ROSARIO ARDE, A PURA ADRENALINA ARDE.

Club de Investigaciones Urbanas

1. El fin de la Marca Rosario
Rosario es la única ciudad del país gobernada desde hace veinticuatro años por un partido denominado socialista. El arribo al poder, bajo el nombre Partido Socialista Popular, llegó de la mano de Héctor Cavallero en 1989, a raíz del alejamiento del entonces intendente radical Horacio Uzandizaga, quien cumplió con la promesa de renunciar a su cargo si ganaba la presidencia Carlos Saúl Menem. La seguidilla del Partido Socialista incluye los mandatos de Cavallero (1989/1995), Hermes Binner (1995/2003), Miguel Lifchitz (2003/2011) y el actual de Mónica Fein. En 1996 se produjo el alejamiento de Cavallero de las filas del PS. Si bien su paso por la intendencia es muy valorado por la concreción de relevantes obras públicas, fue Hermes Binner quien inició una innovadora y estructural transformación en los modos de gestión de Rosario. Binner gobernó la ciudad durante el período de oro del neoliberalismo en la Argentina. La crisis económica y social hizo estragos en el Gran Rosario, como consecuencia de la salvaje desarticulación del mítico cordón industrial. Sus dos intendencias supieron combinar el trabajo social, con la secretaría de salud como estandarte de la gestión (no es casualidad que el actual gobernador y la intendenta hayan sido secretarios de salud pública), la promoción cultural (con la infancia y la juventud como protagonistas) y la puesta en valor de la ciudad a través de una innovadora estrategia de marketing y comunicación institucional. Los primeros trazos para lograr el reciclaje de la empobrecida imagen rosarina se apoyaron en la recuperación de la tradición local (revitalización de la costanera, exaltación de referentes artísticos y culturales, los barrios míticos, edificios históricos, etc.) y en un eficaz proceso de descentralización administrativa. La asunción de Lifchitz en el 2003 coincide con un cambio de fase del modelo económico-social en el país. El giro conservador que emprende el nuevo intendente y el partido se da en el marco de ese sitio estratégico que comenzó a ocupar el Gran Rosario en el floreciente mercado de los commodities. Toneladas de soja a secas y productos manufacturados provenientes de esta oleaginosa comenzaron a navegar con cada vez mayor frecuencia desde hace una década por las aguas del Paraná hacia el mundo. Este cambio de coyuntura económica movilizó la puesta a punto de una Marca llamada Rosario capaz de atraer las ganancias extraordinarias surgidas de la explotación intensiva de la tierra en la región. El mercado inmobiliario fue el principal nicho elegido1. Desde el gobierno municipal se generaron, a través de los llamados convenios público-privado, todo tipo de facilidades para el avance irrestricto de construcciones. Gigantescas grúas que levantan torres y edificios surcan el cielo de Rosario desde entonces. En paralelo, comenzó un creciente retroceso de la presencia estatal, inclusive en materia de salud, en los barrios periféricos. El nuevo proyecto de ciudad era explicitado sin tapujos en la apertura de las sesiones ordinarias del Consejo Deliberante del 2006. “Hemos visto en otras ciudades de América Latina los efectos devastadores de estos procesos descontrolados de inmigración cuando ocupan indiscriminadamente los espacios vacantes de las ciudades”, afirmaba Lifschitz después de reiterar su seria preocupación por el arribo masivo de población del norte de la provincia y principalmente desde el Chaco. Un disgusto idéntico con las migraciones de provincias del nordeste explicitaría Hermes Binner años más tarde cuando asumió la gobernación de Santa Fe. El paradigma urbano era la Barcelona globalizada.

1_Para un análisis pormenorizado de nuestra perspectiva sobre la construcción de la Marca Rosario, sugerimos la lectura del texto “Notas a propósito del desalojo de Kasa Pirata”. Disponible en http://es.scribd.com/doc/109552485/ Notas-a-proposito-del-desalojo-deKasa-Pirata

El socialismo logró que Rosario trastocara su imagen de pobreza extrema, aún cuando se mantuvieran vastos bolsones de pobres e indigentes. Si la primera etapa de construcción de la Marca Rosario se basó en la idea de renacimiento y modernización urbana, el siguiente paso fue instalar una imagen de consolidación del cambio a partir de nuevos íconos y valores claves para esa versión cosmopolita, turística y negocios urbanos friendly que la gestión de Miguel Lifschitz pretendía afinar para seguir atrayendo capitales: belleza, tranquilidad, armonía, seguridad, crecimiento, honestidad (de sus gobernantes) y vanguardia cultural. El giro conservador se ha intensificado aún más con la gestión de Mónica Fein. Sin embargo, esa Rosario Linda que se construyó en las dos fases anteriores a partir de una transformación territorial vía el boom sojero/inmobiliario, se transformó también a partir del crecimiento de bandas delictivas ligadas mayormente al narcotráfico. Con una policía provincial sin control político, la consolidación del negocio narco se concretó en los cuatro puntos cardinales de la ciudad y en otras localidades de la provincia arrasando con formas de vida históricas.

