Vándalo

Capítulo I “Vidas Paralelas”

— ¡Sal de ahí ahora mismo!—

Una mujer golpeaba molesta la puerta que tenía en frente.

—No— respondió una voz dentro de la habitación.

—Entonces te quedas sin la cena, y ni creas que le pediré a los empleados para que te la traigan hasta aquí —

—No tengo hambre—

La mujer dio un resoplo.

—Muy bien “tesoro”—pronunció lo último con un toque irónico— te las arreglaras con tu padre después— dicho esto se retiró.

Escuchó los pasos alejándose y dio suspiro, esta vez al menos no hubo gritos ni peleas como veces anteriores, no quería pasarse la noche entera escuchando los regaños de sus progenitores y los consejos de su hermano que no lo servían de nada pues al final de cuentas siempre eran a favor de sus padres, en síntesis todos estaban en contra suya, no sería raro que en un día de estos también pusieran al perro en su contra. Pero bueno, ese era el precio que tenía que pagar por no querer seguir los pasos de su abuelo, padre y hermanos.

Llevaba la vida de cualquier joven de su edad, bueno de cualquier joven (millonario) de su edad, tenía dinero pues su familia pertenecía a la alta clase social, empezando por su abuelo que tenía una gran fortuna en sus manos y que al parecer era el único motivo por el cual sus padres y hermanos se comportaban de manera tan amable y bondadosa con él, pues claro pensando en que mientras más “cariñosos” sean más grande será su parte en la herencia, por su parte el no necesitaba “fingir” con su abuelo, después de todo era la única persona cercana en quien podía confiar, y lo mejor era que el sentimiento era reciproco pues su abuelo también lo apreciaba mucho, se llevaban tan bien que despertaban la envidia y los celos de sus demás parientes, incluyendo sus hermanos. Pero no necesitaba preocuparse pues al final de cuentas lo único que le

interesaba de su abuelo era su compañía, no su dinero. Tenía ropas y zapatos de marca, un coche (que solo lo dejaban usar con el chofer), una casa de lujo, muchas chicas detrás suyo (pero no le llegaba a interesar ninguna) y un sinfín mas de cosas materiales que un joven con una familia de políticos podía tener.

Pero no tenía algo fundamental, libertad.

Vivía a merced de su familia, teniendo siempre que seguir y aceptar órdenes que según ellos alegaban eran por su “bien”, pero ni el mismo entendía que era lo correcto para su vida, gracias a ellos tenía que seguir una carrera que detestaba (política) comportarse como todo un diplomático, llevando conversaciones aburridas sobre problemas de la justicia, leyes y toda la mierda de esos magistrados, atuendos incómodos como traje y corbata, sonrisas falsas en las reuniones de “amigos” y pensándolo bien, ni siquiera tenía el lujo de tener uno verdadero, pues todos los jóvenes de su círculo social eran unos pedantes hijos de papi, no tenían personalidad los muy hijos de puta, cínicos, sarcásticos, altaneros y amantes del dinero. En síntesis odiaba su vida, y también a sus padres por obligarles a llevar una vida que no era suya, aunque quisiesen imponérselo.

Intentaba comprenderlos pero era inútil. Su padre era un importante diplomático del Congreso Español, su nombre era bien conocido por todo Madrid, su madre era la esposa ejemplar de un político. Ambos unos católicos devotos, procurando siempre seguir el buen ejemplo y conservar la reputación y dignidad que todo político debe poseer. Criaron a sus hijos de la misma forma en que ellos lo habían sido, es decir, siguiendo una especie de reglamento creado por sus antepasados, con el fin de que en un futuro ellos puedan seguir los mismos pasos.

A sus hermanos parecía no disgustarles para nada, seguían las ordenes y deseos de sus padres sin ninguna protesta, incluso parecían divertirse. Él, el menor de todos, también había procurado seguir sus pasos y enseñanzas, después de todo no quería herirlos ni decepcionarlos, incluso le causaba cierta envidia cuando sus padres se ponían a hablar orgullosos de los logros de sus hermanos al contrario de él que siempre se quedaba en medio camino sin poder demostrarles nada especial. Pero con él tiempo le fue mucho más difícil continuar, pues se pasaba el día abstraído en sus estudios, intentando siempre en vano relacionarse con los otros chicos de su estatus social, procurando interesarse en automóviles, ropas y zapatos de moda, única conversación de sus amigos. Seguía sus estudios, tenía unas notas altas, una buena conducta, facilidad para aprender idiomas, buen gusto artístico, pero le faltaba algo, interés, no tenia voluntad propia, hacia todo eso automáticamente, siempre pensando en sus padres, en sus sueños, olvidándose de los suyos propios.

Hasta que un día se hartó de todo, fue cuando acompaño a su padre a una exposición de cuadros en Barcelona, pertenecían a un artista famoso que viajaba por los rincones más populares del mundo exponiendo sus obras, se quedo encantado con todas ellas y sintió que aquello era lo suyo, que ese era su mundo y que ese sueño se había encontrado oculto por muchos años en su interior, que habían sido enterrados por las matemáticas, por la geografía y política.

¡Quería ser pintor!

Al fin se había encontrado.

— Nadie vive de eso ¿estás loco? Que dirían los amigos de tu padre ¿piensas en eso? — preguntó su madre.

Les dijo que aquello no le importaba en lo más mínimo, después de todo era su vida, se buscaría una casa de estudio de pintura y se dedicaría plenamente a ella, quería tener sus propias obras y exponerlas tal cual aquel artista lo hacía, quería vivir una vida de aventuras, de desafíos, de nuevas experiencias, ya no tenía interés en continuar con los estudios que no lo llevarían a donde él quería, a ser algo que él no deseaba, pero lastimosamente con aquella confesión solo logró que sus padres terminasen amenazándole con sacarle la mesada de cada mes y con cancelarle los créditos. Y por primera vez se sintió acorralado por culpa de sus sueños.

Ahora se encontraba allí, continuando una vida que no era suya, tratando de ser moldeado en alguien quien no era él, siguiendo un camino que él no conocía.

¿Si había intentado escapar de todo? ¡Claro que lo había intentado! En noches, donde recogía parte de su dinero y emprendía una fuga en busca de algún lugar en donde le permitiesen tener su propio espacio, pero siempre cuando ya conseguía los boletos, o un nuevo departamento, sus padres osaban con regresarlo a la fuerza, esta vez yendo a algo peor, advirtiéndole con encerrarlo en algún sanatorio de enfermos mentales.

Entonces no tenía opción, o era la casa y continuar con la presión de sus padres o convivir con verdaderos enfermos mentales, cosa que él no era, ¿desde cuándo todos los artistas estaban mal de la cabeza? Se propuso a escribir un libro voluminoso explicando detalladamente cuales eran las diferencias entre locos y artistas para echárselo en cara a sus padres, hasta que recordó que él no era un escritor sino un pintor, frustrado, pero al final de cuentas pintor.

Ahora no tenía nada más bueno que hacer como maldecir y sentir envidia por aquellos que si lograron perseguir y crear su propio futuro, sin presiones ni amenazas de nadie, solo eran ellos y sus sueños, eran personas libres y no tenían que deberles explicaciones a nadie, hacían lo que creían mejor para sus vidas, tomando atajos, desviándose, derrumbándose, levantándose, triunfando, sus vidas quizás estuviesen llenas de altibajos ¡pero la vida era así! ¿Qué sentido tendría seguir siempre la perfección? Procurando seguir un camino seguro sin riesgos para no decepcionarse, para no sufrir derrotas ¿Dónde está lo emociónate ahí? Pero él solo podía tener todo aquello en su mente, no era capaz de reaccionar y actuar, así que decidió dejar de pensar, aquellos pensamientos solo lo deprimían mas, después de todo él no pudo seguir sus propios pasos por cobarde e inseguro, y tenía que estar ahí encerrado a cuatro paredes pagando por la consecuencia de esa ineptitud.

Escuchó de nuevos los golpes en la puerta, era su padre, decidió ir abrir esta vez después de todo no ganaba nada con encerrarse y morir de hambre.

—Aquí está el sapo ratero—un hombre totalmente encapuchado de negro ingresó a una sala junto con otro joven a quien traía amarrado de las manos.

— ¡Por favor no! ¡Les juro por lo más sagrado que jamás osaría a hacer algo como eso! ¡Mucho menos a mis amigos! —

El lugar era una especie de bodega iluminada tan solo por un miserable foco colgante situado en medio de la sala, que solo lograba iluminar los rostros de aquellos dos hombres presentes, olía a humedad y algunas ratas y cucarachas corrían por los rincones abandonados. En el centro mismo un sillón viejo con rasgaduras sostenía a lo que parecía ser la figura de un hombre.

— ¡Jefe por favor! — el joven al notar la presencia del otro hombre hizo un esfuerzo por acercarse a él debido al agarre del encapuchado que lo tenía amarrado, cuando logró estar de frente al sillón, se arrodillo e inclino la cabeza, dando disculpas y excusas disparatadas debido al nerviosismo que lo invadía, notó que las luces no llegaban a reflejar el rostro de aquel señor, pero no era necesario, él joven sabía perfectamente de quien se trataba.

—Ahora te estás mostrando tal cual eres, un marica llorón— la voz era gruesa y pesaba en el aire.

— ¡Jefe crea en mi! ¡Fui uno de sus más fieles servidores, lo acompañe durante años! y no es justo que por causa de otros sapos y sus inventos tenga que enfrentar esta situación que solo nos perjudica, éramos, éramos un equipo…por favor, por favor crea en mi— rompió en la desesperación.

—Amárralo en un silla con las correas— fue lo único que respondió antes de levantarse y acercarse al joven que tenia arrodillado a sus pies, posó su mano en la barbilla del otro y le hizo levantar el rostro con violencia para que sus ojos dieran con los suyos, finalmente la luz llegó hasta la imagen del hombre y el joven se estremeció al ver que su mirada desprendía un brillo diferente, uno que le causaba horror.

—No me interesan tus disculpas estúpidas ¡Oíste! — soltó con fuerza el rostro de sus manos, el joven solo se digno a sollozar, pues sabía perfectamente que sus palabras eran inútiles.

Rápidamente el encapuchado agarro al joven con ambos brazos, lo colocó violentamente en una silla que tenia a un costado y empezó a rodearlo con las pesadas correas de metal. Cuando hubo terminado su trabajo otros cuatro hombres ingresaron en aquella bodega, dando algunos insultos y soltando risillas, rodeando al joven que en aquel momento tenía los ojos más abiertos de lo normal debido al susto y al miedo de lo desconocido.

—Esta chillando mucho este gilipollas— inquirió uno de ellos, sosteniendo la silla del joven para luego mecerla con brusquedad divirtiéndose con sus llantos.

Uno de los hombres sacó una pequeña bolsa y se la lanzó a su compañero.

—Esas son las joyas que tenía este inmundo consigo— dijo.

—Así que te las andabas de ratero con nosotros ¿eh? — el mayor presionó con fuerza la bolsa en una de sus manos para luego lanzarla violentamente a un costado.

—Por favor señor yo no hice nada, no sé de donde aparecieron esas joyas—sus ojos estaban bañados en lagrimas y su voz cada vez se encogía mas.

— ¡Ya te dije que te dejaras de tus excusas baratas! ¡Que me joden más Imbécil! — el hombre que hacía pocos minutos atrás reposaba en el sillón rodeó al joven y cuando lo tuvo en frente, sacó un revólver de su chaqueta apuntándolo de justo frente al rostro.

—Por favor señor no me mate yo me voy, me marcho de la ciud—

— ¡Cállese perro! — con un rápido movimiento golpeó el rostro del joven con la pistola. —Nadie roba a mis hombres estando yo— lo apuntó de nuevo.

—Señor por favor no me mate por lo que más quiera no… ¡no me mate por favor! —suplicó desesperado.

Presionó la pistola en su frente, el joven se preparó para lo peor cerrando los ojos adoloridos, el hombre tiro del gatillo.

Pero nada salió.

—Perro—susurró —Ni una bala se merece este perro— bajo el arma hasta la mejilla del joven y le propino un corto golpecito.

—Esta noche te esperamos en lo de siempre, por simple capricho mío continuaras vivo ¿captaste?

El hombre guardó el arma y dio media vuelta echando risas, lo que causó que sus otros compañeros también soltaran carcajadas, incluyendo la risa nerviosa y tranquilizadora del joven.

Capítulo II “Encuentro”

—Y ahora ¡Donde se ha metido ese mocoso! —

Una señora de tez blanca, pelo rubio recogido, con un vestido negro escotado que le llegaba hasta los talones bajaba furiosa de las escaleras, mientras llamaba a gritos a sus empleados que apresurados llegaron hasta ella.

—Señora se lo juramos, el nos había dicho que solo daría un paseo por el centro nada mas— decía uno de ellos temeroso por la actitud prepotente que había adoptado la mujer.

— ¡Par de incompetentes ni para una tarea tan sencilla son capaces! lárguense, no serán más de mucha ayuda, si ni siquiera saben su paradero— los dos jóvenes rápidamente se retiraron del salón pues temían ser regañados por más tiempo.

—Mamá— esta vez un joven alto de las mismas facciones finas que la mujer, con un porte galante aparecía detrás ella, con una copa de vino en mano y una sonrisa embriagante— No arruines tu dulce voz con gritos desesperantes, y preocupaciones sin importancia—paró para dar un sorbo a su bebida— Ya sabes cómo es, no es la primera vez lo que hace, se cansará pronto y volverá—

—Volverá de la mano de Gordon— bufó molesta —Sabes que si no fuese por el rastreo de nuestro guardaespaldas él jamás volvería por aquí —

—Mejor para nosotros ¿no? Una boca menos para la herencia— sonrió triunfante el hombre.

—Francisco, es tu hermano— replicó la mujer — por más de que tenga esas actitudes de crio desfachatado e ignorante. —

— ¡Entonces un brindis por mi hermano! — levantó la copa.

—Déjate de estupideces, mejor llama a Gordon— y se retiró.

Dejó de llover para su alivio, no quería que al llegar (que ni el mismo sabia donde) tuviese que buscar algún refugio para resguardarse, había pasado tiempo desde que salió de su casa y no era consciente de la hora pues no llevaba consigo algún reloj y su móvil se encontraba sin batería. De lo que si se dio cuenta es que ya habían pasado casi todas las paradas del bus y las pocas personas que viajaban allí ya habían descendido, siendo él, el último en quedar y para colmo ya era de noche. Pero eso no le incumbía demasiado, después de todo lo único que le importaba era alejarse lo más posible de aquella prisión al que llamaba hogar.

—Pues bien chico esta es la última parada— dijo el conductor.

—Sí, gracias— respondió y se acerco a la puerta para bajarse.

—Yo que tú tendría cuidado, este barrio es muy peligroso— le advirtió.

—Gracias, pero aquí me quedo—

—En serio verás si no eres de aquí mejor ni te arriesgues en bajar, he oído cosas escalofriantes de este lugar, si quieres te puedo llevar hasta la estación de buses y de ahí tomas otro—

—Descuide vengo a visitar a una tía— sonrió y bajo del autobús.

Pero no tenía ninguna tía ahí.

Se quedo en el mismo lugar donde descendió y observó al bus alejarse hasta que finalmente desapareció de su vista, inspeccionó el lugar y quizás el conductor tendría razón. Era de noche y la iluminación era escasa pues solo dos postes de los diez que debían de haber funcionaban y para colmo uno de ellos chispeaba, las casas parecían abandonadas y tenían un aspecto lúgubre, extraño, con ventanas rotas y puertas hechas de terciada, algunos edificios del lugar estaban en pésimas condiciones y daban la sensación de que en cualquier momento terminarían derrumbándose. Decidió pasearse un poco, aunque era consciente de que no sería una buena idea quiso arriesgarse, poco a poco fue adentrándose y dejándose guiar por cada detalle que le llamaba la atención, carros viejos y desfigurados, murallas caídas y llenas de grafitis con palabras que no llegaba a entender, callejones oscuros en cada esquina, sin encontrar absolutamente ninguna señal de vida por ahí, (aunque no estaba muy seguro de si quería encontrarse con alguien) realmente parecía un barrio sucio y abandonado, quizás las personas de allí hubiesen sido desalojadas o bien podía ser alguno de esos barrios de época de guerra, pero eso no importaba, su familia jamás sospecharía de ese lugar y podía estar tranquilo, aunque los latidos de su corazón le dijeran lo contrario.

A unos cuantos kilómetros sin embargo, un joven se retorcía de dolor en la esquina de algún callejón mientras unos tipos a su alrededor soltaban carcajadas y le propinaban unas que otras patadas, en el rostro, en el estomago, en la entrepierna, disfrutando de su dolor.

— ¡Para que aprendas a respetarnos perro! — exclamó uno batiéndole una patada en la cara al joven, haciendo que la sangre se esparciese por el suelo.

—Ustedes… ustedes… me mintieron— la victima apenas y podía pronunciar bien las palabras debido a los cortes en los labios y a la hinchazón de la boca.

—Mira quién habla de mentiras ahora— le escupió otro.

Un cuarto hombre sentado en una especie de tambor se encontraba alejado y oculto en las penumbras de la oscuridad, observando la macabra situación por la que estaba atravesando el joven sin expresión alguna en su rostro, hasta que sus ojos dieron con los hinchados y amoretonados ojos de la víctima y pudo ver que ellas desprendían algunas gotas de lágrimas mezcladas con sangre.

—Sé perfectamente lo que piensas— empezó a hablar haciendo que sus compañeros dejaran sus burlas y golpes de lado, respetando sus palabras —Que soy un traidor y una escoria— se quedó unos segundos en silencio intensificando su mirada con la del joven—y no estarás muy equivocado—

Se levantó de aquel lugar y se encaminó a su dirección, vio como el otro intentó con esfuerzo levantarse colocando ambas manos en el suelo haciendo que se manchasen con su propia sangre, hasta que no aguantó y el dolor le devolvió de nuevo al frio piso.

—Pero la vida es así Fabio, tienes que traicionar primero antes de que te lo hagan a ti, eso quisiste hacer tú, pero al parecer no te dio buenos resultados— continuó — Soy consciente de que seré una persona asquerosa y frívola, pero si quiero lograr sobrevivir en este mundo no debería de tener compasión de absolutamente nada ni de nadie, un mínimo de lastima seria una debilidad y otro aprovecharía eso de mi y se adelantaría ¿no crees? Por eso tengo que acabar con todos y todas aquellas personas que se me quieran cruzar en mi camino intentando dañarme y sobrepasarme, incluyendo a mis propios amigos y familia si es necesario— se paró en frente del joven—Si lo piensas de esa manera te darás cuenta de que no soy un traidor ni una escoria, sino solo un hombre que intenta sobrevivir a la realidad—

—Fuiste un buen compañero, es una lástima que nos hayas hecho esto—

El joven levantó su vista para dar en sus ojos y ver en ellos lo que sería su última imagen antes de sentir una punzada profunda en el cuello, haciendo que sus gemidos de dolor junto con su respiración terminasen para siempre. Acto seguido el mayor mandó a que tomaran el cuerpo, lo lanzaran a un costado, le echaran gasolina, un cigarrillo encima y el cuerpo ardió en llamas.

Los cuatro hombres tomaron consigo un tambor para cada uno y se ubicaron alrededor de aquel cuerpo que se consumía en la llamas, haciendo que ellas fuesen las únicas que iluminasen sus rostros en aquel oscuro lugar.

—Otro que se nos va— rompió el silencio uno de ellos encendiendo para sí un cigarro.

—Al menos recuperamos las joyas— inquirió otro.

El mayor sin embargo permanecía en silencio mientras expiraba un humo ligero de su boca producto del cigarro que fumaba.

—Yo quería dejar el cuerpo para Max —dijo uno acariciando a un perro que tenia al lado.

—Tendrá a otro mejor, este era una peste podía infectar a nuestro perro— escupió en el lugar donde hace minutos yacía el hombre.

—Será mejor que nos marchemos ya no hay nada que hacer aquí—

Dicho esto último se encaminaron para salir de aquel oscuro callejón, el perro que se encontraba con ellos los siguió por detrás, hasta que los hombres escucharon sus ladridos y vieron como el animal salía corriendo hacia otra dirección.

— ¡Max! — gritó uno de ellos.

— ¿Habrá encontrado a alguien? —

—Mejor síganlo— dijo el mayor.

Tenía que admitirlo, estaba perdido. Venia buscando una salida, algún camino que lo llevase de nuevo a la carretera, no quería pasarse toda la noche recorriendo aquel lugar, por más de que estuviese desolado no era seguro confiarse demasiado, había visto muchas películas de suspenso donde el protagonista se encontraba indefenso y perdido, y siempre aparecía algo o alguien para perturbarle, como un enemigo o algún monstruo, reflexiono y desecho esos pensamientos de su mente, no era un buen momento para andar pensando en situaciones así, después de todo el se encontraba en una parecida. Empezaba a notar como la neblina se intensificaba en aquella noche sin luna lo que hacía que el lugar adoptara un aspecto más tenebroso, sentía frio, sacó de su mochila un gorro y se la colocó, también unos lentes de sol, sí, ¿qué clase de persona cuerda usaría unos lentes así en plena media noche?, pero allí no se encontraba nadie para cuestionarlo, además el frio le llegaba a la cara de lleno y estaba por congelársela completa y era lo único que tenia para cubrírsela en parte.

Había notado además, que de hace algunas esquinas atrás, un olor extraño invadía su camino. Olía a ¿sangre? Trago saliva, definitivamente eso no era una buena señal.

Mientras caminaba mas apresuradamente sin prestar mucha atención a sus costados, escucho un ruido, levantó la vista y se topo con un gran perro que le gruñía mostrando sus filosos dientes.

Se quedo quieto observándolo por unos segundos, hasta que se dio cuenta de que si no reaccionaba pronto aquel perro se lanzaría sobre él, sin embargo no mostro señales de susto, al contrario sonrió. Se agachó hasta quedar a su altura y le paso la mano para que la olfateara.

—Tranquilo pequeño no soy una amenaza—

Vio como el animal se le acercaba poco a poco sin bajar la guardia, hasta que lo alcanzó a oler y empezó a lamerlo.

— ¿Ves? No había necesidad de actuar así— tenia cierto conocimiento en domar y adiestrar canes, después de todo era fanático de los perros, eran las únicas criaturas del mundo que jamás lo traicionarían y abandonarían.

Sacó un pequeño sándwich de su mochila, era una botana que guardó para el camino, pero ahora se lo ofreció al perro a lo que el animal se lo comió gustosamente, al parecer el pobre se moría de hambre.

—No te apures pequeño— le acarició la cabeza.

—Tiene pulgas— y esa voz le borró la tranquilidad.

Levantó la vista y vio que la voz provenía de un joven alto, moreno de ojos claros y pelo corto azabache, llevaba una vestimenta sucia y toda desgarraba producto quizás de alguna pelea, las mangas cortas que dejaba en descubierto algunos tatuajes en ambos brazos, unos que otros piercings en el rostro y en las orejas y unas botas negras de cuero, venía acompañado de otro joven con el mismo tono de piel y color de cabello que su compañero, al contrario que el otro este lo llevaba peinado hacia arriba, su vestimenta era toda negra y un collar que más parecía una correa. El último era un corpulento, de piel negra, llevaba una gorra y una sonrisa sádica.

Y tenían cara de pocos amigos.

—Max— llamó el de ojos claros y el perro rápidamente corrió hacia su dueño.

— ¿Quién eres? ¿Otro pobre joven aventurero en busca de riesgos? ¿O algún tonto que se perdió de camino? Porque por la pinta que tienes estoy seguro que no serás de por aquí— el joven noto como los desconocidos le recorrían con la mirada mientras dibujaban sonrisas irónicas en sus rostros.

—Pareces más unos de esos hipster subnormales ¿anteojos de sol? — inquirió uno y los tres estallaron de risa.

Él solo permaneció inmóvil frente a ellos, sabia con quienes trataba y era mejor no precipitarse.

—Al menos son de marca, traes más botín de lo que imaginamos, mientras más cargados vengan mejor para nosotros, dime ¿eres uno de esos mocosos ricachones del barrio no?—

—No— cortó— no soy ni un aventurero, ni un tonto, ni un hipster, o mocoso ricachón, solo estaba de paso por aquí ¿algún problema? — decidió no quedarse más tiempo callado, de igual forma le harían daño, así que no tenía nada que perder, al menos quería demostrar que no se intimidaría ante esos vagabundos.

—Oh! Nos salió corajuda la rata! — Pausó para soltar una risilla — Mejor guárdate tu dignidad para el infierno, pues de aquí ya no saldrás con ella ¿escuchaste? —

Los tres se acercaron peligrosamente al chico y el perro que se encontraba al costado de su dueño, corrió hacia el joven y se colocó de frente a él, esta vez ladrando a sus propios compañeros que se sorprendieron al instante.

—Realmente este mugroso es un subnormal Navas ¡puso a tu perro en tu contra! —

— ¡Cállate Guaje y se dice sobrenatural imbécil que parece que aun te cuesta entender las palabras joder! —

—A mi parecer es a los dos lo que les cuenta entender el castellano— una cuarta voz se escuchó en las neblinas del fondo, y los tres jóvenes dieron un paso hacia al costado para dar camino al recién llegado, y en sus miradas el joven pudo notar que los tres le brindaban cierta lealtad.

Si, pudo notarlo, era diferente a los demás, su ropa no era muy distinta a los otros, traía unos pantalones negros de cuero, con unas botas del mismo color y textura, una chaqueta del mismo color que le llegaban hasta los codos, debajo de ella lo que parecía una musculosa ajustada, guantes negros, y un collar de correa recorría su cuello, tenía el pelo castaño tirando al claro, el cabello largo por encima de los hombros, el aspecto duro, y sus ojos, sus ojos.

Desprendían odio.

— ¿Qué pasa? ¿Tanto trabajo les cuesta esta rata? — su voz sonaba mucho más aguda y firme que los otros tres.

—Pues sí, puso a Max en contra de Navas— respondió el negro.

—Parece ser que no lo adiestraste bien no ¿Navas? — El moreno solo se estremeció ante las palabras de su jefe— Eso es algo que no ocurre todos los días—sonrió de lado.

—Bien ¿estamos atrasando mucho esto no? Porque mejor no terminamos ya con él— interrumpió el llamado Guaje, e intentó sacar algo de su bolsillo.

—Quieto David que el que da las órdenes aquí soy yo— el castaño volteó la vista hacia su compañero y este solo bajo la mirada en señal de acuerdo.

Poso su mirada de nuevo en el joven que tenían en frente y decidió acercarse sin cuidado, aun cuando el perro le mostrase los dientes.

—Quítate el gorro y las gafas— ordenó sin rodeos, sin una pizca de amabilidad.

— ¿Por qué?— y el mismo se extraño de su propia voz y de lo firme que sonó, pero no quería demostrarles miedo, porque entonces se dejaría dominar por ellos.

— ¿Acaso te opones? — su mirada se endureció y su rostro tomó un gesto más agresivo, eso fue suficiente como para que rápidamente se arrepintiera de sus palabras, la fuerza de su mirada era impresionante casi podía palparla con los dedos, pero aun así decidió continuar.

—No— carraspeó —solo quería saber porque—y eso al parecer fue suficiente para impresionar a su agresor, ver que su víctima no temblara, ni dudara de sus palabras, que no sintiera ni una pizca de miedo cuando se encontraba en un lugar totalmente desconocido con cuatro vándalos que estaban a punto de acabar con su vida, posiblemente se confiaba demasiado en el animal que tenía en frente, pero él le demostraría que estaba equivocado, su única protección no le duraría mucho, si era necesario también acabaría con el perro.

—De acuerdo nena— sonrió burlonamente haciendo que con su comentario los otros echaran risillas fastidiosas— Ya que quieres explicaciones detallistas, te los daré— al decir esto se aproximó mas a él haciendo que el otro se estremeciera un poco por dentro.

—Quiero que te quites las gafas para ver en tu mirada el miedo, horror cuando presencies tu propia muerte, eso me divierte bastante en mis victimas— sonrió irónicamente— y el gorro porque queremos conocer bien tus facciones antes de desfigurarla completamente, no atacamos a ratas anónimas, y si te niegas de nuevo, te los sacare yo mismo con ojos y todo incluido — la brusquedad de sus palabras le llegaron profundo.

El joven solo sonrió, estaba acorralado, era inútil retrasar esto por más tiempo, después de todo acabarían con él con o sin el gorro y las gafas, estaba actuando de una manera estúpida y era lo menos que quería en su última noche.

Se quitó el gorro, dejando ver su cabellera rubia con algunas que otras mechas de un tono más claro, la tenia de un corte desmechado, medio largo y al quitarse los lentes dejo ver unos ojos de color castaño que desprendían inocencia y dulzura a la vez con las pestañas algo afiladas, de facciones finas demasiado delicadas para un joven y demasiado maduras para las de un niño, y aun a pesar de la noche sin luna, las pequeñas pecas que tenia se hacían notar esparcidas por todo su rostro. El joven levantó la vista y vio como la expresión de su atacante se suavizó.

Se quedó observándole detenidamente, sin apuros, recorriendo con su mirada cada detalle de su rostro, sus cabellos, sus orejas, su nariz, su boca, sus cejas, sus pestañas y sus ojos, sus ojos

Cuando se fijo en ellos, él mundo entero se detuvo, como si toda aquella fuerza del lugar se concentrase en aquellos ojos castaños, ya no podía sentir la presencia de sus compañeros, tampoco percibía el olor a sangre que llevaba, ni siquiera era consciente de su propio cuerpo, todo porque aquella miraba lo había hechizado, lo había paralizado y transportado a otra dimensión, a otro mundo. Quiso sonreír, pero no como lo había hecho veces anteriores, no con ironía, ni de burla, simplemente porque algo dentro suyo estaba naciendo, sin saber muy bien de que se trataba.

— ¿Y bien Sergio? — uno de sus compañeros quiso romper aquel encanto, los tres se habían extrañado del silencio de su jefe, pero el otro no pareció haberles escuchado.

El joven en cambio pareció darse cuenta también del asunto, después de todo, la mirada que desprendía odio, ahora tenía un brillo diferente, más radiante, menos peligrosa y eso le encantó, y fue mucho que por primera vez en aquella noche sonrió haciendo que el otro también dibujara una sonrisa en su rostro, pero no como las anteriores que le causaban miedo, si no una sonrisa humilde que le dio tranquilidad.

Y ambos se sonrieron.

— ¡Sergio! —

Y como si saliera de una hipnosis entre abrió los ojos confundido por su reciente reacción.

—Eh… ¿Qué? — preguntó torpe.

—Sergio ¿estás bien? Pensamos que esta rata te lanzó alguna brujería al igual que lo hizo con Max—dijo Navas.

—No lo llames así— y él mismo se sorprendió de sus palabras, confundiendo a sus compañeros que se miraron entre sí, Guaje tenía razón, ese chico era extraño.

—Quiero decir— carraspeó —no sabemos su nombre y entonces…— quiso dar una disculpa torpe a su último comentario pero solo logro confundirlos más.

— ¿Pero para que el nombre? ¿Si pronto será solo un recuerdo? Además tú también lo llamaste así —inquirió Marcelo.

— ¡Cállense ya Joder! — estaban jugando con su paciencia con tantas preguntas estúpidas, pero no podía echarles la culpa después de todo el también era consciente de la situación en la que se metió.

Él rubio presenciaba todo aquello en silencio, no quería hablar y arruinar más la situación, después de todo él también estaba confundido y no comprendía muy bien lo que había sucedido minutos antes ¿le había sonreído? Era la primera vez que veía que víctima y agresor se sonreían de aquella manera. Después vio como el supuesto Sergio se dirigía de nuevo hacia él y temió por lo que vendría, aunque la expresión y los ojos de aquel hombre le dijera lo contrario.

Capítulo III “Mucho Gusto”

—Mi nombre es Sergio—

Al principio no supo si creerse o no lo que estaba sucediendo, él, escapando por decima no se cuanta vez de su hogar yendo a un lugar totalmente extraño, encontrándose por el camino a un perro y a unos hombres desconocidos que querían hacerle daño, luego ese tal Sergio lo había amenazado de una manera tan violenta para más tarde sonreírle de una manera tan dulce. Era algo contradictorio.

Ahora estaba ahí, frente suyo tendiéndole la mano.

Probablemente podía ser una trampa, una forma rápida para ganarse su confianza y tomarlo desprevenido para aprovecharse más fácilmente o quizás todo aquello fuese un simple truco un teatro fabricado con el que sometían a todas sus víctimas. Se dejo guiar por su imaginación queriendo prevenirse.

Pero un impulso suyo hizo que borrara todos aquellos pensamientos de su mente.

Sonrió y acepto el saludo.

Navas sin embargo aun estaba sorprendido ¿Qué le había pasado a Sergio? Actuaba raro, hablaba raro (dando excusas tontas) todo por culpa de esa rata rubia, que primero había puesto a su propio perro en su contra y ahora lo estaba haciendo con su jefe ¡Imposible! ¿Acaso se trataba de alguna broma de mal gusto? No quiso decir nada al respecto, Sergio tendría sus razones por más estúpidas que parecieran a veces, mientras tanto decidió aguardar la posible reacción de sus otros dos compañeros que de seguro no serían muy distintas a la de él, quizás estuviesen asombra..-

— ¡El mío es David pero puedes llamarme Guaje! —

Se dio un palmazo en la cara, no podía esperar nada bueno de esos incompetentes.

—Y el mío es Marcelo— se presentó el último ya no mostrando agresividad en sus palabras si no que una sonrisa amable iluminaba su rostro. Se permitía el lujo de ser el único cuerdo del grupo en ese momento, no caería en la trampa de ese chico, no era tan tonto para dejarse engañar por esa cara inocente.

—Y él es Jesús Navas pero solo lo llamamos Navas, porque su primer nombre no va mucho con él— Guaje se echó una risilla al presentar a su compañero moreno ya que este no daba señales de querer hacerlo, con un tinte de broma a su comentario que solo causó que el moreno le dedicase una mirada de desagrado.

—Es un placer— respondió el joven— mi nombre es Fernando—

—Fernando— repitió Sergio en lo bajo sin dejar su típica sonrisa de lado — ¿Que te trae por aquí? No es un barrio muy turístico que digamos—

Se debatió en si contarles la verdad o mentir, después de todo aun no se tragaba del todo ese cuento del cambio de actitud, de agresivos a mansos, pero decidió arriesgarse después de todo lo había estando haciendo desde que bajó del autobús.

— Escapé de casa—

— ¿Por qué? — cuestionó ahora el moreno con un tono autoritario y despreciativo de lo que el castaño se dio cuenta.

—No seas curioso Navas tendrá sus razones— Sergio dirigió una mirada de desaprobación al moreno, haciendo que este solo balbuceara molesto en lo bajo.

—Bueno, al parecer estas en la mismas que nosotros sin un rumbo fijo, si quieres puedes acompañarnos, no es seguro que te sigas dando paseítos por este lugar y menos a estas horas, que no somos los únicos habitantes de la zona— se dirigió de nuevo al rubio.

— ¡Pero Sergio que dices! — Exclamó algo hastiado el moreno — No sabemos qué clase de mugroso será este rubio, apenas y lo conocemos ¿y ya lo invitas para que venga con nosotros? ¿Y si no viene solo y quiera hacernos una emboscada? —

— ¡Basta ya Navas! Joder ¿qué sucede contigo quillo? que hasta me hace pensar que te pones celoso y todo—

— ¡No es eso! — Respondió algo sonrojado— simplemente que te tomas demasiada confianza por este—

—Tiene nombre— continuó algo ya molesto por la actitud del moreno —y parece que se te está olvidando quien da las órdenes aquí ¿o no? Si quieres razones más concretas pues te digo que no quiero que los “otros” se nos adelanten al botín ¿ahora si comprendes?—

Navas simplemente se cruzó de brazos frunciendo el entrecejo.

Fernando comprendió que al parecer sus intenciones con él no eran tan buenas después de escuchar el último comentario, pero qué más daba, no podía confiarse demasiado en ellos, y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.

— ¿Y bien que dices? — preguntó Sergio de nuevo.

—Pues está bien— contestó, de nuevo se dejo llevar por su manía de decir si a todo, y era ese exactamente el problema de su vida.

— ¡Qué bien un nuevo en la banda! —

—Hey no te adelantes demasiado Guaje, no sabemos mucho aun de Fernando— miró al rubio — y además no tiene pinta de querer pertenecer a nosotros ¿o me equivoco? — le recorrió con la mirada haciendo que él otro se incomodase por dentro.

—Yo tampoco sé mucho de vosotros, pero no sería una idea tan descabellada— esa respuesta sorprendió algo a Sergio, que sí, que se esperaba un, no sé, no lo creo, no es lo mío, pero al parecer el rubio tenía determinación, lo había notado cuando en sus voz vio firmeza y seguridad, nada de miedo ni tartamudeos como estaba acostumbrado a ver en los demás y eso le daba cierta pizca de atracción.

—Pues entonces acompáñanos—

— ¿Dónde exactamente? —

—A nuestro refugio por supuesto, como verás Fernando somos de la clase baja—explicaba Sergio mientras caminaban y de paso se dedicaba a dar algunos golpes a los autos desechos que estaban en los costados— la gente de la alta suciedad—ese comentario hizo gracia a Fernando— no nos quiere cerca de sus respectivos barrio ricos, así que nos dedicamos a crear nuestro propio barrio donde no tenemos ni reglas ni policías mamones que nos la quieran imponer, aquí vivimos en la vagancia y cada uno tiene su propia manera de ganarse el pan de cada día y nadie se atreve a criticar pues temen ganarse un balazo en la frente— miró al rubio.

—Eso no suena nada agradable—

—No, no lo es, por eso muchos piensan antes de hablar— paró frente a un edificio en ruinas, uno de los tantos que había en aquel lugar, la entrada estaba compuesta por un portón de chapa bañada con los coloridos grafitis, parecía ser más la entrada de un estacionamiento que otra cosa, Guaje y Marcelo rápidamente se pusieron delante para empujar el portón haciendo que se deslizase por un costado, cuando la abrieron por completo, Fernando se dio el gusto de observar sorprendido por lo que sus ojos le ofrecían.

Era una gran sala fabricada con ladrillo visto, decorada con algunos posters de bandas metaleras y banderas colgantes negras con algún escrito en inglés que al parecer estaban ubicadas con la función de tapar algunos huecos en la pared, un sillón viejo y rasgado de cuero blanco de cuatro piezas se encontraba en el centro mismo de lugar con una mesa de madera en frente que contenía algunas latas de cerveza y unas cajillas de cigarrillos esparcidas en ella, a Fernando le causó curiosidad y asombro ver tantas cosas viejas y desechas mezcladas con otras mucho más modernas y nuevas, se preguntó si habían destinado el lugar para acoger los materiales que recaudaban o mejor dicho que despojaban de sus respectivos dueños. Veladores antiguos, lámparas de cobre con diseños detallistas y antiquísimos, parlantes de música, CDs esparcidos en el suelo, Dvd’s, un Televisor plasma colgado en un rincón, alfombras con tejidos peculiares estaban encimadas por toda la sala, cuadros con diseños y dibujos exóticos, una heladera común junto con otra de dos puertas, un congelador y un ventilador de techo contrastaba con un gran aire acondicionado incrustado en la pared, definitivamente era algo impresionante, por fuera parecía un simple deposito viejo y abandonado cualquiera, pero por dentro guardaba una gran colección de distintas cosas.

—Toma asiento si quieres— le dijo Sergio mientras se lanzaba en uno de los sillones haciendo descansar todo su cuerpo en el.

Fernando lo siguió sin apuros y se ubico decentemente en una esquina tratando de no ocupar mucho espacio pues imaginó que los demás también vendrían a acompañarlos.

— ¿Y quieres algo de tomar?— le ofreció una lata de cerveza que tenía en la mano.

—Pues un vaso de agua estaría bien— respondió.

—Como me lo imaginaba, un crió refinado que no se ensucia los labios con alcohol barato ¿quieres agüita natural o con gas?— esta vez Navas ingresaba al lugar con su típica altanería y ganas de crear bronca.

Fernando solo bajó la mirada, no quería crear problemas y menos con ese tipo que venía presionándolo desde el principio, Sergio se dio cuenta de la reacción del rubio y decidió cortar con todo eso.

—Navas será mejor que tú y los demás vayan a vigilar la zona antes de hacer noni— ordenó.

— ¿Y tú? — cuestionó el moreno con la misma dura voz.

—Que te preocupas por mí, ya termine mi trabajo nos veremos mañana a la hora de siempre—

— ¿Y qué harás con ese? — lanzó una mirada de odio al rubio.

— ¡Que va hombre! ¡Que me encargo yo de él! ahora vete—

El moreno solo rodó los ojos molestos y salió del lugar sin antes cerrar la entrada de un portazo.

— ¿Navas? — preguntó Guaje al ver como su compañero salía molesto del refugio.

— ¡¿Qué?!—

— ¿Te pasa algo? Estas raro—

— ¿Raro yo? — Soltó una carcajada — ¿Qué clase de rateros son ustedes? ¡Es nuestro querido Sergio él que está actuando de los más extraño y ¿me lo preguntas a mi? Ya sabía yo que eran unos…—

—Pero no te preocupes por él— esta vez habló Marcelo— Ya sabes cómo es de cambiante, quizás esté planeando algo, quien sabe—

—Yo tampoco me trago ese cuento de ser amable, pero el chico no parece una amenaza— respondía un feliz Guaje.

Navas observó a David por unos minutos antes de darle un tremendo sopapo en la cabeza.

— ¡No es cuestión de que sea una amenaza o no! ¡Se trata de un niñato entrometido que viene a entorpecer nuestro trabajo! — exclamó exaltado mientras Guaje se sobaba la cabeza del golpe.

—Anda Navas cualquiera diría que solo estas celoso por Sergio— Marcelo hizo un codazo cómplice a Guaje mientras lanzaba risillas.

—Saben que, mejor olvídenlo— bufó— a veces ni entiendo porque sigo con ustedes— dicho esto dio media vuelta para retirarse.

— ¿A dónde vas? — preguntó Marcelo.

—Ya es tarde, no habrá más laburo por hoy y ni pienso quedarme por aquí vigilando— entre pasos se perdió en la oscuridad.

Los otros dos decidieron hacer lo mismo, ya verían mañana si el rubio seguía con vida o no.

—No le hagas caso, ha de estar en sus días— se burló Sergio.

Fernando solo le ofreció una sonrisa tímida, aun le costaba soltarse a pesar de la cortesía y amabilidad que estaba recibiendo de Sergio, por dentro su lado perjuicioso le seguía insistiendo en que no se confiara demasiado, después de todo estaba tratando con personas peligrosas.

—Y bien— prosiguió mientras se acomodaba más decentemente en su asiento — así que Fernando eh?— lo examinó— ¿porque este lugar? —

—Pues… realmente no pensé en un lugar fijo, simplemente me deje llevar por el camino del autobús—

—Y preferiste este lugar a tu casa, por tu pinta pareces de uno de esos barrios ricos, es raro ver a un tipo como tu rondando por estos lugares— se levantó para preparar un vaso de agua y ofrecérselo.

—Gracias— aceptó el vaso.

Sergio le sonrió y volvió a su asiento.

Bebió y dio un suspiro, quizás no volvería más a salir de aquel lugar y ya no volvería a ver a esos tipos, así que no tenía nada de malo desahogarse, además Sergio le inspiraba cierta confianza, quizás después de todo si podía confiar en él.

—Bueno verás, más que huir de mi hogar lo hice de mi familia—pausó—digamos que no me relaciono muy bien con ellos—

—Anda quillo ¿pero con tu propia familia? Debió de ser por algo grave supongo ¿no? —

—Digamos que no tenemos la misma forma de pensar, ellos llevan un estilo de vida distinto al mío— Miró a Sergio y vio que este ponía un rostro de no entender absolutamente nada, se permitió echar un risita corta y se dispuso a hablar más claramente.

—Ellos quieren manejar mi vida a su antojo, pretenden que sea algo que yo no soy, todos actúan de esa forma, mis padres y mis hermanos — se quedo unos segundos observando el vaso vacio que tenía en las manos— él único que realmente me conoce y que respeta mis decisiones es mi abuelo, es la única persona que se preocupa por mí, el único al que realmente le importo—

Sergio se quedó observándole en silencio, vio su pequeño rostro cambiar de expresión a una triste y algo dentro suyo se removió.

—Ellos tienen un concepto tan distinto de la vida, no sé si soy yo el de mente primitiva o sin son ellos los de alma primitiva, de igual forma contrastamos demasiado en muchas cosas, discutimos hasta por los cambios de clima, tratan de encontrarle siempre el lado malo a todas mis acciones, no importa lo que haga ni como lo haga siempre, siempre estará mal para ellos. Por eso dejé de prestarles atención, dejé de darles el gusto de complacerles y quizás por eso me echen la culpa de absolutamente todo, digamos que soy la oveja negra de la familia— sonrió

—Pero ser la oveja negra no significa que seas malo, simplemente que eres diferente— expresó Sergio.

—Lastimosamente ellos no piensan de esa forma, creen que solo existe un camino para llegar al éxito y que ese es el dinero, no saben que existen muchos otros caminos que conducen a la felicidad—

—Tienes una manera muy bonita de pensar— y ese elogio alegró a Fernando, no estaba muy acostumbrado a recibirlos.

—Creo que eres el único que piensa así de mí—

Lo miró y sintió la calidez en la sonrisa que le ofreció Sergio, realmente se sentía a gusto en ese lugar, a pesar de las circunstancias, del engaño de la vista y de las apariencias, Sergio le estaba ofreciendo algo realmente valioso que casi nadie más se atrevía a obsequiar, su tiempo.

—Lástima que no dure mucho— Sergio volteó para colocar la lata de cerveza sobre la mesa de nuevo, y la tensión volvió al cuerpo de Fernando al escuchar esas palabras, al parecer sus pensamientos recientes lo habían traicionado.

Vio como el mayor fijo sus ojos de nuevo en los suyos, y algo dentro de él dio un brinco, su corazón que empezaba a latir más apresuradamente, su imaginación que comenzaba a crear mil y una imágenes en su mente, su respiración que cada vez se hacía más dificultosa, el aire que se volvía pesado…

Sergio cerró los ojos, bajo su rostro y rió en lo bajo, había notado el cambio de actitud en Fernando y eso le causó gracia, al parecer no era muy bueno expresándose, se lo habían dicho millonadas de veces sus propios compañeros e inclusive su actual pareja.

— ¿Te echas para atrás de nuevo? — Preguntó — creí que ya te estabas soltando—

No sabía que responder, sus cuerpo se había congelado al igual que sus expresiones y su voz.

—Anda quillo que malos presagios tienes, que no soy tan bruto como aparento, si fuera de esa forma tu rostro hace tiempo que estaría cubierto en cenizas—

—Entonces porque…—

—Vamos no te pongas en las mismas que Navas, que yo quise así y esta ¿Ok? No me gusta dar explicaciones— bufó.

—Gracias—

—Lástima que no duren mucho porque supongo que volverás con ellos— continuó la frase que le había quedado a medias y que había confundido al pobre rubio.

Fernando solo asintió en silencio, aun su razón no podía permitirle creer en todo lo que estaba ocurriendo, pero al parecer la primera impresión no siempre es la correcta. Se había desesperado en su interior en vano y su mente había diseñado imágenes que lo querían aturdir sin motivo alguno.

— ¿Porque yo Sergio?— preguntó el rubio algo tímido evitando la mirada del castaño.

Sergio lo miró detenidamente por unos segundos hasta que desvió su vista hacia otra dirección dando un resoplo.

