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INTERVENCIÓN DE OLIVIER BESANCENOT (FRANCIA) EN EL FESTIVAL

MUNDIAL DE LA DIGNA RABIA.

Fotografía tomada de: www.gala.fr/

Estudió Historia en la Universidad de Paris X: Nanterre y continuó sus estudios en la


Universidad de Paris VI: Pierre et Marie Curie, especializándose en la rama de Historia
Contemporánea. Desde 1997 trabaja como cartero en la localidad de Neuilly-sur-Seine,
la misma ciudad de la que Nicolas Sarkozy fue alcalde durante varios años.

Su carrera política, dentro de la izquierda empezó cuando era muy joven. Se


afilió a la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR) (Jeunesses communistes
révolutionnaires) en 1988, cuando sólo tenía 14 años. Cuando se encontraba
estudiando Historia fundó una delegación local del sindicato Confederación General del
Trabajo [Confédération générale du travail] en el supermercado donde estaba
trabajando. En 1991 se afilió a la LCR. Desde 1997 es miembro del sindicato Sud-PTT.
Dejó su trabajo como cartero entre 1999 y 2000 para servir como adjunto
parlamentario de Alain Krivine en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. En 2001 y
2002 participó en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, Brasil.

Su figura adquirió relieve nacional al presentarse a las elecciones presidenciales


de 2002. Con 28 años fue el candidato más joven en la historia de la República.
Obtuvo más de un millón de votos que totalizaron el 4,25% del total nacional. Entre los
menores de 25 años obtuvo el 13,9% de los votos superando en esa franja de edad a
Lionel Jospin y a Jean Marie Le Pen.

Para las elecciones presidenciales de 2007 volvió a presentarse bajo el eslogan


Nos vies valent plus que leurs profit ("Nuestras vidas valen más que sus beneficios")
Durante la campaña defendió la redistribución de la riqueza, el incremento del salario
mínimo y nuevos impuestos sobre el capital especulativo. Obtuvo el 4,08% de la
votación -casi millón y medio de votos- convirtiéndose en el candidato más votado de
la izquierda antineoliberal.

Ha publicado obras como: Tout est à nous (2002), y Révolution (100 mots pour
changer le monde, 2003).

http://es.wikipedia.org/wiki/Olivier_Besancenot

Para hablar de la otra historia y de la otra política, creo que es importante pensar que
la otra historia ya comenzó. El siglo pasado, que se abrió con la revolución rusa de
1917, se ha definitivamente cerrado en 1989, con la caída del muro de Berlín. A partir
ese momento, una nueva fase de contestación política comenzó. Aquí en México, el
primero de enero de 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional salió de la
noche para decir: “Ya basta”. En diciembre de 1995, en Francia, hubo una huelga muy
importante para defender la protección social. Ésta fue la primera gran revuelta contra
el neoliberalismo en Europa. En otros lugares del mundo -en América Latina, en
América Central, en Europa-, muchos pueblos se levantaron para ir en contra del
capitalismo, ya sea a nivel social, a nivel ecológico o en contra de las guerras. Esas
resistencias fueron manifestaciones populares, revueltas, huelgas, huelgas generales,
explosiones sociales, e incluso insurrecciones. Sólo basta ver lo que está pasando en
estos días en Grecia para ver cuál es el espíritu de esas revueltas.
En todos lados encontramos ese espíritu de resistencia, pero en todas partes
también encontramos un dilema, un problema, ¿cómo dar una traducción política a
esas resistencias sociales? Estoy hablando de una traducción política, no de una
traducción electoral o institucional. En una salida política, en el sentido noble de la
palabra, nuestras resistencias sociales, necesitan no delegar su representación política
a otros.

A nuestras luchas, a nuestras resistencias les falta conciencia, les falta memoria
para no cometer los mismos errores del pasado, les falta regularidad, pero sobre todo
les falta una visión global. El capitalismo tiene ahora, en estos días, en estos
momentos una ofensiva global, por lo que necesitamos oponerle una contraofensiva
global y no sólo sectorial. Es eso lo que es para nosotros una traducción social de las
resistencias.

