FACULTAD LATINOAMERICANA DE CIENCIAS SOCIALES SEDE ACADÉMICA DE MÉXICO

MAESTRÍA EN CIENCIAS SOCIALES XVIII PROMOCIÓN 2010-2012

EL SUJETO SUJETADO PROBLEMATIZANDO EL CONCEPTO DE AUTONOMÍA A
LA LUZ DE LAS TRABAJADORAS SEXUALES ORGANIZADAS

Tesis que para obtener el grado de Maestra en Ciencias Sociales presenta:

María Elena García Trujillo
Directora de tesis: Dra. Ana María Tepichin Valle Seminario de tesis: Las mujeres y el género. Investigación en Ciencias Sociales Línea de investigación: Familia, género, grupos de edad y salud

México, D.F. Agosto 2012.

La realización de esta tesis se llevo a cabo gracias al apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, CONACYT

RESUMEN
En la presente investigación vinculo elementos teóricos, empíricos y analíticos para construir desde el contexto del trabajo sexual, el concepto de autonomía relativa entendida como el proceso en construcción en el cual las mujeres, en ocasiones, reflexionan sobre su posición en las relaciones opresivas intragenéricas e intergenéricas desde tres esferas vivenciales -personal, colectiva, relaciones cercanas- y, en ocasiones, actúan en congruencia con esta reflexión, tomando decisiones movidas por sus propios intereses. Tiene dos dimensiones centrales, las percepciones y prácticas. Utilizo las prácticas y de ellas, la toma de decisiones y libertad de movimiento como subdimensiones. Tanto la autonomía relativa como el trabajo sexual se abordan desde una postura teórica que media entre las individualistas / subjetivas y las objetivas / estructuralistas, en la que la acción colectiva tiene un papel fundamental. A partir de esta articulación pretendo observar posibles prácticas de autonomía en las relaciones que tiene la trabajadora sexual organizada en su esfera colectiva. Utilizo el relato de ocho trabajadoras sexuales asociadas a dos agrupaciones en el Distrito Federal. Rescato sus experiencias desde cuatro relaciones sociales (clientes, instituciones gubernamentales y ONGs, vecinos y otras trabajadoras sexuales), estudiadas a través de un análisis prospectivo y retrospectivo tomando como momento cero la acción colectiva. Palabras clave: Trabajo sexual, Autonomía, Acción colectiva, Prácticas.

ABSTRACT
In this investigation link some theoretical, empirical and analytical construct within the context of sex work, the concept of relative autonomy understood as the construction process in which women, at times, reflect on their position in the intrageneric and intergeneric abusive relationships from three areas experiential personal, collective, relationships- and, sometimes, act in keeping with this thinking, making decisions driven by their own interests. This has two central dimensions, perceptions and practices. This research, rescues practices and of them, decision making and freedom of movement as subdimensions. Both the relative autonomy as sex work are approached from a theoretical position intermediate between individualistic / subjective and objective / structural, in which collective action has a key role. From this articulation claim to identify any practices of autonomy in relationships that have organized sex worker in the collective sphere. I use the story of eight sex workers in two distinct social groups in Mexico City. I rescue her experiences from four social relationships (customers, government institutions and NGOs, neighbors and other sex workers), analyzed through a prospective and retrospective analysis taking as time zero collective action

Key Words: Sex work, Autonomy, Collective action, Practices.

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ÍNDICE GENERAL
AGRADECIMIENTOS DEDICATORIA INTRODUCCIÓN De los ismos y la irrupción del movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales UNO. LA ACCIÓN COLECTIVA COMO VÍA A LA AUTONOMÍA RELATIVA 1.1 El sujeto mujer 1.2 Los campos de acción colectiva y su influencia en la transformación social 1.3 El empoderamiento y la acción colectiva 1.4 La construcción del proceso de autonomía 1.5 Problematizando el concepto de autonomía: la autonomía relativa de las trabajadoras sexuales organizadas DOS. EL CONTEXTO EN EL QUE SE DESARROLLAN LAS TRABAJADORAS SEXUALES ORGANIZADAS 2.1 ¿Por qué decidir ser trabajadora sexual? 2.1.1 Trabajar en lo que sea, pero trabajar: el contexto coyuntural económico 2.1.2 Trabajar en lo que sea, pero trabajar: el contexto estructural sociosimbólico 2.2 Sobrevivir dentro del trabajo sexual: la acción colectiva como estrategia de resistencia 2.3 La actualidad del trabajo sexual en el D.F. v vii 1 17 30 38 42 46 53 58

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TRES. ENTRE LA AUTONOMÍA RELATIVA Y EL CUERPO SUBORDINADO: LAS TRABAJADORAS SEXUALES ORGANIZADAS, LOS CLIENTES Y LA ESFERA INSTITUCIONAL. 3.1 La trabajadora sexual y el cliente: el sujeto sujetado 3.1.1 La ausencia de captores, padrotes y regentes en el trabajo sexual: un paso hacía la autonomía relativa 3.1.2 ¿Trabajadora sexual organizada o puta? Las modificaciones en el comportamiento del cliente 3.1.3 ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Dónde? Las condiciones laborales y su validación 3.1.4 La (in)dependencia económica 3.1.5 La protección colectiva: la instauración de mecanismos de defensa grupales 3.2 Las instituciones como medio de control del trabajo sexual: el Estado, los cuerpos policiacos y las instituciones no gubernamentales 3.2.1 La delincuente, la víctima o el mal necesario: diferentes visiones, diferentes relaciones pero violencia mantenida

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3.2.2 Un nuevo acercamiento a la esfera institucional: la acción colectiva como una práctica de autonomía y un potenciador de otras prácticas de autonomía. 3.2.3 La negociación: un derecho ganado 3.2.4 ¿Y a cambio de qué? Los vicios en las agrupaciones 3.2.5 Los logros en el proceso de autonomía

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desde las instituciones
CUATRO. EL ESTIGMA, LA DISCRIMINACIÓN Y EL CONFLICTO EN LA REALIDAD DE LA TRABAJADORA SEXUAL: LA RELACIÓN EN LA AGRUPACIÓN Y CON LOS VECINOS 4.1 Del estigma al reconocimiento. La relación incómoda entre las trabajadoras sexuales, los vecinos y la sociedad 4.1.1 El estigma como modelador de la relación “sociedad-trabajadora sexual” 4.1.2 El estigma como cuestionador de la relación “sociedad-trabajadora sexual organizada” 4.1.3 La relación con los vecinos. La participación en los acuerdos vecinales como mecanismo de negociación y autonomía. 4.2 Entre la convivencia y la competencia: las relaciones entre las trabajadoras sexuales dentro y fuera de la agrupación 4.2.1 El trabajo sexual de calle como el principal obstáculo a la acción colectiva 4.2.2 El control a través del dinero: “el donativo” de GUM 4.2.3 La competencia como eje transversal en la relación entre trabajadoras sexuales 4.2.4 Entre el conflicto, lo ganado. CONSIDERACIONES FINALES El sujeto aún sujetado 152

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APARTADO METODOLÓGICO ANEXOS BIBLIOGRAFÍA

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AGRADECIMIENTOS
Siempre me ha costado dar las gracias. No porque sea insensible a apreciar la gratitud en las personas cuando así lo amerita, es simplemente porque me criaron bajo el “dale gracias a dios”, y ese gracias se difuminó cuando ese dios comenzó a ser cuestionado. Prefiero agradecer retribuyendo, abrazando y sonriendo. Y aunque las personas a las que agradezco aquí saben que en algún momento les agradeceré como sé agradecer, hay que cumplir el protocolo de estampar la gratitud en papel. Agradezco a los que, codo a codo, me acompañaron en el recorrido de estos dos intensos años. A mis padres por tratar de entenderme; a Ricardo, mi compañero, por siempre estar; a mis hermanas y hermano (y a sus múltiples hijos) por devolverme de vez en cuando a las raíces; a mis entrañables amigas (Thalia, Santa y Naco) por ser las perfectas cómplices; a mis nuevos amigos del posgrado por el conocimiento, los bailes, las risas, los abrazos y esas charlas de sobremesa tan sabrosas (si nos los nombras no existen así que ahí voy: a Nacho, Carlos, Ali, Karla, Mariana, Reynier, Parce, Jenny, Lean, Jorge, Esther, Agos, Fran, Lencho, Fer, Rosy, Issac, Cuauh, Abril, Julia, Isra, Andrea, Andrés, Lucas, Omar, Sandro, Jairo, Pablo, Mony, Danilo, y Nelita); a Roberto Miranda por haber sido mi primer guía en el camino a veces escabroso pero siempre interesante de la investigación; a tantas y tantos por haber nutrido mi proceso como mujer y como futura investigadora, a través de conocimiento, experiencias, recuerdos, ideas, aventuras, luchas, solidaridad y apoyo. También va mi agradecimiento al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) por dotarme de la beca que me permitió realizar mis estudios de v

posgrado. Y a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, a su planta académica y administrativa por hacer más llevaderos estos dos años, y por guiarme en este proceso. A mis profesores y profesoras por tener la disposición de enseñar a aprehender y cuestionar el conocimiento. Y a todos los que consciente o

inconscientemente colaboraron con este proyecto y con mi formación. Especial agradecimiento a mi seminario de tesis, a las compañeras y compañeros, y a mis coordinadoras por cuestionarme y exigirme en el proceso analítico de la investigación. A la lógica y agudeza de Ana María Tepichin que dirigió la misma. A la lectura que de este trabajo ha hecho Víctor Ortiz, y a los comentarios certeros que realizó Flérida Guzmán. Esta investigación no podría haber sido posible sin el apoyo de Roque Carrión, Manuel de Jesús Alegría y Herbert Sánchez de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, los que me tendieron la mano y los puentes para llegar a las trabajadoras sexuales. Agradezco y abrazo enormemente a las ocho mujeres que entrevisté, por su tiempo y su disposición para contarme su historia y para tratarme como una amiga. Las experiencias que volcaron en mi han resultado ser la mejor experiencia que pude haber tenido en esta investigación. Esta tesis va para ellas. No me queda más que decir a todas y todos los aquí nombrados y pensados

Va una gran sonrisa y un inmenso abrazo.

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A

Las otras y los otros que dedican sus esfuerzos para construir un mejor nosotros… Mi madre y mi padre por ayudarme a creer y dotarme de lo necesario para dejar de creer; Ricardo, por ser mi acompañante en la travesía del amor emancipado; Mis compañeras y compañeros flacsianos por el descubrimiento de su amistad; Ti.

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INTRODUCCIÓN

El interés por las problemáticas que se suceden en torno al trabajo sexual me nace a raíz de una primera investigación que llevé a cabo en mis años de licenciatura. De ella surgió un artículo que denominé Condiciones laborales de las bailarinas de table dance en la Zona Metropolitana de Guadalajara. En este primer acercamiento al tema y aún con grandes sesgos de información en el conocimiento sobre estudios de género y feminismos, 1 descubro que la problemática trasciende con mucho el esquema analítico lineal que en ese momento propuse y que referenciaba al ingreso per cápita comparado2 como uno de los indicadores de empoderamiento femenino. Me encuentro entre muchos otros hallazgos con la posibilidad del disfrute de la actividad. Sin embargo, ello era neutralizado por los altos niveles de riesgo y violencia que padecían o estaban susceptibles de padecer. Éstas y muchas situaciones contradictorias entre sí, y la aproximación a las posturas teóricas reinantes en el tema (el prohibicionismo, el abolicionismo y el reglamentarismo), generaron en mi forma de abordar el tema y en la lectura de los paradigmas teóricos, una serie de cuestionamientos. Se me presentaba como necesario repensar la figura de la trabajadora sexual en los estudios sociales, ya que ninguna de las posturas hasta el momento estudiadas, me otorgaba los elementos teóricos necesarios que pudieran explicar la experiencia de vida de la actoras que formaron parte de la investigación. Ello, aunque posiblemente resultase una particular excepción en el patrón de comportamiento de las trabajadoras sexuales –construidas teóricamente por las tres corrientes principales-, rompía con éste y por tanto se hacía necesario analizarlo. Ya con esta serie de cuestionamientos, comienzo a ahondar en el tema y me encuentro con la presencia de un número importante de asociaciones y organizaciones civiles de trabajadoras sexuales alrededor del mundo. Este elemento me resultó trascendental en la búsqueda y posible explicación de la configuración social que estaba dando lugar a la traslación entre el ser prostituta y el ser trabajadora sexual.

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Que si bien he tratado fervorosamente de aminorarlos a través de mi construcción como investigadora y feminista, muchos de ellos siguen estando presentes. 2 Ingreso comparado con otras mujeres tomando en consideración grupos de edad, escolaridad y ocupación.

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De esta forma, después de un arduo esfuerzo tratando de problematizar y articular teóricamente mis ideas, me encuentro con que en la agenda de investigación sobre trabajo sexual, la acción colectiva de las trabajadoras sexuales había sido exiguamente abordada y qué, incluso, la incidencia de ésta en los procesos de autonomía de las trabajadoras sexuales -no obstante su importancia actual- no había sido estudiada. Así nace esta investigación. Con la necesidad de encontrar o -si es el caso- generar un enfoque teórico en los estudios de género y en específico, en la agenda de investigación del trabajo sexual, que sin eliminar el peso estructural y dominante que respalda a la actividad y que alimenta la heteronomía naturalizada de las mujeres, rescate la posibilidad de acción y decisión de la trabajadora sexual organizada y con ello la potenciación de sus prácticas de autonomía. Para ello, profundizo en las experiencias de vida de ocho mujeres, trabajadoras sexuales de calle, organizadas, que forman parte de dos agrupaciones, el Grupo Unificador de Mujeres A.C. (GUM) y una agrupación de la calle Sullivan en el Distrito Federal (D.F.), que aún no se reconoce con un nombre específico. Ellas, mediante entrevistas, semi-estructuradas y a profundidad, me detallan las relaciones que tienen y tuvieron –antes y después de organizarse colectivamente- con sus padrotes, regentes o captores (si es que existieron), con sus clientes, con el gobierno, los funcionarios públicos y diversas policías, con instituciones no gubernamentales, con sus vecinos y por último, con sus correligionarias dentro o fuera de la organización social. Desde una perspectiva que media entre la postura social / estructuralista / objetiva y la individualista / subjetiva dentro de los estudios de género, pueden observarse los acontecimientos en los que es posible darle vida a la autonomía relativa caracterizada por ser un proceso inacabado, situado, indeterminado, contradictorio, no gradual y siempre conflictivo. Específicamente, es un proceso en construcción en el cual las mujeres, en ocasiones, reflexionan sobre su posición en las relaciones opresivas intragenéricas e intergenéricas desde tres esferas vivenciales -personal, colectiva, relaciones cercanas- y, en ocasiones, actúan en congruencia con esta reflexión, tomando decisiones movidas por sus propios intereses. 3

Todo lo anterior cobra sentido cuando en esta investigación comienzo a discurrir sobre la posible presencia de la autonomía relativa en la trabajadora sexual, y sobre la influencia que puede o pudo tener la acción colectiva en la potenciación de estas prácticas de autonomía. Para justificarla y responder a

estos cuestionamientos se hace necesario ahondar en el debate académico y establecer una posición en torno al trabajo sexual y su relación con la autonomía. Esto se desarrolla a continuación.

I.

Del trabajo sexual, la dominación y la autonomía

El trabajo sexual3 se ha configurado socialmente como una de las relaciones de dominación masculina por excelencia, ya que es una actividad fundada en el control de la sexualidad mediante la mercantilización de los usos sexuales que se les ha dado históricamente a los cuerpos de las mujeres. Como relación de dominación, desigual y opresiva, el análisis del trabajo sexual desde la lente de los estudios de género se ha abordado continua y constantemente desde tres aristas teóricas centrales: el prohibicionismo, el abolicionismo y el reglamentarismo. Estas posturas se han visto permeadas por el tratamiento cultural, político y legal que se le ha dado históricamente a la figura del trabajo sexual y a las trabajadoras sexuales en la sociedad, y en las instancias gubernamentales. La apreciación de la actividad y de los sujetos desde estos paradigmas ha respondido a una estructura sociosimbólica que ve en la figura del trabajo sexual una actividad réproba, y en las trabajadoras sexuales a delincuentes, males necesarios o víctimas, es decir, a sujetos excluidos y dominados sistémicamente. Esta dominación represiva y externa (desde los códigos culturales y las instituciones políticas, sociales e incluso académicas) elimina de facto la posibilidad de las mujeres trabajadoras sexuales de constituirse como sujetos transformadores de su realidad, y con ello, la existencia de resistencia y ofensiva en el trabajo sexual. Generalizando una situación de dominación y/o victimización para todas las mujeres que viven esta realidad.

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Dado que esta investigación suscribe la postura teórica feminista que apela al reconocimiento del intercambio consensuado de sexo por dinero y otras variantes de servicios sexuales como un trabajo, lo que generalmente se nombra prostitución, aquí se nombrará trabajo sexual. Sin embargo se respetará en las citas la nomenclatura que los autores le dan a la actividad.

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Al respecto, Catherine MacKinnon, una de las intelectuales que suscribe la teoría abolicionista, establece que la prostitución es una de las expresiones más violentas –si no es que la más- del patriarcado. Considera que la

objetificación sexual es el eje primario de la sujeción de las mujeres, ya que “asocia acto con palabra, construcción con expresión, percepción con imposición, mito con realidad. El hombre jode a la mujer: sujeto, verbo y objeto” (MacKinnon citado en Scott, 1996), dignidad y su capacidad de agencia. Sin embargo, la generalización que hacen estas posturas de la trabajadora sexual como mujer objeto, víctima y/o mujer dominada no permite cubrir todas las formas, variedades y tipos de trabajo sexual y todas las situaciones que viven las trabajadoras sexuales. Enmarcar todo ello en esta visión resulta determinista y reduccionista. En relación a esto Enric Sanchis señala que el debate entre las diferentes posturas teóricas feministas, en especial la erradicacionista o abolicionista, se basa en valoraciones que mezclan juicios de valor y realidad en torno al trabajo sexual, es decir, no están preocupados en el ser –como la sociología sugeriría- sino en el deber ser (Sanchis, 2011: 918). En este sentido, ni el prohibicionismo -con la gestión y condición que niega su autonomía,

resguardo de los valores morales y tradicionales por medio del Estado como verdugo de lo abyecto y lo anormal- ni el reglamentarismo -con los mecanismos de control sociales, policiales y sanitarios disfrazados de una aparente tolerancia a la actividad- ni el abolicionismo extremo -que en el afán de la eliminación de la actividad suprime totalmente la autodeterminación de las trabajadoras sexuales-, han podido dar respuesta a los casos, que no son aislados ni homogéneos, en los que dentro del trabajo sexual, las mujeres se están organizando y se están reconociendo como trabajadoras sexuales. En las últimas tres décadas se ha observado una efervescencia sin precedentes en la organización y movilización social de las trabajadoras sexuales alrededor del mundo (Kempadoo, 1998). Este fenómeno visibilizó las fisuras de las posturas teóricas con respecto de lo que realmente estaba pasando alrededor del trabajo sexual. Ello dio origen, dentro de los estudios de género a un paradigma teórico que además de aglomerar las diferentes críticas al abolicionismo feminista, se ha construido desde la voz de las implicadas, las trabajadoras sexuales. Al respecto, Raquel Osborne señala que el movimiento 5

a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales –como se ha hecho llamar- constituye a estas actoras en
“sujetos de su propio discurso y no, como hasta ese momento, en tanto objetos del discurso de expertos y expertas y de las propias feministas, que se erigían en sus indebidas portavoces, reflejando únicamente su forma de pensar” (Osborne, 2000).

Este movimiento abanderado por las protagonistas del trabajo sexual busca ahondar en la complejidad y diversidad de las situaciones que se dan dentro de la actividad. Ya que a diferencia de las abolicionistas que eliminan su agencia y con ello a ellas, estas actoras se recuperan de la invisibilidad sistémica y mediante alianzas con académicas (Gail Petherson, Raquel Osborne, Dolores Juliano, Ruth Mestre) comienzan a estudiar sus problemáticas, no sólo desde su propio relato, sino desde la concepción de la actividad ya no más como prostitución sino como trabajo sexual, y poniendo el foco de atención en la garantía y protección de los derechos humanos y laborales de las mujeres insertas en estos contextos (Heim, 2011; Osborne, 1991) . Entre los ejes centrales del movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales se encuentra la (re)conceptualización del trabajo sexual y la distinción de éste de la trata y tráfico de personas y la prostitución infantil. Este postulado levantó animadversión entre el ala abolicionista del feminismo, porque consideraban se legitimaba una de las formas de violencia de género más extremas. No obstante, los intelectuales y activistas dentro del movimiento comienzan a problematizar en torno a la coerción y la falta de libertad en la elección de la actividad que, según las abolicionistas, sufren todas las trabajadoras sexuales. Establecen que gran parte de este postulado se funda en la concepción patriarcal de que las actividades sexuales y de cuidado, enmarcadas en la esfera privada y exclusiva de las mujeres, no son concebidas como un trabajo que merece remunerarse. De ahí que Ruth Mestre et al en el afán de romper con la división sexual del trabajo, señale que es importante rescatar y reconceptualizar las actividades laborales que realizan las mujeres, de modo que en ellas se reconozca al cuidado y a la producción afectivosexual como trabajos (Mestre, 2005: 1). Abonando a este discurso, Osborne argumenta que el presupuesto de que ninguna persona puede insertarse en el trabajo sexual sino es por la fuerza descansa en la estigmatización de la 6

actividad, alimentada a su vez de la división de la identidad femenina entre lo bueno, la madre y la esposa, y lo malo y deleznable, la puta (Osborne, 2000). En esta perspectiva, el trabajo sexual no sólo sugiere el “intercambio consensuado de sexo por dinero” y de las diferentes variantes de serv icios sexuales mercantilizables. Presupone cuestiones centrales en la posible constitución de un nueva identidad sexual femenina y con ello de un nuevo sujeto mujer. Entre ellas se encuentra, la aceptación de la validez del uso de la energía sexual y las partes sexuales del cuerpo como herramienta laboral; el reconocimiento de la autonomía de la persona, su actividad sexual y la validez de su consentimiento; el cuestionamiento al estigma de la actividad y a la discriminación social que soporta; la reivindicación del valor productivo de las tareas afectivo-sexuales que la división sexual del trabajo le atribuyó a las mujeres y, el cuestionamiento de la ciudadanía laboral sexuada que ha excluido sistémicamente a las mujeres y a sus trabajos negándoles con ellos sus derechos (Heim, 2011:245). Si bien esta conceptualización ha permitido ampliar el registro de la realidad e incorporar en los estudios de género a las diferentes variantes de trabajo sexual y a las diversas situaciones de las trabajadoras sexuales y, además ha visibilizado y politizado el contexto de riesgo en el que se enmarcan, ello no ha logrado permear en la estructura sociosimbólica que disocia de manera casi naturalizada a la mujer madre de la mujer puta, por lo que se sigue perpetuando el estigma de la actividad. Sin embargo y no es algo menor, ha puesto al descubierto que aunque el trabajo sexual se ha constituido como una relación de dominación patriarcal, refiere también resistencia y ofensiva por parte de las mismas trabajadoras sexuales, al contestarle mediante su capacidad de acción a un sistema económico que las excluye y a un sistema social que las estigmatiza y las discrimina. Es decir, a pesar de que la estructura sociosimbólica sigue operando a través de condicionamientos económicos y sociales, la movilización social y la acción colectiva -que diera lugar al movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales- se han ido presentando como un signo de esta capacidad de acción y decisión. De modo que la emergencia en las últimas décadas de organizaciones como Grupo Unificador de Mujeres A.C. (GUM), Asociación en PRO Apoyo a Servidores Sexuales A.C. (APROASE) en México, 7

Genera en España, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) y la Red de Trabajadoras y Trabajadores Sexuales (RedTrabSex) en toda América Latina y el Caribe, se ha empezado a vislumbrar como un elemento central en el proceso de transformación de sus relaciones de poder y ha generado la necesidad de estudiar el fenómeno de la acción colectiva en el trabajo sexual y sus implicaciones tanto en el imaginario social como en el proceso de subjetividad de las trabajadoras sexuales. Así, con la manifestación de la acción colectiva en el trabajo sexual, los abordajes en la agenda de investigación del trabajo sexual dentro de los estudios de género, se han modificado y expandido. Lo que antes resultaba irrelevante en este campo de investigación, por este evento ahora se hace tema necesario para ser estudiado, de modo que se cuestione a un mismo tiempo lo anteriormente impuesto como lo que está emergiendo. En este tenor, la problemática que aborda esta investigación se funda tanto en el cuestionamiento de la heteronomía naturalizada de las trabajadoras sexuales determinada por el discurso abolicionista- como en el establecimiento de una plena autodeterminación –desde el movimiento a favor de sus derechos-. Es decir, se busca problematizar la autonomía de las trabajadoras sexuales desde sus prácticas. Las redes que se tejen en el trabajo sexual configuran relaciones de dominación, y la dominación implica constricción de la capacidad de agencia y autodeterminación. Es decir, la falta de autonomía de las trabajadoras sexuales en estas relaciones se presenta como una constante. Ello, por la asimetría en las matrices de poder que siempre afecta en mayor medida a grupos estigmatizados como las trabajadoras sexuales. Esta falta de autonomía se traduce en mayores riesgos y presencia de violencia en los contextos en los que tiene lugar la actividad. Refiere, por ejemplo, que la trabajadora sexual no pueda decidir sobre sus horarios y días a laborar, sobre el precio y los servicios que pone a la venta, sobre seleccionar al cliente, sobre estar obligada a pagar una cuota por derecho de piso, etc. Todas estas situaciones hacen que la vulnerabilidad en el contexto del trabajo sexual aumente, lo que acrecienta las posibilidades de que las trabajadoras sexuales sean violentadas y

criminalizadas. Sin embargo, este contexto es susceptible de ser cambiado y con ello la heteronomía como constante, por lo que es posible que las 8

trabajadoras sexuales se inserten en procesos de autonomía relativa que potencie su construcción como sujetos a través de la eliminación o disminución del riesgo en el que viven. Un elemento que pudiera incidir en este proceso es la acción colectiva. Esta posición, como se observa, no niega en un primer momento la heteronomía que propugna la postura abolicionista, ni tampoco suscribe totalmente la visión de que las trabajadoras sexuales son mujeres autónomas. Por ello, la investigación tiene como objetivo estudiar, desde la evidencia empírica, el comportamiento de la autonomía de las trabajadoras sexuales, una vez que están participando de la acción colectiva y desde la esfera colectiva. Ello se podrá realizar sólo suscribiendo la posibilidad de autonomía que promueve el movimiento a favor de los derechos, sin la necesidad de dejar de cuestionarlo. De esta forma, la conformación de grupos y asociaciones por y para trabajadoras sexuales se presenta así como una posibilidad para

(re)estructurar el espacio social donde realizan su actividad, convirtiéndolo en un campo de cuestionamiento, transgresión y resistencia de las relaciones patriarcales culturalmente construidas, generando potencialmente estrategias y prácticas de autonomía contestatarias a los procesos de subordinación. Además, su reconocimiento público como trabajadoras sexuales -que va aparejado de la acción colectiva- ineludiblemente está confeccionando una nueva trama discursiva, no sólo desde la propia trabajadora sexual, también en el imaginario social. Ello, podría originar una reconfiguración en las relaciones de poder por la apropiación simbólica del nuevo discurso, lo que permitiría la traslación social de la implicada, de una proscrita a una mujer trabajadora con derechos humanos y laborales. Una justificación teórica de esta traslación se puede encontrar en Michel Foucault cuando señala que la importancia del poder no reside en su distribución, en tanto provistos o desprovistos de él, sino en el “esquema de modificaciones que las relaciones de fuerza, por s u propio juego implican” (Foucault, 2009:120). De modo que, aunque el trabajo sexual se presente como una relación de dominación, la modificación de esta relación es posible en tanto la resistencia y la ofensiva sea inherente a las sujetos trabajadoras sexuales. 9

En este sentido, desde la literatura que aborda el empoderamiento y la autonomía de las mujeres (León, 1997: García, 2003), el ejercicio colectivo se presenta como una de las posibilidades para trastocar e incluso transformar las relaciones de poder. Es pues uno de los elementos que abona al proceso de empoderamiento y autonomía (Tarrés, 1998: Stromquist, Kabeer, Young y Rowlands en León, 1997) y que al mismo tiempo se constituye como una práctica de ésta última. Ya que de acuerdo con las autoras, es posible que la interacción con otras experiencias y saberes, y más aún, el saberse identificadas con otras mujeres y sus experiencias, posibilite el cuestionamiento al orden establecido, la constitución de nuevos discursos, su emergencia como sujetos políticos y la potenciación de prácticas de autonomía en sus diferentes esferas vivenciales. En referencia a lo anterior y buscando problematizar algunos presupuestos básicos de las distintas corrientes teóricas y del movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales, la motivación que guía esta investigación parte de preguntarse sobre la presencia de prácticas de autonomía en las trabajadoras sexuales, y de ser así, sobre cómo incide la acción colectiva en el proceso de autonomía de las trabajadoras sexuales que, aunque condicionadas estructuralmente, están insertas en este trabajo y deciden organizarse dentro de él. En este sentido, la hipótesis sustentada aquí, establece que de ser posible la presencia de prácticas de autonomía relativa en la mujer trabajadora sexual que decide por cuenta propia nombrarse públicamente y organizarse colectivamente, la misma acción colectiva crearía condiciones para la interacción y sociabilidad con otras experiencias y saberes, y ello posibilitaría ejercicios de reflexión sobre su subordinación y, la posible generación de contextos propicios para la reproducción de más prácticas de autonomía relativa dentro de su trabajo y la organización. En torno a la importancia teórica y empírica de la investigación, la incidencia de la acción colectiva en los procesos de empoderamiento y autonomía es un tema de investigación que ha sido exhaustivamente abordado desde los estudios de género y a partir de diferentes organizaciones y agrupaciones sociales de mujeres (Martínez, 2003; Meza et al, 2002; Pérez, 1999; Rowlands, 1997). Sin embargo, aunque este tema responde a la realidad 10

vivida en el trabajo sexual desde hace tres décadas, no hay indicios de que haya sido analizado científicamente. Ello, considero se debe a dos razones centrales. La primera alude a la aceptación generalizada
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de la teoría

abolicionista dentro de las estudiosas del género y con ello a la consideración a priori de la trabajadora sexual como individuo heterónomo, víctima de un proceso que no controla, constreñida totalmente por la estructura social, de modo que realizar investigaciones científicas relacionando conceptos como autonomía y trabajo sexual estaría contradiciendo los presupuestos fundantes de dicha postura. La segunda razón refiere a que los tópicos estudiados en torno al trabajo sexual, aunque en número considerables, la mayoría de las veces se limitan a profundizar en el debate imperecedero de las diferentes posturas teóricas, criticando sus presupuestos básicos, discutiendo los fundamentos para nombrar a la actividad como trabajo sexual o prostitución (Díez, 2009; Sanchis, 2011; Villa, 2010; Mestre, 2005; Juliano 2005; Hoffman, 1997; Pateman, 1995; O´Connell; 2002 y Pachajoa et al, 2008), estudiando las conductas de riesgo en razón de las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) (Elmore-Meegan et al 2004; Agustín, 2005 y 2007), abordando las dinámicas de inserción y actuación de las mujeres en la actividad (Penagos, 2002; García, 2010; Olvera, 2006 y Blissbomb, 2010) y, últimamente, desde la postura a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales, estudiando su condición como sujetas de derechos (Pheterson, 1989; Heim, 2011; Robles, 2005 y Lamas, 1996) y los procedimientos de distintos países en relación al reconocimiento de sus derechos humanos y laborales (Gould, 2002; Kilvigton et al, 2001 y Jassen, 1998). Entonces, esta tesis justifica su importancia dado el vacío existente en la literatura académica en torno a los mecanismos de acción colectiva en el trabajo sexual y su incidencia en los procesos subjetivos de las trabajadoras sexuales. Es importante mencionar que la discusión sobre autonomía y trabajo sexual que aquí se desplegará, sólo es posible tomando como punto de partida
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De acuerdo con Agustín, una de las razones por las que el abolicionismo ha logrado dominar el espacio público es porque se trata de un movimiento “bien organizado y centrado en unas cuantas estrategias, sobre todo la de simplificar lo complejo mediante argumentaciones, como la de que toda prostitución es violencia [...], que cualquier miembro de la sociedad puede captar rápido. [...] En cambio, el movimiento pro trabajo sexual ofrece un discurso [...] no reduccionista [...] que tiene necesariamente esas características, pues desea registrar una diversidad de realidades humanas. Además, dentro del mismo movimiento, hay distintos planteamientos sobre cómo se debería proceder, lo cual complica aún más la comprensión” (citado en Sanchis, 2011:918).

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el principio de autodeterminación y reconocimiento de la autonomía de las trabajadoras sexuales que establece la postura pro derechos de la mujer5, sin embargo ello no implica que se esté dando por hecho la existencia de esta autonomía. De ahí la relevancia empírica, ya que resulta necesario validar –o en su caso refutar- que, la acción colectiva posibilita la potenciación de prácticas de autonomía en las trabajadoras sexuales, lo que estaría reforzando los presupuestos que soportan dicho paradigma teórico. Al mismo tiempo representa un reto teórico ya que tejer con conceptos como autonomía y trabajo sexual, que incluso se han considerado contrapuestos, implica cierto grado de creatividad analítica debido a que en primera no se ha escrito profusamente relacionándolos, y en segunda, la particularidad, la complejidad y la diversidad fáctica del trabajo sexual pone en cuestión la utilidad de los enfoques de autonomía trabajados anteriormente en los estudios de género. De ahí que se haga necesaria la construcción de un concepto propio. Este nuevo concepto daría cuenta de la situación de sujeción estructural que sufren las trabajadoras sexuales por la figura discriminante y socialmente aceptada del trabajo sexual, pero al mismo tiempo resaltaría la posibilidad de su conversión en actoras, en tomadoras de decisiones, resistiendo, contestando e incluso generando, en alguno o en varios ámbitos de su vida, prácticas de autonomía. En adelante se presentará un primer esbozo del marco analítico utilizado en la investigación.

II.

El trabajo sexual y la autonomía ¿relaciones irreconciliables?

Buscando abonar al debate teórico de los estudios de género y en específico de las investigaciones enfocadas al trabajo sexual se propone un concepto situado de autonomía, que considere el peso estructural de la relación de dominación pero que no desestime la posibilidad de contestar, trastocar o incluso revertir esta misma situación de dominación. El concepto de autonomía relativa tiene como fundamento central el enfoque utilizado por Mora Urquiza

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Esta postura también es relacionada con el feminismo liberal que tiene como referencia al neorregulacionismo germano-holandés que se distingue de la corriente reglamentarista por reconocer la prostitución voluntaria de personas adultas como actividad laboral (Sanchis, 2011: 918). También es conocida como la corriente laboralista que supone reconocer los derechos laborales de las prostitutas con los derechos de cualquier otra profesión formalmente reconocida, con la misma protección social y jurídica (Villa, 2010:162).

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(2008) que sugiere la movilidad del sujeto en un continuo establecido entre la heteronomía y la autonomía, o bien, entre la sujeción y la subjetividad. De ahí que dos elementos centrales en la autonomía sean la reflexión con respecto de la posición de subordinación (lo que la autora llama posicionamiento frente a la idea tradicional de ser mujer) y la acción devenida de esta reflexión (autodeterminación). De esta forma, se carga al sujeto del peso específico que tiene la estructura y los códigos normativos en la constitución identitaria, pero se recupera con fuerza su capacidad subjetiva de acción y decisión. Esta

perspectiva descansa en la noción de poder como poder productivo y positivo que permite el empoderamiento, la resistencia y la ofensiva. Jo Rowlands (1997) establece una tipología de poderes y una clasificación de esferas vivenciales que resulta conveniente para la construcción analítica de la investigación. También se rescatan los campos de acción colectiva de María Luisa Tarrés (2003) que refieren a la interacción y la sociabilidad como pilares en la construcción del sujeto social. Como se parte desde la concepción patriarcal socialmente aceptada del trabajo sexual como figura marginal y estigmatizante, el proceso de autonomía se presenta como discontinuo, contradictorio y conflictivo, y se hace necesario situarlo en la experiencia de las mujeres trabajadoras sexuales organizadas y desde el ambiente ríspido y violento en el que se desenvuelven. De esta manera, habría posibilidades de señalar que las mujeres están ejerciendo su capacidad de acción y decisión cuando deciden nombrarse y organizarse colectivamente, no obstante, esto se realiza desde la opresión que sigue representando socialmente el trabajo sexual, por lo que resulte necesario hablar de la autonomía como proceso relativo, aún en función del otro, de ese otro social que puede tomar la forma del cliente, el vecino, la representante o el policía. A partir de lo anterior se construye a la autonomía como el proceso [en construcción] en el cual la mujer, en ocasiones, reflexiona sobre su posición en las relaciones opresivas intragenéricas e intergenéricas desde tres esferas vivenciales –personal, colectiva, relaciones cercanas- y, en ocasiones, actúa en congruencia con esta reflexión, tomando decisiones movida por sus propios intereses. En cada una de las esferas vivenciales, la autonomía se expresa en 13

percepciones y prácticas y éstas refieren directamente a la toma de decisiones y en la libertad de movimiento, como observables del proceso. Buscando enlazar el cuerpo teórico con la sustancia empírica, la investigación se compone de cuatro capítulos. En el primero se desarrolla el tejido analítico que la sustenta. Tiene como claves teóricas centrales a la autonomía y la acción colectiva, y se presentan como conceptos “puente” la noción de la construcción del ser mujer y del empoderamiento. En el segundo de los capítulos se desarrolla el contexto económico y social del que son parte y producto las trabajadoras sexuales. El que tiene un gran peso en la configuración de sus oportunidades / limitaciones, en la percepción del trabajo sexual como opción económica y laboral, y por su supuesto en la construcción de su sujeción / subjetividad. En el tercer y el cuarto capítulos se desarrollan los hallazgos de la investigación. En el tercer capítulo se despliegan las diferentes dimensiones observables en las relaciones que tiene la trabajadora sexual con el cliente y con la esfera institucional, que incluye a los funcionarios públicos, a los cuerpos policiacos y a las instituciones no gubernamentales. En el cuarto capítulo se desarrollan los descubrimientos en torno a las relaciones que las trabajadoras sexuales tienen con los vecinos de la zona en la que laboran y con otras compañeras trabajadoras sexuales, tanto dentro como fuera de la agrupación. III. Análisis e interpretación La presente investigación se sustenta en una base empírica conformada por ocho entrevistas a trabajadoras sexuales de calle que forman parte activa de dos agrupaciones específicas, y también en la experiencia que me dejó haber estado en dos grupos focales y un taller con un número considerable de trabajadoras sexuales (alrededor de 30 participantes) en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), elaborando en torno a los acuerdos con los vecinos y a su Cartilla de derechos humanos y laborales. El material obtenido de las entrevistas y de las reuniones con las trabajadoras sexuales es interpretado en razón de las claves teóricas respaldadas por el esquema analítico que se ha sugerido y construido. La experiencia de las trabajadoras sexuales en las relaciones que se tejen dentro de la actividad 14

daría validez –o no- a la concepción teórica de la autonomía aquí creada, la autonomía relativa. Un elemento central en el análisis es la matriz de relaciones que se seleccionó para el proceso. No obstante las prácticas de autonomía pueden ser observadas en cada una de las esferas establecidas en el concepto –personal, relaciones cercanas, colectiva-, se decidió escoger solamente la esfera colectiva. Ello por dos razones; para darle mayor profundidad al análisis y porque es en esta esfera en la que el trabajo sexual (dadas las relaciones que se dan a su alrededor) tiene mayores y más directas implicaciones en la experiencia de las mujeres insertas en él. De las relaciones que configuran la esfera colectiva de la trabajadora sexual distingo y rescato claramente cuatro, las que la implicada tiene con: 1) los clientes, 2) los funcionarios públicos, cuerpos policiacos e instituciones no gubernamentales, 3) los vecinos y sociedad en general y 4) las propias compañeras dentro y fuera de la organización. Cabe señalar que el análisis se genera considerando a la participación en la acción colectiva como un corte en el continuum de la vida de la trabajadora sexual. Por lo que el proceso analítico se lleva a cabo en razón de dos momentos esenciales: el estado del proceso de autonomía antes y después de la acción colectiva. Ello se realiza con base en las cuatro relaciones ya descritas. Así, comienzo por seleccionar los fragmentos de la información disponible controlando por cada una de las relaciones sociales y en función de los momentos elegidos. La información es interpretada desde las diferentes prácticas de autonomía que se seleccionaron como observables del proceso. Es decir, se rescatan las prácticas –heterónomas o autónomas- y se sitúan en función de dos elementos: 1) del lugar desde el que se está actuando y desde la contraparte (cliente, funcionario público, policía, compañera trabajadora sexual) y 2) desde el tiempo en el que tuvo o tiene lugar la acción (antes o después de la acción colectiva). De modo que se pueda observar la influencia (positiva, negativa o nula) de la colectividad en el comportamiento subjetivo y relacional de la trabajadora sexual. Ya con la información diseccionada, se hace necesario observar los encuentros y desencuentros del análisis empírico con el cuerpo teórico. De 15

forma que estas diferencias sean incorporadas en la discusión teórica.

El

cuerpo final de la tesis resulta de articular el marco teórico-conceptual con la investigación empírica para abonar en la construcción del conocimiento desde la narrativa del trabajo sexual y la autonomía. Consiste en poner en cuestión a todas la posturas teóricas que han hablado al respecto y a la luz de los hechos, argumentar sobre la (im)posibilidad de esta relación conceptual y más aún, dejar por sentado en el registro académico las especificidades que encontramos en tal relación. Aunque aún con muchos detalles por afinar, rescatar y abordar, esta investigación sienta un precedente en los estudios de género y en el análisis de la acción colectiva desde el trabajo sexual, tratando de evitar las posiciones maniqueístas que se debaten entre el determinismo de la heteronomía y la autonomía y permitiendo vislumbrar el caleidoscopio de realidades con las que se enfrentan las mujeres insertas en el trabajo sexual.

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DE LOS ISMOS Y LA IRRUPCIÓN DEL
MOVIMIENTO A FAVOR DE LOS DERECHOS DE LAS TRABAJADORAS SEXUALES

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Aquí hago un recorrido por cada uno de los paradigmas teóricos que han estudiado al fenómeno del trabajo sexual. Por sus principales

conceptualizaciones y por las limitaciones con las que considero cada paradigma cuenta, sin dejar de recuperar algunos postulados propicios para la presente investigación. A partir de ello, me posiciono desde el cuerpo teórico que respalda al movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales, con una salvedad, también ponerlo bajo el cuestionamiento de lo que la evidencia empírica arrojé. Comienzo señalando que todas las posturas teóricas aquí mencionadas están permeadas, en tanto lenguaje y conocimiento por los significados y significantes que alimentan la estructura sociosimbólica. Lo ha mencionado Robles Maloof cuando refiere que el lenguaje es el “primer y más cercano ámbito de discriminación en contra de la mujer” y que el verdadero problema de la configuración lingüística más que residir en la distinción gramatical genérica (masculino-femenino) y en el uso excesivo del género gramatical masculino, tiene su fundamento en las formas y el contexto en las que se constituyen los significantes y los significados (Maloof, 2005: 15). De modo que no existe una realidad opresiva inequívoca, sino un cúmulo de realidades contextuales en las que, a través del lenguaje se entretejen múltiples factores (género, raza, clase, etnia, etc.) que dan vida a la dinámica hegemónica, patriarcal y capitalista. Esto mismo sucede en el trabajo sexual, el contexto y las situaciones de las mujeres trabajadoras sexuales son diversas y cambiantes, es por ello, que el debate en torno a este tema aún no se ha agotado, más aún, es vasto y sigue construyéndose. Son tres las posturas teóricas imperantes: 1) el abolicionismo, 2) el reglamentarismo y 3) el prohibicionismo. Sin embargo en las últimas tres

décadas y dada la emergencia de las movilizaciones de trabajadoras y trabajadores sexuales ha irrumpido en la escena académica una cuarta postura, la denominada laborista o a favor de los derechos de los y las trabajadoras sexuales. Esta última rompe con uno de los presupuestos

centrales de las posturas imperantes, la sujeción y heteronomía naturalizada de la trabajadora sexual.

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Antes de elaborar en torno a esta postura, que es la que interesa en esta investigación, es necesario detallar los fundamentos de los otros tres paradigmas, lo que en los siguientes subapartados se realizará.

El prohibicionismo: la delincuente El prohibicionismo tiene sus bases en el presupuesto de que “todo intercambio mercantil de servicios sexuales atenta contra los valores éticos ”, lo que haría del ejercicio de esta actividad un actividad réproba hasta convertirse en un delito legal, que según creen, si no es controlado y castigado podría afectar a los que se hacen llamar valores tradicionales en la moral judeo-cristiana y en la sociedad patriarcal (Villa, 2010). De ahí que cuestiones como la virginidad y la monogamia femenina se resguarden y constituyan como valores tradicionales. En este enfoque, el Estado juega un papel crucial en el cuidado y resguardo de la moral imperante. De ahí que se establezcan leyes, normativas y controles que ataquen la actividad, prohibiendo su ejercicio y arremetiendo contra todas las personas involucradas en ella, especialmente con las trabajadoras sexuales. La sujeción, discriminación y posterior criminalización que viven las trabajadoras sexuales bajo este enfoque teórico-político, de acuerdo con Villa (Ibíd.: 160) tiene su explicación en la separación de la identidad de la mujer en dos categorías. Estas dos categorías están regidas por las tipologías más generales del ser mujer, por un lado, el tipo ideal que refiere a la madre, esposa que se caracteriza por ser asexual, doméstica, dependiente, fiel, virtuosa, discreta, decente y buena mujer. Por otro lado, está la mujer erótica, la puta, que se constituye en la antítesis de la madre-esposa, encarnando adjetivos que, en el marco cultural actual resultan transgresores, violentos y discriminantes, como el ser hipersexual, promiscua, independiente, salvaje, mala e indecente. Esta construcción teórica ha sido vastamente criticada tanto por académicos feministas como por no feministas. En primera, porque

fundamenta su análisis y acciones consecuentes, en preceptos morales y culturales totalmente rebasados. Las feministas arguyen que esta postura además de reforzar la disociación femenina entre la mujer buena y la mujer mala, sirve como justificación para la violencia que en forma de correctivos se 19

ejerce a las trabajadoras sexuales por sus comportamientos “desviados”. Señalan que potencia, además de la violencia y el estigma en contra de este grupo, el mantenimiento de los códigos tradicionales marcadamente desiguales entre los géneros, poniendo especial énfasis en el control y ejercicio de la sexualidad. Más aún, la implementación de este enfoque en las leyes y

códigos normativos gubernamentales aunado a la desatención de las fallas del mercado en torno a la actividad laboral de las mujeres (desempleo, segregación ocupacional y salarial) hacen que las trabajadoras sexuales tengan que ejercer la actividad, y tengas que hacerlo en la clandestinidad, lo que recrudece los círculos viciosos que se tejen a su alrededor e incrementa su vulnerabilidad (Ibíd.). En suma, la aplicación de este enfoque en las políticas públicas se ha caracterizado por utilizar la represión penal como principal eje de acción. Esta represión recae en gran parte en la mujer que ejerce la actividad, precisamente por lo que se considera un comportamiento abyecto. Y por otra parte el cliente es visto como “víctima de la invitación escandalosa” de la trabajadora sexual, lo que lo excusa de su acción (Maloof, op.cit.: 21) y de las consecuencias que pusiera tener esta acción. El reglamentarismo: un mal necesario Aunque no muy utilizado en la agenda académica para la justificación de las investigaciones, el enfoque reglamentarista en la praxis es el más referenciado por los gobiernos al momento de implementar leyes y normas en torno al trabajo sexual. En éste, el trabajo sexual si bien no está prohibido, tampoco es aceptado social y legalmente. Se considera las más de las veces un problema de salud pública que debe ser tolerado y controlado. Esta posición al igual que el prohibicionismo elimina la voz de la trabajadora sexual, convirtiéndola en objeto de control estatal. Es decir, esta postura teórica y política dota al Estado de las capacidades para controlar y administrar el trabajo sexual. Se encarga de delimitar los espacios públicos y privados en los que es tolerado el trabajo sexual; establece los horarios; controla directa o indirectamente la oferta, además de registrarla por medio de carnets sanitarios o credenciales que las 20

trabajadoras sexuales obligatoriamente tienen que portar y renovar cada cierto tiempo; establece mecanismos de supervisión sanitaria y al igual que en el prohibicionismo persigue y castiga a las trabajadoras sexuales que no cumplan con lo impuesto y que realicen su trabajo fuera del control estatal. En este sentido, aunque se preserva la salud de la trabajadora sexual, ello no se hace pensando en ella, sino en el posible foco de infección que pusiera ser para la población. Maloof incluso señala que esta postura busca garantizar las

mejores condiciones de higiene para el cliente, dejando de lado la situación de vulnerabilidad de la trabajadora sexual (Ibíd.). La irrupción estatal en el ejercicio del trabajo sexual convenientemente para el Estado supone ingresos –oficiales y extraoficiales-, por medio de la fiscalización de los servicios sexuales y de las múltiples extorsiones que se suceden por la presencia en muchas ocasiones de ambigüedades en el marco normativo y de zonas de exclusión e ilegalidad en la actividad. Este enfoque también ha sido criticado por las feministas, ya que señalan que no se pone el foco de atención en la situación de las trabajadoras sexuales, más aún, consideran que se han vulnerado sus derechos y libertades civiles al no garantizarles la libertad de expresión, de viajar, de emigrar, de trabajar y la cobertura de riesgo de desempleo, de salud, de vivienda y de asociación (Villa, op.cit.: 161-162). El abolicionismo: la víctima La tesis abolicionista es la que hasta ahora ha dominado el discurso académico y feminista en torno al trabajo sexual alrededor del mundo. Ésta se sustenta en el presupuesto de que toda forma de prostitución es violenta y llega a constituirse inclusive en esclavitud sexual. De modo que cualquier intento de reglamentación al respecto sólo estaría legitimando el sistema opresor y patriarcal en el que se sucede el trabajo sexual, por lo que rechazan sin miramientos la concepción de la prostitución como un trabajo y de todo lo que se desarrolla alrededor como industria del sexo. Esta construcción teórica es la que más ha producido en torno al trabajo sexual y muchas académicas la han suscrito con modificaciones –no sustanciales- a algunos presupuestos generales de la vertiente central. 21

De acuerdo con Heim (2011), podemos encontrar en las propuestas abolicionistas, cuatro vertientes: 1) el abolicionismo clásico, 2) el abolicionismo radical, 3) el movimiento de criminalización del cliente y 4) el abolicionismo moderado o mixto. El abolicionismo clásico rescata los presupuestos que han sido señalados líneas arriba. Surge a finales del siglo XIX con un movimiento que se pronunció en contra de la reglamentación del trabajo sexual. Fue crítico de los mecanismos normativos que se utilizaban para reglamentar y etiquetar a las trabajadoras sexuales, ya que los consideraba misóginos, opresivos y estigmatizantes. Por ello se comienzan a reclamar transformaciones en el

código de valores demandando para las mujeres situaciones de igualdad, de respeto, de libertad y del libre ejercicio de la libertad (v.g. tener relaciones sexuales placenteras y libres pero sin pago ni coacción). Si bien este

movimiento después de su inauguración tuvo muchos logros a nivel internacional, el acercamiento con otros grupos de interés, modificó su objetivo, tergiversándolo y haciéndolo útil para el poder patriarcal a través de la promoción del ideal femenino (madre), sobre la estigmatización de las trabajadoras sexuales (Heim, op.cit.: 234). En adición a ello, el abolicionismo clásico sólo puso énfasis en la desaparición de las reglas reglamentaristas. Sin embargo, como no se abordó el problema central de la disociación identitaria, el trabajo sexual siguió manteniéndose y en condiciones más críticas por su clandestinidad, condiciones que no fueron consideradas en estos estudios. Esta situación generó que la atención se focalizara en la trata de personas para la explotación sexual, y que se descuidara totalmente la situación de las trabajadoras sexuales, la garantía de sus derechos humanos y laborales y el aseguramiento básico –por lo menos- de sus condiciones materiales y sociales. El abolicionismo radical emerge desde el feminismo radical, en la segunda mitad del siglo XX. Para las abolicionistas radicales, las mujeres que están insertas en esta actividad no son dueñas de su persona y la decisión por insertarse –en el caso de que no haya sido víctima de trata de personas- está sujeta a constreñimientos estructurales (pobreza, marginación, falta de oportunidades y abuso sexual), es decir, es una mujer completamente heterónoma. Esta característica convierte a todas las trabajadoras sexuales, sin excepción y sin considerar la diversidad de situaciones, en víctimas del 22

sistema patriarcal sujetas a “rehabilitación”, incluso en contra de su voluntad. Considera a la prostitución como forma primaria de violencia, que niega prácticamente todos los derechos civiles y entre ellos, el derecho a tener una vida digna e íntegra. Señala además, que las trabajadoras sexuales en tanto les es vedada su capacidad para autodeterminarse y ser autónomas, se convierten en meros objetos sexuales de consumo que no pueden negociar ni pactar. Por otra parte, el movimiento a favor de la criminalización del cliente considera que el mayor problema del trabajo sexual reside en la existencia de demanda de los servicios sexuales, por lo que se busca perseguir penalmente a los clientes. Esta postura es una de las vertientes del abolicionismo radical y rescata muchos de sus supuestos, pero pone énfasis especial en la visibilización y castigo del cliente. Y con esta acción cuestiona el funcionamiento del modelo patriarcal, al impedir y contradecir, la objetificación femenina. Aunque este movimiento pudiera constituirse en una posible alternativa de solución para el trabajo sexual, en la praxis no ha funcionado como se esperaba. Es el caso de Suecia que impuso esta ley en 1999, que si bien no eliminó los casos de trabajo sexual, si disminuyó el aumento de la oferta. Sin embargo, el trabajo sexual se replegó a la clandestinidad y el olvido, lo que generó que las condiciones de vida de las trabajadoras sexuales que decidieron quedarse en él, se recrudecieran, ubicándolas en contextos de mayor riesgo y vulnerabilidad. Una vertiente de la corriente abolicionista que busca incorporar en su cuerpo analítico las principales críticas a la postura, es el abolicionismo mixto o moderado. Éste tipo de abolicionismo es relativamente reciente y reconoce, a diferencia del radical, que puede existir la prostitución que se ejerza de manera voluntaria o no coaccionada. Las académicas que conforman este cuerpo

analítico buscan superar las limitaciones del abolicionismo radical sin dejar de lado la lucha contra la prostitución (principalmente a través de la demanda). Son seis ejes los que componen esta construcción teórica: 1) asumir que la prostitución existe y es un tema que apremia, por lo que no puede quedar fuera de los límites del régimen democrático e institucional, 2) no frivolizar ni minimizar los efectos negativos, individuales y sociales de la actividad, 3) no 23

demeritar la importancia de la prostitución en la economía, 4) distinguir los conceptos de tráfico, trata de personas y prostitución, 5) dejar de adscribir los derechos de las personas al trabajo o la nacionalidad y 6) garantizar los derechos sociales y económicos de las trabajadoras sexuales, tanto si se salen o se mantienen de ella. Esta postura ha sido acogida con agrado en la

comunidad internacional, particularmente por la diferenciación entre los conceptos de prostitución, trata y tráfico de personas. Aunque como se observa, el abolicionismo se ha bifurcado permitiendo con ello, el análisis de otro tipo de posiciones de sujeto de la trabajadora, sexual -no sólo como sujetada-, aún sigue resultando insuficiente para los casos de trabajadoras sexuales que se están reivindicando en su quehacer y se están organizando en torno a la demanda por sus derechos. Con el objetivo de justificar y explicar este viraje en la reconfiguración social de las trabajadoras sexuales, ha surgido una nueva postura teórica, la que podría denominarse como el movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales. El movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales: la sujeto político Esta postura surge a raíz de las movilizaciones de las trabajadoras sexuales en diferentes partes del mundo, pero el evento que marcó el movimiento fue el liderado por Margo St. James en Estados Unidos de América (EUA). En 1973 St. James funda COYOTE (Call Off Your Old Tired Ethics), la primer organización en el mundo que reclamaba derechos para las trabajadoras sexuales, compuesta mayoritariamente por ellas mismas (aunque también formaban parte de ella periodistas, trabajadores sociales, abogados e investigadores). Esta primera organización posicionó en el debate mundial la reivindicación del trabajo sexual y con ella, el reconocimiento de los derechos de estas actoras. Además, cuestionó la homogeneidad con la que el abolicionismo las abordaba en el estudio científico, considerándolas a todas, víctimas del sistema patriarcal. Entre los grandes logros de COYOTE estuvieron la conformación de la Red Nacional de Organizaciones y Grupos de Trabajadoras Sexuales (NTFP) y la eliminación de las prácticas policiacas que obligaban a las trabajadoras 24

sexuales encarceladas por su actividad en EUA, a realizarse estudios médicos para poder ser liberadas. Un año después, en París, las trabajadoras sexuales como protesta al hostigamiento de las policías y los funcionarios de gobierno, deciden organizarse en torno al Colectivo Francés de Prostitutas, en el que Griséldis Real, -trabajadora sexual suiza y una de las máximas impulsoras del movimiento a nivel mundial, a la par de Margo St. James- fue parte central (Maloof, op.cit.: 24-25). El nacimiento de estas organizaciones en gran parte se debió a los abusos, vejaciones y prácticas de hostigamiento que las trabajadoras sexuales vivían a manos de policías y funcionarios públicos. Ello se vio alimentado por la exigencia de zonas de tolerancia para la actividad y el reclamo de sus derechos en la procuración de justicia. Este fenómeno no fue exclusivo de EUA o Francia, las organizaciones comenzaron a surgir en todo el mundo. Así, a finales de los años setenta, ya existían un gran número de organizaciones en varios países, sin embargo, los esfuerzos de vinculación entre ellas eran mínimos. Buscando retroalimentarse con las experiencias de otros países y fortalecerse a nivel de colectividad, deciden realizar el Primer Congreso Mundial de Prostitutas, del que resulta la Carta Internacional sobre los Derechos de las Prostitutas. En ella se establecían las principales demandas de las trabajadoras sexuales. Éstas se dividían en 7 ejes centrales: 1) legislación, 2) derechos humanos, 3) condiciones de trabajo, 4) salud, 5) servicios, 6) impuestos y 7) opinión pública.6 A raíz de la emergencia y expansión a nivel mundial, los cuadros académicos en conjunto con las trabajadoras sexuales organizadas

comenzaron a cuestionar lo anteriormente dicho sobre el trabajo sexual y a elaborar teóricamente en torno a este nuevo fenómeno social. De lo que ha resultado la construcción teórica denominada laboralista, contractualista o pro derechos humanos, que algunas feministas han suscrito en el feminismo liberal. De acuerdo con Sanchis (op.cit.: 918), el feminismo liberal, a diferencia del tradicional o radical, reconoce “la posibilidad de la prostitución voluntaria de personas adultas como actividad laboral”. Puntualiza que más allá de lo

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Para profundizar en las demandas del movimiento ir a Petherson (1989).

