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uiero que me jures, Cornelio, aquí mismo y por los muertos de tu familia que nada de lo que oigas en estos encuentros ha de trascender. Quiero que prometas por la salvación de tu alma que no ha de escaparse una palabra de tu boca; pues de una indiscreción, por nimia que fuera, podría depender no solo el destino de nuestras vidas sino el futuro del Imperio y por ende el de nuestra amada Iglesia. Juramenta poniendo tu mano sobre los Sagrados Libros y hecho esto continuaremos. Jura y hazlo de buen grado, pues en estos momentos estamos haciendo Historia y a ella pasaremos como relatores fidedignos de los hechos. Escribe mi buen amanuense; moja el cálamo y escribe con pulso firme el relato para que toda la cristiandad sepa que al gran señor que acaba de morir en Ancycrona1 debemos el ser libres, el ser Iglesia, el haber pasado de secta perseguida a faro de la humanidad. Sí, lo que has oído; borra esa mueca de tu cara y asimila mis palabras. Nuestro señor ha muerto. Así me lo ha hecho saber uno de sus hijos en un correo secreto que llegó anteayer. En él se detalla que falleció cuando volvía a la capital de tomar las aguas para aliviar sus dolencias y también que su muerte se mantendrá oculta durante un tiempo prudencial para organizar la sucesión con el menor derramamiento de sangre posible. Ya sabes, aunque eres joven, que los entresijos del poder son muchos y muy oscuros. Pero, en fin, esa no es mi misión; mi misión es otra y voy a comenzarla en este mismo instante. Borra esa mueca, te digo, y apréstate a tomar unos apuntes que han de empezar así: »Yo, Eusebio Panphili, obispo de Cesarea2, anciano ya, septuagenario —¡qué digo anciano!, viejo atrapado en un pellejo, pero con la mente lúcida todavía; antes que anciano, hombre; y antes que hombre, fervoroso cristiano— en la primavera del año del Señor de 337 doy comienzo a esta biografía con la intención de honrar la eternidad del más noble de los hombres, del más insigne de los emperadores, del más devoto de los creyentes: Cayo Flavio Valerio Claudio Constantino, el Totius Orbis Imperator; al que la Historia, a través de mí y de otros, hará santo, grande e inmortal. Un día seremos orbe mi joven escribiente; y todo gracias a nuestro salvador. Aunque bien pensado… quiero que borres esa palabra y la cambies por la de protector; pues deseo que este escrito sea una epístola laudatoria y no un documento que suscite polémica, que ya nuestra Iglesia está asaz plagada de herejes para que yo les dé carnaza. »Y comenzaré por donde tengo que comenzar, que es allí donde me alcanza la memoria; a los tiempos del honorable Constancio3; cuando el que fuera el más extenso Imperio de la tierra amenazaba con desgajarse. Una diarquía de Augustos: Diocleciano4 en Oriente y su hermano adoptivo, lugarteniente de confianza, Maximiano5 en Occidente lo gobernaban. Constancio era un fiel servidor de Diocleciano y tenía Constantino en él ejemplo de justicia y equidad. Entre paganos, en el palacio im-perial, aprendió — gracias a él— el ejercicio de la tolerancia. La Divina Providencia debió ungirlo desde la
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Suburbio de Nicomedia; la actual Izmit, en la península de Anatolia, Turquía. Cesarea Palestina, también llamada Cesarea Marítima, en la actual costa de Israel, entre Tel Aviv y Haifa. Para facilitar la comprensión del texto, en las notas a pie de página se pone en negrita el nombre por el que era conocido (o el que era utilizado) por cada gobernante. 3 Cayo Flavio Valerio Constancio (250-306) Llamado también Constancio Cloro (el pálido) por el color de su piel, fue el padre de Constantino el Grande. 4 Cayo Aurelio Valerio Diocleciano (244-311) Emperador en solitario entre 284 y 286 y Augusto de Oriente entre 286 y 305) teniendo como César a Constancio Cloro en la denominada Primera Tetrarquía. 5 Marco Aurelio Maximiano Hercúleo (hacia 250-310) César primero y luego Augusto de Oriente, teniendo como César a Galerio.

más tierna infancia con el don cuyo reflejo a todos nos alcanzaría con el tiempo. Te lo digo, Cornelio, para que lo tengas en cuenta cuando pongas en limpio mi relato y lo adornes con los epítetos que encuentres convenientes. Puedes obviar los nombres de los demás, pues ya los historiadores darán cumplida cuenta; pero en modo alguno habrás de olvidar extenderte en ensalzar las virtudes de su padre como militar audaz primero y como hábil gobernante después. Y si Constancio fue el espejo en el que mirarse para desenvolverse en las vicisitudes de la vida terrenal, en la virtuosa Helena6, su madre, encontró el alimento espiritual que lo llevaría por el camino recto. »Busca en los libros de historia que tanto gustas leer las peripecias de los grandes hombres que han existido: la de Ciro, el persa; la de Alejandro de Macedonia; y encontrarás epopeyas y hazañas guerreras equiparables a las de nuestro emperador, pero también hallarás en sus vidas y sobre todo en sus muertes la mundana crueldad. Recuerda que Ciro murió a manos de una mujer de manera indigna y que Alejandro se perdió en bacanales y borracheras que mancillaron su honor. Sin embargo nuestro dueño, después de una vida virtuosa, tuvo una muerte dulce abrazando a Nuestro Señor Jesucristo al recibir el bautismo en el lecho de muerte. No se te olvide enumerar estas equiparaciones dejando bien claro que Constantino fue, es y será grande entre los grandes. Busca en los libros; ve ahora, que he de atender asuntos de nuestra Iglesia y no quiero fatigarme más esforzando la memoria. Márchate y compón a mi gusto cuanto te he contado. Pronto te haré llamar.

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Flavia Iulia Helena (hacia 250-329), primera esposa de Constancio y madre de Constantino.

El sexo de los ángeles O de cuando el diablo guió a Cornelio

onstantino muerto; el dueño del mundo, el unifi-cador, la mano de Dios en la tierra. Mientras bajaba la escalinata del palacio episcopal de Cesarea, Cornelio asimilaba la inesperada noticia, echaba cuentas y era consciente de que se hallaba ante un encargo singular. Era del todo evidente que el piadoso obispo quería investir a su amado Constantino de una merecida santidad y lo había escogido a él para materializar tal empeño. Al delegar la responsabilidad de hilvanar aquellos apuntes le estaba concediendo el regalo de pasar, a su manera, a la posteridad; aunque fuera bajo la firma de otro. ¿A qué más podía aspirar un escribiente? El joven llevaba a rajatabla la consigna que le había dado su padre y que rezaba algo así como: “escucha, copia, aprende y calla” y eso le había permitido granjearse la confianza del obispo hasta el punto de que este le había dado libertad siempre que lo hiciera con buen tino, para escribir aquel texto en honor al emperador fallecido. Contemplando el foro que se disponía a cruzar colocaba las piezas en su sitio, a su conveniencia, eso sí. Nunca se le ocurriría citar, ni siquiera de soslayo, las vicisitudes terrenales que habían provocado —cuando Constantino contaba unos veinte años—, que Constancio repudiara a la madre del joven para casarse por intereses de estado con Teodora, hija de Maximiano, cosa que le había abierto las puertas del poder cuando la diarquía, por razones prácticas, se convirtió en una tetrarquía a la que a los dos Augustos se sumaron dos césares: su yerno, el avaricioso y cruel Galerio; y el fiel Constancio. El primero en Oriente y el segundo en Occidente. De todos ellos Diocleciano era el Auctoritas Senioris Augusti con derechos sobre los demás, que le debían obediencia. Desde la recta moral cristiana que lo atosigaba a todas horas, el secretario intentaba ponerse en la piel de Constantino para acercarse al dolor que aquel muchacho debió sentir cuando tal cosa sucedió. ¿Cómo habría actuado su padre? ¿Le habría impuesto la situación? ¿Habría dialogado con él para hacerle comprender los intereses que soportaban tal decisión? ¿Cómo habría respondido el joven? No olvidemos que había sido educado entre príncipes. Si su padre le había transmitido la rectitud moral de la justicia y su madre le había alimentado el espíritu con las virtudes de la clemencia y de la tolerancia, ¿cómo habría comulgado con aquella rueda de molino? Cornelio no podía responder a aquellas preguntas. Desde luego nadie podía; pero sí acercarse a ellas a través de la conciencia propia de hijo que es natural a todos los hombres. Los asuntos de estado le habrían mantenido obediente a las decisiones de su padre —el alma de los gobernantes es diferente a la de los demás mortales—, pero en cuanto pudo restituyó a su madre a la dignidad y categoría que se merecía. De hecho Helena sería para su hijo siempre una excelente consejera y una de las mujeres más influyentes del Imperio. Todas esas historias paralelas no podría contarlas en sus escritos, era totalmente consciente de ello; pero no por ello se evitaba que fueran verdad. En todo esto pensaba Cornelio enfilando a buen paso la vía que lo llevaba a los barrios humildes de Cesarea. Mas de pronto olvidó todas sus cábalas para ir a sentarse a la sombra de una enorme acacia en los jardines que hay frente al templo de Júpiter y

