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Cuentos de guerra

Concurso organizado por Heraldo de Madrid en 1937 Edición de Gil Toll

Introducción
El 30 de junio de 1937 Heraldo de Madrid publicó la convocatoria de un concurso de cuentos de guerra interpretando ésta, naturalmente, con espíritu antifascista. Argumentaba el periódico que la guerra puede ser un gran instrumento de renovación política, pero también de estilo de vida, cultural y literario en particular. El concurso se convertía, de este modo, en instrumento de descubrimiento de nuevos talentos entre las jóvenes generaciones. El plazo de presentación de las narraciones era de 15 días y se fijó el 18 de julio, primer aniversario de la guerra, como fecha de proclamación del resultado. El compromiso no se cumplió, porque el número de cuentos recibidos superó las posibilidades físicas del jurado para emitir un fallo con todas las garantías. Fue a finales del mes de julio cuando los representantes de El Liberal, El Socialista, El Sindicalista, La Palabra, Informaciones, ABC, El Sol, Ahora y Heraldo de Madrid que formaban el tribunal emitieron su veredicto. Los periódicos madrileños se encontraban en situación de guerra, igual que la capital y todo el país. Los que no pertenecían a un partido o sindicato, los periódicos de empresa,

como ABC, El Sol o Ahora, habían sido incautados por el gobierno republicano y cedidos a alguna organización política para que los gestionara. Así, el ABC monárquico de la familia Luca de Tena pasó a manos de Unión Republicana y sorprendió a los lectores con un sonoro ¡Viva la República! en sus primeros días de nueva dirección. Heraldo de Madrid y El Liberal fueron dos excepciones a esta regla, pues formalmente continuaron gestionados por la Sociedad Editora Universal, propiedad de los hermanos Manuel y Joan Busquets. Los hermanos Busquets se habían hecho con la propiedad de la Sociedad Editorial de España en 1922 por iniciativa del gerente de ésta, Antonio Sacristán Zavala, que buscaba una solución a la crítica situación de la empresa. Los Busquets eran proveedores de tinta para los periódicos de la SEE y convirtieron su deuda en capital, pasando a ser los nuevos editores. Los periódicos de la Sociedad Editora Universal (cambió el nombre en el proceso de cambio de titulares) mantuvieron una línea editorial en defensa de la democracia que les llevó a enfrentarse con la dictadura de Primo de Rivera y su censura previa en numerosas ocasiones. Durante la etapa de gobierno de Dámaso Berenguer, en 1930, Heraldo de Madrid se destacó entre la prensa de la capital por su fuerte apuesta a favor de la proclamación de la República en España. Un sistema que entendía que ayudaría a superar los males endémicos del país y las desastrosas decisiones tomadas por Alfonso XIII. Heraldo de Madrid apoyó la candidatura republicano-socialista en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 y asumió el diagnóstico que el comité republicano hizo de los comicios al calificar éstos de referéndum en favor de la República. Ante la sede del periódico se congregaron cientos de militantes republicanos la noche del 13 de abril para comprar el periódico con los resultados oficiales y el mensaje político que

transmitían. Desde allí partieron en manifestación por las calles del centro de Madrid y las noticias de estos hechos se propagaron a todo el país en las horas siguientes, que vivieron la proclamación de la República en Éibar, Barcelona y Madrid entre otras capitales, al tiempo que se desarrollaba la negociación política entre el gobierno y el comité republicano, que terminó con la salida del país de Alfonso XIII. Durante los años de la República, Heraldo de Madrid no se casó con ningún partido político. En su redacción había liberales, socialistas, lerrouxistas y algún anarquista, aunque predominaban los periodistas que pretendían desarrollar su profesión con independencia. Manuel Fontdevila era el director , todo un personaje que “animaba” la redacción son su personalidad chispeante, llena de ocurrencias y de tretas con las que pretendía desarrollar un periodismo vivo y popular. El periódico ganó gran popularidad en aquellos años por méritos propios y por los problemas de la competencia. La Sociedad Editora Universal mantuvo la misma propiedad durante todo este tiempo, mientras que El Sol, La Voz o Informaciones cambiaban de propietario y los periódicos conservadores ABC o El Debate se enfentaban a suspensiones por parte de los gobiernos republicanos progresistas. Así las cosas, Heraldo de Madrid llegó a la enorme cifra de 500.000 ejemplares a finales de 1935, cuando los escándalos de corrupción de los gobiernos radicales de Lerroux agitaban el ambiente político. Heraldo era el periódico que más se identificaba con el régimen republicano y cuando se inició la situación de guerra en el país, los propios trabajadores rechazaron la incautación oficial y se inició un particular régimen de convicencia ente el comité obrero y la propiedad de la empresa. Una convivencia que se desarrolló a distancia y por medio de representantes, pues el propietario, Manuel Busquets, se exilió en Francia tras ser amenazado de muerte por los

anarquistas de la FAI. El gerente, Antonio Sacristán, se movía entre Valencia, París y Madrid, llevando a cabo todo tipo de gestiones, entre ellas la compra de papel para la edición del periódico. Durante los años de la guerra, los periodistas y trabajadores de talleres y administración cobraron sus sueldos de las cuentas habilitadas por la empresa a tal efecto. La dirección del periódico no estaba en unas solas manos, ni mucho menos. Manuel Fontdevila se ausentó de su puesto en los primeros días de la guerra y nunca volvió a ejercer. Ocupó su puesto Alfredo Cabanillas, miembro veterano de la redacción y ex jefe de prensa de Azaña en su calidad de presidente de la República. Cabanillas debía pasar el cedazo de la censura oficial, que tenía un representante en la propia redacción del periódico. Además, los grupos políticamente organizados dentro de la empresa ejercían su presión, a veces por medio de las armas. Cabanillas cuenta en sus memorias como se frustró un artículo que criticaba la influencia comunista en el gobierno republicano al presentarse en su despacho un grupo de trabajadores de talleres acompañados de milicianos armados. El director acabó huyendo de Madrid cuando el comité obrero creyó que sus actividades de ayuda humanitaria a personalidades conservadoras en el Madrid sitiado habían ido demasiado lejos. Esto sucedía el 31 de julio de 1937, justo 3 días después del fallo del concurso de cuentos de guerra que había organizado el periódico. En este ambiente espeso recibió el primer premio Clemente Cimorra, cronista de La Voz y futuro novelista de éxito en su exilio argentino. Otros redactores de periódicos de Madrid coparon los primeros puestos. La voluntad propagandística de las narraciones es manifiesta, nadie se llame a engaño. Pero tras esta primera característica saliente hay una riqueza de estilos, de lenguaje, de planteamientos narrativos que hacen de la lectura de estos cuentos un placer y un descubrimiento.

Heraldo de Madrid publicó los cuentos premiados y algunos otros que el jurado recomendó para placer de los lectores del periódico. El ganador recibió 500 pesetas como premio, el segundo 250 y dos terceros a 125 pesetas cada uno. Al escribir estas lineas se cumplen 75 años de la convocatoria del concurso de cuentos de guerra de Heraldo de Madrid. Desde entonces, nunca más vieron la luz. Igual que el periódico que los albergó, los cuentos pasaron al olvido. En la España de Franco, Heraldo de Madrid se convirtió en el periódico Madrid, gestionado por el franquista Juan Pujol. Los legítimos propietarios del periódico no recibieron indemnización alguna. Los periodistas se dividieron entre el exilio y la cárcel. La memoria del periódico que lideró la prensa republicana fue paulatinamente borrada por la ausencia de referencias oficiales y el olvido de los que podían haber reivindicado aquel pasado. Heraldo de Madrid tiene hoy una nueva existencia con la digitalización de los fondos de la Hemeroteca Nacional. Desde septiembre de 2009, los internautas de todo el mundo pueden consultar las páginas del periódico cómodamente sentados ante su ordenador. Pero no todo. Los años de la guerra no están ni mucho menos completos en la colección de la hemeroteca digital, apenas hay disponibles una veintena de ejemplares para los tres años de la contienda. Hay que ir a la Hemeroteca Municipal de Madrid para consultar, aquí sí, la colección completa en formato de microfilm. Es un trabajo laborioso y delicado, que añade emoción al redescubrimiento de unos textos que han permanecido callados durante décadas. Es hora de dejar que vuelvan a hablar. Gil Toll, Barcelona, junio de 2012

PS En junio de 2013 se ha publicado Heraldo de Madrid, tinta catalana para la II República española por la editorial Renacimiento. Al final del libro, más información.

Cante y silencio en Sierra Morena

Por Clemente Cimorra
(ganador)

Lleva al cuello el grito de un pañuelo de color fuerte, y tiene ratos de buen cantaor. Además, es hombre que razona y sabe el valor de la disciplina, incluso entre los guerrilleros. Un hombre cabal. En la mano, de tendones negros, acaricia amorosamente el fusil, y en la cara angulosa tiene la nobleza y la hombría de bien. Hay un pespunteo tartamudo de disparos, y al apagarse la pirotecnia, que a nadie impresiona, alguien aventura el ruego: -Oye tu, “Almendro”, cántate argo. -Sí, dite argo, que tengo los oídos hartos de no oir cantar. Un ruido seco da un punto de vuelta a las cabezas. Junto al cantaor, una bala acaba de romper la fente pensativa de una piedra. -No es ná. Y esto, con su cosquilla de emoción, anima al hombre que “se” canta. Se inclina hacia el comandante y le acerca las manos –esas manos extendidas que timonean siempre la copla-:

“Entre Córdoba y Lucena Hay una laguna clara...”

Aquí la copla adquiere calidades tremendas y de reto majo en lo bronco del ambiente de vivaqueo. (Y es que el cante... El cante ha engañado mucho a los que lo creyeron sólo un complemento de juerga de la planta del señoritismo. Cuando el cantaor ha sido sacado del cortijo para divertir a los señoritos, en una jarana, había en él algo que no captaba la grosera estimativa. Dentro del pecho, bajo una blusilla de dril, se cocía otro cante más hondo: un hervor de rebeldía justiciera) Al último tercio le ponen repiqueteo de guitarras unos tiros enzarzados. La copla, libre entre los camaradas, tiene un sabor pastoso de brío popular. El comandante –Enrique Vázquez, el mejor guerrillero que ha tenido y ha perdido Andalucía- mira la luna y los luceros. Vamos a dormir, que mañana tenemos que montar a primera hora. En Sierra Morena hay un cobijo al pie de cada chaparro. Con las claras del día se empiezan a remover los guerrilleros que acampan junto al cortijo. El del escuadrón de caballistas es el primer servicio que se presta y también el más arriesgado. Ágiles, con la agilidad del poco dormir, se endererzan los jinetes. Mañanero, en la corraliza, un caballo relincha con música triunfal. El temblor de la madrugada, gozoso de rocío, se entibia con un sol de mala gana que se despereza en el horizonte. -!A caballo!

