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L
a sangre reverbera en mi cabeza... Las sienes me palpitan y mi corazón desespe-
rado se estrangula a sí mismo tratando de no rajarse por el esfuerzo... Pero nada
ni nadie, ni siquiera la oscuridad de las calles evitará que te atrape. Bien, te ago-
tas... puedo sentir la pesadez de tus piernas y el sofoco de tu pecho... tu boca ja-
dea rodeada de una amarillenta espuma... Una y otra vez volteas la mirada para
ver si aun sigo detrás de ti... ¿Es que acaso tienes la esperanza de que exhausto
decida abandonar la persecución?... ¡¡NO, imbécil!!... Aquí estoy... voy a continuar persiguiéndo-
te... ¡Hasta el fin del mundo si es necesario! No voy a renunciar, No tan cerca... ¿Qué sucede?...
Ah, ya veo... No te quedan fuerzas para seguir corriendo... A decir verdad a mí tampoco, sin
embargo este odio y sed de venganza me mantienen en pie... Ah, bendita venganza que el dolor
mitigas y el cansancio vuelves furia... ¿Te detienes? ¿Ya no deseas continuar?... bien... eso es
bueno, yo mismo necesito un poco de aliento... un descanso antes de matarte...
¿Matarte?... es extraño... yo hablando de matar cuando mi labor siempre fue dar vida...

Si... Siempre fui el mejor para dar vida... como escultor el lograr que una materia fría e insen-
sible como la roca despierte sentimientos y sensaciones en las personas es todo un logro... al
principio, al igual que la mayoría de mis colegas, esculpía estatuas de piel blanca y naturalidad
discreta. Sin embargo, no sé por que, los rostros se volvieron una fijación en mi... tal vez por que
es en ellos que la vida se manifiesta en mayor proporción. No importaba que la gente dijera
que mis figuras eran perfectas, los rostros jamás me satisfacían, por ello me dedique única y
exclusivamente a perfeccionarlos. Una tras otra, fabricaba máscaras de piel marmórea y ojos
ausentes; tristes, melancólicas, depresivas, siempre enfocadas en sentimientos alejados de la
alegría que siento tan falsa y artificial, pues para mí el plasmar de cualquier forma artística la
felicidad es una hipocresía.
Dos meses atrás, antes de que llegara donde ahora estoy, antes de esta persecución de locos;
mi mundo se centraba en Vanity, mi prometida, en Van Croyd, quien era el director de mi ga-
lería de arte y más que un hermano para mí y en el hecho de ser catalogado como uno de los
mejores artistas plásticos del mundo. El congreso mundial de las artes me había nominado
junto a otros dos artistas -cuyo nombre no recuerdo- para ser el posible ganador del máximo
premio que artista alguno puede recibir: Ser catalogado como uno de los grandes artistas de
la historia mundial. ¡Qué mundo tan más perfecto! Miles de gentes me adoraban e incluso me
llamaban “Maestro”. El mismo día que fui nominado, llegué a mi estudio pensando en cuál seria
mi próxima obra. Tendría que ser muy superior a lo hecho antes...
Boceteába sobre hojas de papel infinidad de rostros en busca de algo ideal y los minutos pasa-
ron hasta convertirse en horas, pero obsesionado con los rostros ni cuenta me di... había algo
dentro de mí que quería salir... algo que sabia soberbio, pero por alguna razón no podía ubi-
carlo... es como cuando buscas una palabra o un nombre y aunque lo tienes en la punta de la
lengua no consigues mencionarle. Cuando estaba a punto de conseguirlo y sentía que estaba
emergiendo, el sonido del teléfono, como un verdugo, decapitó mi inspiración:
­ —¿Maestro Ludiere?
— SÍ -conteste- ¿Qué desea?
— En realidad sólo anhelo hablar con Ud., Soy un gran admirador suyo
La voz del otro lado sonaba ronca, pero educada... y por alguna razón me pareció familiar, así
que le conteste de manera cordial
— En verdad?... Bueno, me siento halagado... ¿En qué puedo ayudarle?
— Oh, a decir verdad ya lo ha hecho. Verá; yo también soy un artista en lo que hago y
tanto Ud. como el ver sus máscaras me ha motivado a buscar nuevos horizontes...
— Me halaga... y verdaderamente me llena de satisfacción lo que Ud. Me comenta...
-Con un tono de respeto que enalteció mi orgullo, el hombre continuo hablando-
— Por esta misma razón, Maestro, he decidido ponerme a trabajar de nueva cuenta...
había renunciado a mi oficio por aburrimiento... y su arte me ha dado nuevos bríos para conti-
nuar después de cuatro años de abandono... quiero darle las gracias, dedicándole mi primer
trabajo el cual pienso entregarle para que me dé su opinión y tal vez pueda aconsejarme;
claro, si no es mucho abuso de mi parte...

Es curioso como las personas pueden pasar largo rato hablando familiarmente con gente que
a final de cuentas ni siquiera logran reconocer, Para muestra, un botón: Toda la madrugada
pasé dando consejos a ése hombre sobre anatomía y recomendándole libros para que su com-
prensión del cuerpo -en especial del rostro- se ampliara. Al final quedamos en que mandaría
muestras de su trabajo para que las revisara y corrigiera de ser necesario. Pero después de
colgar, recaí en que ni siquiera había preguntado su nombre y mucho menos su teléfono o
dirección. Como es de imaginar no le di importancia y me concentré de nueva cuenta en mi
próxima obra...

Dos días después de la llamada, al levantarme escuche sonar el timbre de la puerta.


Al abrir, vi que alguien había dejado una pequeña caja negra de cartón frente a mi puerta, la
lleve al interior y la puse sobre la mesa. Tan pronto abrí la caja pude ver un pequeño paquete
envuelto en papel delgado, el cual también abrí, totalmente intrigado: Era un micrograbado-
ra con un casette y un periódico. Al reproducir la cinta, pude escuchar el sonido de música de
Rock. Unos gemidos apagados se percibían a lo lejos y lo escuche hablar...
— Maestro Ludiere, espero me recuerde... soy su admirador. Tal como quedamos
le mando mi obra esperando su consejo. Siguiendo sus indicaciones he leído los libros que
me recomendó, los cuales, a decir verdad, son fascinantes. Tenía Ud. Mucha razón, mi téc-
nica estaba errada... pero espero que con su guía y mi dedicación, logre mejorar y ser un
artista como Ud. ...
Mientras le escuchaba, revisé el periódico... mis ojos se abrieron y la taza de café se escapó de
mis manos, la presión me bajo de golpe y me derrumbe sobre el sillón. En la sección policíaca,
había una nota encerrada en un círculo rojo acerca de un horrible asesinato cometido la no-
che anterior... Me llevé la mano al rostro mientras sudoroso leía que a la victima se le había
arrancado el rostro. Mientras escuchaba leía y mientras leía temblaba... ahí, sentado en mi
sala me enteraba de los pormenores del homicidio mientras en la grabadora escuchaba los
ahogados gritos de agonía de la pobre mujer. El hombre hablaba describiendo el avance de
su obscena cirugía mientras el ruido de la carne y tendones junto la música de Zeitgeist acom-
pasaban en el fondo. Las nauseas se agolparon en mi garganta cuando escuche un pegajoso
rasgón seguido de la voz del asesino.
— Ya... Casi... solo un pequeño corte y... ¡¡Demonios!! ¡¡¡¡Se rasgó!!!!
Lo siento, Maestro... ¡¡He sido un necio y en mi tonta impaciencia he rasgado la obra!!... espero
me disculpe... Le prometo que la próxima vez seré mas paciente y dedicado...

