran el modo con que habla del sistema de Copérnico». Pero seguía siendo imprescindible modificar muchas obras antes de que fueran dadas a la imprenta, para no contravenir las normas de la Inquisición. La prohibición de un libro podía constituir un incentivo para su lectura en ciertos casos; pero no cabe duda de que los inquisidores intimidaron a los artistas y escritores, y fueron utilizados por el gobierno, después de 1789, para impe­ dir la difusión de las ideas revolucionarias. El descenso progresivo en el número de procesos de la In­

quisición, así como de sus castigos a lo largo del siglo xvm, pue­ de seguirse en las cifras que nos presenta J. A. Llórente (1756- 1823) en su Memoria histórica (1811), recientemente publicada por la editorial Ciencia Nueva bajo el título de La Inquisición y los españoles. Las estadísticas que Llórente nos ofrece son li­ geramente arbitrarias. Disponía de cifras adecuadas para deter­ minados tribunales, pero las multiplicó por todos los tribuna­ les existentes en el país a fin de obtener un diseño global. Las

por la Inquisi­

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cifras que nos persenta, sin embargo, ofrecen la consistencia suficiente como para resistir un análisis estadístico. A partir de ellas es posible detectar tres períodos de actividad más intensa por parte de los inquisidores: se trataría de los años comprendi­ dos entre 1711-1718, 1742-1745, y finalmente entre 1793- 1797. La primera etapa coincide con la guerra de Sucesión y el período inmediato; el segundo, con las campañas de Italia, y el tercero, con el período de la posrevolucíón francesa. Llórente afronta cifras para el régimen de cada uno de los inquisidores generales; por mi parte, be procurado unir las estadísticas en períodos más fáciles de comparar, a ser posible en décadas. In­ quisidores generales hubo que duraron en su cargo más de un decenio; y en el caso de que se dé una notable diferencia entre

el número de años ocupados por un reinado y el próximo, pro­

porciono una figura ajustada entre paréntesis, para facilitar la comparación con el reinado inmediatamente anterior.

Años

Quemados en persona Quemados en efigie Penitenciados

T otal

Años

Quemados en persona. Quemados en efigie Penitenciados

T otal

Años

Quemados en persona

Quemados en

efigie

Penitenciados

T otal

1699-1710

1711-18

1720-33

1733-40

204?

272

442

238

102?

136

221

119

1.224?

1.632

2.652

1.428

1.530?

2.040 (2.958)

3.315 (1.518)

1.785

1742-45

1746-59

1760-74

1774-83

136

10

2

2

68

5

816

107

10

16

1.020 (2.346)

122

12

18

1784-92

1793-97

1798-1808

 

_

.

1

14

30

20

14

30

21

A partir de 1760, si hemos de creer a Llórente, hubo más perso­

nas que fueron juzgadas en secreto, no sometidas, por consi­ guiente, a las afrentas públicas ni a la confiscación de sus bienes.

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ESPAÑA

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Se dio, pues, una mayor actividad de este tipo durante la se­ gunda mitad del siglo que la que simplemente se deduce de las cifras constatadas. Los censores gubernamentales, además de los inquisidores, velaron por las instituciones estatales y religiosas, preservándo­ las de libros sediciosos. A veces la decisión resultaba difícil para los censores. Se quería evitar la influencia de teorías heterodo­ xas, pero al mismo tiempo fomentar el estudio de las ciencias y la filosofía. El doctor Andrés Piquer, en su Discurso sobre la aplicación de la filosofía a los asuntos de la religión (Madrid, 1757), se refiere al dilema en los términos siguientes:

Los descubrimientos que se han hecho de dos siglos a esta parte por la vía de la experiencia, se hacen servir a veces para renovar y apoyar errores torpísimos, como se ve en los ma­ terialistas y otros sectarios de nuestros días. Si para embara­ zar la introducción de estas cosas se negase en general el uso total de ellas, traería grandísimo perjuicio a la sociedad humana, a quien importa mucho que las ciencias naturales se cultiven y se perfeccionen.

Los censores estuvieron alerta de un modo especial después de los tumultos de 1766 y nuevamente a partir de la Revolución francesa. Por los años de 1790 incluso se prohibió en España un periódico científico, el Diario de Física de París. Desde entonces muchos intelectuales conformistas en España aceptaron la nece­ sidad de callar ciertas cosas. En 1793 un grupo de intelectuales (entre ellos Meléndez Valdés y Cienfuegos) que quería publicar un periódico llamado El Académico, prometió hacerlo así, ase­ verando que «Nada dirán, nada extractarán, en nada se mezcla­ rán que pueda ofender en modo alguno; trabajarán para la utili­ dad, y respetando, si es lícito decirlo, hasta la misma preocupa­ ción, en ciertas materias, las pasarán por alto en su periódico, y querrán más bien pasar a los ojos de algunos por menos ins­ truidos que por hombres de opiniones nuevas». La censura gubernamental y la Inquisición bastaron, para que no se publicasen en España determinados temas de la Ilus­

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XVIII

tración europea, sobre todo lo que a las ideas políticas y religio­ sas se refiere. Pero el hecho de que estas ideas no pudieran di­ fundirse a través de libros españoles, no era un estorbo para que se las discutiese en España, ni para que circularan clandesti­ namente a veces en libros extranjeros. Por los años de 1770, por ejemplo, el obispo de Plasencia se quejaba al rey de la faci­ lidad con que él había procurado ejemplares de los escritos irre­ ligiosos y subversivos de Voltaire. Y más adelante, según la Historia de Carlos IV de Andrés Muriel, hubo visitador general en alguna diócesis que «daba él mismo a leer las obras de Vol­ taire y Rousseau a aquellos párrocos que habían adquirido algu­ na tintura de la lengua francesa, ponderándoles la importancia de tales escritos». Sí las obras de Voltaire y Rousseau no po­ dían ser publicadas en España, era de todos modos imposible impedir su discusión en las tertulias y en los cafés. En 1776, el padre José Rodríguez escribió, en efecto, en El Philoteo:

Sé con toda certeza, que hay y ha habido tertulias concu­ rridas de militares, señoras y otros personajes, cuya materia de conversación es la religión a la moda. Se duda sobre el purgatorio, sobre el castigo eterno, inmortalidad del alma, sobre la revelación, autoridad soberana, etc., sacando con­ clusión de todo para la disolución y libertinaje.

Después de la Revolución francesa, en 1794, un dominico fran­ cés refugiado en Madrid notó que las teorías revolucionarias circulaban abiertamente en las conversaciones de la Puerta del Sol y la calle Montera. Aconsejó al gobierno español que diera más información acerca de la situación en Francia en vez de negársela al pueblo, procurando de esta manera reformar la opinión pública. En la alta sociedad española del momento —apuntan algu­ nos satíricos de la época— resultaba imposible introducirse sin unas ciertas nociones acerca de la Ilustración. Esto constituye, en parte, el resorte de los Eruditos a la violeta de Cadalso (Ma­ drid, 1772) y de un manuscrito anónimo que contiene un ata­ que contra Olavide, llamado El siglo ilustrado. Vida de Don

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Guindo Cerezo (h. 1776). Estas dos sátiras hacen un contraste muy sugestivo entre sí. La de Cadalso se hace desde dentro: es obra de un autor que comparte las ideas ilustradas y critica la superficialidad más que la ideología. El enfoque de El siglo ilustrado, en cambio, es más agresivo; la sátira, esta vez, se hace desde fuera. Caricaturizando las ideas de la Ilustración, el anónimo autor, quizás el abate de la Gándara, hace que los ilus­ trados parezcan todos ignorantes, ateos, inmorales, y poco aman­ tes de su patria. Frente a ellos se encuentran los buenos: caste­ llanos viejos, canónigos leales, e individuos de la clase baja lle­ nos de sentido común y sana moralidad. Es obra en que se manifiestan los roces de las clases, lo mismo que en un soneto satírico de la misma época, que se mofa de ios ilustrados— y su éxito en la política— de la manera siguiente:

Yo sigo el catecismo de Voltaire, venero al Kauli Kan y al Espión,

y formo mi pequeña Inquisición,

de Montesquieu, Rousseau y D’Alembert. Vocifero que España es el taller de la Ignorancia y la Superstición; cito a Nollet, Descartes y Newton,

y en todo arrastro al Padre Verulier.

Digo intriga, detalle, dessert, glasís,

murmuro de los frailes sin cesar,

y alabo cuanto aborta otro país.

Yo no dejo jamás de cortejar;

a Nápoles celebro, y a París,

pues, ¿qué empleo me pueden hoy negar?

(Museo Británico, Add. m s.

1 0 .2 3 7 ,

f.

3 09V )1

I. Algo parecido se expresa en un soneto de Torres

Viflarroel escrito unos

cuarenta anos antes. Allí, en la «Ciencia de íos cortesanos': de este siglo», se

ridiculiza el auge de la música extranjera en la cultura de la' Corte:

Estar enamorado de sí mismo, mazcullar una Arieta en italiano, y bailar en francés tuerto o derecho:

con esto, y olvidar el Catecismo, cátate hecho y derecho cortesano, mas llevaráte el diablo dicho y hecho.

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E L

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Esta pieza satírica va probablemente dirigida contra los mi­ nistros extranjeros en España, a quienes eran familiares las ideas ilustradas, al igual que contra aquellos españoles que seguían las actitudes de moda para aparentar más progreso. Quizá se en­ cuentran en la misma línea del ataque de Macanaz formulado contra los extranjeros influyentes en la corte española en fecha anterior de este mismo siglo; ataque que llegó a ser repetido por los amotinados de 1766 que exigían a Carlos III la deposición del ministro italiano Esquilache. En aquel momento, como an­ tes, las profundas disensiones y resentimientos de la sociedad española afloraron a la superficie. Carlos III y su nuevo minis­ tro el conde de Aranda intentaron unir a la sociedad española,

y se expulsó a los jesuítas (a causa de la sospecha en torno a su

implicación en los motines y su supuesta oposición al poder del

rey). La política a seguir consistía, en Jo fundamental y lo mis­ mo que a comienzos del siglo, en reforzar la autoridad central. En el campo de las bellas artes y de la literatura la tenden­ cia centralizadora se esforzó por la creación de una red de aca­ demias. Éstas, a su vez y desde 1740 en adelante/ garantizaron la aceptación en las provincias de los estilos arquitectónicos y de las modas artísticas aprobados en la corte. Se trataba princi­ palmente de los estilos griego y romano, así como de los del Renacimiento europeo, que por este tiempo eran conocidos bajo

la denominación de Neoclasicismo. Las nuevas obras en las igle­

sias provinciales requerían la aprobación de Madrid, a partir de

noviembre de 1777,3y la Real Academia de San Fernando tenía que intervenir en los planes y proyectos de renovación. A pesar de que las modas locales no desaparecieron, gozaron inevitable-

2. El dominio ejercido por la Academia de Madrid por medio de la forma­

ción de los artesanos de las provincias salta a la vista en Los registros de ma­ trícula de la Academia de San Femando de 1752 a 1815, Madrid, 1967; prelimi­ nar transcripción y ordenación por E. Pardo Canaíís. Resulta evidente, asimis­ mo, en algunas de las reales resoluciones. Véase, por ejemplo, Severo Aguirre, Prontuario alfabético y cronológico por orden de materias, de las instrucciones, ordenanzas, reglamentos, pragmáticas y demás reales resoluciones no recopiladas, expedidas hasta el año de 1792 inclusive, Madrid, 1793, págs. 9-10 («Arqui­ tectos»).

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mente de menos aceptación que antes por parte de los artistas españoles.4 Análoga tendencia hacia la uniformidad tuvo lugar por lo que a la lengua y a la literatura se refiere. El diccionario, en cuya creación se vio comprometida la Real Academia muy poco después de su creación en 1714, contribuyó a este proceso de uniformidad, mientras qué los censores nombrados por las Academias garantizaron, a su vez, la-pureza del estilo (tanto des­ de el punto de vista literario como del político o religioso) de aquellas obras cuya publicación estaba reservada a su dictamen. Hay en España, en efecto, abundancia de datos para afirmar que la difusión del Neoclasicismo era debida en parte al influjo del despotismo ilustrado a través de las academias. Pero las ideas neoclásicas en la literatura fueron fomentadas también en las escuelas por las órdenes docentes, que enseñaron a los jóve­ nes las teorías de Horacio y Aristóteles. A pesar de que se hallaba más unificada a mediados del si­ glo xvm, España se encontraba asimismo más estrechamente unida a Europa de lo que había estado en etapas anteriores. La nueva dinastía borbónica se esforzó, naturalmente, por mantener cordiales relaciones con Francia; se establecieron, además, im­ portantes contactos de índole política con Inglaterra (e Irlanda), así como con Italia, que trajeron consecuencias tanto culturales como económicas. Así, por ejemplo, trabajaron al servicio de Fe­ lipe V tanto pintores, escultores y jardineros franceses como te­ jedores flamencos y arquitectos italianos; Fernando VI, a su vez, continuó esta misma tradición; y Carlos III, por su parte, hizo venir a Giambattista Tiépolo y al bohemio Mengs a traba­ jar en los palacios reales y en las iglesias. La fábrica de cerámica que Carlos III había hecho levantar en Capodimonte, en las afueras de Ñapóles, a base de artistas italianos, fue trasladada al Buen Retiro de Madrid, cuando el monarca subió al trono español el año 1759. El gusto musical se modificó también a lo

3. Ibid.,

pág.

367.

4. Una muestra bien clara de este estilo local en supervivencia la constituye

la obra en estaco del Neobarroco de Pedraxas en Priego (Córdoba), que data de. 1770, y se encuentra muy inmersa en la tradición andaluza.

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largo de la presente centuria como resultado de los contactos con Europa. La ópera Italiana priva, en efecto, en la corte en el período que va desde 1720 a 1750. Alessandro Scarlatti estuvo al servi­ cio de los españoles en Ñapóles y su hijo Domeníco compuso gran parte de sus piezas musicales en España, en donde murió (Madrid, 1757). En 1737 el afamado castrato Cario Broschi (FarinelJi) entró al servicio del rey de España con un sueldo principesco de 1.500 guineas inglesas por año. Habiendo disi­ pado la melancolía de Felipe V —el rey «imitaba a Farinelli, siguiéndole en sus arias», según sir Berjamin Keene, embajador británico por entonces— , continuó Farinelli ejecutando dúos en unión de Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, además de organizar los espectáculos de ópera en el Buen Retiro durante la etapa final de su reinado. Carlos III personalmente era menos aficionado a la música —fuese italiana o no— , y cuando subió al trono, el país expresó sus opiniones en poemas anónimos, y, computando los gastos de los reinados anteriores, exigía la re­ forma por lo que a la música se refiere, lo mismo que en otros cinco asuntos que comienzan por la letra m\ medicina, minis­ tros, mulos, modas y mujeres. El infante don Luis, hermano del rey Carlos, protegió, sin embargo, tanto a músicos españoles como extranjeros, y él mismo ejecutaba duettos al órgano con el padre Soler y tomó a Boccherini a su servicio. Una imprenta de músicos, que se estableció en Madrid en 1770, publicó obras de compositores de relieve internacional tanto españoles como extranjeros.5 No ha de pensarse, sin embargo, que todos estos contactos se verificaban en un único sentido, por lo que al arte y a la música se refiere. Así, Haydn compuso sus Siete últimas palabras de la Cruz para la catedral de Cádiz, y Vicente Martín y Soler, músico nacido en Valencia (1754-1806), vio una ópera suya representada en Viena en 1786 (de la que Mozart tomó un tema para su Don Giopanni), y cuando murió era director de la ópera italiana en San Petersburgo. Y si, por otra parte, el bohe-

5.

Cf.

N.

Glendinning,

«Influencia de la literatura inglesa en España en el

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ESPAÑA

33

mió Mengs ejecutó buen número de retratos de aristócratas es­ pañoles a mediados de siglo, Goya, a su vez, trasladó más tarde al lienzo al embajador francés Guillemardet y al duque de Wellington, vendiendo asimismo buen número de copias de sus Caprichos a compradores extranjeros. Las letras, por su parte, se vieron claramente afectadas por un conocimiento progresivamente más sólido de las teorías y procedimientos aceptados en otros países europeos, y hubo es­ critores como Luzán o Juan de Iriarte educados en Italia y en Francia, o como Cadalso que viajó ampliamente por Europa es­ tudiando en Londres y en París, que tuvieron un contacto de primera mano con la literatura europea del momento. Otros, a su vez, como' Jovellanos y Meléndez Valdés, que aprendieron idiomas extranjeros desde España y que, desde aquí mismo, se cartearon con franceses, ingleses e irlandeses, se hallaban por igual al corriente de los autores extranjeros por medio de sus lecturas. Franceses e italianos que residían en España —tal es el caso de Ignacio Bernascone, educado en un colegio de Getafe y en la Academia de San Fernando, o de Conti y Napoli Signo- relli que vivieron por años en la capital—6 fomentaron, obvia­ mente, el interés hacia la literatura extranjera en los círculos que frecuentaban. Las obras de autores españoles que habían visitado Europa contribuyeron a la difusión de este mismo inte­ rés entre un público más amplío. Leandro Fernández de Mora­ tín, por ejemplo, da especial relieve a los temas de índole cultu­ ral en las notas que compuso —quizás en vistas a la publica­ ción— durante sus viajes a Inglaterra e Italia;7 Luzán en 1751

6. Para la formación de Bernascone en Getafe, véase Memorial ajustado de

la causa criminal [

gistros de matrícula en la Academia de San Fernando, pág. 16, Sobre los italianos en general, cf. Vittorio Cían, Giovambattista Conti e alcune relazione ietterarie fra Vitalia e la Spagna nella seconda meth ¿el settecento, Turín, 1896.

7. Un análisis estadístico de las Apuntaciones sueltas de Inglaterra (Obras

postumas, I, Madrid, 1867, págs. 161-269), llevado a cabo por un grupo de es­ tudiantes en Southampton, indica que entre un 35 y un 43 por ciento de la obra se refiere al teatro y a las restantes artes; del 7 al 9 por ciento a las cien­ cias, del 22 al 28 por ciento a las «costumbres», y del 10 al 17 por ciento a material de índole política o económica.

]

contra D, Benito Navarro, Madrid,

1768, f.

14v, Los re­

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y el duque de Almodávar treinta años más tarde, a su vez, pu­ sieron a disposición del público sus impresiones acerca de la cultura francesa que habían obtenido durante su estancia en París; el primero en sus Memorias literarias de París: actual estado y método de sus estudios (Madrid, 1751), el último en su Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia (Ma­ drid, 1781) publicada con el seudónimo Francisco María de Silva. Las estancias en el extranjero, sin embargo, no estaban restringidas a las altas clases de la sociedad. Ya en el reinado de Fernando VI se facilitaban los viajes de estudios fuera de España a hombres de ciencia, y se disponía también de pensio­ nes reales y de becas de estudio a favor de los artesanos y ar­ tistas españoles, con el fin de que llevaran a cabo estudios en Inglaterra, Francia e Italia. El estudio creciente de idiomas ex­ tranjeros en los colegios del país 8 capacitó, a su vez, a un nú­ mero mayor de público para la lectura de obras inglesas, fran­ cesas e italianas en sus versiones originales y profundizó las impresiones que, en ciertos casos, recibían de las traducciones. El influjo de las traducciones, por lo que se refiere a su estilo al igual que a su contenido, no debe infravalorarse. Afirma Cap- many que aquéllas transformaron el modo de escribir el caste­ llano en el transcurso de unos veinte años,9 si bien —creían mu­ chos— el cambio operado fuera perjudicial. Hemos indicado ya anteriormente la relevancia del cambio social operado en España. Por razones económicas, el gobierno mismo demostró su interés en hacer desaparecer algunas de las barrpras tradicionales. Campomanes se esforzó por fomentar el desarrollo de los oficios, elevando su rango en la consideración social e intentando borrar la distinción entre los usuarios del título de «don» que practicaban las artes liberales y el simple Juan Fernández que trabajaba en un taller de tejer, en las hor­

8. Cf. N. Glendinning, op. cit., pág. 66, y Ángel González Palencia, «Notas

sobre la enseñanza del francés a fines del siglo x v m y principios del xix», en

Eruditos y libreros del siglo X V III, Madrid,

1948, págs. 419-427.