Pronto el pelotón está firme en la montura. Sombreros segadores, vitolas de manigua, gesto franco y valiente, porque sí. -!A ver si os traéis un par de mojamés o de italiano!- grita uno de los que se quedan. -!Ojalá y salieran a nosotros otros tantos de los que somos, y aunque fuesen “doblaos”! La tropilla montada, en la frescura moza del arranque del día, tierra adelante, se va por los llanos y por los cerros. Resoplan los animales en cabezadas del cuello robusto. El “Almendro” se pone al estribo del comandante Vázquez y cambian al primer cigarro de gañote en ayunas. Los aviones –la frialdad del acero sobre la gallardía de la sangre- les obliga a una gran galopada a brida suelta para situarse en el encinar tupido, donde se puede abrigar a los caballos. En los caseríos, abandonados por la obra del terror “nacionalista”, ladran perros con aullidos ahilados de eco lastimero. Una voz acompasa su cante al trotecillo de su potro entero:

“Al amanecer el día me encontré con los gitanos cantando por bulerías.”

Es el “Almendro”. El camarada que iba por delante ha vuelto, rápido, con un tirón de la boca del caballo. -Parece que se ve a un grupo a la derecha del cerro. Vázquez –el caballista perfecto, el gerrilero macho- pica espuelas a la yegua. -Quedaros aquí. Voy a acercarme yo. Pronto aparece, de regreso, entre los jarales olorosos, con la yegua veteada de espuma.

-Son unos pocos. Vamos a darles un susto. -Y si te tiran, ¿qué? ¿No era mejor que tumbasen a uno cualquiera? -¿A uno cualquiera? ¿Y yo qué soy? El grupo enemigo huye al darse cuenta del galope que se le viene encima. Se capturan cuatro o cinco prisioneros. Y no pasa nada más. En la guerra no siempre ocurren cosas de interés suficiente y rendondo para episodio novelesco. Han pasado muchos días después de aquella mañana. El “Almendro” se niega rotundamente: -Que no canto, hombre; que no canto. Tengo dos balazos en el pecho. Y además... Ha muerto Enrique Vázquez, el de Villanueva de Córdoba... -¿Tú andabas a su vera? -Sí; ha muerto acosao en su misma bravura. En Pedro Abad se sostenía aplastao por los elementos enormes del enemigo. El teléfono le zumbaba en las orejas: “Abandone el pueblo y no intente sostenerse más”; y él: “Todavía se pué resistir.” “Imposible que se sostenga más. Desde aquí oímos los tiros en las calles.” -Ni pa dios se retiraba... -Había que conocer a Vázquez. Estaba, como siempre, aplomao en sus piernas fuertes. No perdía un momento la sereniá. Necesitaba proteger la evacuación de la gente sivil hasta la úrtima persona. Necesitaba ver primero a sus hombres a sarvo. El tenía confianza plena en la montura. Ya no quedaba nadie leal en el pueblo. Ya por las esquinas que daban a la plaza se sentía aullar a los moros. -Pero Vázquez... -Vázquez sartó a la jaca como una sentella. ¿A quién iban a cogé? ¿AVázquez? ¿Al mejor caballista de los padroches? Cuando la jaca, !mardita sea! !Mal haya el animal y

tos sus muertos! Seguía de los caballos de los moros, tropieza de pronto en la carrera y echa al suelo al caballista. Si los olivos y el monte y el sol hubieran podido hablar, el campo hubiese crujio una maldisión. -!Qué fataliá! -Los sinco moros le vieron la estrella de comandante y lo fusilaron contra una tapia. Para ellos era un comandante cualquiera. No vieron que tenían delante el mejor de los mejores de los hombres del Sur. Esperó la descarga aplomao en sus dos piernas fuertes y con el puño en alto, escupiendo a los moros su coraje. Dice bien el “Almendro”, el hombre que combatió a las órdenes de un héroe de nuestra guerra, cuya apología no se ha hecho debidamente. Porque Vázquez, en Andalucía, era la raza puesta de pie. Y el “Almendro” se repone de la parrafada que le ha fatigado más de la cuenta . Ese amigo machacón, que no falta nunca, vuelva al ruego de antes: -Anda, aunque sea por lo bajo, dite una copla. -Pero, hombre, si sabes que tengo el pecho abrasao. Y luego, también...clavá la desgrasia de Enrique. -La mare de los asesinos... -!Mardita sea!...

Clemente Cimorra, cronista de guerra de “El Sol” Sobre la plica que acompañaba al cuento, el autor de “Cante y silencio en Sierra Morena” escribió este lema: “Lucha vivida”. Nada más justo pudo encontrar Clemente Cimorra para sustituir su nombre prestigioso en la literatura del pueblo que estas palabras; porque estas palabras expresan, es la síntesis de media linea, toda la labor magnífica de un escritor de la guerra, que ha dado a la lucha lo mejor de sus afanes y de

sus esfuerzos y que ha opuesto al fascismo el arma viril y pujante de sus crónicas diarias. “Lucha vivida” La ha vivido en su intensidad gigantesca, el camarada Clemente Cimorra. En el julio de traiciones en las cestas y de gestos soberbios en el pueblo, los caminos y campos, las tierras en que se abrían las primeras trincheras de la independencia, vieron en la vanguardia de los guerrilleros de entonces a este escritor de la gesta del pueblo, que llevaba al combate su rebeldía indomable de hombre libre y su pluma vigorosa de intelectual al servivio de la República. Clemente Cimorra ha dejado en las colecciones del colega “La Voz” la historia de un año de guerra. Andalucía, Extremadura, Madrid...Campos andaluces; carreteras sangrantes de Castilla; barrios madrileños en escombre, Usera, carabanchel. Batalla del Jarama y del Brihuega. La guerra intensa y feroz, expuesta al pueblo desde ángulos magníficos, rebosantes de emoción y extraídos de la realidad de todos los días. De esa realidad vivida que guarda en sus crónicas de guerra el compañero Clemente Cimorra. Hoy, es el órgano de la mañana del partido comunista, “El Sol”, quien recoge en sus páginas los magníficos escritos de este cronista del pueblo. En ellas deja también Clemente Cimorra la historia del inmenso batallar de todas las jornadas. La historia vivida por el antifascista que jamás claudica; la historia escrita por el cronista de prensa joven y vibrante que traza a diario el gran libro de gloria del pueblo en guerra.

Francisco Arias Solis | Sábado, 23 de enero de 2010

CLEMENTE CIMORRA (1900-1958) “Él sabía todo lo que iba a ocurrir con los militares traidores, desde que empezaron a no saludarle y perseguirle muchos de sus compañeros. Se lo dijo a todo el mundo, y cuando la cosa no tenía remedio, se puso a defender a España, a su independencia y a su justicia”. Clemente Cimorra.

La voz del hombre del clavel rojo
Al periodista, novelista, ensayista, biógrafo y traductor Clemente Cimorra sus amigos le llamaban el hombre del clavel. Siempre aparecía con su clavel rojo en la solapa. Tampoco dejó su cante “jondo” ni en las noches de guerra. En su exilio argentino, siendo periodista de Crítica, el diario más popular de Buenos Aires, una florista, todas las mañanas, le tenía preparado su clavel.

Clemente Cimorra nace en Oviedo el 29 de mayo de 1900 y fallece en Buenos Aires en 1958. Periodista y militante de Partido Comunista de España, es redactor de Mundo Obrero, y pertenece a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En colaboración con su hermano Eusebio, escribe el drama Acusación (1932), sobre la situación del proletariado en Cataluña. En julio de 1937 su cuento Cante y silencio en Sierra Morena, obtuvo el primer premio del concurso de cuentos de guerra organizado por el diario Heraldo de Madrid, uno de los de mayor circulación de España. Sus crónicas periodísticas de guerra fueron recopiladas en dos volúmenes: España en las trincheras y Héroes del Pirineo español. En el primer volumen, correspondiente a las

crónicas de los primeros meses de la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco, denuncia la invasión sufrida por España por tropas alemanas e italianas y exalta el espíritu de sacrificio y de lucha de los defensores de la libertad. En el segundo, relata la resistencia del pueblo español y su voluntad de lucha, así como, la retirada de la 43ª División a territorio francés, criticando con dureza el comportamiento de las democracias occidentales. Clemente Cimorra llega a Buenos Aires a bordo del vapor francés “Massilia”, que había partido de Pellice (Francia) el 18 de octubre de 1939, con destino a Santiago de Chile y que arriba al puerto de Buenos Aires, sin permiso de desembarco, el domingo 5 de noviembre, consiguiéndose que un numeroso grupo de intelectuales españoles de los que trasladaba pudiera desembarcar en Buenos Aires. En la ciudad porteña se exilia de modo definitivo. Fue colaborador de Pensamiento Español, revista del exilio aparecida en 1942. También pertenece al Centro Republicano Español de Buenos Aires. Con su ensayo La obra asturianista de Jovellanos, participa en el Homenaje a Jovellanos del Centro Asturiano de Buenos Aires en el bicentenario de su nacimiento, junto con otros destacados intelectuales del exilio, Francisco Ayala, Ángel Ossorio y Gallardo, Claudio Sánchez Albornoz, entre otros.

La obra de Cimorra es en su mayor parte denuncia social y testimonio de la guerra y del exilio. En su exilio publica algunas novelas de inspiración realista, El bloqueo del hombre. Novela del drama de España (1940), Gente sin suelo. Novela del éxodo civil (1942), La simiente. Novela de los hijos de la guerra (1942), en la que aborda la tragedia sufrida por Europa, Dock: el medallón de los tritones (1943), en la que nos muestra las grandes urbes marítimas, Cuatro en la piel de toro (1952), novela en la que rememora a Valle-Inclán y El caballista (1957), en la que el protagonista es un pícaro

clásico. Como ensayista sus obras más destacadas son El cante jondo. Origen y realidad folklórica (1943), España en sí (1941), Los gitanos (1944), Cervantes (1944), Historia de la tauromaquia. Cronicón español (1945), Historia del periodismo (1946), Quevedo (1946) y Galdós (1947). Escribe también una obra de literatura histórica Los capitanes de Rojas; descubrimiento y entrada al Norte Argentino (1945) y una biografía novelada Godoy en la España de los majos (1946). En 1940 publica la biografía Vida y naufragios de Cabeza de Vaca, dos años más tarde, Los hombres del drama: Timoshenko y, en 1946, Rockefeller y su tiempo y Ricardo Corazón de León. En 1942 publica la traducción La Francia de hoy. De Laval a Laval, de Alexandre Nesviginsky, y, en 1945, Carne viva; el drama de Francia bajo la metralla y la ocupación alemana, de Georges Duhamel.

