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Composición: el Encuadre

Es evidente que el efecto que pretendemos obtener al sacar una fotografía dista mucho de lo
que nuestros ojos ven en ese momento.

No olvidemos que el alcance de éstos no se puede comparar con el de un objetivo normal y,


además... ¡podemos pasearlos a nuestro antojo por todo su campo de visión!. En definitiva, la
cámara sólo ve una parte de todo lo que tenemos delante, por lo que debemos acertar
a la hora de escoger qué incluimos en la foto y qué despreciamos.

Pensaremos en la foto como si de un cuadro se tratase, imaginando que el marco nos la


delimita. Esto es lo que se denomina encuadre, y junto con otros factores es responsable de la
composición de la fotografía.

EL ENCUADRE

Por lo general, un motivo situado en el centro de la foto consigue un resultado aceptable. Pero,
antes de disparar es conveniente considerar todas las opciones que están a nuestro alcance,
debiendo preguntarnos cuál es el protagonista de la foto, así como qué pretendemos transmitir
con ella. No cabe duda de que centrar el motivo es muy adecuado para casos en que
predomina la simetría (por ej. edificios), pero a cambio, descentrarlo puede resultar
interesante si nos interesa desviar la atención hacia el resto de la foto, resaltar otros
elementos de la imagen o crear un efecto visual.

También suele ser positivo descentrar el motivo cuando éste se encuentra en movimiento, ya
que podemos obtener una sensación más dinámica. Por ejemplo, un saltador de longitud
podría aparentar "escapársenos" de la foto si lo colocamos más cerca de un extremo.

Una forma clásica de componer una foto consiste en aplicar la regla de los tercios. Se trata
de imaginar la composición dividida en tercios verticales y hacer coincidir el motivo principal
sobre una de las dos líneas divisorias.

Puede ser de aplicación tanto para formatos horizontales como verticales, y consigue dotar a la
fotografía de un cierto dinamismo, pues obliga a recorrerla con la mirada sin detenerse
exclusivamente en el motivo principal. Este efecto no lo logramos si centramos el objeto, ya
que la vista se fija en él y no nos sugiere ir más allá.

Aún podemos afinar más en busca del equilibrio de nuestra foto si a las dos líneas verticales
imaginarias descritas en la regla de los tercios les añadimos otras dos horizontales. Las cuatro
líneas se cruzan en otros tantos puntos clave (vértices de un hipotético rectángulo en el
interior de la foto) que pueden definirnos aún mejor la ubicación más adecuada para el objeto
principal.

Podremos alcanzar un equilibrio perfecto si compensamos la presencia del motivo principal con
uno secundario colocando a éste último en el punto clave diametralmente opuesto al que
ocupa el tema principal. En cualquier caso, el motivo secundario no deberá nunca restar
protagonismo al principal.

Es importante indicar que el descentrado del motivo puede "engañar" al autofocus de la


cámara, por lo que deberemos tener la precaución de hacer un preenfoque y conservarlo
mientras movemos la cámara en busca del encuadre correcto.
Composición II: el Formato
Otro aspecto muy importante a considerar a la hora de componer la fotografía es el del formato
más adecuado para su presentación. En muchas ocasiones el resultado final es decepcionante,
y sin embargo un movimiento tan sencillo como girar la cámara 90 grados habría conseguido
un efecto inimaginable.

EL FORMATO MÁS ADECUADO

De entrada, y en parte porque la propia forma de la cámara puede inducirnos a ello, tenemos
cierta tendencia a hacer las fotografías en formato horizontal.

Es éste el más utilizado para los paisajes (por ello se le suele llamar "apaisado") y para
retratos de grupo, pero sería un error pensar que no es admisible el vertical. Siempre hay que
probar los dos puntos de vista antes de hacer la foto y, ante la duda, disparar con los dos
formatos. Incluso la gran ventaja que supone la pantalla de las cámaras digitales puede
resultar insuficiente para hacerse a la idea.

Por su parte, el formato vertical suele resultar más adecuado para los retratos, si bien en este
caso es de suma importancia el encuadre, pudiendo obtenerse mayor fuerza a base de llenar
prácticamente el encuadre con el rostro del retratado.
Tampoco en el caso de los retratos deberemos olvidar la posibilidad del formato horizontal,
aunque su uso habrá de ser estudiado de antemano. Si se va a retratar exclusivamente el
busto de la persona, un formato horizontal dejará grandes espacios a los lados difíciles de
rellenar. En cambio, determinadas poses (cabeza ladeada, por ejemplo) podrán invitar
incluso a experimentar con el formato horizontal.