¿¡LA PROXIMA VEZ!? Me quede frío. Ese tipo era un enfermo y YO le había dado los conocimien-
tos con que fríamente había torturado a esa infeliz mujer. Pasé mucho rato sentado en el sillón
pensando en que hacer. Finalmente logre tranquilizarme. Tal vez todo era sólo una broma
enfermiza.. ¡Ningún asesino seria tan tonto de grabar su crimen! Repitiéndome esta idea una y
otra vez, decidí salir a la calle para serenarme, después de todo, no tenía la certeza de que fuera
verdad lo de la cinta. En mi andar, mis pasos me llevaron a las puertas de la estación de policía
adonde estuve tentado a entrar ¿Pero si hablaba y todo resultaba una broma de mal gusto? Segu-
ramente quedaría en ridículo. Lo mejor era calmarse y dejar el asunto de lado...

¿Para que disimular los hechos...? ¿Para qué cubrir con velo de mustia hipocresía las cosas? A lo
largo de las siguientes tres semanas, cada tercer día, recibí la misma ofrenda macabra. Cada vez
mi obsceno pupilo demostraba avances enfermizos hasta que al final lo más temido sucedió...
La noche del sábado 14 de Junio el demente atacó a un hombre al cual despojo de su rostro
con una maestría quirúrgica alarmante. Ya por aquel entonces mi sueño se había vuelto una
constante pesadilla y me levantaba durante la madrugada para vomitar sobre el inodoro, eso
cuando tenia tiempo de llegar al cuarto de baño. Con la boca amarga y mi mente ofuscada, me
refugié en lo único que podía: Mis máscaras.

Con la arcilla en mi estudio, me dedicaba a modelar y esculpir en busca de distraer mi mente,


pero hasta en ese momento mi alumno al cual los periódicos habían nombrado “El ladrón de ros-
tros”, se metía taladrando mi alma y mi cordura. Esculpía mientras cerraba los ojos en busca de
alejar las imágenes de mi mente, pero a mis oídos llegaba la música del grupo Zeitgeist
-que hasta entonces había sido uno de mis preferidos- mientras en mi mente desfilaban los sádi-
cos homicidios como una película de Tarantino y me imaginaba que mientras yo esculpía y daba
a la arcilla un rostro, mi alumno se encargaba de despojar a un ser humano del suyo. Con deses-
peración amasaba y moldeaba sin poner la menor atención a lo que hacia... muchas veces inclu-
so lloraba mientras daba forma a una nueva mascara. En mi cerebro veía el rostro de las infelices
victimas, les veía atadas y aterradas mientras el sujeto cortaba a su antojo... por alguna razón
era como si la mente de ese loco se hubiera fundido a la mía, su rictus de agonía quemaba en mi
mente como el mismo infierno... centímetro a centímetro reproducía esos rostros sobre el barro
en busca de devolver lo que mi pupilo les robaba, sin embargo, al momento de llegar a los ojos,
al momento de ver en su mirada la expresión máxima del sufrimiento llevado casi al limite de la
demencia, al sentir sus ojos clavados en los míos me provocaba un dolor que me hacia derrum-
bar en lagrimas... realice cerca de ocho o nueve mascaras... una por cada homicidio... hombres,
mujeres, ancianos... niños... no había ninguna constante en la elección o el diseño... lo único que
las hermanaba eran los gestos de agónico dolor y el hecho de no poseer ojos... no podía plasmar
esas miradas que ni siquiera lograba soportar en mis pesadillas...

Vanity estaba fascinada con mi nuevo trabajo, y no sólo ella, toda la gente alababa mi labor...
¡Cómo decirles que lo único que hacia era plasmar en arcilla los crímenes que en ese momento
tenían alarmada a la ciudad y a la policía! Al final no pude soportarlo y le confesé la amarga
realidad... pasmada y aterrorizada escucho toda la verdad y me convenció de hablar con las au-
toridades, sin embargo al llegar a la estación, el jefe de policía me encaró molesto
— ¡¡Por Dios!! ¡¿Creé que soy tonto!?... ¡¡Estas grabaciones no prueban nada!! ¿Tiene idea
de cuantos “Ladrones de rostros” se han venido a “entregar” el día de hoy? ¡¡Siete!! Eso sin contar
con la cantidad de idiotas que han hablado para confesar sus “crímenes” o los que por e-mail
dicen ser él... Mire amigo, yo sé quien es, sé que es una artista famoso y no es de extrañar que
intente conseguir fama gratis con todo este asunto... ¡¡¡Váyase a casa y no moleste o lo arrestare
por tratar de engañar a la autoridad!!!
Desconsolados partimos... pasamos toda la tarde sin hablar... incluso intentamos hacer el amor,
pero no pude... la tarde del último día del primer mes, el asesino volvió a hablar por teléfono, y
no pude soportarlo más:
—¡¡¡ERES UN MALDITO ENFERMO!!! ¡¡¿QUIÉN TE HAS CREIDO?!! ¡¡¡CÓMO TE ATRE-
VES A COMETER SEMEJANTES OBSCENIDADES Y LLAMARLAS ARTE!!! ¡¡NO ERES MAS QUE UN
MALDITO ASESINO!!”
Sin dejar de lado su desesperante educación respondió de manera amable
—¿Debo tomar eso como que no desea que le quite la vida a nadie mas?
—¡¡¡ESO ES DE LO QUE ESTOY HABLANDO, ESTÚPIDO!!!
—Muy bien Maestro... Ud. Es mi guía y como tal debo respetarle... si Ud. Así lo desea, no
volveré a quitarle la vida a nadie...
Colgué el teléfono con tal fuerza que estuve a punto de romperlo... Por casi una semana no se
supe mas del asesino... mi alma sin embargo, aun continuaba enloquecida, aunque debo reco-
nocer que el dolor aminoró...