Desde el 1 de enero de 1994 hay un nuevo ciclo de resistencias sociales y


políticas, con un alcance internacional. Se dio el primer encuentro intergaláctico en
1996, se dio el movimiento alter mundialista con sus momentos de auge. Eso nos
permitió aprender de cada uno de los otros, pero cada uno de nosotros hemos
continuado para seguir nuestra experiencia de manera particular, pues pensamos que
para esa respuesta política no hay un modelo único o particular, exportable, ya que
cada país evoluciona en circunstancias que le son propias. Es por eso que en Francia
hemos lanzado una nueva de propuesta política anticapitalista, que consiste en pasar a
una nueva etapa, tanto cualitativa como cuantitativamente.

Evidentemente no hay una respuesta para todos los problemas políticos, pero al
menos conocemos los errores del pasado, y hemos decidido aprender caminando, es
decir evaluando nuestros errores pasados recientes, y sobre todo entender cuál es la
evolución del sistema capitalista, porque hay que conocer al enemigo para poder
combatirlo bien. En Francia, mi profesión es ser cartero, distribuyo el correo con una
bicicleta. Tengo un colega en el trabajo, que me dice que la mejor o la única manera de
aprender a montar en bicicleta es primero aprender a caerse, para después no cometer
el mismo error y seguir avanzando. Pienso que es lo mismo para la izquierda radical
en Europa. (Aplausos) La izquierda radical en Europa ha conocido dos tipos de errores
o ilusiones: La primera ilusión es que el antiliberalismo era una base suficiente para
crear una nueva política de emancipación; y, la segunda, se refiere más a la forma
política que ha conocido el error y el fracaso de la vía institucional. Hay otra parte de la
izquierda radical que se encerró en el camino del movimiento social como único
camino.

La primera es, pues, la ilusión del antiliberalismo. Y es ilusión, porque en estos


momentos de crisis económica es evidente que el antiliberalismo aparece como algo
insuficiente e ineficaz para responder a los problemas actuales, porque los mismos
capitalistas a nivel mundial reconocen que han entrado en una crisis sistémica.
Sistémica quiere decir que el sistema capitalista casi se cae en dos días. Lo que se me
explicó a mi generación, al principio de la década de los 80 es que el capitalismo era un
horizonte imposible de rebasar, pero se trata de un horizonte imposible de rebasar que
¡casi se cae en dos días! Y es que el antiliberalismo no es insuficiente porque la crisis
actual no es sólo una crisis financiera, es la crisis de capitalismo por completo.

La crisis actual viene del corazón de la bestia, de los Estados Unidos, y viene de
muy lejos en el tiempo. Marca una crisis en un ciclo de acumulación de capital que
tuvo lugar después de la segunda guerra mundial. El capitalismo tiene una enfermedad
congénita: el carburante que necesita para el motor es el beneficio, la ganancia; sin
ese beneficio, sin esa ganancia el motor no funciona. El problema es que los
capitalistas para esperar hacer más ganancia mañana, en el futuro, necesitan hoy
encontrar salidas para sus capitales, encontrar consumidores. El problema es que
capitalismo crea esas ganancias en base de la explotación, los despidos, la
precariedad, los salarios muy bajos, entre otras acciones. Quiere decir que capitalismo
le quita a la mayor parte de la población los medios de consumir, y es en ese momento
en que el sistema ya no puede funcionar, pues los mercados se saturan. Después de la
Segunda Guerra Mundial hubo una larga fase de expansión económica y después los
mercados se saturaron, entonces la tasa de la ganancia empezó a bajar. Frente a ello,
los capitalistas dijeron: “hay que restablecer esa tasa de ganancia como sea”, y lo
hicieron con una ofensiva política de un lado y del otro del océano. A partir de los años
90, atacaron los derechos sociales, privatizaron, liberalizaron, para que las riquezas
producidas no pararan de crecer. Así, lo que nos pertenece, lo que nos vuelve como
salario no ha dejado de bajar, 10 % del PIB en 30 años.