El crecimiento de asesinatos ligados a la narcocriminalidad comenzó a resquebrajar los principales íconos, ya mencionados, a los que se asociaba inmediatamente Rosario. El Triple Crimen perpetrado en Villa Moreno la madrugada del 1° de enero de 2012 fue un acontecimiento clave para sacar a la luz estos sangrientos conflictos que ya se estaban sucediendo desde hacía tiempo en las bases de la sociedad rosarina. Las infatigables denuncias del Frente Popular Darío Santillán, en el que militaban los tres jóvenes asesinados, el acompañamiento de otros movimientos sociales y políticos y el obligatorio cambio de perspectiva que debieron dar (aún con serios límites) los medios de comunicación, tuvieron mayor peso que las ahora ineficaces acciones de comunicación y marketing puestas en marcha por los perplejos gobiernos de la ciudad y la provincia. Las denuncias de connivencia con barones del narcotráfico que motivaron la renuncia (y actual procesamiento) de Hugo Tognoli, jefe de la policía provincial, significaron un golpe letal

para la Marca Rosario. Se sumaron, en enero de 2013, el asesinato de Mercedes Delgado, vecina y miembro del comedor San Cayetano en el barrio Ludueña, la balacera a los tres militantes del Movimiento Evita en Nuevo Alberdi y un crecimiento escalofriante de los asesinatos (86 entre el 1° de enero y el 12 de mayo 2013), mayormente como consecuencia de los enfrentamientos entre bandas2.

2_Queremos remarcar también la relevancia que tuvo el asesinato de Maximiliano “Quemadito” Rodríguez por dos motivos: primero, por ser parte de la banda narco liderada por su padre, Sergio “Quemado” Rodríguez. Este último está sindicado como el autor material del asesinato de Jere, Mono y Patom, los tres pibes militantes del Frente Popular Darío Santillán en Villa Moreno; segundo, porque su asesinato se produjo el 5 de febrero de 2013 en la esquina de Corrientes y Pellegrini. La decisión de ultimarlo en una zona céntrica tiene un valor simbólico más que significativo, si tenemos en cuenta que los crímenes se venían concretando en los barrios periféricos..

El fin de la Marca Rosario, tal como la concibieron los sucesivos gobiernos socialistas, ha cedido su lugar a una serie de nuevas imágenes con las que se asimila a la ciudad: narcotráfico, asesinatos, barrios estallados, corrupción policial, retirada del Estado en las periferias, oscuridad política, infancia y adolescencia en riesgo. La batería comunicacional y el tipo de mensajes elegidos por el gobierno de la ciudad son una muestra del cimbronazo recibido. Los nuevos mensajes publicitarios circulantes, cuyo principal eslogan es “Cosas como estas también pasan todos los días en Rosario”, no son más que una aceptación de la actual pérdida de control de las imágenes con la que se asocia a la ciudad. El Estado municipal y provincial podrá (re)construir una nueva Marca Rosario pero ya no será aquella que supo forjar con éxito durante diecisiete años. Desde el 2012 se ha visto obligado a reconfigurar sus estrategias de marketing gubernamental en función de contraponer la capacidad de gestión frente a los -ahora insoslayables- conflictos sociales que antes permanecían ocultos o minimizados detrás la Marca.

2. Las transformaciones geográficas: el estallido del barrio.
En este proceso de reconfiguración territorial, Rosario ha perdido aquellas referencias históricas que organizaban su geografía. El estallido de la vieja separación entre centro-periferia es una muestra de las transformaciones en curso desde hace décadas, aunque con mayor celeridad en

3_Un ejemplo de este proceso es la feroz disputa entre la banda del Puente y el Tanque que pone en escena una nueva configuración de Tablada. 4_Se conocen las historias de Pimpi Caminos, el entonces jefe de la barra de Newell’s, y su control territorial de parte de la zona sur. Se suma en la actualidad el trabajo llevado a cabo por la cada vez más expansiva banda narco que domina Las Flores. 5_Por ejemplo, se sabe que la banda que monopoliza el tráfico de estupefacientes en barrio Las Flores compra cuadras enteras y permite a sus dueños que permanezcan viviendo en sus casas bajo la condición de que las transformen en puntos de almacenaje de drogas y armamento.

