La fórmula de la

CREACIÓN

María García Esperón
La creación de América Latina en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez

La fórmula de la creación
(La creación de América Latina en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez)

María García Esperón

La fórmula de la creación Edición: MGE Ilustraciones portada y contraportada: M.C. Escher (C) María García Esperón 1a. edición, 2009 Comentarios: mariagarciaesperon@gmail.com

I

El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre…

Los pueblos del libro no necesitan la propiedad privada de la tierra. Se han hecho la patria de palabras. Amparados en ella viajan hacia la tierra que nadie prometió pero que es huerto bien plantado en el libro de su fundación. En él, las palabras son recientes para un mundo innominado, mundo hallado por exiliados de espacio y de tiempo que, para no tener que emprender el camino de regreso, escuchan un sonido en un sueño y hacen un nombre de ese sonido y de ese nombre un pueblo: Macondo. En la poesía de fundación homérica el nombre tiene resonancias sagradas. Los hombres llaman a las cosas de tal modo, pero los dioses conocen su otro nombre. Macondo es el nombre sagrado de América Latina porque nació en el sueño de un sonido, porque fue canción primero y como saben y ejecutan gitanos y chamanes: el canto crea al mundo, que es redondo como una naranja porque es la proyección circular del cantor-creador, ouroboros que muerde su cola de cerdo para alimentar los inicios de miedo y de vitalidad, de materia oscura y apetencia celeste, para que todo vuelva a empezar de nuevo cuando Macondo muerda la cola de su origen. En el origen las cosas están desnudas de su nombre. Crear es nombrar. Nombrar es señalar con el índice. El índice se llama así porque muestra, demuestra, nombra, enumera… 

El nombre puede ser el número. Número de palabras que por progresión de Fibonacci se desenvuelve de la frase del inicio colocada en un punto de la circunferencia del texto que, claro está, es la mitad del asunto, in media res de la realidad profunda, frente al pelotón del fusilamiento cuando dicen que pasan los innumerables días en la piel de un efímero segundo infinito. La creación no es desmemoriada. La creación es memoriosa en doble sentido. Guarda el recuerdo de su futuro para justificar la proyección de su pasado. El texto crea de este modo a Macondo-América Latina, que al ser descubierta o fundada ya tenía un pasado multiforme como Proteo, que al ser descubierta o inventada ya contundente alucinaba un futuro deletreado por los mil ojos de las palabras de esta materia que llamamos libro, texto, obra… pero que al ser Argos mirado, es Argos mirador que se mira. El texto proyecta mitos de memoria que pueden integrarse, a la manera platónica, en una teoría general del conocimiento. Para conocer el presente hay que remontarse al pasado, considerándolo no como el antecedente del presente, sino como su fuente, el manantial de donde brota. Así considerado, el tiempo que va a recrearse a través del texto, a invocarse a partir de la primera línea –Muchos años después- es un tiempo vivo. Los mitos de memoria, ha dicho Jean-Pierre Vernant, proporcionan más que una simple sabiduría o un conocimiento de una determinada región del ser, una omnisciencia de tipo adivinatorio. Naipes y sueños prestan su estructura descabalada y sin embargo fuerte y sólida para que el tiempo del texto proporcione ese sabor de videncia, su tesitura oracular. Saber qué pasará muchos años después es secundario. De hecho, ya se sabe. La cu

riosidad intolerable se tiende a la indagación en el tiempo pasado, porque ella revelará la edad primordial, el tiempo del origen. El poder de estar presente en el pasado es uno de los principales dones de este texto, de este mito de memoria. Confiere el poder de asistir al corazón de los acontecimientos, al núcleo de los íntimos pensamientos de las personas de la saga. Concede una revelación inmediata, un testimonio de primera mano, un saberse partícipe y paralelo a los acontecimientos, que se sucederán –y en el que sucederemos- a partir de su origen. El pasado así invocado y reelaborado por la creación abre una puerta hacia el otro mundo privilegiado de poetas, profetas y videntes. Instaura una libertad, porque se puede ir y venir libremente. Se ha revelado el secreto de los orígenes, y el pasado, el presente y el futuro, el tiempo en suma, aparecen como una dimensión del sagrado mundo oculto. El texto plantea una iniciación. Un aprendizaje en el tiempo de los orígenes, cuando el mundo era tan reciente…Propone por lo tanto una anámnesis, un camino de memoria vertical y ascendente, una reminiscencia existencial, estrictamente individual, irremediablemente colectiva que apunta, alquímica, a la transformación espiritual. La creación no es intelectual. Es visceral, orgánica. Tiene consciencia, claro. Sabe que la naturaleza angélica puede también engendrar iguanas. Por eso, por su consciencia y sus vísceras la creación tiene miedo. Pero no puede detenerse, debe abrir la puerta del texto y a tientas, en la oscura noche del cotidiano génesis, guiarse por el ciego olor para engendrar seres alados que acabarán pariendo reptiles que serán abuelos de ángeles. 

Porque la creación está permeada de inmortalidad. También está hecha de muerte. Los hombres mueren, dijo Alcmeón de Crotona, porque no son capaces de unir el comienzo con el fin. Esos hombres mueren, pero la creación es inmortal. Los hombres que descubren su íntimo mecanismo también lo son y así son sus obras. Máquinas de la memoria y de la inmortalidad que surcan las venas de MacondoAmérica Latina constituyendo su información genética, su genoma, su posibilidad de resurrección en el escalofrío del amor y de la muerte. La creación trenza sus dos espirales de muerte e inmortalidad en su creatura. La hélice se tiende a lo largo del cuerpo circular de la obra para que sin cesar se regenere. El libro comienza hablando de alquimia porque de eso se trata la creación: de instaurar en la existencia una creatura capaz de transformar transformándose, capaz de regenerar regenerándose, creación continua, creación a cada instante, a cada instante creación en contacto con su propio misterio. Macondo-América Latina no tiene fronteras. Es un cuerpo indiviso. Se muere de su muerte en algún lado para elevarse con el ala de su vida en otro. Si se pusiera el oído sobre el texto, la obra, el libro, se escucharía el sonido creacional que emite y al que estamos acostumbrados, como se decía del sonido de las esferas celestiales. Si se pusiera el oído sobre ese cuerpo indiviso de Macondo-América Latina se escucharían sus arrullos y sus estertores, sus armonías y discordancias, sus himnos y sus disfonías. Ambos –tanto el texto como Macondo-América Latina- son cajas de resonancia en las que vibran las muertes, los nacimientos, las torturas y las esperanzas que padecen el creador y la creatura. 

En la poesía de fundación la palabra es una lanza. Se clava en el corazón del mundo antiguo para tener el pretexto sangriento de fundar otro. Hay que dejar atrás a los fantasmas, a las visiones perturbadoras de la sangre de las sombras. La pareja primordial se expulsa a sí misma del gris paraíso y sale en busca de su propio colorido y fragante caos. El muerto –lo muerto- queda detrás, con su lanza clavada, con sus reivindicaciones convertidas en ceniza, con la apuesta saldada. La pareja primordial está decidida a engendrar, a parir, a fundar… No son simples buscadores de horizonte, no son conquistadores, ni indianos, ni siquiera odiseos porque no tienen la menor intención de regresar. Han hecho migajas de su nostalgia para alimentar a las aves enjauladas que señalarán a otros el lugar de la fundación, el ombligo de Macondo-América Latina, que es centro de veras porque es el que posee los sonidos, el que se tiene de palabra, el lugar donde el negro hollín termina por liberar al oro perdido. En el origen, la materia ha hecho explosión y se crea también el tiempo. Para sostenerlo, para seguir sus venas y sus arroyos de crecimiento, sus nebulosas y cometas preñados de prolíficas bacterias, la vida surgiendo del mar, la raza animal de los gigantes, la aparición del hombre y su consciencia, la invención del fuego y la mano puesta en el asombro del hielo en medio de una selva tropical es necesaria la memoria. Pero la memoria no se comprende sin el olvido. ¿Cómo saber que se recuerda si nunca se ha olvidado? La enfermedad se autogenera porque quiere adelantase a la muerte. La enfermedad quiere curarse en salud. Y en el incipiente Macondo-América Latina, justo cuando las cosas comienzan a marchar y los relojes han sustituido al canto de las aves y están maravillosamente acompasados, adviene la epidemia del insomnio y su irremediable consecuencia, el olvido. 9

Pero esto no es más que la oportunidad de reconquistar los recuerdos, de volver a hacer consciente lo que apenas se acaba de vivir, de fundamentar los cimientos de la memoria en la ciénaga de la desmemoria, para volver a nombrar cada cosa y que regrese de la muerte, ahíto de soledad, el trashumante curandero del olvido. Macondo-América Latina, mundo recién fundado olvida demasiado rápido, pero reacciona a tiempo y a memoria para curar su juvenil Alzheimer y reconquistar su derecho a los recuerdos. Y en este momento de su fundación, de su creación, de su memoria virgen y su joven olvido, todavía no tiene cementerios ni túmulos, cenotafios ni hemiciclos, ni altar de la patria, ni glorietas. No hay lista de honor, ni cañonazos de duelo, ni banderas en los ataúdes. No es necesario un corregidor, porque no hay nada que corregir. Tampoco una revolución, porque no hay nada contra lo cual levantarse. ¿Independencia? ¿De qué? Si acaso del olvido, porque lo más realista e imperial es el recuerdo de un pirata que trabajaba a destajo robando vientres de barco para alimentar el vientre insaciable de una reina inglesa. En este punto de la fundación, de la creación de Macondo-América Latina no hay un espíritu heroico libando sospechosos honores, ni vivos que justifiquen sus miserias y sus sueldos en el altar del héroe, bajo las bicentenarias, doradas letras. No hay conmemoraciones, no hay acanaladas columnas, no hay vivas ni mueras… porque el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre.