—No sé, creo que porque eres diferente —

— ¿Diferente? Como…—

—Ya te dije que no preguntes tanto joder, que aquí el que interroga soy yo—

Fernando lo miró sin timidez esta vez.

—Gracias—

— ¿Otra vez? ¿Por qué? — cuestionó Sergio.

—Por dejarme estar aquí— respondió con una sonrisa.

—No te encuentras a tipos como yo todos los días— presumió el castaño—además solo es un capricho mío el dejarte todavía con vida—

Ambos se miraron por unos segundos y Sergio volvió a sentir aquella misma sensación que cuando se miraron por primera vez, se mordió el labio inferior y volteo el rostro hacia el frente, tenía que parar con aquello, estaba actuando de una manera inapropiada consigo mismo y con aquel chico. Suspiró y pensó ¿qué carajos estaba haciendo? Cuando trataba con otros generalmente o los metía en su banda o los mandaba asesinar, no existía una amistad o un lazo aparte de esas dos opciones ¿Qué lo llevo a hacer que ese chico fuese diferente a los otros? Tenía que encontrar una respuesta lógica, pero no podía, porque no la hallaba.

Permanecieron unos minutos más en silencio, Fernando se dio cuenta de la actitud pensativa de Sergio y decidió no entrometerse, paseo su mirada intentando inspeccionar mas el lugar hasta que sintió una vibración proveniente de su bolso, la revisó por dentro y vio que su móvil emitía un sonido débil, al parecer alguien intentaba localizarlo por medio del aparato, maldijo en lo bajo sabía que no debía de traerlo consigo, rápidamente quiso apagarlo pero se dio cuenta de que era tarde.

Unas luces potentes se dieron paso penetrando los huecos de aquel refugio junto con un ruido de motor que los sorprendió a ambos, pero más a Sergio que se levantó de golpe para encaminarse hacia la entrada, Fernando hizo lo mismo, y al abrir la puerta se arrepintió al instante de haberlo hecho.

Un automóvil todo terreno de color negro posaba lujoso frente a ellos, Sergio enarcó una ceja y miro a Fernando buscando alguna explicación pero este al igual que el miraba sorprendido aquella escena, volvió su vista de nuevo en frente y vio como la ventanilla del auto bajaba lentamente para mostrar el rostro de un señor quien los miraba de una forma dudosa.

— ¿Fernando? —

Fernando no respondió, simplemente se dedico a observarlo con una mirada fría que no duro mucho pues la siguiente imagen que bajó de la puerta trasera del automóvil lo hizo cambiar de expresión. Esta vez su rostro era de estupefacción.

—Mi Fernando ¿qué haces tú aquí? — Un hombre galante, bastante apuesto, vestido con un moderno traje color café, se acercó rápidamente al rubio.

Y por alguna extraña razón esas palabras molestaron a Sergio.

— ¿Te encuentras bien? ¿Te hicieron algo malo? —inquirió el hombre mientras tomaba delicadamente con sus manos el rostro del rubio.

Y Sergio tuvo unas tremendas ganas de darle un tremendo golpe.

—No te preocupes estoy bien— Fernando sin perder delicadeza retiró las manos de su rostro — ¿Pero qué haces tú aquí? —

—Eso tienes que contestarme tu ¿Qué hacías tú por esta zona? ¿Acaso estás loco? —

— ¿Lo conoces Fernando?— preguntó Sergio, y la dureza en su voz y en sus ojos habían vuelto.

—Si— respondió algo apenado.

— ¿Y este? — cuestiono el hombre con un tono despectivo.

—Y tú quien te crees para hablarme con ese tono de voz— La brusca voz de Sergio y su mirada agresiva hicieron que el hombre se retractara rápidamente de su reciente comentario. Fernando vio como su nuevo amigo apretaba los puños con dureza y sabía perfectamente que si no hacia algo al respecto todo acabaría muy mal.

—Sergio no te preocupes, es solo un amigo mío—

— ¿Amigo? — inquirió el hombre.

—Si— cortó Fernando antes de que su “amigo” saliera con alguna estupidez propia de él.

El hombre solo rodo los ojos en señal de disconformidad.

—Tenemos que irnos— lo tomó del brazo.

—Que no es obvio que no quiero regresar— se soltó.

—Es decir qué prefieres quedarte en este basu…— paró al sentir la mirada del tal Sergio.

—Vuelve a abrir tu sucia bocota y veras lo que…— quiso irse contra el hombre pues no se aguantaba las ganas de darle una tremenda paliza y desfigurarle ese rostro horrendo pero las manos de Fernando en su pecho se lo impidieron.

—Por favor— le pidió, Sergio lo miró e intento tranquilizarse, lo que menos quería era perturbarlo.

El hombre solo miraba atónito toda esa escena ¿Qué tanta intimidad y confianza tenían esos dos? Un vagabundo muerto de hambre con su pequeño Fernando ¿De qué se había perdido en ese tiempo? Además solo una locura pudo haber traído al rubio hasta allí.

—Fernando— lo llamo de nuevo.

—Ya te dije que no pienso volver— se dirigió de nuevo a él.

—Que lastima porque tu abuelo quería verte— expresó con una sonrisa triunfante.

— ¿Abuelo? — Preguntó— ¿El regreso?—

—Lo hizo esta noche, y fue por ti por quien primero pregunto—

Fernando se permitió unos segundos de silencio dejando que su vista se fijara en los ojos del hombre ¿Estaría hablando en serio? Su abuelo le había dicho en su última visita que tardaría unos meses en volver pues tenía que terminar algunos trámites en Europa Oriental ¿Qué había sucedido para que volviera antes de tiempo?, solo había una manera de saberlo.

—Sergio me tengo que ir—

El otro no respondió, solo se dedico a seguir mirando con odio al hombre a quien tenía en frente, al parecer se había salido con la suya. Hizo una mueca de fastidio con su rostro y dirigió su vista hacia otra dirección cruzándose de brazos.

—Solo lárguense—

Ante el comentario Fernando bajo la mirada apenado y el hombre pudo ver en ellos cierta ¿Tristeza? ¿Qué demonios estaba pasando? No lo sabía pero tenía que terminar con eso.

—Vámonos— El hombre dio media vuelta tomando al rubio de nuevo por el brazo, ya estaban perdiendo mucho tiempo, y eso era lo que menos le sobraba.

—Gracias— dijo por último Fernando antes de seguir a su amigo.

Esa última palabra hizo que Sergio volteara de nuevo el rostro para dar con los ojos del rubio antes de que este subiera y cerrara la puerta del auto tras suyo, las ventanas estaban blindadas de negro así que ya no lo pudo contemplar. El señor del volante volvió a subir la ventanilla, encendió el motor y acto seguido arrancó el auto retrocediendo y dirigiéndose de nuevo hacia el camino por donde había ingresado.

Se quedó parado en aquel mismo lugar observando al automóvil alejarse en las penumbras de la oscuridad, lo vio de lejos perderse en una curva. Se quedó algunos minutos más observando aquella dirección en total silencio, hasta que dio media vuelta e ingreso solitariamente a su refugio.

Capítulo IV “Reflexión”

El retrovisor del auto le mostraba la figura de aquel hombre llamado Sergio a quien había conocido hacia pocas horas y de quien se había despedido segundos atrás, la imagen cada vez se alejaba más de su visión pero aun así sus ojos no se desprendían de él, hasta que entraron en una curva y desapareció, dejando ver solo una ruta oscura detrás.

Se acomodó en su asiento y su expresión volvió a la misma a la que se había acostumbrado, serio y distante, miró al conductor y por un momento quiso decirle algo pero prefirió callarse, de lo que menos tenía ganas en ese momento era la de abrir una conversación, quería reorganizar su mente, tratando de asimilar todo lo que había ocurrido aquel día, desde que tomo la decisión de subir a ese bus, de seguir un rumbo perdido sin motivo alguno solo con la intención de despejar sus pensamientos, se había convertido en un hábito, no con las intenciones de ir para no regresar, si no simplemente para alejarse de toda aquella presión que lo abatía, dejar a su mente pasearse libre y distraerse con las cosas, las personas, los paisajes que él viaje le ofrecía, a pesar de que tenía en sus manos un coche no sería lo mismo porque entonces se sentiría como en casa, encerrado en una caja siendo manejado por otra persona conduciéndolo a lugares predeterminados y seguros, el no quería eso, en el bus podía encontrarse con distintos personajes, que subían y luego se despedían volviendo a sus rutinas, a sus hogares, encontrándose con sus familias, amigos o amores. Se preguntó si algunos de ellos en sus caminos también habrían encontrado a un completo desconocido en una zona totalmente despoblada para desahogarse y conversar con quien posiblemente fuese su asesino. O si fuese solo él quien había experimentado ese extraño pasaje.

—Veo que hiciste un nuevo amigo—

Salió de su trance para mirar a su compañero.

—No comiences Cris— hizo una mueca de fastidio y volteo su rostro al frente de nuevo.

— ¿Comenzar qué? Fuiste tú quien empezó todo esto al decidir venir por este barrio inmundo, es decir ¿Qué se te paso por la cabeza? —

Fernando suspiró, sabía que por más de que le explicase con los detalles más mínimos, Cristiano no lo entendería jamás y no estaba de humor para crear una pelea.

—Mejor explícame mejor lo de mi abuelo ¿Qué te ha dicho? ¿Has conversado con él?—

—No evadas mi pregunta Fernando— su expresión se puso seria— ¿Sabes lo que has hecho? ¡Por favor! — Lanzó una risa irónica— estas arruinando tu integridad y rebajando tu dignidad al relacionarte con ese tipo de gente, no quiero ni imaginar lo que dirán tu familia o la mía si se llegan a enterar de todo esto. El hijo mimado del Magistrado hablando con un indio y además qu…—

— ¡No es ningún indio no lo llames así! —

Cristiano lo miró extrañado, la forma en que había levantado la voz ¿acaso estaba defendiendo a aquel vagabundo? No podía creérselo, al final de cuentas su familia tenía tanta razón al decir que su hijo menor estaba mal de cabeza, y por lo visto muy mal.

—Además Cristiano— lo miró desafiante— ¿No te has puesto a pensar o preguntar sobre mi integridad física antes de que en mi dignidad? Es decir podría estar muerto ahora mismo o gravemente herido ¡Pero no! A ti solo te importa tu maldita reputación, ¿pues sabes qué? Lamento que tu pareja sea un liberal al que le encanta apeligrar su vida conversando con sicarios—

—No entiendo— rió— ¿todo esto solo porque lo llame indio? —

—No. Todo esto porque eres un seco igual que mis padres— se cruzó de brazos y ocultó su rostro volteándolo hacia la ventanilla.

Cristiano bufó, realmente sería complicado tratar con este niño.

—Mira está bien, está bien, solo cálmate quieres—suavizó su voz— si es lo que quieres no te pregunto mas, es solo que me molesta que andes saliendo de esa forma sin avisarme—

—Já— ironizó— no bastaba con mis padres ahora tengo que hacerlo contigo, pues seguirás esperando siempre porque no lo haré—

Rodó los ojos molesto, sería mejor no alargar más esa conversación, sabía que no ganaría absolutamente nada ya que su querida pareja no estaba de muy buen humor para eso, prefirió esperar, ya otro día se enteraría de las cosas.

El viaje transcurrió en completo silencio, Fernando no despegaba su mirada de la ventanilla y Cristiano le dedicaba alguna que otras miradas discretas mientras sonreía por lo bajo, Gordon el chofer tampoco emitía sonido alguno y solo se empeñaba en conducirlos hasta su lugar indicado. Llegando ya casi a la salida del sol, estacionaron frente a un gran portón de rejas blancas decoradas con arreglos florales, Gordon bajó para conversar con unos guardias que le dieron el paso para ingresar a un camino en medio de un inmenso jardín que los conducía a una gran mansión blanca, pararon frente a una gran puerta de madera, Gordon bajó nuevamente del auto para abrir la puerta a sus respectivos dueños. Fernando bajo primero y de manera apresurada se dirigió a su gran hogar, cuando entro no encontró a nadie en el salón por lo que procuro ir hasta el fondo, pero al llegar ahí tampoco encontró nada.

¿Habrán salido con su abuelo? Pero esa pregunta pronto se esfumó, cuando escucho unos pasos detrás suyo.

— ¿Dónde te habías metido? — la voz de su madre lo asusto por detrás, haciendo que voltease hacia ella rápidamente.

—Mamá tranquilízate, mi hermano es joven y hace cosas de jóvenes— su hermano mayor apareció y Fernando lo miró con algo de miedo, aun no podía superar ese sentimiento de frustración hacia ellos, su abuelo siempre le aconsejaba a mantenerse firme y a no temer a nadie, cosa que hacía muy bien, excepto con ellos, no comprendía porque con ellos siempre tenía que ser diferente, porque tenía que verse tan vulnerable y débil frente a ellos.

—Pero aun así nos debe explicaciones — lo miró— No es la primera vez que tenemos que mandar a Gordon para que traiga a este chiquillo— lo agarró del brazo a lo que Fernando se soltó.

— ¡No comiencen de nuevo! Yo solo he vuelto para ver a mi abuelo ¿Dónde está? — dijo algo hastiado y temeroso de que aquello de la venida de su abuelo fuese solo una vil mentira de Cris para obligarlo a regresar.

—Ya, ya no me apuren que ya no estoy en mis mejores tiempos — un señor de avanzada edad llegaba junto a ellos a pasos lentos y sosteniéndose con un bastón. Todos lo miraron, pero el mas emocionado fue Fernando quien rápidamente fue a abrazarlo con delicadeza para no dañarlo.

—Abuelo no puedo creer que hayas vuelto— una sonrisa iluminaba su rostro.

—Yo tampoco me lo creo, pero ya ves como son los ancianos y sus antojos— sonrió amablemente— veo que te has cambiado el tinte del cabello—acaricio sus mechones. A lo que Fernando asintió con un simple ‘hump’.

—Bueno abuelo—interrumpió la mujer—No sería mejor que le pregunte a su nieto donde ha pasado la tarde y noche entera antes de su nuevo tinte de pelo—

El anciano miró a la mujer por algunos segundos para luego mirar a su nieto quien tenían los ojos fijos en su madre como queriendo darle una bofetada ante aquel comentario. Él solo se digno a dar una corta sonrisa para sí mismo, por lo visto las cosas no cambiaron mucho.

—Clarisse acabo de regresar tras mucho tiempo solo para verlos, no pretendas que un anciano como yo arme una guerra con mi nieto a solo dos segundos de saludarlo— miro a Fernando y este le ofreció una sonrisa de agradecimiento.

La mujer solo bufó molesta y se dispuso a alejarse balbuceando a lo bajo algo como “Son tal para cual” después de todo no podía reclamarle nada al viejo porque de él dependía toda la fortuna de su familia.

—Tuvo algunos problemas con sus amigas no se preocupen— Francisco intento dar una excusa para su madre ofreciendo una de sus mejores sonrisas, no quería que por culpa de ella su abuelo tenga una mala imagen también de él.

—Conozco muy bien a su madre Francisco— dicho esto comenzó a toser.

— ¿Abuelo estas bien? ¿No quieres salir al patio un rato? —Esta vez Fernando lo tomo de un brazo y coloco la suya en la espalda del anciano.

—Solo son algunas complicaciones mías, no te alborotes por eso—tosió un poco mas—pero no estaría mal dar un paseo por ahí, así podemos conversar mejor—miró a Francisco como queriendo que este se diese cuenta de la privacidad que quería tener con su otro nieto, lo que no tardo en suceder pues su nieto mayor exclamo un “Ah, entiendo” para luego dejarlos a solas sin antes dar un gruñido en lo bajo, al parecer no era tan distinto a su madre como quería aparentar.

Fernando y su abuelo salieron a pasos cortos y lentos sin apuros hacia el gran jardín que tenían al fondo. Fernando sostenía a su abuelo con un brazo mientras que el anciano con el otro se ayudaba con el bastón. Su nieto no podía expresar mas felicidad, hacía tiempo que no veía a su abuelo ¿unos 9 meses quizás? Por lo que no tenía con quien conversar de sus cosas, privacidades, sueños, anécdotas, todo lo que podía confiar en él, porque solo él podía comprender todas esas cosas absurdas que se le ocurrían según sus padres. Sus dos amigos más cercanos vivían muy ocupados en estos últimos tiempos, uno de ellos estaba en pleno trabajo de abrir su propio restaurante por lo que la mayoría del tiempo se la pasaba entre papeleos y ordenanzas, y el otro estaba en los preparativos de su compromiso y las tesis de su facultad que lo mantenía prácticamente fuera del circulo social, y él, el menor y despreocupado vivía absorto de todo lo que les sucedía a su alrededor, solo podía contemplar como ambos construían su propio futuro.

—Aquí está bien— Su abuelo paró frente a un quincho intentando ubicarse en una de las pequeñas sillas a lo que Fernando lo ayudo para acomodarse mejor para luego ubicarse él al lado de su abuelo sin soltarse de su brazo.

— ¿Te encuentras mejor? — le pasó un pañuelito para que pudiera limpiarse la poca saliva que se le salía al toser.

—Son cosas de ancianos, las enfermedades no se dejan esperar, además ya no estoy en mis buenos tiempos—

—No digas eso abuelo aun te quedan muchos años— lo miró con seña preocupada.

—Eso es solo lo que tú quieres creer pero no es la realidad, ¿Por qué crees que deje todas mis cosas para llegar antes de lo previsto aquí? — Miró a su nieto y este le dedico una expresión interrogativa— Ya no tengo la misma lucidez y vitalidad para encargarme de la administración de

mis recursos y trabajos, hace unos días atrás en la junta olvide donde había colocado un informe que había preparado yo mismo esa misma mañana, ¿sabes donde lo encontré? En el mismo lugar donde siempre colocaba mis informes, en el cajón de mi despacho, no fue el informe en sí, olvidé que tenía un cajón especialmente dedicado a eso—

Fernando lo tomó de la mano presionándola con la suya, no le gustaba escuchar esas cosas de su abuelo, hablando de sus problemas de edad, le hacían sentir que de alguna u otra forma con cada una de esas quejas se despedía de él.

—No me frustré ese día ¿Por qué lo haría? Sabía que esas cosas llegarían algún día, pero no quería aceptarlas, por ende me esforzaba más cada día en forma de tratar de recuperarme, pero no resultaba—suspiró— Puedes vencer todas los obstáculos que te dé el mundo, pero con la única cosa con quien no puedes por más de que lo intentes, es con la muerte—

—No me hables de esas cosas abuelo — intento reprimir algunas lagrimas— ¿También tu me dejaras solo? Eres mi único verdadero amigo y yo te necesito conmigo—

—No seas egoísta Fernando— sonrió— Cuando llegue el momento solo debes dejarme partir, no me presiones queriendo hacer que vuelva a un mundo joven que ya no me necesita, que ya no me tiene paciencia. Termina para mí, pero comienza uno nuevo para ti, será una señal de que tendrás que emprender tu propio viaje y no lo harás solo, te lo prometo—

— ¿Cómo estás tan seguro? De todos lo que conocí nadie ha podido suplantarte, mis amigos, mi familia, mi pareja, todos ellos parecen vivir en mundo en el que tu y yo no tenemos cabida, me siento incomodo estando con ellos, es solo contigo con quien puedo ser realmente yo, sin tener que cubrirme ni aparentar nada — pauso unos segundos— No habrá otra persona así—

— ¿Estás seguro? — le sonrió, el otro lo miro con señas de duda.

—Nadie puede ocupar el lugar de otra persona—

—No, pero puede hacer que ese espacio vacío se llene con otro tipo de emociones—

—No entiendo a que te refieres— lo miró dubitativo.

—Las personas no pueden estar solas, pueden sentirse solas, pero estar no. Y no es precisamente por la falta de compañía que muchos atraviesan esa soledad, muchas veces es debido a depresiones, angustia, frustración consigo mismo, como tú lo estas sintiendo ahora mismo por mi causa — fijo su vista en las flores que bordeaban los postes—No se borran las cosas para dejarlas en blanco, si no para escribirlas encima de nuevo con una tinta mucho mejor, de esa forma personas van de tu vida, pero llegan otras que te cambian el mundo—

Fernando también poso su vista en la misma dirección que su abuelo, comprendía lo que quería trasmitirle, pero para él resultaba tan fácil decirlo, como si por arte de magia alguien apareciera y cambiara el rumbo de su vida, eso solo pasaba en los cuentos antiguos con los grandes magos de época, o con los aventureros. Quizás hubiesen sido historias verídicas, pero eran de esas clases de personas que ya tenían un destino predeterminado y ya poseían ese don desafiante desde su nacimiento, y comparándose con ellos, que podía decir él, nunca había hecho ni ocurrido nada interesante en su vida, o eso quería pensar.

—Pero que hacemos conversando sobre cosas deprimentes de ancianos — rió— eso lo dejo con mis compinches de mi misma edad, pero no es apropiado contigo— su mirada divertida que contrastaba con su aspecto senil volvió a surgir— En verdad que en mi caso, en estas últimas fechas no tengo nada interesante que contarte, papeleos, papeleos, juntas, reuniones ¡Baf! Todas esas rutinas de las que nunca me llegue a acostumbrar—pauso para mirarlo, el otro tenía su rostro recostado sobre una de sus manos— Pero supongo que tú si tendrás algo mucho más interesante que decir—

—Abuelo estas siendo irónico— rió en lo bajo.

— ¿Crees que lo soy? —

Por un momento iba a responderle algo, pero como un pasaje veloz todas las escenas de la noche y madrugada reaparecieron en su mente dejándolo en un estado pensativo, rememorando todo aquello como si de un sueño se tratase.

— ¿Paso algo? O solo estas enumerando las aventuras que me dirás— sonrió divertido.

Su nieto seguía en la misma posición, con la mirada perdida en alguno de los rincones de los jardines, esbozó una sonrisa y volvió a mirarlo.

—Conocí a alguien—

—Uuh esto se pone interesante—

—No es lo que estas pensando abuelo— sonrió.

—Nah esto será aburrido— meneo la cabeza y se recostó en su asiento.

— ¡Hey! — Exclamó y ambos rieron por unos segundos, hasta que Fernando decidió continuar— En serio que fue algo extraño—

—Supongo que habrá sucedido en una de esas escapaditas tuyas—

—Sí, pero esta vez fue diferente, bueno tendría que serlo ya que el bus que tomé no era el mismo de otros días, por alguna razón quise alejarme un poco mas esta vez y no preste mucha atención al camino, llegue ya casi media noche a un lugar extraño, abandonado y viejo y por alguna razón, a pesar de las advertencias del chofer decidí bajar allí— miró a su abuelo para saber si seguía la conversación y este con un ligero movimiento de la cabeza le indico a seguir— Camine por algunos minutos adentrándome en aquel barrio, admito que me sentía inseguro, pero no tenía miedo, parecía un lugar realmente desalojado, no lograba escuchar ninguna respiración, ni percibir a nadie, hasta que… — pausó y se mordió el labio inferior con la mirada baja.

— ¿Sucedió algo malo? — preguntó algo angustiado su abuelo al ver la expresión de su nieto.

—No, no fue eso, solo fue algo que me asustó — levanto la vista —cuando vi a tres hombres con no muy buenas intenciones en frente mío, me hicieron una especie de preguntas y bueno quisieron atacarme pero un perro me defendió—

— ¿Un perro? Eso no sucede todos los días—

—No fue solo el perro— una sonrisa corta apareció en su rostro— un hombre llamado Sergio me protegió—

— ¿También era otro ingenuo paseándose a altas horas de la noche por aquel lugar? —

— ¡Abuelo! — exclamó y un puchero adorno su rostro.

—Ya, ya— rió—continua que creo que está llegando la parte más interesante—

—Pues no, era parte de ellos también, pero por alguna razón extraña no me atacó, al contrario mando a sus compañeros a que no me hicieran nada, luego se presento junto con los demás—

—A ver a ver, te encuentras con unos tipos malos en un barrio totalmente desolado en plena media noche con quien sabe que intenciones, pero luego un hombre de la banda resultó ser bonachon ¿Y decidió no atacarte? ¿A cambio de qué? No me suena muy lógico sabes—

—Sé que parece ser algo sacado de una película de ciencia ficción, pero eso fue lo que realmente sucedió, créeme que yo tampoco logro entenderlo ni encontrarle la lógica, pero…—

— ¿Pero?... —

—Pero me agradó — dibujo una media sonrisa en el rostro lo que contagio también a su abuelo.

— ¿Me dices que aspecto tenia? —pregunto curioso acercándose más a él.

— ¿Por qué tantos detalles abuelo? Ya deberías de imaginar que por su trabajo no tendrá una pinta muy decente que digamos—

—Vamos, no puedo tener una idea de él en mi mente si no me lo detallas bien, por la forma en que me lo narras no ha de ser un tipo tan rudo ¿o sí? —

—Te equivocas, si te dejaras llevar por la primera impresión saldrías corriendo, y no, no estoy hablando de su físico, sino de la expresión de sus ojos y rostro que me intimidaban—pauso unos segundos para pensar— pero si te fijas bien, veras a una persona muy dulce y amable—

—Hablas con tanta emoción de él—lo miró con ternura lo que hizo que Fernando se estremeciera un poco— nunca has hablado así de Cristiano que recuerde—

—No me hables de él—suspiró— ya tengo suficiente con verlo casi todos los días—

— ¿Unm? Que no era tu pareja ¿o acaso ya terminaron? Si es así ¡Dame eso cinco! — alzó su palma—nunca me llegó a caer del todo ese tipo—

Fernando bajo la vista.

—Lamento decepcionarte—

— ¡Pero si eres tan ingenuo Fernando! — Se recostó de nuevo en su asiento— no entiendo cómo puedes seguir con alguien que no te gusta para nada—

—Es fácil decirlo para ti abuelo, pero sabes que su familia y la mía ya tenían una…—

—Excusas, excusas—lo interrumpió— ¿No has aprendido nada de lo que te he enseñado? ¿Quieres conservar tu dignidad frente a ellos? Que te sigan viendo bonito, buen chico, educado, fingiendo que te gusta solo para dar placer a otros, así nunca serás feliz, sacrificas tú felicidad por otros que

no se la merecen. Respeta a la naturaleza, mira más películas de animales y fíjate como ellos luchan por su espacio—

Fernando se sorprendió de las palabras de su abuelo, bueno él siempre solía hacerlo entrar en razón como decía, pero era la primera vez que tocaba el tema de su pareja. No podía contradecirle para nada, todo lo dicho por él, es como si lo hubiese sacado de su propio pensamiento. ¿Por qué seguía con alguien que no le causaba ni la más mínima alegría? Podía citar muchas excusas como decía su abuelo, pero ninguna le llegaba a responder. En un principio cuando lo conoció lo vio como un chico más de su edad, es cierto que su belleza también lo cautivó, pero solo por la primera impresión, al conocerlo mejor se dio cuenta que no tenía nada en especial que ofrecerle, resultó ser tan igual a los otros. Por alguna razón mayor sus familias compaginaron muy bien, ambas eran de las mismas raíces, la política, al parecer Cristiano también era un seguidor fanático de las leyes, algo bueno, por lo menos compartían el gusto por la lectura. Llegaron a concretar citas, paseos, llamadas, mensajes y por un momento Fernando sintió que le importaba a alguien, lo que le causó tranquilidad, no estaría solo como solía imaginarse y torturarse. Tantos reproches de su familia diciéndole que nunca encontraría a alguien si seguía con sus mismas estupideces porque nadie quería a los vagos que solo se dedicaban al arte, pensó que Cristiano llegó en un momento justo, para hacerlo sentir en compañía, para refregar en sus caras que si había encontrado a alguien que lo acompañaría en sus estupideces. Rió al darse cuenta de que se había equivocado, se había dejado llevar por los prejuicios, por el qué dirán lo demás, porque en realidad solo quería su compañía para mostrarse fuerte y seguro, nunca llegó a necesitar nada mas de él, y cuando se dio cuenta de aquello se sintió terrible de mal, que llego a encerrarse un día entero en su habitación sufriendo como siempre igual, solo.

No quería hacer sentir mal a otros, no quería dañar a nadie, aun cuando tendría que dañarse a sí mismo, siempre intentó complacer a todos y fue eso lo que le fue consumiendo día a día, dejándolo exhausto, haciendo que se olvidase por completo de sí mismo, de quien era verdaderamente. Seguía con Cristiano, porque no tenía el valor para decirle no, seguía porque no quería enfrentarse y decepcionar aun más a su familia y a la de él, seguía con él, porque creyó que nadie nunca lo querría, y porque no quería quedarse solo por siempre.

— ¿Fernando te encuentras bien? — Su nieto había tomado una expresión extraña, se mordía el labio inferior y sus ojos empezaban a aguarse—Escúchame no quise…— intentó tomarle de la mano.

Fernando quiso responderle que todo estaba bien, quería mentirle de nuevo, pero ya no podía, una presión en su pecho llevado al nudo que se le formaba en la garganta y el ardor de sus ojos que le pedían expulsar lagrimas le impedían emitir sonido alguno. Pensar en todo aquello lo quebró, otra vez.

—Fernando…— quiso consolarlo pero una tercera voz se lo impidió.

—Señor Torres es hora de sus medicamentos—una mujer vestida de blanco llegaba junto a ellos con un botiquín en las manos.

— ¡Pero qué momento más oportuno tienes para aparecerte! —Exclamó molesto.

—Señor pero…—

—Ni peros ni nada será mejor que…—

—Mejor será que te mediques abuelo no quiero que te pases tus dosis—Esta vez fue Fernando quien lo interrumpió— No quiero que por mi culpa te olvides de tomarlas—le ofreció su más amable sonrisa.

El abuelo miró a su nieto asombrado, la rapidez con que se había repuesto, hacia unos pocos segundos parecía que estallaba en lagrimas y ahora se mostraba tan firme y seguro.

“Ante cualquier situación, siempre muéstrate erguido, firme y con la voz segura, nunca decaigas”

Recordó esa frase suya y se dio cuenta que su nieto la aprendió en perfección, ¿hasta cuanto podía aguantar? Le gustaría averiguarlo, pero no podía pedirle más o terminaría acabando con él. Comprendió que su nieto necesitaba algunos minutos a solas, consigo mismo, su labor con él en ese día había terminado, quizás más tarde cuando algún momento lo ameritara volverían a conversar sobre disparates como estaban acostumbrados, pero ahora mismo necesitaba un espacio de reflexión.

—Tienes razón— Le devolvió la sonrisa — Además de seguro estarás cansado por toda tu trayectoria de anoche, supongo que no has tenido una buena dosis de sueño— intentó levantarse a lo que Fernando se dispuso a ayudarlo junto con la enfermera.

—Gracias abuelo—

—No tienes que agradecer, conversar contigo siempre fue un placer —

Ambos llegaron hasta el salón, su abuelo se dirigió a su despacho junto con la enfermera y él se encaminó hacia su habitación. Se preguntó por Cristiano, si habría regresado a su trabajo o si aun estaría rondando por aquí, se guardó su pensamiento, lo último que quería era verlo después de la charla que tuvo recientemente. Prefirió dar por terminada aquella conversación, no quería molestar a su abuelo con sus problemas, de seguro él ya tendría suficientes con los suyos y además ya no estaba en edad suficiente para tolerar los problemas de un adolescente inmaduro que ni se entiende a sí mismo.

No quiso apresurarse, a pasos lentos subió por las escaleras y llegó a su destino, su abuelo tenía razón, no había pegado un ojo desde que salió de su casa el día anterior, además de los acontecimientos que habían ocurrido de forma tan rápida lo mareaban un poco. Se quitó las ropas que tenía demás y se dejó caer en la cama, con la vista al techo se preguntó si volvería encontrarse con aquel hombre. Pensó que no sería tan mala idea, luego cerró los ojos.

Capitulo V “Reencuentro”

Francisco se dirigía hacia el despacho, había escuchado un portazo desde ahí hace unos minutos atrás, supuso que era su madre y aprovechando que el abuelo y su hermano se encontraban en el jardín, decidió ir a arreglar algunos asuntos pendientes con ella. Cuando ingresó la encontró sentada frente a su escritorio, con sus anteojos puestos y la misma expresión amargada de siempre, tenía una pila de papeles y una notebook en frente, al parecer andaba muy ocupada con su trabajo o al menos eso quería aparentar. Cuando cerró la puerta tras suyo ella no se molesto en levantar la vista, quizás fuese el llamado sexto sentido de las mujeres o el instinto maternal pero sin siquiera mirarlo supo de quien se trataba.

—Ahora que es lo quieres Francisco— su voz no daba señas de querer ser amigable.

Él la miro por algunos segundos para luego bajar el rostro y echarse una risilla corta.

—Por lo visto el malhumor de hace rato no se te ha pasado mamá—

Levanto la mirada y la fijo en los suyos, tenía unos lentes de lectura que se las sacó con delicadeza, dio un suspiro y se propuso a contestarle.

—No estoy para tus bromas ¿Qué es lo que se te ofrece ahora? —Se coloco de nuevo los anteojos—Por si no lo ves ando con mucho trabajo como para escuchar tus lloriqueos— se puso a escribir de nuevo.

—Se nota que lo del abuelo y mi hermano te ha sacado de quicio ¿no? Esta no suele ser tu hora de trabajo—

—No quiero hablar de esos dos—

Francisco sonrió y se dispuso a tomar asiento en uno de los sillones.

—Fernando se salió con la suya hoy —la miró— como no, si tenía al abuelo de su lado, solo quiero ver hasta cuando le dura su compañía—

—Tu hermano solo me saca dolores de cabeza con sus salidas— puso una de sus manos en la frente para masajearla— pero ese es el precio que tenemos que pagar por cuidar a ese mocoso—

—Solo será por un tiempo más mamá, cuando ya no tenga a su anciano consigo puede darse todas las salidas que quiera y quedarse a vivir en ellas si quiere—

—No seas idiota, sin tu hermano no hay fortuna, no hay negocios, no hay nada. Es un secreto a voces que el imbécil de tu abuelo le dejará la mayor parte para no decir que le dejara absolutamente todo, está tan viejo y tarado el pobre que le confiara toda su fortuna a un niñato que ni siquiera sabe qué hacer con su vida— de rabia cerró la notebook de golpe.

—Tranquila mamá quizás solo sean sospechas tuyas él nunca ha afirmado nada de eso—

— ¡No es necesario que confirme nada! ¿Qué no ves como se llevan? es con él único con quien conversa y se entretiene cuando viene por aquí, es su preferido—volteó la vista hacia la ventana —además de a poco nos está apartando de sus asuntos laborales ¡ya hasta ha rebajado a tu padre de su cargo solo para dejarle el ´puesto a su nieto querido! Es una cosa de locos—

— ¿Realmente el abuelo esta cuerdo? Digo cualquier persona con uso de razón sabría que Fernando no es la persona indicada para encargarse de semejante trabajo, el chico tiene otros intereses, como dar paseítos, pintar caricaturas o ponerse de hippie queriendo ayudar a cualquier animal que encuentre en la calle y cosas así— se burló.

—Cualquier persona que este al lado de tu hermano no será una persona cuerda, aun así tenemos que soportar todas sus manías extrañas por lograr nuestro objetivo, ese chico realmente no sé en qué mundo vive, tiene suerte de que un tipo guapo, inteligente y lo más importante de todo, con muchos dólares en los bolsillos, se fijara en él, es la única cosa rescatable que logro en su vida— rodó los ojos.

—Pero tienes razón, hay que cuidar muy bien a mi hermanito— dibujo una sonrisa malévola— Después de todo nuestro futuro depende de él, además de que no estoy muy seguro de que el pobre pueda encargarse de toda esa fortuna, necesitara de tutores y quien mejor que nosotros quienes si tenemos cordura legal—

—Pero no lo será mientras ese viejo siga con vida, ¡Dios, me desespera! Cada vez viene quejándose más de sus dolencias pero nunca muere, no sé cuánto tiempo más tenemos que esperar—

—No tenemos que esperar nada ¿para qué hacerlo? — lanzó una mirada cómplice a su madre.

— ¿Qué estas planeando ahora Francisco? —

—Nada malo— sonrió — al menos no para nosotros dos—

Su madre lo miró con señas de duda.

—Espero que sea así—

—Ya lo tengo todo planeado, Fernando tendrá que ir despidiéndose de su compañero—

Abrió los ojos algo adoloridos, su cuerpo le pesaba y le costaba siquiera hacer un mínimo movimiento. Con esfuerzo logro apoyar su espalda por el cabezal de la cama, pasó su mano por el rostro y soltó un bostezo, con la mirada perdida buscó algún reloj por la cómoda del costado, cuando lo encontró se fijó y abrió los ojos de golpe al ver que ya rondaban por las 4 de la tarde. Pasó de nuevo su mano por el rostro para luego llevárselo hacia atrás con el cabello, parpadeó unas cuantas veces y decidió levantarse, le costó algo enderezarse pues las largas horas que había pasado en la misma posición hicieron que sus extremidades se quedasen paralizadas, con unos quejidos bajos se dirigió al baño, al parecer las dolencias de su abuelo eran contagiosas o algo por el estilo. Tomó una ducha corta disfrutando de las gotas de agua que le recorrían el cuerpo y le producían tranquilidad, se pregunto cuantas horas se las había pasado dormido, si bien terminó su charla con el abuelo antes del almuerzo serian como ¿unas seis horas? Realmente ya estaba siendo el colmo de holgazán, pero tenía una buena excusa que lo respaldaba.

Se vistió y salió de la habitación, quiso buscar a su abuelo pues se sentía un poco mal por haber terminado la charla de aquella forma, quizás hubiese sido un poco cortante con él y eso que lo veía después de tantos meses. Se encaminó hacia la habitación de huéspedes, tal vez estuviese allí, después de todo conocía a perfección a su abuelo y sabia que este no se pondría a conversar con su hermano o madre en sus ratos libres, si lo hacía era simplemente por asuntos profesionales nada personal. Cuando llegó dio unos golpecitos a la puerta y esperó por unos segundos, cuando no obtuvo respuestas volvió a golpear pero tampoco nada, así que tomó la cerradura y la abrió, asomo su cabeza dentro y lo vio recostado, durmiendo plácidamente, después del largo viaje que había tenido era obvio que también se encontrase agotado, cerró lentamente la puerta de nuevo, será mejor que lo dejase descansar bien, después de todo tendrían tiempo de sobra para continuar con sus conversaciones. Bajó hasta la cocina y se pregunto si la chica había cocinado algo en el almuerzo, no es que estuviese muerto de hambre pero lo último que había ingerido el día anterior era solo un pequeño sándwich en el autobús, y bueno su estomago no aguantaría mucho, revisó algunas ollas de cocina y se decepciono al ver que estaban todas vacías, al parecer no se habían tomado el gusto de esperarlo, nada extraño de su familia. No quería molestar de nuevo a la mujer con sus antojos de comida que de seguro andaría con otros deberes, así que planeo salir a comer algo en algún restaurante.

Fue de nuevo hasta su habitación, se tomo un pequeño chaleco rojo para combinar con la remera de color blanco que llevaba, junto con un gorro y una bufanda del mismo color, sus llaves, el bolso favorito y la billetera. Bajó las escaleras y se paseó por el salón buscando alguna señal de vida pero no encontró a nadie, mejor, así no tendría que rendir excusas. Caminó hasta la entrada de su hogar, en el portón se topo con el guardia a quien le dio un corto saludo, este mientras tanto lo miró extrañado, quizá después avisase de nuevo a su familia que estaría escapando de nuevo, pero al menos él no tenía derecho en aquel momento de retenerlo, después de todo el solo recibía órdenes, dio media vuelta y con ambas manos en los bolsillos empezó su recorrido.

—Parece ser que quiere llover— miró al cielo gris que mezclado con unas nubes de color azul le otorgaban un paisaje sereno a esa tarde fresca en Madrid.

Las calles de su barrio no eran muy concurridas, al ser un barrio residencial pocas personas se la pasaban en caminatas o paseos por ese lugar, como la mayoría poseía lujos en su haber, preferían quedarse en sus casonas o bien a dar paseos pero en sus carros de último modelo. Él no era si, por el contrario prefería sentir el aire fresco rozar su rostro, a las pequeñas gotas de lluvia salpicar, o

ver a los viejos arboles dejar caer sus hojas sobre su caminar, todo un paraíso que llevado a una buena obra de arte sería tan relajador y hermoso. Cuando por fin llegó a las avenidas, empezó a ver a las personas andando despreocupadas por su alrededor, algunas entre corridas intentando no perder más tiempo, otras charlando a voces por sus móviles, algunas con bolsas que ya no le cabían en ambas manos, a hombres altaneros que podían pasarte por encima si no lo cedías el paso, bocinas de autos agudizando el sonido de la ciudad, gente pasando con su indiferencia frente a los pobres que se encontraban en las esquinas, grupo de amigos riendo a carcajadas mientras presumían sus móviles de alta tecnología, la calma de hace rato terminó, ese era el mundo al que pertenecía. Se detuvo para esperar la luz roja, cuando se dio cruzó la calle junto con un grupo de personas a quienes ni siquiera prestó atención, típico de la gente que solo se importa a sí misma, después de todo a ellos tampoco les interesaba su rostro ni mucho menos su persona. Irónico, pensó, estar rodeado de tanta gente a esa hora, gente viniendo del trabajo, gente rencontrándose con amigos en restaurantes o bares, gente haciendo compras, gente comprando la mayor cantidad de comida posible para la cena, gente discutiendo por teléfono, gente pidiendo dinero, todos juntos haciendo cosas distintas a la misma hora, en la misma fecha, en el mismo instante y aun así con todo ese barullo a su alrededor se sentía, solo. La tarde gris era la única que lo acompañaba junto con sus pensamientos, cruzando ya la otra cuadra, o seria por impresión o imaginación suya que sentía el sonido de una moto, la única quizás entre todos los automóviles que lo venía siguiendo desde que se encontró en la avenida mayor, se guardo esa sensación, tal vez solo estuviese siendo demasiado detallista con las cosas. Seguía caminando y el sonido del motor de la moto continuaba detrás de él, a cada paso que se daba lo sentía más cerca, se pregunto si la gente que venía junto a él también lo habría notado, pero al parecer no lo habían hecho pues seguían con la misma expresión desinteresada, suspiró, quizás estaba exagerando las cosas, pero no podía negar que una presión le molestaba en el pecho, una que ya había sentido en algún momento pero no lograba recordar donde. Cuando llegó a la quinta cuadra se fijó en que las personas que venían junto a él ya habían desaparecido, ahora eran solo él y el maldito sonido que seguía tras suyo, sería estúpido emprender una caminata mas apresurada pero era su única opción, cruzó la calle y lo siguiente casi le arrancó el corazón de susto.

El sonido aterrador de la bocina de un autobús de viaje lo dejó en shock cuando lo vio pasar a toda velocidad a tan solo unos centímetros suyos, unos centímetros que serian su muerte si es que una moto negra junto con su viajante no se hubieran puesto en el paso para que el bus se desviara tomando otro rumbo, dejándolo a él sano y salvo en el peatón de circulación de vehículos pequeños. Tenía los ojos entre abiertos aun con el susto en ellos, cuando recuperó la conciencia de lo que acontecía a su alrededor se fijó en la luz verde del semáforo, y se dio cuenta de que si no fuera por la intervención de aquel hombre estaría cometiendo su propio suicidio. El hombre llevaba un casco y la vestimenta del mismo color que su móvil. Fernando lo miró cuando inclinó la moto y presionó el freno de abajo para dejarlo estacionado, se quitó el casco y sus ojos se encontraron.

Otra vez.

— ¿Sergio? —

El castaño bajo sin apuros y colocó el casco en la parte de atrás de su móvil.

—Por lo visto te encanta meterte en problemas— se recostó por la moto con los brazos cruzados— y siempre resulto ser yo tu salvador ¿coincidencia quizás? — sonrió.

Eso fue suficiente para que Fernando olvidara todos sus pensamientos recientes.

Los pasos lentos y firmes hacían que el piso emitiera un sonido agudo que rompía con el silencio de aquella casa vacía, cuando llegaron a su destino se detuvieron por unos segundos frente a una gran puerta blanca que emitió un chillido al ser abierta sin apuros. Sumió su cabeza dentro de aquella habitación, observó el lugar por unos segundos y vio a un pequeño cuerpo descansando cómodamente sobre una cama, dibujo una sonrisa de medio lado e ingresó cerrando con cuidado la puerta tras de sí. Se dirigió hacia un pequeño cajón que se encontraba al lado de la cama, echó un vistazo de nuevo al cuerpo que se encontraba en ella para luego abrir uno de los cajones y retirar de ella lo que parecía ser un pequeño botiquín, la colocó encima y empezó a examinar los objetos que se hallaban dentro, al dar con un pequeño frasco sonrió y volvió a mirar al hombre por unos segundos, su rostro carecía de expresión al igual que sus ojos que por un instante parecieron mostrar algo de pena pero que desapareció fugazmente cuando de uno de sus bolsillos sacó una pequeña bolsa y la derramó sobre un frasco.

Los ojos cansados se abrieron lentamente.

—Francisco ¿Qué haces por aquí? —

—Quería ayudarte con tus medicamentos— contestó sin dejar de vista su preparación tomando un liquido del botiquín y mezclándolo con el polvo del frasco, luego con una pequeña cuchara lo removía hasta dejarla espesa.

—Que yo sepa tú no has obtenido un titulo de enfermería— se acomodó y se recostó con dificultad sobre el cabezal de la cama— ¿Dónde está ella? —

—Abuelo— soltó una risilla sin mirarlo— no desconfíes tanto de tu nieto, es solo una amabilidad de mi parte —terminó de remover la preparación—ella fue a comprar algunos remedios que le indicaba una receta tuya, y consciente de que te faltaba un medicamento pues me ofrecí a

prepararla por ti, no es muy difícil hasta tengo entendido que tu y todo la haces y tampoco tienes un titulo de enfermero ¿o me equivoco? —

Un ‘hump’ algo molesto fue lo único que respondió el anciano.

—Toma— le ofreció una pequeña dosis— no quiero que la enfermara me reclame que me pase de hora— le sonrió con amabilidad. El otro solo acepto de mala manera.

—Hay que ver uno como se la pasa el día, lleno de drogas— lo tomó.

Francisco solo asintió con una sonrisa.

— ¿Estás bien no? —

Ambos contrastaban con la multitud de gente que caminaban por su alrededor, todos iban en apuros con empujones, con quejidos bajos, con músicas chillonas, sin haber notado siquiera que hacía unos pocos minutos un hombre de aspecto no muy decente había evitado un accidente.

—No te preocupes solo ha sido un susto— tenia la mirada baja, realmente más que asustado se sentía apenado, de saber que andaba de despistado y que otro tuvo que venir a hacerlo entrar en el mundo de nuevo y que haya sido especialmente él, lo había aturdido.

—Pues no ha sido culpa tuya para que sepas, aquel bus no respetó las señales de tránsito de la circulación de motocicletas, el hecho de que por aquí no la utilicen mucho no quiere decir que se deban dejar pasar de largo— su voz tenía un toque firme y suave a la vez.

Fernando levantó la vista.

— Gracias, otra vez—

Sergio lo miró por unos segundos y luego bajó el rostro dibujando una sonrisa en ella— Anda vamos de aquí que los demás ya se apuran— dicho esto se encamino hacia la moto de nuevo posicionándose sobre ella, mientras Fernando solo se lo quedo mirando desde su lugar sin entender mucho lo que sucedía.

— ¿Qué no vendrás? — se dio cuenta de que el rubio no lo había captado y por ende le paso el casco que tenia detrás—Toma, es por seguridad, no digo que haya mucha pero a veces soy yo el problema—

Fernando lo tomó con torpeza y lo miró con algo de duda en el rostro.

—Es que…— se mordió el labio inferior.