9. J.

Sempere y Guarinos, Ensayo de una biblioteca española de los mejo­

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mas o máquinas de modelado. Desde el mes de marzo de 1783, artes como las del curtido, sastrería, zapatería o herrería fueron declaradas «honorables», y los que practicaban tales menesteres no perdían, por ello, su condición de hidalguía.10 Apenas desa­ pareció de golpe, sin embargo, la estructura del sistema. El afán de conseguir el título de «don» era difícil de extirpar y lo que Cadalso escribe en 1774 acerca de la «Donimanía» en sus Car­ ias marruecas no es una pura ficción; la distinción que este autor establece entre «don» y «señor don» puede comprobarse, por otra parte, en la lista de suscriptores a las Obras sueltas de Lope de la edición de Sancha en 1776.11 Ha de tenerse en cuenta, además, que los cambios de ideas en el centro de España no alcanzaron siempre a la periferia, según se deseaba. Todavía en 1784, la Real Academia de San Fernando se lamentaba de las disputas provincianas en torno a la distinción entre artistas y artesanos, al propio tiempo que le molestaban las actitudes monopolísticas adoptadas por los gremios de pintores en Ma­ llorca, Cataluña, Zaragoza y Valencia.12 Fue necesaria, en efecto, la guerra peninsular para que se introdujera la primera fisura fundamental en el sistema de cla­ ses, cuando los que no eran hidalgos llegaron a ser oficiales. Aun así, los diminutos cambios sociales tienen obvias implica­ ciones por lo que a la literatura se refiere y, tomados junta­ mente con el progreso de las facilidades escolares a lo largo de todo este período,13 nos llevan rápidamente a pensar que la ca­ pacidad de lectura se incrementó en el transcurso de este siglo. Resulta fácil, por lo tanto, suponer la aparición de una nueva clase media de lectores, y esperar que un nuevo tipo de escritor se desarrolle para este nuevo público,

10.

Cf. Severo Aguirre, op. cit., págs. 11-12.

11.

Lope de Vega, Obras sueltas, I, Madrid, 1776, Lista de suscriptores.

12.

Real Academia de San Fernando, Juntas ordinarias, libro III (1776-

1785).

Junta del 5 de diciembre de 1784. A cualquier artista o arquitecto, fuese

español o extranjero, le estaba permitido durante este período trabajar libremen­

te

en

España, según

se

afirmó de

nuevo

en

una

real cédula

del

1

de

m

de 1785 (cf. Severo Aguirre, op.

cit., pág.

10).

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Desdichadamente carecemos de fuentes fidedignas que nos informen acerca del público que existía para los libros impresos en España durante el siglo xvm y los comienzos del xix. Sin

embargo, las listas de suscriptores de los libros publicados por este sistema pueden darnos ciertas indicaciones al respecto. Los suscriptores no eran por fuerza lectores, desde luego, y Torres Villarroel, que se jactaba de que la edición de sus Obras —lle­ vada a cabo en Salamanca en 1752— fuese la primera de las obras españolas publicadas por suscripción, alude a ellos como

a «personas que por su piedad, su devoción o su curiosidad han

concurrido a subscribirse en estas obras».14 A pesar de ello, en

el período en cuestión, un análisis de veintitrés volúmenes pu*

blicados en España entre 1752 y 1817 refleja, al parecer, un declive en el número de suscriptores por lo que se refiere al

estrato más elevado de la sociedad (cf. más adelante, apéndi­ ce A). Este hecho, sin embargo, no señala ningún cambio radi­ cal en la situación o capacidad de lectura de las clases elevadas, ni significa una disminución en la protección que dispensaban

a la literatura. Trátase, en efecto, de un cambio gradual, mi­

núsculo tal vez, en la categoría social de los lectores del si­ glo xvm, si bien no del todo insignificante. Cabe pensar que se trata de la emergente clase media, y a pesar de que algunos autores de la época se refieren a las clases del Estado como sí no hubiera más que dos -—pobres y ricos, o vasallos y sobera­ nos, como se asegura en un soneto anónimo titulado «Defini­ ción de las clases»— hay indicios de que, en efecto, se empeza­ ba a reconocer la existencia de una clase media. Félix de Abreu,

ñanza de las «primeras letras» pue'de verse en la real resolución del 11 de-

julio de 1771. Se habían dado ya normas referentes a los maestros desde 1758,

y en 1783 se pusieron en marcha escuelas libres en todos los barrios de Madrid.

Se esperaba que las capitales de provincia siguieran su ejemplo. Por lo que a

la reforma de la educación universitaria durante este mismo período se refiere, véase F. Aguilar Piñal, Los comienzos de la crisis universitaria, Madrid, 1967,

y del mismo autor, La universidad de Sevilla en el siglo X V III, Anales de la

Universidad hispalense, serie Filosofía y Letras, I, 1969.

14. Torres Villarroel, Obras, I, Salamanca, 1752, f. 2r. En el volumen X IV

de esta colección, alude Torres a los motivos de los suscriptores en los térmi­ nos de «piedad» o «diversión», pág. 173.

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en 1760, por cierto divide a los españoles en tres clases: «Gran­ des, gente mediana (‘middling gentry’ en inglés), y pueblo (‘common people’)»; y Cadalso, en la Carta VII de las Cartas marruecas, obra que terminó en 1774, hace lo mismo cuando se refiere al hombre «que nace en la ínfima clase de las tres». El norteamericano Jorge Ticknor habla de las clases medias («the middling classes») en plural en España en 1818. Y se puede suponer que este grupo incluía a los hidalgos que se de­ dicaban a los menesteres qu^en el siglo xix habían de conside­ rarse como propios de la clase medía: los negocios internacio­ nales, el comercio al por mayor y la banca, así como las profe­ siones tradicionalmente reservadas a los «don», en el ejército,

la Iglesia, la medicina, las universidades, las leyes y los minis­

terios (o bien las secretarías de los distintos consejos en el si­

glo xvm ). Hacia 1820 Leandro Fernández de Moratín emplea ya el término «clase media». Se alude a ella como el público al que los comediógrafos debían dirigirse y, significativamente, toma en sus propios dramas como personajes principales a los comerciantes y sus familias. Otra modificación sensible en el público para la literatura se debe a la creciente importancia de la mujer, sobre todo a fines del siglo, como lector de poesía y de novelas. He aquí, desde luego, un fenómeno europeo que refleja sin duda el desarrollo de la educación de la mujer más que un cambio en su situación social. Se empezaban a crear escuelas femeninas en España en esta época. En Valencia fundó una el arzobispo Andrés Mayoral (1685-1769), Un viajero inglés que la visitó en 1803 vio a mu­ chas jóvenes en el piso de abajo, que venían todos los días a estudiar, mientras que arriba vivían en pensión niñas «de una clase más elevada».que pagaban seis reales al día. Parece que el gobierno pensó en generalizar la educación de las mujeres

hacia 1773, pero es evidente, sin embargo, que las escuelas para niñas que se crearon seguidamente no siempre enseñaban a leer

y a escribir. El reglamento para escuelas de niñas educandas

establecidas en Segovia por la Real Sociedad Económica exigía

la enseñanza de la doctrina cristiana para inspirar a las alumnas

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EL

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«máximas de bien obrar, de pudor y de recato», y luego había clases de costura. Muy en última instancia se pensó en el abe­ cedario. «Si alguna de ellas quisiere aprender a leer», se afirma

sin mucho entusiasmo, «deberá igualmente enseñarla». Tampo­ co abrieron tales escuelas sus puertas a todo el mundo, a dife­ rencia de las escuelas para niños. Se preveían entre veinticuatro y treinta alumnas en total en Segovia, y no más de doce pobres. Sólo se aceptaban las alumnas de cinco años a catorce. A partir de 1760 se imprimen varias obras con destino a las mujeres. Hubo discursos sobre la educación femenina en El pensador de Clavijo y Fajardo, y algunos tópicos de este periódico y de las Cartas marruecas de Cadalso, por ejemplo, se dirigían claramen­

te hacia las mujeres. Y la colección de Poesías selectas castella­

nas desde el tiempo de Juan de Mena hasta nuestros días hecha por Quintana se emprendió en obsequio no sólo de los jóvenes aficionados masculinos, sino también de «las mujeres que leen versos por distracción y no por estudio». No se crea, sin em­

bargo, que faltaban escritoras además de mujeres lectoras. Las mujeres poetas abundaban. Las hermanas de Torres Villarroel

y de Jovellanos escribían poesía, y varías damas gaditanas

«adoptivas de Febo» o «reinas de las Musas» publicaron poemas

en honor de María del Rosario Cepeda, joven de doce años, en

1768. Autores de dos de las imitaciones de El Pensador o con­ testaciones a aquella obra fueron también señoras: doña Bea­ triz Cienfuegos, que escribió La pensadora gaditana (Cádiz, 1763-1764); y doña Escolástica Hurtado, que empe2Ó La pen- satriz salmantina (1777). En 1789 se publicó por suscripción en Madrid el primer tomo de Obras de una dama de esta corte:

poesías varias sagradas, morales} y profanas o amorosas, y sabe­ mos que la autora tradujo la Andrómaca de Racine y la Zaída

de Voltaire y que Montiano y Luyando admiraba estas versio­

nes. Ya que tiene las iniciales M. H. es posible que se trate de Margarita Hickey y Pellizoni. Es una lástima que no se co­ nozca ejemplar del segundo tomo que iba a incluir la lista de suscriptores. Sería interesante saber el número de suscripto- ras femeninas en este caso, ya que el porcentaje de mujeres que

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se suscribían a publicaciones empezaba a ser significativo por entonces. Casi el quince por ciento de suscriptores a las Obras de Vaca de Guzmán (Madrid, 1789-1792) fueron señoras; el cuatro por ciento de los del tercer tomo del Correo de Madrid; el cinco por ciento de los del Teatro de Ramón de la Cruz (1786-

1791); el catorce por ciento de los de la traducción de Clara Harlowe por Samuel Richardson (Madrid, 1794-1796), y el die­ ciocho por ciento de los que se suscribieron a la traducción espa­ ñola de la Historia de Amelia Booth de Henry Fielding (Ma­ drid, 1795-1796). A principios del siglo xix aparece una mujer dramaturgo original además de poeta y traductora: María Rosa Gálvez de Cabrera, que publicó sus Obras poéticas en dos tomos en 1804, y cuyas traducciones se incluyeron en la colección de Teatro Nuevo Español (1800-1801). En algunas de estas obras surgen notas que llamaríamos feministas en el día de hoy: en la Décima «Aconsejando una dama a otra amiga suya que no se case», y otra «Definiendo la infeliz constitución de las mu­ jeres en general», por ejemplo, de la «dama de esta corte». En las tragedias de la Gálvez, no sorprende que las víctimas pro­ piciatorias sean mujeres, maltratadas por los hombres. Si el contorno social de la literatura se modificaba, ¿qué puede decirse acerca de las publicaciones mismas? El cambio más notable en este sentido se verifica en la oferta y la demanda de las distintas categorías de obras. En su mayor parte, se halla aún por roturar este campo de investigación en el que todavía no disponemos de una obra análoga a la francesa, Livre et socié-

té dans la France du XV IIIe siécle, ed.

Furet (2 vols., Mouton,

París, 1970). Salta a la vísta, con todo, y partiendo de las fuen­

tes de que disponemos, que se elevó ligeramente el porcentaje de los libros científicos, médicos, de economía, 'que fueron publicados a comienzos del siglo xvm, dejándose notar clara­ mente el impacto causado por la Ilustración en este campo. Es obvio asimismo que la literatura de creación asume una pro­ porción relativamente pequeña de publicaciones. En 1815, a juzgar por los anuncios de libros aparecidos en la Gaceta de Madrid, las obras de índole religiosa gozaban del más elevado

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porcentaje con un 22 por ciento. Aun así, se trata de un nivel muy inferior al alcanzado ochenta años antes, en 1730, cuando subía a un 52 por ciento. El número total de obras impresas se cuadruplicó en el mismo período. Un alza ligera se registró a su vez en las obras de índole educativa, en historia y geografía, al igual que en las publicaciones de carácter político. El por­ centaje, por lo que a los periódicos se refiere, cae de un 13 a un 2 por ciento entre 1760 y 1815, y finalmente, las publica­ ciones de los clásicos latinos y griegos disminuyen de un 4 por ciento a un nivel inferior al 1 por ciento (cf. más adelante,

apéndice D). Esta alza en el número de obras publicadas corre parejas, al parecer, con un aumento del número de libreros. Por lo que a Barcelona se refiere, las cifras son bastante claras. Hubo en aquella capital un aumento de libreros a partir de 1770, y sobre todo en >la década de los ochenta. Otro cambio relevante, verificado en el siglo xvm, es el que se refiere a la calidad de impresión de los libros. En ía segunda mitad de la centuria mejoran a la vez el papel y los tipos em­ pleados. Los impresores, en efecto, aprendieron mucho de Fran­ cia y trataron de rivalizar con otros países europeos en este sen­ tido; algunos —tal es el caso de Ibarra y Sancha-— hicieron una labor magnífica que otros compatriotas suyos intentaron emular. En etapas anteriores de este mismo siglo, las publicaciones eran frecuentemente de calidad muy pobre y el estado de las cosas no podía mejorarse mucho, dada la tendencia de los autores a servirse de los impresores locales. Muchas obras que hoy se nos presentan como de importancia decisiva fueron, de hecho, im­ presas en provincias. La poética de Luzán, por ejemplo, fue edi­ tada en un papel de calidad deplorable en Zaragoza en el año

1737 — «villanamente impreso», al decir del padre Isla— ; 15

la primera edición de los Orígenes de la poesía castellana de Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, vio la luz con

15.

Cartas

inéditas

del

Padre

Isla,

ed.

P.

Luis

Fernández,

Madrid,

195

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relativamente buena presentación en la misma ciudad en que fuera escrito, en Málaga, en 1754; también Mayans y Sisear, que vivió en Oliva, próxima a Valencia, se valió a su vez de las imprentas de su propia ciudad. Los impresores locales parecían sin duda menos caros que los de la capital. Sabemos, por ejemplo, que el marqués de Val- deflores hubiera tenido que pagar cincuenta reales el pliego en Madrid en 1753, y que sólo le pidió cuarenta Martínez de Agui- lar en Málaga. Sin embargo, este último le cobró al marqués cincuenta y tres reales el pliego al hacer la cuenta definitiva, después de hecha la edición, y la aparente ventaja desapareció. El problema que particularmente afectaba a los impresores locales era que éstos hacían poco por favorecer la circulación de las obras, que dependía así de la iniciativa de los autores. El padre Isla, por ejemplo, se valió, para divulgar sus propios li­ bros, del procedimiento de enviar copias supletorias a amigos suyos que se encontraban en ciudades en donde una nueva edi­ ción de su obra podía venderse.16 Se creía que la venta de las obras podía fomentarse mediante ese expediente. En el caso de los Orígenes de la poesía castellana, el marqués de Valdeflores envió los 500 ejemplares de la edición a Madrid, para que allí los mercara el librero Ángel Corradi. Otro librero, al que ofre­ ció el libro a precio de costo, ni siquiera quiso sufragar los gastos de traslado de la obra a la corte desde Málaga. El impre­ sor malagueño, por su parte, salió muy bien librado, ya que tiró 30 ó 40 ejemplares por cuenta propia, con permiso del marqués, para venderlos en Málaga. La divulgación, sin embar­ go, solamente pudo garantizarse con frecuencia mediante la re­ impresión, no siempre con el permiso del propio autor. Un indicio de 1a pésima distribución de los libros españoles en el siglo xvm lo da la edición hecha de las Cartas marruecas de Cadalso en Barcelona por Piferrer en 1796, sólo tres años después de que Sancha publicara la primera edición en forma de libro en Madrid. La edición de Piferrer repite casi a plana y ren­

16.

Ibid., pág.

192 {carta

182).

42

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XVIII

glón la de Sancha. De haber estado el comercio de libros bien organizado, a duras penas hubiera sido necesario recurrir a este procedimiento. Las cartas del padre Isla se encuentran, en efec­ to, plagadas de quejas contra la ineficacia de sus agentes. A fi­ nales de siglo, sin embargo, los impresores iniciaron nuevos re­ cursos para impulsar sus propias publicaciones, y ya por este tiempo es frecuente encontrar listas de libros en venta al final de las obras por ellos publicadas. En 1786 Juan Sellent anunció doce obras que podían adquirirse en la librería de la viuda de Piferrer; otra lista más extensa de 1790 incluía treinta obras distintas.17 Catálogos sueltos de los editores y libreros constitu­ yen otro de los rasgos característicos de este período. Un aná­ lisis por períodos de cinco años de los catálogos fechados o al menos fechables que se encuentran en el estudio de Rodríguez- Moñino sobre los catálogos de libreros,18 nos revela análoga ten­ dencia hacia la publicidad literaria hacia finales del siglo. Con­ tamos con un total de 22 catálogos en los cincuenta y cinco años que van desde 1725 a 1780 (con momentos cumbre entre 1745-1750 y entre 1775-1780); 37 entre 1780 y 1805 (con una elevación en 1790); 64 entre 1805 y 1830 (con un período de máxima altura durante la etapa de 1820-1825) y, finalmente, 55 entre 1830 y 1850. El análisis llevado a cabo sobre reduci­ das muestras sugiere que el número de libros anunciados en cada catálogo se hallaba en desarrollo creciente durante el mismo pe­ ríodo. Otro síntoma que nos revela una mayor eficacia en la promoción y venta de libros es el cambio de estilo en los anun­ cios insertados en la Gaceta de Madrid. Se anunciaban princi­ palmente, en el siglo xvm, las librerías de Madrid en donde po­ dían adquirirse las obras nuevas. Algunas veces se hace referen­ cia a las librerías de Barcelona, Cádiz, Salamanca, Sevilla, Va­

17. La lista reducida puede encontrarse en la última página de la edición

de Ocios de mi juventud de Cadalso, con autorización del 12 de diciembre de 1786, llevada a cabo en Barcelona por la viuda Piferrer. La Óptica del cortejo,

atribuida a Cadalso y publicada en Barcelona por la misma editorial en 1790, contiene al final ía lista más amplia.

18. A. Rodríguez-Moñino, Historia de los catálogos de librería españoles

(1661-1840), Madrid, 1966.