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esperó como solía hacer muchos mediodías; escudriñando el portalón de la residencia del augur principal del más importante de los dioses paganos. Ella no tardó en salir. Como casi todos los días, el fornido guardián que la custodiaba a todas horas asomó primero y, viendo la calle tranquila, le hizo una seña a su ama. Aquel era el único momento en el que el joven podía verle la cara, o más bien intuirla, porque el secretario padecía una leve miopía que a más de treinta pasos le difuminaba los contornos del mundo. Nada más presentir el sol, la muchacha se cubrió con el embozo de su capa para pasar desapercibida. No estaba bien que una damita de cierta posición saliera sin la compañía de algún familiar varón: su padre, tío o hermano, que la preservara de los peligros y de las malas lenguas. Para Cornelio era un instante mágico que bien le valía la espera. Se llenaba la pupila con sus cabellos negros, que había visto fugazmente antes de que ella se cubriera, recatadamente recogidos en una cola de caballo que en su imaginación liberaba del lazo para que cayesen libres sobre unos hombros que se le antojaban bruñidos y tersos como los de las estatuas de Venus. Sí, se decía para sus adentros; ahí había debido estar el molde de la escultura a la que se le había hurtado la voluptuosidad, la sensualidad infinita que emanaba del mármol para ir a depositarlas en el cuerpo de aquella joven. Inmediatamente se sentía culpable por traer a la mente diosas paganas que alimentaban imágenes pecaminosas mancillando la perfección de su amada. Huía del templo de la lujuria para buscar un modelo mejor y por su cabeza pasaba fugazmente la imagen idolatrada de la Madre de Jesucristo: la madre amantísima y perfecta. Eso aún lo laceraba más y corría de nuevo hacia otro lugar buscando en Minerva la energía de la juventud, la fuerza de la vida que estalla a través de los sentidos y se vuelve sabia y mística. Con eso tenía que conformarse para no caer en la tentación de la carne. ¿Por qué había de ser tan doloroso el amor? ¿Por qué tan cruel el deseo que huele ha prohibido? Menos mal que al ver a la muchacha disolverse en el trajín de la calle, con la gente yendo y viniendo, tenía que concentrarse en no perderla de vista; no a ella, sino a su enorme cuidador, y su mente se vaciaba de las imprecaciones que en ella cruzaban dioses y demonios. Bien cierto es que el amor padece de ceguera y embota los sentidos; o mejor los embriaga con perfumes e imágenes que ofuscan la realidad. Lo que debiera pensar el ingenuo enamorado es que aquella muchachita estaba obrando con descaro, irresponsabilidad y deshonra hacia su familia; pues ninguna mujer que se preciara de virtuosa se atrevería a mezclarse con la chusma; pero no, el amor lo tergiversa todo y por eso Cornelio la veía valiente, osada, decidida, encantadora; y eso hacía que los ardores le subieran del cuerpo a la cara hasta llegar a sonrojarlo. No era la primera vez que la seguía al mercado. Disfrutaba como un niño detrás de una golosina viéndola revolotear ligera de puesto en puesto, ora interesándose por unas telas coloridas, ora oliendo embelesada unos perfumes exquisitos, o comprando jugosas frutas que su doméstico acarreaba en una cesta de mimbre. Se la veía feliz entre la gente sencilla. El candor de la sonrisa que le dispensaba al tendero, a la florista o al vendedor de quesos, ese candor que se perdía en los demás y que Cornelio no podía ver, lo imaginaba bajo la caperuza y se trasplantaba a su semblante dándole un aspecto bobalicón. Apoyado en el puntal de madera que soportaba uno de los tenderetes lo sorprendieron de esta guisa algunos niños que correteaban entre la gente y se pararon para asegurarse si se trataba o no de un idiota. Sus risas lo despertaron de la embriaguez. Los espantó con unas palmadas y volvió disimuladamente al objeto de sus deseos que ya se había ido del puesto de legumbres y amenazaba con perderse. Pero no, allí estaba el gigantón, la cabeza del gigantón sobresaliendo entre la muchedumbre que ya comenzaba a recoger sus mercancías para volver a los suburbios de la ciudad o a las aldeas cercanas.

Terminado el recorrido de costumbre y hechas las compras, la jovencita desandaba el camino por entre los puestos cuando un ladronzuelo que acababa de robar una hogaza de pan desencadenó un tumulto que la terminó por envolver a ella y a su acompañante. Una oronda panadera, rodillo en mano, blasfe-maba a la carrera tras el chiquillo que pronto se vio rodeado por varios hombres que se liaron a puñetazos, unos en su defensa y otros en su contra. Volaron por los aires verduras y frutas; también algún que otro adoquín, hasta que uno de los presentes le lanzó al chaval una enorme sandía que el muchachito esquivó hábilmente de manera que fue a explotar a los pies del lacayo. Este, al ver sus piernas teñidas de rojo, le remangó al causante un revés con la diestra que lo puso del otro lado de un tenderete. Unos cuantos viandantes retrocedieron y terminaron por empujar a Cornelio contra la mujer, a la que tuvo que asirse para no caer. Ella se tambaleó. Sus rostros coincidieron unos instantes tan cerca que intercambiaron los alientos. Fue un instante conmovedor que duró el tiempo que el doméstico tardó en reaccionar para apartar al joven de un manotazo, interponiendo muro de carne maciza entre los jóvenes. La dama intercedió para evitar que el escribiente terminara también del otro lado de un mostrador, reteniendo con una palabra suave pero firme a su sirviente. Este se hizo a un lado y volvieron a mirarse; pero esta vez el secre-tario, tal vez avergonzado por su patente inferioridad física, bajó la vista y la clavó en las sandalias de la muchacha. Ella se dio la vuelta con elegancia e hizo una seña al siervo. —Leander —lo llamó, y este corrió detrás de ella como un perro guardián. —¡Qué dé la vuelta! —deseó, rogó Cornelio—. ¡Qué se dé la vuelta! —tornó a pedir, a soñar. Por un momento ella aminoró la marcha y pareció dudar, pero enseguida dio un paso decidido y continuó sin mirar atrás. Rápidamente encontró el enamorado una explicación: la dignidad; eso y su delicada posición como hija del que había sido el augur más reputado de la ciudad no le permitían hacerlo. Daba igual porque en el aquel fútil tiempo en el que el joven había atrapado el rostro nítido de la muchacha ella le había hecho tres regalos: el primero la mirada profunda de sus ojos negros, almendrados, rutilantes como los de una estrella en una noche límpida; el segundo una sonrisa para él solo, una sonrisa tan blanca como las perlas del Arabicus Sinus7; el tercero un suave perfume a jazmín, delicado, sensual; tan dulce y a la vez tan penetrante que lo hechizó y lo dejó plantado como un árbol en el medio del mercado. Aún aturdido, Cornelio se dirigió a la casa de uno de los mecenas de la ciudad, junto al puerto. Entró por la cocina para tomar un refrigerio que le entretuviera el estómago hasta la cena. Era la vivienda de un anciano armador que se preciaba de abrir las puertas de su residencia a los más destacados intelectuales, ya fueran residentes en Cesarea o viajeros de paso. Uno de los habitantes permanentes de aquella casa era Tarsicio, al cual encontró en la cocina. El bibliotecario tendría unos cincuenta años, pero su barba y su grisácea cabellera añadían a su aspecto otros diez. Estaba dando buena cuenta de una torta de pan de espelta untada con miel, que mojaba en leche y acompañaba de unos higos. Se alegró de ver al muchacho porque era uno de los pocos que le soportaba ya sus circunloquios de filósofo revenido. Tarsicio invitó al joven a sentarse; partió en dos la torta que tenía ya envuelta y le tendió uno de los trozos. Mientras observaba cómo Cornelio se la comía, le preguntó qué asuntos lo traían allí a aquella hora. El escribiente le dijo que necesitaba documentarse sobre los primeros años del empe-rador. Como lógicamente no podía desvelar la verdadera causa, se fue
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Mar Rojo.

