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Albert Soboul (1983) LA HISTORIOGRAFÍA CLÁSICA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

EN TORNO A CONTROVERSIAS RECIENTES
LA INTERPRETACIÓN CLÁSICA DE LA REVOLUCIÓN La Revolución francesa se ha presentado con frecuencia como la culminación del siglo de las Luces, y, en consecuencia, esencialmente como un hecho ideológico. Así aparece en la obra de Aulard. Jaurès fue el primero que quiso ver en ella un fenómeno social y por tanto económico. Lo que no quiere decir que Jaurès negara la importancia del movimiento filosófico. No es menos cierto, y Jaurès lo subraya vigorosamente, que la Revolución fue la culminación de una larga evolución económica y social que hizo a la burguesía dueña del poder y de la economía. Desde la época de la Restauración, los historiadores de la escuela liberal subrayaron con fuerza la aparición, el crecimiento y el triunfo final de la burguesía. Tal es la idea de Guizot, Tocqueville y Taine. En la misma época de la Revolución, no obstante, Barnave fue mucho más lejos en el análisis social. Tras exponer el principio que la propiedad influye en las instituciones, Barnave constata que las instituciones creadas por la aristocracia terrateniente ponen trabas y demoran el advenimiento de una nueva era. En esa línea de pensamiento se inscribió en 1847 el Manifiesto Comunista de Karl Marx, luego el primer volumen de El capital en 1867. Los antagonismos que se manifestaron rápidamente tanto entre las diversas categorías burguesas, como entre la burguesía y las masas populares dan cuenta de la complejidad de la historia revolucionaria y de la progresión de sus diversas etapas. Se ha ido poco a poco perfeccionando la interpretación social de la Revolución francesa. Desde hace dos siglos cada generación se ha asomado a la Revolución, ora para exaltarla, ora para rechazarla, siguiendo el hilo de sus esperanzas y de sus sueños. El movimiento de la historia ha develado a cada generación aspectos nuevos, factores cada vez más numerosos y de una interacción de una complejidad creciente. ¿REVOLUCIÓN POLÍTICA O REVOLUCIÓN SOCIAL? Es característico constatar que la ofensiva contra la interpretación clásica se afirma hacia mediados de los años cincuenta, en plena guerra fría. En 1954, R. R. Palmer exponía en un artículo la concepción de una revolución “occidental” o “atlántica”. El m ismo año A. Cobban pronunciaba una lección inaugural titulada “El mito de la revolución francesa”. R. R. Palmer, en el mismo momento en el que A. Cobban negaba el carácter antifeudal y burgués de la Revolución francesa, se aprestaba a negar su carácter nacional. Esta concepción de una revolución occidental o atlántica, al integrar a la Revolución francesa en una conmoción más vasta, al sumergirla en una indefinida agitación internacional, la vació, por otro lado, de su dimensión verdadera y de su significación internacional. Mantenida con obstinación durante una decena de años, esta teoría de una revolución occidental o atlántica, jamás se impuso sobre la interpretación clásica de la Revolución. J. Godechot la atemperó un poco, insistiendo en el carácter antifeudal de las luchas sociales de 1789 a 1793. La teoría de Palmer se inscribía en la coyuntura internacional de los años cincuenta: se trataba de exaltar la solidaridad ideológica en los países de la alianza atlántica, remontándose al siglo XVIII, al origen de sus tradiciones políticas. Más peligrosa fue la ofensiva de Cobban. Fechada en la misma época, se inscribió en el mismo contexto que la tentativa de Palmer. Pero ésta respondía menos a una incitación coyuntural que a un designio largamente meditado y estructural. Se trata de rechazar toda interpretación social de las revoluciones y, en última instancia, de la historia. La Revolución francesa no sería el resultado de un conflicto de clases. El debate se ocupa esencialmente de la significación y la utilización de ciertas nociones, fundamentalmente feudalismo, burguesía, capitalismo. Finalmente se plantea la cuestión siguiente: ¿Posee o no la Revolución un carácter antifeudal y antiaristocrático? ¿Constituyó o no constituyó la transición necesaria hacia la sociedad burguesa y capitalista? Hubo una revolución, pero la concepción que de ella de la historiografía francesa clásica no es más que un mito: que no tiene fundamentos reales, que no se adapta a la realidad. Para Cobban el orden feudal había desaparecido mucho antes de la Revolución. El segundo argumento se refiere a la composición de las asambleas revolucionarias. De este modo se remite la Revolución a un aspecto institucional: ni burguesa, ni capitalista; de hecho se habría limitado a situar la administración y el gobierno en manos de aquellos funcionarios a los que el estado monárquico ya debía su eficiencia. Este segundo aspecto de la argumentación crítica de Cobban fue recobrado en fecha más reciente y con diversos matices, por historiadores norteamericanos. E. L. Eisenstein ha señalado en la obra de G. Lefebvre los usos de la palabra burguesía: estima que su empleo es abusivo. Según Eisenstein, la iniciativa revolucionaria correspondió a un grupo de intelectuales partidarios de las nuevas ideas, los cuales, aunque de diversa extracción social, persiguieron objetivos políticos comunes. Los hombres que Lefebvre engloba en la categoría abstracta de burguesía, en realidad, sólo constituían una ínfima minoría de activistas. G. V. Taylor se ocupa a su vez del capitalismo. Por capitalismo, este autor entiende la inversión de capitales privados para obtener beneficio. Por capitalistas entiende la clase de empresarios en el sentido de Adam Smith: los iniciadores de nuevas formas de la economía. A éstos, Taylor contrapone los ricos no capitalistas, que sólo aspiran a hacer inversiones estables. Esta riqueza “no

