LA REUNIÓN

Seudónimo: Pedro Sartén

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Era el día de la reunión. A pesar de que había pasado la noche anterior en vela repasando sus notas, el señor Angus Stevenson se levantó sin demora cuando sonó el despertador. Abrió las cortinas, dando paso a la luz de un sol pálido e invernal y puso en marcha la radio, disponiéndose a acometer sus rutinas matinales con cierto nerviosismo. Se cepilló los dientes durante algunos minutos más de los que habitualmente empleaba, se duchó, se afeitó primorosamente y después se vistió con el traje gris que solía llevar en ocasiones importantes. Mientras se examinaba las entradas, comprobando con desazón el avance de su calvicie, prestó atención al noticiario. En la radio anunciaban un día inusualmente soleado para aquella época del año y tráfico tranquilo en la ciudad. —Recordamos a todos los usuarios de tranvías, autobuses y suburbanos, que las huelgas convocadas por el sindicato de transportes están programadas desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde —informaba el locutor—. Un día complicado para moverse por la ciudad, ¿no te parece, Ryan? —Así es, Pat. Y por si fuera poco, la alerta por muertos vivientes en la periferia de Nueva Nueva York está en nivel amarillo. Nivel amarillo, no lo olviden. El señor Angus Stevenson esbozó una media sonrisa cortante como una hoja de papel, atándose el nudo de la corbata. «Alerta por muertos vivientes, ¿eh?», pensó. «Bien, pronto habrían resuelto el problema, espero». Habían pasado casi veinte años desde que la Guerra de los Muertos Vivientes finalizase y aunque los supervivientes del bando enemigo habían sido perfectamente integrados en la sociedad, aún había colonias de zombies salvajes en los lugares más recónditos e incivilizados del país. Las fuerzas del orden se dedicaban a cazarlos y llevarlos a centros de condicionamiento, de los cuales salían dóciles como corderitos y 2

habituados al consumo de cerebros sintéticos, además de preparados para funcionar como mano de obra sencilla y gratuita. Al menos hasta entonces. «En cuestión de días, esos zombies salvajes estarán bien socializados, como todos los demás» se dijo Angus, satisfecho. «Preparados para nosotros». Y es que la importante reunión a la que el señor Angus Stevenson debía acudir aquella mañana tenía mucho que ver con los muertos vivientes. Se tomó un café, repasando por enésima vez las notas que había preparado durante la semana anterior. Después se despidió cariñosamente de su tortuga y de su canario y salió del apartamento. Angus Stevenson tenía treinta y ocho años, de los cuales había dedicado más de la mitad a formarse para ser un triunfador. Ello había consistido, principalmente, en hacer muchos contactos, visitar muchos casinos y, por supuesto, estudiar. También había un aspecto más superficial en su preparación al que tuvo que prestar atención. Requería desarrollar un gusto marcado por objetos caros, ir a restaurantes elegantes y entender un poco de vinos. También era necesario conocer las modas, lo cual implicaba tener buenos trajes, y otras muchas frivolidades que convertían a cualquier pobre diablo en una persona interesante. Todas estas aficiones tan banales como caras, Angus Stevenson, que no provenía de una familia pudiente, se las sufragó con trabajos eventuales y de escaso reconocimiento social, hasta que finalmente, tras años de esfuerzo, de noches sin dormir dedicadas al estudio de una carrera universitaria y sus diferentes cursos complementarios, de días enteros trabajando de aparcacoches, camarero o acomodador, Angus Stevenson encontró un puesto en la agencia de marketing y publicidad Smith & Crook, y pasó a convertirse, recién cumplidos los veintisiete, en el señor Angus Stevenson, creativo de Smith & Crook.