por las ramas aduciendo que quería componer un himno para elogiar sus treinta años de mandato; nada mejor se le ocurrió. El astuto bibliotecario leyó entre líneas que había gato encerrado en aquella petición que llegaba con un año de retraso; pero no hizo intención de averiguar más. Se levantó y ambos fueron a la gran sala que albergaba los libros. Allí Tarsicio le dijo que el amo acababa de adquirir una copia de una de las obras de Lucio Cecilio Firmiano8. Buscó en el estante donde se guardaban los textos más apreciados y tomó en las manos un ejemplar empastado en cuero. De Mortibus Persecutorum9 podía leerse en la tapa. Se lo tendió al tiempo que le explicaba que aquella era una obra extraña del autor, ferviente defensor de la fe cristiana a través de la razón y de la necesidad de la Divina Providencia. En ella se hacía un recorrido por la vida de los últimos emperadores y de cómo habían encon-trado en la ira de Dios el justo castigo por sus ultrajes y ofendas contra los creyentes. Todos excepto el glorioso Constantino, que salía siempre victorioso en cualquiera de las comparaciones. Había hilado bien el bibliotecario. Con cierta sorna le vino a decir que si lo que quería escribir era en verdad una loa edificante allí encontraría suficientes mimbres para satisfacer sus fines. Se sentaron junto al ventanal de la estancia y Cornelio comenzó a leer mientras su acompañante le hacía perspicaces recomendaciones al recordarle que el autor era un cristiano convencido y que por lo tanto su punto de vista era sesgado y parcial, aunque bastante atinado para estar influido por el senti-mentalismo religioso. —Hay, entre creyentes y paganos enormes diferencias a la hora de enfrentarse a la fe —le decía—. Mientras que para los primeros su Dios rige sus vidas y dirige su comportamiento imponiéndoles la virtud desde sus mandamientos, para los segundos los dioses viven apartados, encerrados en sus templos y son más o menos adorados en tanto en cuanto les son útiles. Un pagano les pide favores a los dioses para las cosas mundanas y si uno le es esquivo no duda en cambiarse rápidamente de templo; un cristiano le pide a su Dios por la salvación de su alma —y le ponía un ejemplo concreto—. El pagano va al templo a sacrificar un animal para solicitar un favor o agradecer el don concedido; el cristiano va a ver la representación del sacrificio del Hijo de Dios para salvar al hombre. Tamaña diferencia hace que la vida del creyente gire en torno al Altísimo y la de los dioses paganos en torno a sus acólitos. Después de las explicaciones, Tarsicio lo dejó ensimismado en la lectura. Aquella filípica, en el fondo, importunaba a Cornelio ya que él se veía, entre duda y duda, del lado de los justos y estaba más dispuesto a tirarles piedras a los que —como aquel hombre— se atrevían a enjuiciar la fe que a escucharlos; pero la soportaba estoicamente porque sabía que le interesaba estar a bien con él para poder acceder a los libros que custodiaba. Después de dos horas, Cornelio se fue a su casa en la parte más populosa de la ciudad. Coincidió con su madre en la pequeña plaza, junto a la fuente en la que ella acababa de llenar un cántaro y charlaba con las vecinas. Ambos entraron juntos en la ínsula. Lorna se interesó por el día del muchacho y Cornelio, después de contarle lo que había hecho, preguntó por la cena. Su madre le mostró lo que llevaba dentro de una bolsa de esparto: un par de peces de buen tamaño. Después cada uno se fue a sus quehaceres: ella a la cocina del primer piso y él a un pequeño estudio que tenía en el sobrado. Allí permaneció trabajando mientras la luz del día dio de sí; reflexionando sobre lo que le había dicho el obispo, sobre lo que esperaba de él y también acerca de las opiniones de Tarsicio. Le resultaba muy fácil situarse del lado del primero porque su fe lo respaldaba y cubría sus ojos con un fino velo opaco. Sin embargo, por algún resquicio
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Que pasaría a la Historia con el nombre de Lactancio. Sobre la muerte de los perseguidores.

de su lógica se le colaban los razonamientos del bibliotecario y sus consejos rechinaban impertinentes. Tomó el cálamo y escribió, al cabo, lo que Eusebio quería leer, obviando las críticas que querían asomar a su entendimiento; porque al fin y al cabo aquel documento no iba a ser suyo, sino de otro. Tras la cena se fue a su cuarto y pasó a limpio las notas del obispo desprovistas del más mínimo juicio crítico, sin más afán que cumplir mecánicamente con su oficio. Después apagó la lámpara de aceite y empujó a su mente a apartarse de los que-haceres intelectuales para pensar en Tesira, que así se llamaba la joven del mercado. Revestida de candor, se le aparecía su imagen detrás de los párpados de sus ojos cerrados. La veía surgir de entre las olas de un mar tranquilo, tal vez el mismo que bañaba la ciudad en la que ambos vivían. Flotaba en el atardecer, sobre la línea plateada que el sol moribundo trazaba en el agua, traslúcida, divina; con su bello cuerpo recatadamente envuelto en una larga túnica. Desplegaba entonces unas enormes alas blancas que parecían hechas de finísima seda. Sonreía mientras lo miraba con dulzura; con la misma dulzura que lo había hecho en el mercado. Era un ángel del cielo convertido en mujer que lo llamaba tendiéndole las manos. Entonces se daba cuenta de su situación. Él estaba mirándola desde un acantilado abrupto y, aunque casi podía tocarla, el paso adelante que tenía que andar daría con su cuerpo estrellado en las rocas. Al imaginarse precipitado al vacío sintió un vértigo que le arrancó el rostro de su amada de la cabeza. Había tanta distancia entre ellos. Sus mundos eran tan diferentes y sus círculos tan separados que aquel paso era tan infinito como imposible. Descorazonado intentó alejarse de la vorágine de imprecaciones que venían a desbaratar su ilusión. Después de muchas vueltas consiguió dormirse; pero en su subconsciente se construyó de nuevo el mar, el acantilado y la lengua del astro dorado rielando sobre las ondas, ahora cardadas por el viento. Y de ellas surgía de nuevo la imagen de aquella mujer revestida de la pureza del aura solar. Allí estaba de nuevo, con los brazos extendidos reclamándole amor; some-tiéndolo a la confianza ciega que supone un salto al vacío. Más de pronto, cuando estaba a punto de hacerlo, unos nubarrones oscurecieron el cielo y transformaron la luz deslumbrante en penumbra. Las alas del ángel que era ella los tocaron y absorbieron su negrura transformando a Tesira en otro ser. El viento le arrancó la túnica y estrelló en la pupila atónita de Cornelio un cuerpo voluptuoso completamente desnudo. Una luz nacida del abismo marino resaltaba aquellas formas confiriéndole vida a los mármoles de una estatua de Venus. El rostro de su amada cambió la sonrisa por el deseo y la pureza por la lujuria. Ella dejó de prestarle atención y comenzó a acariciarse dejándose llevar por la lasciva búsqueda del placer egoísta y el pobre, el infortunado muchacho, solo podía presenciarlo. Una voz le susurraba al oído animándolo a tomar lo que era suyo y a disfrutar de aquellas carnes antes de que otro se adelantara. Sus pies recibían las dudas de su cerebro y se movían inquietos esperando la señal. Se abalanzó por fin hacia el objeto de sus anhelos. Dio el paso fatídico y se precipitó en una caída brutal hacia la espuma que lamía las rocas del pie del acantilado. Cuando estaba a punto de estrellarse su cuerpo recibió una sacudida convulsa igual que si un rayo lo atravesara de la cabeza a los pies. Recorrido por un escalofrío, estremecido desde sus entrañas, se despertó. Las imágenes se evadieron todas, pero las sensaciones quedaron atrapadas bajo su piel. Se dio perfecta cuenta de lo que había pasado y se echó a llorar invadido por la culpabilidad y el arrepentimiento. Se levantó y corrió a la palangana para lavarse. Aun temblando, terminó de quitarse la camisola de lino con la que dormía y buscó en un cofrecillo un pequeño látigo cuya cabeza se abría en cinco puntas de cuero rematadas en sendos nudos y con él comenzó a lacerarse para pagar su pecado. Diez latigazos tardó en considerarse libre de culpa, mandando a su diablo interior de nuevo a los infiernos; y otros diez hicieron falta para que se considerase digno de recuperar la imagen virginal