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capitalista”, “riqueza propietaria”, consistía en bienes raíces, inmuebles urbanos, cargas venales y rentas diversas. La Revo lución, a pesar de haber suprimido las cargas venales, apenas logró variar la relación entre riqueza capitalista y riqueza propietaria. Al igual que Cobban, Taylor concluye que la Revolución francesa no pudo ser una lucha entre clases enfrentadas por formas diferentes de riqueza e intereses económicos distintos. La oposición era meramente jurídica, en ningún caso económica. Respecto a la cuestión de la burguesía, no cabe negar la importancia del papel de los intelectuales y de los funcionarios en la maduración y en la dirección de la Revolución. Entre las diversas categorías burguesas constituían los elementos más progresistas. De entre todos los criterios sobre lo burgués, el que está en primer plano, sin duda alguna, es el de la fortuna, no tanto por su volumen como por su origen, su forma, la manera como se administra, cómo se gasta; vivir “burguesamente”. Hay que ir más lejos e intentar una definición que implique un mínimo de sistematización. Para E. Labrousse, la burguesía está compuesta por los siguientes sectores: “En términos generales, el grupo de los detentadores de altos cargos adminis trativos, de los empleados, de los funcionarios que ejercen una tarea de dirección. Son burguesas a su vez las profesiones liberales, en el sentido de siempre. Familia múltiple que comprende desde el financiero, el armador, el manufacturero, el negociante, el mercader, hasta los últimos puestos de las pequeñas categorías, hasta los dueños de tiendas y de talleres, hasta el artesanado independiente”. P. Vilar afirma que “nos hallamos aquí ante unos criterios claros: 1) Disponer libremente de medios de producción. 2) Aplicar a éstos, mediante contrato libre, una mano de obra que sólo dispone de su fuerza de trabajo. 3) Adjudicarse la diferencia entre el valor realizado por la mercancía y la remuneración de la fuerza de trabajo aplicada. No es burgués quien no vive de la detracción social así indicada”. Respecto al problema del capitalismo también es cierto que los intelectuales, los detentadores de altos cargos administrativos, así como los miembros de las profesiones liberales, se preocuparon poco de promover su desarrollo. Debería precisarse si, en cuanto miembros de la Asamblea Constituyente, estos hombres se vieron o no sometidos a la influencia de grupos de presión de intereses económicos preocupados en desprenderse de toda la reglamentación. Respecto a la Revolución francesa, la cuestión esencial radica en que el viejo sistema de producción fue destruido y que la Revolución estableció sin ningún tipo de restricción la libertad de empresa y de beneficio, abriendo así la vía al capitalismo. La victoria sobre el feudalismo y el antiguo régimen no significó, sin embargo, la aparición simultanea de nuevas relaciones sociales y de estructuras económicas nuevas. ¿REVOLUCIÓN NECESARIA O REVOLUCIÓN CONTINGENTE? En la propia Francia comenzaba en 1965 una empresa revisionista de una envergadura diferente, continuada luego con obstinación. El objetivo es siempre el mismo: negar las realidades de clase para encontrar una alternativa al empuje revolucionario. De este esfuerzo para revalorar y modernizar el tema liberal de la dualidad de la Revolución francesa: una revolución de la Ilustración aristocrática y burguesa seguida, sin vinculación necesaria, de una revolución popular, violenta y retrograda. De este modo se opondrían una vía violenta y una vía revolucionaria. Esta interpretación se afirmó primero en la obra de Edgar Faure, publicada en 1961. En una línea muy semejante se inscribió, en 1965, La Révolution de E. Furet y D. Richet. De entre los diversos tema desarrollados, dos merecen ser retenidos: el de la “revolución de las elites”, y el del “resbalón” del movimiento revolucionario, una y otro implicando el carácter contingente de la Revolución. “¿Era inevitable la Revolución?” no, sin ningún tipo de duda, según nuestros autores: “Todo depende, una vez más, de la capacidad de arbitraje y de reforma del rey de Francia”. “Revolución de las élites”: la de 1789 fue la revolución de las Luces. A lo largo del siglo XVIII, una comunidad de ideas y de gustos, una vida común de sociedad acercaron a las élites de la aristocracia y de la burguesía. La Revolución se habría realizado en estos espíritus ilustrados antes de ser transpuestas al orden público. Se trata realmente de una visión muy simplista. Y, en todo caso, ¿fue verdaderamente unificadora la función de la Ilustración? No lo parece. No existe élite francesa unificada. J. Meyer la afirma rotundamente: “la nobleza francesa no supo no quiso integrar la intelectualidad y las nuevas fuerzas sociales…El Estado no supo llevar a cabo una política que pudiera ser acepta ble por los elementos más dinámicos de las burguesías”. La revolución de la Ilustración se estrellaba contra el privilegio. En relación a la “capac idad de arbitraje y de reforma del rey de Francia”, un análisis en profundidad del estado monárquico al final del antiguo régimen hubiera puesto de manifiesto que sólo podía escorar a “un solo lado”: mucho antes de la Revolución, la monarquía había probado que er a el estado de la aristocracia. “Dérapage de la Revolución”: esta teoría es todavía más aventurera que la de la llamada “revolución de las élites”. Estos autores distinguen en 1789 tres revoluciones: la de la Asamblea Constituyente, la de los parisienses y la de l os campesinos. Se extrañan de la alianza entre la burguesía opulenta y el pueblo de las ciudad es y del campo. La juzgan “inesperada”, al no haber prestado atención a las estructuras de la sociedad del antiguo régimen caracterizadas por el privilegio y las supervivencias feudales. Es precisamente en este aspecto, a sus ojos contingente, de este encuentro entre burguesía y masas populares urbanas y rurales donde se sitúa la raíz de su hipótesis, la de las “tres revoluciones de 1789”, noción indispensable para la hipótesis siguiente, la del derápage de la Revolución desde 1792 hasta el 9 termidor. Del mismo modo que la afluencia de las tres revoluciones de 1789 había sido puramente fortuita, así también la revolución de 1792-1794 sería un mero hecho contingente, un accidente. No hubo en