—Nunca has subido a una— respondió por él.

El otro solo asintió negando con la cabeza.

Sergio suspiro recostando sus brazos por los volantes de la motocicleta. “Estos chicos de la sociedad” pensó.

—Siempre hay una primera vez— levantó el freno y encendió el motor esperando a que el otro se decidiera.

Fernando lo miró y se tardo unos segundos en seguirlo, tomo el casco y se lo colocó torpemente lo que sacó una sonrisa de los labios de Sergio, luego con cuidado se coloco detrás del castaño mirando ambos costados tratando de equilibrarse para no caer en el camino.

—Sostente bien y no te preocupes, usualmente no suelo dejar caer a mis acompañantes—dijo adivinando sus pensamientos.

—No quise…— quería disculparse por desconfiar pero Sergio arrancó la moto de golpe e hizo que Fernando se pegara un susto ante la rapidez con que habían despegado en la carretera. Iban a una velocidad impresionante que le parecía que se pasaban de los limites y temía por que en una de esas algún bus o automóvil se le saliera por el camino, pero eran imaginaciones absurdas, Sergio ya debía de estar acostumbrado a estos viajes y era estúpido desconfiar de su capacidad, así que prefirió dejar su mente en blanco y disfrutar del viento que hacía que su ropa se pegara mas al cuerpo sintiendo en su piel un aire freso y húmedo que no había sentido antes.

Pero tenía una incomodidad. El casco le pesaba y mucho, que hacía que por momentos tuviera que sostenérsela con una mano por miedo a que lo desnucara o algo por el estilo, mientras que la otra mano la mantenía presionada en el costado del asiento. Sergio lo miraba en ocasiones desde el retrovisor de la moto y no podía reprimir una risa divertida al ver como se la estaba pasando su compañero.

— ¿Divertido no?—

—Eso creo— respondió fijándose en la cercanía con que pasaban los autos a los costados suyos.

— ¿Crees que vamos muy rápido? —

—No — fue lo único que respondió, aunque por dentro desease que bajara un poco la velocidad, pero no quiso decírselo pues quería evitar que pensase de él como un crio chillón.

—Entonces no te molestara que la alce mas— presiono el acelerador y fue como si un tornado de viento se le viniera encima y se le encogieran todos los órganos por la presión que ejercía el aire que chocaba en su cuerpo. Sergio desviaba a los automóviles como si de una carrera de autopista se tratase por lo que Fernando no podía dejar reprimir algún quejido bajo y de vez en cuando cerrar los ojos para no presenciar alguna escena que lo dejaría en shock.

—Oye—alzó la voz— como no que no sé muy bien a donde nos dirigimos— volteó su rostro hacia el suyo—Aunque no sé porque te lo pregunto pues creo que he soltado un freno—

— ¡¿Qué?! —exclamó Fernando exaltado.

Sergio soltó una risa.

— ¡Que va hombre! Solo lo he dicho para ver si seguías vivo que pareces hecho un funeral—

— ¿No te era suficiente con un ¿estás ahí? — dio un largo suspiro y relajo los músculos.

—Lo siento señorito— bromeó.

Tomó un libro que estaba en una cómoda al lado suyo, hacía tiempo que no se permitía el tiempo de leerse alguno, se había olvidado del placer de relajar su mente y extraerlo del mundo para sumergirlo a una serie de aventuras ficticias leyendo sobre personajes que nunca podría llegar ser, con aventuras que nunca podría tener.

—Veronika decide morir— pronunció mientras hojeaba las primeras páginas.

Había leído ese mismo libro cientos de veces pero era uno de esos que los leería doscientas mas. Le llamaba la atención la forma en cómo la plasmaron tan claro y simple y al mismo tiempo filosófico, narrando acerca de la conciencia y plegarias por el sentido de nuestras vidas. Se preguntó si fue el propio Francisco el que lo había dejado ahí mismo, aunque lo dudó, el chico no era consciente de sus gustos de lectura, además ya resultaba extraño el hecho de que le medicase hacia pocas horas.

Era todo calmo cuando leyó las primeras líneas del autor, hasta que de repente el estomago empezó a dar vueltas y se sentía muy mal. Colocó el libro sobre su regazo y con la mano se froto levemente el vientre “Que raro, ese medicamento supuestamente debía de hacerme dormir” Pero lo siguiente que le sucedía era un extraño zumbido en los oídos y una sensación de vomito. Se aguantó e intentó tomar el móvil que tenia próximo, tenía que llamar a la enfermera a como dé lugar, marcó el numero con dificultad, pero el dolor se le venía y le retorcía las entrañas, insoportable, nadie atendía, volvió a marcar, el zumbido se hacía cada vez más agudo y por primera vez de hacía mucho tiempo sintió miedo, miedo a lo desconocido.

Pero el dolor fue breve, enseguida perdió la conciencia.

Sonó el móvil.

— ¿Señor Torres?—

— Aquí tiene señor—

Fernando se lo agradeció y se retiró de aquella larga fila, Sergio lo estaba esperando afuera del lugar recostado sobre uno de los postes de luz mirando desinteresadamente a las personas que pasaban frente suyo.

— ¿Esta? — le preguntó al verlo acercarse.

El otro asintió con la cabeza y le ofreció una parte de su tostada.

—Gracias pero creo que tu lo necesitas más que yo— señalo el estomago del rubio que emitía un sonido extraño.

Fernando no pudo evitar mostrar un leve sonrojo—Lo siento— expresó.

Sergio no pudo reprimir una pequeña sonrisa al ver como el rubio comía algo apresurado y ansioso su pequeña botana, se preguntó si al pobre lo habían dejado en ayunas o algo parecido. Era de no creer que un chico adinerado como él tendría tanta hambre, pudiendo comprar lo que quisiese y darse el lujo de ir a disfrutar de los mejores restaurantes, pero que a cambio se conformaba con una pequeña tostada de jamón y queso.

—Dime— dijo mientras comenzó a caminar a lo que Fernando lo siguió— ¿Acaso sufres de alguna enfermedad o algo? Digo porque eso —señalo su comida— para mi seria como una migaja—

Fernando se sorprendió ante la pregunta, que va, que no se la esperaba de esa forma tan directa, pero al contrario no se molesto simplemente esbozo una media sonrisa.

—Ni te lo creas— mordió un pedazo— uno de mis pecados capitales suele ser la gula— tardó unos segundos para masticar bien— el hecho es que hay días en que simplemente prefiero algo simple, pero no, se a que te refieres y no, no sufro de ningún desorden alimenticio— respondió con su amabilidad característica.

Sergio asintió y le devolvió una sonrisa de medio lado.

Continuaron caminando, por una subida y luego una bajada que conducía a un rio, que terminaba en el lago, que terminaba en alguna montaña, que terminaba en algún lugar remoto de España. Pasaron junto a gente que venía de comer, madres con sus coches de bebes, algunos turistas que sacaban fotos, chicos y chicas riendo, por aquel camino también pasaban un chico de pelo medio largo de color castaño, con unos jeans desgarrados y una chaqueta de igual estilo, junto a un chico con su tostada en mano, con una gorra, un bolso con apenas un móvil y una billetera con unos 10 euros dentro, que cualquiera diría que se trataban de completos desconocidos o de alguna broma de mal gusto al ver a semejante diferencia junta ¿Qué haría un joven decente al lado de un joven de la calle? De seguro andaría de secuestrador y víctima, con amenazas o intentado engañarlo para extraerle algún dinero o información, e ahí los perjuicios de la gente, de esas que creen saber todo sobre el mundo, de creerse dueñas para poder juzgar lo que les parece incorrecto, las que se creen la pura perfección y ejemplo a seguir cuando la perfección en sí, no existe.

A Fernando no le importaba esas miradas extrañas que le lanzaban al pasar y al parecer a Sergio tampoco.

A ninguno de los dos se les ocurrió preguntar porque hacían esa caminata juntos, simplemente se dejaban guiar por los pasos del otro, si alguno paraba, el otro también lo haría, si alguno decidiese sentarse en algún banco el otro lo seguiría. Así, hasta que llegaron a un pequeño puente situado en medio de un gran parque, debajo, un pequeño lago reflejaba la vista del cielo que desprendía sus colores del atardecer. Sergio se dejó reposar en el muro y Fernando se colocó a su lado.

— ¿Como me has encontrado? — Fue el rubio el primero en romper el silencio.

—Suelo rondar por estas zonas—dijo sin mirarlo— y tendrías que agradecer que lo hiciera—

Fernando tardó un poco en comprender aquellas palabras, hasta que recordó lo del accidente de algunas horas atrás.

—Realmente ya no se cómo agradecerte lo que has hecho por mi hasta ahora, no estoy acostumbrado a estas cosas— sonrió tímidamente.

—No es necesario, además no creo que tengas mucho que ofrecerme— volteó para verlo en los ojos compartiendo su risa.

—Es extraño—continuo el rubio— que en ambas ocasiones nos hayamos encontrado de una forma un tanto peculiar, es como si fuera algo sacado de alguna película o cuento, realmente es difícil de creerlo—

—Lo mismo digo—respondió.

Fernando quiso ir más lejos.

— ¿Qué buscas en alguien como yo Sergio? — Lo miró—Es decir, para que quieras acompañarme y quedarte conmigo, no creo que tenga nada en especial, bueno…—

—Sé lo que estas pensando—cortó — ¿Qué más ha de querer un tío como yo con otro como tú? Podría hacer contigo un montón de cosas sabes ¿Qué no tienes nada de especial? Belleza, dinero ¿eso qué es? —

Fernando se sintió algo ofendido con esa respuesta, empezó a querer darse cuenta de lo que realmente estaba sucediendo y se maldijo de nuevo por ser tan ingenuo y por dejarse confiar por Sergio, que al parecer solo estaba buscando lo que cualquier otro buscaría, placer y fortuna, quiso responderle algo pero el castaño se lo adelantó.

—No eres tú el que debería ofenderse, si no yo ¿Por qué te intentas rebajar de esa forma? No es necesario que esté buscando algo en alguien, mira que existen millones de chicos de tu edad, quizás muchos más apuestos y con más dinero para que ande detrás de ellos con ese fin y además de que cuando intento sacar provecho de algo o alguien lo hago sin rodeos y voy directo al punto, no voy concretando citas ni paseos para lograrlo, no me tomes como ese tipo—

Fernando se quedó atónito ante esa respuesta, hizo alguna que otra mueca con los labios y la vista la tenia baja para luego sumergirla hacia el frente al mismo punto donde Sergio estaría mirando, se quedó un tiempo así, en silencio, tratando de reorganizar y comprender aquellas palabras que si bien fueron algo duras y le hirieron de cierta forma, eran ciertas y se lo agradecía.

—Lo siento—

Sergio tenía razón, había hecho una pregunta estúpida y perjuiciosa, que solo había dejado mal parado al castaño.

El otro dio un largo suspiro, perdiendo su mirada en algún punto lejano del lago dejándose llevar por la belleza de las estrellas que empezaban a nacer en el cielo.

—No tienes que disculparte por nada, sé que no lo has hecho con mala intención— calló por unos segundos, para luego separarse del muro—Bueno—continuó —seguro querrás regresar a tu casa,

no es mi intención que te desveles otra noche— se preparó a dar media vuelta y continuar el camino pero una mano sosteniendo delicadamente la manga de su chaqueta se lo impidió.

—Me gustaría— tenia la mirada baja pues aun se sentía apenado por su actuación reciente— quedarme un rato mas por aquí—levantó su vista— si no te molesta, claro—

Sergio miró la mano que lo sostenía y luego la subió hasta llegar a sus ojos, lanzándole una mirada de aprobación con una sonrisa a medio formar, Fernando lo captó y por ende lo soltó, agradeciéndole de la misma forma.

— ¿Estás seguro?— preguntó

—Si— asintió.

— ¿Qué no se aparecerá ese capullo de nuevo por aquí? —

Fernando rió.

— ¿Hablas de Cristiano? Pues no lo creo, bueno al menos hoy no lo he visto por todo el día, ni he recibido un mensaje suyo quizás ande molesto por lo de ayer de noche—

Sergio alzó una ceja.

—Pues parece una persona muy sobre protectora como para solo ser un amigo tuyo ¿no? —

Iba a responderle algo, mintiendo de nuevo, pero al mirar fijamente a los ojos de Sergio se dio cuenta de que le era imposible y ¡eso que era un experto cuando se trataba de engañar a la gente si se trataba de su vida! Pero esa noche las neuronas no llegaban a transmitirle al cerebro las palabras exactas que debían de articular, simplemente se le quedaban en la nada con el pensamiento a flote que tenía en la mente, en donde la palabra “novio” se le cruzaba a cada segundo por su frente, y es que la verdad lo estaba haciendo entrar en razón.

Se mordió el labio inferior y evitó su mirada.

—Es mi pareja—

Esperó alguna palabra, algún comentario, alguna reacción del castaño, pero solo el silencio y el canto de los grillos fue lo que le llegaron a sus oídos, no quiso mirarlo, pero se moría por saber la expresión del otro, hasta que se dio cuenta de que era algo realmente estúpido ¿Qué era lo que

esperaba realmente? ¿Qué Sergio se diese cuenta de lo que realmente la palabra novio significaba para Fernando? ¿Qué de la nada se enterase de toda su relación? No sabía qué, pero solo quería esperar algo, alguna señal. Finalmente después de algún rato corto, escuchó unos pasos delante suyo volvió a levantar el rostro y vio al castaño de espaldas alejándose a pasos lentos. Fernando esperó, ¿había dicho algo fuera del lugar?

Sergio volteó el rostro para observarlo.

— ¿Te quedaras toda la noche allí? Dijiste que querías caminar y así no exactamente como se hace— continuó, esperando a que el rubio lo siguiese.

Fernando no protesto ni pidió explicaciones, solo obedeció.

—Tienes un mal gusto—dijo sin mirarlo

Fernando soltó una leve risa, sabía a qué se refería.

—Pero por lo visto no te agrada mucho el hablar de él así que lo dejamos ahí, hay otras cosas mucho más interesantes de las que hablar—

— ¿Cómo de que exactamente?— preguntó y agradeció en silencio, no le gustaba hablar mucho de su relación sentimental porque nadie lo entendería, es mas odiaba cuando la gente le preguntaba sobre aquello, en cómo iban, que tal estaban, si había nuevas novedades ¿Qué demonios le importaba eso a la gente? Solo querían arrebatarle alguna información para tener un tema de conversación nueva con sus amigos hablando de su vida privada y la de Cristiano ¿y qué podía responder? Que si, que continuaban juntos, que estaba feliz, que era un chico genial, la misma historia de siempre, con las mismas palabras. Al menos Sergio había pasado la primera prueba, no había dicho que era un hombre guapo.

—Sobre ti— lo miró— creo que aquella noche no escuche lo suficiente—

—Pues me considero dos, depende de la persona que me busca. El buen niño amable y cordial, que mira a sus amigos con admiración fingiendo importancia en sus historias o en sus chismes, el que sonríe amablemente a la gente poderosa para que obtengan una buena impresión, el que gusta hablar de leyes, de códigos, de tratados internacionales, el que se preocupa por la justicia del país y que busca encontrarle una solución adecuada a los problemas políticos y económicos, aunque sean solo charlas e ideas y nunca hagamos nada concreto al respecto, el que hace de hermano protector que cuida de los que necesitan consejo y escucha con aire de saberlo todo aunque muy pocas veces se aplique el consejo a él mismo. Y el chico rebelde, que generalmente aparece cuando esta solo con su familia, el que no gusta recibir órdenes, el que enfrenta a sus padres acatando sus reglamentos, el que se divierte paseando sin algún permiso de alguien, el que come a la hora que

desea, el que viste de la forma que gusta, el que gasta dinero, no, en móviles nuevos, ni coches, ni nuevos libros de derecho, si no en pinceles, lienzos o pinturas. ¿A quién quieres conocer? —

—A ti—

Fernando se lo contó todo, porque necesitaba hacerlo, era la primera vez que lo hacía con un desconocido, pues estaba acostumbrado a que su abuelo lo supiera todo, pero esta vez era diferente podía hablar sin incomodidades, ni remordimientos, y al final se dio cuenta de que no había sucedido nada demasiado emocionante en su vida, por lo que comprendió porque a la mayoría no le gustaba mucho tenerlo de compañía, muchos esperan que le hables sobre viajes, sobre conciertos, sobre nueva marca de ropa como Versase o Vogue, sobre los artistas que llegaste a conocer, sobre las personas que llevaste a la cama, sobre nueva tecnología, sobre tus inoportunos en el día o lo que has hecho de noche en las fiestas y él no tenía nada de eso que compartir.

Cuando terminó, estaban de nuevo en la esquina de algún restaurante del cual no podían recordar el nombre, al otro lado de la ciudad, lejos del parque, cada uno pensando en lo que les había reservado el destino.

— ¿Es una historia interesante? — preguntó con cierta inseguridad en la voz.

—Es una historia muy diferente a otras, no muchos lo comprenderían por eso creo que solo está reservada para algunos pocos—

Fernando posó sus ojos en los de Sergio y le ofreció una de sus más sinceras sonrisas, una que mantuvo a Sergio por un largo rato contemplándolo en silencio.

— ¿Como decir hasta luego? — preguntó.

Sí, porque no había sido una tarde cualquiera como resultaban ser siempre las otras, Fernando se sentía extraño, confundido porque se había abierto completamente a otra persona que no estaba en sus planes, y no sabía cómo cerrarse en su mundo de nuevo, volviendo de nuevo a su vieja rutina. ¿Qué era lo que tenía que decir? ¿Que ha sido una de las tardes más bellas que ha pasado? ¿Le agradezco que me haya escuchado sin críticas, ni comentarios? O me vuelvo a poner la coraza del chico frio y desinteresado fingiendo que todo eso había transcurrido con normalidad y que había sido algo sin importancia.

—No lo sé— dijo sincero.

Mientras andaban por aquel parque y se escuchaba a si mismo hablando sobre su vida, Fernando había sido un joven feliz, podía contentarse con eso, era un lindo regalo de la vida.

—No quiero quitarte más tiempo, ha sido una bonita tarde—

Pagaron la cuenta y se dirigieron de nuevo a la moto, Fernando subió con confianza dejando el casco a un lado, si había algo al que no se acostumbraría nunca era a esa cosa pesada que solo le estorbaba la vista y la cabeza, prefería sentir la brisa en su rostro, Sergio no reclamó nada, el rubio tenía el gusto de viajar como desease, había escuchado lo suficiente su historia como para darse cuenta de que no era necesario que otros más inmiscuyesen en sus decisiones.

—Veo que ya te vas acostumbrando— encendió el motor.

—Aprendo rápido—

Viajaron a una velocidad moderada a diferencia de la anterior, haciendo que los sonidos de los automóviles, del tránsito (que no estaba muy caótico aquella noche) y de las personas fuesen los únicos sonidos que los acompañaran en su viaje. Fernando le indico el camino correcto para llegar a su hogar y Sergio siguió sus indicaciones sin alguna pregunta o cuestionamiento, al parecer era un foráneo de aquella zona, salieron del barullo de las avenidas de la Gran ciudad para entrar en un calle con sentido único adornada por una pila de grandes árboles y las casas de gran tamaño, un barrio cerrado, exclusividad de los adinerados que quieren resguardarse en una zona aparentemente menos peligrosa y con mas lujo. Fernando reconoció su lugar a lo lejos y Sergio bajó la velocidad poco a poco hasta llegar frente a ella, el guardia gracias a Dios no estaba en su posición aquella hora, su familia podía tildarlo de un incompetente, pero para el rubio su trabajo no podía estar mejor hecho.

Estacionó la moto y la inclinó para que el rubio bajara. Fernando lo hizo y subió hasta la vereda buscando en su mochila la llave principal de la puerta.

Sergio un dio un corto silbido inspeccionado la casa.

—Realmente esta de lujo—

Fernando solo asintió con una sonrisa. El castaño esperó a que el rubio abriese por completo el portón automático para encender de nuevo el motor.

—Bueno, fue un placer encontrarte de nuevo Nando—

— ¿Nando? —

Alzó los hombros.

—Es más corto y más fácil de recordar— sonrió.

Levantó el freno y arrancó levantando una mano en señal de despedida.

Fernando siguió su camino con la mirada, lo contemplo por algunos minutos más ahí fuera hasta que finalmente su figura se desapareció en la vuelta de alguna esquina, entonces sonrió para sí mismo, era una sonrisa especial que le nacía desde adentro. Se sentía feliz, por primera vez de hacía mucho tiempo y no sabía la razón exacta del porque, o quizás sí, pero no quería admitirlo, porque le resultaba tan poco creíble.

“Nando” pensó, No Fernando, ni Joven Torres, ni siquiera Fer como solían llamarlo su novio o familia, solo Nando, así de simple, así de sencillo.

En silencio ingresó a su hogar, sin tener la menor idea de lo que le esperaba ahí dentro.

Retomó el rumbo que lo había llevado hasta ese lugar, la luna llena se mostraba frente suyo indicándole el camino de regreso a su “hogar” después de todo el también tenía uno, aunque no fuese exactamente a como uno se imaginara. El viaje no era largo ni agotador, pronto las calles transitadas, los automóviles, los postes de luz, el barullo y la conglomeración de personas y edificios se hacían más escasos cuando se iba adentrando a zonas más alejadas y menos pobladas. Al otro lado de la ciudad, aquella en donde ningún ser decente con uso de razón se atrevería a pasar, ahí donde los no deseados eran desechados junto con las basuras de la gente de la alta sociedad, la otra cara de la Ciudad, el lado feo y malo, donde las pobres y miserables rejas del alambrado hacían el labor de separarlos en dos, como si la indiferencia de las autoridades y de las personas ya no fuesen suficiente discriminación. Claro había que tomar medidas, al igual que en un zoológico en donde los animales eran puestos en rejas por el peligro que representaban a los turistas, cuando muchas veces las cosas resultaban ser irónicamente al revés.

Ahí estaba su hogar, con gente que al igual que él fueron rechazados por no llevar la vida cotidiana de la gente llamada comúnmente normal. Y es que ahí, la vida era mucho más sangrienta y violenta, más emocionante y caótica, más dura y complicada.

Pero como todo ser que nace y se cría en un determinado lugar, se acostumbró.

Llegó con su moto hasta un aparcamiento donde la situó dentro de una pequeña construcción, las demás motocicletas estaban fuera, todas aseguradas con cadenas a algún poste o varilla a excepción de la suya que tenía un lugar más seguro donde guardarse. Salió y colocó una gran chapa en la entrada con la que lo aseguro con candados. Luego se dirigió al paradero donde se encontrarían sus compañeros.

— ¿Y bien? No podríamos hacerlo nosotros ¡vamos! apuesto que ni se dará cuenta de nada—

Un hombre de aspecto rudo, alto, con la cabeza pelada y una que otra cicatriz en el rostro comenzaba a impacientarse.

—No seas idiota Pepe, que a él es difícil de engañarlo lo sabes perfectamente — lo reprochó Marcelo.

— ¡Madre mía que cagones son todos!—

— ¡Podrías cerrar tu puta boca de una vez! — esta vez Navas era el que perdía la paciencia.

— ¡Pero es que joder Navas! ya llevamos aquí como no sé cuantas horas esperando y ya me estoy hartando de que la única vista que tenga sean sus miserables caras— se levantó hastiado golpeando la pared.

Guaje se preparó para responderle algo pero Navas se lo impidió con el brazo.

—Ya se ganará un balazo unos de estos días—

El otro hombre solo le dedicó una mirada desafiante para luego echarse una risa perturbadora.

—Eres tan rudo como siempre Navas, dime ¿no querrías ganarte un balazo mío por atrás? Ya sabes a que me refiero— se relamió los labios sin dejar su fastidiosa risa de lado.

— ¡Serás un…! — Se levantó de su asiento con fuerza para enfrentarlo pero el ruido de un portazo lo dejo a medias.

Sergio ingresó a la bodega con su porte altanero de siempre, con la mirada fría y gélida que lo caracterizaba, colocó ambos brazos en su cintura y dio un resoplo.

—Que me voy por segundos y ya me empiezan a hacer desmadres—bufó

Se fue directo a tomar asiento en uno de los sillones reservados exclusivamente para él, pues los demás o bien se recostaban por la pared o tomaban cualquier bote de basura, de pintura o ladrillo para ubicarse en aquella bodega de aspecto descuidado y abandonado, la luz era solo producto de un pequeño foco colgante, el mismo lugar donde hacia solo días un joven había sido amordazado y amenazado de muerte. Recostó su rostro sobre una de sus manos y esperó.

— ¿Y bien? —

Navas y Pepe quienes estaban frente suyo lo miraron por unos segundos para luego lanzarse ambos una mirada desafiante y volver a retomar sus lugares. Nadie osaba preguntar por la tardanza ni el paradero de Sergio pues no era la única vez que desaparecía así sin avisar, además de que no tenían el derecho de hacerlo siquiera porque si existía alguna regla en aquel lugar era la libertad, cualquiera podía hacer lo que se viniera en gana y nadie podía reprocharte absolutamente nada, a excepción del Jefe de banda quien tenía contada la cabeza de sus compañeros.

—Tus pedidos ya llegaron— comentó Navas.

Sergio hizo una señal con la mano indicando a que se lo mostraran.

Navas prosiguió con un chasquido en los dedos volteando su rostro hacia el rincón más oscuro de la bodega, de allí mismo dos figuras de hombres salieron lentamente a su encuentro.

El hombre más pequeño llevaba consigo una maleta negra que lo reposaba en ambas manos. Era Mesut Ozil, o mejor conocido en la zona como el Mago, un extranjero que hacía alusión a su apodo por ser el encargado de conseguir hasta las mínimas y pequeñas utilerías del capricho de Sergio, podía ser desde una diminuta bala enchapada en oro hasta un gran cañón y es que el alemán tenia buenos contactos con bandas organizadas alemanas y eso lo hacía mucho más competente y útil. Llevaba consigo ya algunos años y era uno de sus más fieles compañeros, lo había demostrado en diferentes ocasiones. El otro era su acompañante, un francés, Karim, un hombre de aspecto rudo pero con una personalidad tan asfixiantemente tranquila, no hablaba mucho producto de su escaso conocimiento del idioma español, pero eso sí, era un experto cuando de asesinatos se trataba, mas cuando estos debían de hacerse en forma secreta y sigilosa, se podría decir que era todo un caballero al matar, típico de los franceses.

Ambos se aproximaron al castaño y depositaron la maleta sobre una mesa da acero inoxidable luego prosiguieron a abrirla. Los otros tres (Marcelo, David y Pepe) se aproximaron por curiosidad, a excepción de Navas que permanecía reposado con los brazos cruzados en un rincón observando desinteresadamente la escena.

—La pistola Beretta Px4— señalo el alemán con su pequeño acento que lo caracterizaba.

Era un arma un poco más grande que un teléfono móvil, pequeña ligera, incapaz de dejar una marca visible en el bolsillo que la lleva.

—Puede disparar diez tiros de seguido—continuó— y tiene una pequeña enorme ventaja, en vez de atravesar el cuerpo de la víctima, la bala va golpeando los huesos y revienta todo lo que encuentra en su trayectoria. Al ser alcanzado, el individuo en cuestión tarda algún tiempo en percatarse de que esta herido de muerte, e intenta contraatacar, huir, pedir ayuda. Esa es la gran ventaja, tiene tiempo suficiente para ver quién quiere matarlo, mientras va perdiendo la fuerza poco a poco hasta caer al suelo, sin sangrar demasiado, sin entender por qué le está pasando eso—

Cuando el alemán termino su explicación el silencio hizo gala de ingresar en aquella bodega, Sergio mantuvo los ojos fieles sobre las tres réplicas exactas de aquella arma mortal, la había estado esperando de algún tiempo y el Mago no lo decepcionó. Levantó la mirada para fijarse en el extranjero y este le dio una señal de aprobación. Sin cuidado tomó una, la lanzó a pocos centímetros al aire y la volvió a tomar en el hueco de la perilla, haciendo una maniobra perfecta.

—Bien— susurró con voz ronca— ¿Quién sería el primer experimento? — Seguía jugando sin cuidado con aquella arma. Los otros tres que se encontraban parados no perdían de vista los movimientos de la pistola como si de una hipnosis se tratase y es que temían que un leve desvío de mirada significase un apunte y disparo. Sergio mantenía su mirada en el arma, hasta que de manera repentina sus ojos rodaron en dirección a los de Pepe y este se estremeció.

— ¿Qué dices Pepe? ¿Bonita no? — hizo un ademan de apuntarlo.

—Si— asintió temeroso.

—La explicación de su uso también esta bonita—sus ojos seguían intactos sobre los contrarios, le sonrió y el otro pudo sentir la provocación que Sergio le estaba enviando.

Navas no pudo ocultar su sonrisa al ver a Pepe totalmente paralizado y atemorizado por las palabras de Sergio, y es que en el fondo se dio cuenta de la advertencia sigilosa que el castaño le estaba imponiendo por su actuación reciente para con él.

Sergio volvió su mirada al arma y la colocó de golpe en la mesa. Haciendo que Pepe, Marcelo y Guaje cerraran sus ojos al compás del fuerte ruido, recordando las palabras de Ozil.

—Que va quillos por poco no se orinan sobre ustedes— dijo haciendo alusión de que el arma no estaba cargada ni por un pelo de rata.

—Eres un genio Mago— se dirigió de nuevo al alemán.

—Solo hago mi trabajo—

Acto seguido ambos extranjeros tomaron sus pertenecías restantes y con la aprobación de Sergio se retiraron, Marcelo los acompaño hasta la salida de nuevo, mientras Navas solo los veía pasar frente suyo siguiendo recostando sin ganas de hacer algún movimiento o comentario, Pepe seguía intacto en su lugar no pudiendo dejar pasar de lado aquella situación frustrante con Sergio y Guaje se aproximó directo para colocarse al lado del castaño queriendo también contemplar las armas.

—Están de lujo Sergio— dijo mientras se tomaba con una.

—Si— indicó el castaño mientras se la arrebataba con cuidado de las manos— pero ya escuchaste lo que dijo Mago— las colocó de nuevo dentro de la maleta para cerrarla.

Guaje solo asintió presumiendo que lo había captado, aunque no hubiese entendido ni un reverendo comino lo que había dicho el alemán.

—Bueno, será mejor que esto— la cerró con llave —permanezca así, no queremos tener ningún inoportuno—

— ¿Y ahora Sergio? —Marcelo se aproximo de nuevo a sus compañeros.

Este dio un bostezo y prosiguió —Pueden tomarse la noche libre si quieren, aun no tenemos grandes noticias— señalo recostándose de nuevo en el gran sillón.

Los tres se miraron entre sí y decidieron retirarse en silencio, ya verían que hacer para entretenerse esa noche/madrugada.

— ¿Y tú? — Se dirigió a Navas— ¿Por qué tan calladito? ¿Sigues picado por lo de Pepe? — se burló con una sonrisa en sus labios. El otro solo le dedicó una mirada de reproche, siguiendo con su mueca amargada.

—Te has tardado mucho—

— ¿Estas molesto? —

—Tú qué crees— le dijo con la voz firme.

Sergio lo miró de reojo y luego soltó una risa corta, el otro no hizo caso y continuó con su mirada perdida en frente.

—Te vez mucho más sexy cuando te pones así—

Navas no evitó que un pequeño sonrojo invadiera sus mejillas.

—Anda ven aquí— dio unos leves golpecitos al sillón indicándole que se ubicara a su lado, su voz había adoptado un tono suave y seductor. Navas dio un largo suspiro y se encaminó perezosamente hacia el castaño, en cambio cuando iba a tomar asiento, el otro lo tomo sorpresivamente por la cintura y lo atrajo hacia él ubicándolo encima suyo.

—Vamos— susurró contra su cuello— no te quiero ver envejecer antes de tiempo por tus quejas—

— ¿Qué es lo quieres ahora? — preguntó algo frustrado. El otro sonrió y lo tomo de la barbilla dirigiendo el rostro del pequeño hacia el suyo.

—Tú ya lo sabes— beso— ando necesitando de buena compañía—lo beso con fuerza, clavando sus dedos en los huesos de sus caderas y perdiéndose en los contornos de los labios que conocía a la perfección.

—Sergio—intento separarlo— ¿Qué crees que soy? Como para que te vayas a dar paseítos y luego vengas a necesitarme para eso—

—Tú solo haces lo que yo diga— lo atrajo más a su cuerpo— ¿O me vas a decir que no te gusta? — volvió a besarlo.

Navas se resistió al principio, pero poco a poco empezó a dejarse hacer. Sergio sabe que ha ganado la batalla cuando el moreno comienza a responder —cuando lo empuja con fuerza contra el material suave y abre la boca con demasiado ímpetu haciendo que sus dientes choquen— y la chaqueta, junto con la musculosa y los jeans, terminan colgando descuidadamente de la mesa de centro.

Capítulo VI “Abandono”

El camino a casa le resulta más corto de lo normal cuando va a pasos corridos hacia la puerta, pero al fijarse alrededor de su transcurso algo le resulta fuera de lugar, los automóviles estacionados a los costados del largo camino, se atreve a dar pasos más lentos para verlos y preguntarse porque demonios había tantos ¿acaso ahora alquilaban la zona? Pero luego recordó que solo existían dos ocasiones para que la casa se llenara de esa forma. En las fiestas festivas (que obviamente no era la ocasión pues estaban en pleno abril) o en el fallecimiento de alguien. Tragó saliva y siguió su camino, quizás por esta única vez se hubiese equivocado de opciones, se paró frente a la gran puerta, no podía oír nada, ni siquiera susurros, no estaba seguro de si entrar o no, o bien esperar ahí mismo sentado en un lugar esperando a que otra familia llegara y le informara lo sucedido, pero sería lo mismo, de igual forma se enteraría.

Giró la manija con lentitud y asomó la cabeza, vio a cada grupo de su familia esparcidos por el gran salón todas con la vestimenta oscura, se preguntó en si volver a salirse e ir por las calles de nuevo, pero ya no era ocasión para eso, solo estaría actuando de una manera cobarde si lo hacía, de pronto escucho su nombre en la voz de alguien llamándolo, apretó con más fuerza la manija, levantó el rostro y vio que era una de sus tantas tías la que se dirigía lentamente hacia él con esa cara de cinismo de siempre y la duda de si entre mostrarse falsamente dolida o fingir preocupación. Fue ahí cuando Fernando se dio cuenta de que la tristeza siempre espera hasta el final del día para aparecer.

—Fernando— la falsa entonación de pena resultaba ridícula — lo siento tanto— ¿Que era lo que sentía? — Nadie sabe porque— Él tampoco quería saberlo —Pero estas cosas pasan— ¿No se daba cuenta de que no quería escucharla? —Fue un gran señor—

¡No quería seguir oyendo nada!, la miró con una expresión que nunca antes pudo llegar a sentir tan fuerte dentro de él, rabia, si, la miró con rabia ¿Quién demonios se creía para venir a darle una información sobre esa? ¿Qué es lo que quería? ¿Acaso no supo que hacía unos pocos segundos estaba pasando una de las tardes más bonitas que nunca hubo pasado en su puta vida? ¿Por qué quería arruinar todo eso? ¿Por qué se empeñaban en hacerle daño? Apretó con fuerza sus puños y sintió repentinamente un fuerte dolor de cabeza, algo dentro de la garganta comenzaba a molestarle y sus ojos empezaban a querer arder de a poco, se quiso resistir, no quiso ser débil, no otra vez, no ahí, se mordió el labio inferior con tanta fuerza que la quebró y no le importó, porque era ese tipo de dolor el que quería sentir. Ya no pudo escuchar las siguientes palabras de su tía, sabía que serian pero no quiso saber más nada, no quiso saber quien mierda le estaba hablando ahora, si su tía ya se había retirado o si impedía el paso de entrada a otra familia, se había encerrado en su mente y no quería salir de ahí al menos por un buen rato. No supo como hizo reaccionar a sus piernas para que lo condujeran decentemente a su habitación, para que rechazara todas las condolencias que le ofrecían quien sabe quien, porque lo que menos le importaba en ese entonces era saber los rostros y nombres de todos, cuando llegó a ella cerró la puerta tras de sí con un portazo y se dedicó a mirar con odio todo lo que se le venía en vista. Odio, algo así tan físico como paredes, pianos o personas, dejó que el sentimiento llegase sin preocuparse de si era bueno o no, ya bastaba de autocontrol, de fingir estar siempre sereno y tranquilo, detestó todo lo que pudo en aquel momento, así mismo, a su tía, a sus familiares, a las personas perfectas, a las cosas que tenía en frente y que le estorbaban la vista. Tuvo el impulso de arruinar absolutamente todo y así

lo hizo, empezó con empujar el velador que tenia al costado ¿a quién carajos le importaba que fuese importado de la India? Tumbó su estante de libros, no le interesaba que algunos pudiesen perder sus hojas, lanzó la notebook por una esquina, arrancó las cortinas, rasguño todos su lienzos, lanzó las pinturas por la paredes y el suelo, quebró todos los porta retratos que veía en frente, se detuvo por uno contemplándolo por un corto tiempo para luego como con los otros arrojarlo de forma violenta hacia un rincón. Así, destrozo todo lo que tenía en su paso, porque él se sentía destrozado por dentro. Liberó todo el odio que guardó dentro y se sintió bien, le embargo una profunda paz. Había dejado que sus sentimientos negativos, reprimidos durante años en su alma, salieran finalmente a la superficie. El los había sentido y ahora ya no los necesitaba más, podían irse en paz.

Se dejó recostar por la pared para luego descender lentamente hasta dejarse reposar sentado en el suelo, la rabia se había ido, pero ahora un sentimiento de debilidad comenzaba a atraparlo, su cuerpo se sentía perezoso, el alma exhausta, su mente le daba vueltas y sus ojos sin represión alguna comenzaban a largar pequeñas gotas de agua. Inhaló y exhaló con ímpetu por algunos segundos tratando de que el llanto no se le viniera encima de golpe, se clavó las uñas en los costados, porque no quería llorar, no se quería entregar, pero era algo inevitable, no podía seguir aguantando por mucho tiempo, con torpeza y sosteniéndose por algún mueble caído logró levantarse y dirigirse a su cama, cuando llegó se dejo caer en ella y se dejó hacer porque ya no le quedaban fuerzas para retener el dolor.

Se masajeó con violencia la cara e intentó que su mente liberase todos los recuerdos, pensamientos y hechos que guardaba hasta aquel entonces, su respiración se hacía cada vez más molesta, levantó la vista al techo, no quería saber absolutamente de nada ni nadie, solo quería ser él y su mundo blanco sin una pizca de molestia dentro, procuró pero no lo lograba, había algo, una palabra que se le venía y no podía retenerla, como si de la nada un nombre resurgiera desde el fondo de su mente y se le repitiera con fuerza en la cabeza, se le olvidó el mundo, pero esa palabra era lo único que resonaba dentro suyo y decidió liberarla.

—Sergio— suspiró con fuerza.

Al otro lado de la ciudad respectivamente, la luna hacia el trabajo de reflejar por la ventana a dos cuerpos juntos sobre una cama, durmiendo plácidamente. Uno de ellos abrió perezosamente sus ojos y se fijó en el cuerpo desnudo que yacía a su lado, se pasó una de sus manos por el rostro tratando de reanimarse y volvió su mirada a la ventana que tenia al costado y que le traía la luz de la luna, contemplando la noche. Cerró sus ojos y dio un tenue suspiro.

—Nando—

Abrió con dificultad sus ojos, los sentía pesados y algo húmedos, la vista se le hacía borrosa, procuró con una de sus manos entreabrirlas para mejorar su visión y al hacerlo se dio cuenta de que los tenia hinchados, se dejó direccionar por el techo, manteniéndola así por un largo rato, no quería pensar nada, no quería recordarse de nada, pero le fue imposible. Una pequeña lágrima de nuevo fue resbalándose por una de sus mejillas, ya no sentía el mismo ardor y dolor de antes porque ya lo había desgastado con tanta furia que ahora eran como si ellas saliesen por su propio impulso, cerró los ojos de nuevo con fuerza y se dejó llorar, se dejó porque volvió a sumirse en la realidad, volvió a entender lo que sucedía a su alrededor.

Se preguntó que había hecho para sufrir de esa forma ¿Había odiado a alguien? No, siempre intentó caer bien a todos ¿Había ignorado? No, siempre procuraba acordarse de todos ¿Había hecho algún mal? No, siempre intentó vivir en el respeto y solidaridad ¿Entonces porque? ¿Por qué la vida se empeñaba en sacarle lo que más quería en este mundo? Era lo único que tenia, nadie, nada podía acompañarlo y quererlo de esa forma ¡Por Dios! Tomó con furia una de las almohadas y la lanzó a un costado ¡Era lo único que quería! Nunca pidió nada mas, nunca exigió nada. ¿Por qué? Si Dios realmente existiese debería de sentir compasión de él y llevárselo también de aquel mundo que no lo necesitaba y que él no necesitaba. Debería de saber que no sólo por poseer todo ese dinero debería de conformarse y procurar seguir su vida como si nada, que eso lo resolvería todo ¡Pero no! El dinero no le devolvería a su abuelo, el dinero no podía comprar cariño ni te quieros, el dinero no podía darle ese “algo” que el precisaba.

Siempre imaginó, que sería bonito que alguien se preocupase realmente por él.

Escuchó unos leves golpes en su puerta, al parecer el ruido había sido terrible como para que lo escucharan desde abajo, dejó que sonaran un poco más, no quería saber de nadie en ese instante, pero era irónico porque al mismo tiempo necesitaba desesperadamente de la compañía de alguien, necesitaba a alguien con quien desahogarse en aquel momento, con quien recostar su rostro en el hombro para comentarle todo el sentimiento frustrado que tenia dentro y que había liberado, necesitaba de un abrazo, uno sincero. Unió todas su fuerzas para concentrarse en levantar el cuerpo que dé hacía rato lo tenía estático en la misma posición, lo sentía cansado y pesado, con pasos sumamente lentos se dirigió a su puerta, el que estaría fuera no había dejado de cesar en golpear, al parecer realmente estaba preocupado. La abrió y un rostro familiar apareció.

—Fer— su voz sonaba tan suave y melancólica —lo siento—

De nuevo aquellas lágrimas que se habían ya secado volvieron a sucumbir en sus ojos, y se abalanzó sobre él con un fuerte abrazo ocultando su rostro en su cálido pecho, Cristiano recibió el abrazo con delicadeza y ternura, dejando un pequeño beso en su frente.

—Tranquilo, todo va a estar bien— comenzó a acariciar sus pequeñas hebras de cabello.

Fernando se dejó bañar en lagrimas sobre él, no le importaba la situación humillante, lo necesitaba y mucho en aquel instante, no quería soltarlo, no quería dejarlo ir, era quizás la única persona después de su abuelo que lo quería sinceramente o al menos eso era lo que quería pensar.

—Es necesario que bajemos—

—No quiero hacerlo— respondió sobre su pecho.

—Fer, sé que es difícil pero es un deber, no pretendes quedarte toda la vida aquí huyendo de eso ¿o sí? Yo estaré contigo no te preocupes— dicho esto separó al rubio con delicadeza para ver su rostro y dejarle un casto beso en los labios. Fernando asintió y dejo que Cristiano lo guiara, pues aun sentía a sus piernas muy débiles. Bajó la escalera con cierta dificultad y lentitud y la gente noto su presencia, podía escuchar comentarios de lastima, sus miradas de pena, todas fingidas ¿desde cuándo se preocupaban tanto por su estado? Personas que le decían que entendían su dolor, pero no, absolutamente nadie sabía lo que él estaba pasando, podrían comprender la muerte de alguien, pero a él y a sus sentimientos no, no lo sabían, porque no era un dolor que solo lo abarcaba desde ese día, era uno mucho más antiguo, uno que ya lo venia sintiendo desde antes y que solo hoy había tenido el valor de enfrentarlo y liberarlo, así que no podían decir que lo comprendían cuando eso era una de las falsedades más grandes, para él eran solo palabras que ni si quiera escuchaba con claridad, porque esa gente en ese instante ni existía.

Vio a su hermano acercarse de entre todos, hizo un ademan de querer abrazarlo pero Fernando lo rechazó apegándose más a Cristiano, Francisco solo se guardo sus ganas de querer responderle, pues no era ocasión para hacerlo además tenía a su sobre protector ahí frente y no quería dejar una mala impresión.

—Fernando — fingió preocupación— han llevado a nuestro abuelo a la funeraria — ¿Tan pronto? ¿Así de fácil y rápido?— Al parecer recibió una sobredosis de medicamentos— su expresión ahora estaba seria— ya se llevaron a la enfermera en la respectiva fiscalía por sospechas— finalizó esperando alguna respuesta de su hermano.

—Esta gente merece lo peor, mira que engañarlos de esta forma, no tiene justificación— contesto Cristiano indignado.

Fernando al contrario solo mantenía la mirada baja, perdida en algún punto lejano que nadie conocía, donde nadie podía llegar, y de repente recordó, hacia mucho.

— ¡Eres un tramposo!—

—Y tú un mal perdedor abuelo—decía un joven Fernando alegre que había subido a una colina con facilidad.

—No te vuelvo a retar a unas carreras… ya estoy viejo para esto— respondía cansado.

—No estás viejo, solamente que has perdido condición física—

—Llegamos al árbol—su abuelo se sentó bajo la sombra de un gran árbol cuyas hojas eran de un tono amarillo que solamente el otoño sabe teñir, Fernando se sentó junto a él, después de eso lo abrazo.

—Es hermoso la vista de esta casa, me gusta mucho más que la otra, tiene una suave brisa—

—También es mi favorita, solía venir por aquí a pasar mis vacaciones cuando era más joven — hablo con algo de añoranza —por eso quiero que todo esto sea tuyo cuando yo me vaya—

—Para eso falta mucho abuelo—

—No Fernando, la muerte no espera a que uno se haga viejo, cuando menos te lo esperas ya estará a la puerta de tu casa. Fer sé que es duro para ti hablar de esto, pero evitar el tema lo hace peor. Cuando muera yo te esperaré, eso sí, si llego a morir de algún accidente no quiero que llores, no quiero que piensen que ahora que me he marchado te has quedado solo porque no es cierto y piensen que estás vulnerable, y quiero que llores solo en frente de aquellas personas que sientan y que comprendan tu dolor, con aquellos en los que encuentres paz y consuelo.

—Abuelo — el niño ya estaba fastidiado.

—Promételo Fernando—

—Si lo prometo… pero ya no quiero hablar de eso— infló los cachetes.

- Esta bien, está bien niño caprichoso…— sonrió.

La voz de Cristiano lo había hecho volver al presente.

—Fer tenemos que prepararnos para el velatorio —

— ¿Cuándo será? — ahora ya no tenía ganas de nada, su voz sonaba cansada.

—Esta media mañana— respondió su hermano —lo velaremos en el gran…—

Fernando no escuchó bien los detalles y es que no tenía la intención de hacerlo, ¿por qué en su inconsciencia había revivido ese recuerdo? Procuró dejarla pasar de largo, no tenía ninguna importancia en ese momento, decidió subir de nuevo para prepararse de lo que sería la despedida, aunque en el fondo todo lo que quería era subir, encerrarse en su habitación y no volver a salir nunca de ella.

Cuando llegó la hora fue acompañado de Cristiano, no quería hacerlo en el mismo lugar que con su familia, quienes ni siquiera se molestaron en ayudarlo, ni atenderlo. Ese día no fue mejor para Fernando, todas las personas sintiendo lastima por él de nuevo, algunas sinceras como las de sus dos amigos quienes acudieron un poco tarde al evento, pues sus respectivos trabajos los mantenía muy ocupados últimamente, otras falsas (la mayoría en todo caso) Todos vestían de negro, a excepción de Fernando que vestía con un atuendo casual y es que eso de andar todos de luto aparentando dolor le parecía ridículo, había prometido a su abuelo y a si mismo que cuando lo dejara no vestiría así, pues no quería demostrar su dolor frente a esa gente y que no compartía sus miserables costumbres, ni moda, sus padres al principio quisieron oponerse pero al final su hermano lo permitió.