de su amada. Después, cansado y sudoroso, con la espalda amoratada, se sentó en el lecho con la cabeza entre las manos. Tras unos momentos de silencio, su madre llamó a la puerta. Había estado escuchando los gemidos de su hijo y se sentía orgullosa. Lo conocía muy bien y sabía que el muchacho vivía en una lucha continua. Lo había amamantado con esa esencia espiritual que se asienta involuntariamente en el cerebro y había luchado por apartarlo de las ideas de su padre. Este había intentado educar a su hijo en la racionalidad de los últimos filósofos humanistas de la escuela alejandrina. “Hay que beber de muchas fuentes para saciar la sed”; solía repetirle el anciano a su hijo mientras le enseñaba el arte de la escritura, pero su prematura muerte había dejado su obra a medias. Ella, que sabía bien que fe y razón son una mala mezcla, se sentía responsable de cada uno de los latigazos que había oído tras la puerta, puesto que se había encargado de la estricta educación religiosa de su hijo. Aquella penitencia representaba su victoria de madre piadosa. También ella, emulando a su marido, tenía su propia máxima: “vale más un buen creyente que se salva que un ciento de eruditos que se condenan”. Volvió a llamar y como no obtuvo respuesta entró y se encontró con la mirada del abatido muchacho. No cruzaron ni una palabra. Ella se limitó a verter un poco de agua en la palangana del lavamanos, añadió un puñado de sal, mojó una esponja y la aplicó sobre las pequeñas heridas del látigo. No salió de ella una expresión de consuelo, ni una caricia tierna; solo una mirada llena de determinación que le mostraba a las claras que el padecimiento y el dolor de los pecados eran el duro camino que tenía que recorrer para limpiar su alma. Con las mismas, puso todo en su sitio y se fue cerrando la puerta tras de ella. Sería la hora prima. Cornelio se vistió, pasó por la cocina, donde tenía preparado un ligero desayuno, y salió a la calle con la intención de volver a la biblioteca de Tarsicio, no sin antes pasar por el palacio episcopal para dejarle a un funcionario las notas en las que había trabajado. Después, tras recorrer varias callejuelas, enfiló hacia el malecón del puerto para recorrerlo de norte a sur. Una nave comercial de gran calado estaba manio-brando para entrar en la zona de descarga y las pequeñas barcas de pescadores que a aquella hora volvían con las capturas de la noche se aprestaban a apartarse para no ser embestidas. Cuando Cornelio llegó al muelle de atraque, del barco se apeaba un extraño personaje que entró discretamente en un carro, escoltado por tres sirvientes. Tarsicio lo había observado todo desde el portal y tras un breve saludo informó al joven del rumor de que aquel barco traía un pasajero singular; un tal Kyrós, un filósofo cristiano crítico con las tendencias oficiales, muy cuestionado por ello por los obispos, acusado de alborotador de las masas y de instigador de la gente sencilla. Esa parecía ser la identidad de aquel misterioso anciano de barba blanca. Cornelio apenas prestó atención y cambió inmediatamente de tema llevando al biblio-tecario al terreno que verdaderamente le interesaba, que no era otro que comentar lo que de las lecturas del día anterior había reflexionado. Estaba especialmente intrigado en entender por qué no había funcionado la diarquía entre Diocleciano y Maxi-miano y había derivado en una tetrarquía. En efecto, tal como se detallaba en el libro que el anciano le había recomendado —así le exponía con detalle mientras se sentaban en el sitio de siempre—, ambos eran como el aceite y el agua: el primero un avaricioso urdidor de intrigas, un tímido invadido de una paradójica megalomanía que le llevaba a exprimir al pueblo para sus magníficas edificaciones; el segundo sustituía la avaricia por maliciosa audacia y la timidez por una libido depravada que le llevaba a disponer de las hijas de sus propios amigos. Y sin embargo, Maximiano era para su mentor un perrillo fiel, siempre dispuesto a obedecer las órdenes de su amo. Tarsicio respiró profundamente, constatando que en Cornelio aún se mantenía viva la llama candorosa de la juventud. Enseguida le hizo ver que igual que las cosas no son como se cuentan, tampoco la Historia escrita es

tal cual se escribe, pues ambas van tamizadas por unos ojos, por unos oídos y por un cálamo que dobla hacia donde quiere el autor. Y cada autor tiene una mente construida con vivencias y creencias que la manipulan. —Seguramente —aseveró— que ni el uno era tan perverso ni el otro tan salido como el piadoso Firmiano quería hacer ver, porque su pretensión no era hacer Historia, sino apología de su fe. Lo cierto es que ambos Augustos tenían muchos problemas que les llenaban los días: un vasto territorio que controlar con los bárbaros a las puertas, enormes gastos que les impelían a exprimir a sus súbditos y muchas obligaciones para con su corte. Por eso cada uno se había buscado un apoyo. El primero nombrando César a Galerio y el segundo a Constancio, al que casó con su hermana Teodora —bromeaba el bibliotecario al decir que así el Imperio tenía un cuerpo deforme con una cabeza iracunda y tres extremidades que lo obedecían. Cornelio intervino de nuevo en defensa del padre de Constantino, aclarando que, si bien los otros habían hostigado a los cristianos, este había sido tolerante con ellos durante la Gran Persecución10, al contrario que ellos, Constancio se había mostrado magnánimo y benévolo, posiblemente porque su primera esposa le habría hecho distinguir esa luz que dicen ver todos los fanáticos. “Los brillos de la tela no hacen la seda”, debió pensar el joven para sus adentros, viéndose empujado a admitir que aquel bibliotecario encerrado entre libros intuía mejor el mundo que muchos gobernantes. Sin embargo, a él lo que le interesaría mostrar en la Historia que debía escribir era ese lado piadoso pleno de integridad que al obispo iba a gustarle y que le allanaría el camino para mostrar a un Constantino sabio, tolerante y entregado a la causa cristiana. Sentía al pensarlo el dolor de los eruditos que no dudan que hasta las hojas de los árboles tienen un haz brillante y lustroso y un envés áspero y deslucido que también existe. Le hubiera gustado discutir con Tarsicio, convencerlo que a veces él también veía esa luz, llevarlo a su terreno; pero sabía que aquel hombre se apoyaba en argumentaciones construidas sobre roca y quien correría peligro de tambalearse era él mismo. Al mediodía volvió a su sitio bajo el árbol y esperó, empalagado por el dulzor del amor restituido en su virtud por los latigazos de la mañana, pero ella no apareció. En vano, estiró el tiempo errando con la mirada detrás de un buhonero que volvía del mercado con el carro vacío, conversando amigablemente con su burro; o siguiendo a unos chiquillos que correteaban tras de algún sirviente que acarreaba una cesta cargada de viandas. Errando con la mirada, sí, y divagando para sus adentros sobre la falta de la dama a la singular cita. ¿Estaría enferma quizás? ¿Tal vez su madre, la viuda del augur, había sido informada de las furtivas salidas de su hija y había puesto remedio? En tales cuentas andaba cuando asomó por el portal el Hércules que la custodiaba, pero solo. Miró a ambos lados de la calle y echó a andar. Sin embargo, en lugar de hacerlo hacia el mercado, como sería lógico, lo hizo en la dirección contraria. Cornelio, asaltado por la curiosidad y justificándose a sí mismo con la disculpa de que nada tenía que hacer a aquella hora, decidió seguirlo. El grandullón avanzaba por la vía principal a grandes zancadas hasta el punto de que el joven se veía en la necesidad de correr de cuando en cuando para no perderlo entre el bullicio de los comerciantes que entraban y salían por la puerta este. Por ella salieron ambos y, después de caminar por la calzada durante un buen trecho, se desviaron hacia el sur por un camino de tierra que descendía atravesando un pinar. Pasaría aproximadamente una hora, calculó el muchacho, cuando llegaron a una hacienda que se asentaba al pie de una colina rojiza. La aridez del terreno moría a los pies de un palmeral y luego se abrían a sus ojos las huertas labradas y los distintos verdes de un campo fértil alimentado por las acequias que repartían el agua de una presa
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En 303.