Clemente Cimorra, como tantos otros, luchó por la legalidad democrática y por la defensa de la libertad. Y como nos dijo el escritor ovetense: “Eran los mejores hijos de España”.

Pionero

Por Pepe García
(segundo premio)

Cierto que su nombre era Francisco. Paco, mejor. Pero siempre había atendido por chavea, y chavea era para todos los que le acompañaban en sus correrías callejeras. De nada le valía tener doce añazos estirados, que le convertían en un zángano esmirriado y escuálido. El donaire madrileño, pronto a la réplica oportuna, le puso chavea, y chavea sería aunque llegase al arrastre de luengas barbas. ¡Y en buena ocasión vamos a conocer al chavea! Acurrucado en un camión de los que la Junta de Evacuación empleaba para transportar con destino a Levante a los evacuados, miraba pensativo cierto boquete de una de sus alpargatas, por el que asomaba indiscretamente un dedo gordo, asombrado de verse en automóvil. Pero bueno estaba el chavea para reparar en asombros de nadie. ¡Caramba, pero si el primer asombrado era él! ¡Vamos, que marcharse de Madrid! Y todo por esos tipos que ahora tiraban obuses sobre madrid, causando inocentes víctimas. Eso de evacuación estaría bien para los que habían venido de los pueblos. ¡Pero evacuarle a él…, a él, que era madrileño! Como si no est uviera curado de espanto con los bombardeos del día que vinieron los treinta pájaros negros. ¡Treinta, si, que él mismo los contó en vez de esconderse! Entonces, ¿para qué le servía haber nacido en

Pardiñas, escalar los muros de la vieja plaza como un jabato los días de abono y colarse en las mismas narices del portero del campo del Madrid cuando había una “final” de las buenas? ¿No se vendía la “tira” de periódicos todas las noches aportando su jornalito para el apaño de la abuelilla? Y, sobre todo, ¿por qué no se tenía en cuenta su categoría de pionero? ¡Vamos, que no! ¡Eso de que le echaran de Madrid como un extraño!… Una pequeña trepidación le distrajo de sus amargas meditaciones, y bruscamente, en un impulso súbito, de un pequeño salto se encontró en el empedrado, envuelto en las nubes de humo del tubo de escape y los escandalosos jadeos del motor. Pero, en fin, había vuelto la primera esquina rápidamente, y ahora veía satisfecho como el endemoniado camión partía a gran velocidad hacia esa Valencia que él no quería conocer. ¡Para que le llamasen emboscado! Y allá va nuestro chavea sin rumbo fijo, pero orgulloso de haberse salido con la suya. ¿Es que no era mejor, en vez de estar por esas carreteras tragando polvo, contemplar este maravilloso desfile de milicianos que, seguramente, irían al frente? ¡Y échele usted romero! ¡Casi nada! ¡Hasta casco y careta contra gases llevaban los fulanos! Igualito, igualito que salían en las películas de guerra. ¡Y vaya un paso bien marcado, y vaya una banda de trompetas! ¡Pobres fascistas! Por algo no habían podido entrar en Madrid. Y el arrapiezo, observando el desfile de aquel puñado de muchachos fuertes y bronceados por el sol del trabajo, se mordía las uñas nerviosamente. ¿Por qué no sería él mayor, para ir, como ellos, al frente? Bien mirado…, puede que le admitieran. Y si no, aquellos carteles bien claro lo decían: “Todos los hombres útiles, para la guerra.” “Nadie sin aprender el manejo de un fusil” Entonces la cosa no merecía pensarse más. ¿Qué importaban los pocos años si en el pecho latía el corazón de un hombre?

Pero la cosa, como él la llamaba, no fue tan fácil como se figuró. De buena ya le habría dado un puñetazo al militar aquel de los lentes que tantas preguntas le hizo. Y el caso es que no sabía muy bien si se había reído de él. Juraría que sí… Pero cuando más se mosqueó fue cuando le mandó sentarse y se pueso a escribir precipitadamente una nota. ¡A él con ventajas! ¡A lo mejor aquel tío le había visto tirarse del camión! Y menos mal que en el patio del cuartel había varios coches y aprovechando un descuido pudo colarse en uno y desde allí reírse a mansalva, pensando en la cara del de los lentes cuando terminase su famosa nota. ¡Pero qué era esto! El coche arrancaba. El chavea asomó la cabeza prudentemente por entre los fardos y las mantas que le cubrían, y sus ojos se dilataron al comprobar que formaba parte de una large hilera de camiones atestados de soldados. Ahora sí que marchaba para el frente. Bien claro lo decía aquella algarabía de canciones guerreras entonadas por miles de bocas. Sólo este contento señalaba por sí solo el camino de las trincheras. Ahora, que el mal trago fue cuando le descubrieron al llegar al poblacho aquel convertido en comandancia, donde le sacaron de una oreja y le llevaron ante otro militar, que esta vez no tenía lentes…, pero que en cambio gastaba unos bigotes que era talmente el retrato pintiparado del capataz que por las noches le largaba unas “manos” de prensa en Pontejos. ¡Las vueltas que da el mundo! ¡Quien hubiera pensado que aquel sargento, que le dio tal fenomenal tirón de orejas sería con el tiempo su mejor amigo! ¡Bueno, la regañina fue de órdago! Casi, casi se vio metido de nuevo en el coche y conducido a Madrid. Menos mal que lo avanzado de la hora le salvó. Y luego, al otro día, su oportunidad de ponerse a pelar patatas, desvió la atención de su persona al convertirse en un engranaje útil para la causa popular. ¡Cada uno luchaba como podía, y si él pelaba patatas…ya ascendería! El caso era combatir al fascio. Y podí a estar agradecido al sargento. El “Negro”, como le llamaban, que, tomándolo bajo su

protección, le impuso y le presentó a los camaradas. Algo de saliva hubo de tragar el chavea con tanta guasa; pero poco a poco fue transformándose, hasta convertirse en un pequeño soldado, al que no era difícil ver pisándose el correaje o darse de bruces en el suelo, enredado entre la mochila y el machete. Y el caso es que el condenado chavea se dio tal maña a granjearse voluntades y simpatías, que había llegado a ser indispensable. ¿Qué estando en las avanzadillas se acababa el tabaco? Seguramente latía una campanilla misteriosa que sonaba en algún sitio cercano al chavea, porque éste aparecía seguidamente con un montón de cajetillas. ¿Qué hoy parecía que la prensa de Madrid tardaba y uno se aburría cara al sol sin hacer nada? ¡Demonio con el chavea! ¡Vaya usted a saber de dónde podría haber sacado aquel montón de novelas que traía en el morral! ¿Y cuando le dieron el tiro al cabo segunda? ¿También fue casualidad que sólo en la cantimplora del chavea apareciese un sorbo de coñac, capaz de reanimar al herido mientras venían por él. La verdad es que cuando el mocoso se hizo el amo definitivamente fue el día de aquel combate que duró once horas, y en el que si no es por él los copan. Ellos no sabían lo que ocurría en el ala izquierda y resistían sin desplegar, confiados en la llegada del enlace del comandante. Pero el enlace estaba tirado en una cuneta, con una mueca sangrienta en la cara y un balazo en los sesos. Y ante lo grave del caso, el jefe, falto de comunicación momentáneamente, se arriesgó a dar una orden oportuna al chavea. Y allá fue éste, veloz como en sus mejores tiempos de “periodista”, convertido ahora en finísimo hilo, del que pendían la vida de muchos hombres. ¡Y llegó! ¡No habría de llegar, si aún tuvo tiempo de cerrar los ojos del pobre enlace, que solamente parecían esperar verle pasar en auxilio de sus compañeros! ¡Y a ver quién se metía ahora con el chavea! Va y viene por donde quiere, llega hasta donde le place y ojo con decirle nada. Regañar al chavea es indisponerse con el

comandante. ¡Y que el niño se asusta de las balas! Precisamente lleva unos días que no hay quien le arranque de la trinchera en que está la ametralladora. Si no fuera mirando que es amigo del comandante…, ya se hubiera ganado unos cuantos capones. Ni que la ametralladora fuera suya. No le falta más que comérsela. Seguro que es capaz, a fuerza de tanto mirar, de armarla y desarmarla él solo. ¡Diablo de chico! Hasta un bote de sidol ha traído –incautado seguramente- . Y ahora está la ametralladora que parece una luna veneciana. Ya sabía el chavea que al comandante no le gustaba que estuviera en aquel parapeto, distanciado de los demás, por razones estratégicas, y desde el cual se dominaba un gran sector. Pero váyale usted con razones a un crío. Allí estaba el “Negro”, allí estaba la ametralladora…Pues allí estaba él. Y si se enfada el comandante, que se enfade. El trabajo de volverse a contentar le queda. Ya al amanecer, brumoso y gris, trajo desganas de muerte. Unos “pacos” primero, y unos cañonazos después, marcaron la pauta de lo que seguiría más tarde. Silbaron las balas fusileras y crepitaron las ametralladoras. Y en el fondo del parapeto, nuestro chavea, pálido y silencioso, soportaba la lluvia mortífera que enviaba el campo enemigo. Delante de él, dos hombres, el “Negro” y su ayudante, no daban paz a la máquina. El tiroteo arreciaba. Seguro, algún intento de avance. De improviso, un morterazo estalló cercano al parapeto. Ya los habían localizado. Empezaron a verse en la lejanía unos bultos que avanzaban pegados al suelo. Se acercaban. Lo hacían precedidos de bombas de mano. Nuestra línea vomitaba metralla y sembraba la muerte en sus filas…Pero eran muchos. Como hormigas. Claramente se veía que lo que más temían era a la ametralladora. Esta hacía verdaderos estragos; pero los morterazos cada vez caían más cerca. Sucedió lo inevitable. De nada sirvió que el pequeño, ileso por un verdadero milagro, llamase a voces al “Negro” y al otro. Arra strándose entre escombros