Cuando hubo terminado sus dos amigos se aproximaron junto a él.

—Fernando cuanto lo sentimos— lo abrazó.

—Gracias Iker, pero era algo que un día tendría que enfrentar— respondió el abrazo.

—Tío pero no esperábamos que fuese tan pronto, que aun se le veía con mucha vitalidad—hablo algo preocupado un joven alto, de cabellos ondulados dorados y ojos verdes.

—Pensaba lo mismo que Llore— continuó Iker— ¿O acaso nos perdimos de algo? —

Fernando se debatió en sus pensamientos y es que no recordaba bien las palabras de su hermano sobre la causa de muerte de su abuelo ¿la enfermera era la culpable? Le costaba creerlo, pues ella había acompañado a su abuelo de hacía mucho tiempo y que recuerde él le tenía bastante confianza pues siempre escuchaba buenas recomendaciones sobre ella, pero no tenia cabeza para pensar en eso ahora, lo que menos quería era detalles sobre el fallecimiento de su abuelo.

—Ya no era el mismo, al menos eso fue lo último que me dijo—

Sus dos amigos se ofrecieron en un abrazo de nuevo con él y es que conocían al Señor Torres pues sus familias eran amigas de antaño y eran consientes de cuanto Fernando lo quería, y de alguna forma les dolía el estado de su pequeño amigo.

Luego fue rápido, todo fue muy rápido. Cuando llegaron de nuevo a casa, se sentía exhausto, no se despidió de nadie, solo subió a su habitación y la cerró con llave, nadie sabría hasta cuanto permanecería ahí dentro, ni siquiera él.

— ¿Creen que estará bien?— preguntó con preocupación Cristiano.

—Ni lo dudes— respondió su suegra— Se ha deprimido por muchas cosas, no es la primera vez que actúa así—

Cristiano miró a la mujer y asintió, aunque no estaba muy seguro de sus palabras.

—Si quieres verlo mejorado más rápidamente te aconsejo que lo lleves de viaje, ya sabes para despejar su mente—

— ¿Usted cree? —

—Claro—sonrió y algo en sonrisa no agradó del todo al hombre —Que mejor que pasar lejos de todo lo que le recuerde a su abuelo, ya verás como volverá renovado además no ahorraras el favor de tener que animarlo, ya sabes que, nos odia—

Cristiano no lo pensó dos veces y aceptó, después de todo dejaría en manos de sus secretarios sus citas pendientes, ya ellos los resolverían, además optó por que fuera solo por una semana, tiempo suficiente para pasar unos bonitos días con su novio. El problema era convencer a Fernando, ese chico a veces resultaba ser tan cabeza dura, le costó si, fueron miles de suplicas y de promesas, y al final el rubio terminó aceptando sin opción, quizás tendrían razón y lo que necesitaba realmente era un cambio de rutina.

Eligieron Londres, la ciudad por excelencia favorita de Fernando.

—Sin tu hermano de entrometido todo será mucho más fácil— implicó la mujer, su marido también había retomado su viaje por el exterior.

— ¿Pero, y la lectura del testamento?—

—Tardará algunas semanas, el notariado de tu abuelo eran tan especial como él, pero no es necesario saberlo, ya sabes quién es el heredero de toda esta fortuna—

—Es un maldito, bueno los dos— respondió furioso.

—Pensamos igual, pero no debemos exaltarnos por eso, todo tiene solución y mientras no sean leídos aun, por orden judicial todo esto por el momento pertenece a tu padre, y como él nos consiente en todo, nos daremos el gusto de disfrutarlo — sonrió.

—Entonces empecemos— correspondió a su sonrisa—Había muchas cosas en esta casa que ya me hartaban—

Pasó la semana y Fernando no la pasó tan mal como lo había pronosticado, pero aun a pesar de esos buenos momentos existía algo, un pensamiento que no lo dejaba en paz desde su despegue, y por increíble que fuera, no era su abuelo, era otro, alguien a quien recordaba en todas las tardes, antes de dormir, y a veces cuando sufría de insomnio en las madrugadas. No era por deseo, mucho menos por necesidad, pero su nombre, su voz y sus ojos se le venían encima fugazmente y permanecían en su mente hasta que alguna voz, algún objeto, alguna música, o algún acontecimiento lo esparcieran al aire de nuevo.

¿Lo…extrañaba? Le costaba admitirlo.

Cuando aterrizaron y descendieron al aeropuerto, Cristiano se ofreció a acompañarlo de nuevo a su hogar, pero Fernando le dio las gracias y lo rechazó gentilmente pues de seguro tendría muchas cosas pendientes que hacer y no quería robar más de su tiempo, se despidieron con un beso y luego llamó a Gordon para que lo buscara, así lo hizo y de nuevo se dirigió a su habitual vida.

Pero algo llamó de sobremanera su atención, cuando se aproximaban a su hogar, vio que esta tenía grandes paredones y que las rejas habían desaparecido, el guardia había sido sustituido por otros dos hombres desconocidos, cuando bajo fue corriendo dejando a Gordon en medio camino con todas sus pertenencias, y cuando entró en la sala se asustó aun mas al ver a todas las cosas fuera de su lugar, otros que habían sido sustituidos, dentro había más personas desconocidas, había alarmas, cámaras de seguridad, las ventanas enrejadas completamente, de esa forma no quiso imaginarse lo que vería arriba pero tenía que despejar su duda, subió y lo que vio le aterrorizó.

—Mi habitación—

Si bien había hecho de su habitación un desastre, procuró arreglarlo antes de su viaje, ahora lo único que veía era una cama en medio con dos mesitas al costado que sostenían un teléfono y unos cuantos libros, su estante solo guardaba algunos retratos y la notebook con la computadora, su armario, una pequeña alfombra y nada más. Todo lo demás, sus libros, sus pinturas, sus lienzos, todas habían desaparecido, inclusive habían puesto una gran tela de pintura en su techo, donde solo días antes se mostraba un gran paisaje de estrellas que el mismo se había encargado de crear.

Bajó más que furioso de nuevo a la sala y se encontró con uno de los responsables.

— ¡¿Qué le hicieron a la casa de mi abuelo y a mi habitación?! — No pudo aguantar levantar la voz ante su hermano.

—También es nuestra— respondió seco.

— ¡Aun así no debieron de tocarla sin mi autorización! ¡Como dicen ustedes también es mía! ¿Y todas estas personas? — señalo a las que tenía a su alrededor— ¡No las quiero!—

— ¿Quién te crees? —ya se estaba empezando a hartar de las quejas estúpidas y engreídas de su hermano—Solo eres un heredero mas, inclusive el menor de todos y quien menos tiene derecho a reclamar algo— Se acercó para enfrentarlo— Estas personas son servidumbre, la contratamos porque creímos necesitarla, la cocinera y el guardia fueron removidos por personas más capaces y más confiables, después de lo acontecido con la enfermera no podemos seguir trayendo a gente solo por recomendación.

Fernando lo miraba con odio, otra vez, ese sentimiento volvía.

—Las cosas de ahora en adelante van a cambiar hermanito, deberías empezar con acostumbrarte— lo tomó del rostro con delicadeza para luego aumentar su presión con las manos. Fernando se soltó violentamente.

—No creas que te resultara tan fácil—

— ¿No? ¿Quién lo dice? Ya no tienes a nadie quien te respalde, estás solo— se burló.

Una ira tremenda lo invadió, le entró unas ganas de tirarlo contra el piso y desfigurarlo con golpes hasta dejarlo inconsciente, pero eso no era propio de él, además solo ganaría satisfacción personal luego lo mandarían a un reformatorio. No dijo nada, solo decidió retirarse en silencio, esas últimas palabras le calaron profundo, le hacían darse cuenta de la realidad, ahora estaba solo. Pero cuando se encaminó a darse media vuelta, vio algunas pertenencias conocidas de la mano de aquella servidumbre.

—Son… son las cosas de mi abuelo— su voz se debilitó.

—Son basura—

Era el colmo, no podría, no podría acostumbrarse jamás a aquella nueva vida, desconocía aquel lugar, esa no era su casa, y quién sabe si alguna vez lo había sido. Subió por las escaleras levemente molesto y dolido a la vez mientras su hermano lo seguía con la mirada y sonreía triunfante, cuando llegó a su habitación de nuevo se recostó por la puerta y se quedo absorto en el aire, tenía que hacer algo al respecto, no podía dejarse dominar de esa forma, si bien antes se dejaba era solo porque sabía de antemano que tenia a alguien que lo protegería y defendería, pero ahora eso se acabó, comenzó a pensar, tenía que tomar una decisión, quizás no fuese la más lógica ni la más recomendable, pero era su única opción, cerró los ojos y se dejo llevar por sus pensamientos.

Su abuelo le dijo que nunca estaría solo, tenía razón, no lo estaba.

Abrió los ojos con un nuevo brillo en ellos, estaba decidido y estaba seguro de que no se arrepentiría. Tomó algunas ropas de su armario pero solo las necesarias, las guardó en su bolso, ¿Dinero? Por la barrida que hicieron en su habitación de seguro le habían arrebatado hasta el último centavo, por suerte había dejado un espacio al estilo caja fuerte en el baño detrás del espejo, fue hasta ahí, la sacó con cuidado y retiró la caja que estaba reposando en un agujero, se llevó todo el dinero de sus ahorros, no sabía la cantidad exacta de cuanto tenia pero era mucho y eso era lo único a importaba. Fue de nuevo hasta la puerta para retirarse, apagó las luces con lentitud y se quedó por un rato ahí dando la espalda a todo lo que había sido su espacio por muchos años, dio media vuelta de nuevo y fijo su vista en un pequeño retrato que lo miraba desde encima de su estante, caminó hasta ella y lo tomó con delicadeza, le dedicó un corto de su tiempo observándola, esbozó una media sonrisa y la guardó en su bolso. Después salió.

Espero, hasta que se percató que la mayoría de los empleados ya se retiraron, entonces bajo con cuidado, de seguro las cámaras lo captarían pero no le interesaba, su única preocupación era llegar hasta donde se había mentalizado. Cuando se dirigía al portón vio que estaban ambos guardias fuera, rezó para que lo dejaran ir, pero al parecer no se les había ordenado absolutamente nada, pues lo dejaron salir sin inconvenientes, cuando le preguntasen seguro dirían que salió a tal hora, con tal ropa, pero no sabrían a donde, volvió la vista atrás y vio que al parecer no les importaba tanto pues ni siquiera lo seguían con la vista. Se fue a la misma estación, tomaría el mismo autobús, llegaría a la misma hora, pero esta vez se cuido de no llevar consigo el gorro ni los anteojos de sol.

Capítulo VI “Decisión”

El mismo lugar, la misma hora.

Durante el viaje mantuvo sus pensamientos al aire, en el cielo, en las nubes, tratando de despejar y olvidar todos aquellos sentimientos que lo habían sofocado hasta aquel momento, dejándolos salir, quería mantener su cabeza solamente fija en su objetivo, sabía que sería difícil pero quería intentarlo, iniciarse de nuevo, empezar… algo que ni el mismo conocía bien. Si bien la decisión ya estaba tomada, no estaba seguro de si podía llevarla hasta al final, lo admitía, tenia cierto miedo, miedo a lo desconocido y es que salirse de su habitual vida parecía fácil al decir e imaginárselo, pero ahora que lo estaba haciendo realidad tomando el primer paso, un cierto escalofrió le invadía el cuerpo, abandonar todo a lo que ya estaba acostumbrado para perderse y encontrarse a sí mismo, le causaba cierta seducción pero al mismo tiempo inquietud.

Entonces las mismas palabras, las mismas advertencias.

La misma respuesta.

Bajó y fue directo a la entrada de aquel fúnebre lugar con la mente en blanco, porque no quiso dudar, no quiso someterse a preguntas internas sobre lo que era correcto e incorrecto, y entonces recordó, abrió su bolso y sacó de ella su pequeño móvil, la miró por unos segundos y luego la lanzó por detrás de sus hombros sin siquiera molestarse en voltear hacia ella. Camino y camino por una ruta indefinida, la neblina en aquel lugar se iba intensificado y Fernando sintió su presión acelerarse más con cada paso, el silencio era su única acompañante y su respiración música para sus oídos, quería imaginarse la misma escena de la vez pasada pero sabía que eso sería pedir demasiado, ellos no sabían de su presencia por aquel lugar, así que temía encontrarse con personas equivocadas.

Y como si la vida quisiese restregarle en cara sus pensamientos, lo hizo.

— ¡Tu detente ahí! —

La orden le vino de espaldas, su cuerpo no avanzo ni unos pasos más cuando aquellas palabras le afectaron los oídos, rompiendo de golpe el silencio que lo rodeaba, su corazón dio un fuerte latido que sintió el golpe en el pecho, su respiración se congeló al instante. Relajo todo el cuerpo y por unos segundos nada se oyó decir, espero, sin voltear.

—Veo que me han recompensado con un gran presente esta noche con tu llegada— y pudo oír cierta lascivia en su voz, no, no era la de Sergio, tampoco la de Guaje, ni Marcelo, ni ese tal Navas.

Su mirada estaba fija al suelo, su respiración se entrecortaba, necesitaba voltear, necesitaba saber con quién estaba tratando esa noche, necesitaba ver su rostro pero el impulso no le llegaba, seguía ahí estático esperando. Escuchó los pasos acercándose tras él y eso fue suficiente como para que la tensión invadiera de nuevo su ambiente, para que el miedo comenzara a tararearle en el oído que se dejase sentir por él. Luchó internamente para poder superarlo y he ahí como si una corriente eléctrica se le insertara en el cuerpo, giró para dar de frente con su nuevo agresor.

—Wow— entre abrió los ojos— no estás nada mal— le recorrió con la mirada—aunque por detrás te ves mejor— volvió a sonreírle de manera desagradable.

Fernando le lanzó una mirada de odio, detestaba a ese tipo de vagabundos y más cuando osaban insultar su integridad, pero al instante retrocedió su intención al ver como otros dos hombres aparecían de las sombras del fondo, uno a cada extremo de aquel hombre.

Y tampoco eran los mismos rostros.

— ¿Buscas ayuda Pepe? — habló uno de ellos.

—Si es así con gusto nos ofrecemos— respondía otro— ya me estaba pareciendo demasiado tranquila esta noche—

El tal Pepe seguía sin quitar la mirada de encima a Fernando, no contestó nada, simplemente avanzó unos pasos más hacia él con el fin de conducirlo hasta el extremo de algún muro, cosa que logró ya que el rubio comenzaba a retroceder con cada paso de avance del hombre, después choco con algo duro detrás y se dio cuenta de que había quedado acorralado.

Frente a tres hombres.

—No queremos que esto sea demasiado corto— Pepe se apegó mas y sacó una navaja de uno de sus bolsillos que relucía brillosa ante la luz de la luna y lentamente la subió hasta el cuello de su víctima — La noche es muy larga— presionó sin mucha fuerza la filosa arma, Fernando solo cerró los ojos y sintió a la cosa punzante abrirle una pequeña parte de la piel.

El hombre sonrió al ver la pequeña cantidad de sangre deslizarse por el arma y por su mano, se divertiría mucho esta noche con esa belleza.

Fernando sabia que ya no tenía opciones, ni salida. Había logrado adiestrar a aquel perro aquella noche para que no lo atacara y de paso que lo defendiera para que aquellos tres hombres retrocedieran su intención, pero esta noche era diferente, tenía a alguien pegado a él, con una navaja recorriéndole el cuello y amenazándolo con arrancárselo ante cualquier movimiento en falso. Por eso se limitó en hacer algún esfuerzo para zafarse, aun si lo lograba estaban esos dos hombres atentos a cualquier reacción suya.

Solo le quedó una sola cosa por hacer, rezar.

—Muy bien por donde empezamos—susurró el hombre para luego bajar su otra mano libre hacia la cremallera del rubio, la otra la mantenía presionada hacia arriba. Fernando cerró los ojos con más fuerza y su instinto de defensa inmediata hizo que sus brazos volvieran a cobrar vida y se lanzaran contra el pecho de aquel hombre empujándolo violentamente tratando de alejarlo lo más posible de su cuerpo.

—Ni te atrevas— respondió firme.

Pero vio como aquellos ojos se volvieron diabólicamente hacia él, y el pánico se hizo presente.

—Haces que las cosas se pongan más difíciles gilipollas— habló presionando los dientes y Fernando tragó saliva, había buscado una protección y se había topado con todo lo contrario. El hombre reaccionó rápido. Se preparó para lo peor.

Levantó el brazo.

—Ahora veras com…—

— ¡Baja esa maldita arma idiota! —

Y esa fue la mismísima voz de Dios para el rubio.

Vio como su agresor quien en esos momentos le tapaba completamente la visión al estar casi por encima de él giraba la cabeza por detrás para ver si realmente se trataba de quien se suponía. Sus ojos mostraban susto como si no creyera lo que veía y su rostro era de estupefacción.

— ¿Sergio? —

Los otros dos hombres tenían la misma expresión.

— ¿Qué te has vuelto sordo imbécil? —su voz quebraba el aire — ¡Que te apartes! —ordenó.

Pepe solo lo miró incrédulo haciendo caso nulo a sus órdenes, se apartó un poco pero no demasiado como para dejarlo libre por completo, luego miro desafiadoramente a quien tenía por delante.

—Sergio ¿Qué te traes? —Frunció el entrecejo— No ves qu…—

— ¡No vez que si no me captas ahora te sacó el cuchillo de las manos y te la incrusto en la cabeza!— le estaba dando un ultimátum, su paciencia le estaba llegando al límite.

Fernando apegó mas la espalda al muro, luego vio como su agresor se apartaba de él sin quitar la mirada de encima del castaño, como previniendo algún movimiento suyo. Sergio hacia lo mismo.

— ¿Qué es lo que sucede ahora jefe? ¿Hay algo malo? — Se atrevió a preguntar uno de los hombres.

Sergio ni se inmuto en responder, seguía con su porte intimidante sobre Pepe, quien simplemente bufó y levanto a medias ambos brazos como queriendo excusarse ante su actuación.

—Ahí lo tienes—

—Buen chico— la fuerza de su mirada lo había hecho retroceder sin preámbulos, entonces Fernando se pudo permitir dar un leve suspiro dejando salir toda la tensión que se había acumulado dentro suyo, de pronto sintió una punzada en la parte izquierda del cuello y recordó el corte, se llevo la mano hasta ahí para tocarla y ver la sangre que emanaba delicadamente sobre ella. Sergio se dio cuenta del movimiento de Fernando quien en esos momentos tenía la cabeza cabizbaja, levanto un poco más el mentón y se dirigió de nuevo a los otros tres.

—Pepe— lo llamó seco—la próxima cortada que vea— pausó— será en tu rostro, si vuelves a cometer lo mismo, claro está—

El infractor permanecía quieto en su lugar con un rostro inexpresivo ante el castaño, los otros dos no querían inmiscuirse demasiado, pues usaban la cabeza y sabían perfectamente de lo que el mayor era capaz de hacer ¿por el algo era su Jefe no? Aunque tuviesen dudas sobre su reciente actuación, aunque tuviesen miles de cuestionamientos, aunque quisiesen saber el porqué de todo, se lo guardaban para sí mismos, y es que no era buena idea cuestionar a Sergio, el hacia las cosas porque debía de hacerlas y para todas debería de tener alguna razón, aunque para ellos esta parecía la mas ilógica, pues simplemente se trataba de otro joven perdido en las calles de este sucio barrio a quien podrían atacar como lo solían hacer con todos, o acaso ¿era algún conocido de su jefe? No podía serlo, la pinta delataba que pertenecía a otra sociedad muy lejana de allí mismo y de lo poco que sabían Sergio detestaba a los niños ricos ¿O acaso seria un simple cómplice para sus negocios? Podría ser, aunque de ser así el chico ya debía de haber preguntado por el castaño antes de que Pepe lo atacara, en fin preferían dejarlo en duda.

—Caletti, Arbeloa— los llamó sin mirarlos—vuelvan con Pepe y lárguense para hacer sus atrocidades por otro lugar—

Los primeros nombrados miraron a Pepe para ver alguna respuesta suya, pero al contrario, su compañero solo mantenía la mirada desafiante sobre el castaño sin emitir palabra alguna, hasta que finalmente dio una media vuelta y se retiró, ambos miraron de vuelta a Sergio por alguna reacción suya pero este solo levantó una ceja y les indicó con un ligero movimiento del rostro a que siguieran a su compañero. Así lo hicieron y en escena solo quedaron ´Fernando y él.

—Tu vienes conmigo— sin molestarse siquiera en mirar al rubio se volteó para seguir su camino, Fernando quien seguía recostado por el muro y con una mano sobre su herida, tardó unos segundos en reaccionar hasta que vio al castaño a una distancia un poco ya alejada, entonces se apresuró en seguir sus pasos.

No fue como la vez anterior, Sergio caminaba a una velocidad más rápida, con las manos en los bolsillos, sin inquietarse por los extraños ruidos, los animales callejeros o la neblina del lugar, tampoco se tomó la molestia de voltearse hacia su acompañante o de compartir palabras con él, simplemente seguía su ruta con la confianza de que el rubio seguía tras de él. Fernando no pudo negar sentirse culpable, incómodo, apenado por lo que acababa de ocurrir minutos antes, mantenía la mirada baja y solamente se dejaba guiar por los sonidos de los pasos de Sergio. Y es que entendía de cierta manera la actual forma de ser del castaño para con él, habría de estar molesto, y es que enfrentarte a tus compañeros solo para ayudar a un desconocido como él necesitaba de mucho coraje y atrevimiento. Levantó el rostro para seguir su espalda, esperando, alguna palabra, algún comentario, pero nada, el castaño seguía y a Fernando solo le quedo suspirar y encogerse dentro suyo, se sentía mal, sabía que había hecho algo mal, otra vez.

Llegaron a aquel refugio que el rubio ya conocía a perfección, Sergio la abrió bruscamente e ingresó al lugar esperando a que el rubio hiciera lo mismo. Fernando entro con timidez, dio unos pasos y luego cerró tras de sí la gran puerta, escuchó al castaño lanzar un suspiro colocando ambos brazos en la cintura estando de espaldas ante él, luego se volvió con lentitud para dar con sus ojos y Fernando esta vez no pudo leer nada en ellos, como si lo hacía las veces anteriores.

—Toma esto—le paso un pequeño pañuelo blanco—para tu herida, para que al menos se te pase el sangrado—

Fernando se lo agradeció y la coloco sobre su herida presionándola delicadamente. Sergio se aproximo a uno de los sofás y se dejo descansar en el, luego hizo un movimiento con el rostro indicándole al rubio a que se ubicase a su lado. Fernando obedeció y fue junto a él, aun tenia la mirada baja con toda razón pues se sentía aun apenado y fuera de lugar, solo quiso buscar compañía, y la única que tenía en esos momentos era Sergio pero al parecer el castaño no estaba muy convencido ni le agradaba tanto la idea.

— ¿Qué es lo que se te ha pasado por la cabeza? — había reposado los codos en las rodillas entrelazando sus dedos, desviando levemente su mirada hacia él.

La pregunta fue directa y Fernando no supo que responder al instante, y es que no se había mentalizado la respuesta de antemano como estaba acostumbrado a hacerlo, hizo ademan de responder pero pronto cerró la boca, debía de ser sincero y coherente.

—No se— he ahí la suprema sinceridad, y es que ¿Qué realmente se le había pasado por la cabeza al llegar hasta este lugar apeligrando su vida por tercera vez? Cualquier persona cuerda diría que buscaba un suicido menos trabajoso, pero él sabía que no era eso, no, era algo que ni el mismo podría explicar bien, buscaba refugio si ¿pero necesariamente ahí? Tenía una buena cantidad de dinero en mano, podría tomarse cualquier hotel para hospedaje ¿Compañía? Podría haberle dicho a uno de sus escasos amigos que le brindaban alguna casa de campo o un departamento, pero entonces recordó que estaba huyendo de su hogar de nuevo, si es así entonces todo lo demás seria inservible, los hoteles registrarían su nombre, la familia de sus amigos se enterarían.

Y de esas dos opciones, ninguna se le había venido a la cabeza, la única que se mentalizo era ir en busca de Sergio, nada más.

—Nando— hablo seco— ¿Sabes qué lugar estas pisando? ¿Eres consciente de donde estamos? Hombre, creí que con lo de Navas y los demás aquella noche había sido suficiente para hacerte entender que esto no es Paris, Londres, ni otra de esas ciudades donde si te puedes dar el lujo de hacer paseos, ya ves que en esos lugares no te hacen cortes en el cuello—

—Sé muy bien donde estoy— lo miró— no soy tonto— Sergio hablaba directo con él, entonces debería responderle de la misma forma. Era consciente si, obviamente de las dos advertencias de aquellos choferes, del primer ataque del grupo de Sergio, de la explicación que le habían brindado sobre la forma de vida allí, era consciente de todo y aun así se atrevió a volver.

—Pues a ver qué pareces uno— le respondió duro —Este no es un lugar para ti ¿te cuesta entenderlo? deberías de saberlo mejor que nadie—

—Mira—le corto, dejando pasar de largo el insulto — Sé que no lo entenderás, y que te parecerá la cosa más estúpida que jamás hayas escuchado, pero esta fue una decisión mía de la que no estoy arrepentido— respiró profundo y empezó a reordenar todas las palabras que tenía en mente— He decidido no volver a casa, las razones del porque de seguro ya las sabrás de sobra, quiero salir y dejar todo en el pasado, liberarme y abrir mi propio camino y con ellos a mi lado jamás podre hacerlo, y de seguro dirás ¿Pero este lugar? Y yo te diré si, este lugar, porque en aquel momento de reflexión fue el único que se me vino a la cabeza, no fueron ni hoteles, ni departamentos, ni casas de amigos, solo aquí—pausó unos segundos— y sí, soy consciente de la mala fama de este lugar, del peligro y de la forma de vida de las personas de aquí, soy consciente que es todo lo opuesto a lo que es mi vida habitual, soy consciente de que quizás no haya sido la idea más lógica ni la más sensata— pensó en las palabras que diría a continuación, pero algo ocurría, ¿Qué seguía? — pero…—

— ¿Pero qué? — Sergio estaba atento a cada palabra.

Si Fernando ¿Pero qué…? Y como por arte de magia las palabras se le fueron de la boca y el pensamiento se le quedo en blanco, no sabía que responder porque ni el mismo conocía la respuesta, ¿sería egoísta y diría simplemente pero así lo quise? ¿Se pondría espiritualista y diría que fue una guía de luz de su difunto abuelo? ¿O seria filosófico y le explicaría cada mínimo detalle? No pensó hacer ninguno, la sinceridad le ganaba la batalla.

—Pero— lo miró con sus ojos melancólicos— no sé, no lo sé—

Por un momento las ganas de llorar volvieron.

Sergio se limitó a mirarlo, las hebras de sus cabellos le cubrían un poco la vista pero ellas no le impedían ver a aquel pequeño rostro cabizbajo, sereno, lleno de tristeza acumulada, sus ojos no relucían algún brillo, estaban opacos…fríos y por un momento, una sensación, un impulso le nació de si, de querer tomarlo, abrazarlo y consolarlo, porque algo dentro suyo le indicaba que Nando lo necesitaba y mucho en aquel momento.

Pero el orgullo hablaba más fuerte.

Se pasó una mano por el rostro masajeándose la sien, no podía estar pensado exactamente eso en aquel momento, se veía tan estúpido y reverendamente cursi, Nando era un chico malcriado rebelde que simplemente estaba buscando ayuda, alguna escapatoria para salirse de su aburrida vida cotidiana y el mejor lugar y la mejor compañía que le pudo ocurrirse fue en su barrio junto con él, valga la redundancia.

— ¿Que es lo que te llevo a tu límite?— pensamientos sobre él.

prosiguió, tratando de despejar sus recientes

—Mi abuelo murió— respondió firme, cortante, sin ninguna señal de debilidad en su voz.

Sergio se volvió hacia él sorprendido, por lo que sabía de su historia (que era mucha) su abuelo era uno de los pilares en su vida, de que era su máxima inspiración y que lo amaba más que a nada el mundo. Si fuese así, entonces resultaba peor de lo que pensaba, el chico estaba mal, muy mal.

—Yo…lo siento—

—Ya paso— su voz ya no estaba quebrada, ya no mostraba síntomas de dolor, simplemente sonaba cansaba —Pensé erróneamente que el siempre estaría ahí para mí— sonrió débilmente— no estaba preparado para esto—

—Nunca nadie está preparado para la muerte, simplemente llega y ya— no era bueno consolando a gente con estas cosas, que va, simplemente no era propio de si hacer eso, pero ese joven desde un principio le hacía actuar de forma extraña, y eso de ninguna manera era algo bueno—Solo tienes que aceptarlo y eso—definitivamente no era bueno para esto.

Para su suerte Fernando dejó pasar las palabras.

—Ya no me queda nadie —prosiguió—si antes podía aguantarlos era porque lo tenía a él, ahora que ya no está, no tengo ningún motivo para quedarme ahí, solía esperarlo siempre y ahora ya no tengo a nadie a quien esperar —

Eso fue suficiente para Sergio.

Dio un tenue suspiro para luego encajar su vista al frente otra vez.

—Mira, seguiré diciendo que eres un tonto—Fernando se encogió un poco— pero, no soy nadie frente a ti para decirte lo que puedes o no hacer con tu vida, si crees que estarás mejor aquí a sabiendas de la forma de vida de este barrio pues, bienvenido—

Fernando le esbozo una de las sonrisas más sinceras que podía ofrecerle.

—Gracias—

—Pero tampoco te tomes tanta confianza eh, aquí no todos serán como yo—… de hecho creo que en estos momentos soy el único idiota que actúa de esta forma — dijo lo ultimo a lo bajo para sí mismo.

Fernando sonrió tímido.

Se levantó de su asiento y se dirigió hasta un pequeño freezer que se escondía a un costado suyo, tomó una lata de cerveza de su interior y se recostó por el marco de una puerta —Tendrás que hacer un gran cambio— bebió un sorbo— empezando por tu ropa, serás muy llamativo usando esos colores y combinaciones por aquí, tendrás suerte si todavía la tienes puesta al final del día—

Se miró por debajo, tenia puesto un jean azul con estampados blancos sobre la entrepierna, una remera blanca con diseños negros y un chaleco de tela fina color gris con unas botas cat, luego se fijó en la vestimenta del castaño. Sergio alzó una ceja.

— ¿Qué? —

—Nada, solo que me siento cómodo con esta ropa y no creo que…—

—No es necesario que vistas igual que nosotros quillo solo intenta ir más discreto y…— lo miró de reojo— más barato—

— ¿Mas barato? — no comprendió la expresión.

—Que sí, que las marcas aquí son sinónimo de dinero, serás una presa fácil—

Fernando asintió, de ahora en adelante debería dejar de lado su manía por las ropas, sería su primer gran paso, aunque no estaba muy seguro pues la poca ropa que trajo consigo no ayudaba mucho al ser parecidas a las que traía puesta.

—Pero bueno eso es lo menos— bebió su último sorbo, arrugó la lata y la lanzó a una esquina— vayamos a que te muestre tu “nueva” habitación— haciendo hincapié en la palabra nueva, se dirigió hacia las escaleras indicando a Fernando que lo siguiera, el rubio se levantó del asiento algo apresurado tomando su mochila. Cuando llegaron al segundo piso Fernando vio un gran pasillo con ventanas que daban la vista a un callejón y otro, y unas cuantas puertas de madera fina, algunas quebradas o carcomidas por bichos, Sergio estaba frente a una de ellas, no tenia manija solo un agujero en el borde, el castaño la empujo con una mano y el chirrido indicó su movimiento lento, al parecer la antigüedad era su principal característica.

Una habitación pequeña y común, con una cama matrimonial en medio que por encima tenía una sabana azul desordenada y arrugada, el piso era de cemento fino con un color grisáceo al igual que las paredes que tenían partes caídas por la humedad, una ventana sin vidrio con unas cortinas del mismo color de las sabanas ventilaban con un fresco viento la oscura habitación. Sergio recorrió un poco el lugar rodeando la cama hasta llegar a la ventana, colocó ambas manos en la cintura y volteó hacia el rubio.

—No será la gran cosa pero es lo que hay—

—Está bien, no te preocupes— colocó su mochila sobre la cama.

—Pues bien— alzó los hombros y soltó sus brazos — quizás quieras pasar unos minutos solo, ya sabes para acostumbrarte a la idea—

—Gracias—sonrió.

Sergio se cruzó de brazos y sonrió por bajo.

—Me sigue pareciendo una idea tan descabellada tuya pero a ver que nos resulta— pasó a un costado suyo colocando una mano sobre la cabeza de Fernando rozando y despeinando su pelo, el rubio esbozó una media sonrisa y volteo hacia él quien se retiraba cerrando la puerta tras sí.

Se fijó de nuevo en su pequeña mochila dejándola reposar en la cama, recorrió la habitación tratando de memorizando cada detalle de ella, luego fue hacia la ventana removiendo las cortinas hacia un costado y asomando su rostro.

Un leve humo salía de algún hogar cerca de allí, las casas se encontraban todas pegadas y encimadas unas a otras, todas del mismo color añejo y opaco, algunas de chapas, otras de material, ladrillo visto o maderas, todas tan diferentes a la suya. Cerró sus ojos y volvió a juntar las partes de la cortina, ya tendría que dejar de pensar en eso, de ahora en adelante este sería su nuevo hogar aunque no estuviese tan convencido aún, tenía que ir organizando y mentalizándose esa idea. Volvió a la cama y se sentó en ella, dejó que el silencio invadiera sus sentidos, le parecía extraño que de alguna forma al hablar de su abuelo el dolor no volviera a él como las veces anteriores, ocurrió lo mismo en su viaje, quizás su ser ya se estaba acostumbrando a esa ausencia, estaba en un estado en donde el sufrimiento, las lagrimas y la tristeza ya no existían, creyó que ya las había utilizado lo suficiente y que era hora de comenzar todo de nuevo, de dejar todo eso detrás. Agarró su mochila y abrió el cierre lentamente sacando de ella aquel pequeño retrato de su estante, la tomó con las dos manos y presionó los labios, una simple foto que irónicamente traía consigo una enorme carga sentimental. Volvió a cerrar sus ojos y pudo escuchar las risas lejanas de dos personas, un flash en su mente de un paisaje de flores, un cachorro, una hamaca, bromas… eran como si retumbaran en aquel lugar silencioso y que al abrir sus ojos todo aquello se esfumara.

Alzó su vista al techo y suspiro, colocó el retrato en una pequeña mesita de madera algo coja que se ubicaba al lado de su cama, le dedico unos segundos más de mirada, luego se levantó para fijarse en su vestimenta de nuevo, se permitió sacar el chaleco dejándose solo la remera algo ajustada consigo, sacó un gorro gris, se peino hacia atrás y se la colocó dejando caer algunas mechas en los costados de sus orejas, apretó sus puños, tenía que aguantarse, todo es nuevo no te compliques, no retrocedas, confía en ti tu elegiste este lugar no por azar, si no porque algo te conduzco hasta aquí y tienes que aceptarlo y seguir.

Abrió la puerta y bajó por las escaleras, de allí vio la figura de Sergio sentada de espaldas en el sillón observando en silencio la televisión que tenía en frente, formula uno, no tenía idea de esos gustos del castaño, pensándolo bien casi no conocía nada de él. Se preguntó si estaría dormido, por lo que no quiso llamarlo, se acercó y dejó reposar sus antebrazos en el cabezal del sofá fijando su vista a la pantalla del televisor. Sergio al parecer sintió el movimiento y giró medio rostro mirándolo por arriba.

— ¿Estas? — preguntó.

—Si—

—Bien— volvió su vista al programa.

Fernando recorrió con la mirada el lugar, como si ya no lo conociera de memoria.

— ¿No trabajas hoy? —

—No—

Un ah fue lo único que salió de la boca del rubio, quería ir más a fondo y ser más curioso.

— ¿Se podría saber porque?—

—No—

Definitivamente Sergio se pasaba de reservado, al parecer no era tan hablador como imaginaba.

— ¿Que sueles hacer por las tardes? —

—Nada—

Fernando era una persona tranquila, pero el castaño estaba haciendo que esa tranquilidad se le fuese esfumando de a poco.

— ¿Te molesto? —

—No—

— ¿Entonces? — Quizás el castaño estuviese aun molesto por el accidente de sus compañeros, o sufría de algún trastorno bipolar por haber cambiado de ánimo de unos minutos para otro.

—Anda que haces muchas preguntas— suspiro cerrando sus ojos.

— ¿Eso es malo? —

—Aquí sí— volteó hacia él— ¿conoces la frase la curiosidad mato al gato? Pues eso es lo que experimentaras aquí, no todos tendrán la misma paciencia que tengo contigo—

Fernando no pudo evitar sentirse algo incómodo al escuchar a Sergio hablar de él como alguien a quien tolerar, eso significaba tener que aguantarse a alguien de forma obligaba, ¿era eso lo que sucedía? Decidió guardar silencio quizás realmente estaba siendo demasiado quisquilloso, no quería ser una molestia para el castaño.

Sergio pudo ver cierta mueca cabizbaja en el rubio ante su comentario lo que le causo algo extraño en sí, una especie de frustración consigo mismo, quizás estuviese siendo demasiado duro con él… ¡¿Pero qué carajos estaba pensando?! El era un criminal, un asesino ¿desde cuándo debía de pedir disculpas o retractarse de sus actos? Eso no era propio de si, algo andaba mal consigo mismo, y eso no era para nada bueno. Odiaba comportarse de esa manera, pero no le quedaba otra opción.

—Escucha no suelo trabajar usualmente, para eso tengo a mis tipos que hacen el trabajo duro para mí, yo solo soy el intermediario de los problemas, el que da las órdenes, raramente suelo ensuciarme las manos en ese tipos de cosas, solo si la situación de verdad lo amerita— lo miró para ver su actual expresión y al comprobar que todo iba bien decidió continuar— Mira Nando no quiero que te mal acostumbres conmigo y que eso te cause problemas más tarde con los otros, ya viste que no caerás bien a todos así que trata de ser más reservado y de hacer menos preguntas ¿Ok?— sonrió.

Fernando asintió, le gustaba la forma con que Sergio se manejaba con él, pero el castaño tenía razón no podía estar siempre pendiente de él como si fuese su madre, de ahora en adelante tendría que actuar solo sin la ayuda de nadie, pues no tenia consigo ni un chofer, ni un guardia, ni una cocinera, una limpiadora, ni a su abuelo para que estuviesen consigo.

—Tienes razón, lo siento—

—Te lo dejo pasar por esta vez—

El rubio le ofreció una sonrisa tímida.

—Bueno creo que ya fue suficiente por hoy— se levantó pesadamente del sofá. Fernando quien seguía recostado por la cómoda se acomodo mejor al ver a Sergio dirigirse a las escaleras.

— ¿Te quedaras más tiempo aquí? — preguntó dando un bostezo.

—Am, no, subiré también— respondió algo titubeante, realmente no sabía qué hacer exactamente solo seguía los pasos de Sergio por inercia, después de todo aun se sentía algo perdido.

—Pues entonces que descanses bien supongo— se despidió.

—Buenas noches— susurró en lo bajo.

Se quedó por algunos minutos más en medio de la sala reposando una de sus manos por el cabezal del sofá, fijó su vista en las escaleras donde segundos antes el castaño arribo y sonrió al recordar la conversación reciente entre ambos, luego fue hasta el interruptor y apagó las luces. Subió hasta su habitación no sin antes dar una rápida mirada a la puerta de enfrente donde estaría Sergio descansando, al menos el si tenía un picaporte, miró la suya y la abrió con cierta dificultad.

—Demonios cuando Sergio lo hizo parecía fácil— se dijo mientras el chillido le molestaba los tímpanos.

Entró al lugar oscuro donde solo la ventana le traía la luz de la luna, por un momento se juró haber visto un flash de su vieja habitación por lo que parpadeo unas veces para percatarse de que solo era una imaginación suya, suspiro y se sentó en la cama reposando sus antebrazos en las rodillas dejando su mirada perderse en algún punto de la habitación, demasiadas cosas, demasiadas sensaciones, demasiadas emociones, demasiados acontecimientos en menos de dos semanas, en solo dos semanas había experimentado todo lo que nunca había experimentado en toda su vida, se enorgulleció de sí mismo al reconocer que pudo aguantar toda esa carga emocional consigo y que lo había sobrellevado de la manera más discreta y racional posible (bueno

descartando lo del caos de su habitación) No se dejó llevar por sus sentimientos, de hecho nunca había hecho nada guiándose por ellos, a excepción de haber llegar hasta allí.

Frunció el ceño pensativo ante su última deducción.

¿Sus sentimientos lo habían llevado hasta allí? ¿Qué sentimientos? Se suponía que se lo había planteado a causa de la desesperación por salir de esa prisión, lo pensó solo una vez cierto, pero era un decisión sacada de su cabeza ¿no?

La suave brisa golpeaba flamante las telas de las cortinas quienes relucían un sonido delicado contra las paredes. Se sacó las botas y se dejo caer en la cama, con ella dejo caer sus dudas, sus aflicciones, sus miedos, sus pesares, sus preguntas sin respuestas, mantuvo la mirada al techo, alzó un brazo y extendió la mano, por un momento vio un mundo sin fin de estrellas, de constelaciones, de brillo nocturno, tal como lo había pintado en su antigua habitación, sonrió a medias y por primera vez después de mucho tiempo Fernando durmió tranquilo.

El tortuoso silencio le aturdía desde lo profundo de su interior, estaba acostumbrado a los innumerables sonidos nocturnos propios de un barrio bajo como este, risas extrañas, súplicas, llantos, algunas balas perdidas, choques, cosas así, en cambio aquella noche no podía presenciar ningún sonido parecido, lo único que lo sacó un poco de ese mundo estático fue el chillido de la puerta de enfrente, no pudo dejar de entrecerrar sus ojos al escucharlo, irónico que fuese ese chico el que lo sacase de ese mundo de trance que estaba viviendo, tal cual lo estaba haciendo con su vida habitual.

Extraño, era la única forma en que podía describirlo. El silencio no nacía de su alrededor, no era por la falta de sonidos, le brotaba de adentro y se esparcía por todo su cuerpo para embargarlo por completo y era eso lo que le sacaba de quicio, por lo general la adrenalina del día se le hacía efecto por las noches, el ritmo de su corazón le bombardeaba apresurado, incansable, su cabeza repasaba todos los pasajes del día, pero esa noche nada de aquello ocurría, extraño. Su mente había dado un paro, no era la primera vez que le ocurría, hacia años algo similar, luego de mucho tiempo volvía, tres veces en donde el mundo pareciese parar y dejarlo en pleno estado de coma, en donde todo pareciese ir a una circulación contraria a la que siempre solía ir, tres veces en donde el mismo chico aparecía en su vida.

Y en donde se comportaba de la forma más estúpida posible, su inocencia le daba dolor de cabeza debía de admitirlo, aun no se tragaba del todo esa idea suya de decidir vivir ahí exactamente con él ¿Acaso no se había enterado de con quien estaba tratando? Era como estar a unos centímetros de una bestia, un monstruo, pero al parecer al pequeño aventurero le gustaba corres riesgos, su enfrentamiento a sus amigos, el corte en el cuello, el solo hecho de llegar dos veces al mismo barrio pese a las escalofrías advertencias del lugar ya le hacían ver que a pesar de su torpeza, tenía algo de corajudo a la vez, pero necesitaba ver hasta cuando le duraba ese valor, solo por eso le permitía su estadía en aquel lugar.

¿Realmente esa era su excusa?

Dio media vuelta en la cama reposando su rostro sobre la almohada algo molesto.

No quiso marear su cabeza pensando en cosas absurdas, las cosas ya estaban hechas, podía poner a pruebas millones y millones de verdades sobre el porqué lo había dejado entrar, pero ninguna llegaba a convencerla del todo. Ese joven tenía algo, por más soso que fuera le llamaba la atención de sobre manera, eso desde la primera noche en que lo vio y tenía la necesidad de averiguar de qué se trataba.

Cerró sus ojos. El sueño le llegó pronto.

La noche no era un descanso de ensueño para muchos, al menos en aquel barrio en donde la palabra dormir muchas se veces se confundía con indefenso, una vía libre para atacar de la manera más cobarde posible. No había amigos, y si los había eran pocos los que quedaban aún con vida. La muerte no descansaba, por ende muchos tampoco tenían la necesidad de hacerlo.

— ¿Tendrá algo ese rubio? —

El grupo de Arbeloa, Caleti y Pepe eran uno de ellos.

—De que tiene un buen culo, lo tiene—

— ¡No hablaba de eso Pepe! Para que Sergio lo hubiese defendido de esa forma tiene que haber algo más que solo querer tener sexo con él—

— ¿Qué mas ha de querer? Ese tipo no tenía pinta de ser alguien de por aquí como nosotros, ni muchos menos algún proveedor de armas, drogas o cosas así, más bien lo veía como un juguetito de noche y como a nuestro Jefe le gusta las cosas caras y exclusivas, ahí lo trajo—

—No tiene mucho sentido lo que dices sabes—

—Tu vida es la que no tiene sentido—

Siguieron caminando sin rumbo fijo por las calles vacías en aquella madrugada hasta llegar a un gran amontonado de llantas, chapas y potes de basura donde decidieron parar a descansar y de paso fumar sus respectivas drogas.

—Estoy de acuerdo con Álvaro — continuaba la conversación el llamado Caleti— Para mí que se trata de algún nuevo en el grupo—

— ¡Qué va! — Contestaba Pepe— ese modelito debilucho ni aguantaría un día por aquí, están de broma— expiraba el humo de su boca.

—Será su problema, solo sé que aquel rubio ya habrá de estar pagando todos sus pecados con Sergio—

Rieron al unisonó, hasta que una cuarta voz se oyó de arriba.

— ¿Rubio? ¿De qué hablan trío de idiotas? —

Los tres levantaron cabeza para ver a una figura conocida recostada sobre la muralla de un viejo edificio.

—Ahí está mi bello gitano salvaje ¿Qué hace a estas alturas de la noche tan solito sin compañía? —le guiño un ojo divertido.

—Guárdate tus piropos para el diablo Pepe— arrojaba su cigarro a un costado para luego bajar hasta ellos El hombre rió. — Ya, se pueden saber que tema trataban— se sentó al lado de Arbeloa tomando un nuevo cigarro suyo sin permiso alguno.

—Hablábamos de tu Sergio, al parecer trajo una nueva compañía—

Navas frunció el entrecejo sin comprender.

—Habla claro Caleti no me gusta el jueguito del teléfono cortado sabes— respondía con su misma altanería de siempre.

—Que hace un rato nos topamos con una rata rubia — prosiguió molesto, en verdad que Navas podría resultar tan sangrón y pesado la mayoría de las veces, pero no tenían de otra que acatar siempre sus órdenes y caprichos. Después de todo era un protegido de Sergio, uno de sus favoritos, llegando a ser como el Sub Jefe de la zona, alguien mucho más peligroso y bestial de lo que se podría imaginar, sus ojos afilados y penetrantes daban clara muestra de esa leyenda.

Sus ojos intimidaban a cualquiera.