REENCUADRE Y CAMBIO DE FORMATO

No cabe duda que la fotografía digital aporta grandes ventajas para minimizar los errores que
puedan haberse cometido en el momento de la toma de la foto.

¿En el encuadre de la foto me ha entrado un objeto no deseado?.- No hay problema, porque


puedo dejarlo fuera de la foto a base de eliminar la zona en que se encuentra con el programa
de edición de mi ordenador.

¿Realmente favorece el formato vertical y yo utilicé el horizontal?.- Por supuesto, puedo


reconvertirlo.

Sin embargo, siempre será mejor partir de fotos a las que no exista la necesidad de retocar,
porque en muchos casos los reencuadres conllevan el desperdicio de parte del contenido de la
fotografía, por lo que posteriormente pueden ser necesarias mayores ampliaciones que
supondrán pérdida de la nitidez.
Composición: Punto de vista y Fondo
Nos ha quedado ya clara la importancia que, antes de disparar nuestra cámara, tiene ejercitar
un poco la imaginación. El formato y encuadre elegidos influirán notablemente hasta el punto
de convertir en atractiva una foto que, a priori, podía haber resultado anodina. Pero otros
detalles también pueden aportar variaciones importantes, y a veces son pasados por alto
provocando posteriormente efectos no deseados. Estamos hablando del punto de vista, así
como del fondo que acompaña al motivo principal.

EL PUNTO DE VISTA

La posición de la cámara puede modificar el interés de la fotografía por lo que, al igual que
ocurre con el encuadre y el formato, no deberemos precipitarnos. Lo más aconsejable será
probar diferentes ángulos: más altos, más bajos, frontales, laterales, posteriores... así como
distintos planos: cercanos, medios o lejanos.

Para ello podremos ayudarnos no sólo de elementos exteriores, sino también de nuestro propio
equipo, jugando con las posibilidades de los objetivos de que dispongamos.

Uno de los casos en los que más influye el punto de vista de cara al resultado final es en las
fotografías de personas. Nuestros ojos no siempre están a la altura adecuada y, así, será
aconsejable agacharse para fotografiar a un niño si éste se halla de pie, porque en caso
contrario obtendremos una perspectiva en la que acentuaremos todavía más su pequeño
tamaño.

En cambio, fotografías hechas a un nivel inferior de la persona retratada conferirán a ésta un


aspecto dominador y poderoso.

FONDO DE LA FOTOGRAFÍA

Antes de decidirnos a realizar la foto es imprescindible que comprendamos que, además del
motivo principal, hay un área más o menos extensa alrededor de él de la que podremos sacar
provecho o, por lo menos, a la que tendremos que vigilar para evitar que altere el resultado. El
fondo puede ayudarnos, por ejemplo, a que la fotografía resulte más impactante o a que por sí
sola nos cuente una historia. ¿A que será mucho más ilustrativa de nuestras intenciones una
foto en la que retratamos a un óptico si detrás de él aparecen estantes con decenas de gafas
artísticamente dispuestas que si simplemente hay una pared?.

En otras ocasiones, sin embargo, el fondo puede jugarnos malas pasadas sin que nosotros
mismos nos demos cuenta. Podemos fotografiar a una bella muchacha junto a un rosal sin
apercibirnos de que una de las rosas aparenta salirle de un oído, o bien en lo que pretendemos
que sea una fotografía de época dejar que se nos "cuele" en el fondo un joven con peinado
punky.

Y, por último, puede que nos resulte necesario disponer del fondo como un elemento neutro,
que no aporte nada para no restar importancia al motivo principal pero tampoco nos lo
estropee. En tal caso, habremos de elegir adecuadamente el fondo o, si no podemos prescindir
de él, hacerle perder interés intencionadamente a base de aislar el tema con un objetivo que
nos lo enfoque de forma selectiva. El uso adecuado de la profundidad de campo y de los
distintos objetivos nos proporcionará múltiples posibilidades en este terreno.
Zoom. Distancia focal

En muchas ocasiones -y siempre que nuestra máquina disponga de él- acostumbramos a


ajustar el zoom intentando que el motivo tenga el tamaño apropiado para el encuadre. De esta
forma, pensamos en una distancia focal de teleobjetivo (T, de Teleobjetivo) para captar un
bote de vela que se aleja en el atardecer (y que nos quedaría demasiado pequeño con un
objetivo normal), y elegimos en cambio un gran angular (W, del inglés Wide angle) para
fotografiar una catedral que no nos es posible encuadrar completa.

