© de la fotografía de la cubierta, Jaled Ibarra © De esta edición en castellano: La Línea del Horizonte Ediciones www.lalineadelhorizonte info@lalineadelhorizonte.

com Tel: +00 34 912940024 Primera edición en La Línea del Horizonte Ediciones: Junio de 2013 Diseño de cubierta: Víctor Montalbán | Montalbán Estudio gráfico Maquetación digital: Tropical Estudio ISBN E-pub: 978-84-15958-01-7 IBIC: BGL-Biografía Literaria; WTL (Literatura viajes); 1KLSCColombia. Colección Cuadernos de Horizontes #1 Serie: ¿Qué hago yo aquí? Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

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Aracataca —
La carretera que va desde el mar Caribe hacia Aracataca es una cinta plana con leves ondulaciones. Detrás quedan los manglares de Ciénaga Grande, uno de los lugares más cálidos de la zona, con sus pescadores de pargo y róbalo, sus casas sobre pilotes de madera y los palafitos de los pueblos lacustres, donde la vida parece ser algo que se debe luchar a pleno sol, entre la sal del mar y la rudeza del paisaje. Recorrí por primera y única vez esta carretera hace treinta y cinco años, cuando Colombia era un país muy distinto. Aún no leía a García Márquez pero sabía de él por mis padres, que lo citaban continuamente, pues ya era el escritor más célebre de Colombia y, al decir de ellos, el mejor. Para nosotros, nacidos en Bogotá, en lo alto de la cordillera y a 1.400 kilómetros del mar, el mundo de la costa atlántica era algo muy exótico, lleno de sorpresas, sabores y olores

desconocidos, y ese universo que veíamos por las ventanas del carro era el que mis padres ya conocían en los libros de García Márquez. Cuando por fin lo leí, a mediados de los años setenta, comprendí la magia y la fuerza de esa región, y sobre todo comprendí la fuerza y el talento de quien supo contarla y convertirla en un territorio literario. Esas lecturas me hicieron desear con fuerza ser escritor, algo que en esos años era una verdadera utopía, pues el mundo del que yo provenía me parecía gris, desprovisto del brillo de la costa Caribe. Hoy, cuando recorro este mismo camino, García Márquez cumple 85 años y es una de las glorias de la literatura universal. Yo, mal que bien, me he convertido en escritor, y la sorpresa y el encanto de esta región sigue intacto. Es lo que veo por las ventanas del carro en esta tarde de mucho calor este año que parece futuro, una fecha a la que ninguno de los que nacimos en los años sesenta creímos que se pudiera llegar alguna vez. Pero el país ya no es el mismo y ahora la vía está militarizada. A cada lado, cada dos o tres kilómetros, aparecen jóvenes soldados con armas imponentes y tanquetas de asalto. Las pancartas con el escudo del país dicen: “Viaje seguro. Su ejército está en la vía”. Un leve temblor de inquietud me asalta al ver los enormes fusiles y miro a

mi izquierda las cimas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Allá arriba están los indios arhuacos y los koguis, pero también hay guerrilleros del ELN y de las FARC. Hasta hace muy poco bajaban de los picos cubiertos de nubes e instalaban retenes en la vía. La operación se llamaba “pesca milagrosa” y cada vez se llevaban a varios secuestrados hacia sus campamentos de alta montaña. Luego vinieron los paramilitares, que pusieron freno a la guerrilla pero perpetraron masacres entre la población, con su particular idea de “limpieza social”, y entonces las cunetas de los caminos se llenaron de cadáveres de hombres y mujeres acusados de ser auxiliadores de la guerrilla, comunistas, sindicalistas, gente de izquierda. También cadáveres de ladronzuelos y drogadictos. Nada de esto había aquí cuando García Márquez era un joven aspirante a escritor, allá por la década de mil novecientos cuarenta. La violencia en esos años era distinta. Las grandes masacres de las guerras civiles habían quedado atrás, pero aún se podía morir por ser liberal o conservador, y por eso él habla en sus libros de los cadáveres que bajaban flotando por el río. Hace mucho calor. Los pocos ríos que cruzamos con Alberto –el conductor que me acompaña– no parecen tener gran profundidad. Se ve pobreza, pero es esa limpia pobreza del campo.

La antigua Zona Bananera aparece a los dos lados de la carretera llenando de verde el horizonte. A pesar de ser cultivos grandes, el banano ya no es el gran producto de la región, lo que no impide que todo el mundo recuerde la famosa “masacre de las bananeras”, cuando el ejército de Colombia disparó contra 3.000 huelguistas —allá por 1928— para proteger los intereses de la United Fruit Company, una de las compañías norteamericanas por las cuales al país, en Estados Unidos, le decían despectivamente “República bananera”. La United Fruit Company cambió de nombre y ahora se llama Chiquita Brands Company. A pesar de que se retiró de Colombia en el 2004, la justicia de Estados Unidos y de Colombia la tienen en la mira por financiar a los grupos paramilitares de la región, y por un caso aún no resuelto en el que, al parecer, Chiquita Brands habría traído en uno de sus barcos 3.000 fusiles de asalto AK-47 y cinco millones de proyectiles para los “paras”. Hoy el gran cultivo de la región es la palma africana, de la que se extrae aceite. Es el nuevo producto de exportación, y por eso el paisaje ha cambiado. En lugar de las hojas rectangulares y verdes del banano, se ven los espigados troncos de las palmas y sus hojas verde oscuro abiertas en elipse.