—Quisimos atacarlo pero en eso nos salió el Jefe en medio para defenderlo ¿Qué piensas? —

Jugueteó con el cigarro en su boca tratando de meterse ese cuento en la cabeza ¿Rata rubia? ¿Acaso seria aquel…? Si era eso ¿Qué carajos tramaba el imbécil de Sergio?

—Pero ya paremos de hablar del Jefe — interrumpía Pepe— me bastó con verlo hacia rato como para que me hagan recordarlo otra vez— desvió la mirada seriamente molesto.

Navas rodó los ojos hacia él.

—Nadie preguntó tu opinión—

—Ah! Pero entonces porque no vas tú a preguntárselo— lo desafió, los otros dos hombres se miraron entre sí, Pepe era uno de los pocos que tenían las agallas para enfrentarse de esa forma al moreno, lo que querían ver era hasta cuando le duraba esa actitud. Ambos Vivian picándose entre sí, un día de estos alguno se cansaría y acabaría terminando con el otro, en este caso la muerte más próxima parecía ser la de Pepe — Estamos hablando de una estupidez ¿Qué de peligro a de tener ese chico para nosotros? ¡Nada! No se embarren tanto joder—

Los otros dos hombres miraron a Navas para ver una posible reacción suya pero esperaron en vano pues el moreno solo mostró una actitud desinteresada ante el comentario de Pepe desviando su mirada a otra dirección para luego preocuparse por encender otro nuevo cigarro. Decidieron hacer lo mismo, no era una buena ocasión para andar de peleas a esas alturas de la noche, aunque usualmente para las riñas no existía horario. El silencio abordo el lugar de nuevo, ninguno más artículo palabra, Pepe se había salvado otra vez.

—Ese idiota…—musito el moreno en lo bajo para sí mismo.

Capítulo VII “Bienvenido”

La mañana llegó pronto, le había parecido muy corto el descanso pero no era para menos después de pasar casi toda la noche viajando y acostarse recién para la madrugada. Por un momento pensó que estaba en su habitación por lo que decidió dormir un poco mas cubriéndose por completo con la cálida sabana azul, hasta que unos ruidos de televisor, música extraña, ruido de escape de motos, le hicieron volver del golpe a la realidad.

Se levantó con algo de duda y observo el lugar como si de la primera vez se tratase, quedo en blanco por unos minutos tratando de recordar todo lo que había ocurrido desde entonces, el cambio de casa, la pelea con su hermano, la huida, el encuentro con ese tal Pepe y su grupo, la cortada en el cuello…Sergio. Cuando lo recordó se preguntó si seguía dentro de la casa o si ya se hubiese retirado dejándolo a solas en aquel lugar sin alguna recomendación, se frotó los ojos, estaba pidiendo demasiado después de todo el ya era mayor y se suponía que debería ya de tener la madurez suficiente como para afrontar cualquier situación por mas nueva y extraña que fuese, se colocó las medias y fue al baño a darse una ducha rápida (muy rápida pues el lugar no contaba con calefacción y se encontraban a principios de invierno) Al salir se vistió con un jeans que el mismo se había encargado de desgastar, una remera tres cuartos color gris sin diseños y sus botas.

Bajó hasta la sala y lo vio sentado junto a la mesa de madera que tenía en el comedor, con un semblante desinteresado bebiendo lo que parecía ser un café por el olor que perfumaba el lugar. No se preocupo en mirarlo, mantenía la mirada en las noticias que trasmitía la televisión, Fernando hizo lo mismo hasta llegar a la mesa junto a él.

Sergio lo miró.

—Si quieres tomar algo tienes algunas cosas allí— señalo por detrás la cocina— para que te sirvas a tu gusto—

Fernando miró el lugar señalado y fue hasta allí en silencio, no sabía cuál sería la actitud de Sergio ese día, y recordando lo que habían conversado ayer de noche sería mejor no hacer comentario alguno para no volver a meter la pata. Tomó un pequeño vaso de aluminio con algunas manchas esparcidas, cargó un poco de leche tibia que ya se encontraba a su alcance y lo junto con café en bolsita y un poco de azúcar. Revolvía la mezcla mientras se dirigía de nuevo junto al castaño.

El otro lo miró mientras se aproximaba a su dirección y tomaba asiento a su frente. Le causó algo de gracia su actitud sumisa, pues simplemente se empeñaba en seguir cada indicación suya ¿En verdad confiaba tanto él? ¿Aun no se daba cuenta de la situación? Podría hacer cualquier cosa con el chico, lo tenía en sus manos y si le pidiese inclusive que tomara un revolver y se diera un balazo ahí mismo, pensó que el rubio solo aceptaría, dudaría pero lo haría. Rió con sus pensamientos, Resumió en que el chico sufría de un alto grado de inocencia, siguió tomando su café en tranquilidad.

A Fernando en cambio, no le molestaba en absoluto el silencio de Sergio, tomaba su taza de café con ambas manos mientras lo miraba, el castaño no despegaba la vista de la televisión como si estuviese presenciando una noticia realmente relevante, cuando solo se trataba de algún que otro discurso de algún político desconocido, rió. Sergio se percató de la risilla del rubio por lo que desvió su vista hacia él en curvando una ceja.

— ¿Pasa algo? —

—Nada— comentó inocente.

Al castaño en cambio no pareció convérsele tanto la respuesta pero siguió con su mirada distante hacia el programa. No era que no quisiese conversar, el problema era que no sabía que carajos decir, era la primera vez que se veía en vuelto en este tipo de situación, por lo general solía amanecer solo, desayunar solo, y salir de nuevo a su arduo trabajo recalcando la palabra ‘solo’ y si alguna vez llegaba a tener compañía era en pocas ocasiones cuando estaba de buenas y dejaba a Navas compartir noche y mañana con él, y como ya eran conocidos pues sabían a perfección cuales serian sus tipos de conversaciones, trabajo, mercaderías, tatuajes, robo, algún nuevo muerto, planes para algo sucio, y con Nando…obviamente no podía tocar ni un tipo de esas cosas, se preguntó por milésima vez el porqué lo había dejado quedarse.

Fernando también parecía absorto a su alrededor, era irónico la forma en que ambos podrían estar tan juntos y a la vez tan separados, cada cual en su propio mundo. Pensó en su nueva vida, en la nueva vida que eligió y se sintió contento, porque a pesar de la duda de si resultaba ser una buena decisión o no, era la primera vez que hacia algo sin el consentimiento de alguien, lo hacía a simple gusto de por sí, es cierto que desconocía el camino que le esperaba de ahora en adelante, porque salir de la rutina, de todo aquello a lo que estuviste acostumbrado por tantos años no era nada fácil, de un día a otro cambiar completamente hasta tu forma de vestir, caminar, comer, era algo que simplemente no tenia planificación alguna en su mente. Pero recordó una cita que leyó en algún libro de su abuelo. No te preocupes por el camino, preocúpate por dar el primer paso y cuando lo hagas el camino irá apareciendo solo. Esa frase le había caído como lluvia en el cielo ese día, lo describía exactamente.

Pero para dar el primer paso debería de empezar de cero. Para empezar debería conocer más a fondo todo el barrio.

—Me gustaría conocer más el lugar— volvió a recuperar el ánimo—claro si no te molesta—

Sergio no supo si darse un tiro en la cabeza, porque eso era exactamente lo que el rubio estaba haciendo con él literalmente ¿Es que el chico no prestaba atención a ninguna de sus palabras? ¿Cuántas advertencias le ha dado? ¿No fue suficiente con ese leve corte en el cuello? De verás que tenía una mentalidad demasiado tonta. Ahora se le ocurría dar un paseo por el lugar teniéndole a él como guía turístico, rió irónicamente para sí mismo, quiso responderle algo acerca de eso pero al ver su rostro pendiente de su respuesta, decidió retractarse. Se maldijo a sí mismo.

—Ok— se levantó.

Fernando se lo agradeció.

Sergio quien estaba a espaldas de él dirigiéndose a la puerta volteó para verlo.

—En verdad que eres…— el rubio se paró a mirarlo— olvídalo— abrió la puerta y salió. Fernando hizo una mueca de duda y lo siguió, dejando sus utensilios junto a las del castaño.

Dio unas vueltas en la habitación vacía para luego situarse frente a la ventana, había revisado antes los placares del lugar topándose con algunas que otras ropas desparramadas dentro, luego en el stand de libros un pequeño retrato no se encontraba junto con lo demás, y justamente el más significativo de todos.

Había escapado, otra vez.

No se sorprendió ni ofuscó por eso, ya lo tenía previsto de alguna forma, de hecho ya lo había planeado de antemano. Que su pequeño hermanito huyese no le entorpecía los planes, es más le hacia la tarea mucho más fácil. No se interrogó su lugar de estadía, ni si volvería. Lo que quería era mantenerlo lo más lejos posible por unos días o semanas, dependiendo de la tardanza de los arreglos de documentos para la lectura del testamento, ya lo tenía todo listo para cambiar el escrito y mandar transcribirlo todo a su nombre, el único problema era el Perito, el que tenía en su poder el escrito de la voluntad de su difunto abuelo.

Carraspeó un poco al recordarlo, después de todo el era el gran responsable de su partida, aquel pequeño veneno, en esa pequeña dosis, había desencadeno a una de las muertes más significativas dentro del mundo de los negocios. El Gran Benjamín Torres, creador y accionista de más de una veintena de empresas, definitivamente su ausencia en los bolsillos de su ‘socios’ se haría sentir bastante, y como si fuese una burla a todo, el Gran heredero de todo ese imperio construido por su decrepito abuelo, era nada más ni nada menos que su pequeño hermano. Fernando Torres. Apretó uno de sus puños al recordar, ese viejo debería de estar orgulloso de él ahora mismo, después de todo le estaba haciendo un gran favor al encargarse de borrar ese estúpido cuento que dejo como testamento. Su hermano no era una persona capaz de llevar a cargo semejante trabajo, tenía la mente en otras cosas mucho mas estúpidas propias de un crio de su edad. No tendría la fuerza y la jerarquía necesaria, sería capaz de llevar a ruinas todo eso a lo que a su abuelo tantos años le costó construir, si, no estaba haciendo nada malo, solo estaba siendo justo.

Y no, no se arrepentía de cometer aquel asesinato, también era necesario, su abuelo ya se aquejaba de sus dolencias, solo le hizo otro favor, el de ahorrarle las enfermedades futuras, porque si hay algo que el dinero no puede hacer es curar, podría aliviar y disminuir el dolor, pero no acabarlo por completo, la muerte llegaría tarde o temprano, en este caso el prefirió que fuese temprano. Si, de ahora en delante de seguro recibiría bastantes bendiciones por parte de su abuelo quien de seguro se habrá dado cuenta tarde de sus buenas intenciones. Solo hacia lo justo.

Nadie sentiría la falta de su hermanito, quien ni mantenía contactos con los amigos de su abuelo ni con sus demás parientes, a sus amigos les diría que habría ido al exterior a terminar sus estudios y ya, sus demás hermanos junto con sus padres rebozarían de tranquilidad al no tenerlo cerca, el único problema era Cristiano, si, su pareja, al parecer el hombre ese con quien no terminaba de llevarse bien por el choque de sus personalidades, quería en verdad a Fernando, extraño en un hombre como él que podría tener a las mujeres u hombres más bellos si quisiese, pero había terminado en fijarse en un soso como su hermano, vaya mundo.

Un día de estos terminaría sabiendo de su ausencia, tenía que vérselas con él pronto.

Las calles estaban un poco mas movidas esa mañana, el lugar ya no se veía tan escalofriante, seguía teniendo el mismo aspecto claro está, pero la oscuridad de la de noche acentuaba mas sus defectos como todo lugar, eso le transmitía incomodidad y miedo, ahora no, de hecho ni se percataba de sus pasos y en su rostro no se veía la misma facción de inseguridad, al contrario estaba bien. Algunos niños con escasa vestimenta corrían por sus costados jugando, las pocas mujeres del lugar salían a dar barridas frente a sus puertas, como si el piso no estuviese sucio ya de por sí, o a encargarse de colgar sus ropas lavadas en los tendederos, como de costumbre conversando una con otra como tenían las casas pegadas, pues que mejor que salir a conversar con las vecinas sobre los tal vez infortunios de la noche. Algunos tipos con la ropa parecida a la de Sergio se mostraban caminando también con bolsitas de pan u otros alimentos, deleitándose con ellas en su camino, al acercarse a ellos levantaban la mano en señal de saludo y Sergio les respondía con el mismo gesto y con la misma expresión seria de siempre, era increíble para él quien ya había conocido de cerca al castaño, como alguien de tan bonita sonrisa la mantenía oculta siempre tras esa mascara de aspecto duro y severo. Venia caminando junto a él en pleno silencio, al parecer la idea de salir juntos no era tan buena para el castaño, caminaba a pasos lentos, con las manos en los bolsillos y una faceta desinteresada. Sergio era extraño.

Al seguir su camino no pudo no dejar de notar la forma con que lo miraban al pasar, la misma con que miraban a Sergio cuando paseaban juntos en aquel parque, ahora las cosas se habían volteado al revés y era él ahora el fenómeno de aquel lugar, sabia la razones exactas del porque, no era necesario repasárselas en la mente. Y por primera vez en su vida se sintió observado con rareza, no era necesario fijarse en cada una de las miradas de las personas por quienes pasaba al costado, las sentía. Nunca le había pasado eso, al contrario que en su ciudad que ni siquiera era percibido por las demás personas en su alrededor, todos le trataban como a un ser invisible, todos se trataban de esa manera en su gran conglomeración de citadinos, al menos si ibas de la misma forma aburrida que ellos, con ropas de alta costura, con un rostro semblante y distante, con una actitud prepotente al caminar, nadie te notaba, porque eras igual que el resto de la gente que circulaba allí, pero…¿Qué pasa cuando rompes las reglas?.

Era eso lo que le pasaba a Sergio, era eso lo que le pasaba a él exactamente ahora.

Pararon frente a lo que parecía ser un comedor con mesas y sillas de maderas y unas que otras de hierro. Un pequeño hombre se encontraba en el fondo conversando con otro a quien conocía bien.

—Como les va hombres— se acercó a ellos dejando atrás al rubio para saludarlos.

— ¡Jefe! — Decía el más pequeño levantando el brazo para saludarlo juntando las manos— pues ya vez aquí vamos siempre— sonrió.

—Que tal Jefe— saludaba el moreno Marcelo para luego fijarse en la persona que venía detrás del castaño—Veo que vienes muy bien acompañado— dijo con un tono picarón.

—Que dices Marcelo— respondía con un cierto ¿nerviosismo? — Ya lo conoces es solo un nuevo en la banda—

Fernando los miró y les sonrió amablemente.

— ¿Un nuevo? Eso no es de todos los días, pero siempre que estas de lado de Sergio serás muy bien recibido— le pasaba la mano— ¡Bienvenido! Mi nombre es Javier, pero por aquí me conocen mejor como Chicharito—

—Mucho gusto Chicharito— le pasaba la mano con la misma cortesía— el mío es Fernando— sonrió—Por cierto tienes un acepto peculiar ¿eres de…?— preguntaba lo último pausadamente para que el pequeño lo contestara.

—Soy de México— Fernando lo miró algo sorprendido y como adivinando lo que iría a preguntar, continuó— He llegado aquí ya hace algunos años por algunos problemas económicos, ahora vivo por aquí, con mi negocio propio—

—Eso me parece muy admirable— le respondió, el mexicano sonrió.

—Y bueno creo que no es necesario que yo lo haga ¿no Fernando? — se unía Marcelo.

— ¿Cómo vas? — lo saludó con el mismo gesto.

—Aquí morfando algo de desayuno—

— ¿A estas horas? — cortaba Sergio, de alguna forma no le agradaba tanto la idea de que el rubio se familiarizara mucho con ellos, con lo corto que era de seguro les llegaría a tomar confianza demasiado pronto como lo hizo con él— ¿Qué tuvieron bastante laburo ayer por eso amanecen más tarde? — colgó su codo izquierdo en una varilla que sostenía el local y el otro brazo la mantenía en la cintura.

—Um eso, es que nos mantuvimos con Guaje en el póker, el imbécil ese se llevo mi reloj— un gesto malhumorado aparecía en su rostro al recordar ese suceso.

— ¡Que tanto! Si siempre has sido un perdedor en el póker quillo, al menos admítelo— le daba un golpe amistoso en la espalda.

Fernando los miraba con una media sonrisa ¿de verdad esos tipos podrían ser tan duros? Pues lo que le veía le parecía todo lo contrario. Sergio parecía más animado junto con Marcelo y Chicharito y por un momento recordó también a sus amigos. Iker & Fernando Llorente, una cierta añoranza le invadió por dentro fugazmente. Se preguntó que estarían haciendo en ese momento y si notarían su ausencia. Mientras Fernando seguía con sus pensamientos, el mexicano notó su cambio de semblante al ver que su nuevo amigo Sergio lo estaba ignorando al estar con Marcelo hablando de cosas que tal vez no le interesasen en lo más mínimo, por lo que decidió compartir con él.

—Oye Fer y ¿ya morfaste algo? — se acercó a él para no interrumpir la conversación de los otros dos.

— ¿Morfar? — Se dio cuenta de que le costaría bastante traducir las nuevas palabras de allí.

—Si desayunar— se corrigió— ya ves que aquí tenemos nuestro propio vocabulario—

—Gracias pero ya lo hice— se disculpó.

Después de eso sintió unos ladridos detrás suyo y al voltear se topó con su pequeño salvador.

— ¡Max! — Se bajó para saludarlo y acariciarlo— ¿Cómo estas pequeño? — el perro se dejaba encariñar emocionado por el rubio.

—Al parecer los perros si pueden percibir a las personas, yo pensaba que ya ni lo recordaba— una figura conocida se acercaba junto a ellos, una a la que a Fernando no le terminaba de convencer demasiado, por lo poco que se conocían ya se había dado cuenta de que no congeniaban para nada. Jesús Navas.

El moreno se acercaba con su porte característico, hombros fuertes, pasos firmes, mentón levemente levantado, la mirada gélida y fría. Aunque esta vez había dejado para atrás su voz dura y prepotente, aun así no quiso confiarse demasiado. Se levanto dejando al canino frente suyo sin dejar de perder su vista hacia Navas. El moreno alzó las cejas y le sonrió sin mostrar los dientes.

—Veo que no te cansas de buscar problemas—

Fernando no respondió nada simplemente.

Los demás notaron la tensión que se formo de repente con la llegada del moreno, Chicharito no entendía ni un carajo lo que pasaba a su alrededor, Marcelo se hacia la idea por lo ocurrido semanas antes y Sergio rodaba los ojos a un costado.

—Que Sergio, ¿ahora ni me avisas cuando traes a nuevos en la banda? ¿Por lo menos ya lo entrenaste en el barrio? Porque no veo pinta de que lo haya hecho— Se sentó en una de las sillas encendiendo uno de sus tantos cigarros de bolsillo.

—No es necesario que te informe de cuando voy hasta el baño— hablaba cortante— ni para que te cuestiones todo lo que hago o deje de hacer—

Fernando se incomodó de vuelta, sintió que estaba creando problemas otra vez.

—No te cuestiono nada boy, solo creo que como parte de la banda tengo el derecho de saberlo ¿no crees? —

Sergio bufó, en verdad que tratar con él era como tratar con un demonio suelto. Su voz quebrantaba y acuchillaba a la vez.

—Guárdate tus derechos para cuando recibas tu título de abogado Navas, que hoy no estoy para tus protestas y déjalo estar joder que ni te pela el pobre— dio por terminada la discusión cuando se cruzó de brazos y se dispuso a seguir su charla con Marcelo. Al moreno en cambio una notoria vena en la sien le indicaba que estaba siendo ignorado por el castaño. Fernando lo miró por unos segundos para luego mirar a Sergio, ahora solo faltaba que apareciera Pepe y los demás para que se arme la fiesta pensó.

Pero al menos la vida no fue tan injusta con el esta vez, un hombre se volvió junto a ellos, y no, no era ningún conocido para Fernando.

—Lamento interrumpirlos— dijo y miró de reojo al rubio por unos segundos, al parecer si llamaba en demasía la atención. Sergio se dio cuenta de eso y le enrabieto aun más.

—Vamos Modric escupe— su tono autoritario había vuelto.

—Guaje y los demás han regresado —prosiguió el pequeño rubio —pero al parecer tuvieron algunos inconvenientes—

Navas al momento se volvió hacia Sergio como esperando alguna reacción suya, Marcelo hizo lo mismo, mientras que Fernando y Chicharito seguían al recién llegado. El castaño guardó silencio por un rato como tratando de reorganizar lo que había escuchado, alzó los ojos y se dirigió hacia la dirección del pequeño pasando por un costado suyo.

—Navas, Marcelo, Modric vamos— le hablo de espaldas.

Los tres nombrados lo siguieron, mientras Chicharito y Fernando los miraban sin comprender aun nada de lo que había sucedido, bueno Guaje había vuelto ¿le ha sucedido algo malo? Se pregunto internamente el rubio. Pero luego una pregunta mayor se le vino a la mente ¿Qué haría él ahora?

—Sergio yo…— se atrevió a decir antes de que el castaño se alejara más.

Navas le lanzó una mirada intimidante.

Sergio volteó el rostro a medias.

—Quédate con Chicharito por ahora como tu Nana, no me esperes— dijo por último y los cuatro se marcharon.

Los dos se quedaron parados mientras los veían irse. Fernando se quedo algo desorbitado tras el comentario de Sergio ¿Qué no lo esperara? ¿Entonces qué haría? Apenas conocía al mexicano como para confiarse en él, y además también él era un desconocido para el otro por lo que de seguro lo incomodaría estando ahí. No sabía que mierda hacer, no tenía ni siquiera las llaves de la casa de Sergio para volver y no tenía pensado hacer ningún recorrido por el lugar si no tenía a alguien a su lado que lo auxiliara ¿Qué pasaría si se extraviara de nuevo? Solo sería un dolor de cabeza más para el castaño…

¿Dolor de cabeza?

Pensó en que se estaba dando demasiada importancia desconocidos, al menos él lo era para el castaño.

así mismo, Sergio y él eran unos

—Bueno nos pegaron la vuelta— el acento le sacó de su corto trance.

Fernando volvió la cara hacia él

— ¿No volverán pronto no? —

—Aquí uno nunca sabe cuando uno volverá o no, cuantos compañeros he visto una noche y al día siguiente desaparecen— hablaba lento como queriendo que el rubio captase bien cada una de las palabras.

Fernando bajó el rostro ¿en qué lugar se había metido? Al parecer era necesario que fuese otra persona la que le advirtiese sobre él lugar, cuando lo hacía Sergio le parecía que todo estaba bien, que él podría superarlo e imponerse, pero no, ¿Cómo si en las demás pequeñas cosas nunca pudo sobresalir lo haría ahora? Era una cosa de locos, el no pertenecía a ese lugar, cada quien nace en su lugar predeterminado, Sergio y los demás estaban acostumbrados a vivir así y él se había acostumbrado a su monótona vida. ¿Qué hacia ahí?

—Te llevara un tiempo acostumbrarte ¿eh? Te sigo viendo tenso— lo examinó mejor, a Fernando no le gustaba mucho las miradas encima de él por lo que empezó de nuevo a incomodarse, pero al parecer el pequeño se dio cuenta y sonrió para sí mismo.

—Puedes tomar asiento si quieres— se lo ofreció.

Fernando asintió.

Quizás el moreno fuese un buen ejemplo de superación, él le había comentado que vino de su país natal para vivir por aquí, seria agradable saber de su experiencia, solo que no estaba seguro de indagar demasiado en la vida del otro, le habían educado para no hacer demasiadas preguntas y más si se trataban sobre la vida intima de las personas, por eso no lo había hecho con Sergio, que si no ya sabría toda su vida al igual que él conoce la mitad de la suya, pero no, además el castaño le había advertido sobre eso. Demasiadas preguntas son sinónimo de curiosidad, y demasiada curiosidad es sinónimo de muerte.

Esas eran las reglas del barrio.

— ¿Fuiste tú él quien llego o fue Sergio quien te reclutó? —

—No, fui yo mismo—

—Pues te soy sincero al decirte que no tienes pinta de ser como ellos, sería una suerte que lograras sobrevivir—

Eso le caló hondo.

—Pero mírame, yo tampoco lo tenía cuando llegué y ni la sigo teniendo mucho pero aun así sigo aquí ¿no? Eso es lo importante—

Era sorprendente como el moreno con tan solo dos frases le habían bajado el ánimo hasta lo profundo y luego la volviera a iluminar. Y encima con un plus gratis, el mismo estaba comenzando a narrar su historia sin que él tuviera que iniciarla.

—Tú serás mi gran inspiración desde ahora entonces— sonrió.

—Tampoco me tomes como la gran cosa— compartió su sonrisa, luego volteó la silla en dirección contraria, se sentó y recostó sus brazos flexionados sobre la curva del cabezal.

—Tuve muchos obstáculos pero seguí, no fue para nada fácil te cuento, pero bien, a veces uno hace cosas que ni se imagina—

— ¿Tuviste alguna inspiración? ¿O alguna meta? Por que en verdad hay que tener demasiadas agallas por lo que veo para permanecer aquí—

—Fue por una personas especial— hablaba con toda sinceridad— solo por ella decidí quedarme, era el motor de mi vida—

Fernando se sorprendió ¿Un chico como él? ¿Hablando de amor? Eso no se ve todos los días.

—Eso es…muy bonito, me gustaría conocerla—

—Ya está muerto— le sonrió con toda la naturalidad del mundo.

Fernando se quedó en silencio, no entendió muy bien, si el moreno estaba siendo realmente sincero o bien quería darle un susto o una alerta, pero sus ojos perdidos y desorientados le decían que todo era verdad. Si era así, no sabía muy bien que decir ni hacer, el también perdió a una persona muy importante en su vida hacia solo pocas semanas atrás, podría decirle que también pasó por lo

mismo, que lo comprendía y que eso era lo más doloroso y triste que podía vivir un ser humano, que podían compartir juntos esa experiencia.

Pero no era necesario, solo haría resurgir heridas pasadas, la suya aun estaban abiertas, quizás las de él ya enterradas.

—Lo siento— lo más típico, lo más corto y conciso y quizás lo más hipócrita del mundo para aquellas personas que no hayan pasado por lo mismo e intentan sentir dolor para consolar al otro, cuando en realidad no sienten nada y solo la utilizan por simple cortesía.

Fernando no conocía a esa persona, pero en verdad lo sentía por él, como lo sentía por sí mismo.

—Uno nunca sabe cuándo va a colgar las botas—prosiguió— ni cuando lo hará el que está al lado, pero, una cosa es segura, siempre habrá otro par para cuando regrese—

Lo miró por unos segundos, su voz estaba llena de convicción y eso le transmitía seguridad, le hacían sentir algo que nunca había llegado a sentir tan fuerte, la fe. El moreno hablaba tan firme y seguro, y esas palabras hicieron que también volviera a sentir lo que hacía días dejo de sentir, añoranza, melancolía, sus ojos se aguaron de repente.

—Disculpa— se paso el pasó la mano por los ojos.

—Es normal, y al mismo tiempo erróneo, muchos los siguen buscando entre los muertos, como lo haces tú, por eso aun sientes tristeza, cuando ellos no estuvieron nunca ahí, deberíamos de buscarlos en todos los lugares, cosas y momentos donde estuvieron con nosotros, ahí estarán siempre, en todas aquellas cosas que no hubieran existido si no estuviésemos a su lado— suspiro— es por eso que yo lo siento cerca de mí, siempre—

Hablaba como si conociera toda su historia. No comprendía porque el pequeño compartía todo esto con él.

Pero el moreno respondió por él.

—Me recuerdas mucho a mí… hace mucho tiempo—

Sonrió.

—Gracias—

Los pasos apresurados se hacían sentir por los callejones despoblados, la caminata firme y ruda que desprendían los cuatro hombres dirigiéndose a un determinado lugar.

—Lo has dejado con Chicharito—decía Marcelo, tratando de romper el silencio que se había formado desde que partieron del local.

—Los dos tienen la misma personalidad ñoña— le respondía Sergio.

—Y de esa forma has decidido traer un ñoño a la banda—continuaba Navas—que patético—

— ¡Joder! ¡Cállate! —

La discusión terminó pues llegaron a un gran edificio demacrado, fueron hasta la entrada de un viejo estacionamiento, ahí dentro tras las chapas que hacían el lugar de portones, se ubicaban grandes cajas de maderas, de todos los tamaños, abarrotadas por los rincones.

Dos personas también esperaban ahí dentro.

Sergio y los demás aminoraban sus pasos al acercase a ellos.

—Ahora que os ha pasado hombres— hablaba alto y severamente molesto, ya se hacia la idea de cuál sería el problema.

—Se han robado las armas y también se han llevado a Pipa— proseguía un hombre alto, con un acento extranjero parecido a la del mago, su voz intentaba sonar segura, pero los nervios le ganaban la batalla.

Sergio dio media vuelta quedando de espaldas ante ellos pasándose bruscamente las manos por su rostro.

—AAAh! ¡POR LA PUTA MADRE! — Grito y giró violentamente hacia ellos— ¡COMO SERAN ASI DE BRUTOS! ¡NI UN ENCARGO PUEDEN HACER BIEN IMBECILES! ¿¡EH!? ¡SERAN UNOS RETRASADOS!— su vos quebraba las ondas de sonido del lugar y sus ojos estaban por salirse de orbita.

— ¡Sergio fue imposible! — Esta vez tomaba la palabra Guaje— Nos tomaron desprevenidos por el camino cuando nos hicieron una emboscada, los herimos sí, pero ellos eran muchos más, así que nos sobrepasaron y se llevaron consigo de paso a Pipa quien venía detrás de nosotros en la camioneta—

— ¡¿Y cómo es que no se les ha ocurrido llevar a mas hombres cuando trataban con una mercancía con tanto valor mierda!? — su voz se bajaba de tono mientras encaraba a Guaje a tan solo unos centímetros suyos— ¿Me lo puedes decir Guaje? ¡EN QUE LUGAR TE RECIBISTE PARA NO SABER TOMAR LAS MEDIDAD NECESARIAS! — Apretaba con violencia los puños y se aguantaba las ganas de darle una paliza.

—P…pero no se la han llevado toda Jefe, aquí tenemos algunas que logram…—

Una fuerte presión en el pecho hizo que el pequeño Modric se tragara sus palabras. Sergio lo había tomado violentamente del centro de la chaqueta y atraído hacia él, haciendo que sus narices se rosasen y sus respiraciones chocasen entre sí.

— ¡No me interesa lo que hayan o no traído Carajo!— lo presionó aun más fuerte y el rubio sentía que se ahogaba— ¡¿Es que les cuesta tanto entender?! — lo golpeó contra uno de los muros de material que sostenía al edificio. — ¡Tienen parte de nuestra mercancía! ¡Sean una, dos o tres no interesa! Eso nos compromete con nuestras negociaciones Joder ¿Así o mas de más cortos son? —

El pequeño intentaba reubicarse tras el golpe que había recibido.

—Eso y que se han llevado a uno de nuestros mejores hombres— continuaba metiendo veneno el moreno.

—Eso es lo de menos, si presume de ser tan bueno lograra zafarse, si no, pues no arriesgare más vidas solo con la intención de salvarlo—

Nadie dijo nada, era algo natural para ellos dejar o ver morir a sus compañeros por sus propias causas, nadie estaría salvando el pellejo del otro, cada uno tenía su propia vida y por ende cada uno la cuidaba según le convenga. Nadie estaría pendiente del otro, ellos eran simples armas, maquinas vacías a ser utilizadas según ordenes mayores, los sentimientos y la flaqueza eran palabras inexistentes, eran tomadas como signo de debilidad. Y la debilidad era signo de muerte.

Quien moría, dejaba de existir, el exilio lo llevaba directo al olvido.

Sergio se volvió hacia una mesa que se situaba junto con las demás cajas amontonadas y de espaldas a ellos dejo reposar sus manos en los extremos de la mesa con la cabeza baja.

—Serán unos malditos— susurró bajo, aun así las palabras llegaron a los oídos ajenos.

¿Solución? No existía ni una puta solución. Ya se han salido con la suya al arrebatarles sus pertenencias, seria estúpido mandar a unos cuantos hombres a que fueran a recuperarlas, ellos tampoco eran unos idiotas, de seguro ya lo habían estando planeando de hacía tiempo, entonces estarían prevenidos ante todo, hacer correr a hombres solo significaría un derramamiento masivo de sangre innecesario que afectaría a ambos bandos, y la pérdida de los recursos humanos, aunque costase admitirlo, era peor que lo de los materiales.

—Esto no se quedara así— rechinó los dientes—No señores—

Capítulo VIII “Amenaza”

El sol estaba en su máximo esplendor, solo lograba opacarse cuando alguna que otra nube gris se paseaba frente a ella, el fresco se hacía sentir aun con los rayos solares junto con el viento sutil que movía en sintonía los pastizales de una gran finca arruinada, alrededor, dos camionetas negras que traían consigo grandes cajas eran descargadas por hombres del mismo porte que los demás vándalos, resaltando consigo el negro de su envestidura.

—Muy bien muchachos, muy bien, así me gusta—

Un hombre alto, de tez blanca, el pelo rubio oscuro, y con unos anteojos de sol, vale recalcar su vestimenta comprendida por jeans azules desgastados y sucios, botas negras, remera negra con diseños, chaqueta y guantes del mismo color, se paseaba y pegaba elogios mientras aplaudía el trabajo de sus compañeros con un cigarro en lo boca.

—Esa me lo llevas al fondo— le indicaba a uno mientras le daba palmaditas en la espalda a otro compañero.

—Creo que esa fue la última— un hombre más pequeño, con el cabello negro y una expresión seria y amarga se dirigía al rubio—ya la hemos descargado toda—

—Buen trabajo Cesc— le pasaba la mano — Ha resultado más fácil de lo que planee— sonreía triunfante.

—De lo que “Nosotros” planeamos—corregía el más pequeño— a ver cuándo vas dejando tu alter ego de lado—

—Eso será medio complicado y lo sabes— se sacó las gafas y le guiño un ojo— Es lo que me permite ser como soy—miraba el horizonte.

— ¿Un asco? — levantaba la ceja con la misma expresión enojada.

— ¡Ser el mandamás de este mugroso barrio!— extendía los brazos dejando pasar el comentario del más pequeño. Mientras que este solo se pegaba una palma en el rostro al ver la estupidez de su compañero.

—Y la razón del porque lo eres sigue siendo una pregunta existencial—

—Yo tampoco lo sé muy bien Cesc ¿Crees que soy malo?— se apuntaba a sí mismo con su dedo índice.

El pequeño le ofreció un minuto de silencio.

—Eres un idiota—

Otro hombre con unos rizos dorados que le llegaban hasta el medio cuello y de ojos azules los miraba desde la entrada de la finca, preguntándose internamente si algún día su Jefe Piqué se daría cuenta de las ofensas de Cesc.

Pero decidió dejar eso para más tarde, ahora tenían asuntos muchos más importantes que resolver.

— ¡Oigan ustedes dos! — Le gritó desde la puerta— ¡Lamento interrumpir su momento de encanto pero aquí tenemos otra mercancía más valiosa! —

Piqué y Cesc entendieron al instante de quien se trataba, el mayor sonrió para sí.

Se dirigieron junto a su compañero de rizos dorados, dejando a los demás hombres encargarse del despacho de las cajas. Tras la puerta de entrada un color salmón inundaba la vista del salón de aquella finca lujosa que alguna vez perteneció a un viejo Narcotraficante, ahora solo quedaban los restos y la pura imaginación de su belleza, las manchas de la humedad contrastaban con el hermoso color, cortinas sucias colgaban desde las grandes ventanas y una serie de mesas, cuadros viejos, reliquias antiguas árabes, floreros vacios, sillones de terciopelo blanco decoraban el salón, mas en el fondo a la derecha, en un pequeño lugar que parecía haber sido un despacho para el guardarropa de los empleados, un joven rubio se encontraba de rodillas en el piso, amarrado de las manos y pies, junto con un trapo rodeando su boca, era vigilado por otros dos hombres a su lado, esperando.

Pique ingresó con un aire de ganador, con el porte lento y tenaz, parecido al que llevaba Sergio, pero este mostraba una expresión más divertida y simple. Y aunque pareciera no mostrar signos violentos como el castaño, este le causaba mas pánico, el solo hecho de que parezca una persona normal a la vista, pero que por dentro demuestre un desequilibrio propio de maniacos capaz hasta de cometer los más atroces asesinatos y que solo lo oculte con una sencilla sonrisa, atemorizaba, quien sabe que cosas pasaban por su mente en ese momento.

—A ver ¿Pipa no es cierto? — Lo miraba amistoso— Es una pena que tus compañeros te hayan dejando aquí con nosotros— se acercó más, teniendo la mirada por encima de él— ¿Estás seguro de que no quieres avisarles que pasen por ti ¿eh? — le pasó un teléfono celular suyo en forma irónica, el joven siguió mirándole de forma desafiante sin siquiera hacer un mínimo de movimiento, sus ojos permanecían intactos sobre los azules del otro.

— ¿Te molesta la cuerda en la boca? — Indicó a los otros dos hombres a que se la sacaran— Después de todo tu boca no resulta un peligro para nosotros, al contrario es una gran fuente de información— le sonrió y en su sonrisa no había indicios de sarcasmo, ni de lascivia, ni de burla.

Eso era lo que más sorprendía a Pipa. Pero él era un hombre oriundo de las bandas callejeras y de sus diferentes tipos de miembros, así que ya se imaginaba la táctica utilizada por ese rubio. Amistosa y Letal, dos combinaciones perfectas para dejarse engañar. Seguía manteniendo la mirada fija en la suya, no se dejaría intimidar ni aunque estuviese en desventaja ni en la cuerda floja, ante todo estaba su orgullo y eso no lo dejaría morir.

— ¿Qué nos cuentas? — comenzó el interrogatorio.

—Nada que te interese— respondió sin temor, con toda la firmeza en su voz.

—Creo que no te estás dando cuenta de tu situación, no estás en ventaja para que te nos hagas del machito ahora—

—Pues seré machito como tú dices, pero soy yo el que está amarrado frente a cien tipos alrededor suyo ¿ahora quien teme a quien? —

Pique se quedo en silencio manteniendo la mirada frente a él, Cesc enseguida percibió que su compañero no entendió ni un comino de lo que su víctima le había declarado, ¿Quién carajos tenía un burro como líder?

—Mira no nos pongamos en esos jueguitos ahora— volvió a articular— Vamos al grano ¿Quien les provee de estas mercancías? —

— ¿Crees que te lo escupiré así de fácil? —

Uno de los hombres lo tomó por detrás del cuello y lo presionó. Pipa rechinó los dientes ante la presión.

—Veo que eres igual de cabeza dura que tu Jefe— Se agacho hasta quedar a su altura —Eso no te conviene— su mirada seguía sin indicarle nada ¡Ninguna expresión! Y eso le atormentaba.

En cambio la mirada de Pipa se endurecía.

Piqué le sonrió.

—Podemos ser buenos amigos—

—Eso ni tú te lo crees—

— ¿De qué procedencia son las mercancías? —

Silencio.

— ¿Con quién tienen trato? —

Nada.

Piqué lo tomo de la barbilla y acortó distancia.

—Responde— le susurró con la mirada fija a sus ojos.

Un escupido fue lo que recibió a cambio.

El rubio cerró los ojos y se levantó, se secó la saliva que tenia esparramada por la nariz.

—Si te crees que te tengo miedo a ti y a tus hombres te equivocas, no soy un cobarde, he vivido cosas peores, así que ya me da igual tú y tus estúpidas amenazas—

El mayor comenzó a reír haciendo que su risa inundara aquella vieja finca, Cesc y los demás contemplaban en silencio la escena, a pesar del poco peligro que aparentaba tener Pique por su amabilidad, su voz afable y su risa encantadora, era peor de lo que imaginaban, por algo era el que encabezaba a los hombres de aquel barrio, por algo lo respetaban, era por algo que lo llamaban Señor. Ese algo era su capacidad de manejar las situaciones complejas utilizando las tácticas más sutiles posibles, saludos, conversación amistosa, nada de golpes ni de groserías. Pero el final siempre era letal. Para todos.

—Muy bien Pipa te comprendo, debe ser ‘incomodo’ estar conversando en esa posición, con las manos y pies atados, estaríamos mejor sin esas molestias— indicó a los hombres a que lo desataran, Pipa no comprendía muy bien lo que estaba sucediendo ¿lo estaban soltando a si sin más? Aun así no sería ilógico, pues aunque tuviese armas no podría disparar ni escapar estando en desventaja.

Los hombres en cambio junto con Cesc no parecían alarmarse ni preocuparse, al contrario actuaban de la manera más naturalmente posible como si estuviesen acostumbrados a este tipo de escenas.

—Muy bien pueden retirarse, muchas gracias— se dirigía a los demás que sobraban—supongo que una buena conversación de negocios se hace solo frente a los interesados ¿o me equivoco Pipa? — De nuevo hablaba como si de una simple conversación de conocidos se tratase ¿Qué estaba tramando? ¿Acaso realmente intentaba convencerlo por las buenas? Y como si faltase algo mas para que fuese creíble, lo demás se iban retirando de la sala dejándolos solo a ambos.

— ¿Qué tramas? —se atrevió a preguntar, lo admitía, ya estaba preparado para lo peor tras el escupitajo que le propinó, pero el rubio solo había contestado con una risa tomándolo como si fuese solamente alguna travesura de un niño pequeño.

Se encogió de hombros.

—Nada fuera de lo normal, solo conversar como dos personas conocidas en el tema del tráfico de armas—

—Si no fuera por tu anticuada vestimenta diría que eres un policía encubierto—

Pique rió.

—Vamos Pipa, ambos conocemos muy bien la situación en la que te encuentras, si dejas de utilizar tu orgullo y calcularas mejor las cosas con tu lógica sabrías manejar este asunto mejor que yo— se cruzó de brazos y comenzó a pasearse— Tu grupo y el mío no se llevan para nada bien, mas por el alcahuete que tienes de líder, así que es muy difícil mantener contactos que nos beneficien a ambos, con nuestras riñas y peleas, solo perdemos hombres y más hombres y con lo difícil que es conseguir unos buenos— lo miró— salimos perdiendo ambos—

Pipa seguía sus movimientos sin dejar de lado nunca su mirada intimidante.

—El tema de las mercancías, pues últimamente nuestro mayor proveedor de ellas al parecer atraviesa por algunos problemas en su país natal, al menos es eso lo que nos cuentan habrá que ver si es que ya no está muerto. Y nosotros como los intermediarios de las ventas nos quedamos sin — hizo una mímica con los dedos imitando el palpar del dinero— mientras que vemos como tú y tus compinches se van enriqueciendo mas, eso nos causa cierta envidia ¿sabes? —

—Ese es nuestro problema, cosa que a ustedes no les incumbe— respondió serio.

—Vaya, veo que eres difícil de tratar, mejor vamos a lo importante—continuó dejando de lado el comentario— Si aprecias tu vida, te unirás a nosotros, nos ayudaras con nuestro problema y te enriquecerás mucho más rápido de la miseria que te dan ellos, nosotros te protegeremos y tu nos protegerás a nosotros, he oído de que eres uno de los mas buenos que tiene Sergio, si fueses otro hace tiempo que estarías tirado en algún rio de por aquí cerca, pero no, aquí tienes toda una buena propuesta a tus pies, y no te lo dice cualquiera que te lo digo yo ¿eh?—

— ¿Por quién me tomas Pique? — Lo desafió— por basura como tus hombres que se venden por cualquier monedita de oro—sabia que se estaba arriesgando y rozando los límites del rubio—Me crié en un barrio, me gané el trabajo no recibiendo ordenes de nadie, sino que sirviéndome a mí mismo, trabajando para mi, estas mercancías que tú te has robado las he traído yo mismo para luego venderlas a mi gusto y así ganarme el dinero que yo desee, no vendiéndome a cualquiera que me tope por el camino, no vendo mis palabras, así que ahórrate tus ofertas que no me interesan—

Después de mucho la expresión del rubio cambio.

—Veo que no me sirves— sus voz se endureció.

—Lamento que te des cuenta tarde—

—No, lo lamento por ti, que seguirás con esos putos—

Piqué se dio media vuelta e hizo el ademan de retirarse.

Pipa se confundió ¿lo estaba dejando libre?

“Esta es mi oportunidad” se dijo a sí mismo, sacó un arma de su bolsillo, apuntó al rubio de espaldas…

Pero…

Bang.

El ruido ensordecedor de la bala rompió las ondas de sonido del lugar, directo de frente en la cabeza, cayó de rodillas, tenía los ojos abiertos a más no poder, la boca emanando sangre que era recubierta por los chorros que desprendía la cabeza y finalmente el cuerpo cayó impactando el rostro contra el piso.

Otra vez, otra muerte.

Seguía manteniendo el arma sobre el cuerpo a una distancia alejada.

—Volverás con esos putos al mismo infierno— decía con frialdad y sus ojos azules se opacaron.

¿Cuántas horas había ya pasado? ¿Tres? ¿Cuatro? No podía evitar dar unas miradas por la ventana a ver si no regresaban, Chicharito lo había invitado a pasar a su pequeña casa, mucho más pequeña que la de Sergio y mucho más humilde. Tenía apenas un silloncito viejo, un pequeño televisor y la mesa de madera con apenas tres sillas diferentes una de la otra, una de madera y otras dos de hierro cubierto con almohadillas, el ventilador ofrecía el fresco al lugar, mas en el fondo pudo ver una pequeña cocina donde ingresó para poderlo ayudar con los bocaditos que preparaba para vender esa tarde, noche. El techo era de chapa, el piso de material de cemento pintado de gris oscuro y las paredes de un verde viejo, no tenia puerta para la entrada a su habitación apenas una cortina azul le tapaba. Aun así el pequeño parecía feliz cocinando con él, Fernando comprendió que lo material poco le importaba al moreno cuando tuviese a alguien con quien compartir sus pequeñas cosas.

—No te preocupes, regresará pronto— le dijo al ver como el rubio desviaba su atención a la pequeña ventana de la cocina que daba a la calle.

Fernando se dio cuenta de que era pésimo disimulando.

—No es que yo…— pensó, no era bueno excusarse de nuevo, al menos no con el mexicano quien ya había predicho sus pensamientos, suspiró— bueno, es que por lo que me comentaste hace rato— dijo cabizbajo.

—Ah—dijo en un tono desinteresado— sobre eso, conozco muy bien a Sergio y también a ellos, sé que no serian capaces de atacar así de la nada, al menos que haya una razón mayor, también sé que Sergio es bastante inteligente, ha sobrevivido a cosas peores, créeme—

El rubio lo miró por un rato, luego volvió su vista a la pequeña masa que moldeaba con sus manos, volvió a recordar la conversación…

Se había sentido mejor tras el consejo brindado por el moreno, el recuerdo de su abuelo le vino fugazmente y dulcemente a la mente, se alegró de encontrar a alguien con la misma sutileza que él a pesar de sus muchas diferencias. Chicharito le comentó que para él, antes la muerte solía ser algo sombrío y desconocido que lo impactaba a menudo cuando oía hablar de él, pero después de pasar algunos años en este barrio se había convertido en algo normal, como ver morir a un insecto o ver la lluvia escurrirse por la ventana con gotas que se convertían en charcos, algo al que se ha acostumbrado. Fernando se asustó un poco, para alguien que conocía la muerte a perfección la vida le habría tratado muy duramente y convertido en alguien muy frio como Sergio, al recordarlo se preocupo por él, y decidió preguntar.