pudo descubrir el rostro de sus dos amigos. El chico rompió a llorar. Trató de zarandear un poco al “Negro”… Pero demasiado sabía él que estaba muerto. Medio atontado vió a lo lejos a los asesinos de sus camaradas. Tirados en el suelo permanecían quietos. Sin duda temían los disparos de la ametralladora. El chavea, repentinamente, se ensombreció. ¡Traidores! ¡Fascistas! Ellos habían matado al “Negro” . También le matarían a él y se llevarían su ametralladora. ¡Su ametralladora! Afortunadamente, ilesa como él. La explosión sólo la había derribado, y el chavea, nerviosamente, la puso en pie. Todavía tenía el peine recién puesto, sin disparar. El muchacho veía como el enemigo avanzaba lento, pero confiado, al notar el silencio que sucedió a los disparos anteriores. Los vió levantarse decididos y adelantar en una pequeña carrera unos cuantos metros. Pudo disparar entonces, pero algo le contuvo. Quiso asegurarse tenerlos más cerca, confiarlos. El los enseñaría que la ametralladora era suya. Repetidas veces se lo dijo el “Negro” , “Cuando seas como yo, te darán una a para ti.” Y puesto que el “Negro” no estaba, a él le tocaba continuar defendiendo la máquina. Si ese era el deber del sargento, ¿por qué no había de ser el suyo también? Ya se acercaban, ya. El chavea, completamente crispado, miró en torno suyo. Los fascistas emprendían la última carrera hacia él, confiados en que allí no había nadie. Vió también a los suyos, los leales, que se acercaban extrañados por aquel silencio. ¡Demasiado lejos! Repentinamente sereno, niño y macho a la par, al alzarse ante él las sombras siniestras, disparó. Fue una lluvia de metralla que abatió, que aniquiló y que hizo volver las espaldas presurosos a los sorprendidos traidores, que ya daban aquello por ganado. Los caídos enrojecían la tierra con sangre de loba. Los otros, ya en sus madrigueras, volvieron a disparar. Y cuando los milicianos llegaron a las ruinas de lo que fue parapeto, el chavea, con los ojos enturbiados, moría desangrándose abrazado a la ametralladora. Aún pudieron escuchar

unas frases que, como un murmullo tenue, se escapaban de sus labios, ennegrcidos por la agonía: -Ya es mía, “Negro” …Ya es mía.

Pepe García, el autor de “Tormenta”
Un obrero, un trabajador del pueblo, del pueblo que siempre estuvo explotado y opromido por las castas que ahora le hacen la guerra. Uno más en la gigantesca masa de luchadores antifascistas. Pero uno también de los que, en pleno combate, en plena conmoción, han sabido destacarse entre los luchadores firmes y entusiastas. Por encima de todo, un hombre modesto. El mismo lo dice cuando, al referirse a épocas pasadas y comentar sus viejas aficiones literarias, señala: “Quise colaborar en varios periódicos, pero fue inútil. ¿Quién iba a hacer caso de un tal García, completamente desconocido?...” Pero ese anonimato y esa sencillez muy suya no rindió nunca a su espíritu emprendedor. El obrero, el trabajador, se convirtió en soldado cuando la libertad requirió el esfuerzo de todos los hombres honrados. Pepe García fue uno de los narradores del pueblo. Y allí, entre balas y angustias, dio nuevos impulsos a sus afanes literarios. E hizo una obra: “Tormenta”. El nombre de Pepe García, tan modesto siempre, cruzará ahora las fronteras. Porque “Tormenta” va a ser traducida al inglés y estrenada en Nueva York. Su cuento “Pionero”, segundo premio de nuestro concurso, tiene al signo de sencillez que al autor caracteriza. Y la emoción sincera del trabajador que siente y vive la gran época histórica del pueblo que lucha.

Los dos epitafios

Por Carlos Rivera (tercer premio)
Porque no era Juan un trabajador sufrido y delicado –mil roles de esclavitud le dejaron su huella en la faz: hambre, vejez, miseria- Rutilo se hizo comunista. Un trabajador honrado que recorrió, a pie, roto y vencido, tantos caminos sin norte como rutas marinas –esmeralda líquida- cruzara el viejo Juanchu, su padre. Juanchu dibuja su tedio de lobo marino- melancolía de mar y cielo, de sol y espumas-, sobre la borda de un buque que desguazaron las rocas y un temporal. Ora arrastraba remedos de preludios a un derrengado acordeón; ora leía nutridos cuadernos de inocentes aventuras. Juanchu tenía alma de niño. Era rudo para el peligro y tierno para los hombres: cariñoso, amigo, fraternal. Buscaba en todos la dulzura ausente en la brava poesía de las

olas… Cuando “La Gaviota” se estrelló contra las rocas, a Juanchu le anduvo muy cerca el morir. Fué “un casual” –decía- que se salvara. Le desanimó mucho el vencimiento del palo mayor, que era, para él, el palo mayor de la alegría. Pudo haber muerto cuando nacía su primer y único hijo. Y salvó. Juanchu creyó que, después de truncado el palo mayor de “La Gaviota”, nadie podría alegrale la vida. Y ya le aguardaba un hijo. Temprano había llegado la desgracia, y temprano también, para compensación, la felicidad. Rutilo era el héroe de aquella aventura que le distraía junto al trinquete cuando le sorprendió el temporal. Y entre darle al chico el nombre de cualquier familiar fallecido, para salvar la disputa entre los allegados de padre y madre, decisió llamarle Rutilo. Aunque de leyenda, Rutilo era nombre de héroes, y en la familia no había ninguno… Rutilo no fue marinero porque Juanchu, su padre, no quiso. El mismo Juanchu dejó de serlo a raíz de la desgracia de “La Gaviota”. Cambió el timón por la azada. Juanchu se hizo campesino. Con los años, Rutilo se hizo minero. Veinte años contaba el mozo. El padre, casi los cincuenta, casi viejo ya… Queipo –tantas veces maldito como asesino, duplicadamente borracho de vino y de sangre- había consumado su traición Sevilla- era”suya” ya. Caminaba con su tropa hacia Huelva. Quería que, como el Guadalquivir –espejo de García Lorca y Villalón-, el Tinto y el Odiel –márgenes de Juan Ramón y Morén Gómez- tuvieran asimismo un cauce de sangre martirizada. Y Huelva fue “suya” también. Faltaban por rendirse los pueblos de su cuenca minera. El minero tiene una tradición hidalgamente revolucionaria. La mina posee en la entraña de sus galerías profundas algo más que azogue, pirita o carbón. El montacargas de la contramina lleva y trae –trae y lleva- ese dolor de lo minero que culmina en rebeldía.

Los pueblos no querían rendirse. Preferían la lucha, aún a sabiendas de su inferioridad como fuerza armada para el combate. Después, sucumbieron. No había otro remedio. Era humanamente imposible persistir en una resistancia loca. El enemigo poseía más y mejor armamento. La aviación facciosa reducía a escombros la menguada estatura de las casas pueblerinas. La Sierra, cómplice en lo abrupto, se ofrecía promisora, acogedora al éxodo interminable –una tragedia a cuestas- de los fugitivos… Huían los grupos de luchadores, discípulos de Llaneza y Salvochea, admiradores de Lenin y Kropotkine, de Marx y Bacunin… Viejos militantes y párvulos idealistas. Huían para proseguir el combate. Ni se resistían a morir ni al vencimiento. En los cortijos, junto a las casas derrengadas por la metralla, guarecía su llanto la inocencia de mujeres y niños con emoción de amargas despedidas. Rutilo, el comunista, la tarde de la tragedia saltó con un grupo, todos más viejos que él, de su pueblo. ¡Cuánto tiempo y cuánto camino recorrido! Noches interminables, madrugadas tardías, soles de plomo… Agosto esculpía jadeos aspeantes. Un pueblo. Otro pueblo. En uno no se podía entrar. En otro no dejaban salir los mismos compañeros. En aquél pudieron escapar casi milagrosamente. Los hombres eran perseguidos como fieras. Los fascistas se habían echado a la Sierra en su caza. Contaban con la colaboración delatora de los dueños de los cortijos por donode pasaban. Para comer había que robar. Para vivir, correr… A veces el grupo se encontraba con gente conocida. Eran también fugitivos. Badajoz no había caído todavía en manos de Portugal. La ruta de todos era Extremadura. Quizá Juanchu sepa el día y la hora. Rutilo no lo supo nunca. En el campo, ya en Extremadura, se encontraron los dos. Habían salido en grupos distintos, sin saber el uno la suerte del otro. No hubo tiempo siquiera para despedirse.

Tenía la nuca atravesada por una bala. Era teniente de milicias. Luchaba al mando de uno de los grupos en la inolvidable tarde de la caída de X… A su lado, jefe de la columna, su padre. Rutilo y Juanchu. -¡Pobre hijo mío! Exclamó al verle. La sangre saltaba a borbotones. Era sangre propia, la de una misma entraña y la de un mismo pensamiento. Allí estaban los dos luchando por la libertad del pueblo. ¡Cómo sonó y resonó aquel beso emocionado y fuerte sobre la tez morena del hijo muerto! Iba en aquel beso el alma misma, y el corazón, y la vida… Las miradas de todos convergieron en los dos. -Era su hijo… En aquella frase había una admiración honda y apenada, una rebeldía doliente, una queja y un reto… -¡Nuestro hermano! –debió decir alguien. Sí. Un hijo del Mundo, un hermano de todos, que perdió la vida por la libertad de España. Juanchu, unos meses después, dirige la reconquista del pueblo de X… -¿Vamos, muchachos? Los muchachos se adelantan. Llevan en la cintura la carga mortífera. Cada bala tiene el destino de un enemigo innominado. Llevan plomo de victoria y pólvora de ilusión. Juanchu, canoso de años, ha infundido a todos bríos de optimismo. Es ésta la misma muchachada que en otro tiempo huía de la ciudad rumbo a la entraña del aire libre, cantando su alegría. Era la muchachada de los domingos veraniegos. Reía, y jugaba, y gozaba. Hoy cada uno lleva un jirón de penas en el alma. Pero va alegre también. Juanchu, canoso de años, se ha sentido joven junto a ella.