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II repartía el espacio sin el menor sentido de sus límites.

América Latina es aprehendida como una imagen poética y entonces se llama Macondo. Hecha de palabras, constituye no solamente un nuevo ser del lenguaje, sino la semilla de un mundo. Este mundo se expande en la alegría de hablar, en la pasión de construir. La casa crece, blanca como una paloma, en gran medida gracias a la pasión de la fundadora, a su sed de espacio interior, que corresponde a la pasión del fundador, a su sed de espacio exterior. Ambos se arraigan en estas dos dimensiones del espacio que son expresión del crecimiento, de la voluntad de expansión. El varón-raíz se convierte en árbol que protege con su sombra a la mujer-raíz convertida en casa. Los dos arquetipos –árbol y casa, masculino y femenino- generan su cadena de metáforas. El hombre investiga y adquiere, la mujer cuida y atesora. El hombre tortura la materia en el atanor, la mujer le confiere vida y levanta miríadas de seres zoomorfos hechos de azúcar y calor. El espacio asociado con los dos arquetipos no cesa de crecer. Sus actividades tampoco, no cesan de expandirse. La lógica y ritmo de este crecimiento son los del sueño. Los fundadores se demandan a sí mismos en el texto permanecer en un estado de abierto simbolismo. Cada cosa que tocan, cada ser que traen a la realidad roza una faceta de lo sagrado. La fundadora defiende su derecho de imponer los nombres a los recién nacidos y a los recién llegados, tan profundamente está compro11

metida con su labor simbólica, con el poder creador de su sueño. Macondo - América Latina ha soñado y ha nacido de su sueño. Y como ha nacido de su propio sueño, puede convertirse en todo, las músicas del mundo sueñan en salón de la casa blanca, en el jardín crecen las rosas de Europa, llegan las palabras y los nombres y los apellidos en italiano, en francés, en inglés, en el idioma de la magia, en las profecías de Nostradamus. Macondo-América Latina se sueña cosmópolis. Se vive ancha, ilimitada y libre, vislumbra sus inagotables calles que podrán ser transitadas por el sufrimiento pero también por las alegrías; recoge los pliegues de su propia aventura y entierra a su primer muerto, que también ha sido su primer alcanzador de la inmortalidad. Porque el cadáver y sus pútridas emanaciones, sus ronchas azules son sólo apariencias. Esencial es la toma de conciencia, el farfullado deletreo: He alcanzado la inmortalidad. Como Empédocles, como Parménides, el iluminado retornado de la muerte anuncia su verdad sencilla, encuentra su río arteria no obstruida y sentencia con igual sencillez: Somos del agua. Tan sofisticada como el agua es esa cosmópolis inocente, pintada y vestida de blanco, pararrayos de canción, amorosa y doliente. En su espacio ilimitado medran el deseo y el anhelo, la garra de fuego que necesita tierra y orfebrería para llenar la ausencia del amor. El amor llena el mundo, con su poderío colma el espacio sin límites, desencaja los corazones de la segunda generación, hija de los fundadores, los estrella en su sin sentido, los macera, los destila poetas antes de que conozcan el alfabeto.

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El mundo creado tan recientemente es ilimitado e intenso. Es necesario Eros para cohesionarlo. Y Eros es más feroz que Ares, por eso acontece primero en la serie de causalidades que llevan al hijo del fundador continuamente a su momento original, a su punto de partida, a su única conclusión posible y regeneradora, frente al pelotón de fusilamiento. Las palabras han bebido de la realidad y la han creado. Los jugos de los diferentes niveles del cosmos fluyen por arterias no obstruidas. El fundador es rey y sacerdote. En este tiempo primigenio, en ese despertar de Macondo-América Latina en y a través del texto creador, rey viene del latín rex y del griego rhei y significa fluir. Todo fluye –panta rhei- en el fluyente texto influyente y el axis mundi, el eje de este fluir es un árbol al que está atado un memorioso-desmemoriado, un confundido lúcido. Clavado en una cruz, compadecido y remediado, encadenado a un árbol, ha sido convertido en letra. Ese cuerpo atado a un árbol es la letra inicial expuesta al sol y a la lluvia, clavada en los elementos. Castaño y hombre, letra del alfabeto de los orígenes, pudo ser un aleph pero es una psi, que es la letra RE de las tablillas micénicas en Lineal B, en la escritura del origen de este texto y de todos los textos occidentales, de las imágenes venerandas del principio, de las frágiles estatuillas de las que penden, colgados, imperios completos, con sus flotas y sus cañones, sus rascacielos, sus obispos mitrados, sus legionarios, sus cresos y sus telecomunicaciones excretantes de dinero. El hombre-árbol, el hombre-letra comunica con la conciencia creadora de todos los que fabrican, fabricamos Macondo-América Latina: et in Arcadia ego sum, la eternidad es el permanente presente. Porque antes de ser convertido en letra, el fundador enloqueció, esto es, encontró la cordura, la vidente experiencia del siempre es lunes. 13

El espacio sin límites, con su inexorable muerte a cuestas, le habló para revelar al eterno aspirante a alquimista su terrible conquista: la transmutación de la experiencia temporal. Frente a todos, el fundador alcanza la comprensión del nunc stans. Su fundación participa de la misma esencia. Siempre es lunes, siempre lo ha sido y siempre lo será. Había intuido que el tiempo y la música –que es una de sus formas- eran máquinas, máquinas descompuestas en la percepción. El instante sin articulación temporal, el ahora sin divisiones le cayó en las manos y destruyó sus defectuosos talleres: el laboratorio del alquimista, el cuarto oscuro del fotógrafo. Para que Macondo-América Latina se desenvuelva en sus imperfectas aunque bellas imágenes coloridas, en sus deficientes pero necesarios intentos grises, es necesario que en el origen exista este loco lúcido. Así como en el origen de la filosofía griega y el proyecto occidental están los magos y iatromantes Parménides y Empédocles (en ello insiste en estos días el filósofo británico Peter Kingsley), así en la filosofía y el proyecto de Macondo-América Latina se encuentran un gitano y un loco. Empédocles decide lanzarse al monte Etna para demostrar su inmortalidad así como el gitano se funde con el agua, como el fundador se funde con el árbol. El griego afirma en algún momento haber alcanzado la inmortalidad con todas sus letras, de manera explícita. Los incrédulos podrían aceptar que cuando menos tuvo la experiencia. El gitano perdura en el texto para dar fe de su inmortalidad y atestiguar y dar sentido al hecho de que el primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.

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Que los muertos de Macondo-América Latina entierren a sus muertos, porque su texto creador deletrea claramente el secreto de la inmortalidad, exhibe de manera pormenorizada las instrucciones para alcanzarla, proporciona las claves para transmutar radicalmente la experiencia temporal y recrear en un solo instante los metales de las cuatro edades. El gitano y el fundador se han convertido en divinidades en el tiempo de todos los días, en el espacio expandido de la casa pintada de blanco. Por derecho del texto creador la creatura tiene dioses. El fundador del siempre es lunes exhibe en su cuerpo-letra la verdad del espacio hecho tiempo y hecho cosmos. Si la mujer fundadora dirige a ciegas la explosión del espacio sin límites, el hombre disfruta, padece y trasciende a través de la vivencia de su implosión. Es atravesado por el dardo del instante, abrumado por su inconmensurable peso indescriptible. Llora con el llanto de los viejos el reconocimiento de estar a merced del instante, que es el conocimiento, la felicidad supremos: el de estar a merced de la realidad. Porque, ¿qué es la realidad sino espacio-tiempo? En las manos de la mujer fundadora el espacio se extiende y se habita. A fuerza de extenderse y habitarse se aleja de su centro y termina por hacerse ajeno e ilusorio. Las habitaciones de la casa blanca se multiplican y algunos fantasmas se pierden irremediablemente en ellas, como se ha perdido el atado de los huesos. En cambio, en el varón fundador el espacio se contrae, regresa al punto de donde surgió y se encuentra a sí mismo en la experiencia del origen que es la más alta que se pueda alcanzar, la más sublime, la más completa: Siempre es lunes. 1

En el árbol, en el castaño, el fundador logra el milagro. Se convierte en inmortal, en raíz para siempre, porque ha unido el principio con el final. Permanece atado, pero esto no es más que una apariencia, porque ha alcanzado, se ha merecido la libertad; sin abandonar su cuadrado de tierra ha comprendido que por más lejos que uno se traslade y por más tiempo que dure el viaje siempre es lunes y siempre se está en el mismo lugar. Los demás, con los aparente miembros libres, se esfuerzan ciegos, están maniatados por los lazos de Eros que degradan a la segunda generación y los límites indecisos del espacio de la fundadora, que necesita realizar ampliaciones porque aunque ha fundado no se ha fundido, como su marido, en su propia infinitud. Pero esos mismos lazos y esos mismos límites constituyen la libertad suprema, escrita, inscrita en el único hombre completo, el que contiene todo en sí, toda percepción, todo pensamiento, toda libertad… atado por la piedad de los suyos, para que no se haga daño, para que no lastime a nadie, para que no entorpezca las bodas, las ampliaciones del espacio de Macondo-América Latina. Sentimientos tan ilusorios como el Eros degradado, aunque necesario, de la segunda generación, como la casa hospitalaria y fresca, las habitaciones multiplicadas en los daguerrotipos y el indeciso don concedido a la fundadora, que repartía el espacio sin el menor sentido de sus límites.

