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Cuadernos de Mitología

IMÁGENES DEL FINAL

CUADERNOS DE MITOLOGÍA Nº 26 IMÁGENES DEL FINAL
IES RÍO JÚCAR MADRIGUERAS (ALBACETE) 2 Donativo 2 euros. TEXTO: Pedro Gómez Sánchez y Alfredo Alcahut Utiel. CORRECCIÓN: Raúl Alcahut Utiel .D.L AB-286-2001 (REVISTA DIDÁCTICA DEL IES RÍO JÚCAR) 2011-2012 Avda., Levante S/N 02230 Madrigueras (Albacete)

ÍNDICE

ACTITUDES UNIVERSALES ANTE LA MUERTE. REFLEXIONES ANTE LA MUERTE CUADROS VIVIENTES ANTE LA MUERTE

P. 3. P. 11. P. 20.

EDITORIAL
Es una obviedad decir que vida y muerte son dos caras de la misma moneda. Solo quien tiene vida está afectado de muerte. Este hecho no ha impedido que el hombre, desde los más primitivos tiempos, haya adquirido especial conciencia de ese momento, ya sea sentido como tránsito, ya como final absoluto. Parece ser que nuestros cercanos parientes neandertales ya tenían ritos en torno a la muerte. A lo largo de los siglos las distintas culturas que en el mundo han sido se han enfrentado a esta realidad de modos sumamente dispares: religiosos, pensadores y científicos han rivalizado a la hora de dar sus opiniones. Aquí pretendemos tratar en líneas generales esta cuestión eterna, desde la doble perspectiva que suponen partir de la filosofía, por un lado, y del mito por otra.

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ACTITUDES UNIVERSALES ANTE LA MUERTE
Las actitudes del ser humano ante la muerte son tan variadas como las formas de vida, el pensamiento, la religión o la ideología dominante, además de todo lo cual hay que señalar el elemento psicológico. Podemos resaltar una serie de arquetipos o modelos de conducta: I. SACRIFICIO POR UNA COMUNIDAD: este es el caso de la muerte de Leónidas y los espartanos en las Termópilas.
Placa conmemorativa de la batalla de las Termópilas, instalada en los años 50 del siglo XX, con las palabras de Simónides de Ceos: Viajero, ve y di a los espartanos, que obedientes a sus leyes, aquí yacemos."

K. KAVAFIS, Termópilas Honor a aquellos que en sus vidas se dieron por tarea el defender Termópilas. Que del deber nunca se apartan; justos y rectos en todas sus acciones, pero también con piedad y clemencia; generosos cuando son ricos, y cuando son pobres, a su vez en lo pequeño generosos, que ayudan igualmente en lo que pueden; que siempre dicen la verdad, aunque sin odio para los que mienten. Y mayor honor les corresponde cuando prevén (y muchos prevén) que Efialtes ha de aparecer al fin, y que finalmente los medos pasarán a pesar de todo. II. SACRIFICIO POR UN IDEAL: La muerte consecuente: Sócrates se enfrentó a su condena asumiendo su deber cívico de respetar a las leyes, mostrando confianza y calma ante el hecho de la muerte. Remitimos al siguiente enlace:
http://filosofiariojucar.blogspot.com.es/2011/10/las-otras-muertes-desocrates.html

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III. MORIR DE ACUERDO CON UNAS CONVICCIONES: hay personas que prefieren la muerte antes que una vida sin dignidad o en esclavitud: eso les ocurrió a los saguntinos, a los numantinos, a los gálatas, o a Lucrecia. Aunque otros toman otra decisión: Unos mueren por defender sus ideas…

¿Y otros?

O. LEONI, Galileo Galilei, 1624

Galileo Galilei (1564 – 1642) es un físico, matemático, astrónomo, y, por qué no, filósofo italiano relacionado íntimamente con la revolución científica que va a dar lugar a la ciencia moderna. Es un verdadero hombre del Renacimiento que mostró interés por casi todas las ciencias y artes, y cuyos logros incluyen la mejora del telescopio (instrumento fundamental para la observación astronómica), gran variedad de descubrimientos planetarios, (como las lunas de Júpiter y las montañas y cráteres de la luna), la formulación de la primera ley del movimiento (Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él), una serie de inventos importantes (como una bomba de agua y un termoscopio, instrumento para medir la temperatura) y un buen número de observaciones y experimentos físicos. Sin duda alguna, ha sido considerado como el «padre de la astronomía moderna», y uno de los «padres de la ciencia moderna. Verdaderamente, Galileo es uno de los grandes.

