CIENTIFICO Y PSIQUICO

JOSÉ MARÍA FEOLA
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Feola, José María Científico y psíquico. - 1a ed. - Buenos Aires : Antigua, 2013. 676 p. : il. ; 22 x 15 cm. (Patrimonio y Creencias; 1) ISBN 978-987-28949-1-7 1. Esoterismo. 2. Parapsicología. I. Título CDD 130

Diseño de tapa: Andrea F. Savall Foto de tapa: Reunión N° 61. Enero 22 de 1955. Dr. Musso, Fernando y José Feola Edición y Diseño interno: Juan M. Corbetta Primera edición: Mayo 2013 Editorial Antigua Ciudad Autónoma de Buenos Aires E-mail: info@editorialantigua.com.ar Página web: http://www.editorialantigua.com.ar Título Origina en inglés: Scientist and Psychic Traducción: Prof. Dora Ivnisky Ediciones del Programa “Patrimonio y Creencias”. Museo Roca – Instituto de Investigaciones Históricas. Secretaría de Cultura – Presidencia de la Nación  
Coordinadores: Lic. Juan M. Corbetta y Lic. Andrea F. Savall Vicente López 2220 (C1128ACJ) Ciudad Autónoma de Buenos Aires Tel./Fax: (54-011) 4803-2798 - http://www.museoroca.gov.ar

Edición de distribución gratuita. Prohibida su comercialización Hecho el depósito que prevé la ley 11.723 Impreso en Argentina. © 2013 ISBN 978-987-28949-1-7
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Índice

Presentación Notas acerca de la traducción. Entrevista a Dora Ivnisky por Juan M. Corbetta Científico y Psíquico Prefacio. Berthold E. Schwarz, MD Capítulo 1. El tictac desde el ropero Capítulo 2. Hechos extraordinarios en una ciudad pequeña Capítulo 3. La muerte y yo Capítulo 4. Una mente inquisitiva Capítulo 5. Asuri Kapila y el Fantasma del Guerrero Capítulo 6. Y las mesas levitaron Capítulo 7. Más fenómenos físicos Capítulo 8. En la Universidad de Duke Capítulo 9. Telepatía a larga y corta distancia Capítulo 10. Una sesión con Mr. Carlson y una conversación con un científico del MIT Capítulo 11. Dos meses en el Laboratorio de Parapsicología de la Universidad Duke Capítulo 12. Oak Ridge: El Inconsciente ¿conoce el futuro? Capítulo 13. Nueva York

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Capítulo 14. ¿Es posible entrenarse para influir sobre los dados? Capítulo 15. Bariloche, el I Ching y Don Bosco Capítulo 16. Aprendiendo a dominar la psicokinesia Capítulo 17. Encuentro con mis amigos: el Matemático, el Clarividente y el Sanador Capítulo 18. En Duke, a tiempo completo Capítulo 19. Berkeley Capítulo 20. Berkeley: 1967-1969 Capítulo 21. Regreso a Minneapolis Capítulo 22. Fin de mis aventuras en las Ciudades Gemelas Capítulo 23. Pensamientos finales Anexo I: Y las mesas: ¿levitaron? Por Juan Gimeno Anexo II: Dualidades y confluencias de un Científico y psíquico. Por María Inés Rodríguez Aguilar Anexo III: Currículum Vitae de Dora Ivnisky (Traductora) Anexo IV: Currículum Vitae de José María Feola (Copia enviada por Feola, fechada en 1995)

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In memorian

Dr. José María Feola
Buenos Aires, Argentina. 30 de mayo de 1926 Lexington, USA. 17 de abril de 2012

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Presentación
El Programa “Patrimonio y Creencias” del Museo Roca se complace en presentar la edición de Científico y Psíquico, texto autobiográfico del físico argentino radicado en los Estados Unidos, Dr. José María Feola, quien nos confió sus escritos para ser publicados de manera gratuita. El lector dispondrá también de una versión digital para descargar en la página web de la Institución, en la que se incluye el texto original en inglés, traducido al castellano por la Profesora Dora Ivnisky. Queremos agradecer especialmente a Dora Ivnisky (ver Anexo III) por el concienzudo trabajo de traducción de la obra, que contó con la colaboración del propio autor. También agradecemos la colaboración del Profesor Juan Gimeno por aportar sus investigaciones y entrevistas, y por ser uno de los artífices del rescate de las memorias de José Feola. En el Anexo I incluímos un artículo sobre el grupo de mesas de La Plata, tema central y eje de los capítulos 6,7 y 8. Por otro lado completa esta edición en el Anexo II, un trabajo sobre la importancia de los escritos autobiográficos a cargo de la Lic. María Inés Rodríguez Aguilar, Directora del Museo Roca. El Anexo VI contiene un Currículum del Dr. Feola, que permite darnos una idea de su trayectoria académica, datos que complementan las experiencias narradas a lo largo de los 23 capítulos que recorren las experiencias de un hombre que ha sabido combinar, interrogar y hacer coexistir sus conocimientos y saberes científicos, con sus creencias más íntimas, la investigación paranormal, entre otras cosas. Esperamos que el lector disfrute de este material.
Juan M. Corbetta Programa “Patrimonio y Creencias” 9

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Notas sobre la traducción
Entrevista a Dora Ivnisky por Juan M. Corbetta Corbetta – Tengo entendido que la historia de este libro es bastante atípica. ¿Por qué no me cuenta algo al respecto? Ivnisky – Sí, es verdad. Es una larga historia. José Feola era amigo de mi marido Naum Kreiman, se conocieron en el Instituto Argentino de Parapsicología, y recuerdo que en la época en que Feola comenzó con sus sesiones espiritistas en La Plata, mi marido me comentaba sobre las levitaciones de mesas y otros extraordinarios fenómenos que se conseguían ahí, aunque él en realidad no llegó a presenciarlos… C. – ¿Son los que están relatados en el libro? I. – Precisamente. Tiempo después Feola pasó a radicarse en los Estados Unidos, donde hizo una importante carrera científica, obtuvo un doctorado en física, y al mismo tiempo continuaba con sus experiencias parapsicológicas. Fue ahí donde escribió este libro, y por eso el título que le puso: “Científico y psíquico”, ya que él mismo tenía notables facultades psíquicas. C. – ¿Feola seguía en contacto con ustedes? I. – Sí, en realidad tenía contacto directo con mi esposo, más que conmigo. En cierto momento ambos comenzaron a intercambiar correspondencia. En los últimos años en vida de mi marido se escribían con mucha frecuencia largas cartas. Cuando Feola se enteró del fallecimiento de mi esposo seguimos en contacto, me escribió y me llamó por teléfono algunas veces, y en esas conversaciones apareció el tema de este libro. Me comentó que lo tenía escrito hacía tiempo y que no tenía posibilidades de publicarlo en Estados Unidos porque no encontraba una editorial ni una institución que se hiciera cargo de la edición. Por correo electrónico nos mandó a Juan Gimeno y a mí, por partes, el texto en inglés. Empezamos a leerlo y nos pareció fascinante.
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C. – ¿Cómo es que se decide traducir el libro al castellano? I. – Además de interesante concordamos con Gimeno en que el libro nos gustaba muchísimo. Entonces empecé a traducir para que pudiéramos leerlo con más comodidad; en ese momento no pensaba en hacer un libro, ni en publicarlo. Mientras tanto Feola seguía mandándome por partes el texto, vía correo electrónico, y yo lo iba traduciendo de a ratos. Calculo que esto comenzó hace por lo menos unos 4 años. En cierto momento Feola vuelve a hablarme acerca de la posibilidad de la publicación, al saber que yo lo estaba traduciendo. C. – ¿Pensaba publicarlo en la Argentina? I. – Esa era la idea. Pero era muy difícil. Comencé a averiguar precios, pedí presupuestos a editoriales, etc. y el dinero no alcanzaba. El libro empezaba a tomar forma, aunque no sabíamos muy bien para qué. Yo ya había traducido la mitad del libro y me preguntaba si valía la pena continuar. Fue entonces cuando Feola me dijo: yo le doy el libro, haga lo que quiera con él. Entonces decidí terminar la traducción, y después se vería. A medida que traducía los capítulos se los mandaba a Feola para que diera su conformidad, ya que.no sólo es el autor sino que además habla castellano, así que podía verificar si yo estaba volcando fielmente el texto del inglés. Pero todavía la publicación de un libro impreso se veía como muy difícil, casi imposible, y el destino de mi trabajo era incierto. C. – Entonces surgió otra posibilidad. I. – Así es. Un día Gimeno me comunicó que el Museo Roca tenía interés en publicarlo en forma digital. Entonces todo se aclaró y me puse a terminar la traducción. A veces sucede así en la vida, de pronto las cosas se acomodan inesperadamente y todo toma su lugar, como las piezas de un rompecabezas. Eso fue lo que pasó con este libro. La edición del Museo Roca viene a darle sentido a nuestra tarea al permitir que vea la luz una obra valiosa que de otra manera hubiera quedado guardada en los archivos de mi computadora.
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C. – ¿Usted siempre estuvo en la parapsicología? I. – Siempre estuve en contacto con las temáticas relativas a la parapsicología y lo paranormal, pero yo era principalmente una colaboradora de mi esposo, Naum Kreiman, que fue un gran investigador experimental en parapsicología. Yo le ayudaba en su trabajo, en la parte material y como apoyo moral. De las personas que Feola nombra en su libro, al que más conocí fue a Musso. A Musso lo conocí mejor que a otros porque intervine en algunos experimentos que hicieron en el Instituto Argentino de Parapsicología y además fue a través de Musso que me encargaron para la editorial Paidós la traducción de los libros de Rhine, que todavía no estaban traducidos al español. Hice varias traducciones para Paidós y para EUDEBA, siempre en temas relativos a la parapsicología y lo paranormal. C. – ¿Qué opina de “Científico y Psíquico”? I. – Como lectora el libro de Feola me pareció muy atractivo, describe fenómenos espectaculares y traza un cuadro conceptual y teórico muy interesante. El estilo es agradable y ameno, ojalá que mi versión en castellano tenga ese mismo atractivo que tiene en inglés. Con respecto a los hechos que cuenta no abro juicio. Yo lo creo porque lo dice Feola, es un científico respetado, no creo que se deje engañar fácilmente. Porque realmente son tan extraordinarios los fenómenos que cuenta que son difíciles de creer. A mucha gente le parecerán increíbles y muchos dirán que son inventos o exageraciones. Yo íntimamente se lo creo, estoy segura de que es honesto en sus afirmaciones C. – ¿Y de su traducción? I. – Soy de las personas que nunca están totalmente conformes con lo que hacen, pero en verdad trabajé honestamente, hice lo mejor que pude a mi leal saber y entender, y creo que en términos generales la traducción está bien. Claro que, como sale en edición bilingüe, el lector que sepa inglés y castellano va a poder confrontar las dos versiones y seguramente algunas críticas van a surgir.
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C. – ¿Cuáles fueron las dificultades con que tropezó, si las hubo? I. – Por las circunstancias azarosas en que se hizo, la traducción completa me llevó unos 3 o 4 años. En cuanto a las dificultades de esta traducción, hay una particularidad. Una buena parte del libro está hecha en base al diario que llevaba Feola en la Argentina desde sus nueve años, naturalmente escrito en castellano. Él incluso introduce párrafos enteros de ese diario. Entonces yo me encontré con un texto que fue traducido del castellano al inglés y ahora debía traducirlo otra vez del inglés al castellano, ya que no tenía manera de conseguir los textos originales. Tuve que correr el riesgo de que hubiera algunas diferencias que en todo caso supongo serían de forma y no de fondo. En otro caso, hay un determinado pasaje donde Feola cita unos versos de Antonio Machado, traducidos al inglés. Traté de buscar el original en español, pero el texto no lo menciona y no lo pude localizar. Tampoco podía traducirlos al castellano porque ya no hubieran sido los versos de Machado, sino otra cosa. Finalmente lo resolví citando otros versos del mismo poeta con un sentido similar. C. – ¿Desea agregar algo más? I. – Sí, quiero reconocer y agradecer la valiosa colaboración que me brindó Juan Gimeno al actuar como “primer lector”, dándome su opinión y ayudándome con la corrección de los borradores, además de su estímulo y apoyo moral.

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CIENTÍFICO Y PSÍQUICO
Por José María Feola

Título original en inglés: Scientist and Psychic Traducción: Dora Ivnisky

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Prefacio
José Feola es una personalidad trivalente. Es, en primer lugar, el excelente profesor e investigador parapsicológico, completamente familiarizado con las más modernas técnicas de laboratorio; en segundo término, es el sensitivo-paragnosta, dotado de un talento excepcional que se preocupó por aplicar a la exploración y desarrollo de las investigaciones; y en tercer lugar, posee la capacidad única de articular sus descubrimientos en métodos rigurosos que deberían ser tenidos en cuenta por investigadores que muchas veces muestran poca o ninguna habilidad en este sentido. Con este extraordinario trasfondo, el profesor Feola logra fácilmente rastrear desde edad temprana sus propias aptitudes psíquicas, afirmadas luego en etapas posteriores, además de numerosas otras experiencias psi, muchas veces en relación con allegados y familiares, personas unidas a él por lazos de afecto y amistad. Desde muy joven, José Feola demostró, como jugador de ajedrez, competencia y rigor intelectual suficientes para convertirse en campeón. Al mismo tiempo, adquirió destreza como violinista, quizás combinando inconscientemente sus aptitudes cognitivas y psicomotrices con una profunda sensibilidad emocional. Más adelante, en su multifacética carrera profesional, se convirtió en un destacado radiobiólogo en el Lawrence Radiation Laboratory (en la actualidad el Berkeley Radiation Laboratory) de la Universidad de California en Berkeley. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Minnesota, mientras realizaba importantes trabajos sobre los efectos combinados de los rayos X, la iodoacetamida y los campos magnéticos sobre tumores en ratas. Finalmente, se estableció en la Universidad de Kentucky, realizando importantes trabajos sobre los efectos biológicos de neutrones del Cf-252, y continuando al mismo tiempo sus trabajos sobre campos magnéticos. No obstante, quizás del mismo modo que el fisiólogo Charles Richet, galardonado con el premio Nobel a comienzos del siglo XX, el profesor Feola no vuelca enteramente su corazón y sus energías a los logros externos de su carrera, sino que su centro está en la esfera de los
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fenómenos parapsicológicos, siempre luminosa aunque a veces frustrante. Además de las numerosísimas experiencias psi personales de las que ha conservado abundantes registros a lo largo de su vida, ha dedicado también considerable tiempo y energías a la investigación directa de incidentes extraordinarios, entre ellos genuinas levitaciones de mesas, fenómenos lumínicos, sonidos inexplicados, casos de bilocación, casas encantadas, poltergeist, y ha reunido datos sobre experimentos con mescalina y ESP (percepción extrasensorial), y muchos otros estudios parapsicológicos de laboratorio en la Universidad de Duke con J. B. y Louisa Rhine, J. Gaither Pratt y el profesor Robert H. Thouless (Cambridge).

Berthold E. Schwarz, MD

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CAPITULO 1 El tictac desde el ropero
Es posible que el hecho de haber estado a punto de morir aún antes de haber nacido, tenga que ver con mi vida, con mi curiosidad acerca de todo lo relacionado con la muerte, con mis experiencias psíquicas. Al menos, algunos científicos creen que todo trauma relacionado con la vida prenatal o con el nacimiento puede ocasionar en la vida posterior estados de ansiedad respecto de la muerte. Yo he sido víctima de ambas circunstancias: mi madre se cayó de una escalera justo una semana antes de mi llegada a este mundo, y el parto mismo fue muy dificultoso. Mi madre ya no pudo tener más niños. Nací en Buenos Aires, Argentina, el domingo 30 de mayo de 1926, a las nueve y media de la mañana. Cuando tenía seis meses de edad, nos mudamos a 25 de Mayo, en la Provincia de Buenos Aires, donde vivía la mayor parte de la familia. No recuerdo mucho de mis primeros dos años de vida, pero sí recuerdo una foto de mi primer cumpleaños, un niñito con grandes ojos castaños asombrados, parado con una mano sobre una mesita, mirando al fotógrafo o a mi madre, que deseaba conservar para la posteridad la imagen de su hermoso bebé. Cuando yo tenía unos dos años de edad, mis padres compraron una casa cuyo dueño, un anciano viudo, había fallecido pocos meses antes. En esa casa tuve mi primera experiencia psíquica a la edad de tres años. Estaba acostado en mi cama, que se hallaba junto a la de mis padres, cuando oí el tictac de lo que pensé que sería un reloj. Se lo dije a mi madre en mi media lengua, y señalé hacia el cajón inferior de un pesado ropero, diciendo que el reloj estaba ahí y que lo quería. Mi madre al principio no lo oía, pero al rato lo oyó muy claramente. Decidió echar una mirada. Fue hacia el cajón, lo abrió, buscó y rebuscó en su interior, pero no encontró ningún reloj. Mi madre decidió entonces esperar a que llegara mi padre para preguntarle acerca del misterioso tictac. Él trabajaba de peluquero con su hermano mayor, Víctor, y en ese
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pueblo era habitual que los sábados trabajaran hasta medianoche. Cuando regresó y le preguntamos por aquel tictac, se sorprendió bastante, porque el único reloj en la familia era un viejo Longines que él llevaba consigo. Pocos días después, un tío por parte de mi padre moría de un ataque al corazón. Después de esta temprana experiencia, hubo muchos incidentes vinculados con el extraño tictac, algunas veces relacionados con una muerte en la familia, pero que siempre parecían indicar la presencia de alguna especie de fuerza psíquica. Otro hecho muy extraño sucedió en esa casa. Mi madre estaba preocupada por la compra de esa propiedad, pues había sido vendida por los herederos del difunto viudo y había algunos problemas legales. El precio había sido llamativamente bajo. Una noche, pocas semanas después del incidente del reloj, mi madre vio emerger de debajo del mismo ropero, la figura de una mujer anciana, de aspecto agradable, vestida con ropas de entrecasa. Mi madre nunca la había visto antes y estaba sorprendida por su presencia, pero no tenía miedo. La aparición se acercó a la cama y, parada frente a mi madre, dijo: “No te asustes, y no te preocupes por la casa, porque no es a ti a quien se culpará por lo que va a suceder”. Luego se dio vuelta y desapareció por debajo del ropero. Al día siguiente, mi madre decidió hablar con Mariana, una amiga que vivía justo enfrente de casa y que poseía facultades psíquicas. Mi madre le explicó todo y ella dijo, con su habitual seriedad y aire de quien confía un secreto: “Pero, Valentina, ¡ésa es Luisa, la que era propietaria de la casa!”. Resultó que Mariana también había visto la aparición esa misma noche. En 1930, cuando yo tenía cuatro años, nos mudamos a otra casa en el centro de 25 de Mayo, frente a la plaza principal, la hermosa Plaza Mitre, así llamada en homenaje a Bartolomé Mitre, quien fue Presidente de la República, general, escritor y fundador del diario La Nación, hoy existente. Viví en esa casa hasta mis doce años. Mi padre había vendido la casa anterior, y con ese dinero instaló la mejor peluquería del
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pueblo, con cinco sillones nuevos, que se podían subir y bajar y hacerlos girar hasta colocarlos en determinado ángulo, y con grandes espejos que cubrían las paredes casi hasta el techo. El salón era rectangular, de unos once metros de ancho por ocho de fondo. La entrada principal estaba en el medio, con dos grandes ventanas a ambos lados. Otra puerta, opuesta a la entrada principal, daba a las habitaciones interiores. Tres de los sillones estaban sobre el lado más largo, y los otros dos en ángulo recto sobre el costado más corto del salón. Había un lavatorio, y una máquina brillante, del tamaño de un hombre, para calentar las toallas para los clientes de piel delicada o que deseaban un masaje facial. El piso era de madera dura, y uno de los aprendices era el encargado de mantenerlo impecable. La única entrada a las habitaciones interiores era a través de la peluquería. El dormitorio de mis padres era adyacente al salón, el siguiente era el mío, y ambos daban a una galería. Teníamos un solo baño, no cubierto por la galería, y junto a él había una habitación más pequeña y luego la gran cocina con puertas que se abrían al patio delantero y al trasero. No había calefacción ni aire acondicionado, nos arreglábamos con un brasero en invierno y ventiladores en verano. En invierno, por su amplitud y calidez, la cocina era nuestro lugar de reunión familiar. Mi padre, durante todo este período, leía mucho, sobre todo filosofía. Los libros de Nietzsche eran sus favoritos, siempre intercalaba citas de Así habló Zaratustra y de Ecce Homo. Marx, Engels y Kropotkin también formaban parte de su biblioteca, y solían ser temas de sus conversaciones con un pequeño círculo de amigos. La cocina era el salón del pobre, de los soñadores de utopías y de sociedades ideales que jamás existieron. Nunca fui excluido de esas reuniones, y siempre he agradecido las oportunidades que con ellas se me brindaron. El tictac volvió a oírse en la cocina, y nuevamente fui yo el primero en percibirlo. Pero ahora, todo el mundo lo oyó. Como había algunas cucarachas, hubo que excluir la posibilidad de que fueran ellas quienes producían el ruido. Revisamos cada centímetro cuadrado de la pared de donde venía el tictac, y no encontramos ningún insecto. Más aún, seguíamos oyendo el tictac mientras buscábamos cucarachas. En un momento dado, pareció que el sonido venía
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sincrónicamente de varios puntos de la pared al mismo tiempo. Dos semanas más tarde falleció el tío de mi padre, Antonio, hecho que conservo fresco en mi memoria porque quería mucho a mi tío abuelo. Fue la primera persona a quien vi muerta. Estaba tendido en una mesa, antes de ser introducido en su ataúd, vestido con un traje negro, camisa blanca y corbata de moño azul. Lo miré durante un rato largo, esperando que se despertara, pero no, eso no sucedería. Pensé, entonces esto es la muerte, dormir y no volver a despertar. Viene al caso señalar aquí que durante todos los años que vivimos en esa casa el tictac en la cocina solía oírse con bastante frecuencia, hasta varias veces por semana. Tales circunstancias parecían estar relacionadas con la personalidad de quienes se reunían en la cocina y con sus conflictos íntimos. Por ejemplo, don Plácido, de mayor edad que mi padre, era muy buen escritor, un hombre que realmente amaba los libros y las discusiones filosóficas; González, a quien llamábamos Gonzalito a causa de su corta estatura, leía filosofía constantemente; y Salvador Naviglia, un músico italiano, tocaba el trombón en la banda del pueblo, la mejor de la Provincia de Buenos Aires. Don Plácido tenía muchos problemas personales y políticos y dificultades laborales. Su esposa había muerto cuando su única hija tenía diez años; pero se las había arreglado, y con firmeza y dignidad había hecho de ella una joven encantadora. Gonzalito era un hombre sin familia, muy solitario. Y Salvador, según supimos después de su muerte, había dejado su familia en Italia. Esto puede explicar el hecho de que siempre se asustaba cuando oía el tictac. Quizás a causa de su conciencia culpable, acostumbraba llevar consigo una pistola calibre 45, especialmente de noche. Lo más lamentable en cuanto a esas ocurrencias espontáneas era que ninguno sabía cómo encarar los fenómenos. Hubiera parecido tonto formular preguntas, tratar de establecer algún tipo de comunicación con esos ruidos. Cuando tenía ocho años, encontrándome en la cocina solo con mi padre, ocurrió algo realmente impresionante. Él estaba sentado a la mesa con un libro, y yo lo interrumpí, haciéndole un sinfín de preguntas filosóficas, algunas bastante inusuales para un niño de esa edad. Mi padre me explicó lo
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que sabía o había leído. No era una persona religiosa, y aunque conocía el movimiento espiritista, tampoco creía en los espíritus. Conversamos durante un rato, y, en un momento de silencio, oímos un fuerte ruido sobre nuestras cabezas, como si una gran piedra hubiera caído sobre el techo. Mi padre y yo corrimos a investigar, y yo trepé rápidamente al techo. No hallé más que el silencio y la paz de una apacible noche de luna. Niño precoz, aprendí a leer a la edad de cinco años, y desde entonces leía todo lo que caía en mis manos. Después de este hecho, comencé a leer todo cuanto pude hallar en la biblioteca pública sobre espíritus y temas afines. Hacia el fin de mi noveno año había leído dos de los libros de Allan Kardec, y muchos otros sobre magia y hechicería. Mientras leía a Allan Kardec, mi abuela materna, doña Laurentina, vino a visitarnos desde su casa en Buenos Aires. A veces se quedaba con nosotros por dos o tres meses. Estábamos durmiendo en la misma habitación cuando tuve una experiencia insólita. Vi, en la oscuridad del cuarto, un par de grandes ojos amarillos que me observaban y venían hacia mí. Grité asustado y me consoló mi abuela, quien aseguraba no haber visto lo que vi yo. Estas circunstancias fueron el fundamento de mis convicciones acerca de los fenómenos psíquicos, que se fortalecían a medida que se me presentaban nuevas experiencias. Comencé a coleccionar informaciones y experiencias de mi abuela materna y mi abuelo paterno. En realidad, veo ahora que desde mi niñez, mi certeza acerca de la existencia de los fenómenos paranormales permaneció incólume, no obstante mi preparación y educación en el terreno de la ciencia. El testimonio de personas de mi confianza me ayudó a confirmar mis tempranas experiencias, y con el tiempo contribuyó a darme la seguridad de que, con persistencia, es posible lograr que al menos algunos de estos fenómenos se produzcan en condiciones bien controladas. Permítanme ahora relatar algunas de las historias que mi abuela Laurentina me contó.

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Intermezzo: Del tiempo de la abuela
Aún recuerdo esas silenciosas noches de invierno en que nos sentábamos en círculo aguardando que la voz de mi abuela interrumpiera el monótono crepitar de los leños en la vieja estufa, y nos transportara con sus memorias a un mundo de ilusiones, leyendas y seres que ya habían partido. “Sí, sé que ustedes no creen en estas cosas, y tampoco hubieran tenido el coraje de verlas”. Este desafío desataba una breve discusión, que ella daba por terminada al continuar diciendo: “Vivíamos por entonces en lo que hoy es la Estancia Santa Clara, que fue escenario de muchas masacres de indios. De noche era necesario vigilar el ganado propio, encerrado en un corral, y también los animales ajenos, a fin de evitar que entraran y se comieran el grano. Todos los miembros de la familia se turnaban para quedarse vigilando. “Una noche, cuando mi hijo Pepe y yo estábamos de guardia, oímos un sonido como de música lejana cuyo volumen aumentaba por momentos. Pronto los ruidos de una gran fiesta se unieron a la música: gritos, cantos y risas. Pensamos que algún vecino, amigo nuestro, hubiera organizado una fiesta, y cuando mi marido vino a relevarnos, le dije: ‘Mirá, Valentín, en lo de don Eustaquio dan una fiesta, pero ya no oímos más la música’. “A la mañana siguiente, le preguntamos a don Eustaquio sobre su fiesta, y él se sorprendió mucho y dijo que se había ido a la cama muy temprano y que no habían tenido ninguna fiesta. Agregó, confidencialmente, que en un valle cercano, teatro en el pasado de trágicos sucesos, se oían de vez en cuando gritos, música y otros ruidos semejantes, que duraban un rato hasta que todo volvía al habitual silencio y quietud de la pampa, sólo interrumpido por el chistar de las lechuzas, el ladrido de los perros, el melancólico balar de las ovejas y el mugido de las vacas, todo ello en una extraña confusión que le hacía a uno maravillarse”. Mi abuelo Valentín De Santis era una de esas personas que no creen en nada. Para él, fantasmas, “espíritus de luz”, y cosas por el estilo eran todos mitos, y se lo dijo a su esposa
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con toda claridad cuando ella le contó lo que junto a su hijo habían escuchado. Durante la vigilancia de él nada sucedió. La noche siguiente, a las dos de la madrugada, mi abuelo estaba nuevamente de guardia, relevando a mi abuela y a Pepe, mi tío. Mi abuela le contó a Valentín lo que había sucedido esta vez. “Estábamos hablando con Pepe sobre lo ocurrido la noche anterior, cuando notamos que los perros ladraban muy quedamente. Nos inquietamos, hasta que Pepe, que tiene el oído muy fino, me tranquilizó, diciendo que venían unos jinetes. En efecto, en unos pocos segundos llegaron dos jinetes. Uno cabalgaba un caballo blanco y el otro uno negro, tan negro que era difícil verlo. Nunca había visto un animal tan hermoso. Ambos jinetes pasaron a corta distancia de nosotros, sin mirarnos siquiera, hasta perderse de vista”. En este punto mi abuelo la interrumpió, diciendo: “Vos ves cosas todas las noches. Es el miedo que te hace ver apariciones. Esta noche haré guardia de nuevo, y veremos”. Lejos estaba de imaginarse, cuando pronunció estas palabras, qué era lo que le esperaba. Todo estaba en calma cuando miró su reloj: las tres en punto. Media hora más tarde, un relámpago iluminó la llanura a lo lejos, y el fragor del trueno hirió sus oídos. Oyó luego el galope de un caballo, e instintivamente preparó su escopeta. Apareció un jinete montado en un brioso caballo negro; vestía un poncho de colores oscuros y, por la manera en que se comportaba, mi abuelo pensó: “Este tipo viene a robar algo”. Apenas se alejó el jinete, mi abuelo montó su caballo gris manchado y lo siguió a una distancia segura. Tenía razón. El jinete iba directamente hacia el corral. A la luz de los relámpagos pudo ver al hombre bajarse a abrir la puerta. Mi abuelo se puso la escopeta al hombro y ya iba a disparar cuando –¡oh, sorpresa!– otro relámpago le mostró que no había nadie cerca de la puerta. El escéptico había tenido una visión. Pocos días después mi abuelo fue al pueblo cercano para realizar algunas diligencias, y regresó a casa después de ponerse el sol. Venía cabalgando al trote cuando oyó gritos y silbidos detrás de él, como de gente que arrea ganado. Se dio
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vuelta y vio un gran rebaño de ovejas que se acercaba en su dirección. Se detuvo con el propósito de cederles el paso. Después de haberse detenido, volvió a mirar a su alrededor y sólo vio el camino recién removido y las sombras de los árboles proyectadas por la luz de la luna en la más bella y apacible de las noches.

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CAPITULO 2 Hechos extraordinarios en una ciudad pequeña
Mi otro abuelo, Nicola Feola, era un hombre muy trabajador; poseía una chacra en la que cultivaba toda clase de productos. Tenía un gran bigote, gris como su cabello, y, la mayor parte del tiempo, su pipa en la boca. Había venido a Sudamérica como parte de la gran inmigración de principios del siglo XX. Fuerte y rechoncho, acostumbrado al trabajo en las montañas de su Campania natal, en Italia, vestía siempre ropas grises y un sombrero negro. Tenían ya dos hijos, Víctor y Juana, cuando llegaron a São Paulo, Brasil. Se quedaron allí dos años, y tuvieron dos hijas más, Anita y Ángela, antes de que, cansados de las plantaciones de café y del calor, decidieran mudarse a Buenos Aires. Compró un buen terreno en el centro de la ciudad, pero el lugar le resultó demasiado poblado, así que al año vendió la propiedad y buscó un sitio más tranquilo donde vivir. Su próximo paso fue Chivilcoy, una linda ciudad en la Provincia de Buenos Aires. Allá tenía unos primos, los Casucchio, que se encontraban en buena posición y lo ayudaron. Pero don Nicola tenía otros sueños; después del nacimiento de Luis y de José Juan, mi padre, se trasladó a 25 de Mayo, donde halló por fin lo que buscaba y se estableció de manera permanente. Don Nicola era un hombre muy religioso; ninguno de sus tres hijos lo acompañaba en esta inclinación, aunque sí sus hijas. El abuelo Nicola solía contarme historias, atribuyendo los finales felices a su gran fe y la ayuda que gracias a sus plegarias obtenía de Dios. Por ejemplo, cuando tenía veinte años, estaba trabajando en una granja en Italia, cerca de un río. Hacía calor, estaba cansado, y se dirigió al río para refrescarse dejando tras él sus herramientas. Al rato volvió, buscó las herramientas y no las encontró. Como estaba oscureciendo, se desesperó y comenzó a rezar por el retorno de los objetos perdidos. Después de dirigir plegarias a tres santos por sus tres herramientas perdidas, miró hacia abajo y ahí estaban, a sus pies, como si hubieran venido de ninguna parte. Siempre contaba esta historia con lágrimas en los ojos,
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lo que me dejó la impresión perdurable de un hombre con una fe profunda. Me contó muchas otras cosas, y aunque en ese tiempo yo no sabía mucho de parapsicología, me di cuenta más tarde de que realmente debió haber tenido cierto grado de percepción extrasensorial. Rezar era lo primero que hacía por la mañana, y volvía a hacerlo por la noche, antes de acostarse, con profunda convicción y devoción. Algunos problemas financieros lo tenían preocupado, tanto que comenzó a rogar a Dios, pidiendo ayuda. Una noche tuvo un sueño: vio al Arcángel Gabriel, diciéndole que jugara a la lotería el número 6666. Al día siguiente buscó ese número por toda la ciudad, sin poder hallarlo. Ese número ganó el premio mayor de la lotería. No obstante, su problema financiero se resolvió porque un amigo le devolvió cien pesos, que era mucho dinero en aquel tiempo. Pero él siempre recordó con gratitud al Arcángel Gabriel que le dio el número acertado. Desde la edad de diez años, comencé a viajar solo a Buenos Aires, en un trayecto de cinco horas. Mi madre me ponía en el tren al cuidado de personas que viajaban a la ciudad para hacer compras. En una de esas visitas a mi abuela Laurentina y mis dos tías, Dolores y Elvira, me contaron algo muy interesante que les había ocurrido. Dos años atrás, habían alquilado un pequeño departamento de dos ambientes, ya que en ese momento eran muy pobres. El día de la mudanza, al irse a dormir, dejaron amontonadas todas sus pertenencias donde pudieron. Pocos minutos después de haber apagado las luces, oyeron un batifondo infernal, como de loza que se quiebra, animales en lucha, mesa y sillas corriendo a través del cuarto, por lo que rápidamente volvieron a encender las luces. Para su sorpresa, todo estaba tal como lo habían dejado, nada se había movido ni roto. Pensaron que, por estar tan cansadas, pudieron haber tenido una pesadilla, de modo que volvieron a apagar las luces. Tan pronto como lo hicieron, todo comenzó de nuevo. Abuela Laurentina hasta sintió como si un gato hubiera saltado sobre su cabeza, ya cubierta por la almohada, y estuviera arañando la funda. Esta escena se repitió tres o cuatro veces, hasta que decidieron mantener la luz encendida toda la noche. Al día siguiente se fueron de allí.
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Durante este período de mi vida –finales de la niñez y comienzo de la adolescencia– recogí muchas historias, pero era aún tan crítico como podía serlo, aceptando sólo las experiencias relatadas por quienes las experimentaron directamente. Por mucho tiempo, mi buen amigo Raúl Rocha y yo habíamos oído historias de una mujer del lugar de quien se decía que practicaba magia negra. Pocos días después de que Raúl se mudara cerca de la esquina de la casa de esa mujer, estaba sentado leyendo un libro frente a una mecedora, cuando ésta comenzó a balancearse por sí sola. Esto duró unos dos o tres minutos, y él se asustó. Esperó que regresara su madre, y le contó este extraño suceso. El único comentario de ella fue: “¡Esa bruja!”. Otro episodio concerniente a la misma mujer fue presenciado por mi madre y mi abuela. Se estaba construyendo un edificio al lado de la casa de esa mujer, y había afuera una gran pila de ladrillos. Mi madre y mi abuela acertaron a pasar por ahí en las primeras horas de la tarde, y vieron los ladrillos flotando en el aire de arriba a abajo. Enseguida lo atribuyeron a la “bruja”. A mis doce años, nos mudamos a una nueva casa en la misma manzana. La peluquería estaba nuevamente al frente, esta vez con una sola ventana grande, y las habitaciones interiores adyacentes al local, pero con una entrada independiente a un costado. El dueño, un hombre adinerado, muy atento, vivía en el segundo piso con su esposa y una hija, concertista de piano. Poco después de habernos mudado, él cayó bastante enfermo. Como siempre había sido muy amable conmigo, su enfermedad me preocupó mucho. Una noche soñé que el hombre había muerto, y que yo veía cómo lo preparaban para el entierro. Observé que tenía grandes manchas oscuras en la piel. Lo cubrieron con una mortaja blanca y lo colocaron en el ataúd. Por la mañana lo primero que hice fue contarle ese sueño a mi madre. Dos días después, murió de uremia. Cuando oí llorar a su mujer, fui a verla, y encontré que lo estaban preparando para el entierro con los mismos detalles que había visto en mi sueño.

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En 1942, mi abuela Laurentina estaba en Buenos Aires, muy enferma. Tenía cáncer de estómago, y deseaba morir en nuestra ciudad, 25 de Mayo. Entonces fui a Buenos Aires a buscarla. Tenía entonces dieciséis años, y era su nieto favorito. Cuando yo era un bebé y lloraba de noche, era ella quien me tomaba en brazos y me paseaba por el cuarto para hacerme dormir. Era una mujer pequeña, y yo, un bebé pesado; estos ejercicios le hacían doler el brazo derecho. Siempre me pareció sorprendente que hubiera traído trece hijos a este mundo, de los cuales sólo sobrevivieron seis. La hija mayor, Rosa, había muerto a los quince años. Esto prácticamente mató a mi abuelo Valentín, quien vivió un año más con dolor en el pecho hasta que murió de un ataque al corazón a la edad de treinta y cinco años. Mi madre sólo tenía seis años en ese momento. Esto explica por qué abuela Laurentina quería morir en 25 de Mayo. Su idea era que, como había vivido con dos hijas en Buenos Aires, debía permanecer con mi madre hasta su muerte, y luego el servicio fúnebre debía tener lugar en la casa de su cuarta hija, Carmen. Durante sus últimas tres o cuatro semanas de vida, se preocupaba por las molestias que nos estaría ocasionando, y cuando murió, la llevamos a la casa de Carmen. La noche del velatorio, me sentí cansado, y decidí ir a casa y dormir un rato. Iba solo, y estaba muy conmovido por los sucesos del día. Me acosté, dejé mi velador prendido, y me quedé pensando en la abuela y deseando que me diera alguna prueba de la existencia de algo después de la muerte. La puerta de mi habitación estaba entreabierta, con una toalla colgando del picaporte. Mientras estaba yo acostado pensando, la toalla comenzó a moverse lentamente y se deslizó hacia el piso. No había corrientes de aire que pudieran explicar este movimiento; y en cuanto a la gravedad, la toalla había estado colgada allí bastante tiempo antes de caer. No pude sino tomar esto como una señal de parte de mi difunta abuela. Entre las experiencias que recogí de parientes y amigos cercanos, hubo varias relativas a un curandero llamado don Ramón. Vivía en una casa solitaria en las afueras de la ciudad. Todos lo conocían, y mucha gente venía de lejos a verlo. Parecía un hermano mellizo de Clarence, el ángel que trata de
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ganar sus alas en la clásica película de Frank Capra Qué bello es vivir. Yo no creía mucho en lo que la gente decía acerca de don Ramón, pero igual siempre lo escuchaba. Un muy buen amigo de mi padre me contó lo siguiente: La policía había puesto preso a don Ramón, acusado de vender a la gente del pueblo agua magnetizada o algo por el estilo. Don Ramón, según el testimonio de dos policías, fue a dormir en su celda, pero justo antes de acostarse le dijo a uno de ellos: “¿Sabe? usted no me puede tener aquí. Yo puedo ir adonde quiera, y se lo voy a probar”. Así que lo dejaron durmiendo, bien encerrado. El amigo de mi padre estaba sentado en un banco de la plaza, con su taxi estacionado ahí cerca. Había algunas otras personas alrededor, cuando, mientras fumaba plácidamente un cigarro, vio venir a don Ramón hacia él. Don Ramón le dijo: “Hola, Vicente, podés verme y oírme, ¿no es así?”. Un poco sorprendido, Vicente respondió: “¿Por qué no? si estás aquí”. “Bueno, estoy y no estoy aquí. En este momento estoy durmiendo en la comisaría”. Antes de que Vicente pudiera volver de su asombro, don Ramón continuó: “Haceme un pequeño favor, andá allá y deciles que me viste, y que, como no hay una razón verdadera para que me tengan encerrado, vas a llevarme a mi casa”. Se dio vuelta y desapareció. Vicente se dirigió en su taxi a la comisaría, a dos cuadras de distancia, y le dijo al jefe de policía lo que había visto y oído. Fueron juntos a la celda: don Ramón dormía profundamente. El jefe no sabía qué hacer; Vicente no era de la clase de persona que gasta bromas a la policía. Don Ramón fue liberado y volvió a casa con su amigo. Otro incidente relacionado con don Ramón tuvo que ver con una querida prima mía, Pocha, la más alegre y encantadora de mis familiares. Era hija de mi tía Anita. Pocha estaba casada desde hacía unos cinco años y tenía dos niños hermosos, cuando desarrolló un cáncer de mama. En pocos meses, a pesar de una operación, hizo metástasis y los médicos dijeron que no había esperanzas para ella. La llevaron a la casa de su madre. En su desesperación por salvar la vida de Pocha, mi tía fue a ver a don Ramón, quien le dio una
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botella de “agua magnetizada” sin decir mucho más. Mi prima se mantenía animada para no afligir a los niños, aunque tenía el cuello enyesado. En un mes, o algo así, comenzó a perder su buen ánimo, y mi tía volvió a lo de don Ramón. El hombre le dijo: “Sé que dentro de dos semanas ella va a dejar este plano. Sólo quería darles un mes para que se prepararan para su partida”. Y le dio la fecha exacta de la muerte. Hacia 1943, con diecisiete años de edad, yo tenía el título de Maestro Normal y estaba habilitado para enseñar en la escuela primaria. Me ofrecieron un puesto en el Banco de la Nación, pero lo decliné porque deseaba continuar mis estudios, y decidí ir a La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, donde existe una universidad muy buena. Alrededor de un año antes de mudarme a La Plata, tuve un sueño tan inolvidable que se conserva en mi memoria hasta con sus menores detalles. En este sueño yo volaba sin el menor esfuerzo, con toda naturalidad, como un águila. Veía todo con sus colores naturales. Después de volar sobre lagos y prados cubiertos de flores, me encontré volando sobre una extraña ciudad. Volaba muy bajo a través de varias calles, hasta que advertí una casa muy elegante, cuya entrada principal estaba sobre la esquina, lo que es bastante inusual en la Argentina. Noté que había otra entrada, una pequeña puerta roja cerca de una pared baja, y en mi sueño, yo volaba sobre la pared, entraba en la casa y aterrizaba en una galería con cuatro puertas. Vi que alguien entraba por una de las puertas, y me escondí detrás de un árbol. Una mujer de edad, vestida de negro, atravesó la puerta seguida por una joven. Se dirigieron a otra de las puertas, miraron a su alrededor, y entraron. Entonces yo salí de atrás del árbol y me fui volando. Un año después, cuando fui a La Plata, un amigo mío me dio un paquetito para entregarlo cuando me resultara cómodo. Después de una semana más o menos, tomé un tranvía con el paquete en mi bolsillo. Al bajar del tranvía y cruzar la calle, vi delante de mí, en la esquina, la misma casa que había visto en mi sueño; la entrada por la esquina, la pequeña puerta roja al costado, la pared baja. Decidí esperar y ver si alguien salía. Unos quince minutos después, salió una señora, vestida de negro. Era la misma mujer de mi sueño. Un escalofrío me corrió
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por la espalda, al darme cuenta de que la percepción extrasensorial era un hecho, no sólo imaginación. Esta experiencia fue una especie de iniciación a La Plata, la piedra fundamental de mis posteriores experiencias y experimentos en esa hermosa ciudad.

Intermezzo con un presidente difunto
Tenía ocho años cuando conocí a José Paladino, a quien familiarmente llamaban Pepe, y él tenía treinta, la misma edad de mi padre, su tocayo, con quien muchas veces venía a jugar al ajedrez. Yo solía mirarlos jugar, y muy pronto aprendí a hacerlo. En pocas semanas desarrollé tal interés en el juego que comencé a ganarle a mi padre y a sus amigos. Cuando Pepe venía a visitarnos y mi padre estaba trabajando, me pedía que jugara con él. Después de que le gané dos o tres veces, se asombró. “¡Vos debés ser un gran maestro reencarnado!”, exclamó. Pepe era verdaderamente un autodidacta, y tenía muchas habilidades; era muy buen carpintero, y hasta hacía violines y guitarras. Yo tenía un violín hecho por él, y me hizo prometerle que no lo vendería mientras él viviese. Cuando me fui de Argentina se lo dejé a mi hijo Miguel Ángel. Él tenía un perro que parecía muy atraído por la madera clara del instrumento; un día, supongo que por curiosidad, lo destruyó de manera irreparable. Pero para entonces Pepe ya había muerto. Pepe era tan talentoso que era capaz de hacer casi cualquier cosa. Por ejemplo, no estaba satisfecho con un traje que había comprado, entonces fue y compró una pieza de tela azul, él mismo la cortó y se hizo un traje, que le salió muy bien. La razón por la que traigo a Pepe a esta historia es que era espiritualista, creía que el espíritu nunca muere, y que, en efecto, muchos espíritus vuelven para ayudar o simplemente visitar a sus seres queridos todo el tiempo. Pepe me contó muchas cosas que le habían ocurrido. Yo siempre le creí porque su rostro y sus ojos reflejaban sinceridad, y también porque era un hombre muy valioso, del cual supe muchas cosas por mi padre. Además, no parecía ser el tipo de persona propenso a tener alucinaciones.
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Una de sus experiencias era particularmente impresionante. Me contó que sentía realmente la presencia de un espíritu como un hormigueo en la punta de los dedos. Vivía solo, y una vez estaba leyendo en la cama, cuando sintió en sus dedos que algo estaba por suceder. Luego vio la imagen de una amiga suya, ya fallecida, que lo instaba a seguirla. Así lo hizo, y ella lo llevó a dos o tres cuadras de distancia, a la casa de su hijo. Le hizo señas a Pepe de que entrara; él entró y vio a su amigo en muy mal estado, deprimido, principalmente a causa de serios problemas financieros, y con idea de suicidarse. Pepe le contó cómo había llegado allí, y que creía que su madre quería que él lo ayudara. Lo hizo, por supuesto, pero fue la experiencia misma la que ayudó a ese hombre a volver a la vida, trabajar y salir de sus deudas en pocos meses. Esa experiencia de Pepe me impresionó mucho, e hizo que me preguntara por la posibilidad de la supervivencia después de la muerte cuando tuve mis propias experiencias; emtre ellas, las relacionadas con el Presidente Sarmiento fueron las más extrañas. Domingo Faustino Sarmiento fue un argentino sobresaliente, en muchos sentidos. Desde la niñez supe de su vida y su obra, que fueron objeto de mi admiración para toda la vida. Es como el sentimiento del pueblo de los Estados Unidos hacia el Presidente Abraham Lincoln; cuando usted conoce su vida y sus actos, lo ama para siempre. Un día, cuando yo tenía unos ocho años, el diario La Nación publicó un retrato ovalado de Sarmiento, de cuando ya era Presidente de la República Argentina. Decidí montarlo en un vidrio ovalado. Fui a un negocio donde hacían este tipo de trabajo, y me dijeron que podían tenerlo hecho en el día. Esa tarde, cuando fui a buscarlo, me había olvidado completamente de que tenía que pagar, y no sabía cuánto costaba. El dueño del negocio me trató como un adulto, me trajo el retrato terminado y me dijo: son cincuenta centavos. No tenía dinero, entonces me puse las manos en los bolsillos y bajé la vista. Ahí nomás, entre mis pies, en el piso, estaba un billete de un peso. Lo alcé, sorprendido, y se lo mostré al hombre; él lo tomó y me dio cincuenta centavos de vuelto. Me fui con el retrato enmarcado, que llevé a casa y colgué sobre mi escritorio, y además con los cincuenta centavos.
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¿Por qué dije que Sarmiento fue un gran hombre? Nació un año después que la Argentina, en 1811. Aprendió a leer casi solo, como también lo hice yo. (Tal vez por eso tenía la ilusión de llegar a ser un gran hombre, como él). Había muchas personas instruidas en su familia; a la edad de quince años ya enseñaba, y decía que un día iba a ser Presidente de la República Argentina. Muchos años después, leyendo algunos de sus libros, supe acerca de sus experiencias con enanos. A los ocho años de edad, dormía en un rincón de una habitación grande; una noche estaba ya en la cama con las luces apagadas, cuando vio cinco o seis enanos, bailando en círculo en el cuarto. Estaba asustado y tembloroso pero continuaba observando. No hacían ninguna otra cosa, solamente bailaban, a veces acercándose a su cama y mirándolo. Finalmente desaparecieron y él se durmió. Sarmiento menciona en tres de los cincuenta y dos volúmenes que escribió en su vida, que esos enanos lo acompañaron durante toda su vida. Pienso que esta circunstancia tiene relación con el vigor que poseía Sarmiento; era como una fuerza de la naturaleza, semejante a un huracán que nadie puede detener, hasta que en alguna parte se desvanece por sí mismo. Antes de ser electo presidente, estuvo en los Estados Unidos; fue amigo de Horace Mann. Creo que fue el único presidente de la Argentina elegido in absentia. Era casi inevitable. Elegido por una amplia mayoría, regresó al país convertido en presidente. Fue también un soldado autodidacta; era tal su valor y su inteligencia en las batallas, que en pocos años llegó a general. Era un hombre apasionado, pero siempre lleno de sentido común. Estuvo en total posesión de sus facultades hasta el momento de su muerte. Como escritor, pudo con igual talento expresar los más tiernos sentimientos hacia su madre, que hacer temblar a un dictador cuando escribió desde el exilio. Muchas personas creen que la pluma de Sarmiento fue más poderosa que el sable de Juan Manuel de Rosas. Rosas era el tirano. Sarmiento ayudó a derrotarlo primero con sus editoriales desde Chile, y después en el campo de batalla. En todo caso, los enanos de Sarmiento fueron los únicos fenómenos paranormales que experimentó durante su vida. Sarmiento estaba en los EE.UU. cuando el Presidente

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Lincoln fue asesinado. Lincoln, otra fuerza de la naturaleza, tuvo un sueño premonitorio sobre su muerte. Hay otras dos experiencias relacionadas con Sarmiento que quisiera contar aquí. La primera fue también con el retrato oval ya mencionado. Nos habíamos mudado a una casa nueva, y este cuadro resultaba extraño en ella, no quedaba bien, así que mi madre no me dejó colgarlo. Lo puse en un armario, en el fondo de un estante, y lo olvidé por un tiempo. En el verano, me gustaba acostarme a leer durante la siesta en las frescas baldosas del piso de un corredor, no lejos del armario donde había escondido el retrato. Un día me acordé de pronto del cuadro de Sarmiento. No podía recordar dónde lo había dejado, y estaba tratando de hacer memoria cuando oí un ruido pesado que venía del armario. Fui a investigar y descubrí que el cuadro había caído al piso del armario. El vidrio estaba intacto. Desde luego, siempre está la explicación de la coincidencia. Puede ser. Pero estoy relatando “coincidencias significativas”, si así se las quiere llamar, y me abstendré por el momento de intentar explicación alguna, hasta que la historia de mis experiencias en el dominio de lo psíquico esté más avanzada. El último acontecimiento significativo tuvo lugar en 1949. Hacía más de un año que trabajaba como secretario de una escuela especial para niños sin hogar; la escuela les daba preparación especial en música, de modo que pudieran conseguir trabajo en alguna banda del ejército o la armada. Me hallaba trabajando una mañana cuando sonó el teléfono, y una voz desde la oficina de la dirección de escuelas me dijo que el Director General quería verme inmediatamente. Media hora más tarde yo estaba en su oficina en el centro de La Plata. Me dijo: “quería conocerlo antes de mandarlo a San Juan con don Juan Beretta y catorce chicos de su escuela para rendir homenaje a Sarmiento en la casa donde nació”. Hasta hoy no he podido descubrir, en primer lugar, por qué se había resuelto efectuar ese homenaje; el acto tuvo lugar durante la primera presidencia de Perón, y Perón no era precisamente un sarmientista. Además, el Director General era conocido como rosista, de modo que este acto me resultaba incomprensible. Y
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después, ¿por qué y cómo me eligieron a mí, y no al director de mi escuela, para concurrir al acto? Don Juan Beretta era el secretario de otra escuela, un gran educador, y el director de mi escuela era amigo suyo. Lo único que descubrí fue que “alguien que estaba en la sala” cuando el Director General tuvo esta idea, le dijo: “Creo que Feola sería un buen candidato para ir”. Eso es todo. Gracias a este hombre, quienquiera que fuese, visité los lugares sobre los que había leído, la higuera bajo la cual la madre de Sarmiento tejía en su telar, y el preciso lugar donde habían bailado los enanos.

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CAPITULO 3 La muerte y yo
La primera vez que entré en contacto con la muerte fue cuando murió mi tío Antonio. Como dije antes, tenía entonces cuatro años, pero siempre recuerdo cómo lo vi en el ataúd, con sus nobles facciones normalmente serias, vestido con sus mejores ropas y un moño azul en el cuello. Hice muchas preguntas a mis padres, pero lo cierto es que, al verlo encerrado e inmóvil, y ver que se lo llevaban, supe que él estaba en una calle de una sola mano. A la edad de seis años, estaba un día cerca de uno de los grandes espejos que tenía mi padre en la peluquería, y me acerqué más y más, mirándome a los ojos en el espejo. Después alcé la voz preguntando: “¿Quién soy? ¿Quién soy?”. Mi voz sonaba tan desesperada que mi madre vino a ver qué me pasaba, y tuvo que alejarme del espejo para que volviera a la normalidad. Ahora ustedes pueden entender por qué en el primer capítulo mencioné la caída de mi madre una semana antes de mi nacimiento. He leído que algunos médicos creen que el shock del parto puede a veces infundir en el recién nacido un temor asociado con la muerte o no-vida. Ese temor ha permanecido conmigo durante mucho tiempo, hasta que hallé una respuesta que, aunque tentativa, les daré más adelante. Mis viejas anotaciones muestran cuánto me afectó el miedo a la muerte. A los quince años, escribí en mi diario: “¿Qué es la vida? El diccionario dice ‘la unión del alma y el cuerpo’. ¿Qué es la muerte? El diccionario dice ‘cesación de la vida’. En resumen, no sabemos nada”. El diario continuaba: “Soy un joven que no se resigna a morir, y sé que hay muchos como yo. A veces, cuando estoy solo, pienso en la muerte y tengo ganas de llorar, de romper todo lo que me rodea. ¿Será tal vez porque soy demasiado joven, y sé poco de la vida? ¿O más bien, del mundo? No sé. Está bien: ya que sabemos que debemos morir, tiene que haber algún consuelo para tan irremediable futuro: es el amor.
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“Lo único que reconozco de grande en la muerte es su justicia, su ecuanimidad. Nadie escapa. Es inexorable, la única ley que es igual para todo el mundo. Pero, ¿acaso detrás del velo de la muerte reside la respuesta a todos nuestros problemas?”. Hacia la época en que escribí esto, estuve varias veces muy cerca de la muerte. Esas experiencias me dieron la oportunidad de saber qué se siente al aproximarse a ella. Y cada vez sucedió algo inusual para que yo sobreviviera. Cómo y por qué, por azar o con un propósito, por algún tipo de fuerza o energía, eso es lo que trato de indagar, eso es lo que pienso y siento que mis lectores persiguen, y la principal razón para contar mi historia: ver si entre todos podemos encontrar sentido a estos extraños acontecimientos de nuestras vidas. Cuando tenía seis meses de vida, mi abuela María me dio un plato de fideos con una salsa pesada. No sé cómo los comí, pero contraje lo que mi madre rotuló como “fiebre intestinal”. Estuve entre la vida y la muerte durante varios días. A los dos años, estaba en casa explorando el tanque de juntar agua de lluvia y me caí de cabeza en él. En ese mismo instante, mi madre, que estaba en la cocina, sintió que algo malo pasaba y salió a buscarme, llamándome por mi nombre. Vino directamente al tanque y me sacó, salvándome la vida. La vez siguiente que estuve realmente cerca de la muerte fue en 1935, cuando tenía nueve años. En esa época estábamos en buena posición económica; mi padre había comprado un Ford A de 1930. Era verano, época en que la gente acostumbraba ir a pasear a la laguna y al parque. Una tarde mi padre dijo: “¿Por qué no vamos a la laguna?”. Al principio dudábamos, porque concurría demasiada gente, pero al fin nos pusimos en camino; debíamos recorrer unos cinco kilómetros. Mi padre manejaba, yo iba sentado entre él y mi madre. Un empleado de mi padre se sentó en el asiento de atrás. Entonces las fuerzas oscuras de este mundo cambiaron la suerte de toda la familia en pocos segundos, actuando a través de un hombre irresponsable. Era una ruta de doble mano, y muchos coches venían en sentido contrario. Íbamos muy despacio, gozando de la brisa; no había nadie delante nuestro. Alberto, en el asiento de atrás, decía: “Mire, José, lo
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que se está perdiendo, ¿por qué no viene aquí atrás? mientras, recostado, pretendía fumar un gran cigarro. Entonces sucedió. De pronto, un coche que venía en dirección contraria apareció desde detrás de un ómnibus al que intentaba pasar, y nos chocó de frente. Mi madre lo vio venir y rápidamente me cubrió la cara con su chaqueta. Una escena horrible se produjo a continuación de este tremendo impacto. Mi padre dio con la cabeza contra el parabrisas, se rompió el hueso frontal, y después nos dijeron que habían hallado trozos de cerebro en el vidrio. Pero no estaba muerto, y no murió. Mi madre tenía un corte encima del ojo izquierdo, y yo tenía el labio inferior cortado por un trozo de vidrio. Perdimos el rastro de nuestro pasajero del asiento de atrás; sólo al día siguiente supimos lo que le había pasado. Había golpeado y roto con su cabeza el grueso soporte del techo del auto. Lo encontraron dando vueltas a casi dos kilómetros del lugar del accidente. Mi sensación posterior fue que había intervenido alguna fuerza desconocida, una de esas fuerzas poderosas, irresistibles, que pueden cambiar y cambian dramáticamente, de vez en cuando, la vida de las personas. En ese mismo año fatal de 1935, nuevamente escapé a la muerte, el cielo sabe cómo o por qué. Fue el 22 de agosto, un miércoles, alrededor de las cinco y cuarto de la tarde, cuando mi querido amigo Coco, también de nueve años de edad, vino a casa, saludó a mi madre, que estaba conmigo en la puerta, y me preguntó si quería ir con él a ver una película. Le dije: “Claro que quiero, pero no tengo dinero”. A lo que él contestó, metiendo dos dedos en el bolsillito junto al cinturón de su pantalón corto, “Mirá, ¡soy rico! Tengo tres pesos. Me gustaría invitarte”. La entrada costaba sólo veinte centavos, así que de verdad era rico. Fuimos al cine, nos divertimos, y al llegar a nuestras casas nos despedimos con un “hasta mañana”. Pero no vi a Coco ni el jueves ni el viernes. El sábado, cerca de las diez de la mañana, oí a mi madre que hablaba por teléfono. Le oí decir “¿Está seguro? ¿Seguro que es Coco? Pero si yo lo vi el miércoles pasado…”. Colgó, vino sollozando a mi habitación, donde yo estaba ya sentado en la cama, y me dijo: “¡Coco se ha ido, Coco está muerto!” Yo pregunté “¿Qué pasó? ¿Un accidente? “No, no, fue difteria

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negra. Murió anoche, después de medianoche; enseguida sellaron el cajón, lo llevaron al cementerio y lo cremaron”. Las ordenanzas locales eran muy severas con la difteria negra. Sólo dos semanas después pude ir a poner algunas rosas en su tumba. Desde entonces, de tanto en tanto, especialmente en su aniversario, llevaba rosas a la tumba de Coco. Los padres habían colocado en ella un retrato ovalado del niño, con su rostro sonriente. Yo iba siempre de mañana temprano, para que nadie me viera. Pero sus padres lo sabían. Un día que fui a su negocio de artículos de cuero, la madre de Coco me dijo: “Gracias, José, gracias por acordarte de Coco”. Y yo siempre lo recuerdo. Nos habíamos prometido uno al otro, no mucho antes de su partida, que si uno de nosotros moría, esperaría al otro en alguna parte. Estábamos conversando sentados en un banco debajo de uno de los dos enormes alcanfores que había en la Plaza Mitre. Estos árboles tenían un aire de inmortalidad, sin embargo, según me dijeron, fueron talados años más tarde (asesinados sería la palabra correcta). Pero nuestra promesa aún está en pie. Un año después, me sometí a una operación (hernia epigástrica) para lo cual me tuvieron que anestesiar. El médico me dijo que empezara a contar, que me quedaría dormido antes de llegar a treinta; pero yo oponía gran resistencia, porque sentía que, dormido, estaría desvalido e indefenso. Lo que sentí en el momento de dormirme fue que caía en una espiral, bajando y girando lentamente, rodeado de una pared cilíndrica en la que veía lirios azules dispuestos simétricamente sobre un fondo amarillo. Pensé que si así era morirse, entonces no era tan malo. Es curioso que me llevara tantos años llegar a un enfoque racional de la muerte que me aportó cierta tranquilidad. A continuación voy a referirme a mis otras experiencias de aproximación a la muerte; por eso quiero dejar sentado desde ya cuál es mi enfoque, a fin de que el lector pueda meditar al respecto antes de abordar el capítulo siguiente. Helo aquí: Hay tres posibilidades principales respecto de lo que sucede después de la muerte. La primera es que cuando uno
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muere, se acaba todo. Es el final, nuestros átomos y moléculas vuelven al mundo de los cambios de materia y energía, pero no subsiste nada que tenga relación con nuestra personalidad. Bajo esta posibilidad, no existe alma, espíritu ni nada semejante. La experiencia de la vida es finita, y sirve a algún propósito de la naturaleza, cualquiera que sea, o bien carece de todo propósito. Usted da significado a su vida si lo desea, o simplemente la vive día a día; eso es todo. La segunda posibilidad es que haya una vida después de la muerte. Puede tomar muchas formas, puede existir la reencarnación y la evolución a través de muchas vidas, de muchos universos. La clave de esta posición es que usted, yo y todo el mundo vamos en camino hacia alguna meta, o hacia Dios. La tercera posición es que el alma existe, y al morir abandona el cuerpo, pero va a una especie de limbo, donde permanecerá hasta el Juicio Final. Luego, va al Cielo o al Infierno por siempre jamás. Todas las demás posibilidades son variantes de estas tres. Ahora bien, mi posición actual es que lo que suceda después de la muerte, sea lo que fuere, está bien para mí. Si es el final, ¡muy bien! No más problemas, trabajar, comer; no más dolores, enfermedades, bueno y malo, lindo y feo. La Nada. Maravilloso. Si hay supervivencia y vidas posteriores, y más trabajos y nuevas experiencias, ¡maravilloso también! Tengámoslas. Y si existe esa suerte de limbo, también es maravilloso. Sería una especie de larga siesta durante la cual podríamos revisar todas nuestras experiencias y seguir las variantes de lo que dijimos, lo que hubiéramos podido decir para cambiar una situación, lo que podríamos haber hecho si tal cosa hubiese sucedido o si otra persona hubiera dicho o hecho esto o aquello, deteniéndonos en la belleza de algunas experiencias, hasta llegar al Juicio Final. Pero hay todavía una cuarta posibilidad, y es que podamos elegir lo que queremos hacer o ser después de la muerte. Sin embargo, tener la capacidad de llevar a cabo lo que hayamos decidido, es otra cosa. Hay que pensar mucho, meditar mucho, hasta llegar a conocerse realmente a sí mismo.
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Luego, uno puede comenzar a construir su propia alma y hacerla inmortal si lo desea. O bien, puede decidir desaparecer totalmente, disolverse, como en la primera posibilidad mencionada arriba. Esta posición es similar a la sostenida por George I. Gurdjieff, quien enseñó que “el trabajo” consistía en cómo construir un alma, y la manera de hacerla inmortal. Claro que si usted decide que quiere construir un alma y no hace su trabajo, es problema suyo. Es una posición bastante incómoda, y debo confesar que no sé si es verdadera, como tampoco sé cuál de las otras puede serlo. La cuestión es que cualquiera de ellas es buena para mí. Y estoy seguro de que lo será para usted también.

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CAPITULO 4 Una mente inquisitiva
He dado un salto hacia delante para contar mi última experiencia con el Presidente Sarmiento, que tuvo lugar en La Plata en 1949. Debo volver por algunos años a 25 de Mayo para llenar la brecha. Desde 1940 hasta 1943 asistí a la Escuela Normal Mixta, que era la única escuela secundaria local, donde recibíamos formación de maestros de escuela primaria. Fui siempre el primero de la clase, estuve becado los cuatro años y terminé con un promedio general de 9,56 (siendo 10 el máximo). Merecía la medalla de oro, diploma y una oferta de trabajo, pero en 1943 se había producido una revolución y el gobierno militar había suspendido todos los gastos innecesarios, así que me quedé sin mi medalla. Me ofrecieron un par de puestos de trabajo, pero los decliné, pues había decidido asistir a la Universidad de La Plata. Había terminado también los diez años de estudios de violín según el programa del Santa Cecilia, pero nunca di el concierto final. Vi que me faltaba lo que se necesita para ser como Iascha Heifetz, así que, en cambio, elegí estudiar física y matemáticas. Me había convertido en un fuerte jugador de ajedrez durante esos años, y había ganado el torneo de segunda categoría invicto. Tengo todavía algunas de las medallas que gané. Mi mayor logro fue vencer al Gran Maestro Miguel Najdorf cuando vino a jugar veinticinco partidas a ciegas contra los mejores jugadores de la ciudad. Dos de nosotros le ganamos, y tuvimos oportunidad de conversar luego con él. Tenía un cerebro asombroso, y un año después ganó el campeonato mundial de ajedrez a ciegas. Nos preguntaba qué partida queríamos que reprodujera, de principio a fin o a la inversa, o reproducir la posición de cualquier partida después de un número dado de movidas. ¡Y lo hacía! Tenía en el cerebro una imagen mental de cada posición de cada partida. Yo no lo podía creer. Decía que podía recordar partidas enteras durante varios años. Su cerebro entraba en tal actividad después de aquellas partidas simultáneas que se le
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hacía imposible dormir al menos las diez horas siguientes. Ganó muchos torneos, sin embargo nunca llegó a ser campeón mundial. También jugué con el campeón argentino, quien sostenía veinte partidas simultáneas. Jacobo Bolbochán era un gran jugador. Al final de nuestra partida me mostró cómo pude haberle ganado. Me invitó a continuar jugando ajedrez en Buenos Aires, pero también tuve que desechar esta oportunidad. En el aspecto psíquico, tuve inolvidables conversaciones con nuestro profesor de historia, don Antonio González. Era un hombre de corta estatura, que hablaba con el acento de su San Juan natal (la provincia donde nació Sarmiento). Lo llamábamos Gonzalito, por oposición a Gonzalón, el profesor de historia argentina, alto y grueso, que fumaba todo el tiempo cigarros Avanti. Gonzalito no fumaba; le encantaba contarnos historias e ir de excursión con algunos de nosotros los alumnos. Gonzalito poseía un dominio notable del castellano; sus discursos en la escuela eran hermosos. En las noches de verano solíamos sentarnos en un banco de la Plaza Mitre, frente a la iglesia, y hablar durante horas. Él había visto en su casa un fantasma, que solía gastarles bromas a él y a su familia hasta que un día desapareció. Don Antonio nos contaba muchos episodios de las luchas contra los indios, especialmente contra el famoso cacique Calfucurá, quien había concertado la paz no lejos de donde estábamos sentados. En una ocasión, hicimos que nos llevara hasta la laguna Mulitas (la misma a la que no pudimos llegar aquella fatídica noche de 1935), donde había estado emplazado el Fuerte Cruz de Guerra. Alquilamos un bote y cruzamos la laguna. Completaban la tripulación mis mejores amigos Raúl Gómez, Raúl Rocha y Fito Carabajal. El profesor González quiso mostrarnos cómo los indios comían choclos asados. Incluso intentó encender fuego con dos piedras, pero no lo consiguió. Gracias a Rocha, que tenía fósforos, probamos los choclos, que nos parecieron horribles. En el viaje de vuelta, al atardecer, Fito jugó una de sus bromas. Le quitó un trozo al fondo del bote, de modo que empezó a entrar agua en el lugar donde se hallaba don Antonio. Seguimos remando y riendo, mientras los pantalones del profesor empezaban a mojarse y Fito y Rocha
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iban sacando agua del bote con una latita y tirándola a la laguna. La broma se puso pesada en el medio de la laguna, y debo confesar que estaba algo asustado, ya que no sabía nadar. Pero todo terminó bien, y la aventura quedó en nuestras memorias para siempre. Tres veces más escapé a la muerte en esos años. Los casi ejecutores fueron tres personas con problemas mentales. En la esquina frente a la plaza había una panadería. Mientras esperaba para comprar pan, me puse a hablar de Misani (no es su verdadero nombre) y a imitarlo, sin darme cuenta de que él había entrado al negocio detrás nuestro. Este hombre nunca recordaba los nombres de las personas, se refería a ellas por las calles donde vivían. Por ejemplo, decía “14 y 22, hijo de perra, político sucio; 28 y 10, buen médico”, y así. Cuando oyó que lo imitaba, hasta en la voz, se me acercó. Tenía en la mano derecha un salame grande y pesado; antes de que nadie pudiera avisarme, me golpeó con él fuertemente en la cabeza. Alguien impidió que me siguiera golpeando. No me desmayé, pero estuve aturdido durante un rato, y me salió un gran chichón en la cabeza, que requirió presión y hielo para volver a la normalidad. Nunca más volví a imitarlo, al menos no en público. El segundo peligro, y mayor, fue a manos de un vecino, un buen hombre que siendo todavía estudiante tuvo un trastorno mental y nunca recuperó sus facultades, que habían sido notables para la geografía. En estado normal, podía hablar de montañas, lagos, ríos, países, capitales del mundo entero, pero la mayor parte del tiempo, lamentablemente, su estado no era normal; lo mantenían con Luminal y bajo vigilancia. Se llamaba Carlos, y su familia, una de las más antiguas y tradicionales de la ciudad, tenía relaciones de amistad con la nuestra. Una tarde estaba entrando a su casa para ver a su anciana madre, que solía jugar a las cartas conmigo, cuando vino Carlos y sin una palabra me tomó por el cuello y me levantó como a un pollo, apretando con fuerza, hasta que vino una de sus hermanas gritando, “¡Carlos, Carlos, dejálo, dejálo!”. Por suerte lo hizo y ahora puedo contar la historia. El tercer llamado, y el más cercano, ocurrió en esa misma entrada. Había un hombre un poco loco que acostumbraba dar
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vueltas alrededor de la plaza. Tenía una barba roja, ojos pequeños, las ropas sucias, y siempre buscaba comida. Lo llamábamos Barajita, un sobrenombre que, por ignotas razones, lo ponía furioso. Ese día nos pusimos a gritarle Barajita, y me corrió. Yo entré en la casa de Carlos y me escondí detrás de la puerta, esperando que Barajita no me hubiese visto. Pero me vio. Vino, me vio contra la pared, sacó un cuchillo enorme y sin duda iba a matarme, cuando la misma señora que antes me había salvado de Carlos, salió gritando: “¡Pará, desgraciado, pará!”. Su voz era penetrante, y Barajita salió corriendo. Supongo que la gente diría que Alicia era mi ángel de la guarda. De alguna manera lo era. Fue ella quien me enseñó a leer cuando yo tenía cinco años y había empezado a leer por mi cuenta las historietas. En enero de 1944 fuimos a visitar La Plata con mi madre. La Plata es la capital de la Provincia de Buenos Aires. Fundada en 1882, cuando la Provincia cedió la ciudad de Buenos Aires, convertida en capital de la República, fue minuciosamente planificada por su fundador, Dardo Rocha, y un equipo de arquitectos. Originalmente la ciudad tenía 36 por 36 manzanas, de aproximadamente 110 por 110 metros cada una. Dos diagonales la cruzaban, encontrándose en la plaza principal, llamada Mariano Moreno, en homenaje al secretario y alma de la Primera Junta de gobierno de la Argentina. De un lado de esta plaza estaba la catedral, copia de la Catedral de Hanover, que nunca se pudo terminar porque el suelo no permitía la construcción de las torres ni el revestimiento de las paredes. De todos modos es muy grande, puede verse desde varios kilómetros a la redonda. Es motivo de muchas bromas; cuando un proyecto lleva demasiado tiempo, muchas personas dicen: “Con tal que no sea como la catedral de La Plata”, por decir algo que no se iba a terminar nunca1. Del otro lado de la Plaza Moreno se encuentra la Municipalidad, que ocupa una manzana y aloja todas las oficinas de la ciudad. Varias diagonales menores facilitan el tránsito, una vez que se las llega a conocer. Cada seis manzanas hay una
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Años más tarde se terminó. El 20 de diciembre de 1998, luego de reforzar los cimientos, finalizaron las obras de terminación, que incluían las dos torres, aunque nunca fue revocada. N. de la T.

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amplia avenida, y cada seis manzanas en toda dirección hay una plaza. Las avenidas 51 y 53 son la excepción, porque flanquean todos los edificios importantes, incluyendo la Casa de Gobierno de la Provincia, de estilo Renacimiento, más ornamental que el de la Municipalidad, gris y de líneas más clásicas. Un gran parque, llamado Paseo del Bosque, corre paralelo a la Avenida 1; tiene un extenso lago y grandes árboles, entre ellos enormes eucaliptos que fueron importados por Sarmiento. El Museo de Historia Natural está en el medio del parque, y a unos 800 metros de distancia se encuentra el Observatorio, que cuenta con aulas y laboratorios para estudiantes de astronomía. La mayoría de las calles son arboladas; algunos árboles son grandes, como los de los bulevares de las avenidas 51 y 53, otros medianos y fragantes, como los tilos de la Avenida 7 o los naranjos de la calle 47. En conjunto, una ciudad muy bella, con el atractivo añadido de un hipódromo, flanqueado por eucaliptos, y dos clubes de fútbol con grandes estadios e instalaciones conexas. La Universidad de La Plata dio vigor intelectual a la ciudad y muchos dolores de cabeza al gobierno, en especial en aquellos tiempos. Los estudiantes hacían manifestaciones y tenían encontronazos con la policía. Cuando mi madre vio varios policías con perros patrullando el edificio central que alberga las oficinas del rector, la escuela de Derecho y la facultad de Humanidades, dudó si yo debía asistir a esa universidad. Un policía la tranquilizó: “No se aflija, señora, no va a pasar nada”. ¡Qué equivocado estaba! Como dije al principio, algunas de las experiencias que relato aquí están dirigidas a los miles de personas que han tenido otras similares, se han interrogado acerca de ellas, tal vez han hablado con amigos buscando una explicación, y han acabado por mirarlas con desdén, menospreciando la historia como una de esas cosas tontas que a todos les suceden de vez en cuando. Sin embargo hay personas muy sensibles que se ven perturbadas por esas experiencias y las consideran cuestión de vida o muerte. Es un hecho que sólo en tiempos relativamente recientes estas situaciones han merecido atención por parte de psicólogos, psiquiatras y médicos en general. Mi experiencia personal es que, escuchando a la
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gente y tratando de comprender esas cosas “tontas”, he logrado salvar del suicidio a varios seres humanos maravillosos y devolverlos a una vida plena y creativa. Entre 1944 y 1950 tuve un período de estudio, pensamiento y preparación para el trabajo experimental en la investigación psi. En edad muy temprana comencé a llevar diarios, la mayoría de los cuales aún conservo. A partir de esos diarios he podido reconstruir mis experiencias, mis sueños, y evocar a personas de mi entorno que tuvieron influencia en el desarrollo de un grupo de investigación. En esa época, mis deseos de resolver algunos de los misterios de la vida tomaron la forma de sueños y pesadillas. Justo antes de viajar a La Plata, soñé que un gran fantasma venía a llevarme, y grité: “¡Me lleva, me lleva!”. Mi madre vino a ver qué pasaba pero yo estaba dormido. Al día siguiente, me crucé con estas palabras del gran poeta español Manuel Machado: “Cuando quiero vivir, pienso en la muerte. / Y cuando quiero ver, cierro los ojos.” La siguiente experiencia tuvo lugar cuatro días después, el 17 de febrero de 1944. La cuento porque tiene que ver con pájaros, y hace poco volví a leer la historia del ahora famoso autor Richard Bach, Juan Salvador Gaviota, y las extrañas experiencias que inspiraron este hermoso libro que es además un bestseller. Era al atardecer, y yo estaba con varios amigos en el club, cuando decidí salir a caminar solo, como suelo hacer en el verano. (Recuerden que en Sudamérica las estaciones son opuestas a las del Hemisferio Norte). Doblé una esquina, recorrí una cuadra solitaria, y en la esquina siguiente vi dos pájaros extraños, pero, inmerso en mis pensamientos, no les presté mucha atención. Después vi a uno de ellos abatirse frente a mí, rápidamente levantar vuelo y literalmente desvanecerse en el aire. “Bueno, bueno, éste me está queriendo decir algo –pensé– pero ¿qué?” Emprendí el camino de regreso a casa, y estaba por doblar la esquina, cuando sentí y oí que alguien seguía mis pasos. Me di vuelta, pero no había nadie. Seguí caminando, y oí un quejido que venía de una ventana situada en un piso alto. Al día siguiente supe que esa habitación se había usado como ático y que nadie había estado en ella desde hacía bastante tiempo. Nunca encontré una explicación para esta experiencia. Nunca antes había visto
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pájaros como aquéllos, y nunca los volví a ver. Se parecían al ibis, pero más pequeños. ¿Eran irrupciones de alguna otra dimensión, como designé ciertas experiencias que tuve pocos años después? ¿Producidas quizás por un fuerte campo psi generado por mí mismo? Pero hay acontecimientos extraños que no parecen emanar de nosotros mismos. Como lo que sucedió una noche, cuando Fito y yo estábamos sentados en un banco de la Plaza Mitre en el lado opuesto a donde yo vivía. Era pasada la medianoche, y la mayoría de las luces estaban apagadas. Los ómnibus que iban a la laguna Mulitas no andaban desde las once. Fito y yo estábamos solos. Entonces vimos a un hombre increíblemente alto, vestido con traje blanco y sombrero del mismo color, que llevaba en la mano izquierda una valija pequeña. Caminaba sin hacer ningún ruido, tal vez sus zapatos blancos tenían suela de goma. “¿Quién es este tipo?”, le pregunté a Fito susurrando. “No lo vi nunca”, me contestó, “sigámoslo a ver adónde va”. Si hubiera venido en el tren de medianoche, no parecía natural que hubiera caminado más de un kilómetro y medio en tan poco tiempo. Y no andaba a paso rápido, aunque daba grandes zancadas a causa de su elevada estatura. Lo seguimos a unos veinticinco metros de distancia. No hablábamos ni hacíamos ruido. Andábamos como gatos en la noche acechando a su presa. El hombre caminaba hacia la laguna Mulitas, pero dobló al llegar a otra calle, dobló otra vez, y finalmente entró en el jardín delantero de una casa pequeña y modesta. Lo buscamos durante el día, y los días que siguieron, y nunca lo volvimos a ver. Preguntamos a varias personas por un hombre alto de traje blanco, y nadie lo conocía ni lo había visto. Después de todo, es posible que hayamos visto nuestra primera aparición. El deseo de preservar mi identidad después de la muerte estaba siempre presente en mis sueños: El 1° de marzo de 1944, anoté un sueño extraño: yo era un niño y mi madre me contaba que alguien había muerto cuando yo era bebé. Entonces quise gritar que yo recordaba quién había sido en otra vida. “José Feola, Feola”, gritaba, a pesar de que unas manos misteriosas trataban de taparme la boca. Bajo la presión de esta escena me desperté.
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Aunque tenía decidido iniciar mis estudios en física y matemáticas, había pensado que debía seguir tocando el violín. Los integrantes de un conocido cuarteto de La Plata vinieron a visitar nuestra casa y me oyeron tocar; uno de los violinistas era el sobrino de mi profesor de violín. Por la tarde, exhausto, me dispuse a hacer una siesta. De nuevo tuve una especie de pesadilla y me desperté. Entonces oí otra vez el tictac del famoso reloj. Tomé lápiz y papel y me senté, esperando que el “espíritu” me llevara la mano, como había leído que puede suceder, y no ocurrió nada. Pero el tictac seguía sonando. Me levanté y fui hasta el rincón de donde parecía provenir el tictac: se detuvo. Luego comenzó otra vez en el rincón opuesto de la habitación. Me trasladé a ese rincón, y de nuevo el tictac cambió de lugar, situándose justo detrás de una pequeña fotografía de mis compañeros de escuela del año anterior. Me pregunté si algo le habría sucedido a alguno de ellos, pero nada pude descubrir sobre este extraño episodio. El 8 de marzo, recibí toda la información de la Universidad de La Plata, y la confirmación de mi ingreso. Esa tarde estaba solo en casa, tocando en el violín unos estudios de Kreutzer, motivado por lo que había leído horas antes acerca de ese compositor. Mientras estaba tocando, oí ruidos muy raros a mi alrededor, y me pareció ver unas extrañas formas. Me asusté, dejé el violín y salí a la plaza. Al día siguiente tuve una larga conversación con el profesor González acerca de esos extraños sucesos, y decidimos realizar una sesión. Observé que se emocionaba mucho cuando hablaba de espíritus; como dije antes, estaba convencido de su existencia; sin embargo, la sesión nunca tuvo lugar. Me parece que muchos de estos sucesos –si no todos– en los que tienen lugar fenómenos físicos, tales como ruidos, movimientos de objetos, y aun apariciones, pueden ser de la misma índole que los que se producen en los casos de poltergeist. El caso clásico de poltergeist se prolonga por dos o tres semanas, durante las cuales se producen ciertos disturbios, generalmente limitados al ámbito de una casa. Se mueven objetos, explotan botellas, se detienen relojes, sin que nadie lo haya causado por ninguno de los medios conocidos. Una teoría que parece encajar en muchos casos es que un adolescente
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que está entrando en la pubertad y sufre estrés emocional es el causante de los fenómenos, al desatar de manera inconsciente fuerzas psicoquinéticas, es decir, influencias “de la mente sobre la materia”. Yo diría que es posible que este fenómeno, aunque de caracteres menos impresionantes, se produzca con cierta frecuencia cuando se está bajo presión emocional o en ocasión de grandes cambios en la vida, y que pase inadvertido o sea atribuido a coincidencia, cuando en realidad se origina en un tipo de fuerza enteramente nuevo, del cual tendré varias cosas que decir en los próximos capítulos. Siguiendo con mi historia, el 19 de marzo fui a Buenos Aires y me quedé con mis tías mientras hacía los trámites en La Plata, que está a 60 kilómetros al sudeste de Buenos Aires. El 7 de abril me mudé a La Plata, y el hecho de ser la primera vez que vivía lejos de mis padres me ocasionaba una situación emocional nueva. Muchas veces en mi vida, había tenido sueños que se interrumpían una noche y continuaban la noche siguiente. Uno de éstos fue un sueño en que estaba de vuelta en casa visitando a unos amigos, y la noche siguiente soñé que estaba otra vez hablando con esos amigos, contándoles acerca del sueño que había tenido en el cual los había visto. Como prueba de que la memoria funciona en los sueños, soñé que estaba hablando con una amiga cuya hermana había muerto; en mi sueño, yo le preguntaba por qué no estaba vestida de negro. En 1944, tuve un sueño en el que estaba jugando en la nieve, arrojando bolas de nieve. Yo nunca vi nieve hasta que vine a los Estados Unidos en 1959. Una cita de William Blake me impresionó mucho: “La cultura traza caminos rectos, pero los caminos tortuosos, sin ningún beneficio, son los del genio”. Sin que me considere un genio, siempre elegí los caminos más difíciles, y nunca fui conformista ni esclavo de los hábitos o de la burocracia. Pero el precio fue tan alto, que no le recomendaría seguir esta senda a nadie que no posea genuina vocación por la verdad y gran capacidad de sacrificio en todos los aspectos.

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Todos los que lean estas memorias recordarán que Juan Domingo Perón, el hoy difunto ex Presidente de la Argentina, estuvo en el poder desde 1944, electo oficialmente desde 1946 hasta que fue depuesto en 1955. Nosotros los estudiantes lo considerábamos un dictador de pacotilla, discípulo de Mussolini y Hitler, y lo combatimos hasta el fin. Esto significaba estudiar bajo constante presión, pero me las arreglé para ser un alumno muy aventajado, el mejor en un grupo de quinientos. La amplitud de mis lecturas era verdaderamente enorme. Siendo por naturaleza un lector muy ávido, la oportunidad de hacerlo para el estudio me condujo a una gran variedad de materiales. Al mismo tiempo, leía otras cosas que no tenían nada que ver con los cursos, como el estudio de las religiones, y leí detalladamente los evangelios. Esto se relacionó con una polémica pública que tuvo lugar entre Lisandro de la Torre, distinguido senador argentino, y Monseñor G. Franceschi, en la que de la Torre resultó vencedor, y la Iglesia Católica quedó tan malparada que el propio Papa dio orden a Franceschi de no continuar. Cuando un autor me interesaba, lo seguía, y leía todo lo que había escrito. Esto me sucedió con George Bernard Shaw, Herman Hesse y Aldous Huxley. Comenzaba con el primer libro de un autor, y seguía su desarrollo a través de sus siguientes libros. También me adentraba en las vidas excepcionales de algunos de esos autores, como Nietzsche, de quien leí varias biografías, para descubrir qué clase de personas eran. Tenía especial interés en descubrir y comprender los procesos de la creatividad en diferentes clases de genios. Para algunos, como Mozart en la música, se trataba de una suerte de don divino, mientras que para Nietzsche la creación venía tras la tortura de su propio genio adelantándose a su época, y todo ello a pesar del obstáculo de la mala salud. Pero fue a causa de sus terribles migrañas que produjo algunas de las frases más bellas, breves y asombrosamente profundas jamás escritas. Así, es posible que haya un factor común entre la creatividad y los fenómenos psi: el sufrimiento, las perturbaciones emocionales y la muerte pueden inspirar un hondo poema o producir una experiencia telepática o psicoquinética a miles de kilómetros de distancia.
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Como dijo William Blake: “Sin opuestos, no hay progreso: atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio; todos son igualmente necesarios para la existencia humana”. Es bastante divertido leer mis convicciones filosóficas de aquellos tiempos. Pero además es interesante, porque tenía posición tomada en cuestiones sobre las cuales tengo hoy tantas dudas. He aquí un ejemplo de mi pensamiento de aquella época (julio de 1944): “¿Existe el tiempo? Si definimos el tiempo como un cambio constante, sí; de otro modo, no”. “¿Existe la muerte? No. Existen la transformación y la evolución”. “Morir no es morir en el sentido que se le da hoy a la palabra; es cambiar las perspectivas sobre la vida. Siempre vivimos bajo algún tipo de leyes”. “¿Existe un origen, un comienzo de la evolución? No. Siempre fue lo que es. Sus transformaciones son infinitas. Todo este conjunto de cosas, lo que llamamos universo, está constantemente sujeto a transformaciones, para siempre”. “¿Existe Dios? No. Si Dios existe, Dios es todo, y existe como totalidad, no como una cosa particular”. “¿Qué es la vida? La vida es todo; todo está en transformación dinámica”. Antes de dejar 25 de Mayo, tuvo lugar una experiencia extraordinaria, espontánea, como lo son la mayoría de las grandes experiencias. Fui con dos amigos a ver la película En cada corazón un pecado, con Ronald Reagan, en la cual el personaje que él interpreta pierde ambas piernas en un accidente. Pronuncia aquella frase famosa, mientras trata de sentir sus piernas ausentes: “¿Dónde está el resto de mí?”. Impresionado por la actuación de Reagan, me levanté al terminar la película y, como en trance, dije: “¡Este hombre va a ser mucho más que un actor!”, queriendo decir presidente de los Estados Unidos, aunque no lo expresé con estas palabras. Años más tarde, ya viviendo en California, reafirmé mi profecía cuando Reagan fue electo gobernador. Volveré sobre este punto más adelante.
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Desde mis nueve años, tuve la convicción de que tenía algo realmente importante que hacer en la vida. Sin embargo, siempre sentí que había algo trágico en ello. En mi primer año en La Plata, me enamoré de una hermosa joven, pero ella quería casarse enseguida y yo no creía estar preparado para dar ese paso, lo que hizo que la relación se enfriara y luego se cortara. Con el tiempo me di cuenta de que es muy difícil tener a la vez una aproximación a lo místico y una relación cercana con una mujer. Me llevó muchos años comprender cómo algunos yoguis podían mantener una vida conyugal normal y al mismo tiempo explorar algunas de las filosofías y los caminos del yoga. En ese año de 1944 tuvieron lugar dos experiencias importantes. Una de ellas, el hallazgo de la casa que había visto en sueños, ya mencionada más arriba. La otra ocurrió mientras viajaba en tren desde Buenos Aires a La Plata. Había estado leyendo, luego me detuve para descansar y mirar por la ventanilla el paisaje otoñal. De pronto, vi un curioso árbol sin hojas; ese solo árbol acaparó mi vista, mi mente fue hacia el árbol hasta que yo mismo era el árbol, y parte de la naturaleza y de todas las cosas. El tiempo se detuvo; no sé cuánto duró esto, pero me pareció que efectivamente estaba en contacto con la eternidad, o con la fuente de ella. Fue una experiencia tan hermosa, tan llena de sentido y verdad, que deseé volcarla en un poema. Pronto me di cuenta de lo difícil que era, y por qué los místicos hablaban de experiencias inefables. ¿Cómo podía explicar esto a alguien que nunca hubiera tenido una experiencia semejante? De cualquier modo, escribí el poema y se lo mostré a unos pocos amigos. Sólo dos de ellos entendieron la profundidad de esta experiencia mística. Y sin embargo, no cambió mi vida, como experiencias similares habían cambiado e inspirado la vida de otros que he conocido. Para los lectores de habla española transcribo la versión original, y una traducción (al inglés) libre –y no muy buena– para aquéllos que tengan curiosidad y puedan haber atravesado algo semejante.

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ASOMBRO Es el árbol, que se perfila eterno. Allí está, con sus ramas retorcidas, perdidas ya sus hojas, sin invierno, su corteza rugosa y con heridas. Es el hombre, que pasa por su lado. La sorpresa en un punto le detiene: si hasta el tiempo en su mente se ha borrado y aferrado a su esencia le mantiene. El universo entero está en su alma y él penetra en las cosas, casi inerte. A todo llega misteriosa calma, ¡ya no existe la angustia de la muerte! El instante de estática sorpresa desaparece, y al cabo de un momento, sólo queda en el alma una promesa, un perfume, un ardor, un sentimiento. La vida atrae de nuevo a su torrente al que escapó fugaz de su trajín, y le arrastra implacable su corriente hacia el arcano, ineluctable fin.

Traducción al inglés: WONDER It's the tree, with its eternal profile. There it is, with its gnarled branches, its leaves already gone without winter its wrinkled bark with many wounds. It is man who walks at its side. Surprise suddenly stops him: even time in his mind has stopped
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and yet their essence is the same! The entire universe is in his soul and he goes into everything without willing. Everything is touched by a mysterious calm, the anguish of death exists no more! The instant of ecstatic surprise vanishes, and after a moment, all that remains in the heart is a promise, a perfume, an ardor, a feeling. Life pulls again into its current him who escaped briefly from its trap, and the stream carries him relentlessly towards the arcane, ineluctable end La vida de las personas transcurre entre signos de interrogación: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? En el medio, todo parece seguir una lucha rítmica. Una conferencia a la que asistí en agosto introdujo más interrogantes en mi mente. ¿Hay un ritmo fundamental, prístino? ¿Es la música esencialmente ritmo? ¿Y los ritmos que existen en todas las cosas de la naturaleza? La rotación de la tierra y la rotación de la luna, el día y la noche, las estaciones, la traslación de los planetas alrededor del sol, y el viaje del sol con todos ellos a través del cosmos. Y todas las estrellas y todas las nebulosas. Y el latido del corazón, y el ritmo de nuestra respiración, y todos los ciclos de la vida. Pero ¿qué fenómenos psíquicos tendrían que ver con esos ritmos? Tal vez haya una conexión, creo. Las aptitudes psi no duran para siempre: grandes psíquicos pierden sus facultades después de varios años de producir fenómenos notables. Muchas personas producen fenómenos psi en el momento de una experiencia culminante, los fenómenos de poltergeist ocurren durante los cambios de la pubertad. Tal vez, psi también tenga su ritmo.

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CAPITULO 5 Asuri Kapila y el Fantasma del Guerrero
No tengo ninguna nota para los años 1946 y 1947, que fueron años muy difíciles. Nosotros los estudiantes luchamos mucho contra Perón y tuvimos que declararnos en huelga y dejar de asistir a numerosos cursos. En cuanto a los fenómenos psíquicos, esos dos años fueron importantes porque conocí a tres hombres que habían de ser muy amigos míos, y que a su vez me presentaron a otras personas con quienes años después haríamos algunos de los experimentos más asombrosos, realmente interesantes. Uno de esos amigos era Octavio Cerceau, hijo de un ingeniero de Córdoba; estaba estudiando química cuando nos conocimos, era un joven muy brillante. Teníamos muchos intereses en común: desde luego, la ciencia, además ambos jugábamos ajedrez, tocábamos el violín, y teníamos gran interés en los fenómenos psíquicos, el ocultismo, el misticismo y la filosofía yoga. Fue él quien me presentó a otro estudiante de química que tenía intereses parecidos, y que estaba muy interiorizado de las técnicas del yoga y la meditación religiosa. Su nombre era Guillermo Ricabarra. Medía cerca de un metro ochenta y cinco de estatura, cabello oscuro, con grandes ojos en un rostro relativamente pequeño. Guillermo tocaba el piano muy bien; a veces improvisaba durante horas, mientras hacía sus ejercicios respiratorios. Tenía una mente profunda; sus análisis de los principios básicos de la termodinámica causaban la admiración de sus profesores. Era igualmente hábil para analizar los sentimientos y las motivaciones humanas. Un día, mientras caminábamos por la calle 47 de La Plata, la calle de los naranjos, y él iba comiendo una gran tableta de chocolate, me dio una lección sobre la sinceridad, que todavía recuerdo. Hablaba en el estilo de Krishnamurti, el gran filósofo y maestro hindú. La sinceridad era fundamental para conseguir cualquier cosa en la vida. Si nuestras acciones no estaban fundadas en un acuerdo absoluto con nuestro ser profundo –y ello formaba parte del conocerse a sí mismo– entonces no podíamos esperar buenos resultados. Si nuestra investigación de los
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fenómenos psíquicos estuviera basada solamente en la curiosidad, o en el temor a la muerte, no tenía valor. Yo estaba ya convencido de que esto era verdad, pero Guillermo lo expresó con las palabras exactas. Me impresionó tanto, me tocó tan en lo hondo, que la esencia de esa conversación quedó en mí para siempre. ¡Esa era la clave de la enseñanza! Octavio, Guillermo y yo nos mantuvimos en contacto durante años, leyendo todos los libros que podíamos conseguir sobre nuestros temas preferidos, y compartiéndolos. Un amigo de Guillermo, a quien yo había visto antes brevemente, era un escritor y abogado que tenía también interés en la parapsicología; su nombre era Alfredo Casey. Su familia era de Irlanda; él era tan alto como Guillermo, pero rubio y con hermosos ojos azules. Poseía absoluto dominio del idioma inglés, y había traducido ya a varios poetas norteamericanos. La obra había aparecido en un grueso volumen, y le había valido a Casey una distinción en los Estados Unidos, adonde fue para entrevistar a algunos de los más importantes escritores vivientes. Tenía una entrevista en Chapel Hill (con Carl Sandburg o con Robert Frost), y como estaba cerca de Duke fue a visitar al Dr. J. B. Rhine con motivo de su interés en la ESP. Cuando volvió, nos presentó nuestro primer mazo de cartas de ESP, y nos contó lo que había visto en el Laboratorio de Parapsicología en la Universidad de Duke. Nuestro interés se intensificó; leímos todo cuanto pudimos conseguir sobre el enfoque científico de la parapsicología. El hermano mayor de Guillermo, Rodolfo, era en ese tiempo uno de los más distinguidos estudiantes de matemáticas, y llegaría a ser uno de los más grandes matemáticos del país. Ambos Ricabarra desarrollaron luego un gran interés en la filosofía Vedanta, y ambos viajaron a la India pocos años después para ver al único maestro viviente que podía darles una experiencia trascendental sólo por el poder de la palabra, Krishna Menon. Es el mismo Krishna Menon a quien tan mal trató Arthur Koestler en El loto y el robot. En esa época, Koestler era algo incrédulo, pero luego llegó a aceptar las evidencias ofrecidas por los parapsicólogos, que resumió brillantemente en Las raíces de la coincidencia. Uno de los profesores de Rodolfo era ya un matemático famoso, Mischa Cotlar. Mischa acostumbraba ir a enseñar seis
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meses en la Universidad de Chicago, luego volvía y enseñaba los otros seis meses en la Argentina; pero después tuvo que suspender estos viajes por razones de salud. Mischa fue uno de los hombres sobresalientes que encontré en mi vida, era mundialmente conocido. Por supuesto, todos sus amigos sabían de su interés en el misticismo, el yoga y los fenómenos psíquicos. El otro miembro del grupo de Mischa era Alex, el sobrenombre de Julio Beltrán Menéndez. Alex era un maestro de escuela elemental que realmente amaba su trabajo; estaba también profundamente interesado en las filosofías orientales, de las cuales sabía mucho cuando yo lo conocí. Era un hombre con carisma, todo el que lo conocía era amigo suyo. No era sorprendente que fuese amigo de varios filósofos y científicos argentinos. Más tarde Alex fue a la India por varios meses, en lugar de las pocas semanas que otros discípulos de Krishna Menon pasaban con él. Permítanme ahora decir algo sobre los antecedentes de Mischa. Descubrí que Mischa había estado realizando sesiones en Uruguay con un hombre que, creo, enseñaba estas materias. Su nombre era Asuri Kapila. Había estado en la India varios años, había practicado yoga y sabía mucho de telepatía y otros fenómenos psíquicos. Lo conocí cuando visitó La Plata para dar una charla sobre filosofías orientales. He conocido a muchas personas sobresalientes, pero este hombre era particularmente impresionante. Tenía ojos negros y brillantes, que parecían dominarlo todo a su alrededor. Cuando hablaba con su voz de barítono profundo, sus ojos iban de una cara a otra, y nadie podía sostener su penetrante mirada. No creo que fuera una cuestión de sugestión; yo no sabía nada de esto, y traté de mirarlo a los ojos, pero fue imposible. Era como si uno supiera que un hierro está caliente y tratara de mantener la mano sobre él. Simplemente no se puede hacer. Kapila también mostraba un profundo conocimiento de lo que decía, y así lo demostraban sus respuestas en el momento de la discusión. El grupo que Kapila y Mischa tenían en Uruguay había estado intentando durante algún tiempo obtener una materialización. Sus sesiones eran muy conocidas a causa de los fenómenos que generalmente lograban, tales como
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movimientos de objetos y levitación de una mesa. Esos fenómenos eran supuestamente dirigidos por un “guía” del otro lado, que podía predecir lo que iba a suceder. Esto se hacía habitualmente con la mesa: mientras alguien dice el alfabeto, la mesa se balancea en dos patas; cuando llega la letra que el “guía” necesita, la mesa golpea sobre el piso. Luego comienza nuevamente el recitado del alfabeto, se marca la segunda letra, y así sucesivamente. En una de esas sesiones, el guía les dijo que no deberían realizar la sesión planeada para el próximo miércoles, porque iba a ser muy peligrosa. A pesar de esta advertencia, decidieron hacerla, pues pensaron que esa podría ser una oportunidad para ver realmente algo como lo que estaban buscando. Apenas comenzó la sesión, vino el guía y les dijo que era muy peligroso y que debían detenerse inmediatamente, porque él no podría hacer nada para impedir lo que estaba por suceder. El grupo decidió continuar de todos modos. Y así realmente vieron algo, posiblemente a riesgo de sus propias vidas. Se materializó un imponente guerrero con su gran espada, queriendo matarlos a todos. Asustados, rápidamente abrieron la puerta y se escaparon a la calle, y el guerrero detrás de ellos. Lo que pasó después no lo sé con exactitud, porque Mischa era siempre reacio a hablar de ello. Escuché que intervino la policía, que la historia salió en los diarios, y poco después Mischa vino a La Plata. Parecía ser que algunas personas que no habían estado en la sesión vieron la materialización, o algo semejante. Esas eran mis notas en el momento en que escribí el primer borrador de este libro en 1968. Como de vez en cuando, en mis artículos sobre fenómenos psi me he referido a SCIENTIST AND PSYCHIC, muchas personas interesadas comenzaron a escribirme cartas impulsándome a publicar el libro. Para satisfacer ese deseo envié a algunos investigadores unos pocos capítulos importantes, cuyos hallazgos hubiera querido ver confirmados, y para que se hiciera más investigación sobre estos fenómenos, aplicando técnicas modernas que pueden producir avances. Dos de esos jóvenes investigadores, Juan Gimeno y Marcelo Di Tullio, técnicos que trabajan en Buenos Aires, asumieron la tarea de buscar a quienes colaboraban conmigo en la época de nuestros estudios, y ver si sus averiguaciones concordaban con mi
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historia. Se pusieron en contacto con Mischa, quien se había establecido en Caracas, Venezuela, por varios años, y supieron que estaba por visitar Buenos Aires. Se sentaron juntos durante varias horas, y me enviaron un informe de esas conversaciones, las que considero importante incluir aquí para una mejor comprensión de las experiencias que serán referidas en los capítulos siguientes. Mischa tiene ahora (1995) ochenta y un años2. La última vez que lo vi fue en Buenos Aires, la víspera de mi emigración a los Estados Unidos, en febrero de 1965. He aquí, entonces, un relato de las memorias de Mischa, en abril de 1995. En el verano de 1934, Mischa fue a Punta del Este, una ciudad balnearia uruguaya sobre el Océano Atlántico, para tocar el piano con un grupo. Tenía entonces veinte años de edad, había tenido “ciertas experiencias”, pero los únicos misterios para él eran la música y las matemáticas. Un hecho casual estaba a punto de cambiar su vida para siempre. El violinista de la orquesta no podía terminar la temporada, obligando al director a invitar a otro músico a reemplazarlo. Éste aceptó la invitación y notificó la fecha de su arribo al puerto, agregando al final: “Saludos al pianista”. Mischa no podía entender esto ya que nunca lo había visto antes. Mischa fue al puerto con el único propósito de encontrar a un hombre con un violín bajo el brazo. Mientras se hallaba entre las numerosas personas que venían a recibir a los viajeros, vio a un hombre que lo saludaba con gran alegría. Al principio, Mischa creyó que lo confundía con otra persona, pero cuando el hombre descendió, vio que era él la persona a quien estaba aguardando. El hombre abrazó a Mischa como si fuera un viejo amigo y como presentación le dijo que venía por él y por otros. En el camino hacia el hotel, aunque habían simpatizado mutuamente, Mischa empezó a dudar de la salud mental del recién llegado a causa de las “cosas misteriosas” que decía, y que Mischa jamás había oído antes. Así comenzó un juego de seducción: de noche, el violinista hacía música con sus colegas en un hotel para millonarios; durante el día, poco a poco, iniciaba a Mischa en asuntos misteriosos. Al comienzo, Mischa
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Mischa Cotlar falleció el 16 de enero de 2007, a los 94 años. (N. de la T.)

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se resistía a entrar en ese mundo nuevo, pero el violinista no sólo lo convenció con sus argumentos, sino también mostrándole prodigios. Una tarde, mientras estaban sentados a la sombra, en una plaza, pasó un hombre. El violinista dijo: “Mirá cómo obligo a este hombre a darse vuelta”. El hombre se dio vuelta compulsivamente, luego siguió su camino. En otra ocasión, viendo a la distancia a alguien que conocían de la pensión donde paraban, dijo: “Ahora voy a hacerlo tropezar”. En efecto, el joven tropezó sin causa aparente. Mischa continuaba resistiéndose a aceptar esos nuevos hechos que se le presentaban. Cuando estaba solo, buscaba hipótesis normales para explicar lo que hacía su amigo. ¿Loco? ¿Mago? ¿Hipnotizador? ¿Tramposo? Pero ninguna lograba explicar satisfactoriamente lo que había visto. Durante un paseo, hallaron un perrito malherido y a punto de morir. Lo levantaron y el violinista lo llevó a su habitación. Esa noche, a Mischa lo despertaron unos aullidos terribles en la habitación de su amigo. Como no oyó nada más, volvió a dormirse pensando que el perrito había muerto. Pero a la mañana siguiente vio al animal sano y jugando como si nada hubiera pasado. Había sido curado en una noche. Otro día, antes de ir juntos a la playa, el violinista dijo: “Yo voy adelante. Vos escribí un número y una palabra en un trozo de papel, escondélo bien en tu habitación, cerrá con llave y vení a encontrarte conmigo”. Hecho esto, se metieron juntos en el agua por un buen rato. Luego salieron y se pusieron a descansar y tomar sol, y entonces el violinista tomó el dedo índice de Mischa y escribió en la arena el número y la palabra que Mischa había escondido y casi olvidado. La fuerza de las evidencias acabó por crear en Mischa un auténtico y definitivo interés en el tema. Entonces Mischa comenzó a formular preguntas, llegó a saber de la existencia de extraños seres llamados “mediums”, y cómo reconocerlos. Una mancha en el iris del ojo izquierdo, o una sensación de atracción magnética al colocar la mano sobre la espalda o la cabeza del sujeto, eran signos de mediumnidad. Supo también de las “instrucciones” esotéricas basadas en el yoga para desarrollar y controlar esos nuevos sentidos.

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Mischa no era el único. El amigo le había dicho que venía por él pero también por otras personas. Una humilde vendedora de la ciudad recibía visitas diarias del violinista. Y había otras personas sobre las que también trabajaba. Hasta que llegó el gran día. En una de las habitaciones de la pensión tuvo lugar la primera reunión. Una débil luz roja permitía ver a todos los invitados alrededor de la mesa formando una cadena con sus manos. El violinista cayó en una especie de sueño antes de que comenzaran a ocurrir los fenómenos: raps, efectos luminosos, ligeros movimientos, hasta que finalmente se produjo la levitación de la mesa y encendieron luces blancas para que todos pudieran ver lo que sucedía. Incluso observaron una mano materializada que palmeaba a cada uno en la cara. Las sesiones se repitieron con mayor éxito y más cantidad de asistentes. La novedad se difundió de boca en boca, y fueron muchos los que quisieron ver esas maravillas o hablar con la mesa mediante el método del alfabeto, aunque no se dijo nada nuevo ni se estableció comunicación con nadie identificable. Todos hablaban del “músico brujo” en la entonces pequeña ciudad, hasta que la dueña de la pensión se cansó y los echó a todos. Cuando terminó la temporada, Mischa preguntó a su amigo si podría repetir esas sesiones sin él. El violinista le respondió que si seguía las “instrucciones” podría repetirlas “una vez más”, pero que debía estar preparado para detenerlas si recibía algún aviso de alerta. A su regreso, durante 1934, Mischa pensó mucho acerca de la experiencia que había vivido. Comenzó a leer sobre el tema y se sorprendió al enterarse de que muchas personas en otras épocas y lugares habían experimentado fenómenos semejantes. Durante el verano de 1935, Mischa volvió a Punta del Este con el mismo empleo y casi los mismos compañeros músicos, pero no el mismo violinista. Se propuso repetir las sesiones del año anterior; se reunieron y obtuvieron los mismos fenómenos. Con los raps y las levitaciones vinieron más personas, atraídas por las noticias. Pero además ocurrían cosas nuevas: hubo fenómenos cada vez más violentos, y no
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los podían controlar. Mischa pensó que eso se debía a que algunas de las personas presentes debían tener una influencia negativa sobre los acontecimientos. En la que iba a ser la última reunión, la gente desbordó la capacidad de la sala y fue imposible controlar lo que sucedía. De pronto, desde el cielorraso comenzaron a caer papelitos con la leyenda “¡PAREN!”, pero todos estaban tan excitados que ni siquiera pensaban en detenerse. Fue entonces cuando en el extremo de la sala, se materializó una figura que no podía ser confundida con ninguno de los presentes (como hubiera sido en el caso de un fraude deliberado), pues tenía una luz peculiar y los bordes eran vaporosos. Frente a tal aparición, cundió el pánico entre los presentes, la mayoría de los cuales no tenía experiencia previa de este tipo. Todos se levantaron y corrieron a través de los pasillos hacia la calle, gritando y haciendo mucho ruido. Este escándalo fue la causa de que se suspendieran las sesiones por segunda vez, y que nuevamente los echaran de la pensión. Pero los fenómenos tipo poltergeist continuaron allí por algún tiempo. Después de este incidente, Mischa regresó a Montevideo. Preguntado sobre la materialización del guerrero, las noticias en los periódicos y su escapada a Buenos Aires, Mischa dijo que no era verdad, y que lo más probable era que las noticias se refirieran a esa última sesión, pero que hubieran sido modificadas al transmitirse de boca en boca. Es oportuno ahora revelar que el violinista misterioso no era otro que Asuri Kapila. Cuando Mischa decidió vivir en Buenos Aires, y viajó en el mismo barco con Krishnamurti, en junio de 1935, Kapila lo invitó a su casa, donde podría conocerlo un poco mejor. Kapila era contradictorio, misterioso y exhibía reacciones inesperadas. Nadie sabía cómo vivía, qué edad tenía, o cuál era su verdadero nombre, aunque a veces decía llamarse Julio de la Rosa. Decía haber sido discípulo de Ramana Maharishi; Mischa decía que Kapila no era un médium como los que es habitual ver en la comunidad espiritista, sino que había desarrollado sus poderes utilizando los métodos del yoga. Kapila podía curar a las personas, pero trataba de hacerlo con mucha discreción, para evitar problemas legales y persecución religiosa. No quería ser ampliamente conocido, prefería mantener un bajo nivel de popularidad.
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Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, fundó una Orden con personas cuidadosamente seleccionadas. Su influencia se extendió a ambas orillas del Río de la Plata. Dio muchas conferencias en Buenos Aires, y escribió para la revista Sophia. Julio Beltrán Menéndez también lo conocía. Murió repentinamente en 1955, es decir, pocos años después de que yo asistiera a su conferencia en La Plata. Le había expresado a una alumna que no quería llegar a ver el fin del siglo porque iba a ser “tremendo”. Volvamos ahora a Mischa. En 1938 él y su familia pasaron unas vacaciones en Carrasco, en una casa que un amigo le prestó. Una noche tuvo un sueño, que a los pocos días se hizo realidad. Esto lo condujo a pensar que aún tenía un resto de mediumnidad, y, puesto que el lugar era tranquilo y apacible, como demandaba Kapila para la producción de fenómenos, decidió hacer la prueba con su esposa Yanny, su suegra y otras personas. En su primer intento, oyeron raps y la mesa se movió ostensiblemente hacia Yanny, como si tuviera un mensaje para ella. Utilizando el método del alfabeto, una entidad se expresó diciendo que era el padre de Yanny, ya muerto. Ella era muy escéptica respecto de este tipo de comunicación, así que requirió una prueba mejor. Entonces la mesa transmitió una serie de letras que parecían no tener sentido, pero luego las identificó como la palabra “almohada” en ruso, que era la lengua materna de su padre. Esta palabra tenía un significado especial para ella y la familia, y Yanny la consideró una prueba de identidad, aunque reconocía que había pensado en esa palabra cuando pidió una prueba mejor. Después de esta reunión, hicieron otros intentos pero no lograron obtener resultados. Debemos ahora volver a La Plata, donde alrededor de 1948, Mischa, Alfredo Casey, los Ricabarra y Julio Beltrán Menéndez formaron un grupo. Pronto comenzaron a obtener fenómenos físicos, acerca de los cuales eran bastante reservados. Octavio y yo obtuvimos alguna información a través de Guillermo. En 1949 me incorporaron al ejército, en un cuerpo especial para estudiantes y graduados, para ser entrenados
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como oficiales de reserva. Se dio la circunstancia de que a Guillermo lo mandaron al mismo lugar. Los fines de semana íbamos a casa; como Guillermo era muy activo en el grupo, tenían sesiones los sábados y domingos. Una noche que yo estaba de guardia en el cuartel, Guillermo volvió de una de esas sesiones. Era medianoche, y no quiso hablar. Pocos minutos más tarde, dormía. Estaba yo haciendo mi ronda al otro extremo del amplio cuartel, cuando lo oí gritar como un loco. Corrí a su cama y lo desperté. Me dijo que lo dejara seguir durmiendo, que a la mañana me contaría lo que pasaba. Es así como llegué a saber lo que ocurría en esas sesiones. Me contó que habían obtenido fenómenos físicos muy fuertes a plena luz, que la mesa que usaban había corrido alrededor del cuarto, y que no habían podido detenerla ni controlar sus movimientos de ninguna manera. Hasta ahí llegaba en esa época mi conocimiento acerca de las actividades del grupo de Mischa. Una cosa muy extraña sucedió durante mi visita a mi novia, Olga, que más tarde llegaría a ser mi esposa. En ese tiempo ella estudiaba, y como sus padres vivían en el campo, ella se alojaba con unos amigos de la familia. Una tarde estábamos sentados en un amplio sofá, y ella me contaba las cosas raras que sucedían en esa casa, donde a veces las puertas se abrían y cerraban por sí mismas. Justamente cuando decía esto, la puerta que daba a los dormitorios se abrió y cerró, como si alguien hubiera entrado en la sala. Pocos segundos después, otra puerta, que daba a una galería, se abrió y cerró, como si alguien, invisible, hubiera salido a tomar aire fresco. Revisé las puertas después de estos extraños hechos, y comprobé que estaban en perfectas condiciones. No había corrientes de aire, ni otra explicación de sentido común para lo que había pasado. De mi diario de 1948: Enero 1. “De nuevo el problema de la muerte viene a mi pensamiento. Supongo que hasta que lo resuelva de alguna manera, no me libraré de él. ¿Morimos absolutamente sin esperanza alguna? ¿Con qué propósito nacemos, y por qué morimos? ¿Hay algo después de la muerte? ¿Cómo creer en ello sin fe?”
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En ese tiempo no creía en la posibilidad de que alguien pudiera volver del otro lado para hablarnos. Después conocí a la señora Lactancio. Me contó que en diversas sesiones había hablado con Platón, Aristóteles, y muchos otros. Además, un famoso sanador argentino, Pancho Sierra, le había curado una úlcera. Esto me hizo dudar del espiritismo más que antes. Enero 2. Leo la Vida de Cristo de Renán. “El hombre se volvió religioso en el momento en que se distinguió a sí mismo del animal, es decir, desde que vio en la naturaleza algo más que la realidad, y sintió en sí mismo algo que no termina con la muerte”. Yo pensaba entonces que las diferentes reacciones que la muerte provoca en el hombre servirían para explicar el profundo sentido del arte, la ciencia, la música, la filosofía, además de la religión. Enero 5. Leo a Kafka, Nietzsche y Renán. De este último autor: “… en esa tierra, bajo la cual duermen José el carpintero y miles de otros nazarenos olvidados, personas que nunca traspusieron el horizonte de su valle natal, un filósofo estaría en el lugar adecuado para contemplar el curso de las cosas humanas, consolarse de su contingencia y apaciguarse al ver la meta divina que persigue el mundo a través de infinitas derrotas, y a pesar de la vanidad universal”. Era una noche lluviosa, y me encantaba leer mientras afuera diluviaba. Terminé El proceso, de Kafka, y estaba muy intrigado acerca de su posible significado. Había hablado de ello con una estudiante de filosofía, Edith, y parecía tener razón en que el proceso era el de la vida misma, en que todo resulta ser incomprensible, porque nunca podemos alcanzar la “última instancia”. Yo pensaba que en el capítulo “La catedral”, la parábola del Guardián de la Ley daba sentido a todo el libro. Sólo después de morir uno ve los destellos de luz de la Ley. Pero ¿cuál es esa Ley? No lo sabemos. El hecho es –y yo no sabía si veía mis propias ideas reflejadas en el libro de Kafka– que nacemos, padecemos el proceso y morimos sin remedio, sea nuestro proceso largo o corto. Y dudo de que tengamos un atisbo de la Ley antes de morir. Enero 7. De un folleto sobre la Biblia: “Realidades como la vida, la muerte y la eternidad, exigen imperiosamente una solución
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satisfactoria. Todos los esfuerzos del hombre para resolver estos problemas han sido vanos”. De modo que sólo si creemos podemos evitar la angustia. Estaba de acuerdo con estas palabras, pero persistía en mi intención de tratar de resolver los problemas antes de rendirme a la “necesidad de creer”. Mismo día, a las once de la noche: “Así que William Crookes investigó el espiritismo. Tengo que conseguir ese libro. Leer el Sermón de la Montaña”. Enero 9. “¿Se te han abierto las Puertas de la Muerte o has visto las Puertas de la Sombra?” (Job, 38:17). Enero 12. Leí El viajero y su sombra de Nietzsche, dormí la siesta y tuve un sueño muy interesante. Eran dos hermanos, uno de ellos había muerto y lo enterraban en algún lugar en una gran planicie, cerca de unas colinas. El hermano aún en vida se interesaba en las costumbres indias, entonces se puso un ropaje con plumas y se pintó la cara y el cuerpo. Cerca había una tribu y él fue y bailó con los indios para olvidar su pena. Después de una danza frenética, quedaron exhaustos. Entonces, desesperado, vio que no podía recordar el lugar donde habían enterrado a su hermano. Como no le habían puesto una cruz, como acostumbraban hacer, no sabía dónde estaba la tumba. Después de muchas lamentaciones, decidieron tratar de hallar algún tipo de señal que les permitiera descubrir el lugar, pero no pudieron. Se sentaron, y luego la tierra comenzó a levantarse en el lugar donde estaba la tumba. Todos se arrodillaron y el hermano viviente comenzó a besar la tierra en ese lugar. Todos sintieron la emoción del milagro que había ocurrido. En ese punto de mi sueño, me identifiqué con el hermano viviente. Me desperté y continué sintiendo la emoción del hombre de mi sueño. En esa época comencé a enseñar en una escuela privada. Perón estaba en la cima de su poder. Yo leía teorías del arte, las obras de teatro de Lenormand, también tocaba profesionalmente el violín en una orquesta de tango para aumentar mis ingresos. Era una vida bastante complicada.