No es ésta sin embargo la única causa que puede hacer que nos decantemos por uno u otra
distancia focal. En capítulos anteriores hemos hablado acerca de la importancia del punto de
vista, y de que éste no sólo depende del ángulo de toma. La distancia focal elegido también
puede aportarnos nuevos efectos, especialmente sobre la perspectiva del objeto. De este
modo, un gran angular provoca el aumento de la distancia entre el primer término y el fondo,
mientras que el teleobjetivo origina el efecto contrario, aparentando acercar el fondo al motivo
situado en primer término.

Foto tomada con zoom en T Foto tomada con zoom en W

LA DISTANCIA FOCAL

Técnicamente, hablamos de distancia focal refiriéndonos a la existente entre el centro óptico


de la lente y el punto en que la imagen queda proyectada (la película, si hablamos de
fotografía tradicional, o el sensor correspondiente para la fotografía digital). En cualquier caso,
el tamaño de la película utilizada (o el hecho de que nuestra cámara sea digital) puede
provocar que una lente con una determinada distancia focal se comporte como objetivo
angular en unos casos, o incluso como teleobjetivo en otros. Acostumbrados como estamos a
las distancias focales de los objetivos para la fotografía convencional de 35 mm, nos resultará
mucho más cómodo seguir hablando en los mismos términos aunque nos estemos refiriendo a
fotografía digital. También son conscientes de ello la mayoría de los fabricantes de lentes para
cámaras digitales, por lo que suelen acompañarlas con una nota en la que indican la
equivalencia entre la distancia focal de la lente en cuestión con la correspondiente para
fotografía de 35 mm.

TIPOS DE OBJETIVOS

De acuerdo con su distancia focal, podemos dividir los objetivos en tres grandes grupos:
normales, angulares y teleobjetivos. Todos ellos tienen distancia focal fija, aunque también
existen objetivos en los cuales podemos modificar nosotros mismos la distancia focal a nuestra
conveniencia: se trata de los objetivos zoom, que son más flexibles y versátiles, puesto que
nos permiten hacer ajustes en el encuadre sin siquiera movernos del sitio en que nos
encontramos. Son estos de los que disponen la mayoría de las cámaras digitales.
Podemos decir que los normales dan una visión muy parecida a la del ojo humano, los
angulares consiguen abarcar una visión más amplia, y los teleobjetivos reducen en cambio el
ángulo de visión, haciendo que las imágenes parezcan mucho más grandes y cercanas. Por
último, el hecho de que los objetivos zoom tengan una distancia focal variable hace que
puedan reunirse en un mismo objetivo las propiedades de un angular, un normal y un
teleobjetivo.
Objetivos normales y angulares
OBJETIVOS NORMALES

Por objetivos "normales" se entiende aquellos que abarcan un ángulo de visión cercano a los
45º, reflejando la escena de una forma muy parecida a como la ve el ojo humano. En la
fotografía de 35 mm son objetivos normales los que tienen una distancia focal aproximada de
50 mm. Son por lo general bastante luminosos, por lo que proporcionan una profundidad de
campo que los hace válidos para fotografía de paisajes, aunque también son capaces de
enfocar lo suficientemente cerca como para ser utilizados en retratos. No deforman la imagen,
y dan una sensación de realidad en la perspectiva, sin curvar las líneas rectas (como hacen los
angulares) ni atraer el fondo como los teleobjetivos.

OBJETIVOS GRAN ANGULAR

Es evidente que los objetivos normales son muy versátiles, pero hay ocasiones en las que con
ellos no se puede "comprimir" toda la escena dentro del encuadre. La solución a este problema
nos la proporcionan los objetivos gran angular, que abarcan un gran campo de visión, tanto
mayor (y, en cualquier caso, superior a 45º) cuanto menor es su distancia focal. Las
propiedades más destacables de este tipo de objetivos son las siguientes:

Son útiles para panorámicas, interiores y fotografía de grupos. En este último caso,
convendrá que todos los componentes del grupo se encuentren a la misma distancia de la
cámara, para evitar distorsiones.
Aparentan aumentar la distancia existente entre el primer término y el fondo.
Distorsionan los objetos más cercanos, por lo que no son muy adecuados para retratos,
excepto en el caso de que queramos provocar voluntariamente la distorsión.
Pueden curvar las líneas rectas, lo cual provoca una perspectiva diferente en la fotografía de
edificios. En paisajes, el horizonte puede aparecer curvado, y sólo nos quedará horizontal si
se encuentra en el centro de la imagen.
Son muy luminosos, proporcionando una gran profundidad de campo. Con ellos conseguimos
que el primer término aparezca nítido con el fondo también enfocado.
El amplio campo de visión abarcado nos debe hacer poner un cuidado especial en todo lo que
rodea al motivo principal de la foto, a fin de evitar "invitados" no deseados. Así, es probable
que nos aparezca en el encuadre el propio parasol del objetivo, la correa de la cámara, e
incluso nuestros pies. Esto último es perfectamente posible, sobre todo si utilizamos un
objetivo ojo de pez, que es un gran angular tan amplio que registra imágenes con un ángulo
de visión de 180º, e incluso más.
Teleobjetivos
Al contrario que los objetivos gran angular descritos en el capítulo Objetivos angulares y
normales, los teleobjetivos (y lo mismo podríamos decir de la posición T del zoom en las
cámaras digitales) abarcan un ángulo de visión inferior a los 45º, tanto menor cuanto mayor
sea su distancia focal. Proporcionan la posibilidad de acercar el motivo en las ocasiones en que
éste se encuentra muy distante y el objetivo normal nos da una imagen demasiado pequeña.
También son útiles para fotografiar en situaciones o países en que conviene hacerlo con
discreción.

A continuación detallamos los distintos tipos de teleobjetivos, considerados de acuerdo con su


distancia focal. No nos cansaremos de repetir que todo lo aquí dicho es aplicable a las
posiciones equivalentes del zoom que habitualmente incorporan las cámaras digitales y que,
por estar más acostumbrados, hablamos de distancias focales utilizando los parámetros
conocidos para fotografía en 35 mm. Dicho esto, tenemos:

Teleobjetivos "cortos" (85 a 135 mm)

Este intervalo de distancia focal es el más habitual en los zooms que incorporan las cámaras
digitales actuales y está todavía relativamente cerca de la correspondiente a los objetivos
considerados normales desde el punto de vista óptico, de ahí que sus características se
aproximen a las de dichos objetivos, pudiendo destacar que:

No tienen un tamaño excesivo, son bastante compactos.


Todavía son relativamente luminosos.
Son útiles para retratos, porque su menor profundidad de campo permite aislar al sujeto de
su entorno, enfocando perfectamente a éste y logrando difuminar el fondo, y también porque
no producen deformaciones en la imagen.

Teleobjetivos "largos" (200 a 400 mm)

Su tamaño y peso son mayores, y su manejo es más incómodo.


Son muy poco luminosos, por lo que a distancias cortas la profundidad de campo es muy
pequeña.
"Aplanan" la foto, consiguiendo un considerable aumento de la imagen enfocada (a la que
realmente magnifican) pero comprimiendo contra ella todo el fondo, que aparenta estar
mucho más cerca y ser de gran tamaño.
Son útiles en fotografía deportiva, así como cuando de verdad se desea excluir el fondo
totalmente.

"Ultra-teleobjetivos" (más de 500 mm)

Poseen las características de los teleobjetivos largos, aunque llevadas a un extremo:

Son realmente pesados, pudiendo requerir de un soporte especial.


Necesitan mucha luz, porque su luminosidad es escasa.
Aislan totalmente el objeto, permitiendo fotografiar a éste desde una considerable distancia y
siendo por ello útiles en la fotografía de vida salvaje y en la deportiva.

Consejos para fotografía con distancias focales elevadas

1. Decidir el encuadre, ya que si no estamos trabajando con un zoom el cambio de distancia


focal nos resultará incómodo.
2. La escasa luminosidad puede obligarnos a trabajar a velocidades muy bajas. Al ser objetivos
de gran peso, existe el peligro de que la cámara se nos mueva, por lo que habrá que
considerar la posibilidad de utilizar un trípode e incluso autodisparador.
3. Dedicar todo el tiempo necesario para conseguir un enfoque perfecto. Hay que tener en
cuenta que la profundidad de campo es mínima.
4. Valorar siempre si nos conviene cargar con pesados teleobjetivos (a cambio de mejorar la
calidad en nuestra fotografía) o utilizar el zoom (sacrificando luminosidad y calidad, pero
ganando en comodidad y versatilidad).
Profundidad de Campo
El término "profundidad de campo" ha sido ya nombrado con anterioridad al hablar de los
distintos tipos de objetivos o distancias focales. En esencia, por profundidad de campo
entendemos la distancia que separa a los objetos más alejados y más próximos que
conseguimos enfocar perfectamente en la fotografía. Sin embargo, no debemos obsesionarnos
por el hecho de lograr una gran profundidad de campo, ya que dependiendo del tipo de
fotografía a realizar, podrá interesarnos que sea mayor o menor, o lo que es lo mismo, que
aparezca enfocado un mayor o menor porcentaje de la escena (lo que se denomina "plano de
enfoque").