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Habían pasado once años desde entonces y su vida no había cambiado demasiado, realmente. Se había mudado a Manhattan desde el Bronx, había comprado un coche nuevo y su armario estaba bien surtido, pero aún no era un triunfador. Para Angus, el triunfo era un glorioso monumento que había de sustentarse en tres columnas: solvencia económica, reconocimiento social y reconocimiento profesional. Las dos primeras cuestiones las consideraba resueltas. Por una parte, el dinero no le faltaba. Por otra, todo el mundo le llamaba «señor», tenía sus propias tarjetas y no solía resultar un problema para él reservar en los locales exclusivos o conseguir un adelanto en el casino. No obstante, aunque era apreciado en su empresa, el señor Angus Stevenson aún no había recibido el impulso final, esa fuerte palmada en la espalda que tantas noches imaginaba en su lecho antes de caer dormido: la gorda y sonrosada manaza del señor Smith golpeando en su omoplato, los dedos cerrándose en su hombro y la voz grave y un poco áspera del Director General diciéndole: «Bien hecho, Stevenson, bien hecho. La campaña es suya». Oh, sí. La campaña es suya. ¡Y lo sería! ¡La campaña sería suya! Alguna, ciertamente, antes o después. Pero el éxito se hacía esperar y no había conseguido hacerse con ninguno de los proyectos más importantes durante los últimos diez años: ni con la de los nuevos cigarrillos sin tabaco, ni con la del whisky sin alcohol, ni con la del robot niñera. Afortunadamente, aquel día todo podría cambiar. Había trabajado muy duro en el proyecto, esta era su gran oportunidad. Mientras conducía rumbo al edificio central de Smith & Crook, no dejaba de darle vueltas a sus notas. En el asiento del copiloto, la carpeta de piel negra reposaba, silenciosa y venerable, con su tesoro bien oculto a los ojos indignos. Lo que allí había eran ideas brillantes, era genio puro, era la llave hacia el Triunfo con mayúsculas, el Triunfo Absoluto y Final. El hormigueo en su estómago le hacía sentirse como un niño

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que debía salir a la pizarra por primera vez, y a pesar de sus años de experiencia, una súbita inseguridad amenazó con hacer presa en él. ¿Y si sus ideas no gustaban? ¿Y si ese bastardo de John Garrett —más joven, más atractivo, con más pelo— volvía a desbancarle una vez más? ¿Y si no hacía una buena exposición? Sacudió la cabeza. No estaba dispuesto a desaprovechar la ocasión. Se convenció a sí mismo de que aquel era su día. Media hora más tarde, a las nueve menos diez minutos, el señor Angus Stevenson, creativo de Smith & Crook, aparcaba su flamante coche negro en la plaza reservada para él enfrente de la torre de oficinas. Con la chaqueta en el brazo y colocándose el sombrero, cruzó las puertas giratorias que daban paso al amplio recibidor, dirigiéndose a toda prisa hacia los ascensores. Entró a la cabina justo antes de que las puertas se cerraran, y allí le saludó Tom Fisherman, sonriéndole desde detrás de sus gafas y su abultada nariz. Angus le devolvió el saludo y le preguntó si iría a la cena de Navidad. Luego se interesó por su familia. En realidad, sabía de sobra que Tom Fisherman era judío y no celebraba la Navidad. También sabía que su mujer le había dejado, aunque él siguiera fingiendo que su matrimonio funcionaba perfectamente. Pretendiendo ser casual, Angus le zahirió disimuladamente durante el trayecto en ascensor y cuando la caja se detuvo en su piso y las puertas se abrieron, se despidió de él con fingida amabilidad. Lo que hacía no estaba bien, pero en aquellos momentos anteriores a la gran reunión necesitaba reforzar su autoestima. Y todo el mundo sabe que no hay mejor modo de reforzarse uno mismo que machacando al vecino. A Angus, desde luego, le funcionaba. Así, gracias a aquella pequeña maldad, entró a la sala de reuniones con el espíritu ligero y la determinación de un león. Se sentó en su lugar, colocando la preciada