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III y todos los relojes trabados en una hora interminable

Antes de que Macondo - América Latina se hiciera realidad a partir de su propio sueño, la percepción mística del tiempo en el pensamiento de occidente había sido relegada al cuarto de los trebejos, a la periferia de la alucinación, a la choza del loco. La creación ha crecido de sus correctas raíces, de ellas se ha alimentado sin negarlas, como las negaron otras tradiciones de occidente. La percepción mística del tiempo es algo que se concede naturalmente a oriente, que se busca, se compra y se exhibe en congresos donde monjes vestidos de azafrán comparten su tradición con audiencias que han pagado en dólares por hacer un viaje turístico al corazón disruptivo de la experiencia temporal, sin pasarles ni siquiera de manera remota por la mente que la percepción mística del tiempo es también la raíz del pensamiento occidental. El texto creador de Macondo-América Latina así lo ha dejado en claro y por eso su revolución creadora no aconteció solamente en el lenguaje – después de todo, el místico cuando mejor comunica es en el silencio,cuando mejor escribe es en el “libro mudo”- sino en todos los niveles de fabricación y producción de modos vitales, de aproximación a la verdad y comisión de errores. El texto fundador y fundante ha mostrado el tiempo fraccionado en porciones infinitas unidas por el misterioso corredor de la esperanza, la que concede la gracia de la vida, su dulce per1

sistencia, en el último segundo frente al pelotón de fusilamiento. El tiempo en la experiencia mística tiene trampas y negros agujeros y posee cuartos infinitos que pueden surcarse para explorar una a una las venas de la realidad, que como enseña la física cuántica –la última de nuestras religiones mistéricas- es capaz de producir una alucinada cantidad de opciones al mismo tiempo. Se puede morir en uno de los cuartos infinitos porque en otro se está conversando con un muerto y en otro tomando el desayuno bajo el árbol del castaño. Se puede morir, conversar y desayunar porque en el hoy están todas las posibilidades en espera de ser actualizadas. La percepción mística del tiempo puede ser aprehendida por la física cuántica o por la poesía, aunque fuera del texto -¿se puede estar fuera del texto?- toquemos madera para conjurar sombras y concluyamos que el déjà vu y la inmortalidad y todo su resto de asociaciones son, nada más, literatura. Sin embargo, es precisamente la literatura la que nos proporciona desde el texto fundador un modelo temporal aproximado al de la tradición yoghi. Mediante prácticas de respiración se intenta trascender el tiempo corriente para respirar en consonancia con el tiempo cósmico. Y al fundir los dos ritmos en uno solo se trasciende el mundo de las apariencias y se alcanza el fundamento de lo real. Así, los acontecimientos descritos en el texto como insertos en el tiempo corriente, que parecen sucederse en un engranaje de repeticiones irreparables y que hacen considerar que el tiempo no pasaba, sino que daba vueltas en redondo están efectivamente dando vueltas en torno a un centro inmovible, que no gira, que permanece quieto, liberado del movimiento y del tiempo. 1

La estructura circular del ciclo de cien años, el ouroboros del texto fundador obedece a la intuición del tiempo cíclico, privilegiada sobre su aspecto de flujo. El flujo temporal se dispersa, el ciclo temporal está contenido en la forma geométrica perfecta. Los sistemas astrológicos del conocimiento común son procesiones circulares de imágenes divinas. Los nombres parecidos y las características de los fundadores y sus segundas, terceras y cuartas generaciones componen de alguna manera un zodíaco circular. Los relojes mencionados en el texto como trabados en su hora interminable son imaginados como redondos. Los cuadrantes son paradójicamente circulares. Intuir el tiempo en círculo es concebir, también de manera intuitiva, su cuadratura. Pero es que sin esta concepción mística del tiempo que hace palpitar el texto fundante no podría haber Macondo-América Latina. No hay peor etiqueta que la de “real maravilloso” porque el adjetivo anula al sustantivo relegándolo a la tribu de lo fantasioso, de la idea de la idea de la idea. ¿Qué no ven que es su arquetipo? El texto fundante de Macondo- América Latina solamente podría etiquetarse en árabe, solamente puede leerse como Um-al-Kitab, madre del libro que de no ser reconocida produce una lectura defectuosa, un muñón de videncia, una respiración incompleta. Los textos de fundación de las principales tradiciones humanas respiran la experiencia mística del tiempo que han tenido sus autores-personajes, sean individuales o colectivos. Gilgamesh, Homero, Elías, Juan y Mohammed han tenido revelaciones de lo que sus contemporáneos –sin el Libro- no pudieron tener, porque el hombre sin el texto no es capaz de ver, saber o conocer el mundo de los nombres verdaderos, de los dioses, de los hombres y de las relaciones entre ellos. 19

La jornada temporal del texto fundante de Macondo-América Latina es una jornada mítica. Un viaje al corazón de lo divino y si esta palabra asusta, queda el recurso de recurrir a la etiqueta de lo real maravilloso. Continuemos con el viaje temporal del texto, que lleva de la mano desde el borde de la realidad a su corazón de maravilla. Macondo-América Latina no puede hacer este viaje sin la ayuda de una entidad trascendente, no puede hacerlo sin ayuda de lo divino porque es un viaje mítico. Un viaje hacia el corazón maravilloso y maravillado de la realidad. Si el texto creador ha impreso en su creatura la vocación del viaje mítico esto no quiere decir que la haya coludido, seducido o incitado a un viaje imaginario a un paraíso artificioso de palabras. Umal-Kitab es el tiempo mismo, la estructura misma del tiempo que ha sido percibido, experimentado, de manera mística. Un texto surgido de la experiencia mística del tiempo no hace perder el tiempo, sino experimentarlo en su dimensión profunda, concebirlo y darlo a luz con la misma fuerza, con la misma verdad que lo ha hecho la Madre del Libro. Cada pueblo del libro ha tomado su propia decisión de cómo vivir su libro. Macondo-América Latina vive ese proceso. A ratos decide vivirlo como un modelo literario o un sujeto de celebraciones, de ediciones académicas, de referente histórico o de alcancía de aniversario que engrosa el bolsillo de las apariencias. Idea de la idea de la idea original, de ese modo ha triturado su tiempo vivo, su tiempo generador de tiempo, su dinámica enaltecedora de la realidad. Ha querido desarmar la máquina de su misterio y al recomponerla ha entonado engañosas melodías. Pero las máquinas desarmadas y las melodías engañosas forman parte de la misma dinámica del texto, fueron y han sido previstas 20

en los intentos del fundador al desarmar y rearmar la pianola e intentar el daguerrotipo de Dios antes de lograr la sabiduría y la inmortalidad clavado a su castaño, consolándose con el sueño de los cuartos infinitos. El viaje o los viajes míticos que propone el texto fundante de Macondo-América Latina están relacionados con la estructura de la conciencia. Son viajes sin movimiento, sin combustible, sin accidentes aéreos. Todos esos viajes, todos esos hidrocarburos y las guerras y divisiones territoriales que provocan, todos esos accidentes humeantes son aparentes. El viaje supremo del texto, la jornada mítica de MacondoAmérica Latina es inmóvil. La estructura de la conciencia humana es inmutable. Inmutable soporta y comprende las mutaciones. Inmóvil vislumbra los movimientos. Inmóvil como el núcleo del círculo temporal en la experiencia mística del tiempo. Inmóvil y abrazada a su castaño la conciencia del fundador puede trasladarse en el sueño de los cuartos infinitos para retornar al cuarto de la realidad a su placer. Del mismo modo el hijo del fundador, el de la videncia inmóvil e inmutable puede decir: Esta mañana, cuando me trajeron, tuve la impresión de que ya había pasado por todo esto. Por eso es consciente de su inmortalidad frente al pelotón de fusilamiento. Porque detrás de sus párpados, en ese momento que también es ilusorio tiene la imagen fundamental y brillante de la infancia de la tarde espléndida en que lo llevaron a conocer el hielo, experiencia transcurrida en el tiempo pero tiempo ella misma, como tiempo es la conciencia que la recuerda, que se aprehende inmutable e inmóvil en el Macondo-América Latina al que quiere regresar para que la fusilen porque ahí abrió la vidente mirada, ahí se libró de la red de las apariencias, de la ilusión de los sentidos. 21

El viaje mítico inserto en el tiempo vivo del libro fundador y fundante no es ficticio, no es argumentación, ni literatura ni teoría, es praxis y su forma suprema: la realidad inmutable e inmóvil aprehendida por una inmóvil e inmutable conciencia. El estado chamánico, místico –“samadhi” dicen los yoghis- en el que no se está dormido ni despierto, que parece sueño, pero no lo es, que exalta con su sabor de verdad, de realidad, que punza con su color espléndido no percibido solamente con la vista, que revela frente al pelotón de fusilamiento que la muerte es una apariencia y que la tarde espléndida en que te llevaron a conocer el hielo no ha dejado de ser porque ahí comprendiste que el ser es eterno y que ya habías pasado por todo esto. La Madre del Libro Macondo-América Latina alumbra esta fundamental tradición, esta verdad de las fuerzas creativas que no solamente es “oficial” en el oriente de los yoghis, o “secreta” en el occidente que compra misticismo turístico, sino gracias a ella en el oriente occidente de Macondo-América Latina: la vivencia, la toma de conciencia de la trayectoria inmóvil, del tiempo que fluye sin transcurrir hacia el punto y el instante en el que todos los relojes están trabados en una hora interminable.

