Para jóvenes aprendedores Cuando empezó el derrumbe de la crisis, algunos abrazamos la esperanza de que pudiera haber llegado el momento

propicio para sanear las cloacas del sistema, y abandonar un modo de producción no sólo insostenible, sino flagrantemente cruel y criminal, pues a diario se cobra innumerables víctimas. Pero mientras los ciudadanos salen a la calle para mostrar su indignación, nuestros dirigentes siguen ofreciendo sacrificios humanos al becerro de oro. A un servidor la crisis le ha servido para dejar de sentirse funcionario, y asumir con orgullo su función: la función pública, la de ser un servidor público. Un servidor, que así es como antes se presentaba uno de manera formal, educada y cívica. Ha sido como salir del armario… el del funcionario; no el de las plumas, vaya, sino el de los bolígrafos. Si hubo un tiempo en que los maestros reivindicaron para sí el título de profesores, hoy los profesores deberíamos rescatar nuestra condición de maestros, nuestro magisterio, tan vilipendiado hoy por el ministerio. Magisterio es dedicarse a las grandes cuestiones, como ministerio es dedicarse a los pequeños asuntos. Sin embargo, son los ministros quienes están actuando de “magistros” de un modo tan nefasto, que la gran cuestión de la educación, como la de la función pública en general, se encuentra mortalmente herida. Y mientras, en este funeral por la defunción pública, los profesionales de la enseñanza tenemos que dedicar todo nuestro tiempo a los pequeños asuntos de encajar decretazos, cumplir programas, sancionar faltas y calificar a alumnos. ¿Dónde está el tiempo para los maestros, para los magos de ese magisterio supremo que es la enseñanza-aprendizaje? Nos dicen, por Real Decreto, que han rescatado nuestra autoridad. Un servidor no quiere una chapa de policía: uno quiere que le dejen aprender a ser maestro. Y por eso, mis queridos aprendices, os pido y os deseo que seáis aprendedores, antes que emprendedores. En todo caso, comprendedores: emprendedores del común entendimiento. Polités, que decían los griegos: ciudadano, implicado en lo público. Porque de lo contrario se es un idiotés, un egoísta e insolidario gestor del beneficio privado, de to idion, de los propios asuntos. Jóvenes aprendedores, constantemente aprendiendo, actualizándose, como el puto antivirus. Para que no os entre el virus de la idiotez y emprendáis la locura del deseo de lucro, de enriqueceros a costa del empobrecimiento de otros. Porque la economía está llena de “magos” y “maestros” que nos hablan de extraños sortilegios e ignorados parentescos como la “prima de riesgo”, para ocultarnos la ley elemental del capitalismo, la molesta sospecha que el maestro Marx puso sobre la mesa: que el capitalismo no se sostiene con la riqueza, sino con la pobreza, con la explotación del hombre por el hombre, con la miseria; que el rico aumenta su riqueza en proporción a la pobreza en que se sume la masa, la prole, los proletarios. El nuevo papa de los pobres también sabe que la pobreza no es un daño colateral ni un desajuste que tarde o temprano acabaremos por resolver: es un ingrediente estructural del propio sistema, es consecuencia directa del lucro incesante. “ Tenéis que ser todos un poco más pobres para que algunos podamos seguir siendo mucho más ricos”. Tal es el lema obsceno del

capitalismo, y no es otro el mensaje que ocultan las “medidas de ajuste” que a diario nos aplica, cual supositorio, la élite del poder financiero. Y hablando de supositorios, también os pido que no olvidéis que el dinero es una mierda, con perdón. Que no lo dice un servidor, sino el maestro Freud, otro sabueso de la sospecha. Y la antropología lo confirma, pues numerosos símbolos, leyendas, proverbios y ritos religiosos nos muestran el alto valor que, de algún modo, el hombre ha adjudicado a los contenidos anales y la estrecha relación que ha establecido entre ellos y el oro o el dinero. Véanse si no los dichos populares como “apesta a dinero” o “está podrido de dinero”, o las expresiones tan comunes en la actual economía como “dinero negro” y “limpiar o blanquear dinero”. Hasta un economista de la talla de John Maynard Keynes llegó a decir que “el amor al dinero como posesión se reconocerá como lo que es, una morbidez un tanto repugnante, una de esas propensiones medio patológicas que se entregan con un estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales"1. Si el ceñudo Kant nos avisaba de la perversión de utilizar al ser humano como un medio y no considerarlo como lo que es, un fin en sí mismo, con el dinero sucede exactamente lo contrario: lo que debería ser un medio, una herramienta de liberación y conocimiento, se ha transformado en un fin, en una meta, en un ídolo ante el cual arrodillarse y, lo que es peor, al que a diario se ofrendan sacrificios humanos. El psicoanálisis descubre que el amor al dinero es una regresión a una dimensión infantil y pregenital de la afectividad, en la cual predomina el narcisismo, una afectividad centrípeta e insolidaria, básicamente de carácter anal. Cuando querer tener sustituye a querer ser. Quien acumula dinero se está enterrando en sus propios excrementos. Esa sí que es la gran cagada. ¡Qué ñorda!, como dicen mis hijos. Así que, no la caguéis, queridos aprendedores. Que en esta aldea global ya hay demasiados paletos e idiotas, y escasean los cosmopolitas. Si habéis sido aprendices por deber, podéis ser aprendedores… si queréis, pues ya sabéis, como el maestro Nietzsche, que querer es poder. Que sea ese vuestro querer y no querer tener, pues el becerro de oro en realidad está hecho de ese otro inmundo material … Os lo dice, porque os quiere, este añejo aprendedor de maestro.

1

J. M. KEYNES, Essays in Persuasion, London 1931, p. 369.

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