Vamos a ir a buscarlo. Estamos en 1609, en Padua, y allí nos encontramos a Galileo ejerciendo de profesor de matemáticas y astronomía en la universidad de esa ciudad italiana. En el mes de mayo recibe una carta desde París de un antiguo alumno suyo que, entre otras cosas, le comunica la existencia de un artefacto casi prodigioso, un artefacto construido por holandeses que permite ver con nitidez objetos muy lejanos. Naturalmente, es el telescopio. Muy interesado por semejante artilugio, Galileo se pone manos a la obra y bien pronto construye algunos mucho mejores que los originales holandeses, con algunas innovaciones básicas como una lente que permite ver las imágenes derechas, y no como hasta entonces vueltas del revés. Hace una serie de demostraciones de su invento, lo presenta incluso en el Senado de Venecia, y despierta gran entusiasmo y admiración. Muchos ven en ese chisme un instrumento que proporciona grandes ventajas en las operaciones militares. Pero Galileo tiene otros propósitos para su invención: levanta el telescopio hacia el cielo y se dispone a observar astros. Y lo que observa es una inmensa cantidad de descubrimientos: las montañas de la Luna, la Vía

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Láctea, Saturno que tiene cosas raras alrededor de su ecuador, las manchas solares, nuevos astros hasta entonces completamente ignorados y desconocidos, y, un descubrimiento capital: 3 pequeñas estrellas cerca del gran planeta Júpiter. Después de varias noches de observación, descubre que no son tres sino cuatro y que además no giran en torno al centro del universo, sino alrededor de Júpiter; son, pues, satélites de Júpiter. Unos meses después, prosiguiendo con sus observaciones astronómicas, descubre las fases de Venus. Venus, como la luna, presenta fases. Es el momento para rescatar una vieja obra.

En 1543 se había publicado una obra de astronomía titulada De Revolutionibus Orbium Caelestium (Sobre el movimiento de las órbitas celestes) ¿Su autor? Un canónigo polaco, Nicolás Copérnico, que moría ese mismo año de la publicación de su obra. Consciente de que la teoría general que defendía en esa obra no iba a ser del agrado de la comunidad científica de la época ni, sobre todo, de la máxima autoridad espiritual, pospuso su publicación, dejándola como encargo para realizar . tras su muerte.

Allí se defendía la teoría heliocéntrica, la idea, contraria a más de veinte siglos de observaciones, sentido común y ciencia, de que la tierra no estaba inmóvil y no era el centro del universo, sino que los planetas y la tierra incluida giraban en torno al sol. Sin embargo, la obra pasó bastante desapercibida y su repercusión intelectual fue muy reducida. Pero ahora, Galileo y su telescopio iban a modificar completamente la situación. Las observaciones realizadas y las experiencias obtenidas muestran a las claras que Copérnico estaba en lo cierto, que la tierra se mueve y que los planetas no giran en torno a la tierra, sino en torno al sol, y que a la propia tierra le ocurre lo mismo. Desde Aristóteles, y durante más de veinte siglos, se había afirmado lo contrario, como algo incuestionablemente verdadero, probado y demostrado por la experiencia y por la razón. La polémica estaba servida. Una polémica, además, en la que había entrado la Iglesia cristiana, amparándose en la autoridad de la Biblia. Así en un Salmo se afirma, refiriéndose a Dios: Tú has fijado la Tierra firme e inmóvil. El cardenal R. Belarmino, jesuita e inquisidor, había dirigido en 1598 el proceso contra Giodarno Bruno, un científico empeñado en mantener la infinitud del universo y la existencia de otros sistemas solares, además de la teoría heliocéntrica.

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Bruno había sido encarcelado durante ocho años y por su negativa a retractarse fue quemado en la hoguera el 17 de febrero de 1600 en Roma. Y ahora, en 1611, ese mismo cardenal recibe la orden de poner a la Inquisición en la investigación de Galileo y de sus teorías. El 16 de febrero de 1616, Galileo es convocado por la Inquisición para el examen de la teoría defendida. Y la sentencia es clara: la teoría copernicana es condenada como Una insensatez, un absurdo en filosofía, y una herejía.

Cardenal R. Belarmino.

Con todo, a Galileo no se le inquieta personalmente, y únicamente se le pide que presente su teoría como una hipótesis sin confirmar y no como un hecho comprobado. Pero mientras tanto los ataques contra él, desde los científicos de la teoría antigua así como desde posiciones religiosas, prosiguen cada vez más enconadamente. Continúa el científico sus investigaciones, y en 1632 publica una de sus principales obras: Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, en el que definitivamente muestra todos los argumentos disponibles a favor del copernicanismo, que son muchos y cada vez más evidentes y rotundos. Y por ello, es llamado nuevamente ante la Inquisición, acusado ahora además de violar la sentencia de 1616. Debe presentarse urgentemente en Roma ante el Santo Oficio. Ya envejecido - contaba con 68 años-, y enfermo, demora su viaje a Roma pues, además, en ese momento una epidemia de peste recorría toda Italia. Pero recibe una orden taxativa: o se presenta por voluntad propia o será llevado a la fuerza. Y en los primeros meses de 1633, en abril, comienza el verdadero juicio. Galileo es conminado a confesar la violación de la prohibición de defender la teoría heliocéntrica que recibiera en el primer juicio; y bajo amenazas de tortura y de promesas J.N. Robert-Fleury, Galileo ante el Santo Oficio, 1847 sobre un trato benevolente si lo hace, se aviene a hacerlo. Confiesa haber desobedecido la orden que le impedía probar y demostrar lo que él sabía probado y demostrado.