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IV Quiere decir… que sólo estamos luchando por el poder

En lugar del quieto vuelo chamánico y de la sabiduría alquimista del fundador de Macondo-América Latina, su hijo destinado a la videncia de la inmutabilidad, a la concentración implacable y a la paz del espíritu elige el camino del poder, la vía de la violencia. Su elección en el texto arrastra a la creatura a la desmesura de la guerra sin ideas, al derramamiento de sangre sin sentido. Sin quererlo verdaderamente, le ha llegado a la entidad fundada por el texto el momento de matar al padre, de arrasar las ideas que rigieron a la generación de la fundación, de colgar a los dioses e imágenes de los pulgares para que agonicen lentamente a la vista de todos, en ejemplar voluntad de aniquilación, aún a sabiendas que será la creatura misma la primera en reinstaurarlas. En este momento de la dialéctica el parricidio se consuma no directamente en la persona del fundador –que a fin de cuentas alcanzó la inmortalidad como el profeta Elías en uno de los cuartos intermedios del sueño de los cuartos infinitos- sino en los símbolos y signos que lo acompañaron cuando Macondo-América Latina era un pueblo desconocido para los muertos. Iglesia, campanarios, sotanas, hijos legítimos y matrimonios y santoral completo son fusilados no por la voluntad de la creatura, sino por voluntad de la revolución. Macondo-América Latina no acababa de comprender sus símbolos de origen cuando la revolución lo obliga a fusilarlos. 23

No te fusilo yo, te fusila la revolución, le dice Macondo-América Latina al hermano, al íntimo amigo, al camarada entrañable, al compadre, al suegro. La voluntad parricida es atraída por una diversidad de polos, todos de signo masculino. Porque tiene un límite, conoce un freno: la madre. Si la fundadora no sabía qué hacer con el espacio está completamente segura sobre qué hacer con el hijo monstruoso, con el bastardo asesino y brutal: lo mismo que habría hecho si hubiera nacido con cola de puerco. Matar al engendro con sus propias manos. La revolución de Macondo-América Latina es emprendida contra un pasado al que nunca se le dio el tiempo de crecer. Contra un padre que trajo pocas cosas y dio muy poco tiempo de su tiempo a la infancia del revolucionario. Ese pasado es un daguerrotipo que muestra a una niña con un lazo en el cabello y botines inocentes sorprendidos por la muerte. Son símbolos muertos y nunca crecidos los que son fusilados. La bisabuela es una niña. Qué lujo: una abuela de catorce años o qué paradoja: una abuela de catorce años. La guillotina de Macondo-América Latina no encuentra cabezas milenarias y empolvadas que hacer rodar; los rosarios de sus obispos no tienen cuentas; sus aristócratas son demasiado recientes; sus ricos lo son de milagro. De geográfica, la creatura se ha despertado como política. Pero sus políticos son inmaduros, sólo pueden ser matarifes y terminan por ser soldados. Sus coroneles son viudos que arrastran la frustración de su lenguaje poético, que al igual que los símbolos de su pasado, los sentidos de sus cimientos, no alcanzaron a crecer. Las palabras descubiertas en su mundo primigenio, en la peregrinación de su infancia, en la fundación de la casa y en la repartición del espacio, han sido encerradas en un cofre del mismo modo como el padre fuera maniatado y fundido con el casta24

ño. Pero si el padre obtuvo la liberación y hasta la inmortalidad a través de la transmutación de la experiencia temporal gracias a sus propias ataduras, las palabras del poeta frustrado se amordazaron a sí mismas, las imágenes poéticas fueron cauterizadas de encierro y de olvido, y su soporte, el papel amarillento, entregado al fuego.

El imposible parricidio -¿cómo matar al inmortal?- se consuma en el lenguaje. El origen de Macondo-América Latina en la imagen poética fue rumoroso y prometedor en la magnífica visión infantil del hielo. Pero demasiado pronto es negado y sacrificado en la lucha masculina por el poder, imantado naturalmente al parricidio. Como éste no se puede cometer en la persona del inmortal se procede a segar la imagen poética de los orígenes y a sustituirla con la jerga revolucionaria, con sus mantras mecanizados. Si esto no se hubiera hecho, si este parricidio del lenguaje no se hubiera cometido, Macondo-América Latina no sería lo que hoy es con su cuerpo doliente y preñado de las imágenes poéticas a las que no se les dio tiempo ni oportunidad de nacer. El testimonio de esas imágenes poéticas está concentrado en el texto fundador de Macondo-América Latina. Él mismo es el fruto logrado de la soledad. La soledad, madre de lo grandioso, lo bello, lo eterno, fuente original de la poesía. Es tan hermoso lo que promete, tan inagotable lo que levanta al soplo de sus primeras líneas, de sus primeras letras, que está destinado a los espacios infinitos del cosmos, a la oscura temperatura de la noche. Las imágenes poéticas bullen en el texto fundador, eclosionan para expresar el movimiento que va a amordazarlas, encabezado por el hijo del fundador, que abjuró a través del fuego de sus car2

tas de amor. Las hizo caminar hacia atrás. Las devolvió a la nada. Pudo hacer nacer de sí un mundo a través de la palabra poética. Un mundo en el que pudo convertirse en cualquier cosa, incluso en un hombre. Pero apostata de sus imágenes poéticas y se entrega a la vorágine guerrera. Lo verdaderamente heroico, lo admirablemente guerrero hubiera sido que a pesar de la vida, a pesar del movimiento parricida de Macondo- América Latina persistiera en su vocación de poeta. Se mitridatiza contra la poesía y no tarda en manifestar los primeros síntomas de resistencia a la nostalgia. Esto lo hereda la creatura y aborta poetas. La demagogia revolucionaria excluye el concepto de que el amor es la fusión de dos posibilidades de creación de imágenes poéticas. Aleja el reposo del ánima necesario para la ensoñación cuna de imágenes. Cauteriza también la posibilidad del amor que se escribe. La revolución crea compañeros o camaradas sin arquetipo, sin posibilidad de elevación ni de alas. El origen de Macondo-América Latina profeti -zaba amantes, grandes amantes de consecuencias griálicas y produjo solamente asexuados seres enfundados en overoles caqui que ignoran el temblor amoroso de las palabras, la vibración misteriosa de su propio nombre en labios del otro porque han recibido un lenguaje reducido, relegado a la prioridad de la lucha por el poder, resignado a la igualdad políticamente correcta. La ensoñación es vedada, ensordecida por el estruendo de los cañones. Las grandes ensoñaciones que han hecho los amores inagotables han sido proscritos en nombre de la realidad de la guerra. Y es una guerra pequeña, una guerra de muertos sin ideales. La posibilidad de engrandecer el universo vislumbrado en la fundación, el ahondamiento del espacio sin límites ha sido cercenada porque la ensoñación 2

primigenia se quedó clavada en el castaño y el peso de la realidad y de la motivación del actuar se trasladó a la guerra. A esa guerra pequeña. El parricidio ha sido consumado, de manera tan perfecta que muy pocas conciencias de Macondo - América Latina alcanzan a darse cuenta de qué fue lo que perdieron, lo que perdimos, de qué fue lo asesinado. El texto fundador y la creatura señalan ese vacío en el lenguaje raquítico de los militares, en los monosílabos de los poderosos, en su conciencia muerta para el poder generador de las imágenes poéticas. En su incultura apabullante y en su prisa por alejarse de todos los rostros de la poesía. En esa ausencia de poesía, en esa orfandad de la imagen poética se educa en las escuelas, asimiladas en el texto al cuartel. (En un extraño experimento reciente en uno de nuestros países de Macondo-América Latina los niños destacados por su rendimiento académico fueron “premiados” con una estancia en un cuartel). El civismo excluye la imaginación. La historia se cruza de brazos al tener que mostrar héroes traidores al amigo y a la casa, mancos, tuertos y cojos del alma en las páginas de libros que expulsaron a las imágenes poéticas para ocuparlas con liberales o conservadores, con centra- listas o federales, con mochos y descreídos que no lucharon por la libertad, los valores morales, la nación, el terruño, Dios o la Razón sino simple y prosaicamente por el poder. La revolución y su parricidio impidieron el porvenir que se le abría al lenguaje en la primordial hora de la fundación. La violencia se convirtió en el único porvenir posible. Sus motivaciones han cambiado pero ninguna de ellas ha abierto la puerta para que el lenguaje prometedor de Macondo-América Latina se dé a luz a sí mismo y alcance su más alto destino, que es la poesía. 2

Aunque el texto fundador es el paradigma de ese alto destino, aunque sus palabras están preñadas de mundos murmurantes, iridiscentes, de posibilidades de realización en las imágenes poéticas y de creación de un mundo a su imagen y semejanza, los goznes y resortes de Macondo-América Latina, apuntan a los cuartelazos, a los guerrilleros, a los secuestradores y a los narcotraficantes como las imágenes existentes que siguen impidiendo la eclosión del lenguaje poético. Llenan pantallas grandes y pequeñas y sus mediocres interpretaciones facturan millones mientras que el poeta, llamado el Hombre, es recuerdo avergonzado, cobijado demagógicamente (“¡hay tanto talento en nuestra América!”) en planes vergonzantes de defensa cultural por decreto, exenciones engañosas de impuestos, sistemas de becas anquilosantes de la auténtica fuerza creadora, desbravadores de talento. El acordeón humilla. La espada, el fusil, el cuerno de chivo, el retén militar y los guardaespaldas ensalzan. La poesía puede esperar. Definitivamente. Indefinidamente. No hay presupuesto o el presupuesto debe destinarse a mantener a raya al guerrillero o a adquirir más armas para el guerrillero, a acotar el territorio del narcotraficante o a adquirir parte del cargamento del narcotraficante, a desmantelar las redes del secuestrador o a pagar el monto del rescate. A pagar el tiempo aire del funcionario que vela porque haya oportunidades y cauces para tanto-talento-que-hayen-nuestra- América… Quiere decir… que sólo estamos luchando por el poder. 2

V deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones

La tercera y la cuarta generaciones alumbradas en el texto fundador realizan lo que están obligadas a hacer: perder de vista el proyecto esencial, en el que el ser estaba todo implicado y extraviarse en los artificios e ilusiones que el mismo movimiento vital de Macondo-América Latina le plantea como producto de sus decisiones. Arrasado el ser primordial, cometido el parricidio, segada la posibilidad de florecimiento en la verdad de las imágenes poéticas, el espacio ilimitado es ocupado por la ilusión del cinematógrafo y el vuelo de los globos aerostáticos. Todo llega en la estridencia de esa como cocina que arrastra a un pueblo, ferrocarril que inserta en las venas de la creatura la voracidad imperialista. Aparecen personajes de cinematógrafo, ambiciosas caricaturas de tira cómica. Ideas de la idea de la idea, degradación de la esencia, de la búsqueda que ha sido sin remedio desvirtuada al descubrir el consumismo. Voraces rubios, pelirrojos, ojiazules, gringos explotadores, choque de voluntades, de creencias, de proyectos históricos y raciales, de idiomas, de entonaciones religiosas. Imperialismo. Explotadores y explotados. Ya es demasiado tarde porque la revolución del hijo del fundador ha muerto, archivada en la tremenda desmemoria de la burocracia, los galones dorados y las condecoraciones y las botas manchadas de sangre y lodo yacen en los inaccesibles estratos del olvido.

