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ANÁLISIS Y VALORACIÓN DE LOS EMBALSES COMO ECOSISTEMAS.

Joan Armengol

Dept. Ecologia. Fac. Biologia. Univ. de Barcelona. Avda. Diagonal, 645. 08028-Barcelona.

ANÁLISIS Y VALORACIÓN DE LOS EMBALSES COMO ECOSISTEMAS.

RESUMEN En los últimos años la calidad del agua sé esta convirtiendo en una de las variables más importantes cuando se habla de gestionar nuestros recursos acuáticos. La recién aprobada Directiva Marco del Agua de la UE establece por primera vez la necesidad de conocer el estado ecológico de las aguas continentales. Dicha directiva obliga también a cada país miembro restablezca las aguas continentales a su estado natural para que mejore la calidad del agua que contienen. España tiene la mayoría de las reservas de agua superficiales en embalses de los cuales entre el 50% y el 70% son eutróficos. Según las propuestas de la Directiva Marco del Agua se deberá mejorar la calidad del agua que contienen y esto supone reducir su estado trófico mediante la realización de planes de saneamiento en todas las cuencas. La importancia de los embalses para España queda de manifiesto si se tiene en cuenta que la primera parte de las directrices necesarias ha sido ya realizada. Así a partir de estudios realizados en 1972-76 y 1987-88 se obtuvo una clasificación ecológica de los embalses españoles a partir de la composición química del agua y de las comunidades planctónicas. Los embalses se han considerado como elementos que interfieren con el clima bajo dos puntos de vista. En primer lugar favorecen la formación de nieblas que puede alterar el microclima de sus alrededores. En segundo lugar, en estos momentos se cuestiona si son fuente o sumidero de gases de efecto invernadero. Finalmente, el cambio climático que sé esta produciendo modificara su forma de funcionamiento. Por un lado aumentará la eutrofia de los embalses y por otro también se producirá un incremento del tiempo de residencia del agua. Muchos de los embalses españoles son eutróficos como consecuencia de los aportes que reciben de materia orgánica y nutrientes. La mejora de la calidad del agua que almacenan pasa por una reducción importante de estas entradas. La experiencia reciente del embalse de Sau, hipereutrófico hasta 1994 y en fase de oligotrofización desde hace 5 años constituye el primer ejemplo de mejora de la calidad del agua de España y abre las puestas a un uso generalizado de técnicas de restauración de embalses. En las condiciones actuales los embalses están realizando la función depuradoras en muchos de nuestros ríos que no tienen planes de saneamiento. Los estudios sobre la evolución de la calidad del agua desde la cola a la presa realizados en el embalse de Sau muestran que estos funcionan como reactores químicos y biológicos. Por este motivo el estado ecológico de estos embalses tiende a la eutrofia o la hipereutrofia como consecuencia de los procesos de autodepuración que realizan. La combinación de planes de saneamiento en la cuenca y gestión ecológica del agua dentro de los embalses ha de permitir una mejora sensible de la calidad del agua que suministran. Igualmente, han de facilitar el desarrollo de comunidades de organismos (desde el plancton a los peces, aves, etc.) mucho más acordes con las que se pueden encontrar en otros ecosistemas naturales bien preservados.

ANÁLISIS Y VALORACIÓN DE LOS EMBALSES COMO ECOSISTEMAS.

INTRODUCCIÓN

La gestión del agua ha recibido una notable atención en los últimos tiempos, que se ha acrecentado desde hace unos pocos meses, como resultado de dos leyes que inciden de forma muy directa en este apartado. En primer lugar esta la Directiva Marco del Agua aprobada por la Unión Europea a principios de verano de 2000 (DOCE, 1999). En segundo lugar hay que destacar el Plan Hidrológico Nacional que fue presentada por el Ministro de Medio Ambiente el pasado Setiembre y que se encuentra en fase de

discusión. El título de esta Conferencia también recoge este aspecto como una muestra más del interés que despierta la gestión del agua así como de la importancia de crear foros de discusión en los que se debatan estos temas. Es mi intención incidir en este debate desde el enfoque de mi especialidad, la ecología de las aguas continentales, y haciendo énfasis en un tema concreto, la gestión de los embalses con vistas a minimizar su impacto y mejorar la calidad de las aguas que suministran. Aunque en España el agua no es escasa como recurso, presenta una distribución espacial y temporal irregular. Con muy pocas excepciones los ríos discurren a lo largo de cauces sin lagos. Con la excepción de Sanabria y Banyoles, la mayoría de las aguas estancadas se reducen a pequeñas lagunas cársticas y a lagos de alta montaña

en las cordilleras (Sierra Nevada, Pirineos, Gredos

de lagos, las zonas húmedas con lagunas temporales o permanentes, pero de aguas someras muestran una difusión muy amplia (Alonso, 1998) y poseen un gran valor ecológico (Armengol et al. 1975) aunque su futuro es bastante incierto (Margalef, 1998). En estas condiciones la construcción de embalses ha sido la única solución para ajustar la demanda de agua a la irregularidad de los aportes que se produce en el clima mediterráneo. Solo bajo esta óptica se puede entender la gran cantidad de embalses que se han construido en España a lo largo del siglo XX. No resulta exagerado, pues considerar que, con cerca de 1300 embalses construidos y 53 km 3 de capacidad de almacenamiento (MOPU, 1988), podamos afirmar que España es un país de embalses. Esta afirmación, que indudablemente peca de obviedad, adquiere importancia cuando consideramos que España es el país europeo con más embalses y que por tanto toda política de gestión del agua ha de tener presente a este tipo de sistemas acuáticos como tema preferente de actuación. Pues bien, según la Directiva Marco de la UE los embalses se incluyen en un apartado totalmente artificial que incluye todo tipo de masas de aguas superficiales artificiales y muy modificadas. No es necesario insistir demasiado en que este apartado es una especie de culo de saco en

).