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El 21 de junio se produce la condena y al día siguiente es leída la sentencia, prisión a perpetuidad, que incluye además la exigencia de la retractación: Galileo es obligado a renunciar a sus ideas, a abjurar de la teoría que sabe verdadera.
Yo, Galileo, hijo del difunto Vincenzo Galilei, florentino, de setenta años de edad, compareciendo personalmente como acusado ante este tribunal y arrodillado ante vosotros, eminentísimos y reverendísimos señores Cardenales Inquisidores Generales contra la depravación herética a lo largo y a lo ancho de toda la comunidad cristiana, teniendo ante mis ojos y tocando con mis manos los Santos Evangelios, juro que he creído siempre, y que creo ahora, y que, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro, todo lo que sostiene, predica y enseña la santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Pero en vista de que, después de habérseme intimado judicialmente por este Santo Oficio el mandato de que yo debía abandonar por completo la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil y de que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y de que yo no debía sostener, defender o enseñar de ninguna manera, verbalmente o por escrito, dicha falsa doctrina, y que después de habérseme notificado que dicha doctrina era contraria a las Sagradas Escrituras, escribí e imprimí un libro en el cual discuto esta nueva doctrina ya condenada, y presento argumentos grandemente convincentes en su favor, sin presentar ninguna solución de ellos, he sido declarado por el Santo Oficio como vehementemente sospechoso de herejía, es decir, por haber sostenido y creído que el Sol era el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no era el centro y que se movía. Por lo tanto, deseando quitar de las mentes de sus Eminencias y de todos los fieles cristianos la vehemente sospecha justamente concebida contra mí, con sincero corazón y no fingida fe, yo abjuro, maldigo y detesto los antedichos errores y herejías y, en general, todo otro error, herejía y secta que sea en absoluto contraria a la Santa Iglesia, y juro que en el futuro nunca más diré o afirmaré, verbalmente o por escrito, nada que pudiera dar ocasión a una sospecha similar con respecto a mí. Pero, si llegara a conocer a cualquier hereje o persona sospechosa de herejía, lo denunciaré ante este Santo Oficio o ante el Inquisidor y Ordinario del lugar donde yo pudiera estar. Más aún, juro y prometo cumplir y observar en toda su integridad todas las penitencias que me han sido o que me serán impuestas por este Santo Oficio. Y, en el caso de que contraviniera (¡que Dios no lo permita!) cualquiera de estas mis promesas y juramentos, me someto a todas las penas y penitencias impuestas y promulgadas en los cánones sagrados y en otras constituciones, generales y en particular contra tales delincuentes. Que así me ayuden Dios y estos Santos Evangelios que toco con mis manos. Yo, el antedicho Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y obligado a mí mismo según dicho anteriormente, y en testimonio de su veracidad he suscrito con mis propias manos el presente documento de mi abjuración y lo he recitado palabra por palabra, en Roma, en el convento de Minerva, este día 22 de junio de 1633.

Tras esa pública retractación, le es conmutada la prisión perpetua por el arresto domiciliario. El 8 de enero de 1642 muere en su casa cerca del mar.

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Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. A. CAMUS, El Mito de Sísifo

J. Sustermans, Galileo, 1636

ANDREA: ¿Y por qué se retractó? GALILEO: Porque temía el dolor corporal. (…) ANDREA: ¡El miedo a la muerte es humano! GALILEO: ¡No! (…) El único fin de la ciencia debe ser aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los hombres de ciencia, atemorizados por los déspotas se conforman solamente con acumular el saber por el saber mismo, se corre el peligro de que la ciencia sea mutilada y de que sus máquinas sólo signifiquen nuevas calamidades. Así vayan descubriendo con el tiempo todo lo que hay que descubrir, su progreso sólo será un alejamiento progresivo para la humanidad. Yo, como hombre de ciencia, tuve una oportunidad excepcional: en mi época la astronomía llegó a los mercados, a las plazas. Bajo esas circunstancias únicas, la firmeza de un hombre hubiera provocado grandes conmociones. Yo, tenía que haber resistido (…) Además, estoy convencido de que nunca estuve en grave peligro. Durante años fui tan fuerte como la autoridad. Y entregué mi saber para que lo utilizaran, para que abusaran de él, es decir para que le dieran el uso que más sirviera a sus fines. Yo traicioné a mi profesión. Un hombre que hace lo que yo hice no puede ser tolerado en las filas de las ciencias… B. BRECHT, Galileo Galilei