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Contra esa invasión ojiazul pelirroja y rubia sí hubiera valido la pena levantarse, pero el revolucionario está irremediablemente viejo y todos asumen por desgracia que la revolución preparó el terreno para que esos depredadores rubios con aires de superioridad se asentaran, con menos verdad y menos gracia que los gitanos expulsados, con el espejismo de sus electrodomésticos, sus máquinas vanas, sus membresías huecas para clubes exclusivos y su tiempo aire que constituye una tributo más elevado e ineludible que el diezmo de los conservadores, que el impuesto de los liberales. Carecen de dimensión profunda porque son de estirpe depredadora. No echan raíces, construyen canales para succionar las riquezas naturales, los jugos, la savia, la sangre, el oro, las frutas del continente hacia sus frías latitudes del norte. Pero Macondo-América Latina los ha atraído para alimentarlos, para darles la satisfacción de reafirmar su superioridad, lo civilizado de sus costumbres, lo puro de sus alimentos, la salud de sus deportes, la liberación de sus mujeres.

En el vacío de imágenes poéticas originales se ha instalado la imaginación de extranjería. Ante los ojos ciegos de los bisnietos y tataranietos de los fundadores, ante los ojos ciegos de la fundadora han venido ellos, los ojos azules a mirar a su modo y a imponer su mirada en las imágenes de Macondo-América Latina. La creatura lo acepta suspirando y trata de convertir en triunfo su sumisión. La sirena de cabello negro gasta fortunas en teñirse de rubia y satisfecha canta en inglés porque de esa manera rubia y anglocantante ha conseguido el éxito, una sucesión de cromos con una banda musical por debajo y que se repite igual a sí misma en multiplicados puntos del globo. Éxito que es una más de las imágenes impues30

tas en el vacío que dejara el parricidio de las imágenes poéticas. El paraíso del fundador, de la fundadora; el espacio encantado, la geografía homérica del desierto poblado de erinias del coronel, el tiempo de las Electras y Antígonas, de las Yermas y Bernardas, que es el tiempo del sufrimiento, el tiempo aprehendido de manera mítica se ha convertido en un pasatiempo, en el pentagrama de notas estridentes que entonan en fonógrafos de tecnología que va en escalada las Mias, las Marilyns y las Bridgets. La gente de la tercera y cuarta generación prefiere pasar el tiempo con juguetes que averiguar la índole de su estructura. Es época de imágenes de cine y no de espléndidas visiones del tiempo vivo del origen, que a fin de cuentas no son más que interiores. El hielo dejó de ser una maravilla, un germen del universo encantado, un prodigio de cristales y un anillo de alianza con la inmortalidad, para convertirse en el producto de un proceso tecnificado y monótono, reglamentado y aseptizado en sus más mínimos detalles. Por la casa esencial de Macondo-América Latina pasa el soplo de la frivolidad atraída por una falsa apariencia de abundancia. Pero la fundadora sabe que esas apariencias son vanas. Está ciega, ve con claridad porque huele y recuerda. La memoria le restituye la visión. Puede recordar con claridad y distinguir entre imágenes falsas e imágenes verdaderas. Conserva el sentido profundo de la fundación pero no puede comunicarse con su tataranieta. La nostalgia siempre estará en ella y a cada segundo ahondará en las profundidades de su soledad. Porque recuerda de qué manera estaban involucrados todos los niveles del ser, las más delicadas y dolientes fibras espirituales en el proceso de fundación en el tiempo, su tiempo, original. Pero también sabe la fundadora que todos los seres 31

humanos no hacen sino lo que tienen que hacer porque cuando se dan cuenta de que están atrapados por las circunstancias ya es demasiado tarde. Sin embargo, siempre queda resonando en los días de la novedad la voz cascada y verdadera de las abuelas: “En mis tiempos…” Si la fundadora ya consideraba como falsos brillos y oropeles las apariencias exhibidas por los gitanos de la primera generación, si ya había que restregarse los ojos para no caer en la ilusión de las alfombras voladoras, los reparos puestos a los globos elevados con gas, al ferrocarril y al aeroplano son insalvables. Las maravillosas invenciones son lo que tú quieras, pero no son esenciales. La fundadora las siente gravitar como jirones de ilusiones, transportes impulsados por gas que no hacen más que acentuar la ilusión del movimiento, pues ella sabe que esencialmente no se va a ninguna parte y que todos terminan por regresar a Macondo. El mundo de Macondo-América Latina comienza a pintarse de varios colores y a llenarse de estridencias venidas de todos los rincones del universo. De paraíso original, de fundación, ha acabado por convertirse en vertedero de productos cuestionables, en oreja aturdida de música de mala calidad, en espectadora de apariencias, en consumidora y generadora de chatarra. Por supuesto que por los corredores de la casa honda y hospitalaria transitan las abuelas atareadas preparando alimentos, pero la santa del mundo simple prefiere huir y fundirse en las nubes y en la luz envuelta en sus alas de sábana. La sabiduría santificada en los fogones y sobre la mesa de planchado ha perfeccionado el sumo arte de no existir para no atestiguar los cambios superficiales que amenazan las entrañas del origen. 32

El mundo se desencanta con cada clavo que fija un riel de ferrocarril, con cada pozo que horada el vientre de la tierra, con cada alambrada que sistematiza la vida de las aves de corral, con cada etiqueta y termómetro aplicados a un árbol frutal. El árbol es desacralizado. Muere en él la adoración del cielo. El ritual foráneo de las curaciones higiénicas, de las vacunaciones, de la administración de píldoras es también un procedimiento de desencanto. Sólo los niños contribu yen a revertir la desacralización de su mundo al convertir las píldoras medicinales en piezas que reaniman un viejo juego de azar, último reducto del mundo encantado del origen. La producción y el dinero circulante se incrementan con los recién llegados, pero la sobreproducción ahoga, el exceso de billetes acaso sirva para empapelar la casa. La explotación del mundo natural acarrea la deshumanización del hombre, abole sus profundos rituales de nacimiento y muerte, instaura la despreocupación de las músicas ligeras y no puede evitar que se caven a golpe de sin sentido profundos hoyos en los pechos humanos, inmensos vacíos en el corazón, huecos y corredores de escalofrío donde pierden su rumbo los actos más sencillos, donde la procreación engendra huérfanos, seres sin destino y sin orientación, paridos por madres adolescentes hasta la tumba, incapaces de trascender su egoísmo. Las fundadoras y su segunda generación luchaban por auto domarse; gambusinas de sí mismas no dudaban en zambullirse dentro de su propio doloroso hueco para encontrar el oro que las lastimaba con su llamado sin arrastrar a los demás en su caída. La superficialidad no tenía cabida en su mundo. La superficialidad es el mundo de la cuarta y la quinta generación. Las fundadoras protago33

nizan estancias de tragedias griegas, el pudor es el guardián de su desgarrador espectáculo interno. Sus sucesoras protagonizan, capítulos de telenovelas, largas enredaderas de ociosa hierba, que acaban por estrangular el sentido de la vida y su posibilidad de poesía. Las palabras de las fundadoras son redondas como monedas, su sonido reverbera en ecos inagotables, pueden ser interpretadas y visitadas como oráculos. Las de las sucesoras son chasquidos y onomatopeyas copiadas de sus telepersonajes baratos. Los hijos de las fundadoras estaban seguros de pertenecer a su árbol. Los de las sucesoras vagan con ojos de loco y sexos colgantes de pavos, sin la caridad de los fantasmas entrañables de la familia, ni de las palabras ni de las manías reconfortantes surcadas de venas y savia, manos árboles de los tatarabuelos árboles. Son hijos de la superficialidad de sus madres, herederos del vacío de las imágenes poéticas, presa de los psicoanalistas que quieren curar sus propios traumas y cobrar por ello, consumidores y proveedores de las drogas que arrasan Macondo-América Latina para asistir las necesidades inconfesables y ocultas de los explotadores del norte, que dejaron los rieles, los caminos y las vías aéreas para poder surtir su miseria y alimentar su depravación, de los que llegaron a un mundo primordial aturdido por guerras que lo desangraron sin dar tiempo de comprenderlas y que en lugar de dejar que los bisnietos y tataranietos de los fundadores fabricaran hacia atrás su lenguaje original, deshicieran el parricidio y rescataran el brillo de sus imágenes poéticas, extendieron su feria de baratijas y electrodomésticos, tintes rubios y falacias y dejaron a esa humanidad de Macondo-América Latina ignorante, superficial adolescente eterna, deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones. 34