que se veía a lo lejos. El siervo preguntó a uno de los agricultores que salían del almacén de aperos y este señaló a la casa principal. La curiosidad acuciaba a Cornelio con ligeras punzadas en el estómago, aunque el joven confundía las señales con el hambre, pues pasaba de la hora nona y no había tomado ni un bocado. Por miedo a ser descubierto no continuó detrás del sirviente y se ocultó entre unas matas de guisantes, fingiendo que limpiaba las malas hierbas. Allí agachado, cavilaba en cómo podría enterarse de quién era el dueño de la hacienda cuando una niña pequeña se le acercó intrigada por su aspecto; ya que no era, desde luego, el propio de un campesino. Con una pregunta directa consiguió sobresaltarlo y se incorporó como si hubiera sido descubierto en una flagrante trastada. La chiquilla, de una desenvoltura impropia para su edad, se remangó la camisola y se puso a ayudar a Cornelio, cosa que este aprovechó para tirarle de la lengua, encadenando preguntas que ella respondía con extraordinaria locuacidad. Así se enteró de que se llamaba Vibia y era la hija de una de las esclavas que tenía asignado el cuidado de la huerta, que tenía siete años, que había nacido allí y que su amo se llamaba Calidius. Nada más escuchar ese nombre el joven se estremeció. No era la primera vez que lo había oído, siempre puesto en la boca del obispo, acompañado de un insulto o de un menosprecio. Sabía que el tal Calidius era un acaudalado terrateniente al que se relacionaba con grupos de cismáticos herejes que defendían auténticas aberraciones de la doctrina cristiana. Le constaba que aquel hombre había protegido por un tiempo a Arrio, dándole cobijo incluso después de haber sido excomulgado; y también se rumoreaba en los mentideros de Cesarea que promovía y ejercía el mecenazgo de grupos que se movían al margen de las corrientes oficiales marcadas en los concilios. Era por ello un personaje despreciable totalmente apartado de los círculos en los que el escribiente se movía; un hombre peligroso, de dudosa catadura moral; capaz de cualquier cosa para propagar las ignominias que tantos quebraderos de cabeza costaban a los justos. Ya tenía suficiente —consideró—. Se despidió de la niña y se encaminó de vuelta a la ciudad. A cada paso que daba una nueva pregunta lo asaltaba, cada vez más punzante. No podía establecer ninguna relación entre su adorada Tesira y aquel hombre. ¿Qué demonios hacía su gigante guardián —guardián también de sus secretos— en aquella casa? No tenía ni la menor idea; pero se prometió a sí mismo poner remedio a su ignorancia y, desde el momento en el que el siervo entró por el portalón de la casa del augur, se apostó junto a la acacia de siempre y no se movió de allí más que para buscar un mozalbete que, por una moneda, llevara recado a su madre de que aquella noche llegaría muy tarde y que no lo esperara para la cena. Se escondió el sol tras los edificios del puerto a la hora duodécima. La noche fue dejando las calles vacías de gentes de bien y las llenó de murmullos indefinidos. Ya Cornelio estaba a punto de marcharse de vacío cuando se encontró con la sorpresa de que Tesira y su madre salían a la calle en pos de un carruaje tirado por dos caballos que las esperaba discretamente escondido. Las mujeres entraron y su fiel guardián se sentó junto al conductor. Los vio alejarse y la necesidad de seguirlos lo apremió. Comenzó a caminar detrás del carro, a correr, hasta que llegó a la puerta este, que ya estaba cerrada. Los viajeros no tuvieron dificultad para cruzarla: pero a él le sería más difícil que los guardias le franquearan el paso pues no tenía ninguna razón para hacerlo, porque su estampa no era precisamente la de un mercader rezagado. Deambuló impotente por los alrededores hasta que le sonrió la suerte, que se le apareció en forma de una carreta de bueyes cargada de paja. Aprovechando una distracción del paisano mientras daba de beber a sus animales en un abrevadero, se ocultó dentro y de ese modo logró salir de la ciudad.

Cuando abandonó su improvisado transporte se vio en medio de la calzada, bajo un cielo estrellado. Una luna casi redonda le facilitaba los pasos. Al cabo de más de media hora de carrera, llegó a la hacienda en la que había estado horas antes, sudoroso y extenuado. La imagen familiar del alpendre de la huerta lo atrajo y allí fue a meterse después de saltar el pequeño murete que circunscribía la propiedad. En él recuperó el resuello y en él encontró una capa de campesino que le sirvió para adecuar su aspecto y pasar desapercibido entre los trabajadores de la casa. No tardó en descubrir, nada más salir de su cobijo, que la mayoría dormían en un galpón cercano adosado a las caballerizas. Encapuchado y con unos leños en la mano se dirigió hacia la casa principal. Apenas le faltaban unos pies para alcanzar la puerta por la que la servidumbre accedía a las cocinas cuando una pareja de guardias le dio el alto. Tras comprobar que se trataba de un esclavo inofensivo que iba a alimentar la lumbre lo dejaron pasar. En la cocina se encontró a un grupo de mujeres, atareadas preparando unos postres que por su abundancia parecían destinados a coronar un gran banquete. Atemorizado por el bullicio que allí había, hizo intención de ir a sentarse en un rincón; pero una de las gobernantas, confundiéndolo con uno de los que servían la mesa, le puso una fuente repleta de dátiles en las manos y lo mandó para adentro. Detrás de otro siervo llegó a una antesala desde la que se distribuían las bandejas. Allí, una jovencita elegantemente vestida le cogió la fuente para entrarla en el salón principal. Dio tres pasos tras de ella y, cuando se descorrió el cortinaje para que pasara, pudo ver a los comensales sentados ante un gran mesado dispuesto en cuadrado en torno a un centro adornado con flores. Le faltaba uno de los lados, por donde entraban y salían los criados a servir. Al fondo de la estancia observó otra mesa alargada en la que varios asistentes, muchos de ellos vestidos con túnicas, comían con fruición las raspaduras de los asados. Serían más de treinta; tantos como comensales había en la mesa principal. No se diferenciaban mucho de él; de hecho eran con toda probabilidad escribientes o secretarios de los invitados. Entre ellos pudo reconocer al guardián de Tesira. Cornelio sentía miedo porque sabía el grave riesgo que estaba corriendo. Intuía que allí dentro estaba pasando algo importante y que si era descubierto las consecuencias podrían ser nefastas para él, pero tenía claro que si quería enterarse de lo que estaba sucediendo debería entrar en aquella sala tratando de pasar desapercibido entre los ayudantes. Armándose de valor, se desprendió en una esquina de la capa que lo había ayudado a entrar y, por una puerta lateral, consiguió colarse discretamente entre ellos aprovechando el trajín de gente entrando y saliendo. Sació su hambre con los restos abundantes de un zanco de cordero que uno de los singulares comensales le tendió amable-mente regalándole una sonrisa ebria de bienvenida y bebió un vino flojo ligeramente avinagrado que se había librado, gracias a ellos, de terminar emborrachando a los cerdos de la granja. Desde su privilegiada posición se dedicó a estudiar a los con-vidados. Creyó reconocer a algunos. Allí estaba el superior de los magistrados de la ciudad; también varios ricos comerciantes y sus mujeres, que charlaban animadamente. Entre ellas le pareció distinguir a su amada Tesira. El centro floral no le permitía ver a los que presidían el banquete y por eso se movió hacia la derecha, simulando perseguir una bandeja que se movía de mano en mano hacia donde a él le interesaba. Allí estaba el que debía ser Calidius, sirviendo vino a un anciano de largos cabellos grises, casi tan largos como su barba. Su aspecto era el de un hombre venerable, tal vez un filósofo, un orador o un profeta. Comieron todos, invitados y secretarios. Durante los postres, Cornelio ya había hecho buenas migas con dos o tres de sus colegas y gracias a ellos se enteró de que el ágape era en honor de aquel hombre, al que llamaban Kyrós, precisamente aquel del que le había hablado el bibliotecario. Era, en efecto, uno de los apartados, de los que la ortodoxia oficial había expurgado de los círculos eclesiásticos por defender ideas heré-

