EL INDULTO PRESIDENCIAL AL CONDENADO Una decisión de Estado, de gobierno o una decisión personal Un análisis desde la perspectiva de la Constitución Política

CARLOS ROJAS SIFUENTES Abogado – Docente Universitario

EL ESTADO es una entidad cuya definición misma divide a los hombres. Hay quienes, como los anarquistas proponen comunidades autónomas sin Estado. Y hay quienes prefieren un Estado pequeño que “deje hacer y deje pasar” o un Estado empresario y controlista. La suma de todos esos pareceres hace que, si bien el Estado es aquello que la Constitución (art. 43º) y la doctrina establece, como algo inamovible, su existencia esté permanentemente condicionada y cuestionada. EL GOBIERNO (encabezado por el Presidente de la República que es también su cabeza visible, en tanto Jefe del Poder Ejecutivo) maneja el Estado, de acuerdo a la Constitución, dirige la “política general de gobierno” (art. 118º inciso 3), lo gestiona, lo administra, lo gerencia, lo “direcciona”, durante el período que le corresponde hacerlo. Aunque la continuidad misma de la función estatal crean una suerte de “gobierno permanente” en manos de la burocracia. En ese sentido, lo que llamamos gobierno corresponde a una dirección temporal, que maneja el aparato burocrático permanente, y también aquel que se incorpora de gobierno a gobierno, como parte de la propia actividad singular de cada gobierno y también como parte del clientelaje político criollo. Y por ello es que diferenciamos las políticas de gobierno de las de Estado, aunque, bajo las condiciones actuales de escasa educación política el ciudadano común confunda al gobierno con el Estado, con lo cual muchas veces termina “petardeando” al segundo, cuando lo que quiere es atacar al primero.. Así pues, la cabeza más visible del gobierno de un Estado es el Presidente. Pero la presidencia no es un cargo que se crea en cada circunstancia en que un nuevo mandatario la asume. Existe desde antes, con sus lineamientos generales y sus limitaciones plasmadas en la Constitución (art. 118º) y en las leyes. Dicho esto, la Presidencia es una institución, probablemente la más prestigiosa de un Estado como el nuestro, y los elegidos la ocupan temporalmente, o hasta que el pueblo lo decide, o hasta que sus propios actos producen su vacancia del cargo (lo cual felizmente no ocurre con frecuencia). El Presidente de la República peruana –no la persona que era antes de asumir el cargo, o la persona que cree ser en la intimidad – “es el Jefe del Estado y personifica a la nación” (art. 110º de la Constitución) nos personifica a todos, nos representa y

realiza actividad política (de manejo de poder) como si fuéramos todos juntos reunidos. En ese sentido, debe hacer aquello que a nosotros, o por lo menos a la mayoría le ofreció, o aquello que se le ha encargado que haga, y de la mejor manera. Aunque no tenga mandato imperativo y sea irresponsable político de sus actos, como lo señala el artículo 117º de la Ley de Leyes. Es por ello que cada cosa que hace o dice, la está haciendo bajo esa condición de vocero, líder, mandatario y hasta “pater familia”, como ha querido verse Ollanta Humala en ocasiones, cuando se refería a “papá Estado”; aunque sólo fuese para cuestionar tal condición. Párrafo aparte merecería analizar el fenómeno del autoritarismo, el caudillismo, el mesianismo y la anomia que socaban permanentemente la posibilidad de generar una sólida institucionalidad en el Estado peruano. De este modo, cuando el Presidente despliega su actividad, lleva a cabo sus obligaciones y toma decisiones, lo está haciendo personificando a la nación y sobre todo, bajo esa égida institucional que no le permite tomar decisiones personalísimas, pues éstas deben estar vinculadas al interés del Estado, ni siquiera al interés de las mayorías o al interés popular, que puede ser momentáneo, equivocado y hasta manipulado. Por ello es que la decisión política del Presidente debe surgir de un adecuado ejercicio de la dialéctica y la razón, en la que todos los interesados y conocedores del tema deben brindar sus aportes. Incluso, cuando hace uso de las especiales prerrogativas que tiene, quien está haciendo uso de ellas no es Ollanta Humala sino el Presidente de la República del Perú. Es obvio que no resulta fácil separar al cargo de la persona, a la institución del individuo, pero en la historia podemos ver ejemplos de personajes políticos que han entendido la lógica de esta dicotomía y nos han dado muestras de decisiones que se han fijado más a lo institucional que en lo personal. Es el caso del candidato Barrantes Lingán, que prefirió renunciar a una segunda vuelta presidencial para evitar la innecesaria polarización de la sociedad y el resquebrajamiento de la institucionalidad estatal, o el caso de Richard Nixon que a fin de salvaguardar la institucionalidad presidencial estadounidense, renunció a la Presidencia de su país, o el caso del Presidente Valentín Paniagüa, que a pesar de contrariar sus principios personales y a riesgo de enfrentarse a la Iglesia Católica y a los conservadores (o precisamente para no hacerlo), prefirió la inacción frente a la aprobación e incorporación de la causal de separación de hecho en el Código Civil, para la declaración judicial de divorcio absoluto, permitiendo de este modo que el Congreso sea quien disponga su promulgación. Se trata pues de ejemplos, en los que apreciamos como se dejaron de lado decisiones personales, en función de las decisiones de Estado o en beneficio de la buena marcha del Estado. EL INDULTO (art. 118º, inciso 21 de la Constitución) o perdón de la pena a un condenado, es lo que se ha venido en llamar una gracia presidencial, por tanto,