VI tan segura de sí misma, tan aferrada a su soledad

La fuerza necesaria para acometer la jornada, el viaje mítico que plantea el texto fundador a su creatura se encuentra en el hueco en el pecho que posee a la hija de la fundadora, a la mujer devoradora de tierra, a la tataranieta. La fuerza necesaria para alumbrar este mundo que nos alumbra es un vacío que tiene un nombre femenino, cósmico y telúrico, que da título al texto y que quizá sea el otro nombre secreto de la creatura: soledad. Aquel que es poseído por la soledad tiene por alma el universo. El hueco, la insondable oquedad en el pecho convierte al ser humano que la porta en misterioso autor de este texto creador, porque se ha convertido al mismo tiempo en autor de su propia soledad. Es su propio aullido de lobo en celo, su propio ensordecedor trino de incontables pájaros. La profunda naturaleza solitaria del ser humano, el dolor por todo lo que le falta o anhela se levanta en este texto creador para llevar a su creatura de la mano hacia el lugar y el tiempo donde ésta pertenece, en un regreso jalonado por el eros. Como los fenómenos de la naturaleza, como los animales salvajes, este eros es profundamente hermoso en la misma medida en que es profundamente peligroso. Pero es la concentración de energía en nuestro ser, la llamarada que abrasa el presente y el futuro y nos deja enfrentados a la soledad, máscara de la eternidad. Eros para los griegos del principio era el cohesionador del cosmos; en el texto fundador es el creador de la eternidad, el artífice de la soledad. 3

El eros degradado de la segunda, tercera y cuarta generaciones no es más que un intento, un ensayo del eros refulgente y solitario que aprehende al universo en el hueco del pecho, el sanctasanctórum de esa soledad que se revela como la única fuerza creativa, la sola madre fecunda, la amante que jamás sacia, y que no se cansa de elevar. El eros de la obra fundante se extiende en una horquilla, “Y” griega de los pitagóricos, signo del cruce de caminos en el que hay que elegir uno u otro; vías que son realidades tan simples como cósmicas y que el ser humano ha reducido a la moralidad: Venus Genitrix o Venus Urania. El camino de Genitirix es tan valioso como el de Urania; pero Genitrix conduce invariablemente a la vía subterránea e infernal mientras que Urania apuesta también invariablemente a la renuncia y a la inmortalidad. En la renuncia de Urania no hay ascetismo ni filiación religiosa alguna. Hay sabiduría al reconocer que más importante que la apariencia –dinero, poder, amante- que puede llenar el hueco cósmico en el pecho es el hueco mismo. Más importante que desahogarlo y llenarlo con los jugos de Genitrix es mantener su pura oquedad, su dolor indescifrable, su fuerza de alta frente, su sonoro, sólido y solitario metal. El texto fundante se trata de este hueco. No tiene reparo en pregonarlo en su título. El texto fundante de Macondo-América Latina se trata de su soledad constitutiva, de la pasión, del deseo, del espanto amoroso, sentimientos-fuerzas asociados con la dialéctica de la que está hecho ese hueco en el pecho del texto creador y de su creatura. La sucesión de palabras y de imágenes, el recuento de los deseos, los proyectos, los viajes, inventos y loterías son las máscaras sucesivas que adopta la fuerza centrifugada del hueco. 3

Cuando la conciencia alerta de Macondo-América Latina mira detrás de las máscaras encuentra la indescriptible energía del hueco y en este reconocimiento ocurre lo realmente mágico y extraordinario: el descubrir que la más constitutiva apetencia de Macondo-América Latina es la de ese hueco porque ese hueco no ha hecho más que apetecerla desde el principio de los tiempos, desde la rutilante intuición de la belleza del hielo, de la rotundidad del ser en la tarde espléndida de la mirada infantil. Todo lo que necesitamos saber, todo lo que necesitamos vivir se encuentra en ese hueco. El texto fundante apunta sus imantadas agujas hacia él. Sus descripciones meticulosas de los intentos de Genitrix no hacen más que ahondarlo. Su prácticamente nulo acercamiento a Urania, su inexistente enfoque griálico de la pasión sexual –tema de Comedias y Quijotes y mesas, espadas y cálices artúricos, Faustos y Gatopardos- es otro de los poderosos recursos que colocan como polo y cáliz del deseo al hueco, a la soledad. Agujero negro del texto creador, hueco sin más, absorbedor de energías y de letras que fluyen hacia su negro y vacío vientre profundo que es a fin de cuentas la profundidad con que el creador del texto ha soñado al mundo. El mundo es infinito pero el soñador que lo sueña también lo es. El hueco del soñador es tan grande que ha soñado a su texto provisto de ese hueco, que a su vez ha creado a Macondo-América Latina en torno del mismo hueco, dotándole de la misma misteriosa e inagotable fuerza, la misma y misteriosa avasalladora pasión, el mismo y misterioso deseo desbocado y sin timón. El ritmo soñador de los que sueñan que leen el texto fundante se acelera y desboca al llegar a los pasajes donde el deseo se llena de mariposas amarillas o de misteriosos tatuajes y sábanas 3

empapadas. Pero al acelerarse, al agotar las letras, el hueco se revela celoso, con manos imposibles aferra por el cuello a los indagadores y los regresa al punto de partida. Intentos fallidos, el hueco persiste, la soledad no ha hecho más que crecer y de esa manera se mantiene sana, inmortal, alta, esbelta, incólume y sí, Urania por los cuatro costados. Mariposas, tatuajes y sábanas trabajan para la muerte. El hueco, la soledad y el silencio maquinan inmortalidad y libertad, fabrican un siempre tan puro como la visión del hielo desde la pura y completa mirada de las soledades infantiles. Apremian para propiciar un despertar, un conocer la esencia de la soledad, de ese dolor: divina inteligencia y divino amor que persiguen a los soñadores fundados por el texto para alcanzarlos y hacerlos conscientes de que aquello que los persigue es, ni más ni menos, aquello que los constituye, y que nacieron a través del texto para comprender ese misterio que o no tiene nombre o tiene nombres infinitos y que esto es inexorablemente único e irrepetible porque para las estirpes condenadas a cien años de soledad no habrá una segunda oportunidad sobre la tierra. Tal vez una de las formas de la soledad sea la del árbol. Tal vez por eso el hijo del fundador, uno de los más acabados portadores de su hueco escoge para morir el regazo del castaño y no el de su madre fundadora. Porque así la grandeza de la imagen solitaria no encuentra más techo o más límite que el mismo cielo. Porque en el árbol solitario está la posibilidad de todas las letras, de todos los alfabetos, porque los antiguos oráculos se escribían meticulosamente en las hojas de los árboles, porque su rumoroso silencio es la voz del hueco y porque sus ramas han mecido muchas muertes. Solamente el árbol puede hermanarse con la visión del hielo. La fidelidad a esta belleza, la pertenencia a la “orden del hueco” sin 3

haberla traicionado jamás, sus tempranos desposorios con la muerte a través de la niña bisabuela del daguerrotipo son la grandeza imparable del hijo del fundador. Sus diecisiete hijos son diecisiete apariencias marcadas con una cruz, ese otro árbol. Su hijo verdadero es el hueco, que es su hija verdadera, la soledad, que es su madre y su esposa y su padre, su pasado, su futuro, su profecía y su recuerdo, su tiempo-hielo luminoso encontrado y caído en su propio agujero negro. Es la vieja conseja del hombre que se convierte en su propio abuelo, producto de relaciones y casamientos incestuosos en algún grado con su correspondiente riesgo de la cola del cerdo, pero como toda conseja o cuento de nunca acabar es un artefacto que expresa el irremediable humano destino inmortal. En ese mundo nacido del ser humano, en ese mundo creado también irremediablemente por el dolor insoportable del hueco, el ser humano puede convertirse en todo, puede vivirlo todo, puede seguir indistintamente a Genitrix o a Urania para descifrar los secretos de ese mismo mundo y respirar en el mismo ritmo que su propio sueño. La entidad creada, Macondo-América Latina se convierte así en su propio abuelo, en el pasado de su felicidad, de su totalidad, de su sentido completo que lentamente se construye, se redondea, único futuro, fruto verdadero, redonda fruición afrutada cuyo aroma permea los espacios invisibles del hueco. Lastimar al fruto o negarlo implica lastimar o negar el pasado que se está construyendo en este mismo verdadero instante, empujado por la fuerza implacable del hueco. Esa fuerza se llama deseo y apetece en este mismo verdadero instante el aroma y los jugos del fruto único futuro de la redonda fruición. El hueco y su deseo han creado en el texto fundante de Macondo-América Latina una indetenible imagen poética en expansión. Ma39

condo-América Latina ha nacido de esa imagen. El hueco y Macondo-América Latina son complementos. Uno es la prueba del otro. Se originan mutuamente, sin cesar. Son la sed y el agua; el aire y el pulmón. Con la copa de la vida rebasada de pasado, con el inagotable hueco ensanchado y sediento del presente fruto futuro, la creatura del texto creador, la entidad llamada Macondo-América Latina adquiere el derecho de habitar su propia inagotable ensanchada imagen. Ha ido al punto más oscuro de su hueco, al más frío, ha espantado las interferencias que pretenden consolar de un manotazo, como si fueran mariposas para conquistar la verdad que la convence. Es al mismo tiempo contempladora y fabricante. Contemplando ha abierto su propia imagen. Abriéndola la ha fabricado. Escribiéndola la ha hecho recuerdo del futuro, vaticinio del pasado. Ha nacido un universo de su hueco doloroso. Equivocándose y trastabillando en los torpes ensayos de Genitrix lo ha logrado. Cree que el deseo y la pasión y los otros síntomas del hueco se curan y tratan en la cama, en el sudor y trasiego de los cuerpos y que esto hay que escribirlo detalladamente y especiarlo con algunos símbolos en los numerosos textos multiplicados que también ha alumbrado la creatura, pero esto no implica un daño mayor porque muy dentro de su hueco está tan segura de sí misma, tan aferrada a su soledad.