En contraste con esta escasez

el que aparcan todos los ecosistemas acuáticos que no se clasifican como ríos o lagos. Esta indefinición sé amplía cuando leemos en el apartado de la Directiva Marco sobre indicadores de calidad para la clasificación del estado ecológico: “Los elementos de calidad aplicables a las masas de agua superficiales y muy modificables serán los que sean de aplicación a cualquiera de las categorías de aguas superficiales naturales mencionadas anteriormente que mas se parezca a la masa de agua superficial muy modificada o artificial de que se trate”. Tengo constancia de durante el debate de la Directiva Marco la comisión española insistió en que se incluyera una categoría específica para los embalses. Esta nueva categoría tendría sentido por la relevancia que este tipo de sistemas acuáticos tiene no solo en nuestro país sino en toda la zona mediterránea. También cabe destacar las características propias de los embalses en comparación con los lagos que son los sistemas naturales a los que más se parecen. Se debe recordar que los lagos están sometidos a normas de calidad ecológica mucho más exigente que los embalses en razón de la finalidad de estos últimos. Por este motivo nos encontramos con que difícilmente podremos devolverle a los embalses el estado ecológico que corresponda al de un sistema lacustre supuestamente equivalente.

CLASIFICACIÓN ECOLÓGICA DE LOS EMBALSES ESPAÑOLES. La Directiva Marco del Agua señala, entre otras prioridades, la medida del estado ecológico de las aguas. Esto requiere un paso previo nada trivial cual es la selección de las variables que se utilizaran para establecer el estado ecológico. Una vez establecidos estos criterios se clasificaran los diferentes tipos de sistemas acuáticos. Finalmente, el reto más importante para cada país es el de restaurar las aguas superficiales hasta un nivel ecológico equivalente al deberían tener en condiciones naturales. Para conseguir este objetivo el plazo es de 16 años. No sin cierta ironía podemos dedicar un poco de este tiempo a decidir si queremos que el estado ecológico natural sea el del río que existía antes de los embalses o el del lago que nunca hubo. Aquí es donde sé hecha en falta una categoría específica de aguas superficiales para los embalses que plantee unos objetivos más realistas para los próximos años. Me imagino que debe ser muy difícil convencer a un europeo del Norte que tenemos unos ríos aperíodicos llamados ramblas o que para nosotros los lagos son una curiosidad geográfica. Más dramático para nosotros es hacerles ver que todas nuestras reservas de agua están en embalses y que, además, estos juegan un papel importante en la regulación de riadas. Esta última parte del papel de los embalses puede que sean muchos más comprensible ahora que muchos países centroeuropeos

ha descubierto los inconvenientes de las lluvias torrenciales que conllevan la rotura de diques y la inundación de amplias zonas urbanas. Volviendo al tema de la clasificación de los sistemas acuáticos según su estado ecológico tal y como establece la Directiva Marco. Resulta que en el caso de los embalses España ya tiene hechos buena parte de los “deberes” que propone la Directiva Marco del Agua. En efecto, en los períodos 1972-1975 y 1987-88 se realizaron dos campañas de estudio de 100 embalses españoles (Fig. 1) con la finalidad de establecer una tipología basada en criterios ecológicos. Estos estudios, realizados por el Departamento de Ecología de la Universidad de Barcelona bajo la dirección de R. Margalef (Margalef et al, 1976) y J. Armengol (Armengol et al, 1991) y financiados por el Ministerio de Obras Públicas, fueron un buen ejemplo de los que se conoce como ecología acuática regional (Riera & Morguí, 1990). La idea central de ambos estudios se resume en la frase de Margalef (1983): “Los embalses son una fuente de información fiable sobre el estado ecológico de la cuenca”. Obviamente, hay que destacar otros objetivos como el que justifico el interés inicial del primer estudio y que era la de conocer el efecto modificador del clima por parte de los embalses. Este tema era el que correspondía debatir en el XI Congreso de la Comisión Internacional de Grandes Presas que se celebró en Madrid en 1973. Desde un punto de vista más estrictamente científico el interés se centró en como la construcción de un gran número de embalses en una región semiárida y sin lagos como la mayor parte de la Península podía afectar a la distribución geográfica de muchas especies planctónicas (Armengol, 1980). La selección de los embalses siguió como criterio más importante abarcar el máximo territorio y número de ríos posible. Por ello se evitaron repeticiones excesivas de muestreos en un mismo río en detrimento de otras cuencas. Los embalses debían tener más de 50 hm 3 de capacidad máxima y su profundidad superior a 15 m para garantizar la estratificación térmica. Se estudiaron como casos especiales algunas series de embalses en los ríos Ebro (Mequinenza – Flix), Duero (Saucelle – Aldeadávila) y Navia (Salime – Doiras – Arbón) entre otros. Finalmente, se incluyeron algunos embalses que según criterio de las respectivas Confederaciones Hidrográficas podían presentar problemas de interés. El número final de embalses seleccionados fue de 103 y su distribución geográfica puede verse en la figura 1, mientras que las figuras 2 a 10 muestran las imágenes de algunos de ellos así como un comentario sobre el interés que suscitó su elección.