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Enero 27. Terminé con la Vida de Cristo por Renán. “Llegará el día en que la separación entre lo que es humano y lo que es divino dé frutos; en que el dominio de las cosas espirituales deje de llamarse ‘poder’ y en cambio tome el nombre de libertad”. Enero 31. Terminé de leer El hombre y sus fantasmas (Lenormand). “El tiempo es un sueño”, o un “devorador de sueños”. “A veces preferiría no haber nacido para no tener que morir”. El mismo día, más tarde: “Este pánico a la muerte que me sobreviene de vez en cuando… quizás la vida me gusta demasiado. Sin embargo, algunas veces me es indiferente. No es miedo, sino rebelión, porque no sabemos adónde vamos”. Febrero 2. Qué sueño extraño tuve anoche. ¿De qué infierno sacó mi cerebro esas brujas cabalgando en sus escobas, y volando hacia la cumbre de una montaña? ¿Cómo explicaría este sueño un freudiano? Quizás todo ello estaba en una remota célula de mi mente inconsciente. Febrero 3. Más Lenormand, Los fracasados. Febrero 4. Tengo un alumno de trigonometría. Ya tenía alumnos de física y de análisis matemático Puede ser que mañana venga un estudiante de astronomía. A pesar de toda esta variedad científica, terminé con Lenormand, La loca del cielo, y La inocente. Febrero 9. Leo de Michelet Biblia de la Humanidad. Febrero 12. Escribí: Todo el oro del mundo por saber adónde voy. Platón: “La vida es un vano intento por olvidar la muerte”. Febrero 15. Escribí mi epitafio: “Aquí yace José María Feola. Él también se preguntaba: ¿por qué? ¿por qué?” “Ahora vienen a rezar en este rincón. Veinte siglos de Iglesia Católica. Veinte siglos de mentiras, crímenes y ofensas a la cultura. Miedo a la muerte. Ese es el origen de todas las

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religiones. Pero aquél que alcanza la sabiduría no necesita ninguna religión”. Febrero 27. “Lo que realmente importa es la maravilla de lo que vemos. Lo que realmente importa es este momento de luz entre esas dos grandes oscuridades: la del no ser que precede a nuestro nacimiento y la de la muerte que vendrá después de la vida”. (Luis Villaronga, Contemplación). Febrero 28. Leo Del sentimiento trágico de la vida, de Unamuno. Por supuesto, leo el libro en su versión original en castellano, que todavía tengo conmigo, ya amarillenta. Es un libro poderoso, bellamente escrito, que me produjo un gran impacto. A Unamuno no le interesaban las formas de inmortalidad en que uno pierde su personalidad, aunque haya algo que sobreviva. Él quería un Miguel de Unamuno que continúe viviendo, que sea eterno. De alguna manera, yo sentía que esto no podía ser así, porque una vez que el cerebro y el cuerpo mueren, ¿cómo puede uno seguir siendo el mismo? Y sin embargo, debido a los fenómenos psíquicos, parecía quedar abierta la posibilidad de una supervivencia de la personalidad después de la muerte. Unamuno expresa su pensamiento de manera precisa y convincente en muchos pasajes, como el siguiente: “Y si el alma de la humanidad es eterna, si la conciencia colectiva humana es eterna, si existe una Conciencia del Universo, y si esta Conciencia es eterna, ¿por qué nuestra conciencia individual –la suya, lector, la mía– no ha de ser eterna?”. Marzo 2. La situación del país bajo el gobierno de Perón hacía que me fuera muy difícil conseguir un puesto, porque yo no era peronista. Marzo 16. Todos mis alumnos rindieron exámenes en diversas escuelas oficiales. Todos ellos aprobaron, por lo cual decidí tomar unas vacaciones en las sierras de Córdoba con un amigo. El único libro que llevé fue el de Unamuno. Interesante almuerzo con mi amigo en el tren: nos sentamos con un sacerdote católico y un judío. Marzo 20. Las memorias de Dios por Giovanni Papini. La Cumbre es el lugar más hermoso de la tierra. Muy tranquilo,
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rodeado de sierras, a unos 750 metros sobre el nivel del mar. Lagos centelleantes, frescas brisas, bueno para la meditación y la relajación. Marzo 23. Después de unos días fríos y lluviosos, terminé el libro de Papini, y empecé otro, La vida de nadie. Obtuve estos libros en la biblioteca del hotel. Marzo 26. Hubo una procesión religiosa nocturna con antorchas, era un espectáculo estéticamente bello. Mi comentario fue: “Una válvula de escape para el miedo a la muerte. Si creen que han hallado la respuesta, ¿qué podemos decir de ello?”. Esa noche tuve una pesadilla: soñé con Perón y Evita, su mujer. Marzo 27. Le di una mirada rápida a The kingdom of the cassocks, por O. Corbin. Encontré el siguiente proverbio: “No te pares detrás de una mula, delante de una mujer, al lado de un carro, y de ninguna manera te acerques a un cura”. Leo un libro de Manuel Gálvez, La muerte en las calles, acerca de la guerra del Paraguay (con Argentina). Abril 4. Leo Un ramillete de haikus y a Proust, cuya penetración en lo profundo de la personalidad humana tuvo gran influencia en mi propia manera de observar a otras personas y a mí mismo. En esta etapa, estaba leyendo el segundo volumen de su obra En busca del tiempo perdido, y completar la lectura de los siete tomos en castellano iba a llevarme unos cuantos años. La lectura de este volumen, A la sombra de las muchachas en flor, fue particularmente placentera. Abril 15. Lástima que no tuve paciencia para anotar mis sueños en detalle, salvo unos pocos que me impresionaron de manera especial. Esta vez soñé con un extraño ser que se transformaba en niño prodigio. Tal vez me vino la idea de haber leído antes acerca de estos prodigios, a raíz de los cuales me pregunté sobre la reencarnación. Un sueño extraordinario que recuerdo, tenía que ver con Dios. Parece que me había muerto sin terminar algo importante que deseaba hacer. Vi entonces a Dios, su rostro y su larga barba y sus hombros cubiertos por nubes, o una sustancia de consistencia nebulosa; le rogué que me permitiera volver y terminar mi tarea. Finalmente consintió en ello, con una condición, a saber, que una amiga mía, Mercedes, dijera una palabra, una palabra muy especial, que
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tuviera el poder de devolverme a la vida. Me dijo esa palabra – al despertar no pude recordarla– y yo me acerqué a Mercedes, que en ese momento caminaba por la Legislatura de La Plata con otra chica. Me acerqué al oído de Mercedes y le dije “Mercedes, ¡decí MADA, MADA!” (era una palabra de cuatro letras como esta). Mercedes, por supuesto, no podía oír a un espíritu, o lo que quiera que yo fuese, pero yo insistí muchas veces. Intenté la telepatía, salté a su alrededor repitiendo “MADA, MADA”, pero todo fue inútil. Simplemente debía aceptar que estaba muerto y no tenía nada más que hacer en este mundo. Cuando me desperté y no pude recordar la palabra exacta, quedé doblemente resentido contra Dios y su creación, un lugar de sufrimiento con muy pocos momentos de dicha, por los cuales generalmente pagamos un alto precio. Abril 25. “Todos necesitamos alimentar en nuestro ser una vena de locura, para poder afrontar la realidad”. .“… porque el genio consiste en el poder de reflexionar y no en lo que se reflexiona”. (Proust). Comienzo a leer Demian, la obra maestra de Herman Hesse. Mayo 9. Escuché a Byron Janis. Tiene veinte años, y es el mejor pianista joven que haya escuchado. (Lo conocí a él y a su esposa María Cooper –hija de Gary Cooper– treinta años después, y supe de sus experiencias psíquicas. Volveré sobre esto más adelante). Mayo 23. Pienso en mis sueños. Si tenemos un alma, no está totalmente dentro de nosotros. Parte de ella –en realidad, la mayor parte– espera que la alcancemos, paso a paso, por el camino de la perfección. La unión total sólo llega después de la muerte. Junio 13. “No hay hombre, hasta el más sabio, que no haya vivido una vida o dicho palabras que preferiría no recordar o que desearía borrar. Pero en realidad, no debería afligirse demasiado, porque uno nunca puede estar seguro de haber alcanzado la sabiduría, en la medida en que sea posible, sin pasar por todas las ridículas reencarnaciones u odiosas vidas que preceden a la actual”. “La sabiduría no puede ser transmitida, debemos descubrirla nosotros mismos a través de una senda que nadie puede seguir en nuestro lugar, y que

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nadie puede evitarnos, porque la sabiduría es una manera de ver las cosas”. (Proust). Septiembre 8. Juan Ramón Jiménez, escritor español Premio Nobel de literatura, vino a La Plata, y dio una charla ante al menos mil personas que lo recibieron con una ovación. Habló sobre trabajar con amor, y desarrolló el tema como sólo podría hacerlo un gran poeta. Mientras me estaba firmando un ejemplar de Platero y yo, una señora, visiblemente emocionada, le dijo: “¡Divino, Juan Ramón, divino!”. A lo que el poeta respondió “¡Humano, señora, sólo humano!”. Octubre 31. Leo el primer volumen de La muerte y sus misterios, de Camilo Flammarion. Buena obra, directamente relacionada con apariciones, vida después de la muerte, telepatía, clarividencia. Enero 20, 1949. Cuando estaba ya en el ejército, usaba mi tiempo de guardia para meditar. La sabiduría me venía de alguna parte en forma de frases breves que contenían una verdad indudable. La primera fue: SIENTE QUE ERES PROTAGONISTA. Esto me pareció universalmente válido. Si trabajas en determinada clase de lugar y tarea, y no sientes que eres protagonista, deja ese trabajo lo antes posible. Esto estaba relacionado con la charla de Jiménez. Si no amas tu trabajo, necesitas encontrar algo que hacer que ames de verdad. De otra manera, estás desperdiciando tu vida. No es fácil de hacer en estos tiempos, pero es verdad. Abril 27. VIVE EL PRESENTE. Mucho se ha dicho sobre esto. Si todo el tiempo estás recordando tus errores y tragedias del pasado, y lo que deberías haber hecho, y planificando un futuro distante que te traerá felicidad, no estás viviendo el ahora. El presente es lo único que tienes, si no lo vives plenamente, estás igual que muerto. No es que no debas planear, o recordar cosas con el propósito de aprender del pasado, pero no te quedes en ninguno de los dos; de lo contrario, la vida te pasará. Mayo 5. RECUERDA QUE VAMOS SOLOS POR NUESTRO CAMINO. Esta es una frase dura. Sin ser egoístas, cada uno tiene que orientar su vida en el sentido que le dicta su alma, su espíritu o vocación. Me di cuenta de que cuando me desviaba a causa de seres queridos, o por consideraciones monetarias, a la larga
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tanto mis seres queridos como yo mismo perdíamos. No sólo esto, sino que cuando uno se embarca en determinado curso de acción, casi siempre es difícil retomar la ruta principal, la senda verdadera. Mi consejo es: ten cuidado al tomar una decisión. Como decía mi maestro de violín: “Feola, cualquier decisión importante en su vida, piense tres días por lo menos. Piense, en soledad, todas las consecuencias, luego decida”. Ah, don Alejandro Bilotti, ¡cuánta razón tenía! Mis decisiones apresuradas me han costado miles de dólares y mucho dolor. Es por eso que paso su sabiduría a todos mis alumnos. Es increíble cuánto leí, incluso durante los meses que estuve en el ejército. Sin embargo, no quisiera aburrir al lector con una lista de lo leído. La idea era dar un panorama de mis lecturas, pensamientos, sueños e ideas previas al inicio de nuestro grupo de La Plata, al que me referiré enseguida.

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CAPITULO 6 Y las mesas levitaron
En mayo de 1950 me casé; a fines de ese año Olga y yo nos mudamos a nuestra casa propia en la calle 35 de La Plata, una casa cómoda, aunque no grande. Tenía mi estudio, había un pequeño hall y un comedor grande, un dormitorio y baño instalado con calefón a gas. Desde la cocina se veía al fondo el lavadero y un amplio jardín. Nuestras conversaciones con Octavio habían intensificado nuestro deseo de hacer algo con la cuestión del movimiento de las mesas, e hicimos algunos intentos con no mucho éxito. El procedimiento consistía en sentarnos alrededor de una pequeña mesa de madera, de 65 centímetros por 65, y unos 75 centímetros de altura, que pesaba unos 12 kilos. Dejábamos las manos en reposo sobre la mesa, tocándose por los meñiques con las manos de los demás. Si además nuestras propias manos se tocaban por los pulgares, a esta disposición le llamábamos “cadena cerrada”, de lo contrario, era la “cadena abierta”; si las manos no se tocaban de ninguna manera –lo que pocas veces se hacía– eso se llamaba “sin cadena”. Por lo general empezábamos escuchando música que nos pareciera apropiada; César Frank era uno de nuestros favoritos. También quemábamos incienso. Después de cinco o diez minutos de esta especie de meditación-relajación, durante la cual tratábamos de mantener la mente en blanco, enunciábamos nuestro propósito: “Estamos aquí para tratar de ver si esta mesa puede moverse, o si pueden producirse raps en la mesa o en cualquier otro lugar de esta habitación. No es importante para nosotros que la mesa se mueva por fuerzas del inconsciente o superconsciente, espíritus o lo que ustedes dispongan, en tanto se mueva por sí sola. Con esta esperanza aguardamos”. Pocos minutos más tarde, Octavio hablaba de otra manera: “Si está presente aquí alguien que pueda mover la mesa, por favor que lo haga. No importa quién sea con tal de que pueda mover esta mesa”. Y así por el estilo. Probamos con todos los ángulos, distintos estados de ánimo, toda clase de argumentos persuasivos, pero no obtuvimos resultados.
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Evidentemente, faltaba algo; tal vez estábamos equivocados al suponer que si otros habían podido hacerlo, nosotros también podríamos. Estábamos ansiosos por ver algo, así que, a través de Guillermo, pedimos ayuda al grupo de Mischa hasta que por fin ellos accedieron a hacer una prueba con nosotros. Guillermo y Alfredo vinieron a reunirse con Olga, Octavio y yo. Se decidió realizar la reunión en casa de Octavio, un departamento que alquilaba en el segundo piso de un edificio. Otros dos estudiantes vivían con él, pero esa noche no estaban en la casa. A continuación, daré un relato de todos los experimentos importantes que realizamos –reuniones, no sesiones, ya que no estaba presente ningún médium en trance–, que identificamos con un número y una fecha para que fuera fácil referirse a ellos posteriormente. Estos resúmenes surgen de mis notas, tomadas la misma noche o a la mañana siguiente de cada reunión. Reunión N° 1. Febrero 1, 1952. Iniciamos este experimento a las 22:30, como dije antes, en la casa de Octavio. Usamos su mesa de trabajo, que era más grande y pesada que la mía, con unos 16 Kilos. Todo el tiempo estuvo encendida la luz con una lámpara de 100W. Octavio puso un disco en su tocadiscos, encendió un sahumerio de incienso y nos sentamos en torno a la mesa en cadena cerrada. Las manifestaciones comenzaron por vibraciones de la mesa, sin movimientos convincentes ni raps que contestaran nuestras preguntas. Después de dos breves interrupciones, obtuvimos una presencia –permítanme llamarla así– la cual, moviendo la mesa sobre dos patas, transmitía mensajes por medio del alfabeto. El procedimiento es así: la mesa se levanta en dos patas, y se balancea de arriba abajo esperando que alguien comience a decir el alfabeto. Esto lo hizo Guillermo: A, B, C, etc. Cuando aparece la primera letra de la primera palabra, la mesa golpea sobre el piso. Luego vuelve al movimiento de arriba abajo, y Guillermo comienza de nuevo con el alfabeto. Entonces aparece la segunda letra y así sucesivamente. A veces uno quiere hacer una pregunta que se
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puede responder por sí o por no, para ello se usa un código, tres golpes significan “sí” y dos golpes “no”. Esta presencia, o entidad, movió la mesa muy suavemente, y deletreó el mensaje a paso bastante lento. En su primer mensaje dijo que estaba relacionado con Olga y conmigo. Le preguntamos su identidad y no quiso contestar. (Uso el masculino para referirme a él porque supusimos que se trataba del abuelo de Olga –o una personificación suya actuando a través de la mente inconsciente de Olga– aunque uno no tiene derecho a hacer esta clase de presunciones). Sin embargo, dio la letra D, probablemente en relación con el mensaje que vino después. En este punto, sucedió algo que nos sobresaltó. Repentinamente, una presencia de una fuerza tremenda tomó posesión de la mesa, y comenzó a golpearla contra el piso con gran estrépito: ¡uno, dos, …., ocho! Así los contó Guillermo, y dijo: “¡Ya sé quién sos!”. Entonces la mesa, para mi gran sorpresa, dio inmediatamente tres fuertes golpes en el piso: “¡SÍ!”. “Sos el Guía Número Ocho”, dijo Guillermo. Tres fuertes golpes: “¡SÍ!”. Lo repitió aún más fuerte. La mesa comenzó a oscilar en dos patas –como describí antes– pero con mucha mayor frecuencia, como si esperase con impaciencia que Guillermo comenzara a recitar el alfabeto. Así lo hizo, mientras Alfredo tomaba nota del mensaje. Esta operación adquirió tal velocidad que se hacía difícil seguirlo. El Guía Número Ocho dijo: “¡Idiotas! ¿Por qué hacen esto? ¡Corten enseguida!”. A lo cual Guillermo contestó: “Es que estos amigos han estado trabajando mucho…”. “¡Nada, paren! ¡Es peligroso continuar!”. En este punto, la mesa levitó completamente, todos nosotros de pie, la cadena ya no hacía falta. No solamente la mesa flotaba alrededor con facilidad, sino que lo hacía de manera amenazante. Yo no estaba asustado sino tremendamente sorprendido de que semejante cosa fuese realmente posible, y más aún, que sucediera delante de mis ojos y a plena luz. Pasé mis manos y pies debajo de la mesa y por debajo de las manos de mis compañeros, para cerciorarme de que no había ningún tipo de truco, aunque a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido hacer semejante broma. Convencido de la realidad de lo que estaba sucediendo, decidí tratar de detener la mesa. La aferré en el aire con mis dos manos y traté de tirar hacia abajo. El efecto
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fue igual al de un mosquito que quisiera detener el puño de Muhammad Ali contra George Foreman cuando Ali recuperó su título: absolutamente ningún efecto. Era una fuerza verdaderamente poderosa. Cuando bajó por sí misma, nos detuvimos. Después de discutir durante unos minutos lo que había que hacer, prevaleció la opinión de Guillermo: quería explicarle más detalladamente al Guía Número Ocho por qué ellos estaban ahí, de modo que pudieran conservar las buenas relaciones que tenían con esta entidad, y Mischa y el resto de su grupo no se enojaran con ellos. De modo que a los pocos minutos reiniciamos, pero en lugar del Guía tuvimos de nuevo la presencia amable del principio. Después de algunos raps en la mesa (digo en porque el sonido parecía venir desde dentro de la madera), esta entidad mostró mayor fuerza que antes y la “conversación” fue algo más fluida. – ¿Quiere decirle algo a Olga? – Tiene que ser madre. – ¿Y José? – Él tiene que estudiar. Ahora estábamos bastante seguros de que esa presencia debía ser identificada con don Juan, el padre de mi suegro, que había muerto unos cinco meses atrás. Le pregunté: – ¿Cree que voy a recibir mi doctorado en física? – Sí. – ¿Y tocaré el violín? La mesa se sacudió como si se riera. – Sin embargo, vas a medir mi tierra. Yo era agrimensor, y de hecho, algún tiempo después, tuve que medir su tierra. – ¿Cómo se siente ahí donde está? – Estoy contento cuando alguien me recuerda. Olga preguntó: – ¿Qué pensás del chupete que encontré en el tranvía? – Es una predicción.
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(Lo fue. Nuestro único hijo nació el 16 de octubre de 1953). – ¿Qué piensa de don Ángel? (mi suegro, y su hijo). – No lo conocí muy bien, porque él se fue de casa cuando era muy joven. Era cierto, pero, por supuesto, mi esposa y yo lo sabíamos. De todos modos algo había sucedido, pudo haber sido transmitido desde nuestras mentes mediante telepatía, o clarividencia, y a través de la psicoquinesia. Pero no es necesario teorizar ahora, ya que lo haré más adelante. – ¿Desea volver? – Hace tan poco tiempo que dejé mi cuerpo físico… No deseo volver hasta dentro de ochocientos años por lo menos. El “lugar” donde estoy ahora me gusta más que el mundo material. – ¿De dónde saca la fuerza para mover la mesa? – Principalmente de Octavio. Octavio había dicho que sentía frío en algunas partes de su cuerpo, y la entidad aseveró que esas eran las partes de donde extraía la energía. Entonces pidió que nos quedáramos en silencio en su compañía. Luego, posiblemente al notar que Alfredo y Guillermo estaban bastante cansados, dijo que sería mejor que nos detuviéramos, lo que hizo después de decirnos adiós a Olga y a mí. La sesión finalizó alrededor de las tres de la mañana. Como este experimento se realizó en el departamento de Octavio, Olga y yo tuvimos que caminar unas diez cuadras hasta nuestra casa. El asombro que las levitaciones y movimientos de una mesa tan pesada habían producido en mi lado científico era tan grande que, mientras caminábamos, le pregunté a Olga: – Escucháme, parece que estamos yendo a casa, ¿no? – Así es –dijo ella. – ¿Podrías hacer lo que he visto en tantas películas? ¿Podrías pellizcarme? – Claro que sí.
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Lo hizo, y lo sentí, y seguía estando ahí, en medio de la vereda, caminando despacio y ponderando la situación. – ¿Entonces te parece que fue real? Quiero decir, la mesa realmente se alzó en el aire, y esa fuerza enorme era real. – Sí, eso pienso. No creo que hayamos sido hipnotizados o que hayamos tenido alucinaciones o algo así, si eso es lo que estás pensando. En ese caso, pellizcame, por favor. – Caramba, ni la física ni ningún físico puede dar una idea de esto. Esto contradice cuanto puedo recordar, o más bien, no entra en ninguna teoría física que yo conozca. Yo ya tenía un grado menor en física y Octavio había hecho todo el curso para su doctorado en físicoquímica, lo mismo que Guillermo. Ninguno de nosotros ni nadie del otro grupo creía que fuese posible una explicación sobre la base de la ciencia actual. De todos modos, pasé una semana entera debatiendo en mi mente, leyendo libros, buscando una explicación. Desde luego, no hay ninguna explicación satisfactoria, pero debo decir que la fuerza y la habilidad que mostró ese Guía Número Ocho, quienquiera que fuese, me produjo una impresión tan fuerte que persiste hasta hoy, a pesar de haber visto después muchos otros fenómenos extraños y sorprendentes. Y hay algo más. Mientras el Guía nos decía que había peligro, todos oímos como si fueran animales pequeños corriendo en círculo a nuestro alrededor. ¿Era ese el peligro? ¿Esos “elementales” sobre los que yo había leído? Uno de los principios básicos para el funcionamiento de nuestro grupo era que sólo incorporaría personas que tuvieran formación científica. Otro químico –a quien llamaré “Jorge”– quería participar en nuestros experimentos, así que, después de los hechos extraordinarios que acabo de describir, decidimos continuar con él. Los cuatro nos reuníamos semanalmente en nuestra casa, habitualmente los sábados a la noche, durante varias horas. Obtuvimos algunos resultados, como ser diferentes tipos de raps y ruidos, incluso olores, pero nada impresionante. Pocas semanas más tarde, la esposa de mi vecino sintió curiosidad por esas personas que venían a casa todos los sábados, y Olga le contó demasiado. Fue así
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como nuestro vecino, Fernando del Mármol, por intermedio de su mujer y mediación de Olga, solicitó ser admitido en el grupo. Tuvimos una discusión con Olga por su lengua larga –en realidad, me enojé mucho con ella– pero luego suavizamos nuestra posición y supimos que Fernando había tenido algunas visiones siendo joven (tenía a la sazón cuarenta y seis años; recuerden que todos nosotros éramos veinteañeros); finalmente decidimos aceptarlo. Resultó ser una decisión acertada, como se verá en lo que sigue. Así continuó el grupo con Fernando, y lo único interesante que conseguimos en varios meses fue el movimiento de una silla balanceándose a poco más de un metro de distancia de nosotros, y la impresión de un animal que se subía a las piernas de Fernando, lo cual nos pareció ser una impresión subjetiva. A comienzos de agosto de 1952, estábamos ya descorazonados, a punto de desistir de nuestro intento. Entonces, una vez más, pedimos ayuda a nuestros amigos, quienes lo hicieron esta vez sin mayor dificultad. Reunión Número 2. Agosto 9 de 1952. Guillermo y Alfredo vinieron a nuestra casa, donde se reunieron con nuestro grupo en pleno, a saber, Olga, Octavio, Jorge, Fernando y yo. La mesa, por supuesto, se movió, y nuevamente, saltando en dos patas y golpeando sobre el piso según las letras del alfabeto, nos dio varios mensajes. Esta vez yo no temía que los dueños de casa –que en lo de Octavio vivían en la planta baja– fueran a llamar a la policía. – ¿Quién es usted? ¿Puede identificarse? – Soy el hermano de Fernando. – ¿Puede decirnos algo que nos demuestre quién es? – No estoy conforme con mi tumba. Fernando contestó entonces a la entidad: – Sé que no estás conforme, pero vos sabés que yo no tuve nada que ver en ese asunto. – Lo sé, y estoy contento con vos. Fernando preguntó a su “hermano” qué pensaba acerca de Olga y de mí, y la entidad respondió: – La gente confía en ellos.
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La mesa cesó en su movimiento, y después de unos veinte segundos, entró otra entidad. Que se trataba de otra entidad es algo que se notó inmediatamente porque la “conducta” de la mesa era diferente. La fuerza, la manera de moverse, la velocidad, y lo que hacía, todo era diferente. Al preguntarle si quería deletrear un mensaje, dijo: – Hijo. Tras lo cual, se movió hacia Guillermo, como si fuera a acariciarlo. Le dio algunos consejos a Guillermo y se fue. Vino una tercera entidad y se identificó como Domingo F. (lo que yo interpreté como Domingo Faustino Sarmiento). Esta entidad golpeó el piso con la mesa veintiséis veces. Nuestra conclusión fue que se refería al 26 de julio, día del fallecimiento de Eva Perón. Inmediatamente, como respuesta a nuestra conclusión, dio un mensaje: – E.P. trae guerra civil. – ¿Cuándo? – Mayo de 1953. Esto fue, en realidad, con una diferencia de más de dos años: el primer intento contra el régimen de Perón tuvo lugar en junio de 1955, y su gobierno fue depuesto en septiembre de 1955, en lo que casi se transformó en una guerra civil. – J. D. P. (Juan Domingo Perón) va a perder, y lo que es peor, F. V. va a ganar. (No pudimos identificar a ese F. V.). Aunque esas predicciones no se cumplieron, había en ellas una porción de verdad. El intento de junio terminó con la matanza de casi tres mil personas –peronistas– que se habían juntado en la Plaza de Mayo después de oír por la radio la noticia del levantamiento militar. Numerosos aviones, sabiendo ya que la rebelión había fracasado, bombardearon a gente inocente y huyeron al Uruguay. Una decisión desafortunada, sin duda, que provenía del odio que Evita había originado en aquellos uniformados. Pero esto muestra –así como todas las predicciones de psíquicos que leemos en los diarios– que,
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sean esas entidades lo que fueren, sus predicciones respecto de acontecimientos futuros no son mejores que las nuestras. Después de esta reunión, continuamos trabajando hasta que obtuvimos resultados con nuestro grupo. Esto sucedió el 12 de septiembre de 1952.

Reunión N° 3. Jorge, Octavio, Fernando, Olga y yo. Al principio, hubo una vibración en la mesa. Yo comencé a hacer las preguntas, luego lo hicieron por turno los demás. – ¿Conoce a alguien del grupo? Por favor, mueva la mesa hacia él. La mesa va hacia Octavio. – ¿Mamá? – Sí. – ¿Hay algo que me quieras decir? – Sí. Casate. Ahora la mesa comienza a dar vueltas alrededor con más fuerza. Llega un mensaje de una entidad desconocida: – E. morirá el veintitrés. (Esto no tenía sentido para ninguno de nosotros). A continuación, la mesa golpea ocho veces. – ¿Guía Número Ocho? – Sí. – ¿Quisieras guiarnos? – Sí. ¡PAREN! Al recordar nuestra primera reunión, decidimos seguir el consejo, aunque no resultaba claro si se trataba realmente del Guía Número Ocho o de una imitación. Pero, dado que era posible que ya no obtuviéramos más resultados, dimos por
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terminada la reunión, comunicación.

satisfechos

con

nuestra

primera

En este punto hay que hacer una observación: si no se declara otra cosa, las reuniones se realizan con luz regular.

Reunión N° 4. Septiembre 26. Las mismas cinco personas. Hasta aquí, empezábamos siempre con cadena cerrada; durante esta reunión, tratamos de producir los mismos fenómenos con uno o dos de nosotros fuera de la cadena. Con tres de nosotros, Jorge, Octavio y yo, obtuvimos movimientos de gran intensidad. También observamos algo semejante a una inversión de polaridad, es decir, la mesa parecía pegada al piso. Cuando intentamos moverla, fue muy difícil. Fernando y Olga vieron una forma cónica, azulada, alta como una persona, parada detrás de mí. La mesa, mediante el alfabeto, dijo que, en realidad, esa forma estaba ahí, aunque los demás no pudieran verla. Todas esas ocurrencias tardaron mucho menos que antes en producirse. Le preguntamos a la mesa por la energía que utilizaba; dijo que la energía empleada para producir ese fenómeno luminoso se había tomado de Octavio. Le hicimos al Guía Número Ocho, que estaba presente en ese momento, una serie de preguntas. Con respecto al aura, dijo que los animales no tienen aura, y agregó que las entidades del plano astral no pueden ver nuestros libros, por ejemplo, o nuestras cosas materiales, ni nuestros cuerpos. Solamente “ven” nuestras auras.

Reunión N° 5. Octubre 1. Habíamos decidido no reunirnos esa noche, así que Olga y yo fuimos al centro con la idea de ir a ver una película. Era una noche tan hermosa que decidimos caminar y mirar el paisaje. La primavera en La Plata es deliciosa, debido especialmente a la variedad de árboles y sus flores. En la Avenida 7, el aroma que predomina es de los tilos, ya en flor. Mientras caminábamos y gozábamos de la fragancia traída por
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una suave brisa, nos encontramos con mi amigo Raúl –a quien mencioné antes en relación con los movimientos de una silla–, que venía de su club. Hacía tiempo que Raúl se interesaba en los fenómenos psíquicos, y nunca había tenido oportunidad de venir a una de nuestras reuniones. Nos preguntó si era posible que regresáramos a casa, buscáramos a Fernando y tuviéramos una reunión. Acordamos intentarlo, y volvimos juntos a casa. Tuvimos suerte de convencer a Fernando de que viniera. En cuanto comenzamos, llegó Octavio porque se había olvidado de que habíamos suspendido la reunión, así que terminamos haciendo la reunión con casi todo el grupo. La cadena se formó de la siguiente manera: a mi izquierda estaba Raúl, lo seguía Fernando, luego Olga, y Octavio cerrando la cadena a mi derecha. Nos sentamos en silencio durante unos diez o quince minutos, nada ocurrió. Por experiencias anteriores, sabíamos que a los pocos minutos comenzaba algún tipo de raps o vibraciones, así que esta absoluta “normalidad” me pareció extraña. Pensé correctamente que la única condición nueva era la presencia de Raúl en la cadena. Habíamos apagado las luces para este primer intento, y en este punto pensé que tal vez Raúl suscitaba resistencias ya sea de Fernando o de Octavio, o de ambos. La otra posibilidad era que él actuara como un aislador físico para el campo de energía, cualquiera fuese su naturaleza, producido por el grupo. Al llegar a esta conclusión, decidí eludir su mano y tocar directamente la mano de Fernando. En el preciso momento en que toqué el meñique de Fernando, la mesa comenzó a moverse, arrojándose violentamente contra Raúl. Estaba tan enojada con él que tuvimos que llevar su silla al rincón más apartado de la habitación. Quedó allí sentado en silencio, bastante asombrado, y entonces obtuvimos impresionantes resultados. Hubo fuertes raps, no sólo en la mesa sino también en el piso; luego la mesa levitó y se dio vuelta patas arriba. La volvimos a su posición y entramos en “conversación” con el Guía Número Ocho, o una imitación suya. (Nunca podíamos saberlo, por supuesto). – ¿Dónde vivías cuando estabas en este plano? – Vivía en Mallorca. Dicho sea de paso, conocí a Chopin.
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– Ah, ¿sí? ¿Y qué hacías? – Practiqué mucho yoga, hasta que completé mi liberación. – Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? – He vuelto para ayudar. – ¿Cómo nos podés ayudar? ¿Creés que podemos registrar algunos de estos fenómenos? – No hay sustancia capaz de registrar el cuerpo astral. – ¿Es importante a qué hora del día podamos reunirnos? – No, no tiene importancia, pero si trabajan durante el día, será mejor que la habitación esté en completa oscuridad. – ¿Querés mostrarle a nuestro amigo Raúl una levitación completa de la mesa? – Sin duda. La mesa levitó cinco veces a unos sesenta centímetros de altura, volviendo a bajar lentamente cada vez. Luego el guía dijo: – Si hubiera veinticinco personas presentes, podría levantar esta mesa hasta el techo. Raúl me dijo después que aquella noche no había podido dormir.

Reunión N° 6. 14 de noviembre. Fernando, Octavio, Olga y yo. Hubo una advertencia para Olga: “Ten cuidado”. Oímos pasos, decidimos parar. Como yo había leído acerca del círculo mágico y los efectos psicológicos que puede causar, tracé un círculo protector alrededor de la mesa. Entonces ocurrió algo sorprendente. La mesa se movió sin ningún contacto. Formamos de nuevo la cadena, y obtuvimos una levitación de unos sesenta centímetros. Reunión N° 7. Noviembre 22. Esta noche se incorporó un nuevo miembro, Serafín Chavasse, un ingeniero. Comenzamos con él, Jorge, Fernando y yo. Pocos minutos después llegaron inesperadamente Guillermo y Alfredo. Hubo algunos movimientos y mensajes. Luego ocurrió algo nuevo. En el rincón superior del cuarto, que
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daba a la casa de Fernando, oímos tres sonidos muy fuertes, como golpes de tambor pero mucho más fuertes. Fernando se asustó, creyó que algo le había sucedido a su esposa, y corrió a su casa, sólo para encontrar a todos durmiendo. Hubo un mensaje: “Clodis llora”. Preguntamos por esto, pero no se nos dieron detalles. Dos días después de esta reunión, murió a la edad de cinco años un niño muy querido por mis padres y nosotros. Aunque su madre no se llamaba Clodis, asocié este hecho con el mensaje. Por supuesto, pudo haber sido pura casualidad. Por otra parte, como Olga y yo sabíamos que el chico estaba enfermo, de alguna manera la idea de su posible deceso pudo haber sido captada por la inteligencia, cualquiera fuese su naturaleza, que dirigía estos fenómenos, y expresada bajo la forma de un enigmático mensaje. De todos modos, suena como una explicación demasiado compleja. Reunión N° 8. Diciembre 19 de 1952. Esta vez estaba yo solo con Fernando. Inmediatamente, es decir, dentro de los treinta segundos, oímos pasos muy rápidos en el piso de madera, luego vino el guía y por medio de la mesa dijo que la situación era muy difícil para él. La mesa golpeó once veces, y después, nueve veces. Preguntamos por esto; el guía dijo que era una entidad maligna que venía a tratar de causarnos algún daño. Continuamos de todas maneras. Luego la mesa flotó en el aire por espacio de unos treinta segundos. Después de esta larga levitación, levitó nuevamente a unos treinta centímetros del suelo y luego cayó con gran fuerza. Inmediatamente comenzó a moverse alrededor de nosotros con aire amenazante. Nos detuvimos. Continuamos cerca de medianoche después de trazar un círculo mágico con un largo cuchillo que yo tenía. Vino de nuevo la misma entidad, quien dijo ser maligna. Piqué con el cuchillo debajo de la mesa, y tuve la sensación de que una mano agarraba el cuchillo. Sentí una especie de corriente eléctrica en el antebrazo. A pesar de esta sensación dolorosa, volví a clavar el cuchillo bajo la mesa dos o tres veces más. Preguntamos a la mesa por esta impresión de que alguien tratara de asir el cuchillo, y la entidad dijo que era él quien lo hacía. Aquí dimos por terminada la reunión.
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Reunión N° 9. Octavio, Serafín, Olga, Fernando y yo. Comenzamos a usar una cámara fotográfica. Podíamos operar con ella de dos maneras, ya sea tomar las fotos con flash o abrir el diafragma, exponer por el tiempo que nos pareciera, y luego cerrar el diafragma. Tomamos algunas fotos. Esto fue la noche del 30 de diciembre. En completa oscuridad, abrimos el diafragma de la cámara. Después de haber obtenido movimientos de la mesa, cerramos el diafragma e hicimos correr el rollo para sacar una nueva foto. Vino nuestro guía, pero hubo una especie de lucha por la mesa. Todo era muy incoherente, de modo que nos detuvimos. Una de las fotos mostró diez marcas luminosas que no pudimos explicar por ningún medio conocido. ¿Eran los diez dedos de alguna clase de mano espiritual? Guardé una copia de esta foto, pero el negativo se lo quedó Fernando, que lo ganó tirando una moneda a cara o ceca. Reunión N° 10. 2 de enero de 1953. Nuevamente Fernando y yo solos. Comenzamos a la hora 20:30 y todavía entraba algo de luz natural por la ventana. En menos de tres minutos comenzaron los fenómenos habituales, con violentos movimientos de la mesa. Logré identificar a esa temperamental entidad. Dijo que era un tío de Olga que había muerto pocos meses atrás, y que yo no le gustaba en absoluto. Identificaré a esta fuerza como M. Dijo que mi suegro debería dejar a su hijo en paz. Se refería al hecho de que el hijo alquilaba la casa de mi suegro pero no pagaba el alquiler. Mi suegro había amenazado con demandarlo, y M quería que a su hijo lo dejaran tranquilo. Esto era muy interesante porque Fernando no sabía nada de esta disputa, y yo no tenía la capacidad de producir movimientos de la mesa. Según una explicación parapsicológica normal, Fernando habría leído mi mente y traducido en movimientos de la mesa, con la personalidad “exacta” del difunto M. Pero era más que eso. Siguiendo con sus declaraciones, M dijo que si mi suegro le hacía algo a su hijo, entonces él le haría algo a mi mujer. Después de una larga discusión con M, me prometió que si yo hacía algo por su hijo, él dejaría de hacerse el “pesado” y de amenazarnos. Reafirmó su promesa con tres fuertes golpes
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de la mesa, y finalizamos la reunión. Estaba lloviendo, y nos tomamos una taza de té. Reunión N° 11. Enero 7. Después de la última reunión, ensayé experimentos de telepatía con mi suegra, doña Ramona. Sospechaba que ella era receptiva a causa de algunas visiones que había tenido, que generalmente ocurrían antes de irse a dormir. Después de una semana de ensayos, fuimos a visitar a mis suegros en su chacra, y mi suegra me contó lo que había experimentado. Dijo que me vio enmarcado en un pequeño círculo, y que me acercaba a ella. Entonces yo dije: “¿Cómo está usted?”. Ella contestó: “Muy bien, José, ¿y vos?”. En ese momento, se incorporó en la cama para verme mejor, pero la visión lentamente se desvaneció. Este interesante fenómeno fue parcialmente inconsciente de mi parte. Yo acostumbraba concentrarme en la idea que quería transmitir, pero no en la manera de hacerlo. Ella captó exactamente lo que yo quería. Yo me había concentrado en aparecer delante de ella y hacer un gesto con la mano derecha como diciendo: “¡Hola!”. Repetí esta clase de experimento en 1959, con resultados asombrosos, que describiré en su momento. Reunión N° 12. Enero 16. Fernando, Olga y yo. La mesa se movió suavemente, y respondió que hacía tres meses que había partido al otro lado. Recordé que un primo de mi suegro había muerto alrededor de esa fecha, así que le pregunté si había vivido en Avellaneda (una de las principales ciudades de la zona adyacente a Buenos Aires). La entidad respondió: “Sí, he venido a encontrarme contigo”. Pocos minutos después, uno de nuestros “guías” confirmó la identidad de esa presencia. Conviene decir algo acerca de esos “guías”. Nunca supe de estas personalidades, si se quiere llamarlas así. La cuestión es – como ya lo dije antes– que el comportamiento de la mesa es totalmente diferente de una a otra de esas entidades. Quienquiera que fuese el que tuviera el control de la fuerza
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capaz de mover la mesa, era capaz también de reproducir esas “personalidades” cada vez que aparecían, de tal manera que resultaban reconocibles sin necesidad de recurrir al alfabeto o a códigos para “sí” y “no”. Este es precisamente uno de los enigmas de estos fenómenos, y no de los menores. Después de esa amable entidad, vino el Guía Número Ocho y por medio del alfabeto dijo: “Buenas noches”. Inmediatamente después, M tomó posesión de la mesa, y comenzó a amenazarnos a todos moviéndola violentamente. Olga lo enfrentó, le dijo que si no cesaba en lo que estaba haciendo, ella a su vez le haría algo a su hijo. La mesa golpeó frenéticamente el piso de a dos golpes, lo que en nuestro código significaba “no” y lo hizo varias veces. Tuvimos que interrumpir. Creo que ha quedado claro para el lector que en nuestras reuniones sucedían muchas cosas totalmente contrarias a nuestros deseos conscientes. Por lo demás, puedo afirmar que la compañía de todo lo que tuviera que ver con M era algo indeseado aún en nuestros niveles inconscientes, al menos en la medida en que se lo pueda asegurar. Lo cierto es que la meta a que nosotros apuntábamos era totalmente diferente de lo que obteníamos. Queríamos fenómenos físicos, sí, pero sólo claras levitaciones y movimientos a distancia, y, en todo caso, materializaciones que pudiéramos fotografiar. Pero aún cuando no fueran fotografiables, queríamos ver algo semejante a un fantasma como el Guerrero de Mischa. De modo que todos esos mensajes, disputas acerca de tumbas, alquileres y demás, eran una pérdida de tiempo para todos nosotros. Reunión N° 13. Enero 21. Ustedes recordarán que Fernando era vecino mío, de modo que aprovechábamos toda oportunidad, especialmente en verano –como era el caso en esos momentos– para hacer algún experimento. Decidimos ponernos a trabajar a las ocho de la noche. Todavía había algo de luz natural, hacía mal tiempo y llovía. Treinta segundos después de sentarnos a la mesa, ésta comenzó a moverse. Vino nuestro guía, y decidimos hacerle una cantidad de preguntas:
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– ¿Te molesta esta tormenta? – Las ondas electromagnéticas no me perturban. – ¿Y los colores? – No nos producen efecto. – ¿Y los fotones? – Pueden causar alguna perturbación. No veo la luz. Los rayos X y los catódicos pueden también causar cierta molestia. – ¿Cómo es que sabés tanto de física? – Estudié física en Rosario, en la reencarnación anterior a la última. (Rosario es la segunda ciudad más importante de la Argentina; pertenece a la Provincia de Santa Fe). Como la escuela de física en Rosario era bastante reciente, me sorprendió la respuesta de la entidad, y pregunté: – ¿Has muerto en algún accidente? – Sí, eso fue lo que ocurrió. Yo tenía sólo diecinueve años, y esa fue la razón de mi rápida reencarnación. En mi última encarnación viví veintiséis años. – ¿Cuál es tu lugar “habitual” de residencia? – Está en una zona de vacío interestelar a dieciocho años luz de la Tierra, donde la luz del sol es muy débil. – ¿Qué sabés de M? – Por fin es una entidad totalmente desencarnada. Después de un breve intervalo, vino una entidad que dijo haber muerto el 13 de junio de 1941. Era miembro de mi familia: José De Santis. Dijo también que había sido el padre de mi abuelo. – Entonces ¿podrías decirme si el nombre de mi abuelo era Pedro, Juan o Valentín? – ¡Ese, ése, el último! Era verdad, y Fernando no lo sabía. – ¿Has conocido a Francesco De Santis, el famoso ensayista y crítico de arte italiano? – Sí, éramos primos. Por lo que sé, todo esto puede haber sido verdad. Yo no sabía el nombre de mi bisabuelo, pero mi tío, el único hijo viviente de don Valentín, se llamaba José, probablemente por
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el nombre de su abuelo. Yo sabía que mi abuelo Valentín (el cual murió siendo mi madre una niña) solía decir: “Ninguno de ustedes va a ser nunca como Francesco. ¡Era un genio!”. Hablaba de él como su tío, de modo que las afirmaciones de la entidad tenían sentido. – ¿Querés darme algún consejo? – Padre. Y con esta palabra se retiró. Conviene advertir que estábamos a 21 de enero, y todavía no sabíamos del embarazo de mi esposa. Mi hijo Miguel Ángel nacería el 16 de octubre. Vino otra entidad, y dijo que había muerto el 10 de enero de 1950. Es interesante observar otra vez la diferencia de procedimientos utilizados para mover la mesa. Esto realmente se puede notar, como si la habilidad para usar esas fuerzas estuviera relacionada con, o fuera una función de la personalidad de cada entidad. Esta entidad no sabía mucho de los métodos que empleábamos, y se confundía con las maneras de decir “sí” y “no”, por ejemplo. De todas maneras, nos dio su nombre: Ferrer. Fernando lo había conocido, porque había vivido en la vereda de enfrente de él, y su familia aún habitaba allí. Nos dio un mensaje para la familia: “Tengan cuidado con el bebé”. Había un bebé en la familia. Fernando quedó en transmitir el mensaje. Después de una breve interrupción, el Guía Número Ocho llegó con gran fuerza. Nos pidió que tuviéramos cuidado pero que continuáramos igual, porque él iba a castigar a M. Luego pareció haber una lucha que podíamos ver y sentir en torno a la mesa, que ahora vibraba, se movía alrededor y de arriba abajo, o permanecía quieta mientras una serie de pequeños raps se sentían por todo el piso, dando la impresión de una verdadera lucha. Tuve una sensación quemante en mi brazo, e inmediatamente después cayó una larga aguja de tejer metálica detrás de mí. En este punto interrumpimos nuevamente la reunión. Tan pronto como recomenzamos, vino el Guía Número Ocho y dijo que había detenido la aguja antes de que me lastimara. Con sólo mis manos sobre la mesa, hubo una
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cantidad de movimientos, y la habitación estaba totalmente iluminada. A pesar de la lucha, M volvió y movió de nuevo la mesa con su manera amenazante, diciendo que era él quien había querido arrojarme la aguja, y que alguien lo había detenido. Comprendió que el Guía Número Ocho nos protegía. Entonces sacamos nuestras manos de la mesa, y ésta se movió sola. Luego salí de la habitación, y Fernando le preguntó a M si quería hacerle daño. La respuesta fue “no”. – ¿Y a José? –preguntó Fernando. Tres fuertes golpes: “sí”. Volví a la habitación, y continuamos obteniendo fuertes fenómenos hasta que el Guía Número Ocho volvió y dijo que era mejor parar ahí. En vista de nuestro gran éxito, fuimos a la casa de Fernando y tratamos de producir movimientos con tres mesas distintas. Todas ellas se movieron, incluso una mesa de comedor grande y pesada, que efectuó movimientos de rotación mientras nosotros dos estábamos de pie y tocando la mesa en una sola de sus esquinas, con una ligera presión sobre ella de nuestros dedos índices solamente. Esto sucedió a plena luz. Luego fuimos a la cocina, donde nuestras esposas estaban trabajando, e hicimos lo mismo con la mesa de la cocina. Al moverse, se oían raps en la mesa. Nos parecía que era posible prever cómo podría llegar a desarrollarse este campo, como sucedió con la electricidad. Contrariamente a lo que muchos creían, las tormentas no interfieren en absoluto con los fenómenos físicos. Otra pregunta que le formulamos al guía durante esta reunión fue acerca de cómo podía él oírnos. Dijo que podía hacerlo a causa de las ondas que producíamos al hablar. No explicó si se refería a las ondas sonoras o a los impulsos eléctricos del cerebro. Así, toda explicación tenía que ver con la real existencia de entidades desencarnadas. Ni una alusión a Fernando como causante de los fenómenos ni una palabra acerca de mis propias hipótesis. Enigmático, sin duda.
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Reunión N° 14. Enero 23 de 1953. Fernando y yo. Hora 20:50. M vino inmediatamente a la mesa. Después de mucho argumentar, lo convencí de que lo que le pasaba a su hijo no me interesaba y de que yo había hecho lo que había podido. Vino el Guía Número Ocho y dijo: “Con cuidado”. Dijo que a M le faltaban todavía cuatro meses para estar completamente desencarnado, y que mientras tanto tendríamos que soportarlo. Interrumpimos la reunión hasta las 21:15, cuando tuvimos de nuevo esta especie de lucha, que es muy difícil de explicar. Lo interesante fue que la mesa levitó por más de un minuto. Pregunté luego al guía cuánto tiempo le llevaba viajar esos dieciocho años luz acerca de los cuales nos había hablado en la reunión anterior. Dijo: – Cinco minutos. – Entonces, es de la naturaleza del pensamiento –dije. – Sí. – Quizá deberíamos buscar en las prácticas del yoga para encontrar la clave de estos procesos. – Sí. Yo había trazado nuevamente el círculo mágico alrededor de la mesa, y le pregunté si corríamos algún peligro. Dijo que no. En ese momento volvió M y trató de sacar la mesa fuera del círculo. Nosotros la sostuvimos, y sentimos una fuerza muy potente, así que me levanté y empujé contra la mesa. Fernando hizo lo mismo, pero aún con la fuerza de los dos no podíamos mantener la mesa quieta. A las 21:40 interrumpimos por cinco minutos. Después vino de nuevo el guía, y le pregunté si conocía a Anael. Dijo que sí, y que trataría de traérnoslo. Le pregunté si sabía algo del futuro. – Es imposible para mí saber algo acerca del futuro. M vino de nuevo y empujó la mesa por todas partes. Era tan molesto que tuvimos que dar por terminada la reunión.

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Reunión N° 15. Enero 26. Para esta reunión invité a un matemático amigo mío, a quien llamaré Arturo, quien posteriormente se trasladó a los Estados Unidos para enseñar y llegó a dirigir un importante departamento universitario. Era también pianista y compositor, escribió un excelente libro de filosofía, y luego se llamó a silencio por muchos años. No puedo revelar su nombre porque he perdido contacto con él desde hace mucho tiempo y no tengo su autorización para hacerlo. En ese tiempo estaba muy interesado en ver alguno de los fenómenos que obteníamos, porque le era muy difícil creer lo que yo le contaba. Fernando, Arturo y yo nos sentamos a la mesa. A los pocos segundos se produjeron fuertes raps. Luego la mesa se movió y comenzó a golpear sobre el piso. Dejé a mi amigo con Fernando en la mesa, de modo que pudiera controlarlo por sí mismo, sostenerle las dos manos y poner sus pies encima de los de Fernando. Además, podía mirar y sentir debajo de la mesa y ver que todo sucedía sin ninguna clase de truco. Tuvo la suerte de obtener algo nuevo aún para nosotros. En algunos casos, en lugar de golpear con la mesa, la entidad contestó las preguntas de Arturo por medio de raps en el piso. Después de convencerse de la realidad de los fenómenos, Arturo se fue y Fernando y yo continuamos con el experimento. Yo tenía un escritorio en la habitación, con varias pilas de libros encima. M vino a la mesa, y le pregunté si podía sacar un libro del escritorio y tirarlo, un libro que yo le señalaría. Entonces ocurrió algo increíble. La mesa fue hacia el escritorio en dos patas, mientras Fernando y yo la tocábamos muy ligeramente con nuestros índices. Luego la mesa empujó toda la pila de libros, haciéndola rodar hacia el extremo del escritorio. Pero cuando toda la pila estaba a punto de caer, la luz de la lámpara que estábamos usando, una de ésas con brazo flexible y una lamparita de 100W, cayó sobre la pila de libros, y el fenómeno se detuvo. Traté de inducir a la entidad a mover un lápiz sobre la mesa. No se movió. Como Fernando había dicho que le dolía el brazo, puse el lápiz entre los dedos de su mano derecha, y él dijo que tenía sueño. El lápiz empezó a moverse, le pedí a Fernando que mirara en otra dirección. La
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letra “M” apareció claramente dibujada en el papel. Fernando dijo que ahora los brazos le dolían más que antes, como si fuera un dolor reumático. Suspendimos el experimento con el lápiz, y continuamos con la mesa. M dijo que él había escrito “M”, golpeando la mesa con su habitual modo violento. Luego le pregunté si se podía materializar. Dijo que podía, pero en la oscuridad. Apagué la luz, y esperamos un rato. Pero entonces la mesa dio una sucesión de golpes, que se hicieron más y más débiles, hasta cesar, como si la entidad se hubiera alejado. Esperamos todavía unos momentos, y yo ya tenía el dedo listo para encender la luz, cuando la mesa dio ocho golpes, indicando a nuestro guía. En este punto, tengo que decir que en varias oportunidades M había dado ocho golpes tratando de aparecer como el guía. Como en tal caso hubiera faltado la “autoridad” del guía real, le haría preguntas que sólo el Guía Número Ocho pudiera contestar y la mesa no se movería. Entonces le diría en tono airado: “¡Vos no sos el Guía Número Ocho, tonto!”. El Guía Número Ocho dijo que no podía permitir que M se materializara porque era muy peligroso, y que haríamos bien en parar en este punto. Lo hicimos, pero llegó Serafín y quería ver algo, así que empezamos de nuevo. Volvió M, comenzó a pelear conmigo, diciendo que la casa donde vivía su hijo era mía, de modo que yo era responsable de lo que le pudiera suceder. La mesa entró en un humor “agitado”, y dimos por terminada la reunión.

Reunión N° 16. 30 de enero de 1953. Iniciamos la reunión a las 19:30 Octavio, Fernando y yo. Vino M, luego el Guía, y tuvimos la misma lucha de antes. Octavio dijo entonces que el plano astral le parecía un cúmulo de egoísmo, igual que acá. El Guía dijo “Sí”. M dijo que él era conciencia pura (cosa que yo dudaba), que ellos no veían ni oían, pero se comunicaban entre sí mediante la misma frecuencia con la que brillaban. Él era amarillo, y sólo podía comunicarse con otros amarillos.

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En este punto llegó Serafín y continuamos. La mesa nos dio un mensaje de una entidad que no se identificó. Decía “Adela murió a(yer)” José De Santis me dio un mensaje: “Ten cuidado”. De Juan para Alfredo (que no estaba presente): “Vení a(cá)”. Luego M tomó posesión de la mesa e hizo sus acostumbradas demostraciones de fuerza, que nos agradaba ver, porque la mesa flotaba en el aire y se movía como si nos amenazara. Entonces quemamos un poco de incienso que teníamos de antes pero no habíamos usado. Parecía que el incienso aumentara la potencia de la entidad, porque la mesa se movía ahora con mayor fuerza. Apagamos las luces, y los movimientos se volvieron muy violentos. A las 22:45 la mesa comenzó a crujir muy ruidosamente, y se le salieron dos patas, de modo que volví a encender la luz, por si llegara a ocurrir algo, como que nos golpeara con esas patas sueltas. Continuamos con una silla en lugar de la mesa. Como esta silla era más liviana que la mesa, me pareció peligroso para mí, porque M siempre peleaba conmigo, y había prometido castigarme. Pero entonces sucedió algo sorprendente. Me encaminé hacia el pasillo que conducía a las otras habitaciones y a la cocina, y la silla vino detrás de mí sin que nadie la tocara. Serafín y Fernando estaban tan asombrados –y un poco asustados– que decidieron poner fin al experimento. Permítanme decir aquí que por una suerte de inspiración, yo había encontrado un antídoto para M. Apenas empezábamos a cantar “La Marsellesa” él abandonaba la mesa. Lástima que no lo hicimos antes de que la mesa se rompiera. La mesa fue reparada por un carpintero que tenía un negocio grande a media cuadra de casa. Cuando se la llevé, me preguntó: – ¿Cómo demonios se pudo romper esta mesa de esta manera? – Bueno, vea, la usé para arreglar los fusibles. Es justo la altura que necesito para alcanzarlos. Cuando me paré sobre la mesa, se quebró. – ¿Con su peso? (Yo pesaba entonces unos 73 Kilos).
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Le parecía muy dudoso que yo hubiera podido romper la mesa, y tomé nota de su opinión. Después de haberla arreglado, me dijo que ahora podían subirse a ella diez personas como yo. Reunión N° 17. Marzo 20. Fernando y yo éramos los únicos presentes. No habían pasado dos minutos, sin música ni incienso, cuando la mesa empezó a moverse. Una entidad, que se identificó con diez golpes, dijo, mediante el método del alfabeto: “El Guía”. No creímos en tal guía, y le preguntamos si por casualidad no era M. Protestó diciendo que no lo era. Después dijo: “Yo soy bueno”. En ese momento, entró mi esposa y se acercó. La mesa dijo: “Olga es buena”. Ya no tuvimos ninguna duda de que era M disfrazado. Luego pareció como si se estuviera desarrollando una verdadera lucha por el control de la mesa. Ésta golpeó ocho veces, luego diez veces. Enseguida se produjo uno de los fenómenos físicos más notables que yo haya presenciado. La mesa levitó completamente a una altura de unos cuarenta y cinco centímetros. Cuando alcanzó esta altura, se inmovilizó en el aire y quedó firmemente fijada donde estaba, tan sólidamente como si estuviera sobre el piso. Intentamos bajarla o correrla hacia un costado, pero no pudimos moverla en absoluto. Permaneció en esa posición por más de un minuto, luego bajó por sí sola. El Guía Número Ocho dijo entonces que él tenía el control. Le pregunté qué había pasado con nuestros amigos Alfredo y Guillermo. Dijo que no estaba satisfecho con Alfredo. – ¿Querés darnos un mensaje que nos pruebe tu elevada condición de guía? En ese preciso momento llegó mi amigo Raúl, y estuvo presente cuando se nos dio como respuesta este largo mensaje (largo porque tuvimos que reiniciar el alfabeto 39 veces): “LA PERSONA QUE EMPIEZA A HACER ESTO DEBE CONTINUAR”.
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Y aquí concluyó esta reunión. Pongo este mensaje en tipografía destacada porque es realmente muy importante. Muchas veces lo he recordado a través de los años, y he meditado sobre su significado. Quizás, ante los impresionantes fenómenos que habíamos visto hasta entonces, debimos habernos dedicado a estos estudios a tiempo completo, pero ¿cómo? Todos teníamos que trabajar para vivir, y este campo no tenía reconocimiento en la Argentina. No era posible dedicar a él todo el tiempo. Nuestro curso de acción parecía ser el único posible. Reunión N° 18. Marzo de 1953. Fernando y yo. Empezamos a las 21 horas e inmediatamente obtuvimos golpes. Entonces pedí que nos dieran enseguida un mensaje, o suspenderíamos la reunión. Vino el mensaje: “El día que mueras…” – ¿Quisieras que vaya con vos? – ¡Sí! – Vos no tenés posibilidad de conocer el futuro. – Sí, vamos a ser amigos. Vamos a mover mesas juntos. – Entonces, ¿qué sabés de mi futuro? – Vas a ser rico, no a causa de ninguna herencia, sino por negocios. Vas a viajar, no a Europa, sino a los Estados Unidos. Permítanme decir aquí, que hasta la fecha nunca he tenido negocios, y aunque no soy pobre, mi casa es en verdad propiedad del banco. De mis ahorros voy a darme a mí mismo un subsidio para terminar este libro. Las pocas posesiones que tengo no me alcanzarían para procurarme un monto de dinero significativo. Con respecto a los viajes, sí tuvo razón. Estábamos en 1953, yo no tenía planes ni la más remota idea de viajar a los Estados Unidos. Y sin embargo, así fue: llegué en 1959 con una beca. Pero M se equivocaba acerca de los motivos del viaje. Dijo que iba a ir a divertirme, no a estudiar. – ¿Qué nos podés decir del plano astral?
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– El Guía Número Ocho es un espíritu odioso. – ¿Qué nos decís de Dios y el Diablo? Ninguna respuesta, la mesa estaba muerta. Interrumpimos aquí. Cuando recomenzamos, puse sobre la mesa una cruz dibujada con lápiz azul sobre papel blanco. La mesa no se movió. Cuando quité el papel, enseguida se movió la mesa y golpeó muchas veces con mucha fuerza. – ¿Podés mover la mecedora que está en el hall? – Sí. Después de un minuto o algo así, la silla se movió con fuerza, estando nosotros sentados a tres metros de distancia, como si alguien se estuviera hamacando constantemente, para atrás, para adelante, para atrás, para adelante. Entonces coloqué un violín en el centro de la mesa, y pedí a la entidad que produjera un sonido en él. Oímos puntear muy suavemente las cuerdas, lo que se repitió luego un poco más alto. Tomé entonces el violín y toqué la serenata de Don Giovanni, que es toda pizzicato. La mesa golpeó ocho veces, dijo que le había gustado, y pidió que la repitiera. Así lo hice, y finalizó la reunión. Antes de continuar con algunas reuniones más, y con fenómenos aún más extraordinarios, quisiera contarles una pequeña serie de experimentos que, al margen de estas reuniones, yo efectuaba en ese tiempo. Entre mis numerosas lecturas sobre investigación psíquica, lo oculto y temas afines, una que me impresionó mucho fue Magos y Místicos del Tíbet, de Alexandra DavidNeel (reimpresa por Penguin Books Inc., Baltimore, MD). Alexandra David-Neel nació en París, creo que en 1868. Tenía una inclinación natural hacia los viajes y la soledad; después de estudiar sánscrito y tibetano en la Sorbonne, fue varias veces a Asia, y uno de sus viajes duró casi catorce años. Entre los tibetanos se sentía como en su hogar, y dedicó muchos años al estudio de sus creencias y costumbres. Los relatos de fenómenos psíquicos que da en Magos y Misterios merecen la atención de lectores deseosos de experimentar; no voy a intentar siquiera resumir el contenido de su libro.
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Madame David-Neel (que murió en 1969) esperaba que la investigación psíquica en Tibet se realizara con espíritu de investigación científica. Si así fuera, prometía, “esas investigaciones pueden ayudar a elucidar el mecanismo de los así llamados milagros, y una vez explicado, el milagro deja de ser milagro”. Estas eran nuestras presunciones cuando iniciamos los experimentos con el grupo de La Plata: que si los objetos se movían sin ninguna explicación física conocida, y si una mesa levitaba de la misma manera, es que había violaciones –o presumibles violaciones– de las leyes físicas conocidas, y que, por lo menos al nivel de nuestro mundo físico, debía existir algún tipo de interacción con él, lo cual, así esperábamos, se mostraría en nuestras observaciones y experimentos. Ahora bien, lo que más me había impresionado en el libro de Mme. David-Neel era la descripción de una técnica para crear un tulku. Como dice la autora, “la palabra tulku significa una forma creada por magia, y de acuerdo con esa definición, debemos considerar a los tulkus como cuerpos fantasmáticos, emanaciones de lo oculto, muñecos construidos por un mago para servir a sus fines”. La conexión con nuestro trabajo fue inmediata. Si uno puede crear alguna clase de fantasma por un esfuerzo consciente, entonces quizás algunas personas puedan hacerlo inconscientemente. Un grupo como el nuestro, después de reunirse tantas veces con la esperanza de obtener fenómenos físicos, podría haber creado algún tipo de entidad que era la que hacía todas esas cosas a nuestro alrededor. El tema se relacionaba también con la cuestión de la supervivencia después de la muerte corporal, porque, aunque hubiéramos nacido sin alma, podríamos crear un tulku de larga vida, que podría golpear y producir fenómenos del tipo que veíamos en las sesiones. Después de todo, la mayoría de las entidades que vienen a estas sesiones no duran mucho tiempo. Algunas de ellas actúan como guías de mediums, pero cuando muere el médium, ellas también se van para siempre. Como se pueden imaginar, la posibilidad de crear mi fantasma personal tenía una gran atracción. Decidí intentar algo. Deseaba crear, o bien atraer un yogui a nuestro lugar de reunión. Específicamente, utilizando una adaptación del procedimiento descripto por
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Mme. David-Neel, cada noche, al acostarme, visualizaba ese yogui frente a mí, sentado en el aire, las piernas cruzadas bajo las rodillas, su larga barba blanca bajando hasta su regazo. Tenía hermosos ojos verdes, y un turbante blanco coronaba su rostro de expresión seria y reconcentrada. Así, cada noche, después de apagar la luz, me quedaba sentado en la cama, y visualizaba a ese hombre frente a mí. A veces lo hacía mientras un velador sobre mi mesa de noche permanecía encendido, y visualizaba a mi yogui con los ojos abiertos. Después de diez días o algo así, tras realizar este ejercicio durante unos quince minutos, y con la luz encendida (Olga estaba ya dormida, o así me pareció, en su lado de la cama doble), algo comenzó a formarse frente al ropero, a unos dos metros y medio de mi cabeza. Al principio era como el humo de un cigarrillo, una pequeña nube de unos cinco centímetros de diámetro. Luego esa forma nebulosa comenzó a alargarse hacia arriba, de modo lento pero continuo, hasta alcanzar sesenta o quizá setenta y cinco centímetros de alto. En este punto, y a pesar de estar ya acostumbrado a estas cosas y de tener suficiente coraje –me parecía– para continuar aunque me sintiera en peligro, tuve miedo, un miedo inexplicable. Instintivamente, apagué la luz, me metí entre las cobijas y me dormí. Dos o tres días después, mientras estábamos en la cama, Olga me contó algo que le había sucedido. Dijo que la semana anterior había visto un par de hermosos ojos verdes cerca de la ventana de nuestro dormitorio; la noche siguiente, vio la cabeza de lo que le pareció un hindú con turbante. Sólo veía la parte superior de la cara, donde los ojos verdes dominaban todo el resto del rostro. Y la noche en que yo vi la forma nebulosa, ella estaba despierta y se quedó pensando hasta después que yo me dormí. Nuevamente vio los ojos, luego la cara, una larga barba y luego un yogui completo sentado en el aire, tal como yo lo había visualizado. Pensó despertarme, pero temió que si lo hacía el yogui se desvanecería. Me lo contaba ahora porque desde esa noche el yogui no había aparecido más. Me enojé con ella y reproché su comportamiento: ¿cómo podíamos saber ahora si ese yogui estuvo realmente allí?

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Por lo menos, si los dos lo hubiéramos visto y hubiéramos estado despiertos, podríamos haber hecho algo con esa aparición. Pero como yo había estado haciendo ese ejercicio, del que hasta ahora no le había dicho nada, ¿qué fue lo que ella “vio”? ¿Fue una imagen telepática de mi propia visualización? ¿O logré yo crear esa forma, muy transitoria por cierto, pero sin mí? No lo sabíamos entonces ni lo supimos después. Nunca me atreví a repetir el mismo experimento, aunque usé más tarde la misma técnica, como veremos.

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CAPITULO 7 Más fenómenos físicos
Reunión N° 19. Marzo 27 de 1953. Serafín, Octavio, Fernando y yo. Apenas comenzamos vino M, de nuevo haciéndose pasar por el Guía Número Ocho. Le volví a plantear preguntas sobre la distancia en años luz desde el lugar donde él supuestamente habitaba. Alguien le pidió que golpeara con la mesa ocho veces, cosa que hizo. Luego la mesa golpeó cincuenta y dos veces, lo que daba las iniciales D. F. y decía, con el método del alfabeto: “mi identificación”. – ¿Quiere decir que es Sarmiento? – Así es. Y estoy enojado contigo porque no has colgado mi retrato. Me levanté, traje su retrato y lo colgué. – ¿Qué piensa de la masonería? (Sarmiento era masón). No respondió. – Aunque sabemos que 52 es el número de libros que ha escrito, nos preguntamos si ese número tiene alguna significación cabalística. No respondió. Tampoco contestó algunas preguntas de carácter político, y abandonó la mesa. Pocos segundos después, la mesa hizo lo que yo llamaba “mesa llorona”. Se acercaba a cada uno de nosotros, se inclinaba sobre nuestro pecho y se balanceaba suavemente hacia atrás y hacia delante, como una persona que sollozara angustiada. Lo hizo con cada uno de nosotros a su turno, y luego nos dio el siguiente mensaje: “Muchas lágrimas debajo de la mesa”. Entonces ocurrió un impresionante fenómeno luminoso. Todos vimos lo mismo. Yo tenía sobre la pared un cuadro bastante grande, y debajo del cuadro apareció una luz cónica, de unos siete centímetros y medio de altura, de color blanco grisáceo y muy brillante, con un hermoso fulgor. Era lo que yo llamo un fenómeno luminoso objetivo, porque todos los
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presentes lo vieron y lo describieron de manera idéntica. Al mismo tiempo, Fernando vio una espiral luminosa cerca de la puerta del pasillo, pero ninguno de nosotros la vio. Esto es lo que llamo una visión subjetiva. Reunión N° 20. Marzo 20. Fernando y yo, y más tarde Octavio. Enseguida vino M. Como era habitual, hubo una cantidad de golpes y cierta confusión. Hubo ocho golpes, y luego diez. Nada nuevo que informar. Reunión N° 21. Abril. Tuvimos dos o tres reuniones similares a la N° 20, de las cuales no tomé notas, salvo una cosa. Le aseguraron a Olga que su hijo iba a ser varón, como efectivamente lo fue cuando nació en octubre. Reunión N° 22. Abril 30. Serafín, Olga y yo. También un invitado, un ingeniero electrónico amigo nuestro a quien llamaré Alberto. Observen que Fernando no estaba presente. Hubo fenómenos luminosos. Alberto vio una especie de aura detrás y encima de mi cabeza, luego hubo algunas luces y discos luminosos. Por medio de las manos de Olga obtuvimos algunos mensajes. Uno de ellos era muy extraño. Aún no lo he descifrado: “Pruduti posu gok”. También hubo una manifestación escrita: “Ángel, ángel, ángel”, lo que interpretamos como un mensaje del abuelo de Olga. Ángel era el nombre del padre de Olga. Reunión N° 23. Mayo 8 de 1953. Octavio, Fernando, Olga y yo. Vino M con su fuerza habitual. Tomamos algunas fotos. Otra entidad dio su nombre, “Manuel Giordano”. Dijo que había muerto en 1905. Le pregunté si era pariente de un amigo mío, cuya madre tenía ese apellido. Identifiqué a mi amigo por su sobrenombre, y entonces la entidad comenzó a deletrear su
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verdadero nombre. Dijo “Rápido” y de pronto abandonó la mesa, como si una entidad más fuerte la hubiera sacado. Luego obtuvimos un mensaje largo, muy difícil de descifrar porque contenía muchos errores. Parecía como si hubiera varias entidades, porque cuando los mensajes venían de una sola “personalidad” eran siempre fuertes y claros, pero en este caso parecía como si diferentes personalidades, inteligencias, o incluso estados mentales estuviesen presentes al mismo tiempo. El mensaje decía. “Soy una mujer asesinada, y no se ha hecho justicia”. Al pedirle más detalles, dijo que la habían asesinado siete meses atrás, y dio la intersección de calles, en el centro de La Plata, donde esto había ocurrido. No lo pudimos verificar. Reunión N° 24. Mayo 15. Octavio, Serafín, Olga y yo. Utilizando la mano derecha de Olga, M escribió mensajes y contestó preguntas. Un primer mensaje dirigido a mí decía: “¡Qué tonto, qué tonto!”. Reunión N° 25. Mayo 22. Serafín, Octavio, Olga, yo, y también Alberto y otro amigo, Dionisio. De nuevo ¡para abofetear luminosos todo Fíjense que en meses. vino M, pero esta vez usó la mano de Olga a todos! Al mismo tiempo hubo fenómenos alrededor, y mi esposa estaba semidormida. ese momento estaba embarazada de cuatro

Reunión N° 26. Mayo 29. No anoté quiénes estaban presentes, pero Fernando no lo estaba, porque cuando estaba él la mesa se movía, en cambio esta vez hubo dibujos producidos a través de Olga. Vino don Juan F., abuelo de Olga. Escribiendo con la mano de Olga, nos dijo algo acerca de una deuda a un carnicero. Luego (él u Olga) escribió muy claramente “querido ángel ángel ángel”.
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A continuación, otra entidad escribió su nombre, “Defeo”. Dio un mensaje para un amigo mío: “Folino debe seguir con su almacén, porque con el otro negocio no va a andar bien”. A esa hora, la habitación estaba totalmente a oscuras, a pesar de lo cual la escritura era muy clara. El mensaje era pertinente de acuerdo a la situación de Folino en ese momento. Durante una pausa, mientras conversábamos con las luces encendidas, la mano de Olga comenzó a moverse. Hizo un dibujo y escribió más mensajes. Siguieron algunas preguntas y respuestas. Por la manera en que sucedían las cosas, pensé que la entidad podía utilizar el cerebro o las manos de Olga. – ¿Ya estás desencarnado? – Sí. – ¿A qué edad has partido? – No lo sé. – ¿Te gustaría volver? – Puede ser. Olga dijo después que las respuestas parecían venirle a la mente en el momento exacto en que la mano se movía, y no antes. En ese momento le preguntamos a M por un gato que se nos había perdido. Nos dio una dirección, pero agregó: “No molesten, idiotas”. Esta respuesta era bastante acorde a la personalidad de M y opuesta al sentir de Olga. Si bien no era un punto muy fuerte a favor de la existencia real de una entidad independiente, capaz de usar las manos como en la escritura automática, es un dato que conviene recordar. El caso de Folino también fue interesante, porque nosotros no conocíamos a ningún Defeo muerto y amigo de Folino, pero él sí, y tampoco sabíamos que pensaba cambiar de negocio. De manera que si uno rechaza la hipótesis de la supervivencia después de la muerte, tiene que admitir la idea de una super ESP, y ello sobre temas totalmente ajenos al interés del grupo. Le pedimos a M que dibujara un vaso, y se produjeron dos dibujos bastante exactos, uno mayor y otro más pequeño.
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Olga no miraba el papel, como hacía siempre, tenía la cabeza vuelta casi 180 grados. Esta vez M firmó sus dibujos. Reunión N° 27. Junio 5. Serafín, Octavio, Olga y yo. 1) Una entidad escribió con la mano de Olga: “Querida Olga, ten cuidado. Juan”. 2) Vino M y contestó preguntas por escrito. A la pregunta “¿Qué son años luz?” la mano escribió rápidamente una respuesta: “El tiempo que tarda la luz en llegar desde una estrella”. No es una mala respuesta. Olga dijo que no recordaba, conscientemente al menos, la definición correcta. (Es la distancia que recorre la luz en un año, que es alrededor de 9,45 billones de kilómetros). – ¿Hay más entidades en el cementerio? – A veces. – ¿Podemos comunicarnos con Platón o algún otro gran espíritu? – No. – ¿Y si utilizamos un médium? – No sé. Firmó otra vez con su nombre, y, lo que es bastante interesante, la firma aparece exactamente igual a la de la reunión anterior. – ¿A qué distancia en años luz estás habitualmente? – Veinticinco. – ¿Estás bromeando, te divertís con nosotros? – ¡Sí! Octavio dibujó varios signos destinados a hacer enojar a M, y éste contestó: – Estúpido. Imbécil. Luego las manos de Olga doblaron un papel haciendo un sombrero y ella lo colocó en la cabeza de Serafín. Todo esto sucedía a plena luz. 3) Lo más importante que ocurrió en esta reunión: hubo un intento para hacer levitar a Olga. Sus piernas y brazos se pusieron rígidos, sin que ella pudiera controlarse. Esta parte del
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experimento se hacía en la oscuridad. Encendí la luz de pronto, y Olga estaba a casi cinco centímetros del piso, reclinada hacia Octavio, pero en una posición tal que parecía físicamente imposible que pudiera hacerlo por sí misma. Tuvimos que detener el experimento debido al embarazo de Olga. 4) Un mensaje escrito declaró que el bebé ya se movía, que era un varón y que su nombre sería Miguel Ángel. Todo lo cual resultó cierto. Por supuesto, Olga sabía que el bebé se estaba moviendo. El dato de que era un varón ya había sido repetido varias veces, sin ninguna duda, y como ustedes recordarán, incluso antes de que Olga quedara embarazada. El nombre, Miguel Ángel, lo habíamos considerado pero todavía no habíamos tomado decisión al respecto. Reunión N° 28. Junio 12 de 1953. De nuestro grupo estábamos presentes Octavio, Serafín, Olga y yo. Habíamos invitado a una pareja, Babe y Frank, su marido. Tengo que decir algunas palabras sobre Babe. Era una sensitiva excepcional, lo había sido durante dos años, desde que tenía quince años de edad. Había tenido una cantidad de manifestaciones espontáneas. Por ejemplo, durante un picnic su marido estaba jugando a las cartas con Octavio. Ella cebaba mate (una bebida sudamericana), y entonces le dijo a Octavio – que se hallaba al lado opuesto de donde ella estaba parada– que podía ver claramente sus cartas. Octavio dijo, “Bueno, decí cuáles son”. Lo hizo, y era correcto. (Era un juego que se jugaba con 40 cartas, 10 de cada uno de los 4 palos. Cada jugador tenía tres cartas en la mano). A los dieciséis años, Babe solía estar en su casa con una criada que tenía aproximadamente su misma edad. En una oportunidad, a eso de las once de la mañana, vio que una silla se elevaba a casi un metro ochenta y volvía a bajar. Se asustó y llamó a la criada, pero antes de que la chica llegara la silla volvió a levantarse, entonces entró en pánico y salió corriendo a la calle donde casi la atropella un auto. La criada, que venía justo antes de que pudiera hacer nada, también había visto la silla en movimiento esta segunda vez.

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Poco después de su casamiento con Frank, falleció su madre, y Babe comenzó a “comunicarse” con ella. Si era o no una comunicación real, no lo sabíamos, pero Frank se hizo espiritista y no permitía que ella trabajara con nadie más que él. Mi sensación fue que la parapsicología había perdido uno de sus más promisorios sujetos, a causa del marido. De modo que era un hecho excepcional que vinieran a nuestras reuniones. Empezamos tomando café. Mientras lo estaba tomando, entró en lo que parecía ser un trance. Vino su suegra y dijo que ella iba a cuidar a Babe. Luego Babe comenzó a hablar con cierta dificultad. Dijo que teníamos que tener mucho cuidado, especialmente con Olga. Luego las manos de Olga comenzaron a moverse y tomaron las manos de Babe. Entonces M tomó posesión de Babe, y comenzó a luchar –esta es la verdadera palabra– con Frank, el cual lo tomó tan en serio que se trabó realmente en lucha con el cuerpo de su propia esposa. Esto me pareció una locura y una pesadilla, así que lo detuve, y salimos a tomar un poco de aire fresco. Por supuesto, mi espíritu científico superó la situación. Volvimos al trabajo, separados en dos grupos: en una habitación Serafín con Babe y Frank, y en mi estudio Octavio, Olga y yo. Había dos puertas entre ambos grupos, y las dos estaban cerradas. La distancia real entre las dos mesas era de unos siete metros y medio. Nuestra mesa se movió, y M dijo, “Hace mucho tiempo….”. Le pidió a Octavio que tomara el lápiz, pero no agregó nada más. Señaló un libro, y yo lo tomé. Olga escribió, “Deseo leerlo”. El dedo índice de Olga recorrió una página. Le pregunté a M si quería escribir alguna de las palabras que estaba “leyendo” con el dedo de Olga. Escribió “Il Mare”. Esas palabras no estaban en la página señalada, pero el libro, de D’Annunzio, llevaba ese título. Olga estaba dormida, su mano derecha se apoyó sobre su estómago, como si se fuera a descomponer. La llevamos al baño, donde perdió el conocimiento. La reviví con agua fría y unas palmadas en las mejillas. Volvió en sí, pero estaba muy descompuesta y temimos por ella y por el bebé. Después de diez minutos que nos parecieron
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meses, se recuperó, pero se enojó muchísimo con todos nosotros. Dijo que había visto un lugar de increíble belleza, lleno de flores, perfumes, un cielo azul maravilloso, unos colores que no eran de este mundo y, sobre todo, no quería volver. Las otras tres personas que se hallaban en el cuarto contiguo nos dijeron que M había estado también con ellos, pero no pudimos establecer si había sido o no simultáneo con su presencia en nuestra habitación. Decidimos hacer una pausa en nuestras reuniones, debido al daño causado a Olga. Además, unas dos semanas después, el padre de Octavio falleció repentinamente en Córdoba. Reunión N° 29. Agosto 18 de 1953. Serafín vino a hablar conmigo. Mientras analizábamos nuestras experiencias pasadas, decidimos hacer algunos experimentos de tipo radiestesia. Tomamos un anillo de oro y un trozo de hilo. Estábamos por hacer el intento, cuando tuve la misma sensación que ya había experimentado en varias de nuestras reuniones, de que había algo que estaba a punto de producir una manifestación. Olga decidió arriesgarse y tomó el péndulo. Su mano comenzó a moverse fuera de su control. Entonces hicimos una cadena con las luces encendidas. Las manos de Olga comenzaron a hacer los movimientos típicos de un sacerdote. Primero las cerró delante de su pecho, luego sobre el lado izquierdo, después las extendió con las palmas hacia arriba, primero hacia adelante y luego hacia arriba y después sobre mis hombros. Finalmente, juntó sus manos e hizo la señal de la cruz sobre su propio cuerpo. Pregunté si había alguna entidad presente, y si era él el que iba a reencarnar en mi hijo por nacer. No hubo respuesta. Pregunté de nuevo sobre el sexo de la criatura, y la mano de Olga –sin que ella la mirase– tomó un trozo de cinta celeste y la pasó delante de mis ojos. Dije que tal vez era sólo la personalidad de Olga la que producía esas acciones, ella tomó un lápiz y escribió “No dudes”. Hice algunas preguntas más, y, ya fuese la mente subconsciente de Olga o una entidad, el lápiz escribió “Ella sabe”.
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– ¿Lo sabe con el corazón? – Sí. Entonces su mano tocó su cabeza. – ¿Con el cerebro también? – Sí. Después de esto hubo una nueva serie de gestos, como de plegaria. Pregunté si esto era para algo bueno, pero no hubo respuesta. Las manos de Olga cayeron a sus costados, y volvió en sí, aunque algo adormecida. Al empezar a comentar lo que había sucedido, Olga quedó dormida y lloró, sin decir nada. La despertamos y cesó su llanto. Nota. Hay que recordar que Olga en ese tiempo estaba ya en sus siete meses de gestación, y que había estado en cama durante varias semanas, debido a que corría el riesgo de perder la criatura. De modo que su estado psicológico pudo haber sido la razón de esa conducta. Sin embargo, ella tenía ya aptitudes psíquicas antes de quedar embarazada. Respecto de mis preguntas y el lenguaje que yo utilizaba en nuestros experimentos, el lector debe saber que siempre traté de dirigirme a los demás miembros del grupo, y a quienquiera que fuesen las fuerzas presentes, de una manera tal que las alentara a manifestarse. El hecho de que yo preguntara si la entidad presente iba a reencarnar en mi hijo, por ejemplo, no quiere decir que yo creyera realmente en la reencarnación. Sólo era una manera posible de provocar una respuesta. Estaba, y estoy, totalmente abierto a todo, pero muy consciente de lo que veo, oigo, toco, etcétera, y de lo que es la naturaleza de la ciencia y de las creencias. El lector debe suspender todo juicio sobre mi propio enfoque e ideas hasta que lleguemos a los capítulos finales, en los que voy a discutir las teorías de otras personas así como las mías propias.

Reunión N° 30. Agosto 26. Nuevamente una especie de experiencia espontánea. Teníamos una cama grande, y cuando esto ocurrió estábamos acostados. Olga ya dormía, y yo estaba revisando las tareas de
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mis alumnos y escuchando la radio. De pronto, su mano comenzó a moverse como si dirigiera la música que transmitía la radio, con gran precisión. La miré para cerciorarme de que estaba dormida, entonces se echó a reír. Luego su mano tomó mi lapicera y continuó “dirigiendo”. Le pedí a la mano que escribiera algo, escribió “No”. Comencé a hacerle preguntas. El código para las respuestas era un golpeteo con la mano, tres veces para indicar sí, y dos veces, no. Obtuve la información de que era el abuelo de Olga, y no tenía ningún mensaje en especial. Dijo nuevamente, por sexta vez, que nuestro hijo sería un varón, con absoluta seguridad. Después de algunos comentarios sobre problemas de familia, de pronto la mano señaló hacia la puerta y luego fue a los ojos de Olga. Oí ruidos en la habitación, y pregunté si iba a tener una aparición. Dijo que sí. Esperé mientras la mano seguía tapando los ojos de Olga. Al rato, su mano se movió en círculos y señaló hacia arriba, indicando que la “otra cosa” se había ido. Pregunté por qué, la respuesta fue que no había suficiente fuerza. La mano de Olga nos acarició a los dos, y la “entidad” se fue. Reunión N° 31. Agosto 27. Alrededor de las seis y media de la tarde, mientras Olga estaba sola, su mano comenzó a moverse. Preguntó si era realmente una entidad, algo exterior a ella misma, y si quería escribir algo para que ella supiese la razón de este hecho. Quería saber si se trataba de algo psicológico propio de ella o algo diferente. Su mano derecha escribió “No es necesario”. Pero ella no podía recordar todas las preguntas que había hecho, así que, cuando llegué, me fue difícil establecer si las respuestas tenían sentido. Pero entonces la mano de Olga comenzó de nuevo a moverse, como si dirigiera, y dijo que era la misma entidad que había venido la noche anterior, y que había estado muy cerca de materializarse. También dijo que no era el abuelo de Olga. A la pregunta “¿Es algo que viene de adentro de mí?”, la respuesta fue “No es nada tuyo”. Otro mensaje decía “Soy yo quien me comunico contigo” “Soy un amigo”.
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Reunión N° 32. Agosto 27. Alberto, Serafín, Olga y yo. Una de las piernas de Olga comenzó a moverse y golpear el piso. Olga dijo que veía moverse la cortina que estaba detrás de mí. Luego su mano indicó algo que se movía alrededor, y se cubrió los ojos. Creímos que algo se iba a materializar. Pero escribió “No ahora”. Preguntamos quién era. No hubo respuesta. Me puse a silbar y su mano comenzó a dirigir. Silbaba “La Marsellesa” para ver si era M, pero no pasó nada. La mano tomó el lápiz, hizo un dibujo y lo firmó “I….astral”. También puso la fecha. Serafín preguntó: “¿Qué hora es?”. La mano escribió “2251”, pero estaba mal (era media hora más tarde). Alberto, a quien habíamos invitado antes, tenía aptitudes de videncia. Dijo que había visto un globo encima de la mano de Olga. También hubo algunos raps, uno sobre el soporte de la cortina, otro en el piso. Reunión N° espontánea. 33. Septiembre 3. Otra manifestación

Estábamos ya en la cama, con la luz apagada, cuando Olga me dijo que su mano se movía. Encendí la luz, y traje papel y lápiz. La mano escribió “Era yo”. Pedí a la entidad que lo repitiera, porque no había entendido. La segunda vez fue más clara. Supuse que era la madre de Octavio, porque, mediante preguntas y respuestas, dijo que fue a Córdoba pero no pudo comunicarse con Octavio. La mano señaló hacia arriba y escribió “Cristo”. Pregunté por el significado de esto, tratando de obtener una explicación, pero la mano escribió “Ella está con él” (refiriéndose a Cristo). De esto tampoco obtuve explicación. Luego la mano estrechó la mía, y la entidad se fue. Vino otra “entidad”, movió las manos de Olga y una de sus piernas. Ante mi asombro, ella se dio una cachetada en su
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propia mejilla, ante lo cual me enojé, dije “Fuera de aquí” y suspendí la reunión. Todo esto es muy dudoso y no prueba nada, especialmente teniendo en cuenta que Olga estaba ya a cuarenta y tres días del parto. Reunión N° 34. Noviembre 18. Esto ocurrió un mes y dos días después de que Olga diera a luz a un niño, confirmando todas las predicciones que nos habían hecho, algunas de ellas aun antes de que estuviera embarazada. No hice ningún comentario sobre esta reunión, sólo que vino M; hubo preguntas y respuestas, pero nada nuevo. Reunión N° 35. Diciembre… Lo mismo, nada fuera de lo habitual. Ahora entramos en 1954. Reunión N° 36. Enero 2 de 1954. Observen que Olga ya no está esperando un bebé, y esto sucedió a las tres y media de tarde. En primer lugar, hubo algunos raps. Después, Olga dijo que todo su brazo derecho estaba adormecido. El brazo señaló un Cristo que teníamos sobre la pared, luego tocó la cabeza de Olga. Pregunté, naturalmente, recordando una experiencia anterior, si esa entidad era la madre o el padre de Octavio. A mí me pareció que ambas respuestas fueron “no”. Sin embargo, Olga dijo que cuando pregunté si era el padre de Octavio la respuesta fue “sí”. Luego pregunté si era M, ya que tenía tendencia a bromear con nosotros. No hubo respuesta y la manifestación terminó. Olga describió algunos colores que había visto justo antes de los ruidos del comienzo. Mientras hablábamos, se produjeron algunos raps.

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Estas manifestaciones espontáneas nos intrigaban mucho. En primer lugar, uno podía suponer que todo ello era parte de una escena armada por Olga. Tal vez se sentía frustrada, necesitaba más atención y –aunque inconscientemente– la obtenía de esta manera. Esta u otras razones psicológicamente aceptables podían explicar los movimientos de su mano, las referencias a Cristo, las alusiones a los padres de Octavio. Pero los raps eran una cuestión aparte, porque ella nunca antes había producido raps inconscientemente, ni siquiera durante su embarazo, que es cuando hubiera podido demandar más atención o tener mayor necesidad de compañía. No hay respuestas fáciles en la investigación psi. Reunión N° 37. Enero 20. Fernando y yo. Fernando quería saber el sexo de su hijo por nacer. A los cinco minutos la mesa le dijo que iba a ser un varón. Primero los movimientos fueron suaves, luego se hicieron mucho más fuertes, como si fuera una entidad distinta. Esta entidad más fuerte dijo que era M, y que en ese mismo momento “Estoy viendo que es un varón”. Reunión N° 38. Enero 22. Durante el verano, Olga y yo salíamos a trabajar a la mañana muy temprano, luego volvíamos a casa y hacíamos una siesta. Nuevamente, la mano de Olga señaló hacia el Cristo que teníamos en la pared. Me dirigí a la “entidad” directamente como si fuera la madre de Octavio. Olga estaba dormida desde el comienzo de la experiencia. Su mano comenzó a acariciar a nuestro hijo, que estaba en la cuna al lado de Olga. Le pregunté si le gustaba el niño. Contestó “Sí”. La mano señaló de nuevo hacia el Cristo, pregunté si esto significaba algo. La mano de Olga se colocó sobre su corazón. En ese momento Olga se despertó y la mano cubrió sus ojos. Luego fue hacia Miguel Ángel, tomó una de sus manos y después de esto la entidad se retiró.
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6 de febrero. Nació el hijo de Fernando. ¡Es un varón! Reunión N° 39. Febrero 7. Olga, nuestro hijo y yo fuimos a la casa de mis padres. Antes de cenar, Olga no se sentía bien. Se sentía “liviana”, así lo expresó. Mientras tomábamos el postre, volvió a experimentar esa sensación de salirse, de escapar, de flotar (¿salirse del cuerpo?). Sospeché que se iba a producir algún tipo de manifestación, y preparamos una mesita. A los pocos segundos, su mano derecha se movió. Pregunté quién era. Dijo ser don Juan, el abuelo de Olga. Entonces fui a apagar la luz. Cuando volví, la mano de Olga estaba “dirigiendo”. Hice algunas preguntas sobre nuestro hijo Miguel Ángel. “¿Qué instrumento convendrá enseñarle a tocar?”. Respondió que antes él había sido organista. Pregunté si había sido en tiempos de Juan Sebastián Bach, pero no me lo pudo decir. La entidad dijo que él iba a dirigir una orquesta sinfónica. Entonces la mano tomó un lápiz y escribió. Como no entendí lo que había escrito, la mano hizo un gesto hacia el corazón de Olga, hacia nosotros, y luego hacia arriba. Entonces escribió de nuevo, esta vez con mucha claridad, “Olga va a llorar”. Pedí una explicación, pero no hubo respuesta. En este punto paramos. Como hacía calor, nos sentamos afuera, en dos bancos de piedra en el patio. Estábamos hablando de apariciones y comunicaciones, y mi madre decía que nunca había visto una, ni siquiera a su propia madre después de su muerte, cuando Olga de nuevo se sintió rara. Nuevamente nos comunicamos por medio de su mano, y después de algunas preguntas, la entidad dijo que iba a haber una aparición ahí mismo en ese momento, y que sólo mi madre iba a verla. Sea que esto actuara como una poderosa sugestión, o no, el hecho es que todos nosotros sentimos una fuerte sensación de frío. Luego la mano izquierda de Olga señaló hacia el jardín. Mi madre miró en esa dirección, dijo que veía una forma blanca, como la parte superior de un cuerpo, pero la cara no tenía una forma o una definición precisa. La aparición tuvo lugar entre algunos de los árboles del jardín, a unos seis metros de distancia. La mano de Olga indicaba que mi madre
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debía aproximarse a ese lugar, y así lo hizo, junto con mi padre. Yo pregunté “¿Quién es la aparición?”. Dijo que era el padre de mi madre, pero mi madre dijo que no sabría decir quién era. Al cabo de unos cinco minutos, la mano de Olga indicó con un fuerte movimiento hacia arriba que la aparición debía irse, y la forma blanca desapareció. Yo creí haber visto también esa forma blanca, pero no podría decir qué era. Reunión N° 40. Marzo 11, a las 22 horas. Hubo una manifestación espontánea. Olga se hallaba sentada en un sofá y yo estaba leyendo. La mano de Olga se movió hacia un libro; el autor era Torres Río Seco, y el título de la obra, La literatura iberoamericana. Abrió el libro en la página 22, donde yo había leído unos sugestivos poemas de Ercilla. Después, tomó un diario que tenía en la tapa la cabeza de Almafuerte (un poeta famoso que había vivido en La Plata). Pregunté si él estaba presente. No hubo respuesta. Luego pedí a la mano que escribiera algún poema, ya que era conocida su facilidad para improvisar. La mano escribió: “Ya no puedo”. Hablé en mi entonces precario inglés. La mano tomó un diccionario. Olga lo hacía sin mirar, y eso que había toda una pared cubierta con libros. Después la mano tomó una hoja de la agenda, y la puso entre dos libros de inglés. La mano escribió: “Adiós”. Le pregunté si se iba, pero la mano señaló hacia mí. No comprendí lo que esto quería decir, y no hubo explicación alguna. En este punto, Olga estaba completamente dormida. Hice un gesto como quien despierta a una persona hipnotizada. La mano derecha de Olga, que estaba en el aire, cayó, la mano izquierda palmeó su cara y el fenómeno terminó. Nota: Es interesante observar que esta experiencia no tuvo sentido para mí hasta mucho más adelante, cuando me di cuenta de que había sido premonitoria, ya que comencé realmente a aprender inglés en 1957, vine a los EE.UU. en 1959 y estuve aquí solo unos seis meses, cuando Olga, Miguel Ángel y la hermana de Octavio vinieron a reunirse conmigo.

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Reunión N° 41. Abril 19. Manifestación espontánea. En la cama, como había sucedido otras veces. Una de las manos de Olga nos palmeó a los dos, como si quisiera despertarnos. Pregunté si era M. Ninguna respuesta. “¿Es don Juan?”. Dijo que sí. Le pedí que me diera la fecha exacta de su muerte, y me dio correctamente el día y el mes. (Naturalmente, Olga lo sabía). Pregunté si le gustaba nuestro hijo, dijo que sí. – ¿Cree que va a ser músico? – Sí. – ¿A qué edad? – A los cuatro años. – ¿Aquí? – No. En ese momento Olga dijo que le dolía la mano. Cambió de posición y el fenómeno cesó. Comentario. En realidad, cuando mi hijo Miguel Ángel tenía cinco años, vivíamos en Buenos Aires. Una amiga nuestra, Brunilda, la hermana de Octavio, vino a pasar una temporada con nosotros, y trajo su piano consigo. Miguel comenzó a aprender muy rápidamente, pero no continuó sus estudios. Reunión N° 42. Abril 25. En casa de mis padres. Las manos de Olga comenzaron a “dirigir” una orquesta invisible. Luego señaló hacia el lugar donde estaba nuestro hijo durmiendo. Pregunté si iba a ser director. – Sí. – ¿Va a estudiar piano? – No. – ¿Fue organista antes? – Sí.
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– Dame su inicial. – B. Luego dijo que iba a empezar a los cuatro años en el órgano de una pequeña ciudad cerca de La Plata. Le pregunté si, por alguna casualidad, él estaba en alguna parte del cuerpo de Olga. – No. Absolutamente no. Entonces los brazos de Olga hicieron los gestos de un sacerdote, o de un obispo que se dispone a bendecir a una multitud. Dije que eso no lo comprendía. Entonces la mano hizo un movimiento circular sobre la cabeza de Olga. Pregunté si ella iba a serlo, o lo era ya, y dijo que sí. Dije: “Bueno, tiene que mostrar algunos milagros”. Entonces la mano dijo que iba a producir algunos. Hizo un movimiento en espiral en el aire, aumentando el diámetro a medida que ascendía, y dijo que era la antigua imagen filosófica. Luego la mano hizo unos movimientos extraños, algunos de ellos como si estuviera tratando de elevarse, pero nada de eso sucedió. Espero que el lector tenga paciencia con todos estos fenómenos, que parecen ser una mezcla de rasgos de personalidad y manifestaciones psi. Creo que es interesante reproducirlos, de manera tal que el futuro explorador tenga una idea de lo que puede llegar a suceder, y en todo caso, decidir si desea o no asumir el riesgo. Mi propia experiencia ha sido que valió la pena correr toda clase de riesgos. Largas horas de trabajo, y algunas experiencias repetitivas y tediosas, tal fue el módico precio que tuvimos que pagar por los “grandes fenómenos” que nos tocó ver. Reunión N° 43. Mayo 7. Raúl, Olga y yo. Las manos de Olga se movieron. Formulé las preguntas acostumbradas. Dijo que era un pariente mío. Las manos “dirigían”.
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– Escuchá, ¿podés traer aquí al padre de Raúl? – No. Una mano señaló la cabeza de Olga. Pregunté si ella podía. Respondió por escrito: “Como ella crea”. Luego hubo un rap sobre la mesa, y la mano derecha de Olga se dirigió hacia mí, como si tratara de hipnotizarme. La mano persistió en esta actitud durante un rato. Dije: “No estoy asustado”. Sin embargo, Olga y yo sentimos una sensación de hormigueo. Pasaron algunos minutos, y luego Olga dijo que veía otra cara en lugar de la mía, con cejas gruesas y blancas. La cara era muchos años mayor y más alargada que la mía, con una barba blanca. Los ojos eran más grandes y redondos. Olga dijo que la transformación comenzaba del lado derecho y se corría hacia el izquierdo, y que todo el tiempo me veía sin el bigote, que en esa época era completo. (Más tarde lo reduje a la mitad, afeitando la parte superior). Esta visión la impresionó de tal manera que tuvimos que suspender el experimento. Reunión N° 44. Junio 10. La mañana del 10 de junio se hizo realidad un sueño que había tenido tiempo atrás. Había sido exactamente un mes antes. A las tres y media de la mañana, desperté de una especie de pesadilla. Mi mujer me preguntó de qué se trataba, y le conté que había soñado que se me rompía el incisivo inferior, y que tenía en la boca el diente roto. En el sueño me desesperaba con la sensación de que me lo iba a tragar, y en eso me desperté. Le mostré a Olga qué diente era, y cómo se rompía en mi sueño. Ahora, esa madrugada, un mes más tarde, me desperté exactamente a las tres y media, y vi que, en efecto, ese mismo diente estaba roto exactamente de la misma manera y que tenía en la boca la pieza rota. Tres años después tuvimos una larga discusión sobre este sueño con los miembros del Instituto Argentino de Parapsicología.

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Uno de los directores, un odontólogo, dijo que de alguna manera mi mente inconsciente tenía conocimiento de que ese diente se iba a romper. Esta explicación le parecía más económica que la idea de la precognición, no obstante el hecho de que no hay terminaciones nerviosas en el esmalte de un diente. La segunda idea era que pudo haber sido psicokinesia, y que yo mismo, mediante mi propia PK, pude haber roto el diente. Esta explicación nos ahorraba la hipótesis de la precognición, uno de los problemas más peliagudos de la parapsicología. Reunión N° 45. Julio 22. A eso de las 19 horas, me hallaba en mi estudio leyendo. Estaba sentado ante mi escritorio, y detrás de mí la pared estaba toda cubierta de libros, del piso al techo. Oí algunos raps en la habitación, y luego unos golpes justo detrás de mi cabeza. Era realmente como si alguien golpeara violentamente con el pulgar un trozo de madera. Pensé en mi tío Luis, que tenía las manos muy fuertes. Llamé a mi esposa, que estaba preparando la cena, y le puse papel y lápiz en las manos. Pocos minutos después, escribió una palabra que no entendí. Pedí que la repitieran, luego pretendí no haber entendido esta vez tampoco. La palabra fue escrita dos veces más, y entonces de manera clara e inequívoca. Decía “choca” palabra española que generalmente se usa en relación con un accidente automovilístico. Pregunté “¿Quién choca?” pero no obtuve respuesta. Enseguida escribí algunos comentarios, que reproduzco aquí. “Hay dos clases de escritura automática; en la primera, el lápiz y el papel están colocados en las manos de la persona que la va a realizar, y la persona no tiene mucho control sobre lo que se escribe. En el segundo tipo, las manos actúan con gran seguridad, aun cuando la escritura se haga en completa oscuridad, y la escritura es clara y perfectamente trazada”. En este caso, se trataba del primer tipo. Esa noche, tal vez a causa de la poderosa sugestión, soñé con personas que tenían auto, entre ellos un viejo ingeniero que me había llevado una vez a dar un paseo, y me
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pregunté si él iría a sufrir un accidente. También soñé con mi padre, pero fue un sueño muy breve. Tres días después de esto, el día 25, mi padre vino a visitarnos, y antes de que abriera la boca para decir cualquier cosa, le pregunté: “¿Tuviste un accidente el día 22?” Se sorprendió mucho, y me dijo “¿Cómo lo sabés?”. Se lo expliqué, y descubrí que, en efecto, había tenido un accidente menor casi exactamente al mismo tiempo que nosotros tuvimos nuestra experiencia, aunque no pudimos verificar la hora exacta. Si se compara esta experiencia con todas las demás que he referido en que Olga era el sujeto, se ve una diferencia muy notable. Esta era una experiencia realmente complicada de explicar, aun si se aceptan las aptitudes parapsicológicas cuya existencia está más o menos bien probada, como la clarividencia, la telepatía y la psicokinesia. ¿Por qué esta complicación del ruido como de un pulgar que golpeteara, hacer que Olga transitara su rutina y tuviera que escribir varias veces una palabra, cuando bien podía haber recibido cualquiera de los dos un mensaje telepático o clarividente exacto? Parece abrirse una puerta para la participación de una entidad ajena a nosotros. Desde 1950 había trabajado fulltime en un laboratorio de investigación y tecnología, en la sección de conductividad térmica, de la cual estaba a cargo. Un día me enviaron a Buenos Aires para obtener información acerca de algunos productos de la compañía NN, que tenía sus oficinas en un barrio que yo conocía bien. Los trenes de La Plata a Buenos Aires salían cada 45 minutos. Como mi esposa quería comprar algo de ropa en Buenos Aires, viajamos en el tren siguiente al que yo había planeado tomar. En Buenos Aires, había que tomar el subterráneo. Yo tenía que bajar en la segunda estación, y mi esposa debía seguir hasta la cuarta. Decidí seguir hasta la tercera estación a fin de estar con ella un rato más, siendo que la distancia a recorrer a pie hasta el lugar adonde debía llegar era más o menos la misma. He aquí lo que sucedió.
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Apenas salimos de la primera estación, me vino a la mente con claridad la imagen de mi amigo Pedro. Era un ingeniero industrial que trabajaba por entonces en la ciudad de Córdoba. Recordé que, en su época de estudiante, vivía no lejos de esa estación. Lo había visitado varias veces antes de que se graduara, luego lo perdí de vista por unos cinco años. Me pareció natural que su imagen me viniera a la mente en ese momento en el subterráneo. Cuando salí y estaba subiendo las escaleras, la imagen de Pedro se me presentó otra vez vivamente, al punto que me parecía tenerlo frente a mí. Si bien ya antes había tenido muchas experiencias psi, ésta era diferente. Estaba seguro de que iba a encontrarme con mi amigo. Aunque no tenía ninguna lógica, pensé que si me dirigía zigzagueando a la esquina deseada tendría más probabilidades de encontrarlo en caso de que hubiera salido del departamento de su madre y justo estuviera caminando hacia el centro. Caminé a mi paso normal mirando a mi alrededor todo el tiempo. No pasó nada. Cuando ya estaba cerca de la compañía NN, pensando que todo había sido producto de mi imaginación, y me disponía a entrar al edificio, ¡casi tropecé con mi amigo! Él no me había visto, y por sólo un par de segundos pudimos habernos desencontrado. A los dos nos excitó muchísimo esta coincidencia, él me explicó que era encargado de compras de una fábrica de aviones y tenía que ver a varias personas esa mañana. Nos encontramos por la tarde en el famoso café Tortoni, uno de los lugares típicos de Buenos Aires, sobre la Avenida de Mayo, que es la que lleva a la Casa Rosada y la Plaza de Mayo. Me contó que no se había acordado de mí durante su caminata. Se hallaba en Buenos Aires en uno de sus habituales viajes. Supe que viajaba aproximadamente una vez por mes y se quedaba dos días en esta ciudad. Yo también viajaba a Buenos Aires una vez por mes, pero habitualmente en sábados y no en días de semana. Alrededor de un año más tarde, el famoso físico Luis Álvarez, que posteriormente ganó el Premio Nobel, publicó cálculos de probabilidades relacionados con este tipo de encuentros, tratando de mostrar que las probabilidades de esos casos no eran tan bajas como para probar alguna forma de intervención de psi. Yo creo que el profesor Álvarez nunca
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comprendió la calidad de la experiencia y la virtual certeza que implica. Tendré oportunidad más adelante de comentar algo acerca del Dr. Álvarez, pues me encontré con él y discutimos estos temas cuando fui a trabajar al Laboratorio de Radiación Lawrence, en Berkeley, California. Reunión N° 46. Julio 23 de 1954. Tana vino a visitarnos. Era una de las tres personas que habitaban en la vieja casa donde vivía Olga cuando tuvimos la experiencia del fantasma invisible que abría y cerraba las dos puertas del gran salón donde estábamos sentados. Tana era médica, y se interesaba vivamente en los fenómenos psíquicos. Era una espiritista convencida. Conversamos un largo rato sobre lo que habíamos estado haciendo. Curiosamente, vino Fernando porque había oído dos golpes en la pared (recuerden que éramos vecinos y teníamos una pared común entre nuestras casas). Mi inferencia fue que “alguien” tenía interés en que hiciéramos una reunión. (Ninguna presunción acerca de quién sería ese alguien. Podía serlo el subconsciente de Tana, o el de Fernando, o ambos). Mi predicción se cumplió, porque el padre de Fernando nos habló a través de la mediumnidad de Tana. Parecía, o mejor dicho, sonaba incómodo. No sabía qué le había pasado. Lo explicamos: le sorprendía verse vestido con ropas de mujer. Luego “él” abrazó a Fernando, diciendo “Hijo mío”. Preguntó por qué nadie le contestaba cuando les hablaba. Le gustaba mucho Fernandito, su nieto mayor. Dijo que había tratado de mostrarle sus juguetes y jugar con él. Luego “él/Tana” pareció estar viéndose a sí mismo en su ataúd, y dijo “¿Este soy yo? ¡Qué cosa horrible!”, y entonces, como si por fin se le hubiera aclarado su situación, se fue. La mesa comenzó a moverse: había venido una entidad conocida de Tana. Nos felicitó porque había escuchado conversación con el padre de Fernando. nuestra

– Ustedes no se pueden imaginar cómo es vivir aquí donde estamos. – ¿Qué quiere decir?
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– Hay muchos otros mundos habitados, mucho más felices que el de ustedes. – ¿Esto es parte de nuestro proceso de perfeccionamiento, como creen algunos? – Por supuesto. – ¿Para qué es todo eso? – Es necesario para estar más cerca de Dios, pero sin llegar a ser uno con Él. Yo no creía que esta entidad –quienquiera que fuese– supiera lo que decía. Aunque existan en otro plano de la realidad, ¿por qué tendrían ellos mejor idea que nosotros de lo que es “lo real”? Pensaba que esto escapaba a su comprensión lo mismo que a la nuestra. Se tocaron otros temas en esa conversación, como la imposibilidad de la paz mundial y el lento avance de la espiritualidad. El saludo final fue esta frase: “Les dejo un ramillete de violetas, y pronto los veré”. No sé si esto formaba parte de la personalidad de Tana, pero ese saludo me recordaba un poema del hermoso libro Gaspard de la Nuit, de Aloysius Bertrand. En su poema “Le marchand de tulipes” hay un hombre, refinado pero pobre, que se pasea sonriendo aquí y allá, contemplativo y hambriento. No tiene dinero para comer, pero compra un ramillete de violetas. Reunión N° 47. Julio 26. Esta reunión se realizó en la casa del señor Lanusol, con Tana, Olga y yo. Lanusol era un hombre fuera de lo común, muy interesante. Tenía entonces unos cincuenta años, era bajo y robusto, y su cabellera blanca y abundante le daba un aire distinguido. Poseía, además, una agradable voz de barítono, y siempre decía cosas apropiadas en el momento oportuno. Era un espiritualista convencido, pero trataba de separar lo que es propio del mundo espiritual de aquellos fenómenos psíquicos que pertenecen a la esfera de las capacidades del ser humano, como la clarividencia y la telepatía. A causa de estas tendencias científicas, lo habían echado de la sociedad espiritista en la que había sido un miembro

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destacado. A la sazón trabajaba como curador del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de La Plata. La primera manifestación fue la presencia de M a través de las manos de Olga. Estaba molesto, y no le agradaba la idea de “usar” a Tana para hablar, como le pedimos. Pero finalmente accedió. – ¡Te voy a matar! –me dijo. – ¿Por qué? Yo no te hice nada. – Es que yo en realidad quiero verte feliz. Tratamos de calmarlo, pero él se burlaba de todos nosotros. Lanusol tenía mucha paciencia con él, y le habló mucho, hasta que M pareció avergonzarse y se quiso ir. – No te podés ir, te ordeno que te quedes –dijo Lanusol. – ¡No podés hacerme esto! –dijo M. – Sí que puedo. Te estoy mostrando que puedo. – ¿Por qué me hacen esto? Quiero irme. – Sólo para mostrarte que hay fuerzas mucho más poderosas que la tuya. Ahora te podés ir. Y M (o lo que fuese) nos dejó. Tana describió algunas visiones que había tenido. Vio colores, manchas blancas, una efigie de Buda, luego Buda con un niño. Después vio un rayo de luz que tomó la forma de una sombrilla y se le acercó, y finalmente “tomó” posesión de ella. Comenzó a murmurar incoherencias y se puso a hablar en un idioma muy extraño. Pensamos que era algún dialecto de la India. Entonces Lanusol se dirigió a la entidad. – Sólo debería sugerirle ideas a este cuerpo, así ella podría hablar. – Está agradable y cálido aquí. Vengo de un lugar muy frío. – ¿De dónde es usted?

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– Soy indio. Mi país es hermoso, y yo vivía cerca de un gran río. – ¿Era el Ganges? – Sí. – ¿Ha muerto joven? – Sí. Tenía treinta y cinco años. – ¿De qué vivía? – Trabajaba con sauces. También tocaba la flauta. – ¿Ha oído algo acerca de alguno de los grandes yoguis? – Oí hablar de Ramakrishna, pero mucho más de Vivekananda. Y sobre todo, de Gandhi. Cada vez que mencionaba a Gandhi se reía de una manera muy rara. – ¿Por qué ha venido aquí? – Ustedes son buenas personas. Además, estuve en la casa de José. – ¿Qué estuviste haciendo allí? – Jugando con Miguel Ángel. ¡Siempre le tocaba la nariz! Agregó que le gustaría mucho trabajar con nosotros, y que si íbamos a la India él sería nuestro guía. – ¿Cuál es su nombre? Hubo un silencio. Apareció la voz de Tana –con un acento extraño– y dijo: – Yamoara. Antes de que pudiéramos preguntarle por el significado de ese nombre bello y poético, había partido. Reunión N° 48. Agosto 9. Octavio, Serafín, Alfredo, Olga y yo. Movimientos de la mesa y un mensaje de una sola palabra (en inglés): “Cry”3. Olga se quedó dormida sin perder la conciencia. Dijo unas pocas palabras en inglés. Alfredo le habló en inglés y Olga se puso a llorar. Después dijo “No me hagan preguntas”. Me di vuelta hacia Alfredo y le dije qué debía preguntar, y dije: “Please”4. La cabeza de Olga se volvió hacia
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Llora. N. de la T, Por favor. N. de la T.

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mí y dijo: “No, please”. Al mismo tiempo, la mesa se movió en forma oscilante. En general, la experiencia fue bastante confusa, y recibimos el consejo de suspenderla, lo cual hicimos. Cuatro días después de esta reunión, falleció la madre de Alfredo. Entonces tuvo sentido el mensaje de una sola palabra, el llanto de Olga y el porqué no quiso decirnos nada. Reunión N° 49. Agosto 17. En casa de Lanusol, con Tana y Olga. Tana vio algunas cosas, luego Olga oyó ruido de pasos, y se asustó mucho. Tana vio unas “ondas” que salían de nuestras rodillas (excepto las de Lanusol), y sintió como si la señora Lanusol estuviera presente. Tana entró en trance y habló como la señora Lanusol. – Hola, querido. – Hola, querida. ¿Cómo estás por ahí? – Bien. Te estoy esperando. ¿Estás listo para venir? – Lo estoy. En cualquier momento. Me pregunto si nos podrías ayudar con estos experimentos. – Por supuesto. Entonces vino el abuelo de Olga, y dijo que deseaba abrazarla, y que nuestro hijo, Miguel Ángel, le gustaba mucho. Estaba muy emocionado, y agregó que la próxima vez hablaría más largamente. Dijo “adiós” y terminamos la reunión. Reunión N° 50. Agosto 29. Otra vez en casa de Lanusol, con él, Tana, Perlita (una médium), Serafín y yo. Vino el guía de Perlita. Lanusol preguntó si podíamos obtener ayuda para estos experimentos a fin de producir fenómenos físicos. – Si sus intenciones son honestas, tendrán ayuda. – ¿Puede decirnos algo sobre los poderes de Fernando?

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Perlita tomó mis manos y me pidió que pensara en Fernando. – Él puede producir muchas cosas hermosas, pero también cosas muy malas. Tiene mal carácter y esto puede ser peligroso. Sin embargo creo que vale la pena continuar con él. Entonces habló el guía. – Tú vas a lograr cosas importantes. Sabes, puedes hacerte médium en el momento en que lo desees. Lanusol, dale el libro de los médiums. Va a ser muy útil para los estudios de José. Eso sí, José, no dejes que tus poderes se te suban a la cabeza. Sé bueno con todos. Luego el guía dijo que alguien del otro lado, que todavía no tenía conciencia de su estado, vendría a visitarnos, que esto era necesario, y que un ser superior así lo disponía. La médium actuó entonces como una persona bebida, con todos los síntomas del caso, incluso hipo y vómitos. Otra entidad dijo que estaba borracho porque su madre había muerto y él no podía olvidarla. Lanusol le habló, le hizo ver toda la situación. La madre del ebrio vino y se lo llevó. Perlita tuvo que irse, y seguimos con Tana como médium. Vino una personalidad “arrepentida”, lloró, dijo que sabía bien dónde estaba porque había practicado todo esto durante su vida. Dijo que había hecho cosas muy malas a muchas personas. Al mismo tiempo, Tana tenía la visión de un ejército, con personas que corrían y luchaban, una especie de escena revolucionaria. Lanusol pensó que esto tenía que ver con Getulio Vargas, el famoso dictador brasileño. En cambio, Tana y yo tuvimos la impresión de que la acción se desarrollaba en Buenos Aires. Reunión N° 51. Septiembre 10 de 1954. Yo había conocido al Dr. J. Ricardo Musso, presidente del Instituto Argentino de Parapsicología. Era autor de un libro sobre parapsicología y estaba interesado en nuestros experimentos. Algunos de nosotros fuimos a Buenos Aires, a su casa. Estaban presentes el Dr. Musso, su esposa Elvira, Guillermo, Alfredo, el Dr. X, el Dr. N y yo. La señora Musso era
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una psicómetra muy buena, y nos dio una demostración con tres objetos de algunos de nosotros. En uno de los casos, el porcentaje de aciertos fue muy elevado. Decidimos intentar un experimento con una mesa, sentándonos alrededor y poniendo sobre ella las manos. Tras un largo rato, unos 45 minutos, obtuvimos algunos movimientos, pero no hubo respuestas inteligentes a nuestras preguntas. Reunión N° 52. Septiembre11. Olga, Fernando y yo. Esta vez tardamos un poco más de lo habitual en obtener algún fenómeno. Finalmente, M movió la mesa. Olga resistió los intentos de mover sus manos. Tuvimos la sensación de que había mucha energía en la mesa, sin embargo no obtuvimos ninguna levitación. Llegó un mensaje: “Olga, tu madre está enferma”. Después de algunas preguntas, supimos que se trataba de una afección reumática, y que no era nada grave. Aquí tengo que decir que Olga sabía algo de esto por una conversación que tuvo con su padre. Apareció otra clase de información. – ¿De dónde saca su energía? ¿De nosotros? – No, no tomo energía de ustedes. Su voluntad es suficiente. El hecho de que ustedes hagan una cadena con sus manos es una indicación para mí de manifestarme. – ¿Es realmente un espíritu, un alma o algo independiente de nosotros, y no parte de nosotros? – Claro que sí, ¡soy un espíritu independiente! Por supuesto.

Reunión N° 53. Septiembre 29. Tana, Olga, Lanusol, Serafín y yo. Aunque lo intentamos, ni Tana ni Olga pudieron producir sus fenómenos. Tana dijo ver discos, rayos de luz. Luego comenzó a hablar, medio en trance, pero no dio identificación alguna.
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Hablaba del futuro de todos los presentes, pero no me pareció que fuera relevante. Parecía más bien un deseo suyo de darnos algo, en vista de la falta de fenómenos verdaderos. Reunión N° 54. Octubre 6. Olga y yo solos. En completa oscuridad, hizo unos dibujos que parecían un perfil simplificado de un hombre con barba. No había explicación, y ella tenía miedo de caer en trance, entonces paramos. Me pareció que el dibujo era bastante interesante. Reunión N° 55. Octubre 16. Olga, Tana, Serafín, Octavio y yo. Luego, mis padres. Obtuvimos algunos mensajes con la mesa, no muchos. Lo más interesante fue que obtuvimos tres levitaciones completas de la mesa. Tana estaba en un estado de semitrance, y le hablaba a la mesa. La mesa contestaba con el método habitual. Al mismo tiempo, las manos de Olga se movían de acuerdo con la conversación. Por ejemplo, Tana, como médium, le decía a la mesa que los físicos y los químicos deberían juntarse para investigar estos fenómenos. La mesa dijo que sí (con tres golpes en el piso), y las manos de Olga unieron la mano de Octavio con la mía (es decir, un químico y un físico). En este momento llegó un amigo de mi padre; cuando estábamos tratando de hablar con la entidad presente se produjo un fenómeno luminoso en un rincón del cuarto. Todos vimos lo mismo, excepto Tana, que miraba hacia otra dirección. Aunque habíamos comenzado la sesión a plena luz, en este momento las luces estaban apagadas. Al principio se vio sólo un foco de luz, luego varios, aunque no nos pusimos de acuerdo en la cantidad, porque se movían todo el tiempo. Comenzamos a discutir sobre la posibilidad de que se tratara de luciérnagas, o de luces del exterior, y queríamos estar seguros, así que prendí las luces. Entonces verificamos que no había luciérnagas y que no había ninguna luz que viniera del exterior. Hasta el día de hoy estoy convencido de que arruinamos uno de nuestros mejores experimentos, porque
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después de esto no obtuvimos más fenómenos, ni luminosos ni de otro tipo, y tuvimos que parar. Reunión N° 56, Octubre 31. Lanusol, Fernando y yo. Esta fue una de las reuniones más sobresalientes que tuvimos, y los fenómenos estuvieron entre los más impresionantes y claramente definidos que jamás vi. En esta oportunidad utilizamos dos luces rojas. Una vez adaptada la vista a estas condiciones de iluminación, se puede ver con claridad todo lo que hay en la habitación. Obtuvimos tres levitaciones completas de la mesa, a una altura de unos sesenta centímetros. La última comenzó sin que Fernando ni yo tocáramos la mesa en absoluto. Cuando esto sucedió, Fernando y yo estábamos practicando respiración profunda sincronizada. Después, yo me senté en el hall, Fernando cerca de la ventana del living, donde estábamos haciendo el experimento, y Lanusol a la mesa solo. Sucedió lo siguiente: una silla se movió; la mesa del comedor, que era bastante grande y pesada, también se movió. Al ocurrir esto, fui a la mesa pequeña a la que estaba sentado Lanusol y puse las manos encima. Le pedí a Fernando que se concentrara en mover la mesa. En el centro de la mesa grande teníamos una bandeja de metal con una base, y sobre ella un florero con agua y algunas flores. Cuando le pedí a Fernando que se concentrara en la mesa chica oímos tres golpes en la bandeja de metal. Estaba yo tratando de obtener una repetición de este fenómeno cuando Olga entró en la habitación. Vio colores por todas partes. En este punto paramos. Al tratar de reproducir los golpes con la bandeja de metal, llegamos a la conclusión de que, si hubieran sido hechos por medios normales, el florero tendría que haberse caído de la bandeja. Cualquiera que fuese la fuerza, tendría que haber sostenido juntos la bandeja y el florero (y también el agua) mientras se producían los movimientos.