`
Cronica de un homicidio
(TESTIMONIOS Y REFLEXIONES DE LAZARUS)

Al caer la noche, cada sombra entre los callejones de la ciudad parece cobrar vida... Como
zombies idiotizados por la publicidad en las pantallas, la gente en la oscuridad de sus hogares
presta mas atención a los productos de adelgazar y aparatos milagrosos que prometen volver
sus vidas un éxtasis, que al dolor de sus semejantes que afuera en las calles imploran por su
ayuda y compasión. Sé que mi trabajo tal vez parecerá ante los ojos de muchos, un acto de
burda y enloquecedora obscenidad, sin embargo, la verdad es que dentro de cada uno de esos
que me llaman “Loco” existe un deseo apagado por experimentar lo que yo, la única diferen-
cia entre una persona “Normal” y un servidor es el hecho de que obedezco a mis instintos y
no me flagelo o torturo por ello. Otro punto a mi favor es que a diferencia de la cantidad de
estúpidos, ignorantes y reprimidos sexuales que asesinan gente, yo busco plasmar una gota
de arte. Tomemos por ejemplo a mi “Modelo”, su nombre es Van Croyd (Amigo cercano de mi
Maestro Ludiere, por cierto.) Croyd es un hombre sereno y sin problemas, no se mete con nadie
e incluso la idea de que pueda caerle mal a alguien le resulta altamente dolorosa ¡Por favor!,
¿Qué forma de vivir es esa?... ¿Se imaginan si yo anduviera por la vida preocupándome por ser
del agrado de todos?... creo que estamos de acuerdo que resulta patético y hasta ridículo...
pero en fin... Espero me disculpen por mi grosería de hablar mientras trabajo, como Uds. ya se
habrán enterado por boca de mi maestro, el tiempo es algo fundamental para mí... ¡Malditas
jeringas de plástico! En verdad son una molestia... ¿Han notado como entre mas se esfuerza
el hombre por ser higiénico mas se contagia?... Patético... Yo por eso prefiero las jeringas de
vidrio.. Pero hoy en día es más difícil cada vez conseguirlas. Por cierto, si se preguntan el por
qué de la hipodérmica les diré: Hice una promesa y yo soy muy respetuoso de mi palabra, soy
asesino no mentiroso... Bien, la solución que he aplicado no tardará mucho en hacer efecto...
Mientras tanto preparare mi ropa de trabajo y mis utensilios.

Como dije al principio mi trabajo es un arte, he debido practicar mucho para conseguir separar
el rostro sin dañarlo. Lo principal para ello es tener mucha paciencia y buen pulso...
Bien, ahora que ya ha hecho efecto la ampolleta les explicare mejor... debo empezar por trazar
con un plumón el área a cortar; empezamos por la frente... Trazamos una línea sobre el contor-
no del área a la altura del nacimiento del pelo... ahora continuamos por el borde hasta llegar al
nacimiento de la oreja rodeando las “Patillas”... Continuamos hasta el maxilar in inferior y ter-
minamos a un par de centímetros de la barbilla... esto es muy importante, pues en este espacio
nos apoyaremos para dar el jalón final que desprenda el rostro. Ahora, con una hoja perfecta-
mente afilada realizamos el primer corte sobre toda la línea que ya hemos marcado... No se
sorprendan si el “Modelo” se contorsiona durante esta operación, es común que al sentir el corte
muestren muy poca cooperación... Sin embargo deben ser firmes pues un error echaría a per-
der el trabajo... No se preocupen por la sangre, si han sido precavidos como un servidor y están
utilizando una bata, no importara mucho... recomiendo que si no tienen un carácter muy fuerte
eviten mirar a los ojos al “modelo”... esto podría hacerles cambiar de opinión dejando el trabajo
sin concluir... además de provocarles episodios de insomnio y pesadillas que los seguirán por
días... Muy bien, hemos terminado la fase inicial... Lo siguiente es lo mas difícil... Con cuidado
introduzcan la hoja por dentro de la incisión hasta ubicarla un par de centímetros bajo la piel...
Les recomiendo que limpien la hoja constantemente con alcohol y agua oxigenada, pues de lo
contrario se formaran coágulos por la sangre y los cortes serán menos finos.

Debo aclarar que al realizar la maniobra antes mencionada, el “Modelo” en cuestión experimen-
tara un espasmo sacudiendo y arqueando su cuerpo. Si no tienen el suficiente cuidado puede
hacer que fallen desgarrando la piel del rostro, la cual por cierto es muy delgada... Bien, aquí
viene... ¡Rayos!, Bueno, si como en este caso la sacudida es demasiado fuerte déjenlo retorcerse,
pero debe asegurarse desde el principio que este fuertemente inmovilizado; seria muy desagra-
dable el ver al “Modelo” levantarse con el rostro partido a medias y chorreando sangre por todos
lados... Lo más probable es que, como en este caso, el dolor los haga quedarse quietos... bien,
ahora podemos proseguir... levanten la orilla de la piel... ¿Ven esa área blanca?, Es la grasa que
se aloja debajo de la piel, deberán cortar entre esta línea y el rostro, pues si dejan que la grasa
se quede en la piel esta se descompondrá más rápido... Continúen levantando la piel y cortando
entre la grasa y el rostro... cuiden de tener especial atención a la parte de la nariz, pues aquí la
grasa es casi nula y la piel tan delgada como ala de mariposa. Si el “Modelo” sigue mostrando
espasmos, levanten primero al piel de la frente y sujeten con una cuerda o cinturón dicha parte
sin piel a la mesa... Al llegar a los labios tendremos que hundir mas la hoja para cortarlos desde
lo mas profundo, es decir deben cortarlos enteros dejando los dientes la descubierto... Bien...
ahora solo... jalen... Con... Cuidado... desde el... espacio en la barbilla y... ¡Listo! Tienen una bella
obra maestra en sus manos... Ahora impregnamos el reverso de nuestra obra con sal, esto para
que la poca grasa restante seque y la piel se curta por dentro...