Los embalses elegidos cubren un amplio rango de características morfométricas, altitud, posición en el río, superficie de la cuenca y año de construcción (Riera et al, 1992). El tiempo de residencia del agua medio de los embalses seleccionados va desde unas pocas horas a más de 2 años. Los usos de los embalses seleccionados también fueron diferentes: la producción hidroeléctrica es uno o el único propósito en 61 embalses, el regadío en 52, el abastecimiento de agua en 34 y el control de avenidas en 3. En el primer estudio cada embalse sé muestreó en cuatro ocasiones, mientras que en el de 1987- 88 se visitaron en dos ocasiones. En todos los casos los resultados se dividieron en dos grupos según estuvieran estratificados o no. La clasificación de los embalses se basó en las propiedades físicas del agua así como en su composición química y de las comunidades planctónicas o bentónicas (Margalef et al 1973; Margalef, 1975; Margalef et al, 1976; Margalef & Estrada, 1982; Armengol, 1978 a y b; Prat, 1980). En el primer estudio (1972-75) el objetivo principal fue establecer una tipología ecológica de los embalses. Por el contrario, en el segundo (1987-88) se persiguió confirmar la clasificación anterior y medir los cambios producidos en el estado trófico de los embalses como resultado del incremento de la actividad humana en la cuenca producido desde el primer estudio( Morguí et al, 1990; Armengol et al, 1991; Jaume, 1991; Jaume, 1993; Manuel, 1991; Morguí, 1991; Riera et al, 1991; Sabater & Nolla, 1991; Riera et al, 1992; Real y Prat, 1992; Real et al,

1993).

De forma sintética hay que destacar que en ambos casos los resultados permitieron reconocer tres grandes patrones de variabilidad en los embalses españoles: 1) la composición iónica del agua (Armengol et al, 1991), 2) el estado trófico de los embalses (Riera et al, 1991) y 3) el tiempo de residencia del agua y la estabilidad térmica de la columna de agua (Armengol et al, 1994).

La composición iónica del agua: factores climáticos y geológicos. Los embalses españoles se distribuyen sobre un amplio rango de condiciones ambientales entre las cuales están las que determinan la cantidad de sales disueltas y el tipo de ión dominante. La concentración de sales disueltas (carbonatos, sulfatos, cloruros) depende de la interacción de la lluvia con las rocas y el suelo de la cuenca. Según este esquema la cantidad de sales disueltas depende la solubilidad de los materiales de la cuenca y su composición del tipo de materiales. La cantidad de lluvia caída será el otro factor condicionante a través del balance precipitación/evaporación (Thorthon, 1990).

Como se aprecia en la figura 11 en España se pueden diferenciar cuatro grandes grupos de embalses (I - IV) que resultan de la combinación de diferentes condiciones climatológicas y geológicas. En la mitad Oeste de la Península predominan las rocas ígneas (granito y basalto) o metamórficos (pizarras) y los suelos son silícicos. Como consecuencia de este tipo de materiales el agua de los ríos y de los embalses de esta zona tiene un bajo contenido de sales disueltas (menos de 250 mg/l) y alcalinidad (menos de 1 meq/l). El resultado de estas especiales condiciones es un grupo específico de embalses, grupo I, que tiene como especial característica el bajo contenido mineral disuelto de sus aguas. Esta zona contrasta con la mitad Este de la Península en la que el substrato de las cuencas está formado por rocas sedimentarias (calizas y margas) y los suelos son calcáreos. En contraste con los anteriores las aguas de esta zona tienen concentraciones de sales superiores a 250 mg/l i la alcalinidad es superior a 1 meq/L. La mitad Este de la Península presenta una heterogeneidad mayor debido a que la estructura geológica no es tan simple y podemos introducir un gradiente N-S de pluviosidad. Según este esquema se pueden diferenciar tres regiones:

Grup II. Los embalses de las Cordilleras Cantábrica y Pirenaica se sitúan predominantemente sobre calizas y dolomitas que al disolverse dan aguas carbonatadas y cálcicas. Grupo III. Embalses situados en la depresión del Ebro hasta el Sur de la Península y que se caracterizan por estar en suelos en los que son abundantes los yesos y las margas que al disolverse aumentan de forma considerable la cantidad de sulfatos en el agua.

Grupo IV. Algunas de la cuencas más áridas de la Península acostumbran a tener suelos salinos o bien estratos profundos con cloruros que dan aguas o bien salada o con elevadas concentraciones de cloruros en comparación con los grupos anteriores. Un caso especial se produce cuando hay manantiales que en su discurrir por el subsuelo se encuentran con diapiros o estratos profundos ricos en sales que resultaron de la crisis mesiniana. El resultado es siempre la existencia de ríos salados que cuando se embalsan dan aguas ricas en cloruros. En la toponimia de España es harto frecuente la denominación de río Salado como para ver qe se trata de un caso relativamente frecuente. En muchos casos la construcción de embalses en estos río se debe más al interés por evitar que se mezclen con el agua “ dulce” de otras zonas de la cuenca, que en aprovecharlas como no sea para obtener sales por evaporación (p.e. el embalse de Barasona). Afortunadamente este grupo esta representado por muy pocos embalses que se agrupan en la zona del Guadalquivir y SE de la Península.