ticas. Aquel era pues, su grupo de acólitos, un grupo singular en el que había personas poderosas e influyentes que —echaba cuentas el joven— pertenecerían a aquella secta por intereses más bien oscuros. Pero… ¿Qué hacía entonces su niña, su Tesira candorosa, entre aquel hato de conspiradores? Con su presencia no solo atentaba contra todos los creyentes de bien sino, y lo que era más grave, lo hacía contra su familia, contra la memoria de su padre el gran augur de los paganos. Cornelio estaba ensimismado, perdido en el bullicio general de risas y murmullos, intentando justificar lo injustificable cuando el amo de la casa se levantó y con dos palmadas sonoras acalló los ruidos y llamó la atención de varios siervos para que retiraran el centro florido. Después, tomó la palabra. Con voz grave y afectada, desde su baja estatura y su presencia más bien apocada, agradeció a los presentes la discreción con la que habían obrado para asistir a la reunión y los conminó a no bajar la guardia ante los miles de ojos que los acechaban para dañarlos. Luego se dirigió al maestro, a su amigo, para ensalzar los valores que portaba en su anciano cuerpo: mente clara, criterio y razón contra la paranoia, el interés y la superstición que movía a los que se decían poseedores de la verdad absoluta. Sensiblemente emocionado, cedió la palabra a su invitado. Este se levantó y, caminando apoyado en un gran báculo, fue a colocarse en el lugar donde estuviera el adorno foral, centrado y a la vista de todos los invitados; dando la espalda a Cornelio y a los demás ayudantes. Entonces, después de ceder el cayado a un muchacho que lo acompañaba, tomó la palabra en estos términos: —Queridos hermanos: en primer lugar, y apoyándome en lo que ha dicho mi querido benefactor, os doy las gracias por vuestra fidelidad y devoción a la causa y también por vuestra cautela en aras de salvaguardarla —miró a Calidius y se inclinó levemente en señal de reconocimiento, descansó unos segundos y continuó—. Vivimos tiempos convulsos, en los que la razón y la fe se disuelven en disputas yermas. Ningún daño nos hacen ahora esos paganos que tanto se ensañaron con nuestras creencias matándonos para divertimento del pueblo. Aquellos que disfrutaban viendo cómo las fieras devoraban a nuestras mujeres y niños son corderos al lado de nuestros perseguidores. El daño nos viene de los que se llaman a sí mismos cristianos justos; esos que presumen de poseer lo que ellos llaman la única verdad. ¿Qué derechos tienen ellos sobre la verdad? Ellos, los que se llaman ortodoxos, nos ven como apestados a todos nosotros, sienten repugnancia de nuestras ideas y nos maldicen. Nos encarcelan, nos torturan, nos condenan al destierro, nos excomulgan para enviarnos al infierno… —¡Esos malditos! —exclamó excitado uno de los comensales levantándose impetuosamente de su asiento. —¡Malditos sean! —prorrumpieron casi al unísono los demás, repitiendo después el latiguillo, desordenadamente, hasta que el anfitrión consiguió calmarlos para que el maestro siguiera hablando. Cornelio padecía al ver que Tesira se unía a los coros totalmente entregada. —…Ellos, los usurpadores, escupen a la cara a los que afirman desde el conocimiento que Dios no siempre fue Padre; que hubo un tiempo en que Dios estaba solo y aún no era Padre, pero después se convirtió en Padre. El Hijo no existió siempre; pues, así como todas las cosas se hicieron de la nada, y todas las criaturas y obras existentes fueron hechas, también la Palabra de Dios misma fue hecha de la nada y hubo un tiempo en que no existió y el Hijo no existió antes de su origen; sino que él y otros tuvieron un origen de creación. Pues Dios —remarcó el erudito con apabullante seguridad— estaba solo, y la Palabra aún no era, ni tampoco la Sabiduría. Entonces, al desear darnos forma, Él hizo a cierto ser y lo llamó Palabra, Sabiduría e Hijo, para que pudiera darnos forma11. Y si hacen eso con los arrianos ¿qué no harían con nosotros que
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Adaptación de las argumentaciones de Atanasio de Alejandría en su Primer Discurso contra los Arrianos.

transgredimos hasta la propia esencia divina al afirmar que nuestro Dios es el auténtico y tan diferente del suyo? —¡Dios es único y eterno, único! El dios de los cristianos confundidos es una burda estampa —se oyó la voz ronca del amo de la casa apoyando a su amigo. Y varios de entre la concurrencia, incluso desde la mesa de los ayudantes corearon aquella sentencia que parecía identificarlos a todos. —¡Dios es único y eterno, único! —repitieron a coro los invitados. —Mas ahora, queridos míos, hermanos míos, no he de recordaros lo que dais por bueno y aceptado. No he de recordaros aquello por lo que hemos luchado y por lo que han muerto muchos de los nuestros. Yo he mismo vi a Arrio, vituperado por defender la verdad de esta manera frente a su propio maestro en Antioquia. Vi cómo era excomulgado, apartado de la fe, y declarado hereje en un concilio12 convocado únicamente para destruir lo que representa. Yo lo vi y por eso sé que la creencia que nos mueve a nosotros hace que aquellos, que lo consideraban lobo, lo vean como a un cordero; pues la verdad que se nos ha revelado es tan brutal, que hace que las antiguas disputas se vuelvan discusiones entre niños. Dicho esto, hizo una pausa prolongada y pidió agua para humedecer sus resecos labios. Mientras lo hacía, Cornelio escuchó con toda claridad cómo Tesira imploraba respuestas cautivada por las palabras de aquel iluminado. —¡Henos aquí, maestro, para seguirte! —y los demás, contagiados, repetían en letanía hasta tres veces. El propio joven se vio forzado a hacerlo para disimular entre los ayudantes. Se encontraba turbado, sobrecogido hasta el punto de sentir asco de sí mismo porque el amor que creía puro le estaba llevando a la perdición. Sentía peligrar la salvación de su alma al escuchar aquellos sacrilegios y también cómo el diablo le hablaba desde su interior lacerando su razón. Pero ese mismo demonio tenía suficiente poder ya para mantenerlo allí, soñando con poder alcanzar sus deseos de muchacho enamorado, que en realidad no eran muy diferentes a los de la mayoría de los hombres: deseos mundanos, carnales, naturales que se concretaban en el ansia de poseer el cuerpo de Tesira, de acariciarlo, de encontrar placer en él y de suministrárselo a su vez. Sacudió su cabeza para alejar las bajas pasiones que hasta aquel momento nunca se habían atrevido a salir de los sueños libidinosos que se convertían por la mañana en latigazos. Consiguió distraerse un poco mirando como sus acompañantes contemplaban extasiados a aquel viejo que ocupaba el centro del salón. No cabía duda que los que estaban allí estaban dispuestos a creer en sus palabras ciegamente. Kyrós vio llegado el momento de transmitir su singular revelación e hizo una señal al muchacho que le sostenía el báculo. Este salió de la estancia y volvió en un instante con una caja plateada en la mano. La sostuvo mientras el anciano la abría para extraer de ella unos pliegos ajados encuadernados en pellejo que levantó para que todo el mundo los viera. —Esto que veis en mi mano es la Nueva Verdad, la verdad auténtica de nuestra fe, el auténtico libro sagrado, el que los supera a todos, el que a todos desmiente y a todos pone en su lugar —elevó el libro sobre su cabeza para mostrarlo orgulloso—. Sí, hermanos míos. Entiendo que me miréis perplejos y confun-didos. Yo mismo hice el camino de la duda y del recelo que vosotros vais a emprender aquí y ahora. Yo mismo me froté los ojos y los cerré para intentar evitar que por ellos entraran las palabras que iban a cambiar mi destino y el vuestro; pero el ansia de conocimiento fue superior a mis temores y dejé que me invadieran desde estas hojas maltrechas que se salvaron de la quema y llegaron a mis manos para restituir la justicia a los muertos. Yo soy un
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En el Concilio de Nicea (325). La actual Iznik, en Turquía.