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lencia o Valladolid, pero esto sólo viene a ser frecuente a finales del siglo y principios del siglo xix. En 1819, por ejemplo, para comprar la famosa colección de novelas publicadas por Cabre­ rizo en Valencia, los señores clientes podían dirigirse a libreros en treinta y cinco pueblos y ciudades de España, e incluso en La Habana y Puerto Rico. Por la misma época se comienza a hacer una nueva especie de propaganda, dando una descripción del estilo o contenido del libro publicado en la Gaceta, además del título, nombre de autor, librería y precio. El 28 de marzo de 1786, por ejemplo, hubo un anuncio para ha muerte de Abel de Gessner («poema moral en prosa» traducido al español por Pedro Lejeusne), que dice que el poema «abunda en los más sensibles afectos de ternura», y que «la inocencia y sencillez de las primitivas costumbres se observan en él pintadas con colo­ res tan vivos y naturales que hacen resaltar admirablemente los atractivos de la virtud y el horror al vicio». En este caso sabe­ mos que la Gaceta de Madrid estimuló, en efecto, la venta de la edición, ya que el librero tuvo que insertar una nota apolo­ gética en la Gaceta del 19 de mayo, disculpándose de la escasez de ejemplares. Otros largos anuncios se encuentran en la Gaceta para el Ensebio de Pedro Montengón en 1786, ha filosofía de las costumbres del padre Isidoro Pérez de Celis en 1793, y, entre otros muchos, para la versión española de Las estaciones del poeta inglés James Thomson en 1808. El Memorial literario instructivo y curioso fomentó también la compra de los libros que reseñaba entre 1784 y 1808. Otro aspecto del desarrollo del comercio de libros en Espa­ ña que resulta significativo es la importación de libros extranje­ ros. Ya en 1742 existía alguna librería francesa en Madrid. Per­ tenecía a cierto monsieur Simond, que se ofrecía en el Diario de los Literatos de España para facilitar la compra de alguna de las obras francesas anunciadas en aquella revista. La librería de Si­ mond se encontraba en la Puerta del Sol, «frente de los peine­ ros», y es muy posible que sea continuación de la misma la libre­ ría francesa de monsieur Barthélemy, que anunciaba libros fran­ ceses en la Gaceta de Madrid entre 1760 y 1762. En diciembre

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de 1761 había también un agente de la nación francesa en Ma­ drid, al que deberían de acudir los españoles que quisieran sus­ cribirse a la Gaceta de Varis, Más adelante sabemos que algunos libreros españoles también importaban libros extranjeros. Te­ nían fama de ello García Rico en Salamanca y Antonio Sancha en Madrid. Este último agenciaba las suscripciones para la En- cyclopédie méthodique en 1782 (antes de hacerse la versión es­ pañola), y para la edición italiana del libro De los progresos y del estado actual de toda la literatura del ex-jesuíta padre An­ drés el mismo año. Seis años después se podía comprar a través de Sancha los Icones plantarum medicinalium de J. J. Plenck, publicado en Viena (1788). Otro librero en la corte que anun­ ciaba libros extranjeros en la Gaceta fue Corradi. En 1773 hacía propaganda de la Biblia Hebraica de Benjamín Kennicott, y en 1776 de la edición londinense de las Obras de Newton, De importancia igual para la circulación de libros, es la tira­ da de las ediciones. Los datos de que disponemos nos revelan que fue poco el progreso que se operó con respecto a las centu­ rias anteriores durante la mayor parte del siglo xvm. Una edi­ ción de tipo medio durante el siglo xvi alcanzaba, al parecer, una cifra de 1.500 a 1.750 ejemplares; tiradas de idéntica cuan­ tía las tenemos asimismo durante el siglo xvm. En 1777,19 San­ cha imprimió una edición del Quijote de 1.500 ejemplares, obra que se hallaba en constante demanda. En 1775, Ibarra impri­ mió, a su vez, en idéntico número de copias, el enormemente popular Catón cristiano del padre Jerónimo Rosales, aunque se hacía suponer que se trataba de la primera tirada de una edi­ ción de 40.000 ejemplares en total.20 A pesar de que el padre Isla, por su parte, deseaba que se hiciese una tirada de 3.000 ejemplares de la primera parte de su Fray Gerundio de Campó­ las en 1758, su impresor tan sólo autorizó 1.500, y las sucesi­ vas ediciones de obras de Isla no parece que superasen esta re-

19. Cf. A. Rodríguez-Moñino, «E l Quijote de Don Antonio de Sancha»,

en Relieves de erudición, Madrid, 1959, págs. 277-288, especialmente la pág. 286.

20. Véase A. González Patencia, «Joaquín Ibarra y el juzgado de imprentas»,

en Eruditos y libreros del siglo X V III, págs. 330, 324.

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elucida cifra.21 Se imprimieron 3.000 ejemplares de los tomos 5

y 6 del Teatro crítico universal del padre Feijoo, pero parece

que se trata de una excepción.22 En el libro postumo de Antonio Rodríguez-Moñino sobre La Imprenta de Don Antonio de San­ cha (1771-1790) (Madrid, 1971) se proporcionan datos sobre tiradas de algunas obras, y éstas ascienden en algunos casos a dos o tres mil ejemplares (sobre todo cuando se trata de libros religiosos). Rodríguez-Moñino cita seis libros de Sancha con ti­ radas de 1.500 ejemplares, tres con 2,000, cuatro con 3.000 y siete «cuadernos de rezo» que variaban entre un mínimum de 2.020 y un máximum de 2.766 ejemplares. Aun las obras de teatro, siempre populares, parecen haberse impreso en cantida­ des parecidas. En La comedia nueva de Moratín, cuando Don Serapio sueña con el éxito de El cerco de Viena no piensa que se hayan vendido «más de ochocientos ejemplares»,23 con lo que se nos sugiere de nuevo una tirada de mil o de dos mil en

total. Si una tirada de 1.500 ejemplares constituía probablemente una edición de tipo medio, poseemos datos que nos hacen supo­ ner que se hacían ediciones todavía menores durante el siglo xvm. ¿Pudieron, en efecto, imprimirse en 1772 1.500 ejem­

plares de Los eruditos a la violeta de Cadalso, cuando toda la edición (salvo 27 volúmenes) se hallaba vendida antes de que

el anuncio de su publicación apareciese en la Gaceta de Madrid?

¿Precisarían, por otra parte, los 141 suscriptores de las Obras sueltas (Madrid, 1774) de Juan de Iriarte de diez ejemplares

cada uno para repartirlos entre sus. amigos? No más de 800 ejemplares, al parecer, se hicieron del poema didáctico La mú­ sica, de Tomás de Iriarte, cuando fue impreso con una subven­ ción del conde de Floridablanca en 1779.24 Y se sabe que sólo

21. Cf.

Cartas

inéditas

del

Padre

Isla,

ed.

cit.,

pág.

190

(carta

182).

Se

hacen referencias a nuevas ediciones de 1.500 ejemplares en la carta 93, pág. 91.

22. Véase BAE, 141, pág. xn , nota 3,

comedia

23. Véase

conjetura

que se deberían de haber vendido unos 500 ejemplares.

«cincuenta manos de papel» que se

utilizarían para imprimir seis planchas de esta edición. Entendiendo por mano

La

nueva,

acto

II,

escena

II.

Doña

Agustina

24. Se le pagó a Hipólito Ricarte por

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se imprimieron 500 ejemplares de los números de El Censor en 1784. A principios del siglo xix una tirada de 4.000 ejemplares llegó a ser más corriente, pero incluso por entonces había edi­ ciones de menos de 1.500, como nos dice Manuel Silvela, el amigo de Leandro Fernández de Moratín en un epigrama que subraya la posición poco halagüeña del autor:

Autor;

¿Vendióse toda?

Librero:

Como pan bendito.

Autor:

A duro el ejemplar, hacen mil duros. ¡Loado sea el Señor! Salí de apuros.

Librero:

Ved aquí de la cuenta un estadito.

Impresor:

Es un libro profundo y erudito.

Autor:

Vuela su fama por los dos coluros. ¿Con cuántos reales contaré seguros?

Librero:

Alcanzamos a Vd. en un piquito.25

Naturalmente, el volumen de las ediciones ha de considerar­ se en relación con la amplitud del probable público lector. De acuerdo con el censo de 1768, España contaba con un número de habitantes comprendido entre los nueve y los diez millones; parece probable, con todo, que cerca del 70 por ciento del men­ tado número era incapaz de leer o de escribir. Tal era, en efecto, el nivel del analfabetismo a finales del siglo xix y no hay, por otra parte, razón alguna para creer que el porcentaje fuera infe­ rior durante la centuria anterior. Así pues, quizás el probable número de lectores en toda España a mediados del siglo xviii se hallaba comprendido entre uno y dos millones. En una ciudad como Madrid, por ejemplo, que contaba con una población to­ tal de 167.607 habitantes en 1797 —no mucho mayor que la

un cuadernillo de 24 hojas, se trataría de 400 copias, de imprimirse dos placas en cada hoja; si se imprimían cuatro, nos daría un total de 800 copias. La últi­ ma cifra parece ser la más verosímil, puesto que el libro se halía impreso en cuarto. (Véase E. Cotarelo y Mori, Triarte y su época, Madrid, 1897, pág. 203.)

25. Obras postumas, Madrid,

1845,

II,

págs.

327-328.

Sobre el número de

ejemplares en las tiradas del siglo xvn, véase J. O. Crosby, The Sources of tbe Text of Quevedo's «Política de Dios», Nueva York, 1959, pág. 5, y la introduc­

ción de Francisco Rico a La novela picaresca española, I, Barcelona, 1967, págs, l x x x i x , xc.

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de Palma de Mallorca (159.080 habitantes) hoy y menor que la de La Coruña y Córdoba en nuestros días— debería de haber tan sólo unos 50.000 lectores en total. Sabemos, por una visita general que se hizo a las escuelas gratuitas de primeras letras en Madrid en 1797, que por entonces sólo había unos 6.275 alum­ nos en unas treinta escuelas. Es posible, por lo tanto, que in­ cluso hubiese menos lectores de los que calculamos a base del porcentaje probable de analfabetos. Consiguientemente, pues, a pesar de que una amplia difusión de las obras era impensable en la España del siglo xvm , los que tenían interés en ello pron­ to podían alcanzar noticias de las nuevas publicaciones. Es cu­ rioso, por ejemplo, observar cuán bien conocidas llegaron a ser determinadas obras que circularon en copias manuscritas. Éste fue, en concreto, el caso de obras que difícilmente hubieran pa­ sado la censura sin una seria deformación por razones de índole política o religiosa. El Arte de las putas de Moratín, por ejemplo —obra justificada ingeniosamente por el autor desde el punto de vista filosófico, partiendo de la base de que es moralmente mejor escribir acerca del amor que de la guerra— , fue bien co­ nocida en el círculo del propio autor y tan ampliamente leída ¡ que mereció la inclusión en el índice de libros prohibidos por la Inquisición. La sátira sobre Pablo de Olavide y sobre el in­ terés desmesurado por la cultura francesa en España, titulada Vida de Don Guindo Cerezo, circuló libremente en manuscrito a finales de la década de los setenta. Sátiras políticas anónimas, como los artículos aparecidos en el Duende de Madrid durante el reinado de Felipe V y el Testamento de España en tiempos de Fernando VI, fueron ampliamente leídos en manuscritos; así sucedió, según parece, con la parodia del Calendario manual atribuida a Cadalso en 1768, que molestó mucho a los miem­ bros de la aristocracia cuyos amores se señalaban bastante abier­ tamente en la obra, nombrándose más o menos a las claras a sus respectivos amantes. La difusión de sus obras es, con todo, tan sólo uno de los problemas con que se enfrenta el escritor; hemos de considerar, además, en qué medida sus ingresos le proporcionaron incenti-

48

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vos o impedimentos. Ciertas obras fueron patrocinadas por las academias o las sociedades patrióticas, publicándose a sus ex­ pensas, además de lo cual cupo que un autor adinerado pudiera sufragar los gastos de impresión de sus propios libros, publi­ cando lo que quisiese. La mayoría de los autores, sin embargo, no gozaban de subvenciones y dependían, lo mismo que ahora, de la generosidad de los editores, del caprichoso gusto del pú­

blico y, ocasionalmente, de prestamistas. En la segunda mitad del siglo, ciertos editores, según parece, lanzaron algunas obras

a sus propias expensas. Antonio de Sancha (según la portada)

así lo hizo con los dos tomos de las Obras poéticas de Vicente García de la Huerta (Madrid, 1778). En 1794, fue también Sancha quien subvencionó la impresión del Informe sobre la ley agraria de Jovellanos, cuando la Sociedad Económica de Ma­ drid, oficialmente responsable, carecía de fondos.26 Por otra parte, los autores cuyas publicaciones no eran financiadas por un editor o un generoso mecenas parece que confiaron a veces en anticipos concedidos por los libreros, mientras que otros, por su parte, recibieron en préstamo dinero de los comerciantes; así sucedió, por ejemplo, con el dramaturgo Ignacio López de Ayala, que se vio obligado a pagar por sus deudas un interés del 7 por ciento 27 para poder publicar su libro sobre el concilio de Trento.

Las presiones sobre el escritor del siglo xvm no fueron nada

despreciables, según Cadalso mismo reconoce cuando define en

la carta LXVI de sus Cartas marruecas cinco categorías de es­

critores europeos. Según él, «unos escriben cuanto les viene a

la pluma; otros lo que les mandan escribir; otros todo lo con­

trario de lo que sienten; otros lo que agrada al público con li­ sonja; otros lo que le choca con represión». Pocos escritores de la primera y de la última de las mentadas categorías debieron

26. Véase la carta de José de Guevara Vasconcelos a Jovellanos, fechada el

4 de octubre de 1794, BAE, 86, pág. 191.

27. Ayala recibió a préstamo

18.604 reales de don Pedro de Zubiaga, para

financiar los gastos editoriales de su traducción castellana del Concilio de Trento, y se comprometió aí reintegro de una cantidad de 20.000 reales en cuotas men­ suales de 500 reales.

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de darse en España, y tan sólo los que pertenecieron al segundo

y cuarto grupos pudieron haber sacado algún partido de sus

obras. Hay datos, sin embargo, para afirmar que ciertos autores ingresaron cantidades nada despreciables de dinero. Torres Vi- llarroel, en su Vida, se jacta del producto de sus almanaques y otros escritos. Si hemos de creer al Don Hermógenes de ha co­ media nueva, un dramaturgo podía esperar recibir «cincuenta, doblones» en una representación teatral en el año 1790.28 Esta suma constituía, sin duda, una gran cantidad; en el sistema de nuestros días sería alrededor de 360 dólares, o incluso más. Era necesario, con todo, y más aún si se había de depender solamente de la pluma, halagar al público con asiduidad; el único caso documentado al respecto es el de Francisco Mariano Nipho (1719-1803). Publicaba Nipho principalmente lo que el

público le exigía —periódicos, traducciones, obras populares— ,

y, sin embargo, solamente después de haber sacrificado su comi­

da y su vestuario a la imprenta, entre 1760 y 1770, logró una cierta solvencia. Apareció más tarde, en este mismo siglo, un catálogo dedicado por entero a sus publicaciones, y ya por en­ tonces pudo pagar a su hijo una plaza de oficial en el ejército

y conceder rentas anuales a su hijo e hija.29 El único autor que

se le puede comparar es Torres Villarroel. Describiendo su vida

en Madrid en un soneto, afirma lo siguiente:

Debo a mis Almanaques mi vestido, y me paga la musa mi techado; cuatro libros me dan gusto crecido.

las décadas de los años 300 reales por un saíne­

te ($ 7,99) y 1,500 reales ($ 40) por su ópera Briseida y por la pieza dramática

La

sesenta y setenta, Ramón de la Cruz —parece—

28,

Véase La comedia nueva, acto I,

escena iv. En

ganó

toma de Jerusalén {véase E. Cotarelo y Mori, Don Ramón de la Cruz y sus

obras, Madrid, 1899, págs. 108, 111 y 121). Su salario anual era el de un «oficial tercero», 5.000 reales ($ 133,20), que se elevó a medida que se fue promocionan-

do.

comedias. (Véase, pala más datos, R. Andioc, Sur la querelle du théátre au temps

de Leandro Fernández de Moratín, Tarbes,

1,500 reales era, al parecer, lo que se pagaba corrientemente a los autores de

1970, págs.

602-603.)

29. Véase Luis Miguel Enciso Recio, Nipho y el periodismo español del si­

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En su Vida, en el Trozo tercero, dice que «en veinte años de escribir he percibido más de dos mil ducados cada año» (o sea, más de 22.000 reales = 5.500 pesetas); y con las impresiones de su misma Vida sacó «para más de un año, la olla, el vestido y los zapatos de mi larga familia», cien ducados para su entie­ rro, y «aun me sobraron chanflones». Dadas estas circunstancias económicas, era lógico que el nú­ mero de escritores que realmente podía vivir de su pluma en la España del siglo xvm fuera realmente muy exiguo. Igual que hoy, el destino normal del escritor era ganar dinero de alguna otra manera, ya fuera en el ejercicio de una profesión, ya por contar con un protector. El autor de obras teatrales Cañizares, por ejemplo, contó con una asignación entre los protegidos de los duques de Osuna, y aun incluso un dramaturgo tan en boga como Ramón de la Cruz, que también tuvo un puesto de cova­ chuelista, necesitó ser «protegido» asimismo.30 García de la Huerta trabajó en la Biblioteca Real para poder vivir; Me- léndez Valdés, por su parte, desempeñó los cargos de catedrá­ tico y abogado; Tomás de Iriarte era un empleado de ministe­ rio; Cadalso, un oficial de caballería; finalmente, Leandro Fer­ nández de Adoratín fue traductor oficial. Algunos creían que no se llegaría a producir obras de alta categoría en España sin libertar a los buenos literatos (y a los científicos mejor dotados también) de la necesidad de ganarse la vida. Fuerte partidario del literato «profesional», que tendría tiempo para preparar bien y pulir mucho sus escritos, fue To­ más de Iriarte. Se aprovechó del plan de la Academia de Cien­ cias y Buenas Letras que se le encargó por los años de 1779, para lanzar la idea. Sin embargo, aunque sea e-1 ideal de todo autor de toda época poder dedicarse a escribir sin tener otro empleo, no se puede demostrar que los mejores autores hayan sido precisamente los que no han tenido que vivir de otra cosa. Si, por una parte, la libertad del propio autor se veía cons­ treñida por las circunstancias financieras, igual era lo que suce-

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día por lo que al lector se refiere. ¿Cuánto no reduciría, por ejemplo, el público literario el excesivo costo de los libros o de las entradas de teatro? Una modificación parece haberse producido en 1760, por lo que a la economía de libros y teatro se refiere. Antes de ahora el mecanismo oficial para imponer el precio a los libros (la tasa) aseguraba el que hubiese poca variación de coste para el consumidor. En la primera mitad de siglo, por ejemplo, había una cuota promedio de unos 6 a 8 maravedíes para cada pliego del libro, y la misma tasa era corriente a finales del siglo xvn.31 Los precios, sin embargo, sufrieron un alza cuando fue abolida la tasa por la real orden del 14 de septiembre de 1762. Así, un ejemplar de la Gramática de la lengua francesa (Madrid, 1760) del padre José Núñez de Prado, propiedad del autor, que estaba tasado en 117 maravedíes, según una nota manus­ crita en el ejemplar mencionado fue vendido por un librero lla­ mado Cubillas, el día de Miércoles Santo de 1764, por el precio de 7 reales. Esto representa, en efecto, un alza de precios de 3 reales y 9 maravedíes, es decir, del 50 por ciento en menos de cuatro años. En España, pues, los libros de ciertas dimen­ siones, tanto desde el punto de vista financiero como intelec­ tual, se hallaban fuera del alcance del público, a no ser de los lectores que pertenecían a las clases elevadas. La relativamente corta Vida (1743) de Torres Villarroel costaba solamente 60 maravedíes (5 centavos), pero La poética de Luzán (1737) fue

31. Hubo,

al parecer, en el transcurso del siglo x v i i , una firme alza, por lo

que al precio de los libros se refiere, a juzgar por esta muestra reducida de tasas:

1601

Mateo alemán, Primera parte de Guzmán de Alfarache, Madrid: 3 ma­ ravedíes por pliego.