Esta clasificación que puede parecer obvia, una vez vistos los criterios que se han seguido para su realización, esconde una serie de aspectos de interés en relación con la gestión del agua. Así, por ejemplo, los embalses del grupo I de aguas poco mineralizadas y especialmente pobres en calcio, son los más sensibles a la eutrofización. Este hecho se debe a la falta de mecanismos naturales de eliminación de fósforo como puede ser el que precipiten en forma de algún compuesto de fosfato cálcico. En los embalses del grupo II se produce el efecto contrario. En ellos la concentración de cálcio es elevada y este elemento tiende a formar compuestos insolubles con el fósforo (apatito, hidroxilapatito, anapaita, etc.) que reducen la concentración en el agua y previenen el crecimiento algal (Stumm & Morgan, 1996). El grupo III esta formado por embalses que comparten parcialmente las propiedades ya explicadas para el grupo anterior. No obstante, cuando se eutrofizan pueden dar lugar a aguas de muy mala calidad así como procesos de solubilización del hierro que puede afectar a turbinas y tuberías forzadas. El mecanismo es muy simple y se produce cuando las condiciones de anoxia del fondo del agua dan lugar a la nitratoreducción primero y a la sulfatoreducción más tarde. Cuando en el agua aparecen concentraciones de ácido sulfhídrico se forman sulfuros de hierro que posteriormente precipitan en forma de pirita (Schindler, 1985). En este proceso intervienen de forma conjunta bacterias del azufre y del hierro que tienden a movilizar con gran rapidez el hierro en forma oxidada del que están formadas muchas de las estructuras de la presa y la central eléctrica. Finalmente, el grupo IV es el que de forma natural presenta la peor calidad del agua como consecuencia del carácter salobre del agua, que imposibilita su utilización para muchas de las actividades para la que es necesaria. En algunos casos, como en el embalse de Barasona, se intenta desarrollar procesos de evaporación que permiten eliminar las sales para aprovecharlas comercialmente y evitar que puedan mezclarse con agua de menor salinidad. Conocer el tipo de procesos naturales asociados a cada grupo de embalses es un elemento clave para desarrollar criterios de gestión. Bajo esta óptica se puede desarrollar procesos de depuración de las aguas residuales que llegan a cada embalse de tal forma que permitan aprovechar mucho mejor la capacidad natural de autodepuración que poseen.

Estado trófico de los embalses españoles. El segundo criterio seguido en la clasificación de los embalses españoles ha sido su estado trófico. En concreto esta clasificación se basa en la concentración de clorofila y

de fósforo total en las capas más superficiales del embalse. Tal y como se pude ver el la figura 12 para la eutrofia no se puede apreciar ningún patrón de distribución geográfico que responda a la geología o a la climatología. Como ya se ha indicado el estado trófico de un lago o embalse refleja los procesos que tienen lugar en la cuenca. Bajo este enfoque, no debe resultar extraño que los embalses de aguas más limpias y con menor proliferación de algas sean aquellos que están en la cabecera de los ríos situados en zonas montañosas y en cuencas en los que la actividad humana es escasa. La situación contraria también es cierta y, por tanto, en los embalses de los tramos bajos de los ríos y que discurren por cuencas en las que hay un gran desarrollo urbano, agrícola e industrial son los que presentan un mayor grado de eutrofia. Esta situación que era válida para 1975 y 1989 debería dejar de serlo en un futuro inmediato. En efecto, si bien las zonas fuertemente desarrolladas son las que generan más aguas residuales son las que primero necesitan de planes de saneamiento que eliminen gran parte de las substancias causantes de la eutrofización. Bajo una óptica moderna y a la luz de la legislación ambiental tanto española como comunitaria no se debe volver asociar más progreso con contaminación del agua ya que son conceptos que se invalidan mutuamente. El resultado del primer estudio de los embalses españoles estableció que el 50% estaban eutrofizados (Margalef et al. 1976). El objetivo del segundo estudio era el de medir el cambio positivo o negativo del estado trófico de nuestros embalses quince años después (Riera et al 1991; Morguí, 1991). El resultado mostró que ahora el 60% de los embalses estaba eutrofizado. ¿Cuál es la situación actual? La pregunta puede parecer oportunista, pero han pasado trece años desde el último estudio y es un plazo razonable para repetirlo. El tema no es ni mucho menos académico, existe una necesidad real de conocer esta información para poder mantener al día la información que poseemos sobre la calidad global de nuestras reservas de aguas. A este argumento hay que añadir que la Directiva Marco del Agua de UE obliga a todos los estados miembros a realizar un estudio similar al que España ha sido pionera.