elegido… Vosotros sois elegidos también, porque albergáis en vuestra alma el hálito de la auténtica divinidad. Esas últimas palabras se clavaron en la mente de Cornelio como un dardo envenenado dispuesto a emponzoñar su alma. Miró a Tesira entre las mujeres. Estaba embelesada, como una virgen contemplativa, y sintió por ella una profunda pena porque estaba enredada en las artes de un falso pescador, condenada ya si él no era capaz de poner remedio a aquella desfachatez. Estuvo tentado a gritar, a acercarse a aquel charlatán embaucador y a rebatirle sus patrañas con argumentos esgrimidos desde los Sagrados Libros o desde las sabias palabras del obispo Eusebio o del propio emperador Constantino o de cualquiera de los muchos que sembraban de luz tanta ignominia; pero no se atrevió, porque lo único que iba a conseguir era que lo quitaran del medio pues sabía ya demasiado. Se calló, musitando la promesa de luchar para que su amada se apartara de ellos; así seguiría —iluso de él— amarrado a las virtudes del buen creyente que hace de su fe bandera de salvación para los demás al intentar traerlos al sendero marcado por los justos. ¡Ah, el amor! cuan cruel y despiadado, cuan sibilino es que confunde a esos mismos justos y los convence de que es posible la redención del mismísimo Satanás. —…Soy un elegido —repitió Kyrós llegando a un éxtasis espiritual con el que todos menos Cornelio comulgaban—. Soy el mensajero de la nueva revelación, de la auténtica verdad. Soy el profeta que os ungirá de luz para que obedezcáis la Nueva Palabra, para que la difundáis por el mundo de los ignorantes y de los que viven en el engaño de un dios imperfecto. A partir de hoy, creedme queridos míos, seréis los nuevos apóstoles de una Iglesia también nueva y diferente. Tanto poder he encontrado en estos papiros que me veo capaz, con vosotros, de cambiar el mundo. Soy el portador de la verdad escondida, la que quisieron borrar de la faz de la tierra porque no les convenía a nuestros falsos guías. No, no le convenía al propio Silvestre13, rector de los destinos de la Iglesia durante los años del triunfo de Dios sobre los paganos; ni al efímero Marcos, que lo sucedió, durando menos de un año; ni a Julio14, la columna firme de la fe de Nicea que ahora los dirige. A ellos me refiero porque todos, y otros antes, ocultaron esta verdad que hoy os traigo. Ellos la conocían y la conocen; y sin embargo prefirieron enterrarla porque les incomoda, les martiriza y pone en peligro su poder. La Iglesia que nació en aquel humilde pesebre se ha convertido en sus manos en una gran basílica llena de oro. El oro es para ellos y la penitencia para el resto de los mortales. ¡Ay de los que creen en sus palabras! Qué infortunados son que no ven que a la sombra del poder no se reparten ni el bien ni la justicia, sino la desdicha. Ellos que se consideran justos le están poniendo precio a nuestra eternidad. Volvió a alzar los papiros que tenía en la mano y que parecían contener cuanto lo respaldaba. —¡Háblanos, maestro, revélanos la verdad! —exclamaban algunos—. ¡Te seguimos, guíanos! —imploraban otros. Y no había allí nadie, exceptuando a Cornelio, que no estuviera dispuesto a aceptar cuanto Kyrós predicaba. De pronto, uno de los guardias entró en la sala interrum-piendo el discurso y sembrando la incertidumbre entre la gente. Se dirigió al amo de la hacienda susurrándole al oído algo que lo alteró hasta el punto de abandonar su lugar en la mesa. Al poco se oyó el ruido de un revuelo que provenía del exterior. Algunos invitados se asomaron a los ventanales y pudieron ver cómo los soldados habían irrumpido en el patio y estaban reduciendo a los guardianes, que apenas ofrecían resistencia. Kyrós se
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Silvestre I (270-335). Nombrado papa en 314 convocó el primer concilio ecuménico: Concilio de Nicea en 225 contra los arrianos. 14 Julio I(¿-352). Después de la muerte de Constantino el Grande, asume la responsabilidad de dirigir la Iglesia, defendiendo, como lo hiciera el emperador, la ortodoxia en contra de los movimientos heréticos.