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peculiar que pueda ser esta actividad, las mujeres insertas en ella, las más de las veces están “ganándose” la vida de manera legítima. En esta perspectiva, se rechaza rotundamente pensar a la trabajadora sexual como un objeto sexual vendible. Por lo que las implicadas no estarían vendiendo su cuerpo, sino un servicio.
“Desde el punto de vista del contrato, la prostituta es poseedora de una propiedad en su persona, que contrata parte de esta propiedad en el mercado. Una prostituta no se vende a sí misma como comúnmente se alega, o incluso no vende sus partes, sino que contrata el uso de sus servicios sexuales” (Pateman, 1995:263).

De ahí que la problemática no resida en el trabajo sexual per se, sino en las condiciones en las que éste se lleva a cabo. Así, una actividad tan estigmatizada como ésta, podría llegar a ser un trabajo reconocido y satisfactorio, e inclusive una vía de emancipación para las mujeres. A partir de ello, se considera que reconocer legal y socialmente al trabajo sexual como una actividad laboral legítima, abonaría en la lucha por mejores condiciones de vida y menores riesgos en los ambientes en los que se desenvuelven las trabajadoras sexuales. Una de las principales exigencias del movimiento, como se ha señalado, es el reconocimiento y reivindicación de la actividad como trabajo sexual y no como prostitución. Las teóricas acotan que la modificación no es simplemente terminológica, hay una resignificación de la acción. El trabajo sexual desde esta postura, refiere legitimidad y autonomía ante los usos que se le quiera dar al cuerpo, además de que está reivindicando el valor productivo de las actividades de cuidado y sexuales, de modo que se hace presente el cuestionamiento del orden patriarcal y normativo que controla la sexualidad de las mujeres (Ibíd.). Para que la actividad pueda responder a lo anterior tiene que cumplir con ciertas características: 1. La trabajadora sexual no tiene relaciones sexuales en el sentido en el que comúnmente se le asocia. Ella está prestando un servicio, por lo que su experiencia no implica deseo o placer, aunque no esté exenta de sentirlo.

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2. La oferta de los servicios (con o sin intermediación) debe realizarse de forma pública y publicitada. Ello no significa que la actividad se realice en un lugar público, pero sí en un lugar específico. El intercambio debe realizarse con las condiciones contractuales bien definidas, en lo que refiere a servicios y límites de éstos, y el precio debe reflejar las presiones entre la oferta y la demanda. 3. Se requiere que haya capacidad plena de negociación, lo que implica que se puedan rechazar individualmente ciertos clientes y/o actos. Esto posibilita entender la dinámica sexual desde otra perspectiva, el derecho a la autodeterminación. En tanto sujetos de este derecho, las mujeres trabajadoras sexuales tienen derecho al sexo comercial, a intercambiar sus servicios sexuales por dinero y al mismo tiempo al derecho a los mismos beneficios que tienen todos los trabajadores. (Ibíd.:246-247). Villa (op.cit.:175) rebasa la reconfiguración social que va de la prostituta a la trabajadora sexual. Ella argumenta que las diferentes visiones teóricas de la prostitución, incluso feministas, están permeadas por los discursos sociales restrictivos de la sexualidad femenina. Establece que desde las filas del

empoderamiento femenino han alzado la voz académicas para evidenciar la pesada carga simbólica que fundamenta a las corrientes prohibicionistareglamentarista-abolicionista, señalando que dichas posturas están plagadas en sus discursos de moral puritana al no poder reconocer como actividad laboral al trabajo sexual, sólo por incluir el componente sexo. Osborne, una de las teóricas del movimiento se pregunta
¿Quiénes somos nosotras (ni nadie) para juzgar moralmente más degradante la venta del cuerpo por dinero, que la venta del alma por los mismos motivos, cómo hacemos la mayoría de los mortales

cotidianamente? (citado en Villa, op.cit.:174).

La crítica que hace esta corriente a la abolicionista se centra en la negación de la capacidad de acción y decisión de las trabajadoras sexuales que las segrega a la condición de víctimas y omite con ello todos los matices que pudieran presentarse en el trabajo sexual. Este cuestionamiento lleva implícito la necesidad y exigencia por reconfigurar las figuras institucionales e identitarias en la vida social, como la figura del amor, de la exclusividad sexual, de la 27

monogamia, de la heteronormatividad y del mismo ser mujer. Ya que, como señala Pheterson, “el estigma de puta, aunque se dirige de forma explícita hacía las mujeres prostitutas, controla implícitamente a todas las mujeres” (Pheterson, 2000:16). De modo que esta etiqueta, no sólo sirve para castigar socialmente a la trabajadora sexual, también controla a la madre, a la esposa y a la hija. Es decir, es funcional al sistema de dominación masculina. En relación con ello, las teóricas del movimiento señalan que es importante no olvidarse de la carga patriarcal y estigmatizante que tiene el trabajo sexual, pero sin demeritar la posibilidad de que algunos o muchos mujeres u hombres puedan deconstruir esta concepción y vacíen su contenido discriminatorio, y más aún, tomando siempre en cuenta a las trabajadoras sexuales y las condiciones en las que vive por esta carga. Villa lo describe muy bien al argumentar que
“aunque la prostitución sea entendida como un producto de la desigualdad social estructural entre hombres y mujeres, esto no significa que haya que mirar a otro lado y no reconocer su existencia ni las condiciones sociales y laborales en que se desarrolla, ni las reivindicaciones de los derechos de estas mujeres” (Villa, op.cit.:174).

En este tenor, es importante puntualizar que cuando el movimiento está exigiendo el reconocimiento legal del trabajo sexual, lo hace no porque considere que es un trabajo como cualquier otro (porque no lo es), sino porque se presenta como apremiante que se legisle a favor de las trabajadoras sexuales para con ello garantizarles el cumplimiento de sus derechos humanos, dado el riesgo y la violencia que sufren (Heim, op.cit.:240). Este enfoque tomaría como punto de partida no al deber ser de la actividad, sino a las prácticas opresivas que se suceden en torno a ella. Y son precisamente estas prácticas opresivas las que han motivado la acción colectiva de las trabajadoras sexuales. Acción que podría incidir en la reconfiguración de sus interacciones y relaciones sociales. Para esta investigación es importante conocer la propuesta teórica de cada uno de los enfoques para poder contrastarlos con la evidencia empírica. Sin embargo y como se ha mencionado, el enfoque que se rescata es el del movimiento a favor de los derechos de los y las trabajadoras sexuales, ya que éste nos otorga la posibilidad de pensar la autonomía en el trabajo sexual. Ello 28

no implica que no se cuestione en él, la figura radical de una autonomía sin matices, o incluso la constitución del trabajo sexual como una actividad comercial que no necesariamente implica placer, más aún, que lo ve como residual. En este caso, si estuviéramos pensando en una total reconfiguración de la figura social del trabajo sexual, considero estaríamos pensando en un trabajo no estigmatizado con toda la potencialidad para ser satisfactorio y placentero. Aunque se suscribe la postura laboralista, resulta necesario ponerla en cuestión dado que lo escrito hasta el momento en torno al trabajo sexual y la autonomía es nimio, por ello en el próximo capítulo me doy a la tarea de construir el cuerpo teórico de la autonomía a partir de un recorrido sobre las distintas posturas y los elementos conceptuales que pudieran abonar a la investigación para obtener las claves teóricas observables necesarias en el análisis empírico.

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UNO.
LA ACCIÓN COLECTIVA COMO
VÍA A LA AUTONOMÍA RELATIVA

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Pensar al sujeto implica situarlo. Pero pensar al sujeto mujer implica situarlo en un tiempo y un lugar establecidos desde la sujeción, la otredad.

Venturosamente esta sujeción es modificable y la carga inscrita en los cuerpos y mentes de las mujeres que deviene del peso de la subordinación histórica, es susceptible de ser transformada. Así, puede presentarse la oportunidad de ser actoras de su propio proyecto de vida y reconocerse ya no más como lo otro, sino como lo que en sí mismo se construye, por su propio paso y camino, como mujeres que desde sus experiencias propias empiezan a descubrirse, a caminar por la senda de la autonomía y a construirse como actoras reflexivas, libres, tomadoras de decisiones e independientes. Sin embargo, este avance por la senda de la autonomía no es un recorrido automático ni lineal, es cambiante porque obedece a la pluralidad de posiciones y situaciones en las que se encuentran las mujeres. De ahí que no sea posible establecer que el proceso de autonomía de una mujer indígena, o de una mujer estudiante tiene las mismas características que el de una mujer trabajadora sexual organizada. Por ello, posicionar un tema como la construcción de autonomía en mujeres trabajadoras sexuales que participan de la acción colectiva desde una perspectiva de género, implica hacer todo un recorrido teórico por las diversas corrientes teóricas feministas no sólo desde el concepto de autonomía, también desde la construcción de la figura del trabajo sexual (como se ha venido realizando a lo largo de la investigación). Y ello refiere necesariamente encuentros y desencuentros. Nos encontramos con la idea de que incluso en el trabajo sexual – construido conceptual y simbólicamente como una relación de dominación por antonomasia- es posible la constitución de procesos de autonomía mediante estrategias de resistencia y ofensiva. Y nos desencontramos y enfrentamos con aquellas posturas teóricas que niegan tácitamente, o exaltan

indiscriminadamente la capacidad de acción y decisión de las trabajadoras sexuales, y por tanto de su (im)posibilidad para construirse como autónomas. Esto sucede por dos razones centrales: la primera de ellas surge del debate siempre inacabado entre las distintas posturas teóricas que elaboran en 31

torno a la actividad y al nombramiento de ésta como trabajo sexual o prostitución. Y la segunda refiere a la dificultad para configurar y aprehender las peculiaridades de los procesos autonómicos en las mujeres, y más específicamente de las mujeres trabajadoras sexuales organizadas. De acuerdo con el orden de ideas, la diferencia en el nombramiento de la actividad resguarda la posibilidad / imposibilidad de su reconocimiento y construcción como actoras sociales, ya que en este nombramiento se encuentra implícita la posición que el sujeto tiene entre los ejes normativos heteronomía / autonomía. Es decir, las diferentes corrientes teóricas

establecen subrepticiamente a través de este nombramiento su postura con respecto de la agencia / no agencia de la trabajadora sexual. Como prostitución se prescinde de la capacidad de las mujeres para reconocerse como sujetos, nombrarse, empoderarse reflexivamente e iniciar un proceso de construcción de autonomía. Un ejemplo de esta postura es el posicionamiento de Marcela Lagarde (2007) con respecto de las mujeres prostitutas, ya que en su texto Claves para el empoderamiento y la autonomía femenina puntualiza su incapacidad para construirse como mujeres autónomas, señalando explícitamente que “en esa situación no existe la posibilidad de construir una persona que se autodefina, que se autolimite, que se protege y se desarrolle a sí misma” (Lagarde, 2007:80). Aun cuando su planteamiento teórico sobre la autonomía refiere precisamente a la presencia de poderes positivos en las mujeres –todas- que pueden traducirse en capacidades para reconocerse, posicionarse ante la sujeción y generar acciones que tiendan a la autonomía. En el extremo contrario se encuentra la postura de las denominadas feministas libertarias que son las que abanderan la modificación lingüística y lo nombran trabajo sexual. Así, llegan a establecer que las mujeres insertas en la dinámica del trabajo sexual son “individuos con plena posesión de la propiedad de sus personas” y que por tanto, tienen la capacidad absoluta par a decidir sobre lo que hacen con su cuerpo y una de estas decisiones precisamente es ser trabajadora sexual (Pateman, 1995:289).7

7

Estas dos posturas feministas alimentan a los diferentes bloques teóricos que se desarrollaron ya en el epígrafe posterior a la introducción denominado “De los ismos y la irrupción del movimiento a favor de los derechos de los y las trabajadoras sexuales”.

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Aunque respeto las diferentes posturas, considero que ninguna cumple con las especificidades para explicar la problemática, ya que en cualquiera se pierden los matices que van más allá de la plena victimización estructural de las prostitutas o de la autonomía radical de las trabajadoras sexuales. 8 Es decir, estas posturas en el afán tanto de condicionar estructuralmente a la prostituta -sin posibilidad de cambio y de acción desde sí y eliminando con ello su reconocimiento como actora- o, en el extremo opuesto, otorgar tácitamente su capacidad como autónoma -dueña de su cuerpo y de las decisiones que tome sobre él- están siendo deterministas porque, o no reconocen la capacidad subjetiva de resistencia y ofensiva del sujeto (las colectivistas), o eliminan la influencia que pueden tener los condicionamientos estructurales en la conducta de este individuo (las individualistas). De modo que el vínculo entre la estructura y el sujeto no termina de consolidarse en ninguna de las dos posturas. Partiendo de este vacío teórico y ante la insuficiencia de las posturas nombradas para la investigación, tendría que establecer que mi

posicionamiento se nutre de ambas, sin caer en la provocación de una o de la otra. En este sentido, si bien considero que la decisión por insertarse y mantenerse en el trabajo sexual generalmente se encuentra condicionada por causales estructurales
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-devenidas en historias personales-, las mujeres

insertas en la actividad han decidido mantenerse en ella,10y en algunos casos organizarse y potenciar cambios en sus relaciones sociales. Además, como crítica a las corrientes estructuralistas, considero que la utilización del significante prostitución más que abonar a la abolición de la actividad o a la eliminación de los círculos viciosos que se tejen a su alrededor,

8

Cuando hago alusión a la victimización estructural de las prostitutas me remonto a la postura constructivista del feminismo que alude a la situación en la que la prostituta es víctima del sistema patriarcal por la carga simbólica y sexual de su feminidad y de esta como un objeto que puede ser poseído por el hombre. En esta situación la mujer es víctima de las circunstancias y su campo de acción es muy limitado. De otro lado se encuentra en el extremo, el construir a las trabajadoras sexuales como seres completamente autónomos ya que pueden decidir sobre su cuerpo y su sexualidad, sin tomar en consideración las representaciones simbólicas implicadas. 9 Entiendo por causales estructurales la pobreza, la necesidad por “mantener” un hogar, la dificulta d para obtener trabajo dados los constreñimientos institucionales (nivel de instrucción específico, inflexibilidad en los horarios, salarios bajos, vicios institucionales como la falta de “contactos” para obtener un empleo, etc.), la condición de madre soltera y la posibilidad con el trabajo sexual de tener más dinero y más tiempo. Además de las causales que pueden observarse de manera tangible, se presentan con igual importancia las representaciones sociales y culturales en la significación del ser mujer (mujer: maternidad y deseo) que posibilitan la existencia de actividades como el trabajo sexual femenino. 10 Salvo los casos de víctimas de trata y tráfico de personas y prostitución infantil.

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potencia el abuso violento y sin castigo, la criminalización y la violación sistemática de los derechos esenciales y laborales. Ello mediante una invisibilidad funcional para el sistema patriarcal. De otro lado, si se reconoce y utiliza el significante trabajo sexual, se está nombrando y visibilizando una problemática social que descubre las representaciones más violentas del sistema patriarcal. Con ello, se abre la posibilidad para las trabajadoras sexuales de garantizar social e

institucionalmente el cumplimiento cabal de sus derechos y la disminución o eliminación de las representaciones y acciones estigmatizadoras y

discriminatorias que las rodean como mujeres y como trabajadoras sexuales. Ya lo dijo Parrini et al, el reconocerse mediante un nombre –trabajador /a sexual en este caso- “particulariza y le entrega una densidad simbólica al sujeto, el insulto generaliza, desmiente la singularidad y niega un espacio propio” (Parrini et al., 2008:180). Por ello y por la postura teórica que se está rescatando, en esta investigación se nombra a la actividad como trabajo sexual y a las mujeres insertas en ella, trabajadoras sexuales. A partir de lo mencionado, tenemos el piso teórico necesario para enunciar que, aunque la mujer trabajadora sexual se ha construido y ha tomado decisiones condicionada estructuralmente –en su papel de mujer, trabajadora y trabajadora sexual-, existe la posibilidad hipotética de su reconfiguración reflexiva en una actora que cuestione, responda y accione consecuentemente, multiplicando las posibilidades de transformación de sus relaciones opresivas y la generación de prácticas de autonomía como mujer y como trabajadora sexual. Habiendo establecido la posibilidad de las prácticas de autonomía mediante la construcción de la mujer trabajadora sexual como sujeto reflexivo, cabe reparar en los elementos necesarios para hablar del proceso de autonomía y de los matices que la caracterizan en este caso en específico. Es vasta y diferenciada la construcción teórica desde el género sobre el concepto de autonomía. Como la mayoría de conceptos utilizados en las corrientes feministas, éste se aborda –al igual que el término trabajo sexualdesde el colectivismo y el individualismo. Pero al igual que con el trabajo sexual, en esta investigación pensar la autonomía desde cualquiera de estas posturas resulta determinista, y más, cuando se considera que el proceso de 34

autonomía aquí retomado no sigue parámetros definidos y no es igual para cada mujer. Cierto es que si bien existen preceptos fundamentales en la generación de procesos de autonomía para las mujeres –como la posesión de capacidad de acción y decisión frente al otro o autodeterminación y la libertad de

movimiento (Mora Urquiza, 2008; Nelly Stromquist, 1997; Di Stefano, 1996)-, el curso de cada proceso y su puesta en práctica se desarrolla en función del posicionamiento reflexivo de cada mujer respecto del lugar que tiene en la toma de decisiones y del grado de libertad de movimiento que posee en su cotidianeidad.11 Ello se encuentra ligado inexorablemente al carácter relacional del género, ya que ambos, el proceso de toma de decisiones y de libertad de movimiento de las mujeres -elementos de autonomía- se realizan en función del otro, que puede tomar forma masculina o femenina. Esto tiene su explicación en la construcción identitaria de las mujeres por medio de representaciones colectivas fundadas en el orden patriarcal que “reproduce a las mujeres como sujetos sociales cuya subjetividad se construye a partir de la dependencia y del ser a través de las mediaciones de otros” (Lagarde, 2006:16). Esta sujeción primaria que la mayoría de mujeres experimentamos de una u otra forma a lo largo de nuestra vida y que configura un vacío en nuestra construcción como seres autónomos, no implica sujeción o heteronomía irremediable ni irrevocable, más aún, es precisamente en la modificación de la relación entre el sujeto -que se ha apropiado históricamente de la capacidad de ser y de decidir- y el sujetado -aquel al que le ha sido expropiada esta capacidad- que podría tener lugar un proceso de autonomía. De ahí que resulte tan importante el carácter relacional del género, y que éste no refiera exclusivamente a las relaciones que se suceden entre mujeres y hombres, sino a aquellas que tienen lugar también entre mujeres. Siguiendo, aunque el proceso de autonomía de la mujer sólo podría tener lugar en relación con el otro, es necesaria la presencia de un proceso reflexivo propio sobre su lugar en la vida y sobre su satisfacción, sobre la
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La toma de decisiones y la libertad de movimientos son dos elementos claves para muchos autores en los procesos de autonomía (Tepichin Valle, 2004; Casique, 2001; Jejeebjoy et al., 2001). Analizarlos nos permite observar las distintas posiciones del sujeto entre la heteronomía como sujeción total y la autonomía como tipo ideal en su proceso de construcción como sujeto actuante.

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situación desigual con el otro y la posibilidad de agencia respecto de esta situación. Partiendo de la necesidad imperiosa de este proceso reflexivo, la generación de prácticas autonómicas se puede ir produciendo en función de una serie de elementos que permiten ya no sólo el cuestionamiento de los preceptos tradicionales fundantes, sino la contestación y la construcción de conocimiento, de un nuevo discurso y de diferentes representaciones sociales. Estos “otros elementos”12 son reconocidos como potenciadores del proceso de empoderamiento y de autonomía femeninos. Uno de estos elementos, y el que nos interesa abordar en la investigación, es la acción colectiva y el involucramiento crítico de las trabajadoras sexuales en asociaciones y movimientos sociales. Para que un proceso de autonomía se vaya construyendo, mencioné, es necesario de dos condicionamientos: 1) un proceso reflexivo sobre la propia posición y 2) la puesta en práctica de estas reflexiones en las relaciones sociales. Sin embargo, como la cotidianeidad de cada mujer se encuentra compuesta de diferentes relaciones sociales y éstas son diferentes entre sí, el proceso no puede seguir parámetros definidos a priori y se hace único e irrepetible para cada mujer, e incluso en ocasiones es más o menos exitoso en uno u otro ámbito vivencial. Basándome en el carácter relacional de la autonomía y en la acción colectiva como potenciador, es acertado rescatar la postura teórica sobre las dimensiones del empoderamiento de Jo Rowlands (1997). Esta autora reconoce tres esferas vivenciales centrales en las que se construye el empoderamiento, y con él, la autonomía: la personal, la colectiva y la de las relaciones cercanas. Ahora, como el sujeto de estudio y el contexto en el que éste se desenvuelve permean el proceso de autonomía, entonces es necesario construir este proceso desde el trabajo sexual como actividad y desde el contexto violento y riesgoso en el que éste tiene lugar. Por ello, habría que poner énfasis en el carácter patriarcal, subordinado y dominante que hasta hoy

12

De acuerdo con Nelly Stromquist (1997:83), el empoderamiento de las mujeres puede lograrse a través de diferentes claves: 1) el conocimiento emancipatorio, 2) la influencia económica y 3) la movilización política. Naila Kabeer (1997) señala que el empoderamiento se alimenta de la transformación de la conciencia y la reinterpretación de necesidades, de la promoción de alianzas y solidaridad y de la movilización para el cambio. Además de estas autoras, otras teóricas del empoderamiento (León y Young, 1997) y concuerdan en que el poder colectivo resulta ser un potenciador efectivo del empoderamiento de las mujeres.

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ha representando la figura del trabajo sexual, de modo que aunque la trabajadora sexual esté resistiendo y contestando, lo hace sujetada a la representación social y estigmatizada de su acción. Es decir, la estructura sociosimbólica excluyente la delimita en primera instancia a la elección del cliente a priori de la negociación, a las decisiones arbitrarias de los funcionarios públicos, a las acciones violentas de los cuerpos policiacos, a los padrotes y regentes y a los juicios de los vecinos de la zona en la que labora. Sin embargo, esta estructura no logra eliminar la capacidad de decisión y acción de los sujetos mujeres, y entre ellas, de las trabajadoras sexuales organizadas, ya que pese a esto, pueden seguir accionando, decidiendo, siendo más libres, defendiendo. Se les presenta la posibilidad de construirse como sujetos pero aún sujetadas, de reconocerse pero siempre en referencia a la valoración de su actividad, en una continua contradicción, decidiendo pero en función del comportamiento estigmatizador de los otros, autónomas pero manera relativa. En este contexto el proceso de autonomía relativa no se da de una vez y por todas. Es situado, siempre en construcción, discontinuo, disímil, no es gradual, está lleno de paradojas y es conflictivo. Puede ser producto de la negociación y el pacto entre actores, pero también es posible que las mujeres sean las que arrebaten la capacidad de acción y decisión que les fue despojada por la sujeción. Por ello se puede dar incluso en condiciones de sujeción explícita como el trabajo sexual. Mediante la conjunción de los elementos mencionados, en esta investigación se entenderá a la autonomía relativa como el proceso vivencial en el cual, la mujer reflexiona, en ocasiones, sobre su posición en las relaciones opresivas intragenéricas e intergenéricas desde tres esferas vivenciales –personal, colectiva, relaciones cercanas- y, actúa –en ocasionesen congruencia con esta reflexión y movida por sus propios intereses. Para poder tejer la urdimbre del proceso de construcción de autonomía de la mujer trabajadora sexual es necesario hacer un recorrido teórico de los cuatro ejes centrales de la investigación: 1) la construcción del sujeto mujer, 2) la acción colectiva, 3) el empoderamiento y 4) la autonomía. Para ello, se inicia en el primer apartado por el desdoblamiento del concepto de construcción del sujeto social, que atraviesa la constitución identitaria femenina y las relaciones de poder que de ella emanan. Ello resulta fundamental para entender cómo 37

dentro de la dinámica sociocultural de subordinación, existe la posibilidad de su reconfiguración como actoras reflexivas a través de procesos de

empoderamiento y autonomía.

Lo que establece la pauta para que en el

segundo apartado se aborde el papel de la participación colectiva como potenciador del empoderamiento y la autonomía a través de los campos de acción colectiva -concepto tomado de María Luisa Tarrés (2007)-. En el tercer apartado se desarrolla el concepto de empoderamiento que, de acuerdo con García (2003) y León (1997) dará lugar al proceso de construcción de autonomía como una de sus manifestaciones. En el siguiente apartado se despliegan las diferentes concepciones de autonomía y a partir de ellas se concluye en un último apartado proponiendo una construcción teórica propia del proceso de autonomía relativa alimentado por la acción colectiva. Ello buscando retomar una posición intermedia en los estudios de género, y tratando de rescatar los matices de la autonomía relativa en el trabajo sexual como un proceso inacabado que tiene lugar en diferentes puntos del continuum entre la autodeterminación individual y la sobredeterminación estructural.

1.1 El sujeto mujer Dentro de los postulados teóricos de los estudios del género hay dos corrientes centrales que abordan la construcción del sujeto. La que obedece por un lado a la corriente racionalista que pugna por la preeminencia de un actor racional, calculador, utilitarista y ahistórico, y por el otro, los estructuralistas que consideran que el sujeto mujer está determinado por los condicionamientos culturales y sólo a partir de ellos puede construirse. Para esta investigación es preciso ubicarnos en una posición intermedia, que si bien no niega la influencia de los condicionamientos estructurales a través de los géneros en la construcción identitaria del ser mujer, considera que tampoco la determina, y centra la atención en su reconfiguración en tanto sujeto social reflexiva. En la construcción del ser mujer si bien la primer pincelada es dada por la estructura sociosimbólica (constituido por los códigos normativos,

instituciones y símbolos) ya que permea las identidades, éstas no son fijas y tienen un importante componente subjetivo que alimenta, interpreta y

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reinterpreta a los símbolos y las representaciones sociales, lo que permite la heterogeneidad en el ser mujer y su irrupción como sujeto social. Es decir, las personas contienen un elemento subjetivo conformado por un bagaje de representaciones y valorizaciones colectivas que influyen en la acción personal y colectiva, y que constriñen o posibilitan el cambio social. Este elemento subjetivo se presenta como una capacidad potencial de reflexión sobre las relaciones sociales y sobre las normas -escritas o no- que rigen estas relaciones. Sin embargo, no todas las personas explotan este potencial

reflexivo y cuestionan la inmanencia naturalizada de este orden social, o más aun, modifican sus discursos y acciones y con ello la relación interactiva con el otro. Derrida, en relación con estas proposiciones reconoce la existencia de una subjetividad crítica y de una subjetividad funcionaria o institucional. La primera responde a la posición del sujeto que implica la resistencia, el cuestionamiento y la contestación al conocimiento instituido, y la segunda refiere a aquella subjetividad que, o bien refuerza el discurso imperante con la reiteración intencional del discurso y del discurso en la práctica, o aquella que por medio del desconocimiento o la apatía, lo legitima (citado en Bonder, 1998:20). María Luisa Tarrés refiere una categoría similar a la de subjetividad crítica, la de actor social, el que sería
“capaz de distanciarse de un orden que por socialización o disciplinamiento aparece como natural, y que con una actitud reflexiva desarrolla acciones orientadas a administrar o a transformar ese orden que ya no se le aparece como natural o dado, sino susceptible de ser moldeado, cambiado, trastocado” (Tarrés, 2007: 30).

En esta faceta al actor social se le reconoce su capacidad productora “de relaciones, de estrategias sociales, de discursos o códigos”, además de reconocerse en una naturaleza identitaria cambiante (Ibíd.). De acuerdo con la autora, la construcción de los actores sociales es procesual e implica el reconocimiento propio en función del otro, y en relación con la multiplicidad de identidades características de la modernidad. Esta

multiplicidad de identidades es producto de la pertenencia y la convivencia en diferentes grupos y colectividades, que van formando y reconformando su 39

subjetividad,

mediante

la

reiteración

de

prácticas

fundadas

en

la

internacionalización de las representaciones colectivas. Es importante anotar que este proceso es de naturaleza social, ya que el actor social sólo se reconoce a sí mismo cuando los otros lo reconocen en su identidad. Es decir, el reconocimiento se internaliza y subjetiviza sólo después de haberse materializado a través de las relaciones sociales, las que necesitaron como precedente el distanciamiento del orden establecido y la capacidad transformadora de acción. Además, como el actor social se encuentra en una constante interacción, entonces el reconocimiento identitario se mantiene en una constante construcción (Ibíd.:28). En una postura de corte más estructuralista, Marcela Lagarde considera que la construcción del sujeto se encuentra en función de la resistencia a la dominación. Y esta resistencia “consiste en la crítica […] de las filosofías

políticas que nos han antecedido y que tenían en el centro un sujeto universal que se arrogaba el derecho de actuar en nombre de todos los sujetos sociales”. De esta forma el proceso de constitución como sujetos de las mujeres se genera cuando por medio de la voluntad libertaria, la mujer “pacta su existencia al nombrar, criticar, buscar alternativas, y luego al tratar de llevarlas al terreno social, jurídico y político” (Lagarde, 2005:103). Así, las dos autoras refieren a la constitución del sujeto como una construcción de tipo procesual y social, porque como lo señala Tarrés y obedeciendo al carácter histórico y cambiante de la realidad social, el sujeto no puede construirse de una sola vez y de manera definitiva, “se construye poco a poco y se elabora desde la vida cotidiana” (Tarrés, op. cit.:31) y es sólo en relación con el otro que es posible este reconocimiento. A partir de lo anterior se conforma la posición teórica de esta investigación. Ésta se finca en la idea de la indeterminación totalizante y estructural y la racionalidad limitada del ser mujer, las que considero, obedecen a tres cuestiones centrales: 1) la presencia de la capacidad reflexiva del sujeto y su posibilidad de acción en congruencia, 2) el carácter inherente de las relaciones sociales como relaciones de poder modificables y 3) la historicidad del ser mujer. En este sentido, el sujeto mujer, permeado y subordinado por la estructura sociosimbólica en la que se desenvuelve, tiene la posibilidad de 40

transgredirla y revertirla mediante un proceso reflexivo que implique observarse como mujer heterónoma y sujetada y un actuar en consecuencia con esta reflexión. Este proceso reflexivo da cuenta de las diferentes formas que puede tomar el poder en las relaciones sociales, de modo que las mujeres en tanto subordinadas e inmersas en relaciones de dominación, tienen la posibilidad dentro de la misma dinámica, de generar procesos de resistencia y ofensiva. Y es en la generación de estos procesos de resistencia y de la consiguiente actuación, que el sujeto mujer se convierte en sujeto social, se empodera y puede llegar a transformar sus prácticas heterónomas en prácticas autónomas. Por un lado se reconoce la importancia de la configuración histórica y cultural de las identidades femeninas y la influencia de las representaciones sociales –producto de esta configuración- en las acciones, y a un mismo tiempo se resalta la presencia de una subjetividad crítica que potencia la existencia de sujetos reflexivos que “resisten, resignifican y crean nuevas representaciones y prácticas sociales vis á vis los diferentes órdenes discursivos y dispositivos institucionales que a su vez los han constituido” (Bonder, 1998: 13). Es decir, no se trata de eliminar en el sujeto la esfera de la subjetividad para apelar a una totalización sistémica y estructural en la acción, ni tampoco de pensar en la magnificencia de un actor racional que acciona con arreglo a ciertos fines sin detenerse en los constreñimientos estructurales de los que está sujeto. Bien lo dice Gloria Bonder “somos sujetos y sujetados” al establece r que debemos mirarnos como
“un conjunto heterogéneo de posiciones de sujeto que en ciertas circunstancias „armonizan‟, en otras cristalizan y en otras se colocan en tensión, nos permite explicar „el agenciamiento‟ sin necesidad de apelar a una metafísica del voluntarismo, ni recrear la idea de un sujeto teleológicamente designado” (Ibíd.).

De esta forma, la mujer trabajadora sexual, aunque a un mismo tiempo es producto de una estructura sociosimbólica que la subordina y discrimina en sus condiciones de mujer y de trabajadora sexual, encuentra en el mismo entramado social la posibilidad de aminorar o revertir estas condiciones subordinantes. Ello, por medio de su capacidad de reflexión y acción, potenciada por su participación en movimientos sociales y en función de la transformación de las relaciones de poder, lo que podría llevar a su 41

empoderamiento y autonomía no sólo como mujer trabajadora sexual, sino como mujer. Pero, ¿cuáles son los mecanismos que llevan al empoderamiento y a la construcción del proceso de autonomía en el caso de las mujeres trabajadoras sexuales? ¿Cómo funcionan los procesos de poder y de transformación de las relaciones de poder? ¿A qué nos referimos con empoderamiento de la mujer y cuál es su relación con la autonomía? En los siguientes apartados trataremos de dar respuesta a cada una de estas preguntas.

1.2 Los campos de acción transformación social

colectiva

y

su

influencia

en

la

En la literatura sobre empoderamiento y autonomía de las mujeres se ha reconocido a la participación colectiva como uno de sus mecanismos potenciadores (León citada en García, 2003; Stromquist, 1997; Young, 1997). Esta investigación parte desde este postulado teórico. Se considera que la participación colectiva de las mujeres trabajadoras sexuales potencia su reconocimiento como actoras reflexivas que cuestionan su realidad y que comienzan a construir nuevas representaciones simbólicas. Esto, las lleva a la generación de empoderamiento y con ello de prácticas de autonomía en sus diferentes esferas vivenciales. Para sustentar teóricamente esta postura y como se ha mencionado a lo largo del documento, se retoma una posición intermedia entre la

sobredeterminación estructural y la autodeterminación individual, dos posturas totalizantes. Ello, para vislumbrar un sujeto que si bien acciona en función de las orientaciones culturales a las que está expuesto, tiene la posibilidad de cuestionar la naturalización de ese orden social y proponer mediante discursos, significados y representaciones alternativas, nuevas acciones que puedan responder y probablemente solucionar -por medio de la reflexividad- a las contradicciones inherentes del sistema social. Por ello, se considera conveniente utilizar el enfoque que propone María Luisa Tarrés (2007) a partir de los campos de acción colectiva.

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La autora desde la sociología de la acción colectiva, 13 dentro de la perspectiva de estudios de género, propone un método analítico fundado en la irrupción de procesos de ruptura que explican la construcción del actor social y de sus nuevos discursos como fuentes de acciones-transformaciones alternativas. Para entender el origen y la dinámica de la acción colectiva en las mujeres, la autora propone la figura de un actor social -como se mencionó líneas arriba- que se posiciona de manera crítica ante su situación y reclama ser reconocido socialmente, siendo necesario para ello la reconfiguración de los preceptos culturales fundantes y la puesta en práctica de las nuevas actitudes contestatarias y transgresoras. Para explicar su posición distingue dos momentos específicos; el momento histórico estructural y el momento histórico coyuntural. El primero se caracteriza por la ruptura al ideal normativo y a los patrones de desarrollo del actor social, lo que “permite y da posibilidad a los individuos y grupos de distanciarse del orden socio-cultural que se les aparece y es vivido como natural” (Ibíd.:31).
13

Las rupturas a las que hace

El enfoque de la acción colectiva de Tarrés está fuertemente influenciado por la postura de los nuevos movimientos sociales de Alain Touraine. Esta postura privilegia la noción de conflicto e identidad como motores de la acción colectiva y surge como respuesta al referente colectivo de la Escuela de Chicago y al enfoque racionalista de la movilización de recursos. Por su parte la escuela de Chicago señala que el papel del actor queda limitado a su reacción ante las situaciones que se consideran “anormales” dentro del orden social y que siempre tienden nuevamente a la integración y el equilibrio estructural. La acción del actor -como reacción a situaciones- excluye su participación en la definiciones estructurales ya que no se analizan ni se integran en la perspectiva, 1) las nociones de conflicto como inherente a la sociedad, 2) las relaciones sociales y 3) las solidaridades que se tejen en la situación problemática, y que dan lugar a la acción colectiva (Tarrés, 2007: 743). La otra postura centra su análisis en la movilización de recursos y tiene un trasfondo teórico racional-utilitarista. A diferencia de la corriente anterior, ésta busca rescatar la dimensión racional de la acción y para ello se opone a la concepción que fundamenta la acción colectiva en lazos ideológicos u orgánicos y propone una noción de acción colectiva basada en la interacción estratégica de actores colectivos con intereses opuestos. Según esta corriente teórica, “la movilización es una respuesta basada en una evaluación de los participantes sobre el costo-beneficio de estar de acuerdo o en desacuerdo con el statu quo” (Olson citado en Ibíd.:744), por lo que la sociedad se concibe como un mercado conformado por recursos económicos, ideológicos y sociales, y los actores, divididos en inconformes y sus adversarios, estructuran estrategias racionales que les permitan o, luchar por satisfacer sus demandas o, proteger sus intereses. En este sentido, la acción colectiva sólo perseguiría la posibilidad de incrementar el poder de determinado grupo, influir en las decisiones o promover y defender los intereses específicos. La corriente que rescata Tarrés es la escuela de Touraine. Ésta parte de la crítica a las diversas corrientes sociológicas por su necesidad de un principio unificador y homogeneizador para explicar el orden social (sea el caso de los funcionalistas con el consenso de valores o la dominación externa para los teóricos de la dependencia). De ahí que su búsqueda se de en términos del encuentro de aquel “sujeto que no está definido por criterios externos, y destaca su capacidad para producir y crear fuera d e referencias metasociales” (Ibíd.: 751). Arguye que la constitución de un actor con esas especificidades no implica el desconocimiento de las estructuras de dominación y de los procesos de reproducción. Más aún, señala que tales estructuras y procesos tienen fallas y zonas de exclusión por la incapacidad del sistema para sustraer y controlar todas las conductas sociales, y es en estas fallas que se presentan los campos de cultivo para la creatividad colectiva y la (re)creación simbólica y “donde los actores crean las posibilidades de romper con prácticas reproductivas” (Ibíd.). Señala pues “los actores sociales, por medio de sus prácticas colectivas, reinterpretan normas y valores, creando nuevos significados para los estrechos límites de la acción política y redefiniendo lo público y lo privado” (Ibíd.:749).

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referencia la autora se caracterizan por ser situaciones en las que los patrones estructurales entran en crisis y crean las condiciones necesarias para que los patrones reproductivos se modifiquen. En este caso, situaciones conflictivas en los patrones estructurales como la pobreza, la migración y la desigualdad desencadenan sucesos marcados por crisis personales que hacen que el individuo problematice el carácter devenido en natural y se pregunte sobre su pertinencia dadas sus circunstancias vivenciales. Estas situaciones de crisis sociales o rupturas estructurales -como las enuncia Tarrés- podrían ser el detonante del proceso reflexivo individual en torno al cuestionamiento de las normas y los discursos imperantes. Sin embargo, en ocasiones y debido a los “grados de internalización de los códigos y los roles de género entre los sujetos”, la influencia de estos cuestionamientos no logra traducirse de manera exitosa a la práctica y a todos los ámbitos en los que se desarrollan las mujeres. Pero ello no les resta importancia en el proceso, ya que agrega la autora, el punto central de esta primera fase es la importancia de
“detectar las ambivalencias, los malestares que experimentan las personas cuando las nuevas condiciones de vida quiebran las expectativas en las que fueron socializadas y se ven obligadas a pensar tanto en su situación individual como en las relaciones sociales que las rodean” (Ibíd.:34).

El segundo momento, el coyuntural, es definido por la formación de campos de acción colectiva que hacen las veces de mediadores entre los procesos macroestructurales y las vidas individuales que se desarrollan a nivel microsocial. Tarrés explica que “las rupturas en las estructuras reproductivas constituyen una condición necesaria más no suficiente para la reelaboración o transformación de las identidades que permiten […] la formación de sujetos” (Ibíd.:35), por ello la configuración de campos de acción vendría a posibilitar y a potenciar la reinterpretación de su situación y la búsqueda de soluciones a las problemáticas surgidas en el seno de la ruptura estructural. Así, la autora definiría a los campos de acción colectiva como los “espacios de interacción cotidiana que normalmente surgen de la iniciativa de personas que generan un tejido social alternativo”. Inicialmente emergen en la esfera de lo privado, como respuesta a demandas personales específicas y 44

toman la forma de organización social. Son espacios autónomos de libertad porque las relaciones entre los individuos no están configuradas a partir de estructura jerárquica o de poder, visible o invisible. En el ejercicio de interacción en estos espacios, el reconocimiento propio y ante el otro desde los principios de igualdad y libertad hacen posible un intercambio de saberes, de conocimientos y de ideas que generalmente es crítico y contestatario del régimen social imperante, y es debido a que los miembros comparten un sentimiento de confianza y complicidad ante la adversidad. Son pues círculos de reconocimiento identitario particularmente útiles para los sujetos emergentes que no se identifican con las identidades reconocidas por los círculos de pertenencia tradicionales. En dichos campos, afirma la autora,
“el carácter discursivo y el diálogo son parte constitutiva […] y dan lugar al intercambio de ideas, a la crítica de un orden que excluye y subordina, a propuestas innovadoras que confluyen a la formación de ideas, de un lenguaje y de un discurso compartido […] que orientarían a producir modelos culturales alternativos de relación social” (Ibíd.:37)

Además, sugiere que, en estos campos las mujeres podrían empezar a ejercer, desde las redes construidas, un poder propio que les otorgaría autonomía. Sin embargo, señala que no todos los campos de acción tienen la misma injerencia en la generación de poder y autonomía en las mujeres, “algunos tienden a ser más eficaces que otros en la creación de autonomía personal, redefinición identitaria, logro de poder y legitimidad” (Ibíd.:38). En la presente investigación, se parte de que el acceso a nuevos saberes, la configuración de nuevos discursos y la generación de acciones reflexivas por medio de la acción colectiva, potencian la transformación de algunas prácticas en el actuar de las trabajadoras sexuales, lo que podría incrementar la posibilidad de su emancipación mediante la construcción de una manera de vivir que tienda nuevamente a la autonomía, de modo que este proceso se desarrolle cíclicamente. Es decir, nuevos discursos que lleven a nuevas prácticas de autonomía que a su vez generen otras prácticas de autonomía. Es importante mencionar que si bien la acción colectiva no representa una garantía para la transformación de sus prácticas en congruencia con los 45

procesos de reflexión, sí abre la posibilidad para que el empoderamiento y la autonomía se desarrollen y florezcan en cada una de las esferas en las que la mujer trabajadora sexual se desenvuelve. Para poder observar cómo la acción colectiva, la interacción y la sociabilidad pueden convertirse en uno de los mecanismos que influyen en la construcción de nuevas formas de entendimiento, percepción y práctica de la realidad, es necesario establecer el funcionamiento de los procesos de poder y sus diferentes formas y distinguir la articulación de estos poderes en los diferentes ámbitos vivenciales de las mujeres y su materialización en la generación de prácticas autónomas que es lo que nos compete en el siguiente apartado.

1.3 El empoderamiento y la acción colectiva Esta investigación considera que como toda relación social y de poder, las interacciones que se generan a la luz del trabajo sexual también son susceptibles de modificarse. Para que ello sea posible el poder debe reconocerse desde dos facetas, la de la dominación-resistencia y la de poder productivo. Y es en la faceta de poder productivo en la que inscribe el empoderamiento de la mujer y la autonomía como uno de sus elementos. Para entender la correspondencia entre empoderamiento y autonomía, utilizamos la noción del poder productivo de Foucault. Éste se presenta como inherente a todas las relaciones sociales e implica la existencia de discursos alternativos y transgresores, que si bien se encuentran dentro de la dinámica del discurso hegemónico y de sus reglas, se generan dentro de los resquicios de exclusión social en donde pueden desarrollarse y multiplicarse. La dinámica en la que se suscribe el poder productivo obedece a la configuración de reglas y normas materiales e históricas desde la conjunción saber-poder que es lo que “permite que se haga violencia a la violencia y que otra dominación pueda plegarse a aquellos que dominan” (Foucault, 1978:17). Es decir, es en su precisión material e histórica que el sistema de reglas se presenta como interpretativo y sin una significación fija y esencial, por lo que es posible “imponerle una dirección, plegarlo a una nueva voluntad, hacerlo entrar en otro juego y someterlo a reglas segundas” (Ibíd.:18). Por ello, el poder no 46

sólo es exclusivo de los intereses representados en el discurso social imperante, más aún, tiene “efectos que pueden ser de rechazo, de bloqueo, de descalificación, pero también de incitación, de intensificación” reconocer otras formas de poder (Ibíd.:19). Así, si el poder toma forma de dominación / resistencia, necesariamente se verá contrapuesto por el poder en su forma productiva, interpretativa y modificable. De ello resultan las técnicas polimorfas del poder. En sentido estricto, para Foucault el poder se expresa en:
“la multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras , de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas y otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales” (Ibíd.:112-113).

y puede

Dada la esencia interpretativa, histórica y cambiante del saber-poder y del discurso en agregación, las relaciones que se entretejen a su alrededor también son cambiantes, “no son formas establecidas de repartición, sino „matrices de transformación‟” (Foucault, 2009:121). Es decir, más que poner el énfasis en quién o cómo tiene el poder, lo central en la configuración del poder productivo es que
“las „distribuciones de poder‟ o las „apropiaciones de saber‟ nunca representan otra cosa que cortes instantáneos de ciertos procesos, ya del refuerzo acumulado del elemento más fuerte, ya de la inversión de la relación” (Ibíd.:120).

De ahí que las mujeres trabajadoras sexuales tengan la posibilidad de modificar sus relaciones sociales y de poder -en diversas direcciones, sea para potenciar o revertir la sujeción-, y en sus diferentes esferas vivenciales. Al momento de retomar la categoría de poder productivo estamos haciendo referencia a nuestro posicionamiento intermedio con respecto de cuatro elementos claves: 1) la configuración del sujeto mujer, 2) la influencia de la estructura, 3) la capacidad reflexiva del actor social en esta configuración y 4) la acción colectiva. 47

Estos cuatro elementos configuran claramente un poder positivo, que no tiene un lugar fijo y circula entre los polos extremos de la sujeción y la autonomía femenina. Es decir, el poder productivo no es exclusivo ni unidireccional ni uniforme, más aún “son múltiples las formas de relacionarse con el poder” y éstas obedecen a situaciones y esferas vivenciales determinadas -de ahí su carácter polimórfico- y es por lo que Rowlands afirma que aunque el poder ha condicionado la experiencia de las mujeres en tanto “fuente de opresión en su abuso” ha sido también “fuente de emancipación en su uso” (citado en León, 1997:13-14). A partir de la posibilidad del poder productivo, el empoderamiento en el trabajo sexual debe ser producto no sólo de un esfuerzo individual de contestación y transgresión por parte de la trabajadora sexual. De manera ineludible debe implicar la esfera colectiva y relacional (con los clientes, funcionarios públicos, cuerpos policiacos) para que adquiera sentido como elemento transformador de su realidad social. Es decir, si bien el aspecto individual tiene que considerarse principalmente a través de la modificación de prácticas en función de una reflexión crítica sobre su posición en el entorno, “la relación entre el actor, su práctica social y la construcción de lo social se ve como ingrediente fundamental para entender el funcionamiento del poder”, de modo que el empoderamiento incluye tanto el cambio individual como la acción colectiva (Young citado en Ibíd.: 16). Entrando en materia, desde los estudios del empoderamiento de las mujeres, 14 en la postura intermedia, se coloca Magdalena León (1997). Ella señala que las relaciones de poder tanto pueden significar dominación, como desafío y resistencia a las fuentes de poder existentes. Entiende al

14

El debate del concepto de empoderamiento, al igual que el de autonomía o trabajo sexual se lleva a cabo entre las teóricas estructuralistas y las individualistas. En una tónica de corte más estructural, Brígida García le da un papel central a la construcción cultural y considera que el empoderamiento desafía las fuentes de poder, potencia la lucha por la transformación de las relaciones de subordinación femenina y configura la habilidad para decidir el curso de acción deseado (Ibíd.). En el mismo sentido, Wieringa (citado en León, 1997.: 8 y 14) advierte que los individuos se encuentran atrapados en la compleja red del poder “participando como actores que ejercen el poder y como objetos de los juego s de poder”, por lo que señala que el empoderamiento tiene significado “si es utilizado para la transformación social según la concepción feminista del mundo”. Young (citado en Ibíd.) de la misma forma, indica que el empoderamiento implica “una alteración radical de los procesos y estructuras que reproducen la subordinación de las mujeres como género”. Por otro lado, Batliwala, desde una postura más individualista sostiene que el empoderamiento se refiere más específicamente al logro del control de recursos (humanos, físicos, intelectuales y financieros) y de la ideología (creencias, valores y actitudes) (citado en Ibíd.: 226).