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carpeta delante suya e intercambió saludos con algunos compañeros. En realidad, sentía un profundo desprecio por la mayoría, pero lo disimulaba detrás de la sonrisa. Había ensayado aquella sonrisa durante años delante del espejo. Convincente, reluciente, blanqueada. Con ella era capaz de vender cualquier cosa, pero sobre todo, era capaz de venderse a sí mismo. El brillo de sus dientes chocó entonces con el brillo de los dientes de John Garrett y su mirada se afiló un tanto. —Buenos días, John —saludó, adelantándose, para dejar claro que era mucho más educado que él—. Menudo portafolio. ¿Qué llevas ahí, tu testamento? Se escucharon algunas risas. John Garrett también rió. Dejó el abultado maletín ante el lugar que ocupaba en la redonda mesa de juntas y lo abrió. —El mío no. El de nuestra competencia. Creo que he encontrado el producto. —¿Ah sí? —La falsa sonrisa de Angus se ensanchó. Cuanto más crecía su animadversión, con más ahínco fingía amabilidad—. ¿No me digas? Estoy deseando escuchar tu exposición. Siempre es… estimulante. —Vaya, gracias, Stevenson. —El muchacho le miró con gratitud—. Yo también tengo ganas de ver qué nos has preparado. «Ya, seguro. Podrías mostrar un poco más de entusiasmo, esforzarte en parecer humilde, maldito niño rico…», pensó Angus, sin dejar de sonreír. En ese momento, las puertas se abrieron y los dos jefes de la agencia, el Director General y el Director Creativo, entraron en la sala de juntas. Un silencio respetuoso invadió la estancia y todos se pusieron en pie para saludar a sus Maestros, sus magnos líderes, aquellos que les catapultaban a todos hacia el éxito.

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—Buenos días. ¿Cómo están esta mañana? —dijo Smith, conocido entre sus empleados como «la gran S». Era un hombre redondo, sonrosado, con un frondoso bigote blanco de morsa y ojos vivarachos. —Siéntense —fue el escueto saludo de Crook, el Director Creativo. El contraste entre él y su socio era casi espeluznante. Pareciera que Smith, cada vez más gordo y saludable, se estuviera alimentando de las carnes de Crook, que a medida que pasaban los años se veía más escuálido, su cabello se volvía más frágil y quebradizo y sus ojeras y palidez, más pronunciadas. Crook siempre estaba malhumorado, mientras que Smith era un hombre alegre y sociable. Y si bien el señor Smith se movía con una cierta elegancia a pesar de su sobrepeso, Crook por el contrario era persona de gestos duros y nerviosos, casi iracundos. Los creativos tomaron asiento de inmediato y sus soberanos hicieron otro tanto en las dos sillas de cabecera. Tras ellos, la ciudad de Nueva Nueva York, reconstruida tras la Guerra de los Muertos Vivientes resplandecía a la luz clara de la mañana. Y así, sin dar tiempo a más preámbulos, dio comienzo la reunión. —Bien, señores. Como recordarán, lo que hoy nos ocupa es una cuestión que nuestra sociedad, y, afortunadamente, nuestra competencia, aún no ha sido capaz de resolver —comenzó el Director General, uniendo los dedos—. Nos encontramos al fin en una etapa histórica de paz. La Guerra de los Muertos Vivientes terminó hace ya veinte años y, desde entonces, ningún conflicto bélico de importancia ha distraído a los ciudadanos. Las industrias crecen, el consumo aumenta sin cesar y, sin embargo, una cuarta parte de la población de Nueva Nueva York está siendo sistemáticamente ignorada por la sociedad de consumo. Casi dos millones de habitantes que no compran,