quien la realiza no es la persona natural, sino el Presidente de la República. Y aunque resulte difícil o incluso incongruente separar a la persona de Ollanta Humala de la persona del Presidente de la República, el sentido de la norma, de la figura jurídica, e incluso del acto generalmente piadoso, es que quien otorga tal perdón es quien a su vez nos personifica y se legitima en cada acto que realiza. El indulto, por lo demás, no es sólo un acto piadoso, supone la extinción de la responsabilidad penal, es decir el perdón de la pena, no el olvido del delito (que corresponde a la amnistía), sino más bien el cese del cumplimiento de la pena impuesta por el Poder Judicial. Cabe recordar aquí que de acuerdo a la Constitución (art. 138º) “La potestad de administrar justicia emana del pueblo y se ejerce por el Poder Judicial…”. Es decir, que cada juez que procesa y condena lo hace por mandato popular, de ahí que el perdón de la pena o el olvido de la misma supone de alguna manera “corregir” a la acción de la justicia, “enmendarle la plana” al Poder judicial o actuar sobre una institucionalidad estatal como es la que administra justicia, por lo cual el indulto no sólo debe ser una decisión razonada, o jurídicamente bien fundamentada, sino sobre todo justa. No está demás recordar que el indulto constituye un rezago del absolutismo monárquico europeo, y que su existencia en las condiciones actuales, bajo los principios, reglas y procedimientos del Estado de Derecho y la institucionalidad republicana se torna no sólo obsoleto, sino además inequitativo. Los Estados para ello deben proveer a los penales de los mecanismos para que el interno pueda lograr con éxito su proceso de resocialización y reinserción social, y en casos extremos reducir sus condenas o modificar su condición de detenidos en un penal por la detención domiciliaria o la conmutación de la pena. Cabe señalar finalmente que la posibilidad de indultar a un personaje público, de arraigo popular o con seguidores activos en la política y en la actividad social y económica, puede llevar a un Presidente a tomar antes que una decisión de Estado, una decisión de gobierno, que los siguientes gobiernos y la nación misma tendrán que sobrellevar como una carga. Y que lo peor que nos podría ocurrir en el caso del indulto al ex Presidente Alberto Fujimori, hoy condenado por graves delitos, respecto de los cuáles no ha cumplido ni la mitad de la pena, ni lo hace bajo condiciones carcelarias acordes con la política penitenciaria del Estado, es que, quien tome las decisiones sea el señor Ollanta Moisés Humala Tasso, o el Comandante Ollanta Humala, o el esposo de la posible candidata a la presidencia Nadine Heredia Alarcón, o incluso, el gobernante Ollanta Humala, y no, como esperamos que sea; el Presidente de la República del Perú, mi presidente, tu Presidente, el Presidente de TODOS los peruanos. Cuya resolución tenga la fuerza de una decisión de Estado y no otra cosa que se le parezca. Así que, Señor Presidente, es la hora de ser estadista y no un simple político de plazuela. El pueblo sabrá pedirle cuentas.

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