Gracias a esas políticas han creado en México, en Francia, y en muchas países


más, ganancias extraordinarias. Gracias a ello, los capitalistas industriales se
encontraron con un exceso de capital, con el cual tenían cuatro posibilidades: la
primera era dejarlo dormir, pero ese no es el estilo de los capitalistas; la segunda
posibilidad era restablecerlo en salarios, pero ese tampoco es el estilo de los
capitalistas. La tercera, era reinvertir ese capital en la producción industrial, pero aquí
el problema es que la producción industrial no necesitaba tanto dinero; pero había una
cuarta posibilidad mucho más rentable, que es hacer dinero con más dinero: con
especulación financiera en las materias primas, la política de créditos la suprimen en
los Estados Unidos, el mercado de la deuda con la deuda del “tercer mundo”, etc. Si
digo esto, es para decir que la financiación de la economía no es un parásito, no es
algo externo al sistema capitalista industrial: el capitalismo financiero nace del corazón
del sistema capitalista. Es decir, el capitalismo industrial y el financiero son
inseparables, es el mismo y el único sistema, y es contra ese sistema que hay que
luchar.

En Francia, la derecha y una parte de la izquierda intentan hacernos creer que


hay un capitalismo malo y un capitalismo bueno. Esto no es así, porque aunque
pudiéramos convencer algunos capitalistas de que es mejor invertir en la producción
real, con una ganancia del 4%, con una ganancia en la especulación financiera del
12%, 13% o 14%; aunque pudiéramos convencer con el corazón a esos capitalistas,
de reducir sus ganancias, por justicia social, por racionalización económica, siempre
habrá muchos más candidatos capitalistas que irán donde más dinero se hace. Y ello
es así porque la ética del capitalismo es que hay que hacer más dinero, más ganancia
y eso es lo único que sirve. Intentar hacer ético al capitalismo querría decir que
queremos con leyes o con palabras pedirle que se mate a sí mismo. Por eso creemos
que ya llegó la hora del anticapitalismo puro -porque el capitalismo actual es puro.

No sólo se trata de romper y de acabar con el sistema capitalista de los años


90, con eso sólo habríamos hecho la mitad del camino. No sólo hay que pedir y exigir
más derechos, más salud, más educación, más democracia; hay también que proponer
un método político para conseguirlo. En Francia, por ejemplo, estamos luchando por un
plan de urgencia social, pues pensamos que hay actualmente una catástrofe social.
Cuando hay una catástrofe natural, el Estado declara un estado de catástrofe y toma
medidas de excepción. Nosotros queremos decretar el estado de emergencia social y
tomar medidas excepcionales. Pero los Estados hacen un plan de salvamento para los
bancos, para lo financiero. El anticapitalismo, en estos momentos, quiere decir que el
plan de salvamento para los pueblos es contradictorio del plan de salvamento de los
bancos.
Para satisfacer la mayor parte de las necesidades de la población, tanto en
México como en Francia, hay que hacer lo mismo: quitarle a esa minoría de
privilegiados el enorme o exorbitante poder que ejerce sobre la economía social en el
mundo entero. En estos momentos de crisis, lo que habría que hacer, por ejemplo, es
acabar con el secreto bancario industrial y comercial: queremos saber a dónde van los
movimientos de capital en la economía y ponerlos bajo control de la población. No sólo
proponemos el compartir las riquezas, queremos otra relación de propiedad. Hoy el
fruto del trabajo de todos está siendo robado por una minoría, porque existe la
propiedad privada de los medios de producción. Queremos otra relación de propiedad
para que el fruto de nuestro trabajo vuelva, regrese a todos y todas -“todo para
todos”, dicen los zapatistas.