Ahora solo nos resta guardar nuestros implementos... recomiendo para ello llevar varias bolsas
de hule y una caja de madera de encino... dentro de las bolsas echaremos nuestra bata, guantes
y demás prendas que se hayan ensuciado en el proceso... dentro de la caja de encino, pondremos
nuestra obra y notaran al llegar que esta se habrá impregnado del dulce olor de la madera...
¡Oh, lo olvidaba!, En este caso lo mejor es no ser visto en ningún momento por el modelo, y para
asegurar discreción, cortaremos los globos oculares desde las fibras ópticas que les unen hasta
el cerebro... Bien, sólo nos resta lavar nuestras manos y dejar el lugar... Como podrán ver no
mentí, mi trabajo es un arte, aunque algunas personas no lo quieran ver... ¿Me disculpan un se-
gundo?... –tomándo el teléfono junto a la mesa, marca un número de forma metódica y lenta...
—Estación de policía buenas noches, ¿En que le podemos servir?
—Buenas noches, deseo reportar un crimen, la dirección es...
De nueva cuenta recibí noticias de mi discípulo... Un Hombre había sido atacado y despojada de
su rostro... Pero esta vez era diferente... Esta vez se trataba de alguien conocido... Se trataba de
Van Croyd. Sí, mi mejor amigo y director de mi galería de arte. Sólo que ahora, la victima había
sobrevivido... pero le habían arrancado los ojos y el rostro...
Visité a Croyd en el hospital pero no pude hablar con él... Lo mantenían sedado y des-
esperadamente buscaban la forma de poder ayudarle. Los médicos no sabían que hacer, pues
aunque habían atendido a lesionados de gran magnitud en el rostro, por lo menos siempre
quedaba algo de piel... No había forma de poder reponer tal cantidad y trataban en vano de
encontrar una solución... El pobre de Croyd sufría de pesadillas y ataques... el parte policíaco
decía que Croyd había sido atacado en su casa, sin embargo, aunque había tenido a su agresor
cara a cara no pudo ver su rostro pues le atacaron por la espalda para después verter alcohol
en sus ojos para cegarle... Como él, fueron halladas otras siete victimas más. Con las imágenes
en el periódico venía la acostumbrada grabadora, donde indicaba que había tardado casi una
semana en averiguar todo sobre analgésicos y drogas para dopar a sus victimas y evitarles el
shock y por consiguiente, la muerte cerebral por espasmo... Ese bastardo había logrado que las
victimas estuvieran conscientes del dolor mientras las desollaba y sin embargo les había impedi-
do la gracia del desmayo o la muerte durante la intervención. Al enterar a Vanity sobre la nueva
“escuela” que había adoptado mi educando debido a mi regaño se enfureció...
—¡La única forma de detener a este loco, es que dejes de trabajar!- Con el rostro emblan-
quecido por la ira me encare hacia ella violentamente...
—¿¡¡ESTÁS LOCA!!? ¡¡¡LA ESCULTURA ES LO UNICO QUE ME MANTIENE CUERDO!! SI DEJO DE
TRABAJAR TERMINARE POR ENLOQUECER!!!
—No, no me refiero a que dejes de esculpir, sólo digo que dejes de hacer esas mascaras,
por lo menos hasta que ese loco se aburra y decida dedicarse a la jardinería u otra cosa...
La discusión fue en aumento. La verdad es que estaba demasiado embrutecido por todo este
asunto. Ella me hablaba de esculpir de nuevo figuras, pero yo no escuchaba... el desenlace llegó
como es de esperarse: ella terminó por enfurecerse también y al final se marchó de mi departa-
mento hecha un mar de ira y llanto... Al llegar la noche y con el aire fresco, mi mente se calmó.
Ya dueño de mí, me di cuenta que la solución de Vanity era la mejor... apenado pensé llamar
para disculparme, pero al mirar mi celular, no me atreví... pensé que lo mejor era dejar que las
cosas se calmaran. Al cabo de dos noches recibí una llamada... era de nuevo él...
—¿Que sucede, Maestro?... ¿Es que acaso mi desempeño no ha sido el adecuado?... -Iba a
gritarle mil y un cosas, pero sus siguientes palabras helaron la sangre de mis venas... -¿O tal vez
su enojo se deba a la pelea que tuvo hace dos noches con su prometida?... ¡Oh Maestro! No debe
preocuparse, ¡¿Que sabe una mujer como ella de arte?! Ella no le comprende como yo...
—¿C-como sa-sabes de...?-Con voz temblorosa y hablar torpe le pregunte
—¿ De su pelea? Bueno Maestro, como ya le he dicho yo le admiro mucho... es tal mi ad-
miración y respeto, que siempre estoy muy cerca de Ud.
En ese momento el mundo dio vueltas a mí alrededor, un fuerte dolor en mi pecho y un enfria-
miento en mi brazo izquierdo me paralizó... Mis ojos y mi boca se abrieron al máximo, sin embar-
go no podía articular palabra alguna...
—Disfruto de los mismos gustos que Ud., Maestro... Compro mi ropa en la misma tienda,
leo las misma revistas y adquiero mis libros en donde Ud. ... Eso sin mencionar que en más de una
ocasión e ido al mismo restaurante y café en donde le he visto con su prometida... ¡Por cierto! Me
alegro de informarle que en este momento ella esta aquí conmigo...
La saliva en mi boca se volvió amarga como ajenjo... mi garganta se secó y mi respiración se
tornó agitada... el corazón me palpitaba mientras mis labios eran inútiles y por mas que lo in-
tentaba ninguna palabra brotaba de ellos... La música... Esa maldita música... Con cada bajo y