A medida que nos alejamos de la costa aumenta el calor, pues ya no llega la brisa del mar. —Los trabajadores del agro —me dice Alberto—, salen a los campos a las tres de la mañana y trabajan hasta las diez. Después es imposible estar entre la maleza con un machete. Lo comprendo. Las casas de madera y techo de zinc que se ven al lado de la carretera tienen puertas y ventanas abiertas. Los hombres se sientan delante de sus casas, en mecedoras, y juegan al dominó, escuchan radio o beben cerveza. Por encima de los 35 grados de calor, el tiempo parece muy lento. Más adelante llegamos al desvío que lleva a Aracataca y Alberto detiene el carro junto a un grupo de hombres en motocicletas. Se dirige a ellos para preguntar si la vía es la correcta. —Sí —dice uno de ellos, aproximándose a nuestro carro y mirando hacia adentro, en actitud maliciosa. Luego Alberto me explica que son informantes de los “paras”, pues, a pesar de que oficialmente ya no están en la zona, siguen teniendo el control. Pasado el cruce, la carretera se convierte en una amplia avenida de entrada al pueblo, calcinada por el calor pero con árboles de sombra a los lados. El matarratón es el más común, por sus largas ramas de sombra. Se ven casas en cemento con grandes

Sobre el autor —
Santiago Gamboa, (Colombia, 1965), es escritor, diplomático, y periodista. Estudió literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá. Luego emigró a Europa y vivió en Madrid, donde se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense, y en París, donde estudió Literatura Cubana en la Universidad de La Sorbona. Ha vivido también en países como Italia e India y, en total, ha pasado casi treinta años fuera de su país. Es autor de Páginas de vuelta (1995), Perder es cuestión de método (1997; llevada al cine en 2005 por el director Sergio Cabrera), Tragedia del hombre que amaba en los aeropuertos (1999), Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000), Los impostores (2001), Octubre en Pekín (2002), El cerco de Bogotá (2004), El síndrome de Ulises (2005; finalista del premio Rómulo Gallegos 2007, finalista del premio Medicis 2007 a la mejor

novela extranjera en Francia y premio Casino de Povoa 2008 en Portugal), Hotel Pekín (2008), Necrópolis (premio La Otra Orilla, 2009), Plegarias nocturnas (2012) y Océanos de arena. Diario de viaje por Oriente Medio (2013). Sus libros han sido traducidos a 16 idiomas. Actualmente vive en Roma.

Sobre el relato —
Su casa natal de Aracataca, las librerías donde se reunía con los intelectuales que componían el Grupo Barranquilla, la mansión donde actualmente vive en Cartagena de Indias… Santiago Gamboa recorre en coche la Colombia de Gabriel García Márquez. Un territorio literario que, aun habiéndose transformado desde los años 1940, continúa siendo aquel universo mágico donde el hielo del coronel José Arcadio Buendía se guarda en un cofrecito como la más preciada reliquia. Una ruta cautivadora por las calles, periódicos, bares y centros culturales que convirtieron a un joven aspirante a escritor en Premio Nobel de Literatura. Santiago Gamboa pertenece a esa hornada de escritores cosmopolitas que practican a menudo una mirada narrativa sobre la realidad a través de la crónica de viajes, como es el caso de esta inmersión en la

cartografía del escritor y maestro de periodistas García Márquez. El viaje es vida y materia en el corpus literario de Gamboa y pasa a ser escenario y protagonista en algunos de sus libros y no sólo en sus relatos de viajes. “Me gustan los libros que se mueven, que van de un lugar a otro” —confesaba, recientemente en una entrevista—, un sentido de la movilidad con el que inyectar savia a distintos escenarios. *** “Gamboa es, junto con García Márquez, el autor colombiano más importante”. MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN “Santiago Gamboa se inscribe con elegancia y virtuosismo narrativo en la tradición de la novela urbana de aventuras y aporta a la literatura europea el impulso del cosmopolitismo mejor entendido”. FRANKFURTER RUNDSCHAU "Uno de los escritores latinoamericanos más interesantes de la actualidad". LA NACIÓN, ARGENTINA

Sobre la colección —
CUADERNOS DE HORIZONTES Textos y relatos de medio y pequeño formato sobre ensayo, ideas y temas para pensar el viaje, la sociología, los conflictos contemporáneos, los testimonios de experiencias vividas en un trayecto y la reflexión sobre naturaleza y paisaje. Lectura móvil para un lector nómada.

SERIES
Ideas contemporáneas sobre el viaje Clásicos del pensamiento y el viaje

Azimut

Breviarios

¿Qué hago yo aquí?
El lugar y la experiencia

Sobre la editorial —
La Línea del Horizonte es el lugar donde comienza la imaginación, un espacio de la mirada que se proyecta en la lejanía. A ella se encamina el deseo, la curiosidad y el impulso. Carece de comienzo y fin aunque es visible y ordena el espacio. En física es la resultante donde confluyen los diferentes puntos de fuga y éstos nos ayudan a percibir los objetos de la realidad en otra dimensión, bajo otro punto de vista.

El lugar donde comienza la imaginación

La Línea del Horizonte —

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