A título de ejemplo, podemos decir que probablemente nos interese una gran profundidad de
campo en la fotografía de paisajes, ya que en ella solemos intentar que no se pierda el menor
detalle.

En cambio, el hecho de que la profundidad de campo sea baja en los retratos nos permite
enfocar selectivamente al modelo fotografiado, haciendo así que la mirada centre su atención
en él.
Control de la profundidad de campo

Independientemente del tipo de objetivo escogido (si éste es intercambiable) o de la distancia


focal que elijamos con nuestro zoom, la regla fundamental en la que siempre nos basaremos
es que a menor abertura del diafragma, mayor profundidad de campo.

Dicho de otro modo, ambos parámetros son inversamente proporcionales. La consecuencia de


ello es que la "luminosidad" del objetivo se convierte en un factor determinante, ya que cuanto
más luminoso sea más fácil nos resultará fotografiar con diafragmas muy cerrados, lo cual
repercutirá en un más cómodo control de la profundidad de campo. Si, por el contrario, nuestro
objetivo es poco luminoso (y seguro que más barato), necesitará mucha luz para trabajar, lo
que significa que nos obligará a abrir más el diafragma perdiendo muchas posibilidades de
ampliar el plano de enfoque. Un recurso será en tal caso reducir la velocidad de obturación
para permitirnos cerrar más el diafragma, pero ello nos limitará en cuanto al tipo de fotografía
a realizar, impidiendo que el motivo se halle en movimiento y obligándonos a utilizar trípode y
autodisparador.

Los objetivos angulares y normales (distancias focales cortas) son sin duda los más luminosos
y, lógicamente, los que nos permitirán fotografiar con mayor profundidad de campo. De ahí
que sean recomendados para fotografía panorámica. Los teleobjetivos (distancias focales
largas) suelen ser en cambio poco luminosos, por lo que resulta más complicado conseguir con
ellos un amplio plano de enfoque. Son más indicados para la fotografía en la que se pretende
extraer el motivo de su entorno (retratos, por ej.). Por último, los zooms combinan las
propiedades de unos y otros, y estará en función de su calidad el hecho de que sean más o
menos luminosos.
Composición y profundidad
Los primeros capítulos de este curso nos han dado la oportunidad de comprender que hacer
una fotografía es algo más que mostrar lo que estamos viendo, ya que su composición puede
resultar determinante. Hemos conocido también los elementos básicos de ésta (formato,
encuadre, punto de vista, fondo) y la importancia de su correcta combinación. De hecho, dicha
combinación efectuada de un modo adecuado puede proporcionar a nuestra fotografía una
mayor o menor sensación de profundidad. A ello hay que añadir lo que ya hemos aprendido
acerca de la relación existente entre abertura del diafragma, distancia focal y profundidad de
campo, con lo que vemos que para conseguir una fotografía de calidad disponemos en nuestras
manos de más armas que las que inicialmente nos podía parecer.

Las tres zonas de una fotografía

En realidad, una fotografía es la representación bidimensional de un motivo que tiene tres


dimensiones. De ahí que, ya que no nos es posible reproducir esa "tridimensionalidad", por lo
menos debamos tener en cuenta (siempre que ello nos interese) que podemos considerar la
foto como si estuviera dividida en distintas "capas", y que cada una de ellas puede tener
interés de por sí, además de su aportación al resultado final. Diremos por tanto que tenemos:

El primer término: suele ser lo que primero miramos en la foto. Su correcto uso puede
lograr que la fotografía dé una mayor sensación de profundidad, siempre que no llegue a
competir con las otras zonas (bien por ser demasiado importante en el contexto total de la
foto, o bien por no tener una relación directa con el tema fotografiado, distrayendo en este
caso la atención). Puede ser una buena idea incluir en primer término algo que dé una idea
clara del tamaño real del motivo fotografiado: así, un gran edificio quedará imponentemente
reflejado si en primer término aparece un grupo de minúsculas personas.

La distancia media: éste suele ser el emplazamiento habitual del motivo principal de la
foto. Como sabemos, disponemos de métodos para conseguir un interés añadido
(recordemos la regla de los tercios) y evitar que la foto resulte anodina, obligando a la
mirada a recorrerla en busca de "algo más". Puede resultar interesante aplicar aquí lo que ya
conocemos acerca de profundidad de campo, ya que seguro que destacamos más el motivo
principal si provocamos un cierto desenfoque en el objeto que aparezca en primer término,
máxime si éste tiene sólo la misión de rellenar esa parte de la fotografía creando ambiente
(por ej., unas ramas de árbol en primer término de una foto cuyo motivo principal es un
pueblecito).