tambor la sangre se agolpaba en mi sienes como clavos... era como si con cada reverberación
de la melodía me crucificaran. Sin darme tiempo siquiera de recobrarme mi aprendiz continuo...
—¿Maestro?... ¿Esta Ud. ahí?... No se preocupe, en este momento me dispongo a poner
fin al malestar que le aqueja... Espero que haya notado mis avances... en esta ocasión utilizare
sólo pentotal y gilocaína... Sólo necesito... un segundo... para... ¡Listo! He inyectado la solución
justo bajo la lengua y he puesto un poco de ácido bucofaríngeo en su garganta... no podrá gritar
o hablar, ni siquiera gemir un poco... pero hay que darle un par de minutos para que actúe... y
mientras tanto hablemos de algo... ¿Que pìensa de Zeit Geist?
Es irónico y estúpido como en minuto no tienes palabras para expresarte y al segundo siguiente
se amontonan tantas palabras en tu boca y tantas ideas en tu cabeza, que de todo no puedes
decir nada de lo que deseas... mientras escuchaba los lejanos sollozos de Vanity, lo único que
logre decir fue
—¡¡¡HIJO DE PUTA!!!
Pude escuchar a mi pupilo morder una manzana al tiempo que continuaba hablando con el mis-
mo matiz de finura que ya era tan inherente en él...
—Respeto sus gustos, Maestro... A mí en lo particular me gusta mas que Mozart al cual
encuentro demasiado rebuscado en sus acordes...
Por mas que trataba el miedo y la desesperación me tenían enmudecido. Si, lo admito, las
piernas me temblaron y estuve a punto de romper en llanto como un chiquillo... Durante unos
segundos que para mí fueron horas, le escuché hablar acerca de música y sus corrientes... de
sus preferencias y sobre lo orgulloso que estaba de su colección de discos compactos clásicos...
durante ese tiempo limpiaba mi sudor tratando de convencerme que todo lo que decía era
una mentira, intentaba convencerme a mi mismo de que Vanity se hallaba bien y que este loco
solo estaba torturándome en una forma de malsana diversión. La conversación fue cambiada
entonces por él mismo:
—Veamos... Ya está listo... Ahora sí ya podemos comenzar a trabajar... ¿Qué le parece si
yo le voy describiendo mi trabajo y Ud. me corrige sobre la marcha?
Lo siento... No puedo continuar... mis ojos se humedecen y en mi garganta un dolor me golpea...
Necesito... necesito aire... estoy... estoy exhausto y el dolor de recordar las cosas no me ayuda...
Vanity... Mi querida Vanity... Lo siento tanto... cierro mis ojos y puedo ver a ese maldito sentado
sobre ti mientras tú, impotente miras a tu asesino directo a la cara... Puedo imaginar tu hermo-
sa faz deformada por la desesperación, el miedo y el dolor... no se por qué... pero al imaginarme
la escena veo al infeliz elegantemente vestido... sus manos gruesas empuñando la hoja... y mien-
tras tú sufres el mal nacido me hablaba describiendo su locura:
—¿Sabe que fue lo que me fascinó de su obra Maestro? Los rostros... Anteriormente, hace
cuatro años atrás, mi trabajo se había vuelto monótono y aburrido... yo considero mi labor un
arte, pero habiendo tanta competencia es difícil sobresalir... Ud. debe saber bien de eso, uno
desarrolla una técnica propia y un estilo único y al segundo siguiente todos le imitan... Como ya
le había mencionado, dejé mi trabajo por cuatro años y mientras, trataba de hallar un motivo...
Una musa si así lo desea...
Mientras hablaba yo escuchaba claramente el rajar de la carne y como los cartílagos eran muti-
lados... Lograba incluso oler la sangre... hasta sentía su viscosidad y tibieza sobre mis manos...
—Y fue cuando su arte me mostró un camino antes cerrado para mi, Maestro... Los ros-
tros... ¡Es ahí donde se encierra todo...! Descubrí el por qué de mi trabajo... no era el cuadro final,
no era la elección o el detalle... Eran los rostros... Esa mueca que las personas tienen cuando sa-
ben que van a morir... la mirada desesperada en la cual uno adivina las dudas e ideas que pasan
por su mente: “¿Por qué YO?”, “¿Qué hice?”, “¡Oh Dios, voy a morir!”, “¡No por favor!”... Todo eso
hace que mi labor sea tan reconfortante... que valga la pena salir en busca de material para mi
arte... ese momento inmaculado en que el alma se escapa de sus cuerpos tan lentamente que
puede palparse como humo entre los dedos para después desvanecerse en la nada. Ya casi esta
listo... sólo necesito reiterar algunos cortes y... ¡Ya está!... ¡Oh, Maestro... ojalá estuviera Ud.
aquí, estaría tan orgulloso de mí...! Es en este preciso momento en que las lagrimas del artista
se vuelven el mayor reconocimiento a la belleza absoluta e indiscutible del arte... sin embargo
no todo el crédito es mío, Oh no, seria un traidor y malagradecido de pensar así... Esto también
es suyo, Maestro... pues sin su ayuda jamás hubiera trascendido de esta manera y continuaría
siendo uno del montón o incluso hubiera dejado para siempre este camino... Por eso juzgo justo
y necesario compartir esta bella obra con Ud. ... Mi Guía... Mi Mentor... Mi Maestro...
Como pueden imaginar a la mañana siguiente recibí mi parte de la “Obra”: En una caja negra
y sobre una cabeza de unicel forrada de terciopelo me entrego el rostro limpio y perfumado de
mi Vanity... Perdón... Yo ...