— ¿Cómo suceden la muertes aquí? —

—Mayormente por ajustes de cuentas, o por traición—

— ¿Ajustes de cuentas? —

—Sí, y veo que no conoces bien el termino, es cuando los de otro bando atacan por motivos que solo sabrán ellos, matan a uno de aquí y luego se repite la historia pero con los hombres de aquí atacando a los de allá—

Fernando se mareó un poco con la respuesta, lo único que entendió mejor fue ‘otro bando’ ¿Habían mas vándalos al otro lado?

— ¿Existe otro bando como el de Sergio? — y pronto se dio cuenta de que quizás se estuviese exponiendo demasiado, quiso disculparse pero al moreno no pareció intrigarle su pregunta, al contrario se atrevió a responderle.

—No sé si será bueno comentártelo ya que Sergio no lo ha hecho, pero bueno ya que formaras parte de aquí será mejor que lo sepas, lo sabrás de todas formas—

El rubio se acercó más para prestar mejor atención. Debía admitirlo la curiosidad era uno de sus grandes defectos ¿o virtudes?

—Hay otra banda parecida al otro lado de este barrio, por supuesto que no lo veras a simple vista pues una muralla enorme y un gran camino en medio de pastizales y arbustos lo aleja lo más posible de aquí, así que casi nadie tiene la energía suficiente para ir hasta allá, además de que no existen razones necesarias para ir. Ambas son lo mismo, roban, trafican, cometen asesinatos, viven en barrios suburbanos como este, pero los diferencia una cosa, como aquí podrás encontrar una variedad de hombres de distintas razas, por allá solo encontraras a catalanes, es como una pequeña conglomeración de la ciudad de Catalunya. Por alguna diferencia del pasado quizás, no nos llevamos para nada bien con ellos, es como que siempre están en plena competencia para ver quiénes son los mandamases del barrio, además de las famosas peleas callejeras o por simple provocación suelen mandar asesinarse uno contra los otros. El jefe de esta banda es Sergio y el de allá creo que es llamado Piqué. Se llevan de lo peor—

Fernando intentaba organizar toda esa información en su mente. Si Sergio era el mandamás de todo este barrio con todas las cabezas de esos hombres atemorizantes y asesinos entonces debería de por lógica ser el ¿peor o mejor? de todos. Tragó saliva, era verdad que no conocía absolutamente nada del castaño, a más de las veces en que se han encontrado y que Sergio lo tratara de la manera más comprensible posible, sin nada de atavíos, de causas dañinas, o de terceras intenciones, no, solo lo había tratado de la manera más amable con la que se puede tratar a una persona, con atención y preocupación. Le costaba a su mente asumir la idea de que esa persona con esa sonrisa encantadora podría ocultar a un monstruo sin sentimientos ni arrepentimientos, era algo para no creerse ¿o acaso aun no había conocido su lado oscuro? ¿Y si todo era un engaño para perjudicarlo? No eso era algo absurdo, si Sergio quisiese acabar con él ya lo habría hecho desde la primera oportunidad, además fue él quien lo siguió, no el castaño, así que podía deducir que no era una persona peligrosa, al menos no con él, al menos todavía no.

—No quise adelantártelo sin el consentimiento de Sergio, pero estoy seguro que no tiene nada de malo que lo sepas…—

—No te preocupes—

Fernando quedó absorto en sus pensamientos. No le preocupaba cuantas bandas más hubiera, lo que le interesaba era el bienestar de Sergio.

Volvió a mirar por la ventanilla, la gente seguía pasando al igual que los minutos.

Capitulo IX “Deseo Oculto”

El sol comenzaba a ocultarse de vuelta entre las nubes grises de invierno, esas que opacaban los colores de las tardes en un tono melancólico. La reunión había terminado, cada uno volvió a su vida habitual ganándose el dinero tal cual le fuera más fácil, la rutina continuaba, no era necesario alargar nada, cada quien ya sabría cómo actuar más adelante, estaban acostumbrados a este tipo de situaciones, ojo por ojo diente por diente.

—No ha vuelto— comenzó Navas— Se lo echara de menos—

Sergio y él caminaban juntos por el silencioso camino que tenían delante, cada quien en su mente formulándose sus propias preguntas y dudas, respondiéndolas solos.

—Ya estará tirado en alguna parte, eso si no se ha unido a ellos— continuó el castaño.

—Pipa no me parecía de ese estilo, era el más confiable de entre todos—

—Otro bueno que se nos vas— bufó.

—Bueno supongo que ese rubio a quien has traído lo suplantara bien ¿no? — ironizó y es que no podía evitarlo, necesitaba sacar algo de Sergio aunque le estallara los nervios.

El castaño al contrario no respondió nada, no estaba de buenas para entrar en discusiones absurdas ni provocaciones estúpidas, conocía demasiado bien a Navas como para dejarse engañar, siguió con su mirada al frente, el ceño fruncido y la expresión distante y fría. Navas también lo conocía a perfección por lo que entendería la razón de su silencio y así fue, el moreno solo le dedicó un leve desvió de mirada, pero nada más, lo dejó hasta ahí, supuso que su mente estaría aun con el robo de las mercancías y que por tanto hablar de ese rubio era lo que menos le interesaba en ese momento.

—Para lo próxima quiero que vayas con ellos y lleves refuerzos, no quiero tener otro incidente como este— siguió como si no hubiese escuchado lo anterior.

Navas asintió.

Llegaron de vuelta al lugar de donde partieron, el pequeño comedor ahora estaba con un numero de gente a su alrededor, como era costumbre todas las tardes. El moreno se preguntó si Sergio buscaría algo para morfar o si buscaría a alguien. Frunció el ceño al visualizar al rubio entre la gente, Sergio siguió su camino a esa dirección.

— ¿Volverás al refugio? — oso preguntar, no tenía intenciones de seguirlo.

—Sí, pero antes necesito recoger algo—

—Supongo que no será comida ¿no? —

—Mañana continuamos hablando— volteó hacia él a una distancia ya alejada despidiéndose con la mano. Navas le dedicó la misma expresión suya de siempre, indiferencia.

Continuó su camino y espero algunos comentarios más del moreno pero nunca llegaron, quizás ya se estuviese acostumbrando a la idea de tener a un nuevo compañero, y lo felicitaba, porque el aun no lo aceptaba del todo. Le costaba tener que acostumbrarse a la idea de tener a alguien compartiendo con él, pero el rubio no tenía la culpa de nada, la culpa era suya ¿Por qué entonces lo dejó entrar asi de fácil a su vida? Quizás hubiese sido demasiado blando con él, quizás le hubiese dado una impresión equivocada suya, de todas formas Nando se había mal acostumbrado consigo, le había tomado demasiada confianza y amistad así tan fácilmente, y Sergio se había dejado, no había intentado nada, ni reclamado nada, solo se dejó.

Observó al lugar, reconoció a algunos de sus compañeros allí quienes conversaban y bebían entre risas, Chicharito compartía con ellos y a su lado estaba él.

Sergio sonrió.

Luego quiso darse un tiro en la cabeza.

Otra vez estaba actuando de la manera más estúpida posible, mejor volvía a su porte serio, tenía que mandar revisarse la cabeza un día de estos.

—Veo que la pasan bien— se unió a ellos tomando una lata de alcohol para sí.

— ¡Sergio! — Articuló uno de ellos animadamente, ya con el tono de algunas copas pasadas— llegas al momento justo, Chicha nos contaba otros de sus chistes mexicanos— le pasó la mano por el hombro.

— ¿Es la de los supermercados de nuevo Chicha? — sonrió haciendo que los demás recordasen y se echaran risas también, luego miró a Fernando y este le ofreció una sonrisa a medias. El castaño bajó la mirada velozmente después de eso, se sentía ¿nervioso? ¿Qué? Sería mejor alguien le diera un golpe en la cabeza en ese mismo instante, estaba perdiendo la dignidad. Sintió encima suyo la mirada de extrañeza del rubio y no era para menos.

— ¡No qué va! Y ya no les digo otra que me hicieron olvidarlas— el mexicano no se quedaba atrás con las bebidas, él único sobrio en aquel entonces parecía ser Fernando.

— ¡Entonces hazlo tu Fer! Anda no nos decepciones como el chapulín este— respondía otro.

Sergio alzó una ceja y lo miró divertido ¿En verdad se había soltado tan rápido con ellos? Ya era un gran avance.

—Bueno pero que sea él último, que luego ya no tendré más para otra ronda— sonrió— A ver…— pensó unos segundos— Un hombre entra en una boda y le comenta a alguien, Oiga ¿se ha fijado en lo horrible que es la novia? El otro responde: ¿Qué pasa? no se exprese así, que es mi hija, ¡Uy perdón! No sabía yo que usted era el padre, ¿Qué dice? ¡Soy la madre idiota! — lo dijo en tono bastante expresivo como si imitase en verdad a los personajes, los hombres estallaron en risas, al igual que Sergio, ese chico en verdad que era diferente. De un día podía parecer tan tímido y al otro el más divertido, comenzaba a adaptarse y eso preocupaba al castaño.

— ¡Paleto! — un rubio platino, de un ojo azul (pues el otro lo tenía cubierto con un estilo de parche) se tambaleaba abrazando al castaño— Hombre que no avisas que nos tenias a un nuevo miembro, a ver avisado para preparar la bienvenida—

—Guti, ya te has pasado de nuevo—lo sostenía entre risas— y no creo que sea buena idea la tuya, que siempre terminas creando problemas en tus fiestas—

El hombre lo miró medio extrañado.

—Son los otros quienes no saben divertirse, tu y yo somos expertos en eso— lo codeaba cómplice.

Fernando seguía su conversación con Chicharito y con el otro joven que conoció, Falcao, quien también era un forastero en ese barrio, venia de Colombia y al igual que el mexicano su solo exclusivo acento le causaba gracia, pero aun estando entre ellos no podía evitar lanzar algunas miradas fugaces a Sergio quien compartía con los otros dos, le reconfortaba verlo ahí de nuevo. Sergio hacia lo mismo, haciendo que sus miradas se cruzasen por milésimas de segundos antes de que algunos de los dos fuesen interrumpidos de vuelta.

Continuaron algún rato mas compartiendo juntos, entre mas copas, risas, chistes. Hasta que el castaño se decidió a cortar pues alegó que tenía algunos asuntos pendientes, por supuesto que no se había dejado llevar por el alcohol esta vez, así que por el momento junto con Fernando podía articular perfectamente sus palabras. Los otros hicieron algunos berrinches, peticiones para que se quedasen más tiempo, que al día siguiente era sábado, que dejase esos asuntos para los otros, y otros cuentos más, pero Sergio había sido claro.

—Te estás dejando llevar por los viejos Sergio ¿Qué tiene de malo unas horitas más? — replicaba Guti.

—Otro día paleto, que hoy no tuve un gran día para andar de parranda— dejaba la lata de cerveza sobre la mesa.

El rubio lo miró, volvió a preocuparse internamente ¿Le había pasado algo malo?

—Al menos deja que Fer continúe con nosotros— añadió Falcao.

Admitía que le gustaría quedarse algunos minutos más, pero Sergio…también quería estar con él, además de que no dependía de su decisión, si no la del castaño después de todo vivían bajo el mismo techo, iba a responderles agradeciéndoles la invitación pero Sergio se le adelanto.

—El viene conmigo— respondió calmo, sin mirarlo.

—Pfff no le contagies tu lado aburrido—

El castaño sonrió y se despidió con la mano, no hizo ninguna señal a Fernando para que lo siguiera, simplemente dio media vuelta y siguió, el rubio continuó detrás de él, despidiéndose de los otros de igual manera.

Y tal como la primera vez, el castaño seguía con las manos en los bolsillos en silencio y el rubio lo acompañaba a su lado, el cielo tirando al azul marino de la noche con algunas nubes perladas en colores naranjas y fucsia se iban desvaneciendo para dar paso a las primeras estrellas de la noche. El viento fresco le acariciaba los hilos de sus cabellos y le hacían sentir la sensación de pura tranquilidad, caminando a pasos lentos como si ninguno quisiese llegar a su destino, como si quisiesen retrasar ese momento para ellos dos.

—Te estás soltando más rápido de lo que imaginé— Sergio cortó el cómodo trance de silencio.

—Son personas muy divertidas, me han recordado de repente a mis amigos—

Sergio lo miró.

—Eso es bueno, pero recuerda no abusar demasiado de la confianza, este es un barrio de ladrones no de reuniones amistosas— a pesar de las palabras directas su tono de voz era leve y sencillo, como de un amigo tratando de cuidar del otro.

—Lo sé, pero es una mala costumbre mía— confesó cabizbajo.

—Tendremos que ir entrenando eso entonces, no quiero que te tomes inconscientemente una mala idea de este lugar, un día puedes estar así riendo y contando cosas divertidas, en otros te encuentras en medio de un campo de batalla, con tiroteos y muertes, del cielo pasas al infierno en una milésima de segundos, todos parecieran ser buenos amigos, luego se convierten en asesinos—

Fernando no dijo nada, continuó con su mirada direccionada al ocaso, lo que Sergio no sabía es que él ya se había adelantado a esa información, recordó parte de la conversación de vuelta y se debatió entre sí preguntárselo o no, pues no quería dejar mal parado al mexicano sonando un chismoso, pero tenía la ventaja de que Sergio se estuviese delatando en parte, no quedaría mal que decorase un poco mas su comentario ¿no?

—Lo sé — afirmo seguro— sé que no son los únicos hombres aquí— se mordió el labio inferior esperando la reacción del mayor.

Sergio alzó ambas cejas.

—Se me adelantan mucho por aquí— sonrió de medio lado.

— ¿Has tenido problemas con ellos hoy? — sabía que estaba siendo extremista de nuevo con sus preguntas asiendo caso omiso a las advertencias del castaño, pero Fernando también comprendió que la curiosidad no siempre mataba, y al menos morías sabiendo.

Sergio no se extraño por la pregunta tan directa, después de todo ya se esperaba algo así del rubio, de hecho podía esperar cualquier cosa de él.

—Te arriesgas mucho, eso me gusta—

El rubio no pudo evitar sentir cierta sensación agradable al escuchar esa palabra de su boca, luego se preguntó el porqué de eso y se apenó de sí mismo.

—Nada fuera de lo normal— prosiguió.

Se esperaba una respuesta como esa.

— ¿Por qué no me habías adelantado que existía otra banda por aquí? — al no escuchar ningún reproche decidió continuar.

Sergio bufó.

—Estaba seguro que de una u otra forma terminarías enterándote ya sea conmigo, con otros, o con tus propios ojos, así que decidí ahorrar palabras—

— ¿Y son como ustedes? ¿Cómo son? —

— ¿Por qué eres tan curioso? — lo miró.

—Porque sé que te molesta y me gusta hacer eso— sonrió.

Se sorprendió, luego desvió la mirada al frente, se había quedado sin palabras otra vez, definitivamente no sabía si darle un tremendo sopapo por tentarlo de esa forma o si compartir su risa.

Sin quererlo sintió cierta calidez en sus mejillas.

—Son todos unos maricas, y su jefe es un hígado— decidió seguirle la corriente, sabía que no ganaría nada cortándole, ya luego se arrepentiría solo— Viven al otro lado de este barrio, y aunque intenten parecer mejores son todos unas bola de indios—

—Aun así siempre terminan perdiendo amigos entre ustedes ¿no? —

¿Amigos? Ya estaba ahí con su cursilería de nuevo, ¿es que no le entraba nada en la cabeza de todo lo que se le había contado de ese barrio? Pensó en que dejarlo con Chicharito, uno quien ya tiene experiencia con el mundo del vandalismo sería buena idea y entraría en razón sobre su verdadera situación y con el peligro con que estaba lidiando, pero al parecer no le salió la jugada.

Nando era demasiado puro.

—Mira de amigos aquí casi nada, todos llevamos puñales en los bolsillos por algo ¿no crees? Y si, hay que admitir que también poseen buenas armas consigo, mientras tengas un revolver no importa si eres bueno o no con ella, siempre que puedas apuntar y apretar el gatillo—

Fernando volvió a mirar al sol poniente.

— ¿Te llenó la expectativas? —

—Si— asintió.

Continuaron su caminar en silencio, Fernando no pudo evitar dibujar una sonrisa para sí mismo, Sergio al contrario intentaba reprimir una.

Llegaron al refugio, prendió las luces y se sacó la chaqueta, el otro lo siguió cerrando la puerta tras de sí, luego fijó su vista en algo que no había visto hasta ahora y eso que creyó que ya había examinado todo el lugar, el cabezal de una guitarra se veía a medias detrás de un gran baúl, mientras Sergio se preparaba para una ducha, decidió preguntar.

—No sabía que tenias una guitarra— fue hasta ella, el castaño volteó hacia él— ¿Sabes ejecutarla?

—Algo—

La tomó consigo.

—Me gustaría escucharte un día—

Sergio sonrió. Ahora resultaba que era un músico que ofrecía sus servicios a quienes se lo solicitaban, y que amablemente solía prestar su voz para deleitar a los otros. Eso es lo que le hacía creer el rubio, eso era lo que él creaba en su pequeña cabecita, cuando resultaba ser todo lo opuesto. ¿Tan curioso que descubría sus cosas ocultas? ¿No entendía que por algo la había guardado justamente en ese lugar a fin de no ser visible para nadie? La tenia oculta, al igual que tenia oculta sus canciones, sus letras, su voz, sus sentimientos…

Se golpeó mentalmente, otra vez se estaba debilitando con sus emociones, se dejaba llevar mucho por ellos a causa de ese chico, debería de terminar con eso, si, debería aunque le resultase tremendamente difícil hacerlo.

—No suelo tener tiempo para eso—

Más que una excusa, era una verdad para él, la música la reservaba para sí, lo consideraba algo demasiado personal como para compartirlo con otros, era su otra mitad, su lado opuesto, el otro Sergio, que gustaba de escribir letras, de darles un sonido, de crearles un ritmo, de darles vida con su voz. Si, nadie sería capaz de captar su hermoso pasatiempo, su pequeño sueño.

No era merecedor de nadie.

El otro pareció a ver mostrado cierta decepción en su rostro, para Sergio eso era suficiente, al menos no seguiría insistiendo.

—Deberías, es una de las más bellas artes junto con la pintura, no conocía ese lado tuyo—

Otra vez lo dejaba sin palabras.

— ¿No extrañas pintar? — volvió a fingir a preocuparse por buscar su ropa, desviando el tema del principio y es que no le gustaba que indagaran demasiado en su vida y por poco se dejaba abrir.

Escuchó un corto suspiro del otro.

—Es algo que debería dejar en el pasado, pero hay veces que me hace falta esa distracción— con la guitarra en manos comenzó a rozar las cuerdas suavemente emitiendo un dulce sonido.

Sergio sonrió al verlo juguetear con las cuerdas, lejos de molestarlo le causó cierta simpatía ver la expresión entre tierna y seria del rubio, todo un genio en expresiones faciales.

—El hecho de estar aquí no te impide dejar tus gustos, yo que tu agarraría cualquier pedazo de madera con unos pinceles y pintaría cualquier garabato que se me viniera en mente, solo por no dejar de lado esa costumbre ¿no me habías dicho que era tu sueño? —

Le agradó el trato del castaño, se empezaba a dar cuenta de que, quizás muy en el fondo se preocupaba por él, no cualquiera le diría lo mismo tratando de levantarle el ánimo. Él Sergio que le contaron estaba lejos de ser este que estaba junto a él.

—Sí lo es, pero…—ahí estaba de nuevo esa maldita palabra que siempre lo estancaba todo, se preguntaba cuantos momentos bellos, cuantas propuestas, cuantos cambios habían sido arruinados por esa corta palabra que lo estropeaba todo—no estoy seguro de querer continuarlo—

El castaño se sentó por encima de uno de los brazos del sillón blanco entrelazando sus dedos entre si y observando con paciencia al rubio.

— ¿Por qué? — preguntó.

Fernando dejó la guitarra a un costado de la pared y se propuso a tomar asiento tomando una silla ubicándose frente al castaño.

—No sé, siento como si ese fuese el gran error de mi vida— se mordía el labio inferior mientras mantenía la mirada a un costado evitando la del otro— pienso que fue el causante de mis grandes problemas, ya sabes que mi familia me rechazaba por ese deseo, a veces imagino como serian las cosas si es que simplemente siguiera sus consejos, después de todo les debo mucho a ellos, solo querían mi bienestar—

—Tu bienestar económico, no el personal, no confundas— vio como el rubio seguía con la mirada perdida en algún rincón del lugar, supuso que se sentía así mismo en su interior— además los sueños no son errores, son lo que somos, es lo que nos diferencia de toda esa gente común que solo tiene como objetivo ganar mas y mas dinero, estudiando diplomacias, éticas, ciencias y demás mierda solo con el fin de creerse superior a otros con sus títulos. Siguiendo la rutina de todos, vivir para trabajar, trabajar para obtener dinero, tener dinero para ganar poder, toda una cadena que al final te lleva a un vacío, preguntándote ¿para eso fue que vine al mundo? tú te revelaste, hiciste

lo que todos desearían haber hecho pero que no pudieron porque desistieron en el camino, por no confiar en sí mismos, por miedo a dejar todo aquello que construyeron, tu no hiciste lo mismo, tú eres diferente a todos ellos— un brillo diferente iluminaba sus ojos esa noche, sintió como una persona distinta comenzaba a nacer en su interior, una que se preocupaba por los sueños, esos que solo pertenecían a los niños y a los locos, una que sentía cariño y preocupación por esa persona que tenía en frente con la mirada triste, que sentía la obligación de querer ayudarlo y de darle protección.

¿Era posible que una persona pueda causarle tantas emociones juntas?

Algo andaba mal, definitivamente algo andaba muy mal.

Finalmente Fernando volvió su vista a sus ojos y sintió la calidez de su sonrisa, de un gracias que suspiraba en el aire.

—No creo en lo que me dicen de ti, la persona que está aquí, ese eres verdaderamente tú y eso me gusta—

—Nando no…— otra vez las palabras se le escaparon, no quería que el chico lo viera de esa forma, se dio cuenta de que se estaba abriendo demasiado, tenía que entender o mejor dicho meterse en la cabeza que él era Sergio Ramos un vándalo asesino reconocido por su mente fría y calculadora, por su seriedad, por sus actos terroristas. Ese de quien hablaba no existía— No soy quien crees, estoy hecho de los que las personas dicen de mí, esas críticas, esos horrores, esos elogios, todos esos comentarios de mi, hacen lo que soy—

Tenía que matarse a sí mismo, se estaba apeligrando al mostrarse de esa forma frente a él, además de que con lo tonto que era terminaría encariñándose y queriendo tomarlo como amigo y contagiándole su sentido amigable y bondadoso, de solo pensar en esas palabras le entraban ganas de vomitar. Tenía que entrar en razón, Sergio tienes que entrar en razón.

El rubio lo miró confuso, para el castaño no importaba, mientras se sacara esa idea estúpida suya de su cabeza, ya estaba acostumbrado a que se decepcionaran de él, pero eso le resbalaba en absoluto él venía a ser como quería, no para poner contentos a otros. No gastaría parte de su vida en los gustos de otros. Dejó salir toda esa presión acumulada en su pecho durante esos minutos, su corazón se había apretujado contra sí mismo, extraño, pues ni en las más macabras situaciones solía sentirse de esa forma.

— ¿Hablas en serio? —

— ¿Con esta cara crees que te estaría mintiendo? — agarró la toalla que tenia consigo, se levantó y sin mediar palabras fue hasta el fondo, Fernando supuso que iría a tomar un baño, después de todo el también debía de hacerlo, pero mejor esperar a que Sergio terminara. Se guardó silencio

No entendió muy bien la reacción del castaño, así como tampoco había entendido muy bien su último comentario ¿A dónde quería llegar? Despistó esas preguntas sin respuestas, se fijó en la sala, vio que había una infinidad de cosas para entretenerse como tomar uno de los CD’s y colocarlos en el DVD para deleitarse con la música, o bien tomar uno de esos juegos de mesa para ponerse a pensar y divertirse, pero recordó que se hacían entre dos personas y calculó que su invitado no estaría de muy buen humor para acompañarlo, la tele le hacía tentaciones para verse sus programas de la tarde, revistas para enterarse más de las polémicas de la vida de otras personas con más suerte que él. Si, no se aburriría estando en ese lugar, después de todo haría las cosas solo, como estaba acostumbrado a hacerlo, pero en aquel entonces pensó y también en otros momentos que todavía no existen, su cabeza no daría para hacer esas cosas, no supo el porqué solo que el ánimo de hacerlas no se le venían encima, había algo mucho más interesante que todas ellas juntas, pero mucho más importantes. Sergio.

Dejó que las gotas de agua recorrieran su cuerpo reconfortándolo y relajándolo, la parte más gratificante del día, la ducha. Ella se encargaba de borrar todo ese rastro del día, la suciedad de haberse metido en lugares de matanza, de tomar armas o cajones hechas en polvo, de borrar las manchas de sangre que se colaban por su ropa y le llegaban hasta la piel, de suavizar sus propias heridas, de sacarle ese olor a humedad, de alcohol, de lujuria, de borrarle el tacto de los cuerpos que se juntaron con el suyo en alguna noche olvidada, pero sobre todo, de limpiar su interior, de vaciarlo por completo para que al salir de ahí totalmente renovado pueda cargarse de vuelta con todas las adrenalinas del día siguiente. De quitarle de encima todas las cosas con que él había lidiado desde el día en que se enfrentó a ese mundo.

El agua es el elemento más puro del mundo.

“El agua que yo doy es eterna”

Quizás en ese sentido hubiese tenido razón.

Al salir ya no lo vio, lo busco con la mirada en los rincones del lugar pero no, quizás ya se hubiese ido a su respectiva habitación, de seguro comprendió que él no estaría para compartir conversaciones interesantes como Chicharito, o haciendo chistes como Falcao o Guti. Si quisiera hacer eso, pues lamentablemente tendría que indicarle que se había equivocado de lugar. No le importaba en lo más mínimo si se hubiese decepcionado o no, total era su problema el haberse creado una imagen idealizada de él, como el buen mozo amigo que siempre está ahí para tenderte una mano.

Reflexiono un poco.

El sí se había comportado como un buen mozo.

Entonces el chico no tendría nada de culpa, si el mismo había sido el que se le insinuaba ser ese tipo de persona, pero fue sin pesarlo y juró que quiso matarse cuando se había dado cuenta tarde de eso, y es que en el instante no se repasaba por la mente sus actos que se le nacían impulsivamente al estar con él y se odiaba por eso, como hace un instante cuando se las puso de psicólogo intentando reanimarlo ¿Para qué carajos hacia eso? ¿Acaso trataba con un diplomático o una Reina? Y ni aun así con esas asquerosidades de persona actuaria de esa forma ¿Qué le importaba a él los sentimientos de un chico que ni sabe que busca en la vida? El no tenía la obligación de andar de consejero amigo, para nada, con darle techo y una cama ya era suficiente, que él se las arreglara solo con sus estados de ánimo. De ahora en adelante se comportaría como de costumbre, como si no existiese nadie más que él a su alrededor, se comportaría como una persona solitaria como siempre lo fue, quizás así se diese cuenta de su realidad y regresase por donde había venido. Reparo en que…

—Es mi turno—

Volvió sus ojos a los del otro.

Todos sus pensamientos recientes se fueron al carajo.

—Sí, de seguro ya sabrás donde queda, puedes tomarte tu tiempo— volteo de vuelta.

Se maldijo por milésima vez, quizás fuese mejor idea darse un tiro él mismo.

—Señor hay un joven que viene junto a usted, dice llamarse Francisco Torres—

—Hágalo pasar—

Colgó el aparto inalámbrico, el chillido ruidoso de la voz de su secretaria le quebraba los tímpanos, no terminaría acostumbrándose nunca a ella, pero al menos su trabajo eficiente lo recomponía todo, menos mal.

El sonido del movimiento de la perilla le hizo levantar levemente la vista por unos segundos, para luego volver a fijarla en los documentos que tenía en frente, no era necesario memorizarse los rostros de quienes iban llegando, la de su secretaria ya la conocía a perfección y verla no le causaba la menor gracia, tal vez si hubiese conseguido una más bonita fuese todo diferente, y al del hombre a quien acompañaba lo había visto ya de pequeño, en esas épocas en donde lo único que importaba era jugar a los escondites en los rincones del gran jardín de su abuelo, el donde el dinero solo era papel verde con dibujos extraños que usaban los mayores, donde solo servían para comprar juguetes y dulces.

En donde la amistad era lo más valioso del mundo.

¿En que lo había convertido la sociedad? Ahora sabía perfectamente el motivo de su visita, dinero, y no, estaba seguro de que no era para comprar más juguetes y dulces, ya no era el niño inocente de hace años.

—Señor Juan Carlos— su voz galante al parecer hacia suspirar a su secretaria, pues esta no despegaba los ojos de encima del hombre.

—Tanto tiempo Francisco— se levantó con cierta dificultad y es que los años ya le iban pasando la cuenta. Miró la cara embobada que tenia la chica y suspiró bajo sin que el joven se diese cuenta. — Gracias Martina puedes retirarte—

—Si señor— y sin antes darle un recorrido completo se retiro entusiasmada como si de un obsequio nuevo se tratase.

— Al parecer los genes de tu abuelo no desaparecen— tomó asiento e indicó al joven a hacer lo mismo.

—Es solo una parte de la herencia— sonrío y algo en su sonrisa no le agradó del todo.

—Muy bien Francisco, desconozco los detalles de tu visita pero tu llamada de esta tarde me hacen tener un adelantamiento de tu intención, y creo que seré algo incoherente de mi parte si es que no resalto mi función aquí, y la única función que tengo para ustedes con su familia—

—Que puedo decirte Juan Carlos, con tu última frase ya lo has dicho todo—

—El que sea amigo confidencial de tu difunto abuelo, no quiere decir que mi trabajo de Perito de Testamentos se suavice y se vuelva más vulnerable Francisco—

—No es mi pretensión principal — lo miró fijo.

— ¿A dónde quieres llegar? —

La ducha le pareció interminable, se pasó mientras tanto entreteniéndose con algunos que otros programas en su TV haciendo zapping como de costumbre, por esos momentos ninguna le parecía más interesante que el rubio que tenía en la ducha del fondo.

Bufó y rodó los ojos, otra vez estaba desviando su mente a ese chico, dentro de poco calculó que lo estaría detestando y terminaría o acabando con su vida o con la de él. Escuchó sus pasos detrás, se debatió en si mirarlo o no, como hacía rato cuando el solo contacto con él lo hizo acelerar sus neuronas al máximo alborotándolas dentro de su cabeza. Al chico en cambio no pareció preocuparle, subió de vuelta silencioso por las escaleras, cuando Sergio volteó ya no estaba para su suerte, creyó que con la charla de hace rato fue suficiente.

Se confirmó que de seguro ya había picado algo con los otros hombres, así que supuso que ya no tendría tanta hambre, mejor, así tendría más espacio para él solo, fue hasta la cocina preparó algún que otro bocado y se la llevó consigo hasta el sofá, unas latas de cerveza junto a una película de Jim Carrey en TNT y noche perfecta, era todo lo que necesitaba para relajarse, no era necesario nada más. De repente la escaza llovizna comenzaba a invadir el barrio, unos minutos, unas horas, las latas desparramadas, el plato vacio, Bruce había vuelto feliz a su trabajo, se pasó que fue la única parte de la película que la siguió bien pues aunque le costase admitirlo se había pasado esas horas mirando las escaleras, esperando, esperando a que alguien bajase de ella para acompañarlo en esa fría noche de lluvia solitaria. Se mordió el labio inferior y volvió a la televisión para apagarla, dejó las cosas tal como estaban, ya mañana se encargaría de recogerlas, ya que ahora un terrible mareo le invadía la cabeza, quizás se hubiese pasado un poco con los tragos, se había tomado algunos con Guti y los otros hace rato y ahora volvía a ellos, era mejor recostarse después de un día eufórico como ese, donde había perdido las mercancías, a un compañero y la dignidad por ese chico.

Subió perezosamente deslizando su mano por la pared, al llegar arriba su vista no fue para su habitación si no que fue directamente para la que estaba en frente, cerrada, no pensó dos veces en ir hasta ahí, la abrió sin preámbulos, sin importarle en si lo despertaba o no. Cuando lo hizo el sonido de la lluvia lo opacó por completo, ahí en la cama el rubio dormía tranquilamente.

Se dejó recostar por la línea de la puerta dejando sus brazos caídos y observando detenidamente su rostro relajado, no parecía tener señales de angustia ni de insomnio, estaba ahí acostado sin preocupaciones dejándose llevar por el sueño de Morfeo. Su mirada que hacía poco mostraba ganas de cansancio y de soledad, ahora se llenaba con un brillo nuevo de ternura hacia la persona que tenia a pocos metros suyo, notó que algunos hilos dorados se deslizaban delicadamente sobre la frente del chico llegando hasta la nariz, supuso que lo molestaría dentro de unos segundos y sintió unas ganas de ir a acomodárselos, pero llegó hasta ahí, no se atrevió nunca a hacerlo, prefirió dejar a sus ojos bajar sigilosamente por su cuello recorriendo esa línea hasta su torso, su brazo flexionado colándose debajo de la almohada y la otra que reposaba en su abdomen, la sabana lisa que le cubría la mitad de su cuerpo.

La habitación oscura, silenciosa, las gotas de lluvia entrometiéndose por la ventana.

Rió para sí mismo, apartó los pensamientos lujuriosos que se le vinieron a la mente.

Cerró la puerta con cuidado esta vez, abrió la suya y se lanzó a su cama. Por un momento sintió a su corazón acelerarse más de lo normal y un peso que se le venía encima, un extraño alboroto le nacía desde más abajo del abdomen, un calor le recorrió el cuerpo, haciendo que cierto ‘amigo’ se inquietase. Cerró los ojos con fuerza y dejo que el sonido de la lluvia invadiese sus oídos y le llegasen hasta el alma.

Capitulo X

“Estruendo, choque de enemigos”

Había quedado totalmente exhausto tras su estancia con el mexicano, se había pasado ayudándolo con sus preparativos para la cena, luego llegaron los otros hombres y decidió acompañarlos con la conversación, los chistes y algunos tragos, pero sabía que todo eso resultaba ser una simple excusa para esperar a Sergio haciendo pasar las horas.

Recordando todo lo que aconteció el día anterior. Reparó en que ya había amanecido de nuevo, aun cuando mantenía los ojos cerrados pero siendo consciente de sus pensamientos y del poco ruido a su alrededor, los sentía pesados y culpo a su tempranero sueño, se había acostado demasiado temprano según él, y es que ni siquiera tenía un reloj o algo parecido para saber de la hora, la última que había visto fue en la sala y marcaba las 19 : 30 hs. Recordó también fugazmente un sueño extraño que le llegó a medianoche, había sentido la presencia de Sergio en su habitación, es más — se tocó las mejillas—había sentido sus dedos deslizándose por su rostro, apartando las mechas de su pelo, sintiendo su tacto cálido

Abrió sus ojos de golpe, otra vez su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Se levantó algo perezoso tratando de peinarse el pelo que lo tenía alborotado, miró la ventana, esta vez una mañana oscura, las nubes estaban en un tono más gris de lo normal, quizás producto de la fuerte lluvia de anoche que quería volver a repetirse. Se quedó en ese punto fijo, otro día en aquel lugar lejos de su hogar, otro día que ya le parecían meses, cerró los ojos y dejo liberar su mente. Hizo la rutina de siempre, cepillarse, bañarse, cambiarse —tenía que elegir un día para lavar la poca que tenia— y bajar. Esta vez por alguna razón supuso que el castaño no estaría ahí debajo, y fue así mismo. Cuando llegó a la sala principal, se topó con la tele encendida mostrando algún canal de noticias, un diario colgando a mitad sobre la mesa, y lo principal, una taza de café humeante con un pequeño sándwich al lado sobre un pequeño plato de color blanco. Llegó hasta ahí y vio que estaba recién preparado, giró buscando alguna señal del castaño pero nada, subió de vuelta hasta la habitación pero no había nadie, bajó de vuelta fue hasta el baño del fondo pero tampoco nada, solo él.

Entonces supuso que era lo que su mente le había estando confirmado desde un principio.

Sergio salió, quien sabe donde esta vez pero le había dejado un desayuno preparado sobre la mesa.

Sonrió para sí mismo.

Y luego decía él que era un vándalo.

El temporal no era muy distinto al otro lado del barrio, el cielo cubierto por las nubes que amenazaban con quebrarse en gotas violentas de agua con algunas líneas de colores que rompían el paisaje. El ruido violento de los truenos indicaba que la tormenta llegaría pronto. Los hombres del lugar aceleraban su paso buscando sus respectivos refugios para resguardarse, mientras que algunos otros seguían su labor sin darle demasiada importancia al cambio climático, había cosas más peligrosas que la madre naturaleza, ellos ya lo habían experimentado así que esto le parecía nada más que una simple lluvia.

—Oye me parece mucho más interesante hacer las cosas con este clima, no sé como que le entran más expectativas a uno— Un hombre moreno alto rapado, con la vestimenta surtida entre negra y blanca caminaba sobre los charcos que dejaron la noche anterior— ¿Tu qué opinas?—

—Le veo como otro día mas, es solo que él tono oscuro le da más…como se dice…— chasqueaba los dedos.

—Sobriedad— respondía el hombre al otro pequeño joven de mediana estatura que caminaba a su lado, sus ojos azules se habían opacado por el tono que adoptó el lugar al igual que su cabellera entre castaña y rubia.

—Eso— bajó los dedos —Joder Víctor como que aun me cuesta entender algunas palabras en castellano puro imagínate el catalán—

El otro rió.

—Vamos Mata, yo que tú agradecería que me hubiesen integrado a la banda, mira que estar rodeado solo de catalanes y que estés tu, un Vasco entre nosotros, es extraño—

—Piqué es comprensivo creo—

—Pero no te confíes demasiado en esa sonrisa, oculta cosas peores detrás de esa amabilidad—

—Es lo que todos dicen, tengo que verlo con mis propios ojos— decía mientras tomaba un camino contrario al de su compañero, el otro se dio cuenta.

—Hey ¿estás seguro que iras por ahí? —

El otro volteó hacia él.

—Es un atajo más rápido para llegar a mi refugio, lo descubrí ayer con Pinto y Xavi—

El otro miró algo dudoso pero se resigno.

—Está bien, solo que es una vía muy concurrida por otros — dijo como insinuando algo.

—Que va Víctor, que voy armado ¿ladrón que asalta a ladrón? — rió y el otro compartió su risa.

—Hasta la vuelta— se despidió, el otro hizo lo mismo.

Las pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer, levantó su vista hacia las nubes que reflejaban su color sobre sus ojos claros, mientras seguía su camino en total silencio, pensó en que de seguro ahora mismo la mayoría estaría reunido en la casa de alguno compartiendo algún nuevo robo, alguna nueva conquista o ideando algún nuevo plan, o comentando sobre un asesinato reciente. Como el que recorría la zona por ese momento, la muerte de Pipa, uno de los hombres del otro bando. Desde entonces se mantenían más cuidadosos y sigilosos por cualquier presunto ataque que sabía que vendría, los otros no se quedarían con los brazos cruzados así de fácil, pero esa era la vida del lugar, después de todo tendrían que morir algún día de sus vidas, podría ser hoy, mañana u algunos años después, pero todos terminarían muertos de alguna u otra forma, nadie quedaría vivo para siempre. Nadie diría que no estaba preparado para ese día.

Durante la caminata, reparó en el cementerio que bordeaba el lugar, por un momento sintió una que otra presencia, y se dejo entrever por un sonrisa nerviosa, se estaba poniendo estúpido imaginando cosas a esas horas, como si creyese o le temiese a almas muertas, debía de temer mas por los vivos quienes sí podrían terminar con su vida. Otro ruido, volvió su vista al cementerio ¿Habría alguien ahí tratando de jugarle alguna broma? Pensó en Víctor, después de todo le había lanzado cierta advertencia antes de despedirse, pero desechó eso, no sería capaz de animarse a tanto. Intento seguir pero otro ruido le llegó, hasta que se hartó y decidió ir hasta ahí a ver qué demonios sucedía. Al llegar la lluvia se había intensificado un poco más, se paró en medio y recorrió el lugar con los ojos, pero nada, solo él resaltaba sobre las lápidas viejas, se volteó para volver a retomar su camino pero un ruido le llegó justo detrás paralizándole los oídos.

No supo cómo reaccionó tan velozmente tomando su arma del bolsillo y volteando violentamente hacia atrás apuntando el arma a un punto fijo.

A un punto donde no había nada.

Un pequeño gato blanco con manchas negras salía a su frente tras una lápida.

Suspiro.

—Me has asustado amigo— bajó de vuelta el arma y se rió de sí mismo al verse en esa situación, asustado de un pequeño animal. Lastimosamente la tranquilidad le duro poco.

—Nunca bajes la guarda, ni ante un animal—

Al escuchar la voz se le erizo la piel y los ojos se le abrieron de par en par, presionando con fuerza el arma en sus manos, giró con cuidado esta vez, pero pronto se arrepintió de hacerlo.

Unos cuatro hombres totalmente desconocidos le rodeaban de frente, uno de ellos a una proximidad exagerada a estar a tan solo unos centímetros suyo mirándolo fijo con esos ojos afilados de un color ¿entre azul o verde? Que lo intimidaban, aun mantenía consigo el arma por debajo, no supo en si soltarla al ver la inutilidad de su protección o en si arriesgarse e insertarla en el pecho de ese hombre, pero el momento no daba indicios de querer esperarlo, el hombre acerco sin cuidado su mano sobre la suya arrebatándole el arma, mientras sus ojos no se despegaban de los suyos.

—No te será útil— susurró bajo solo para él.

Juan Mata no se inmuto, ante todo seguía manteniendo su mirada fría sobre la del otro, aunque estuviese en una posición desfavorable no se dejaría manipular tan fácilmente por esos tipos.

—Te vienes con nosotros— se lo dijo guardándose su arma en el bolsillo y tomándolo de la chaqueta —Te espera un largo camino— el pequeño se soltó de su presión y retrocedió unos pasos.

—Vamos no te nos hagas el difícil— inquirió otro del fondo— te será peor con nosotros—

— ¿Qué se piensan? — se atrevió a encararlos.

Los otros soltaron risas.

—No te nos hagas el machito ahora mismo, ¿que esos ojos azules no te dejan ver bien tu situación?— la voz raposa del hombre de los ojos afilados le contestaron, luego vio como con los dedos hizo una señal a los hombres que se encontraban detrás suyo, los tres llegaron hasta él.

No movió un solo dedo, no se le paso por la mente correr, se dejó llevar por los dos hombres que le tomaron violentamente de los brazos dirigiéndolo hasta una gran camioneta.

—Por si las dudas— añadió el moreno tomando consigo una tela negra y amarrándolo contra su boca— no queremos a quejicas— y con unas palmaditas en la espalda se despidió de el yendo a su propia moto.

Lo empujaron sobre la carrocería mientras los otros dos se ubicaron a su lado y el tercero se ponía a arrancar el automóvil.

—Siempre nos toca lo más difícil Guaje— se dirigió a su compañero en señal de la lluvia que comenzaba a empaparlos.

—Al menos por esta vez me gusta esto— respondió.

Mata permanecía en medio, en silencio, ideando un montón de situaciones en contra de esos hombres, se preguntó si alguien habría visto algo, si avisarían a los demás y si volverían a buscarlo, comenzó a trazar su destino que estaba más que definido por esos hombres. No se guardaba muchas esperanzas.

Mientras tanto Navas, ya sobre su moto marcaba un numero en su móvil.

—Ya lo tenemos — habló sobre él.

—No se tarden— respondió Sergio al otro lado de la línea.

10:45

Las revistas ya fueron leídas, la televisión había recorrido la mayoría de los canales, las tazas y los platos ya fueron lavados, pero Fernando sentía que le faltaba algo por hacer o mejor dicho quería hacer algo más que eso, por eso se atrevió a rebuscar en el guardarropa de Sergio en su habitación y frente al espejo se pasaba con distintos tipos de ropa sobre él, combinando cada vestimenta del castaño y riéndose de sí mismo de lo extraño que se veía con ellos. Musculosas, chaquetas, collares, guantes, gorros, botas, jeans, los combinaba con expresiones no propias de él, imitando a los tipos rudos que veía en las películas o bien a sus propios nuevos compañeros, su risa era la única que coloreaba el día lluvioso de esa media mañana y la que daba vida al silencioso hogar, aunque a cada pequeño ruido que le llegaba a los oídos rápidamente volvía a desvestirse pensando en que el castaño ya hubiere llegado, ¡Que Dios lo salvara si es que llegara a verlo con su ropa puesta! Pero cuando detectaba que solo se trataba de alguna pequeña rata o producto solo de su imaginación, volvía a entretenerse consigo mismo, después de todo Sergio nunca repararía porque tenía pensado dejárselo todo en orden de vuelta.

Y así lo hizo, cuando creyó haber puesto el armario del revés decidió recoger todas las ropas de vuelta, sin dejar su sonrisa traviesa de lado, esa sonrisa que creía haberla dejado en algún momento atrás de su niñez, en las travesuras, los juegos, las bromas que solía compartir con sus amigos y hermanos…Se preguntó en qué momento habían cambiado tanto, y la sonrisa traviesa se convirtió en una melancólica, pero comprobó que ese niño aun vivía en él, ese niño que veía todo de forma única, que veía a todos los días diferentes ,que no conocía la rutina, aun habitaba en él, muy en el fondo y que solo necesitaba salirse de sí mismo para conocerlo y volverlo a sentir, por unos pocos minutos Fernando volvió a ser el Fernando que realmente solía ser.

Al bajar las escaleras llegando a la sala principal se dirigió hasta la cocina, husmeando en la heladera y verificando que muchas cosas esenciales se estaban por acabar, se propuso salir a comprarlas con el dinero que traía consigo —que por cierto no la había usado hasta ese entonces— buscó alguna sombrilla por ahí, hasta que dio con una y apagando la televisión y tomando las llaves que había encontrado esa mañana junto con el desayuno salió del lugar.

La tenue lluvia caía elegantemente con firmeza sobre la calles, el color gris parecía haber abarcado por completo el lugar, notó que su pelo rubio era el único que contrastaba con esa mañana, se permitió quedar unos segundos frente a la gran puerta —o mejor dicho portón— observando el cielo con la sombrilla negra cubriéndole de las gotas, con una mano sosteniéndola y la otra en el bolsillo, y a pesar de parecer un día solitario y nostálgico, pudo sentir algo de belleza en él. Le dirigió una leve sonrisa al cielo, y por primera vez de hacía mucho tiempo, le agradeció por estar vivo.

Siguió su camino, viendo como algunas hojas volaban lentamente sobre el suelo llevadas por la levedad del viento, el sonido cauteloso de la lluvia era su única acompañante junto con sus pasos que se hundían en los pequeños charcos del camino. Intuyó para sí mismo que Chicharito estuviese en su hogar, total donde más iría con este temporal, aunque Sergio estuviese contradiciendo su pensamiento. ¿Dónde estaría? Mientras él salía debajo del agua, se preguntó si el castaño estaría en la misma situación, paseando bajó el cielo gris. Dos almas vagando en solitario buscando algo que les haga ver la luz del sol de entre las nubes de lluvia y que les ilumine la vida. Ironizó sus pensamientos, estar en ese barrio al parecer le hacía cambiar de rumbo, de pintor a poeta.