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1789, tres revoluciones, sino una sola, burguesa, y liberal, con apoyo popular, particularmente campesino. No hubo derápage de la Revolución en 1792, sino la voluntad de la burguesía revolucionaria de mantener la cohesión del tercer estado gracias a la alianza de las masas populares, sin cuyo apoyo la experiencia de 1789 nunca se hubiera producido. REFLEXIONES METODOLÓGICAS La historia sólo puede progresar a condición de apoyarse en conceptos de base claramente elaborados. El rechazo de esta necesidad conduce, de hecho, a cuestionar la historia y en particular la historia social como disciplina explicativa. Los historiadores que rechazan la interpretación social clásica ya no son capaces de tener una visión global del fenómeno revolucionario y de dar de este fenómeno una explicación total. Ya no hay historia total de la Revolución, hay historias parciales que despiezan sectores particulares, rompiendo así los lazos que los unen a los otros aspectos de esta materia. Estas historias parciales se van aislando en su objeto estricto, con lo que no pasan de hacer observaciones de uso interno, errando entonces su objetivo de reflexión histórica. Todo problema particular debe ser pensado históricamente: no se le puede desgajar de su contexto histórico para abstraer de él, para fines colaterales y paulatinamente más extraños, ciertos aspectos ideales. La práctica de la historia parcial contiene el germen de una auténtica adulteración; en última instancia, está abocada a la abstracción estéril. Éste parece ser el punto de llegada de la empresa revisionista de la interpretación social clásica de la Revolución francesa. ¿Por qué interpretación científica global la han sustituido Cobban y sus émulos? Siguiendo modas, por definición pasajeras, criticando sin reconstruir, negando la racionalidad del movimiento histórico, se han limitado a hacer una historia parcial, meramente circunstancial, de antemano vieja y ya caduca.

[Albert Soboul, “La historiografía clásica de la revolución francesa. En torno a controversias recientes”, en Manfred Kossok [et al], Las revoluciones burguesas, Crítica, Barcelona, 1983, pp. 160-189.]

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