Para nosotros esto quiere decir un tercer modelo de sociedad. En la historia más
próxima, hemos tenido dos tipos de sociedades: los sistemas capitalistas y los
sistemas socialistas burocráticos del este. En los dos casos es una minoría individuos la
que decide por la mayoría; en el sistema capitalista es una minoría de ricos la que
decide por el pueblo y en las sociedades burocráticas es una minoría de burócratas la
que decide por la mayoría. La única sociedad que todavía no hemos construido será
este tercer modelo: donde la mayoría del pueblo decida por sí mismo repartir las
riquezas de manera igualitaria. Dirán que ser anticapitalista sólo es negativo, que no es
positivo o propositivo. Es verdad, pero al menos tiene el mérito de ser claro.

Aunque algunos -que sí se juntan con nosotros- le dan otro nombre, en realidad
es más o menos la misma sociedad la que queremos construir. Algunos hablan de
socialismo del siglo XXI, algunos de anticomunismo, algunos hablan de eco socialismo,
otros hablan de autogestión libertaria. En realidad no importa cómo se llame, el
problema o de lo que se trata es el de reagrupar a todos y todas, a los que están
convencidos de que tenemos que acabar con este sistema y con esta sociedad para
crear otra nueva, y de que para conseguir eso necesitamos una transformación
revolucionaria de la sociedad. No la revolución del futuro, sino la que queremos ahora
y aquí, a partir de las fuerzas actuales, y mirando el futuro más que el pasado y que,
cuando miremos el pasado, pueda pretender ella sola haber hecho la síntesis de todas
las experiencias políticas. Cuando miramos el pasado, hay que retomar lo mejor de
cada una de las tradiciones de las políticas de emancipación: lo mejor de la tradición
libertaria, lo mejor de la tradición guevarista, lo mejor de la tradición troskista,
socialista, comunista, zapatista. Intentar retomar lo mejor para crear o inventar una
nueva forma.

Se trata de acabar con la ilusión antiliberal y, al final, con esa otra ilusión del
método político. Lo decía: en Europa una parte de la izquierda radical ha empezado a
pensar que la calle se ocupaba de lo social y que las instituciones se ocupaban de la
política y que por eso había que ir al interior del sistema. Pero, para cambiar desde el
interior, se han encontrado haciendo exactamente lo contrario, desde el gobierno, de lo
que estaban supuestamente defendiendo en lo cotidiano. Hemos tenido ministros
comunistas en Francia que privatizaban los transportes ferroviarios, con militantes
comunistas que dentro de la empresa estaban en contra. En Italia había militantes de
una fundación comunista que se manifestaban los sábados en contra del envío de
tropas militares en Afganistán, y que el lunes siguiente tenían que votar en el
parlamento ese envío de tropas militares en Afganistán, por solidaridad de gestión
institucional.

Nosotros queremos coherencia entre lo que defendemos en lo cotidiano y lo que


defendemos más allá, en las instituciones. Esto quiere decir dos garantías: la primera
es que cuando vamos a las instituciones, incluso locales, vamos sobre la base de una
independencia total en relación a los partidos institucionales y al Estado. La segunda
que es más complicada es la de explicar, de cualquier modo, que no es en el marco
institucional donde el cambio puede nacer y que el cambio sólo puede nacer el día que
el pueblo haga irrupción en la escena política, es decir, en el lugar en donde se decide
su destino. Por tomar un ejemplo, nuestra nueva fuerza anticapitalista se presenta en
las elecciones pero no es una fuerza que va a correr detrás o que va a buscar cargos.
En nuestro congreso de fundación queremos ser identificados como la fuerza política
en Francia que milita para que nazca un espacio político anticapitalista que va a luchar
para que nazca un nuevo mayo 68 y que vaya hasta el final.

Pero hay otra parte de la izquierda radical que ha conocido otro tipo de
problema: pensar que el movimiento social pueda ser suficiente por sí mismo. Cuando
incluso nos negamos la sola idea de poder pensar el poder, lo que conseguimos es que
los poderes políticos siguen igual ahí donde están. Para nosotros la autonomía de la
política social es vital, el movimiento social es un espacio político y crea soluciones
alternativas. Pero, si no tiene traducción política, se reduce sólo a un modelo de
presión a las instituciones, porque los partidos institucionales vienen a cooptar y a
robar nuestras ideas para caricaturizarlas cuando están en el gobierno.