1605

Juan de Solórzano Pereira, DHígens et accurata de Parricida crimine disputado, Salamanca: 3 maravedíes.

1641

Feliz de Arteaga, Obras postumas divinas y humanas, Madrid: 4 Vi maravedíes.

1642

Diego López, Declaración magistral sobre las sátiras de Juvenal, Ma­ drid: 4 Vi maravedíes.

1660

Antonio Enríquez y Gómez, Academias morales, Madrid: 4 maravedíes.

1692

Justa literaria, certamen poético o sagrado influxo en la solemne [ ]

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vendida por 768 maravedíes (60 centavos) y la primera parte de Fray Gerundio del padre Isla (1758) se cotizó en 336 mara­ vedíes (26,5 centavos). El precio fijado para la Enciclopedia metódica (1782-1794) ascendía a 200 reales ($ 5,28); Melén- dez Valdés valoró su ejemplar de L'esprit des lois de Montes- quieu en 127 reales ($ 3,38), y las Oeuvres philosophiques de Diderot en 100 reales ($ 2,66). Si queremos hacernos una idea del equivalente en nuestros días de tales precios, hemos de mul­ tiplicarlos por diez o por quince. Un proceso más detallado de esta evolución de los precios la ofrecemos, más adelante, en el apéndice B. Por lo que al teatro se refiere, no era desde luego mucho más accesible. Los precios de entrada variaban según el tipo de obra que se representaba, y se aumentaban los precios en diver­ sas épocas: en 1765, por ejemplo, 1770, y dos veces entre di­ ciembre de 1798 y abril de 1800. La entrada al patio, que cos­ taba 10 ó 12 cuartos (1,18 ó 1,41 reales) en 1763, llegó a 2,24 reales en 1800. Encima de esto se pagaban los asientos. Los palcos ascendieron a 30 ó 47 reales (unos 80 centavos). A duras penas las clases necesitadas podían permitirse el lujo de ir al teatro. Parece que el gobierno hasta alzó los precios al final del siglo para evitar que los obreros entrasen. En El deseo de seguidillas, de Ramón de la Cruz, Alonsillo hubiera querido ir a ver una representación; una entrada de patio, sin embargo, valía una peseta (4 reales), suma que podía emplear en uno o dos almuerzos. Una peseta, en efecto, constituía la sexta parte del salario mensual de un criado (25 reales), según vemos en La pradera de San Isidro de Ramón de la Cruz, y un jornalero ganaba tan sólo 6 reales por día. A finales del siglo xvm y comienzos del xix encontramos, por fin, nuevos incentivos en favor de los miembros más pobres del público lector. Los impresores procuraron estimular una ma­ yor afluencia de interesados mediante la oferta de colecciones de novelas y obras en varios tomos en condiciones más econó­ micas de suscripción; se difunden, al mismo tiempo, las facili­ dades de préstamos de libros, o de su lectura en bibliotecas o

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salas de lectura por este mismo período. Ya en 1711 se estable­ ció la Biblioteca Real, a la cual, por Real Orden de 1716, los impresores tenían que enviar un ejemplar encuadernado de to­ das sus publicaciones. «Ella abunda de los mejores libros espa­ ñoles —escribió Sempere y Guarinos— y su lectura se permite

a cualquiera.»32 No sorprende que este mismo autor atribuya a

la mencionada biblioteca un papel considerable en el desarrollo

y conocimiento del gusto literario en España. En el Diario de

Madrid del 13 de noviembre de 1786 se anuncia su apertura y

las horas de consulta —«desde las 9 hasta las 12 de la mañana,

y por la tarde desde las 3 hasta las 5; y todos los días son úti­

les para frecuentarla, menos los de precepto y fiestas de Conse­

jo»— . En las provincias se empezaron a establecer bibliotecas públicas también. La del Palacio Arzobispal de Valencia era pú­

blica; había una biblioteca pública en Zaragoza, llamada de San Ildefonso; y la «biblioteca pública de la ciudad de Sevilla» exis­ tía entonces, según las listas de suscriptores de las Crónicas de los reyes de Castilla (1779) y la Colección de obras de Tomás de Iriarte (1787). Las bibliotecas de préstamos que funciona­ ban estrechamente unidas con las librerías, no parece que se abrieran al público hasta después de la guerra de la Indepen­ dencia, y la eficacia de su impacto sobre el público lector cae ya dentro del período romántico. Es cierto que, en 1802, un viajero alemán, Chrístian August Fischer, opinaba que no tarda­ ría en' establecerse algún «gabinete de lectura» en Madrid, por­ que la gente «devoraba cuantos libros buenamente pueda: nove­ las, dramas, libros de viaje, obras originales y traducciones» (Gem'álde von Madrid, Berlín, 1802, págs. 226-227). Durante

el reinado de José Bonaparte, se formuló un proyecto de biblio­

tecas públicas por parte del gobierno. Pero, después de la gue­ rra, fueron más bien los intereses de los libreros los que propor­ cionaban al público la oportunidad para leer libros sin comprar­

32.

Véase

Reflexiones sobre

el

buen

gusto

en

las

ciencias

y

en

las

artes.

Traducción libre de [

españoles en la literatura por don Juan Sempere y Guarinos, Madrid, 1782,

]

Muratori, con un discurso sobre el gusto actual de los

54

E L

SIGLO

XVIII

los. En Valencia, Faulí publicó un catálogo de «libros que se en­ contraban a la disposición de suscriptores», alrededor de 1817, y. Cabrerizo, por su parte, hizo lo mismo unos diez años después en la misma ciudad,13 aunque se había implantado ya en 1813 su gabinete de lectura. Un catálogo de obras disponibles en un gabinete de lectura fue publicado por Joaquín Adrián en 1837 en Sevilla; y ya entre 1833 y 1842 aparecen buen número de «gabinetes» en los periódicos de Madrid.34 El número de lecto­ res de publicaciones fue estimulado, de modo particular, por este procedimiento. Dos cuartos parece que costaba la entrada a la sala de lectura para leer un solo periódico y cuatro el con­ junto entero. Había, además, la alternativa de una suscripción mensual que ascendía a 8 reales. Aunque en la mayoría de ciudades de España, durante el si­ glo xvm , no se concedía ninguna facilidad para el préstamo de libros, si se exceptúa algún lector afortunado,^! incremento mis­ mo de las publicaciones periódicas durante este período hizo via­ ble a ciertos escritores el alcanzar un público más extenso, inclu­ yendo a aquellos sectores que ni siquiera podían hacerse con los libros de precio más reducido.35 Ciertas publicaciones, como el Diario de los Literatos de España (1737-1742), constituyeron una importante contribución a la discusión de las teorías litera­ rias, y fomentaron el establecimiento en España de los principios del Neoclasicismo. La importancia de otros, como El Censor o el Correo de Madrid, radica en haberse constituido en vehículos de las ideas de la Ilustración más avanzada. La influencia de los periódicos en los escritores mismos y en el público merece, con todo, cierta consideración. D qs modalidades literarias, estrechamente relacionadas en el siglo xvm con el periódico, son el ensayo reducido —infbr-

33.

Cf. A. Rodríguez-Moruno, Historia de los catálogos de librería españoles,

pág. 96.

34.

Ibid.,

págs,

92 y sigs.

35.

Véase

Pedro

Gómez

Aparicio,

Historia

del

periodismo

español

desde

la

«Gaceta

1967.

de

Madrid»

(1661)

hasta

el

destronamiento

de Isabel

II,

Madrid,

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

55

mativo a veces, otras satírico— y la carta. No se trata, sin em­

bargo, tanto de dos formas creadas por la literatura periodística, como fácilmente asimiladas por ella. Otra modalidad previa a la literatura periodística, pero que llegaría a ser una de las mues­

tras

principales de ella a finales del siglo xvm y comienzos del

xix

en España, la constituye el sueño ficticio. Los Sueños de

Quevedo y de su epígono del siglo xvm, Torres y Villarroel,

perdieron su amplias proporciones hasta acoplarse a las colum­

nas del Correo de Madrid, o a las hojas de los Caprichos de

Goya, y aun más tarde (aunque todavía dentro del ámbito de la literatura periodística) fueron divulgados por Larra entre 1820 y 1830. Todas estas publicaciones periódicas nutrieron el de­ sarrollo de estas formas de reducidas proporciones, la contro­ versia y la polémica, el seudónimo o anonimato entre los escri­ tores, así como la aparición de rápidos y aun casuales hábitos de lectura entre el público. Los escritores que nutrían de este modo al público lector de estas publicaciones obviamente te­ nían que tener todo esto muy presente. Se escribieron varias

obras en forma de cartas, aun cuando sus autores no pensaran necesariamente en publicarías en periódicos. Siguiendo los ejem­ plos de Montesquieu y Goldsmith, Rousseau y Ríchardson, re­ dactó Cadalso sus Cartas marruecas, Meléndez sus Cartas de Ibrahim, Mor de Fuentes La Serafina y Pablo de Olavide El evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado, una crítica de la filosofía antirreligiosa y defensa de una sociedad jerárquica no expuesta a revoluciones. Los periódicos también formaron hábitos de lectura. Teniendo en cuenta el poco cui­ dado con que se leía corrientemente a finales del siglo xvm, Nipho procuró captar la atención del lector apresurado ponien­

do en cursiva las sentencias filosóficas en su traducción del

Viaje de la razón por la Europa del marqués de Caracciolo.36

36. F. M. Nipho, Viaje de la razón por la Europa por el marqués de Carac­

ciolo, parte segunda, edición consultada, Madrid,

Impresión

cias [

mera curiosidad, y tienen poco menos que muerta la reflexión.»)

1799,

en

f.

4v.

cursiva

(«En

todas

de

este

Viaje

de

la

Razón

he

puesto

]

porque

no se malogren en ciertos lectores,

que leen de

la segunda

las

prisa, y por

senten­

56

E L

SIGLO

XVIII

No puede ponerse en duda el influjo que <los periódicos ejer­ cieron durante el siglo xvm por lo que respecta al estilo litera­ rio y a la circulación de determinadas obras literarias. Las No­ ches lúgubres de Cadalso, por ejemplo, se imprimieron por sepa­ rado en dos periódicos antes de que adquiriesen la forma defini­ tiva de libro; y las Cartas marruecas del mismo autor circularon primero en el Correo de Madrid antes de la edición de Sancha en 1793. A su vez, la «Sátira segunda a Arnésto sobre la mala educación de la nobleza» de Jovellanos se editó, en primer lugar (en una versión expurgada), en El Censor en mayo de 1787, antes de que alcanzase otra clase de público en los Principios filosóficos de la literatura de Charles Batteux en 1801, de Gar­ cía de Arrieta, y de su publicación definitiva como obra suelta en 1814. Otras composiciones satíricas de Jovellanos vieron por primera vez la luz pública en 1788 y 1797 en el 'Diario de Madrid; 37 y Meléndez Valdés, al parecer bajo las sugerencias del mismo Jovellanos, publicó su Discurso poético sobre la decadencia moral y material de España una semana antes de que apareciese la «Sátira segunda a Arnesto», en El Censor. Meléndez, además, editó otros poemas suyos en el Correo de Madrid, en el Diario de Madrid y en el Semanario erudito y cu­ rioso de Salamanca; dos de sus Discursos forenses fueron publi­ cados, por primera vez, en 1818 en el Almacén de frutos litera­ rios; 38 su amigo Forner, por su parte, dio a conocer algunas traducciones de Horacio y un diálogo en el Diario de las musas de Salamanca.39 La atracción que el periódico ejerció durante

37. La carta de «Carta de un quidam, a un amigo suyo, en que le describe

el rosario de los cómicos de esta corte», apareció, por primera vez, en el Diario de Madrid, 226, 13 de agosto de 1788. La profesora E. F. Helman ha publi­

cado un poema de Jovellanos, desconocido basta ahora, impreso por primera vez

en ei mismo periódico en 1797 (véase PSA , 157, págs.

38. Un soneto superficial compuesto por Meléndez para Gregorio de Salas

se imprimió en el Correo de Madrid, 205, 8 de noviembre de 1788. Este y otros

poemas publicados por Meléndez Valdés en los periódicos se hallan registrados en los elencos que nos ofrece Georges Demerson en su Don Juan Meléndez Valdés et son temps, París, 1962, págs. 614-615.

39. Véase Obras de Don Juan Pablo Portier, recogidas y ordenadas por don

Luis Villanueva, Madrid, 1844, pág. [x x iv ], «Catálogo de mis obras».

9-30).

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

57

la segunda mitad del siglo xvm sobre los escritores españoles viene corroborada, de modo mucho más claro todavía, por la decisión que tomó Nicolás Fernández de Moratín de publicar por este procedimiento selecciones de sus poemas, en 1764-1766 {El poeta), y por la decisión de idéntica forma de publicación que llevó a cabo Clavijo y Fajardo con sus ensayos satíricos (El pensadoryMadrid, 1762-1767). La afición a los periódicos con­ dujo asimismo a Trigueros a editar en 1770 sus poemas filosó­ ficos en forma seriada en lugar de hacerlo de una sola vez; afi­ ción que llega a convertirse en una especie de manía en algunos de los escritores de menor importancia, a juzgar por el caso de Lucas Alemán y Aguado, editor jefe del Correo de Madrid y autor, por lo menos, de ochenta y cuatro volúmenes manuscritos de publicaciones periódicas.40 Si los periódicos fomentaron un nuevo tipo de lectura y de escritura, existían ya otros, en cambio, que bien pudieron afec­ tar el modo en que se escribía. No todos los lectores podían leer con rapidez, y el procedimiento común de leer las obras en voz alta supuso que los libros no siempre tuviesen la unidad que nosotros esperamos de ellos hoy en día. No puede resultarnos sorprendente, por ello, que la belleza de versos aislados de un poema, o de determinados pasajes en prosa, fuese considerada para el lector del siglo xvm, y también para el escritor, de tanta importancia como el impacto que produce el poema o el libro en su conjunto. Jovellanos, por ejemplo, en carta a su amigo Carlos González de Posada, fechada el 5 de mayo de 1792, enun­ cia unas reglas estrictas que han de seguirse para la composi­ ción de versos musicalmente equilibrados en un poema. El há­ bito de leer en voz alta llevó, además, a los poetas a preferir las formas de reducidas proporciones y aquellas otras estructu­ ras que, aunque más amplías, eran fácilmente susceptibles de fragmentación, y fomentó, sin duda, la utilización de los efectos

40. Recientemente he comprado a un librero de Madrid La estafeta del pla­

cer. Continuación de las obras de Don Lucas Alemán y Aguado. Tomo LX X X IIÍ.

Este volumen manuscrito consta enteramente de composiciones

jocosas y otras serias», tales como las publicó Alemán en el Correo de Madrid.

pequeñas,

«unas

58

EL

SIGLO

XVIII

acústicos, tanto en prosa como en verso. El término «prosa», en efecto, viene a ser en este período sinónimo de elocuencia; «obras de elocuencia» significan, así, obras en prosa. En 1790 se anunció en el Diario de Madrid alguna obra en «prosa poéti­ ca» o «poemas en prosa». Ampliamente nos hemos enfrentado, en primer término, con los cambios de entorno histórico y del público en la literatura del siglo xvm, así como con los factores externos que repercu­ tieron en la forma y en el estilo de la comunicación literaria. Hemos de tratar ahora de otras dos fuerzas de distinta índole que afectaron a los autores españoles: el impacto que sobre ellos ejercieron las teorías estéticas extranjeras y sus reacciones frente a los puntos de vista foráneos o nacionales sobre ^cultu­ ra hispánica. Hemos aludido ya a la sensibilidad de España por lo que se refiere a su imagen vista desde el exterior. Si era natural, por una parte, que se sintiese consternada por el ocaso de su poder político en Europa durante el siglo xvn y comienzos del xvm, no lo era menos el que sintiese lo mismo con respecto a la altura a que internacionalmente se había levantado su literatura du­ rante el mismo período. Ya Quevedo había reaccionado fuer­ temente contra los que desdeñaban a España y su literatura —más que nada por su supuesta propensión hacia un estilo pomposo e impuro—, partiendo de escritores como Marco An­ tonio Muret y Escalígero.41 Los autores españoles del siglo xvm adoptaron una actitud más decididamente defensiva, cuando se enfrentaron con ataques de índole análoga. Más difícil era, sin duda, para los defensores de España durante el siglo xvin citar escritores coetáneos como ejemplos de la norma clásica. Mien­ tras Quevedo podía presentar a un fray Luis de León, Garcilaso, fray Luis de Granada, Herrera y otros muchos, el siglo xvm, en cambio, sólo podía echar mano de Solís (1610-1686), pero más frecuentemente se aferraba a los mismos escritores del si­

41,

Quevedo,.España defendida

y los

tiempos

de

ahora,

de

las calumnias

de los noveleros y sediciosos, edición con introducción y notas de R, Selden Rose, Madrid, 1916, págs. 7-10, 22-26, 67-71.

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

59

glo xvi que Quevedo, y a las figuras del siglo xvn que consti­ tuían dechados de clasicismo al estilo de Cascales, José Antonio González de Salas, los -hermanos Argensola, los condes de Fer- nán-Núñez y Rebolledo. Un modelo típico de las obras de crítica extranjeras en torno a las letras españolas de finales del siglo xvn, al que los autores españoles trataron de hacer frente o refutarlo, lo constituyen los Entreüens d’Aviste et d’Eugéne del padre Bouhours. Este jesuita francés únicamente aprobaba su propia lengua. El caste­ llano, en cambio, a su parecer,

fait pour l’ordinaire les objets plus grands qu’ils ne sont et va plus loin que la nature; car elle ne garde nulle mesure en ses métaphores; elle aime passionnément l’hyperbole et la porte jusqu’á J’excés, de sort qu’on pourrait dire que cette figure est la favorite des Castillans.42

Otros escritores, como Montesquieu o Saint-Evremond, lanza­ ron dardos a su vez, que no por más sutiles dejaban de serlo. Aquél, por ejemplo, alegaba que el único libro de mérito espa­ ñol {Don Quijote) hacía una crítica de todos los demás; este último, a su vez, atribuía la supuesta irregularidad y la falta de naturalidad del estilo castellano a la dominación árabe.43 De modo inevitable, pues, los españoles se sintieron como el blanco. Y los ataques en este sentido continúan, en efecto, hasta media­ dos de siglo y aún más allá. En mayo de 1748, por ejemplo, en una recensión de La poética de Luzán, aparecida en las Mémoi- res pour Vhistoire des sciences et des beaux arts, se afirmaba que, desde comienzos del siglo xvn, apenas había aparecido en España una sola obra «écrit d’un stile raisonnable»; se publicó en el mismo año en Avíñón un mapa con cuatro rótulos, en el que se afirmaba que España se encontraba deshabitada en su

42. Ibid., ed. René Radouart, París, 1920, pág. 46.

43.