El fondo: rara vez el motivo principal es situado en el tercer término. Como ya dijimos en el
tercer capítulo, el fondo puede aportar riqueza a la fotografía, aunque también puede
estropeárnosla si no reparamos en él.
Resumiendo, el hecho de que cada una de las tres zonas contenga algún elemento que
atraiga la atención obliga a que la mirada se desplace de una a otra, obteniendo la sensación
de profundidad. Si además algún otro elemento (como una línea, un camino, un tendido
eléctrico...) conecta cada zona con la posterior, esa sensación se incrementará notablemente.
Por otro lado, nuestros conocimientos acerca de la profundidad de campo pueden permitirnos
el enfoque o desenfoque intencionado de alguna de las zonas, haciendo que la foto resulte más
o menos plana.
Fotografía con Flash I
En la fotografía de interiores o de escenas nocturnas la luz es generalmente insuficiente. La
solución es aparentemente sencilla: utilizar un flash. Sin embargo, un conocimiento demasiado
somero de su uso puede ocasionar que, aunque consigamos luz suficiente, lo hagamos sin
reparar en los múltiples detalles que este aparato requiere conocer, detalles que influirán sin
duda en otros aspectos de la calidad de la foto.

El flash integrado

Todas las cámaras digitales compactas llevan integrado un práctico flash, que es suficiente
para iluminar el campo visual de la posición más angular del zoom y además puede contar con
diferentes funciones para facilitar su uso. Se trata por lo general de un flash con ciertas
limitaciones: su alcance no suele sobrepasar los 10 metros y la calidad de la luz que aporta no
es la misma que la de aparatos profesionales en los que, por ejemplo, aquélla puede ser
dirigida hacia un punto diferente al que se halla el motivo principal, a fin de lograr que no
reciba de lleno el impacto.

Flash incorporado en la Canon PowerShot G1

Cuando tenemos nuestra cámara en funcionamiento automático, el flash integrado se acciona


por sí solo en cuanto el sistema de medición de la exposición comprueba que no hay luz
suficiente. Éste es otro aspecto a estudiar, ya que no siempre nos convendrá que el flash
"salte" sorpresivamente, bien porque deseamos dar a la foto un determinado efecto, bien
porque estamos fotografiando discretamente...

El flash externo

Las limitaciones del flash integrado antes descritas originan en muchas ocasiones la necesidad
del uso de una unidad de flash adicional. Por lo general, nuestra cámara contará con una guía
de paso universal (a modo de zapata) en la que podremos deslizar la unidad externa de flash.
Dicha guía está provista de la conexión correspondiente para activar el flash en coordinación
con los automatismos de nuestra cámara, si bien deberemos asegurarnos de ello, y de que
hemos adquirido un flash compatible y sincronizable con nuestra máquina.
Olympus C-2040 con conexión a flash externo a través
de cable, cubierta con la tapa circular de la parte inferior.

Existe también la posibilidad de conectar el flash externo a la cámara a base de un cable, lo


cual nos puede facilitar la iluminación desde puntos de vista diferentes al frontal, así como
desde distintas distancias.

Por último, el flash externo puede funcionar incluso separado totalmente de la cámara,
activándose automáticamente "por simpatía", al detectar el destello del flash incorporado. En
tal caso, será importante tener en cuenta que muchos flashes incorporados tienen funciones de
pre-flash (para permitir a la cámara hacer un balance previo de blancos) o de reducción de
ojos rojos (fenómeno que explicaremos en otro capítulo), las cuales pueden despistar al otro
flash hasta el punto de hacerle funcionar de forma asíncrona. Habrá que ajustar por tanto el
flash separado a fin de que se active coincidiendo perfectamente con el destello definitivo del
flash incorporado.

Pedro Martínez Recari


Uso del flash en retratos
El flash puede resultarnos muy útil en la fotografía de retratos. El motivo es que, al ser el
destello muy rápido, llega a "congelar" la imagen hasta el punto de que elimina la
preocupación que supone el hecho de que la foto nos salga movida. Esto es particularmente
importante cuando fotografiamos a niños (¡qué difícil es conseguir que estén quietos!).

La fotografía de retratos con flash requiere prestar atención a determinados detalles especiales
que quizás nos pasen desapercibidos cuando fotografiamos con luz natural.

Las sombras: si fotografiamos con una cámara compacta, su flash ilumina de una forma
absolutamente frontal, de manera que, si el sujeto se encuentra cerca de una pared,
proyectará sobre ella una sombra no deseada que sin duda estropeará nuestra fotografía.
Convendrá utilizar un flash externo que envíe la sombra fuera del encuadre, o bien que
ilumine al sujeto de forma difusa (tras hacer rebotar la luz en otra superficie).