¿Y después? Eppur si muove (Sin embargo se mueve) Dicen que dijo (pero vaya usted a saber si es cierto)

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IV. ACEPTACIÓN DEL DESTINO El filósofo cordobés del siglo I de nuestra era, SÉNECA, puede ofrecer buenos ejemplos. Aquí damos unas referencias contenidas en sus cartas. Carta 4 Del miedo a la muerte Carta 12 Ventajas de la vejez y la libre aceptación de la muerte Carta 24 Del desprecio a la muerte Carta 26 Alabanzas a la vejez Carta 30 Cómo debe esperarse la muerte Carta 54 Atacado de asma, hace consideraciones sobre la muerte Carta 57 Existen debilidades naturales que la razón no sobré vencer Carta 61 Es más necesario hacer preparativos para la muerte que provisiones para la vida Carta 63 No debe llorarse eternamente al amigo que ha muerto Carta 69 Los vicios hacen promesas. La muerte, objeto de meditación Carta 70 Es una ventaja no vivir, sino vivir bien. Del suicidio. Carta 77 Nadie quiere morir. Ha de considerarse no la duración, sino el fin de la vida Carta 78 El desprecio de la muerte es un remedio para todos los males Carta 99 Reproches y consuelos a un amigo que pierde a un hijo de corta edad Carta 102 De la inmortalidad del alma Y la referencia de TÁCITO, Anales, libro XV Tras esto mandó matar Nerón a Plautio Laterano, cónsul electo; tanta prisa hubo que no dieron tiempo al reo para abrazar a sus hijos ni aun para elegir la muerte. Le llevaron al lugar en que ejecutaban a los esclavos y allí fue muerto por el Tribuno Estacio; conservó hasta el último momento la constancia en no hablar y no reprochó al tribuno su complicidad en la misma conspiración. Siguió después la muerte de Séneca, con gran júbilo por parte del príncipe, no porque estuviese seguro de su participación en la conjura, sino para terminar por medio de la fuerza lo que no pudo hacer el veneno. Solamente Natal había nombrado a Séneca, diciendo que estando éste enfermo había ido a visitarle y a quejarse de que se le negase la entrada a Pisón; mejor era que los dos se encontrasen en la intimidad y cultivasen su amistad. Séneca respondió que “esas conversaciones no convenían a ningunos de los dos, pues, por lo demás, su propia salvación dependía de la de Pisón”. Gavío Silvano, tribuno de una cohorte pretoriana, recibió la orden de transmitir esto a Séneca y de preguntarle si reconocía las palabras de Natal y su propia respuesta. Séneca, por casualidad, o tal vez de intento, había regresado aquel día de Campania y se detuvo a cuatro millas de Roma en una de esas casas de campo. Allí llegó el tribuno al caer la tarde y rodeo la casa con un pelotón de soldados. Séneca cenaba en compañía de su esposa, Pompeya Paulina, y de dos amigos, cuando el tribuno le comunicó el mensaje del emperador.

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Séneca respondió que “Natal había venido a quejarse de parte de Pisón porque no le permitía visitarle; él se había excusado por su estado de salud y por el deseo que tenía de descansar; no tenía motivos para anteponer la salvación de un simple particular a la suya propia, tampoco tenía carácter inclinado a las adulaciones y esto mejor que nadie lo sabía Nerón, pues más veces había experimentado la libertad de Séneca que su servilismo”. Cuando el tribuno refirió esto a Nerón, en presencia de Popea y de Tigelino, consejeros íntimos de las crueldades del príncipe, éste preguntó si Séneca se preparaba a morir voluntariamente. Entonces el tribuno respondió que no había observado en él ningún signo de temor, ninguna señal de tristeza aparecía en sus palabras ni en su semblante. Nerón mandó volver al tribuno y comunicar a Séneca su sentencia de muerte. Cuenta Fabio Rústico que no volvió por el camino por donde había venido, sino que dio un rodeo y pasó por casa del prefecto Fenio, a quien preguntó, después de dar a conocer la obra del emperador, si debía obedecer. Fenio, con la funesta cobardía de todos, le respondió que debía cumplir la voluntad del príncipe. El tribuno Silvano era también uno de los conjurados y acrecentaba el número de los crímenes en cuya venganza había consentido. Sin embargo, tuvo el pudor de no dirigirse directamente a Séneca y de no contemplar su muerte. Mandó entrar a un centurión para que le notificase que debía morir. Sin dejarse turbar, pide Séneca su testamento y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”. Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria.” Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento

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abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas. Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella. Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo habían prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos. Darse la muerte o recibirla, acabar un poco después o un poco antes, ha de ser para él enteramente lo mismo; no hay en eso nada que pueda espantarle. ¿Qué importa perder lo que se nos va escapando gota a gota? Morir más pronto o más tarde es cosa indiferente; lo importante es morir bien o mal. Y ¿qué es morir bien? Sustraerse al peligro de vivir mal. SÉNECA, Carta a Lucilio V. MORIR POR AMOR: En el mito, la pérdida de la persona amada ocasiona la muerte de Hero, tras la pérdida de su amado Leandro, de Tisbe, tras creer que ha muerto Píramo, etc. Históricamente tenemos el caso de Antínoo. Parece ser que la amenaza de una desgracia planeaba sobre el emperador Adriano. Antínoo, su joven preferido, se sacrificó para conjurarla. VI. LUCHA CONTRA LA MUERTE: La rebelión contra el destino se halla en los mitos de Orfeo y Eurídice y en el rescate de Alcestis por parte de Hércules. Una muestra de destino ineluctable: Hero y Leandro. Todo se oponía a la unión de Hero y Leandro, pero los dos amantes vencieron todos los obstáculos, salvo el único realmente inevitable: la muerte.

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VII. INDIFERENCIA ANTE LA MUERTE: además de corrientes filosóficas como el epicureísmo, que preconiza la ausencia de temor ante la muerte, ciertas actitudes vitales con una dedicación excesiva a una idea un proyecto hacen que se desprecie el riesgo, como le ocurrió a Arquímedes.
Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehúye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca para remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehúye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer.

EPICURO, Carta a Meneceo Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida” B. SPINOZA

Pero también el RECHAZO de la vida: Recordemos las palabras de Nietzsche sobre Sócrates: "¿De dónde procede esa enfermedad que aparece en la más bella planta de la Antigüedad, en Platón? ¿es que la corrompió el malvado Sócrates?, ¿habría sido Sócrates, por tanto, el corruptor de la juventud?, ¿y habría merecido su cicuta? " F. NIETZSCHE, Más allá del bien y del mal, Prólogo. Porque resuenan sin cesar las últimas palabras del ateniense: "Critón, debemos un gallo a Asclepio, pagad la deuda y no la paséis por alto."

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Sobre la vida, los más sabios han pronunciado siempre el mismo juicio: "No vale nada." Siempre y sobre todas las cosas, se ha oído en sus labios ese mismo eco lleno de duda, melancolía y cansancio, lleno de resistencia contra la vida: "Vivir significa estar enfermo por una temporada; le debo un gallo a Esculapio por mi curación." El mismo Sócrates, un cansado de vivir. ¿Qué se demuestra con esto? En otro tiempo se dijo (sí, se dijo, y bastante fuerte, y antes que nuestros pesimistas): "Aquí en todo caso debe haber algo de verdad." ¿Hemos de decir nosotros lo mismo? ¿Tenemos derecho a decirlo? ¿El consensus sapientium demuestra la verdad? "Aquí, en todo caso, debe haber algo enfermizo." Nosotros respondemos: a estos sapientísimos de todos los tiempos habría que verlos, ante todo, de cerca. ¿Acaso no estaban ellos bien firmes sobre sus piernas? ¿O eran tardos? ¿O temblones? ¿O decadentes? ¿Acaso la sabiduría en la tierra no se parece a un cuervo a quien le entusiasma un poco de olor a carroña? (…) ¿Llegó a entender esto el más inteligente de cuantos se han engañado a sí mismos? ¿Acabó diciéndose esto, en medio de la sabiduría de su valiente enfrentamiento con la muerte? Y es que Sócrates quería morir. No fue Atenas quien le entregó la copa de veneno; fue él quien la tomó obligando a Atenas a dársela… «Sócrates no es un médico —se dijo a sí mismo en voz baja—; aquí no hay más médico que la muerte… Sócrates no ha hecho más que estar enfermo durante mucho tiempo…» F. NIETZSCHE, El crepúsculo de los ídolos

Y en otro orden de cosas, tremenda, monumental declaración, el testamento del que espera, desea terminar para siempre: No a la transmigración en otra especie. No a la post vida, ni en cielo ni en infierno. No a que me absorba cualquier divinidad. No a un más allá, ni aun siendo el paraíso reservado a islamitas, con beldades que un libro garantiza siempre vírgenes. Porque esos son los juegos para ingenuos en que mi agnosticismo nunca apuesta. Mi envite es al no ser. A lo seguro. Rechaza otro existir, tras consumida mi ración de este guiso indigerible. Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.

J.M. FONOLLOSA

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REFLEXIONES ANTE LA MUERTE
LA MUERTE DE SÓCRATES
Todo empezó con David, Jacques-Louis David, y su monumental muerte de Sócrates:

Estamos en el año 399 antes de Cristo. Con la restauración del régimen democrático, Atenas se recupera lentamente del gobierno de los treinta tiranos. Es una época difícil, enardecida, tormentosa. Dos años antes se había reprimido un intento de restaurar el régimen oligárquico. Las sospechas se extienden por doquier; los enemigos, reales o imaginarios, aparecen, acechantes, en cualquier sitio... Y algunos ciudadanos han encontrado el momento propicio para saldar algunas deudas pendientes con aquel que es llamado filósofo y sabio y maestro y que pasa sus días paseando y dialogando por el ágora y el foro; aquel que, aún sin participar en política, contaba entre sus discípulos con

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otros que sí lo hicieron y que no dejaron ningún buen recuerdo sino todo lo contrario; aquel que, como buen tábano, pica y no deja un momento de reposo ni comodidad; aquel que, por encima de las opiniones comunes y tópicas, prefiere y pretende el examen y la crítica racionales. Sócrates es denunciado y procesado. Como acusadores se presentan tres honorables ciudadanos atenienses: Meleto, un joven autor trágico; Anito, un curtidor que destacaba como político demócrata, y Licón, profesor de jóvenes atenienses. El juicio comienza con el discurso de los acusadores y la formulación de la acusación:

Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pithos, contra Sócrates hijo de Sofronisco, de Alópece. Delinque Sócrates por no creer en los dioses en quienes la ciudad cree y además por introducir nuevos demonios; finalmente delinque también corrompiendo a los jóvenes. Pena de muerte.’

La petición de la pena no admite ambigüedades: piden para el acusado, para Sócrates, la pena capital, la pena de muerte.Y, ahora, como manda el proceder jurídico, tiene la palabra el acusado. No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero. De las muchas mentiras que han urdido, una me causó especial extrañeza, aquella en la que decían que teníais que precaveros de ser engañados por mi porque, dicen ellos, soy hábil para hablar. En efecto, si eso es lo que dicen, yo estaría de acuerdo en que soy orador, pero no al modo de ellos. Como digo, éstos han dicho poco o nada verdadero. Ciertamente atenienses, es justo que yo me defienda frente a las acusaciones falsas. Desde antiguo y durante ya muchos años, han surgido ante vosotros muchos acusadores míos, sin decir verdad alguna; desde niños os persuadían y me acusaban mentirosamente, diciendo que hay un cierto Sócrates, sabio, que se ocupa de las cosas celestes, que investiga todo lo que hay bajo la tierra y que hace fuerte el argumento más débil. Éstos, atenienses, los que han extendido esta fama, son los temibles acusadores míos, pues los oyentes consideran que los que investigan eso no creen en los dioses. En efecto, estos acusadores son muchos y me han acusado durante ya muchos años, y además hablaban ante vosotros en la edad en la que más podíais darles crédito, porque algunos de vosotros erais niños o jóvenes y porque acusaban sin defensor presente. Quizás alguno de vosotros objetaría: ‘Pero Sócrates, ¿cuál es tu situación, de dónde han nacido esas tergiversaciones? Pues, sin duda, no ocupándote tú en

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cosa más notable que los demás, no hubiera surgido seguidamente tal fama y renombre, de no ser que hicieras algo distinto de lo que hace la mayoría. Dinos, pues, qué es ello, a fin de que nosotros no juzguemos a la ligera’. Pienso que el que hable así dice palabras justas y yo voy a intentar dar a conocer qué es realmente lo que me ha hecho este renombre y esta fama. Oíd pues. Tal vez va a parecer a alguno de vosotros que bromeo. Sin embargo, sabed bien que os voy a decir toda la verdad. Atenienses, no protestéis ni aunque parezca que digo algo presuntuoso; las palabras que voy a decir no son mías, sino que voy a remitir al que las dijo, digno de crédito para vosotros. De mi sabiduría, si hay alguna y cuál es, os voy a presentar como testigo al dios que está en Delfos. En efecto, conocíais sin duda a Querofonte. Éste era amigo mío desde la juventud; ya sabéis cómo era, tan vehemente en todo lo que emprendía. Pues bien, una vez fue a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al oráculo esto, preguntó si había alguien más sabio que yo. El oráculo le respondió que nadie era más sabio, acerca de esto os dará testimonio aquí este hermano suyo, puesto que él ha muerto. Pensad por qué digo estas cosas; voy a mostraros de dónde ha salido esta falsa opinión sobre mí. Así pues, tras oír yo estas palabras, reflexionaba así: ‘¿Qué dice realmente el dios y qué indica en ese enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni mucho ni poco. ¿Qué es lo que realmente dice al afirmar que soy muy sabio? Sin duda, no miente pues no le es lícito’. Y durante mucho tiempo estuve yo confuso sobre lo que en verdad quería decir. Más tarde me incliné a una investigación sobre las palabras del oráculo. Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios, con la idea de que refutaría allí el vaticinio y demostraría al oráculo: ‘Éste es más sabio que yo y tú decías que lo era yo’. Ahora bien, al examinar a éste – pues no necesito citarlo por su nombre, era un político aquel con el que estuve indagando y dialogando- experimenté lo siguiente, atenienses: me pareció que otras muchas personas creían que ese hombre era sabio, y, especialmente, lo creía él mismo pero que no lo era. A continuación intentaba yo demostrarle que él creía ser sabio pero que no lo era. A consecuencia de ello, me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes. Al retirarme de allí razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. ‘Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, peor este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece pues, que al menos soy más sabio que él, en que lo que no sé tampoco creo saberlo’. A continuación, me encaminé hacia otro de los que parecían ser más sabios que aquél y saqué la misma impresión, y también allí me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes. Lo que yo decía antes, a saber, que se ha producido gran enemistad hacia mí por parte de muchos; sabed bien que es verdad. Y es esto lo que me va a condenar si se me condena, la calumnia y envidia de muchos. Es lo que ya ha condenado a muchos hombres buenos y los seguirá condenando. No hay que esperar que se detenga en mí.

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Quizás alguien diga: ‘¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?’ A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: ‘No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o de morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno’. ¿Cómo no va a ser la más reprochable ignorancia la de creer saber lo que no se sabe? Yo, atenienses, también quizá me diferencio en esto de la mayor parte de los hombres, y, por consiguiente, si dijera que soy más sabio que alguien en algo, sería en esto, en que no sabiendo sobre algo también reconozco el no saberlo. Pero sí sé que es malo y vergonzoso cometer injusticia y desobedecer al que es mejor, sea dios u hombre. En comparación con los males que sé que son males, jamás temeré ni evitaré lo que no sé si es incluso un bien. Ahora, atenienses, no trato de hacer defensa en mi favor, como alguien pudiera creer, sino en el vuestro, no sea que al condenarme cometáis un error. Si me condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente a otro semejante colocado en la ciudad y del mismo modo que un caballo grande y noble pero un poco lento por su tamaño necesita ser aguijoneado por una especie de tábano, yo creo que el dios me ha colocado junto a la ciudad para una función semejante, y como tal, despertándoos, persuadiéndoos y reprochándoos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas las partes. No llegaréis a tener fácilmente otro semejante, atenienses, y si me hacéis caso, me dejaréis vivir. Pero, quizás, irritados, como los que son despertados cuando cabecean somnolientos, dando un manotazo me condenaréis a muerte a la ligera. Después, pasaréis el resto de la vida durmiendo, a no ser que el dios, cuidándose de vosotros, os enviara otro. Comprenderéis, por lo que sigue, que yo soy precisamente el hombre adecuado para ser ofrecido por el dios a la ciudad. La democracia ateniense no cuenta con una clase especial de juristas ni de jueces. Los tribunales estaban formados por ciudadanos que eran elegidos por sorteo. Del censo de ciudadanos, se elegían 501 y éstos actuaban como jueces. Una vez terminado el primer discurso de defensa del acusado, se producía la primera votación entre los jueces.281 votan contra Sócrates; 220 lo han considerado inocente. Ahora, el acusado tiene una segunda oportunidad. Para evitar la condena a muerte puede proponer una pena, un castigo alternativo. (PUEDES SEGUIR ESTE DOCUMENTO EN EL BLOG NÁUFRAGOS DEL RÍO JÚCAR,EN EL ENLACE:
http://filosofiariojucar.blogspot.com.es/2011/10/las-otras-muertes-desocrates.html )

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CATULO
Catulo invita a Lesbia a vivir y a sentir con él el amor sin complejos, ya que la vida es muy corta.

Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos! Y démosles el valor de un as A los rumores de los ancianos severos. Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer; Pero, una vez que nuestra breve luz se apague, Sólo nos quedará una noche eterna Que habremos de dormir. Dame mil besos, y después cien, Y después otros mil y otros segundos cien, luego hasta llegar a mil más, y después cien. Finalmente, cuando llevemos tantos miles, Los dejaremos en el olvido, para no recordarlos, Y para que nadie sienta envidia Al saber que entre nosotros hubo tantos besos.

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus, Rumoresque senum severiorum Omnes unius aestimemus assis. Soles occidere et redire possunt; Nobis cum semel occidit brevis lux, Nox est perpetua una dormienda. Da mi basia mille, deinde centum, Dein mille altera, dein secunda centum, Deinde usque altera mille, deinde centum. Dein, cum milia multa fecerimus, Conturbabimus illa, ne sciamus Aut ne quis malus invidere possit, Cum tantum sciat esse bassiorum

HORACIO
Epicuro como era, el poeta latino Horacio desconfiaba del futro y del más allá.
POEMA IX. Carminum I, 11 («Carpe diem») No pretendas saber, pues no está permitido, el fin que a mí y a ti, Leucónoe, nos tienen asignados los dioses, ni consultes los números Babilónicos. Mejor será aceptar lo que venga, ya sean muchos los inviernos que Júpiter te conceda, o sea éste el último, el que ahora hace que el mar Tirreno rompa contra los opuestos cantiles. No seas loca, filtra tus vinos y adapta al breve espacio de tu vida una esperanza larga. Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy. Captúralo. No fíes del incierto mañana.

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EL EMPERADOR ADRIANO ANTE SU MUERTE
He aquí los versos que el gran Adriano compuso antes de morir la tarde del 10 de julio de 138, la obra más exquisita según Indro Montanelli, y la traducción de Marguerite Yourcenar: Animula vagula blandula, hospes comesque corporis, quae nunc abibis in loca pallidula rigida nudula nec, ut soles, dabis iocos! Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño.

PABLO VI
Reflexiones del Papa Pablo VI ante su propia muerte. Tempus resolutionis meae instat (Es ya inminente el tiempo de mi partida, 2Tim 4,6). Certus quod velox est depositio tabernaculi mei (Seguro de que pronto será depuesta mi tienda, 2Pe 1,14). Finis venit, venit finis (Llega el fin, es el fin, Ez 7,2). Se impone esta consideración obvia sobre la caducidad de la vida temporal y sobre el acercamiento inevitable y cada vez más próximo de su fin. No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está para realizarse en mi ser, ante lo que se avecina. Veo que la consideración predominante se hace sumamente personal: yo, ¿quién soy?, ¿qué queda de mí?, ¿adónde voy?, y por eso sumamente moral: ¿qué debo hacer?, ¿cuáles son mis responsabilidades?; y veo también que respecto a la vida presente es vano tener esperanzas: respecto a ella se tienen deberes y expectativas funcionales y momentáneas; las esperanzas son para el más allá. Y veo que esta consideración suprema no puede desarrollarse en un monólogo subjetivo, en el acostumbrado drama humano que, al aumentar la luz, hace crecer la oscuridad del destino humano; debe desarrollarse en diálogo con la Realidad divina, de donde vengo y adonde ciertamente voy: conforme a la lámpara que Cristo nos pone en la mano para el gran paso. Creo, Señor. Llega la hora. Desde hace algún tiempo tengo el presentimiento de ello.

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CUADROS VIVIENTES ANTE LA MUERTE
La muerte consecuente: Sócrates Sócrates se enfrentó a su condena asumiendo su deber cívico de respetar a las leyes, mostrando confianza y calma ante el hecho de la muerte.

El destino ineluctable: Hero y Leandro Todo se oponía a la unión de Hero y Leandro, pero los dos amantes vencieron todos los obstáculos, salvo el único realmente inevitable: la muerte.

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El sacrificio por la patria y el deber: Leónidas La obligación cívica llevó a Leónidas a liderar un sacrificio colectivo muriendo en las Termópilas por la libertad de todos los griegos.

Compromiso ético ante la muerte: Antígona Antígona asumió la obligación moral de dar sepultura a su hermano Polinices, aunque eso le acarreara a ella misma una condena a muerte.

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Más vale morir con dignidad que vivir indigna: Lucrecia Ante la cobardía de quienes la rodean y temen enfrentarse a una tiranía que no respeta la intimidad de las personas, Lucrecia elige el suicidio.

La muerte de un símbolo: Viriato. La muerte a traición de Viriato, por parte de sus propios hombres, apagó la llama de una rebelión.

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Antes la muerte que la esclavitud Esta imagen, copia romana de un original helenístico del s. III a. C, también perteneció al conjunto escultórico erigido en Pérgamo como exvoto para conmemorar la victoria de Átalo sobre los invasores gálatas. Destaquemos en la imagen el dramatismo de la escena en la que el guerrero gálata da muerte a su esposa y se suicida antes de ser hecho prisionero y esclavo. Para el escultor los bárbaros son, ante todo, hombres, y su sentido del honor merece respeto incluso en la derrota. Sonreímos ante la muerte: Sepulcro etrusco. Estos esposos etruscos se enfrentan juntos a la realidad de una muerte oscura y temida, con la esperanza de disfrutar más allá del amor y de los banquetes.

César se enfrentó trágicamente a una muerte anunciada, el día de los idus de marzo.

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Morir por amor: Antínoo. La amenaza de una desgracia planeaba sobre el emperador Adriano. Antínoo, su joven preferido, se sacrificó para conjurarla.

Morir por despiste: Arquímedes El sabio estaba tan absorto en los cálculos que no prestaba atención al hecho de que su ciudad estuviese siendo invadida. Su desprecio por lo que le rodeaba le causó la muerte.

Así es el tránsito al más allá: Hermes Psicopompo Hermes, el conductor de las almas, las guía hasta la orillas del Aqueronte, donde esperan angustiadas y confusas la llegada de Caronte.

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