Véase Montesquieu, Lettres persanes, leltre L X X V III;

las opiniones de

Saint-Evremond se hallan resumidas en Ramón Esquerra,

mond sobre España», BH , X X X V III,

«Juicios de Saint-Evre-

1936, págs. 353-363.

60

EL

SIGLO

XVIII

mayor parte, que era una nación inútil, un criadero de «mons­ truos» y «la ruina de toda amena literatura».44 Todas estas indicaciones adversas sobre Ja cultura española llegaron a circular por Europa más ampliamente aún cuando Masson de Morvilliers lanzó la conocida cuestión: «Que doit- on á Espagne?» en la Encyclopédie métbodique. El artículo de este autor sobre España fue completamente retocado y expurga­ do de su ironía en la traducción castellana que de él publicara Sancha (1782-1794); la invectiva que en un principio contenía fue ampliamente difundida, pese a todo, y continuó hiriendo la susceptibilidad de los españoles durante más de cien años. In­ mediatamente tuvo lugar una fuerte corriente de ataques en contra de Masson, algunos de ellos tan descarnados, que el Consejo de Castilla, más de una vez, se vio obligado a denegar la licencia de impresión.45 La réplica de Sempere y Guarinos consistía en señalar los eminentes modelos de «los mejores es­ critores del reinado de Carlos III». Juan Francisco de Masdeu (1744-1817), por su parte, prolongó de tal manera la defensa de los escritores latinos que habían vivido en España durante la dominación romana, que apenas le quedó tiempo en los vein­ te volúmenes de su Historia crítica de España y de la cultura española, para emprender la discusión de la literatura española propiamente dicha. Manuel Benito Fiel de Aguilar, a su vez, creía que la respuesta global a todos los ataques venidos del extranjero era su versión castellana de Nicolás Antonio —«el catálogo o biblioteca de los hombres más notables que la nación había dado en todas las ramas del saber»— .46 La respuesta que Capmany formulara contra la crítica adversa a España —el Tea­ tro histórico-crítico de la elocuencia española— invalida casi el

la

cultura española, I, Madrid, 1783-1805, pág.

45. Cf, Serrano y Sanz, «E l Consejo de Castilla y la censura de libros en

el

46. Véase su prólogo a La literatura española demostrada por el erudito

Don Nicolás Antonio, Madrid, 1787. Otra apología que iba a aparecer durante

el mismo año

nario erudito, págs.

44. Véase

siglo

xvm »,

Juan

Francisco

de

Masdeu,

Historia

177.

45-46.

para

crítica

de

España

y

de

RABM, XV ,

la

1906, págs.

constituye el Prospecto

el primer volumen

de su Sema­

1-3, de Valladares y Sotomayor.

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

61

argumento de Aguilar, ya que atribuye la mayor parte de la crítica extranjera a la ignorancia de la lengua castellana. Por los años de 1780 y 1790 los autores españoles confia­ ban en el progreso de su país lo suficientemente como para vol­ verse contra la crítica exterior. Tal situación -hubiera sido impo­ sible unos sesenta años antes. Muchos pensadores españoles creían entonces que la crítica en contra de la literatura española no carecía de fundamento, y su réplica consistía en tratar de me­ jorar el área que tenían que defender. En 1725, por ejemplo, Mayans y Sisear se quejaba contra los epígonos de Paravicino que no se preocupaban más que por el hueco sonido de palabras ampulosas y frases altisonantes sin sentido y se revolvía asimis­ mo contra el abuso de las «frases poéticas» en castellano.47 Lu- zán (1702-1754), aunque se dolía de las «afirmaciones indeco­ rosas» de ciertos críticos como Bouhours, subrayó, por su parte, idénticas afirmaciones en La poética (Zaragoza, 1737).48 A me­ diados de siglo algunos españoles desesperaron en su intento de encontrar una defensa adecuada de su cultura. En 1753, Mon- tiano y Luyando aludió al «despique de la nación que fue siem­ pre -la principal mira de mi desvelo»,49 y diez años más tarde, Clavijo y Fajardo, al comienzo de su pensamiento III de su pe­ riódico El pensador, se extrañaba de que no había ningún modo de contener «la osadía con que a nuestras barbas se burlan de nosotros los extranjeros». Aunque algunos españoles creían que Clavijo también se mofaba de su propio país, llenándose «contra España de furor» al decir de un soneto anónimo, otros procura­ ban satisfacer la crítica extranjera, amoldando el gusto español al que imperaba en las otras naciones de Europa. Bouhours y el marqués de Valdeflores, por ejemplo, brindaron nuevos criterios desde el punto de vista estético y propugnaron una reafirmación del siglo xvi español como la auténtica Edad de Oro de la litera­

47.

Véase su «Oración en alabanza de las obras de Don Diego Saavedra Fa­

jardo»,

en Ensayos oratorios, Madrid,

1739, págs.

129,

141-142.

48.

Ignacio de Luzán, La poética, con su estudio de Luígi di Filippo, I,

Barcelona,

1956, pág. 33.

49. Véase su Discurso I I sobre las Tragedias españolas, Madrid, 1753, pá­

62

E L

SIGLO

XVIII

tura hispánica; Montiano y Luyando, por su parte, quiso consti­ tuirse en ejemplo artístico escribiendo tragedias en un intento de demostrar que también los españoles eran capaces de seguir las reglas clásicas. Tan pronto como se recuperó la confianza en la capacidad de España para producir obras literarias merecedoras del respe­ to dé otros países extranjeros, los escritores españoles comenza­ ron a revalorizar gradualmente el pasado de sus letras de un modo más decidido. El teatro de Calderón, tomado en su con­ junto, contaba aún con pocos defensores, a pesar de que las ideas que encerraba encontraron un decidido admirador en For- ner, por ejemplo.50 Aunque los poemas extensos de Góngora eran rechazados en general por los críticos, se exaltaban, sin embargo, sus composiciones menores, y Herrera, por su parte, comenzó a levantarse como un paradigma de las cualidades poé­ ticas españolas; el calor y la pasión de éste eran preferidos a la meticulosa precisión de la poesía francesa y de sus imitadores castellanos.51 Cienfuegos y los poetas de la escuela sevillana, como Lista, Reinoso y Blanco White, constituyeron los más fer­ vorosos partidarios de Herrera. La crítica de los valores litera- rios de Francia se hizo más común en España, tan pronto como las relaciones entre ambas empeoraron a partir de 1790, y en­ contró un modo de expresión más virulento, de modo particu­ lar durante la guerra de la Independencia, por parte de aquellos escritores que como Capmany anteriormente la habían admira­ do, Otro factor que motivó una revalorización de los «irracio­ nales» escritores españoles viene constituido por el creciente interés por lo sublime que se deja sentir en la literatura de la segunda mitad de la centuria. Surge asimismo una preferencia por un estilo nacional más que «internacional», que llegará a su cénit tras la guerra de la Independencia, en el momento en

50. En

el prólogo a su Colección

de

pensamientos filosóficos, sentencias y

dichos grandes

de los más célebres poetas dramáticos españoles formada

por el

corresponsal del Censor, I, Madrid, 1786.

 

51.

Cf. N. Glendinning,

«La

fortuna de Góngora en el siglo xvm »,

RFE,

X IV ,

1961

(1963), págs. 345-346.

 

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

63

que las ideas de A. W. Schlegel comenzaron a circular por España. Comenzaron ahora a ejercer su influencia ciertos aspectos nuevos de las teorías estéticas extranjeras. Ya hemos menciona­ do anteriormente el creciente conocimiento, ya anterior a 1760,

por parte de los autores españoles de lo que al Neoclasicismo europeo se-refiere, aunque en la segunda mitad de la centuria se dio una cierta separación de los criterios franceses. Incluso en La poética de Luzán, la doctrina francesa se nos presenta como un elemento más dentro de una panorámica muy amplia.52 En

la biblioteca de Meléndez Valdés, por otra parte, aunque fuer­

temente nutrida de libros franceses, convivían Pére André, Bat- yteux, Boileau, Diderot, Marmontel y Dubos con Aristóteles, Horacio, Hutcheson, Mengs, Pope y Shaftesbury, por ejemplo.

Dos traducciones se hicieron del Art poétique de Boileau en Es­ paña, una en 1787 (por Madramany y Arriaza), otra en 1807, además de la de los Principios filosóficos de Batteux (en 9 vo­ lúmenes, Madrid, 1797-1805). Esta labor, sin embargo, se vio contrapesada por 1a traducción, verificada por Munárriz, y el posterior compendio de la poética de Hugh Blair, que circuló

en ocho ediciones entre el período que va desde finales del siglo

hasta 1824, y por la traducción del Treatise on the Sublime de Edtnund Burke, llevada a cabo por Juan de la Dehesa (Madrid,

1807). El Espíritu de los mejores diarios, a su vez, entre 1780

y 1790, proporcionó a su público material de procedencia in­

glesa y alemana, de igual modo que francesa, lo que también hizo la continuación del Memorial literario bajo su nuevo editor

José Calderón de la Barca, a partir de 1789.53 Por este mismo período, ganó también terreno dentro de España la teoría esté­ tica italiana: Sempere y Guarinos (1754-1830), por ejemplo,

52. Véase Russell P. Sebold, «A Statistical Analysis of the Origins and

Nature o£ Luzán’s Ideas on Poetry», H R , X X X V , 1967, págs. 227-251. Versión

española en El rapto de la mente (Poética y poesía dieciochescas), Madrid, 1970, págs. 57-97.

53. Cf. N. Glendinning, «Influencia de la literatura inglesa en España en

64

E L

SIGLO

XVIII

^publicó una traducción libre de las Reflexiones sobre el buen fgusto en las ciencias y en las artes (Madrid, 1782) de Muratori, y los Principios de retórica y poética {Madrid, 1805 y 1813) de Sánchez Barbero utilizaban ampliamente tanto a Filangieri como a Marmontel. A su vez, los jesuítas españoles, exiliados en Italia desde 1767, contribuyeron grandemente a la difusión de teorías estéticas distintas de las francesas. La Historia de todas las lite­ raturas del padre Andrés (1740-1817) contiene, en efecto, mu­ chas de las teorías y de los procedimientos literarios de Italia, Alemania e Inglaterra, sin contar a Rusia y a los restantes países europeos. Esteban de Arteaga (1747-1799), por su parte, en sus Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal (Madrid, 1789) recoge ideas de Winckelmann, Sulzer, Mengs, Hagedorn, Alga- rotti y Moisés Mendelssohn, así como de André, Crouzat, Vol- taire, Marmontel y Batteux. No hemos de pasar por alto, sin embargo, la importancia fundamental de la teoría y procedimientos latinos, griegos y es­ pañoles. Su influjo, en efecto, superó, sin duda, al de los extran­ jeros. Los principios de retórica que los colegios españoles pro­ porcionaban eran, en lo sustancial, latinos. En sus clases de poe­ sía y de retórica, los humildes discípulos de los padres escolapios aprendían, de memoria, el Ars poética de Horacio. Los alumnos de las clases más elevadas se servían de idéntico texto en los seminarios de los jesuítas, y esta tradición estaba en vigor toda­ vía, cuando Javier Burgos se examinó de retórica y el joven Zorrilla de humanidades, en 1829, en el Real Seminario de No­ bles' de Madrid.54 Establecida en los Reales Estudios de San Isidro en 1770, la cátedra de crítica literaria, creada por Car­ los III, se orientó —parece— en torno a los períodos clásicos o preclásicos, y los cuarenta y dos «discursos» que se extienden á lo largo del primer año de una carrera de cuatro para los que se habían matriculado en 1789 versaron en torno a «la cultura de las naciones bárbaras con la de los egipcios, griegos y roma­

54.

Véase

Certamen

literario

en

el

qual

el

Seminario

de

Nobles

de

Ignacio de la Compañía de Jesús [

del Real Seminario de Nobles. Año de 1829, Madrid, 1829, passim.

],

Valencia, 1764, pág. 3; y Examen general

San

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

65

nos hasta la decadencia del Imperio».55 Fueron importantes asi­ mismo las traducciones y teorías de los autores clásicos. Estala publicó el Oedipus tyrannus de Sófocles (1793), y el Plutus de Aristófanes (1794), y José Goya y Muniain editó una nueva versión de la Poética de Aristóteles (1798). Manuel Pérez Val- derrábano y el padre Basilio de Santiago hicieron sendas tra­ ducciones del Tratado de lo sublime (1770 y 1782) de Longino, mientras que Sancha reimprimió la Poética de Aristóteles (1778) de Alonso Ordóñez das Seixas, con notas de Heinsius y del padre Batteux, y finalmente la Nueva idea de la tragedia an­ tigua de José Antonio González de Salas. Las reediciones de los autores de los siglos xvi y xvn con­ tribuyeron además a modelar, reflejándolo a un tiempo, el gusto del siglo xvm. Para satisfacer una demanda que nada tenía que ver con el desarrollo del Neoclasicismo, se imprimieron de nue­ vo autores como Calderón, Lozano y María de Zayas, por ejemplo,-La mayoría de autores de los siglos xvi y xvn que lle­ nan los nueve volúmenes del Parnaso español, publicado por primera vez por Ibarra y Sancha entre 1768 y 1778,56 se desti­ naron a proporcionar paradigmas del «buen gusto». Idéntico propósito subyace a la edición de Garcilaso llevada a efecto por Azara (1765) y a toda una serie de clásicos castellanos publica­ da bajo la dirección general de Ramón Fernández (padre Esta­ la), en la que se incluyen volúmenes de poesía de Herrera, Jáu- reguí y los hermanos Argensola, por ejemplo. Fueron reimpresos también durante este período las anacreónticas, los sáficos-adó- nicos y las latinas de Villegas que contaron con enorme influen­ cia, y en los que convivía la forma y elegancia clásicas con la sensualidad que de modo tan particular cautivaría al siglo xvm. Todas estas publicaciones reflejan, o moldean, el gusto lite­

55. Exercicios públicos de historia literaria que tendrán en los Estudios

Reales de Madrid [

56. Se necesita aún un estudio en torno a las distintas ediciones de esta

obra. He tenido oportunidad de ver, por mí parte, uno al menos de los ejem­ plares, en el que el volumen II I llevaba en la portada ía fecha de 1782 {en lugar de 1770 ó 1773), y el volumen V II poseía también la fecha de 1782 {en vez de 1773).

]

en

[

]

septiembre de 1790, Madrid, s i., í. A 4r.

66

E L

SIGLO

XVIII

rario del siglo xvm. En el caso de Villegas, por ejemplo, se deja ver bien a las claras que el interés hacia este poeta llevó a la reedición de sus obras; lo habían alabada, en efecto, Luzán y Luis José Velázquez, mientras que Nicolás Fernández de Mora­ rán y José Cadalso lo habían imitado ya con anterioridad a su edición de 1774, que fue publicada nuevamente por Sancha en 1797. Un caso parecido es el de Cándido María de Trigueros en sus Poesías de Melchor Díaz de Toledo {Sevilla, 1776), En cambio, de no haberse renovado el interés hacia las novelas pas­ toriles de Montemayor, Gil Polo y Cervantes, reflejado mani­ fiestamente en las reimpresiones llevadas a efecto durante este período, sería extraño que Pedro Montengón escribiese su no­ vela pastoril, El Mirtilo (Madrid, 1795). No todas las reimpresiones llevadas a cabo caen, sin embar­ go, dentro dé los rigurosos límites del gusto clásico, y es necesa­ rio subrayar que ciertas publicaciones anticuarías ejercieron tam­ bién su influjo sobre la literatura. Constituye, en efecto, un re­ flejo literario de las aficiones arqueológicas de este período y de las investigaciones d[ue durante él se hicieron en torno a los orígenes de España, el interés desplegado hacia la poesía ante­ rior al siglo xvi, como por ejemplo las composiciones épicas (el Cid) y los poemas de Berceo y del Arcipreste de Hita. Luis José Velázquez, en efecto, fue el primero en citar ampliamente al Arcipreste en sus Orígenes de la poesía castellana (1754), poco antes de que Tomás Sánchez verificara la publicación de su obra en su Colección de poesías castellanas anteriores al si­ glo XV (Madrid, 1779-1790). A comienzos de los años setenta o a fines de los sesenta, Nicolás Fernández de Moratín y José Cadalso manejaron poemas compuestos en castellano antiguo ya siguiendo a Velázquez o imitando, tal vez, el romance de Que­ vedo «Estando en cuita y en duelo».57 Idéntico uso de la lengua

57. Véanse las Quintillas de estilo y conceptos antiguos sobre yerros amoro­

sos, de Cadalso; y Moratín, Canción en lenguaje antiguo, y en el metro de Juan de Mena, en elogio del infante don Gabriel, dirigida al rey, con motivo de la traducción de Salustio hecha por S. A. (en Poesías inéditas de D. Nicolás Fer­ nández de Moratín, publicadas por R. Foulché Delbosc, Madrid, 1892, págs. 7-9).

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

67

antigua hace Jovellanos en ciertos pasajes de sus propios poe­ mas, aunque, ya por la misma época en que se hallaba escri­ biendo este autor, el gusto por los asuntos medievales se había establecido en buen número de países europeos lo mismo que en España. Esta moda, por lo que a Inglaterra se refiere, se re­ fleja, por ejemplo, en el estilo gótico de Strawberry Hill (por lo que atañe a la arquitectura) y en la poesía ossiánica. En Es­ paña, a pesar de que el gótico permaneció siendo un término de connotaciones peyorativas de bárbara desmesura, las traduc­ ciones de Ossian contaron con cierto éxito. Una versión de su obra fue llevada a cabo por Alonso Ortiz en 1788, y otras tra­ ducciones debidas a Pedro Montengón vieron, a su vez, la luz, doce años más tarde.58 Un interés más acendrado por lo que a esto respecta debió de ser despertado por las recensiones en el Espíritu de los mejores diarios?9 por el Origen, progresos y es­ tado actual de toda literatura (Madrid, 1784-1806), precedido de las ediciones italianas de Parma (1782-1799) y de Venecia (1783-1800) de Juan Andrés, y, finalmente, por la Historia lite­ raria de la Edad Media, una especie de extracto de los Philolo- gical Inquiries de J. Harris, hecho por un autor francés y publi­ cado en traducción castellana en 1791. Ya por el año de 1785 el marqués de Ureña, en sus Reflexiones sobre la arquitectura, ornato y música del templo, reconocía que «podrían tomar los entendidos sabias lecciones del estilo gótico en Toledo, Sevilla, Milán y Estrasburgo». Para este autor, lo más notable en el es­ tilo gótico era su «[carácter] majestuoso que eleva»; y el si­ glo xiii era su mejor tiempo. Una importancia análoga a la del influjo que sobre los escri­ tores españoles ejerciera la estética extranjera, en su doble ver­ tiente de teoría y práctica, es la que posee la Ilustración europea. Una pequeña minoría capaz de alcanzar y poseer publicaciones extranjeras se vio alcanzada por las nuevas concepciones del de­

58.

Cf.

Isidoro

Montiel,

«Dos

traductores

de

Ossian

en

España:

Alonso

Ortiz y el exjesuita Montengón», KN, IX ,

1967, págs. 77-84.