este inicio del siglo XXI. Encontramos centros ricos que conviven con centros pobres. El barrio Las Malvinas (conocido como Refinería) es el ejemplo paradigmático: un bulevar angosto separa los suntuosos complejos de edificaciones (Las Dolfines Guaraní, Puerto Norte, etc.) de un asentamiento precario. El mismo proceso se comprueba en zonas periféricas como Funes o Granadero Baigorria, en donde coexisten countries y barrios privados y viviendas de sectores populares. La construcción del Casino City Center pone en escena -desde la misma traducción de su nombre: Casino Centro de la Ciudad- hasta qué punto en un escenario en el que se concentran los bolsones de pobreza más populosos, como lo es el extremo sur de la ciudad, también se asientan grandes capitales de inversión. Aquella ciudad en donde lo único que avanzaba era la pobreza y la indigencia, se fue erigiendo en un territorio de recepción y circulación de importantes capitales como consecuencia de su mencionada posición estratégica en el mercado mundial de los commodities. Como decíamos, el boom inmobiliario es uno de los principales negocios en los que hemos visto materializarse esta transformación del perfil urbano. Pero no es el único. De manera más opaca, aunque inocultable, el narcotráfico es una fuente de generación y circulación de importantísimos flujos económicos. En este punto, así como zonas específicas de la ciudad fueron receptoras de ganancias extraordinarias a través de la especulación inmobiliaria, transformándose en territorios-ensayos de nuevas formas de vida fuertemente ligadas al consumo y a nuevas costumbres, las barriadas populares son igualmente fuente receptora de cuantiosos flujos de dinero. Estas áreas de la ciudad también devienen en territorios-ensayos de nuevas formas de vida a partir del avance de lo que llamamos la vida narco, en donde el consumo es un elemento decisivo, aunque a otra escala y bajo otros parámetros. Este crecimiento exponencial del negocio narco trae aparejados conflictos de intereses con saldos sangrientos. En este marco, señalamos un pasaje decisivo: la noción de barrio, tal como la entendíamos, en el sentido culturalmente construido de vecindad, entra en severa crisis. Los barrios periféricos estallan y se segmentan en microzonas regidas por los códigos de cada banda. Vivir de un lado u otro de una calle o avenida, lo mismo que trasladarse de un punto a otro, puede significar la pertenencia o adherencia compulsiva a una banda o a su contrincante3. Las microzonas se rigen a partir de las reglas y leyes impuestas por los diferentes escalones de la cadena de mando narco. Hasta el momento se conocen modos de gobierno basados en el poder de fuego. Sin embargo, aparecen de manera incipiente otros modos de control vinculados ya no sólo con la represión sino con la regulación de la vida de esas poblaciones a través de apoyos económicos a centros comunitarios, organización de eventos sociales, contención de la protesta social a través dinero y realización de pequeñas obras de infraestructura4. Tal como vemos, en Rosario y la región se generan grandes capitales que se afincan en los micromundos construidos por las elites, pero también circulan y se producen, a través del narcotráfico y otros negocios oscuros, en las microzonas en las que se transformaron los barrios. La alta acumulación de dinero en los territorios -de elite y populares- genera mercados en los que así como se insertan grandes estudios contables, jurídicos, inversores, marcas, etc., se incluyen de manera subordinada los sectores más empobrecidos. Son ellos los que ocupan los peldaños más bajos, asumiendo los mayores riesgos y recibiendo las menores regalías. En estos mercados abiertos aparecen figuras con cierta visibilidad como son los transas o los soldaditos, pero también otras instancias más difusas y aleatorias: el “alquiler” de casas para que sean kioscos o para almacenar armas, trabajos part-time (custodia, sereno, etc.) en un búnker, reventa de menudeo, etc5.

La vida narco genera toda una economía en los sectores populares. Así como existe una ruta del dinero hacia arriba (el punto más oscuro hasta el momento), también hay una ruta del dinero hacia abajo: la plata que va a los comercios zonales, los jóvenes soldaditos como sostenes de sus familias, madres convertidas en dealers de poca monta que encuentran en estos atajos recursos para la supervivencia.