Efectos previsibles del cambio climático sobre el estado ecológico de los embalses. Incidencia de los embalses en la emisión de gases. He mencionado anteriormente que el estudio ecológico de los embalses españoles surgió como una consecuencia natural de XI Congreso de Grandes Presas celebrado en Madrid en 1973. El tema propuesto para debatir en dicho congreso era el efecto potencial que la construcción de embalses podía tener sobre el clima. Hay que recordar que durante buena parte del año los embalses funcionan como acumuladores de calor que retornan a la atmósfera durante las estaciones frías. Las

nieblas asociadas a estos intercambios estacionales modifican la climatología a pequeña escala y sus efectos pueden ser localmente importantes. En la actualidad este tema a perdido vigencia como tema de interés para dejar paso a otra cuestión relacionada con el clima y los embalses. La pregunta ahora es ¿de qué forma el cambio climático puede afectar a los embalses tanto por la calidad como por la calidad del agua? Responder a esta pregunta de forma detallada requeriría un espacio mas extenso que el de esta comunicación. No obstante, se pueden anticipar algunos efectos notables que creo serán importantes a escala nacional. Todas las predicciones de cambio climático que se hacen sobre la Península inciden en dos aspectos: 1) aumentará la temperatura y 2) Se producirá un pequeño descenso en la pluviosidad, que se producirá de forma más intensa y espaciada en el tiempo. Las consecuencias de estos dos efectos conducen a resultados ya conocidos y que se pueden observar comparando el comportamiento de los embalses de las cordilleras Cantábrica y Pirenaica con los del centro y Sur de España (Armengol et al 19949. El incremento de la temperatura aumentará el tiempo que los embalses están estratificados así como la estabilidad térmica de la columna de agua. Esto dará como resultado un incremento de la eutrofia de los embalses aunque la cantidad de nutrientes que reciban en el futuro sea la misma que la ahora (Armengol & García,

1997).

Las variaciones en la precipitación obligaran a gestionar el agua de los embalses de una forma mucho más cuidadosa ya que el periodo entre lluvias puede ser largo y se deberán garantizar las reservas. En términos hidráulicos aumentará el tiempo de residencia del agua y los embalses se asemejaran más a lagos que ahora con respecto a esta variable. Las lluvias serán torrenciales y las avenidas que generen pueden ser graves. El papel laminador de los embalses se acrecentará y la erosión producida por las lluvias aumentará la sedimentación. Para resumir, tendremos embalses con agua de peor calidad y con fluctuaciones de volumen mucho más importantes. El papel de los embalses como modificadores del clima está tomando últimamente un nuevo impulso a través del tema de la emisión de gases con efecto invernadero. El tema, de reciente actualidad (St. Louis et al, 2000), se basa en estudios realizados principalmente en embalses canadienses. La disyuntiva se plantea en torno a los balances de carbono de los embalses y se centra en si los embalses son sumideros o emisores de carbono hacia la atmósfera. En los estudios realizados en Canadá parece que los embalses tienden a exportar más CO 2 y metano hacia la atmósfera que el que fijan. La problemática de los embalses canadienses es completamente diferente a los de la zona mediterránea en parte por el tipo de funcionamiento que estos tienen y

porque en el caso de Canadá se considera también la perdida de carbono que supone la inundación de extensiones importantes de bosques cuando se construye el embalse. Los mismos autores indican que en los embalses situados en valles y con poca superficie inundadaeste efecto no es tan importante. De forma subjetiva, la información existente de los embalses españoles apunta a que los sistemas eutróficos tienden a almacenar parte del carbono orgánico que reciben a través de los ríos o que asimilan las algas en el sedimento. Este hecho explica que los embalses eutróficos tengan sedimentos de tipo sapropélico en el que abundan los hidrocarburos resultantes de una degradación parcial de la materia orgánica en un ambiente anaerobio. En las figuras 13 se ver apreciar diferentes tipos de sedimentos en los que se puede apreciar la acumulaciones de carbono por el color negro que presenta todo o parte del sedimento. También es cierto que las condiciones que se dan en los embalses eutróficos favorecen la metanización del carbono orgánico acumulado en el sedimento, de hechos la burbujas que aparecen al sacar dragas de sedimento a la superficie refleja la gasificación que se produce cuando se reduce la presión hidrostática al sacar el sedimento a la superficie. No obstante, la liberación de gas se ve obstaculizada por la elevada tasa de sedimentación que tienen los embalses españoles como consecuencia de la erosión de la cuenca. En efecto, las elevadas tasas de sedimentación de los embalses hace que los materiales orgánicos que sedimentan queden enterrados bajo capas, que en algunos casos y zonas del embalse -cola-, pueden ser del orden de centímetros. Bajo estas condiciones los gases producidos difícilmente pueden difundir hacia el agua y por tanto quedan retenidos. De la misma forma que en los embalses canadienses se hace intervenir en el balance la perdida de carbono que ya no puede ser fijado por los bosques inundados, también se debería considerar en este balance la reducción de las emisiones de CO 2 que se produciría si la electricidad se obtuviera en centrales térmicas convencionales. Creo que el debate está abierto, tiene un interés más que notable, y justificaría que se realizaran balances en embalses españoles que permitieran tener una valoración menos subjetiva sobre la emisión de gases con efecto invernadero.