 

59.

Cf.

Nigel

Glendinning,

«Influencia

de

la

literatura

inglesa

en

España

68

EL

SIGLO

XVIII

recho, la fe, sobre todo, de las ciencias experimentales, de la teoría de Locke por la que el conocimiento se derivaba de la ex­ periencia del individuo, del escepticismo a propósito de creen­ cias religiosas y supercherías históricas. Ciertos cambios de ac­ titud hacia la Ilustración acontecieron, sin embargo, en la España de la segunda mitad del siglo xvm. Los nombres de Voltaire y Rousseau, por ejemplo, estuvieron casi totalmente proscritos de la prensa española a partir de 1760, aunque se tradujeran y representaran obras teatrales de Voltaire, se im­ primieran versiones de algunos de sus cuentos cortos60 y se discutiera ampliamente el Discours sur Vinégalité de Rousseau, Luzán, por su lado, trató de hacer accesibles algunas de las ideas de los philosophes en sus Memorias literarias de París (Madrid, 1751). Pero el motín de Esquilache produjo una ac­ titud por parte del gobierno más intransigente con respecto a la Ilustración, y a partir de la Revolución francesa los censores

de

Félix de Abreu sostuvo que los españoles leyeron las obras de Voltaire y de

Rousseau (véase Joseph Baretti, A Journey from London to Genoa, througb En- gland, Portugal, Spain and France, II, 3.a ed., Londres, 1770, págs. 318-319). Las referencias de alabanza que Cadalso hace de Voltaire tienden a alterarse, sin embargo, en la imprenta o son omitidas por los censores y los editores con­ juntamente por los años de 1770 y 1780. (Véase Los eruditos a la violeta, ed. N. Glendinning, Salamanca-Madrid-Barcelona-Caracas, 1968, págs. 51, 66, 68, 69

y 70; y las Cartas marruecas, ed. de L. Dupuis y N . Glendinning, Londres,

1966, pág. 112.) Fray Pedro Rodríguez Morzo anunció su traducción del Oráculo

de los nuevos filósofos, M. Voltaire impugnado por sus mismas obras con la refutación de la obra de Emilio de Juan Jacobo Rousseau, para el 19 de junio de 1770, en la Gaceta de Madrid. En este mismo año, sin embargo, se hicieron versiones de buen número de obras dramáticas de Voltaire para los Reales Sitios,

y finalmente, en 1786, Blas Corchos publica en Madrid una traducción de Mi-

cromegas, sin el nombre del autor. Una de las críticas más acérrimas de las ideas

enciclopédicas fue La falsa filosofía o el ateísmo, deísmo, materialismo, y demás nuevas sectas convencidas de crimen de estado contra los soberanos y sus rega­

lías, contra los magistrados y potestades legítimas [

Zevallos, 6 tomos, Madrid, 1774-1776. Es interesante hacer constar que los pri­

meros cuatro tomos fueron publicados por Sancha que, por la misma época, ayudó a muchos autores de la Ilustración española. La obra de Zevallos tuvo éxito sin duda, ya que Sancha hizo dos impresiones por lo menos de los pri­ meros cuatro tomos en 1774 y 1775. Los tomos V y V I fueron publicados por

la imprenta de Antonio Fernández en 1775 y 1776.

60.

A

pesar

del

hecho

que

se

lo

prohibía,

o

precisamente a causa

] por fray Fernando de

él,

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

69

y los inquisidores redoblaron su vigilancia.61 El contemporáneo Valentín de Foronda, de convicciones liberales, afirma que las ideas innovadoras se vieron bajo una presión cada vez más cre­ ciente a partir de 1789: desde entonces, en efecto, se reducen progresivamente las vías de penetración del pensamiento hete­ rodoxo. Más adelante, Leandro Fernández de Moratín recordaba el dilema del autor ilustrado que escribía sobre la historia de España hacia 1787, en una carta redactada con toda probabili­ dad en 1821, aunque con fecha anterior:

[los] sucesos principalísimos de nuestra historia, ¿cómo ha de referirlos un escritor juicioso a fines del siglo décimo-oc­ tavo? Si copia lo que otros han dicho, se hará despreciable; si combate las opiniones recibidas, ahí están los Clérigos, que con el Breviario en la mano (que es su autor clásico) le ar­ güirán tan eficazmente, que a muy pocos silogismos se hallará metido en un calabozo, y Dios sabe cuándo y para dónde saldrá. Créeme, Juan; la edad en que vivimos nos es muy poco favorable: si vamos con la corriente, y hablamos el lenguaje de los crédulos, nos burlan los extranjeros, y aun dentro de casa hallaremos quien nos tenga por tontos; y sí tratamos de disipar errores funestos, y enseñar al que no sabe, la santa y general Inquisición nos aplicará los remedios que acostumbra.62

En una visión panorámica del entorno del escritor español durante el siglo xvm, han de tenerse en cuenta las formas e ideas tradicionales, lo que nos conduce a la literatura popular:

los romances y las seguidillas constituían, en efecto, el manjar ordinario para el pueblo sencillo, que, por otra parte, no nece­ sitaba saber leer para asimilarlas. Pero la poesía popular en el siglo xvm no era tan sólo una forma tradicional'; poesía que se asimilaba y repetía. El pueblo también inventaba a su manera

61. Véase Jefferson Rea Spell, Rousseau in the Spanish 'World before 1833.

A study in Franco-Spanish literary Relations, Austin, 1938.

62. Véase Rene Andioc, Epistolario de Leandro Fernández de Moratín, Ma­

drid, 1973, págs. 47-48; y la introducción, págs. 20 y sigs.

70

EL

SIGLO

XVIII

entonces. La portentosa creatividad del pueblo y sus gustos poéticos pueden estudiarse en parte en los romances popula­ res nuevos, publicados en pliegos sueltos, y que tanto tratan de santos y milagros como de crímenes y monstruos. Igualmen­ te interesantes, sin embargo, y más fáciles de examinar, son las observaciones de un culto viajero italiano, Giuseppe Baretti, sobre la materia. Consta, en su Viaje de Londres a Genova, su asombro ante la capacidad que tenían los españoles para inven­ tar la letra de canciones de repente. Cita varias estrofas que se cantaban en su presencia, y describe también la costumbre de intervenir dos cantores, cantando sus estrofas en competencia y uno tras otro. Baretti relaciona esta costumbre con la de los griegos en tiempos de Homero y la de los latinos reflejada en las églogas de Virgilio (imitadas, por cierto, por Garcilaso). La evidencia de Baretti nos proporciona claros antecedentes espa­ ñoles para las «payadas» de los gauchos en Argentina, aunque la costumbre de cantar de repente sigue muy difundida en el día de hoy, sobre todo en Jamaica, con sus caíipsos, A Baretti le impresionó muchísimo la vivacidad y calor de la poesía po­ pular española, si bien no se le escapaba su falta de elegancia y perfección métrica. La actitud adoptada por los intelectuales españoles, en cambio, con respecto a los romances y a las obras en pliegos sueltos es muy ambigua. Ciertos tipos de romances -—de modo especial los romances en torno a criminales como Francisco Esteban y otros «guapos»— , a causa de su supuesta influencia moral perniciosa sobre los que los leían o los oían cantar y recitar, suscitaron ataques críticos.63 Romances históri­ cos, sin embargo, y aun otros de la categoría novelesca, propor­ cionaron, por otra parte, a autores del siglo xvm como Huerta, Cadalso, Iglesias, Jovellanos y Meléndez, argumentos para ela­ borar en sus propias creaciones según su estilo personal. No fue hasta comienzos del siglo xix cuando comenzaron a ser ad­

63. Cf. A.

González Pal en cía, «Meléndez Valdés y 3a literatura de cordel»,

Entre dos siglos, Madrid, 1943, especialmente pág. 207; véase además Julio Caro

Baraja, Ensayo sobre la literatura de cordel, ed. Revista 1968, especialmente el capítulo 17.

de Occidente, Madrid,

LITERATURA

Y

SOCIEDAD

EN

ESPAÑA

71

mirados los romances como la poesía del pueblo,64 pero sus cua­ lidades poéticas fueron ya reconocidas por los autores neoclási­ cos, y su forma fue utilizada para fines políticos y satíricos por Meléndez y Jovellanos. Los cantares populares, a su vez, con­ taron con la admiración de sus cualidades poéticas por parte de escritores serios. En el prólogo de sus Epigramas (Madrid, 1784), León de Arroyal cita, en efecto, tres de ellos, que pre­ tendía haber escuchado muy recientemente y que, a su juicio, se encuentran al mismo nivel, por lo que a belleza e ingenio se refiere, que las composiciones latinas. En los años iniciales del siglo xix, sin embargo, la actitud en torno a estos cortos poemas populares de índole no narrativa sufrió, parece, idéntico cambio que la que se refiere a los romances. Cuando se hallaba publi­ cando, en dos volúmenes, su Colección de las mejores coplas de seguidillas, tiranas y polos (Madrid, 1816), «Don Preciso» pudo constatar que constituían la expresión ideal del espíritu nacio­ nal español y el antídoto adecuado confa la música extranjera —de modo especial contra la ópera italia i (con sus gorgoritos y enjuagatorios)— «que no puede producir otro efecto que el debilitar y afeminar nuestro carácter». A lo largo de todo este período, los escritores españoles os­ cilaron, pues, en torno a dos tendencias: la formada por los mo­ delos artísticos universales y europeos, en primer término, y, en un segundo plano, la de las propias tradiciones nacionales.

64. Al hablar de la segunda mitad del siglo x v m ,

sostenía Agustín Duran

que «apenas entonces teníamos un crítico que osase defender nuestra antigua literatura considerándola en sí misma, y como medio para recuperar la perdida originalidad e independencia que debiera nacer de la unión de lo pasado con lo presente» (véase BAE, 10, pág. vi). Duran' mismo, que se hallaba familiari­ zado con las teorías de Schlegel, consideró los romances y el teatro de la Edad de Oro como reflejo del carácter nacional español. Otros autores expresan opi­ niones análogas en este mismo período, especialmente a partir de 1820.

Capítulo 2

LA PROSA DURANTE EL SIGLO XVIII

En la teoría del siglo xvm perdura la antigua clasificación de los estilos en «elevado», «mediano» y «bajo», cada uno de ellos adecuado para temas concretos y para determinados efec­ tos. El estilo se hallaba todavía subordinado en cuanto medio, y no constituía un fin en sí mismo; se trataba, pues, no tanto de un reflejo de la personalidad del autor que se hallaba escribien­ do, como de la materia que estaba manejando. Un autor del si­ glo xvm estaba firmemente persuadido de que tenía que servir­ se de distintos estilos en obras de índole diversa. Leandro Fer­ nández de Moratín, por ejemplo, utilizó una parodia del estilo heroico o sublime en su sátira sobre la pedantería, La derrota de los pedantes, y el «mediano» en sus Apuntaciones sueltas de Inglaterra, obra en la que describe, con ingenio, comprensión y gracia, las costumbres y modos con que en 1790 se encontró en Inglaterra. El estilo podía asimismo ser «equivocado» en el si­ glo xvm. Según Cadalso, por ejemplo, constituía un error, en Moratín e Iglesias, sus amigos, la utilización del estilo sublime en materias que a todas luces no lo eran, como los poetas ami­ gos o los inquisidores generales. En una carta a su amigo Vargas Ponce, Jovellanos le pregunta: «¿Cómo es que usted eligió el estilo oratorio para un discurso que sólo podía admitir el di­ dáctico?». Hay veces en que el estilo parece cambiar no sólo según el contenido, sino según el público al que se destina. Es raro encontrar ejemplos de este tipo. Pero no veo otra explica­ ción de los sermones publicados en 1789 por un tal Salas, escri­

74

EL

SIGLO

XVIII

tos en los tres estilos fundamentales, alto, mediano y bajo. Sólo al final del siglo propugnan algunos autores la idea de un estilo personal. Los demás términos aplicados al estilo que no sean estos úl­ timos constituyen variantes suyas, y en modo alguno se apartan del sistema. Las denominaciones geográficas — tales como lacó­ nico, á tiG O , rodio y asiático— a las que aluden con frecuencia Cicerón y algunos teorizantes clásicos, eran de uso corriente to­ davía. La última de estas categorías era todo lo contrario de la primera, que es la más conocida, y se caracterizaba por la varie­ dad de vocablos y expresiones, por la pomposidad y resonancia. El ático y el rodio eran los menos extremosos y fueron los más aceptados por los teorizadores españoles, especialmente durante la segunda mitad de la centuria. En este período se condenaba rotundamente la ornamentación excesiva: el abuso del estilo sentencioso, los tropos, los juegos de palabras y chistes, antíte­ sis, etc., que se consideraban como rasgos característicos del es­ tilo de Gracián y de Quevedo. En las décadas iniciales del siglo xvm, sin embargo, Gra­ cián y Quevedo eran los modelos que gravitaban sobre la prosa castellana. Su influjo se nos presenta en parte como un reflejo, y en parte también como un resultado del considerable número de ediciones que de sus obras se disponía por este tiempo. El declive que afecta a las ediciones de Gracián en el transcurso de la centuria refleja, a no dudarlo, el cambio de gusto que se estaba operando en esta época (cf. más adelante, el apéndice C). Quevedo, por su parte, proporcionó a los escritores de co­ mienzos del siglo xvm formas y estructuras, así como ejemplos a seguir de técnicas retóricas eficaces. La obra satírica de reduci­ das proporciones, Virtud al uso y mística a la moda (1729), compuesta por «Fulgencio Afán de Ribera», constituye un caso bien claro al respecto, y su estilo hizo suponer a ciertos críticos que se trataba de una obra perteneciente al siglo xvn.1 Com­

1.

Véase

Fulgencio

Afán

de Ribera, Virtud

al

uso

y

mística

de

la moda,

LA

PROSA

75

puesta en idéntico estilo didáctico-butlesco que la sección del Libro de todas las cosas de Quevedo, titulada «Pata saber to­ das las ciencias y artes mecánicas y liberales en un día», se compone de unas cartas que un hombre anciano (Don Alejandro Girón) envía a su hijo, «el Hermano Carlos del Niño Jesús», incluyendo una serie de documentos con advertencias sobre las modas de la conducta y vestidos aptos para convencer al públi­ co en general de su piedad; en su conjunto constituye una serie de lecciones de picaresca en torno al gentil arte de la hipocre­ sía. La obra sigue, por lo que a otros aspectos de la misma se refiere —la forma epistolar, y a su presentación como un pro­ ducto de ficción, sirviéndose a la vez de un procedimiento ficti­ cio (según nos cuenta en el prólogo, el manuscrito de la pieza fue encontrado y recogido por su editor, juntamente con pulgas, en una cama)— , sus precedentes castellanos del siglo xvn, como las Epístolas del Caballero de la Tenaza de Quevedo y el Don Quijote, por ejemplo. El influjo de Quevedo en su estilo y sus ideas se deja sentir de modo mucho más fuerte todavía en las imitaciones de sus Sueños. Una temprana muestra de ello la constituyen los Sueños morales (1727 y 1728) de Torres Villarroel (1693-1770), y análoga tradición pervive en etapas posteriores del mismo siglo en obras como la Óptica del cortejo (Córdoba, 1774) de Ramí­ rez de Góngora, que constituye una crítica de la inmoralidad de los cortejos (compañías masculinas o amantes), bajo forma de un sueño en torno al Palacio del Amor, en el que «el enten­ dimiento» va mostrando al narrador una serie de escenas al modo de un espectáculo de linterna mágica (de forma muy se­ mejante a como sucede, por otra parte, en El mundo por de dentro, en el que el Desengaño lleva a Quevedo a dar un giro moral en torno a la vida). Más tarde aún, unos reducidos Sueños morales logran encontrar sitio en las columnas del Correo de Madrid (1787-1790), y esta modalidad literaria del sueño su­ frirá incluso la adaptación al género de crítica literaria en el ejemplar anónimo El no se opone de muchos y residencia de ingenios, su autor, D.M.D.Q.B. (Madrid, 1789).

76

E L

SIGLO

XVIII

Las más ampliamente leídas y reimpresas de todas las obras dieciochescas de esta índole en España fueron, sin duda, los Sueños de Torres, que debe su elemento básico de la ficción del sueño así como la gira por la existencia bajo un guía al queve­ desco El mundo por de dentro. En la obra de Torres, no obstan­ te, es el autor mismo quien va haciendo de guía y su compañero —la sombra de Quevedo— quien va preguntando; y contraria­ mente a lo que sucede con el Desengaño de Quevedo, que le va llevando por calles alegóricas, Torres se pasea por las calles rea­ les de la capital de España. A primera vísta, el escenario real de Madrid limita el alcance moral de la obra de Torres, aunque, por otra parte, la sitúa de modo más firme sobre las bases mis­ mas de la realidad; la crítica, sin embargo, que el autor desplie­ ga en torno a profesiones específicas, conduce a consideraciones generales de tipo moral, de igual modo que en Quevedo. Autén­ ticas diferencias de enfoque comienzan a dejarse sentir desde el momento en que pasamos a la consideración de las estructu­ ras subyacentes de la obra. El paseo que Torres emprende por las calles de Madrid dota a su obra de cierta coherencia externa:

el procedimiento lógico que le lleva desde los «letrados» a los «químicos y médicos», por ejemplo, es idéntico al que le con­ duce, en otra parte, desde la Casa de los Consejos a la Plazuela de Palacio —a unos pocos pasos por la Calle Mayor— } La coherencia lógica de los Sueños de Quevedo, en cambio, es más sutil: llevan éstos, en efecto, al lector desde las apariencias de un grupo social, a su verdadera estructura moral interior, y así sucesivamente, en un esquema qué se repite, hacia otro grupo. Nada importa que se trate de un grupo «real», como el de los sastres o los soldados, o «moral» como en el caso de los «Pensé que», o los «Oh quién hubiera», la coherencia lógica que se encuentra en la base es siempre la misma, y Quevedo se mues­ tra capaz de dar un sentido de unidad aun moviéndose de un grupo a otro, puesto que todos se encuentran moralmente co­ rrompidos. Torres, por su parte, se nos presenta dispuesto a

LA

PROSA

77

sacrificar la estructura unitaria en aras de la variedad, y desde lo inmoral o inútil apunta a lo moral o útil, según las circuns­ tancias van conmoviendo su retina. En la obra de Torres, por ejemplo, se nos lleva desde el Seminario de Jesuítas de la Calle de Toledo, que el autor ensalza, a los mercaderes de paños vie­ jos que se encuentran en la Plazuela de la Cebada, junto a la misma calle, que, a su vez, son objeto de la reprobación del

autor.3

Otras discrepancias entre Torres y Quevedo pueden obser­ varse, además, en el nivel de la estructura de la frase. Ambos autores despliegan gran cantidad de ingenio, juegos de palabras, dicciones metafóricas en abundancia; pero el modo en que se sirven de todos estos materiales es distinto. Si comparamos unas descripciones similares en apariencia, las diferencias saltan in­ mediatamente a la vista. Pongamos por caso el pasaje en que Quevedo describe al licenciado Cabra:

[ 3 los ojos avecindados en el cogote, que parece miraba por

cuévanos; tan hundidos y escuros, que era buen sitio el áuyo para tienda de m'ercaderes: la nariz entre Roma y Francia,

porque se le había comido de unas bubas de resfriado; que aun no fueron del vicio, porque cuestan dinero: las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura ham­

bre parece que amenaza a comérselas [

] 4

Cotejémoslo con una descripción de Torres, al estilo de Queve­ do, de idéntico sujeto mísero y hambriento:

Era el buen fantasma un ayuno con sombrero, una dieta con pies, un desmayo con barbas y una carencia con calzones. Unas veces parecía el cuello bajón y otras calabaza; tan hun­ dido de ojos que juzgué que miraba por bucina; cada respi­ ración traía a las ancas dos bostezos. Todo era indicio de es­ tómago en pena, de tripas en vacante y de hambreón desco­

munal.5

3.