Sus divagues de pronto se esfumaron al ver a una figura al otro extremo de la calle, caminando a pasos lentos tal cual él, a primeras no pudo identificarlo pues la lejanía solo le hacía ver a la figura de un hombre, en cambio a unos pasos más percibió de quien se trataba y no le agrado para nada. Pepe al parecer no se había percatado todavía de su presencia, decidió aprovechar entonces buscando algún rincón, lugar baldío o una calle que lo llevase a otro extremo, pero no encontró nada, solo casas largas y edificios pegados unos con otros con las puertas y ventanas cerradas, sin nadie más que ellos dos en esa calle. Tragó saliva, no ganaría nada con voltear y volver a su camino, el hombre ya lo había visto y le había sonreído y a Fernando no le dio más que escalofríos.

Colgó después de haber dado la orden. Esperando sentando relajadamente sobre una silla giratoria de cuero negro dentro de su bodega, la lluvia golpeaba con más ímpetu los restos de vidrios que colgaban por las ventanas y el pequeño foco chispeaba ante cada golpe del relámpago mientras que su rostro seguía con la misma expresión, con la mirada arrinconada en algún pensamiento suyo perdiéndose en las gotas que resbalaban y reflejaban su figura en rompecabezas. No quería pensar en nada más que no fuese su siguiente trabajo, por lo que comenzaba a idear los planes cuando tuviera a ese hombre frente suyo, que haría y como actuaria con él, pero aunque quisiese ponerse en marcha con esa imaginación su mente retrocedía a horas antes, le llevaba de vuelta a casa, le regresaba el recuerdo de Fernando, haciendo que preguntase por él en silencio y que al mismo tiempo se encargase de formularle miles de respuestas. Ya tenía suficiente con tenerlo que verlo por las tardes y noches, y ahora que se le metía en la cabeza…—se pasó ambas manos por el rostro e inclinó levemente el cuerpo hacia delante reposando sus codos en la pierna— permaneciendo así por un corto tiempo, para luego levantarse del asiento e ir a asomarse por la ventana esperando alguna señal de llegada de sus compañeros.

Y al parecer la suerte iba de su lado, pues visualizó a la moto y la camioneta llegar y estacionarse en frente. Decidió salir junto a ellos para apresurar las cosas aun a pesar de la constante lluvia. Navas bajó de la moto, al igual que Guaje y Marcelo lo hicieron de la carrocería totalmente empapados, cuando vieron a Sergio acercarse prefirieron aguardarlos en el mismo lugar.

—Se han tardado tíos— salió al paso de ellos saludando primero a Navas y luego a los otros dos hombres— A ver a nuestra nueva rata— se dirigió hacia atrás de la camioneta para ver al pequeño contrario amarrado en el fondo.

—Nos la ha salido tal como la planeamos, no había nadie más en la zona que él— añadía el moreno al ver a Sergio asomarse y sonreírle al intruso— solo es cuestión de esperar a que el hígado de su jefe se dé cuenta—

El pequeño Vasco en cambio miraba con odio a la persona que tenía enfrente.

—Tranquilo perro que te aseguro que no seremos tan cabrones— bajó el capote de golpe para que Guaje y Marcelo se encargaran de bajarlo — en principio— dijo divertido.

Con violencia lo bajaron y Sergio les indico que lo llevasen al fondo y que lo mantuvieran encerrado hasta que él de la nueva orden, no quería precipitar las cosas, aunque ya lo hubiese planeado todo iría paso por paso, le parecía más torturador y entretenido hacerlo de esa manera. Navas dio unos pasos más junto a él, empapados los dos no parecían tener dificultad alguna para seguir allí con su conversación.

— ¿Ahora que sigue? — preguntó el moreno.

—Lo mantendremos así por un rato, ya luego pensaré mejor que hacer con él—

Navas enarcó una ceja.

—Creí que ya lo tenías todo planeado ¿Qué es lo que te lleva a pensar otras cosas? — inquirió con cierto tono de ironía.

—Nada— lo miró molesto — Y aunque existiese algo no creo que sea de tu incumbencia ¿Qué opinas? — se retiró al fondo con los otros.

Navas sin embargo permaneció cruzado de brazos observando al castaño alejarse, se preguntó o mejor dicho se imaginó levemente cual sería la causa principal y la respuesta que se le vino a la cabeza no le agradó para nada. Sergio estaba actuando extraño estos últimos días, mejor dicho esos dos últimos días, ya no tenía la misma capacidad altanera y desafiante de siempre y aunque tratase de disimularlo sus imperfecciones salían a flote. Su mirada y sus expresiones con su tono de voz, lejos quedaban del antiguo prepotente, serio, frio, calculador, arrogante hombre del barrio que atemorizaba con su presencia, al contrario ahora tenían a un hombre con porte de mandón pero con la mirada perdida, la expresión más suavizada y sencilla.

No se tragaba a este nuevo Sergio.

Tampoco la causa que lo había convertido en tal.

Capitulo XI

“Malas compañías”

Todo seguía igual. La lluvia incesante, el camino viejo y desolado, las casas pegadas unas a otras casi todas entonadas con el mismo color, su caminar lento sobre los charcos de agua, la sombrilla que hacia rebotar las gotas de agua.

Excepto la persona que ahora caminaba a su lado.

No entendió muy bien cual tendría que haber sido su reacción ni tampoco cual debería de ser su expresión, pero una cosa sí, que el hombre a quien tenía al lado le hacía erizar por completo la piel y hacer arder un poco más la herida que tenia dibujada en el cuello como si la maldita conociera a su creador, escuchaba su voz raposa preguntándole cosas, comentándole sobre las últimas novedades, como si olvidase aquella noche en donde estaba a solo dos milímetros de hacerse con él y asesinarlo si no fuera por la aparición de Sergio, él en cambio solo trataba de responder con algunos que otros monosílabos y es que no deseaba ni quería entablar una conversación con la persona con quien menos trato quería tener, porque el solo hecho de verlo ya le ocasionaba escalofríos.

Y Fernando no era consciente de sus pasos, se había olvidado del camino que lo conduciría hasta lo de su amigo Chicharito, ahora solo se dejaba guiar por los pasos de aquel hombre. Si quería salirse con la suya pues lo estaba logrando, aprovechando que Sergio estuviese quien sabe dónde y que por ende al menos por ese radio de ellos no llegaría a tiempo para cualquier eventualidad, y que la zona estuviese desocupada a esas horas de la mañana por la tormenta. Guiándolo inconscientemente a un lugar cada vez más alejado de su refugio, sabiendo a perfección que tenía las de ganar por portar con inimaginables armas en su poder, Fernando en cambio solo tenía sus manos, sus piernas y su voz por si necesitaba defenderse y eso resultaba ridículo para ambos, pues aunque tuviera una estatura envidiable frente al pelado, su condición física no le ayudaba en demasía, se veía como un cordero frente a un experimentado lobo a su lado, era obvio quien seria cazado.

No le gustaba sentir su mirada de cerca, porque podía percibir cierta lascivia en ella, cierto tono pícaro y grotesco.

—Por lo visto no eres de muchas palabras, con razón le caes al Jefe—

Fernando solo hizo una mueca con los labios que Pepe no dejó pasar desapercibido, mordiéndose el suyo propio inferior, ese chico le hacía revolver sus hormonas al máximo.

—Creo que quedaría demás pedirte disculpas por lo de la noche anterior— se fijó en su herida— pero quiero que lo tomes como una bienvenida mía ¿Te sigue doliendo?— acercó su mano al cuello del otro haciendo que Fernando reaccionase de golpe y alejase su rostro, levemente sorprendido.

El hombre rió.

—Vamos no te haré daño— “por ahora no” pensó para sí.

—Ya te he dicho que voy con Chicharito ¿sabes la ubicación de su casa? — se dirigió cortante y molesto, y es que no era para menos, el tipo se estaba queriendo aprovechar y ya se estaba hartando de esa situación— Y si no, pues muchas gracias y hasta pronto— quiso adelantarse pero Pepe se lo impidió tomándolo de la mano, Fernando le dirigió una mirada fría de desaprobación y el otro al instante lo soltó.

—Lo siento— se disculpó— no quise ser grosero si eso es lo que interpretaste—

“Pues no parece” pensó Fernando.

—Y si me permites—continuó— te acompaño, que mejor que tener a alguien conocido, supongo que no querrás tener otras “bienvenidas” —

Fernando suspiró, no le sería fácil deshacerse de ese tipo y es que él tampoco quería sonar grosero, no le convenía en absoluto, tenía a un asesino a su lado. Pero bueno si pensáramos en eso, convivía con muchos asesinos, Sergio se lo había dicho, no todos tendrán buena pinta con él, Pepe era una muestra de ello.

Ingresó a la pequeña sala y se sacó la chaqueta que la tenía toda mojada quedando solo con una musculosa blanca ajustada que hacía gala de su marcado abdomen, el pelo se decidió a recogerlo en una cola pues le molestaban las mechas rebeldes que se pegaban a su rostro, se forjó un suspiro y fue junto al murmullo del fondo. Guaje, Marcelo y Modric conversaban mientras mantenían al prisionero a un costado, sentado y amarrado de manos, mirándolos fríamente desde su lugar. Sergio se fijó en él antes de dirigirse a sus hombres, el pequeño lo miró con sus electrizantes ojos azules, el castaño en cambio desvió su mirada desinteresadamente.

— ¿Cómo les ha ido? — preguntó sabiendo ya a perfección la respuesta por parte de Navas, pero quería conocer más la historia completa.

—Jefe— contesto Guaje— pues de lujo, copiadisimo a como lo habíamos ideado el día de ayer, el pobre se encontraba solo en nuestro camino, nos fue pan comido— sonrió.

—Se nos quiso resistir— Marcelo miró al pequeño— pero no fue nada—

Sergio recordó entonces sus mandatos del día anterior, después de la desaparición de una parte de sus materiales y de Pipa no se dejarían estar como idiotas cruzados de brazos esperando a que atacaran de vuelta, debían de cobrárselos de la misma manera a como estaban acostumbrados. Matando a miembros de las bandas, esperando algún día toparse con los líderes y de esa forma acabar con ellos y adueñarse por completo de toda la zona y manejarla a su antojo. Competición, ser mejores que los otros, obtener más, bloquearlos, eliminar a quienes no pertenezcan a la raza. En eso se resumía sus vidas.

Mandó a Guaje, Marcelo y Arbeloa a que fueran a investigar por el camino que los conducía al otro barrio inmundo, a que inspeccionaran quienes tomaban el atajo que los acercaba más a sus manos. Que estudiaran cada paso de esos malditos, quienes les parecían los más fuertes, los más experimentados, los inexpertos, los nuevos, y a que se decidieran por unos de ellos para atraparlos y traerlos para este lado, que idearan un plan para acorralarlo y de esa forma pagar con la misma moneda a esos tipos, arrebatándole información con sus métodos propios al prisionero.

Aunque el pequeño no daba señales de miedo, su rostro inexpresivo intrigaba a los otros, aun sin la cuerda que bordeaba su boca hace instantes no parecía tener ganas de articular nada.

No importaba, pronto haría que diera sus primeros gritos.

El camino le parecía interminable, pero al menos el hombre a quien tenía a su lado se había quedado en silencio tal cual él, aunque no sabía si eso le resultaba mejor o peor, ahora las cosas le parecían más extrañas e incomodas ¿Le estaría guiando al lugar correcto? Se maldijo de nuevo por dejar su confianza de vuelta en alguien a quien no conocía en absoluto, lo hacía con todo el mundo, confiaba en todo el mundo, y el mundo entero lo decepcionó. Se sintió herido por eso muchas veces, pero nunca dijo nada, prefirió guardarlo en silencio para sí, nadie merecía su sufrimiento él solo podía manejarlo.

En cambio, pensó siempre, en que sería bonito encontrar a alguien que se ofreciera a cargar con una parte de su dolor y que lo compartieran juntos.

Pero nadie sería tan estúpido como para hacer eso, la mayoría solo quería disfrutar de los buenos momentos, cuando se daban cuenta de que algo andaba mal, se alejaban lo más pronto posible. Solo pocos tenían la suerte de contar con alguien que se quedaran a contemplar la tormenta con ellos.

Cuando volvió de nuevo a su realidad, se preguntó si ya era hora de pegar media vuelta, despedirse y alejarse lo más pronto posible de allí, volviendo al refugio para ver si Sergio había regresado, pero recordó que tenía a un gorila a su lado capaz de hacer cualquier cosa con mantenerlo a su lado. Se detesto de vuelta y no se extraño para nada.

No supo si alguien escucho sus suplicas en silencio, si los charcos dirigieron sus pasos, o si la pura casualidad lo habría traído hasta ellos, eso no importaba, lo que importaba era que Chicharito aparecía en su camino frente a ellos a cortos pasos que Fernando quería que fueran corridas. Escuchó al hombre murmurar algo que no entendió con un tono molesto, al parecer la presencia del otro no le agradó, en cambio Fernando agradeció a los cielos.

— ¡Hey ustedes! —exclamó el mexicano extendiendo el brazo.

Uno le sonrió, el otro fingió hacerlo.

— ¿Qué haces ustedes por aquí? ¿Me buscaban? — alardeo.

Fernando tenía unas tremendas ganas de abrazarlo y agradecer su presencia, pero se lo dejó en su interior, no era una buena ocasión, ni lugar para hacerlo.

—Venia— ignoró por completo la compañía de Pepe— buscando algún lugar donde hacer compras de algunas cosas que faltaban en la casa de Sergio, y como no conocía ningún mercado cerca quise venir hasta ti para que me guiaras a uno—

— ¿En serio? ¡Vaya! Pero no era necesario venir hasta mí con esta lluvia, debiste avisarme na más por el móvil, olvidé por completo pasártelo el día anterior—

Pepe sabía a perfección que sobraba allí mismo al ver a esos dos conversar tan animadamente como si se tratasen de conocidos de antaño. Obviamente no atentaría nada con el rubio, al menos no a esas horas de media mañana, no sería tan estúpido como para que luego Sergio se enterara y le mandara a cortar cabeza, ya se aprovecharía en otra oportunidad y de ahí ¡Zaz! Acabaría con el muñeco y luego se retiraría excusándose de que nunca lo había visto. Pero hoy no era uno de esos días.

—Pero ya, no nos quedemos aquí bajo la lluvia, vengan vamos a mi casa y de ahí vemos lo que necesites—

Fernando asintió pero luego lanzo una mirada a Pepe para ver si los seguía o no, deseaba en el fondo que se retirara, se presencia le producía un completo desagrado. Y al parecer el hombre captó la mirada del rubio y se disculpó con cinismo diciendo que tenía que reunirse con los otros y que lo dejaría para otro día. En un caminar lento se adelantó a ellos pero desviándose a otro callejón en la esquina, Fernando suspiro de alivio mientras el mexicano lo miraba extrañado.

—Oye como que te veía un poco tenso hace poco, es por Pepe ¿no? — decía mientras caminaba a su lado.

—Ese tipo me da mal presagio—

El pequeño rió y Fernando lo miró con interrogación.

— ¿Paso algo? — preguntó el rubio.

—Na, que no eres el único que piensa eso, pero aquí cada quien tiene mala espina, a mi por ejemplo es Sergio quien me da más escalofríos que Pepe y contigo es al revés, supongo que es costumbre ¿no crees? —

Quiso contradecirle con lo de Sergio, comentarle al menos de sus dotes positivos y que para nada resultaba ser un hombre de temer, pero luego recordó la reputación del castaño en el barrio como

líder y pensó que sería mala idea darlo a conocer como un buen hombre, sería una metedura de pata bien grande, así que guardó silencio y solo asintió.

—Y si te molesta tanto ¿Qué hacías con él? ¿O te lo topaste en el camino? —

—Lo último, preferiría estar solo a que andar con él, pero como se me cruzó en el camino y se ofreció a acompañarme pues no tuve de otra, no quise rechazar su compañía que de seguro después se me pondría pesado—

—Seguro, pero vamos no es tan mal tipo, hay peores—

— ¿Cómo Sergio? — se arriesgó a preguntar.

—Es uno de ellos—

Desvió la mirada y el mexicano se dio cuenta de eso.

—Es extraño que aun lo aguantes o mejor dicho que él te aguante aun, casi no suele tener contactos con nadie más que consigo mismo, es un hombre muy solitario— culminó lo último casi en un susurro, pero no tan bajo para que no llegara a los oídos del rubio, quien permaneció unos segundos en silencio.

—También eso me parece extraño— dejó exhalar el vapor blanco de su boca mientras alzaba la vista al cielo frio y nublado, dejando que sus dudas se las respondiera el viento.

12:25

Regresó a la casa severamente molesto haciendo mandatos a los empleados a que lo sirvieran rápido que tenía una reunión dentro de poco. Se dejó caer en el sillón de su escritorio con el ceño fruncido esperando su almuerzo. Uno de sus planes había fracasado, y no, no por su culpa si no por la de ese viejo decrepito quien tenía la misma mente chata que su abuelo. Intentó por todos los medios convencerlo, pero nada, al parecer tenían tan lavado el cerebro por la ética y la moral que se estaban pudriendo en su cabeza.

Se negó a cambiarle los escritos del testamento.

—Fue el último deseo de tu abuelo, no quisiera enfrentarme a él en el otro mundo—

No, no se enfrentará a él, más bien lo hará con el mismísimo diablo cuando deje este maldito mundo. ¿Quién osa creerse para rechazar la cantidad de dinero que le ofreció? Inclusive se beneficiaría a lo máximo con una parte de esa gran herencia, pero no, para él, lo escrito por un retrasado como su abuelo valía más que toda esa fortuna. Creyó que ese tipo de personas ya se habían extinto en el mundo, donde ahora todo giraba en torno al dinero y el poder, pero al parecer quedaban alguna excepciones, como su hermano menor y ese anciano, pero eran rarezas y dentro de poco terminarían desapareciendo también, las especies débiles siempre son eliminadas. Era la ley de vida.

Pero ahora, le tocaba pensar en otro plan. Se maldijo por no contar con la ayuda de nadie y con tener que llevar toda la carga él solo. Su papá se la pasaba de viajes con sus amigas prostitutas y viviendo la vida de todo un político barrigón y mañoso, sus hermanos se la pasaban en otro mundo con sus familias formadas y disfrutando de sus vidas de lujo, importándole solo que sus partes fuesen siempre cargadas en sus cuentas bancarias, su madre presumiendo con sus amigas sus lujosas joyas, sus ropas de marca y sus coches, viviendo del chismerío como si esa fuese el único sentido de sus vidas, su hermano menor… no era ni necesario hablar de él, un perdido en la vida, quién sabe si todavía estuviera vivo, mendigando por ahí, o si se había tomado el lujo de comprarse un apartamento para él, le daba igual, con tan solo de no meterse en sus planes, después de todo, de tan pequeña mente que tenía ni siquiera se daría cuenta de que le habían robado y como según a él no le importaba para nada el dinero, pues jamás le importaría nada. Claro que le dejaría una mínima parte para que se sustentara al menos. No sería tan hijo de puta.

Miró su móvil. Le resultaba raro que aun nadie se hubiese comunicado con él, tomando como ese nadie a Cristiano, sabía que lo haría tarde o temprano, si es que no se estuviese ya comunicando con su hermano y este no le comentase aun nada sobre lo que había ocurrido con su casa, pero si lo hubiese hecho, el ya tenía la respuesta en su boca, total fue él mismo quien decidió salir, nadie lo había obligado a nada.

Solo esperó, que Cristiano tampoco se entrometiese en sus planes.

Capitulo XII

“Pequeñas Diferencias”

Se había decepcionado algo por no encontrar todas las cosas que necesitaba, Chicharito le había compartido algunas cosas suyas amablemente (o quizás porque se trataba de Sergio) y le comentó que el mercado más cercano se encontraba a fueras de la ciudad y que necesitaría de un móvil para dirigirse hasta allá. No sabía nada de motos, solo se había subido una vez a uno de ellos y no era precisamente su fuerte, tampoco era muy propio de Chicharito, así que ambos se quedaron cortos. Prefirió almorzar y pasar parte de la tarde con el mexicano de nuevo (comenzó a pensar que todas las tardes se resumirían así) ayudándolo con las vajillas, la comida, y la atención a sus fieles clientes. Chicharito pensó en que Fernando llamaba bastante la atención, no solo por su vestimenta, ni por su cabellera rubia, también por su incuestionable belleza y sus dotes de buen mozo con su sonrisa que conquistaba a medio barrio, por lo que aceptó su ayuda sin preámbulos, le beneficiaba la cantidad de gente que había pasado por ahí desde su llegada el día anterior.

Ninguno estorbaba al otro y sin fijarse mucho habían forjado una relación especial. Chicharito era alguien muy amable, simpático y comprensivo. Fernando era solidario, honesto y amigable, compartían casi los mismos gustos y los mismos pensamientos, era el principio de una buena amistad.

La lluvia escampó, las hojas secas acaparaban las calles, el frio se hacía sentir en cada hogar, y las horas y minutos seguían pasando. La clientela había disminuido, su café comenzaba a enfriarse pero no le importaba mucho, prefería contemplar desde la vieja ventana la poca movilidad y el paisaje que le ofrecía esa parte del barrio. Sin darse cuenta la tarde otra vez se le pasó de las manos, y en esas pocas horas pudo por poco olvidar todas sus dudas, sus miedos, sus recuerdos que lo venían persiguiendo desde su llegada a ese lugar…Ahora todo parecía quedar poco a poco en el lugar de donde deberían de permanecer, el pasado.

—Hoy fue un día de mucho trabajo— Chicharito se acercó a Fernando y contempló con él a la escasa gente que pasaba en las calles.

—Si— fue lo único que respondió, sin molestarse en voltear hacia el mexicano, dejando que su mente se perdiera en algún lugar desconocido.

Hasta que una sola palabra logró sacarlo de su trance.

— ¿Crees que Sergio haya regresado? —

Entre abrió los ojos como de sorpresa y lo miró.

—Quizás si, y yo tengo una de sus llaves, será mejor que regrese antes de que se moleste— tomó su taza de café de un sorbo y luego se levantó para llevarla a la cocina, mientras Chicharito se pegaba una risa.

—Al contrario, pienso que te preocupas mas en verlo que otra cosa—

Escuchó un “pesado” en el fondo y volvió a reír.

Se despidió del mexicano, recogió las cosas que él le había obsequiado en una bolsa, tomo su sombrilla y luego salió dando un sonoro suspiro al sentir llegar el aire frio en su rostro. No sabía el porqué del apuro cuando tomó la noción del tiempo, pero no había visto a Sergio en lo que iba del día, y tenía que admitir que se preocupaba por su bienestar, solo quería que se encontrara bien este o no en su casa, porque sabía que en un barrio como ese.

“Uno nunca sabe si volverá a ver a la misma persona el día siguiente”

Era lo que había dicho Chicharito y por más de que le vinieran con lo de que Sergio era el Jefe, Líder lo que sea del lugar, no importaba, tenía la necesidad de ver que estaba bien.

—Pues que te digo, tienes tu casa mucho mas organizada que antes, dale mis felicitaciones a tu empleada— haciendo alarde de la palabra “empleada” con un tono de voz más elevado para que el castaño lo captara.

Sergio quien había ingresado primero volteó para atrás viéndolo con la expresión seria y sin ganas de ser simpático —Pues que te digo, que aquí yo no contrate a ninguna empleada— se empeño en decir cada palabra pausadamente para que el moreno lo captara mejor, luego volvió hacia el sofá tirando su chaqueta encima.

Navas sonrió de medio lado.

Sergio mientras tanto trató de buscar la presencia del rubio con la mirada pero no encontró nada, al parecer se había tomado la molestia de salir. Y sin darse cuenta se encontró pidiendo el deseo de que estuviese bien y de que al menos no haya ido tan lejos.

Se decidió a subir las escaleras y al hacerlo escuchó los pasos del moreno siguiéndolo por detrás, se extraño de su acción pues pensó que se quedaría un tiempo más en la sala, entonces se giró para encararlo.

— ¿Qué pasa Navas? ¿Tienes algo más que decirme? —

— ¿Y ese tono de voz? — Lo cuestiono enarcando una ceja —Te veo un poco más agresivo que otros días Sergio—lanzó una mirada seductora al castaño y acortó un poco más la distancia que los separaba. Sergio por su parte sonrió ante su acción.

— ¿A dónde quieres llegar? — preguntó, dejando que el moreno se aproximara.

—Solo hasta donde tú quieras— susurró contra sus labios.

— ¿Qué no era que no te gustaba que te utilizara de esta forma? —le siguió la corriente adueñándose de su cintura y atrayéndola más a su cuerpo.

—Haces demasiadas preguntas— finalmente se apoderó de sus labios fundiéndolos con los suyos. Navas sintió luego como el castaño lo tomaba de la nuca y profundizaba más el beso, convirtiéndolo en dientes, en lengua, en mucha saliva, en un compás desquiciante y exquisito.

Sintiendo como la otra mano libre se colaba por debajo de su remera y se deslizaba libremente por la curva de su espalda. La puerta de la habitación se encontraba a tan solo unos centímetros suyos por lo que el castaño decidió guiarse hasta allá sin dejar el beso de lado, estando de espaldas a la puerta liberó una de sus manos y la empujo tras sí, disponiéndose a continuar con la mejor parte dentro pero…

Un leve “Sergio” lo sacó de trance.

Se apartó del moreno rápidamente con la miraba algo desconcertante y respirando con cierta dificultad, Navas lo miró extrañado.

— ¿Pasó algo? — frunció el ceño.

—Nando…— dijo para sí mismo y se separó dejando a su acompañante a un lado para volver a bajar, cuando fue hasta las escaleras logró verlo y se detuvo a medio camino. Ahí en el centro de la sala, dejando una pequeña bolsa sobre el sofá al lado de su chaqueta y moviendo la cabeza levemente como tratando de encontrarlo. Sergio sonrió y le llamó la atención.

— ¿Me buscabas? — y he ahí contemplo su inocente mirada posarse en la suya.

—Me parecía que estabas por aquí por tu chaqueta— le devolvió la sonrisa — ¿Hace rato que ya has vuelto? —

Negó con la cabeza.

—Recién— fue lo único que respondió al sentir la presencia del otro bajarse de la escalera por un costado suyo.

—Hola Fernando— lo saludó sin ganas con la misma expresión a la que el rubio estaba acostumbrado a verlo.

El otro le respondió el saludo, viendo como pasaba a su lado con una expresión severamente molesta ¿Acaso había hecho algo malo? Pero recordó que Navas siempre fue así de cortante con él, así que no se preocupo por nada.

Sergio en cambio no articuló ninguna sola palabra al ver como el moreno tomaba su chaleco y salía sin siquiera haberse despedido, al menos agradeció que por esta vez no armara ningún escándalo, aunque conocía al moreno y sabia que cuando actuaba de esa forma es que estaba de lo mas

cabreado, cuando no, si acababan de interrumpir unas horas de placer, por eso era mejor no dirigirle palabra alguna que luego explotaba y se llevaba a Fernando y él consigo al infierno.

Se quedaron algún rato en silencio, Fernando parado con la mirada en el castaño y Sergio sentado en las escaleras viendo la puerta por donde se había retirado el moreno.

— ¿Interrumpí algo? — preguntó con cierta preocupación.

Sergio volvió a reaccionar y lo miró.

—No te preocupes, él siempre fue así, lo conoces—

Fernando bajó la mirada algo dudoso de la respuesta, Sergio lo notó y decidió bajar junto a él intentando relajar el ambiente, pues debía de admitir que después de cierta calentura que se le subió al estar con Navas se le hacía difícil volver a pisar tierra.

— ¿Dónde has ido? — dijo mientras se dirigía a la cocina a tomar algo.

—A la casa de Chícharo, quise comprar algunas cosas que vi que te hacían falta, pero me dijo que el súper más cercano se encontraba a fueras del barrio, así que tomé algunas cosas suyas prestadas — recogió la bolsa y fue juntó a él para mostrarle las mercancías que traía en ellas —No son muchas pero creo que bastan— las colocaba una a una en el mostrador de la cocina.

Sergio sonrió al ver que el rubio se había preocupado por esas pequeñeces, no era necesario cruzar la lluvia para esas cosas, pero al parecer sus ganas de querer ayudar eran muchas.

—No te preocupes, tu fijas un día y nos vamos de compras — se recostó por el lavadero mientras bebía un vaso de vino.

— ¿Tu y yo? — preguntó sorprendido.

— ¿Querías llevarte a alguien más? — enarcó una ceja.

—No, es solo que…—

Sergio rodó los ojos.

—Mira tampoco te lo tomes tan a la ligera— sintió como cierta calidez se le subía en las mejillas— Y no es que estaremos haciendo esto siempre juntos, no te malacostumbres, ya después te aprendes el camino y te vas caminando o le pides a alguien para que te lleve, eso antes de que te consigas una moto y te mantengas solo— procuró en todo momento evitar su mirada pues temía que viera algo raro (sonrojo) en su rostro.

—Está bien— respondió con cierta duda, a veces Sergio actuaba raro.

—Bien, me alegro que lo hayas entendido— volvió a beber.

— ¿Y te parece ahora? ¿Antes de que oscurezca? — preguntó.

— ¿Es tan urgente? — frunció el entrecejo.

—Bueno, no realmente, pero como dijiste que marcara una…—

—Ya, está bien— dejo el vaso vació a un lado y se encaminó a la sala para volver a su chaqueta, mientras Fernando lo mirada desde la cocina.

— ¿No vendrás? — volteó a verlo mientras se la colocaba.

—Si— respondió con calma y una sonrisa corta.

Salieron y fueron directo a la moto que se estacionaba en frente, Sergio le tendió el casco, Fernando la tomó pero no con ganas de querer ponérsela.

— ¿Es necesario? — la mantenía entre sus manos.

—Pues si no quieres romperte el cráneo, creo que si—

—Tú no te la pones, ¿tu si quieres romperte el cráneo? —

—Vuelve a hacerme una pregunta estúpida como esa y seré yo quien te la rompa— arrancó el motor y el rubio no se hizo esperar para echarse una risa.

—Si chocamos quiero asegurarme de morir, no quisiera permanecer en estado vegetativo— dejaba el casco atrás.

—Tu mejor cállate— ordenó y partieron de ahí, con la risa de Fernando acompañándolo por detrás.

Las hojas secas se despejaban violentamente del camino cuando la velocidad de la moto se pasaba entre ellas, el barrio seguían en silencio a pesar de que la lluvia había cesado. Levantó la vista y se fijó en el cielo gris que ahora empezaba a mostrar ciertos agujeros celestes, las nubes empezaban a dar lugar al verdadero color al que todos estaba acostumbrados, las aves despegaban el vuelo hacia su dirección tratando de perderse en las alturas, Fernando no podía dejar de mirarlas desde lo lejos, mientras Sergio mantenía su vista fija en su dirección sin querer iniciar alguna conversación, porque de alguna u otra forma ese silencio entre ambos le resultaba cómodo.

Se decía que era porque un ángel pasaba y les arrebataba las palabras.

Pero lo leyó alguna vez quien sabe dónde, pero también sonaba demasiado estúpido saliendo de sus propios pensamientos, así que prefirió no pensar más nada relacionado a ellos dos.

Fuera del barrio los pequeños rayos de sol de la tarde los perseguía en el camino dando cierta tibieza a sus cuerpos tras el viento fresco que se les había pegado en la piel durante el día. Pasando por diversas manzanas, casas, edificios, personas, giraron en una curva y se detuvieron en un semáforo en rojo. Sergio miraba desinteresadamente a los demás automóviles que se detuvieron a un costado suyo, Fernando en cambio pareció sobresaltarse al encontrar a su derecha un conocido restaurante, miró el semáforo, luego miró a Sergio y volvió al restaurante.

—Sergio ¿Podemos llegar ahí? Creo que es mejor que ir hasta el súper— le señalo el lugar.

El castaño se fijo en el lugar con cierta duda en su rostro.

— ¿Estás seguro? No me parece que tenga mucha variedad de lo que necesitamos—

—Vamos, te aseguro que si, al menos tendremos pan caliente para mañana—

— ¿Qué tiene de malo el pan de casa? — se volvió hacia él.

—Que tu horno no funciona y el de aquí sí, así que vamos—

Sergio inhaló cierto aire y luego lo volvió a expulsar con una expresión de fastidio, ese chico realmente resultaba ser pesado cuando quería.

Antes de que diera en verde, retrocedió un poco e ingresó al estacionamiento del restaurante…

Pero.

Espera.

¿En qué momento se había convertido en su chofer particular dejando que el decidiese donde parar? Se estaba dejando dominar por ese rubio y el otro se estaba tomando la confianza de mandarlo sin temor alguno, debía de hacer respetar su posición.

Quiso retroceder de nuevo la moto.

—Mira Nando a mi no…— pero al querer hacerlo el rubio lo aprovechó para bajar y dirigirse a la entrada, Sergio lo miro estupefacto.

El otro se detuvo frente a la puerta de vidrio.

— ¿No vendrás? — preguntó desde su posición.

Seguía mirándolo con la boca entre abierta — ¿En que momen…? ¿En qué momento tu?...ah! ya olvídalo! — bajó su rostro hastío y estaciono la moto en el mismo lugar de vuelta (en verdad que no se salió casi nada) y bajó para colocarse al lado de ella con las manos en los bolsillos.

— ¿Y después? — volvió a preguntar.

—Entra tú, yo te esperó aquí, pero que te apures ¿eh? Tampoco te esperaré toda la tarde— su voz había adoptado un tono brusco y pesado.

Fernando relajó los hombros y fue hasta él.

—Vamos solo será por un rato, quiero presentare a alguien—

—Dios— suspiró— no me digas que a tus amigos, porque si es así en verdad diré que no estás bien de la cabeza— se cruzó de brazos.

—No es eso, es solo que quiero que me acompañes hasta allá, mira, yo solo no podre escoger todas las cosas, después de todo tú sabrás mejor que yo que es lo que necesitas— insistió.

—No es que realmente necesite algo urgente, si me falta mando a que me la traigan y ya, además…— miró a las personas que iban llegando al lugar— no creo que sea bien recibido—

Fernando las miró también, eran familias de la superclase, del estatus social al que él solía pertenecer, todas con la misma singularidad, sin nada de especial. Luego miró al castaño y a la vestimenta que traía puesta.

—Te lo digo, anda ve—

—No tienen porque importarte, tú no les haces caso y listo— volvió a insistir.

—Que te parece, por mi se mueren todos, jamás me importaría lo que piensen esas garrapatas de mi— hablaba con cierto desprecio— más lo digo por ti— y sintió como su voz se debilitó en las últimas palabras— ¿Qué dirán tus amigos si me ven entrar contigo? Anda vete— le hizo una seña con el rostro para que ingresara.

Fernando se decepciono y Sergio rodó los ojos ¿porque ese chiquillo tenía que ser tan problemático? y lo más importante, ¿Por qué demonios siempre tenía que seguirle la corriente?

Bufó con cansancio— Esta bien—

—Gracias— y se adelantó para que lo siguiera, el otro lo hacía sin ganas maldiciendo en lo bajo.

El lugar ofrecía cierta calidez de un hogar de familia del siglo pasado, el color de un rosa viejo con detalles florares hacían de paredes con algunos colgantes de farol sobre ellas. Las mesas eran todas circulares con telas blancas encima junto con los centros de mesas hechos de lirios, claveles y orquídeas, las sillas, tenían gran moño formado por detrás como detalle, Sergio pensó en que estas tenían mejor aspecto que muchas señoras que se ubicaban sobre ellas. Los mozos no se pegaban un descanso, todos con el smoking blanco y un moño negro recorrían el salón ofreciendo su servicio a las familias ricachonas que ni el más minino interés de cortesía para con ellos tenían.

En el mostrador dos jóvenes conversaban amenamente mientras veían ingresar a las dos nuevas visitas. Uno de ellos se pasmó al ver a una figura conocida, el otro se extraño al ver a un completo desconocido y desubicado entrar al lugar como si nada. Sergio y Fernando se incorporaban al restaurante de lo más normales, uno con una sonrisa en los labios al reconocer a su amigo, el otro con la expresión de que quería asesinar a todos.

— ¡Iker! ¿Cómo estás? — saludó.

El hombre salió del mostrador para saludarlo mejor.

— ¡Fer! ¡Que ha sido de ti amigo! — Lo abrazó —No en serio— se separó— que te he estado marcando en el móvil y nunca atiendes ¿Qué? ¿Tan ocupado me andas ahora? — sonrió.

—No te creas— compartió la risa— es que tuve algunos inconvenientes en casa, y bueno, decidí dejarlo de lado por un tiempo, tengo pensado comprar otro y cambiar de numero— se inventó cualquier excusa, por nada del mundo le contaría la verdadera razón y su verdadera historia, por mas amigo que fuese Iker, sabía que nunca lo comprendería.

—Bien, como que ya estabas medio desactualizado tío, que no has visto la nueva preciosa que salió hace un mes de la compañía Samsung, te queda más que bien— hablaba con entusiasmo como si del vendedor se tratase.

Genial, pensó Sergio, ahora se pondrían a hablar de móviles de lujo y de sus nuevas tecnologías ¿Que no se daban cuenta de que todas esas chatarras eran lo mismo? Daba igual si le venían con la nueva Asha, S17, C400, Citroën9 y mierdas más, todas tenían solo una o dos aplicaciones más de diferencia, o la pantallita más fina frágil y quebradiza. Todas con funciones múltiples, la gente ahora ya no la utilizaba para lo que alguna vez fue su verdadera función, comunicar, si no para ver juegos, videos, novedades del mundo, creerse mejores que otros leyendo información en ellas, convirtiéndola en un hilo de esperanza, una manera de no pensar que se está solo, un modo de demostrarles a todos la propia importancia. Vanidad.

Vanidad de vanidades, no hay nada nuevo bajo el sol.

Y cuánta razón tenía el hijo de David.

Trató de adaptarse, pero era consciente de que jamás lo lograría. Empezaba a sentir la mirada de la gente sobre si, todos con el mismo dedo acusador y ganas de juzgar en sus miradas, miradas de

rareza, de miedo, de repulsión, de pasmo al ver algo fuera de lugar, de ver algo diferente a lo que ellos llamaban común. Y no sabían que ellos mismos se ofendían al llamarse comunes a sí mismos, que todos eran la misma mierda.

Menos Nando, a él lo excluía de esos bastardos con el alma podrida.

Y no entendía el porqué del sobresalto ¿Acaso nunca vieron a alguien de melena larga con dos ojos, dos piernas, dos brazos, dos orejas, una nariz y una boca? Se cuestiono en mirarse en un espejo a ver si no se le salió un tercer ojo en la frente o algo parecido ¿Qué su vestimenta no encajaba? Musculosa blanca, chaqueta de jeans sin mangas, un jeans del mismo color con un cinturón marrón, las botas del mismo color ¿Qué estaban viejas y dañadas? ¿O que la chaqueta y el Jeans estaban arañadas y desfachatadas? Pues la sentía mucho más cómoda que esos smokings y esas corbatas que asfixiaban el cuello que solo se usaban para aparentar poder y caballerosidad, pues apostaba a que el poseía más poder en aquel entonces si habláramos del verdadero poder del hombre y no de unos cuantos papelitos demás ¿y caballerosidad? ¿Cuántas amantes habrán de tener esos viejos gordos? Ni que decir de las putas que se creían damas.

Murmullos por aquí, murmullos por allá ¿Quién lo habrá dejado entrar? Es una falta de respeto. ¿Ya vieron su ropa? ¿Qué diseñador lo habrá engañado? ¿Conocerá este hombre un corte de cabello? ¿Será un guardaespaldas? Pues que mal gusto tiene su dueño.

Solo trataba de relajarse, inhalar y expirar, y dejar que los pensamientos en los que se animaba a matar de balazos a todos solo fuera un pensamiento.

¡Pero joder hasta cuando hablaría ese chiquillo!

—Y veo que no has llegado solo— dijo finalmente Iker al ver a Sergio detrás de su amigo con la misma expresión que todos en aquel salón.

—Eh, si, es mi amigo—

Y válgame la redundancia este con su colección de amigos pensó el castaño.

—Es Sergio— lo miró con desdén — y Sergio él es Iker— les presentó.

El otro hombre como todo niño criado en la peste de la Superclase lo hojeó con la vista primero antes de pasar su mano con cierta duda para saludarlo, el castaño le respondió el saludo pero con un fuerte apretón que casi rompieron los huesos de las comisuras de los dedos del tal Iker, pero bueno, no era su culpa que saludara como señorita. El otro fricciono los labios al soltarlo y juró que si no hubiese personas alrededor se la sacudiría al instante tras la presión.

—Bien Fer— pausó y miró con enojo al castaño tras su acción, el otro en cambio sonreía para sí altaneramente—no sabía yo, que ahora te hacías amigos de este tipo— otra vez la tensión volvió al lugar.

— ¡Iker! — Le llamó la atención— Es una buena persona, por algo lo tengo a mi lado ¿Tiene algo de malo?—

—No, yo solo decía— volvió a lanzar un mirada de disgusto al castaño, este por su parte ya se estaba hastiando, no era bien recibido en aquel lugar, y no estaba obligado a permanecer en un lugar donde era rechazado, ni que mucho, ya estaba acostumbrado a serlo.

—Nando creo que ya es hora de marcharnos— habló con un tono autoritario.

El chico lo miró y comprendió la situación.

—Si tienes razón— asintió— Iker nosotros nos vamos, fue un placer verte de nuevo—

— ¿Tan rápido Fer? Pero que apenas has llegado tío, ven anda, sírvete algo al menos que va para mi cuenta— le ofreció.

—Pero no, es que…— miró de vuelta al castaño.

El otro bufó.

—Si tu quieres puedes hacerlo yo te espero afuera— se dirigió cortante y giró para salir pero no se esperaba chocar con una señora a la que casi tira al suelo si es que no se encargaba de sostenerla él de vuelta.

— ¡Pero cómo se atreve! — se soltó del agarre.

—Lo siento — trato de disimular su rabia el ver la actitud despreciativa de esa vieja chota.

— ¡Quien manda a traer gorilas a este restaurante! Pensé yo que tenían más clases por aquí ¿No ves que por poco me matas al tratar de ayudarme con esos murallones que tienes de brazos? —

—Ya le ofrecí mis disculpas ¿Contenta? — se guardaba las ganas de volver a empujarla, pero esta vez por la ventana, así tal vez el vidrio le degollase sus cuerdas vocales.

—Que voy a aceptar las disculpas de una basura como usted, grosero, incompetente— lo miró como si de un insecto se tratase y lo esquivó tratando de llegar a su mesa, pero no sin antes sentir el agarre del castaño en su vestidura.

—Mire Señora, no quise ser descortés con tu usted, pero no me deja otra alternativa— aumentaba la presión de su agarre y la señora lo miraba con pavor al igual que Fernando e Iker , y los mozos que querían intervenir pero al ver la fuerza del castaño temían por ser humillados por el hombre— Ya le he pedido disculpas, ahora si las quiere aceptar o no, me importa una reverenda mierda, y si deseaba matarla no era necesario hacerlo con ambos brazos que sepa que aquí yo puedo cobrarme su alma con tan solo un dedo ¡¿Me oyó?! — le gritó de cerca mientras sus ojos se clavaban en los de ella y casi la dejaban sin respiración.

La gente miraba estupefacta la escena, pero pronto el castaño soltó a la señora con delicadeza y le ofreció el paso para que continuara, luego abrió la puerta y se retiró.

Fernando reacciono, y sin siquiera despedirse de su amigo salió tras el castaño.

Su amigo en cambio no tenia palabra ni expresión alguna para explicar lo que había sucedido al igual que la señora y los mozos quienes se habían quedado con cara de haber visto pasar un fantasma, luego de un largo silencio la señora comenzó a llorar.

Salió sin prisa y sin preocupación, nadie saldría a encararlo por razones obvias, nadie tenía las agallas y el coraje necesario para hacerlo, claro, con esos cuerpos hechos a bases de dietas, y de pinchazos en los músculos, no podían ni matar a algún mosquito. Él en cambio podía acabar con todos con tan solo el movimiento de sus dedos, pero no sería tan idiota como para hacer una matanza colectiva en aquel lugar.

Solo claro, una, era la persona con más agalla y coraje en el mundo para venir tras él.

—Sergio— lo seguía detrás.

El otro cambio no le dirigió palabra alguna, con un semblante tranquilo y severo a la vez se subió de vuelta a la moto.

—Sergio— se acercó delante de él— Yo lo siento, no sabía que esto ocurriría, por favor disculp…—

—Ya déjate de ñoñerías y súbete de una vez— habló sin preámbulos sin ganas siquiera de querer mirarlo.

El otro asintió y subió sin pronunciar palabra, sintió como la paciencia de Sergio se estaba agotando y sabía que él era una de la principal razón de eso, mantuvo el rostro cabizbajo y otra vez la culpa se le vino encima, otra vez había hecho las cosas mal. El castaño por su parte ajeno a los pensamientos del rubio arrancó la moto y así partieron velozmente del lugar, yendo a una velocidad tremenda en el transito, pasándose los semáforos en rojo y siendo bocinado por muchos automóviles al adelantársele a ellos. Fernando no podía más que clamar por dentro para que el castaño se tranquilizara y le bajase más la velocidad que si continuaban así, su próxima parada seria en un hospital, sabía que estaba de lo más cabreado y sabia que todo eso no era su culpa sino la suya.

La presión del aire se hacía más fuerte, y temía porque en cualquier momento un leve desvío lo mandase en el fondo de la carretera, por eso se arriesgó y abrazó al castaño por detrás para mantener su equilibrio.

No supo cual habrá sido su expresión.

Y creyó no saberla nunca.

Lo único que sintió fue como la velocidad disminuía a cada cuadra.

Sonrió para sí, al menos había servido para algo.

Pero no por nada el castaño le bajaba el cambio al tratar de acercarse a un edificio de gran escala que se alzaba frente a ellos, Fernando lo miró con extrañeza parecía uno de esos bancos que estaban siendo remodelados, en aquel momento sin embargo podía percibir que no se encontraba ningún trabajador dentro o alrededor, se preguntó si Sergio tendría una cita o algo parecido en ese lugar, pero no quiso preguntar nada, solo recibiría regaños de seguro.

Estacionó dentro del lugar, en el aparcado de motos en el subsuelo, bajó y esperó a que el rubio hiciera lo mismo, al hacerlo se dirigió a un ascensor que se ubicaba en el centro mismo, Fernando lo siguió sin nada más, sin cuestionar absolutamente nada. Presionó el botón y no esperaron más de cinco segundos a que las puertas se abrieran, ambos ingresaron en silencio y el castaño volvió a presionar el botón de cierre y luego el del numero 30. Fernando se fijo. Irían hasta el último piso del edificio, en donde supuso no habría nada además de quien sabe cuántos metros de altura sobre el suelo. Decidió no especular nada, Sergio sabía lo que hacía.

El otro en cambio lo miró disimuladamente, viendo su tranquilidad, su expresión sin alguna preocupación, sin tintes de dudas. Volvió a mirar al frente.

—Pareces muy tranquilo— rompió el cómodo silencio— Siguiéndome sin articular ni siquiera una palabra, dime ¿Y si te dijera que te llevó a esa instancia para lanzarte al vacio? ¿Me seguirías igual? —

Fernando lo miró.

—Lo haría, confió en ti—

Los ojos de Sergio se abrieron de par en par, Fernando le sonrió tímidamente y se volvió al frente.

La seguridad, la tenacidad y la honestidad con que había pronunciado esas palabras asombraron a Sergio, era la primera vez de hacía mucho tiempo que alguien ponía su plena confianza en él conociendo su forma de vida y su persona. Así por un momento creyó sentir una especie de culpa.

Pero fue breve, pues pronto las puertas se abrieron de vuelta, dejando ver nada más que un cielo entre naranja y amarillo con la calidez del sol en el ocaso del cielo. Primero salió el castaño y Fernando lo siguió dejándose llevar por la belleza del tono nostálgico que le ofrecía las alturas, los leves rayos del sol los iluminaba con tibieza y delicadeza.