EUTROFIZACION Y OLIGOTROFIZACIÓN. ESTUDIOS A LARGO PLAZO. En 1975 el 50% de los embalses españoles estaban eutrofizados (Margalef et al 1976) y quince años después este porcentaje aumentó al 60% (Riera et al, 1991). De forma similar con criterios OCDE, un poco diferentes a los utilizados en los estudios anteriores otros autores (Ortiz & Peña, 1984; Aviles et al., 1997) consideran que entre 1990 y 1997 el 40% de los embalses son eutróficos mientras que Alvarez-Cobelas et al. 1992, lo hacen aumentar hasta el 70%. Creo que polemizar sobre pequeñas

variaciones en el tanto por ciento no conduce a nada. Existe una certeza plausible de que la mayor parte de las aguas superficiales de la Península presentan un grado de eutrofización elevado. Este estado es una expresión de la actividad humana en las respectivas cuencas. En este sentido hay que considerar que hasta hace poco tiempo no se ha empezado de planes de saneamiento para recuperar la calidad del agua de los ríos y que va a parar a los embalses. La UE establece que para el 2002 todas las poblaciones con más de 2000 habitantes han de tener depuradoras que traten sus aguas residuales. Respecto a los vertidos industriales la normativa aún es más clara, ya que todas las industrias han de modificar sus procesos de producción para que no produzcan emisiones contaminantes así como depurar las aguas que vierten. Bajo estas condiciones es de esperar una pronta mejora en la calidad del agua de los ríos y una recuperación del estado trófico de los embalses. En estos momentos cobra valor los estudios a largo plazo realizados en algunos embalses españoles, ya que permiten ver cual ha sido su evolución a lo largo del tiempo y como les ha afectado las modificaciones que se han producido en la cuenca. De igual forma que la clasificación de los embalses españoles se basó en un estudio extensivo a escala nacional, la evolución de trófica de los embalses requiere estudios intensivos a largo plazo. Los estudios intensivos a largo plazo exigen una gran constancia en los planteamientos y en los objetivos perseguidos. En España hay varios de estos estudios de este tipo en curso y no es casualidad que los estén realizando empresas de abastecimiento de agua potable a grandes ciudades. Si alguien tiene como objetivo prioritario el velar por el mantenimiento de la calidad del agua de los embalses, estas son las empresas que los utilizan para suministrar agua potable. El seguimiento de la calidad del agua de este tipo de embalses es obligado si tenemos presente que el agua almacenada es la materia prima para la fabricación de agua potable. Pues bien, bajo este punto de vista se entiende que los embalses gestionados por EMASESA en Sevilla (Toja, 1982; Toja et al, 1992), por el Canal de Isabel II en Madrid, Consorcio de Aguas de Bilbao y por ATLL en Barcelona, entre otras empresas, constituyan la fuente de datos más importante de nuestro país sobre la evolución de la calidad del agua de los embalses a largo plazo. De estas series de datos, la más larga y que se ha seguido con mayor detalle es la correspondiente al embalse de Sau en Barcelona. Este embalse se empezó a estudiar desde el momento de su primer llenado en 1964 y se ha continuado hasta la actualidad (Vidal, 1969; Vidal, 1970, Vidal, 1973; Vidal & Om, 1993). La serie de datos generada hasta el momento es la más larga que se tiene de un embalse en la zona mediterránea. Su extensión es comparable con las más largas

del mundo de cualquier tipo de ecosistema natural o artificial. Solo en estos momentos somos capaces de comprender lo que representa poseer una serie temporal de esta magnitud, ya que permite ver la relación entre actividad humana y evolución del estado trófico. Ahora que se discute sobre la posible evolución del cambio climático y se realizan modelos predictivos, los datos de Sau constituyen la mejor referencia posible ya que se basan en un estudio real y son, por tanto un buen modelo empírico. La información sobre las cargas de nutrientes y la evolución trófica de Sau constituye un buen ejemplo de a utilidad de las series de datos para conocer como se puede mejorar la calidad del agua que almacenan. Sau ha seguido desde 1964 un proceso continuado de eutrofización que alcanzó su punto más álgido en 1992 y ha partir de este año se invirtió su evolución iniciando el primer ejemplo español de oligotrofización. En la figura 14 A se puede ver la evolución de la cargas de fósforo que han entrado en Sau desde 1965 hasta la actualidad, así como la línea que marca su evolución. El factor desencadenante del cambio en el estado trófico de Sau fue la realización de un plan de saneamiento en la cuenca que se inició en 1990 y, en su primera etapa, concluyó en 1993. Este plan consistía en la construcción de depuradoras de tipo fisicoquímico con una fase final en la que eliminaba el fósforo. El resultado fue una reducción drástica de la carga de este elemento entrado en Sau, que a partir de 1994 alcanzó un nivel semejante al de los primero años de su funcionamiento. De forma paralela, en la figura 14 B se puede apreciar que las cargas de nitrógeno inorgánico disuelto no siguieron un camino similar hasta 1996 en que todas las depuradoras de la cuenca finalizaron su transformación a biológicas. El efecto de estos cambios sobre el estado trófico de Sau se ha seguido mediante la evolución de la concentración de clorofila (Fig. 14 C). Dicha concentración ha seguido una tendencia creciente con los años que refleja el desarrollo económico de la cuenca, pero sin una mejora ambiental equivalente mediante la depuración de las aguas residuales. Si bien el estado trófico de Sau se refleja en la concentración de clorofila, otro cambio más importante es la composición del fitoplancton. Hasta 1994 el fitoplancton estival de Sau estaba dominado por cianoficeas o cianobacterias de la especie Microcystis aeruginosa, que produce hepatotoxinas (Rabergh, 1991; Kiviranta, 1992; Lukac, 1993; Carmichael, 1994; Vezie, 1997) que resisten muy bien la cloración de las potabilizadoras. En estas condiciones la viabilidad de este embalse para el suministro de agua estaba seriamente comprometido. El desarrollo de estas algas y de la clorofila con la que se expresa su biomasa continuó hasta 1994 en que se empezaron a notar los primeros efectos del plan de saneamiento. A partir de 1995 el modelo que relacionaba la concentración de clorofila con la carga superficial de fósforo dejó de cumplirse (Fig. 14