Lo que intentamos hacer es algo muy complicado, y esta es mi conclusión: Lo


que intentamos hacer es la síntesis entre la izquierda social y la izquierda política. Es
una cuestión muy complicada, que genera mucho debate incluso en Francia (pero que
no sólo se resume en que nos vamos a pelear en esta cuestión). Nosotros hemos
abordado el problema de manera pragmática: En vez de designar con un nombre a esa
forma política, hemos primero pensado y buscado reflexionar sobre su funcionamiento
militante: ¿cómo tener un funcionamiento democrático (que va desde abajo hacia
arriba y no al revés), que permita a todos los militantes, cualquiera que sea su origen
social o cultural, controlar todas las decisiones de esta formación política? Esta es la
cuestión más importante para nosotros, que haya una garantía democrática de no
poder delegar su propia representación política a especialistas en esa nueva formación,
que sólo podrían volverse burócratas. Cuando hacemos la evaluación de los
movimientos pasados, de su recuperación totalitaria y de la situación capitalista actual,
ya les decía, no tenemos respuesta para todo. Pero en ésta cuestión tenemos una
pequeña respuesta para definir nuestro campo de acción: la tarea de los movimientos
contestatarios, de protesta, será la de tomar el poder, sin hacerse tomar por el poder.
Tomar el poder, porque si no lo tomamos, una minoría de privilegiados lo tendrá y
cualquiera que sean las experiencias alternativas, la explotación seguirá ahí y el peligro
político seguirá ahí. No hay más que ver lo que está pasando en Venezuela o en
Bolivia, por ejemplo. Pero se trata de no dejarse tomar por el poder, porque
conocemos la capacidad del poder, conocemos la fuerza de la burocracia. La anarquista
de la Comuna de Paris Louis Michel lo decía muy bien “El poder da vértigo hasta que
no es compartido por todas y todas.”

O sea, que el problema es aprender de las experiencias de unos y de otros.


Claro que tomamos en cuenta y seguimos de muy acerca la experiencia zapatista,
porque sabemos que si lo que tenemos que hacer es reinventar, no sólo lo vamos a
lograr hablando o debatiendo, sino con la prueba de la práctica concreta, ya sea donde
sea que estemos. Comprendemos también que tenemos una memoria política y que el
problema de saber cómo podríamos hacer es apoyarse sobre algunas herencias
políticas. Por ejemplo Rosa Luxemburgo, que era solidaria con la revolución
bolchevique, era también muy crítica con la cuestión de la democracia política y decía
que el pueblo tenía que tomar el poder, pero lo tenía que tomar desde abajo y no
desde arriba, y que sobre todo ningún partido, ninguna vanguardia puede sustituir al
movimiento de masas.

Estos son a grosso modo algunos campos de reflexión política para intentar
decirles que para nosotros en Francia el anticapitalismo y el internacionalismo están
muy ligados. El internacionalismo es un deber de solidaridad, por ejemplo, en relación
al pueblo palestino; pero una fuerza internacionalista en una fuerza capitalista como
Francia, también quiere decir que tenemos que luchar contra nuestro propio
colonialismo y nuestro propio capitalismo, contra la política de ese Estado, contra las
multinacionales, contra los grupos petrolíferos como total, en América Latina, en
África. Luchar contra el imperialismo dentro de su propio territorio, en solidaridad con
la movilización excepcional que tiene ahora lugar en Francia de los trabajadores sin
papeles, que están haciendo un gran movimiento de huelga que es para nosotros muy
importante y, en fin, el internacionalismo de hermanos, de discusiones, e incluso de
pleitos. Tendremos que pelear también, porque los pleitos son necesarios para que
podamos hacer algo juntos, pero tendremos que hacerlo sin sectarismos y de manera
internacionalista, y hacerlo hasta el final: ¡Hasta la victoria!