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empoderamiento como la manifestación de acción y explica que surge a la luz de las organizaciones o movimientos sociales, que persiguen la transformación de las condiciones de subordinación y explotación. El sujeto se convierte en agente activo de su mismo proceso de cambio a través de la conciencia y la reflexividad. Además, argumenta que es “mediante su uso que se puede

contribuir a impulsar los cambios en la cultura, en particular en los imaginarios sociales sobre la relación de la mujer en el poder” (León citada en García, 2003: 223). De ahí que el empoderamiento sugiera un cambio en las

relaciones y las distribuciones de poder establecidas, -como lo señaló Foucaulty que uno de los detonantes sea la organización y la participación social. Como lo mencionaba, León establece que uno de los potenciadores del proceso de empoderamiento en las mujeres es la organización y la movilización social. Algunas autoras ya han escrito sobre el aporte de la organización social, la movilización política o la participación ciudadana en el empoderamiento

colectivo, y por tanto en el proceso de autonomía individual de cada implicada en estos procesos. Unos de los primeros textos que abordó la necesidad de la organización social en los procesos de empoderamiento fue el denominado Desarrollo, crisis y enfoques alternativos: perspectivas de la mujer en el Tercer Mundo. En él, se señala a la generación de procesos colectivos y al despegue de procesos democráticos y participativos como mecanismos que contribuyen al empoderamiento (citado en Ibíd.:12). Nelly Stromquist también aborda la generación de procesos de empoderamiento a través de la participación

social. Ella sugiere que las mujeres pueden lograr empoderamiento a través de distintos puntos de partida entre los que menciona al conocimiento emancipatorio, a la influencia económica y a la movilización política. De

acuerdo con la autora, el proceso de empoderamiento se divide en cuatro grandes etapas: la primera de ellas se genera con la participación en pequeños grupos con agenda colectiva; la segunda es aquella que refiere a la reflexividad y comprensión de la dominación, lo que deviene en organización-movilización y en la constitución de una agenda más amplia; la siguiente etapa se realiza a nivel micro y tiene como características centrales mayor libertad y sentido de competencia personal, además de la redefinición de los tipos ideales impuestos; la última etapa sugiere la constitución de una agenda política más 49

amplia, la reconfiguración de los acuerdos colectivos y la transformación del ser ciudadano (Stromquist, 1997: 84). Otra de las autoras que de manera más desarrollada ha posicionado el tema de la acción colectiva en el desarrollo del empoderamiento de las mujeres es Jo Rowlands (1997). Para llevarlo a cabo hace toda una disertación sobre las diferentes formas que puede tomar el poder, y sobre la inherencia de la noción del conflicto en la sociedad. A partir de ahí, señala que el poder no sólo es aquel caracterizado por la capacidad de una persona o un grupo de personas para llevar a otra persona o grupo de personas a hacer algo contra su voluntad, sino que incluso puede llevar a “no hacer nada”, o más aún, a la eliminación material de la conflictividad social. La noción de conflicto

inobservable es tomada de Steve Lukes y refiere a la forma más insidiosa y efectiva del poder que previene inclusive la aparición del conflicto a través de la formación e internalización de percepciones, conocimientos y preferencias. De modo que las personas aceptan el rol que les fue asignado en el orden de las cosas, ya que no pueden imaginar o ver alguna alternativa posible, o lo aceptan como natural y no modificable o, en las situaciones más extremas lo perciben como un valor divino que de manera beneficiosa les fue concebido (Lukes citado en Rowlands, 1997: 10). De ahí que la autora haga una analogía entre este poder y el poder opresor estructurado culturalmente sobre las mujeres y su funcionamiento por medio de la internalización. Aunque no demerita la presencia y la potencia de este poder estructurante que ella denomina “poder sobre”, se inscribe en la escuela que considera al poder como procesos y en el que aparece n las figuras del “poder para”, “poder con” y “poder desde dentro”. Estas figuras se diferencian del primer poder porque en el ejercicio de éstos no hay un resultado de suma cero (si mi poder aumenta el del otro disminuye), denotando así la capacidad del poder como productivo. De esta manera la autora reconoce cuatro formas del poder: 1. Poder sobre: poder que controla y que generalmente es respondido por la conformidad, la resistencia (con procesos de victimización débiles) y la manipulación.

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2. Poder para: poder generador o productivo (en ocasiones se incorporan o se manifiestan como formas de resistencia y manipulación) que crea nuevas posibilidades y acciones fuera de la dominación. 3. Poder con: sentido del conjunto que sobrepasa la noción de la suma de los individuos, especialmente cuando los grupos atacan problemas juntos. 4. Poder desde dentro: la fuerza espiritual y la unicidad que residen en cada uno de nosotros y nos hace humanos verdaderos. Los presupuestos básicos son la aceptación y el respeto propio que se extiende al respeto y la aceptación de los otros. Así, arguye que el empoderamiento se compone de los procesos que nos guían en nuestra configuración como seres capaces y con derecho para tomar nuestras propias decisiones. De facto elimina las concepciones del

empoderamiento fundadas en el poder como donación o transferencia, ya que considera que estos procesos deben surgir “desde dentro” y consolidarse en las relaciones sociales, lo que para la investigación resulta trascendente. De esta forma el empoderamiento como conjunto de procesos incluiría las distintas formas de poder (para, con y desde dentro) y buscaría que los sujetos tomen conciencia de sus propios intereses y de la injerencia de sus intereses con los de los demás. De modo que se pudiera participar e influir en la toma de decisiones desde un posición más fortalecida, implicando con ello necesariamente deshabilitar ciertos construcciones sociales negativas que han impedido históricamente la configuración de las mujeres como sujetos autónomas tomadoras de decisiones. Para observar las distintas dinámicas del empoderamiento y el funcionamiento de cada forma de poder, la autora propone un esquema con tres dimensiones para el análisis empírico. La primera de ellas, la dimensión personal implica el desarrollo de un sentido del ser y de la confianza y capacidad individuales que permiten la reflexividad y la contestación y deshabilitación de los efectos internalizados de la opresión. La segunda, la que refiere a la dimensión relacional se ocupa de desarrollar la capacidad de negociación e influencia en la naturaleza de las relaciones cercanas y de las decisiones que se tomen dentro de ellas. La última dimensión es la colectiva, y es la situación en las que los sujetos comienzan a trabajar juntos para lograr un 51

mayor impacto del que lograrían trabajando de manera individual. La acción colectiva incluye la injerencia en estructuras sociales y políticas, formales e informales, locales o estatales, etc. La acción colectiva se encuentra fundada en la cooperación más que en la competencia (Ibíd.:14). Los aportes que hace Jo Rowlands en la configuración del

empoderamiento, en la clasificación de tipologías de poder y en la ordenación de dimensiones, abona en gran medida al esquema analítico de la presente investigación. Ya que nos permite observar el peso específico que tienen las construcciones culturales a través del “poder sobre”, y a un mismo tiempo observar el viraje y la contestación que realiza el actor social al producir desde si mismo y desde sus relaciones y acciones colectivas, otro tipo de poder. Aunado a ello, la disposición de las dimensiones alrededor de las esferas vivenciales nos permite ampliar la visión analítica desde un nivel subjetivopersonal hasta un nivel relacional y colectivo que incluya la influencia de la acción colectiva en el proceso de empoderamiento. Es importante recapitular y distinguir las condiciones necesarias y suficientes para el empoderamiento. De acuerdo con la revisión teórica que a los efectos de esta investigación incumbe, resulta fundamental rescatar dos condiciones necesarias para la construcción del empoderamiento: 1) La capacidad reflexiva para conocerse y reconocerse en su posición y 2) el carácter productivo y relacional del poder. La condición suficiente se

presentaría como la posibilidad del individuo para participar y organizarse socialmente. Es decir, es por medio de la comprensión de su situación de subordinación -que refuerzan mediante el ejercicio de interacción social y acción colectiva- que se genera la inserción en un proceso de cuestionamiento de las relaciones de poder con la posibilidad de su transformación. Lo que podría tener implicaciones en el acceso y control de diferentes tipos de recursos y libertades y en el desarrollo de su capacidad de acción y decisión. A este respecto, es importante anotar que el proceso de

empoderamiento es un proceso complejo que implica distintas dimensiones, diversas esferas de acción e incluso persigue diferentes fines, uno de ellos es la construcción y/o el logro de mayor autonomía, noción que retomaremos en adelante. 52

Rescatamos la postura de Jo Rowlands con la clasificación de los tipos de poder y la dimensiones del poder, y la postura de León cuando establece que “el empoderamiento conduce a lograr m ayor autonomía individual, a estimular la resistencia, la organización colectiva y la protesta mediante la movilización” (León, op cit.: 20), por lo que sugiere que la organización no sólo potencia el proceso de empoderamiento, es parte también del poder productivo. En el mismo tenor que León, García señala que la autonomía es una de las manifestaciones del empoderamiento y que puede tener lugar en los niveles social e individual a lo largo del tiempo (García, 2003: 239). Por tanto, en esta investigación, la autonomía sería un elemento fundante del proceso de empoderamiento. Por lo que las trabajadoras sexuales organizadas tendrían mayores posibilidades para acercarse a nuevos y transgresores saberes, y con ello podrían estar comenzando el proceso de empoderamiento que diera lugar a dinámicas autonómicas en sus discursos y sus prácticas, generando así su conformación como sujetos sociales y la transformación de sus relaciones de poder. Es sólo por medio de la inserción en un proceso autonómico que integre –aunque posiblemente no de manera uniforme- las diferentes esferas vivenciales, que la trabajadora sexual tendría la posibilidad de modificar las relaciones de poder que confluyen en su cotidianeidad. 1.4 La construcción del proceso de autonomía El último eslabón de la cadena analítica de la investigación es la construcción del proceso de autonomía. Como se mencionó, existen muchas concepciones de autonomía, no obstante, no todas ellas abonan al proceso de empoderamiento de las mujeres y por tanto, no todas buscan transformar las relaciones de poder. Además de que no todas se inscriben en el enfoque intermedio y de negociación entre el sujeto y la estructura que venimos proponiendo. Se observó en cada pasaje anterior, que todos los conceptos enunciados toman significados diversos de acuerdo con el enfoque desde el que se posicionen, es también el caso de la noción de autonomía. Aunque de facto busquemos una conceptualización que medie entre la autodeterminación 53

del sujeto y la sobredeterminación de la estructura, es necesario hacer un recorrido por las distintas posturas –colectivistas / individualistas- que abordan tal cuestión. Desde una postura estructuralista, autoras como Lagarde (2007) y García (2003) señalan que la autonomía con perspectiva de género necesariamente debe ser producto del desafío de las fuentes de poder y el control de recursos, y privilegian en ella, el componente estructural y objetivo sobre el elemento individual y subjetivo. De modo que ven a la autonomía como “un conjunto de hechos concretos, tangibles, materiales, prácticos, reconocibles, y a la vez, es un conjunto de hechos subjetivos, simbólicos” (Lagarde, 1997:70) enfocados a la transformación de las relaciones de poder de las mujeres. En este sentido, algunos de los indicadores de la autonomía que ubica García en la relaciones sociales son: 1) la participación femenina en la toma de decisiones en el hogar, 2) libertad de movimiento, 3) acceso y control de los recursos económicos, 4) estar libre de violencia doméstica, 4) actitudes a favor de la equidad de género, 5) elección del cónyuge y 6) composición de la pareja y el hogar. Si bien Lagarde y García rescatan la especificidad, la independencia, la actuación por intereses propios y la constitución de las mujeres en sujetos que actúan, reclaman y se reivindican, el peso estructural y la historicidad que marca la identidad femenina son el fundamento de donde debe partir el pacto de la autonomía. Por su parte, Lagarde establece que como el pacto no se encuentra inscrito en la forma tradicional de relación entre la mujer y el hombre, e incluso tampoco entre algunas mujeres, es sólo por medio de “la resistencia a dar consenso a cualquier intento de estigmatizar a las mujeres” y de la práctica del pacto que se construye el sujeto y se inaugura la autonomía. Por otro lado y privilegiando el elemento subjetivo, se encuentran Casique y Tepichin Valle (2009). Las autoras al igual que Lagarde y García abordan a la autonomía desde el poder, pero dándole mayor peso al “poder de las mujeres” que al poder de la estructura. En este sentido Casique considera que una mujer es más autónoma, mientras requiera menor consentimiento de su pareja para tomar decisiones (citado en Tepichin, 2009: 115). Para Tepichin Valle (2009) la autonomía es “la capacidad de las mujeres para contribuir en decisiones, gozando de libertad y otorgando consentimiento legítimo” 54

entendiendo el consentimiento legítimo como “la base de arreglos en don de los participantes tienen las condiciones para establecer sus propios términos, cambiarlos o renegociarlos”. Es decir, como la capacidad individual de libertad de movimiento y acción en un sistema en el que se tengan alternativas de acción y elección. Hace la acotación al igual que Lagarde (1997), que la autonomía no es un proceso que se observe en todas las esferas de la vida personal, en algunas puede presentarse, en otras no (Ibíd.:120). Considera, además, que es importante anotar las especificidades del proceso de toma de decisiones de las mujeres, entendiendo éstas como las condiciones en las que participan en la toma de decisión (contexto) y sobre qué decisiones lo hacen. Ello, la lleva a distinguir tres parámetros de distinción de las decisiones: 1) las consecuencias que tienen en la vida de los demás, 2) las condiciones en las que son tomadas y 3) su potencial de transformación de las relaciones de desigualdad. De lo que resultan una tipología entre las decisiones estratégicas y de segundo orden por un lado, y las decisiones con y sin potencial de transformación, por otro. Las decisiones estratégicas o de primero orden

harían referencia a actuaciones que resultan críticas en sus consecuencias, que fracturan el orden establecido por las creencias y los hábitos. Algunas de las prácticas señaladas como autonómicas y estratégicas son: salir sola, participar en actividades comunitarias, manejo del ingreso, estudiar, trabajar, tener relaciones sexuales, usar anticonceptivos y el número de hijos. Las decisiones de segundo orden son las que surgen en el marco de las decisiones estratégicas. Las decisiones con potencial transformador se encuentran vinculadas a la resistencia que pudiera resultar la modificación de los discursos, las prácticas y las representaciones colectivas. Vista de una manera más integral y acercándose a la postura intermedia que nos interesa, Rowland y Schwartz consideran que la autonomía puede entenderse como un proceso caracterizado por el desarrollo de la habilidad de responder a personas y a situaciones, en lugar de reaccionar. Distinguen así entre el reaccionar y el responder a una acción mediante el grado de dependencia e indefensión de la propia vida, estableciendo que cuando la mujer reacciona sus decisiones se estructuran en gran parte en función de las creencias, las perspectivas y las percepciones de los otros. Es decir, la referencia externa -del otro hacía la mujer-, que busca constreñir y manejar las 55

decisiones es central tanto en la dependencia como en su representación en la acción mediante la reacción. Por otra parte, responder implica un proceso reflexivo y no enteramente teleológico, sino uno que incluya también el elemento emocional. En palabras de Lerner
“sin una intelectualización, distanciamiento o negación de los sentimientos, responder implica aceptar los sentimientos, y después, reflexionar sobre los sentimientos con el fin de decidir sobre `cómo, cuando y con quién queremos expresarlos” (Lerner citado en Rowland et al, 1991: 616).

Los autores, Rowland y Schwartz, consideran que afirmar que la autonomía sólo se reduce a la idea kantiana de la autodeterminación dictada por la razón es limitado, ya que retomar en este concepto sólo la determinación por la razón, niega por completo la existencia de lo que llaman el mundo natural / sentimental / emocional,15 lo que sugiere una visión bastante reduccionista de la conformación del ser humano. Es por ello que retoman en el concepto de respuesta, el elemento emocional y la esfera reproductiva. Aunque pudiera parecer que el enfoque propuesto por los autores es individualista, la inclusión de la esfera emocional en contraposición a la esfera racional, nos remonta a la visión intermedia entre el sujeto reconocido en su subjetividad y su individualidad (lo emocional) permeado por un componente estructural que, mediante el sistema de significaciones inscrito en la razón, delimita la acción. Ya en una posición intermedia se vislumbra la postura de Claudia Mora Urquiza (2008). La autora trata de hacer un esfuerzo articulador del sujeto y la estructura. Define a la autonomía como la “autodeterminación del proyecto de vida y posicionamiento frente a la idea tradicional de ser mujer” y señala que “siempre que se habla de autonomía se hace con referencia a los códigos y significados de las normas e imágenes sociales conservando un todo proveedor de sentido que es re-significado subjetivamente”. Es decir, la autonomía se va articulando imaginaria y simbólicamente y es representada de diferentes formas en el plano de lo real (Mora, 2008: 114-115), por lo que el proceso autonómico no es lineal, y es específico para cada individuo. Además, retoma a través de un continuum de acción, la idea de la dinámica de las posiciones del sujeto y del proceso no reflexividad-reflexividad de Paul Freire para afirmar que el sujeto no tiene un lugar fijo y determinado dentro de la
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Cursivas de los autores

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estructura. Más aún, se encuentra presente una línea continua de acción que permite al sujeto deslindarse de la “fijación de posiciones en un lugar y un tiempo preconstituidos para poder formularse un proyecto de vida más autónomo” (Mora, op. cit.:23), es decir, pasar de la sujeción a la subjetividad. 16 La autora parte de una situación de sujeción y subordinación de las mujeres, y considera preciso que el sujeto mujer se dé cuenta de esta situación para intentar revertirla. En este sentido, la heteronomía se podría denotar como inherente al papel que los condicionamientos estructurales le han asignado a las mujeres, y la autonomía como un proceso por construir en tanto las mujeres se cuestionan, contestan, se enfrentan y cambian los presupuestos culturales que las mantienen subordinadas. Así, la autonomía consistiría
“en tomar posición frente a la “sobredeterminación” que significa los roles estereotipos y dependientes, abriendo el campo subjetivo de las elecciones a las mujeres autonómicas. Al posicionarse llevan a cabo prácticas coherentes con su autenticidad, y con la línea de acción que han trazado de acuerdo con sus “deseos, valores, vínculos emocionales, objetivos, rasgos” (Meyers citado en Ibíd.:117).

Por medio de la transgresión de los roles y las representaciones tradicionales del ser mujer la autora estaría incorporando el peso de los condicionamientos estructurales en la formación identitaria femenina. Y es a través de la autodeterminación del proyecto de vida que incluiría la condición subjetivaindividual de la mujer, ya que “hacerse un proyecto para sí implicar romper con los esquemas de sujeción, así como enfrentarse a lógicas de poder dominantes” (Ibíd.:135), en tanto la mujer se construye como sujeto social y modifica las relaciones de poder que la conformaban en función de los otros. Es decir, el apropiarse de su vida, de sus acciones y de sus decisiones, potencia la modificación de las relaciones de poder. Además, la autora refiere a la existencia de “espacios de autonomía”, producto de la “reordenación de las lógicas de poder”. Estos espacios de autonomía podrían hacer las veces de lo que en esta investigación denominamos como campos de acción colectiva. Enuncia que, desde la postura liberal se piensa que hay una relación entre el grado de autonomía que las mujeres alcanzan y los espacios que puedan

16

Ésta es retomada del concepto de Chantal Mouffe afirmando que la “subjetividad implica que ningún centro de subjetividad precede a las identificaciones del sujeto” (citado en Mora, 2008: 23) .

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instituir, además de que los logros a nivel personal son generalmente equivalentes a los logros autonómicos del grupo al que se pertenece. De esta manera, Mora concluye que sin intento de eliminar el peso específico de la estructura en la formación de la mujer y conformación de sus prácticas, es a través de la generación de proyectos propios que comienza a alcanzarse la autonomía –aunque como estado ideal esto sea imposible-, ya que a partir del posicionamiento como mujer “para sí” y no para los otros, le permite modificar sus dinámicas de acción y de relación en sus diferentes ámbitos vivenciales. Para los fines de esta investigación se rescata la postura intermedia de Mora Urquiza (2008) partiendo de la acción colectiva, como uno de los potenciadores de procesos de empoderamiento y de autonomía. Es decir, la interacción y la sociabilidad son abonos en el proceso de empoderamiento de las mujeres trabajadoras sexuales, y en específico en sus diferentes procesos autonómicos. Para ello es necesario establecer que los procesos autonómicos tienen lugar en los espacios relacionales, en donde los mecanismos de dominación, resistencia y poder productivo funcionan, y que en cada ámbito en específico, existe la posibilidad de cuestionamiento, resistencia y

reconfiguración del orden imperante. 1.5 Problematizando el concepto de autonomía: la autonomía relativa de las trabajadoras sexuales En el esquema analítico de la investigación que nos ocupa se presentan dos conceptos centrales: la autonomía y los campos de acción colectiva. La noción de construcción del sujeto mujer y empoderamiento son conceptos “puente” necesarios en la configuración última del esquema analítico. Para la construcción del concepto de autonomía y de “ campos de acción colectiva” que utilizaremos se rescataron elementos de po sturas teóricas diversas –siempre en la tónica de la posición intermedia a la que hicimos referencia-, tratando de buscar, aunque posiblemente de manera ambiciosa, un referente teórico que se pudiera adecuar lo mejor posible a las necesidades y especificidades empíricas de la investigación que aquí nos ocupa. Así, recapitulando y rescatando, se considera que la autonomía forma parte fundante del empoderamiento de la mujer, es histórica, específica y tiene 58

un carácter procesual e inacabado, es desde las palabras de Lagarde una manera de vivir. Se ubica en diferentes relaciones sociales y se compone de diferentes procesos vitales. Además, consideramos que el enfoque que en mayor medida se adecúa a las necesidades teóricas de la presente investigación es el que nos ofrece Mora Urquiza cuando observa la autonomía desde dos focos centrales: la subjetividad –o en palabras de la que aquí escribe la construcción del sujeto mujer- representada a través de la autodeterminación del proyecto de vida y la estructura a través de la toma de posición frente a la idea tradicional del ser mujer. A este enfoque se

incorporará la existencia de distintos tipos de poder representados en tres esferas vivenciales (personal, colectiva y de relaciones cercanas) aportado esto por Jo Rowlands en su enfoque sobre empoderamiento. Además, la noción de autonomía referirá un proceso de reflexión y acción que inscribe a las percepciones y prácticas como dimensiones de la misma. También se

rescatará la proyección de Tepichin Valle a través de la toma de decisiones y la libertad de movimiento. Sin embargo, adentrarnos en los procesos de autonomía de las trabajadoras sexuales organizadas desde todas las esferas vivenciales y considerando las dos dimensiones, nos rebasa dados los tiempos de la investigación. Por ello, y en razón de la importancia que suscribe su actividad como trabajadoras sexuales en su configuración identitaria y por el peso central que tiene la acción colectiva en el esquema analítico de los procesos de autonomía, se ha decidido focalizar el estudio a la esfera colectiva. Esta esfera refiere a todas las relaciones que se dan en el marco de su actividad como trabajadoras sexuales y miembros de una agrupación. Se reconocen cuatro matrices de relaciones: la que la trabajadora sexual

organizada tiene con 1) los clientes, 2) los funcionarios públicos, cuerpos policiacos e instituciones no gubernamentales, 3) los vecinos y 4) otras trabajadoras sexuales dentro y fuera de la agrupación. Estas relaciones son relaciones de poder, por lo tanto, todas son susceptibles de resistirse, revertirse y producirse, y en el ámbito del trabajo sexual se han generado “campos de acción colectiva” en donde posiblemente las mujeres con sus pares estén compartiendo conocimientos, cuestionando los preceptos culturales fundantes y generando estrategias de contestación y de transformación. Ello es lo que queremos observar en esta investigación. 59

Como ya hemos señalado, la autonomía es un proceso en construcción, inacabado, situado, indeterminado, contradictorio, no gradual y siempre conflictivo. Tiene que ser específico y obedecer a las particularidades del

contexto en el que se desarrolla, acciona y decida el sujeto. En ocasiones será producto del pacto entre los actores inmersos en una relación de poder, en otras, la mujer sujeto tendrán que reclamar y arrebatar su libertad y la capacidad de acción y decisión que le fue arrebatada. El proceso de autonomía es situado, y por ello es necesario construirlo desde el corte empírico que aquí nos ocupa; la mujer que tiene al trabajo sexual como actividad laboral y que se desenvuelve en el contexto violento y riesgoso característico de esta actividad. De esta manera, la mujer trabajadora sexual aunque resistiendo, lo hace sujetada a la figura social estigmatizante de la actividad y con ello a la elección primaria del cliente y a las decisiones arbitrarias de los funcionarios públicos, los cuerpos policiacos y los vecinos de la zona en la que labora. De modo que hay presencia de autonomía, de toma de decisiones y de libertad de movimiento pero sujetada a la representación social del trabajo sexual y a su carga estigmatizante, autonomía pero relativa a la estructura sociosimbólica. La autonomía relativa, entonces, tomaría la forma del proceso [en construcción] en el cual la mujer, en ocasiones, reflexiona sobre su posición en las relaciones opresivas intragenéricas e intergenéricas desde tres esferas vivenciales –personal, colectiva, relaciones cercanas- y, en ocasiones, actúa en congruencia con esta reflexión, tomando decisiones movida por sus propios intereses. En cada una de las esferas vivenciales, la autonomía se expresa en percepciones y prácticas y éstas refieren directamente a la toma de decisiones y en la libertad de movimiento, como observables del proceso. La siguiente clave en el esquema analítico son los campos de acción colectiva. De acuerdo con Tarrés (2003), estos campos son espacios de interacción cotidiana que normalmente surgen en la esfera de lo privado, como respuesta a demandas personales específicas, y que en adelante generan un tejido social alternativo que toma la forma de organización social. Son espacios autónomos de libertad y las relaciones en ellos se caracterizan por ser horizontales. En el ejercicio de interacción y sociabilidad, el reconocimiento propio y ante el otro, de los matices de sus realidades, en razón de los 60

principios de igualdad y libertad potencia un intercambio de saberes, de conocimientos y de ideas crítico y contestatario del régimen social imperante. Este intercambio podría tener la potencialidad de constituirse en nuevos discursos y formas representativas de la realidad, lo que a su vez se esperaría, afectara el transcurso normalizado de las prácticas subordinantes en las relaciones de poder, y claro ésta, equilibrara las fuerzas en estas relaciones. En la cotidianeidad, el proceso de construcción de autonomía y los campos de acción se presentan interrelacionados y se alimentan mutuamente. Ya que es la reflexión ante la exclusión y la subordinación, que tiene lugar en cada una de las esferas vivenciales lo que posibilita la generación y desarrollo de los campos de acción colectiva. Es decir, lo que Tarrés denomina como “rupturas” son eventos que ponen en evidencia la exclusión, las

contradicciones sistémicas y las necesidades y demandas que no puede absorber el sistema cultural. Y como los códigos normativos del sistema cultural delimitan cada una de las esferas vivenciales a través de las representaciones simbólicas, entonces las “rupturas” pueden situarse en cualquier esfera generando con ello espacios propicios para la acción colectiva. Aunque en esta investigación sólo se enfocarán los esfuerzos a la esfera colectiva, no se desestiman las dos esferas restantes, más aún, se considera que existe retroalimentación entre ellas. Por ello, se hará un esfuerzo para tratar de dilucidar de la manera más clara posible, las relaciones que se dan exclusivamente en la esfera colectiva. No obstante, es importante observar como, desde lo construido aquí, se interrelacionan las distintas esferas vivenciales del actor social como un “yo” con otros actores, a través de los campos de acción colectiva. Buscando

construir espacios de discusión y experiencias en miras de la generación de nuevos y transgresores discursos y de la puesta en práctica de estos discursos. El esquema muestra gráficamente el funcionamiento de las esferas vivenciales y de los campos de acción colectiva. Podemos observar que las esferas vivenciales no se presentan como excluyentes, más aún se transponen entre sí. Y son las esferas personal / colectiva / relaciones cercanas las que configuran la potencialidad autónoma del actor social. Es decir, en cada una de éstas, pueden manifestarse prácticas autónomas que constituyen de manera integral el proceso de construcción de 61

autonomía de la mujer trabajadora sexual. Sin embargo, como mencionamos, estas esferas sólo son potencialmente autónomas, y para su materialización en prácticas específicas es necesaria la presencia de un mecanismo que potencie los procesos reflexivos de choque (que aparecen como crisis personales en la vida de las personas) entre las representaciones opresivas estructurales y las nuevas formas de ser y hacer.

Gráfico 1. Interacción autonomía-campos de acción colectiva

Relaciones sociales

Personal

Colectiva

Relaciones cercanas

Actor Campos de acción colectiva

Fuente: Elaboración propia

Este mecanismo tomaría la forma de los campos de acción colectiva que pueden surgir alrededor de cualquier relación social, en tanto relación modificable de poder, y a partir de los choques o “rupturas” que se presenten en cualquier esfera. Un ejemplo de ello, son los grupos interactivos de mujeres que se enfrentan al desempleo de sus parejas (relaciones cercanas) y comienzan a organizarse en cooperativas económicas para generar empleos y recursos. Otro ejemplo, el que nos ocupa aquí, es el caso de las mujeres trabajadoras sexuales que dados los enfrentamientos con las autoridades policiacas dentro de su trabajo (colectiva) deciden organizarse para protegerse y demandar su reconocimiento. 62

Toda esta dinámica en las esferas y entre ellas, se inscribe en un sistema relacional que tiene como fundamento el poder en todas sus formas (poder sobre, poder para, poder con, poder desde dentro). En este sentido, y retomando a Rowlands (1997), la esfera personal implica el reconocimiento como sujeto mujer con la capacidad para realizar acciones para el cambio con conciencia de la opresión y la generación de confianza de si mismo y de la capacidad individual para generar cambios. La esfera de las relaciones cercanas involucra la capacidad para reconocer la opresión, negociar e influir en el curso de las relaciones cercanas opresivas y de las decisiones que se tomen dentro de ellas. La esfera colectiva refiere al esfuerzo para conjuntar demandas y establecer solidaridades, y es el lugar donde los individuos trabajan conjuntamente para lograr un mayor impacto del que podrían generar individualmente. De acuerdo a lo que nos compete, que son las prácticas en la esfera colectiva, las relaciones de las mujeres trabajadoras sexuales que se generan en ese espacio son las referentes a su trabajo y a su participación en asociaciones y movimientos sociales. Como mencioné, refiere a cuatro relaciones específicas, la que la trabajadora sexual tiene con 1) los clientes, 2) los funcionarios públicos, cuerpos policiacos e instituciones no

gubernamentales, 3) los vecinos y 4) otras compañeras trabajadoras sexuales tanto dentro como fuera de la agrupación. Habiendo desarrollado las relaciones que se dan en cada una de las esferas -y en específico en la colectiva- en el apartado metodológico 17 se desplegarán algunos observables de prácticas autónomas desde las dos subdimensiones de la autonomía que se establecieron –la toma de decisiones y la libertad de movimiento-. Éstos han servido como guía para las entrevistas a las trabajadoras sexuales. En este punto habría que cerrar el capítulo con la hipótesis de la investigación. Argumentando que si bien las mujeres insertas en la dinámica del trabajo sexual, son producto de un sistema patriarcal que potencia la objetificación femenina, su participación en campos de acción colectiva las acerca a saberes y perspectivas que enfrentan el marco normativo tradicional.

17

Ver apartado metodológico en página 187

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Ello posibilitaría un proceso reflexivo o de autoconciencia de su posición como mujer, produciendo discursos transgresores en función de la

desestigmatización y reivindicación de su actividad y de su vida. Lo que a su vez podría generar una transformación en su accionar mediante su inserción en un proceso potenciador de prácticas de autonomía en sus diferentes esferas vivenciales.

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DOS.
EL CONTEXTO EN EL QUE SE
DESARROLLAN LAS TRABAJADORAS SEXUALES ORGANIZADAS EN EL D.F.

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“El problema de la existencia de la prostitución no es la falta de trabajo -trabajos en donde no se necesita cualificación y mal pagados siempre han existido-, el problema reside en la ausencia de verdaderas oportunidades y trabajos dignos para las mujeres, que les permitan una subsistencia autónoma y un disfrute de los bienes de consumo de los que Occidente tanto se enorgullece” Raquel Osborne

Cuando nuestras manos se estrecharon y pude mirarla en toda su entereza, me costaba trabajo disociar la imagen –prejuiciada y construida- que tenía de las trabajadoras sexuales y lo que en esos momentos a mis ojos se presentaba. Era Doña Ángela,18 la representante de la asociación civil llamada “Grupo Unificador de Mujeres” (GUM). Una mujer de unos 60 y tantos años, con una personalidad que si bien denotaba rasgos de desconfianza ante mi presencia –nueva y extraña- también emanaba seguridad y disposición a que la conocieran y conocieran su historia. Así, con un beso en la mejilla y un estrechamiento de manos, comenzó a relatarme:
“Yo entré de 19 años de edad porque tuve un marido irresponsable, me dejó con 2 hijos…de antemano soy huérfana total, me crió el gobierno entonces yo no tenía ni mamá ni papá ni tíos, ni hermanos, ¡nada! Soy una mujer totalmente sola, entonces este… una amiguita de mi marido, ¡porque me casé bien! me dijo señora Ángela, porque me hablaba de usted, -no sé por qué tengo ese don- me dijo señora Ángela no sea tonta, véngase acá, se gana bien. Entonces yo empecé con la señora Maga que le decían la Chata en los congales de Reforma, tenía en Reforma un como… jacalón, éramos 300 y había pa´ todas, entonces este… yo empecé a sacar así a mis hijos adelante” Doña Ángela, 60 y tantos años

Como la historia de Doña Ángela, existen infinidad de historias que comparten esta necesidad de “salir adelante a toda costa”, y el “a toda costa” incluye, entre muchas y diversas acciones, su decisión por insertarse en el trabajo sexual. Sin embargo, la decisión por el trabajo sexual no es una decisión que haya sido tomada sólo considerando las necesidades económicas. En ella también influye de manera significativa la estructura sociosimbólica. Si bien su decisión -cuando no es coaccionada directamente- toma la forma de una
18

Obedeciendo al código ético de privacidad en la investigación, los nombres de las trabajadoras sexuales entrevistadas fueron cambiados por nombres ficticios.

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acción con arreglo a fines y tiene un componente subjetivo muy importante, se genera en un espacio y tiempo específicos, con códigos normativos y representaciones culturales que influyen en el sujeto que toma la decisión –en este caso la trabajadora sexual-. De ahí que resulte importante conocer las diferentes situaciones y condiciones de vida de las trabajadoras sexuales y el contexto en el que se encuentran situadas. Así, buscando claridad analítica y obedeciendo a los objetivos de la investigación se hace necesario estudiar las decisiones de las trabajadoras sexuales a partir de dos momentos centrales de su discurrir en la actividad: el primero de ellos refiere a su inserción en el trabajo sexual y el segundo, a la decisión para organizarse dentro del trabajo sexual. En estos dos momentos confluyen muchos factores que incentivan o desincentivan la significación del intercambio de servicios sexuales por dinero y que influyen en la decisión de las mujeres a la hora de decidir considerarlo una opción laboral. En el primero de los momentos se reconocen dos elementos que influyen en la decisión: 1) el contexto estructural que refiere a todas las construcciones culturales y los códigos normativos que significan la vida social y regulan la conducta. 2) el contexto coyuntural que hace alusión a la dinámica económica actual (desempleo, pobreza, desigualdad, marginación) que potencian la necesidad por un trabajo remunerado. El segundo de los momentos es producto de los componentes del primer momento y de la subjetividad de la trabajadora sexual referida en este caso a su capacidad de decisión y acción. Por ello, en la primera parte de este capítulo se estudiará el primer momento, el de la inserción de la trabajadora sexual. En él se presentarán los distintos elementos que abonan a la constitución del trabajo sexual como opción laboral, a decir, el componente estructural-coyuntural y el subjetivo. En la segunda parte se describirá más profundamente la composición del contexto social, ubicando en él las características de la estructura sociosimbólica y la dinámica económica coyuntural –actual-. En la tercera parte se abordará el segundo momento, en él se presentarán los elementos subjetivos que aunados al contexto han contribuido en la conformación de la organización y la acción colectiva dentro del trabajo sexual. En la cuarta y última parte se describirá el contexto específico (D.F.) en el que se desarrollan las trabajadoras sexuales a 67

las que se entrevistó, referido específicamente al trabajo sexual, y las especificidades históricas de las agrupaciones que se estudian.

2.1 ¿Por qué decidir ser trabajadora sexual? Construirnos como mujeres en un contexto definido por la desigualdad de género, ha marcado y delimitado nuestro discurrir. Así, la regularidad de nuestro proyecto de vida se ha configurado históricamente por las creencias y los códigos normativos que nos confinan, a nacer, crecer, reproducirnos, ser madres, esposas y morir. De modo que el desarrollo en la esfera pública como algo inherente a nuestro proyecto de vida en tanto mujeres trabajadoras, obreras, profesionistas o políticas nos ha sido vedado, atribuyéndole al mismo tiempo al hombre el peso de la provisión y del trabajo remunerado y la exclusividad de esta esfera. Es decir, el trabajo se significó y dividió sexualmente. En este caso, el intercambio consensuado de servicios sexuales por dinero se constituyó en una opción laboral (no reconocida legítimamente) para las mujeres en el momento de la apropiación masculina del discurso de la sexualidad femenina. En este periodo se justifican socialmente las divisiones sociales entre lo público / privado, las identidades femeninas típicos ideales (madre-esposa / puta) y las masculinas (hombre), las figuras sociales de la exclusividad sexual, de la fidelidad diferenciada, aceptando con ello la poligamia masculina y exigiendo la monogamia femenina. Estos patrones distintivos y diferenciados genéricamente, aunados a la inherente existencia de fallas en el mercado (pobreza, desigualdad económica, marginación, etc.), han posibilitado a lo largo de la historia, la existencia del trabajo sexual, su desarrollo, diversificación y expansión. Podemos distinguir dos potenciadores del trabajo sexual: 1) los códigos simbólicos y normativos que constituyen la estructura sociosimbólica y construyen las identidades y 2) la coyuntura económica. Por su carácter estructural, el trabajo sexual es un fenómeno social cuya presencia ha sido constante a lo largo de la historia, y debido a su carácter coyuntural (por las fallas del mercado) la presencia de trabajadoras sexuales puede llegar a ser mayor o menor en distintos periodos históricos. Si bien, tanto el contexto 68

estructural como el coyuntural son, en demasía importantes para la existencia de una opción laboral como el trabajo sexual, el componente subjetivo de las personas que se han decidido por éste, es también central. En relación, Víctor Ortiz (2008) reconoce en las trabajadoras sexuales, sujetos que están tomando decisiones, pero fundamentalmente movidas entre otras razones, por la responsabilidad de mantener un hogar y “resolver los problemas de la economía familiar” y con la conciencia de que el me rcado laboral es castigador en tanto las opciones son desiguales para todas las mujeres y limitadas para todas aquellas que no cumplen con los perfiles laborales. Un factor que resulta crucial para su inserción en el trabajo sexual es la presencia de hijos ante la ausencia –física o simbólica- de un padre proveedor. Ello ocasiona que vean en el trabajo sexual, una opción laboral flexible y más redituable que muchos de los trabajos formales a los que podrían acceder, lo que podría permitirles tiempo y recursos económicos para desarrollarse como madres y atender a sus hijos. En este sentido, Oliveira y Ariza (1997) argumentan que la participación de las mujeres podría estarse sobrerrepresentando por su ocupación en actividades económicas por cuenta propia o en trabajo con horarios flexibles o de tiempo parcial, generalmente muy mal remunerados. Y es precisamente la situación de precariedad en la búsqueda de empleo y precariedad en la calidad de los empleos, la ruptura coyuntural necesaria para que muchas mujeres se decidan por el trabajo sexual. De acuerdo con lo anterior, la situación económica coyuntural parece que ha tenido un peso importante en la toma de decisiones de las mujeres, y en específico, de las mujeres trabajadoras sexuales de calle, que son las que aquí nos competen. Por ello es importante considerar en el análisis las especificidades del contexto coyuntural que siguen abonando en la perpetuación, desarrollo y expansión del trabajo sexual como una posible opción laboral. Ello, sabiendo de antemano que el trabajo sexual siempre ha existido, pero tratando de vislumbrar los motivos económicos que actualmente lo mantienen como una opción laboral, entonces se hace necesario analizar las condiciones económicas pero desde la mirada de los estudios de género. En este sentido, desde la segunda mitad del siglo XX la participación de las mujeres fuera de la esfera privada, en el trabajo remunerado, se ha 69

incrementado considerablemente. Diversos fenómenos sociales, políticos, demográficos y especialmente económicos, han potenciado esta participación permeando con ello, la diferenciación entre las identidades genéricas y la significación de lo público / privado. Haciendo visible por un lado, la necesidad cada vez más creciente del sistema económico de fuerza laboral, y por el otro, la necesidad de las mujeres por emplearse en un trabajo remunerado debido, entre muchos otros factores, a la insuficiencia del ingreso obtenido por los hombres –proveedores por antonomasia- para la manutención familiar.19 Sin embargo, estas crecientes tasas de participación femenina no han representado una garantía para la obtención de un trabajo seguro y bien remunerado. Más aun, la configuración sexuada del trabajo y de la dinámica económica posibilita que alrededor de las opciones laborales dirigidas hacía las mujeres se desarrollen prácticas discriminatorias, que los trabajos disponibles generalmente no cumplan con las expectativas y que incluso, algunos de ellos se tornen claramente estrategias de supervivencia insertas en ambientes con un alto grado de riesgo, es el caso del trabajo sexual. No obstante, el incremento en la participación y los factores sociales que la acompañan (en muchos casos sugiere independencia económica y mayor libertad de movimiento) han abonado a la emergencia de una nueva configuración en el proyecto de vida de las mujeres. Esta nueva configuración aunque contestataria y transgresora del curso naturalizado impuesto por el sistema patriarcal, muy pocas veces obedece de manera consciente y reflexiva al cuestionamiento del tipo ideal femenino. De ahí que las mujeres además de cumplir con sus jornadas laborales en la esfera pública, tengan en muchos casos “la obligación” de cubrir una jornada extra con las labores domésticas. Sin embargo, no se puede obviar ni demeritar la gestación de esta nueva configuración y la posible difuminación de las barreras entre lo público y lo privado que trae consigo a raíz de una mayor participación en la esfera pública.

19 Al respecto, algunos factores económicos que incidieron en este incremento fueron 1) la modernización

de los procesos de producción y la mayor diversidad de bienes 2) el mantenimiento de la actividad productiva 3) el deterioro de los empleos y del poder adquisitivo y 4) la terciarización del trabajo. De otro lado Rendón (2003) señala que además de los fenómenos económicos, el incremento en la participación de las mujeres en el mercado laboral se debió también a la disminución de las tasas de fecundidad, el crecimiento demográfico, el acceso a la educación, la configuración de tipos de hogares diversos y diferentes pautas de vida y matrimoniales, entre otros.

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De esta manera, las mujeres, por razones que competen a sus historias personales -que van desde la realización personal hasta situaciones marginales de pobreza y desempleo-, y que son permeadas por el contexto en el que se desarrollan, deciden matizar o incluso terminar con la limitaciones que les impone la esfera privada y salir en busca de opciones que les permitan mejores condiciones de vida –para ellas y generalmente también para sus familias- y/o superar situaciones económicas apremiantes a través de un trabajo remunerado. Decidir insertarse en una actividad tan peculiar como el trabajo sexual, no es como decidirse por cualquier otro trabajo. En primera instancia, la

mayoría de veces son decisiones que se toman en situaciones de emergencia, cuando las oportunidades se han agotado y necesitan soluciones rápidamente. Por otro lado generalmente la decisión se ve alimentada por la motivación de personas cercanas que conocen de la dinámica del trabajo sexual y la consideran mejor opción y mucho más redituable que muchos otros trabajos a los que bien pudieran tener acceso, pero que demandan mucho tiempo, son mucho más desgastantes y pagan mucho menos (trabajadoras domésticas, cocineras, cuidadoras, etc.). En este sentido, las trabajadoras sexuales saben del costo (estigma, violencia, riesgo) del trabajo sexual, pero al decidirse por éste, están pensando en la posibilidad de que el beneficio sea mayor (mayores ingresos y tiempos de trabajo flexibles para otras ocupaciones). En este

sentido, aunque en condiciones limitadas y con pocas opciones, están decidiendo por el trabajo sexual. Así, la motivación por insertarse en el trabajo sexual tiene dos componentes: el objetivo / estructural-coyuntural y el subjetivo / individual. El primero, el objetivo / estructural se refiere al ambiente en el que la trabajadora sexual se desenvuelve y se divide, como hemos mencionado en el contexto estructural y el contextual. Con respecto al componente subjetivo / individual estaría referenciando la decisión personal de la mujer por insertarse o no. Cabe señalar que estos dos componentes interactúan entre ellos, no pueden presentarse por separado, ya que tanto el contexto influye en la decisión personal, como las decisiones personales en colectividad reconstituyen el contexto. 71

Es importante mencionar que aunque los dos componentes pueden funcionar para todas las modalidades de trabajo sexual (de calle, en bares, restaurantes, table dance, contrato a domicilio, estéticas, entre otros), es en el trabajo sexual de calle donde se observa el mayor impacto de las especificidades de estos componentes. En esta modalidad, desde la generalidad, las trabajadoras sexuales se caracterizan por ser mujeres madres, en situaciones económicas precarias e incluso marginales, con bajos niveles de instrucción, y con bases culturales tradicionales. Aunque los tres elementos importan, el contexto coyuntural es el que se muestra más presente en los testimonios de las trabajadoras sexuales al momento de tomar la decisión. Es decir, la superación de situaciones apremiantes relacionadas con la condición de mujer y madre que se responsabiliza por sus hijos y hogar, es en la mayoría de los casos el principal móvil para que las mujeres decidan insertarse y mantenerse en él. Al respecto, Oliveira y Ariza (1997) señalan que en México y Latinoamérica a partir de los años ochenta se comienzan a presentar tasas de participación económica significativa en las mujeres casadas y con hijos, y que ello ha sido en gran parte consecuencia de la necesidad de ingresos adicionales en los hogares dadas las crisis económicas. Sin embargo, el estudio “Mujeres y hombres en México 2011” realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señala que cuando el análisis de la participación laboral toma como variable de control la situación conyugal se observa que son las mujeres separadas, divorciadas o viudas las que más participan del trabajo remunerado (44% de la población económicamente activa PEA), seguidas de las solteras (37.9%). Ello podría abonar en el presupuesto de que el trabajo sexual se ve motivado entre otras cosas, por crisis en el círculo familiar (muerte, divorcio o abandono de hogar del cónyuge hombre) y por precariedad económica, situaciones que podrían potenciar una

transformación que cuestione y conteste los preceptos fundantes de los roles de género y que permita tomar decisiones en torno a su proyecto de vida, como el trabajar. En suma, para que el trabajo sexual se presente como una opción de trabajo y una alternativa de supervivencia a la situación de muchas mujeres considero obedece a dos razones centrales: la primera y ya mencionada 72

contesta a las especificidades contextuales; estructurales y coyunturales. Las estructurales descansan sobre la construcción cultural disociada de la identidad y el cuerpo femeninos. Las coyunturales refieren a la dinámica social y con ello a la incertidumbre, el riesgo y la contingencia diferenciadas sexualmente e inherentes a la actividad. La segunda razón –aunque mermada por situaciones específicas como el tráfico y trata de personas- describe directamente a la capacidad de acción y decisión de las mujeres por insertarse en esta actividad. Estas tres razones, como se mencionó, funcionan interactivamente, no pueden ser entendidas de manera independiente. En los sucesivos apartados se desagregará el componente contextual, y parte del componente subjetivo (ya que el componente subjetivo se observará en los capítulos analíticos tercero y cuarto) en la descripción de la organización social y la acción colectiva. Específicamente en el siguiente apartado se desarrollará lo concerniente al subcomponente coyuntural y los fenómenos de riesgo e incertidumbre en la dinámica económica que se presentan de manera diferenciada sexualmente y que permean la toma de decisiones de las mujeres y su elección por el trabajo sexual.

2.1.1 Trabajar en lo que sea, pero trabajar: el contexto coyuntural económico De acuerdo con el argumento de muchos estudiosos de la agenda de investigación del trabajo sexual y particularmente de aquellos que se han ocupado en estudiar los posibles móviles que llevan a las mujeres a decidirse por la actividad (entre otros Ortíz, op.cit. y Juliano, 2009), la principal motivación en la mayoría de las experiencias surge de la carencia y la marginación económica y de posibles problemas personales como el abandono de hogar por parte de la pareja y la necesidad de mantener una familia (hijos o padres). Este escenario personal abona a la decisión por trabajar, pero no específicamente por trabajar intercambiando servicios sexuales. Aquí elementos de la dinámica económica, como la rigidez en los horarios, la segregación ocupacional y salarial, la discriminación genérica, la dificultad para obtener empleo, su condición de madre, entre otros, son decisivos en el momento en el que las mujeres toman la decisión de insertarse 73

en el trabajo sexual. En este sentido, las especificidades económicas toman un papel centra en la promoción del trabajo sexual, y en específico, del que se lleva a cabo en la calle. Estas especificidades, en tanto generadoras de contextos dinámicos, contingentes, diferenciados y adversos contienen mecanismos de exclusión (como la tasa de desempleo) que se potencian cuando la variable sexo es considerada. Así, el mercado laboral además de utilizar diversas barreras de entrada (más adelante hablaremos de ellas) produce y reproduce la desigualdad de género materializada en segregación y discriminación sexual. Y dos de sus más importantes y visibles fenómenos discriminatorios son la segregación ocupacional y salarial (Oliveira et al, 1997; Oliveira et al 1996; Guzmán, 2002; García et al, 1999). Estos dos importantes fenómenos disminuyen las opciones laborales de las mujeres, y las opciones que se mantienen y a las que puede acceder una gran parte de la población (por su nivel de escolaridad y capacitación), generalmente resultan mal remuneradas y con condiciones laborales no óptimas y acordes a las necesidades de las implicadas. Contexto limitado en capacidades y oportunidades se convierte en el detonador de la búsqueda de opciones alternativas para las mujeres, como el trabajo sexual. Y es en razón de las capacidades y oportunidades que las cifras que se presentarán resultan relevantes. A partir de ellas, podemos observar que para las mujeres ocuparse y mantenerse en un trabajo remunerado no resulta nada sencillo. Al momento de conseguir trabajo las dificultades sobrevienen por sus condiciones personales (tener hijos o contar con un grado de instrucción bajo), por las barreras de entrada a las opciones laborales y por la diferenciación ocupacional. Y ya estando dentro, por la segregación salarial que sufren. Sin embargo siguen buscando trabajo y trabajando, aún en trabajos tan “especiales”, como el trabajo sexual, y en específico el de calle. En el caso de la segregación ocupacional, como lo señala Guzmán (2002) es una tendencia que establece la diferenciación en ocupaciones por sexo, lo que consiente que a las mujeres les sean atribuidas y demandadas habilidades y capacidades laborales que se creen naturales del ser mujer como trabajar en la cocina, limpiando casas, cuidando niños y ancianos, de secretarias o enfermeras o incluso de trabajadoras sexuales74 y que

generalmente son actividades con un status menor, con condiciones laborales desfavorables y con una remuneración precaria. En México, por ejemplo se observa una mayor concentración de mujeres en el trabajo remunerado dentro de los grupos de ocupación que refieren a servicios personales, 20 que habitualmente son servicios de cuidado y atención, actividades muy relacionadas con la esfera privada y el ser mujer. En el estudio “Mujeres y hombres en México 2011” se presenta el índice Karmel y Maclachlan que mide la segregación ocupacional general y que para el caso mexicano en 2010 es de 18.8, lo que nos señala que 19 mujeres u hombres tendrían que cambiar de ocupación para tener una distribución más equitativa en términos ocupacionales. Lo anterior, nos muestra que efectivamente en México hay segregación ocupacional y que la distribución ocupacional no abona a la obtención de trabajos seguros y bien remunerados, ya que la incidencia de las mujeres en los dos grupos de ocupación que podrían ser los mejor remunerados (profesionistas, técnicos, trabajadores del arte y funcionarios/directivos) es menor a la de los hombres (67 y 46 mujeres respectivamente por cada 100 hombres). Ahora bien, con respecto de la segregación salarial, está comprobado que la representación cultural de la división sexual del trabajo también tiene implicaciones directas en el establecimiento de las remuneraciones para hombres y mujeres. Es decir, aún en condiciones igualitarias de nivel de instrucción, capacidades y habilidades para el trabajo extradoméstico, se presenta un diferencial salarial negativo para las mujeres, que sólo podría explicarse por la discriminación sexual (Parker, 1999 y García, 2008). Sin embargo teorías como la del capital humano, desarrollada primariamente por Gary Becker, (1964) han buscado legitimar esta brecha salarial en función del stock de capital humano que llegan a concentrar los hombres y las mujeres, aludiendo al hecho de que las mujeres a lo largo de su vida laboral llegan a obtener menos capital humano dadas sus otras ocupaciones en el trabajo doméstico y más aún, que estas “otras” ocupaciones no les permiten dedicar el esfuerzo físico y mental que sus congéneres dedican en una misma actividad.

20 Servicios personales (181 mujeres por 100 hombres), educación (166 mujeres por 100 hombres),

oficinistas (119 mujeres por cada 100 hombres) y comerciantes (109 mujeres por cada 100 hombres). (INEGI, op.cit.).