D). En estos momentos ya existe la evidencia de que este cambio se debe a que se sigue un nuevo modelo de relación entre estas dos variables. Como se puede ver en la figura 14 D, la concentración de clorofila del periodo 1995-99 sigue otro modelo de relación con el fósforo. De estos resultados es sorprendente observar que la reducción de la carga superficial de fósforo no haya supuesto una reducción de la concentración de clorofila como se deduce del modelo de 1964-90. La causa de este cambio es que ahora el fitoplancton es mucho más eficiente en la transformación de fósforo en clorofila y por tanto se obtienen mejores resultados a pesar de la reducción. A nivel de la composición del fitoplancton hay que destacar que las cianofíceas tóxicas han sido sustituidas por clorofíceas. Las cianofíceas son un grupo que se desenvuelven muy bien en condiciones extremas como cuando hay mucho más fósforo que nitrógeno, tal y como sucedió hasta 1994. A partir de este año las clorofíceas, que se desarrollan mejor cuando el fósforo es limitante, pasaron a ser dominantes en el fitoplancton. Así pues, hasta el momento el efecto más importante del saneamiento de la cuenca es la desaparición de las algas tóxicas. Se ha evitado así que se haya producido algún tipo de limitación en el abastecimiento de agua potable desde Sau, que hubiera obligado a un costoso proceso de potabilización. En estos momentos se está a la espera de los cambios que previsiblemente seguirán a la reducción de la carga de nitrógeno inorgánico disuelto desde 1997. Lamentablemente, la sequía de estos dos últimos años está retrasando el nuevo cambio que se espera para Sau y que en este caso se prevé que será una reducción en la concentración de clorofila. La conclusión del ejemplo de Sau es clara y cumple con las previsiones teóricas sobre evolución trófica y restauración de lagos y embalses. En primer lugar, hay que destacar que el estado trófico de los embalses y la calidad del agua que contienen es el resultado directo de la carga de nutrientes que reciben. Por esto el estado trófico de los embalses españoles es el resultado de la actividad humana. En segundo lugar, es muy importante saber que este estado es reversible. La restauración u oligotrofización de los embalses y la mejora de la calidad del agua que contienen pasa por la realización de planes de saneamiento asó como en las mejoras en el manejo y gestión de las cuencas. Una vez seamos conscientes de que somos los culpables del estado de nuestras aguas y que se puede cambiar su situación, tan solo nos falta la voluntad de llevar a cabo este proceso. Entre otros factores más directos hay que recordar que la Directiva Marco del Agua nos obliga en un plazo de 16 años a restablecer los niveles de calidad del agua que contienen. La falta de referentes lacustres no evita que estemos obligados a restituir a los embalses unos niveles de calidad del agua acordes con el uso tanto por el hombre como por las especies que lo habitan.

LOS EMBALSES COMO SISTEMAS AUTODEPURADORES. BASES PARA MEJORAR LA CALIDAD DEL AGUA. El estado trófico de los embalses es un reflejo de la calidad del agua que reciben y, en especial, de la carga de materia orgánica y nutrientes. El estudio de la composición del agua que entra y sale de los embalses, así como los balances de nutrientes ha apuntado de forma reiterada en que estos actúan modificando de la calidad del agua que reciben (Armengol et al, 1986; Vidal & Om, 1993). Es en este sentido que normalmente se considera a los embalses como depuradoras naturales intercaladas en los ríos. La forma en que se realiza esta depuración es solo parcialmente conocida ya que se basa más en balances entrada-salida que en estudios directos dentro del embalse. En el caso de Sau los datos históricos indican que el 50 % del fósforo anual entrado en el embalse es desviado hacia el sedimento. No obstante esta proporción puede variar según de la cantidad de agua que ha entrado en el embalse a lo largo del año (Armengol et al 1986; Armengol et al. 1988). En el ámbito teórico diferentes autores han considerado que los embalses funcionan como quemostatos (Uhlmann, 1972; Margalef, 1976; Margalef 1983; Uhlmann et al, 1995), es decir, van modificando el agua que reciben de forma progresiva a lo largo de su recorrido. Según este esquema se va produciendo una mejora en la calidad del agua de forma continua desde la cola a la presa. En esta transformación la hidrodinámica juega un papel destacado ya que permite que las poblaciones planctónicas se distribuyan lo largo de todo el embalse en función de los procesos en los que participan. Otro factor muy importante es la morfología del embalse que condiciona la forma en que circula el agua. Esta es la causa de que los embalses situados en valles largos y estrechos presenten las mejores condiciones posibles para el estudio de la depuración del agua. De nuevo, estas condiciones se dan en el embalse de Sau, ya que con 18 km de longitud máxima y una anchura muy uniforme de 300 en la mayor parte de su recorrido (Fig. 15), permiten estudiar los gradientes ambientales que se producen a lo largo de su recorrido. La elevada carga de orgánica y de nutrintes que aporta el río Ter (Fig. 14 A y B) facilita la realización de estudios sobre la capacidad de autodepuración de Sau. Los resultados obtenidos en diferentes transectos cola-presa muestran que a lo largo de Sau las concentraciones de muchos de los compuestos disueltos o particulados van variando a lo largo del embalse siguiendo una evolución que se ajusta a un modelo exponencial negativo (Fig. 16). En el caso concreto de Sau esta evolución indica claramente que el agua se desplaza a lo largo del embalse siguiendo el modelo de flujo de pistón (Armengol et al. 1999). En otros embalses las situaciones pueden ser muy diferentes, pero lo que es importante a este nivel es que la evolución