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porque, bien es cierto, no tienen dinero. O no han tenido hasta ahora. Me refiero, como ya saben, a los muertos vivientes, no-muertos o zombies. El Director hizo una pausa dramática, en la que todos asintieron y se miraron. Luego prosiguió: —No obstante, la reforma legislativa sobre los ciudadanos no-muertos que será aprobada antes de fin de año, por primera vez reconoce a los zombies como ciudadanos. Podrán votar, tendrán derecho a la propiedad privada, y, entre muchas otras cosas, será obligatorio que reciban un salario por su trabajo. Se escucharon algunos murmullos desaprobatorios entre el grupo de creativos. Angus guardó silencio. A él tampoco le gustaban los no-muertos, desde luego, pero se guardó de hacerlo notar. En los tiempos que corrían, actitudes como la xenofobia, la homofobia o la necrofobia no estaban bien vistas por los más progresistas. —Tendrán un salario —continuó el Director— y podrán invertir ese dinero en lo que deseen, asumiendo que sean capaces de desear algo. La compañía P… y Asociados, demostrando una vez más una gran confianza en nosotros, nos ha encargado encontrar un producto que sea capaz de atraer a los zombies y convertirles en potenciales compradores. Cuando la ley se apruebe y el primer muerto viviente obtenga su primer ingreso, ese muerto viviente tiene que querer comprar un producto de P… y Asociados —exclamó, haciendo gran énfasis—, y nosotros somos quienes debemos meter ese deseo en sus podridos cerebros. Eso es en lo que ustedes han estado trabajando durante las últimas dos semanas, y espero que lo hayan hecho con todo su esfuerzo y talento. —¡Expongan! —intervino entonces Crook, golpeando la mesa con la mano. Los creativos dieron un respingo. El dedo de Crook señaló a uno de ellos, Monty O’Brian, que se puso en pie enseguida y se dirigió a la pizarra con su carpeta y su caja

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de diapositivas. Encendió el proyector, momento dramático y temido por todos, y cuando hubo sido capaz de calibrarlo comenzó su discurso. Y así transcurrió la mañana. Uno tras otro, los compañeros de Angus fueron ilustrando sus ideas, explicando por qué creían que podrían funcionar, proyectando los estudios en los que se habían basado, llenos de columnas altas y coloreadas que iban creciendo y decreciendo, gráficos redondos que se asemejaban a pizzas de porciones azules, rojas y amarillas, pirámides poblacionales, cuadrantes de ingresos

aproximados… la inventiva de aquellos jóvenes talentos se desplegaba en la sala de reuniones, ante el ceño fruncido de la gran S, que escuchaba a todos con interés y hacía preguntas alentadoras, y el rostro salvaje y cruel de Crook, que parecía atravesar con la mirada a cada uno de ellos y que rara vez abría la boca salvo para ordenarles que se sentaran. El nerviosismo de Angus crecía poco a poco a medida que su turno se acercaba. Cuando llegó el momento, el dedo de Crook le señaló y, como impulsado por un resorte, el señor Angus Stevenson se puso en pie. Salió de detrás de su silla y se dirigió al proyector, colocando las diapositivas en medio del sepulcral silencio. Luego se situó frente a la pizarra y, con un movimiento estudiadamente despreciativo, borró todo lo que había dejado escrito en ella su anterior camarada. —Señores, estamos empezando la casa por el tejado —comenzó—. Las suyas son buenas ideas, ideas fantásticas… ideas fantásticas para criaturas que piensan. ¿Colonia para no-muertos? ¿Productos para evitar el deterioro de la piel? ¿Inyecciones de botox monodosis? ¿Coches para no-muertos? ¿Pelucas, bebidas refrescantes…? Todo eso no sirve. Solo el señor Taylor ha tocado, muy ligeramente, la tecla mágica, la clave del problema.