Los reflejos: deberemos evitar que el motivo se encuentre delante de espejos, ventanas,
objetos de vidrio, y en general de cualquier superficie que pueda reflejar el haz de luz hacia
la propia cámara.

Claro que para sacar la foto


del WC de un hotel...

La presencia de más de un protagonista: si estamos fotografiando a más de una persona,


habrá que considerar que el destello del flash provocará una iluminación distinta
dependiendo de la distancia a la que se encuentre cada sujeto. Ello nos permitirá (si es eso lo
que deseamos) dar preponderancia a un sujeto con respecto a los demás, o bien nos
estropeará la foto si alguno de los sujetos aparece excesivamente sobreexpuesto o
subexpuesto.

El efecto de los ojos rojos: los retratos con flash hacen aparecer a menudo este desagradable
efecto, producto del disparo con una luz intensa, muy directa, y que proviene de una fuente
cercana al objetivo de la cámara. Ese haz de luz penetra a través de la pupila, reflejándose
en la sangre de los capilares del ojo y volviendo al objetivo. Por ello, este fenómeno se da
con más frecuencia en las cámaras compactas, ya que el flash se encuentra muy cercano al
objetivo.

En la actualidad, la mayoría de las cámaras compactas poseen una opción de reducción de ojos
rojos que funciona originando uno o varios destellos previos al definitivo, con el fin de hacer
contraer las pupilas antes de que se produzca el disparo. Sin embargo, es posible que esto no
sea suficiente en alguna ocasión: los niños tienen por lo general unas pupilas enormes (de ahí
que sea más frecuente que salgan con los ojos rojos en las fotos); y por otro lado, hay factores
como por ejemplo el cansancio y el alcohol, que dificultan la contracción de las pupilas. Existen
entonces algunos trucos que pueden funcionar:

Hacer que el sujeto mire hacia otro lado, y no directamente a la cámara.


Encender alguna luz potente y obligar al sujeto a mirarla directamente en los instantes
previos a la toma de la fotografía.
Cubrir el reflector del flash con algo que provoque la difusión de la luz (por ej., un trozo de
papel ligeramente translúcido). En este caso, deberemos tener en cuenta que el alcance del
flash se reducirá notablemente.
Hacerle ponerse unas gafas de sol tipo Stevie Wonder.
Fotografiarle obligándole a ponerse de espaldas (no olvidemos que prácticamente nadie tiene
los ojos en el cogote).
Darle la botella de güisqui (si es que ha dejado algo). Con un poco de suerte, en vez de rojos
los ojos nos saldrán cerrados.
Pedirle al sujeto que sea él quien nos saque la foto a nosotros: así es seguro que sus ojos no
saldrán rojos (los nuestros, puede).
Ponerle a la cámara un filtro de un color que disimule el rojo (fucsia, por ejemplo).
Elegir un protagonista tuerto: como mucho se nos producirá el fenómeno del "ojo rojo".
Fotografía con flash III

Flash de relleno

Normalmente, y sobre todo cuando no se tiene todavía una gran experiencia, se tiende a
asociar el uso del flash con condiciones de poca luz. Sin embargo, el flash puede resultar
también muy interesante en situaciones de gran luminosidad (como los días soleados), en las
cuales pueden aparecer contraluces y sombras que perjudiquen la claridad con la que
pretendemos reflejar el motivo principal. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez, utilizando una
cámara con película, sacar una foto de una persona en la playa con el mar de fondo, y
comprobar tras revelarla que ha salido con el rostro oscuro?. Obviamente, las cámaras
digitales pueden permitirnos pre-visualizar la foto en la pantalla, y con ello comprobar si todo
va bien o hay problemas con la luz. Si el que se nos presenta es la subexposición del motivo
principal provocada por un exceso de luz de fondo, deberemos tener recursos para saber
paliarlo: habremos de compensar las zonas sombreadas y las brillantemente iluminadas
mediante el uso del flash de relleno, que con su iluminación poco intensa mostrará los detalles
del motivo pero sin destruir por ello la labor de la luz natural (más bien, se "mezclará" con
ella).

Son casos en los que puede resultar aconsejable el uso del flash de relleno:

Cuando deseamos resaltar detalles: por ejemplo, una escultura de piedra puede resultar
excesivamente gris y monótona, máxime si el día está nublado. El flash permitirá que los
detalles se observen con más claridad.

Cuando queremos hacer retratos en el exterior, pero hay algo (un sombrero, por ejemplo)
que no queremos eliminar pero nos provoca zonas de sombra.