precipitó a guardar sus papiros en el cofrecillo y a ocultarlo bajo la túnica. La agitación y el desasosiego se propagaron entre los presentes. A nadie se le escapaba lo que estaba pasando: habían sido descubiertos y los legionarios venían a acabar con ellos. Cada uno intentó escabullirse por donde pudo: por las cocinas, por las ventanas de las habitaciones de la planta baja; pero era inútil, la casa estaba rodeada. Cornelio, envuelto en el gran revuelo que se produjo por los pasillos en los que los soldados pasaban a cuchillo a todo el que se ponía a su alcance, intentaba no perder de vista a su amada que, con su madre y otras mujeres, intentaba poner a salvo al maestro. El celoso custodio de la joven se les unió para abrirles paso a empujones entre la gente que iba y venía enloquecida de terror. En un recodo se les plantó delante un grupo de asaltantes. Uno de ellos se lanzó contra el grupo y clavó su espada en el vientre de la madre de Tesira. La mujer lanzó un grito desgarrador al que se unió el gemido de impotencia de su hija al verla caer al suelo manando sangre. Leander se abalanzó sobre el legionario, aprisionó su cabeza con el antebrazo y le rompió el cuello. El agresor cayó al suelo como un fardo. Luego, Leander interpuso su cuerpo para evitar que los otros militares alcanzaran a su protegida; serían cinco o seis que se enredaron en el corpachón de aquel hombre para reducirlo. Ellas y Kyrós cruzaron el peristilo15 y cuando iban a entrar en las cocinas se dieron de frente contra un corpulento oficial que, sin dudarlo un instante, desenvainó su espada, blandiéndola amenazante ante el viejo profeta. Este esquivó torpemente el primer envite y el cofre cayó rebotando en el mármol. Atraído por el hallazgo, el legionario se agachó para cogerlo y entonces fue cuando Cornelio aprovechó para arremeter contra él, que-brándole un pesado florero en la cabeza. Las mujeres huyeron en desbandada, excepto Tesira, que se abalanzó sobre el tesoro que protegía el viejo y Cornelio sobre ella para asirla por el antebrazo y ocultarla en una pequeña antecámara en la que se guardaban enseres de la casa. Allí, los dos jóvenes se miraron a los ojos. Por segunda vez coincidieron de forma intencionada sus miradas y en la distancia corta el muchacho pudo estremecerse con la inmensidad de aquellos ojos negros. Ella, nerviosa, sujetaba sobre su pecho aquella caja como si fuera la herencia única de los suyos. Como una corderilla asustada que siente los ladridos de los perros se sabía en las manos de aquel hombre del árbol que había despertado desde hacía tiempo su curiosidad. Pero aquellos no eran momentos para la discreción, ni para la compostura; así que de sus labios salió toda una declaración: —¡Cornelio, por Dios bendito, sácame aquí! Los ojos del muchacho brillaban ahora más que los de ella. Sabía su nombre. Se había preocupado de averiguarlo, seguramente a través del grandullón; y eso solo podía significar una cosa: que ocupaba algún lugar, aunque fuera pequeño, en su corazón. Un leve ruido lo sacó de su ensoñación para advertirle que no estaban solos allí. El muchacho desenvainó un pequeño puñal que llevaba bajo la túnica y se puso al acecho escudriñando en la penumbra Para sorpresa de ambos, tras una celosía portátil que allí se guardaba salieron temblando Calidius, su mujer y dos niños de corta edad. Viéndose perdido en su cobardía y con él a sus seres más queridos, aquel hombre titubeó antes de hablar; pero presintiendo que su final era inminente, les reveló que en la habitación contigua había una trampilla bajo un gran arcón y que por ella que se accedía a un túnel que los llevaría fuera de la casa. El problema era que para llegar a ella sería necesario salir al pórtico del peristilo, donde aún se oían las blasfemias de los perseguidores y los alaridos de los perseguidos. Por otra parte, quedarse en aquel cuarto y no intentarlo sería un suicidio, puesto que de un momento a otro los soldados entrarían a registrarla y les darían muerte. No había opción y por eso Cornelio entreabrió la puerta para calibrar la
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El gran patio interior de la domus romana, rodeado por un pórtico de columnas y adornado por fuentes y parterres.

situación. En el patio había cuatro o cinco miembros de aquella sociedad, muertos alrededor de la fuente y otros tantos, malheridos, agonizan en los parterres. Dos legionarios pasaron bajo el pórtico persiguiendo a unos cuantos criados y luego el patio se quedó vacío del repiqueteo de los pasos de las sandalias. Cornelio vio la oportunidad y abrió la puerta de par en par. Cogió de la mano a Tesira y jaló de ella con fuerza para que lo siguiera; el amo y su familia detrás. Caminaron unos veinte pasos y llegaron junto a una puerta. El muchacho se giró dubitativo y miró al dueño de la casa, que sujetaba en brazos a uno de los niños. Este asintió con la cabeza y entraron. Nada más hacerlo se encontraron con una escena inesperada: un soldado, de unos veinte años, se giró bruscamente, sorprendido en la aparente impunidad que cobijaba su delito bajo la luz de una tea adosada a la pared. Se había sacado su cota de malla y también el cinturón donde envainaba la espada y tenía sobre una mesa a una criada desfallecida a la que había propinado una soberana paliza y de la que estaba gozando por la fuerza. Al verse descubierto no dudó ni un instante en degollar a aquella niña con la daga que tenía en la mano y los encaró dispuesto primero a recuperar su espada y luego a acabar también con ellos. Cornelio vio el arma sobre un taburete y se abalanzó sobre ella alcanzándola antes que su dueño. Con el ímpetu del impulso rodó por el suelo y el arma que sujetaba firmemente por la empuñadura salió de su vaina. Quedó tumbado panza arriba cuando el soldado se le lanzó encima y Cornelio, instintivamente levantó la espada que se le incrustó al atacante en el estómago atravesándolo de parte a parte. Murió en el acto, sin un lamento; y se quedó lacio e inerte sobre el cuerpo del horrorizado escribiente que, incapaz de procesar lo que había hecho, lo apartó para descubrir por primera vez el color de la sangre en sus manos. Durante unos segundos no supo qué hacer. Estaba fuera de sí, con la respiración entrecortada y los ojos abiertos como si hubiera visto al diablo. Entretanto el amo había retirado la mesa con la ayuda de su mujer y estaban intentando abrir la pesada trampilla, pero no eran capaces. En ese momento entró el guardián de Tesira protegiendo a Kyrós. Ella le gritó desesperada y Leander unió su enorme fuerza a la de Cornelio hasta que la trampilla cedió y por fin lograron salir de la hacienda por el angosto túnel que los llevó fuera de los muros de la villa, tras unos matojos del palmeral. Fue así cómo salvaron la vida. No hubo despedida, solo prisas, silencio y noche; la noche negra en la que se quedó el secretario viendo cómo la desconsolada Tesira y sus acompañantes se alejaban en un carruaje sin destino conocido. Solo el enigmático maestro de aquellos herejes se dirigió a él asomándose por la ventanilla de la carreta justo antes de que el conductor azuzara los caballos. —Volveremos a vernos antes de lo que piensas —sus ojos chispeaban como si acabaran de hacer un descubrimiento. Cornelio, de vuelta en su casa, apenas durmió analizando todo lo ocurrido. Su vida no era precisamente aventurera, sino una cuadriculada sucesión de rutinas propias de un secretario. Cayó rendido de puro cansancio después de haberle dado mil vueltas a todo, descontroladamente, en un abrumador remolino de imágenes entre las que surgía la suya con las manos manchadas de sangre. Antes del amanecer su madre lo despertó sobresaltada porque en la puerta estaba un emisario del obispo Eusebio con la orden de que se personara de inmediato en el puerto para embarcar hacia la capital. Su corazón dio un vuelco. Por mar, la distancia entre Cesarea Palestina y Constan-tinopla es de unas mil doscientas millas16, lo que implica, si los vientos son favorables, unas diez jornadas. Echaba esas cuentas mientras recibía las moniciones de su madre, apurando en la cocina un tazón de leche y unas tortas que le había preparado. Luego, con un precipitado hatillo al hombro, salió por la puerta de la ínsula a toda prisa porque se le hacía tarde. Lorna se
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1 milla romana, aproximadamente 1481 m

lo quedó mirando, sus ojos llenos de preguntas, porque sospechaba que a su único hijo le había ocurrido algo malo aquella noche y porque aquella llamada del obispo, tan urgente, tan reservada, le daba muy mala espina. Pero como madre le tocaba disimular su dolor, enjugarse sola las lágrimas y poner una sonrisa de circunstancias que confortara a Cornelio en lugar de llenarlo de preocupaciones. El sol ya había salido tras el cerro cuando el joven recorría apresuradamente las calles en las que comenzaban a aparecer las primeras carretas con los paisanos que se dirigían al mercado a vender sus productos. Bajó unas angostas escaleras por una de las callejas que culebreaban entre las casas de los pescadores y llegó a un extremo del puerto desde donde pudo ver en la dársena principal una gran nave comercial en la que los estibadores cargaban ánforas y otros enseres. Cornelio se identificó al contramaestre y este le franqueó el paso informándole de que el obispo se hallaba ya en el camarote que le habían habilitado para el viaje. El muchacho embarcó y se dirigió a su encuentro mientras el sobrecargo daba las órdenes para que retiraran la pasarela, soltaran amarras y desplegaran la mayor. El achaparrado barco salió cansinamente del puerto para repetir por enésima vez la ruta hacia Constantinopla. Cuando Cornelio recibió la autorización para entrar en el camarote del obispo lo halló leyendo. No le dio ninguna explicación. Lo conminó a que se sentara y se aprestara a hacer su trabajo. Nervioso, confundido y sacudido por un mar de dudas tan inmenso como el que la nave comenzaba a cercenar con su quilla, no tuvo más remedio que aplazar sus preocupaciones y concentrarse en su oficio.

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