Segunda parte, visión X I y visión X II.

4.

El buscón, ed. Américo Castro, CC, Madrid, 1960, cap. 3, págs. 32-33.

78

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SIGLO

XVIII

Tal vez aparezcan aquí reflejadas las diferencias en el ritmo de la prosa y hasta en los detalles de la puntuación. Quevedo es un río que nos lleva con su poderosa corriente; Torres un arro- yuelo poco profundo que nos hace pasar los bajíos a empujones. Sobre todo, la descripción que el primero nos presenta tiene un sentido de unidad que falta en el pasaje de Torres. Quevedo consigue esta unidad, en primer lugar, gracias a la metáfora cen­ tral del viaje: «ojos avecindados», «buen sitio», «entre Roma y Francia», «la boca vecina». Las correspondencias de tipo visual no se nos presentan, en segundo lugar, simplemente como fines en sí mismas; sirven también de soporte a consideraciones de ín­ dole intelectual o moral en torno al carácter de la persona que se está describiendo. La comida insuficiente de Cabra constituye un reflejo de su tacañería e hipocresía, tanto como un elemento que puede ser considerado en sí mismo independientemente: los cuencos de sus ojos son un rasgo físico que nos lleva a la reali­ dad moral de los oscuros rincones en que los mercaderes escon­ den sus malas mercancías; las cicatrices de su nariz no son fruto de enfermedades venéreas, porque es demasiado tacaño para ser vicioso. Incluso las imágenes que se nos presentan a primera vis­ ta como puramente visuales, consideradas a menor distancia, se encuentran relacionadas con los restantes elementos de la des­ cripción. Así, pongamos por caso, la imagen de los ojos que mi­ ran como a través de cestas para las uvas, no sólo se ajusta al esquema visual — siendo, en efecto, los mencionados objetos entretejidos, y manchados de jugo rojo, apropiados de modo es­ pecial para designar el cuenco enrojecido del ojo y los párpados inflamados— ; se halla relacionada asimismo con las otras imá­ genes tomadas de la comida y la bebida {o, para decirlo mejor, con las imágenes de falta de comida y de bebida), de las que se hace un uso, plenamente significativo, a través de todo el pasaje. Torres, en cambio, se deja seducir por esquemas decorativos y reiterativos («dieta/desmayo»; «carencia/calzones»); se conten­ ta con juegos de sonido, con correspondencias visuales, y con

LA

PROSA

79

una imaginería variada pero no unitaria, recurriendo a la fanta­ sía más que a la imaginación, si seguimos la denominación de Coleridge. Sus correspondencias pueden potenciar la sonoridad o proporcionar a la contemplación de la mente grotescos y di­ vertidos aspectos; no potencian, sin embargo, la expresividad del conjunto.6Ninguna de las dos comparaciones de que se sirve Torres para la descripción del cuello, por ejemplo —el bajón y la calabaza— tiene otra función que la de realzar con viveza el aspecto visual, y las imágenes que vienen constituidas por «bu- cina», «traer a las ancas», y el alma en pena que se nos sugiere con el estómago atormentado no poseen, por otra parte, rele­ vancia especial dentro del citado contexto. La utilización de las imágenes por parte de Torres no deja de ser significativa. Aun cuando intenta, por ejemplo, hacer uso de una cadena de metáforas relacionadas, como sucede en el «Preámbulo al sueño» al comienzo de las Primeras visitas de Torres y Quevedo por Madrid, la fantasía del autor y su fasci­ nación por lo que a las palabras se refiere le hacen apartarse caprichosamente del camino central del asunto.7 Su proclividad

6, Para una discusión más al detalle del elemento grotesco en Torres Villa- rroel, cf. Paul Iííe, «Grotesque portraits in Torres Villarroel», BHS, XLV, 1968,

págs.

16-37.

7.

En el preámbulo, el candil se personifica pata constituir un símbolo de

la vida humana. El candil, en efecto, «ha días que padece achaques de caduco, destilaciones y gota, males viejos en candil de astrólogo, que como estudia a luz más derecha, tiene mal cuidada la torcida, estuve anoche aguantando la mecha y eneojando los párpados, que los quiero sobre las niñas de mis ojos, por brujulear las dicciones de un curioso libro que ha meses que le doy mi lado, porque me despierta el sueño». El juego de palabras, es, a veces, funcional («destilaciones» y «gota» designan enfermedades, constituyendo, por otra parte, los términos adecuados para las gotas que se dejan caer de una mecha); en otros casos el juego tiene, al parecer, una mera finalidad en sí mismo (así, por ejem­ plo en «luz más derecha» y en «mal cuidada la torcida», cuyo significado — «por­ que él estudia en serio no puede cuidar la mecha de su candil»— no aumenta por las paradojas de la expresión). Un ejemplo manifiesto en el que el juego de ingenio nada añade a la significación de la frase lo tenemos en la frase «que los quiero sobre las niñas de mis ojos», que, traducida en su sentido figurado, viene a decir: «los quiero más que a nada», pero que aplicada a los «párpados» («pes­ tañas») puede tomarse en su sentido literal como «los necesito encima de mis propios ojos». «Despertar sueño» constituye, a su vez, una mera ingeniosidad, sin relevancia alguna en un nivel más profundo.

80

EL

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XVIII

a jugar con palabras en vez de hacerlo con ideas señala, en efec­ to, una diferencia esencial entre Torres y Quevedo. Aunque este último hace alarde de buen número de juegos de vocablos en su Cuento de los cuentos, por ejemplo, este intento, no obstante, viene motivado por la burla contra las frases hechas que, a su entender, corrompen el lenguaje castellano. Torres, por el con­ trario, en su imitación de la mencionada obra de Quevedo, titu­ lada Historia de las historias (1736), adopta una postura mucho más ambigua. Su intención explícita es el subrayar abusos del idioma y malas maneras de hablar; pero su deleitación en estas expresiones que proporcionan «riqueza» y «variedad» a la len­ gua castellana no es menos manifiesta.8 No se ha de considerar a Torres, sin embargo, como un pá­ lido reflejo de su maestro del siglo xvn y como autor carente de interés específico. Poseía, en efecto, conciencia de la heteroge­ neidad de su naturaleza,9 y más aún que en Quevedo se pone de manifiesto en su obra una profunda dicotomía entre lo serio y lo frívolo. Sus imitaciones no pasan por alto la vertiente de serie­ dad quevedesca; compuso, por ejemplo, una variación sobre Los remedios de cualquier fortuna, titulada Las recetas de Torres añadidas a los remedios de cualquier fortuna, piezas de profun­ da vena moral como la Cátedra de morir y dos biografías de personajes religiosos. Puede obtenerse cierta idea del equilibrio entre la vertiente seria y la cómica de su propia Vida —equili­ brio que en la edición de Madrid de 1743 se hallaba emblemá­ ticamente representado en la portada misma por el querube que lleva un espejo a la derecha, por la cruz a la izquierda, y por los símbolos de Jesús y de la Virgen María, que ocupaban el espacio entre ambos-—. Este equilibrio puede constituir, a su vez, un reflejo de la doctrina horaciana de «enseñar deleitando», quizá más que del carácter de Torres mismo, como sin duda lo es, por ejemplo, en algunas de sus obras científicas.

8. Véase «Carta a un amigo» en Torres Villarroel, Obras, X I, Madrid, 1798,

págs. 380-382.

9. Sobre la naturaleza heterogénea y el hibridismo de su estilo, cf. Russell

P. Sebold, op. cit,, págs. ix-xxxiv.

LA

PROSA

81

La obra de Torres, tanto en su contenido como en su forma, constituye una continuación de tradiciones anteriores. Si, por una parte, su temor a la Inquisición pudo ser, en último térmi­ no, el responsable de su tendencia científica conservadora, su interés hacia las ciencias experimentales, aparentemente en con­ sonancia con la moda de la época, no es otra cosa, en el fondo, que el resultado de su veneración hacia Bacon. Su respeto hacia las jerarquías sociales y religiosas ¡—otro aspecto del contraste en Torres y Quevedo— es, por otro lado, indeclinable. Se nos presenta, en efecto, ingenuamente orgulloso de sus contactos con la nobleza, aunque desea, por otra parte, escribir para el pueblo más común. En la tercera parte de su Vida pone de ma­ nifiesto bien a las claras su regocijo, porque su atrevimiento no le ha hundido en «las desgraciadas honduras de la infidelidad, la ignorancia o el extravío de los preceptos de Dios, de las or­ denanzas del Rey o de los establecimientos de la política y la naturaleza».10 No debe extrañarnos que los aspectos picarescos de su vida —al igual que el estilo en que el propio autor los relata— constituyan lecciones de conformismo antes que ame­ nazas de carácter serio contra las jerarquías, y que quienes an­ tes se suscribieran a la edición de sus obras completas de 1752 pertenecieran casi todos a la clase directora.11 Y, sin embargo, no deja de poner en ridículo o ironizar a personajes de cierto fuste de vez en cuando. Critica, por ejem­ plo, a los médicos, porque «de cada vez que me visitaban dis­ currían nuevo nombre con que baptizaban mi mal y su ignoran­ cia», y se mofa de algunos obispos y consejeros que habían sido tan picaros como él de estudiantes. «Callo sus nombres», dice en son de broma, «porque ya están tan enmendados, que unos se sacrificaran a ser obispos y otros a ser consejeros de Castilla». Pero la crítica directa es rara en comparación con lo que se en­ cuentra en sus poemas. En sus sonetos satiriza la compra de la hidalguía y las pretensiones de gentes que quieren pasar por

10. Torres Villarroel, Vida, CC, Madrid,

1912, pág.

86.

11. Para

el

análisis

de

la

lista

de

suscriptores,

cf.,

más

adelante,

apéndi­

82

E L

SIGLO

XVIII

caballeros; se refiere a los vicios de los cortesanos y a la pereza moral de los grandes señores, que sirven solamente «de testigo del vicio de su casa». Las obras de Torres comparten una fórmula bastante común con estilos y actitudes tradicionales, aunque los modifique lige­ ramente, Quizá su obra más novel sea precisamente la Vida. Otros autores y algunos políticos más adelante en el siglo escri- birían igualmente sus memorias, satisfechos como Torres con sus progresos en la vida, y afirmando sus contribuciones a la sociedad como si tuviesen miedo de que no se las reconociesen debidamente. Éste es el caso de las Memorias privadas de casa útiles para mis hijos (1787) de José Antonio de Armona, y de la Vida de don Antonio Aniceto Portier, actual marqués de Baja­ mar, escrita por él mismo para instrucción de sus hijos (1792). Tales obras, como las Memorias de Cadalso (1773, con conti­ nuaciones escritas en 1778, 1779 y 1780) —que afirman más bien una falta de progreso y capacidades no reconocidas— pue­ den relacionarse con el aumento de escritos autobiográficos en el siglo xvm en los demás países europeos. Pero son los hom­ bres de la baja burguesía, como Torres y, a principios del si­ glo xix Mor de Fuentes, los que mejor reflejan en España la nueva vitalidad de su clase. Algunos de sus contemporáneos fue­ ron más innovadores: por ejemplo, el padre Feijoo (1676-1764) se nos presenta casi como un espíritu revolucionario, y su influjo en los cambios introducidos en España fue ampliamente recono­ cido ya durante el mismo siglo xvm. Es cierto que se vio ayuda­ do en la publicación de sus obras por la orden benedictina y por el propio rey, y dedicó la mayoría de sus obras a príncipes y prelados. Sin embargo, el respeto que expresó hacia la nobleza en el comienzo de su Honra y provecho de la agricultura, lo apli­ có al título solamente y no de modo necesario hacia la persona que lo ostentaba; de otra parte, estuvo más decididamente incli­ nado que Torres hacia las ciencias experimentales. Afirmaba que la física experimental constituía la única ciencia útil, y por esto acostumbraba a disculparse siempre que no podía comprobar

LA

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83

una teoría mediante la experimentación.12Veneró, en efecto, las conclusiones a que llegaron científicos como Homberg, Réau- mur, Boyle, Newton y otros, e invitaba incluso a sus lectores a que las experimentasen por sí mismos con simples objetos como monedas o cazos.13 Impidió, al mismo tiempo, que se censura­ sen los enfoques tradicionales de la ciencia, y pudo describirse a sí mismo como «ni esclavo de Aristóteles ni enemigo suyo».14 Una diferencia fundamental entre Torres y Feijoo la cons­ tituye su conciencia del cambio que, por entonces, se estaba verificando en el resto de Europa. Aunque Torres había estado en Portugal, fue escaso su contacto con los países extranjeros y con las publicaciones sobre asuntos científicos que estaban apareciendo. Feijoo, que, en cambio, apenas se movió de Ovie­ do, leyó las publicaciones de las sociedades científicas y de las academias europeas, las Níémoires de Trévoux y el Journal des Savants, y se esforzó por estar al tanto de las teorías científicas más en boga. Rápidamente se interesó por las nuevas ideas e incluso relacionó con los fenómenos eléctricos —recién des­ cubiertos—- las causas del terremoto que asoló Lisboa en 1755. Sus prejuicios contra las ideas europeas fueron, de otra parte, menores que los de Torres, aunque no dudara en defender a España contra ciertos ataques extranjeros en sus Glorias de España. Tanto en su estilo como en el enfoque de sus temas, Feijoo se apartó con frecuencia de las tradiciones del siglo xvn, que muchos de sus coetáneos admiraban e imitaban todavía. De­ saprobó, por ejemplo, el estilo elaborado y ornamental, típico

12. Véase

en

general

G.

Marañón, Las ideas biológicas del padre Feijoo,

BAE, 141, págs. x x x v i i y sigs. Su afirmación de que «ia física experimental [ ] es la única que pueda ser útil» tiene lugar en el Paralela de las lenguas caste­ llana y francesa, § 2; se hacen, además, otras referencias a experiencias en las Paradojas matemáticas, § 5, par. 38, BAE, 141, pág. 310. Su interés hacia los experimentos de química se pone de manifiesto en el Examen filosófico de un suceso peregrino de estos tiempos, BAE, 56, pág. 456. Sobre la influencia de Bacon en esta afición hacia los experimentos, cf. A. Ardao, La filosofía polémi­ ca de Feijoo, Buenos Aires, 1962, págs. 98 y sigs.

13. Véase BAE,

141, págs. 205, 208, 211, 215-216, 217

y

317.

84

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XVIII

de la generación anterior, y criticó a sus contemporáneos cuan­ do lo adoptaban. Ataca, en efecto, a una obra por su «impro­ pio y afectado estilo»,15 y en el Paralelo de las lenguas caste­ llana y francesa embiste desde un punto de vista igualmente retórico contra

una afectación pueril de tropos retóricos, por la mayor parte vulgares; una multitud de epítetos sinónimos, una colocación violenta de voces pomposas que hacen el estilo, no gloriosa­ mente majestuoso, sí asquerosamente entumecido.16

Distingue, a su vez, la sublimidad y la magnificencia auténticas de este «estilo hinchado», y se declara partidario de la natura­ lidad y espontaneidad. El artificio mismo debe ser natural y no forzado, y Feijoo admira el estilo de Mademoiselle de Scudé- ry y Fontenelle, precisamente a causa de que consiguen la be­ lleza de un modo natural. Sus obras propias son, para el labo­ rioso benedictino, «más bien jardines en que las flores brotan espontáneamente que cuadros en que se representan con arte».17 Todos estos preceptos los pone en práctica Feijoo a lo lar­ go de sus propias obras. En su prólogo al segundo volumen del Teatro crítico universal, en un importante pasaje acerca de su propio estilo, habla, en efecto, del uso con propiedad de los tres estilos —elevado, mediano y bajo—, «consignando a la moción de afectos el sublime, a la instrucción el mediano y a la chanza el humilde». Al propio tiempo, no tiene incon­ veniente en apartarse de las reglas cuando la naturaleza se lo aconseja: «Todo me dejo a la naturalidad», declara líneas más abajo.

Si en una u otra parte hallares algo del sublime, sabe que sin buscarle se me viene, o porque ía calidad de la materia naturalmente me arrebata a locuciones abigarradas, que son

15. Consectario a la materia del Discurso antecedente, § 10, par 40, BAE,

141, pág. 98; compárese asimismo Duendes y espíritus familiares al final del § 1.

16. Paralelo de las lenguas castellana y francesa, § 3, I, CC, Madrid, 1958,

pág. 218.

LA

PROSA

85

más eficaces cuando se trata de mover algún afecto, o porque tal vez la imaginación, por estar más caliente, me socorre de expresiones más enérgicas.18

Esta casi negligencia, según el mismo Feijoo la llama, es, sin embargo, algo mucho más aparente que real. Estaba totalmen­ te dispuesto, en efecto, a utilizar los recursos estilísticos que no fueran demasiado complejos o pretenciosos, y lo cierto es que su obra no carece de artificio: ofrece una gran variedad de asuntos, por ejemplo, en cada uno de los volúmenes de su Teatro crítico, precisamente para hacer el conjunto más asimi­ lable, e introduce anécdotas «para entretener al lector con algo divertido»,19 aun cuando no sean muy del'caso. De vez en cuando recurre, además, a procedimientos de ficción (sin que ninguno, sin embargo, llegue a los extremos de extravagan­ cia en que caen los de Torres, por ejemplo): su ensayo Balanza de Astrea adopta la forma de una supuesta carta de un anciano abogado a su joven hijo recién iniciado en la profesión. Desplie­ ga además gran habilidad en el modo de construir clímax retó­ ricos para dar énfasis a lo que dice mediante la anáfora, o para realzar con emoción sus orgumentos mediante una serie de me­ táforas, frases equilibradas, o preguntas retóricas y exclama­ ciones:

¿Cuántas borracheras, cuántos desórdenes de gula y de lujuria, cuántas pendencias, cuántos homicidios ocasiona la abundancia de vino, que evitaría su escasez? Pero faltando el pan, ¡ay, Dios!, ¡qué triste, qué funesto, qué horrible tea­ tro es todo un reino! Todo es lamentos, todo es ayes, todo

gemidos.20

18. BAE, 141, págs. 108-109. Cf. R. Lapesa, «Sobre el estilo de Feijoo», en

su De la edad media a nuestros días, Madrid, 1967, pág. 290.