Llevado al limite que cualquier ser humano puede soportar, tome una decisión. No iría
con la policía... Esto había pasado los limites... No estaba dispuesto a que el asesino de mi único
amor y mi mejor amigo fuera remitido a una celda acolchonada, no podría vivir sabiendo que
el causante de la muerte de lo que más he amado estuviera vivo el algún hospital Psiquiátrico...
No... Ahora era personal... ¡¡Buscaría hasta Encontrar a ese maldito!! ¡¡Y lo haría pagar de la mis-
ma forma!! El sabia todo mis movimientos, así que trate de ser más cauteloso, al salir a la calle,
al entrar al restaurante, al ir a la librería o a cualquiera de mis lugares de costumbre me fijaba
muy bien en mi entorno... escudriñaba cada persona... cada rostro... Busqué en los archivos de
la hemeroteca central... efectivamente cuatro años atrás un ola de homicidios se desató... Un
maniático se había dedicado durante dos años a matar de manera tan salvaje a sus victimas
que la gente estaba sorprendida y aterrorizada de tal crueldad... este asesino desollaba a sus
victimas casi en su totalidad, pero era muy torpe aun y la piel siempre quedaba hecha jirones...
Dos cosas aligeraron un poco la carga y el dolor en mi... primero había conseguido mi objetivo
gracias a Vanity... ella me convenció de mostrar al publico los rostros que este loco me había
hecho esculpir a partir de alucinaciones... el terror que ello había causado se transformo en ado-
ración y fui nombrado por el consejo mundial de las artes como uno de los más grandes genios
del arte en la historia... en dos semanas el premio me sería entregado... Pero sin Vanity... ese
premio ya no significaba nada para mi.
Lo segundo fue que entre la policía encontré a un oficial al cual pude sobornar a cambio de in-
formación. Para evitar problemas opté por un disfraz. Aprovechando la estación fría cubrí mis
manos con guantes y usando la gabardina y la bufanda que Vanity me obsequiara salí en busca
de información. El jefe de la policía ya me tenia fichado desde lo de las cintas, así que no deseaba
que supiera que yo andaba haciendo preguntas y husmeando por ahí... El policía me presentó
a su vez, a otros soplones e informantes los cuales poco a poco me ayudaron a ensamblar las
piezas del rompecabezas. Siendo un artista de mi posición el dinero no fue obstáculo... Al cabo
de tres días y después de recorrer los lugares más asquerosos y bajos de la cuidad pude lograr
mi objetivo... Ahora mi enemigo tenia una forma definida: según mis informes era un hombre
alto y fornido de unos cuarenta años y de manos grandes, su cabello largo y negro siempre iba
peinado en una inmaculada coleta... su piel broncínea resaltaba el gris de sus ojos... la mayoría
me había dicho que regularmente vestía pantalón de mezclilla negro y chaleco de vestir a juego,
a demás de portar una camisa guinda brillante y corbata. Tal era la descripción de una persona
que la mayoría de la gente alrededor de las victimas veían poco segundos después de las muer-
tes... era una constante en todas las declaraciones de los vecinos, como si fuese si uniforme para
asesinar. Su calzado era cómodo y elegante, tal vez eran botas de piel porque al parecer había
dejado un par de huellas dentadas sobre la sangre de las victimas, lo cual me alegró mucho...
No piensen mal, me refiero que a mi alumno lo caracterizaba la pulcritud; nunca dejaba man-
cha alguna y esto me dejaba ver que cometía errores, que era humano... por tanto, era posible
atraparlo y matarle... Lo único que aún no sabía era su nombre... pero para “darle un nombre al
cuadro” como decía Vanity, lo bauticé con el nombre de “ Lazarus”... Aún sigo sin saber por qué,
fue el único nombre que se me ocurrió.
Durante los siguientes días me dedique a estudiar su “Arte” y a ciencia cierta, no podría
decirles por qué, comencé a entender su manera de actuar y de elegir... imagino que habíamos
pasado tanto tiempo juntos que nos conocíamos muy bien... Sin embargo he de reconocer que
como artista, no poseía toda la maquinación, estrategia o frialdad de un asesino que él osten-
taba. Gastando un poco de dinero, pude conseguir los archivos personales de cada una de las
victimas; una vez en casa las tendí todas sobre el suelo en busca de alguna constante. Mi alum-
no era cuidadoso, meticuloso y ordenado. El no elegiría victimas de manera burda... Noté un pe-
queño detalle en el cual no había recaído la policía: Lazarus no atacaba al azar, él había trazado
una sutil pero constante espiral... Para explicarme mejor: Lazarus había iniciado sus ataques en
las inmediaciones de la ciudad, sin embargo continuó de manera errática, o al menos eso apa-
rentaba... Mi posición como artista me permitió notar un pequeño detalle: Lazarus catalogaba
sus crímenes como “arte” y como tal, tenían un orden y significado para él, aunque la mayor
parte de la gente no lo captase. Al cabo de varios días de casi no dormir y menos comer, noté
una constante en todas las victimas: La primera había sido atacada en el centro de la ciudad,
sin embargo en sus documentos personales encontré que asistía a una academia de pintura casi
a las afueras de la ciudad; La segunda fue mutilada en el muelle, sin embargo en sus papeles
decía que trabajaba en el extremo norte de la ciudad... En una galería de arte escultórico. Al ir
revisando cada archivo pude ver un patrón: Todos estaban vinculados con las artes de alguna
forma, unos eran maestros, otros dueños de galerías de arte... Escultores, bailarinas, actores
clásicos, pintores... Tomando esto en cuenta se podía trazar una espiral cuya línea se cerraba
en círculos hasta llegar casi al centro de la ciudad, en las inmediaciones de mi departamento y
taller. Con paciencia elaboré un plano continuando la espiral y tomando en cuenta un par de
detalles mas, tuve una idea de por donde andaría el malnacido.
Una noche después me dirigí a un pequeño pero concurrido teatro ubicado en la zona comercial.
Ahí esperé por varias horas, pero el maldito no aparecía... Cerca de la media noche vi salir a una
mujer algo ebria, por su rostro y maneras supe de inmediato que era una de las actrices prin-
cipales de la obra teatral que en ese momento se exhibía en el lugar. Llámenlo intuición, pero
algo me dijo que ella podía ser la victima ideal. La seguí entre callejones a una distancia pru-
dente; así como estaba la gente de aterrada por los crímenes, el hecho de verme cerca podría
causar una severa confusión, por este mismo motivo decidí alentar el paso e incluso me detuve
en un recoveco a encenderme un cigarrillo. El frío y la humedad se podían casi palpar... frotaba
mis manos en busca de calor cuando pude escuchar un sonido seco... al dar la vuelta y mirar,
mi cuerpo se paralizo y el cigarrillo cayó de mis labios. En lo más recóndito de la callejuela pude
ver la silueta de Lazarus. Las descripciones eran correctas, por lo menos en lo que vagamente
podía ver... al mirarme su boca se torció... con un frío retorciendo mi columna pude ver como
cortaba el cuello de la chica para después despedirse con una socarrona caravana y alejarse a
toda prisa. Al verlo huir salí de mi espasmo y comencé la persecución a toda prisa... De pronto
sentía que mi abrigo pesaba una tonelada, con cada paso que daba él se alejaba más de mí,
y por mas que corría y jadeaba, Lazarus continuaba aventajándome. Una cosa era segura: él
tenia mejor condición.
La carrera avanzó por varias calles y resquicios; brincábamos rejas y saltábamos patios, los
perros ladraban a nuestro paso y ninguno de los dos baja el ritmo de sus zancadas. Al desem-
bocar en una gran avenida, Lazarus cruzó la calle y en alarde de humillación dio media vuelta
y se detuvo. Yo continuaba a muchos metros de él y el hecho de verlo esperarme me enfureció
aun más. Ignorando el entumecimiento y dolor de mis piernas continué avanzando. Lazarus
había extraído un cigarrillo de su bolsa y con toda calma se disponía a encenderlo... conforme
la flama de su encendedor se acercaba al tabaco yo ganaba terreno... Poco a poco, Flama y yo
cortábamos distancias hacia nuestro objetivo en busca del mismo fin: Reducirlo a cenizas. Ya
estaba a unos metros de Lazarus, casi podía percibir el olor de su fragancia fina y el lustre de
sus zapatos, pero al encontrarme casi cruzando la calle, Lazarus termino de encender su ciga-
rrillo y sonrisa en boca se inclino en una burlona mueca de despedida, de pronto un camión
transportador de cristales apareció frente a mí. Fue un joven el que, jalándome del abrigo,
evitó que el vehículo me destrozara en seco. Al volver la vista al frente Lazarus había desapa-
recido. Volví a casa y pasé más de cuatro horas maldiciendo mi estupidez. ¡Lo había tenido tan
cerca y lo había dejado ir...!
Cuatro días tardé en volver a cazar su ritmo de trabajo... Cuatro días en los que no dormí
y solo me alimenté de café con Brandy. Al final logré predecir su siguiente movimiento. Seguí su
rastro hasta la casa de una instructora de danza, pero no pude salvarla... al entrar, él ya había
terminado su trabajo... Al ingresar a la recamara lo primero que noté fue el recubrimiento de
pared a pared y de piso a techo de espejos... Sin duda era un área de práctica para ballet. Al
centro de la habitación se hallaba Lazarus sobre el cuerpo sangrante de la mujer y al fin pudi-
mos vernos las caras. Era exactamente como lo imaginaba. En su rostro se dibujo una sonrisa
burlona y mientras hacia una caravana, aprovechó mi espasmo para tomar la silla a su espalda
y arrojármela... el impacto dio en el blanco y aunque logre cubrirme con los brazos, el golpe
me arrojó de espaldas sobre los espejos los cuales se partieron en mil pedazos... Al recobrarme
lo primero que vi fue el ventanal de la calle abierto... sin pensar en la victima, salté por la ven-
tana... y comencé a perseguirle... Por extraño que parezca, el hijo de perra corrió en círculos
hasta regresar a la casa de la mujer...