3. La disciplina del soldadito. El narcotráfico es algo más que una actividad ilegal, un negocio, la canalización mercantil de una demanda individual y social de consumo. Configura modos de vida, sociabilidades, identidades, discursos. El narcotráfico, transversal a la sociedad, se transversaliza también en los elementos que componen vidas. Desde este punto de vista, el modo de vida narco produce cierto tipo de experiencias en la infancia y los jóvenes. En este marco, la figura que encarna esa experiencia es la del llamado soldadito. En los últimos años se ha difundido la idea del estallido de las principales instituciones de la denominada vida moderna: la familia, la escuela, la fábrica, el psiquiátrico, el ejército, el estado, etc. El estallido no plantea su desaparición sino un diagnóstico de instituciones en crisis, o profunda e irreversiblemente transformadas. Bajo estas hipótesis y perspectivas se han derivado distintos discursos sobre los vínculos entre niños y jóvenes con las figuras de autoridad.

Una primera corriente, que podemos llamar “histórica”, sostiene que lo que entendemos como niño o púber es, precisamente, una invención de la sociedad moderna y disciplinaria. Antes y después no habría habido infancia, en la medida en que no había instituciones y saberes que la tramaran y produjeran. La crisis de las instituciones instala, entonces, una

suerte de nuevo escenario (o, mejor, desmonta un viejo escenario) donde la definición misma de infancia y juventud pierde consistencia. Una segunda mirada, que llamaremos “nostálgica”, hace énfasis en que los pibes rechazan la autoridad, las normas y reglas institucionales. Esta lectura, que indica el fracaso de la integración escolar o familiar, concentra sus argumentos en la figuras de los chicos, sea como víctimas de largos procesos de deterioro social, sea como victimarios (agentes activos en la dislocación nociva de las reglas institucionales). De aquí brotan, también, muchos gestos reactivos, que plantean recuperar -aggiornando- las figuras de autoridad moderna como única solución al problema. Por el contrario, existe una tercera corriente “optimista” que asume esa indisciplina como un gesto de rechazo a los corsets institucionales. La justa crítica a los dispositivos disciplinarios suele traducirse en festejos de cualquier tipo de desobediencia como actos de resistencia. La capacidad destructiva se lima de ambivalencias y parece convertirse en un inevitable vehículo de producción subjetiva emancipatoria. Para esta corriente, no sólo las figuras de autoridad han caído sino que en los pibes se aloja una verdad de época. Sin embargo, los modos de vida narco parecen insinuar otras cosas, menos tajantes, más confusas para las experiencias de infancia y juventud. Es el caso de la práctica de ser soldadito. Ya de por sí, el nombre invoca a una de las estructuras existentes más jerárquicas: la militar. El soldadito, hombre de base y armado, se inscribe y participa en esas bandas sumamente verticales, donde el principio de autoridad y la cadena de mando debe ser respetado sin más. Jóvenes, casi niños o casi adultos, asumen posiciones de subordinación estricta, que probablemente no hayan experimentado jamás, ni en la escuela ni en la familia. Ni siquiera en la banda del barrio, donde el código es más horizontal, entre pares. El narcotráfico funciona como una suerte de institución disciplinante de nuevo tipo. Rasgo que se manifiesta y refuerza a partir de las constantes alusiones de vecinos señalando que, luego de la caída de alguna figura de autoridad relevante (un jefe, un transa fuerte, etc), el barrio suele sumergirse en un conflicto y desbande, intensificando los niveles de violencia. La jerarquía se repone aquí a través de premios y castigos: de un lado, cierta cantidad de dinero y posibilidades de movilidad ascendente en la estructura narco, que conectan a la perfección con las formas de vida contemporáneas: consumo, estatus, autogestión, imagen, pertenencia grupal, etc.; del otro, resumiremos diciendo que si algo caracteriza la modalidad institucional del narcotráfico es que, en última instancia, aplica la pena de muerte como castigo. La banda narco demuestra que las figuras de autoridad, jerarquía y obediencia, lejos de desaparecer, han tomado otras formas. Y que los jóvenes están dispuestos a sumarse a ellas. En la disputa por las reglas, en el problema de la autoridad, la obediencia, los premios y los castigos se juega parte del sentido del conflicto.