Amanecía. El día, fresco, se toca con tulers de sol y se hace una “toilette” de claridades diáfanas. En lo alto, un azul divino adquiría tonos de sublimes transparencias. El sol – piqueta de luces- se llevaba las nubes a un desván invisible. La mañana mostraba al sonreir blancos dientes de rocío. Hay un redoble de pisadas marciales: un, dos…Un, dos… La columna avanza. Desde las lomas que, partiendo de aquí, limitan el horizonte, se avizora al enemigo. Por la izquierda, verdoso de reflejos marginales, discurre tranquilo un río. (Juanchu ahoga en la corriente el recuerdo de “La Gaviota” y de Rutilo…) A poco de iniciada la marcha, la columna se abre, bífida, en despliegues. Se forman dos núcleos, que avanzan por la derecha y por la izquierda. Estamos en la mitad del camino de dos pueblos. Para avanzar sobre X…tomamos posiciones en los montículos suavemente sinuosos. Estas ondulaciones, apenas perceptibles, semejan gallo mañaneros con crestas de fusiles. A poco picotean el silencio con luengos disparos. Y comienza el duelo de las detonaciones. Ni un solo disparo incierto ni una sola bala desperdiciada… El enemigo contesta. La tónica su defensa la marca la intensidad de nuestro ataque. Los fusiles leales pierden por momentos su horizontalidad, irguiéndose altivos para continuar el avance. El redoble de las pisadas marciales ha perdido su ritmo. Con el pecho descubierto, desafiando a la muerte, los muchachos corren hacia el lugar del peligro para convertirlo en escenario de la victoria. Los recibe la liturgia callada de una torre de iglesia convertida en fortín. En la torre tiene el enemigo emplazadas algunas ametralladoras, que hacen fuego constantemente. Las balas cruzan el pueblo dejando en su silbar horribles huellas de erizaciones de pavor. De vez en cuando la artillería enemiga traza en el aire surcos quejumbrosos. Hay también un duelo de grandes explosiones…

Se hace monótono el estampido de los cañones y el tableteo de las ametralladoras. Todo esto parece una ópera siniestra infernal… Las detonaciones simulan una música de fondo. En lo alto destaca un rumor de motores: cuervos negros. Vienen a dejar su carga mortífera sobre la tierra leal. El moscardoneo de su vuelo traza en el espacio una estrategia aérea. Sobre la tierra caen bombas de bilis incontenida. Son granadas de odio que quieren engendrar la muerte. No lo consiguen. La tierra sólo tiene un llanto de polvaredas gigantes, en torbellino, como lágrimas invertidas. (El labriego, mañana verá en este hoyo un curso de tragedia y de muerte. La fosa, recuerdo de la íntima tragedia del labriego, se llenará de lágrimas y de suspiros…) Y de nuevo toma vigor el disparo de fusil. Las ametralladoras enemigas continúan disparando. Los hombres que las manejan se ocultan tras el bronce de las campanas. El bronce no suena sino cuando llegan hasta él, muertas, balas certeras. Otra vez susurran en lo alto pájaros de acero. Son leales esta vez. Aguilas rojas, gloriosas, mensajeras de victoria. La Infanteria enemiga, apostada en el pueblo, fue reducida al silencio por la metralla de los aviones leales. -¿Vamos, muchachos?- grita Juanchu. Una compañía de voluntarios caló las bayonetas. Las mujeres que han vivido la guerra –esta guerra sobre todo- saben muy bien, porque lo sienten muy hondo, cuánto vale un hijo. Fermina, la posadera, había perdido al suyo. Los fascistas le desvalijaron la posada y le mataron a su Miguel. Era un buen chico, trabajador, callado, cariñoso… Apenas si contaba quince años. Pero había cometido el extraño delito de llevar un carnet con la cubierta roja… Ni a ella ni a él les dió tiempo a salir del pueblo la inolvidable tarde de la caída en poder del fascismo, cuando murió Rutilo… Ella había visto a Juanchu besarle. No pudo contener que se le incendiaran las lágrimas.

Y al verlo de nuevo en el pueblo, vistorioso, le ha señalado un camino. Los fascistas habían dado sepultura al cadáver de Rutilo. Estaba en el cementerio. Juanchu sabía que era inútil. Pero de buena gana hubiera arañado en la tierra para besarlo de nuevo. -¿Cuál de estas cruces es la de él? Juntas, muy juntas, salían de la tierra dos cruces. No tenían nombre. Una piedra en cada cruz, a manera de epitafio, denunciaba la hombría de los dos: “Un valiente.” “Un cobarde.” -Mi hijo, ¿cuál es mi hijo? -¿Quién puede ser? –dijo Fermina, señalando al valiente. -¿Y éste?... Fermina lloró. Aquél era el asesino de su Miguel, el valiente de los fascistas, que murió unos días después. Pero ella, aún a riesgo de ser asesinada, aprovechando el sigilo de los cipreses y de las madreselvas, cambió los epitafios para hacer jusicia a las tumbas. Lloraron las dos. Las dos habían perdido el palo mayor de la alegrí a…

Carlos Rivera, redactor de “Informaciones” Carlos Rivera es uno de los valores jóvenes del periodismo madrileño. Del periodismo del pueblo y para el pueblo. Carlos ha seguido una trayectoria de lucha y sinsabores. Joven, muy joven abandonó los campos de Andalucía donde muchos trabajadores tenían en el muchacho de escasos años y rebeldías soberbias el más firme defensor. Ya entonces el temperamento viril y las ansias de justicia formaban en este camarada al luchador infatigable, cuyo nombre iba unido a todos los movimientos societarios.

Y vino a Madrid, fechas antes de aquellas jornadas históricas de octubre del 34. El drama de aquellos días, de aquellas noches de tiros y de gestos abnegados, modelaron, en definitiva, el espíritu de un joven revolucionario, combatiente de la gran causa del pueblo. Carlos Rivera tiene (paralela a su historia de luchador del pueblo) su historia de escritor. Prosa pujante, que le ha dado no pocos y merecidos éxitos. Con ella, el camarada que ahora ha premiado el Jurado de nuestro concurso de cuentos de guerra obtuvo galardones literarios: primer premio de un concurso de novelas cortas, al que el camarada Rivera acudió con el mismo lema que ha traído al nuestro: “Barro verde”. Primer premio en otro concurso, éste de crónicas. Hoy Carlos Rivera logra con su trabajo el tercer premio de nuestros cuentos de guerra. Un episodio más en su brillante historia de escritor y de periodista, historia conocida, porque la pluma de este camarada, sus meritorios escritos, son familiares al pueblo madrileño, que los sigue a través de las páginas del colega “informaciones”, de cuya redacción forma parte Carlos Rivera.

Pensando en el hijo

Por Máximo Jiménez
La tarde comienza a decaer. Negros nubarrones impiden el paso de los últimos rayos solares. La oscuridad, más densa cada vez, imprime al campo de batalla un aspecto de desolación y muerte. Parece respirarse una atmósfera trágica, que hace quedar pensativos a los combatientes. Piensan en sus hijos, en su novia, en sus padres: piensan si será la última noche de su vida. De vez en cuando, el estampido de un obús, o de un tiro les hace volver de su ensimismamiento. El teniente Ciria revisa los puestos de

guardia. Todos están alerta, ninguno se dejará sorprender por el enemigo. La noche ha entrado ya y la oscuridad es completa.. El cielo amenaza tormenta, y el aire trae olor de humedad. Ciria, terminada su guardia, se acuesta presuroso, para reponerse del cansancio que sienten sus piernas. No tiene sueño y da vueltas en la cama agitado por extraños presentimientos. Comienza a pensar en su hijo; en el hijo que tiene en el campo faccioso. Recuerda el día en que se despedía de él, al marcharse a cumplir el servicio militar; la carta que le escribió anunciándole el regreso, la alegría de la familia al leerla, y la desesperación de ésta al estallar la sublevación fascista y enterarse que la ciudad donde estaba el hijo había caído en poder de los sublevados. Recuerda su enrolamiento en las Milicias populares y sus ascensos hasta llegar a teniente. Contempla con horror, a través de sus pensamientos, los combates cuerpo a cuerpo con el enemigo; su bayoneta clavándose en los cuerpos fascistas, impulsada por la locura, por el coraje del que quiere librarse de la muerte, que le rodea por todas partes. Piensa de nuevo en su hijo: ¿Estará en las trincheras de enfrente? ¿Vivirá, o, por el contrario, habrá muerto en un combate? Estos pensamientos le hacen dar nuevas vueltas en la cama. La emoción le ahoga y los sollozos pugnan por salir de su garganta. De nuevo intenta conciliar el sueño; pero los pensamientos trágicos vuelven a resurgir en su memoria y se lo impiden. Se levanta contrariado y comienza a pasear para ver si el aire húmedo le despeja la cabeza. Mientras camina, habla en voz baja: “!Cuándo terminaremos con estos perros! !Si no fuese por los extranjeros! Pero venceremos. Somos mejores que ellos y tenemos la razón.” El recuerdo de su hijo vuelve a adueñarse de su pensamiento. “!Nada!, que esta noche me ha dado por pensar en mi hijo” –exclama. Los soldados charlan en voz baja, con el fusil al alcance de la mano. En un refugio, un grupo juega a las cartas. Ciria camina entre ellos sin fijarse para nada en sus

compañeros. Pasan las patrullas de relevo en dirección a los puestos de guardia. Ciria pasa por delante del refugio. Una voz que resuena a sus espaldas le hace volver a la realidad: -!Ciria! !Siéntate y echamos una partida! Se vuelve, y divisa un grupo de oficiales y soldados que hablan amigablemente mientras juegan a las cartas. Acepta el ofrecimiento, por ver si de esta manera logra desechar los pensamientos que le agobian. A intervalos, un relámpago, seguido de un trueno, anuncia la tormenta. No se oye ni un solo silencio, semejante a un monstruo dormido que estuviese acumulando fuerzas para lanzarse a una lucha titánica. La noche se les hace muy larga a los combatientes. Ciria, sin poder desechar sus pensamientos, juega automáticamente a las cartas, sin darse cuenta de lo que hace. -!Qué te pasa, hombre! !Qué te pasa!- le pregunta un joven sargento que se halla a su lado. Te encuentro con mala cara: !estás malo! Cria contesta negativamente. No quiero dar a conocer sus pensamientos. Un soldado comienza a contar chistes, que hacen olvidar sus cavilaciones al teniente. Los relámpagos y los truenos se suceden ahora con más intensidad, y gruesas gotas de agua comienzan a caer. Los grupos que hay en las trincheras se levantan presurosos para guarecerse a los refugios. Los centinelas se arropan bajo los capotes para librarse de la lluvia. Un grupo de soldados se enzarza en una discusión que hace reunirse a su alrededor gran número de compañeros. -Todavía me estoy acordando-dice uno- de la última posición que tomamos. !Cómo se portó mi batallón! !Fué el más valiente de todos!