El rubio esperó algo de su acompañante que se encontraba a espaldas frente a él, pero solo vio como continuaba su camino hacia al borde del lugar, hacia la nada, Fernando tuvo un fuerte impulso de querer ir tras él ¡Que no se daba cuenta que ni siquiera existía una barandilla, rejas o muros en aquel lugar para asomarse! ¡Era solo una superficie plana! Cualquier paso en falso te llevaba a la muerte, pero el castaño seguía y seguía con suma tranquilidad y con las manos en los bolsillos sin alteración alguna. Se paró en el borde mismo y Fernando no podía evitar las ganas de querer gritar.

Se aproximo a él unos cuantos pasos, esperando.

—Sergio— lo llamó bajo.

El otro en cambio permanecía en silencio con su vista al paisaje.

—Sergio — lo volvió a llamar esta vez acercándose más.

El castaño no respondió, al contrario flexiono su brazo para sostenerse en el suelo y de esa forma bajar el cuerpo.

El rubio se detuvo y cerró los ojos de golpe temiendo lo peor.

Capitulo XIII

“A tres metros sobre el Cielo”

— ¿Te quedaras parado toda la tarde? Vamos que creo que no tienes un buen panorama del lugar ahí—

Estaba sentado en el borde, sus rodillas flexionadas sobre quien sabe cuántos kilómetros de altura, sus ojos mostraban diversión en vez de pánico y le incitaban a que lo acompañara a esa locura. Fernando lo dudo y mucho, nunca fue un fanático de esos llamados deportes extremos, no sabía si este formaba parte de uno de ellos pero le resultaba similar, pero por otro lado estaba Sergio quien hacia palmaditas a un costado para que se ubicara a su lado, decidió seguir, dio unos cuantos pasos sin perder la mirada del gran panorama de la ciudad, cada vez más cerca de la superficie, a cada paso los edificios se le encogían más, y fue consciente entonces de que estaba sobre una de las torres más altas de la ciudad.

—Cuando llegues aquí, y vaya que caminas una eternidad— rió— no mires debajo, solo mantén la vista al frente y siéntate como lo harías en cualquier mural o suelo—

La brisa del viento le movía algunas mechas de cabello quienes se encargaban de acariciarle las mejillas, las orejas y parte del cuello, llegó detrás de Sergio e hizo lo que el castaño mandó, por ningún motivo bajó la vista, sabía que al hacer eso el pánico le invadiría y el cerebro mandaría la señal de alerta haciendo que su cuerpo se tensase y de esa forma se desequilibrase sintiendo los llamados mareos. Cerró los ojos, dejando que solo la brisa fuese el único sonido que llegase a sus oídos, relajó los músculos, inhaló una pequeña cantidad de aire y la expulsó en silencio, abrió los ojos y se deleito con el paisaje más bello que jamás imagino ver.

La gran ciudad se mostraba pequeña ante sus ojos, los edificios, la gran carretera, las pequeñas avenidas, los autos, la costanera que se ubicaba a un costado con el que iniciaba las orillas del mar y se perdían en lo más allá donde la vista ya no alcanzaba, y las montañas lejanas que se alzaban como murallas por detrás de la ciudad.

El cielo, dorado y naranja y el sol despidiéndose.

En ese momento se sentía como un Dios, un Dios que observaba todo desde las alturas y de quienes los simples mortales no eran consientes de su presencia, él estaba sobre todos ellos, sobre toda esa ciudad y sintió como la brisa le llegaba más potente a los oídos susurrándole que él era el dueño de todo aquello y que formaba parte de lo divino y no pudo contener una sonrisa.

Porque al ser humano le fue dado el mundo, forma parte del mundo y es por excelencia el dueño del mundo.

— ¿Hermoso no? — Inquirió Sergio mientras alzaba su vista para mirarlo —Vamos siéntate— le indicó.

Fernando lo miró y siguió las indicaciones que le había dado, despacio, sin apresurarse se agachó y flexiono un brazo para atrás para mandar las piernas hacia el frente y flexionar las rodillas al completo vacio, dejando lanzar un suspiro al hacerlo.

— ¿Ves? No es nada de otro mundo, solo que tú te complicas demasiado—

—No lo es para ti porque de seguro ya estas acostumbrado a venir por aquí, es la primera vez que hago esto en mi vida—

—Mmm… solo han sido una tres o cuatro veces, pero es la primera vez que traigo compañía—

— ¿Por qué? — lo miró.

—No sé, me gusta reflexionar aquí con esta vista, mirando esta inmensidad y viendo a toda esa conglomeración de gente me relaja y me hace olvidar por algún momento quien soy, aquí soy solo un ser humano más, aquí me olvido del pasado y solo disfruto el instante del momento—

Fernando lo miró con ternura, y una sonrisa corta y disimulada nació en sus labios.

—Y quisiste compartir esto conmigo, gracias—

Sergio mantenía la vista al frente con el viento meciendo sus hilos de cabello, al escuchar al rubio bajó la mirada y sonrió para sí.

—Creí que también lo necesitabas—

Hubo un rato de silencio mientras ambos perdían sus miradas en las montañas, en el mar bañado en oro y en los cálidos y transparentes rayos de sol, hasta que él rubio decidió romperlo.

—Veo que ya no estás molesto— volvió a encararlo— no fue mi intención hacerte pasar por eso, lo siento—

Sergio suspiró.

—No tienes porque hacerlo, no tienes la culpa de que “esos” sean así de podridos, además no malgastaré mis energías por una estupidez como la fue esa—

Fernando asintió, algo apenado.

—No entiendo que ganan con ser de esa forma, el de creerse superiores digo— volvió al frente— siempre he detestado esa vida—

— ¿Qué vida? —

—La mundana, en el que las personas ocultan detrás de sus sonrisas la tristeza de sus almas. Ellas son tan dependientes de la fama y del poder tanto como los otros son de los vicios de las drogas, no hay diferencia alguna y son muchos más infelices a las personas que solo aspiran a una casa, un jardín, un plato de comida en la mesa y una chimenea encendida en invierno. No son consientes de sus limitaciones, no saben que la vida es corta y el porqué deben seguir adelante —

Sergio lo escuchaba en silencio.

—Siempre he sido alguien de gustos simples, aunque mi familia siempre protestase por mi forma de vestir, pero ¿Por qué comprar una remera por encima del precio razonable si la etiqueta va escondida detrás del cuello? ¿Qué ventaja tiene recurrir a un restaurante de moda si en ellos no se dice nada importante? Todos aparentan ser cultos, todos ricos, todos absolutamente encantadores, y todos preguntándose al final del día ¿No será el momento de parar? Y todos se responden a sí mismos, si lo hago mi vida perderá sentido—

—Como si en verdad supieran el verdadero sentido de la vida—

Otra vez, el silencio hizo gala de aparecer, con ambos mirando la infinidad del horizonte.

—Opinas lo mismo que yo— habló finalmente el castaño.

Fernando cruzó su mirada con la de él.

—Quizás por eso nos llevemos bien— respondió el rubio, haciendo que Sergio le dedicase otra sonrisa.

—Me siento aquí y veo a la cantidad de personas pasar debajo de mí siendo inconscientes de que alguien vigila sus pasos y sus movimientos desde esta altura y veo que la gente de aquí pasa corriendo, todas apuradas, todos bocinando en los coches, y me pregunto ¿Qué habrá de ser tan urgente? Pueden correr pero nunca podrán huir de las dos presencias más grandes de la vida de cualquier ser humano, Dios y la muerte—

Fernando lo miró algo asombrado al escuchar la palabra Dios salir de sus labios.

—Dios acompaña el paso de todos ellos, al igual que lo estoy haciendo yo ahora ¿Y la muerte? Pasan todos los días cerca de los cementerios o de ambulancias y ni se percatan de ello—

Fernando pensó unos segundos lo que iría a decir.

— ¿Crees en Dios? — le preguntó con suma inocencia, a lo que Sergio se hecho una risa silenciosa—

—Pues que creo en alguien superior quillo pues lo creo, allá a saber si es Dios, Buda, Zeus u otras cosas, le dejo eso a las creencias de cada uno— se inclinaba para reposar sus codos en sus rodillas— Que lo crea no tiene nada que ver con mi forma de vida, si Dios existe, pues sabría de antemano que esta sería mi vida, no se decepcionaría para nada, el ya era consciente de esto desde antes que naciera—

Fernando sonrió.

—Si es así, entonces le agradezco por darme esta segunda oportunidad de vivir otra vez— respondía el rubio, Sergio lo miró divertido— y por no dejarme lavar el cerebro por esta sociedad de quinta— miró al cielo.

—Recuerda que esa sociedad de quinta es tu familia—

Vio como el rubio negaba con la cabeza y colocó una expresión de interrogante.

—No son mi familia—

Sergio se extraño.

— ¿De qué me hablas quillo? Si siempre te diriges a ellos como tu familia—

—Lo son en palabras, soy adoptado— respondió sin mirarlo.

Sergio abrió los ojos de par en par, estupefacto.

—Anda, y pensé que ya lo sabía todo de ti— colocó una mueca de asombro.

—Bueno— lo miro esta vez— podríamos decir que ahora si ya lo sabes todo—

— ¿Y cómo es eso de que eres adoptado? Ósea ¿de qué edad? ¿Cómo fue? ¿Y tu otra familia? —

Fernando suspiró tratando de organizar todas las respuestas en su mente.

—Mi abuelo— habló —Fue él quien, me encontró—

Mientras los autos iban a toda la velocidad sobre la carretera, mientras los pájaros alzaban su vuelo al ocaso y el viento le meciera sus cabellos, el mundo de Fernando daba vueltas, Abuelo, Le buscó en su mente, por un momento en el oasis de su memoria, Fernando se reunió con él. Tenía ocho años de edad, la lluvia se estrellaba contra su cuerpo, el cielo madrileño se alzaba sobre su cabeza.

Muy pocos niños podían decir que recordaban el día en que conocieron a su familia, pero Fernando era uno de ellos. Tenía 8 años de edad, vivía en un Orfanato en el centro de Madrid. Según de lo poco que sabía de su padres era que lo abandonaron en uno de los rincones de la calles de la ciudad a la corta edad de un año. Aquel día llovía incesantemente, las hermanas lo habían llamado para que fuera a cenar con los demás, pero como siempre, Fernando fingió no oírlas. Tumbado en el patio mirando las gotas de lluvia, las hermanas lo llamaron de vuelta pero no hizo caso alguno.

No las oigo, pensó el niño.

Estaba empapado hasta los huesos cuando un señor salió a su alcance. No lo conocía, debía de ser uno de esos que venían a inspeccionar el lugar, controlando de que todo vaya en orden, Fernando imaginó que lo regañaría y lo mandaría a meter dentro, pues tenía una cara de gruñón, pero no fue así, el señor llegó y se tumbo a su lado empapando también toda su ropa.

—Dicen que te encanta dibujar— le dijo el señor.

— ¿Está mal que me guste? —

El señor rió.

—Supongo que no—

— ¿Qué hace usted aquí? —

—Me echaron de allí dentro —

El niño lo miró con una incógnita.

— ¿Habla en serio? —

El señor asintió —No quieren que dibuje. —

—A mí tampoco me dejan— infló los cachetes— Me quieren poner un horario para hacerlo, pero yo no quiero un horario, además no quiero ir a misa con ellos, quiero quedarme a dibujar —

—Oye pero también tienes que ir a misa, es importante, luego podrás dibujar todo lo que quieras—

—No me gusta, es aburrida, además Dios quiere que yo pinte, por eso me dio este don ¿no cree?—

El señor lo miró sorprendido.

—Claro y es un don muy especial, como el que lo tuvo Picasso y Miguel Ángel—

— ¿Quienes son Picasso y Miguel Ángel? — preguntó inocente.

El Señor lo miró estupefacto.

— ¿No conoces a Picasso y Miguel Ángel?

—No—

El señor se encogió de hombros con cierta tristeza.

—Lástima, eran unos grandes pintores, sus obras eran de los más hermosas—

— ¡Yo quiero conocerlos! ¡Dime como son sus obras! —

El señor le giño un ojo.

—Te lo diré en la cena—

El Señor era Benjamín Torres, era uno de los socios fundadores de aquel orfanato, como poseía muchas acciones en sus diferentes empresas decidió fundar algunas organizaciones no gubernamentales como ayuda social, ese orfanato era uno de ellos. Benjamín y Fernando se hicieron grandes amigos, el lo tomó bajo su protección, le había enseñado los distintos tipos de colores, las distintas formas de dibujo y pintura, y las grandes artes creadas por Miguel Ángel. La inteligencia y la curiosidad de Fernando lo convirtieron en un gran estudiante, Benjamín lo cuido como a un pequeño nieto

Fernando también era feliz, nunca había conocido la dicha de tener un familiar tan cercano, Fernando siempre rezaba para que Benjamín estuviera siempre con él. Después, un día, su peor pesadilla se convirtió en realidad. Benjamín le dijo que iría a un largo viaje.

—Me han llamado desde Suiza por un tema de negocios—

Fernando se quedó desolado, pero Benjamín le trajo otras buenas noticias, le dijo a Fernando que había hablado con los superiores y le habían dado el permiso de adoptarlo.

— ¿Te gustaría que te adoptara? — le preguntó Benjamín.

— ¿Qué es adoptar? — preguntó Fernando.

Benjamín se lo dijo.

Fernando lo abrazo durante varios minutos, con inmensa felicidad.

— ¡Si, si quiero! —

Benjamín le dijo que debía de estar ausente por unos meses, por eso lo dejaría con la que sería su nueva familia a parte de él, vivían en el centro de Madrid en una gran casona, tendría de ahora en adelante un papá, una mamá y hermanos. Fernando no podía ocultar su alegría, ¡por fin tendría una familia! Ya no tendría que esperar como todos los demás niños a que alguien viniera desde las afueras y se los llevara para una nueva vida.

Su nueva familia lo recibió con entusiasmo.

Con el tiempo pensó, en que solo lo hacían cuando su abuelo estaba junto a él.

Y que realmente nunca lo quisieron.

La voz de Sergio lo sobresaltó. Fernando reaccionó, su abuelo ya no estaba.

— ¿Estás bien? — preguntó.

Fernando asintió —Lo siento, es que me quede pensando—

—Te has quedado en silencio por un largo rato después de contarme lo de tu abuelo, no quería hacerte sentir mal al recordártelo—

El rubio negó con la cabeza.

—No te preocupes, no es nada, ya pasó, además no me hace sentir mal, al contrario me siento feliz al hacerlo—

—Es algo… bueno, es algo muy noble lo de tu abuelo, ahora entiendo mejor las razones del porque te llevabas tan mal con tu familia y el porqué lo amabas tanto—

—Sí, fue una gran persona— sonrió— siempre fue atento conmigo, me decía que aunque no fuera su nieto biológico, me quería como si fuera uno de ellos, decía que era alguien muy especial—

Sergio balanceo la cabeza de un lado a otro, divertido.

—Lo de especial te lo voy a deber—

Fernando rió.

— ¡Hey! —

Sergio compartió su risa.

—Era broma quillo, pero realmente eres alguien, no sé, diferente a muchas de las que he conocido, y vaya que son muchas—

Fernando reflexiono unos segundos.

—Te he hablado mucho de mí y de mi vida, pero no sé absolutamente nada de ti Sergio, ¿Quién eres? — lo miró con ternura y vio como la expresión del castaño se relajaba y friccionaba los labios.

— ¿Mi historia? — Sonrió cabizbajo— No es nada interesante, además no me gusta mucho hablar de ella, nací en ese barrio, me críe ahí y el resto de la historia ya la puedes ir armando tu. Soy simplemente Sergio Ramos un vándalo que busca sobrevivir en este mundo, al igual que todos—

El rubio lo miró con duda.

—Pero veo muchos Sergios en ti— habló divertido.

— ¿Y cuál de todos te gusta más? — le siguió.

—Todos—

Las nubes doradas acompañaban al sol en su puesta, las bocinas de los autos cada vez se escuchaban menos, las montañas reflejaban oro en sus bordes, la brisa relajaba el ambiente.

Por un momento Sergio sintió que se le congelaron los sentidos.

—Gracias —pronunció y devuelta sintió aquella calidez subir hasta sus mejillas.

Fernando vio aquella expresión entre apenada y tímida del castaño, no pudo evitar reprimir una sonrisa para sí. ¿Ese sería el verdadero Sergio? ¿Aquel que todos llamaban la maldad absoluta? Pero quizás estuviesen equivocados, lo que ellos no sabían y Fernando sí, es que la Maldad absoluta tiene un corazón de niño, sin ninguna responsabilidad respecto a sus actos, siempre convencido de que tiene la razón. Y que cuando no consigue lo que quiere no duda en usar todas sus artimañas para satisfacer su deseo. Trata de entender el porqué un joven se transforma en demonio, quizás porque siempre haya albergado la venganza y el rencor en su corazón de niño, a pesar de crecer y de superar sus traumas. Porque es alguien que no sabe desistir, ya que ha sido capaz de sobrevivir a los peores tormentos por lo que era capaz de caminar sin mirar nunca atrás, con ciertas palabras en su corazón. “Un día van a ver de lo que soy capaz”.

Fernando no necesito conocerlo mucho, no necesito saber de su infancia, tampoco necesito años ni muchas palabras, simplemente se dejó contemplar por los ojos del castaño, porque Sergio lo conducía a otro ámbito, le instaba a no pensar, a no reflexionar acerca de su entorno, y limitarse a ser. Fernando se entregó a la vida de Sergio, contempló sus ojos, vio quien era y le gustó.

Escuchó un suspiro salir de la boca contraria.

—A ver— Sergio volvió a tratar de animar el ambiente después de su incómoda situación — Quien fue el que te habló malas lenguas de mi ¿Guaje? — Rió— o mejor dicho quien empeoró mi situación—

El rubio lo miró animado.

—No, fue Chicharito, supongo que se te habrá quemado las orejas ese día —

—Otro— respondió rodando sus ojos a un costado— Esos dos son como nuestras chismosas del barrio, ven todo y lo saben todo, pero Guaje es peor—

— ¿Hablas de David? Pero si lo veo muy simpático—

—Mmm…— enarcó ambas cejas—nadie le quita lo mono de circo pero en verdad que ese tipo es un personaje, ¡Ah! Y tampoco te confíes tanto ¿eh? Con que te digo que ese tipo tiene la mente mas desequilibrada que Navas y yo juntos, ya te digo todo—

Fernando rió divertido.

— ¿Mono de circo? —

— ¡Um! —exclamó como recordando algo— La vez pasada necesitaba de un telescopio, ni recuerdo bien para que mierda era, lo que sí es que se lo pedí al Mago como de costumbre, pero en eso se me aparece Guaje y me dice que el tenia uno, entonces lo mandé a que me lo trajera, el pobre me trajo uno de la basura, como si yo no fuera a percibirlo y me dijo que solo tendría que colocarle algunos tornillos de más y en eso…— rió no aguantándose la ganas, haciendo que el rubio compartiera su risa también, solo por el hecho de verlo reír.

— ¡Anda continua! No me lo dejes a medio camino— expresó alegre.

—No, y que en eso se le desarma toda la baratija esa en su manos— estalló en risa— Navas le dio un buen zape en la cabeza después de eso por querer engañarnos y el tonto siguió con querer arreglarla juntando las piezas que se le quedaron en el piso—

Fernando se imagino al pobre de David recogiendo una a una las pequeñas piezas con Navas y Sergio encima regañándole, no pudo con sus ganas y rió hasta más no poder, haciendo que la risas de ambos inundaran el lugar.

Sergio lo miró divertido, clavando sus ojos castaños sobre los de él, se fijó en algunos mechones rebeldes que caían desordenados por la frente del rubio, quien en ese momento tenía los ojos más iluminados de lo normal debido al débil rayo de sol que se colaba entre sus pestañas haciendo que un color dorado bordeara sus corneas, su rostro resplandecía más por el color añejo y nostálgico de la tarde.

Fernando no fue consciente de cuánto tiempo pasaron así, en silencio, observándose, con una sensación cómoda, con las ganas internas de reírse, con el ruido de la ciudad desapareciendo a su alrededor tal como lo hacia el sol entre sus dos siluetas.

Sergio levantó el brazo y la llevó hasta los mechones rubios que se esparcían en su frente acomodándolos a un costado, Fernando sintió el contacto de sus cálidos dedos y se estremeció por dentro. Dejó sin embargo que sus yemas se deslizaran por las mejillas contrarias uniendo un camino con sus pecas haciendo con ellas como un dibujo que se sabía de memoria.

Ese camino de pecas lo llevó hasta la comisura de sus labios. Sergio detuvo su dedo índice sobre aquel color rosa pálido por unos segundos, unos minutos, luego dejó que su pulgar se deslizase delicadamente sobre esa pequeña boca. Fernando sentía como el aire se le escapaba, como sus sentidos se paralizaban, y como su interior se encogía, esperando, deseando a que el castaño acortara esa mínima distancia que los separaba.

El silencio acompañaba el encanto de ese atardecer.

Pero Sergio finalmente quitó sus dedos con sutileza, dejando al fantasma de su tacto sobre Fernando mucho después de que lo hubiere retirado.

—Creo que ya es hora de irnos— hablo casi como en un susurro, evitando la mirada del rubio. Fernando asintió en silencio, mientras veía como el castaño se paraba a un lado suyo y le tendía la mano. La agarró y se levantó.

—Vamos— y el castaño se soltó del agarre. Fernando lo siguió, ocultando su sonrisa tras la espalda de Sergio.

Ninguno de los dos dijo nada, porque no era necesario hablar de nada, los sentimientos tenían su propia voz y hablan por sí mismos, esa tarde el silencio hizo que sus corazones se acercasen más y se conociesen mejor.

Bajaron con el ascensor llegando de nuevo al estacionamiento y subiendo de vuelta a la moto, Fernando tomo el casco y la coloco por detrás de la moto.

—Que serás testarudo— decía el castaño mientras veía la acción del rubio.

—Bueno, estando contigo algo se me debía de pegar ¿No? — rió.

—Sí, sí, vamos a ver si esa sonrisa dura mucho— arrancó de golpe y volcó la máxima velocidad para partir de ahí, haciendo que al rubio casi se le saliera el corazón de un tiro. El viento esparcía sus cabellos al aire desordenándolos y meciéndolos con brusquedad, mientras la presión hacia que sus ropas se encogieran sobre ellos.

— ¿Y bien? ¿Dónde quedo la risa? — sonrió volviendo la cara hacia Fernando.

—La guardare para tu funeral—

—No sabía que los muertos reían, pero por cualquier precaución mandaré tu cajón lejos del mío—

Y entre risas y bromas llegaron ya cuando la luna y las estrellas aparecían sobre el cielo azulado, Sergio estacionó esperando a que el rubio bajara primero, al hacerlo le entregó una de las llaves, Fernando lo miró extrañado.

—Iré a resolver un asunto por un rato, volveré enseguida—

—Está bien, espero— le sonrió.

El castaño hizo lo mismo— Cuídate— susurró y partió.

—Lo haré— dijo en lo bajo, ya cuando el castaño se le perdía de vista.

Luego miró las llaves y se encaminó a la puerta.

Capitulo XIV

“Cuando me enamoro”

No era un asunto urgente que resolver, no, para nada, se trataba de convencer a sí mismo y es que fuera del tema laboral más tenía que ver con lo sentimental ¿Sentimental Sergio? ¿Qué no puedes escoger otra palabra que sea de tu vocabulario? ¿Psicológico? Suena a cosa de locos ¡Que no, que ese eran los Psiquiatras! Está bien entonces psíquico, sonaba muy a mago y esas cosas pero era la más cuerda para él, al menos tenía algo parecido a lo que buscaba.

……

Quizás sería mejor visitar al psiquiatra, ya se le daba por discutir consigo mismo y todo.

Llegó a una especie de bar que se ubicaba en el centro del barrio, y desde allí afuera ya podía escuchar las risas, música y charlatanería de algunos de sus compañeros, estacionó cerca y esperó que la persona a la que buscaba se encontrará dentro.

Abrió la puerta sin apuros y miró a su alrededor, música alta, mesas esparcidas con personas bebiendo distintos tipos de alcohol a su alrededor, la tele mostrando algún partido del día a la que algunos pocos prestaban atención y ya por sobre copas expresaban sus disgustos contra los equipos, el humo del cigarro que se mostraba espeso sobre el aire junto con su olor inconfundible. Pronto sin tener que mecer la cabeza demasiado logró visualizar a su grupo, fue junto a ellos, pero prefirió esperar en medio camino al escuchar ciertos cometarios de cierta persona.

—Que en serio tío, que mal desperdicio— decía un Caleti decepcionado.

—Pero a ver ¿Qué querías que hiciera ahí Caleti? ¿Eh? Yo sin problemas le daría ahí mismo, pero que luego me vengan con problemas, no me meto— bebía su último sorbo de cerveza.

—Pero a que esta de lujo lo está ¿No Pepe? Nada más se salva por estar con el Jefe que si no, ya sería el juguete favorito de todos— se unía Guaje.

—Pfff, deberían de verlo más de cerca como yo, ese cuerpo de modelito que se manda ¡Uuuh! Yo me lo tiraría todas las noches haciendo que entre mis piernas gimiese mi nombre hasta desgarrarle la garganta— hablaba un entusiasmado Pepe— No entiendo como el Jefe puede dejar pasar de lado a un ángel como ese que lo tiene de todo para dar placer—

Sergio quien permanecía en el fondo sin captar la mirada de nadie, apretaba los puños a más no poder, pero decidió esperar.

—Antes de que se te pare— cortaba Navas— pide otra botella, que luego nos la quieres robar—

Marcelo rió tras el comentario del moreno.

—Creo que no es al único que le pasa eso ahora ¿o que dicen? Se están dejando erotizar por las palabras de Pepe— volvía a reír.

—Joder Pepe, Marcelo tiene razón, para que nos vienes a hablar sobre ese rubio cuando estamos más necesitados que un perro sediento— bromeaba Guti.

—A mi no me metan en eso— volvía a responder Navas.

—Pero tú tienes ahí al guapetón de Sergio para cuando quieras— le respondía Guaje.

— ¿Qué ahora también te lo quieres tirar o qué? — continuaba el moreno.

—Ese se tira a cualquiera que tenga dos patas— respondía a risas Pepe.

—Igual que tu a tu abuela— le contestaba.

— ¡Hey! Que ese día estaba borracho a más no poder ¡Joder! — habló alto y con un sonrojo extremo en sus mejillas.

— ¡UUUH! ¡Pepe no podes! — se burlaba Caleti— ¿A tu abuela? — estalló en risas a igual que la mayoría.

—Y eso que está muerta, ya practicaría necrofilia y todo este depravado si Pipa no lo detuviera esa noche— metía mas cizaña el moreno.

—Tú solo me estas picando porque tu Sergio te cambió por ese rubiazo— las copas de cerveza ya le estaban pasando factura— y quien no lo haría teniendo tremendo c…—

— ¿Tremendo qué? — cortó el castaño cruzado de brazos detrás del pelado.

— ¿Jefe? — habló sin voltear, estupefacto al escuchar esa dura voz.

—Anda continua lo que estabas por decir ¿Tremendo qué? —

—No, solo estaban…estábamos recordando algo del pasado…— respondía titubeante.

—Pues déjame terminar por ti, que de seguro hablabas del tremendo agujero que te dejaré en la cabeza si vuelves a hablar de eso ¿captaste? — Le mandó un golpe en el cabeza a la que Pepe se quejo de dolor sobándosela— y va para todos también— se dirigía a los demás quienes evitaban su mirada.

Navas en cambio la mantenía fija sobre él.

—Jefe— decía un desentendido Guaje— ¿Qué te trae por aquí? —

—Anda porque esa expresión quillo, que pareciesen que hubiesen visto a un fantasma ¿Qué? ¿No me invitaran a la divertida conversación que tenían hace un rato? —

Todos permanecían en silencio.

—Creí que compartirían sus fantasías con Fernando con el Jefe— respondía Navas mientras se miraba desinteresadamente las manos.

La expresión de Sergio se endureció.

Y todos lanzaron miradas asesinas al moreno.

—Vamos no arruinemos una noche perfecta como esta por tonterías— intentaba calmar el ambiente Guti.

—Tienes razón Guti— volvía a hablar el castaño— será mejor no arruinarles su preciada noche y sus sueños de fantasías con el rubio, que no pasan de ser nada más que eso, puras fantasías de sus mentes que nunca se cumplirán mientras este yo— hablaba autoritario mientras le devolvía la mirada gélida a Pepe quien se estremeció al sentirla.

—Bien Sergio, ¿querías comentarnos algo en especial?— cortaba de nuevo el rubio.

—En realidad buscaba a alguien en especial— lo miró— vamos fuera— le indicó y el rubio lo siguió sin preámbulos.

Los otros dejaron salir un suspiro al ver salir al castaño.

—Se salvaron por esta— habló Navas.

—Y tú que nos hundes más a todos en vez de ayudarnos, buen amigo— le respondió Pepe aun adolorido por el fuerte golpe que recibió.

— ¿Y que no es obvio mi propósito?—

—Anda chicos basta de broncas, miren ahí llega la nueva botella, comencemos de nuevo esta ronda ¿eh? — un animado Marcelo se servía la bebida mientras los demás asistían, por supuesto, menos Navas.

La tele tenía un volumen bajo porque él lo prefirió así, de hecho no quería ver ningún programa en especial, solo la dejó encendida para no sentirse tan solo en aquella casa. Había tomado algunas hojas libres que encontró junto con un lápiz para dibujar bosquejos, debía de admitir que, extrañaba sus pinturas. Sergio le había dicho que podía coger cualquier tabla de madera y algunas pinturas para no dejar de lado su pasatiempo, se echó una risa al recordar, el castaño debería de saber que se necesitaba una pintura especial para cada material, no podría utilizar un acrílico en un lienzo por ejemplo.

Pronto los bosquejos en la hoja fueron tomando forma, ojos penetrantes, nariz respingada, labios gruesos, cabello suelto rebelde…

Suspiró al darse cuenta que su idea se desvió de camino.

Tenía pensado descargar su ánimo en el dibujo, pero sus manos igual lo traicionaron haciéndole recordar al castaño. Dejó el lápiz en un punto fijo sobre la hoja, la boca, y recordó sus pensamientos de esa vez ¿Por qué razón quería que el castaño acortara esa distancia? Sabía perfectamente la respuesta, el problema era ¿Por qué? Cerró sus ojos y se volvió a ver en esa escena, los dos solos, el sol escondiéndose en el fondo, sus dos siluetas acercándose y rozando sus narices, para luego…

Y ese para luego fue lo que hizo que volviera a abrir los ojos y sintiese un calor recorrerle toda la cara. Se pasó una mano por el rostro para luego subirla a su frente y llevarla para atrás con su cabello, un sentimiento extraño, un hormigueo recorría ahora su cuerpo.

¿Qué era ese sentimiento?

Era nuevo, eso sí, algo que nunca había llegado a sentir antes por nadie, ni siquiera por Cristiano.

¿Sería acaso que…? ¿Pero podía ser…?

Las preguntas seguían revoloteando en su pensamiento, todas queriendo llegar a una sola afirmación, una afirmación que la mente de Fernando se negaba a declarar.

Pero fue su memoria lo que le llevó a una escena que parecía olvidada, algo insignificante en aquel momento pero que ahora se le volvía como si esa fuese la exacta respuesta.

Antes de llegar al barrio, aquella primera noche donde viajaba en el bus, recordó haber pasado por un lago, cerca de ese lago un hombre pasó y tiró una piedrecilla al agua. En el lugar en que cayó la piedra aparecieron pequeños círculos que se fueron ampliando hasta alcanzar a un pato que nadaba por allí y que nada tenía que ver con la piedra. En vez de asustarse con la onda empezó a jugar con ella. Muchas semanas después de esa escena, Sergio lo llevó hasta lo alto de un edificio para contemplar la gloria, en aquel momento cuando los dos se sentaron a solas, escuchó una voz del viento y fue como si alguien hubiese tirado una piedrecilla en aquel lugar. Las ondas de energía lo tocaron a él y a Sergio. Él sintió la vibración de piedra y al parecer Sergio también. ¿Y ahora?

El pintor sabe cuando encuentra a un modelo para su obra. El músico sabe cuando su instrumento esta afinado. Podría seguir de esa forma, pero también podría como el patito del lago, divertirse y alegrarse con la ola que llegó de repente y alteró el agua.

Existe un nombre para aquella piedra: pasión, algo que su mente no quería aceptar, quizás por la pesadez del sentimiento que implica, lo que si es que describe la belleza de un encuentro fulminante entre dos personas, la pasión da señales que nos guían en la vida, el problema era que ahora él debería de descifrar esas señales.

Le gustaría creer que está enamorado, de alguien a quien conoce poco y que no entraba en sus planes. Pero, no, no podía entregarse así de fácil y… ¿Cristiano? ¿Seguían siendo pareja cierto? Después de todo nunca llegaron a conversar después de aquel viaje, pero para él, el portugués ya formaba parte de algo que quería deshacerse, su pasado, pero el pobre ni siquiera sabía nada de su nuevo rumbo, por ahora, porque sabe de antemano que volverá, la cuestión que no sabía era cuando, y cuando lo hiciere, quizás le diese punto final a su relación de tres años, en donde Fernando no sintió nada más que cariño, respeto, amistad. Es cierto que, lo apreciaba y lo quería mucho, pero nunca llegó a experimentar con él aquel sentimiento arduo, intenso, y placentero al que llamaban amor, procuró sentirlo, pero nunca lo logró, Cristiano nunca pudo despertar en él esa chispa mágica.

Lo que Sergio si logró en tan pocos días.

Era algo de no creer, todos esos meses en donde sintió que al amor no era algo para él y en donde prefirió rechazarlo, lo llevaron a todo lo contrario: enamorarse de la primera persona que le prestó una atención diferente.

— ¿Y eso? — preguntaba el rubio.

—Como que ¿y eso? Sabes bien de lo que estoy hablando Guti, no te me hagas el idiota— decía algo cabreado.

Los dos se habían alejado del bar, sentados sobre un copilado de chapas y materiales viejos que formaban una especie de torre, en lo alto viendo las pequeñas casas que se a conglomeraban todas juntas, después, las cercas que dividían al barrio de los pastizales del bosque y un poco más allá la ciudad, las pequeñas luces encendidas se esparcían una a otras como luciérnagas en la noche.

A Sergio le costaba abrirse y mucho, cuando se trataba, bueno, de sentimientos, palabra que no encajaba en su vocabulario, ni en su vida, porque creyó haberla enterrado junto con muchas otras en el pasado.

El rubio suspiró.

—Y lo sé bien, por eso te respondo con ese desinterés, vamos Paleto, que con todo lo que me has comentado es obvio que te estás enamor…—

—No digas esa palabra— le cortó.

—Anda y ¿por qué? Si sabes bien que es la respuesta a lo que te sucede—

—No es la respuesta a ninguna mierda—

—No sé porque te molestas tanto, le sucede a todo el mundo, un día te sucedería a ti y eso es lo que pasó—

—El problema es que, no se si no lo captas, pero yo no soy igual “a todo el mundo” — hizo comillas con las dedos queriendo resaltar esas palabras— Todos en este barrio, en el otro y en las afueras de aquí saben quién soy, y lo saben bien, soy el Puto líder, el más temido, el más peligroso, el más buscado por los otros, el más respetado de entre todos, alguien quien no tiene ni la más mínima pizca de lastima ni compasión por nadie—

— ¿Y eso qué? —

El castaño rodo los ojos.

—Juro que si vuelves a responder así te arrancó el otro ojo —

El rubio rió.

—Es que joder, es que si, todo lo que me has dicho está bien, tienes razón en que eres alguien de gran pesadez en este barrio y en los otros, pero eso no se te quitara tan solo por estar así por alguien, que los sentimientos no tienen nada que ver con tu trabajo y la fama que ya te has ganado—

Sergio suspiró y se pasó la mano por el rostro.

—Guti que no lo entiendes, eso no va conmigo—

—Claro que lo entiendo bien y sé que todos en un principio responden de esa forma, no creas que eres el único— se quedó unos segundos en silencio observando las estrellas del cielo, como meditando lo que iría a decir, Sergio se lo permitió claro, esperando a que el rubio aclarase y solucionase su situación— Mucha gente se asusta cuando ese sentimiento aparece— continuó— como en tu caso, porque cuando aparece derrumba todas las cosas a la que siempre se estuvo acostumbrado. Nadie quiere desorganizar su mundo, por eso mucha gente consigue controlar esa amenaza. Otra gente piensa lo contrario, se entrega sin pensar, esperando a encontrar en ella todas las soluciones a sus problemas.

— ¿Apartarse de eso, o entregarse? ¿Cuál de las dos actitudes es la menos destructiva para ti? — miró a su compañero.

—No lo sé— respondió mirando la nada.

—En un principio tampoco nadie lo sabe, solo tú podrás conocer esa respuesta siguiendo tu voz interna—

—Que voz interna y que carajos— volvió a reaccionar después de quedarse unos minutos meditando las palabras de Guti— yo no tengo eso—

El rubio bufó.

—Todo el mundo lo tiene, en tu caso, sería conciencia, ya que no te gusta llamarlo de la otra forma, le pondremos ese nombre—

— ¡Es que no y no! Yo lo llamaría deseo o algo, pero esa otra palabra…—

— ¿Amor? — dijo divertido.

— ¡Te dije que no la dijeras! —

—Es que tú me incitas a hacerlo poniendo esos puntos suspensivos a tus oraciones que te tardas media hora en terminarlas— rió, mientras que el castaño entrecerró los ojos y lo miró con ganas de querer darle un buen golpe—Bueno ya, ya— sonrió— Es que a ver ¿Deseo? Eso es lo que sienten Pepe y los otros diría yo, si fuese solo eso, creo que hace tiempo ya te lo hubieras tirado en la cama y lo dejarías así nada más, como tienes a Navas por ejemplo, pero la forma en que tú me narras toda esa historia, de que conversas con él, lo tratas bien, lo dejas en tu casa como si fuera la suya, le das una habitación, techo, comida gratis, le preparas el desayuno, te dejas guiar por sus ordenes, por sus gustos, lo llevas de paseo, joder que si pensamos en todo eso hay algo más que un simple “deseo” allí ¿no crees? —

Sergio se recostó y dejó que su mirada se perdiera en algún lugar, lejos de allí.

—No lo sé quillo, es que simplemente no sé qué es lo está ocurriendo—

—Bien que lo sabes, es solo que no quieres aceptarlo—

Chasqueó los labios— Sabia que nunca debí hacerlo entrar a mi vida así como así, pero sucedió, nos hemos encontrado y tanto como si me guste o no, yo he entrado en su vida y él en la mía—

—Te ves tan poético hablando de esa forma— bromeó.

Sergio lo volvió a mirar.

—Cierra el pico—

—Que va, me traes para aconsejarte y luego me pides que me calle, a veces eres tan bipolar— negó con la cabeza.

— ¿Y a quien más quería que trajera si no fueses tu? Marcelo es un bromista de primera, además ni le confiaría esto jamás, Guaje está ahí en su mundo, ¿Pepe? Hazme el favor y Navas ni de broma, tú eres el más cuerdo entre todos—

—Gracias— respondió sonriente.

—Pero ni creas que me has convencido en algo, que te quede claro que soy el líder y Sergio Ramos no se enamora—

— ¿Y quién es Sergio Ramos? —

—Un monstruo — se dijo así mismo y sonrió.

El rubio lo miró directo a los ojos.

—Los monstruos también se enamoran—

La luna seguía intacta en su posición, como si las horas no le llegaran a preocupar.

Se despidió de Guti quien se fue de nuevo para el bar, él prefirió regresar a su casa aunque en su interior no estuviese muy seguro de querer llegar, porque al llegar sabía que tenía que enfrentarse a algo mucho más grave que la falta de mercancías o la perdida de alguno de sus compañeros. Tenía que enfrentarse a sí mismo, y a sus sentimientos.

Se sentía reverendamente estúpido ¿Por qué? ¿Por qué sentía un temor? Estaba empezando a notar, que después de tanto autocontrol, la presión, el terremoto, el volcán de su interior daban señales de explotar, y a partir del momento en que eso sucediese, ya no podría controlar sus sentimientos. ¿Quién era ese chico rubio, pintor, amable, algo torpe e ingenuo? ¿Por qué justamente ese chico le hacía sentir diferente? ¿Por qué su corazón daba señales de alarma por él? Porque creía que él sentía lo mismo, pero claro, debía de ser solo una creencia suya, ese chico que estaba dispuesto a tomarlo de la mano y mostrarle el camino de vuelta a la vida.

¿Por qué en estos últimos días no podía dejar de pensar en él?

Llegó a la casa, pero antes de bajar de la moto, se quedó unos instantes observando la puerta de entrada, sabía que allí dentro estaba todo lo que en su vida intento evitar, allí dentro se encontraba con otra realidad, una realidad que él no conocía, y que no estaba seguro de querer conocer, ahí dentro se encontraba otro Sergio.

O quizás el verdadero Sergio.

Se dirigió a ella, metió la llave, la giró y abrió.

Todo estaba en orden, y en silencio, se puso a imaginar que Nando quizás ya se hubiese acostado, el reloj marcaba las 10: 40, ¿Se había tardado tanto en el Bar y con Guti? No se lo creía pero bueno, quizás y si, total su mente estaba sumergida en otras cosas y jamás le prestó suma atención a la hora, claro, todo después del paseo en el edificio ese, donde no sabía si maldecir o bendecir ese momento mágico que se pasaron durante la tarde, en donde estuvo a punto de hacer algo de lo que podía arrepentirse toda la noche, el día siguiente y resto de sus días.

Aunque sin darse cuenta ya agradeció ese encuentro, lo había llamado mágico. ¿Qué pasa Sergio?

Se sacó la chaqueta y la tiró al sofá, recordó que quizás, nada de eso hubiese ocurrido si continuara su tarde con Navas en su habitación, pero no, tuvo que llegar el rubio e interrumpir todo ese placer acumulado, ahora el moreno de seguro le obligaría a hacer abstinencia de sexo por un buen tiempo, pero en realidad en esos momentos no tenía ganas de nada. Prendió la tele, era muy temprano para hacer noni, fue a la cocina a prepararse alguna cena, recordó entonces que su viaje al súper resultó ser en vano, pues no habían traído absolutamente nada de lo que se propusieron, culpa de Nando y sus ganas de ver a su amiguito.

En el camino de nuevo para regresar al sofá, se topo con su guitarra mal ubicada detrás de un armario, sonrió para sí, y recordó la noche en el que Nando lo encontró.

¿Ven? Todo lo redirigía de nuevo a esa persona. Suspiró, y se llevó la guitarra consigo al sofá.

La tele seguía a un volumen bajo, dejó su pequeño sándwich en la mesita de frente y se puso la guitarra encima, tratando de afinarla. Hacía mucho que la había dejado olvidada en ese rincón, al igual que sus sueños, pero desde entonces no había encontrado inspiración alguna para ejecutarla, ni tampoco las ganas suficientes como para hacerla liberal sus bellas notas. Esa noche en cambio, era diferente, recordó entonces un momento, una historia, una persona que dirigía sus dedos, su mente y su interior (prefería llamarlo así antes que utilizar alguna que otra palabra cursi)

No se había dormido aun, seguía con sus dibujos, esta vez prefirió la naturaleza, animales, comics y unos que otros bosquejos inentendibles, rió para sí, la imaginación de su mente era increíble. Escuchó sin embargo la puerta abrirse, y en ese momento su corazón dio un latido más fuerte que de costumbre al escuchar el chillido de aquella puerta. Se quedó unos segundos con la mente al aire, con el lápiz intacto entre sus dedos sobre la hoja, se mordió el labio inferior y cerró por algún momento sus ojos. No estaba muy seguro de bajar y recibirlo, temía, no por sus sentimientos que para él ya estaban más que claros, si no por Sergio, temía por bajar y verlo con la misma mirada inexpresiva, temía con encontrarse con sus ojos y darse cuenta de que al castaño, todo le era indiferente.

Lo que menos quería era encontrarse con sentimientos frustrados.

Pero no se encontró con nada de eso, al contrario, con lo que se encontró fue con una voz, una voz que entonaba una melodía, que creaba unas letras formando una ¿canción? La voz, por supuesto era inconfundible.

Dejó las hojas sobre la cama, y se dirigió a la puerta de su habitación, la abrió con cuidado para no hacer algún ruido, con pasos lentos y silenciosos fue hasta el inicio del primer escalón de la escalera donde la pared aun escondía su figura de la vista del salón.

Entonces escuchó.

Quizás ya lo hubiese planeado antes inconscientemente, o era algo que simplemente le recordaba a su propia vida, lo que sí, era que esa música iba dedicada únicamente a alguien, porque las letras eran especialmente para él.

Sus dedos comenzaron a deslizarse por las cuerdas. Su mente le indicó el inicio de la canción.

“Bueno verás, más que huir de mi hogar lo hice de mi familia, digamos que no me relaciono muy bien con ellos”

¿Sientes que siempre caes? ¿Sientes que siempre sales del lugar? Es como algo a donde simplemente no perteneces Y nadie te entiende.

¿Quieres siempre huir? Te encierras en tu habitación Con el radio encendido y muy alto ¿Para que nadie te oiga gritar?

“Ellos quieren manejar mi vida a su antojo, pretenden que sea algo que yo no soy, todos actúan de esa forma, mis padres y mis hermanos”

No sabes lo que es Cuando nada se siente bien Tu no sabes lo que es Ser como yo.

Estar herido Sentirte perdido Estar abandonado en la oscuridad Sentirte pateado cuando has caído Sentir que has sido empujado Estar en la edad de fallar Y nadie está ahí para salvarte No sabes lo que es Ser como yo

Las últimas palabras le llegaron a su ser, una sonrisa se formo en sus labios, Sergio…

¿Quieres ser alguien más? ¿Estás enfermo por sentirte tan abandonado? Estas desesperado por encontrar algo mas Antes de que tu vida se acabe ¿Estas orgulloso de un mundo que por dentro odias? ¿Estás enfermo de todos alrededor? Con sus grandes sonrisas fingidas y Estúpidas mentiras Y mientras tú muy adentro estas Sangrando

No sabes lo que es Cuando nada se siente bien Tú no sabes lo que es Ser como yo

Las letras le recordaban algo, le recordaban a sí mismo, a su vida.

Estar herido Sentirte perdido Estar abandonado en la oscuridad Sentirte pateado cuando has caído Sentir que has sido empujado Estar en la edad de fallar, Y nadie está ahí para salvarte No sabes lo que es Ser como yo.

Sergio cantaba para él.

Nunca nadie miente seriamente en tu cara Siempre todos te apuñalan en la espalda Tu piensas que estoy feliz Pero no te preocupes yo estaré bien Todos siempre te han dado lo que quieres Nunca tuviste que trabajar, todo estaba siempre ahí Tu no sabes cómo es, como es

Pausó su voz por unos segundos, dejó que sus ojos se levantaran lentamente hacia el frente.

“Ellos tienen un concepto tan distinto de la vida, no sé si soy yo el de mente primitiva o sin son ellos los de alma primitiva, de igual forma contrastamos demasiado en muchas cosas, discutimos hasta por los cambios de clima, tratan de encontrarle siempre el lado malo a todas mis acciones, no importa lo que haga ni como lo haga siempre, siempre estará mal para ellos. Por eso dejé de prestarles atención, dejé de darles el gusto de complacerles y quizás por eso me echen la culpa de absolutamente todo, digamos que soy la oveja negra de la familia”

Ser como yo. Bienvenido a mi Vida.

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