Y aquí fue donde mi relato comenzó... ahora lo tengo a unos pasos de mí... cansado...
tan cansado como yo... ¡¡Maldita sea!! Las piernas me pesan... en mi boca la saliva se ha vuelto
una masilla agria y ambarina... el pecho me duele... Pero no pienso detenerme... ¿Qué suce-
de?... ha dado media vuelta y me mira con un gesto de sorna...
—Muy bien, Maestro... Ya me tiene... Por fin logramos conocernos... ¿Qué piensa
hacer ahora?...
—¡¡Voy a matarte, pedazo de mierda!!
—¿Lo dice en serio?... muy bien... estoy listo... tal vez sea el momento de que yo le retri-
buya sus consejos enseñándole un par de cosas...
Ambos comenzamos a caminar en círculos, es como si danzáramos. A su espalda la luz de la
luna es reflejada por los espejos de en la recamara. Bien, Lazarus... Ahora es cuando comienza
el baile mas lento... sólo tú y yo... solos en el centro del escenario... mis puños se crispan... su
sonrisa no ha desaparecido... espera a que yo dé el primer paso... no te decepcionaré, Lazarus...
Lanzo el puño contra su rostro, pero él esquiva mi golpe mientras mantiene esa estúpida sonrisa
mordaz en su rostro... mi puño se estrella contra el espejo detrás de él.
—¿Qué sucede, maestro?... ¿Es que acaso no me he dado a odiar o suficiente?... Eso signi-
ficaría que mis esfuerzos han sido en vano...
Las piernas me tiemblan, siento la sangre manar de mi puño y oigo ruidos de cristales crujir bajo
mis pies... El segundo asalto comienza, de nueva cuenta lanzo mis puños en busca de borrar su
maldita sonrisa de una vez y para siempre... Pero una y otra vez burla mis ataques, mi furia y el
deseo que tengo de arrancarle el rostro y el alma con mis propias manos... golpe tras golpe mis
manos crispadas se estrellan en los espejos... Después de un instante me detengo, mi cabeza
da vueltas y en mis manos ensangrentadas hay cristales encajados que muerden mi carne... Por
alguna razón sé que no puedo ganarle, pero es muy tarde para dar media vuelta... ríe, maldito...
ríe... Tomo uno de los fragmentos de espejo... ¡Vamos... acércate mas, hijo de puta! ¡No reirás
igual cuando hunda este pedazo de espejo en tus entrañas...! Lentamente se acerca y con ab-
soluta condescendencia me susurra al oído:
—¡Que deprimente!... Sus patéticos intentos han acabado por mermar la admiración que
por Ud. sentía; Pero no se alarme, aunque como hombre es patético, aun conservo mi admira-
ción hacia Ud. como artista... Por lo mismo le prometo no moverme, no esquivare su siguiente
golpe... ¡Vamos, maestro, ni Ud. fallaría! ¡Deme su mejor golpe! ¡ACÁBE CONMIGO, TOME VEN-
GAZA DE SU AMADA VANITY SI LE PLACE!
Mientras alardea, esgrimo el arma... Mi ataque es pronto y certero, no hay manera de que evite
que desgarre sus entrañas... El ruido de los espejos al quebrarse resuenan en la habitación... Mi
puño sostiene el arma la cual impactó sobre uno de los cristales, sin embargo no hay mas san-
gre que la mía en el suelo... Su imagen deformada sobre los restos del espejo que quedan en el
marco, muestran su rostro sonriente... Mis ojos buscan los suyos, pero no con deseos homicidas,
es mas bien buscando una respuesta. Su voz como un eco de mil tambores taladra mi cerebro.
—¡No me mire así, maestro!, le di mi palabra y la cumplí... No me he movido y jamás in-
tenté detener el golpe...
Mientras sonríe me habla con esa educación que tanto me enfurece
—No puedo creerlo... ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos aun no has
aprendido nada?...
—¡¡¿DE QUÉ DEMONIOS HABLAS?!!
—Mira hacia allá... mira bien en los cristales de este salón...