-!Eso no es verdad! Mi batallón fué el primero en asaltar la posición y estuvo más valiente que el tuyo –exclama un soldado de otro batallón, picado en su amor propio. La discusión va subiendo de tono. Cada uno recaba para su batallón el puesto de honor. -¿No podéis hablar de otra cosa?- grita Ciria para cortar la discusión- !De mujeres, de deportes; de cualquier cosa menos de guerra! -A mi lo que más me gusta son los deportes- afirma Maldonado, el más joven de los combatientes. -!Porque no has tenido nunca novia!- contesta un sargento riendo. Ha cesado de llover. Fuera, continúan los relámpagos, y los centinelas se hallan en alerta en sus puestos. Los soldados siguen discutiendo, y el teniente, libre ya de sus pensamientos, se muestra más alegre. Un obús estalla a pocos metros de nuestras trincheras. Los soldados salen rápidamente de los refugios, para evitar sorpresas. Al primer obús le sigue otro, y otro. Comienzan a caer con gran intensidad. Las explosiones se mezclan con los truenos. El enemigo ha comenzado un ataque para apoderarse de nuestras trincheras. Los relámpagos iluminan el campo de batalla con un fulgor trágico. A la luz de éstos se ve avanzar al enemigo. Las lenguas de fuego arrancan trágicos destellos a las bayonetas. Las bengalas ascienden a las alturas y se encienden, iluminando el combate. Las ametralladoras dejan ori su tac tac uniforme, y las bombas de mano levantan grandes columnas de humo y tierra, que al caer envuelven en el polvo a los combatientes. El terreno se va cubriendo de hombres que pagan su tributo a la guerra. Nuestros bravos combatientes disparan incansablemente. La pálida luz de las bengalas da al terreno un tinte macabro. De vez en cuando, los quejidos de las víctimas anuncian la existencia de heridos. LOs soldados, después de cortar el avance, inician un brioso contraataque. El nemigo se resiste. Nuestros

combatientes se lanzan decididos a un cuerpo a cuerpo. Ruedan los combatientes por el suelo; fascistas y leales luchan abrazados, deseosos de conservar la vida. Las bayonetas salen de un cuerpo para clavarse en otro. Ciria lucha entre un grupo valerosamente. Los soldados populares, contagiados por el heroísmo de sus jefes, combaten incansablemente. El teniente, a la luz de un relámpago, cree ver la cara de su hijo. Sólo es un momento: un grupo que lucha le oculta la visión. ¿Será él? ¿Será su imaginación? Ciria queda como petrificado. Quiere gritar, la voz no le sale de la garganta. El campo de batalla se le borra de la vista. La cabeza le da vueltas. El empujón de los soldados que luchan le vuelve a la realidad. Se lanza de nuevo al combate. Nuevamente su pistola va haciendo estragos en los fascistas. Estos comienzan a huir a la desbandada. Nuestras tropas persiguen a los fascistas y en lo que antes eran posiciones enemigas ondea ahora la bandera de la libertad. Comienza a clarear el día, y Ciria es de nuevo asaltado por el pensamiento de su hijo. ¿Sería él? ¿Sería imaginación suya? Los centinelas preparan sus fusiles. Tres hombres avanzan hacia nuestras lineas. Vienen con el fusil a la espalda, sudorosos, con la ropa hecha jirones. Al divisar nuestras lineas, una sonrisa entreabre sus bocas. Aceleran el paso. Poco antes de llegar a nuestras lineas gritan: -!Camaradas, no tiréis! !Somos de los vuestros! Nuestros soldados se llenan de júbilo. Son tres hermanos nuestros que se escapan del infierno fascista. Tres hermanos que vienen a luchar en nuestras filas. Los evadidos saltan a nuestras trincheras. El teniente, avisado por sus compañeros, se halla allí. Al verlos, dos gritos se escapan de dos gargantas: -!Antonio! -!Padre!

Y en un instante Ciria y su hijo se hallan abrazados. Los soldados les contemplan en silencio, mientras se escucha un himno a la libertad, promesa de paz y trabajo para los habitantes de la nueva España.

El cobarde

Ramiro Gómez Zurro
(original recomendado a publicación por el jurado)

Toda su vida era una fenomenal cobardía. En la película monótona de su existencia no se registraba un hecho valiente ni un gesto de energía siquiera. De niño, la prohibición absoluta de lecturas “perniciosas” –base de sus lecturas fueron “Las florecillas de Sant Francisco” y el “Catecismo explicado” - la severa vigilancia de sus actos, encuadrados todos en la angostura de una religión pacata, afeminadora de espíritus, maniataron sus

potencias espirituales y mataron en ciernes cualquier rebeldía. De joven, el ejemplo prometedor de paraísos y amenazante de xxxernos, de sus mayores, continuó la tarea demoledora de su fortaleza. En la severa medianía de su hogar nunca hubo discordancias. Todos los actos, e incluso la expresión de ideas, obedecían a una concatenación perfecta y matemática. Su vida interior era tan fosilizada como sus actos, y en su retina del alma grabóse con caracteres indelebles, predominante sobre cualquier otro, un paisaje, el único que percibió en su vida: obediencia, sumisión… Cuando la vida, por virtud de sucedidos que le vistieron de luto, presentóse ante él, franca, abierta a todo impulso de emancipación, su cobardía innata, fraguada en las amenazadoras paveras de torturas ultraterrenas, se manifestó como nunca. Tuvo miedo de estar solo, le aterró su libertad, experimentó los temores de no tener quién le guiara. Creía ver peligroa allí donde la vida no era más que eso; la vida. Con sus alternativas, con sus bandazos que todos sortean más o menos felizmente. Tan cobarde era, que ni de su espíritu recibió la acusación de su miedo. Era cobarde, fundamentalmente cobarde, y de su cobardía hizo religión. Ni una protesta rebelde de su “internus”, ni un gesto rectificador… Nada. Enterró su juventud vieja entre el polvo de un archivo ministerial y donde entonces solo vivió para los expedientes, para las instancias. Todas sus ansias se cifraban en los monumentales legajos de papel garrapateado. No vivía más emociones que las sucias de aquellos montones infernales de papel raído y polvo que terminaron de consumir su espíritu que, a fuerza de insignificante, llegó a miserable. Fuera de su miseria espiritual, nadie, ni el más claro observador, hubiera extraído un hecho notable d el “movietone” gris de su existencia. Humilde, humilísima con sus experiencias y compañeros de

trabajo, era lo que llaman un empleado modelo. Al contrario que sus camaradas, nunca tuvo un gesto de fastidio, y mucho menos una manifestación de protesta. ¡La guerra! La guerra con todos sus consecuencias terribles. La guerra, con listas de muertos, zumbidos de aviación, estallar de obuses…Y meses después, la movilización de su quinta. Y ni la gesta heroica de un pueblo que se bate por su libertad, que lucha como héroe por su independencia, puso ardores en su sangre. Cobardía se llamó también su estado de ánimo en aquellos momentos en que la emoción de los más pulsilánimes se abrasaba en ansias de lucha… Hasta el acto de presentarse en el lugar de reclutamiento f ue hijo de una cobardía. Temía el castigo si desobedecía las órdenes del Gobierno. Declarado útil por su estado físico perfecto, se cometió un error. Aquel hombre no era útil. Como otros, por su miopía física, éste era inútil por su miopís espiritual, por su cobardía imponderable…Esta enfermedad, no catalogada en el capítulo de exenciones militares, es mil veces peor que cualquier defecto físico. El frente…la linea de fuego…Su cuerpo, todo él zarandeaba a impulsos del miedo, de un miedo insuperable, físico. Una zarpa angustiosa le atenazaba la garganta, le impedía respirar. En la semioscuridad del crepúsculo, las balas ponían refulgencias de emoción a lo largo de la línea. El ladrar de las ametralladoras, el estallar de los obuses, calentaban el ambiente. “El Cobarde” fue empujado hasta las trincheras. Inanimado, sin voluntad, roto, como un pelele, daba compasión, desprecio, piedad y asco, todo en mostruosa mezcolanza. De pronto, una ráfaga de ametralladora envolvió su cuerpo de tragedia. Y agonizante, los ojos desorbitados, pedía piedad a no se sabe quién. Sus manos juntas, su mirada suelxxanta sellaban su vida cobarde con una cobardía última: la del más allá…

La Sortija

Por José Oliver Molina
-¡Herido de vientre! -¡Herido de vientre! -¡Herido de vientre!

Corría la voz, como un clarinazo, a lo largo de las galerías blancas. Rápidamente, los que circulaban por los pasillos se pegaban a las paredes, dejando libre el paso, con un respeto instintivo. -¡Herido de vientre! Pronto, en la sala, estuvo depositado sobre el esmalte de la mesa de operaciones, inconsciente, más que lívido, terroso, apenas un jadear como anuncio de que aún alentaba en él la vida. Ya le esperaba el médico. Era éste apenas salido de la adolescencia. Pero tenía en la mirada la fijeza del que ya sabe de la vida, la serenidad de quien ha sentido resbalar dolores, trabajos y contrariedades sobre sus días. En la blusa blanca, sobre el pecho, una estrella roja y tres barras doradas. Sobre el verde y leve reflejo de un cristal refulgían níqueles y se enroscaban y consumían las azulencas llamas del alcohol; tintineaba el metal sobre el vidrio. Y alrededor, una teoría de las siluetas blancas enmascaradas. Apenas alentaba, cuando le examinó el médico, la yacente figura rígida entre níqueles. Y la adolescencia, apenas traspuesta del doctor, vaciló un momento, un momento solo, al enfrentársele. Sobre el pecho, señeras en el pecho, lucía el herido un haz de flechas sujetas por un yugo. Con un rápido gesto se arrancó de la frente, arrojándola lejos, la preocupación, la vacilación. Y sereno el pulso, empero, los primeros tajos del bisturí cortaron de la camisa el emblema enemigo, y entonces, con fría serenidad, firme la mirada, sin vacilaciones, incidió, desbridó, cortó y cosió, incansable, atento al sacerdocio de salvar una vida. Reposaba el herido, entre albura de sábanas limpias, en la sala amplia a la que le habían conducido después de la operación. La vida, como una llamita que apenas si lucía, presta a apagarse al menor soplo. Inmóvil, cara al techo. A su lado, atenta a la menor