75

Ello justifica que las mujeres tengan ingresos menores que los hombres en un trabajo equivalente, lo que es mucho decir en una economía donde el trabajo en general está subvaluado y donde las remuneraciones son precarias. En el establecimiento de las remuneraciones en México claramente se puede observar la segregación salarial. De acuerdo con datos del INEGI y partiendo de la mediana del ingreso por hora de trabajo, controlando por sexo y con condiciones iguales en edad, escolaridad y situación conyugal, la remuneración para las mujeres representa entre 88% y 96% de la de los hombres. En algunos grupos de ocupación la tendencia se revierte (las

remuneraciones de las trabajadoras en protección y vigilancia y las agropecuarias son 17.2% y 6.7% mayores que las de los trabajadores, respectivamente), sin embargo como lo señalan en el estudio, en estos grupos de ocupación la participación femenina no es muy significativa. De otro lado, los grupos de ocupación donde la brecha salarial es mayor e incluso representa sólo tres cuartas partes de la remuneración de los hombres es para las trabajadoras industriales, artesanas y ayudantas. Es decir, el trabajo remunerado de la mayoría de mujeres que trabajan en México se encuentra subvaluado (INEGI, op.cit.). La segregación ocupacional y salarial son dos mecanismos de exclusión que son funcionales al sistema social y económico. Aunque por un lado

condenen a millones de mujeres a laborar en ocupaciones claramente sexistas y por ello muy mal remuneradas, por otro, mantienen el aparato productivo funcionando y también el margen de ganancias empresariales. Sólo algunas mujeres, pueden escapar de estos vicios sistémicos. Pero el efecto de éstos se agrava cuando además de que son ofertados trabajos subvaluados que pagan mal, las mujeres no pueden conseguir trabajo, porque no hay o por cuestiones más bien culturales, como su condición de madre, el nivel de escolaridad, la falta de capacitación, la discriminación por ser mujer, etc. En este sentido, García (2010) apunta a las diferencias salariales, la austeridad del salario mínimo, la dificultad y los altos costos de transacción para conseguir trabajo y las conductas sexistas y discriminatorias como elementos que potencian la participación de las mujeres en mercados informales y alternativos, como el trabajo sexual, ya que se presentan como alternativas a la pobreza y estrategias de supervivencia. 76

Profundizando en lo anterior, se despliegan además diferentes tipos de barreras de entrada a los empleos formales y legales. Entre ellas, como se mencionó, se encuentran la exigencia de un determinado nivel de instrucción,21 la posesión de ciertas habilidades útiles para el mercado que implican capacitación y la limitación en las opciones y posibilidades laborales por razones inherentes a su papel como madres y esposas. En lo que respecta al nivel de instrucción, éste se ha convertido en un indicador de capacidades y por tanto en un requisito -indiferenciado por sexopara obtener un trabajo con seguridad social y con una mayor tasa de retorno. Como se puntualizó, aún en condiciones de igualdad en grado de escolaridad y capacidades, existe un sesgo negativo en las remuneraciones hacía el sexo femenino. Sin embargo, es importante anotar que no toda la población mexicana goza de igualdad de oportunidades en materia educativa y que los rezagos con respecto de los hombres aun no se superan en su totalidad. Ello lo podemos observar en los niveles de analfabetismo, ya que para 2010 de la población de 15 años y más se contabilizaron 931 755 hombres que no sabían leer ni escribir contra 1, 541, 516 mujeres, aproximadamente 600 mil mujeres más. Esta brecha se agudizó en la población adulta de 30 años y más.22 Si además se observa el analfabetismo geográficamente desagregado, entonces se obtiene que la brecha entre los sexos para localidades de menos de 2,500 habitantes, es de 5 mujeres más analfabetas que hombres, en contraposición con las localidades urbanas de más de 100,000 habitantes en donde la diferencia es de una mujer analfabeta más. Ahora, con referencia a los años de estudio, tanto en la educación básica como en la postbásica, el porcentaje de las mujeres de 15 años y más es menor al de los hombres. Para el 2010, el 22.5% de los hombres mayores de 15 años tenía educación básica, en razón del 21.3% de las mujeres. Cuando se toma como referente la educación postbásica, la situación es similar, 35 mujeres de cada 100 mayores de 15 años tienen educación postbásica contra casi 37 hombres. El sesgo educativo en gran parte obedece

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Este difiere con respecto del trabajo que se quiera llevar a cabo. Sin embargo en México la mayoría de empleo han homogenizado este requisito, pidiendo de esta forma un nivel de educación media superior equivalente a 12 años de instrucción. 22 De los 30 a los 59 años por cada 1000 habitantes hay 5 hombres y 7 mujeres analfabetas (INEGI, op.cit.).

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a los años de instrucción de la población adulta (de 30 años y más), ya que en la actualidad se está observando una participación más activa y continuada de las mujeres en la educación. Un ejemplo de ello es que del porcentaje de la población mayor de 15 años con educación postbásica, las mujeres que tienen entre 15 y 29 años representan el 46.6% contra el 43.9% de los hombres en el mismo grupo de edad, una clara ganancia para las mujeres en ese terreno, sin embargo esto se contrarresta con la heterogeneidad de oportunidades a lo largo del país (no todas cuentan con las mismas), con la carga simbólica de un proyecto de vida como madre y mujer de casa y con los fenómenos discriminatorios en el mercado de trabajo (INEGI, op.cit.) . Algo que llama la atención en el ámbito educativo y que es importante mencionar es la inasistencia escolar. Aunque no divergen en demasía las cifras diferenciadas por sexo, sucede un fenómeno interesante. En los años escolares que competen a la educación básica (de 12 a 14 años específicamente), los mayores ausentes son varones. En los años que siguen (15 a 29 años), la inasistencia se incrementa de manera considerable, pero aquí el porcentaje es mayor en las mujeres. Entre las razones que dan para no asistir a la escuela, el atender a la familia y hacer los quehaceres en la casa es la más popular (66.5%) y sólo una tercera parte declara realizar alguna actividad económica (INEGI, op.cit.). El hecho de que haya más mujeres analfabetas que hombres, que las mujeres que estudian tengan menos grados de escolaridad que los hombres y que tengan que dejar de asistir a la escuela por cumplir otras labores en sus hogares hace que el problema de la desigualdad de género se agudice y que sus oportunidades para obtener un trabajo formal y bien remunerado, que exija un determinado nivel de instrucción, se disminuyan considerablemente. Es decir, el mercado laboral segrega a las mujeres por partida doble. Las mujeres como grupo poblacional son las más afectadas al momento de buscar un trabajo formal y bien remunerado porque son las que menor grado de escolaridad tienen, y si lo tienen, las ofertas laborales son limitadas y sus salarios menores al de los hombres. De ahí que se tengan que buscar otras alternativas. Una de ellas es el trabajo sexual. Pero ¿por qué decidir entre otras opciones por el trabajo sexual? Muchas pueden ser las respuestas a esta pregunta, y cada una depende de la 78

experiencia de la mujer en cuestión, pero las que algunos estudiosos han rescatado refieren a su calidad de madres responsables. Entre todas las limitaciones laborales ya expuestas, generalmente su condición de madres resulta ser crucial en la decisión por el trabajo sexual, ya que un escenario favorable para ellas, sería tener un trabajo, aunque informal, mejor remunerado que muchos a los que pudieran acceder, y con flexibilidad en horarios y días de trabajo, para realizar otras cosas como cuidar de sus hijos. Dolores Juliano en su texto “Nosotras, las malas mujeres” (2009) argumenta que las mujeres han respondido al fenómeno de la feminización de la pobreza, -caracterizado por la precariedad laboral y desempleo y por las mayores responsabilidades como cuidadoras de los dos grupos más vulnerables a la pobreza (los menores de 16 años y las personas adultas mayores)- con la feminización de la supervivencia. Argumenta, que si bien estas situaciones al borde podrían ser el móvil para delinquir y así adquirir lo recursos que hacen falta, estadísticas señalan que en la mayoría de países la población carcelaria femenina representa sólo el 10% de la masculina, lo que deja entrever que las mujeres optan por otras estrategias que en muchas de las ocasiones obedecen a la proposición “trabajar en lo que sea aunque las condiciones sean malas” como lo son el trabajo informal, la inmigración y la prostitución. Además señala que asumirse como madres implica a un mismo tiempo mayores responsabilidades económicas y menores oportunidades en el mercado laboral formal por la dificultad para cuidar de los hijos y cumplir con los horarios y tareas demandadas, por lo que el trabajo sexual se presenta como una opción llamativa en tanto les permite ser madres y trabajadoras. Al igual que Ortiz (op.cit.), Juliano establece que
“solventar las necesidades de sus criaturas se transforma [….] en el motivo económico más fuerte de la opción por el trabajo sexual, y al mismo tiempo, en lo que la justifica ante sus propios ojos. De este modo se puede llegar a ser “mala mujer” precisamente por intentar “ser buena madre” (Juliano, 2009: 4).

Es decir la maternidad como máxima por una parte se convierte en el motor de la acción y por otra la avala. Aquí es importante señalar que el hecho de ser madres y no contar con el apoyo de una contraparte (en dinero o en tiempo), hace más difícil el hecho de laborar en un trabajo formal y cumplir con los 79

horarios impuestos. Estos horarios suelen ser un obstáculo para la acción de las mujeres madres, ya que tienen que adecuar su actividad doméstica con la extradoméstica, y por lo general, si se necesita sacrificar alguna será la extradoméstica. De ahí la demanda por trabajos con horarios flexibles –como el trabajo sexual-. Al respecto, Oliveira y Ariza (1997) señalan que regularmente se argumenta que las mujeres casadas y con hijos “prefieren” trabajar por cuenta propia buscando que las labores en el trabajo remunerado / no remunerado se puedan compatibilizar y que ello les permita “cumplir” con sus obligaciones de madre y esposa. Sin embargo, puntualizan que esta decisión está condicionada tanto por los roles de género y la división sexual del trabajo como por las “limitaciones que la estructura de oportunidades impone a las posibilidades de inserción de las mujeres” (Oliveira et al, 1997: 20).

Limitaciones a las que ya hemos hecho referencia líneas arriba. Detrás de estas argumentaciones podemos observar que la condición de madre y la manutención y crianza de los hijos sigue permeando de manera significativa los proyectos de vida de las mujeres y podría ser, considero, el móvil central al momento de decidirse por el trabajo sexual como estrategia de supervivencia propia y de los hijos. La cuestión central aquí, es que incluso con el constreñimiento coyuntural económico y su condición como madre que de una u otra forma las sujeta, estas mujeres están contraviniendo su ordenanza en lo privado y están demostrando agencia al momento de decidirse a hacer algo. Ser madre y responsabilizarse completamente (desde la crianza hasta el mantenimiento económico) por los hijos implica un reto en la figura tradicional de la maternidad. Y ello, aunque muy pocas veces buscado y reflexionado por las mujeres (en la mayoría de ocasiones fue una consecuencia accidental o no buscada), resulta ser el detonador de su acción. Esta acción por el contexto económico, se da en condiciones no favorables y potencia la posibilidad de que el trabajo sexual sea considera en su debilitada gama de opciones. En relación, en México se ha observado que las mujeres tienen más hijos a edades tempranas y jóvenes, cuando menor es la educación y cuando residen en zonas rurales, lo que influye, como se mencionó, en la escasez de oportunidades e incrementa la probabilidad de que estas mujeres decidan incorporarse al trabajo sexual. Es decir, aunque ha disminuido la tasa de 80

fecundidad a nivel general (de 1999 a 2009 pasó de 2.9 a 2.4 hijos por mujer), cuando se desagrega por diversos factores, como el espacio rural / urbano o la edad, se presentan comportamientos diferenciados que hacen visible la mayor propensión de las mujeres a tener más hijos a edades tempranas en condiciones económicas precarias y con un grado de instrucción bajo. El estudio “Mujeres y hombres en México 2011” refuerza esta hipótesis señalando que
“hay una relación entre la edad temprana del inicio de la reproducción y la presencia de condiciones socioeconómicas precarias de estas mujeres, generalmente producto de la exclusión social” (INEGI, op.cit.:24)

De acuerdo con el mismo estudio, las mayores tasas de fecundidad se presentan a edades jóvenes (entre los 15 y los 29 años), en donde por ejemplo, por cada 1000 mujeres de 15 a 19 años se producen 56.9 nacimientos y 131.8 en el grupo de edad que va de 20 a 24 años.23 Además, un aspecto que en las cifras denota importancia es el grado escolar de las mujeres, dado que se observa una relación inversa entre el número de hijos y el grado escolar. Así, las mujeres que no cuentan con ningún grado de escolaridad o que sólo cuentan con educación básica (primaria incompleta y completa) son las que presentan las mayores tasas globales de fecundidad (TGF), indicando para 2009 un promedio de 3.2 y 3.1 hijos. El otro aspecto considerado en la fecundidad es la localidad de residencia. Se observa que en las localidades rurales, de menos de 2500 habitantes, la TGF en promedio por mujer es de aproximadamente 3 hijos, un hijo más con respecto a las mujeres que residen en localidades de 100,000 habitantes o más, es decir, urbanas. Ello se explica por la influencia –aun importante- de los patrones de género en las sociedades rurales, en donde además de que se presenta un arraigo mayor a las costumbres y tradiciones patriarcales; el acceso a la educación, a la salud, a los medios de planificación familiar y a los espacios laborales es menor, lo que se traduce en la escasez de oportunidades alternativas a las actividades inherentes a la reproducción femenina.
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Un dato a destacar sobre la fecundidad temprana es que el 0.06% de las niñas de 12 años han tenido un hijo, lo que tiene implicaciones directas en su desarrollo físico y social. Una de las repercusiones es la necesidad de la joven madre para cuidar y mantener a su hijo, lo que ocasiona el abandono de la escuela. (INEGI, op.cit.: 25)

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Podemos observar que son las mujeres casadas o unidas y separadas, divorciadas o viudas las que presentan mayores promedios de hijos nacidos vivos y son las de mayor edad (45-49 años) las que promedian más hijos (3.6 y 3.3 hijos respectivamente) (INEGI, op.cit.). Es decir, el promedio de hijos

nacidos entre las mujeres casadas o unidas y las separadas, divorciadas o viudas no diverge en demasía, sin embargo es importante anotar –como ya se ha hecho- que son las mujeres de esta última clasificación las que en mayor medida participan en el trabajo remunerado. Y ello se corrobora con las cifras que nos ofrece el Consejo Nacional de Población (CONAPO) para el año 2010 en el que del total nacional de jefes de hogar24 que reconocen en su situación conyugal la unión con otra persona, sólo el 8% de estos hogares tienen una jefa de familia. Por otro lado se encuentran los hogares en los que la situación conyugal es separado, divorciado o viudo, y en ellos la cifra de jefas de hogar es significativamente alta oscilando en un 75% del total. No hay que dejar pasar que en los hogares que se reconocen como unidos, aunque simbólicamente el hombre es el jefe del hogar muchos de ellos son mantenidos por el trabajo de una o varias mujeres. Reforzando, en el estudio “M ujeres y hombres en México 2011”, se presenta que tres cuartas partes de los hogares familiares25 con jefatura femenina corresponden a una distribución de jefa de familia e hijos, sin cónyuge, lo que demuestra una tendencia de las mujeres a establecerse y apropiarse de las responsabilidades como jefas de hogar en ausencia de un varón, generalmente a través de su inserción en el trabajo remunerado. Esta correlación entre la jefatura de hogar (que implica la participación de la mujer en el mercado laboral), la situación conyugal y el número de hijos es una muestra de la agencia de las mujeres, y respalda, ante las constricciones económicas que se han señalado, la decisión de muchas de ellas por el trabajo sexual. Estas mujeres si bien cargan constantemente con los condicionamientos del contexto y con las expectativas que se esperan del ser mujer (cumplir “cabalmente” como madre y ama de casa), al mismo tiempo
24

Para el Censo de Población y Vivienda del 2010 se utilizó la definición de hogar censal como la "unidad formada por una o más personas, vinculadas o no por lazos de parentesco, que residen habitualmente en la misma vivienda" y por tanto el Jefe/a del hogar sería la persona reconocida como tal por todos los residentes de hogar y se le reconoce como tal en tanto tenga 12 años o más. 25 Los hogares familiares pueden estar conformados por el jefe, su cónyuge y al menos un hijo; el jefe y su cónyuge; y el jefe y sus hijos.

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se encuentran revirando la pasividad que el ordenamiento cultural les adscribió y están tomando decisiones como el hecho de salir a trabajar. Ello sucede en ocasiones, cuando en sus proyectos de vida se presentan rupturas, -del tipo de mantener el hogar sin su cónyuge, ayudar a la familia en crisis económicas, superar alguna situación económica apremiante, etc.- (Tarrés, 2007), lo que diverge con lo que creían sería el curso naturalizado de sus vidas (en este caso, ser madres y esposas confinadas a la esfera de lo reproductivo con el respaldo económico de un hombre proveedor) y las empuja a trabajar por una remuneración aún cuando nunca lo habían hecho. Las lleva en primera instancia, a reflexionar sobre su situación -y sobre el supuesto de su naturalidad- y a accionar y tomar decisiones en función de las capacidades y oportunidades que les brinde su desarrollo personal y el contexto. En la adversidad, parten desde la figura tradicional e ideal de madre, el compromiso y responsabilidad para con los hijos, la familia y para con ellas, y la convierten en uno de los móviles primarios y centrales para tomar decisiones y decidir insertarse en el trabajo remunerado. Y es desde los códigos diferenciados en la estructura sociosimbólica y ante las dificultades dentro del mercado laboral, la incertidumbre de estar desempleadas y tener que proveer, que toman nuevamente una decisión, insertarse en el trabajo sexual (Phoenix, 2001; Ortiz, 2008; Oliveira, 1997; Juliano, 2009). Recapitulando, cuestiones como tener un nivel de instrucción nulo o bajo y vivir en localidades rurales castigadas por la pobreza incrementa la probabilidad de tener hijos a edades tempranas, si bien no garantiza del todo su participación en actividades económicas -dado que el ordenamiento social dicta que son “mujeres de su casa” y sólo “ayudan” al ingreso familiar en condiciones de emergencia-, suele ser un aliciente muy efectivo. Pero la

posibilidad de que este potencial de acción se haga efectivo se incrementa ante la ausencia del varón en el núcleo familiar. Lo anterior aunado al desempleo, los malos y diferenciados salarios pagados en los empleos a los que pueden acceder dada la segregación ocupacional y su nivel de instrucción, se convierten en incentivos poderosos para decidirse por un trabajo con horarios flexibles, que no exige un cierto grado de escolaridad y demás requisitos y que remunera mejor que muchos otros empleos. 83 Si bien la

condición de madre proveedora suele ser el detonante generalizado para la

inserción en el trabajo sexual de calle, no es el único. Se presentan casos de mujeres solteras, sin hijos en un contexto de riesgo (pobreza y marginación) y sin muchas posibilidades de elección que deciden insertarse también. O casos como el de Betty (56 años) que se inserta en el trabajo sexual con 51 años y tras haber sacrificado todos los recursos económicos que había adquirido a lo largo de su vida para financiar la salida de su hijo de la cárcel. O incluso casos, de mujeres que si bien no sufren precariedad económica quieren acceder a otro nivel de vida a través de los mayores sueldos ganados en otras modalidades de trabajo sexual (bar, restaurante, table dance, etc.) Así, como el trabajo sexual es diverso, los móviles coyunturales y estructurales para su inserción en el trabajo sexual también. Van desde querer ayudar o mantener económicamente a sus hijos y familia, encontrar dificultades para conseguir un trabajo formal que posibilite su desarrollo como mujer y madre y que remunere bien, querer generar patrimonio económico y considerar al trabajo como una de las únicas opciones para hacerlo y salir de alguna situación económica apremiante. Sin embargo, en el trabajo sexual de calle, que es la modalidad de trabajo sexual que la investigación aborda, la responsabilidad por responder a los hijos y la familia, sugiere ser el móvil central. Todo el conjunto de líneas anteriores y de estadísticas sólo nos dejan algo claro: la irrupción y el desarrollo de la mujer en la esfera pública no fue y no es un proceso llano. Más aún es un pasaje borrascoso con cientos de obstáculos que si son sorteados de la manera más efectiva permitirán que las pérdidas entre las mujeres y sus pares masculinas sean menores. Sin embargo, no todas las mujeres tienen el mejor equipo y las mejores habilidades para escalar, es aquí donde la montaña presenta resquicios para asentarse, ciertamente con mayores costos y riesgos, pero al fin resquicios. Una metáfora que creo que viene a bien en el caso de las mujeres trabajadoras sexuales. Alain Touraine, en referencia a estos resquicios, señala la existencia de zonas de exclusión en las sociedades concretas, debido a que el sistema no controla ni absorbe todas las conductas, y son estas zonas de exclusión, los espacios propicios para la acción creativa, para alternativas que rompen con las prácticas sexistas, discriminantes 84 y reproductivas (citado en

Tarrés,1992:751). Ante la adversidad y la exclusión, la acción creativa, el trabajo sexual. Así, con el riesgo, la contingencia, la exclusión y la adversidad como escenario, actúan y pasan de ser madres, hijas, esposas a ser mujeres que deciden y se organizan, trabajadora sexual organizada. Esta transición de lo privado a lo público representa el paso de un espacio heterónomo, pasivo y desprovisto de poder hacía un espacio que aunque riesgoso, les permite el acceso a ingresos económicos, potencializando, a través de ellos su capacidad para actuar y tomar decisiones propias, que se esperaría fueran en razón de sus propios intereses. Pero ¿por qué el trabajo sexual se configura como una opción a elegir? En el siguiente apartado se podrá observar como el contexto estructural (representaciones y valores de lo femenino) resulta ser un factor trascendente a la hora de discriminar opciones, incluso entre lo limitado de estas opciones.

2.1.2 Trabajar en lo que sea, pero trabajar: el contexto estructural sociosimbólico En este apartado se elaborará en torno al contexto estructural en el que el trabajo sexual se constituye una alternativa laboral por la construcción cultural del diferencial entre la poligamia masculina y la monogamia femenina y porque resulta funcional para el sistema cultural en tanto actividad estigmatizante que permite controlar la sexualidad mediante el castigo o el premio a todas las mujeres en general. Cientos de veces me he preguntado por qué existe el trabajo sexual, y aunque la respuesta inmediata me remite a las fallas del mercado y el Estado, 26 esas cientos de veces también caigo en la cuenta de que la problemática rebasa estas fallas. Pensar al trabajo sexual de manera tan llana como un servicio más dentro de la vasta gama que se ofrece en el mercado, es desestimar el entorno (físico y simbólico) en el que se desarrolla la acción y reducir a ésta a un simple hecho teleológico. Es decir, resulta limitado pensar al trabajo sexual como producto de una proposición del estilo “toda oferta crea su
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Cuando hablo de estas fallas estoy pensando en primera instancia en las dificultades que como ya mencioné las mujeres tienen que pasar para poder insertarse en el mercado laboral y poder mantenerse ahí. En segundo lugar me refiero a la imposibilidad del Estado para generar e implementar las políticas públicas adecuadas para poder resarcir o eliminar los costos de las fallas del mercado.

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demanda”, donde el peso intencional de la acción recae completamente en la trabajadora sexual, o de otro lado, pensarla como producto de la demanda existente, en la que el demandante (generalmente hombre) es el sujeto que decide y no hay otras fuerzas interviniendo en la transacción económica. Es necesario pensar al trabajo sexual como una relación social de poder que se genera en un tiempo y lugar determinados, caracterizada y marcada culturalmente. En las relaciones sociales (v.g. el trabajo sexual) y los fenómenos generados como producto de ellas, si bien las fuerzas del mercado son un elemento que abona a la interacción, existen otros factores que influyen y delimitan esta acción, como las normas sociales, los valores y las representaciones colectivas. Este conjunto de normas, valores y

representaciones colectivas construyen y permean el significado de nosotros (mujeres), de lo otros (hombres) y del contexto que nos rodea. A un mismo tiempo, esta estructura sociosimbólica -de la que no podemos desprendernos totalmente- está influyendo en cada decisión que está siendo tomada, como decidirse por ser trabajadora sexual, lo que también está cargado culturalmente. Sin embargo, antes de identificarse como trabajadoras sexuales, se identifican como mujeres y, el ser mujer se ha construido con cimientos patriarcales. Así, la representación colectiva del ser mujer y los valores

imbuidos en ella, influyen en el imaginario social desigual y permiten el control de la sexualidad femenina como una de sus expresiones. Controlar la sexualidad femenina resulta crucial para el juego de la sujeción entre los sexos. Es decir, la sexualidad es susceptible de control, en tanto se posea la capacidad para constituir la identidad sexual de cada sujeto mujer / hombre (Foucault, 2009). Así, el hombre (como ente universalista) ha construido el discurso de su sexualidad y con ello el discurso de la sexualidad de los otros (mujeres y más), siempre en función de las necesidades de su género.

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De esta forma el “ideal sexual” del ser mujer se ha construido fragmentado; 27 de modo que en él podemos encontrar tanto valorizaciones positivas como negativas sobre una misma sexualidad femenina. Ello posibilita la producción y reproducción de representaciones simbólicas ancladas en juicios de valor e “ignorancia sistemática” de corte moral. Este proceso que delimita nuestra forma de ser y que tiene manufactura masculina se basa en “la expropiación de la sexualidad, del cuerpo, de los bienes materiales y simbólicos de las mujeres, y por sobre todo de su capacidad de intervenir creativamente en el ordenamiento del mundo” (Lagarde, 2006: 16). Siguiendo a Lagarde, el “ideal sexual” del ser mujer se encuentra representado a partir de la escisión identitaria sexual femenina definida en la dicotomía procreación / erotismo. En un extremo de este juego dicotómico se encuentra la mujer que es resguardada exclusivamente para ser madre y esposa, y en la que la valorización personal se da en función de su papel en el círculo social reproductivo. En el otro extremo se encuentran las mujeres que social y subjetivamente fundan su identidad en el erotismo como característica primaria, ellas son las putas. De acuerdo con la autora, las prostitutas son la representación puntual de las mujeres que trasgreden el tipo ideal de la madreesposa a través de la utilización de su capacidad erótica en la configuración de sus relaciones sociales, y por ello vendrían a cubrir el diferencial entre la poligamia masculina socialmente aceptada y la monogamia femenina culturalmente impuesta. Aunque la procreación / erotismo no son capacidades mutuamente excluyentes en las mujeres y puedan fundirse en una misma identidad femenina, el control del discurso sexual las ha planteado como ejes extrapolados, en donde una mujer dedicada a la procreación se le tiene prohibido el goce a través del erotismo, y por el contrario a una “puta”, a una mujer erótica, la maternidad le es negada. Si bien las divergencias construidas entre los extremos de la escisión femenina remiten a la significación corpórea de la mujer -en donde la capacidad reproductiva tiene primacía a través del erotismo instituido en el

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Es importante señalar que estas tipologías responden a la figura típico ideal de Max Weber (1921) al ser un concepto que unifica a través de la abstracción, una fracción de la realidad. En la realidad, las mujeres se mueven entre estos dos tipos ideales, en el ideal de se madre y de ser mujer erótica.

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cuerpo femenino-, la representación simbólica de cada par dicotómico es generada porque cada cual pertenece a “una institucionalidad social y una valoración ideológica diferentes” (Ibíd.: 565). En este sentido, la valoración ideológica que cobija al tipo ideal aceptado de mujer en la sociedad (el de ser madre y esposa) tiene una estrecha relación con su antagónico, el de la mujer puta, y se descubre en los principios religiosos de la moral judeo-cristiana en donde toda mujer tiene que realizarse a través de la figura de María madre y virgen, y por otro lado tiene que alejarse de la ambición, el deseo y el pecado representado en Eva. Así, las mujeres se enfrentan con la disyuntiva de ser madres y esposas dedicadas, y renunciar irremediablemente a su capacidad erótica, o bien, disfrutar de su sexualidad, del erotismo y del placer y ser considerada una abyecta, una anormal, una puta. La dicotomía entre procreación / erotismo por esta carga moral religiosamente construida sugiere una comparación analógica bien / mal, en donde a las mujeres que deciden contradecir los preceptos moralmente aceptados se les reconoce como una representación maléfica, y en un acto automático, a aquellas que deciden renunciar a su capacidad erótica a través de su posicionamiento totalitario como madres y esposas, se les purifica y se les instaura privilegiadamente dentro de la pirámide subordinada femenina como el ejemplo a seguir. En este sentido, Foucault señala que dentro de las relaciones de poder
“la sexualidad no es el elemento más sordo, sino más bien, uno de los que están dotados de mayor instrumentalidad: utilizable para el mayor número de maniobras y capaz de servir de apoyo, de bisagra, a las más variadas estrategias” (Foucault, op.cit.:126).

Así, el sistema patriarcal se ha valido de la utilización diferenciada de la sexualidad femenina para controlarla. En la esfera del hogar, en donde se es madre y esposa, el castigo a la transgresión de los lineamientos patriarcales es la estigmatización y la humillación pública. En la calle, en donde se es

trabajadora sexual, el control deviene tanto del mercado como ente masculinizado (demanda por parte de los hombres) y de la sociedad a través de la estigmatización y el ostracismo que sufren.

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Al respecto Juliano (2004) señala que la función de los grupos marginales es precisamente servir como ejemplo de transgresión y escarnio a los demás grupos sociales. En la misma lógica, Foucault argumenta que desde el poder productivo y el contradiscurso, en la dinámica social son necesarias ciertas concesiones, propias en este caso de “sexualidades ilegítimas”, las que si necesariamente tienen que ser aceptadas, entonces serán recluidas a los círculos de producción y ganancia, al burdel y el manicomio, como ejemplos puntuales (Foucault, op. cit.: 10). De esta forma, con la convivencia de las valoraciones dispares del “ideal sexual femenino” se consolida y legitima una forma de saber, presentando a un mismo tiempo, el discurso aceptado, para el caso el de la maternidad, y el discurso transgresor, el del erotismo. Estos dos discursos forman parte del saber masculino imperante que constituye la materia fundante del marco normativo social (considerado objetivo) y se consuma en las representaciones antagónicas de la mujer madre y la mujer puta, las que a través de la aceptación social y la reiteración en la práctica son naturalizadas en la construcción subjetiva de la personalidad, lo que refuerza y reproduce el discurso dominante, cerrando el círculo de manera dialéctica. Abonando a lo anterior Bourdieu argumenta que “Gracias a que el principio de visión social construye la diferencia
anatómica y que esta diferencia social construida se convierte en el fundamento y en el garante de la apariencia natural de la visión social que la apoya, se establece una relación de causalidad circular que encierra el pensamiento en la evidencia de las relaciones de dominación, inscritas tanto en la objetividad, bajo la forma de divisiones objetivas, como en la subjetividad, bajo la forma de esquemas cognitivos, que organizados de acuerdo con sus divisiones, organizan la percepción de sus visiones objetivas” (Bourdieu, 2000:24).

Así, por medio del control del discurso sobre la sexualidad y sobre la configuración de la identidad femenina como ente fragmentado, se construyen los códigos normativos, los valores fundantes y las representaciones simbólicas necesarias para que las mujeres se produzcan y reproduzcan como una extensión del hombre. Una extensión moralmente aceptada en la esfera

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privada y, aunque castigada, también tolerablemente aceptada en la esfera pública. Aunque dichos códigos hayan sido internalizados cognitivamente y sean validados socialmente a través del reconocimiento o la sanción, existen elementos exógenos al sistema cultural que delimitan las posibilidades de acción (las fallas del mercado y del Estado). Esta delimitación potencia un proceso reflexivo sobre la situación y la posición del sujeto en esta situación, lo que regularmente genera un desencuentro y un cuestionamiento personal con respecto de lo aceptado socialmente, de ahí que el sujeto por este mismo proceso sea motivado a tomar ciertas decisiones. Es el caso de las mujeres que deciden insertarse en el trabajo sexual. Ellas generalmente, ante ciertas contingencias –personales y de corte económico-, comienzan a cuestionar los roles que les fueron conferidos (reproductivos esencialmente) y que en ese momento no les permiten generar lo suficiente para proveerse y proveer, de lo que resulta su decisión por el trabajo sexual. Así, ellas ante la transgresión –consciente o inconsciente- del ideal femenino, se insertan en el trabajo sexual. La trabajadora sexual, aquí, como la representación máxima de la mujer pública, vendría a cumplir dos funciones en la lógica patriarcal. Por un lado representaría el elemento que iguala la ecuación entre la poligamia masculina socialmente aceptada y la monogamia femenina moralmente requerida. Y por otro lado, sería la materialización de la trasgresión al ideal femenino de la mujer reproductora, lo que a través de la estigmatización y el escarnio público serviría para legitimar el discurso socialmente aceptado sobre la mujer privada y la mujer pública. Al respecto, Cristina Garaizabal en su intervención en “Nosotras, las malas mujeres” (citado en Juliano, 2009) señala que la estigmatización de las trabajadoras sexuales sigue siendo un instrumento de control para que las mujeres nos atengamos a los estrechos límites que aún hoy limitan la sexualidad femenina. De ahí la necesidad social del trabajo sexual y la

explicación del por qué se presenta como una opción de trabajo ante las contingencias económicas y políticas. Y si bien ello viene a reproducir nuevamente la lógica patriarcal, esta lógica es susceptible de subvertirse. Al respecto Castells argumenta que es 90

dentro de las mismas formas de dominación instituidas –como la familia, los mercados de trabajo, la escuela, los estados nacionales- que los individuos deben luchar y convertir este tipo de demarcaciones en “trincheras de resistencia y supervivencia” y que incluso podrían llegar a ser proy ectos para la transformación social, específicamente para aquellos individuos que se encuentran en posiciones desventajosas, devaluadas y estigmatizadas (Castells citado en Guadarrama et al, 2007:46). Así, la subversión del discurso fundado en el control de la sexualidad debe de generarse dentro de los mismos espacios de dominación, tanto en la casa con la madre como en la calle con la trabajadora sexual. En este sentido, aunque el trabajo sexual es una de las

representaciones culturales de la dominación patriarcal, se encuentra presente la posibilidad de resistir este orden y subvertirlo. Una forma de resistencia y subversión de esta dominación patriarcal y de todos los círculos viciosos que conlleva, es en primer lugar la reconfiguración simbólica de la actividad a través de su nombramiento y en segundo lugar, la acción colectiva de las trabajadoras sexuales. Cuando me refiero al nombramiento hago alusión al establecimiento de la actividad como prostitución o como trabajo sexual y lo que esto implica en el plano de lo simbólico y las prácticas sociales. Cuando se utiliza el término prostitución considero, se está legitimando la fragmentación de la sexualidad femenina, castigando con un término peyorativo a aquellas mujeres que se atrevan a utilizar su sexualidad con otros fines que no sean la reproducción – como el trabajo sexual-, lo que potencia la invisibilidad -muy conveniente para el sistema patriarcal- del abuso violento y sin castigo de los que son víctimas, de su criminalización y de la violación sistemática de sus derechos como ser humano y trabajadora. Ahora bien, cuando las mismas trabajadoras sexuales deciden reconocer su actividad como un trabajo digno y legítimo como todos los demás, están rompiendo con el estigma que marca a la mujer pública y están demandando la defensa de sus derechos y su respeto como mujeres que se atreven a trabajar aún en condiciones adversas y de riesgo. Estas condiciones adversas y de riesgo son a un mismo tiempo los productos de la actividad pero también los detonantes de la insatisfacción y la 91

indignación de las trabajadoras sexuales lo que las lleva a aglomerarse y crear vínculos hacía la acción colectiva. En el siguiente apartado se desarrollará el contexto de riesgo que las lleva a organizarse colectivamente, en específico para las trabajadoras sexuales de la Cd. de México.

2.2 Sobrevivir dentro del trabajo sexual: la acción colectiva como estrategia de resistencia Y cuando cuestioné a Doña Ángela sobre los motivos que la llevaron a organizarse, me respondió:
“porque fui muy golpeteada, fui muy golpeteada y fui una mujer que no tuve la oportunidad pues de que alguien me apoyara, no había ni Derechos Humanos, con eso te digo todo […]” Doña Ángela, 60 y tantos

Cuando las mujeres deciden entrar al trabajo sexual saben que han de encontrarse con muchas dificultades, sin embargo, la medida de los riesgos y los abusos en esta dinámica no logran conocerlos sino hasta que los viven y los sobreviven. Víctor Ortiz denota a la violencia con las que son tratadas las trabajadora sexuales, como el costo social y físico de su transgresión, de su contestación a los códigos culturales. Señala que la violencia es
“siempre suficiente como para lastimar, agredir, humillar, provocar, pero nunca tan extrema como para exterminar el comercio sexual […], es el precio extremo pagado por las mujeres en el intento de ser dentro de la cultura patriarcal y falócrata, dentro de la ley” (Ortiz, 2008:169).

Esto, como se mencionó, por la utilidad del discurso transgresor en razón del costo social y el escarnio que implica desobedecer los ordenamientos sociales imperantes. Las mujeres trabajadoras sexuales saben que experimentarán una vida violenta y de riesgo. Cualquiera que sea la modalidad de su trabajo -en cabarets, en restaurantes, en zonas de tolerancia o en la calle- el riesgo es latente, pero hay situaciones en las que las mujeres tienen menos control sobre las condiciones en las que se realiza su trabajo y esto las vuelve más vulnerables. En la calle, por ejemplo, aunque las mujeres trabajadoras

sexuales tienen mayor libertad de decisión con respecto de horarios y precios, 92

los costos en seguridad son mayores. Por un lado son susceptibles de ser cooptadas por grupos delictivos o lenones, que les cobren una tarifa desproporcionada de su sueldo por el derecho a laborar o “derecho de piso”. Por otro lado, como su actividad no esta legalizada ni prohibida jurídicamente,28 los diferentes grupos de seguridad del Estado e incluso autoridades gubernamentales abusan de esta ambigüedad para criminalizar su actividad, para sobornarlas de diferentes maneras y con diferentes fines e incluso para violentarlas. De otro lado se encuentran la estigmatización y la humillación pública por parte de la sociedad en general, que bien se observa en los insultos y vejaciones que viven ellas cuando están ejerciendo su trabajo, y más aún, en su familia cuando están fuera de él. Y de último la posible violencia que pueden sufrir de sus clientes cuando no realizan alguna actividad que desde el primer momento no estaba estipulada en las condiciones del encuentro, o simplemente, es mayor el riesgo de toparse con criminales y de no poder controlar tal situación. Phoenix al respecto señala que en el trabajo sexual si bien la violación es la experiencia violenta más típica, hay otros ataques que pueden suceder como ser asaltadas, golpeadas, arrojadas de automóviles en marcha, secuestradas, cortadas con navajas e intentos de estrangulamiento. Este tipo de ataques suelen ser perpetuados por los regentes o lenones o por los mismos clientes. Pero agrega que la violencia en el trabajo sexual no sólo está limitada a estas personas, las trabajadoras sexuales comparten la calle con drogadictos violentos, ladrones o “psicos” que las roban e incluso pueden llegar a matarlas. Además establece que se presentan casos en las que también se sufre violencia por parte de los policías y describe que no sólo demandan sobornos para permitirles trabajar, sino que incluso a veces son “levantadas” y obligadas a tener sexo. Este hecho, establecen, es particularmente grave, ya que se esperaría que fueran las autoridades policiacas las que les proporcionaran protección ante los diferentes violentadores (Phoenix, op.cit.: 123). Ortiz en referencia a ello argumenta que existen diferentes formas de que los clientes violenten a las trabajadoras sexuales. Desde la demanda de
28

En el D.F. la prostitución no es un delito, sólo aparece en la Ley de Cultura Cívica como infracción y sólo en razón de queja vecinal, lo que arbitrariamente es considerado como falta administrativa.

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distintas posiciones o formas de tener relaciones sexuales, hasta humillación por medio de palabras soeces, pasando con actos de amenaza en donde los clientes llegan armados y exigen armados sus servicios (Ortiz, op.cit.:170-174). A Betty (56 años) le pasó algo similar:
“Haz de cuenta que yo me paraba ahí en la esquina…y me paro y de repente el chavo me dice oye ¿cuánto cobras?, le dije que cobraba 300 y aparte el hotel y me dijo si, súbete. Él traía vidrios polarizados y me dijo “pero vamos al hotel que yo quiera” y yo de tonta le dije ok, pero no lejos del área, puedo ir hasta el Museo, hasta el Circuito, pero que no sea fuera del área. Pero ese güey me llevó hasta por allá como por La Raza, pero no me llevó al hotel y por ahí se estacionó…Ahí fue do nde sacó el cuchillo y me dijo oye, ¡hija de tu!, me vas a hacer un oral, y pues uno por miedo le dice que si, pero lo dije, déjame sacar el condón, y me dijo no, no, no, no, así al natural. ¿Y si te ponen el cuchillo que haces?....y ya, me dejó botada hasta por allá y ¡aparte me robó hasta mi celular!” Betty, 56 años

Ortiz escribe –y concuerda con Phoenix- que otro foco de violencia para las trabajadoras sexuales son los agentes institucionales a través de los sobornos, las demandas de sexo, las redadas, las razzias o los operativos. En donde sin necesidad de alguna denuncia-pretexto, las mujeres trabajadoras sexuales son “levantadas” y en el mejor de los casos encerradas en reclusorios especialmente destinados para ellas, como los conocidos como La Vaquita y El Torito. Para para salir tienen que pagar una multa que es establecida de

manera arbitraria por los mismos agentes. En razón a ello describe Alma Rocío29 (53 años)
“[que] era que los judiciales llegaban a agarrar a una, dos, o tres, o cuatro, o a 10 o a 15 que sé yo!!!, y muchas veces eras objeto de que te amarraban, de que te vendaban y tapaban los ojos, dependiendo de los judiciales que fueran… te amarraban y te maniataban de los pies y manos y te vendaban de los ojos y eras objeto de que te tiraban en las aguas negras del Río Tula rumbo allá a las pirámides, o aquí a las aguas negras de la colonia San Felipe de Jesús, por Eduardo Molina, o te dejaban tirada o colgada o golpeada en el Ajusco[…]” Rocío , 53 años

Además, señala Ortiz que también son frecuente que los elementos policiacos utilicen a las trabajadoras sexuales como “chivos expiatorios” cuando necesitan encontrar algún delincuente. Este tipo de violencia también la vivió Rocío:
“[en] el caso del mataviejitas nos llevaron, fuimos objeto del robo por parte de los policías, procuraduría, seguridad pública, fiscalía especializada en homicidios, y todo…fuimos objeto de vejaciones, robo, maltrato físico, y todo, pero quienes fuimos listas, metimos el teléfono para que desde ahí, de los separos hacer una queja ante la
29

Alma Rocío es la representante de un colectivo de trabajadores sexuales transgénero y transexuales. Si bien su entrevista no se considera en el análisis porque los sujetos tenían que ser necesariamente mujeres, si se rescatan algunos datos sobre el contexto del trabajo sexual en el D.F.

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Comisión de Derechos Humanos, ya saliendo nos dimos a la tarea de ir y volver a reafirmar nuestra queja […]” Rocío, 53 años

Todas estas situaciones violentas y de riesgo para las trabajadoras sexuales mucho le deben al estigma moral que carga la actividad y a la forma institucional con la que se ha abordado la problemática. El trabajo sexual

denota para muchos círculos sociales incomodidad porque visibiliza una parte del discurso de la sexualidad que convenientemente ha sido oscurecido e invisibilizado, lo que permea directamente las instituciones políticas, su discurso y la percepción con la que se es vista o juzgada la trabajadora sexual (delincuente, un mal necesario o una víctima). Cristina Garaizabal apunta a que la falta de reconocimiento legal del trabajo sexual y con ello la negación de los derechos laborales como los de cualquier otro trabajo, deja a las trabajadoras sexuales completamente desamparadas ante la explotación laboral por parte de los empresarios, los abusos y arbitrariedades por parte de los poderes públicos y policiales y de los “vecinos o de cualquier ciudadano de bien que se proponga hacer campañas de limpieza en los barrios donde ellas ejercen” (Garaizabal citado en Juliano, op.cit.). Otro de los grandes riesgos en la dinámica del trabajo sexual son las ITS. Dentro de la gama diversa de ITS, el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) requiere especial atención para las trabajadoras sexuales, ya que al infectarse estaría poniendo en riesgo su vida y con ello el esfuerzo que realizan día con día en el trabajo sexual. De ahí que sea tan fundamentalmente

necesaria la exigencia del condón en el establecimiento de las condiciones al momento de negociar el encuentro sexual. Es decir, las mujeres trabajadoras sexuales como personas que actúan ante la adversidad –decidirse por el trabajo sexual ciertamente es una decisión que se toma ante la adversidad-, han generado estrategias dentro de la dinámica del trabajo sexual que les permite resistir todos estos embates y más aun, buscar formas de eliminarlos. De ahí la organización y la acción colectiva. Marta Lamas ve a la epidemia del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) como el detonante de la organización social -en específico Humanos del Mundo contra el SIDA- de una conciencia política y social por las implicaciones que tenía en la vida –o en el final de ésta- de las trabajadoras sexuales, no obstante, considero que también deben de tomarse en cuenta otras 95

motivaciones en la acción colectiva de las trabajadoras sexuales, ya que no todas las movilizaciones responden a esta motivación. Dada la historia de la movilización de las trabajadoras sexuales, la acción colectiva de las trabajadoras sexuales se puede explicar como respuesta a la violencia y el riesgo con el que viven su cotidianeidad. Se reconocen en este recuento histórico tres eventos que se tornan detonantes específicos de la acción colectiva. El primero de ellos se aglomera en la violencia desde las autoridades gubernamentales policiales, gubernamentales y clientes; el segundo refiere a la acción de los vecinos y personas cercanas a la dinámica del trabajo sexual que demandan acciones contrarias a los derechos de las trabajadoras sexuales y en tercero, está como bien decía Lamas la epidemia del SIDA (Lamas, 2000; Robles, 2005; Kempadoo y Doezema, 1998; Pheterson, 1984; Osborne, 1991). Así, si bien el trabajo sexual se inscribe como una estrategia de supervivencia ante los riesgos y las contingencias del sistema social, económico y político, la acción colectiva dentro del trabajo sexual sobreviene como mecanismo de defensa y resistencia antes los riesgos y los círculos viciosos que se generan alrededor del trabajo sexual. En el discurso académico y en particular el que respalda al movimiento a favor de los derecho de las trabajadoras sexuales, el reconocimiento público y propio y la acción colectiva se presentan como dos mecanismos que aluden a la autodeterminación de estas actoras, en el sentido de que están apropiándose de su ser y su proyecto de vida. En este sentido, decidir contestar al estigma moral de la prostitución mediante su abierto

reconocimiento como trabajadoras sexuales con el derecho a elegir sobre el uso de su cuerpo, ha implicado demandar al Estado y la sociedad, el respeto y tolerancia a su actividad y la defensa de sus derechos como seres humanas y como trabajadoras sexuales. Así, las trabajadoras sexuales al parecer,

mediante cadenas interactivas de acción colectiva, a través de manifestaciones y por medio de pronunciamientos públicos se han posicionado en contra de los costos de un discurso institucionalista moral y aleccionador, y tratando de

reivindicar su posición como mujeres, como ciudadanas y como trabajadoras. En esta investigación, aunque se parte desde el mismo principio teórico, se considera necesario que las proposiciones que sustentan al movimiento a 96

favor de los derechos de las trabajadoras sexuales se pongan en cuestión y sean verificadas o refutadas empíricamente. Esta labor se llevará a cabo en los capítulos analíticos, pero antes es importante conocer la génesis y desarrollo de las agrupaciones aquí mencionadas y del trabajo sexual en el D.F. Ello se abordará en el siguiente apartado.

2.3 La actualidad del trabajo sexual en el D.F. Seguirle la pista histórica a una actividad como el trabajo sexual en una ciudad como el D.F. no es ciertamente una empresa fácil y concisa, y trasciende los objetivos de esta investigación. No obstante, es necesario hacer un corte temporal y observar cuáles son las características actuales del trabajo sexual en la ciudad. Este apartado se ocupará de esto. El D.F. es la ciudad más grande de México y una de las más importantes del mundo. Se constituye en un espacio geográfico con un poder económico y político centrales en el discurrir del país, además de ser el punto de convergencia de pluralidades nacionales y extranjeras. Todo ello complejiza la dinámica social, y multiplica los matices encontrados en el comportamiento individual y colectivo. Este espacio hace las veces de los cristales de un caleidoscopio, amplifica los horizontes y las posibilidades. La pluralidad de la ciudad se expresa también en el trabajo sexual, y en específico en el de calle. En el D.F. se reconocen 7 zonas “rojas” como

espacios dedicados para el trabajo sexual de calle. Estas son: 1) la Zona Rosa, 2) Sullivan, 3) La Merced, 4) La Calzada de Tlalpan, 5) Insurgentes, 6) Puente de Alvarado e 7) Izazaga. Cada zona responde a un tipo de trabajo sexual, todos en la modalidad de calle. La Zona Rosa por ejemplo, fue históricamente reconocida como uno de los espacios lúdicos en la ciudad más distinguidos y glamorosos. Antes de la década de los ochenta se podían encontrar con cierta facilidad y regularidad casas de citas, en las que se ofrecían servicios sexuales en casas adecuados como bares. Eran administradas generalmente por una mujer con más experiencia en el trabajo sexual. Por los testimonios de algunas trabajadoras que llegaron a laborar en estas casas, la representante sólo se quedaba con el dinero que correspondía a la renta del cuarto (que el cliente pagada), y con los 97

ingresos del bar. La concurrencia de estas casas de citas era importante, ya que se llegaban a emplear alrededor de 150 mujeres por noche. Los costos en ese tiempo rondaban los $150.00 pesos por relación sexual sólo con penetración, y la demanda de los tres servicios (sexo vaginal / oral / anal) llegaba a rondar los $500.00 pesos. 30 A partir de los ochenta, devino el cierre de la mayoría de estas casas de cita, y con ello el declive exclusivo y distinguido de la Zona Rosa. Como la zona ya por si misma se promocionaba como espacio de encuentros sexuales, varios comerciantes aprovecharon tal ventaja y se focalizaron en el mercado del entretenimiento para adultos. En la actualidad, la Zona Rosa ha vuelto a reposicionarse como zona roja; es muy recurrente la oferta de trabajo sexual masculino y homosexual, y el trabajo sexual de mujeres pero enfocado a estratos sociales con mayor poder adquisitivo. La calle de Sullivan es una zona de trabajo sexual con mucho tiempo ya de establecida. Es exclusiva en el sentido de que los servicios sexuales

ofertados por las trabajadoras sexuales de la zona, son más costosos, en comparación con la mayoría de zonas “rojas” en el D.F. (esto cabe señalar, en la modalidad de trabajo sexual de calle, porque en bares, restaurantes o table dance estos servicios suelen triplicar su precio). 31 Hay artículos periodísticos que contabilizan en la zona hasta 200 trabajadoras sexuales en una misma noche. Éstas, tienen que cumplir obligatoriamente con los acuerdos vecinales en torno al comportamiento (no se permite drogarse ni ingerir bebidas alcohólicas), el horario (después de las 22:00 horas) y la vestimenta (si bien sugerente, dentro de los “límites” que les establecen los vecinos). En esta zona, también se ha reconocido y evidenciado la presencia de regentes que controlan los espacios y los horarios para trabajar. Un caso peculiar es el de Soledad Ramírez Zapata, una de las regentes más reconocidas en la calle de Sullivan, no sólo por sus subordinadas, también por los funcionarios públicos y los cuerpos policiacos. Su muerte fue el detonador de la conformación de la agrupación de Sullivan, buscando con ello reforzarse ante posibles amenazas de coacción de otros regentes y de cuerpos policiacos.

30 31

Testimonio de Doña Ángela, 60 y tantos años. Basado en testimonios de las trabajadoras sexuales organizadas y de personas que en algún momento han demandado estos servicios.

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La Merced es una zona “roja” intricada. Ha sido reconocida como uno de los principales lugares en el país donde se ejerce el tráfico, la trata de personas y la explotación sexual infantil. Las calles en donde regularmente se lleva a cabo la negociación son Carretones esquina con Santo Tomás y Av. San Pablo, esquina con Anillo Circunvalación. Si bien no todas las mujeres que ofrecen servicios de trabajo sexual en la zona son víctimas de trata, una proporción importante en esta zona si lo es, por lo que se necesitan tomar medidas al respecto. En esta zona, prominentemente comercial, el pago por servicios sexuales es considerablemente más bajo que en una zona como Sullivan, además de que depende en gran medida de los servicios que se estén ofertando y de las características físicas de la trabajadora sexual. La Calzada de Tlalpan se vuelve zona de trabajo sexual a mediados de los años noventa por las diversas modificaciones que hacen los funcionarios públicos de las zonas “rojas”. Las trabajadoras y trabajadores sexuales que se reacomodaron en Tlalpan, ya habían sido removidos por las quejas que levantaron los vecinos de la colonia Hipódromo. De ahí, las volvieron a remover a Metro Sevilla, Av. Chapultepec, calle Niza y Viaducto Piedad. De acuerdo con artículos periodísticos se reconocen once puntos de trabajo sexual en la calzada, y van desde el metro San Antonio Abad hasta la Av. Río Churubusco. 32 En esta zona se reconoce el trabajo sexual de mujeres, hombres, travestis y transexuales. Los precios son más bajos que los

manejados en Sullivan pero, por distintas características (físicas, de diversidad en la oferta de servicios sexuales) pueden ser más dispendiosos que en zonas como La Merced. En Av. Insurgentes, una de las más importantes del país por la gran cantidad de establecimientos comerciales y de recreación, el trabajo sexual también se hace presente. Trabajadores travestis y transexuales y

trabajadoras por lo general se establecen a las afueras de los bares, discoteques, casinos y demás centros de recreación, para captar clientela a la salida del lugar. Por las características de la zona y el poder adquisitivo de las personas que la frecuentan, el trabajo sexual se cotiza más alto que en otras zonas de la ciudad, podría incluso el precio ser análogo al de Sullivan.

32

Información tomada de El Universal: http://www.eluniversaldf.mx/home/nota20872.html en abril de 2012

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El espacio que rodea la Av. Puente de Alvarado y Buenavista también se ha reconocido como zona “roja”. Y es donde se asienta GUM, una de las agrupaciones que se estudian en esta investigación. Esta zona es relativamente joven como espacio para el trabajo sexual y surge por las remociones que han hecho las autoridades en otras partes de la ciudad. El trabajo sexual que se oferta en ella es de mujeres, transexuales y travestis. Es una zona conflictiva per se por sus altos índices de delincuencia y este escenario hostil genera conflictos con los vecinos. Una de las mayores quejas de los vecinos es el ejercicio del trabajo sexual en los vehículos y sobre la vía pública. Al respecto, algunas trabajadoras sexuales asentadas ahí y asociadas a GUM señalan que los problemas son generados por los trabajadoras sexuales travestis y transexuales mayoritariamente, y como ellos se dicen “independientes”, no están sujetos directamente a los acuerdos vecinales. Por los mismos conflictos vecinales, en los últimos dos años, las trabajadoras y trabajadores sexuales han vivido varios operativos policiales. Los que implican por si mismos violencia, agresiones y discriminación. 33 Los precios también dependen de los servicios ofertados y del tipo de trabajo sexual (hetero u homosexual). En lo que confiere a las trabajadoras sexuales de GUM los precios rondan desde los $300 pesos por una relación sexual sólo con penetración y con hotel incluido. La zona “roja” de Izazaga es al igual que La Merced, primordialmente comercial, por lo que el trabajo sexual no se cotiza tan elevado. Esta zona también resulta problemática porque se ofertan servicios sexuales de menores de edad. Sigue el parámetro de zonas como Buenavista y La Merced, los servicios se ofertan durante el día de las 10:00 a las 19:00 horas, alrededor del Metro Pino Suárez. También se reconocen otras zonas “rojas” aunque con menor promoción que las ya mencionadas. Entre ellas se encuentra San Cosme, la calle de Conscripto, la calle de Cuitlahuac y la Avenida IPN. En lo que respecta a estadísticas que pudieran dar un escenario del número de trabajadoras sexuales en el D.F., algunas instituciones han manejado ciertas aproximaciones, pero la dificultad para controlar un estudio

33

Testimonios de trabajadoras sexuales asociadas a GUM.