En los ya mencionados contraluces, en los que reduciremos el contraste con el flash.

Por lo general, nuestra cámara compacta tendrá una función de autoflash, que hará que el
flash salte automáticamente incluso cuando sólo se le necesite como relleno. Para decidir la
activación del flash, la cámara compara la intensidad de luz presente en el centro de la foto
con la que aparece en los bordes del encuadre. Si el centro queda poco iluminado respecto al
resto, hará que salte un destello de flash de relleno. Lógicamente, nuestra cámara puede tener
más o menos desarrollado este sistema de "decisión". Si se trata de una cámara sencilla, no
contemplará situaciones que se salgan de la anteriormente descrita (por ejemplo, cuando el
motivo se encuentra fuera del centro del encuadre, o bien cuando aún estando en el centro, es
muy pequeño). En cambio, cámaras más complejas (y, por supuesto, más caras) tienen
sistemas que llegan incluso a estudiar la luz del encuadre punto por punto.

Uso del flash de relleno de sincronización lenta

El autoflash de relleno es útil en las situaciones antes descritas, pero puede no serlo en
condiciones de luz más débil (por ejemplo, en los retratos hechos con una puesta de sol de
fondo), en las cuales el uso de una velocidad de obturación rápida -necesaria para el flash
automático- impediría la captación del resto de la foto provocándose en este caso la
subexposición del fondo. En estos casos ha de utilizarse la modalidad de flash de relleno de
sincronización lenta, que ilumina el motivo pero permite el uso de una velocidad de obturación
más lenta a fin de permitir a la débil luz natural exponer correctamente el fondo.

Otro uso del flash de relleno de sincronización lenta es el de añadir sensación de dinamismo a
las fotos tomadas a motivos en movimiento: el flash "congelará" al motivo con nitidez, pero la
baja velocidad de obturación permitirá además exponerlo durante algo más de tiempo,
quedando borroso todo lo captado tras el disparo del flash.
La exposición
Todo lo hasta ahora comentado en los capítulos precedentes ha hecho referencia a la cámara y
algunos de sus accesorios, así como a nuestra particular aportación a la composición de la foto.
Llega ahora el momento de ocuparnos del agente externo que probablemente tenga más
importancia: la luz.

Sin luz (natural o artificial) no hay foto, pero en la correcta interpretación de la iluminación se
basa un elevado porcentaje de posibilidades del éxito final de la fotografía.

¿Qué es la exposición?

Hablamos de exposición cuando nos referimos a la cantidad de luz que llega a los sensores de
nuestra cámara (o a la película, en la fotografía tradicional), cantidad que puede ser controlada
por medio de la abertura o de la velocidad de obturación del diafragma.

Una mayor o menor abertura regula la intensidad de la luz que alcanza los sensores.
Una más o menos rápida velocidad de obturación determina el tiempo que dura la exposición
a dicha luz

Nuestra cámara dispone de un sistema de medición (técnicamente, un exposímetro) que


informa en todo momento del ajuste correcto a realizar. Un mismo valor de exposición podrá
conseguirse mediante diferentes combinaciones de abertura y velocidad, y la decisión de cuál
de las opciones nos conviene más estará condicionada por:

que deseemos utilizar una velocidad de obturación rápida a fin "paralizar" la imagen lo más
posible.
que la deseemos lenta para obtener una imagen deliberadamente borrosa.
que nos interese una abertura pequeña porque necesitemos una gran profundidad de campo.
que necesitemos abrir mucho el diafragma porque queramos enfocar de forma selectiva,
despreciando la nitidez del resto de la foto.

Es fácil comprender que la correcta exposición es una de las claves para obtener una buena
fotografía. En modo automático, las cámaras pueden decidir por sí solas la combinación entre
abertura y velocidad aunque, eso sí, sin tener en absoluto en cuenta los cuatro condicionantes
antes indicados. Sin embargo, la imagen final puede no salir como se esperaba, puesto que la
cámara mide de forma estándar y, por ejemplo, no considera la posibilidad de que el objeto a
fotografiar se esté moviendo con rapidez.

Cuando la exposición no es correcta, pueden producirse fallos que a todos nos han sucedido en
alguna ocasión. Así, si la cámara deja entrar demasiada luz se presentará un fenómeno de
sobreexposición, perdiéndose los detalles de las zonas más brillantes y observándose en
cambio con nitidez las zonas que en teoría debían aparecer en sombra en la fotografía.

Por el contrario, si la luz que alcanza los sensores es insuficiente se presentará un fenómeno
de subexposición, en el que las zonas más brillantes pierden detalle y las sombras quedan
mucho más oscuras.