incidencia, la figura de una enfermera que con un gesto de condolencia en las claras pupilas, vigilaba la leve señal de vida que era el pulso del herido, tan pronto desbocado como apenas perceptible. Y en esta postura reparó en una sortija que lucía en la mano lívida. Tantas veces como ella intentó examinar la joya el herido la defendía débilmente y murmuraba palabras ininteligibles, que, ya repetidas a lo largo de toda la noche interminable, sufre delirios de fiebre, durante la callada lucha heroica que la enfermera sostuvo codo a codo con la muerte para disputarle una presa que ya era suya, reveló una historia sangrienta relacionada con la sortija. Una historia sangrienta. Trágica y lamentable. Igual a tantas otras tragedias que la guerra produce, sólo con diferencias de detalle. Historias iguales que cada protagonista cree radicalmente diferentes. Defendía una trinchera, y en la trinchera, sus privilegios de casta. Y llegó en alud el pueblo, para quien estos privilegios eran dogal que rompía a fuerza de sangre y sacrificios. Los mercenarios que le acompañaban huyeron. Él, acaso, hubiera huído también, de tener tiempo; pero en el dilema del escape difícil, prefirió luchar. Apenas pudo oprimir el gatillo de la automática, cuando una bayoneta se le entraba una y otra vez en el vientre adelante; el segundo tajo, clavándole sobre el terreno. Pero la llamita que vomitaba su pistola fulminó al contrario. Cayeron juntos. Uno, muerto; las manos crispadas sobre el fusil, aún en postura de ataque; él, con plena cosciencia de su gravedad, una bocanada de sangre resbalando entre los labios apretados para resistir el dolor producido por cada movimiento, en que era como si un millón de bocas implacables volviesen a morder la carne y las vísceras heridas. Y entonces vio como su agresor y víctima lucía aquella sortija que ahora exornaba su diestra. Un simple aro de oro, pero con una labor que revelaba un artista en el joyero que lo cinceló o en quien planeara el dibujo de la filigrana ornamental. Sintió un deseo. Sintió un deseo que refutó

por pueril –la muerte tan próxima- pero quiso cumplirlo “por si vivía”. Conservar aquella joya del enemigo muerto como un recuerdo de la aventura trágica. Y la sortija pasó de la mano ya sin vida a aquella otra que se la había arrebatado con sólo un leve crispar sobre el gatillo de la pistola… Y a lo largo de los interminables días en que la vida se le fue volviendo al cuerpo malherido, a fuerza de cuidados minuciosos y largas veladas agotadoras de la enfermera a la cabecera de su lecho, la historia, obsesionante con sus tonos rojos, surgió una y otra vez de los labios del enfermo, quien, ya recobrada la lucidez, y en franca vía de curación, como un día viene a los ojos de la abnegada mujercita que le cuidaba clavados en la sortija, interrogó avergonzado: -¿Hablé? Asintió ella, con una inclinación de cabeza. -¿Sabe, entonces, la historia? -Sí. -Pero…¿todo? -Todo. Olvide. No se preocupe. -Es vergonzoso… y triste. -Es la guerra, calle. No se preocupe, no se fatigue… Pero como varias veces más notara él los ojos femeninos clavados en la sortija, el día que abandonó la sala, con destino a un hospital de convalecencia, creyó compensar los desvelos, los cuidados con aquella alhaja que acaso deseara por su mérito, su rareza o su historia el capricho femenil. Ofreció: -Tómela. Ya sé que apenas pago con ella su abnegación. Y ella aceptó:

-Gracias, la deseaba. Hubiese llegado yo a pedírsela…Se la di a mi novio, como recuerdo, el día que salió para el frente…

El cuerto premio de nuestro concorso ha correspondido al autor del cuento “La sortija”, que, abierta la plica correspondiente, resultó ser José Oliver Molina. De profesión militar, José Oliver Molina, al pasar a disponible en el pasado mes de septiembre, no quiso quedar al margen de la dramática guerra que sostiene España frente a la invasión y prestó sus servicios como instructor en la Escuela Militar del Frente Popular. Ha tomado parte también en misiones de propaganda radiada del FP. Muy aficionado a la literatura, envió a nuestro concurso un cuento. Y ha sido premiado.

Danzas de sangre

Por Gloria Vilar Salvador (maestra nacional)
Original recomendado para su publicación

Kety fue hace dos años una modesta bailarina del Broadway neoyorquino. Su nombre apareció cientos de veces en el cartel anunciador de un cabaret modesto. Kety constituía uno de tantos números del programa. Las letras de su nombre aparecían como olvidadas, como escondidas; sin un relieve, sin una viñeta: un cero más en la columna anónima del cartel anunciador. Dos años después era una bailarina de fama mundial. Las letras de su nombre fueron pregonadas por la policromía intermitente de los anuncios luminosos. De la nada, a las cumbres del arte. De la indiferencia de los contratistas, al halago de los agentes publicitarios. Había llegado su momento. París, Londres, Viena, Berlín dejarían de ser un imposible. Su nombre y su silueta lo anunciaban los siete colores del iris con luces de triunfo. Un viaje por Europa convertiría su memoria en un álbum de paisajes. La princesa de la danza, oculta en el incógnito de un nombre vulgar, penetraría en los rincones más apartados a estudiar el folklore de todas las regiones.

Todavía era una bailarina modesta, despreciada de empresarios y publicistas, cuando Kety conoció su descendencia española. La conquista del oro llevó hasta América a su abuelo materno, un muchacho sediento de inmensidades infinitas, de ilusiones rosadas, deslumbrantes, que nunca habrían de verse realizadas. Sus recursos económicos eran muy menguados. Pero, como estaba dotado de una coluntad indomable, consiguió triunfar. Venció. Pudo más la fuerza del deseo que la propia adversidad, con la que, desde pequeño, estaba familiarizado. El abuelo de Kety era español y andaluz. Y cuando todavía era Kety una bailarina modesta, olvidada de la fortuna, el nombre del abuelo le fue muchas veces invocado para vencer la adversidad. Ella se consumía en su propia ansia de escalar la cumbre. -Tu abuelo, antes de venir a América- le decía su madre- era uno de esos hombres que viven en España trabajando catorce y más horas por un plato de gazpacho dos veces al día. Sólo tenía ilusión y voluntad. Y así venció. Y después le hablaba, con amor inusitado, de la madre España. Y con cariño profundo, sentido, emocionado, de la madre Andalucía. -En la tierra del abuelo los cantares son penas hondas. Y por un baile, la pasión tiñe de rojo la luna y apaga el rumor de las castañuelas: un hombre mata a otro hombre. Cómo es, cuál es el estado de ánimo de una artista celebrada por todos los públicos en su noche de despedida, no lo sabe nadie. Nadie sabe cuál era el estado de ánimo de Kety la noche de su despedida en Sevilla. Debía ser triste. Y estaba alegre. En aquella despedida, bajo un palio de aplausos, encontraba una liberación ansiada. Pero ¿cómo mostrarse alegre? ¿Y cómo, si no podía, mostrarse triste? La fachada del Llorens, habilitado para sus exhibiciones de danzas mundiales, gritó su nombre con grandes titulares iluminadas. Kety se despedía de Sevilla, debía aparecer triste. ¿Quién le aseguraba que de mostrarse alegre no fuera interpretado su disgusto, que no era el de la

despedida precisamente? El general en jefe del Ejército del Sur asistiría en persona a la despedida de la artista norteamericana. La líbido de sus ojillos, encendidos por el alcohol, asomaría desde un palco engalanado. Sevilla, conocer Sevilla, conocer Andalucía era una de aquellas ilusiones de la modesta bailarina del Broadway neoyorquino. Conocer para interpretarla en sus danzas, la indolencia espiritual de aquella raza esclavizada que cantaba la pena y bailaba la pasión. Visitar cortijos y poblados y tomarle el pulso a la manzanilla, a la mies y al gazpacho. Montar en la jaca torda las tardes de tienta y lucir en la barrera, agitando la mantilla colgada de la peineta, la Giralda en acuarela de abanico. La sala se inundó de luces. Kety estaba ni triste ni alegre. Sólo podía estar nerviosa. Ninguna despedida le había causado emoción pareja. Ella vino a Sevilla, la alegre, y se encontró con Sevilla, la mártir. A los diez días de comenzada la guerra, Kety se encontró frente a frente con la Torre del Oro. Treinta días de zozobra espiritual, pisando calles ensangrentadas, con el sueño acribillado de detonaciones y un suspiro perenne en la garganta. Ni toros, ni visitas a cortijos, ni la pena cantada… Sevilla vivía bajo un ciclo de pavor. Los que cantaban la pena habían huído o habían sido asesinados… Ella fue en busca de lo típico, y lo típico, o estaba de luto o estaba ensangren tado… También ella quería huir. Ansiaba aquella despedida. Sevilla, sin su pena en “jondo” verso, auetada, era una cárcel dantesca, infierno vivo, sangrante, horrísono…Estaba triste no porque se despedía, sino porque suya era también la tristeza lúgubre de Sevilla. Y estaba alegre, porque tras las palmadas de aquella noche se abría el camino de su liberación. La multitud llenó palcos y plateas, butacas y anfiteatro. También los pasillos se llenaron de gente. En su mayor parte, cortesanas de la buena sociedad y militares cobardes. Una

jirafa con bigotes rabilargos ocupaba el palco central. A lado y lado, haciéndole guardia de honor, hasta una docena de eunucos con fusiles… La oscuridad de la sala iba simultaneándose con la diáfana claridad del escenario. Pausadamente, lentamente, paulatinamente, el telón se abría de par en par para encontrarse en los laterales, y la luz de la sala, tímida ante la llamarada de fondo, se diluía avergonzada… Kety salía a escena marcando un suave compás de luces… Iba envuelta en u n ténue tul sedoso que la mostraba en entreabierta desnudez… La jirafa de ojos puntiagudos fue a verla para ejercer la censura sobre las danzas de Kety. O para, ridículamente, hacerla el amor. Kety, en su noche de despedida, realizaría una interpretación simbólica de Andalucía. Un motivo sentimental y un afán de estudio la habían llevado hasta allí. El borracho público número uno, príncipe del crimen, necesitaba comprobarlo. Una mujer, en la guerra, es siempre peligrosa. Una orquesta de violines entonó una música grave. Sólo era comparable a un romance de crimen en octosílabos de sangre. Kety, muda, silenciosa, silente, comenzó a deslizarse en una fragilidad de vuelo cansino… El tul sedoso hacía imaginar un sutil rumor de alas… La música y la danza, en su parte primera, daban una sensación de impotencia, de vencimiento, de renunciación… En la segunda hubo una reacción transitiva. Entrelazadas, se sucedían las sensaciones de espanto con las de terror, y las de rebeldía con las de coraje. Y aquéllas con éstas, y viceversa. Los primeros acordes fueron a prender en el rojo intenso de una luna ensangrentada. Kety la agitaba suavemente hasta apagar un lejano rumor de castañuelas. Los acordes finales prendían en un sol gigantesco, luminoso y radiante,

esplendorosamente magnífico… Kety lo agitaba fuertemente hasta encender un intenso rumor de castañuelas. Kety, vencida, agotada, nerviosa, escuchó los últimos aplausos en el camerino. Alguién golpeó con los nudillos en la puerta. No esperó la contestación de Kety. Se abrió la puerta y asomaron unos bigotes rabilargos. Kety se asustó un poco. -No se inquiete, señorita… Ella hubiera querido que aquel tipo le explicara quién le había autorizado a penetrar en su camerino. Se contuvo, sin embargo. -Soy…-quiso insinuar el intruso para presentarse. Ella le atajó: -Sí, sí; sé quién es usted. -Pues todo eso llevamos adelantado. Dígame, ¿qué significa ese simbolismo de Andalucía? ¿Qué momentos ha recogido usted? -Son danzas de sangre, y en ellas se recogen, como usted ha visto, dos momentos. -¿Cuáles? -El presente y el futuro. Yo vine a una academia de cielo azul, de claveles y de canciones, de amores y de penas…Y estoy en una Andalucía de cielo enlutado, sin amores… Sólo hay penas, luto, sangre… La gente viste de negro y lleva l a cara triste, va muriendo, porque ni siquiera, como me dijeron que se hacía antes, canta su pena ni baila su pasión… Este es el presente que yo he querido simbolizar en la primera parte. Pero como este presente no debe continuar, no puede continuar, no continuará, he imaginado un futuro: en contraposición con una luna ensangrentada, un sol nuevo… El príncipe del crimen no quiso sorprenderse. Prefirió buscar una solución a aquel grave conflicto. ¿Qué pensaría la gente, blancos y rojos, si llegaban a interpretar el verdadero sentido de aquella danza?