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en el trabajo sexual por los horarios, por la rotación de las trabajadoras sexuales y debido en gran parte a la clandestinidad de la actividad, hace que las cifras no sean confiables. Un ejemplo de ello son las cifras publicadas por el Instituto de las Mujeres en el D.F. (INMUJER-DF) en 2005, en donde referían que sólo en la capital había alrededor de 150,000 personas insertas en el trabajo sexual, y que el incremento de 1998 a esta fecha había sido del 50%. De estas 150,000 personas, el 70% eran mujeres y el restante 30% hombres.34 Si se mantuviera la tasa de crecimiento del trabajo sexual constante, se esperaría que para este año, el 2012, hubiera alrededor de 300,000 personas insertas en el trabajo sexual. Ahora, en lo referente al ambiente de riesgo y violencia por el que se caracteriza el trabajo sexual, cuando se busca información en internet que pudiera documentar estos actos, los resultados que arroja la búsqueda son numerosos. Uno de ellos, focalizado en el D.F. es el reporte de CIMAC Noticias que se basa en un artículo de investigación de Eva María Rodríguez en 2005. En él, la investigadora señala que las trabajadoras sexuales padecen un doble riesgo de ser violentadas y explotadas por el carácter clandestino e ilegal de la actividad. Las entrevistas realizadas en la investigación arrojan que el 73.3% de las trabajadoras sexuales (de calle, cabaret y table dance) habían sufrido algún tipo de violencia. La violencia física resultó ser la más común (66.3%), seguida de la emocional (21.3%) y de la sexual (24%). Se reconocen también a los clientes como los principales agresores (64% de las entrevistadas los señaló), después a las propias compañeras (36%) y en tercer lugar a la policía (21.3%).35 En otra nota periodística más reciente, se señala que en el último sexenio, los homicidios de trabajadoras sexuales con móviles relacionados al narcotráfico se han triplicado. La Red Mexicana de Trabajo Sexual (RMTS) señala que antes del sexenio calderonista, el promedio de feminicidios dolosos a trabajadoras sexuales era de 6 por entidad federativa por año. Y que en los primeros dos años del sexenio esta cifra se incrementó hasta 20 por entidad por año. También sugieren que casi para terminar la gestión los feminicidios
34

Información tomada de http://www.terra.com.mx/noticias/articulo/166543/Aumenta+prostitucion+en+DF.htm, mayo 2012 35 Información tomada de CIMAC Noticias http://www.cimacnoticias.com.mx/noticias/05nov/05112304.html, mayo 2012.

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han sido mayores, sin embargo no hay cifras que puedan corroborarlo porque a partir de 2008 se dejó de llevar el registro en la SEMEFO de que los asesinados eran trabajadoras o trabajadores sexuales.36 Estas dos notas periodísticas y las investigaciones que las sustentan nos dejan observar a grandes rasgos como es el ambiente del trabajo sexual. Un contexto caracterizado por la incertidumbre, el riesgo y la violencia sistémica. A este contexto los y las trabajadoras sexuales han contestado con acciones y estrategias de resistencia. Una de ellas y la que en esta investigación abordamos es la acción colectiva. En el D.F., la organización y acción colectiva de los y las trabajadoras sexuales empezó a emerger desde finales de la década de los ochenta. Ya Martha Lamas ha escrito en referencia a los posibles detonadores (2000) y ya hemos mencionado líneas arriba, además de a la epidemia del SIDA, a otras posibles causales de la acción colectiva. Las primeras organizaciones que vieron la luz en el D.F. fueron Humanos del Mundo contra el SIDA (HUMSIDA), Asociación en PRO Apoyo a Sexoservidoras (APROASE), y Brigada Callejera “Elisa Martínez”. Existen otras que han aparecido a lo largo de las últimas dos décadas y que ven en el cuidado y protección propia y de la organización, su principal motivación. Tal es el caso de GUM y de la Agrupación de Sullivan. Además se han hecho presentes organizaciones no sólo de trabajadoras sexuales mujeres, también de transexuales y transgéneros, como es el caso de “Ángeles en busca de la Libertad”. Otras organizaciones que aunque no conformadas por trabajadoras sexuales, también las apoyan con exámenes médicos, problemas personales y en ocasiones asilo es la asociación Mujeres en Acción por la Salud y Casa Xochitl. Alrededor del país se articula la RMTS que encadena los esfuerzos de las agrupaciones de trabajadoras sexuales locales. Esta red está (EZLN) y aglomeran sus esfuerzos en la agrupación Brigada Callejera “Elisa Martínez”. Todas estas agrupaciones responden a diferentes esquemas

ideológicos, de conformación, de organización y de acción. No obstante convergen en la necesidad apremiante de reconocer su labor como trabajo sexual buscando su reconocimiento como seres humanos, trabajadores y
36

Información tomada de La policiaca http://www.lapoliciaca.com/nota-roja/se-triplica-numero-dehomicidios-de-prostitutas-relacionadas-con-el-narco/, mayo 2012

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trabajadoras, tratando con ello de disminuir la violencia y los riesgos posibles, e indirectamente de propiciar ambientes más seguros para su conformación como sujetos y la puesta en práctica de sus prácticas de autonomía.

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TRES. ENTRE LA AUTONOMÍA RELATIVA Y
EL CUERPO SUBORDINADO: LAS TRABAJADORAS SEXUALES ORGANIZADAS, LOS CLIENTES Y LA ESFERA INSTITUCIONAL

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Para el tema abordado en esta investigación, el concepto de autonomía que regularmente se utiliza en las investigaciones académicas -basado de manera central en la autodeterminación, en la toma de decisiones propias y en la construcción como sujetos políticos- resulta poco utilizable, ya que en el caso de las mujeres y en específico de las trabajadoras sexuales, es fundamental tomar como punto de partida la desigualdad de género, el contexto riesgoso y opresor en el que se desenvuelven y las acciones de contestación que llevan a cabo. Por ello, a lo largo de la investigación se ha propuesto otra mirada al término autonomía, una mirada desde los estudios de género, que la entienda como un proceso siempre en construcción, discontinuo y no gradual, en el que la mujer reflexiona en cierta medida sobre su posición en las relaciones opresivas de género y actúa en consecuencia. Dado que lo que compete aquí son las prácticas (porque es en ellas donde la reflexividad y el discurso como elementos de la autonomía toman forma en la matriz relacional) habría que considerar en éstas dos grandes ejes: la toma de decisiones y la libertad de movimiento. Hasta este momento la autonomía aquí referida no presentaría un cambio conceptual sustancial con respecto de sus otras significaciones. Lo que le aporta la diferencia al

concepto aquí construido es el sujeto de estudio mismo y más específicamente, el contexto en el que este sujeto se desenvuelve. En este caso un sujeto mujer que tiene por actividad laboral el trabajo sexual, que se despliega en un ambiente riesgoso y violento y que para aminorar estos riesgos decide organizarse con otras compañeras. La variable contextual se erige como un elemento central en la configuración del proceso de autonomía de la trabajadora sexual organizada. Se necesita entonces hablar de autonomía desde el trabajo sexual organizado. Esta relación sexual es una relación de dominación por antonomasia, ya que desde la perspectiva opresora y hegemónica, el intercambio sexual se sostiene entre una persona y un cuerpo-objeto. Esta percepción del cuerpo-objeto no es compartida por las trabajadoras sexuales organizadas, sin embargo su actividad las supedita en muchas ocasiones a 105

subordinarse en el momento del acto sexual, lo que si bien no les sustrae su capacidad de acción y decisión, se les puede llegar a neutralizar. Así, en su tránsito entre persona y cuerpo material sustraído, la trabajadora sexual organizada en ocasiones reflexiona y actúa, en ocasiones es libre y toma decisiones. No obstante la importancia que refiere su trabajo y la organización dentro de él en su proceso de autonomía, existen otros elementos -como su historia personal y las condiciones estructurales por las que llegó a él- que también la conforman y que al mismo tiempo la subordinan y posibilitan la presencia de paradojas entre su constitución como sujeto y su actividad subordinante como cuerpo. En este sentido, un hecho que ha marcado el proceso de autonomía aquí referido es la elección primaria que hace el cliente entre una variedad de trabajadoras sexuales para elegir sólo a una, ya que si bien ellas deciden si lleva a cabo o no el intercambio con el cliente, en un momento anterior el cliente ya había tomado esta decisión. Sin embargo este acto no elimina la capacidad de decisión y acción de las trabajadoras sexuales organizadas, no las deshabilita por completo. De esta forma se va construyendo la propuesta teórico-conceptual en donde se piensa a la autonomía ya no como un tipo ideal único e inalcanzable sino como un proceso vivencial corregible y situado, gradual, no lineal e inacabado, como un proceso que implica reflexión, contestación y acción y que toma matices diferentes dada la situación de cada mujer. Este proceso conflictivo, discontinuo, lleno de paradojas, y en constante construcción es lo que denomino como autonomía relativa ya que incluso se puede dar en condiciones de sujeción explícita como el trabajo sexual. Ahora bien, es tarea del presente capítulo refutar o validar la hipótesis formulada en la investigación, que consiste en mostrar –desde la evidencia empírica- la presencia o no de prácticas de autonomía relativa en la mujer que aunque condicionada por el contexto- se inserta en el trabajo sexual y además, decide nombrarse y organizarse públicamente como trabajadora sexual, y si la acción colectiva efectivamente incide en su proceso de autonomía relativa. Estas prácticas tienen lugar en cuatro relaciones centrales en el trabajo sexual organizado y son las que establecen 1) con los clientes, 2) con los funcionarios 106

públicos, cuerpos policiacos e instituciones no gubernamentales, con los 3) vecinos y sociedad en general y 4) con otras trabajadoras sexuales dentro y fuera de la organización. Las prácticas de autonomía a las que se hará referencia serán entre otras el ejercicio del trabajo sexual por cuenta propia sin la coerción de algún captor o regente, el establecimiento propio de sus condiciones laborales (horarios, fijación de precios, servicios a ofrecer, utilización del condón, etc.) y la validación de éstas, la obtención de poder de negociación con la esfera institucional y la generación de ambiente más seguros para el ejercicio del trabajo sexual. En este afán se realizó un acercamiento a través de entrevistas semi estructuradas a profundidad con mujeres trabajadoras sexuales de dos organizaciones. La primera de ellas, el Grupo Unificador de Mujeres A.C. (GUM) es una asociación civil formal constituida para y por trabajadoras sexuales, y por tanto cuenta con su registro ante notario público. Aglutina alrededor de veinte trabajadoras sexuales y tiene aproximadamente 10 años. Responde a un orden jerárquico compuesto por la representante general y presidenta de la asociación y las trabajadoras de base, las asociadas. No tiene un lugar de operación exclusivo para la asociación, por lo que su punto de reunión es su mismo lugar de trabajo en la calle, designado por las autoridades delegacionales y que queda delimitado a la acera de la Av. Puente de

Alvarado entre la calle Zaragoza y Aldama de la delegación Cuauhtémoc en la ciudad. La segunda organización de trabajadoras sexuales es una agrupación de carácter informal que al igual que GUM tiene su lugar de reunión en su espacio de trabajo, que corresponde a la calle de Sullivan de la misma delegación. Esta agrupación está formada por un conjunto de diez a doce trabajadoras sexuales. No reconocen posiciones jerárquicas, sin embargo las trabajadoras sexuales que tienen más tiempo dentro de la actividad suelen tomar el papel de consejeras y líderes morales como muestra de solidaridad con las que apenas “van entrando”. Ello por su mayor bagaje de experiencias con aquellos actores con los que las trabajadoras sexuales tienen continua interacción dentro de su dinámica laboral (clientes, funcionarios públicos y policías y vecinos). 107

En específico, el estudio aquí descrito responde al análisis de ocho entrevistas. Seis de ellas realizadas al GUM y dos a la agrupación de Sullivan. De las seis entrevistas realizadas al GUM, una fue a su representante y las restantes a compañeras que se encuentran en las filas de la asociación sin ningún cargo jerárquico establecido. De las dos que me concedió el grupo de Sullivan, una de ellas es de una de las trabajadoras sexuales con más tiempo en el lugar y por ello responde a un cierto liderazgo, aunque informal.37 Para poder entender el accionar de cada una de las agrupaciones y su nivel de incidencia en el proceso de autonomía relativa de las trabajadoras sexuales que las conforman es necesario conocer los motivos que llevaron a la organización a cada uno de estos grupos, porque a través de ellos podremos observar los eventos que detonaron la necesidad de esta organización. Estos eventos serían el análogo de la ruptura a la que refiere María Luisa Tarrés en su momento histórico coyuntural, ruptura que detona los campos de acción colectiva, es decir, la organización y el proceso de construcción de sujetos. En este sentido es importante señalar que los riesgos, la violencia, los abusos y la violación constante de los derechos humanos y laborales son problemáticas inherentes al trabajo sexual en México y en específico en el D.F., por lo que estos elementos fueron centrales en la emergencia de la organización de las trabajadoras sexuales. Respondiendo a este esquema, la agrupación de Sullivan surge por la necesidad de protección ante la posible imposición de un regente 38 y los riesgos de violencia por parte de los funcionarios públicos, cuerpos policiacos y clientes. Y es específicamente a raíz del asesinato en 2007 de Soledad

Ramírez Zapata, mejor conocida como la Madame de Sullivan (regente por muchos años de la zona) que las compañeras –en algún momento regenteadas por ella- se aglutinan en una grupo informal. Así, cuando el

espacio se quedó sin regente que lo controlara, se hizo necesaria la acción y la organización de las compañeras trabajadoras sexuales -que hoy abanderan la agrupación y que son independientes- para la defensa tanto de su espacio de

37 38

En el Anexo 1 se presentan los perfiles y características centrales de cada entrevistada. El regenteo implica el aseguramiento de un espacio en la calle para trabajar y cierta protección en el traslado de las trabajadoras de su lugar de trabajo al hotel y de regreso. Ello bajo las condiciones de cumplir una determinada cuota diaria, y pagar todo tipo de sanciones cuando no se presentaban a trabajar o si tardaban en un encuentro más del tiempo reglamentario (30 minutos).

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trabajo ante otros posibles regentes, como de su integridad física ante los clientes y los policías.
“ (…)a raíz de que matan a la representante pues alguien se tenía que quedar al frente, y yo desde que llegué a trabajar ahí no fui a otro lado, yo ahí llegué y me quedé, entonces éste, hubo muchas broncas...y mira yo tengo un carrito, y me decían muchas que no tenían carro y pues yo les decía a las chavas, no pues cuando yo no trabaje yo les hago el paro…y desde ahí, trato de enseñarles a mis compañeras a trabajar en el aspecto de que se cuiden, que no le den la espalda al cliente, que tengan cuidado porque luego hay cada cliente mañoso que se quiere quitar el preservativo, o sea, son muchas cosas en las que nos apoyamos” Rosa, 49 años

De otro lado, GUM emerge en un contexto de conflicto con los vecinos. La incomodidad y las quejas de vecinos de la colonia Cuauhtémoc por la presencia no deseada de las trabajadoras sexuales y por los círculos viciosos que se tejían a su alrededor (alcoholismo, drogadicción y delincuencia), llevó necesariamente a un proceso de diálogo y negociación, 39 que resultó en la generación de los Acuerdos Vecinales de Convivencia (AVC) que fueron respaldados por los actores implicados. En el transcurso de la creación de estos acuerdos, algunos de estos vecinos conminaron a Doña Ángela Guzmán -hoy la representante de la asociación- y a otro grupo de trabajadoras sexuales a formar su propia asociación, de lo que resultó GUM. Es decir, si bien los abusos constantes por parte de las autoridades policiales y los clientes han sido elementos con gran peso en su proceso reflexivo y organizativo, el evento que marca la pauta para la organización y que incluso la consolida es el acercamiento y la relación con los vecinos del lugar donde laboran.
“Nos decían (los vecinos) hagan su asociación. No traigo aquí los nombres de los vecinos, pero si me acuerdo de Karla, su hermana, Lupe, Esthersita su mamá, la señora Cynthia…bueno, muchos vecinos, y entonces nos buscaron el notario para que nosotros hiciéramos nuestra asociación, y así empezamos a hacerla” Doña Ángela, 60 y tantos años.

Tras observar grosso modo las motivaciones que llevaron a la convergencia de fuerzas en cada una de las agrupaciones podemos señalar que en el caso de GUM hubo una fuerte incitación desde fuera (los vecinos) para organizarse, posiblemente pensando a este proceso como un factor de orden y control de
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Este proceso se vio marcado porque los grupos de presión implicados tenían pesos desiguales en la negociación. Si bien los acuerdos fueron firmados por las dos partes, los lineamientos se establecieron en mayor medida en función de los vecinos. Las trabajadoras sexuales en este sentido, acataron los acuerdos como una especie de permiso para poder laborar en el lugar. Algunos de las reglas establecidas fueron la no tolerancia a drogas, alcohol y robos, los horarios y la vestimenta a utilizar de acuerdo con el horario, la no aceptación de riñas o violencia entre ellas y con los vecinos, entre otras.

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las trabajadoras sexuales. Por el contrario, la agrupación de Sullivan si bien es informal y no tiene lineamientos organizativos establecidos, brota de la necesidad de protección, fortalecimiento y seguridad siempre pensados desde dentro, desde las mismas trabajadoras sexuales. Estas diferencias podrían resultar sustanciales en el desarrollo de las agrupaciones y por tanto en la incidencia que cada una de ellas pudiera tener en los procesos de autonomía relativa de las trabajadoras sexuales organizadas. Ello, debido a que, a diferencia de GUM que tiene una motivación externa con un gran peso instrumental (firmar los acuerdos vecinales para que las dejen trabajar), la agrupación de Sullivan, qué si bien está velando por su espacio de trabajo, lo hace también por la protección física de todas las implicadas, lo que les sugiere cierto grado de seguridad para tomar decisiones y moverse libremente. Ahora, para observar los hallazgos empíricos en torno a la existencia de prácticas de autonomía relativa en las trabajadoras sexuales organizadas y la incidencia de la acción colectiva en estas prácticas es necesario considerar dos elementos: 1) los matices que diferencian las agrupaciones aquí estudiadas y 2) el carácter relacional del proceso autonómico. Así, el análisis empírico se llevará a cabo distinguiendo entre una y otra agrupación y rescatando los puntos de convergencia y divergencia entre ellas, a partir de las relaciones que tienen las trabajadoras sexuales en su esfera vivencial colectiva, puntualmente las que se generan en su trabajo y en la dinámica de la agrupación. Esta información se organizará en dos capítulos. En este primer capítulo se analizarán las relaciones que considero, son de mayor conflictividad y violencia en el trabajo sexual: las que las trabajadoras sexuales tienen con los clientes y las que entablan con los funcionarios públicos, los policías y las instituciones no gubernamentales. Este constará de dos apartados; en el primero se desarrollarán los hallazgos en las relaciones con los clientes y en el segundo apartado serán las relaciones con las autoridades policiacas, gobierno e instituciones las que se estudiarán. Cada apartado estará compuesto de una serie de subapartados en los que se realizará el análisis obedeciendo a las dimensiones y los observables del proceso de autonomía relativa establecidos en el cuerpo teórico de la investigación. 110

En el segundo capítulo analítico se abordarán las relaciones sociales que si bien son importantes, sugieren menor conflictividad y niveles de violencia física, siendo éstas las que se entablan con los vecinos y la sociedad, y las que se generan dentro de la actividad y la agrupación. En el primer apartado de este segundo capítulo se estudiarán las prácticas que supondrían autonomía relativa desde las relaciones con los vecinos y la sociedad. El segundo apartado estará enfocado a las relaciones que se generan dentro de la organización y las que se sostienen con otras trabajadoras sexuales no organizadas y otras organizaciones. Los apartados también estarán

compuestos de subapartados que responden a los observables de la autonomía relativa desde las relaciones aquí propuestas. 3.1 La trabajadora sexual y el cliente: el sujeto sujetado La relación que tienen las trabajadoras sexuales organizadas con sus clientes sigue siendo una relación de dominación, y la violencia que es inherente a ésta afecta directamente su proceso de autonomía. Sin embargo, como en cualquier relación de dominación, existen resquicios de resistencia y ofensiva que pueden modificar, en mayor o menor medida, la violencia vivida, el curso de esta relación e incidir en su toma de decisiones y su libertad de movimiento. En este apartado se hará un recuento de estos resquicios y de las acciones y decisiones que ahí se toman. El resquicio del que se parte es el que refiere al trato que tiene el cliente con la trabajadora sexual, y las posibles modificaciones (medidas en razón de la mayor o menor presencia de riesgo y violencia y de la mutabilidad del estigma en el trabajo sexual) a raíz de la organización. El segundo intersticio de resistencia y ofensiva refiere a los cambios en la negociación y validación de las condiciones laborales con el cliente dado el contexto de participación colectiva. El siguiente refiere al efecto que ha tenido la acción colectiva en su (in)dependencia económica. El último ahonda en los mecanismos de defensa grupales que emergen por la convergencia de fuerzas en las agrupaciones. Un aspecto importante a considerar y desde el que parte el proceso de autonomía relativa de las trabajadoras sexuales es que las trabajadoras sexuales deben ser mujeres que ejerzan el trabajo sexual sin ser obligadas, es 111

decir, que no sean víctimas de trata de personas (por parte de un captor o secuestrador) o de coerción por parte de padrotes y/o regentes.40 Por ello y dado que la evidencia empírica nos permite hacerlo, se analizará cómo en estos casos (dos en específico), a las mujeres se les trata de arrebatar su capacidad de acción y decisión, pero que incluso en esta situación existe la posibilidad de resistir y rebatir esta sujeción extrema. De ahí que la ausencia de captores, padrotes y/o regentes sea central en la constitución y el proceso de autonomía relativa de las trabajadoras sexuales organizadas. 3.1.1 La ausencia de captores, padrotes y regentes en el trabajo sexual: un paso hacía la autonomía relativa El primer paso hacía el desarrollo del proceso de autonomía relativa es ser libre. Estando bajo el dominio total y explícito de un captor o secuestrador, bajo el dominio sentimental y explícito de un padrote o bajo el dominio económico de un regente es muy poco probable que la trabajadora sexual tenga control sobre sus decisiones y pueda moverse libremente, lo que afectaría directamente su capacidad de autodeterminación y su proceso de autonomía. Para observar la imposibilidad de la presencia de autonomía en este tipo de situaciones, es necesario ahondar en ellas. En esta tarea se utilizarán los testimonios de dos trabajadoras sexuales que si bien en este momento son libres, declararon haber vivido alguna de estas experiencias de dominación extrema. Es importante señalar que de las 8 personas aquí entrevistadas ninguna expresó explícitamente tener actualmente un “padrote”, regente o captor que las obligara a trabajar y controlara sus recursos económicos, y con ello muchas veces sus decisiones en torno a las relaciones con el cliente. De los dos testimonios, el primero de los casos refiere a una joven trabajadora sexual que era extorsionada por su pareja sentimental y el segundo a una víctima de trata.

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La figura del padrote refiere a la pareja “sentimental” que las obliga a trabajar, que controla sus tiempos de trabajo y sus recursos económicos. El regente es una persona que no tiene ningún vínculo familiar o afectivo con la trabajadora sexual pero que controla su labor por medio del permiso para trabajar en cierto espacio a cambio de una cuota monetaria. Puede presentarse la situación en que la trabajadora sexual no sólo tiene un padrote, sino que tiene que supeditarse a un regente por el permiso para trabajar.

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Amanda tiene 27 años. Cuándo empezó tenía 20 años, lo hizo impulsada por las carencias económicas de su pareja sentimental y por el miedo a que su familia se enterara de que “fracasó” en su matrimonio. Éste le prohibía controlar su dinero ganado e incluso trató de obligarla a interrumpir un embarazo. Justina hoy tiene 40 años, fue secuestrada a los 17 años y víctima de trata hasta los 21 años. Su captor le exigía una cuota diaria (hasta 35 ratos
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por noche), la golpeaba, vejaba, violaba y la tenía cautiva,

completamente incomunicada. La primera es asociada de GUM y la segunda de la agrupación de Sullivan. En estas dos situaciones no hubo una elección propia por el trabajo sexual, la decisión de su inserción fue tomada por otra persona. Al respecto Amanda platica cómo comienza a trabajar en esta actividad:
“(…) después de que pasaron tres meses, todo iba bien pero después él me comentó que no tenía dinero, que debía mucho dinero y que si lo podía ayudar y yo le dije que si, y me dijo, pero que era un trabajo malo, le digo, bueno pero que tan malo, y el me dijo que iba a venir a prostituirme” Amanda, 27 años.

Esta persona, si bien no le prohibía salir y tener contacto con otras personas, controlaba y administraba todo el dinero que Amanda obtenía de su trabajo.
“llegamos a un “acuerdo”, en el que yo le iba a dar el dinero a él. Él iba a pagar los gastos y me iba a dar para mis gastos, lo que sería comida o eso. Ropa, él lo iba a comprar. ¡Pero él tenía que manejar todo el dinero!” Amanda, 27 años

Una situación más extrema fue la experiencia de Justina. Un ejemplo claro de la subsunción y el arrebato de la capacidad de decisión y libertad de movimiento en la vida de una mujer. Su historia comienza en el momento en el que es raptada y violentada, para después ser puesta a trabajar de manera forzada en La Merced.42
“(…) y me llevaron a un lugar donde me mantuvieron en un cuarto que después de años me di cuenta que era Nezahualcóyotl y ahí estuve mucho tiempo… ya después obviamente te violan, te empiezan a golpear. Yo de esa golpiza me repuse como en 15 días, ve todavía la cicatriz de mi cara, ya como a los 20 días me meten a trabajar y me llevan a la Merced” Justina, 40 años

En este caso no había indicio alguno de autonomía, de una libre acción para tomar decisiones ni de libertad de movimiento. Justina sólo trabajaba, el dinero

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Las trabajadoras sexuales denominan rato a una relación sexual con un cliente. Como se anotó en el capítulo anterior, La Merced es una de 7 zonas “rojas” más reconocidas en el Distrito Federal no sólo por el trabajo sexual, sino por la trata de personas y la prostitución infantil.

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que “hacía” le era arrebatado peso por peso, y no podía tener contacto con su familia o con conocidos.
“Él nada mas te daba de comer y ya, y tenías una muda de ropa para cambiarte y otra para lavarte y poner, era lo único que tenías. En el cuarto donde te tienen, no podías tener nada…si no llegaba él por el dinero, mandaba a otro o pasaban al lugar de ahí de La Merced y te decía ¿ya cuanto tienes? y te quitaban el dinero” Justina, 40 años

Cuando trataba de huir o no cumplía con la cuota era castigada con golpes e insultos.
“Te pegaban, siempre te masacraban. Ese tipo siempre te masacraba, te llevaba a castigar a unos terrenos baldíos a Puebla. Cuando tú te le revelabas y no juntabas el dinero te llevaban a masacrar y no era uno, eran dos o tres que te iban cuidando” Justina, 40 años

Además de la privación de sus libertades a través de la violencia, otro elemento a considerar son las decisiones de las mujeres que se supondría confieren a un ámbito más personal y que son tomadas por ellos. Es el caso de la decisión por la maternidad. Para Amanda y Justina decidir por ser madres implicó más que una decisión personal, la desobediencia y a la postre el castigo por parte de sus dominadores. A Justina como víctima cautiva, sin poder de decisión y sin libertad de movimiento, le es arrebatada de manera abrupta y violenta la posibilidad de decidir ser madre. A 4 años de ser raptada y, siendo amenazada constantemente por la posibilidad de cualquier intento de huida,

accidentalmente y sin mucho conocimiento sobre el estado queda embarazada. Su captor ante una inminente pérdida de ganancias por su embarazo, decide interrumpirlo sin el consentimiento de Justina, es decir, se apodera de su cuerpo no sólo en el ámbito del trabajo y la producción, también en el de la reproducción.
“(…) cuando yo empecé a sentir, yo ni sabía, fíjate de mi ignorancia, y un día me pongo muy enferma, me lleva al médico y resulta que cuando yo despierto vi una cubeta en donde habían exprimido una jerga roja (mi sangre) y mi estomago no lo tenía como yo me había ido, entonces fue ahí donde me sacaron un bebé” Justina, 40 años

Y pocos días después sin las condiciones óptimas y saludables para realizar ningún esfuerzo mayor, es obligada nuevamente a trabajar.
“porque después de que me sacan el bebé así sin mentirte, como a los tres días me llevan sangrando todavía, yo tenía que levantarme a trabajar en esas condiciones. En ese entonces te pedían 1500 (diarios) que eran como 15 ratos” Justina, 40 años

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La experiencia de Justina con su captor nos permite observar uno de los más matices más extremos que toma el comercio y la trata del cuerpo femenino y en el que no es posible encontrar resquicios de prácticas de autonomía. No obstante como se ha venido anotando, una situación heterónoma es reversible ya que las relaciones de poder no están determinadas y no son fijas. Y así sucedió con Justina. Es específicamente la experiencia

traumatizante de la interrupción obligada de su embarazo y el encuentro con otras mujeres víctimas lo que representa en su continuo de vida la ruptura necesaria para salir de la heteronomía extrema en la que se encontraba. Este momento es el que María Luisa Tarrés tendría a bien llamar como histórico estructural.
“Ese día yo me había peleado con él. Ya golpeada y todo yo me fui a trabajar normal y resulta que él me había dicho ¡no vayas a salir! Porque cuando nos pegaban, o cuando me pegaban a mi, no te dejan salir, obviamente para que no huyeras. Y ese día agarro y me voy yo, y me fue a buscar y ¡oh sorpresa!, me da una rastrisa (sic) y una golpiza que de verdad si no hubiera sido por los recamareros me hubiera pasado un coche encima… y unos metiéndome y otros sacándome, fue horrible. Entonces fue ahí cuando ya lo denuncié, levanté una denuncia” Justina, 40 años

Sin embargo, y como lo señala la autora, esta primera ruptura con el orden aceptado y naturalizado, en ocasiones no resulta suficiente para que se dé su materialización en el discurso y en la práctica cotidiana. Así, Justina cuenta que tras haber denunciado a su captor, ella creyendo inminente su situación -desde el entendido de que si eres puta siempre lo serás- decide mantenerse en el trabajo sexual ahora a las órdenes de la que sería conocida como La Madame de Sullivan, una regente que si bien no las tenía recluidas, les cobraba por trabajar y por no trabajar.
“En ese entonces te cobraba 100 pesos de noche, toda la noche 100 pesos, más aparte te cobraba lo de los choferes, más aparte si te ocupabas más de 25 minutos te cobraba también, si te hacías más de 8 ratos, también te cobraba, era un pagadero y la verdad, te voy a decir una cosa, esa señora se hizo millonaria de todas las muchachas que tenía. Te digo que la única diferencia era que ya no te pegaban, y era un gran libertad y un alivio” Justina, 40 años

Como lo enuncia Justina, el hecho de ya no estar más bajo el encierro y el forzamiento del trabajo le representó una mayor libertad con respecto a su situación anterior, pero una gran cantidad de sus decisiones se encontraban sujetas aún a una dominación superior a ella, la que ahora ejercía la regente. 115

En este caso, la irrupción de la figura del regente le permitió a Justina cierto grado de libertad de movimiento. Ya podía salir y convivir con sus familiares y conocidos y no estaba cautiva -como se encontraba cuando era víctima de trata-, sin embargo, los dos casos, el de la privación de libertad y decisión por parte del captor o regente, son representaciones de situaciones en las que no podríamos hablar de autonomía relativa, ya que todas las acciones generadas por las trabajadoras sexuales están supeditadas al deseo y a la necesidad del otro, del otro que puede tomar la forma del padrote / madrota o el captor. Estas circunstancias influyen considerablemente en la toma de decisiones de la trabajadora sexual en su relación con el cliente y en las relaciones secundarias que se dan alrededor de éste. Un ejemplo de ello es precisamente tener que cubrir una cuota monetaria obligatoria diaria en su trabajo. Ello constriñe sus posibilidades de elección del cliente, de modo que como tienen que pagar la cuota, necesitan “estar” con casi cualquier persona que se los pida. Además, es muy difícil que decidan sobre los días a trabajar, los horarios, los precios, las condiciones e incluso los servicios a proporcionar. Todas estas decisiones están en función de lo que el otro (captor, padrote o regente) decida y quiera.
“Si, ya cada quien vivía en su casa pero diario tenías que ir, diario, 10 de Mayo, todos los días festivos, era estar ahí, si no, te cobraba” Justina, 40 años

En el caso de Amanda, ella decide romper los lazos sentimentales con su padrote cuando éste casi la obliga a interrumpir su embarazo. Decide volver con su familia y tener a su hijo. Llega, por su cuenta y por contacto de una amiga, al D.F. con Doña Ángela. En el caso de Justina huye y denuncia a su captor. Sigue ejerciendo el trabajo sexual bajo un dominio menos violento – pero dominio al final-, el de La Madame de Sullivan, del que se libra cuando ésta es asesinada. A partir de éste evento y en busca de protección a su espacio e integridad física es una de las compañeras que decide agruparse y defenderse en Sullivan. Estos dos casos nos muestran que la ausencia de regentes, padrotes o captores dentro de las agrupaciones son un paso hacía adelante en el proceso de autonomía relativa. Ya que si las trabajadoras sexuales están supeditadas 116

a una de estas formas de dominación, automáticamente se ve mermada e impedida tanto su capacidad de decisión como su libertad de movimiento. De ahí que sea sustancial para el proceso de autonomía relativa que se retoma, que las trabajadoras sexuales organizadas no estén viviendo ninguna de estas circunstancias porque es contradictorio pensar en la autonomía cuando no se es libre. En este sentido, los testimonios de Amanda y Justina descubren diferencias sustanciales en su actuar comparando su situación cuando estaban bajo el yugo de una dominación autoritaria (captor, padrote y/o regente) y cuando deciden romper con estos lazos de dominación y agruparse con otras trabajadoras sexuales a través de la organización. Estos cambios son precisamente en referencia a la toma de decisiones y libertad de movimiento. En los próximos apartados se hablará del espacio ganado en términos de autonomía para el caso de Amanda ya como asociada de GUM y para Justina como integrante de la agrupación de Sullivan. 3.1.2 ¿Trabajadora sexual organizada o puta? Las modificaciones en el comportamiento del cliente El ambiente en el que se desarrolla el trabajo sexual, incluso organizado, se caracteriza por ser violento y de alto riesgo. Y una relación que se define por ser especialmente violenta –física, verbal y emocional- es la que la trabajadora sexual tiene con el cliente. Este comportamiento violento muchas de las ocasiones no puede ser observado en la calle, sino hasta el momento de la relación sexual en el que los actores están solos, momento en el que aumenta la susceptibilidad de la trabajadora sexual frente al cliente. En este sentido, para que el proceso de autonomía relativa de la trabajadora sexual tenga lugar, tiene que haber una modificación en la relación de poder y subordinación que ésta tiene con el cliente, y este cambio necesariamente tiene que ir en dirección de empoderarla frente al otro, buscando eliminar o disminuir el riesgo y la violencia en esta relación. Esta modificación en las coordenadas de la relación puede presentarse o, a través de la negociación consensuada –el pacto entre actores del que habla Lagarde (2007)- o por medio del arrebato de la acción y la capacidad de decisión (que suele implicar mecanismos de acción 117

de mayor riesgo, como los casos de Amanda cuando se separa del padrote y Justina al denunciar a su captor, acciones que pudieron haber sido generadoras de represalias y venganzas). Partiendo de esta última proposición podemos dar cuenta que en el caso de las relaciones que las trabajadoras sexuales establecen con el cliente, se esperaría que la organización social propiciara pactos y negociaciones respetados por las dos partes- en donde las fuerzas tendieran a equilibrarse. Sin embargo la evidencia empírica muestra que la incidencia se ha dado a través de otros mecanismos de acción, como la defensa grupal. Ello en gran medida obedece a que en las dos agrupaciones, los clientes no conocen de la existencia de la acción colectiva de las trabajadoras sexuales que están contratando. De esta forma la relación establecida con el cliente no tiene

serias modificaciones en razón de un antes y un después de la asociación porque los clientes no se relacionan con trabajadoras sexuales organizadas con un respaldo colectivo, se siguen relacionando con trabajadoras sexuales, con mujeres estigmatizadas, con mujeres cuerpo. Es decir, los riesgos y el trato violento, discriminador y estigmatizante que generalmente tienen los clientes hacía las trabajadoras sexuales no se han mermado ni han desaparecido. Al respecto, Jimena de 21 años de GUM

señala que las relaciones con el cliente y el riesgo de ellas es el mismo estando o no estando en la asociación. Ella estuvo trabajando antes de

ingresar a GUM en otros dos lugares en diferentes estados del país y en los que no formaba parte de una asociación. Arguye que:
“Es lo mismo, haces lo mismo, nada mas que allá no hay asociación. Pues es lo mismo halla o no asociación, es lo mismo, no importa…porque de todas maneras te arriesgas todos los días, te arriesgas a todo, allá es lo mismo, nadie te cuida” Jimena, 21 años

Esta percepción de inmutabilidad en el comportamiento de los clientes lo comparten 5 de las 6 entrevistadas de GUM. Ellas (Jimena, Amanda, Betty, Rosaura, Doña Ángela) señalan que la asociación no ha ayudado a que las relaciones con sus clientes estando en el hotel sean mejores o diferentes, porque ello no depende de la asociación, depende del comportamiento del cliente ante ellas como trabajadoras sexuales. Las dos entrevistadas de la agrupación de Sullivan concuerdan con esta apreciación de las compañeras de GUM. Un caso especial es el de Susana de 21 años, asociada de GUM, que 118

antes de haber llegado a trabajar al D.F., estuvo en la ciudad de Puebla por alrededor de 4 meses. Declara que ella si ha observado diferencias en el trato con los clientes, ya que considera que los del D.F. son más amables que los de Puebla.
“Yo siento que aquí son mas amables contigo, te tratan como lo que eres […]Pues ahí (en Puebla), entraban a lo que entraban” Susana, 21 años

Cuando cuestioné a Susana sobre la frase “te tratan como lo que eres”, me contestó que muchos de los clientes con los que se había relacionado en Puebla la violentaban verbalmente por ser trabajadora sexual. Esta frase y la de “entraban a lo que entraban” contienen una carga simbólica estigmatizante que nace del comportamiento del cliente pero que es compartida por la trabajadora sexual. Este estigma refiere directamente a la objetificación del cuerpo de la trabajadora sexual por parte del cliente, y a la percepción de “mujer mala” que merece el maltrato por sus actos por parte de la misma trabajadora sexual. Al ser cuestionada sobre si recibía maltratos, comentó lo siguiente:
“Pues no, no de tratar así mal que digamos, pero hay unos que si te hacen burla a lo que eres, ¡qué somos putas! ¡que quién sabe qué! y así te decían enfrente de todas las compañeras… y acá pues al menos no, te respetan lo que eres…algunos” Susana, 21 años

Sin embargo esta valoración del comportamiento de los clientes en relación a un espacio específico (D.F.- Puebla), no refiere incidencia de la asociación, refiere particularmente a conductas individuales que posiblemente obedezcan a la modificación –o laxitud- de los códigos normativos imperantes y las conductas sociales en el D.F., lo que hace que en este espacio el trato con los trabajadoras sexuales sea menos violento y riesgoso. Pero ello no se debe al trabajo de las distintas agrupaciones, ya que dentro de sus objetivos no se vislumbra el hecho de informar a los clientes sobre su nueva posición – trabajadoras sexuales organizadas- y sobre lo que esto implica como respaldo colectivo, mecanismos de defensa grupales, denuncias en caso de abuso o violación de sus derechos y su reconocimiento como trabajadoras sexuales. Así, los vicios en torno a esta relación siguen manteniéndose y reproduciéndose, porque la significación que tienen los clientes de las trabajadoras sexuales permanece inmutable. 119

“Viene cada loco, puro loco, pura gente que están muy mal psicológicamente y te tratan como una basura, y le dices, ¿oye, así eres con todas las mujeres? De hecho la gente que llega y te trata como una mujer son contados. No siempre tienes la suerte que entres con un caballero y te trate como una dama, cuando te llega alguien que te trata cariñosamente, te sorprendes” Justina, 40 años

Aún y libradas del yugo dominante de los captores, regentes o padrotes, agrupadas con sus pares y con mayor capacidad de decisión y libertad de movimiento, Amanda y Justina testimonian que la organización no ha incidido en la modificación del comportamiento del cliente con la trabajadora sexual, porque para éste el respaldo organizativo no existe. Es decir, aunque ya ellas pueden decidir de manera relativa –porque es el cliente siempre el que decide primero con quien negociar- con quien cerrar la negociación, ello no las exenta del riesgo que implica encontrarse con una persona que busque humillarlas y violentarlas, ya que la protección de la agrupación no puede traspasar las paredes del cuarto de hotel. Al respecto Amanda arguye que sus relaciones con los clientes no son diferentes de cuando no estaba en la asociación.
“(…) es igual, como te puedes topar a una persona bien chida que te apoye y que te de a lo mejor un extra porque él quiera, te puedes topar con una persona que sea bien prepotente, bien déspota, es igual” Amanda, 27 años

Lo mismo sucede con 5 de las trabajadoras sexuales que dicen no haber vivido la experiencia de ser coaccionadas por un captor, padrote o regente. Un ejemplo de ello es la experiencia de Betty:
“A mi una vez me tocó uno que me dice, te estoy pagando tienes que hacer lo que yo quiera eres mi puta. Así te dicen o, eres una puta para eso te estoy pagando. Eso te dicen, quieren maltratarte, si tu vas a hacer un oral, agarrarte de la cabeza y empujarte, o decirte ponte así porque así lo quiero, o eres una cualquiera, o decirte pendejada y media, ¿no?” Betty, 56 años

Es consecuencia directa de la significación social de la trabajadora sexual como mujer incompleta, de segunda clase, pérfida y perdida, una mujer estigmatizada que por ello merece un trato discriminante y violento. Esta significación tiene sus fundamentos en la construcción y el control histórico y cultural de la sexualidad femenina como sexualidad disociada entre la tesis de la mujer madre que la utiliza como fuente reproductiva y la antítesis de la mujer erótica que la utiliza como fuente de placer o incluso productiva –el trabajo sexual como una alternativa económica para las mujeres-. En este sentido, los esfuerzos de las agrupaciones aquí mencionadas para cambiar este significado 120

en el imaginario de los clientes aún son nimios e incluso nulos en algunos casos. Esta significación de la trabajadora sexual como mujer estigmatizada es un producto cultural que tiene efectos en la totalidad de la estructura sociosimbólica. De ahí que también sea internalizado por las trabajadoras

sexuales, incluso por aquellas que sean reconocido públicamente como tales, el caso de las miembros de las agrupaciones aquí estudiadas. En este tenor, todas las entrevistadas –de las dos agrupaciones- dicen diferenciar su condición de trabajadora sexual con el ser puta, y al mismo tiempo se distancian de los términos prostituta o sexoservidora.

Reconociéndose como trabajadoras sexuales se reafirman como mujeres trabajadoras que no lo hacen por gusto “como lo haría una puta” si no por necesidad, y esta necesidad casi siempre está relacionada con su condición de madres. Es decir, ven al trabajo sexual como el sacrificio que se tiene que hacer para darles todo lo necesario a sus hijos, “todo lo que ellas no tuvieron”, de ahí que su labor sea vaciada de cualquier tipo de placer.
“El placer nosotras se los damos al cliente, el cliente no nos lo da a nosotras” Betty, 56 años

Y más aún, permanece en ellas la idea de que una mujer que utilice la relación sexual como fuente de placer y disfrute es una mujer proscrita, una mujer puta, lo que las hace exaltar su papel de mujeres trabajadoras y romper con la figura de la mujer puta. Este argumento les sirve personalmente para tratar de vaciarse del estigma y exculparse ante la sociedad. Así, aunque su nombramiento público como trabajadoras sexuales resulta per se transgresor para la sociedad y para sus vidas, las causas de este reconocimiento no están necesariamente ligadas a una contestación del ordenamiento patriarcal imperante. Si bien reconocen de su derecho para trabajar como cualquier persona y de su derecho sobre su cuerpo, no han dejado de cargar con la culpa y el estigma que creen merecer po r ser “mujeres malas” que utilizan su cuerpo no sólo para reproducir, también para producir (dinero en este caso). Un ejemplo de ello es la repetición continua con la que Rosa señala que “no está orgullosa de su trabajo, pero que no se avergüenza de él”, o cuando Susana arguye que ella trabaja y que las “putas regalan todo a cambio de nada” pero que no le diría a su familia de su trabajo “porque ellos 121

trabajan honradamente”.

Esta carga estigmatizante y discriminatoria de su

trabajo, buscan neutralizarla por medio de dos vías: con la exaltación del motivo de su trabajo, en su papel como madres y con la estigmatización de otras mujeres que creen son “más malas que ellas”, las mujeres putas.
“La causa por la que entré fue porque mi hijo cayó al reclusorio y se me acabó mi dinero. Yo tenía negocio pero vendí todo y no conseguía trabajo por mi edad, entonces eso fue la causa de cómo yo llegué aquí” Betty, 56 años “La prostituta lo hace profesionalmente, revisa al cliente a cambio del dinero, se cuida con un condón de por medio, y la puta, sin ofender a nadie te lo juro, y la puta es la que lo hace por gusto, por ganas y que nada más le invitan a tomar una o dos cervezas y ya la tienen en la cama, ni revisa al cliente ni se cuida” Rosa, 49 años

Estos testimonios muestran que su reconocimiento público como trabajadoras sexuales no ha abonado a su desestigmatización con los clientes y con la sociedad, porque aunque se afirman como mujeres dueñas de su trabajo y su cuerpo, el significante negativo del trabajo sexual sigue permeando su identidad. Ello se observa en las contradicciones en su discurso al no sentirse orgullosas de lo que son, al considerar lo que hacen un trabajo pero no uno honrado o incluso al señalarse un mal necesario para la sociedad. De ahí que no se presente una reconfiguración en su identidad femenina y que sigan inmutables los prototipos sexuales de mujer madre (reproductora) y mujer puta. De lo que resulta su exaltación como madres que por sacrificio se convierten en trabajadoras sexuales, más no en mujeres putas, porque ellas no disfrutan de la relación sexual. Es decir, no sé está poniendo en cuestión la representación del ser mujer y la dicotomía entre reproducción y erotismo. Ahora bien, si las asociaciones son una representación colectiva de los diferentes discursos de las asociadas, y si las asociadas desde sí mismas no han deconstruido su estigma como malas mujeres, aunque en las asociaciones se reconoce su labor y su derecho como trabajadoras al mismo tiempo se sigue perpetuando una percepción negativa y estigmatizante de su trabajo. Lo que no permite que se generen mecanismos de información dentro de las mismas asociaciones para paliar o, en el mejor de los casos eliminar este estigma y para difundir una nueva significación de ellas como mujeres trabajadoras sexuales ante los clientes y ante la sociedad, sin más cargas valorativas.
“De mujer buena o de mujer mal han tenido apoyo de mi, económico y moral. He tratado de que mi familia no cayera en esto porque éramos puras mujeres, había más chicas que yo” Rosa, 49 años

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Así, se observa que si bien la asociación ha contribuido a su reconocimiento público como trabajadoras sexuales, esto no ha asegurado que se cuestione (ni por parte de ellas ni por parte de los clientes) el origen genérico y cultural del que deviene el estigma del trabajo sexual. De ahí que la acción colectiva no tenga incidencia en el imaginario del cliente, en sus acciones y por tanto en las relaciones que mantiene la trabajadora sexual organizada con él. En este sentido, no se puede aseverar que la organización haya llevado a pactos y negociaciones en donde las fuerzas de los actores se hayan equiparado. Lo que deja sólo una vía para la construcción del proceso de autonomía relativa en esta relación, la toma y el arrebato de su capacidad de acción y decisión mediante el establecimiento y validación de sus condiciones laborales. 3.1.3 ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Dónde? Las condiciones laborales y su validación En el trabajo sexual como en todas las relaciones que se entablan con las mujeres desde una perspectiva patriarcal y tradicional, el punto de partida es genéricamente desigual. Esta disparidad relacional, como ya mencionamos, puede subsanarse a través de pactos consensuados entre individuos con poder de negociación (opción que puede presentarse en el trabajo sexual pero que se ve mermada por el estigma) o, por medio de la imposición y/o arrebato de la capacidad de acción y decisión. En el trabajo sexual, específicamente

en el establecimiento y validación de las condiciones laborales en las que se llevará a cabo, es la segunda opción la que generalmente se presenta. Ahora, existen dos tipos de condiciones laborales: las primeras son las que se instauran las mismas trabajadoras sexuales como el establecimiento por cuenta propia de los horarios, los días a laborar y la fijación de precios pero que están supeditadas a otras cuestiones, como los acuerdos de convivencia que se llevan a cabo con los vecinos o las formas de trabajo sexual (en calle, en hotel, en cabaret). El otro tipo de condiciones laborales son las que la

trabajadora sexual impone en el momento en el que se entabla el diálogo con el cliente y bajo las cuales se llevará a cabo el encuentro como el precio, los servicios ofrecidos, el tiempo de la relación sexual y la utilización y exigencia del condón. Relevante en este sentido es la validación de las condiciones 123

laborales.

Si el cliente acepta y respeta en el encuentro sexual estas

condiciones, no se presenta ningún contratiempo. El problema surge cuando el cliente quiere romper lo establecido, y la trabajadora sexual para validar estas condiciones debe enfrentarse al cliente, lo que sugiere en ocasiones encuentros riesgosos y violentos. Cuando se hace referencia al establecimiento de los dos tipos de condiciones laborales es porque se está presuponiendo que las trabajadoras sexuales ya organizadas, son libres, es decir, no están coaccionadas por un actor que limite su autonomía. Ya que en una situación de completa heteronomía, como la que vivieron Amanda y Justina, no se tiene capacidad ni posibilidad de elegir cuándo, cómo y en qué condiciones trabajar. En razón de lo anterior, Justina y Amanda señalan que ya sin la presión de su captor, regente o padrote, pueden decidir los horarios y los días que quieren trabajar, además de que el hecho de que no tengan que cumplir con una cuota obligatoria diaria permite que tengan un rango más amplio para decidir con quien establecen el intercambio y rechazar a la persona que no les interese.
“(…) te vas con la persona que tú elijas porque si lo ves muy tomado pues no te vas, si lo ves drogado no te vas, bueno, dependiendo si tu te quieres (ir), si lo ves así medio “malo” tampoco, así que te hablen mal…si te hablan bien ya tu le dices si lo trabajas o no lo trabajas” Amanda , 27 años

El establecimiento de los horarios de trabajo de las trabajadoras sexuales que no experimentaron el dominio de un “padrote” o captor no ha sufrido modificaciones por la acción colectiva. Ello lo demuestran los testimonios de 5 trabajadoras, ya que señalan que los horarios de trabajo siempre han sido fijados por ellas mismas, tanto antes como después de la organización en las dos agrupaciones. En este ámbito son las formas de ejercer el trabajo sexual las que influyen en su decisión para trabajar ciertos días y a ciertas horas. Algunas de las aquí entrevistadas trabajaron antes de organizarse en zonas de tolerancia, hoteles o cabarets,
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lo que les sugería otros horarios y otra

dinámica laboral. Por otro lado trabajar en la calle de manera libre implica que
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Las zonas de tolerancia tienen la forma de aglomerados habitacionales que se componen por varias piezas con cuartos y ciertos bares o antros a su alrededor. Aquí las trabajadoras sexuales se encuentran con los clientes en los bares y si logran pactar la negociación ocupan los cuartos de los alrededores. En el caso de los hoteles, los dueños de estos permiten a las trabajadoras estar en los lobbys o entradas, e incluso existe una modalidad en la que ellas rentan un cuarto de hotel y los clientes las buscan directamente en sus cuartos.