19. Véase Antipatía de franceses y españoles, § 3, BAE, 141, pág. 109.

20. Otros procedimientos técnicos de los que ocasionalmente echa mano

Feijoo en su prosa vienen constituidos por las formas métricas que en ella se deslizan, como sucede en el siguiente pasaje: «¡O h piedad mal entendida la de algunos jueces! ¡Oh piedad impía! ¡Oh piedad tirana! ¡Oh piedad cruel!» (Ba­

lanza de Astrea), en donde las tres últimas exclamaciones están formadas por

86

EL

SIGLO

XVIII

La estructura de sus ensayos refleja, por su parte, su sen­ tido de la moderación. Se da en ellos generalmente una estruc­ tura lógica simple con pocas digresiones. En su Antipatía de franceses y españoles, por ejemplo, comienza con observaciones de tipo general en torno a las causas de la concordia y de la discordia, y desciende luego a considerar el caso concreto de la antipatía entre Francia y España. Sirviéndose alternativa­ mente de dos teorías acerca de la antipatía, Feijoo desarticula ambas, y luego, en su sección 2, elabora la opinión de que la antipatía entre los franceses y los austríacos se extendió tam­ bién por España, debido a influencia austríaca, con un pasaje más reducido acerca de la posibilidad de que la antipatía se deba a diferencias de carácter (y una digresión en torno a la cuestión de si el afecto es una consecuencia de semejanza o desemejanza). En la sección 3, se esclarece otro modo de surgir la discordia entre las naciones, y muestra cuán pequeñas di­ ferencias en la constitución o las circunstancias fueron causa de los disturbios entre los turcos y los persas. Un apartado final indica que la antipatía entre Francia y España no se en­ cuentra profundamente arraigada, citándose las relaciones ar­ moniosas que entre los dos pueblos mediaban en el tiempo en que Feijoo se encuentra escribiendo. El procedimiento a que se ajusta este ensayo consiste, en efecto, en sopesar la evidencia y el valor de las teorías, cosa que preocupa al autor en todos sus escritos; lo que conduce a las infundadas creencias que Feijoo intenta desterrar es pre­ cisamente la falta de método analítico: «considero indispen­ sablemente obligados a los escritores a batallar por la verdad

hexasílabos, enriquecidos además mediante oxímoron («piedad cruel» y «piedad

impía»). En este mismo ensayo se dan asimismo construcciones equilibradas, tales

tener alma de cera para la vida privada y espíritu de

bronce para la administración pública», en que, además, el equilibrio se halla potenciado por antítesis (cera/bronce; alma/espíritu; privada/pública). Esta mis­ ma pieza nos proporciona un buen ejemplo del uso de la imagen, común en Feijoo, para potenciar una «sentencia»: «El alma se marchita con el cuerpo, y son arrugas del alma los encogimientos de la codicia». Resulta interesante com­ pararlo con el pasaje de la Honra y provecho recogido anteriormente, un

como

«Difícil

es

[

]

LA

PROSA

87

y purgar al pueblo de su error».21 Su proceso analítico le lleva, a veces, sin embargo, basta las formas de argumentación silo­ gísticas, que él consideraba como periclitadas en las universi­ dades españolas.22 Y su firme respeto «hacia la autoridad mitiga su crítica de los factores religiosos e históricos, o derivados de autores clásicos, mucho más de lo que cabría esperar. Si sus ensayos están constituidos por argumentos, éstos suelen ser completamente unívocos y frecuentemente muy parciales. Fei­ joo introduce tan sólo modificaciones de menor calibre dentro de su diseño general de unas creencias religiosas y de una so­ ciedad jerárquica que acepta. Así pues, aunque comparte con Fontenelle, por ejemplo, su deseo de ilustración y de divulga­ ción del conocimiento científico, le falta, sin embargo, la habi­ lidad del escritor francés para pensar y escribir en términos de diálogo. Su aceptación complaciente de los valores aristo­ cráticos incluso llega a ser un elemento que repugna al lector moderno. Una postura análoga a la del padre Feijoo es la que adopta el padre Isla (1703-1781). Criticó, en efecto, algunos de los estilos y tradiciones del siglo xvn que persistían en la España del siglo xvm, y tuvo además conocimiento de la crítica ex­ tranjera, aunque se mostrara precavido en la aceptación de las nuevas teorías. Su estilo refleja el mismo afán de moderación que el del padre Feijoo, y en su primera obra de importancia, Triunfo del amor y de la lealtad. Día grande de Navarra (1746), rechaza el estilo de altos vuelos y el modo artificioso de com­

clímax cuidadosamente más elaborado que se da en Amor de la patria y pasión nacional, $ 6: «Cuántos corazones inaccesibles a las tentaciones del oro, insen­ sibles a los halagos de la ambición, intrépidos a las amenazas del poder, se han dejado pervertir míseramente de la pasión nacional». En este pasaje cada una de las frases posee tres elementos paralelís ticos. Véase además R. Lapesa, op. cit., págs. 290-299.

21. Cf. Glorias de España, primera parte, § 20 (T eatro crítico universal, II,

CC, Madrid, 1953, págs. 148-149). Esta lucha del autor en pro de la verdad puede hallarse'asimismo, por ejemplo, en BAE, 141, pág. 109a.

22. Para ejemplos del estilo de disputa, cf. Respuesta al Dr. D. Martín

Martínez, V III, par. 29, BAE, 141, pág. 248), y Vara divimtoria y zahones, § 4

{Teatro crítico

,

II,

ed. cit., pág.

35).

88

EL

SIGLO

XVIII

poner. El estilo y la narración, en efecto, se conjuran en esta obra para deshacer la pomposidad hueca y la afectación. Aun­ que muy anclado en la tradición de Quevedo, el ingenio y los juegos de palabras no caen en las exageracines de Torres, e Isla se mantiene mucho más cerca de la realidad que Quevedo en sus elementos grotescos. Una descripción del anochecer nos ofrece una idea exacta del inicial estilo satírico de Isla:

Llegó la Noche; pero eso quisiera ella: iba a encontrarse muy de rebozo en Pamplona, para tener parte en la fiesta; mas fue conocida, y sin permitir que descubriese la cara, se quedó a buenas noches, porque la hicieron ir más que de paso a otra parte. El caso fue, que aquella tarde no hubo tiempo entre dos luces, sino entre muchas [ ]

En la novela del padre Isla Fray Gerundio de Campazas (parte I, 1758; parte II, 1770), el ridículo llega a ser más agudo y el objetivo contra el que va dirigido más peligroso. Si, por una parte, la sátira del Día grande sacudía fuertemente las clases dirigentes de Pamplona, el ataque contra los predi­ cadores en el Fray Gerundio iba dirigido hacia los miembros de las órdenes religiosas de toda España: la novela del padre Isla no sólo se burlaba del estilo conceptista altisonante, adop­ tado en parte por los religiosos para sus sermones; extendía, además, su ataque contra determinados progresos científicos, de modo especial contra los que se relacionaban con los mé­ todos experimentales. Los tradicionalistas se resintieron contra la burla de los monjes, a la vez que los ilustrados se desazo­ naron por sus comentarios adversos a la ciencia moderna. Desde el punto de vista estilístico, la novela del padre Isla tiene muchos antecedentes en el siglo xvn, aunque, por otra parte, la crítica contra el ampuloso estilo metafórico siga el criterio neoclásico difundido en el siglo xvm, El protagonista, por ejemplo :—un caso concreto que revela el modo general en el que un falso enfoque de la oratoria puede desviar a una personalidad de suyo débil— , se encuentra paladinamente in­

LA

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89

merso en la tradición de Don Quijote. Pero, por otro lado, Fray Gerundio se halla también muy cerca de las tradiciones de la comedia en las que el espectador se ríe de un personaje desventurado, sin identificarse con él: de ese modo, tanto pueden encontrarse reminiscencias de Moliere como de Cer­ vantes en la obra del padre Isla.23 Las más importantes deudas con el Quijote son los dos pre­ textos de la trama: la hipótesis de que Fray Gerundio es un ma­ nuscrito compuesto por Isaac Ibrahim Abusemblat, obispo su­ fragáneo de El Cairo, y el hecho de que el ingenio del protago­ nista se malogre por la lectura de sermones barrocos, lo mismo que el de Don Quijote por las novelas de caballería. Sin em­ bargo, la novela del padre Isla es de estructura mucho más simple que la de Cervantes y su propósito didáctico se presenta en un modo infinitamente más explícito. Los disparates de mayor bulto de Fray Gerundio van seguidos, por ejemplo, de severas advertencias de corrección en las que se manifiesta lo que el protagonista debiera de haber hecho. El ex-provincial, el beneficiado y el maestro Prudencio en los libros II y III; los «Apuntamientos sobre los vicios del estilo» y el magistral en el libro IV; sus propios familiares y el abad benedictino en el libro V señalan, por otra parte, de modo constante, los errores de Fray Gerundio e indican la trayectoria correcta que su acción debería adoptar. SÍ bien se produce un variado des­ pliegue desde el punto de vista de la irracionalidad —Fray Blas, por ejemplo, que comparte y aplaude el estilo falso y los patrones morales de Fray Gerundio, así como figuras de menor relieve, como el clérigo de aldea Pero Rucio que se deja engañar por su elaborada y ridicula fachada— , la vo2 de la razón se eleva fuertemente, y tan sólo la habilidad de escritor de Isla, su ingenio y su perspicacia para captar los móviles de la conducta humana, hacen que la obra pueda leerse todavía

23. En torno a las fuentes de la novela, cf. Russell P. Sebold, en su intro­

ducción al vol. I

y sigs. Para las alusiones que de Moliere se hacen en Isla, véase ibid.,

de la edición de Clásicos Castellanos, Madrid,

1960, págs.

l x

I, págs.

90

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XVIII

hoy. Afortunadamente se da en ella un elevado grado de vita­ lidad lingüistica y tenía que ser así, puesto que la acción de la novela es mínima. Por una parte Isla nos presenta pomposas emanaciones seudopoéticas y ridículos argumentos lógicos en los sermones de Fray Gerundio; nos ofrece, por otra parte, conversacioes dialectales de sus personajes como «el familiar» (una figura de gracioso extraída de la comedía española); y, entre ambos extremos, una rica vena de estilos medianos y bajos: la ironía por parte de ciertos personajes, como la del abad benedictino, así como la que se percibe en las coloquiales disquisiciones de índole intelectual entre los monjes, en el nú­ mero de galicismos exagerado por parte de los pretenciosos, y, finalmente, dentro del estilo bajo, los coloquios castizos de los personajes más humildes. Todos estos elementos lingüísticos mantienen a la obra den­ tro del ámbito de la verosimilitud a través de sus variados episo­ dios. El área de la realidad abarcada se constriñe —intencional­ mente, claro está— para ajustarse a las medidas del asunto. En torno al tema principal del estilo sermonístico se agrupan otros secundarios, como el de la educación de los religiosos (tanto en cuanto niño como en cuanto novicio) y de la educación en gene­ ral; la moralidad religiosa, y el problema de la ignorancia y de los falsos valores en todas las clases de la sociedad. En todas es­ tas vertientes, Isla invoca la razón y el orden. Puesto que la gen­ te de humilde nacimiento es tan capaz de seguir un discurso ra­ cionalmente dispuesto como la nobleza misma, el sermón puede moldear y educar la sociedad, que lo escucha. Un sermón irracio­ nal de altos vuelos fomenta, en cambio, la ignorancia y el falso sentido de los valores, la atención hacia elementos puramente externos —la verbosidad, el vestido, el gesto— más que hacia la mente o el espíritu. La novela del padre Isla juega, por consiguiente, un papel importante dentro del siglo xvm en el movimiento de reforma social, así como en el campo de la estilística. El modo en que re­ laciona la reforma del estilo con la de la sociedad es típico del neoclasicismo español. Análogamente característica es la inten-

LA

PROSA

91

ción del padre Isla de relacionar la literatura del modo más di­ recto posible con la realidad de la época.24 Hasta se aproximaba demasiado para el gusto de algunos de sus contemporáneos, ya que muchos de sus personajes eran identificables, por lo que la

segunda parte no pudo ser publicada. La negación del carácter supuestamente documental de la novela al fin de la última parte resulta, por ello, de una ironía reveladora. Los autores españoles se habían mostrado, como vemos, manifiestamente complacidos en crear obras dentro de los estilos'

y tradiciones que se daban dentro de España. Otros seguirían

por el mismo camino. Pero el contacto con el resto de Europa y

el creciente conocimiento de la literatura francesa, inglesa e ita­

liana, a que nos hemos referido en el capítulo 1, conducen ahora

a una exploración de las formas internacionales, algunas de ellas

completamente nuevas en España. Uno de los primeros españoles en adoptar un estilo mani­ fiestamente europeo, dentro del campo de la prosa, fue José Cla- vijo y Fajardo (1726-1806), cuya publicación periódica El pen­ sador comenzó a aparecer semanalmente en 1762. El modelo en este caso venía constituido por el Spectator de Addison. Se tra­ ducen enteramente siete de sus especulaciones, y se imitan de modo directo al menos otras seis.25 Recoge Clavijo de Addison el enfoque, aparentemente personal, de la sociedad, la hetero­ geneidad de asuntos tratados (a veces muy concretos y de natu­

raleza social; en otros casos de índole más general y filosófica)

y el gusto por la generalización. Adopta asimismo la técnica de

Addison mediante la incorporación de cartas compuestas por personajes ficticios (a veces de exótico origen oriental) dentro

24. Pata una teoría en torno al tratamiento de la realidad en esta novela cf.

la introducción de Russell P. Sebold a la edición de Clásicos Castellanos, págs.

l x x i v y sigs. La comparación que Sebold establece entre la técnica de Isla y la de Zola constituye sin embargo una excesiva simplificación, nada aquilatada, del problema. La obra del padre Isla, en efecto, de ningún modo constituye un documento de la época en muchos de sus aspectos, y la mezcla de ficción y rea­

lidad es muy semejante, por otra parte, a la que se produce en los novelistas del siglo XVII.

25. Véase H. Peterson, «Notes on the iníluence of Addíson’s Spectator and

92

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XVIII

de sus artículos semanales, e inventa conversaciones en las ter­ tulias, del mismo modo que Addison finge asistir a las charlas en los cafés de Londres. Aunque algunos de los temas y proce­ dimientos utilizados tienen al parecer su origen en España —el examen de la fortuna (pensamientos XLVII y XLIX) parece re­ montar hasta La hora de todos y la Fortuna con seso de Que­ vedo, así como en Francia a Fénelon y a los Dialogues des morts de Fontenelle— , la influencia extranjera era lo que más impre­ sionó a sus coetáneos en El pensador. Tal influjo repugnaba a algunos españoles y se escribió algún poema satírico en contra de Clavijo. Un soneto anónimo contra El pensador se remataba con los siguientes tercetos:

Pues en sabiendo un hombre traducir, llenarse contra España de furor, de cuanto hay y habrá puede maldecir, y blasfemar del justo y pecador, cualquiera necio podrá luego subir a la alta dignidad de Pensador.

Por lo que a los asuntos tratados se refiere, Clavijo se con­ vierte en portavoz de las múltiples cuestiones que agitaban a los ilustrados españoles de la época: la educación, por ejemplo (pensamientos II, VIII y XII); la superstición (pensamiento XXXV); e incluso las corridas de toros (pensamientos XLVIII y LI). Su propósito —tal como él mismo nos lo descubre en el pensamiento II— es el de que sus ensayos «llevarán casi siem­ pre un espíritu de reforma». Por lo que respecta a la literatura, en su pensamiento III deja ver su ironía al defender aparente­ mente el desorden y mal arreglo del teatro español del siglo xvm, y se declara abiertamente partidario de las formas clásicas y moralizantes del drama en los pensamientos IX, XXII, XXIII, XXVI y XXVII. Para las definiciones satisfactorias y para los preceptos, se apoya en La poética de Luzán y en los clasicistas del siglo xvn como José Antonio González de Salas,26 alaba a Isla, por ejemplo, por su actitud frente al estilo de los

LA

PROSA

93

sermones; 27 y en los pensamientos XXX y LVI, se burla o al menos critica el lenguaje hiperbólico y exageradamente metafó­ rico. En su actitud frente a la sociedad da menos muestras, con todo, de un espíritu reformador. Si bien su decisión de excluir los asuntos de gobierno de los planes de discusiones de su pu­ blicación periódica en el pensamiento I puede ser debida al te­ mor de la censura, aparece bien claro que acepta la naturaleza jerárquica de la sociedad española cuando en el pensamiento XV la considera necesaria «para mantener el orden en la sociedad».

No estoy mal con las jerarquías que forman la desigual­ dad de condiciones, y que en nuestro estado son precisas pata mantener el orden en la sociedad. Más. Me alegro de las dis­ tinciones que gozan los Príncipes, los Grandes, y los Señores y personas de mérito. Si algunas veces se ve en ellas un mero distintivo, debido sólo al nacimiento, también se suele ver una pequeña parte del premio que merece la virtud.

Lo mismo que Feijoo, sin embargo, Clavijo no da muestras de respeto alguno hacía los príncipes o nobles privados de vir­ tud, injustos u ociosos. Este rasgo comienza a dejarse ver, en efecto, en el pensamiento XV («Ceremonial de tratamientos»), en donde Clavijo revela hasta qué punto la sumisión tradicional del pueblo a sus superiores en la escala social puede conducir a una forma de tiranía. Observaciones todavía más explícitas al respecto se hallan incluidas en el pensamiento XVI («Sobre la necesidad de formar un cuerpo de Leyes completo en el idioma patrio y corriente»), a la base de las cuales se encuentra, a todas luces, el pacto social de Rousseau, y la necesidad que tiene el pueblo de familiarizarse con las leyes que protegen sus derechos e intereses. Volviendo sus consideraciones hacia la historia de Roma, Clavijo enseña cuántos tiranos han intentado invalidar la regla del derecho en el pasado: «Para un Tito, ¡cuántos Nero­ nes!», exclama.

Para un Marco Aurelio, ¡cuántos Calígulas!

[

]

¡Qué

94

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SIGLO

XVIII

corto es el número de los poderosos a quienes la ley ha ser­ vido de freno! ¡Y qué inmenso el de aquellos que no han conocido más ley que la de su capricho!

Revela Clavijo, lo mismo aquí que en otras partes de su obra,

su honda preocupación por la justicia social. Sus ideas se desti­ nan a la sociedad entera y no solamente a las clases directoras,

y le preocupa el modo en que los vicios y las virtudes de los

individuos en la sociedad afectan a las vidas de los demás. Dada

la presencia de la censura, Clavijo, obviamente, no pudo, aun­ que quisiese, criticar la organización global del estado español. Va tan lejos como puede, no obstante, arguyendo en pro de la igualdad, aun cuando su defensa de una distribución más equita­ tiva de la riqueza encuentra la única salida posible en una enca­ recida recomendación a los que la poseen para que la distribu­ yan entre los que carecen de ella, antes que gastarla en la cele­ bración de bodas pomposas o en funciones análogas.28 El pensador de Clavijo se nos presenta en el siglo xvm como una de las primeras obras españolas que se proponen pro­ vocar la discusión y el debate. En su forma, fue probablemente concebido para alcanzar un amplio público, y permitió, sin duda,

el examen de los asuntos que contenía desde más de un punto

de vista. Incluso dentro de sus pensamientos, Clavijo plantea,

con frecuencia, varios problemas, y busca diversas soluciones:

el pensamiento XXXIV, por ejemplo, «Crítica de varios legis­

ladores y filósofos y contra algunas de las necedades humanas»,

constituye una sutil muestra de la eficacia ■del método que emplea. •

Se .inicia el pensamiento XXXIV con una exposición bur­ lesca de las teorías jurídicas de algunas de las grandes figuras de

lá antigüedad. Critica a continuación la excesiva confianza en sus

sistemas por parte de buen número de filósofos antiguos y mo­

dernos (Aristóteles, Descartes, Newton y Gassendi, por ejem-

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