Mi cabeza gira hacia la derecha... Fijo mi vista en el espejo... En todo a mi alrededor... ¡¡DIOS
TODO PO...
—¿Ahora lo comprendes?
Sobre la superficie cristalina logro ver mi reflejo... Mi cabello negro se encuentra despeinado y
esparcido sobre mis hombros, Mi camisa Guinda brillante está rasgada... Mis manos grandes
sujetan el arma improvisada, mientras que la luz de la luna tras la ventana, resalta con brillos
las astillas de espejo en ellas...
—Vamos, Ludiere, haz memoria...

Las imágenes vuelven a mí... Y todo encaja a la perfección... Las imágenes de los rostros mientras
esculpía eran debido a mis recuerdos después de cada homicidio... puedo verme de nuevo en
mi habitación hablándome por teléfono... mi mano izquierda sostiene mi celular mientras que
con la derecha y con el teléfono de mi casa me oigo y me respondo a mi mismo... La mirada de
las victimas... esos ojos que no podía plasmar... era por mi propio sentimiento de culpa... por
eso lograba emular a la perfección la agonía de las victimas... Yo era el criminal que sin piedad
les desfiguraba y la escultura era mi forma de expiación... ¡¡Vanity!!... ¡¡OH DIOS, MI AMADA
VANITY!!... Por eso sentía tu dolor... el dolor de ser traicionada y asesinada por la persona que
amabas y en quien confiabas... Tú sangre entre mis dedos no era imaginaria... ¡¡ERA REAL!!...
ESE DOLOR EN TUS OJOS MIENTRAS PREGUNTABAS ¡¿POR QUÉ, LUDIERE!?, ¡¿POR QUÉ!?... Grue-
sas lágrimas escurren por mis ojos mientras por fin contemplo la verdad de mis atrocidades...
tratando de atar mi mente a la cordura me pregunto
—¿Co... Cómo es posible?
—Tú eres la mente criminal, mi amigo... tú dímelo...
—¿Yo te creé...?
Con parsimoniosa elegancia emite su respuesta, mientras su imagen repetida a mí alrededor
sonríe de manera abierta, irónica y obscena
—¡¡NO ME VENGAS CON ESTUPIDECES, LUDIERE, OBSERVA CON CLARIDAD!!... ¡POR UNA
VEZ EN TU VIDA VE LAS COSAS COMO SON...!
Al mirar con claridad, puedo ver que es mi imagen la que se repite de manera indefinida a tra-
vés de los espejos... Lazarus solo permanece en el centro de la habitación, sereno e impasible;
Extrae un cigarrillo y mientras exhala placentero una bocanada de humo, continua.
—NO, LUDIERE, YO TE CREÉ A TI.... YO TE HICE... SIEMPRE HE SIDO UN ASESINO... PERO AL
PASO DEL TIEMPO MI LABOR SE TORNÓ ABURRIDA... MONOTONA... SIN UN OBJETIVO O FIN DEFI-
NIDO... VACÍA... DECIDÍ ENTONCES DESAPARECER POR UN TIEMPO... BUSCAR UN LUGAR SEGURO
EN DONDE DESCANSAR... ¿Y QUE MEJOR LUGAR QUE TÚ... BAJO TU IMAGEN DE ARTISTA ESTARÍA
SEGURO... ¿QUIÉN SOSPECHARÍA QUE DETRÁS DE UN TALENTOSO DADOR DE VIDA COMO TÚ
SE ESCONDIA UN ASESINO NATO? NO VOY A NEGAR QUE INCLUSO PENSE EN EL RETIRO DEFINI-
TIVO... TENIAMOS UNA VIDA INCREÍBLE, LUDIERE: UNA CARRERA BRILLANTE, UN GRAN AMIGO Y
UNA HERMOSA MUJER... SIN EMBARGO TUS MASCARAS ME DIERON NUEVOS BRIOS... NO... NO ME
MIRES ASÍ... NO SOY UN LADRÓN... SOLO RECUPERO LO QUE ES MIO... MI VIDA Y MI CUERPO...
UNO DE LOS DOS ESTORBA Y NO SERE YO EL QUE SE VAYA... TE AGRADEZCO TU INSPIRACIÓN Y
CONSEJOS... NO PUEDO DECIR QUE TE EXTRAÑARE... ADIOS, LAZARUS LUDIERE...
Dios.. ahora sé la verdad... jamás he existido... solo fui el juguete de un psicópata... soy un
asesino y siempre lo seré... Ludiere, el artista no es mas que el último dejo de humanidad del
cual pienso despojarme en este momento... En un ultimo arranque de furia, intento librarme
de él y conserva ese dejo de humanidad que soy yo mismo... giro el puñal de vidrio hacia mí
estomago...
—¡Voy a detenerte, desgraciado!, “¡¡ASÍ TENGA QUE ARRANCARME LA VIDA!!
Mientas sigue fumando, espeta entre risas
—No puedes, Ludiere, no tienes las agallas... ¡Yo soy el asesino, yo soy él hombre! ¡Tú,
miserable despojo, no eres capaz de hacer nada, te escupo a la cara, maldito, escupo en el
recuerdo de Van Croyd y sobre la tumba de tu ramera Vanity! ¡VAMOS ,MALDITO COBARDE,
HUNDE LA DAGA Y MATANOS A LOS DOS SI TE ATREVES!
Mis manos tiemblan... pero no puedo dejarlo ir. No hay salida, que Dios me perdone... y tam-
bién las personas que herí... Te amo, Vanity... Lo siento, Van Croyd... Empuño el arma y solo
dejo que siga su camino hacia mi cuerpo... cierro los ojos... me siento cansado... muy cansado...
La galería se encuentra repleta de gente que con sus muecas de admiración acompaña a las
mascaras que son objeto de su asombro. Al entrar encuentro muchos rostros familiares los cua-
les al verme, se vuelven hacia mí. Todos al unísono desatan una lluvia de aplausos y elogios, los
reporteros se arrojan a mí alrededor en busca de conseguir la mejor foto o una declaración en
especial que saque su carrera de la mediocridad en la que viven. Yo me paseo entre ellos y re-
parto saludos y sonrisas como la única limosna que obtendrán de mí...
—¿Maestro, que siente al saber que está catalogado como uno de los más grandes artis-
tas del mundo?,
—Díganos, Maestro, ¿Cuál será su siguiente obra?
—Maestro, ¿La policía tiene ya alguna pista sobre el paradero de su prometida?
—Maestro, por favor díganos ¿qué piensa del hecho de que la policía le perdió la pista
al“Ladrón de Rostros”?
La cháchara continúa incesante, les dedico un par de minutos y me retiro al interior de los
sanitarios. ¡Me lleva...! Las heridas en mis manos aún no han parado de sangrar. Hice bien en
cambiarme de ropa en el auto, así nadie notara la sangre sobre la tela negra. La sangre escurre
ahora por la manga y gotea a través de mis guantes. Humedezco mi pañuelo y limpio las pren-
das. Ahora lo mejor es que me marche lo mas pronto posible... ¿Hung? ¡Justo lo que necesitaba...
un admirador que se ha colado al privado...!
—Maestro, es un honor para mí conocerlo, soy un gran admirador suyo... por favor díga-
me, ¿Cómo se dio cuenta de su enorme talento?
—Bueno... es algo que siempre he llevado dentro de mí...
—Me gustaría mostrarle algunos de mis dibujos... Quizá pueda aconsejarme...
—Sí... por qué no... pero será en otra ocasión... hoy llevo un poco de prisa...

Con actitud sumisa y halagadora, el bastardo se retira... tomo un poco de papel del surtido para
secar mis manos... mientras lo arrojo al bote miro mi reflejo y me digo a mí mismo...
—Como dije antes, Ludiere... no tienes las agallas, nos es posible que un reflejo mate a un
hombre... En fin, no creo que te extrañe...
En la soledad del cuarto, se mira a un hombre alejarse mientras en el espejo, la imagen de un
ser derrotado se refleja... en su rostro se escurren silenciosas dos lagrimas... ambos hombres
desaparecen, uno a través de la puerta y el otro en la oscuridad de un reflejo...

Fin

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