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los horarios en los que trabajan y los días que trabajan son decisión propia, aunque esta decisión siempre está en función de la afluencia de los clientes y de los tipos de clientes que confluyen en un tiempo y día específico. Es decir, muchas de las trabajadoras sexuales prefieren trabajar de noche y los fines de semana porque son los momentos en los que la demanda se incrementa, además cuando ya se tiene tiempo dentro de la actividad y ésta se realiza de forma recurrente en un mismo lugar –una misma esquina-, las personas que recurren a los servicios se van convirtiendo en clientes recurrentes, de cada semana, cada quince días o cada mes, lo que condiciona su decisión sobre cuándo trabajar.
“Este era cliente frecuente venía cada 8 días, dejó de venir porque tuvo un problema de trabajo y ahorita ya de nuevo tiene trabajo y viene conmigo” Betty, 56 años

Algo similar sucede con la fijación de precios. Ellas fijan y fijaban el precio cobrado por la relación sexual y por cada servicio extra, tanto antes como después de la asociación (siempre y cuando no tuvieran regentes, captores y/o padrotes) y en razón de la forma de trabajo sexual. Ahora, ya en las agrupaciones, siguen fijando los precios, pero hay algunas consideraciones en torno a la organización interna de las trabajadoras sexuales miembros. En la agrupación de Sullivan ellas fijan el propio precio, siempre tomando en consideración las características del lugar donde se está trabajando, los precios cobrados por las demás trabajadoras sexuales, la competencia y la oferta de las demás trabajadoras sexuales. Antes, cuando estaban bajo la coacción de La Madame de Sullivan los precios estaban homogeneizados, ahora ya cada quién cobra lo que cree conveniente, de acuerdo también con el poder adquisitivo que parezca tener el cliente.
“Antes, con Doña Soledad cobrábamos 200 pesos por rato todas, ya después todas se esparcieron, y cada quien cobra lo que quiere” Justina, 40 años

En GUM hay acuerdos preestablecidos sobre el precio base de la relación sexual ($ 300.00 pesos). A partir de este precio las trabajadoras sexuales cobran considerando -como mencioné líneas arriba- distintos factores, por lo que hay asociadas que cobran desde este precio base, hasta otras que deciden cobrar $50.00 pesos más por una relación sexual normal. Todas cobran $100.00 pesos más por cada servicio extra. 125

Aquí cabría señalar en qué consiste la relación sexual normal y los servicios extra en GUM. Para las trabajadoras sexuales de GUM una relación sexual consiste en medio desnudo, con penetración vaginal, pose normal, no se puede besar y con condón estrictamente, esto en un tiempo de 30 minutos máximo. Los servicios extra ofrecidos dependen de cada trabajadora sexual y son regularmente el desnudo completo y sexo oral. Si los clientes prefieren pagar por tiempo, cada hora ronda entre $800 y $1000 pesos.
“Yo les digo, son 320 de cintura para abajo, pose normal, ya si quiere un desnudo completo 100 mas, no me pueden besar, solo pueden tocar pero no besar, nada de eso. Si quiere un servicio aparte son 100 más, desnudo completo y 100 más sexo oral y obviamente todo es con preservativo, hay unos que dicen te pago mas sin condón, y les digo que están locos vale mas mi vida que el dinero” Jimena, 21 años

Habría que establecer que al igual que en los horarios y en los precios no se observa una modificación sustancial en la imposición de condiciones, dada la acción colectiva. Un ejemplo de ello es lo que cuenta Amanda cuando habla de las formas en las que realizaba la actividad tanto en Monterrey como en México. Señala que la relación sexual en los dos lugares se llevó a cabo bajo los mismos parámetros, de 30 minutos e incluye desnudo a la mitad del cuerpo, penetración vaginal, sin besos y la utilización obligatoria del condón. En lo que respecta al uso de preservativos en la relación sexual con el cliente, todas las trabajadoras sexuales de las dos agrupaciones, sin excepción dijeron utilizar siempre y en todo momento en su trabajo, condón, e incluso ser promotoras de salud sexual certificadas. Argumentaban que había clientes que ofrecían más dinero por tener relaciones sexuales sin condón, pero que ellas sin excepción, rechazaban la oferta porque esa única vez podía costarles mucho dinero en tratamientos médicos e incluso la vida.
“Si yo no me protejo porque tú me das $ 200 pesos y puedes estar enfermo y ¿yo que voy a hacer con $ 200 pesos si puede salir más caro lo que tu me vayas a pasar? Betty, 56 años

Rosa, líder moral de la agrupación de Sullivan y Doña Ángela, representante de GUM, son las dos mujeres entrevistadas con mayor tiempo en el trabajo sexual y fueron las que vivieron la pandemia del VIH, lo que generó campañas de salud preventiva y talleres sobre protección para las trabajadoras sexuales como grupo vulnerable. A partir de ahí se estableció como necesario y obligatorio el uso del condón. Señalan que anterior a esta fecha, la única 126

forma de prevenirse de las ITS era mediante una auscultación genital al cliente, que resultaba muy primitiva.
“Entonces entrabas y tenías que levantarle el prepucio al cliente y agarrarle desde los huevos. Apachurrárselos y apachurrarle y tenía que salirle una agüita, un líquido normal. Quería decir que estaba sano” Doña Ángela, 60 y tantos

Un aspecto importante de anotar y que está intrínsecamente relacionado con las condiciones laborales y con elección del cliente es la validación de los condicionamientos del intercambio. Como se anotó líneas arriba, aunque las trabajadoras sexuales decidan con quien cerrar la negociación y establecer el intercambio económico-sexual, la relación entre ella y el cliente es una relación de dominación que tiende a ser altamente riesgosa y violenta. En ciertas ocasiones las condiciones del intercambio son acatadas sin menores contratiempos, sin embargo como he puntualizado el riesgo en el trabajo sexual es inherente y en todo momento está latente. Además, la agrupación, como lo veremos más adelante puede incidir en la creación de ambientes menos riesgosos y más propicios para el trabajo sexual, sin embargo en el momento en el que la trabajadora sexual entra al cuarto de hotel con el cliente, el nivel de acción y protección de la agrupación queda permeado y en este momento es la trabajadora sexual, ella sola, la que tiene que validar estas condiciones laborales.
“(…)el señor venía me tomado, le puse su condón, le hice tantito oral y se subió y luego me dice ponte de perrito y ¡entonces este tipo mañoso! Es que es muchas veces es lo que tiene el cliente, que te dicen así, y cómo tu estás así, pues… pero yo tengo la maña de siempre meter la mano para tocar, porque hay clientes mañosos y ese día lo toco y le digo oye ya te quitaste el condón y me agaché y le dije, ya no te voy a hacer nada y me contestó que sí por favor, pero le dije que como ya se había quitado el condón, la verdad ya valió madres y me empecé a vestir y ¡no que ahora me terminas el servicio! ¡que qué pasada de lista! o llamo a la administración me dijo y le contesté llama a quién tu quieras, tú te quitaste el condón, yo no te voy a hacer la relación sin condón y entonces el tipo me dice es que a ustedes les gusta así, ¡no nos gusta así! Entonces ese día se molestó el güey, me dijo ¡pendeja, pinche puta y bla bla y qué no te voy a levantar jamás! y ok, se fue pero, ¿cómo te diré? Yo no me sentí mal te diré, la verdad, ni por los 200 pesos ni porque me insultara porque yo dije, por pasado de listo” Betty, 56 años

Otro ejemplo de validación de condiciones laborales fue el caso de Jimena, en el que un cliente también se quiso quitar el condón y refiere que se dio cuenta y que lo increpó.

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“Una vez en Irapuato, pero igual por eso salimos peleados pero no pasó nada. Yo veía que tenía intensiones de quitarse el condón y le dije, y se molesto todavía a pesar de que él tenía la culpa de que tenía intención, nada mas es esa, aquí no” Jimena, 21 años

Siguiendo, se puede observar que incluso la validación de las condiciones en las que se negocia la relación sexual es un riesgo para las trabajadoras sexuales. Y si bien esta validación es una práctica de autonomía porque

refiere a la defensa de su integridad física y a la intolerancia de un acto violento contra su persona -ya que se está arrebatando la capacidad propia de acción al decidir no tener relaciones sexuales si no se utiliza preservativo-, esta práctica se está dando en un ambiente violento que atenta contra la persona, su seguridad y por tanto su construcción como sujeto.
“Varias veces me quisieron ahorcar adentro del cuarto y salía rompiéndome la torre con los clientes” Rosa, 49 años

3.1.4 La (in)dependencia económica La independencia económica como la obtención de recursos económicos para cubrir las necesidades propias, es uno de los indicadores centrales en la autonomía. Sin embargo, el hecho de que las mujeres trabajadoras sexuales estén obteniendo ingresos por el concepto de su trabajo, no asegura que estos ingresos sean controlados y administrados por ellas y por tanto no asegura que ello abone a su autonomía. En este sentido, es preciso señalar que cuando las trabajadoras sexuales están sujetas a un captor, padrote o regente aunque están produciendo y generando ingresos, estos les son arrebatados. Ello lo testimonian los casos de Amanda y Justina cuando argumentan que en esta situación de sujeción extrema no podían tener el control de sus ingresos porque, o se los arrebataban como cobro por su vida y seguridad en concepto de cuota, o les cobraban cualquier tipo de comisión y costo arbitrario por trabajar o, su pareja sentimental le imponía indirectamente la obligación de entregarle el dinero ganado a cambio de mantenerla económicamente.
“Has de cuenta que la primera vez que fui, trabajé y ya cuando llegué en la noche a la casa le dije a él cuanto había trabajado, y me dijo que ese dinero se lo tenía que dar a él” Amanda, 27 años

En el caso de Amanda cuando se liberan de este dominio, obtienen el control de sus recursos económicos. Para Justina resultó un poco más difícil porque 128

pasó de ser víctima de trata a ser trabajadora sexual controlada por un regente (La Madame de Sullivan) que si bien le implicaba vivir menos violencia física y emocional y mayor libertad de movimiento, aún la supedita a pagar cuotas diarias, pagar castigos por pasarse del tiempo establecido (en el entendido de que posiblemente éste “haciendo” más dinero y que no lo declare a la regente), pagar por no asistir a trabajar o por llegar tarde, etc. Cuando las dos, Amanda y Justina, se libraron del captor, padrote y/o regente obtienen el control y la administración de sus recursos económicos. Las demás trabajadoras sexuales que dijeron no haber estado bajo la dominación de una de estas figuras, señalaron que tanto ahora como antes de la agrupación, ellas son dueñas de su dinero. Un ejemplo es el testimonio de Doña Ángela cuando refiere que ella no se podía dar el lujo –cuando trabajabade tener un regente o mantener un padrote porque tenía que asegurar el sustento de sus dos hijos y después de sus 4 nietos. Ya estando dentro de las agrupaciones, aunque la totalidad de entrevistadas asegura tener el control de los ingresos que obtiene en el trabajo sexual se presentan diferencias entre las trabajadoras sexuales por agrupación. Por la experiencia anterior con La Madame de Sullivan, las

compañeras que se agrupan en esta zona, decidieron unánimemente no cobrar ni pagar ningún tipo de cuota por ningún concepto y defender grupalmente esta decisión, lo que les sugiere el control de sus recursos económicos, por lo menos en la dinámica laboral y de la agrupación. “Ya trabajamos por nuestra cuenta. Las que nos quedamos (después de la muerte de
La Madame de Sullivan) empezamos a trabajar por nuestra cuenta. Y yo dije ¡wow! aquí no voy a pagar a nadie, a nadie le voy a pagar ya, ya todo el dinero va a ser mío, después de tantos años el dinero va a ser mío. Y hasta ahorita no he dejado que nadie vuelva a decidir sobre mi y sobre mi cuerpo” Justina, 40 años

En el caso de las trabajadoras sexuales que están asociadas a GUM, aunque directamente tienen el control de sus recursos económicos, el hecho de contribuir obligatoriamente con una cantidad mensual por concepto de donación, se percibe en ocasiones como una violación a su capacidad para tomar decisiones y decidir voluntariamente dar tal contribución. Esta

imposición de un pago que, de acuerdo con los testimonios indirectamente sugiere su derecho a trabajar en un espacio determinado (lo que en otro momento podría llamarse “derecho de piso”, pero que por la dinámica de la 129

agrupación se le hace llamar donativo) y la percepción de que no tienen ningún tipo de beneficio de este pago y el desconocimiento del uso de estos recursos, hace percibir cierta inconformidad por parte de las asociadas.
“Si, (doy) $300 pesos al mes. Yo no estoy de acuerdo con eso, pero si las demás compañeras lo hacen, lo tengo que hacer, no hay apoyo. Has de cuenta que si ellas lo tienen que hacer no te queda más que apoyar, si quieres seguir aquí” Amanda, 27 años “Pues en la asociación según das una donación, no sé en verdad en qué lo ocupen pero es una donación de cada mes” Jimena, 21 años

Incluso algunas trabajadoras sexuales asociadas a GUM señalan que antes de su inclusión en la asociación y cuando trabajaban en otros lugares, sólo tenían que pagar por el cuarto (el costo de la habitación del hotel), y ahora pagan el cuarto y además dan el “donativo” mensual. Otro aspecto a considerar en este ámbito, son las extorsiones monetarias por parte de los funcionarios públicos y los cuerpos policiacos, que indirectamente también son un medio de control monetario para las trabajadoras sexuales. En este sentido, las compañeras de Sullivan

testimonian que no han sido víctimas de extorsión estando en la agrupación, y que si lo fueran tampoco estarían dispuestas a pagar esa extorsión. Con respecto de las asociadas de GUM señalan que dado que los operativos policiales han disminuido considerablemente en el último año, no han tenido la necesidad de pagar extorsiones, lo que no sugiere que no las pagarían. De esta forma podemos observar que en el ámbito del control y la administración de recursos económicos como elemento de la autonomía de las trabajadoras sexuales, la acción colectiva tiene diferentes e incluso efectos contradictorios efectos, dependiendo de la agrupación. En Sullivan, el hecho coyuntural de la muerte de la regente, hizo que las trabajadoras sexuales se agruparan y con ello que decidieran no volver a pagar ningún tipo de cuota para trabajar, lo que les aseguró el control sobre sus recursos de modo que no les fueran arrebatados por algún actor implicado en su trabajo o en la organización. En GUM, la acción de pagar un donativo obligatorio para la

asociación permea su capacidad de decisión sobre sus recursos económicos, pero por otro lado la disminución de los operativos policiales por la gestión de la agrupación y con ello de las posibles extorsiones neutraliza el efecto negativo del donativo obligatorio. Un aspecto importante de anotar es que 130

dados los límites de esta investigación podemos observar su proceso autonómico relativo en su trabajo y la organización, en específico el control de los recursos económicos desde este ambiente y a partir de los actores que ahí convergen, sin embargo no podemos asegurar que en otros ámbitos de su vida tengan el control sobre estos mismos recursos (que su pareja sentimental u otros miembros de la familia los controlen). 3.1.5 La protección colectiva: la instauración de mecanismos de defensa grupales Habiendo recorrido diferentes facetas de la autonomía relativa de la trabajadora sexual organizada y de su relación con el cliente (comportamiento del cliente, aceptación y validación de las condiciones de trabajo,

independencia económica,

ausencia de captores, padrotes y regentes) se

observa que el efecto de la acción colectiva no ha sido decisivo para la disminución o eliminación del riesgo y la violencia que se vive en este ambiente y por tanto para la reproducción de prácticas autónomas. No obstante estos claros y oscuros en el proceso de autonomía relativa de las trabajadoras sexuales organizadas, se presentan con la acción colectiva mecanismos de defensa grupales que se configuran en estrategias de resistencia. Estos mecanismos son expresiones de su capacidad para resistir ante la violencia y el riesgo de los diversos actores. Es importante diferenciar en el trabajo sexual como lo realiza Villa (2010), entre las estrategias de supervivencia y dentro de éstas, la existencia de estrategias de resistencia. En este caso y como se referenció en el capítulo dos, ante las diferentes configuraciones coxtextuales (coyunturales y estructurales), el trabajo sexual se constituye como una estrategia de supervivencia, y los mecanismos de defensa grupales dentro de la dinámica de violencia y riesgo que lo caracteriza, como estrategias de resistencia. En este sentido, ante el riesgo de su actividad las trabajadoras sexuales, tanto en GUM como en la agrupación de Sullivan comienzan a replegarse y a generar estrategias de defensa en casos de emergencia. Estos mecanismos se materializan cuando la integridad física de las trabajadoras sexuales se ve comprometida. Dichos ataques suelen venir de los clientes y de los cuerpos 131

policiacos y de manera menos recurrente de personas ajenas a esta dinámica (ladrones, drogadictos, individuos que pasan por la calle y buscan violentarlas). Los mecanismos de defensa grupales que utilizan van desde apuntar las placas del automóvil en los que se van con el cliente, estar en continua comunicación y reforzarla cuando se retrasa alguna compañera mandando mensajes o hablando al teléfono celular a modo de recibir respuesta, y de no recibirse respuesta movilizarse rápido para aminorar los riesgos de la compañera implicada, hasta replegarse y atacar en grupo al ofensor como respuesta al ataque en la calle. Un ejemplo de este tipo de mecanismos de defensa es el que relata Doña Ángela:
“Un día Anita que la amenaza un güey y todo, fui y la acompañé y nos dijeron en la delegación que no se podía hacer nada, ni la patrulla lo subió, entonces, ¿qué cosa es lo que se hace? ¡Mamacitas defiéndanse ustedes!, ¿qué un güey pase y se quiera pasar de listo? ¿Pues sabes qué? ¡Pamba! al final que no es pamba con tacón como antes (risas)” Doña Ángela, 60 y tantos años

Sucede también que cuando una trabajadora sexual ha tenido una mala experiencia con algún cliente, se trata de correr la voz entre las demás compañeras para ubicar al cliente (por medio de sus señas físicas predominantes o por medio del automóvil que trae), denunciarlo y/o identificarlo para estar preparadas en caso de otro ataque por el mismo cliente, o simplemente para que ninguna de las compañeras se vuelva a arriesgar yéndose con él.
“Le comenté a una amiga que un cliente me había robado y obligado a hacerle sexo oral con navaja en mano, y me dijo que si volvía a pasar el tipo, porque amenazó con que nos iba a llevar a todas una por una, le enseñara cuál era el carro, cuáles son las placas y le dije que las placas no las vi. El carro y al tipo lo veo y lo reconozco pa decirles” Betty, 56 años

Los riesgos y las expresiones violentas hacía las trabajadoras sexuales siempre han existido, pero es con la organización y con la fuerza que da la colectividad que las trabajadoras sexuales se comienzan a defender, lo que propicia ambientes más seguros en donde el radio de acción y decisión de las trabajadoras sexuales sea mayor. En suma, se tendría que señalar que en las dos agrupaciones las prácticas de autonomía referidas a la toma de decisiones y la libertad de movimiento con respecto de la relación de la trabajadora sexual con el cliente, no muestran modificaciones sustanciales que nos hagan pensar que la acción 132

colectiva ha incidido en la transformación de estas relaciones. Ello como ya se venía apuntado se debe a que la condición de trabajadora sexual organizada sólo es asimilada por la misma trabajadora sexual –y en parte- y no por el cliente por lo que éste está tratando la mayoría de veces con un mujer estigmatizada que cree merece un trato discriminante, es decir con un cuerpo subordinado. Así, como el cliente no ha tenido suficiente información como para cambiar la percepción estigmatizada que tiene de las trabajadoras sexuales y más aún no conoce de las demandas y las exigencias de las organizaciones, entonces no puede construir nuevos discursos y generar acciones para propiciar cambios sustanciales en esta problemática. 3.2 Las instituciones como medio de control del trabajo sexual: el Estado, los cuerpos policiacos y las instituciones no gubernamentales

En el momento en el que la sexualidad se instaura como un discurso susceptible de controlarse y controlar a las sociedades (Foucault, 1993), los tópicos que surgen alrededor de ésta y que dan lugar a contradiscursos –como el trabajo sexual-, son los ejemplos más claros del funcionamiento de los códigos normativos culturales al castigar, juzgar y estigmatizar toda conducta considerada abyecta y anormal. En este sentido, el trabajo sexual como conducta fuera de la normalidad es castigada y estigmatizada por la sociedad y controlada por el Estado. A lo largo de la historia el control estatal y la percepción política sobre el trabajo sexual se ha modificado, siendo prohibitiva en algunos casos y en otros manejando distintos grados de permisividad. De acuerdo con Bizarroque (1999:12) algunos países han adoptado competencias legislativas que van desde sistemas prohibicionistas hasta abolicionistas y reglamentistas. En todos ellos el sujeto es la persona que oferta sus servicios sexuales o prostituta y suele ser vista “como delincuente, víctima o un mal necesario”

respectivamente. Y a lo largo de la historia, el Estado literalmente ha tratado -a través de distintos medios como el establecimiendo de leyes cívicas (que por un lado pugnan por los derechos esenciales y civiles de todos los ciudadanos y por el otro criminalizan a trabajadoras sexuales), de campañas de salud preventivas (pensando a las trabajadoras sexuales como el virus a controlar) y 133

de

programas

sociales

(que

buscan

“rehabilitarlas”

dándoles

ciertas

capacidades para poner negocios como salones de belleza o negocios de comida) con las trabajadoras sexuales como si fueran delincuentes, víctimas o un mal necesario. En los siguientes subapartados a través de los testimonios se detalla la relación que han mantenido las trabajadoras sexuales con las figuras estatales –que incluyen los cuerpos policiacos y jueves cívicos- y con otras instituciones no gubernamentales. 3.2.1 La delincuente, la víctima o el mal necesario: diferentes visiones, diferentes relaciones, violencia mantenida Muchos y repetidos son los testimonios de las trabajadoras sexuales que dan crédito de las acciones de los gobiernos en razón del trabajo sexual y de la postura legal (prohibicionista, reglamentarista o abolicionista) que las sustenta; desde los abusos y la violencia, los levantamientos arbitrarios, los encerrones en los conocidos centros de detención El Torito y La Vaquita en la Ciudad de México, las extorsiones hasta las vejaciones y los malos tratos tanto dentro como fuera de estos centro de detención.
“te subían como res, ¿has visto cómo suben a las reses cuando ya están para colgarlas? ¡Y órale! vas pa atrás” Doña Ángela, 60 y tantos años

No sólo son tratadas como delincuentes al momento de realizar los operativos y “levantarlas" para recluirlas, aunado a este trato está la continua y sistemática violación a sus derechos humanos esenciales.
“(…) llegaron las patrullas, y ya ni para correr… y me jaloneo (la policía), me dejó morado y me decía órale hija de tu pinche madre ándale súbete, qué yo me subo sola, y me decía ¡qué te subas! O sea te tratan muy mal, te insultan, no es correcto ¿no? y todavía en la delegación, le decía te voy a reportar, y me decía, si repórtame veme veme, veme como me llamo” Betty, 56 años

Los operativos policiales, las detenciones y los levantamientos de los que son objeto las trabajadoras sexuales y que las criminalizan se distinguen por ser arbitrarios y obedecer en muchas ocasiones a la necesidad de extorsión por parte de las autoridades, ya que una trabajadora sexual “levantada” y recluida representa una multa cuantiosa. Estas arbitrariedades se dan por dos razones centrales: la primera remite al sesgo en las normas legales, ya que el trabajo sexual no es reconocido como delito sino como falta administrativa en la ley 134

Cívica del D.F. Por ello, a menos que un vecino levante una queja, la autoridad no tiene competencia para detener y realizar operativos policiales contra las trabajadoras sexuales. La segunda razón refiere a que la posible queja levantada por los vecinos puede ser también arbitraria y obedecer a juicios valorativos fincados en la idea moral del trabajo sexual como conducta réproba, abyecta pero siempre un mal necesario. Los levantamientos -que son producto de las quejas levantadas por los vecinos cercanos a su lugar de trabajo- se utilizan como mecanismos de “limpia”. Esta queja tiene lugar cuando los vecinos se llegan a sentir incómodos por su presencia y sus prácticas, los que levantan un acta con las respectivas autoridades, la que a partir de ahí hará los movimientos necesarios para satisfacer a los vecinos y “limpiar” la zonas en perjuicio de las trabajadoras sexuales. Resulta importante señalar que la incomodidad y la intranquilidad de los vecinos son parámetros subjetivos que bien podrían no sustentarse legalmente. En este sentido, es con basamento en la Ley de Cultura Cívica del D.F. que las trabajadoras sexuales quedan a merced de la posible incomodidad (subjetiva) de las vecinos, ya que en su Artículo 24 Fracción VII se establece que la prostitución es una infracción contra la tranquilidad de las personas y el infractor sólo podrá ser presentado ante las autoridades cuando exista queja vecinal. Ello permite observar que en el D.F. las trabajadoras sexuales sólo han existido para los funcionarios públicos y los cuerpos policiacos cuando es necesario removerlas de un lugar a otro o controlar algunas de sus prácticas por la intranquilidad de los vecinos o cuando las autoridades deciden querer extorsionarlas. Los levantamientos que se realizan por las causas son generalmente violentos, ya que “suben como reses” a las trabajadoras sexuales a las camionetas y las insultan continuamente, es decir, hay un constante abuso de la autoridad.
“(…) te llegaban, primero estaban los de gobernación que los quitaron, eran las camionetas, unas camionetas grises y unas camionetas cerradas, unos jeeps. Te llegaban como clientes, ¡chin! Ya cuando menos sentías “tabas” arriba, y órale, de a palomita te subían, y después los quitaron y siguieron los de mercados de ahí de la Delegación” Doña Ángela, 60 y tantos años

Ahora, desde la perspectiva de la salud pública como competencia estatal, las campañas y los programas de salud sexual y prevención de ITS han estado 135

enfocados especialmente al trabajo sexual por considerarlo problemático. Uno de los mecanismos de control utilizados es la instauración del carnet de control sanitario como requisito obligatorio para trabajar. Este carnet obligatorio surge por la percepción del trabajo sexual como problema de salud pública, considerando que la actividad sexual de las trabajadoras podrían multiplicar las ITS en la población. Es decir son concebidas desde las políticas estatales de salud como un mal necesario que tiene que atenderse. Así, el carnet de control sanitario que implica chequeos ginecológicos trimestrales proporcionados gratuitamente por el Estado buscó más que proteger a las trabajadoras sexuales de las ITS, volcar la atención y la importancia en la salud del cliente y de las personas con las que éste tuviera contacto sexual. De esta forma, si las trabajadoras sexuales querían seguir trabajando debían presentar ante las autoridades su carnet vigente y “limpio”, de lo contrario eran recluidas y multadas, e incluso en los casos en los que en los chequeos se les detectaba alguna enfermedad, siempre existía el funcionario público que veía en esta situación una oportunidad para la extorsión. Ahora, dentro de los grupos de trabajadoras sexuales, el carnet sanitario ha despertado opiniones encontradas. Por un lado, para algunas trabajadoras sexuales el carnet sanitario obligatorio las responsabilizaba completamente de la salud pública, viéndolas como el foco de infección central, lo que resultaba discriminante y peyorativo. Además de que este trámite trimestral implicaba otro encuentro con las autoridades lo que en muchas ocasiones terminaba en corrupción y extorsión. De otro lado otras trabajadoras coincidieron en que el carnet les permitía llevar un control más exhaustivo de su salud, además de que su gratuidad era una gran ventaja en el trabajo. En este sentido, Rosa señala que si bien era una tarea difícil levantarse a las 7:30 u 8 de la mañana después de haber trabajado toda la noche, el carnet le permitía tener más atención y cuidado con su salud. En la misma tónica, Jimena refiere que aunque los estudios debían ser obligatoriamente cada tres meses –lo que en ocasiones resultaba cansado- eso, además de ser un permiso otorgado por las autoridades para trabajar que en cierta forma les protegía de operativos policiacos discrecionales, les daba atención médica gratuita. Jimena admite 136

que después de que el carnet revocado, sus revisiones médicas han disminuido a dos por año.
“No tan recurrentes [me hago los exámenes médicos] pero si los hago, cada medio año o así, como apenas no tiene mucho que fui, y ya tengo que ir, ¡si no te revisas tú pues quien!” Jimena, 21 años

Cuando en el D.F. fue erradicada la necesidad del carnet sanitario, 44 las trabajadoras sexuales tuvieron que cubrir los gastos de sus estudios médicos, lo que sugieren es una de las grandes desventajas de haber eliminado dicho requisito.
“Yo como trabajadora sexual tuve muchas experiencias, y puedo decir que cuando estaba la credencial de CONASIDA era mejor, todo era gratuito” Rosa, 49 años

Una más de las formas de acercamiento institucional hacía las trabajadoras sexuales ha sido la impartición de talleres y cursos diversos. Estos talleres cuando son impartidos por instituciones estatales como el Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH/SIDA (CONASIDA) siguen la línea de la competencia legislativa imperante, por lo que en ocasiones las trabajadoras sexuales han recibido talleres que buscan su “rehabilitación” o “readaptación” a la sociedad en razón de considerarlas delincuentes, o por otro lado reciben cursos de atención y prevención de infecciones sexuales bajo la premisa de que son un mal necesario que tiene que controlarse. Aunque el objetivo de las instituciones de salud en torno al cuidado y la prevención de ITS es aceptable y benéfico, los motivos por lo que estos programas se implementan en algunos casos se fincan en juicios valorativos que hacen que la responsabilidad de la salud sexual pública recaiga sobre las trabajadoras sexuales. Estos juicios valorativos –algunos- emergen de la monogamia como pilar de la moral judeo-cristiana, de modo que como las trabajadoras sexuales son los sujetos que abiertamente rompen con este precepto, ellas son las susceptibles de controlar. En este sentido al ser capacitadas y nombradas promotoras de salud sexual no sólo lo hacen preocupadas por su salud, sino también por la de sus compañeras, de la de sus clientes e incluso de la de las parejas de los clientes.
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El carnet sanitario se elimina en algunos estados del país como resultado de la presión de diversas organizaciones de trabajadoras sexuales y simpatizantes que veían en él una forma de control estatal y de discriminación y etiquetación al obligarlas a portarlo cuando estuvieran en labor. El carnet sanitario fue erradicado en 2005. (Testimonio tomado de taller con diversas organizaciones de trabajadoras sexuales en la CDHDF).

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“(…) y después me llevó a la novia para decirle que se había ocupado conmigo, que me había pagado por una relación sexual y que habíamos usado preservativo, y la muchacha me lo agradeció. Con el condón nos protegemos nosotras, los protegemos a ellos y protegemos a sus parejas, es una cadenita” Rosa, 49 años

Si bien no se puede desestimar la importancia y la conciencia sobre la salud y la prevención de infecciones sexuales en las trabajadoras sexuales, pareciera que el Estado le ha estado apostando solamente al control de la salud sexual de las trabajadoras por, nuevamente, considerarlas el foco de infección, lo que le resta importancia a la educación sexual del resto de la población. Con otro acercamiento a las trabajadoras sexuales, algunas instituciones autónomas al Estado, como la CDHDF, han promovido continuamente talleres sobre autoestima, defensa y ejercicio de los derechos humanos e incluso cursos y dinámicas para generar espacios de acercamiento a otras esferas (los vecinos y las autoridades). De hecho, es a través de la CDHDF que las trabajadoras sexuales han encontrando foros y espacios dentro de la dinámica institucional que les permita dar a conocer su situación y su postura con respecto del trabajo sexual y han resultado ser las plataformas que potencian la construcción política de las agrupaciones y también las mediadoras entre los abusos sociales y policiales. Fue en 1994, -recién inaugurada la CDHDF- que las trabajadoras sexuales tienen su primer acercamiento con la institución. Se llevó a cabo la primera queja y con ello la primera recomendación. En esta recomendación, que es la 8/94, se señala explícitamente que las violaciones a los derechos humanos de los y las trabajadores sexuales y sus clientes son práctica recurrente por parte de los servidores públicos del D.F., y no sólo de aquellos que pudieran tener competencia en el cumplimiento de la Ley de Cultura Cívica -como los policías preventivos y los jueces cívicos- también de algunos a los que ni siquiera les compete como los inspectores de vía pública, ejecutores de las llamadas “campañas especiales” y policías judiciales.45 Ya en un debate más actual, la CDHF ha mediado y encauzado desde mediados del 2011 el encuentro -pocas veces afortunado- entre los vecinos de varias zonas de trabajo sexual y las trabajadoras sexuales. Anteriormente, en
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Información obtenida en línea el día 26 de abril del 2012 en: http://www.cdhdforg.mx/index.php/recomendaciones/por-ano/1994

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los momentos de álgido desencuentro con los vecinos, éstos generaban acuerdos en los que se suponía quedaban escritas las formas de convivencia entre las trabajadoras sexuales y ellos. No obstante, estos documentos tomaban generalmente la forma de un código reglamentario en el que los vecinos establecían tácitamente las calles laborables, los horarios, las forma de vestir de acuerdo con el horario, las prácticas que quedaban terminantemente prohibidas (ingerir alcohol, fumar, drogarse, tener relaciones sexuales en la vía pública, entre otros) y al que tenían que sujetarse obligatoriamente las trabajadoras sexuales de querer seguir trabajando. En la actualidad y debido a nuevos conflictos con los vecinos se hizo necesaria la reconsideración y reescritura de estos acuerdos. Pero este proceso ha sido diferente al anterior. En él, la intermediación de la CDHDF ha sido crucial, ya que ha incentivado la participación de diversos grupos de trabajadoras y trabajadores sexuales al mismo tiempo que ha promovido talleres de concientización y de ejercicios de derechos. En estos talleres no sólo han participado las y los trabajadoras sexuales, también lo han hecho las organizaciones de vecinos, aunque de forma separada. Y han sido útiles como ejercicio de retroalimentación, porque no sólo son oídas las demandas e inconformidades de los vecinos, también son puestas sobre la mesa de negociación las exigencias de las y los trabajadores sexuales. Así, por medio del trabajo de la Comisión y la impartición de estos cursos y talleres tanto para las trabajadoras sexuales como para los vecinos de estas zonas se ha buscado generar procesos de la concientización y entendimiento del otro. Ello para abonar a la generación de nuevos acuerdos vecinales que satisfagan las demandas de ambas partes. A raíz de esta problemática, se retomó la importancia de las violaciones sistémicas y los abusos hacía ellos y se comenzó a trabajar -a la par de la reescritura de los acuerdos vecinales- en la Guía de los derechos de las trabajadoras y trabajadores sexuales, documento oficial en forma de cartilla que busca puntualizar y resguardar los derechos de los y las trabajadoras sexuales. En este proceso se ha visto claramente que aunque las organizaciones de trabajo sexual en el D.F. están divididas e incluso contienden entre ellas, cuando lo creen necesario convergen formando un grupo de choque y presión 139

consolidado.

Un ejemplo de esta convergencia y peso político se observó

cuando la CDHDF –ante disputas internas sobre los posicionamientos teóricos en torno al nombramiento de la actividad como prostitución o trabajo sexualcomenzó a aplazar la salida y publicación de la Guía de los derechos, a lo que las organizaciones respondieron con la negativa de seguir colaborando en talleres y cursos y más aún, rechazando cualquier acuerdo con los vecinos. 46 En este sentido el involucramiento, la participación y la presión de los diferentes grupos de trabajadoras y trabajadores sexuales ha sido crucial para que la CDHDF adoptara esta problemática como un punto de atención central en torno a la violación de derechos, además de que ha servido para visibilizar los abusos y las vejaciones de los que son objeto por vivir de una actividad estigmatizada socialmente. Y en tanto la CDHDF sirva como punto de partida en el reconocimiento institucional de los y las trabajadoras sexuales, las demás instituciones gubernamentales y sus actores se van a ver presionados para considerarlos y reconocerles como ciudadanos con todos sus derechos.

3.2.2 Un nuevo acercamiento a la esfera institucional: la acción colectiva como una práctica de autonomía y un potenciador de otras prácticas de autonomía. La acción colectiva en el trabajo sexual es una práctica de autonomía. Ser trabajadora sexual, reconocerse públicamente y a partir de ahí organizarse con otras trabajadoras sexuales implica una ruptura en el orden social naturalizado. Ya no están dispuestas a estar en la sombra resistiendo los maltratos y las vejaciones, quieren cambiar, transformar su realidad, sus relaciones. Al mismo tiempo, la acción colectiva como práctica de autonomía genera cambios en el contexto (disminución de operativos policiales por ejemplo) que potencian otras prácticas de autonomía. A partir de que las trabajadoras sexuales se organizan, se comienzan a observar modificaciones en los comportamientos de la esfera institucional, en torno a este tema. De ahí que, tanto las acciones de la CDHDF como las modificaciones y anulaciones de los mecanismos de acercamiento y control estatales –el caso de la eliminación del carnet sanitario- hallan sido en gran

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Testimonio propio tomado de reuniones y talleres con agrupaciones de trabajadoras y trabajadores sexuales y personal de la CDHDF en el mes de febrero de 2012.

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medida, consecuencias del repliegue de las trabajadoras sexuales en torno a una agrupación. Así, al momento de asociarse y agruparse, las trabajadoras sexuales salen de la sombra, se reconocen como tales y adquieren visibilidad, (GUM principalmente con las instituciones). Constituyéndose como sujetos con peso político, con la capacidad para presionar o negociar ciertas demandas con las autoridades. Sin embargo, dado que el ambiente en el trabajo sexual tiene un alto grado de incertidumbre, la acción colectiva muchas veces no sigue parámetros definidos, y más aún, tiene connotaciones y resultados diferentes. Ello se debe a dos razones centrales: el origen de su conformación y el contexto que las abraza. De ahí que su efecto en las instituciones también sea diferenciado. Como he mencionado, una de ellas está constituida y registrada legalmente como asociación civil (GUM) y la otra, la agrupación de Sullivan toma la forma de un colectivo que no está supeditado ni a registros notariales ni a jerarquías. De otro lado se encuentra el contexto en el que se desarrolla cada una; GUM y sus asociadas tienen como punto de reunión y lugar de trabajo un espacio que no tiene mucho tiempo como zona de trabajo sexual y que surge a raíz de la reubicación que hicieron las autoridades

gubernamentales, al pasarlas de las inmediaciones de la estación de metro Revolución a la acera que queda entre Av. Puente de Alvarado y calle Zaragoza, en la delegación Cuauhtémoc, en el D.F. Aunque las calles en las que se asientan las trabajadoras sexuales de GUM no son habitacionales, las inmediaciones de estás lo son y los vecinos de la zona continuamente presentan quejas con respecto de problemas que se generan alrededor del trabajo sexual como el alcoholismo y la drogadicción. Ello ha generado una continua presencia policial por medio de operativos y levantamientos. En otra realidad se ha desarrollado la agrupación de Sullivan. La calle de Sullivan, ubicada en la misma delegación Cuauhtémoc ha sido en un corredor históricamente señalado y tolerado como zona de trabajo sexual por lo que la presencia de policías preventivos es mucho menor, de ahí que problemas como los levantamientos arbitrarios, las extorsiones y los abusos por su parte sean significativamente menores con respecto de la zona en donde se ubica GUM. 141

Estas características diferenciales devenidas de la conformación de las agrupaciones y el contexto en el que cada una se desarrolla, permea de sobremanera la relación con el sistema institucional y condiciona los resultados y las prácticas que devienen de esta interacción. En primera instancia el carácter legal y formal de GUM posibilita la emergencia de un conjunto de sujetos que se reconoce y se nombra frente a la sociedad en torno a diferentes demandas, y más aún, que son reconocidos por la esfera institucional. Una de las demandas más importantes, es el reconocimiento de los derechos esenciales y laborales de las trabajadoras sexuales, con lo que buscan disminuir considerablemente los riesgos y los abusos en la actividad. Como uno de los principales artífices de esta violación sistémica a los derechos de las trabajadoras sexuales ha sido el gobierno del D.F., GUM se ha constituido como respuesta a estos abusos y su conformación legal ha abonado a que ciertas instituciones estatales y no estatales consideren y reconozcan a la agrupación. Ello ha venido a más en tanto GUM se ha consolidado e incrementado su poder de negociación ante las estructuras gubernamentales. Es decir, al momento de decidir organizarse en torno a la figura del trabajo sexual, se visibiliza de facto su condición de mujeres subordinadas y la violencia sistémica que sufren, pero por otro lado también se hace visible su capacidad de acción ante la decisión de organizarse. Esto a los ojos del gobierno del D.F. y de instituciones autónomas como la CDHDF convierte a GUM en un sujeto político con posibilidad de acción y reflexión –pero también susceptible de cooptarse y corromperse- con cierto poder institucional para gestionar, negociar y lograr ciertas demandas. La agrupación de Sullivan por otro lado, sin jerarquías ni registros notariales, ha enfocado sus esfuerzos a la protección y el cuidado de las trabajadoras sexuales que la constituyen y al espacio que ocupan en Sullivan. Por ello, las interacciones con la esfera institucional han sido menores con respecto de la dinámica que ha llevado GUM. Sin embargo, las miembros de esta agrupación saben de la existencia y han tenido acercamientos con la CDHDF, por lo que conocen de algunas formas y métodos para denunciar y hacerse valer como trabajadoras y mujeres ciudadanas. De esta forma la acción colectiva esta representando a un mismo tiempo una práctica de autonomía y un potenciador de otras prácticas de autonomía. 142

En primera instancia es una práctica porque las trabajadoras sexuales organizadas han decidido formar parte, reconocerse públicamente como tales y reconocer su participación en las distintas agrupaciones. En segundo lugar es un potenciador de prácticas de autonomía porque hace emerger desde la colectividad, la capacidad que tienen las trabajadoras sexuales para negociar sus demandas, y para presionar cambios en su realidad más inmediata, la del trabajo sexual, lo que genera mejores ambientes laborales, con menores riesgos y les amplia su radio de acción y elección frente a sus vecinos, a los funcionarios públicos, frente a los cuerpos policiacos y frente a los clientes.

3.2.3 La negociación: un derecho ganado Esta capacidad que han ganado que se vierte en su poder colectivo de acción y negociación las posiciona en un lugar más favorable para el ejercicio de la autonomía. Desde este lugar pueden presionar y demandar. GUM en específico ha enfocado estas demandas en torno a la disminución o eliminación de operativos policiales, con el objetivo de generar ambientes más propicios y menos riesgosos para las trabajadoras sexuales. Al respecto Doña Ángela en uno de sus testimonios señaló que el jefe delegacional de Cuauhtémoc, Agustín Torres Pérez le había prometido que de no realizarse o no resultar el corredor sexual Luis Donaldo Colosio en su gestión no habría operativos contra las trabajadoras sexuales de GUM y de toda la zona que comprende las calles entre Puente de Alvarado y Zaragoza.
“(…) afortunadamente Agustín Torres nos dijo, si no se hace el Corredor Luis Donaldo Colosio, yo les doy mi palabra que en los años que yo esté aquí no las voy a tocar” Doña Ángela, 60 y tantos.

El corredor sexual Luis Donaldo Colosio fue propuesto en 2009 como proyecto de reubicación de las y los trabajadores sexuales que laboran en las calles de la colonia Buenavista de la misma delegación. Ello como respuesta a las incomodidades, quejas y denuncias de los vecinos de la zona y a una recomendación de la CDHDF. El delegado Agustín Torres señaló en medios impresos47 que el objetivo de esta reubicación es evitar las incomodidades de
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Información obtenida el 30 de abril de 2012 de artículo periodístico “Proponen circuito sexua l en Buenavista” de El Universal en noviembre de 2009. En línea en http://www.eluniversal.com.mx/primera/33912.html

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los vecinos, por lo que se eligió una zona sin viviendas y se buscaba establecer ciertos horarios para evitar en lo posible cualquier inconveniente. Si bien esta promesa por parte del delegado efectivamente ha llevado a la disminución de operativos policiales, en su discurso y pronunciamientos se observa claramente la postura estatal con respecto del trabajo sexual; las trabajadoras sexuales son un mal necesario en la sociedad por lo que tienen que tolerarse y controlarse. Como ya mencioné líneas arriba, las trabajadoras sexuales sólo existen para las autoridades cuando son individuos susceptibles de extorsión o cuando representan algún problema para la sociedad y en específico para los vecinos de las zonas laborables. De esta forma el corredor se gesta con el objetivo de alejar “este mal necesario” de los incómodos, nuevamente tolerando la actividad sin atacar sustancialmente la problemática. No obstante y en gran medida por la presencia de las agrupaciones de trabajadoras y trabajadores sexuales, la reubicación y los planes y proyectos de esta delegación en relación a la actividad se llevaron a cabo mediante negociaciones con todos los implicados. Esto demuestra que aunque aún

persiste la noción estigmatizante y discriminatoria del trabajo sexual, la organización de trabajadoras sexuales en asociaciones o grupos ha venido cobrando importancia como contrapeso a las decisiones estatales e institucionales. Es decir, la colectividad y su nombramiento social les da presencia y con ello poder de negociación. Eso se corrobora en el testimonio de la representante de GUM y en algunas notas periodísticas frente al diálogo que entabló el jefe delegacional con los y las representantes de trabajadoras sexuales en relación a la construcción del corredor. 48 De esta forma las agrupaciones han podido negociar entre otras cosas la disminución o incluso eliminación de los operativos policiales, y en efecto, éstos en el último año han venido a menos para el caso de GUM y de las trabajadoras sexuales no organizadas que laboran en la zona de Puente de Alvarado y Zaragoza.
“Entonces el beneficio para mi de estar con Doña Ángela. Es eso, que no hay operativos y que nos dejan trabajar libremente, porque tu sabes que cuando hay operativo si te llegan a parar, pues ya te tienes que ir a la delegación, o pagas multa o te quedas hasta el otro día” Betty, 56 años
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Información obtenida el 30 de abril de 2012 de artículo periodístico “Proponen circuito sexual en Buenavista” de El Universal en noviembre de 2009. En línea en http://www.eluniversal.com.mx/primera/33912.html

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Sin tratar de subestimar el poder colectivo de acción y decisión que han ganado las agrupaciones, el hecho de que el trabajo sexual siga siendo reconocido como falta administrativa y que las trabajadoras sexuales estén a merced de la incomodidad e intranquilidad de los vecinos y que además, ello facilite prácticas de extorsión por parte de funcionarios públicos y policías, genera otros círculos viciosos alrededor de las relaciones que las agrupaciones pudieran tener con estos actores. Lo que afectaría no sólo el proceso colectivo de empoderamiento, sino la percepción de las trabajadoras sexuales frente al supuesto poder de presión y negociación ganado. 3.2.4 ¿Y a cambio de qué? Los vicios en las agrupaciones En este sentido, aunque la disminución de los operativos policiales les ha asegurado a las trabajadoras sexuales organizadas (de GUM en específico) contextos más seguros y menos corruptos –al disminuirse los abusos de las autoridades policiales- existen otras asociaciones civiles que suponen que detrás de estas negociaciones sigue existiendo extorsión, lo que desvirtuaría el poder colectivo ganado y con ello todo el proceso de reconocimiento y apropiación de la agrupación. Dos de estas asociaciones civiles, Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez” y Red Mexicana de Trabajo Sexual en un comunicado publicado en línea el 2 de mayo de 2010 49 argumentan que las acciones llevadas a cabo por el jefe delegacional de Cuauhtémoc, Agustín Torres Pérez han incentivado el trabajo sexual ajeno, con lo que se configura una nueva figura, el lenocinio institucionalizado. Es decir, señalan que este funcionario al institucionalizar un lugar específico para el trabajo sexual (como el lugar de GUM al que prometió no “tocar” en su mandato) motiva la explotación económica y sexual a través de 4 mecanismos de control. El primero de ellos es la imposición de representantes de trabajadoras sexuales que garanticen la obediencia y sumisión de sus representadas, y éstas tienen la competencia de decidir quién puede o no laborar en las calles. El segundo mecanismo de control según señalan es el establecimiento de límites en la zona de trabajo, de
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Comunicado sobre reubicación de trabajadoras sexuales de Buenavista consultado el día 30 de abril de 2012 en: http://zapateando.wordpress.com/2010/05/02/reubicacion-de-trabajadoras-sexuales-debuenavista-lenocinio-institucionalizado/

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modo que no haya más de un determinado número de trabajadoras sexuales en el espacio. El tercero, suponen es la imposición de una cuota semanal de 250 pesos semanales pagados en la delegación y el cuarto mecanismo de control es la obligatoriedad para realizarse continuamente estudios médicos. Aunque no se puede afirmar que lo dicho por estas dos asociaciones sea veraz, alguno de los mecanismos de control ahí señalados prácticas que utiliza la representante de GUM, como la necesidad de pedir permiso para laborar en esas calles y la administración de los espacios. Un ejemplo de ello es que los espacios de trabajo en la zona de la Av. Puente de Alvarado entre las calles Zaragoza y Aldama le corresponden a la asociación y ninguna otra trabajadora sexual puede “pararse” a trabajar si no tiene previa autorización de la representante, lo que sugiere su matriculación en GUM y el pago de la cuota –llamada donativo- mensual.
“Llega una nueva y tienen que llegar con ella para ver si le da lugar o no le da lugar. Como yo cuando llegué era de que el primer día que llegué tenía que dar los 300 pesos, en ese entonces se daban 250 pero ahora qué por que tiene muchos gastos, porque ya no le alcanza, ya tienen que ser 300 pesos por mes” Amanda, 27 años

En los testimonios de Doña Ángela, representante de GUM, no se observaron indicios de posibles pagos a la delegación por concepto de permiso para laborar en ciertas calles, sin embargo el uso que les da a los donativos es discrecional, y no lleva un control estricto por concepto de entradas y salidas de dinero en la organización. De hecho 3 de las asociadas entrevistadas en GUM han hecho explícita su inconformidad ante la imposición del donativo y ante la incertidumbre del uso que se le da a su dinero.
“Para mí no está bien porque no obtenemos ningún beneficio de esto, es lo que yo veo a lo mejor no estoy tan informada pero es lo que yo veo, no tenemos ningún beneficio… acá yo doy cada fin de mes, se tienen que pagar los 300 pesos y yo no estoy de acuerdo, ¿En qué se gastan esos 300 pesos?, se supone que en una asociación, pero ¿de qué? Amanda, 27 años

Dos de ellas, Jimena y Susana, dicen que aunque no conocen cómo se ejerce ese dinero y muestran cierto escepticismo por el concepto “donativo”, consideran que podría estar sirviendo de algo, como en la eliminación o disminución de los operativos. De hecho a Susana al preguntarle sobre si había alguna diferencia entre la dinámica de los “padrotes” y la asociación contestó lo siguiente: 146

“Pues que a esas personas le tienes que dar todo tu dinero que ganas, bueno yo he escuchado y visto lo que dicen otras muchachas pero no sé. Y pues en la asociación no, según das una “donación”, no sé en verdad en qué lo ocupen pero es una donación de cada mes” Susana, 21 años

Al respecto, Doña Ángela señala que el dinero recaudado se utiliza para emergencias y menesteres que puedan resultar de la gestión de la asociación, como el pago a notarios y secretarias, el transporte público de los titulares de la organización cuando se necesite de gestiones en instituciones públicas, y ciertas emergencias entre las trabajadoras sexuales, como la compra de medicinas y la ayuda comunitaria ante situaciones especiales (fallecimientos o ITS). Ella en su entrevista hace énfasis en que sólo se dedica a la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales como activista y que hace alrededor de 10 años que no trabaja, pero que está ocupada en las labores de GUM.
“ (…)yo me dedico a defender ya, a hacer mi trabajo, a hacer el altruismo con ellas, que si están hospitalizadas, que si se tienen que hospitalizar, se me acaban de morir dos de cáncer de colón y hay que estar ahí, hay que comprarles pañales, hay que comprarles la medicina que te piden, ¡porque no todo te dan (los médicos)! Te dan la receta y te dicen, ¿le puede usted comprar esto?” Doña Ángela, 60 y tantos años.

Dado que en GUM no existe una colaboración e interacción constante y consolidada entre las asociadas, y entre éstas y la representante, la representante no está obligada a ofrecer revisiones de presupuestos ni a rendir cuentas de los recursos obtenidos y gastados. De ahí que las trabajadoras sexuales no sepan bien a bien en lo que se gasta su dinero y la gestión de los recursos, lo que levanta escepticismo sobre el verdadero objetivo de la asociación y la labor de la misma representante. Además de la falta de comunicación y cohesión dentro de GUM –por factores que más adelante se retomarán-, la ausencia de mecanismos de presión y rendición de cuentas en la asociación, las prácticas clientelares dentro del aparato gubernamental y las presuposiciones de posibles extorsiones y concesiones de espacios para ejercer el trabajo sexual, posibilitan que el funcionamiento de GUM como organización se ponga en cuestión y que incluso se piense en ella como una nueva forma de control del trabajo sexual al asociarla con la administración exclusiva de los espacios para ejercerlo, la necesidad de pedir permiso para su ejercicio e incluso el pago obligatorio del donativo en la asociación. En este caso, ello rompería con el supuesto de que la acción colectiva abona al proceso de autonomía relativa de 147

las trabajadoras sexuales. Además su falta de cohesión al interior de la organización supone que el proceso de interacción y sociabilidad en el que se encuentra fundada la idea de la reflexión-contestación de la acción colectiva no termina de consolidarse y por ello no hay un impacto significativo en el accionar de cada trabajadora sexual. 3.2.5 Los logros en el proceso de autonomía desde las instituciones En lo que respecta a GUM, es importante rescatar que sean las causas y las acciones que fueren, el ambiente que hoy viven las trabajadoras sexuales asociadas y las que trabajan dentro de esta zona es más propicio y seguro. Ya que se presentan menos levantamientos, operativos policiales y extorsiones en su contra. Se esperaría idealmente que esta disminución se debiera al poder colectivo y de negociación de la asociación y no a un tipo de pago a las autoridades en virtud de que no se realicen este tipo de operativos, porque de ser así la seguridad ganada en el espacio de trabajo estaría supeditada continuamente a estos pagos y la incidencia de GUM –que en este ámbito resulta significativa- sería ficticia. En esta investigación no tenemos la

información suficiente para sustentar tal afirmación, sin embargo es importante que los que aquí leen sepan de ello. Sin embargo, dada la evidencia empírica que se tiene se puede afirmar que la incidencia de GUM en ha reportado resultados significativos al potenciar mejores escenarios de trabajo y disminuir los riesgos de las trabajadoras sexuales, por lo menos en lo que refiere al abuso de autoridad desde los organismos policiales. Esta mejora en los escenarios laborales, -aunque parcial porque sólo implica a la relación de las trabajadoras sexuales con las autoridades gubernamentales y policiacas- es producto, en cualquier circunstancia, del diálogo entre funcionarios públicos y agrupaciones o asociaciones de trabajadoras sexuales, y esta comunicación implica de facto el reconocimiento explícito y público de su condición como trabajadoras sexuales, acción que por sí misma refiere una transgresión a la idea tradicional del ser mujer. Es decir, cuando una asociación de trabajadoras sexuales, como en este caso GUM, ha entablado diálogo conciliatorio, de presión o negociación con instituciones públicas, las implicadas directamente 148 debieron haber experimentado

anteriormente un proceso reflexivo que en primera instancia les permitió desestigmatizar –por lo menos en parte- su actividad, reconocerse como trabajadoras sexuales y más aún, defender y exigir el respeto a sus derechos como trabajadoras y mujeres y demandar ambientes más propicios para su trabajo. Esto sugiere la presencia de autonomía en tanto las mujeres deciden salir del anonimato, reconocerse, nombrarse, reunirse y exigir. Ello a su vez produce contextos más seguros en donde el ejercicio de su trabajo y su integridad física incluso ya no están a expensas de que se realicen o no

operativos policiales. Es decir, la acción colectiva como práctica de autonomía que motiva su reconocimiento y potencia otras prácticas de autonomía. Aunque ya se ha logrado cierto avance en la relación con los funcionarios públicos, las exigencias de los grupos organizados aún no son cumplidas en su totalidad y la posibilidad de que los logros pudieran mermarse es alta, dado el carácter ilegal del trabajo sexual, la transitividad en los puestos públicos y la discontinuidad de las decisiones gubernamentales -más cuando estas decisiones parten de acuerdos de palabra no sustentados legalmente-. De ahí que, aunque las trabajadoras sexuales hayan ganado terreno en este aspecto, esta ganancia debe ser explicitada legal y jurídicamente a través del reconocimiento del trabajo sexual. Como mencioné líneas arriba, el acercamiento y la relación con la dinámica institucional y específicamente con los funcionarios públicos y policías ha sido diferenciado en cada una de las agrupaciones aquí estudiadas. Por el contrario a GUM, la agrupación de Sullivan tiene poco contacto con estos actores. Ello, nuevamente, podría suponerse porque la zona en la que laboran ha sido reconocida y tolerada por la sociedad y las instituciones históricamente, por lo que casi no se presentan desencuentros con las fuerzas policiacas. Así lo testimonian Rosa y Justina al señalar que después de haberse liberado del regenteo de la señora Soledad, los operativos desaparecieron.
“Nunca me han extorsionado. Pero yo siento que en el pedir está el dar, y lógico si es el trabajo de los señores policías y los están mandando, ¿tu qué puedes hacer?” Rosa, 49 años

Justina señala que los operativos eran muy recurrentes cuando la zona estaba a cargo de la regente conocida también como La Madame de Sullivan, y que incluso ella muchas veces fue el señuelo para saber si había o no operativo. 149

“(…) era la única que me sacaba a las 8 de la noche en la esquina de Sullivan, ahí donde está Teléfonos de México, y si llevaban se llevaban a Justina es que había operativo. Ella me decía, ya salte a trabajar y yo ni sabía que había operativo” Justina, 40 años

Y por ello terminó muchas veces en los centros de detención conocidos como El Torito y La Vaquita. En ellos, cuenta que al igual que las trabajadoras

asociadas a GUM, tuvo que pasar muchas situaciones extremas y soportar el trato y el morbo con el que la veían los funcionarios públicos. Pero que es partir del asesinato de su regente que los operativos policiales dejaron de presentarse en la zona y considerarse un riesgo para las trabajadoras sexuales. De ahí que los motivos de las trabajadoras de Sullivan para agruparse diverjan con respecto de las asociadas de GUM. Las primeras se agrupan por la necesidad de protegerse frente a los riesgos de nuevos regentes y frente a los tratos violentos de los clientes, las segundas se agrupan buscando resolver la incomodidad de los vecinos y motivadas por ellos mismos, lo que explica en gran medida el comportamiento colectivo de cada agrupación. En suma, por un lado GUM tiene cierta influencia en la esfera pública, sin embargo al interior los lazos entre las asociadas son débiles. Por el

contrario, la agrupación de Sullivan tiene un contacto ínfimo con cualquier institución pública –incluso lo evita- pero sus relaciones dentro de la agrupación están más consolidadas, hay mayor cooperación e integración, y más aún, el objetivo de la agrupación es el cuidado y la protección mutua. En las relaciones con otras instituciones no gubernamentales –como la CDHDFtambién ha incidido la acción colectiva. La CDHDF ha sido un

elemento sustancialmente importante en esta relación, ha hecho las veces de interlocutor y mediador entre diferentes actores y las trabajadoras sexuales. Es esta institución, de hecho, el respaldo de las trabajadoras sexuales ante los abusos de la autoridad y de los clientes, y además ha marcado la pauta para la generación de acuerdos de convivencia entre nuestros sujetos de análisis y los vecinos. Recapitulando podemos señalar que la incidencia de la acción colectiva de las trabajadoras sexuales en las relaciones con las autoridades gubernamentales, cuerpos policiacos y otras instituciones no gubernamentales en general ha sido positiva y ha permitido mejorar sus condiciones laborales y 150

los espacios en los que las desarrollan. En específico se han disminuido considerablemente los levantamientos arbitrarios y los operativos policiacos que cercan y criminalizan el trabajo sexual. Ello influye en la libertad de movimiento que tienen las trabajadoras sexuales, debido a que pueden estar “paradas” en su lugar de trabajo o incluso encontrarse en el hotel sin la incertidumbre de que en cualquier momento se harán presentes las fuerzas policiacas. La toma de decisiones también se ve permeada, ya que las trabajadoras sexuales pueden con mayor seguridad y confianza denunciar abusos y maltratos y poner quejas en la CDHDF. Esto las posiciona como mujeres que no están dispuestas a sufrir violencia y que no consideran esta violación de sus derechos como una imposición genérica y natural por su sexo o su condición de trabajadora sexual. Se reconocen como seres humanos, mujeres, trabajadoras que no merecen ningún tipo de vejaciones y por ello se atreven a quejarse, denunciar y exigir. Además, la conversión de la agrupación en un sujeto con presencia y

peso político ha permitido la incorporación de su posicionamiento en el debate institucional sobre el reconocimiento –o no- de la actividad como trabajo con todos los derechos y obligaciones que ello confiere, y las ha provisto de cierto poder colectivo que ha sido útil para presionar y negociar demandas en torno al reconocimiento legal del trabajo sexual. sexuales han tomado conciencia Se observa que las trabajadoras posición en las relaciones

de su

institucionales y pueden negociar por medio del peso político que han adquirido, a través de su reconocimiento como colectividad en tanto sujeto político de presión que reflexiona, cuestiona su realidad, contesta, demanda y negocia.