longitudinal del agua se ajusta al modelo del quemostato. La forma en que cada embalse desarrolla procesos que maximizan la transformación del agua que reciben es uno de los aspectos a destacar en el caso de Sau. Como se ha indicado anteriormente, Sau recibe agua ricas en materia orgánica y nutrientes, es decir, el tipo de aguas residuales que llegan a las depuradoras urbanas. Por este motivo la intensidad de los procesos que se desarrollan dentro del embalse se adapta al tipo de aguas que reciben (Simek et al, 1998 y 1999). Este efecto se puede calcular a partir del valor de los exponentes de las diferentes ecuaciones exponenciales negativas que describen la evolución de cada variable física o química que se ha medido (Fig. 16). Como se puede ver en la figura 17, los valores más elevados y, por tanto, los procesos más eficientes son los asociados a la eliminación de amonio, fósforo reactivo disuelto y las formas particuladas de nitrógeno y fósforo. Se trata, pues, del mismo esquema de depuración que se seguiría en una depuradora biológica convencional, al incidir sobre la materia orgánica, los compuestos nitrogenados y fosforados. En el otro extremo de las medidas de eficiencia se sitúa la conductividad eléctrica del agua y la concentración de cloruros, que son variables muy conservativas. Es decir son variables poco efectadas por la actividad de los organismos y acostumbran a indicar procesos de dilución por aportes de la cuenca propia del embalse (Armengol et al.

1999).

Bajo este planteamiento se empieza a entender porque nuestros embalses presentan

un estado trófico globalmente tan malo. En realidad, están realizando la depuración biológica que debería hacerse en origen (ciudades, industrias, granjas, etc.) con el fin de no sobrepasar su capacidad de autodepuración. Cuando se sobrepasa esta capacidad cada ecosistema acuático desarrolla procesos que le permitan hacer frente

a la avalancha de nuevos productos que le llegan y para los que no estaba preparado

hasta entonces. El principal inconveniente de esta adaptación es que su estado trófico

se modifica negativamente. Las comunidades de organismos se simplifican y se

asemejan cada vez más a las que podemos encontrar en una depuradora y, por tanto,

la calidad del agua disminuye. La incongruencia de todo este proceso es que desde el

punto de vista de la utilización del agua queremos que los embalses, además de hacer

la acción autodepuradora tengan agua de buena calidad. Los economistas denominan

a esta una situación “trade off”, es decir, no se pueden tener las dos cosas a la vez. A nosotros nos toca escoger

GESTIÓN ECOLÓGICA DE LOS EMBALSES Y CALIDAD DEL AGUA. Empieza a ser evidente que la los dos aspectos que encabezan este apartado van juntos. Creo que los objetivos perseguidos por la Directiva Marco del Agua de la UE están acelerando un proceso de evolución en la gestión del agua en el que ha de prevalecer la calidad sobre la cantidad. Esta situación que ya estaba empezando a producirse en España, recibe ahora un empuje definitivo. Algunos de los ejemplos que se han indicado en esta comunicación responden a los temas que el equipo de ecología acuática continental de la Universidad de Barcelona ha venido desarrollando desde 1972 en que se empezó la primera clasificación de los embalses españoles. Hay muchos más aspectos en los que la palabra gestión de embalses tiene plena vigencia y que son abordados por otros equipos de científicos e ingenieros españoles. En España existe una base de conocimiento sólida y amplia sobre gestión ecológica de los embalses que solo espera la oportunidad de poder ser aplicada. La Directiva Marco del Agua ha de ser un motor que agilice este cambio de tendencia que permita actualizar agilizar los estudios de embalses y la aplicación de técnicas para mejorar su estado trófico. Nunca debería verse como una injerencia que viene a poner trabas a poder seguir utilizando el agua como hasta ahora. La construcción de embalses es una la alteración de un sistema fluvial y esto siempre supone tiene un coste ecológico que solo puede compensarse, en parte, con una correcta gestión. El resultado debería ser la disponibilidad de un agua de excelente calidad y el desarrollo de comunidades acuáticas que contengan especies de interés para la preservación de un entorno lo más natural posible. La construcción de embalses ha permitido el desarrollo de una agricultura de regadío y un mejor aprovechamiento de tierras de secano. La prevención de avenidas y la obtención de energía, mediante la utilización de un recurso renovable como el agua, han sido valores añadidos que han impulsado la construcción de un numero cada vez mayor de embalses. Bajo esta óptica esta claro que la construcción de embalses es una forma muy adecuada de favorecer la modernización del país, pero hoy la situación es muy diferente. No se trata de conseguir cada año más hectáreas de regadío, sino de hacer más competitivos los productos agrícolas. Y es que la riqueza ya no se mide por la cantidad producida, sino por el grado de penetración que ésta tiene en los mercados internacionales y su nivel de competitividad frente a otros productores. La situación actual de la calidad del agua de nuestros ríos y embalses requiere el inicio de actuaciones drásticas para mejorarla. Y esto no es tanto porque lo diga la Directiva Marco del Agua de la UE sino porque es la única forma que tenemos de afrontar un futuro en el que el agua cada vez será un bien más escaso que no podemos malgastar.

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