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Reunión N° 57. Noviembre 6. He mencionado antes al Dr. J. Ricardo Musso. En agosto había publicado su libro En los límites de la psicología (Periplo, Buenos Aires, 1954). Este libro era principalmente una revisión de toda clase de fenómenos psíquicos. El libro incluía, como apéndice, algunos experimentos realizados en la Argentina. Musso era un hombre muy difícil de convencer de la objetividad de los fenómenos psíquicos, especialmente la clase de fuerzas con que operábamos en nuestros experimentos. Así que vino a esta reunión con algunos aparatos eléctricos para controlar la separación entre las patas de la mesa y el piso. Cada pata tenía puesta una pieza de metal, que al levitar algo menos de un centímetro y medio, caería y cerraría un circuito eléctrico para encender una luz. Si se prendían las cuatro luces, la mesa habría levitado completamente. Obtuvimos algunos movimientos de la mesa, y algunos de los sonidos usuales, pero no una levitación completa. Fernando estaba evidentemente nervioso, porque cuando la mesa se movía, deslizándose sobre el piso, los contactos hacían mucho ruido. Musso estuvo todo el tiempo controlando a Fernando. No obtuvimos ningún movimiento a distancia. Reunión N° 58. Noviembre 13. Lanusol, Fernando y yo. Es interesante observar que cada vez que teníamos una reunión con Lanusol, era todo diferente. Era una persona muy amable, nunca tenía apuro, y sin embargo poseía una especie de fuerza que todo el mundo percibía, tenía autoridad sobre los fenómenos mismos. Esta vez, como antes, vimos una levitación completa de la mesa. También hubo algunos mensajes. Ocurrió algo inusitado: estábamos sentados a la mesa chica cuando la mesa grande –a la que en ese momento estaba sentado yo solo– comenzó a moverse. Después de unos segundos, la mesa se movió bajo mis manos. Estoy seguro de no haber ejercido la menor presión sobre la mesa. Sólo la tocaba con mis dedos. Reunión N° 59. Noviembre 24. Una vez que el Dr. Musso se convenció de la existencia de estos fenómenos al verlos por primera vez (hecho que
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reconoció al ser entrevistado por una revista argentina), se propuso conseguir en Buenos Aires alguna persona capaz de producir esos fenómenos físicos. Alguien trajo a una joven de quien se decía que era capaz de obtener el mismo tipo de movimientos, y me invitaron a concurrir ese día al Instituto Argentino de Parapsicología. Estaban presentes el Dr. Musso y su esposa, el Dr. Oscar Andrieu, filósofo y crítico de arte (ya fallecido), la joven y un amigo suyo, fotógrafo, y yo. El Dr. Andrieu, que era también miembro del instituto, había hecho algunos experimentos con esa joven, Andrea. Consideraron estar preparados para tomar algunas fotografías. Hubo movimientos de la mesa, y se tomaron fotos. Para mí fue interesante que la única levitación completa de la mesa se produjo cuando estaba yo a la mesa con Andrea. Hubo raps muy fuertes, como dedos que golpearan sobre y debajo de la mesa. Reunión N° 60. Diciembre 20. Mischa y su esposa, Beltrán, Elvira Musso, Olga y yo. Al rato llegó Fernando. Esta vez obtuvimos movimientos muy fuertes sin que Fernando estuviera presente. Seguimos un procedimiento que el Dr. Musso pensó que daría buenos resultados. Se trataba de repetir una frase en una especie de cántico, como “Mueva la mesa, mueva la mesa, etc.”. Pero no estoy seguro si fue el procedimiento o la presencia de Mischa lo que produjo el resultado. Cuando llegó Fernando, los movimientos y los golpes se hicieron más fuertes, pero no mucho.

1955 Reunión N° 61. Enero 22 de 1955. Dr. Musso, Fernando y yo. Musso llegó con un equipo fotográfico completo, pero no pudimos obtener la mesa en completa levitación. Es decir, no pudimos obtener una foto en que la mesa volara por el aire. En efecto, por la forma en que sucedieron las cosas, parecía que Fernando, consciente o inconscientemente, o ambos, harían cualquier cosa para arruinar los fenómenos o burlarse de Musso y su equipo.
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Tratábamos de obtener los movimientos con las luces apagadas, así que en el momento de la levitación debíamos manejar la máquina fotográfica por control remoto. Pero el mecanismo estaba fallado, entonces decidimos que, entre Musso y yo, uno de los dos manejara la cámara y el otro controlara a Fernando. Nos turnábamos en la tarea, ya que era bastante aburrido estar sentado con la cámara en la oscuridad. Sucedió lo siguiente. En el preciso momento en que Musso cambiaba posiciones conmigo y no tenía la cámara preparada, ocurrió una levitación increíble. La mesa desapareció literalmente en el aire, empujó mis brazos y los de Fernando, se elevó en el aire y cayó inmediatamente rompiendo una de las patas._Por suerte yo tenía otra mesa, de aproximadamente un metro ochenta de largo y uno veinte de ancho, y unos dieciocho o veinte kilos de peso. Continuamos con ésta. Obtuvimos fuertes movimientos, incluso con uno de nosotros sentado encima de la mesa.

Fernando y José Feola, durante la levitación de la mesa. Foto tomada por J. Ricardo Musso

La foto fue tomada por Musso en el momento en que yo sentí que la mesa se movía violentamente. Yo estaba sosteniendo las manos de Fernando, y las solté para sentarme
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sobre la mesa (fue algo estremecedor, debo decirlo). Se pueden ver los pies de Fernando enganchados en torno a las patas de la silla de tal modo que no había manera concebible en que pudiera haber empujado la mesa. Mi impresión es que cada vez que Fernando se sentía desafiado a producir esos fuertes fenómenos en presencia de personas que consideraba importantes, lo lograba. Él quería realmente impresionarlos. Reunión N° 62. Marzo 4 de 1955. Dr. Canavesio, Tana, Olga y yo. Permítanme decir algunas palabras acerca de Orlando Canavesio. Era un médico que había obtenido su doctorado (título equivalente a PhD) con una tesis sobre la electroencefalografía de los estados mediúmnicos. Fue la primera, y creo que hasta ahora la única tesis sobre la materia en la Argentina y probablemente en el mundo. Debido a esa tesis fue invitado al Simposio de Parapsicología realizado en Utrecht en 1953, y se pueden leer referencias a este trabajo en La Parapsicología, de Robert Amadou (Editorial Paidos, Buenos Aires, 1964). Canavesio viajó a través de Europa en busca de la clase de fenómenos que obteníamos en La Plata, pero no encontró a nadie que pudiera mostrarle ese tipo de cosas, no sólo en aquel primer viaje sino también después de una invitación a la primera reunión organizada por la Parapsychology Foundation en St. Paul de Vence. Supo de nuestros trabajos por medio de Tana, porque habían trabajado juntos con algunos pacientes mentales. Logramos esta vez obtener levitaciones pero como Canavesio todavía dudaba, mi esposa y Tana salieron de la habitación y continuamos nosotros tres. Para nuestro agrado y sorpresa, obtuvimos una de las levitaciones más impresionantes que yo jamás haya visto. No habíamos encendido ninguna luz porque todavía era de tarde y entraba suficiente luz por la ventana y por una puerta de vidrio que daba al pequeño hall de entrada. Había suficiente luz natural como para ver con toda claridad. Fernando se sentó en la esquina opuesta a la puerta de vidrio, con las manos sobre las rodillas. La mesa estaba más o menos a un metro y medio de Fernando, hacia el centro de la
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habitación (estábamos usando la mesa más grande) y Canavesio y yo nos sentamos juntos cerca de la puerta de vidrio, también a un metro y medio de la mesa. Canavesio sospechaba más de mí que de Fernando, por eso prefirió sentarse al lado mío, y no cerca de Fernando. Después de cosa de un minuto de pedir movimientos, la mesa comenzó a moverse y de pronto se levantó en dirección a Canavesio y a mí. Venía hacia nosotros con tal rapidez y fuerza que los dos reaccionamos poniéndonos a la defensiva para evitar ser golpeados por la mesa. Todo este tiempo Fernando no se había movido de su silla. Era imposible que hubiera movido la mesa a puntapiés, por ejemplo. Estaba demasiado lejos de su alcance, y lo hubiéramos visto, ya que lo mirábamos todo el tiempo. Después de este experimento, las dudas de Canavesio desaparecieron. Reunión N° 65, Marzo 11. Para este momento, ya había pasado otra vez por la contrariedad de enfrentar al carpintero que arregló nuevamente la mesa. Me miró con curiosidad, y dijo, “¿Cómo hizo esta vez para romper la mesa?”. Contesté “Bueno, de nuevo se quemó un fusible y me subí a la mesa para arreglarlo”. El carpintero era una persona interesante. Tenía una mente inquisitiva y siempre buscaba explicaciones racionales, especialmente cuando el caso tenía que ver con su profesión. Me miró a los ojos y replicó, “Mire, yo conozco mi oficio, y arreglé esta mesa de manera que no sólo podía soportarlo a usted sino a diez como usted sin romperse”. Le respondí “Sin embargo, esto es exactamente lo que sucedió” y no dije nada más, pero tomé buena nota de la evaluación por parte de un experto de la fuerza que se requería para romper la mesa. Entonces en esta reunión teníamos de nuevo la mesa, y estábamos presentes Tana, Olga, Lanusol, Fernando y yo. Obtuvimos tres levitaciones sobresalientes. La última fue de unos setenta y cinco centímetros de altura, y casi tocó el velador. Lamentablemente, esta vez Canavesio llegó tarde.

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Reuniones N° 64-67. Marzo-abril 1955. Canavesio vino a todas las reuniones, y probó su propio equipo para tomar fotos de las levitaciones, pero no pudo hacerlo. En una de las reuniones estábamos esperando una levitación cuando Canavesio decidió regresar a su auto para buscar unos accesorios que se había olvidado. Justo en el momento que él comenzaba a caminar hacia la puerta, la mesa se levantó, flotó en el aire y bajó. De nuevo, lo atribuí a la mente inconsciente de Fernando. Durante la reunión N° 67 obtuvimos otra levitación de unos setenta y cinco centímetros, y la mesa cayó con tanta fuerza que volvió a romperse. Esta vez la arreglé yo mismo lo mejor que pude y se la di a mi suegra. Pensé que debería haber ido a un museo, pero la ciencia oficial –al menos públicamente– no estaba al tanto de estos fenómenos. Reunión N° 68, Abril 23. Probamos trabajar con un cajón de madera, y funcionó. Reunión N° 69. Abril 30. Los doctores Musso y Canavesio llegaron juntos esta vez, y trabajamos con el cajón de madera. La idea de esta reunión era grabar una cinta simultáneamente en La Plata, donde estábamos nosotros, y en Buenos Aires, donde Musso había dejado a su mujer y algunas otras personas con otro grabador, y habíamos sincronizado la hora para empezar al mismo tiempo. Logramos hacer un acuerdo con la “entidad” comunicante por medio de la mesa. Se iban a producir fenómenos tanto en La Plata como en Buenos Aires. Sin embargo, nada sucedió en Buenos Aires, aunque hubo raps en el cajón de madera. Lo interesante con este cajón fue que todos sentimos, al tocarlo, que el cajón empujaba nuestras manos al mismo tiempo que crujía. Lo tocábamos apenas, y ninguno de nosotros tuvo la impresión de que fuera sólo una ilusión o efecto de la ligera presión de nuestros dedos. De hecho, nuestro control fue tratar de reproducir los raps ejerciendo un poco más de presión sobre el cajón. Pero no obtuvimos los efectos que habíamos observado.
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Reunión N° 70. Mayo 3. Fui a Buenos Aires, a la casa del Dr. Musso, donde conocí a una famosa clarividente argentina, Iris Cazaux. Había colaborado con la policía para resolver algunos casos, siempre con notable éxito. En uno de los casos, trabajó junto con Elvira Musso, quien, como dije antes, era una muy buena psicómetra. No sólo lograron describir la manera en que un ladrón había delinquido, sino que ambas, independientemente, dieron una descripción muy exacta de los dos hombres que lo habían hecho, de modo que a la policía sólo le tomó unas pocas horas detenerlos. Una semana antes de encontrarme con ella, había habido un crimen en un hospital psiquiátrico cerca de La Plata, de lo cual me enteré por Tana, quien a la sazón trabajaba en ese hospital. Le pregunté a Iris si podía dar algún indicio sobre ese caso. Entró en un ligero trance y dio los siguientes detalles: la policía ya tenía a la asesina. Sufría palpitaciones, fumaba mucho, usaba anteojos, tenía una pulsera de identificación, un anillo de matrimonio, y constantemente jugaba con él. Iris dijo que veía humo alrededor del rostro de ella, pelo enrulado y que trabajaba ahí. Tenía tendencia a hacer gestos nerviosos y retorcerse las manos. Tenía piel trigueña. Usaba un apodo. Un profesional, cirujano, también estaba implicado. Seguí el caso a través de los diarios locales y de Tana, pero pocas semanas después no se hablaba más de ello. Por las informaciones de Tana tuve la firme sospecha de que Iris estaba en lo cierto, y que, por ser el cirujano hombre de gran influencia, la policía había “olvidado” todo. La víctima era una paciente mental, mujer de gran belleza, sin familia. Reunión N° 71, Mayo 7. Canavesio, Fernando, Serafín, Olga y yo. Continuamos nuestro trabajo con el cajón de madera. Ahora realizábamos las reuniones al modo espiritista, dirigiéndonos a las entidades como si fueran espíritus. Obtuvimos una comunicación para el doctor Canavesio, de un miembro de su familia. Pero el único resultado interesante de
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esta reunión fue una levitación completa del cajón. El papel que le habíamos pegado alrededor había literalmente explotado. Reunión N° 72. Mayo 14. Doctores Musso y Canavesio, Octavio, Serafín, Fernando, Olga y yo. Escuchamos la grabación que habían hecho en Buenos Aires simultáneamente con nuestra reunión N° 69. Había algunos ruidos muy extraños, como si hubieran sido hechos mediante golpes directos al micrófono._Tratamos de obtener el mismo efecto en esta reunión. Primero, tres raps, y luego cinco. A través del cajón, la entidad dijo que era lo mismo que habían hecho en Buenos Aires. No pudimos obtener ninguna levitación ni tomamos fotografías. Probamos con la mesa grande del comedor, y lo interesante fue que la mesa empujó a Fernando fuera del grupo, y sólo se movió estando Octavio, Olga y Canavesio junto a ella. Después de que se fueron los doctores Musso y Canavesio, invitamos a la chica que trabajaba en casa, una joven de unos dieciséis años, a que participara, porque sospechábamos que pudiera tener aptitudes psíquicas. Obtuvimos un mensaje, e instrucciones para ir al patio trasero a buscar un aporte, pero no encontramos nada. Reunión N° 73. Mayo 21. Canavesio, Olga y yo. Obtuvimos movimientos del cajón de madera, aunque no tan fuertes como cuando Fernando estaba presente. Reunión N° 74. Julio 14. Fernando, Lanusol y yo. Fue una reunión muy interesante. Nos pusimos de acuerdo con la mesa para trabajar juntos. Lanusol se dirigió a la mesa en estos términos: “No importa lo que seas, espíritu desencarnado o fuerza desconocida, queremos que nos ayudes a obtener la levitación de esta mesa. ¿Nos ayudarás?”. Después de decir que sí, obtuvimos una levitación de unos diez segundos, hecha con suavidad. Durante toda esta reunión
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trabajamos con luz roja. A continuación obtuvimos otra levitación con un desplazamiento lateral de la mesa de unos noventa centímetros, la mesa se movía como si flotara sobre pequeñas ondas. Finalmente, obtuvimos otra levitación, estando los tres de pie tomándonos las manos._La mesa levitó como siguiendo nuestras manos sin tocarlas. La distancia entre la mesa y las manos era de unos veinte centímetros. Tan pronto como comenzó la levitación, Lanusol empezó a contar, y contó hasta 120 para la levitación completa, que duró alrededor de un minuto y veinte segundos. Todo el tiempo la mesa estaba en el aire y otra vez parecía flotar en una especie de ondas. Antes de descender, una de las patas se apoyó muy suavemente en el respaldo de una silla, luego volvió a subir y bajó al piso. Fue una de las levitaciones más impresionantes y claras que he visto. Reunión N° 75. Julio 21. Lanusol, señorita X, Fernando, Olga y yo. Comenzamos sin Fernando. Olga escribió la palabra “imposible” sin mayor explicación. Permítanme decir aquí que una semana más tarde pedí a Olga que escribiera esta misma palabra en la misma hoja de papel, doblada, y que esta vez la escritura fue totalmente distinta. Cuando llegó Fernando, obtuvimos algunas comunicaciones con la mesa. La influencia de Fernando era clara. Se dio el nombre de un amigo de la señorita X, y un mensaje dijo que esta persona estaba enferma (al día siguiente se comprobó que no era cierto). Hubo un mensaje acerca del hermano de A, pero posteriormente mi esposa me dijo que esa mañana la mujer de Fernando le había hablado de esa persona. Luego la mesa habló del hermano menor de la señorita X y dio correctamente el nombre. Esta fue una típica reunión en que la mente inconsciente del sensitivo juega con hechos ya conocidos por él, o hechos tomados, tal vez telepáticamente, de una o más de las personas presentes. Bien puede ser que esta fuerza se haga accesible a la mesa, y entonces de alguna manera las mentes
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de las personas presentes pueden transmitir esa información a la mesa. Desde luego, esto vale para aquellos movimientos de la mesa en que no sea posible el manejo inconsciente (o deliberado) del peso. Si las manos de los participantes descansan sobre la mesa, siempre existe la posibilidad de que esos movimientos sean producidos por uno o más de los participantes, lo que fue probado hace mucho por el brillante físico Michael Faraday. Pero aún si este es el caso, uno puede indagar dentro de la información y ver cuál puede ser producto de clarividencia y telepatía (percepción extrasensorial general, GESP). Reunión N° 76. Julio 30. Dr. Musso y su esposa, Olga, Julio, Dr. Luis Boschi, Serafín y yo. (Observen que Fernando no estaba presente). Al principio no obtuvimos movimientos, entonces decidimos poner en práctica el método del Dr. Musso, consistente en cantar rítmicamente “Mueva la mesa” palmeando nuestras rodillas al mismo ritmo. Obtuvimos algunos movimientos. Parecía que la mesa no quería moverse cuando todos estaban tensos, esperando que se moviera; este método era bueno para aliviar esa tensión. Yo probé otra cosa: producir fatiga en mis brazos frotando mis manos una con otra vigorosamente, y en el momento tuve que dejar de hacerlo, hubo un movimiento muy fuerte de la mesa. Después de esto, decidimos que cada cual hiciera lo que quisiera. Así Julio y yo hicimos respiración yoga, el Dr. Boschi se puso a imitar a un borracho, llorando. El Dr. Musso le hablaba a la mesa, Serafín palmeaba sus rodillas y cantaba “Mueva la mesa”. Obtuvimos varias levitaciones, todas ellas con luz roja. La última alcanzó poco menos de un metro de altura. Cuando la mesa bajó, una de las patas se rompió y ese fue el final de la reunión. Reunión N° 77. Agosto 6. Estaban a la mesa el Dr. Musso, el Dr. Boschi, Julio, Serafín, Olga y yo. Sentados en un sofá, Guillermo y Alfredo. Obtuvimos unas pocas levitaciones rápidas. Musso tomó fotos, pero no eran buenas. Alguien tiró una moneda, que subió hasta el cielorraso y cayó sobre la mesa sin rebotar en
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absoluto. Originalmente era una broma (del Dr. Boschi), pero no pudimos reproducirla después aunque lo intentamos muchas veces. Entonces pusimos una moneda de veinte centavos en una caja. Pocos minutos después, encendimos las luces y cuando abrimos la caja encontramos dos monedas, la nuestra de veinte centavos y una de cincuenta centavos. Decidimos sellar la caja y probar de nuevo en la oscuridad. La caja cayó dos veces. La segunda vez la dejamos en el suelo. Cuando nos relajamos, la caja apareció de nuevo encima de la mesa. El Dr. Musso intentó agarrarla, pero se alejó y terminó de nuevo en el suelo. Cuando quisimos asirla en el piso se nos escapó de las manos. Por supuesto, estos fenómenos tienen poco que ver con las claras levitaciones producidas por Fernando. En la oscuridad, nuestros propios nervios, deseos inconscientes y cosas similares, desempeñan un papel importante, imposible de describir exactamente. Esta reunión nos enseñó mucho al respecto, y si antes no confiábamos en ningún fenómeno producido en la oscuridad, desde ahora los descartamos totalmente. No obstante, Boschi y otros siguieron pensando y hasta diseñaron un dispositivo muy caro que nos permitiría controlar perfectamente experimentos hechos en la oscuridad. Pero nunca tuvimos dinero para construirlo. Reunión N° 78. Agosto 10. En Buenos Aires. Julio Beltrán, Musso y su esposa, Olga y yo. Obtuvimos sólo pequeños movimientos de una mesa. Reunión N° 79. Agosto 13. Musso, Julio, Serafín, Olga y yo. Sólo unos pocos movimientos. Reunión N° 80. Agosto 19. Musso, en Buenos Aires, con el Dr. Boschi, obtuvieron un aporte; le tomaron una fotografía y al día siguiente desapareció.

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Reunión N° 81. Agosto 20. En Buenos Aires. El Dr. Musso y su esposa, el Dr. Boschi, el Dr. Frumento (biofísico), el Dr. Rosso (economista), Julio, Olga y yo. Nada sucedió al principio, luego cayeron dos botones sobre la mesa. Estos botones habían desaparecido la noche anterior, según me contaron. Tenían unas marcas rojas. También apareció una cruz de cuero, de aproximadamente dos centímetros y medio por cinco. Cuando examinamos esta cruz de cerca, vimos las iniciales A.F. que eran las del Dr. Antonio Frumento, aunque también tenía otra inicial por su segundo nombre. Paramos por cerca de una hora, y el Dr. Musso colocó la cruz en parafina, y los botones en una cápsula especial que se selló. Luego continuamos, y apareció un trozo de alambre de cobre, con un trozo de hilo negro encima. Al final obtuvimos algunos movimientos de la mesa sin ningún contacto. En uno de esos movimientos, la mesa cayó sobre las rodillas del Dr. Rosso. En este punto paramos. Comentarios. Ustedes recordarán que después de que mi mesa pequeña se rompió por tercera vez, utilizamos un cajón y también una mesa más grande. Posteriormente, adquirí una mesa redonda sostenida sólo por una columna en el centro, que terminaba en tres patas pequeñas en su base. Con esta mesa redonda hicimos varias reuniones con el Dr. Boschi. Tomé algunas fotos por medio de un aparato de control remoto. Examiné ahora cuidadosamente esas fotos, porque me resultaban sospechosos esos “aportes” producidos en presencia del Dr. Boschi. En una de las fotos, el pie izquierdo del Dr. Boschi aparece claramente tocando una de las patas de la mesa. Se lo dije al Dr. Musso por teléfono, pero no me creyó porque confiaba en el Dr. Boschi,_que era un científico muy bien conocido._Le pedí que hablara seria y francamente con el Dr. Boschi, porque estaba seguro de que eran trampas que nos estaba haciendo. El Dr. Musso depuso su resistencia cuando le dije que tenía que aclarar el asunto, de otro modo no volvería a invitarlos a nuestras reuniones. Cuando se planteó la cuestión de la foto, el Dr. Boschi hizo una amplia confesión, diciendo que lo único que quería era averiguar cuán cuidadosos éramos en nuestros experimentos. Dijo también que los fenómenos psíquicos eran tan contrarios a sus convicciones científicas, que destruirían la bella estructura que se había construido y
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que lo guiaba en su vida. Dijo además que algunos de los movimientos no fueron hechos por él, que estaba intrigado y realmente interesado, y que colaboraría con nosotros para idear toda clase de controles. Se hizo miembro del Instituto Argentino de Parapsicología y fue muy útil en el diseño de experimentos muy inteligentes y seguros.

De izq. a derecha: J. Ricardo Musso, X, Luis Boschi, Olga, X, Ing. Chavasse.

1956 Serafín había sufrido un accidente mientras conducía su motocicleta, en el que resultó con una pierna fracturada. Esto marcó el comienzo de la disolución del grupo. En 1956 hubo varias reuniones, pero sólo tengo notas de dos de ellas. Reunión N° 82. Enero. Estuvieron presentes el Dr. Musso y su esposa, Fernando, Octavio, Olga y yo. Obtuvimos violentos movimientos de la mesa grande, y dos o tres levitaciones con un aterrizaje suave. Elvira Musso
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“vio” algunas cosas singulares, por ejemplo, una caja y un cuchillo sin mango que la atravesaba. Reunión N° 83. Febrero 4. El Dr. Musso, el profesor E. Butelman, Fernando, Octavio, Olga y yo. Al principio no teníamos ninguna luz encendida porque todavía entraba suficiente luz por la ventana cuando comenzamos. Obtuvimos varias levitaciones extraordinarias. Una de ellas fue de cerca de setenta y cinco centímetros, y estábamos tocando la mesa, pero hubo una levitación producida sin ningún contacto ni de manos ni de pies con la mesa. Vi muy claramente el perfil de la mesa contra la ventana. Teníamos perfecto control de nuestras manos y veíamos nuestros pies. Mi sensación fue que esta levitación no pudo haber sido hecha por ninguna clase de truco. Como estábamos obteniendo fenómenos tan fuertes, decidimos ensayar algo realmente desafiante y dificultoso. Con todas las luces encendidas, Musso y Butelman se sentaron sobre la mesa grande (de más o menos un metro diez por noventa centímetros, y más de quince kilos de peso). Ambos eran muy corpulentos en ese tiempo, pesaban cerca de noventa kilos cada uno. Fernando se sentó a uno de los lados de la mesa, Octavio y yo estábamos de pie, y los tres formamos una cadena teniéndonos de las manos. Dijimos que esperábamos que ambos fueran arrojados de la mesa de alguna manera. Transcurrido cosa de un minuto, la mesa se levantó de pronto sobre un costado, y arrojó a los dos violentamente. Estábamos estupefactos. Fernando había sido observado por Octavio y por mí: no hizo ningún movimiento en absoluto. Después de que él se fue el Dr. Musso se sentó en su misma posición, Butelman se sentó sobre la mesa, Octavio y yo tomamos a Musso de las manos, y le permitimos mover sus piernas, tratando de mover la mesa y arrojar de ella a Butelman. A pesar de que Musso era un hombre muy fuerte, y mucho más alto que Fernando, no pudo mover la mesa de ninguna manera en esas condiciones. He dejado para el final de esta sección dos raros fenómenos que tuvieron lugar durante nuestros experimentos. Mis amigos y yo los consideramos una de las mejores pruebas
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que hayamos visto de los efectos de la mente sobre la materia a distancia. El primero tuvo lugar en presencia de nueve de nosotros, incluyendo a Guillermo, Julio, Mischa y Alfredo. Hicimos un acuerdo con la mesa, y cualquiera podía comunicarse por medio de ella. Pedimos si era posible para la mesa venir desde cierta distancia a un círculo formado por nosotros teniéndonos de las manos y tocando nuestros pies. Dijo “sí” mediante tres golpes en el piso. Pusimos la mesa a unos tres metros de distancia de nosotros y, en plena luz, la mesa se deslizó sobre el piso y entró en el círculo. El segundo fenómeno tuvo lugar como sigue. Después de una o dos horas de trabajo, acostumbrábamos tomar té y unos sandwiches y conversar sobre lo que estábamos haciendo. Mientras esto sucedía, Julio y yo estábamos sentados a un metro y medio más o menos uno de otro, y Fernando a mi derecha, aproximadamente a la misma distancia. La mesa con que trabajábamos en ese momento era la más pequeña, y estaba en el centro del triángulo formado por nosotros tres. Julio y yo habíamos entablado una discusión que llegó al punto en que yo decía “Sí, es así” y él decía “No”. Mientras yo decía “sí” y Julio “no”, Fernando escuchaba y sonreía._Los tres teníamos las tazas de té en las manos y todavía estábamos comiendo los sandwiches. De pronto, la mesa comenzó a saltar de arriba abajo y, en nuestro código, se puso del lado de Julio levitando y saltando en el piso en una serie de a dos golpes, que traducido significaba “no, no, no, no”. Mi interpretación de este estallido inesperado –y hermosa prueba de levitación a distancia– era que Fernando había tomado la posición de Julio en esa discusión, pero como no se sentía calificado para intervenir en ella, de alguna manera hizo conocer su posición por medio de la mesa. Estas levitaciones (ocho de ellas en rápida sucesión) fueron tan asombrosamente claras, que si ésta hubiera sido la única vez que hubiera visto moverse una mesa, estaría absolutamente convencido de la existencia de estas fuerzas. Esto ocurrió justo frente a nosotros, a plena luz, y nadie había hecho ningún movimiento que pudiera ni remotamente estar conectado con las levitaciones.
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Qué fuerzas son ésas, todavía no lo sabemos, pero que son parte de la naturaleza, ninguna duda. Interludio con mezcalina - 1956 Mi amigo el Dr. J. Ricardo Musso y su amigo el profesor Enrique Butelman, psicólogo, habían estado experimentando con mezcalina, tratando de ver si esta droga aumentaba la ESP. Trataron de convencerme de que participara en sus experimentos, pero me negué varias veces, por ser enemigo de toda experiencia que sea producida artificialmente. De alguna manera terminaron por convencerme de que esa experiencia me sería útil, cualesquiera fueran los resultados de los tests de ESP que pensaban realizar, y acepté participar al menos una vez. Sin duda, el interés de Butelman había sido despertado por las experiencias de Aldous Huxley descriptas en Las puertas de la percepción (The Doors of Perception, London. Chatto & Windus, 1954), y el de Musso por una frase que dice Huxley en la página 19: “En algunos casos puede haber percepciones extrasensoriales”. El experimento tuvo lugar en el departamento de Butelman, en el piso trece (evidentemente, no era supersticioso) de un gran edificio en el elegante barrio Norte de Buenos Aires. Estaba presente el profesor Butelman y su esposa, Ida, también psicóloga, Ricardo y Elvira Musso, Olga y yo. Tomé la primera dosis a las 19:30 y la segunda a las 20:30. Las primeras sensaciones fueron de contracciones musculares en la pierna izquierda justo encima de la rodilla. Era una especie de contracción espasmódica, una doble sacudida que me hacía recordar los mordentes que tocaba en el violín. Pronto estos mordentes se extendieron a todos los músculos de mi cuerpo. Sentí los globos oculares moverse de igual manera, lateralmente. Cuando me estaba poniendo un poco impaciente, porque no sucedía nada de verdadero interés, noté que mi oído se volvía cada vez más sensible. La música que estaban tocando en el grabador se me hacía más y más atractiva, pero ciertos ruidos la interrumpían y no me permitían seguirla. Estaba acostado en una cama cerca de una gran ventana, con los ojos cerrados. Cuando los abrí, lo que vi parecía bastante irreal. Las
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pocas estrellas que podía ver eran más grandes que en cualquier otra noche, y el cielo oscuro era de una profundidad tremenda que hubiera podido seguir hasta el punto de perderme en ella. La charla de mis amigos, que estaban cenando en la habitación contigua me hizo volver de mi breve pero profundo viaje. Luego la conversación me aburrió totalmente. El Dr. Musso hablaba mientras comía, y aunque esto normalmente no me hubiera fastidiado, bajo los efectos de la mezcalina casi me enfureció. Butelman estaba hablando de una mujer loca. Olga se reía, y supuse que lo hacía porque estaba bebida. Pero lo que más me molestaba eran las frases de la señora Butelman, porque sentía que cada frase que decía era con la intención de herirme. Realmente sentía sus palabras como flechas que se clavaran en mi cuerpo. Lenta pero seguramente, la música comenzó a “entrar” en mí. Mi mano derecha comenzó a moverse por sí misma, como si quisiera acariciar la música. Apenas tomé conciencia de que mi mano se movía sola, la mano cayó. No dudo de que mi mente racional interfería con la emoción primitiva de mi deseo de acariciar la música, como diciendo “¡Qué idiota, querer tocar lo intocable!”. Había llevado conmigo intencionalmente mi cortaplumas, porque lo tenía desde que era chico, y pensé que ese objeto me ayudaría a explorar mi niñez. Tal vez encontraría algún trauma psíquico, algunos indicios que me ayudaran en mi búsqueda. Nada sucedió al respecto, al menos durante la primera parte de la experiencia. El reloj pulsera me molestaba. Era una incomodidad física, o eso me parecía, y me lo quité. Pero debía de haber otro componente. Toda la experiencia me parecía transcurrir fuera del tiempo, aunque conservaba la noción de la secuencia de los acontecimientos que ocurrían. Puede ser que a la sensación de incomodidad se haya agregado este impulso a verme libre del tiempo.

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Al cesar la sensación de tironeo, comencé a sentir una euforia creciente, tan grande que me quité el abrigo y me sentí muy bien. Alguien entró con una vela y la dejó sobre el piso. Yo la veía en tecnicolor, con la sutileza de los tonos de la llama y las sombras en el piso, pero no me interesaba. Lo mismo me sucedió con una lámpara que estaba encendida. El físico que hay en mí explicó el fenómeno muy fácilmente: la dilatación de mis pupilas debió producir ese efecto de aberración cromática. Pero la cuestión era que yo quería escapar con la música, y esto es lo que realmente sucedió. En este punto mi yo había desaparecido. Sentía que la belleza en verdad existía, y que uno puede realmente volverse uno con ella. Las lágrimas acudieron a mis ojos, lágrimas de auténtica felicidad. Sentí lástima por las demás personas, porque estaban escuchando la misma bella Sinfonía Concertante en mi bemol de Mozart, pero no podían penetrar en el mundo en que yo me hallaba en ese momento. Llamé a Olga y traté de transmitirle mis visiones; creí que dos personas podían transitar juntas ese mundo de sentimientos y belleza, pero me equivocaba. Olga pensó que yo estaba en un estado lamentable, como en una borrachera total, o detrás de un grueso cristal que no podía atravesar para llegar a mí y hacerme volver a su mundo. En cambio, desde mi punto de vista, era un estado de felicidad total, tan cerca del cielo como uno puede sentirse sin estar realmente en él. El otro sentimiento indescriptible que tuve, y en el que nada ni nadie podía interferir, era el de verme absolutamente puro y limpio. A partir de este punto, ya no recuerdo mucho. Visualmente, eran sólo unas imágenes geométricas, color violeta pálido. No había colores fuertes o brillantes; las diversas formas y tonos eran concordantes con la música. A ratos, brevemente, de modo casi fugaz, aparecían colores como en la paleta de un pintor. Luego, en una transición mágica, perdí mi ego, y atravesé un río negro y profundo, siguiendo la música. Yo estaba ahí, era parte del río que fluía con la música, pero José, y Feola, madre, padre, esposa e hijo se habían perdido junto con el resto de mi ego. Yo era pura conciencia, fluyendo con el allegro de Mozart.
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Cuánto duró esto, no lo sé. Lo siguiente que supe es que estaba vomitando, parado cerca de una estantería de libros no lejos de la cama. ¿Qué había pasado? ¿Qué había estado mal? Me había olvidado de que años atrás había tenido ciertos problemas con el hígado, y no se lo había dicho a Butelman o a Musso. Mi descompostura llegó en mal momento, en el momento en que estaba tratando de recuperar mi ego. Mi impresión a la hora de escribir este relato, que fue al día siguiente, fue que “esta especie de ansiedad de la muerte y del no ser” se produce realmente cuando se dan esos “raptos de conciencia”. Es interesante, porque esta idea es totalmente opuesta a lo que yo pensaba antes de la experiencia. El yo que siente esa ansiedad es el ego consciente en el momento en que cree que va a desaparecer. El otro yo, el que sentí más real que cualquier otra cosa, no tiene los atributos de un ego, luego no puede temer. Es como un vaso de agua que se funde con un río fundamental, se vuelve parte de algo mucho mayor y fundamental. Cuando se regresa de esta experiencia, es como si se tocara el mundo “real”. Estos toques con el mundo real son esfuerzos desesperados del ego para ser de nuevo él mismo. Descubrí que lo importante no era mi nombre, sino la finitud de tener un cuerpo, esto es lo que deseaba aquel ego. Los factores psicológicos que intervinieron en el momento en que me sentí descompuesto son interesantes de describir. Sentí absoluta fe y confianza en Olga, y pensé que ella nunca me mentiría ni me dejaría solo. El segundo lugar en este “ranking” de las personas presentes, le corresponde al Dr. Musso, aunque no me agradó el hecho de que en cierto momento hiciera chistes en lugar de ayudarme a alcanzar otros estados de conciencia. Le sigue Elvira Musso, aunque la había sentido no del todo convincente y un poquito distante. Butelman me pareció semejante a un chico jugando, y de hecho, en los breves momentos en que regresé a la conciencia, vi que jugaba al sátiro. Sin embargo, cuando vino a ayudarme en mi descompostura, tuve la fuerte sensación de que sabía lo que estaba haciendo. Acerca de la señora de Butelman, tuve muy variados sentimientos en diferentes momentos. Cuando escribí este relato, pensé que su voz me
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llegó en todo momento con simpatía, y al día siguiente sentí como si la hubiera conocido desde hacia mucho tiempo, lo que no era el caso. En cierto momento hubo una imagen muy extraña, de la que tomé conciencia cuando Olga me preguntó por nuestro hijo Miguel Ángel. Yo lo había “sentido”, y en este caso la palabra es muy importante, porque el centro emocional es supersensible durante la experiencia. Lo que yo había visto era semejante a una máscara egipcia en un gran medallón; esto era muy sombrío, y debí indagar en el campo de mi visión interna. Ese medallón era mi hijo. Él era independiente, tenía su propia vida. Más adelante esta visión, que a veces interpretaba con horror como si él fuera a morir, se volvió verdadera en la fugacidad de la visión: en 1965 dejé la Argentina en busca de una mejor situación, y en treinta años, sólo vi a Miguel Ángel en tres oportunidades por unos pocos días cada vez. O sea que, al menos físicamente, se fue de mi vida. Recuerdo los desesperados esfuerzos de Musso y Butelman para hacerme volver a la conciencia. Me hacían preguntas aritméticas que yo contestaba automáticamente. Luego Musso intentó hacer un experimento de clarividencia, preguntándome qué tenía en su mano cerrada, pero no me interesaba. Me habían mostrado un retrato de Jung cuando yo estaba en estado de sopor, y ahora, al tratar de hacerme volver, me lo mostraron de nuevo y yo contesté correctamente quién era. En un momento en que estaba tratando de regresar, vi a Musso, que estaba cerca de mí, y le pregunté, “¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué me están haciendo?” y luego volví a la música, y al mundo de la conciencia donde no existe ningún ego. Las dos primeras preguntas muestran muy claramente el fuerte deseo de ser alguien otra vez, de estar en alguna parte y tener un cuerpo. Hubo algunas otras expresiones de este deseo. Por ejemplo, empecé a golpear el piso con el pie, sólo para sentir de nuevo mi pierna. Luego me puse a batir palmas violentamente, porque no podía creer que tenía manos, y tuve que convencerme de que esas eran mis manos. Después me quedé mirando un cuadro, como si nunca hubiera visto uno. O
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fui a buscar un libro, o a pedirle a Olga que buscara un libro que tenía en casa, uno que pudiera reconocer. También hubo cierta ansiedad porque creí que la experiencia había fracasado, que no había hecho “lo que se esperaba de mí”. Esto me llevó a la convicción de que la idea de que uno tiene una misión que cumplir no es más que vanidad y es sólo una ansiedad del ego consciente. (Toda vez que se habla del “ego” o el “yo” para mí significa sólo el uno consciente. Lo que está detrás de éste no es un ego propiamente dicho, sino lo que uno esencialmente es, aunque esté incorporado a una corriente, o flujo, mucho más grande). Acerca de Dios, nada hubo en esta experiencia. Se me ocurrió, a partir de esta experiencia, que se podría explicar la idea de la reencarnación muy fácilmente. Cuando “eso” regresa, busca un “yo”, un ego, algo en que sostenerse. Cuando se vuelve a sentir el mundo y los procesos mentales, uno siente que es algo, no alguien sino algo. Luego sobreviene una gran ansiedad porque ese ego todavía no está “fijado”. Es muy fácil volver a aquel río negro, pero al ego consciente no le gusta desaparecer, y al otro ego, el ego sin forma, no le gusta asumirlo. En el caso del ego limitado, o_”yo”, hay una especie de tensión superficial que mantiene su forma. En cambio, al ego sin forma sería muy difícil ponerlo en un contenedor. Es como si se quisiera tomar gas del aire y meterlo en una botella. Sentí una gran compasión por Ricardo (Musso), más que nada porque pensaba que él no había tocado fondo en sus experiencias. La segunda parte de la experiencia tuvo lugar después de que mi hígado se calmó. Mi conciencia era capaz de trabajar con sus propios problemas. Vi con mucha claridad algunos de mis problemas. Me sentía culpable por el niño que mi esposa había perdido, y me acusaba de cobardía respecto de algunas cuestiones. Había algunas fallas en mi conducta, y las veía con gran claridad. El peso de los temores de mi madre había sido muy gravoso para mí, y le reprochaba algunos de mis propios miedos.

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Era muy tarde cuando volvimos a casa, mi mente estaba muy activa, incluso después de un largo rato de estar acostado. Veía ahora, con diáfana claridad, el conflicto que afronté a mis diecisiete años cuando tuve que elegir entre la música y la física. Con la música, el futuro era inseguro: o se llega a ser uno de los “grandes” o, de lo contrario, no queda más que tomarla como una profesión y resignarse a la mediocridad. Durante la parte profunda de la experiencia de la mezcalina, sentí que realmente me fundía en la música, y que hubiera podido ser uno de los grandes. Poco a poco, mi ego se consolidó. El tañido de la campana al dar las tres me sacudió. Sentí las tres campanadas directamente en el corazón, con una sensación de calidez. El tañido de las campanas llama al despertar. Pensé que la experiencia de Lázaro debió ser semejante a ésta. Uno siente que si una pequeña parte de sí mismo permanece, esa parte es algo esencial, algo propio de la sinceridad de su experiencia. Respecto del sexo, quedó totalmente excluido. En un momento dado pensé que yo era “masculino” a causa de esa lucha por la posesión de la verdad, por la posesión de la música, pero, pensándolo mejor, mi conclusión fue que una mujer pudo haber tenido la misma experiencia profunda. Cuando uno se abandona a sí mismo, hay un componente emocional muy parecido a la relajación durante y después del acto sexual. Sólo me recuperé totalmente a las 3 de la tarde del lunes. Quise tocar el violín, y repetí la única frase que persistía en mi memoria del Andante de la Sinfonía Concertante para viola y violín de Mozart. Después de repetir esta frase muchas veces, comencé a improvisar, y recuerdo que era un tema que parecía subir tres escalones y bajar dos, arriba y abajo, y así sucesivamente. ¿Qué pasó con la experiencia del tiempo durante el experimento con mezcalina? Entre las 21:30 y las 22 horas perdí completamente la noción del tiempo, el tiempo dejó de existir. A las 12:10 del domingo miré mi reloj, pero inmediatamente perdí conciencia de la hora, y me asombré cuando volví a mirar el reloj dos minutos después, porque tenía

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la sensación de que había pasado una eternidad desde mi anterior mirada al reloj. En cierto momento abrieron una ventana, y yo sentí muy claramente cómo ese agradable aire fresco entraba por mi nariz y garganta hasta mis pulmones, y pude sentirlo realmente en los alvéolos. Otra sensación que tuve fue la de ser tocado por una boca enorme. Escribí luego que era tan enorme que entre un diente y la encía había un surco, y esto debe haber sido lo que vi, aunque ahora es difícil de comprender. Cuando comenzó el experimento me dolía la garganta, y esto fue perjudicial durante todo el proceso. Creo que para este experimento es muy importante estar en perfecta salud. También pensé que es posible lanzarse en determinada dirección o camino de exploración, con tal de haberse preparado de manera intensiva antes de la experiencia. Creo que mi experiencia cumplió una serie de objetivos, pero sobre todo, me ayudó a desentrañar el problema de la muerte; de hecho, esa noche “morí” al menos una docena de veces. Fluctuaba como un cuerpo con la cabeza emergiendo y sumergiéndose en el agua de la existencia. En cada inmersión, olvidas todo lo que viste cuando tenías la cabeza afuera. Era realmente como un mar de olvido. Algunas frases me parecieron muy significativas durante la experiencia. Una de ellas era “sé puro en tu corazón”. Al día siguiente sentí que realmente estaba centrado, podía discriminar una cantidad de cosas que antes no podía. Recuerdo que sentí que no podía ir solo a ninguna parte, entonces le pedí a mi mujer que me acompañara. Ya habíamos vivido en Buenos Aires algunos meses, tomamos el subterráneo y entramos en un coche que no estaba muy lleno. Había unas veinte personas. Las miré una por una y le dije a Olga, “mirá, de toda esa gente ninguno tiene nada adentro, excepto ése”, y señalé un hombre del cual sentía que tenía la calidad humana que yo apreciaba en una persona. Algo que ha persistido a través de todos estos años es una comprensión más profunda de la música. No sólo incrementé mi capacidad de distinguir los diversos planos en
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que el compositor desarrolla su obra, sino que puedo decir siempre qué frases son producto de verdadera y profunda inspiración, y cuáles sirven simplemente para llenar espacios. Nunca más intenté repetir la experiencia con mezcalina ni con ninguna otra droga. Al menos para mí, con una vez basta.

De izq a derecha: Ing. Chavasse, Olga, Canavesio, Fernando

De izq a derecha: Olga, Canavesio, Fernando

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De izq. a derecha: Fernando, José Feola (encima de la mesa)

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CAPITULO 8 En la Universidad Duke
En septiembre de 1956 comencé a trabajar en la Comisión Nacional de Energía Atómica, en Buenos Aires, y también en la Universidad de Buenos Aires. Nos trasladamos a la Capital, y para todos los fines prácticos, nuestro grupo de La Plata se disolvió. La actividad en el Instituto Argentino de Parapsicología era principalmente educativa, en procura de instalar la imagen de la parapsicología como ciencia. Había también bastante actividad en la búsqueda de sensitivos, pero no pudimos dar con ningún sujeto sobresaliente. Por otra parte, yo estaba muy ocupado con mis nuevos trabajos, de modo que decidí esperar hasta que pudiera elaborar nuevas ideas acerca de cómo desarrollar esas aptitudes psi que había visto en acción en tan alto grado. Por aquel tiempo mantenía correspondencia con el Dr. J. B. Rhine, y continué haciéndolo hasta que viajé a los EE.UU. en 1959. Había conseguido una beca de la National Academy of Sciences y la International Atomic Energy Agency, y me quedé en Washington, D.C., por un período obligatorio de dos semanas destinado a instruirnos en administrar nuestras becas, perfeccionar nuestro inglés básico, e informarnos de los usos y costumbres de las diversas ciudades y universidades a las que debíamos dirigirnos. Por cierto, estando cerca de Durham, North Carolina, decidí visitar el laboratorio de parapsicología de la Universidad Duke a fin de conocer al Dr. Rhine y sus colaboradores. En la tarde del 3 de septiembre, me encontré viajando en un ómnibus de la línea Greyhound. Tuve la suerte de hallarme en compañía de un colega indio, quien me invitó a tomar un café en la primera parada en Richmond. Sucedió algo impresionante, al menos para mí, cuando volvimos a nuestro ómnibus. En realidad, lo habían cambiado de sitio para efectuar el servicio. Estábamos parados en la plataforma, cuando se me ocurrió dirigir la vista a otra fila de pasajeros que esperaban el
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ómnibus que se dirigía a Washington. Un rostro familiar me miraba desde su elevada estatura. Yo también lo miré, y no podía creer que me viniese a encontrar con un viejo amigo, justo ahí, en ese cruce de caminos; pero así era, y enseguida nos confundimos en un abrazo intercambiando informaciones lo más rápidamente que pudimos. Él iba a Washington porque también había conseguido una beca, con destino final en la Universidad de Yale. Por cierto, intenté hacer un cálculo de probabilidades de esta “coincidencia”, pero no pude establecer cómo se aplicaría la ley de probabilidades a semejante encuentro. Pero, aún más desconcertante y llamativo era el hecho de que desde que dejamos la Universidad de La Plata, donde habíamos sido condiscípulos, me encontré con él en tres oportunidades, en diferentes grandes ciudades, y las tres veces “por casualidad”. Cuál pudo haber sido ese vínculo entre los dos, no lo sé, porque desde entonces no lo he vuelto a ver. Supongo y espero que lo volveré a encontrar, quizás la próxima vez en otro continente. De todas maneras, ese encuentro me hizo feliz, y afronté las oscuras calles de Durham con espíritu aventurero. Llamé al Dr. Rhine; me indicó que fuera al hotel Washington Duke, y así lo hice. El viernes a la mañana tomé un taxi y fui al campus Este, donde el Dr. Rhine tenía sus oficinas. Me estaba esperando, y en pocos minutos entablamos una conversación que mantuve lo mejor posible con mi inglés básico. Él tenía otras cosas que hacer, y me presentó al Dr. J. Gaither Pratt, quien a eso de las once me dijo que se iba a realizar una reunión con todo el equipo y con el Dr. Robert H. Thouless, el conocido psicólogo y parapsicólogo, que a la sazón visitaba el laboratorio. Pronto comprendí que se suponía que yo hablaría en esa reunión de mis experiencias en la Argentina. Era algo bastante comprometido, especialmente porque me costaría hallar las palabras adecuadas cuando más las necesitara, pero afronté valerosamente la situación y decidí contar todo lo que había visto, aunque pareciera demasiado fantástico. Di un amplio informe de los fenómenos que he descripto más arriba, con especial énfasis en las levitaciones de objetos pesados, principalmente mesas, a plena luz. El Dr. Thouless hizo varias observaciones sarcásticas, pero no las entendí bien,
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las ignoré cortésmente y continué con el tema básico de nuestra discusión, que eran los fenómenos físicos en oposición a la teoría de Rhine del carácter no-físico de psi. Nuestro punto de coincidencia, si así puedo decirlo, fue el siguiente: si hay una levitación, esto significa que existe alguna forma de interacción con el campo gravitatorio, o que existe una fuerza que produce la levitación. Como no acepto la definición de fenómenos parapsicológicos como aquéllos que son de carácter no-físico, más bien pienso que al menos algunas de las aptitudes psi son “parafísicas”; que no sepamos cómo detectar esos campos o cómo interactuar con ellos no significa que no existan. Es como las ondas de radio que están siempre a nuestro alrededor; si no tenemos un receptor, no podemos mostrar su presencia. Puse fin a la discusión reforzando el argumento de la necesidad de continuar las investigaciones que los Osty –Eugène, físico, y su hijo Marcel, ingeniero– habían hecho en Francia hacia 1931-32. En experimentos con el medium Rudi Schneider, quien producía toda clase de fenómenos físicos, los Osty habían observado absorción en un rayo de luz infrarroja cuando la energía psicokinética se dirigía hacia una mesita sobre la que se habían colocado pequeños objetos que servirían de objetivos. En algunas ocasiones, Schneider había sido capaz de anunciar cuándo y dónde se ejercería esa fuerza, algo que también habíamos observado en la Argentina, así que pensé que podría ser posible mostrar el mismo efecto con Fernando en La Plata. Luego dije que si alguien tenía interés en hacer un experimento esa noche, me sería grato mostrarles nuestro procedimiento. Algunas de las señoras presentes dijeron que les agradaría probar, y decidimos realizar una sesión esa misma noche, puesto que yo debía regresar a Washington al día siguiente. Hablamos mucho sobre los poderes de Fernando. Dije que si tuviera dinero, pagaría de mi bolsillo el viaje de Fernando para que viniera a hacer algunos experimentos, y ver si producía una levitación. Por cierto, el Dr. Rhine habló de la posibilidad de traerlo al laboratorio por un par de semanas, aunque, lamentablemente, por una razón u otra nunca se hizo. El Dr. Rhine me preguntó por Ronald W., un famoso clarividente argentino. Le dije que no lo conocía pero que había hablado con el Dr. Musso de él y de los resultados que Musso
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menciona en su libro En los límites de la psicología. En varias ocasiones Ronald había obtenido puntajes casi perfectos con las cartas de ESP, con probabilidades astronómicas contra la explicación por el azar, Yo tenía mis dudas, pero Musso me había dicho que Ronald era un sujeto realmente bueno, excelente. Hablamos también sobre Alfredo y la posibilidad de que viniese. El Dr. Rhine lo había conocido en 1949, cuando Alfredo fue a visitar a un compañero en Chapel Hill. Habían simpatizado mucho. Como ustedes recordarán, Alfredo era uno de los dos miembros del grupo de Mischa que nos mostraron las primeras levitaciones impresionantes. Alfredo fue el primero en introducir las cartas de ESP en nuestro grupo de La Plata. Almorcé con el Dr. Pratt en un restaurant cercano. En el camino de vuelta al laboratorio, me preguntó que haría si tuviera cinco millones de dólares para dedicar a la parapsicología. Mi respuesta fue que daría becas a jóvenes que iniciaran sus estudios de grado en campos estrechamente relacionados con la parapsicología, tales como fisiología, física, biología, etc., con la condición de que continuaran esos estudios en conexión con la parapsicología. En relación con la cuestión de la supervivencia, el Dr. Pratt dijo que el campo estaba abierto. Antes de dejar el laboratorio, Rhine y Pratt me dedicaron sus últimos libros, tomamos algunas fotos y me despedí del Dr. Rhine. Luego arreglamos para una sesión vespertina y descubrí –fue una agradable sorpresa– que el Dr. Thouless quería cenar conmigo. Nos encontramos a las siete en punto, y cenamos opíparamente, lástima no más que el Dr. Thouless era abstemio y no me atreví a pedir vino para mí solo. Me habló como un abuelo; a mí me resultaba difícil entender su pronunciación británica, pero nos arreglamos para entendernos bastante bien. Dijo que la parapsicología había llegado a un punto muerto y que él pensaba hablar de esto en la reunión de Nueva York de la Parapsychological Association. Le dije que a mi juicio desde el lado de la física todo estaba realmente en sus comienzos, y que habría que empezar de nuevo, repitiendo experimentos del tipo de los que hicieron los
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Osty en París con Rudi Schmeider. Yo creía que podíamos repetir sus procedimientos, y ver si realmente había una interferencia entre las fuerzas psicokinéticas y el infrarrojo. Después de una hora y media se manifestó de acuerdo en que debería hacerse la prueba, y se ofreció para hablar con la señora Eileen Garrett sobre la posibilidad de darme un subsidio. Me dijo que preparara un plan incluyendo todos los instrumentos que necesitara, y que se presentaría ese plan a la fundación de la señora Garrett antes de mi regreso a la Argentina. Dijo que la fundación tenía mucho dinero; como ejemplo, mencionó que querían que les telefoneara desde Londres, pero él no veía ninguna razón para gastar el dinero de esa manera, por lo que resolvió la cuestión con quince centavos, y el resultado fue el mismo, si no mejor. La sesión se realizó en casa de Dorothy Pope. Estaban presentes: la Dra. Louisa Rhine, el Dr. Pratt, el Dr. Thouless, el señor y la señora Pope, la señora F. David (secretaria del Dr. Rhine) y la Dra. Mary Higbee. Como era el cumpleaños de la señorita Higbee, sirvieron unos refrescos, y después dio comienzo la sesión. Fue un experimento breve porque la gente estaba cansada. Sólo cuatro personas se sentaron a la mesa, y los demás se sentaron alrededor. Después de veinte minutos más o menos, el Dr. Thouless reemplazó a alguien, y al poco rato, pareció adormecido cuando se oyeron algunos raps desde la mesa, cerca de sus manos. Todos se mostraban dispuestos a cooperar, y les hice repetir en castellano la palabra “levante”, tratando de obtener una levitación. La señora Pope, que recordaba muy bien al Dr. Canavesio, estaba muy entusiasmada. En realidad, esta sesión se realizó en una casa particular a causa de lo que había ocurrido un año antes cuando H. Forwald visitó el laboratorio para recibir el Premio McDougall. Esa noche, Forwald, uno de los experimentadores de PK más conocidos del mundo, realizó una sesión en el laboratorio. Parece que tuvo bastante éxito en obtener movimientos y quizá levitaciones de la mesa. Hubo fuertes ruidos y personas que gritaban. En ese tiempo había un dormitorio de niñas en el mismo piso, y el experimento era bastante ruidoso. Al día siguiente, el presidente de la Universidad llamó al Dr. Rhine y le dijo que esa era la primera y la última vez que permitía realizar allí una sesión.
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CAPITULO 9 Telepatía a larga y corta distancia
Sentado en el ómnibus Greyhound que me llevaría de vuelta a Washington D.C., reflexioné sobre los excitantes sucesos y conversaciones que había tenido en el laboratorio de Parapsicología de Duke. Había conocido al “padre de la parapsicología”, Joseph Banks Rhine, todavía joven y vigoroso a los sesenta y cuatro años. Era mucho más alto que yo –nada difícil, ya que mi estatura es de un metro sesenta y dos–, medía cerca de un metro ochenta, tal vez más, con cabello rizado blanco grisáceo y un rostro de aspecto honesto, ojos azules de mirada profunda que parecía penetrar en la mente de su interlocutor al escuchar con total atención lo que uno le decía. No habló mucho de sí mismo; le interesaban más nuestras actividades en la Argentina y lo que yo pensaba acerca del futuro de la parapsicología. Insistió en la necesidad de poner a trabajar en el laboratorio las fuerzas de ESP y PK. Parecía temeroso de los “grandes fenómenos” en los que nuestro grupo en la Argentina se hallaba empeñado. J. G. Pratt, entonces de cuarenta y nueve años de edad, me produjo la impresión de un verdadero científico que sabía lo que hacía, y veía mi enfoque con un criterio más amplio. En aquel momento, todos creían que Pratt iba a ser el sucesor natural de J.B. como director del laboratorio, pero esto no sucedería, como veremos más adelante. Nos hicimos buenos amigos y permanecimos en contacto por muchos años. Louisa Rhine era una investigadora seria y perseverante, que coleccionaba casos espontáneos del tipo que a mí me interesaba profundamente, a saber fenómenos físicos a la hora de la muerte, o en personas que están heridas y en peligro de muerte. Parecía siempre relajada y concentrada, y hablaba con suavidad y precisión. Pero el que estaba más cerca de mi corazón de experimentador era Robert Thouless. Aprobaba mi plan de continuar esforzándome por producir yo mismo fenómenos psi. Sin duda el momento era propicio, al estar solo y con amplias oportunidades de probar las técnicas del yoga, combinando
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fuerte visualización con profundo compromiso emocional. Él lo aprobaba, y por cierto me dijo que valía la pena ensayar estas técnicas al menos por unos meses. Al día siguiente tuve una idea que daría como resultado algunos de mis experimentos más sobresalientes. La idea consistía en utilizar técnicas de concentración a fin de tratar de influir en sujetos experimentales haciéndoles realizar ciertas secuencias de acciones muy complicadas e improbables de darse por azar. Tan pronto como ingresé en la Universidad de Rochester, Nueva York, comencé a practicar ese entrenamiento mental todas las noches. El entrenamiento consistía en visualizar en mi mente a una persona, crearla verdaderamente, y una vez que la imagen fuese clara, hacerla moverse de la manera que yo quisiera; por ejemplo, dar vueltas, mover la cabeza hacia la derecha, caminar hacia la izquierda, doblar. No era fácil seguir este entrenamiento porque los estudios en la universidad eran muy arduos y casi todos los días trabajaba desde las seis de la mañana hasta la una o dos de la mañana siguiente. El hecho de que mi mujer y mi hijo permanecieran en Buenos Aires entraba de distintas maneras en este esquema, y podía ser importante en relación con la naturaleza de lo que en parapsicología se denomina “motivación”. Yo había observado que esa y otras clases de perturbaciones emocionales movilizan todo tipo de poderes psíquicos. Para dar un ejemplo: el 12 de septiembre tuve un sueño perturbador en el que estaba involucrada mi esposa. Me desperté con una sensación de incomodidad. Miré el reloj, eran las siete menos cuarto de la mañana. Era sábado, y no había puesto el despertador. Se oía una serie de ruidos en una de las paredes. Inmediatamente después esos ruidos fueron raps en el piso, luego en el escritorio, y enseguida uno muy fuerte en los estantes de la biblioteca. Como suelo hacer en esos casos, pregunté si había algo o alguien presente, y si así fuera que repitiese tres veces los raps. Esto abre la posibilidad de una comunicación con lo que fuese que causara los ruidos. Mis preguntas detuvieron el fenómeno y no sucedió nada más. A principios de noviembre me sentí preparado para intentar algunos experimentos. Como había tenido bastante
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éxito en experimentos telepáticos con mi hijo, decidí tratar de comunicarme con él a través de la larga distancia que me separaba de Buenos Aires. Como la diferencia horaria era de sólo una hora, y yo acostumbraba acostarme tarde, decidí tratar de hacerle llegar mi mensaje a través de sus sueños. De modo que al irme a dormir, me visualizaba a mí mismo caminando hacia su cama, parándome a su lado y diciéndole “Hola”. Suponía que él iba a soñar esto, y, sobre todo, esta experiencia no lo asustaría. Cada noche, durante cinco días, me concentré en este experimento. Mi visualización era fuerte y clara, y todo el tiempo me decía: “Lo que sea necesario, utilizarlo para lograr este objetivo”. Mi hipótesis era que si no lograba mi propósito estando despierto, mi mente subconsciente podría ser capaz de hacerlo en ausencia de toda interferencia consciente, es decir, mientras dormía. Por cierto, en mis cartas a mi esposa y a mi hijo no hice ninguna mención de este experimento que estaba llevando a cabo. Dado que antes mi suegra había tenido éxito en este tipo de comunicación telepática, también intenté enviarle a ella una imagen mía. Unas cartas de mi esposa me hicieron saber el éxito de mi experimento. La primera decía: “La otra noche –sería cerca de medianoche– hacía rato que Miguel Ángel y yo estábamos acostados cuando sucedió esto. Todavía no nos habíamos dormido, pero estábamos en silencio, y de pronto Miguel dijo, muy excitado: ‘Mamá, mamá, oí la voz de papá en el teléfono diciendo hola’”. Mi esposa no podía convencerlo de que eso era imposible, ya que el teléfono no había sonado, y por cierto yo no había llamado. Luego tuvo ella misma la siguiente experiencia: Durante varias noches, se despertó ‘naturalmente’ en medio de la noche, sin saber qué era lo que la había despertado. Decía en una carta: “Cuando estaba completamente despierta (este hecho parecía requerirlo) aparecía un punto luminoso en la pared opuesta, permanecía allí un rato, y luego desaparecía. Pero una noche, esa noche, puedo afirmarlo, estaba más despierta que nunca, el punto luminoso apareció y se dirigió hacia Miguel mientras aumentaba de tamaño hasta alcanzar el
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tamaño de un plato, iluminando su cabeza con una luz dorada. La iluminación era tal que lo veía perfectamente bien, a pesar de que la habitación estaba a oscuras. La luz brillaba tanto sobre él que vi la sábana, el cubrecama, la posición en que se hallaba. Como no podía convencerme de la realidad del fenómeno miré alrededor y el resto de la habitación estaba en la más completa oscuridad. Luego la luz retrocedió, disminuyó de tamaño y desapareció. Encendí la luz para estar segura de lo que había visto, y efectivamente, Miguel, la sábana, el cubrecama, todo estaba en la posición en que lo había visto”. Debe observarse que la idea exacta del mensaje que me propuse se dio una sola vez casi en la misma forma en que yo lo había visualizado. Sin embargo, me agrada pensar que los fenómenos luminosos fueron también resultado de mis intentos. Como dije antes, en el último minuto, aproximadamente, de mi concentración, siempre pensaba que esas fuerzas que operaban dentro de mí debían utilizar la energía necesaria de la mejor manera posible para obtener los resultados deseados. Respecto de mi suegra, no obtuve ningún resultado con ella, pero algo muy interesante sucedió con mi suegro. Como empezaba a trabajar muy temprano a la mañana, acostumbraba hacer una breve siesta al mediodía. Mi suegra le contó a mi esposa que dos veces, mientras dormitaba después de almorzar, se despertó y dijo, “¿Quién está sentado ahí? ¡Es José María!”. Era un hombre muy reservado, y no le gustaba hablar de esta clase de sucesos. En esas dos ocasiones, cuando dijo que era yo, estaba en un estado de transición entre la vigilia y el sueño, pero luego, completamente despierto, no quiso hablar de ello. El 13 de noviembre fue probablemente uno de los días más interesantes de mi vida. Por la mañana tuve un examen difícil de biología. Duró tres horas, y salí cerca de mediodía. Estaba bastante cansado y relajado después de la nerviosidad del examen. Decidí ir a la cafetería principal y tomar un abundante almuerzo. Caminaba lentamente por los largos corredores del Strong Memorial Hospital y al pasar por la morgue vi a una mujer, con ropas muy abrigadas, que venía hacia mí desde el otro extremo del corredor. Pensé que iba a salir, y sabía que tenía que doblar en el corredor que va hacia el hall principal. Como yo tenía que ir en la misma dirección
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para llegar a la cafetería, decidí que podía ser un buen sujeto para mi primer experimento. No la conocía, y parecía estar en el estado mental propicio para hacerla receptiva a mis órdenes telepáticas. Aparentaba estar bastante relajada y como si no tuviera nada en la mente, de manera que rápidamente puse su imagen completa en mi mente y visualicé la secuencia de acciones que debería realizar después de que yo le diera la orden mental. Esto hay que comprenderlo perfectamente bien: yo no pensaba en las órdenes o la secuencia de órdenes a nivel verbal, sino que la veía en mi mente ejecutando esa secuencia de acciones. Lo que visualicé era lo siguiente: al darle la orden mental de detenerse, debería darse vuelta y comenzar a caminar de regreso hacia el corredor de la morgue. Después de caminar poco más de un metro, debería darse cuenta de que no sabía lo que estaba haciendo, darse vuelta y dirigirse nuevamente hacia el hall. Imaginé todos sus movimientos, y los gestos de su brazo derecho, con la mayor precisión. Me lo repetí mentalmente cuatro o cinco veces muy rápidamente mientras caminaba detrás de ella a una distancia de unos dos metros o dos y medio. Llegó el momento supremo y di la orden que dispararía toda la secuencia: “¡Pare!”. De manera precisa y en total sincronía con mi orden se detuvo donde estaba, se dio vuelta, pareció como si se hubiese olvidado algo, y su expresión era exactamente la que yo había visualizado. Yo la había seguido a unos tres metros de distancia aproximadamente; cuando comenzó a caminar en dirección hacia mí, su aspecto se asemejaba a un sujeto hipnotizado, lo cual me asustó mucho. Un sudor helado corrió por mi espalda, caminé lentamente y la observé con cuidado. Ella seguía exactamente mis instrucciones “programadas” y después de caminar poco más de un metro se paró de nuevo e hizo un gesto con su brazo derecho exactamente como yo lo había imaginado, como si dijera “¿Qué estoy haciendo?”. Luego se dio vuelta y volvió a caminar hacia el hall principal. Ahora pensaba velozmente, “¡Qué maravilloso sujeto sería esa mujer!” y estuve a punto de acercarme a ella, pero el miedo me invadió: “Tendrás que decirle el experimento que has hecho; podría ser peligroso, hasta podría demandarte. No la conocías y sin embargo hiciste el experimento”. Decidí que
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después de este éxito extraordinario podría experimentar con otras personas. Estaba sumamente excitado ante las posibilidades y consecuencias de mi experimento. Pero la sensación predominante era de temor. Si yo pude hacerle esto a una persona completamente extraña después de unas pocas semanas de entrenamiento, entonces los yoguis, o los lamas tibetanos, que se entrenan desde la más tierna infancia, ¿qué no podrían hacer? Después de almorzar abundantemente – como mucho cuando estoy ansioso– extrapolé las posibilidades a dimensiones fantásticas. Un grupo de telépatas poderosos, trabajando en equipo, podría influir en los politicos, los militares, los hombres de negocios, cambiar el mundo en pos de sus propios designios… Pero, ¿podría hacerlo realmente? Hay que ver que para ejercer influencias telepáticas se necesita que el sujeto esté en una disposición o estado de conciencia receptivo. Pero se puede hacer mientras la persona duerme, o cuando está relajada. Yo mismo lo he hecho, después de todo. Estos pensamientos me perturbaron durante varios días. Una semana más tarde, Miro, un amigo mío argentino, me invitó a cenar. La conversación recayó muy pronto en la parapsicología, y sucedió que él, su esposa y una pareja amiga estaban sumamente interesados en el tema. Me habló de un estudiante de física que había hecho algunos experimentos en telepatía en presencia de algunos de los más distinguidos profesores universitarios de Rochester. Me dijo también que había conocido al famoso Mirin Dajo en Holanda. Efectivamente, Miro había visto a Dajo con tres espadas atravesando su cuerpo, una en el corazón, otra en el hígado y una tercera en el estómago, subiendo tres tramos de escaleras para ir a sacarse unas radiografías. Estas conversaciones me devolvieron el coraje de seguir haciendo experimentos. Me entusiasmé tanto que al llegar a casa escribí unas cuantas páginas teorizando sobre la materia. El domingo 29 de noviembre fue otro día importante. Decidí ensayar un experimento complejo. Esta vez la inducción telepática sería sobre una joven, Elsa (no es su verdadero nombre), a quien había conocido el día de mi llegada a Rochester. Era portorriqueña y me había
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sido muy útil todo el tiempo; éramos buenos amigos. En esos dos meses y medio yo había llegado a conocer sus hábitos bastante bien. Sabía que los domingos iba a la iglesia para la misa de once; alrededor de mediodía llegaba al hospital, iba a la cafetería a almorzar y luego volvía a la casa donde alquilaba una habitación. Mi decisión era tratar de romper esa rutina de una manera muy elaborada. Fui al hospital, y mientras entraba en el gran hall a través de las puertas giratorias, comencé a visualizar todo lo que Elsa debería hacer cuando entrara. Caminé hacia la derecha, luego entré en el largo corredor que conducía a través del hospital al Proyecto de Energía Atómica en la parte trasera del edificio. Entré en el ascensor y subí hasta el cuarto piso, luego a la amplia sala donde algunos de nosotros, unos diez estudiantes, teníamos nuestros escritorios. El mío estaba frente al reloj, no lejos de la puerta. Me senté a mi escritorio y a las diez y media hice una visualización muy minuciosa y concentrada de lo que ella debería hacer. Imaginé un campo psi muy fuerte operando sobre ella tan pronto como atravesara las puertas giratorias, y mentalmente la vi parada ahí, sin saber exactamente qué hacer, aunque segura de que tenía que hacer algo más. La visualicé caminando por los mismos corredores por donde yo había pasado, tomando el ascensor, entrando en mi oficina, y luego la visualicé haciendo movimientos muy precisos y detallados. Tenía que decir, “Buenos días”, mirar el reloj, darse vuelta hacia mí, y pedirme que almorzara con ella, cosa que no había hecho nunca. Repetí esto tres veces, y lo mismo hice a las 11, a las 11:30, y de nuevo muy brevemente a las 11:45. Luego me relajé. A las doce oí que llegaba el ascensor; luego de un par de minutos Elsa entró en la sala y dijo: – Buenos días. – Buenos días, Elsa –contesté, y ella volvió la cabeza hacia el reloj. Cuando se acercó a mi escritorio, agregué: – ¿Cómo es que viniste hoy? Nunca te veo en este piso los domingos. – Es que, sabes, cuando pasé por las puertas giratorias a la entrada, tuve una sensación muy rara; sentí como una fuerza que me trajo hasta aquí. Entonces se me ocurrió venir a ver si estabas. Y lo hice.
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– ¿Por qué querías verme? – Pensé que podríamos almorzar juntos… – Me dará mucho gusto comer contigo, vamos. Cuando hablábamos durante el almuerzo, mencionó que estaba leyendo un libro de Dostoiewsky. No acababa de pronunciar este nombre cuando yo dije casi instantáneamente: – ¡Es El príncipe idiota! Efectivamente, ese era el libro, y ella se mostró muy sorprendida, y yo también, porque mi réplica fue casi como un acto reflejo, dicha sin pensar. Había llegado el momento de hablarle de mi experimento. Se asustó mucho, y tras una larga conversación me hizo prometerle que no volvería a hacer ese tipo de experimentos con ella. Ese domingo me tenía reservadas aún otras experiencias. Mi amigo Paul y su esposa habían ido a Boston, y yo no sabía si ellos vendrían al hospital esa tarde. Me quedé trabajando como de costumbre, cuando alrededor de las cinco oí el ascensor e inmediatamente pensé: “Ese debe ser Paul”. Eran ellos, primero su esposa, luego Paul. Después de cenar, me fui a mi cuarto. Era una habitación muy linda que alquilaba a una familia cerca de ahí. Mientras estaba escribiendo mis notas sobre los incidentes del día (estaba solo en la casa) pensé: “Los Christa están por llegar”. Menos de un minuto después abrieron la puerta y entraron. “Ver un Mundo en un grano de arena, y un Cielo en una flor silvestre, tener el Infinito en la palma de tu mano, y la Eternidad en una hora.” Con estos versos tan frecuentemente citados inicié el año 1960. Me acosté a las cuatro de la mañana de aquel día de Año Nuevo. Había trabajado arduamente todo el día y me estaba quedando dormido sobre el escritorio, sin embargo tuve aún suficiente energía esa noche para ir con un amigo a ver Porgy and Bess. En aquellos momentos extrañaba mucho a mi familia: el trabajo y la actividad eran los recursos de que me valía para enfrentar ese problema.

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El sábado 16 de enero conocí al Sr Chester F. Carlson y señora, que iban a desempeñar un importante papel en mi vida. El Sr. Carlson vino a buscarme en su Lincoln Continental, el primero y único al que me haya subido. Era asombroso y divertido ver todos los controles eléctricos que tenía ese coche; al menos por un momento me sentí como un chico que descubre un juguete novedoso en el supermercado. La belleza del paisaje invernal distrajo mi mente del juguete antes de parecer un tonto. Supe por el Sr. Carlson que tenía un “pequeño negocio” que andaba bien, y eso fue todo lo que hablamos sobre sus ocupaciones. Cosa increíble, hasta 1965 no supe que el Sr. Carlson era nada menos que el inventor de la máquina Xerox. Chet –como insistió en que lo llamara– y su esposa Doris eran muy buenos y agradables, y su gentileza armonizaba a la perfección con su casa y el ambiente que la rodeaba. Durante la cena y después, por un largo rato, hablamos de los fenómenos psíquicos. Incluso intentamos un experimento con una mesa, pero sólo hubo unos pocos y dudosos raps. La vista desde la biblioteca del Sr. Carlson era no sólo bella sino muy interesante para mí. A través del gran ventanal se veía una cuesta totalmente cubierta de nieve y varios pinos, con tanta claridad que parecían estar mucho más cerca de lo que realmente estaban. Lo que más me intrigó fue que este paisaje era muy similar al que había visto en un sueño mucho tiempo atrás. El lunes a la mañana vi a Elsa brevemente después del desayuno, hablé un rato con ella, compré el diario del domingo y fui al hospital. Como uno de los profesores estaba enfermo, decidí intentar un experimento de “confirmación” con Elsa. Sabía que ella tenía que estar en clase o en la biblioteca; decidí que tenía que venir y verme. Puse un límite de tiempo: a las 2:56 escribí en un papel: “Elsa viene antes de las 3:30”. Guardé el papel en el cajón del medio, lo cerré y comencé mi concentración, repitiéndola cada cinco minutos. La imagen mental era: Elsa sentada en clase o en la biblioteca; “levantáte, Elsa”, y ella lo hacía en mi imaginación; “tomá el ascensor, andá a ver a José”. Hice un esfuerzo extraordinario: no es fácil visualizar esas secuencias cada cinco minutos; si usted lo intenta verá lo que quiero decir. A las 3:22 la vi llegar. Alcé las manos y le pedí que viniera hasta mi escritorio, luego abrí el
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cajón y le di el papelito. Al leerlo, desfalleció, y hubiera caído al piso si no fuera porque otro estudiante, que presenciaba la escena, fue bastante rápido para sostenerla. Lo que siguió fue un pandemonium: uno la puso en otro escritorio, otro corrió a buscar café mientras una de las chicas le palmeaba la cara. Por fin se recuperó, y por cierto, después de este experimento tuve que prometer seriamente no intentarlo nunca más con ella. Fue una lástima que sus temores y creencias religiosas la privaran de llegar a ser –quizás– una nueva estrella en el campo de la parapsicología en el momento en que más se necesitaba.

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CAPITULO 10 Una sesión con Mr. Carlson y una conversación con un científico del MIT
El resto del mes lo pasé trabajando mucho y estudiando estadística, biología, y dando un seminario. Me mantuve en contacto con los Carlson, supe que estaban haciendo un programa de meditación. En esos días, con la ayuda de Miro, completamos todos los papeles para mi esposa, mi hijo y nuestra amiga Brunilda –hermana de Octavio– que había decidido venir con ellos. Alquilé una casa de madera, muy grande. Como yo no tenía coche, mi amigo Bill me llevó a todas partes y me ayudó a hacer los arreglos. Después de dar el examen de biología, por fin pude descansar un poco el fin de semana en que también finalizaba el mes. El domingo, Miro me ayudó a mudarme, y con Bill terminamos el día comiendo pizza y tomando cerveza. Por cierto, estar en Rochester, Nueva York, significaba nevadas casi todos los días. Comenzó el nuevo semestre, y era más difícil que el primero. No hubo experiencias psíquicas interesantes. Soñar con viejos amigos y uno de mis profesores hizo que me preguntara por ellos y por la manera en que trabaja la mente inconsciente. Estaba bastante decepcionado de la educación estadounidense y no era yo el único. Hubo varios casos de depresión nerviosa; incluso mi querido amigo Bill, fuerte e inteligente, estuvo a punto de abandonar. Su padre tuvo que recorrer el largo camino desde Texas para venir y ayudarle a superar la situación. La casa que había alquilado en One Rising Place parecía una casa encantada, con un sótano, un ático, dos pisos y escaleras crujientes. Cuando soplaba el viento, la casa se sacudía y hacía toda clase de ruidos. Estar solo me hizo mantenerme más alerta, pero ninguno de los ruidos se resolvió en un fantasma. Como la casa me parecía propicia, organicé una sesión que tuvo lugar el sábado 13 de febrero de 1960. Estaba Maricarmen, una chica mejicana, Carlos e Iris, una joven pareja portorriqueña y el Sr. Carlson. Hubo muchos raps, la mayoría de ellos, creo, debidos a causas naturales. Como no
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obtuvimos respuestas inteligentes después de dos horas de esfuerzos, resolvimos abandonar. Regresé a mis libros y mis tareas. Al día siguiente nevó copiosamente: casi se me helaron los pies mientras esperaba el ómnibus, ya que debía ir al hospital y ahora me quedaba lejos. Por suerte, la prueba de toxicología fue fácil; esto atenuó de algún modo los rigores del frío y las montañas de nieve acumuladas en toda la zona del hospital. Los 100 puntos que saqué en el examen aliviaron mi espíritu; las dos entradas que me dio mi amigo Barry Jones llevaban la marca de la sincronicidad, porque me encontré con Elsa justo a tiempo para ir juntos al concierto. Recién en la puerta nos dimos cuenta de que teníamos una ubicación excelente. El viernes 19 de febrero, Rochester estaba sepultada bajo la nieve. Ésta lo cubría todo. Los autos, abandonados en las calles; las casas, los árboles, todo estaba blanco. Después de cenar con Paul y Judy en su casa, decidí observar de cerca este espectáculo único. En el camino a casa, sentí como si hubiera llegado el fin del mundo. No había nadie en las calles; el viento construía formas fantasmales con la nieve que se arremolinaba en el aire. Muchos árboles habían caído. Las luces de la calle se reflejaban en miles de puntos brillantes como pequeños diamantes a mi alrededor. Era algo mágico. Aunque la nieve hubiese causado tantos inconvenientes en la ciudad, me hacía feliz estar allí para ver actuar las fuerzas de la naturaleza recordándonos su presencia. Aquel espectáculo perduró en mi mente para siempre. Mi amigo, el profesor Adrian Dahl, quien hizo posible mi beca, visitó la escuela el lunes y el martes para dar dos conferencias. Luego, hablamos un rato, le alegraba ver que yo había adelgazado; se despidió con una sonrisa. Siguieron clases y papeles, tormentas y nieve, trabajos con animales, y yo todo el tiempo somnoliento, y recordando siempre la charla de Juan Ramón Jiménez sobre el trabajo que da alegría, que es lo que nos faltaba en ese momento. Al día siguiente, viernes, me dormí en la clase, disgustado porque no había recibido una carta, ni un cheque. Cuando por fin aterricé en un restaurante, gasté demasiado en
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la cena; salí con un cigarro en la boca, el viento sopló mi bonita bufanda y el cigarro le hizo un buen agujero. Después fui al cine y vi El mago, una hermosa película de Ingmar Bergman, pero de la que no saqué ninguna conclusión optimista. Por fin llegó mi familia. Esto me hizo feliz y desdichado al mismo tiempo, porque estaba demasiado ocupado no sólo con ellos sino también con los tres meses finales de los cursos. Algo interesante ocurrió durante el feriado de Pascua. Una tarde fui al parque con mi hijo y uno de sus nuevos amigos. Mi hijo había comprado un revólver a cebitas pero no tenía cebitas e insistió varias veces en ir a comprarlas. La única ardilla que andaba por ahí lo distrajo un momento, pero luego volvió a insistir. Dimos unos pasos y encontramos justo ahí, en el suelo, un rollo de cebitas, intacto a pesar de que alrededor todo estaba húmedo. Esto a casi todos les parecerá una coincidencia, pero lo cuento aquí porque más tarde mi hijo mostró definidas dotes psicokinéticas. En aquel tiempo tuve dos ofertas que podrían haber cambiado mi vida si hubiese aceptado una de ellas. Una era de un amigo que estaba trabajando en la Universidad Emory y quería que abandonara todo lo que estaba haciendo y me fuera con él. Esto era imposible, principalmente porque se requería una visa de inmigrante, y para obtenerla tenía que salir del país por algún tiempo. La otra oferta era del Decano de Estudios de la división graduados. Quería que me quedara y trabajara para mi doctorado en la Universidad de Rochester. Era un ofrecimiento generoso, que decliné a causa de una falsa evaluación del conjunto de la situación. Vinieron los exámenes, y después de unas semanas de no dormir y escribir informes todos los días, terminaron los cursos. El 28 de mayo escribí: “Lo esencial debe ser romper con la lógica occidental y acaso con toda lógica. Puesto que el hombre necesita lógica, parece ser que la lógica es inherente a su finitud. La lógica nos aparta del milagro. El distanciamiento del milagro lo hace inexistente y extraño. Tal vez los milagros eran tan abundantes en los tiempos en que la fe era fuerte a causa de esa misma fe que nada tiene que ver con la lógica.
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Algunos creen que el hombre y la mujer piadosos veían milagros donde no los había. Pero podemos decir que probablemente la fuerza de la fe de aquellos hombres y mujeres realmente producía milagros. “Un nuevo paso, entonces, podría ser producir fenómenos no habituales destruyendo los mecanismos de la lógica que los inhiben.” 30 de mayo de 1960. Mi cumpleaños. Mi primer cumpleaños en el exterior, en un país extranjero. A los treinta y cuatro años, ese día realmente me sentía mayor, pero contento porque en los Estados Unidos_el 30 de mayo siempre es feriado. Antes de abandonar Rochester, hice algunos experimentos de telepatía, pero mis sujetos no eran muy sensitivos, o yo no transmitía bien, o ambas cosas. En junio visitamos las cataratas del Niágara, y a fin de mes fuimos a Boston, donde asistí a una reunión de la Health Physics Society. Boston era hermosa en esa época del año; dedicábamos todo nuestro tiempo libre a ver la ciudad y visitar la Universidad de Harvard y el MIT, el famoso Instituto de Tecnología de Massachusetts. Aquí tuve oportunidad de escuchar al Dr. W., quien fue tan amable de explicar extensamente sus experimentos con el sistema nervioso. Por cierto, las preguntas que tenía pensado plantearle tenían que ver con la ESP, pero debía tratar de hacerlo en el momento apropiado. Después de una hora o algo así de aprender sobre neuronas y modelos matemáticos, y cuando ya estaba por terminar, dije: “¿Me permite hacerle unas preguntas sobre diversos temas?”. Mi segunda pregunta fue “¿Qué piensa usted de la ESP?”. Me dirigió una mirada intencionada y creí que iba a reaccionar de manera desfavorable, pero me equivocaba, porque dijo que había leído la mayoría de los libros e informes de Rhine, como así también el libro de Soal y otros trabajos importantes en el campo de la parapsicología. Entonces dije “Bien, ¿cuál es su conclusión?”. Respondió que aunque aceptara que todo era correcto y que los informes decían la verdad, no sabría qué hacer, porque si ya le era muy difícil trabajar con tres neuronas y un modelo matemático, ¿cómo podría tratar algo tan complicado como la clarividencia, por
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ejemplo? Yo repliqué: “Creo que se equivoca, porque ¿cómo sabe usted que trabajando con la clarividencia no encontrará respuestas a muchos de sus problemas? Esto ha ocurrido antes en la ciencia”. Contestó: “Bueno, mi sensación es que puedo resolver los problemas que actualmente tengo en el laboratorio, pero no podría hacerlo con los problemas que plantea la ESP.” Luego partimos, en muy buenos términos.

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CAPITULO 11 Dos meses en el Laboratorio de Parapsicología de la Universidad Duke
Era costumbre que todos los alumnos del programa de la Academia Nacional de Ciencias fueran a los diversos laboratorios para ver y practicar lo que habían aprendido en sus programas del MS. Yo no había tenido oportunidad ni siquiera de considerar tal posibilidad. Ocurrió que la mayoría de los compañeros habían elegido ir al Laboratorio Nacional de Brookhaven, de modo que ésta ya no era una opción para mí. El Dr. J. Newell Stannard, aquel supremo maestro, escritor y administrador, que era el director de los programas de graduados, me dijo: “Yo creo que a usted le convendría pasar dos meses en North Carolina, uno en Duke y uno en el reactor nuclear de la Universidad de North Carolina en Raleigh”. Sonreí ante mi buena suerte, y dije: “Por supuesto, Dr. Stannard, lo que usted diga está bien para mí”. Después de pasar cuatro días en Nueva York, fuimos a Durham, North Carolina. Nos habían reservado un departamento grande, y al día siguiente estábamos instalados. Nuestra amiga Brunilda se había quedado en Rochester, donde había encontrado empleo. El jueves 7 de julio participé en la reunión de las once y media de la mañana en el laboratorio del Dr. Rhine. El parapsicólogo alemán J. G. Busschbach estaba exponiendo sus métodos. Al final, el Dr. Rhine me pidió que hiciera un comentario sobre ellos, y los critiqué severamente. Después de la reunión fuimos a almorzar. Se había dispuesto que yo pudiera trabajar en el laboratorio en mi tiempo libre, y me dieron una llave. El aparato de PK que el Sr. Forwald había utilizado estaba todavía allí; conseguí permiso para usarlo ya que en ese momento me interesaba aplicar mi método de entrenamiento en PK. El 8 de julio fui con mi hijo al laboratorio e iniciamos un experimento. Usábamos seis dados por tiro; los dados se soltaban desde una plataforma en forma de V por medio de un
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interruptor eléctrico, y se los hacía caer sobre un plano inclinado con obstáculos para que el rodar fuese más aleatorio. El plano inclinado conducía a una tabla con bordes levantados para detener los dados si llegaban hasta allí. Supuestamente Miguel Ángel debía influir en los dados para hacer que cayeran mostrando la misma cara durante cierta cantidad de ensayos. El orden de los objetivos se eligió al azar, y el experimento era fácil de seguir porque lo que se espera por azar es que sólo un dado sobre seis muestre cada una de las caras. Yo había diseñado planillas especiales para registrar los resultados. En cada ensayo anotaba los números de los seis dados. El experimento se desarrollaba de modo un tanto aburrido porque no sacaba más que resultados a nivel del azar. Al cabo de unos veinte minutos de trabajo, de pronto mi hijo cambió de actitud. En ese momento me dijo: – Papá, tengo una idea. Creo que voy a sacar todos si me prometés una cosa. – Seguro –le dije– lo que quieras. – Bueno, si saco todos tenés que prometerme ir a la iglesia conmigo. – Seguro –dije– si sacás todos una sola vez, voy contigo a la iglesia. Hice una marca en mi planilla de registro. Al primer ensayo después de mi promesa, sacó cinco dados. Me impresionó mucho, y estaba seguro de que había entrado en uno de esos momentos en que puede ocurrir cualquier cosa. Se mantuvo por sobre el azar durante un rato, pero no sacaba las seis caras iguales; después de 17 ensayos, su motivación decayó, y detuvimos el experimento. Si se hace una evaluación matemática de los resultados que obtuvo en esos 17 ensayos, había un desvío de 18 respecto de lo esperado por azar. La probabilidad contra la obtención de ese resultado por azar es de alrededor de 630.000 a 1 (CR = 4,8).

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Como no me interesaba realmente la demostración de la PK, pues ya se habían hecho muy buenos experimentos con anterioridad, la conclusión más importante después de este experimento fue la posibilidad de inducir esa motivación del sujeto en el laboratorio. En el caso de mi hijo, fue espontáneo; pero los experimentos de clarividencia del Dr. Rhine habían mostrado que los premios pueden producir resultados igualmente sobresalientes. El día siguiente era el sábado 9 de julio. Por la mañana fuimos de nuevo al laboratorio e hicimos algunos tests. Por la tarde fuimos a la casa del Dr. Rhine. Nadamos y remamos en el hermoso lago natural que había en la propiedad. Cenamos afuera y conversamos hasta tarde. Respecto de mis experimentos, la conclusión fue que yo tenía que ensayar con mi método de entrenamiento algo que pudiera mostrar en el laboratorio. No era nada nuevo, ya que los trabajos de Thouless y Forwald seguían las mismas líneas. Pero Forwald trabajó sobre la base de la fuerza de voluntad, sin preocuparse por el mecanismo que actuaba. Era el mismo enfoque que yo había adoptado en mis experimentos telepáticos, dejando que mi mente subconsciente (o lo que fuese) trabajara a su manera. Pero ahora, con los dados, mi idea era que una poderosa visualización de los dados y de la manera como tenían que caer, produciría los resultados deseados. De modo que el paso siguiente fue ensayar yo mismo, y también con diferentes personas, con la intención de descubrir otras funciones psicológicamente correlacionadas. La gente de la Universidad Duke era ciertamente distinta de la mayoría de los grupos con que había estado en contacto hasta entonces. No sólo los que trabajaban en el laboratorio de parapsicología, sino también los de la División de Radioisótopos, donde cumplía mis tareas oficiales como beneficiario de una beca. En Durham mi familia y yo nos sentíamos prácticamente en nuestro hogar. Quizás fue esta la razón por la que podía trabajar duro todo el día y ser realmente feliz, incluso cuando afrontaba problemas difíciles en el laboratorio. Otra razón podía ser que no tomaba cursos para crédito y no tenía que dar

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exámenes. Como_quiera que fuese, los dos meses que pasamos en Durham fueron dichosos y productivos. Algunos incidentes menores de tipo ESP tuvieron lugar entre nosotros tres, que no voy a describir en detalle; pero parecían haberse intensificado a causa de hallarnos en un ambiente inesperadamente placentero. El 16 de julio, Rhine me ofreció trabajar con él durante un año a tiempo completo; pero no pude aceptarlo, porque estaba en un programa oficial y tenía la obligación de regresar a mi país cuando completara mi beca. Por aquella época me había comprado un viejo Plymouth 1950 verde, debido a la incomodidad de mis traslados entre Durham y Raleigh en ómnibus. En realidad, estaba tan desesperado que una tarde, al volver de Raleigh, me bajé del ómnibus, fui a ver al vendedor que tenía el Plymouth, lo compré y le pedí que por favor lo pusiera en la calle. Me subí de un salto y manejé hasta casa sin tener ninguna práctica anterior en ese tipo de palanca de cambios. Todavía recuerdo la cara de sorpresa del viejo vendedor cuando le pedí, ya sentado al volante: “Ahora dígame cuál es la primera, la segunda, la tercera y marcha atrás, y con el resto me arreglo”. A pesar de conocer las dificultades que habría para cambiar mi visa, lo intenté escribiendo a la Academia Nacional de Ciencias, pero no fue posible. El 22 de julio se realizó un banquete en homenaje al Sr. Van Busschbach, ganador ese año del premio McDougall. En su alocución, el Dr. Rhine se hizo mi pregunta favorita: “¿Por qué está cada uno de nosotros en el campo de la parapsicología?”. Por cierto, cada cual tenía sus propias razones, algunas de ellas mantenidas, conscientemente o no, en secreto. No me gustó el discurso de Van Busschbach. Fue largo, tedioso y pronunciado en el peor inglés que jamás he oído. Al día siguiente, sábado, conversamos con el Sr. Cox, que nos ofreció una demostración a Wadih Saleh, a Pat y a mí. Pocos días después, apareció un artículo referido a la medición de las ondas electromagnéticas emitidas por los músculos, idea

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que se me había ocurrido durante los años de los experimentos con Fernando. A fines de julio, tenía tres sujetos con quienes hacer estudios de PK. La idea era tratar de ver si el patrón de aciertos por encima y por debajo del nivel del azar era significativamente diferente entre mujeres y hombres durante el experimento. El otro objetivo era ver si había una relación entre los factores de concentración, entrenamiento y otras variables, y el factor sexo. El lunes 1° de agosto trabajé con una de las muchachas y con Mark Rilling. Continué trabajando casi todos los días hasta terminar. Las jóvenes mostraron patrones cambiantes de puntajes por encima y por debajo del azar, aproximadamente cada cuatro juegos. (Un juego comprende el tiro de 24 dados, en cualquiera de las formas deseadas, de a uno, de a cuatro o todos de una vez). El varón tenía una tendencia a mantenerse por encima del azar durante un período mayor, y luego caer al nivel del azar sin recuperar los niveles anteriores. El sujeto que mayor éxito obtuvo fue Mark Rilling, quien produjo una larga meseta por encima del azar. En cuanto a lo que buscaba, que era una manera objetiva de controlar la PK, mi conclusión fue que sería muy difícil de lograr con sólo observar los desempeños de los sujetos. Me parecía que la única manera era experimentar sobre mí mismo. Por ese tiempo, el Dr. Pratt me invitó a afiliarme a la Parapsychological Association como miembro asociado. Andaban por ahí algunos argentinos interesados en los fenómenos psíquicos, así que cuando terminé mis experimentos con dados realizamos un par de sesiones, con algunos resultados menores. Desde ese momento, y hasta nuestra partida, pasamos la mayor parte del tiempo en reuniones sociales con los Rhine, los Pratt, y con Bill y Muriel Roll, cuya hija Lisa vino varias veces a jugar con Miguel Ángel. ¡Lástima que no tuvimos oportunidad de estudiar juntos un caso de poltergeist!

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CAPITULO 12 Oak Ridge: El Inconsciente ¿conoce el futuro?
El martes 6 de septiembre dejamos Durham y nos dirigimos a Oak Ridge, Tennessee, la capital atómica. En ese tiempo, Oak Ridge tenía unos 40.000 habitantes repartidos entre las colinas y un pequeño valle. De hecho, cuando dije “ya debemos estar llegando”, me había pasado de la angosta franja de la ciudad más de tres kilómetros sobre el lado Este. Alquilamos un departamento en una casa “L” (un duplex), denominación que se conservaba desde el tiempo de la guerra cuando toda la zona fue clasificada. Los dueños vivían en la otra mitad de la casa; eran gente joven, más o menos de nuestra edad, muy amables y amistosos para con nosotros. Algunos amigos argentinos estaban ya en Oak Ridge, el profesor Dahl y su familia vivían cerca, y conocimos a una química española que trabajaba con el Premio Nobel Dr. Severo Ochoa. Se llamaba Lola, tenía unos treinta y cinco años, se hizo amiga de la familia, y estaba en el destino que compartiéramos una de las experiencias más inolvidables de nuestras vidas. Las primeras cuatro semanas tomé cursos en el Instituto de Estudios Nucleares de Oak Ridge; mi hijo comenzó a ir a la escuela enseguida, y mi esposa se relacionó con gente del teatro y además se puso a buscar algún trabajo que hacer. Se hablaba de la ESP cada vez que alguien se enteraba de mis conocimientos en la materia. Encontré muchas personas interesadas entre los científicos. Hay una gran diferencia entre estar interesado y hacer efectivamente experimentos. Como de costumbre, la experimentación me tocó a mí. Era natural que los primeros experimentos tuvieran lugar con algunos de los amigos argentinos, pero los resultados fueron sólo ligeramente superiores al azar. El viernes 30 de septiembre se iniciaron nuestros cursos. Hubo una ceremonia que había planificado el famoso Dr. William Pollard, conocido por su humor e ingenio. Cuando estábamos todos sentados, esperando la entrega de nuestros diplomas, el Dr. Pollard y el Dr. Overman entraron a la sala con
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vestiduras académicas y anunciaron que se nos iban a conferir los grados de la antigua Universidad de Bremsstrahlung. El Dr. Overman dio una breve alocución, siempre en tono jovial, y se hizo la distribución de los certificados. Cada uno debía pasar al frente de la sala y saludar, como lo demostró el propio Dr. Overman, del modo especialmente diseñado para no contaminar a nadie. Tal saludo consistía en ponerse de frente al Dr. Pollard y elevar el brazo derecho desde el codo, primero en línea recta, luego hacia arriba, a la manera militar, hasta que las manos estuvieran enfrentadas, a unos cinco centímetros de distancia, sin tocarse en ningún momento. Al final el Dr. Pollard dio un fascinante discurso sobre el origen del universo. Es oportuno decir aquí algunas palabras sobre el Dr. Pollard. Era uno de los físicos sobresalientes que trabajaron para el Proyecto Manhattan durante la guerra, después de lo cual fue nombrado director del ORINS. Su amor a Dios lo llevó a formar parte del clero cristiano, y en 1954 fue ordenado sacerdote en la Iglesia Episcopal. Hacia 1958 escribió un libro maravilloso, Chance and Providence, en el que analiza las maneras en que Dios interviene en la historia y cómo sus acciones se ajustan a las leyes físicas. Conocer al Dr. Pollard fue una experiencia importante en mi vida, y su libro ha tenido no poca influencia en mi pensamiento. Había una vida cultural bastante activa en Oak Ridge. Tenían un teatro experimental nutrido principalmente por actores y actrices del Laboratorio Nacional de Oak Ridge, pero con un director profesional. Había una orquesta sinfónica, en la que toqué como primer violín, y teníamos también un club de cine experimental, así que estábamos ocupados la mayor parte de nuestro tiempo libre. Una tarde, el 13 de octubre, fui con mi esposa a una reunión de la PTA; como había una fiesta en la casa del profesor Dahl, decidí escaparme e ir allí mientras mi esposa se quedaba en la reunión. Llegué a lo de los Dahl justo a tiempo para ver el tercer debate entre Nixon y Kennedy, al que menciono aquí porque más de dos años antes (en 1958) el profesor Dahl, que a la sazón se hallaba en Buenos Aires, profetizó que Kennedy sería presidente de los EE.UU., lo cual nos asombró en la Argentina ya que no conocíamos a Kennedy ni sabíamos quién era. Después de conversar un rato, el Dr.
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Overman llegó a la fiesta, se sentó al piano y tocó Clair de lune de manera muy bella. Por aquella época yo pensaba en hacer algunos experimentos de ESP con niños; tuve oportunidad de hablar con algunos de ellos pocos días después en el cumpleaños de mi hijo. Eran chicos de seis o siete años de edad, realmente brillantes; estaba convencido de que debía intentar hacer algo con ellos. El 20 de octubre di una charla sobre la Argentina; ahí conocí a algunas personas más de Oak Ridge. El sábado 22 de octubre fui a las Smoky Mountains, con un médico argentino que hacía investigaciones en el ORNL y su esposa. En ese tiempo tenían un viejo Ford cuyo caño de escape debía estar en muy malas condiciones, porque parte del humo entraba en el interior del coche. Mi hijo se descompuso justo antes de llegar a Knoxville, muy cerca de donde comenzaba nuestra excursión. Decidimos parar en un bar y hacerle tomar un té. Pese a los esfuerzos de mi amigo, ni el té ni unos medicamentos que le dio a Miguel Ángel lograron calmar su dolor de estómago. Se puso a llorar, y de pronto se produjo una reacción muy interesante. El niño alzó su rostro al cielo y dijo, realmente desde lo más hondo de su interior: “Ay, Dios, por favor, ayudame a sacarme este dolor” e hizo la señal de la cruz. Casi instantáneamente el dolor pasó y pudimos continuar nuestro viaje. Creo que entonces comprendí la esencia de todas las curaciones contenida en las palabras de Jesucristo: “Vete en paz, tu fe te ha curado”. Yo trabajaba en la División de Salud del ORNL, bajo la dirección del Dr. R. D. Birkhoff; me había enredado en un problema mayormente matemático que iba a llevarme todo el tiempo que permanecí en Oak Ridge. El 4 de noviembre fuimos a una reunión en la casa de unas personas interesadas en la ESP. Era un grupo grande y tuve que dirigirles unas palabras para explicar mis ideas. La hija de los dueños de casa dijo que podía juntar una docena de adolescentes no mayores de quince años para mis experimentos. Comencé por diseñar un proyecto con la intención de solicitar alguna ayuda al Dr. Rhine. Durante ese tiempo, debido a que mi esposa deseaba que avanzara a la
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etapa siguiente en mi entrenamiento laboral, trataba de disponer mis próximos pasos en Nueva York. Casi todos los días llegaban noticias contradictorias de la Argentina. Me había hecho a la idea de que si los militares derrocaban al presidente electo, me quedaría en los Estados Unidos y volvería a Rochester. La elección del presidente Kennedy nos dio esperanzas de estabilidad política para la Argentina. Había concebido un nuevo tipo de test combinando clarividencia con PK. La idea era agregar un símbolo más a los cinco comúnmente usados en las cartas de ESP. Los sujetos podrían trabajar con un dado y concentrarse en obtener por PK el número del sobre que contenía los símbolos de ESP. El Dr. Rhine me envió todo el material que necesitaba para estos experimentos. El 19 de noviembre preparé los objetivos para el primer experimento piloto. Para eso utilicé los números del uno al seis; los escribí en trozos de papel blanco, que luego envolví en papel grueso, opaco, los cerré con cinta scotch y puse cada uno dentro de un sobre cerrado. Mezclé bien los sobres, y por medio de una tabla de números aleatorios le asigné un número a cada sobre, de modo que yo mismo no sabía cuál era el número que estaba dentro del sobre. Por la tarde tuve una reunión con las chicas y los chicos que iban a participar. Les indiqué que iban a trabajar en sus casas, en el momento que quisieran; debían anotar qué número de sobre querían sacar, y hacer igual número de ensayos para cada sobre. Algunos adultos decidieron participar también del experimento. En otra reunión al día siguiente, tomé otros sujetos y supe que algunos de ellos habían leído los libros de Gurdjieff. El Sr. Carlson también participó en el experimento, enviando sus respuestas por correo. El Día de Acción de Gracias empecé a enseñarle a manejar a nuestra amiga Lola. Después del almuerzo practicó con un Ford azul que había comprado. Casi tuvimos tres accidentes ese día. Adelantaba rápidamente, pero el hecho de que yo fuese su maestro iba a tener importantes consecuencias más adelante.

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El 25 de noviembre me di cuenta de que algunos de los chicos que participaban en el experimento de ESP-PK me habían entendido mal, de modo que tuve que aclararles las cosas. Durante la semana siguiente releí un polémico artículo de George Price y las respuestas que recibió de Rhine y de otros. Pensé que mi diseño experimental tenía todas las salvaguardas que pedía Price. Me probé a mí mismo como sujeto, pero los resultados que obtuve al apuntar a cada uno de los objetivos no dieron desvíos significativos, en el sentido de que no apareció un desvío importante hacia ninguno de los números. En otras palabras, las seis series estuvieron dentro de los valores esperados para la probabilidad por azar. Tuve unos sueños en que mi suegra estaba enferma. Cuatro o cinco días después mi esposa recibió una carta de una amiga suya que confirmaba mi visión en sueños. Hice algunas series del experimento de ESP-PK con mi hijo, y guardé las planillas del trabajo de los demás sujetos. El resultado final de este experimento fue aleatorio, salvo el caso de una de las madres que participaron. Fue particularmente interesante, porque apuntó a un solo sobre y obtuvo un desvío importante para la cara del dos. El sobre contenía el número 2. El comienzo del año 1961 encontró a mi mujer haciendo un vestido para una joven actriz de Hollywood. Era la hija de uno de los profesores del Instituto de Estudios Nucleares de Oak Ridge. Fue interesante ver a una “estrellita” y hablar con ella para darse cuenta de que sólo era una jovencita como cualquier otra, que salía con sus viejos amigos del barrio. De todos modos, quedó muy satisfecha, y nuestras finanzas mejoraron un poco. A pesar de este estímulo a su ego, Olga estaba inquieta y quería ir a Nueva York para ver y tratar de experimentar lo que se estaba haciendo en teatro. Quedamos en que ella se adelantaría junto con nuestro hijo y me esperaría allá. Cargamos todo en el coche de Lola, que era mejor que el mío, y el jueves 12 de enero partimos hacia Washington, D.C. Manejamos todo el día –la mayor parte del camino manejé yo– y llegamos después de medianoche. Al día siguiente fui a la Academia Nacional de Ciencias para hacer algunos trámites, y
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luego a la National Gallery. Era bueno volver a ver a aquellos amigos que también habían buscado respuestas mucho tiempo atrás: Rafael, sus Madonnas y sus azules profundos queriendo expresar la infinitud; el Greco y sus altas figuras aspirando a llegar a Dios, y todo el camino hasta Dalí y su Última Cena: siempre la misma sed de conocimiento y eternidad. El sábado fuimos a Nueva York, estacionamos en el primer espacio libre que hallamos, y fuimos a ver una muestra de las pinturas de Salvador Dalí que ya se terminaba. Ahí hubo una especie de sincronicidad, porque nos apuramos para llegar, y apenas nos pusimos a contemplar un gran óleo donde figuraba Gala, Dalí en persona entró en la sala de exposiciones. Lo oímos hablar con varias personas en francés e inglés, explicando algunos de sus cuadros según los distintos niveles de comprensión de sus oyentes. Algunos de sus comentarios eran deliciosos y divertidos. Era evidente que los destinaba a una hermosa mujer, alta y rubia, que había llegado junto con él. Llevaba sobre los hombros un costoso abrigo de visón y lucía un collar de perlas inusualmente grandes; absorbía cada una de las palabras del maestro. Pero el maestro no podía refrenar su humor. La gran figura central de esa tela era un hombre, arrodillado sobre su pierna derecha, que señalaba un tirador enorme. En la pierna izquierda tenía una media negra y una liga moderna. De la parte inferior trasera de su cuerpo salía una cola enorme, recta y de unos doce centímetros de diámetro, sostenida por una rama en forma de V que salía del suelo. El tirador también salía del suelo, de modo que la mano izquierda del hombre estaba libre. En ella sostenía una granada que estaba comiendo. La rubia preguntó: “¿Y qué es esa gran cola?”. Contestó Dalí: “Representa la brutalidad del hombre”. Siempre hablaba con el rostro serio; nunca se sabía si lo que decía era en serio o en broma. Luego la hermosa rubia preguntó: “¿Y qué es lo que está comiendo?”. Dalí la miró, y otra vez con mucha seriedad contestó: “Es una especie de popcorn que tenemos en España”. Ante esta respuesta tuve que correr literalmente al extremo de la sala para largarme a reír. Después de que la joven y sus amigos se fueron, hablamos con Dalí en español. Le presenté a mi familia, le dije que mi hijo pintaba un poco y que era admirador suyo. Fue evidente la profunda emoción de
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Dalí. Quizás el hecho de hablar en su lengua materna conmovió las fibras más íntimas de su personalidad. Miró a Miguel Ángel y le dijo, “Pues gracias, hijo”, y le firmó el catálogo. Para terminar la tarde visitamos una muestra de Picasso también abierta ese día, pero en esas pinturas era difícil reconocer al gran maestro. Encontramos un lugar donde Olga y Miguel Ángel pudieran parar; era un hotel en la Calle 63 Oeste, a sólo dos cuadras del Central Park. Nos pidieron una suma mensual razonable por un dormitorio grande, living con kitchenette y baño. Además había una escuela católica a sólo dos cuadras. El miércoles, Lola y yo nos fuimos de Nueva York; por un rato se me hizo difícil manejar, pero continué. Habíamos decidido turnarnos y viajar hasta Oak Ridge de un tirón, sin hacer paradas. Durante la noche, mientras manejaba a 120 Km. por hora, me quedé dormido, pero una piedra al costado del camino golpeó el coche y me despertó. Instantáneamente volví el coche a la ruta. Por suerte en ese momento Lola dormía. Llené mi soledad en Oak Ridge con mucho trabajo y actividades culturales, como tocar en la orquesta sinfónica y participar de algunas de las actividades teatrales. El descubrimiento de Esperando a Godot fue excitante, aunque un tanto deprimente: “Nada que hacer”. Sin embargo, la belleza de esa sinfonía de palabras en dos movimientos perduró en mi espíritu; decidí entonces que no debía limitar mi expresión creativa al campo de mi actividad profesional. Este pensamiento se vio reforzado por el ejemplo de William Pollard, físico y clérigo. En febrero nevó un poco, y nevaba cuando tocamos con Janos Starker como solista. Starker fue el chelista más maravilloso a quien haya escuchado en persona. El domingo 5 de marzo, sucedió algo que alteró el curso de mi vida. Como yo tenía que partir el jueves y el camino al aeropuerto era difícil, decidimos con Lola hacer antes un viaje de prueba. Era un día gris, a ratos llovía, pero nos parecía
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necesario, y salimos de Oak Ridge a eso de las cuatro. No sé por qué, pero mientras andábamos por una ruta angosta que desembocaba en la autopista, comencé a hablar del accidente que mis padres y yo tuvimos en 1935. Fue una suerte de precognición de que algo iba a suceder, pero no sabía qué. Al final de esa ruta angosta teníamos que entrar en la autopista. Había una señal de parar y teníamos que girar a la izquierda. Le llamé la atención a Lola porque había una loma a nuestra izquierda. Como era yo quien le había enseñado a manejar, ella siempre esperaba instrucciones mías. Hubo un momento en que la ruta estaba completamente libre de automóviles, entonces le dije: “Bueno, entrá”, lo cual hizo pero tardó mucho y cuando estábamos por llegar al centro de la autopista y girar a la izquierda vi un coche que venía a mucha velocidad desde lo alto de la loma. Le dije “Pasá, pasá”. Pero ella entendió “pará, pará”, y ahí estábamos, cerca del centro de la ruta con ese coche que venía directamente a chocarnos. Creo que el conductor no estaba muy atento o iba medio dormido, de otra manera le hubiera sido muy fácil esquivarnos. Ya no había tiempo para decir nada más; yo podía prever el lugar donde iba a chocarnos. En ese preciso instante, tres segundos antes del impacto, perdí el sentido, pasé a otra dimensión, comencé a ver mi vida entera pasando por mi mente como en una película. Creí que estaba muerto. Pero no. Increíblemente, me vi rodando hacia delante y pasando al otro lado de la ruta en la misma dirección en que nuestro auto se había detenido. Nuestro coche había sido aplastado del lado delantero izquierdo; Lola estaba caminando y no parecía malherida. Me levanté y sentí un dolor agudo en el lado izquierdo de la espalda. Estaba muy afligido, quería hablarle a Lola, pero me era difícil expresar mis sentimientos en palabras. Sentía que había sido yo el causante de lo que había sucedido. La ambulancia tardó bastante en llegar; la gente parecía tener miedo de ayudarnos. Una persona, sin embargo, que no tuvo miedo, trajo alcohol y vendas para asistir a Lola que tenía cortes en la rodilla izquierda y en la frente. El otro conductor estaba ileso pero su auto también quedó en muy mal estado. Supe más tarde que el velocímetro se había detenido marcando 135 Km. por hora. Finalmente me llevaron al hospital; la radiografía mostró cuatro costillas rotas, aunque
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afortunadamente no había fracturas expuestas, de modo que en una semana estuve en condiciones de salir del hospital. Lo más impresionante de todo este accidente, algo que no puedo explicar ni creo que nadie lo pueda, es cómo fui a dar al otro lado de la carretera cuando el coche nos chocó de frente y el impacto le dio un envión hacia atrás. Hablé con el personal de la compañía de seguros, que tiene experiencia en toda clase de accidentes extraños, pero no parecían tener ninguna explicación al respecto. Incluso el hecho de que me fracturase las costillas del lado izquierdo era difícil de explicar. Además, en el Ford 1953 de dos puertas, las puertas se abren desde el frente, de modo que es casi imposible explicar cómo salí, y contra todas las leyes físicas aparecí rodando hacia delante en el lugar indebido. Lo natural, cuando la puerta se abrió, hubiera sido caer y ser arrollado por nuestro propio coche. Lola era una mujer de una fe muy pura y firme; recuerdo lo que dijo cuando todavía esperábamos que llegara la policía, y ella me vio tan afligido, y yo la vi sonriente. Le pregunté, “No parecés muy afligida”. Me contestó: “No estoy afligida, estoy feliz”. “¿Feliz?” – dije yo. “Sí –me contestó– estoy feliz porque Cristo me ha permitido compartir su sufrimiento”. Desde ese día, nos consideramos hermanos, pues de alguna manera sentimos que ambos habíamos “nacido de nuevo juntos”. El sábado dejé el hospital con mis costillas reparadas; esa misma tarde tuve suficiente energía para ir al teatro a ver The visit.

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CAPITULO 13 Nueva York
Al día siguiente, domingo, volé a Nueva York. Era un hermoso día; mi esposa, mi hijo y Alba, una amiga argentina, química, me esperaban en el aeropuerto. Esperábamos conseguir un departamento, pero era difícil, puesto que sólo nos quedaríamos hasta agosto. Dada la semejanza de la vida en Nueva York y en Buenos Aires, nos sentíamos como en casa. Fue estimulante ir a ver la última película de Bergman, La fuente de la doncella, pero no me pareció que se acercara a lo mejor de su obra. Un abogado judío tomó mi caso, aunque yo no quería hacer nada que perjudicara a Lola. Dijo que era asunto de rutina reclamar algo de dinero por mis costillas rotas y los trastornos sufridos, y que era una política de las compañías de seguros. También era rabino, y aprendí mucho a través de varias conversaciones que tuvimos. Desistimos del propósito de conseguir departamento. Ver algunos de los originales de Feininger me levantó el ánimo. Olga encontró trabajo, pero a los tres días la despidieron. Más tarde obtuvo otro, que ayudó a mejorar nuestras finanzas. El 6 de abril fui a la Parapsychology Foundation y hablé con el Dr. Osis. Me dio una cita para el martes siguiente. El sábado recibí una carta del Dr. Pratt en la que me decía que telefónicamente el Dr. Osis le había preguntado por mí. Comprendí entonces que el espíritu de desconfianza que reina en las grandes ciudades había llegado también a la Parapsychology Foundation. De todos modos, el martes fui a la Fundación y hablé un largo rato con Osis y con Douglas Dean. Dean había trabajado con el pletismógrafo; alegaba haber obtenido interesantes correlaciones entre las reacciones de dos personas unidas por lazos de familia o amistad, situadas en diferentes habitaciones e ignorando cada una la presencia de la otra. No me gustó su manera de llevar los registros, de modo que lo tomé con reservas.

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Al día siguiente, a todo el mundo impresionó la noticia de que los rusos habían puesto al primer hombre en el espacio. Como yo trabajaba en uno de los laboratorios de la Comisión de Energía Atómica, hablamos mucho sobre el hecho de que los Estados Unidos se habían quedado muy atrás, al menos por el momento. Yo debía aprender cómo realizaban la ciudad de Nueva York y el Departamento de Trabajo las inspecciones a usuarios de sustancias radiactivas o de rayos X o gamma. En uno de esos lugares observé una colección de gente rara. Un día, por ejemplo, tuve que acompañar a uno de los inspectores. Llovía fuerte, pero igual salimos. Vi que no llevaba su saco puesto, pero creí que lo tendría en el auto. No fue así, simplemente se había olvidado de ponérselo; hizo todas las inspecciones en mangas de camisa. Almorzamos juntos; la conversación fue bastante extraña; a ratos hablaba consigo mismo sobre temas que yo desconocía. ¡Y este hombre era una de las personas más normales con las que me crucé! El 21 de abril fui a una conferencia de Gardner Murphy, y tuve el placer de encontrarme allí con mi amigo Chet Carlson. Me presentó a Gardner Murphy, quien esa misma tarde iba a actuar como sujeto en un experimento de telepatía. Hacía muchos años que él actuaba en el campo de la parapsicología, sin embargo nunca había tenido él mismo una experiencia. Mientras volvíamos con Chet, predije que Murphy iba a tener una experiencia esa noche. La predicción se cumplió. Al día siguiente Gertrude Schmeidler nos invitó a su casa. Su esposo era un hombre extraño; observé algunas cosas curiosas que hacía, pero no dije nada. Gertrude me impresionó como una mujer muy inteligente y una parapsicóloga sobresaliente. La vida seguía su curso en Nueva York: mucho trabajo, y ahorrar cada centavo hasta que pudiéramos ver cuáles eran las cosas que nos interesaban. La tarde de mi cumpleaños fuimos a Greenwich Village, el pintoresco lugar donde los beatniks eran en ese tiempo la principal atracción. Era un lugar muy interesante: unos recitaban sus propias poesías, otros cantaban y bailaban.

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El 6 de mayo mi hijo tomó la primera comunión; aunque no soy católico practicante, me agradó ver a todos esos niños con sus trajes blancos. Hice una visita rápida al Laboratorio Nacional de Brookhaven; me impresionó mucho el gigantesco acelerador. Las noticias que llegaban de la Argentina hacían incierto nuestro retorno. Decidí que si derrocaban al gobierno constitucional yo no volvería. Las cartas que llegaban eran pocas y espaciadas, pero no sabíamos si era que se perdían o que existía algún tipo de censura, o qué pasaba. El 1 de junio fui a Washington D.C. por una semana para aprender más sobre las cámaras de ionización en el National Bureau of Standards. Sin duda que en toda mi beca tuve la suerte de estudiar con los mejores profesores de los Estados Unidos. En Rochester tuve varios profesores que habían estado en el Proyecto Manhattan, todos ellos del más alto nivel. En Oak Ridge tuve un grupo de profesores de renombre internacional. Los científicos del National Bureau of Standards no fueron la excepción. El trabajo en el Laboratorio de Salud y Seguridad de Nueva York era bastante agradable. Rodeado de colegas físicos, me sentía en mi ambiente. Se enseñaba haciendo. Por ejemplo, tuve que construir un contador Geiger-Muller desde cero. Esto implicaba aprender los circuitos electrónicos involucrados, decidir cuál era el mejor para mi contador, diseñar el circuito impreso y construirlo. Luego armar el aparato y ponerlo a trabajar, calibrar las escalas, etc. Práctico y muy útil. Aquí tuve oportunidad de devolver algo al laboratorio. Un día me trajeron a un “inventor” de Venezuela. No hablaba mucho inglés. Lo único que le entendieron era que tenía algo que protegía contra la radiación. Le hablé en castellano; me llevó bastante tiempo hacer que revelara su secreto. Por fin, me dijo que había descubierto una sustancia natural que protegía contra la radiación ionizante; quería asegurarse de ello haciendo algunos estudios. Abrió el paquete misterioso que había traído consigo. Era un polvo. Le pregunté si podía verlo; en cuanto lo vi me di cuenta de que era lava y que, por supuesto, no era demasiado eficiente, ni aún como material protector.
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El 6 de julio vinieron muy malas noticias de la Argentina. Había habido un tiroteo en el Congreso y la Facultad de Derecho; parecía que el presidente afrontaba otra crisis. Yo había prometido volver a la Argentina, y me proponía hacerlo, pero sólo si se respetaba la Constitución. Había votado para presidente a Arturo Frondizi, me gustaban sus ideas de industrializar rápidamente el país, explotar las fuentes de energía, la minería, reorganizar la agricultura y la ganadería, y abrir un mercado común latinoamericano. Si se destituía a Frondizi, seguramente yo no regresaría al país. Como la crisis era inminente, comencé a buscar otras posibilidades por si sucedía algo. Tuve una oferta de Suiza, pero no podía tomar una decisión, ya que para la fecha en que debía volver a Buenos Aires el presidente todavía estaba en el poder. El 10 de julio comencé un trabajo de tres semanas bajo la dirección del Dr. Harald H. Rossi en la Universidad de Columbia. Rossi era un físico eminente, destacado igualmente como teórico y como experimentador. Aprendí mucho en esas tres semanas con el Dr. Rossi y su equipo. Ese mismo día Olga comenzó a estudiar actuación en el famoso Actor’s Studio. Cuando se enteraron de nuestra situación, le bajaron los aranceles. Fue un gesto muy amable de su parte. Gracias a ellos y a la invitación especial que recibí pocos días después, fui a escuchar una conferencia que dio Richard Burton, a la sazón teñido de rubio para su papel en Camelot. Tuve oportunidad de hacerle algunas preguntas y conversé un poco con él al terminar. Antes del regreso, el hecho más importante en relación con mi pensamiento acerca de la ESP fue la publicación del libro de Maltz sobre psicocibernética. Lo leí de un tirón; me pareció peligrosa la divulgación de algunos de los métodos capaces de producir fenómenos, y le escribí al autor sobre ello. Nunca obtuve respuesta. Hablando de cartas, también le escribí al presidente Kennedy con la esperanza de poner en práctica sus ideas en Sudamérica. Le advertí que toda ayuda destinada a los pueblos de América Latina debería hacerse directamente a través de los bancos y empresas industriales norteamericanas, y no a través de los gobiernos latinoamericanos. Mi advertencia fue
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profética, ya que la Alianza para el Progreso resultó un fiasco total, principalmente porque se hizo a través de los corruptos gobiernos locales. El 25 de agosto de 1961, me embarqué en el Río Jachal, un barco argentino de porte mediano, elegante y confortable. Viajé solo; mi esposa y mi hijo volverían en avión. Compartí el camarote con un ingeniero argentino diez años menor que yo. Era un muchacho muy agradable, curioso y de mente abierta, y en un par de días ya estábamos hablando de todo, inclusive de la ESP. Nos hicimos amigos de una chica que volvía de Texas, y los tres mantuvimos largas conversaciones sobre la ESP y la PK. Por cierto, me pidieron que les diera una demostración si podía. La oportunidad de intentarlo se presentó el 4 de septiembre. Por las tardes había distintas clases de entretenimientos. Esa noche hubo carreras de caballos. Esas carreras consistían en lo siguiente: había seis pistas divididas en casillas, de modo que la gente podía apostar a uno de seis caballos, numerados del 1 al 6. Habitualmente, se elegían dos señoras al azar y se le daba a cada una un cubilete con un solo dado. La primera agitaba el cubilete y tiraba su dado, que marcaba el número del caballo que se iba a mover. Luego la otra señora hacía lo mismo y su dado indicaba el número de pasos para ese caballo. Carlos, Elena y yo nos sentamos juntos; y cuando vi cómo se jugaba me di cuenta de que era una gran oportunidad para probar la PK. Les expliqué lo que iba a hacer, y que necesitaba la máxima concentración, así que durante el juego debían observarme sin interrupciones. Compré cinco boletos para el caballo número 1 porque es un número particularmente fácil de visualizar, como también lo es –al menos para mí– el número 6. Cuando la primera señora sacudía el cubilete me concentraba en el número 1, que era mi caballo; y cuando lo hacía la segunda, me concentraba en el 6, el número de casillas para avanzar. Lo que sucedió fue realmente asombroso: me concentré intensamente cada vez. En el primer cubilete salió el N° 1 con mucha mayor frecuencia que los demás caballos. Cada vez que aparecía el número 1, salían números más altos del otro cubilete. Los caballos tenían que seguir un camino de ida hasta el final de la pista y luego volver al comienzo. Mi caballo ganó
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por media pista. El número 1 llegó al final cuando los otros cinco apenas estaban a medio camino. Todos protestaban diciendo que los dados estaban cargados, pero mis amigos y yo sabíamos que era otra cosa; o, por lo menos, sospechábamos que había actuado la PK. Además, cuando yo me retiré, ganaron otros números de caballos. Estaba extenuado por el esfuerzo, y utilicé los diez dólares tan trabajosamente ganados para comprar bebidas para los tres. El “éxito” obtenido me animó a realizar experimentos de PK en Buenos Aires aplicando la técnica de visualización.

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CAPITULO 14 ¿Es posible entrenarse para influir sobre los dados?
El 11 de septiembre llegué a Buenos Aires, justo a tiempo para escuchar una conferencia de Robert Oppenheimer. Encontré entre el auditorio a numerosos amigos, la mayoría de ellos científicos. Tan pronto como pude me puse en contacto con el Dr. Musso y con mi amigo y sensitivo, Fernando. En la Comisión de Energía Atómica discutimos largamente sobre mi futuro desempeño, ya que los planes que yo conocía habían cambiado. Finalmente decidí dedicarme a la investigación en radiobiología. Una de las ventajas de no haberme tomado vacaciones durante todo el tiempo de mi beca fue que la Comisión de Energía Atómica me dio dos meses de vacaciones, de modo que pude readaptarme de manera fácil y placentera. Durante mi ausencia no se había avanzado mucho en el campo de la investigación psíquica; el panorama era más bien desalentador. Decidí continuar por mi cuenta, y como no tenía dinero, volví a recurrir a mi buen amigo Chet Carlson. Convino en contribuir a mi proyecto de estudios sobre la PK. El proyecto incluía la construcción de un aparato similar al que había utilizado en el laboratorio de Rhine, para arrojar los dados sobre un plano inclinado mediante un control eléctrico. La idea era aplicar los mismos métodos que mencioné antes, en que la imaginación y la concentración son los medios por los cuales se ponen en acción las fuerzas de PK. Los sujetos, entre los que me contaba yo mismo, debían familiarizarse con los dados y ser capaces de visualizar, a voluntad, cualquiera de sus seis caras de manera fácil y rápida. La máquina tenía un pequeño dispositivo gráfico para registrar los datos, con dos plumas; una marcaba cada vez que se soltaban los dados; la otra sólo hacía una marca cuando el sujeto presionaba un botón. Esto tenía por objeto registrar los casos en que el sujeto sentía que su proceso de imaginación y visualización había sido bueno, de modo que al final de una serie de ensayos se podía fácilmente
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comparar estos ensayos con los otros en que el sujeto no creía haber tenido buena visualización y concentración. Probé este método durante 1962, 63 y parte del 64, con unos 25 sujetos. Se suponía que los sujetos se ejercitaban en su casa, así que yo no tenía mucho control en ese aspecto. Ellos decían haber tratado de hacer ejercicios de visualización en su casa, pero yo no tenía manera de saber si los habían hecho bien. Los resultados generales no fueron buenos; sólo dos de los sujetos obtuvieron resultados significativos debajo del nivel de 0,01. Era muy difícil hacer más experimentos con ellos. A fines de 1964 decidí continuar experimentando sobre mí mismo. Lo había intentado al principio, pero no resultó. Esta vez estaba convencido de que el entrenamiento mental no era lo único importante, sino que había algo más. Decidí hacer una serie sin importar el tiempo que me llevara; pero para cada ensayo (que consistía en tirar seis dados) hacía concentración mental y al mismo tiempo respiración pranayama, más contracción de antebrazos al modo que le había visto hacer a Fernando inconscientemente durante nuestras reuniones. Con este procedimiento, obtuve sólo un nivel de significación de 0,01. Comprendí que la motivación desempeñaba su parte, y que siempre es difícil determinar con precisión cuál o cuáles son las variables importantes. Informé al respecto al Dr. Rhine, y se interesó mucho en el tema. Probé hacer el mismo experimento sin mucha preparación con tres de los miembros del Instituto Argentino de Parapsicología. Uno de ellos dio resultados muy interesantes. En general no fue significativo, pero surgieron algunas cosas reveladoras. Ocurrió que durante el experimento nos interrumpió alguien que a mi sujeto no le agradaba. Se enojó, y cuando resumimos el experimento dijo: “Voy a poner toda mi bronca en conseguir que salgan los dados como yo quiero”. Cuando lanzó los dados, obtuvo cinco objetivos; mientras fue capaz de sostener esta actitud sacaba al menos dos; pero luego su enojo cedió por haberse vuelto consciente. Creo que conviene tener en cuenta este hecho porque muestra que el motor de las fuerzas de PK parece estar en el sistema emocional, relacionado tal vez con nuestra agresividad. 1962 fue uno de los peores años de mi vida y uno de los peores para la Argentina.
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En enero intenté un experimento de telepatía con Julio. Es el mismo Julio que acostumbraba ir a nuestras reuniones en La Plata, pero su vida había sufrido muchos cambios. Acababa de regresar de un viaje de cinco meses a la India, durante los cuales escuchó las enseñanzas de Krishna Menon. Era el único maestro que podía “dar” una experiencia de comunión con la verdad, o Dios, o “Lo que fuere”, en muy pocas semanas. Muchas personas en Buenos Aires fueron a escuchar a este gurú. Todos sus discípulos tomaban luego el nombre de “chelas” y acostumbraban reunirse en Buenos Aires una vez por mes. Conocí a cuatro chelas y traté de comprender cuál había sido la experiencia que tuvieron en la India. No era nada fácil. Una de ellos, una profesora de física y matemáticas, mujer muy inteligente, no podía siquiera tratar de describirla. En efecto, decía que era indescriptible. Lo que quedaba era un amor infinito hacia el gurú: cada tarde los chelas se volvían hacia el este y se concentraban en el Maestro. Julio fue el único que realmente intentó describirme su experiencia. Dijo que cuando uno ha estado Allá, después todo le parece bien, todo tiene sentido, todo es perfecto. Refuté esta idea muchas veces durante un paseo por las calles céntricas de Buenos Aires, pero no pude sacarlo de su felicidad. Decidí que, ya que estaba contento y era un buen amigo mío, mejor lo dejaba ser feliz todo el tiempo que pudiera; aunque estuvo bien que de todos modos quisiera hacer algunos experimentos. A fines de enero me reuní con un ingeniero amigo mío para planificar la máquina_de PK; comencé de nuevo a entrenar mi mente. En febrero se tradujo al castellano el Simposio de Parapsicología de Ciba5; este libro, y otros como The Magicians de J. B. Priestley y El tercer ojo de Lobsang Rampa, me llevaron la mayor parte del tiempo. También comenzaron las reuniones del Instituto Argentino de Parapsicología. El 3 de marzo el Dr. Musso llamó para invitarnos a ir a una casa “encantada”, de la que habíamos hablado en nuestra
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Percepción Extrasensoria - Simposio de la Fundación CIBA - Traducido por Dora I. de Kreiman. Buenos Aires, EUDEBA, 1961. N. de la T.

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última reunión. Esa noche era Martes de Carnaval; por la calle nos cruzábamos con gentes disfrazadas en medio de un loco bullicio. La casa, aunque situada en una zona densamente poblada, como en realidad todo Buenos Aires lo es, estaba un tanto aislada; ello se debía a su ubicación en una calle sin salida. Había en ella tres personajes de aspecto muy extraño; uno era abogado, y los otros lo ayudaban con una especie de administración de propiedades. La casa misma tenía algo de raro y misterioso. Inspeccionamos detalladamente el primer piso, luego fuimos al segundo, que tenía varias habitaciones y un viejo dormitorio; revisamos la terraza, Ricardo selló con cinta adhesiva todas las puertas y ventanas que pudieran ser abiertas desde afuera, y bajamos para realizar una sesión. Nos sentamos, y el abogado hizo, a manera de introducción, una reseña de los hechos que habían ocurrido. Se oían ruidos extraños, y se habían producido fenómenos de tipo poltergeist. Algunas piedras de una colección habían volado a más de un metro de distancia después de un sonido explosivo; un llavero de metal había caído de una mesa de manera extraña, porque describió una suerte de parábola y fue a parar justo debajo de la misma mesa. La posibilidad de fraude estaba presente, de todos modos. El Dr. Musso había visitado antes la casa, y me contó que mientras realizaban una minuciosa inspección encontraron en uno de los placares un cigarrillo encendido, preparado de tal manera que cuando estuviese a medio quemar soltaría una banda elástica que a su vez pegaría en un trocito de metal produciendo un ruido. La explicación que le dio el abogado al Dr. Musso fue que quería hacerle una broma a un amigo, pero, naturalmente, no lo convenció, así que aquella noche estábamos muy alerta. A la media hora, más o menos, de haber comenzado la sesión, hubo algunos ruidos raros, pero no consideramos que fueran verdaderos raps. La habitación estaba débilmente iluminada por las lámparas de una araña muy antigua. En ese punto de la sesión, la araña comenzó a oscilar, moviéndose hasta unos treinta grados a ambos lados de la vertical. Inmediatamente buscamos alambres ocultos, pero no encontramos ninguno. Y eso fue todo. Nunca volví a la casa, y todo el asunto permaneció en las sombras. Hubo otra cosa que nos hizo sospechar. El abogado atribuía todos
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aquellos fenómenos a una de sus antiguas amantes que había fallecido tres años atrás. Sostenía que lo había llamado por teléfono varias veces. En realidad, antes de iniciar la sesión, sonó el teléfono. Él dijo: “Es ella”, se dirigió al aparato y habló con una mujer. Sostenía el teléfono de tal manera que pudimos oír una voz femenina; pero también ¿cómo podíamos saber si no lo había arreglado con alguna amiga? Mi conclusión de las conversaciones con estos hombres fue que pertenecían a alguna institución de salud mental; aunque quizá sea esta la clase de locos que pueden producir fenómenos de poltergeist. En marzo reanudé mis estudios interrumpidos, ya que debía dar exámenes para mi licenciatura en física. Estaba bastante ocupado, y teníamos muchos problemas, especialmente de tipo financiero. Había una posibilidad de obtener algún dinero del Consejo Nacional de Investigaciones para investigaciones en parapsicología. Por cierto, querían previamente alguna prueba; pensamos que nuestro viejo amigo y sensitivo Fernando sería capaz de dar esa demostración. La situación política era turbulenta en esa época. Sería difícil explicar la clase de vida que uno tiene que llevar en un país donde a la inestabilidad del gobierno se añade la inestabilidad de la moneda. Esto se traduce en una inflación que crece día a día y en la angustia cotidiana por conseguir alimentos, transporte y trabajo. Los argentinos estamos acostumbrados a esto, y sin embargo, es difícil trabajar en esas condiciones. La actitud de los físicos hacia la investigación psíquica había cambiado un poco. Todos mis amigos físicos se interesaban ahora seriamente en la materia. Incluso el jefe del departamento de física de la Comisión de Energía Atómica, viejo amigo mío, estaba ahora más abierto a la idea. Esto era interesante, porque después fue director de la Escuela de Física de Bariloche y, un año después, iba a ayudarme en un experimento grupal de ESP. El 26 de marzo di uno de mis exámenes, el mismo día en que llegó la noticia de la muerte del profesor José Balseiro, decano de esa escuela. Balseiro había sido mi profesor de mecánica cuántica en La Plata. Era un hombre brillante. Lo vi con vida por última vez durante su visita a la Comisión de
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Energía Atómica. Le habían diagnosticado leucemia aguda. “Estaré muerto dentro de seis meses, Feola”, me dijo. “Espero sinceramente que se equivoque”, repuse. “No –contestó–, es así. Estoy preparando una transición sin dificultades en la escuela de Bariloche, y poniendo en orden mis asuntos de familia”. Casi lloré, pero aún quise darle esperanzas. “Lo veré pronto en Bariloche”, fueron las últimas palabras que le dije. Poco después del fallecimiento de Balseiro, mi amigo el Dr. Mallmann fue designado para el cargo. El ejército estaba molesto con el presidente Frondizi. Los peronistas habían ganado las elecciones en tres de las provincias más importantes del país, y Frondizi, presionado por los militares, las había intervenido. Pero esto no lo salvó; el 28 de marzo fue depuesto y enviado a prisión en la isla Martín García, en la entrada del Río de la Plata. Así, todas nuestras esperanzas se derrumbaron. Otra vez, los militares se arrogaban la misión de “salvar” al país del peligro peronista, comunista, etc. El vicepresidente asumió la presidencia, pero bajo el control del ejército. Los oportunistas que estaban siempre listos en la Argentina esperando la ocasión, emprendieron toda clase de negocios ilegales; entre ellos había organizaciones que ofrecían planes de financiación de casas, departamentos y otras propiedades inmuebles. Como necesitábamos un departamento más grande que el que teníamos, fui lo bastante ingenuo como para entrar en uno de esos “planes”. Gracias a un amigo que me alertó, no perdí demasiado dinero. Fui el primero en dirigirme a la autoridad correspondiente y denunciarlos. Me dijeron que hacía falta que se presentara más gente para poder hacer algo. Fui a la Policía Federal, seguí la causa por más de un año hasta que se convencieron y dieron orden de arresto para esa banda de ladrones; entre ellos aparecía la foto del individuo con quien traté, con captura recomendada. Le dije al oficial de policía que me atendió: “Pero ¡este tipo vive en la avenida Corrientes, cerca del Obelisco! Lo veo todas las mañanas cuando saca a pasear el perrito”. Respondió: “Si lo ve, llame a un oficial de policía y hágalo arrestar”.

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A la mañana siguiente, cuando llevaba a Miguel Ángel a la escuela, no lejos de ahí, vi al hombre grande y gordo paseando con su perrito por la Avenida 9 de Julio (“la más ancha del mundo”). Dejé a mi hijo en el colegio, volví, llamé a un policía y le dije: – Arreste a ese hombre, bajo mi responsabilidad. Está buscado por la Policía Federal. – No puedo –me contestó–, es un vecino conocido, lo conozco desde hace años. – No importa –dije– ¡es un ladrón! No hubo manera de convencer al policía. Me dirigí al edificio donde acostumbraban operar; no había nadie. Nunca recuperé ni un centavo y los individuos siguieron con sus negocios bajo otro nombre. Y esto no es más que un ejemplo de las cosas que teníamos que aguantar en esos tiempos. A pesar de todo, continuamos con nuestros esfuerzos en la investigación psíquica. El 21 de abril fuimos a La Plata con el Dr. Musso y hablamos con Fernando. De vuelta en Buenos Aires, todavía tuvimos una sesión para probar con otro sensitivo. Obtuvimos algunos movimientos interesantes de la mesa, luego consideramos la posibilidad de conseguir fondos del Consejo Nacional de Investigaciones. Al día siguiente vino un buen amigo mío de Córdoba; tuvimos una discusión filosófica sobre la PK. Él pensaba, y yo estaba de acuerdo, que, puesto que la PK estaba probada, no tenía objeto seguir haciendo el mismo tipo de experimento una y otra vez, sino que había que reunir toda la información y tratar de elaborar una teoría de la PK. No era una tarea fácil. Lo habíamos intentado con ayuda de varios amigos físicos, químicos, físicoquímicos, profesores altamente capacitados en termodinámica, pero resultó demasiado difícil. El 24 de abril el dólar se cotizaba a 104,80 pesos. Todas las provincias estaban intervenidas por el gobierno federal. El día 28 tuvimos una sesión con Fernando en Buenos Aires. Salió muy bien, y tomamos fotografías.

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29 de abril: cena para tres con vino, alrededor de cinco dólares. No está tan mal si lo comparamos con el precio de un bife en los Estados Unidos, pero nuestros salarios no eran los mismos. 2 de mayo: Olga y yo fuimos a una conferencia que dio nuestro amigo, el Dr. Rabossi, uno de los colegas que conocí en la Universidad Duke. Después de la conferencia nos reunimos en un café cercano con algunos de los intelectuales más brillantes del departamento de filosofía. Todos ellos se sentían deprimidos a causa de la situación política. Al día siguiente, vino el Dr. Musso con una de las fotos tomadas en la sesión, donde se veía una de las manos de Fernando empujando la mesa. Esta foto nos produjo gran preocupación. ¿Era Fernando otro sensitivo como Eusapia Palladino? ¿Hacía esos movimientos de manera inconsciente? ¿Estaba “calentando” la mesa? ¿Cuántas veces lo habría hecho antes sin que nos diéramos cuenta? Era difícil saberlo. Repasé mis notas, de las que he dado cuenta aquí, revisé todas las reuniones una por una, y llegué a la conclusión de que en su gran mayoría no hubo oportunidad para hacer ninguna trampa. Además, las levitaciones más notables se habían producido a plena luz y sin contacto con la mesa. Sin embargo, teniendo en cuenta nuestra intención de obtener dinero del Consejo Nacional de Investigaciones, no resultaba factible emplear a Fernando con este propósito, a menos que pudiera empezar de nuevo y obtener algunos fenómenos físicos a distancia. Sería muy embarazoso que nos descubrieran en algo parecido a lo que vimos en la foto. El viernes era habitualmente un día terrible para mí, porque tenía que trabajar con mis alumnos de física durante diez horas; con frecuencia volvía a casa con dolor de cabeza y sin voz. Este viernes era todavía peor porque apareció un dolor de muelas que me iba a causar un montón de problemas. La necesidad de evasión en tiempos difíciles se satisface por el arte, sea el cine (Bergman, Buñuel, el viejo Pabst y otros) o el teatro, o por las charlas con buenos amigos. El 22 de mayo hubo una reunión de la Asociación Física Argentina; pocos años después, muchas de las mejores personas se fueron al extranjero, dejando el país vacío de verdaderos talentos. Uno
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de ellos en particular, el Dr. Mario Bunge, abandonaría la Argentina para hacerse famoso en los Estados Unidos y Canadá, y luego en todo el mundo, con sus nuevos enfoques de las leyes de causalidad. El 26 de mayo tuvimos una sesión con Alfredo en la casa del Dr. Musso. Para mi sorpresa, no pasó nada, siendo que Alfredo siempre había tenido éxito. Me pregunté si estaría perdiendo ya sus poderes. Al día siguiente, domingo, fuimos a visitar a Fernando; hablamos francamente con él. Admitíamos que sus movimientos fueron inconscientes, aunque era muy difícil estar totalmente seguros de ello. Sin embargo, en unas pocas ocasiones durante nuestros experimentos, cuando él sentía la necesidad de hacer que la mesa se moviera, nos decía, “déjenme dar vuelta a esta mesa para que empiece a moverse”. “Adelante”, y después de esto comenzaban los fenómenos. El problema era que esta vez no había dicho nada. El lunes tuvimos una reunión en el Instituto en Buenos Aires para discutir la situación. Mi diente seguía causándome problemas; ahora el dolor se extendía al ojo y el oído derecho. Se programó una reunión para el sábado 2 de junio, pero Fernando no apareció, lo que nos dio qué pensar. El 4 de junio tuve la suerte de iniciar en la Comisión Nacional de Energía Atómica una investigación sobre los efectos de los deuterones en las cabezas de ratas recién nacidas, un trabajo que iba a darme cierta satisfacción. Una semana más tarde (sólo nueve meses después de que regresara a mi empleo) fui designado oficialmente para un puesto mejor. Dos días después, un dentista trató de extraer el diente que me dolía, con un puente de oro y de platino, pero no pudo. Luego procuró sacármelo golpeando con un aparato especial unas cincuenta veces, con la fuerza de un peso pesado; y el diente ni siquiera se movió. Decidió hacer una apisectomía, y la hizo dos veces en el curso de un año. Finalmente, la infección cedió y todavía tengo el viejo puente. Había algunos biofísicos en el país; el 14 de junio asistí a una reunión. Como es habitual, no hubo manera de planificar un equipo de trabajo de ningún tipo con esa gente. Cada uno tenía sus propias ideas; además, algunos de ellos le estaban dando al país una última oportunidad. Si se establecía una
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nueva dictadura, dejarían la Argentina para siempre. Pocos días después comencé a leer algunos de los trabajos realizados por el grupo del Laboratorio Donner, en Berkeley, porque yo estaba orientado en las mismas líneas. No me imaginé en ese momento que en menos de tres años iba a estar trabajando junto con ese grupo. Ese mismo día supe que un buen amigo mío estaba dispuesto a irse del país. El 19 de julio di un examen difícil y lo aprobé, así que estaba muy cerca de mi graduación. Tres días más tarde me presentaron a un hombre llamado Lelio, quien se consideraba poseedor de poderes poco comunes. Dijo que en la época en que trabajaba para una empresa comercial, podía sentarse en su oficina y, mediante concentración mental, hacer que todos en el edificio oyeran sonar campanas. Agregó que lo había hecho varias veces. Habló durante más de una hora; como siempre hago en estos casos, lo invité a realizar un experimento para mostrarme sus poderes. Aceptó, pero nunca más supe de él. Sin embargo la idea era interesante. Era sumamente difícil en ese tiempo trabajar y hacer algo en la Argentina. Casi todos en la CNEA pensaban conseguir empleo en otro país. Era forzoso que me aislara casi completamente para evitar esa lucha, especialmente porque estaba decidido a quedarme en el país al menos dos años más. Mi acción más positiva en el campo de la investigación psíquica era educativa. Es una gran ventaja poder hablar de las propias experiencias; descubrí que hasta el profesor de física con quien trabajaba en la Universidad de Buenos Aires tenía bastante amplitud de criterio. Añadiré que el profesor Ernesto Galloni escribió algunos libros de física en colaboración con el ingeniero José Fernández, a quien mencioné antes a propósito de las aptitudes de psicometría que poseía su esposa. Fernández fue pionero en el uso de los métodos de J. B. Rhine en la Argentina. El 26 de julio anoté una entrada en mi diario que dice: “Ahora empiezo a hacer mis planes para irme cuando sea el momento”. El 5 de agosto llegó a Buenos Aires el Dr. Ian Stevenson; al día siguiente el Dr. Musso, el sensitivo R. W. y yo cenamos con él en el Plaza Hotel. El Plaza tenía el menú más increíble
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que he visto en mi vida, con más de ciento cincuenta platos, sin contar los aperitivos y los postres. Stevenson viajaba alrededor del mundo recogiendo informaciones sobre casos de reencarnación (o que él pudiera explicar por una teoría de la reencarnación), e iba a visitar a una niña en Mendoza (junto a los Andes) que podía ser un caso interesante. Musso y yo criticamos la hipótesis de la reencarnación porque la aceptación de las aptitudes de ESP, ya probadas, explicarían la mayor parte de los casos de reencarnación. Stevenson replicó que debíamos esperar que se publicara su libro para juzgar las evidencias que presentaba en él. Decía que no todos los experimentos de ESP podían ser aceptados como válidos, pues la mayoría de ellos tenían serias fallas, y creía que la teoría de la reencarnación, especialmente si se consideraban ciertos casos selectos, podía sostenerse tan bien como la de la ESP. Sin duda, tenía su opinión. Fue una noche memorable en todo sentido.

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CAPITULO 15 Bariloche, el I Ching y Don Bosco
Hacia septiembre de 1962 tuvimos de nuevo toda clase de problemas en el país. Todavía no habíamos cobrado nuestro salario del mes de julio, y las luchas entre grupos del ejército y la armada crecían al punto de amenazarnos con una guerra civil. El 27 de septiembre los tanques avanzaron sobre Buenos Aires; finalmente el sector azul del ejército venció a las facciones menos populares del ejército y la armada. Yo veía todas estas luchas como una pérdida de tiempo, ya que lo mismo venía sucediendo desde hacía 32 años y nadie traía respuestas reales a los problemas del país. Por aquel tiempo recibí una invitación para dar un cursillo sobre los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes en la Escuela de Física de Bariloche (hoy Instituto José Balseiro), que se halla radicada en la parte más bella del país, en Río Negro, cerca de los Andes y de los grandes lagos Nahuel Huapi y Argentino. El 7 de octubre llegué a Bariloche tras una hora y media de vuelo en un superjet. Antes de mi partida tuve una inspiración y coloqué un par de mazos de cartas de ESP en la maleta. Mi amigo Angelo Ferrari me esperaba en el aeropuerto; después de unos minutos de conversación me preguntó si por casualidad había traído cartas de ESP, porque había gente muy interesada, y si yo iba a hablar en alguno de los seminarios. Se sorprendió mucho cuando le dije: “Bueno, cinco minutos antes de salir de casa, pensé que sería interesante traer unas cartas de ESP”. Angelo era físico y había estado en los Estados Unidos con una beca al mismo tiempo que yo. Nos habíamos encontrado en Rochester, y más tarde en Durham, N.C. Fue él quien me ayudó a conducir mejor el Plymouth 1950 verde, antes de que matara a alguno en la calle; según él, yo era el terror de los niños en Durham. Y estaba al corriente de mis experiencias y experimentos en ESP. El jueves 11 di el seminario a un grupo de unas cuarenta personas, de las cuales casi la mitad eran miembros de la facultad, entre ellos el Dr. Mallmann, director de la escuela.
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Muchas personas, docentes y alumnos, se interesaron en hacer los tests; al día siguiente, domingo, se hizo un test de GESP (percepción extrasensorial general) bajo el control del Dr. Mallmann. En este tipo de test el emisor mira las cartas de ESP aleatorizadas, y los receptores anotan sus respuestas en planillas especiales. Se llama general porque no se puede distinguir si los aciertos se obtienen por clarividencia (esto es, “viendo” las cartas) o por telepatía (es decir, captando la imagen o los nombres de la mente del emisor). Yo actué como emisor, el Dr. Mallmann controló los procesos de aleatorización y registro de los objetivos. Unas veinte personas realizaron el test; para sorpresa del Dr. Mallmann y otros físicos, uno de los alumnos obtuvo 71 aciertos en 200 ensayos. Lo esperado por azar era sólo 40 aciertos (en las cartas de ESP hay cinco símbolos diferentes, por lo que la probabilidad de acertar uno de ellos por azar solo, es de 1/5). Este alumno obtuvo un desvío de 31 aciertos por encima del azar, lo que da una relación crítica (el desvío dividido por el desvío standard) de 5,48, siendo la probabilidad de obtener este resultado por azar de 5 x 10-7. Pero esta no fue la única persona que obtuvo buenos resultados. Uno de los físicos teóricos logró resultados al nivel de p < 0,0001, también muy significativo. Pedí a todas las personas que habían obtenido p < 0,01 que se presentaran para otra sesión experimental, que se fijó para el martes 16. Concurrieron la mayoría de ellos, pero no la persona que realmente me interesaba, que era el estudiante boliviano que había dado un resultado tan sobresaliente. Mi amigo Angelo se enteró de lo que había pasado y me lo contó. Este joven era un alumno de primer año; era un individuo extraño, muy reservado, nunca hablaba con nadie. Parece que los resultados que obtuvo lo hicieron pensar mucho, y según las informaciones que recogí, estaba muy asustado. Esas ideas no encajaban en el esquema del mundo que lo rodeaba. Seguí el caso, y un año después, este estudiante dejó la escuela y volvió a su país; nadie sabía por qué razón. Al año, aproximadamente, se suicidó. La consecuencia interesante de mi visita a Bariloche fue que un grupo de renombrados físicos tuvo la amplitud de criterio y la voluntad de hacer experimentos con tal de que estuviesen bien diseñados.
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El panorama en torno a Bariloche es de indescriptible belleza. El lago Nahuel Huapi, con sus aguas de un azul profundo en los días claros, rodeado por montañas de picos nevados, es uno de los paisajes más espléndidos que haya visto en mi vida. Una mañana que no tenía conferencia decidí ir a ver el famoso hotel Llao Llao, desocupado en ese momento por estar fuera de estación. Tomé un ómnibus que me dejó en la cima del cerro que está detrás del hotel. Desde ese punto la vista era realmente soberbia. Hacia el oeste se veía el lago Moreno, con sus aguas verdes; basta darse vuelta para ver el Nahuel Huapi, azul profundo. Decidí bajar el cerro a pie en dirección al Nahuel Huapi. No sospechaba que iba a tener una de las experiencias más hondas de mi vida. El camino hacía un recodo, y al dar la vuelta, la belleza de lo que veía me impresionó tan intensamente que las lágrimas acudieron a mis ojos al contemplar el extenso campo verde poblado de flores amarillas a mi derecha, y las aguas azules del lago con las montañas de cumbres nevadas. Todo era como un paréntesis, un breve intervalo de eternidad, en medio de un silencio sólo quebrado por el canto de los pájaros en un glorioso día de primavera. En ese momento, pensé y sentí la presencia de Dios detrás de tanta belleza. La intensidad de la experiencia me abrumó, y por un buen rato no pude moverme. Cuando me recobré, bajé como lo tenía planeado y volví a la escuela. De regreso en Buenos Aires, a todos los trastornos que mencioné antes se añadieron ciertos problemas de familia y la situación se volvió insostenible. Tuvimos una reunión en La Plata con la presencia de Fernando y Alfredo. No sucedió nada notable, y hubo algunos mensajes extraños que no pudimos interpretar. El 22 de diciembre, sábado, el Dr. Musso me invitó a su casa. Tenían un visitante que era experto en I Ching. Hasta ese momento, yo no sabía nada de ese libro de sabiduría. El hombre era bastante versado en el tema; estaba dispuesto a darnos una demostración con tal de que tuviésemos problemas reales, preguntas verdaderamente serias que plantear al I Ching.

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Dado que todos las teníamos, inició una breve ceremonia. Se puso una bata corta, quemó incienso después de cubrir la mesa con un mantel de hilo blanco, meditó durante unos minutos y trajo tres monedas chinas. Me pidieron que formulara mi pregunta mentalmente sin decir nada y que me concentrara en mi pregunta mientras él arrojaba las monedas seis veces y trazaba el hexagrama. Después de hacerlo y obtener el número del hexagrama, leyó lo que decía el libro, que más tarde supe que era la versión alemana de Wilhem. Me lo interpretó y me preguntó si tenía sentido, y así era. Apliqué el mensaje a la situación que tenía en mente cuando formulé mi pregunta al I Ching. El consejo era claro, no tuve ninguna duda en cuanto a su significado. Pero no le hice caso, y por eso me metí en problemas muy serios. Si hubiera seguido el consejo del I Ching, hubiera evitado situaciones muy difíciles que nos sobrevinieron a mí y a mi familia por no escuchar la sabiduría que habían puesto en mis manos. Me interesé tanto en el I Ching que cuando vi un ejemplar en Buenos Aires, enseguida lo compré. Le presenté mi amigo Chester Carlson al I Ching, y sólo dos años más tarde le pedí a su esposa Dorris que me armara e interpretara un hexagrama; de ahí resultó la predicción de que iría a los Estados Unidos por mi bien, y del éxito que obtendría en las investigaciones que iba a realizar. Pero esta vez seguí el consejo, y aunque no logré todo lo que deseaba en la vida, vi que ese consejo era el mejor dadas las circunstancias. Durante 1963 trabajé intensamente en la Comisión de Energía Atómica; uno de nuestros papers fue aceptado para su presentación ante el Quinto Simposio Interamericano sobre las Aplicaciones Pacíficas de la Energía Nuclear en Chile. En parapsicología mis trabajos estaban dedicados principalmente a los experimentos de PK. Uno solo de mis 25 sujetos experimentales dio resultados al nivel de significación aceptado en esta clase de experimentos. En 1963 no llevé diario, porque mi vida estaba llena de problemas que prefería olvidar antes que dejar constancia de ellos. Pero sentía que me faltaba algo al no escribir un diario, así que en 1964 comencé a llevarlo nuevamente.

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El año 1964 me encontró leyendo las Memorias de Simone de Beauvoir. Supe que ella y Jean-Paul Sartre tenían la misma clase de problemas de mi generación, el mismo tipo de problemas existenciales. Por esa época, Fernando y su familia se habían establecido en Mar del Plata, el gran balneario argentino sobre el Atlántico. Esperábamos noticias de ellos, tal vez podríamos pasar unas vacaciones juntos. Me llegó una invitación para dar un curso en la Universidad de la Patagonia en Comodoro Rivadavia, la ciudad donde se descubrió el petróleo en la Argentina. Alfredo estaba organizando aquella primera escuela de verano, y lo hacía con mucho entusiasmo. Ocurrió algo interesante unos días antes de viajar a Comodoro. Como la Universidad funcionaba en edificios que eran propiedad de la orden católica de Don Bosco (San Juan Bosco), pensé que debía leer algo sobre su vida. Fui a una librería de usados y busqué algún libro sobre el tema, pero no vi nada. En la última librería de la Avenida de Mayo compré otros dos libros y cuando iba a pagar vi una biografía de Don Bosco en una vieja edición en rústica. Le dije al empleado: “Por favor, incluya éste también. ¿Cuánto es todo?”. Respondió: “Ya que lleva esos dos libros, éste es sin cargo”. Comencé a leerlo esa misma noche, y por cierto, pronto descubrí los sorprendentes “poderes” que Don Bosco era capaz de utilizar cada vez que lo necesitaba. El libro era sin duda muy interesante; algunas cosas sucedieron después en Comodoro vinculadas con mi lectura. La vida de San Juan Bosco es tan importante en relación con los poderes psíquicos, y como modelo de lo que la parapsicología debería haber logrado –pero no logró– que creo oportuno hacer una digresión y dar al lector una idea de lo que hizo. Juan Melchor Bosco nació el 16 de agosto de 1815 en Becchi, una pequeña población en el municipio de Murialdo, Italia. Su padre, Francisco Luis Bosco, era un humilde granjero. Su madre fue Margarita Occhiena. Juan tenía dos hermanos mayores, Antonio, del primer matrimonio de Francisco, y José. Antonio era rudo con él, pero José amaba a su hermano.

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Cuando Juan tenía dos años de edad, falleció su padre. Margarita, de sólo veintinueve años, tuvo que hacerse cargo de la familia. Pasaron grandes dificultades. Juan comenzó a ayudar en las tareas de la granja cuando sólo contaba cuatro años. Su vocación eclesiástica se manifestó temprano en su vida, pero era necesario que trabajara para ayudar a su madre, y la pobreza en que vivían parecía ser una dificultad insuperable. A los nueve años, Juan tuvo su primer sueño extraordinario, en el que se le prometía asistencia divina. L. von Matt y Henri Bosco –dos de sus biógrafos– creen que esos sueños, de los cuales más de cien han sido registrados, guiaron a Don Bosco a través de su vida y fueron sin duda “maravillosas visiones sobrenaturales”, y que el primero fue decisivo y profético. Matt y H. Bosco escriben: “Un hombre se le apareció al pequeño Juan. Era el Señor, pero Juan no Lo reconoció. En el sueño Juan luchaba con unos jóvenes malhechores. Nuestro Señor le dijo: ‘Basta de luchar. Debes ganarles por el amor’. Juan se sorprendió y dijo con incredulidad: ‘Lo que me dices es imposible. ¿Quién me va a enseñar ese Amor?’. Nuestro Señor replicó: ‘Mi Madre será tu maestra’. Apareció entonces Nuestra Señora y dijo: ‘Tú no lo sabías, pero estabas luchando con lobos. Ve y ponte entre ellos con coraje, y se convertirán en corderos. Esta será más tarde tu vocación’.” Juan contó el sueño a su familia. Cada uno dio su propia interpretación. Su hermano mayor, Antonio, dijo: “Vas a ser el jefe de una banda de ladrones”. José no estuvo de acuerdo. “No –dijo– vas a ser un pastor, cuidarás de tu rebaño”. Pero Margarita dijo: “Quizá este sueño nos diga que vas a ser sacerdote”. El 6 de junio de 1841 Juan se hizo sacerdote después de años de lucha y con la generosa ayuda de sus amigos. En un sueño, la Madre de Dios se le apareció, rodeada por un gran rebaño de ovejas. “Te las confío –le dijo–. Debes alimentarlas y hacerlas crecer. ¿Quieres saber cómo? No tengas miedo. Siempre velaré por ti y te ayudaré”.
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Desde entonces, y hasta su muerte el 31 de enero de 1888, Don Bosco trabajó para cumplir su misión de alimentar, vestir, educar y hacer buenos cristianos a los niños pobres de Turín, luego de Italia, Europa y el mundo entero. Empezó pobre y terminó pobre, pero durante su vida construyó viviendas, escuelas, iglesias y basílicas. Aconsejó a príncipes, reyes y papas. ¿Cómo hizo tanto y cómo utilizó sus poderes psíquicos? Según Don Lemoyne, el más importante biógrafo de Don Bosco, las tres virtudes que San Juan poseía en grado extraordinario eran la fe, la caridad y una confianza ilimitada en Dios. En parapsicología, una actitud positiva ha mostrado producir mejores resultados que una negativa. La fe en nuestras propias capacidades o poderes es conducente al logro de nuestras metas, sean éstas parte de nuestra vida cotidiana o un experimento psi. En Don Bosco, la fe era una convicción profunda y absoluta de que Dios y la Virgen María estaban con él y le ayudarían a cumplir su misión. La caridad era un poderoso disparador de hondas energías emocionales y psíquicas. En momentos de necesidad, Don Bosco confiaba en la ayuda de la Divina Providencia y sus necesidades siempre se veían satisfechas. Don Bosco dio nombre a la Sociedad Salesiana en 1854, por “la caridad y la dulzura de San Francisco de Sales”, bajo cuya guía puso su trabajo y el de sus seguidores. En 1859, cuando necesitaba fondos para pagar una deuda, dejó a sus alumnos rezando en la iglesia mientras él recorría las calles. Los niños rezaron durante varias horas, hasta las tres de la tarde. Al anochecer, volvió Don Bosco con el dinero y les contó lo que había pasado. Anduvo caminando en busca de ayuda, sin saber adónde ir. Al llegar a la Consolata, entró y rezó a la Santísima Virgen para que lo ayudara y no lo abandonara. Al salir, caminó sin rumbo de calle en calle, desde mediodía hasta las dos. Mientras caminaba por una calle angosta cerca de la iglesia de Santo Tomás, un hombre bien vestido se le acercó y le preguntó si él era Don Bosco.
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– Para servirle –respondió Don Bosco. El hombre lo había estado buscando, y dijo que hubiera tenido que caminar hasta el Oratorio, la escuela de la iglesia, si no lo hubiera encontrado allí. Quería entregarle un paquete de parte de su patrón. Se lo dio y Don Bosco lo abrió. Contenía bonos de la deuda pública. Preguntó de dónde venían esos bonos, pero el hombre no podía decírselo y se fue. Ahora Don Bosco tenía suficiente para pagar los gastos que se debían. “¡Ah, hijos míos! –dijo– ¡cuán grande es la Divina Providencia!”. Hechos como éste, de intervenciones providenciales de Dios, fueron tan numerosos, que el mismo Don Bosco dijo: “Estas cosas suceden en todo momento; sin embargo, la posteridad se negará a creerlas; las tomarán como fábulas”.

Apariciones
Dos años antes de su ordenación, Don Bosco tuvo una experiencia demoledora que lo dejó postrado. Le llevó varios años recuperarse. En 1839, su íntimo amigo Luis Comollo murió tras una corta enfermedad. Don Bosco y Luis habían hablado muchas veces sobre la posibilidad de sus muertes. Se habían prometido mutuamente que si uno de ellos dejaba esta vida antes que el otro, volvería y le daría noticias de su salvación. Varios compañeros estudiantes conocían el pacto y querían verificarlo. “Yo era el más ansioso de todos, porque esperaba que fuera un consuelo para mi pena”, relató Don Bosco. El 3 o 4 de abril, la noche después del funeral, Don Bosco y otros veinte estudiantes de teología estaban en el dormitorio. Él estaba acostado, sin dormir, pensando en su pacto con Luis. Entonces, a medianoche, oyeron un ruido en el extremo del corredor, como de un carro tirado por caballos, o como un tren que se aproximara. Se oía más fuerte a medida que se acercaba. Las paredes, el cielorraso y el piso vibraban como si “estuvieran hechos de hierro y fueran golpeados por un brazo poderoso”. Los estudiantes se despertaron pero ninguno habló. El ruido aterrador se sintió más cerca y la puerta se abrió violentamente. Aparte de una luz débil que cambiaba de color,
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nada se veía. En completo silencio la luz se intensificó y la voz de Comollo habló: “¡Bosco, Bosco, Bosco, estoy salvado!”. Una luz inundó el dormitorio y el sonido, que parecía romper los tímpanos, reapareció. Al principio los seminaristas se pusieron a dar vueltas caóticamente, después se juntaron en un rincón. Cuando se preguntaron uno a otro qué habían oído, Don Bosco repuso que él había oído claramente “¡Estoy salvado!”.

Visión de su madre
La madre de Don Bosco, Margarita, le ayudó durante toda su vida, hasta que murió. Ambos eran muy unidos. En noviembre de 1856 ella cayó enferma de neumonía. Creyendo que iba a morir, le dio a Juan su último consejo y le pidió que rogara por ella. Don Bosco fue a su habitación. Prendió la luz tres veces, y las tres veces se apagó. Cuando por fin logró mantenerla encendida, vio que el retrato de Margarita se había caído contra la pared. A las tres de la mañana del 25 de noviembre, José vino a decirle que Margarita había fallecido. En 1860, estando en Turín, mientras Don Bosco caminaba hacia la iglesia de la Consolata, vio a su madre: – ¿Cómo es que estás aquí? ¿No has muerto? – Sí, he muerto –respondió Margarita– pero estoy viva. – ¿Eres feliz? –preguntó Don Bosco. – Sí, muy feliz. Le contó que había pasado por las llamas del purgatorio antes de entrar en el cielo, y que había visto a varios jóvenes, a quienes nombró. Don Bosco le preguntó lo que disfrutaba allí, Margarita le respondió que quería saber demasiado. Mientras hablaban, Margarita estaba rodeada de una luz de inexplicable belleza. Cantó, y otras voces se unieron a la suya, dejando a Juan sumido en la admiración. Al cesar el canto, ella dijo: “Te esperaré y estaremos juntos para siempre”.

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Curaciones
Don Bosco había ido a Roma a fin de obtener la aprobación del Papa para la creación de la Sociedad Salesiana. Había una fuerte oposición a la sociedad, de modo que Don Bosco hizo campaña visitando a los prelados más influyentes de la Sagrada Congregación. Uno de los miembros más poderosos era el Secretario de Estado de la Santa Sede, el cardenal Antonelli. Cuando Don Bosco fue a verlo, el cardenal estaba inmóvil en un sofá. – Entra, mi muy querido Don Bosco, entra– dijo el cardenal. – Eminencia, ¿cómo está su salud? – Mira en qué estado me encuentro. Estoy aquí clavado desde hace varios días, otra vez a causa de mi gota. – Eminencia, ayúdeme en mis asuntos, y le garantizo que recuperará su salud –dijo Don Bosco. – ¿Qué es lo que quieres de mí? – He venido a pedirle ayuda para la Sociedad Salesiana. – Me parece difícil. Pero te prometo recomendarte al Santo Padre, en cuanto pueda ir a verlo. – Necesito que vaya pronto –replicó Don Bosco. – Pero ves cómo estoy. No puedo moverme. El Papa suele venir aquí cuando yo no puedo ir a visitarlo. En cuanto venga, le hablaré en tu favor. – Tenga fe en la Virgen María y vaya pronto. – ¿Cuándo? –preguntó el cardenal Antonelli mirando a los ojos a Don Bosco. – Mañana. – ¿Quieres decir que mañana podré ir? – Tenga fe en la Virgen, porque de otra manera nada podemos hacer. – Está bien, iré mañana, pero ¿y si algo peor me sucede? – Yo respondo. Mañana se sentirá mejor. Encomiéndese a la Virgen. Ella sabrá cómo hacerlo. – Iré mañana, y si ocurre lo que dices, haré todo lo que esté a mi alcance por tu Sociedad.

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A la mañana siguiente, el dolor había cesado. El cardenal fue a la audiencia del Papa y relató su conversación con Don Bosco y cómo lo había curado. Lo mismo le sucedió a un fuerte oponente a la Sociedad, el poderoso secretario de la Sagrada Congregación, monseñor Svegliati. El 29 de febrero de 1869, la Pía Sociedad Salesiana fue aprobada por el Papa.

Regreso de los muertos
Jesús podía levantar a un muerto, pero no fue el único. Don Bosco también hizo volver del más allá a un amado discípulo. En 1849, en Turín, un estudiante de quince años de edad que estaba moribundo pidió que Don Bosco viniera a escuchar su confesión, pero Don Bosco no se hallaba en la ciudad en ese momento. Un día y medio después, el jovencito moría, insistiendo aún en hablar con Don Bosco. Cuando el sacerdote volvió y supo esto, fue inmediatamente a ver al muchacho. La familia, entre lágrimas, confirmó su muerte, y condujeron a Don Bosco a la habitación donde yacía su cuerpo. Estaba ya preparado para el entierro, envuelto en una sábana herméticamente cosida. El rostro estaba cubierto por un velo. La madre y la tía del joven lloraban quedamente. Al ver esto, San Juan se vio agitado por una emoción sobrehumana. Rezó y bendijo al muchacho, luego lo llamó con voz imperiosa “Carlos, Carlos”. El chico abrió los ojos y sonrió. La sonrisa del joven se desvanecía a medida que parecía recordar un sueño terrible. “Ay, Don Bosco, si usted supiera. La última vez que me confesé no me atreví a decirle un pecado que había cometido unas semanas atrás. Tuve un sueño que me aterrorizó. Yo estaba al borde de un fuego inmenso, y trataba de escapar de una multitud de demonios que querían atraparme y aprisionarme. Cuando estaban a punto de arrojarme a la hoguera, una señora vino a interponerse entre nosotros y dijo, ‘Esperen, todavía no ha sido juzgado’. Después de esta angustia, oí su voz llamándome, y ahora quiero confesarme”. Cuando la familia volvió después de la confesión, el muchacho les dijo: “Don Bosco me ha salvado del infierno”. Carlos permaneció consciente dos horas, pero durante este tiempo, aunque se movía, miraba a su alrededor y
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hablaba, su cuerpo seguía tan frío como en la muerte. Don Bosco preguntó: “Ahora que estás en la gracia de Dios, el cielo está abierto para ti. ¿Quieres ir allá o quedarte aquí con nosotros?”. Carlos respondió: “Quiero ir al cielo”. “Entonces –dijo San Juan– hasta que volvamos a reunirnos en el paraíso”. Carlos dejó caer su cabeza en la almohada, cerró los ojos y abandonó este plano.

Precognición
En agosto de 1854 Don Bosco fue llamado de urgencia a atender a un muchacho de 16 años que se moría. Era un estudiante, y dos médicos eminentes, Calvagno y Bellingeri, le habían dado sólo unas pocas horas de vida. Don Bosco amaba profundamente a este joven, y sintió gran pena cuando entró en la habitación para prepararlo para su tránsito final. Pero al acercarse a la cama, una visión misteriosa lo detuvo. San Juan vio, en torno a la cama, una paloma blanca volando con una rama de olivo en el pico; lentamente, la paloma descendió sobre el muchacho y dejó caer la rama de olivo sobre su frente. Vio también alrededor de la cama unas figuras extrañas. ¿Eran seres humanos vivos o fantasmas? Vio dos hombres que se distinguían de los demás: uno tímido, de tez bronceada, el otro alto y con aspecto de guerrero pero con una actitud gentil. En ese momento un destello sobrenatural fulguró en la mente de Don Bosco. Con lágrimas en los ojos, inclinándose sobre el muchacho, preguntó: “¿Quieres ir al paraíso, o quieres sanar?”. “Si Don Bosco lo aprueba, iré de inmediato al paraíso”. Pero Don Bosco no aprobaba la partida del amado joven hacia el paraíso. Mirándolo con gran ternura, dijo: “No, hijo mío, no es hora todavía. No morirás. Serás sacerdote y misionero, y recorrerás el mundo en busca de almas que salvar y bautizar”. Don Bosco se detuvo y no quiso agregar ni una palabra más.

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El enfermo recobró la salud. Pocos meses más tarde Don Bosco añadió que el muchacho llegaría a ser obispo. Era Juan Cagliero, el futuro apóstol de los indios de la Patagonia, el primer obispo salesiano y cardenal de la Iglesia Católica. Don Bosco predijo muchos acontecimientos públicos, anunció a muchas personas gravemente enfermas que se repondrían, y pronosticó la muerte de varias figuras públicas. En 1864, Don Bosco predijo la muerte de dos estudiantes, dando sus nombres a un enfermero llamado Mancardi. A fin de verificar la profecía, Mancardi escribió el siguiente memorándum: “Oratorio de San Francisco de Sales, 30 de enero de 1864. Don Bosco me dijo en la tarde del 29 de enero: estimado Mancardi, dos de los artesanos que tendrán que partir antes de la próxima cuaresma e ir al paraíso, son Tardini y Palo, recuérdalo. Ignacio Mancardi, enfermero”. Este memorándum fue sellado y entregado al prefecto, Padre Alsonatti, quien escribió: “Predicciones de Don Bosco. Para ser abierto después de la Pascua de 1864”. La Pascua cayó ese año el 27 de marzo. El 26 de febrero, el joven Palo murió, y el 12 de marzo le sucedió lo mismo al estudiante Tarditi. Existen otros casos bien documentados de las aptitudes predictivas de San Juan Bosco, entre ellos la predicción que hizo en noviembre de 1854 de las muertes en la familia real. Éstas fueron enviadas al rey Víctor Manuel. El 12 de enero de 1855 murió inesperadamente la reina madre María Teresa a la edad de cincuenta y cuatro años. El 20 de enero murió la reina María Adelaida a los treinta y tres años. Esa misma tarde se administraron los últimos sacramentos al duque de Génova, Fernando de Saboya. Murió al día siguiente, a los treinta y tres años, dejando una esposa joven y una hijita, Margarita, futura reina de Italia. Varias veces después de estos tristes acontecimientos, el rey Víctor Manuel II habló con Don Bosco. Más de una vez dijo: “Don Bosco es un santo”.

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Acción a distancia
A veces Don Bosco usaba sus poderes para actuar a distancia y prevenir conductas que ofendieran a Dios. Un domingo, en que asistía a unos ejercicios espirituales en Lanzo, dos jóvenes se escaparon para ir a nadar en el río Dora. Al rato, se tendieron en la arena y se pusieron a hablar de “temas inconvenientes”. De pronto se incorporaron de un salto. Violentas cachetadas los golpeaban misteriosamente. Sorprendidos, pronto comprendieron que era Don Bosco. Sabían que algo así había pasado años atrás con otros dos compañeros, Costa y Barretta. Se vistieron apresuradamente y regresaron a Lanzo. Pero su sorpresa aumentó cuando al día siguiente, el prefecto, Padre Alasonatti, les leyó esta comunicación de Don Bosco: “He visto a los jóvenes Bastia y Vezzetti irse a nadar en el Dora. Oí sus conversaciones y les di una lección que recordarán por mucho tiempo. Usted, señor prefecto, los llamará y les preguntará si no experimentaron y recibieron algo mientras estaban recostados en la arena”.

Poder sobre los elementos
En 1864, Don Bosco, el Padre Rua y el Padre J. Cagliero fueron a Montemagno para la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Había gran consternación en Montemagno porque hacía tres meses que no llovía y casi se habían perdido las cosechas. Se habían ofrecido plegarias públicas y privadas, pero en vano. En su primer sermón, Don Bosco se dirigió al pueblo diciendo: “Si vienen a los sermones estos tres días, se reconcilian con Dios mediante una buena confesión, y si se preparan para una comunión general, les prometo en nombre de la Santísima Virgen que caerá abundante lluvia para refrescar sus campos”. Al ir a la sacristía, el cura párroco, Padre Clivio, le dijo a Don Bosco que “se necesitaba coraje”. Don Bosco preguntó: “¿Qué coraje?”.

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“El coraje de anunciar en público que va a llover el día de la fiesta”, replicó el Padre Clivio. Don Bosco preguntó si él realmente había dicho eso, y cuando Clivio confirmó que eso había dicho, declaró que Clivio debía haber entendido mal. Por tres días el tiempo estuvo calmo y cálido. Don Bosco continuó sus sermones, y a los que le preguntaban, les respondía: “¿La lluvia? Líbrate de tus pecados”. La mañana de la fiesta hubo comunión general, y la concurrencia era la mayor que se había visto en mucho tiempo. Sin embargo, el tiempo no cambiaba, no había el menor signo de lluvia. El marqués de Fasati dijo: “Esta vez, Don Bosco, ha fallado. Prometió lluvia, pero está muy lejos”. Don Bosco llamó al sacristán, Juan, y le dijo “ve detrás del castillo del barón Garofoli, y mira si cambia el tiempo y si hay indicios de lluvia”. El sacristán fue a cumplir la orden, y volvió diciendo: “Está claro como un espejo; sólo hay una pequeña nube del tamaño de un pie, en dirección a Biella”. “Muy bien –contestó Don Bosco– dame la estola [un ornamento ritual que se usa para decir misa].” La iglesia estaba llena. Todos los ojos, clavados en Don Bosco. Después del Avemaría, la luz del sol se enturbió. Comenzó el exordio. Luego se oyó el prolongado retumbar del trueno. Don Bosco se detuvo, y un aguacero torrencial comenzó a golpear las ventanas de la iglesia. La lluvia seguía mientras él agradecía a la Virgen y encomiaba la devoción popular. La cercana ciudad de Grana, donde se había organizado un baile público por el fracaso de Don Bosco, recibió una terrible granizada que arruinó sus cosechas. Fuera del distrito de Montemagno no llovió.

Multiplicación de los panes
El 12 de diciembre de 1885, Don Bosco dio una breve charla a los alumnos de cuarto y quinto año. Luego le dio a cada uno un puñado de avellanas. Tres semanas más tarde, los volvió a reunir, y después de la conferencia pidió que le
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trajeran una bolsita de avellanas. El padre Festa reunió de nuevo a los estudiantes y le dijo a Don Bosco, “Tenga cuidado, no les dé muchas, porque no van a alcanzar para todos”. “Déjelo por mi cuenta”, dijo Don Bosco. Había 64 estudiantes presentes. Primero dio un puñado a cada uno, pero luego aumentó la porción a dos puñados. Los estudiantes observaron con gran sorpresa que el nivel de avellanas en la bolsa permanecía igual no importa cuántas sacara. Cuando terminó, todos vieron que la bolsa tenía la misma cantidad de avellanas que cuando comenzó a repartirlas. Los muchachos le preguntaron cómo lo había hecho. “No sé –respondió sonriendo– pero porque son mis amigos les contaré lo que me ocurrió hace varios años”. He aquí lo que contó Don Bosco: En una celebración solemne, tenía que distribuir la comunión a 650 niños. Comenzó la misa creyendo que había suficientes hostias consagradas dentro de la gran copa en el santuario, pero no las había. El Padre Buzzetti, que estaba a cargo de las hostias, había olvidado traer más. Los dos estaban preocupados, porque sólo podrían administrar la comunión a unos pocos. Don Bosco elevó sus ojos al cielo y comenzó a dar la comunión; todos los niños la recibieron. Hubo hostias para todos. La noticia de este milagro se difundió enseguida y fue luego confirmada por Don Bosco. Uno de los mejores casos de multiplicación de los panes fue el que relató el Padre Dalmazzo. Un día de 1860 les quedaba poco pan. La persona encargada del mismo fue a pedir a Don Bosco que diera orden de comprar pan. Él estaba escuchando confesiones pero finalmente le dijo al hombre que no se preocupara. “Ve y pon lo que queda en la canasta, después iré yo mismo a distribuirlo”. Cuando terminó con el chico que estaba arrodillado a su lado, fue al sitio donde había que distribuir el pan. El Padre Dalmazzo escribió: “Como había oído hablar de las hazañas de Don Bosco, me adelanté y busqué un buen lugar de observación. Por el camino encontré a mi madre, que había venido a llevarme a casa, a mi pedido. ‘Ven, Francisco’,
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me dijo. Yo le pedí que esperara, le dije que quería ver algo, y luego podríamos irnos. “Fui el primero en recibir [una rebanada de] pan (eran de unos doce centímetros de largo) y, al mirar la canasta, vi que había unas quince o veinte porciones, no más. Luego me situé en un lugar elevado justo detrás de Don Bosco y observé. “Todos los alumnos, unos 400, recibieron su pan. Al terminar la distribución, fui a ver de nuevo la canasta, y con gran admiración verifiqué que había tanto como antes. Nadie había comprado pan, ni cambiado la canasta. Aturdido, corrí hacia mi madre, que quería que nos fuéramos. Le dije, ‘No, ahora no quiero irme. Lamento haberte hecho venir desde Turín para nada’. “Le conté lo que había visto, y agregué, ‘no es posible que abandone una casa tan bendecida por el Señor y a un santo como Don Bosco’. Y esta fue la razón por la que me quedé en el Oratorio y me convertí en uno de sus hijos.” Lo más extraordinario en Don Bosco era su fe en que cuando tuviera alguna necesidad recibiría ayuda. Era la fe en una ayuda y una providencia venidas de afuera. Prácticamente todos los mediums en la historia han declarado que los poderes que manifestaban no eran propios sino provistos por una fuente externa. Don Bosco podía extraer de esa fuente gracias a su fe y su profunda espiritualidad. Los ejemplos que he escogido no son más que una pequeña muestra de cientos de hechos similares en la vida de Don Bosco; espero que sean suficientes para dar al lector una idea de lo que es un verdadero “dominio” o “interacción” con esas fuerzas psi. Según Don Bosco, él no hacía nada, todo lo hacía la providencia, la intervención divina, el auxilio de la Virgen María. Volviendo ahora a nuestra historia, el 24 de enero de 1963 viajamos en un DC-3 de la Fuerza Aérea. A estos aviones se los llamaba en la Argentina “potros del aire” porque apenas se movían un poco uno se sentía galopando sobre un caballo. Al decir de los pilotos, eran los aviones más seguros que conocían. Podían hacer un aterrizaje de emergencia con un solo motor, o sin ninguno, al menos eso decían.
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Comodoro me asombró. No esperaba una ciudad tan pintoresca, con luz y colores como se podrían ver en los trópicos. También me sorprendió ver bombear el petróleo dentro de la ciudad. Los otros docentes comprometidos por Alfredo en esta aventura eran personas bastante interesantes. Entre ellos, Carlos Aragón, un pintor cuya figura era la imagen exacta que yo tenía de don Quijote. Tenía largos cabellos grises y bigote gris; su manera idealista de encarar la vida era la misma del caballero de La Mancha. La inauguración de los cursos contó con la presencia del gobernador, el arzobispo y un público de algunos cientos de personas. El 26 de enero salí con mi esposa a caminar por la playa. Había bastante viento, como es habitual en Comodoro. De pronto vimos a Aragón que nos llamaba. Fuimos adonde él estaba, en un lugar a resguardo del viento, y nos contó su gran aventura. Estaba recogiendo hermosas piedras pulidas de colores, y se hallaba tan abstraído en sus pensamientos que no se dio cuenta de que subía la marea. Se trepó a una gran formación rocosa, que de pronto quedó convertida en un minúsculo islote. Se desesperó, porque no sabía nadar. Tuvo que saltar y echar a correr hacia la playa. Perdió el dinero y los documentos, quedó todo mojado y asustado. Ya se había secado cuando nos llamó. Al día siguiente comencé a dar mi curso de física atómica y nuclear con un grupo heterogéneo pero muy atento e interesado en el tema. Incluso había tres personas que ya eran profesores y venían a escuchar mis conferencias. Al concluir, fui a la clase de sociología que daba Alba de Vani, una mujer algo neurótica. Había viajado a Comodoro con su esposo, un hombre rechoncho de unos sesenta años que siempre andaba con un cigarrillo a medio fumar en la boca, por lo cual olía mal. A las demás personas, los de Vani no les gustaban mucho; a nosotros tampoco. Lo que hice fue tratar de buscar el lado cómico de sus actitudes. Había otros cursos y otros profesores interesantes, como dije antes. Alfredo estaba dando un curso sobre literatura americana; Méndez Puig, ex diplomático, ofrecía un curso sobre la economía de la Argentina; Lisandro Selva, director teatral, enseñaba teatro, poniendo el mayor interés en la
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actuación; Walter Ovejero, escultor y dibujante, enseñaba a hacer máscaras y títeres. El único curso científico, aparte del mío, era el que daba uno de los profesores locales, sobre análisis vectorial. Había también una periodista que iba a escribir un artículo sobre nuestras actividades para una revista de Buenos Aires. Su nombre era Hebe Boyer, y poseía ciertas habilidades insólitas (como la de imitar a otras personas de una manera divertida) aparte de escribir bien. Siempre hay viento en Comodoro; a veces es tan fuerte que uno corre peligro de que lo arrastre. Tuve algunos sueños extraños, quizá debido al silbido del viento en las ventanas. En uno de esos sueños yo me volvía clarividente sólo en presencia de la señora de Musso. La tarde del 30 de enero hubo una tormenta. El cielo estaba muy nublado, y parecían nubes de lluvia. Alfredo, Hebe, el Padre Biancucci, Torillo (uno de los estudiantes) y yo habíamos sido invitados a una entrevista en la emisora de radio local. Desde el hotel fui a pie hasta la Universidad, y en la puerta de la iglesia me encontré con el Padre Biancucci y el Padre Blandino. El edificio de la iglesia estaba justo antes de llegar al edificio principal de la Universidad. Miré el cielo y dije: “Bueno, parece que hoy vamos a tener lluvia”. El Padre B. dijo “No crea, no va a llover, el viento se va a llevar las nubes al océano”. Entonces dije yo, “Bien, quizá tengamos que pedir ayuda a Don Bosco. Estoy seguro de que usted recuerda uno de sus milagros cuando hizo llover después de una larga sequía en la ciudad de Montemagno. Seguro que usted recuerda que llovió en esa ciudad, donde todo el pueblo rezaba junto con él”. Le conté lo que había sucedido con el libro de Don Bosco y dije que confiaba en que nos ayudaría si se lo pedíamos. En el acto les hice prometer que se lo pediríamos, ya que todos queríamos ver un poco de verde en la llanura patagónica. Mientras nos dirigíamos en coche a la estación de radio, Alfredo y yo nos concentramos y pedimos a Don Bosco que hiciera llover. Llegamos a la radio; el programa salió muy bien. Al final, felizmente, volvimos a la Universidad, donde nos estaban esperando con una cena maravillosa. Pero antes de salir de la radio, cuando nos dirigíamos a nuestro auto, se largó a llover copiosamente; llovió de esa manera durante tres horas, y luego
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casi toda la noche con menor intensidad. Los Padres B. nunca olvidaron mis palabras. Por alguna razón, que he olvidado, el viernes 31 era feriado en Comodoro; así que nos invitaron a visitar los grandes yacimientos de petróleo al sur de Comodoro, ya en territorio de Santa Cruz. Este viaje fue emocionante. La visita a algunas de las compañías que el presidente Frondizi había traído al país me convenció de que tenía razón. Me propuse verlo pocos días después, ya que había anunciado su visita a la Universidad de la Patagonia, que él había creado. El sábado continuamos con nuestras visitas a las plantas petroquímicas, luego a una industria sueca que fabricaba las cañerías que transportaban el agua potable a Comodoro Rivadavia desde un lago situado más de 300 kilómetros de distancia. El domingo, Hebe volvió a Buenos Aires, después de haber tomado todas las notas que necesitaba para su artículo. La llevamos al aeropuerto y luego fuimos a la playa. Había algunas formaciones extrañas, debidas a la erosión. Una de ellas parecía la proa de un barco enorme. La sensación que produce contemplarlas desde la orilla es indescriptible. Pensé que es una lástima que los argentinos no tengan iniciativa para hacer conocer esas bellezas. Estoy seguro de que para muchos turistas vale la pena hacer el viaje, aunque no sea más que para ver este paisaje. Pero hay muchas más cosas de sumo interés en la Patagonia, como un bosque completamente petrificado, por ejemplo, lugares donde todavía se pueden encontrar reliquias indígenas, tales como puntas de flecha, pequeños cuchillos de piedra y otros objetos hechos con las más hermosas piedras semipreciosas que he visto en mi vida. Recogí muchos de esos objetos, que nosotros mismos encontramos. El Padre Biancucci era el jefe de esas expediciones, para las cuales era requisito necesario que la noche anterior soplara un fuerte viento, que dejaba al descubierto cientos de esos objetos en un cerro cercano. Estos lugares se llaman “picaderos” porque se supone que son los puntos donde originalmente fueron hechos. La mañana que fuimos yo estaba casi poseído. Podía “sentir” la presencia de un objeto y daba vueltas entre los arbustos hasta encontrarlo, por lo general muy rápidamente después de haberlo “detectado”. ¡A veces vale la pena ser un psíquico a tiempo
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parcial! Encontré trece adminículos; la persona que me seguía en cantidad de objetos hallados juntó sólo cinco. Esa misma noche, el cardenal Caggiano cenó con nosotros. Lo acompañaba el señor Pérez Companc, hombre adinerado, dueño de empresas petroleras y otros emprendimientos, de quien se decía que era el candidato presidencial de la Iglesia Católica. Nunca llegó a presentar su candidatura, pero siguió siendo un hombre poderoso. Como yo estaba cerca del cardenal, oí la mayor parte de su conversación con Pérez Companc y el Padre Moreno, presidente de la Universidad. Recuerdo muy bien una frase porque realmente me asombró, dijo: “Si el gobierno le cobra muchos impuestos al pueblo y no le da a cambio hospitales, escuelas y otros beneficios, si no trabaja realmente para el pueblo, entonces el pueblo tiene derecho a sublevarse”. El martes 4 de febrero Frondizi vino a la Universidad, y yo fui el primero en serle presentado. Ocurrió que venía con él un antiguo amigo mío, ex presidente de la Asociación de Estudiantes de la Universidad de La Plata, con quien habíamos luchado juntos en las calles contra Perón. Era representante cuando el Congreso fue clausurado por la revolución contra Frondizi. Se puso contento y sorprendido de verme allí; esto me dio una buena oportunidad para hablar con él y con Frondizi. Frondizi tenía buen aspecto, hasta feliz. Dijo que había estudiado durante los meses en que estuvo preso. Estaba muy contento con los cursos que estábamos dando, y pensaba que era ése el espíritu que se necesitaba en la Argentina para convertirla en el país moderno que ya debería ser. El jueves visitamos las instalaciones de Pérez Companc; nos ofreció un almuerzo impresionante. Escuchamos sus ideas acerca de cómo debería ser un gobierno. Consideraba que administrar un país era como administrar una empresa, donde los accionistas eran el pueblo. Yo no estaba realmente de acuerdo con este punto de vista, pero nos parecía insensato tener déficit cada vez mayores que no se usaran para crear nuevas fuentes de ingresos para el país. Podíamos verlo comparando las compañías petroleras extranjeras, como la Pan American y la Enic (italiana) con YPF, la compañía estatal argentina. Los italianos, por ejemplo, producían la misma cantidad de petróleo con un total de 500
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empleados, contra los casi 5.000 que ocupaba nuestra compañía nacional. El sábado 8 visitamos dos instalaciones militares: el regimiento 25° de infantería y el 9° de artillería. Tuvimos largas conversaciones con los jefes de esas compañías, que resultaron pertenecer a los “azules”. El sector azul del ejército era el más cercano al pueblo; y estábamos contentos de ver por fin a dos jefes militares bien educados que realizaban una buena tarea en muchos aspectos sociales y culturales en una región tan difícil como la Patagonia. Como la mitad de los docentes tenían clases al mismo tiempo, no pudimos escuchar a algunas de las personas interesantes que mencioné antes. Uno de ellos era el pintor, Aragón, cuyo curso versaba sobre las ideas modernas en pintura. Le gustaba mucho Mark Tobey, para él, el más grande pintor vivo. Como varios de nosotros teníamos interés en conocer las ideas pictóricas de Tobey, así como las de Aragón, y como éste a su vez tenía contacto personal con Tobey, le pedimos que nos diera una charla y nos mostrara algunas de sus diapositivas, lo que hizo un domingo a la noche a la hora del café. Su charla fue coherente y profunda, y cambió mis conceptos acerca de las posibilidades de la pintura para expresar ideas cosmológicas. El lunes a la noche fuimos a escuchar a Enrique Méndez Puig hablar del milagro argentino. Los jefes de la Fuerza Aérea y del Ejército vinieron a escucharlo; después hablamos con ellos, y uno de ellos dijo que le parecía tan mal el gobierno de Illia que si pudiera hablar por la Fuerza Aérea se llevaría los aviones a Buenos Aires. De hecho, esto ocurrió un par de años más tarde. Esa noche preparamos una sorpresa para Enrique, Lisandro y otras personas que vivían en una casa pequeña, y terminamos en un café. El martes fuimos de nuevo al picadero; encontré algunos objetos muy bien conservados, como una punta de flecha y un cuchillo pequeño. Cuando regresamos, la encargada del museo local se alteró al ver todos esos tesoros, y lo mismo ocurrió con el señor Vani, que había andado por ahí el día anterior con una pala y no había podido encontrar nada. Teníamos tantas cosas además de las puntas de flecha y los
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otros objetos –piedras y trozos de madera petrificada del bosque– y eran tan pesadas, que un amigo mío, geólogo, que trabajaba para YPF, tuvo que darme una caja que había sido usada para municiones, a fin de que las pudiéramos embalar para enviarlas a Buenos Aires. Por suerte, la Universidad se hizo cargo del envío, y no nos costó nada. El 14 de febrero Walter presentó una muestra de las máscaras y títeres que él y sus alumnos habían hecho. Fue sorprendente la cantidad de piezas que presentaron, alrededor de doscientas, todas de muy buena calidad. Todo el mundo estaba entusiasmado con estos trabajos. Al día siguiente, tomé examen a tres personas que querían certificados. A la tarde hubo una ceremonia de cierre, con discursos. Cada uno de nosotros recibió un diploma y un pequeño prendedor de oro. Luego los alumnos de teatro presentaron tres piezas de un acto. A continuación los profesores, el presidente de la Universidad y dos de los padres discutieron juntos los resultados, los problemas que habíamos tenido, y se hicieron planes para un segundo seminario de verano, que, sin embargo, nunca se realizó. Cuando nos fuimos, era medianoche y llovía sin parar. A la mañana seguía lloviendo, y hacía frío como en invierno a pesar de que estábamos en pleno verano. El domingo, el día que debíamos volar a Buenos Aires, continuaba lloviendo, y no se sabía cuándo podría partir el avión. Estábamos en la Universidad, en contacto telefónico con el aeropuerto, y se me ocurrió hacer una predicción de la hora de salida; erré por un solo minuto. Con gran placer de todos, los Vani decidieron volar en una línea comercial, ya que el tiempo era tan inclemente, según ellos, y el corazón del señor Vani no era demasiado fuerte. Lo pasamos muy bien en “nuestro” DC-3, y cuando llegamos a Buenos Aires aún llovía. De vuelta en el trabajo, el rayo de deuterones nos causó muchos problemas, pero pensamos que era importante hacer otra serie de experimentos; de modo que trabajé mucho en esto hasta la reunión en Chile. Presenté mi trabajo en Viña del Mar, la ciudad hermana de Sausalito, que conocería unos dos años después. Con mi amigo y co-autor José Mayo,
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compartimos una habitación muy linda con un balcón con vista al Océano Pacífico. Nunca tuve una habitación como ésa ni antes ni después en toda mi vida, aunque viajé por medio mundo. Me iba a dormir escuchando el murmullo incesante de las olas besando la playa, y me despertaba con el ruido de las gaviotas que robaban a los pelícanos trozos de pescado. Era fascinante ver esas grandes aves cayendo al mar desde una altura de doce o quince metros, salir con un pez en sus grandes bolsas y no fallar nunca. Dos o tres gaviotas volaban luego a su alrededor y les sacaban trozos de pescado. Desayunábamos en la cama, íbamos a las sesiones de la mañana, luego almorzábamos en la playa, donde el hotel tenía instaladas mesas a la sombra de grandes parasoles. El almuerzo constaba generalmente de pescado fresco con papitas, ensalada, y una botella de vino blanco chileno, uno de los mejores del mundo, bien frío. Una noche nos invitaron al Dr. Mayo y a mí a cenar en el casino de Viña del Mar. Es un edificio al estilo del casino de Montecarlo, no demasiado grande, pero lujoso. La cena fue verdaderamente regia, con vino y champagne, porque era el cumpleaños del jefe de la delegación, uno de nuestros huéspedes. La orquesta tocó el famoso tango La cumparsita, que vino bien con el champagne para levantarnos el ánimo. Mi única actividad parapsicológica fue tratar de ponerme en contacto con el Dr. Brenio Onetto, director de un laboratorio de parapsicología en la Universidad de Santiago, pero por algo no nos pudimos encontrar, y no supe por qué. Es oportuno referirme aquí a un tema recurrente en el aspecto parapsicológico de mi vida, y es la manera como se presenta ante la comunidad de científicos con los que estoy relacionado ese aspecto de mis actividades. Ocurre por lo general de esta manera: en un grupo grande de gente, después de cenar, uno de mis amigos que sabe de mis estudios parapsicológicos hace una referencia en tono de broma, por ejemplo, “Vos sabés, José cree en la ESP”, entonces yo contesto “No es que creo, estoy convencido por las evidencias que recogí yo mismo”. Algún otro dirá, con aire de sorpresa: “Feola, ¿no pensarás de verdad que la clarividencia y la precognición existen realmente?”. Con todo,
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insistirán en que les cuente algo al respecto, y la conversación seguirá durante dos o tres horas. Algunas veces pensé que perdía el tiempo hablando a gente que dice que no cree en los fenómenos psíquicos, pero luego comprendí que esas conversaciones eran útiles porque ayudan a que la gente piense en esas experiencias y las considere más seriamente. Lo que es más, a causa de esas conversaciones he sido invitado varias veces a dar conferencias sobre el tema a audiencias más amplias que unos cuantos amigos reunidos en torno a una taza de café. Menciono esto aquí porque después de aquella cena maravillosa en el casino de Viña del Mar, tuve una de esas conversaciones con muy altos funcionarios de la Comisión Argentina de Energía Atómica.

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CAPITULO 16 Aprendiendo a dominar la psicokinesia
De regreso en Buenos Aires, me encargaron de organizar un seminario sobre biofísica. El término “biofísica” comenzaba a atraer a algunos científicos de la Comisión de Energía Atómica después de mucho trabajo de mi parte. Era también una prueba de lo difícil que es introducir ideas nuevas en personas formadas una generación atrás. Tienen miedo, creen que sólo se trata de una nueva onda o tendencia que pronto se desvanecerá, y tienden a apegarse a los viejos cánones. El objetivo de este seminario era tratar de descubrir cuáles eran esas nuevas líneas de pensamiento, y si la biofísica era realmente una nueva manera de pensar y no sólo una mezcla de física y biología. Me habían invitado a dar cinco conferencias en la Universidad de Córdoba sobre los efectos biológicos de la radiación, así que decidimos ir unos días antes y tomar unas vacaciones en las hermosas sierras de esa provincia. Fuimos en auto; mientras conducía de noche repetí mi “performance” de 1961 cuando me quedé dormido. Nuevamente verifiqué el asombroso poder de la mente subconsciente, que me devolvió indemne a la ruta. Después de esas cinco disertaciones, me invitaron a dar una conferencia especial sobre parapsicología. La asistencia a este acto fue mucho mayor que a cualquiera de las conferencias sobre los efectos biológicos de la radiación. Los jóvenes físicos se mostraban abiertos a los fenómenos psíquicos y no tendían a negar todo lo que yo decía sino a pensar en cómo estudiar esos fenómenos o qué clase de teorías físicas encajarían en una teoría de psi; que es, me parece, el enfoque apropiado. Había un Instituto de Parapsicología en Córdoba, y hablé con su director. Dos de los físicos también conversaron largamente conmigo; prometieron elaborar algunas ideas relacionadas con una explicación termodinámica de la PK.

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Volví a Buenos Aires en tren, y durante el viaje leí El retorno de los brujos, que acababa de ser traducido en la Argentina. Tardó cuatro años más en ser traducido al inglés. Hacía mucho que nos preocupaba el problema del tiempo, a mí y a algunos de mis amigos. Habíamos decidido organizar un seminario, pero encontramos que era tan difícil de abordar que decidimos posponerlo al menos por un año, hasta que pudiéramos realmente hablar sobre los posibles enfoques con mayor certeza. En abril conseguí un ejemplar de The direction of time, de Reichenbach, y comencé a estudiarlo. Por cierto, me interesaba la posibilidad de que la precognición pudiera integrarse legítimamente en una teoría física, pero el problema no era sencillo, aunque es de la mayor importancia y a muchos científicos también les interesaba. En el Instituto Argentino de Parapsicología tuvimos una discusión sobre los miembros de Subud. El presidente y el tesorero habían decidido contribuir a las finanzas del Instituto alquilando uno de nuestros salones tres veces por semana a un grupo Subud. No lo consideré conveniente, porque los Subud tenían prácticas que me parecían incompatibles con nuestros propósitos y métodos. La votación resolvió a favor del alquiler, a pesar de mis protestas. Por aquella época no me sentía bien; además, estaba experimentando una serie de cambios en mi pensamiento. Las razones eran demasiado complicadas, pero de alguna manera sentía que se iba a producir otro salto en mi vida. El conocido científico Jack Schubert había venido a trabajar en la Comisión de Energía Atómica; tuve con él largas conversaciones sobre sus problemas con la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos y las audiencias en el Congreso. Schubert era bajo, rechoncho y extremadamente inteligente. Su energía parecía ilimitada. Supe cuál era su enfoque del problema de la precipitación radiactiva –que todavía nos preocupaba a nosotros y al resto del hemisferio Sur– y me abrió los ojos a ciertos análisis estadísticos interesantes a los que él había contribuido. Se suponía que yo trabajaría con él, pero lamentablemente las circunstancias no me permitieron terminar las tareas.

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La situación en el trabajo se hacía cada vez más difícil. Nuestros salarios eran realmente bajos; uno nunca sabía qué iba a pasar al día siguiente, mucho menos dentro de una semana o un mes. El 20 de abril recibí una carta de John Lawrence, el director del Laboratorio Donner en Berkeley, invitándome a visitarlo. El Dr. Lawrence era el hermano de Ernest Lawrence, ganador del Premio Nobel por su invento del ciclotrón. Era indudablemente un gran honor. Hablé con el jefe del departamento, y me dijo que estaba de acuerdo con mi viaje si el Laboratorio Donner me pagaba el pasaje. Al día siguiente fui a ver al Dr. Enrique Strajman, que había estado en Berkeley doce años. El Dr. Strajman era profesor en la facultad de Medicina; dictaba un curso de biofísica. Estaba convencido de que yo debía ir a California y prometió ayudarme. Tuvimos una serie de reuniones con respecto a mi plan, pero nada iba a salir de ellas. A fines de abril, un amigo mío decidió aceptar un empleo en Washington, D.C., y el mismo Dr. Schubert decidió volver a los Estados Unidos. El último día de abril hubo un llamado telefónico desde California para el Dr. Strajman, pero era un malentendido y no tenía nada que ver con mi proyectada beca. Me sentía harto de todo, había decidido dejar el país, y empecé a prepararme para hacerlo. A principios de mayo quise darle a la Comisión de Energía Atómica argentina otra oportunidad para retenerme. Exploré la posibilidad de que me dieran una beca para ir a Italia a seguir un curso de Biofísica, pero me dijeron que era demasiado caro, lo cual yo sabía que no era verdad, porque los altos oficiales gastaban un montón de dinero en viajes que no tenían nada que ver con la investigación. Esta actitud fortaleció mi decisión de marcharme. El 6 de mayo di una conferencia sobre la ESP a un grupo de odontólogos en San Isidro, zona residencial próxima a Buenos Aires. Tuve una audiencia numerosa. Al final de la charla di un test a un grupo de unas treinta personas que se quedaron para hacerlo. Era la una y media de la mañana cuando regresé a Buenos Aires con el Dr. Miller, un hombre muy interesante. Como teníamos hambre, paramos en un lugar para comer unos sandwiches y tomar un vaso de vino. Fue allí donde descubrí que el Dr. Miller poseía una extraña habilidad.
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Era capaz de decir al instante, y con exactitud, después de escuchar un párrafo de cualquier extensión, la cantidad total de letras que contenía. Lo probé en el restaurante, escribiendo varias frases de unas 100 letras, y fue asombrosamente exacto en todas ellas. Es la única persona que he conocido con semejante facultad. Me dijo que lo habían examinado con varias páginas leídas muy velozmente. Me pareció que trabajaba realmente como una computadora porque la respuesta era instantánea. Cuando pronuncié la última palabra, respondió “109” y era exacto. De esta manera comprobé una vez más el maravilloso poder del cerebro, el sistema nervioso y/o la mente subconsciente, si se quiere. A mediados de mayo mi vida se complicó más todavía, en el hogar y en el trabajo. Estaba desesperado. Trabajábamos arduamente con las irradiaciones de ratas en el ciclotrón; pero a pesar de todo ese trabajo, era difícil vivir con los problemas que tenía. El 20 de mayo escribí al final de una de las páginas de mi diario: “Es difícil vivir; es difícil morir”. Sin embargo, al día siguiente convencí al jefe del departamento de que no era tan importante que yo abandonara el proyecto. El domingo 24 de mayo, mi viejo amigo el Dr. Vadim Lubomirsky vino de Córdoba. Vadim y yo habíamos tomado varios cursos juntos en La Plata. Fue uno de los miembros de la facultad que escucharon mi charla pocas semanas antes. Me habló de algunas ideas que tenía para una aproximación teórica a la explicación de los efectos de PK. Pero las aproximaciones teóricas estaban demasiado lejos de las posibilidades experimentales; tendríamos que esperar hasta que nuevos descubrimientos abrieran el camino para un avance. Mientras tanto, continuaba con mis trabajos de PK de manera constante; a pesar de mis frenéticas actividades de día y de noche, seguía repitiéndome las mismas preguntas sobre la vida: “¿Por qué? ¿Para qué?”. El 27 de mayo recibí una carta de mi amigo Paul Todd, diciendo que había posibilidad de conseguir un puesto en Berkeley. El mismo día llegó la noticia de la muerte de J. Nehru.
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El 30 de mayo pensé que a los treinta y ocho años estaba muy lejos de haber logrado lo que deseaba en la vida. Mis problemas personales alcanzaron un pico a comienzos de junio. De todos modos, para esa fecha ya estaba convencido de que iba a venir a los Estados Unidos. Había renovado mi pasaporte y estaba eligiendo los libros que iba a llevar conmigo. El 6 de junio se produjo un incidente de ESP. Había ido a La Plata con mi hijo y pasé el día visitando amigos y familiares. Después de cenar en casa de mis padres, estábamos escuchando radio. Había un partido de fútbol, y era muy bueno, pero teníamos que irnos para poder tomar el tren de vuelta a Buenos Aires. Antes de salir de la casa, dije: “El jugador Tal va a hacer un gol dentro de unos minutos, y ése va a ser el resultado final del partido”. Mi padre nos llevó a la estación del ferrocarril donde había varias personas con radios portátiles. Cuando llegamos, el jugador que yo había nombrado hizo un gol; pocos minutos después terminó el partido. Aunque es posible hacer predicciones dentro de las posibilidades de un juego, en mi caso yo vi claramente que ese determinado jugador iba a hacerlo y también las circunstancias. Y éste es uno de los grandes problemas en el análisis de los experimentos de ESP. En junio visitó la Comisión de Energía Atómica un señor Rubio, que hacía fuentes de iones negativos. Yo había oído hablar de iones negativos, pero éste era el primer informe directo del alivio que podría obtenerse con ellos, especialmente en casos de pacientes asmáticos. Por la tarde de ese mismo día, tuve un accidente muy grave en el que pude haber muerto. Estaba haciendo la dosimetría en el ciclotrón para irradiar a unos animales; la pequeña abertura del rayo de deuterones estaba muy alta de modo que había que trabajar sobre una plataforma a unos dos metros arriba del piso Yo había corrido la escalera de su lugar habitual, lo que me hizo cometer el error de tratar de bajar por el lado indebido. Di dos pasos hacia atrás y caí de espaldas sobre el piso de concreto. No perdí la conciencia, pero se me paralizaron los pulmones y por un momento no pude respirar; fui bastante afortunado de que no hubiera alrededor ninguno de los elementos comunes, como bombas de vacío, ladrillos refractarios y otras cosas peligrosas para una caída. Me llevaron a la enfermería, y al cabo de una
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media hora me recuperé. Lo interesante fue que, al llegar a casa, supe que mi hijo había estado vomitando casi al mismo tiempo que me ocurrió el percance. Al día siguiente me quedé en cama y terminé de leer El retorno de los brujos, mientras me preguntaba a mí mismo: ¿dónde estaba tu ESP cuando realmente la necesitabas? Como manifesté antes, muchas veces me salvé de daños e incluso tal vez de la muerte por medio de lo que parecía ser una intervención de la ESP o la PK. ¿O era otra cosa? ¿Un poder más alto? ¿Una función psi más elevada dentro de nosotros mismos que a veces no funciona? Dos días después del accidente, estaba nuevamente tratando de tener todo listo para viajar si llegaba la oferta; La espalda casi no me dolía. El sábado 13 de junio recibí una carta de Boston invitándome a solicitar un puesto allí. Decidí escribir a mi amigo Paul sobre el particular, ya que él era graduado del MIT y había vivido varios años en Boston. Le envié una carta ese mismo día. El domingo hice pruebas con una máquina de PK con mi hijo y un amigo suyo en un juego de competencia. El lunes recibí una carta de Paul. Parecía que me hubiera adivinado la intención, ya que no podía haber recibido tan pronto la mía. Paul decía en su carta: “Esperá antes de aceptar otra oferta”. Nuestro amigo el filósofo Oscar Andrieu dio una charla en el Instituto de Parapsicología, titulada “Insinuaciones sobre fantasmas”, que fue bastante provocativa y profunda. 23 de junio. Estaba muy lejos de ser feliz en esos días. Sólo me dejaba estar; por eso fue sorprendente que de pronto me invadiera una gran alegría desde alguna parte de mi ser, y concebí la idea de que había una carta de Paul esperándome. Llamé a mi esposa: estaba en lo cierto. Le pedí que me la leyera por teléfono: era una oferta de Berkeley. 29 de junio. Hice algunos experimentos de PK yo solo. Dieron resultados a nivel del azar, pero hubo algunos detalles sutiles interesantes que podían conducirme a obtener resultados significativos.

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El 1 de julio me nombraron jefe de la sección Biofísica, un último intento por retenerme, que desde luego estaba destinado al fracaso. 4 de julio. Vimos una película fascinante, Un día, un gato. Daba la idea de una visión multidimensional de nuestro mundo por medio del uso de diferentes filtros para las distintas escenas. Mostraba también el mundo visto por distintas personas y también visto por el gato. El 6 de julio llevé al Instituto el nuevo aparato de PK. Era una especie de jaula giratoria. Gira movida por un motor y se detiene cada media vuelta. Las caras de los dados pueden ser leídas y anotadas, luego da otra media vuelta y así sucesivamente. La ventaja es que nadie toca los dados, y los ensayos se hacen más rápido que con la máquina de plataforma. Rhine y su equipo habían utilizado antes este tipo de máquina. El 9 de julio, día de la Independencia argentina, fui con Miguel Ángel a ver el desfile militar. Tenía la sensación de que era la última vez que veía a nuestros soldados, a nuestro pueblo. Me entristeció comprender que sólo participaban cinco mil personas, y que todo duraría unas tres horas; extrapolando a los veinte millones de soldados muertos en la Segunda Guerra Mundial, el recorrido les hubiera llevado 500 días, marchando 24 horas por día. ¡Qué tragedia humana es la guerra! Al día siguiente mi amigo Titín Vinals vino de Córdoba. Lo había conocido en La Plata varios años antes. Era el encargado de la sección fotografía de una gran casa de óptica. Era un excelente fotógrafo, pero era mucho más que eso, un poeta y escritor con grandes dotes. Había intentado publicar un pequeño libro de poemas, pero recibió críticas tan estúpidas que decidió no publicar nada en su vida. Traté de convencerlo de que probara con otros editores, pero estaba muy resentido. Pocos meses después él y su familia se fueron a Colombia, y ya nunca más supe de él. Él también insistió durante esa última visita en que yo no debería perder más tiempo en la experimentación de la PK. Puesto que estaba más que convencido de la existencia de la PK en diversos niveles,

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debería dedicarme a la elaboración de una teoría. ¡Más fácil decirlo que hacerlo! El 15 de julio leí que Rémy Chauvin iba a presentar un trabajo en la reunión de la Parapsychological Association en Oxford sobre el entrenamiento en la ESP. Gertrude Schmeidler planeaba dar una charla sobre impresiones subjetivas en la ESP. Estos eran dos temas que yo tenía presentes desde mis experimentos en Rochester. 16 de julio. Probé a tres personas en el IAP con la nueva máquina de PK. Uno de ellos produjo resultados significativos a nivel de p < 0,01. Al día siguiente hice tests con dos de mis alumnos. Un nuevo ensayo con la señora X, la que había dado resultados estadísticamente significativos, dio esta vez sólo resultados a nivel del azar. El 3 de agosto hice tests con otros tres sujetos; nuevamente, aunque los resultados generales fueron a nivel del azar, algunos detalles parecieron mostrar una tendencia. Por ejemplo: por lo general se producían más aciertos al comienzo del experimento. Uno de mis alumnos, justo en el primer ensayo, acertó cinco dados de seis. Este fenómeno era ya conocido para Rhine y otros, y atribuido a variables psicológicas, pero el verdadero mecanismo no se conoce. 13 de agosto. Hice dos tests en el IAP, uno con una señora y otro con el Dr. Bruno Fantoni, que era miembro del IAP y conocido conferenciante en una universidad privada. Luego hubo una conferencia en el amplio salón del Instituto. Después de la conferencia, un joven que pretendía ser psíquico, se sentó conmigo y me hizo una “lectura” mientras sostenía mi mano derecha. Como resultó bastante acertada, continuamos la conversación en un café cercano con algunos amigos. Me explicó que utilizaba poderes de observación, algo de frenología y psicología, pero no psi. También había estudiado ciencias ocultas, quiromancia, astrología. Fue una experiencia aleccionadora, porque mostró cuánto cuidado hay que tener cuando se trata de evaluar ese tipo de respuestas verbales. 14 de agosto. Se produjo un hecho extraordinario que –al menos para mí– confirma la ocurrencia de la PK en relación con una fuerte presión emocional. Lo que sucedió es lo
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siguiente. Mi hijo Miguel Ángel, cuyos experimentos con dados he descripto más arriba, iba a dar una charla a sus compañeros de clase acerca de su vida en los Estados Unidos durante nuestra estadía en Rochester, Oak Ridge y la ciudad de Nueva York. Iba a mostrar una cantidad de diapositivas con mi proyector. Ocurrió que mientras estaba probando el proyector se quemó la lámpara y no podíamos conseguir repuesto para reemplazarla. Me prestaron otro proyector y me encontré con él en la escuela. Probamos este proyector durante el recreo con tan mala suerte que una de las diapositivas quedó atascada y fue imposible sacarla. Lo intentamos de varias maneras, incluso con un destornillador, pero no fue posible arreglarlo. Los otros chicos empezaban a entrar en el aula, y mi hijo estaba literalmente desesperado. Yo observaba su expresión mientras todavía trataba de sacar la diapositiva del proyector. En este punto (fíjense bien) sin mirar el proyector, Miguel Ángel introdujo un dedo desde el frente y, que yo sepa, no tenía posibilidad de ejecutar ninguna acción inteligente. Inmediatamente, la diapositiva trabada saltó hacia fuera, y de ahí en más todo salió bien. Si esto no es PK, y de la mejor, no tengo otra explicación que ofrecer. 29 de agosto. Hice una lectura del I Ching, de acuerdo a la técnica que había observado en casa del Dr. Musso. Resultó bastante exacta. 31 de agosto. En la Comisión de Energía Atómica habíamos comenzado unos experimentos sobre los elementos de atracción sexual en los insectos. El cálculo del número de moléculas que se pueden hallar a una distancia de un kilómetro y medio de la hembra hizo que me preguntara si las polillas y otros insectos no tendrán alguna forma de ESP. 12 de septiembre. Encontré Experimental Psychical Research, por el Dr. Thouless. Señala algunos de los puntos que discutimos en nuestra reunión de la Universidad Duke en 1959. 21 de septiembre. Di una demostración de técnicas de PK al señor Lobato, de uno de los grupos de la TV. Después llegó su novia, una actriz muy conocida. Decidieron hacer algo para emitirlo por televisión.
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26 de septiembre. Por tercera vez predije correctamente el resultado de un partido de fútbol. Me pregunté: ¿He influido de alguna manera en los jugadores? 3 de octubre. Salió el primer número de Planète en castellano, como Planeta, por supuesto. 20 de octubre. El señor Lobato vino al IAP y grabó un programa. 21 de octubre. “Dios conduce derecho por líneas torcidas”. 28 de octubre. Yogananda. Bueno. Leo un folleto de Paramahansa

1 de noviembre. Comencé el mes leyendo Las sandalias del pescador, de Morris West.

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CAPITULO 17 Encuentro con mis amigos: Clarividente y el Sanador el Matemático, el

4 de noviembre 1964. Me encontré con mi buen amigo Mischa Cotlar, el Matemático. Fue justo el día anterior a que recibiera el mayor galardón de la Argentina en esa época, el Premio Weissmann. Tuvimos una conversación interesante. No le daba ninguna importancia al premio. Dijo: “No sé bien por qué me dieron este premio. Mis descubrimientos no son realmente míos. Yo solamente me siento y comienzo a recoger ideas de alguna parte. Lo único que tengo que hacer es escribirlas”. Por cierto, es el mismo Mischa que nos ayudó en La Plata y que había recibido las enseñanzas de aquel hombre enigmático, Asuri Kapila (ver capítulo 5). 14 de noviembre. Presenté dos trabajos en la reunión de la Asociación Odontológica. 17 de noviembre. Por fin llegaron noticias del Laboratorio Donner. El Dr. Lawrence estaría muy pronto en condiciones de ofrecerme un puesto. 21 de noviembre. “El sabio indaga en el espacio, y no le parece lo pequeño demasiado pequeño ni lo grande demasiado grande; porque sabe que no hay límite para las dimensiones”. Esto es de Lao Tse. 25 de noviembre. Hice una visita al señor Fernández. Su esposa mostró que seguía teniendo las grandes aptitudes de ESP que había desplegado muchos años atrás. Describió a mi mujer, a mi hijo y el departamento que habitábamos con lujo de detalles. Dijo también que yo iba a dejar el país. Añadió que iba a ir a un lugar donde había mucha nieve. Creí que se equivocaba, pero me acordé de ella cuando tuvimos nieve durante media hora en Kensington (al norte de Berkeley), y
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varios años más tarde, cuando nos trasladamos a Minneapolis, Minnesota, donde realmente había mucha nieve. 27 de noviembre. “…Estoy solo con el padecer de mi corazón…” Lui Chi. 28 de noviembre. Tana vino anoche y se quedó, así que charlamos largamente sobre Lanusol y el espiritualismo. 1 de diciembre. Me encontré nuevamente con Mischa. Tuvimos una larga conversación en la cual traté de sonsacarle algunos de sus secretos respecto de Asuri Kapila, pero fue imposible obtener ni una sola palabra. Lo único que dijo fue que hay leyes generales. Eso es todo. 2 de diciembre. Como Olga tenía una serie de problemas y yo iba a encontrarme con un hombre que hacía curaciones espirituales, le hablé de él, y accedió a consultarlo. 3 de diciembre. Vino el hombre. Se llamaba Romilio Ramírez. Su método consistía en hacer que el paciente se relajara, y luego pasar las manos sobre su cuerpo con la intención de sacarle lo malo. Estuvo todo el tiempo eructando; decía que era señal de que funcionaba. No pude evitar relacionarlo con mi padre, que curaba los dolores de cabeza causados por el “mal de ojo”: la idea era que las personas de mirada fuerte, muchas veces con los ojos enmarcados por cejas negras y gruesas, podían producir dolor de cabeza a personas susceptibles. Mi padre tomaba un cuchillo de mango negro, se ponía frente a la víctima y recitaba unas palabras que nunca pude alcanzar a oír, al tiempo que hacía la señal de la cruz cerca del rostro del sujeto. Si había “mal de ojo”, inmediatamente comenzaba a bostezar, y seguía haciéndolo hasta que el mal de ojo se iba. Entonces arrojaba el cuchillo por sobre su hombro derecho y prohibía que nadie lo tocara durante varias horas. En varias ocasiones esta cura hizo efecto conmigo y también con Olga. Desde luego, nunca se supo si era el poder de la sugestión. Lo mismo con Romilio. Pero hubo algo más que me interesó: durante el “tratamiento” se tomó tres o cuatro grandes vasos de agua. Lo relacioné con la costumbre de Fernando de tomar mucha agua durante las pausas en nuestras reuniones de La Plata. Las funciones del agua dentro del sistema nervioso son todavía un misterio, acerca del cual sigo leyendo y estudiando.
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Después de eso mi esposa se sintió mejor, especialmente de un dolor en la columna, pero no sabíamos si era una curación espiritual o efecto del buen masaje que le hizo Romilio. 6 de diciembre. Con todos los problemas que tenía, supe que había sólo dos milagros, que veía claramente: uno, estar vivo, y dos, gozar de buena salud. 7 de diciembre. Vino Romilio. Dijo varias cosas que me llevaron a creer que tenía buenos poderes intuitivos. 9 de diciembre. Ocurrió una cosa muy interesante. La noche anterior había estado pensando en escribirle a Pauwels, uno de los autores de El retorno de los brujos, y director de Planeta. Quería saber acerca de los trabajos de Rémy Chauvin y Aimée Michel en parapsicología. Leyendo el diario en el colectivo, supe que Pauwels llegaba a Buenos Aires esa mañana. Inmediatamente llamé a un amigo que trabaja en la redacción de Planeta en Buenos Aires. Me pidió que lo llamara a la tarde, pero como tenía cosas que hacer en el centro decidí ir directamente. Vi a mi amigo, y me invitaron a unirme a un pequeño grupo que se reuniría con Pauwels. Tuvimos una larga conversación desde las siete de la tarde hasta eso de las nueve de la noche. Pauwels era un francés encantador, inteligente y bien informado, y me sentí cómodo hablando con él de todas esas cosas “extrañas” que la mayoría de los científicos rechazan sin hesitación. Cuando salíamos, un teniente de la armada argentina me habló de su interés en la ESP. A la mañana temprano partía para la Antártida y me propuso hacer allá algunos experimentos dado que las condiciones psicológicas del personal eran excepcionales. Pensé que era una oportunidad fantástica y única, así que fui al IAP y dispuse lo necesario para darle cartas de ESP y algunas instrucciones que serían completadas por radio. Fue el inicio de un experimento en gran escala con sensitivos de todas partes del mundo. Yo era el padre de la criatura y tendría que dejarla en manos de mis amigos al irme del país dos meses más tarde. 11 de diciembre. El Dr. Alem nos visitó en la Comisión de Energía Atómica. Es el hombre que aseguraba haber hallado un método para curar algunas formas de cáncer. En efecto,
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puedo decir hoy que este método era correcto, pero el jefe del departamento y el de la división de radiobiología no fueron justos con él, a pesar de que les advertí que el experimento con animales que supuestamente debía poner a prueba las ideas del Dr. Alem había sido intencionalmente mal diseñado. No mucho después, leí un artículo en el que un equipo ruso reclamaba la prioridad de ese mismo método. El Dr. Alem había tratado ya a más de treinta personas, declarando excelentes resultados. No obstante, la Asociación Médica Argentina lo suspendió por seis meses aduciendo revelaciones hechas a la prensa antes de que el procedimiento hubiese sido científicamente probado. En todo caso, los detalles del método de Alem nunca fueron claros, pero teníamos pruebas de que al menos una mujer joven, con un cáncer de mama metastásico que se había extendido a la axila y el cuello, a la que un equipo de médicos declaró incurable, fue curada por Alem. ¡Era la sobrina de uno de los directores de la Comisión de Energía Atómica! Pasé toda esta información al Dr. John Lawrence y otros científicos tan pronto como me instalé en Berkeley. Ese mismo día por la tarde, di una conferencia sobre parapsicología en la Comisión de Energía Atómica a un grupo numeroso de físicos y biólogos. La situación había cambiado un poco desde 1961, porque esta vez me invitaron los físicos. En efecto, algunos de ellos estaban tan interesados que prometieron pensarlo y hacer ellos mismos algunos experimentos. 15 de diciembre. Vino Romilio, y Olga entró en una especie de trance. Curiosamente, escribió algo como una “M” (de nuestras reuniones en La Plata) y respondió preguntas con la misma “personalidad”. Luego hizo movimientos de bailarina clásica. 19 de diciembre. El profesor Alejandro Erú, un espiritualista amigo del profesor Fernández, daba una serie de conferencias y demostraciones de técnicas de meditación y curación espiritual. Había estudiado al famoso sanador brasileño José Arigó y había escrito bastante extensamente acerca de la curación espiritual en Brasil. Yo no sabía si asistir o no a esa conferencia; mientras estaba parado en la puerta
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del frente, miré el suelo y vi una pequeña medalla religiosa. No sé si lo tomé como una señal, pero entonces decidí entrar. Habían concurrido unas ciento veinte personas; después de escucharlo un rato, vi que, contrariamente a mis ideas preconcebidas, era bastante serio en su enfoque de los problemas Dijo algo que me impresionó porque sentí que era verdad y además lo expresó de una manera muy poética. Dijo que el mundo espiritual es como un bello prado verde con árboles, flores y pájaros. Al que anda paseando y ve ese lugar, puede gustarle vivir ahí. Pero, dijo, cuando se dispone a entrar ve que tiene que saltar sobre un profundo canal lleno de agua, y que una vez que da el salto ya no puede volver atrás. Así que tiene que tomar la decisión sabiendo que es definitiva. 21 de diciembre. Leí un interesante artículo de George Gamow sobre la gravedad, y me encontré con el profesor Erú con quien conversé extensamente. Me dio una copia de su publicación acerca de los sanadores brasileños. 24 de diciembre. Recibí una carta del Dr. Rhine en que me ofrece permanecer en Duke mientras espero la autorización para trabajar en Berkeley. 25 de diciembre. Estoy tratando de ver cómo materializar mi visita a Duke. En cuanto a mis problemas, leer sobre la crisis que tuvo Simone de Beauvoir a los treinta años me sirvió de consuelo. Ella se golpeaba contra las paredes cuando pensaba en la muerte inevitable que la esperaba. 28 de diciembre. Hablé con el cónsul norteamericano durante cuarenta minutos. Resultó estar interesado en la ESP y me dijo que podía dejar el país en el momento que quisiera. Recibí una carta de Chet Carlson en la que transmite la respuesta que obtuvo su esposa Dorris al consultar al I Ching por mí; la transcribo en detalle porque no sólo era profética sino ajustada a la carta. “Pediste ‘intuiciones’ sobre tu persona. Le mostré tu carta a Dorris y ella consultó al I Ching (que una vez nos recomendaste) después de una meditación. La respuesta era Nº 56 con 9 en tercer lugar, cambiando a Nº 35. Sin duda tienes los libros así que puedes buscarlos y hacer tu propia
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interpretación. (Nosotros tenemos la traducción de Richard William, Bollingen Series XIX, Pantheon Books). Nuestra interpretación es la siguiente: N° 56 . El caminante. Un caminante en tierras extrañas. Separación. Tiene pocos amigos. Éxito mediante la pequeñez. La perseverancia trae buena fortuna. (9) Situación peligrosa si se inmiscuye en asuntos y controversias que no le conciernen. N° 35. Progreso. Si sigue el consejo del N° 56 el resultado es rápido, progreso fácil, honores, un futuro brillante. En resumen, en nuestras propias palabras, los consejos parecen ser, en parte, los siguientes: No trabajarás en tu hogar, sino en un país extranjero. Estarás dispuesto a hacer cosas pequeñas al principio – éxito. Peligro de alguien que está debajo de ti. No tengas actitudes de superioridad. Que no te importe trabajar bajo otra persona. Ten la mente clara, sé prudente al imponer sanciones. Si te comportas como un extraño con un subordinado lo perderás. Peligro, No seas rudo ni sobreexigente. Sé prudente y reservado. Sé amable y servicial con los demás – éxito. Sé recto y constante, asóciate con buenas personas – buena fortuna. No descargues castigos o pleitos. Si sigues los consejos, el progreso será fácil. Recibirás honores y tendrás un futuro brillante. Éxito mediante la pequeñez. La perseverancia trae buena fortuna. “Espero que esto te sea útil. Los consejos parecen buenos para cualquiera”. Esta vez seguí plenamente los consejos. Tuve bastante éxito en Berkeley, aunque no hice fortuna. Pero sin duda fui afortunado al estar allí, rodeado de grandes científicos,
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filósofos, en un entorno increíblemente bello, y además con la parapsicología aceptada en todas partes. 30 de diciembre. Llegó la carta del Dr. Lawrence, así que me preparé para irme. Hubo alboroto en la jefatura de mi departamento, pero yo ya había tomado la decisión definitiva de escapar al infierno en que estaba viviendo. Esa misma noche mi hijo hizo su debut como el joven Galileo en la obra de Bertold Brecht. 31 de diciembre. Increíblemente, tuve un día tranquilo. A la noche salí a caminar por la Avenida 9 de Julio (la más ancha del mundo) y conocí a un tipo raro. Su manera de hablar me hacía pensar que era polaco, pero iba vestido a la manera de Cantinflas, todo desaliñado, y se acercó a hablar conmigo. No me pidió nada. Después de hablar de los espíritus y la noche y las cosas hermosas, terminó la conversación diciendo: “Usted habla muy lindo, pero ¿dice la verdad?”. Este hombre extraño me hizo recordar a los tres magos de J. B. Priestley que recorren el mundo con distintos disfraces: usted nunca sabe cuándo se va a encontrar con uno de ellos. Su última frase también concordaba con otras experiencias que tuve. Me parecía que cuando uno está luchando con un problema la respuesta puede venir de cualquier parte; varias veces oí esa “respuesta” de una conversación entre dos personas en el subterráneo, el ómnibus, o de un libro abierto al azar. ¿Coincidencia? No lo creía, pero años después llegué a formular una teoría de la que hablaré a su debido tiempo. CODA. Estoy seguro de que el lector atento se estará preguntando: “Bueno, pero ¿qué hizo con sus poderes telepáticos?”. Yo había decidido que, a menos que pudiera ejercerlos a través de un amplio programa de investigación, usar de esos poderes era moralmente dudoso. Sentía que estaba violentando, invadiendo la intimidad de personas inocentes, y tenía más o menos decidido no utilizarlos a menos que fuera absolutamente necesario. No obstante, en dos ocasiones utilicé la telepatía en Buenos Aires. Las dos experiencias tuvieron lugar en el subterráneo de la Avenida de Mayo. La primera vez fue una tarde. Me dirigía al Instituto Argentino de Parapsicología; iba leyendo, en uno de los coches. Había
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pocas personas en ese momento. De pronto interrumpió mi lectura el ruido que alguien hacía estirando y soltando la banda elástica de un paquetito que llevaba en su mano izquierda. Al cabo de un minuto o algo así, me enojé tanto que rápidamente visualicé al hombre y le disparé una orden mental, “¡Pará con eso, idiota!”. El hombre detuvo su movimiento exacta e inmediatamente después de mi orden mental. Estaba orgulloso de mí mismo. Todavía lo tengo, pensé. Después de otro minuto o algo así, pensé que debía verificarlo, así que emití otra “orden”: está bien, podés hacerlo, pero despacito. El hombre comenzó a jugar de nuevo con la banda elástica muy suavemente. ¿Qué mayor prueba se puede pedir? La segunda experiencia se produjo en la misma línea de subterráneos, pero al volver del IAP. Era a primera hora de la tarde, alrededor de la una. Como de costumbre, iba leyendo. Uno no pierde el tiempo cuando viaja en un transporte público. Iba sentado al final del coche, con la espalda en dirección hacia delante. Frente a mí había una jovencita, también leyendo un libro. Parecía cansada, casi dormida. “¡Ajá!–pensé– vamos a ver qué tal esos poderes”. Me concentré intensamente: “Te vas a bajar en Perú” (una estación antes de la última; la calle Perú es la continuación de Florida, una de las calles más famosas del centro porteño). Repetí la orden, visualizando a la chica que se bajaba, caminaba por la Avenida, se sentía perdida, miraba a su alrededor con los ojos en blanco. ¿Adónde voy? Repetí esto varias veces. Llegamos a la estación Perú, ella se levantó y salió; la seguí, observándola de cerca. Estaba desamparada, totalmente perdida. Creí que se iba a desmayar. Me asusté, como la primera vez que hice esto en la Universidad de Rochester. Esta vez estaba dispuesto a ayudar a la joven. Me concentré intensamente: “¡Despertáte! ¡Despertáte!” Por suerte se recuperó, volvió hacia la estación Perú, y pronto la perdí de vista. No pude evitar de pensar nuevamente en la hipnosis telepática y sus consecuencias. ¿Cuántas personas pueden hacerlo? ¿Usan sus poderes? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Para qué? Y luego la indignación que sentí, y siento, por los millones de dólares que se van todos los días en emprendimientos inútiles, mientras que la investigación en parapsicología no tiene lo mínimo necesario para sostener un laboratorio decente y pagar sueldos decentes a los investigadores.
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Claro que hay otros pensamientos que son el contrapeso de éstos: “Si los lamas tibetanos tienen esos poderes, ¿por qué no los usan para defender a su país contra los invasores chinos?”. Espero poder preguntárselo al Dalai Lama un día de estos.

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CAPITULO 18 En Duke, a tiempo completo
El 16 de febrero de 1965, partí de Buenos Aires y entré en los Estados Unidos, en Miami. Me informé de que a las 7 y media salía de Miami un bus para Durham, North Carolina, así que, sin haber dormido, tomé un café y emprendí un viaje de veintiuna horas para visitar el laboratorio del Dr. Rhine. Me había invitado a permanecer en Duke hasta obtener la autorización para trabajar en Berkeley. Por primera vez iba a ser un trabajador full-time en parapsicología. En 1965 el Dr. Rhine y su equipo estaban todavía en el mismo edificio donde yo los había conocido. En total eran diez habitaciones y la biblioteca, donde tenían lugar las reuniones a la hora del café. Los miembros del equipo eran: el Dr. Rhine y su esposa Louisa; los doctores John Freeman y Ramakrishna Rao; el señor y la señora Avery (a ella la conocía de antes, su nombre de soltera era Mary Higbee), Dorothy Pope, Fay David (la secretaria del Dr. Rhine), Cynthia Weaver, señoritas Kanthamani y Sailaja, y otros dos visitantes de la India, el profesor Parthasarathy y su candidato al doctorado, señor Bhadra. Estaba también Edward Cox, quien visitaba el laboratorio para hacer su trabajo en PK, y venía tres veces por semana. Un estudiante de psicología, Robert Morris, trabajaba a tiempo parcial. El trabajo en el laboratorio comenzaba a las 8 de la mañana. Tres o cuatro veces por semana había una hora para el café, a las once, luego la hora del almuerzo, y se volvía a trabajar hasta las cinco o cinco y media. Como yo había hecho un experimento de PK en Buenos Aires con éxito, uno de mis primeros proyectos fue trabajar con Edward Cox con alguna de sus máquinas de PK. Probé con tres de ellas. En la primera, se soltaban cientos de bolillas en una especie de distribuidor mecánico; si no actuaba la PK, el aparato daría una distribución normal de las bolillas, con un 68% de ellas en los canales centrales y el resto repartido a ambos lados en forma pareja. Lo que hace el sujeto es tratar de hacer que las bolillas vayan a la derecha o a la izquierda según una serie aleatoria. La extensión del juego se establecía de antemano, y podía ser
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evaluado rápidamente. Con esta máquina tuve éxito en la primera serie, pero en cuanto perdí interés los resultados descendieron al nivel del azar. Había otras dos máquinas, verdaderos relojes, que identificaré como “reloj de una sola vía” y “reloj de doble vía”. Ambos funcionaban con el mismo principio: al pulsar un botón se liberaba una serie de dispositivos mecánicos, eléctricos y ópticos, que ponían en marcha el reloj y lo detenían aleatoriamente. El dial se dividía en cien partes. En el reloj de una sola vía la aguja giraba en el sentido del reloj y se detenía, supongamos, en 25. Entonces el experimentador le indicaba al sujeto que tratara de hacerlo andar más tiempo. Esto significa que en el próximo inicio el sujeto tenía que “empujar” mentalmente la aguja para llevarla por lo menos hasta 51. Si, en cambio, le pedía que se detuviera antes (el orden se establecía al azar) debería hacerlo llegar a 50 o menos. El reloj de doble vía andaba hacia delante la primera vez y hacia atrás la segunda. El objetivo era similar: si en el primer movimiento llegaba hasta 25, como el otro reloj, el experimentador le pedía al sujeto que lo hiciera positivo o negativo (al azar). “Hacerlo positivo” significaba que cuando la aguja iba hacia atrás debía tratar de mantenerla del lado positivo, lo cual significa también que el movimiento hacia atrás debía ser más corto que el movimiento hacia delante. Si el experimentador le pedía que lo hiciera negativo, debía tratar de llevar la aguja más allá del cero, de modo que este movimiento debía ser más largo que el movimiento hacia delante. En resumen, con estas dos máquinas también tuve éxito en las primeras dos o tres series, pero entonces Cox y yo cometimos el error de poner al descubierto el sistema que hacía funcionar las máquinas; cuando supe cuál era el ingenioso sistema con el que Cox había logrado producir movimientos aleatorios, perdí interés y mis resultados se redujeron al nivel del azar. La única excepción fue una jugada que hice contra unos visitantes del exterior. Mis motivaciones se elevaban cuando había de por medio una cuestión de orgullo personal o nacional. Les pegué fuerte. Había muchas cosas que hacer en el laboratorio. Una de mis tareas fue leer una tesis hecha por Gita Elguin, de Santiago, Chile. Tenía que ver con los efectos de la PK sobre
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tumores sólidos en ratas. Afirmaba que había evidencias estadísticas al nivel del uno por ciento de que, efectivamente, los tumores habían crecido menos en el grupo que ella había intentado “curar”. Pero me di cuenta de que el experimento carecía de valor porque el décimo día los animales contrajeron una infección que invalidaba completamente toda posible conclusión. Expliqué mis objeciones en una reunión a la hora del café. El Dr. Rhine estaba sentado en primera fila y de tanto en tanto se rodeaba el oído con la mano derecha, pues no oía bien. Quería a toda costa publicar un artículo en el Journal of Parapsychology. Dije que para poder efectuar declaraciones científicas respecto de los resultados, habría que repetir el experimento con los debidos controles. Fue una discusión penosa porque la tesis tenía otros errores. Todos entendieron, y la señora Pope vetó la publicación. No obstante, se publicó un resumen al cual se ha hecho referencia en varias ocasiones. Aunque era engañoso, la presión del Dr. Rhine sobre el editor pudo más. Pero en parapsicología no podemos enlodarnos. Leí el manuscrito del libro del Dr. Rao, Experimental Parapsychology, y lo discutí con él. Había muchas ideas interesantes, pero me pareció que no estaban plenamente desarrolladas, opinión que mantuve después de publicado el libro. Tenía mi escritorio en una zona en que había tres oficinas. Una la usaba la señorita Kanthamani y la otra la señora Weaver. Las dos tenían que pasar por mi oficina para llegar a las suyas. Yo acostumbraba hablar con la señora Weaver de mis experiencias y experimentos; ella tenía interés en darme algunos tests cuando yo quisiera. Le dije que cuando lo hiciera yo podía ser casi infalible, lo que por cierto era una exageración de mi parte pero la dispuso a desafiarme en cualquier momento. Una hermosa mañana de marzo fui a trabajar como de costumbre; me sentía realmente eufórico. En realidad me había olvidado de que esta señora quería ponerme a prueba, y apenas entró le dije: – Me siento muy bien esta mañana. Creo que sería capaz de hacer cualquier cosa. – Ah, ¿sí? ¿Cualquier cosa? –dijo ella. – Seguro –contesté–, cualquier cosa.
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– Entonces venga conmigo –dijo. Fui a su oficina donde me entregó un sobre negro grande. Me pidió que lo sostuviera entre mis dedos y luego comenzó a hacerme preguntas. – En este sobre hay una fotografía –dijo–. Dígame, ¿es un hombre o una mujer? – Es un hombre –dije. – ¿Más de cuarenta o menos de cuarenta? – Más –dije. – ¿Casado o soltero? – Casado. – ¿Tiene más de tres hijos o menos? – Más –dije. Y así sucesivamente. Me hizo 23 preguntas; respondí correctamente 19. Por cierto, sólo era un paso preliminar para darme un test más difícil. Me entregó otro sobre y me preguntó: – Ahora, dígame usted qué hay adentro. De inmediato me vino a la mente la figura de un hombre cincuentón, alto y con cabello gris, y así se lo dije. Ella agregó: – Siga diciéndome todo lo que le venga a la mente. Le dije que me parecía que este hombre era casado, que de alguna manera había desaparecido, que se había ido al oeste a una isla en el Pacífico, pero no podía decir cuál. Sentía que su esposa estaba preocupada y que no sabía si estaba vivo o muerto. Mi sensación era que estaba vivo. Todo era correcto, excepto que no sabían realmente si estaba en las islas del Pacífico ni si estaba aún con vida. Fue Cynthia quien me llamó la atención sobre el hermoso y poético libro The Prophet de Khalil Gibran. También me recomendó el libro There is a river sobre la vida de Edgar Cayce, pero entonces no tenía tiempo para leerlo. En el laboratorio había un polígrafo con dos canales. No se usaba desde que Douglas Dean había hecho algunos
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experimentos con él. Me pareció que era una lástima no utilizar un dispositivo tan caro. Comencé a trabajar con él; con la ayuda de un visitante lo pusimos en marcha. Diseñamos con Bob Morris un experimento que consistía en condicionar a un estudiante de la siguiente manera. Adherimos un pletismógrafo a uno de sus dedos. Este aparato mide los cambios en la presión sanguínea y los registra en un gráfico. Cuando el sujeto sufre una perturbación emocional o un dolor, el pletismógrafo registra un movimiento mayor. Lo que hicimos fue usar sólo dos símbolos de ESP, la cruz y el círculo. Mezclamos bien 25 de cada uno y adherimos a la mano izquierda del sujeto un dispositivo de electroshock. Cada vez que Bob me mostraba una cruz yo le aplicaba a John un shock eléctrico moderado. Cuando veía un círculo no hacía nada. Después de tres sesiones de esta clase de condicionamiento y bastante dolor para el pobre John, intentamos un experimento de clarividencia. Ensobramos cruces y círculos en sobres opacos. La idea era que cada vez que se le mostrara a John un sobre que contenía una cruz, el pletismógrafo registraría un pico como si hubiera recibido un shock eléctrico. Dio resultados positivos, aunque no estadísticamente significativos. Cuando me fui, a comienzos de abril, el experimento todavía estaba en curso. Otro suceso interesante tuvo lugar durante mi breve estadía en Durham. Un grupo de nueve jóvenes graduados del MIT vino a visitar el laboratorio. Todos eran brillantes. Yo tenía que ocuparme de los físicos e ingenieros del grupo. Durk Pearson era sin duda uno de los genios de la comitiva. Era físico, obtenía las mejores calificaciones y le quedaba tiempo para tomar cursos de psicología, hacer el seguimiento de veinticinco revistas, y escribir algo sobre la macromecánica de la PK. Si bien su idea de la energía viajando hacia atrás en el tiempo no era nueva, pues ya la había adelantado Richard Feynman en su teoría del positrón, sin duda la aplicación que él hizo de esta idea a la teoría de la PK planteaba nuevos desafíos, especialmente por haber logrado diseñar experimentos para probarla o refutarla. (Nunca fue probada). Yo había conocido a la señora Avery durante mi visita en 1959. Esta vez conocí a su esposo. Se habían casado unos
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meses antes y tenían una casita en medio del bosque a pocas millas del laboratorio. Me invitaron a cenar, después de lo cual fuimos a su lugar secreto donde habíamos decidido hacer una sesión con una pequeña mesa redonda de tres patas. Mary se había interesado siempre en los fenómenos psíquicos, y es por eso que había ayudado al Dr. Rhine durante varios años. Ahora quería mostrarle algo a su marido, ya que él nunca había visto nada parecido. Y lo hizo esa noche. Poco después de que hiciéramos una cadena con las manos sobre la mesa, ésta se movió suavemente y giró. Hicimos preguntas varias veces hasta que por fin respondió levantándose en dos patas y golpeando el suelo con la tercera. Todo ello a plena luz, y no tengo la menor duda de que el fenómeno fue auténtico. Por fin recibí una carta del Laboratorio de Radiación Lawrence diciendo que me esperaban en Berkeley tan pronto como me fuera posible. Llegué al aeropuerto de San Francisco el 4 de abril. Mi amigo Paul Todd me estaba esperando; me llevó a su casa, donde su esposa Judy había preparado una magnífica cena de bienvenida. Llovía en Berkeley, lo que hizo que la comida resultara más deliciosa. Tuve que hacer un esfuerzo para ingerir el postre, porque había comido en el avión hacía sólo dos horas, pero lo terminé con ayuda de varias tazas de café. Eran más de las nueve cuando Paul me llevó a la Casa Internacional, donde me había reservado una habitación con baño privado. A la mañana siguiente conocí al Dr. Lawrence y me mostraron mi laboratorio en el Edificio 74 en lo alto de las colinas. Dos técnicos expertos me esperaban, mi escritorio estaba vacío, mis libros habían llegado. Estaba listo para mis años de Berkeley.

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CAPITULO 19 Berkeley
Antes de partir de Durham, el Dr. Rhine me había dado los nombres de algunas personas vinculadas con la Sociedad de Estudios Psíquicos de California en Berkeley, y me puse en contacto con ellos en cuanto estuve instalado y comencé a trabajar. Necesitaba urgentemente un coche; recordé que el profesor Mark van Aken me había mencionado a un vendedor que no iba a engañarme. Mark van Aken era un profesor de historia a quien había conocido en Duke. Era un gran maestro; me había invitado a una de sus clases, y allí aprendí no sólo algo de historia de los Estados Unidos, sino también la manera en que utilizaba una adaptación del método socrático para mantener a los alumnos pensando y activos durante toda la clase. Gracias a van Aken conocí al depuesto presidente brasileño Juscelino Kubitschek. Él y Arturo Frondizi fueron derrocados con pocos meses de diferencia entre uno y otro. Kubitschek confirmó lo que Frondizi me había dicho: que había fuerzas contrarias a la creación del mercado común sudamericano a que ellos aspiraban, y que eran demasiado poderosas para poder contrarrestarlas. El hombre recomendado por Mark me vendió un maravilloso Chrysler Imperial 1955, por 250 dólares. Me pareció que era demasiado grande para mí, pero pronto comencé a hacer amigos y entonces lo utilicé plenamente. Era un coche de cuatro puertas, color celeste, totalmente automático. El amigo de Mark me dijo que cuando salió ese modelo se convirtió en el coche de los reyes africanos; les encantaba abrir y cerrar las ventanillas desde el asiento del conductor. Mi laboratorio estaba en la cima de una de las colinas, en el edificio 74, que era uno de los más nuevos; desde mi laboratorio veía la falda de las colinas, parte del campus y Berkeley. Tenía dos técnicas maravillosas, Alice y Henriette, formales y expertas. Les bastaban unas breves instrucciones para llevar adelante el trabajo diario, lo que facilitaba
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notablemente mi propia tarea; ésta consistía en tratar de mejorar los métodos y diseñar nuevos experimentos para estudiar los efectos biológicos de los iones, protones y más tarde piones negativos del helio. Las fuentes que utilizábamos eran básicamente rayos X o cobalto 60, que teníamos en nuestro edificio. Estudiábamos los efectos de esas radiaciones sobre un tumor de las ratas, un linfoma en forma de ascites. La idea era averiguar si valía la pena o no usar esos iones pesados para el tratamiento de tumores humanos. Era un trabajo arduo pero maravilloso, y las condiciones, el ambiente y las comodidades, difíciles de igualar. Era en verdad un trabajo gustoso, como decía Juan Ramón Jiménez. A la mañana temprano subía al laboratorio en mi Imperial, y bajaba del cerro al atardecer. Dedicaba el resto de la jornada a la parapsicología o bien a conocer Berkeley, San Francisco, Sausalito y muchos otros lugares en torno a la Bay Area. Curiosamente, tuve mi primera gran experiencia antes de asistir a la primera reunión del grupo de Berkeley. Fue una experiencia que aun hoy, treinta años después, recuerdo con una mezcla de sentimientos. Si se puede llamar o no sincronicidad, como seguramente diría Jung si viviera, no lo sé. Lo único que sé es que todo sucedió aquel sábado, 1° de mayo de 1965. Como dije, me había comprado el coche, y había aprobado el examen físico y el escrito. Para dar la prueba de manejo debía previamente conducir dos o tres horas por lo menos, para familiarizarme con el coche, su tamaño, las maniobras para frenar y para estacionar. La ley exigía hacer estas prácticas junto a una persona con licencia de conductor, entonces le pedí a mi amigo Lewis que viniera conmigo ese sábado a primera hora de la tarde. Alrededor de la una vino a la Casa Internacional, fuimos a buscar el coche y decidimos ir a Oakland, específicamente a Jack London Square. Manejé con cuidado, llegamos y fuimos a caminar un rato. Lewis me invitó a visitar una gran tienda que traía mercaderías internacionales; había muchos productos interesantes de diversos países y pasamos cerca de una hora mirándolos. Lewis compró una bonita jarra y una botella de

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vino; luego decidimos volver a Berkeley a tomar un vaso de vino y escuchar sus discos. Fuimos al departamento de Lewis en una casa muy vieja que todos llamaban “el barco” –por su forma– y mi amigo puso algunos tangos en el tocadiscos para darle gusto a mi sangre argentina. A él también le gustaba el tango, aunque era originario de Puerto Rico, rara mezcla de padre judío y madre portorriqueña. Estaba a punto de graduarse en una maestría de español, así que le encantaba mi “traducción” de algunos términos lunfardos. Abrió la botella de vino y justo en el momento en que iba a servir mi vaso, llamaron a la puerta. Era un hombre alto, de edad mediana, cabello y bigote castaño, de hablar suave y casi tímido, a quien me presentó como “mi amigo, Bill”. Bebimos juntos y luego Bill dijo que había venido a invitar a Lewis a ir a las carreras de caballos en los Golden Gate Fields. Me propuso acompañarlos, y agregó que llegando tarde la entrada era gratuita. Subimos a su coche, un viejo Studebaker, e iniciamos nuestro viaje hacia las carreras. El auto de Bill hacía toda clase de ruidos y, un par de veces, se paró el motor al detenerse por un semáforo en rojo. Bill entró en una estación de servicio, pero pidió sólo agua, y entonces comencé a sentirme intrigado por la incipiente aventura. Muchos años antes, me habían hecho una profecía, según la cual ganaría mucho dinero a causa de algo relacionado con el agua. Siempre creí que si tal cosa era posible, sería por mis investigaciones en radiobiología, pero ahora el hecho de entrar en una estación de servicio donde se expende gas, para pedir agua, me sonaba tan extraño que me pregunté si acaso me estaría diciendo “ésta es la oportunidad, en las carreras”. Llegamos a tiempo para la octava carrera y nos dejaron entrar gratis. Ese día había diez carreras en el programa. Fuimos a ver los caballos y Bill comentó que uno de ellos era argentino. Le dije que yo sabía algo de caballos porque uno de mis tíos me había enseñado, así que al menos podía decirle si el animal estaba en buena forma.
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El caballo argentino estaba realmente en muy buenas condiciones; supe por Bill que era el hijo de un famoso campeón de la milla, entonces le recomendé vivamente que apostara a ese caballo. Pero a él no le gustaba, y decidió apostar a otro. Me preguntó tres veces por lo menos si quería apostar a “mi” caballo, pero le aseguré que no iba a jugar. Sólo entonces me fijé en el nombre del animal: STARTING PRICE6. En efecto… ¿No era todo en ese momento un “precio de iniciación” para mí? Había dejado mi país, mi familia, mi trabajo, mis amigos, todo, para ir en busca de la verdad, para hacer la clase de investigación que siempre había querido hacer, para ver si todas las experiencias que tuve anteriormente podían articularse en una teoría… ¿Formaba parte todo esto de ese lenguaje sutil que algunas veces en la vida somos capaces de comprender? En ese punto de mi pensamiento noté algo más: el caballo corría con el número 7, la cifra mágica. Me dije: “No deseo dinero, lo que deseo es una respuesta, sólo una respuesta. Si hay algo detrás de todo esto, tengo que poder comprenderlo. Veamos qué sucede”. Bill volvió. Lewis no tenía dinero para apostar, pero le agradaba el lugar, la gente, los caballos. Y yo estaba seguro de hallarme frente a una forma superior de la realidad. Starting Price largó detrás, lentamente ganó posiciones, iba a la cabeza, se adelantaba, pasó al frente y ganó por mucho a los demás caballos. – Ay, José, ¿por qué no apostaste? Ahora podríamos tomar una cerveza –exclamó Bill. – Te dije que el caballo era bueno. – Muy bien, muy bien –prometió– en la próxima carrera te haré caso. Llegaron los caballos para la novena carrera y como antes los observé y señalé los tres o cuatro que estaban en buena forma, eran los números 2, 3, 7 y 8. Luego decidí que el
6

Precio de iniciación. N. de la T.

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2 no podía ganar y que el 3 estaba un poquito gordo; el ganador, siendo la carrera normal, debía estar entre el 7 y el 8. Entonces, y sólo entonces, me fijé en el programa y vi que el número 7 se llamaba HASTY TRIP7. ¡Cielo santo! STARTING PRICE y HASTY TRIP… Eso era exactamente lo que sucedía. Había tenido que preparar mi ánimo apresuradamente para tomar este empleo. Debí afrontar conflictos con toda la familia porque quería dejar el país. Luego tomé mi decisión, obtuve el pasaporte, los documentos, la visa y compré el pasaje, y con el corazón partido llegué aquí. Otra vez el número 7, Hasty Trip… ¿Apostaré? No, no, oh Dios, lo que quiero es una respuesta. Decíme a través de este caballo si estoy en el buen camino. Decíme que todo es posible si uno hace un verdadero trabajo interior para obtener una respuesta. ¡Contestáme, contestáme! Esta vez Bill apostó al 7. La carrera era sólo una lucha entre el 7 y el 8, como yo había predicho. El ganador resultó Hasty Trip ¡por una nariz! Entonces, era eso… me sentí transportado. Bill embolsó algo de dinero. Starting Price pagó 6,80 y Hasty Trip 9,80. Venía la última carrera. ¿Había algo más? ¿Tenía el número 7 algún significado? ¿Eran los nombres de los caballos lo único significativo? ¿O sólo era una coincidencia y yo un estúpido al no obtener dinero de mis pálpitos acertados? Una voz íntima y profunda me respondió: “No, José, esto ES una respuesta. Si apostás no tendrás la respuesta. Esperá…”. Vi los caballos sin mirar el programa. Nunca lo miro para evitar influencias de los periodistas deportivos, las performances anteriores y toda esa basura que confunde a la gente. Había tres caballos que se destacaban: el 1, el 7 y el 10. No me gustaba el modo de andar del número 10, y el 1 me parecía demasiado grande para la distancia. ¡Otra vez elegí el 7! Y por mérito propio, pues era un caballo realmente maravilloso. Veamos su nombre… ¡CLEAR ANSWER!8

7 8

Viaje apresurado. N. de la T. Respuesta clara. N. de la T.

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Se puede argumentar que los nombres estaban ahí antes de que yo los viera. De acuerdo. Que los números ya les habían sido asignados y que todos eran número 7 antes de que yo pensara siquiera en ir a las carreras. De acuerdo. Pero el hecho es que, por circunstancias totalmente insólitas, estaba en las carreras, llegamos justo antes de que un caballo de mi país saliera ganador, su nombre era Starting Price y tenía el número 7… Y este hecho desencadenó en mí todo un proceso interno de pensamiento, recordación, pedido de respuesta… Y ahora resultaba que el número 7 tenía por nombre ¡CLEAR ANSWER! Como todos se imaginarán, Clear Answer ganó, yo no aposté, pagó 17,40 dólares por boleta. Creo que obtuve una respuesta. No sé exactamente cuál es, aunque sospecho que me decía que estaba en el buen camino. La verdad es que todos podemos obtener una respuesta, siempre que formulemos la pregunta desde la interioridad más profunda, que estemos dispuestos a aceptar la respuesta, nos resulte buena o mala, si contiene aunque sea una pizca de verdad, y por ella podamos imaginar cuán brillante será la verdad total. La primera reunión de la Sociedad de Estudios Psíquicos de California a la que asistí fue el jueves, 20 de mayo de 1965. Generalmente tenían un orador cada mes; el de mayo era el conocido filósofo profesor Frederick C. Dommeyer, entonces director del Departamento de Filosofía del San José State College. Habló sobre el estado actual de la parapsicología en los Estados Unidos. Me presenté y hablé con él en la recepción que siguió. Conocí también al presidente de la Sociedad, Wilson Reid Ogg, un abogado, y al vicepresidente, Dr. Richard L. Sutherland, conocido psiquiatra. Ambos se interesaron de inmediato en el proyecto que yo había iniciado en la Argentina, consistente en realizar experimentos con el personal de la base instalada en la Antártida. Me permitieron solicitar voluntarios para llevar a cabo experimentos preliminares. Al final de la reunión, la señora Wilner, una sensitiva, vino a decirme que deseaba ponerse a prueba y que tenía interés en hablar conmigo, por ser yo mismo un psíquico. Le pregunté: “¿Cómo lo sabe?”. Me dio una tarjeta con su número de
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teléfono y dirección, y me pidió que la llamara lo más pronto posible. Era una mujer hermosa, de unos sesenta años, ojos azules, cabello blanco, y algo en ella inspiraba confianza a primera vista. Al cabo de unos diez días fui a la casa de Ogg y comenzamos a llamar por teléfono a las personas que se habían anotado para participar en los experimentos. Como la mayoría de ellos ya estaban familiarizados con las cartas de ESP, la idea era darles los tests por teléfono. Lo hicimos con varias personas, obteniendo resultados a nivel del azar. Llamamos varias veces a la señora Wilner, pero no contestaba; pensé que la vería en la próxima reunión de la Sociedad, de la que me había hecho miembro. Pero no concurrió a la reunión de junio. Un día, recibí una carta de otra señora que quería hablar conmigo de algo “muy importante”, según dijo. La llamé inmediatamente y supe que la señora Wilner había muerto. Fui a ver a esta señora. Tuvimos una larga conversación, durante la cual me habló de su relación con la señora Wilner. Contó que había ido a una iglesia espiritista y que la señora Wilner había hablado a través de un medium, manifestando que quería hablar conmigo y que fuese a la siguiente reunión. Pero yo no fui, porque en general no confío en los mediums, y porque quería forzar una comunicación directa si eso era posible. Debo decir que para el tiempo en que murió la señora Wilner oí ruidos extraños en mi habitación de la Casa Internacional y lo anoté. Así que desde que supe su fallecimiento estaba muy alerta a cualquier fenómeno físico que pudiera ser significativo. Pero no ocurrió nada que pudiera ser atribuido al deseo de la señora Wilner de comunicarse desde el otro lado. Tuve el honor de ser invitado a hablar en la reunión de junio. Hablé sobre “La parapsicología en la Argentina”. Después de una breve historia del desarrollo de la disciplina en mi país natal, hice un relato de algunos de nuestros experimentos en La Plata, especialmente aquellas asombrosas levitaciones de la mesa que he referido más arriba. La gente estaba emocionada al oír un relato de primera mano de esos fenómenos únicos. Mis actividades en Berkeley continuaban en un furioso crescendo que parecía no disminuir nunca. Cuando reviso ahora mis anotaciones, tengo la sensación de que el hombre que hacía todo ese trabajo en el laboratorio (el científico), en la
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Sociedad de Estudios Psíquicos de California, con reuniones, conferencias, estudios de campo (el parapsicólogo), y el músico que tocaba el violín con un grupo de la iglesia, era otra persona, no yo. Si le agregamos una copiosa correspondencia con J. B. Rhine y miembros de su equipo, con Chet Carlson, y con amigos de la Argentina, parece imposible hacer tantas cosas juntas. Pero era tal el ímpetu que me proporcionaba el ambiente reinante en Berkeley, tanto físico como intelectual, que algunas tardes, caminando solo por el campus, sentía que todo mi ser absorbía esa fuerza, esa energía, esas vibraciones –como las llamaban los estudiantes– que me rodeaban en todo momento. Esto significa que tendré que seleccionar y resumir las actividades según convenga a mi historia. Mis actividades científicas constan en mis artículos e informes publicados, las actividades de la Sociedad están documentadas en su boletín mensual (Iridis), y espero que haya quienes recuerden mis humildes actuaciones con el violín. Lo que nos interesa aquí son mis experiencias psíquicas y mis intentos de teorizarlas, y éstas continuaron al mismo ritmo con que las he experimentado toda mi vida. Aunque conocía a Chester Carlson desde 1959, poco sabía de su vida. Era muy modesto y reservado y yo nunca traté de entablar conversaciones sobre su historia personal. Estando en el laboratorio de Duke, en abril de 1965, el Reader’s Digest publicó un artículo sobre él; le escribí una carta desde Berkeley, acerca de mis reacciones ante ese artículo. “Era domingo y yo iba leyendo mientras caminaba por el campus (Oeste). En la página 122 tuve que sentarme y descansar. Era como leer sobre mi propia niñez. Brotaron mis lágrimas como ahora al recordar y leer nuevamente esa página. Soy hijo único, mi padre fue peluquero por treinta años, después tuvo que cambiar de trabajo debido a que sus piernas ya no resistían jornadas de diez horas de pie. Yo también pagué mis estudios desde chico. Ambos estudiamos física y nos interesamos en la parapsicología y otros estudios relacionados con este campo. Y finalmente, he tenido una idea que utiliza los mismos principios de tu máquina…”. No era exactamente la verdad, y Chet ya lo sabía. Yo le había contado cómo hacía mis experimentos telepáticos
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cuando estaba en Rochester, y él a su vez me contó sus experiencias durante la meditación. Dijo que después de largas horas de práctica se sentía fresco y con una sensación de bienestar que no había experimentado antes. Le pregunté si sentía algo en la médula espinal. Explicó que tenía la sensación de corrientes eléctricas que pasaran de arriba abajo por su columna. Me pareció que concordaba con mi técnica de visualización para los experimentos telepáticos, al movilizar mentalmente en mi médula espinal electrones que subían y bajaban como una antena. Los experimentos habían tenido éxito, pero el mecanismo era imposible de probar. Me hallaba en el lugar exacto para explorar posibilidades e intercambiar ideas con algunos de los mejores científicos del mundo. Este era el núcleo de mis actividades parapsicológicas en Berkeley, y lo es aún, después de treinta años. La respuesta de Carlson a mi carta estaba fechada el 5 de julio; Chet, como prefería que lo llamaran, explicó las razones de la demora, me contó sus planes de visitar Rusia en un tour grupal desde el 20 de julio hasta el 17 de agosto. Había hecho una visita de un día a Durham para asistir a una reunión del equipo en abril último, “pero no vimos ni oímos virtualmente nada sobre investigación, sólo sobre planes de ubicación y financiamiento. Durante nuestro viaje a Virginia en mayo [por razones familiares] pasé un día con Ian Stevenson y Gaither Pratt en Charlottesville. Están contentos de haberse establecido ahí y tienen planes para el futuro”. Luego se refiere a nuestras vidas paralelas: “Me interesa lo que dijiste sobre el artículo del Reader’s Digest y cómo tu formación se parece tanto a la mía. Es una coincidencia notable. Y sí, quizá tengamos que hacer algo juntos; veremos, el tiempo dirá”. Agregó que “el I Ching nos sigue ayudando. Siempre parece tener a mano el consejo adecuado”. Me he preguntado muchas veces por el I Ching. Pensé que podría tratarse solamente de un diseño inteligente que se “ajustaría” siempre a la pregunta planteada. Me propuse hacer cada vez que lo consulte, uno o varios hexagramas de control. Esto consiste en tirar las monedas después de tener el o los hexagramas para mi pregunta o la de otra persona que me haya pedido hacerlo, pero sin concentrarme en ningún tema en particular. En la mayoría de los casos, estos hexagramas de
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control no parecían responder, mientras que el verdadero sí lo hacía. (Si no hay seises o nueves se obtiene un solo hexagrama, pero si se sacan seises y/o nueves, éstos cambian a nueves o seises y luego hay que leer los dos hexagramas y ver si contienen o no una respuesta a la pregunta formulada). Coincidentemente (hay mucho que decir sobre esta palabra), el psiquiatra Richard Sutherland, vicepresidente de nuestra Sociedad de Estudios Psíquicos de California, dio una charla en la reunión de julio sobre “Sincronicidad - Las relaciones entre la mente y los acontecimientos”. El Iridis publicó un resumen de la charla. Comienza diciendo: “Sincronicidad es el término aplicado por C. G. Jung a acontecimientos que suceden juntos en el tiempo, habiendo una correlación entre sus significados, sin que se hallen vinculados en una secuencia causal. Se refiere a lo que llamamos ‘coincidencia’. Es evidente que todas las cosas en el mundo son coincidentes, pero las llamamos así sólo cuando nos impresionan como significativas”. Siempre he tenido conflictos con la idea de sincronicidad. Como científico, la causalidad era para mí de fundamental importancia, y la base de todo experimento científico. Pero mi propia experiencia con el I Ching, así como las de Chet y Dorris Carlson, que eran buenos observadores y no aficionados a juegos de salón, me hizo volver a pensar en el tema. Me llevó algunos años formular una teoría que oponer a la sincronicidad; volveré sobre ello cuando lleguemos a mis años en Minnesota. Envié a Chet una carta rápida para que le llegara antes de su partida para Rusia. Le informaba de mi charla sobre la parapsicología en la Argentina, así como de mi trabajo en el Laboratorio de Radiación Lawrence, porque él se interesaba en todas mis actividades. Gaither Pratt me había llamado desde Los Ángeles para pedirme que examinara a una señora que les pareció un sujeto promisorio cuando hizo unas pruebas en Duke unos meses atrás. Le di varios tests, pero sólo obtuvo resultados a nivel del azar. También hablé con varios físicos en el laboratorio para tener una idea de sus objeciones críticas a la investigación psi. Comprendí que algunos de ellos (como el profesor Birge) habían estudiado seriamente las posibilidades de la
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parapsicología; pero los desalentó la falta de controles rigurosos en muchos de los antiguos experimentos. Mis intercambios con el laboratorio de Duke continuaban. Informé a Bob Morris de lo que sucedía en Berkeley, e intenté convencerlo de cursar allí su doctorado. Recibí una carta de Dorothy Pope, entonces co-editora del Journal of Parapsychology, en que me pedía más detalles de las revisiones de artículos que hice durante mi estadía en Durham. John Freeman, un psicólogo que había trabajado seriamente en parapsicología, me envió planillas de registros de ESP, y una carta diciéndome que ya tenía algunos estudiantes graduados que esperaban para trabajar en ESP. Le envié a R. K. Rao una carta con una lista de doce profesores de la India que habían sido invitados por el Instituto Argentino de Parapsicología a participar en el experimento de la Antártida. El orador para agosto era Gavin Arthur, conocido astrólogo de San Francisco, nieto o sobrino nieto de Chester Alan Arthur, nuestro 21° presidente. Gavin habló sobre “La astrología y los niveles de conciencia”. Me sorprendió agradablemente por sus conocimientos y su sentido del humor. También me agradó saber que los astrólogos occidentales no adhieren al concepto de predestinación, sino que consideran que las cartas astrológicas indican posibilidades de acontecimientos y tendencias, que pueden ser modificados por las circunstancias y el esfuerzo individual. Bastante claro, pensé. Era como el viejo dicho, sangre en tu futuro puede significar que vas a ser carnicero, cirujano, o un Hitler. En cuanto a los niveles de conciencia, relacionaba diversos signos e influencias con los diversos niveles, indicando su efecto sobre los horóscopos en su conjunto. Sobre esto no tuve objeciones, ya que la conciencia es parte de una zona ampliamente ignorada, cuya existencia incluso es negada por los conductistas. Hubo que esperar todavía una década para que los psicólogos y otros científicos comenzaran a tratar de definir lo que entendían por conciencia. Recibí una carta de Chet contándome sobre su visita a Rusia. Decía que el viaje “fue muy interesante y agradable. Las principales impresiones que recibí fueron las semejanzas de la vida allá y acá. La gente se viste igual que nosotros y las ciudades se parecen, salvo que las ciudades rusas tienen más
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parques que las nuestras. Me sorprendió el grado de desarrollo industrial aunque las mercaderías de consumo todavía escasean. La maquinaria parece estar muy en evidencia, y en todas las ciudades que visitamos se está construyendo mucho, inclusive casas de departamentos y hoteles”. Debemos recordar que en ese momento Rusia era gobernada por Leonid. I. Brezhnev. También decía Chet que no iba a ir a la reunión de la Parapsychological Association en Nueva York. Bob Morris me puso al día respecto de sus actividades de verano. Estaba por publicar el artículo de Ed Cox sobre las máquinas relojes de PK, otra manera inteligente de hacer tests con una disposición atractiva. Aún hoy, treinta años después, recuerdo esos relojes. Bob también había introducido mejoras a nuestro diseño para el condicionamiento para la ESP. Llamamos a nuestro sujeto “Pavlov Jr.”. En lugar del shock eléctrico suave, Bob decidió utilizar agua fría en la mano del lado opuesto para obtener el estímulo incondicionado, y un taquistoscopio para presentar el estímulo condicionado. A pesar de lo atractivo del ambiente en el campus de Berkeley, Bob ya se había comprometido a hacer sus estudios de graduación en Duke. Fue una pérdida para mí. Una carta de Cynthia me daba más detalles sobre varios visitantes distinguidos que había tenido el laboratorio, y también decía que mis predicciones sobre ciertos problemas personales habían resultado exactas, así como un I Ching que le había tirado en Berkeley. ¡A lo mejor me había convertido en un psíquico a tiempo completo! A las pocas semanas de mi llegada a Berkeley había escrito una carta al Dr. Rhine agradeciéndole por mis “cuarenta y cinco días como parapsicólogo fulltime”. Decía en esa carta: “Si tuviera que resumir mis impresiones sobre su laboratorio, elegiría una imagen poética: el laboratorio parapsicológico es como un espejo de aguas quietas pero profundas. En ese espejo puede mirarse todo el campo de la ciencia, la filosofía y la religión, y ver la verdadera cara de sus propios problemas.

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“¿Qué verá el Físico? Verá su propio, poderoso campo dividido desde principios de siglo, con cientos de personas talentosas trabajando sin poder resolver el problema. “¿Qué verá el Biólogo? Verá problemas muy antiguos, como el de la diferenciación, esperando veinticinco siglos para ser resueltos, y muchos otros problemas, viejos, de mediana edad, jóvenes y recién nacidos. Sin duda, verá tantos problemas que querrá escapar. Y no hablemos del Psicólogo; sólo verá aguas oscuras, y es probable que desfallezca y caiga en las aguas profundas. “Reconocemos las fallas de la filosofía y la religión con sólo mirar alrededor, en los ojos de las personas, observando para qué trabajan, en qué gastan su dinero, por qué obedecen la ley, etc. “La Parapsicología espera un descubrimiento, pero no lo espera estáticamente, está construyendo una enorme energía potencial, que a su debido tiempo se convertirá en energía cinética, dinámica. Y efectivamente, es posible que toda la estructura del Universo esté sostenida y conducida dinámicamente por los campos PSI. “En cuanto a los problemas prácticos que afronta el laboratorio, creo que la mayor parte de ellos terminará cuando la Fundación empiece realmente a operar. Para eso el principal problema será –según yo lo veo– formar un equipo de personas de muy alto nivel en los diversos campos que la Fundación se propone desarrollar”. Lamentablemente, esto no iba a suceder. La Fundación para las Investigaciones sobre la Naturaleza del Hombre (FRNM)9 debía constar de varios institutos, de los cuales el Instituto de Parapsicología sería sólo el primero. Rhine pensaba en un instituto de fisiología, uno de estadística, y a su debido tiempo se agregaría la biofísica, la psicología, la filosofía, la religión y la sociología. Nada de esto ocurrió, y recientemente (1995) la Fundación dejó de existir. El Instituto de Parapsicología pasó a llamarse “Laboratorio de Investigaciones Rhine”.
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En inglés: Foundation for the Research on Nature of Man. N de la T.

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Una breve carta del Dr. Rhine fechada el 23 de agosto de 1965 me hablaba de la investigación en parapsicología planeada en la Sylvania Electronics Corporation en Mountain View, California. Como se requería poseer el doctorado, no les escribí. Rhine también preguntaba por mi familia (apreciaba mucho a Olga y a Miguel Ángel), y se interesaba por mis progresos con un sujeto a quien él conocía. Me recordaba no confiar en los ojos vendados. Le contesté el 23 de septiembre. En efecto, la Sociedad de Estudios Psíquicos de California había recibido noticias del proyecto de la compañía Sylvania y el presidente había respondido pidiendo una reunión para discutir el proyecto de ellos y nuestra posible ayuda, pero todavía no teníamos respuesta. En el trabajo me iba muy bien, ya había tenido un ascenso. En cuanto a la sujeto psíquica, después de 60 juegos había dado resultados a nivel del azar sin ningún indicador que pudiera señalar aptitudes de ESP. Habíamos decidido esperar hasta que se sintiera mejor. Acababa de tener un bebé. Leí el primer número del Boletín de la FRNM y tuve el placer de comentarle a JB (como todos llamaban al Dr. Rhine) que me agradaría muchísimo poder instalar una filial en Berkeley. “La Bay Area me parece muy adecuada, aunque la zona de Los Ángeles puede ser más favorable por el momento”. Un conocido físico de Berkeley, Luis Álvarez, había escrito una carta a Science acerca de lo que él percibía como análisis parapsicológicos deficientes. Mi inmediata conclusión fue que Álvarez no sabía mucho de parapsicología, y ésa fue también la conclusión de Rhine. Pero las cosas no eran tan así, como descubriría más tarde. Una carta del Dr. Rhine, fechada el 28 de septiembre de 1965 fue la primera que recibí con el nuevo encabezamiento: “Fundación para las Investigaciones sobre la Naturaleza del Hombre – Instituto de Parapsicología”. El anterior membrete decía “Universidad Duke – Laboratorio de Parapsicología”. La FRNM iba a trasladarse a su nuevo edificio, no lejos del antiguo laboratorio. En su carta JB me urgía a obtener mi doctorado y “estar preparado para unirte a nosotros”. Como si fuera tan fácil
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doctorarse en Berkeley. En cuanto a la posibilidad de establecer una filial en Berkeley o sus cercanías, decía: “Los Avery son buenos y están comenzando a edificar una casa aquí. Esto no significa que descartemos California sino, más bien, que probablemente nos quedemos acá un tiempo, y de todas maneras es posible que tengamos aquí nuestro establecimiento principal”. Mientras tanto se habían producido cambios importantes en la Sociedad de Estudios Psíquicos de California. El presidente, Wilson Reid Ogg, renunció a su cargo y fue reemplazado por el Dr. Richard Sutherland. Paul Feyerabend, el conocido filósofo, que había sido Consejero de la Facultad para el Capítulo Estudiantil, también renunció. Y yo pasé a ser Director y Director de Investigaciones, ya que mi principal queja sobre la Sociedad era que, teniendo a mano tantos talentos no deberíamos permanecer sólo como un grupo educativo y de difusión, aunque por cierto esto también era importante. Otra cosa notable que ocurrió fue nuestra reunión de septiembre, que tuvo como destacado orador al profesor Frank Barron, del Instituto de Evaluación de la Personalidad, de la Universidad de California. El Dr. Barron era bien conocido por sus estudios sobre la creatividad y acababa de publicar su libro Creativity and psychological health10. Su charla se refería a las investigaciones paranormales desde el punto de vista de los factores de la personalidad. Virginia Ivancich era en ese momento la editora de Iridis, y la cito aquí por sus notas en el número de octubre 1965. Barron mencionó que los experimentos de parapsicología no convencen a los científicos en general porque los fenómenos son insólitos, difíciles de considerar creíbles, y especialmente porque son difíciles de repetir a voluntad. Sugirió que los antiguos métodos de medición de estas facultades son obsoletos y que posiblemente, nuevas técnicas, algunas existentes, otras todavía por crear, podrían producir resultados más aceptables. Como se hizo en las otras disciplinas científicas, considera que es hora de abandonar las presunciones metafísicas en este campo.
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Creatividad y salud psicológica. N. de la T.

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El Dr. Barron sugirió que las investigaciones de los fenómenos psi buscan efectos físicos débiles, por lo tanto durante los fenómenos debe prestarse atención a las personas en sí mismas, más que a los efectos producidos, como a menudo acontece. Creía que estudiar a esos individuos y ponerlos a prueba en las siguientes áreas, así como en otras, brindaría valiosos datos acerca del tipo de individuo que es propenso a tener aptitudes o experiencias de ESP: Imaginería: volumen, calidad, intensidad, etc. Apertura a la experiencia; tolerancia a aparentes incoherencias. Capacidad de experimentar conciencia sin ansiedad indebida. estados alterados de

Tolerancia a lo no racional en el mundo interior y exterior. Tendencias esquizofrénicas: fuerza del sugestionabilidad, empatía, cambios de humor, etc. ego,

Estados de conciencia alterados deliberada o accidentalmente: ingesta de drogas, largos períodos de soledad, exposición a grandes alturas, sensación de liviandad, y situaciones emocionales “límite”, tales como el nacimiento, la muerte y la cópula, en caso de que se pudieran diseñar métodos adecuados y obtener permiso de las personas involucradas para hacer los tests. Estados de trance, períodos prolongados de falta de sueño, ayuno, etc. Herencia: existen evidencias de que las aptitudes de ESP son corrientes en ciertas familias. Investigaciones con mellizos, gemelos idénticos. Personas con serio desequilibrio metabólico, o cuyo sistema nervioso central está parcialmente dañado, o los que padecen pánico, etc., si pudieran diseñarse experimentos adecuados.

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Miembros de grupos religiosos cerrados, especialmente aquéllos en que hay muchos matrimonios intragrupales, como los primeros grupos swedenborgianos, los mormones, Holy Rollers, etc. Era todo un programa, más para la Fundación que para nosotros. Si bien algunas de las líneas señaladas por Barron fueron seguidas por diversos investigadores, hoy, treinta años después, todavía queda mucho por hacer. Visité a Frank algunas veces después de su charla. Me dijo que a partir de sus estudios sobre la creatividad había aprendido que el cinco por ciento más alto de las personas creativas pertenecientes a campos distintos tenían más cosas en común entre sí que las que tenían con personas no creativas de su propio campo. Además, que un ochenta por ciento de las personas creativas refería haber tenido experiencias de ESP. Las otras observaciones interesantes que hizo eran que las personas creativas que se mantenían activas dentro de la Universidad de California, vivían cerca de veinte años más que personas menos creativas que no usaban mucho su cerebro después de la edad de la jubilación. Llegó una carta del Dr. Rhine fechada el 29 de octubre. Decía que Luis W. Álvarez había escrito otra carta a Science criticando a la parapsicología. “¿Conoce a este individuo? Si no, no se lo recomiendo. No debe ser muy brillante, a juzgar por estas cartas. No obstante, le ha hecho un favor a la parapsicología al darme la oportunidad de ofrecer una lista de referencias a la literatura científica. Tuve montones de respuestas de buenas gentes que quieren esa lista”. El Dr. Rhine parecía no darse cuenta de lo tendenciosos que pueden ser los científicos, aún dentro de sus propios campos, como tuve ocasión de verificar entre mis amigos de diversos departamentos de la Universidad de California. Más adelante relataré mi experiencia con Álvarez. Rhine anunciaba que vendría a Berkeley a dar una charla la tarde del 1° de diciembre, pero que al terminar la misma le quedaría poco tiempo para conversar porque tenía que tomar el avión de vuelta al Este. También decía que él y su esposa acababan de volver de Europa, donde “entre otras cosas, hice
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algunos experimentos físicos con intervención de la PK. Di conferencias en la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia”. Me aconsejaba también suspender mis estudios con la señora que me habían recomendado y cuyos resultados no superaban el azar. Así lo hice. La reunión de octubre de la Sociedad tuvo lugar el martes 26. Estuvo dedicada a una discusión general de posibles vías de investigación. Había interés en muchas áreas, tales como la telepatía profética y los sueños, simbología onírica, clarividencia, personalidad, fenómenos fotográficos, hipnosis, sensibilidad creativa, experiencias singulares, sincronicidad, drogas alucinógenas, poltergeists, mesas parlantes, fantasmas o presencias, cartas de tarot, tabla ouija, proyección astral, etc. Tenía la impresión de que contábamos con suficientes personas de diversas ciencias y profesiones que parecían ansiosas por hacer algo, y podíamos seguir el plan del Dr. Rhine, tratar de trabajar en los límites con otras ciencias. Yo le había escrito a Rhine acerca de las posibilidades que tenía de obtener el doctorado, pero había varios obstáculos en mi camino. Respecto de Luis W. Álvarez: “En efecto, leí las cartas de él así como su respuesta. Pensaba llamarlo, porque trabaja en el LRL, pero antes de hacerlo quería recoger alguna información sobre él como hombre. Es un físico conocido, que desarrolló algunos de los mecanismos esenciales de la primera bomba atómica. Ahora es el líder de su grupo. Está trabajando en una teoría del monopolo magnético. No sé por qué tiene esa aversión a la parapsicología. Quizás lo asuste… Sin embargo, pienso que puede ser que le interese pero se resista, y sería otro caso como el de Soal. Hace pocas semanas recibió cinco mil dólares, diploma y medalla por su trabajo. El discurso que pronunció era sobre un método que él desarrolló para estudiar la segunda pirámide de Egipto por medio de la radiación. Tal vez las consecuencias de Hiroshima y Nagasaki sean la verdadera explicación de su actitud. “Como Director de Investigaciones mi primera tarea fue indagar qué querían hacer los miembros de la Sociedad en materia de investigación. Convocamos a una discusión abierta
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al público. Tuvimos bastante éxito. Entre las personas más interesadas que asistieron a la reunión estaba Jim Carpenter y su esposa, a quienes usted conoce bien. Anoche fui a Sausalito y discutimos el trabajo de Jim, que me parece sumamente interesante. En efecto, la variancia es proporcional a la información (aciertos) obtenida por el sistema (sujeto). En estos casos, la información debe pasar a través de un sistema ruidoso. Cuando la variancia se aplana el número de aciertos disminuye… La situación inversa se da con un sujeto hipnotizado. En este caso bajamos el ruido del sistema, de modo que el sujeto que no puede transmitir información en su estado normal, puede hacerlo bajo hipnosis”. Luego mencioné a varias personas interesadas en colaborar. Volví a los Carpenter: “Viven en una casa que en este momento se halla a la venta. Es una casa de cuatro pisos, con una vista maravillosa y sin posibilidad de nuevas construcciones que la tapen. El precio es de cincuenta mil dólares y si la Fundación tiene idea de instalar una filial en la zona, quizás sea una muy buena compra”. Seguramente lo era; en pocos años los precios de los inmuebles se fueron a las nubes, pero la Fundación nunca abrió ninguna filial en la Bay Area. Nuestro orador para noviembre fue James C. Carpenter, que estaba haciendo su internado en Psicología en LangleyPorter. Estaba asociado al grupo de Rhine y producía ya buenos trabajos en parapsicología, algunos listos para la publicación. Jim habló sobre “Algunos aspectos del método científico aplicado a la Parapsicología”. Manifestó que había notado en nuestras reuniones anteriores que parecía haber un grupo a favor y otro en contra de la ciencia. “La ciencia, aunque es un verdadero trabajo, es interesante y divertida. Un grupo tan variado como éste podría contribuir en algo. La ciencia es un verdadero esfuerzo general y sistemático por liberar a la razón de la metodología. Lo intuitivo requiere mayor verificación; lo científico, más comprensión. Necesitamos aprender unos de otros”. Y más adelante: “Los parapsicólogos deberían sesionar con mediums y actuar como una cámara de

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compensación11, como hacen Louisa Rhine y la British Society”. Nuestra Sociedad podría actuar como una cámara de compensación. Deberíamos desarrollar modelos y ensayarlos, esforzarnos por averiguar si la ESP es visión o actúa como ondas; ¿seguirá la ley del cuadrado inverso? ¿En qué se diferencia de la visión? Verifiquemos. Mantenerse fiel a la experiencia, pero encuadrarla en la forma de preguntas. Si es verdad, ¿puede producirse en el laboratorio? Lleva tiempo y voluntad hacer este trabajo. Seamos experimentales. Dediquemos al estudio el tiempo libre y hagamos un trabajo serio a largo plazo. El discurso de Jim produjo excitación; siguió una discusión general. Luego el Dr. Philip S. Haley, uno de nuestros directores, sostuvo que los experimentos pueden repetirse una y otra vez si las condiciones son las adecuadas. “Lo hizo en Inglaterra el difunto H. H. Price, y el Dr. Wallace en sus primeros trabajos con el Dr. Monk”. Los citó como ejemplos de lo que se puede hacer en condiciones simples y rigurosamente controladas. Yo sabía que esto era verdad por nuestros trabajos con Fernando en La Plata. Llegó una carta de Chester fechada el 3 de diciembre. Había recibido numerosas cartas debido probablemente al artículo sobre su invención de la xerografía. Me envió dos cartas en castellano para traducirlas. Lo hice y se las devolví con una carta fechada el 15 de diciembre. Le conté las últimas novedades sobre mis trabajos en parapsicología y en radiobiología. Ello absorbía la mayor parte de mis energías, de modo que dudaba de que en las condiciones en que trabajábamos en la Sociedad pudiera hacer un trabajo serio y sistemático. Chet y su esposa, Dorris, habían encontrado tiempo para participar en el experimento de la Antártida. Le dije que estaba disgustado con el Instituto Argentino de Parapsicología porque se habían “olvidado” de poner mi nombre en los formularios. Le escribí al Dr. Musso al respecto, ya que la idea era mía y, antes de partir de Buenos Aires, había insistido en que el experimento valía la pena y debían
En inglés: Clearing house: Cámara de compensación: metáfora que alude al sistema bancario de compensación de débitos y créditos entre los bancos; en este caso, compensación entre lo intuitivo y lo racional. N. de la T.
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continuarlo. Pronto me enteraría de que esas cosas no pasaban solamente en la Argentina, sino también en Berkeley. Los sueños de gloria y fortuna muchas veces hacen actuar a los científicos de manera deshonesta, y esto sucede con mayor frecuencia de lo que creemos. Le había pedido a Carlson que comentara su evaluación de la situación en la parapsicología y en la FRNM en particular. Su respuesta vino en una carta fechada el 23 de diciembre. Había recibido mis traducciones, pero estaba muy atareado porque recibía abundante correspondencia de todas partes del mundo. En respuesta a mis preguntas decía: “Tuve el agrado de ver al Dr. Rhine y señora en Nueva York la semana pasada. Ambos estaban bien y te mencionaron de manera amistosa. Es difícil prever el futuro de la parapsicología en general, aunque creo ver un aumento del interés entre profesionales relevantes, como psicólogos, psiquiatras, físicos y similares. Hace poco, un forum patrocinado por la ASPR en Nueva York contó con una nutrida concurrencia, más de doscientas cincuednta personas, mayormente profesionales. “El programa fue recibido con entusiasmo. La FRNM parece haber disminuido el personal de investigaciones en Durham, pero en otras partes hay actividad, principalmente en países extranjeros. El Dr. Rhine cuenta con los estudiantes graduados que están terminando su entrenamiento, y espera que se incorporen a su equipo una vez completada su formación”. Sin duda, Chet sabía más de lo que su tacto le permitía decirme. Lo supe cuando llegó una carta de mi amiga Cynthia. Me informaba de otro acierto en mis predicciones acerca de ella. Luego decía: “Este lugar se está volviendo loco. Todo el mundo se va. El 31 de diciembre es mi último día de trabajo. Continuaré escribiendo los resúmenes del Journal y haciendo el índice…”. “Y seguramente ya sabes que el Dr. Freeman se va a fin de enero. Habían contratado al Sr. C. como consultor estadístico activo, y a su esposa como empleada. Ella ayudaba con el trabajo de secretaría y con algunos experimentos, y nadie sabía exactamente qué se suponía que debía hacer; ya sabes cómo son las cosas aquí. Pero el Dr. Rhine decidió la semana pasada no tenerla más, así que ella se fue ¡y su marido también! El tenedor de libros que contrataron en la
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primavera o verano ya renunció. Y la Sra. Rhine tuvo dos secretarios desde que te fuiste y ahora está probando con otro, a quien probablemente también despedirá”. Por cierto, sabíamos que el Dr. Rhine podía ser muy exigente y a veces injusto. Por lo menos, eso es lo que me pareció que había sucedido con el alejamiento del Dr. Pratt. El Dr. Rhine nunca comentó el asunto conmigo, pero Gaither sí lo hizo. Desde mi primera visita al Laboratorio de Parapsicología en 1959, yo confiaba más en el Dr. Pratt que en JB. Quizás se debiera al hecho de que Pratt dedicaba más tiempo a discutir conmigo, y las discusiones con él se referían a temas científicos. En cambio, con el Dr. Rhine era mucho más difícil entablar una discusión científica, ni siquiera sobre métodos estadísticos. Siempre contestaba que tenía a sus estadísticos para hacerse cargo de esos problemas. Lo que sí discutimos un par de veces fue acerca del rol del experimentador en los tests de psi. En el Journal of Parapsychology 29: 228, 1965, Rhine escribió: “En el estado actual de la parapsicología debe decirse que, así como ningún test de psi es un verdadero test si no produce psi, así también ningún individuo es un experimentador psi si no tiene la capacidad de obtener evidencias de psi en sus experimentos. El test de psi pone a prueba al experimentador y al diseño del experimento, tanto como al sujeto examinado”. Yo no estaba de acuerdo con esta afirmación. En efecto, en la Argentina habíamos probado que cualquiera podía sentarse a la mesa con Fernando y obtener resultados; ¡ni siquiera necesitaba hablar! Lo que yo sostenía era algo diferente: yo decía que un parapsicólogo tiene que tratar de obtener resultados consigo mismo, y que un parapsicólogo sin experiencias psi personales era como un cirujano que nunca hubiera realizado una operación. Peor que eso, no conocería el tipo de procesos internos que conducen a la producción de psi. Nunca nos pusimos de acuerdo en este punto. Sin embargo, el profesor Thouless enseguida coincidió conmigo, como recordarán, y obtuve espléndidos resultados con mis métodos de visualización. Restaba aún probar que era el método, y no mis aptitudes naturales, el factor causal. Pero volviendo al Dr. J. Gaither Pratt, me dijo que el Dr. Rhine lo había acusado de
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conspirar para ocupar la dirección del Instituto, cuando en realidad nada de eso había sucedido. El orador para enero en la Sociedad de Estudios Psíquicos de California era mi amigo el Dr. Paul W. Todd. Paul me había ayudado a obtener un puesto en el LRL. Aceptó hablar sobre un tópico no comprometido, “Respuestas sensoriales a las radiaciones invisibles”. Un título atractivo para una revisión de los diversos efectos de las radiaciones ionizantes y no ionizantes sobre animales y seres humanos. La discusión posterior versó sobre algunas posibilidades para la investigación psi. Para esta época yo me había mudado de la Casa Internacional a un departamento a unos tres kilómetros del campus, traslado que hice con vistas a la próxima visita de mi mujer y mi hijo, con la posibilidad de que se quedaran a vivir. Vinieron en enero, que es época de vacaciones escolares en la Argentina. Mi vida se volvió un poco más complicada, aunque más feliz. Estaba sumamente ocupado en el laboratorio, preparándome para presentar mis resultados en reuniones internacionales. Presenté un trabajo sobre los efectos de los iones de helio del ciclotrón de 184” sobre células de linfomas de ratas, en la Reunión de Directores de Programas Biomédicos USAEC, en el Laboratorio de Radiación Lawrence (LRL) en Berkeley, el 7 y 8 de febrero de 1966. Estos estudios tenían por objeto evaluar los posibles usos de este rayo en el tratamiento del cáncer. Pocos días más tarde, del 13 al 16 de febrero, presenté un trabajo sobre el efecto de los piones negativos sobre el mismo sistema, en la 14a. Reunión Anual de la Sociedad de Investigaciones sobre la Radiación en Coronado, California. Éste fue el inicio de mi carrera de radiobiólogo en los Estados Unidos, que habría de terminar después de más de cien trabajos publicados, y más de ciento treinta presentaciones ante audiencias nacionales e internacionales. No quiero aburrir al lector con mis emprendimientos científicos, ya que eso pertenece a la literatura científica. Este libro trata sobre mis experiencias y experimentos psíquicos, algo que mantuve en silencio salvo ocasionales publicaciones y apariciones públicas.
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Hicimos el viaje a Coronado en mi viejo Chrysler Imperial 1955, por la famosa Ruta N° 1, que sigue la línea de la costa, sin duda una de las más bellas del mundo. Fue un viaje memorable, que culminó en la playa de arena blanca al pie de nuestro hotel en Coronado. Olga y Miguel Ángel hicieron una breve visita a Tijuana, fuimos juntos al zoológico de San Diego, y por supuesto, a Disneylandia y otras atracciones en Los Ángeles. En esta ciudad tuve problemas para circular. Era difícil manejar por las autopistas, especialmente después del anochecer. Nunca olvidaré una tarde en que, buscando una dirección que había traído mi esposa, de una joven que era parienta de un viejo amigo mío, me perdí, y al dar una vuelta en U me topé con un coche policial que me hacía señas de parar. El policía me dijo, “Aquí no puede dar vuelta en U”. Respondí, “Pero, oficial, aquí hay una señal que dice que la vuelta en U está permitida”. “No puede ser”, replicó él. “Vamos a ver”, contesté yo. Por cierto, tenía razón. El oficial se disculpó, diciendo “Deben haberla puesto esta tarde”. Nos echamos a reír. Mi felicidad sólo duró unas pocas semanas más, hasta que llevé a Olga y a mi hijo al aeropuerto. Después escribí sobre ese episodio. Vi al avión como un gran monstruo que se tragaba a mi familia y la llevaba lejos de mí. La separación resultó definitiva, seguida por un divorcio pocos años más tarde. El orador de febrero fue Roy McLellan, miembro de la Sociedad. Era un investigador en química y trabajaba para la PG&E, Pacific Gas and Electricity. Había practicado hipnosis durante varios años y sostenía la idea de que la hipnosis era la llave que abría las puertas de un nuevo mundo excitante. En marzo, el Dr. Octavio Romano, un antropólogo de la Universidad de California, disertó sobre “Medicina carismática, sanadores y santos populares”, con especial referencia a don Pedrito Jaramillo, un sanador popular que pasó la última parte de su vida en el Sur de Texas; adquirió fama y devoción por parte de sus seguidores, que se mantuvieron y acrecentaron después de su muerte en 1907.
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Mi amigo Donald McQuilling, físico, pasó a ser el editor de Iridis. Él y su esposa Carol, en los cargos de SecretarioTesorero y Director, formaban parte del grupo desde el principio. Nos habíamos hecho amigos íntimos, hicimos varios viajes de investigación en la Bay Area, llegando hasta San José. Carol y Don se dedicaban mucho a la Sociedad; dedicaban considerable tiempo y energía a los temas organizativos, tratando de obtener nuestros propios espacios, publicaciones, biblioteca, comunicados de prensa, reuniones y cenas. Siempre disfruté de su apoyo, en las buenas y en las malas. En una carta fechada el 15 de mayo de 1966, le informé brevemente a Chet sobre la visita de mi familia, así como de la visita de Gaither Pratt con su hijo menor. Habíamos viajado al Norte en mi coche, los cinco, para visitar un bosque petrificado y los géiseres. Parte de nuestro viaje abarcó la zona del así llamado hombre-mono, o Pie Grande, con quien algunos estudiantes de la Universidad Stanford habían tratado de comunicarse por telepatía. Le contaba también a Chet que tenía pensado ir al Este y esperaba visitarlos y volver a ver la Universidad de Rochester y el río Genessee. Quería comentar algunos temas personalmente con él. Me contestó enseguida diciendo que, excepto los días 16 y 17 de junio, iban a estar en su casa. En junio pasé a ser vicepresidente de la Sociedad, conservando mi puesto de director de investigaciones. Como era habitual, Berkeley hervía con todo tipo de actividades. La Universidad patrocinó una conferencia sobre el LSD, con varios oradores notables: los doctores Sidney Cohen, Timothy Leary, Richard Alpert, Frank Barron, y el poeta Allen Ginsberg. Fue oportuna, porque había muchos consumidores de LSD tanto entre los estudiantes como no estudiantes. Algunos de ellos padecían graves consecuencias, debido a que los efectos de la droga eran impredecibles. Un suceso impresionante fue el de un estudiante que saltó por una ventana, a pocos metros de la Telegraph Avenue, el corazón de las actividades en Berkeley. Fumar marihuana también era muy popular. Dos veces por semana trabajaba con personas que deseaban probar sus aptitudes psi. A pesar de algunos
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resultados sobresalientes, no pude hallar un psíquico del alto calibre que necesitábamos. Esto me tenía en un estado de agitación, y empecé a desarrollar varios planes para tratar de trabajar a tiempo completo en parapsicología. Como no pude ver a los Carlson después de una reunión a la que asistí en Washington, DC, les escribí una carta el 27 de julio acerca de las posibilidades que había discutido con el Dr. Pratt durante su visita. El punto principal era la necesidad de que obtuviese mi doctorado, y el Dr. Pratt no creía que yo tuviera que comenzar a trabajar en parapsicología de inmediato. El Dr. Rhine había insistido en la absoluta necesidad del doctorado para poder incorporarme en el futuro a la FRNM u otra organización. Cosa extraña, ahora me parecía que Rhine tenía razón, no por el título en sí, sino porque yo tenía ciertas ideas que requerían conocimientos más profundos, así como experimentos que sólo podían hacerse en un ámbito adecuado tal como el que ofrecía Berkeley. Le había enviado un plan al Dr. Pratt y él lo había comentado con el Dr. Ian Stevenson; ambos concordaban en que ese plan podía dar resultados provechosos. Pero no tenían dinero para ayudarme a financiar mi plan, y parecía bastante difícil conseguir fondos suficientes como para garantizar tres años de trabajo, que era el mínimo de tiempo necesario para obtener algún resultado. Había comenzado de nuevo a experimentar sobre mí mismo, y había logrado producir resultados similares a los que obtuve en el pasado. Ahora le proponía a Carlson varias alternativas para llevar a cabo el proyecto, y le pedía ayuda financiera y consejo. Mientras esperaba su respuesta, tuvimos una reunión interesante en la Sociedad. Charlotte y George White hablaron sobre el “cirujano psíquico” filipino, con exhibición de escenas de películas. Siguió una viva discusión. A mí me parecía evidente que las maniobras quirúrgicas y la sangre eran fingidas, pero algunos miembros todavía dudaban. Hablé de nuevo, pero con más profundidad, sobre nuestras experiencias en la Argentina, como así también sobre algunos de los sujetos excepcionales que había tenido la suerte de conocer allá. Transmití al auditorio mi obsesión por
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hallar la clase de sujetos sin los cuales sería muy difícil realizar algún progreso. Éste sigue siendo un punto crucial en el momento en que escribo estas líneas (¡fines de 1995!). Bien pronto recibí de Chester Carlson una respuesta a mis proposiciones. Yo lo había consultado sobre la opción entre tres caminos posibles: 1) Ir a trabajar a tiempo completo en la Universidad de Virginia con Gaither Pratt y Ian Stevenson (el costo más alto); 2) Dividir mi tiempo dedicando el 50% a mi trabajo para el laboratorio de Berkeley y el otro 50% a estudiar para el doctorado y elaborar una teoría de psi; y 3) Seguir como estaba, hacer lo que pudiera y ver cómo se desarrollaban las cosas. Chet decía: “Qué bien comprendo tu frustración. Por mi parte, estoy mucho más involucrado en la investigación parapsicológica de lo que jamás hubiera pensado. De todas maneras, comparto tu interés en el futuro de este campo”. Luego señalaba que aceptaba el plan 2, hasta un monto máximo de 15.000 dólares para un trabajo que podía llevar dos o tres años. Volví a escribirle a Carlson el 14 de agosto, para definir el modo como recibiría el dinero y referirle mis conversaciones con mi consejero. Éstas marchaban realmente bien, confirmando mi impresión de que Berkeley era el mejor lugar para la realización de mis proyectos. Me proponía concentrarme en el estudio de las células, todo lo conocido hasta el momento, desde la bioquímica hasta la fisiología celular; pasando por la físico-química en los fenómenos de la membrana celular, y por la biología de la radiación en toda clase de interacciones de las radiaciones con las células. El párrafo siguiente era importante, porque anticipaba trabajos que comenzaron a realizarse dos décadas más tarde. “Cuando me preguntaron qué proyectos tenía para el futuro, dije que deseaba avanzar en los estudios de la transmisión de información de célula a célula en toda clase de tejidos, no solamente en el sistema nervioso; luego estudiar las interacciones con el sistema nervioso y finalmente tratar de entrar en el problema de la conciencia humana”. Lo interesante fue que él no se sorprendió en absoluto cuando hablé de una futura psicología biofísica (o biofísica
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psicológica). En efecto, me dijo que más del 60% de los estudiantes ‘han expresado la misma sensación: que el estudio de la naturaleza del hombre es lo que realmente importa’. Y más adelante: “Tengo una gran ventaja sobre personas como Hansel, que parten de la hipótesis negativa de que la ESP es imposible. En efecto, sobre la base de mis propios estudios en la materia, tanto con el grupo de La Plata como en experimentos en que logré producir o recibir los efectos de Psi, estoy absolutamente convencido de la existencia de estas fuerzas, y la finalidad de mis investigaciones es descubrir cómo operan”. Como dijo el Dr. Gardner Murphy años atrás: “el descubrimiento de la naturaleza de los procesos nopsicológicos que se desarrollan, es un problema que no se puede resolver por la especulación, por brillante que sea, sino únicamente por una larga serie de estudios de investigación”. Una semana más tarde informé de estos acontecimientos al Dr. Gaither Pratt, y agregué una posibilidad que no había mencionado antes, sugerida por el Dr. Mudundi R. Raju, mi estrecho colaborador en los experimentos con piones negativos. El Dr. Raju se había recibido en la Universidad Andhra, en la India, y conocía bien al Dr. K. R. Rao. Decía Raju que era probable que yo pudiera ir directamente a la India, y que la Universidad Andhra aceptara mis títulos de M.S. y licenciado, y me permitiera trabajar directamente en mi tesis doctoral. Luego un comité internacional juzgaría los méritos de mi tesis y dispondría respecto de expedir el título. Le pedí a Gaither que conversara con Rao sobre esta posibilidad. Desafortunadamente, esto nunca sucedió. Carlson me volvió a escribir el 26 de agosto. Decía que pensaba dividir su contribución en dos entregas de 7.500 dólares cada una, una al comienzo y la segunda un año más tarde, con la condición de que todo “procediera según lo planeado”. Chet tenía una visión muy aguda sobre la investigación y sus problemas. Agregaba: “Tu plan general de trabajo me parece interesante. Sin embargo la tarea es grande, y puede ser que no completes tu plan en el plazo proyectado. Pero eso también está bien”.

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La reunión de agosto en la Sociedad tuvo por orador al Dr. Arthur Hastings de la Universidad de Stanford. Se refirió a un caso de poltergeist que había ocurrido dos años antes en Oakland. Cuando el caso atrajo la atención pública, el Dr. Hastings pidió y obtuvo permiso para hablar con las principales personas involucradas; además se les hicieron tests de personalidad y entrevistas psiquiátricas. El investigador encontró dos diferencias principales entre este caso y los que se relatan comúnmente: 1) No ocurrió en un hogar sino en una oficina; 2) La figura central en torno a la que se produjeron los fenómenos no era un niño ni un adolescente, sino un joven de veinte años. Había, sin embargo, en el ámbito de la oficina, una serie de elementos de interacción personal comparables a los que existen en las familias, y el muchacho, J., en cierto sentido era menor que su edad cronológica. Las conclusiones a que arribó el Dr. Hastings son las siguientes: 1. J. encontraba difícil afrontar las presiones y frustraciones que aparentemente le afectaban, por ser de un carácter retraído y no dado a expresar su enojo o resentimiento. 2. Hubo una cantidad de sucesos imposibles de explicar por causas físicas ordinarias, y que, en opinión del Dr. Hasting, fueron genuinamente paranormales y debidos a una psicokinesia inconsciente. En particular, esos hechos incluían permanentes desperfectos en los pequeños resortes de la parte frontal de las máquinas de escribir; después de reemplazarlos y comprobar el buen funcionamiento de los nuevos, en pocos minutos se volvían a descomponer y romper, sin que NADIE hubiera tenido acceso a ellos. Se producía también el vuelco y caída espontánea de un gabinete de archivos sin que hubiera nadie en la habitación. 3. Algunos pocos sucesos fueron ocasionados, muy probablemente, por causas normales. Este caso fue muy importante para mí, no solamente porque estaba bien atestiguado e investigado, sino porque se enlazaba perfectamente con la acción de Fernando al ejercer
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influencia para que la mesa respondiera “¡No, no, no, no!” con ocho levitaciones a plena luz y a distancia. Carlson había mencionado tres ítems en la carta que ahora llegaba a mis manos: 1) El trabajo del profesor F. S. C. Northrop y H. S. Burr, de Yale. Se había publicado un largo artículo en Main Currents, del que me mandaba una copia; 2) El libro de Ian Stevenson, Veinte casos que hacen pensar en la reencarnación. Ya conocía algunos de esos casos, y los había comentado con el Dr. Stevenson, pero ahora comprendía mejor por qué él estaba tan firmemente convencido de la reencarnación, y por qué la hipótesis de una “super-ESP” era difícil de sostener; y 3) Una copia de Los tres pilares del Zen, de Phillip Kapleau. Yo había leído bastante sobre el Zen, pero este libro me enseñó mucho más. Chester y Dorris habían empezado a interesarse en el Zen y ya practicaban meditación. Comenzaron a colaborar con Kapleau y ayudar a la difusión de esta doctrina. En mi carta del 3 de septiembre, contesté algunas de sus preguntas sobre el uso del rayo láser, y continué con mi idea sobre “el lugar de Psi en el Universo que conocemos, sus relaciones con la Teoría de la Información (esencialmente con la entropía negativa) y el proceso evolutivo. El desarrollo de estas ideas, generales pero no vagas, puede darnos algunos indicios de cómo actúa Psi en sus diferentes manifestaciones”. Para la reunión de la Sociedad del mes de septiembre la oradora fue la señora Betty North, una de nuestros miembros. Dio un excelente informe de su visita a las Filipinas para testimoniar de primera mano el trabajo de los “cirujanos psíquicos”. Ya habíamos examinado algunos informes de esos supuestos sanadores y teníamos una opinión desfavorable de ellos. La señora North confirmó mis ideas. En atención a aquellos lectores a quienes realmente interese, transcribo el relato escrito por Donald McQuilling, publicado en Iridis: “Su informe, acompañado por películas en colores que tomó ella misma, planteó los siguientes puntos: (1) El primero de los dos practicantes cuyas operaciones ‘sin sangre’ observó la señora North, produjo resultados
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aparentemente genuinos en las primeras cinco ocasiones; pero el último caso, que pudo ser examinado más de cerca, disipó esas impresiones favorables del inicio. (2) El segundo de los practicantes observados fue el ‘Doctor Tony’, ampliamente publicitado, cuyos procedimientos la señora North fotografió y nos mostró; aplicaba una técnica diferente, en la que la sangre del paciente parecía estar presente en gran cantidad después de una ‘incisión’ sin cuchillo. A continuación, el hombre aparentemente descubría una especie de ‘tumor’ y lo extraía durante una prolongada manipulación en la parte media del cuerpo del paciente. A ello seguía una pretendida ‘curación instantánea’ de la herida quirúrgica. (3) La película en colores, aunque bastante nítida y gráfica, no mostraba nada que pudiera ser reconocido como un auténtico procedimiento médico, debido a la ambigüedad de las estructuras observables a través de lo que pretendía ser la sangre del paciente. Además, y más importante aún, las fotos mostraban solamente el ‘Acto 2’ del tratamiento, mientras que el ‘Acto 1’, la preparación del paciente –que era traído a la habitación cubierto por una sábana– era inaccesible a la observación. (4) Solamente se ‘operaba’ a pacientes con abundante tejido adiposo. (5) No importa cuál fuera la dolencia del paciente, siempre aparecía un ‘tumor’ y se lo trataba. (6) Todo el material descartado durante esos procedimientos era eliminado rápidamente, sin que pudiera ser sometido a pruebas médicas. (7) De los treinta y dos pacientes que viajaron con la señora North, ninguno dijo haber sido curado de modo inmediato ni durante los días siguientes. (8) Muchos de estos pacientes se vieron en apuros para reunir el dinero para el viaje, y la sugerencia que se hizo de una donación de 150 dólares por cada paciente para el profesional proyecta una sombra más en el cuadro.

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Conclusión: Los pretendidos poderes curativos de los ‘cirujanos psíquicos’ no han sido verificados en base de la evidencia hoy disponible”. En este punto corresponde que rinda tributo a uno de nuestros directores, Philip S. Haley, Ph.C., D.D.S. El Dr. Haley fue un hombre mayor con el espíritu de un hombre joven. Su entusiasmo era inquebrantable, y el trabajo que realizaba en su hogar, metódico y perseverante. De tanto en tanto presentaba informes a la Sociedad, y se publicaban en Iridis. No sólo como tributo, sino porque creo que sus observaciones todavía son válidas para los que adhieren a esta línea de investigación, transcribiré un breve informe que presentó oportunamente. Su grupo se llamaba Grupo para el Estudio de Fenómenos Luminosos. Aquí va, sin comillas: Nuestro trabajo con la médium, señora Betty North, comenzó en 1962 y continuó, con algunas interrupciones, hasta el momento de escribir estas líneas [1966]. Betty North colabora con dedicación, aceptando de buen grado prácticamente todas las condiciones experimentales sugeridas por el Grupo. Además, ha aclarado desde el inicio que no tiene ideas preconcebidas acerca de si las personalidades que se manifiestan durante el trance son espíritus desencarnados o representaciones orales y teleplasmáticas de su propio psiquismo corporal y mental. En su estado consciente, le entusiasma su trabajo y lo hace con placer poniendo en juego sus facultades intuitivas. Además de su tarea principal, que consiste en sesiones realizadas en un gabinete hecho de tela negra, es capaz de producir dibujos con lápiz o crayones. (Se usa tela negra con preferencia a cualquier otra porque ese material refleja menos los rayos de la linterna que utilizamos para estudiar las estructuras ectoplásmicas). Esta actividad puede tomar la forma de rostros humanos o la escritura de predicciones de eventos futuros, ya sea relacionados con la vida de los asistentes a la sesión, o de contingencias naturales, como terremotos u otros fenómenos, o la muerte de personajes conocidos. Nuestro grupo conserva grabaciones de esas sesiones, que, confrontadas con los acontecimientos reales, muestran considerable exactitud en las predicciones. Una buena definición del trance es la que da Clarence Wilbur Taber en su Cyclopedic medical dictionary, y es la
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siguiente: “Un estado similar al sueño como en la hipnosis profunda, que aparece también en la histeria y en algunos mediums espiritistas, con un contacto sensorio-motor con el medio ambiente limitado, y subsiguiente amnesia de todo lo ocurrido durante ese estado”. El estado post-trance de la señora North se ajusta bien a esta definición, ya que es incapaz de relatar su experiencia después de ocurrida. Al estudiar el pulso de nuestra médium, observé un fenómeno que algunas personas, en estado de vigilia normal, pueden inducir a voluntad. A veces, cuando queda dormida, su pulso radial parece acelerarse al principio y luego ir bajando hasta hacerse casi imperceptible. A veces, y también a voluntad de la médium, desaparece totalmente. Puede llegar a permanecer en este estado durante un minuto entero, según observaciones hechas cuando comencé por primera vez a estudiar sus estados fisiológicos. Cuando aparece una personalidad durante el trance el pulso se hace irregular y acelerado durante varios latidos, después desciende a valores normales de pulso y presión. Si bien este estado puede desarrollarse con la práctica, parece ser bien conocido entre los mediums en general. Una conocida medium de San Francisco dice que al venir un espíritu cuando ella está en la iglesia dando mensajes, su pulso “se duplica”. La respiración de la señora North está casi siempre dentro de los valores normales, en número de respiraciones por minuto y en profundidad de la inspiración. Las personalidades comienzan a aparecer, generalmente pero no siempre, con la llegada de un “guía” bajo el nombre de Pansy. La mayoría de nuestro grupo está de acuerdo en que esa Pansy es probablemente la personalidad, en el trance, de Betty North. Pero no es así respecto de las subsiguientes personalidades. Para dar un ejemplo, al principio de nuestro trabajo con Betty, apareció una personalidad masculina que dijo llamarse Nee-Pah-Wah, un indio americano, e insistió mucho en que era quien decía ser. Otro hombre que dijo ser conocido bajo el nombre de Popeo, prometió ayudarnos en nuestro trabajo fotográfico. Los dos hombres dijeron que se iban a materializar. Quedamos sorprendidos, por no decir encantados, cuando las caras de los hombres aparecieron en dos fotografías algún tiempo después. En la actualidad tenemos tres fotos de caras que me parecen claramente
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humanas. En otras fotos se ven varias otras caras humanoides, pero me he impuesto como norma no invocarlas como testimonio ya que algunas de ellas pueden explicarse por movimientos accidentales de la cortina y los efectos de luz y sombra que estos pliegues producen. Las fotografías de los dos hombres antes mencionados parecen estar conectadas con líneas horizontales de algún tipo de emanación o radiación que surge de la cortina, formando un complejo teleplasmático de una sustancia amorfa semejante al humo dentro de la cual se moldean los rostros, probablemente por un proceso semibiológico de ideoplastia. La génesis de la ideoplastia puede provenir de los procesos mentales del médium o de quienes alegan ser Nee-Pah-Wah y Popeo. Esto fue tema de debate desde que se comenzó a utilizar la cámara, con George Mumler, quien, según se dice, fue el primero en utilizar extras espirituales en sus películas en 1961, hasta la actualidad. El comandante Darget, fotógrafo profesional del ejército francés, realizó experimentos en sesiones con su esposa u otras personas, sosteniendo o pegando una placa fotográfica cubierta con papel negro sobre sus frentes, durante un tiempo conveniente. Después Darget iba al cuarto oscuro y revelaba las placas. En uno de los casos Darget se había concentrado en un bastón y su señora en un pájaro. Resultado: exitoso. Los experimentos hechos por J. Trail Taylor, editor del British Journal of Photography más o menos en la misma época de los de Darget, y los trabajos del profesor Fukurai de la Universidad de Tokyo con sujetos hipnotizados, dieron resultados similares. Sólo los que hayan leído la historia de la fotografía paranormal tienen una idea de los esfuerzos y la dedicación que han puesto en su trabajo los experimentadores en este campo. En cuanto a las fotografías en sí mismas, a menudo muestran lo que he observado durante cincuenta años en mis estudios. Me refiero a la observación visual de lo que en general aparece como una forma blanca sobre la cortina de tela negra, a semejanza de la morfología de los teleplasmas y a veces de las auras. Muchas fotografías de un aura similar a un
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humo blancuzco o a veces negro, son tan extrasomáticas como las de una luciérnaga o un pez de aguas profundas. Es de esperar que, tarde o temprano, los psicólogos y los médicos lleguen a aceptar esta interpretación. Para concluir este informe, sería útil agregar unas palabras sobre la manera de ayudar al desarrollo de la mediumnidad. Cuando Betty North ingresó en nuestro grupo, podía hacer dibujos y lo que suele llamarse escritura automática. Esta denominación indica que tal escritura se origina en cierta liberación de una parte del mecanismo cerebral motor, de tal manera que actúa estando o no el médium en estado de trance o solamente en una condición ligeramente subjetiva. En uno de mis libros he dado la fotografía de una mesa controlada eléctricamente de manera tal que si alguien de los que operan con ella intenta moverla por una presión consciente o inconsciente, se enciende una luz o suena un timbre. Así, los resultados deben obedecer a alguna fuerza o factor que no opera directamente por las vías neuromusculares, sino probablemente por una energía extrasomática o una sustancia teleplasmática. Desde el principio comencé a tomar fotografías cuando la señora North estaba en trance. Cuando aparecían las personalidades de su estado de trance, les preguntaba si era posible tomar fotografías. Como señalé antes, pronto nos prometieron resultados, y ya en 1965 obtuvimos nuestro primer éxito. Así, la sugestión tiene su parte en el desarrollo mediúmnico, aunque lejos estoy de creer que sea el único factor necesario. La relación de los “guías” con la personalidad del médium requiere un estudio comprensivo y cercano. Creo que tal proceder, con el tiempo, redundará en mejor comprensión de la personalidad y menos prejuicios. No creo que la personalidad mediúmnica deba ser considerada desde el punto de vista de la “personalidad múltiple” o de la histeria, sino desde su propio fundamento inherente. Así concluye el interesante informe del Dr. Haley. Yo nunca participé en las actividades de este grupo; ya tenía suficiente trabajo, y pensé que él sabía bien lo que estaba haciendo. Además, se reportaba a nosotros, y prometió llamarnos en caso de que hubiese fenómenos físicos fuertes.
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Hacia esa época, California se preparaba para elegir un nuevo gobernador. Un día, el Dr. Lawrence me preguntó si yo creía que Ronald Reagan podía vencer al candidato demócrata Edmund G. Brown (padre del anterior gobernador). Le respondí: “Vea, doctor Lawrence, yo soy demócrata, pero debo decirle que, basado en una experiencia que tuve de niño, estoy seguro de que Reagan va a ganar”. Entonces le conté que en 1943, después de ver En cada corazón un pecado en la Argentina, me levanté y en un rapto les dije a dos amigos que estaban conmigo, “¡Este hombre va a ser mucho más que un actor!”. Quise decir presidente de los Estados Unidos, así que parecía natural que comenzara siendo gobernador de California. En la época de mi experiencia Reagan todavía no estaba en la política. El boletín Iridis relató mi previsión en el número de enero de 1967, después de que Reagan triunfara en la elección por un margen de un millón de votos. Ese primer martes de noviembre fue también memorable a causa de una singular experiencia que tuve esa mañana. Mi coche necesitaba una puesta a punto; para que me saliera más barato, le encargué el trabajo a uno de los ordenanzas del laboratorio, que también era mecánico. El lunes, al salir del trabajo, el hombre me dijo: “Tome mi coche mientras tanto, así puede venir mañana al laboratorio sin problemas. Solamente tenga cuidado de no ponerle demasiado gas cuando lo haga arrancar a la mañana, porque se desborda fácilmente”. Se trataba de un Ford 1955 azul de dos puertas. En ese tiempo yo vivía en Kensington, al norte de Berkeley, en lo alto de una colina. En vista del consejo de Willy, estacioné el coche en la punta misma del cerro, fuera de la casa. Si se desborda, pensé, no tengo más que dejarlo ir colina abajo y hacerlo arrancar. La casa vecina tenía un garaje con un local de votación. Afuera lucía la bandera norteamericana. El garaje estaba por lo menos a un metro ochenta por debajo del nivel del coche. A eso de las siete y media de la mañana, y, tal como lo previó Willy, no pude hacerlo arrancar. Solté el freno de mano, pero el coche no se movía, entonces comencé a empujarlo. El coche se movió cuesta abajo exactamente en dirección al garaje de la casa de al lado. Por el camino había un hermoso árbol que la propietaria de la casa me dijo que le había costado 125 dólares. El coche iba derecho hacia el árbol; lo visualicé
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primero destruyendo el árbol, y luego irrumpiendo en el garaje. En esas circunstancias el cerebro nunca trabaja con suficiente velocidad. ¡Quise detener el coche sosteniéndolo! Sólo habían pasado tres o cuatro segundos y yo ya estaba desesperado. Entonces sucedió. Mi mente consciente se desvaneció y me encontré dentro del coche con mi pie derecho presionando el freno. El coche se detuvo a cincuenta centímetros del árbol. Apagué el motor, puse el freno de mano, entré y llamé a Willy para que por favor viniera y me sacara de ese lío. Así lo hizo. Esta experiencia probó, al menos para mí, que las ideas de Gurdjieff sobre la manera cómo funcionamos, o podemos funcionar, cuando sabemos lo que hacemos y nos hemos entrenado adecuadamente, eran esencialmente correctas. En su libro más importante, Del todo y de todas las cosas, Gurdjieff, o mejor dicho, Beelzebub, le cuenta a su nieto todo sobre la “inexplicable conducta de esos seres de tres cerebros en aquel extraño planeta Tierra”. Como lo resumió recientemente Kathleen Riordan Speeth en The Gurdjieff Work (New York: G. P. Putnam's Sons, 1989), “Esos tres cerebros corresponden, como los pisos de un edificio (y, en particular, de una fábrica de alimentos), a los tres distintos niveles de funcionamiento. El piso superior es el centro intelectual, el piso medio es la sede del control de las tres funciones, que a veces trabajan independientemente pero muchas veces no. Éstas son: el centro del movimiento, el instintivo y el sexual”. En la mayoría de la gente hay una confusión enorme entre las funciones de esos centros y las energías que utilizan. Creo que todo el mundo es consciente de las circunstancias en que nuestro intelecto interfiere con nuestras emociones y viceversa. Un detalle importante es que cada uno de esos centros posee a su vez una parte motriz, una emocional y una intelectual. En mi experiencia con el coche bajando por la colina, mi centro intelectual no pudo resolver el problema con suficiente rapidez, mi centro emocional interfirió con el pánico ante el posible resultado del incidente. Tuve la suerte (u obraron mi entrenamiento previo y mi conocimiento de las ideas de Gurdjieff) de que la parte intelectual de mi centro motor se hiciera cargo de la situación y la resolviera en el término de dos segundos.
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Ya que estoy en una digresión, permítanme contar cómo entré en conocimiento de Gurdjieff y cómo influyeron sus ideas en una parte al menos de mis experiencias y experimentos psíquicos. Octavio fue el primero que atrajo mi atención hacia Gurdjieff; había leído el libro de P. D. Ouspensky traducido al castellano, En busca de lo milagroso, y me lo pasó. Él pensaba que Gurdjieff estaba acertado al decir que los seres humanos viven la mayor parte del tiempo en un estado de sueño y que necesitan un arduo trabajo para corregir esa conducta anormal y funcionar “armoniosamente”. Una vez logrado esto, pueden tratar de construirse un alma y quizás transformarse en seres más elevados y volverse inmortales dentro de los límites del sistema solar. Desde luego, En busca de lo milagroso es fascinante, pero contiene pocas técnicas que se puedan practicar con sólo leer el libro. En realidad, no es aconsejable practicar ninguna de esas técnicas sin un maestro con gran experiencia. Pero ¿dónde encontrarlo en la Argentina? No en vano dicen los maestros que, cuando usted está preparado, el maestro viene a usted. Eso fue lo que pasó. Un sábado a la mañana, hice una de mis periódicas visitas a Buenos Aires. En ese tiempo vivía todavía en La Plata, y hacía aquellos experimentos con levitación de mesas de que ya he hablado. Tomé el subterráneo, bajé en la calle Florida y comencé a caminar hacia el norte. La mañana era gris y había una niebla espesa. Mientras andaba, sentí que iba a entrar en un momento mágico y que algo estaba por suceder. Crucé Corrientes y seguía pensando qué era lo que iba a pasar. Entonces me dije: “Tal vez voy a encontrarme con Mercedes, una vieja amiga que solía venir al centro a desayunar”. Pasando Lavalle había una confitería grande, y decidí buscarla ahí. Llegué a la puerta, miré hacia la izquierda, había unas pocas personas dispersas en el local; luego miré hacia la derecha. Una gran parte del cielorraso, de unos seis por nueve metros, estaba hecho de vidrio, dividido en pequeños cuadrados yuxtapuestos, a fin de que la luz natural pasara a través de ellos. Lo miré durante unos diez segundos. Entonces sucedió algo increíble.
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De pronto todo ese segmento de vidrio se vino abajo con un fuerte ruido. Por fortuna, nadie salió herido. Me quedé en la puerta, petrificado. Pensé: “¿Qué significado tendrá todo esto? Tal vez iba en dirección equivocada. Debería volver a Corrientes y fijarme en esa librería que tiene muchos libros en inglés”. Así lo hice. Revisando el estante de novedades descubrí el libro de Maurice Nicoll Psychological commentaries. on the teaching of G. I. Gurdjieff and P. D. Ouspensky. (London: Vincent Stuart, 1952-1956) 12. El doctor Nicoll había sido discípulo tanto de Gurdjieff como de Ouspensky. Había atravesado los rigores del entrenamiento de Gurdjieff y estaba altamente calificado para comprender la psicología detrás de la enseñanza. Nicoll había sido íntimo de C. G. Jung, cuya influencia se extendió por todo el mundo, y por cierto a la Argentina. Mientras estaba absorbido por los cinco volúmenes de los Commentaries, una amable voz femenina me devolvió a la realidad. Preguntó: “Señor, ¿le interesan Gurdjieff y Ouspensky?”. “Por supuesto”, contesté. “Bueno, si realmente le interesan, debería venir a una reunión que tendremos esta noche con una persona que estudió con Ouspensky en Inglaterra”. Me llevó a su escritorio en el otro lado del negocio, anotó una dirección y dijo: “Esté ahí a las siete en punto”. Pagué los cinco volúmenes, y agregué: “Allí estaré”. Así fue como me puse en contacto con una discípula directa de Peter Ouspensky. La maestra era una bellísima dama rubia, alta y de ojos azules, llamada Helen McNabb. Su esposo era el agregado cultural de la Embajada Británica. No era difícil caer bajo sus encantos. Su enseñanza consistía en lecturas de la obra de Gurdjieff (todavía imposible de conseguir en Buenos Aires) y de las enseñanzas de Ouspensky. Fui a varias de esas reuniones, con cierto sacrificio a causa del viaje a Buenos Aires y el regreso a La Plata, generalmente tarde, en el último tren u ómnibus. La situación mejoró cuando nos mudamos a Buenos Aires, en 1956. Después de una de las reuniones la señora McNabb vino a decirme que quería verme en su residencia.
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Existen versiones posteriores en castellano con el título de “Comentarios psicológicos sobre las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky”. N. de la T.

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Tenía algo que decirme en privado. Vivía en una zona residencial no lejos de Buenos Aires. Fui a verla un sábado a las cuatro de la tarde, hora del té. Ni qué decir que estaba bastante nervioso y me imaginaba toda clase de cosas. Hablamos sobre mis intereses, y le conté de nuestros experimentos. No pareció sorprendida, había visto fenómenos psíquicos y conocía buenos psíquicos en Londres. Al cabo de una hora se levantó y yo hice lo mismo, creyendo que eso era todo. Pero ella vino hacia mí, tomó mis manos, me miró a los ojos y me dijo: “Sabe, José, lo que quería decirle es esto: usted tiene un potencial y una energía tremenda. Puede lograr lo que se proponga, pero debe cuidarse de no disipar sus energías. Concéntrese en lo que desea y vaya directo hacia ello, no se desvíe”. ¡Cuánta razón tenía! Por un motivo u otro, mi vida ha andado por caminos sinuosos, con enorme gasto de energía y tiempo. Hacia el tiempo en que estaba en Buenos Aires, el grupo, de unas treinta personas, sufrió una división profunda. Cerca de la mitad de los miembros deseaba más de las enseñanzas originales de Gurdjieff, inclusive los ejercicios. Pero ¿quién los conocía, y la música que los acompaña? Las enseñanzas de Ouspensky parecían alcanzar sólo el nivel intelectual, cuando Gurdjieff siempre había considerado el desarrollo total del ser. Los ejercicios estaban diseñados para romper nuestras conductas programadas y distribuir la energía entre los centros de manera adecuada. La otra mitad apoyaba a Ouspensky, quería continuar como iban, conformándose con el insight que pudieran ganar. Mi pensamiento estaba con los gurdjieffianos. Con uno de ellos nos hicimos muy amigos e intercambiamos numerosas ideas. Un día vino a nuestro departamento con la música del Eneagrama; la toqué en el violín y él la grabó en una cinta para sus ejercicios de meditación. La situación se resolvió por sí misma antes de que el grupo concretamente se dividiera. Los McNabb tenían que volver a Londres; al esposo de Helen le habían asignado nuevas funciones allá. La señora anunció una reunión final, un sábado a las seis de la tarde. Fue una larga reunión, duró casi dos horas. Una pareja amiga y yo estábamos de pie al fondo
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del salón. Cuando la exposición de la señora McNabb llegaba a los últimos cinco minutos ocurrió algo insólito. Sentí que mi centro emocional, justo en el plexo solar, era tocado por una vibración emocional que me conmovió hasta las lágrimas. No hay otra manera de describirlo, porque no tenía nada que ver con lo que ella decía. Literalmente, fue como si ella emitiera una onda que impactó en mí. A la salida, hablé con mis amigos y quise saber qué habían sentido: resultó ser exactamente lo mismo. No nos podíamos imaginar cómo lo hizo. Y esa fue la última vez que vi a la hermosa Helen McNabb. Seguí leyendo y estudiando los libros de Gurdjieff y sus discípulos hasta el día de hoy. Tengo toda una colección. Utilizo algunas de las pocas técnicas que aprendí en mis experimentos. Fue muy positivo saber de las experiencias psíquicas de Gurdjieff a través de su libro Encuentros con hombres notables, así como ciertas historias sobre sus poderes telepáticos. Ya he descripto algunos de los míos, a los que contribuyó sin duda haber sabido a través de Gurdjieff que era posible influir sobre personas que no son conscientes de ser objeto de la influencia de otra mente. Veremos más adelante algunos encuentros que tuve con un discípulo directo de Monsieur Gurdjieff. Volvamos ahora a Berkeley. En una carta de fecha 29 de octubre de 1966 le decía a Carlson: “Gracias por los libros de Kapleau y de Stevenson y por la Teoría electrodinámica de la vida de Burr y de Northrop. Respecto de la teoría de Burr, según mi nuevo consejero, Dr. H. C. Mel [un distinguido biofísico, que había trabajado un año con Ilya Prigogine], esas teorías ya no se toman en cuenta. Se requiere un conocimiento más detallado en todos los niveles, desde el molecular hasta el sistema nervioso en su conjunto. No tuve tiempo todavía para ver los informes originales. Tengo curiosidad por la clase de mediciones que hacen. Además de la teoría misma, lo interesante es que C. D. King, el autor de The states of human consciousness, estaba asociado al grupo de Burr mientras cursaba el doctorado. Si tienes este libro y lees el prólogo,
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verás que King era una especie de hermano espiritual mío por la naturaleza de sus investigaciones y su pensamiento. Estuvo influido por Orage, quien a su vez recibió influencia y entrenamiento acerca de sus métodos del propio Gurdjieff. Si lees el libro de King un poco más, observarás que se recibió de doctor cuando ya tenía cincuenta años. Yo creo que King dio una buena versión de esas teorías y combinó el conocimiento científico con las ideas de Gurdjieff y de Orage, de tal manera que invita a proseguir su trabajo más allá de ellos. Puede parecer extravagante a primera vista, pero creo que hay mucho en común entre las ideas de Gurdjieff - King y el Zen. Si lees el libro de King y luego recorres el de Kapleau, verás qué quiero decir. Para ahorrar tiempo, puedes leer sólo el capítulo V de King y luego ver qué dice del zanzen el libro de Kapleau. Un ejemplo: King, página 84: “El proceso de la digestión consiste en la extracción que el cuerpo hace de las diversas entidades contenidas en la comida digerida. Los primeros tres pasos del anabolismo (del alimento oral) extraen las sustancias químicas en forma sólida, líquida y gaseosa, dejando los productos alimenticios con sus componentes magnéticos y eléctricos todavía intactos”. Kapleau, página 67: “Hara denota literalmente el estómago y el abdomen y las funciones de la digestión, absorción y eliminación conectadas con ellos. Pero tienen una significación psíquica y espiritual paralela. Según los sistemas del yoga hindú y budista, hay una cantidad de centros psíquicos en el cuerpo a través de los cuales fluye la fuerza cósmica o energía vital. Dos de esos centros están comprendidos dentro del hara, uno de ellos asociado al plexo solar, cuyo sistema de nervios gobierna los procesos digestivos y los órganos de eliminación. Hara es, pues, una fuente de energía psíquica vital”. Burr: Los sistemas vivientes se caracterizan por campos eléctricos estáticos que a la vez determinan y son afectados por las propiedades organizadas de sus elementos constitutivos. A continuación le contaba a Chet sobre mis problemas con el trabajo del curso.
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Le había dicho a mi consejero, el Dr. Mel, que quería abandonar, pero él insistió en que continuara. Yo seguía explorando la posibilidad de ir a la India y el Dr. Pratt le escribió al Dr. Ramakrishna Rao a tal efecto. Tuve dos visitas: el profesor Jeffrey Smith, de Stanford, y el Dr. Russell Targ, que por entonces trabajaba con Sylvania. Almorzamos juntos. Me pareció que les interesaba más el dinero que el intercambio de ideas. Alguien les había dicho que yo podría recibir una beca y querían ver si podían obtener parte de esos fondos, o dinero de la misma fuente. Me invitaron a su próxima reunión, pero no pude ir. Finalicé mi larga carta de esta manera: “La ciencia se desarrolla rápidamente. El hombre no. Si no hacemos algo por el desarrollo del hombre, el hombre se destruirá a sí mismo. El Zen puede ser un camino. La línea Gurdjieff–Orage–King puede ofrecer un nuevo método de educación que dé significado a la existencia. Una teoría de la ESP está en alguna parte en medio de ambos”. Carlson me respondió con una carta fechada el 4 de noviembre de 1966. La transcribo en su mayor parte porque muestra qué hombre bueno, decente y modesto, y verdadero explorador, era Chester Carlson. Decía: “Gracias por tu carta del 29 de octubre. Me alegra que te haya servido el libro de Kapleau. Es una persona maravillosa y muy promisorio como maestro de Zen, aunque todavía tenga que adquirir experiencia. Su maestro, Yasutani Roshi, pasa aproximadamente seis meses al año en los Estados Unidos, dedicado en gran parte a dirigir sesshins de meditación. Hace alrededor de un mes nuestro grupo de Rochester tuvo el privilegio de tener un sesshin de tres días en el país con Roshi, Kapleau y otro maestro zen japonés que dirige el Centro de Nueva York. “Aunque hace doce años que medito, recién el año pasado, desde que seguí algunas de las enseñanzas del Zen, me pareció haber dado algunos pasos adelante. Por primera vez experimenté ocasionalmente “makyo” (impresiones psíquicas de imágenes) durante la meditación. Si bien éstas no se consideran deseables por sí mismas y pueden ser ignoradas, al menos son una evidencia de que algo está sucediendo. Otra cosa que noté casi al final de nuestro sesshin
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fue el aumento de la energía asociado a un estado de ánimo maravilloso, a pesar de que todos los días nos levantábamos a las cinco de la mañana y meditábamos hasta las diez de la noche, y se diría que debíamos estar inusualmente cansados. Todo lo contrario. El incremento de la energía era un resultado muy tangible y todos lo notaron. “Me agrada conocer tus comentarios sobre la teoría de Burr. No entiendo por qué los biólogos no la toman en cuenta, pero supongo que tendrán sus buenas razones. No he visto el libro de C. D. King. En este momento no tengo tiempo para leerlo, pero si encuentras más ideas interesantes, por favor envíamelas. “Recientemente consulté a mi abogado sobre la posibilidad de que la Fundación Shanti financie tu trabajo directamente y no a través de la California Society, y parece que es posible. Quiero estudiarlo con él un poco más y espero tener una respuesta antes de fines de este mes. Confío en que te arregles hasta que el asunto se defina de una manera u otra. “Respecto de la preparación para tu doctorado, considero que sería preferible que la hagas en Berkeley. No creo que las universidades indias igualen a las nuestras. De todos modos, mi subvención será para tus investigaciones, y los estudios para el doctorado no son parte esencial de ellas. En otras palabras, daré apoyo a la investigación sea que trabajes o no para el doctorado. Por tu futuro, creo que harías bien en hacer el esfuerzo aunque tardes más tiempo. [Yo le había dicho que con mis necesidades actuales era de 10 a la sexta dividido por 10 a la cuarta = ¡100 años!]. “Me resultó divertido lo que dices sobre la libertad que uno goza en la vida cuando tiene un millón de dólares. En mi caso, no me dio mucha libertad. De hecho, estoy ahora más atado que nunca a mi escritorio. Quisiera poder simplificar mi vida, pero no he encontrado la manera de hacerlo. “La semana pasada estuve en California del Sur para asistir a la celebración del 75º aniversario y la reunión de directorio de Caltech. Estoy en la Junta de Síndicos de Caltech. Me pareció desalentador saber que ahora los biólogos casi unánimemente ven la vida como una organización compleja de la materia y nada más que eso.
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“Leí los hexagramas del I Ching que sacaste. [Le había mandado mi consulta al I Ching referente a mi carrera]. Parece bastante claro. Hay peligro. Se necesita sinceridad y rigor, y seguir adelante con paciencia y perseverancia. Me complace saber que estás bien consciente de los peligros”. (Para los que se interesan en el I Ching, los hexagramas eran 5, con 9 en la primera y tercera líneas, transponiendo al 29). El 8 de noviembre, Chet me escribió pidiendo una propuesta escrita para la Fundación Shanti, y detallando lo que debía contener la propuesta. Le escribí una carta el 25 de noviembre. A continuación, algunos fragmentos. “Tus comentarios sobre “makyo” y el subsiguiente incremento de la energía son sumamente interesantes e importantes para el desarrollo de mis ideas acerca de todo el campo de los fenómenos psíquicos. No sé si algunas de mis sugerencias pueden perturbar tu camino hacia el Zen. Espero que no sea así, porque de acuerdo a lo que he leído últimamente, a través del Zen eres capaz de llegar tan lejos como quieras, estoy seguro de ello. “Empezaré a escribir mi propuesta, como lo sugiere tu abogado, apenas termine esta carta. Espero que sea satisfactoria. Si no, me podrás sugerir maneras de mejorarla. El principal problema es la dificultad de estimar cuánto puedo avanzar en un año o dos, o en una semana o dos. Precisamente, es muy importante sentirse libre y seguro mientras se hacen estas investigaciones. Parte de la investigación que propongo va a ser sobre mí mismo, y también puedo hacer algunos experimentos con Miguel [mi hijo]. Pero observarás que voy a proponer una investigación puramente teórica, con algunos experimentos que tengo pensados, de acuerdo con mis hallazgos. Los informes periódicos formales sobre los progresos realizados creo que tendrán suficiente información positiva como para justificar el subsidio. Pero la información completa sobre nuestros hallazgos te la enviaré solamente a ti. Creo que es necesario preservar algunas ideas importantes, para decidir más adelante cuál es la mejor manera de transmitirlas a nuestros colegas, a la sociedad y a la educación.

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“Te daré algunos indicios. Después de leer gran parte del libro de Kapleau, estoy seguro de que Gurdjieff aprendió mucho de las filosofías antiguas, incluido el Zen. Por lo que sé, fue el único capaz de poner todo ese conocimiento a disposición de la mentalidad occidental. Quiero decir: la mentalidad científica occidental. Como recordarás, expuso esas teorías en forma de parábolas en su libro Del todo y de todas las cosas. Pero algunos de sus discípulos fueron más explícitos. Ouspensky en En busca de lo milagroso, Nuevo modelo del Universo y El Cuarto Camino. Maurice Nicoll en El tiempo vivo, El nuevo hombre y Comentarios psicológicos a las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky; Rodney Collin en El desarrollo de la luz; y C. D. King en The states of human consciousness, han expuesto esas ideas de manera completa. “Lo interesante es que la física moderna ha hallado inspiración en algunas ideas antiguas como el Yin y el Yang (no-conservación de la paridad) y más recientemente el Óctuple Camino inspiró una nueva teoría para agrupar partículas elementales. “Pero hay más que eso. Gurdjieff menciona casi en cada página de Del todo y de todas las cosas “esos seres de tres cerebros”. Se refiere a los seres humanos sobre la Tierra. Y desarrolla la idea total de seres de un cerebro, seres de dos cerebros (los animales) y cómo trascender nuestras propias limitaciones como seres de tres cerebros. Y enseñó estas ideas desde 1917… Aquí copio para ti un párrafo de un artículo de John Barbour (escritor científico de Associated Press): ‘Los investigadores tienden a ver el cerebro humano como formado por tres capas, cada una de las cuales representa un posible paso en la evolución. La más antigua es básicamente un cerebro de reptil, el cerebro del nervio, un panel de control de la acción y el movimiento. Sobre éste se sitúa otro cerebro primitivo afín al cerebro de los animales inferiores, y es aquí donde se asientan las emociones. Por encima de esos dos está el manto de la corteza donde un hombre recoge su memoria y aprendizaje. Algunos investigadores creen que este cerebro superior está montado sobre la estructura primitiva que se encuentra por debajo y la controla, como un jinete controla al caballo. Esta es la historia que los científicos han reconstruido leyendo el lenguaje eléctrico del cerebro y estimulándolo
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eléctricamente para comportamientos’.

crear

imágenes,

movimientos

y

“Es casi el lenguaje de C. D. King, con la diferencia de que King sabía más de lo que escribió, porque sabía como controlar los tres cerebros. “El martes a la noche me invitaron a una reunión de Sigma-Xi. Hubo una discusión sobre aprendizaje y memoria. El moderador era el Dr. David Krech, conocido por sus experimentos con ratas y el crecimiento de la materia gris con el entrenamiento. Hubo otros tres científicos: un bioquímico, un fisiólogo y un ingeniero bioeléctrico. Fue todo un encuentro. ¡No hablaban el mismo idioma! Ni siquiera pudieron definir lo que entendían por aprendizaje. Planteó la pregunta explícitamente uno de los estudiantes graduados de nuestro grupo y ¡se negaron a contestar! El Dr. Krech es el más próximo a nosotros. No cree que por estudiar ‘procesos’ en ‘seres’ muy elementales vayamos a comprender mejor cómo funciona el ser humano. Cree que ciertas informaciones pueden ayudar, con tal de que desarrollemos nuevos métodos para estudiar esas funciones en el ser humano sin interferencias. “Se mencionó la ESP en relación con un artículo reciente en Science, por un profesor de la UC, y posteriormente tuve oportunidad de hablar brevemente con el fisiólogo y con el Dr. Krech. Mostraron amplitud de criterio, con tal de que se les ofrezcan argumentos y experimentos serios. “También tuve una larga conversación con mi consejero. Aunque yo había ido para discutir sobre mi futuro como estudiante graduado (le dije francamente que la manera en que ellos enseñan no satisface mis necesidades…), la conversación recayó en la ESP de una manera bien ‘sincrónica’. Vino su secretaria y le dijo algo. El Dr. Mel contestó: ‘¿Cómo lo supo, por ESP?’. Recogí inmediatamente el tema, y me contó sobre unos experimentos que él y el Dr. Cornelius Tobias intentaron hace años con un sensitivo que vino a mostrar sus habilidades en el escenario. ¡Estaban en TV! Ciertamente pensaban que el sensitivo era un mago, pero de ninguna manera rechazaban la idea de la ESP. En efecto, el Dr. Mel me habló de ciertos hechos enigmáticos, como la capacidad de un mosquito para
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reconocer su pareja a una milla de distancia; cómo logra esto, no se comprende. Sobre la base de lo que me decía, hice algunos cálculos, pero me dieron resultados ridículos. No me parece que hagan el truco recibiendo una sola molécula, como algunos creen. Pero yo no vi todavía el informe original. El Dr. Mel cree que el cerebro humano o ‘algo’ (probablemente una especie de transductor biológico) es capaz de captar informaciones que están por debajo del ruido, para nosotros, por supuesto. Y esta es una idea interesante para la telepatía y la clarividencia (como un radar con decodificador). Quizás, lo que llamamos ruido sea la verdadera respuesta…”. Ahora llego al párrafo que, desgraciadamente, fue profético sin que me diera cuenta. “No conozco tus problemas de negocios, pero puedo decirte que si tienes oportunidad de retirarte y dedicar el resto de tu vida a tu desarrollo espiritual, así como a ayudar a otros en su camino hacia la iluminación, deberías hacerlo ya. No veo nada que pueda detener a un hombre de tus cualidades. “No te lo diría si no te considerara un verdadero amigo mío, como te considero”. Al querido Chet le quedaban menos de dos años de vida. Al día siguiente, 26 de noviembre de 1966, me senté y escribí mi propuesta a la Fundación Shanti. En la larga introducción cité palabras de un artículo de Buckminster Fuller (“How Little I Know”, Saturday Review, Nov. 12, 1966), porque tenía la impresión de que muchas personas comprometidas en la investigación psi carecían de lo que más se necesita para hacer algún progreso. Fuller lo decía de la siguiente manera: “Hay clara conciencia de que tenemos una superproducción de especialistas académicos rigurosamente disciplinados, científicos, quienes, mediante arduo trabajo y suprimiendo la imaginación, obtienen sus títulos de doctores, solamente para encontrarse con que en cinco años el campo de su especialización se ha vuelto obsoleto o ha sido sobrepasado por la evolución de la técnica y las estrategias de exploración. A pesar de haberse graduado con honores, resultan no ser Científicos Artistas, Filósofos de la Naturaleza, sino técnicos o mecánicos de lujo. Y lo que les falta para adaptarse al cambio ahora en Washington se denomina ‘creatividad’”.
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Y continué: “Philip Morrison, jefe del Departamento de Física Nuclear de la Universidad Cornell, habla sobre lo que llama las ciencias de ‘mano izquierda’ y de ‘mano derecha’. La ciencia de mano derecha trata de todas las fórmulas y experimentos científicos probados. La de mano izquierda trata de lo que todavía es desconocido o no probado, es decir, aquello que requiere ser considerado a través de la constancia y la inspiración, de manera intelectual, intuitiva, especulativa, imaginativa, y hasta mística, para abrirse a lo todavía no conocido. “Los grandes científicos son grandes porque se han ocupado de lo desconocido y lo han hecho con éxito. Todos los ‘grandes’ fueron científicos de mano izquierda. Los gobiernos sólo pueden sostener las ciencias de mano derecha, haciéndolas más grandes y fuertes. ¿Cómo podría el Congreso justificar asignaciones millonarias para sueños? Entonces los miles de millones fueron sólo para las modificaciones más incisivas, más rápidamente obsolescentes y más grandes de las certezas de ayer por los especialistas con títulos de doctor. Todo lo que constituye la ciencia es imposible de enseñar. Las rutinas de la ciencia para técnicos especializados, y las fórmulas científicas para su referencia, sólo esto se puede enseñar”. Yo pensaba lo mismo que Fuller y Morrison. Siempre tuve miedo de hacer un doctorado en líneas de investigación que solamente requieran un esfuerzo sostenido pero prácticamente ninguna creatividad. Acostumbraba decir: “Tengo miedo de que maten el poquito de creatividad que todavía me queda”. La introducción continuaba: “El campo de la parapsicología está lleno de lo todavía desconocido y no probado. Para poder aceptar las evidencias ampliamente publicadas a lo largo de este siglo, un científico mano derecha tiene que experimentar por sí mismo al menos algunos de los fenómenos estudiados. Ése fue el caso de muchos psicoanalistas que han tenido experiencias telepáticas de sorprendente exactitud con sus pacientes. En mi caso, he sido lo bastante afortunado como para tener toda clase de experiencias parapsicológicas, muchas de ellas en mi niñez. En consecuencia, siempre fui un científico
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mano izquierda, a pesar de haberme formado en la ciencia mano derecha. “Buena parte de la experimentación hecha durante los últimos quince años ha mostrado la posibilidad de atacar con éxito al menos algunos de los problemas más arduos que afrontamos en la investigación psíquica”. Luego hice un relato de mis tres visitas al Laboratorio de Parapsicología de la Universidad Duke. Ya he consignado este relato, no lo repetiré aquí; sólo destacaré algunos puntos importantes. Durante mi visita en 1959, después de referir nuestros experimentos de La Plata, hubo una calurosa discusión sobre el carácter no-físico de psi. Mi punto de vista era que, no importa dónde y cómo se originen esos fenómenos, se produzcan o no fuera del espacio y el tiempo, lo cierto es que los efectos están dentro de los límites de nuestro espacio y tiempo. También insistí en que la levitación de una mesa pesada durante dos minutos, sin que las manos la toquen, era uno de los fenómenos que merecen estudios más minuciosos que los que se hicieron desde que E. Osty y M. Osty investigaron la producción de esos fenómenos por Rudi Schneider. De hecho, no existen que yo sepa mediciones rigurosas de los cambios de temperatura cerca de los participantes o en ciertas partes de sus cuerpos, observados por la mayoría de las personas que asisten a sesiones en que se producen efectos físicos. Los Osty hallaron algunas cosas interesantes, como la interferencia por “la fuerza” de un rayo de luz infrarroja. Este efecto fue anunciado por Schneider en varias sesiones. Además, registraron frecuencias anormalmente altas tanto en el ritmo respiratorio como cardíaco. Después, tuvo lugar mi larga conversación con Robert Thouless y mis experimentos mediante técnicas de yoga con mis propios métodos de visualización, de los que resultaron algunos de los efectos más asombrosos que se pueda imaginar: influir en personas desprevenidas haciéndoles realizar acciones complejas imaginadas por mí en sus menores detalles. Esta línea de trabajo merecía que se le dispensara atención y apoyo, pero ni J. B. Rhine ni la mayoría de sus colegas parecieron interesarse ni siquiera para hacer experimentos conmigo como sujeto.
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El profesor Thouless había publicado, según me dijo, su libro Experimental psychical research (Great Britain, Penguin Books, 1963), donde decía (páginas 124-125): “Las esperanzas de obtener resultados confiables con altos puntajes en sujetos hipnotizados con la sugestión de lograr éxito, no se cumplieron. De la hipnosis derivaron muy diversos grados de éxito y fracaso. Las diferencias podrían depender en parte de la profundidad de la hipnosis, en parte de la personalidad del sujeto hipnotizado. Es un campo que aún requiere esclarecimiento e investigación. “Mi propia esperanza de obtener resultados fidedignos en pruebas de ESP está en la práctica de las técnicas de meditación utilizadas en las religiones orientales. Esas prácticas comprenden la adopción de determinadas posturas, el control de la respiración y la inhibición voluntaria del pensamiento discursivo; como resultado colateral, suelen favorecer las aptitudes paranormales. Son parte de un sistema religioso total que incluye un estilo de vida ascético, la abstención de determinados alimentos, de la actividad sexual y de la posesión de bienes. No tenemos conocimiento de que la práctica de la meditación, separada del estilo de vida al que se asocia, tenga algún efecto sobre las facultades paranormales. Tampoco sabemos qué partes del sistema son esenciales, si la respiración, la postura o la abstención de comer carne; puede ser que alguna de ellas no tenga efecto en la producción de aptitudes paranormales. Deberíamos encontrar y producir un sistema de entrenamiento que nos sea propio, tomando de aquellos elementos sólo lo que nos parezca útil. Es un programa ambicioso, y es improbable que se realice en el curso de mi vida. Sin embargo, si alguna vez se lleva a cabo, tal programa de entrenamiento tendría muchas ventajas como medio de producir sujetos confiables. Una de ellas, y no la menor, sería que el experimentador podría entrenarse a sí mismo en la obtención de éxitos en pruebas de ESP. Para algunas investigaciones, en todo caso en la etapa del experimento piloto, la autoexperimentación puede ser el mejor procedimiento”. Como le había prometido al profesor Thouless, ya había continuado esa línea de experimentación con éxitos espectaculares. Ahora tenía la intención de proseguirla.
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Desde mi segunda visita al Laboratorio de Parapsicología, había adquirido mejor comprensión de la fuerza del componente emocional en los experimentos de PK, cuando experimentaba con mi hijo. Este elemento se incluye a veces en el concepto de motivación. Pero la motivación puede ser puramente intelectual; para tener éxito en las pruebas de PK, tiene que estar fuertemente involucrado el centro emocional (como diría Gurdjieff). Descubrí también en un experimento piloto que uno puede obtener patrones diferentes de acción PK debido al sexo. Esto necesitaba mayor exploración. Durante mi tercera visita al laboratorio del Dr. Rhine, adquirí gran conocimiento de la manera cómo funcionaba mi propia capacidad psi. Ya he narrado mis éxitos en clarividencia, así como con las máquinas reloj de Mr. Cox. Conocí al Dr. K. R. Rao, que años más tarde sería director del Instituto de Parapsicología de la FRNM, y con quien iba a hacer un importante experimento bajo la subvención que en ese momento estaba procurando obtener. Leí el libro del Dr. Rao Experimental Parapsychology, entonces todavía en manuscrito. Tuve oportunidad de discutir muchas de sus interesantes ideas. Esta frase estaba en consonancia con mis esfuerzos: “Podemos darnos cuenta, si confiamos en las prácticas yoguis, que psi es, después de todo, una función de la imaginación primordial, y es generada por el ejercicio de ésta” (Rao, J. of Parap. 25: 51, 1961). La médula de mi propuesta era la siguiente: 1. Estudiar, en los aspectos teórico y práctico, los grandes problemas de la investigación psíquica, a saber: a) las experiencias psi espontáneas; b) la psicokinesia (PK); c) la clarividencia; d) la telepatía; e) la precognición; por dos años, centrar los estudios teóricos y prácticos en dos cuestiones fundamentales: A) ¿Cómo funciona? y B) ¿Cómo podemos incrementar la producción de estos fenómenos? 2. El método de ataque se basa en un enfoque multidisciplinario: está claro que, siendo el hombre quien está involucrado en estos experimentos, con toda la complejidad de sus procesos psicobiológicos en acción, debemos hacer uso de
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toda la información que podamos obtener de las ciencias pertinentes. Para ser más específico, creo que en un caso semejante al de Rudi Schneider, deberíamos hacernos preguntas como las siguientes: ¿Qué cambios energéticos produce la respiración anormal? (Pregunta fácil de contestar por la fisiología). ¿Cuáles son los efectos que produce en el sistema nervioso? (Pregunta que podría responder parcialmente un fisiólogo especialmente entrenado), etc. Sobre el problema de la “motivación”, así como en los bien conocidos efectos psicosomáticos: ¿Cómo a veces el cuerpo es afectado por una simple sugestión? En el caso de acrecentamiento de la ESP por la hipnosis: ¿Qué clase de mecanismo es el que puede recibir información en estas condiciones mejor que en las normales? ¿Podemos postular nuevos tipos de transductores biológicos? La biología ya tiene algunos hechos nuevos que ofrecer dentro de estos lineamientos. Es necesario estudiar a fondo todas las posibilidades. Como la información interviene en la mayoría de los fenómenos psíquicos, se necesitará estudiar la Teoría de la Información. La cibernética y los mecanismos de feedback tienen que ver con el auto-entrenamiento, las técnicas de meditación, los problemas de éxito y fracaso. Como señaló Bucky Fuller, un ataque a lo desconocido requiere mucha intuición, imaginación y persistencia inspirada. Solamente puedo indicar las líneas de conocimientos ya establecidos que puedo usar en mi plan. Sin duda, un plan muy ambicioso; sólo cabía esperar éxitos parciales, como así realmente ocurrió. Acababa de enviar mi propuesta cuando recibí una breve nota del primo de Chester, llamado Roy W. Carlson, ingeniero civil, que vivía en Berkeley, no lejos de donde vivía yo. También le interesaba la ESP y quería charlar conmigo. Nos encontramos unos días después y tuvimos una larga conversación. Me pregunté si él tenía algo que ver con la aprobación de mi propuesta de investigación (o qué impresión tenía de mí, si le parecía sensato o no). La respuesta la tuve cuando recibí una carta fechada el 16 de diciembre de 1966, firmada por Chester F. Carlson, presidente de la Fundación Shanti, aprobando mi propuesta y estableciendo el modo en
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que recibiría los fondos. Me produjo gran satisfacción, porque me daba libertad para continuar con cualquier parte de mi plan, de acuerdo a las oportunidades que se presentaran en lo relativo a sujetos, equipamiento, colaboradores, etc. También podía detener todo el proyecto si juzgaba que había dificultades insuperables, y la Fundación podía hacer lo mismo si, de acuerdo a mis informes de progreso, consideraban que había incumplido mis promesas. El 24 de diciembre le escribí a Chet para manifestar mi gratitud y alegría al recibir la subvención. También le contaba sobre el éxito que obtuve en el curso que había tomado con el profesor Mel. Antes del examen, aterrorizado como estaba, consulté el I Ching. Nuevamente me dio una respuesta muy exacta (estoy convencido de que el I Ching sólo funciona cuando usted tiene algo importante que preguntar y cuando se encuentra en un estado mental de alta motivación emocional). Tenía que seguir trabajando. El examen final fue como a mí me gusta: daba espacio a la persona imaginativa para mostrarse. Parece que el mío fue muy bueno. En uno de los problemas se nos pedía que “inventáramos” una máquina del tipo que menciona el profesor A. Katchalsky del Instituto Weissmann en el informe publicado en Saturday Review (diciembre 3, 1966). En el momento del examen, yo no había leído esa revista, pero de todos modos “reinventé” la máquina; lo mismo hice para el resto del examen. El Dr. Mel estaba tan entusiasmado con mi imaginación que me invitó a participar en estudios de la detección precoz de células cancerosas. Chet me envió el Newsletter de la Parapsychology Foundation con un informe de la Conferencia sobre la Supervivencia. Esto reforzó mi interés en el tema, que yo consideraba –y considero aún– esencial para la investigación psíquica y la religión. En su respuesta del 29 de diciembre, Chet prometía enviarme una copia del International Journal of Neuropsychiatry de octubre 1966; el número estaba dedicado enteramente al status de la ESP en 1966, y sin duda constituía un hito. El 13 de enero despachó por correo el primer cheque de cinco mil dólares “como apoyo para la primera fase de tu

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proyecto de investigación, detallado en tu propuesta y posterior correspondencia”. Le escribí de nuevo a Carlson el 23 de enero. Creía haber hallado dos guías interesantes para mi investigación. Una estaba en el libro de Ilya Prigogine Introduction to thermodynamics of irreversible processes. Si bien ya habíamos considerado la posibilidad de que los procesos termodinámicos aportaran la energía en las levitaciones de mesas y otros fenómenos físicos, no habíamos logrado dar con las variables correctas, o establecer qué procesos estaban relacionados con esa asombrosa conversión de energía. Prigogine ofrecía un enfoque claro de esos problemas y mostraba cómo plantear las preguntas y formular las ecuaciones. Resultaba también promisorio que mi consejero, el Dr. Mel, conociera al profesor Prigogine, y pudiéramos consultar con él si fuera necesario. Otros temas interesantes surgieron de la visita al profesor Torsten Teorell, del Instituto de Fisiología de Uppsala, quien dio una conferencia sobre “Algunos puntos de vista sobre la transducción mecano-eléctrica en tejido excitable”. El profesor Teorell había desarrollado un modelo de cómo los cambios de presión se convierten en impulsos eléctricos (procesados luego por el sistema nervioso central). El modelo requiere la presencia de cierto nivel de potencial eléctrico, de otra manera no funciona. Esta actividad natural está presente sin duda en todo organismo viviente. Durante el período de discusión aparecieron algunas ideas interesantes sobre la medición real de ese potencial. Pero los experimentos son extremadamente difíciles por el momento. También informaba de algunas lecturas sobre hipnosis y acerca de un experimento que hicimos con un químico del Laboratorio de Radiación Lawrence. Roy McLelland lo hipnotizó con una facilidad tal que me sorprendió. Queríamos convertirlo en un buen sujeto para clarividencia, pero nunca desarrolló su aptitud en el grado que necesitábamos. A fines de marzo envié un informe de progreso de diez páginas a Mr. Carlson en su carácter de presidente del Comité de la Fundación Shanti. Daba detalles de todas mis
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actividades, cursos, conferencias a las que asistí, libros y artículos leídos. Algunos puntos interesantes eran los siguientes. 1. Descubrí que la parapsicología puede beneficiarse de las ideas contenidas en la Termodinámica Irreversible, tanto como del concepto de procesos acoplados. La dificultad en el caso de los fenómenos paranormales (lo mismo es verdad en Biofísica) es qué acoplar y cómo medir. Esto remite al diseño de experimentos adecuados. 2. Asistí a cuatro seminarios sobre membrana celular dirigidos por el famoso Dr. K. S. Cole. Estos seminarios me sirvieron para confirmar las limitaciones de la físicoquímica para encarar los fenómenos biológicos dinámicos. Si esto es cierto a un nivel de organización bastante simple, ¿qué podemos esperar de este enfoque al nivel del sistema nervioso? Se lo pregunté al Dr. C. T. Gaffey, especialista en sistema nervioso que trabajaba en el extremo del corredor que partía de mi laboratorio, y respondió que lleva mucho tiempo comprender procesos muy simples, a menos que se produzca un descubrimiento nuevo en la metodología. 3. Concurrí a cuatro seminarios sobre la interacción de las partículas cargadas con la materia. Los físicos no tienen mucho que agregar sobre el tema. Pero yo siempre utilizo el período de discusión para hablar sobre mis propias ideas. Mis conversaciones con los físicos trataron sobre neutrinos, hiperespacios, tiempo, materia-antimateria, gravitación y algunos aspectos metodológicos de la física moderna. Me di cuenta de que la mayoría de los físicos están demasiado atados a las ecuaciones y es difícil y penoso tratar de sacar de ellos verdaderas “ideas físicas”. Por esa razón mi idea, aún no elaborada, sobre la posibilidad de una “coexistencia pacífica” entre la materia y la antimateria, que se me ocurrió pensando en algunos fenómenos de PK, no me atreví a comentarla con nadie hasta que recibí el número de Science del 24 de marzo. En la página 1527 hay una reseña de un libro de Hannes Alfven, Worlds-Antiworlds, en el que se da a esa idea la máxima consideración. Parece todavía estar muy lejos de lo que yo tengo en la mente, pero es sumamente estimulante estar en tan buena compañía.
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Uno de los varios seminarios a que asistí fue el que dio el profesor Raymond T. Birge (conocido por sus conferencias contra la parapsicología) sobre las posibilidades de vida extraterrestre. Se basaba en el libro de Walter Sullivan, We are not alone, y el disertante no le agregó nada. Antes de la charla me presentaron al profesor Birge; se mostró bastante amistoso a causa de amigos comunes que teníamos en la Argentina, pero no le mencioné el tema de la ESP. Leí la conferencia del profesor Birge “Parapsicología: ¿hecho o fraude?”, que dio en el Colegio Marietta, en Ohio, el 24 de octubre de 1961, una semana después de una conferencia que dio J. B. Rhine en el mismo lugar. Encontré en ella un párrafo de particular interés; dice así: “Pero ¿por qué esas decenas de miles de tiradas de dados? ¿Por qué no simplemente montar sobre un eje un puntero muy liviano, colocar todo en un recipiente vacío, y luego hacer que el supuesto 'psíquico' mentalmente haga girar el puntero primero a la derecha, y luego a la izquierda? La torsión requerida para esa rotación es considerablemente menor que la que se necesita para que un dado caiga sobre una cara u otra, y un solo experimento de esta naturaleza que obtenga éxito, debidamente atestiguado, probaría la realidad de la psicokinesia” (página 7). Como señalé antes, nuestras levitaciones de mesas en La Plata, bien atestiguadas, a plena luz y a distancia, no una sola sino varias veces, eran evidencias abundantes a favor de la realidad de la PK (o telekinesia). El desafío del profesor Birge me pareció legítimo; en nuestro grupo sosteníamos la misma idea, y hacer pruebas con tiradas de dados nos parecía malgastar el tiempo. Billy Graham había visitado Berkeley, y fui a ver qué tipo de reacción había obtenido. No impresionó mucho al auditorio, que contaba casi dos mil personas. Creo que sus evidentes trucos oratorios no caían bien en esa clase de público. En cambio el obispo Pike, al hablar contra la pena de muerte, contagió a los oyentes su propia emoción. Fui a escucharlo porque sabía de su interés en la ESP, y la posibilidad de una colaboración con él. Era un viejo amigo de la señora que me alquilaba la casa, una viuda cuyo marido había sido ministro y confidente de Pike. Cuando Pike estaba afligido, cosa que sucedía con frecuencia, llamaba a Bill a cualquier
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hora, a menudo a las dos o tres de la madrugada. Tuve oportunidad más adelante de conocer al obispo James Pike, como relataré en su momento. Entre los seminarios más interesantes a los que asistí, estaban los dos que dio el profesor M. A. Arbib sobre modelos del sistema nervioso y la teoría del autómata. A pesar de la brillantez del profesor Arbib, confirmé mi opinión de que aún estábamos lejos de resolver los problemas del sistema nervioso, por no hablar de posibles aplicaciones a la investigación psíquica. Di dos charlas en la Sociedad de Estudios Psíquicos de California. El 24 de enero hablé sobre “Filosofía, religión, ciencia y fenómenos psíquicos”, y el 28 de febrero sobre “Fuerzas inteligentes en la sala de sesiones”. Esta charla fue motivada por un artículo de K. J. Batcheldor publicado en el Journal of the Society for Psychical Research de Londres, Vol. 43, 339, 1966. Había un estrecho paralelismo entre los experimentos de Batcheldor y los nuestros en La Plata entre 1951 y 1956. Sin embargo nuestras condiciones eran mejores en muchos aspectos, como tuve oportunidad de comentar con Batcheldor más adelante. De los diversos psíquicos que estudiamos en esa época, el caso más interesante fue el de Elizabeth Steen, que era miembro de la Sociedad. Se la consultó respecto de la desaparición de la familia de Henry Dakin. Henry era uno de nuestros directores. Seis miembros de su familia y los dos pilotos desaparecieron sin dejar rastros durante un viaje en un avión pequeño a La Paz, Baja California, Méjico, en diciembre de 1966. Elizabeth dijo que habían tenido un accidente, que estaban todos muertos y que ella veía que el avión estaba en el mar, no lejos de la costa. Algunos de los cuerpos estaban en la playa. Todo eso resultó cierto; pero erró la ubicación del lugar, que en el momento de la lectura era lo que a Henry más le importaba averiguar. Elizabeth había trabajado con Peter Hurkos hasta hacía dos años. Un interesante aspecto colateral de las lecturas fue el hecho de que, siendo la sensitiva oriunda de Holanda, Dakin decidió pagar un llamado a Mr. Croiset, el renombrado clarividente. Lo llamaron, pero no hubo respuesta.
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Llamaron al profesor Tenhaeff; tampoco contestó. Entonces se autorizó a Elizabeth a llamar a una tía suya, que tenía buenas dotes psíquicas. La encontraron, y la señora dijo que ante todo necesitaba algunas pertenencias personales de las personas accidentadas. Pero antes de despedirse, la conversación siguió en estos términos (fue grabada, en holandés): Tía – Pero, ¿dónde vivís, Elizabeth? ¿Dónde estás ahora? Salí de ese lugar lo más pronto que puedas. ¡Un terremoto lo va a destruir completamente! Elizabeth había predicho lo mismo, en concordancia con Edgar Cayce, pero eso no sucedería hasta el 19 de abril de 1969. Como informó recientemente Alan Vaughan (FATE, enero 1996, pp.41-44) la predicción de Elizabeth, dada a conocer públicamente a principios de 1969, intensificada por sus visiones de destrucción, concitó la atención nacional y asustó a mucha gente. Elizabeth y su familia abandonaron la zona, pero en esa fecha murió ella, víctima de una rara enfermedad en la sangre. Debo agregar que Elizabeth me había dicho varias veces que iba a morir joven, pero que era para salvar a su familia que le había rogado a su marido que se fueran. A fines de 1966 observé que no tenía la cuota habitual de experiencias psi personales. Pensé que debía reanudar mis ejercicios y mi entrenamiento en visualización, como había comentado con Robert Thouless. Así lo hice. Acostumbraba hacer los ejercicios físicos de acuerdo al libro de la Fuerza Aérea, combinados con respiración yoga, durante 20 minutos. Luego hacía 20 minutos de técnicas de meditación, como referí anteriormente. Comenzaron a suceder cosas. Las más notables son las siguientes: 1. El 11 de enero tuve un sueño donde veía a mi padre en cama, muy enfermo, el rostro pálido y toda la apariencia de estar en un hospital, moribundo. Al día siguiente, a eso de las seis de la mañana, me senté a mi escritorio y, mirando una foto de él, pensé que tal vez no volvería a verlo con vida. No tuve noticias de mis padres hasta mediados de febrero. No podía llamarlos porque ellos en ese tiempo no tenían teléfono. Lo que ocurrió fue lo siguiente: mi padre se preparaba para una
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operación de próstata a fines de diciembre; se cayó mientras tomaba una ducha y se rompió un par de costillas, así que tuvo que postergar la operación de próstata, y se la hicieron a comienzos de enero. El día 13 (su cumpleaños) estaba en el hospital, y se encontraba muy mal, porque tenía miedo de comer debido al dolor, así que tuvieron que darle inyecciones hasta que pudo volver a comer. Después se recuperó. 2. Día 8 de febrero. Esta experiencia fue la más impresionante. A las cinco y media de la tarde iba manejando por el lado izquierdo de una calle de una sola mano, en dirección a la lavandería de costumbre. Conducía a la mayor velocidad permitida en esa determinada calle, Fulton, que era de 35 millas por hora. A unos treinta metros de la esquina una voz interior (primera vez en mi vida que tenía ese tipo de experiencia) me ordenó, de una manera tal que no admitía dudas, “¡Cambiá de carril!”. Miré rápidamente por el espejo, no venía ningún coche por la mano derecha, y cambié justo a tiempo para evitar una colisión con un vehículo que entraba en la calle de contramano. Toqué la bocina varias veces, el conductor del otro coche (que llevaba tres pasajeros) se dio cuenta de su error y retrocedió. No me paré para registrar el nombre del otro conductor; demasiado feliz estaba de haber escapado gracias a esa voz interior. Debo agregar que no reconocí la voz como la mía. El tono era imperativo, tuve que obedecer la orden. Y cuando digo “interior” no describo exactamente el efecto. La voz venía de adentro pero a la vez parecía llenar el espacio que rodeaba mi cabeza. Nunca volví a tener otra experiencia como ésta. 3. El 23 de febrero tenía turno con mi dentista en Oakland a las cinco de la tarde. A las cuatro estaba esperando el ómnibus del Laboratorio para volver a mi edificio, tomar mi coche e ir a lo del dentista, cuando de pronto pensé: “No me va a atender”. Al llegar a mi oficina, pregunté a uno de mis asistentes si alguien me había llamado, y específicamente, si la secretaria del dentista había llamado para cancelar mi cita. Nadie había llamado. Fui a Oakland y al entrar en la sala de espera vi que había demasiada gente esperando, entonces pensé de nuevo “No me va a atender hoy”. Pero me llamaron, entré, me senté en uno de los dos consultorios listo para recibir la anestesia, y otra vez me vino claramente esta idea: “Algo va
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a suceder y no me va a atender”. Unos cinco minutos después, la asistente vino y dijo: “El doctor tiene una emergencia y pregunta si quieren venir otro día…”. Y eso fue lo que hice, porque la emergencia le iba a llevar cerca de una hora. Esta experiencia parece referida a un hecho futuro, porque nadie sabía que el doctor iba a tener una emergencia. Las dos últimas páginas de mi informe se referían a los gastos y a mi insatisfacción por no poder trabajar fulltime en investigación psíquica. Exploraba la posibilidad de cambios en este sentido. En el informe lo describía de esta manera: “Respecto de trabajar la mitad del tiempo para el Laboratorio de Radiación Lawrence, con la administración no hubo problemas, pero el caso es que esperaban que, por no sé qué milagro, hiciera la misma cantidad de trabajo. Hacia mediados de febrero tenía un montón de trabajo acumulado y una demanda creciente de artículos, resúmenes e informes. Cuando me invitaron a presentar un trabajo sobre ‘Radiobiología del pion’ en una reunión que tuvo lugar en el LRL en marzo, pensé que era desleal para con la Fundación Shanti recibir un salario en marzo siendo que ya veía que me iba a ser imposible trabajar en mi investigación 40 horas por semana, como se había establecido. Por consiguiente, pedí al LRL volver a trabajar a tiempo completo en la nómina salarial. “En cuanto al secretario o secretaria, que se suponía tenía que ayudarme a leer, resumir y tipear, había sido imposible hallar una persona capaz. Probé con algunos estudiantes de psicología. Me sorprendió ver que no eran capaces de leer inteligentemente un informe para extraer los puntos que necesitaba. Los primeros volúmenes del Journal of the Society for Psychical Research les parecieron ‘muy densos y difíciles de leer’, los últimos tenían ‘matemáticas muy difíciles’, así que decidí continuar solo”. Luego proponía cambios a efectos de utilizar parte del dinero para comprar una filmadora –a fin de intentar reproducir los experimentos de los Osty con Rudi Schneider–, un dictáfono y un grabador. Chet no estaba muy contento con toda esta situación, así que resolvió posponer una decisión hasta su regreso de un viaje a Europa y Egipto, alrededor del 1º de junio. En el intervalo, deposité el remanente de los fondos en una cuenta de ahorro y envié el número a la Fundación Shanti.
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La edición de febrero del Scientific American publicó un importante artículo sobre “Los estados del sueño”, por Michel Jouvet. Decía que “el sueño liviano y el profundo difieren fisiológicamente, y el sueño profundo tiene mucho en común con la vigilia”. Era llamativo e importante, pero el estudio se había hecho con gatos. Coincidió esta lectura con la del libro de Jess Stearn acerca de Edgar Cayce, “el profeta durmiente”13. Cayce hacía sus profecías y prescribía medicinas y curaciones en un estado de sueño profundo auto-inducido. Dice Stearn que “su respiración era profunda”. Me parecen fascinantes las profecías de Cayce sobre movimientos gigantescos de la corteza terrestre. Pienso que, si hubo un conocimiento real, debió implicar el uso de las mismas fuerzas que se manifestaban en nuestras levitaciones de mesas. Esa fuerza “reconoce” y transmite la información. No sólo adquiere pasivamente conocimiento, sino que puede actuar, mover objetos, levitar la mesa. Esa fuerza es maleable y la energía parece provenir de los seres humanos. Dice Stearn (página 30): “Cada vez, al despertar, se sentía renovado y con hambre. Aparentemente, quemaba gran cantidad de energía sin agotarse”. El miércoles 15 de febrero, había decidido ir a ver la obra “Dear Liar”14. Fui a la biblioteca, y, de camino al auditorium, a eso de las 19:50, vi una luz roja, alta en el cielo, prácticamente inmóvil y con ligeros cambios de intensidad. Seguí mirando, estimé la altura en unos seiscientos metros, pero en esto pudo haber un grueso error, ya que desconocía el tamaño del objeto. Claro está que pensaba que podía ser un OVNI. Se mantuvo así por espacio de unos cinco a ocho minutos, y luego desapareció, como si lo hubieran cubierto las nubes. Cinco minutos después, estando yo en la fila para entrar al auditorium, todos los presentes vimos una luz blanca cruzando el cielo de norte a sur a gran velocidad, aparentemente sobre el océano.

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La versión en castellano se titula “Edgar Cayce, el profeta durmiente” 1º edición 1944, editorial Edaf S.A. N. de la T. 14 En castellano se tituló “Querido mentiroso”. N. de la T.

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Era fácil imaginárselo: restos de un satélite ruso, pensé, y así se confirmó al día siguiente en los diarios. Pero nada encontré acerca de la luz roja. Fue sólo varios años más tarde, al leer un libro sobre OVNIs con indicaciones de fecha y lugar donde habían sido vistos, que creí reconocer la fecha de “mi” luz roja. Me fijé en mi diario y así era. Un piloto había visto un objeto rojo por encima de la Bahía a eso de las 20:15. Por la velocidad y el tamaño, lo calificó de OVNI. Un hecho menor, pero notable para mí, se produjo el 17 de febrero. Cuando me iba a trabajar encontré dos enormes baches que me pusieron furioso. Visualicé al encargado, en algún lugar del Centro Cívico, y pensé: “¡Ah, si supiera exactamente dónde estás, te traería aquí para que repares estos agujeros!”. Cuando regresé a casa, los habían arreglado. El 19 de febrero, leyendo el diario, me enteré de que había fallecido Robert Oppenheimer; tenía sesenta y dos años de edad. Mis amigos me urgían a dejar de fumar mi pipa. Yo dije: “Él fumaba como treinta pipas por día, yo sólo fumo dos o tres…” (estoy fumando una pipa mientras escribo esto, el 13 de enero de 1996). Oppy había sido el maestro de Chaim Richman, quien, como dije antes, era el líder de nuestro equipo de investigaciones sobre el pion negativo. Con el Dr. Richman tuve una conversación tempestuosa, a propósito de la acción de otro miembro del equipo, que tomó los datos de nuestras investigaciones radiobiológicas, hizo un resumen, lo firmó con su nombre en primer lugar y lo envió a una reunión en Cortina D’Ampezzo. Yo estaba tan enojado, que Chaim me dijo: “Si querés ir, te pago el viaje de mi bolsillo”. Por supuesto, no se trataba de eso, y no hubiera ido en tales circunstancias. Unas semanas más tarde, el culpable pidió perdón de rodillas. ¿Qué podía yo hacer, sino creer que estaba sinceramente arrepentido? Mi vida social era muy activa, más de lo que mi tiempo podía permitirme. Mi amigo Paul había venido de Pennsylvania para hacer algunos trabajos en el Laboratorio Donner; se hospedaba conmigo, lo que me dio gran placer. Siempre aprendía algo de Paul. De la Argentina, teníamos al profesor Enrique Strajman, que me había aconsejado venir por unos

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años. Él mismo había trabajado en Donner durante catorce años antes de regresar. Estaba también un joven graduado argentino, Miguel Bonangelino, con quien nos hicimos compinches. Había comprado un violín porque quería aprender a tocar; no tardó mucho en darse cuenta de lo difícil que es este instrumento. Me pidió entonces que se lo comprara, cosa que hice. Tiene una etiqueta de 1740, y todavía lo tengo, aunque no sé cuánto valdrá ahora. ¡Ah! y hubo otro descubrimiento por McLellan. Y un ramillete de otros científicos vinieron a mi laboratorio a ver mi medidor de oxígeno. De pronto, todos tenían interés en medir la presión del oxígeno. Lo anoté con énfasis en mi diario y registré el hecho de que estaba en uso desde 1952 y que tuve que venir yo desde la Argentina para hacer que el Dr. Lawrence comprara una unidad, y todos se reunieran para planear usarlo en otros sistemas. (Yo lo usaba para medir la presión del oxígeno en tumores ascites. Cuando los tumores se vuelven hipóxicos o anóxicos son más resistentes a los efectos de la radiación ionizante). Visitando a Dave, experto en computación, conocí a otro Paul, interesado en la ESP. Fuimos al café Mediterranean y charlamos largamente. Resultó ser que era un allegado al famoso caso Bridey Murphy; dijo que había sido una invención total, como muchos sospechaban. Me invitó a ver su colección de espadas japonesas, algunas de las cuales había traído directamente de Japón, después de la Segunda Guerra Mundial. Tenía dos que valían varios miles de dólares. No me permitió tocarlas. Me explicó que podían cortar sin esfuerzo la cabeza de un caballo, y varias cabezas de hombre de un solo golpe. Estudié varios informes de mi amigo Bill Roll, presidente de la Psychical Research Foundation. Bill era y sigue siendo el principal investigador de casos de poltergeist. Esos estudios llevan mucho tiempo y yo no estaba seguro de que valieran la pena, a excepción de los libros e informes. Como era habitual, leía demasiado y hasta demasiado tarde. Leí por tercera vez Psicología y alquimia, de Jung, y compré Origins and history of consciousness, de E. Neumann;
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la conciencia habría de ser el centro de mi atención hasta el día de hoy, y muy probablemente hasta que muera, porque es un problema que parece demasiado difícil de resolver con nuestros métodos actuales. Llegaron interesantes noticias sobre la PK, en rápida sucesión. Recibí copia de un trabajo de Durk Pearson, uno de los ocho estudiantes del MIT que había conocido en el Laboratorio de Parapsicología. La teoría de Pearson era, esencialmente, que la energía utilizada en la levitación de un objeto venía retrocediendo en el tiempo. Hablé sobre ello con el Dr. Mel; él no creía que tal cosa fuese posible. Otros físicos a quienes consulté más tarde tenían la misma impresión. Uno de ellos, un físico clásico, bromeó: “Feola, ¡nunca confíes en nada que venga del futuro para molestarte!”. Más atractivo era el artículo publicado en el Journal of the Society for Psychical Research (Londres), por K. Batcheldor (Vol. 43: 339-356, 1966). Se titulaba “Informe sobre un caso de levitación de mesa y fenómenos asociados”, y encontré en él un buen número de observaciones similares a las que hicimos nosotros en La Plata. Pensé que ello significaba que había leyes comunes que gobernaban esos fenómenos; y también, que nuestras condiciones en La Plata eran mejores en cuanto a la iluminación y a los controles. Pasaron varios años antes de que tuviera oportunidad de intercambiar información y comentarios con Ken Batcheldor. Después de que yo publicara en Parapsychology Review (Julio-Agosto 1976) una reseña de Conjuring Up Philip, por Iris M. Owen con Margaret Sparrow (New York: Harper & Row, 1976), Batcheldor me escribió una carta pidiéndome detalles de los experimentos de La Plata. A su vez, él y C. Brookes-Smith me enviaron copiosa información y detalles de sus experimentos y teorías. Lástima que ya no lo tenía más a Fernando. Me gustaría reanalizar los hallazgos del grupo de Toronto (bajo la supervisión de los doctores A. R. G. Owen y Joel Whitton), los experimentos de Batcheldor/Brookes-Smith/D. W. Hunt, y los del grupo de La Plata, pero eso ocuparía el espacio de un libro pequeño. Baste decir aquí que aún pienso que ese
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camino está abierto y en espera de nuevas experimentaciones, esta vez usando todas las ventajas de la moderna tecnología de que podamos disponer. Estimo que se pueden conseguir sujetos de efectos físicos tan buenos como D. D. Home, R. Schneider o Fernando Del Mármol, sólo hace falta que alguien financie el esfuerzo de hallarlos y de realizar todos los experimentos necesarios. Estoy seguro de que pagaría grandes dividendos. Una tercera idea sobrevino durante las conversaciones con un biofísico que trabajaba en Berkeley. Según él, deberíamos considerar que las ondas de gravedad producen al menos alguna clase de efectos iniciales. Cuando le pregunté qué clase de ondas de gravedad, dijo: “Bueno, las que se deben a los numerosos movimientos y vibraciones de átomos y moléculas en todo nuestro cuerpo”. Esto era absolutamente asombroso para mí. Y original, que yo sepa. Fui a casa, me puse a hacer cálculos y llegué a la conclusión de que eran energéticamente demasiado débiles. Y ¿cómo haríamos para medir tal cosa? Pero no podía descartar totalmente la idea. Hoy sabemos que un pequeño efecto sobre aún una pequeña parte de un gen puede ocasionar toda clase de efectos –generalmente indeseables– en el organismo. Leyendo uno de los libros de Max Freedom Long, me crucé con los mismos ejercicios que McLellan decía que “le había dado un rosacruz”, así como otras cosas que él decía haber descubierto. Era así: “Ruego se me permita mi dogma preferido –o verdad, si se quiere–, que es: No Magia, no religión viva y útil: no hay magia, no hay ciencia completa y justificable”. Creo que hay algo de verdad en ello. Mis estudios me atacaban el hígado. Algunos de los problemas me resultaban demasiado difíciles, y nuevamente tuve ganas de abandonar. Además, me parecía que las universidades dependían demasiado de las necesidades de la industria para dar títulos con que los doctores pudieran ganarse la vida. Y los que estudiaban educación se dedicaban a perpetuar la clase media alta de los educadores. Elia Kazan escribió en esa época: “Me preocupan las grietas que aparecen por todas partes. Las clases medias se cuestionan a sí mismas, cuestionan sus vidas”. Eso hacía yo.
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Un sábado a la noche, cansado de estudiar, intenté un experimento con una mesita que tenía. No obtuve nada, ni siquiera intuiciones. Terminé leyendo The Hobbit en la cama. Escribí en mi diario, el 4 de marzo de 1967: “Qué es lo que tiene sentido. Todo tiene sentido o nada tiene sentido. Parece que no puede haber cosas que tengan sentido y cosas que no. Todo parece confuso y extraño. Yo comprendo a todos, a los que se suicidan y a los que sobreviven”. Luego, al día siguiente: “Estudiando con mayor decisión, y más temprano. [Era domingo]. Sin embargo no llego muy lejos. Esta vez creo que el general José María perdió la batalla. Las fuerzas que lo apoyan lo abandonaron y ya no le interesan las tierras de Peachlandia. ¿Qué le interesa al general José María? Solamente quiere saber, saber realmente para qué vive, si hay algo después de la muerte y qué es. Demasiado, demasiado. No podemos saber”. Esa noche cené con los McQuilling. Éramos siete personas. Intentamos un experimento después de cenar: no pasó nada. Parece que algunas personas, libros, frases con que nos encontramos tienen que ver con nuestras preocupaciones, con un tema sobre el que trabajamos duramente, con nuestros pesares. Pocos años más tarde elaboré una teoría de las suertes –imposible de probar, desde luego–, opuesta a la sincronicidad. La idea era que nosotros creamos un campo funcional que nos guía y/o atrae las cosas que necesitamos. No es que sólo sucedan por sincronicidad, como sugiere Jung. En esta ocasión encontré estas tres frases: “La naturaleza, mi estimado señor, es sólo una hipótesis”. (Raoul Dufy). “Busca la simplicidad y luego desconfía de ella”. (A. N. Whitehead). “¿Dónde está el conocimiento que perdimos en la información?”. (T. S. Eliot). Hubo una reunión del Comité Asesor de Biología y Medicina, de la Comisión de Energía Atómica de los Estados
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Unidos. Vinieron los mejores científicos en radiobiología y campos afines del extranjero y de otros laboratorios nacionales. Recogí una copia del grueso informe “Estudios Biomédicos con rayos de iones pesados”; mi nombre estaba por todos lados: me sentí orgulloso. Tenía en curso un experimento en el ciclotrón 184”. Después de inyectar a la rata receptora para probar los efectos sobre las células tumorales que habíamos irradiado in vitro, corrí a lo del dentista. Me rellenó dos cavidades, corrí de vuelta a casa, traté de estudiar. Cené cuando se pasó el efecto de la anestesia. Esta actividad frenética continuó durante varios días. Tiempo frío y lluvioso. Al leer sobre S. Radhakrishnan en la introducción a su Recovery of Faith, verifiqué que mis meditaciones sobre la ciencia y la vida, la ciencia y la sociedad estaban de acuerdo con él, lo que significaba mucho para mí. Me disgustaba la posición reduccionista, según la cual todo en la vida es explicable por procesos físicoquímicos. Peter Ustinov dijo en una entrevista que no creía en el dicho del noventa por ciento de transpiración. Uno tiene algo que decir o no, eso es todo. Y si lo tiene, lo escribe lo mejor que puede en el tiempo más breve. “Hago lo que estoy seguro de poder hacer tan bien como cualquier otra persona, de lo contrario no lo hago”. Antonioni dijo algo parecido: “Filmo porque me gusta. Mañana no sé, puede ser que haga otra cosa”. Pensé que era eso lo que quiso decir Nietzsche con “entusiasmo creativo”. Luego volví a mi preocupación: “¿Qué entusiasmo creativo se puede tener cuando uno se siente un esclavo obligado a resolver problemas que no le interesan?”. Y recordé a Juan Ramón Jiménez y su “trabajo gustoso”15. Continué con mis meditaciones al día siguiente: “El apoyo metafísico me parece absolutamente necesario. Frente al misterio de la muerte y la vida, todos los otros problemas son como juegos de niños. Uno juega con juguetes. Unos son mejores que otros, unos más peligrosos que otros. Esperamos
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En castellano en el original. N. de la T.

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nuestro tránsito sin saber qué hacer. Sólo nos quedan los místicos y las escuelas. Tengo que explorar más en profundidad”. El lunes 13 fue un buen día, a pesar de la lluvia torrencial. Fui a registrarme para la reunión formal, y me encontré con mi viejo amigo de Buenos Aires, Walter Schimmerling, físico. Habíamos migrado casi al mismo tiempo. Luego me encontré con mi mentor del Laboratorio Nacional de Oak Ridge, Dr. Robert Birkhoff. Nos sentamos juntos a escuchar a Víctor Bond, del Laboratorio Nacional Brookhaven. El Dr. Bond fue uno de los tres primeros MD en obtener el doctorado en Berkeley. El 14 de marzo por la mañana tenía un examen. Escribí lo que pude y me fui a almorzar. Supe que otro estudiante se había suicidado. Esos suicidios eran bastante frecuentes, ya fuese debido a la presión laboral y/o a las drogas; esas pérdidas de vidas jóvenes preocupaban a muchos de nosotros. Me hice cortar el pelo y corrí a la reunión. Estaba a tiempo de escuchar el trabajo del profesor Jack Fowler, que era muy bueno. Al anochecer teníamos una fiesta de degustación de vinos; me puse un traje nuevo que estaba esperando una ocasión así. Conversé con Harald H. Rossi, el gran físico en cuyo laboratorio en la Universidad de Columbia pasé algún tiempo en 1961, y con Ed Barendsen, uno de los principales radiobiólogos del mundo, que había venido de Holanda. Estaba allí Henry Dakin con su novia; me senté a la mesa con Birkhoff y su esposa y con Nathan Burr, alto oficial de la Comisión de Energía Atómica. Después, llevé a Walter Schimmerling y los Birkhoff a San Francisco. Dejamos a los Birkhoff en su hotel y dimos una vuelta: el Red Garter, Jack London Square en Oakland, y terminamos en el Steppenwolf en Berkeley. Éste era un lugar muy popular en esa época. Siempre estaba lleno de gente que tomaba cerveza, cantaba, charlaba, algunos hasta jugaban al ajedrez. El miércoles escuché varias presentaciones, fui a mi oficina y, en vista del mal tiempo, me quedé ahí. Por fin el jueves presenté mi trabajo. Comencé con una broma que fue bien recibida: “Estoy absolutamente seguro de que los piones cada vez despiertan mayor interés. La última vez que hablé en Coronado, solamente había ocho personas
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en el auditorio, incluida mi mujer y mi hijo”. Después de la discusión continuamos intercambiando ideas con los doctores Fowler y Barendsen. ¡No hubiera podido encontrar mejores consultores! El viernes me sentía relajado. Después de almorzar con amigos, salí a caminar por el campus disfrutando del día soleado después del mal tiempo. El cielo estaba despejado y azul. Al pasar por el Campanile, emblema de Berkeley, sentí necesidad de tomar el ascensor y ver desde lo alto Berkeley y sus alrededores. Pagué la módica entrada y me encontré gozando de esa vista por primera y única vez. Cuando volvía para el lado Este, vi a una chica joven y bonita mirando hacia abajo desde atrás del grueso vidrio de la ventana. Leí su mente al instante. Me acerqué y le dije: “¡Qué hermoso día! ¡Nos hace sentir felices de estar vivos!”. Respondió con aire de seguridad, “¡No a mí!”. “¿Por qué no? –dije– Usted es joven, linda, no veo ninguna razón para que se sienta mal…”. “Pero mi novio me dejó” contestó ella. Mi suposición era correcta. Ideas suicidas rondaban su cerebro. Por suerte no podía saltar desde el Campanile, de otra manera lo hubiera hecho. Continué conversando, y logré convencerla de que con miles de jóvenes en el campus y miles de millones de hombres en el mundo, una chica como ella no tendría que esperar mucho para hallar un novio adecuado. Al fin, sonrió, como diciendo “Creo que tiene razón”, y me fui con la absoluta seguridad de que esa chica no se iba a matar. El día terminó en gran estilo: cené con Miguel, luego fuimos en su coche a Sausalito a tomar cerveza, de vuelta al Irish Coffee en San Francisco, lleno como siempre, y regreso a Berkeley donde comimos un sandwich. Era realmente tarde cuando nos fuimos a dormir. Pero la vida siempre nos tiene reservadas malas sorpresas. Me habían invitado a cenar en la casa del Dr. Richman. Era el sábado 18 de marzo. Al llegar, me dieron la peor noticia: había fallecido la señora Lawrence. Una mujer todavía joven, con cuatro hijos maravillosos, uno de ellos todavía un niño, murió víctima del cáncer; precisamente lo que había sido el objeto de los esfuerzos e investigaciones del Dr. Lawrence:
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curar esa terrible enfermedad. A causa del cáncer había perdido a su madre, y ahora a su esposa. Cenamos en silencio, luego fuimos al aeropuerto a recoger a mi amigo Horacio. Traía muchas noticias de la Argentina, la mayoría no buenas. El domingo salimos, fuimos a San Francisco, visitamos museos, la Coit Tower, parte de las 49 millas de vistas panorámicas, y luego a Sausalito por sandwiches de pastrami y cerveza. De vuelta a San Francisco, visitamos la catedral donde admiramos la copia de la Puerta del Paraíso de Ghiberti. Caminamos por Broadway, fuimos a una librería, y terminamos en mi casa viendo una película de Hitchcock. Pero la tristeza por la muerte de la señora Lawrence no se disipó por mucho tiempo. Los disensos aumentaban en la Sociedad California. El 23 de marzo McLellan y yo cenamos en casa de los McQulling. Después fuimos a una reunión. Virginia Ivancich ya estaba allí, luego llegó nuestro presidente, Dr. Sutherland, y Elizabeth. Se propuso hacer experimentos con los diagnósticos de Elizabeth. Era una buena idea, solamente si ella podía diagnosticar antes de que los médicos vieran a los pacientes. Luego podríamos evaluar los resultados. Nunca se hizo. Yo sugerí la idea de un simposio sobre parapsicología al que invitaríamos a Richard Feynman y a Luis Álvarez. No cayó muy bien, dada la dificultad de conseguir la presencia de los dos eminentes físicos. Yo pensaba que Álvarez hubiera asistido con gusto. Después de que Sutherland se retiró, McLelland manifestó que ya no podía tolerar más la presencia de este señor, y que no volvería a asistir a ninguna reunión donde tuviera que sentarse a la misma mesa con Sutherland. Después de eso, fuimos a tomar café al Copper Penny. Estaba frío. Planeamos ir a ver a Anton LaVey, conocido fundador de un culto satánico, pero decidimos posponer la visita. Después de una discusión sobre poltergeists con Elizabeth, fuimos a tomar café irlandés y charlar. McLelland me había dicho que ella era una bruja, pero yo no tenía esa impresión. Más bien la veía como la joven de la película de Bergman El séptimo sello, a la que acusan y queman como bruja. A veces pensaba que los positivistas tenían razón, y que

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debería quedarme con mi ciencia, pero decidí seguir buscando a mi manera. Trabajé en mi informe sobre radiobiología del pion. Compré The existence of mind, de John Beloff, leí a Gurdjieff, tuve sueños en los que recriminaba a mis colegas en la Argentina por robarme el trabajo con deuterones. El 1º de abril compré una cámara de 16 milímetros, una Bolex, con fondos que Mr. Carlson autorizó. La intención era obtener información de cualquier absorción de infrarrojos durante una sesión. Lamentablemente, tuve toda clase de problemas para conseguir película, y la cámara nunca se usó para el fin que nos habíamos propuesto. Al día siguiente abrí al azar la autobiografía de Charles Chaplin y encontré el relato de su experiencia de PK con tres ruletas simultáneamente. Me levantó la moral. El 4 de abril celebramos mi segundo año en Berkeley con una torta y bebidas en mi laboratorio. Cené con Miguel y los dos fuimos a un concierto. Al día siguiente tuve un experimento importante con irradiación en el sincrociclotrón 88”. El mismo día más tarde me invitaron a actuar en la obra “J. B.” de Archibald MacLeish. Era un papel chico, pero tentador. Audicioné para la parte de Bildad, uno de los Tres Confortadores que torturan a J. B. El ensayo culminó cuando, enfrentando a la audiencia, después de una pausa de suspenso, exclamé “¡Mierda!”. Todos se rieron, les pareció que mi acento lo hacía perfecto. ¡Lástima que me tuve que ir a una reunión en Puerto Rico: perdí la oportunidad de ser descubierto por los buscadores de talentos de Hollywood! Todavía hacía planes para reunirme con mi familia. Pensaba que ellos volarían a Puerto Rico, y de allí volveríamos todos juntos a Berkeley. No iba a ser así. Mi amigo Bill Loughman insistió en que yo tenía un gran potencial como actor. No sabía si creerle o no. Pero lo decía en serio. Una frustración más en mi vida. Asistí a una serie de conferencias por Sir Peter Medawar. Era muy buen conferenciante. La serie se titulaba “Hechos y
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ficciones del método científico”. No podía estar más cerca de mi corazón. El orador tenía una mente crítica llena de humor. Fue una de las ocasiones que disfruté en Berkeley. Al final de la serie fuimos a conversar con él; en ese momento se acercó el Premio Nobel Emilio Segré y se unió a la charla. Sacó un librito de su bolsillo y pidió a Medawar que lo autografiara, diciendo: “Es para mi hija, ¿sabe?”. La última conferencia fue sobre “Hipótesis e imaginación”. De nuestra conversación saqué en limpio que, como yo pienso, no sabemos mucho sobre la mente. Fueron para mí tiempos de angustia mental. Mis lecturas y actividades culturales me salvaron del colapso. Para aumentar mis tribulaciones, me enteré de que mi salario era casi el mismo que el de mi técnico senior. El cerebro hacía lo mismo que las manos. Tuve ganas de mandar todo al infierno, tanto la radiobiología como la parapsicología. El 14 de abril escribí en mi diario: “La vida se nos va de las manos sin un sentido evidente. Los que ‘hacen’ no saben por qué ‘hacen’. Los que no ‘hacen’ son desdichados porque no ‘hacen’, aunque no sepan por qué deberían hacer algo. Gurdjieff tenía razón, y sigue teniéndola. ¡Qué lástima no haberlo conocido en vida!”. Después de ver Tartufo, con René Auberjonois en el papel protagónico, pensé que hacía demasiadas payasadas; fui por un sandwich de pastrami y a leer a Gurdjieff, la única mente veraz, el único hombre que realmente sabía algo. El 21 de abril cayó una gran tormenta de granizo. Un joven recibía el hielo en su pecho desnudo, mientras unos niños recogían los trozos grandes. Mi coche acumuló bastantes piedras como para atraer la atención de la gente que no estaba enterada de la tormenta. Deben haber creído que venía de las montañas. “¿Cómo puede ser que el hielo y la nieve duren tanto?”, parecían pensar. Para la reunión de abril de la CSPS trajeron un buen orador, Dean Dickensheet. Habló sobre Conan Doyle y Harry Houdini. Hizo un análisis psicológico absolutamente original de los dos famosos y dotados adversarios. Después fuimos a tomar helados y a conversar. Tuve una larga charla con
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Elizabeth acerca del pensamiento de Roy. Los dos concordamos en que el hombre trataba de correr demasiado rápido. El 26 de abril me llevé una sorpresa: ¡había llamado J. B. Rhine! Le devolví el llamado: era acerca de un sujeto que vivía en Oakland; quería que yo lo estudiara. Me envió después una carta al respecto, fechada el 27 de abril, día en que mi madre cumplió 61 años. El Dr. Rhine estaba realmente interesado en este hombre, y en la carta daba toda clase de detalles. “Le escribo sobre un caso que me interesa muchísimo, referente a un hombre de Oakland, cuyo nombre es Ed Kline, Jr. [dirección]. “El señor Kline me escribió con motivo de un dispositivo que construyó para registrar el efecto de su concentración. Según la descripción, supongo que es algo así como un perfeccionamiento de la pequeña sombrilla giratoria que los rosacruces utilizaron durante muchos años, parecida a un pequeño parasol japonés; usted se concentra en la dirección en que quiere que gire, y la sombrilla girará en ese sentido. Hace años instruí a las personas que lo utilizan, en poner una pantalla para evitar que la respiración influya en el movimiento, y después de eso nadie informó ningún efecto. “Sin embargo, este hombre dice que obtiene el efecto aún envolviéndose él mismo en celofán (una bolsa de lavandería), y poniendo cigarrillos encendidos alrededor del mecanismo para que la columna de humo indique en qué sentido se mueve el aire, y que ha influido el movimiento de la sombrilla independientemente de cualquier signo de corriente de aire. Además, lo puede hacer a dos metros de distancia. Puede influir para detener el movimiento e invertirlo, puede enseñar a otros a hacerlo en pocos segundos, y nunca falla. Dice que puede hacerlo con pantallas completamente opacas entre él y el objeto, con tal de que pueda mirar por encima y obtener sólo una visión del mismo. Lo mejor de todo, dice que puede hacerlo girar concentrándose en un espejo a un metro y medio de distancia del objeto, y cuando así lo hace, va en la dirección que se ve en el espejo, que es la inversa de la dirección real. “El hombre parece correcto. En una oportunidad se unió a los rosacruces, pero luego los dejó. Le interesan los OVNIs,
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pero al menos dice que no se deja llevar por lo que se publica, por más que le interesen. En conjunto, podría ser un hombre que vale la pena estudiar”. La carta continuaba en otra página con más detalles. En el momento en que recibí esta carta, ya había visto a Mr. Kline porque me había llamado él, además del Dr. Rhine. Acepté que me mostrara lo que podía hacer; me pareció muy dudoso. Me dio cinco sombrillitas en una caja para que yo probara en casa. Esto fue el día 27 a la hora del almuerzo. Enseguida tuve que correr de vuelta al laboratorio, luego al ciclotrón 184” donde los físicos estaban tratando de obtener un rayo de piones negativos más intenso para nuestros experimentos. Había salido un libro en uno de cuyos capítulos aparecía una revisión por Lawrence y Tobias que incluía nuestro trabajo, lo que nos hacía “famosos”. Esto era una parte de lo que el Dr. Rhine quería para mí: hacerme famoso y obtener el doctorado, luego regresar y trabajar para la FRNM. El 28 de abril me desperté temprano, a las cinco y media de la mañana. Pensé que en Durham eran las ocho y media, y llamé al Dr. Rhine; él siempre llegaba al trabajo a las ocho en punto. Insistió en que continuara con Ed Kline, aunque yo ya olía una pérdida de tiempo. Ese día tuvimos tres oradores notables en el Teatro Griego: el presidente de la Corte de Justicia, Warren, D. Hofstadter y Kenneth Galbraith. Me parecía que Galbraith era el más contundente de los tres, pero no anoté mis pensamientos en particular. El sábado 29 de abril, a las once, mis amigos Miguel y Josefina se casaron en una iglesia en El Cerrito. Un cura colombiano condujo la ceremonia en español. La música era de la Misa Criolla. Después del almuerzo llamé a Kline; no contestó. Viajé a Oakland, donde llegué a eso de las cuatro de la tarde; Ed aún dormía. No pudo hacer nada de lo que le pedí que hiciera. Le mostré la increíble carga electrostática que acumulaba la bolsa de plástico; quedó helado. Cambiando de tema, habló de los OVNIs: él estaba en Okinawa, en Nevada vio seis OVNIs, etc. Me prestó un libro, y me fui volando como el viento.
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El 1º de mayo continuamos los preparativos para una gran operación en el ciclotrón 184”, utilizando los piones negativos. La irradiación comenzó cerca de las cinco de la tarde. Me acosté a las tres de la mañana. Almorcé con el Dr. Richman y hablé sobre mis problemas. Sugirió que debía ir a Texas y allí obtener mi doctorado. A las diez y media de la mañana estaba de nuevo en el ciclotrón. El miércoles sacamos las ratas y procedimos con el protocolo, lo que tardó varias horas. Durante el procedimiento vino Chaim y se quedó un rato observando; mis técnicas Alice y Henriette se pusieron furiosas contra él, pero no dijeron nada hasta que se fue. Al día siguiente tuve que ayudar con la dosimetría y otra parte del experimento, y efectuar algunos cálculos. Esto me ocupó hasta las ocho de la noche. Escribí una carta a Rhine y preparé mi valija para viajar a Puerto Rico. ¡Qué vida! La carta a Rhine comenzaba: “Le escribo brevemente acerca del señor Kline. Trabajé de nuevo con él como usted me sugirió en nuestra conversación telefónica. Repetí el mismo tipo de ‘experimento’ de antes. No pudo producir ningún movimiento a cierta distancia y con el dispositivo giratorio tapado con alguna cubierta. Le mostré el tipo de objeciones que uno debe enfrentar en esta clase de investigaciones, y no salía de su asombro cuando tomé la bolsa de plástico con que cubría su cabeza para evitar posibles efectos debidos a su respiración, y al aproximarla al mecanismo produjo un movimiento bastante rápido debido simplemente a las cargas desarrolladas por una ligera fricción. Tuvimos después una amable conversación y me prometió probar con una cubierta de vidrio. Es una persona interesada y pienso darle un par de sesiones más adelante, cuando vuelva de Puerto Rico”. Después de parar en Miami para pasar la noche, mi amigo el Dr. Gaffey y yo llegamos al hermoso San Juan. Mi habitación estaba preparada, no así la de Gaffey quien, por supuesto, se quejó. Su ánimo se alegró gracias a un pavo real que desplegó su colorido plumaje para que él lo fotografiara. Esto fue en un frondoso jardín que se veía desde mi ventana. En cuanto le entregaron a Conn su habitación, cambié de ropa, vestí mi traje de baño y me fui a la playa. De vuelta en mi
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cuarto me puse en contacto telefónico con el Dr. Jorge Chiriboga, que había estudiado en Buenos Aires con el Dr. Luis Leloir, el argentino laureado con el Premio Nobel en bioquímica. Durante los días que pasé en Puerto Rico, Jorge me invitó a su casa y me mostró su laboratorio, donde conocí a varias otras personas, incluso algunos argentinos. Exploré las oportunidades de trabajar allí, pero no surgió ninguna posibilidad. El encuentro fue excelente, las playas maravillosas, y tuve el gran placer de reencontrarme con varios viejos amigos. Además conocí a una doctora italiana, que resultó ser amiga del Dr. Pietro Metalli, otro de mis amigos íntimos de los tiempos de la Universidad de Rochester. Practiqué italiano con ella; cantaba Arrivederci Roma y las lágrimas corrían por sus mejillas. Sin duda, extrañaba Roma. Volví a Berkeley el lunes 15. Mi valija no llegó conmigo. Una pila de cartas y memos me esperaba en el laboratorio. Contesté las que no podían esperar, volví a casa e hice una siesta. A las cinco de la tarde tomé una ducha, me afeité y fui al helipuerto. Mi valija no estaba. Fui a visitar a Miguel y Titina, tomé una cerveza con ellos, y supe que él había aceptado un puesto en el Fondo Monetario Internacional, para empezar en julio. Triste para mí, bueno para ellos. Volví al helipuerto, la valija había llegado. El 16 de mayo era un día caluroso. Preparé el informe y los pasajes de mi viaje, y luego fui un rato a la piscina. Después del trabajo, tenía que ir a encontrarme con el médium Douglas Johnson junto con los McQuilling y McLellan. Fuimos a cenar a la Bamboo Curtain, y luego a la charla de Johnson en la escuela Whittier. Sus experiencias personales no me impresionaron demasiado, y menos aún sus “teorías”. No pude unirme al grupo para el café irlandés, porque no tenía dinero. Tuve un persistente dolor de cabeza; para colmo, me enteré de que a un amigo policía lo habían encontrado muerto, al parecer por causas naturales. Recordé que le había regalado a su hija una moneda argentina para una clase escolar. Al día siguiente, Martin Luther King, hijo, dio una charla agradable, aunque no dijo nada nuevo. Después de cenar, intentamos hacer una sesión con Elizabeth, pero no pasó nada.
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En esos momentos estaba esperando saber cuál iba a ser mi nuevo salario. La gente de M. D. Anderson pensaba hacerme una oferta. El 19 de mayo, después de hacer muchas cuentas, fui a escuchar a Arnold Toynbee, que a los setenta y siete años era muy activo y un gran orador. El 20 le escribí al Dr. Rhine; le expliqué por qué no había podido parar en Durham en mi viaje de regreso de Puerto Rico. Luego le expuse mis dificultades para proseguir estudios en Berkeley. Resumí mi proyecto con la Fundación Shanti y le conté que algunos científicos del Laboratorio Donner estaban muy interesados en la PK. Teníamos a disposición un excelente equipamiento para estudiar la producción y la estructura sonora de los raps, bastaría que pudiéramos encontrar un sujeto capaz de producirlos. Pero no había ningún Fernando a la vista. Por otro lado, cuando alguien intentaba aproximaciones teóricas, como había hecho Charles Tart en el Journal of Neuropsychiatry [Vol. 2, pp. 488-504, October 1966], hacían comentarios sarcásticos. Uno de los profesores, que leyó el trabajo, preguntó: “¿Y este hombre tiene un título? ¿Y enseña en la Universidad?”. Este comentario me disgustó, porque conocía a Charles, había leído la mayoría de sus trabajos y tenía la mejor opinión de él. También consulté con J.B. acerca de mi futuro y mis relaciones con la Fundación Shanti. Su respuesta llegó pronto, fechada el 24 de mayo. Fue una de sus cartas más interesantes, aunque demasiado larga para reproducirla aquí. Lo había llamado a propósito de Ed Kline y su fracaso en obtener efectos en condiciones controladas. El Dr. Rhine respondió: “Si bien es muy difícil convencerme de un hallazgo positivo en un caso semejante (y aún no ha sucedido), me resisto a descartar una manifestación sólo porque haya explicaciones plausibles en la superficie; de hecho, en la mayoría de los casos en que funciona psi se mezclan otros hallazgos que son no-parafísicos. Incluso hay un procedimiento de trabajo, que no me parece mal, que consiste en tratar de inducir la obtención de manifestaciones de psi en un test por medio de automatismos que producen efectos semejantes
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(como en la radiestesia, los movimientos de la mesa, y otros), pero que ofrecen la oportunidad de dar el salto hacia efectos más clara e indudablemente psi con suficiente acumulación”. Luego volvió sobre mi doctorado, insistiendo en que era la meta más importante para mí en ese momento. Me retó, aunque con gran simpatía por mi situación, y terminó diciendo: “No creo que consiga en ninguna parte en parapsicología esas sumas para nada, así que yo suspendería todo eso hasta que tenga su doctorado. Cada pequeña cosa que le reste resolución y energía y le haga creer que está haciendo algo importante, lo único que hace es engañarlo y robarle parte del gran potencial que está latente en usted”. Desde luego, tenía razón y yo lo sabía, es por eso que estaba descontento con el trabajo que hacíamos en la Sociedad. No quiso aconsejarme sobre mis relaciones con la Fundación Shanti, porque ellos no habían consultado con él acerca de mi programa. En cuanto a unos trabajos teóricos que le había enviado, y yo pensaba que podían ser de interés para la parapsicología, contestó: “El artículo sobre física está fuera de mi alcance, pero en la medida en que lo puedo entender, no parece estar más cerca de la parapsicología, aunque es interesante. No veo ninguna lógica en tratar de aproximarse a la parapsicología a través de la física teórica. Muchas mentes lo han intentado”. Con fecha 4 de junio le envié al Dr. Rhine un informe completo de mis experimentos con Ed Kline y sus ruedas giratorias. Hice cuatro sesiones con él, pero no logró hacer mover las ruedas giratorias cuando las colocaba en una pecera vacía o dentro de un gabinete cerrado. Mi conclusión fue que no había nada de paranormal en ello. “Sin embargo, decir que los experimentos no muestran ningún fenómeno paranormal no es decir que no tenga usted un sujeto potencialmente bueno en Ed Kline. Tiene motivaciones fuertes y es capaz de trabajar firmemente en un proyecto. Sus reacciones son muy interesantes. Por ejemplo: anoche (sesión 4) tenía una pequeña rueda giratoria puesta sobre la heladera. De vez en cuando –como la que estaba dentro del gabinete no se movía– iba hacia ésta, la rodeaba con las manos y la hacía mover para
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crear en su mente una imagen favorable. Luego volvía a su silla y de nuevo probaba con las ruedas que estaban dentro del gabinete. Al observar que la ruedita sobre el refrigerador se movía, dijo: ‘Mire, estoy moviendo la de la heladera’, y se echó a reír como un chico. Yo había observado que esta rueda giraba sola de manera aleatoria”. Otro día fui a Oakland bastante tarde. Golpeé la puerta y él estaba en la casa pero con una persona. Hablamos en el pasillo. “Me contó sobre la carta que el profesor K le escribió a usted, y lo que decía en esa carta. De pronto se puso a llorar diciendo: ‘¿Por qué me hace esto, por qué?’. Le dije: ‘A lo mejor está asustado, eso es todo’. Se enjugó un par de lágrimas y le prometí verlo al día siguiente. Último episodio: anoche hablé de Serios y sus fotografías del pensamiento. Hoy consiguió una cámara Polaroid y se estuvo tomando fotografías a sí mismo”. El Dr. Rhine contestó el 8 de junio, aprobando y apreciando mi trabajo con Ed. Hice una sesión más, pero fue inútil. Después de algunos fracasos, comenzó a hablar de su tema favorito: los OVNIs y algunos otros experimentos que tenía pensados en relación con un acelerador Van de Graaff. Luego dijo que el próximo fin de semana no iba a estar en Oakland a causa de una importante visita que tenía que hacer a su “maestro”. El Dr. Rhine concluyó que Ed había tenido plena oportunidad de probar su caso, y así terminó el estudio. El 23 de mayo di una charla en la CSPS sobre Gustave Rol, un abogado italiano que había producido muchos fenómenos extraños (ver el siguiente Intermezzo). Después de la charla, renuncié como director y director de investigaciones de la Sociedad. O ellos aceptaban la totalidad de mi programa, o yo continuaba sólo como miembro del grupo. De todos modos, no teníamos tiempo para aburrirnos. El miércoles 24, después de todo un día de trabajo, reuniones, clases, fui a San José con los McQuilling a investigar un supuesto fantasma. La historia era más o menos así: Dos curas viajaban en su coche cuando vieron a un hombre joven, de cabello largo y barba, haciendo dedo. Pararon, el hombre se
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sentó en el asiento trasero y comenzó a hablar de la Biblia, Jesús, las virtudes de la pobreza, una vida de devoción, etc. Dijo que se bajaría en la próxima estación de servicio. Cuando se detuvieron ahí, y los curas se dieron vuelta, el joven se había esfumado. Preguntaron al empleado de la estación de servicio, y les dijo que lo mismo les había pasado a otras personas, que era un fantasma o algo así. Nos habían dado la dirección de una pareja en San José; llegamos a la casa bastante tarde, pero fueron tan amables de permitirnos entrar y nos invitaron con un café y bizcochos. Dijeron que podría ser sólo un cuento, pero que tal vez el editor de un periódico ruso cerca de Sacramento tuviera mejor información. El viernes 26, Donald Glaser, ganador de un Premio Nobel en física, dio una charla sobre sus nuevas actividades, automación en microbiología. Más tarde tuve ocasión de visitar su laboratorio y vi la máquina de la que había hablado. Era un logro impresionante. Podía procesar cincuenta mil platos por día, escanearlos y separar un plato con un mutante. Mi coche estaba en el taller, necesitaba una nueva bomba de agua. Los McQuilling habían hecho algunas averiguaciones por teléfono sobre el “fantasma”. Era una complicada cadena de acontecimientos que terminaba en una pareja argentina que había estado en la Misión Panamericana en la Argentina. Bromeé diciendo que el episodio del fantasma podría haber ocurrido en Buenos Aires. El sábado 27 de mayo fuimos a Sacramento con Carol y Don en su Mercedes Benz sport 1959 (tenían dos, que mantenían en perfecto estado). Tenía curiosidad de saber qué velocidad podía alcanzar y Don se vio obligado: levantó a más de 160 kilómetros por hora. El coche parecía que volaba, que no tocaba el piso. Después de muchas paradas y preguntas, llegamos a la Primera Iglesia Baptista Rusa. Antes de entrar le compramos helados de crema a un viejo que los llevaba en una antigua heladera con música. En la iglesia no había nadie. Me puse a revisar los periódicos. Con mi ruso básico era difícil entender, pero no encontré nada. Al fin entró un muchacho y dijo que ellos no habían publicado ninguna historia sobre el fantasma. Nos dio algunas direcciones, y el número de teléfono
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de un allegado a los misioneros; no estaba en casa. Entonces vino la mejor parte de todos esos viajes: ir a un restaurante y disfrutar de una magnífica cena. Hicimos otro llamado: el director de otra publicación dijo recordar la historia y prometió buscárnosla. Volvimos a Berkeley, nuevamente a gran velocidad. El domingo terminé de leer “J. B.” en la cama. Ahí estaban todas las preguntas, pero no las respuestas. Estaba nublado y a ratos llovía. A la tarde fui a San Francisco, compré una botella de Chianti y llegué a lo de White a las seis en punto para cenar. La otra invitada era Paula. Después de comer intentamos un experimento. Sorpresivamente, George entró en una especie de trance. No sabíamos si estaba jugando cuando personificó a un francés llamado Henri que era paracaidista durante la guerra. Después le preguntamos, y dijo que no era una broma. Volví a casa pasada medianoche pensando que todo este trabajo de campo era tiempo malgastado. El lunes fue un día de esos en que uno se levanta con el pie izquierdo. Lo mejor que ocurrió fue que compré Física y filosofía, de Heisenberg. Recibí una carta de Rhine que me hizo pensar que en realidad él no veía muy lejos, y que quizás tendría que romper con él también. El Dr. Nichols se había enterado de la posibilidad de mi alejamiento, y me dijo que no le agradaba que me fuera. Fue amable de su parte. Una carta del MD Anderson decía que no podrían informarme nada al menos por tres semanas. En ese tiempo el Memorial Day se celebraba siempre el 30 de mayo, día de mi cumpleaños. Era martes. ui a Tilden Park a meditar. En mi vida había muchas cosas buenas y muchas cosas malas. ¿Qué era lo que tenía que hacer? ¿Cuál era el camino? Alterné con varios artistas; era interesante ver las diferencias en la manera de ver el mundo y de encarar la vida, respecto de las nuestras.

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El final del mes me encontró trabajando con ratas; parecían poseídas por el demonio, me mordían. Esto ocurrió pocas veces. Leí Worlds-Antiworlds. Intermezzo con Gustave Rol En la Sociedad di una charla sobre Gustave Rol y sus logros. La redacté en base a mi propia colección de recortes de periódicos argentinos y a un artículo de Pittigrilli, un periodista que lo conoció bien, publicado en la revista francesa Planète (Vol. 22, 1965, pp. 115 y ss), no muy difícil de hallar. Los parapsicólogos ignoraban a Rol, diciendo que sus afirmaciones eran sospechosas y desdeñando la calidad de los testigos, aunque fueran escritores, ingenieros, abogados, artistas o científicos. Me parecía que esto era un craso error. El Dr. Rhine debería haber enviado a Ed Cox, que era mago, y a otros parapsicólogos a Italia para ver por sí mismos, en vista del rango y la importancia de los fenómenos. En todo caso, estoy seguro de que ahora mis lectores van a descansar un poco de mis propias memorias. Lo último que leí sobre Rol fue en un libro de Leo Talamonti, Forbidden universe: mysteries of the psychic world (New York: Stein and Day, 1975). Talamonti conocía a Rol desde hacía muchos años, y presenció algunos de los fenómenos descriptos en las notas que siguen. Como verá el lector, los procedimientos que empleaba Rol en sus experimentos parecen excluir la posibilidad del uso de trucos de magia. El padre del Dr. Gustavo Adolfo Rol era el director de un banco importante en Italia, lo que le permitió llegar a ser abogado. Rol vivía bien; era un aristócrata que amaba el arte y la elegancia; coleccionaba antigüedades, era músico y poseía una vasta cultura. Navegaba y viajaba frecuentemente. Se casó con una rubia escandinava y ambos gozaban de excelente salud. Parecía más un bon vivant que un mago. ¿Cuáles eran las extraordinarias demostraciones que Rol podía exhibir? Veamos algunas de ellas como las describió Pittigrilli.

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Rol le dijo a un amigo: “Ve a comprar dos mazos de cartas de poker en el negocio que quieras; yo esperaré aquí hasta que vuelvas”. Cuando el amigo volvió, Rol le dijo: “Pon uno de los mazos en tu bolsillo sin abrir el paquete. Ahora abre el otro y elige una carta. Toma una lapicera o un lápiz y escribe algo en ella”. El amigo puso su firma. Entonces Rol le dijo: “Abre el otro mazo que todavía está en tu bolsillo. Busca la misma carta”. Allí estaba la firma. A Rol le gustaba usar barajas porque se podía comprarlas en cualquier negocio en paquetes cerrados, así que era imposible que él las tocara de antemano. En otro de esos encuentros casuales, que generalmente se dan en un café, le dijo a un amigo: “Ve y compra tres paquetes de naipes en diferentes negocios y luego vuelve”. Cuando el amigo regresó, Rol le pidió que abriera dos de los paquetes y eligiera ocho o nueve cartas, y multiplicara los valores de esas cartas. Luego, al abrir el tercer paquete, el amigo halló el resultado de la multiplicación escrito en uno de los naipes. A veces Rol anunciaba que el resultado estaría dado por la sucesión de los valores de las cinco o seis primeras cartas que salieran al abrir el paquete. En una ocasión, el resultado de la multiplicación tenía seis seises. Dijo que estaba bien. Los amigos abrieron el tercer paquete y encontraron el resultado correcto, ¡con los seis seises! En la casa de uno de los amigos de Rol, un violinista tocó “Les Sorcières” de Paganini. A Rol le gustó mucho la interpretación y dijo: “¡Bravo, se merece un premio! Tome un mazo de barajas y escóndalo en algún lugar, dos o tres habitaciones más allá. Póngalo en un cajón, ciérrelo con llave y guarde la llave. Luego vuelva”. Hecho esto, el violinista regresó, y Rol dijo: “Ahora elija una carta de otro mazo”. El músico siguió sus instrucciones, Rol fue a la puerta y, haciendo burla, tocó un violín gigante. Luego dijo: “Vaya y traiga el mazo que tiene escondido”. El violinista volvió con el mazo todavía cerrado. (Habitualmente, la gente que sabía que Rol iba a estar presente en una reunión traía varios mazos de naipes nuevos cerrados). Rol dijo: “No abra ese mazo; elija una carta del mazo abierto. Ahora abra el mazo cerrado y busque la misma carta”.
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El violinista lo hizo, y halló la carta con la siguiente inscripción: “Más lento, la primera parte”. Varias personas dijeron que era un truco, y que todo había sido previamente arreglado, aunque nadie sabía que el violinista iba a tocar “Les Sorcières”. Luego dijo Pittigrilli: “Que el violinista repita la pieza más lentamente y veamos qué va a decir Paganini”. En realidad había sido todo improvisado, de ninguna manera se había preparado. “Toque”, dijo Rol, y pidió a uno de los más escépticos –un abogado– que tomara otro paquete de naipes y lo escondiera lejos bajo llave. El músico tocó. Después, trajeron de vuelta el paquete y, con una letra que más tarde se verificó como de Paganini, se halló la siguiente inscripción: “Paganini no repite”. Era la célebre respuesta que dio el gran músico a Carlos Félix, y que le valió dos años fuera del reino. Otro episodio ocurrió en un restaurante donde Pittigrilli estaba almorzando con Rol. En la mesa vecina estaba sentado un coronel, quien le dijo a Pittigrilli: “¿No me reconoce? Fuimos compañeros…”. En ese momento Rol le entregó un trozo de papel que había escrito antes. El coronel dijo: “Soy Quarra”. Su interlocutor miró el papel: decía “Quarra”. En otra ocasión, Pittigrilli había invitado a su casa a un grupo de amigos, entre ellos la actriz Luisa Ferida, el actor Oswald Valenti y su padre, que era embajador de Italia en Teherán, el príncipe Lanza di Trabia, y otros que incluían un médico, un ingeniero y su esposa, y otra actriz. Y Rol, por supuesto. Valenti, el actor, había traído unas barajas especiales de Escocia, no había otro mazo igual a ése en Roma. Rol dijo que no tenía ningún problema en “trabajar” con ese mazo. Dijo: – No las voy a tocar. Sólo cuéntelas. – Cincuenta y dos. – Ahora cuéntelas usted –dirigiéndose a otra persona. – Cincuenta y dos.

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– Ahora póngalas en arco. Usted, señora, pase su dedo sobre ellas y pare cuando este señor le diga que pare. Mire la carta. Anótela… Nueve de tréboles. Ahora, señora, córtela en tantos pedazos como pueda y arrójelos por la ventana. Ella lo hizo. Algunos trozos cayeron sobre la terraza, otros en el piso, pero la mayoría se volaron. Entonces Rol pidió a tres personas que contaran de nuevo las cartas. – Cincuenta y dos. – Cincuenta y dos. – Cincuenta y dos. – Busquen el nueve de tréboles. Estaba. Según Pittigrilli, Rol mismo daba la impresión de ser médium. La historia que Rol le contó a Pittigrilli era así: “Hace muchos años, en Marsella, solía comer en una casa donde tenía como vecino de mesa a un hombre muy taciturno, que nunca decía una palabra a nadie, no decía ‘buenos días’ ni contestaba si alguien lo saludaba. Después de comer leía diarios y libros en polaco, y nadie sabía de qué trabajaba. La caída de un vaso me dio oportunidad de hablar con él. Le conté de mis lecturas religiosas y espirituales. “Él dijo: ‘Dios no existe’. “Y me preguntó si aceptaba que el poder de la voluntad podía detener las agujas de un reloj. Estábamos en Canebiere. “– ¿Qué hora es? –preguntó, señalando el reloj luminoso de la Bolsa de Valores. “– Las nueve y cuarto. “– Lo voy a hacer parar –dijo. “Y el péndulo se detuvo. “Me permitió ayudarle en algunos de sus experimentos con naipes. Algunos los hago yo ahora. Me dijo a qué tipo de disciplina debía someterme, y el estado de ánimo (de alma: d’âme) que debía poner en ello. Me enseñó las fórmulas sencillas, dejando para más adelante las más difíciles”.
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(Rol nunca habla de fórmulas o rituales mágicos). “Un día, sólo para burlarse de mí y de mi fe, el polaco me llevó a Lourdes, que según él era una industria organizada. Pero entonces una aparición sobrenatural se nos presentó. De rodillas exclamó: ‘creo, creo’. “De regreso en Marsella, quemó sus libros y manuscritos, se disculpó por las pocas pequeñeces que me enseñó, sin explicar el significado, y me dijo que las cosas más importantes sería capaz de aprenderlas solo. De hecho, así fue. Todos los días aprendo algo nuevo por mí mismo. El polaco se retiró a un monasterio en Saboya, como padre laico. Me dijo que no tratara de verlo, porque los fenómenos que me había mostrado estaban ahora en un mundo lejano para él. Tiempo después supe que había muerto”. Otro caso de los poderes de Rol ocurrió en casa del pintor Enrico Gec, en Turín. Hubo whisky y conversaciones interesantes, y algunos experimentos. Después de un rato, Rol dijo: – Gec, usted me agrada. Hasta ahora sólo vio algunos experimentos menores. Voy a ofrecerle algo más. Tome un paquete de cartas. (Había cinco o seis en la mesa). Téngalo en sus manos. Ahora pronuncie estas palabras: ‘Hemma Hanna iagei’. “Gec lo dijo. Todos los naipes fueron proyectados al aire y se hicieron pedazos como si dentro del paquete hubiera habido un explosivo. “– Ahora, elija una carta. ¿Cuál es? “– Diez de espadas. “– ¿En qué otra le gustaría que la convirtiera? “– As de corazones. “– Sosténgala y repita la fórmula. “Gec repitió la fórmula; estaba pálido. El naipe que tenía entre sus manos perdió color, cambió a gris, a rosa pálido, luego a rojo, y se formó el as de corazones. Preguntaron a las demás personas que se hallaban en la casa qué carta era. Todos dijeron ‘el as de corazones’. “El diez de espadas no estaba en el mazo, pero el ‘otro’ as de corazones sí. En total, cincuenta y dos cartas. Todos los
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registros de este experimento extraordinario se conservan con las firmas de los presentes, en Turín”. Después, dijo Rol: “Tengo miedo de haberlo hecho enojar [a Gec]. No tengo derecho a hacer participar a Gec en un ejercicio de tercer orden. Veamos”. Rol volvió al salón y pidió a una señora que eligiera un libro de los miles que cubrían las cuatro paredes. Luego le hizo tomar tres cartas para formar un número. – ¿Qué número es? –preguntó, y cuando ella le dio la cifra, agregó– Abra el libro en esa página. La página comenzaba diciendo: “Il l’avait vraiment irrité”, que significa: “Verdaderamente él lo había irritado”. Entre las personas que habían visto a Rol realizar estos experimentos estaban: Federico Fellini, el famoso director de cine; el profesor Beonio Brocchieri, de la Universidad de Padua; el periodista Ettore della Giovanna, corresponsal en Nueva York del “Journal d’Italy”, también un MD; y el ingeniero Luigi Fresia. Después de decir que Rol le había abierto nuevos horizones, etc., della Giovanna le escribió a Pittigrilli, quince años más tarde, que se negaba a creer. Los testigos no-incrédulos explican lo que hace Rol – continúa Pittigrilli– “como una manifestación del inconsciente y el subconsciente. Lo apresurado de esta explicación se pone en evidencia al aplicarla a casos como el Shakuntala Devi, la joven hindú que saca raíces cúbicas de memoria, o el director de nueve años de edad que dijo, sin haber estudiado, cosas que uno aprende en el último año del conservatorio; o Pascal, que a la edad de catorce años descubrió las 32 primeras proposiciones de la geometría euclidiana. El subconsciente es un placebo que satisface a los que se conforman con palabras. “La última vez que vi a Rol, sucedió algo que me sugirió una hipótesis. Estábamos de visita con un funcionario del Ministerio francés de Asuntos Exteriores. Después de los saludos habituales, Rol me dijo: “– Tome una carta y dígame en cuál quiere que la convierta.
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“Elegí una y dije: ‘En la que tenga el valor más bajo’. Pensé en un as (o 1). “Rol hizo un gesto, y agregó: “– Vamos a ver. “Di vuelta la carta, y estaba en blanco. “– Es verdad –dijo Rol, sorprendido él mismo tanto como los demás–, es el valor más pequeño. “Él también había pensado en un 1. En otras palabras, la voluntad de Rol no era sacar un as; él no lo ordenó. “Algún otro, en lugar de él, interpretó correctamente mi deseo. Y apareció un naipe en blanco (un cero), el valor más pequeño. “Luego, no es Rol quien opera. Es algún otro, no él. Nadie pensó en un cero. “A veces Rol, el caballero, se enfurece y profiere oscuras amenazas. En un juicio declaró que tenía a mano fuerzas diabólicas que podía utilizar con cualquier propósito. “Pero un día me dijo: ‘Si cometo una mala acción, si intento obtener algún beneficio material o financiero de estas fuerzas, perderé automáticamente y para siempre mi poder’”. Otras personas vieron a Rol haciendo sus experimentos. El abogado italiano Donato Piantanida conoció a Rol en un hotel donde estaba con Federico Fellini y Leo Talamonti, otro escritor. “Rol le dijo a Fellini: ‘Me gustan sus zapatos; con esa hebilla de plata parecen los de un obispo. ¿Se enojaría si yo les hiciera algo?’ “Fellini contestó que podía hacer lo que quisiera. Entonces oímos una fuerte explosión. Rol le pidió a Talamonti que mostrara su zapato derecho. Para nuestra gran sorpresa, y la de Talamonti, vimos debajo de la suela de su zapato la mitad del taco de goma de Fellini, que faltaba en el zapato de éste. Se veían los clavos, brillantes y doblados por el esfuerzo”. La versión que da Leo Talamonti de este episodio es un poco diferente (Talamonti, op.cit., p. 181): “Gustavo Adolfo Rol llegó puntualmente a las 3:30 y se sentó en un sillón de cuero en el foyer de un gran hotel en el centro de Turín. Lo esperaban, junto conmigo, el director de cine Federico Fellini, el profesor P., de Arco, y el Dr. M., médico jefe de una clínica en la misma ciudad. Yo estaba sentado
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frente a Rol, quien comenzó a hablar con animación acerca de la película Ocho y medio; luego, cambiando de tema, preguntó a Fellini si podía hacer un truco con él, siempre que tuviese en el hotel otro par de zapatos. Fellini contestó que sí, lo tenía, y Rol le pidió que se levantara y caminara un poco por el foyer. Cuando Fellini volvía al sofá donde se habían sentado él y otras dos personas, comenzó a caminar con cierta torpeza. Se sentó, se sacó el zapato derecho, y encontró que parte de la capellada había sido cortada. El Dr. Rol, sentado y sonriente, tenía en la mano la porción faltante”. Otro episodio ilustra la clarividencia de Rol. En 1940, la abogada Lina Furlan invitó a su estudio a la pianista Magda Brard, sobrina de León Blum; Enrico Wild, que estudiaba magia; Tatiana Chaliapin, hija del famoso bajo; Pitigrilli y Rol. “El anillo que lleva usted en el dedo está relacionado con Nápoles –dijo Rol a la señorita Chaliapin–; perteneció a un gran actor trágico”. “Sí –confirmó ella–, es el anillo de Talma. Mi padre me lo dio”. Fellini nos dio el relato de una experiencia que tuvo con Rol mientras hacía investigaciones para su película Julieta de los espíritus. Fellini y Rol paseaban por un parque en Turín. Había un bebé y la niñera estaba dormida. Fellini se lo dijo a Rol porque vio una abeja volando hacia la criatura. Rol hizo un gesto con las manos y la abeja cayó muerta. La distancia, estimada por Fellini, era de unos cuarenta metros. Fellini contó también acerca de la primera vez que se encontró con Rol. Estaban en un restaurante, y Rol le pidió a Fellini que le diera un número. El aludido lo hizo, y su compañero escribió las cifras en el aire. Fellini encontró el número escrito en la servilleta que tenía sobre sus rodillas. De todas las personas que el famoso director conoció durante su investigación, Rol parece haber sido quien más lo movilizó.

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“Rol intenta desesperadamente salvar su ego, haciendo esfuerzos heroicos por dirigir dentro de sí una especie de torrente cósmico. Amenazado por todas esas fuerzas, cree en Dios, se aferra a Dios, para que la ansiedad no lo atormente. Rol es desconcertante y fabuloso al mismo tiempo. Puede llevar a cabo cientos de proezas difíciles de explicar frente a personas que no son precisamente ingenuas. El mundo todavía no ha escuchado todo acerca de él”. Mi impresión fue siempre que las hazañas de Rol eran reales, en especial debido a la calidad de los testigos que las presenciaron, y a la manera como manejaba los experimentos. Visité Italia en 1970, pero no tuve tiempo para tratar de encontrarlo. Sin duda, hubiera sido una experiencia interesante.

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CAPITULO 20 Berkeley: 1967-1969
Para comenzar la segunda parte del año me ofrecieron una fiesta en el laboratorio. A los cuarenta y un años, me sentía viejo y todavía sin el doctorado. Pasé por la librería Elmwood y compré el libro de Jule Eisenbud The World of Ted Serios (New York: William Morrow & Co., 1967). Comencé a leerlo en la lavandería. Un libro interesante que desde entonces siempre he tenido a mano. Teníamos una reunión en la Sociedad. Pensé que para mí iba a ser la última. Roy expresó lo que yo ya sabía, que con esta clase de gente no podíamos hacer nada. Él también planeaba renunciar. Al día siguiente me llamó Carol para contarme, desalentada, que Roy la había llamado para decirle que iba a renunciar como director y como miembro de la Sociedad. ¡Qué catarsis había producido yo! Pero es un hecho, y para el lector, una buena lección que le puede servir: esos grupos de conversación tienden a seguir para siempre “leyendo las noticias”, con buenos oradores, pero sin tratar de superar la sólida barrera que traba el camino a la investigación original. El 2 de junio, mientras afuera llovía copiosamente, recibí otra torta de cumpleaños, esta vez del laboratorio contiguo. Me trajeron un memo que indicaba por escrito mi nuevo salario. No era malo, pero creía que merecía más. Volví a casa y descargué mi enojo en la cocina: hice pollo con espinaca y huevos revueltos. Después de la cena continué con Eisenbud. En este punto ya estaba considerando liberarme de todo y de todos. Escribí a Rhine y a Chet acerca de mis esfuerzos por achicar mis metas y tratar de concentrarme en un solo objetivo que valiese la pena. A veces ocurren cosas raras para las que no hallamos explicación razonable. Mientras iba manejando hacia el laboratorio, vi un portafolio al costado del camino. Lo levanté, y
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cuando llegué a mi escritorio lo examiné. ¡Contenía los diagramas de un nuevo proyecto! Por suerte pude rastrear al dueño. Vino enseguida, me agradeció efusivamente. No dijo cómo fue que un documento tan importante terminó tirado en el camino, ni yo me lo podía imaginar. Repasé algunas citas, tan ciertas que me recordaron la colección de Gurdjieff y su consejo de prestar atención a estas verdaderas expresiones de sabiduría. Dijo Charles Laughton: “Los actores con método te dan una fotografía. Los actores reales te dan una pintura al óleo”. A menudo se citan las palabras de Robert Browning: “La verdad está dentro de nosotros… y conocerla, consiste más bien en abrir un camino por donde pueda escaparse el esplendor aprisionado”. Y las de Thomas Huxley: “Las peores dificultades de un hombre comienzan cuando puede hacer su gusto”. Ésta se aplica a todo en la vida, y en particular a nosotros los científicos cuando se aprueba una subvención para financiar nuestros proyectos. ¡Lleva años de esfuerzo y sudor entregar los bienes que hemos prometido! Y muchas veces ni siquiera los entregamos, como me estaba pasando con mi beca de la Fundación Shanti. Me iba bien en mi curso de escritura de no-ficción en la Escuela de Escritores Famosos. Mi última entrega me fue devuelta con una crítica humorística. Siempre me había preocupado que se usaran tantas ratas en nuestros experimentos, y deseaba reducir su número. En mi artículo, hablaba de “mártires silenciosos” de la investigación moderna. Mi crítico me aconsejaba tomarlo con calma recordándome que Dios nos concedió el control sobre los animales. Mientras los tratemos con compasión y los usemos para una buena causa, no debía preocuparme por ello. Nosotros sí los tratábamos bien, pero había otros grupos que experimentaban con perros y monos, y sin duda estos animales padecían mucho hasta que terminaban los experimentos. Mi técnica, Henriette, a veces lloraba al oír a los perros. Se quejó amargamente y la llamaron a la oficina del supervisor.
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Ese sábado, 10 de junio, se supo la triste noticia de la muerte de Spencer Tracy. Era uno de mis actores favoritos. Una cita de Edward Albee era apropiada para mi situación: “… el tiempo sucede. El tiempo se acaba. Y al agotarse el tiempo, nuestras opciones se alejan. Al final, no nos queda más que la ilusión. Las opciones se han ido”. Por cierto, a medida que envejecemos, vemos la amarga verdad que encierran estas frases. Yo había cortado toda comunicación con la Sociedad y me concentraba en mis investigaciones en el laboratorio y en mis lecturas en casa. Elizabeth vino a devolver unos libros y despedirse. Se iba con Roy a visitar una casa encantada. Hubo pequeños acontecimientos que podrían ser psíquicos. Por ejemplo, mientras hacía una serie de mediciones pensé que iba a obtener exactamente el mismo promedio que en un experimento anterior, pero con diferentes valores parciales. Así fue. Otro: fui a la cocina cuando no tenía nada que hacer allí, justo a tiempo para cerrar una canilla que había quedado abierta. El agua estaba llegando al tope en ese mismo momento. Otro día, fui con los McQuilling a proseguir la investigación sobre el “fantasma” de la ruta. Otra pérdida de tiempo. La “visión” había tenido lugar diez años antes, y los recuerdos no eran muy precisos. Mientras volvía a casa, “vi” una carta de Chet esperándome. Allí estaba. Yo le había escrito manifestando mi preocupación por la situación en Egipto –país que estaba en su itinerario de viaje– y ahora, a su regreso, me contestaba que en realidad había cancelado su visita a causa de dificultades para entrar y salir de ese país. Un investigador egipcio lo había acompañado a la conferencia de paz Pacem in Terris, en Ginebra, Suiza. Chet aceptaba mi programa y daba su consentimiento para que continuara usando el dinero puesto a mi disposición de la manera que me pareciera adecuada. Le respondí con una larga carta fechada el 3 de julio de 1967. Le hablaba de mis experimentos con Ed Kline y de cómo ellos habían reavivado mi interés en la ionización del aire.
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Había un profesor en Berkeley que había hecho importantes trabajos, que yo estudiaba. “Este sujeto [Ed] atrajo mi atención al tema de los OVNIs, y decidí explorar más a fondo una ‘experiencia’ que tuvo mi suegro en la Argentina. Le escribí pidiéndole los pormenores, y la respuesta llegó hace un mes con unos detalles asombrosos. Como mi suegro es una persona sana, que nunca tuvo alucinaciones ni nada semejante, doy el mayor crédito a su relato. “Ocurrió en la primavera de 1966, cerca de las cuatro y media de la madrugada. Se hallaba cuidando unas vacas, cuando un vehículo circular, en forma de disco luminoso, que no hacía el menor ruido, se aproximó al lugar donde él estaba. Mi suegro levantó la lámpara que tenía en la mano cuando el objeto –de unos 13 metros de diámetro– se encontraba a unos 20 metros de distancia. En el momento en que levantó la mano con la lámpara el vehículo emitió un gas que se esparció sobre un círculo de unos 100 metros de diámetro. Mi suegro se cayó y el vehículo se alejó a gran velocidad. Cuenta también que vio unas ventanas y luz en el interior, pero ninguna persona. El hecho es que toda la vegetación que recibió la acción del gas se secó en dos días, y las vacas quedaron enfermas, tristes y como atontadas por unas dos semanas, pero ninguna de ellas murió. A mi suegro, la experiencia no le ocasionó sufrimiento alguno”. Debo agregar aquí que unos días después mi hijo, que tenía un detector de radiaciones Geiger-Muller, lo probó sobre el terreno y no pudo medir ninguna radiación gamma o beta. También le conté la historia del hombre que hacía detener a los autos en la ruta, y sobre mi renuncia como vicepresidente y Director de Investigaciones de la Sociedad. Él me había preguntado por el libro sobre Ted Serios. Además del interés general del tema, encontré una curiosa observación (páginas 270-271): cuando el “físico de Chicago” vio que la aguja de un contador de radiaciones osciló “bruscamente hasta su máximo punto de lectura en un rango”. En su respuesta al Dr. Eisenbud, el físico dijo que “hubo un malentendido respecto de una lectura. No encontré nada en el detector acerca de él”. Más adelante, el Dr. Eisenbud hizo
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algunos experimentos dentro de un contador de radiaciones de cuerpo entero y no detectó descargas de radiación. Yo pensaba que habría que repetir esos experimentos para tratar de descubrir si había rayos direccionales de algún tipo de energía. El siguiente tema de mi carta era Boscovich. “Estoy empezando a estudiar la vida y obra de Roger Joseph Boscovich. No sé si tienes conocimiento de este hombre. Vivió entre 1711 y 1787, y hay quienes lo consideran uno de los mayores genios que hayan vivido en esta Tierra. Todas las teorías modernas de la física están contenidas en su obra y algunos de los grandes físicos de este siglo le han rendido tributo. El Dr. J. Bergier, un químico nuclear que escribe para la revista francesa Planète, considera a Boscovich un mutante, un hombre cuyas ideas en todos los campos (como lo prueban sus trabajos) eran las de un supergenio, y cuyas ideas en el terreno de la física no han sido aún totalmente comprendidas y desarrolladas. Quizá lo sean en el próximo siglo. “Mi interés en estudiar sus obras es obvio: estoy buscando un enfoque nuevo para explicar los fenómenos psíquicos. Pero también su vida me interesa mucho. Al observar mi propia ‘producción’ de experiencias, noto que hay en ella un ciclo, que está relacionado con muchas variables, una de las cuales es la abstinencia sexual. Pero la abstinencia no es importante en los períodos en que no hay urgencias sexuales. Parece tener un efecto mayor cuando uno lucha y vence a los deseos sexuales. A ello le sigue un estado de relajación, pero de una relajación plena de energía que parece tener relación con algunos de los fenómenos psíquicos. (Observar la conducta sexual de Ted Serios. Me pregunto si se han hecho estas correlaciones entre la conducta sexual y las sesiones exitosas). Durante los últimos tres días obtuve algunos resultados impresionantes: tuve llamados telefónicos de personas con quienes quería hablar, dentro de las dos horas de concentración. Más aún, dos de ellos dijeron exactamente lo que yo quería que dijeran. Ahora bien, esto sucede solamente cuando hay un fuerte deseo y una buena causa de por medio”.
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El resto eran detalles de otros experimentos por realizar y el equipamiento que podría adquirir con los fondos que tenía disponibles. En la reunión de la Sociedad del 27 de junio se discutió de nuevo el caso del personaje que hacía detener a los autos en el camino. Después hablé sobre Gurdjieff y las escuelas dedicadas a la Obra. Esa noche comencé a leer el libro de Mary Hesse Forces and Fields, siempre en procura de hallar indicios para las acciones psi. El 30 de junio registré otros tres llamados que se dieron en el momento exacto en que yo estaba pensando en esas personas. Al día siguiente, tal vez con la confianza que me indujeron esas experiencias, me senté al escritorio y me concentré en Charlotte White y lo agradable que sería que me llamara para invitarme a cenar. Tenía un compromiso en San Francisco a las cuatro de la tarde; cenar a las seis combinaría perfectamente. A los pocos minutos me llamó para invitarme; sólo tenía que comprar por el camino una botella de vino. La cena fue excelente; Betty North había llamado diciendo que no podría asistir. Había un hombre de 67 años, Theodor Reich, que se movía con más agilidad que yo, y se interesaba en Gurdjieff y la escuela. Fuimos a su casa a buscar unos juguetes con magnetos, regresamos para hacer los experimentos y la conversación se prolongó hasta muy tarde. El domingo me sentía tranquilo; fui al campus después de tomar un té con galletitas y queso. Fumé un cigarrillo mientras leía, fui a la biblioteca a buscar más informaciones sobre Rol y Talamonti, pero no encontré nada. En cambio, hallé dos libros sobre Boscovich y los tomé prestados. Volví a casa al atardecer y estaba pensando en It Happened that Day, el manuscrito que le había pasado a Jean Muir, una escritora, antes de ir a cenar con los White, cuando ella me llamó para decirme que debería agregar una frase sobre mi suelo natal. Erich Hoffer fue un filósofo que vivió en la zona de la Bay Area. No era graduado, pero debido a la calidad de sus libros fue invitado a enseñar en Berkeley. Solía escribir para la revista California Living. He copiado más de un párrafo suyo que

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muestra su ingenio y su comprensión de la vida. Como muestra, he aquí un texto que leí el 3 de julio: “Tener un talento excepcional y la capacidad de verlo, es como tener un apetito enorme y la capacidad de gozarlo. En ambos casos hay una impaciencia con todo aquello que estorbe la libertad de movimiento, y la sensación de estar en el mundo como en una ostra”. Otro: “Cuando alguien nos hace un bien nuestro regocijo no se debe solamente al bien que recibimos. Sentimos por añadidura que estamos en el buen camino: que hemos elegido sabiamente estar donde estamos. Lo bueno que nos sucede lo vemos como un buen presagio”. Estuve tentado de agregar: Y cuántas veces esto es ilusorio. El bien que recibimos no es más que otra manera de usarnos. Si nos quejamos, nos dirán: “¡Pero si esto es lo que querías!”. Pero eso no es lo que queríamos, es lo que pudimos conseguir para comer y pagar las facturas. El 5 de julio cené en casa del Dr. Sutherland. Luego conversamos un rato largo. Él estaba preocupado por la advertencia que le había hecho Betty North, de que podría tener un accidente en Europa. Por suerte, nada de eso sucedió. Fui testigo de otras profecías más en la casa del Dr. Haley: un terremoto en Chile en septiembre, el último año de De Gaulle, accidente de LBJ en Texas, muerte de Eisenhower por neumonía y ataque cardíaco en noviembre, Castro derrocado a fin de año. Por cierto, ninguna de ellas se cumplió. Por esta época, el grupo de teatro que había presentado J. B. me ofreció dirigir The Firebugs, obra que yo había propuesto. Yo era el único que había visto la obra dos veces; me parecía que cuadraba bien con los tiempos que estábamos viviendo en Berkeley. La oferta era halagadora para mi ego, pero debí declinarla: hubiera sido una carga muy pesada para mi ya apretada agenda. No obstante, mi ritmo de lectura nunca decayó. En una visión retrospectiva, parece casi suicida leer tantos autores y temas diferentes, en una búsqueda
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desesperada de la verdad, queriendo ver indicios en todas partes. Comencé a leer Autobiography de Bertrand Russell; es asombroso lo liberales que eran sus padres para la época. También leí un capítulo de Man and Time, de J. B. Priestley, dedicado a las escuelas esotéricas, y ataqué The World of Ted Serios hasta que lo terminé. Tuve una reunión en lo de los White en San Francisco. Betty llegó a las ocho y cinco, a pesar de haber pinchado un neumático. Venía de una fiesta en celebración del día de la independencia argentina. Qué raro, ¿cómo es que nadie me invitó a esa fiesta? Tuvimos una sesión llena de pequeños incidentes, nada importante. Diez días después realizamos otra sesión en lo de los White. Esta vez con Betty y otra médium, “vieja, gorda y simpática, con una gran dosis de sentido común”, como escribí en mi diario, Y esta vez se movió la mesa, realmente se movió. Hubo mensajes y nombres, pero no creí que los nombres fuesen verdaderos. En mi viaje de vuelta me perdí dos veces hasta que encontré el Bay Bridge y lo crucé como alma en pena. Si sólo pudiéramos probar la existencia del alma, entonces podríamos ganar el dinero que James Kidd ofrecía para tal fin, como había leído en Life. Kidd, un buscador de oro, había destinado una suma considerable de dinero (casi un cuarto de millón de dólares) para “investigaciones o alguna prueba científica de un alma del cuerpo humano que lo abandona al morir…”. Lo pensaba, pero no se me ocurría ninguna idea nueva para probar la existencia del alma. Además, me imaginaba que iba a haber una gran lucha por obtener el dinero entre varias instituciones e investigadores de renombre. Estaba en lo cierto. (Para los detalles, ver John G. Fuller, The great soul trial. Toronto: The Macmillan Co., 1969). Un estudiante graduado, que me ayudaba en mis mediciones de la presión del oxígeno, era un seguidor de Meher Baba. Me presentó al sabio hindú y sus escritos. Había personas que iban a la India a visitar el lugar donde él vivía retirado del mundo, y sólo se comunicaba con sus discípulos señalando letras en un tablero. Había hecho voto de silencio que sólo rompería cuando estuviese preparado para elevar el
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nivel de conciencia de la humanidad, presumiblemente en el momento de su muerte. Los libros de Meher Baba son interesantes pero difíciles de interpretar, y ni qué decir de seguirlos. Este pasaje me dejó totalmente perplejo: “Dios no puede ser explicado, no se puede argumentar acerca de Él, no puede ser teorizado, ni discutido y comprendido. Dios sólo puede ser vivido… “La realidad debe ser comprendida y la divinidad de Dios debe ser alcanzada y vivida”. Si puedo vivir a Dios, soy Dios. Pero entonces estoy argumentando, discutiendo a Dios, lo que no puedo hacer. Parecía un círculo vicioso. Como todo el mundo sabe, había toda clase de gente en Berkeley en esa época. Llevaría un libro entero describir sólo a los que yo conocí, de modo que no lo haré aquí. Su común denominador era que el uno por ciento de ellos creía en los fenómenos psíquicos. La mayoría buscaba liberarse del “establishment”, de las reglas, las rutinas, la vestimenta, y muchos –al menos por un tiempo– dejaban de trabajar por un título. Un caso que conocí de cerca era el de un joven químico, casado con una linda chica, y con tres hijos. Yo no hubiera pensado nunca que un día este joven anunciaría que iba a dejar a su mujer y su empleo. Le pregunté qué iba a hacer, dijo “Nada”. Y en efecto, los dejó. Pocas semanas después lo vi en Telegraph Avenue, donde pasaba casi todo, vestido como un chico, tocando la guitarra sentado al borde de la vereda cerca de una gran librería. Pero no era un verdadero hombre liberado. Dos meses después su “experimento” había terminado y buscaba un empleo. Por cierto, ese experimento no favorecía su curriculum, así que era difícil que encontrara trabajo. No volví a verlo. Ahora, mi amigo David sí que era un hombre verdaderamente liberado. Era programador de computación y analista de sistemas. Trabajaba las horas suficientes para hacer lo que quería, ahorró dinero y viajó a España, donde aprendió el idioma bastante bien como para hablar conmigo incluso de temas difíciles. Era una buena compañía, muchas
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veces me proporcionó una bocanada de aire fresco cuando más lo necesitaba. Me visitó varias veces en mi casa de Kensington, generalmente con una de sus numerosas novias. Debía de tener notables dotes de persuasión, porque habitualmente eran chicas bonitas e inteligentes. Vivía solo, aunque una vez viajó a México en una camioneta que había preparado cuidadosamente para la ocasión. En el limitado espacio disponible tenía una cama confortable, kitchenette y hasta un pequeño baño. Una tarde que estábamos en el campus, sentados en el césped, reveló que había ganado tres mil dólares en la bolsa en sólo dos semanas. Había actuado con un dato que le dio un amigo y duplicó su dinero, así que ahora realmente estaba listo para comprar una casa flotante. “Tan pronto como me mude, tienes que venir a verla”. Y fui. La había convertido en un lugar bastante confortable. Era muy apacible la vida en el atracadero, pescar cuando quisiera y comer pescado fresco. Un día desapareció. No sé si vendió el barco y voló a Australia, Nueva Guinea, o donde su fantasía lo llevara. Decía haber escrito sus memorias, pero hasta ahora no he visto ningún libro escrito por él. David utilizaba su ESP (o intuición) en la vida cotidiana. Un sábado de julio, mientras estaba todavía en la cama, me llamó una señora que era escritora e hipnotista para preguntarme qué pensaba de un experimento con LSD. Le contesté entre bostezos que prefería estar lejos del LSD y sus posibles consecuencias. Apenas colgué, me llamó David para pedirme que fuera con él a juntar madera en el lado norte de la bahía. “¿Qué clase de madera?” le pregunté. “Ya verás –dijo– pasaré a buscarte dentro de media hora”. Vino en su VW, cruzamos el Bay Bridge, luego el Golden Gate, paramos en Sausalito donde compré una pipa y tabaco, que me había olvidado en casa. Seguimos hacia el norte hasta Jenner, un poco más al norte, en la boca del río Russian. Era ahí donde lo había llevado su intuición. Dio unas vueltas, recogió varios trozos de madera de formas extrañas. Pensaba limpiarlas, barnizarlas y transformarlas en piezas artísticas. Partimos de regreso a Berkeley alrededor de las ocho de la noche. En el camino me contó cómo utilizaba su intuición-ESP también para su trabajo. Afirmó que era así como funcionaba su inteligencia,
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pero insistió en que había ese “algo más” tan parecido a lo que yo le había descripto acerca de mis propias experiencias psíquicas. Creo que tenía razón, hay un punto en que uno no puede distinguir entre inspiración, intuición, conciencia expandida. No sabemos lo suficiente acerca de esos enigmáticos poderes de nuestra mente. Al día siguiente, domingo 23 de julio, me desperté con una energía increíble. Leí un ensayo biográfico sobre Boscovich; después de beber café con un trozo de torta tomé mi violín y toqué el concierto de Mendelssohn, Lalo, Bach y Paganini. Volví a leer, cené, miré televisión, leí un poco más, vi The Saint, leí a von Mises, y luego, ya acostado, PsychoPictography. El reloj daba la una y cuarto de la madrugada cuando apagué la luz. ¡Es asombrosa la cantidad de energía que se puede desplegar cuando uno se siente feliz! Mis actividades seguían a toda marcha; creo que ya le he dado al lector una idea clara de cómo era mi vida. Por razones de espacio, de aquí en adelante me ceñiré a lo relativo a temas psíquicos. En California Living pensamientos de Eric Hoffer: aparecieron estos agudos

“Una de las principales funciones de la religión es enmascarar la trivialidad y la falta de propósitos en la existencia del individuo. “Todo sustituto de la religión debe saber, entonces, infundir a la vida circunspección y sentido de finalidad. “Lo notable es que uno de los medios de fomentar la seriedad es promover la complejidad. Complicar la vida cotidiana con una multiplicidad de reglas en lo relativo a la alimentación, la etiqueta o la conducta es darle sentido y ponderación a todo nuestro quehacer”. Ni siquiera Nietzsche hubiera pintado mejor la elevación de la banalidad a rangos de relevancia en la vida de tantas personas, no sólo en los Estados Unidos, sino también en el resto del mundo. El 17 de agosto le escribí a J. B. Rhine, y le hice saber mis encuentros con los doctores Birge y Luis Álvarez.
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Nunca le conté a Rhine los detalles de mi conversación con Luis Álvarez. Tuve que esperar largo tiempo hasta que un amigo común convenció a Álvarez de que hablara conmigo. Fui a su amplia oficina en otro edificio; me estaba esperando. Se había preparado para mostrarme cómo se hacían los experimentos de ESP con naipes. Abrió el cajón superior de un escritorio, sacó un mazo de cartas de póquer y dijo: – Ahora, Feola, usted va a adivinar el palo de estas cartas de póquer y va a acertar el 100% todo el tiempo. No me permitió tocar las cartas. – Usted solamente lo dice, y yo las iré colocando en cuatro pilas. Lo hicimos, y por supuesto acerté el 100% de las cartas. Él sonrió triunfante. – Entonces, doctor Álvarez –pregunté– ¿me está diciendo que es así como J. B. Rhine y los demás realizan los experimentos de ESP con naipes? – Bueno –contestó–, no exactamente así, pero de una manera equivalente. – Usted me toma el pelo –dije con sarcasmo–. Las barajas no se manipulan como usted lo hizo. Usted las preparó así para hacerme una broma. Cuando se usan las cartas de ESP, hay otra persona que las mezcla cuidadosamente, el sujeto está detrás de una pantalla, hay uno o más observadores independientes, etcétera. De hecho, en los experimentos de clarividencia las cartas se colocan en sobres opacos y luego se mezclan, de modo que nadie sabe qué carta hay en cada sobre. – Pero, Feola –replicó–, lo que pasa es que usted no ve la trampa, o la falla en el diseño, pero siempre hay fallas. ¿No leyó el libro de Hansel? [Se refería al libro de C. E. M. Hansel, ESP: A scientific evaluation. New York: Scribner's, 1966]. – Sí, lo leí. – ¿Entonces? – Creo que en algunas cosas Hansel tiene razón, pero eso no invalida el grueso de las evidencias. – Sí, lo invalida, porque tenemos derecho a dudar de todo.

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Seguimos discutiendo durante casi una hora. Por fin preguntó: – Dígame ¿cuál es para usted el mejor experimento de ESP? Le respondí: – Creo que los experimentos de Gertrude Schmeidler de ovejas y cabras es uno de los mejores. – Ah ¿sí? Cuénteme cómo los hicieron. Le conté. Luego dijo: – ¿Y usted cree que no había posibilidad de filtrar información porque estaban a tres habitaciones de distancia? – No creo que sea posible –contesté. – Usted se sorprendería – agregó–. Mire, Feola, mejor que se concentre en sus experimentos con los iones pesados, no malgaste su talento en esas tonterías de experimentos de ESP. Y eso fue todo. Hasta el día de hoy lamento no haber hecho una apuesta con él. Yo le había predicho que iba a ganar el Premio Nobel. En el laboratorio muchos decían que no era posible porque había trabajado en proyectos bélicos, pero yo sostenía que su trabajo era suficientemente importante como para que lo ganara. Si él hubiera aceptado mi no formulado desafío por, digamos, la mitad del dinero, realmente lo hubiera derrotado. Hasta el día de hoy no termino de entender por qué Álvarez era tan francamente adverso a Rhine y la parapsicología. Debo suponer, dada su inteligencia y antecedentes, que creía estar luchando contra una fuerza dañina; que era fácil deshacerse de gitanos, lectores de Tarot y otros estafadores, pero si la parapsicología llegara a ser aceptada como ciencia, entonces la avalancha de embusteros inescrupulosos sería imparable. Si hubiera formulado sus objeciones de esta manera, yo hubiera estado de acuerdo con él. Porque de alguna manera es lo que ocurrió. El público está tan confundido que todo parece igualmente válido, y la “industria psíquica” recauda miles de millones de dólares de ganancias.
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Pero Rhine no tiene nada que ver con esto. Ni tampoco los parapsicólogos que le siguieron. El diseño de los experimentos en parapsicología es hoy tan bueno como en cualquiera de las ciencias duras. Lo que hace falta es mayor educación del público para que la gente pueda descubrir el fraude y el engaño. Sin embargo, como veremos más adelante, hubo casos en que los parapsicólogos no supieron detectar fallas intrínsecas en algunos diseños. Y, sí, hubo casos de fraude y engaño, inclusive en el laboratorio del Dr. Rhine. Volviendo a mi historia. El 7 de agosto, mi viejo amigo Miro Chronoviat (de los tiempos de Rochester), que estaba entonces a cargo de un pequeño ciclotrón en la UCLA, me llamó para decirme que necesitaba un buen físico sanitario, y si me interesaba. Otra persona también me habló. Dije que solamente una oferta realmente buena me tentaría a volver a la física sanitaria. Miro dijo que me volverían a llamar. Mi vida social mejoraba día a día. Mis amigos y amigas no dejaban que me aburriera. El viernes 11 de agosto fui con Bernie a ver una muestra de unos cincuenta originales de Mark Tobey. ¡Qué fiesta! Había unos cuantos que me parecieron excelentes en lo que yo llamaba la “escala cosmológica” de la que Tobey era uno de los pocos maestros. Esa misma noche cené en casa de los McQuilling. Su hijo mayor acababa de volver de Japón, adonde había ido en visita mística. Nos dio sus opiniones y descubrimientos. Continuábamos trabajando intensamente en la primera parte de este libro. A veces resultaba difícil traducir mis notas del español. El 16 de agosto escribí a Chet en respuesta a su carta del 6 de julio. Él y su esposa Dorris querían saber acerca de algunas cosas en las que yo me estaba ocupando. “La experiencia del OVNI que tuvo lugar en la chacra de mi suegro no se dio a conocer, porque es un hombre sumamente reservado. Otros hechos ocurridos en la Argentina sí fueron informados, y el de la Base Antártica es particularmente interesante para mí; yo planeé un experimento para probar el efecto de la distancia con uno de los miembros
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del equipo (1965) que me habló de la eficiencia técnica del Tte. Perice, quien relató la experiencia del OVNI. Dijo que las perturbaciones en el campo electromagnético no son explicables por causas naturales. “Una experiencia reciente con un buque argentino me parece bastante interesante. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué, si los OVNIs supuestamente venían del espacio exterior conducidos por seres que conocían el manejo de otras formas de energía, nunca utilizaron el mar como medio ambiente, como escondite o como lugar de investigación. Ocurrió que el capitán y el primer oficial de esa nave vieron un objeto, en forma de cigarro, de unos 30 metros de largo y unos cuatro metros y medio de ancho, que los siguió a unos 15 metros de profundidad durante unos quince minutos. Pudieron verlo debido a la fosforescencia peculiar que emitía. Después de quince minutos, el objeto se aproximó a la nave por uno de los costados, fue por debajo hasta el otro lado y desapareció a gran velocidad. El capitán tiene 45 años y hace veinte que navega. “Con respecto a la ionización del aire debo decirte que tengo algunos de los trabajos publicados por el profesor (emérito) A. P. Krueger, de los cuales sólo he leído uno. El trabajo que han hecho es bastante interesante, y arranca desde 1956. Se limita a los efectos de la alta movilidad, iones livianos sobre células y tejidos. Uno de sus estudios trata sobre los cambios inducidos por los iones del aire en el funcionamiento de la tráquea de los conejos. Las conclusiones son: Los iones positivos causaron: una reducción en la fluctuación ciliar; una disminución del flujo de mucus; contractura de la pared posterior de la tráquea; secado de la superficie epitelial; aumento de la susceptibilidad de las cilias al trauma. Los iones negativos: elevaron la tasa de fluctuación ciliar; aceleraron el flujo de mucus; invirtieron los efectos de los iones positivos sobre la fluctuación ciliar, el flujo de mucus y la contractura de la pared traqueal. “Sobre los fenómenos de Ted Serios: Mi teoría es que puede haber rayos gamma como subproducto, no que los
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rayos gamma afectaran la película. Tienes razón en que se necesitaría una dosis tremenda para producir una imagen y, en efecto, hice algunos experimentos sobre el tema en Buenos Aires. Pero mi teoría es bastante escabrosa, y estoy buscando la manera de presentarla sin perturbar demasiado las mentes de los científicos dogmáticos”. Le di detalles de la situación financiera y pedí su aprobación para destinar algún dinero a asistir en septiembre a la reunión de la Parapsychological Association en Nueva York, que combinaría con la invitación que tenía para visitar el laboratorio del Dr. Richman en Dallas. Luego continuaba: “Por haber interrumpido esta carta, puedo decirte ahora que anoche (martes) la Sociedad tuvo como orador invitado a David “Daddy” Bray. Es el único sacerdote Kahuna reconocido de la religión Huna. Su charla fue muy interesante. Al final le pedí que nos hiciera oír el cántico del cual nos había explicado antes en inglés el significado de las palabras. Fue maravilloso. La manera en que proyecta la voz es asombrosa. Te hace sentir que todo tu cuerpo vibra junto con el suyo. Después de la reunión los llevé a él y a su hija a San Francisco, y tuve oportunidad de conversar con él. Su consejo es antiguo y sencillo, pero difícil de seguir: sinceridad, honestidad; aprender a pedir, a orar; tener cuidado de no equivocarse de conmutador; mirar siempre dentro de uno porque todo está ahí”. El sábado 19 de agosto fui con Kathy a visitar el famoso distrito Haight-Ashbury. Yo nunca había estado ahí, pero Kathy sí, y conocía a algunas personas. No vi nada que pudiera ser de interés práctico. Es posible que como manera de vivir tuviera algún interés, pero me pareció que era casi lo mismo que otros productos decadentes del pasado. Y además, parecía que en ninguna de esas personas hubiera un propósito. Nos encontramos con una pareja conocida de Kathy. Él había salido de prisión justo la noche anterior, y ambos se lamentaban de no tener dinero, primero para comprar drogas, y segundo, para pagar el alquiler. Encontré un solo joven inteligente con quien pude mantener una conversación. El resto, creo que no tenían nada que ofrecer.

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Había un pequeño lugar de meditación. Me pareció que era bastante artificial, una imitación: velas, incienso, alfombras, dejar los zapatos afuera, pero no el verdadero ambiente propicio para alcanzar profundidad en la meditación. Hubo una charla sobre Meher Baba. No agregó mucho a lo que yo ya sabía. Pregunté sobre su silencio. Nadie parecía saberlo. Decir que era para acumular energía, a mi entender no tenía mucho sentido. Si estaba en contacto con fuerzas cósmicas, podía obtenerla sin esfuerzo. Tenía más sentido decir que ya todo estaba dicho. O como citó alguien: “Si no puedo transmitir con mi silencio, ¿qué puedo agregar hablando?”. Continuamos trabajando con Kathy en los primeros capítulos de este libro. A veces tenía ganas de quemar todo y dejar que la gente leyera ciencia ficción. Así es como me siento ahora muchas veces. Después de todo, cualquier película que fantasee sobre la ESP, los poltergeists, la PK, tiene asombrosos efectos especiales que algunas personas creen reales. Para no hablar de los fantasmas. Entonces, ¿para qué tomarse todo este trabajo? ¿Seré siquiera reconocido por algunos como un buen testigo? ¿Reconocerán que mis experiencias personales y mis sorprendentes experimentos son reales? Le di un vistazo al libro del obispo Pike If This be Heresy. Tiene todo un capítulo dedicado a la ESP, la PK, etc. Dice que hay suficientes evidencias, aparte de los motivos religiosos, para sostener la creencia en la vida después de la muerte. Fui a una lectura de The Fireraisers; al menos mis ideas tenían asidero. Supe que el único discípulo viviente de Gurdjieff iba a venir a Berkeley, y que me invitarían. El sábado 26 tiré el I Ching. Saqué el N° 2516, La Inocencia (Lo Inesperado). Inocencia. Éxito supremo.
Del I Ching en castellano, según la versión de Judica Cordiglia, Trad. del italiano Celia Filipetto, Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1985: N° 25 Sinceridad: no falso, no culpable. Orígenes felices (afortunadas serán las cosas que se emprendan y las ya emprendidas). Prosperidad y ventajas. Desafortunado aquello que no es justo. No es útil tener un lugar adonde dirigirse. N. de la T.
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La perseverancia hace avanzar. Si alguien no es como debe ser, Es desafortunado Y no le hace avanzar Ninguna cosa que emprenda Esto no me satisfizo, por esa frase ambigua y equívoca “como debe ser”. Entonces si uno es desafortunado es porque no fue como debía ser. Mientras cenábamos en lo de los McQuilling, vino su yerno con un número de la revista Photography que incluía dos artículos críticos sobre los experimentos de Eisenbud con Ted Serios, y cómo pudo Eisenbud haber hecho trampa. Yo no creo que las fotos obtenidas tuvieran la calidad de las de Serios, y tampoco que hubiera sido fácil (en caso de ser posible) introducir algún mecanismo, por más pequeño que fuera, para producir esos efectos, mucho menos para producir fotos de lugares bien conocidos. Leí un manuscrito de Richard Sutherland sobre la depresión. Decía que la depresión tiene un solo origen: la culpa. Era interesante, me hizo pensar un rato. Sin duda, al menos parcialmente es verdad. Durante los dos últimos meses nuestros experimentos con el SC 88” nos causaron muchas preocupaciones, pero persistíamos, porque necesitábamos comparar los efectos del Bragg peak así como el plateau con los del ciclotrón 188” con un Bragg peak mucho más amplio. Mis ayudantes estaban de vacaciones; cuando volvió Henriette se fue Alice. Pronto llegaría mi turno, con el viaje a Nueva York y Dallas y luego, en noviembre, a la Argentina. Convine con Dorris y Chet que estaría en Nueva York unos días antes de la reunión para verme con ellos, y ellos se quedarían allí un poco más para encontrarse conmigo. AHORA LAS COSAS EMPEZARON A SUCEDER. Pocos días antes de partir de Berkeley, en momentos en que estaba sentado a mi mesa y contemplaba el Golden Gate, tuve la terrible intuición que algo le iba a suceder a mi madre en La Plata mientras yo estaba lejos. Tenía la sensación de que ella
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estaba inconsciente, gravemente enferma. No la veía muerta, pero la sensación era igualmente ominosa. En la mañana del sábado 2 de septiembre, día de la partida, le escribí a Olga una larga carta. Le conté de mi intuición y le di detalles completos de dónde iba a estar, con todos los números de teléfono para que pudieran localizarme. Despaché la carta, llené el tanque de mi coche y lo dejé estacionado en la calle frente al departamento de Bernie. Él lo cuidaría hasta mi regreso. Los McQuilling me llevaron en su auto al aeropuerto. Me despedí de Carol y Don, de Kathy y de su hijito Brian. Partí de San Francisco a las 22:45. No dormí mucho en el avión. Vi “The Flim-flam Man” con George C. Scott, leí If this be heresy. Llegamos con una hora de retraso, después de haber tomado café y fruta. No había hecho reserva, así que fui directamente al Embassy, nuestro viejo hotel. No tenían habitación. Me vino a la memoria el recuerdo de Miguel Ángel con su traje blanco de primera comunión, y de Olga con su abrigo rojo y sombrero blanco, así como el de nuestra amiga Blanche LeBau. Caminé hasta el Nevada, estaba completo. Después de mucho andar encontré una habitación barata en el hotel Stratford Arms, 26,45 dólares la noche. Tenía baño privado con una canilla que goteaba; oía a una señora hablando por teléfono en el cuarto contiguo, y la campanilla arriba sonaba como si estuviera en mi habitación. Nueva York me pareció bastante fea y sucia, comparada con lo que era en 1961. Busqué a Blanche, pero se había mudado. Entré en un bar, comí un sandwich y tomé una cerveza. Mientras conversaba con un español, profesor de literatura en Pittsburgh, vi a Blanche LeBau reflejada en el gran espejo de la pared. Corrí tras ella; tuvo dificultad en reconocerme, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pagué mi consumición y fui a su estudio. Tenía un alumno negro esperándola. El domingo era el día más conveniente para él porque trabajaba mucho durante la semana. Tenía una agradable voz de barítono, cantó “I left my heart in San Francisco” en mi honor. Luego me fui. Leí el New York Times en el Parque, con el recuerdo de Miguel Ángel patinando peligrosamente por allí. Cuando volví al hotel, me llamó Dorris. Fui a su hotel, que estaba en el centro, frente al Central Park.
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Al entrar en su habitación, vi que de pronto se daba vuelta con cara de miedo. Le pregunté qué pasaba. Me dijo: “¿No viste esa sombra que anda entre nosotros?”. Yo había visto algo, pero no claramente. Sin embargo, en cuanto me lo dijo, tuve la sensación de la muerte. No le dije nada. Estuvimos conversando durante casi cuatro horas, con la cena que nos habíamos hecho traer a la habitación. Volví a mi hotel caminando por el Lincoln Center. ¡Qué cambiado estaba desde mis tiempos en ese barrio! A eso de las dos de la madrugada, oí girar una llave en mi cerradura y la puerta se abrió. Pregunté “¿Quién es?”. Una voz de mujer contestó “¡Oh!, disculpe” y cerró la puerta. Salí a caminar después de darme una ducha, que me pareció venir del cielo de tan alta que estaba. Tomé café y leí al obispo Pike y a C. Daly King. Me parecía haber encontrado la clave de todos los fenómenos psi, pero debía darme tiempo para desarrollar esas ideas. Esperaba el llamado de Chet para ir a visitarlos. Fui a su hotel antes de las cinco de la tarde. Charlamos hasta las diez y media de la noche, con un sandwich de pavo, helado y duraznos, que nos sirvieron en la habitación. Consideramos varias posibilidades para el futuro. Chet no creía que ninguno de los parapsicólogos en actividad pudiera llegar muy lejos con los métodos actuales. En eso estuvimos de acuerdo. Tanto Dorris como Chet habían leído It happened that day y les gustó, pero nunca lo publiqué. Ellos creían que tenía que publicar SCIENTIST AND PSYCHIC aunque significara el suicidio científico. Yo traía un paquete para ser entregado a una pareja que vivía en Greenwich Village, y debía hacerlo tarde, porque ellos tenían horarios de trabajo fuera de lo habitual. Llegué alrededor de las once de la noche. Tuvimos una larga conversación. Jack estaba vinculado al teatro, así que me resultó natural hablarles de la obra que estaba escribiendo, The Factory. Se entusiasmaron mucho con el argumento y las ideas, y me pidieron que les enviara el primer borrador. Pero me llevó demasiado tiempo hacerlo, más de veinte años. Dediqué el martes a asuntos oficiales, hasta la hora de cenar. Compré una torta para el postre, y cené con Blanche,
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quien cocinó para mí. Después tocó el piano y yo canté canciones en italiano y tangos, y conversamos. Al salir, me fui a caminar. Busqué en la guía telefónica a un Carlos Diz y lo llamé. Había sido mi mano derecha en la Argentina en nuestro proyecto sobre física sanitaria, y me dijo que ahora era ingeniero nuclear; quedamos en encontrarnos al día siguiente. Cuando volví a mi habitación, encontré la cerradura bloqueada. Fui a ver al gerente, y supe que alguien había tratado de entrar en mi habitación y estaba preso. Eso era bueno. El miércoles me levanté temprano y fui a la Calle 14. En una librería encontré The everything and the nothing, de Meher Baba, y en otra, La lógica de la investigación científica, de Karl Popper. Me compré una camisa y fui a Wall Street a encontrarme con Carlos. Me mostró las instalaciones de la empresa para la que trabajaba, y luego fuimos a almorzar. Estaba muy gordo y fumaba cigarrillos uno tras otro. Su respiración era pesada y acompañada de un ligero silbido. Le dije que era mejor que adelgazara y dejara de fumar, de lo contrario moriría joven. Comí unos ravioles exquisitos y hablamos de los viejos tiempos en Buenos Aires. Insistió en pagar él. Caminé hasta Trinity Church, visité la tumba del capitán James Lawrence, el monumento a Watt, la tumba de Hamilton. En Times Square tomé un helado, compré La Prensa de Buenos Aires, y presencié un espectáculo sobre la Estación Lunar. ¿Ya, colonizando? Volví al hotel y seguí con Bishop Pike. Extrañaba mis actividades en Berkeley. Tomé otra ducha y fui al Lincoln Center a ver El soldado desconocido y su esposa, de Peter Ustinov. Estuvo bien. El jueves comenzó la reunión de la Parapsychological Association. Caminé hasta la Plaza Barbizon y pronto comencé a encontrar viejos amigos y conocidos: Pratt, Sara Feather (la hija de J. B. Rhine), Dorothy Pope, Bob Morris y su esposa Joanna, John Freeman, Karlis Osis. Encontré a Carroll Nash y su esposa, a Charles Tart, y tuvimos una larga conversación con Dommeyer. Comí un pancho en el parque, y estuve con Bill Roll. Quedamos en hablar con Osis al día siguiente. Después de cenar, fui a ver el laboratorio de Cleve Backster. Ahí me
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encontré con Cox, Guthrie, Zink y Dommeyer; todos creíamos que algo andaba mal en los experimentos de Backster. Yo no podía entender cómo esa planta de rododendro era sensible a la transmisión telepática del calor y no reaccionaba a un fósforo encendido a su lado. El paper de Backster había sido agregado al final de una sección por la mañana; era tan desagradablemente anticientífico que salté de mi silla en busca de la organizadora del programa, que era Gertrude Schmeidler. Venía caminando hacia mí con Douglas Dean, el presidente la P.A. Yo pregunté: “¿Qué está haciendo aquí ese tipo?”. Me dieron unas explicaciones nada satisfactorias, como “Bueno, tiene su propio laboratorio, usa su propio dinero…”. Dije “Esto es pura charla, no hay una pizca de verdad en esos experimentos. Alguien tendría que haber visitado el laboratorio y verificar que todo estuviera en orden antes de permitir al señor Backster presentar esta historia”. Corrí al Radio City a ver si podía distraerme un poco; la película era mediocre. El viernes a la mañana salí temprano y atravesé el Central Park para ver a Karlis Osis; desayunamos juntos. Me sugirió hacer experimentos bien controlados y publicarlos. Él podría ayudarme de alguna otra manera si yo estaba dispuesto a dar el salto. Pero en vista de lo que había observado durante la reunión, tenía mis dudas. Cada día se me hacía más claro que las respuestas deberían venir de la biofísica, ya sea a nivel molecular o al nivel del sistema nervioso. Fui al banquete a la noche; me perdí el informe del Dr. Osis porque se había adelantado y era breve. Nada nuevo sobre los poltergeist de Miami. Houston Clark pensaba como yo en lo referente al grado de doctor. O peor aún. Por Dorothy Pope supe que Cynthia se había divorciado. Fui a lavar la ropa, leí la teoría de Bill Roll (The Psi Field. Proceedings of the Parapsychological Association, Number 1, 1957-1964, pp.3265). Pensé que era demasiado general para ser útil en ese momento. Hablando con la Hermana J. Smith pensé que estaba más centrada que muchos parapsicólogos. El discurso de D. Dean fue bueno; resultó reconfortante escuchar una grabación de Albert Einstein.
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SÁBADO 9 DE SEPTIEMBRE DE 1967. Fue un día crucial en mi vida. Me levanté temprano, tomé un café con dos donas, leí rápidamente el diario y fui a la Calle 14 a comprar unos blue jeans para Miguel Ángel. Los negocios estaban cerrados. Caía una fina llovizna, tenía frío y me sentía débil. Me senté en un banco debajo de un árbol, tenía que esperar hasta las diez, cuando abrían los negocios. Tenía ganas de llorar todo el tiempo, no entendía qué me estaba pasando. En la tienda no tenían pantalones Lee. Fui a varios negocios, luego a Macy. No pude encontrar lo que buscaba, entonces fui al Barbizon. Me equivoqué de estación, compré un par de cigarros y caminé mientras fumaba. Llegué a tiempo para escuchar un paper sobre sueños y ESP y la consiguiente discusión. Hablé con varias personas, pero más en profundidad con Bob Morris. Fuimos a comer algo con él y Joanne, Charles Honorton y otros. Nos despedimos. Comencé a caminar con una gran tristeza en el corazón. Me detuve en el Lincoln Center para sacar una entrada para la noche. Ya no quedaban. Cuando me iba, el empleado de la ventanilla me llamó: “Señor, hay una función ahora, y tenemos entradas si quiere quedarse”. “¡Claro que quiero!”. El espectáculo era South Pacific, “el musical número uno de todos los tiempos”. La primera canción, a pocos minutos del comienzo, me hizo llorar. No podía entender por qué. Me estaré poniendo viejo, pensé. Había varios asientos vacíos a mi derecha, en el primer palco. Mirando de reojo, me pareció ver a mi madre ahí sentada, vestida como la última vez que la vi en 1965. Una vez más, bloqueé lo que debió haber sido claro para mí. Volví al espectáculo, que era excelente, con el mismo ánimo: las lágrimas corrían por mis mejillas de tanto en tanto. Al terminar, tenía fiebre, fui al hotel y me recosté un rato. Tomé dos aspirinas y fui al Rincón Argentino, un restaurante donde servían comida argentina. Comí una milanesa con papas fritas, ensalada, cerveza. Luego, flan con dulce de leche17 y un café, tal como si hubiera estado en Buenos Aires. Sin embargo, ni siquiera esta cena maravillosa me levantó el ánimo. Caminé hasta el hotel, de paso compré el New York Times. Tiré casi la
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En castellano en el original. N. de la T.

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mitad de él, preparé mi maleta, leí un poco en la cama y me dormí. El domingo me levanté temprano, fui al aeropuerto y tuve que esperar un largo rato. No me importó porque estaba leyendo un libro que Blanche me había dado: Strange powers of unusual people (Brant House, Editor. New York: Ace Books, 1963). El primer capítulo, The monk who could fly at will, era un estudio magistral de las hazañas de San José de Copertino, cuyas levitaciones son las mejores que se conocen. Pero también mostraba otros fenómenos, como leer el pensamiento de las personas que se confesaban con él, curar a los enfermos, multiplicar milagrosamente los alimentos, encontrar objetos perdidos, e incluso se le atribuía el poder de bilocación. No recordaba que cuando tomó los hábitos se puso el nombre de Fray José María, que es mi nombre. Mientras seguía esperando, leí también el segundo artículo sobre Edgar Cayce por Gina Cerminara, y ya en el avión, el tercer capítulo sobre Crime busters with a sixth sense por Jess Stearn. Este último trataba sobre todo de Peter Hurkos, pero también de los casos de Jean Dixon, Croiset y otros. Llegamos a Dallas después de un almuerzo excelente. Debo decir que todos mis viajes a Dallas por invitación de Chaim Richman fueron verdaderamente de primera clase. Por instrucciones de su administrador, alquilé un Impala y fui directamente al Country Club Inn, un hermoso motel con una pileta de natación no lejos de mi cuarto. Escribí una carta a Miguel Ángel, fui al centro a comer y allí conocí a dos chicas mejicanas. Estaban tan aburridas después de un solo día, que ya habían reservado pasajes para volver. El lunes desayuné en el comedor, tomé mi coche y me fui a toda velocidad al centro de estudios avanzados. Iba tan rápido que me pasé, pero di la vuelta y llegué a tiempo. Hablé con el administrador, luego llegó Chaim. Comenzamos nuestras conversaciones, consideramos diversas alternativas, y continuamos después del almuerzo. También se consideró un plan para mi doctorado. No era largo, pero sí algo pesado.
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Fui a cenar a la casa de Richman. Su esposa Betty había preparado unos platos exquisitos. Apenas comenzamos a comer sonó el teléfono. Un llamado de Buenos Aires para mí: era Olga. Supe de qué se trataba y le dije: “Murió mamá, ¿verdad?”. Mi madre había tenido un ataque el sábado, a la hora en que yo estaba sentado esperando que abrieran los negocios. Murió dos o tres horas después, y fue seguramente cuando yo sentí su presencia en el Lincoln Center. Mi tristeza aquel sábado y las lágrimas que acudían a mis ojos tenían una explicación, pero mi mente consciente no quería saberlo, o en mi mente subconsciente una barrera impedía que la información aflorara a la superficie. De todos modos, yo había visto llegar la desgracia. Quizás mi esperanza de volver a verla viva me había mantenido a oscuras ese día. Ya tenía dispuesto viajar a la Argentina en noviembre. Terminamos de comer en silencio, luego Chaim me sacó a dar una vuelta, y así pude llorar libremente bajo las estrellas. Chaim era un hombre muy comprensivo. Cuando me calmé volvimos a la casa. Volví a mi hotel, y me puse a escribir en mi diario sobre mi curiosa vida. Una alta cuota de sangre, sudor y lágrimas, y unos pocos momentos de felicidad. Escribí una carta a mi padre, que en ese tiempo no tenía teléfono. Imaginé que debía sentirse muy solo. Me desperté gris, como el día. Me encontré con Richman y su hija Cathy, tomamos café. Pasamos un rato hablando sobre el equipamiento. Luego llamé al doctor James Belli, que había trabajado mucho con los tumores ascites en ratas, y fui a visitar su laboratorio. Era amable y servicial, me mostró todo y comentamos un poco su trabajo. En mi regreso al hotel, vi cuatro accidentes en menos de diez kilómetros. Y eso, después de haberme pasado otra vez de mi camino y haber ido a parar al lago. Supongo que manejaba demasiado rápido. Yendo más tarde a lo de Richman volví a hacer lo mismo, seguí hasta donde se terminaba el mapa y tuve que dar la vuelta y volver atrás. Era un poco tarde, pero estaban charlando con una pareja a quien habían invitado a cenar. Esta vez salimos a comer afuera y regresamos a la casa para tomar café y conversar.
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Al día siguiente me sentí flojo todo el día, pero traté de hacer algún trabajo útil para Chaim. Comimos en su casa comida china. Cathy era una chica increíble, bonita e inteligente. Estaba escribiendo un ensayo sobre algunos artistas británicos. De vuelta en el hotel, no pude trabajar como había planeado. El jueves trabajé un poco más y hablé con otros científicos en el centro. Llovió todo el día. Cené en mi hotel comida mejicana, que da saciedad. Trabajé en The Factory, especialmente el movimiento y la combinación de las escenas. En este punto, había planeado un juego complicado por el cual los cinco personajes se encontraban con los demás personajes en situaciones particulares sólo una vez en toda la obra. Por ejemplo, todos tenían un monólogo, se encontraban con los demás en grupos de dos, tres, cuatro, y en una sola escena.los cinco juntos. Esto resultó ser demasiado difícil para un escritor aficionado como yo y desistí de hacerlo. Pero el ejercicio me sirvió. El viernes llegó carta de Olga con más detalles de aquel memorable sábado 9. Trabajé con el microscopio todo el día y almorcé en el cercano restaurante Plano. Llovió todo el día. Llamé a Berkeley, hablé con Henriette. Volví al hotel, le escribí a Olga, salí a buscar dónde comer pollo. Encontré un lugar decorado estilo Kentucky, excelente. Dos de las chicas vinieron a preguntarme si sus piernas eran flacas o gordas. Las dos parecían estrellas de cine. Volví al hotel, vi un poco de TV. Me acosté y apagué la luz a eso de las doce menos cuarto. ENTONCES SUCEDIÓ. Oí un ruido como de una lata golpeada con una piedra, casi como una explosión. Era la lata vacía de Coca Cola que yo había puesto en el pequeño cesto de residuos junto al escritorio. Prendí la luz y fui a ver. Estaba en la misma posición, en el centro del recipiente de residuos. Yo me había puesto de acuerdo con mi madre en que el primero de los dos que partiera trataría de dar una señal al que permaneciera con vida. Este suceso extraño podría haber sido su señal. Volví a la cama, apagué la luz y me quedé semisentado en la oscuridad. Hubo una serie de ruiditos alrededor de mi cabeza pero en la pared. Pregunté varias
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veces “si podés golpear tres veces podremos comunicarnos”, pero no obtuve respuesta. Según lo que había leído, y nuestras experiencias en La Plata, después de la muerte sobreviene un período de confusión que dura aproximadamente una semana. El sábado emprendí el regreso a Berkeley. Devolví el coche y pagué. Tenía algo para comer, así que esperé en el aeropuerto y leí mi libro sobre poderes extraños. Iba caminando cuando me encontré con una doctora amiga, quien esperaba a su hermano. Como tenía tiempo la acompañé hasta que llegó el hermano de Chicago. Era un tipo fantástico; su negocio era comprar y vender naranjas. Por fin se hizo la hora de salida de mi avión. Bernie y su novia me estaban esperando en mi coche. Los llevé a su casa y paré en lo de los McQuilling. Toda la familia me esperaba con café y cheese cake. Fui de compras, luego a casa, donde encontré un telegrama que mi padre me había enviado después del deceso de mi madre. Me acosté a las tres de la madrugada, por suerte era domingo. Después de la cena, fui con los McQuilling a San Francisco a escuchar a Florence Becker. Hizo algunas experiencias de psicometría que fueron interesantes, especialmente si eran reales como ella decía. Yo no podía aceptar la idea de que estamos rodeados de espíritus, amistosos y hostiles, espiándonos y tratando ya sea de ayudarnos o de causarnos trastornos. Sin duda debe haber otra clase de leyes. Reanudé mis actividades el lunes, y los estantes de mi biblioteca ganaron tres libros más: Embodiments of Mind de W. S. McCulloch, Psychic science and survival de Carrington y Beyond the reach of sense de R. Heywood. Cené, me sentía cansado. Vinieron Kathy y Brian. El niño me causó gracia: dijo que tenía cuatro besos para mí. El martes retomé mis obligaciones más pesadas. Almorcé con el Dr. C. Tobias, quien quería que yo hablara en una reunión.
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Después del trabajo fui a la casa del Dr. Lawrence, primero para cenar, y luego para tratar de resolver los problemas de Jimmy con español y matemáticas. De vuelta en casa, tratamos de trabajar un poco más con Kathy. Y luego, tuve que continuar con mis tareas para FWS. Estuve leyendo God Speaks de Meher Baba, que Bernie me había prestado. Tuve una experiencia curiosa: vi mentalmente la cara de Meher Baba, serio, y percibí la frase “tú vendrás a mí”. Supe más tarde que era la frase favorita de Baba. La idea de “desarrollo forzoso” me inspiraba serias objeciones. Me parecía que entonces no teníamos libertad. Si uno deseara volverse nada, no podría hacerlo. Y después, estaba la pregunta de Nietzsche: ¿por qué un Dios de amor? ¿Por qué no un demiurgo, un demiurgo artístico como parecería demostrarlo lo que vemos en este mundo? El domingo 1° de octubre fui a San Marcos a escuchar el sermón del obispo Pike. Era un pastiche para explicar sus experiencias y conversaciones con su hijo, que se suicidó en febrero. Me quedé para la discusión. La misma cosa. Me era difícil entender por qué todo el significado de la Cristiandad estaba basado en la Resurrección. No lo podía hablar con Pike, pero esa tarde hablé con Eleanor, la propietaria de mi casa, que lo conocía desde hacía años. Ella pensaba que Jim estaba perdido y confuso. Un pensamiento: no basta ser bueno, hay que aprender a sufrir en silencio. El día 4 hubo una reunión en el Teatro Griego. Pensé que el Sargento Shriver era tan bueno que debería ser Presidente. Recién el 7 de octubre le escribí a Chet una larga carta. “Después de que te fuiste de Nueva York asistí a la reunión de la PA. No te perdiste nada importante. La sesión de resúmenes de investigaciones mostró muy claramente, al menos para mí, que la falta de una teoría hace que todo el trabajo experimental sea un mero accionar en la oscuridad. Tengo que decirte que decidí mi actitud hacia los parapsicólogos mientras viajaba en el avión. Si ellos querían mostrar que están haciendo una tarea científica, entonces iba a criticar su trabajo en el terreno científico. Y así lo hice. Creo
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que fui justo. A Gaither [Pratt] y a Bill [Roll] los pude cuestionar sonriendo, pero con Douglas Dean fui mucho más crítico. A Gaither le pregunté: ‘Muy bien, admitamos que hay una diferencia enorme entre los objetivos de aluminio y las cartas. Y con eso ¿qué?’. Respondió: ‘¿No te parece interesante?’. Acepté que era interesante, pero si uno no tiene idea de cuál de los millones de variables posiblemente relacionadas con este fenómeno puede darle sentido, no va a ninguna parte. Es cierto que en la teoría de Bill está la idea del isomorfismo, pero hay tantas otras situaciones en la clarividencia y la psicometría que esta idea no toma en cuenta, que bien se puede pensar que lo que muestra Stepanek es simplemente porque ellos desean demostrar ese efecto. [Stepanek era el sujeto estrella de Pratt y otros]. “Los trabajos de Rex Stanford son interesantes, pero yo creo que el Dr. Joe Kamiya aquí en San Francisco ya ha ido mucho más lejos al vincular el ritmo alfa con los estados de conciencia. Kamiya demostró que las personas que usan técnicas de meditación pueden mantener el ritmo alfa en determinados niveles a voluntad. No sucede lo mismo con los sujetos de control. Éstos pueden hacerlo, pero les lleva cierto tiempo. Este trabajo me lo mencionó el Dr. Allan Cohen, que fue alumno de T. Leary y ahora es un seguidor de Meher Baba. “Los trabajos de los Nash con levadura no me convencieron. Gertrude Schmeidler sigue siendo una persona que trabaja con esmero. Después escuchamos ese increíble informe de Cleve Backster, sobre la ‘Evidencia de percepción primaria en células vivas’. ¡La hoja de una planta reacciona cuando se mata a un bichito! Cuestioné seriamente a Douglas Dean sobre esto. Le pregunté si ese trabajo fue controlado por algún miembro de la PA, o si alguien había podido repetirlo. Por supuesto que no. ‘¿Por qué lo incluyeron en el programa?’. ‘Hay que tener apertura mental’. ‘Sí, hay que tener apertura mental, pero de ahí a incluir ESTO en el programa hay una distancia’. No contestó. “Como había posibilidad de visitar el laboratorio del señor Backster esa misma tarde, unos cuantos de nosotros fuimos a verlo. Yo estaba con el Dr. Dommeyer, S. Zink (un estudiante graduado en el MIT) y el Sr. Guthrie, graduado del MIT. No vimos nada de lo que Backster declaraba acerca de la hoja.
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Desde luego, dijo que eso se debía a la presencia de tantas personas. Puede ser. No digo que este fenómeno sea imposible. Sólo digo que si la PA juega a la ciencia, tiene que jugar bien. Y con un experimento tan importante como éste, no entiendo por qué Dean y otras personas no hicieron experimentos independientes para verificarlo. “No voy a referirme en detalle a los demás informes. Se trabaja mucho con tablas de 2x2. El aspecto positivo es que cada vez hay mayor conciencia del hecho de que los fenómenos implican a seres humanos, y es muy difícil saber qué pasa dentro de ellos. Tuve una buena impresión de la gente joven de Durham, pero soy pesimista acerca del futuro si siguen por el mismo camino. Ninguno de ellos sabe mucho de física, de bioquímica, y por supuesto no lo suficiente de matemáticas. ¿Cómo piensan entonces jugar al juego de la ciencia? Por otra parte, están tan influidos por la psicología tal como se enseña ahora, que temo que ya los hayan esterilizado. “John Freeman está haciendo un buen trabajo en esas líneas de las tablas de 2x2, pero nuevamente he observado una falta total de control de las variables fisiológicas. “Charles Tart es un orador muy coherente y tiene una mente lúcida, pero también, habla desde afuera, no parece haber tenido ninguna experiencia personal interesante. Y lo mismo sucede con la mayoría de las personas que trabajan en este campo. “Tuve una larga charla con el Dr. Osis, una de las excepciones a mi última afirmación. Está entre las pocas personas que entenderían lo que digo. Le conté sobre mis experiencias, la ayuda que recibo de ti y mis posibilidades de trabajo en el futuro. Me hizo una pregunta muy oportuna: ‘¿Por qué suspendió sus ejercicios, su meditación? ¿No lo hace feliz tener esas experiencias?’ ¡Y en verdad ese es el meollo del problema! “Al revelar mis experiencias escribiendo SCIENTIST AND PSYCHIC encuentro que hay una correlación entre las experiencias que parecen serme dadas y el profundo deseo de saber, de descubrir todo lo que hay alrededor de ellas. El Dr. A. Cohen repitió una frase que me llegó muy hondo durante su
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discurso en la Sociedad, ‘cuando el discípulo está preparado, el maestro viene a él’. Esto me ha ocurrido siempre en mi vida. Más aún, tengo la fuerte sensación de que algunos de los problemas que me aquejan se deben a que estoy transitando un camino lateral en lugar de seguir la vía principal que tan claramente me fue señalada hace años. Pero hay una razón que lo justifica. Siento que es necesario que adquiera nombre como científico para que muchas personas puedan creer realmente lo que tengo para contarles. Sé muy bien que William Crookes y Charles Richet han sido desacreditados, pero aún así, muchas personas piensan con respeto sobre lo que ellos vieron, porque no es posible que uno sea buen observador en el laboratorio y malo en su hogar. “Algunos comentarios más sobre la reunión: “Ian Stevenson presentó un método muy interesante de evaluación del material verbal de una comunicación mediúmnica. Creo que fue una verdadera contribución. “El discurso presidencial de Douglas parapsicología y el Dr. Einstein’ fue bueno. Dean, ‘La

“Tengo muchas críticas a los estudios que se hicieron sobre el poltergeist de Miami. El único equipo utilizado en esos estudios fue un grabador a cinta. No se le hizo seguimiento al sujeto, a pesar de algunos estudios efectuados en Durham. Nuevamente, no necesitamos probar la existencia de poltergeists. Tenemos que tratar de descubrir CÓMO ocurren. “El discurso pronunciado por Walter Houston Clark en el banquete fue muy bueno. Dijo las mismas cosas sobre los profesores y los doctores que vengo diciendo aquí. Dijo más, en realidad. Dijo que todas las tesis que leyó podrían ser arrojadas al fuego sin que se perdiera nada. Lo único que hacen los profesores es matar la creatividad. “Por razones que pronto sabrás, llegué tarde el sábado. Sin embargo, escuché cosas muy interesantes. El estudio de los estados de la conciencia humana es lo que realmente hay que hacer, creo. Tomé algunas notas mientras escuchaba los estudios de sueños. El soñar es un estado intermedio entre estar despierto y dormir. Entonces algo sucede. En el caso de Fernando (el hombre que producía las levitaciones en La
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Plata), él entraba en esa ‘zona’ desde el estado de vigilia. O algunas partes de su cuerpo lo hacían. Ahora bien, cuando uno pasa del estado de vigilia al de ‘conciencia’, no importa qué técnica use, también pueden suceder cosas. Entonces, todo fenómeno psíquico puede ser el resultado, un subproducto, de la energía gastada en la transición. “Sugerí algunos experimentos de control muy sencillos que se pueden hacer fácilmente en los dormitorios del colegio. Una persona se sienta toda la noche tratando de influir los sueños de los chicos (o chicas) que duermen en el edificio, sin que ellos sepan que tal experimento se está llevando a cabo. Al día siguiente, se les pide que escriban acerca de los sueños que tuvieron. Era sencillo, pero no se hizo”. Luego le conté a Carlson toda la historia del fallecimiento de mi madre, desde mi premonición hasta la “explosión” en el cesto de residuos. Respecto de mis lecturas sobre San José de Copertino: “Encontré algunas cosas impresionantes. Tengo que decir que no estoy sacando conclusiones de las cosas interesantes que encontré. Sólo son algunas de las cosas sutiles que hay que observar, y están relacionadas conmigo. Ahora bien, supongamos que yo quisiera hacer un análisis de estas cosas sutiles. Veamos.
Su padre era carpintero Si no me hubiera dedicado a la ciencia ésta hubiera sido mi elección. Realmente me gusta la carpintería A los seis años, mirando en el espejo mi propia cara, comencé a preguntar ¿Quién soy? ¿Quién soy? Entré en un trance tal que mi madre tuvo que llevarme afuera y calmarme Siempre tuve una forma de vivir muy sana, buena comida, nunca sufrimientos autoinfligidos. (¿Ley de compensación?) Crecí en un país donde se come carne, y siempre ponía mucha azúcar al té o café.

A la edad de ocho años tuvo su primer éxtasis

Tenía una manera de vivir poco saludable, poca comida, sufrimientos autoinfligidos Nunca comía carne; cubría su comida con un polvo amargo 394

José se llamaba a sí mismo “el Yo me llamaba a mí mismo “el asno” asno”, y en la escuela “el burro” a pesar de que siempre fui el mejor alumno. Es que yo veía claramente las limitaciones de nuestra mente Tomó el nombre de Fray José Mi nombre es José María. Casi María predeterminado a causa de mi sexo. Mi padre se llamaba José Juan, y su madre, María. Era un compromiso Se ordenó sacerdote el 28 de El cumpleaños de Olga es el 28 de marzo (es decir, se casó con la marzo. Me casé con ella. Iglesia) Levitó (voló) muchas veces El único sueño en que me vi volando fue premonitorio En un punto “se vio reducido a Esto me sucedió muchas veces en descender del alto nivel de sus mi vida propias meditaciones al nivel inferior de la persecución, la esterilidad y la tentación” Muchos de estos fenómenos le Siempre que escuchaba música sucedían mientras escuchaba en una iglesia me sentía música en la iglesia transportado y como si extrañara algo que perdí hace mucho Se lo consideraba hijo de San San Francisco es uno de los dos o Francisco tres santos a quienes admiro La lluvia no lo mojaba Desde chico sentí que la lluvia no me “alcanzaba”. De hecho, nunca lo hizo No era bien considerado por los Siempre me gustaron las iglesias demás sacerdotes como lugar de meditación y para tocar y escuchar música, pero siempre me mantuve a distancia de los curas

“Agregaré que volví al trabajo el 18 de septiembre. Miré el almanaque de asistente católica: ¡San José de Copertino! “El hecho importante es que pasé buena parte del tiempo durante los últimos quince años estudiando la levitación”.

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Siguieron tres páginas más sobre diversos puntos, y le presenté la rendición de cuentas de los fondos que había recibido. Nikos Kazantzakis: “No espero nada. No temo nada. Soy libre”. Cuánta verdad, qué difícil de lograr. Harriet Ann (una niña): “Querido Dios: ¿Eres real? Algunas personas no lo creen. Si tú eres tú, mejor haz algo pronto”. Recibí un llamado anunciando que un discípulo de Gurdjieff venía a San Francisco. Era el Dr. Nyland. Fui a su conferencia el 21 de octubre. Habló durante una hora y cuarenta minutos sin parar, de manera veloz y coherente. Asombroso para un hombre de su edad. Comencé a preparar mi viaje a la Argentina. Como alguien iba a ocupar mi departamento, tuve que colocar mis libros en cajas y dejarlos en una baulera, detrás de la cocina. El martes 24 de octubre tuvimos una reunión en la Sociedad, en la que tres oradores nos referimos a nuestro reciente viaje. Yo resumí mis experiencias en Nueva York. Después fuimos al Copper Penny. Aquí va una idea que se me ocurrió, la doy por lo que vale: Los fenómenos psíquicos son el subproducto de transiciones en los estados de conciencia. Y no sólo los fenómenos psíquicos; también la creatividad, la inspiración, el entusiasmo (en el sentido de creatividad según Nietzsche), surgen del libre juego de esa energía mientras el sujeto está en uno de los estados intermedios. Desarrollaré algunas de estas ideas más adelante en este libro. El jueves 26 fui a San Francisco a hablar con Nyland. Era amigo de C. Daly King. Poseía un doctorado en química, estuvo con Gurdjieff desde 1924 hasta su muerte en 1949. Gurdjieff le pidió que iniciara un grupo en Nueva York, que fue el primero. Me dio un juego de notas mimeografiado bajo el título de Firefly18. Por la tarde fui a una clase de movimientos acompañados por la música original. Había unas cincuenta personas. Nyland me obligó a situarme en medio de los alumnos; traté de seguir
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Luciérnaga. N. de la T.

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los movimientos pero no era fácil. Cada movimiento tenía un propósito y había que aprender desde el principio y con un modelo, cosa que no pude hacer en ese momento (ni nunca). Chet escribió el 23 de octubre aprobando mis propuestas, y me dio libertad para proseguir mis objetivos en la Argentina si así lo deseaba. Le contesté el 26, contándole sobre el Dr. William Nyland y su interés en reunirse con él antes de mudar su oficina de Nueva York. Nunca supe si llegaron a encontrarse. Retomé el tema en una carta fechada el 8 de noviembre: “Cuanto más veía los movimientos –y practicaba algunos de ellos– más sentido les encontraba. Le pregunté a Nyland sobre la idea clave que contenían, pero no me dijo mucho. Su respuesta fue: ‘Apréndalos, y verá’. Conjeturo que la finalidad de esos movimientos es movilizar la energía para alimentar el sistema nervioso, lo que permite ganar conocimiento y probablemente otros estados de conciencia. Pero el primer objetivo es independizar al cuerpo de los sentimientos y de la mente. No es fácil, y lo que se llama ‘movimiento’ en realidad es una serie completa de ellos, que los alumnos ejecutan siguiendo la música. El viernes 27 de octubre, fui a una sesión, y me ubiqué al fondo del largo salón, tratando de seguir algunos de los movimientos. Cuando comenzaron a hacer algunos más difíciles, me senté en el suelo, y justo en el instante en que estaba pensando que sería lindo ver cómo los ejecutaban los mejores alumnos –que siempre están en las filas delanteras– Nyland se interrumpió y dijo: ‘José, ¿dónde está usted?’. Le contesté, y dijo: ‘Venga aquí. Siéntese y observe’. Así lo hice durante casi dos horas. Era el día de su cumpleaños, y después de la sesión se organizó una fiesta en Berkeley. Tenía setenta y siete años. Habló durante casi una hora, luego tocó un pequeño órgano portátil, el único que dejó Gurdjieff. Después tocó el piano durante unos veinte minutos. “El lunes 30 fui a su última sesión en San Francisco. Fue larga, y participé lo más que pude. También conversé brevemente con él. El martes habló en Monterrey. Asistieron los McQuilling y su impresión fue igual a la mía: asombro ante sus energías y su coherencia en el trabajo.

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“Tengo otras novedades interesantes. Tuve dos sesiones experimentales como sujeto con el Dr. Joe Kamiya, en el Centro Médico del Instituto Langley Porter, en San Francisco. “El Dr. Kamiya me fue mencionado por el Dr. Allan Cohen, y lo conocí el 27 de octubre. Había hecho experimentos en que los sujetos trataban de influir sobre su propio ritmo alfa. La primera sesión experimental se dedica a hallar la línea básica del sujeto. Se adosan a su cabeza una cantidad de electrodos, el sujeto se sienta cómodamente en una sala especial y se le hace un electroencefalograma. Se oye un tono con distintos niveles de amplitud y se registran las reacciones. Continúa así durante cerca de una hora y media. La segunda sesión comienza nuevamente con la línea básica. Luego se pide al sujeto que intente ‘subir el tono’ por influencia mental, fuerza de voluntad o lo que le parezca adecuado. En una serie anterior hallaron que todos los sujetos, en a lo sumo tres sesiones, aprendieron a hacerlo. Durante dos minutos le piden que haga el tono más fuerte o más suave, según un orden aleatorizado. Las variaciones de amplitud se cargan a una computadora que devuelve el promedio, y luego se informa al sujeto por medio de un locutor el resultado de cada ensayo de dos minutos. Después se da la orden siguiente. En mi primer ensayo obtuve todos los resultados en la dirección correcta, aunque los cambios de amplitud no eran muy notables. Pero, según dijeron esto era de esperar porque yo soy un sujeto del tipo ‘beta predominante’, para el cual es más difícil aprender a hacerlo y los cambios no son muy grandes. Hablé con el Dr. Kamiya sobre la ESP, y específicamente sobre los trabajos del Dr. Rex Stanford en la FRNM. Pareció interesado y tomó nota de ello. Escribí al Dr. Stanford pidiendo una copia de su paper, y espero interesar a Kamiya en el tema. Pero la idea es aprender lo que ellos hacen y las técnicas que emplean. En mi edificio disponemos de equipamiento y podemos hacer algunos experimentos. El informe de Stanford en Nueva York era sobre correlaciones de los cambios de amplitud del ritmo alfa con los aciertos del sujeto. No estoy seguro de la clase de controles que usaron, pero, desde luego, la idea es tratar de revertir el proceso. Si uno puede aprender a incrementar la amplitud del ritmo alfa, entonces en ese momento podría tratar de adivinar

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cartas, o números aleatorios, etc. Esto es lo que tengo en mente como proyecto. “Planeo ir a Dallas el 20 de noviembre. Me quedaré hasta el 24; después pienso volar a Miami y Buenos Aires el 25”. El 28 tuve una interesante experiencia de supervivencia en la autopista. Me dirigía hacia el Centro Médico y estaba todavía lejos de mi salida cuando tuve la sensación imperiosa de que debía permanecer en mi carril (segundo desde la izquierda) y no tratar de pasar ni acelerar aunque sólo iba a 60 km por hora. En menos de un kilómetro el coche que iba delante de mí por el carril izquierdo trató de frenar de golpe y perdió control; la parte trasera entró en mi carril, el coche que venía detrás de él alcanzó a reducir la velocidad a tiempo, y yo sólo tuve que tirarme ligeramente a la derecha para evitar una colisión. Si yo hubiera venido a mayor velocidad la colisión hubiera sido inevitable porque es difícil mirar atrás y a la derecha en una autopista colmada. Esa noche tuve un sueño en que veía a mi madre como si fuera una figura de cera, pero que hablaba. El lunes 30 fui a una larga sesión de movimientos con Nyland. Sólo pude hablar con él un par de minutos. El 1° de noviembre tuve otra larga sesión de control de alfa en el Centro Médico. Nuevamente obtuve resultados en la dirección correcta pero nada sobresaliente. Salí con hambre, paré en un restaurante de tenedor libre en la Avenida Geary y realmente me llené el estómago. Volví a casa y completé otras dos cajas de un total de diez. El sábado 4 de noviembre, fui con los McQuilling a ver una “casa encantada” en San Francisco, cerca de los Twin Peaks. Por el camino paramos para recoger a Jean Muir y un amigo escritor finés. La casa era fabulosa, ocupada por dos mujeres increíblemente viejas. Una de ellas se había casado en 1907, así que tendría alrededor de ochenta años; era muy coherente y llena de humor. Su hermana era igualmente despierta y animosa. Pero no vimos ni experimentamos fantasma alguno. Cosas importantes sucedieron el día 6. Conocí al profesor Aharon Katchalsky, quien habló en un seminario sobre
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“Termodinámica de membranas”. Mientras conversábamos me firmó un ejemplar de su libro. La segunda cosa importante, tomé la firme resolución de no tratar de develar el futuro. Por desgracia, algunas de mis experiencias en ese sentido se produjeron espontáneamente; lo único que podía hacer –y lo hice– era ordenar a mi mente subconsciente suprimir ese tipo de cosas. Había aprendido la lección; Marchesini estaba totalmente en lo cierto. Es muy doloroso ver el sufrimiento o la muerte futura de alguien. Durante mis últimas dos semanas en Berkeley estuve extremadamente ocupado, principalmente en redactar informes, asistir a reuniones, y escribir cada noche mis propias cosas. Por fin, el lunes 20 me despedí de los doctores Lawrence y Born (director asistente). Me encomendaron una misión especial: invitar al Dr. Bernardo Houssay, el Premio Nobel argentino, a visitar Berkeley. Todo mi equipo vino al aeropuerto. Los convidé con un almuerzo, ellos invitaron con bebidas en la torre. Era la primera vez que partía de Oakland para un viaje largo. En el avión tomé un whisky doble y sandwiches, y empecé a leer Act One de Moss Hart. El avión se detuvo en Phoenix una hora y media. Cuando partimos para Dallas sirvieron una cena. Llamé al Dr. Richman después de conducir un Chevy 67 azul hasta mi hotel. Yo seguía con el horario de Berkeley, me quedé leyendo mi libro hasta tarde, y aún así, me levanté a las siete y cuarto de la mañana, desayuné y me fui a trabajar. Me gané el día cuando puse en marcha dos instrumentos que Chaim había comprado. Cenamos en su casa, jugamos al pingpong y charlamos hasta las diez y cuarto. Esa noche soñé con Ricardo Musso. Yo lo acusaba de mal amigo, por robarme la paternidad de mi experimento con el equipo de la base antártica. Naturalmente, el día 22 me trajo recuerdos de cuatro años atrás, cuando Olga y yo lloramos en Buenos Aires al enterarnos del asesinato del Presidente Kennedy. Al día siguiente fui en coche hasta el lugar donde sucedió, estacioné y di una vuelta a pie. Pensé (recuerden que he sido tirador) que fue un tiro muy fácil desde la ventana del sexto piso. Por las
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fotos me había parecido que era mucho más lejos, pero a esa distancia el movimiento del automóvil no era gran problema. Después de cenar con los Richman y otros amigos, decidimos hacer una sesión en la casa de una pareja, porque ellos decían oír ruidos extraños en ella. Fui con ellos y llamamos a una señora amiga para ser cuatro. Hubo algunos raps, pero ninguna respuesta inteligente. En un momento dado oímos tres series de tres raps cada una en respuesta a nuestras preguntas. Al usar una mesa más pequeña, hubo un claro rap justo debajo de mi mano. El viernes trabajamos sobre algunas ideas, cené otra vez con los Richman (mi pensión) y hablamos de problemas y problemas con una botella de vino de por medio. Regresé al hotel y comencé a preparar mis maletas; una se rompió. Tuve que volver a la casa de Chaim, y me prestó una muy linda. Volé a Miami temprano, con una escala en Nueva Orleans. Me liberé de mi equipaje, y una hora y media después partimos de Miami; estaba solo en mi asiento. Después de escalas en Bogotá, Lima y Santiago, finalmente aterricé en Buenos Aires después de casi dos años. Una limusina me llevó al centro donde tomé una habitación en el viejo hotel Tandil. Me quedé en la Argentina cuarenta días. Mis actividades científicas iban bien, a pesar de varias alteraciones en el programa de reuniones. El viernes 1° de diciembre hice mi exposición, después de la charla de Jack Fowler. Aunque el auditorio era numeroso, no se formularon preguntas; con Jack pensamos que se sentían intimidados, en especial porque los iones pesados y los piones negativos no se usaban en la Argentina, salvo en algunas investigaciones con deuterones, que yo había iniciado. El 11 de diciembre tuve una conversación de media hora con el Dr. Bernardo Houssay. Su mente estaba tan lúcida como siempre, y su memoria era increíble. Me preguntó si quería volver; él siempre trataba de traer de vuelta a los científicos a la Argentina, y de hacer que se quedaran los que pensaban dejar el país. Varios médicos, físicos y químicos se me acercaron para averiguar sobre las posibilidades en los Estados Unidos.

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En el frente familiar, encontré a Olga decidida a hacer definitiva nuestra separación. Hice todo lo que pude para tener otra oportunidad, pero fracasé. Lo sentía por Miguel Ángel, pero él estaba bien sin mí. En cuanto a mi padre, firmé los papeles necesarios para que él pudiera administrar nuestra propiedad en La Plata y siete lotes en una ciudad cercana, así como todo lo que yo poseía. En caso de su muerte, todo iría a Miguel Ángel. Esto sucedió varios años después. Le dediqué a Miguel Ángel todo el tiempo que pude; no sabía cuántos años pasarían antes de que volviera a verlo. En cuanto a la parapsicología, tuve algunas reuniones y cenas con J. Ricardo Musso, el principal parapsicólogo en la Argentina, Julio Di Liscia, Bruno Fantoni y otros. No se habían hecho muchos progresos durante mis dos años de ausencia. Visité también al doctor Butelman en Paidos, una casa editorial. Él y Musso estaban distanciados. Le entregué un manuscrito del doctor Richard Sutherland, que nunca se publicó en la Argentina. Me fui una semana a Mar del Plata, uno de los balnearios más populares y hermosos de la Argentina, con extensas playas y el famoso Casino. Necesitaba un descanso y las inmersiones diarias en el océano Atlántico me hicieron bien. Tenía un apetito feroz y fácil de satisfacer. Busqué a Fernando, que se había establecido en la ciudad, pero no lo pude encontrar. Al regreso de Mar del Plata, me quedé en La Plata con mi padre. Almorzamos y cenamos varias veces con Serafín, mi viejo amigo y miembro del grupo original de La Plata, famoso por la levitación de mesas. Serafín era una de las pocas personas con quienes me daba alegría estar. Mi padre me llevó a Buenos Aires el día de mi partida, 3 de enero de 1968. Me dejó en las oficinas de la línea aérea y se volvió a La Plata llorando. Pasé del verano al invierno con buena salud. Hacía frío en Berkeley, pero entré en calor rápidamente al sumergirme en mi trabajo.
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El primer suceso interesante del año fue la calavera de cristal que me invitaron a ver en la casa de Frank Dorland en Mill Valley19. Fui allá con Don y Carol, conocí a Frank y su mujer, y a Sibley Morrill, un escritor que parecía el hermano mellizo de Conan Doyle. La calavera era un objeto bello e impresionante hecho de cuarzo tallado a semejanza de una calavera humana de tamaño corriente. Su propietaria era Anna LeGuillon Mitchell-Hedges, la hija adoptiva del difunto F. A. Mitchell-Hedges, un famoso explorador de América Central. La calavera fue hallada casi seguramente en o cerca de la gran ciudad de Lubaantun, descubierta en 1924 por Mitchell-Hedges y el doctor Thomas Gann, británico, arqueólogo y oficial médico colonial. En su autobiografía, Mitchell-Hedges se refiere a la calavera como la “Calavera de Doom” (Danger my Ally, Elek Books Ltd., 1954). En la primera edición de este libro figura una fotografía de la calavera, pero, salvo la leyenda al pie de la foto, sólo contiene unas treinta líneas referentes a la calavera misma: “Llevamos también con nosotros [a África en 1948] la siniestra Calavera de Doom de la que mucho se ha escrito. Cómo llegó a mi poder, tengo razones para no revelarlo. “La Calavera de Doom está hecha de cristal de roca puro y, según los científicos, debe haber tomado ciento cincuenta años de trabajo, generación tras generación, día a día durante toda la vida, raspando pacientemente con arena un bloque enorme de cristal, para que finalmente surgiera la calavera perfecta. “Tiene por lo menos tres mil seiscientos años de antigüedad, y según la leyenda, era utilizada por los Grandes Sacerdotes mayas en la ejecución de ritos esotéricos. Se dice que cuando el Gran Sacerdote deseaba la muerte con ayuda de la calavera, la muerte invariablemente sucedía. Ha sido descripta como la corporización de todo mal. No quiero tratar de producir ni explicar este fenómeno”. Frank Dorland era el curador del Museo de Oakland y un experto en el estudio de pinturas y objetos de arte. Le habían
19 Ver “La calavera de cristal”, por José Feola, en revista Comunicaciones de Parapsicología, Nº 17, marzo 2008, página 3. N. de la T.

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traído la calavera para estudiarla y quizás para venderla. Nunca fue vendida, y continúa en manos de la señorita MitchellHedges. Todos sucumbimos al hechizo de la joya, como Morrill gustaba llamarla, y decidimos volver a San Francisco a buscar a Elizabeth para obtener sus impresiones como psíquica. Paramos para cenar, y volvimos a la casa de los Dorland con Elizabeth. Ella enseguida se puso en resonancia con el objeto y manifestó sus impresiones, que fueron grabadas por Frank. Habló mucho de sangre y muertos. Morrill también vio algo, y los McQuilling y yo coincidimos en la impresión de que algo semejante a una nube negra se levantaba dentro del cristal. En la reunión de la Sociedad del mes de enero, Dorland y Morrill hablaron sobre la calavera. El boletín de la Sociedad mencionó que “de especial interés para nuestra audiencia fue el informe del Sr. Dorland sobre extraños sones de campanas, nunca antes oídos, asociados con la calavera, así como ruido de pisadas de un gato invisible del tamaño de un puma, que se oyeron con claridad. Las campanas fueron oídas también por el Sr. Morrill. La Sra. Dorland, a su vez, informó sobre sonidos inexplicables como de una pelota que rebotara sobre una superficie dura. Se utilizaron los servicios de tres sensitivos, y aparecieron notables correspondencias; por ejemplo: 1) muchas campanas sonando fuerte; 2) personas y edificios claramente identificados con la vestimenta y la arquitectura latinoamericana; 3) una carreta de madera con ruedas también de madera, lo que sugiere gran antigüedad. “Finalmente, habló el Sr. Sibley Morrill, periodista anteriormente vinculado con el Argonaut de San Francisco y más tarde editor del Weekender de Alameda; el nombrado participó en un simposio sobre los Kahunas de Hawaii, que también publicó, y colabora con el Sr. Dorland en un libro acerca de la calavera de cristal; el Sr. Morrill expuso de modo esclarecedor las pruebas contundentes que señalan el origen maya de la calavera. Al mismo tiempo, añadió el Sr. Morrill, hay evidencias que sugieren un origen tan remoto como el de las más antiguas civilizaciones del mundo”. (Iridis, febrero 1968).

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El propio Morris difundió sus hallazgos e ideas en dos libros que debo indicar al lector curioso. Ellos son: 1) The mystery of crystal gazing (Cadleon Publishing Co., San Francisco, 1969), y 2) Ambrose Bierce, F. A. Mitchell-Hedges and the Crystal Skull (Cadleon Press, San Francisco, 1972). Como estos libros son difíciles de hallar, el lector puede comenzar con: 3) The message of the crystal skull, de Alice Bryant and Phyllis Galde (Llewellyn Publications, St.Paul, Minnesota, 1991). Frank Dorland nos mostró una increíble colección de fotografías que tomó de la calavera. Algunas de ellas, enfocadas a diversas profundidades, mostraban extrañas figuras, múltiples calaveras pequeñas, y en una de ellas se veía claramente El Pensador de Rodin de perfil desde el lado derecho. Frank tenía la intención de publicar todas esas fotos en forma de libro, pero hasta ahora no han sido impresas. Nos hicimos amigos íntimos con Sibley, con quien colaboré y seguí en contacto desde que dejé la Bay Area hasta su fallecimiento (del cual hablaré más adelante). Sibley me relató dos interesantes experiencias que tuvo. La primera tenía que ver con la calavera, o así le parecía. Había estado en la casa de Dorland mientras Frank hacía algunos de sus estudios. En el viaje de vuelta a San Francisco, empezó a salir humo del piso del coche junto a él. Primero se sorprendió, después se asustó. Perdió control del auto y terminó en una cuneta. El origen del humo nunca se supo. Sibley tenía problemas cardíacos que le provocaron un ataque; hubo que internarlo. En la cama del hospital, rodeado de médicos, enfermeras y su vieja amiga Elise Turner, Sibley se salió de su cuerpo y visitó un lugar hermoso con un paisaje que no era de este mundo. Entró en una casa que parecía de cristal rosado, y entonces oyó a uno de los médicos: “Puede ser que tengamos que operar a corazón abierto”. Al instante regresó, vio su cuerpo, acostado, a merced de los cirujanos; entró de nuevo en él y dijo: “¡No me van a abrir el pecho por
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ninguna razón!”. Los médicos se asombraron, pues lo creían casi muerto. Sibley pidió a Elise que escribiera en una hoja lo que él deseaba, y firmó el papel frente a testigos. Se recuperó y continuó en actividad por varios años. Hicimos varios experimentos con la calavera. Un día, a última hora de la tarde, Dorland colocó un láser de rubí debajo de la calavera. Brilló con un resplandor rojo y emitió rayos de luz desde los ojos, por lo que Dorland y Morrill pensaron que podría haber sido usada para infundir temor a los creyentes. Informé a Carlson como correspondía, sobre la calavera y sobre mis negociaciones con Joe Kamiya acerca de los experimentos de EEG y ESP. Por supuesto, es difícil saber si la calavera per se es capaz de producir algún fenómeno, solamente se podría, por ejemplo, dejarla en una habitación rodeada por cámaras de TV, grabadores y otros sensores. Es posible que la calavera haya funcionado como un disparador de fenómenos psi en aquellas personas que estuvieron presentes o que se sintieron impresionadas por la “joya”. Continuaron las actividades de la Sociedad y Don McQuilling pasó a ser el presidente. En la reunión del 27 de febrero, nuestro orador fue el doctor W. A. Nyland, de regreso en la Bay Area. Don y Carol resumieron la conferencia para el boletín mensual. Difícilmente se pueda hallar una introducción a Gurdjieff en dos párrafos como ésta: “La posible evolución del hombre no se entiende para la vida terrenal. Gurdjieff no tiene ningún sentido para quienes creen que la muerte significa el fin. Para crecer, uno mismo tiene que volverse el objetivo. Parte del Trabajo dirigido a obtener esta meta consiste en que la persona se observe a sí misma sin conflictos, sin interferencias, con el funcionamiento cabal de los tres centros o ‘cerebros’: intelectual, emocional y físico. “Al trabajar bajo una dirección adecuada, el hombre puede vivir en armonía, en paz consigo mismo; y, lo que es más, actuar en concordancia consigo mismo. Hoy el hombre es incompleto, actúa de una manera mecánica e inconsciente. No tiene alma, sólo tiene un alma potencial. El alma hay que construirla, y para eso el hombre necesita una especie de ‘órgano’ al que llamamos ‘pequeño yo’, que tiene que volverse
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objetivo. El crecimiento del ‘pequeño yo’ depende totalmente del deseo de completarse. Después de arduo Trabajo el ‘pequeño yo’ puede llegar a ser un yo real; y entonces el hombre tiene la posibilidad de comprender el Infinito. Puede hacerse más puro, más comprensivo, más semejante a Dios. Abandonado a sí mismo, el hombre podrá eventualmente desarrollar una conciencia objetiva después de muchas reencarnaciones. El método que elaboró Gurdjieff es en realidad un atajo, un catalizador, hacia ese estado de conocimiento real. El consejo para los que sienten que tienen que trabajar sobre sí mismos es comenzar de inmediato, ya sea uniéndose a uno de los grupos existentes o leyendo las fuentes originales, como Del todo y de todas las cosas y Encuentros con hombres notables”. La reunión de mayo de los miembros de la Sociedad fue para mí particularmente interesante. Emilie Bateman, miembro de la Iglesia Swedenborgiana, hizo un relato de la vida y obra de Emanuel Swedenborg. Los oyentes que lo conocían como teólogo se sorprendieron al saber que fue uno de los más renombrados científicos de su tiempo, que tenía curiosidad por muchas cosas distintas, lo que lo llevó a entrar en contacto con diversos campos de conocimiento. Fue alumno directo de Isaac Newton, su contemporáneo, y sus realizaciones van desde mejoramientos en los métodos de navegación hasta contribuciones a la fisiología del sistema nervioso. La entrada de Swedenborg en la teología surgió, como él lo explicó, en respuesta a un llamado o visión, por la cual le fue permitido entrar en el mundo espiritual tan conscientemente como su presencia en el mundo cotidiano. No era un medium o un místico en el sentido corriente, dado que su teología, sustentada en hechos y profundamente razonada, lo coloca en una categoría distinta. Esta diferencia se ve claramente en sus escritos, de los cuales el más conocido es probablemente Sobre el cielo y sus maravillas y sobre el infierno. ¿Por qué nos interesan tanto personas como Gurdjieff, San Juan Bosco y Swedenborg? El rasgo común es que esas personas tenían el control de diversos poderes psíquicos, con lo cual quiero decir control absoluto, es decir, la capacidad de utilizar esos poderes a voluntad y bajo cualquier circunstancia. Gurdjieff podía influir y producir efectos fisiológicos sobre otras
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personas, a distancia y sin su conocimiento. Yo podía hacer esto, como relaté antes, pero nunca estaba totalmente seguro de los resultados. San Juan Bosco poseía toda la gama de aptitudes psi: clarividencia, telepatía, acción a distancia, multiplicación de los alimentos y conocimiento del futuro, quizás el más inquietante de sus poderes. Porque si él podía saber cuándo iban a morir las personas, ¿dónde estaba nuestro libre albedrío? ¿O nuestro libre albedrío sólo servía para seguir determinada senda hasta encontrar la muerte en fechas precisas? Varios teólogos con quienes hablé también decían sentirse perplejos frente a la precognición. Su sensación es que no nos es dado penetrar en algunos de los misterios que nos rodean, y éste es uno de ellos. Algunos de los poderes de Swedenborg están detallados en Swedenborg, life and teaching, por George Trobridge (Swedenborg Foundation, Inc., New York, 1969). En atención a los lectores que no han leído acerca de las facultades psi de Swedenborg, seleccionaré dos experiencias que figuran en este libro. La primera se refiere a un famoso incendio que tuvo lugar en Estocolmo, hacia 1759 (la fecha no se conoce con precisión). Del libro: El relato más particular del incendio de Estocolmo está contenido en una carta que Immanuel Kant escribió a Charlotte von Knobloch, en la que cuenta: “El siguiente suceso me parece ser la prueba de mayor peso, y que pone fuera de toda duda la afirmación acerca del extraordinario don de Swedenborg. En el año 1759, hacia fines de septiembre, un sábado a las cuatro de la tarde, Swedenborg llegó a Gothenburg procedente de Inglaterra, invitado por William Castel a su casa junto con un grupo de quince personas. “Alrededor de las seis, Swedenborg salió, y al volver a entrar estaba pálido y alarmado. Dijo que acababa de estallar un peligroso incendio en Estocolmo, en el Sodermalm (Gothenburg está a unas cincuenta millas alemanas –unas 300
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inglesas20– de Estocolmo), y que se estaba extendiendo muy rápidamente. Estaba agitado y volvía a salir a cada rato. Dijo que la casa de uno de sus amigos, a quien nombró, estaba ya en cenizas y que la suya propia estaba en peligro. A las ocho, después de haber vuelto a salir, exclamó con alegría, ‘¡Gracias a Dios! El incendio se apagó, a tres puertas de mi casa’. La noticia causó gran conmoción en toda la ciudad, pero especialmente entre el grupo que lo acompañaba. Fue anunciada por el gobernador esa misma noche. El domingo a la mañana Swedenborg fue convocado por el gobernador, quien le preguntó acerca del desastre. Swedenborg describió el incendio con precisión, cómo comenzó, cuánto duró y cómo terminó. El mismo día la noticia se expandió por toda la ciudad, y como el gobernador la había considerado digna de atención, la consternación aumentó considerablemente; porque muchos estaban preocupados por sus amigos y propiedades, que pudieron haber estado envueltos en el desastre. El lunes por la tarde, llegó a Gothenburg un mensajero que había sido despachado por la Junta de Comercio durante el incendio. En las cartas que traía, el incendio estaba descripto exactamente de la manera en que lo había hecho Swedenborg. El martes a la mañana el gobernador recibió el correo real con el triste conocimiento del incendio, de las pérdidas que había ocasionado, y de las casas que había dañado y arruinado, sin la menor diferencia con las afirmaciones de Swedenborg hechas en el mismo momento en que sucedía; pues el incendio había sido extinguido a las ocho”. De las muchas versiones del incidente de Marteville dadas por el Dr. R. L. Tafel en los Documents, selecciono nuevamente el relato de Kant narrado por él a Charlotte von Knobloch, a partir de la información recibida de un amigo a
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quien, como enseguida veremos, él había encargado investigar el asunto in situ. “Madame Harteville [Marteville], la viuda del embajador alemán en Estocolmo, algún tiempo después de la muerte de su esposo, recibió el llamado de Croon, un joyero, para que pagara un servicio de plata que el esposo le había comprado. “La viuda estaba convencida de que su difunto marido era demasiado preciso y ordenado como para no pagar esa deuda, pero no pudo encontrar el recibo. Angustiada, dado que el monto era considerable, pidió a Swedenborg que viniera a su casa. Después de disculparse por haberlo molestado, dijo que si, como decía la gente, él poseía ese don extraordinario de conversar con las almas de los muertos, tal vez tendría la gentileza de preguntar a su esposo cómo era la cuestión del servicio de plata. Swedenborg no hizo ninguna objeción para cumplir con su requerimiento. Tres días después, dicha señora tenía invitados en su casa para el café. Swedenborg asistió, y con sus modales serenos le informó que había conversado con su esposo. La deuda había sido pagada siete meses antes del deceso, y el recibo estaba en un escritorio en la habitación de arriba. La señora respondió que el escritorio había sido desocupado, y que el recibo no había aparecido entre los papeles. Swedenborg dijo que el esposo le había explicado que, tirando del cajón de la izquierda aparecería una tabla que había que retirar, donde se ocultaba el compartimento secreto que contenía su correspondencia privada en alemán y que ahí estaba el recibo. Después de escuchar esta descripción, todos los presentes se levantaron y acompañaron a la señora a la habitación de arriba. El escritorio estaba abierto; hicieron todo según las instrucciones; encontraron el compartimento del que nadie antes había oído hablar; y, para asombro de todos, aparecieron los papeles de acuerdo a la descripción de Swedenborg”. (Trobridge, pp. 197199).
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Como podemos apreciar, hay una enorme diferencia entre esta clase de prueba y las evidencias que surgen de miles de ensayos en el tipo de experimentos estadísticos popularizado por J. B. Rhine. En abril de 1968, Roy McLellan, entonces vicepresidente de la Sociedad, renunció. Le resultaba muy difícil encontrar tiempo para su propia investigación sobre el uso de la hipnosis para explorar diversos aspectos de la psiquis humana, y llevar adelante las tareas de la Sociedad. Los McQuilling y otros amigos insistieron durante algún tiempo en que yo asumiera la presidencia; en julio lo hice. Empecé a escribir la “Página del presidente”; esperaba que me sirviera al menos para transmitir mi pensamiento acerca de diversos problemas de la investigación psi y la educación. Transcribo aquí la primera, que tenía que ver con un problema que persiste hasta hoy. Se refiere a la confusión y el prejuicio. Se titulaba NECESITAMOS MÁS CORAJE “Uno de los participantes en el panel de discusión sobre ‘Parapsicología’ [Canal 9, KQED, San Francisco, Julio 11 y 13; editor, David Prowitt], Dr. Walter H. Clark, dijo que los científicos necesitan más coraje, más amplitud de criterio y métodos más refinados para poder atacar los escurridizos problemas planteados por los fenómenos psíquicos. Concuerdo sólo parcialmente con esta afirmación: conozco a varios científicos a quienes les interesaría ver realizar un buen experimento de ESP, especialmente con la actuación de un sujeto sobresaliente. “Más aún, creo que cualquier científico podría fácilmente dar vuelta el argumento y decir –con D. Cohen (editor de Science) y D. Drake (Philadelphia Inquirer)– que los que necesitan más coraje y métodos más refinados son los parapsicólogos, que no parecen ser capaces de producir siquiera una teoría de Psi adecuada ni una nueva metodología para encarar el problema. La verdad puede estar en el medio pero no se puede culpar a nadie por las dificultades que se nos
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presentan en la investigación psíquica. En efecto, lo que sucede en la investigación psi es un reflejo de la misma lucha que se desarrolla en la física, la biología, la química y aún las matemáticas, por no hablar de las guerras civiles que se entablan en los campos de la antropología, la psicología, la filosofía y la sociología. “Incluso la manera en que fue organizado este programa muestra la nebulosa en que estamos viviendo. Muestra falta de equilibrio, carencia de juicio acerca de la importancia relativa de lo que las personas presentes (o representadas a través de una videograbación) han hecho y podrían decir a la vasta audiencia que sin duda tiene este programa. Un buen ejemplo de esta falta de equilibrio: el tiempo acordado al obispo Pike y su caso fue de unos 40 minutos sobre los 90 minutos totales del programa. En cambio, al Dr. Osis – quien podría haber dicho muchas cosas interesantes– sólo le dieron 30 segundos; en esos 30 segundos, colocó el caso del obispo Pike en su justa perspectiva. “La cuestión de la repetibilidad de los experimentos de ESP fue defectuosamente manejada. Desde que este punto es de importancia primordial en la investigación científica –y era la pregunta más probable que formularían los científicos presentes– debió haberse invitado a la Dra. Gertrude Schmeidler y al Dr. R. A. McConnell y permitirles hablar sobre sus experimentos. No sólo estuvieron ausentes parapsicólogos muy importantes (como J. G. Pratt, Ian Stevenson, J. Eisenbud y M. Ryzl), sino que a los que participaron no se les permitió discutir el presente y futuro de la parapsicología, sino que se sacrificó su tiempo a un caso y un libro que son totalmente irrelevantes en el campo de la investigación psíquica. “Creo que el obispo Pike, si esto realmente le interesa, debería dedicar algo de su tiempo y considerable talento a iniciar una nueva fundación, tal vez la Fundación de California para las Investigaciones sobre la Naturaleza del Hombre, y, una vez conseguidos los fondos, entregárselos a un cuerpo de parapsicólogos y otros científicos. En cuanto a lo que debería hacer tal fundación, voy a sugerir algunas líneas de investigación en próximas Páginas del Presidente”.

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Nuestro boletín, Iridis, llegaba a docenas de editores y organizaciones de investigación psíquica; mi página tuvo repercusión y recibimos cartas de varios parapsicólogos, de J. B. Rhine para abajo. Mi posición quijotesca, sin embargo, no rindió muchos frutos. Pero debo decir que, dentro de la Universidad de California, mis proposiciones fueron tratadas con respeto. En nuestras reuniones regulares yo insistía en lo que me parecía ser el punto clave: “Una sola palabra expresa lo que siento que existe, no sólo en este campo sino en otras disciplinas científicas también: ¡confusión!”. Añadía que, como institución educativa, podíamos hacer algo al respecto dando a nuestros miembros la oportunidad de exponer su conocimiento de la historia y estado actual de la investigación en parapsicología. Esto podría hacerse facilitándoles ofrecer un curso, probablemente al menos una vez al año. Es bastante sorprendente que hoy, en 1996, la parapsicología no se enseñe debidamente en ninguna institución educativa importante, cuando el público gasta cientos de millones de dólares en llamadas a falsos psíquicos y “videntes” en números 900. ¿Dónde está la responsabilidad social de esas instituciones? El resultado de tanta ceguera es que ahora, en lugar de “confusión” tenemos CAOS, y no en el sentido matemático o científico, sino en la vida real. Mi Página del Presidente para agosto 1968 fue SOBRE LOS OBJETOS VOLADORES NO IDENTIFICADOS (OVNI), LA PARAPSICOLOGÍA Y LA ACEPTACIÓN OFICIAL DE AMBOS “Grandes científicos como Sir William Crookes, Charles Richet, Pierre y María Curie, y Alexis Carrel (cuatro Premios Nobel), filósofos como William James, Henri Bergson (otro Premio Nobel), y Hans Driesch, no solamente han estudiado los fenómenos psíquicos sino que estaban convencidos de su existencia y manifestación. Durante los últimos cuarenta años, empezando con la obra pionera de René Warcollier, Gustave Geley, Marcel y Eugène Osty en Francia; G. N. M. Tyrrell, Whately Carington, R. H. Thouless, en Inglaterra; y William
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McDougall, Gardner Murphy y J. B. Rhine en este país, se han acumulado pruebas no sólo de la existencia de los fenómenos psíquicos, sino también del modus operandi de la clarividencia, la telepatía y la psicokinesia. Incluso la precognición adquiere sentido de acuerdo a la teoría de los positrones del físico de Caltech, Richard Feynman, que expresa la idea de una energía que viaja hacia atrás en el tiempo. “Tras los pioneros llegó una cantidad de investigadores brillantes como R. A. McConnell, Gertrude Schmeidler, J. G. Pratt, Karlis Osis, Ian Stevenson, H. Forwald, M. Ryzl, J. G. Van Busschbach, R. K. Rao, y otros en el exterior, quienes pusieron los estudios parapsicológicos en el más alto nivel científico posible dentro de la complejidad del campo. “En el pasado hubo buenos sensitivos, capaces de producir fenómenos físicos bajo toda clase de controles, como D. D. Home, Eusapia Palladino y Rudi Schneider; y hoy también los hay que pueden hacer lo mismo. “Hubo buenas teorías de los fenómenos psíquicos en el pasado, y hay teorías modernas de Psi, de las que algunas partes demuestran hallarse en total concordancia con las evidencias experimentales. En resumen, pues, creo que es justo decir que las evidencias científicas a favor de los fenómenos que estudia la parapsicología son aplastantes. “A pesar de esta sólida evidencia, y de la repetibilidad que se ha logrado obtener –por ejemplo, los experimentos oveja-cabra, hechos en primer término por Schmeidler y McConnell, fueron luego repetidos en varios países con el mismo éxito– y a pesar de que hay muchos parapsicólogos que son miembros de la AAAS (Asociación Americana para el Avance de la Ciencia), esta institución no ha reconocido a la parapsicología ni aceptado como miembro a la P.A. (Asociación Parapsicológica). No sólo eso, sino que Science, el órgano oficial de la AAAS, siempre ha estado abierto a las críticas a la parapsicología y aún cierra sus páginas a quienes la defienden.
OVNIS

“En comparación con la parapsicología, el estudio de los está en una etapa temprana, por decir lo menos. Está en la etapa de recoger información de las visualizaciones, que es el equivalente en parapsicología a recoger información de casos espontáneos. Pero nadie ha capturado un plato volador

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para estudiarlo en el laboratorio, ni uno de los hombrecitos que algunas personas pretenden haber visto y hasta hablado con ellos. “En vista del espacio cada vez mayor que se le da en Science al problema de los OVNIS, es forzoso creer que la aceptación por parte de la AAAS, la Academia Nacional de Ciencias y algunas Universidades, tiene que ver, más que nada, con una pizca de escándalo y medio millón de dólares de los dineros del Gobierno. No me quejo de esto, porque pienso que podría valer la pena investigar a los OVNIS aun cuando resulten ser un fenómeno de histeria colectiva. Lo que objeto es el trato injusto que se le da a la investigación psíquica, las consecuencias probables de esta arbitrariedad, la falta de responsabilidad hacia el público por parte de varias instituciones públicas. “Miles de personas que están interesadas en saber más acerca de sí mismas, de la naturaleza del hombre, de las experiencias psíquicas impresionantes que han tenido, se vuelven víctimas de fraudes inescrupulosos cuyo propósito es sacarles dinero. Horóscopos, quiromancia, libros engañosos y hasta matrimonios satánicos y misas negras –todo ampliamente publicitado– se venden por todas partes sin que haya ninguna protección legal, ni el menor intento de contrarrestar su deshonestidad por medio de la educación, cuya finalidad es precisamente esclarecer al público y ayudarle a tomar decisiones sensatas. “Ahora leemos que ‘la AAAS está considerando la posibilidad de celebrar un simposio sobre OVNIs en su próxima reunión anual’. (Science, 161:342, 1968). Como dije antes, no tengo nada contra la investigación de los OVNIs. Al contrario, sería esclarecedor escuchar lo que de ambos lados tienen para decir sobre los problemas metodológicos, el análisis observacional y los sujetos relacionados. Pero, ¿no sería justo tener un simposio de la AAAS sobre Parapsicología? ¿No sería razonable discutir los métodos científicos utilizados en la investigación psíquica en comparación con los aplicados en las ciencias ‘mejor establecidas’? “Estoy seguro de que muchos científicos estarían más que agradablemente sorprendidos si tal reunión se llevara a
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cabo. Y estoy seguro de que muchos miembros de la AAAS tendrían algo que aprender de los parapsicólogos respecto de los usos y abusos del método científico”. Sin embargo el reconocimiento no estaba lejos. En 1969, la Asociación Parapsicológica se afilió a la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. Como dije antes, la sincronicidad era un concepto dudoso para mí, pero nuestro anterior presidente, Dr. Richard Sutherland, le dedicó tanto tiempo y tanto cavilar, que cuando volvió a dar otra charla sobre el tema, hizo importantes observaciones que deseo ofrecer a mis lectores, dado que sería difícil encontrarlas en otra parte. Richard consideró uno de los conceptos más inasibles del pensamiento psicológico moderno, a saber, lo que C. G. Jung vio como un “principio conector” explicatorio que parece la antítesis de la causalidad concebida en el sentido tradicional, y para el cual Jung acuñó el término “sincronicidad”. La ilustración clásica del principio de sincronicidad se halla en el tipo de augurio del I Ching, el cual, a su vez, muestra la “manera oriental clásica de ver las cosas”. El objetivo de estas predicciones –y también el objetivo de la astrología– es dibujar la “firma” de un momento particular en el tiempo, que tiene su propia huella digital o patrón interno. Observemos el sentido de un cuadro: el sentido de una parte del cuadro no es la “causa” del sentido de otra parte que está junto a la primera, sino que el sentido “se da todo de una vez”. De la misma manera, el principio de sincronicidad se extiende a través del universo, y tiene un paralelo parcial en el concepto de la evolución de los organismos en el pensamiento occidental. Pero nuestro principio científico básico (“causa– efecto”) tiende a oscurecer otros puntos de vista. De acuerdo a ello, Sutherland señaló: “Cuando nos referimos a la ESP, por ejemplo, comenzamos a buscar un emisor y un receptor, moviéndonos en la dirección ortodoxa del tiempo; la única dificultad está en que a veces el ‘efecto’ precede a la ‘causa’”. “Jung creía que la mente inconsciente está en contacto sincronístico con el universo”. Al comentar la manera en que la mente inconsciente se manifiesta, Richard dijo: “No podemos
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predecirlo. Súbitamente tenemos un sueño, una corazonada, una sensación, un estado de ánimo que nos sobreviene. A veces creemos que lo podemos explicar, o mencionar en parte algunos de sus antecedentes, pero en el fondo, es algo que simplemente aparece en lo más espontáneo, lo más inconsciente, lo más creativo de nosotros. Surge de nosotros de la misma manera que surge nuestra firma; es decir, a medida que se desarrolla, también se torna una característica nuestra, pero es esa parte de nosotros que está, podríamos decir, sintonizada con el resto del universo”. (Notas tomadas de Iridis, agosto 1968). Creo que esto fue lo mejor de Richard Sutherland. Mi amigo, colega y colaborador, Dr. Mudundi R. Raju, aceptó darnos una charla sobre sus experiencias espirituales. Raju, como siempre lo llamábamos, físico y nativo de la India, estaba trabajando desde 1963 en el Laboratorio de Radiación Lawrence de California como físico y radiobiólogo. Nos habló de algunas de sus reacciones hacia nuestro país como persona formada en una cultura antigua y ajena en varios sentidos a la nuestra. Decía Iridis: “Aunque él y su encantadora esposa han afrontado con éxito este conflicto de culturas, conservan ciertas impresiones fuertes, entre ellas, en especial, la concerniente a la diferente manera de concebir la felicidad en ambas culturas. Aunque no se considera en condiciones de hablar por toda la India, que es en sí una mezcla de culturas, su sensación es que aquí la gente tiende a gozar de mayor confort físico pero menos confort mental. Le parece que esto es probablemente el resultado de que en la India no se hacen las cosas demasiado fáciles físicamente para los niños, y al mismo tiempo se les inculca paciencia y modestia. “Sin embargo, reconoce (lo cual es posiblemente un dilema humano universal) que hay una dificultad intrínseca en ‘lograr el equilibrio adecuado entre una vida física feliz y una vida mental feliz’. Afirmó que las virtudes básicas se aplican en todas partes y en cualquier cultura. Un comentario más sobre crianza de niños fue que ‘a menudo las personas de mayor edad son las que educan a los niños en la India. Esto es bueno para ambos’”.

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Respecto de su historia personal, Raju habló primero de su maestro espiritual, un hombre notable, Swami Jnanananda, quien fue discípulo de Vivekananda, y que, después de hacerse maestro espiritual, fue a Alemania a estudiar y se hizo profesor de física. En el curso de sus estudios de física, el Dr. Raju fue a ver a su profesor, Jnanananda, a pedirle ayuda en autodisciplina, ayuda que le brindó generosamente. El Dr. Raju negaba estar calificado como maestro de meditación, pero sí podía hacer comentarios sobre su propia experiencia en la materia. “La mente se aclara después de quince o veinte minutos de meditación a la mañana”. Para él la meditación incluye “pensar en la vida que quiero vivir”. Un índice del éxito de sus métodos podría ser su afirmación de que “he disfrutado cada minuto de esta vida” (con referencia a su vida en los Estados Unidos). Antes de partir, dijo que estaba “contento de haber podido hablar de cosas relativas a las partículas subatómicas”. (Notas tomadas de Iridis, septiembre 1968). El lunes, 23 de septiembre, pasaron por San Jose TV canal 36 (UHF) una conversación mía con Elizabeth Steen que habíamos grabado con Adel Hall. Por fin, tuvimos tiempo suficiente para decir lo que queríamos y a una vasta audiencia. El programa que habían grabado antes era bueno, de otra manera yo no lo hubiera hecho. El día 20 recibí la peor noticia desde la muerte de mi madre: Chester Carlson había fallecido. Tuvo un colapso el día anterior en la Calle 57 cerca de la Quinta Avenida, en Nueva York, y murió en el Hospital Bellevue. Joe Kamiya, que fue a verlo, llamó desde Nueva York para dar la mala nueva. Un asistente de su laboratorio me llamó a Berkeley. La última carta que recibí de Chet estaba fechada el 12 de agosto de 1968. La transcribo aquí completa. “Querido Jose: “Esta es en respuesta a tu carta del 28 de julio que encontré esperándome cuando volví de un Zen sesshin de cinco días y medio la semana pasada. “Quizás te informé mal. Mi médico no me prohibió recibir visitas, pero había tenido más presiones de las que podría
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tolerar y pensé que necesitaba tener un mes de julio tranquilo ya que tuve un ligero trastorno en junio último. Ya salí del paso y me siento realmente bien. “Aprecio lo que dices sobre la FRNM. Es una situación difícil y lo seguirá siendo probablemente hasta que el Dr. Rhine se retire completamente. Sin embargo hay esperanzas de que las cosas mejoren considerablemente y el Directorio está trabajando en ello. “Debo decir que no me entusiasma demasiado el libro sobre la Calavera de Cristal [le habíamos enviado el manuscrito de Sibley Morril, en ese momento en busca de editor]. Es especulación en un 95% y no veo cómo puede hacer adelantar la causa de la investigación psíquica. Tal vez algún editor se interese en publicar el libro por lucro pero a mí personalmente no me interesa correr este riesgo. “En cambio, sí me interesan tus estudios con el Dr. Kamiya, y espero tu próximo informe sobre el particular. Recientemente recibí la visita del Dr. Richard Baker, quien creo que es gerente comercial del Centro Zen San Francisco. Mencionó los trabajos de Kamiya en la materia. “Espero que mi amigo, W. H. Perry, pueda visitarte a ti y a Kamiya pronto. Creo que lo encontrarás interesado e interesante. “Con los mejores deseos. “Tuyo sinceramente, (firmado) Chet Chester F. Carlson”. El sábado 21 a la mañana envié un telegrama a Dorris. Como estábamos trabajando con Kathy, el cuñado de Chet me llamó desde Rochester, NY, para invitarme a las ceremonias que tendrían lugar en Xerox el jueves. Llamé a Roy Carlson; dijo que estaba por viajar el martes. El domingo ponderé la situación: tenía tantos problemas que resolver en el laboratorio y con un curso que estaba tomando, que casi había decidido no ir. El lunes llamé a Roy para decírselo. Realmente me partía el corazón no poder ir a dar el adiós al mejor amigo que había tenido en los Estados Unidos.
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Otro problema que tenía era que debía presentarme en tribunales el jueves. Me habían puesto una multa en una situación muy dudosa, con una motocicleta que me pasaba en el momento en que el policía hacía su lectura de radar, y él escondiéndose en una “trampa policial”. Me parecía que el caso tenía que ser oído en la corte. Me preparé en unas horas que pasé en la biblioteca de la escuela de derecho. La mañana del 25 me desperté temprano, leí un rato, fui al laboratorio, y allí preparé mis notas. Mi amigo Joe García decidió dar un paseo conmigo y observar cómo se hace justicia en estos días. Mi autodefensa fue soberbia, pero el juez dijo que me tenía que multar, porque las lecturas del radar se supone que son infalibles. Insistí en que no estaba cuestionando la exactitud del radar, sino la situación en conjunto. Me impuso ocho dólares por “costas del juicio”. Joe pensó que yo era un nuevo Perry Mason. Los experimentos con el Dr. Joe Kamiya y su equipo fueron sin duda lo más interesante que hicimos durante mis años en Berkeley. Estos experimentos se hicieron entre los meses de mayo y agosto de 1968 en el laboratorio de Kamiya en Langley Porter. Chet había aprobado los gastos a cargo de mi asignación y se mantuvo informado de los resultados a medida que se producían. Elegimos como objetivos seis figuras, tres “calientes” y tres “frías”. Eran las siguientes: un soldado muerto, una madre y su niño, un hombre enfermo que mostraba su torso y rostro con grandes zonas rojas, un lago, un círculo y un “pancho”. Eran todas del mismo tamaño, 7,5 x 12,5 cm. (3” x 5”), en colores. Los sujetos tenían que tratar de adivinar 12 objetivos por sesión, para un total de 4 sesiones. Los objetivos fueron aleatorizados por uno de los asistentes. Yo actué como emisor en todas las sesiones excepto una, en que lo hizo Joe. La hipótesis a probar era que los sujetos obtendrían mayores aciertos (es decir, captar la figura correcta) estando en alfa “alto” que los que obtendrían en alfa “bajo”. Sin duda el lector tiene conocimiento del electroencefalograma (EEG), que se obtiene colocando electrodos en diferentes lugares del cuero cabelludo de modo que la actividad eléctrica del cerebro pueda ser convenientemente amplificada y registrada. Se pueden estudiar y clasificar los diferentes tipos de ondas cerebrales
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según dónde se coloquen los electrodos y según la actividad del cerebro. La frecuencia con que se producen esas ondas (cuántas por segundo) es el parámetro más importante para hacer las clasificaciones. Las ondas alfa y beta son las únicas descriptas por su descubridor, Hans Berger. El ritmo alfa, que cubre de 8 a 13 ciclos por segundo, está asociado generalmente con la relajación mental y física, y puede ser bloqueado por una estimulación visual o actividad mental. El ritmo beta, un poco más rápido, cubre de 14 a 30 ciclos por segundo, y no es susceptible de ser suprimido por la estimulación visual. El ritmo delta es más lento, de 0.5 a 3.5 por segundo, y está asociado a estados patológicos; en estado normal sólo aparece durante el dormir. Finalmente, el ritmo theta, que va de 4 a 7 ciclos por segundo, se vincula con necesidades materiales y estados emocionales. Un par de personas en el laboratorio de Kamiya creía que estaba relacionado con la psicokinesia, pero esto no ha sido probado. Cuatro mujeres y un varón completaron las cuatro sesiones. Todos ellos estaban familiarizados con las técnicas de la meditación. Se les pagó tres dólares la hora. Al comienzo de cada sesión se hacía un registro de EEG durante unos 20 minutos, con los ojos cerrados, para obtener su porcentaje de ritmo alfa en condiciones básicas. Para estar en alfa “alto” tenían que estar por encima de su línea de base. Si estaban por debajo, se consideraba alfa “bajo”. Por supuesto la línea de base era distinta para cada sujeto y también podía variar de una sesión a otra. Comparamos el número de aciertos en alfa alto versus el número de aciertos en alfa bajo. Aunque el número de aciertos resultó mayor en alfa alto, la diferencia no fue estadísticamente significativa. Sin embargo, tres de los sujetos obtuvieron significación estadística (al nivel de 0,05), dos de ellos en alfa alto y uno en alfa bajo. Nuestra hipótesis probó ser errónea, al menos en esta limitada serie de experimentos. Mi teoría fue que los sujetos en alfa alto eran verdaderos receptores, es
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decir, receptores telepáticos. El emisor miraba las figuras y trataba de enviarlas a los sujetos telepáticamente. Los sujetos podían obtener la información sea por clarividencia (es decir, “ver” directamente la figura) o por telepatía (de la mente del emisor). Los sujetos en alfa bajo serían entonces clarividentes. Durante esas sesiones se hicieron observaciones interesantes. El emisor, que por lo general era yo, estaba en una habitación en un piso más arriba de donde estaba el sujeto, y lejos de éste. El director de la sesión, ya fuera Kamiya o un asistente, daban la instrucción para mirar el siguiente objetivo mediante un locutor. Yo podía también oír al sujeto, si él deseaba expresar algo que ayudara a su recepción del objetivo, pero no podía hablarles a los sujetos. En una ocasión, durante un período de descanso, una de los sujetos me pidió: “No piense palabras, concéntrese ‘visualmente’”. Aunque eso era lo que siempre trataba de hacer, en realidad de las dos maneras, la palabra y la figura, cuando hice lo que me pidió, obtuvo tres aciertos seguidos. El único sujeto varón, Mischa Dolnikoff, era el fundador y presidente de la Sociedad de Filósofos de San Francisco; había estudiado yoga, mediumnidad y curación paranormal durante varios años, y sugirió que el emisor utilizara su técnica de meditación. Dijo que esto le facilitaría captar el mensaje. Como escribí en Psychic (noviembre de 1969), aun cuando no alcanzó la significación estadística, lo sorprendente fue que era capaz de calificar sus aciertos. Por ejemplo, decía, “Ay, José, puedo ver la figura como si tu cerebro fuera un libro abierto, es un lago”, o “Ay, ese pobre soldado, lo veo muy claramente”. A esa altura del período experimental, Dolnikoff obtuvo siete aciertos en once ensayos. Si bien no está permitido seleccionar parte de un experimento para la evaluación, la técnica parecía promisoria. Al tener conocimiento de estos experimentos preliminares, el Dr. K. Ramakrishna Rao, por entonces en la Universidad Andhra, en la India, vino a visitarme e hicimos un experimento diseñado por él con estrictos controles y basado en la misma hipótesis. Actué yo como emisor, el Dr. Kamiya y
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su equipo manejaron los aspectos técnicos, Mischa fue el sujeto, y el Dr. Rao como director general. El experimento fue exitoso, con resultados estadísticamente significativos a favor de la condición alfa alto. Esta línea de investigación resulta de gran interés hoy, veintisiete años después, especialmente porque ahora podemos visualizar qué áreas del cerebro están involucradas en los distintos momentos del experimento, tanto en el cerebro del emisor como del receptor. Como lo dije y lo escribí por largo tiempo, necesitamos al menos cien millones de dólares para equipar una investigación digna del objetivo que está en juego: penetrar en la naturaleza de psi y sus relaciones con las funciones del cerebro. Hay personas acaudaladas que gastan esa cantidad de dinero en campañas políticas o en comprarse un par de Van Goghs cada año. Yo creo que los estudios sobre la naturaleza de psi, que sin duda están relacionados con la naturaleza inasible de la conciencia, valen mucho más que cien millones de dólares. Son estudios que pueden cambiar el futuro de la humanidad. [Ver: Rao, K.R., & Feola, J.M., Alpha rhythm and ESP in a free response situation. En: W.G. Roll, R.L. Morris, & J.D. Morris, Eds., Research in Parapsychology 1972, pp.141-144. Metuchen, NJ, Scarecrow Press, 1973]. El orador de septiembre en la Sociedad fue Mischa Dolnikoff, que actuó como sujeto en nuestros experimentos EEG/ESP. Mischa era un hombre con diversas habilidades: pintor, cantante y durante muchos años practicante de la curación espiritual. Su mayor experiencia la había adquirido en México, ya que algunas de sus prácticas no hubieran sido permitidas en los Estados Unidos. Había escrito tres grandes volúmenes sobre sus experiencias, profusamente ilustrados con fotografías en colores de sus pacientes. De Iridis, octubre 1968: “Para tomar las cosas en orden de importancia, nuestro orador señaló que lo principal es el motivo primero. Como lo indica el título: ‘Curación espiritual para la iluminación y la liberación’, la curación espiritual, valiosa como es, no se cierra en sí misma, sino que es parte de una experiencia mucho mayor. Tal curación es espiritual justamente porque, si nuestros motivos no son puros, no podemos desprendernos de ‘la
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pequeñez de conciencia y la estrechez de miras’ como debemos hacer para poder recibir ‘esa enorme expansión de nuestro ser’. Además, ‘No tenemos que estar atados a un pequeño cuerpo, mente y personalidad. La vida es millones y millones de veces más grande que lo que podamos imaginar. Vemos con los ojos del espíritu que somos ilimitados, vida oceánica y realidad’. En cuanto al método, es ‘bastante mundano’ y nada grandioso. ‘Basta sugerir a la persona que se concentre; enseguida su mente se aquieta y se vuelve más receptiva; la mente subconsciente envía un mensaje al cerebro inferior y de ahí a las glándulas y vasos sanguíneos; los resultados se producen, a veces instantáneamente’. Esto es posible porque ‘las moléculas y átomos del cuerpo están en constante fluir, y sus patrones les son impuestos continuamente por las células del cuerpo y por la mente, los cuales pueden entonces producir cambios en los patrones de la salud y la enfermedad’. “Nuestro orador hizo luego una demostración del método para inducir concentración y receptividad, que para muchos de los presentes fue impresionante”. Después de esta reunión, algunos de nosotros tuvimos oportunidad de practicarlo varias veces bajo la dirección de Mischa. En esencia, el método consistía en acostarse en el piso y aprender a relajar nuestros cuerpos comenzando por los pies, piernas, luego manos, brazos, etc., pero manteniendo la mente alerta. En este punto se dan las sugestiones para la curación. Fuimos testigos de un caso extraordinario; se trataba de una mujer que había perdido el uso de sus piernas y estaba en silla de ruedas cuando varios de nosotros fuimos con Mischa a su casa para comenzar a practicar ese método. En menos de un año, la mujer caminaba con muletas, luego con dos bastones, y al final normalmente. Adquirió total control del dolor, resistiendo las punciones lumbares sin anestesia. Inspirada por tales experiencias, la mujer fue a la India, hizo dos años de entrenamiento en yoga y regresó para enseñar y ayudar a la gente que sufre. Nuestro programa continuó con una charla por Joe Kamiya, acerca de sus estudios de ondas alfa y sus reacciones
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después de una conferencia sobre parapsicología. Era más un observador que un defensor. Reginald Bretnor, un renombrado escritor de asuntos militares, armería, ciencia ficción y humor, quien fue también uno de nuestros directores, dio en noviembre una charla sobre “Profecía involuntaria”, entendida como un dicho que resulta ser profético, aunque parezca no haber sido emitido con tal intención por parte de su autor. He aquí un ejemplo de los que utilizó nuestro orador. Julio Verne y el Vanguard I. “En 1957 un periódico dedicado a difundir la conquista del espacio publicó un breve artículo que llamaba la atención sobre una serie de predicciones de Verne, fantásticas por su exactitud y curiosas en sus implicaciones. Casi cien años antes del Vanguard I, Verne escribió sobre un viaje al espacio en un vehículo de 10.000 kg de peso, lanzado desde un sitio en Florida a 28 grados de latitud Norte, y disparado por un ‘Club de Armas de Baltimore’. El Vanguard I, en 1957, fue planeado para pesar 12.000 kg. y ser lanzado desde el Centro de Pruebas de Misiles de la Fuerza Aérea, en Florida, a 28 grados y medio de latitud Norte. El Centro de Pruebas de Misiles es una de las principales dependencias del Comando de Investigación y Desarrollo de la Fuerza Aérea, que en el momento del lanzamiento se hallaba instalado en Baltimore”. Otro ejemplo interesante fue el de Morgan Robertson, escritor de historias del mar, quien en 1898 publicó un cuento titulado The Wreck of the Titan (“El naufragio del Titán”). El Titán es un transatlántico de “doscientos cuarenta metros de largo, setenta mil toneladas de desplazamiento, setenta y cinco mil caballos de fuerza”, y considerado “prácticamente imposible de hundirse”. En su primer viaje, choca contra un iceberg en el Atlántico Norte y se hunde con grandes pérdidas de vidas. En 1912, el buque de la línea White Star, Titanic, veinticuatro metros de largo, e igualmente considerado imposible de hundir, chocó con un iceberg en su primer viaje en el Atlántico Norte y se hundió, perdiéndose más de mil quinientas vidas. Después de varios ejemplos más, Bretnor concluyó que debería investigarse más este tema. Todos estuvimos de acuerdo.

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Nunca tuve una experiencia de profecía involuntaria. Las experiencias proféticas que tuve (muy pocas, por suerte) eran como relámpagos y parecían venir de ninguna parte, o a manera de inspiración, como mi predicción de que el actor Ronald Reagan llegaría a ser un hombre poderoso, un presidente. Con Luis Álvarez siempre me pareció claro que ganaría el Premio Nobel. Muy pocas personas lo creían, no porque le faltaran méritos, sino porque buena parte de su trabajo lo había hecho durante la guerra. Recibimos la noticia de su premiación el 30 de octubre. Fui a la recepción en su honor al día siguiente. Le recordé nuestra conversación sobre la ESP. Se limitó a sonreír. Por esa época tenía un estudiante trabajando en mi laboratorio. Se preparaba para ingresar en la escuela de medicina y quería aprender lo más posible con nosotros. Puse a George a trabajar en un viejo proyecto que había dejado inconcluso en la Argentina, tomar fotografías de objetivos espesos con los rayos X de baja energía producidos por un trozo de aluminio irradiado con rayos X de alta energía. Pronto tomó lindas fotos de hojas, pero había que hacerlo con huesos. Nunca logramos el objetivo final, que era mostrar los canales haversianos, para justificar el oneroso equipo que usábamos al efecto. Nos hicimos buenos amigos con George, y naturalmente, hablamos de ESP. Le interesaba mucho y quería hacer algo al respecto. Le sugerí que formara un grupo en el campus y luego organizara una serie de charlas. Hacía mucho que no se realizaba una actividad seria en el campus de Berkeley. Aceptó la tarea y pronto tenía un grupo funcionando bajo el nombre “Los Prometeicos”, que también se lo había sugerido yo. Los saludé desde mi Página del Presidente de enero 1969. “Se ha formado un nuevo grupo estudiantil en el campus de Berkeley de la Universidad de California: Los Prometeicos. No pretenden robarle el fuego a los dioses, sino más bien soplar un poco de aire fresco sobre las brasas calientes de ciertas áreas merecedoras de investigación científica que han sido largamente desdeñadas en los campus de Berkeley. “Qué mejor que empezar con la parapsicología, campo que roza los límites de las ciencias más firmemente
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establecidas –física, química, biología– así como los de otras no tan bien establecidas, especialmente la psicología y todas sus ramas. “¿Qué es lo que hace que una ciencia sea bien establecida? Hay dos criterios ampliamente reconocidos: la reproductibilidad y la predictibilidad de los fenómenos involucrados. Y hay una consecuencia oculta de esos criterios: el poder de manipular esos fenómenos, lo cual significa poder sobre la Naturaleza. Si las ciencias bien establecidas han llevado o no a la humanidad al borde de la extinción o al umbral de la conciencia plena, no lo sabemos. Pero sí sabemos que la física y la química han contribuido muy poco a nuestra comprensión del hombre y de su lugar en este mundo, su mente y sus capacidades. “Hay personas que esperan que la física sea capaz de explicar al hombre, desde los átomos que lo componen hasta el funcionamiento del cerebro. (La mente es sólo un producto del cerebro para ellos). Hay otros que creen que esto es un sinsentido total; nunca se puede explicar el funcionamiento de una entidad compleja dividiéndola en partes y mostrando cómo funciona cada parte. Por supuesto, las personas del primer grupo piensan que la parapsicología como ciencia no puede ser, por la sencilla razón de que los fenómenos ‘alegados” por los parapsicólogos no pueden ser explicados en base de la física; luego, no existen. Tiene que ser fraude, o alucinaciones, o autoengaño, o todo junto. “Hay muchas razones por las cuales la parapsicología es materia de controversia. La principal de ellas no es el carácter irreproducible de los fenómenos que estudia, sino más bien el hecho de que hasta ahora no hay explicación física o teoría verificable para a) la TELEPATÍA, o percepción paranormal de las actividades mentales de otra persona; b) la CLARIVIDENCIA, o percepción paranormal de hechos objetivos, a diferencia de la cognición telepática de las actividades mentales de otra persona; c) la PRECOGNICIÓN, o cognición de un hecho o serie de hechos futuros que no podrían ser conocidos por medio de una inferencia racional. “Ahora, los Prometeicos quieren examinar todo eso. Quieren saber qué se hizo, qué se está haciendo, qué puede
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hacer su generación, en el campo de la parapsicología tanto como en los demás campos que se proponen examinar. Es bueno que lleven el tema a la atención de los estudiantes, las facultades y el público en el campus de Berkeley, porque si no –como pasó con los Sputniks– después de estar a la cabeza durante veinticinco años, podremos perder la iniciativa, ahora mismo, a manos de los científicos rusos”. Al final, prometíamos ayudarlos en todo lo posible. Di la primera charla de una serie de tres. Se titulaba “La Parapsicología examinada: I. Una vista panorámica”. La fecha fue el miércoles 22 de enero a las 19:30 en la Sala 210 del Wheeler Hall. Al terminar, una docena de estudiantes vinieron al frente de la sala para hacer preguntas sobre las estadísticas y otros detalles que yo había escrito en el pizarrón. Saqué mi pipa del bolsillo, la llené con tabaco y encendí un fósforo. Apenas di dos pitadas sentí un olor a quemado: “¡Eh! –dije– esto no es de mi pipa” mientras empezaba a salir humo del sistema de ventilación. “¡Salgamos de aquí, rápido!”. Mientras corríamos hacia el frente del edificio vimos llamaradas en el gran auditorium del centro del edificio. Nos pusimos a buscar una alarma de incendio, pero ya oíamos llegar a los bomberos. Con mi joven amigo Isaac Bonewits, estudiante de magia, salimos caminando tranquilamente del edificio y observamos a los bomberos trabajar frenéticamente para extinguir el incendio. Él tenía una pipa amarilla de espuma de mar, grande y curva, y decía que daba el humo más fresco posible y que yo debería conseguirme una. Fumábamos los dos y conversábamos acerca de la coincidencia de que la primera reunión de los Prometeicos prendiera fuego al Auditorium Wheeler, que quedó totalmente destruido. Nunca se encontró el origen del incendio. La segunda charla de la serie la dio el profesor Michael Scriven, conocido filósofo y con una posición favorable hacia la parapsicología. Su charla tuvo lugar el miércoles 5 de febrero en otro edificio del campus, a las cuatro y media de la tarde. Todavía recuerdo vívidamente aquella tarde. Contrariamente al fuego de los Prometeicos, esta fue una charla acogida por una lluvia intensa. El salón estaba lleno, con gente parada esperando al Dr. Scriven, quien llegó tarde. Habló sobre “Aspectos metodológicos y filosóficos de la investigación de la ESP” con su estilo ingenioso y penetrante.
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La tercera y última charla de la serie la dio el profesor C. West Churchman, autor del libro Challenge to Reason [Desafío a la razón]; habló sobre las normas de juzgamiento en la investigación de la ESP. En esencia, dijo lo mismo que los profesores Birge y Álvarez: es demasiado importante para descuidarla; sus métodos, procedimientos y análisis tienen que ser los mejores y sin deficiencias. En esto estuvimos todos de acuerdo. Lamentablemente para el campus de Berkeley, después de que George se fue para seguir estudios de medicina en la UCLA, los Prometeicos se desbandaron. Pasarían muchos años antes de que la parapsicología volviera otra vez al campus, y no en la misma forma organizada. Mi Página del Presidente por el mes de marzo se refirió a “El terremoto y yo”. No puedo resistir el impulso de transcribirlo, porque creo que mis reflexiones de entonces son hoy completamente válidas y pueden ser útiles para mis lectores (si es que han llegado hasta aquí). “Todos hablan del ‘terremoto’ en estos días. [Recordemos: es marzo de 1969]. Esto se refiere al que va a ocurrir el próximo 19 de abril, que se supone que nos va a causar muchos trastornos. Científicos, periodistas, psíquicos, los que operan con bienes raíces, y muchos otros han tenido algo que decir al respecto. Mucha gente me ha preguntado qué opino, tanto en mi carácter de científico como en el de persona vinculada a la investigación de la ESP. Dado que una de nuestros miembros ha sido citada varias veces en los diarios y mencionada en las revistas como la señora de San Francisco que tuvo la visión… etc., y como hemos tocado el tema hace algún tiempo en la TV (canal 36), creo que corresponde decir aquí lo que pienso acerca del 19 de abril. “Como científico, sólo puedo repetir lo que otras personas más calificadas han dicho una y otra vez: no sabemos cómo predecir terremotos; de modo que en términos de posibilidades, el paréntesis tiene que ser bastante amplio. Por ejemplo: sabemos que puede haber un terremoto de más de 5 grados en la escala de Richter en algún momento dentro de los próximos 200 años. Podemos decir que hay un 50% de probabilidades de que tengamos un terremoto muy destructivo
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en los próximos 1.000 años. Pero eso es todo lo que científicamente podemos decir. [Desde entonces hubo avances en la predicción, pero valen dentro de los dos o tres días anteriores al terremoto, sin predecir su intensidad]. “Con respecto a las profecías de la ‘señora de San Francisco’ todo lo que puedo decir es que la he examinado como psicómetra, y era buena, aunque se encontraba aún en la etapa de desarrollo. Nunca la he examinado en precognición. Sé de una ocasión en que predijo que algo sangriento iba a ocurrirle a alguien conocido de una de las cinco personas presentes. En efecto, una semana más tarde ocurrió un accidente fatal. Pero, como profecía, fue demasiado imprecisa como para correlacionarla con los hechos. “No importa lo que piense la gente acerca de este asunto del terremoto, yo creo que es cuestión de sentido común lo que cada uno hace con su vida. Me refiero, claro está, a aquellas personas que creen que deberían irse de California antes de que sea demasiado tarde. A ellos les repito lo que le dije a la profetisa de San Francisco: si siente que tiene que irse, hágalo, pero no lo haga solamente porque tuvo una visión o una pesadilla. Su visión puede ser la expresión de un temor subconsciente. Pero, desde que hay efectivamente una probabilidad –que no podemos evaluar– de que se produzca aquí un terremoto dentro de, digamos, los próximos cincuenta años, usted puede irse y decir que prefiere correr cualquier otro riesgo antes que el de un terremoto. La probabilidad de muerte puede ser bastante bien evaluada –por eso son tan prósperas las compañías de seguros– pero son cifras que sólo se aplican a grandes grupos, no a los individuos. Lo mismo es cierto en el caso que estamos considerando; hagamos una estimación del lado pesimista: Supongamos que hay un terremoto catastrófico el 19 de abril, y admitamos que mata más gente que cualquier otro terremoto conocido; digamos, cien mil personas. Ahora bien, supongamos que afecta a la mitad de la población de California, en números redondos, diez millones. Entonces, su probabilidad de morir es 100.000 dividido por 10.000.000, que es 1 en 100. No está tan mal, después de todo: 99% sobrevivirán SI es que el terremoto se produce, y SI es tan terrible. El problema es que no puede calcular las probabilidades de tener que afrontar dificultades por el hecho
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de abandonar California por temor al terremoto… Si se va con apuro, puede tener un accidente en la ruta; si va al norte, aumentan sus probabilidades de contraer neumonía; si vuela, su avión puede ser desviado a Cuba, o simplemente tener un accidente; si va a… Hay muchos otros futuros eventos peligrosos que uno puede predecir con bastante exactitud (al menos relativamente). Por ejemplo, como las mayores potencias están en el Hemisferio Norte, la probabilidad de una guerra –y esto incluye una guerra nuclear– son mucho mayores aquí que en la porción sur del mundo. Entonces todos tendríamos que ir al sur. Pero ¿y el hambre, las guerrillas, los dictadores, la pobreza, etc.? “Pero yo creo que usted ya captó la idea, querido lector, y espero no haber abusado de su paciencia. No, no es por la probabilidad de un terremoto que queremos irnos, es por razones más importantes”. Aunque Iridis llegaba a todos los ex directores, no estoy seguro de que Elizabeth haya alcanzado a leer mis comentarios. Poco después llegó la noticia de su intempestiva muerte, y los testimonios se publicaron en el número de abril de 1969. Ella me había dicho que sabía que iba a morir joven, menos de un año antes de que sucediera. No era por ella misma que escapaba del terremoto cuando ella y su familia se fueron. Como lo expresó una persona de su amistad: “Elizabeth Steen, Psíquica: con su altruísmo, no pensó en su propia salud sino que se sacrificó para asegurarse de que su familia viviría”. Otros dijeron: “Era la persona más interesante, encantadora y sincera, y pienso que habría hecho grandes contribuciones al conocimiento del mundo psíquico si no hubiera muerto a tan temprana edad”. “Creo que fue uno de los sujetos más fuertemente motivados con quienes trabajé en mucho tiempo. Más aún, fue un ser humano maravilloso, compasivo y de buen corazón”. “Admiré y respeté sus dones, y la quise mucho como persona. Nadie podrá reemplazar a Elizabeth”. Qué triste verdad.
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Mi vida como científico continuó a ritmo acelerado, experimentos y más experimentos, reuniones, artículos, visitantes, conferencias, reuniones con ganadores del Premio Nobel. Mis experiencias psíquicas se habían reducido a presentir llamados telefónicos, especialmente los de Sibley Morrill, pero nada importante sucedía. En busca de indicios mejores que el de mis propias especulaciones teóricas volví a leer una y otra vez el artículo de Bill Roll The Psi Field (Proceedings of the Parapsychological Association, Number 1, 1957-1964, 32-65). Era, y de muchas maneras lo es todavía, un artículo desafiante. Varias de las hipótesis tenían sentido, pero era difícil ver cómo aplicarlas para aprender a utilizar la ESP o la PK a voluntad. Este es uno de los objetivos finales, de otro modo psi no ocupará su lugar en la vida cotidiana; seguirá siendo un tema de conversación interesante, pero no mucho más. Tuvimos varias charlas interesantes en la Sociedad, sobre hipnosis, sobre Edgar Cayce y sobre Meher Baba, cuyos libros yo había leído. Edgar Cayce es bien conocido por mis potenciales lectores, un hombre sumamente interesante. Uno de los motivos por los que me atraen sus experiencias es el referido a sus estados de conciencia en el momento de obtener información relevante para la persona que lo consulta. Tanto los psíquicos como los artistas creativos y los científicos parecen tener acceso a la vasta región de las ideas y la información, luego vuelven con una prescripción (Cayce), un nuevo concierto (Mozart) o una revolución en la física (Schoedinger). En esos días llegó mi amigo K. R. Rao, como mencioné antes. Dio una charla para nuestro grupo y escribió acerca del psi missing, uno de mis temas favoritos, y que siempre cuestioné. A continuación, un extracto de sus notas para nuestro boletín. “Consideremos, por ejemplo, el fenómeno de desplazamiento. Whately Carrington descubrió, en sus experimentos con dibujos, que algunos de sus sujetos tendían a acertar no la figura que en ese momento era su objetivo, sino la siguiente.

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“El hecho de que el sujeto acertara, no la carta que correspondía a ese llamado sino una diferente, sugiere que el sujeto recibe señales tanto de objetivos presentes como pasados o futuros, de los objetivos propuestos y los que no, y se encuentra en el dilema de elegir la señal correcta de entre las muchas que recibe. De ahí la necesidad de controlar el input de esas señales, y segundo, reducir el ruido y aprender a interpretar las señales de la manera correcta y adecuada. “¿Cómo se puede hacer esto? Una vez más, me encuentro ante la notable pertinencia de las enseñanzas del yoga en este tema. A mi parecer, los yamas y niyamas pueden cumplir la función de purificar el ego y así reducir el ruido y ayudar a la recepción. También las facetas dharana, dyana y samadhi de los ejercicios del yoga pueden servir para la función esencial de controlar las fluctuaciones de la psiquis. El segundo sutra en los Yoga-Sutras de Patanjali dice que el Yoga controla las fluctuaciones de la psiquis. Para mí, entonces, tiene sentido que el Yoga pueda ayudarnos a controlar lo paranormal, cuando tantas otras técnicas han fallado”. No podría yo cuestionar esto, siendo que he utilizado las técnicas yoga en algunos de mis más osados y exitosos experimentos. Pero en el problema del psi-missing, si el sujeto conocía la respuesta correcta y eligió otra, entonces o bien era un mal sujeto o tenía algún problema psicológico que hacía que evitara los aciertos. El lunes 2 de junio de 1969 fuimos con el Dr. Rao al campus de la UC Davis, donde el Dr. Charles Tart había invitado a Rao a dar una charla sobre la educación en la India. Cenamos juntos después de que Charles nos mostró parte del equipamiento que utilizaba. Durante la cena, el Dr. Tart dijo que el trabajo del Dr. A. Puharich “es bueno y aceptable”. Tomé debida nota de esto en mi diario, porque Puharich había sido un tanto discutible. Después de la partida de Rao, el martes 10 de junio, Alec Macrae me invitó a una cena escocesa en San Francisco. El encuentro fue muy satisfactorio. Conversamos sobre Cienciología; él había hecho cursos y sabía mucho más que yo del tema. Dio una definición que me pareció interesante: “La
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cienciología es una tecnología para demostrar el espíritu, de la misma manera que antes tuvimos necesidad de una tecnología para demostrar la electricidad”. Claro que yo no sabía si el espíritu tenía que ser demostrado o no. Me interesaban los ejercicios y técnicas que usaban. El día 13, por fin, tuve una buena experiencia de ESP. Había dejado mi coche en el garaje y volví a mi laboratorio subiendo la colina en el bus especial que teníamos. Mientras estaba en el bus me “vi” bajando en la puerta y dando un salto para alejarme de una serpiente de cascabel enroscada al costado de la ruta. Cuando bajé todo sucedió exactamente como en mi “visión”. Salté y corrí a mi edificio, llamé a un joven experto en animales y él capturó la serpiente. Por entonces, un viejo amigo de la Argentina vino a Berkeley a recibir un premio por sus servicios a la causa de los usos pacíficos de la energía atómica. Era Mario Bancora, director de la Comisión Argentina de Energía Atómica, que me había dado mi primer trabajo allá. Fui invitado a almuerzos y cenas con Premios Nobel, y a participar en la procesión académica. Nunca lo había hecho, no me gustan esos actos y el uso de la toga y el birrete, pero no lo pude eludir. Fui el traductor oficial de Bancora, aunque él en realidad no lo necesitaba. Había estudiado en Berkeley años atrás, de ahí la medalla. De modo que lo hice, y debo decir que lo disfruté. La oradora estrella era Margaret Mead, la conocí y hablé con ella. Bancora me trajo un protocolo de un médico que había tratado en Buenos Aires, con gran éxito, casos de cáncer de mama metastásico. Yo recordaba el caso porque había conocido a ese médico, al que habían suspendido por seis meses debido a revelaciones prematuras a la prensa. No había nada nuevo para mí en el protocolo. Lo nuevo era que la sobrina de Bancora, una joven madre de veintiséis años a quien le habían dado seis meses de vida a causa de metástasis en axila y cuello, había sido salvada por ese médico. Le había hecho una biopsia, a la cual aplicó rayos X (no supimos la dosis exacta), luego incubó la biopsia durante dos días a 37 grados centígrados, y le inyectó a la paciente por vía intramuscular un centímetro cúbico de lo que sobrenadaba en la preparación. Se produjo una reacción similar a un shock anafiláctico, con fiebre alta que duró muchas horas. Después
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de lo cual, la paciente entró en remisión y, en efecto, seis meses después jugaba con sus hijos y estaba completamente curada. Informé de esto debidamente al Dr. Lawrence, quien prometió considerar la posibilidad de hacer algunos experimentos. Se hicieron algunos, utilizando el linfoma ascites que habíamos inducido en ratas. Se logró cierto grado de rechazo, pero no lo mismo que el de las pacientes argentinas tratadas de verdaderas metástasis mortales. Paul Todd vino a hacer algunos experimentos y se quedó conmigo. Buena oportunidad para consultar con él sobre diseños experimentales y otros temas de investigación. El 2 de julio llegaron noticias de que el Dr. Yosh Maruyama buscaba un radiobiólogo para la Universidad de Minnesota en Minneapolis, y que yo podría ser la persona indicada para el puesto, ya que estaba dispuesto a darme facilidades para cursar mi doctorado. Yo tenía varias otras oportunidades todavía en consideración. Le conté a Dorris Carlson sobre estos acontecimientos en una carta de fecha 7 de julio. Yo estaba trabajando en una teoría abarcativa de todo, antes de que se hicieran populares. Desde luego, las dificultades eran mucho mayores de lo que yo hubiera creído. De todos modos, le pedía a Dorris que considerara la posibilidad de entregarme el resto del dinero que habíamos tratado con Chet para poder concentrarme a tiempo completo en desarrollar esta teoría. Tenía confianza porque en una reunión reciente en la UCLA, Gardner Murphy se refirió a nuestros experimentos con EEG en su discurso de sobremesa como un “desarrollo muy promisorio”. Ella misma, la señora Carlson, había dicho en el Lecture Forum en honor de Chester F. Carlson, organizado por la ASPR: “Pero la investigación realmente valiosa es casi siempre la que hace la persona que trabaja sola, y a veces en soledad. Por lo general no es parte de una gran organización, ni está controlado por quienes no pueden compartir su visión íntima del sentido de lo que está intentando crear”.

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Como le dije en otra carta, “No sé si alguna vez llegaré a producir una gran obra de investigación, pero lo que usted dijo me da un estímulo más en esta búsqueda solitaria”. El estímulo perdura todavía, ¡veintisiete años después! El domingo 6 de julio, cinco miembros de la Sociedad y Mischa fuimos a otra sesión de curaciones en Tiburon con nuestra amiga (antes mencionada) quien ya estaba en vías de recuperación. Éramos un grupo infatigable con actividades todos los días de la semana. Supongo que así debería ser siempre, aunque hoy me canso al tratar de revivir aquellas experiencias, que fueron tantas que apenas si puedo dar cuenta aquí de la mitad de ellas. El Dr. Richman, el líder del proyecto de los piones negativos, todavía estaba tratando de convencerme de ir a Dallas con él. Discutimos largamente el futuro de los piones negativos con él y los Dres. Raju y Curtis. Luego, en la tarde del 8 de julio, discutí con Richman lo del trabajo en Dallas. La culminación de aquel día fue, sin duda, la actuación de Rudolph Nureyev con el Royal Ballet en San Francisco. Dos días después escuchamos un seminario por Brian Goodwin, sobre “Organización Biológica”. Tuve al Dr. Glaser, ganador del Premio Nobel, sentado a mi lado. Me parecía que tal vez algunas de las premisas del Dr. Goodwin eran erróneas, pero no podía identificarlas. El 16 de julio recibí la oferta por escrito del Dr. Maruyama. Me había levantado temprano, porque Ron y Cathy habían venido a ver el disparo a la luna a las 6 de la mañana. Así que ahora dependía de mí ir a Minneapolis para mi doctorado, tan largamente pospuesto. El sábado 19 de julio tuve una buena experiencia de ESP. Había decidido ir al hospital. Fuimos con Adriana, quien había participado en varios experimentos con EEG. Cuando estábamos en la autopista, le dije que tenía la impresión de que allí nos íbamos a encontrar con Mischa. Estacionamos no lejos del laboratorio de Kamiya. Esperábamos el ascensor, que tardaba en aparecer. Entonces sonó la campanilla de uno de ellos a nuestras espaldas: ¡era Mischa que bajaba!

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Fuimos a visitar a nuestra amiga en Tiburon, luego hicimos un viaje alrededor del Centro Cívico Marino, y terminamos en Punta San Pedro. Esa noche adiviné correctamente quién iba a convertirse en Miss Universo. El domingo 20, la Apollo 11 descendió en la Luna. Lo vimos por TV en la casa de Ron, no lejos del campus. Ron y su joven esposa Cathy eran cienciólogos con gran entusiasmo por la investigación psíquica. Ron me ayudó en numerosas aventuras psi y discutió muchos temas con gran ingenio y penetración. Había sido uno de los iniciadores del movimiento pro libertad de expresión, así que me informé de este movimiento de fuente directa. Lamentablemente para mí, Ron y Cathy partieron de Berkeley ese mismo año para unirse a la organización de cienciología en Los Ángeles, tal vez la Sea Org. Desde que se fueron nunca más supe de ellos. Sin duda, el aterrizaje en la Luna fue una hazaña tremenda y devolvió al pueblo estadounidense la confianza en su elevado nivel tecnológico. Sin embargo, sin negar la realidad política y psicológica de los programas de la NASA, había cosas que debían ser dichas, y lo hice en una inspirada “Página del Presidente” que creo que todavía hoy suena a verdad. Hela aquí. El título era SI… “Al costo de numerosas vidas, varios miles de millones de dólares y el esfuerzo concentrado de miles de personas, se ha iniciado la conquista de la Luna. Tal vez esté ahí la clave del sistema solar, o un acercamiento al problema del origen de la vida en el planeta Tierra. “Se ha discutido largamente si es oportuno tamaño emprendimiento, cuando hay tantos problemas que requieren atención inmediata, y eso en el propio país que ha sido capaz de una hazaña tan fantástica como es la de dar la vuelta alrededor de la luna con una precisión de minutos respecto de lo programado. “El Reverendo Abernathy ha señalado la urgencia de algunos de los problemas del país; el hombre de la calle ha expresado su sentir respecto de los programas de lucha contra la pobreza, por la salud, la educación y la vivienda que tanto se necesitan en el país de la Apolo 11, sin hablar de nuestros países vecinos y, sin duda, del resto del mundo.
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“Muchos sugieren que, de varias maneras, este gran golpe puede redundar en beneficio de la causa de la paz; entre los que así piensan está incluido el Presidente de los Estados Unidos. Creemos que debemos decir hoy, antes de que sea demasiado tarde, que no nos parece que sea así. “A la causa de la paz sólo se puede ayudar trabajando por dentro de cada individuo, mediante cambios profundos en su corazón y su mente. Esos cambios no serán producidos por una vuelta alrededor de la Luna, Marte o Júpiter; esos cambios solamente pueden darse si trabajamos arduamente, hacemos grandes sacrificios y –estoy seguro– gastamos mucho menos que miles de millones en estudiar la naturaleza del hombre. “El mundo interno del hombre es su más cercana realidad, y el filtro a través del cual procesa el flujo que recibe del mundo externo. ¿Quién puede dudar de que ésta es la primera meta a alcanzar por la supervivencia de la humanidad? Conócete a ti mismo. El día que realmente nos conozcamos a nosotros mismos, el día en que desarrollemos una tecnología del espíritu del hombre, ese día seremos capaces de detener toda esta insensata matanza de unos a otros, pero no antes. “Si pudiéramos, durante los próximos diez años, gastar sólo el uno por ciento del costo del viaje alrededor de la luna en estudiar todos los aspectos de la naturaleza del hombre, tanto psicológica como parapsicológica; sea nuestro enfoque monista o dualista, conductista o religioso; y sea que estudiemos la mente “normal” o ataquemos el problema enorme de los desórdenes mentales; si pudiéramos hacer esto, entonces podríamos quizás llegar a medio camino de la realidad interna del hombre, y, estoy seguro, estaríamos mucho más cerca de lograr la paz duradera que después de colonizar la luna, o, para el caso, todo el sistema solar”. En apoyo a mi editorial agregué una cita de Lewis Mumford: “No es alcanzar el espacio exterior sino la recóndita interioridad del alma humana, lo que demanda hoy nuestra más concentrada atención… La tarea primordial de nuestra época no es conquistar el espacio, sino superar las irracionalidades institucionalizadas que han sacrificado los valores de la vida a
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la expansión del poder, en sus formas más desmoralizantes y deshumanizadas”. Nuestro orador de julio fue el Dr. Jack Holland, profesor de Administración en el Colegio Estatal de San José; él aportó a nuestro grupo su permanente interés y su amplia experiencia en una poco común combinación de campos: motivación humana, religiones comparadas y percepción extrasensorial. La charla de Holland fue larga y variada. El fragmento más impresionante fue el siguiente, como se informó en Iridis (agosto 1969): ”Durante su visita de dos semanas al Dalai Lama – quien le pareció dueño de profunda sabiduría y capacidad de enseñanza– en Katmandú, Nepal, ocurrieron hechos tan extraordinarios que cuando, a su regreso al hogar, los refirió a sus allegados, éstos lo quisieron explicar como ‘hipnosis colectiva’; en su visita lo habían acompañado varios otros occidentales, incluso el Dr. Homer Denyes de la Compañía de Radiónica de Melbourne, Australia, considerado un científico muy riguroso. El factor esencial en la producción de los fenómenos psicokinésicos descriptos, dijo el Dr. Holland, era la rectitud y seriedad de la motivación –en sentido espiritual– de los lamas ‘a través de quienes, no por quienes’ se habían producido los fenómenos. Ésta fue la explicación que dieron los lamas: era la manera en que operaba un poder más alto. No solamente se movieron objetos grandes y pesados, sino que la comunicación telepática (o clarividente) que dio el Dalai Lama a uno de los visitantes que tenía un fuerte deseo de información, fue ‘cien por ciento correcta’”. El editor, Don McQuilling, no detalló a qué se refería con “objeto grande y pesado”, pero se lo pregunté al Dr. Holland y dijo que era una gran piedra, que medía cerca de tres o cuatro metros y pesaba no menos de cinco toneladas. ¡Me imagino la plata que ganaríamos con un lama capaz de hacer tal cosa en Central Park! El último día del mes viajé a Minneapolis para visitar al Dr. Maruyama y su equipo, así como a otros profesores. Visité el departamento, cené y almorcé con diversas personas, visité el centro de la ciudad dos veces. Todo era placentero,
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preparado para mi llegada. Y, por cierto, era verano. ¡No tenía la menor idea de lo que era Minneapolis en invierno! De regreso el sábado 2 de agosto a la noche, el domingo sin demora me puse en contacto con amigos, especialmente Jim Bolen, el editor de la revista Psychic, para quien estaba escribiendo un artículo. Almorcé tarde con unos amigos en Pacifica. ¡Aquellos días gloriosos en Bay Area! Tuve una larga conversación con el profesor Richard McHugh, del grupo de biometría de Minnesota, quien me explicó cómo podría obtener un doctorado en biometría en dos o tres años. Yo me interesaba cada vez más en la bioestadística, y no me hubiera desagradado dedicarme a esta disciplina en vez de la radiobiología. El Dr. Richman todavía pensaba llevarme con él a Dallas y estaba hablando con los administradores para tratar de conseguir fondos. Cené con Adriana y luego fui a un experimento tipo sesión con los McQuilling y otros. No pasó nada. Todavía estaba indeciso acerca de mi futuro. Traté de contactar a David, mi amigo experto en computación, que era un espíritu libre y sabía de qué le estaba hablando cuando le decía que obtener un doctorado haría de mí un esclavo mejor en lugar de darme más libertad. Pero Dave había dejado su trabajo y el teléfono de su barco sonaba sin que nadie atendiera. Mi amigo el Dr. Joe García, un distinguido bioquímico que tenía su laboratorio vecino al mío, decía que yo tenía que recibir mi doctorado al menos para conseguir un puesto mejor y no tener que aguantar gente inferior por encima de mí. Pasada la medianoche del día 7 tiré el I Ching. Saqué el 63, Chi Chi - Después de completar, con el seis arriba. En ese momento no lo vi claro, pero ahora, veintiséis años después, me parece tan acertado como siempre lo era. “De aquí que el presente hexagrama indica las condiciones de un momento de climax, que necesita la mayor precaución”. Supongo que no fui bastante inteligente para discriminar todas las condiciones que necesitaban la mayor precaución.
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Este hexagrama se convirtió en el 37, Chia Jen - La Familia, con el nueve arriba. Esto significaba: “Su trabajo exige respeto. Al final llega la buena fortuna”. Esto podía tomarlo como una predicción, porque estaba por iniciar una segunda familia en Minneapolis, con Adriana. El viernes 8, fuimos con Adriana y los McQuilling a Tiburón. Cenamos en la casa de Dobbie Lynott (por fin supe su nombre), la señora que se había curado con los métodos de Mischa. Preparó una bouillabaisse excelente, que disfrutamos junto con sus dos hijas. Durante la cena yo no dejaba de admirar un viejo reloj Ansonia, casi idéntico al que yo tenía en Argentina, que conocí desde pequeño. Me trajo tantos recuerdos que Dobbie me lo regaló cuando ya estábamos por partir. Me quedé sin palabras. Por cierto, todavía lo tengo, aquí a mi izquierda en mi estudio, aunque durante un tiempo no funcionó. El fin de semana me trajo otra aventura californiana inolvidable. Fuimos con Adriana a Carmel y a los alrededores de Monterrey. Esa parte de California es de una belleza impresionante. Lamentablemente, un persistente dolor de cabeza me atormentó hasta la hora de acostarme. Habíamos encontrado un pequeño hotel situado en un lugar que dominaba aquellas rocas que había visto en tantas películas, golpeadas por las olas, una tras otra, formando una niebla blanca que cubría todo. Por cierto, era difícil abandonar aquel paraíso. El lunes me reuní con Jim Bolen en el Canal 38 para grabar parte de un programa. Recibí mi primer cheque como escritor, aunque el artículo todavía no había salido. El video era interesante y variado: un inventor (de un enfriador del humo de los cigarrillos), un bailarín de ballet y un escritor. Y nosotros. Vi de nuevo a Jim para trabajar en una reescritura final de mi artículo. Me habló sobre su entrevista a Gardner Murphy, que iba a ser un tema importante en Psychic. Adriana y yo cenamos en San Francisco con una pareja de amigos. Él es bioestadístico, doctorado en Berkeley. Me dijo que “trabajar como bioestadístico puede ser aburrido el 70%
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del tiempo”. Creo que en la mayoría de las profesiones se llega a ese punto, depende del interés de cada uno. 26 de agosto: visité el laboratorio del Dr. Paul Vogelhut. Me explicó su modelo de la membrana celular, luego entró en el tema de las ondas gravitacionales, que creía que estaban presentes a nivel molecular. Después nos metimos con la magia, Gurdjieff, L. Ron Hubbard, la psicokinesia. ¡Era uno de los míos! El jueves 28 el Dr. Lawrence me invitó a cenar en su casa. Estaba allí toda la familia. Me pidió que me quedara hasta diciembre y terminara con todo lo que tenía pendiente. La buena vida continuó la noche siguiente. Fuimos con Adriana a San Francisco, cenamos en “La Fleur”, luego fuimos a ver Ice Follies. Peggy Fleming hizo una aparición sorpresa. Soñé con mi madre; me decía: “El camino es largo y difícil”. Se refería a la búsqueda de la verdad. El domingo hicimos un viaje memorable a Columbia, la ciudad del oro, al menos en los viejos tiempos. Llevamos con nosotros a Matías Naranjo, hijo de Claudio Naranjo, el conocido psicólogo y escritor. Matías era uno de los jóvenes más inteligentes y promisorios que he conocido. Pasamos la tarde junto al río Stanislaus. Cenamos en Tracy, y al regreso estuvimos un rato con los Naranjo. El 1º de septiembre hubo malas noticias: la muerte de Rocky Marciano en un accidente de aviación. Era realmente invencible en el ring; sólo tenía 46 años cuando murió. Pocos días después se supo lo ocurrido al obispo Pike en el desierto de Judea. Mientras su esposa buscaba auxilio tras habérseles averiado el coche, Jim cayó de un peñasco y murió a consecuencia de la caída. El día 11 recibí un llamado de la revista Cosmopolitan de Nueva York. ¡Uno de sus reporteros quería entrevistarme! Esa noche fuimos a ver Hair, que me gustó mucho. Recordé todas las cosas que inventábamos en 1956 con Octavio.

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No sé si esto habrá sido ESP, en todo caso fue una buena intuición: le dije a Adriana que llamara a su familia en Chile. Lo hizo, y fue para enterarse de que uno de sus hermanos estaba en el hospital. El miércoles 17 de septiembre fue –así lo creo– un día memorable: compré el libro de Carlos Castaneda The teachings of Don Juan: a Yaqui way of knowledge21, en la edición en rústica (New York: Ballantine Books, 1968). Ya lo había leído en parte, pero esta vez lo leí de punta a punta. Era, y sigue siendo, un libro extraordinario. Me hice “adicto” a Castaneda. Tengo todos sus libros y los he leído todos, algunos dos veces. Pero, fascinantes como son, no pude encontrar en ellos un camino hacia el poder. Si uno desea el poder y el conocimiento, tiene que encontrar su propio Don Juan. El viernes a la noche vi un programa sobre la ESP en la UCLA. Mylan Ryzl estaba en el programa. Me pareció bien que pasaran ese programa, aunque no había en él nada nuevo para mí. Mi Página del Presidente para septiembre era de suficiente interés general como para incluirla aquí. UN SUJETO CONFIABLE Entre las muchas cartas que recibimos cada mes, esta semana hubo una de un profesor que dice: Estimado señor Feola: ¿Sería usted tan amable de darme la dirección de al menos un sensitivo confiable (un sanador o un clarividente o médium) que viva aquí en California? Me gustaría mucho verlo (o verla) con el propósito de obtener en lo posible una experiencia de ESP de primera mano. En mis clases tuve oportunidad de mencionar frecuentemente los fenómenos psíquicos, y estoy seguro de que siquiera una sola experiencia personal ayudaría a reducir
21 En castellano: Las enseñanzas de Don Juan, una forma Yaqui de conocimiento. N. de la T.

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drásticamente el escepticismo de mis alumnos en lo concerniente a estos temas. Como este es un pedido frecuente, pensé que debía hacer algunos comentarios al respecto. En primer lugar, ¿a qué se llama un sujeto “confiable”? No es difícil de definir. Un sujeto confiable es aquél que obtiene información por ESP en un nivel muy por encima de lo esperable por azar. En todo experimento bien diseñado, es fácil evaluar estadísticamente si el sujeto es “confiable” o no. Pero hay muchos sujetos que no son fáciles de evaluar estadísticamente, unos porque no se preocupan por trabajar en condiciones de laboratorio, y otros a causa de la naturaleza de los fenómenos psi que producen. De esta última clase, un buen ejemplo es Ted Serios. A juzgar por las técnicas estadísticas sería un sujeto “no confiable”. Pero si las fotografías psíquicas realmente se producen, aunque fuera en la proporción de una cada diez mil disparos –con tal de que las condiciones experimentales estén totalmente bajo control– entonces esos resultados son sumamente importantes, y hasta podrían causar una revolución en la física. De modo que, al parecer, lo que la mayoría de las personas piensa cuando pide un sujeto “confiable” es de alguna manera un alto porcentaje de aciertos correctos, sea respecto de cartas de ESP, dibujos, descripciones clarividentes de personas (vivas o muertas) o de lugares o situaciones. Hay técnicas que permiten hacer cierta evaluación de este tipo de sensitivo, pero, como las condiciones en que trabajan son las que ellos determinan, la evaluación tiene poco valor científico. Las declaraciones generales, como las que suelen dar esta clase de sensitivos, se aplican a numerosos casos, especialmente si la persona que los consulta tiene una fuerte motivación para creer que lo que dice el sensitivo es realmente aplicable a su caso. Cuando esto sucede, la evaluación del sensitivo va a ser muy favorable y se expresará en frases como: “es excelente”, o “acertó el 99%”. De los numerosos sensitivos que examinó la Sociedad, mencionaré aquí solamente dos, no sólo porque fueron psíquicamente “confiables” sino también porque colaboraron, actuaron de manera humanitaria y sin ningún interés material; todo lo cual los distingue de muchos otros que abundan aquí en California.
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La primera a quien quisiera mencionar es la difunta Elizabeth Steen, que hizo unas pruebas de psicometría, considerándola altamente “confiable”. Lo que la caracterizaba era su firme deseo de colaborar, de trabajar bajo cualquier circunstancia. Especialmente si sus facultades podían servir para ayudar a otro ser humano, era capaz de trabajar a cualquier hora, no importando si era tarde (o temprano) ni si se sentía bien o no. No podemos acá entrar en detalles de la evaluación estadística de un psicómetra, pero puedo decir que en sus demostraciones públicas estimamos que sus respuestas eran acertadas en un 80% de las pruebas, siendo lo esperado por azar sólo el 25%. El otro sujeto, de un tipo completamente distinto, es Mischa Dolnikoff. No es tan sólo un sujeto, sino nuestro más cercano colaborador experimental y un consultor en técnicas de meditación. Con Mischa tenemos otro caso de marcado deseo de ayudar en todo tipo de experimento que le pareciera razonable. Poseedor de un excepcional control de su ritmo alfa, se convirtió en centro de algunos de nuestros experimentos recientes que intentan descubrir si hay alguna clase de correlación entre las ondas cerebrales y la ESP. De modo que esas dos personas, una de las cuales lamentablemente ya no está más entre nosotros, son las únicas que puedo mencionar públicamente como sujetos “confiables”. Hay otros que todavía estamos estudiando, pero hasta hoy lo más que puedo decir es que son interesantes o promisorios. La búsqueda de buenos sujetos confiables es muy importante, tal vez crítica. Hay muchos aspectos de la investigación psíquica para cuyo estudio estamos mejor preparados hoy que hace veinte o aún diez años atrás. Necesitamos ayuda para descubrir personas con aptitudes psi sobresalientes y que quieran cooperar en nuestros estudios. Como es habitual, hay varias cosas desarrollándose al mismo tiempo. Earl C. Pedersen me había escrito una larga carta contándome sus experiencias, sobre las cuales había escrito un libro, Significance of Man, que me llegó junto con la carta. Lo conocí a él y a su esposa en una reunión que tuvimos una semana después. Hablamos mucho, pero nada resultó de este encuentro.
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Reginald Bretnor, que era todavía uno de nuestros directores, escribió un lindo artículo en el California Monthly, “Parapsychology on the Campus”, que fue ampliamente leído. Incluía las actividades de los Prometeicos, las charlas que tuvimos en el campus y algo de su propio pensamiento acerca de psi. El tercer número de Psychic salió en noviembre con mi ya mencionado artículo. Estaba bellamente diseñado e ilustrado. El editorial estaba dedicado al obispo James Pike, con su descripción y una cita: “Creo que el propósito de la vida, ahora y después, no es otro que tratar de ser más uno mismo: mayor apertura, sensibilidad, toma de conciencia, capacidad de amar a los demás, y así. Creo que ser el verdadero uno mismo es la dimensión suprema, la mayor interconexión y continuidad con el Uno o el Todo”. Todavía veía con mirada suspicaz mi proyectado doctorado. Después de una conversación con un candidato a ese título a quien estaba ayudando, escribí: “Estoy convencido de que el doctorado es, si no una farsa, algo un tanto irreal. Para cuando termine su tesis, el candidato habrá olvidado parte de lo que aprendió y el resto será obsoleto”. El viernes 26 de septiembre fuimos a ver un trocito de roca lunar. Era negro con unos puntitos brillantes. Sonreí. No porque menospreciara el programa de aterrizaje en la luna, al contrario. Pero no pude dejar de pensar todo lo que haríamos con esa cantidad de dinero en la investigación psíquica, en los estudios sobre la naturaleza de la conciencia. Y sin embargo, me parecía que muy pocos parapsicólogos habían logrado algo de verdadero valor en el empeño de manejar las aptitudes psi y las fuerzas psicokinéticas. Era tiempo de lanzar un desafío que yo mismo había recibido. Dediqué mi Página del Presidente del mes de octubre a este propósito. EL DESAFÍO DE UN CIENTÍFICO Durante los casi cinco años que pasé en Berkeley, hablé sobre la ESP con numerosos científicos, entre ellos uno laureado con el Premio Nobel. Algunos de esos científicos piensan que “ahí hay algo”; otros sólo se interesan; el Premio
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Nobel cree que no hay un solo experimento publicado que no tenga fallas experimentales. Entre los que están interesados, hay uno que es un buen amigo mío, con quien he analizado varios informes de ESP, en muchos de los cuales encontramos puntos débiles, si no fallas. Ahora bien, la otra noche, este amigo mío a quien llamaré Bill, me habló sobre sus teorías sobre la ESP y otros fenómenos, y cómo hay muchas cosas extrañas que no lo parecen tanto si uno las mira bajo la luz adecuada. Como sus ideas no me convencían del todo –aparte de que yo tengo mi propia teoría– sintió que tenía que contarme que estuvo profundamente interesado en la ESP durante muchos años, y que había leído todo lo que publicó el Dr. Rhine, que era verdaderamente su pan cotidiano. Quiso también ver a algunos de esos sensitivos sobresalientes, y fue a varios experimentos donde se suponía que ocurría toda clase de fenómenos psíquicos, pero pronto descubrió que en su presencia no pasaba nada. Si el sensitivo aducía ser clarividente, en las pruebas con cartas de ESP obtenía exactamente los aciertos esperados por azar; si manifestaba poder producir la levitación de una mesa, la mesa no se movía así esperaran durante horas; si declaraba ser un sanador, en presencia de Bill le era imposible curar a nadie. Después de pensar en todos esos fracasos que aparentemente se debían únicamente a su presencia, a Bill se le ocurrieron ideas que le dieron una explicación satisfactoria. Como yo lo refutaba apoyándome en miles de casos espontáneos bien documentados, dijo que yo no lo entendía. “No digo que no existan los fenómenos psi, o sensitivos sobresalientes de cualquier clase que sean. Lo que digo es que yo tengo el poder de anular sus poderes, eso es lo que digo”. Luego me preguntó si tenía algún sensitivo sobresaliente sobre el cual él pudiera poner a prueba su poder; le dije que en realidad no tenía a nadie de semejante calibre. “Pero – agregué– si quieres, puedo utilizar mi Página del Presidente para desafiar a todos los parapsicólogos y sensitivos que lo lean en el país y en el exterior”. “Eso sería bueno”, dijo. “Ahora, ¿cuáles serían las condiciones?” Le respondí: “Muy pocas. Ante todo, por supuesto, cualquiera que acepte el desafío pagará mi tiempo y mis gastos. Segundo, las condiciones del experimento serán convenidas de común acuerdo; es decir,
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entre los experimentadores, el sujeto, yo y una persona más a convenir, que será una especie de observador neutral. Tercero, estaré autorizado a hacer algunos cambios experimentales durante los experimentos, y en este punto tiene que haber también previo consentimiento unánime. Para darte un ejemplo, si el sujeto fuese Ted Serios, yo podría pedirle que reemplazara todas las cámaras y películas en un momento dado por otras que serían adquiridas en los comercios que yo indicara. Si se acepta el uso de un gismo22, se lo proveería yo, y así todo”. Consulté dos veces con Bill acerca de este desafío, por si hubiera cambiado de opinión, pero afirmó que no se volvería atrás y me preguntó si tenía miedo de lanzar el desafío. Dije que no, pero que había una condición que él tenía que aceptar antes de que yo escribiera el editorial, y es que si algo sucedía según lo manifestado por el sensitivo que aceptara el desafío, y esto bajo condiciones casi impuestas por él –dada la condición de unanimidad– debía permitir que se diera a conocer su nombre en cualquier informe o artículo que se publicara sobre el experimento. Con lo cual estuvo de acuerdo. Por ese motivo espero que algunos de los distinguidos parapsicólogos, y especialmente de los sensitivos sobresalientes que lean esta página, acepten el desafío. Las cartas deben ser enviadas a mi nombre, a la dirección de esta Sociedad. NOTA: Bill es un científico renombrado que se ha especializado en los campos de la biofísica y la genética durante diecisiete años. Publicó numerosos trabajos en importantes revistas científicas, como Science. Estoy seguro de que el lector ha adivinado el resultado de este desafío. Nadie lo recogió. Por qué razones, no lo sé, pero algo tendré para decir al respecto cuando escriba el capítulo sobre precognición en ratas, hacia el final de este libro. Esta fue mi última Página del Presidente oficial. Era tiempo de prepararme para viajar a través de las montañas hacia mi próxima aventura en el país de los lagos: Minnesota.

22 Gismo: nombre con que designaba Ted Serios un objeto que él creía que le ayudaba a producir sus fotografías mentales. N. de la T.

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Mis últimos experimentos en Bay Area se hicieron con un joven sensitivo británico, Malcolm Bessent. Las cosas ocurrieron así: el lunes 29 de septiembre, Jim Bolen, el editor de Psychic, me llamó para hablarme de Malcolm. Fui a San Francisco alrededor de mediodía para reunirme con él y con Jim. Planeamos hacer algunos experimentos tan pronto como yo pudiera organizarlos. Malcolm me pareció interesante. En el camino de vuelta a Berkeley tuve la intuición de que ocurrirían accidentes. Acerté; me encontré con dos accidentes que involucraban a cinco personas. En el segundo, vi a una mujer a quien estaban atendiendo. Pasé de largo y seguí con mis actividades hasta medianoche. El martes me llamó Malcolm, lo fui a buscar a San Francisco y lo llevé a visitar Berkeley. Tuvimos una reunión en casa de uno de nuestros miembros, visitamos el People’s Park y terminamos en el Copper Penny, uno de nuestros lugares favoritos, con otros miembros de la Sociedad. Al día siguiente llevé a Malcolm a un restaurante mexicano que conocía en la Avenida San Pablo. Empezó a querer hacerme una lectura, cuando me sentí inspirado y le hice yo a él una lectura, que fue asombrosamente exacta. Malcolm se quedó sin palabras, me preguntó cómo lo había hecho. Le expliqué que estas cosas me pasaban espontáneamente y que en esos casos no tenía control sobre mi ESP. Esa noche hubo una reunión con dos invitados a quienes yo no conocía. Adiviné acertadamente que uno de ellos era director y pianista. Hubo dos temblores, el segundo mientras yo hablaba de San José de Copertino. El jueves, hice con Malcolm un test de ESP por teléfono. Después hice dos más, esta vez más formalmente. Con las cartas de ESP obtuvo dos veces 9 aciertos sobre 25 ensayos. No sobresaliente, pero bueno si mantuviera ese puntaje en varios juegos. El viernes hicimos un experimento con EEG, en el que Malcolm intentaba recibir de Adriana. Bessent había sido entrenado en Nueva York por Charles Honorton en el control de su ritmo alfa. Utilizamos ocho figuras y la técnica de evaluación que habíamos aplicado con el Dr. Rao. A primera hora de la tarde analizamos los resultados; no fueron
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estadísticamente significativos, pero llamaba la atención que hubiera obtenido dos aciertos totales y uno a medias. Si pensamos que las figuras elegidas podían ser cualquier cosa del mundo, se aprecia de diferente manera lo que muestra que la evaluación estadística. Esa misma tarde Adriana partió para visitar a su familia en Chile, así que se perdió un viaje que hicimos al día siguiente con Malcolm, Jim, un fotógrafo y miembros de la Sociedad para ir a ver a una psíquica que vivía en las sierras que rodean el valle de Napa. El solo hecho de llegar allí en dos coches, transitando por angostos caminos de grava flanqueados por árboles de gran altura, era de por sí toda una aventura. La psíquica, una mujer joven, me sorprendió con la lectura que me hizo de vidas pasadas. Describió tres vidas pasadas en completa concordancia con otra lectura que meses atrás me había hecho otro psíquico a quien ella no conocía. Quizás era común para lectores de vidas pasadas hallar un alma en Atlantis, luego un soldado muerto en Europa, y otra vez un soldado muerto en la Guerra Civil. Sin embargo, era interesante psicológicamente, porque dijo que yo en Atlantis trabajaba con cristales y que me atraían mucho, lo cual era verdad. En cuanto a los soldados, siempre odié los uniformes y, por supuesto, las guerras. Pero esto no era extraño, viniendo de un país plagado de revoluciones y golpes militares. Mis estudios más recientes habían sido motivados por la calavera de cristal, que íbamos a ir a visitar esa misma noche. Llegamos a la casa de Frank Dorland en Mill Valley a las diez y media de la noche. No habíamos obtenido de Malcolm nada nuevo acerca de la calavera, aunque él coincidía con la idea de hechos sangrientos en el pasado de aquel objeto fantástico. Adriana volvió el 24 de octubre, y no se sentía muy bien. Se recuperó rápidamente y retomamos nuestras múltiples actividades en vista de mi partida a Minnesota. Tuvimos tantas cenas y fiestas de despedida que estaba contento de tener tantas cosas que hacer y en qué poner toda esa energía. Habíamos resuelto que me fuera solo a Minneapolis, por si no me gustaba y volvía a California, pero Adriana decidió arriesgarse y venir conmigo.

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Partimos de Berkeley el viernes 19 de diciembre, a eso de las doce y media del mediodía, con una lluvia torrencial. El coche era compacto y pesado, incluyendo las cadenas que había tenido que comprar porque era obligatorio para cruzar la alta sierra. Había algo de nieve cuando llegamos, pero no tuve que usar las cadenas. Por suerte, porque no sabía cómo instalarlas. Llegamos a Reno, donde nos cambiamos, cenamos y fuimos a probar nuestra ESP y PK en diversos juegos. Nos fue muy bien. Comencé con la ruleta, compré unas fichas y dejé volar mi intuición. Empecé a ganar, acerté varios plenos, terminé con todas las fichas del color que yo había elegido (azul). El croupier tuvo que comprarme fichas. Después me di cuenta de que las fichas valían sólo veinticinco centavos cada una y que había ganado unos cincuenta dólares, en vez de los quinientos que yo creía. Fastidiado, cambié las fichas y salimos. De ahí nos fuimos a jugar al bingo, y en la segunda vuelta gané el segundo premio, unos veinticinco dólares. Terminamos con dinero suficiente para pagar nuestros gastos de viaje. Por la mañana seguimos camino hacia Salt Lake City. Escuchamos por la radio que por poco habíamos escapado de una tormenta de nieve que se aproximaba en el Donner Pass. En Salt Lake fuimos directamente al Tabernacle, un edificio asombroso. Tuvimos la suerte de escuchar al coro con Alexander Schneider en órgano y el concierto fue televisado. Era domingo, buen día para viajar. Partimos con la intención de llegar lo más lejos posible antes de la noche. Paramos en Cheyenne después de comprar puntas de flecha y algunas piedras. El lunes por la mañana, mientras desayunábamos, comenzó a nevar. De todas maneras partimos sin escuchar el informe del tiempo. Viajamos con algunas dificultades pero nada sucedió hasta la tarde. Comenzó a nevar unos 80 km antes de Lincoln. La nieve, pegando directamente sobre el coche, se convirtió en una bruma en la oscuridad. Vimos varios coches abandonados, lo que me hizo tomar el carril interior. Creo que los 50 kilómetros que recorrimos hasta Lincoln fueron los más largos de mi vida. En la primera salida que vi, me salí de la ruta, lleno de nieve. Por suerte había un motel cerca y tenían habitaciones. Y cena. Al día siguiente nos enteramos de que habíamos escapado de una buena. Casi cien autos y
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camiones estaban varados, y algunas personas habían muerto como consecuencia de la tormenta. Sospecho que el peso del coche nos ayudó a capear el temporal. El martes 23 de diciembre llegamos a Minneapolis. El tiempo había sido bueno durante el viaje, pero esa noche comenzó a nevar y continuó a la mañana siguiente. Nos cambiamos de un hotel caro a un motel más económico, no lejos del campus. La víspera de Navidad cenamos con los Maruyama. Pocos días después encontramos un pequeño departamento en la calle Jackson, que nos convenía. Estábamos contentos en ese edificio, con vecinos excelentes, siempre dispuestos a ayudarnos. No voy a entrar en detalles acerca de los seis inviernos que pasamos en esa casa, sino que voy a resumir mi vida familiar y científica, y dar algunos detalles de los principales logros en materia de investigación y experiencias psíquicas. Mi segunda familia se inició en Minneapolis. Mi hijo Nicolás nació en 1971, con sus rizos rubios y su carita siempre alegre. Mi hija Natacha nació en 1973, con cabello oscuro y ojos castaños, y pronto adquirió una sonrisa gentil y cautivante. Crecieron acostumbrados a los rigores del invierno, y nosotros nos adaptamos al frío después de nuestro bautismo de una semana entera con 27 grados bajo cero. Tanto me acostumbré –nunca usé ropa interior térmica– que una noche, caminando con un amigo después de una conferencia, comenté “Debe hacer frío, porque no siento mi barbilla”. Al día siguiente supimos por el diario que la sensación térmica había sido de 50 grados bajo cero23. Mis estudios iban bien, aunque tuve que renunciar a la idea de doctorarme en biometría. Mi mente no estaba en condiciones de encarar el tema en su aspecto teórico, así que me quedé con la salud ambiental, preparé una disertación sobre los efectos combinados de los rayos X, la iodoacetamida y los campos magnéticos sobre un tumor linfoma ascites en una rata. Esta era la línea que Maruyama había traído consigo desde Stanford. Descubrí que la introducción de un campo

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45º C bajo cero. N. de la T.

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magnético de unos 90 Gauss protegía las células tumorales de la acción de los otros dos agentes. Por cierto, fue un arduo trabajo de tres años y luego tuve que escribir mi disertación en casa y de apuro. Terminé en 1974. Durante ese tiempo, hubo reuniones nacionales e internacionales; la más agradable fue en 1970 en Evian, Francia. Tuvimos tiempo para pasear por el sud de Francia y el norte de Italia. Mi ESP no funcionó en Monte Carlo, adonde fuimos la noche en que Brasil ganó la Copa Mundial de fútbol después de derrotar a Italia en forma aplastante. El único incidente que merece ser mencionado ocurrió cuando volvíamos de Evian a Venecia. Quería llegar lo antes posible, por lo que tuve que conducir en la montaña de noche. Eran caminos angostos, donde había que parar de un lado para dar paso a otro vehículo por la mano contraria. El camino parecía interminable. Adriana tenía hambre y yo también. Por fin vimos las luces de un pueblo. Pregunté en una pequeña hostería pero no tenían habitación. “Tiene que ir hasta Domodossola”, me dijeron. Así lo hicimos. Después de heroicos esfuerzos entramos en la ciudad y pronto hallamos una habitación en un viejo hotel. Nos sirvieron la cena, y yo dije: “Dios, después de lo que hicimos, por lo menos deberían mandarnos una banda a tocar en honor nuestro”. No sé por qué dije esto, pero apenas acabamos de cenar, oímos el fuerte sonido de una banda que venía marchando. Estábamos en el segundo piso, así que corrimos al balcón y, efectivamente, una banda marchaba ahí abajo, en la calle, con un vistoso tambor mayor de uniforme azul y grandes bigotes. ¿ESP o coincidencia? ¡Quién sabe! Pero nos hizo reír y quedó como un episodio memorable. Después de que presenté mi trabajo en Evian y que concluyó la reunión, nos fuimos en tren a París, donde pasamos unos días. Encontramos una habitación no lejos de la Sorbona. La habitación tenía una linda vista a la antigua y famosa universidad, pero una cama llena de abolladuras; tuvimos que adaptarnos. Hacíamos de turistas todo el tiempo, día y noche. El Louvre con la Mona Lisa y los demás tesoros, Versailles, Notre Dame, Sorbonne, Cluny. La mañana que
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fuimos al Louvre paramos en una confitería y tomamos café con leche con medialunas. Después nos encaminamos hacia el museo, que quedaba a unas cuatro cuadras. Adriana quiso cruzar la calle para ver un negocio en la vereda de enfrente. Alargó la mano instintivamente hacia el bolso que debía estar colgando de su hombro. ¡No estaba! Su reacción fue rápida, salió corriendo y gritando “¡Quedáte ahí y esperáme!”. Honestamente, creo que batió el record mundial de los quinientos metros. Cuando entró en el café, un mozo le mostró su bolso sonriendo: “¿Esto es lo que busca?”. Nuestros pasajes, pasaportes, dinero, todo estaba ahí. La visita al Louvre fue larga y placentera. Volvimos a Génova con tiempo de sobra para llegar al aeropuerto y tomar nuestro avión de regreso a los Estados Unidos. En Minneapolis me esperaba una agradable sorpresa. La señora Carlson me había enviado un cheque por doce mil dólares para que pudiera continuar mis estudios de doctorado y hacer los experimentos que quisiera. Sin compromiso alguno; era un regalo, el más bienvenido de los regalos, por el cual quedé eternamente agradecido. Tenía los nombres de algunas personas de Minneapolis que se interesaban en la parapsicología, pero no pude ponerme en contacto con ellos de inmediato. Sin embargo, desde que nos instalamos empecé a conocer científicos interesantes. El primero fue el profesor Otto Schmitt, quien más tarde fue mi profesor de biofísica durante tres semestres. El Dr. Schmitt era un hombre brillante que sabía de todo, o eso parecía. Lástima que nunca me atreví a hablar con él de parapsicología, mucho menos de mis experiencias. Sólo después de que me fui de Minneapolis vine a enterarme de su interés en la ESP. Pero sabía que se interesaba en la conciencia, y esto bastó para que sostuviéramos varias conversaciones al respecto. Recuerdo haberle hecho una pregunta que a menudo me intrigaba. “Profesor Schmitt, suponga que está pensando intensamente en un problema que desea resolver. De pronto se le ocurre una idea nueva. Es enteramente original, usted nunca leyó nada sobre ella, nunca se le había ocurrido antes. Ahora bien, esta idea ¿cambiaría no sólo sus ideas anteriores sino también su futuro y su vida?”. Se
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dio vuelta, pensó durante unos segundos y dijo: “Supongo que sí, seguro que las cambiaría”. Seguí diciendo: “¿No le parece extraño que una cosa inmaterial como una idea pueda cambiar la manera en que su cerebro funcionaría en el futuro e influir en su vida?”. Luego entramos a considerar las conexiones neuronales, los patrones y otras cosas. En aquellos días también conocimos a Francesca Anis, una actriz que se interesaba en los fenómenos psíquicos. Vino a nuestra casa varias veces a cenar y conversar. Luego nos escribió desde México y más tarde desapareció. Años después vimos unas películas británicas con una Francesca Anis, pero no podría decir con certeza si era la misma persona, aunque creo que sí. Comencé a hablar de mis ideas sobre posibles campos funcionales (campos F), entendidos como la resultante de todos los campos que creamos cuando luchamos con un problema, cualquier tipo de problema, y cómo el esfuerzo parece conducir a la solución del problema. En ese caso la sincronicidad no existe realmente. Es el campo F el que atrae las cosas y los hechos que se relacionan con nuestro problema. Las personas con quienes lo comenté parecían comprender esta idea, aunque enseguida agregaban que era sólo un concepto y que los campos F no podían ser medidos ni demostrados. Conocí a un físico argentino que trabajaba en la Universidad de Minnesota, Daniel Bes. Había trabajado con Heisenberg varios años, de modo que era una autoridad en mecánica cuántica. Para él la mecánica cuántica era la teoría suprema. Desde luego, los fenómenos psíquicos y la conciencia tendrían que esperar hasta que ulteriores desarrollos trajeran las explicaciones adecuadas. Discutimos varios aspectos, yo estaba muy interesado en los campos de vacío, pero era difícil hacerlo participar en una discusión sobre ellos. Los tratamientos formales en ese momento eran un desastre terrible, como Teller me había dicho en Berkeley. Sin embargo le recordé a Bes que los físicos a fines del siglo XIX habían dicho lo mismo, que la física estaba terminada, sólo faltaba completar algunos detalles, y mire lo que pasó después: se descubrieron los rayos X y la radiactividad y toda la física y la ciencia cambió.
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Isaac Stern vino en marzo a dar un concierto. Fui a verlo detrás del escenario, le hablé del hermano de uno de mis técnicos en Berkeley que había ido con él a la escuela de música. Aunque Stern es un hombre amable y gentil, no le pregunté sobre la ESP, sólo hablamos de música. Leyendo The torch of life descubrí varias ideas que tenían afinidad con mis reflexiones sobre el Gran Contenedor. Por ejemplo, la creatividad de la vida y la asociación de diversas formas de vida para producir algo funcional y bello. El 14 de abril confirmé la premonición que había tenido acerca de los astronautas. Estaban en grave peligro y la situación todavía era difícil. El accidente había ocurrido después de ser expulsados del campo de gravedad terrestre y atraía la atención del mundo entero. Este había sido el “mensaje” que recibí. Animado por el dinero de que disponía para mis investigaciones, tuve una larga charla con el Dr. David Lykken, un psicofisiólogo que había hecho estudios electroencefalográficos con gemelos idénticos, entre otros proyectos. Lykken tenía un hermoso laboratorio que incluía dos jaulas de Faraday totalmente equipadas (en realidad grandes habitaciones) donde uno podía estudiar no sólo a gemelos sino a dos sujetos cualesquiera en forma independiente uno de otro, tratando cada uno de enviar mensajes al otro mientras se registraban sus electroencefalogramas. Lykken me ofreció su ayuda como asesor, como así también su laboratorio, e incluso dar un curso breve para emprender alguna investigación que nos interesara discutir con él. Era algo muy promisorio. Ahora tenía que continuar con mi proyecto de revivir la Sociedad de Investigaciones Parapsicológicas de Minnesota (MSPR)24, lo cual implicaba conseguir más personas interesadas en psi, tanto profesores y estudiantes como miembros destacados de la comunidad. Mis ideas sobre los campos funcionales (campos F) seguían desarrollándose. Pensaba que las relaciones entre docentes y alumnos eran un buen ejemplo de ello, aunque sólo en teoría e imposible de probar. Era el caso de Sócrates,
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Platón, Aristóteles y sus discípulos. Y de los grandes líderes espirituales, Buda, Jesucristo, Mahoma y sus discípulos. El propio J.B. Rhine me dijo en varias ocasiones: “Había algo en nuestro grupo en aquel tiempo que hacía que las cosas funcionaran”. Gurdjieff siempre insistía en que sin un grupo nada es posible. El grupo mantiene alerta a las personas, motiva a sus miembros a seguir adelante y realizar lo necesario para lograr el progreso. Las grandes empresas no se realizan sin un líder fuerte, inteligente y motivado, capaz de reunir alrededor de él a ese grupo. Pero ¿cómo medir un campo F? Solamente por sus resultados. Mientras trataba de conseguir una entrevista con el profesor Herbert Feigl, indudablemente una de las figuras intelectuales eminentes de la época, continuaba leyendo su famoso ensayo sobre lo “mental” y lo “físico”. Nada escapaba a la atención del profesor Feigl. Encontré una referencia a la PK en la página 56. “No se puede mover los palos y las piedras con sólo hablarles”. Una nota al pie referida a esta afirmación decía: “Parece que aún se puede afirmar esto con seguridad, a pesar de los ‘hechos’, alegados pero extremadamente cuestionables, de la psicokinesia”. Llegué a la página 115 donde se lee el siguiente largo párrafo: “Mucho más problemáticas que todas las cuestiones discutidas hasta ahora en esta sección, son las implicancias de los hallazgos que alega haber realizado la investigación psíquica. Formado en el ejercicio del método científico, yo insistiría en primer lugar en una mayor exploración experimental de estos hallazgos. Pero si tomamos con seriedad la impresionante evidencia estadística a favor de la telepatía, la clarividencia y la precognición, surge el dificilísimo problema de cómo explicar esos hechos por medio de una teoría científica. No conozco todavía ningún intento en el sentido de dar una sugerencia siquiera plausible para tal teoría que lo haya logrado. Todas las hipótesis que se han propuesto hasta ahora son tan fantásticas que por el momento resultan científicamente inútiles. Pero los análisis lógicos (como, por ejemplo, C. D. Broad , “The Relevance of Psychical Research to Philosophy”, Philosophy 24:291-309, 1949; M. Scriven, “The Mechanical Concept of Mind”, Mind 62:230- 240, 1953) que muestran con
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claridad en qué aspectos los hechos (¡si es que son hechos!) de la investigación psíquica son incompatibles con algunos de los principios fundamentales de la ciencia (¡”victoriana”!), son útiles y sugestivos. Es difícil saber si estamos ante una revolución científica más profunda que cualquier otra renovación de los esquemas de la ciencia producida hasta ahora, o si los cambios que puedan tener lugar no serán sino rectificaciones de menor importancia”. A las ocho y cinco de la mañana del miércoles 5 de agosto de 1970, el profesor Feigl me llamó personalmente para decirme que podía verlo ese mismo día a las ocho de la noche en su casa. Llevé conmigo su libro, estacioné mi coche a las ocho menos diez, y a las ocho en punto toqué el timbre. Nos sentamos cómodamente en el living, uno frente al otro. Después de cinco minutos de vacilación, comencé a relatarle mis principales experiencias y experimentos descriptos en este libro. Se mostró considerado, intercaló objeciones y preguntas de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo me dejó hablar libremente. Insistió en que era necesaria mayor experimentación, en lo cual estuve de acuerdo con él. Sin embargo, le hice notar que los sujetos capaces de producir los grandes fenómenos de PK no son fáciles de conseguir, y que en general los investigadores ni siquiera disponemos de dinero para buscarlos. No necesito decir que no había llevado grabador. Temía que, aunque me lo hubiera permitido gracias a la exquisita cortesía que mostró en todo momento, luego hubiese sido más cauteloso sobre lo que iba a decir. Yo quería que sus respuestas y críticas fueran contundentes y sinceras, como efectivamente lo fueron. En esas dos horas y media memorables que estuvimos juntos, el profesor Feigl me echó un balde de agua fría en la cabeza. Yo creía que iba a darle mucho que pensar acerca de mis experimentos de “hipnosis” telepática sin conocimiento del sujeto. Seguro que mentalmente tomó nota de ello. Como el profesor Feigl tenía problemas de salud que podrían beneficiarse de las técnicas de Mischa Dolnikoff, le hablé de ello, y le envié por correo una copia de la Meditación Nº 9 que usábamos en Berkeley. También le envié una copia
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de “Física del no ser”, un capítulo del libro Physics and Man, de Tor Ragnal Gerholm, un físico sueco a quien había conocido en Buenos Aires cuando fue a trabajar en el sincrociclotrón de la Comisión Argentina de Energía Atómica donde yo me desempeñaba en ese tiempo. El profesor Feigl sabía física y el problema de crear partículas a partir del vacío siempre me había intrigado. También había posibilidades teóricas respecto de psi, incluida la PK. Pocos días más tarde nos visitaron nuestros amigos Don y Carol McQuilling. Don coleccionaba coches sport Mercedes Benz y estaban viajando alrededor del país en uno de ellos. Me tomé unas vacaciones y nos fuimos todos a visitar las Ciudades Gemelas25, donde pasamos unos días agradables mientras al Mercedes le reemplazaban el silenciador. Por cierto les interesó muchísimo mi conversación con el profesor Feigl. Ellos a su vez me pusieron al corriente de los acontecimientos ocurridos en la Sociedad de California. El viernes 21 de agosto, mientras yo estaba en la biblioteca de medicina, el profesor Feigl entró y se detuvo a conversar por unos minutos. Me explicó cuál era su problema: polineuritis con desmielización. Yo había observado el esfuerzo que hizo al dedicarme su libro, y los problemas que tenía para caminar y sentarse. Un sábado (22 de agosto), con dolor de garganta, volví a leer Vivekananda siempre con la esperanza de encontrar pistas sobre el problema de la conciencia, la mente y el cuerpo, el alma. También envié un artículo sobre conciencia y neurología. Anoté en mi diario: “Tengo la impresión de que toda esta gente sólo está tratando con palabras. Pero si algo es un fenómeno, uno tendría que poder hacer algo más que hablar de él. Entonces, ¡necesitamos al Faraday de la mente!”. Qué verdad, aún hoy, veinticinco años después. Ni siquiera estamos de acuerdo en una definición de la conciencia; carecemos de una teoría viable de la conciencia. Me encontré con otro concepto alucinante: en un libro sobre las teorías de la física moderna, el autor dice que la velocidad de la onda de probabilidad puede ser seis veces o
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Se refiere al área urbana Minneapolis - Saint Paul. N. de la T.

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más, mayor que la velocidad de la luz. Yo pregunto: ¿qué quiere decir esto? Si esa onda guía el comportamiento de la partícula, entonces transporta información… El lunes 24 de agosto, conocí al nuevo presidente del departamento, doctor Seymour Levitt. Tuve que mudar mi oficina a un laboratorio en la planta baja. Tenía miedo de que me despidiera, pero el Dr. Levitt era un caballero. Me preguntó cuánto tiempo me tomaría terminar mi doctorado, luego me dijo que me apoyaría con el mismo sueldo que ganaba en ese momento. Esto me dio una gran tranquilidad. Por una carta de Jim Bolen supe que el Dr. Joe Kamiya estaba tratando de conseguir fondos para proyectos relacionados con psi. Esto era interesante y apasionante, pero no creo que Joe haya obtenido jamás el dinero que necesitaba. Recuerdo que una de las ideas era estudiar el posible vínculo entre la PK y el ritmo theta. Es un proyecto que todavía hoy es viable. Empecé septiembre conociendo a Sheila Ostrander y Lynn Schroeder, quienes promocionaban su libro Psychic discoveries behind the Iron Curtain (Englewood Cliffs, N.J.: Prentice Hall, 1970)26. Tuve una larga conversación con ellas. Las dos jóvenes autoras eran más convincentes que su libro. Sin embargo, los rusos no han hecho mucho que sepamos en el campo. Como llegué a saber años más tarde, era verdad que en la Unión Soviética se estudiaba la parapsicología en el más alto nivel por científicos de primer orden. Mi información era intachable: de un miembro de la Academia de Ciencias de la URSS. Leí con más detenimiento el libro de Ostrander y Schroeder, pero no encontré ideas nuevas para la investigación. El mayor placer de septiembre fue la visita de Sammy Davis Jr. a Minneapolis. La gran sala donde actuó no estaba colmada, sólo estaba ocupada poco más de la mitad de su capacidad. Sammy estaba decepcionado. Al final del concierto dijo, “Les voy a mostrar a esos tipos que no están aquí lo que se perdieron”, y ofreció media hora más de actuación.
26 Versión en castellano: Descubrimientos psíquicos detrás de la Cortina de Hierro. N. de la T.

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Mis planes para revivir la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Minnesota (MSPR) habían avanzado, cuando por fin, el 2 de octubre, conocí al profesor Mulford Q. Sibley. Era un hombre alto, agradable, que hablaba sin desperdiciar ni una palabra. Sonreía cada vez que afirmaba algo, y lo remarcaba preguntando: “¿No le parece?” o “¿No cree que es así?”. Si uno decía que no, tenía que probar que él estaba equivocado, lo que nunca era fácil. Conversamos por espacio de casi una hora. Dijo que me iba a invitar a hablar en varios lugares. Volví a mi oficina convencido que algo estaba por suceder. Sibley estaba totalmente persuadido de la realidad de los fenómenos psíquicos y de la vida después de la muerte. Había leído todos los libros importantes sobre el tema y tenía una biblioteca espléndida que puso a mi disposición. ¿Qué más podía pedir? Al día siguiente de nuestra conversación recibí una carta de Bill Roll diciendo que la señora Eileen Garrett había muerto. Fue una gran pérdida para nuestro campo. La señora Garrett había sido un sujeto excepcional en varios experimentos psi, tanto de clarividencia como de telepatía, y extendió su influencia en el campo desde la Parapsychology Foundation, que ella inició. Una semana después de mi encuentro con el profesor Sibley, conocí a Tom Tietze, que había desarrollado actividades en la MSPR original. Vino a mi oficina en la planta baja y conversamos mientras almorzábamos unos sandwiches. Tom era entonces veinteañero, poseía un rostro simpático, cabello oscuro rizado y una voz muy agradable. Tenía título de grado en inglés y era, como supe después, un escritor excelente. Trabajaba en el correo como cartero mientras esperaba una oportunidad mejor. Estaba de acuerdo en que valía la pena revivir la MSPR y prometió ayudar. Tom era amigo de Charles Honorton, uno de los investigadores de psi más brillantes, a quien conocí en 1957 en Nueva York. Chuck, como lo llamaban, tenía familia en Minneapolis y seguramente vendría a visitarnos. Tom fue directamente de mi oficina a ver al profesor Sibley. Ese mismo día conocí a otro distinguido profesor de psicología, el Dr. Auke Tellegen, que había trabajado mucho en el tema de la hipnosis. Aunque no mostraba mayor interés en la
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parapsicología, estaba dispuesto a la discusión y seguramente colaboraría como asesor si alguna vez lo necesitábamos. El Dr. Levitt ya me había dicho que el Dr. Maruyama se iría en diciembre. El 16 de octubre, Yosh me dio la noticia de que había decidido aceptar un puesto en Lexington, Kentucky. Triste para mí, bueno para él. El mismo día fui a un seminario sobre electrodos en EEG, dado por David Lykken. Al terminar le pregunté si había visto al profesor Meehl. Dijo, “Ahí está”. Tuve otra breve charla con Meehl y pude confirmar que era un hombre sorprendente. Pocos días después el profesor Sibley apareció en la tapa de los diarios: estaba en la lista de 65 profesores señalados por el FBI como extremistas que recorrían el país hablando de la paz y tratando de soliviantar a la juventud. Cuando vi esto, bromeé con él diciéndole que ahora pertenecía a la misma alianza que Sócrates. Respondió que estar en primer lugar en la lista del FBI era el mayor honor que hubiera recibido en su vida. Jueves 20 de octubre. Tuve otra conversación con Daniel Bes sobre los campos de vacío, la densidad de la energía y cosas así. No resolvimos ningún problema, pero fue bueno saber lo que piensa un físico cuántico sobre estos conceptos. A mediodía me llamó el Dr. John Lawrence. Dijo que no le gustaba el enfoque de Yosh en la investigación sobre la leucemia en ratas: ¡era demasiado clásico! Mencionó también (podía ver su cara de disgusto) que su hija Shelley se había casado con un izquierdista y se habían ido a Francia. Una carta de Jim Bolen confirmó que mi predicción sobre su bebé por nacer había sido acertada: era una nena y le pusieron de nombre Melody. 28 de octubre. Por fin, el Dr. Luis Leloir, el eterno candidato argentino, ganó el Premio Nobel de Química. En mi campaña para conseguir el apoyo de distinguidos profesores para nuestra proyectada MSPR, di un paso audaz. Le di una copia de Psychic con mi artículo al profesor Richard McHugh, un conocido y muy respetado bioestadístico. Me

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saqué la lotería: le gustó y ofreció su opinión siempre que la necesitáramos. Fue el viernes 6 de noviembre cuando el profesor Sibley me pidió que preparase un programa para un curso de ESP. Yo estaba encantado de que por fin algo comenzara a andar, y acepté hacerlo. El 11 de noviembre falleció Charles De Gaulle. Este hecho me trajo un cúmulo de recuerdos. Por los años 1940 habíamos adoptado la Marsellesa como canto de combate contra la policía que siempre amenazaba a los estudiantes en los alrededores de la Universidad de La Plata. El himno francés representaba la resistencia de De Gaulle contra los nazis, y eso era lo que teníamos en la Argentina en ese tiempo. Además, que cantáramos en francés ponía furiosos a los policías. También encontré algo que había olvidado: que el nombre completo de De Gaulle era Charles André Joseph Marie. Bueno, era un orgullo compartir con él la mitad de sus nombres. Dos días después fui a un seminario del Dr. Lykken. Al finalizar le pregunté qué era para él una vida relevante. Respondió sin hesitar: “La que deja el mundo que te rodea un poco mejor de lo que era antes”. Después de hablar con Tom Tietze llamé al profesor Sibley quien estuvo de acuerdo en reactivar la MSPR. Yo había intercambiado correspondencia con Jim Bolen, el editor de la revista Psychic. Tenía una oferta de Playboy para comprar los derechos de mi artículo de noviembre 1969 por cincuenta dólares. Era indignante, dejé todo el asunto en manos de Jim. No tuve noticias del resultado final. El lunes 23 recibí una carta de Berkeley con la noticia de la muerte de Brizaide Hare, miembro del directorio de la Sociedad de Estudios Psíquicos de California y vieja amiga. Brizaide era sin duda alguna la persona más plena de humor y gusto por la vida de todo nuestro grupo. Recuerdo en especial una noche en que contó una historia acerca de un perro en el canil que tenía con su esposo. El hombre era tan delgado como ella era pesada, y un poco mayor. Por la noche, antes de ir a dormir, le gustaba leer el diario. Una noche –era bastante tarde
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y hacía frío– ella le pidió que sacara a caminar a un perrito porque necesitaba mover el intestino. El marido protestó pero igual salió con el perro. Dio una vuelta a la manzana, y nada. Dio otra, y nada. Era indignante. Se detuvo, miró al perro, el perro lo miró a él. Entonces le gritó a la bestezuela: ¡Caga, maldito, caga!”. Enseguida el perro hizo lo que tenía que hacer. Por eso decía Brizaide que si alguna vez escribía el libro que tenía pensado acerca de los perros, el título sería “¡Caga, maldito!”. Nos reímos un buen rato. Ocurren a veces hechos para los cuales no hay pruebas de una acción psíquica, pero que, acumulados en el tiempo, levantan la sospecha de que podría haber algo de eso. Por ejemplo (daré otros más dramáticos más adelante): el miércoles 25 de noviembre, necesitaba ver al Dr. Lykken. Estaba en la planta baja; pulsé el botón del ascensor, y al abrir la puerta ahí estaba él, queriendo subir. Enseguida nos pusimos a conversar. Yo llamo a estos sucesos “bromas de la PK”, aunque no sean divertidas. A fines de noviembre Tom y yo fuimos a la casa del profesor Sibley después de cenar. Tom contó varias anécdotas acerca de la MSPR y su colapso. Yo narré historias de nuestras mesas levitantes en La Plata, y los tres especulamos sobre el origen de esas fuerzas y si son o no entidades del otro mundo las que ayudan a producir esos fenómenos. Ese mismo día yo había tenido una conversación sobre SCIENTIST AND PSYCHIC con el editor de University Press. Él quería leer un capítulo y tener un bosquejo del libro. Pero nunca presioné para su publicación, como el lector bien puede imaginar. Éste ha sido un libro de larga gestación. Más de una vez estuve tentado de parar y dejárselo a mis hijos o a quienquiera que en el futuro se interese en publicarlo. Leí sobre la hipnosis telepática en Rusia. Así que yo no era el único que lo había hecho. Hablé de esto por teléfono con Mulford Sibley. Acabó el año con el informe de Tom Tietze sobre lo decepcionante que había sido la reunión de la Parapsychological Association (tal como yo lo había predicho). Me trajo saludos de Bob Morris. Tom y su esposa vinieron a nuestra casa, trajeron una botella grande de vino de California
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y nos hablaron de Rick Steinheiser, un psicólogo que quería vernos en la MSPR a punto de resucitar. Además, el profesor Wallace Russell había autorizado que se incluyera su nombre como asesor. Teníamos buenas razones para celebrar. El último día del año almorcé con Sharon Sievert, nuestra futura vicepresidenta, una joven brillante con un título en psicología, pianista y cantante. Comimos comida china, después recibí mi cheque y mientras comenzaba a nevar fui a casa a esperar el Año Nuevo. El año 1971 se inició con la nieve cubriéndolo todo. Es hermoso para ver desde la ventana, pero si usted tiene que salir a comprar provisiones se vuelve complicado. Mi nuevo diario tenía 24 líneas por página, aunque sólo medía tres pulgadas y cuarto de ancho (8,25 cm.). Escribí: “Va a ser difícil llenar las 24 líneas de cada página con cosas sensatas. No sé si es sensato escribir cosas sensatas”. Mi trabajo en el curso era pesado. Había obtenido once créditos en el otoño de 1970, otros once en el invierno de 1971 y once más en la primavera de 1971. Completé el año con seis créditos en el otoño de 1971. Aparte, hacía constantemente experimentos de radiobiología y enseñaba radiobiología a estudiantes de medicina. Mis actividades en la investigación psíquica se añadían a mi ya cargada agenda. Los cursos de biofísica eran tal vez lo más interesante. Lo que hacía toda la diferencia era el profesor Otto Schmitt. Terminé el ciclo de tres semestres con todas ‘A’. Un honor. Me fue bien en el ciclo de computación biomédica y en el de biometría. Obtuve varias ‘A’ más y me hacía sentir bien que a los cuarenta y cinco años pudiera competir con estudiantes jóvenes. Comencé a escribir la constitución de la MSPR y continuamos trabajando en ella la tarde siguiente en una reunión de la que participó el profesor Sibley. La MSPR comenzaba a funcionar, y tuve el placer de ser el presidente por los períodos 1970-71 y 1971-72. La vicepresidenta para ambos períodos fue Sharon Sievert; el tesorero para 1970-71 fue Rob Bruley, un estudiante de medicina brillante y enérgico, que se quedó en 1972 como consejero. Eleanor M. Peaslee sucedió a Rob como tesorera. Tuvimos dos consejeros para 1970-71: Paula McFarland y Mark Morris.
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Eran nuestros miembros honorarios los profesores Gardner Murphy, J. B. Rhine y Gertrude Schmeidler. A este grupo formidable le añadimos un cuerpo de asesores extraordinario: Richard D. Heath (computación), los doctores James R. Boen y Richard B. McHugh (biometría), doctores David T. Lykken (psicología), Paul E. Meehl (profesor de psicología), Wallace Russell (psicología), Mulford Q. Sibley (ciencias políticas) y Auke Tellegen (psicología). Debo decir que tanto los miembros honorarios como los asesores no eran sólo nombres para acrecentar nuestro prestigio, sino personas que realmente estaban a nuestra disposición y nos daban ayuda y consejos. El 14 de enero Sharon, Rob y yo fuimos entrevistados por el periódico estudiantil Daily Minnesotan. El día que el profesor Meehl aceptó ser nuestro asesor, el 20 de enero, hablé con él cerca de una hora. Volví sobre mis ideas acerca de la creatividad, y que todos somos parte de un proceso creativo; que, por lo tanto, deberíamos tratar de que la gente tome conciencia de esto e incitarlos a participar. Meehl refutó mis opiniones. Él pensaba que probablemente muchas personas término medio están contentas de ser como son. ¿Por qué habrían de ser creativas? Le dije que yo creía que esta era una ley de la naturaleza, pero él no lo aceptaba. “Si son felices con mirar un partido de fútbol o de béisbol con un vaso de cerveza en la mano, ¡déjelos ser felices!”, dijo. Con los años reflexioné muchas veces sobre esto. Tal vez tenía razón. Parecía coincidir con J. Nehru, quien decía: “El objeto de la vida es vivir, eso es todo”. Fuimos a ver a Lykken con Rick Steinheiser. Lykken prometió enseñarnos a usar el polígrafo y los sistemas de feedback. Después fuimos a mi laboratorio y planeamos dos experimentos interesantes: uno era aplicar el Inventario de Personalidad Multifásica de Minnesota (MMPI) para separar los sujetos frustrados de los no-frustrados y luego darles tests de PK. La hipótesis era que la frustración de la creatividad resulta en fenómenos psi de tipo PK. El segundo proyecto era probar la PK en radioisótopos. Queríamos discutir esto con Paul Meehl, pero él estaba ocupado en terminar un manuscrito, así que decidimos esperar.
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El Dr. Maruyama llamó el sábado 23 de enero. Iba a visitar a la familia por el fin de semana y quería discutir un manuscrito que estaba preparando. Vino luego en una de varias visitas durante los siguientes seis meses, hasta que su familia se mudó a Lexington, Kentucky, donde él había pasado a ser el director del departamento de Medicina de Radiación en la Universidad de Kentucky. Más adelante, en 1975, llegué a ser miembro de su equipo, momento en el que este libro, ya demasiado largo, debe terminar. Iniciamos nuestras actividades públicas en diciembre de 1970. El profesor Sibley, Tom Tietze y yo formamos un panel para tratar el tema “ESP: pasado, presente y futuro”, al cual asistieron unas 130 personas de las que muchas se quedaron para la discusión posterior. Fue un buen indicador de lo que vendría: buen apoyo de la comunidad y donaciones para las arcas vacías de la MSPR. El profesor Sibley y yo ofrecimos un curso de Estudio Dirigido sobre Parapsicología que se realizó en el trimestre de invierno de 1971. Los alumnos hicieron trabajos sobre los capítulos de su interés y dieron seminarios sobre los temas cubiertos en su extensa lista de lecturas. Sharon Seivert dio cuenta de sus estudios con alumnos secundarios, comparando los que tenían inclinaciones artísticas con los que no las tenían. El 20 de enero el Mayor Wayne S. Aho dio una charla sobre “La historia de los OVNI” como parte del curso de invierno con invitados especiales. El propósito de la charla era, no sólo escuchar algunas de las interesantes experiencias del orador, sino también dar a los estudiantes oportunidad de ejercitar su juicio crítico a través de preguntas inteligentes. A los que se quedaron para el café, el Mayor Aho les mostró unas fotografías sorprendentes, algunas de las cuales fueron publicadas en un periódico “antes de que las autoridades a cargo se den cuenta de lo que han soltado”. Con todos los preparativos que hicimos durante el año 1970, habíamos echado a rodar una bola de nieve que pronto envolvería a las Ciudades Gemelas y su zona de influencia.

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El último sábado de enero fue muy frío. Tenía que salir a comprar vino, siempre y cuando pudiese arrancar mi coche. Usé éter en el carburador, y lo seguí intentando hasta la desesperación. Por fin arrancó. Rick y su esposa María Rosa vinieron a cenar. Primero tomamos whisky, y después de comer empezamos nuestra charla. Él había obtenido permiso para utilizar el mimeógrafo de su departamento para la MSPR; eso era bueno. También propuso hacer cada mes una conferencia tipo debate, y experimentos de EEG con dos hermanos que él conocía. El 9 de febrero, durante la clase de biofísica, el Dr. Schmitt nos dio noticias del terremoto en Los Ángeles, 6.5. Esa noche, en TV, vi los daños causados: fue malo pero pudo haber sido peor. Amainó un poco el frío, y aprovechamos para ir a ver a Edward Villela y Melissa Hayden bailando una orquestación de La Bohème de Puccini. El 19 de febrero, el Dr. Lykken presentó en su seminario la mayor parte de la obra de Joe Kamiya, y Rick presentó estudios sobre sueños. El domingo 21 di una charla en Saint Paul. La gente no sabía mucho sobre la MSPR, así que me extendí por demás dado que el grupo era excelente, y eso me costó un dolor de garganta. Pocos días antes Rick y Tom habían hablado sobre “Fotografía psíquica: ¿qué podemos hacer con ella?”. No mucho, fue mi respuesta. El domingo 7 de marzo, Yehudi Menuhin y su orquesta dieron un concierto. Hablé con él sobre la ESP. Dijo que él sólo había tenido una experiencia menor, pero que su madre solía tenerlas con frecuencia, muchas veces respecto de personas que venían a visitarla sin avisar. Ella siempre predecía las visitas acertadamente. Menuhin me dio su dirección en Londres, diciendo que si alguna vez iba allá, fuera a verlo. Lástima que cuando hice ese viaje varios años más tarde, olvidé llevar conmigo la dirección. Debo decir que también le hablé sobre el violinista argentino Alberto Lisy; lo había escuchado cuando tenía
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diecisiete años y ganó un primer premio en La Plata. En esa ocasión tocó la Ciaccona de Bach para violín solo, con absoluta perfección. Después Menuhin lo había tomado bajo su protección y ahora estaba de gira con una orquesta de cámara en la que participaban alumnos de Menuhin y de Lisy. La última clase del curso de ESP fue el 10 de marzo. Me quedé con los alumnos hasta las diez y veinte de la noche. El profesor Sibley se había ido a casa más temprano. Como estaban presentes todos los miembros de la MSPR, consideramos juntos la situación y las posibilidades. La carta de J. B. Rhine aceptando su nombramiento como miembro honorario era muy entusiasta y exacta en la evaluación del potencial de nuestro grupo. Decía Rhine: “Estimado José: “¡Felicitaciones! Me parece que ha hecho algo muy bueno, y me agrada ver las buenas personas que ahora trabajan con usted. Conozco a los profesores Meehl, Russell, Sibley y Dr., Steinheiser, y sé algo sobre el profesor Lykken. Me gustaría conocer al profesor Tellegen y a los demás. Tengo correspondencia con Tom Tietze. Envidio su oportunidad de tener largas conversaciones con los Dres. Feigl y Meehl. Tal vez pueda convencer al Dr. Feigl de que escriba un artículo, como dice que ha podido hacer con el Dr. Meehl. “Con el poder de comprensión y el nivel intelectual de las personas que nombra en su carta, no hay razón alguna para que un centro no sea líder mundial en el avance de la parapsicología. Si esta perspectiva hubiera sido evidente hace cinco años cuando cruzamos los muros de la Universidad Duke, yo hubiera dicho ‘nos gustaría unirnos’. “Aceptaré con gusto ser miembro honorario si así usted lo desea. Me sentiré honrado de pertenecer al grupo”. Por una vez, estuve totalmente de acuerdo con J.B. Era una oportunidad magnífica para hacer de la Universidad de Minnesota el centro mundial de estudios de psi. La cuestión era, ¿cómo lo vamos a hacer? En principio convinimos en que los proyectos ya iniciados eran casi todo lo que podíamos hacer en ese momento. El paso siguiente sería dar el mejor

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curso de parapsicología jamás ofrecido para crédito por una universidad. Con estos pensamientos regresamos a casa. El 11 de marzo llegó otra carta de Rhine. Me informaba que había dos personas nuevas en el Instituto de Parapsicología, una de Brasil, y una de Argentina, el padre Novillo, profesor de psicología de la Universidad de Córdoba. Decía Rhine que el padre Novillo estaba progresando en su investigación. Estaba de acuerdo conmigo en que en última instancia “la investigación es lo que cuenta”. Al día siguiente, terminadas mis tareas en la universidad, fui a la casa de Tom Tietze y tuve una sesión con un grupo de siete personas. Obtuvimos una escritura automática de una de las jóvenes, pero eso fue todo. Al llegar a casa, recibí un llamado telefónico desde El Cerrito (California) de una chica peruana que conocíamos. Ya acostado, y pasada la medianoche, volvió a sonar el teléfono, esta vez con malas noticias de California. Mi buen amigo Sibley Morrill había tenido un ataque coronario y estaba en terapia intensiva. Elise Turner, la amiga común que me llamó, no sabía cómo estaba Morrill. (Se recuperó y posteriormente me contó la experiencia que tuvo en esa oportunidad, y que he relatado más arriba)27. A fin de mes, Rob Bruley y yo hablamos en la reunión de la MSPR. Rob se ocupó de las apariciones y yo volví de nuevo con mis notas sobre Gustave Rol; nadie lo conocía. A todos les interesó, especialmente la anécdota de Federico Fellini atestiguando cómo Rol mató una abeja a distancia con sólo un gesto de su mano. Ello probó una vez más que un testigo acreditado, con “buen ojo” como Fellini tiene mucha influencia en la aceptación de ciertas experiencias extraordinarias que se dan una sola vez. El sábado 3 de abril trajo otro pequeño milagro: Arthur Rubinstein dio un concierto a un auditorio de varios miles de personas. Tenía 82 u 84 años, no estoy seguro, y tocaba a la perfección. Era increíble. ¿El poder de la música? ¿La fuerza de los genes? Tal vez ambas cosas. Durante abril puse a prueba a una señora que decía tener poderes curativos, especialmente con animales. Inyecté a
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varias ratas con el tumor linfoma ascites utilizado en nuestros experimentos y ella venía todos los días, tomaba a los animalitos en sus manos uno por uno y trataba de reducir (o eliminar) los tumores. No funcionó. El día 14, Eleanor Peaslee dio una charla sobre “Sueños y ESP” y yo di un informe sobre “La ESP en la reunión de la AAAS en Chicago”. El 11 de mayo, Clifford Simak, conocido escritor del Minneapolis Tribune, vino a entrevistarme acerca de la MSPR, nuestros proyectos y algunas de mis teorías. Simak había escrito varios bestsellers de ciencia-ficción, así que yo tenía miedo de que se desviara y distorsionara mis dichos, especialmente en lo referente a mis teorías. Aceptó dejarme leer el borrador antes de imprimirlo. Era una concesión que raramente hace un periodista. El artículo era totalmente exacto y esa exposición atrajo hacia nosotros la atención de todo el estado. La charla para la reunión de mayo de la MSPR la dio el profesor Sibley. Bajo el título de “Notas sobre el problema de la supervivencia después de la muerte”, desarrolló sus argumentos en apoyo de esta idea. Tres años más tarde esas notas se convirtieron en un libro excelente, como comentaré después. Todos los veranos, o algunas semanas antes, la Universidad y unos grupos locales traían espectáculos de ópera a Minneapolis. El 17 de mayo fui a ver Don Giovanni. Fue una excelente actuación del Metropolitan de Nueva York. Realmente nos hacía falta este tipo de esparcimiento, en especial a los amantes de la ópera. La tarde siguiente me llamó Sharon para comunicarme un nuevo proyecto que había iniciado. Iba a ser su mayor contribución a nuestros esfuerzos. Se trataba de enviar cuestionarios a unos 400 artistas de todo el mundo, todos ellos notables en su respectiva especialidad artística: pintores, músicos, poetas, compositores, cantantes, etc. El proyecto tenía el apoyo de varios de nuestros asesores. El costo era mínimo y las posibilidades, interesantes. Un trabajo similar había hecho Frank Barron en Berkeley, como mencioné antes.
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Cosa sorprendente, aunque no insólita en Minneapolis, el 19 de mayo llovió y enseguida ¡nevó! Duró un rato. Ese día me enteré de que el profesor McHugh iba a ir a la Universidad de Londres para su viaje sabático. Lo primero que hice el sábado 22 de mayo fue llamar a Sibley Morrill. No tenía noticias suyas y estaba preocupado por su salud. Su teléfono estaba desconectado. Los McQuilling no estaban en casa. Llamé a Elise, la amiga íntima de Morrill: él contestó el teléfono. Se sentía mucho mejor, pero todavía estaba bajo atención médica. Llegaron malas noticias sobre mi primer intento de publicar SCIENTIST AND PSYCHIC. Al editor no le gustaba la forma autobiográfica, dijo que era demasiado joven para escribir de esa manera, que sería mejor que escribiera sobre mis ideas, etc. ¡Qué tiempo! En esos días, incluso actores adolescentes, jóvenes jugadores de basketball, escribían sus “autobiografías”. En realidad creí que este editor, que estaba por viajar a Inglaterra, me haría una oferta cuando estuviese allá, pero eso nunca sucedió. Empezaron a llover llamados y cartas después de la publicación del artículo en el Tribune. Rick Steinheiser y yo tuvimos varias invitaciones para dar charlas en los meses siguientes. Esto me venía bien porque mi salario no era mucho, aunque mi supervivencia estaba asegurada por la beca de Dorris Carlson. Contesté tantos llamados telefónicos y escribí tantas cartas y breves informes a Rhine, Jim Bolen, Gertrude Schmeidler, Dorris Carlson, Alan Vaughan, Gardner Murphy, Chuck Honorton y otros, que ahora parece increíble cómo uno puede meter tantas cosas en un solo día de solamente veinticuatro horas. El jueves 27 de mayo, en la clase de biofísica sucedió algo extraordinario. El doctor Schmitt, que siempre tenía algo sorprendente que sacar de la galera, entró y dijo: “Saquen una hoja y contesten esta pregunta: ¿qué soy?”. Yo capté inmediatamente el nudo de la cuestión, y le pregunté: “¿Cuánto tenemos que escribir para contestar la pregunta? ¿Una página, un párrafo?”. Me dijo: “Tan largo o tan corto como les parezca necesario”. La respuesta me brotó del fondo de la conciencia (?) o subconsciente (?). Escribí rápidamente, sin necesidad de
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pensar: ”SOY PARTE DE UN PROCESO CREATIVO, MANIFESTADO EN
EL ESTADIO ACTUAL POR INTERACCIONES COMPLEJAS ENTRE MATERIA Y ENERGÍA”. Pero la pregunta había sido QUÉ soy, y no QUIÉN soy.

Recuerdo que uno o dos años más tarde le pregunté al Dr. Schmitt cómo me definiría en una sola frase. Sin vacilar, me dijo: “Un sudamericano pintoresco que de vez en cuando sale con ideas brillantes”. Viniendo de él, esto era tan bueno o mejor que mi diploma. Pero todo no terminó aquí. Él había hablado de diferentes clases de prótesis y cómo funcionan. Yo escribí de manera casi automática: EL ALMA ES LA PRÓTESIS DE LA CONCIENCIA. Se rió cuando se lo mostré. Por supuesto, cuánta verdad hay en esta frase no lo sabemos, porque todavía no sabemos mucho sobre el alma ni sobre la conciencia. Quizás sea al revés: LA CONCIENCIA ES LA PRÓTESIS DEL ALMA. Mi 45º cumpleaños cayó en domingo, como mi día de nacimiento. Trabajé un poco, a pesar de la fecha. Por la noche vinieron unos amigos a cenar y, por supuesto, a beber vino. Encontré una cita muy buena de Benjamin Spock: “[Yo quisiera] hacer una lista de algunas de las actividades que tienden a endurecer los corazones, que los hacen rivalizar y los apartan. Las mejor conocidas son los esfuerzos por lograr riqueza, poder y posición social. Voy a añadir una más, la adquisición de una personalidad exageradamente intelectual”. Un suceso importante tuvo lugar el 22 de junio. Mi vieja amiga Marga llamó desde Seattle a la una y media de la madrugada. Quería contarme sobre una tal Swami Rhada a quien había conocido, que proyectaba establecer un ashram en Canadá. Marga pensó que yo, de alguna manera, debería asociarme con la Swami. Dos días después recibí un llamado de la Revista Médica de Madrid para escribir un artículo sobre la ESP. Fue una agradable sorpresa. Por la tarde fui a ver al doctor Schmitt; tuvimos una conversación importante. Él trajo la cuestión del uso del sonido en la curación y el crecimiento de plantas. Luego hablamos sobre la conciencia. Dijo que la conciencia puede ser algo irreductible, como las partículas elementales de
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la física. Yo no lo había considerado desde ese ángulo, aunque, desde luego, estaban las viejas mónadas y el concepto de psiones. El lunes 28 de junio fui a ver una “demostración” por Peter Hurkos, el famoso psíquico. Estuvo horrible, puro palabrerío. Después hablé con él; estaba sentado, cansado (¿o derrotado?), le pregunté si se iba a retirar en 1972. Dijo “retirarme no, trabajar en la Fundación”. Eso fue todo. El viernes 2 de julio sucedió algo realmente interesante. Decidí tomar el día libre. Fui con Adriana (avanzada en su embarazo) al lago Minnetonka. Es un lago enorme rodeado de una extraordinaria arboleda, con hermosas vistas desde muchos lugares que uno va descubriendo a medida que lo recorre. Buscamos una playa, pero no encontramos ninguna. Paramos en un pequeño muelle muy lindo, donde comimos unos sandwiches y tomamos cerveza. Continuamos nuestro paseo alrededor del lago hasta que llegamos a Excelsior Beach, donde nos quedamos. Me refresqué en el lago y luego iniciamos el camino de vuelta por la ruta 7. Llegamos a una esquina con mucho tránsito cuando estaba encendida la luz roja del semáforo. Apenas se encendió la luz verde el conductor de un camión enorme tocó un fuerte bocinazo que me hizo saltar en el asiento. Levanté el brazo derecho y pronuncié unas palabras terribles en español. Luego arranqué. Pero él no pudo hacerlo, el motor del camión estaba muerto. Observé por el espejo: todo el tiempo que seguía viendo el camión, continuaba parado en la esquina. Creo que fue PK de la mejor. Esta es la manera en que suelen ocurrir estas cosas en la vida real. Una violenta explosión de energía emocional, y ¡pum! el hecho sucede. Leí partes de un artículo por Georg von Bekesy, Premio Nobel de 1961. El premio lo ganó “por sus descubrimientos en relación con los mecanismos físicos de la estimulación dentro de la cóclea”. El artículo trataba sobre los efectos del sonido sobre la piel. Yo estaba convencido de que este efecto era el que había producido esa curación fantástica del indígena argentino a que me referí antes. Pensar que nosotros no pudimos hacer ninguna investigación sobre este caso me encolerizó.
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En la reunión del 7 de julio en la MSPR el orador invitado fue Dennis Stillings. Dennis era el director del proyecto Biblioteca y Museo de la Electricidad en la Vida, patrocinado por el Dr. Earl E. Bakken, uno de los fundadores de Medtronics, la empresa internacional más conocida por su producción de marcapasos. Dennis tenía una extraordinaria formación como graduado en física y filosofía y un gran talento como escritor. Esa noche habló sobre Marie-Louise von Franz y de cómo algunas de sus ideas habían ayudado a construir una teoría de psi. Siguió una larga discusión, referida a organización, investigación y otros problemas. Dennis encabezaba el Proyecto Archaeus, que aportó numerosos trabajos y artículos a través de varios años y que abrió nuevos caminos en la investigación y el pensamiento. No hace falta decir que, con todas esas afinidades, nos hicimos buenos amigos y lo somos hasta hoy, aun cuando la distancia física que nos separa haya aumentado de dos millas a varios miles de millas. El Proyecto Archaeus se mudó a Hawaii. Una carta de Marga me comunicó interesantes detalles acerca de Swami Radha, pero decía que ellos no tenían dinero para salarios, que el dinero tenía que provenir de subsidios, educacionales y otros. El sábado 10 de julio a las tres de la madrugada llevé a Adriana al hospital. Tenía contracciones y perdía agua. En diez minutos estuve en el hospital. Pero las contracciones cesaron, luego volvieron, y otra vez cesaron. Me fui a casa, volví al hospital a las ocho de la mañana. El problema siguió igual todo el día. Decidieron sedarla y esperar. El domingo fue un día largo. Adriana estaba sumamente nerviosa. Le estaban dando medicación intravenosa, que no le gustaba, y todo el tiempo estaba tratando de sacársela de la vena. Por fin la llevaron a la sala de partos. Me senté afuera, pensando, “Bien, hemos esperado tanto (eran las seis y media de la tarde), espero que llegue a las siete y siete, lindo número, fácil de recordar y con algo de mágico”. A las siete y siete nació Nicolás. Cuando lo llevaron para su primer baño, ¡me miró! Lo tuvimos en nuestros brazos a las nueve y media de la noche. Siempre supimos que iba a ser un varón.
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Al día siguiente recibí una carta de Mischa Dolnikoff, que quería saber el motivo de la excitación. No supe dónde o quién le había dado la noticia. Regalé cigarros en el trabajo el día 14, y en una reunión que tuvimos esa noche. Me quedé largo rato charlando con Dennis, ya que nos encantaba el aire fresco de la noche. Un pequeño acontecimiento tipo PK ocurrió cuando fui a comer pescado y chips. La porción de pescado era demasiado pequeña y me enojé. La joven cajera marcó 69 centavos en la máquina, y presionó los botones para darme cambio de un dólar. Lo tomé automáticamente, pero cuando me lo fui a poner en el bolsillo vi que la máquina me había dado 75 centavos de vuelto. Me lo guardé; pensé que había pagado por el pescado y los chips lo que valían. Adriana volvió a casa el día 16 pero Nicolás tuvo que quedarse en observación porque tenía un poco de ictericia. Volvimos al hospital para darle su “cena”, lo vimos con buen aspecto. La factura fue astronómica y yo había perdido el seguro por una semana; no hubo manera de convencer a la compañía de pagar ni un centavo. Sharon vino a visitarnos esa noche; varias cartas de las que había despachado con su cuestionario vinieron de vuelta por no tener suficiente franqueo. Pero otras vinieron con respuestas. Como Adriana necesitaba reposo, nos quedamos conversando afuera hasta cerca de la una de la madrugada. Tal era el entusiasmo por nuestros proyectos psi. El 19 llevamos a Nicolás a casa. Swami Radha me envió algunos de sus discos y comencé a escucharlos. Nicolás se quedó dormido cuando la Swami estaba cantando un Ave María. El martes 20 de julio tuve otra experiencia asombrosa. Enfrente de la nuestra, había una vieja casa donde jugaban bingo una o dos veces por semana. Ahora habían tirado abajo la casa y como consecuencia había desaparecido una señal de “Pare”. Salí afuera a leer, y me senté en el césped a la sombra de la casa. El libro era el que me había enviado Swami Radha, de Gopi Krishna sobre sus experiencias con la kundalini y su idea de que la kundalini era la clave de la conciencia cósmica.
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Hice una pausa en la lectura, y al mirar el lote vacío y la ausencia de la señal de “Pare” pensé que era muy peligroso para los niños. “Vi” la señal en el lugar donde había estado. En ese mismo momento llegaba un pequeño coche sport por la Jackson Norte; el motor se apagó y el coche se detuvo exactamente como si allí hubiera habido una señal de detenerse. Para mí, un enigma más que considerar. Al día siguiente participé en un programa de radio con un psíquico de Boston que hizo lecturas para mí y para otras personas. Me dijo cosas agradables, pero difíciles de evaluar cuantitativamente. El día 27 “leí” el resultado de la pelea de Cassius Clay, de la cual no había oído ni una palabra. Me vino la frase: “Clay por K.O.”. Fue exactamente así. Mis actividades, tanto científicas como psi, se estaban volviendo frenéticas. Escribir resúmenes, contestar cartas, llamados telefónicos, discutir sobre experimentos. Me llamó Marga (ahora con su nombre Vanessa): la Swami quería pagar mi viaje de ida y vuelta al ashram, así podríamos cambiar ideas sobre cursos y vías de investigación. Acepté. Al día siguiente llegaron buenas noticias: la Fundación del Cáncer de Minnesota había votado tres mil dólares para mi proyecto. Además, cuando abrimos la correspondencia de la MSPR, Sharon había recibido ¡treinta y ocho respuestas! Al día siguiente, María Rosa, Rick y yo fuimos a ver cuál era la magia de Glenn Turner, de quien se decía que había juntado doscientos millones de dólares en cinco años. La reunión era en el auditorium de un gran hotel en Minneapolis Sur. El salón estaba lleno de gente de posición, bien vestida. Tuvimos que pararnos al fondo. En el escenario había una mesa y tres sillas, y un micrófono. Después de una larga espera, desde atrás de nosotros apareció un hombre bajo, vestido con un traje verde de tres piezas, corriendo hacia el escenario. Sus adeptos lo aplaudían y aclamaban: “¡Glenn… Glenn… Glenn…!”. Todo el público lo siguió (menos nosotros). El hombre se quitó el saco, colocó dos sillas sobre la mesa, una encima de la otra, y se subió encima. Increíble que no se cayó y se rompió el cuello. Luego habló. Tenía un problema de dicción, el sonido le salía gutural y bastante cómico. Pero el
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público estaba cautivado, especialmente por sus promesas de hacerlos ricos. Era todo un esquema: había que comprar por lo menos setecientos dólares en productos de belleza y cosméticos, hacerse a su vez líderes de equipo para venderlos, y así sucesivamente. Una organización en pirámide, por supuesto contra la ley. Recaudó miles de dólares y se fue. Un tiempo después Glenn fue a la cárcel. Creo que le dieron cinco años; con buena conducta debe haber salido en dos, y seguramente no lo habrá pasado mal en prisión. Valía la pena la espera, con tanto dinero acumulado en algún banco extranjero. Fue toda una experiencia. Hablamos con varias personas después de la charla y no podíamos creer lo crédulos que eran todos. El dinero que había juntado el hombre de verde era suficiente como para costear nuestras investigaciones por un buen tiempo, mientras que nosotros no podíamos reunir siquiera lo necesario para pagar los experimentos de EEG. Así es la vida. Rick y yo recibimos llamados y una carta de un joven, Ken, que decía poder mover objetos a distancia y quería que lo pusiéramos a prueba. El 4 de agosto lo hicimos venir a la oficina de Rick. Yo había preparado un pequeño péndulo que colgaba del tapón de un frasco de Erlenmeyer. Lo pusimos encima de una repisa, y le preguntamos a Ken si creía que podría mover el péndulo a unos tres metros de distancia. Dijo que lo intentaría. Y lo intentó, pero el péndulo no se movía. Hizo esfuerzos tremendos, se le hinchaban las venas del cuello y la cara, transpiraba copiosamente, pero nada. A sugerencia nuestra tomó un descanso, luego lo volvió a intentar por otra media hora. Nada. Le di una consigna: “Haz la prueba en tu casa –le dije– y vuelve a llamarnos si lo logras”. Nunca más volvimos a saber de él. El Dr. Scott Rogo, el joven escritor de parapsicología, estaba de visita en lo de Tom Tietze, y éste lo trajo a nuestra reunión de esa misma tarde. Fue un acontecimiento, con Dennis Stillings que expuso sus ideas teóricas y la tremenda discusión que siguió. Al otro día, Sharon, Scott y yo almorzamos juntos. Scott era un tipo inteligente, brillante, y un escritor talentoso. Nos dio
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informaciones increíbles que nunca hubiéramos sospechado. Permanecimos en contacto hasta pocos días antes de su trágica muerte varios años más tarde. Conservo atesoradas varias de sus cartas, tipeadas todas con letras mayúsculas. Era una lástima que no estuviera radicado en Minneapolis en lugar de Los Ángeles. Me aguardaba una carta muy amable de Gertrude Schmeidler, con sus consejos y buenos deseos. Con dolor de muelas y de garganta fui a sacar mi pasaje para volar al ashram en Canadá. A la mañana siguiente, a las nueve y media estaba en el aeropuerto. El avión hizo escala en Great Falls, Montana, luego continuó a Spokane, Washington. Tres personas relacionadas con el ashram me esperaban. Fuimos a la casa de una de ellas para refrescarme y charlar un poco. Luego Ruth me llevó al ashram. Por el camino, me contó su historia. Era una mujer de mediana edad, entendida en meditación, filosofías orientales e investigaciones psíquicas. Atravesamos la frontera sin problemas, entramos en la Columbia británica y llegamos a Kootenay Bay a primera hora de la tarde. El paisaje era magnífico, se veían montañas cubiertas de altos árboles verdes en torno al extenso lago. Me recibieron Swami Radha, Shivananda, Krishna y otros. La Swami me dio una visita guiada de la casa, luego cenamos afuera. Nuestra conversación duró varias horas. Cumpliendo mi predicción, llamó Vanessa para avisar que venía con su esposo. Cuando nos fuimos a dormir estaba exhausto, y tardé en conciliar el sueño. Desde mi cama veía las montañas, la luna y el lago. Llamé a Adriana, todo estaba bien. El sábado 7 de agosto me levanté temprano. A las seis y cuarto tomé una ducha, y tenía hambre cuando oí la campana de la cocina que llamaba a desayunar. Después de desayunar con otras tres personas, volví a la casa. Tomé un segundo desayuno con la Swami, quien insistió en que necesitaría energías extra. Krishna estaba con nosotros. Las charlas comenzaron con el grupo de Swami y unos invitados, y continuaron con Vanessa y Dave que llegaron antes de mediodía. Seguimos hasta las cinco y media de la tarde, tocando diversos temas. Mi participación fue motivada por las conversaciones de Vanessa con la Swami sobre mi formación y experiencias, de lo cual yo había hablado con el grupo.
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Querían que diseñara algunos experimentos que se realizarían junto con las enseñanzas de la Swami. Krishna, Shivananda y otras personas ayudaban a la Swami en las diversas tareas que había en ese momento en el ashram; pensé que ellos podrían desarrollar técnicas audiovisuales para cooperar o complementar las técnicas de meditación y estudiar los efectos en diversos sujetos. Además, como ellos practicaban el canto, seguramente podrían utilizar con fines curativos algunos de los cánticos indígenas argentinos que yo había escuchado y reproducido para ellos. En el ashram había un médico permanente y otro que lo visitaba con frecuencia, por lo que no tendrían ningún problema, e incluso podrían solicitar subvenciones en el futuro. Diseñar programas de video con diversos colores, figuras y movimientos llevaría más tiempo, pero ellos ya tenían algún equipamiento y estaba en sus planes adquirir más. Después de esa larga sesión, fui al lago y tomé un baño de agua fría. Después de cenar cantamos y Swami Radha nos dirigió en el ejercicio de meditación liviana, que era una pieza central de su enseñanza. Antes de acostarme leí un pequeño libro de Gopi Krishna. El domingo fue otro día atareado. Empezamos nuestras charlas enseguida después del desayuno. Habían venido un psicólogo y su esposa y sumaron nueva energía al grupo. Yo hice un resumen de lo que se había hablado el día anterior, y luego Vanessa expuso temas de orden práctico. Teníamos un cierto consenso sobre la corteza sensorial audio-visual, la percepción y las relaciones con la experiencia subjetiva. Volví a refrescarme en el lago; luego cenamos pollo. Hacía bastante calor. Después de cenar hicimos juegos de psicometría. La Swami me dio un collar de Nefertiti, que suscitó buena cantidad de respuestas de mi mente subconsciente (?). En el momento de la relajación tras este ejercicio, yo estaba de frente al resto del grupo, sentado en la escalinata del gran salón. De pronto mis ojos quedaron fijos en una de las mujeres. Ella preguntó: – ¿Pasa algo?
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– No quiero asustarla –respondí– pero veo mucha sangre en su estómago; es malo. – No se preocupe –añadió ella– me sucedió anoche; olvidé mi medicación para la úlcera estomacal y estuve sangrando un rato. Mi propia retroclarividencia me sorprendió. No era posible que hubiera oído nada, ya que ella y su esposo estaban en otro edificio, lejos del nuestro. Yo estaba en el mismo pabellón de la Swami, igual que Vanessa. La Swami se entusiasmó y me dio otro collar, de Kali. Dio lugar a muchas impresiones de mi parte, pero Swami Radha no hizo comentarios. Sin embargo, por su expresión, estoy seguro de que tuve varios aciertos, especialmente acerca de detalles de la casa donde ella había vivido. Un reloj y una pintura me llegaron con tanta claridad que no podía equivocarme, o eso pensé. Seguimos conversando con Krishna, Shivananda y Turi hasta pasada la medianoche. Debíamos partir el lunes temprano. Me levanté a las cinco, desayuné y subí al coche de Vanessa y Dave. Fuimos a la casa de Ed y Ruth en Spokane. Prepararon unos refrigerios y sandwiches antes de llevarme al aeropuerto. Había allí un perrito blanco que se hizo muy amigo mío. Comenté que algunos animales son muy psíquicos, entonces, naturalmente, me desafiaron a hacer la prueba. “De acuerdo”, dije, “no lo voy a mirar, me voy a parar cerca de la puerta mirando hacia afuera, luego voy a tratar de que haga lo que voy a escribir en este papelito”. Así lo hice, puse el papel en el bolsillo de mi camisa. Luego visualicé lo que el perrito tenía que hacer: volverse hacia el sofá grande donde hubiera alguien sentado, saltar al asiento, quedarse un rato con esa persona, bajarse, ir hacia otra persona sentada en un sofá chico, luego venir hacia mí y tocar mi pierna derecha. De modo sorprendente, incluso para mí, el perrito hizo todo a la perfección. Ed quiso que me quedara en Spokane y diera demostraciones. Pero yo no puedo hacer eso. Estas experiencias me suceden espontáneamente, son más parecidas a la inspiración.

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Una vez en casa, tomé una ducha, cenamos y leí una carta de mi padre con buenas noticias. Fue un alivio; siempre me pongo nervioso cuando veo cartas de Argentina. Eleanor llamó y vino con su esposo. Estaba impaciente por saber novedades del ashram. Le di los cuatro discos de la Swami que había traído, con diversos cantos y meditaciones. Eleanor iba a organizar una reunión para que S. Radha viniera a Minneapolis. Nuestras actividades en la MSPR continuaron con la conferencia del profesor Sibley sobre el tema “La personalidad: ¿sobrevive a la muerte?”. Después de recuperar algo de sueño, leí un buen libro, el pequeño volumen de Louis Rose Faith Healing (England: Penguin Books, 1971). La noche del 25 de agosto cenamos en la casa del profesor Sibley con su esposa, su hijo Tom y su nuera Sharon, y otro profesor y su esposa. Por supuesto, había mucho que hablar sobre la ESP y nuestros planes. Sibley me había llamado la semana anterior para que preparara un programa y lo estaba haciendo. Al día siguiente registré otra cita memorable, mi favorita para silenciar a los estadísticos presuntuosos. Era de H. Hotelling, él mismo un gran estadístico: “Cualquier clase de efecto en un estudio estadístico o experimental puede ser real sin ser significativo, y puede ser significativo sin ser real”. El 3 de septiembre tuve una experiencia pequeña pero interesante. Me dirigía a mi laboratorio después de haber ido al banco, cuando vi mentalmente a Tom Tietze con una lata de tabaco. Entré en un negocio en la avenida Washington: Tom estaba allí mirando latas de tabaco. Mi amigo Sibley Morrill me había enviado un nuevo libro escrito por él con un colaborador chino, el señor Li. El libro era The I Ching Games, una idea interesante, pero no me pareció adecuado para el público general. Morrill creía que iba a ganar mucho dinero con ese libro, pero lamentablemente yo tenía razón. El domingo 5 de septiembre terminé el primer borrador del programa para el curso de ESP. Buena parte de él la tomé
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del curso que J. Ricardo Musso estaba dando en la Argentina. No tuve que cambiarlo mucho. Agregué los laboratorios, que me parecían indispensables para que los estudiantes tuvieran idea de cómo se efectúa y se analiza un experimento. Nicolás crecía rápido, nos miraba atentamente y ponía caritas expresivas. También producía unos sonidos como si “hablara”. Sin duda iba a ser un hablador precoz como mi otro hijo, Miguel Ángel. Él era lo más importante de nuestra vida cotidiana. En efecto, al día siguiente comenzó a repetir los sonidos que oía de nosotros. Lo primero fue “agó”. Lo repetía delante de nosotros y sonreía. Me hizo pensar que después de todo Ian Stevenson podría tener razón. ¡Sería lindo tener en casa un caso de reencarnación! Quiero decir, probable. El día 7, Tom Tietze consiguió un empleo que había solicitado, de modo que no tuvo que irse a Australia como había planeado. Hubiera sido una gran pérdida para nosotros y para la MSPR. Al día siguiente celebramos su nombramiento, como también que Sharon había recibido respuestas de Sir Adrian Bolt, Yehudi Menuhin y Vladimir Azkenazy. El jueves fui a recoger a Eleanor para ir a cenar a lo del profesor Ackerman. Su esposa, Dorothy, había hecho algunos experimentos conmigo y ahora estaba interesada en la inminente visita de Swami Radha. Hablé sobre mis experiencias. Marga/Vanessa me llamó el sábado. Procuró demostrarme que la Swami tenía unos poderes hipnóticos tremendos y los utilizaba. Prometió enviarme un libro que trataba sobre eso. Después de varios intentos, por fin el domingo pude comunicarme por teléfono con Tom. Le había gustado el programa para el curso de ESP. El diario traía las noticias que ya había escuchado en la televisión: había muerto Khruschev, y también Pier Angeli, a los 39 años.

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Recibí el libro que Vanessa me había prometido. Leí de un tirón más o menos un tercio. No era gran cosa. Swami Radha llamó desde Toronto para comprobar si las cosas adelantaban. Recibí una carta de Tribuna Médica, de Madrid, decía que habían aceptado mi artículo sobre el problema de la repetibilidad y me enviaron un cheque por cien dólares, que por supuesto, fueron muy bienvenidos. Permítanme una breve digresión. ¿Por qué tardé tanto en terminar este libro? Hay varias razones. En primer lugar, tuve que superar una natural aversión a hablar de mí mismo. Ahora veo que si no lo hago yo, nadie lo hará por mucho tiempo, o nunca. Segundo, hay que escribir bien, mantener el interés del lector, digamos como lo hace Colin Wilson en cada libro que escribe. Llegué a la conclusión de que esto está más allá de mis posibilidades; entonces, dejemos que los hechos hablen al lector y que éste saque sus propias conclusiones. La pregunta es: ¿existe realmente la perfección en la escritura? Por cierto que sí. Los poetas son los que producen perfección, algunos de vez en cuando, otros siempre. Lo atestiguan Robert Frost, T. S. Eliot, Juan Ramón Jiménez y muchos otros. Entre ellos, Jorge Luis Borges. Yo recibía el suplemento literario de La Nación, de Buenos Aires. En el número del 19 de septiembre de 1971 salió el siguiente soneto, una muestra de la perfecta expresión de Borges. AL TRISTE Ahí está lo que fue: la terca espada Del sajón y su métrica de hierro, Los mares y las islas del destierro Del hijo de Laertes, la dorada Luna del persa y los sin fin jardines De la filosofía y de la historia, El oro sepulcral de la memoria Y el invisible olor de los jazmines. Y nada de eso importa. El resignado Ejercicio del verso no te salva Ni las aguas del sueño ni la estrella
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Que en la arrasada noche olvida el alba. Un ser, un solo ser, es tu cuidado, Igual a los demás, pero que es ella. Al leerlo, uno siente que ya no va a poder escribir nunca más. Sin embargo, debemos resignarnos a transmitir lo que creemos que es importante para el lector, aunque la perfección esté muy lejos de nuestros humildes esfuerzos. Esto me hace acordar de un viejo amigo argentino, un violinista con quien solía tocar en una orquesta de cámara. Era mucho mejor que yo, me enseñaba, me ayudaba. Una vez, después de escuchar una ejecución perfecta de la Chacona de Bach para violín solo por Alberto Lisy, mi amigo me contó lo que le pasó después de asistir a un concierto por Vasa Prioda. Fue a su casa, agarró su violín y estuvo a punto de romperlo. Vaciló, sus ojos se llenaron de lágrimas, volvió a poner el violín en su estuche y pensó: “No importa, puedo hacer música de cámara con mis amigos, o tocar sólo para mí”. Fue muy bueno que tomara esa decisión; era un excelente ejecutante de música de cámara. El lunes 20 de septiembre fui temprano al laboratorio, tenía que controlar y cambiar el agua a unas cincuenta jaulas de ratas. Mi asistente vino a la tarde, pero entonces tuve que correr al aeropuerto. Llegué en veinte minutos, todo un récord. El avión arribó en horario; Swami Radha estaba en Minneapolis. La conduje directamente a nuestro departamento, donde, después de conocer a Adriana y al pequeño Nicolás, fuimos juntos a adquirir comida adecuada a su régimen. Cenamos y charlamos; no había muchas novedades en el ashram. Comentamos a Gopi Krishna, sobre quien expresé algunas dudas. Luego la llevé a casa del profesor Sibley, donde se alojaría. La mañana del martes se presentó a ritmo frenético: a primera hora, consulta con el mecánico por una pérdida de aceite, luego trasplante de tumores, y presentar mi programa para el doctorado al titular de Salud Ambiental. Mientras analizaba minuciosamente mis experimentos con ratas, Eleanor trajo a Swami Radha a mi laboratorio. Fuimos juntos a tomar el té. Tuve que volver al laboratorio para planear un experimento para el día siguiente. Lo hice y volví a casa. Malas noticias en la TV: había fallecido el Dr. Bernardo Houssay, el Premio Nobel
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argentino en fisiología y medicina. Yo lo había conocido unos años atrás, era un hombre de una energía increíble. Habitualmente trabajaba desde las cuatro y media de la mañana hasta medianoche. No necesitaba dormir mucho. También murió George Seferis, el poeta griego galardonado con el Premio Nobel en 1963. La charla de Swami Radha había sido programada para el día 22 en el hotel Curtiss. Terminé mi trabajo a las trece y cuarenta, corrí a buscar a la swami y la llevé al laboratorio de Lykken que quería hacer un experimento con ella. Tardó más de una hora. Después tuve que llevarla de vuelta y correr a casa bajo una intensa lluvia. Comí algo y me fui al hotel Curtiss. Por el camino tuve una sensación terrible de que iba a venir muy poca gente, a pesar de todos los anuncios que habíamos hecho. Lamentablemente, así fue. Había sólo once personas contando a la Swami. Una lástima, porque su charla y demostración de cánticos, acompañada por su acordeón, eran más que entretenidas. Llevé el acordeón al coche de la señora Sibley y luego fuimos a casa en mi auto. Pensé que tal vez todo podía ser calificado en términos de hipnosis, autohipnosis, sugestión, autosugestión. Hasta aquí no he hablado mucho sobre Swami Radha, es hora de que lo haga. No sé exactamente qué edad tenía en 1971. Diría que rondaba los sesenta. Era una mujer pequeña, de grandes y vivaces ojos castaños que llamaban enseguida la atención. Había nacido en Alemania, y sus padres bienintencionados trataron de suprimir en ella las aptitudes psíquicas que a menudo demostraba. A pesar de eso, ella no quiso ser médica, abogada o ingeniera, sino tener una vida espiritual. Sin duda mi afinidad inmediata con Radhaji tenía que ver con el hecho de que ambos habíamos tenido experiencias psi espontáneas que no necesitaban ninguna evaluación estadística. He aquí una de ellas, que tuvo siendo una niña (como la relata Antoinette May, Psychic, enero-febrero 1977): “Una vez la niña advirtió a su padre contra la compra de un auto nuevo. ‘Va a volar’, dijo, y pasó a describir el lugar exacto donde iba a ocurrir el desastre. Decidido a demostrar de una vez por todas que no existía tal cosa como la percepción psíquica, el padre compró el coche e insistió en que ella lo
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acompañara en una salida. Por suerte, su convicción empezó a vacilar cuando se acercaban al lugar exacto descripto por la hijita. Cuando el motor empezó a hacer ruidos raros, ordenó al chofer que detuviese el coche y todos saltaron de él justo a tiempo para escapar del fuego que se prendió de pronto”. Al crecer, ella misma ignoró su vocación y se convirtió en una aclamada bailarina. Los años de guerra fueron trágicos; enviudó dos veces antes de emigrar a Canadá para empezar una vida nueva. Como lo cuenta Antoinette May, “fue durante ese tiempo que una experiencia visionaria cambió el curso de su vida para siempre. Durante la meditación –era su primer intento de practicarla– se le apareció la figura de un hindú. Pocos días después, al recorrer las mesas de una librería de Montreal, dio con un libro de Swami Sivananda Sarasvati, se puso a hojearlo y encontró una foto del autor. Era el mismo rostro sonriente, las mismas vestiduras de la figura que se le había manifestado durante la meditación. “Sintió que era el místico quien la había llevado a encontrar el libro que lo identificaba, y le escribió a su lugar de residencia en Rishikesh, India. La respuesta le mostró que conocía cosas de ella que no era posible que hubiera deducido de su carta. Swami Sarasvati se identificaba como su gurú y le informaba que ya era tiempo de que ella ‘volviera a casa’, a la India”. La mujer fue a la India, adquirió formación como swami, tomó el nombre de Sivananda Radha, y regresó a Canadá con 25 centavos en el bolsillo. Tras varios años de pobreza y prácticas espirituales, se formó una sociedad por medio de donaciones. Swami Radha eligió el terreno para el ashram, que tomó el nombre con que figuraba en un listado de 1897 esa propiedad frente al lago: “Yasodhara Estates”. Por qué unos remotos pioneros habían dado a ese lugar del desierto canadiense el nombre de la esposa de Buda, fue siempre un misterio para Swami Radha. Ella decía, “las mujeres vendrán aquí”. Y así fue. La segunda charla de Swami Radha estaba prevista para el jueves. Cené y hablé con Tom, pero no fue. Me enojé con él y el resto del grupo que tampoco apareció. La reunión se
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realizó en una iglesia. A las ocho había muy poca gente, pero hacia las ocho y media ya había veintinueve personas presentes. La conferencia fue interesante, tocó diversos aspectos de la vida de la swami y varios ejercicios de meditación. También era bueno que todo lo que se recaudó era libre de impuestos. Al día siguiente, subí al laboratorio de Lykken. Él no estaba, pero su asistente estaba analizando los EEG de Swami Radha. No encontró nada extraordinario. Fui a un buen seminario de inmunología; había sandwiches y bebidas gratis. Más tarde vino Eleanor con la swami y fuimos a un restaurante. Yo no tenía hambre después del lunch que me habían servido. Esa noche hubo otra reunión más, con la presencia de veintitrés personas. Supuse que era esto lo que realmente quería Swami Radha: ver cuánto interés suscitaba el tema, cuántas personas estaban dispuestas a formar un grupo de apoyo, cuántas tenían intención de ir al Ashram Yadodhara y permanecer un tiempo. Otra reunión el sábado confirmó mis sospechas, porque ella se refirió sobre todo a los seminarios, los proyectos y el Ashram. Llegamos así a un día de gran importancia, o, mejor dicho, noche: el domingo 26 de septiembre de 1971. Sin duda la presencia de Swami Radha tuvo influencia en mí. Sé que ella puso en marcha mi mente subconsciente, mi ESP, mis motivaciones. Yo había estado leyendo Born in Tibet mientras esperaba a Adriana en el estacionamiento del shopping. De regreso en casa, obtuve de mi subconsciente una respuesta para Swami Radha (no recuerdo si ella había preguntado ¿qué hacer con esto, qué hacer con aquello?): vender todos los anillos, collares, pinturas, que valgan más de cincuenta dólares. Tal vez una subasta en Seattle o en San Francisco o Los Ángeles sea lo mejor. Me recosté por unos minutos y se me ocurrió otra idea: el nombre Iceberg para la publicación. Todos somos icebergs: nueve décimos de subconsciente, sumergido en un mar que podríamos llamar Gran Contenedor o inconsciente colectivo; un
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décimo por encima, con el que vemos a los demás y los estudiamos a través de nuestros sentidos. Ahora vamos a lo que sucedió a la noche. Tuvimos nuestra última sesión con la swami en casa de Dorothy Ackerman. Los ejercicios fueron más bien de tipo grupal que de tipo yoga. Alguien dijo que veía la eternidad en mis ojos. Deseé que fuera cierto. Luego hicimos este interesante ejercicio: una persona por vez debía pararse en el medio de la sala. Todos los demás (éramos unos doce) formaban alrededor un círculo de la medida que permitían las dimensiones de la habitación, que era alrededor de dos metros y medio. El grupo iba cerrando más y más el círculo, mientras la persona que estaba en el centro, con los ojos cerrados, tomaba conciencia de sus impresiones. Mi turno fue al final del ejercicio; en realidad fui el último. Era verdaderamente interesante sentir todas esas personas (la mayoría mujeres) acercarse cada vez más y luego alejarse. Mientras todos ellos volvían a sus lugares originales, de pronto VI QUE LA MUJER QUE ESTABA DETRÁS DE MÍ TENÍA UN PROBLEMA EN SU GLÁNDULA TIROIDES. Lo vi claramente, era como un quiste (podría ser un tumor) de más o menos un centímetro, en el centro del lóbulo derecho. Un sudor frío me corrió por la columna vertebral. De momento no dije nada. Después de unos minutos, durante el té, pedí que me presentaran a esa señora. Luego, frente a dos testigos, le dije lo que había visto, más la sensación que tuve de que ella tenía la presión sanguínea alta y que estaba tomando una medicación equivocada. Dijo que efectivamente tenía un problema en la tiroides y tomaba medicación, y tal vez por eso le subía la presión. Le pregunté si sabía cuál era su diagnóstico. No estaba segura, nunca le habían hecho un estudio I-131. Yo nunca había estado en una situación como ésta, pero me sentía tan seguro de mi visión que le dije, “Muy bien, mañana vaya a lo de su médico y cuéntele lo que pasó aquí, y que yo le dije que pidiera un estudio exploratorio de I-131. Si el doctor tiene alguna duda dígale que me llame”. Hizo lo que yo le decía y el médico no puso objeciones. Encontró un quiste en la posición exacta que yo había descripto. Le cambió la medicación y a las dos semanas la mujer nos invitó a celebrar en un restaurante junto al río. Le pedí también que hiciera una
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declaración frente a escribano público (¡cosa que yo nunca había hecho!) porque valía la pena documentarlo. Lo hizo y la tengo. Una vez más, tuve que admitir el hecho de que a veces, incluso un psíquico a tiempo parcial, como yo, alcanza a SABER, con absoluta certeza, algo que uno no quisiera saber. Este caso fue de bien afortunado, porque se podía hacer algo y se hizo. Pero Marchesini, el gran psicómetra argentino, había visto la muerte de su hermano dos semanas antes, y no pudo hacer nada al respecto. Años más tarde vio que su madre tenía leucemia aguda y se iba a morir dentro de seis meses, y tampoco pudo hacer nada. Fue él quien me dijo que la vida de un psíquico es una vida trágica, y es por eso que se retiró para trabajar tan sólo con unos pocos amigos. Yo aprendí de él, comprendí la angustia, traté de suprimir todo lo que tuviera que ver con el futuro, mío o de cualquier otro. Desde entonces, tuve sólo unas pocas experiencias, y todas ellas absolutamente correctas. Las relacionadas con hechos futuros son las más enigmáticas y también las más perturbadoras, porque pone en tela de juicio nuestro libre albedrío. Si puedo ver un suceso futuro, y no puedo hacer nada con él, y si sucede exactamente como lo predije, entonces ¿dónde está el libre albedrío? No tengo más que respuestas parciales y tentativas a esta pregunta. Algunas las indiqué cuando hablé sobre Chance and Providence, de William Pollard, mi maestro en Oak Ridge. Existen esos sucesos aleatorios de la vida cotidiana, que no tienen importancia para la humanidad en su conjunto, y existen los grandes acontecimientos, guerras, batallas, la vida de alguien que está por producir una gran idea, una gran invención. Es aquí donde la Providencia puede que tenga que intervenir y, según Pollard, interviene. Otro caso era el de un santo como San Juan Bosco, que anunció las muertes de dos estudiantes y las de tres miembros de la realeza italiana con total precisión. En este caso, es como si el santo pudiera “leer” la línea de la vida de esas personas, verlas terminar. Recuerdo que cuando estudiaba la relatividad con el profesor de física más grande que tuve, Enrique Loedel, yo solía jugar con esos diagramas de espacio-tiempo y pensar que la solución al problema de la precognición estaba ahí, delante de mis ojos. Si uno podía “viajar” a uno de esos puntos
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desde los cuales era posible ver el futuro de otro sistema, bien se podría entonces, ver el futuro de alguna cosa dentro de nuestro propio sistema. Al día siguiente llevé a Swami Radha al aeropuerto. Almorzamos juntos un sabroso plato de pescado. Insistió en invitarme. Eleanor vino a casa esa noche, tomó prestado un montón de libros. Estaba en lo más alto de la comprensión. Ella había notado las mismas cosas que yo durante las conversaciones de Radha. Me fue grato confirmar mis ideas. Además, Eleanor había oído comentarios de varias personas a quienes agradaba el enfoque de la swami. Después de todo, lo que parecía sólo un juego de salón había disparado mi asombrosa experiencia clarividente. El domingo 3 de octubre, Sharon dio un concierto de piano. Tocaba Bach mejor que Mozart, Bartok mejor que Brahms. Conocí a sus padres, conversé unos minutos con ellos. Fui a casa, tenía hambre, cené, vi una película, luego releí partes de La filosofía perenne de Aldous Huxley. Pensé que en ese libro estaba todo. Sharon recibió una carta de Nadia Boulanger. Eleanor pasó a ser tesorera de la MSPR, Tom Tietze dio una charla sobre “El enigma de la medium Margery”. Estaba escribiendo un libro sobre Margery, así que estaba calificado para discutir su mediumnidad. El profesor Sibley y yo fuimos invitados a una reunión con varias personas interesadas en iniciar un grupo para tratar sobre ideas nuevas, creatividad, meditación, parapsicología. Nosotros dos hablamos al final. Acepté disertar en la reunión siguiente sobre mis ideas acerca del Gran Contenedor. Dos personas que conocí eran el Dr. Arya, que trabajó con Swami Rama, bien conocido por sus experimentos en Menninger, consistentes en controlar el sangrado y la temperatura en sus manos, y llevar los latidos de su corazón a velocidades increíbles; y el Dr. Roger Jones, un físico que años más tarde produciría dos libros eminentes sobre la filosofía de la física. Justo al día siguiente, viernes 22 de octubre, di una charla sobre “El Gran Contenedor” en la Escuela de Artes y
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Oficios. Hablé durante dos horas, y me sorprendió el aplauso que recibí. Quizá mi energía se debió a un cable eléctrico pelado que encontré en mi laboratorio con el que casi me electrocuto. Escuché en televisión que Pablo Neruda, el gran poeta chileno, había ganado el Premio Nobel de Literatura. Adriana estaba muy contenta. El pequeño Nicolás ya “hablaba” un poquito. Imitaba conversaciones, sus ojos brillaban al mirarnos. Charles Honorton, el fundador de la MSPR, estuvo en la ciudad el 28. Los Sibley lo invitaron a cenar con Rick Steinheiser, Eleanor, Sharon, la esposa de Rick y yo. Después de cenar, Chuck dio una charla para los miembros de la MSPR y otros sobre “Hipnosis, sueños y ESP”. En ese tiempo Honorton era investigador psi asociado al Laboratorio de los Sueños del hospital Maimónides, en Brooklyn, Nueva York. La conferencia tuvo buena asistencia, hicimos varios miembros nuevos, pagamos al orador y quedó dinero en nuestras arcas. Para explorar posibilidades, visité el nuevo edificio de investigaciones de Medtronics. Era impresionante, pero me pareció que querían mucho en poco tiempo. Es así como opera la industria. Al día siguiente, 3 de noviembre, conocí al doctor Jorge Yunis, quien había desarrollado algunas de las mejores técnicas para el estudio detallado de los cromosomas. Había extendido la cantidad de bandas que se pueden reconocer, de unos pocos centenares a más de dos mil. Había reconocido “sitios frágiles”, lugares donde el cromosoma es más propenso a partirse por la acción de diversos agentes. El campo estaba abierto, especialmente para un experto en radiación como yo. Después de que leí algunos de sus trabajos, Yunis me invitó a trabajar con él y dar una disertación sobre los efectos de diversas radiaciones sobre los sitios frágiles. Era una gran oportunidad. Pero él no me podía apoyar en el momento, y el trabajo llevaría de dos a tres años. No podía darme el lujo de esperar tanto tiempo para obtener mi título. El lunes 8 de noviembre tuvimos nuestra segunda reunión con el nuevo grupo. Expuse sobre el Gran Contenedor, la creatividad, leí fragmentos de Feynman, Schrodinger y Wigner. Se suscitó una gran discusión. El profesor Sibley tenía
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que irse temprano; no consideró mi propuesta de que el tópico general del grupo fuera la naturaleza del hombre, con la conciencia como tema de estudio. Además, pensé que necesitábamos un diccionario para entendernos unos a otros. La noche siguiente, la doctora Pearl Orrie, Tom Tietze y yo formamos un panel para tratar sobre parapsicología en la Asociación Americana de Mujeres Universitarias. Una semana más tarde, Pearl habló en la MSPR sobre “Cómo utilizar su ESP en la vida cotidiana”. El año se iba volando. Sharon recibió una carta de Joseph Szigeti, teníamos otra reunión del grupo interdisciplinario. Era el 22 de noviembre. Cuando salimos, nevaba copiosamente. Sharon recibió una oferta para ir a Nueva York a trabajar para la ASPR. No aceptó. El 30 de noviembre Swami Radha paró en Minneapolis y vino a casa a cenar. Luego la llevé a lo de Ackerman. Había logrado progresos en algunos de los proyectos que habíamos discutido unos meses antes. En Science salió un importante artículo sobre estados de conciencia; esto me puso contento: nuestras ideas iban en la misma dirección. El jueves 2 de diciembre tuve que ir a Chicago a presentar un paper. Algo interesante sucedió en el avión (parece que los viajes son disparadores de experiencias psi). Estaba leyendo en el diario un artículo sobre las hamburguesas, y mi vecino –que no podía ver lo que yo leía– dijo, “leí algo en el diario sobre las hamburguesas…”. Cuando ya nos acercábamos a Chicago, pensé en sacar un pañuelo de mi bolsillo trasero: mi vecino hizo exactamente lo mismo antes de que yo moviera la mano. Supongo que debí haberle pedido su nombre y número de teléfono, pero no lo hice. El 11 de diciembre el Departamento de Ciencias Sociales aprobó la Introducción al curso de Fenómenos Psíquicos tal como lo habíamos propuesto. Iba a ser ofrecido a juniors y seniors para cuatro horas de crédito.

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Di la última conferencia del año en la MSPR sobre hipnosis telepática. Conocí a Carl L. Weschcke, el presidente de Llewellyn Publications, con quien próximamente me asociaría por muchos años. Era de buen porte, por decir lo menos, con su barba gris, grandes ojos impresionantes y una voz maravillosa capaz de llegar a una gran audiencia sin micrófono. El 23 de diciembre recibí una carta de J. B. Rhine. Quería que yo fuera allá. Supuse que había olvidado que todavía no tenía mi título. El lunes 27 ya se había acumulado una buena cantidad de nieve. Me alegré de no tener que ir a trabajar; le escribí una larga carta a J. Ricardo Musso. Lo había impresionado mucho la lista de los importantes asesores que teníamos, y la situación prometedora con la universidad a punto de aceptar el curso que habíamos propuesto. Sin embargo, en mi respuesta le mostré mi decepción por la lentitud con que avanzábamos a pesar de los esfuerzos de todos los miembros de la MSPR, y del profesor Sibley, Rick Steinheiser, Tom Tietze y otros. El día 29 conocí a Jim Hauge, quien estaba por doctorarse en parapsicología en la Universidad de Nebraska. Era un hombre muy atractivo, de hablar fluido. Abrió las puertas de Harmony Hills, que puso a nuestra disposición para cualquier evento que quisiéramos organizar. El último día del año era viernes. Fuimos los tres a La Casa Coronado a comer comida mejicana. Nicolás se portó como un santo. Cuando volvimos a casa eran más de las tres de la madrugada. Comencé a leer Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Era una obra maestra. De modo que entré en el Año Nuevo leyendo. A lo lejos se oían sirenas y cohetes. Nicolás estaba despierto. Continué leyendo. Adriana terminó de planchar una montaña de pañales y otras prendas antes de acostarse. Qué manera de empezar el año, pensamos. En la Argentina, o en Chile, estaríamos en verano, con toda la familia en torno a una larga mesa, cenaríamos, luego brindaríamos con sidra y pan dulce, riendo y cantando al Año Nuevo. Algunas veces, les daba una serenata a mis amigos con el violín. Los buenos viejos tiempos…

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Para aliviar nuestras saudades, la tarde del 1º de enero fuimos a las cascadas de Minnehaha Falls. Era placentero ver cómo el agua caía en medio de un cono de hielo y se formaban estalactitas a ambos lados. Al día siguiente aprovechamos una oportunidad y fuimos al cine con Nicolás, a ver Diamonds are Forever. Se portó admirablemente bien, hasta miró una parte de la película antes de quedarse dormido. La canción del título la cantaba Shirley Bassey, y pasó a ser una de nuestras melodías preferidas. La primera reunión del año de la MSPR tuvo lugar el día 4. Eleanor, Rick y yo formamos un panel de discusión sobre el tema “Estados alterados de conciencia”. Asistieron treinta y cinco personas; entre ellas, Pearl Orrie, Jim Hauge, Nanette, quiromántica de Gnostica, y Jag Sodhi, un joven indio amigo de Eleanor, versado en astrología, quiromancia y otras ciencias ocultas. Tuve un sueño extraño: estaba en violenta lucha con una bruja; yo ganaba y le quitaba su escoba, y la usaba al menos dos veces en el sueño. Me reía pensando que la bruja no iba a ir muy lejos sin su escoba; entonces me desperté. En el trabajo, me puse a pensar en una melodía que en ese tiempo era popular, y un estudiante que estaba trabajando en el laboratorio de física comenzó a silbarla, luego se detuvo. Dije mentalmente, “seguí, seguí”, y lo hizo. Cuando volvía a casa en el coche, la primera música que escuché era esa misma, pero sin el canto. El grupo interdisciplinario se reunió el lunes 10 de enero; Nick Wolff, un astrónomo, fue el principal orador. Nick también se interesaba en los problemas de la conciencia, y un poco en la parapsicología. Era un orador excelente. Algún tiempo después aceptó un puesto en un observatorio de California. El 17 de enero tuvo lugar un gran acontecimiento: conocí al Lama Chogyam Trungpa Rinpoche, autor de Born in Tibet. Yo había concertado una cita de quince minutos con él y aproveché bien mi tiempo. Una de mis preguntas fue: “¿Cómo se unen la sabiduría y el poder? ¿Es posible utilizar la sabiduría cuando se debe usar el poder?”. Dijo que el problema con la adquisición de poderes es que la sabiduría y el poder pueden
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confundirse, y entonces uno toma el poder como sabiduría. Sin embargo, convino en que una gran sabiduría puede manejar el poder. Lo que pasa es que una persona con gran sabiduría tal vez no quiera usar su poder. Acerca de la invasión del Tibet: tomó su decisión dejándose guiar por la gran corriente cósmica/vital. Vino a los Estados Unidos de la misma manera. No ejerce ninguna influencia en la creación de centros de meditación. Si los estudiantes desean hacerlo, permite que lo hagan. Acerca de la meditación y el auto-engaño, dijo que hay signos físicos y mentales que uno aprende a reconocer. Propósito: ninguno. Uno es parte de la corriente. Por la tarde asistí a la clase del Lama sobre meditación. Aproveché el espacio de preguntas y respuestas para preguntar por el problema del sentido del bien y del mal, y los peligros de que semejante concepto caiga en mentes enfermas. Su respuesta eludió el problema. Claro que uno puede comprender que hay fuerzas para las cuales el bien y el mal no significan nada. El océano es un ejemplo; pero éste es peligroso, como mi amigo Sibley Morrill insiste en sus escritos. Desde luego, el problema tuvo su culminación con la interpretación que hizo Hitler de los escritos de Nietzsche, y ya vimos los resultados. Hubo otra conferencia del Lama Trungpa el martes a mediodía. Resultó mejor que la de la noche anterior. Le pregunté si creía que podíamos borrar veinticinco o treinta años de educación “egocéntrica”. Mi pregunta suscitó un rumor de aprobación, pero la respuesta del Lama no fue convincente. Por supuesto, sabemos que hubo santos en Occidente, pero su estructura mental pudo haber sido diferente desde la niñez. Susy Smith, conocida autora de libros psíquicos, dio una charla en la MSPR sobre “La ESP en mi vida”. Vi que sus experiencias no eran nada comparadas con las mías, y sin embargo había escrito dieciocho libros sobre ese tema. Mientras tanto, mi artículo sobre el problema de la repetibilidad había aparecido en Tribuna Médica de Madrid, el 14 de enero de 1972. Era el octavo de una serie de doce
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artículos. Me hallaba en la mejor compañía que se pueda imaginar: Burke M. Smith, J. Gaither Pratt, Remy Chauvin, John Beloff, Harold A. Cahn, Jule Eisenbud, Charles T. Tart, Montague Ullman, J. B. Rhine, Joseph Moller, con un resumen final por el editor. Fue un espléndido y valiente esfuerzo que llevó a la atención de la profesión médica toda la gama de experiencias parapsicológicas, sus problemas y sus posibilidades. El sábado 12 de enero di una charla sobre el Gran Contenedor para el grupo de Harmony Hills. El grupo se interesó verdaderamente, y las preguntas y conversaciones se prolongaron hasta después de las once. Después de esto, me quedé hablando con Jim Hauge hasta medianoche. El lugar era magnífico, ideal para realizar experimentos, porque estaba aislado de las demás casas y tenía habitaciones grandes. Al salir, me pregunté cómo sería su aspecto a la luz del día. Ya he mencionado varias veces las charlas sobre el Gran Contenedor. Mis notas ya no las tengo, pero daré un resumen a partir de dos artículos que publiqué en Gnostica en 1976.

INTERMEZZO CON EL GRAN CONTENEDOR Después de muchas vacilaciones decidí dar a la imprenta las notas que siguen sobre el Gran Contenedor. El tema se presta más para unas charlas –con tantas interrupciones como sean necesarias para la mejor comprensión, y seguidas de una discusión general– que para la lectura. Aunque lo intenté, no he podido rastrear el origen de mis ideas sobre el Gran Contenedor. Lo más probable es que hayan surgido de un par de experiencias “pico” que tuve hace mucho tiempo, y hayan sido alimentadas por numerosas lecturas al respecto, aun cuando éstas fueran dispersas y difíciles de hallar en el mar de miles de páginas de palabras escritas. Mis ideas comenzaron a focalizarse, o refocalizarse, en este tema hacia 1967, mientras trabajaba en Berkeley, California. Luego las reuní y empecé a hablar de ellas con pequeños grupos de amigos, y luego con reducidos núcleos de artistas y científicos. Siempre encontré buena respuesta al tema tratado, y posteriormente di varias conferencias formales
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(entre 1970 y 1973) en las Ciudades Gemelas. La respuesta mayoritaria de mis oyentes fue de enorme interés, lo que estimo fue debido al hecho de que, para la gran mayoría de la audiencia, la ciencia moderna era demasiado estrecha y la religión demasiado dogmática, y era necesario algo nuevo como esto. Desde entonces, acumulé una gran cantidad de notas y docenas de libros que se refieren al Gran Contenedor. Mis ideas no son nuevas ni originales. Pero, como lo descubrirá el lector, le debemos todo a todo el mundo, en todas partes y en todas las épocas, y lo que puede ser original es una nueva forma de mostrar una idea o un sistema de ideas. En cuanto usted domine las pocas ideas básicas que utilizo en todos los casos, estará en condiciones de analizar cualquier situación, sea que involucre masas de gente o simples átomos o moléculas. Se podría objetar que la razón por la cual encajan tan bien con todas las cosas es porque son demasiado generales, o, para decirlo a la manera de un reduccionista, “son especulaciones más o menos vacías, que probablemente los científicos harían bien en evitar”. (J. S. Haldane, Mechanism, Life and Personality. E. P. Dutton, New York, 1914). Es verdad, esas ideas pueden ser demasiado generales, pero creo que apuntan a las relaciones entre nosotros y nuestro entorno, y entre nosotros y el Gran Contenedor (en adelante, el GC), las cuales necesitan ser exploradas. Debo agregar que los fenómenos psi fueron un disparador para que mi pensamiento se desarrollara en esa dirección, y que intentaré, en diversos momentos, explicar los fenómenos psi. Como solía decir a mis oyentes, puedo empezar a desarrollar mi tema por cualquier parte. Es tan perfectamente redondo, que no importa por dónde comience en la superficie, muy pronto nos conduce al centro. Entonces, permítanme comenzar con una

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Introducción semipoética Dios está en el mundo, o en ninguna parte, creando continuamente en nosotros y a nuestro alrededor. Este principio creativo está en todas partes, en la materia animada y en la así llamada inanimada. Pero esta creación es un proceso continuo, y “el proceso mismo es la realidad”, ya que no acabas de llegar que ya comienzas un nuevo viaje. En la medida en que el hombre participa de este proceso creativo participa de la divinidad, de Dios, y esa participación es su inmortalidad, reduciendo el interrogante de si su individualidad sobrevive a la muerte corporal, al estado de una irrelevancia. Su verdadero destino como co-creador en el universo es su dignidad y su grandeza. Dialogues of A. N. Whitehead según fueron registrados por L. Price. The NewAmerican Library, New York, 1954 Dios es por siempre cóncavo, porque todo está contenido en Él. Está en todas partes, y sin embargo no está en ninguna parte. Él llena todo vacío entre la materia, la energía, el espacio y el tiempo. Sabe todo, porque contiene todo. Somos infinitamente pequeños, el cosmos es casi nada; sin embargo, la materia, la energía, el espacio y el tiempo están en constante intercambio con Dios, en esta parte infinitamente pequeña en Él. Y aun el cambio no significa nada, puesto que el Tiempo no existe para Él.

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Dios no tiene forma, y sin embargo contiene todas las formas, para siempre. Todo cambia para nosotros, pero nada puede cambiar para Dios, porque todo está contenido en Él. Lo increíble es que esta pequeña distribución de moléculas, sujeta al cambio y a la eventual dispersión, puede conocer acerca de ese ente infinito, y concebirlo, e intercambiar con Él. Y sin embargo, intercambiar no significa nada, ni tampoco Él ni ninguna otra palabra. En realidad, algunos místicos que hablaban de la Divina Madre estaban más cerca de una aproximación verbal que las personas que hablan de un Padre. Dios es como un inmenso útero, puesto que todo está contenido en él, ella, ello o como quieras llamarlo. Quizás la mejor manera de llamarlo sería el Gran Contenedor, pues contiene todo, incluso el tiempo, aunque el tiempo no signifique nada para el GC, porque todo está en ella / él / ello, por siempre jamás. Dentro de esta pequeña parte del contenedor que somos nosotros, cada vez que nos movemos, esta porción del GC “se mueve”. En realidad, constantemente nos lanzamos contra ella. La comunicación con otros pedazos como nosotros es prácticamente imposible. Solamente el GC puede comunicarse con todo. Intercambiamos “mensajes” unos con otros mediante el uso de algún tipo de energía, a fin de tratar de asegurarnos de algunas de nuestras “impresiones”. Creemos recibir el mensaje, creemos haber estado en contacto, pero sólo son ilusiones. Nos acercamos a los seres humanos pero nunca los tocamos realmente. Únicamente tenemos contacto con el GC, puesto que nos rodea completamente. Tu vida es tu vida es tu vida28. Si sonríes, el GC cóncavamente sonríe también; si lloras, también llora. Pero sonríe desde adentro, desde afuera, rodea la sonrisa, los labios, los ojos, está dentro y fuera de las lágrimas. En un sentido podemos trabajar por lo que creemos bueno, bello. En un sentido podemos cambiarlo y hacerlo bueno y bello. Pero no es realmente así, porque el GC simplemente es y no puede ser cambiado. Bueno y malo, bello
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Sic. N. de la T.

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y feo, todas esas dicotomías existen a nuestro nivel, no al nivel del GC. Está en nosotros hacer lo mejor de esta “existencia”. Nosotros decidimos qué es bueno y qué es malo, principalmente por un acuerdo entre nosotros. El problema interesante es: ¿Podemos establecer intercambio con el GC? Es decir, ¿podemos obtener respuestas de ello? ¿Podemos lograr que se cumplan nuestros deseos? Desde luego que podemos. Ella sabe siempre y en todo momento lo que hacemos, decimos, pensamos; es el molde en el que todo está. Las respuestas llegan automáticamente y de acuerdo a las necesidades reales que tengamos de ellas. Lo mismo sucede con los deseos. Y sin embargo, ella no nos contesta, no satisface nuestros deseos. Ella no tiene poder; el poder está en ella. Tenemos que aprender a dar el “salto” hacia ella, eso es todo. Ella es toda pasividad, ya que no tiene que hacer nada; todo sucede en ella. Así, ella es toda actividad. Y en esto no hay ninguna paradoja. Sólo lo instantáneo tiene acceso a lo eterno. Porque ni uno ni otro tienen nada que ver con el tiempo. Esta puede ser la razón por la cual la inspiración, sea científica o mística, tiene lugar instantáneamente. No hay ninguna idea de paso del tiempo después de una experiencia mística, o de una inspiración artística o científica. Existe una tensión, que cambia generada entre el GC y la materia, energía, (MEET), que son los elementos contenidos podemos hablar. Esta tensión construye lo campo funcional (campo F). constantemente, espacio y tiempo sobre los cuales que yo llamo un

El problema de la comunicación entre seres que están en el lado MEET se comprende mejor con ayuda del concepto de campo F. A nivel MEET hay solamente aproximaciones entre los seres; intercambio de ideas, sensaciones, impresiones. Si las tensiones que genera el campo F se intensifican convenientemente, la comunicación entre esos seres se vuelve más íntima, clara y “objetiva”, es decir más cercana a la cosa real en ambos lados; no afectada por el ruido de los

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mecanismos subconscientes de cada uno y las limitaciones del lenguaje. Todos los campos conocidos son casos particulares de campos F. Por ejemplo, el concepto de campo psi fue generado en la investigación psíquica, y ha sido definido como “la región del espacio en la cual los fenómenos psi son detectables”. (W. G. Roll, The Psi Field, Proceedings of the Parapsychological Association, Number 1, 1957-1964). En la presente concepción del GC y el MEET contenido, el campo psi es más general y omnipresente. La intensidad del campo psi es lo que cambia, pero el campo siempre está presente, puesto que es uno de los modos de relación entre lo físico y lo no físico (Gran Contenedor). Con esto debo poner fin a mi introducción semipoética, porque ya es hora de que nos planteemos la pregunta, ¿qué es o qué puede ser el Gran Contenedor? Pero voy a traer nuevos acercamientos poéticos al GC y la inspiración de artistas, científicos y místicos para mostrar que hay un acuerdo esencial acerca del GC y los campos F, aunque no se los denomine de esta manera. Así, concebiremos la orientación del hombre hacia su entorno, el encuentro del hombre con la realidad, no solamente como un enfrentamiento con la realidad, centrado esencialmente en el desafío de la supervivencia, sino también como una orientación hacia la búsqueda de la realidad en procura de aprehender, comprender, esclarecer, conceptualizar las complejidades de su existencia dentro del contexto de un entorno exterior a través del filtro de su aún no totalmente conocido y comprendido entorno interior. (Gardner Murphy and Herbert E. Spohn, Encounter with Reality, Houghton Mifflin Co., Boston, 1968). En este modesto intento de “aprehender, comprender y conceptualizar” algunas de las complejidades del mundo y de
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nosotros mismos, tal como yo las veo, comencé con una introducción semi-poética dirigida a dar una impresión general del problema y de sus tremendas implicancias. El lector atento, sea o no religioso, se ha visto enfrentado a un interrogante: ¿Dios y el Gran Contenedor son una sola y misma cosa? La cita de A. N. Whitehead agregó peso a mis propias intuiciones, pero no arrojó ninguna luz sobre el cómo Dios o un principio creador operan a través de la materia animada e inanimada, que es lo que estoy tratando de investigar. Debo decir que no sé, ni lo sabe nadie, si Dios y el Gran Contenedor son o no una sola y misma cosa. Mi intuición es que el GC es por lo menos un instrumento de lo que algunos llamarían Dios, no importa la manera en que lo conciban. Sin embargo, Dios es totalmente una cuestión de fe, por eso prefiero la idea del GC, que es la que estamos encarando por medio de herramientas de las que todos disponemos, como intuición, imaginación, concentración, meditación, inteligencia, arte, plegaria, sacrificio, método científico y creatividad. Si bien a su debido tiempo me referiré a todas esas “herramientas” deseo defender desde ahora el lugar de la intuición en nuestra demanda de aprehender la realidad, citando –ni más ni menos– a quien fue probablemente el genio más grande del siglo XX. Dijo Albert Einstein (Ideas and Opinions, New York, 1953): “La mejor experiencia que podemos tener es la de lo misterioso. Es la emoción fundamental que se encuentra en la cuna del verdadero arte y la ciencia verdadera. Quien no lo conoce y ya no puede sentir asombro, es como si estuviera muerto, es un candil apagado”. Y con respecto a las leyes elementales que buscamos (prefacio en Where is Science Going? por Max Planck, Londres, 1933): “No hay manera lógica de descubrir esas leyes elementales. La única vía es la intuición, ayudada por el sentir de la existencia de un orden detrás de las apariencias”. Al comienzo de mi introducción, también confronté al lector con la afirmación de que somos infinitamente pequeños, y que el cosmos no es casi nada. Aquí me estoy refiriendo a la materia que vemos a nuestro alrededor, en la medida en que la podemos ver o inferir su existencia desde la ciencia astrofísica. Ahora voy a mostrar qué es lo que entiendo por infinitamente pequeño.
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Como se sabe, todos los átomos se componen de un núcleo (con carga positiva) y un sistema de electrones (con carga negativa) que lo rodean. El núcleo contiene la mayor parte de la masa de un átomo, puesto que la masa de electrones es insignificante. Excepto el hidrógeno, cuyo núcleo contiene sólo un protón, todos los demás núcleos se componen de protones (con carga positiva) y neutrones (sin ninguna carga). La masa de un protón y la masa de un neutrón son casi la misma. Los protones y neutrones se llaman nucleones, puesto que son los componentes de los núcleos. El número atómico de un elemento (simbolizado por Z) da el número de electrones orbitales que rodean al núcleo de un átomo neutro, el cual, de acuerdo a la presente teoría, es también el número de protones en el núcleo. El número masa (simbolizado por A) da el número de nucleones (protones y neutrones) en el núcleo de un átomo. Los núcleos son, por supuesto, muy pequeños; el radio de un núcleo se puede calcular por la relación R = 1.2 x 10-12 cm. ¡Algo pequeñísimo, sin duda! (Los cálculos exactos se puede