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La sala entera le observaba con interés, y Angus disfrutó del momento y dejó que la expectación creciera. Seguidamente, tras la breve pausa, puso la primera diapositiva. Era una hamburguesa cubierta de delicioso queso fundido. —Alimentación, señores. Alimentación —repitió, con intención de fijar la idea —. Una de las grandes ventajas del consumidor zombie con respecto al ser humano, es que los zombies no piensan. No pueden analizar, reflexionar, tener opinión o ser críticos. Sin embargo, precisamente porque no piensan y no son seres racionales, no sabemos cómo crearles necesidades. Este es el problema más grave al que nos enfrentamos. Para venderle una colonia a un zombie, necesitamos inculcar antes en él la necesidad de usarla… y ningún zombie se preocupa, a día de hoy, por su olor. Somos nosotros los que estamos incómodos con su peste, no ellos. —Se escucharon algunas risas. Angus aguardó unos segundos antes de continuar—. Todos los productos que se han presentado hoy aquí están pensados desde un punto de vista humano, planteados desde los ojos de un vivo que cree saber cómo mejorar la no-vida de un zombie. Pero si fuéramos no-muertos, a ninguno de nosotros nos importaría que la piel se nos arrugara, que se nos cayera un brazo o nuestro olor. Solo querríamos comer. Pulsó el botón del mando a distancia y la siguiente diapositiva mostró un gráfico redondo. —Un no-muerto pasa de seis a ocho horas al día comiendo. Ocho horas de trabajo perdido, ocho horas que dedican a masticar pacientemente con sus dientes podridos los sucedáneos de cerebro de un solo sabor que nuestra sociedad les proporciona de manera gratuita para evitar que devoren cerebros de seres humanos. Y yo digo: si el único instinto conocido de los no-muertos es el hambre, ¿por qué no

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aprovecharlo? Para ello, he ideado toda una gama de productos dedicados a saciar el hambre de los no-muertos. Y se los mostró, gráfico a gráfico, diapositiva tras diapositiva. La mandíbula de fibra de vidrio, por valor de seis mil dólares, que permitiría a los zombies comer más rápido y no depender de sus espantosas dentaduras naturales, ya deterioradas. La gama de sucedáneos de cerebro con diferentes sabores, texturas y precios. Los distintos compuestos químicos que se les inocularían y que estimularían (presuntamente) el apetito de los muertos vivientes. Y los anuncios, claro. Aquellos maravillosos anuncios. —En los centros de condicionamiento se emplea la única técnica conocida capaz de influir en la conducta de los zombies —explicó a su ya abnegado público—. Consiste en la repetición monótona y sistemática de palabras sencillas o consignas breves. Tras unas sesenta repeticiones durante dos meses, los no-muertos las convierten en parte de su comportamiento. Accionó un magnetófono y la cinta reprodujo un ejemplo de anuncio. Una voz plana, átona, decía lentamente: «Quiero comer sucedáneo de cerebro. Quiero comer sucedáneo de cerebro», y así hasta diez veces. Después, las consignas seguían: «Debo comer rápido. Debo comer rápido. Otros comen más rápido. Quiero comer rápido. Otros comen más rápido. Quiero comer rápido». Y seguían: «Si soy más lento que ellos, ellos comerán más. Si soy más lento que ellos, ellos comerán más. Me quedaré sin nada. Me quedaré sin nada. Debo comer más rápido. Debo comer más rápido. Debo usar la Mandíbula Masticador Plus 3000™ de P… y Asociados. Debo usar la Mandíbula Masticador Plus 3000™ de P… y Asociados». —¡Magnífico! —dijo la gran S, cuando Angus aún no había terminado con su exposición—. Magnífico. Simplemente genial. Ya lo tenemos, muchachos.

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Crook asintió, solemne. Y mientras la cinta repetía infinitamente la sencilla publicidad de la Mandíbula Masticador Plus 3000™ de P… y Asociados, todos los reunidos se pusieron en pie y prorrumpieron en un sonoro aplauso. Angus sonrió, tratando de no parecer demasiado pagado de sí mismo. Miró largamente a John Garrett, que ni siquiera había podido mostrar su trabajo, cuyas juveniles y rubias ideas nadie escucharía. Y cuando el señor Smith se acercó a él y le golpeó la espalda con la mano, una, dos, hasta tres veces, sintió que al fin todo tenía sentido, que sus dedos tocaban la eternidad y alcanzaba la gloria. —Bien hecho, Stevenson —dijo el Director General—. La campaña es suya.

FIN

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