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CUATRO. EL ESTIGMA, LA DISCRIMINACIÓN Y EL
CONFLICTO EN LA REALIDAD DE LA TRABAJADORA SEXUAL: LA RELACIÓN EN LA AGRUPACIÓN Y CON LOS VECINOS

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Cuando se es trabajadora sexual de calle no sólo se tiene que resistir la violencia física y verbal de un vasto número de clientes y de funcionarios gubernamentales y policiales que buscan salir beneficiados de las lagunas legislativas en torno a la actividad. También se tiene que resistir al trato muchas veces discriminador de los vecinos de las zonas donde laboran y a la injuria y el insulto estigmatizante de una gran mayoría de la población. E incluso a los conflictos que pudieran tener lugar dentro de las mismas agrupaciones y con otras trabajadoras sexuales. Por ello resulta trascendente analizar en este capítulo las relaciones que restan de la esfera colectiva, las que las trabajadoras sexuales tienen con sus correligionarias dentro y fuera de la organización y las que tienen con los vecinos. De modo que se pueda observar si se han modificado en el contexto de la acción colectiva y de ser así cómo lo han hecho. De ahí que sea objetivo del capítulo presentar los hallazgos empíricos de mayor relevancia para el análisis de sus procesos de autonomía relativa en el marco de esta matriz de relaciones. Así, el capítulo se organizará en dos apartados. El primero de ellos dará cuenta del análisis de las modificaciones en las relaciones de las trabajadoras sexuales con los vecinos y con la sociedad en general dada la acción colectiva. El segundo, hará referencia a los procesos de toma de decisiones y de libertad de movimiento que surgen de la interacción entre las miembros de las agrupaciones, y entre éstas y las trabajadoras sexuales no organizadas. Dentro de cada uno de estos apartados, se desarrollan subapartados que dan cuenta de los obstáculos para la autonomía en el trabajo sexual y de los observables de prácticas de autonomía en cada una de las relaciones. 4.1 Del estigma al reconocimiento: la relación incómoda entre las trabajadoras sexuales organizadas, los vecinos y la sociedad. Para entender la relación que tienen las trabajadoras sexuales y los vecinos es necesario tomar como punto de partida la competencia legislativa que considera a la prostitución una falta administrativa dentro de la Ley Cívica de la ciudad. Este postulado legal sugiere que las personas que ejercen la prostitución sólo pueden ser objeto de detención en tanto los vecinos del lugar donde laboren presenten una queja 153 ante los funcionarios públicos

correspondientes. Esta queja puede estar fundada –y por tanto justificada- en comportamientos réprobos por la sociedad como drogarse, alcoholizarse o tener relaciones sexuales en la vía pública. Sin embargo y dado el testimonio de las mismas trabajadoras sexuales, al parecer no han sido menores los casos en los que las quejas vecinales más que originarse de dichos comportamientos, pudieron haberse originado de la incomodidad moral que sugiere la figura de las trabajadoras sexuales en lo que consideran su espacio. De ahí que se supone que muchas de las detenciones y operativos policiales -y de los abusos y vejaciones que se dan en ese contexto- estén sujetadas a los juicios de valor de los vecinos, en torno a la estigmatización de las trabajadoras sexuales. Estos juicios de valor están permeados por un marco normativo cultural que conforma los discursos hegemónicos en torno al ser hombre y ser mujer; traza los ejes de acción de los distintos sexos y géneros y a un mismo tiempo rechaza, castiga y estigmatiza cualquier conducta que rompa con esta normalidad. Y claramente, el trabajo sexual representa una figura social que transgrede el ideal normativo femenino instaurado en la virginidad, en la monogamia y en la maternidad. Representa un estigma. En el siguiente subapartado se desarrollará analítica y empíricamente el peso del estigma en la conformación de las relaciones que la trabajadora sexual organizada teje con sus vecinos, y las implicaciones que éste llega a tener en el ejercicio de sus prácticas de autonomía.

4.1.1 El estigma como modelador de la relación “sociedad-trabajadora sexual” Para Erving Goffman (2006) el estigma es un atributo desacreditador, y responde a una matriz de relaciones que a priori han categorizado a la sociedad, utilizando un conjunto de características que determinan la normalidad y la anormalidad. Pero no es el atributo desacreditador per se el que alimenta el estigma, es la relación con el otro, ya que “un atributo que estigmatiza a un tipo de poseedor puede confirmar la normalidad del otro” (Goffman, 2006: 12) mediante los códigos normativos que modelan esta normalidad. De esta forma y como señala Dolores Juliano (2004), los grupos al 154

borde,50 como el caso de las trabajadoras sexuales, son funcionales al sistema social, ya que a través de ellos se mantiene el control normativo y se implementa el sistema de sanciones para el que se considera anormal. Así, los roles de género inscritos dentro de este marco normativo funcionan en dos vías, mediante: 1) el control de la sexualidad femenina (a través de la habilitación de identidades ideales) y el estigma como atributo desacreditador; mecanismos que aseguran la obediencia y la sumisión de las mujeres no estigmatizadas y 2) la inferiorización, el castigo, la discriminación e incluso la criminalización a ciertos grupos de mujeres -trabajadoras sexuales-, que funcionan como dispositivos sancionadores, de escarnio y ejemplo para toda la población femenina. Tratando de fundamentar y mantener la categorización entre lo aceptado y lo abyecto, lo normal y lo anormal, se va construyendo todo un sustento ideológico y valorativo que fundamenta la superioridad del uno y la inferioridad del otro e incluso el peligro que pudiera sugerir este otro, justificando de esta forma los mecanismos de acción -discriminatorios y desacreditadores- contra estos otros que transgreden la normativa y la normalidad (Goffman, op. cit.:13). Las trabajadoras sexuales son claramente un ejemplo de un grupo estigmatizado, transgresor –en ocasiones de manera consciente- de la norma y de la normalidad. Esta representación femenina, transgresora y negativa,

estigmatizada y discriminada, permea las relaciones con la sociedad en general y con los vecinos en particular. Ello genera, de la sociedad a las trabajadoras sexuales, círculos viciosos de intolerancia, violencia sistémica y agresiones, y más aún, legitima los abusos que otros actores –funcionarios públicos, policía y clientes- pudieran llevar a cabo. Si diéramos cuenta del estado histórico de las relaciones de las trabajadoras sexuales con el grueso de la sociedad, nos encontraríamos con que la historia ha sido escrita desde dos pilares centrales, el primero productor del segundo; 1) el estigma de ser tratada y ser mujer abyecta (de la calle, puta) y 2) las prácticas discriminatorias que se cree merece este tipo de mujer.

50

De acuerdo con San Román (citado en Juliano, 2004: 27), los grupos al borde son aquellos que están incluidos en el sistema social, pero desde posiciones periféricas, marginales. Es decir, los mecanismos de exclusión / marginación permiten que estas abyecciones o anormalidades sistémicas formen parte de la dinámica sistémica, pero inhabilitados, dentro de la misma normal social.

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“Hay gente que pues… señoras que te ven así y te dicen ahí están las putas” Betty, 56 años

Los códigos normativos y valorativos que dotan de sentido al estigma y a la discriminación -en tanto referenciado a lo que se considera normal, central e inclusivo de la dinámica social- configuran las identidades en el sistema social del aceptado y del rechazado. Estas identidades inclusivas / exclusivas son el producto de una intersección entre diferentes claves normativas y hegemónicas que son atravesadas por el género, la clase, la raza y la etnia. Así, una mujer indígena pobre no sólo es subordinada por su condición de mujer, sino discriminada por ser indígena y pobre, y si esta mujer además es trabajadora sexual, vive y sufre la subordinación, la discriminación y la estigmatización. De ahí que una mujer trabajadora sexual per se (sean cuales sean sus claves identitarias) se enfrenta por partida doble a la opresión social a través de la subordinación y la estigmatización.
“Hay muchas personas que no nos quieren por lo que somos pero si se pusieran un ratito, ¡ahí si van a saber que se siente!” Jimena, 21 años

Entonces, la imposición normativa de los valores imperantes ha creado mecanismos como el estigma y la discriminación, que se han configurado como constantes dentro de la dinámica social y particularmente, dentro de las

relaciones en el trabajo sexual. Los que se materializan en gritos e insultos en la calle, agresiones físicas, violencia sistémica, muestras de desprecio, discriminación y descrédito hacía las trabajadoras sexuales. En este sentido, testimonios de las trabajadoras sexuales entrevistadas hacen suponer que personas -mujeres y hombres- ajenas al trabajo sexual, en tanto se reconocen como normales, se apropian de la autoridad moral para desacreditarlas, injuriarlas y violentarlas públicamente.
“(…) que vean como nos insultan, que vean como pasan las hijas de familia “decentes” a las 3 o 4 de la mañana, chamacas de 15 o 16 años gritándonos ¡pinches putas sidosas! ¡Por favor! y que vean de qué somos objeto, somos objeto de insultos, de aventarnos el carro, ¡Cuánto pinche loco no hay!” Rosa, 49 años

Esta situación no se ha visto permeada por la dinámica de las agrupaciones. Ya que como sucede en el caso de los clientes, los individuos están violentando mujeres proscritas, putas, indecentes, no trabajadoras sexuales organizadas con un respaldo colectivo detrás de ellas. Como lo cuenta Amanda, asociada de GUM, al estar en la calle pareciera que te pones en la 156

línea de fuego para ser atacada y que su condición como individuos normales les da la potestad para discriminar a los otros.
“Una vez pasó que eran unos muchachillos, creo que venían de la secundaria o no sé, llevaban unos galones de jugo y no los aventaron, estaba yo y otra compañera y no los aventaron, nos bañaron todas de jugo y hacía un frío tremendo. Y has de cuenta que una vez pasó un carro, un coche negro y empezó a aventar huevos y contra todas. Luego nos avientan botellas y así” Amanda, 27 años

Ahora, el estigma y la discriminación no funcionan sólo desde la sociedad hacía las trabajadoras sexuales. Las trabajadoras en sí mismas han internalizado el discurso sexual normativo, y desde su experiencia de vida se culpan y estigmatizan por ejercer una actividad que rompe con los cánones establecidos sobre el deber ser femenino. De esta manera en el discurso de las trabajadoras sexuales entrevistadas, en las dos agrupaciones analizadas, se hace presente con importante fuerza su papel como madre y protectora. En primera, porque es uno de los móviles centrales para su inserción y mantenimiento en el trabajo sexual y, en segunda porque considero, buscan saldar las culpas que les ocasiona el estigma del trabajo sexual, a través de la manutención económica de sus hijos y familiares. Ven, en este sentido, al trabajo sexual como un sacrificio que implica el haber sido madre fuera de los parámetros aceptados por la sociedad (haber tenido hijos sin estar casada, separarse o “haber fracasado”51 con su pareja sentimental, etc.).
“soy de las personas que yo creo que merezco respeto por ser mujer, merezco un respeto porque soy una buena madre, porque he sacado adelante a mi hijo sin necesidad de una pareja y estoy aquí por mi hijo…” Betty, 56 años

Entonces, ellas, aunque reconocidas públicamente como trabajadoras sexuales, siguen considerando a la actividad como algo no deseable y de lo que les gustaría salirse lo más pronto posible, pero dadas sus restricciones económicas no lo pueden hacer.
“(…) estoy aquí porque tengo un sueño, un sueño de tener otra vuelta mi negocio y volverme a estar ahí en mi casa estable” Betty, 56 años

Argumentan que, generalmente se sienten bien, “como una persona normal”,52 pero es en este discurso en el que se descubre el funcionamiento de la
51

En el argot popular la frase “haber fracasado” para las mujeres implica haberse separado o divorciado de su pareja sentimental. Una proposición con una alta carga patriarcal, en el sentido preciso del pensar a las mujeres en función de los otros, en este caso, de su pareja sentimental. 52 Frase en el testimonio de Jimena, 21 años.

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dinámica social exclusiva. Por ejemplo, es Jimena (21 años) la que dice sentirse como una “persona normal”, sin embargo, su discurso podría ser interpretado en el sentido que, desde sí misma se considera excluida de esta normalidad y por ello tiene la necesidad de nombrarlo y afirmarlo.
“Yo me siento bien, antes a lo mejor no me acostumbraba al tipo de trabajo que tengo, pero yo me siento bien, normal” Jimena, 21 años

Amén de las contradicciones personales entre su ser (trabajadora sexual) y su deber ser (madre y esposa), las trabajadoras sexuales aquí entrevistadas se han reconocido públicamente como tales y esto en su discurso podría interpretarse, además de como un posicionamiento político frente a su invisibilidad, como una suerte de dignificación que en cierta medida exime las culpas morales de su actividad.
“Yo estoy orgullosa de mi trabajo porque yo estoy desempeñando un trabajo, esto es un trabajo y ya en última si me viera alguien, pues es mi trabajo y hasta aquí, no tengo porque avergonzarme porque no le pido a nadie nada” Betty, 56 años “Tal vez yo trabajo de otra manera, tú a lo mejor ocupas tus pies, tus manos , tus ojos, yo ocupo otra cosa de mi cuerpo para trabajar y pues… es un trabajo” Jimena, 21 años

En este sentido, si bien el estigma ha modelado de manera negativa las relaciones con la sociedad en general, y con los vecinos en particular, también ha sido elemento constitutivo para el proceso de reflexión de las trabajadoras sexuales. Ya que son los mecanismos de exclusión del estigma (abusos,

agresiones, violencia sistémica) los que las trabajadoras sexuales están poniendo en cuestión al momento de reconocerse y actuar colectivamente. En el próximo subapartado se presentará cómo está funcionando el dispositivo de reconocimiento de las trabajadoras sexuales y ello, cómo incide en las relaciones con sus vecinos.

4.1.2 El estigma como cuestionador de la relación sociedadtrabajadora sexual organizada Las trabajadoras sexuales organizadas, por el estigma y la doble discriminación que las caracteriza, requieren un esfuerzo mayor para su constitución subjetiva como sujetos. En primera instancia tendrían que reflexionar sobre su posición dentro de la misma actividad (porque muy probablemente es la situación 158

vivencial más violenta que han experimentado); y en segunda instancia, necesitarían repensar su posición como mujeres subordinadas y contestar al hito materno como fundamento central de su vida. En la mayoría de los testimonios de las mujeres entrevistadas podemos observar la primera parte de su constitución como sujetos, aquella en donde comienzan a cuestionar la validez y legitimidad de los abusos y la violencia sistémica por una serie de actores dentro de su actividad. La segunda parte de esta constitución queda pendiente para futuras investigaciones, porque el objetivo empírico en esta investigación no está referenciado a las esferas vivenciales más próximas de las trabajadoras sexuales –como la relación con familia, pareja e hijos-, de ahí que no haya información para dar cuenta de posibles modificaciones en estas relaciones. En lo que confiere a la primera reflexión, en torno a la importancia de su reconocimiento personal y público como trabajadoras sexuales, todas las mujeres entrevistadas se han reconocido públicamente como trabajadoras sexuales, sin embargo tres de ellas (1 de la agrupación de Sullivan y 2 de GUM) han optado por no manifestarles a sus familias e hijos sobre su actividad. En estas tres trabajadoras sexuales es observable la disyuntiva en la que se encuentran, ya que por un lado reconocen y defienden su condición como trabajadoras sexuales, pero por otro ocultan esta faceta de su vida a sus seres más cercanos, muy posiblemente por el temor a ser juzgadas y despreciadas por ello, e incluso porque ellas mismas consideran a la actividad como réproba. Cuando le pregunté a Susana (21 años) asociada a GUM sobre su sentir con respecto de su trabajo, me contestó que no se sentía mal por él, ya que eso le permitía comprarse sus cosas, y que lo que hacía (vender sexo) era un trabajo porque con ello ganaba dinero. Sin embargo cuando le cuestioné sobre si su familia sabía o no, contestó que no, y que no lo decía porque lo iban a tomar mal. Explícitamente
“porque ellos no se dedican a eso, nunca pasaron por aquí, trabajan honradamente, en un lugar decente, por eso digo que nunca lo van a tomar bien” Susana, 21 años

Al interrogarla sobre la indecencia del trabajo sexual, refirió que al igual que ella, todos pensaban que ser prostituta no era un “buen” trabajo, que correspondía a una actividad sucia, y que inclusive, una madre, la suya, lo podría pensar. 159

Desde una posición similar las dos trabajadoras entrevistadas de la agrupación de Sullivan exaltan y respaldan su reconocimiento público como trabajadoras sexuales. Incluso una de ellas –Rosa- hace la distinción entre la mujer puta que mantiene relaciones sexuales con más de una pareja y que lo hace por gusto y placer, y las trabajadoras sexuales que “lo hacen de manera profesional y cobran por el servicio”. No obstante, reproduce el discurso social hegemónico y patriarcal al considerar al trabajo sexual como un mal necesario para la sociedad. Lo que deja entrever la internalización de los códigos que norman y determinan sus comportamientos sexuales, en donde se naturaliza la monogamia femenina y la poligamia masculina como modelos a seguir.
“Yo te voy a decir una cosa ¡somos un mal necesario! ¿Por qué? Si habiendo prostitución o prostitutas hay mucha violación, imagínate si no existiéramos. No has visto luego en los periódicos, que violó a su sobrino, que su propio padre la tuvo secuestrada y violándola y teniendo hijos, si lo has visto, ¿no? Imagínate si no estuviéramos nosotras ¿qué pasaría?” Rosa, 49 años

Inclusive en la conformación lingüística del discurso al seguir utilizando el término prostitución por encima del término trabajo sexual se puede distinguir la contradicción, que surge ante su realidad como trabajadoras sexuales que se reconocen –personalmente y por sus correligionarias a nivel nacional e internacional- y su construcción tradicional como mujeres. Es decir, parece ser que en el discurso se están reconociendo, sin embargo este reconocimiento no permea sus representaciones simbólicas de la realidad. Si esta construcción tradicional no es cuestionada y contestada, entonces no podrán disociar la carga estigmatizante y moral de su actividad.
“(…)y yo siempre lo he dicho, yo aquí soy una pros.. no, no soy una prostituta, soy una sexoservidora y en mi casa soy una dama, o sea en mi casa todo mundo me respeta” Betty, 56 años

Esta serie de contradicciones obedece al control de la sexualidad femenina a través de la distinción identitaria entre las figuras sociales madre / puta –de las que ya hemos hablado en capítulos anteriores- y por ende, a la carga discriminadora y estigmatizante del trabajo sexual. Estos mecanismos identitarios delimitan toda la acción humana, en este caso, y desde los tipos ideales, la de la madre y la de la puta. En este tenor, la violencia sistémica que sufren, no sólo proviene de muestras ignominiosas físicas y verbales por parte de la sociedad. También se 160

hace presente desde la construcción identitaria tradicional de las trabajadoras sexuales. Es decir, no sólo el normal categoriza, etiqueta y excluye al anormal, también el anormal se excluye y se estigmatiza, ello sucede porque los dos comparten los mismos códigos normativos y valorativos.
“Yo me sentía marginada, yo misma me sentía mal de convivir con otro tipo de gente, con “gente decente”, así como tú, una ama de casa o equis cosa, yo me sentía mal, yo me sentía como que no debería yo de estar en ese lugar, como que yo no era buena” Rosa, 49 años

Ahora, la relación que tienen y han tenido las trabajadoras sexuales con los vecinos es una micro representación de lo que sucede con la sociedad en general. Los vecinos, aunque tienen una interacción mayor con ellas y han participado de los acuerdos vecinales para la buena convivencia lo hacen siempre desde su posición privilegiada como normales e incluidos. Debido a ello, el diálogo y las negociaciones, antes de la organización eran muy asimétricos. De modo que los acuerdos vecinales recogían gran parte de las demandas y exigencias de los vecinos y la postura de las trabajadoras sexuales era vista como residual, y más aún, en ciertos casos los acuerdos vecinales sólo se presentaban como un mandato a acatar si es que las trabajadoras sexuales querían mantenerse trabajando. En el próximo subapartado se describirá cómo la participación de las trabajadoras sexuales organizadas ha pasado de ser residual a ser constitutiva, e incluso, se ha convertido en un mecanismo de negociación para poner en la agenda pública sus demandas como colectividad. 4.1.3 La relación con los vecinos: la participación en los acuerdos vecinales como mecanismo de negociación y autonomía El estigma y la discriminación han sido constantes en el trato y la interacción de las trabajadoras sexuales con la sociedad en general y los vecinos en particular. Sin embargo, podemos encontrar distinciones en este trato, si las relaciones se abordan diferenciando por los espacios en las que se encuentran las agrupaciones (calle Sullivan y Av. Puente de Alvarado). Similar a lo que pasa con la relación entre funcionarios públicos y policías, la relación que tiene la agrupación de Sullivan con los vecinos es ínfima. Esta mínima relación puede deberse a varias razones. La primera de ellas podría 161

referir al status de la zona como espacio históricamente aceptado para el trabajo sexual y a la tolerancia de este espacio por parte de los funcionarios públicos. Además de la preexistencia de acuerdos vecinales que según señalan las entrevistadas siempre han sido acatados y deben acatarse.
“Aquí no se roba, no se droga ni se permite trabajar alcoholizadas, porque en los convenios que se hicieron antes se estipularon esos lineamientos” Rosa, 49 años “(…) entraste con las vecinas te aceptaron y todo, y que ahora (las autoridades) digan, ¡no!, el único lugar tolerado es Sullivan… ¡no estamos de acuerdo!” Doña Ángela, 60 y tantos años

La segunda razón que podría explicar que las trabajadoras sexuales de Sullivan no hayan tenido grandes conflictos con los vecinos, es el horario en el que éstas comienzan a laborar. A diferencia de la zona de GUM (Av. Puente de Alvarado), en donde se labora todo el día y sólo parte de la noche (desde las 11:00 am hasta las 3 am del otro día), ellas manejan un horario nocturno que empieza de las 20:00 o 21:00 horas hasta las 6:00 horas del otro día, horario en el que la presencia de las trabajadoras sexuales resulta menos incómoda para los vecinos. De ahí que la relación sea menos confrontativa debido a que el contacto directo y visual con los vecinos es menor, lo que podría ser interpretado señalando que, mientras menos invisibles sean a los vecinos les resultan menos incómodas. Ello no sugiere que la relación sea menos conflictiva, porque como mencioné sigue siendo asimétrica, en tanto los vecinos en su carácter de incluidos en la dinámica social, sigan considerando a las trabajadoras sexuales como importunas indeseables en su espacio.
“Hay vecinos que no quieren que éste uno, otros quieren que te comportes, que sean sus calles” Doña Ángela, 60 y tantos

En el caso de la zona en la que labora GUM las relaciones con los vecinos han sido más conflictivas que en Sullivan. Aquí, también existen y han existido acuerdos vecinales previos pero tienen menos tiempos de constituidos. El espacio como “zona roja” o de trabajo sexual es relativamente joven y por diversas razones –como el horario y la presencia de otros y otras trabajadoras sexuales-, la convivencia con los vecinos en ocasiones se torna muy ríspida. Sin embargo, esta situación de conflicto no es permanente y depende en gran medida del comportamiento de los diferentes grupos de trabajadoras sexuales con los vecinos. Como he mencionado en el capítulo anterior, la conformación 162

de GUM se debió en gran parte a la iniciativa vecinal para organizar esfuerzos en razón de una convivencia menos conflictiva. En este sentido, la representante de GUM detalla que la relación de la asociación con los vecinos del lugar ha sido cordial y cercana ya que las dos partes han cumplido con lo propuesto en los acuerdos vecinales anteriores. Entre algunos puntos se encuentran: 1) el horario de trabajo estipulado que va de las 11:00 hasta las 3:00 horas del día siguiente, 53 2) la vestimenta de acuerdo con el horario54 3) no drogas, 4) no alcohol y 5) cumplir con su trabajo en los hoteles.
“Nosotros tenemos a las vecinas que nos tocaron y tanto a Sandra (una vecina) como las que quedaron, les hablamos muy bien” Doña Ángela, 60 y tantos “Nosotras venimos más tapadas, la mayoría venimos con mallas o pantalón, casi no usamos falda, o sea no faltas a la moral, porque nosotras venimos bien tapadas y ellos (policías) nos dicen que nos llevan porque perjudicamos a la calle y los vecinos que porque les faltamos al respeto” Amanda, 27 años

De hecho en la entrevista que se le realizó a Doña Ángela se tuvo la oportunidad de hablar por teléfono con una de las representantes vecinales, la que puntualizó que la relación con GUM hasta el momento se había llevado sin contratiempos. Que el conflicto que actualmente tenían los vecinos de la zona era con los trabajadoras sexuales “independientes”, los transexuales en específico, ya que no cumplían con lo concertado en los acuerdos y potenciaban círculos viciosos de delincuencia en la zona, al drogarse y alcoholizarse.
“Nada más pues que las independientes no entienden, ellas andan como les parezca a la hora que quieran, y si se quieren emborrachar pues se pueden emborrachar y andan en toda la avenida y les vale” Doña Ángela , 60 y tantos años

Si bien en los puntos estipulados por el acuerdo vecinal entre GUM y los vecinos implicados, se alcanza a observar aun el sesgo moral, sexista y discriminador (por el control de los horarios y la vestimenta), este contrato asegura cierta certidumbre laboral e integridad personal. Ya que al momento de ser respaldados por GUM, la asociación se está comprometiendo a
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Su preocupación para estipular este horario es que sus hijos tengan el menor contacto visible con las trabajadoras sexuales. Acción que mantiene la carga valorativa estigmatizante de la trabajadora. 54 En el día las trabajadoras sexuales deben vestirse lo más “recatadas” posible. De modo que su presencia como trabajadoras sexuales (caracterizadas por utilizar escotes y transparencias) casi pase imperceptible. Por ejemplo, cuando entrevisté a Betty (56 años), trabajadora sexual que trabaja de las 11:00 a las 18:00 horas, vestía un pantalón de vestir color negro, con una camisa de manga larga y un saco negro. Así, las minifaldas y los escotes pronunciados son permitidos después de las 21:00 horas.

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cumplirlos y los vecinos a cumplir el pacto de dejarlas trabajar, lo que implica no levantar quejas. Esto, aunque resulta un avance en el ejercicio de su

actividad en ambientes más seguros y garantiza tratos más cordiales (menores riesgos y menores operativos policiales), no afecta directamente la médula de la relación de dependencia con los vecinos ya que ellos, con el respaldo legal – por el carácter de falta administrativa del trabajo sexual- y la estructura en los acuerdos siguen decidiendo si las dejan o no. Inclusive, las trabajadoras

sexuales asociadas a GUM, de base, ven en los acuerdos más que los lineamientos para la buena convivencia en la zona, una especie de permiso para trabajar. Ello, deja entrever la concepción subsumida que desde sí, ellas están percibiendo, y el funcionamiento de la maquinaria normativa a través de la inclusión / exclusión.
“En eso si estoy de acuerdo (en los acuerdos vecinales) porque ya ves que los vecinos casi no nos quieren, entonces es como si te dieran un permiso” Jimena, 21 años

Esta situación se complica cuando en la misma zona laboran trabajadoras y trabajadores sexuales que no tienen un diálogo con los vecinos, no saben de lo estipulado en los acuerdos vecinales y no se supeditan a ellos. En este sentido, esta zona y la que circunda el metro Revolución en el Centro Histórico del D.F. resulta ser especialmente conflictiva y confrontativa en lo que refiere a la relación trabajadores y trabajadoras sexuales y vecinos, en específico, con aquellos que deliberadamente se señalan como independientes55. En primera instancia y como he indicado se debe a que la problemática para los vecinos es visible e incómoda, porque los y las trabajadoras sexuales laboran en una franja temporal que va desde antes de mediodía hasta ya entrada la madrugada (se rolan turnos de trabajo entre ellos). La visibilidad incómoda de esta situación execrable socialmente y que consideran “afea su colonia” justifica acciones como el levantamiento de quejas y la criminalización

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Los y las trabajadoras sexuales asocian este término con la eliminación de cualquier tipo de control sobre su actividad, y este puede ir desde el extremo de un captor, padrote o madrota hasta la representación dentro de una asociación o cooperativa. Algunos testimonios sugieren que las trabajadoras sexuales “independientes” utilizan esta libertad como justificación para no sujetarse a los acuerdos sobre los espacios entre las mismas trabajadoras sexuales y a los acuerdos vecinales (argumentan que se visten como quieren a la hora que quieren haciendo alusión a la utilización de ropa “muy sugerente”, se alcoholizan, drogan, tienen relaciones sexuales en los automóviles, tiran los preservativos en la calle, etc.) lo que deviene generalmente en conflictos, rencillas y venganzas entre las mismas trabajadoras sexuales –organizadas o no- y entre éstas, los vecinos y la seguridad pública. Testimonio tomado de charlas informales con las asociadas de GUM.

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de los y las trabajadoras sexuales y genera reacciones muchas veces adversas y violentas por parte de estos últimos. Un ejemplo de ello, hasta ahora irresuelto, fue el conflicto en 2009 de un representante vecinal, David Mondragón, con trabajadoras sexuales no organizadas de la zona. Según señalan fuentes periodísticas, David

Mondragón levantó diversas quejas contra varias trabajadoras sexuales acusándolas de lenocinio, derivando ello en una serie de operativos policiales, remisiones y arraigos. A esta acción, las trabajadoras sexuales contestaron con una queja ante la CDHDF argumentando que el señor Mondragón solía amenazarlas, les exigía tener relaciones sexuales con él de manera gratuita, las extorsionaba y a varias las había denunciado penalmente por delitos no cometidos.56 Aunque GUM labora en las inmediaciones del lugar donde se dio el conflicto, no se involucraron en él, de hecho la representante de la asociación señala que David Mondragón es
“(…) un vecino que yo creo que quería algún hueso o quién sabe, y vino acá y levantó un titipuchal de actas y todo, y pues yo la verdad como a mi me quedaba muy retirado no me metí, yo no trabajo en Revolución. Las de Revolución se encargaron de echarle tierra y todo” Doña Ángela, 60 y tantos

A partir este ejemplo se advierte que la relación con los vecinos es central en la integridad y la seguridad de los y las trabajadoras sexuales, pues muchas veces más que los propios actos llevados por ellos, es la percepción vecinal la que motiva al levantamiento de las quejas y las acciones policiales posteriores. Lo que genera consecuentemente enfrentamientos más hostiles entre los actores. Este tipo de conflictos que han llegado hasta instancias judiciales han descubierto la debilidad de la legislación (por la discrecionalidad que reviste su criminalización en donde sólo es necesario una queja vecinal) y la exigua y desigual relación entre los vecinos y las trabajadoras sexuales, lo que ha llevado a instituciones como la CDHDF a repensar las formas de convivencia y los acuerdos vecinales que las sustentan. En esta dinámica la conformación e incorporación de figuras asociativas y cooperativas de trabajadoras y trabajadores sexuales y la intermediación de

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Información tomada de nota periodística el día 15 de mayo de 2012 en: http://www.jornada.unam.mx/2009/11/07/sociedad/036n1soc

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la CDHDF, han originado que la relación con algunos vecinos tienda a ser más horizontal y que los acuerdos vecinales sean más equilibrados. En este proceso que apunta a la simetría de fuerzas, la visibilidad que han obtenido a través del propio reconocimiento y la organización ha sido un factor trascendente. Debido a que su constitución como contingente (aglutina varias agrupaciones) y sujeto les ha otorgado peso político y relevancia social en el dialogo y la negociación de los acuerdos vecinales. De esta forma, éstos ya no sólo incluyen las demandas de los vecinos -demandas que como ya he mencionado han estado permeadas por una connotación moral y estigmatizada del trabajo sexual- sino que recogen las inquietudes de los diferentes grupos de trabajadoras sexuales, entre los que se cuenta GUM. Para la realización cooperativa de los acuerdos vecinales, los diferentes actores han recurrido a la CDHDF para que funja como intermediario en el dialogo y las negociaciones con cada grupo por separado. En el trascurso de este proceso dialógico, la Comisión ha percibido posturas encontradas y conflictivas entre los implicados, por lo que además de su función de intermediación se ha dado a la tarea de organizar una serie de cursos y talleres en los que ha buscado concientizar a cada actor de la realidad de su contraparte. De modo que la relación no sólo tenga un fundamento procedimental en tanto los dos salen beneficiados del acuerdo, sino que apunte a ser más consciente y cordial entre ellos. Un ejemplo de alguno de estos talleres ha sido utilizar la dinámica de “ponerte en los zapatos del otro”, en los que se ha buscado que los vecinos entiendan el por qué las mujeres laboran en esta actividad y más aún, las integren como seres humanos con derechos en su realidad, tratando con ello de permear el estigma del trabajo sexual. Por otro lado, se ha pretendido que las trabajadoras sexuales reflexionen sobre si les gustaría observar y que sus hijos experimentaran en sus colonias, conductas y actitudes como drogarse, pelearse, alcoholizarse y tener relaciones sexuales en la vía pública,
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lo que ha tenido resultados

significativos en las percepciones y los comportamientos de los dos actores.

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Testimonio recogido de reuniones y talleres con agrupaciones de trabajadoras y trabajadores sexuales y personal de la CDHDF en el mes de febrero de 2012.

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Como en esta dinámica, los dos actores centrales –los vecinos y las trabajadoras sexuales- han buscado mantenerse en igualdad de condiciones, otros mecanismos de negociación han aflorado. La importancia colectiva de los y las trabajadoras sexuales -conquistada mediante su reconocimiento y organización- y por la que los acuerdos se han estado realizando en conjunto, ha permitido que los diferentes grupos tengan la posibilidad de negociar su apoyo y validación a los acuerdos a cambio de la publicación -por parte de la CDHDF- del documento que respalda sus derechos humanos y laborales. Como enuncié en el capítulo anterior, un contingente de trabajadoras y trabajadores sexuales (entre los que se encuentra GUM) en febrero de 2012 decidió suspender temporalmente la firma de los acuerdos vecinales en tanto no se encontrara publicada la Cartilla por los Derechos Humanos de los y las trabajadoras sexuales. Esta acción supone la apropiación de capacidad de presión y negociación, es decir de mayor presencia, reconocimiento y poder colectivo, lo que sugiere con la generación de la cartilla, un primer reconocimiento institucional de su trabajo y de sus derechos, influyendo con ello en la certidumbre y seguridad de su ambiente laboral. Hasta el momento en el que se escribe esta tesis la Cartilla no ha sido publicada y los acuerdos vecinales tampoco han sido respaldados por las distintas agrupaciones, las negociaciones siguen en pie y la Comisión aun funge como intermediario. Este hecho nos advierte de la modificación de

fuerzas en la relación vecinos-trabajadoras sexuales y de la tendencia a equipararse entre ellas. Este proceso dialógico, dado en un plano de mayor igual de condiciones sugiere, por un lado la apropiación y utilización de poder colectivo por parte de las trabajadoras sexuales y por otro el reconocimiento que hacen los vecinos y las instituciones a este poder. Lo anterior, vislumbra una ambiente menos riesgoso, libre e igualitario para las trabajadoras sexuales, y más aún, un horizonte cercano en el que el trabajo sexual sea reconocido y resguardado legalmente, y se disminuya la violencia sistémica, los abusos y agresiones y la criminalización de aquellas personas que se han decidido por la actividad. En el siguiente apartado se presentará el funcionamiento de las prácticas de autonomía referidas a la relación que tienen las trabajadoras 167

sexuales entre ellas dentro de la asociación, y afuera, con compañeras que no forman parte de GUM. 4.2 Entre la convivencia y la competencia: las relaciones de las trabajadoras sexuales dentro y fuera de la organización El presupuesto teórico sobre el que se asienta esta investigación puntualiza que la acción colectiva -a través de la interacción y sociabilidad con sus paresabona a los procesos de autonomía relativa de las trabajadoras sexuales involucradas en ésta. Sin embargo, la evidencia empírica nos muestra que el mayor obstáculo para la interacción y la conformación de lazos fuertes y cohesión entre ellas, es el mismo trabajo sexual. Cuestiones como el ritmo laboral del trabajo sexual, las limitaciones en la comunicación entre las implicadas, la competencia laboral y las posibles jerarquías y preferencias que se pudieran manejar en la agrupación, son elementos que incentivan el conflicto entre las trabajadoras sexuales y se convierten por tanto, en obstáculos para la acción colectiva. En el siguiente subapartado se desplegará cómo estas cuestiones permean el proceso dialógico e indirectamente su proceso de autonomía relativa. 4.2.1 El trabajo sexual de calle como el principal obstáculo a la acción colectiva El proceso de interacción y sociabilidad que podría sugerir la dinámica organizativa de las agrupaciones aquí estudiadas se ve interrumpido continuamente por el ritmo laboral de las trabajadoras sexuales. Los horarios que manejan (supeditados a la mayor demanda nocturna) y la actividad por sí misma suelen ser agobiantes, lo que permea negativamente su disposición para ir a reuniones, cursos y talleres organizados tanto por las mismas agrupaciones como por otras instituciones. Prefieren utilizar el tiempo en el que no trabajan para estar descansando o con su familia e hijos, por lo que el único espacio para socializar se restringe al tiempo en el que están laborando y específicamente a aquellos momentos –por lo regular cortos- en los que no se “ocupan” con algún cliente.
“(los asesoramientos son) de persona a persona, porque por ejemplo cuando yo empecé dando los talleres de los condones, era muy difícil, no quieren dejar de trabajar, no

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quieren perder el día, no quieren perder ese ratito que están ahí, entonces es una por una, y así me acostumbré” Doña Ángela , 60 y tantos años

En lo que respecta a las formas de socialización, los mecanismos que utilizan ambas agrupaciones son muy similares. La comunicación entre pares –de

trabajadora sexual a trabajadora sexual- ha resultado ser la herramienta más práctica y eficiente en la transmisión de información. Puede ir desde consejos para disminuir cualquier tipo de riesgo en el trabajo sexual y en la vida personal hasta recomendaciones sobre lugares y horarios para trabajar. En las dos organizaciones, el proceso de difusión de la información comienza con las trabajadoras sexuales con mayor tiempo en la actividad, y de ahí se va dispersando de trabajadora en trabajadora, ello con sus respectivos costos en la fidelidad de la información. Entre el torrente de testimonios y vivencias que se difunden figuran los parámetros de cobro de la zona, como el precio y los horarios que se manejan (si es que las trabajadoras tuvieran que supeditarse a un precio base y por tanto a un tiempo en específico para evitar la competencia desleal); de existir, se les señalan las reglas estipuladas en los acuerdos vecinales; se les comparten algunas de las situaciones más recurrentes y que suelen ser peligrosas (cuando el cliente quiere quitarse el condón y/o quiere obligarla a realizar un servicio no estipulado en la negociación); se le comunica sobre los abusos y vejaciones por parte de la policía y los funcionarios públicos de las que históricamente han sido objeto; se les previene y se les dota de estrategias en caso de extorsiones, levantamientos y operativos policiacos; además de que se les da a conocer de la existencia de la CDHDF y del recurso de las quejas en caso de violación de sus derechos humanos. En este acercamiento a experiencias, saberes y discursos, la agrupación de Sullivan como no tiene ningún tipo de lineamiento que aglomere sus derechos y obligaciones –por ejemplo la obligación de reunirse cada determinado tiempo-, resuelven los asuntos que resultan cuando están laborando, y es muy esporádica la ocasión en la que se congregan fuera de los horarios laborales para tratar algún tema.
“mira yo luego tengo pláticas con ellas y les hago ver mis vivencias y te soy sincera yo les he dicho, mira trabajen sáquenle provecho a esto, si ya están en esto trabajen y sálganse, perdón la expresión pero yo les digo ¡sálganse de esta mierda! No esperen a

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tener mi edad, sálganse de esto, regresen a su casa con un dinerito, con un negocito y ya viven de eso” Rosa, 49 años

Como no hay jerarquías dentro de la agrupación, las compañeras con mayor tiempo y experiencia en el trabajo han asumido la responsabilidad de proteger a las mujeres que apenas se insertan y comunicarles los lineamientos básicos para ejercer el trabajo sexual que resultan útiles para su propia protección y además las dotan de cierta información que pudiera servirles en su ejercicio laboral.
“yo siempre les digo, dile cuál es tu servicio, dile qué servicio das. Evítense problemas, para que no tengan que dejar de trabajar, qué por qué se tienen que ir a la delegación a denunciarlo, evítense problemas” Rosa, 49 años

Para el caso de GUM, dado que generalmente hay muy poca disposición de las asociadas para reunirse fuera de los horarios laborales, en ocasiones la representante las conmina casi forzosamente a que asistan a cursos, talleres y charlas informativas. Este mecanismo que podría apuntar a la coerción, es inefectivo porque la información que se presenta en estos eventos muchas veces no es procesada e internalizada por las asociadas debido a que asisten sólo por mandato de la representante y no por convicción propia. Lo que por un lado, les produce cierta molestia cuando se les obliga a levantarse temprano, después de haber estado toda la noche trabajando mientras podrían estar descansando o aprovechando su tiempo en “algo que a ellas les fuera útil”; y por otro, motiva sentimientos de desgano y apatía ante los temas tratados.
“Pues yo nada más voy a escuchar, todavía no le tomo atención como para no decir algo, bueno, no sé de qué me pueda servir, nada más hablan de que te cuides y que no sé qué, de los talleres y cosas así” Jimena, 21 años “La otra vez fuimos a un taller porque nos iban a hacer una obra de teatro, dime, ¡para qué nos sirve eso a nosotras! Según ella (la representante) para que nos desestresemos, pues yo digo que nosotras tenemos tantas cosas que hacer como para hacer una obra de teatro, eso de desperdiciar mi tiempo en una obra de teatro, prefiero tomarlo y dárselo a mi hijo cuando sale de la escuela” Amanda, 27 años

Además de la aversión y el cansancio que les produce participar más activamente en GUM, hay un cierto descontento por el manejo político que se le ha dado a la asociación. Una de las compañeras comenta que entre los múltiples talleres y reuniones a los que han asistido obligatoriamente, percibe que algunos no abonan ni a su experiencia personal ni a su experiencia como

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trabajadora sexual, lo que le resta legitimidad a la representación de la agrupación.
“Sí hemos tenido conferencias y a mí me tocó ir a una que fue de tres días, pero es algo que no nos beneficia a nosotros porque hablan más de política. A veces nos ayudan por lo de Derechos Humanos, nos dicen que cuáles son nuestros derechos y nos los explican, pero hablan más de política” Amanda, 27 años

En lo que confiere a la comunicación entre pares, la que tiene lugar específicamente entre las trabajadoras sexuales de base, también se lleva a cabo con muchos obstáculos. Ello se debe a dos razones principalmente: la primera obedece a las rencillas y los conflictos entre las asociadas por cuestiones de competencias, jerarquías y preferencia. La segunda tiene lugar dada la organización espacial en el lugar de trabajo. Ya que si la interacción efectiva se da entre los momentos en los que ellas se “ocupan”, la posibilidad de comunicarse y socializar sólo se reduce a las compañeras que la circundan, que constantemente son las mismas porque cada trabajadora sexual dentro de GUM tiene puntualmente especificado su lugar en la calle. Los conflictos entre las trabajadoras sexuales asociadas a GUM se han erigido como una constante en su ambiente laboral y son la primera razón por la que el proceso dialógico puede fallar. El trabajo sexual permea la relación entre ellas, ya que muchas de ellas antes de verse como compañeras laborales se ven como competidoras, y por lo tanto resulta difícil que puedan percibirse como colaboradoras en un grupo. Es debido al ambiente competitivo imperante que surgen no pocos inconvenientes entre las trabajadoras sexuales que devienen en respuesta a la mayor o menor demanda de una o varias asociadas frente a las demás. Entre estos inconvenientes, los más recurrentes son la dispersión de rumores negativos (como “echarle tierra” a la compañera diciéndole a los clientes que cobra menos, no exige condón y ofrece otro tipo de servicios como el sexo anal, a decir “baratera”) que muchas de las ocasiones terminan en encuentros y peleas violentas.
“por el chisme ya se quieren pegar o algo, que si le dijiste a la otra compañera algo y ya te quieren golpear o qué sé yo” Jimena, 21 años “(ha habido) muchos conflictos pues últimamente sí, golpearon a unas compañeras y las golpearon muy fuerte entre las mismas compañeras de trabajo” Amanda, 27 años

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Este tipo de conflictos se potencian cuando –de acuerdo con Amanda- los favoritismos y las preferencias se hacen presentes en la dinámica grupal. Aunque se supone que la relación que tiene la representante de la asociación con cada una de sus representadas es horizontal y lineal, de acuerdo con la percepción de Amanda eso no sucede, más aún, señala que cuando se presentan conflictos, la representante, más que buscar solucionarlos e incluso castigarlos, se muestra benevolente y les otorga concesiones a algunas trabajadoras, haciendo que la balanza se incline en su beneficio.
“Supongamos que tú dices algo, lo tuyo está mal y si la otra persona, que es la preferida y es la consentida, golpea a alguien, la deja lastimada, está bien y no le dice nada, no le llama la atención ni nada” Amanda, 27 años

Algo que resulta de la competencia y los favoritismos y que divide al grupo son los posibles sentimientos de envidia y rencor que se pudieran suscitar entre las asociadas, lo que bloquea casi completamente la comunicación y por lo tanto disminuye la efectividad del proceso dialógico entre las trabajadoras sexuales. Ello es sumamente importante para la modificación en los parámetros de acción, más específicamente en las prácticas de autonomía. De esta forma, si las asociadas tienen poca o nula comunicación entre ellas -por problemas laborales que se vuelven personales-, no se está llevando a cabo el intercambio de saberes y el acercamiento a otras experiencias. Por tanto, hay menor oportunidad de compartir sus inquietudes y quejas, criticar y cuestionar su realidad más próxima; y generar discursos diferentes y estrategias conjuntas de contestación a la subordinación, al riesgo y la violación sistémica de sus derechos humanos.
“Allá en la esquina, tuve unos problemas (con una compañera), no sé por qué, la envidia, el coraje, éramos amigas y no sé qué fue lo que pasó, y de repente me dejan de hablar, y pues yo digo, bueno no hay problema, y yo me ponía ahí, y aventaban el envase del refresco, me manchaban mi ropa, me decían que era una baratera, que yo trabajaba sin condón, así puras habladas” Betty, 56 años

La organización espacial en los lugares en donde se ejerce el trabajo sexual es la segunda razón por la que se dificulta el proceso de comunicación entre pares y con ello el proceso de reflexión y acción autónomas. GUM como asociación civil con cierto reconocimiento por parte de los vecinos y autoridades delegacionales, tiene asignado un espacio específico para el ejercicio del trabajo sexual, y este espacio es distribuido a cada trabajadora 172

sexual por la representante. La asignación que ejecuta la representante sólo puede ser modificada por ella misma y sólo ocurre cuando en presencia de conflictos entre trabajadoras sexuales que estén contiguas. Esta asignación no responde a algún tipo de lógica organizativa, por lo que puede ser por la existencia de vacantes en algún espacio o simplemente por parámetros arbitrarios por parte de la representante. La no permisividad para cambiar de lugar de trabajo sugiere también que tengan por compañeras a las mismas mujeres y que sólo hagan amistades con ellas, lo que delimita el proceso de información y difusión haciéndolo mucho más complicado. Cuando le pregunté a Jimena (21 años) sobre la relación que mantenía con sus compañeras comentó que prefería mantenerse al margen de cualquier tipo de convivencia porque solían generarse muy fácilmente y de manera muy recurrente los rumores, lo que casi necesariamente suponía conflictos y rencillas. Que por ello sólo se limitaba a conservar la relación con aquellas que consideraba sus amigas y que, además tener amigas resultaba muy difícil por la falta de confianza entre las mismas compañeras.
“Si me saludan bien y si no, pues también, al menos que conozca a una y que sea mi amiga la saludo, pero igual acá en el trabajo no hay confianza por los chismes y porque se pelean, entonces aquí a nadie se le confía” Jimena, 21 años

Las relaciones ríspidas entre las trabajadoras sexuales asociadas no sólo interrumpen la dinámica de comunicación y sociabilidad, impactan también al proceso, al incidir de manera negativa en los mecanismos de defensa grupales. Es decir, al momento de algún encuentro violento con los funcionarios públicos, policías o clientes, las trabajadoras accionan los mecanismos de defensa colectivos que han generado -para evitar la violación de sus derechos, o en el peor de los casos (cuando la acción es ejercida a posteriori) para denunciarla-, sin embargo la mujer atacada sólo va a ser defendida por aquellas compañeras con las que mantiene mejores relaciones y que la podrían considerar su amiga, lo que permea negativamente el poder colectivo. Un aspecto en este sentido que es de relevancia y que podría abonar al proceso de empoderamiento colectivo son las cadenas de comunicación entre las mismas trabajadoras sexuales. Estas cadenas tienen lugar inclusive sobre los problemas que se suscitan y de los que hemos hecho cuenta. Funcionan de la siguiente manera: dada la distribución espacial una trabajadora sexual 173

comparte de manera directa con dos compañeras (una de cada lado) con las que se suele tener mejores relaciones, pero a su vez cada trabajadora sexual con la que comparte tiene relación con otra compañera y así sucesivamente, por lo que las probabilidades de eficacia de la promoción y difusión de información y conocimiento, y de los mecanismos grupales de defensa, se incrementan. Al respecto, Jimena señala que ante la presencia de situaciones violentas, las trabajadoras sexuales se solidarizan cuando son cercanas de la implicada o cuando alguna de sus cercanas mantiene relaciones cordiales con ella.
“Si tu amiga le habla a la de a lado pues si nos defendemos en grupo, pero si no, pues no. Obviamente si ya ves que le hacen algo mas grave pues la tienes que ayudar, hay unas que pasan y nada mas se te quedan viendo” Jimena, 21 años

La representante de GUM da constancia de la existencia de muchos conflictos dentro de la agrupación pero considera que son mucho menos y tienen menores consecuencias que los que se dan fuera de ella. Arguye que ante todo las trabajadoras sexuales se cuidan entre ellas.
“si nosotros tenemos una organización entre ese grupito se cuidan, aunque se mienten las madre o aunque se la rompan también, no se acusan de robo, de madrotas, de esto de lo otro, ¡no!” Doña Ángela, 60 y tantos años

Otro de los inconvenientes que se presentan dentro de GUM surge de la justificación del donativo de $300 pesos mensuales que obligatoriamente tienen que dar las asociadas y de la falta de rendición de cuentas sobre los usos de ese dinero. En el siguiente subapartado se hablará al respecto. 4.2.2 El control a través del dinero: el “donativo” de GUM En lo que refiere al “donativo” que las trabajadoras sexuales tienen que pagar a finales de mes, tres de las cinco entrevistadas de base de GUM hicieron alguna alusión a este problema. Ellas expresaban que, en lo que llevaban dentro de la asociación (2 años, 1 año y 6 meses) no habían visto algún uso benéfico de estos donativos. Además, ponían en cuestión esta condición del dinero pagado en calidad de “donativo” porque en realidad e llas sentían que estaban pagando el permiso para trabajar en ese espacio, lo que le resta legitimidad al objetivo de la agrupación. “Pues Doña Ángela dice que es como donativo y yo digo…a lo mejor si” Susana, 21 años 174

“Yo digo que si se ocupa (el donativo) en algunas cosas, que no haya operativos por ejemplo, porque antes decían que había mas. A mi nunca me ha tocado” Jimena, 21 años “Si, 300 al mes. Yo no estoy de acuerdo con eso, pero si las demás compañeras lo hacen, no hay apoyo, has de cuenta que si ellos lo tienen que hacer no te queda mas que apoyar si quieres seguir aquí” Amanda, 27 años

Con respecto al uso del dinero, las asociadas entrevistadas, hasta la fecha decían no haber tenido un beneficio directo de sus donaciones. Algunas notaban una disminución significativa en los operativos policiales, y aseguraban que de cuando en cuando recibían dotación de condones (una vez cada seis meses), pero que de manera tangible no se observaban los resultados de la asociación.
“Somos como unas 20, 25. Pon tu mínimo que seamos 10 por 300 pesos al mes, ¡es un dineral para una asociación! ¿De qué nos sirve la asociación?” Amanda, 27 años

Amanda también señalaba que aunque ella decidía los horarios y los días para trabajar, la presión de ganar dinero no sólo para mantenerse y mantener a su hijo sino también para el donativo hacía casi obligatorio tener que trabajar todos los días. Además de que si su espacio de trabajo continuamente estaba solo, daba lugar a que la representante la interrogara e incluso le cuestionara su permanencia trabajando.
“No es tan obligatorio pero si faltas tanto tiempo ella te empieza a decir: ¿y por qué no has venido y por qué esto y por qué aquello? mejor dime que nos vas a venir para darle el lugar a otra persona. Por eso tienes que venir, porque tienes que venir, no es de que te lo diga pero ya con que te esté molestando, o que te esté diciendo, obligatoriamente tienes que venir” Amanda, 27 años

La representante, Doña Ángela, argumenta que el dinero recaudado, además de servir para cubrir los gastos que pudiera tener la asociación (pagos a notarios, transporte para diligencias, etc.) es una especie de fondo de emergencia para las contingencias a las que se podrían enfrentar no sólo las trabajadoras sexuales asociadas sino toda la comunidad que conoce de la asociación y a las que se les pudiera ayudar. Un ejemplo de estas

contingencias decía, son los casos de enfermedad o muerte de alguna trabajadora sexual o de algún familiar o conocido cercano a ellas. No obstante el reclamo de algunas trabajadoras sexuales en relación a la existencia, obligatoriedad e inutilidad del donativo, mientras no exista 175

cohesión al interior del grupo, el posicionamiento de la representante no podrá ser cuestionado y no habrá posibilidad de exigir explicación sobre el por qué del donativo y sobre su uso. Es decir, aunque la mayoría de entrevistas se quejó en este sentido, estas trabajadoras no representan la mayoría de la asociación, de modo que no es posible saber si otras trabajadoras sexuales se han visto beneficiadas de este donativo. Por ello, afirmar que el donativo hace las veces del pago por derecho de piso es aventurado con la información con la que se cuenta. Sin embargo, es importante tomar en consideración esta posibilidad. En el siguiente subapartado se desplegarán las especificidades (pros y contras) en la relación que tienen las trabajadoras sexuales organizadas con sus correligionarias “independientes” y otras agrupaciones. 4.2.2 La competencia como eje transversal en la relación entre trabajadoras sexuales En lo que refiere a la relación que tiene la asociación con trabajadoras sexuales no organizadas o con otras agrupaciones, ésta se puede originar principalmente por dos razones: 1) la reunión en espacios públicos e

institucionales como la CDHDF o la Delegación, y 2) la presencia de conflictos por la distribución territorial. En las reuniones que tienen lugar en los espacios públicos, las principales actoras son las representantes, las trabajadoras sexuales de base suelen presentarse pero participan en las discusiones de manera marginal, y aunque lo que las une es su condición como trabajadoras sexuales (y los riesgos, maltratos y abusos que aquí se viven), es también la competencia dentro del trabajo sexual la que las separa. Y, no obstante exista consenso sobre su posicionamiento como trabajadoras sexuales y las demandas que exponen, sus pulsiones y rencillas personales con respecto de la otra ocasionan divisiones entre los grupos, lo que le resta posibilidad a su argumento de ser tomado en cuenta en la agenda pública.
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Ello no desestima el poder de convocatoria que tienen las

agrupaciones ante un tema apremiante para la actividad como ha sido el caso

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Testimonio propio tomado de reuniones y talleres organizados por la CDHDF en febrero de 2012.