4. Fiesta: zona liberada El estallido de los barrios puede pensarse no sólo como el colapso de ciertas formas comunitarias frente a la expansión de la vida narco: también aparecen otras manifestaciones menos esperadas de reconfiguración de la trama social. En paralelo a cierta deflación en el éxito de las políticas culturales como inyectoras claves de la Marca Rosario, se produce la multiplicación de movidas culturales populares en su

mayor parte autogestivas. Estas han mostrado un crecimiento inusitado en los últimos años tanto en su intensidad como en su extensión y capacidad de convocatoria. Síntoma de este reverdecer del arte y la cultura popular rosarina es el crecimiento del movimiento murguero y de los carnavales, que tienen como acontecimiento ícono el Carnaval-Cumple de Pocho, celebrado desde hace 12 años en el emblemático Barrio Ludueña, en conmemoración del militante social Pocho Lepratti asesinado por la policía el 19 de diciembre de 2001. Estas fiestas populares han invadido la ciudad de un modo no habitual hasta el momento. Se multiplicaron las agrupaciones carnavaleras, principalmente las murgas que atraviesan una nueva etapa de crecimiento en los últimos dos años. Simultáneamente, los carnavales se han extendido temporal y espacialmente, han nutrido sus propuestas con heterogéneas expresiones del arte y la cultura popular (bandas de rock, grupos de folklore, de cumbia, hip-hop, etc.) que exceden las tradicionales agrupaciones festejantes de este tipo de encuentros.

El carnaval puede ser comprendido de diferentes formas. En primer lugar, ha sido concebido como una práctica de tipo ritual, muy atada a la religiosidad popular. Aparece como un espacio ritual de construcción de ciertos lazos comunitarios, así como del propio sentido de la existencia. En segundo lugar, ha sido considerado como un espacio-tiempo de fuga, como la ocasión del festín o del banquete popular, primando el exceso, la gula, la exhibición de los cuerpos y la puesta patas arriba del orden social. En tercer término, el carnaval es interpretado como una plataforma de reivindicación y crítica política. Sin embargo, arriesgamos otra lectura actual en la que el carnaval en Rosario no sería sólo una subversión dionisiaca del orden establecido sino más bien un trabajoso impasse al orden actual de cosas y una detención (no sólo entendida como una inversión de roles y jerarquías) que imprime otro tempo y un orden diferente al de la apremiante y violenta cotidianeidad; para poder vivir esta fiesta es indispensable crear y respetar estrictas reglas que permitan el encuentro colectivo. Tal es el caso del Carnaval-Cumple de Pocho, en el que

aparece la posibilidad de una restauración tan fugaz como intensa de cierta cotidianeidad barrial perdida o al menos retraída por las lógicas de la narcocriminalidad. Así, el perímetro elegido para la realización de los festejos debe dejar de ser el territorio de enfrentamientos armados entre bandas para ser un lugar de encuentros entre vecinos y de emplazamiento de una experiencia comunitaria. En este carnaval no se permite el consumo de drogas ni alcohol y la seguridad la llevan adelante los organizadores junto a pibes del barrio que impiden -sin utilizar la represión- robos, peleas o el uso de armas. En estas experiencias populares rosarinas se funden imágenes y sensaciones tradicionales del carnaval (alegrías, afectos, rituales comunitarios, momentos de explosión sensible, de escape, de trance, cuestionamientos y críticas socio-políticas) con experiencias de lucha, liderazgos y, principalmente, nuevos saberes y ensayos militantes acordes a la compleja realidad actual. ¿Supondrá esta explosión de las fiestas populares en los territorios rosarinos un síntoma más de la reconfiguración geográfica, social, política, cultural y económica de la ciudad en la que la narcocriminalidad juega un papel esencial? ¿Se inscribirán estos estallidos de algarabía como el escape necesario para que estas nuevas dinámicas urbanas puedan seguir arraigándose en suelo rosarino? ¿O serán parte de las experiencias-ensayos de construcción de nuevos saberes y formas comunitarias en medio del desconcierto generalizado que suscitan estos cambios, incluso en referentes y movimientos políticos fogueados al calor de múltiples conflictividades sociales? Es entonces tiempo de elaborar otra de las nuevas imágenes que la ciudad nos impone: explotan las fiestas populares a la vez que se dispara la tasa de asesinatos reventando las estadísticas incluso nacionales. Se multiplican los muertos y los heridos y avanzan a pasos agigantados las lógicas de la vida narco al mismo tiempo que se gestan ocasiones de autoorganización y festejo comunitario. Rosario arde, de modo caníbal arde en las armas siempre calientes, en las esquirlas que saltan en las balaceras en los barrios más postergados de la ciudad. Pero Rosario también arde en el calor de los cuerpos en fiesta y en las antorchas de los aturdidos movimientos sociales pidiendo justicia. Rosario arde, a pura adrenalina arde. Rosario, mayo de 2013 clubdeinvestigacionesurbanas@gmail.com http://www.facebook.com/ClubDeInvestigacionesUrbanas

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful