Colegio Santa Caterina da Siena – Lambaré Escuela de Padres 2013 4º Encuentro: “¿Cómo podemos hacer crecer “bien” a nuestros

hijos?”
Giovanna Tagliabue

¿Cuántas veces durante este mes nos hemos detenido y verificado cómo estamos viviendo? , ¿Dónde se está yendo el rumbo de nuestra vida? Nos encontramos ante tiempos difíciles y no solo a nivel sociopolítico, por lo que es completamente necesario que la persona viva más plena y responsablemente su autoconciencia. Una hegemonía cultural y social tiende a penetrar en nuestro corazón, agravando nuestras ya habituales incertidumbres”. Es decir, el poder no quiere solamente quitarnos el “poder”, quiere quitarnos el alma, ¡nos quiere a nosotros! Y la cuestión es que puede lograrlo. ¿Cómo incide en nosotros esta hegemonía cultural? Si no nos damos cuenta de esto, estamos acabados. El desafío es encontrar personas que no han renunciado al deseo de felicidad, al deseo de ser sí mismo. ¿Cómo podemos hacer crecer “bien” a nuestros hijos? Nuestros hijos crecen. Su deseo es volverse grandes. ¿Cómo podemos hacerlos crecer bien? El crecimiento no es el éxito inevitable y necesario de una acción que nosotros podemos cumplir en relación con el chico. Es algo que tiene autonomía propia, es algo que “acontece”. Que lo queramos o no, nuestros hijos crecen también sin nosotros: no somos nosotros a dar potencia a sus músculos o a expandir su cerebro y su corazón. Cierto, nosotros debemos favorecer su crecimiento. En la casa y en la escuela con el crecimiento de los muchachos debemos hacer las cuentas. Por eso, el “crecimiento” es también el criterio con el cual juzgar o verificar la bondad de nuestra acción educativa. Debemos continuamente preguntarnos si están creciendo bien. El chico, justamente porque últimamente no depende de ti, de la familia y tanto menos de la escuela, sino que tiene una identidad personal que siempre reivindica, plantea a quien está cerca interrogantes constantes y obliga a una verificación permanente. Y tú estás obligado a dar razón de tus elecciones, eres solicitado a corregir o cambiar las modalidades. Hacer crecer a los hijos es la ocasión que tenemos para crecer nosotros. Si nosotros no crecemos, no crecen tampoco nuestros hijos. De hecho, un chico aprende a vivir mirando a otro que vive. Un amigo maestro contaba:

“Un domingo a la tarde estaba corrigiendo los temas de italiano, absorto en mi trabajo. Tenía a mi hijo Stefano, que tenía 5 o 6 años. Bien: me acuerdo que aquel día levanto la cabeza y, al lado de la mesa - es una mesa bastante grande -, me cruzo con los ojos de mi hijo. Tenía una altura que apenas alcanzaba la mesa, le veía sólo los ojos: me quedé impresionadísimo por aquellos ojos. Mi hijo se había puesto a lado mío y me observaba un poco de lejos y un poco curioso, en silencio, sin tener necesidad de algo particular, es decir no había venido porque tenía necesidad de comer, vestirse, jugar o de algo, pero observaba a su papá haciendo su trabajo. En aquella mirada así silenciosa me pareció
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entender esto – este hecho me ha traspasado, fue como un rayo que te atraviesa el cerebro –en aquella mirada me pareció escuchar, aunque no expresado con palabras un pedido terrible: era como si mi hijo, mirándome así, me dijera: “Papá, asegúrame que valió la pena venir al mundo. ¡Basta! ¡Te pido sólo eso!”
Nuestros hijos nos piden hacerles ver que la realidad en la cual los tenemos metidos es bella. Y cuando hablan de “realidad” entienden la cosa más simple: las personas con las que convivimos; la naturaleza en la cual habitamos; la experiencia cotidiana que hacemos [el trabajo, el amor, la enfermedad…]. Nos preguntan acerca del sentido de todas las cosas con las que se encuentran. A este pedido de sentido nosotros debemos responder. Si un padre o un educador, no tienen una respuesta, de la cual estén ciertos, si “no saben más qué decir” y cómo hacer, pierden toda autoridad, y sin autoridad no se puede educar. No podemos contentarnos con transmitir informaciones y reglas de vida para que no se haga el mal. No podemos permitirnos no dar razones serias sobre el porqué se vive bien; no podemos no dar razones para no odiarse y tolerarnos, porque amarse y convivir. La primera hipótesis explicativa de la realidad es aquella que el chico ve en acto en los propios padres (después en la escuela, con los amigos, etc.), es decir el modo con el que ellos se dejan impactar por la realidad, el modo con el cual se relacionan con la realidad. Un modo muy simple para contrastar el quieto vivir de quien evita dar juicios escondiéndose detrás del consabido “cada uno es libre de hacer lo que quiere” es el proponer: “si haces así después estarás contento”; “hay un bien para tu vida: esto tiene que ver contigo”. Las relaciones educativas nacen en respuesta a la pregunta que cada uno, explícita o implícitamente, dirige a quien encuentra: “no me dejes como soy”, hazme caminar hacia mí bien. Aceptar involucrarse en esta pregunta es preocuparse del crecimiento de la persona. ¿Cómo educar a los propios hijos a descubrir el significado de la realidad, a reconocer que todo aquello que encuentran tiene un sentido? Es necesario acostumbrarlos a pedir, a preguntar continuamente porqué. Y responder a ellos siempre, a partir de las propias convicciones. La falta de una respuesta o decir “lo descubrirás cuando seas más grande” genera duda, incertidumbre. El chico no aceptará vivir en la duda y entonces aceptará por buenas las respuestas que le lleguen de los amigos o de los medios de comunicación, de la mentalidad dominante. Enseñar a preguntar forma parte del camino de la certeza. Responder significa decirles que existe una respuesta, que existe un significado y que se puede conocer, tanto es cierto que nosotros lo hemos encontrado. Le corresponderá a él verificar, con el tiempo, si nuestra respuesta lo convence, si es correspondiente a los deseos de su corazón, si nuestra respuesta para él “es mejor” que otra. Verificar si aquello que nosotros decimos es verdadero, puede ser verdadero también para él, es un camino absolutamente necesario y personal. Nosotros no podemos sustituirnos a él. El riesgo que pueda dar respuestas diferentes de las nuestras forma parte del riesgo del educar, al cual nosotros no podemos sustraernos.

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Los hijos quieren hacer por sí solos, pero no siempre aquello que hacen está bien: ¿cómo actuar? El deseo de hacer por sí solos puede ser comprensible, pero no se debe confundir la autonomía con la independencia; autonomía es el tentar de moverse con las propias piernas sobre algunos aspectos de la vida cotidiana, también en referencia al trabajo escolástico. La independencia es lo contrario de la dependencia. La dependencia es la experiencia fundamental de lo humano. La experiencia enseña que aquel que no sabe depender, tampoco sabe ser autónomo. Y el lugar en el cual se aprende a depender es justamente la familia. La familia educa la interdependencia. Es el primer laboratorio donde las personas se dan cuenta de que no se bastan a sí mismas, que están vinculadas a los otros, que su sentido y su misma existencia depende de los otros. Es decir, se aprende que Otro nos ha hecho y se ha hecho cargo de nosotros, incluso si no lo merecemos, justo en el momento en el cual no habíamos hecho nada para merecerlo. La familia es el lugar donde se experimentan los lazos entre las personas y tal experiencia permite después entrar en la sociedad sabiéndose relacionar, mirando a los otros en términos positivos con la expectativa de tener nuevos lazos “buenos”. El primer nexo del que el hijo aprende es el que une al padre con la diversidad de la madre, a la madre con la diversidad que es él, a él con el otro, representado por los hermanos. Los hijos nos miran y a veces incluso nuestro simple actuar puede bastar, puede ser para ellos respuesta a sus preguntas; no siempre sirve hacer otra cosa. ¿Cómo enseñarles a apreciar lo que tienen? Quieren cada vez más... Es necesario hacerles ver que en la búsqueda continua de la felicidad, se debe partir de lo positivo presente y no por aquello que falta. Y como siempre, esto lo aprenden gracias a nosotros. Si nosotros no estamos contentos con lo que tenemos, si nuestra vida está orientada de modo a tener cada vez más, pensarán que la felicidad consiste en tener cada vez más. O peor, si no estamos contentos con lo que somos, si las relaciones que tenemos en la familia, con los amigos, si nuestro trabajo no nos vuelve contentos, si respiran nuestra insatisfacción, también ellos se mostrarán insatisfechos y estarán llenos de continuas exigencias. Esto no significa que no debamos buscar mejorar nuestra vida y la de ellos, pero es necesario hacerlo justamente a partir del agradecimiento por aquello que ya tenemos, que en mayor medida nos ha sido dado, comenzando por la vida, y en parte lo hemos conquistado con fatiga. Nosotros entregamos a nuestros hijos todo aquello que poseemos, que representa el equipaje con el cual iniciarán su camino y que más adelante enriquecerán con sus experiencias personales. ¿Qué salva a los padres del terrible chantaje de tener que ser “perfectos”? Es necesario estar dentro de una experiencia en la cual podamos ser continuamente liberados y corregidos. El padre vive sus elecciones dentro de una compañía concreta (mujer, marido, amigos, comunidad...) que participa amigablemente en el destino del chico. La otra opción es la soledad que proviene de la convicción de que no hay nadie más grande del que podamos aprender. 3

Y además es necesario recordar que la genialidad educativa de la familia se revela en la elección de los colaboradores que asume en la obra de educación de los hijos. En este caso la escuela donde frecuentan nuestros hijos asume gran importancia, que debe ser fruto de una elección consciente, nunca debe ser sólo una cuestión de comodidad o de conveniencia inmediata. Generar y educar es un desafío.

“Generar y educar: es un desafío porque ni el acto de generar ni el acto del educar puede ser realizado si no se afirma la positividad de la realidad, si no se ama apasionadamente esta positividad. «Dios vio cuanto había hecho, y vio que era cosa muy buena» [Gen 1,31]. Es la mirada y el juicio de Dios sobre la realidad creada por Él. Ser padres: hoy es un desafío porque significa mirar la realidad como Dios la ha mirado y como Dios la ha juzgado: «y vio que era buena» .¿Porqué los esposos pueden asumir el desafío de la vida? ¿Porqué pueden decir su Amén sobre la positividad de la realidad? Porque la vida del hombre está fundada sobre un acontecimiento con el que ha aparecido en este mundo la Vida eterna. Jesús es el único Evangelio de la vida: no existe al final ninguna otra razón para afrontar este desafío. En Cristo «la vida se ha hecho visible» [1Gv 1,2]; más bien Él mismo es «la vida eterna, que estaba con el Padre y se hizo visible a nosotros» [ib.].”
(Caffarra, Obispo de Boloña) Asumir este desafío significa aprender a mirar a nuestros hijos con la mirada de Dios.

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