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de la presión para la publicación de la Cartilla de los derechos humanos de los y las trabajadoras sexuales. La distribución territorial es la segunda razón por la que GUM mantiene relaciones con otras trabajadoras o con otras asociaciones. Este tema es especialmente importante y conflictivo, ya que los posicionamientos entre las agrupaciones y las trabajadoras sexuales no organizadas son contrarios. Por un lado, las agrupaciones, ya sea por acuerdos con la Delegación o los vecinos, reconocen cierta delimitación en los espacios y por lo tanto procuran respetarlos e incluso defenderlos. Ello resulta complicado cuando por otro lado, las trabajadoras sexuales no organizadas desde su derecho para utilizar el espacio público y partiendo de la consigna “la calle es de quien la trabaja” se “paran” en cualquier lugar, rechazando con ello los límites impuestos por los demás actores. Esta situación da lugar a conflictos que por lo general terminan resolviéndose con violencia, y en donde las trabajadoras sexuales no organizadas tienden a perder por la falta de un respaldo tanto colectivo como institucional. Si bien existen otras modalidades de relaciones entre trabajadoras sexuales organizadas e “independientes” (de amistad por ejemplo), desde la cuestión organizativa, son los acercamientos institucionales y por la distribución territorial los más comunes.

4.2.4 Entre el conflicto, lo ganado Recapitulando, aunque podemos observar muchos círculos viciosos alrededor de la dinámica grupal (específicamente en GUM), la conformación de la agrupación ha sido útil en varios aspectos. Con ciertas reservas en el proceso de interacción y sociabilidad, la agrupación ha permitido poner en el mismo plano espacial diferentes experiencias y con ello el potencial reflexivo del cuestionamiento y la contestación de estas experiencias. Ello pudiera consolidarse con la

participación consciente de las trabajadoras sexuales en los cursos y talleres ofrecidos en instituciones que apoyen su reconocimiento como la CDHDF. Además, el contacto que tienen las agrupaciones con instituciones públicas incrementa las posibilidades de participación de todas las implicadas en cursos 177

/ asesoramientos / talleres, e incluso expande su radio de expectativas de vida dado el acercamiento a programas sociales o bolsas de trabajo. Es decir, con la agrupación tienen mayor información (provenga desde la representante, trabajadoras sexuales de base o desde el espacio institucional), lo que posibilita, en mayor o menor medida su inserción en procesos de reflexión y una posible modificación en sus prácticas.
“¡Se van empoderando! Se tiene la persona se tiene que ir empoderando, no como las que les cobran y nada más, no hacen nada, nada más están cuidando sus intereses, eso es cuidar sus intereses, ¿qué porque yo la traslado? ¿y qué hacen?, ¿las están educando para que mantengan al padrote? Digo, todo eso a lo mejor va a ser difícil de terminar, cada quien tiene su vida privada y su vida propia, pero si tu le das un asesoramiento la muchacha cambia y es para su bien” Doña Ángela, 60 y tantos años

Otro aspecto que pudiera observarse como ventaja de la agrupación frente a las demás trabajadoras sexuales es el establecimiento de lineamientos y reglas en el ejercicio laboral. El hecho de que sea prohibitivo ingerir bebidas

alcohólicas, drogarse y robar, y de que limiten los espacios de este ejercicio a los hoteles disminuye considerablemente sus riesgos. No sólo se trata de que ellas mismas pongan su integridad física en juego al tener relaciones sexuales con un cliente en estado de ebriedad o drogadas. También refiere a la relación con las demás compañeras, ya que cuando una compañera está bajo el efecto de estas sustancias tienden a generarse dos escenarios: 1) por un lado, está más susceptible a la violencia desde cualquier actor y ello incrementa las posibilidades de encuentros violentos y de la necesidad de accionar los mecanismos de defensa grupales y, 2) por otro, este efecto es potenciador de las rencillas entre trabajadoras sexuales, lo que como ya se ha mencionado genera divisiones y desencuentros dentro de la agrupación. De ahí que el cumplimiento de estos lineamientos abone a la buena convivencia y más aún, disminuya los riesgos y las probabilidades de conflicto en la actividad.
“Ellas en las pláticas que tenemos quedamos en algo y es cero drogas, cero vino, cero padrotes, para que ellas vayan a lo que van, porque si ellas andan con una copa encima o con un vicio ¿qué pasa? ¡No están en sus cabales! Entran con cualquier hijo de vecina, y después no saben con quién entraron y quién las mató” Doña Ángela , 60 y tantos

Una de las más importantes contribuciones de la dinámica grupal a las trabajadoras sexuales que participan de ella, como ya lo he mencionado, es la existencia de mecanismos grupales de defensa. 178 Ya que si bien se ha

mostrado que estos pueden ser diferenciados y asisten más a las relaciones personales y de amistad de las trabajadoras sexuales que a la pertenencia de un grupo, el hecho específico de que los mecanismos grupales de defensa estén funcionando es un beneficio ya que con ello se propician ambientes más seguros para la práctica del trabajo sexual y propicios para su constitución como sujetos. De último y no menos importante se encuentra el reconocimiento y el poder de negociación que las agrupaciones han obtenido ante la sociedad, los vecinos y los funcionarios públicos. Esto las posiciona como sujetos políticos dentro de la dinámica institucional y por tanto con derecho a ser escuchadas y tomadas en cuenta. Sin duda, un avance importante y significativo en su visibilidad como sujetos aun sujetados de una realidad violenta y abusiva y con una necesidad apremiante de transformarla.

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CONSIDERACIONES FINALES
EL SUJETO AÚN
SUJETADO

“No las llamábamos putas ni rameras, ni otros nombres con ofensa –rememora Sacramento-. Sólo les decíamos así, las mujeres,

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porque para nosotros no existían otras” Fragmento de “La novia oscura” de Laura Restrepo

Cuando se habla peyorativamente de las mujeres trabajadoras sexuales como individuos alienados, esclavizados, victimizados y sobredeterminados se les está sustrayendo su capacidad para modificar sus relaciones de poder y con ello, su posibilidad para construirse como mujeres libres, independientes, autodeterminadas, es decir, como sujetos constructores de su propia vida. Por otro lado, cuando se les atribuye de facto y sin mayor cuestionamiento la capacidad para autodeterminarse y encaminar por si solas su proyecto de autonomía, se está obviando un elemento central en la dinámica social, la estructura sociosimbólica que aún las sigue permeando. Desde esta investigación, las posturas teóricas que sustentan las proposiciones anteriores, considero resultan insuficientes para los cientos de matices que puede tomar el trabajo sexual y en específico, el organizado. Buscando cuestionarlas y contraponerlas con la realidad, parto de la premisa de que como cualquier persona, las trabajadoras sexuales en tanto individuos inmersos en una dinámica social y en constante interacción con otras personas, otros saberes y otros discursos -mediante la acción colectiva como potenciador de esta interacción- pueden reflexionar sobre su posición y situación, y más aun, pueden llegar a cuestionarla y contestarla con acciones. Estas acciones, contestatarias y diferentes a lo que reclama el orden naturalizado, potencialmente pueden configurar y reconfigurar el proceso de autonomía relativa de la trabajadora sexual organizada. Sin embargo, este proceso debe, necesariamente, estar contextualizado. Y en este contexto están contenidos una serie de valores, códigos normativos y representaciones sociales que cargan de sentido a las acciones que alimentan el proceso. Y como este marco normativo es de carácter patriarcal, el proceso de autonomía en las mujeres per se se vuelve intrincado y problemático. Esta relación se dificulta aún más cuando el contexto se acota y apunta al trabajo sexual de calle. No obstante, la existencia y preeminencia de estos ejes de dominación, las trabajadoras sexuales pueden estar ejerciendo su agencia aunque en contextos limitados y en situaciones apremiantes. Son estos matices en los procesos de autonomía de las trabajadoras sexuales de calle y organizadas los 181

que interesan a

la presente investigación.

Es importante acotar que las

consideraciones que serán vertidas son aplicables a las trabajadoras sexuales organizadas que fueron entrevistadas y a las agrupaciones que las aglomeran. En este sentido y con base en el análisis empírico, producto de las ocho entrevistas realizadas y en razón de la matriz relacional que configura la esfera colectiva de la trabajadora sexual de calle, podemos establecer que su proceso de autonomía relativa está lleno de claroscuros y vaivenes entre su construcción como sujeto y su sujeción como objeto.59. Estas contradicciones, inherentes a las formas del ser mujer, influyen de manera potenciada en la realidad de la trabajadora sexual. Las mujeres, todas, construidas de manera heterónoma, nos debatimos constantemente entre la tesis y la antítesis del ser mujer que son representadas en los extremos de un continuum en torno a las figuras de la madre-esposa y de la mujer erótica-puta. El primero de los extremos exaltado y promovido, el último resguardado, invisibilizado, estigmatizado. El imaginario social y las instituciones dominantes han segregado a la trabajadora sexual y la han convertido en un estigma funcional pero invisible en tanto sujeto. En ella se encarna la subordinación generalizada por ser mujer y el estigma por ser mujer erótica, trabajadora sexual. En este sentido, se esperaría que la acción colectiva permeara el contenido simbólico de la dicotomía madre-esposa / puta, que es el pilar central del estigma que carga y estorba al trabajo sexual. Para la constitución de las trabajadoras sexuales en sujetos mujeres es necesario poner en cuestión la subordinación y el estigma. Aquí, como he mencionado, las trabajadoras sexuales doblemente oprimidas, necesitan de igual manera, hacer un esfuerzo doble para comenzar a dinamizar su proceso de autonomía relativa. En lo que corresponde a un primer esfuerzo en la constitución de la trabajadora sexual organizada como sujeto mujer a través de la contestación a la subordinación naturalizada, los hallazgos obtenidos dan crédito de lo escrito líneas arriba. La contradicción se hace presente. Aunque la trabajadora sexual

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Es importante establecer que los resultados aquí emanados no pueden ser generalizables a todas las modalidades de trabajo sexual e incluso a todas las trabajadoras sexuales de calle organizadas (los procesos colectivos toman diferentes formas y dinámicas). Este análisis aporta a la agenda de investigación del trabajo sexual más que generalidad, especificidad, que considero, -por los cuantiosos debates en torno a- hace falta en este tema.

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constantemente está haciendo alusión a su reconocimiento como tal, y esto podría expresar reflexivamente, una transgresión significativa del orden normativo, no resulta así. En los discursos de todas las trabajadoras sexuales entrevistadas, es visible la exaltación de su papel como madres proveedoras y responsables y en la contraparte, la subsunción, no identificación e incluso descalificación de la figura de la puta (mujer erótica que disfruta del placer). Ellas podrían bien localizarse entre los puntos medios del continuum entre la maternidad y la sexualidad. Esto nos deja entrever que la acción colectiva no está influyendo de manera emancipadora en la fractura de estos dos tipos ideales. Que la dicotomía se mantiene constante y, más aún, es reproducida por los diferentes actores que circundan el trabajo sexual y por la misma trabajadora sexual. Ellas pues, también están reproduciendo los vicios de la identidad diferenciada a través de su cuerpo discursivo y de su discurso corporeizado. El segundo esfuerzo es el cuestionamiento y la contestación de su posición discriminada en el trabajo sexual. En este respecto, los lazos –

algunos fuertes, otros débiles- que se han constituido en el trabajo sexual y en la organización han permitido que se superen si bien no todas las situaciones de violencia y riesgo en su ambiente laboral, si muchas, lo que sugiere un avance en su seguridad y en su constitución como sujetos, a través de la potenciación de la agencia. Ejemplos de ello serían la organización para proteger su espacio sin necesidad de algún controlador que las violente, la disminución de los operativos policiales, el establecimiento de mecanismos de defensa grupales, la convivencia para compartir experiencias y prevenir situaciones riesgosas y la posibilidad de negociar la publicación de una cartilla que sustente y garantice sus derechos humanos y laborales. No obstante, podemos encontrar círculos viciosos en esta primera reflexión (su

reconocimiento como trabajadora sexual) lo que interpreto como una falta de consolidación en los términos grupales. Casos en referencia son los continuos y constantes conflictos entre las trabajadoras sexuales dentro de la asociación y fuera de ella, los vicios preferenciales y jerárquicos de la asociación, la falta de rendición de cuentas y, las dificultades en el proceso dialógico. En el mismo esfuerzo subjetivo podemos ubicar a los hallazgos empíricos controlados por relación y por los momentos prospectivos y 183

retrospectivos de la acción colectiva. En la relación con el cliente, se pudo encontrar que a menos que se haya pasado por una experiencia en donde la libertad y la capacidad de decisión de las trabajadoras sea cooptada completamente por un “padrote” o captor, las diferencias en las prácticas de autonomía que se dan en la relación con el cliente no son significativas, ya que decisiones del tipo de elegir al cliente, decidir cuándo trabajar y en qué condiciones e incluso validar estas condiciones no han sufrido grandes cambios dada la organización de las trabajadoras sexuales. Ello, porque la asociación aunque ha contribuido a su reconocimiento público como trabajadoras sexuales, no ha asegurado el cuestionamiento (ni por parte de ellas ni por parte de los clientes) del origen genérico y cultural del que deviene el estigma del trabajo sexual. De ahí que la acción colectiva no tenga la suficiente incidencia en el imaginario social del cliente, en sus acciones y por tanto en las relaciones que mantiene la trabajadora sexual organizada con él. Lo que deja, en casos de coerción y violencia, sólo una vía factible para la construcción del proceso de autonomía relativa en esta relación, la toma y el arrebato –muchas veces violento- de su capacidad de acción y decisión, lo que vislumbraría una de las contradicciones del proceso de autonomía. Esta falta de influencia en la estructura sociosimbólica, y más específicamente, en los discursos en torno al trabajo sexual, se debe a que aunque existe la acción colectiva a través de las agrupaciones, y en cierto sentido funciona, se presentan fallas en las redes y en los espacios de discusión e intercambio de experiencias precisamente por las especificidades del trabajo sexual. El hecho de que trabajen hasta altas horas de la noche, hace que su disposición para participar colectivamente se vea mermada, por lo que la interacción sólo se da en los tiempos en los que están en el trabajo, y no están “ocupadas”. De ahí que el proceso de interacción y sociabilidad no se refuerce y consolide. Con respecto de la incidencia de la acción colectiva en las relaciones con las autoridades gubernamentales, cuerpos policiacos y otras instituciones no gubernamentales, en general se ha presentado con saldo positivo, ya que ha permitido mejorar sus condiciones laborales y los espacios en los que las desarrollan. En específico, se han disminuido considerablemente los levantamientos arbitrarios y los operativos policiacos que constantemente 184

cercaban y criminalizaban el trabajo sexual. Ello influye en la libertad de movimiento que tienen las trabajadoras sexuales debido a que ya no tienen la incertidumbre de que en cualquier momento se harán presentes las fuerzas policiacas. La toma de decisiones también sufrió cambios. Las trabajadoras sexuales pueden con mayor seguridad y confianza denunciar abusos, maltratos y poner quejas en la CDHDF. Esto las muestra como mujeres indispuestas a sufrir violencia y que no consideran esta violación de sus derechos como una imposición genérica y natural por su sexo o su condición de trabajadora sexual. Aunado a ello, la presencia de la agrupación como un sujeto con presencia y peso político ha permitido la incorporación de su posicionamiento en el debate institucional sobre el reconocimiento –o no- de la actividad como trabajo con todos los derechos y obligaciones que ello confiere. Y además, las ha provisto de cierto poder colectivo que ha sido útil para presionar y negociar demandas en torno al reconocimiento legal del trabajo sexual. En lo que refiere a la relación con los vecinos, el estigma y las acciones que de esta percepción devienen marcan significativamente su interacción con las trabajadoras sexuales. La relación con los vecinos, históricamente se ha dado en un plano desigual en el que el eje inclusión no incluye a las trabajadoras sexuales. Sin embargo, con el advenimiento del poder colectivo de las agrupaciones se advierte una modificación de fuerzas y una posible tendencia a equipararse con la oposición vecinal. El proceso dialógico que resulta de la reescritura de los acuerdos vecinales, se ha dado en un espacio de mayor igual de condiciones y se debe, por un lado a la apropiación y utilización del poder colectivo por parte de las trabajadoras sexuales y por otro al reconocimiento que hacen los vecinos y las instituciones a este poder. Con respecto de la relación de las trabajadoras sexuales con sus correligionarias, el proceso de interacción y sociabilidad no ha logrado consolidarse y los lazos entre las trabajadoras sexuales son débiles, lo que ha resultado en una serie de situaciones conflictivas que afectan tanto la cohesión grupal como el desarrollo autónomo de la trabajadora sexual. Sin embargo, el hecho por sí mismo de formar parte de una agrupación incentiva el intercambio de experiencias y con ello, se mantiene el potencial reflexivo para el cuestionamiento y la contestación de estas experiencias. Además, el contacto con otras asociaciones e instituciones públicas incrementa sus posibilidades de 185

información y participación en cursos, talleres, bolsas de trabajo, programas sociales. Las incluye en la dinámica institucional. Otra de las contribuciones de la acción colectiva es el establecimiento de lineamientos y reglas en el ejercicio laboral, y esto permite que ciertas prácticas réprobas –como el alcoholismo, el robo y la drogadicción- sean menores, lo que propicia ambientes más seguros. Lo observado en cada una de las relaciones, sólo nos deja una constante, insisto: la contradicción. Esta contradicción no es más que producto de nuestra condición de seres sociales. Seres sociales construidos

históricamente como hombres o mujeres, que habiendo internalizado los códigos, normas y valores patriarcales tienen la posibilidad de cuestionarlos mediante la agencia, pero también resultan susceptibles de volverlos a reproducir y a tropezar con las mismas u otras relaciones de dominación. Ello sucede con las trabajadoras sexuales, son personas que aunque están decidiendo y teniendo mayores rangos de libertad, lo hacen dentro de las mismas relaciones de dominación y con los mismos actores. Esta proposición está muy lejos de suscribir el papel de víctima de la trabajadora sexual. La trabajadora sexual organizada y libre de coerción no está siendo víctima, no se presenta como inamovible frente a los ejes dominantes, está ejerciendo su capacidad de agencia pero en un ambiente inhóspito. Este ambiente es producto del discurso genérico diferenciado. Ello porque como mencioné, el primer esfuerzo que refiere al cuestionamiento central de las identidades femeninas diferenciadas no resulta fracturado por la acción colectiva, por ello, sigue manteniéndose y potenciándose el estigma y la discriminación en las trabajadoras sexuales. Esta urdimbre alrededor de la constitución del sujeto mujer y de la potenciación de sus prácticas de autonomía mediante la acción colectiva, nos permite observar que ninguno de los enfoques teóricos que abordan el tema agotan la problemática. Más aún, es importante que posturas como el movimiento a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales tomen nota de lo que está sucediendo en las diferentes organizaciones de trabajadoras sexuales, de las fortalezas de esta estrategia, pero también de las debilidades. Es trascendente considerar que el trabajo sexual seguirá siendo una relación de dominación violenta si no se vacía del contenido simbólico que actualmente la representa. Es decir, en tanto exista esta dicotomía entre las identidades 186

sexuales de las mujeres, lo abyecto y anormal seguirá legitimando su contraparte y se mantendrá a la sombra. Por ello, más que ser estar pugnando por la abolición o prohibición del trabajo sexual, es necesario que los diferentes frentes en lucha –académicos y activistas- sumemos esfuerzos para tratar de desmembrar y vaciar el contenido cultural actual, histórico y subordinado del ser mujer, la mujer madre y la mujer puta. Es necesario converger en la promoción de la identidad de la mujer como integral (productiva y reproductiva, privada y pública, racional y emocional), de modo que el derecho por el cuerpo, por el ser, por la autodeterminación, no necesiten de ser ganados en el transcurso del proyecto de vida, sino que sean conferidos y garantizados desde el momento del nacimiento como mujeres. En este tenor, también habrían de ser deconstruidos los presupuestos en torno a la división sexual del trabajo, por lo que los hombres no estarían encadenados al designio de ser siempre proveedores y las mujeres, los pilares del hogar y la maternidad. De ello devendría la desacralización de las actividades “femeninas” -como el cuidado y las relaciones afectivo-sexuales-, y la posibilidad de instituirlas –si la elección fuera esa- como trabajos remunerados, pero claro, vaciados de contenidos estigmatizantes. Muchas son las preguntas que quedan al aire y que espero yo u otras personas las atrapen para esclarecerlas. Algunas surgen de la búsqueda de otras posibles alternativas para paliar el riesgo y la violencia en el trabajo sexual. Preguntarse por ejemplo, si en los países en los que el trabajo sexual ya ha sido reconocido como tal, esta situación ha sido producto de un cambio cultural o es a partir de esta legislación que se comenzaron a modificar sustancialmente las relaciones de dominación que las trabajadoras sexuales tienen con los otros, o incluso preguntarnos sobre la presencia de estas modificaciones sustanciales en las relaciones de dominación. Otra interrogante en este tenor, sería observar las diferencias entre la participación de los transexuales y transgéneros y de las mujeres en la lucha por el reconocimiento de la actividad, ¿Hay cambios en su discurso, en sus formas de movilización? Estas preguntas surgen en el trascurso de la presente investigación y por el acercamiento que tuve en la CDHDF con agrupaciones de trabajadores sexuales transgéneros y transexuales. 187

Hay una serie de cuestiones que no pudieron ser abordadas en la investigación, e inclusive algunas que si se abordaron y pueden mejorarse en futuras investigaciones. El diseño de la investigación y el tiempo planeado para la realización de la tesis sólo permitieron el análisis relacional de la esfera colectiva, sin embargo, considero que es importante que las otras dos esferas sean analizadas (la personal y la de las relaciones cercanas), ello para vislumbrar de manera más amplia el proceso de autonomía relativa de la trabajadora sexual. Por otra parte, el proceso de obtención de entrevistas fue complicado ya que el acercamiento con trabajadoras sexuales casi

necesariamente tiene que ser a través de algún intermediario de confianza para ellas (en este caso el personal de la CDHDF), lo que limitó el tiempo y las posibilidades para realizar un número mayor de entrevistas, que ciertamente para futuras investigaciones sería propicio. Otra de las limitaciones del diseño de investigación en correlación con las sujetas de investigación, resulta de la imposibilidad de contrarrestar fácticamente lo que las trabajadoras sexuales están enunciando. Un ejemplo de ello es la negación de la existencia de

padrotes en algún momento de su vida, que aunque pudiera ser verídico, en otros casos podría deberse a circunstancias fundadas en el temor de posibles filtraciones de información o represalias por parte de estos actores. El diseño de investigación aquí referido es totalmente modificable y perfectible, ya que la empresa de haber tejido en torno al trabajo sexual y la autonomía sin un precedente inmediato si bien ha resultado muy fructífera e interesante, deja un camino muy extenso para sembrar en él. En suma, la acción colectiva ha incidido en la garantía y el aseguramiento de ambientes en la calle más propicios y menos violentos, proporcionado ello por la fuerza colectiva de las agrupaciones. Sin embargo, la médula de la problemática del trabajo sexual no está siendo atacada. Muchas de las relaciones que se mantienen en el trabajo sexual –con el cliente por ejemplo- siguen reproduciendo los vicios patriarcales y estigmatizantes de la significación de la trabajadora sexual como mujer objeto que no merece más que un trato violento y discriminador. Y con respecto de la reflexión propia de la mujer trabajadora sexual, la acción colectiva no logra permear la disociación sexual femenina entre la virginidad de la madre y el pecado de la trabajadora sexual. 188

Empero, no podemos dejar de darle importancia a los resultados de la acción colectiva en la generación de empoderamiento colectivo, representado principalmente en su reconocimiento público como sujetos políticos que conocen y sufren su estigmatización y que exigen el cumplimiento de sus derechos esenciales e incluso de sus derechos laborales como trabajadoras sexuales. Además de ello, es significativo rescatar la configuración e

implementación de mecanismos de defensa grupales ante relaciones violentas y conflictivas. Lo anterior si bien no está persiguiendo la eliminación del trabajo sexual como opción económica para las mujeres y como relación de dominación masculina por antonomasia, si posibilita que ante la inminencia de la existencia de esta problemática, los círculos viciosos y los riesgos en ella se disminuyan y esto les asegure en cierta medida el cumplimiento –se esperaría que cabal- de sus derechos como seres humanos, mujeres y trabajadoras. Además de que como señalé es importante repensar las figuras sociales que sustentan el ser mujer, entre las que se incluyen la mujer madre y la mujer erótica, puta y trabajadora sexual, de modo que los contenidos simbólicos sean vaciados y la autonomía de las mujeres no esté en función de ellos. Esta tesis se resume en la acción, pero está acción no está siendo del todo sustentada con reflexión y cuestionamiento. Las trabajadoras sexuales con todas sus limitaciones y sus conflictos han estado colaborando y participando de un colectivo. Colectivo que en una u otra forma les ha

retribuido (en razón de seguridad, información, resguardo, negociación) pero que no ha tenido la fuerza contestataria necesaria para desestructurar el estigma en primera instancia y la subordinación femenina en segunda, el ser mujer patriarcal. En este caso específico, algunas prácticas de autonomía relativa se están llevando a cabo, no obstante y de manera muy lamentable, la acción colectiva está sirviendo sólo como un paliativo –temporal si no se toman medidas sustanciales- a los círculos viciosos con los que se enfrentan a diario las trabajadoras sexuales.

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APARTADO METODOLÓGICO

En esta investigación hago uso de las técnicas que nos ofrece la metodología cualitativa para el análisis empírico. Selecciono, entre los diferentes métodos 190

de obtención de información, a las entrevistas semi-estructuradas a profundidad, porque considero permiten que la entrevistada pueda extenderse en el relato, sin que la entrevistadora pierda de vista el objetivo y las subdimensiones teóricas a rescatar. Las entrevistas fueron controladas a través de un guión que se generó en función del recorrido teórico en torno al concepto de autonomía y a la situación específica del caso en cuestión, el trabajo sexual. Se buscó entrevistar a mujeres trabajadoras sexuales que formaran parte y participaran activamente en asociaciones civiles o cooperativas y que se hayan insertado en el trabajo sexual sin haber estado en alguna organización social. Lo anterior buscando que las mujeres entrevistadas hayan experimentado el momento que supondría la realización de prácticas en razón de los intereses y deseos de otros –anterior a la acción colectiva- y de aquel que sugiere transformaciones hacía prácticas y decisiones de autonomía relativa –durante su participación de la acción colectivaHaber conseguido a las sujetos de análisis no fue fácil. El hecho de que el trabajo sexual sea un tema social ríspido que todavía se trate en la clandestinidad, intrincó el acercamiento con los grupos de análisis. Además de ello descubrí una percepción negativa de los académicos en los grupos de trabajadoras sexuales, porque señalan, en no pocas ocasiones han sido sujetos de análisis, útiles a innumerables temas de investigación, y después del levantamiento de la información los académicos se olvidan de sus problemáticas. Otra situación que dificulta la relación con las actoras, es la desconfianza que tienen a revelar sus historias, sus nombres e incluso a participar con algún agente desconocido. La complicación se agudizó cuando se buscó situar específicamente a las trabajadoras sexuales. No sólo tenían que ser trabajadoras sexuales, debían estar participando activamente en alguna organización. El contacto con la CDHDF y con el grupo de investigación que colabora con diferentes colectivos de trabajadoras sexuales y con trabajadoras sexuales “independientes”, fue lo necesario para allegarme a los grupos de trabajadoras sexuales y que ellas me vieran con cierta confianza como para contarme sus experiencias. Contra todas las dificultades que el tema implicaba, se lograron entrevistar a ocho trabajadoras sexuales, de dos agrupaciones diferentes. Seis de ellas pertenecen a GUM y dos a la agrupación de Sullivan. En este 191

momento trabajan a nivel de calle, todas ellas son mayores de edad y han trabajado en distintos lugares del país. Ahora laboran en el D.F. Aquí las características centrales: Nombre Doña Ángela Rosa Justina Betty Amanda Jimena Susana Romina Asociación GUM Sullivan Sullivan GUM GUM GUM GUM GUM Edad 60 y tantos años* 49 años 40 años 56 años 27 años 21 años 21 años 32 años Estado Civil Unión libre Soltera Soltera Soltera Unión libre Soltera Soltera Soltera Escolaridad primaria primaria secundaria preparatoria secundaria secundaria secundaria primaria Hijos Sí Sí Sí Sí Sí Sí Sí Sí

*No sabe específicamente su edad Fuente: elaboración propia con base en testimonios de entrevistadas

La primera selección para realizar las entrevistas fue el acercamiento con la representante de GUM, una de las asociaciones aquí analizadas. A partir de ella, el muestreo se llevó a cabo por bola de nieve. Ella me contactó con una de sus asociadas, la que me refirió a su amiga y así sucesivamente. La representante también me presentó con una de las compañeras de la agrupación de Sullivan, la que con mucho esfuerzo pudo acercarme con otra trabajadora sexual de Sullivan. Es importante señalar nuevamente que en este ambiente es muy difícil que las trabajadoras te den un voto de confianza y decidan contarte su historia, por ello y por cuestiones de inconstancia en el lugar de trabajo, no pude lograr más entrevistas a la agrupación de Sullivan. Cada entrevista, aunque supeditada a un guión, fue llevada de manera particular, permitiendo con ello recoger los diversos matices de las experiencias en las relaciones de las trabajadoras sexuales. Los relatos se dividen en dos grandes momentos; el momento de su inserción en el trabajo sexual y el

momento de su participación en la agrupación. Así, la entrevistada iniciaba de manera cronológica, narrando las condiciones en las que llega (cuando son víctimas de trata de personas) o decide insertarse en la actividad. En este primera parte, el relato se compone de las diferentes situaciones que vivió la trabajadora sexual para insertarse, las razones que la llevaron a tomar esa decisión, su posición frente a las diferentes relaciones de dominación, y los detalles de las interacciones que mantenía en ese momento con los clientes, con funcionarios gubernamentales o con los vecinos. Un indicador que resulta 192

crucial en los dos momentos es la existencia de un regente, controlador o padrote. Si se presenta esta peculiaridad, se ha decidido añadir a la entrevista un espacio para observar el manejo de la relación que tuvo o que tiene la trabajadora sexual con este actor. En el segundo momento, a las trabajadoras sexuales se les pregunta sobre los motivos que las hicieron conformar o acercarse a la organización social y nuevamente sobre la matriz de relaciones pero en este nuevo contexto. Para evitar las respuestas “a modo”, se trató de no utilizar esquemas comparativos en las preguntas, buscando evitar con ello que dijeran lo que la investigadora estaba queriendo oír, en referencia a cambios autónomos en sus prácticas. En las ocasiones en que se presentaban contradicciones en su relato,60 se les cuestionaba al respecto y se les señalaba su argumento contradictorio, de modo que se vieran motivadas a decir lo que realmente pensaban al respecto. Una entrevista fue especialmente difícil por la reticencia de la trabajadora sexual a ahondar en su historia. La vergüenza de creer que podía ser juzgada creo que pudo haber sido el elemento que complicó la interacción. El levantamiento de la información fue especialmente interesante. Como las trabajadoras laboran de noche, su disposición a ser entrevistadas en el día (y dejar muchos pendientes al aire) no era muy favorable, por lo que los encuentros se dieron en ocasiones en calles contiguas al lugar de trabajo e incluso en otras, en cuartos de hotel. Me ofrecían la entrevista entre “rato” y “rato” de trabajo, lo que me permitió observar de cerca el funcionamiento del trabajo sexual de calle, los métodos de negociación, las rencillas entre las trabajadoras, las agresiones verbales y lo inhóspito del ambiente en el que se desenvuelven. Como se mencionó, se entrevistó a la representante de una de las asociaciones y a una de las líderes morales de la otra. En este sentido, los discursos entre las representantes y las trabajadoras de base divergen ampliamente. Incluso las primeras hacían uso de términos más elaborados como empoderamiento, organización y autodeterminación, lo que no sucedía con las demás. Es propicio señalar que al parecer el discurso se vuelve más elaborado en razón de la edad. Es decir, las mujeres con mayor número de años en el grupo eran las que en su discurso establecían de manera más clara
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Un ejemplo de ello surgía cuando se les preguntaba sobre su participación en la organización y opinión del ejercicio de los recursos económicos con los que contaba.

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y concisa posturas políticas en torno al reconocimiento del trabajo sexual. Ello posiblemente porque como lo señala Ángela, la representante, ellas han sufrido más de lo que pueden haber sufrido las trabajadoras sexuales más jóvenes, o por otro lado, porque su experiencia con diversas instituciones o con mecanismos de enseñanza como cursos y talleres, les ha ofrecido mayores herramientas que a las demás. Con respecto de los datos sociodemográficos, aunque se buscó la mayor diversidad posible en grupos de edad, años de escolaridad, origen, maternidad y demás, la constricción de la modalidad de trabajo sexual (de calle) no permitía tal cosa. Sin embargo se pudo rescatar el relato de las representantes y líderes morales, de mujeres originarias del D.F. y del interior de la República Mexicana, una de ellas de origen étnico y los grupos de edad son variados. En relación a la maternidad, como resulta ser una variable muy constante como movilizador para insertarse en el trabajo sexual, no pude encontrarme con una trabajadora de calle y de alguna de las asociaciones que no fuera madre. Ahora, para la selección de las mujeres que serían entrevistadas se utilizó el muestreo por criterio o teórico. Glaser y Strauss describen a esta estrategia como
“el proceso de recogida de datos para generar teoría por medio del cual el analista recoge, codifica y analiza datos conjuntamente, y decide que datos recoger después y donde encontrarlos, para desarrollar su teoría a medida que surge” (Glaser y Strauss, 1967:45)

Para establecer las directrices de este muestreo, con antelación ya se había hecho un recorrido teórico en torno a las corrientes que desarrollan los conceptos centrales de la investigación: trabajo sexual, autonomía y acción colectiva. Con estos antecedentes conceptuales recuperé dos dimensiones en la autonomía (toma de decisiones y libertad de movimiento) y una serie de observables que resultaron útiles para el guión de entrevista. En adelante se presentan diferenciados por relación social y considerando la dimensión de prácticas y las subdimensiones toma de decisiones y libertad de movimiento.

Cuadro 1. Observables de prácticas de la autonomía en la relación de la trabajadora sexual organizada con el cliente Subdimensiones de Autonomía Cliente Toma de decisiones Libertad de movimiento 194

Elección propia por el trabajo sexual Ausencia de captores, padrotes o regentes Elección por la maternidad / interrupción del embarazo (motivos) Control y administración de recursos económicos propios Elección del cliente Establecimiento por cuenta propia de horarios para trabajar, días, cuotas por cobrar, tiempos de la relación sexual. Establecimiento por cuenta propia de condiciones en el intercambio sexual Validación de estas condiciones (si se incumplen "no hay intercambio") No aceptación de prácticas violentas Utilización y exigencia del condón Placer en la relación sexual Mecanismos de defensa grupales
Fuente: Elaboración propia

Libertad para ejercer el trabajo sexual en cualquier lugar Libertad para abandonar en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia la actividad No pago de cuotas por derecho de piso Libertad para relacionarse socialmente (familia, amigos, con otras asociaciones) No necesidad de permisos de ningún tipo

Cuadro 2. Observables de prácticas de la autonomía en la relación de la trabajadora sexual organizada con los funcionarios públicos, los cuerpos policiacos y las instituciones no gubernamentales Subdimensiones de Autonomía Toma de decisiones Libertad de movimiento Intercambio y negociación con otras organizaciones (incluidas No pago por extorsiones las institucionales) Funcionarios Denuncia y seguimiento de No pago de cuotas por protección públicos, actos contra su integridad policiaca cuerpos Independencia frente a las policiacos e instituciones u otras No levantamientos arbitrarios instituciones no organizaciones gubernamentales Ausencia de operativos No reubicaciones que pongan en policiales riesgo su integridad física No aceptación de intentos de extorsión No aceptación de abusos de 195

autoridad Reconocimiento público Participación en debates públicos sobre su posición como trabajadoras sexuales
Fuente: Elaboración propia

Vecinos

Cuadro 3. Observables de prácticas de la autonomía en la relación de la trabajadora sexual organizada con los vecinos Subdimensiones de Autonomía Toma de decisiones Libertad de movimiento Cumplimiento cabal de los acuerdos Diálogo vecinales por parte de ambos Participación en realización de Respeto por las calles convenidas para acuerdos vecinales el trabajo sexual Convivencia cooperativa entre No levantamientos por quejas ambos infundadas No levantamiento de quejas arbitrarias e infundadas No aceptación de prácticas violentas, insultos y agresiones Disposición para la resolución de conflictos Reconocimiento como trabajadoras sexuales y mujeres por parte de los vecinos Eliminación del estigma de la "mujer mala" Cumplimiento de acuerdos de convivencia

Fuente: Elaboración propia

Cuadro 4. Observables de prácticas de la autonomía en la relación de la trabajadora sexual organizada con otras trabajadoras sexuales dentro y fuera de la organización Subdimensiones de Autonomía Otras trabajadoras Toma de decisiones Libertad de movimiento 196

sexuales Participación en las decisiones de dentro y la organización fuera de la organización Acuerdos grupales para el establecimiento de reglas

Libertad para ejercer el trabajo sexual en cualquier lugar Libertad para abandonar en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia la actividad

Participación en la transferencia de conocimiento a otras personas No pago de cuotas por derecho de y en la generación de piso reconocimiento como sujetos mujeres Libertad para relacionarse socialmente Participación en la generación de (familia, amigos, con otras recursos para la organización asociaciones) Participación grupal en posibles No necesidad de permisos de ningún contingencias tipo Exigencia de respeto a su persona y a la organización Independencia frente a las instituciones u otras organizaciones Cooperación dentro de la organización No pago de cuotas en la asociación Manejo igualitario aún en las jerarquías información y convivencia "sana"
Fuente: Elaboración propia

Cada cuadro nos muestra las prácticas de autonomía que podrían presentarse en las respectivas relaciones. Estas prácticas y dado el contexto en el que se desarrollan en ocasiones refieren acuerdos, pactos y negociaciones con los diferentes actos, pero en otras (como la validación de las condiciones en el trabajo sexual) es la trabajadora sexual la que tiene actuar ante el intento de arrebato de su capacidad de acción y decisión. Como el proceso de autonomía es continuo, todas estas prácticas, entre las que se cuenta la presencia de la acción colectiva, son el punto de partida y la potencia para la generación de más prácticas de autonomía. Estos observables como señalé han sido guías en el proceso de autonomía, pero son y fueron al momento del levantamiento de la información, modificables. Es decir, las teorías consultadas sirvieron para modelar un primer cuerpo teórico, mismo que fue modificado y alimentado a lo largo de la 197

recogida y análisis de datos. En el trayecto se generaron cualquier tipo de situaciones; los datos en ocasiones le daban la razón a los observables, y en muchas otras no. De ahí que fuera necesario repensar una y otra vez el concepto de autonomía y sus características. Esta retroalimentación dio lugar a la figura conceptual denominada autonomía relativa. En este tipo de investigación, la generalización no resulta ser la mayor cualidad. De hecho, el concepto creado aunque puede servir a otros grupos sociales ha sido construido en función de una situación específica, el trabajo sexual. Su potencialidad se encuentra en explicar el fenómeno estudiado con especificidad, profundidad y capacidad para ser significativa. Busca dar respuestas a cada una de las posturas teóricas que hablan sobre el trabajo sexual pero que no han tocado los temas de acción colectiva y autonomía, porque por un lado los anulan de facto y por el otro los dan por hecho. Esta investigación trata de abonar al respecto, desenmarañar las posibles relaciones entre la autonomía y el trabajo sexual y observar lo que realmente está pasando en sus calles. Desde una perspectiva intermedia, que convoca al poder de la agencia contra el poder de la estructura, pongo en cuestión lo escrito y me aventuro en la propuesta de otra mirada teórica. Esta mirada, claro está, se encuentra fundada en los testimonios propios y subjetivos de las trabajadoras sexuales que, aunque cargados de ese sentido construido patriarcalmente, se encuentran dispuestos para fundar procesos de autonomía.

ANEXOS
Perfiles de trabajadoras sexuales 1. Doña Ángela Edad: 60 y tantos años. Huérfana de madre y padre 2 hijos, 4 nietos Originaria del D.F. 198

Comienza a trabajar en la actividad desde los 19 años y terminó de trabajar hasta los 50 años aproximadamente. Tiene actualmente pareja, el padre de sus hijos con el que vuelve después de 20 años. Inicia trabajando por elección propia y tras el abandono de su esposo. Y por contacto de una conocida en casas de citas. Cuando clausuran las casas de citas se pasa al trabajo de calle. Nunca tuvo padrote o madrota, mucho tuvo que ver el hecho de mantener a sus dos hijos. Sus hijos supieron de su trabajo a través de ella. Desde hace 10 años que no trabaja. De cuando en cuando les lleva condones. Se han disminuido casi a desaparecer los operativos en la zona. Les hace llegar la información sobre reuniones con la CDHDF y sobre talleres. Cuando hay oportunidad las vincula con posibles oportunidades de trabajo (Medea: asociación para llevar a cabo obras de teatro en los reclusorios). “Defiende” su territorio de los trabajadores sexuales transgéneros independientes. Le parece importante que se generen los acuerdos vecinales para que los vecinos la respalden. 2. Rosa 49 años 1 hijo Originaria del D.F. Sin pareja actualmente Nunca casada Empieza en el trabajo sexual alrededor de los veinte años. Su hijo se entera accidentalmente de su trabajo y tiene que enfrentarlo. Después lo acepta, ahora toda su familia lo sabe. Sufrió de alcoholismo en algún tiempo, cuando su hijo era pequeño por lo que le quitaron su custodia. Ayuda y encabeza un grupo de trabajadoras sexuales en Sullivan. Lo hace de manera incidental luego de que asesinaron a su “regente”, la señora Soledad, conocida como la madame de Sullivan. Al quedarse sin regente, Rosa aunque no es líder ni representante en forma, -es una agrupación horizontal-, se ocupo de ayudar a las chicas, de permitir o no que llegaran más chicas a ese lugar, de orientarlas y darles algunos consejos de supervivencia en el trabajo, de llevarlas en su carro. A través de esta pequeña agrupación que no aglomera más de 12 chicas, -el número no es constante porque las chavas deciden cuando trabajar y cuanto durar en el trabajo- buscan cuidarse entre ellas en la medida de sus posibilidades, no pagan ni cobran absolutamente nada. A Doña Soledad le pagaban diversos tipos de cuotas desde la cuota por noche por dejarlas trabajar y “darles protección”, los choferes, las inasistencias, la cuota por tardarse en un “rato” más del tiempo reglamentario, si por una u otra razón, las cuotas no eran cumplidas, la deuda era acumulable y crecía. No las golpeaba, tenían cierta libertad, cada quien tenía su casa pero las sancionaba económicamente por no trabajar, además de que no había descansos ni concesiones de ningún tipo. Con la agrupación buscan defenderse de otros padrotes que quieran adueñarse de su territorio y de su trabajo. 3. Betty 56 años 1 hijo Originaria de Campeche 199

Madre soltera Bachillerato Comienza a trabajar a los 51 años por necesidades económicas. Su hijo es encerrado en el reclusorio, y tiene que vender sus pertenencias para pagar sus abogados. Incidentalmente se relaciona con una trabajadora sexual en la Alameda. A través de ella comienza a trabajar, esto después de más de 20 años de no tener pareja sexual. Nunca ha tenido regentes, sólo ha pedido permiso para poder trabajar en un lugar determinado. Ahora se sirve de GUM en forma de protección, además como trabaja por Puente de Alvarado y Zaragoza se ha visto beneficiada con las acciones de la asociación, como la repartición de condones o la información de talleres y reuniones en la Comisión. Señala que con el ejercicio de GUM han disminuido considerablemente los operativos, hay acuerdos con los vecinos e incluso relaciones cordiales y se tiene el apoyo de instituciones como la CDHDF ante cualquier contingencia. El trabajo sexual le ha servido para sacar a su hijo de la cárcel y pagar las deudas que contrajeron, ahora espera ahorrar “un dinero” para poner un negocio y salirse del trabajo sexual. 4. Justina 40 años 1 hijo Sin pareja actualmente Secundaria incompleta Originaria de Acambay, Edo. De México Termina la secundaria actualmente y se metió a estudiar ingles Fue víctima de trata de personas. Es secuestrada a los 17 años, violada y explotada en La Merced. Tenía que sacar una cuota de 1500 pesos por día y noche si no era castigada, no tenía libertad, trató de huir varias veces sin conseguirlo, fue expuesto a un aborto sin su consentimiento y de igual manera le inyectaron sustancias para hacerla parecer más voluptuosa. De La Merced su “padrote” se la lleva y la entrega con Doña Soledad a Sullivan, en donde implicaba ganar más dinero. Aquí levanta una denuncia contra su secuestrador, el que desaparece por un rato. Cuando muere Doña Soledad, en 2006, se libera y ahora forma parte de la agrupación de Sullivan. Su demanda es que las representantes se comprometan socialmente con sus representadas. Su hijo actualmente tiene 12 años. Ni su hijo ni su familia saben a lo que se dedica. No paga a nadie, no tiene regentes, sólo paga el chofer. Establece sus cuotas, condiciones, horarios, días para trabajar. 5. Susana 21 años De origen étnico Costa Chica, Guerrero 1 año en el trabajo sexual Inicia en Puebla Estudio hasta la primaria y después empieza a trabajar. Madre de 1 niña, la tiene a los 19 años, su hija está con sus papás. No tiene pareja actualmente 200

Después de que nace la niña tiene que empezar a trabajar. Trabajaba como niñera pero no ganaba mucho. Cuando cumple un año su hija empieza a trabajar. Tenía conocidas en el trabajo sexual y ellas le dijeron. Trabaja por necesidad, por su niña. Trabajaba en zona de tolerancia. Dura en Puebla 4 meses, se sale un tiempo del trabajo sexual con su niña. Después de Puebla, una amiga la contacta con Doña Ángela en el D.F. en GUM. Tiene en el D.F. 5 meses, es la primera vez que trabaja en calle y organizada. Señala que en el D.F. los clientes son más tranquilos y más amables que en Puebla, considera que hay más respeto en el D.F. con los clientes, y que en Puebla había más violencia verbal. Su “rato” es de media hora a $320 pesos que incluye hotel y relación sexual (de cintura para abajo), y cobra más por desnudo completo ($100 pesos más). En la asociación se homogeneizan los precios de los servicios. No ha tenido problemas graves con clientes u operativos. Doña Ángela la ha invitado a los talleres, pero ella no ha podido ir. No le hace sentir mal trabajar como trabajadora sexual, y le hace sentir bien no tener que pedirle dinero a nadie, ella toma sus decisiones. Su familia y conocidos no saben que es trabajadora sexual. Piensa que cualquier persona podría pensar que su trabajo no es decente. Señala que para protegerse entre ellas se mandan mensajes si se han tardado más de lo común. Dice que placer no sienten, de ningún tipo, sólo es trabajo. Le gustaría hacer una casa o poner un negocio. No le gustaría que la familia supiera porque no lo pueden tomar bien. 6. Jimena 21 años Pátzcuaro, Michoacán Secundaria completa No tiene pareja actualmente Desde hace 2 años ejerce el trabajo sexual Tiene un hijo a los 17 años. El niño lo tienen sus padres. Trabaja para su bebé y para su familia. Antes del trabajo sexual, trabajaba en otros lugares, pero ganaba menos, empieza a trabajar porque quiere hacer una casa y quiere estudiar cultura de belleza. Entra a trabajar en Irapuato por una amiga y luego se trasladó a Guadalajara también por otra amiga, lo mismo pasó cuando se fue al D.F. Tiene un año en el D.F. y llegó con Doña Ángela. Las razones por las que se inserta en el trabajo sexual son económicas, por cosas que le gustaría hacer y tener como tener una “casita” por ejemplo. En Irapuato estuvo 8 meses y en Guadalajara alrededor de 4 meses. Se traslada de un lugar a otro por la economía. En Guadalajara trabajaba en casa particulares ofreciendo servicios domésticos y en Irapuato en la calle (el hotel era del encargado y él les daba trabajo). Se conectó con Doña Ángela por una amiga. No ve diferencias teniendo o no asociación. Posiblemente si algo pasa Doña Ángela puede ayudar pero el riesgo es el mismo, señala. Ve a la asociación como una forma para conseguir un trabajo en el D.F. No ha tenido ningún percance con los clientes, a veces tienen discusiones, pero nada grave. Se ocupa generalmente por 20 minutos cobrando 320 con la habitación incluida. Las condiciones que establece son $320 pesos una relación sexual de la cintura para abajo, si quiere un desnudo son $100 más, sexo oral $100 más, y no se puede besar en el desnudo. No ha tenido malas experiencias con la policía. Se defienden entre 201

las amigas cuando se presentan situaciones contingentes, pero deja en claro que no se hablan entre todas. Su familia no sabe a lo que se dedica, dice que posiblemente se den una idea, porque no cualquiera puede vivir en la ciudad y pagar lo que ella paga. Señala también que no hay placer, sólo lo ven como trabajo y que se siente bien, pero en el D.F. tiene una vida y en la casa de sus padres tiene otra vida. Considera que este trabajo la ha enseñado a ser independiente y a valorar sus cosas.

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