Se acercó a Kety. Ella lo comprendió todo, e impidió, con un solo gesto, la más mínima insinuación. El principe del crimen inició un conato de sonrisa. -Y bien, bien… Con que danzas de sangre, ¿no? Señorita, a sus pies… Los doce eunucos invadieron el camerino. La barbarie tiñó de rojo doce machetes. Y se apagó –como el rumor de las castañuelas- el rumor de las bambalinas…

El árbol y la espada

Por Enrique Povedano
Las hordas italoalemanas enviadas a la España leal por los más repugnantes asesinos que registra la historia –Hitler y Mussolini- huían por tierras de Guadalajara, derrotadas por los heroicos defensores de la República. Uno de los generales facciosos, comprendiendo, acaso, que de nada le servía el acero que sus amos le colgaron al cinto para defender la tiranía y el crimen, arrojó su espada al pie de un enorme castaño y persistió en la huída, convencido de que “civilizar” a un pueblo que quiere ser libre no es tan fácil como allá en su tierra se afirmaba. La Espada, transcurridos algunos minutos, y viendo que su dueño no volvía, se irguió con la altivez propia de su espíritu; habló y dijo así:

-Por más que pienso, no acierto a explicarme ¡cómo se me puede abandonar de esta manera! Y la espada, creyendo que nadie sino ella contaba allí con inteligencia de expresión y don de palabra, quedó sorprendida al oir que el Arbol le respondía: -No te aflijas; mientras estés junto a mi, descansas. El acero se apartó unos pasos, y, luego decontemplar con mirada altanera al enorme castaño, repuso con tono impertinente: -¡Yo no me aflijo nunca! Además, estoy bien segura de que muy pronto han de venir a buscarme. Un militar sin espada es un hombre perdido. Pareció que el Arbol asentía con una ligera inclinación de sus ramas. Sin embargo, como no se resignaba al silencio, ni mucho menos, la Espada, por ser, como tal, orgullosa y ponderativa, entablóse entre ambos el siguiente diálogo: El Arbol. –Bien dijiste al significar que un guerrero sin ti es un hombre incompleto. No obstante, fuera de desear que todos los hombres que llevan espada al cinto la dejasen olvidada. La Espada.-¿Por qué? El Arbol.-Porque ello anunciaría el comienzo de una era de paz. La Espada.-¿También tú eres como esos “rojos”, que sueñan con una tranquilidad simplicista? La paz representa el anquilosamiento de los pueblos. ¡Sólo las conquistas acucian el dinamismo de las sociedades modernas! El Arbol.-Conformes. Pero no las conquistas guerreras, que sólo llevan consigo la muerte y la desolación. La Espada.-¿Es que te atreves a desmentir mi utilidad benefactora? El Arbol.-¡La desmiento rotundamente!

La Espada.-¿Vas a negar que las guerras han llevado la civilización a muchos pueblos salvajes? El Arbol.-La civilización que entra con sangre no es civilización, y, aunque lo fuera, más humano es dejar a un pueblo en su ignorancia, que no entrar en él a saco, formando botín con sus honras, vidas y haciendas, e imponiendo leyes, máquinas y Gobiernos; Gobiernos, máquinas y leyes que no son, a la postre, sino la tiranía con el disfraz del progreso. La conquista de Abisinia te habrá servido de lección; pero si ella no te bastara, en España podrás completar tu experiencia. No se conquista jamás a un puebloque no quiere ser conquistado, por muchos crímenes que el invasor cometa. La Espada.-Veo que, a pesar de tu gran tamaño, no eres más que un pobre majadero. El Arbol.-Es posible que en esto lleves razón. Aunque de algo sirvo, cuando te has guarecido a mi amparo. La Espada.-¿Y eso te enorgullece? El Arbol.-Me engrandece. La Espada.-No creo que quieras compararte a mi; ¡sería ridículo! Yo soy, en la tierra, la genuina representación del derecho de conquista; por mí se glorifican las naciones; la historia del Mundo está escrita con la punta de mi acero, y en mi hoja se refleja el brillo de los rayos del sol, que simbolizan la jerarquía. El Arbol.-Muchos hombres hay que brillan y no son los mejores. La Espada.-¡Soy el poder! El Arbol.-El poder pervierte hasta a los buenos. La Espada.-Y tú, ¿quién eres? El Arbol.-Ya lo ves. Un árbol. Mientras tú hieres, yo doy frutos, sombre y frescura. Contribuyo a conservar los manantiales y las fuentes y regularizo el curso de los ríos. Tú eres simún, que arrasa ciudades y campos: yo soy ornato, que embellece campos y

ciudades; tú eres acero, destinado a penetrar con saña mortífera en el pecho de los trabajadores; yo soy madera, útil para su industria y cobijo. Yo justifico la frase del inmortal Beethoven: “Me es cien veces más grato un árbol que un hombre.” Y o hice poesía con innúmeros poetas y música con Wagner, inspirándole en la perfección del ritmo; yo sugerí la gloria a pintores y escultores. Junto a ti sólo hay destrucción y barbarie; a mis pies se han dictado leyes sabias y fueros de libertad; tú tienes filo que siega cabezas; yo tengo ramas, brazos que abarcan fraternalmente a los humanos; tú das la muerte… ¡yo doy la vida! La Espada.-¡Yo soy la encarnación de Marte! El Arbol.-¡Yo soy el símbolo de la agricultura, que es la verdadera riqueza de los pueblos! La Espada.-¡Calla, iluso! ¿Qué sería del Mundo sin mí y sin los de mi especie? ¡Acuérdate del alegato que en defensa de las armas hizo un tal Cervantes por boca de un tal Don Quijote! El Arbol.-Acuérdate tú “de un tal” Calderón de la Barca cuando afir maba: “…!Que no hubiera un capitán si no hubiera un labrador!” La Espada.-Me atengo a Cervantes: “Con las armas –decía- se defienden las Repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades…” El Arbol.-Y razón tenía: las armas pueden servir para la defensa; pero es cuando otras armas atacan en nombre del crímen y la tiranía. En cambio, si un pueblo florece por la fuerza de las armas es siempre a costa del bienestar de otros pueblos. Las guerras han sido y son una luctuosa continuidad de cataclismos, con ellas no ha conseguido el Mundo otra cosa que esclavitud y miseria, y tú, tajante espada, representación aquí del fascismo, eres la enemiga cruel de la libertad de los hombres. La Espada.-Pues son los hombres precisamente quienes me ensalzan.

El Arbol.-¡Claro! Porque, esgrimiéndote, alimentan sus torcidas intenciones y defienden sus odiosos privilegios. La Espada.-Te engañas: es la gloria lo que persiguen. ¡Aníbal! ¡Alejandro! ¡Napoleón! ¡Hitler! ¡Mussolini!...!He aquí a los dioses de mi culto! ¿Tienes algo que oponer a su justa fama? El Arbol.-Sí, que el último de los campesinos es infinitamente superior a todostus falsos dioses. La Espada.-¡Compararlos a un mísero labriego! ¿Habráse visto locuar igual? Yo di a César el Imperio romano; a Vereingetórix, el triunfo de las Galias: a Alejandro, la soberanía del Asia, ¡Yo conquisté un Nuevo Mundo!” El Arbol.-Cierto; mas cuando tú llegaste a él ya estaba allí el arado. La Espada.-Y eso, ¿qué prueba? ¡Yo soy quien soy! ¿Hay algo más bello que un guerrero? El Arbol.-¡Un labrador! La Espada.-¿Hay algo más sublime y grandioso que el rayo que mata? El Arbol.-Sí, ¡el árbol, que detiene al rayo! La Espada.-¡Palabras! El Arbol.-¡Realidades! Te ciega tu propio brillo y se oscurece tu razón –si razón puede haber en ti- cuando ves junto al tosco hierro del arado el áureo fulgor de tu empuñadura. Un azadón cuesta menos que una espada; pero vale mucho más, porque es el impulsor de la riqueza de los pueblos. La Espada.-¡Eres un ignorante! El Arbol.-Y tú, que tanto sabes, ¿puedes decirme por qué los hombres continúan matándose los unos a los otros? ¿Acaso no es ya tiempo de dirimir las cuestiones de manera más racional y humana? ¡Contesta!

La Espada.-¿Sabes que me están dando ganas de clavarme en ti y hacerte ver la fuerza de mis razones? El Arbol.-Te creo muy capaz; simbolizas hoy el haz pretoriano, y destruir es tu oficio. La Espada.-¡Ah! ¿Sí? !Pues toma! Y la Espada, tomando distancia, se lanzó contra el cuerpo añoso del Arbol. Más el acero, quebrándose, cayó al suelo vencido. Y entonces, el Arbol, mirando a la Espada con ojos de piedad, exclamó: -¿Lo ves, loca? ¡El hierro que mata es efínero; el fruto de la tierra es eterno! Aún estás a tiempo de regeneración. Da fin a tus odios; olvida tus sanguinarios instintos, y, fundiendo la materia de tu ser en un calor de humanidad, convierte tu acero, que fue tu espada, en máquina que descuaje terrenos incultos. Si desoyes mis consejos y persistes en el anhelo destructor, serás el desprecio de generaciones venideras, que han de maldecir la espada, significación de la guerra y del fascismo, bendiciendo al árbol, que es y será…!símbolo de agricultura, paz y trabajo!

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