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VII pisó conscientemente una trampa de la nostalgia

En varios sentidos puerta de entrada a otra realidad, el texto fundador de Macondo-América Latina cumple la función que en la antigua religión mediterránea tenía el “mundus”: poner en comunicación diversos niveles de la realidad en las contadas ocasiones del año ritual en las que se abría para contaminar de asombro la cotidianeidad y recordarle su origen sagrado. La palabra “mundus” es sencillamente mundo y fue adjudicada a este recurso religioso, según refiere Catón en sus “Comentarios de Derecho Civil”, por “aquel otro mundo que está por encima de nosotros”. Del mismo modo el texto abre la posibilidad de comunicar con otro nivel del ser –“aquel otro mundo que está por encima de nosotros”- y obtener de él tanto conocimiento como sanación. Lo asombroso es que una vez efectuada la lectura el estado producido continúa traducido en una huella más profunda que la que puede dejar la más impresionante de las películas –que no dejan de ser sucesión de imágenes y tienen frente a las palabras la desventaja de no poder concentrar la totalidad en el instante. La sensación psíquica y física de haber estado en otra parte, en un mundo por encima –o por debajo- de nosotros, es una de las improntas que deja el texto fundador después de su lectura. De esta manera, los mecanismos del texto producen en el lector un estado de conciencia despierta que no es sino el alcanzado 41

por varios personajes en los niveles textuales. Su caer en trampas de nostalgia, su darse cuenta de las vueltas del tiempo, su aprehensión de los defectos temporales y tal vez el recurso más efectivo de todos: la proyección de la infancia como el lugar psíquico que se abre, como el “mundus”, sólo de vez en cuando para contaminar de asombro la cotidianeidad, para recordarle su origen sagrado. “Fábula de fuentes”, que dijo Guillén, las infancias de la fundadora, de sus hijos y de la tercera y cuarta generación, apuntan en la fuerza del texto a bucear en el manantial del ser que es la niñez en el hombre. Del ser y del tiempo, pues es en la infancia que se conoce la eternidad. Antes los niños tardaban mucho para crecer, se dice la fundadora en una de las muchas trampas de la nostalgia sembradas con éxito en el texto para que Macondo-América Latina toque el corazón de su infancia y beba en esa fuente intemporal de su propio ser. El recuerdo de las imágenes de infancia puede ser tan abrumador, tan doloroso, que la conciencia se niega a suscitarlo. Para seguir en el sinsentido de la guerra, el hijo del fundador evita las trampas de la nostalgia. Pero pisa terrenos minados, porque es portador del manantial de su origen y ese talismán de la imagen infantil y poética del hielo es el que lo preserva de la muerte frente al pelotón de fusilamiento. Es ese secreto de infancia el que quiere develar y que pospone hasta el día de su muerte. Porque hay que reencontrar ese secreto de infancia, recuperar su lenguaje, volver a poseer su poderoso dinamismo, su escudo, sus alas, su sublime voluntad de juego para poseer el más poderoso recurso del texto creador: la admiración por el ser. La admiración en lugar de la indiferencia. La admiración de la visión del hielo es más poderosa que la constatación de las levitaciones de un cura y de una 42

simple y bella criatura que se eleva al cielo en sus alas de sábanas, porque no es el sentimiento que levanta el espectáculo circense, ni el alboroto tintineante del gitano, sino la constatación de la grandeza del cosmos en la percepción admirada de la infancia. Volar verdaderamente no es volar con alas o en un aeroplano. El que verdaderamente vuela no despega la planta del suelo. Se queda plantado, -sembrado que dicen los gitanos-, sembrado asombrado en su oportunidad única: la fidelidad a esta fuente perdida en la memoria, la posibilidad de seguir su invi- sible hilo de plata y con ella, hacerse manantial, asombro confundido y lúcido en la misma fuente de su asombro. Uno de los profundos secretos de la infancia es la infinita libertad que vive en su soledad. Poder invocar este recuerdo es un talismán de la psiquis, una botella de agua viva que reanima, una intrusión bienhechora del jardín original. Los dos miembros de la última generación del texto fundante se ven a sí mismos en el paraíso perdido del diluvio. Lo que para los adultos es una calamidad para los niños es el edén porque habitan y juegan en la ensoñación profunda de su libertad. El texto fundador está plagado de trampas de nostalgia, de oportunidades para que su creatura Macondo-América Latina ponga en operación los procesos de memoria-imaginación, dupla sin la cual no se pueden reedificar en su brillo y poder creativo los recuerdos infantiles. Memoria e imaginación para recordar, para reeditar los recuerdos y seguir construyendo el tiempo, para recordar el brillo de diamante del hielo e imaginar el lugar del oro escondido. La geografía de Macondo-América Latina vuelve a encantarse en este viaje a la infancia. Sus exhaustos bananeros, sus campos arrasados, las ensangrentadas minas, las plazas de la muerte borradas de la memoria oficial son revertidos en este vi43

aje que conquista el tiempo duradero, el antes perfumado con vapores de azúcar en el que los niños tardaban mucho para crecer. La duración de la tarde de juegos, de las narraciones escuchadas y leídas, de los sabores primeros, los colores, el brillo del hielo se contrasta con lo vertiginoso de los viajes en tren o en automóvil, con la ráfaga de metralla, con lo rápido que puede ser el asunto de matar a un hombre, de emboscar a otro, de tramar la muerte de varios. Tiempo vivo contra deterioro, sonrisa contra mueca, ensoñación contra actividad febril… La reimaginación del pasado a través de la nostalgia, el encuentro con la fuerza del ser a través de la evocación de los recuerdos de infancia, la batalla contra el tiempo descompuesto, el que sufre tropiezos y accidentes, a favor del tiempo sano, de la duración cálida, del arquetipo de la simple y sencilla felicidad se levantan en el texto como herramientas de sanación del tiempo enfermo y del deterioro que puedan aquejar a Macondo-América Latina. Puede vivir los días de la ingobernabilidad, del secuestro, de las mafias y de la pobreza, pero al mismo tiempo tener la raíz de la esperanza en ese otro mundo, en ese otro nivel de la realidad que es su pasado reimaginado, sus primeras impresiones admiradas revividas. Con un pie en esa otra realidad, en ese otro nivel que le ha abierto el “mundus” de la evocación, su tiempo se renueva. Pueden volver a florecer las imágenes poéticas, cada segundo es una fracción ganada al tiempo descompuesto, un paso dado en la conquista de la simple y sencilla felicidad de más arriba. La trama social de Macondo-América Latina, formada por individuos que no tienen el poder de cambiar a su gobierno, ni de 44

detener inflaciones y devaluaciones, ni de incidir en los ordenamientos del banco de los capitales apátridas, sí tiene el poder de hundir su raíz en esa otra parte, de poner un pie en ese otro sueño, de estar constantemente en contacto con ese algo más que intuyeron en su ensoñación, en su viaje psíquico al corazón de su infancia. Los mecanismos del texto propician ese viaje. Un viaje que se revela urgente, que no es para académicos o para seres pacientes y meticulosos, porque es cuestión de vida o muerte. Todo el ser está implicado en ese pasar hojas que susurran en el silencio y que a cada vuelta parecen revelar la verdad que estamos buscando, esa inmersión en el misterio, el “bothros” de Ulises y de Eneas, el “mundus” de los Camiltnas y los Lars Porsenna y los Spurinna y los Césares capaces de soñar y de escribir lo que todavía no ha sucedido pero que sucederá de manera inflexible. Se comprende que Ulises haya se haya asomado al mundo de los muertos una sola vez y que los etruscos y romanos abrieran su “mundus” solamente en contadas ocasiones –tres durante el año, se dice. La develación y posterior remembranza de esos misterios no es fácil de sobrellevar, aunque impliquen necesariamente un encuentro con la soledad, que es la felicidad cósmica. Se entiende que el texto también genere reticentes a la nostalgia, inmunes al asombro, vacunados contra la urgencia porque para todo se puede estar preparado, excepto para la felicidad y su dolor, más intenso que cuantos se hayan podido experimentar. Quienes han tenido la visión inmediata de su propio niño han corrido el riesgo de ahogarse en lágrimas ante el recuerdo insoportablemente bello del momento en que con manos pequeñas y ojos grandes abrieron el mundo a través de sus puertas de sueño. El diluvio era el paraíso y la pobreza y el hambre el jardín del edén, la luz se elevaba en chorros hacia arriba por las paredes cu4

biertas de hiedra y en cada rincón de la casa polvorienta, del terreno abandonado, hilaba un hada su tela de oro. El niño sueña y encuentra a lo grande. Sus imágenes poéticas se levantan como un árbol de estrellas. Por eso el hijo del fundador, vidente de verdades en la infancia, no lo puede soportar y genera una divergencia que es la resistencia a la nostalgia, la negación a abrir las puertas de ese “mundus”, de cerrarse a él porque puede padecer con más entereza los horrores de la guerra que la dolorosa belleza de su infancia perdida. Para Macondo-América Latina, siempre y cuando esté consciente de que abre un “mundus”, el texto fundador es un aprendizaje de escritura, de lectura, de vida; sólo en el momento en que la conciencia descifra su lenguaje y puede leer el texto se ha cumplido su sentido; solamente si se han recorrido los caminos señalados y se ha atravesado como niño el campo minado de la nostalgia cayendo a conciencia en cada una de sus trampas y se han emprendido los innumerables viajes al centro de la infancia y de la soledad y se han visto más sombras, más fantasmas que los descritos en el mismo texto y se puede descifrar el instante en el que se está leyendo, que es el mismo instante en el que se está viviendo… solamente entonces se puede decir que se ha leído cabalmente este texto, que se ha vivido cabal, conscientemente el macondo, latinoamericano destino porque se ha pisado, también conscientemente, una de las trampas de la nostalgia.

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VIII acabándose a cada minuto, sin acabar de acabarse jamás

El texto creador anticipa mediante negaciones que el principio y el fin son lo mismo. Alfa y omega a fin de cuentas. Serpiente ouroboros que se alimenta de sí, que crea realidad a fin de que pueda ser recordada. El objeto de una narración fundada en hechos reales en los que nadie creía es en primer lugar la negación durante la mayor parte del tiempo narrativo de esta identificación de alfa y omega, de principio y de fin, para que la afirmación, el reconocimiento de esta identidad ocurra en un momento privilegiado y luminoso. Es la esencia de la creación, su fórmula inicial: “En el principio…” Es en ese principio-comienzo en el que todo, absolutamente todo, hasta la nostalgia por su pérdida, está presente. Es ese comienzo que homologa su principio con su fin. El fin, la finalidad, el objetivo al que tiende ese comienzo es la completa, cabal conciencia de que todo está presente “en el principio”. De que el tiempo pasa, pero no tanto. La total conciencia del instante en que se conoce el hielo y su recuerdo frente al pelotón de fusilamiento. Alfa y omega que no son literatura sino realidad, ser, conciencia completa de que todo está presente en el principio y lo verdaderamente urgente no es conocer el pasado ni vislumbrar el futuro sino descifrar el instante presente en el preciso momento en que se profetiza a sí mismo, que no es sino el momento preciso en que se crea y se destruye, nace y muere. 4

Así, puede verse el futuro transparentado en el tiempo, como un papel en la ventana de la realidad, pero esto es secundario, porque el texto fundador es urgente de presente. Por eso se escapa a académicos, filólogos, historiadores, ministerios culturales y comisiones de aniversarios, porque todas esas instancias atajan la urgencia y aconsejan comedimiento, reposo, programación y planes. Método, en suma. Aquí radica la fuente de su misterio, la razón de la esencia creativa y fundadora de realidad del texto, porque agonizamos en esa urgencia de hacer consciente el presente y de terminar exactamente donde empezamos, de unir el principio con el final, de hacernos ouroboros con el texto ouroboros que encierra la fórmula de la creación de Macondo-América Latina. Tanto en el texto creador como en el continente-identidad creatura padecemos la ilusión de estar prisioneros; en el texto, obnubilados de belleza literaria y entelarañados de nombres que se repiten con la fuerza de los mantras; en la realidad por él creada o fundada, confundidos por tener tanto que vivir, tanto que procesar, tanto que comprender. Pero en el texto creador y en su creatura lo que ocurre es la posibilidad de ser libres. Se puede ejercer la libertad completa en esa trampa de la perfección literaria que es el texto, en esa complejidad perfectible que es Macondo-América Latina. El proyecto humano que surge del texto fundador es de los más afinados que haya alumbrado tradición espiritual alguna. El espejismo radica en confinarlo en la enciclopedia de la literatura o en el ladrillo que sostiene el castillito del régimen político en turno. No lo permitamos. Es urgente. 4

Permitirlo sería nuestra perdición. Perdidos en el texto, perdidos en Macondo-América Latina, a merced del sin sentido, de los imperialismos transitorios, de la ignorancia. Participemos, no nos quedemos a merced de quienes se han apoderado del texto para desvirtuarlo, de Macondo-América Latina para venderla al mejor apátrida postor, de nuestra lectura del texto fundador para convertirla en estadística, en porcentaje que ensalza las ventas de un negocio o en estrategia de “promoción del libro y la cultura”. Es urgente. Todo lo que tiene que ver con el ser, con la conciencia del instante presente no puede ser pospuesto, no debe ser robado. Ese instante que se nutre de hechos reales para convertirse en furiosa máquina del recordar es nuestra propia conciencia. Ni la realidad, ni el recuerdo, ni la conciencia están intencionados unívocamente para que nos perdamos en ellos. Están ahí para que nos encontremos, para que comprendamos que el extravío es una de las formas del encuentro. Son el problema y la solución, la pregunta y la respuesta. Podemos huir, siempre será una opción. Pero el texto se descifra cuando se le planta la cara enfrente, cuando el ojo develador se encara en el ojo del torbellino final de los cien años, eólico ouroboros de la vida y de la muerte. Es esa impresión de principio que deja el final del texto fundador la que tiene que ser considerada de manera religiosa. Religiosa original porque es un poderoso mecanismo de re-ligación: con la psique, con el cosmos, con el ser. Lo que solamente se intuye en momentos privilegiados, en esa vivencia se comprende de golpe. No es un artificio ni un logro de la estética, es la revelación del misterio esencial de la psique humana, del sentido del hombre en el cosmos, 49

la razón de su desear, de su apetecer, de su insaciable sed de conocer. Es esa impresión de principio que deja el final del texto fundador la que tiene que ser dimensionada como una transformación. Ha cambiado todo. Hemos cambiado por entero. Célula por célula. Ha sido una jornada agotadora, el viaje más intenso y largo que haya podido emprenderse jamás, porque recorre el infinito espacio que surca la voz de Macondo-América para llamarse a sí misma, para suscitarse o resucitarse. Una jornada heroica en la que el héroe es el propio texto fundante, en la que el texto creador es la realidad creada. En la que texto y realidad se han vuelto de revés para reconocerse identificados e idénticos. El texto fundador es además de una máquina de memoria un despertador de la conciencia, un avivador del ojo de la mente. Se trata de no dejar nada por ser percibido, en el sentido de que percibir es vivir. Es la conciencia despierta la que puede recoger lo real, lo vivido para regresarlo a su origen. Decir que este origen es la propia conciencia puede resultar sobrecogedor, pero la verdad siempre sobrecoge y los ángeles han sido y serán terribles. El texto fundador se levanta sobre su propio agujero negro para percibir la realidad. Toda la realidad. No solamente la de un pueblo tropical, un continente descubierto o un planeta en el sistema solar. El texto fundador es la toma de conciencia de que todo constituye una unidad. Una simple unidad continua. Sin divisiones, sin separaciones, sin etiquetas. Una simple unidad en que el pasado y el presente no están separados sino contenidos en su unicidad sin divisiones en el ahora. El ahora de Macondo-América Latina es nuestra preocupación, nuestro problema. Lo vivimos con sus múltiples ramificaciones problematizadas. Le huimos buscando paliativos y 0

ayuda y préstamos del exterior. Pero el ahora de MacondoAmérica Latina es nuestra solución y nuestro alivio cuando decidimos plantar cara a sus múltiples ramificaciones problematizadas y las regresamos una a una, concienzudamente a su fuente. El texto creador y fundante contiene todas las preguntas y todas las respuestas, o una sola pregunta y una sola respuesta, porque su final sabor de principio y su primer atisbo de final proporcionan la llave de la cárcel problematizada de Macondo-América Latina: somos esa cárcel de problemas y en nuestra mano está vivirla como libertad y como respuesta. En lugar de volver los ojos hacia esa otra parte milagrera que no está en ningún lado, a través del texto creador y transformador de Macondo-América Latina podemos probar a mirar a los ojos de esos problemas, fijarlos en la conciencia de que somos nosotros quienes los hemos generado y llevarlos de regreso a su fuente, que es su solución. La conciencia transformada por el texto puede llevar a redondo y seguro término esta tarea, porque se encuentra continuamente alerta e inmóvil en su lugar de privilegio, en su conquistada fidelidad al origen, en ese punto de la circunferencia del texto que es in media res de la realidad profunda, frente al pelotón de fusilamiento de la vida, cuando dicen que pasan los innumerables días en la piel de un efímero segundo infinito. In media res es la estructura de los textos fundadores, sembrados a través de palabras en el presente asombrado que funde el ayer de los recuerdos con el mañana de las expectativas y proyectos. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, (…) había de recordar esa tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Futuro del después, presente de la muerte, pasado de la vida de una imagen poética. 1

Alfa que es omega. Principio que es fin, instante de palabras que concentra todo. Clave-llave de la puerta que te toca para que abras la conciencia, para que comprendas que a través del texto fundador percibes la realidad en su unicidad y totalidad y en su simple y única verdad: la realidad única y simple y total se está percibiendo a sí misma a través de ti. De los libros ha dicho Bachelard que son entidades que están psíquicamente vivas. El texto fundador de MacondoAmérica Latina lo está quizás más que ninguno porque no ha dejado pasar nada, ni siquiera la realidad de su propia destrucción. Puede leerse a su través transparentadas las fuerzas de la psique, las que anónimas construyeron los mitos de todas las culturas, los pasos de salvación de todas las religiones; puede verse el tiempo de diversas maneras porque da la impresión verdadera, simple y única de que contiene todo, que no ha dejado pasar nada, que se ha atrevido a percibir, a vivir, a hacer percibir, a hacer vivir todo, porque desde su alfa hasta su omega va acabándose a cada minuto sin acabar de acabarse jamás. 

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Epi-Logo Con Jules Laforgue, citado por Gaston Bachelard*, he comido del fruto del inconsciente al volver, veinte años después de mi primera lectura, a Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Entonces, como ahora, he tenido la impresión de sumergirme en un texto sagrado en el que no existe la casualidad y en el que todas las palabras, construcciones, giros y metáforas son necesarios. He regresado al texto desde mi propia aventura como amanuense de mensajes que también he expresado comiendo el fruto del inconsciente. Construyo desde este retorno una historia psíquica de la creación de América Latina a través de Cien años de soledad. Coloco el texto en un trípode simbólico sobre mis lecturas vivenciales de: • Gaston Bachelard, para la comprensión de las imágenes poéticas, de la ensoñación y de la infancia. Peter Kingsley para la articulación de una tradición espiritual y de conocimiento de América Latina a partir de Cien años de soledad. Jean Pierre Vernant para la aproximación a la memoria y al tiempo míticos. Todas las palabras y frases en cursivas pertenecen al texto de Gabriel García Márquez.

*Méthode, méthode, que me veux-tu? Tu sais bien que j’ai mangé du fruit de l’inconscient. Jules Laforgue. Moralités légendaires. Mercure de France, p. 24. Citado en : Bachelard, Gaston. La poétique de la rêverie. Quadrige. PUF. Paris, 2005. 

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La fórmula de la creación se terminó de imprimir en mayo 2009 en la Ciudad de México

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